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Mostrando las entradas etiquetadas como milagro

Cuento cubano - Guillermo Cabrera Infante

Una mujer. Encinta. En un pueblo de campo. Grave enfermedad: tifus, influenza, también llamada trancazo. Al borde de la tumba. Ruegos a Dios, a Jesús y a todos los santos. No hay cura. Promesa a una virgen propicia: si salvo, Santana, pondré tu nombre Ana a la criatura que llevo en mis entrañas. Cura inmediata. Pero siete meses más tarde, en vez de niña nace un niño. Dilema. La madre decide cumplir su promesa, a toda costa. Sin embargo, para atenuar el golpe y evitar chacotas deciden todos tácitamente llamar al niño Anito.

Chu-bu y Sheemish - Lord Dunsany

Los martes por la tarde era costumbre en el templo de Chu-bu que el sacerdote entrara y cantara: "Nadie existe salvo Chu-bu". Y toda la gente se alegraba y gritaba: "Nadie existe salvo Chu-bu". Y ofrecían miel a Chu-bu, y maíz y manteca de cerdo. De esta manera era glorificado. Chu-bu era un ídolo algo antiguo, como puede comprobarse por el color de la madera. Había sido esculpido en caoba y después pulimentado. Luego lo habían erigido sobre un pedestal de diorita con un brasero delante para quemar especias y dorados platos llanos para la manteca. De esta manera adoraban a Chu-bu. Debía haber estado allí más de cien años, cuando un día los sacerdotes llegaron al templo con otro ídolo y lo erigieron sobre un pedestal cerca de Chu-bu, cantando: "También existe Sheemish". Palpablemente Sheemish era un ídolo moderno, y aunque su madera había adquirido un tono rojo oscuro, podía uno figurarse que acababa de ser esculpido. Y ofrecieron miel a Sheemish lo...

Milagro - José Luis Zárate

       Dorian Gray presenció el terrible milagro. Él cambiaba día a día, convirtiéndose en un monstruo arrugado, con manchas hepáticas, dientes caídos, perdiendo todo el pelo y su retrato en la pared permanecía inalterable, feliz, siempre joven.

Milagro en la Luna - Kurt Karl Doberer

  Hacía algunos minutos que la antena direccional instalada en las anchas espaldas de mi termocoraza no recibía las señales... Comprobé el paso de los minutos en el cronó­metro, para girar en círculo. Pero el zumbador per­maneció mudo. El campamento ocho no enviaba la acostumbrada serie de ondas intermitentes. Preocupado, moví la cabeza dentro de la esca­fandra de plástico y acerqué la boca al micro. El leve crujido de la membrana me demostró que la ligera presión había sido suficiente para conectar debidamente el emisor... ¡Al menos me tenían que oír! —¡ Hallo, hallo ! —dije, sin duda de manera algo brusca y excitada—. ¡ Hallo, hallo ! ¡Aquí habla Dalton! Pero todo parecía estar en orden. Apenas trans­curridos unos segundos, me contestó una voz grave y tranquila: — ¡Hallo , aquí el campamento! Le oímos, Dalton. Como de costumbre, no logré distinguir si era Mellton, el jefe, o nuestro técnico Maier. Supuse que sería este último. —¿Qué ocurre con...? —¿La señal? Ya v...