Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Chu-bu y Sheemish - Lord Dunsany
Los martes por la tarde era costumbre en el templo de Chu-bu que el sacerdote entrara y cantara: "Nadie existe salvo Chu-bu".
Y toda la gente se alegraba y gritaba: "Nadie existe salvo Chu-bu". Y ofrecían miel a Chu-bu, y maíz y manteca de cerdo. De esta manera era glorificado.
Chu-bu era un ídolo algo antiguo, como puede comprobarse por el color de la madera. Había sido esculpido en caoba y después pulimentado. Luego lo habían erigido sobre un pedestal de diorita con un brasero delante para quemar especias y dorados platos llanos para la manteca. De esta manera adoraban a Chu-bu. Debía haber estado allí más de cien años, cuando un día los sacerdotes llegaron al templo con otro ídolo y lo erigieron sobre un pedestal cerca de Chu-bu, cantando: "También existe Sheemish".
Palpablemente Sheemish era un ídolo moderno, y aunque su madera había adquirido un tono rojo oscuro, podía uno figurarse que acababa de ser esculpido. Y ofrecieron miel a Sheemish lo mismo que a Chu-bu, y también maíz y manteca de cerdo.
La furia de Chu-bu no conoció límite de tiempo estuvo furioso toda la noche y al día siguiente todavía lo estaba. La situación exigía inmediatos prodigios. Seguramente el ídolo no tenía potestad para devastar la ciudad con una peste que matara a todos sus sacerdotes, por lo que sabiamente concentró los poderes divinos que tenía a fin de originar un pequeño terremoto. "Así -pensaba Chu-bu- me reafirmaré como único dios, y los hombres escupirán sobre Sheemish".
Chu-bu insistió y volvió a insistir, mas el terremoto no llegaba todavía, cuando de pronto se dio cuenta de que el aborrecido Sheemish osaba tratar de hacer un milagro también. Dejó de ocuparse del terremoto y estuvo atento -¿o debería decir con todos los sentidos alerta?- a lo que Sheemish estaba pensando, pues los dioses se enteran de lo que pasa en la mente gracias a un sentido distinto a los otros cinco. Sheemish trataba también de provocar un terremoto.
El móvil del nuevo dios era probablemente hacer valer sus derechos. Dudo que Chu-bu comprendiera o se preocupase lo más mínimo por ese motivo; para un ídolo inflamado de celos era suficiente que su detestable rival estuviera a punto de hacer un milagro. Todo el poder de Chu-bu viró inmediatamente en redondo, oponiéndose resueltamente al terremoto, por pequeño que éste fuera. Durante algún tiempo todo siguió igual en el templo de Chu-bu, sin que se produjera ningún terremoto.
Ser un dios y no poder realizar un milagro es una sensación desesperante; es como si un hombre decidiera estornudar y no le saliera el estornudo; como si alguien intentara nadar provisto de pesadas botas o pretendiera recordar un nombre completamente olvidado: todos estos sufrimientos padecía Sheemish.
Y el martes llegaron los sacerdotes y los fieles, y todos adoraron a Chu-bu y le ofrecieron manteca de cerdo, diciendo: "Oh, Chu-bu, que has creado todo"; y luego los sacerdotes cantaron: "También existe Sheemish"; y Chu-bu se avergonzó y no habló en tres días.
En el templo de Chu-bu había pájaros sagrados, y al acercarse el tercer día y su noche, la mente de Chu-bu descubrió, por así decirlo, que había excrementos en la cabeza de Sheemish.
Chu-bu habló a Sheemish como hablan los dioses, sin mover los labios ni siquiera alterar el silencio, diciendo: "Hay excrementos en tu cabeza, oh, Sheemish". A lo largo de toda la noche murmuró una y otra vez: "Hay excrementos en la cabeza de Sheemish". Y cuando al amanecer se oyeron voces a lo lejos, Chu-bu se mostró exultante con el despertar de las cosas de la Tierra, y exclamó hasta que el sol estuvo alto: "Excrementos, hay excrementos en la cabeza de Sheemish"; y al mediodía dijo: "Por tanto, Sheemish debe de ser dios". De esa manera dejó confundido a Sheemish.
Y el martes llegó alguien y lavó su cabeza con agua de rosas, y de nuevo fue adorado y le cantaron: "También existe Sheemish". Y Chu-bu todavía estaba contento, pues decía: "La cabeza de Sheemish ha sido profanada", y de nuevo: "Su cabeza fue profanada, eso está bien". Y he aquí que una tarde había también excrementos en la cabeza de Chu-bu, circunstancia de la que se apercibió Sheemish inmediatamente.
Con los dioses no ocurre como con los hombres. Nosotros nos enfadamos unos con otros y cambiamos continuamente de parecer, mas la ira de los dioses es perdurable. Chu-bu recordaba y Sheemish no olvidaba. Hablaron entre ellos como nosotros no solemos hacer, en silencio, pero oyéndose uno al otro, y sus puntos de vista no fueron como los nuestros. No deberíamos juzgarlos solamente mediante criterios humanos.
A lo largo de toda la noche hablaron y en todo ese tiempo únicamente pronunciaron estas palabras: "Sucio Chu-bu". "Sucio Sheemish". "Sucio Chu-bu". "Sucio Sheemish" toda la noche. Al amanecer su ira no se había agotado, ni se habían hartado de acusarse mutuamente. Y, poco a poco, Chu-bu vino a darse cuenta de que no era más que el igual de Sheemish.
Todos los dioses son celosos; mas esta igualdad con el adversario Sheemish, un objeto de madera pintada cien años después que el propio Chu-bu, y la adoración a él prestada en el templo del mismo Chu-bu, eran particularmente amargas.
Aunque fuera dios, Chu-bu era celoso; y cuando llegó de nuevo el martes, tercer día de la adoración a Sheemish, Chu-bu no pudo soportarlo más. Sentía que debía manifestar su enojo a toda costa, y con toda la vehemencia de su voluntad reanudó sus intentos de provocar un pequeño terremoto.
Nada más irse del templo los adoradores, Chu-bu se concentró a fin de realizar el milagro; de vez en cuando sus meditaciones se veían alteradas por la ya familiar máxima "Sucio Chu-bu"; mas Chu-bu perseveraba ferozmente, sin dejar de decir lo que quería decir y ya había dicho novecientas veces, y pronto cesaron incluso esas interrupciones.
Cesaron porque Sheemish había retomado un proyecto que nunca había abandonado del todo: el deseo de exaltarse e imponerse a Chu-bu, realizando un milagro; y, como estaban en una zona volcánica, había elegido un pequeño terremoto como milagro más fácilmente asequible a un dios pequeño.
Ahora bien, un milagro solicitado a la vez por dos dioses tiene el doble de probabilidad de cumplirse que si es deseado por uno solo, y una posibilidad incalculablemente mayor que cuando dos dioses tiran cada uno por su lado; como ocurre en el caso de dioses más antiguos y más importantes: cuando el sol y la luna apuntan a la misma dirección tenemos las mayores mareas.
Chu-bu nada sabía de la teoría de las mareas, y estaba demasiado ocupado con su milagro para darse cuenta de lo que Sheemish estaba haciendo. Y súbitamente se consumó el milagro.
Fue un terremoto muy localizado, pues existen otros dioses además de Chu-bu o incluso Sheemish, y éstos habían querido que fuera pequeño; mas derribó algunos monolitos de una columnata que soportaba un ala del templo e hizo caer todo un muro del mismo; y las humildes casuchas de los habitantes de aquella ciudad temblaron un poco, y algunas puertas se bloquearon y no podían abrirse. Ni Chu-bu ni Sheemish pretendían hacer nada más; mas habían puesto en marcha una vieja ley más antigua que el propio Chu-bu: la ley de la gravedad, que aquella columnata había aplacado durante centenares de años; y el templo de Chu-bu se estremeció, luego se tambaleó una vez y finalmente se derrumbó sobre las cabezas de Chu-bu y Sheemish.
Nadie lo reconstruyó, pues nadie osaba acercarse a dioses tan terribles.
Algunos dijeron que Chu-bu hizo el milagro; otros dijeron que fue Sheemish; y se originó un cisma. Los más débiles, alarmados por el encono de las sectas rivales, buscaron un término medio y dijeron que ambos lo habían realizado; mas ninguno de ellos adivinó la verdad: que lo hicieron por rivalidad.
Y un rumor surgió, y ambas sectas lo compartieron: quien tocase a Chu-bu o mirase a Sheemish, moriría.
Así fue como adquirí a Chu-bu cuando una vez realicé un viaje más allá de las colinas de Ting. Lo encontré en el derrumbado templo de Chu-bu: sus manos y dedos de los pies sobresalían de los escombros, y estaba tendido boca arriba. Y en esa misma postura en que lo encontré lo he mantenido hasta la fecha sobre la repisa de la chimenea; de esa manera está menos expuesto a ser derribado. Sheemish estaba roto, de manera que lo dejé donde estaba.
Y Chu-bu parece tan desvalido, con sus regordetas manos alzadas, que , a veces, me entran ganas de inclinarme ante él y rezarle, diciendo: "Oh, Chu-bu, tú que lo has creado todo , socorre a tu siervo".
Chu-bu no puede hacer mucho, aunque estoy seguro de que en cierta ocasión en una partida de bridge me envió un as de triunfos, después de que en toda la velada no había tenido una sola carta que mereciera la pena. La suerte podía haber hecho por mí otro tanto, mas eso no se lo conté a Chu-bu.
Milagro - José Luis Zárate
Dorian Gray presenció el terrible milagro. Él cambiaba día a día, convirtiéndose en un monstruo arrugado, con manchas hepáticas, dientes caídos, perdiendo todo el pelo y su retrato en la pared permanecía inalterable, feliz, siempre joven.
Milagro en la Luna - Kurt Karl Doberer
Hacía algunos minutos que la antena direccional instalada en las anchas espaldas de mi termocoraza no recibía las señales...
Comprobé el paso de los minutos en el cronómetro, para girar en círculo. Pero el zumbador permaneció mudo. El campamento ocho no enviaba la acostumbrada serie de ondas intermitentes.
Preocupado, moví la cabeza dentro de la escafandra de plástico y acerqué la boca al micro. El leve crujido de la membrana me demostró que la ligera presión había sido suficiente para conectar debidamente el emisor... ¡Al menos me tenían que oír!
—¡Hallo, hallo! —dije, sin duda de manera algo brusca y excitada—. ¡Hallo, hallo! ¡Aquí habla Dalton!
Pero todo parecía estar en orden. Apenas transcurridos unos segundos, me contestó una voz grave y tranquila:
—¡Hallo, aquí el campamento! Le oímos, Dalton.
Como de costumbre, no logré distinguir si era Mellton, el jefe, o nuestro técnico Maier. Supuse que sería este último.
—¿Qué ocurre con...?
—¿La señal? Ya vuelve a funcionar —me cortó Maier, contra todas las reglas. Él era así—. Hubo una interrupción en el contacto —agregó luego—. Y es que, automáticamente...
Tatiitiitií..., intervino entonces la señal. Esa si que podía permitírselo. La señal era siempre lo primero. Me sentí satisfecho.
—Aquí todo marcha bien. ¿Quién habla?
—Soy Maier.
—Pues dile a Mellton que venga y se traiga el quemador de choque. Es mejor ir prevenidos. ¡Sabe Dios lo que nos espera en el fondo del cráter!
—¡Okay! —repuso Maier, arrastrando las vocales como hacía Mellton, de quien se le había pegado.
¡Tatiitiitií!, sonó de nuevo la señal.
Ya calmado, proseguí mi camino por encima de la vítrea rocalla. El chorro de luz de mi linterna, que se hundía cortante en la oscuridad, tanteaba el sendero que debía seguir. Yo lo había hecho ya juguetear un par de veces por la empinada ladera, y siempre parecían saltar miles de chispas, destellos de los más variados colores, en el lugar donde la luz rozaba el suelo.
De pronto pisé una superficie lisa como un espejo o, con más exactitud, como el acero. En mi lucha por mantener el equilibrio dirigí la linterna hacia abajo. Un cristal octaédrico despedía todos los tonos del arco iris. Cegado, intenté aferrarme en el vacío. Mis pies resbalaron y caí. Mientras me desplomaba, pensé: «Ese cristal...»
Lo primero que recuerdo con claridad es que, al seguir adelante, tambaleándome, tropezaba a cada momento con cantos prismáticos. Volví a encender la linterna, pero todo se me antojó extraño e irreal. Tuve la sensación de haber abandonado el campamento años antes.
Entonces comprendí lo que me había hecho perder el equilibrio. Era ridículo que en la Luna me hubiera sorprendido tal cosa. ¡Diamantes! Diamantes del tamaño de calabazas, nacidos en forma de octaedros de un río de carbono líquido y ardiente... Miles de toneladas de cristal yacían bajo el cielo nocturno como un mágico laberinto. Donde penetraba el fino rayo de luz, todo estallaba en mil reflejos.
Y allí permanecían esparcidas las piedras. De ser más pequeñas, cabrían en los bolsillos. Con la punta de tungsteno de mi calzado golpeé una de las caras de un diamante. Ésta no se astilló ni quedó tan siquiera señalada por un arañazo. La dura punta metálica se deslizaba suave por encima.
Apagué mi linterna. Las cinco mil relucientes estrellas del cielo negro llamaban a sus diez mil hermanos surgidos de un petrificado caudal de carbono. Una pálida luz bañaba la ladera. Una luz no separada de las tinieblas, como la que debió imperar antes de la creación del mundo...
El sistemático tictac del cronómetro me sacó de mis sueños. Con gesto mecánico miré la esfera del instrumento. Las veintitrés treinta. Pocos minutos más, y el sol pondría fin a esa descolorida noche. Por entre las cadenas de cristales busqué mi senda hacia arriba.
Las veintitrés treinta y cuatro. Una franja de fuego asomó al horizonte. Bastaron unos segundos para transformar la noche en día. Diez, veinte mil focos perforaron la negrura que me rodeaba. Rutilantes haces de rayos se arrojaron sobre el borde del mar de lava, y allí chocaron contra el río de nítidos cristales. Saltaron los rayos en astillas y se multiplicaron, formaron cintas de increíbles colores y se levantó impetuoso un castillo de fuegos artificiales. El sol seguía enviando nuevos ejércitos de rayos. Miles de millones de refulgentes haces se dividían en mil veces más espigas deslumbradoras, volcándose en loca orgía de chispas sobre aquellas grandiosas cataratas de luz.
Poco antes me había permitido sonreír con cierto desprecio ante la abundancia de unos diamantes que, dadas las circunstancias, no tenían valor alguno. Ahora, sus gavillas de chispas se lanzaban contra mí y deslumbrantes vorágines de colores me dejaron casi sin sentido. Aunque protegidos por los cristales de cuarzo, mis ojos parecían clavados en aquellos frenéticos remolinos de luz. Unos puntos rojos empezaron a formar palpitantes círculos en grandes aros verdes. Creí hallarme en un indescriptible paraíso infernal. Súbitamente cayó sobre mi cuerpo una lluvia de rayos blancos, de modo que tuve la impresión de haberme secado y apergaminado. Algo me quemaba, ahogaba y estrangulaba. Y ese algo penetró en las ranuras de mis ojos como un solo rayo perturbador, y allí quedó clavado como un cuchillo. Lleno de angustia quise llevarme las manos al rostro, pero caí de bruces.
Tuve la suerte de quedar de cara al suelo. Cuando recobré el conocimiento, palpé el terreno con las manos. Despacio. A través de la delgada coraza térmica que las protegía, noté las cortantes aristas de los cristales.
Recordé entonces las secas y claras instrucciones de Mellton: «Cuando el sol oscila encima del horizonte, los diafragmas iris de las ranuras visuales deben quedar reducidos al máximo.» Y me pareció escuchar de nuevo una advertencia especial: «¡Lo mejor, Dalton, es conectar en seguida los filtros de luz!»
Mi propia experiencia acababa de dar la razón al consejo del jefe. Poco había faltado para que el aprendizaje me saliera caro. Era de esperar que, en adelante, realizara esos movimientos de forma automática.
Cuando me levanté, pude soportar mejor la luz. Pero desde donde yo estaba no tenía vista alguna. La cresta de la pared del cráter quedaba más alta. Me dispuse, entonces, a trepar en diagonal la cuesta que me faltaba.
Con fatigosa respiración vi, por fin, el borde del gigantesco y ovalado cráter. Era el primer hombre, el primer habitante de la Tierra que lo alcanzaba caminando hacia el sur desde el campamento. Ahora se demostraría si los astrónomos estaban acertados en sus observaciones o no.
Mis ojos siguieron la cresta, vacilantes, y después se deslizaron hacia un extenso campo de lava, cráter adentro, para quedar prendidos en el juego de los coloreados gases que brotaban en el fondo de la enorme cuenca.
Lo que otros habían creído ver a través de los telescopios especiales de los observatorios, aquellos velos de vapor producidos por los gases arrojados, no eran, entonces, alucinación de sus ojos cansados.
Allí arriba reinaba un silencio aterrador. Rocas y trozos de lava yacían ardientes, llenos de luz. Y encima de mí el inmenso vacío, sin aire, sin gas. Abajo, en cambio, en el fondo del cráter, había pulsante vida y nieblas en constante girar.
Lentamente comencé el descenso. Como en los géiseres de Islandia, ascendían de la infernal boca borboteantes vapores que, después, se extendían sobre la llanura cual jirones de gasa blanquecina. Las altas paredes del cráter formaban una especie de cuenco de leche colosal, cuyo contenido hervía amenazador.
Mi altímetro marcaba ya cuatrocientos metros de descenso. El termómetro colocado en la parte exterior de la coraza térmica había rebasado ya a la mitad de los grados que indicara arriba, en el borde del cráter, cuando estaba expuesto al calor blanco despedido por el sol. Donde me encontraba ahora, su fuerza era quebrada por tenues nubes.
Pude ver, finalmente, las partes más profundas del multicolor fondo del cráter. Sus tonalidades constituían una excepción entre la gris monotonía de la piedra lunar. Pero lo que de súbito apareció ante mis ojos me paralizó durante unos instantes. Así fue, en realidad. Un imponente géiser saltaba del fangoso y oscuro suelo, y alrededor del chorro serpenteaban y se retorcían unos horribles seres verdes.
Me apoyé en un bloque de lava para restablecer mi equilibrio. A través de mi telescopio observé aquellas criaturas. Desde luego eran asquerosas y feas, pero no era belleza lo que esperábamos encontrar en la Luna. Estudié sus detalles hasta que me dolieron los ojos, y tuve que cerrarlos sin haber podido familiarizarme con los extraños bichos.
Éstos balanceaban la cabeza ligeramente levantada y sus rojos y redondos ojos estaban clavados en el humeante manantial. Se revolcaban con placer y dejaban que el líquido ardiente cayera sobre sus largos cuerpos. Allí donde el azulado chorro les tocaba, se hinchaban pictóricos de vida, y su viscosa piel verde lanzaba metálicos destellos.
El salto dado desde la última plataforma de lava me hubiera costado los huesos en la Tierra. También los gusanos debieron percibir la ligera sacudida, pues sus cuerpos se enderezaron en actitud de expectación.
Para acercarme al borde del cráter interior, de menor tamaño, tuve que rodear el lodazal donde se movían los monstruosos animales, que con sus largos cuerpos de babosa y sus lisas cabezas de reptil resultaban cada vez más repelentes. Me dije que aquellos ojos rojizos y planos, con su aspecto turbio, no podían tener una vista aguda. Pero también era posible que yo no interesara a los verdes habitantes del fango por considerarme bocado poco apetitoso. De momento, al menos, no se metieron conmigo.
El segundo cráter, no tan extenso y más profundo, se hallaba en el centro de la gran elipse del primero, y sin duda también tenía un diámetro de mil metros. No obstante, en medio de la gigantesca boca parecía el resto de una pequeña burbuja ya reventada. Desde donde yo estaba, era fácil bajar hasta su llano suelo.
Una y otra vez apliqué cuidadosamente el telescopio a las ranuras de mi escafandra. Acababa de descubrir otra cosa. Allí abajo vivían unos seres bulbosos que formaban una dilatada colonia y permanecían quietos como bejines o estrellas de mar.
Bastante lejos de mí, un desagradable gusano verde se disponía a devorar uno de esos bulbos. En un par de saltos aterricé en el fondo del cráter interior. Avancé poco a poco a la vez que graduaba mi anteojo. La colonia de bulbos se extendía a mi alrededor, en amplio círculo.
El gusano había atacado a un tubérculo que crecía sólo en la parte alta de la pendiente. Vi perfectamente cómo le arrancaba un trozo del costado. Pero, entonces, el bulbo cobró súbita vida. De su masa parda brotaron unos tentáculos que, primero, confundí con antenas de caracol, aunque en seguida observé que la diminuta punta redonda se abría como la corola de una flor, para dar paso a algo brillante, en forma de gancho o, mejor dicho, de garra.
Esos brazos avanzaron tanteando hacia el cuerpo de la alimaña verde y se clavaron en su liso vientre. Ahora, el bulbo pareció separarse también del suelo. El gusano se combó furioso y empezó a retorcerse en todas direcciones. Su córnea o espumajeante boca mordía el tubérculo y le arrancaba pedazos.
De repente se oyó un grito salvaje y desconocido. Los gases y vapores transportaron aquella voz, que llegó hasta mí a través de la niebla. Horrible, débil y, al mismo tiempo, estridente. Inmediatamente supe que aquello era un grito de muerte.
Tubérculo y gusano se habían convertido en una sucia maraña verdegrís. Imposible distinguir quién estaba agotado y quién había sucumbido.
La angustiosa voz de muerte desató un eco horrísono. En el borde del cráter se alzó una ola de sonidos chillones y extrañamente gorjeantes. Debía ser la respuesta de los seres verdes del géiser. ¿Acaso iban a acudir en ayuda de su congénere?
También en las colonias de tubérculos se produjo un zumbido que iba aumentando de tono. Me pareció que los bulbos se apretaban unos contra otros. Con sumo cuidado me aproximé a un grupo de esas gelatinosas bolas de color castaño y tan redondas como raros y caprichosos hongos. Allí donde el sol las tocaba, se adelantaban unos brazos, apéndices de carne roja y veteados de gris. Entonces, los bulbos parecían pulpos o asteroideos gigantes.
¡Y de nuevo un sonido agudo, estridente! Procedía de dos tubérculos que, hinchados y rebosantes de energía, yacían al sol. Uno de ellos parecía que acabara de arrancarse del suelo. De un lado, de su vientre, salía un líquido espeso y amoratado. El sorprendente ser avanzaba hacia el otro bulbo sobre sus tentáculos enrollados, torpe como una tortuga.
Yo estaba muy cerca. Súbitamente, en la parte más alta de su espalda verrugosa, se abrió un singular ojo que hundió en mí su mirada de maldad, surgida de un cristal amarillo y refulgente. Un tentáculo se alzó amenazador y se disparó hacia el vacío. Retrocedí tambaleándome. Después de una breve vacilación, aquella criatura indescriptible volvió a dedicarse a su congénere.
Ambos tubérculos emitían constantemente unos chillidos agudos, que aturdían. Se arrimaron todavía más y montaron uno sobre el otro. De los extremos de los cinco tentáculos, que se contraían convulsivamente a intervalos, goteaba viscosa la sangre rojiazul, que llegó a formar un charco. Pegada al liso suelo de lava, se secaba temblorosa. Un centelleante estremecimiento recorrió los cuerpos de aquella especie de celentéreos lunares. Su piel tersa y tirante se tornó áspera y rugosa. Por doquier aparecieron profundas grietas, de las que brotaron humeantes surtidores amarillentos. En un mar de vapor distinguí, entre la informe masa, unos bultos transparentes que se iban cristalizando. Una pastosa y aglutinante capa celular los recubría poco a poco.
Todo volvía a pulsar de manera regular, contrayéndose para dilatarse otra vez. Una vida nueva parecía penetrar en las jóvenes formas. Con bruscas sacudidas y misterioso sonido se creaban asteroideos, cubiertos en seguida por una azulada piel protectora que empezaba a secarse en seguida.
Detrás de mí oí el ruido de algo que se arrastraba. Me volví lentamente, y me hallé ante algo que hizo congelar mi sangre en las venas y me agarrotó la garganta.
Los gusanos habían percibido el grito de muerte de su congénere. Y venían. Se acercaban en ancho frente. De las repugnantes bocas de sus oscilantes cabezas de reptil rezumaba una saliva verdosa.
Las colonias de bulbos parecieron despertar de un sueño. Vigilantes párpados se abrieron sobre ojos de amarillo cristal. Miles de tentáculos se adelantaron captatorios para levantarse luego amenazadores. Al cortante y ensordecedor grito de guerra de los gusanos, respondieron los bulbos con el agudo y monótono zumbido propio de los mosquitos.
Me vi metido en pleno campo de batalla. Apresado entre la fila de los furiosos gusanos y el tenso semicírculo de bulbos. Sentí desconcierto y horror. Y la locura se apoderaría de mí antes que me llegara la muerte en medio de aquella viscosa vorágine de baba y venenosa saliva. Un frío sudor bañó todo mi cuerpo.
Con las últimas fuerzas logré conectar el radiogoniómetro y sintonizar la emisora.
—¡Mellton! —chillé—. ¡¡Mellton...!!
Luego perdí el conocimiento y me derrumbé en mi coraza metálica.