IV
—Me
han encargado del caso —le dije en cuanto entré.
Sabía
a lo que me refería. No tuve necesidad de explicárselo.
Mientras
comíamos, le conté lo poco que había averiguado y que no había sido publicado
en los periódicos.
—Así
pues —le dije al final—, Max Easter no estuvo disparando en la oscuridad contra
ningún gato. Se trataba más bien de un gallo con pijama de seda. Al menos en
esta ocasión te han fallado tus presentimientos. Y también has fallado en tu
otra idea: Easter está realmente ciego.
Ella
se volvió hacia mí, levantando ligeramente su nariz.
—Te
apuesto diez centavos a que no lo está.
—Te
ganaré la apuesta —afirmé.
—Quizá.
No te apostaría nada sobre la cuestión del gato, aunque el gallo en pijama del
capitán Eberhart no es menos absurdo, como también me lo parece tu sombrero de
seda con una pluma.
—Pero
si era eso, el asesino se lo habría llevado consigo. Si se trataba del gato
pardo, en cambio, ¿qué ocurrió con él?
—Está
claro: el asesino se lo llevaría en la maleta que cogió del armario.
Ante
esta observación, elevé mis manos, en un gesto de asombro.
Del
mismo modo, Marge había estado hablando en serio sobre su presentimiento de que
la ceguera de Max Easter no era real, y cuando Marge se toma en serio uno de
sus presentimientos, también lo hago yo. Al menos hasta el punto de comprobar
la cuestión con la mayor exactitud posible. Así pues, antes de salir de casa llamé al capitán Eberhart y conseguí el nombre y la
dirección del médico que estaba tratando los ojos de Max Easter.
Fui
a verle y tuve la suerte de que me introdujeran en su despacho en cuanto
llegué. Después de identificarme y explicar lo que deseaba saber, le pregunté:
—¿Cuánto
tiempo tardó usted en ver a míster Easter después de que se produjera el accidente?
—Creo
que llegué a la planta química unos veinte minutos después de que me llamaran
por teléfono. Y, según se me dijo, la llamada telefónica se hizo
inmediatamente.
—¿Notó
usted algo anormal en la condición en que estaban sus ojos?
—No,
nada anormal, teniendo en cuenta el ácido diluido que les había salpicado. De
todos modos, no estoy muy seguro de haber comprendido bien su pregunta.
Ni yo
mismo estaba seguro de haberla comprendido. No sabía exactamente qué es lo que
andaba buscando. Pregunté:
—¿Sentía
mucho dolor?
—¿Dolor?
¡Oh, no! El ácido tetriánico provoca una ceguera temporal, pero sin causar
dolor. No resulta más doloroso que el ácido bórico.
—¿Puede
usted describirme los efectos, doctor?
—Dilata
las pupilas, como la belladona. En último término es totalmente inofensivo.
Pero, además de la dilatación de las pupilas, que es una reacción inmediata,
provoca una parálisis temporal de los nervios ópticos y, en consecuencia, una
ceguera temporal. Normalmente, la duración de la ceguera es de dos a ocho
horas, lo que depende de la fuerza de la polución.
—¿Y
cuál era la fuerza de la solución en este caso?
—De
tipo medio. Míster Easter debía haber recuperado su vista en un plazo no
superior a las seis horas.
—Pero
no ocurrió así —indiqué.
—No
la ha recuperado todavía. Y eso nos lleva a dos posibles conclusiones. Una: que
es una persona anormal en cuanto se refiere a su tolerancia para la sustancia
en cuestión. En ese caso, se trata de una simple cuestión de tiempo; recuperará
su visión dentro de muy poco. La otra posibilidad, desde luego, es que nos
encontremos ante un caso de ceguera histérica..., ceguera causada por
autoengaño. Estoy casi convencido de que no es este último el caso de míster
Easter. Sin embargo, si su ceguera persiste más de una semana, tendré que recomendar
la intervención de un psiquiatra.
—¿No
existe una tercera posibilidad? —pregunté—. ¿Fingirse enfermo, por ejemplo?
—No
olvide, míster Hearn —dijo el médico, sonriendo—, que soy un empleado de la
empresa y que actúo en defensa de los intereses de ésta. No existe la menor
posibilidad de que una persona pretenda sufrir una dilatación de las pupilas
que aún persiste. Y míster Easter no está fingiendo ceguera. Hay ciertas
pruebas que lo atestiguan. Y, como ya le he dicho, estoy razonablemente seguro
de que no se trata de un caso histérico. Baso mis suposiciones en la continua
dilatación de las pupilas. En todo caso, la histeria produciría más bien una
parálisis continua de los nervios, pero no una dilatación de las pupilas.
—¿Cuándo
le examinó usted por última vez?
—Ayer
mismo, a las cuatro de la tarde. Le he ido a visitar todos los días, a esa
misma hora.
Le
agradecí sus informaciones y me marché. Al menos por una vez había fallado uno
de los presentimientos de Marge.
Había
estado retrasando durante demasiado tiempo mi visita a la casa de los Easter.
Me dirigí hacia allí y llamé al timbre.
Me
abrió la puerta una mujer que resultó ser mistress Max Easter, Louise Easter.
Me identifiqué y ella también se identificó, invitándome a entrar. Era una
mujer de buen aspecto, incluso con ropa de estar por casa. Habría sido muy
interesante examinarla para ver si su cuerpo mostraba alguna señal producida
por roce de bala. Pero, por otra parte, su coartada era tan buena como
cualquier otra que hubiera visto jamás y, además, estaba Marge.
Louise
Easter me dijo que su esposo todavía estaba en cama, en su habitación de la planta superior, y me preguntó si deseaba subir. Dije que así lo haría, pero que antes deseaba dar un vistazo por la planta baja para
conocer la disposición del lugar, y me acompañó, mostrándome el cajón de donde el asesino había
cogido el revólver de Max,
el
armario donde había estado guardada la plata, y la estantería de la cocina donde ella solía dejar los guantes de algodón.
—¿Y
ésas
fueron las únicas cosas que echó en falta? —pregunte.
—De
la
planta baja, sí. También
se
llevó la cartera de Max
y su reloj, que estaban en la mesita de noche de la
habitación. En la cartera había unos veinte dólares y, al parecer, ése era todo el dinero que había en la casa. Y la maleta.
—¿De
qué
tamaño era la maleta?
Movió
las
manos para mostrármelo; las medidas aproximadas eran de unos setenta
centímetros por cuarenta
y
cinco. Una
maleta
bastante más grande de la que habría necesitado para introducir en ella lo
que se llevó..., pero quizá pensó encontrar más cosas.
Le pedí que me contara con toda exactitud lo que ocurrió
aquella tarde, empezando por el momento en que llamó a mistress Armin Robinson para cancelar la cita de la película.
—Debió
de
ser alrededor de las seis y media —me dijo—. Acababa de darle la cena a Max, pero aún no había lavado los platos. Decidí entonces que sería mejor no salir de casa para no dejar
solo a Max.
Pero
entonces, Armin
se
puso al teléfono y me dijo que él vendría a hablar con Max y que yo podría salir. Cuando terminé de lavar los platos y de arreglarme, Armin ya había llegado. Supongo que eso debió ocurrir hacia las siete y media. Como no tenía que marcharme inmediatamente para estar en el cine a las ocho,
la hora a que nos habíamos citado, me quedé y hablé con los dos, en la
habitación de Max,
durante
cinco o diez minutos. Después,
me
marché. Eso debió haber sido alrededor de... ¡oh!, por lo menos a las ocho menos veinte, pues llegué al cine uno o dos minutos antes de la hora e Ianthe, mistress Robinson, llegó a las ocho en punto.
—Al marcharse, ¿cerró con llave
la puerta principal?
—No.
Me pregunté si debía hacerlo, pero decidí que no porque no es una cerradura de
muelle. Habría tenido que cerrar desde el exterior y llevarme la llave, y no me
pareció correcto dejar encerrados a Armin y a Max. Sin embargo, la puerta de
atrás sí que estaba cerrada con llave.
—¿Cree
que el asesino penetró en la casa después de que usted la abandonara, o sea entre
ese momento y las ocho?
—Así
debió hacerlo, a menos que se escondiera en el sótano. No pudo haber estado
arriba porque allí sólo hay dos dormitorios, el pequeño vestíbulo y el cuarto
de baño y yo estuve en cada una de esas habitaciones antes de marcharme.
Tampoco pudo haber estado en la planta baja porque cuando bajé, lista ya para
marcharme, no pude encontrar mi bolso y tuve que buscarlo. Lo encontré en la
cocina, pero antes tuve que mirar por todas partes.
—¿Qué
tal siguen los ojos de su esposo? —pregunté—. ¿Alguna mejoría?
—Me
temo que no —contestó, sacudiendo la cabeza—, al menos por ahora. Y estoy
empezando a sentirme preocupada, a pesar de lo que dice el médico. Al menos
hasta esta mañana no se ha producido ninguna mejoría.
—¿Esta
mañana?
—Cuando
le cambié el vendaje y le lavé los ojos. Tendré que volver a hacerlo dentro de
una hora. Supongo que no tendrá que hablar tanto tiempo con él, ¿verdad?
—Probablemente,
no —contesté—. Pero en ese caso, será mejor que empiece ahora mismo.
Subimos
al piso de arriba. La puerta de uno de los dormitorios estaba entreabierta, tal
y como debió haber estado el viernes por la tarde. A través del espacio abierto
pude ver a Max Easter, con los ojos vendados, sentado en la cama. Tal y como el
asesino debió verle cuando subió aquellas mismas escaleras una vez que Louise
Easter abandonó la casa.
Me
quedé bajo el dintel, donde debió haberse detenido el asesino antes de disparar
la bala que mató a Armin Robinson, antes de penetrar en la habitación, acercándose
a la cama y antes de arrojar el revólver sobre ella.
Louise
Easter me precedió, penetrando en la habitación y diciendo:
—Max,
está aquí míster Hearn, del Departamento de Homicidios.
Agradecí
la introducción, pero sin pensar en ella porque me quedé observando la
habitación, mirando la silla donde debió haberse sentado Armin Robinson, la más
próxima a la cama, y el agujero existente en el yeso, por encima y por detrás
de la silla, de donde había sido extraída la bala. Y me volví y observé el
lugar de donde había sido extraída la otra bala. Estaba situado a unos
cincuenta centímetros por encima del nivel del suelo y aproximadamente a un
metro y medio de distancia de la puerta.
La
bala que había disparado Max Easter. La que había mostrado tener restos
diminutos de sangre, seda y plumas. No sangre, sudor y lágrimas, sino sangre,
seda y plumas.
Visualicé
la línea de tiro... Max, sentado en la cama, apuntando el arma hacia un sonido,
bajándola después, cuando escuchó cómo las rodillas del asesino se dejaban caer
sobre el suelo. Traté de imaginarme al asesino, de pie, situado en alguna
parte, ante esa misma línea de fuego, agachándose después y arrodillándose,
tratando de apartarse de la boca del arma.
Pero
Max Easter me había dicho algo y tuve que volver a pensar en el sonido de sus
palabras para comprender que me había pedido que me sentara.
Se
lo agradecí y crucé la estancia para tomar asiento en la misma silla donde se
había sentado Robinson. Miré hacia la puerta. No, desde ese ángulo Robinson no
pudo ver el tramo de escaleras. Al margen de lo entreabierta que hubiera podido
estar la puerta, el caso es que no pudo haber visto al asesino hasta que éste
penetró en la habitación.
Miré
a Max Easter, después a Louise Easter y finalmente eche un nuevo vistazo por
toda la habitación. Me di cuenta entonces de que no había dicho una sola
palabra desde que entré y que Easter no odia saber lo que estaba haciendo.
—Sólo
estoy observando un poco la habitación, míster Easter —dije al fin—, tratando
de imaginarme cómo sucedió todo.
El
hombre sonrió un poco tristemente y dijo:
—Tómese
el tiempo que necesite. Yo tengo mucho tiempo. Louise, me voy a levantar un
poco; estoy cansado de estar en la cama. ¿Me traerás mi batín?
—Claro,
Max, pero... —no terminó de pronunciar su protesta, cualquiera que ésta pudiera
ser.
Cogió
el batín de su esposo del cuarto de baño y se lo sostuvo mientras él se lo
ponía sobre el pijama. Después, el hombre volvió a sentarse sobre el borde de
la cama.
—¿Quiere
tomar una botella de cerveza, míster Hearn? —me preguntó.
Abrí
la boca para decir que me gustaría tomar una, pero que nunca lo hacía mientras
estaba de servicio. Pero entonces me di cuenta de que él no podría traerme la
botella y que Louise tendría que bajar a la cocina para buscarla y que,
probablemente, eso era lo que pretendía, con objeto de poder decirme algo en
privado.
—Claro,
gracias —terminé por decir.
Pero
cuando Louise se dirigió a la cocina, descubrí que me había equivocado.
Aparentemente, Max Easter no tenía nada que decirme. Se levantó y dijo:
—Creo
que voy a ver cómo están mis alas, míster Hearn. Por favor, no me ayude. Louise
habría insistido en hacerlo de haber permanecido aquí, pero quiero aprender a
hacerlo yo solo. Sólo voy a tratar de cruzar la habitación hasta esa silla.
Estaba
tanteando su camino, sobre la alfombra, dirigiéndose hacia la otra parte de la
habitación, casi exactamente hacia el lugar de donde había sido desconchado el
yeso de la pared para extraer la bala que él había disparado. Después, dijo:
—También
tengo que aprender esto. Por todo lo que sé...
No
terminó de pronunciar la frase, pero ambos sabíamos lo que había empezado a
decir.
Su
mano tocó la pared, después se volvió, extendiéndose en busca de la silla.
Desde donde estaba no podía alcanzarla, así es que le dije:
—A su derecha, unos dos pasos.
—Gracias.
Se
movió en aquella dirección y su mano encontro al fin el respaldo recto de la
silla, situado junto a la pared. Se volvió y tomó asiento en ella y noté que se sentó con
pesadez, como suele hacer una persona cuando la superficie sobre la que se
sienta está más baja de lo que había pensado, como si sobre aquella silla
acostumbrara a haber un cojín que ahora no estaba.
No
soy una persona muy brillante, pero tampoco soy un tonto. Lo del cojín me hizo
pensar en plumas. Sangre, seda y plumas. El cojín de una silla, forrado de
seda.
Tenía
algo, aun cuando no supiera muy bien qué era lo que tenía.
Por
otra parte, el sentido de la dirección de Max Easter al andar hacia la silla,
quizá no había sido tan malo como aparentó ser. Había andado hacia el lugar
donde la bala se había incrustado en la pared. Y si la silla hubiera estado en
donde él había creído encontrarla, y si hubiera tenido un cojín sobre su
asiento, la bala tendría que haber atravesado el cojín.
No
le pregunté si alguna vez hubo un cojín de seda sobre aquella silla. Sabía que
tuvo que haberlo.
Me
sentí un poco asustado.
Louise
Easter subía las escaleras en aquel momento. Sus tacones sonaron sobre la
madera, hasta llegar a la puerta en donde apareció con una bandeja sobre la que
había tres botellas y tres vasos. Primero detuvo la bandeja ante mí y tomé un
vaso y una botella, pero en aquellos momentos no estaba pensando en la cerveza.
Estaba
pensando en la sangre. Ahora sabía de dónde procedían los restos de seda y de
plumas de la bala.
Me
levanté y miré a mi alrededor. No vi nada de sangre, ni ninguna otra cosa que
me hiciera pensar en sangre, pero noté algo anormal... la persiana que había en la única
ventana del dormitorio. Se trataba de una persiana doble, muy pesada y de una
construcción peculiar.
Me
sentí aún más asustado. Debió de notarse en mi voz cuando pregunté algo sobre
la persiana. Max me contestó:
—Sí, hice construir esa persiana
especialmente, míster
Hearn. Soy un fotógrafo aficionado y utilizo esta habitación como cuarto
oscuro. También hice arreglar la puerta para que encajara perfectamente.
A
partir de entonces, las cosas empezaron a aclararse.
—Max
—dije, sin darme cuenta de que le estaba llamando por su nombre de pila—,
¿quiere quitarse ese vendaje?
Dejé
la botella y el vaso en el suelo, sin haberme servido una sola gota de cerveza.
Cuando algo está a punto de aclararse por algún lado, siempre quiero tener las
manos libres.
Max
Easter empezó a quitarse con movimientos inciertos el vendaje que le rodeaba la
cabeza. Louise Easter dijo:
—¡No
lo hagas, Max! El médico... —y entonces sus ojos se encontraron con los míos y
supo que ya no valía la pena decir nada más.
Max
se levantó y terminó de quitarse el vendaje. Parpadeó y se restregó ligeramente
los ojos con unas manos temblorosas.
—¡Puedo ver! —exclamó—. Está todo borroso, pero empiezo a...
Entonces,
sus ojos debieron ver las cosas con un poco más de nitidez, porque su mirada se
fijó en el rostro de su esposa.
Y
entonces empezó a ver.
Y
yo hice lo que tenía que hacer con la mayor rapidez y amabilidad posible, en
consideración a Max Easter. La saqué de allí y la llevé al cuartel general. Y
me llevé la botella en la que una etiqueta decía: «ácido bórico», pero que
contenía el ácido tetriánico que le había seguido manteniendo ciego.
Trajimos
también a Lloyd Eldred. No quiso hablar hasta que dos de los muchachos
acudieron a su casa con una orden de registro. Encontraron la maleta, escondida
en el patio de la casa, y se la trajeron consigo. Después, el hombre habló.
V
El
concluir una cosa así lleva algún tiempo. No llegué a casa hasta casi las ocho.
Pero recordé llamar a Marge para que me esperara a cenar.
Cuando
llegué a casa aún me sentía algo tembloroso. Pero Marge pensó que el hablar me
haría bien, así es que hablé y se lo conté todo.
—Lloyd
Eldred y Louise Easter planeaban escapar juntos. Eso formaba parte de todo el
plan. Otra parte era que Lloyd había desfalcado algún dinero a la Springfield
Chemical. Dice que unos cuatro mil. No pudo devolverlo; lo había perdido en el
juego. Y estaban esperando una inspección para dentro de dos semanas; se
trataba de una inspección anual rutinaria, pero él tendría que haberse
escondido en alguna parte, aun cuando no hubiera pretendido huir con Louise
Easter.
»Además,
deseaba algún dinero con el que huir, un buen puñado que les permitiera empezar
en alguna otra parte. Había estado haciendo comprobantes falsos y enviándose
cheques a sí mismo bajo otros nombres. Después, para acelerar las cosas, tuvo
que desembarazarse de Max quien, además de realizar su tarea de pagaduría, le
ayudaba a llevar la contabilidad regular, por lo que habría podido descubrir
todo el asunto. Y el miércoles de esta semana, o sea, pasado mañana, es el día
de paga quincenal. La empresa suele pagar en efectivo a los obreros, aunque no
a los administrativos. Teniendo a Max fuera de su camino, podría haberse
apoderado de ese dinero. Podría haber sido mucho... si hubiera podido
desaparecer con él.
»Así
pues, instaló una pequeña trampa explosiva sobre la cuba de ácido, de modo que
cuando Max recogiera la tarjeta del horario la jarra cayera en el ácido.
Aquello le permitió desembarazarse de Max..., aunque no le habría mantenido
alejado por mucho tiempo si Louise no hubiera cooperado. Y eso fue muy simple.
Le entregó una cierta cantidad de ácido tetriánico diluido que sacó de la
empresa, para sustituir el ácido bórico con el que ella le limpiaba los ojos
varias veces al día. Esta operación la realizaba en una habitación totalmente
oscura; no quiero decir que bajara la persiana en secreto, sino más bien que le
decía a su esposo que la operación debía realizarse así. Y ella siempre lo
hacía una o dos horas antes de que llegara el médico, de modo que cuando éste
le quitaba el vendaje para observar los ojos de Max, los encontraba
aproximadamente en el mismo estado en que los encontró la primera vez que los
examinó.
Marge
me miró con los ojos muy abiertos.
—Entonces,
él no estaba ciego en realidad. Pero yo sólo lo dije porque...
—Fuera
cual fuese la causa —la interrumpí—, el caso es que tenías razón. Pero espera;
todavía no he llegado al momento decisivo. El asesinato no entraba dentro de
sus planes; simplemente se produjo así. Armin Robinson se había enterado de que
había algo entre Lloyd Eldred y Louise Easter. Probablemente, les vio juntos en
alguna parte... el caso es que se enteró de lo que ocurría. Naturalmente, no
sabía nada del desfalco, ni de que estaban planeando escapar juntos. Pero sabía
que la esposa de Max estaba engañando a su amigo, a su mejor amigo. Eso fue
precisamente lo que le estuvo preocupando durante los dos o tres días
anteriores a su muerte: no sabía si decírselo o no a Max.
»Finalmente,
decidió contárselo todo a Max aquella noche, mientras estuviera solo con él.
Louise tuvo que haberlo sospechado... Ya fuera por su actitud, o por la forma
en que Robinson le habló al llegar a casa, el caso es que supuso que sabía algo
y que iba a decírselo a Max en cuanto ella se marchara. Ella dice que
casi decidió permanecer en casa y anular la cita con mistress Robinson, pero
entonces se dio cuenta de que aquello no contribuiría a detener el curso de las
cosas, y que quizá podría marcharse, confiando en que Max no creyera lo que
Armin iba a contarle.
«Entonces,
justo en el momento en que se disponía a marcharse, llegó Lloyd Eldred. Sólo
había venido para hacerle una visita de compromiso a Max y había traído consigo
un regalo, algo que sabía le gustaría mucho a Max y que le ayudaría a pasar el
tiempo entretenido mientras estuviera ciego. Algo con lo que podría jugar
mientras estuviera en cama.
Marge
se lo vio venir. Se llevó la palma de la mano a la boca y dijo:
—¿Quieres
decir...?
—Sí
—afirmé—, un gatito. A Max le gustan mucho los gatos. Tenían uno que había
muerto atropellado por un coche hacía apenas una semana. Y Lloyd tenía que
traerle a Max algo con lo que éste pudiera distraerse sin necesidad de ver...
Quedaban descartados los libros y cosas así, y no se suele llevar flores a un
hombre enfermo. Así es que un gatito era la solución perfecta.
—George,
¿de qué color era?
—Louise
se lo encontró en la puerta principal —continué, sin contestar su pregunta—, y
le dijo que Max estaba hablando con Armin y lo que este último le iba a contar,
según ella. Lloyd le dijo que se marchara y que él se haría cargo de todo,
aunque no le dijo cómo lo haría.
»Así
pues, ella se marchó y Lloyd entró en la casa. Se sentía mucho más preocupado
por todo el asunto de lo que había estado Louise. Se daba cuenta de que si se
descubría aquella parte de la verdad, surgirían las sospechas y probablemente
también se descubriría el desfalco que había hecho. En tal caso, todos sus
planes se habrían venido abajo y se vería obligado a huir sin el dinero que
estaba esperando y con el que ya contaba.
»Se
puso el gatito en el bolsillo y se dirigió hacia donde sabía que Max guardaba
su revólver, apoderándose de él. Vio entonces los guantes de algodón, y se los
puso. Subió silenciosamente las escaleras y permaneció fuera de la habitación,
escuchando. Cuando oyó decir a Armin Robinson: "Max, hay algo que odio
tener que decirte...", penetró en el dormitorio. Cuando Armin le vio y se
levantó de la silla, disparó contra él. Fue una suerte que Armin no pronunciara
su nombre, pues en tal caso también habría matado a Max.
—Pero
¿por qué arrojó el arma sobre la cama?
—No
deseaba llevársela consigo. Lo primero que pensó fue dejar el arma allí para
confundir los hechos. También pensaba dejar el gatito, porque al parecer lo
había conseguido sin que existiera la posibilidad de que su pista nos condujera
hasta él. Pensaba hacer esto y marcharse. Como ves, no se trató de un asesinato
previamente planeado. Surgió a medida que se fueron desarrollando los
acontecimientos.
»Así
pues, se acercó a la cama y arrojó el arma sobre ella. Se sacó después el
gatito del bolsillo y lo sostuvo por el pescuezo para arrojarlo tras el arma.
Entonces vio cómo Max cogía el arma y la apuntaba en su dirección, a sólo un
par de metros de distancia. Se arrojó al suelo, cayendo de rodillas, para
situarse fuera de la línea de tiro, casi en el momento
en que Max apretaba el gatillo. Pero la boca
del cañón descendió al dejarse caer él al suelo y fue en ese preciso momento
cuando Max disparó. La bala mató al gatito y terminó por incrustarse en la
pared, después de haber atravesado un cojín de seda que había sobre la silla
situada junto a la pared.
»Después,
Max arrojó el arma, que cayó al suelo, fuera de su alcance... pasando así el
peligro. Lloyd decidió que lo más sensato sería aparentar en lo posible
que todo había sido consecuencia de un robo. Cogió las carteras y el reloj, así
como una maleta del armario. Para que todo pareciera un robo, no podía
dejar allí el gatito muerto..., eso nunca lo hacen
los ladrones. Cuando se dirigía hacia el armario, dejó el gato sobre la silla,
sobre el cojín atravesado por la bala, para tener las manos libres. Cuando
cogió la maleta, puso en ella el gato y el cojín, ya que éste estaba manchado
de sangre.
»Mientras
tanto, Max no se había movido... y él sabía que no se movería hasta que oyera
cerrarse la puerta de entrada a la casa. Así pues, disponía de tiempo. Bajó las
escaleras y se apoderó de los objetos de plata y de unas cuantas cosas más. Después,
abandonó la casa y todo terminó.
—George,
¿de
qué color era ese gato? —preguntó Marge de nuevo.
—Marge
—dije—, no creo en la intuición ni en la clarividencia.
Ni tampoco en la coincidencia... al menos
en tanta
coincidencia. Así es
que mal rayo me parta si te lo digo... jamás.
Pero
creo que aquello fue una buena contestación para ella, porque nunca más volvió
a preguntármelo.