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Modelados en barro - Alicia Giménez Bartlett

Lo más cerca que había estado Garzón de un modelo de alta costura fue el día que lució su traje de Primera Comunión. Mi caso no era muy diferente; claro que, al menos, yo conocía la existencia de pasarelas, diseñadores, colecciones de invierno y hasta había oído hablar de Yves Saint-Laurent. 

El subinspector, no. Lo de colección le sonaba a sellos, la pasarela a puente y a Saint-Laurent hubiera podido confundirlo con un mártir francés. Puede que fuera debido a ese obvio desconocimiento de la materia por lo que levantó ampollas nuestra designación. 

Todos los compañeros acusaron al comisario Coronas de injusticia: «¿Por qué ellos y nosotros no?» era la pregunta. Por una vez se morían de ganas de trabajar; en especial los jóvenes, todos unos esnobs que se gastan la pasta en zapatos italianos y camisas de marca, y para quienes la palabra «diseñador» está muy por encima de cualquier otro quehacer. 

Supongo que es cosa de épocas, en realidad. En la mía el esnobismo era harapiento, con lo que al menos ahorrábamos y podíamos seguir denostando al Capital. En tiempos del subinspector... bueno, imagino que con tener una buena bufanda para pasar la posguerra ya podía uno sentirse feliz.

Para que nos adjudicaran este caso supuso una ventaja ser mujer. El comisario pensó que nosotras estamos más cercanas a la moda, el costurero, la aguja y el dedal. Podía pensar lo que quisiera, no iba a ponerme a discutir. Aunque en realidad toda aquella excitación alrededor del caso no era tanto por el diseño como por estar cerca de las bellas modelos que teóricamente nos rodearían por doquier. Pero nada resultó tan idílico y lo que conseguimos fue cargar con un caso que conllevó un gran trabajo y acabó siendo difícil de resolver.

Habían matado a una chica, una modelo profesional. Apareció tendida por la mañana en el taller del diseñador por el que estaba contratada. Yacía sobre el lago de su propia sangre, alta y hermosa, como una zancuda a quien un cazador furtivo hubiera disparado sin piedad. Le habían pegado un tiro en el corazón. Según el forense, a las doce de la noche del día anterior. El arma era una pistola que el diseñador conservaba en el cajón de una mesa por seguridad. Nunca la había usado. Estaba tirada junto al cadáver, sin ninguna huella dactilar.

Cuando aparecimos por el taller el propio diseñador salió a recibirnos envuelto en lágrimas, nervios y un kilométrico fular. Todo aquello era trágico, impensable, patético. Que hubieran asesinado a Luz Ribó, una belleza en plena juventud, ya era espantoso de por sí, pero encima la cosa sucedía en su mismo establecimiento, y a dos días vista de que se presentara la nueva colección.

—¿Se da cuenta, inspectora?, dígame qué puedo hacer. No hay más remedio que seguir adelante, y ¿cómo puedo yo trabajar en medio de una conmoción tan espantosa? Estoy destrozado por el dolor y ¡hay periodistas apostados en cada esquina de la calle!

—¿Conocía bien a la chica?

—¿Está bromeando? ¡Yo la formé, trabajaba casi exclusivamente para mí! ¡Era como mi hija!

—¿Cómo pudo entrar por la noche en su taller?

—¡Tenía una llave! Yo me fío de mi gente, inspectora. ¿Usted no?

Un tipo curioso, el tal Pepín Rodríguez, modisto reputado, nervioso, frágil, de ademanes exagerados y teatrales... Me negaba a caer en el tópico del diseñador gay, pero a veces nada hay más seguro que un buen tópico. Solo con preguntarle a uno de sus empleados ya tuve la confirmación de mi sospecha. «¿Que si es gay Pepín?», fue su respuesta y en ella flotaban los aires de obviedad. «¿Cristóbal Colón?, descubridor de América, naturalmente». 

Perfecto, de ese modo podíamos descartar la relación pasional entre el modelador y su modelo. Ya se sabe que las pasiones no hacen sino enmarañar. Claro que la pasión no era del todo eliminable tratándose de una mujer tan bella. En cualquier caso el modisto tenía coartada. Había cenado en su casa con dos amigos. Ambos se hallaban dispuestos a testificar. Lo harían sin duda alguna, pero de momento nos disponíamos a empezar por la familia como hacíamos siempre.

Luz estaba independizada, vivía en un apartamento del barrio de Sarrià. Los registros que allí efectuamos no nos dejaron conocer ningún rasgo oculto de su carácter. Parecía una muchacha normal y corriente cuya vida se centraba en el trabajo. Leía algunos libros de temas variados, coleccionaba revistas de moda, alguna de decoración, y oía música moderna en su nuevo y flamante compact disc. 

En las paredes del dormitorio se alineaban pósteres de los personajes más contradictorios entre sí: el Papa, Brad Pitt, Martina Navratilova, Che Guevara... Pero todos estamos habituados al eclecticismo de los mitos, de modo que pocas enseñanzas pueden sacarse sobre las ideas de una persona que los selecciona quizás al azar. 

Distribuidas por toda la vivienda había muchas fotos enmarcadas: Luz en un desfile, Luz con otras modelos al lado de Pepín, Pepín y Luz en una fiesta, Pepín solo con un trofeo en las manos... Estaba claro que el modisto era algo más que su patrono, quizás debiéramos considerarlo como su mentor.

Nada hacía pensar que la chica tomara drogas, llevara una vida desordenada o estuviera conectada a algún tipo de marginación. A la vista de su apartamento tampoco le faltaban medios económicos. Seguros de que de allí no sacaríamos nada más, pasamos a visitar a la familia. 

En ese punto se acabó el ambiente de sofisticación. El matrimonio Ribó y sus dos hijos adolescentes vivían en la calle Virrey Amat, un barrio de clase trabajadora de los más despersonalizados de Barcelona. El padre era conductor de autobús. De lo primero que fuimos testigos fue de la absoluta desolación que reinaba allí. 

El menguado piso estaba lleno de gente: vecinos, amigos, familiares, todos se sentaban en sillas y suspiraban, al tiempo que había un curioso tráfico de mujeres que servían refrescos y tazas de café. Pedimos hablar con los padres a solas. Estaban devastados, como si sobre ellos hubiera caído una inundación o un terremoto. A duras penas conseguían mantener la dignidad. Fue la madre quien reunió el coraje suficiente para responder a nuestras preguntas mientras su marido tenía la mirada fija en la pared.

Tal y como habíamos previsto, el relato de las circunstancias y la personalidad de Luz estaba altamente idealizado. Su hija poseía un montón de virtudes, todos los perfiles de un cuadro angelical. Era amable, bondadosa, buena hija, cariñosa, trabajadora y responsable. A ellos nada les faltaba, pero, sin embargo, la chica siempre se había empeñado en ayudarles con alguna cantidad al mes. Y les hacía regalos: un gran televisor de pantalla panorámica, motocicletas para sus hermanos, anillos de oro... De vez en cuando interrumpía su enumeración para llorar.

—¿Cómo empezó su hija en el mundo de la moda, señora Ribó?

—El señor Pepín puso un anuncio en el periódico pidiendo modelos y ella se presentó. Como era tan guapa la escogieron.

—¿La escogió el señor Pepín personalmente?

—Sí, y entonces la envió a una escuela de modelos para que aprendiera. Él se lo pagó todo, dijo que tenía muchísimo futuro. Luego le dio trabajo en su empresa.

—¿Siempre se ha portado bien con ella?

—¿Bien?, era como su segundo padre.

—¿Ustedes lo conocen?

—Lo hemos visto un par de veces.

—¿No ha venido por aquí a darles el pésame?

—Llamó por teléfono ayer. Dice que está tan destrozado que no puede ni acercarse a nuestra casa, que cuando se encuentre más repuesto nos telefoneará.

—Entiendo. Una pregunta más. ¿Sabe usted si su hija tenía algún novio o salía con alguien?

—Creo que no.

—¿Cree?

—Mi hija estaba siempre muy ocupada, venía a visitarnos y nos contaba que se pasaba la vida trabajando. Viajaba al extranjero, hacía sesiones de fotos, ni siquiera podía tener amigas como cualquier chica de su edad.

En ese momento el padre de la chica se echó a llorar inopinadamente.

—Si hubiera tenido una profesión normal aún estaría viva. Si hubiera sido dependienta, o camarera.

La mujer se volvió bruscamente hacia él.

—¿Quieres dejar eso ya? ¡Quién sabe lo que podría pasar si las cosas fueran de otra manera, pero son como son!

—Yo no quería que se hiciese modelo.

—Tú hubieras querido que viviera como yo, toda la vida metida en casa y sin un duro.

—Señores, por favor... —intenté cortar cualquier posibilidad de discusión enconada. El hombre volvió a mirar a la pared. Y así lo dejamos, mirando a la pared dura y vacía con la que sin duda volvería a encontrarse cada mañana durante el resto de su existencia.

—Un asunto feo, ¿verdad? —le comenté a Garzón cuando salíamos.

—No pinta nada bien.

—Si no hay motivos pasionales, ni drogas, ni temas familiares...

—Permítame decirle, inspectora, que está siendo anticuada e incluso sexista. Suponer que porque se trate de una mujer solo puede haber familia, sexo o caída en la debilidad... ¿Qué me dice del trabajo? Podemos encontrarnos ante un caso de espionaje industrial, de celos profesionales...

—¡Caramba, Fermín, hoy juega usted fuerte!, ¿está pretendiendo darme una lección?

—Ninguna que no haya recibido antes de usted.

—Muy bien, de acuerdo, touchée; pero reconózcame al menos que matar por espionaje no es lo corriente.

—Tampoco estamos en una profesión habitual. Usted sabe que esos diseñadores son como artistas. Imaginemos que Pepín Rodríguez, después de haber criado a esa chica a sus pechos, es un decir, descubre que está pasándole información de sus nuevos modelos a la competencia. ¿No podría haber sufrido una reacción temperamental?

—¡Carajo!, creí que no sabía nada sobre modas.

—Usted siempre tiende a creer que soy como un oso en la caverna pasando la hibernación.

Lo miré con sorna.

—Imposible, Garzón, sería usted incapaz de resistir todo un invierno sin comer.

Un poco de esgrima siempre es positivo. ¿Hasta cuándo me sorprendería mi compañero? No tenía ni idea de si su conjetura podía ser atinada, pero lo sustancial de ella era que apuntaba a Pepín. Sin duda el protagonismo del modisto en la vida de su modelo resultaba lo suficientemente llamativo como para convertirlo en un sospechoso. 

Siempre he desconfiado de las personas que modelan a otras personas, me parece un proceso envenenado de raíz. Los pigmaliones acaban por creerse con derechos sobre sus criaturas, y estas tienden a pensar que todo se lo deben a su mentor.

—No olvidemos que el crimen se cometió con la pistola de Pepín. Aunque no haya sido él el asesino, quien la haya cogido sabía en qué sitio del taller solía guardarla. ¿Ha investigado si tiene licencia?

—La tiene —dijo Garzón—. Y justamente la reflexión que usted hace me inclina a pensar en un problema profesional.

—Pero el diseñador tiene coartada; por cierto, una coartada en la que debemos profundizar. ¿Ha conseguido las direcciones de los amigos que cenaron con él?

—Sí. ¿Quiere que los cite en comisaría?

—Esperemos un poco, me inclino a empezar por las compañeras de trabajo de Luz. Habrá que verlas a todas. ¿Le parece adecuado?

—Me parece de perlas.

—Estaba convencida.

Las chicas eran siete. ¿Compararlas con siete flores resultaría cursi? Me temo que sí; inexacto, además. En realidad eran como siete tallos firmes, enhiestos, flexibles, ondulantes. «La naturaleza es injusta», pensé al ver tanta belleza reunida. Garzón no estaba de acuerdo, por supuesto, o al menos tales injusticias no lo hacían sufrir. Se movía entre ellas con un deje coqueto o, siguiendo con la comparación campestre, como un distinguido abejorro encantado de mariposear.

El interrogatorio a que las sometimos se hallaba cortado por el mismo patrón. Preguntábamos qué tal relación tenían con la muerta, si habían observado cambios en su vida o en su carácter últimamente, si conocían a sus amigos, si tenían datos que las hicieran sospechar de alguien en concreto. 

Lo malo era que sus respuestas se alineaban en idéntica uniformidad. Conocían a Luz, naturalmente, pero no tenían con ella vínculos amistosos especiales, ni sabían qué tipo de personas frecuentaba, aunque imaginaban que no salía demasiado. Eso se revelaba como característica constante, y una de las chicas acertó a explicárnoslo muy bien.

—Nosotras apenas hacemos vida social. Viajamos, tenemos compromisos profesionales, vamos al gimnasio para estar en forma, no salimos por la noche, no bebemos alcohol, no podemos asistir a cenas ni a comidas porque solo tomamos lechuga y comida light... En fin, ya lo ven, no hay tiempo para los amigos.

—Detesto la comida light... —comentó Garzón—, aunque me lo propusieran mil veces nunca me haría modelo.

La chica sonrió divertida, lanzando una mirada de soslayo a la pinta juncal de mi compañero. Luego se volvió hacia mí y añadió:

—¿Han hablado con Lena? Lena y Luz se llevaban bien, eran amigas. Seguro que ella sabe más cosas sobre su vida.

Lena tenía el cuerpo espigado como las otras, los hombros altos, el talle estrecho. Mostraba una boca carnosa, quizá siliconada, y de su actitud emanaba un desprecio sutil, un cierto desencanto.

—¿Que si éramos amigas?, pues sí, hablábamos en los ratos libres.

—¿Cómo era Luz?

—Alegre, más lista que estas otras.

—¿Qué quiere decir?

—Mire, en este oficio todas empezamos creyéndonos que un buen día aparecerá un productor de Hollywood y nos propondrá pasarnos a hacer películas. Pero solo unas pocas nos damos cuenta pronto de que eso no sucederá. Luz era de esas pocas.

—Y, por supuesto, usted también.

—Sí, yo también. Sé que puedo seguir tirando profesionalmente tres o cuatro años más. Se gana dinero y no es un mal trabajo, pero soy una modelo del montón y tengo claro que esto no va a durar toda la vida. En cuanto tenga un poco de pasta ahorrada, mi proyecto es poner una buena tienda de jerseis.

—¿Era Luz de su misma opinión?

—Era más clásica, confiaba en el matrimonio. Pensaba que la solución pasaba por encontrar un buen marido rico.

—¿Y se aplicaba a ello?

—¡Qué va, era un desastre! ¿Han visto esas comedias antiguas americanas que pasan por televisión? Siempre tratan de chicas guapas que aspiran a casarse con un millonario y acaban enamorándose de un pelagatos encantador. Pues Luz hacía lo mismo.

—¿Tenía novio?

—Yo le he conocido tres. Bueno, en realidad solo me presentó a dos. Del último me dijo algo, pero poco. Se había enamorado como una loca de él, esta vez de verdad. Pero no se atrevió a presentármelo, quizá sea basurero o algo peor... ¿Es guapo por lo menos, inspectora?

—No sabemos de quién habla, Lena. Nadie ha aparecido diciendo que es su novio y la familia nos aseguró que Luz no salía con ningún hombre.

Lena se quedó desconcertada. Sus grandes ojos ribeteados de negro me taladraron.

—¿Está segura de la existencia de ese muchacho? —le pregunté.

La voz le tembló un poco.

—No sé, la verdad, me deja de una pieza. Que los padres no supieran nada es normal, nunca les contaba mucho; pero que el tipo no se haya presentado... ¿Se habrá enterado de que está muerta?

—Si la llama a su casa verá que no está, lo normal es que pregunte por ella en el trabajo.

—Iré a investigar si han dejado recados desde ayer —terció Garzón y se ausentó un momento. Al cabo de cinco minutos volvió negando con la cabeza.

—¿Quién podría conocer a ese chico, Lena?

—Le aseguro que no lo sé.

—¿Quizás Pepín?

—Ni hablar. Pepín la tenía dominada, peor que un padre era. Los otros dos novios se los ocultó.

—¿Y qué me dice de la pistola, quién sabía que estaba en ese cajón?

—¡Todo el mundo, inspectora!, era cosa de cachondeo. A mí me parecía que tenerla cargada era una barbaridad. Alguna vez la habían sacado las chicas para gastar bromas. Se lo avisé a Pepín, pero como es así...

—¿Cómo?

—¡Bah, un poco despreocupado!, aunque es un buen hombre, la verdad.

—¿Tiene alguna idea de quién mató a Luz?

—No, ni se me ocurre. Pero le aseguro que ha sido un mazazo para mí. A veces pienso que todas acabaremos igual.

—¿Cómo puede decir algo semejante?

—Nosotras nos exhibimos, inspectora, salimos en las revistas y hay tanto loco suelto...

—Muchos menos de los que cree, se lo garantizo. De la locura no hay que esperar grandes males, existen otras cosas que dan mucho más miedo.

Salimos del taller con un ligero encogimiento de corazón. Yo decía que la chica era realista, pero el subinspector la englobaba en un pesimismo casi anormal. Daba lo mismo, su testimonio fue útil, como lo fueron los datos que nos dio para localizar a los novios de Luz. A todos menos al tercero, naturalmente. 

Preguntamos a todo el mundo en el taller y nadie sabía nada de ningún muchacho que alguna vez hubiera ido a recoger a la muerta, ni que la hubiera llamado, ni que el último día se hubiera presentado de improviso.

—Los fantasmas son invisibles, inspectora.

—Siempre lo son por algún motivo.

—La chica lo ocultaba a los demás.

—¿Por qué?

—Para no perder su trabajo. Las modelos con novio están mal vistas.

—En eso modelos y policías somos iguales.

Localizar al primer novio de Luz fue casi tan fácil como descartarlo. Era vendedor de electrodomésticos y desde hacía un año había sido trasladado por su empresa a una tienda de Valencia. Garzón lo confirmó y su propio jefe le dijo que el joven había estado trabajando normalmente en las fechas del crimen. Punto final a su carrera de sospechoso.

La carrera del novio segundo era bastante más prometedora. Se llamaba Ernesto Guzmán y estaba al frente de un establecimiento de alquiler de películas de vídeo. El día que asesinaron a Luz realizaba el turno nocturno que empezaba a las ocho y acababa a la una de la madrugada. Aparentemente su coartada era perfecta. 

Sin embargo, Garzón y yo pensábamos que podía tener agujeros. ¿Quién nos aseguraba que algún amigo no le había hecho el favor de quedarse una hora en la tienda sustituyéndolo? Una hora no era mucho tiempo, pero sí el suficiente como para llegar hasta el taller de Luz, discutir con ella por motivos amorosos, coger la pistola del cajón (no sería la primera vez que estaba allí) y volver a la tienda con el tiempo justo para cerrarla. 

¿Por qué a Garzón y a mí nos daba por pensar algo semejante? Sin duda por la actitud de Guzmán: estaba celoso y resentido contra la muerta. Al parecer ella lo había abandonado por el enamorado fantasma, no hubo transición del uno al otro. Con una sonrisa irónica y crispada Guzmán nos lo contó.

—Se presentó diciéndome que había conocido a alguien y que eso cambiaba las cosas. Así, por las buenas, como si yo fuera un empleado al que se pudiera despedir.

—¿Le dijo quién era ese alguien?

—No, ni a mí me interesaba saberlo.

—¿Le comentó algún detalle?

—¿Qué pasa, creen que lo ha hecho ese hijo de puta?

—Limítese a contestar, es muy importante.

—Solo me dijo que era un tío que estaba más de acuerdo con su mundo. ¿Qué les parece?, su mundo... como si ella perteneciera a una clase superior. Total era una desgraciada igualito que yo, me había contado que su padre era conductor de autobús. ¡Menuda nobleza! Miren, la verdad es que si no hubiera sido tan guapa a lo mejor no hubiera pasado nada de esto. Se salió de lo que le correspondía y esa ha sido su perdición.

Le pedí a Garzón que alguien siguiera a aquel hombre las veinticuatro horas del día. Empezamos también a investigar quién había entrado o salido de la videoteca de las doce a la una del día de autos para verificar si Guzmán estaba al frente. Garzón era escéptico ante estas precauciones.

—Este tipo no se la ha cargado, inspectora, no la pondría tan verde delante de nosotros.

—Seguramente piensa que es eso lo que vamos a creer. Además, lo mismo dijo el padre de la chica y seguro que no se la cargó: «Si no hubiera sido modelo...». Ya ve cómo son ustedes los hombres, subinspector, en cuanto una mujer se libra de su destino miserable...

—Yo creo que es más bien una cuestión social. Cuando uno de clase baja se libra de su destino miserable...

—No le digo que no, pero si hubiera sido un hombre al que se hubieran cepillado nadie le hubiera echado en cara medrar. Al contrario, hubieran dicho que se defendía bien en la vida.

—¿De verdad piensa eso, inspectora?

—No estoy muy segura.

—Entonces no me joda y sigamos trabajando.

No era un prodigio de tacto, mi compañero, pero sus análisis tampoco estaban tan mal. Además, llevaba razón en lo del trabajo. Dejar pasar el tiempo tras los primeros días de un crimen es alejar la posibilidad de una resolución. Nos fuimos a comisaría donde habíamos citado por turno a las dos personas que declararon haber estado con Pepín Rodríguez la noche del asesinato. Debíamos llevar a cabo una comprobación más minuciosa.

El primero de ellos era su viejo amigo de toda la vida, también diseñador, aunque de ropa masculina. En nada se parecía a Pepín. Era gordo, fuertote, relajado, aunque por el modo en que gesticulaba y andaba vestido tampoco podíamos albergar dudas de que era gay. 

Sus pestañas aleteaban más que la Pavlova en El lago de los cisnes, movía las manos al estilo minué y exhibía una camisa brillante con tantas chorreras como un buen jamón. Corroboró la coartada de su colega: aquella noche los había invitado a cenar para enseñarles los nuevos diseños de la colección que preparaba.

—Y fuimos encantados, desde luego, son más de veinte años de amistad. ¿Le ha contado Pepín que somos del mismo pueblo? Nadie daba nada por nosotros cuando salimos, todo eran bromas de mal gusto, escarnios y luego ya ve, han tenido que callarse. Claro que hablo de otros tiempos, la gente era muy atrasada; cuando se lo explico a Lolo ni siquiera se lo cree, pero él es tan joven aún...

—¿Lolo?

—¡Ay, sí, perdone, por Dios!, Manolo García, es el chico que está fuera para pasar a declarar. Lo llevé conmigo a la cena de esa noche. No crea que le gusta venir a nuestras cenas, dice que somos unos carrozas que no paramos de hablar de cosas del pasado, pero como no tenía nada mejor que hacer... Él también es modelo, la joya de mis muchachos.

—¿Vive con usted?

Se quedó mirándome con aire de escándalo. Soltó una carcajada de falsete.

—¡Por favor, inspectora, qué indiscreción!, usted ya sabe cómo son estas cosas, él tiene su apartamento. Además, ¿qué es eso de vivir?: vivir, amar, quizás soñar...

Nos regaló un nuevo arpegio de su voz atiplada.

—Muy bien, señor Masrovira, tendrá que venir otro día a firmar su declaración.

Manolo García corroboró la versión de su jefe. Era un chico extremadamente guapo, pero estaba violento y cohibido. Comprendí que aparecer en público como el amante protegido del orondo Edelio Masrovira no debía ser plato de gusto para él. Salió de nuestro despacho corriendo como el viento, dejando tras de sí una estela de perfume excesivo que formaba una mezcolanza infame con el perfume excesivo anterior.

—Hemos topado con la Orden de la Mariconería en pleno, ¿no le parece, inspectora?

—El tal Edelio debe ser el Gran Maestre.

—¿Y qué me dice de Pepín?

—Pues que ya va siendo hora de interrogarlo como Dios manda. Vamos a su taller, con la coña de la colección se pasa la vida allí encerrado. Estoy convencida de que Luz debió contarle algo de su novio fantasma.

—¿Ha pensado que se trate de un hombre importante?, recuerde las palabras de Guzmán: era alguien más cercano a su mundo.

—Pepín sabrá si alguno de sus clientes tuvo contacto con ella.

—A lo mejor no quiere escándalos y está intentando protegerlo.

—¿Le parece poco escándalo tener un cadáver en la colección de invierno? Les presentaremos el modelo Mortaja, con acabado en crepé y delicado canesú.

Garzón se estremeció y me miró ceñudo.

—¡Carajo, Petra! Con todos los respetos, hay veces que no entiendo su sentido del humor.

El taller de Pepín Rodríguez se había convertido en un auténtico hervidero. ¡Ni en sus sueños eróticos más alborotados había podido imaginar Garzón nada igual! Las modelos corrían medio desnudas de un lado para otro, daban gritos, se sometían a las manos de costureras y peluqueros. 

Cuando pasaban a nuestro lado sonreían o nos miraban con cara de circunstancias. Tenían pieles aterciopeladas y ojos exageradamente maquillados, dientes blancos. Perdí a Garzón entre aquel trajín, y entonces fue cuando localicé a Rodríguez dando los últimos toques a la falda de una modelo. Puso los ojos en blanco al verme.

—¡Por Dios, inspectora!, ya me extrañaba que no me hicieran ampliar mi primera declaración. Aunque la verdad es que no he tenido tiempo de extrañarme, ni de pensar siquiera. Lo cual es perfecto, porque en cuanto presente la colección empezaré a darle vueltas a lo que ha pasado y me hundiré por completo.

Mientras hablaba, pinchaba alfileres sobre la túnica que lucía una chica angulosa.

—¿Podemos hablar en privado un momento?

—Le advierto que con mis niñas no tengo secretos.

—Por favor.

Me siguió de mala gana hasta un rincón después de haber dado un montón de indicaciones a la modista que lo sustituyó en la labor de pruebas.

—¿Han averiguado algo? —me preguntó cuando estuvimos solos.

—Señor Rodríguez, las pistas que tenemos nos llevan a pensar en los novios de Luz.

Dio un respingo malhumorado.

—Los novios, naturalmente, los novios; ese era su punto flaco. Se lo advertí más de mil veces, la avisé, pero no me hizo caso.

—¿Estaba usted al corriente?

—¡No! ¿Cree que me hubiera dicho algo? Ella sabía que esta profesión exige una entrega total durante unos años, ¡como si hubieras ingresado en un convento! Yo no sabía nada, pero veía cosas, me imaginaba otras. Sí, los novios, los dichosos novios. ¿Quién les ha contado eso?

—Lena, su compañera.

—Se hicieron muy amigas. Fue una mala influencia para Luz. Es una chica rebelde, follonera, que frecuenta ambientes poco recomendables. Le he soportado demasiadas cosas. Acabo de despedirla.

—¿Por qué?

—La gota que colma el vaso. Vino con la pretensión de organizar un plante si no se garantizaba a las modelos su seguridad. ¡Imagínese, a un día de la presentación! He contratado a una modelo de agencia. Nadie es insustituible.

—Lo lamento por ella.

—¿Les ha dicho quiénes eran esos novios?

—No ha sido una información completa. A ese respecto pensábamos que quizás usted pudiera ayudarnos.

—Ya ve que no.

—¿Existe la posibilidad, aunque no esté seguro, de que Luz hubiera empezado a salir con algún cliente, o quizás algún director de empresa, alguien importante en el mundo de la moda?

Se quedó parado un momento, pensando.

—¡Y quién sabe, era tan inconsciente que igual llegó hasta a eso, el más grave de los errores! Espero que si se trata de uno de mis clientes o del marido de una clienta actúen ustedes con la máxima discreción.

—No se preocupe, pero no tendré más remedio que pedirle una lista de esos clientes habituales.

—No me hace ninguna gracia pero se la daré, supongo que no puedo permitirme el lujo de obstruir a la Justicia.

Había esperado más resistencia. Iba a agradecerle su colaboración cuando sonó mi teléfono móvil. Aprovechó la ocasión para volver a sus jóvenes diosas. Era Coronas, el comisario.

—¿Petra? Al parecer han pescado a una de las modelos del tal Pepín Rodríguez intentando comprar una pistola en los bajos fondos.

—¿Cómo se llama?

—Lena no sé qué. Deberían venir ahora mismo, la tenemos en comisaría.

Cuando acudí a buscar a Garzón lo hallé en una situación inverosímil. Rodeado de una buena docena de modelos en casi desabillé, estaba contándoles algo que las mantenía ensimismadas por completo. Él se encontraba en idéntica actitud de embeleso, ni siquiera me vio.

—¿Puedo interrumpir la investigación, subinspector?

—¡Ah, sí, Petra!; en realidad solo estábamos charlando. Estas señoritas se interesan por el funcionamiento de la policía y ya sabe, es un deber ciudadano informar.

—Soy consciente de ello.

En el coche tuve la persistente sensación de que mi compañero no me escuchaba del todo, inmerso aún en su minuto de gloria entre pimpollos.

—¿Le parece Lena una sospechosa aceptable?

—Es aceptable cuando no hay nada seguro.

—¿Por qué demonios estaría intentando comprar una pistola?

La respuesta que nos dio la detenida fue simple: «Tenía miedo».

—Ha habido un asesinato y ustedes no consiguen averiguar quién ha sido. Supongo que tengo derecho a protegerme.

—¿De quién?

—¡No sé de quién! Ya ve cómo es este asunto, nosotras somos como el ganado, se nos explota y luego a la calle. Puede haber algún loco asesinando modelos por ahí.

—¿Quién le dijo dónde comprar una pistola?

—Tengo buenos amigos.

—Eso nos dijo Pepín Rodríguez.

—¡A saber qué les habrá dicho Pepín! ¿Y él, no puede haber matado él mismo a Luz? Al fin y al cabo no lo he visto demasiado triste por esa muerte; sigue pensando solo en su jodida colección.

—Él estuvo cenando esa noche con el diseñador Edelio Masrovira y otro amigo.

—¿Con ese cerdo?

Garzón se impacientó.

—Mire, Lena, puede que se encuentre usted resentida y asustada; pero con todo esto no vamos a ninguna parte. Ni insultos ni críticas van a librarla de sus responsabilidades.

—¡Yo tampoco lo pretendo, pero no me da la gana de pasar por una delincuente y que todos esos tíos vayan de respetables! Puede que Edelio sea un diseñador muy importante, pero también es un baboso que cada vez que ha venido por el taller ha intentado tocarme y besuquearme. Así que no retiro lo de cerdo.

Nos quedamos sorprendidos y callados. Por fin mi compañero preguntó quedamente:

—¿Y por qué haría una cosa así?

Incluso disculpé a la hermosa Lena cuando le respondió pletórica de sorna:

—¿Usted qué cree, subinspector?

No digo que nos dejáramos seducir inmediatamente por la posibilidad que Lena apuntaba, pero lo cierto fue que, sin librarla de sospechas, su comentario airado sobre Edelio abrió una puerta frente a nosotros que nos dispusimos a franquear. No sería la primera persona que le daba a ambos sexos. Al fin y al cabo, la opción de Lena como asesina no nos convencía a ninguno de los dos. Le faltaba un móvil adecuado. 

Solo la eventualidad de que Edelio fuera el novio invisible de Luz nos alargaba los dientes de placer. Claro que entonces Pepín Rodríguez debía haber mentido para proporcionarle una coartada, y lo mismo el joven amante de Edelio. Pero, entonces, ¿por qué la mató? —Ella lo amenazó con un escándalo, o quizás incluso estaba siendo víctima de un chantaje. ¿Y qué me dice de la siguiente conjetura?: Lena y Luz, hartas de los acosos de Edelio, se compincharon para ligárselo y después sacarle pasta. El tipo reaccionó mal y se la cargó. Eso explicaría que Lena esté asustada y que no confiese toda la verdad.

Escuché atentamente la teoría de Garzón. Tenía miga. Lo malo era que, para iniciar la averiguación, debíamos estar seguros de la bisexualidad del sujeto. Garzón estuvo investigando en el entorno de Edelio durante un par de días, y lo mismo hice yo en varios bares de ambiente gay que Pepín frecuentaba. 

Pero determinar las preferencias de alguien por vía interpuesta es muy complicado, y si la vía es policial, muchísimo más. El subinspector no encontró a nadie dispuesto a mojarse. «¿Que si Edelio es gay?, quizás. ¿Que si le gustan las mujeres?, ¡y a quién no!». Un montón de frases tan ambiguas como el motivo que las provocaba. Yo no tuve más suerte. Los camareros de los bares de alterne habían perdido la memoria al unísono, todos víctimas de la conocida amnesia protectora del cliente.

—No hay más remedio que echarle cojones, inspectora.

—¡Ay, por favor, Garzón, no utilice esos términos tratándose de temas semejantes!, dígame simplemente qué propone que hagamos.

—Una emboscada a Edelio. Lo convocamos a comisaría, lo acorralamos y le decimos que Lena ha confesado. Juraría que es batalla ganada, ya verá.

—¡Joder, un procedimiento muy poco legal, y encima arriesgado!

—No conozco estrategia sin riesgo.

—¡Deje de expresarse como un general!

—¡Y usted deje de criticar mi manera de hablar y decídase!

Me decidí, y no sé si fue por causa de la autosugestión, pero el caso es que me pareció que Edelio entraba en mi despacho acobardado. A Garzón debió parecerle lo mismo porque en cuanto lo tuvo a tiro aprovechó el momento psicológico y le disparó:

—Hay una confesión contra usted, será mejor que lo sepa desde el principio.

Aunque era mayor y corpulento, el tipo dio un salto en la silla. Se puso blanco al punto y balbuceó:

—¿Una confesión? Disculpe, no sé de qué me habla.

—Sí que lo sabe, sí, Lena ha confesado.

Noté que se desconcertaba.

—¿Y quién es Lena?

—No disimule, es una modelo de la agencia de Pepín Rodríguez.

Volvió la cara hacia mí.

—¿Qué quiere decir con eso?, no logro entender...

Su expresión de sorpresa me dio miedo, quizás no era esa la manera; intenté atajar:

—Esa chica nos ha contado que es usted bisexual, señor Masrovira, espero que comprenda cuál es su postura en estos momentos y decida hacer lo mejor para usted.

Pero su cara no perdía el rictus de extrañeza. Pensé que estábamos metiendo la pata de manera espantosa. Por desgracia, Garzón reiniciaba su ataque ya imparable:

—¡No me joda, Edelio, no finja no entender! Da igual si sabe quién es Lena o no. El caso es que sabemos que a usted también le gustan las tías y que se cargó a Luz.

—Pero ¿quién les ha dicho eso?

—¡Acabo de explicarle que quién es lo de menos! ¡Se le ha caído el pelo y en paz! ¿Qué hacía la chica, lo chantajeaba o solo lo amenazó con armar un jaleo en los periódicos? A lo mejor lo único que hizo fue negarse a follar con usted.

Tenía los ojos abiertos de par en par. Estaba paralizado, enloquecido de terror. Me miró buscando protección, movió la boca sin emitir palabras. Yo le devolví la mirada con total frialdad. Por fin dijo:

—Inspectora... —y de nuevo alargó sus manos hacia mí. Garzón seguía acosándolo sin pausa.

—Inspectora... —repitió de modo entrecortado.

—Lo siento, Edelio, no tiene salida, diga la verdad.

—No fui yo, no fui yo.

Garzón le pegó un grito inhumano:

—¡Suelta la verdad de una puta vez!

Ante mi asombro, Edelio gritó también:

—¡Basta! Inspectora, dígale que se calle, por favor; quiero hablar, lo intento, pero no puedo hacerlo así.

Me acerqué a él y le puse una mano en el brazo. Él me la cogió con vehemencia.

—Inspectora, quiero saber si ha sido Pepín quien les ha contado que yo asesiné a la chica. ¿Ha sido él o Lolo?

Completamente a bulto y al borde del infarto susurré:

—Ha sido él.

Entonces el diseñador apretó los dientes, se retrepó en la silla e intentó recobrar la compostura.

—Inspectora, todo esto es cosa de locos, quiero que me escuche y me crea. Es imprescindible que me crea, voy a decir la verdad.

Le hice un gesto a Garzón para que no se le ocurriera proseguir su acoso. Edelio dio un profundo suspiro dolorido y comenzó su confesión:

—En primer lugar, quiero que sepan que yo no maté a Luz. Lo único que hice fue secundar una coartada que nunca existió. Supongo que eso me convierte en cómplice, pero no en asesino, desde luego. A Luz la mató Pepín, él mismo me lo dijo. Se presentó en mi casa desesperado; había tenido una terrible pelea con ella y perdió los estribos, le disparó.

—¿Una pelea, por qué motivo?

—Cuestión pasional.

—¿Pero Pepín no es gay?

—Pepín sí, pero yo no, tampoco bisexual; puede que sea un solterón, putero incluso, pero solo me gustan las mujeres, lo digo muy en serio.

—¿Y entonces Lolo, su joven amante?

—No es mi amante, sino el de Pepín. Tengo testigos para todo lo que digo. Yo aquella noche me quedé trabajando en mi estudio hasta las dos de la mañana. El guardia de seguridad que cuida los apartamentos se lo confirmará, estuvimos charlando un rato cuando salí.

Garzón se impacientó.

—Un momento, un momento, no entiendo nada. ¿Quiere aclararnos todo ese lío de amantes y sexos?

—Es muy sencillo. Pepín estaba muy enamorado de Lolo; eran amantes desde hace más de un año, aunque lo llevaban con la mayor discreción. Pero un buen día Lolo y Luz se liaron. No me pregunte cómo pudo suceder porque no lo sé. Quizás el chico sí era bisexual, aunque yo me inclino a pensar que estaba con Pepín por interés. No le faltaba de nada con él, ¡hasta yo le daba un trato de favor en mis colecciones por recomendación de mi amigo! Cuando Pepín se enteró de la historia se puso como loco, no podía soportar una traición doble: su protegida y su amor al mismo tiempo. Se demenció, intentó separarlos, los amenazó, pero la chica le plantó cara. Aquella noche, en una discusión violenta, perdió el juicio y la mató. Él me juró que no fue premeditado.

—¿Y el chico?

—Al chico consiguió acojonarlo, le juró que si decía algo lo implicaría, que se vería tirado en la calle haciendo de chapero miserable, que contrataría a alguien para matarlo también. ¡Qué sé yo!, perdió el juicio, y el chico se avino a callar.

—¿Y usted?

—Yo me avine a representar la mascarada de la falsa cena, a hacerme pasar por homosexual delante de ustedes, a cargar con el falso amante... En fin, todo era horrible, pero lo hice por amistad.

—Eso cuénteselo al juez. ¿Y Lena, sabía algo Lena de toda la historia?

—No tengo ni idea.

—Supongo que Luz le contó algo. Por eso estaba asustada hasta el punto de intentar comprar una pistola. ¿Lo entiende, Garzón?

—¡Vaya que si lo entiendo!, hay que joderse, ¿eh?

En efecto, había que joderse: una complicada historia sentimental que fue fácilmente corroborable. Dos segundos después de hacerle la primera pregunta del interrogatorio a Lolo Sánchez, este se echó a llorar. Un desmoronamiento en toda regla. 

Lloró y lloró, y entre lágrima e hipido, vino a decir lo mal que se sentía y hasta tuvo el cuajo de reflexionar sobre el triste papel de los modelos profesionales, siempre en manos de los demás como simples objetos. Al final se maldijo a sí mismo por no haber demostrado siquiera la dignidad de señalar al asesino de la mujer que amaba.

—¿Pero usted cree que la amaba? —me preguntó Garzón cuando el caso estaba ya cerrado y tomábamos una copa en el bar.

—¡Yo qué sé!; en las historias pasionales todo se mezcla: amor, orgullo, miedo, interés...

—Pues el jodido Pepín ni siquiera después de haber confesado parecía arrepentido.

—¡Al menos él actuó, no se dejó manipular como hicieron esos chicos!

—Es verdad, los ve uno tan guapos, tan sofisticados, tan superiores con su metro ochenta, pero luego rascas y...

—Porque todos estamos modelados en barro, Fermín, no hay más.

—¡Ni que lo jure!; claro que prefiero el barro al plástico, no sé qué pensará al respecto.

—¿Y qué me dice de uno de esos nuevos materiales?

—¿Un Adán y una Eva de PVC?

Nos reímos un rato en plan relajado y seguimos charlando sobre materiales de construcción. Era un tema neutro e insólito, quizás un antídoto inconsciente contra tanto barro y tanta carnalidad. 

Chocolate negro - Mercedes Abad

Pongamos que la señora Alondra es una mujer de cerca de cincuenta años. Pongamos que la vida no la ha tratado ni muy bien ni muy mal y que está tan satisfactoriamente casada como puede estarlo una persona después de una secuencia ininterrumpida de veinticinco años de matrimonio. Pongamos que los 2,2 hijos con que la señora Alondra ha contribuido a la reproducción de la especie hace ya tiempo que se abren camino por la vida apartando a codazos a los hijos de mujeres muy parecidas a la señora Alondra. Pongamos que ya no hay el menor atisbo de sorpresa o de desorden o de locura en la vida de la señora Alondra. Pongamos que su vida está estancada en una prórroga, en una especie de prolongación inerte y repetitiva de la partida que, en realidad, concluyó hace rato. Pongamos que la señora Alondra no se formula las cosas de este modo, ni de ningún otro en realidad. Pongamos que a menudo es presa de un profundo desasosiego cuya causa ignora. Pongamos que para combatir esa sensación opresiva toma a menudo chocolate negro, muy amargo.

Pongamos también que la señora Alondra tiene una amiga íntima llamada señora Paloma y cuyas circunstancias vitales, incluida la afición por el chocolate negro, muy amargo, son en lo fundamental muy parecidas a las de la señora Alondra. Pongamos que en el curso del tiempo las dos mujeres han establecido la costumbre de comer juntas una vez al mes. Pongamos también que ninguna de las dos mujeres sería capaz de explicar por qué durante todo ese tiempo han mantenido en secreto sus encuentros mensuales, ocultándoselos en particular a sus maridos, cuando en realidad no hay en esas comidas entre dos viejas amigas nada susceptible de ser ocultado. Pongamos que, en cualquier caso, el hecho de que sus encuentros sean secretos les proporciona a ambas mujeres una extraña y perturbadora sensación de libertad y transgresión, como si hubieran logrado arañarle a su vida una minúscula esfera íntima que les proporciona atisbos de una realidad menos estrecha y mejor ventilada, aunque ellas jamás se lo han formulado de ese modo.

Pongamos que en el curso de una de esas comidas a la señora Alondra se le ocurre de pronto, en una inspiración tan casual como inexplicable, contarle a la señora Paloma que tiene un amante. Pongamos que es la primera mentira que le cuenta a su amiga. Pongamos que, no bien ha soltado su embuste, la señora Alondra se siente tan perpleja como avergonzada y durante unos instantes está a punto de desmentirlo de inmediato. Pero en vista del interés que su mentira ha despertado de pronto en la señora Paloma, decide seguir tirando del hilo de su ficción y la dota de textura y verosimilitud mediante la invención de una serie de extraordinarios pormenores. Pongamos que, al término de esa comida, la señora Alondra ha compuesto el retrato de un hombre espléndido y ha pergeñado algunas de las líneas maestras de una hermosa historia de amor. Pongamos también que esta ficción surte el curioso efecto de imprimirle un nuevo tono, marcadamente más luminoso, a la vida de la señora Alondra. Pongamos que el desasosiego que tan a menudo se apoderaba de su ánimo entra en fase de remisión. Pongamos también que sigue alimentando su ficción no solo cuando se encuentra con la señora Paloma, sino también a solas. Pongamos que ya casi nunca toma chocolate negro, muy amargo.

Pongamos que la señora Paloma nunca ha tenido un amante ni nunca ha contemplado la posibilidad de tenerlo. Pongamos que a raíz de la comida en la que su amiga le contó que tenía un amante la señora Paloma empieza a tomar dosis mucho más altas que antes de chocolate negro, muy amargo. Pongamos que desde entonces una extraña jauría de pensamientos disparatados, enfurecidos e indomeñables le aúllan en el cerebro noche y día. Pongamos que trata de amordazar a esos perros aulladores sin resultados apreciables. Pongamos que lo que le aúllan los perros noche y día es que su vida está vacía, que se halla en un punto muerto, y que todo, o por lo menos lo mejor, se acabó ya tiempo atrás. Pongamos que después de cierto tiempo conoce a un hombre, que ni le gusta mucho ni le disgusta, y lo convierte en su amante. Pongamos también que, comparado con lo que sabe del amante de la señora Alondra, su propio amante se le antoja ligeramente decepcionante.

Pongamos que cuando la señora Paloma le confiesa que ella también tiene un amante, la señora Alondra no piensa ni por un momento en la posibilidad de que el amante de su amiga sea un hombre real. Pongamos que la señora Paloma omite comunicarle a su amiga su leve decepción. Pongamos también que la señora Alondra se alegre sinceramente de que la señora Paloma se haya decidido a seguir su ejemplo, pues no duda de que así la vida de su amiga experimentará la sensible mejoría que se produjo en la suya desde el momento en que tuvo la curiosa y feliz ocurrencia de inventarse un amante.

Pongamos que en su siguiente encuentro, la señora Alondra se sorprende al descubrir que la señora Paloma no parece particularmente contenta. Pongamos que la señora Paloma se muestra renuente a hablar de su propia aventura y que, en cambio, le pide a la señora Alondra detalles significativos de la personalidad de su amante y del curso que toma su relación. Pongamos que a la señora Alondra le da por pensar, claro que solo es una mera sospecha carente de fundamentos, que acaso la señora Paloma no esté demasiado satisfecha de su amante.

Pongamos que al término de la comida las dos amigas piden, como acostumbran a hacerlo siempre, chocolate negro, muy amargo. Pongamos que la señora Alondra apenas si lo prueba. Pongamos también que la señora Paloma se da un auténtico atracón de chocolate negro, muy amargo. Pongamos que precisamente mientras observa a su amiga comer con voraz ansiedad el chocolate negro, muy amargo, la señora Alondra comprende que la señora Paloma se ha inventado un amante equivocado y que el suyo, desde luego, es mucho más competente.


El extraño amigo del Capitán - Joseph Sheridan Le Fanu (Parte 3)

 

El militar se levantó precipitadamente y corrió hacia la ventana, a través de la que vio a un individuo que le pareció reconocer como el que le habían descrito. 

El hombre en cuestión gesticulaba de una manera repugnante. Montague cogió su sombrero y su bastón y salió en tromba; deseaba acabar rápidamente con el que llamaba «el farsante». 

Una vez en la calle, fue inútil mirar en todas direcciones: ni rastro del hombre. Ya he dicho que era algo limitado, como todos los oficiales superiores o casi todos, y se empeñó; bajo la mirada divertida de los viandantes, corrió de una calle a otra sin encontrar al que buscaba. 

No obstante, acabó por darse cuenta de que la persecución carecía de sentido y que el individuo pudo perfectamente haber entrado en cualquiera de las casas. Se detuvo, se arregló y volvió a casa del capitán. Este temblaba de pies a cabeza y preguntó:

—¿Y bien?

—¿Y bien? Lo he visto, al fin he visto a este tipo... En cuanto a saber si es el vuestro... No obstante, corre como una liebre o posee un escondite cerca de aquí: no he podido cogerlo y no deseaba más que esto, ¡diablos! De todas formas, no tiene mucha importancia, otro día le cogeré y entonces, palabra de honor, le romperé mi bastón en sus costillas.

A pesar de las fanfarronadas del valiente general Montague y de sus promesas de ayuda, el capitán continuó sufriendo los mismos tormentos. 

La criatura que le perseguía no le daba un instante de reposo; tanto de día como de noche el pobre Barton estaba expuesto a sus persecuciones. A medida que pasaba el tiempo de esta espantosa manera, la salud del capitán, debilitada por tantas angustias, declinaba. 

Muy pronto su estado era tan alarmante que lady L... y su hermano, el general, lograron persuadir a Barton de que un breve viaje le sería muy conveniente. 

Los efectos de un cambio de aires le serían saludables y el más escéptico de sus amigos, enterado del asunto por Montague, llegaba a insinuar que, cambiando el medio de vida, no tendría ocasión de ocuparse de lo que denominaban con desprecio «las ilusiones nerviosas del loco de Barton».

En lo que le concernía, Montague sabía perfectamente que no eran ilusiones y que existía un personaje muy real inmensamente malévolo, y quizá con intenciones criminales hacia el pobre capitán. 

Esta hipótesis no era nada divertida, pero el general creía que un cambio de costumbres, suprimiendo la causa de los terrores de Barton, le demostraría que el ser que le perseguía no tenía nada de sobrenatural.

Entonces recuperaría la salud, se reiría de sus alarmas y, a su regreso, no tendría más que ocuparse en garantizar su seguridad económica.

El capitán se embarcó en compañía de su futuro suegro, primero hacia Inglaterra y luego a Calais. El general esperaba mucho de este viaje; en efecto, después de su partida, Barton parecía completamente normal, no sentía ninguno de los tormentos que le habían llevado a la desesperación y su alegría era absoluta. 

Debe considerarse que el excelente capitán había llegado a considerar sus sufrimientos como parte integrante de su vida y que el hecho de verlos esfumarse representaba un segundo nacimiento. 

Ahora se atrevía a hacer proyectos para el futuro y hablaba al general de lo que sería su nueva vida, una vez casado.

El día de su llegada a Calais hacía buen tiempo y mucha gente se había reunido para ver atracar al navío. Los dos hombres bajaron. Montague iba delante; alguien le tocó el brazo y le dijo:

—No corráis tanto, señor, si no vuestro compañero no os podrá seguir, pues parece muy enfermo el pobre.

El general dio media vuelta y se acercó a Barton que, en efecto, parecía encontrarse muy mal. Le interrogó con inquietud:

—¿Qué pasa, amigo?

—Era él, él..., lo he reconocido...

—¿Quién? Oh, queréis decir...

—Sí, él.

—¿El infame? ¿Por dónde ha pasado? ¿Por dónde ha huido?

—Sí, lo he visto, pero ha desaparecido.

—Ya lo he oído, por Júpiter, pero ¿por dónde se ha ido?

Barton hablaba como en sueños y sólo comprendía a medias las pesadas preguntas de su amigo:

—Estaba aquí, ha desaparecido...

El general se estaba poniendo nervioso:

—Ya lo he oído, ya lo he oído, pero decidme cómo iba vestido y por dónde huyó...

Blandía su bastón con unos movimientos agresivos; habría querido atrapar al malvado desconocido. Barton balbuceó:

—Le habéis visto, os ha dicho algo señalándome con el dedo... Que Dios me ayude...

Pero ya Montague se había lanzado en medio del gentío para intentar atrapar al individuo. 

No obstante, y a pesar del aspecto característico del que buscaba y de la benévola ayuda de una docena de personas que creían que el general perseguía a un ladrón, no encontró ni el rastro del hombrecillo y, sofocado, volvió al lado de su futuro yerno. 

Este murmuró, como si estuviera mortalmente herido:

—Todo esto no sirve para nada, más vale abandonar. Jamás escaparé de su persecución, me encontrará siempre y donde sea... ¡Oh, ya no puedo más!

El general se encogió de hombros; estaba más irritado que alarmado y encontraba muy poco viril la resignación de Barton:

—No digáis tonterías, amigo. No es más que un hombre, os la tiene jurada... De acuerdo, pero de una forma u otra lo atraparemos.

Estas viriles palabras fueron impotentes para tranquilizar al capitán, que desde entonces se hundió todavía más en un lúgubre abandono. Su salud no resistió este nuevo golpe; no deseaba más que una cosa: volver a su casa y morir cuanto antes.

El viaje de retorno a Irlanda fue tranquilo y Montague lo aprovechó para animar a su compañero a que tomara gusto por la vida. Todo fue inútil. 

De todos modos, aunque hubiera conseguido algo, no habría servido de nada, pues apenas llegó a Dublín, Barton vio a su perseguidor. 

Desde aquel momento, el capitán había perdido toda su energía y voluntad. Sus amigos se ocupaban de los más mínimos detalles de su vida y, pasivamente, él les dejaba hacer.

Lady L... y el general Montague decidieron arrancarle de la soledad de su casa y le instalaron en una propiedad de la vieja dama. 

Como el médico del capitán insistía en ver en su paciente un trastorno nervioso, se siguieron sus consejos y encerraron a Barton en unas habitaciones que daban a un patio cerrado por altos muros. 

De este modo creían preservarlo de la vista de cualquier extraño que su febril imaginación podría tomar, aunque se le pareciera levemente, por el perseguidor que había visto o había imaginado ver al principio. 

El general y lady L... admitieron el aparente acierto del punto de vista del médico y creían, como él, que la reclusión, si se prolongaba un mes o más, tendría como principal y feliz efecto suprimir las ilusiones de Barton, devolverle el sentido común que no hacía mucho poseía e impedirle asociar tormentos imaginados a la vista de un personaje real y a lo mejor completamente inofensivo.

El médico recomendó rodear al enfermo de afecto y alegría, no dejarle solo ni un instante y concluyó diciendo que esta terapéutica debía ser radical. 

Barton aceptó con indiferencia su nueva situación, aunque esperaba la disminución de sus torturas, ya que las precauciones que he explicado resultaban eficaces. 

En consecuencia mejoró; su salud física empezó a restablecerse, lentamente, es cierto, y de una manera que no permitía pensar que pudiera volver a ser el que había sido. 

No obstante, sus amigos estuvieron muy agradecidos al médico por este ligero principio de recuperación y, en especial, la joven miss Montague, que había sufrido mucho por la enfermedad de quien le ataba la tierna relación que ya conocemos.

Los días pasaban en calma. Pronto haría un mes que se había iniciado el tratamiento y no se había producido incidente alguno. Podía pensarse que la obsesión del capitán había desaparecido y ya podía constatarse en él un nuevo interés por el mundo exterior y por su propia persona. 

Pero ocurriría un nuevo acontecimiento que haría replantear de nuevo toda la situación: un día, lady L..., que se daba inyecciones como muchos viejos que tienen ciertos conocimientos médicos, envió a una de sus sirvientas a recoger un cierto número de plantas que crecían en el huerto. 

Quería hacer una tisana con ellas para combatir los reumatismos de su hermano. Pero fue imposible, pues la sirvienta volvió sin cumplir con su cometido y parecía muy asustada. Explicó a lady L... que apenas había llegado al huerto cuando una risa sardónica la había apartado de sus ocupaciones. 

Había levantado la cabeza y había visto a través del seto a un individuo de aspecto muy sospechoso. La miraba con unos ojos que la aterrorizaron; luego se puso a hablar. 

Ella le escuchaba sin poder desprenderse de una penosa sensación de miedo y asco. Le había encomendado transmitir un mensaje al capitán Barton: era necesario que este empezara a salir, a ver gente, a llevar una existencia normal; de lo contrario, recibiría una visita en su habitación que no le gustaría lo más mínimo. 

Y el individuo demostró, empezando a escalar la valla, que no le serían necesarios muchos esfuerzos para cumplir con su amenaza.

La pobre muchacha había huido, trastornada, y ahora acababa de contar la aventura a su dueña, que le ordenó, bajo la amenaza de despido, guardar silencio sobre este asunto. 

Enseguida, lady L... ordenó hacer una batida alrededor de su propiedad. No sirvió para nada, naturalmente, y la vieja dama se confesó a su hermano. El general la escuchó gravemente, movió la cabeza con aire comprensivo y dijo:

—Entiendo.

De hecho, no comprendía nada, pero tomó conciencia del peligro y dobló la vigilancia a la que Barton estaba sometido. Era gracias a rápidas decisiones de este tipo que Montague debía su escalada, que ni su fortuna (inexistente) ni su inteligencia (casi inexistente) habrían conseguido.

Durante este tiempo, el capitán, que se encontraba mejor y que se creía en perfecta seguridad, se paseaba a veces por el patio rodeado de altos muros del que ya he hablado. 

Respirar aire puro devolvía poco a poco los colores de la salud a las mejillas de Barton. Puede lógicamente decirse que sin la estupidez de un sirviente, el capitán habría gozado de paz por lo menos durante cierto tiempo; desgraciadamente, ocurrió que uno de los sirvientes encargados del cuidado de Barton dejó entreabierta la puerta del patio. 

Esta puerta, de madera maciza, estaba protegida por una reja de hierro y, en principio, debía estar siempre cerrada. No obstante, ese día no lo estaba y Barton, acercándose a la puerta para ver a qué calle daba, tuvo la desagradabilísima sorpresa de ver a su perseguidor, que le miraba terriblemente entre los barrotes de la reja, felizmente cerrada. 

El capitán se quedó helado; su respiración se hizo ronca y entrecortada, sus ojos se pusieron en blanco y cayó al suelo como una masa inerte.

Le encontraron algunos instantes más tarde, lo llevaron a su habitación, lo desnudaron y lo acostaron. Desde entonces, se dieron cuenta de que había cambiado mucho y muy de prisa: ya no estaba ni triste ni inquieto, sino que, por el contrario, manifestaba una calma inhumana; se diría que ya estaba muerto. 

El general, que ya no entendía nada (si es que alguna vez comprendió algo), pero que no por ello dejaba de ser una buena persona muy dada a los demás, pasaba la mayor parte de su tiempo en la cabecera de Barton, que un día le dijo en un tono de dulce resignación:

—Esto se acaba, mi querido general, y empiezo a recibir algún consuelo de este orden espiritual de cosas de donde proviene mi desgracia. Se acerca el fin de mis penas y al final conoceré la paz.

Montague le miró extrañado:

—¿Qué queréis decir?

—Que ya he sufrido bastante y que mi castigo se acaba. Es posible, no lo sé, que tenga que soportar el peso de mis remordimientos durante toda la eternidad, pero en muy poco tiempo dejarán de torturarme. Tengo la prueba, ¿cómo explicarlo?, revelada... si queréis y si esta palabra no os choca. Debo sufrir todavía, es cierto, pero lo haré con humildad y serenidad...

—¡Ah!, qué contento estoy, os curaréis —dijo Montague con una voz jovial que disimulaba muy mal la sincera emoción de este viejo soldado de tierno corazón—; os curaréis y podréis reemprender vuestra antigua vida.

Pero Barton le desengañó:

—No me entendéis; ya no tengo fuerzas para sobrellevar una vida que me pesa, voy a morir. Sí, voy a morir. Le veré otra vez todavía, una sola vez y luego...

Se encogió de hombros. El general preguntó:

—¿Cómo podéis afirmar una cosa así? ¿Es él, vuestro perseguidor, el que os lo ha dicho?

—No..., no ha sido él. Un ser de su especie no podría darme tan buenas noticias... No puedo explicaros con exactitud de qué manera esto me ha sido revelado: esto me obligaría a evocar a personas muertas desde hace ya mucho y no serviría para nada; incluso sería indecente...

Calladas lágrimas caían por sus mejillas. Montague creyó que su amigo lloraba lamentándose de su destino, como hacen a veces los niños o los viejos. 

Entonó su mejor voz de mando (en el ejército le habían puesto el sobrenombre de Stentor irlandés; en realidad debo decir que el autor de esta fina broma, un lugarteniente galo, murió poco tiempo después de haberla formulado. ¡Una meningitis se lo llevó!) y gritó:

—Nada de tonterías, Barton, no echéis la soga tras el caldero, no os dejéis llevar, sed un hombre. Dios mío...

—No blasfeméis, Montague.

—Esta sí que es buena; sois vos, un ateo, un filósofo, quien me prohíbe blasfemar. Sí, bueno, en fin... intentad razonar, amigo: sois víctima de alucinaciones o el juguete de un bribón que se burla de vos y os llevará donde le plazca debido a la influencia que ejerce sobre vuestro sistema nervioso. Si es así, este tipo es un cobarde y, si tiene algo contra vos, sería más noble dar la cara que...

—Sí, esto es, tiene algo contra mí. La expresión es exacta... Sólo que la Justicia del Cielo se ha mezclado en el asunto; ha permitido al demonio que empleara para atormentarme a la misma persona que podía haberse quejado de mí... Es el Infierno..., pero Dios se ha apiadado de mí, su misericordia es infinita. Y me sentiría muy feliz de morir si pudiera evitar por última vez la espantosa cara del diablo que me ha atormentado durante tantos meses. Pero sé que nos encontraremos cara a cara antes del fin; sólo de pensarlo me siento aterrorizado, una repugnancia, un miedo innombrable que una buena persona como vos no puede ni imaginar...

Y el capitán perdía poco a poco su calma, grandes gotas de sudor caían por su pálida frente, sus descarnadas manos se contraían espasmódicamente sobre las sábanas y, un poco asustado, Montague cambió de conversación para llevarla a un terreno menos crítico:

—Y el sueño del que me hablabais...

—No era realmente un sueño... Más bien la impresión de encontrarme fuera y de sentir de una manera distinta. No obstante, todo era tan real, tan tangible como lo que nos rodea en estos momentos. ¿Cómo podría haceros comprender que se trataba auténticamente de una realidad? Otra realidad distinta de la que nosotros conocemos, pero igualmente real...

Siempre dispuesto a concretar, el general preguntó:

—Explicadme qué han visto vuestros ojos, lo que vuestras orejas han oído.

Barton se mordió los labios, miró largo rato hacia un punto imaginario sobre su cama y luego habló:

—La visión de quien vos sabéis me hizo perder el sentido y muy lentamente volví en sí. Cuando emergía de la nebulosa de mi desmayo me encontré tendido en el suelo, a la orilla de un lago rodeado por una cadena de montañas. Una extraña luminosidad rosada iluminaba todas las cosas. El espectáculo de este país desconocido me llenaba de una dolorosa y triste felicidad. De repente me di cuenta de que mi cabeza se apoyaba en las rodillas de una muchacha que cantaba una extraña canción que me hacía pensar en mi vida, en la pasada y en la futura. Me acordé entonces de amores pasados y que creía completamente olvidados; lloraba, sí, lloraba al escuchar esta voz que conocía perfectamente. Estaba tan hechizado por su canto que no pude mirar el rostro de la muchacha. Quería hacerlo, pero me sentía impotente para arriesgar un solo movimiento. Y luego, poco a poco, la voz maravillosa calló, al mismo tiempo que desaparecía el paisaje. Os vi a vos y a vuestra hermana que os acercabais sobre mí y me sonreíais... Pero una inmensa paz se había amparado de mí porque sabía que al fin sería perdonado.

Barton lloraba, pero su rostro parecía rebosante de una felicidad inefable, aunque marcada de melancolía. Los días siguientes permaneció calmo y sereno la mayor parte del tiempo; los únicos momentos en que se excitaba era cuando pensaba en la última visita que debía recibir antes de encontrar la paz definitiva. 

En estos momentos se sumergía en unos ataques de tan espantoso terror que todos los habitantes de la casa sufrían las influencias, salvo Montague, cuyo espíritu estaba resueltamente cerrado ante todo lo que no entendía... 

E incluso los que se tenían por caracteres fuertes estaban poseídos por extraños presentimientos que, por otro lado, no hubieran confesado bajo ningún motivo.

Desde entonces, Barton permanecía herméticamente encerrado en su habitación con los postigos cerrados y las cortinas siempre corridas. Además, exigió que su criado durmiera en la misma habitación. 

Naturalmente habían accedido a todas sus peticiones y el sirviente había instalado su cama a los pies de la de su dueño. El criado era, dentro de su condición, una persona muy respetable y sentía gran estima por su dueño. 

Puede juzgarse por estos detalles con qué cuidado cumplía con sus obligaciones, y en particular con la de velar por la aplicación de las precauciones por medio de las cuales el capitán esperaba impedir la visita del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS. Así pues, el sirviente permanecía constantemente al lado de Barton, que cada día temía más la soledad.

Imagino superfluo decir que, dado el carácter particularísimo de la situación, no se hizo nada para adelantar la boda de miss Montague con el desgraciado capitán. Por otra parte, debo aclarar que la chica no estaba preocupada por el atraso sine die de sus proyectos matrimoniales. 

En realidad jamás había sentido por Barton más que una sincera amistad y su inclinación de prometida no tenía nada en común con una pasión loca y romántica. 

No obstante, pasaba la mayor parte de sus días cerca del capitán y se esforzaba en distraerlo de su hipocondría. Le leía novelas, le contaba los últimos chismes, pero nada de todo ello le importaba lo más mínimo.

Es sabido que a las jóvenes así como a las mujeres viejas les gusta rodearse de animales favoritos sobre los que vuelcan parte de la ternura que la sociedad no les permite dispensar a sus semejantes. Para algunas son ratoncillos blancos o tortugas; para otras, gatos o monos. 

Miss Montague se había encaprichado con una especie de viejo búho que un jardinero le había traído. Este rasgo pone en evidencia la extravagancia que preside estos afectos antinaturales si se considera que el pájaro preferido de la muchacha era de una raza universalmente detestada por ser un símbolo de desgracia, de miseria y de muerte. 

Esta historia del búho puede parecer fuera de mi relato pero, como se verá, está siniestramente atada al final del mismo. Barton, y esto prueba que no estaba tan loco como algunos insinuaban, empezó a odiar al detestable animal de una manera tan arrebatada que habría podido parecer cómica...

Hacia las dos de la mañana, en una noche de invierno, el sirviente de Barton fue despertado por su dueño que le dijo:

—No se ve muy claro aquí...

Una vela permanecía siempre encendida en la habitación.

—No se ve muy claro..., pero tengo la impresión de que este condenado búho se ha escapado de su dueña y se esconde en algún rincón. Buscadlo y sacadlo de aquí, por favor...

El criado obedeció y encendió otra vela. De repente, el grito del pájaro nocturno rompió el silencio. Esto hacía pensar que, efectivamente, el búho no estaba lejos; quizá no estaba en la habitación, pero seguramente en el corredor sobre el que daba. 

Smith, el sirviente, abrió la puerta que, como por los efectos de una corriente de aire, se cerró a su paso. No se inquietó por ello y continuó buscando. En este punto debo precisar que la pared de la habitación estaba agujereada por una especie de ventana que daba al corredor: Smith se podía dirigir por la luz que provenía de este tragaluz.

—Smith, Smith, por favor, ¿querríais poner la vela encima de la mesita de noche?

La voz del capitán salía de detrás del cortinaje que rodeaba su cama y Smith se disponía a entrar en la habitación para ejecutar lo que su dueño le había ordenado cuando la sorpresa y el miedo lo paralizaron en su sitio: una voz contestaba a Barton al mismo tiempo que la luz se desplazaba como si alguien cambiara la vela de lugar. 

Smith veía esto por el tragaluz que he mencionado. El pobre hombre dudaba entre la curiosidad y el miedo; no obstante, iba a empujar la puerta cuando oyó unos ruidos confusos, gemidos, y la voz de su dueño que balbucía:

—¡Señor..., oh..., Señor...!

Hubo un silencio. Smith temblaba de pies a cabeza; luego un grito horrible, un aullido demente que era como la expresión de un terror incoercible ante lo abyecto, ante lo innombrable... 

El criado, empujado por un terror que es fácil de adivinar, corrió hacia la puerta. No podía abrirla... O no giraba bien el pomo o estaba cerrada por el interior, es lo que nunca se supo; el hecho es que fue inútil forcejear, no pudo llegar a Barton. 

Completamente loco de terror, Smith se lanzó por el corredor y encontró al general que, despertado por el ruido, corría. El silencio se hizo de golpe más siniestro que los ruidos que lo habían precedido.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está el capitán? —gritó Montague.

—No lo sé, no sé nada. ¡Dios se apiade de nosotros! ¡Estoy seguro de que mi señor ha muerto, sí, sí, estoy seguro!

El general no le hizo más preguntas. De todas formas, el desgraciado sirviente era incapaz de dar la más mínima explicación y Montague corrió hacia la puerta, que se abrió sin dificultad; con un enorme ruido de alas, el búho salió de detrás de las cortinas del lecho y desapareció por el tragaluz abierto.

—¡Pájaro de la desgracia! —farfulló Montague, visiblemente emocionado.

—Alguien ha cambiado la vela de lugar, señor, ahora está cerca de la cama... —balbució Smith.

—Sí, pero no os quedéis ahí parado, imbécil, abrid las cortinas.

El sirviente no se movió. Furioso, Montague le puso la vela entre las manos y se acercó a la cama. La débil luz de la vela que se consumía sobre la mesita de noche permitió ver a los dos hombres atemorizados un cuerpo replegado sobre sí mismo; se diría que Barton había retrocedido al máximo ante..., ¿ante qué, de hecho?

—Barton, amigo, ¿qué os pasa? —gritó el general.

Un silencio irónico fue su respuesta. Acercó entonces la vela para iluminar el rostro de su amigo: en verdad era un espectáculo innoble. Los rasgos espantosamente crispados, el color demasiado pálido y los ojos en blanco del desgraciado Barton no permitían la menor duda sobre su estado.

—Está muerto —dijo Montague, y no hizo ningún otro comentario.

Los dos hombres permanecieron unos momentos en silencio; luego el general dijo:

—Ya está frío...

El sirviente de repente se sobresaltó, pareció salir de su estupor y dijo:

—Dios poderoso, mirad, señor, ¿veis lo que yo veo?

Con un dedo señalaba la cama en desorden: se veía la huella de un cuerpo muy pesado. Oyeron acercarse unos pasos; rápidamente Montague se esforzó en dar una apariencia normal de lecho mortuorio; luego los dos hombres salieron para acoger al resto de la familia y comunicarles la horrible noticia.

Naturalmente, jamás se llegó a poner en claro el enigma que rodeaba la muerte del capitán. No se supo más que esto que, a fin de cuentas, quizá no tenía ninguna relación con lo ocurrido: algunos años antes de retirarse, Barton se había enamorado de una joven de Plymouth que era la hija de uno de los marineros de su barco. 

La había hecho su amante; y el padre de la pequeña, cuando se enteró de su conducta, la castigó duramente. El capitán, loco de rabia, se había vengado utilizando al máximo los medios de coerción que su posición le permitía ejercer con un marino. El individuo, un tal Sylvestre Yolland, logró escapar. Murió poco después en un hospital de Nápoles...

Evidentemente, no osaré afirmar que estos hechos sean el origen de la persecución que costó la vida de Barton. Sé que él lo creía así, pues fue la única mala acción que jamás cometió. Sea lo que fuere, es de temer que esta historia jamás quede explicada satisfactoriamente.

Uno no sabe - Mónica Lavín

Uno no sabe que un día se irá a la cama y, cuando despierte, papá pondrá los cereales en la mesa, nervioso y sin haberse rasurado; las hermanas hablarán en voz baja y nadie dirá que mamá no está. 
Uno se irá a la escuela pensando que la verá al volver, pero será Trini quien abra la puerta del departamento, sirva la sopa de fideo y rezongue porque, de ese día en adelante, le toca disponer como si fuera la señora de la casa.
Uno piensa que alguien lanzará algo —un quejido, una pregunta, un plato— porque una madre no puede irse así. En vez de eso, las hermanas acarician la cabeza de uno, y papá llega por la noche a preguntar sobre la escuela y el fútbol con impostado interés. 
Sentado al borde de la cama, no se fija que uno no se lavó los dientes y parece que va a comenzar a explicar algo, pero los ojos se extravían entre las repisas con coches de juguete y suelta un «buenas noches» apresurado.
Uno no sabe que el silencio será la explicación, que todos andarán como si la voz de la madre ausente fuera humo, como si los domingos siempre hubieran sido cuatro a la mesa, como si vendieran los calcetines con hoyos y fuese normal que Trini lo llevara al doctor en un taxi. 
Y uno irá a la escuela con los ojos como platos, con el asombro pegando las pestañas a los párpados porque nadie se ha atrevido a llorar, a patear las puertas, porque el único cambio visible son las fotos removidas.
Sólo en el buró del padre está una en blanco y negro donde se miran los dos alegres, sentados en una banca. Vestigios de su madre en el cuarto que poco frecuenta uno, porque más vale no naufragar en el tamaño de la cama, en la doble almohada ni tras las puertas del clóset. 
Uno ni siquiera sabe si allí todavía cuelgan sus vestidos porque las hermanas se han encargado de echar llave, y son ellas las que van a los festivales de la escuela, firman las calificaciones, hablan con las maestras. 
El padre, callado, pasea por la casa como telón de fondo; uno supone que es la única forma posible de aceptar que no hubiera un beso de despedida.
Uno crece y se acostumbra a Trini malhumorada, a las hermanas a oscuras con los novios en la sala, a las reuniones con los abuelos, a las leves alusiones a ciertos rasgos de la madre repetidos en los hijos, como el paso de una franela que recoge el polvo de los muebles. 
 
Uno aprende a no visitar a la abuela Nona porque sólo habla de papá y su cerrazón, y porque las hermanas disgustadas no resisten que busque razones para la orfandad de sus nietos. Uno no quiere estar en casas ajenas que le recuerden a una madre de rasgos borrados.
Pasan los años y uno empieza a mirar las piernas de las mujeres, a imaginarse besándolas y acariciándolas; uno da todo por rodear una cintura apretada y aspirar un aliento dulce. Uno las besa y las abraza en la penumbra del cine y se masturba pensando en ellas, y cuando comienza a desear más allá de su cuerpo, su presencia y su ternura, uno se va sin despedida.
Por eso uno se puede ir un día sin dar explicaciones. Ha pescado una conversación furtiva entre el padre y la cuñada: alguien la vio en Nueva York, es mesera en una cafetería de la Segunda Avenida. Uno piensa que un destino así está lleno de grasa de frituras. Y el coraje se atiza. Uno tiene veintiún años y trabaja en el despacho de un tío abogado mientras estudia; ha juntado el dinero para pasar un mes en esa ciudad. Así que le dice a su padre que hará un viaje y no le indica cuándo ni a dónde.
Un día toma el avión y se sube ligero. Cafeterías en esa avenida tan larga hay muchas; descarta los restaurantes chinos, las pizzerías, los bares, pero aún queda un gran número de posibilidades. Alquila un cuarto de hotel de medio pelo en la Treinta y Dos y la Octava. Planea recorrer las dos aceras de la Segunda desde el *Lower East Side* hasta el *Spanish Harlem*. Está seguro de que acertará. Tiene el día entero para hacerlo, el dinero para consumir tés, refrescos y donas, porque no basta mirar desde la calle: hay que sentarse adentro. Debe reconocerla trece años después del recuerdo que tiene de su cara, que ya no será la de la foto del buró de su padre.
Uno anda en tenis y chaqueta gruesa porque a fines de abril puede sorprender la lluvia menuda o la nieve; uno no habla con nadie y no cuesta trabajo. Pasan dos semanas y ha mirado tras el vaho de los ventanales grasosos de las cafeterías donde las meseras lo llaman *dear*, y también entre la vajilla blanca y delicada de las cafeterías de los hoteles. Uno ha entrado por la mañana y por la tarde al mismo lugar porque quién sabe qué turno le toque a una mesera en una ciudad que nunca para. Antes de salir del hotel, marca el croquis y, como quien va al hipódromo, lanza sus apuestas: volver al Ruby’s, recorrer de la Cuarenta a la Sesenta. Navega entre el cálculo y la corazonada.
Por eso a las tres semanas, sin que su esperanza haya flaqueado, sin amasar resentimiento por las noches, cuando entra a la cafetería de la esquina de Madison y la Noventa y ocho —mientras dobla el croquis y lo guarda en el bolsillo— sabe que la ha encontrado. Uno la ha visto colocar los platos en la mesa de junto, inclinar el cuerpo en uniforme beige, y es la manera de recoger los platos lo que la delató. La súbita remisión a la mesa del comedor. Pensó que sería la mirada, o el cuello largo, o tal vez la nariz afilada lo que le permitiría reconocerla, no aquella postura alguna vez doméstica, hoy gaje del oficio. La quiere observar así, a distancia, pero ella advierte que un cliente aguarda. Uno se parapeta mirando la carta. Sabe que pronto escuchará su voz. Espía sus piernas y sus zapatos bajos de suela de hule.
—*Good morning, are you ready to order?* —le pregunta en un inglés extranjero.
Uno la mira porque está desconcertado, porque la quiere contemplar como una foto: el pelo pintado de rubio cenizo, la nariz afilada, una sonrisa a la fuerza. Insiste con otra pregunta: *What are we up to this morning?* Uno no sabe qué hacer cuando su madre le habla en inglés al mismo tiempo que vierte un café recalentado en la taza mustia. Antes de que se aleje dispuesta a atender otra mesa, porque el cliente no ha resuelto, ordena unos *hot cakes* por retenerla. Uno advierte que todos la llaman, que ella sirve y que le dejan monedas sobre la mesa. Uno no sabe qué hacer ante una madre que no despliega ninguna deferencia con ese cliente, pedazo suyo, al que no mira con más ahínco que al obrero de junto o a las señoras de la mesa de más atrás.
Cuando le trae los *hot cakes* humeantes, el *thank you* de él delata su extranjería.
—¿Visitando? —pregunta ella.
—Buscando trabajo —dice uno cortante mientras unta con lajas de mantequilla los *hot cakes*.
Observa cómo el calor las vuelve líquido. Se esmera en cercenar los redondeles hasta conseguir rebanadas homogéneas. Uno no sabe qué sigue. Las mastica y las traga con dificultad, ansioso por salir cuanto antes de aquella cafetería. Hace señas a su madre:
—La cuenta.
La mesera, acostumbrada a las prisas, deja la cuenta junto al plato enmielado.
Uno sale a caminar desorientado. Va a la esquina y retrocede, cruza la acera, echa a andar por cualquier calle. Se topa con el croquis de la ciudad en el bolsillo, lo arruga allí dentro y en el primer basurero lo tira. Uno vuelve por la mañana. ¿Cómo desperdiciar el precioso hallazgo? La noche le ha dado claridad. Pero uno no cuenta con que ese día ella descansa, porque no la ve en el restaurante. Se acerca una mesera negra. Uno pregunta por Olivia. Es su nombre, si no se lo ha cambiado. Le responde que mañana estará allí de nuevo. Un día parece un racimo de años, la suma de todos desde que Trini sirvió los fideos y comieron los tres hermanos solos. La rabia crece mientras el bolsillo mengua. No hay tiempo que perder.
Al día siguiente regresa y la descubre desde los ventanales que dan a la calle. Se detiene un rato para mirar el pelo recogido y la nariz afilada. Se sienta en la misma mesa y Olivia —su nombre está escrito en el gafete plastificado— le pregunta con una sonrisa si quiere otra vez *hot cakes*.
—Te busqué ayer, Olivia.
Para qué andarse con rodeos.
—Descansé. ¿Encontraste trabajo?
—De eso quiero hablar, podrías tomarte una copa conmigo en la noche.
Olivia titubea mientras acomoda el mantel de papel y vierte el café en la taza.
—No me gusta el café —dice uno.
Ella sigue llenando la taza.
—A las cinco, en el Mayfair, dos calles abajo —contesta Olivia.
—¿Cuánto es? —se levanta uno.
—Pero si no has ordenado.
—No importa.
Deja un dólar en la mesa y se va. Desde la caída de la tarde, uno bebe en la barra del Mayfair. Olivia se acerca erguida; con los zapatos de tacón luce más alta. Lleva un saco largo azul marino, el pelo suelto, le cae el fleco en la frente.
—Nunca he tomado una copa con alguien tan joven.
—Ni yo con una mesera en Nueva York —responde uno—. ¿Eres mexicana?
—¿Se nota? ¿Y tú?
—De El Salvador, pero estudié en México —miente.
Les sirven vodka tonics y uno quiere hablar lo menos posible. Evita saber de su vida, pero Olivia le cuenta que se enamoró de un hombre y por él dejó todo en México. Uno no pregunta qué pasó después, aunque percibe que ella desearía contar el desenlace. Pero ella sigue diciendo que dejó todo por nada y él, por ahogarle la voz, le acaricia las piernas. Ella guarda silencio. Uno deja las manos sobre los muslos resguardados por la falda de lana para cerciorarse de que es capaz de estar cerca de la piel de esa mujer.
Ella no habla y lo mira. Uno no resiste los ojos familiares. Aprieta el vaso por no estrellarlo contra el suelo. Pide otra copa para los dos e intuye que ella hace una concesión al aceptar. Salen sin que medie conversación alguna; la lleva deprisa y de la mano por la calle, la siente ligera como una cosa pequeña. Recuerda otros cuerpos cercanos y atolondra el sentimiento.
Apenas entran en la habitación, uno le quita el saco azul y la tumba boca arriba; el pelo se desparrama sobre el blanco percudido de la sábana. Uno se desabotona el pantalón veloz; Olivia se baja las medias y la pantaleta, ansiosa. Uno entra en ella sin dificultad. Observa su cara congestionada, los ojos cerrados que uno agradece. Entonces piensa que ha entrado por el mismo conducto que se distendió para que él naciera. Uno siente una lujuriosa repulsión y olvida las palabras a verter. Se tira exhausto sobre su pecho; Olivia se desliza hacia arriba buscando los cigarros que están en su bolsa sobre el buró. La cabeza de uno ha quedado sobre esos muslos desnudos, muy cerca del pubis. Uno no quiere mirarla, uno no quiere dejar el regazo caliente. Olivia le acaricia la cabeza con una mano mientras se lleva el cigarro a la boca con la otra.
—Espero que sea habitación de fumar —se ríe.
Uno sigue allí con los párpados apretados, con el silencio de la verdad aterido en su garganta, en su sexo vencido.
—Tú también tienes la nariz afilada —dice Olivia con ternura—. ¿Estás bien?
Uno no atina a clavar la puntilla: no dice «Olivia Sansores, soy tu hijo». Esconde la nariz afilada, la aplasta inútilmente contra la pierna de mujer. Uno se queda dormido, abrazándose a sí mismo, y amanece solo. Entonces persigue el olor de su madre sobre la almohada y encuentra la colilla en el cenicero. Uno se baña para volver por *hot cakes*. Localiza una mesa vacía que Olivia atienda. Cuando ella lo descubre, se acerca a servirle café.
—Te dije que no me gusta el café —obstruye la taza con la mano—. ¿Por qué te fuiste?
—No iba a esperar a que en la mañana confirmaras mis cuarenta y nueve años.
Uno come *hot cakes* atropelladamente y deja todo el dinero que le queda sobre la mesa. Esa noche toma el avión de regreso. Desde la ventanilla observa la retícula iluminada de la ciudad que queda atrás; después, el perfil de su nariz reflejado en el vidrio. Uno sólo sabe que es mejor partir sin despedirse.