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Uno no sabe - Mónica Lavín

Uno no sabe que un día se irá a la cama y, cuando despierte, papá pondrá los cereales en la mesa, nervioso y sin haberse rasurado; las hermanas hablarán en voz baja y nadie dirá que mamá no está. 
Uno se irá a la escuela pensando que la verá al volver, pero será Trini quien abra la puerta del departamento, sirva la sopa de fideo y rezongue porque, de ese día en adelante, le toca disponer como si fuera la señora de la casa.
Uno piensa que alguien lanzará algo —un quejido, una pregunta, un plato— porque una madre no puede irse así. En vez de eso, las hermanas acarician la cabeza de uno, y papá llega por la noche a preguntar sobre la escuela y el fútbol con impostado interés. 
Sentado al borde de la cama, no se fija que uno no se lavó los dientes y parece que va a comenzar a explicar algo, pero los ojos se extravían entre las repisas con coches de juguete y suelta un «buenas noches» apresurado.
Uno no sabe que el silencio será la explicación, que todos andarán como si la voz de la madre ausente fuera humo, como si los domingos siempre hubieran sido cuatro a la mesa, como si vendieran los calcetines con hoyos y fuese normal que Trini lo llevara al doctor en un taxi. 
Y uno irá a la escuela con los ojos como platos, con el asombro pegando las pestañas a los párpados porque nadie se ha atrevido a llorar, a patear las puertas, porque el único cambio visible son las fotos removidas.
Sólo en el buró del padre está una en blanco y negro donde se miran los dos alegres, sentados en una banca. Vestigios de su madre en el cuarto que poco frecuenta uno, porque más vale no naufragar en el tamaño de la cama, en la doble almohada ni tras las puertas del clóset. 
Uno ni siquiera sabe si allí todavía cuelgan sus vestidos porque las hermanas se han encargado de echar llave, y son ellas las que van a los festivales de la escuela, firman las calificaciones, hablan con las maestras. 
El padre, callado, pasea por la casa como telón de fondo; uno supone que es la única forma posible de aceptar que no hubiera un beso de despedida.
Uno crece y se acostumbra a Trini malhumorada, a las hermanas a oscuras con los novios en la sala, a las reuniones con los abuelos, a las leves alusiones a ciertos rasgos de la madre repetidos en los hijos, como el paso de una franela que recoge el polvo de los muebles. 
 
Uno aprende a no visitar a la abuela Nona porque sólo habla de papá y su cerrazón, y porque las hermanas disgustadas no resisten que busque razones para la orfandad de sus nietos. Uno no quiere estar en casas ajenas que le recuerden a una madre de rasgos borrados.
Pasan los años y uno empieza a mirar las piernas de las mujeres, a imaginarse besándolas y acariciándolas; uno da todo por rodear una cintura apretada y aspirar un aliento dulce. Uno las besa y las abraza en la penumbra del cine y se masturba pensando en ellas, y cuando comienza a desear más allá de su cuerpo, su presencia y su ternura, uno se va sin despedida.
Por eso uno se puede ir un día sin dar explicaciones. Ha pescado una conversación furtiva entre el padre y la cuñada: alguien la vio en Nueva York, es mesera en una cafetería de la Segunda Avenida. Uno piensa que un destino así está lleno de grasa de frituras. Y el coraje se atiza. Uno tiene veintiún años y trabaja en el despacho de un tío abogado mientras estudia; ha juntado el dinero para pasar un mes en esa ciudad. Así que le dice a su padre que hará un viaje y no le indica cuándo ni a dónde.
Un día toma el avión y se sube ligero. Cafeterías en esa avenida tan larga hay muchas; descarta los restaurantes chinos, las pizzerías, los bares, pero aún queda un gran número de posibilidades. Alquila un cuarto de hotel de medio pelo en la Treinta y Dos y la Octava. Planea recorrer las dos aceras de la Segunda desde el *Lower East Side* hasta el *Spanish Harlem*. Está seguro de que acertará. Tiene el día entero para hacerlo, el dinero para consumir tés, refrescos y donas, porque no basta mirar desde la calle: hay que sentarse adentro. Debe reconocerla trece años después del recuerdo que tiene de su cara, que ya no será la de la foto del buró de su padre.
Uno anda en tenis y chaqueta gruesa porque a fines de abril puede sorprender la lluvia menuda o la nieve; uno no habla con nadie y no cuesta trabajo. Pasan dos semanas y ha mirado tras el vaho de los ventanales grasosos de las cafeterías donde las meseras lo llaman *dear*, y también entre la vajilla blanca y delicada de las cafeterías de los hoteles. Uno ha entrado por la mañana y por la tarde al mismo lugar porque quién sabe qué turno le toque a una mesera en una ciudad que nunca para. Antes de salir del hotel, marca el croquis y, como quien va al hipódromo, lanza sus apuestas: volver al Ruby’s, recorrer de la Cuarenta a la Sesenta. Navega entre el cálculo y la corazonada.
Por eso a las tres semanas, sin que su esperanza haya flaqueado, sin amasar resentimiento por las noches, cuando entra a la cafetería de la esquina de Madison y la Noventa y ocho —mientras dobla el croquis y lo guarda en el bolsillo— sabe que la ha encontrado. Uno la ha visto colocar los platos en la mesa de junto, inclinar el cuerpo en uniforme beige, y es la manera de recoger los platos lo que la delató. La súbita remisión a la mesa del comedor. Pensó que sería la mirada, o el cuello largo, o tal vez la nariz afilada lo que le permitiría reconocerla, no aquella postura alguna vez doméstica, hoy gaje del oficio. La quiere observar así, a distancia, pero ella advierte que un cliente aguarda. Uno se parapeta mirando la carta. Sabe que pronto escuchará su voz. Espía sus piernas y sus zapatos bajos de suela de hule.
—*Good morning, are you ready to order?* —le pregunta en un inglés extranjero.
Uno la mira porque está desconcertado, porque la quiere contemplar como una foto: el pelo pintado de rubio cenizo, la nariz afilada, una sonrisa a la fuerza. Insiste con otra pregunta: *What are we up to this morning?* Uno no sabe qué hacer cuando su madre le habla en inglés al mismo tiempo que vierte un café recalentado en la taza mustia. Antes de que se aleje dispuesta a atender otra mesa, porque el cliente no ha resuelto, ordena unos *hot cakes* por retenerla. Uno advierte que todos la llaman, que ella sirve y que le dejan monedas sobre la mesa. Uno no sabe qué hacer ante una madre que no despliega ninguna deferencia con ese cliente, pedazo suyo, al que no mira con más ahínco que al obrero de junto o a las señoras de la mesa de más atrás.
Cuando le trae los *hot cakes* humeantes, el *thank you* de él delata su extranjería.
—¿Visitando? —pregunta ella.
—Buscando trabajo —dice uno cortante mientras unta con lajas de mantequilla los *hot cakes*.
Observa cómo el calor las vuelve líquido. Se esmera en cercenar los redondeles hasta conseguir rebanadas homogéneas. Uno no sabe qué sigue. Las mastica y las traga con dificultad, ansioso por salir cuanto antes de aquella cafetería. Hace señas a su madre:
—La cuenta.
La mesera, acostumbrada a las prisas, deja la cuenta junto al plato enmielado.
Uno sale a caminar desorientado. Va a la esquina y retrocede, cruza la acera, echa a andar por cualquier calle. Se topa con el croquis de la ciudad en el bolsillo, lo arruga allí dentro y en el primer basurero lo tira. Uno vuelve por la mañana. ¿Cómo desperdiciar el precioso hallazgo? La noche le ha dado claridad. Pero uno no cuenta con que ese día ella descansa, porque no la ve en el restaurante. Se acerca una mesera negra. Uno pregunta por Olivia. Es su nombre, si no se lo ha cambiado. Le responde que mañana estará allí de nuevo. Un día parece un racimo de años, la suma de todos desde que Trini sirvió los fideos y comieron los tres hermanos solos. La rabia crece mientras el bolsillo mengua. No hay tiempo que perder.
Al día siguiente regresa y la descubre desde los ventanales que dan a la calle. Se detiene un rato para mirar el pelo recogido y la nariz afilada. Se sienta en la misma mesa y Olivia —su nombre está escrito en el gafete plastificado— le pregunta con una sonrisa si quiere otra vez *hot cakes*.
—Te busqué ayer, Olivia.
Para qué andarse con rodeos.
—Descansé. ¿Encontraste trabajo?
—De eso quiero hablar, podrías tomarte una copa conmigo en la noche.
Olivia titubea mientras acomoda el mantel de papel y vierte el café en la taza.
—No me gusta el café —dice uno.
Ella sigue llenando la taza.
—A las cinco, en el Mayfair, dos calles abajo —contesta Olivia.
—¿Cuánto es? —se levanta uno.
—Pero si no has ordenado.
—No importa.
Deja un dólar en la mesa y se va. Desde la caída de la tarde, uno bebe en la barra del Mayfair. Olivia se acerca erguida; con los zapatos de tacón luce más alta. Lleva un saco largo azul marino, el pelo suelto, le cae el fleco en la frente.
—Nunca he tomado una copa con alguien tan joven.
—Ni yo con una mesera en Nueva York —responde uno—. ¿Eres mexicana?
—¿Se nota? ¿Y tú?
—De El Salvador, pero estudié en México —miente.
Les sirven vodka tonics y uno quiere hablar lo menos posible. Evita saber de su vida, pero Olivia le cuenta que se enamoró de un hombre y por él dejó todo en México. Uno no pregunta qué pasó después, aunque percibe que ella desearía contar el desenlace. Pero ella sigue diciendo que dejó todo por nada y él, por ahogarle la voz, le acaricia las piernas. Ella guarda silencio. Uno deja las manos sobre los muslos resguardados por la falda de lana para cerciorarse de que es capaz de estar cerca de la piel de esa mujer.
Ella no habla y lo mira. Uno no resiste los ojos familiares. Aprieta el vaso por no estrellarlo contra el suelo. Pide otra copa para los dos e intuye que ella hace una concesión al aceptar. Salen sin que medie conversación alguna; la lleva deprisa y de la mano por la calle, la siente ligera como una cosa pequeña. Recuerda otros cuerpos cercanos y atolondra el sentimiento.
Apenas entran en la habitación, uno le quita el saco azul y la tumba boca arriba; el pelo se desparrama sobre el blanco percudido de la sábana. Uno se desabotona el pantalón veloz; Olivia se baja las medias y la pantaleta, ansiosa. Uno entra en ella sin dificultad. Observa su cara congestionada, los ojos cerrados que uno agradece. Entonces piensa que ha entrado por el mismo conducto que se distendió para que él naciera. Uno siente una lujuriosa repulsión y olvida las palabras a verter. Se tira exhausto sobre su pecho; Olivia se desliza hacia arriba buscando los cigarros que están en su bolsa sobre el buró. La cabeza de uno ha quedado sobre esos muslos desnudos, muy cerca del pubis. Uno no quiere mirarla, uno no quiere dejar el regazo caliente. Olivia le acaricia la cabeza con una mano mientras se lleva el cigarro a la boca con la otra.
—Espero que sea habitación de fumar —se ríe.
Uno sigue allí con los párpados apretados, con el silencio de la verdad aterido en su garganta, en su sexo vencido.
—Tú también tienes la nariz afilada —dice Olivia con ternura—. ¿Estás bien?
Uno no atina a clavar la puntilla: no dice «Olivia Sansores, soy tu hijo». Esconde la nariz afilada, la aplasta inútilmente contra la pierna de mujer. Uno se queda dormido, abrazándose a sí mismo, y amanece solo. Entonces persigue el olor de su madre sobre la almohada y encuentra la colilla en el cenicero. Uno se baña para volver por *hot cakes*. Localiza una mesa vacía que Olivia atienda. Cuando ella lo descubre, se acerca a servirle café.
—Te dije que no me gusta el café —obstruye la taza con la mano—. ¿Por qué te fuiste?
—No iba a esperar a que en la mañana confirmaras mis cuarenta y nueve años.
Uno come *hot cakes* atropelladamente y deja todo el dinero que le queda sobre la mesa. Esa noche toma el avión de regreso. Desde la ventanilla observa la retícula iluminada de la ciudad que queda atrás; después, el perfil de su nariz reflejado en el vidrio. Uno sólo sabe que es mejor partir sin despedirse.  

Un caballero para Merytha - Roger Zelazny

Al cruzar el paso, Dilvish oyó el chillido de una mujer.

El grito reverberó en los alrededores y se apagó. Luego quedó únicamente el sonido de los cascos de acero en el camino. Dilvish se detuvo y atisbó en el crepúsculo.

—Black, ¿de dónde ha salido ese grito? —preguntó.

—No sé la dirección —replicó el caballo de acero a cuyos lomos cabalgaba Dilvish—. En estas montañas, los ruidos parecen provenir de todas partes.

Dilvish volvió la cabeza y observó la senda que había seguido. Mucho más abajo, en la llanura, el ejército maldito había establecido su campamento. Dilvish, que dormía muy poco, se había adelantado para explorar el camino de las montañas. La última vez que había pasado por allí, en dirección a Rahoring-hast, era de noche y apenas había visto la senda.

Los ojos de Black brillaron tenuemente.

—La oscuridad aumenta —dijo—, y es inútil continuar. El camino apenas puede verse a partir de este punto. Quizá fuera mejor regresar al campamento para escuchar viejos relatos de tus deudos sobre épocas más jóvenes de la tierra.

—Muy bien... —dijo Dilvish; y mientras pronunciaba estas palabras, oyó de nuevo el chillido.

—¡Por ahí! —dijo, señalando hacia la izquierda—. ¡El grito procede de ahí, senda arriba!

—Sí —dijo Black—, estamos muy cerca de las fronteras de Rahoringhast, por lo que una situación como esta es más sospechosa incluso que en condiciones normales. Te aconsejo que no prestes atención a ese grito.

—Una mujer que chilla en la montaña y por la noche... ¿y no responder? ¡Vamos, Black! Eso viola las leyes de mi raza. ¡Adelante!

Black emitió un sonido como el grito de caza de un gran pájaro y se lanzó hacia adelante. Al otro lado del paso salió de la senda y subió una empinada ladera. En lo alto había el parpadeo de una luz.

—Es un castillo —dijo Black—, y hay una mujer en las almenas, vestida de blanco.

Dilvish contempló el lugar. Las nubes se separaron y la luna vertió luz sobre el edificio. Enorme, y en algunos puntos decadente, la construcción casi parecía formar parte de la montaña. Oscura, aparte de la tenue luz que brotaba por la abierta puerta del patio interior. Vieja...

Llegaron a los muros del castillo y Dilvish gritó:

—¡Señora! ¿Habéis gritado vos?

La mujer miró hacia abajo.

—¡Sí! —dijo—. ¡Oh, sí, buen viajero! ¡He sido yo!

—¿Qué os inquieta, señora?

—He gritado porque os oí pasar. Hay un dragón en el patio... y temo por mi vida.

—¿Habéis dicho «dragón»?

—Sí, buen caballero. Bajó del cielo hace cuatro días y ha hecho del patio su nuevo hogar. Estoy prisionera a causa de ello. No puedo pasar por ahí...

—Veré qué puede hacerse al respecto —dijo Dilvish. Sacó la espada invisible.

—Oh, buen caballero...

—¡Cruza la puerta, Black!

—No me gusta esto —murmuró Black mientras entraba ruidosamente en el patio.

Dilvish miró alrededor. Una antorcha llameaba en un rincón del patio. Las sombras danzaban por todas partes. Por lo demás, no había nada.

—No veo dragón alguno —dijo Black.

—Y yo no huelo el almizcle de los reptiles.

—¡Aquí, dragón! —dijo Black—. ¡Aquí, dragón! ¡Sal, dragón!

Dieron la vuelta al patio y observaron las arcadas.

—Ningún dragón —observó Black.

—No. Una pena. Debes despedirte del placer.

Al pasar junto al último arco, la mujer gritó en el interior:

—Al parecer se ha ido, buen caballero.

Dilvish envainó la espada de Selar y desmontó. Black se convirtió en una estatua de acero mientras su jinete se aproximaba resueltamente al corredor. Allí estaba la mujer, y Dilvish sonrió e hizo una reverencia.

—Vuestro dragón parece haber huido —observó. Y luego la miró.

Tenía el cabello negro y suelto, y le caía muy por debajo de los hombros. Era alta, y sus ojos eran del color del humo de leña. Danzaban rubíes en los lóbulos de sus orejas, su barbilla era fina y la mantenía erguida. Su cuello tenía el color de la leche, y Dilvish lo recorrió con la mirada hasta las inclinaciones donde los pechos se adaptaban al apretado corpiño.

—Eso parece —repuso ella—. Me llamo Merytha.

—Y yo Dilvish.

—Sois un valiente, Dilvish... enfrentarse a un dragón con las manos vacías...

—Tal vez —dijo él—. Puesto que el dragón se ha ido ya...

—Volverá para buscarme, me temo —replicó la mujer—, ya que soy la última persona que hay en estos muros.

—¿Sola aquí? ¿En qué situación os halláis?

—Mis parientes regresarán mañana. Han hecho un largo viaje. Os lo ruego, atended a vuestro caballo y cenad en mi compañía, porque estoy sola y tengo miedo —se lamió los labios formando una sonrisa.

—Perfectamente —contestó Dilvish, y volvió al patio. Puso la mano en el cuello de Black y notó que este se movía—. Black, no todo es normal en este lugar —afirmó—, y quiero averiguar más detalles. Cenaré con la dama.

—Cuidado —musitó Black— con lo que comes y bebes. No me gusta este lugar.

—Mi buen Black —dijo Dilvish, y volvió con Merytha al corredor.

Ella había cogido una antorcha encendida en alguna parte y se la dio.

—Mis habitaciones están al principio de las escaleras —dijo.

Dilvish la siguió en la penumbra. Había telarañas en los rincones y polvo en un amplio tapiz que describía una gran batalla. Dilvish creyó oír la precipitada fuga de las ratas en la maleza, y un tenue olor a seca putrefacción llegó a sus ventanas nasales.

Llegaron a un rellano y Merytha abrió de par en par la puerta que estaba ante los dos. La sala estaba iluminada por numerosas velas. Estaba aseada, era cálida, y un aroma de sándalo flotaba en el ambiente. Había oscuras pieles de animal en el suelo y un magnífico tapiz colgado en la pared. Dos rendijas en las ventanas dejaban entrar la brisa nocturna y permitían atisbar las estrellas, y había un estrecho umbral que conducía a la almena en la que Merytha había gritado.

Dilvish entró en la sala, y al hacerlo vio que en el rincón de la izquierda había un nicho con un hogar y dos troncos ardiendo sin llama. La cena estaba dispuesta en una mesa, delante del hogar. La verdura aún humeaba junto a la carne, y el pan tenía una apariencia fresca y blanda. Dilvish vio también una transparente jarra de vino. 

En otro rincón de la habitación había una enorme cama endoselada, con largas colgaduras de trencilla dorada en los pilares, seda color naranja muy tirante en el punto donde estaba vuelto el cubrecama y una hilera de almohadones del mismo color en la cabecera.

—Sentaos y refrescaos, Dilvish —dijo Merytha.

—¿Cenaréis conmigo?

—Ya he cenado.

Dilvish probó un trozo de carne. No tenía objeción alguna. Sorbió vino. Era fuerte y seco.

—Muy bueno —dijo—. ¿Cómo ha podido prepararse esta cena y continuar caliente?

Ella sonrió.

—Yo la preparé, quizá previendo esto. ¿No os quitaréis el cinto de la espada en mi mesa?

—Sí —replicó Dilvish—. Disculpadme.

Y soltó la hebilla y puso el cinto junto a él.

—No lleváis espada en la funda. ¿Por qué?

—La mía se rompió en batalla.

—A pesar de todo debisteis ganar el combate, o de lo contrario no estaríais aquí.

—Vencí —dijo Dilvish.

—Os tengo por un bravo guerrero, señor.

Dilvish sonrió.

—La dama me hará perder la cabeza con esta charla.

Merytha se echó a reír.

—¿Puedo tocar música para vos?

—Eso sería muy agradable.

Merytha cogió un instrumento de cuerda distinto a todos los que había visto Dilvish. Se puso a tocarlo para acompañarse:

Caen algunas gotitas de lluvia

y el viento sopla esta noche, mi amor;

rogué que vinieras a verme,

para aliviar mi dolor.

Ahora deseo que el viento no cese nunca,

ni los relámpagos en el temporal,

porque has venido al anochecer

en carne y sangre terrenal.

Por favor quédate en la amena noche,

verdes botas en tus pies,

oh caballero que no lleva espada,

para con dulces besos cerrar mis ojos después.

Desearé que el viento no cese nunca,

ni los relámpagos en el temporal,

que puedas quedarte tras el anochecer,

en carne y sangre terrenal.

Rogué que vinieras a verme

cuando la luz del día menguaba,

para abrazarme mientras caían gotitas de lluvia

y el viento de la noche soplaba.

Dilvish siguió comiendo y bebiendo vino, observando a la mujer mientras tocaba. Los dedos de ella apenas tocaban las cuerdas y su voz era suave y clara.

—Encantador —dijo Dilvish.

—Gracias, Dilvish. —Y Merytha le cantó otra tonada.

Dilvish terminó de cenar y continuó sorbiendo vino hasta que no hubo más esperándole en la jarra. Merytha dejó de cantar y puso a un lado el instrumento.

—Temo estar sola aquí —dijo— hasta que vuelvan mis parientes. ¿Querréis quedaros conmigo esta noche?

—Solo hay una respuesta que yo soy capaz de dar.

Merytha se levantó y se acercó junto a él, y le tocó la mejilla con las puntas de los dedos. Dilvish sonrió y le tocó la barbilla.

—Sois en parte de la raza elfa —dijo ella.

—Cierto, lo soy.

—Dilvish, Dilvish, Dilvish... —dijo ella—. El nombre me parece familiar... ¡Sí! Tenéis el mismo nombre que el héroe de La balada de Portaroy.

—Cierto.

—Una canción muy bonita. Quizás os la cante —dijo Merytha—. Más tarde.

—No —repuso Dilvish—, no es una de mis favoritas.

Después acercó la cara de la mujer a la suya y la besó en los labios.

—El fuego se está apagando.

—Sí —dijo él.

—La habitación se enfriará.

—Cierto.

—Pues quitaos vuestras botas verdes, porque es agradable verlas pero serán un engorro en la cama.

Dilvish se quitó las botas, se levantó y cogió en brazos a Merytha.

—¿Cómo os hicisteis esos cortes en la mejilla?

—Mi rival me golpeó en la cabeza.

—Tal parecería que tuviera garras.

—Así era.

—¿Un animal?

—No.

—Besaré las heridas —dijo ella— para que no os piquen.

Los labios de Merytha se posaron en su mejilla. Dilvish la estrechó, y ella suspiró.

—Sois fuerte... —dijo.

Y el fuego estaba apagándose. Al cabo de un rato, se apagó.

¿Cuánto tiempo había dormido? Dilvish no lo sabía. Escuchó ruido de madera astillada, y una voz gritó en la noche. Dilvish sacudió la cabeza y contempló los abiertos ojos de Merytha. Sintió un extraño calor en su cuello. Lo tocó y su mano se mojó. Dilvish sacudió de nuevo la cabeza.

—Por favor, no te enojes —dijo Merytha—. Recuerda que te he alimentado, que te he dado placer...

—Vampira... —musitó Dilvish.

—No tomaría tu sangre vital, Dilvish. Solo un sorbo, un sorbo era lo único que necesitaba.

Hubo otro golpe en la puerta, similar al de un ariete. Dilvish se incorporó poco a poco y se agarró la cabeza con ambas manos.

—Vaya sorbo —dijo—. Creo que hay alguien en la puerta.

—Es mi esposo —replicó ella—, lord Morin.

—¿Eh? No creo que hayamos sido presentados...

—Pensé que él dormiría esta noche, como tantas otras noches pasadas. Se alimentó bien hace una semana y quedó saciado. Pero es igual que el tigre de los mares. Tu sangre le llama.

—Mi posición me parece un poco embarazosa, Merytha —observó Dilvish—. Huésped de un caballero vampiro al que acabo de hacer cornudo... No sé qué se dice en estas ocasiones.

—No hay nada que decir —replicó ella—. Le odio. Él me convirtió en lo que soy. Lo único que lamento es que haya despertado. Pretende matarte.

Dilvish se frotó los ojos y buscó sus botas.

—¿Qué harás, Dilvish?

—Disculparme y defenderme.

Tres nuevos golpes aflojaron las bisagras de la puerta.

—¡Déjame entrar, Merytha! —dijo una profunda voz desde fuera.

—Ojalá le mates y te quedes conmigo.

—Vampira —dijo Dilvish.

—Ojalá fueras mi señor —repuso ella—. Sería buena contigo. Lamento que él haya despertado... No quiero que mueras. ¡Oh, mátale por mí! ¡Quédate aquí y ámame! Habrías podido acuchillarlo si no se hubiera despertado... No soy una de esas que quieren tu sangre en los relatos. ¡Es buena, tan buena tu sangre! ¡Y caliente! La saboreo... ¡Oh, mátale! ¡Ámame!

La puerta se derrumbó, y en la penumbra Dilvish vio una silueta en un rincón. Dos ojos amarillos parpadeaban encima de una barba en forma de espada, y el resto de la cara era oscuridad. Morin era tan alto como Dilvish y tenía una espalda enorme. Llevaba un hacha corta en la mano derecha.

Dilvish le lanzó la jarra del vino y una silla. La jarra no alcanzó su objetivo, y el hacha partió la silla. Dilvish desenvainó la espada de Selar y se puso en guardia. Morin se precipitó hacia él y chilló cuando la punta de la invisible espada entró en su hombro.

—¿Qué magia es esta? —gritó, cogiendo el hacha con la mano izquierda.

—Mis excusas, buen caballero —dijo Dilvish— por abusar de la hospitalidad en vuestra casa. Desconocía que la dama estaba casada.

Morin gruñó y blandió el hacha. Dilvish retrocedió y le hizo una herida en el brazo izquierdo.

—Mi sangre no podéis tenerla —afirmó—. Pero repito mis excusas.

—¡Necio! —chilló Morin.

Dilvish paró otro golpe de hacha. Hacia el este, el cielo empezaba a iluminarse. Merytha lloraba en silencio. Morin se abalanzó sobre él y le apretó el brazo al costado. Dilvish lo cogió por la muñeca y ambos lucharon. Morin bajó el hacha y golpeó en la cara a Dilvish. Este cayó de espaldas y se golpeó la cabeza en la pared. Mientras el otro se lanzaba hacia él, Dilvish levantó la punta de la espada.

Morin lanzó un grito y se derrumbó, agarrándose el estómago con las manos. Dilvish arrancó la espada y contempló al hombre que jadeaba.

—No sabéis lo que habéis hecho —dijo Morin.

Merytha corrió hacia su esposo, y este la apartó de un empujón.

—¡Sacádmela de encima! —dijo—. ¡No consintáis que beba mi sangre!

—¿Qué pretendéis decir?

—No sabía quién era ella cuando la desposé —repuso Morin—. Y cuando lo supe, seguí amándola a pesar de todo. Hacerle daño no era propio de mí. Mis siervos me abandonaron y mi castillo se deterioró, pero yo no podía hacer lo que había que hacer. 

En vez de eso, he sido el carcelero de ella. Os perdono, Botas Elfas, porque ella os ha engañado. Yo estaba narcotizado... Parecéis un hombre fuerte, habéis demostrado serlo... Espero que tengáis la fuerza suficiente para hacerlo.

Dilvish apartó los ojos de la escena y miró a Merytha, que estaba con la espalda apoyada en un pilar de la cama.

—Me has mentido —dijo—. ¡Vampira!

—Lo has conseguido —replicó ella—. ¡Le has matado! ¡Mi carcelero ha muerto!

—Sí.

—¿Te quedarás conmigo ahora?

—No —dijo Dilvish.

—Debes hacerlo —contestó ella—. Te deseo.

—Eso —dijo Dilvish— lo creo.

—No, no de esa forma. No, deseo que seas mi señor. Toda mi vida he deseado un hombre con tu fuerza y tus extraños ojos —dijo ella—, «en carne y sangre terrenal». ¿No he sido buena contigo?

—He matado a este hombre por tu culpa. Ojalá no lo hubiera hecho.

Merytha se protegió los ojos.

—¡Por favor, quédate! —exclamó—. Mi vida estaría vacía si tú no... Debo retirarme enseguida a un lugar oscuro y silencioso. ¡Por favor! —Estaba respirando con dificultad—. Por favor, dime que estarás aquí cuando despierte la próxima noche.

Dilvish meneó la cabeza, lentamente. La habitación iba iluminándose. Los claros ojos de Merytha se abrieron mucho bajo su protectora mano.

—¿No pretenderás —dijo—, no pretenderás hacerme daño, verdad?

De nuevo Dilvish meneó la cabeza.

—Ya he hecho bastante daño esta noche. Debo irme, Merytha. Solo existe un remedio para tu estado, y yo no puedo administrártelo. Adiós.

—No te vayas —dijo ella—. Cantaré para ti. Prepararé magníficas comidas. Te amaré. Solo deseo un sorbito, de vez en cuando...

—Vampira —dijo él.

Oyó los pasos de Merytha, que iba detrás de él por la escalera. Un día gris amanecía cuando Dilvish salió al patio y apoyó la mano en el cuello de Black. Escuchó el jadeo de ella al montar.

—No te vayas... —dijo Merytha—. Te amo.

El sol salía cuando Dilvish avanzó hacia las abiertas puertas. Oyó el chillido de ella. No volvió la cabeza.

Una visita inesperada - Agatha Christie (parte 2)

     6

A las once de la mañana siguiente, la biblio­teca de Richard Warwick parecía más acogedora que en la brumosa noche anterior, aunque sólo fuera porque el sol brillaba sobre un día despejado y frío, y porque las contraventanas estaban abiertas de par en par. El cadáver de Richard Warwick había sido retirado durante la noche, y su silla de ruedas colocada en el vano. En el lugar que había ocupado hasta entonces había un si­llón. La mesita había sido despojada de todo, ex­cepto de la licorera y el cenicero. Un apuesto joven de veintitantos años, de pelo corto, chaqueta de tweed y pantalones azul marino, leía un libro de poemas sentado en la silla de ruedas. Después de unos instantes se puso de pie.

-Hermoso -dijo-. Oportuno y hermoso. -Su voz era suave y melodiosa, con un pronun­ciado acento galés.

Cerró el libro y lo devolvió a su lugar en las estanterías. A continuación, después de observar la habitación durante un par de minutos, salió a la terraza. Casi de inmediato, un hombre de edad madura, complexión robusta y mirada impasible, que llevaba un maletín en la mano, entró en la habitación desde el pasillo. Avanzó hasta el si­llón que miraba a la terraza, dejó el maletín enci­ma y dirigió la vista al exterior.

-¡Sargento Cadwallader! -llamó.

El joven volvió a la habitación.

-Buenos días, inspector Thomas -dijo, y luego recitó-: «Estaciones de nieblas y dulces frutos, amigo inseparable del ascendente sol.»

El inspector, que había empezado a desabo­tonarse el abrigo, se detuvo y miró al joven sar­gento.

-¿Perdón? -dijo.

-Es Keats -le informó el sargento, con cierto aire de suficiencia.

El inspector le dedicó una mirada hosca, lue­go se encogió de hombros, se quitó el abrigo, lo colocó sobre la silla de ruedas y volvió a buscar su maletín.

-Parece mentira que haga un día tan bonito -dijo el sargento Cadwallader-. Cuando uno piensa en lo que nos costó llegar hasta aquí anoche. La peor neblina que he visto en años. «La amarilla niebla que frota su espalda contra la ventana.» T. S. Eliot. -Esperó que el inspector reaccionara ante su cita, pero no hubo respuesta, de modo que continuó-: No me sorprende que haya habido tantos accidentes en la carretera de Cardiff.

-Podría haber sido peor -comentó el ins­pector.

-Yo no estaría tan seguro -repuso el sar­gento-. El de Porthcawl... menudo accidente. Un muerto y dos niños gravemente heridos. Y la madre llorando destrozada en medio de la carre­tera. «La hermosa doncella se fue llorando...»

-¿Han terminado ya con las huellas dactila­res? -le interrumpió el inspector.

Comprendiendo que lo mejor era volver al asunto que tenían entre manos, el sargento Cadwallader dijo:

-Sí, señor. Lo tengo todo aquí. -Se dirigió al escritorio, cogió una carpeta y la abrió.

El inspector le siguió, se sentó y dejó su ma­letín debajo del escritorio, antes de empezar a examinar la primera hoja de huellas dactilares.

-¿No hubo problemas para tomar las hue­llas a las personas de la casa? -preguntó.

-Ninguno -respondió el sargento-. Fueron muy serviciales. Se mostraron ansiosos por colaborar, no podía ser de otro modo.

-No siempre es así. Me he encontrado con más de uno que se niega, es como si creyeran que sus huellas acabarán en el fichero de delincuen­tes. -Respiró hondo, estiró los brazos y conti­nuó estudiando las huellas-. Veamos, el señor Warwick es el difunto. La señora Laura Warwick, su esposa. La señora mayor Warwick, su madre. El joven Jan Warwick, la señorita Ben­nett y... ¿quién es éste? ¿Angle? Oh, Angell. Ah, sí, su asistente, ¿no es así? Hay otros dos juegos de huellas, veamos... Hmmm. En la parte exte­rior de la ventana, en la licorera, en la copa de co­ñac, huellas de Richard Warwick, de Angell y de la señora Laura Warwick, en el encendedor... y en la pistola. Estas son las de ese Michael Stark­wedder. Le sirvió coñac a la señora Warwick, y fue él quien trajo la pistola desde el jardín.

Cadwallader se alejó del escritorio, dirigién­dose al centro de la habitación.

-El señor Starkwedder -refunfuñó.

-¿No le cae bien? -preguntó el inspector.

-¿Qué hacía aquí? Es lo que me gustaría sa­ber -respondió el sargento-. ¡Atascarse en una zanja justo delante de una casa en la que se ha producido un asesinato!

El inspector se giró hacia su joven colega.

-Anoche usted casi metió el coche en una zanja de camino a esta casa en la que se había producido un asesinato. En cuanto a lo que hace aquí, lleva en los alrededores una semana, busca una casa.

El sargento no parecía muy convencido pero el inspector añadió con tono irónico:

-Parece que su abuela era galesa y que de pequeño solía venir aquí a pasar las vacaciones. Más tranquilo, el sargento concedió:

-Ah, si su abuela era galesa, eso es otra cosa. -Se dirigió al sillón que había junto a los venta­nales, se sentó, alzó el brazo derecho y decla­mó-: «Un camino lleva a Londres, el otro a Gales. El mío lleva al mar, junto a las blancas velas oscilantes.» Un gran poeta, John Masefield. Muy subestimado.

El inspector abrió la boca para quejarse, pero se limitó a sonreír.

-En cualquier momento llegará el informe sobre Starkwedder de Abadan -informó al sar­gento-. ¿Tiene sus huellas para compararlas?

-Envié a Jones a la fonda donde pasó la noche -repuso Cadwallader-, pero se había ido al taller a ocuparse de la reparación de su coche. Jones llamó al taller, habló con él y le pidió que se presentara en la comisaría lo antes posible.

-Bien -dijo el inspector-. Aquí hay un segundo grupo de huellas no identificadas. La palma de la mano de un hombre sobre la mesa que había junto al cadáver, e impresiones borrosas tanto en el exterior como en el interior del ventanal.

-Apostaría a que son de MacGregor -dijo el sargento chasqueando los dedos.

-Sí, puede ser -admitió el inspector-. Pero no estaban en la pistola. Cualquiera que utilice una pistola para matar a alguien es, sin duda, suficientemente sensato como para ponerse guantes.

-No lo sé. Un tipo desequilibrado como ese MacGregor, desquiciado tras la muerte de su hijo, no pensaría en ello.

-Bueno, pronto nos enviarán una descrip­ción de MacGregor desde Norwich -dijo el inspector.

-Es una historia triste, como quiera que se la mire. Un hombre, su mujer fallecida recientemente, y su único hijo muerto por conducción temeraria.

-Si es que hubo conducción temeraria -ob­servó el inspector-. En tal caso habrían condenado a Warwick por homicidio, o al menos por un delito de imprudencia temeraria. De hecho, ni siquiera le retiraron el carnet de conducir. -Abrió el maletín y extrajo el arma del crimen.

-A veces se miente de forma temeraria -murmuró el sargento-. «Señor, Señor, hasta qué punto está el mundo volcado a la mentira.» Shakespeare.

Su superior se limitó a mirarlo. El sargento recuperó la compostura y se levantó del escabel.

-La palma de la mano de un hombre sobre la mesa -murmuró el inspector mientras se di­rigía hacia la mesa, con el arma en la mano. El sargento se acercó-. Qué extraño.

-Tal vez hayan tenido un invitado en casa -sugirió el sargento Cadwallader.

-Tal vez -convino el inspector-. Pero, si no recuerdo mal, la señora Warwick dijo que ayer no recibieron visitas. Puede que ese asistente, Angell, sepa decirnos más. Vaya a buscarlo, ¿quiere?

-Sí, señor.

Una vez a solas, el inspector se inclinó sobre la silla como si contemplara el cuerpo que había estado allí. Luego se dirigió al ventanal y salió al exterior mirando a izquierda y derecha. Exami­nó la cerradura de las contraventanas, y ya se disponía a volver a la habitación cuando se topó con el sargento y Angell, que vestía una chaque­ta de alpaca gris, camisa blanca, corbata negra y pantalones a rayas

-¿Es usted Henry Angell? -preguntó el inspector.

-Sí, señor.

-Siéntese allí, por favor -dijo el inspector, señalando el sofá.

Angell obedeció.

-Bien -continuó el inspector-. Era el en­fermero y asistente del señor Richard Warwick. ¿Durante cuánto tiempo?

-Durante tres años y medio, señor -res­pondió Angell. Su actitud era correcta, pero su mirada furtiva.

-¿Le gustaba su trabajo?

-No tenía motivos de queja, señor.

-¿Cómo era trabajar para el señor War­wick?

-Bueno, era difícil.

-Pero tenía sus ventajas, ¿verdad?

-Sí, señor -admitió Angell-. Tenía un sa­lario excelente.

-Y eso compensaba los inconvenientes, ¿no es así? -repuso el inspector.

-Sí, señor. Intento ahorrar algún dinero. El inspector se sentó en el sillón, colocando la pistola sobre la mesa junto a la silla.

-¿Qué hacía antes de ser contratado por el señor Warwick? -preguntó.

-La misma clase de trabajo, señor. Puedo enseñarle mis referencias. Nunca se han quejado de mi labor. He tenido algunos patrones (o pa­cientes) verdaderamente difíciles. El señor James Walliston, por ejemplo. Ahora es un paciente voluntario en un hospital psiquiátrico. Una per­sona muy difícil, señor. -Bajó la voz para aña­dir-: ¡Drogas!

-Ya -dijo el inspector-. Supongo que el señor Warwick no consumía drogas.

-No, señor. Su único refugio era el coñac. -Lo bebía en abundancia, ¿no es así? -pre­guntó el inspector.

-Sí, señor. Bebía mucho, pero no era un al­cohólico, si sabe lo que quiero decir. Nunca perdía el control.

El inspector hizo una pausa antes de pregun­tar:

-¿Y qué es toda esa historia de armas y dis­paros contra animales?

-Bueno, era su pasatiempo, señor. Lo que en la profesión llamamos una compensación. Tengo entendido que en su época había sido un gran cazador. Menudo arsenal tiene en el dormi­torio. -Hizo un gesto en dirección a una habi­tación en la otra parte de la casa-. Rifles, esco­petas, pistolas y revólveres.

-Ya veo -dijo el inspector-. Bien, eche un vistazo a esta pistola.

Angell se levantó y se acercó a la mesa, pero de pronto vaciló.

-No pasa nada -le tranquilizó el inspec­tor-. Puede sostenerla sin miedo.

Angell cogió la pistola con cautela.

-¿La reconoce?

-Es difícil decirlo, señor. Parece una de las del señor Warwick, pero no sé mucho acerca de armas de fuego. No podría decirle con certeza qué arma tenía anoche en la mesa junto a él.

-¿No tenía la misma cada noche?

-Oh, no, tenía sus caprichos, señor -dijo Angell-. Las cambiaba continuamente. -Devolvió el arma al inspector.

-¿De qué le podía servir un arma anoche, con tanta neblina?

-Era un hábito, señor -respondió An­gell-. Podríamos decir que estaba acostumbrado a ello.

-Bien, vuelva a sentarse, por favor.

Angell lo hizo en un extremo del sofá. El inspector estudió el cañón de la pistola, antes de preguntar:

-¿Cuándo vio al señor Warwick por última vez?

-Hacia las diez menos cuarto de anoche, señor. Tenía una botella de coñac y una copa junto a él, y la pistola que había elegido. Le arreglé la manta y le deseé buenas noches.

-¿Nunca se acostaba? -preguntó el ins­pector.

-No, señor. Al menos no en el sentido ha­bitual del término. Siempre dormía en su silla. A las seis de la mañana le traía el té y después le lle­vaba al dormitorio, donde se bañaba, afeitaba, etc., y luego dormía hasta la hora de la comida. Sufría de insomnio, de modo que prefería quedarse en la silla. Era un hombre bastante excén­trico.

El inspector Thomas se levantó y se dirigió a las contraventanas, dejando la pistola sobre la mesita al pasar.

-¿Y esto estaba cerrado cuando le dejó? -preguntó señalando las ventanas.

-Sí, señor. Anoche había mucha niebla y no quería que entrara en la casa.

-Muy bien. La ventana estaba cerrada. ¿Con pestillo?

-No, señor. Nunca la cerramos con pestillo. -Para que pudiera abrirla si quería, ¿no? -dijo el inspector.

-Así es, señor. Podía acercarse en su silla de ruedas y abrir las contraventanas si se disipaba la niebla.

-Ya. -El inspector permaneció pensativo unos instantes, y luego preguntó-: ¿No oyó un disparo anoche?

-No, señor.

El inspector se acercó al sofá y miró a An­gell.

-¿No le parece extraño?

-En realidad no, señor. Verá, mi habitación está lejos. Al otro lado de un pasillo y una puerta de doble paño en el otro extremo de la casa.

-¿No le parece un poco incómodo, si su pa­trón le necesitaba?

-Oh, no, señor. Tenía un timbre que sona­ba en mi habitación.

-¿Y anoche no tocó ese timbre en ningún momento?

-No, señor. Si lo hubiese hecho, me habría despertado de inmediato. Es, si me permite de­cirlo, un timbre muy fuerte, señor.

El inspector Thomas se inclinó sobre el brazo del sofá para plantear la cuestión de otro modo.

-¿Usted...? -empezó con tono de impa­ciencia controlada, pero le interrumpió el estri­dente timbre del teléfono.

Esperó a que Cadwallader respondiera, pero el sargento parecía estar soñando con los ojos abiertos. Movía los labios sin emitir ningún sonido, tal vez inmerso en una reflexión poética. De pronto reparó en que el inspector le miraba y en que el teléfono estaba sonando.

-Lo siento, señor, pero se me estaba ocu­rriendo un poema -explicó mientras se dirigía al escritorio para contestar el teléfono-. Sar­gento Cadwallader -dijo. Hubo una pausa, y añadió-: Ah, sí, desde luego. -Después de otra pausa, se volvió hacia el inspector-: Es la policía de Norwich, señor.

El inspector cogió el teléfono y se sentó.

-¿Eres tú, Edmundson? -preguntó-. Ha­bla Thomas... Lo tengo, de acuerdo... Sí... Calgary, sí... Sí, la tía, ¿cuándo murió?... ¿Dos me­ses?... Sí, ya veo... Dieciocho, calle Cuarenta y cuatro, Calgary. -Levantó la vista hacia Cadwa­llader y le hizo un gesto para que anotara la direc­ción-. Sí... Lo era, claro... Sí, despacio, por favor. -Volvió a mirar al sargento con expresión elo­cuente-. Estatura media -repitió-. Ojos azu­les, cabello y barba oscuros... Sí, lo que tú digas, tú recuerdas el caso... Ah, ya lo había hecho, ¿verdad?... ¿Un tipo violento?... Sí... ¿Me lo envías? Bien, gracias, Edmundson. ¿Cuál es tu opi­nión?... Sí, sí, conozco la sentencia, pero ¿qué te pareció a ti?... Ah, ya lo había hecho, ¿no es así?... Una o dos veces previamente... Sí, claro, harías al­guna concesión... Muy bien. Gracias.

El inspector colgó el auricular y dijo al sar­gento:

-Bien, ya tenemos parte de la información sobre MacGregor. Parece que cuando murió su mujer regresó a Inglaterra desde Canadá para dejar a su hijo con una tía de su esposa que vivía en North Walsham, pues acababa de conseguir un empleo en Alaska y no podía llevarse al niño consigo. 

Aparentemente la muerte del niño le destrozó y juró vengarse de Warwick. No es tan raro después de un accidente así. En cualquier caso, regresó a Canadá. Tienen su dirección y mandarán un cable a Calgary. La tía con la que iba a dejar al niño murió hace dos meses. -Se volvió hacia Angell-. Usted estaba aquí en aquel entonces, ¿no es así? Cuando ocurrió el accidente de tráfico en North Walsham en el que murió un niño atropellado.

-Oh, sí, señor. Lo recuerdo con claridad.

El inspector se acercó al asistente. Viendo que la silla del escritorio había quedado vacante, el sargento Cadwallader aprovechó la ocasión para sentarse.

-¿Qué fue lo que sucedió? -preguntó el inspector a Angell-. Hábleme del accidente.

-El señor Warwick conducía por la carrete­ra y un niño salió corriendo de una casa, o puede que de una fonda. Sí, creo que de una fonda. Era imposible frenar. El señor Warwick lo atropelló irremediablemente.

-Conducía a mucha velocidad, ¿verdad? -preguntó el inspector.

-Oh, no, señor. Eso quedó muy claro en la investigación, el señor Warwick iba por debajo del límite de velocidad.

-Al menos eso fue lo que dijo -comentó el inspector.

-Era la verdad, señor -insistió Angell-. La enfermera Warburton (una enfermera que el señor Warwick había contratado por aquel en­tonces) estaba en el coche, y ella corroboró su versión.

El inspector fue hasta un extremo del sofá.

-¿Miró el velocímetro justo en ese mo­mento?

-Si no recuerdo mal, sí que lo vio -respon­dió Angell suavemente-. Iban a cuarenta kilóme­tros por hora. El señor Warwick fue exculpado.

-Pero el padre del niño no estuvo de acuerdo,

-Es normal, señor -fue el comentario de Angell.

-¿El señor Warwick había estado be­biendo?

La respuesta de Angell fue evasiva:

-Creo que había tomado una copa de co­ñac, señor. -Él y el inspector intercambiaron miradas. Luego éste se dirigió a los ventanales, sacó un pañuelo y se sonó la nariz.

-Bueno, creo que es suficiente por ahora -dijo.

Angell se levantó y salió al pasillo, pero vol­vió a entrar en la habitación.

-Disculpe, señor -dijo-. ¿Mataron al señor Warwick con su propia pistola?

El inspector se volvió hacia él.

-Aún no lo sabemos. Quienquiera que le disparó, chocó con el señor Starkwedder, que subía hacia la casa en busca de ayuda para su ve­hículo atascado. En la colisión, el hombre dejó caer una pistola. El señor Starkwedder la reco­gió: esta pistola. -Señaló el arma que estaba so­bre la mesa.

-Comprendo, señor. Gracias. -dijo An­gell mientras volvía hacia la puerta.

-Por cierto -añadió el inspector-, ¿reci­bieron alguna visita ayer por la noche?

Angell reflexionó un momento.

-No que recuerde ahora mismo, señor. -Y abandonó la habitación cerrando la puerta. El inspector volvió al escritorio.

-Si quiere saber mi opinión -dijo al sar­gento-, ese tipo es una mala pieza. No es nada en particular, pero me da mala espina.

-Comparto su opinión -respondió Cad­wallader-. No es alguien en quien confiaría y, si me apura, diría que hay algo sospechoso acer­ca de ese accidente.

Al advertir de pronto que su superior se ha­llaba a su lado, el sargento se levantó rápidamen­te de su silla. El inspector cogió las notas que Cadwallader había estado tomando y comenzó a examinarlas.

-Ahora me pregunto si Angell sabe algo acerca de anoche que no nos haya contado... ¿Qué es esto? «La niebla llega en noviembre, pero pocas veces en diciembre.» Esto no es Keats, espero.

-No -dijo el sargento Cadwallader con tono orgulloso-. Es Cadwallader.

 

7

El inspector le devolvió la libreta con brusque­dad. En ese instante se abrió la puerta y entró la señorita Bennett, quien volvió a cerrarla con deli­cadeza detrás de sí.

-La señora Warwick está ansiosa por verle. Quiero decir la madre del señor Warwick. Aunque no lo reconozca, creo que no está muy bien de salud, así que por favor sea amable con ella. ¿La verá ahora?

-Oh, por supuesto -respondió el inspec­tor-. Dígale que pase.

La señorita Bennett abrió la puerta, hizo unas señas, y la señora Warwick entró.

-Todo va bien, señora Warwick -le asegu­ró el ama de llaves, cerrando la puerta al abando­nar la habitación.

-Buenos días, señora -dijo el inspector. La mujer no respondió al saludo, sino que fue directamente al grano:

-Inspector, ¿ha hecho algún progreso?

-Es muy pronto para decirlo, señora, pero no le quepa la menor duda de que estamos ha­ciendo todo cuanto está a nuestro alcance.

La señora se sentó en el sofá y apoyó el bas­tón en uno de los brazos.

-Ese hombre, MacGregor, ¿ha sido visto por aquí? ¿Le ha identificado alguien?

-Le estamos investigando -informó el ins­pector-. Pero hasta ahora no hay ningún dato sobre un extraño en la zona.

-Ese pobre niño -prosiguió la señora Warwick-. El que atropelló Richard, quiero decir. Supongo que el padre se desquició, me di­jeron que se mostraba muy violento por aquellas fechas. Tal vez sea normal, pero ¡dos años des­pués! Parece increíble.

-Sí -convino el inspector-, es mucho tiempo para esperar.

-Pero era escocés, por supuesto -recordó ella-. Un MacGregor. Gente obstinada, los es­coceses.

-Desde luego -exclamó el sargento Cad­wallader, pensando en voz alta-. Hay pocas vi­siones más impresionantes que la de un escocés en acción -dijo, pero el inspector le lanzó una mirada de desaprobación que le hizo callar.

-¿Su hijo no recibió ninguna advertencia? -preguntó el inspector-. ¿Ninguna carta de amenaza? ¿Nada por el estilo?

-No; estoy segura de que no recibió nada -respondió la mujer con firmeza-. Richard me lo habría contado, le hubiera hecho reír.

-¿No se lo hubiese tomado en serio? -su­girió el inspector.

-Richard siempre se reía del peligro. Parecía orgullosa de su hijo.

-Después del accidente -continuó el ins­pector-, ¿ofreció su hijo alguna compensación al padre del niño?

-Por supuesto. Richard no era un hombre malo. Pero fue rechazada. Rechazada con indig­nación, diría yo.

-Comprendo -murmuró el inspector.

-Tengo entendido que la esposa de MacGregor había fallecido. El niño era todo lo que le quedaba en el mundo. Realmente fue una tra­gedia.

-Pero en su opinión no fue culpa de su hijo, ¿verdad? -preguntó el inspector. Como la señora Warwick no respondía, insistió-: No fue culpa de su hijo, ¿verdad?

La mujer permaneció en silencio unos ins­tantes más, antes de responder:

-Le he oído.

-¿Tal vez no está de acuerdo?

La señora Warwick se volvió, avergonzada, rascando un cojín con el dedo.

-Richard bebía demasiado -dijo finalmen­te-. Y, por supuesto, aquel día había estado be­biendo.

-¿Una copa de coñac? -insinuó el inspector.

-¡Una copa de coñac! -exclamó la señora Warwick con una risa amarga-. Había estado be­biendo mucho. Bebía en gran cantidad. Esa licore­ra de allí... -Señaló la licorera de la mesa que esta­ba junto al sillón del ventanal-. Se la llenaban cada noche, y casi siempre estaba vacía por la mañana.

Sentándose en el escabel, el inspector le dijo con voz serena:

-Así que usted cree que su hijo tuvo la cul­pa del accidente.

-Por supuesto que la tuvo. Nunca albergué la menor duda al respecto.

-Pero fue exculpado -le recordó el ins­pector.

La señora Warwick rió con amargura.

-Esa enfermera que iba en el coche con él, esa tal Warburton -espetó-, era una ingenua y adoraba a Richard. Además, no me extrañaría que él le hubiese recompensado generosamente por su testimonio.

-¿Lo sabe con certeza? -preguntó el ins­pector bruscamente.

La señora Warwick respondió con un tono igualmente brusco:

-No sé nada, pero saco mis propias conclu­siones.

El inspector se puso en pie, se dirigió hacia el sargento Cadwallader y cogió sus notas mien­tras la señora Warwick seguía hablando.

-Le digo todo esto ahora -puntualizó-, porque usted quiere la verdad, ¿no es así? Quiere estar seguro de que existían suficientes motivos para que el padre de aquel niño cometiera un ase­sinato. Pues bien, en mi opinión los había. Sim­plemente que jamás pensé que después de tanto tiempo... -Su voz se debilitó hasta apagarse.

El inspector levantó la vista de las notas.

-¿No oyó nada anoche? -preguntó.

-Estoy un poco sorda, ya sabe -respondió ella-. No supe que ocurría algo hasta que oí a los demás hablando y pasando por delante de mi puerta. Bajé y Jan dijo: «Han matado a Richard. Han matado a Richard.» Al principio pensé... -se pasó una mano por los ojos- pensé que era una broma.

-¿Jan es su hijo menor? -preguntó el ins­pector.

-No es mi hijo. Me divorcié de mi esposo hace muchos años. Él se volvió a casar. Jan es hijo de su segundo matrimonio. -Hizo una pausa y continuó-: Parece más complicado de lo que es en realidad. Cuando sus padres murie­ron, el niño vino aquí. Richard y Laura se acaba­ban de casar. Laura siempre ha sido muy buena con el medio hermano de Richard, ha sido como una hermana mayor para él.

Hizo una pausa, y el inspector aprovechó la oportunidad para que volviera a hablar de Ri­chard.

-Lo comprendo -dijo-. Pero volviendo a su hijo Richard...

-Quería mucho a mi hijo, inspector, pero eso no me impedía ver sus defectos, que en gran medida se debían al accidente que le dejó lisiado. Era un hombre orgulloso que amaba la vida al aire libre, y tener que hacer una vida de inválido era mortificante para él. Por decirlo de alguna manera, no mejoró su carácter.

-Entiendo. ¿Diría que su vida matrimonial era feliz?

-No tengo la menor idea -Estaba claro que la señora Warwick no pensaba decir nada más al respecto-. ¿Hay algo más que desee sa­ber, inspector?

-No, gracias, señora Warwick. Pero me gustaría hablar con la señorita Bennett.

La mujer se puso en pie y el joven sargento se dirigió a la puerta para abrírsela.

-Sí, por supuesto -dijo-. La señorita Ben­nett (la llamamos Benny) es la persona que más podrá ayudarle, tan práctica y eficiente como es.

-¿Lleva mucho tiempo con usted? -pre­guntó el inspector.

-Oh, sí, muchos años. Cuidó de Jan cuando era pequeño, y antes de eso también nos ayudó con Richard. Se ocupó de todos nosotros, es una persona muy fiel. -Y, agradeciendo el gesto del sargento con una inclinación de la cabeza, aban­donó la habitación.

 

8

Después de cerrar la puerta, el sargento Cad­wallader miró al inspector.

-Así que Richard Warwick era un bebedor, ¿eh? -comentó-. No es la primera vez que lo oigo decir, ¿sabe? Y todas esas pistolas y rifles y escopetas. Un poco tarambana, si quiere saber mi opinión.

-Tal vez -respondió lacónico el inspector.

Sonó el teléfono. Esperando que contestara el sargento, el inspector le dirigió una mirada elocuente, pero Cadwallader estaba absorto en sus notas, que examinaba mientras se sentaba en el sillón, completamente ajeno a los timbrazos. Al cabo de unos instantes, y al comprender que la cabeza del sargento estaba en otra parte, sin duda en proceso de componer un nuevo poema, el inspector suspiró, se dirigió al escritorio y le­vantó el auricular.

-Sí -dijo-. Sí, yo mismo. ¿Ha llegado Starkwedder? ¿Le han tomado las huellas?...

Bien... sí... Bueno, díganle que espere... Sí, estaré allí en media hora más o menos... Quiero hacerle unas cuantas preguntas más... Sí, adiós.

Hacia el final de la conversación, la señorita Bennett había entrado en la habitación y ahora aguardaba junto a la puerta. Al verla, el sargento se levantó del sillón y se acercó a ella.

-¿Sí? -dijo la señorita Bennett con una inflexión interrogativa. Se dirigía al inspector-. ¿Quería hacerme algunas preguntas? Tengo mu­cho trabajo esta mañana.

-Sí, señorita Bennett -respondió el ins­pector-. Quiero que me cuente su versión del accidente de Norfolk, el que acabó con la vida de aquel niño.

-¿El hijo de MacGregor?

-Sí, el mismo. Me han dicho que ayer se acordó rápidamente de su nombre.

La señorita Bennett se volvió para cerrar la puerta.

-Así es. Tengo buena memoria para los nombres.

-Y sin duda -continuó el inspector- el suceso le dejó algunas impresiones. Pero usted no estaba en el coche, ¿verdad?

Ella se dirigió al sofá.

-No, yo no estaba en el coche -dijo-, sino la enfermera que el señor Warwick tenía por aquel entonces. La enfermera Warburton.

-¿La interrogaron durante la investigación?

-No -respondió la señorita Bennett-. Pero Richard nos lo contó al volver. Dijo que el padre del niño le había amenazado, que había dicho que se lo haría pagar. No lo tomamos en se­rio, por supuesto.

El inspector se le acercó.

-¿Se formó alguna impresión particular so­bre el accidente? -preguntó.

-No sé a qué se refiere.

El inspector la observó durante unos instantes, y luego dijo:

-Quiero decir que si piensa que ocurrió porque el señor Warwick había estado bebiendo.

La señorita Bennett hizo un gesto desdeñoso.

-Oh, supongo que su madre le dijo eso -es­petó-. Pues bien, no debe creer todo lo que le diga. Tiene prejuicios contra la bebida. Su mari­do (el padre de Richard) bebía.

-Entonces usted cree -sugirió el inspec­tor- que la versión de Richard Warwick era verdad, que conducía dentro del límite de velo­cidad establecido y que no hubiera podido evitar el accidente.

-No veo por qué debo dudar de ello. La en­fermera Warburton corroboró su relato.

-¿Y se podía confiar en su palabra? -pre­guntó el inspector.

Ofendida por lo que parecía considerar una calumnia a su profesión, ella respondió con acri­tud:

-No veo por qué no. Después de todo, la gente no va por ahí diciendo mentiras... no sobre cosas tan importantes, ¿no cree?

El sargento Cadwallader intervino:

-¿Es eso cierto? ¡Vaya! Por la manera como hablan en ocasiones, se diría que no sólo estaban dentro del límite de velocidad, sino que además circulaban marcha atrás.

El inspector se giró lentamente y miró al sar­gento. La señorita Bennett también miró al joven con aire de sorpresa. Avergonzado, Cadwa­llader bajó la vista sobre sus notas, y el inspector se volvió hacia la señorita Bennett.

-Lo que intento decir es esto -le dijo-: En el dolor y la tensión del momento, es fácil que un hombre amenace con vengarse por un ac­cidente que ha segado la vida de su hijo. Pero si lo piensa, si las cosas son como se han explicado, sin duda habría llegado a la conclusión de que el accidente no había sido culpa de Richard.

-Ah -dijo la señorita Bennett-. Ya entiendo.

El inspector se paseaba lentamente por la ha­bitación.

-Pero si conducía el coche de manera errá­tica y por encima del límite de velocidad; si el coche avanzaba, digámoslo así, fuera de con­trol...

-¿Le dijo eso Laura? -preguntó la señorita Bennett.

El inspector se giró para mirarla, sorprendi­do por la mención de la esposa del difunto.

-¿Qué le hace pensar que me lo dijo ella?

-No lo sé. Simplemente me lo preguntaba. -Con expresión confundida, echó un vistazo al reloj-. ¿Eso es todo? Esta mañana tengo mu­cho que hacer. -Se dirigió hacia la puerta y se disponía a salir cuando el inspector dijo:

-Me gustaría hablar con el joven Jan.

-Oh, está bastante alterado -dijo ella con aspereza-. Le estaría agradecida si no hablara con él. Apenas he conseguido que se calme un poco.

-Lo siento, pero me temo que tendremos que hacerle un par de preguntas -insistió el ins­pector.

La señorita Bennett volvió a entrar en la ha­bitación y cerró la puerta.

-¿Por qué no encuentra a ese MacGregor y le interroga? -sugirió-. No puede andar muy lejos.

-Le encontraremos. No se preocupe -le aseguró el inspector.

-Eso espero -replicó la señorita Ben­nett-. La venganza no es de cristianos.

-Desde luego -convino el inspector, y añadió con elocuencia-: Sobre todo cuando el accidente no fue culpa del señor Warwick y no se pudo evitar.

Ella le miró con dureza.

Hubo un silencio, y luego el inspector re­pitió:

-Me gustaría hablar con Jan, por favor.

-No sé si le encontraré -dijo la señorita Bennett-. Puede haber salido. -Y abandonó la habitación. El inspector miró al sargento hacien­do un gesto con la cabeza hacia la puerta, y éste la siguió fuera.

En el pasillo, la señorita Bennett reprendió al sargento Cadwallader:

-No le agobien -dijo, y de pronto volvió a entrar en la habitación-. No agobie al muchacho -pidió al inspector-. Se altera fácilmente. Es muy temperamental.

El inspector la contempló y luego preguntó: -¿Alguna vez se pone violento? Dirigiéndose al centro de la habitación, ella explicó:

-No, claro que no. Es un chico muy dulce. Muy dócil. Sencillamente quise decir que po­drían ponerle nervioso. No es bueno que un niño se mezcle en un asesinato. Porque no es más que eso en realidad: un niño.

El inspector se sentó en la silla frente al escri­torio.

-No tiene por qué preocuparse, señorita Bennett, se lo aseguro -le dijo-. Comprende­mos la situación.

 

9

La puerta se abrió, y el sargento entró con Jan, que se acercó al inspector.

-¿Me busca a mí? -exclamó nervioso-. ¿Le han cogido ya? ¿Tiene sangre en la ropa?

-Jan -le amonestó la señorita Bennett-, compórtate. Responde a las preguntas que te haga este caballero.

Jan se giró hacia la señorita Bennett, y luego hacia el inspector.

-Oh, sí, lo haré -prometió-. ¿Pero yo no puedo hacer ninguna pregunta?

-Por supuesto que puedes hacerlas -le aseguró el inspector con tono cariñoso.

La señorita Bennett se sentó en el sofá.

-Esperaré mientras le interrogan -dijo.

El inspector se puso de pie, se dirigió hacia la puerta y la abrió.

-No, gracias, señorita Bennett -dijo con firmeza-. No la necesitaremos. Además, ¿no dijo que tiene mucho que hacer esta mañana?

-Preferiría quedarme -insistió.

-Lo siento -replicó el inspector con tono severo-. Siempre hablamos con las personas a solas.

La señorita Bennett lo miró y luego al sar­gento Cadwallader. Comprendiendo que había sido derrotada, lanzó un suspiro de irritación, se levantó y se marchó. El inspector cerró la puerta detrás de ella y se dirigió al sofá. El sargento fue hasta el vano, preparándose para tomar más no­tas.

-No creo -dijo el inspector a Jan- que hayas estado antes en relación directa con un asesinato, ¿verdad?

-No, nunca -respondió Jan ansioso-. Es muy emocionante, ¿no? -Se arrodilló sobre el escabel-. ¿Tienen pistas; huellas, manchas de sangre o algo así?

-Pareces muy interesado por la sangre -ob­servó el inspector con una sonrisa afable.

-Lo estoy. Me gusta la sangre. Es un color hermoso, ¿verdad? Un rojo tan intenso... -Caminó hasta un extremo del sofá y se sentó, rien­do nervioso-. Richard disparaba contra cosas, y luego sangraban. Es muy gracioso, ¿verdad? Quiero decir que es gracioso que Richard, que siempre disparaba contra cosas, haya sido el ob­jeto de un disparo. ¿No le parece gracioso?

El inspector respondió con un tono suave y algo seco:

-Supongo que tiene su lado cómico. -Hizo una pausa-. ¿Te entristece la muerte de tu her­mano, quiero decir, de tu medio hermano?

-¿Entristecerme? -Jan pareció sorprendi­do-. ¿Por qué habría de entristecerme?

-Bueno, pensé que tal vez... le querías mu­cho -sugirió el inspector.

-¡Quererle! -exclamó Jan, asombrado-. ¿A Richard? Oh, no, nadie podía quererle.

-Pero supongo que su esposa sí le quería. Otro gesto de sorpresa.

-¿Laura? -exclamó-. No, no lo creo. Siempre se ponía de mi lado.

-¿De tu lado? ¿Qué quieres decir?

De pronto, Jan pareció asustado.

-Sí, sí -exclamó-. Cuando Richard quería que me enviaran fuera.

-¿Que te enviaran fuera?

-A uno de esos lugares... Ya sabe, adonde te encierran y ya no puedes salir. Dijo que quizá Lau­ra iría a verme, a veces. -Jan tembló un poco, lue­go se incorporó y miró al sargento Cadwallader-. No me gustaría que me encerraran -añadió con voz trémula-. Detestaría que lo hicieran.

Se dirigió a los ventanales y salió a la terraza.

-Me gustan los lugares abiertos -dijo desde fuera-. Me gusta mi ventana abierta, y mi puerta, y saber que siempre puedo salir. -Vol­vió a entrar en la habitación-. Pero ya nadie puede encerrarme, ¿verdad?

-No, chico -le aseguró el inspector-. No lo creo.

-Ya no, ahora que Richard ha muerto -aña­dió Jan, e incluso pareció que alardeara.

-¿Así que Richard te quería hacer encerrar? -preguntó el inspector.

-Laura dice que sólo me lo decía para to­marme el pelo -repuso Jan-. Dijo que eso era todo, y que no tenía nada que temer, que mien­tras ella estuviese aquí no permitiría que me encerraran. -Se fue a sentar sobre el brazo dere­cho del sillón-. Quiero a Laura -prosiguió con nervioso entusiasmo-. La quiero muchísi­mo. Lo pasamos muy bien juntos. Buscamos mariposas y huevos de pájaros, y jugamos jun­tos. Bezique. ¿Conoce ese juego? Es un juego inteligente. Y a otros juegos de cartas. Oh, es muy divertido hacer cosas con Laura.

El inspector se acercó a él y se apoyó en el brazo derecho del sillón. Le preguntó con tono afable:

-Supongo que no recuerdas nada sobre ese accidente que ocurrió cuando vivías en Norfolk, ¿verdad? Cuando atropellaron aun niño.

-Oh, sí, lo recuerdo -respondió Jan con tono alegre-. Interrogaron a Richard.

-¿Qué más recuerdas?

-Ese día comimos salmón. Richard y Warby volvieron juntos. Warby estaba un poco aturdida, pero Richard se estaba riendo.

-¿Warby? -preguntó el inspector-. ¿Te refieres a la enfermera Warburton?

-Sí, Warby. No me gustaba mucho. Pero ese día Richard estaba tan encantado con ella que no dejaba de repetir «Muy buena actuación, Warby».

La puerta se abrió de pronto y apareció Lau­ra Warwick. El sargento se dirigió hacia ella, y Jan la saludó:

-Hola, Laura.

-¿Interrumpo? -preguntó Laura al ins­pector.

-No, claro que no, señora Warwick. ¿Quie­re sentarse?

Laura avanzó hacia el interior de la habita­ción, y el sargento cerró la puerta detrás de ella.

-Jan... -empezó Laura, pero se interrum­pió.

-Le estaba preguntando -explicó el ins­pector- si recordaba algo acerca del accidente de Norfolk. En el que murió el niño MacGregor.

Ella se sentó en el extremo del sofá.

-¿Lo recuerdas, Jan?

-Claro que lo recuerdo -respondió el mu­chacho-. Lo recuerdo todo. -Se volvió hacia el inspector-. Ya se lo he dicho, ¿no es así?

El inspector no le respondió directamente. En lugar de ello, se movió lentamente hacia el extremo derecho del sofá y, dirigiéndose a Lau­ra, preguntó:

-¿Qué sabe usted acerca del accidente, señora Warwick? ¿Se discutió aquel día a la hora de la comida, cuando su esposo volvió del interrogatorio?

-No lo recuerdo -respondió ella.

Jan se levantó de golpe y se acercó a ella.

-Oh, claro que lo recuerdas, Laura. ¿Acaso no recuerdas cuando Richard dijo que un mocoso más o menos en el mundo no tenía importancia? Laura se puso de pie.

-Por favor... -dijo al inspector.

-No pasa nada, señora Warwick -la tran­quilizó el inspector-. Es importante que llegue­mos a la verdad de aquel accidente. Después de todo, presumiblemente es la causa de lo que ocurrió aquí anoche.

Laura cruzó la habitación y se sentó en otro sofá.

-Oh, sí -suspiró-. Lo sé.

-Según su suegra -continuó el inspector-, ese día su esposo había estado bebiendo.

-Supongo que sí -admitió Laura-. No me extrañaría.

El inspector se sentó en el extremo del sofá. -¿Llegó a ver o conocer a ese MacGregor?

-No -dijo ella-. No estuve en los interrogatorios.

-Parece que amenazó con vengarse -comentó el inspector.

Laura esbozó una sonrisa triste.

-Debió de afectarle la razón, supongo -convino.

Jan, cada vez más nervioso, se acercó a ellos.

-Si tuviese un enemigo -exclamó agresi­vo- haría exactamente lo mismo. Esperaría lar­go rato, y luego me acercaría cautelosamente en la oscuridad con mi pistola. Y después... -Dis­paró contra el sillón con un arma imaginaria-. ¡Pum, pum, pum!

-Calla, Jan -le ordenó ella.

Jan pareció entristecido.

-¿Estás enfadada conmigo, Laura? -pre­guntó de modo pueril.

-No, cielo -le tranquilizó-. No estoy en­fadada. Pero intenta no alterarte tanto.

-No estoy alterado.

Mientras él hablaba, oyeron voces en el pasi­llo. Era Starkwedder.

-Buenos días, señorita Bennett. ¿Dónde está el inspector Thomas? Quisiera hablar con él. ¿Está ahí dentro?

Se oyó la respuesta de la señorita Bennett:

-Buenos días, agente. Están ahí dentro, am­bos... No sé qué está pasando.

-He traído esto para el inspector -dijo el agente-. Tal vez pueda dárselo al sargento Cad­wallader.

-¿Qué pasa? -preguntó Laura.

El inspector se dirigió a la puerta.

-Parece que el señor Starkwedder ha vuelto -respondió.

 

10

La puerta se abrió y Starkwedder entró en la habitación. El sargento Cadwallader aprovechó la oportunidad para marcharse y su voz se oyó en el pasillo al hablar con el agente que había acompañado a Starkwedder. Mientras tanto, el joven Jan se hundió en el sillón y observaba todo lo que acontecía.

-Mire -espetó Starkwedder al entrar en la estancia-, no puedo perder todo el día en la co­misaría, les he dado mis huellas y he insistido en que me trajeran aquí; tengo cosas que hacer, ten­go dos citas con un agente inmobiliario. -De pronto se percató de la presencia de Laura-. Oh... buenos días, señora Warwick. Siento mu­chísimo lo ocurrido.

-Buenos días -respondió Laura con aire distante.

El inspector se acercó a la silla junto al sillón.

-Señor Starkwedder, ¿no apoyaría anoche por casualidad la mano en esta mesa y después empujaría la ventana para abrirla? -preguntó el inspector.

Starkwedder se aproximó a él.

-No lo sé -reconoció-. Es posible, ¿es importante? No lo recuerdo.

Cadwallader regresó a la habitación con una carpeta en la mano. Después de cerrar la puerta se acercó al inspector.

-Aquí están las huellas del señor Starkwed­der -le informó-, las ha traído el agente junto con el informe de balística.

-Vamos a ver -dijo el inspector-. La bala que mató a Richard Warwick procedía de esta pistola. En cuanto a las huellas, pronto lo averi­guaremos. -Se acercó a la silla junto al escrito­rio y comenzó a estudiar los documentos.

Transcurridos unos minutos Jan, que había estado pendiente de los movimientos de Stark­wedder, preguntó:

-Usted acaba de regresar de Abadan, ¿verdad? ¿Cómo es?

-Muy caluroso -fue la respuesta de Stark­wedder antes de volverse hacia Laura-. ¿Cómo se encuentra hoy, señora Warwick? ¿Está me­jor? -preguntó mientras se acercaba a un extre­mo del sofá para sentarse.

-Sí, gracias -respondió ella-. He superado el shock.

-Bien -replicó Starkwedder.

El inspector se acercó a Starkwedder.

-Sus huellas -anunció- se encuentran en la ventana, la licorera, la copa y el encendedor, pero las huellas de la mesa no son suyas, se trata de huellas desconocidas. -Recorrió la habita­ción con la vista-. Asunto resuelto, entonces -continuó-. Dado que no hubo ninguna visita anoche... -Miró a Laura.

-No -le aseguró ésta.

-Entonces tienen que ser de MacGregor -estableció el inspector.

-¿De MacGregor? -preguntó Starkwed­der con los ojos clavados en Laura.

-Parece usted sorprendido -comentó el inspector.

-Sí, más bien -reconoció Starkwedder-. Quiero decir, lo normal hubiera sido que llevara guantes.

El inspector se acercó al sargento Cadwalla­der, que permanecía de pie.

-Tiene razón -convino-, utilizó la pistola con guantes.

-¿Hubo alguna discusión? -preguntó Starkwedder a Laura-. ¿Se oyó algo más aparte del disparo?

Ella hizo un esfuerzo por responder.

-Yo... Benny y yo sólo oímos el disparo, pero de todos modos no hubiéramos oído nada desde arriba.

Cadwallader estaba contemplando el jardín desde una pequeña ventana. Al ver que alguien cruzaba la hierba, se apostó junto a uno de los ventanales, por donde entró un atractivo hom­bre de unos treinta y tantos años, de altura superior a la media, cabello rubio, ojos azules y cierto aire militar. El hombre se detuvo con aspecto preocupado. Jan, el primero en percibir su pre­sencia, gritó exaltado:

-¡Julian!, ¡Julian!

El recién llegado miró a Jan y luego a Laura.

-¡Laura! -exclamó-, acabo de enterarme. Lo... lo siento muchísimo.

-Buenos días, mayor Farrar -le saludó el inspector.

Julian se volvió hacia éste.

-Qué asunto tan extraño -comentó-, po­bre Richard.

-Estaba aquí en la silla de ruedas -le expli­có Jan emocionado-. Tenía el cuerpo encogido y un trozo de papel sobre el pecho. ¿Sabes qué ponía? «Cuenta saldada.» ¡Qué emocionante!, ¿verdad?

Farrar pasó por delante de él.

-Sí, claro que es emocionante -le aseguró mientras dirigía una mirada inquisidora a Stark­wedder.

El inspector presentó a los dos hombres:

-Este es el señor Starkwedder. El ma­yor Farrar, que podría ser nuestro próximo di­putado, ya ha presentado su candidatura para el escaño.

Starkwedder se levantó y ambos hombres se estrecharon la mano. El inspector hizo señas al sargento de que se acercara. Mientras conversa­ban, Starkwedder brindó una explicación a Farrar.

-Se me atascó el coche en la cuneta y me acerqué a la casa para llamar por teléfono y pedir ayuda. Un hombre salió corriendo de la casa y casi me derribó.

-¿En qué dirección huyó? -preguntó Fa­rrar.

-No tengo ni idea. Se desvaneció en la nie­bla como por arte de magia. -Starkwedder dio media vuelta mientras Jan, arrodillado en el si­llón con los ojos clavados en Farrar, dijo:

-Ya le dijiste a Richard que algún día le ma­tarían, ¿verdad, Julian?

Hubo un silencio y todos miraron a Julian Farrar, que permaneció pensativo un instante.

-¿Ah, sí? No lo recuerdo -replicó con brusquedad.

-Sí que lo dijiste, una noche durante la cena. Ya sabes, tú y Richard estabais discutiendo por algo y tú dijiste: «Uno de estos días alguien te meterá una bala en la cabeza.»

-Una profecía extraordinaria -observó el inspector.

Farrar se sentó en un extremo del escabel.

-Bueno -dijo-, Richard y sus armas eran bastante molestas de por sí, a nadie le gustaban.

Por ejemplo, estaba ese hombre, ¿le recuerdas, Laura? Vuestro jardinero, Griffiths, el que Ri­chard despidió un buen día. Griffiths me dijo en más de una ocasión: «Uno de estos días mataré al señor Warwick.»

-Griffiths no haría algo así -exclamó Laura.

Farrar parecía arrepentido.

-No, claro que no -reconoció-, no quería decir eso, simplemente era el tipo de cosa que se decía sobre Richard. -Para ocultar su bo­chorno, sacó la pitillera y extrajo un cigarrillo.

El inspector se sentó en la silla del escritorio con aire pensativo. Starkwedder estaba de pie cerca de Jan, que le estudiaba con interés.

-Ojalá hubiera estado aquí anoche -comentó Farrar a nadie en particular-. Esa era mi intención.

-Pero con esa niebla tan terrible era impo­sible que vinieras -comentó Laura.

-Sí -respondió Farrar-. Los miembros del comité vinieron a cenar y cuando empezó a caer la niebla, se marcharon a casa temprano. Pensé entonces en acercarme pero al final deseché la idea. -Se palpó los bolsillos en busca del en­cendedor y preguntó-: ¿Alguien ha visto mi encendedor? Creo que lo he perdido.

Echó un vistazo alrededor y de pronto lo descubrió sobre la mesa junto al sillón, donde Laura lo había dejado la noche anterior. Farrarse incorporó y lo recogió bajo la atenta mirada de Starkwedder.

-Aquí está. No sabía dónde lo había dejado. -Julian... -comenzó Laura.

-¿Sí? -Farrar le ofreció un cigarrillo y ella lo aceptó-. Siento mucho lo sucedido. Si puedo hacer algo...

-Sí, lo sé -respondió ella mientras Farrar le encendía el cigarrillo.

-¿Sabe disparar, señor Starkwedder? -pre­guntó Jan-. Yo sí, Richard a veces me dejaba probar, sólo a veces, claro, y yo no soy tan bue­no como él.

-¿Ah, sí? -contestó Starkwedder-. ¿Qué tipo de pistola te dejaba utilizar?

Mientras Jan acaparaba la atención de Stark­wedder, Laura susurró a Julian Farrar:

Julian, necesito hablar contigo.

La voz de Farrar fue igual de queda.

-¡Ten cuidado! -le advirtió.

-Era una 22 -explicaba Jan a Starkwed­der-. Soy bastante bueno, ¿verdad, Julian? -Jan se levantó y se acercó a Farrar-. ¿Recuer­das aquella vez que me llevaste a la feria? Tumbé dos botellas, ¿verdad?

-Por supuesto, muchacho. Tienes buen ojo, y eso es lo importante; también lo tienes para el críquet. -Farrar se trasladó a un extremo del sofá y agregó-: Fue un partido sensacional el que celebramos el verano pasado.

Jan sonrió jubiloso y se sentó en el escabel frente al inspector, que ahora examinaba los do­cumentos del escritorio. Hubo una pausa. Stark­wedder sacó un cigarrillo y le preguntó a Laura:

-¿Le importa si fumo?

-Por supuesto que no.

Starkwedder se volvió hacia Farrar.

-¿Me deja su encendedor?

-Claro que sí, aquí tiene.

-Bonito encendedor -comentó Starkwedder al encender el cigarrillo.

Laura hizo un gesto involuntario pero se contuvo.

-Sí -respondió Farrar con aire indiferen­te-, funciona mejor que la mayoría.

-Parece... excepcional -comentó Stark­wedder mientras miraba de reojo a Laura. Devolvió el encendedor a Farrar y murmuró unas palabras de agradecimiento.

Jan se levantó del escabel y se colocó detrás de la silla del inspector.

-Richard tiene muchas armas -le dijo-. Y tiene una que solía utilizar en África para matar elefantes. ¿Quiere verlas? Están en el dormitorio de Richard, por allí -dijo indicándole el camino.

-Muy bien -dijo el inspector mientras se incorporaba-. Enséñanoslas. -Sonrió al mu­chacho y agregó-: ¿Sabes?, nos estás ayudando mucho, deberíamos incorporarte al cuerpo de policía.

Apoyó una mano en el hombro del muchacho, le condujo hasta la puerta y el sargento la abrió.

-No es necesario que se quede, señor Stark­wedder -comentó el inspector desde la puer­ta-. Puede ocuparse de sus asuntos, pero man­téngase en contacto.

-De acuerdo -respondió Starkwedder mientras Jan, el inspector y el sargento abando­naban la estancia. 

 

CONTINUARÁ...