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Mostrando las entradas etiquetadas como vacaciones

¡Cómo molo! - Elvira Lindo

  A  vida o muerte Cuando ayer por la mañana me miraba en el espejo de mi madre con el bañador nuevo, pensaba: —Cómo molo. Yo reconozco que es una frase un poco rara para decirla en voz alta, a no ser que seas un chulito como Yihad, pero estoy seguro de que pensarla la piensa mucha gente. La piensa el socorrista de la piscina de mi barrio, descarao : de vez en cuando, veo que se mira su superbíceps, y me corto un brazo si ese tío no está pensando: «Cómo molo». La piensa Bernabé cuando se peina con agua su peluquín de los domingos por la mañana y antes de salir a la calle se vuelve un momento para mirarse en el espejo del portal. Yo le veo sonreír y pensar: «Cómo molo». La piensa mi abuelo cuando se pone el chándal de las Tortugas Ninja y se baja a comprar el pan y la panadera le dice: —Hay que ver lo bien que le pinta a usted ese chándal de las Tortugas Ninja. Le hace cincuenta años más joven. Que me cuelguen del Árbol del Ahorcado si mi abuelo no piensa en esos pr...

Un día perfecto para el pez plátano - J. D. Salinger

En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo.  En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.   No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.   Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. T...

El empapelado amarillo - Charlotte Perkins Gilman

Es muy poco frecuente que la gente normal y corriente como John y yo consiga una antigua casa solariega donde pasar el verano. Una mansión colonial, una heredad, diría incluso una casa encantada y alcanzaría así la cima de la felicidad novelesca... pero ¡eso sería pedirle demasiado al destino! Sin embargo, no me avergüenza decir que tiene algo raro. De lo contrario, ¿por qué iban a alquilarla tan barata? Y ¿por qué lleva tanto tiempo sin inquilinos? John se burla de mí, claro, pero una ya cuenta con eso al casarse. John es extremadamente práctico. Se impacienta con la fe, siente un intenso horror por la superstición y se mofa abiertamente de todo lo que no pueda verse y tocarse y expresarse con cifras. John es médico, y quizá (nunca se lo diría a nadie, claro, pero esto no es más que un simple papel y un gran alivio para mi imaginación) sea ésa una de las razones de que no mejore más deprisa. ¡El caso es que no cree que esté enferma! Así que..., ¿qué puedo hacer? Si un ...