La
mujer terminó de limpiar la cocina, después de su solitaria comida —la pechuga
de pollo hervida con vino, la refrescante ensalada de aguacates y las galletas
tostadas que ella misma se había hecho, y de las que dejó suficientes para el
desayuno—, y ahora la pequeña casa estaba en perfecto orden.
El sol, sobre el
rústico pueblo de montaña que había elegido como hogar permanente, no tardaría
en desaparecer tras las colinas boscosas, pues el atardecer nunca era un
período demasiado prolongado, y ahora sólo quedarían unos pocos momentos antes
de que todo quedara envuelto en la oscuridad. Así pues, debía dar el último
vistazo del día al terreno preparado para plantar su nuevo césped de jardín.
Mañana,
le había dicho Samuel; mañana, el suelo estaría preparado para recibir la
semilla y después, con la voluntad de Dios, podría tener un césped decente para
variar. Él se sentía orgulloso de sus trabajos; nadie había sido capaz aún de
hacer crecer un césped adecuado en esta zona rocosa de las colinas. Muchos lo
habían intentado y sólo habían obtenido unas pocas briznas de hierba.
Pero ella
estaba decidida a conseguir un césped exuberante detrás de la casa, y después
compraría un toldo y algunos muebles de jardín y hasta quizá haría instalar una
pequeña fuente; y cuando regresara de su viaje podría sentarse en el exterior
durante todo el verano, tomando el sol y disfrutando de la belleza y la tranquilidad
conseguida en la vida gracias a sus propios esfuerzos.
Durante los inviernos
viajaría —México, América del Sur, el Mediterráneo—, pero durante los veranos
disfrutaría de la casa, del césped y del jardín por los que había esperado
tanto tiempo.
Mirando
todavía por la ventana, vio algo blanco que saltaba rápidamente sobre la marga
oscura de la tierra preparada. Se puso inmediatamente alerta y salió corriendo
por la puerta de atrás, gritando:
—¡«Nemo»!
¡«Nemo»!
El
pequeño gato negro no le prestó la menor atención porque se había hundido hasta
el vientre en la tierra blanda. Sin pensarlo, dándose cuenta únicamente de que
el gato se podía hundir por completo como si fueran arenas movedizas, saltó
sobre la tierra abonada y se encontró hundida en ella casi hasta las rodillas,
antes de que sus pies pudieran posarse sobre la dureza rocosa del suelo que
había debajo.
—¡Maldita
sea! —exclamó, y se echó a reír—. Soy una vieja tonta.
Se
abrió paso por la reblandecida tierra, de unos cuarenta y cinco centímetros de
profundidad, rescató al gato que maullaba, y regresó a la casa para quitarse la
ropa y ducharse.
A
pesar de aquello, se sintió complacida al haber comprobado por sí misma la
profundidad del nuevo terreno. Samuel había hecho muy bien su trabajo;
evidentemente, había roturado el suelo rocoso lo mejor que pudo y después había
extendido sobre él carretadas de tierra blanda, fertilizada y libre de malas
hierbas, que ahora estaba lista para recibir al día siguiente las semillas de
hierba.
No le había engañado. No se había limitado, como podrían haber hecho
otros jardineros, a extender una fina capa de abono sobre el suelo rocoso, sino
que realmente había preparado el suelo para que la hierba creciera durante toda
la vida. A pesar de ello, había seguido sacudiendo la cabeza, refunfuñando, al
estilo pesimista de estas gentes de la montaña, que parecían demasiado
acostumbradas a la desilusión para tentar al destino con la esperanza.
—Las
semillas de hierba no quieren crecer aquí —había murmurado mientras rastrillaba
y alisaba, alisaba y rastrillaba—. El suelo está vacío. El aire es demasiado
ligero y los inviernos demasiado crudos.
Pero
había seguido rastrillando y alisando, prometiendo un desastre, pero
manteniendo la esperanza, a pesar de sí mismo.
La
mujer sonrió, salió de la ducha, se secó, se puso un camisón y una bata encima,
lavó al gato a pesar de su enfurecimiento (quien parecía decirle, ¿es que
alguien puede lavar a un gato mejor que él mismo?) y tomó asiento en el cómodo
sillón que había frente al aparato de televisión.
Estaba
sola. Y segura. Segura, al fin. Feliz y cómoda. Descansada. Descansada por
primera vez en su vida y con ese maravilloso crucero mundial esperándola,
después de sus muchos años de trabajo sin vacaciones. Sólo le faltaban unas
pocas semanas, el tiempo suficiente para ver crecer un poco la hierba recién
plantada, sabiendo que a su regreso, varios meses después, estaría alta y
hermosa. Nunca se había sentido tan contenta, tan excitada como una joven, como
se sentía ahora. Los años amargos quedaban atrás; los años excitantes la
esperaban delante.
Se
cansó y se exasperó con la televisión porque en estas intrincadas montañas sólo
se podían captar dos canales y en uno de ellos estaba cantando un grupo de
rock, llenando el aire con los gritos y el vocerío de los sonidos modernos; en
el otro canal ofrecían una vieja película del Oeste, produciendo también
sonidos fuertes, aunque éstos eran del pasado, disparando, gritando y galopando
de un lado a otro.
Apagó
la televisión y se dirigió a la mesa de despacho, abriendo un cajón. Apartó un
pequeño revólver que tenía allí porque estaba viviendo sola, y cogió un montón
de folletos de vivos colores para volverlos a mirar, soñando e imaginando su
vida en el futuro, ignorando el pasado: el magnífico barco en el que dispondría
de una cabina exterior, toda para ella sola, y donde podría pasar días y noches
de tranquilo placer; Inglaterra, con su magnífica historia; el continente
—París, Venecia y muchas partes más, incluso Creta—, un crucero que iba a durar
casi un año completo. Al fin y al cabo, iban a ser las primeras vacaciones
después de tantos años que ni siquiera los podía contar.
Se
recreó contemplando las imágenes, las vistosas y casi imposibles descripciones
y una vez más, al igual que había hecho antes una docena de veces, cogió el
voluminoso billete, las direcciones, el recibo, la fecha de partida, los
folletos donde se indicaba el tipo de ropa que podía llevar..., todo lo que
antes no había sido más que un sueño para ella. Ahora, todo estaba arreglado:
Samuel se encargaría de cortar y regar el nuevo césped y cuidaría a «Nemo»; la
oficina de correos le guardaría la correspondencia —¿qué correspondencia?—;
míster Prescott, el único policía del lugar, daría periódicamente un vistazo a
su casa.
Todo
estaba en orden, todo estaba esperando. Y finalmente —puro placer—, haría el
viaje para bajar de las montañas en el desvencijado y viejo autobús diario, el
vuelo aéreo a la ciudad, la noche que pasaría en uno de los grandes hoteles y
después, al día siguiente, el trayecto en taxi hasta el gran barco blanco y
todo lo que prometía...
Al
principio no escuchó la llamada en la puerta. La casa estaba en silencio y el
único sonido era el de «Nemo» ronroneando a sus pies; pero ella se hallaba
perdida en otro mundo, y el sonido de la primera llamada no le llegó.
Volvió
a sonar de nuevo y, en esta ocasión, la escuchó. Sintiéndose aún perdida, sin
preguntarse siquiera quién podría estar llamando una vez que había caído la
noche, se dirigió hacia la puerta y la abrió, viendo ante ella a un hombre
pequeño.
—¿Sí?
—preguntó, sorprendida, pero sin sentir aún ningún recelo.
—¿Miss
Kendrick?
Preparada
o no, consiguió mantener la más completa disciplina física. No vaciló, y en su
rostro tampoco apareció ninguna expresión.
—No
—dijo tranquilamente—. Debe haberse equivocado.
—Creo
que no —dijo el hombre. Era una persona completamente mediocre: de
aproximadamente un metro sesenta de estatura, de un pelo rojizo y espeso, con
un traje del mismo color y unos ojos azul pálidos.
—Mi
nombre es Stella Nordway —afirmó ella— Mistress Stella Nordway.
—¡Oh!
—exclamó el hombre, sonriendo—. ¿Se ha casado hace poco?
—Soy
viuda desde hace diez años —contestó—. Como ve, está en un error.
—¿Puedo
entrar?
—No
—y ella empezó a cerrar la puerta.
El
rostro del hombre se alteró ligeramente. Primero expresó un ramalazo de furia y
después, casi instantáneamente, una máscara de mediocridad que podría hacerle
pasar completamente inadvertido entre una multitud.
—Soy
investigador privado —dijo—, para la Halmut Bonding Company. Me han contratado
para encontrar a una mujer llamada Norma Kendrick que desfalcó más de cien mil
dólares en la empresa donde trabajaba durante los últimos siete años. La
quieren atrapar, miss Kendrick. Y el dinero.
—Puede
entrar —dijo ella, y abrió la puerta un poco más.
Se
introdujo en la casa e instantáneamente encontró la silla más incómoda de la
habitación, de respaldo corto y recto, y se sentó en el borde, como si el
haberse sentado en el cómodo sofá le hubiera hecho perder su estado de alerta.
—Está
usted equivocado —volvió a decir ella, aunque esta vez casi con indecisión—. Yo
no soy...
—He
trabajado como investigador durante los últimos veintitrés años. Y sé de usted
lo siguiente: trabajó como contable principal para la Sharpe Wholesale Hardware
Company. Un establecimiento grande y próspero. Usted era una persona competente
y digna de confianza Sólo había una pequeña peculiaridad con usted: durante los
últimos siete años se negó a tomarse las tres semanas de vacaciones a que tenía
derecho cada año...
—Pero
yo... —le interrumpió ella, pero se mordió las palabras, pues lo que iba a
expresar habría significado admitir lo que le decía el hombre, así es que se
corrigió rápidamente—. Pero yo no tengo nada que ver con todo eso, así es que
como ve...
—Es
usted Norma Kendrick —le interrumpió él—. No puedo dejar de admitir que siento
una gran curiosidad por saber por qué se convirtió de repente en una
malhechora. Se estuvo haciendo cargo durante años de su padre inválido y
haciendo su trabajo y volviendo a casa todas las noches para seguir la misma
rutina. Entonces, de repente, decidió usted apoderarse de una parte del dinero
de la empresa.
Al final del primer año, se dio cuenta de que no podía dejar sus
libros de contabilidad... habría significado tener que admitir a un contable
que la sustituyera durante su ausencia. Se me advirtió que míster Sharpe no
sintió mayor curiosidad por saber por qué usted no deseaba tomarse cada año su
período de vacaciones, aunque me dijo que había confiado plenamente en usted,
pues era hija de un viejo amigo y siempre había demostrado su competencia y
responsabilidad, que la hacían digna de toda confianza.
Y, más aún, explicó su
renuncia a las vacaciones diciendo que no podía abandonar a su padre enfermo
para ir a ningún sitio, y que necesitaba desesperadamente el dinero para pagar
los medicamentos de su padre, así es que si míster Sharpe, además de su salario
regular, le pagaba a usted lo mismo que tendría que pagar a un contable que la
sustituyera durante las vacaciones, le quedaría muy agradecida.
La
mujer permaneció completamente inmóvil, temerosa de hablar, y de no decir nada.
Sería mejor escuchar, pensó. Tenía que haber una escapatoria en alguna parte.
—¿De
verdad? —preguntó, estimulándole.
Él
quedó sorprendido, quizá porque había esperado otra negativa por parte de ella.
—Así
es que en lugar de las vacaciones se tomaba frecuentemente un largo fin de
semana, desde el jueves al lunes, o desde el viernes al martes. Durante esos
períodos de tiempo se las arreglaba para adoptar su segunda personalidad, con
el nombre de Stella Nordway. Se puso una peluca rubia, unas gafas, unas ropas
más jóvenes, y compró esta casa.
También compró un billete para realizar un
crucero mundial. Hizo todas estas cosas con bastante rapidez, después de haber
estado llevándose el dinero durante siete años, y no solamente porque
finalmente había muerto su padre, sino también porque el propietario de la
empresa estaba dispuesto a retirarse y venderla. Y esa venta, desde luego,
habría significado un repaso muy cuidadoso de los libros de contabilidad. Y
bien, miss Kendrick, ¿qué dice usted a todo esto?
Su
mente se agitó.
—¿Me
persigue la policía? —preguntó, en un abandono final ante lo inevitable.
El
hombre sonrió.
—No,
todavía no. Como ya le he dicho antes, trabajo primero para la compañía de
seguros, y después para su antiguo jefe, aunque, desde luego, en cuanto haya
sido localizada, tendrá que intervenir la ley. La policía también la está
buscando, pero en una dirección diferente. La empresa de seguros quiere
recuperar su dinero..., lo que quede de él... y el Estado también obtendrá su
venganza. Desaparecerá su pequeña casa...
Echó
un vistazo por la limpia y atractiva habitación así como por la ventana,
mirando al cielo oscuro, donde las estrellas brillaban claramente en el aire de
la montaña. Suspiró con placer. Aquello también sería un maravilloso retiro
para él, después de toda una vida de trabajo en la ciudad.
—Su
viaje alrededor del mundo... y no sabe cuánto la envidio por eso... también
tendrá que ser olvidado.
Ella
empezaba a sentirse confundida. ¿Por qué no estaba allí la policía? ¿Por qué
aquel hombre no le había dicho a míster Prescott, el único policía del lugar,
que en el pueblo había un fugitivo de la justicia? ¿Por qué se había presentado
él allí, para decirle todas aquellas cosas, sin hacer nada al respecto?
Ella se
dio cuenta de que había perdido la partida, pero supo desde el principio que
todo no era más que un juego. La amargura que sentía era biliosa.
El
pequeño hombre volvió a hablar, medio sonriendo.
—Mistress
Nordway... —empezó a decir.
—¿Mistress
Nordway? —repitió ella—. Pero usted..., usted insiste en afirmar que soy Norma
Kendrick...
—Puede
usted ser cualquiera de las dos, como más le guste —le dijo tranquilamente—.
Todo depende de usted.
Se
dejó caer en el sillón, completamente confundida, siendo su confusión mucho
mayor que su error.
—¿Qué
quiere decir? —balbució.
—Bueno,
solamente eso. Tiene usted más valor que yo. Más ingenuidad. Posee un mayor
espíritu de juego. Yo he estado atado a una esposa enferma durante muchos años,
del mismo modo que usted lo estuvo a su padre, y cuanto más me preocupaba por
ella, tanto peor era su carácter. Odiaba tener que depender de mí. No había
forma de ganar el dinero suficiente para escapar. Soy lo que soy. He ahorrado a
mi empresa muchos miles de dólares, quizá millones, pero mi salario sigue
siendo insignificante... Así pues, ¿cuánto vale su libertad, mistress Nordway?
¿O debo llamarla miss Kendrick? ¿Qué queda del dinero que robó?
Ella
se quedó helada.
En
esta ocasión no sintió temor, sino rabia. Podía comprender la necesidad de la
ley de hacerle pagar lo que había hecho..., eso era la consecuencia de haber
perdido el juego; pero asistir impasiblemente al robo de todo lo que había
esperado, de todo aquello por lo que había trabajado, poniendo en riesgo su
libertad, y todo ello a cargo de este inconsecuente zalamero y pequeño
oportunista que estaba sentado frente a ella con tanta presunción... eso no lo
podía aceptar.
Se
levantó y, tratando de que su voz no la comprometiera en nada, dijo:
—No
queda mucho dinero después de haber comprado la casa y el billete para el
crucero mundial. Me quedaría en la miseria.
—Aceptaré
la casa —dijo él ligeramente al ver que estaba ganando—, y también puede
devolver el billete. O, mejor aún, pásemelo a mí...
—No
creo que sea transferible —dijo ella, sintiéndose casi ausente—. Espere un
momento, lo tengo aquí mismo...
Al
dirigirse hacia la mesa, se detuvo un momento ante la ventana, mirando hacia el
exterior.
—¿Cómo
vino hasta aquí? —preguntó, utilizando el mismo tono de voz ausente—. No veo su
coche fuera.
—Lo
dejé en una calle más abajo, lejos de aquí —dijo él—, frente a la iglesia. Bajo
estas circunstancias, no me pareció una buena idea dejar que alguien se
enterara de que tenía usted una visita.
—Comprendo
—dijo ella.
Se
dirigió hacia la mesa, donde revolvió algo durante un momento, recogió lo que
deseaba y lo mantuvo cerca de los pliegues de su bata. Recordó entonces, por un
instante, que había vecinos no muy lejos de allí, así es que se encaminó
tranquilamente, con discreción, hacia el aparato de televisión.
—¿Le
gustan las películas del Oeste, míster...?
—Jordan
—dijo él automáticamente—. ¿Por qué? Yo... —su voz sonó desconcertada.
¿Televisión?
¿Ahora?
Ella
hizo girar el control de volumen, poniéndolo alto, y la habitación se llenó con
el estridente sonido de los cow-boys, que seguían gritando, galopando y disparando. Levantó entonces el
pequeño revólver que llevaba en la mano y cuando él la miró asombrado, en su
último y breve momento de comprensión, ella le apuntó y le disparó una bala
entre los ojos.
No
había lugar donde ocultar el cuerpo. Así de simple era el problema. En esta
pequeña casa no había sótano; el suelo resultaba demasiado duro y rocoso para
cavar una fosa; no tenía coche, pues nunca había aprendido a conducir..., no
disponía de ningún lugar donde ocultar este pequeño cuerpo que mostraba un
diminuto agujero en el centro de la frente.
Se
sentó. No sentía haber realizado aquella acción, sabiendo que aun cuando se
hubiera dado cuenta a tiempo de las complicaciones de su acto, le habría matado
del mismo modo. Le había impulsado la rabia; no la avaricia, ni el temor, ni un
impulso ciego; sólo había sentido una rabiosa necesidad de matar a esta
persona, a esta cosa, que estaba dispuesta a destruir toda su vida y su futuro
en beneficio propio.
Le
dejó allí, sobre la alfombra de la sala de estar, a la que había caído
lentamente desde la silla. Había muy poca sangre. Se dirigió hacia la cocina,
mirando, a través de la ventana de atrás, su querido pequeño jardín, con el
suelo preparado para el nuevo césped en el que había puesto tantas esperanzas.
Se sentía paralizada de dolor, al pensar que todos sus grandes planes para el
futuro parecían haber quedado destruidos ahora. Se sentía desintegrada, muerta,
como el pequeño hombre que estaba en la otra habitación.
Se
quedó mirando fijamente a través de la ventana, hacia la negrura de la noche,
inmóvil.
El
césped. El suelo. Cuarenta y cinco centímetros de abono negro pulverizado sobre
la dureza de la roca. Casi medio metro. En realidad, más profundo de lo que
necesitaba ser. ¿Era lo bastante profundo? ¿Sería suficiente para un hombre
pequeño, extendido de plano? ¿Quedaría bien con las semillas de hierba
plantadas sobre él y creciendo hasta convertirse en un césped sólido?
El
abono estaba muy blando y ligeramente húmedo. Esperó en la oscuridad, junto a
la ventana, de modo que los vecinos pudieran pensar que ya se había acostado, y
observó cómo se iban apagando una tras otra las pocas luces que aún quedaban.
Era un pueblo donde la gente solía acostarse pronto y levantarse temprano, por
lo que no debía esperar más tiempo del que debía...
Finalmente,
la noche quedó oscura y silenciosa. Tan silenciosa como la muerte. Se dirigió
entonces al terreno de la parte de atrás, y excavó un lugar en el suelo
removido, con el tamaño adecuado para colocar en él al pequeño hombre —aunque,
desde luego, sólo tenía cuarenta y cinco centímetros de profundidad.
Llevó
mucho cuidado para que la pala no hiciera ningún ruido contra la roca del
fondo. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad, cuyo único resplandor
procedía de las pálidas estrellas, y sus movimientos eran tan silenciosos como
la noche.
Llevó
al pequeño hombre hacia el terreno y lo dejó en su tumba, con los brazos
decorosamente estirados a lo largo de las piernas, y empezó a cubrirlo con la
tierra. Se detuvo. El cadáver tenía que estar plano, lo más plano posible, pues
Samuel podría querer rastrillar y remover el suelo una vez más, y no debía
existir la posibilidad de que sus herramientas de trabajo profundizaran lo
suficiente como para encontrarse con algo sólido. Por la forma en que le había
colocado, creyó que los hombros del pequeño hombre estaban algo elevados. Tenía
que estar más plano, más plano.
La
tumba que había abierto era ancha, pero no profunda; había más espacio a ambos
lados que sobre él. Lo volvió a intentar de nuevo, extendiendo los brazos del
muerto, formando ángulo recto con su cuerpo... ¡Ah! ¡Eso estaba mejor! Ahora se
encontraba todo lo plano que podía estar. Ahora podría cubrirlo y olvidarse de
él. La hierba no tardaría en crecer sobre él, enredándole en sus propias
raíces, cubriéndole para siempre, con toda su identidad, con toda su existencia
perdida en otros lugares. Pero no allí.
No
allí.
Regresó
a la casa y se acostó a dormir. Su futuro estaba de nuevo a salvo.
Pasó
algún tiempo antes de darse cuenta de que sus planes no tenían sentido. Día
tras día observó cómo crecía la hierba de su césped y esperó con ansiedad a que
aparecieran las primeras hojas verdes, olvidándose casi por completo de lo que
había bajo ellas.
Y la hierba creció, aunque no lo hizo muy bien. «Era como le
había dicho Samuel», pensó ella, con desesperación. En estas montañas de rocas,
suelo estéril e inviernos crudos ningún césped podría crecer decentemente. Pero
las hojas salieron, esforzándose por captar los rayos del sol, un pedazo de
verde aquí, otro allí, de modo que, después de todo, quizá hubiera alguna
esperanza.
Una
mañana, tras una noche de suave lluvia de verano, miró su césped y vio que se
había producido un cambio. En el centro había un gran trozo de hierba verde y
brillante, muy hermosa, alta y gruesa, que crecía florecientemente entre los
trozos más escasos en los que sólo había unas cuantas hojas pálidas; un trozo
que crecía florecientemente, en forma de cruz, movido ligeramente por la brisa
y calentado por el sol del verano. Un trozo que crecía florecientemente.
Y
así fue como la gente del pequeño pueblo se preguntó por qué aquella vieja y
loca mujer segaba con tanto cuidado su césped, dos veces a la semana, todas las
semanas. Desde que salieron las primeras hojas de hierba, la mujer nunca más
abandonó su casa; nunca más volvió a alejarse de ella, ni siquiera para tomarse
unas pequeñas vacaciones; durante el transcurso de los largos años que
siguieran nunca dejó de faltar a la cita, lloviera o hiciera sol, en primavera
o en otoño, cuando tenía que segar su césped.