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El arribista - Robert J. Higgins

Su guarida estaba en una de esas viejas mansiones que han sido divididas en apartamentos. Cuando llegué al tejado, lo encontré mucho más inclinado de lo que había esperado. De todos modos, no me dio ningún problema.

Desde una de las chimeneas pude dar un buen vistazo a la ventana del apartamento del desván. Estaba abierta y tenía corrida la cortina. No era un trabajo difícil. Fui bordeando el tejado, sujetándome a las tejas con mis suelas de crepé.

Cuando llegué a la ventana, miré al interior, agachándome para que no me pudieran ver inmediatamente.

El tipo que vivía allí estaba en casa, pero eso no lo sabía yo. Estaba sentado en un gran sofá del estudio, que parecía ser muy caro, y leía una revista. En la mesa cercana a él había una bebida.

Se levantó de un salto cuando me oyó y se dirigió a la ventana con un revólver en la mano.

—¡Quédese donde está! —me ordenó con energía.

A pesar de la orden, crucé la ventana y levanté los brazos. Sonreí y le dije:

—No necesitas ese cacharro, Kurt. Estoy de tu parte.

Un estúpido nunca podría encontrar a Kurt, pero una vez que yo había decidido encontrarle, no tuve ningún problema.

Pregunté a algunos de los que compraban objetos robados y le seguí la pista hasta dar con él. La policía se estaba volviendo loca tratando de coger al gran Kurt Pieters —«el rey de los ladrones felinos», según le llamaban los periódicos—, y ahora yo acababa de entrar en su apartamento.

Mis informadores me habían advertido que tenía que llevar cuidado con Kurt.

—Es un solitario y un tipo muy peligroso —me dijeron—. Afirma su derecho a trabajar en la zona de Park Hill. No dejes que te coja realizando ningún trabajo en esa zona o terminarás en el río.

Así pues, me tomé las cosas con calma y frialdad.

—No le conozco —dijo Kurt con voz acerada.

Se acercó a mí con la pistola en la mano. Con la mano libre me cacheó todo el cuerpo. No encontró nada, pero seguía sin confiar.

Kurt era rubio, tenía unos cuantos hoyos en el rostro y podría tener veintisiete o veintiocho años. Al igual que yo, poseía una figura delgada, llena de músculos, que le permitía escalar bien. Sus pantalones y su camisa parecían proceder de la mejor tienda de la ciudad.

—Si eres un policía —dijo—, te voy a enviar por esa misma ventana para que bajes de golpe los cuatro pisos.

—Ya sé que hay cuatro pisos —dije—. ¿Crees que hay algún policía capaz de escalar un tejado como el tuyo, Kurt?

—Estás en lo cierto sobre eso, y no llevas ningún arma —admitió Kurt, abandonando ligeramente su tono de voz cortante—. ¿Quién eres?

—¿Puedo sentarme?

—Claro —dijo, indicándome una silla.

Él tomó asiento en el sofá y colocó el revólver bajo un cojín.

—Soy Neil Winters. Trabajo en lo mismo que tú y deseo hablar contigo.

—¿Y por qué viniste por una ventana del cuarto piso? ¿Por qué no subiste por las escaleras?

—Para probar lo que digo. Solo existe en la ciudad otra persona capaz de llegar por esa ventana, y ese eres tú, Kurt.

—Está bien. Solo un verdadero escalador puede hacer lo que has hecho. ¿Quieres beber algo?

—Simplemente soda —dije—. Temo que el alcohol eche a perder mi coordinación.

Me alcanzó un vaso con soda y sonrió burlonamente.

—Tomar una copa de vez en cuando nunca me preocupa.

—Pero eres el más grande, Kurt —le dije—. Eres un escalador nato. Podrías haber sido el mejor acróbata de todo el país.

—Ya sabes algo de eso, ¿verdad, muchacho?

—Claro, Kurt. Soy un admirador tuyo —afirmé—. Mira esto —y saqué de mi bolsillo un sobre que le entregué.

—¡Vaya! ¡Si son recortes de periódico sobre mí! —exclamó al sacar los recortes del sobre.

Su rostro se iluminó cuando los leyó.

Casi conocía todos aquellos textos de memoria. Uno de ellos decía: «El ladrón felino consigue 40.000 dólares en pieles de la residencia de un ejecutivo». Otro decía: «Collar de una artista desaparecido de su habitación del hotel». Todos seguían diciendo más o menos lo mismo y en cada uno de ellos había unas líneas que solían comenzar: «La policía está buscando a un antiguo acróbata de circo, llamado Kurt Pieters, como principal sospechoso de la reciente serie de atrevidos robos».

—Noticias muy buenas, ¿verdad, muchacho? —dijo Kurt al terminar de leer los recortes—. Nunca pensé en coleccionarlos cuando fueron publicados.

Al principio, yo también había pensado en eso. Tuve que hojear una gran cantidad de periódicos antiguos para encontrar algunos de aquellos recortes. Pero eso no se lo dije a Kurt.

—Son tuyos —le dije.

—Gracias —me contestó—. Pero ¿qué pasa con estos? —preguntó, levantando tres de los recortes más recientes—. Yo no hice esos trabajos.

Los tres hablaban de robos en los que el ladrón había tenido que escalar lugares realmente terroríficos, aunque sin haber conseguido un gran botín.

—Esos los hice yo, Kurt —dije—. La policía y los periódicos te han acusado a ti de hacerlo.

—Debían haber sabido que yo no trabajaba en ese vecindario —dijo Kurt con desprecio—. Allí no hay brujas ricas con sus estupendas joyas. Si quieres trabajar allí, muchacho, por mí no hay problema. Pero mantente alejado de la zona de Park Hill. Ese es mi territorio.

—Claro, Kurt —le dije—. Tú fuiste el primero.

—¿Cómo empezaste a trabajar en el negocio? —me preguntó, cambiando de tema—. No estabas actuando en ningún espectáculo cuando yo trabajaba en aquello.

—Soy un reparador de chimeneas —le contesté—. Tengo que escalar bastante durante el día, en iglesias altas y astas de banderas.

—Eso no resulta muy brillante, ¿verdad? —observó.

—No es como el circo.

—Está bien, muchacho —dijo Kurt—. ¿A qué has venido? Tiene que haber algo más que esos recortes.

—Quiero que participes en uno de mis trabajos, Kurt.

—¡Participar contigo! Yo no trabajo para conseguir un botín tan pobre como el que tú has obtenido.

—En este caso se trata de algo grande, Kurt, y no puedo hacerlo sin ti. ¿Acaso crees que todos los ricos viven en Park Hill? He rastreado a una anciana que tiene cincuenta o sesenta de los grandes en su apartamento, ¡y en efectivo!

—¿En el vecindario de Belmont?

—Así es. Es la vieja mistress Wakefield, que vivía allí cuando Belmont era la parte residencial de la ciudad. Nunca se trasladó a Park Hill, como hicieron todos los demás. Vive en un lugar tan grande como este, Kurt. Ha dividido el edificio en apartamentos, y ella también vive en el piso de arriba.

Había picado, pero sabía que estaba probándome cuando me preguntó:

—¿Y por qué no se ha quedado en la planta baja para no tener que subir escaleras?

—Porque es una mujer excéntrica y solo sale muy de vez en cuando. Todo lo que necesita se lo envían. Pero lo que importa es que hay una caja fuerte en su piso y en ella tiene un buen puñado de billetes de los grandes.

—¿Es que no le gustan los bancos?

—¡Oh! Tiene mucho más en el banco. Pero quiere tener a mano una buena cantidad para arreglarse por sí misma. Eso la hace sentirse segura.

—He oído hablar de ancianas como esa. Parece un trabajo de ensueño. ¿Por qué no lo haces tú mismo?

—Por la cuestión de la caja fuerte, Kurt —contesté—. No poseo conocimientos suficientes para abrirla. Tú puedes hacerlo y yo no. De todos modos, hay bastante para los dos. Quizá podamos salir cada uno con treinta de los grandes, y sin necesidad de tener que vender nada. Por otra parte, supongo que si todo sale bien quizá me des una oportunidad para seguir trabajando contigo después.

Kurt me cogió de la mano.

—Deja eso, muchacho —me dijo—. Podemos llegar a un acuerdo para este trabajo. Pero sobre otras cosas, solo te diré algo cuando te vea trabajar. Y ahora, dime: ¿cuándo volverá a salir la vieja?

—Eso es lo mejor de todo, Kurt —contesté—. Ayer mismo se cayó y se rompió una pierna y se la llevaron al hospital. Nadie ha tocado nada de su apartamento.

—Entonces hemos encontrado un trabajo que hacer —dijo.

—¿Por qué no lo hacemos ahora mismo? —le pregunté.

—¿Por qué no? —dijo Kurt—. Estaba aquí sentado sin hacer nada. Lo mismo me da salir y coger treinta de los grandes.

Yo ya llevaba puestas mis ropas de trabajo, todas negras, para escalar en la oscuridad. Era cerca de la medianoche. Esperé a que Kurt se cambiara de ropa y cuando salió de su dormitorio iba vestido como yo. Ambos llevábamos chaquetas con buenos bolsillos para guardar el botín.

—Mi coche está abajo —le dije—. Pero será mejor que vayamos por separado. Me encontraré contigo en la esquina de las calles Cuarta y Juneau.

Bajé las escaleras, me metí en el coche y conduje un par de manzanas. Estaba colocándome las herramientas en mi bolsillo cuando Kurt se me unió. Llegó tan silenciosamente que me sorprendí y se me cayó de las manos un bote de betún de zapatos.

—¿Te pones betún negro en la cara? —preguntó—. Yo nunca lo hago.

—Está bien, Kurt. Si tú no lo utilizas, tampoco lo haré yo —le dije.

Nos dirigimos hacia Belmont, adonde llegamos al cabo de diez minutos. Aparqué el coche en una calle oscura y andamos una manzana.

—Ahí está, Kurt —le dije, señalando un edificio grande y oscuro—. Parece como si todos los inquilinos se hubieran acostado ya.

—¿Son las ventanas de arriba? —preguntó Kurt.

—Exacto —contesté—. Vamos.

La escalera de incendios estaba situada en la parte posterior del edificio, alejada de las luces de la calle. La subimos hasta llegar arriba y saltamos al tejado. Podría haberlo hecho con mayor rapidez, pero Kurt iba delante de mí. El tejado tenía tejas de pizarra y los dos sudamos un poco para atravesarlo, pero nos encontramos con algunas chimeneas que nos ayudaron a sostenernos.

Kurt estaba respirando con un poco de dificultad, probablemente más a consecuencia de pensar en el dinero que de la dificultad de la escalada. Llegamos entonces a una ventana de aspecto agradable. No había mucho espacio entre el antepecho y el alero y debajo de nosotros había cuatro pisos, pero los dos estábamos bien.

Introdujo una palanqueta por debajo de la ventana, abriéndola e introduciéndose él primero. Yo no lo pude hacer entonces con tanta rapidez como Kurt.

—¿Qué estás haciendo ahí fuera? ¿Quieres que te vea un policía? —murmuró.

—No me había podido agarrar bien —le dije, después de saltar al interior.

Y entonces se me cayó la caja de betún.

—¿Y por qué te has traído eso si no ibas a utilizarlo? —preguntó Kurt, sorprendido.

—Me olvidé de que la llevaba —contesté, recogiéndola.

Kurt encendió su pequeña linterna de bolsillo, del tamaño de un lápiz.

—¿Dónde está la caja? —me preguntó—. No hay nada en esta habitación y no me gusta tanto polvo. Dejaremos huellas.

—Supongo que no utiliza esta habitación —le dije.

—Vamos a buscarla —dijo.

Y registramos todo el apartamento. Allí no había vivido nadie desde hacía varios meses. Había unos cuantos muebles viejos, grandes cantidades de polvo y ninguna caja fuerte.

Kurt estaba a punto de estallar cuando dijo:

—¿Cómo es que te has equivocado de apartamento, muchacho?

—Es algo mucho peor que eso, Kurt —le dije—. ¡Que me cuelguen! Sé que mistress Wakefield vive en uno de los apartamentos de arriba. ¡Nos hemos equivocado de edificio!

—¡Y tú quieres trabajar con Kurt Pieters! —exclamó—. ¡Larguémonos de aquí!

Se dirigió hacia la ventana y salió al exterior, pero algo no fue bien. Se perdió de vista y le escuché gritar una sola vez; después, chocó contra el suelo y quedó allí, quieto.

Yo salí por otra ventana. Cuando llegué abajo me dirigí directamente al coche, alejándome de la entrada del edificio, donde estaba el cuerpo de Kurt.

A la mañana siguiente, los periódicos publicaban la noticia sobre el cuerpo del gran ladrón felino, Kurt Pieters, que había sido encontrado ante una vieja casa, en el distrito de Belmont.

Según la policía, cayó desde el tejado «en circunstancias peculiares», pero no podían comprender por qué había intentado robar en un apartamento abandonado de aquel vecindario.

Yo pensé en mistress Wakefield y me eché a reír.

Arrojé la caja de betún en una cloaca. Si la policía llegaba a cogerme, no quería que pudieran relacionar la grasa de la caja con aquellas baldosas grasientas sobre las que había resbalado Kurt.

Y ahora, ¡me ha llegado el turno de trabajar en Park Hill!