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Un dulce sabor a muerte - Ellis Peters

 En la clara mañana de principios de mayo en que puede situarse propiamente el comienzo del increíble asunto de las reliquias de Gwytherin, fray Cadfael llevaba levantado desde mucho antes de prima. Trasplantaba plantones de repollo antes de que avanzara la jornada, y tenía todos sus pensamientos puestos en el nacimiento, el desarrollo y la fertilidad. 

De ningún modo pensaba en los sepulcros, los relicarios y las muertes violentas, ya fuera de santos, pecadores o simples hombres honrados y falibles como él. Nada turbaba su paz como no fuera el deber de entrar a oír misa y participar en la subsiguiente media hora de capítulo que siempre solía prolongarse unos diez minutos más. Lamentaba tener que apartarse de sus agradables ocupaciones en el huerto, pero no podía eludir sus deberes. 

Al fin y al cabo, había elegido la vida de claustro con los ojos bien abiertos y no podía quejarse de las tareas menos placenteras. Todo el resto le agradaba y le permitía experimentar la clase de satisfacción que sintió entonces, cuando enderezó la espalda y miró complacido a su alrededor. 

Dudaba de que en todo el reino hubiera un huerto benedictino más hermoso o mejor provisto de hierbas útiles no solo para condimentar las carnes, sino también como remedios medicinales. 

Los principales huertos y tierras de la abadía de San Pedro y San Pablo de Shrewsbury se extendían al norte del camino, fuera del recinto monástico, pero allí, en aquel huerto cerrado en el interior de las murallas, cerca de las redes que usaba el abad para atrapar peces y del riachuelo que alimentaba el molino de la abadía, fray Cadfael ejercía un dominio absoluto. 

El herbario, en particular, constituía su reino: él mismo lo había completado poco a poco, a lo largo de quince años de esfuerzos, añadiéndole muchas plantas exóticas que cuidadosamente había cultivado, tras haberlas recogido en una errante juventud que le había llevado nada menos que hasta Venecia, Chipre y Tierra Santa. 

Fray Cadfael se había incorporado tarde a la vida monástica, como una maltrecha embarcación que buscara, al final, un puerto tranquilo donde reposar. Sabía muy bien que, en los primeros años de sus votos, los novicios y los sirvientes legos solían señalarle con el dedo entre murmullos de asombro:

—¿Ves a aquel fraile que trabaja en el huerto? ¿Ese tan corpulento que se balancea sobre una y otra pierna como un marinero? Viéndole así, ¿a que no imaginas que de joven participó en una cruzada? Estuvo con Godofredo de Bouillon en Antioquía, cuando los sarracenos se rindieron. Y se hizo a la mar como capitán cuando el rey de Jerusalén gobernaba en toda la costa de Tierra Santa, ¡y sirvió luchando diez años contra los corsarios! Ahora nadie lo diría, ¿verdad?
 
Fray Cadfael, por su parte, no veía nada insólito en su agitada existencia; no había olvidado nada y no se arrepentía de nada. No descubría la menor contradicción entre los placeres de la batalla y la aventura y las suaves delicias que ahora le deparaba aquella quietud. Aderezada, eso sí, con algún pequeño desliz siempre que podía, ya que los manjares bien sazonados le eran irresistibles, pero quietud al fin. 

Una embarcación varada, y a mucha honra. Probablemente, los jóvenes que le miraban a hurtadillas con tanta curiosidad comentarían también en voz baja que, en una vida como la suya, no debieron faltar encuentros con mujeres, no todos ellos puramente caballerescos, y se preguntarían qué fundamento era aquel para una vida conventual. 

En lo de las mujeres, tenían razón. Aparte de Riquilda, que naturalmente se había cansado de esperar su regreso al cabo de diez años y se había unido en matrimonio con un acaudalado hidalgo de buenas perspectivas en el condado y sin la menor intención de irse a la guerra, recordaba a otras damas de distintos países, con las cuales había gozado de encuentros agradables por ambas partes y sin daño para ninguna. 

Bianca, la que sacaba agua de la fuente de piedra de Venecia; Ariadna, la griega del barco; Mariam, la viuda sarracena que vendía especias y frutas en Antioquía y que lo consideró lo bastante hombre como para reemplazar durante algún tiempo al que había perdido. Ni las relaciones ligeras ni las más serias dejaron en él la menor huella. 

Cadfael se daba por bien pagado, y el hecho de haberlas experimentado formaba parte del armonioso equilibrio que ahora le permitía saborear aquella serena vida contemplativa y le daba paciencia y perspicacia para soportar las sencillas almas enclaustradas, para quienes el hábito benedictino era una vocación de por vida y no un oportuno retiro como para él. 

Cuando ya se ha hecho todo lo demás, el cuidado de un huerto conventual es una tarea de lo más agradable y satisfactoria. No concebía llegar a semejante estancamiento sin antes haber hecho otra cosa. Cinco minutos más, y tendría que lavarse las manos y dirigirse a la iglesia para oír misa. 

Los utilizó para rodear su recóndito y perfumado reino de pálidas flores en el que fray Juan y fray Columbano, dos jóvenes tonsurados hacía apenas un año, se hallaban ocupados en arrancar malas hierbas y recortar los setos. Lustrosas y mates, viscosas o cubiertas de suave pelusa, las hojas mostraban todas las variantes posibles de verde. 

Casi todas las flores eran pequeñas, tímidas y casi furtivas, con suaves colores lilas, tenues azules y pálidos amarillos, dado que su importancia estribaba tan solo en la producción de semillas. Toda suerte de hierbas crecían allí: ruda, salvia, romero, borraja, jengibre, menta, tomillo, hierba álsine, hierbabuena, ajedrea, mostaza, hinojo, tanaceto, albahaca, eneldo, perejil, madreselva y mejorana. 

A todos sus ayudantes les había enseñado sus usos y también sus peligros, ya que el beneficio de las hierbas reside en su adecuada proporción, y una dosis excesiva puede ser peor que la enfermedad. Humildes en sus ropajes, modestas en sus colores, apiñadas y tímidas, las hierbas solo llamaban la atención por su difusa dulzura cuando el sol las iluminaba. 

Sin embargo, detrás de aquellas sencillas hierbas sin pretensiones, crecían otras más altas y esplendorosas, lechos de peonías cultivadas por sus aromáticas semillas, y altivos capullos de adormideras de pálidas hojas, cuya cerrada armadura apenas permitía adivinar el blanco o el negro púrpura de sus pétalos. Se mantenían tan erguidas como los hombres de baja estatura y provenían de la región oriental del Mediterráneo, desde donde

Cadfael había traído hacía mucho tiempo las semillas de sus antepasados, cultivándolas y cruzándolas en su propio huerto, antes de plantar allí aquella perfeccionada progenie con la que elaboraba remedios contra el dolor, el principal enemigo del hombre. El dolor y la ausencia de sueño, el cual es, a su vez, el remedio más beneficioso contra el dolor.

Ambos jóvenes, con los hábitos levantados hasta las rodillas, enderezaron la espalda y se sacudieron la tierra de las manos, conscientes como él de la hora que era. Por nada del mundo fray Columbano hubiera dejado de cumplir un solo ápice de sus deberes ni tolerado semejante falta en ninguno de sus hermanos. Era un joven muy apuesto y de excelente planta, cuya redonda e impresionante cabeza denotaba a las claras su pertenencia a una noble familia normanda. 

Siendo el segundón, le habían destinado a la vida monástica, lo mejor que se podía hacer cuando no se heredaban tierras. Tenía un lacio cabello rubio y grandes ojos azules, y su modesto porte, combinado con la palidez de su rostro, tendía a oscurecer la fuerza muscular de su figura. 

Fray Columbano no resultaba un compañero muy agradable porque, a pesar de su admirable constitución física, poseía una estructura mental de alarmante sensibilidad y era muy dado a los accesos de tensión emocional, a los escrúpulos de conciencia y a visiones apocalípticas en total desacuerdo con lo que hubiera cabido esperar de la solidez de su cráneo. Pero, siendo joven e idealista, ya tendría tiempo de superar aquellos tormentos. 

Fray Cadfael llevaba varios meses trabajando con él y tenía depositadas grandes esperanzas en aquel joven tan voluntarioso, enérgico y casi excesivamente servicial. Tal vez se sentía en deuda con su aristocrática estirpe y temía que un fallo por su parte empañara el brillo de su linaje. ¡No se puede pertenecer a una noble cuna normanda sin destacar en todo! 

Fray Cadfael, que descendía de una antigua familia galesa sin pretensiones sobrehumanas, se compadecía de las víctimas de semejante trampa y toleraba con ecuanimidad a fray Columbano, corrigiendo filosóficamente sus ocasionales excesos. El jugo de las paganas adormideras le había calmado más de una vez, cuando su fervor religioso se desbocaba.

¡Sea como fuere, semejantes insensateces no tenían la menor cabida en el otro! Fray Juan era tan vulgar y corriente como su nombre; un joven sencillo de nariz respingona, con un indomable anillo de vigorosos bucles cobrizos alrededor de su tonsura. 

Estaba perennemente hambriento y su principal interés por las cosas que se cultivaban en los huertos consistía en averiguar si eran comestibles y si su sabor era agradable. Cuando llegara el otoño, ya encontraría el medio de adentrarse en las arboledas frutales. De momento, se conformaba con ayudar a fray Cadfael a arrancar lechugas tempranas, a la espera de que maduraran los dulces frutos.

Era fray Juan un alma hermosa, alegre y jovial que parecía haber ido a parar a aquella recoleta existencia sin percatarse de que se equivocaba de sitio. Fray Cadfael advertía en él una malicia semejante a la suya propia, pese a que aún no había tenido ocasión de ejercitarse en el vasto mundo, por lo que no le cabía la menor duda de que aquel curioso pájaro de cresta roja algún día emprendería el vuelo. Entre tanto, el joven intentaba distraerse como podía y, a veces, la oportunidad se le presentaba en lugares inesperados.

—Tengo que ser puntual —dijo fray Juan, bajándose los faldones del hábito y restregándose tranquilamente las manos en las posaderas para sacudirse la tierra—. Esta semana soy lector.

Cadfael recordó que así era, en efecto, y pensó que, por muy aburridos que fueran los pasajes que eligieran para él en el refectorio y por muy sosos que fueran los santos y mártires cuyos prodigios tuviera que celebrar en el capítulo, Juan siempre se las arreglaba para infundirles dramatismo e interés. Si le hubieran asignado la decapitación de Juan el Bautista, hubiera hecho temblar los cimientos del monasterio.

—Tú lees para la gloria de Dios y de los santos, hermano —le recordó Columbano con cariñoso reproche y humildad un tanto ofensiva—, ¡no para la tuya!

Lo cual demostraba lo poco que sabía de tales cosas o lo hipócrita que podía llegar a ser.

—Siempre tengo en mi mente este bendito pensamiento —dijo fray Juan con irrefrenable deleite, guiñándole el ojo a Cadfael a espaldas de su compañero mientras los tres caminaban entre los arbustos hacia la puerta del abad y al gran patio.

El ágil y delgado joven y el fornido veterano de cincuenta y siete años, con su abombado pecho y sus torcidas piernas, seguían modestamente al otro. ¿Fui yo alguna vez —se preguntó Cadfael, acompañando con sus pesados andares de marinero las largas y flexibles zancadas del muchacho— tan joven y vehemente como él? 

Tenía que hacer un esfuerzo para recordar que Columbano contaba veinticinco años y era el vástago de una linajuda y poderosa familia, cuya fortuna no debía de estar enteramente fundada en la devoción religiosa.

La tercera misa del día no era solemne y, a su término, los monjes benedictinos de la abadía de Shrewsbury se dirigían en procesión desde el coro hasta la sala capitular donde todos ocupaban ordenadamente su escaño, encabezados por el abad Heriberto. 

El abad era viejo, afable y extremadamente dúctil, un anciano asceta, deseoso de que la paz y la armonía reinaran a su alrededor. Su figura era anodina, pero la bondad de su rostro cautivaba a todos sin excepción. Los novicios y los discípulos se encontraban a gusto en su presencia siempre que conseguían acercarse a él, lo cual no era muy fácil porque normalmente se interponía la imponente mole del prior Roberto.

El prior Roberto Pennant, por cuyas venas circulaba una mezcla de sangre inglesa y galesa, medía más de metro ochenta de estatura, se movía con elegancia, tenía el cabello gris plateado pese a contar solamente cincuenta años, y poseía un rostro alargado de aristocráticas y hermosas facciones y una altiva frente marmórea. 

En los condados del interior del país no había hombre que luciera mejor la mitra, merced a su estatura sobrehumana y su autoridad, y en toda Inglaterra no había hombre más consciente de ello ni más dispuesto a demostrarlo a la primera oportunidad. Su erguido porte, al cruzar la sala capitular hacia su sitial, parecía un ensayo para el pontificado.

Le seguía fray Ricardo, el viceprior y su antítesis; corpulento, desgarbado, afectuoso, benévolo y de gran inteligencia, pero con una enorme pereza mental. Era difícil que le nombraran prior cuando Roberto finalizara su mandato, habiendo tantos hombres más jóvenes que ambicionaban el puesto y no dudarían en realizar cualquier sacrificio con tal de conseguirlo.

Después de Ricardo venían los demás monjes en sus distintas jerarquías. Fray Benito, el sacristán; fray Anselmo, el chantre; fray Mateo, el cillerero; fray Dionisio, el hospitalario; fray Edmundo, el enfermero; fray Osvaldo, el limosnero; fray Jerónimo, el amanuense del prior; y fray Pablo, el maestro de novicios. 

Les seguía toda la comunidad del monasterio, por cierto muy numerosa. Entre los últimos, fray Cadfael se encaminó hacia su rincón preferido en la parte de atrás, escasamente iluminado y medio oculto tras una de las columnas de piedra. Puesto que no ostentaba ningún cargo de responsabilidad, nunca le llamaban para hablar en capítulo sobre los distintos asuntos de la casa y, si encima el tema en cuestión era aburrido, fray Cadfael aprovechaba el tiempo para dormir, cosa que, gracias a la costumbre, podía hacer sentado y con la espalda bien erguida sin que nadie le viera en su oscuro rincón. 

Tenía un sexto sentido que en caso necesario le hacía despertar de forma inmediata y verosímil. Más de una vez había contestado a una pregunta sin vacilar, estando dormido cuando se la formulaban. Aquella mañana de mayo en particular permaneció despierto el tiempo suficiente como para disfrutar de la última e improbable onza de dramatismo en la vida de algún anónimo santo, cuya festividad se celebraba aquel día; sin embargo, cuando el cillerero empezó a exponer un complicado asunto sobre una herencia destinada en parte al altar de Nuestra Señora y en parte a la enfermería, fray Cadfael se dispuso a echar una cabezadita. 

Al fin y al cabo, sabía que, una vez se resolviera la cuestión de un par de malhechores de poca monta, buena parte del tiempo restante se dedicaría a la campaña del prior Roberto encaminada a conseguir las reliquias y el patronazgo de algún poderoso santo para el monasterio. Desde hacía varios meses, apenas se hablaba de otra cosa. 

De hecho, el prior lo tenía entre ceja y ceja desde que la casa cluniacense de Wenlock redescubriera con gran júbilo y orgullo la tumba de su primera fundadora, santa Milburga, y colocara triunfalmente sus reliquias en el altar. ¡Un priorato desconocido situado a pocas leguas de distancia con su propia santa milagrera, y la gran casa benedictina de Shrewsbury tan vacía de reliquias como un cepillo de limosnas saqueado! Era algo que el prior Roberto no podía tolerar. 

Llevaba un año o más recorriendo las comarcas fronterizas, en busca de algún santo de reserva, y su mirada se dirigía esperanzada al País de Gales, donde era bien sabido que en el pasado los santos y santas abundaban tanto como las setas en otoño y eran tenidos en tan poco aprecio como estas. Fray Cadfael no tenía el menor interés en oír sus lamentos y exhortaciones. Y se durmió. 

El calor del sol reverberó desde las afiladas aristas de la pálida roca recalentada y le chamuscó el rostro mientras el árido polvo suspendido en el aire le quemaba la garganta. Desde el lugar donde permanecía agazapado con sus compañeros, vio la larga cresta de la muralla y los yelmos de los centinelas de las torres centelleando bajo la inmisericorde luz. 

Un paisaje excavado en piedra roja y fuego, todo hecho de precipicios profundos y rocas escarpadas, sin ninguna hoja verde que lo suavizara y, frente a él, el objeto de todos sus viajes, la ciudad santa de Jerusalén coronada de torres y constelada de cúpulas en el interior de sus murallas blancas. El polvo de la batalla flotando en el aire impedía ver con claridad el bastión y la puerta, y los ásperos gritos y el fragor de las armaduras le ensordecían. 

De un momento a otro esperaba oír el sonido de la trompeta anunciando el asalto final y procuraba agacharse todo lo posible, pues había aprendido a respetar el alcance y la precisión del corto y curvado arco sarraceno. Vio que los estandartes emergían de sus escondrijos y se adelantaban, ondeando al cálido viento. Vio el destello de la trompeta levantada y se dispuso a oír su sonido estridente.

El sonido que le despertó de golpe fue por demás estridente, pero no fue un trompetazo ni le impulsó a lanzarse al asalto triunfal de Jerusalén. Cadfael se encontraba de nuevo en su escaño del oscuro rincón de la sala capitular y se había levantado con la misma consternación y alarma que los demás. 

El grito que le había despertado estaba transformándose en una serie de gemidos desgarradores y sollozos entrecortados que hubieran podido ser de extremo dolor o de extremo éxtasis. 

En el espacio abierto del centro de la sala capitular, fray Columbano yacía boca abajo, retorciéndose y agitándose como un pez fuera del agua, al tiempo que se golpeaba la frente y las manos contra las baldosas y movía las piernas largas y pálidas, desnudas hasta las rodillas a causa de las contorsiones, en medio de unos increíbles gritos nacidos de la excitación física. Sus hermanos más próximos le rodeaban impotentes y el prior Roberto levantaba las manos, entre exhortaciones y exclamaciones.

Fray Cadfael y fray Edmundo, el enfermero, se acercaron simultáneamente a Columbano, se arrodillaron uno a cada lado y le sujetaron para que no se destrozara el cerebro contra las baldosas o se descoyuntara las articulaciones con sus movimientos.

—Mal caduco —sentenció fray Edmundo, introduciéndole entre los dientes la gruesa cuerda de la correa de Columbano y un pliegue de su hábito para evitar que se mordiera la lengua.

Fray Cadfael no estaba tan seguro del diagnóstico porque aquellos gruñidos desesperados no eran los propios de un ataque epiléptico, sino más bien los de una mujer histérica en pleno paroxismo. Sea como fuere, la medida calmó en parte los gritos e incluso pareció disminuir la fuerza de las convulsiones, aunque estas se renovaron en cuanto le aflojaron la sujeción.

—¡Pobre joven! —balbució el abad Heriberto desde atrás—. ¡Una dolencia tan cruel y repentina! ¡Tratadle con cuidado! Llevadlo a la enfermería. Debemos orar por su restablecimiento.

El episodio concluyó con cierto desorden. Con la ayuda de fray Juan y otros monjes más habilidosos, envolvieron a fray Columbano con una sábana, inmovilizándole los brazos y las piernas para que no se hiciera daño, le separaron los dientes con un trozo de madera en lugar de la tela, que hubiera podido atragantarlo y asfixiarlo, y le trasladaron en unas parihuelas a la enfermería. 

Allí lo acostaron, sujetándolo con correas alrededor del pecho y los muslos. El joven gimió, gruñó y se agitó, pero cada vez con menos fuerza. Cuando, al final, consiguieron que bebiera un sorbo del jugo de adormideras de fray Cadfael, sus gemidos se convirtieron en lastimeros susurros, y la violencia de su lucha contra la inmovilidad se redujo considerablemente.

—Cuidadle bien —dijo el prior, mirando al joven con inquietud—. Creo que alguien debería vigilarle constantemente, por si le repite el ataque. Vos tenéis otros enfermos que atender y no podéis permanecer a su lado día y noche. Fray Jerónimo, lo encomiendo a vuestras atenciones y os exonero de todos vuestros deberes mientras él os necesite.

—¡Lo haré con sumo placer y rezaré con insistencia! —contestó fray Jerónimo.
Siendo el más próximo colaborador del prior Roberto y su más fiel servidor, no era de extrañar que fuera inevitablemente elegido siempre que Roberto exigía una estricta obediencia y una meticulosa información, ambas cosas probablemente muy necesarias en el caso de un miembro de la comunidad víctima de lo que en otros lugares se hubiera calificado de simple ataque de locura.

—Quedaos con él, sobre todo por la noche —dijo el prior—. De noche, la resistencia de un hombre flaquea y los males corporales pueden apoderarse nuevamente de él. Si duerme tranquilo, vos también podréis descansar, pero no os alejéis, por si os necesita.

—Se dormirá en cuestión de una hora —terció fray Cadfael sin la menor vacilación— y es muy posible que pase al sueño natural antes de que anochezca. Si Dios quiere, mañana ya habrá sanado.

Cadfael pensaba, por su parte, que fray Columbano apenas ejercitaba el cuerpo y la mente y se vengaba de aquellas privaciones mediante excesos medio voluntarios y medio involuntarios, dignos no solo de compasión sino también de reproche. 

Sin embargo, se guardaba mucho de afirmarlo sin reservas. No estaba seguro de conocer a sus hermanos adoptivos lo bastante como para juzgarlos sin temor a equivocarse. Bueno, a fray Juan… ¡tal vez sí! Pero, tanto en la vida conventual como fuera de ella, los frailes Juanes alegres, sinceros y extrovertidos eran más bien escasos.

A la mañana siguiente fray Jerónimo se presentó en el capítulo con expresión exaltada, como si estuviera a punto de comunicar una noticia trascendental. Ante el leve reproche del abad Heriberto por haber abandonado al enfermo sin permiso, cruzó sumisamente las manos e inclinó la cabeza sin perder en ningún momento su extasiado aplomo.

—Padre, me trae aquí un deber que me ha parecido todavía más urgente. He dejado dormido a fray Columbano, aunque no muy tranquilo, ya que incluso en sueños sufre tormentos. Dos hermanos legos lo vigilan. Si he obrado mal, me atendré humildemente a las consecuencias.

—¿Nuestro hermano no está mejor? —preguntó preocupado el abad.

—Aún está profundamente turbado y, cuando se despierta, delira. ¡Pero, a lo que iba, padre! ¡Hay una esperanza segura para él! Esta noche he recibido una milagrosa visita. He venido para comunicaros lo que la divina misericordia me ha inspirado. Padre, en las primeras horas del amanecer, me quedé dormido junto al lecho de fray Columbano y tuve un sueño prodigioso.

Todos le escuchaban con atención y hasta fray Cadfael se había despertado por completo.

—Pero bueno, ¿ahora otro? —le susurró maliciosamente al oído fray Juan—. ¡Es una epidemia!

—Padre, me pareció que el muro de la estancia se abría y que penetraba una gran luz, a través de la cual una hermosa y radiante doncella se situaba junto al lecho de nuestro hermano y me hablaba. Me dijo que su nombre era Winifreda y que en el País de Gales existe una fuente sagrada precisamente en el lugar donde ella sufrió martirio. Añadió que si fray Columbano se bañaba en sus aguas recuperaría la salud y el uso de los sentidos. Después pronunció una bendición sobre la casa, se desvaneció en medio de una luz cegadora, y yo desperté.

Sobre el murmullo de excitación que recorrió toda la sala capitular se elevó la voz del prior Roberto en reverente triunfo:

—¡Padre abad, hemos recibido una guía de lo alto! Nuestra búsqueda de un santo nos ha atraído esta señal de favor, en prenda de que debemos perseverar.

—¡Winifreda! —dijo el abad en tono dubitativo—. No recuerdo muy bien la historia de esa santa mártir. Hay tantas en el País de Gales. Ciertamente, tendríamos que enviar a fray Columbano a su manantial sagrado. Sería una ingratitud rechazar un presagio tan claro. Pero ¿dónde se encuentra exactamente?

El prior Roberto miró a su alrededor en busca de los pocos galeses que había entre los monjes, pasó presurosamente por alto a fray Cadfael, que nunca había sido uno de sus preferidos —tal vez debido al peculiar brillo de sus ojos o a su pasado notoriamente mundano—, y se detuvo complacido en el anciano fray Rhys, que estaba medio senil, pero era doctrinalmente seguro y tenía la vasta, aunque caprichosa, memoria de los viejos.

—Hermano, ¿podéis contarnos la historia de esa santa y decirnos dónde está su manantial?

El anciano tardó un poco en advertir que era el centro de la atención. Permanecía encogido como un pajarillo, le faltaban los dientes y estaba acostumbrado a ser objeto de un tolerante olvido. Empezó con cierta vacilación, pero se animó en seguida, en cuanto vio que todos los ojos estaban fijos en él.

—¿Santa Winifreda decís, padre? Todo el mundo conoce a Santa Winifreda. Encontraréis su fuente por el nombre que recibió el lugar, Holywell, no lejos de Chester. Pero ella no está allí. No hallaréis su sepultura en Holywell.

—Habladnos de ella —le instó el prior Roberto en tono casi servil, movido por su entusiasmo—. Contadnos su historia.

—Santa Winifreda —declamó el anciano, empezando a disfrutar de su hora de gloria— era hija única de un caballero llamado Tevyth que vivía en aquellas comarcas cuando los príncipes aún eran paganos. Pero aquel caballero y todos los suyos fueron convertidos por san Bruno, a quien ofreció cobijo y le hizo construir una iglesia. La joven era todavía más devota que sus padres, oía misa todos los días y había decidido consagrar su virginidad a Dios. Pero aconteció que un domingo cayó enferma y se quedó en casa mientras los demás se iban a la iglesia. Llegó a su puerta el príncipe de aquella región, Cradoc, el hijo del rey, que se había enamorado de ella desde lejos. Porque debéis saber que la joven era muy hermosa. ¡Muy hermosa! —repitió fray Rhys, relamiéndose los labios de gusto. El prior Roberto se molestó visiblemente ante aquella desvergüenza, pero se abstuvo de interrumpir su relato con un reproche—. Alegó estar acalorado y sediento después de una jornada de caza —añadió fray Rhys en tono de misterio— y pidió un poco de agua. La joven le franqueó la entrada y le ofreció de beber. Entonces —el anciano monje elevó la voz y se inclinó en su holgado hábito, levantándose con un vigor que ninguno de los presentes hubiera imaginado en él— le manifestó sus intenciones y la estrechó en sus brazos. ¡Así! —El esfuerzo era casi demasiado para él y, además, el prior le estaba mirando alarmado. Rhys refrenó su entusiasmo y recuperó su dignidad—. La fiel doncella le rechazó con suaves palabras y huyó a otra  estancia, se encaramó a una ventana y corrió hacia la iglesia. El príncipe Cradoc montó en su caballo y le dio alcance cerca de la iglesia, donde, temeroso de que ella revelara su infamia, la decapitó con su espada.

Fray Rhys esperó el consabido murmullo de horror, piedad e indignación, junto con un revuelo de manos unidas en actitud de plegaria y de redondos ojos admirados.

—¿De ese modo tan devoto alcanzó su muerte y su glorificación? —preguntó fray Jerónimo con entusiasmo.

—¡De ninguna manera! —contestó fray Rhys. Nunca le había tenido demasiada simpatía a fray Jerónimo—. San Bruno y la congregación de fieles salían en aquel momento de la iglesia y vieron lo ocurrido. El santo lanzó una terrible maldición contra el asesino, el cual cayó inmediatamente de hinojos y empezó a fundirse como la cera en el fuego hasta que todo su cuerpo desapareció en la hierba. Entonces san Bruno tomó la cabeza de la doncella y la colocó en su cuello. La carne volvió a juntarse y la joven recobró la vida, y en el lugar de su resurrección surgió la fuente sagrada.

Todos esperaron mudos de asombro, pero él les dejó esperar. Lo ocurrido después de la muerte no le interesaba.

—¿Y después? —le apremió el prior Roberto—. ¿Qué hizo la santa después de su resurrección?

—Fue en peregrinación a Roma —contestó fray Rhys con indiferencia—, asistió a un gran sínodo de santos y fue nombrada abadesa de una comunidad de monjas en Gwytherin, cerca de Llanrwst. Allí vivió muchos años y obró muchos prodigios en su vida, si vida podemos llamarla, puesto que ya había estado muerta una vez.

Con un encogimiento de hombros, el fraile dio a entender que no sentía el menor respeto por aquel residuo de vida. La chica tuvo su oportunidad con el príncipe Cradoc y la desaprovechó; su inclinación natural la llevaba a ser abadesa de un monasterio y ya no había más que decir.

De pie con su imponente estatura, en medio de un círculo de luz que se filtraba a través de las columnas de la sala capitular, el prior Roberto miró con expresión exultante y ojos autoritarios al abad Heriberto.

—Padre, ¿no os parece que nuestra reverente búsqueda de un patrón de gran poder y santidad ha sido guiada por la mano divina? Esta bondadosa santa nos ha visitado personalmente en el sueño de fray Jerónimo, incitándonos a llevarle a nuestro hermano enfermo. ¿Acaso no es lícito esperar que ella nos guíe en nuestros afanes? Si atiende nuestras plegarias y devuelve la salud de alma y cuerpo a fray Columbano, ¿no podríamos abrigar la esperanza de que viniera en persona y habitara entre nosotros, suplicando humildemente la autorización de la Iglesia para tomar sus veneradas reliquias y acogerlas dignamente en Shrewsbury? ¡A la mayor gloria y lustre de nuestra casa!

—¡Y del prior Roberto! —susurró fray Juan al oído de Cadfael.

—Ciertamente, parece que nos ha mostrado un favor singular —reconoció el abad Heriberto.

—En tal caso, padre, ¿me dais licencia para que hoy mismo envíe a fray Columbano a Holywell con el debido acompañamiento?

—Hacedlo —dijo el abad— con las plegarias de todos nosotros, y así regrese sano y salvo, convertido en el heraldo de Santa Winifreda.

Poco después de la comida del mediodía, el perturbado, delirando todavía con palabras inconexas, fue sacado por un portalón para iniciar la primera etapa de su viaje a lomos de una mula, sentado en una silla muy alta capaz de ofrecerle un poco de seguridad en caso de que le diera otro ataque, con fray Jerónimo a un lado y un fornido hermano lego al otro, dispuestos a sujetarle en caso necesario. 

Columbano miró a su alrededor con grandes y patéticos ojos infantiles como si no conociera a nadie, pero se dejó conducir sumisa y confiadamente a donde le llevaban.

—No me hubiera venido nada mal un viajecito a Gales —comentó fray Juan, mirándoles con expresión nostálgica mientras doblaban la esquina y desaparecían en dirección al puente sobre el río Severn—. Pero yo no hubiera tenido a buen seguro las esperadas visiones. Eso lo hará mejor Jerónimo.

—Muchacho —dijo fray Cadfael con indulgencia—, cada día eres más descreído.

—¡De ninguna manera! Estoy tan dispuesto a creer en los milagros y la santidad de la doncella como el que más. Sabemos que los santos tienen poder de ayudar y bendecir, y yo creo que también tienen buena voluntad. Pero, cuando el sueño lo tiene el fiel sabueso del prior Roberto, ¡tú lo que me pides es que crea en su santidad y no en la de la doncella! En cualquier caso, ¿no es su favor una gloria suficiente? No veo por qué razón tienen que ir a desenterrar sus huesos. Eso más parece una tarea de sepultureros que un asunto de la Iglesia. Y tú piensas lo mismo que yo —dijo el joven con firmeza, mirando a Cadfael directamente a los ojos.

—Cuando quiera oír mi propio eco —replicó Cadfael—, hablaré primero, por lo menos. Ven, tenemos que cavar aquella franja del fondo para plantar unas berzas.

La delegación a Holywell estuvo ausente cinco días y regresó al monasterio al anochecer, envuelta por el resplandor de la gracia celestial mientras sus tres componentes entraban en el patio, entonando oraciones bajo una fina llovizna. En medio, iba fray Columbano, erguido y rebosante de entusiasmo, si así se podía describir a alguien tan humilde en su alegría. 

Su semblante era claro y luminoso y sus ojos estaban llenos de asombro e inteligencia. Nunca alguien pareció más cuerdo que él ni menos propenso a sufrir ataques de mal caduco. Se encaminó directamente a la iglesia para dar gracias a Dios y a Santa Winifreda de rodillas y después los tres se dirigieron desde el altar a informar debidamente al abad, al prior y al viceprior en los aposentos del abad.

—Padre —dijo fray Columbano, rebosante de gozo y felicidad—, no tengo capacidad para contaros lo que me ha ocurrido porque sé menos que esos que me han cuidado en mi delirio. Yo solo sé que emprendí este viaje como un hombre dominado por una pesadilla y fui a donde me llevaron sin poder valerme por mí mismo ni saber lo que hacía. Y, de pronto, fue como si despertara de la pesadilla en una clara mañana de primavera. Me vi desnudo sobre la hierba junto a una fuente mientras estos buenos hermanos me mojaban con un agua cuyo contacto me sanó. Entonces me reconocí a mí mismo y les reconocí a ellos, y solo me pregunté dónde estaba y cómo había llegado hasta allí. Cosa de la que ellos gustosamente me informaron. Después nos fuimos los tres, acompañados de mucha gente del lugar, a oír misa en una pequeña iglesia cerca del manantial. Ahora sé que debo mi salud a la intercesión de Santa Winifreda, a la cual alabo y venero con todo mi corazón, lo mismo que a Dios, que fue quien la indujo a compadecerse de mí. El resto os lo contarán estos hermanos.

El hermano lego era corpulento y taciturno, estaba muy cansado —porque era el que había hecho todo el trabajo— y ya empezaba a hartarse un poco de aquella historia. Hizo las adecuadas exclamaciones en los momentos precisos, pero dejó el relato en las hábiles manos de fray Jerónimo, el cual lo refirió todo en sus menores detalles. 

Cómo llevaron al paciente a la aldea de Holywell, pidieron ayuda a los aldeanos y estos les indicaron el lugar donde la santa resucitó después de su martirio, junto a la cristalina fuente de la que seguía manando el agua sagrada, recogida en una pila de piedra. 

Allí condujeron al delirante Columbano, le despojaron del hábito, la camisa y los calzones y le arrojaron encima el agua milagrosa. Inmediatamente, el joven se irguió, elevó las manos en actitud de plegaria y dio gracias a Dios por la recuperación de su mente. 

Después, preguntó asombrado a sus compañeros cómo había llegado hasta allí y qué le había ocurrido y vio premiada su humildad, gracias a la santa por cuya intercesión había recuperado la salud.

—Padre, las gentes de allí nos dijeron que la santa está efectivamente enterrada en Gwytherin, donde murió una vez cumplida su misión, y que en el lugar donde reposa su cuerpo se han obrado muchos milagros. Pero afirman que, después de tanto tiempo, su tumba está olvidada y descuidada, por lo que tal vez ella desea ser trasladada a un lugar donde acudan a venerarla los peregrinos y así pueda derramar con largueza sus gracias y bendiciones sobre cuantos la invoquen.

—Ha sido una inspiración que vos presenciarais este milagro —dijo el prior Roberto, alto y espléndido tras haber visto recompensada su fe—, y habéis expresado lo que yo sentía al escucharos. Sin duda, Santa Winifreda nos pide que acudamos a rescatarla, tal como ella ha rescatado a fray Columbano. Muchos necesitan de su bondad y no la conocen. En nuestras manos, sería ensalzada como merece y muchos que necesitan sus gracias sabrían dónde acudir para recibirlas. Rezo para que podamos preparar esta expedición de fe a la que ella nos convoca. Padre abad, dadme vuestra licencia para dirigir la petición a la Iglesia de forma que esta gloriosa santa pueda descansar entre nosotros y ser nuestro mayor orgullo. Porque estoy firmemente convencido de que tal es su voluntad y su deseo.

—¡En nombre de Dios —dijo devotamente el abad Heriberto—, apruebo este proyecto e invoco para él las bendiciones del cielo!

—Lo tenía todo previsto de antemano —dijo fray Juan entre envidioso y despectivo, inclinándose sobre la hierbabuena—. Todo ese asombro y maravilla y ese preguntar quién era Santa Winifreda y dónde podía encontrársela. Lo sabía desde un principio. Ya la había elegido entre todos los santos olvidados que descubrió en el País de Gales, y pensó que era la más fácil de conseguir y la que a él le daría más lustre. Pero tenía que darlo a conocer por medios milagrosos. Habrá otro prodigio siempre que necesite allanar el camino hasta que consiga trasladar la doncella a la iglesia para su propia gloria. La empresa será muy ardua y con ella pretende subir muy alto. Empieza con una visión, una curación milagrosa y la gracia divina que guía sus pasos. Está tan claro como la nariz que tienes en la cara.

—¿Crees —preguntó fray Cadfael— que fray Columbano también participa en la intriga lo mismo que fray Jerónimo, y que el episodio del ataque fue una simulación? Tendría que estar muy seguro de mi recompensa en el cielo antes de ofrecerme a romper las baldosas con mi frente, aunque fuera para proporcionarle un milagro al prior Roberto.

Fray Juan frunció el ceño con una expresión muy seria.

—No, no lo creo. Todos sabemos que nuestro humilde cordero blanco es propenso a estremecerse de horror ante un peligro y a experimentar éxtasis después de una vigilia o un ayuno. Probablemente el agua helada que le echaron encima en Holywell fuera lo más apropiado para devolverle los sentidos. ¡Hubiéramos conseguido el mismo resultado arrojándole al estanque de los peces! No, yo no diría que él ha tenido parte en eso…, por lo menos a sabiendas. Pero él les dio la oportunidad de ofrecernos una espléndida demostración de gracia. ¡Recuerda que fue Jerónimo el encargado de vigilarle por la noche! Para que haya una visión se necesita solo un hombre, pero tiene que ser el hombre adecuado —fray Juan estrujó tristemente unas hojas tiernas entre las palmas de sus manos, y la fragancia se esparció por el aire de las primeras horas matinales—. Y serán también hombres adecuados quienes acompañen al prior Roberto en su expedición al País de Gales —añadió fray Juan con amarga certeza—. ¡Ya lo verás!

No cabía la menor duda, aquel joven estaba deseando volver a ver el mundo y respirar una bocanada de aire fresco fuera de los muros del monasterio. Fray Cadfael reflexionó, no solo por simpatía hacia su joven ayudante sino también por ciertos anhelos placenteros que él mismo experimentaba en aquellos momentos. 

Un acontecimiento tan trascendental en el, por otra parte, monótono curso de la vida monástica no podía desperdiciarse. ¡Sin contar las indudables posibilidades de distracción que se les ofrecerían!

—¡Cierto! —exclamó en tono pensativo—. Tal vez convendría hacer algo para allanar las dificultades. Ciertamente no es bueno que en Gales se queden con la impresión de que Jerónimo es lo mejor que tenemos en Shrewsbury.

—Tú tienes tantas posibilidades como yo de ser invitado —dijo fray Juan con su habitual franqueza—. Jerónimo tiene el puesto asegurado porque el prior Roberto necesita a su mano derecha. El pobre e inocente Columbano fue el instrumento de la gracia y podrían utilizarlo de nuevo para el mismo fin. Al viceprior tienen que llevarlo consigo para guardar las formas. ¿Qué podríamos hacer para acompañarles? Aún tardarán unos días en marcharse; los carpinteros y cinceladores están trabajando mucho en el espléndido relicario para la santa, pero les llevará algún tiempo terminarlo. ¡Aguza tu ingenio, hermano! ¡No hay nada que no puedas hacer, si te lo propones! ¡Con el prior o sin el prior!

—Vaya, vaya, ¿quién dijo que no tenías fe? —se preguntó fray Cadfael, seducido y desarmado—. Podría intentar abrirme camino, tiene que haber algún medio de hacerlo, pero ¿cómo voy a recomendar a un pícaro desvergonzado como tú? ¿Qué sabes hacer para justificar tu presencia en semejante misión?

—Sé cuidar muy bien de las mulas —contestó fray Juan esperanzado—, y no pensarás que el prior Roberto pretende ir a pie, ¿verdad? ¿O que él mismo cuidará y dará de comer y beber a las bestias? ¿O que limpiará el estiércol? Necesitarán de alguien que haga las tareas más pesadas y que les sirva. ¿Por qué no yo?

Era algo, en efecto, en lo que nadie parecía haber pensado todavía. ¿Por qué llevar a un lego, habiendo un monje que cantaba con dulce voz en la misa y que, encima, estaba dispuesto a hacer el trabajo más duro? El muchacho se merecía aquella excursión ya que no desdeñaba hacer un sacrificio a cambio. Además, podría ser útil antes de que terminara todo aquello. Si no para el prior Roberto, por lo menos para fray Cadfael.

—Ya veremos —dijo este, mientras su vigoroso protegido reanudaba la labor que tenía entre manos.

Sin embargo, después del almuerzo, durante la soñolienta media hora que los viejos dedicaban a la siesta y los novicios a los juegos, fray Cadfael fue a ver al abad Heriberto en su estudio.

—Padre abad, tengo la impresión de que emprenderemos este peregrinaje a Gwytherin sin haber considerado plenamente todos los detalles. Primero, debemos enviarle un mensaje al obispo de Bangor, a cuya jurisdicción pertenece Gwytherin, ya que, sin su aprobación, el asunto no puede llevarse adelante. Además, aunque no es esencial tener a alguien que hable correctamente el galés dado que el obispo domina sin duda el latín, no todos los párrocos de Gales lo hablan y es absolutamente necesario poder hablar libremente con el sacerdote de Gwytherin en caso de que el obispo apruebe nuestra misión. Pero lo más importante es que la sede episcopal de Bangor se halla bajo la soberanía del rey de Gwynedd, cuya benevolencia y autorización es tan necesaria como la de la Iglesia. Los príncipes de Gwynedd hablan solo el galés, aunque tienen muy doctos escribientes. El padre prior tiene sin duda ciertos conocimientos de galés, pero…

—Eso es verdad —dijo el abad Heriberto, hombre que se desalentaba fácilmente por cualquier cosa—. Son conocimientos muy superficiales, y la conformidad del rey es de la máxima importancia. Fray Cadfael, el galés es vuestra lengua materna y no tiene secretos para vos. ¿Podríais…? Sí, ya sé, el huerto… Pero, con vuestra ayuda, no habría ninguna dificultad.

—En el huerto —dijo fray Cadfael— todo está muy adelantado y puedo ausentarme diez días o más sin que ocurra ningún percance. Tendría mucho gusto en ser el intérprete y ofrecer mi ayuda en Gwytherin.

—¡Sea! —dijo el abad, lanzando un sincero suspiro de alivio—. Id con el prior Roberto y sed nuestra voz ante el pueblo de Gales. Yo mismo sancionaré vuestra misión, y tendréis mi autoridad.

El abad era un viejo bondadoso, amable, muy experimentado y carente de ambición, santurronería y firmeza. Había dos maneras de plantearle la cuestión de fray Juan. Cadfael eligió la más honrada y sencilla.

—Padre, aquí hay un joven monje sobre cuya vocación tengo ciertas dudas, pero sobre cuya bondad no tengo ninguna. Le aprecio de veras y me gustaría que encontrara su verdadero camino porque, cuando lo encuentre, no se apartará de él. Sin embargo, puede que su camino no esté a nuestro lado. Os suplico que me permitáis llevarle conmigo como cortador de leña y aguador para darle un plazo de reflexión.

El abad Heriberto se mostró consternado y preocupado, pero también comprensivo. Tal vez recordaba tiempos lejanos en que su propia vocación atravesó períodos tormentosos.
 —Lamentaría negarle la posibilidad de elegir a cualquiera que estuviera más capacitado para servir a Dios en otro lugar —dijo—. ¿Quién de nosotros puede decir que nunca ha echado la mirada hacia atrás? —Después hizo una pregunta delicada, abordando el aspecto que más le preocupaba, aunque con rostro cautamente despreocupado—: No le habréis planteado esta cuestión al prior Roberto, ¿verdad?

—No, padre —contestó virtuosamente fray Cadfael—. No me pareció bien cargar sobre sus espaldas una responsabilidad tan pequeña, cuando ya soporta otra tan grande.

—¡Bien hecho! —convino sinceramente el abad—. No estaría bien distraer su mente en esta fase del gran proyecto. Yo no le diría nada sobre los motivos de la incorporación de este joven al grupo. El prior Roberto, en su inconmovible certidumbre, no vería con buenos ojos a un hombre que mira hacia atrás, una vez puesta la mano en el arado.

—Y sin embargo, padre, no todos estamos hechos para ser labradores. Algunos podrían ser más útiles trabajando de otra forma.

—¡Cierto! —dijo el abad, esbozando una cautelosa sonrisa mientras pensaba en el recurrente, pero a menudo olvidado misterio del propio fray Cadfael—. Confieso que con frecuencia me he preguntado… ¡Pero no importa! Muy bien, pues, decidme el nombre de este joven fraile, y lo tendréis.

Una revelación - Mary E. Braddon (Parte 3 y última)

 

III

«Se ofrece recompensa de quinientas libras a cualquier persona que proporcione información precisa acerca del paradero actual de sir Henry Chalvington, baronet de Methwold Park, Norfolk, a su viejo amigo el coronel Desborough, hotel Morley’s, Charing Cross.»

Eso decía el anuncio que se publicaba a diario en The Times y también en el Galignani y otros periódicos extranjeros. Pero el tiempo fue pasando sin que se recibiera respuesta alguna. 

Con la Navidad a la vuelta de la esquina y la climatología empeorando por momentos, el coronel Desborough contemplaba con creciente intranquilidad su marcha al extranjero, viaje que tenía la determinación de hacer, convencido como estaba de que el baronet se hallaba en algún lugar del continente. 

Desde su regreso a Inglaterra, su salud había experimentado una notable mejoría, y en sus pensamientos ganaba fuerza la idea de que había estado sufriendo de delirios mentales; no obstante, seguía pareciéndole una extraña coincidencia que sir Henry continuara ausente, y aunque ya no era víctima de las apariciones que con tanta frecuencia había experimentado en la India, el coronel estaba más ansioso que nunca por desvelar el misterio, no solo por su bien, sino por el de la propia Mary Chalvington.

Por fin un día recibió una carta del extranjero. Estaba manuscrita en papel muy fino y llevaba matasellos de Niza. La misiva se le antojó misteriosa, puesto que todo parecía relacionado con su búsqueda. Decía que, aunque el remitente no podía proporcionar con exactitud el paradero de sir Henry, sí que creía contar con una pista que contribuiría a localizarlo. El coronel debía acudir en persona al Albergo Aggradevole, en Scarena, cerca de Niza, y preguntar por Carlo.

Entusiasmado por la oportunidad que se le brindaba de obtener una información crucial, el coronel abandonó con gusto la fría y húmeda Inglaterra rumbo a un clima más amable. Scarena, según comprobó, era un pueblecito situado en los Alpes Marítimos, a escasas millas de Niza y en la carretera que llevaba a Turín. 

Desborough no se tomó ni una sola jornada de descanso hasta que no hubo llegado a la posada que tenía como destino, y donde se quedó a pasar la noche. Era un hotelito decente que dependía principalmente de los turistas que iban de camino a Sospello para disfrutar de sus majestuosos paisajes.

Vista la solicitud y obsequiosidad con las que le recibieron el albergatore, su esposa y los sirvientes, el coronel supo sin lugar a duda que lo estaban esperando. No obstante, aguardó hasta acabada la cena para preguntar por el tal Carlo, que resultó ser, tal y como él había anticipado, su anfitrión en persona.

—Sí, signor, yo soy Carlo. A su servicio. Rara vez leo el Galignani, pero las cosas del destino son así. Un día cayó en mis manos un ejemplar del periódico mientras me encontraba en Niza y, al regresar a casa, se lo leí a mi esposa; fue entonces cuando topé con su anuncio. «Yo he oído antes ese nombre —le dije—, pero no recuerdo cuándo.

»Un momento —me dijo ella—. Estaba en el cuaderno que se dejó olvidado el caballero inglés, el que estuvo aquí alojado dos días con su esposa, mira.» Entonces María abrió el scrittoriello y sacó el librito, que es este que ahora tengo el placer de entregarle, signor.

Dicho esto, el posadero tendió a Desborough un cuaderno vulgar y corriente. Manuscrito en la guarda con la inconfundible caligrafía de su viejo amigo se podía leer: «Henry Chalvington, Brook Street, Grosvenor Square».

El cuaderno contenía varias anotaciones, tales como horarios de trenes y de paquebotes. Una de ellas incluso arrancó una lágrima al coronel. Era una nota de un par de líneas tan solo, escrita apresuradamente a lápiz: «Hoy mencionaban a Jack Desborough en una noticia en la que hablaban sobre Simla, debo escribirle».

Eso era todo, aunque, dadas las circunstancias, ¡qué conmovedor!

El albergatore lo observaba visiblemente satisfecho.

—Ahora hábleme de la dama y del caballero que se alojaron en su posada. ¿Cuándo estuvieron aquí?

—El pasado abril, signor —contestó su anfitrión, mientras se arrellanaba con comodidad en una silla—. Llegaron en su propio carruaje. El caballero estaba muy pálido y delgado, y caminaba del brazo del intérprete o sirviente, no sabría decir si era una cosa u otra. Parecía enfermo y llevaba puesto un abrigo de piel, a pesar de que no hacía frío. En cuanto a la dama…, no tengo palabras para describir su belleza, ¡era fabulosa! Se quedaron aquí dos días, signor, e iban de camino a La Chiandola para visitar las cascadas; pero por lo que comentó el hombre que estaba a su servicio, deduje que buscaban una casa donde poder alojarse unos meses por el bien de la salud del caballero. En cualquier caso, cuando se marcharon, se olvidaron de este cuaderno. ¿Le es de alguna utilidad, signor? Si en efecto pertenece a su amigo, haré cuanto esté en mi mano para asistirle en su búsqueda. Debemos atravesar las montañas por Scarena, Sospello, La Chiandola, Saorgio, Tenda, Simone, Savigliano y así hasta Turín, preguntando a diestra y siniestra de la carretera —dijo el anfitrión, mientras pronunciaba con orgullo la retahíla de poblaciones, contándolas con los dedos.

El hombre parecía inteligente, y actuaba de buena fe; la pingüe recompensa seguramente constituyese para él una auténtica fortuna.

Al día siguiente se realizaron a toda prisa los preparativos del viaje, y con unos buenos caballos y una calesa ligera, comenzó la búsqueda. Huelga seguir sus pasos por los lugares citados por el albergatore, donde sus pesquisas obtuvieron más o menos éxito. 

Son tantos los turistas que visitan la zona en esa temporada que, de no haber sido porque el caballero vestía un abrigo de piel y la dama era muy hermosa, con unos ojos espléndidos, los Chalvington habrían pasado casi desapercibidos. No obstante, el rastro moría en la villa de Saorgio, en ninguno de cuyos hoteles recordaba nadie a la pareja.

—Debemos dar media vuelta, signor. Sus amigos nunca llegaron tan lejos —dijo el albergatore.

Así pues, en lugar de seguir la vía principal entre Niza y Turín a través de los Alpes Marítimos, esa carretera magníficamente construida y completada en el transcurso de diecisiete años por orden de Víctor Amadeo, rey de Cerdeña, se desviaron hacia el interior y visitaron las aldeas ribereñas de los arroyos que riegan esta zona del Piamonte. Aunque sin éxito.

Descorazonados por los constantes fracasos, regresaron sobre sus pasos y se dirigieron una vez más a la casa de postas de Simone. Allí, la Carrozza di Viaggio, una suerte de coche de viajeros, se encontraba en ese momento relevando la caballería.

De pronto, Carlo Rigo profirió una exclamación y se apeó de un salto de la calesa.

—¡Ahí! ¡Ahí! —gritó el posadero preso de una gran agitación—. ¡El abrigo! ¡El abrigo del caballero! —Y corrió hasta el costado del carruaje, que era la diligencia que cubría el trayecto entre Tenda y Sospello.

El cochero, que llevaba puesto el abrigo en cuestión y sostenía un enorme látigo en la mano, aguardaba sentado en el pescante a que atasen los caballos frescos a las varas. Era inconfundiblemente italiano, y no mostró la menor sorpresa cuando el albergatore exclamó:

—¡Cospetto! ¿De dónde has sacado ese abrigo?

Los dos hombres entablaron una animada charla. Desborough esperó hasta que el posadero regresó radiante de satisfacción.

Signor —gritó—, asunto solucionado. Nicolo es un hombre muy respetable; lleva conduciendo la carrozza los diez últimos años. Me ha dicho que compró ese abrigo hace un mes para protegerse de los fuertes vientos que nos azotan en estos parajes en primavera y en invierno. Estaba colgado de la puerta de Isacco el Judío, en Sospello.

—Entonces vayamos a ver a ese tal Isacco —dijo el coronel.

De nuevo se adentraron en la pequeña población. Isacco era un anciano de fino rostro aguileño y venerable barba blanca que podría haber pasado perfectamente por uno de los patriarcas. El hombre les proporcionó con gusto la información que buscaban. El abrigo se lo había traído a su tienda, ocho meses atrás, el sirviente del caballero inglés que había adquirido Villa Cipresso. Sus señores se trasladaban a Nápoles, y no iban a necesitar el abrigo.

¿Y dónde estaba Villa Cipresso? A escasas millas de allí, en los castañares, o eso creía.

Una vez averiguada la dirección, avanzar fue sencillísimo. Contrataron a un postillón que conocía la localidad para que condujera al coronel y a su acompañante hasta la casa al día siguiente, pues ya era tarde para hacerlo en ese momento. La villa se encontraba a unas once millas de distancia y tan rodeada de árboles que era imposible de discernir hasta que uno no se topaba con ella. 

El paraje era precioso, pero la casa era una construcción solitaria y descuidada. Las malas hierbas y las zarzas habían invadido los caminos y los arriates de flores; y las ventanas estaban tapiadas con tablones. El ruido del carruaje atrajo a la puerta a una anciana, que se mostró asombrada por su llegada. Alta, morena, surcada de arrugas y vestida con ropas andrajosas, se quedó plantada en el umbral como petrificada, mirando a los visitantes con ojos desorbitados.

—¿Es esto Villa Cipresso? —preguntó Carlo Rigo.

—Sí —contestó la anciana.

—¿Está aquí sir Henry Chalvington? —inquirió el coronel.

El efecto que causó en ella esta pregunta fue del todo inesperado. Levantó los brazos por encima de la cabeza, dejó escapar un gemido y, alejándose a toda prisa por un pasadizo de piedra, se metió en un cuarto y se encerró pasando la llave por dentro.

—Está asustada —dijo Desborough—. ¿Es posible que viva aquí sola? La casa parece vacía.

El posadero fue hasta la puerta, llamó y le habló con suavidad para que se tranquilizase, pero ella no contestó. Solo se oían sus gemidos, como si la mujer sufriese un gran pesar.

El coronel y su acompañante inspeccionaron la casa. No era grande, su mobiliario era muy sencillo y estaba claro que se encontraba deshabitada. No hallaron ni un solo libro ni pedazo de papel que pudiera aportar alguna pista sobre quiénes habían sido los últimos ocupantes de aquellas estancias.

El postillón desató los caballos y los condujo hasta el establo vacío y descuidado; los únicos seres vivos con los que se topó por el camino fueron unas pocas aves de corral famélicas que vagaban por el patio. El coronel Desborough se dio una vuelta por los jardines, que estaban invadidos de enormes chumberas asilvestradas y falsos pimenteros de aspecto desaliñado.

Había fuentes ornamentales resecas, mirtos y otros arbustos plantados en tupidos macizos, y altos cipreses oscuros que daban una apariencia sombría y melancólica al lugar. Bordeaba el jardín un bosque de alcornoques, y más allá de esta pantalla de árboles, bloqueando la vista, se alzaba la majestuosa mole de los Alpes, como diciendo: «No os aventuraréis más allá».

Entre tanto, pareció que la curiosidad de la mujer vencía a su miedo inicial, y tras mantener Carlo Rigo una conversación con ella desde el otro lado de la puerta, la convenció para que saliese y preparase un almuerzo con los refrigerios que habían traído consigo, cosa que hizo con avidez, puesto que estaba hambrienta. Pero a todas sus preguntas respondió negando con la cabeza, resistiéndose a darles cualquier información.

—Pasaremos aquí la noche —dijo el coronel con gravedad—. Tengo que saber más antes de marcharme, y lo haré.

Al caer la tarde, él y el albergatore volvieron a darse un paseo por el jardín. El sol se había puesto detrás de las montañas y todo estaba teñido de una preciosa luz violácea, esa que se conoce como arrebol. ¡Qué soledad! Las sombras del ocaso se intensificaron cuando se adentraron en un claro rodeado de cipreses.

—¡Mire, mire, signor! —gritó Carlo—. ¡Ahí está el caballero inglés!

Al escuchar estas palabras, Desborough alzó la vista ilusionado. Allí delante, a escasos pasos de él, se erguía más nítida que nunca la figura de su amigo; pálido, encanecido, inmóvil, su silueta claramente recortada contra el fondo oscuro de los árboles verdes.

—¿Por qué nos pide que nos acerquemos? ¿Por qué señala al suelo? ¡Oh! ¡Ha desaparecido! —gritó espantado el italiano.

El coronel intentó hablar, pero no daba con las palabras. Buscó apoyo en un árbol y, preso de la agitación, se enjugó la frente.

—Entonces ¿lo ha visto usted también? —le preguntó a Rigo cuando consiguió recuperar el habla—. ¿Con absoluta claridad?

—¿Al caballero inglés? Sí, signor.

—Gracias a Dios —exclamó Desborough retirándose el sombrero en un gesto de reverencia—. ¡No estoy loco!

—No lo entiendo, signor —dijo el desconcertado posadero.

—No —respondió el coronel—, no puede entenderlo; porque ese a quien acabamos de ver no es un habitante de este mundo. Hagámonos con picos y palas… ¡Creo que bajo ese parche de hierba yace enterrado sir Henry Chalvington!

¡Qué extraña revelación! ¡Qué cadena de acontecimientos, aparentemente fortuitos, había guiado al coronel Desborough hasta ese preciso lugar, donde estaba predestinado a resolver un misterio y reparar una gran injusticia! Pues fue allí, bajo la grisácea luz crepuscular, donde exhumaron lo que quedaba de Henry Chalvington. ¿Lo habían asesinado?

—No, no —gritó la anciana, arrodillándose a sus pies—. No lo suponga, ni lo piense siquiera, el inglés falleció de muerte natural. Tras adquirir esta villa, él y su esposa vinieron a ver qué muebles podían necesitar. Habían viajado desde Niza, él parecía enfermo y débil. Tres días después de su llegada, se encontraba sentado a la mesa, cenando, cuando cayó hacia atrás de repente… ¡muerto! Es la verdad, se lo juro. La dama estaba aterrada, al igual que el sirviente que los acompañaba. «Escuche —me dijo—, de sabérseme viuda seré una mujer pobre. ¡Pero mientras se suponga a mi marido con vida seguiré siendo rica! Lo mantendremos en secreto… Podemos enterrarle bajo los cipreses, y yo me encargaré de que no le falte a usted nada. Siga viviendo aquí; dispondrá de dinero siempre y cuando no hable.» Entonces el signor Texere, el sirviente, cavó la tumba y lo depositamos ahí, ¡pobre inglese!

»La señora y su asistente se marcharon. Al principio me enviaban dinero, no mucho, pero el suficiente para cubrir mis necesidades. De un tiempo a esta parte han dejado de hacerlo. Y yo me muero de hambre. ¿Por qué razón voy a seguir manteniendo el secreto? Roto el pacto, puedo contarlo todo. Pero, signor, le juro que no fue asesinato. Yo estaba en el comedor sirviendo la cena cuando él se cayó de la silla, muerto. Fue su corazón. Esa expresión de su cara ya la había visto antes en la de uno de mis hijos cuando falleció de la misma dolencia.

Una vez más la escena se traslada a la residencia de Eastern Terrace, en Brighton. Lady Chalvington, suntuosamente ataviada en un brocado dorado, estaba a punto de salir para el teatro cuando le anunciaron que el coronel Desborough y el señor Bruce deseaban verla. Y eran sin duda estos dos caballeros, acompañados de Blencoe y un agente de policía vestido de paisano, quienes aguardaban en el vestíbulo.

Lady Chalvington entró en la biblioteca, adonde la habían hecho pasar aquellos visitantes tan poco gratos.

—No alcanzo a imaginar cuál puede ser el propósito de su visita, caballeros —exclamó con altivez, al cruzar el umbral—. Los negocios se tratan por las mañanas, señor Bruce.

—Esto es mucho más que una visita de negocios, señora —contestó el coronel—. Venimos a informarla de que los restos de su difunto marido han sido hallados y trasladados a Inglaterra para que reciban cristiana sepultura.

Por un instante, la culpable se quedó paralizada; luego, corrió hasta la puerta y, ya estaba cruzando el vestíbulo, cuando se detuvo en seco, con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada. Blencoe le había cortado el paso.

—¡Deténganla! ¡Detengan a lady Chalvington! —gritó el coronel.

—¡Lady Chalvington! —bramó Blencoe, agarrándola del brazo—. Aquí no hay ninguna lady Chalvington. Confieso con vergüenza y repugnancia que esta mujer es mi esposa, Harriet Lemoine, y que ese hombre —dijo señalando a Texere, que acababa de entrar en escena— es su hermano, un falsificador, jugador y estafador que vivió en mi casa, haciendo de la noche día y del día noche. 

Fue para huir de semejante esposa, y para cortar de raíz con su detestable estirpe por lo que me marché a la India. Esta mujer ni mucho menos estaba casada con sir Henry. Puedo demostrar que su identidad es la de la chica con la que contraje matrimonio en la iglesia de St. Pancras hace ya ocho años.

Seis semanas después de tan repentino desenlace, el coronel Desborough entró en la sala de la residencia de Brook Street con un aspecto más fortalecido y saludable del que había ofrecido durante prácticamente los doce últimos meses, si bien seguía todavía muy afectado por la tensión nerviosa a la que había estado sometido. 

Conjurada la aparición, había experimentado una mejoría en su estado de ánimo y recuperado también su acostumbrada buena salud; aunque, posiblemente, conservara ya para el resto de su vida ese talante mucho más circunspecto y grave que le confería el saber que se había comunicado de algún modo con el mundo de los espíritus; un mundo al que apenas había dedicado un solo pensamiento hasta entonces, pero en el que ahora creía y al que respetaba con veneración, habiendo llegado a la conclusión de que, en determinadas circunstancias, esa clase de revelaciones eran posibles.

Mary Chalvington, vestida de luto, se acercó a recibirle, tan blanca y frágil como una azucena.

—Sí —dijo él—, vengo a despedirme. El Crocodile parte de Southampton mañana mismo.

—¡Oh! —exclamó Mary—. ¿Qué voy a hacer cuando se marche? Es usted mi mejor y único amigo. ¿Qué será de esta huérfana a la que ha rescatado de una servidumbre peor que la muerte? ¿Por qué no quiere quedarse en Inglaterra?

—Porque no hay lazos que me aten a este lugar. Soy un hombre solitario.

—¿Y es eso necesario? —preguntó la joven con delicadeza, en voz baja.

El coronel la miró y a continuación empezó a pasearse por la estancia de forma agitada.

—Si yo creyera… —dijo, y se detuvo—. Si osara… Pero casi te doblo en edad, querida mía; ¿cómo pedirte semejante sacrificio?

—No sería un sacrificio —murmuró Mary—, ¡sería la felicidad!

El coronel Desborough nunca regresó a la India.

Modelados en barro - Alicia Giménez Bartlett

Lo más cerca que había estado Garzón de un modelo de alta costura fue el día que lució su traje de Primera Comunión. Mi caso no era muy diferente; claro que, al menos, yo conocía la existencia de pasarelas, diseñadores, colecciones de invierno y hasta había oído hablar de Yves Saint-Laurent. 

El subinspector, no. Lo de colección le sonaba a sellos, la pasarela a puente y a Saint-Laurent hubiera podido confundirlo con un mártir francés. Puede que fuera debido a ese obvio desconocimiento de la materia por lo que levantó ampollas nuestra designación. 

Todos los compañeros acusaron al comisario Coronas de injusticia: «¿Por qué ellos y nosotros no?» era la pregunta. Por una vez se morían de ganas de trabajar; en especial los jóvenes, todos unos esnobs que se gastan la pasta en zapatos italianos y camisas de marca, y para quienes la palabra «diseñador» está muy por encima de cualquier otro quehacer. 

Supongo que es cosa de épocas, en realidad. En la mía el esnobismo era harapiento, con lo que al menos ahorrábamos y podíamos seguir denostando al Capital. En tiempos del subinspector... bueno, imagino que con tener una buena bufanda para pasar la posguerra ya podía uno sentirse feliz.

Para que nos adjudicaran este caso supuso una ventaja ser mujer. El comisario pensó que nosotras estamos más cercanas a la moda, el costurero, la aguja y el dedal. Podía pensar lo que quisiera, no iba a ponerme a discutir. Aunque en realidad toda aquella excitación alrededor del caso no era tanto por el diseño como por estar cerca de las bellas modelos que teóricamente nos rodearían por doquier. Pero nada resultó tan idílico y lo que conseguimos fue cargar con un caso que conllevó un gran trabajo y acabó siendo difícil de resolver.

Habían matado a una chica, una modelo profesional. Apareció tendida por la mañana en el taller del diseñador por el que estaba contratada. Yacía sobre el lago de su propia sangre, alta y hermosa, como una zancuda a quien un cazador furtivo hubiera disparado sin piedad. Le habían pegado un tiro en el corazón. Según el forense, a las doce de la noche del día anterior. El arma era una pistola que el diseñador conservaba en el cajón de una mesa por seguridad. Nunca la había usado. Estaba tirada junto al cadáver, sin ninguna huella dactilar.

Cuando aparecimos por el taller el propio diseñador salió a recibirnos envuelto en lágrimas, nervios y un kilométrico fular. Todo aquello era trágico, impensable, patético. Que hubieran asesinado a Luz Ribó, una belleza en plena juventud, ya era espantoso de por sí, pero encima la cosa sucedía en su mismo establecimiento, y a dos días vista de que se presentara la nueva colección.

—¿Se da cuenta, inspectora?, dígame qué puedo hacer. No hay más remedio que seguir adelante, y ¿cómo puedo yo trabajar en medio de una conmoción tan espantosa? Estoy destrozado por el dolor y ¡hay periodistas apostados en cada esquina de la calle!

—¿Conocía bien a la chica?

—¿Está bromeando? ¡Yo la formé, trabajaba casi exclusivamente para mí! ¡Era como mi hija!

—¿Cómo pudo entrar por la noche en su taller?

—¡Tenía una llave! Yo me fío de mi gente, inspectora. ¿Usted no?

Un tipo curioso, el tal Pepín Rodríguez, modisto reputado, nervioso, frágil, de ademanes exagerados y teatrales... Me negaba a caer en el tópico del diseñador gay, pero a veces nada hay más seguro que un buen tópico. Solo con preguntarle a uno de sus empleados ya tuve la confirmación de mi sospecha. «¿Que si es gay Pepín?», fue su respuesta y en ella flotaban los aires de obviedad. «¿Cristóbal Colón?, descubridor de América, naturalmente». 

Perfecto, de ese modo podíamos descartar la relación pasional entre el modelador y su modelo. Ya se sabe que las pasiones no hacen sino enmarañar. Claro que la pasión no era del todo eliminable tratándose de una mujer tan bella. En cualquier caso el modisto tenía coartada. Había cenado en su casa con dos amigos. Ambos se hallaban dispuestos a testificar. Lo harían sin duda alguna, pero de momento nos disponíamos a empezar por la familia como hacíamos siempre.

Luz estaba independizada, vivía en un apartamento del barrio de Sarrià. Los registros que allí efectuamos no nos dejaron conocer ningún rasgo oculto de su carácter. Parecía una muchacha normal y corriente cuya vida se centraba en el trabajo. Leía algunos libros de temas variados, coleccionaba revistas de moda, alguna de decoración, y oía música moderna en su nuevo y flamante compact disc. 

En las paredes del dormitorio se alineaban pósteres de los personajes más contradictorios entre sí: el Papa, Brad Pitt, Martina Navratilova, Che Guevara... Pero todos estamos habituados al eclecticismo de los mitos, de modo que pocas enseñanzas pueden sacarse sobre las ideas de una persona que los selecciona quizás al azar. 

Distribuidas por toda la vivienda había muchas fotos enmarcadas: Luz en un desfile, Luz con otras modelos al lado de Pepín, Pepín y Luz en una fiesta, Pepín solo con un trofeo en las manos... Estaba claro que el modisto era algo más que su patrono, quizás debiéramos considerarlo como su mentor.

Nada hacía pensar que la chica tomara drogas, llevara una vida desordenada o estuviera conectada a algún tipo de marginación. A la vista de su apartamento tampoco le faltaban medios económicos. Seguros de que de allí no sacaríamos nada más, pasamos a visitar a la familia. 

En ese punto se acabó el ambiente de sofisticación. El matrimonio Ribó y sus dos hijos adolescentes vivían en la calle Virrey Amat, un barrio de clase trabajadora de los más despersonalizados de Barcelona. El padre era conductor de autobús. De lo primero que fuimos testigos fue de la absoluta desolación que reinaba allí. 

El menguado piso estaba lleno de gente: vecinos, amigos, familiares, todos se sentaban en sillas y suspiraban, al tiempo que había un curioso tráfico de mujeres que servían refrescos y tazas de café. Pedimos hablar con los padres a solas. Estaban devastados, como si sobre ellos hubiera caído una inundación o un terremoto. A duras penas conseguían mantener la dignidad. Fue la madre quien reunió el coraje suficiente para responder a nuestras preguntas mientras su marido tenía la mirada fija en la pared.

Tal y como habíamos previsto, el relato de las circunstancias y la personalidad de Luz estaba altamente idealizado. Su hija poseía un montón de virtudes, todos los perfiles de un cuadro angelical. Era amable, bondadosa, buena hija, cariñosa, trabajadora y responsable. A ellos nada les faltaba, pero, sin embargo, la chica siempre se había empeñado en ayudarles con alguna cantidad al mes. Y les hacía regalos: un gran televisor de pantalla panorámica, motocicletas para sus hermanos, anillos de oro... De vez en cuando interrumpía su enumeración para llorar.

—¿Cómo empezó su hija en el mundo de la moda, señora Ribó?

—El señor Pepín puso un anuncio en el periódico pidiendo modelos y ella se presentó. Como era tan guapa la escogieron.

—¿La escogió el señor Pepín personalmente?

—Sí, y entonces la envió a una escuela de modelos para que aprendiera. Él se lo pagó todo, dijo que tenía muchísimo futuro. Luego le dio trabajo en su empresa.

—¿Siempre se ha portado bien con ella?

—¿Bien?, era como su segundo padre.

—¿Ustedes lo conocen?

—Lo hemos visto un par de veces.

—¿No ha venido por aquí a darles el pésame?

—Llamó por teléfono ayer. Dice que está tan destrozado que no puede ni acercarse a nuestra casa, que cuando se encuentre más repuesto nos telefoneará.

—Entiendo. Una pregunta más. ¿Sabe usted si su hija tenía algún novio o salía con alguien?

—Creo que no.

—¿Cree?

—Mi hija estaba siempre muy ocupada, venía a visitarnos y nos contaba que se pasaba la vida trabajando. Viajaba al extranjero, hacía sesiones de fotos, ni siquiera podía tener amigas como cualquier chica de su edad.

En ese momento el padre de la chica se echó a llorar inopinadamente.

—Si hubiera tenido una profesión normal aún estaría viva. Si hubiera sido dependienta, o camarera.

La mujer se volvió bruscamente hacia él.

—¿Quieres dejar eso ya? ¡Quién sabe lo que podría pasar si las cosas fueran de otra manera, pero son como son!

—Yo no quería que se hiciese modelo.

—Tú hubieras querido que viviera como yo, toda la vida metida en casa y sin un duro.

—Señores, por favor... —intenté cortar cualquier posibilidad de discusión enconada. El hombre volvió a mirar a la pared. Y así lo dejamos, mirando a la pared dura y vacía con la que sin duda volvería a encontrarse cada mañana durante el resto de su existencia.

—Un asunto feo, ¿verdad? —le comenté a Garzón cuando salíamos.

—No pinta nada bien.

—Si no hay motivos pasionales, ni drogas, ni temas familiares...

—Permítame decirle, inspectora, que está siendo anticuada e incluso sexista. Suponer que porque se trate de una mujer solo puede haber familia, sexo o caída en la debilidad... ¿Qué me dice del trabajo? Podemos encontrarnos ante un caso de espionaje industrial, de celos profesionales...

—¡Caramba, Fermín, hoy juega usted fuerte!, ¿está pretendiendo darme una lección?

—Ninguna que no haya recibido antes de usted.

—Muy bien, de acuerdo, touchée; pero reconózcame al menos que matar por espionaje no es lo corriente.

—Tampoco estamos en una profesión habitual. Usted sabe que esos diseñadores son como artistas. Imaginemos que Pepín Rodríguez, después de haber criado a esa chica a sus pechos, es un decir, descubre que está pasándole información de sus nuevos modelos a la competencia. ¿No podría haber sufrido una reacción temperamental?

—¡Carajo!, creí que no sabía nada sobre modas.

—Usted siempre tiende a creer que soy como un oso en la caverna pasando la hibernación.

Lo miré con sorna.

—Imposible, Garzón, sería usted incapaz de resistir todo un invierno sin comer.

Un poco de esgrima siempre es positivo. ¿Hasta cuándo me sorprendería mi compañero? No tenía ni idea de si su conjetura podía ser atinada, pero lo sustancial de ella era que apuntaba a Pepín. Sin duda el protagonismo del modisto en la vida de su modelo resultaba lo suficientemente llamativo como para convertirlo en un sospechoso. 

Siempre he desconfiado de las personas que modelan a otras personas, me parece un proceso envenenado de raíz. Los pigmaliones acaban por creerse con derechos sobre sus criaturas, y estas tienden a pensar que todo se lo deben a su mentor.

—No olvidemos que el crimen se cometió con la pistola de Pepín. Aunque no haya sido él el asesino, quien la haya cogido sabía en qué sitio del taller solía guardarla. ¿Ha investigado si tiene licencia?

—La tiene —dijo Garzón—. Y justamente la reflexión que usted hace me inclina a pensar en un problema profesional.

—Pero el diseñador tiene coartada; por cierto, una coartada en la que debemos profundizar. ¿Ha conseguido las direcciones de los amigos que cenaron con él?

—Sí. ¿Quiere que los cite en comisaría?

—Esperemos un poco, me inclino a empezar por las compañeras de trabajo de Luz. Habrá que verlas a todas. ¿Le parece adecuado?

—Me parece de perlas.

—Estaba convencida.

Las chicas eran siete. ¿Compararlas con siete flores resultaría cursi? Me temo que sí; inexacto, además. En realidad eran como siete tallos firmes, enhiestos, flexibles, ondulantes. «La naturaleza es injusta», pensé al ver tanta belleza reunida. Garzón no estaba de acuerdo, por supuesto, o al menos tales injusticias no lo hacían sufrir. Se movía entre ellas con un deje coqueto o, siguiendo con la comparación campestre, como un distinguido abejorro encantado de mariposear.

El interrogatorio a que las sometimos se hallaba cortado por el mismo patrón. Preguntábamos qué tal relación tenían con la muerta, si habían observado cambios en su vida o en su carácter últimamente, si conocían a sus amigos, si tenían datos que las hicieran sospechar de alguien en concreto. 

Lo malo era que sus respuestas se alineaban en idéntica uniformidad. Conocían a Luz, naturalmente, pero no tenían con ella vínculos amistosos especiales, ni sabían qué tipo de personas frecuentaba, aunque imaginaban que no salía demasiado. Eso se revelaba como característica constante, y una de las chicas acertó a explicárnoslo muy bien.

—Nosotras apenas hacemos vida social. Viajamos, tenemos compromisos profesionales, vamos al gimnasio para estar en forma, no salimos por la noche, no bebemos alcohol, no podemos asistir a cenas ni a comidas porque solo tomamos lechuga y comida light... En fin, ya lo ven, no hay tiempo para los amigos.

—Detesto la comida light... —comentó Garzón—, aunque me lo propusieran mil veces nunca me haría modelo.

La chica sonrió divertida, lanzando una mirada de soslayo a la pinta juncal de mi compañero. Luego se volvió hacia mí y añadió:

—¿Han hablado con Lena? Lena y Luz se llevaban bien, eran amigas. Seguro que ella sabe más cosas sobre su vida.

Lena tenía el cuerpo espigado como las otras, los hombros altos, el talle estrecho. Mostraba una boca carnosa, quizá siliconada, y de su actitud emanaba un desprecio sutil, un cierto desencanto.

—¿Que si éramos amigas?, pues sí, hablábamos en los ratos libres.

—¿Cómo era Luz?

—Alegre, más lista que estas otras.

—¿Qué quiere decir?

—Mire, en este oficio todas empezamos creyéndonos que un buen día aparecerá un productor de Hollywood y nos propondrá pasarnos a hacer películas. Pero solo unas pocas nos damos cuenta pronto de que eso no sucederá. Luz era de esas pocas.

—Y, por supuesto, usted también.

—Sí, yo también. Sé que puedo seguir tirando profesionalmente tres o cuatro años más. Se gana dinero y no es un mal trabajo, pero soy una modelo del montón y tengo claro que esto no va a durar toda la vida. En cuanto tenga un poco de pasta ahorrada, mi proyecto es poner una buena tienda de jerseis.

—¿Era Luz de su misma opinión?

—Era más clásica, confiaba en el matrimonio. Pensaba que la solución pasaba por encontrar un buen marido rico.

—¿Y se aplicaba a ello?

—¡Qué va, era un desastre! ¿Han visto esas comedias antiguas americanas que pasan por televisión? Siempre tratan de chicas guapas que aspiran a casarse con un millonario y acaban enamorándose de un pelagatos encantador. Pues Luz hacía lo mismo.

—¿Tenía novio?

—Yo le he conocido tres. Bueno, en realidad solo me presentó a dos. Del último me dijo algo, pero poco. Se había enamorado como una loca de él, esta vez de verdad. Pero no se atrevió a presentármelo, quizá sea basurero o algo peor... ¿Es guapo por lo menos, inspectora?

—No sabemos de quién habla, Lena. Nadie ha aparecido diciendo que es su novio y la familia nos aseguró que Luz no salía con ningún hombre.

Lena se quedó desconcertada. Sus grandes ojos ribeteados de negro me taladraron.

—¿Está segura de la existencia de ese muchacho? —le pregunté.

La voz le tembló un poco.

—No sé, la verdad, me deja de una pieza. Que los padres no supieran nada es normal, nunca les contaba mucho; pero que el tipo no se haya presentado... ¿Se habrá enterado de que está muerta?

—Si la llama a su casa verá que no está, lo normal es que pregunte por ella en el trabajo.

—Iré a investigar si han dejado recados desde ayer —terció Garzón y se ausentó un momento. Al cabo de cinco minutos volvió negando con la cabeza.

—¿Quién podría conocer a ese chico, Lena?

—Le aseguro que no lo sé.

—¿Quizás Pepín?

—Ni hablar. Pepín la tenía dominada, peor que un padre era. Los otros dos novios se los ocultó.

—¿Y qué me dice de la pistola, quién sabía que estaba en ese cajón?

—¡Todo el mundo, inspectora!, era cosa de cachondeo. A mí me parecía que tenerla cargada era una barbaridad. Alguna vez la habían sacado las chicas para gastar bromas. Se lo avisé a Pepín, pero como es así...

—¿Cómo?

—¡Bah, un poco despreocupado!, aunque es un buen hombre, la verdad.

—¿Tiene alguna idea de quién mató a Luz?

—No, ni se me ocurre. Pero le aseguro que ha sido un mazazo para mí. A veces pienso que todas acabaremos igual.

—¿Cómo puede decir algo semejante?

—Nosotras nos exhibimos, inspectora, salimos en las revistas y hay tanto loco suelto...

—Muchos menos de los que cree, se lo garantizo. De la locura no hay que esperar grandes males, existen otras cosas que dan mucho más miedo.

Salimos del taller con un ligero encogimiento de corazón. Yo decía que la chica era realista, pero el subinspector la englobaba en un pesimismo casi anormal. Daba lo mismo, su testimonio fue útil, como lo fueron los datos que nos dio para localizar a los novios de Luz. A todos menos al tercero, naturalmente. 

Preguntamos a todo el mundo en el taller y nadie sabía nada de ningún muchacho que alguna vez hubiera ido a recoger a la muerta, ni que la hubiera llamado, ni que el último día se hubiera presentado de improviso.

—Los fantasmas son invisibles, inspectora.

—Siempre lo son por algún motivo.

—La chica lo ocultaba a los demás.

—¿Por qué?

—Para no perder su trabajo. Las modelos con novio están mal vistas.

—En eso modelos y policías somos iguales.

Localizar al primer novio de Luz fue casi tan fácil como descartarlo. Era vendedor de electrodomésticos y desde hacía un año había sido trasladado por su empresa a una tienda de Valencia. Garzón lo confirmó y su propio jefe le dijo que el joven había estado trabajando normalmente en las fechas del crimen. Punto final a su carrera de sospechoso.

La carrera del novio segundo era bastante más prometedora. Se llamaba Ernesto Guzmán y estaba al frente de un establecimiento de alquiler de películas de vídeo. El día que asesinaron a Luz realizaba el turno nocturno que empezaba a las ocho y acababa a la una de la madrugada. Aparentemente su coartada era perfecta. 

Sin embargo, Garzón y yo pensábamos que podía tener agujeros. ¿Quién nos aseguraba que algún amigo no le había hecho el favor de quedarse una hora en la tienda sustituyéndolo? Una hora no era mucho tiempo, pero sí el suficiente como para llegar hasta el taller de Luz, discutir con ella por motivos amorosos, coger la pistola del cajón (no sería la primera vez que estaba allí) y volver a la tienda con el tiempo justo para cerrarla. 

¿Por qué a Garzón y a mí nos daba por pensar algo semejante? Sin duda por la actitud de Guzmán: estaba celoso y resentido contra la muerta. Al parecer ella lo había abandonado por el enamorado fantasma, no hubo transición del uno al otro. Con una sonrisa irónica y crispada Guzmán nos lo contó.

—Se presentó diciéndome que había conocido a alguien y que eso cambiaba las cosas. Así, por las buenas, como si yo fuera un empleado al que se pudiera despedir.

—¿Le dijo quién era ese alguien?

—No, ni a mí me interesaba saberlo.

—¿Le comentó algún detalle?

—¿Qué pasa, creen que lo ha hecho ese hijo de puta?

—Limítese a contestar, es muy importante.

—Solo me dijo que era un tío que estaba más de acuerdo con su mundo. ¿Qué les parece?, su mundo... como si ella perteneciera a una clase superior. Total era una desgraciada igualito que yo, me había contado que su padre era conductor de autobús. ¡Menuda nobleza! Miren, la verdad es que si no hubiera sido tan guapa a lo mejor no hubiera pasado nada de esto. Se salió de lo que le correspondía y esa ha sido su perdición.

Le pedí a Garzón que alguien siguiera a aquel hombre las veinticuatro horas del día. Empezamos también a investigar quién había entrado o salido de la videoteca de las doce a la una del día de autos para verificar si Guzmán estaba al frente. Garzón era escéptico ante estas precauciones.

—Este tipo no se la ha cargado, inspectora, no la pondría tan verde delante de nosotros.

—Seguramente piensa que es eso lo que vamos a creer. Además, lo mismo dijo el padre de la chica y seguro que no se la cargó: «Si no hubiera sido modelo...». Ya ve cómo son ustedes los hombres, subinspector, en cuanto una mujer se libra de su destino miserable...

—Yo creo que es más bien una cuestión social. Cuando uno de clase baja se libra de su destino miserable...

—No le digo que no, pero si hubiera sido un hombre al que se hubieran cepillado nadie le hubiera echado en cara medrar. Al contrario, hubieran dicho que se defendía bien en la vida.

—¿De verdad piensa eso, inspectora?

—No estoy muy segura.

—Entonces no me joda y sigamos trabajando.

No era un prodigio de tacto, mi compañero, pero sus análisis tampoco estaban tan mal. Además, llevaba razón en lo del trabajo. Dejar pasar el tiempo tras los primeros días de un crimen es alejar la posibilidad de una resolución. Nos fuimos a comisaría donde habíamos citado por turno a las dos personas que declararon haber estado con Pepín Rodríguez la noche del asesinato. Debíamos llevar a cabo una comprobación más minuciosa.

El primero de ellos era su viejo amigo de toda la vida, también diseñador, aunque de ropa masculina. En nada se parecía a Pepín. Era gordo, fuertote, relajado, aunque por el modo en que gesticulaba y andaba vestido tampoco podíamos albergar dudas de que era gay. 

Sus pestañas aleteaban más que la Pavlova en El lago de los cisnes, movía las manos al estilo minué y exhibía una camisa brillante con tantas chorreras como un buen jamón. Corroboró la coartada de su colega: aquella noche los había invitado a cenar para enseñarles los nuevos diseños de la colección que preparaba.

—Y fuimos encantados, desde luego, son más de veinte años de amistad. ¿Le ha contado Pepín que somos del mismo pueblo? Nadie daba nada por nosotros cuando salimos, todo eran bromas de mal gusto, escarnios y luego ya ve, han tenido que callarse. Claro que hablo de otros tiempos, la gente era muy atrasada; cuando se lo explico a Lolo ni siquiera se lo cree, pero él es tan joven aún...

—¿Lolo?

—¡Ay, sí, perdone, por Dios!, Manolo García, es el chico que está fuera para pasar a declarar. Lo llevé conmigo a la cena de esa noche. No crea que le gusta venir a nuestras cenas, dice que somos unos carrozas que no paramos de hablar de cosas del pasado, pero como no tenía nada mejor que hacer... Él también es modelo, la joya de mis muchachos.

—¿Vive con usted?

Se quedó mirándome con aire de escándalo. Soltó una carcajada de falsete.

—¡Por favor, inspectora, qué indiscreción!, usted ya sabe cómo son estas cosas, él tiene su apartamento. Además, ¿qué es eso de vivir?: vivir, amar, quizás soñar...

Nos regaló un nuevo arpegio de su voz atiplada.

—Muy bien, señor Masrovira, tendrá que venir otro día a firmar su declaración.

Manolo García corroboró la versión de su jefe. Era un chico extremadamente guapo, pero estaba violento y cohibido. Comprendí que aparecer en público como el amante protegido del orondo Edelio Masrovira no debía ser plato de gusto para él. Salió de nuestro despacho corriendo como el viento, dejando tras de sí una estela de perfume excesivo que formaba una mezcolanza infame con el perfume excesivo anterior.

—Hemos topado con la Orden de la Mariconería en pleno, ¿no le parece, inspectora?

—El tal Edelio debe ser el Gran Maestre.

—¿Y qué me dice de Pepín?

—Pues que ya va siendo hora de interrogarlo como Dios manda. Vamos a su taller, con la coña de la colección se pasa la vida allí encerrado. Estoy convencida de que Luz debió contarle algo de su novio fantasma.

—¿Ha pensado que se trate de un hombre importante?, recuerde las palabras de Guzmán: era alguien más cercano a su mundo.

—Pepín sabrá si alguno de sus clientes tuvo contacto con ella.

—A lo mejor no quiere escándalos y está intentando protegerlo.

—¿Le parece poco escándalo tener un cadáver en la colección de invierno? Les presentaremos el modelo Mortaja, con acabado en crepé y delicado canesú.

Garzón se estremeció y me miró ceñudo.

—¡Carajo, Petra! Con todos los respetos, hay veces que no entiendo su sentido del humor.

El taller de Pepín Rodríguez se había convertido en un auténtico hervidero. ¡Ni en sus sueños eróticos más alborotados había podido imaginar Garzón nada igual! Las modelos corrían medio desnudas de un lado para otro, daban gritos, se sometían a las manos de costureras y peluqueros. 

Cuando pasaban a nuestro lado sonreían o nos miraban con cara de circunstancias. Tenían pieles aterciopeladas y ojos exageradamente maquillados, dientes blancos. Perdí a Garzón entre aquel trajín, y entonces fue cuando localicé a Rodríguez dando los últimos toques a la falda de una modelo. Puso los ojos en blanco al verme.

—¡Por Dios, inspectora!, ya me extrañaba que no me hicieran ampliar mi primera declaración. Aunque la verdad es que no he tenido tiempo de extrañarme, ni de pensar siquiera. Lo cual es perfecto, porque en cuanto presente la colección empezaré a darle vueltas a lo que ha pasado y me hundiré por completo.

Mientras hablaba, pinchaba alfileres sobre la túnica que lucía una chica angulosa.

—¿Podemos hablar en privado un momento?

—Le advierto que con mis niñas no tengo secretos.

—Por favor.

Me siguió de mala gana hasta un rincón después de haber dado un montón de indicaciones a la modista que lo sustituyó en la labor de pruebas.

—¿Han averiguado algo? —me preguntó cuando estuvimos solos.

—Señor Rodríguez, las pistas que tenemos nos llevan a pensar en los novios de Luz.

Dio un respingo malhumorado.

—Los novios, naturalmente, los novios; ese era su punto flaco. Se lo advertí más de mil veces, la avisé, pero no me hizo caso.

—¿Estaba usted al corriente?

—¡No! ¿Cree que me hubiera dicho algo? Ella sabía que esta profesión exige una entrega total durante unos años, ¡como si hubieras ingresado en un convento! Yo no sabía nada, pero veía cosas, me imaginaba otras. Sí, los novios, los dichosos novios. ¿Quién les ha contado eso?

—Lena, su compañera.

—Se hicieron muy amigas. Fue una mala influencia para Luz. Es una chica rebelde, follonera, que frecuenta ambientes poco recomendables. Le he soportado demasiadas cosas. Acabo de despedirla.

—¿Por qué?

—La gota que colma el vaso. Vino con la pretensión de organizar un plante si no se garantizaba a las modelos su seguridad. ¡Imagínese, a un día de la presentación! He contratado a una modelo de agencia. Nadie es insustituible.

—Lo lamento por ella.

—¿Les ha dicho quiénes eran esos novios?

—No ha sido una información completa. A ese respecto pensábamos que quizás usted pudiera ayudarnos.

—Ya ve que no.

—¿Existe la posibilidad, aunque no esté seguro, de que Luz hubiera empezado a salir con algún cliente, o quizás algún director de empresa, alguien importante en el mundo de la moda?

Se quedó parado un momento, pensando.

—¡Y quién sabe, era tan inconsciente que igual llegó hasta a eso, el más grave de los errores! Espero que si se trata de uno de mis clientes o del marido de una clienta actúen ustedes con la máxima discreción.

—No se preocupe, pero no tendré más remedio que pedirle una lista de esos clientes habituales.

—No me hace ninguna gracia pero se la daré, supongo que no puedo permitirme el lujo de obstruir a la Justicia.

Había esperado más resistencia. Iba a agradecerle su colaboración cuando sonó mi teléfono móvil. Aprovechó la ocasión para volver a sus jóvenes diosas. Era Coronas, el comisario.

—¿Petra? Al parecer han pescado a una de las modelos del tal Pepín Rodríguez intentando comprar una pistola en los bajos fondos.

—¿Cómo se llama?

—Lena no sé qué. Deberían venir ahora mismo, la tenemos en comisaría.

Cuando acudí a buscar a Garzón lo hallé en una situación inverosímil. Rodeado de una buena docena de modelos en casi desabillé, estaba contándoles algo que las mantenía ensimismadas por completo. Él se encontraba en idéntica actitud de embeleso, ni siquiera me vio.

—¿Puedo interrumpir la investigación, subinspector?

—¡Ah, sí, Petra!; en realidad solo estábamos charlando. Estas señoritas se interesan por el funcionamiento de la policía y ya sabe, es un deber ciudadano informar.

—Soy consciente de ello.

En el coche tuve la persistente sensación de que mi compañero no me escuchaba del todo, inmerso aún en su minuto de gloria entre pimpollos.

—¿Le parece Lena una sospechosa aceptable?

—Es aceptable cuando no hay nada seguro.

—¿Por qué demonios estaría intentando comprar una pistola?

La respuesta que nos dio la detenida fue simple: «Tenía miedo».

—Ha habido un asesinato y ustedes no consiguen averiguar quién ha sido. Supongo que tengo derecho a protegerme.

—¿De quién?

—¡No sé de quién! Ya ve cómo es este asunto, nosotras somos como el ganado, se nos explota y luego a la calle. Puede haber algún loco asesinando modelos por ahí.

—¿Quién le dijo dónde comprar una pistola?

—Tengo buenos amigos.

—Eso nos dijo Pepín Rodríguez.

—¡A saber qué les habrá dicho Pepín! ¿Y él, no puede haber matado él mismo a Luz? Al fin y al cabo no lo he visto demasiado triste por esa muerte; sigue pensando solo en su jodida colección.

—Él estuvo cenando esa noche con el diseñador Edelio Masrovira y otro amigo.

—¿Con ese cerdo?

Garzón se impacientó.

—Mire, Lena, puede que se encuentre usted resentida y asustada; pero con todo esto no vamos a ninguna parte. Ni insultos ni críticas van a librarla de sus responsabilidades.

—¡Yo tampoco lo pretendo, pero no me da la gana de pasar por una delincuente y que todos esos tíos vayan de respetables! Puede que Edelio sea un diseñador muy importante, pero también es un baboso que cada vez que ha venido por el taller ha intentado tocarme y besuquearme. Así que no retiro lo de cerdo.

Nos quedamos sorprendidos y callados. Por fin mi compañero preguntó quedamente:

—¿Y por qué haría una cosa así?

Incluso disculpé a la hermosa Lena cuando le respondió pletórica de sorna:

—¿Usted qué cree, subinspector?

No digo que nos dejáramos seducir inmediatamente por la posibilidad que Lena apuntaba, pero lo cierto fue que, sin librarla de sospechas, su comentario airado sobre Edelio abrió una puerta frente a nosotros que nos dispusimos a franquear. No sería la primera persona que le daba a ambos sexos. Al fin y al cabo, la opción de Lena como asesina no nos convencía a ninguno de los dos. Le faltaba un móvil adecuado. 

Solo la eventualidad de que Edelio fuera el novio invisible de Luz nos alargaba los dientes de placer. Claro que entonces Pepín Rodríguez debía haber mentido para proporcionarle una coartada, y lo mismo el joven amante de Edelio. Pero, entonces, ¿por qué la mató? —Ella lo amenazó con un escándalo, o quizás incluso estaba siendo víctima de un chantaje. ¿Y qué me dice de la siguiente conjetura?: Lena y Luz, hartas de los acosos de Edelio, se compincharon para ligárselo y después sacarle pasta. El tipo reaccionó mal y se la cargó. Eso explicaría que Lena esté asustada y que no confiese toda la verdad.

Escuché atentamente la teoría de Garzón. Tenía miga. Lo malo era que, para iniciar la averiguación, debíamos estar seguros de la bisexualidad del sujeto. Garzón estuvo investigando en el entorno de Edelio durante un par de días, y lo mismo hice yo en varios bares de ambiente gay que Pepín frecuentaba. 

Pero determinar las preferencias de alguien por vía interpuesta es muy complicado, y si la vía es policial, muchísimo más. El subinspector no encontró a nadie dispuesto a mojarse. «¿Que si Edelio es gay?, quizás. ¿Que si le gustan las mujeres?, ¡y a quién no!». Un montón de frases tan ambiguas como el motivo que las provocaba. Yo no tuve más suerte. Los camareros de los bares de alterne habían perdido la memoria al unísono, todos víctimas de la conocida amnesia protectora del cliente.

—No hay más remedio que echarle cojones, inspectora.

—¡Ay, por favor, Garzón, no utilice esos términos tratándose de temas semejantes!, dígame simplemente qué propone que hagamos.

—Una emboscada a Edelio. Lo convocamos a comisaría, lo acorralamos y le decimos que Lena ha confesado. Juraría que es batalla ganada, ya verá.

—¡Joder, un procedimiento muy poco legal, y encima arriesgado!

—No conozco estrategia sin riesgo.

—¡Deje de expresarse como un general!

—¡Y usted deje de criticar mi manera de hablar y decídase!

Me decidí, y no sé si fue por causa de la autosugestión, pero el caso es que me pareció que Edelio entraba en mi despacho acobardado. A Garzón debió parecerle lo mismo porque en cuanto lo tuvo a tiro aprovechó el momento psicológico y le disparó:

—Hay una confesión contra usted, será mejor que lo sepa desde el principio.

Aunque era mayor y corpulento, el tipo dio un salto en la silla. Se puso blanco al punto y balbuceó:

—¿Una confesión? Disculpe, no sé de qué me habla.

—Sí que lo sabe, sí, Lena ha confesado.

Noté que se desconcertaba.

—¿Y quién es Lena?

—No disimule, es una modelo de la agencia de Pepín Rodríguez.

Volvió la cara hacia mí.

—¿Qué quiere decir con eso?, no logro entender...

Su expresión de sorpresa me dio miedo, quizás no era esa la manera; intenté atajar:

—Esa chica nos ha contado que es usted bisexual, señor Masrovira, espero que comprenda cuál es su postura en estos momentos y decida hacer lo mejor para usted.

Pero su cara no perdía el rictus de extrañeza. Pensé que estábamos metiendo la pata de manera espantosa. Por desgracia, Garzón reiniciaba su ataque ya imparable:

—¡No me joda, Edelio, no finja no entender! Da igual si sabe quién es Lena o no. El caso es que sabemos que a usted también le gustan las tías y que se cargó a Luz.

—Pero ¿quién les ha dicho eso?

—¡Acabo de explicarle que quién es lo de menos! ¡Se le ha caído el pelo y en paz! ¿Qué hacía la chica, lo chantajeaba o solo lo amenazó con armar un jaleo en los periódicos? A lo mejor lo único que hizo fue negarse a follar con usted.

Tenía los ojos abiertos de par en par. Estaba paralizado, enloquecido de terror. Me miró buscando protección, movió la boca sin emitir palabras. Yo le devolví la mirada con total frialdad. Por fin dijo:

—Inspectora... —y de nuevo alargó sus manos hacia mí. Garzón seguía acosándolo sin pausa.

—Inspectora... —repitió de modo entrecortado.

—Lo siento, Edelio, no tiene salida, diga la verdad.

—No fui yo, no fui yo.

Garzón le pegó un grito inhumano:

—¡Suelta la verdad de una puta vez!

Ante mi asombro, Edelio gritó también:

—¡Basta! Inspectora, dígale que se calle, por favor; quiero hablar, lo intento, pero no puedo hacerlo así.

Me acerqué a él y le puse una mano en el brazo. Él me la cogió con vehemencia.

—Inspectora, quiero saber si ha sido Pepín quien les ha contado que yo asesiné a la chica. ¿Ha sido él o Lolo?

Completamente a bulto y al borde del infarto susurré:

—Ha sido él.

Entonces el diseñador apretó los dientes, se retrepó en la silla e intentó recobrar la compostura.

—Inspectora, todo esto es cosa de locos, quiero que me escuche y me crea. Es imprescindible que me crea, voy a decir la verdad.

Le hice un gesto a Garzón para que no se le ocurriera proseguir su acoso. Edelio dio un profundo suspiro dolorido y comenzó su confesión:

—En primer lugar, quiero que sepan que yo no maté a Luz. Lo único que hice fue secundar una coartada que nunca existió. Supongo que eso me convierte en cómplice, pero no en asesino, desde luego. A Luz la mató Pepín, él mismo me lo dijo. Se presentó en mi casa desesperado; había tenido una terrible pelea con ella y perdió los estribos, le disparó.

—¿Una pelea, por qué motivo?

—Cuestión pasional.

—¿Pero Pepín no es gay?

—Pepín sí, pero yo no, tampoco bisexual; puede que sea un solterón, putero incluso, pero solo me gustan las mujeres, lo digo muy en serio.

—¿Y entonces Lolo, su joven amante?

—No es mi amante, sino el de Pepín. Tengo testigos para todo lo que digo. Yo aquella noche me quedé trabajando en mi estudio hasta las dos de la mañana. El guardia de seguridad que cuida los apartamentos se lo confirmará, estuvimos charlando un rato cuando salí.

Garzón se impacientó.

—Un momento, un momento, no entiendo nada. ¿Quiere aclararnos todo ese lío de amantes y sexos?

—Es muy sencillo. Pepín estaba muy enamorado de Lolo; eran amantes desde hace más de un año, aunque lo llevaban con la mayor discreción. Pero un buen día Lolo y Luz se liaron. No me pregunte cómo pudo suceder porque no lo sé. Quizás el chico sí era bisexual, aunque yo me inclino a pensar que estaba con Pepín por interés. No le faltaba de nada con él, ¡hasta yo le daba un trato de favor en mis colecciones por recomendación de mi amigo! Cuando Pepín se enteró de la historia se puso como loco, no podía soportar una traición doble: su protegida y su amor al mismo tiempo. Se demenció, intentó separarlos, los amenazó, pero la chica le plantó cara. Aquella noche, en una discusión violenta, perdió el juicio y la mató. Él me juró que no fue premeditado.

—¿Y el chico?

—Al chico consiguió acojonarlo, le juró que si decía algo lo implicaría, que se vería tirado en la calle haciendo de chapero miserable, que contrataría a alguien para matarlo también. ¡Qué sé yo!, perdió el juicio, y el chico se avino a callar.

—¿Y usted?

—Yo me avine a representar la mascarada de la falsa cena, a hacerme pasar por homosexual delante de ustedes, a cargar con el falso amante... En fin, todo era horrible, pero lo hice por amistad.

—Eso cuénteselo al juez. ¿Y Lena, sabía algo Lena de toda la historia?

—No tengo ni idea.

—Supongo que Luz le contó algo. Por eso estaba asustada hasta el punto de intentar comprar una pistola. ¿Lo entiende, Garzón?

—¡Vaya que si lo entiendo!, hay que joderse, ¿eh?

En efecto, había que joderse: una complicada historia sentimental que fue fácilmente corroborable. Dos segundos después de hacerle la primera pregunta del interrogatorio a Lolo Sánchez, este se echó a llorar. Un desmoronamiento en toda regla. 

Lloró y lloró, y entre lágrima e hipido, vino a decir lo mal que se sentía y hasta tuvo el cuajo de reflexionar sobre el triste papel de los modelos profesionales, siempre en manos de los demás como simples objetos. Al final se maldijo a sí mismo por no haber demostrado siquiera la dignidad de señalar al asesino de la mujer que amaba.

—¿Pero usted cree que la amaba? —me preguntó Garzón cuando el caso estaba ya cerrado y tomábamos una copa en el bar.

—¡Yo qué sé!; en las historias pasionales todo se mezcla: amor, orgullo, miedo, interés...

—Pues el jodido Pepín ni siquiera después de haber confesado parecía arrepentido.

—¡Al menos él actuó, no se dejó manipular como hicieron esos chicos!

—Es verdad, los ve uno tan guapos, tan sofisticados, tan superiores con su metro ochenta, pero luego rascas y...

—Porque todos estamos modelados en barro, Fermín, no hay más.

—¡Ni que lo jure!; claro que prefiero el barro al plástico, no sé qué pensará al respecto.

—¿Y qué me dice de uno de esos nuevos materiales?

—¿Un Adán y una Eva de PVC?

Nos reímos un rato en plan relajado y seguimos charlando sobre materiales de construcción. Era un tema neutro e insólito, quizás un antídoto inconsciente contra tanto barro y tanta carnalidad.