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Los Miles - Daniel Alarcón

No hubo luna aquella primera noche, y la pasamos haciendo lo mismo que durante el día: trabajar. Sus padres y madres han sobrevivido siempre gracias a la fuerza de sus brazos. Llegamos en camiones y despejamos el terreno de rocas y escombros. Trabajamos iluminados por las pálidas luces de los faros, y por su textura, olor y sabor supimos de inmediato que la tierra era buena. En este lugar criaríamos a nuestros hijos. En este lugar construiríamos nuestras vidas. Entiendan que hasta hace poco tiempo aquí no había nada. La tierra no tenía dueño, ni siquiera un nombre. Aquella primera noche la oscuridad que nos rodeaba parecía infinita, y mentiría si dijera que no teníamos miedo. Otros lo habían intentado antes y habían fracasado -en otros distritos, en otras tierras baldías-. Algunos cantábamos para mantenernos despiertos. Otros rezaban pidiendo fortaleza al cielo. Estábamos en una carrera, y todos lo sabíamos. La ley era muy clara: aunque lo que estábamos haciendo técnicamente no era legal, el gobierno no estaba autorizado a demoler viviendas.
Teníamos solo hasta la mañana para construirlas.
Las horas pasaban, y hacia el amanecer nuestro avance era innegable. Con un poco de imaginación se podía distinguir los contornos básicos de aquello que se convertiría en nuestro hogar. Había carpas hechas con lona y palos. Esteras de carrizo entrelazado que sostenían techos de sacos de arroz cosidos, y trozos de cartón prensado apoyados contra desvalijadas capotas de automóviles viejos. Habíamos pasado meses recolectando todo lo que la ciudad desechaba, preparándonos para esa primera noche. Trabajamos sin descanso, y, por si acaso, dedicamos las últimas horas de esa larga noche a dibujar calles sobre el terreno, apenas unas líneas trazadas con tiza, pero imagínenselo, solo imagínenselo... Nosotros, y nadie más que nosotros, ya podíamos verlas -las avenidas que estos trazos ya anunciaban-. Al llegar la mañana todo estaba ahí, un conjunto destartalado de cachivaches y remiendos, y no pudimos dejar de sentirnos orgullosos. Cuando finalmente decidimos descansar, nos dimos cuenta de que hacía frío, y en la suave pendiente de la colina se encendieron docenas de fogatas. Nos calentamos reconfortados por ellas, por las tantas caras conocidas que nos acompañaban, por la tierra que habíamos elegido. La mañana era pálida, el cielo límpido y despejado. Qué bonito, dijimos, y es verdad, las montañas se veían muy hermosas aquel día.
Y aún lo son. El gobierno llegó antes del mediodía, y supo cómo desalojarnos. Encendieron sus máquinas, y todos nos abrazamos formando un círculo alrededor de la que habíamos construido. No nos movimos. Son nuestros hogares, dijimos, y el gobierno se rascó desconcertado su afiebrada cabeza. Nunca había visto casas como las nuestras -construcciones de alambre y calamina, de mantas y palos, de plástico y llantas- Bajó de sus máquinas a inspeccionar estas obras de arte. Nosotros le mostramos lo que habíamos construido, y después de un tiempo el gobierno se marchó, pueden quedarse con estas tierras, nos dijo. De todos modos no las queremos.
Los periódicos se preguntaban de dónde habían salido tantos miles de personas. Cómo lo habíamos logrado. Y luego la radio empezó a hacerse las mismas preguntas, y la televisión envió sus cámaras, y poco a poco pudimos contar nuestra historia. Pero no toda. Una buena parte nos la guardamos solo para nosotros, para ustedes, nuestros hijos, como las letras de nuestras canciones y el contenido de nuestras plegarias. En cierta ocasión, el gobierno quiso contar cuántos éramos, pero no pasó mucho antes de que alguien se diera cuenta de que hacerlo era una tarea imposible. Cuando trazaron los nuevos mapas de la ciudad, en el espacio originalmente en blanco hacia el extremo noreste, los cartógrafos escribieron Los Miles. Nos gustó mucho el nombre, porque nuestro número es lo único que siempre hemos tenido.
Hoy, por supuesto, somos muchos más.



 

Los años amargos - Dana Lyon

La mujer terminó de limpiar la cocina, después de su solitaria comida —la pechuga de pollo hervida con vino, la refrescante ensalada de aguacates y las galletas tostadas que ella misma se había hecho, y de las que dejó suficientes para el desayuno—, y ahora la pequeña casa estaba en perfecto orden. 

El sol, sobre el rústico pueblo de montaña que había elegido como hogar permanente, no tardaría en desaparecer tras las colinas boscosas, pues el atardecer nunca era un período demasiado prolongado, y ahora sólo quedarían unos pocos momentos antes de que todo quedara envuelto en la oscuridad. Así pues, debía dar el último vistazo del día al terreno preparado para plantar su nuevo césped de jardín.

Mañana, le había dicho Samuel; mañana, el suelo estaría preparado para recibir la semilla y después, con la voluntad de Dios, podría tener un césped decente para variar. Él se sentía orgulloso de sus trabajos; nadie había sido capaz aún de hacer crecer un césped adecuado en esta zona rocosa de las colinas. Muchos lo habían intentado y sólo habían obtenido unas pocas briznas de hierba. 

Pero ella estaba decidida a conseguir un césped exuberante detrás de la casa, y después compraría un toldo y algunos muebles de jardín y hasta quizá haría instalar una pequeña fuente; y cuando regresara de su viaje podría sentarse en el exterior durante todo el verano, tomando el sol y disfrutando de la belleza y la tranquilidad conseguida en la vida gracias a sus propios esfuerzos. 

Durante los inviernos viajaría —México, América del Sur, el Mediterráneo—, pero durante los veranos disfrutaría de la casa, del césped y del jardín por los que había esperado tanto tiempo.

Mirando todavía por la ventana, vio algo blanco que saltaba rápidamente sobre la marga oscura de la tierra preparada. Se puso inmediatamente alerta y salió corriendo por la puerta de atrás, gritando:

—¡«Nemo»! ¡«Nemo»!

El pequeño gato negro no le prestó la menor atención porque se había hundido hasta el vientre en la tierra blanda. Sin pensarlo, dándose cuenta únicamente de que el gato se podía hundir por completo como si fueran arenas movedizas, saltó sobre la tierra abonada y se encontró hundida en ella casi hasta las rodillas, antes de que sus pies pudieran posarse sobre la dureza rocosa del suelo que había debajo.

—¡Maldita sea! —exclamó, y se echó a reír—. Soy una vieja tonta.

Se abrió paso por la reblandecida tierra, de unos cuarenta y cinco centímetros de profundidad, rescató al gato que maullaba, y regresó a la casa para quitarse la ropa y ducharse.

A pesar de aquello, se sintió complacida al haber comprobado por sí misma la profundidad del nuevo terreno. Samuel había hecho muy bien su trabajo; evidentemente, había roturado el suelo rocoso lo mejor que pudo y después había extendido sobre él carretadas de tierra blanda, fertilizada y libre de malas hierbas, que ahora estaba lista para recibir al día siguiente las semillas de hierba. 

No le había engañado. No se había limitado, como podrían haber hecho otros jardineros, a extender una fina capa de abono sobre el suelo rocoso, sino que realmente había preparado el suelo para que la hierba creciera durante toda la vida. A pesar de ello, había seguido sacudiendo la cabeza, refunfuñando, al estilo pesimista de estas gentes de la montaña, que parecían demasiado acostumbradas a la desilusión para tentar al destino con la esperanza.

—Las semillas de hierba no quieren crecer aquí —había murmurado mientras rastrillaba y alisaba, alisaba y rastrillaba—. El suelo está vacío. El aire es demasiado ligero y los inviernos demasiado crudos.

Pero había seguido rastrillando y alisando, prometiendo un desastre, pero manteniendo la esperanza, a pesar de sí mismo.

La mujer sonrió, salió de la ducha, se secó, se puso un camisón y una bata encima, lavó al gato a pesar de su enfurecimiento (quien parecía decirle, ¿es que alguien puede lavar a un gato mejor que él mismo?) y tomó asiento en el cómodo sillón que había frente al aparato de televisión.

Estaba sola. Y segura. Segura, al fin. Feliz y cómoda. Descansada. Descansada por primera vez en su vida y con ese maravilloso crucero mundial esperándola, después de sus muchos años de trabajo sin vacaciones. Sólo le faltaban unas pocas semanas, el tiempo suficiente para ver crecer un poco la hierba recién plantada, sabiendo que a su regreso, varios meses después, estaría alta y hermosa. Nunca se había sentido tan contenta, tan excitada como una joven, como se sentía ahora. Los años amargos quedaban atrás; los años excitantes la esperaban delante.

Se cansó y se exasperó con la televisión porque en estas intrincadas montañas sólo se podían captar dos canales y en uno de ellos estaba cantando un grupo de rock, llenando el aire con los gritos y el vocerío de los sonidos modernos; en el otro canal ofrecían una vieja película del Oeste, produciendo también sonidos fuertes, aunque éstos eran del pasado, disparando, gritando y galopando de un lado a otro.

Apagó la televisión y se dirigió a la mesa de despacho, abriendo un cajón. Apartó un pequeño revólver que tenía allí porque estaba viviendo sola, y cogió un montón de folletos de vivos colores para volverlos a mirar, soñando e imaginando su vida en el futuro, ignorando el pasado: el magnífico barco en el que dispondría de una cabina exterior, toda para ella sola, y donde podría pasar días y noches de tranquilo placer; Inglaterra, con su magnífica historia; el continente —París, Venecia y muchas partes más, incluso Creta—, un crucero que iba a durar casi un año completo. Al fin y al cabo, iban a ser las primeras vacaciones después de tantos años que ni siquiera los podía contar.

Se recreó contemplando las imágenes, las vistosas y casi imposibles descripciones y una vez más, al igual que había hecho antes una docena de veces, cogió el voluminoso billete, las direcciones, el recibo, la fecha de partida, los folletos donde se indicaba el tipo de ropa que podía llevar..., todo lo que antes no había sido más que un sueño para ella. Ahora, todo estaba arreglado: Samuel se encargaría de cortar y regar el nuevo césped y cuidaría a «Nemo»; la oficina de correos le guardaría la correspondencia —¿qué correspondencia?—; míster Prescott, el único policía del lugar, daría periódicamente un vistazo a su casa.

Todo estaba en orden, todo estaba esperando. Y finalmente —puro placer—, haría el viaje para bajar de las montañas en el desvencijado y viejo autobús diario, el vuelo aéreo a la ciudad, la noche que pasaría en uno de los grandes hoteles y después, al día siguiente, el trayecto en taxi hasta el gran barco blanco y todo lo que prometía...

Al principio no escuchó la llamada en la puerta. La casa estaba en silencio y el único sonido era el de «Nemo» ronroneando a sus pies; pero ella se hallaba perdida en otro mundo, y el sonido de la primera llamada no le llegó.

Volvió a sonar de nuevo y, en esta ocasión, la escuchó. Sintiéndose aún perdida, sin preguntarse siquiera quién podría estar llamando una vez que había caído la noche, se dirigió hacia la puerta y la abrió, viendo ante ella a un hombre pequeño.

—¿Sí? —preguntó, sorprendida, pero sin sentir aún ningún recelo.

—¿Miss Kendrick?

Preparada o no, consiguió mantener la más completa disciplina física. No vaciló, y en su rostro tampoco apareció ninguna expresión.

—No —dijo tranquilamente—. Debe haberse equivocado.

—Creo que no —dijo el hombre. Era una persona completamente mediocre: de aproximadamente un metro sesenta de estatura, de un pelo rojizo y espeso, con un traje del mismo color y unos ojos azul pálidos.

—Mi nombre es Stella Nordway —afirmó ella— Mistress Stella Nordway.

—¡Oh! —exclamó el hombre, sonriendo—. ¿Se ha casado hace poco?

—Soy viuda desde hace diez años —contestó—. Como ve, está en un error.

—¿Puedo entrar?

—No —y ella empezó a cerrar la puerta.

El rostro del hombre se alteró ligeramente. Primero expresó un ramalazo de furia y después, casi instantáneamente, una máscara de mediocridad que podría hacerle pasar completamente inadvertido entre una multitud.

—Soy investigador privado —dijo—, para la Halmut Bonding Company. Me han contratado para encontrar a una mujer llamada Norma Kendrick que desfalcó más de cien mil dólares en la empresa donde trabajaba durante los últimos siete años. La quieren atrapar, miss Kendrick. Y el dinero.

—Puede entrar —dijo ella, y abrió la puerta un poco más.

Se introdujo en la casa e instantáneamente encontró la silla más incómoda de la habitación, de respaldo corto y recto, y se sentó en el borde, como si el haberse sentado en el cómodo sofá le hubiera hecho perder su estado de alerta.

—Está usted equivocado —volvió a decir ella, aunque esta vez casi con indecisión—. Yo no soy...

—He trabajado como investigador durante los últimos veintitrés años. Y sé de usted lo siguiente: trabajó como contable principal para la Sharpe Wholesale Hardware Company. Un establecimiento grande y próspero. Usted era una persona competente y digna de confianza Sólo había una pequeña peculiaridad con usted: durante los últimos siete años se negó a tomarse las tres semanas de vacaciones a que tenía derecho cada año...

—Pero yo... —le interrumpió ella, pero se mordió las palabras, pues lo que iba a expresar habría significado admitir lo que le decía el hombre, así es que se corrigió rápidamente—. Pero yo no tengo nada que ver con todo eso, así es que como ve...

—Es usted Norma Kendrick —le interrumpió él—. No puedo dejar de admitir que siento una gran curiosidad por saber por qué se convirtió de repente en una malhechora. Se estuvo haciendo cargo durante años de su padre inválido y haciendo su trabajo y volviendo a casa todas las noches para seguir la misma rutina. Entonces, de repente, decidió usted apoderarse de una parte del dinero de la empresa. 

Al final del primer año, se dio cuenta de que no podía dejar sus libros de contabilidad... habría significado tener que admitir a un contable que la sustituyera durante su ausencia. Se me advirtió que míster Sharpe no sintió mayor curiosidad por saber por qué usted no deseaba tomarse cada año su período de vacaciones, aunque me dijo que había confiado plenamente en usted, pues era hija de un viejo amigo y siempre había demostrado su competencia y responsabilidad, que la hacían digna de toda confianza. 

Y, más aún, explicó su renuncia a las vacaciones diciendo que no podía abandonar a su padre enfermo para ir a ningún sitio, y que necesitaba desesperadamente el dinero para pagar los medicamentos de su padre, así es que si míster Sharpe, además de su salario regular, le pagaba a usted lo mismo que tendría que pagar a un contable que la sustituyera durante las vacaciones, le quedaría muy agradecida.

La mujer permaneció completamente inmóvil, temerosa de hablar, y de no decir nada. Sería mejor escuchar, pensó. Tenía que haber una escapatoria en alguna parte.

—¿De verdad? —preguntó, estimulándole.

Él quedó sorprendido, quizá porque había esperado otra negativa por parte de ella.

—Así es que en lugar de las vacaciones se tomaba frecuentemente un largo fin de semana, desde el jueves al lunes, o desde el viernes al martes. Durante esos períodos de tiempo se las arreglaba para adoptar su segunda personalidad, con el nombre de Stella Nordway. Se puso una peluca rubia, unas gafas, unas ropas más jóvenes, y compró esta casa. 

También compró un billete para realizar un crucero mundial. Hizo todas estas cosas con bastante rapidez, después de haber estado llevándose el dinero durante siete años, y no solamente porque finalmente había muerto su padre, sino también porque el propietario de la empresa estaba dispuesto a retirarse y venderla. Y esa venta, desde luego, habría significado un repaso muy cuidadoso de los libros de contabilidad. Y bien, miss Kendrick, ¿qué dice usted a todo esto?

Su mente se agitó.

—¿Me persigue la policía? —preguntó, en un abandono final ante lo inevitable.

El hombre sonrió.

—No, todavía no. Como ya le he dicho antes, trabajo primero para la compañía de seguros, y después para su antiguo jefe, aunque, desde luego, en cuanto haya sido localizada, tendrá que intervenir la ley. La policía también la está buscando, pero en una dirección diferente. La empresa de seguros quiere recuperar su dinero..., lo que quede de él... y el Estado también obtendrá su venganza. Desaparecerá su pequeña casa...

Echó un vistazo por la limpia y atractiva habitación así como por la ventana, mirando al cielo oscuro, donde las estrellas brillaban claramente en el aire de la montaña. Suspiró con placer. Aquello también sería un maravilloso retiro para él, después de toda una vida de trabajo en la ciudad.

—Su viaje alrededor del mundo... y no sabe cuánto la envidio por eso... también tendrá que ser olvidado.

Ella empezaba a sentirse confundida. ¿Por qué no estaba allí la policía? ¿Por qué aquel hombre no le había dicho a míster Prescott, el único policía del lugar, que en el pueblo había un fugitivo de la justicia? ¿Por qué se había presentado él allí, para decirle todas aquellas cosas, sin hacer nada al respecto? 

Ella se dio cuenta de que había perdido la partida, pero supo desde el principio que todo no era más que un juego. La amargura que sentía era biliosa.

El pequeño hombre volvió a hablar, medio sonriendo.

—Mistress Nordway... —empezó a decir.

—¿Mistress Nordway? —repitió ella—. Pero usted..., usted insiste en afirmar que soy Norma Kendrick...

—Puede usted ser cualquiera de las dos, como más le guste —le dijo tranquilamente—. Todo depende de usted.

Se dejó caer en el sillón, completamente confundida, siendo su confusión mucho mayor que su error.

—¿Qué quiere decir? —balbució.

—Bueno, solamente eso. Tiene usted más valor que yo. Más ingenuidad. Posee un mayor espíritu de juego. Yo he estado atado a una esposa enferma durante muchos años, del mismo modo que usted lo estuvo a su padre, y cuanto más me preocupaba por ella, tanto peor era su carácter. Odiaba tener que depender de mí. No había forma de ganar el dinero suficiente para escapar. Soy lo que soy. He ahorrado a mi empresa muchos miles de dólares, quizá millones, pero mi salario sigue siendo insignificante... Así pues, ¿cuánto vale su libertad, mistress Nordway? ¿O debo llamarla miss Kendrick? ¿Qué queda del dinero que robó?

Ella se quedó helada.      

En esta ocasión no sintió temor, sino rabia. Podía comprender la necesidad de la ley de hacerle pagar lo que había hecho..., eso era la consecuencia de haber perdido el juego; pero asistir impasiblemente al robo de todo lo que había esperado, de todo aquello por lo que había trabajado, poniendo en riesgo su libertad, y todo ello a cargo de este inconsecuente zalamero y pequeño oportunista que estaba sentado frente a ella con tanta presunción... eso no lo podía aceptar.

Se levantó y, tratando de que su voz no la comprometiera en nada, dijo:

—No queda mucho dinero después de haber comprado la casa y el billete para el crucero mundial. Me quedaría en la miseria.

—Aceptaré la casa —dijo él ligeramente al ver que estaba ganando—, y también puede devolver el billete. O, mejor aún, pásemelo a mí...

—No creo que sea transferible —dijo ella, sintiéndose casi ausente—. Espere un momento, lo tengo aquí mismo...

Al dirigirse hacia la mesa, se detuvo un momento ante la ventana, mirando hacia el exterior.

—¿Cómo vino hasta aquí? —preguntó, utilizando el mismo tono de voz ausente—. No veo su coche fuera.

—Lo dejé en una calle más abajo, lejos de aquí —dijo él—, frente a la iglesia. Bajo estas circunstancias, no me pareció una buena idea dejar que alguien se enterara de que tenía usted una visita.

—Comprendo —dijo ella.

Se dirigió hacia la mesa, donde revolvió algo durante un momento, recogió lo que deseaba y lo mantuvo cerca de los pliegues de su bata. Recordó entonces, por un instante, que había vecinos no muy lejos de allí, así es que se encaminó tranquilamente, con discreción, hacia el aparato de televisión.

—¿Le gustan las películas del Oeste, míster...?

—Jordan —dijo él automáticamente—. ¿Por qué? Yo... —su voz sonó desconcertada.

¿Televisión? ¿Ahora?

Ella hizo girar el control de volumen, poniéndolo alto, y la habitación se llenó con el estridente sonido de los cow-boys, que seguían gritando, galopando y disparando. Levantó entonces el pequeño revólver que llevaba en la mano y cuando él la miró asombrado, en su último y breve momento de comprensión, ella le apuntó y le disparó una bala entre los ojos.

No había lugar donde ocultar el cuerpo. Así de simple era el problema. En esta pequeña casa no había sótano; el suelo resultaba demasiado duro y rocoso para cavar una fosa; no tenía coche, pues nunca había aprendido a conducir..., no disponía de ningún lugar donde ocultar este pequeño cuerpo que mostraba un diminuto agujero en el centro de la frente.

Se sentó. No sentía haber realizado aquella acción, sabiendo que aun cuando se hubiera dado cuenta a tiempo de las complicaciones de su acto, le habría matado del mismo modo. Le había impulsado la rabia; no la avaricia, ni el temor, ni un impulso ciego; sólo había sentido una rabiosa necesidad de matar a esta persona, a esta cosa, que estaba dispuesta a destruir toda su vida y su futuro en beneficio propio.

Le dejó allí, sobre la alfombra de la sala de estar, a la que había caído lentamente desde la silla. Había muy poca sangre. Se dirigió hacia la cocina, mirando, a través de la ventana de atrás, su querido pequeño jardín, con el suelo preparado para el nuevo césped en el que había puesto tantas esperanzas. Se sentía paralizada de dolor, al pensar que todos sus grandes planes para el futuro parecían haber quedado destruidos ahora. Se sentía desintegrada, muerta, como el pequeño hombre que estaba en la otra habitación.

Se quedó mirando fijamente a través de la ventana, hacia la negrura de la noche, inmóvil.

El césped. El suelo. Cuarenta y cinco centímetros de abono negro pulverizado sobre la dureza de la roca. Casi medio metro. En realidad, más profundo de lo que necesitaba ser. ¿Era lo bastante profundo? ¿Sería suficiente para un hombre pequeño, extendido de plano? ¿Quedaría bien con las semillas de hierba plantadas sobre él y creciendo hasta convertirse en un césped sólido?

El abono estaba muy blando y ligeramente húmedo. Esperó en la oscuridad, junto a la ventana, de modo que los vecinos pudieran pensar que ya se había acostado, y observó cómo se iban apagando una tras otra las pocas luces que aún quedaban. Era un pueblo donde la gente solía acostarse pronto y levantarse temprano, por lo que no debía esperar más tiempo del que debía...

Finalmente, la noche quedó oscura y silenciosa. Tan silenciosa como la muerte. Se dirigió entonces al terreno de la parte de atrás, y excavó un lugar en el suelo removido, con el tamaño adecuado para colocar en él al pequeño hombre —aunque, desde luego, sólo tenía cuarenta y cinco centímetros de profundidad. 

Llevó mucho cuidado para que la pala no hiciera ningún ruido contra la roca del fondo. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad, cuyo único resplandor procedía de las pálidas estrellas, y sus movimientos eran tan silenciosos como la noche.

Llevó al pequeño hombre hacia el terreno y lo dejó en su tumba, con los brazos decorosamente estirados a lo largo de las piernas, y empezó a cubrirlo con la tierra. Se detuvo. El cadáver tenía que estar plano, lo más plano posible, pues Samuel podría querer rastrillar y remover el suelo una vez más, y no debía existir la posibilidad de que sus herramientas de trabajo profundizaran lo suficiente como para encontrarse con algo sólido. Por la forma en que le había colocado, creyó que los hombros del pequeño hombre estaban algo elevados. Tenía que estar más plano, más plano.

La tumba que había abierto era ancha, pero no profunda; había más espacio a ambos lados que sobre él. Lo volvió a intentar de nuevo, extendiendo los brazos del muerto, formando ángulo recto con su cuerpo... ¡Ah! ¡Eso estaba mejor! Ahora se encontraba todo lo plano que podía estar. Ahora podría cubrirlo y olvidarse de él. La hierba no tardaría en crecer sobre él, enredándole en sus propias raíces, cubriéndole para siempre, con toda su identidad, con toda su existencia perdida en otros lugares. Pero no allí.

No allí.

Regresó a la casa y se acostó a dormir. Su futuro estaba de nuevo a salvo.

 Pasó algún tiempo antes de darse cuenta de que sus planes no tenían sentido. Día tras día observó cómo crecía la hierba de su césped y esperó con ansiedad a que aparecieran las primeras hojas verdes, olvidándose casi por completo de lo que había bajo ellas. 

Y la hierba creció, aunque no lo hizo muy bien. «Era como le había dicho Samuel», pensó ella, con desesperación. En estas montañas de rocas, suelo estéril e inviernos crudos ningún césped podría crecer decentemente. Pero las hojas salieron, esforzándose por captar los rayos del sol, un pedazo de verde aquí, otro allí, de modo que, después de todo, quizá hubiera alguna esperanza.

Una mañana, tras una noche de suave lluvia de verano, miró su césped y vio que se había producido un cambio. En el centro había un gran trozo de hierba verde y brillante, muy hermosa, alta y gruesa, que crecía florecientemente entre los trozos más escasos en los que sólo había unas cuantas hojas pálidas; un trozo que crecía florecientemente, en forma de cruz, movido ligeramente por la brisa y calentado por el sol del verano. Un trozo que crecía florecientemente.

 Y así fue como la gente del pequeño pueblo se preguntó por qué aquella vieja y loca mujer segaba con tanto cuidado su césped, dos veces a la semana, todas las semanas. Desde que salieron las primeras hojas de hierba, la mujer nunca más abandonó su casa; nunca más volvió a alejarse de ella, ni siquiera para tomarse unas pequeñas vacaciones; durante el transcurso de los largos años que siguieran nunca dejó de faltar a la cita, lloviera o hiciera sol, en primavera o en otoño, cuando tenía que segar su césped.

Testigo en la oscuridad - Fredric Brown (parte 2)

 

IV

  

—Me han encargado del caso —le dije en cuanto entré.

Sabía a lo que me refería. No tuve necesidad de explicárselo.

Mientras comíamos, le conté lo poco que había averiguado y que no había sido publicado en los periódicos.

—Así pues —le dije al final—, Max Easter no estuvo disparando en la oscuridad contra ningún gato. Se trataba más bien de un gallo con pijama de seda. Al menos en esta ocasión te han fallado tus presentimientos. Y también has fallado en tu otra idea: Easter está realmente ciego.

Ella se volvió hacia mí, levantando ligeramente su nariz.

—Te apuesto diez centavos a que no lo está.

—Te ganaré la apuesta —afirmé.

—Quizá. No te apostaría nada sobre la cuestión del gato, aunque el gallo en pijama del capitán Eberhart no es menos absurdo, como también me lo parece tu sombrero de seda con una pluma.

—Pero si era eso, el asesino se lo habría llevado consigo. Si se trataba del gato pardo, en cambio, ¿qué ocurrió con él?

—Está claro: el asesino se lo llevaría en la maleta que cogió del armario.

Ante esta observación, elevé mis manos, en un gesto de asombro.

Del mismo modo, Marge había estado hablando en serio sobre su presentimiento de que la ceguera de Max Easter no era real, y cuando Marge se toma en serio uno de sus presentimientos, también lo hago yo. Al menos hasta el punto de comprobar la cuestión con la mayor exactitud posible. Así pues, antes de salir de casa llamé al capitán Eberhart y conseguí el nombre y la dirección del médico que estaba tratando los ojos de Max Easter.

Fui a verle y tuve la suerte de que me introdujeran en su despacho en cuanto llegué. Después de identificarme y explicar lo que deseaba saber, le pregunté:

—¿Cuánto tiempo tardó usted en ver a míster Easter después de que se produjera el accidente?

—Creo que llegué a la planta química unos veinte minutos después de que me llamaran por teléfono. Y, según se me dijo, la llamada telefónica se hizo inmediatamente.

—¿Notó usted algo anormal en la condición en que estaban sus ojos?

—No, nada anormal, teniendo en cuenta el ácido diluido que les había salpicado. De todos modos, no estoy muy seguro de haber comprendido bien su pregunta.

Ni yo mismo estaba seguro de haberla comprendido. No sabía exactamente qué es lo que andaba buscando. Pregunté:

—¿Sentía mucho dolor?

—¿Dolor? ¡Oh, no! El ácido tetriánico provoca una ceguera temporal, pero sin causar dolor. No resulta más doloroso que el ácido bórico.

—¿Puede usted describirme los efectos, doctor?

—Dilata las pupilas, como la belladona. En último término es totalmente inofensivo. Pero, además de la dilatación de las pupilas, que es una reacción inmediata, provoca una parálisis temporal de los nervios ópticos y, en consecuencia, una ceguera temporal. Normalmente, la duración de la ceguera es de dos a ocho horas, lo que depende de la fuerza de la polución.

—¿Y cuál era la fuerza de la solución en este caso?

—De tipo medio. Míster Easter debía haber recuperado su vista en un plazo no superior a las seis horas.

—Pero no ocurrió así —indiqué.

—No la ha recuperado todavía. Y eso nos lleva a dos posibles conclusiones. Una: que es una persona anormal en cuanto se refiere a su tolerancia para la sustancia en cuestión. En ese caso, se trata de una simple cuestión de tiempo; recuperará su visión dentro de muy poco. La otra posibilidad, desde luego, es que nos encontremos ante un caso de ceguera histérica..., ceguera causada por autoengaño. Estoy casi convencido de que no es este último el caso de míster Easter. Sin embargo, si su ceguera persiste más de una semana, tendré que recomendar la intervención de un psiquiatra.

—¿No existe una tercera posibilidad? —pregunté—. ¿Fingirse enfermo, por ejemplo?

—No olvide, míster Hearn —dijo el médico, sonriendo—, que soy un empleado de la empresa y que actúo en defensa de los intereses de ésta. No existe la menor posibilidad de que una persona pretenda sufrir una dilatación de las pupilas que aún persiste. Y míster Easter no está fingiendo ceguera. Hay ciertas pruebas que lo atestiguan. Y, como ya le he dicho, estoy razonablemente seguro de que no se trata de un caso histérico. Baso mis suposiciones en la continua dilatación de las pupilas. En todo caso, la histeria produciría más bien una parálisis continua de los nervios, pero no una dilatación de las pupilas.

—¿Cuándo le examinó usted por última vez?

—Ayer mismo, a las cuatro de la tarde. Le he ido a visitar todos los días, a esa misma hora.

Le agradecí sus informaciones y me marché. Al menos por una vez había fallado uno de los presentimientos de Marge.

Había estado retrasando durante demasiado tiempo mi visita a la casa de los Easter. Me dirigí hacia allí y llamé al timbre.

Me abrió la puerta una mujer que resultó ser mistress Max Easter, Louise Easter. Me identifiqué y ella también se identificó, invitándome a entrar. Era una mujer de buen aspecto, incluso con ropa de estar por casa. Habría sido muy interesante examinarla para ver si su cuerpo mostraba alguna señal producida por roce de bala. Pero, por otra parte, su coartada era tan buena como cualquier otra que hubiera visto jamás y, además, estaba Marge.

Louise Easter me dijo que su esposo todavía estaba en cama, en su habitación de la planta superior, y me preguntó si deseaba subir. Dije que así lo haría, pero que antes deseaba dar un vistazo por la planta baja para conocer la disposición del lugar, y me acompañó, mostrándome el cajón de donde el asesino había cogido el revólver de Max, el armario donde había estado guardada la plata, y la estantería de la cocina donde ella solía dejar los guantes de algodón.

—¿Y ésas fueron las únicas cosas que echó en falta? —pregunte.

—De la planta baja, sí. También se llevó la cartera de Max y su reloj, que estaban en la mesita de noche de la habitación. En la cartera había unos veinte dólares y, al parecer, ése era todo el dinero que había en la casa. Y la maleta.

—¿De qué tamaño era la maleta?

Movió las manos para mostrármelo; las medidas aproximadas eran de unos setenta centímetros por cuarenta y cinco. Una maleta bastante más grande de la que habría necesitado para introducir en ella lo que se llevó..., pero quizá pensó encontrar más cosas.

Le pedí que me contara con toda exactitud lo que ocurrió aquella tarde, empezando por el momento en que llamó a mistress Armin Robinson para cancelar la cita de la película.

—Debió de ser alrededor de las seis y media —me dijo—. Acababa de darle la cena a Max, pero aún no había lavado los platos. Decidí entonces que sería mejor no salir de casa para no dejar solo a Max. Pero entonces, Armin se puso al teléfono y me dijo que él vendría a hablar con Max y que yo podría salir. Cuando terminé de lavar los platos y de arreglarme, Armin ya había llegado. Supongo que eso debió ocurrir hacia las siete y media. Como no tenía que marcharme inmediatamente para estar en el cine a las ocho, la hora a que nos habíamos citado, me quedé y hablé con los dos, en la habitación de Max, durante cinco o diez minutos. Después, me marché. Eso debió haber sido alrededor de... ¡oh!, por lo menos a las ocho menos veinte, pues llegué al cine uno o dos minutos antes de la hora e Ianthe, mistress Robinson, llegó a las ocho en punto.

Al marcharse, ¿cerró con llave la puerta principal?

—No. Me pregunté si debía hacerlo, pero decidí que no porque no es una cerradura de muelle. Habría tenido que cerrar desde el exterior y llevarme la llave, y no me pareció correcto dejar encerrados a Armin y a Max. Sin embargo, la puerta de atrás sí que estaba cerrada con llave.

—¿Cree que el asesino penetró en la casa después de que usted la abandonara, o sea entre ese momento y las ocho?

—Así debió hacerlo, a menos que se escondiera en el sótano. No pudo haber estado arriba porque allí sólo hay dos dormitorios, el pequeño vestíbulo y el cuarto de baño y yo estuve en cada una de esas habitaciones antes de marcharme. Tampoco pudo haber estado en la planta baja porque cuando bajé, lista ya para marcharme, no pude encontrar mi bolso y tuve que buscarlo. Lo encontré en la cocina, pero antes tuve que mirar por todas partes.

—¿Qué tal siguen los ojos de su esposo? —pregunté—. ¿Alguna mejoría?

—Me temo que no —contestó, sacudiendo la cabeza—, al menos por ahora. Y estoy empezando a sentirme preocupada, a pesar de lo que dice el médico. Al menos hasta esta mañana no se ha producido ninguna mejoría.

—¿Esta mañana?

—Cuando le cambié el vendaje y le lavé los ojos. Tendré que volver a hacerlo dentro de una hora. Supongo que no tendrá que hablar tanto tiempo con él, ¿verdad?

—Probablemente, no —contesté—. Pero en ese caso, será mejor que empiece ahora mismo.

Subimos al piso de arriba. La puerta de uno de los dormitorios estaba entreabierta, tal y como debió haber estado el viernes por la tarde. A través del espacio abierto pude ver a Max Easter, con los ojos vendados, sentado en la cama. Tal y como el asesino debió verle cuando subió aquellas mismas escaleras una vez que Louise Easter abandonó la casa.

Me quedé bajo el dintel, donde debió haberse detenido el asesino antes de disparar la bala que mató a Armin Robinson, antes de penetrar en la habitación, acercándose a la cama y antes de arrojar el revólver sobre ella.

Louise Easter me precedió, penetrando en la habitación y diciendo:

—Max, está aquí míster Hearn, del Departamento de Homicidios.

Agradecí la introducción, pero sin pensar en ella porque me quedé observando la habitación, mirando la silla donde debió haberse sentado Armin Robinson, la más próxima a la cama, y el agujero existente en el yeso, por encima y por detrás de la silla, de donde había sido extraída la bala. Y me volví y observé el lugar de donde había sido extraída la otra bala. Estaba situado a unos cincuenta centímetros por encima del nivel del suelo y aproximadamente a un metro y medio de distancia de la puerta.

La bala que había disparado Max Easter. La que había mostrado tener restos diminutos de sangre, seda y plumas. No sangre, sudor y lágrimas, sino sangre, seda y plumas.

Visualicé la línea de tiro... Max, sentado en la cama, apuntando el arma hacia un sonido, bajándola después, cuando escuchó cómo las rodillas del asesino se dejaban caer sobre el suelo. Traté de imaginarme al asesino, de pie, situado en alguna parte, ante esa misma línea de fuego, agachándose después y arrodillándose, tratando de apartarse de la boca del arma.

Pero Max Easter me había dicho algo y tuve que volver a pensar en el sonido de sus palabras para comprender que me había pedido que me sentara.

Se lo agradecí y crucé la estancia para tomar asiento en la misma silla donde se había sentado Robinson. Miré hacia la puerta. No, desde ese ángulo Robinson no pudo ver el tramo de escaleras. Al margen de lo entreabierta que hubiera podido estar la puerta, el caso es que no pudo haber visto al asesino hasta que éste penetró en la habitación.

Miré a Max Easter, después a Louise Easter y finalmente eche un nuevo vistazo por toda la habitación. Me di cuenta entonces de que no había dicho una sola palabra desde que entré y que Easter no odia saber lo que estaba haciendo.

—Sólo estoy observando un poco la habitación, míster Easter —dije al fin—, tratando de imaginarme cómo sucedió todo.

El hombre sonrió un poco tristemente y dijo:

—Tómese el tiempo que necesite. Yo tengo mucho tiempo. Louise, me voy a levantar un poco; estoy cansado de estar en la cama. ¿Me traerás mi batín?

—Claro, Max, pero... —no terminó de pronunciar su protesta, cualquiera que ésta pudiera ser.

Cogió el batín de su esposo del cuarto de baño y se lo sostuvo mientras él se lo ponía sobre el pijama. Después, el hombre volvió a sentarse sobre el borde de la cama.

—¿Quiere tomar una botella de cerveza, míster Hearn? —me preguntó.

Abrí la boca para decir que me gustaría tomar una, pero que nunca lo hacía mientras estaba de servicio. Pero entonces me di cuenta de que él no podría traerme la botella y que Louise tendría que bajar a la cocina para buscarla y que, probablemente, eso era lo que pretendía, con objeto de poder decirme algo en privado.

—Claro, gracias —terminé por decir.

Pero cuando Louise se dirigió a la cocina, descubrí que me había equivocado. Aparentemente, Max Easter no tenía nada que decirme. Se levantó y dijo:

—Creo que voy a ver cómo están mis alas, míster Hearn. Por favor, no me ayude. Louise habría insistido en hacerlo de haber permanecido aquí, pero quiero aprender a hacerlo yo solo. Sólo voy a tratar de cruzar la habitación hasta esa silla.

Estaba tanteando su camino, sobre la alfombra, dirigiéndose hacia la otra parte de la habitación, casi exactamente hacia el lugar de donde había sido desconchado el yeso de la pared para extraer la bala que él había disparado. Después, dijo:

—También tengo que aprender esto. Por todo lo que sé...

No terminó de pronunciar la frase, pero ambos sabíamos lo que había empezado a decir.

Su mano tocó la pared, después se volvió, extendiéndose en busca de la silla. Desde donde estaba no podía alcanzarla, así es que le dije:

A su derecha, unos dos pasos.

Gracias.

Se movió en aquella dirección y su mano encontro al fin el respaldo recto de la silla, situado junto a la pared. Se volvió y tomó asiento en ella y noté que se sentó con pesadez, como suele hacer una persona cuando la superficie sobre la que se sienta está más baja de lo que había pensado, como si sobre aquella silla acostumbrara a haber un cojín que ahora no estaba.

No soy una persona muy brillante, pero tampoco soy un tonto. Lo del cojín me hizo pensar en plumas. Sangre, seda y plumas. El cojín de una silla, forrado de seda.

Tenía algo, aun cuando no supiera muy bien qué era lo que tenía.

Por otra parte, el sentido de la dirección de Max Easter al andar hacia la silla, quizá no había sido tan malo como aparentó ser. Había andado hacia el lugar donde la bala se había incrustado en la pared. Y si la silla hubiera estado en donde él había creído encontrarla, y si hubiera tenido un cojín sobre su asiento, la bala tendría que haber atravesado el cojín.

No le pregunté si alguna vez hubo un cojín de seda sobre aquella silla. Sabía que tuvo que haberlo.

Me sentí un poco asustado.

Louise Easter subía las escaleras en aquel momento. Sus tacones sonaron sobre la madera, hasta llegar a la puerta en donde apareció con una bandeja sobre la que había tres botellas y tres vasos. Primero detuvo la bandeja ante mí y tomé un vaso y una botella, pero en aquellos momentos no estaba pensando en la cerveza.

Estaba pensando en la sangre. Ahora sabía de dónde procedían los restos de seda y de plumas de la bala.

Me levanté y miré a mi alrededor. No vi nada de sangre, ni ninguna otra cosa que me hiciera pensar en sangre, pero noté algo anormal... la persiana que había en la única ventana del dormitorio. Se trataba de una persiana doble, muy pesada y de una construcción peculiar.

Me sentí aún más asustado. Debió de notarse en mi voz cuando pregunté algo sobre la persiana. Max me contestó:

Sí, hice construir esa persiana especialmente, míster Hearn. Soy un fotógrafo aficionado y utilizo esta habitación como cuarto oscuro. También hice arreglar la puerta para que encajara perfectamente.

A partir de entonces, las cosas empezaron a aclararse.

—Max —dije, sin darme cuenta de que le estaba llamando por su nombre de pila—, ¿quiere quitarse ese vendaje?

Dejé la botella y el vaso en el suelo, sin haberme servido una sola gota de cerveza. Cuando algo está a punto de aclararse por algún lado, siempre quiero tener las manos libres.

Max Easter empezó a quitarse con movimientos inciertos el vendaje que le rodeaba la cabeza. Louise Easter dijo:

—¡No lo hagas, Max! El médico... —y entonces sus ojos se encontraron con los míos y supo que ya no valía la pena decir nada más.

Max se levantó y terminó de quitarse el vendaje. Parpadeó y se restregó ligeramente los ojos con unas manos temblorosas.

—¡Puedo ver! —exclamó—. Está todo borroso, pero empiezo a...

Entonces, sus ojos debieron ver las cosas con un poco más de nitidez, porque su mirada se fijó en el rostro de su esposa.

Y entonces empezó a ver.

Y yo hice lo que tenía que hacer con la mayor rapidez y amabilidad posible, en consideración a Max Easter. La saqué de allí y la llevé al cuartel general. Y me llevé la botella en la que una etiqueta decía: «ácido bórico», pero que contenía el ácido tetriánico que le había seguido manteniendo ciego.

Trajimos también a Lloyd Eldred. No quiso hablar hasta que dos de los muchachos acudieron a su casa con una orden de registro. Encontraron la maleta, escondida en el patio de la casa, y se la trajeron consigo. Después, el hombre habló.

  

V

  

El concluir una cosa así lleva algún tiempo. No llegué a casa hasta casi las ocho. Pero recordé llamar a Marge para que me esperara a cenar.

Cuando llegué a casa aún me sentía algo tembloroso. Pero Marge pensó que el hablar me haría bien, así es que hablé y se lo conté todo.

—Lloyd Eldred y Louise Easter planeaban escapar juntos. Eso formaba parte de todo el plan. Otra parte era que Lloyd había desfalcado algún dinero a la Springfield Chemical. Dice que unos cuatro mil. No pudo devolverlo; lo había perdido en el juego. Y estaban esperando una inspección para dentro de dos semanas; se trataba de una inspección anual rutinaria, pero él tendría que haberse escondido en alguna parte, aun cuando no hubiera pretendido huir con Louise Easter.

»Además, deseaba algún dinero con el que huir, un buen puñado que les permitiera empezar en alguna otra parte. Había estado haciendo comprobantes falsos y enviándose cheques a sí mismo bajo otros nombres. Después, para acelerar las cosas, tuvo que desembarazarse de Max quien, además de realizar su tarea de pagaduría, le ayudaba a llevar la contabilidad regular, por lo que habría podido descubrir todo el asunto. Y el miércoles de esta semana, o sea, pasado mañana, es el día de paga quincenal. La empresa suele pagar en efectivo a los obreros, aunque no a los administrativos. Teniendo a Max fuera de su camino, podría haberse apoderado de ese dinero. Podría haber sido mucho... si hubiera podido desaparecer con él.

»Así pues, instaló una pequeña trampa explosiva sobre la cuba de ácido, de modo que cuando Max recogiera la tarjeta del horario la jarra cayera en el ácido. Aquello le permitió desembarazarse de Max..., aunque no le habría mantenido alejado por mucho tiempo si Louise no hubiera cooperado. Y eso fue muy simple. Le entregó una cierta cantidad de ácido tetriánico diluido que sacó de la empresa, para sustituir el ácido bórico con el que ella le limpiaba los ojos varias veces al día. Esta operación la realizaba en una habitación totalmente oscura; no quiero decir que bajara la persiana en secreto, sino más bien que le decía a su esposo que la operación debía realizarse así. Y ella siempre lo hacía una o dos horas antes de que llegara el médico, de modo que cuando éste le quitaba el vendaje para observar los ojos de Max, los encontraba aproximadamente en el mismo estado en que los encontró la primera vez que los examinó.

Marge me miró con los ojos muy abiertos.

—Entonces, él no estaba ciego en realidad. Pero yo sólo lo dije porque...

—Fuera cual fuese la causa —la interrumpí—, el caso es que tenías razón. Pero espera; todavía no he llegado al momento decisivo. El asesinato no entraba dentro de sus planes; simplemente se produjo así. Armin Robinson se había enterado de que había algo entre Lloyd Eldred y Louise Easter. Probablemente, les vio juntos en alguna parte... el caso es que se enteró de lo que ocurría. Naturalmente, no sabía nada del desfalco, ni de que estaban planeando escapar juntos. Pero sabía que la esposa de Max estaba engañando a su amigo, a su mejor amigo. Eso fue precisamente lo que le estuvo preocupando durante los dos o tres días anteriores a su muerte: no sabía si decírselo o no a Max.

»Finalmente, decidió contárselo todo a Max aquella noche, mientras estuviera solo con él. Louise tuvo que haberlo sospechado... Ya fuera por su actitud, o por la forma en que Robinson le habló al llegar a casa, el caso es que supuso que sabía algo y que iba a decírselo a Max en cuanto ella se marchara. Ella dice que casi decidió permanecer en casa y anular la cita con mistress Robinson, pero entonces se dio cuenta de que aquello no contribuiría a detener el curso de las cosas, y que quizá podría marcharse, confiando en que Max no creyera lo que Armin iba a contarle.

«Entonces, justo en el momento en que se disponía a marcharse, llegó Lloyd Eldred. Sólo había venido para hacerle una visita de compromiso a Max y había traído consigo un regalo, algo que sabía le gustaría mucho a Max y que le ayudaría a pasar el tiempo entretenido mientras estuviera ciego. Algo con lo que podría jugar mientras estuviera en cama.

Marge se lo vio venir. Se llevó la palma de la mano a la boca y dijo:

—¿Quieres decir...?

—Sí —afirmé—, un gatito. A Max le gustan mucho los gatos. Tenían uno que había muerto atropellado por un coche hacía apenas una semana. Y Lloyd tenía que traerle a Max algo con lo que éste pudiera distraerse sin necesidad de ver... Quedaban descartados los libros y cosas así, y no se suele llevar flores a un hombre enfermo. Así es que un gatito era la solución perfecta.

—George, ¿de qué color era?

—Louise se lo encontró en la puerta principal —continué, sin contestar su pregunta—, y le dijo que Max estaba hablando con Armin y lo que este último le iba a contar, según ella. Lloyd le dijo que se marchara y que él se haría cargo de todo, aunque no le dijo cómo lo haría.

»Así pues, ella se marchó y Lloyd entró en la casa. Se sentía mucho más preocupado por todo el asunto de lo que había estado Louise. Se daba cuenta de que si se descubría aquella parte de la verdad, surgirían las sospechas y probablemente también se descubriría el desfalco que había hecho. En tal caso, todos sus planes se habrían venido abajo y se vería obligado a huir sin el dinero que estaba esperando y con el que ya contaba.

»Se puso el gatito en el bolsillo y se dirigió hacia donde sabía que Max guardaba su revólver, apoderándose de él. Vio entonces los guantes de algodón, y se los puso. Subió silenciosamente las escaleras y permaneció fuera de la habitación, escuchando. Cuando oyó decir a Armin Robinson: "Max, hay algo que odio tener que decirte...", penetró en el dormitorio. Cuando Armin le vio y se levantó de la silla, disparó contra él. Fue una suerte que Armin no pronunciara su nombre, pues en tal caso también habría matado a Max.

—Pero ¿por qué arrojó el arma sobre la cama?

—No deseaba llevársela consigo. Lo primero que pensó fue dejar el arma allí para confundir los hechos. También pensaba dejar el gatito, porque al parecer lo había conseguido sin que existiera la posibilidad de que su pista nos condujera hasta él. Pensaba hacer esto y marcharse. Como ves, no se trató de un asesinato previamente planeado. Surgió a medida que se fueron desarrollando los acontecimientos.

»Así pues, se acercó a la cama y arrojó el arma sobre ella. Se sacó después el gatito del bolsillo y lo sostuvo por el pescuezo para arrojarlo tras el arma. Entonces vio cómo Max cogía el arma y la apuntaba en su dirección, a sólo un par de metros de distancia. Se arrojó al suelo, cayendo de rodillas, para situarse fuera de la línea de tiro, casi en el momento en que Max apretaba el gatillo. Pero la boca del cañón descendió al dejarse caer él al suelo y fue en ese preciso momento cuando Max disparó. La bala mató al gatito y terminó por incrustarse en la pared, después de haber atravesado un cojín de seda que había sobre la silla situada junto a la pared.

»Después, Max arrojó el arma, que cayó al suelo, fuera de su alcance... pasando así el peligro. Lloyd decidió que lo más sensato sería aparentar en lo posible que todo había sido consecuencia de un robo. Cogió las carteras y el reloj, así como una maleta del armario. Para que todo pareciera un robo, no podía dejar allí el gatito muerto..., eso nunca lo hacen los ladrones. Cuando se dirigía hacia el armario, dejó el gato sobre la silla, sobre el cojín atravesado por la bala, para tener las manos libres. Cuando cogió la maleta, puso en ella el gato y el cojín, ya que éste estaba manchado de sangre.

»Mientras tanto, Max no se había movido... y él sabía que no se movería hasta que oyera cerrarse la puerta de entrada a la casa. Así pues, disponía de tiempo. Bajó las escaleras y se apoderó de los objetos de plata y de unas cuantas cosas más. Después, abandonó la casa y todo terminó.

—George, ¿de qué color era ese gato? —preguntó Marge de nuevo.

—Marge —dije—, no creo en la intuición ni en la clarividencia. Ni tampoco en la coincidencia... al menos en tanta coincidencia. Así es que mal rayo me parta si te lo digo... jamás.

Pero creo que aquello fue una buena contestación para ella, porque nunca más volvió a preguntármelo.