INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta vacaciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta vacaciones. Mostrar todas las entradas

Los años amargos - Dana Lyon

La mujer terminó de limpiar la cocina, después de su solitaria comida —la pechuga de pollo hervida con vino, la refrescante ensalada de aguacates y las galletas tostadas que ella misma se había hecho, y de las que dejó suficientes para el desayuno—, y ahora la pequeña casa estaba en perfecto orden. 

El sol, sobre el rústico pueblo de montaña que había elegido como hogar permanente, no tardaría en desaparecer tras las colinas boscosas, pues el atardecer nunca era un período demasiado prolongado, y ahora sólo quedarían unos pocos momentos antes de que todo quedara envuelto en la oscuridad. Así pues, debía dar el último vistazo del día al terreno preparado para plantar su nuevo césped de jardín.

Mañana, le había dicho Samuel; mañana, el suelo estaría preparado para recibir la semilla y después, con la voluntad de Dios, podría tener un césped decente para variar. Él se sentía orgulloso de sus trabajos; nadie había sido capaz aún de hacer crecer un césped adecuado en esta zona rocosa de las colinas. Muchos lo habían intentado y sólo habían obtenido unas pocas briznas de hierba. 

Pero ella estaba decidida a conseguir un césped exuberante detrás de la casa, y después compraría un toldo y algunos muebles de jardín y hasta quizá haría instalar una pequeña fuente; y cuando regresara de su viaje podría sentarse en el exterior durante todo el verano, tomando el sol y disfrutando de la belleza y la tranquilidad conseguida en la vida gracias a sus propios esfuerzos. 

Durante los inviernos viajaría —México, América del Sur, el Mediterráneo—, pero durante los veranos disfrutaría de la casa, del césped y del jardín por los que había esperado tanto tiempo.

Mirando todavía por la ventana, vio algo blanco que saltaba rápidamente sobre la marga oscura de la tierra preparada. Se puso inmediatamente alerta y salió corriendo por la puerta de atrás, gritando:

—¡«Nemo»! ¡«Nemo»!

El pequeño gato negro no le prestó la menor atención porque se había hundido hasta el vientre en la tierra blanda. Sin pensarlo, dándose cuenta únicamente de que el gato se podía hundir por completo como si fueran arenas movedizas, saltó sobre la tierra abonada y se encontró hundida en ella casi hasta las rodillas, antes de que sus pies pudieran posarse sobre la dureza rocosa del suelo que había debajo.

—¡Maldita sea! —exclamó, y se echó a reír—. Soy una vieja tonta.

Se abrió paso por la reblandecida tierra, de unos cuarenta y cinco centímetros de profundidad, rescató al gato que maullaba, y regresó a la casa para quitarse la ropa y ducharse.

A pesar de aquello, se sintió complacida al haber comprobado por sí misma la profundidad del nuevo terreno. Samuel había hecho muy bien su trabajo; evidentemente, había roturado el suelo rocoso lo mejor que pudo y después había extendido sobre él carretadas de tierra blanda, fertilizada y libre de malas hierbas, que ahora estaba lista para recibir al día siguiente las semillas de hierba. 

No le había engañado. No se había limitado, como podrían haber hecho otros jardineros, a extender una fina capa de abono sobre el suelo rocoso, sino que realmente había preparado el suelo para que la hierba creciera durante toda la vida. A pesar de ello, había seguido sacudiendo la cabeza, refunfuñando, al estilo pesimista de estas gentes de la montaña, que parecían demasiado acostumbradas a la desilusión para tentar al destino con la esperanza.

—Las semillas de hierba no quieren crecer aquí —había murmurado mientras rastrillaba y alisaba, alisaba y rastrillaba—. El suelo está vacío. El aire es demasiado ligero y los inviernos demasiado crudos.

Pero había seguido rastrillando y alisando, prometiendo un desastre, pero manteniendo la esperanza, a pesar de sí mismo.

La mujer sonrió, salió de la ducha, se secó, se puso un camisón y una bata encima, lavó al gato a pesar de su enfurecimiento (quien parecía decirle, ¿es que alguien puede lavar a un gato mejor que él mismo?) y tomó asiento en el cómodo sillón que había frente al aparato de televisión.

Estaba sola. Y segura. Segura, al fin. Feliz y cómoda. Descansada. Descansada por primera vez en su vida y con ese maravilloso crucero mundial esperándola, después de sus muchos años de trabajo sin vacaciones. Sólo le faltaban unas pocas semanas, el tiempo suficiente para ver crecer un poco la hierba recién plantada, sabiendo que a su regreso, varios meses después, estaría alta y hermosa. Nunca se había sentido tan contenta, tan excitada como una joven, como se sentía ahora. Los años amargos quedaban atrás; los años excitantes la esperaban delante.

Se cansó y se exasperó con la televisión porque en estas intrincadas montañas sólo se podían captar dos canales y en uno de ellos estaba cantando un grupo de rock, llenando el aire con los gritos y el vocerío de los sonidos modernos; en el otro canal ofrecían una vieja película del Oeste, produciendo también sonidos fuertes, aunque éstos eran del pasado, disparando, gritando y galopando de un lado a otro.

Apagó la televisión y se dirigió a la mesa de despacho, abriendo un cajón. Apartó un pequeño revólver que tenía allí porque estaba viviendo sola, y cogió un montón de folletos de vivos colores para volverlos a mirar, soñando e imaginando su vida en el futuro, ignorando el pasado: el magnífico barco en el que dispondría de una cabina exterior, toda para ella sola, y donde podría pasar días y noches de tranquilo placer; Inglaterra, con su magnífica historia; el continente —París, Venecia y muchas partes más, incluso Creta—, un crucero que iba a durar casi un año completo. Al fin y al cabo, iban a ser las primeras vacaciones después de tantos años que ni siquiera los podía contar.

Se recreó contemplando las imágenes, las vistosas y casi imposibles descripciones y una vez más, al igual que había hecho antes una docena de veces, cogió el voluminoso billete, las direcciones, el recibo, la fecha de partida, los folletos donde se indicaba el tipo de ropa que podía llevar..., todo lo que antes no había sido más que un sueño para ella. Ahora, todo estaba arreglado: Samuel se encargaría de cortar y regar el nuevo césped y cuidaría a «Nemo»; la oficina de correos le guardaría la correspondencia —¿qué correspondencia?—; míster Prescott, el único policía del lugar, daría periódicamente un vistazo a su casa.

Todo estaba en orden, todo estaba esperando. Y finalmente —puro placer—, haría el viaje para bajar de las montañas en el desvencijado y viejo autobús diario, el vuelo aéreo a la ciudad, la noche que pasaría en uno de los grandes hoteles y después, al día siguiente, el trayecto en taxi hasta el gran barco blanco y todo lo que prometía...

Al principio no escuchó la llamada en la puerta. La casa estaba en silencio y el único sonido era el de «Nemo» ronroneando a sus pies; pero ella se hallaba perdida en otro mundo, y el sonido de la primera llamada no le llegó.

Volvió a sonar de nuevo y, en esta ocasión, la escuchó. Sintiéndose aún perdida, sin preguntarse siquiera quién podría estar llamando una vez que había caído la noche, se dirigió hacia la puerta y la abrió, viendo ante ella a un hombre pequeño.

—¿Sí? —preguntó, sorprendida, pero sin sentir aún ningún recelo.

—¿Miss Kendrick?

Preparada o no, consiguió mantener la más completa disciplina física. No vaciló, y en su rostro tampoco apareció ninguna expresión.

—No —dijo tranquilamente—. Debe haberse equivocado.

—Creo que no —dijo el hombre. Era una persona completamente mediocre: de aproximadamente un metro sesenta de estatura, de un pelo rojizo y espeso, con un traje del mismo color y unos ojos azul pálidos.

—Mi nombre es Stella Nordway —afirmó ella— Mistress Stella Nordway.

—¡Oh! —exclamó el hombre, sonriendo—. ¿Se ha casado hace poco?

—Soy viuda desde hace diez años —contestó—. Como ve, está en un error.

—¿Puedo entrar?

—No —y ella empezó a cerrar la puerta.

El rostro del hombre se alteró ligeramente. Primero expresó un ramalazo de furia y después, casi instantáneamente, una máscara de mediocridad que podría hacerle pasar completamente inadvertido entre una multitud.

—Soy investigador privado —dijo—, para la Halmut Bonding Company. Me han contratado para encontrar a una mujer llamada Norma Kendrick que desfalcó más de cien mil dólares en la empresa donde trabajaba durante los últimos siete años. La quieren atrapar, miss Kendrick. Y el dinero.

—Puede entrar —dijo ella, y abrió la puerta un poco más.

Se introdujo en la casa e instantáneamente encontró la silla más incómoda de la habitación, de respaldo corto y recto, y se sentó en el borde, como si el haberse sentado en el cómodo sofá le hubiera hecho perder su estado de alerta.

—Está usted equivocado —volvió a decir ella, aunque esta vez casi con indecisión—. Yo no soy...

—He trabajado como investigador durante los últimos veintitrés años. Y sé de usted lo siguiente: trabajó como contable principal para la Sharpe Wholesale Hardware Company. Un establecimiento grande y próspero. Usted era una persona competente y digna de confianza Sólo había una pequeña peculiaridad con usted: durante los últimos siete años se negó a tomarse las tres semanas de vacaciones a que tenía derecho cada año...

—Pero yo... —le interrumpió ella, pero se mordió las palabras, pues lo que iba a expresar habría significado admitir lo que le decía el hombre, así es que se corrigió rápidamente—. Pero yo no tengo nada que ver con todo eso, así es que como ve...

—Es usted Norma Kendrick —le interrumpió él—. No puedo dejar de admitir que siento una gran curiosidad por saber por qué se convirtió de repente en una malhechora. Se estuvo haciendo cargo durante años de su padre inválido y haciendo su trabajo y volviendo a casa todas las noches para seguir la misma rutina. Entonces, de repente, decidió usted apoderarse de una parte del dinero de la empresa. 

Al final del primer año, se dio cuenta de que no podía dejar sus libros de contabilidad... habría significado tener que admitir a un contable que la sustituyera durante su ausencia. Se me advirtió que míster Sharpe no sintió mayor curiosidad por saber por qué usted no deseaba tomarse cada año su período de vacaciones, aunque me dijo que había confiado plenamente en usted, pues era hija de un viejo amigo y siempre había demostrado su competencia y responsabilidad, que la hacían digna de toda confianza. 

Y, más aún, explicó su renuncia a las vacaciones diciendo que no podía abandonar a su padre enfermo para ir a ningún sitio, y que necesitaba desesperadamente el dinero para pagar los medicamentos de su padre, así es que si míster Sharpe, además de su salario regular, le pagaba a usted lo mismo que tendría que pagar a un contable que la sustituyera durante las vacaciones, le quedaría muy agradecida.

La mujer permaneció completamente inmóvil, temerosa de hablar, y de no decir nada. Sería mejor escuchar, pensó. Tenía que haber una escapatoria en alguna parte.

—¿De verdad? —preguntó, estimulándole.

Él quedó sorprendido, quizá porque había esperado otra negativa por parte de ella.

—Así es que en lugar de las vacaciones se tomaba frecuentemente un largo fin de semana, desde el jueves al lunes, o desde el viernes al martes. Durante esos períodos de tiempo se las arreglaba para adoptar su segunda personalidad, con el nombre de Stella Nordway. Se puso una peluca rubia, unas gafas, unas ropas más jóvenes, y compró esta casa. 

También compró un billete para realizar un crucero mundial. Hizo todas estas cosas con bastante rapidez, después de haber estado llevándose el dinero durante siete años, y no solamente porque finalmente había muerto su padre, sino también porque el propietario de la empresa estaba dispuesto a retirarse y venderla. Y esa venta, desde luego, habría significado un repaso muy cuidadoso de los libros de contabilidad. Y bien, miss Kendrick, ¿qué dice usted a todo esto?

Su mente se agitó.

—¿Me persigue la policía? —preguntó, en un abandono final ante lo inevitable.

El hombre sonrió.

—No, todavía no. Como ya le he dicho antes, trabajo primero para la compañía de seguros, y después para su antiguo jefe, aunque, desde luego, en cuanto haya sido localizada, tendrá que intervenir la ley. La policía también la está buscando, pero en una dirección diferente. La empresa de seguros quiere recuperar su dinero..., lo que quede de él... y el Estado también obtendrá su venganza. Desaparecerá su pequeña casa...

Echó un vistazo por la limpia y atractiva habitación así como por la ventana, mirando al cielo oscuro, donde las estrellas brillaban claramente en el aire de la montaña. Suspiró con placer. Aquello también sería un maravilloso retiro para él, después de toda una vida de trabajo en la ciudad.

—Su viaje alrededor del mundo... y no sabe cuánto la envidio por eso... también tendrá que ser olvidado.

Ella empezaba a sentirse confundida. ¿Por qué no estaba allí la policía? ¿Por qué aquel hombre no le había dicho a míster Prescott, el único policía del lugar, que en el pueblo había un fugitivo de la justicia? ¿Por qué se había presentado él allí, para decirle todas aquellas cosas, sin hacer nada al respecto? 

Ella se dio cuenta de que había perdido la partida, pero supo desde el principio que todo no era más que un juego. La amargura que sentía era biliosa.

El pequeño hombre volvió a hablar, medio sonriendo.

—Mistress Nordway... —empezó a decir.

—¿Mistress Nordway? —repitió ella—. Pero usted..., usted insiste en afirmar que soy Norma Kendrick...

—Puede usted ser cualquiera de las dos, como más le guste —le dijo tranquilamente—. Todo depende de usted.

Se dejó caer en el sillón, completamente confundida, siendo su confusión mucho mayor que su error.

—¿Qué quiere decir? —balbució.

—Bueno, solamente eso. Tiene usted más valor que yo. Más ingenuidad. Posee un mayor espíritu de juego. Yo he estado atado a una esposa enferma durante muchos años, del mismo modo que usted lo estuvo a su padre, y cuanto más me preocupaba por ella, tanto peor era su carácter. Odiaba tener que depender de mí. No había forma de ganar el dinero suficiente para escapar. Soy lo que soy. He ahorrado a mi empresa muchos miles de dólares, quizá millones, pero mi salario sigue siendo insignificante... Así pues, ¿cuánto vale su libertad, mistress Nordway? ¿O debo llamarla miss Kendrick? ¿Qué queda del dinero que robó?

Ella se quedó helada.      

En esta ocasión no sintió temor, sino rabia. Podía comprender la necesidad de la ley de hacerle pagar lo que había hecho..., eso era la consecuencia de haber perdido el juego; pero asistir impasiblemente al robo de todo lo que había esperado, de todo aquello por lo que había trabajado, poniendo en riesgo su libertad, y todo ello a cargo de este inconsecuente zalamero y pequeño oportunista que estaba sentado frente a ella con tanta presunción... eso no lo podía aceptar.

Se levantó y, tratando de que su voz no la comprometiera en nada, dijo:

—No queda mucho dinero después de haber comprado la casa y el billete para el crucero mundial. Me quedaría en la miseria.

—Aceptaré la casa —dijo él ligeramente al ver que estaba ganando—, y también puede devolver el billete. O, mejor aún, pásemelo a mí...

—No creo que sea transferible —dijo ella, sintiéndose casi ausente—. Espere un momento, lo tengo aquí mismo...

Al dirigirse hacia la mesa, se detuvo un momento ante la ventana, mirando hacia el exterior.

—¿Cómo vino hasta aquí? —preguntó, utilizando el mismo tono de voz ausente—. No veo su coche fuera.

—Lo dejé en una calle más abajo, lejos de aquí —dijo él—, frente a la iglesia. Bajo estas circunstancias, no me pareció una buena idea dejar que alguien se enterara de que tenía usted una visita.

—Comprendo —dijo ella.

Se dirigió hacia la mesa, donde revolvió algo durante un momento, recogió lo que deseaba y lo mantuvo cerca de los pliegues de su bata. Recordó entonces, por un instante, que había vecinos no muy lejos de allí, así es que se encaminó tranquilamente, con discreción, hacia el aparato de televisión.

—¿Le gustan las películas del Oeste, míster...?

—Jordan —dijo él automáticamente—. ¿Por qué? Yo... —su voz sonó desconcertada.

¿Televisión? ¿Ahora?

Ella hizo girar el control de volumen, poniéndolo alto, y la habitación se llenó con el estridente sonido de los cow-boys, que seguían gritando, galopando y disparando. Levantó entonces el pequeño revólver que llevaba en la mano y cuando él la miró asombrado, en su último y breve momento de comprensión, ella le apuntó y le disparó una bala entre los ojos.

No había lugar donde ocultar el cuerpo. Así de simple era el problema. En esta pequeña casa no había sótano; el suelo resultaba demasiado duro y rocoso para cavar una fosa; no tenía coche, pues nunca había aprendido a conducir..., no disponía de ningún lugar donde ocultar este pequeño cuerpo que mostraba un diminuto agujero en el centro de la frente.

Se sentó. No sentía haber realizado aquella acción, sabiendo que aun cuando se hubiera dado cuenta a tiempo de las complicaciones de su acto, le habría matado del mismo modo. Le había impulsado la rabia; no la avaricia, ni el temor, ni un impulso ciego; sólo había sentido una rabiosa necesidad de matar a esta persona, a esta cosa, que estaba dispuesta a destruir toda su vida y su futuro en beneficio propio.

Le dejó allí, sobre la alfombra de la sala de estar, a la que había caído lentamente desde la silla. Había muy poca sangre. Se dirigió hacia la cocina, mirando, a través de la ventana de atrás, su querido pequeño jardín, con el suelo preparado para el nuevo césped en el que había puesto tantas esperanzas. Se sentía paralizada de dolor, al pensar que todos sus grandes planes para el futuro parecían haber quedado destruidos ahora. Se sentía desintegrada, muerta, como el pequeño hombre que estaba en la otra habitación.

Se quedó mirando fijamente a través de la ventana, hacia la negrura de la noche, inmóvil.

El césped. El suelo. Cuarenta y cinco centímetros de abono negro pulverizado sobre la dureza de la roca. Casi medio metro. En realidad, más profundo de lo que necesitaba ser. ¿Era lo bastante profundo? ¿Sería suficiente para un hombre pequeño, extendido de plano? ¿Quedaría bien con las semillas de hierba plantadas sobre él y creciendo hasta convertirse en un césped sólido?

El abono estaba muy blando y ligeramente húmedo. Esperó en la oscuridad, junto a la ventana, de modo que los vecinos pudieran pensar que ya se había acostado, y observó cómo se iban apagando una tras otra las pocas luces que aún quedaban. Era un pueblo donde la gente solía acostarse pronto y levantarse temprano, por lo que no debía esperar más tiempo del que debía...

Finalmente, la noche quedó oscura y silenciosa. Tan silenciosa como la muerte. Se dirigió entonces al terreno de la parte de atrás, y excavó un lugar en el suelo removido, con el tamaño adecuado para colocar en él al pequeño hombre —aunque, desde luego, sólo tenía cuarenta y cinco centímetros de profundidad. 

Llevó mucho cuidado para que la pala no hiciera ningún ruido contra la roca del fondo. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad, cuyo único resplandor procedía de las pálidas estrellas, y sus movimientos eran tan silenciosos como la noche.

Llevó al pequeño hombre hacia el terreno y lo dejó en su tumba, con los brazos decorosamente estirados a lo largo de las piernas, y empezó a cubrirlo con la tierra. Se detuvo. El cadáver tenía que estar plano, lo más plano posible, pues Samuel podría querer rastrillar y remover el suelo una vez más, y no debía existir la posibilidad de que sus herramientas de trabajo profundizaran lo suficiente como para encontrarse con algo sólido. Por la forma en que le había colocado, creyó que los hombros del pequeño hombre estaban algo elevados. Tenía que estar más plano, más plano.

La tumba que había abierto era ancha, pero no profunda; había más espacio a ambos lados que sobre él. Lo volvió a intentar de nuevo, extendiendo los brazos del muerto, formando ángulo recto con su cuerpo... ¡Ah! ¡Eso estaba mejor! Ahora se encontraba todo lo plano que podía estar. Ahora podría cubrirlo y olvidarse de él. La hierba no tardaría en crecer sobre él, enredándole en sus propias raíces, cubriéndole para siempre, con toda su identidad, con toda su existencia perdida en otros lugares. Pero no allí.

No allí.

Regresó a la casa y se acostó a dormir. Su futuro estaba de nuevo a salvo.

 Pasó algún tiempo antes de darse cuenta de que sus planes no tenían sentido. Día tras día observó cómo crecía la hierba de su césped y esperó con ansiedad a que aparecieran las primeras hojas verdes, olvidándose casi por completo de lo que había bajo ellas. 

Y la hierba creció, aunque no lo hizo muy bien. «Era como le había dicho Samuel», pensó ella, con desesperación. En estas montañas de rocas, suelo estéril e inviernos crudos ningún césped podría crecer decentemente. Pero las hojas salieron, esforzándose por captar los rayos del sol, un pedazo de verde aquí, otro allí, de modo que, después de todo, quizá hubiera alguna esperanza.

Una mañana, tras una noche de suave lluvia de verano, miró su césped y vio que se había producido un cambio. En el centro había un gran trozo de hierba verde y brillante, muy hermosa, alta y gruesa, que crecía florecientemente entre los trozos más escasos en los que sólo había unas cuantas hojas pálidas; un trozo que crecía florecientemente, en forma de cruz, movido ligeramente por la brisa y calentado por el sol del verano. Un trozo que crecía florecientemente.

 Y así fue como la gente del pequeño pueblo se preguntó por qué aquella vieja y loca mujer segaba con tanto cuidado su césped, dos veces a la semana, todas las semanas. Desde que salieron las primeras hojas de hierba, la mujer nunca más abandonó su casa; nunca más volvió a alejarse de ella, ni siquiera para tomarse unas pequeñas vacaciones; durante el transcurso de los largos años que siguieran nunca dejó de faltar a la cita, lloviera o hiciera sol, en primavera o en otoño, cuando tenía que segar su césped.

¡Cómo molo! - Elvira Lindo

 A vida o muerte


Cuando ayer por la mañana me miraba en el espejo de mi madre con el bañador nuevo, pensaba:

—Cómo molo.

Yo reconozco que es una frase un poco rara para decirla en voz alta, a no ser que seas un chulito como Yihad, pero estoy seguro de que pensarla la piensa mucha gente. La piensa el socorrista de la piscina de mi barrio, descarao: de vez en cuando, veo que se mira su superbíceps, y me corto un brazo si ese tío no está pensando: «Cómo molo». La piensa Bernabé cuando se peina con agua su peluquín de los domingos por la mañana y antes de salir a la calle se vuelve un momento para mirarse en el espejo del portal. Yo le veo sonreír y pensar: «Cómo molo». La piensa mi abuelo cuando se pone el chándal de las Tortugas Ninja y se baja a comprar el pan y la panadera le dice:

—Hay que ver lo bien que le pinta a usted ese chándal de las Tortugas Ninja. Le hace cincuenta años más joven.

Que me cuelguen del Árbol del Ahorcado si mi abuelo no piensa en esos precisos instantes:

—Cómo molo.

Lo piensa la Susana cuando pasa delante del banco del parque del Ahorcado donde estamos sentados Yihad, yo y el Orejones, y dejamos por un momento de insultarnos y de aburrirnos para mirarla cómo se va sin decirnos ni ahí os quedáis. Seguro que en el interior de su mente enigmática hay una frase con dos palabras que dice:

—Cómo molo.

Así que no es de extrañar que cuando yo me vi con aquel bañador de palmeras salvajes, hinchara el pecho, me diera dos o tres puñetazos mortales en las costillas y después de toser un rato (es que me di un poco fuerte) pensara lo mismo que pensaban las personas que acabo de nombrar. Yo también soy humano.

Lancé delante del espejo un grito que hubiera dejado sorda a la mismísima mona de Tarzán, al tiempo que pensaba para mis adentros y con todas mis fuerzas:

—¡Cómo mooooooolooooooo

    Nos íbamos a la piscina pero eso no era lo mejor: lo mejor era que íbamos a la piscina sin mi madre. Yo a mi madre la quiero hasta la muerte mortal pero en la piscina tenemos nuestras pequeñas diferencias: a ella no le gusta que hagamos gárgaras espectaculares, pedorretas acuáticas, que la salpiquemos, que nos tiremos a estilo bomba o que nos hagamos los pobres niños ahogados cuando pasa por nuestro lado. No entiende ese tipo de bromitas.

A mí no me gusta que me embadurne cada cinco minutos de crema, que me haga guardar dos horas de digestión y que me haga vestirme con ella en los vestuarios de chicas para tenerme controlado. Compréndelo, es un cortazo, te ves en unas situaciones prohibidas para menores de dieciocho años. Las chicas se desnudan delante de ti y encima luego se molestan si las miras a esas zonas del cuerpo humano donde sin querer se te van los ojos. A mí me dijo una el año pasado:

—Eh, chaval, mira para otro lado que te estás quedando pasmao.

Yo es que no entiendo ese tipo de reacciones, te lo juro.

Menos mal que esta vez nos llevaba mi abuelo, que aunque ha afirmado en varias ocasiones que le gustaría pasar también al vestuario de señoras, se tiene que conformar con el de caballeros.

En la puerta de la piscina habíamos quedado en que nos encontraríamos con el Orejones. Iba a ser un día total de la muerte. Iba a ser un día para recordarlo el resto de mi vida, fijo que sí.

La verdad es que nos costó mucho arrancar, porque mi madre se empeñó en vaciarnos el contenido de la nevera en la mochila. Iba ya por el décimo yogur cuando mi abuelo se interpuso entre la mochila y ella, y gritó:

—¡Catalina, por Dios, que no nos vamos a escalar el Aconcagua!

Mi madre, que jamás se da por vencida, pasó a la acción con otro tipo de cosas: nos metió la crema de protección 18 para el Imbécil, y las palas y los cubitos y el flotador, y dos bañadores de repuesto y dos albornoces, y unas tiritas y mercromina por si pisábamos unos cristales de una litrona que acabaran de romper unos macarras. Ella siempre se pone en lo más trágico. Así estoy yo, completamente enfermo de los nervios. Muchas veces me da por pensar en qué programa de sucesos de la tele me gustaría salir si me ocurriera una desgracia terrible. Mi señorita dice que tengo el cerebro destrozado de imaginar barbaridades terribles que salen por la televisión. Se equivoca. A mí me basta con las barbaridades terribles que se le ocurren a mi madre. De verdad, deberían contratarla en Hollywood para escribir la décima parte de Viernes 13.

Nos dio veinticinco besos en persona y nos tiró otros veinticinco por la ventana. Ya creíamos que nos habíamos librado de ella, cuando surgió como loca de una esquina. Qué susto nos dio la tía. Sólo quería recordarnos lo de la crema del Imbécil, y que le mojáramos la cabeza, y que le pusiéramos la gorra y que, por favor, no nos ahogáramos, que era muy desagradable. Por una vez, estábamos de acuerdo.

    Nuestro día espectacular lo empezamos regular. Mi abuelo se mosqueó con el cuidador de la piscina porque el señor cuidador decía que mi abuelo tenía que ponerse en bañador y mi abuelo decía que antes muerto que hacer el ridículo. Aunque no te lo creas, mi abuelo no se ha puesto en bañador en su vida y tiene la barriga como si se la hubiesen lavado con Ariel-Nueva Fórmula. El señor cuidador estaba empeñado en que mi abuelo se desnudase y mi abuelo le dijo al señor cuidador:

—No lo puedo entender. ¿Qué interés tiene usted en ver desnudo a un viejo? Que se lo diga mi nieto: no merece la pena.

Yo se lo dije al señor cuidador y era verdad: mi abuelo desnudo no es nada espectacular.

Al final llegaron a un acuerdo: mi abuelo aceptó cambiarse la boina por la gorra de los Picapiedra que habíamos traído para el Imbécil. El cuidador dijo:

—Bueno, esto ya es otra cosa, ya está usted más presentable.

Los cuidadores de piscina tienen unos gustos muy extraños.

Por fin nos dejaron pasar.

Mi abuelo se sentó en un banco de la piscina, se quitó la dentadura (para que luego digan que no se desnuda) y a los cinco minutos se quedó sopa con la boca abierta mirando al sol. Así es mi abuelo: como los girasoles. El Orejones y yo le pusimos unas gafas rosas de plástico auténtico del Imbécil para que no le diera el sol en los ojos, y nos fuimos oyendo sus aterradores ronquidos a nuestras espaldas.

Al Imbécil lo dejamos en la piscina de pequeños con todas sus palas y sus cincuenta cubos, y nosotros nos fuimos a hacernos unas ahogadillas mortales a la honda.

Estuvimos a punto de ahogarnos de la risa en bastantes ocasiones. Tirábamos mis gafas al fondo y buceábamos para rescatarlas. En fin, esas cosas tronchantes que a mi madre no le hacen ninguna gracia.

Nos intentamos tirar de cabeza, pero de momento sólo conseguimos aterrizar con la barriga. Es bastante doloroso pero hay cosas peores en la vida: ir al colegio, por ejemplo. Además, en mi barrio casi todos los niños se tiran en plancha, y ninguno se queja en voz alta. Sólo de vez en cuando nos echamos la mano a la tripa con un gesto terrible de dolor. Somos gente dura.

El Orejones se tiró tan fuerte que le empezó a salir sangre por la nariz. Al Orejones le sale sangre por la nariz todos los días, si no es por una cosa es por otra. La sita Espe dice que es psicológico, pero vamos, yo puedo afirmar que en esta ocasión no fue psicológico, fue porque el Orejones se pegó un planchazo que casi saca toda el agua de la piscina el tío.

Le salía tanta que los dos pensamos que lo mejor que podía hacer era quedarse metido en la piscina y limpiarse con el agua, que como tiene cloro, posee poderes cicatrizantes.     

Al momento ya estaban allí dos señoras que traían al socorrista y todo para que nos echara. Una de ellas estaba tan indignada que le quitó el pito y todo al socorrista para amenazarnos a pitadas. Qué numerazo. Decían las señoras que les daba asco y que dónde estaban nuestras madres para enseñarnos educación. Las señoras a veces no tienen humanidad. Sólo les conmueve la sangre de las películas, la sangre de verdad les da asco. Una de ellas le metió un algodón en la nariz al Orejones, que casi le asomaba por el ojo de lo dentro que se lo había metido. Encima les tuve que dar las gracias. Se las di yo, claro. El Orejones no tiene modales, lo que tiene es mucho morro.

Cuando se cortó la hemorragia volvimos al lugar del crimen, a la piscina, y pasamos un buen rato haciendo una alucinante pelea de cocodrilos; una pelea muy realista, valía morder y todo. Con este tipo de juegos nos mosqueamos en seguida. Es muy difícil controlarse a la hora de pegarle un mordisco al enemigo, así que nos sentamos en la escalerilla. El Orejones miró su fantástico reloj submarino: llevábamos media hora luchando en el agua y una hora desde que dejamos a mi abuelo sopinstant.

Ya teníamos los dedos como los garbanzos en remojo. Pensamos que había llegado ese momento crucial en que un abuelo te da dinero para un helado.     

Cuando íbamos hacia el banco de mi abuelo vimos a un grupo de señoras (incluidas las dos de antes) que rodeaban a un niño tumbado boca arriba con veinticinco palas en la mano. El niño estaba rojo como esos cangrejos que le gusta tanto chupar a mi madre. El niño rojo era mi hermano. Yo me puse a llorar inmediatamente. Lloraba por ver a mi hermano tan rojo y porque las señoras le estaban echando la bronca a mi abuelo porque decían que era un abuelo sin conocimiento ni decencia. El socorrista de los superbíceps cogió en brazos a mi hermano para montarlo en un taxi y que lo lleváramos al hospital. Mi abuelo y yo llorábamos andando detrás del socorrista. Parecía un entierro. Me salían tantas lágrimas que no veía nada detrás de las gafas. Las señoras decían que seguro que el Imbécil tenía un cuadro de insolación en primer grado. Eso debía de ser terrible.

Cuando llegamos al hospital llamé a mi madre para tranquilizarla y le dije:

—No te preocupes: es un caso a vida o muerte. Ven sin pérdida de tiempo.

Oí un grito desgarrador y luego no oí nada más. A mi abuelo se le juntó la próstata con los nervios y se tuvo que ir al váter. La señorita enfermera me preguntó que qué era yo del Imbécil y yo le dije que su hermano. La señorita enfermera me preguntó el nombre del Imbécil, y me puse a llorar otra vez y le dije que no me acordaba. Entonces llegó mi abuelo y dijo una frase histórica:

—El niño se llama Nicolás García Moreno.

Así que mi hermano se llama Nicolás, como mi abuelo. Qué bonito. En un futuro tendría que acostumbrarme a llamarle por su nombre.

Al rato llegó mi madre. No parecía mi madre: estaba blanca como Morticia, la de la Familia Addams. La había traído la Luisa con el pañuelo blanco fuera de la ventanilla. Mi madre no nos miró ni a mi abuelo ni a mí. Nos ignoró. Pasó directamente a ver a mi hermano. Cuando salió dijo que el Imbécil se quedaría allí toda la noche. Mi abuelo y yo nos pusimos a llorar. Y encima de que llorábamos nos echaron la bronca entre las dos. A mi abuelo le dijeron que era un abuelo sin conocimiento y a mí que era un hermano bastante malvado, que no le había puesto la protección 18, ni le había puesto la gorra (qué iba a hacer, la llevaba mi abuelo), que no le había cuidado porque no le quería. Eso sí que no era cierto. Lo puedo jurar con la mano en la Biblia y delante del presidente del gobierno si es necesario.

Ayer por la noche fue la cena más triste de nuestras vidas. No podíamos dejar de pensar en el Imbécil con esos calzoncillos blancos tan grandes que le habían puesto en el hospital. Seguro que se meaba a media noche. Mi madre me dijo que así aprendería a querer más a mi hermano. Como estaba tan triste me compró un supercucurucho de postre. Me lo comí, sí, pero se me caían las lágrimas. Me lo comí para consolarme y algo me consoló, la verdad.

Me metí en la cama sin bañarme porque un baño sin el Imbécil y sin nuestro espectacular campeonato de pedos acuáticos no tiene gracia, no es lo mismo.

Al día siguiente, la Luisa y mi madre se fueron a recoger al Imbécil. Mi abuelo y yo estuvimos todo el tiempo esperando en el portal. A la hora vimos aparecer el coche de la Luisa, que se le caló tres veces hasta llegar donde estábamos nosotros.

El Imbécil salió del coche cargado hasta los dientes: seguía con las palas, los cubos y unas pelotas con goma que le habían comprado. Se le había quitado bastante el color rojo y estaba más delgado porque en el hospital le habían contagiado una terrible culitis. El Imbécil no nos guardaba rencor, porque el Imbécil todavía no sabe lo que es el rencor y era chachi que estuviera otra vez con nosotros. Cuando llegó la noche no pudimos hacer el famoso campeonato acuático de pedos en la bañera porque teniendo culitis, ya se sabe, detrás del efecto sonoro viene la realidad completamente cruda.

Esta noche me lo han dejado en mi cama. No me importa que me la mee. Se ha dormido con la mano sujetándose el chupete en la boca. Yo creo que tiene miedo de que algún desaprensivo se lo robe. No es verdad que yo no quiera a mi hermano, sólo que se me olvidó ponerle la protección 18. Tengo mis despistes.

Por cierto, se me ha olvidado otra vez cómo se llama.

Un día perfecto para el pez plátano - J. D. Salinger

En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. 

En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.
 
No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.
 
Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. 

Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y —ya era la cuarta o quinta llamada —levantó el auricular del teléfono.
 
 —Diga —dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
 
 —Su llamada a Nueva York, señora Glass —dijo la operadora.
 
 —Gracias —contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.
 
A través del auricular llegó una voz de mujer:
 
 —¿Muriel? ¿Eres tú?
 
La chica alejó un poco el auricular del oído.
 
 —Sí, mamá. ¿Cómo estás? —dijo.
 
 —He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
 
 —Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han...
 
 —¿Estás bien, Muriel?
 
La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
 
 —Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde...
 
 —¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada...
 
 —Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente  —dijo la chica —. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...
 
 —Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.
 
 —Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
 
 —¿Cuándo llegasteis?
 
 —No sé... el miércoles, de madrugada.
 
 —¿Quién condujo?
 
 —Él —dijo la chica —. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
 
 —¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que...
 
 —Mamá —interrumpió la chica —, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.
 
 —¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?
 
 —Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... se notaba. Por cierto, ¿papá ha hecho arreglar el coche?
 
 —Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para...
 
 —Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para...
 
 —Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás...
 
 —Muy bien —dijo la chica.
 
 —¿Sigue llamándote con ese horroroso...?
 
 —No. Ahora tiene uno nuevo
 
 —¿Cuál?
 
 —Mamá... ¿qué importancia tiene?
 
 —Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...
 
 —Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948 —dijo la chica, con una risita.
 
 —No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo...
 
 —Mamá —interrumpió la chica —, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza...
 
 —Lo tienes tú.
 
 —¿Estás segura? —dijo la chica.
 
 —Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la... ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?
 
 —No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.
 
 —¡Pero está en alemán!
 
 —Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia —dijo la chica, cruzando las piernas —. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos.. .
 
 —Espantoso. Espantoso. Es realmente triste... Ya decía tu padre anoche...
 
 —Un segundo, mamá —dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama —. ¿Mamá? —dijo, echando una bocanada de humo.
 
 —Muriel, mira, escúchame.
 
 —Te estoy escuchando.
 
 —Tu padre habló con el doctor Sivetski.
 
 —¿Sí? —dijo la chica.
 
 —Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas... ¡Todo!
 
 —¿Y...? —dijo la chica.
 
 —En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.
 
 —Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra  —dijo la chica.
 
 —¿Quién? ¿Cómo se llama?
 
 —No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.
 
 —Nunca lo he oído nombrar.
 
 —De todos modos, dicen que es muy bueno.
 
 —Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa...
 
 —Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma
 
 —Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la...
 
 —Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí —dijo la chica —. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
 
 —¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está...
 
 —Lo usé. Pero me quemé lo mismo.
 
 —¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?
 
 —Me he quemado toda, mamá, toda.
 
 —¡Qué horror!
 
 —No me voy a morir.
 
 —Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?
 
 —Bueno... sí... más o menos... —dijo la chica.
 
 —¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
 
 —En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.
 
 —Bueno, ¿qué dijo?
 
 —¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando al bingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije...
 
 —¿Por que te hizo esa pregunta?
 
 —No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé —dijo la chica —. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo...
 
 —¿El verde?
 
 —Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas...! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería...
 
 —Pero ¿qué dijo él? El médico.
 
 —Ah, sí... Bueno... en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo.
 
 —Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
 
 —No, mamá. No entré en detalles —dijo la chica —. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
 
 —¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... ya sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...?
 
 —En realidad, no —dijo la chica —. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.
 
 —En fin. ¿Y tu abrigo azul?
 
 —Bien. Le subí un poco las hombreras.
 
 —¿Cómo es la ropa este año?
 
 —Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.
 
 —¿Y tu habitación?
 
 —Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra —dijo la chica —. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un camión.
 
 —Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?
 
 —Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
 
 —Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio, va todo bien?
 
 —Sí, mamá —dijo la chica —. Por enésima vez.
 
 —¿Y no quieres volver a casa?
 
 —No, mamá.
 
 —Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos...
 
 —No, gracias —dijo la chica, y descruzó las piernas —.
 
 —Mamá, esta llamada va a costar una for...
 
 —Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando una piensa en esas esposas alocadas que...
 
 —Mamá —dijo la chica —. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
 
 —¿Dónde está?
 
 —En la playa.
 
 —¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
 
 —Mamá —dijo la chica —. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
 
 —No he dicho nada de eso, Muriel.
 
 —Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.
 
 —¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?
 
 —No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
 
 —Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
 
 —Lo conoces muy bien —dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas —. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
 
 —¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
 
 —No, mamá. No, querida —dijo la chica, y se puso de pie —. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
 
 —Muriel, hazme caso.
 
 —Sí, mamá —dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
 
 —Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro..., ya me entiendes. ¿Me oyes?
 
 —Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
 
 —Muriel, quiero que me lo prometas.
 
 —Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá —dijo la chica —. Besos a papá —y colgó.
 
 —Ver más vidrio —dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre —. ¿Has visto más vidrio?
 
 —Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor.
 
La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.
 
 —No era más que un simple pañuelo de seda... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo —dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter —. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.
 
 —Por lo que dice, debía de ser precioso —asintió la señora Carpenter.
 
 —Estáte quieta, Sybil, cariño...
 
 —¿Viste más vidrio? —dijo Sybil.
 
La señora Carpenter suspiró.
 
 —Muy bien —dijo. Tapó el frasco de bronceador —. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.
 
Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.
 
Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.
 
 —¿Vas a ir al agua, ver más vidrio? —dijo.
 
El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.
 
 —¡Ah!, hola, Sybil.
 
 —¿Vas a ir al agua?
 
 —Te esperaba —dijo el joven —. ¿Qué hay de nuevo?
 
 —¿Qué? —dijo Sybil.
 
 —¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
 
 —Mi papá llega mañana en un avión —dijo Sybil, tirándole arena con el pie.
 
 —No me tires arena a la cara, niña —dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil —. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.
 
 —¿Dónde está la señora? —dijo Sybil.
 
 —¿La señora? —el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo —. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres.
 
Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.
 
 —Pregúntame algo más, Sybil —dijo —. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul.
 
Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.
 
 —Es amarillo —dijo —. Es amarillo.
 
 —¿En serio? Acércate un poco más.
 
Sybil dio un paso adelante.
 
 —Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
 
 —¿Vas a ir al agua? —dijo Sybil.
 
 —Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.
 
Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.
 
 —Necesita aire —dijo.
 
 —Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir —retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena —. Sybil —dijo —, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti —estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil —. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?
 
 —Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano —dijo Sybil.
 
 —¿Sharon Lipschutz dijo eso?
 
Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.
 
 —Bueno  —dijo —. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?
 
 —Sí que podías.
 
 —Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?
 
 —¿Qué?
 
 —Me imaginé que eras tú.
 
Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.
 
 —Vayamos al agua —dijo.
 
 —Bueno —replicó el joven —. Creo que puedo hacerlo.
 
 —La próxima vez, échala de un empujón  —dijo Sybil.
 
 —¿Que eche a quién?
 
 —A Sharon Lipschutz.
 
 —Ah, Sharon Lipschutz  —dijo él —. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos. —De repente se puso de pie y miró el mar —. Sybil —dijo —, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez plátano.
 
 —¿Un qué?
 
 —Un pez plátano —dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz.
 
Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.
 
Los dos echaron a andar hacia el mar.
 
 —Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces plátano —dijo el joven.
 
Sybil negó con la cabeza.
 
 —¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
 
 —No sé —dijo Sybil.
 
 —Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio.
 
Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.
 
 —Whirly Wood, Connecticut —dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.
 
 —Whirly Wood, Connecticut —dijo el joven —. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?
 
Sybil lo miró:
 
 —Ahí es donde vivo —dijo con impaciencia —. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.
 
Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.
 
 —No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso  —dijo él.
 
Sybil soltó el pie:
 
 —¿Has leído El negrito Sambo? —dijo.
 
 —Es gracioso que me preguntes eso —dijo él —. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche. —Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil —. ¿Qué te pareció?
 
 —¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?
 
 —Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
 
 —No eran más que seis —dijo Sybil.
 
 —¡Nada más que seis!  —dijo el joven —. ¿Y dices «nada más»?
 
 —¿Te gusta la cera? —preguntó Sybil.
 
 —¿Si me gusta qué?
 
 —La cera.
 
 —Mucho. ¿A ti no?
 
Sybil asintió con la cabeza:
 
 —¿Te gustan las aceitunas? —preguntó.
 
 —¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
 
 —¿Te gusta Sharon Lipschutz? —preguntó Sybil.
 
 —Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.
 
Sybil no dijo nada.
 
 —Me gusta masticar velas —dijo ella por último.
 
 —Ah, ¿y a quién no? —dijo el joven mojándose los pies —. ¡Diablos, qué fría está! —Dejó caer el flotador en el agua —. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro.
 
Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.
 
 —¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso? —preguntó él.
 
 —No me sueltes —dijo Sybil —. Sujétame, ¿quieres?
 
 —Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo —dijo el joven —. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano.
 
 —No veo ninguno —dijo Sybil.
 
 —Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
 
Siguió empuiando el flotador. El agua le llegaba al pecho.
 
 —Llevan una vida triste —dijo —. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?
 
Ella negó con la cabeza.
 
 —Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos —empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte —. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.
 
 —No vayamos tan lejos —dijo Sybil —. ¿Y qué pasa después con ellos?
 
 —¿Qué pasa con quiénes?
 
 —Con los peces plátano.
 
 —Bueno, ¿te refieres a después de comer tantos plátanos que no pueden salir del pozo?
 
 —Sí —dijo Sybil.
 
 —Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
 
 —¿Por qué? —preguntó Sybil.
 
 —Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.
 
 —Ahí viene una ola —dijo Sybil nerviosa.
 
 —No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia —dijo el joven —, como dos engreídos.
 
Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.
 
Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:
 
 —Acabo de ver uno.
 
 —¿Un qué, amor mío?
 
 —Un pez plátano.
 
 —¡No, por Dios! —dijo el joven —. ¿Tenía algún plátano en la boca?
 
 —Sí —dijo Sybil —. Seis.
 
De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.
 
 —¡Eh! —dijo la propietaria del pie, volviéndose.
 
 —¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?
 
 —¡No!
 
 —Lo siento —dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del camino lo llevó bajo el brazo.
 
 —Adiós  —dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.
 
El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.
 
En el primer nivel de la planta baja del hotel —que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia — entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.
 
 —Veo que me está mirando los pies —dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
 
 —¿Cómo dice? —dijo la mujer.
 
 —Dije que veo que me está mirando los pies.
 
 —Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo  —dijo la muier, y se volvió hacia las puertas del ascensor.
 
 —Si quiere mirarme los pies, dígalo —dijo el joven —. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
 
 —Déjeme salir, por favor —dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.
 
Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.
 
 —Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos —dijo el joven —. Quinto piso, por favor.
 
Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.
 
Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.
 
Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.