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John Uskglass y el Carbonero Cumbrio - Susanna Clarke

Hace muchos veranos, en el claro de un bosque de la región de Cumbria, vivía un carbonero. Era muy, muy pobre. Tenía la ropa hecha harapos, por lo general manchada de hollín, sucia. No tenía esposa ni hijos, y su única compañía era un cerdo pequeño llamado Blakeman. 
 
La mayor parte del tiempo lo pasaba en el claro, donde había dos cosas: una pila de ardiente carbón cubierta de tierra y una choza construida con palos y restos de turba. Pero a pesar de todo poseía un alma alegre, pues alegre había sido siempre, a menos que se obcecase por alguna razón.

Una espléndida mañana de verano un ciervo irrumpió a la carrera en el claro. Tras el ciervo llegó una gran manada de perros de caza, y detrás de los perros el tropel de jinetes armados con arcos y flechas. Por unos instantes nada pudo verse más allá de la confusión a la que dio pie la barahúnda de los perros, los cuernos de caza y el estruendo de los cascos de las monturas. Después, tan pronto como había llegado, la partida de caza desapareció entre los árboles que se alzaban en el extremo opuesto del claro. Todos a excepción de un hombre.

El carbonero miró a su alrededor. La hierba había quedado cubierta de fango y no sobrevivía en pie un solo palo de la choza. La pulcra pila de carbón estaba medio deshecha, y los restos provocaban pequeños incendios aquí y allá. Empujado por un arranque de ira se volvió hacia el único cazador que había permanecido allí, sobre quien vertió hasta el último insulto que había oído en su vida.

Pero el cazador tenía sus propios problemas. El motivo de que no se hubiese alejado a caballo con los demás era que Blakeman corría, de un lado a otro, bajo los cascos de su caballo, chillando como el cerdo que era. Por mucho que lo intentara, el jinete no podía librarse de él. 
 
El cazador vestía con elegancia de negro, calzaba botas de negro cuero blando, y el arnés estaba enjoyado. Era, de hecho, John Uskglass (también conocido como el Rey Cuervo), rey de Inglaterra del Norte y de parte de Tierra de Duendes, así como el mayor mago que había existido jamás. Cosa que el carbonero (cuyo conocimiento de los sucesos que acontecían más allá de aquel claro era, cuando menos, imperfecto) ni siquiera sospechaba. Solo sabía que el hombre no respondía a sus insultos, lo cual no hizo sino enervarlo más.

—¡Pero diga algo! —protestó.

Un arroyuelo discurría a través del claro. John Uskglass lo miró, luego volvió la vista hacia Blakeman, que seguía correteando entre los cascos del caballo. Hizo un gesto con la mano y Blakeman se convirtió en un salmón. El salmón dio un brinco a través del aire hasta caer en el agua con un chapoteo y alejarse a nado. Después John Uskglass se fue al trote.

El carbonero se lo quedó mirando mientras se alejaba.

—Bueno, ¿y ahora qué voy a hacer? —se preguntó en voz alta.

Apagó los fuegos que se habían producido en el claro, y recompuso la pila de carbón tan bien como pudo. Pero una pila de carbón que ha sido pisoteada por lebreles y caballos no puede tener el mismo aspecto que una que no ha sido objeto de tales desmanes, por mucho empeño que se ponga en reconstruirla, y al carbonero le bastaba con verla así de maltrecha para que le dolieran los ojos.

Se acercó a Furness Abbey para pedir a los monjes que le dieran algo de cenar, porque su propia cena también había acabado pisoteada. Cuando llegó a la abadía, se dirigió al limosnero, cuya tarea consistía en distribuir a los pobres alimentos y ropa. El limosnero lo saludó con afabilidad y le dio un espléndido queso redondo y una gruesa manta, mientras le preguntaba a qué venía esa cara tan larga y triste.

Así que el carbonero se lo contó. Pero éste no tenía mucha práctica en el arte de relatar con claridad sucesos complejos. Por ejemplo, habló largo y tendido acerca del cazador que se había rezagado, pero no hizo mención alguna a la ropa elegante del jinete, ni a los anillos con joyas engarzadas que le adornaban los dedos, así que el limosnero ni siquiera sospechó que podía tratarse del Rey. De hecho, el carbonero lo llamó «un hombre negro», así que el limosnero supuso que se refería a un hombre sucio, es decir, a otro carbonero, por poner un ejemplo. El limosnero era todo simpatía.

—Así que Blakeman se ha convertido en un salmón, ¿eh? —comentó—. Yo en su lugar, tendría unas palabras con san Mungo. Estoy seguro de que podrá ayudarle. No hay nada que no sepa acerca de los salmones.

—San Mungo, ¿dice usted? ¿Y dónde podría yo encontrar a alguien tan útil? —preguntó el carbonero, realmente interesado.

—Tiene una iglesia en Grizedale. Debería usted tomar el camino que discurre por allí.

Y así fue como el carbonero se dirigió andando a Grizedale, y cuando llegó a la iglesia, entró y golpeó las paredes y aulló el nombre de san Mungo, hasta que el propio santo agachó la vista desde el cielo y preguntó qué se le ofrecía al carbonero.

De inmediato el hombre emprendió una larga e indignada diatriba en la que describía las injurias que había sufrido, en particular las relativas al solitario cazador.

—Bueno —dijo san Mungo, alegre—. Déjame ver qué puede hacerse. Los santos como yo siempre tendríamos que prestar oídos a las súplicas de la gente pobre, sucia y zarrapastrosa como tú. Por ofensivo que sea el modo en que se dirigen a nosotros. Sois nuestra preocupación especial.

—¿Y ya está? —preguntó el carbonero, que se sintió halagado al oír eso.

Entonces san Mungo extendió el brazo desde el cielo, llevó la mano a la fuente de la iglesia y sacó de ella un salmón. Le bastó con sacudirlo un poco para que en un abrir y cerrar de ojos este se convirtiera en Blakeman, tan sucio y vivaz como siempre.

El carbonero rió entre aplausos. Quiso abrazar al cerdo, pero Blakeman se fue a correr, chillando como el cerdo que era, con la energía que lo caracterizaba.

—Ahí lo tienes —dijo san Mungo, contemplando la agradable escena con cierto goce—. Me alegro de haber podido responder a tu plegaria.

—Bueno, ¡en realidad no lo ha hecho! —le acusó el carbonero—. ¡Tiene que castigar a mi malvado enemigo!

Entonces san Mungo arrugó un poco el entrecejo y le explicó que se suponía que uno debía perdonar a sus enemigos. Pero el carbonero nunca había puesto en práctica el perdón de los cristianos, y no estaba de humor para empezar a hacerlo en ese momento.

—¡Que Blencathra caiga sobre su cabeza! —gritó con fuego en los ojos, los puños en alto. (Blencathra es una colina elevada que se alza a unas millas al norte de Grizedale.)

—Bueno, verás —dijo, muy diplomático, san Mungo—. En realidad no puedo hacer eso. Pero ¿creo haberte oído decir que ese hombre era cazador? Quizá haber perdido a su presa le enseñe a tratar con mayor respeto a sus vecinos.

En cuanto san Mungo pronunció estas palabras, John Uskglass (que seguía de caza) cayó de su caballo y fue a parar a una grieta que había entre las rocas. Quiso salir de la grieta, pero descubrió que un misterioso poder se lo impedía. Quiso practicar magia para contrarrestarlo, pero la magia no sirvió. Las rocas y la tierra de Inglaterra amaban a John Uskglass. Siempre le habían ayudado, pero aquel poder, fuera lo que fuese, era algo que aún respetaban más.

Pasó todo el día con su noche en la grieta rocosa, hasta que lo cubrió el rocío y se sintió muy desdichado. Al alba el poder desconocido le liberó de pronto, a saber el porqué. Salió de la grieta, encontró su caballo y cabalgó de vuelta a su castillo en Carlisle.

—¿Dónde habéis estado? —preguntó William de Lanchester—. Os esperábamos ayer.

Pero John Uskglass no quería que nadie supiera que existía en Inglaterra un mago más poderoso que él. Así que consideró la respuesta un instante.

—En Francia —dijo.

—¡En Francia! —William de Lanchester se mostró sorprendido—. ¿Y habéis visto al Rey? ¿Qué os ha dicho? ¿Planean nuevas guerras?

John Uskglass dio una respuesta vaga, de naturaleza mística y mágica. Luego fue a sus habitaciones y se sentó en el suelo, junto a su cuenco de plata lleno de agua. Entonces se dirigió a las Personas de Gran Importancia (tales como el Viento de Poniente o las Estrellas) y les pidió que le revelaran quién había provocado su caída en la grieta rocosa. En el plato se formó la imagen del carbonero.

John Uskglass pidió a voces que le prepararan el caballo y los perros, y cabalgó hacia el claro del bosque.

Entretanto, el carbonero probaba el queso que le había obsequiado el limosnero. Luego fue a visitar a Blakeman, porque había pocas cosas en el mundo que a Blakeman le gustasen más que una tostada con queso fundido.

Mientras estuvo fuera llegó John Uskglass con sus perros. Miró en derredor del claro, en busca de alguna pista acerca de lo sucedido. Se preguntó por qué razón un mago poderoso y peligroso escogería vivir en un bosque y ganarse el jornal trabajando de carbonero. Entonces reparó en el queso fundido.

Resulta que el queso fundido supone una tentación que pocos hombres son capaces de resistir, sean carboneros o reyes. John Uskglass llevó a cabo el siguiente razonamiento: toda Cumbria le pertenecía, por tanto el bosque también, por tanto aquellas tostadas con queso fundido también eran suyas. Así que se sentó a comer, y al terminar dejó que sus perros le lamieran los dedos.

Ese fue el momento que escogió el carbonero para volver al claro. Miró a John Uskglass y las verdes hojas vacías donde había dejado las tostadas con queso fundido.

—¡Usted! —exclamó—. ¡Usted otra vez! ¡Acaba de comerse mi plato! —Aferró a John Uskglass y lo sacudió con fuerza—. ¿Por qué? ¿Por qué hace estas cosas?

John Uskglass no pronunció una palabra. (En ese momento no supo qué decir que pudiera ponerle en una situación ventajosa.) Se libró de las manos del carbonero, montó en su caballo y se alejó al trote del claro.

El carbonero acudió de nuevo a Furness Abbey.

—¡Ese hombre malvado ha vuelto y se ha comido mi queso fundido! —se quejó al limosnero.

El limosnero negó con la cabeza, entristecido por aquella demostración de que vivía en un mundo lleno de pecadores.

—Tenga un poco más de queso —le ofreció—. ¿Qué le parece si le doy un poco de pan para acompañarlo?

—¿Qué santo se encarga de cuidar de los quesos? —preguntó el carbonero, con tono exigente.

El limosnero meditó unos instantes la respuesta.

—Santa Brígida —dijo.

—¿Y dónde puedo encontrar a su señoría? —preguntó el carbonero, ansioso.

—Tiene una iglesia en Beckermet —respondió el limosnero, que señaló el camino que debía tomar el carbonero.

Y así fue como el carbonero anduvo hasta Beckermet. Cuando llegó a la iglesia, golpeó las bandejas del altar, rugió y armó una barahúnda tremenda hasta que santa Brígida agachó inquieta la mirada desde el cielo y preguntó si había algo que pudiera hacer por él.

El carbonero hizo una exhaustiva descripción de los atropellos que había sufrido a manos de su mudo enemigo.

Santa Brígida dijo que lamentaba oír aquello.

—Pero no creo que sea la persona más apropiada para ayudarte. Yo cuido de lecheras y lecheros. Animo a la mantequilla a cuajar y vigilo la maduración de los quesos. No es de mi incumbencia que la persona equivocada se haya comido una tostada con queso. San Nicolás se ocupa de los ladrones y de la propiedad robada. Tal vez san Alejandro de Comana sienta amor por los carboneros —añadió, esperanzada—, y sean ellos a quienes deberías elevar una plegaria.

El carbonero se negó a interesarse lo más mínimo por las personas que ella acababa de mencionar.

—¡La gente pobre, sucia y zarrapastrosa como yo somos su preocupación especial! —protestó—. ¡Obre un milagro!

—Aunque también pienso que es posible que ese hombre no pretenda ofenderte con su silencio —conjeturó santa Brígida—. ¿Has considerado la posibilidad de que sea mudo?

—¡Ay, no! Le vi hablar a sus perros. Movieron la cola, encantados de oír su voz. ¡Haga algo, santa! ¡Que Blencathra le caiga en la cabeza!

Santa Brígida suspiró.

—No, no, no podemos hacer nada parecido, aunque es verdad que obró mal al robarte el almuerzo. Quizá convendría darle una lección. Una leccioncilla.

En ese momento, John Uskglass y su corte se disponían a salir de caza. Una vaca vagabundeó hacia el patio que había frente al establo, hasta alcanzar el lugar donde John Uskglass se hallaba montado en su caballo, para pronunciar a continuación un sermón en latín acerca del pecado de robar. Después el caballo volvió la cabeza y le dijo, muy solemne, que estaba de acuerdo con las palabras de la vaca y que debía prestar atención a lo que decía el rumiante.

Todos los cortesanos y sirvientes que había en el patio guardaron silencio, atentos al desarrollo de la escena. Nunca había sucedido algo parecido.

—¡Esto es cosa de magia! —aseguró William de Lanchester—. Pero, ¿quién osa...?

—Ha sido cosa mía —se apresuró a decir John Uskglass.

—¿De veras? —preguntó William—. Pero ¿por qué?

Hubo una pausa.

—Para ayudarme a considerar mis errores y pecados —dijo finalmente John Uskglass—, tal como todo cristiano tendría que hacer de vez en cuando.

—¡Pero robar no es un pecado que hayáis cometido! Entonces, ¿por qué...?

—¡Santo Dios, William! —protestó John Uskglass—. ¿A qué viene tanta pregunta? ¡Hoy no saldré de caza!

Se alejó a paso vivo hacia el jardín de las rosas, para dejar atrás al caballo y la vaca. Pero las rosas volvieron hacia él sus rostros rojos y blancos y hablaron al cabo acerca de las responsabilidades que el Rey tenía con los pobres; y algunas de las flores más maliciosas sisearon: «¡Ladrón! ¡Ladrón!» 
 
John Uskglass cerró los ojos y se llevó las manos a las orejas, pero acudieron los perros, le encontraron y, acercando los hocicos a su rostro, le dijeron lo decepcionados, lo terriblemente decepcionados que se sentían. Así que fue a esconderse en un cuarto minúsculo y vacío, situado en lo alto del castillo. Pero durante todo ese día las piedras de las paredes debatieron en voz alta varios pasajes de la Biblia que condenaban el robo.

Esa vez, John Uskglass no tuvo necesidad de preguntar quién había sido el responsable de aquello (la vaca, el caballo, los perros, las piedras y las rosas habían mencionado, todos sin excepción, las tostadas con queso), y estaba decidido a descubrir quién era aquel mago estrafalario y cuáles eran sus intenciones. Decidió recurrir a la más mágica de todas las criaturas: el cuervo. 
 
Al cabo de una hora, envió aproximadamente un millar de cuervos que dieron forma a una bandada tan densa que fue como si una montaña negra surcara el cielo veraniego. Cuando llegaron al claro del carbonero, lo llenaron hasta el último rincón con el negro tumulto de su batir de alas. Los árboles perdieron sus hojas, y el carbonero y Blakeman cayeron al suelo, incapaces de levantarse. 
 
Los cuervos ahondaron en los recuerdos y los sueños del carbonero en busca de pruebas de sus prácticas mágicas. Y para asegurarse, también profundizaron en los recuerdos y los sueños de Blakeman. Los cuervos comprobaron qué pensamientos habían concebido hombre y cerdo estando aún en el vientre de sus madres; y luego indagaron qué harían ambos cuando, al cabo, llegasen al cielo. No encontraron ni un resquicio de magia por ninguna parte.

Cuando se marcharon, John Uskglass accedió al claro con los brazos doblados a la altura del pecho. Caminaba ceñudo. El fracaso de los cuervos le había supuesto una profunda decepción.

El carbonero se levantó lentamente del suelo y miró a su alrededor, asombrado. Si un incendio hubiera barrido el bosque, la destrucción que habría dejado a su paso no podría haber sido más exhaustiva. Los árboles habían perdido las ramas, y todo lo alfombraba una capa gruesa, negra, de plumas de cuervo. Una especie de éxtasis de la indignación le empujó a exclamar:

—¡Dígame por qué me persigue!

Pero John Uskglass no dijo una palabra.

—¡No cejaré hasta que Blencathra le caiga en la cabeza! ¡No lo haré! ¡Sepa que no lo haré! —Y hundió el mugriento dedo en la cara de John Uskglass—. ¡Usted... sabe... de... qué... soy... capaz!

Al día siguiente, el carbonero se acercó a Furness Abbey antes de que asomara el sol. Encontró al limosnero, que iba de camino a prima.

—Ha regresado para destrozarme el bosque —le contó—. ¡Lo ha convertido en un lugar negro y sucio!

—¡Qué hombre tan terrible! —exclamó el limosnero, que simpatizaba con el carbonero.

—¿Qué santo mira por los cuervos? —preguntó el carbonero.

—¿Los cuervos? —preguntó el limosnero—. Ninguno que yo sepa. —Meditó el asunto unos instantes—. San Osvaldo tuvo un cuervo por mascota al que apreciaba mucho.

—¿Y dónde puedo encontrar a su santidad?

—Tiene una nueva iglesia en Grasmere.

Y así el carbonero anduvo hasta Grasmere, y cuando llegó allí gritó y golpeó las paredes, armado con uno de los candelabros del altar.

—¿Tienes que gritar tanto? —protestó san Osvaldo tras sacar la cabeza del cielo—. ¡Que no soy sordo! ¿Qué quieres? ¡Y deja en su sitio ese candelabro, que vale una fortuna! —Durante sus santas y benditas vidas, san Mungo y santa Brígida habían sido respectivamente monje y monja, y poseían toda la santa paciencia y la templanza del mundo. Pero san Osvaldo había sido rey y soldado, y pertenecía a una clase de personas muy distinta.

—El limosnero de Furness Abbey afirma que a usted le gustan los cuervos —explicó el carbonero.

—Decir que me gustan es un poco exagerado —dijo san Osvaldo—. Hubo un pájaro en el siglo siete que solía posarse en mi hombro. Me picoteaba las orejas y me hacía sangrar.

El carbonero le relató el ahínco con que le acosaba el hombre silencioso.

—No sé, ¿tal vez tenga un motivo para comportarse así? —aventuró san Osvaldo, sarcástico—. ¿Cabe la posibilidad, por decir algo, que hayas mellado de algún modo sus candelabros?

El carbonero negó, indignado, haber causado perjuicio alguno al hombre silencioso.

—Hum. —San Osvaldo meditó el asunto—. Solo los reyes dan caza a los ciervos, como sabrás.

A juzgar por su expresión, el carbonero no había atado cabos.

—Veamos —continuó san Osvaldo—. Un hombre que viste de negro, capaz de obrar magia poderosa, que manda a los cuervos y posee los derechos de caza de un rey. ¿De veras todo esto no te sugiere nada? No, por lo visto no. Bueno, resulta que creo conocer la identidad de la persona a la que te refieres. En verdad es muy arrogante y tal vez haya llegado el momento de darle una lección de humildad. Si entiendo bien lo que me dices, ¿estás enfadado porque no te dirige la palabra?

—Sí.

—Muy bien, pues. Creo que debería aflojarle un poco la lengua.

—¿Qué clase de castigo es ese? —preguntó el carbonero—. ¡Quiero que haga que Blencathra le caiga en la cabeza!

San Osvaldo protestó, irritado.

—¿Qué sabrás tú? —dijo—. Créeme, ¡sé mejor que tú cómo perjudicar a ese hombre!

Y mientras san Osvaldo hablaba, John Uskglass empezó a hablar de manera rápida y nerviosa. Aquello era inusual, pero al principio no se le antojó siniestro. Todos sus cortesanos y sirvientes atendieron con educación a sus palabras. Pero transcurridos unos minutos, y luego unas horas, se preguntaron por qué no había dejado de hablar en todo aquel rato. 
 
Habló durante la cena; habló durante la celebración de la misa; habló durante la noche. Pronunció profecías, recitó pasajes de la Biblia, contó historias de varios reyes de Tierra de Duendes, dio recetas de repostería. 
 
También reveló secretos políticos, secretos mágicos, secretos infernales, secretos divinos y secretos escandalosos, de resultas de lo cual el reino de Inglaterra del Norte se vio abocado a una plétora de crisis políticas y teológicas. Thomas de Dundale y William de Lanchester rogaron y amenazaron y suplicaron, pero nada de lo que dijeron bastó para que el Rey dejase de hablar. 
 
Al cabo de un tiempo se vieron obligados a encerrarlo en un cuarto vacío que había en lo alto del castillo, para que nadie pudiera oírlo. Entonces, puesto que era inconcebible que un rey hablase sin alguien que lo escuchara, se vieron forzados a hacerle compañía, día a día. Al cabo de tres días exactos por fin se calló.

Dos días después se acercó a lomos de su caballo al claro del carbonero. Estaba tan pálido y ojeroso que el carbonero albergó de pronto la esperanza de que san Osvaldo pudiera haberle arrojado Blencathra sobre la cabeza.

—¿Qué es lo que quieres de mí? —preguntó John Uskglass, cauteloso.

—¡Ajá! —exclamó el carbonero con expresión triunfal—. ¡Que me pida perdón por transformar a Blakeman en salmón!

Hubo un largo silencio.

Entonces, los dientes prietos, John Uskglass pidió perdón al carbonero.

—¿Se te ofrece alguna otra cosa? —preguntó.

—¡Que repare todos los perjuicios que me ha causado!

De inmediato reaparecieron la choza y la pila de carbón del carbonero, tal como siempre habían sido; los árboles volvieron a llenarse de hojas, verdes, espléndidas, que cubrieron sus ramas, y una alfombra de hierba suave se extendió por el claro.

—¿Algo más?

El carbonero cerró los ojos e hizo el esfuerzo de imaginar algo que supusiera una riqueza sin igual.

—¡Quiero otro cerdo! —pidió.

John Uskglass empezaba a sospechar que había un punto en que había cometido un error de cálculo, pero por su alma que no supo decir dónde. No obstante eso, sintió el aplomo necesario para decir:

—Te daré el cerdo, si me prometes no revelar a nadie quién te lo dio ni el porqué.

—¿Cómo iba a hacer tal cosa? —protestó el carbonero—. No sé ni quién es usted. ¿Por qué? —preguntó entonces, entornando los ojos—. ¿Quién es usted?

—Nadie —dijo apresuradamente John Uskglass.

Apareció otro cerdo, idéntico, gemelo de Blakeman, y mientras el carbonero se felicitaba por su buena fortuna, John Uskglass subió a lomos de su caballo y se alejó al trote sumido en la estupefacción más absoluta que quepa imaginarse.

Poco después regresó a su capital en Newcastle. A lo largo de los siguientes cincuenta o sesenta años, a menudo sus sirvientes y lores le recordaron las excelentes jornadas de caza que habían disfrutado en Cumbria, pero él se cuidó mucho de volver hasta haberse asegurado de que el carbonero había muerto.

Cuento cubano - Guillermo Cabrera Infante

Una mujer. Encinta. En un pueblo de campo. Grave enfermedad: tifus, influenza, también llamada trancazo. Al borde de la tumba. Ruegos a Dios, a Jesús y a todos los santos. No hay cura. Promesa a una virgen propicia: si salvo, Santana, pondré tu nombre Ana a la criatura que llevo en mis entrañas. Cura inmediata. Pero siete meses más tarde, en vez de niña nace un niño. Dilema. La madre decide cumplir su promesa, a toda costa. Sin embargo, para atenuar el golpe y evitar chacotas deciden todos tácitamente llamar al niño Anito.

Chu-bu y Sheemish - Lord Dunsany

Los martes por la tarde era costumbre en el templo de Chu-bu que el sacerdote entrara y cantara: "Nadie existe salvo Chu-bu".

Y toda la gente se alegraba y gritaba: "Nadie existe salvo Chu-bu". Y ofrecían miel a Chu-bu, y maíz y manteca de cerdo. De esta manera era glorificado.

Chu-bu era un ídolo algo antiguo, como puede comprobarse por el color de la madera. Había sido esculpido en caoba y después pulimentado. Luego lo habían erigido sobre un pedestal de diorita con un brasero delante para quemar especias y dorados platos llanos para la manteca. De esta manera adoraban a Chu-bu. Debía haber estado allí más de cien años, cuando un día los sacerdotes llegaron al templo con otro ídolo y lo erigieron sobre un pedestal cerca de Chu-bu, cantando: "También existe Sheemish".

Palpablemente Sheemish era un ídolo moderno, y aunque su madera había adquirido un tono rojo oscuro, podía uno figurarse que acababa de ser esculpido. Y ofrecieron miel a Sheemish lo mismo que a Chu-bu, y también maíz y manteca de cerdo.

La furia de Chu-bu no conoció límite de tiempo estuvo furioso toda la noche y al día siguiente todavía lo estaba. La situación exigía inmediatos prodigios. Seguramente el ídolo no tenía potestad para devastar la ciudad con una peste que matara a todos sus sacerdotes, por lo que sabiamente concentró los poderes divinos que tenía a fin de originar un pequeño terremoto. "Así -pensaba Chu-bu- me reafirmaré como único dios, y los hombres escupirán sobre Sheemish".

Chu-bu insistió y volvió a insistir, mas el terremoto no llegaba todavía, cuando de pronto se dio cuenta de que el aborrecido Sheemish osaba tratar de hacer un milagro también. Dejó de ocuparse del terremoto y estuvo atento -¿o debería decir con todos los sentidos alerta?- a lo que Sheemish estaba pensando, pues los dioses se enteran de lo que pasa en la mente gracias a un sentido distinto a los otros cinco. Sheemish trataba también de provocar un terremoto.

El móvil del nuevo dios era probablemente hacer valer sus derechos. Dudo que Chu-bu comprendiera o se preocupase lo más mínimo por ese motivo; para un ídolo inflamado de celos era suficiente que su detestable rival estuviera a punto de hacer un milagro. Todo el poder de Chu-bu viró inmediatamente en redondo, oponiéndose resueltamente al terremoto, por  pequeño que éste fuera. Durante algún tiempo todo siguió igual en el templo de Chu-bu, sin que se produjera ningún terremoto.

Ser un dios y no poder realizar un milagro es una sensación desesperante; es como si un hombre decidiera estornudar y no le saliera el estornudo; como si alguien intentara nadar provisto de pesadas botas o pretendiera recordar un nombre completamente olvidado: todos estos sufrimientos padecía Sheemish.

Y el martes llegaron los sacerdotes y los fieles, y todos adoraron a Chu-bu y le ofrecieron manteca de cerdo, diciendo: "Oh, Chu-bu, que has creado todo"; y luego los sacerdotes cantaron: "También existe Sheemish"; y Chu-bu se avergonzó y no habló en tres días.

En el templo de Chu-bu había pájaros sagrados, y al acercarse el tercer día y su noche, la mente de Chu-bu descubrió, por así decirlo, que había excrementos en la cabeza de Sheemish.

Chu-bu habló a Sheemish como hablan los dioses, sin mover los labios ni siquiera alterar el silencio, diciendo: "Hay excrementos en tu cabeza, oh, Sheemish". A lo largo de toda la noche murmuró una y otra vez: "Hay excrementos en la cabeza de Sheemish". Y cuando al amanecer se oyeron voces a lo lejos, Chu-bu se mostró exultante con el despertar de las cosas de la Tierra, y exclamó hasta que el sol estuvo alto: "Excrementos, hay excrementos en la cabeza de Sheemish"; y al mediodía dijo: "Por tanto, Sheemish debe de ser dios". De esa manera dejó confundido a Sheemish.

Y el martes llegó alguien y lavó su cabeza con agua de rosas, y de nuevo fue adorado y le cantaron: "También existe Sheemish". Y Chu-bu todavía estaba contento, pues decía: "La cabeza de Sheemish ha sido profanada", y de nuevo: "Su cabeza fue profanada, eso está bien". Y he aquí que una tarde había también excrementos en la cabeza de Chu-bu, circunstancia de  la que se apercibió Sheemish inmediatamente.

Con los dioses no ocurre como con los hombres. Nosotros nos enfadamos unos con otros y cambiamos continuamente de parecer, mas la ira de los dioses es perdurable. Chu-bu recordaba y Sheemish no olvidaba. Hablaron entre ellos como nosotros no solemos hacer, en silencio, pero oyéndose uno al otro, y sus puntos de vista no fueron como los nuestros. No deberíamos juzgarlos solamente mediante criterios humanos. 

A lo largo de toda la noche hablaron y en todo ese tiempo únicamente pronunciaron estas palabras: "Sucio Chu-bu". "Sucio Sheemish". "Sucio Chu-bu". "Sucio Sheemish" toda la noche. Al amanecer su ira no se había agotado, ni se habían hartado de acusarse mutuamente. Y, poco a poco, Chu-bu vino a darse cuenta de que no era más que el igual de Sheemish.

Todos los dioses son celosos; mas esta igualdad con el adversario Sheemish, un objeto de madera pintada cien años después que el propio Chu-bu, y la adoración a él prestada en el templo del mismo Chu-bu, eran particularmente amargas. 

Aunque fuera dios, Chu-bu era celoso; y cuando llegó de nuevo el martes, tercer día de la adoración a Sheemish, Chu-bu no pudo soportarlo más. Sentía que debía manifestar su enojo a toda costa, y  con toda la vehemencia de su voluntad reanudó sus intentos de provocar un pequeño terremoto. 

Nada más irse del templo los adoradores, Chu-bu se concentró a fin de realizar el milagro; de vez en cuando sus meditaciones se veían alteradas por la ya familiar máxima "Sucio Chu-bu"; mas Chu-bu perseveraba ferozmente, sin dejar de decir lo que quería decir y ya había dicho novecientas veces, y pronto cesaron incluso esas interrupciones.

Cesaron porque Sheemish había retomado un proyecto que nunca había abandonado del todo: el deseo de exaltarse e imponerse a Chu-bu, realizando un milagro; y, como estaban en una zona volcánica, había elegido un pequeño terremoto como milagro más fácilmente asequible a un dios pequeño.

Ahora bien, un milagro solicitado a la vez por dos dioses tiene el doble de probabilidad de cumplirse que si es deseado por uno solo, y una posibilidad incalculablemente mayor que cuando dos dioses tiran cada uno por su lado; como ocurre en el caso de dioses más antiguos y más importantes: cuando el sol y la luna apuntan a la misma dirección tenemos las mayores mareas.

Chu-bu nada sabía de la teoría de las mareas, y estaba demasiado ocupado con su milagro para darse cuenta de lo que Sheemish estaba haciendo. Y súbitamente se consumó el milagro.

Fue un terremoto muy localizado, pues existen otros dioses además de Chu-bu o incluso Sheemish, y éstos habían querido que fuera pequeño; mas derribó algunos monolitos de una columnata que soportaba un ala del templo e hizo caer todo un muro del mismo; y las humildes casuchas de los habitantes de aquella ciudad temblaron un poco, y algunas puertas se bloquearon y no podían abrirse. Ni Chu-bu ni Sheemish pretendían hacer nada más; mas habían puesto en marcha una vieja ley más antigua que el propio Chu-bu: la ley de la gravedad, que aquella columnata había aplacado durante centenares de años; y el templo de Chu-bu se estremeció, luego se tambaleó una vez y finalmente se derrumbó sobre las cabezas de Chu-bu y Sheemish.

Nadie lo reconstruyó, pues nadie osaba acercarse a dioses tan terribles.

Algunos dijeron que Chu-bu hizo el milagro; otros dijeron que fue Sheemish; y se originó un cisma. Los más débiles, alarmados por el encono de las sectas rivales, buscaron un término medio y dijeron que ambos lo habían realizado; mas ninguno de ellos adivinó la verdad: que lo hicieron por rivalidad.

Y un rumor surgió, y ambas sectas lo compartieron: quien tocase a Chu-bu o mirase a Sheemish, moriría.

Así fue como adquirí a Chu-bu cuando una vez realicé un viaje más allá de las colinas de Ting. Lo encontré en el derrumbado templo de Chu-bu: sus manos y dedos de los pies sobresalían de los escombros, y estaba tendido boca arriba. Y en esa misma postura en que lo encontré lo he mantenido hasta la fecha sobre la repisa de la chimenea; de esa manera está menos expuesto a ser derribado. Sheemish estaba roto, de manera que lo dejé donde estaba.

Y Chu-bu parece tan desvalido, con sus regordetas manos alzadas, que , a veces, me entran ganas de inclinarme ante él y rezarle, diciendo: "Oh, Chu-bu, tú que lo has creado todo , socorre a tu siervo".

Chu-bu no puede hacer mucho, aunque estoy seguro de que en cierta ocasión en una partida de bridge me envió un as de triunfos, después de que en toda la velada no había tenido una sola carta que mereciera la pena. La suerte podía haber hecho por mí otro tanto, mas eso no se lo conté a Chu-bu.

Milagro - José Luis Zárate

     Dorian Gray presenció el terrible milagro. Él cambiaba día a día, convirtiéndose en un monstruo arrugado, con manchas hepáticas, dientes caídos, perdiendo todo el pelo y su retrato en la pared permanecía inalterable, feliz, siempre joven.

Milagro en la Luna - Kurt Karl Doberer

 Hacía algunos minutos que la antena direccional instalada en las anchas espaldas de mi termocoraza no recibía las señales...

Comprobé el paso de los minutos en el cronó­metro, para girar en círculo. Pero el zumbador per­maneció mudo. El campamento ocho no enviaba la acostumbrada serie de ondas intermitentes.

Preocupado, moví la cabeza dentro de la esca­fandra de plástico y acerqué la boca al micro. El leve crujido de la membrana me demostró que la ligera presión había sido suficiente para conectar debidamente el emisor... ¡Al menos me tenían que oír!

—¡Hallo, hallo! —dije, sin duda de manera algo brusca y excitada—. ¡Hallo, hallo! ¡Aquí habla Dalton!

Pero todo parecía estar en orden. Apenas trans­curridos unos segundos, me contestó una voz grave y tranquila:

¡Hallo, aquí el campamento! Le oímos, Dalton.

Como de costumbre, no logré distinguir si era Mellton, el jefe, o nuestro técnico Maier. Supuse que sería este último.

—¿Qué ocurre con...?

—¿La señal? Ya vuelve a funcionar —me cortó Maier, contra todas las reglas. Él era así—. Hubo una interrupción en el contacto —agregó luego—. Y es que, automáticamente...

Tatiitiitií..., intervino entonces la señal. Esa si que podía permitírselo. La señal era siempre lo pri­mero. Me sentí satisfecho.

—Aquí todo marcha bien. ¿Quién habla?

—Soy Maier.

—Pues dile a Mellton que venga y se traiga el quemador de choque. Es mejor ir prevenidos. ¡Sabe Dios lo que nos espera en el fondo del cráter!

—¡Okay! —repuso Maier, arrastrando las voca­les como hacía Mellton, de quien se le había pegado.

¡Tatiitiitií!, sonó de nuevo la señal.

Ya calmado, proseguí mi camino por encima de la vítrea rocalla. El chorro de luz de mi linterna, que se hundía cortante en la oscuridad, tanteaba el sendero que debía seguir. Yo lo había hecho ya ju­guetear un par de veces por la empinada ladera, y siempre parecían saltar miles de chispas, destellos de los más variados colores, en el lugar donde la luz rozaba el suelo.

De pronto pisé una superficie lisa como un es­pejo o, con más exactitud, como el acero. En mi lucha por mantener el equilibrio dirigí la linterna hacia abajo. Un cristal octaédrico despedía todos los tonos del arco iris. Cegado, intenté aferrarme en el vacío. Mis pies resbalaron y caí. Mientras me desplomaba, pensé: «Ese cristal...»

Lo primero que recuerdo con claridad es que, al seguir adelante, tambaleándome, tropezaba a cada momento con cantos prismáticos. Volví a encender la linterna, pero todo se me antojó extraño e irreal. Tuve la sensación de haber abandonado el campa­mento años antes.

Entonces comprendí lo que me había hecho per­der el equilibrio. Era ridículo que en la Luna me hubiera sorprendido tal cosa. ¡Diamantes! Diaman­tes del tamaño de calabazas, nacidos en forma de octaedros de un río de carbono líquido y ardiente... Miles de toneladas de cristal yacían bajo el cielo nocturno como un mágico laberinto. Donde penetra­ba el fino rayo de luz, todo estallaba en mil reflejos.

Y allí permanecían esparcidas las piedras. De ser más pequeñas, cabrían en los bolsillos. Con la punta de tungsteno de mi calzado golpeé una de las caras de un diamante. Ésta no se astilló ni quedó tan siquiera señalada por un arañazo. La dura punta metálica se deslizaba suave por encima.

Apagué mi linterna. Las cinco mil relucientes es­trellas del cielo negro llamaban a sus diez mil her­manos surgidos de un petrificado caudal de carbono. Una pálida luz bañaba la ladera. Una luz no sepa­rada de las tinieblas, como la que debió imperar antes de la creación del mundo...

El sistemático tictac del cronómetro me sacó de mis sueños. Con gesto mecánico miré la esfera del instrumento. Las veintitrés treinta. Pocos mi­nutos más, y el sol pondría fin a esa descolorida noche. Por entre las cadenas de cristales busqué mi senda hacia arriba.

Las veintitrés treinta y cuatro. Una franja de fuego asomó al horizonte. Bastaron unos segundos para transformar la noche en día. Diez, veinte mil focos perforaron la negrura que me rodeaba. Ruti­lantes haces de rayos se arrojaron sobre el borde del mar de lava, y allí chocaron contra el río de nítidos cristales. Saltaron los rayos en astillas y se multiplicaron, formaron cintas de increíbles colores y se levantó impetuoso un castillo de fuegos artifi­ciales. El sol seguía enviando nuevos ejércitos de rayos. Miles de millones de refulgentes haces se di­vidían en mil veces más espigas deslumbradoras, volcándose en loca orgía de chispas sobre aquellas grandiosas cataratas de luz.

Poco antes me había permitido sonreír con cierto desprecio ante la abundancia de unos diamantes que, dadas las circunstancias, no tenían valor algu­no. Ahora, sus gavillas de chispas se lanzaban con­tra mí y deslumbrantes vorágines de colores me dejaron casi sin sentido. Aunque protegidos por los cristales de cuarzo, mis ojos parecían clavados en aquellos frenéticos remolinos de luz. Unos puntos rojos empezaron a formar palpitantes círculos en grandes aros verdes. Creí hallarme en un indescrip­tible paraíso infernal. Súbitamente cayó sobre mi cuerpo una lluvia de rayos blancos, de modo que tuve la impresión de haberme secado y apergami­nado. Algo me quemaba, ahogaba y estrangulaba. Y ese algo penetró en las ranuras de mis ojos como un solo rayo perturbador, y allí quedó clavado como un cuchillo. Lleno de angustia quise llevarme las manos al rostro, pero caí de bruces.

Tuve la suerte de quedar de cara al suelo. Cuan­do recobré el conocimiento, palpé el terreno con las manos. Despacio. A través de la delgada coraza térmica que las protegía, noté las cortantes aristas de los cristales.

Recordé entonces las secas y claras instruccio­nes de Mellton: «Cuando el sol oscila encima del horizonte, los diafragmas iris de las ranuras visua­les deben quedar reducidos al máximo.» Y me pa­reció escuchar de nuevo una advertencia especial: «¡Lo mejor, Dalton, es conectar en seguida los fil­tros de luz!»

Mi propia experiencia acababa de dar la razón al consejo del jefe. Poco había faltado para que el aprendizaje me saliera caro. Era de esperar que, en adelante, realizara esos movimientos de forma au­tomática.

Cuando me levanté, pude soportar mejor la luz. Pero desde donde yo estaba no tenía vista alguna. La cresta de la pared del cráter quedaba más alta. Me dispuse, entonces, a trepar en diagonal la cuesta que me faltaba.

Con fatigosa respiración vi, por fin, el borde del gigantesco y ovalado cráter. Era el primer hom­bre, el primer habitante de la Tierra que lo alcan­zaba caminando hacia el sur desde el campamento. Ahora se demostraría si los astrónomos estaban acer­tados en sus observaciones o no.

Mis ojos siguieron la cresta, vacilantes, y des­pués se deslizaron hacia un extenso campo de lava, cráter adentro, para quedar prendidos en el juego de los coloreados gases que brotaban en el fondo de la enorme cuenca.

Lo que otros habían creído ver a través de los telescopios especiales de los observatorios, aquellos velos de vapor producidos por los gases arrojados, no eran, entonces, alucinación de sus ojos cansados.

Allí arriba reinaba un silencio aterrador. Rocas y trozos de lava yacían ardientes, llenos de luz. Y encima de mí el inmenso vacío, sin aire, sin gas. Abajo, en cambio, en el fondo del cráter, había pul­sante vida y nieblas en constante girar.

Lentamente comencé el descenso. Como en los géiseres de Islandia, ascendían de la infernal boca borboteantes vapores que, después, se extendían so­bre la llanura cual jirones de gasa blanquecina. Las altas paredes del cráter formaban una especie de cuenco de leche colosal, cuyo contenido hervía ame­nazador.

Mi altímetro marcaba ya cuatrocientos metros de descenso. El termómetro colocado en la parte ex­terior de la coraza térmica había rebasado ya a la mitad de los grados que indicara arriba, en el borde del cráter, cuando estaba expuesto al calor blanco despedido por el sol. Donde me encontraba ahora, su fuerza era quebrada por tenues nubes.

Pude ver, finalmente, las partes más profundas del multicolor fondo del cráter. Sus tonalidades constituían una excepción entre la gris monotonía de la piedra lunar. Pero lo que de súbito apareció ante mis ojos me paralizó durante unos instantes. Así fue, en realidad. Un imponente géiser saltaba del fangoso y oscuro suelo, y alrededor del chorro ser­penteaban y se retorcían unos horribles seres ver­des.

Me apoyé en un bloque de lava para restablecer mi equilibrio. A través de mi telescopio observé aquellas criaturas. Desde luego eran asquerosas y feas, pero no era belleza lo que esperábamos encon­trar en la Luna. Estudié sus detalles hasta que me dolieron los ojos, y tuve que cerrarlos sin haber podido familiarizarme con los extraños bichos.

Éstos balanceaban la cabeza ligeramente levan­tada y sus rojos y redondos ojos estaban clavados en el humeante manantial. Se revolcaban con placer y dejaban que el líquido ardiente cayera sobre sus largos cuerpos. Allí donde el azulado chorro les to­caba, se hinchaban pictóricos de vida, y su viscosa piel verde lanzaba metálicos destellos.

El salto dado desde la última plataforma de lava me hubiera costado los huesos en la Tierra. También los gusanos debieron percibir la ligera sacudida, pues sus cuerpos se enderezaron en actitud de expecta­ción.

Para acercarme al borde del cráter interior, de menor tamaño, tuve que rodear el lodazal donde se movían los monstruosos animales, que con sus lar­gos cuerpos de babosa y sus lisas cabezas de reptil resultaban cada vez más repelentes. Me dije que aquellos ojos rojizos y planos, con su aspecto turbio, no podían tener una vista aguda. Pero también era posible que yo no interesara a los verdes habitantes del fango por considerarme bocado poco apetitoso. De momento, al menos, no se metieron conmigo.

El segundo cráter, no tan extenso y más profundo, se hallaba en el centro de la gran elipse del pri­mero, y sin duda también tenía un diámetro de mil metros. No obstante, en medio de la gigantesca boca parecía el resto de una pequeña burbuja ya reventada. Desde donde yo estaba, era fácil bajar hasta su llano suelo.

Una y otra vez apliqué cuidadosamente el teles­copio a las ranuras de mi escafandra. Acababa de descubrir otra cosa. Allí abajo vivían unos seres bulbosos que formaban una dilatada colonia y per­manecían quietos como bejines o estrellas de mar.

Bastante lejos de mí, un desagradable gusano verde se disponía a devorar uno de esos bulbos. En un par de saltos aterricé en el fondo del cráter interior. Avancé poco a poco a la vez que graduaba mi anteojo. La colonia de bulbos se extendía a mi alrededor, en amplio círculo.

El gusano había atacado a un tubérculo que cre­cía sólo en la parte alta de la pendiente. Vi perfec­tamente cómo le arrancaba un trozo del costado. Pero, entonces, el bulbo cobró súbita vida. De su masa parda brotaron unos tentáculos que, primero, confundí con antenas de caracol, aunque en seguida observé que la diminuta punta redonda se abría como la corola de una flor, para dar paso a algo brillante, en forma de gancho o, mejor dicho, de garra.

Esos brazos avanzaron tanteando hacia el cuerpo de la alimaña verde y se clavaron en su liso vientre. Ahora, el bulbo pareció separarse también del suelo. El gusano se combó furioso y empezó a retorcerse en todas direcciones. Su córnea o espumajeante boca mordía el tubérculo y le arrancaba pedazos.

De repente se oyó un grito salvaje y desconocido. Los gases y vapores transportaron aquella voz, que llegó hasta mí a través de la niebla. Horrible, débil y, al mismo tiempo, estridente. Inmediatamente supe que aquello era un grito de muerte.

Tubérculo y gusano se habían convertido en una sucia maraña verdegrís. Imposible distinguir quién estaba agotado y quién había sucumbido.

La angustiosa voz de muerte desató un eco ho­rrísono. En el borde del cráter se alzó una ola de sonidos chillones y extrañamente gorjeantes. Debía ser la respuesta de los seres verdes del géiser. ¿Aca­so iban a acudir en ayuda de su congénere?

También en las colonias de tubérculos se pro­dujo un zumbido que iba aumentando de tono. Me pareció que los bulbos se apretaban unos contra otros. Con sumo cuidado me aproximé a un grupo de esas gelatinosas bolas de color castaño y tan re­dondas como raros y caprichosos hongos. Allí donde el sol las tocaba, se adelantaban unos brazos, apén­dices de carne roja y veteados de gris. Entonces, los bulbos parecían pulpos o asteroideos gigantes.

¡Y de nuevo un sonido agudo, estridente! Proce­día de dos tubérculos que, hinchados y rebosantes de energía, yacían al sol. Uno de ellos parecía que acabara de arrancarse del suelo. De un lado, de su vientre, salía un líquido espeso y amoratado. El sor­prendente ser avanzaba hacia el otro bulbo sobre sus tentáculos enrollados, torpe como una tortuga.

Yo estaba muy cerca. Súbitamente, en la parte más alta de su espalda verrugosa, se abrió un sin­gular ojo que hundió en mí su mirada de maldad, surgida de un cristal amarillo y refulgente. Un tentáculo se alzó amenazador y se disparó hacia el vacío. Retrocedí tambaleándome. Después de una breve vacilación, aquella criatura indescriptible vol­vió a dedicarse a su congénere.

Ambos tubérculos emitían constantemente unos chillidos agudos, que aturdían. Se arrimaron todavía más y montaron uno sobre el otro. De los extremos de los cinco tentáculos, que se contraían convulsi­vamente a intervalos, goteaba viscosa la sangre rojiazul, que llegó a formar un charco. Pegada al liso suelo de lava, se secaba temblorosa. Un centelleante estremecimiento recorrió los cuerpos de aquella es­pecie de celentéreos lunares. Su piel tersa y tirante se tornó áspera y rugosa. Por doquier aparecieron profundas grietas, de las que brotaron humeantes surtidores amarillentos. En un mar de vapor dis­tinguí, entre la informe masa, unos bultos transpa­rentes que se iban cristalizando. Una pastosa y aglu­tinante capa celular los recubría poco a poco.

Todo volvía a pulsar de manera regular, contra­yéndose para dilatarse otra vez. Una vida nueva parecía penetrar en las jóvenes formas. Con brus­cas sacudidas y misterioso sonido se creaban asteroideos, cubiertos en seguida por una azulada piel protectora que empezaba a secarse en seguida.

Detrás de mí oí el ruido de algo que se arras­traba. Me volví lentamente, y me hallé ante algo que hizo congelar mi sangre en las venas y me aga­rrotó la garganta.

Los gusanos habían percibido el grito de muerte de su congénere. Y venían. Se acercaban en ancho frente. De las repugnantes bocas de sus oscilantes cabezas de reptil rezumaba una saliva verdosa.

Las colonias de bulbos parecieron despertar de un sueño. Vigilantes párpados se abrieron sobre ojos de amarillo cristal. Miles de tentáculos se ade­lantaron captatorios para levantarse luego amena­zadores. Al cortante y ensordecedor grito de guerra de los gusanos, respondieron los bulbos con el agu­do y monótono zumbido propio de los mosquitos.

Me vi metido en pleno campo de batalla. Apresado entre la fila de los furiosos gusanos y el tenso semicírculo de bulbos. Sentí desconcierto y horror. Y la locura se apoderaría de mí antes que me llegara la muerte en medio de aquella viscosa vorá­gine de baba y venenosa saliva. Un frío sudor bañó todo mi cuerpo.

Con las últimas fuerzas logré conectar el radio­goniómetro y sintonizar la emisora.

—¡Mellton! —chillé—. ¡¡Mellton...!!

Luego perdí el conocimiento y me derrumbé en mi coraza metálica.