No hubo luna
aquella primera noche, y la pasamos haciendo lo mismo que durante el día:
trabajar. Sus padres y madres han sobrevivido siempre gracias a la fuerza de
sus brazos. Llegamos en camiones y despejamos el terreno de rocas y escombros.
Trabajamos iluminados por las pálidas luces de los faros, y por su textura,
olor y sabor supimos de inmediato que la tierra era buena. En este lugar
criaríamos a nuestros hijos. En este lugar construiríamos nuestras vidas.
Entiendan que hasta hace poco tiempo aquí no había nada. La tierra no tenía
dueño, ni siquiera un nombre. Aquella primera noche la oscuridad que nos
rodeaba parecía infinita, y mentiría si dijera que no teníamos miedo. Otros lo
habían intentado antes y habían fracasado -en otros distritos, en otras tierras
baldías-. Algunos cantábamos para mantenernos despiertos. Otros rezaban
pidiendo fortaleza al cielo. Estábamos en una carrera, y todos lo sabíamos. La
ley era muy clara: aunque lo que estábamos haciendo técnicamente no era legal,
el gobierno no estaba autorizado a demoler viviendas.
Teníamos solo hasta la mañana para construirlas.
Las horas pasaban, y hacia el amanecer nuestro avance era innegable. Con un
poco de imaginación se podía distinguir los contornos básicos de aquello que se
convertiría en nuestro hogar. Había carpas hechas con lona y palos. Esteras de
carrizo entrelazado que sostenían techos de sacos de arroz cosidos, y trozos de
cartón prensado apoyados contra desvalijadas capotas de automóviles viejos.
Habíamos pasado meses recolectando todo lo que la ciudad desechaba,
preparándonos para esa primera noche. Trabajamos sin descanso, y, por si acaso,
dedicamos las últimas horas de esa larga noche a dibujar calles sobre el
terreno, apenas unas líneas trazadas con tiza, pero imagínenselo, solo imagínenselo...
Nosotros, y nadie más que nosotros, ya podíamos verlas -las avenidas que estos
trazos ya anunciaban-. Al llegar la mañana todo estaba ahí, un conjunto
destartalado de cachivaches y remiendos, y no pudimos dejar de sentirnos
orgullosos. Cuando finalmente decidimos descansar, nos dimos cuenta de que
hacía frío, y en la suave pendiente de la colina se encendieron docenas de
fogatas. Nos calentamos reconfortados por ellas, por las tantas caras conocidas
que nos acompañaban, por la tierra que habíamos elegido. La mañana era pálida,
el cielo límpido y despejado. Qué bonito, dijimos, y es verdad, las montañas se
veían muy hermosas aquel día.
Y aún lo son. El gobierno llegó antes del mediodía, y supo cómo desalojarnos.
Encendieron sus máquinas, y todos nos abrazamos formando un círculo alrededor de la que habíamos
construido. No nos movimos. Son nuestros hogares, dijimos, y el gobierno se
rascó desconcertado su afiebrada cabeza. Nunca había visto casas como las
nuestras -construcciones de alambre y calamina, de mantas y palos, de plástico
y llantas- Bajó de sus máquinas a inspeccionar estas obras de arte. Nosotros le
mostramos lo que habíamos construido, y después de un tiempo el gobierno se
marchó, pueden quedarse con estas tierras, nos dijo. De todos modos no las
queremos.
Los periódicos se preguntaban de dónde habían salido tantos miles de personas.
Cómo lo habíamos logrado. Y luego la radio empezó a hacerse las mismas
preguntas, y la televisión envió sus cámaras, y poco a poco pudimos contar
nuestra historia. Pero no toda. Una buena parte nos la guardamos solo para
nosotros, para ustedes, nuestros hijos, como las letras de nuestras canciones y
el contenido de nuestras plegarias. En cierta ocasión, el gobierno quiso contar
cuántos éramos, pero no pasó mucho antes de que alguien se diera cuenta de que
hacerlo era una tarea imposible. Cuando trazaron los nuevos mapas de la ciudad,
en el espacio originalmente en blanco hacia el extremo noreste, los cartógrafos
escribieron Los Miles. Nos gustó mucho el nombre, porque nuestro número es lo
único que siempre hemos tenido.
Hoy, por supuesto, somos muchos más.