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Chocolate negro - Mercedes Abad

Pongamos que la señora Alondra es una mujer de cerca de cincuenta años. Pongamos que la vida no la ha tratado ni muy bien ni muy mal y que está tan satisfactoriamente casada como puede estarlo una persona después de una secuencia ininterrumpida de veinticinco años de matrimonio. Pongamos que los 2,2 hijos con que la señora Alondra ha contribuido a la reproducción de la especie hace ya tiempo que se abren camino por la vida apartando a codazos a los hijos de mujeres muy parecidas a la señora Alondra. Pongamos que ya no hay el menor atisbo de sorpresa o de desorden o de locura en la vida de la señora Alondra. Pongamos que su vida está estancada en una prórroga, en una especie de prolongación inerte y repetitiva de la partida que, en realidad, concluyó hace rato. Pongamos que la señora Alondra no se formula las cosas de este modo, ni de ningún otro en realidad. Pongamos que a menudo es presa de un profundo desasosiego cuya causa ignora. Pongamos que para combatir esa sensación opresiva toma a menudo chocolate negro, muy amargo.

Pongamos también que la señora Alondra tiene una amiga íntima llamada señora Paloma y cuyas circunstancias vitales, incluida la afición por el chocolate negro, muy amargo, son en lo fundamental muy parecidas a las de la señora Alondra. Pongamos que en el curso del tiempo las dos mujeres han establecido la costumbre de comer juntas una vez al mes. Pongamos también que ninguna de las dos mujeres sería capaz de explicar por qué durante todo ese tiempo han mantenido en secreto sus encuentros mensuales, ocultándoselos en particular a sus maridos, cuando en realidad no hay en esas comidas entre dos viejas amigas nada susceptible de ser ocultado. Pongamos que, en cualquier caso, el hecho de que sus encuentros sean secretos les proporciona a ambas mujeres una extraña y perturbadora sensación de libertad y transgresión, como si hubieran logrado arañarle a su vida una minúscula esfera íntima que les proporciona atisbos de una realidad menos estrecha y mejor ventilada, aunque ellas jamás se lo han formulado de ese modo.

Pongamos que en el curso de una de esas comidas a la señora Alondra se le ocurre de pronto, en una inspiración tan casual como inexplicable, contarle a la señora Paloma que tiene un amante. Pongamos que es la primera mentira que le cuenta a su amiga. Pongamos que, no bien ha soltado su embuste, la señora Alondra se siente tan perpleja como avergonzada y durante unos instantes está a punto de desmentirlo de inmediato. Pero en vista del interés que su mentira ha despertado de pronto en la señora Paloma, decide seguir tirando del hilo de su ficción y la dota de textura y verosimilitud mediante la invención de una serie de extraordinarios pormenores. Pongamos que, al término de esa comida, la señora Alondra ha compuesto el retrato de un hombre espléndido y ha pergeñado algunas de las líneas maestras de una hermosa historia de amor. Pongamos también que esta ficción surte el curioso efecto de imprimirle un nuevo tono, marcadamente más luminoso, a la vida de la señora Alondra. Pongamos que el desasosiego que tan a menudo se apoderaba de su ánimo entra en fase de remisión. Pongamos también que sigue alimentando su ficción no solo cuando se encuentra con la señora Paloma, sino también a solas. Pongamos que ya casi nunca toma chocolate negro, muy amargo.

Pongamos que la señora Paloma nunca ha tenido un amante ni nunca ha contemplado la posibilidad de tenerlo. Pongamos que a raíz de la comida en la que su amiga le contó que tenía un amante la señora Paloma empieza a tomar dosis mucho más altas que antes de chocolate negro, muy amargo. Pongamos que desde entonces una extraña jauría de pensamientos disparatados, enfurecidos e indomeñables le aúllan en el cerebro noche y día. Pongamos que trata de amordazar a esos perros aulladores sin resultados apreciables. Pongamos que lo que le aúllan los perros noche y día es que su vida está vacía, que se halla en un punto muerto, y que todo, o por lo menos lo mejor, se acabó ya tiempo atrás. Pongamos que después de cierto tiempo conoce a un hombre, que ni le gusta mucho ni le disgusta, y lo convierte en su amante. Pongamos también que, comparado con lo que sabe del amante de la señora Alondra, su propio amante se le antoja ligeramente decepcionante.

Pongamos que cuando la señora Paloma le confiesa que ella también tiene un amante, la señora Alondra no piensa ni por un momento en la posibilidad de que el amante de su amiga sea un hombre real. Pongamos que la señora Paloma omite comunicarle a su amiga su leve decepción. Pongamos también que la señora Alondra se alegre sinceramente de que la señora Paloma se haya decidido a seguir su ejemplo, pues no duda de que así la vida de su amiga experimentará la sensible mejoría que se produjo en la suya desde el momento en que tuvo la curiosa y feliz ocurrencia de inventarse un amante.

Pongamos que en su siguiente encuentro, la señora Alondra se sorprende al descubrir que la señora Paloma no parece particularmente contenta. Pongamos que la señora Paloma se muestra renuente a hablar de su propia aventura y que, en cambio, le pide a la señora Alondra detalles significativos de la personalidad de su amante y del curso que toma su relación. Pongamos que a la señora Alondra le da por pensar, claro que solo es una mera sospecha carente de fundamentos, que acaso la señora Paloma no esté demasiado satisfecha de su amante.

Pongamos que al término de la comida las dos amigas piden, como acostumbran a hacerlo siempre, chocolate negro, muy amargo. Pongamos que la señora Alondra apenas si lo prueba. Pongamos también que la señora Paloma se da un auténtico atracón de chocolate negro, muy amargo. Pongamos que precisamente mientras observa a su amiga comer con voraz ansiedad el chocolate negro, muy amargo, la señora Alondra comprende que la señora Paloma se ha inventado un amante equivocado y que el suyo, desde luego, es mucho más competente.