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Modelados en barro - Alicia Giménez Bartlett

Lo más cerca que había estado Garzón de un modelo de alta costura fue el día que lució su traje de Primera Comunión. Mi caso no era muy diferente; claro que, al menos, yo conocía la existencia de pasarelas, diseñadores, colecciones de invierno y hasta había oído hablar de Yves Saint-Laurent. 

El subinspector, no. Lo de colección le sonaba a sellos, la pasarela a puente y a Saint-Laurent hubiera podido confundirlo con un mártir francés. Puede que fuera debido a ese obvio desconocimiento de la materia por lo que levantó ampollas nuestra designación. 

Todos los compañeros acusaron al comisario Coronas de injusticia: «¿Por qué ellos y nosotros no?» era la pregunta. Por una vez se morían de ganas de trabajar; en especial los jóvenes, todos unos esnobs que se gastan la pasta en zapatos italianos y camisas de marca, y para quienes la palabra «diseñador» está muy por encima de cualquier otro quehacer. 

Supongo que es cosa de épocas, en realidad. En la mía el esnobismo era harapiento, con lo que al menos ahorrábamos y podíamos seguir denostando al Capital. En tiempos del subinspector... bueno, imagino que con tener una buena bufanda para pasar la posguerra ya podía uno sentirse feliz.

Para que nos adjudicaran este caso supuso una ventaja ser mujer. El comisario pensó que nosotras estamos más cercanas a la moda, el costurero, la aguja y el dedal. Podía pensar lo que quisiera, no iba a ponerme a discutir. Aunque en realidad toda aquella excitación alrededor del caso no era tanto por el diseño como por estar cerca de las bellas modelos que teóricamente nos rodearían por doquier. Pero nada resultó tan idílico y lo que conseguimos fue cargar con un caso que conllevó un gran trabajo y acabó siendo difícil de resolver.

Habían matado a una chica, una modelo profesional. Apareció tendida por la mañana en el taller del diseñador por el que estaba contratada. Yacía sobre el lago de su propia sangre, alta y hermosa, como una zancuda a quien un cazador furtivo hubiera disparado sin piedad. Le habían pegado un tiro en el corazón. Según el forense, a las doce de la noche del día anterior. El arma era una pistola que el diseñador conservaba en el cajón de una mesa por seguridad. Nunca la había usado. Estaba tirada junto al cadáver, sin ninguna huella dactilar.

Cuando aparecimos por el taller el propio diseñador salió a recibirnos envuelto en lágrimas, nervios y un kilométrico fular. Todo aquello era trágico, impensable, patético. Que hubieran asesinado a Luz Ribó, una belleza en plena juventud, ya era espantoso de por sí, pero encima la cosa sucedía en su mismo establecimiento, y a dos días vista de que se presentara la nueva colección.

—¿Se da cuenta, inspectora?, dígame qué puedo hacer. No hay más remedio que seguir adelante, y ¿cómo puedo yo trabajar en medio de una conmoción tan espantosa? Estoy destrozado por el dolor y ¡hay periodistas apostados en cada esquina de la calle!

—¿Conocía bien a la chica?

—¿Está bromeando? ¡Yo la formé, trabajaba casi exclusivamente para mí! ¡Era como mi hija!

—¿Cómo pudo entrar por la noche en su taller?

—¡Tenía una llave! Yo me fío de mi gente, inspectora. ¿Usted no?

Un tipo curioso, el tal Pepín Rodríguez, modisto reputado, nervioso, frágil, de ademanes exagerados y teatrales... Me negaba a caer en el tópico del diseñador gay, pero a veces nada hay más seguro que un buen tópico. Solo con preguntarle a uno de sus empleados ya tuve la confirmación de mi sospecha. «¿Que si es gay Pepín?», fue su respuesta y en ella flotaban los aires de obviedad. «¿Cristóbal Colón?, descubridor de América, naturalmente». 

Perfecto, de ese modo podíamos descartar la relación pasional entre el modelador y su modelo. Ya se sabe que las pasiones no hacen sino enmarañar. Claro que la pasión no era del todo eliminable tratándose de una mujer tan bella. En cualquier caso el modisto tenía coartada. Había cenado en su casa con dos amigos. Ambos se hallaban dispuestos a testificar. Lo harían sin duda alguna, pero de momento nos disponíamos a empezar por la familia como hacíamos siempre.

Luz estaba independizada, vivía en un apartamento del barrio de Sarrià. Los registros que allí efectuamos no nos dejaron conocer ningún rasgo oculto de su carácter. Parecía una muchacha normal y corriente cuya vida se centraba en el trabajo. Leía algunos libros de temas variados, coleccionaba revistas de moda, alguna de decoración, y oía música moderna en su nuevo y flamante compact disc. 

En las paredes del dormitorio se alineaban pósteres de los personajes más contradictorios entre sí: el Papa, Brad Pitt, Martina Navratilova, Che Guevara... Pero todos estamos habituados al eclecticismo de los mitos, de modo que pocas enseñanzas pueden sacarse sobre las ideas de una persona que los selecciona quizás al azar. 

Distribuidas por toda la vivienda había muchas fotos enmarcadas: Luz en un desfile, Luz con otras modelos al lado de Pepín, Pepín y Luz en una fiesta, Pepín solo con un trofeo en las manos... Estaba claro que el modisto era algo más que su patrono, quizás debiéramos considerarlo como su mentor.

Nada hacía pensar que la chica tomara drogas, llevara una vida desordenada o estuviera conectada a algún tipo de marginación. A la vista de su apartamento tampoco le faltaban medios económicos. Seguros de que de allí no sacaríamos nada más, pasamos a visitar a la familia. 

En ese punto se acabó el ambiente de sofisticación. El matrimonio Ribó y sus dos hijos adolescentes vivían en la calle Virrey Amat, un barrio de clase trabajadora de los más despersonalizados de Barcelona. El padre era conductor de autobús. De lo primero que fuimos testigos fue de la absoluta desolación que reinaba allí. 

El menguado piso estaba lleno de gente: vecinos, amigos, familiares, todos se sentaban en sillas y suspiraban, al tiempo que había un curioso tráfico de mujeres que servían refrescos y tazas de café. Pedimos hablar con los padres a solas. Estaban devastados, como si sobre ellos hubiera caído una inundación o un terremoto. A duras penas conseguían mantener la dignidad. Fue la madre quien reunió el coraje suficiente para responder a nuestras preguntas mientras su marido tenía la mirada fija en la pared.

Tal y como habíamos previsto, el relato de las circunstancias y la personalidad de Luz estaba altamente idealizado. Su hija poseía un montón de virtudes, todos los perfiles de un cuadro angelical. Era amable, bondadosa, buena hija, cariñosa, trabajadora y responsable. A ellos nada les faltaba, pero, sin embargo, la chica siempre se había empeñado en ayudarles con alguna cantidad al mes. Y les hacía regalos: un gran televisor de pantalla panorámica, motocicletas para sus hermanos, anillos de oro... De vez en cuando interrumpía su enumeración para llorar.

—¿Cómo empezó su hija en el mundo de la moda, señora Ribó?

—El señor Pepín puso un anuncio en el periódico pidiendo modelos y ella se presentó. Como era tan guapa la escogieron.

—¿La escogió el señor Pepín personalmente?

—Sí, y entonces la envió a una escuela de modelos para que aprendiera. Él se lo pagó todo, dijo que tenía muchísimo futuro. Luego le dio trabajo en su empresa.

—¿Siempre se ha portado bien con ella?

—¿Bien?, era como su segundo padre.

—¿Ustedes lo conocen?

—Lo hemos visto un par de veces.

—¿No ha venido por aquí a darles el pésame?

—Llamó por teléfono ayer. Dice que está tan destrozado que no puede ni acercarse a nuestra casa, que cuando se encuentre más repuesto nos telefoneará.

—Entiendo. Una pregunta más. ¿Sabe usted si su hija tenía algún novio o salía con alguien?

—Creo que no.

—¿Cree?

—Mi hija estaba siempre muy ocupada, venía a visitarnos y nos contaba que se pasaba la vida trabajando. Viajaba al extranjero, hacía sesiones de fotos, ni siquiera podía tener amigas como cualquier chica de su edad.

En ese momento el padre de la chica se echó a llorar inopinadamente.

—Si hubiera tenido una profesión normal aún estaría viva. Si hubiera sido dependienta, o camarera.

La mujer se volvió bruscamente hacia él.

—¿Quieres dejar eso ya? ¡Quién sabe lo que podría pasar si las cosas fueran de otra manera, pero son como son!

—Yo no quería que se hiciese modelo.

—Tú hubieras querido que viviera como yo, toda la vida metida en casa y sin un duro.

—Señores, por favor... —intenté cortar cualquier posibilidad de discusión enconada. El hombre volvió a mirar a la pared. Y así lo dejamos, mirando a la pared dura y vacía con la que sin duda volvería a encontrarse cada mañana durante el resto de su existencia.

—Un asunto feo, ¿verdad? —le comenté a Garzón cuando salíamos.

—No pinta nada bien.

—Si no hay motivos pasionales, ni drogas, ni temas familiares...

—Permítame decirle, inspectora, que está siendo anticuada e incluso sexista. Suponer que porque se trate de una mujer solo puede haber familia, sexo o caída en la debilidad... ¿Qué me dice del trabajo? Podemos encontrarnos ante un caso de espionaje industrial, de celos profesionales...

—¡Caramba, Fermín, hoy juega usted fuerte!, ¿está pretendiendo darme una lección?

—Ninguna que no haya recibido antes de usted.

—Muy bien, de acuerdo, touchée; pero reconózcame al menos que matar por espionaje no es lo corriente.

—Tampoco estamos en una profesión habitual. Usted sabe que esos diseñadores son como artistas. Imaginemos que Pepín Rodríguez, después de haber criado a esa chica a sus pechos, es un decir, descubre que está pasándole información de sus nuevos modelos a la competencia. ¿No podría haber sufrido una reacción temperamental?

—¡Carajo!, creí que no sabía nada sobre modas.

—Usted siempre tiende a creer que soy como un oso en la caverna pasando la hibernación.

Lo miré con sorna.

—Imposible, Garzón, sería usted incapaz de resistir todo un invierno sin comer.

Un poco de esgrima siempre es positivo. ¿Hasta cuándo me sorprendería mi compañero? No tenía ni idea de si su conjetura podía ser atinada, pero lo sustancial de ella era que apuntaba a Pepín. Sin duda el protagonismo del modisto en la vida de su modelo resultaba lo suficientemente llamativo como para convertirlo en un sospechoso. 

Siempre he desconfiado de las personas que modelan a otras personas, me parece un proceso envenenado de raíz. Los pigmaliones acaban por creerse con derechos sobre sus criaturas, y estas tienden a pensar que todo se lo deben a su mentor.

—No olvidemos que el crimen se cometió con la pistola de Pepín. Aunque no haya sido él el asesino, quien la haya cogido sabía en qué sitio del taller solía guardarla. ¿Ha investigado si tiene licencia?

—La tiene —dijo Garzón—. Y justamente la reflexión que usted hace me inclina a pensar en un problema profesional.

—Pero el diseñador tiene coartada; por cierto, una coartada en la que debemos profundizar. ¿Ha conseguido las direcciones de los amigos que cenaron con él?

—Sí. ¿Quiere que los cite en comisaría?

—Esperemos un poco, me inclino a empezar por las compañeras de trabajo de Luz. Habrá que verlas a todas. ¿Le parece adecuado?

—Me parece de perlas.

—Estaba convencida.

Las chicas eran siete. ¿Compararlas con siete flores resultaría cursi? Me temo que sí; inexacto, además. En realidad eran como siete tallos firmes, enhiestos, flexibles, ondulantes. «La naturaleza es injusta», pensé al ver tanta belleza reunida. Garzón no estaba de acuerdo, por supuesto, o al menos tales injusticias no lo hacían sufrir. Se movía entre ellas con un deje coqueto o, siguiendo con la comparación campestre, como un distinguido abejorro encantado de mariposear.

El interrogatorio a que las sometimos se hallaba cortado por el mismo patrón. Preguntábamos qué tal relación tenían con la muerta, si habían observado cambios en su vida o en su carácter últimamente, si conocían a sus amigos, si tenían datos que las hicieran sospechar de alguien en concreto. 

Lo malo era que sus respuestas se alineaban en idéntica uniformidad. Conocían a Luz, naturalmente, pero no tenían con ella vínculos amistosos especiales, ni sabían qué tipo de personas frecuentaba, aunque imaginaban que no salía demasiado. Eso se revelaba como característica constante, y una de las chicas acertó a explicárnoslo muy bien.

—Nosotras apenas hacemos vida social. Viajamos, tenemos compromisos profesionales, vamos al gimnasio para estar en forma, no salimos por la noche, no bebemos alcohol, no podemos asistir a cenas ni a comidas porque solo tomamos lechuga y comida light... En fin, ya lo ven, no hay tiempo para los amigos.

—Detesto la comida light... —comentó Garzón—, aunque me lo propusieran mil veces nunca me haría modelo.

La chica sonrió divertida, lanzando una mirada de soslayo a la pinta juncal de mi compañero. Luego se volvió hacia mí y añadió:

—¿Han hablado con Lena? Lena y Luz se llevaban bien, eran amigas. Seguro que ella sabe más cosas sobre su vida.

Lena tenía el cuerpo espigado como las otras, los hombros altos, el talle estrecho. Mostraba una boca carnosa, quizá siliconada, y de su actitud emanaba un desprecio sutil, un cierto desencanto.

—¿Que si éramos amigas?, pues sí, hablábamos en los ratos libres.

—¿Cómo era Luz?

—Alegre, más lista que estas otras.

—¿Qué quiere decir?

—Mire, en este oficio todas empezamos creyéndonos que un buen día aparecerá un productor de Hollywood y nos propondrá pasarnos a hacer películas. Pero solo unas pocas nos damos cuenta pronto de que eso no sucederá. Luz era de esas pocas.

—Y, por supuesto, usted también.

—Sí, yo también. Sé que puedo seguir tirando profesionalmente tres o cuatro años más. Se gana dinero y no es un mal trabajo, pero soy una modelo del montón y tengo claro que esto no va a durar toda la vida. En cuanto tenga un poco de pasta ahorrada, mi proyecto es poner una buena tienda de jerseis.

—¿Era Luz de su misma opinión?

—Era más clásica, confiaba en el matrimonio. Pensaba que la solución pasaba por encontrar un buen marido rico.

—¿Y se aplicaba a ello?

—¡Qué va, era un desastre! ¿Han visto esas comedias antiguas americanas que pasan por televisión? Siempre tratan de chicas guapas que aspiran a casarse con un millonario y acaban enamorándose de un pelagatos encantador. Pues Luz hacía lo mismo.

—¿Tenía novio?

—Yo le he conocido tres. Bueno, en realidad solo me presentó a dos. Del último me dijo algo, pero poco. Se había enamorado como una loca de él, esta vez de verdad. Pero no se atrevió a presentármelo, quizá sea basurero o algo peor... ¿Es guapo por lo menos, inspectora?

—No sabemos de quién habla, Lena. Nadie ha aparecido diciendo que es su novio y la familia nos aseguró que Luz no salía con ningún hombre.

Lena se quedó desconcertada. Sus grandes ojos ribeteados de negro me taladraron.

—¿Está segura de la existencia de ese muchacho? —le pregunté.

La voz le tembló un poco.

—No sé, la verdad, me deja de una pieza. Que los padres no supieran nada es normal, nunca les contaba mucho; pero que el tipo no se haya presentado... ¿Se habrá enterado de que está muerta?

—Si la llama a su casa verá que no está, lo normal es que pregunte por ella en el trabajo.

—Iré a investigar si han dejado recados desde ayer —terció Garzón y se ausentó un momento. Al cabo de cinco minutos volvió negando con la cabeza.

—¿Quién podría conocer a ese chico, Lena?

—Le aseguro que no lo sé.

—¿Quizás Pepín?

—Ni hablar. Pepín la tenía dominada, peor que un padre era. Los otros dos novios se los ocultó.

—¿Y qué me dice de la pistola, quién sabía que estaba en ese cajón?

—¡Todo el mundo, inspectora!, era cosa de cachondeo. A mí me parecía que tenerla cargada era una barbaridad. Alguna vez la habían sacado las chicas para gastar bromas. Se lo avisé a Pepín, pero como es así...

—¿Cómo?

—¡Bah, un poco despreocupado!, aunque es un buen hombre, la verdad.

—¿Tiene alguna idea de quién mató a Luz?

—No, ni se me ocurre. Pero le aseguro que ha sido un mazazo para mí. A veces pienso que todas acabaremos igual.

—¿Cómo puede decir algo semejante?

—Nosotras nos exhibimos, inspectora, salimos en las revistas y hay tanto loco suelto...

—Muchos menos de los que cree, se lo garantizo. De la locura no hay que esperar grandes males, existen otras cosas que dan mucho más miedo.

Salimos del taller con un ligero encogimiento de corazón. Yo decía que la chica era realista, pero el subinspector la englobaba en un pesimismo casi anormal. Daba lo mismo, su testimonio fue útil, como lo fueron los datos que nos dio para localizar a los novios de Luz. A todos menos al tercero, naturalmente. 

Preguntamos a todo el mundo en el taller y nadie sabía nada de ningún muchacho que alguna vez hubiera ido a recoger a la muerta, ni que la hubiera llamado, ni que el último día se hubiera presentado de improviso.

—Los fantasmas son invisibles, inspectora.

—Siempre lo son por algún motivo.

—La chica lo ocultaba a los demás.

—¿Por qué?

—Para no perder su trabajo. Las modelos con novio están mal vistas.

—En eso modelos y policías somos iguales.

Localizar al primer novio de Luz fue casi tan fácil como descartarlo. Era vendedor de electrodomésticos y desde hacía un año había sido trasladado por su empresa a una tienda de Valencia. Garzón lo confirmó y su propio jefe le dijo que el joven había estado trabajando normalmente en las fechas del crimen. Punto final a su carrera de sospechoso.

La carrera del novio segundo era bastante más prometedora. Se llamaba Ernesto Guzmán y estaba al frente de un establecimiento de alquiler de películas de vídeo. El día que asesinaron a Luz realizaba el turno nocturno que empezaba a las ocho y acababa a la una de la madrugada. Aparentemente su coartada era perfecta. 

Sin embargo, Garzón y yo pensábamos que podía tener agujeros. ¿Quién nos aseguraba que algún amigo no le había hecho el favor de quedarse una hora en la tienda sustituyéndolo? Una hora no era mucho tiempo, pero sí el suficiente como para llegar hasta el taller de Luz, discutir con ella por motivos amorosos, coger la pistola del cajón (no sería la primera vez que estaba allí) y volver a la tienda con el tiempo justo para cerrarla. 

¿Por qué a Garzón y a mí nos daba por pensar algo semejante? Sin duda por la actitud de Guzmán: estaba celoso y resentido contra la muerta. Al parecer ella lo había abandonado por el enamorado fantasma, no hubo transición del uno al otro. Con una sonrisa irónica y crispada Guzmán nos lo contó.

—Se presentó diciéndome que había conocido a alguien y que eso cambiaba las cosas. Así, por las buenas, como si yo fuera un empleado al que se pudiera despedir.

—¿Le dijo quién era ese alguien?

—No, ni a mí me interesaba saberlo.

—¿Le comentó algún detalle?

—¿Qué pasa, creen que lo ha hecho ese hijo de puta?

—Limítese a contestar, es muy importante.

—Solo me dijo que era un tío que estaba más de acuerdo con su mundo. ¿Qué les parece?, su mundo... como si ella perteneciera a una clase superior. Total era una desgraciada igualito que yo, me había contado que su padre era conductor de autobús. ¡Menuda nobleza! Miren, la verdad es que si no hubiera sido tan guapa a lo mejor no hubiera pasado nada de esto. Se salió de lo que le correspondía y esa ha sido su perdición.

Le pedí a Garzón que alguien siguiera a aquel hombre las veinticuatro horas del día. Empezamos también a investigar quién había entrado o salido de la videoteca de las doce a la una del día de autos para verificar si Guzmán estaba al frente. Garzón era escéptico ante estas precauciones.

—Este tipo no se la ha cargado, inspectora, no la pondría tan verde delante de nosotros.

—Seguramente piensa que es eso lo que vamos a creer. Además, lo mismo dijo el padre de la chica y seguro que no se la cargó: «Si no hubiera sido modelo...». Ya ve cómo son ustedes los hombres, subinspector, en cuanto una mujer se libra de su destino miserable...

—Yo creo que es más bien una cuestión social. Cuando uno de clase baja se libra de su destino miserable...

—No le digo que no, pero si hubiera sido un hombre al que se hubieran cepillado nadie le hubiera echado en cara medrar. Al contrario, hubieran dicho que se defendía bien en la vida.

—¿De verdad piensa eso, inspectora?

—No estoy muy segura.

—Entonces no me joda y sigamos trabajando.

No era un prodigio de tacto, mi compañero, pero sus análisis tampoco estaban tan mal. Además, llevaba razón en lo del trabajo. Dejar pasar el tiempo tras los primeros días de un crimen es alejar la posibilidad de una resolución. Nos fuimos a comisaría donde habíamos citado por turno a las dos personas que declararon haber estado con Pepín Rodríguez la noche del asesinato. Debíamos llevar a cabo una comprobación más minuciosa.

El primero de ellos era su viejo amigo de toda la vida, también diseñador, aunque de ropa masculina. En nada se parecía a Pepín. Era gordo, fuertote, relajado, aunque por el modo en que gesticulaba y andaba vestido tampoco podíamos albergar dudas de que era gay. 

Sus pestañas aleteaban más que la Pavlova en El lago de los cisnes, movía las manos al estilo minué y exhibía una camisa brillante con tantas chorreras como un buen jamón. Corroboró la coartada de su colega: aquella noche los había invitado a cenar para enseñarles los nuevos diseños de la colección que preparaba.

—Y fuimos encantados, desde luego, son más de veinte años de amistad. ¿Le ha contado Pepín que somos del mismo pueblo? Nadie daba nada por nosotros cuando salimos, todo eran bromas de mal gusto, escarnios y luego ya ve, han tenido que callarse. Claro que hablo de otros tiempos, la gente era muy atrasada; cuando se lo explico a Lolo ni siquiera se lo cree, pero él es tan joven aún...

—¿Lolo?

—¡Ay, sí, perdone, por Dios!, Manolo García, es el chico que está fuera para pasar a declarar. Lo llevé conmigo a la cena de esa noche. No crea que le gusta venir a nuestras cenas, dice que somos unos carrozas que no paramos de hablar de cosas del pasado, pero como no tenía nada mejor que hacer... Él también es modelo, la joya de mis muchachos.

—¿Vive con usted?

Se quedó mirándome con aire de escándalo. Soltó una carcajada de falsete.

—¡Por favor, inspectora, qué indiscreción!, usted ya sabe cómo son estas cosas, él tiene su apartamento. Además, ¿qué es eso de vivir?: vivir, amar, quizás soñar...

Nos regaló un nuevo arpegio de su voz atiplada.

—Muy bien, señor Masrovira, tendrá que venir otro día a firmar su declaración.

Manolo García corroboró la versión de su jefe. Era un chico extremadamente guapo, pero estaba violento y cohibido. Comprendí que aparecer en público como el amante protegido del orondo Edelio Masrovira no debía ser plato de gusto para él. Salió de nuestro despacho corriendo como el viento, dejando tras de sí una estela de perfume excesivo que formaba una mezcolanza infame con el perfume excesivo anterior.

—Hemos topado con la Orden de la Mariconería en pleno, ¿no le parece, inspectora?

—El tal Edelio debe ser el Gran Maestre.

—¿Y qué me dice de Pepín?

—Pues que ya va siendo hora de interrogarlo como Dios manda. Vamos a su taller, con la coña de la colección se pasa la vida allí encerrado. Estoy convencida de que Luz debió contarle algo de su novio fantasma.

—¿Ha pensado que se trate de un hombre importante?, recuerde las palabras de Guzmán: era alguien más cercano a su mundo.

—Pepín sabrá si alguno de sus clientes tuvo contacto con ella.

—A lo mejor no quiere escándalos y está intentando protegerlo.

—¿Le parece poco escándalo tener un cadáver en la colección de invierno? Les presentaremos el modelo Mortaja, con acabado en crepé y delicado canesú.

Garzón se estremeció y me miró ceñudo.

—¡Carajo, Petra! Con todos los respetos, hay veces que no entiendo su sentido del humor.

El taller de Pepín Rodríguez se había convertido en un auténtico hervidero. ¡Ni en sus sueños eróticos más alborotados había podido imaginar Garzón nada igual! Las modelos corrían medio desnudas de un lado para otro, daban gritos, se sometían a las manos de costureras y peluqueros. 

Cuando pasaban a nuestro lado sonreían o nos miraban con cara de circunstancias. Tenían pieles aterciopeladas y ojos exageradamente maquillados, dientes blancos. Perdí a Garzón entre aquel trajín, y entonces fue cuando localicé a Rodríguez dando los últimos toques a la falda de una modelo. Puso los ojos en blanco al verme.

—¡Por Dios, inspectora!, ya me extrañaba que no me hicieran ampliar mi primera declaración. Aunque la verdad es que no he tenido tiempo de extrañarme, ni de pensar siquiera. Lo cual es perfecto, porque en cuanto presente la colección empezaré a darle vueltas a lo que ha pasado y me hundiré por completo.

Mientras hablaba, pinchaba alfileres sobre la túnica que lucía una chica angulosa.

—¿Podemos hablar en privado un momento?

—Le advierto que con mis niñas no tengo secretos.

—Por favor.

Me siguió de mala gana hasta un rincón después de haber dado un montón de indicaciones a la modista que lo sustituyó en la labor de pruebas.

—¿Han averiguado algo? —me preguntó cuando estuvimos solos.

—Señor Rodríguez, las pistas que tenemos nos llevan a pensar en los novios de Luz.

Dio un respingo malhumorado.

—Los novios, naturalmente, los novios; ese era su punto flaco. Se lo advertí más de mil veces, la avisé, pero no me hizo caso.

—¿Estaba usted al corriente?

—¡No! ¿Cree que me hubiera dicho algo? Ella sabía que esta profesión exige una entrega total durante unos años, ¡como si hubieras ingresado en un convento! Yo no sabía nada, pero veía cosas, me imaginaba otras. Sí, los novios, los dichosos novios. ¿Quién les ha contado eso?

—Lena, su compañera.

—Se hicieron muy amigas. Fue una mala influencia para Luz. Es una chica rebelde, follonera, que frecuenta ambientes poco recomendables. Le he soportado demasiadas cosas. Acabo de despedirla.

—¿Por qué?

—La gota que colma el vaso. Vino con la pretensión de organizar un plante si no se garantizaba a las modelos su seguridad. ¡Imagínese, a un día de la presentación! He contratado a una modelo de agencia. Nadie es insustituible.

—Lo lamento por ella.

—¿Les ha dicho quiénes eran esos novios?

—No ha sido una información completa. A ese respecto pensábamos que quizás usted pudiera ayudarnos.

—Ya ve que no.

—¿Existe la posibilidad, aunque no esté seguro, de que Luz hubiera empezado a salir con algún cliente, o quizás algún director de empresa, alguien importante en el mundo de la moda?

Se quedó parado un momento, pensando.

—¡Y quién sabe, era tan inconsciente que igual llegó hasta a eso, el más grave de los errores! Espero que si se trata de uno de mis clientes o del marido de una clienta actúen ustedes con la máxima discreción.

—No se preocupe, pero no tendré más remedio que pedirle una lista de esos clientes habituales.

—No me hace ninguna gracia pero se la daré, supongo que no puedo permitirme el lujo de obstruir a la Justicia.

Había esperado más resistencia. Iba a agradecerle su colaboración cuando sonó mi teléfono móvil. Aprovechó la ocasión para volver a sus jóvenes diosas. Era Coronas, el comisario.

—¿Petra? Al parecer han pescado a una de las modelos del tal Pepín Rodríguez intentando comprar una pistola en los bajos fondos.

—¿Cómo se llama?

—Lena no sé qué. Deberían venir ahora mismo, la tenemos en comisaría.

Cuando acudí a buscar a Garzón lo hallé en una situación inverosímil. Rodeado de una buena docena de modelos en casi desabillé, estaba contándoles algo que las mantenía ensimismadas por completo. Él se encontraba en idéntica actitud de embeleso, ni siquiera me vio.

—¿Puedo interrumpir la investigación, subinspector?

—¡Ah, sí, Petra!; en realidad solo estábamos charlando. Estas señoritas se interesan por el funcionamiento de la policía y ya sabe, es un deber ciudadano informar.

—Soy consciente de ello.

En el coche tuve la persistente sensación de que mi compañero no me escuchaba del todo, inmerso aún en su minuto de gloria entre pimpollos.

—¿Le parece Lena una sospechosa aceptable?

—Es aceptable cuando no hay nada seguro.

—¿Por qué demonios estaría intentando comprar una pistola?

La respuesta que nos dio la detenida fue simple: «Tenía miedo».

—Ha habido un asesinato y ustedes no consiguen averiguar quién ha sido. Supongo que tengo derecho a protegerme.

—¿De quién?

—¡No sé de quién! Ya ve cómo es este asunto, nosotras somos como el ganado, se nos explota y luego a la calle. Puede haber algún loco asesinando modelos por ahí.

—¿Quién le dijo dónde comprar una pistola?

—Tengo buenos amigos.

—Eso nos dijo Pepín Rodríguez.

—¡A saber qué les habrá dicho Pepín! ¿Y él, no puede haber matado él mismo a Luz? Al fin y al cabo no lo he visto demasiado triste por esa muerte; sigue pensando solo en su jodida colección.

—Él estuvo cenando esa noche con el diseñador Edelio Masrovira y otro amigo.

—¿Con ese cerdo?

Garzón se impacientó.

—Mire, Lena, puede que se encuentre usted resentida y asustada; pero con todo esto no vamos a ninguna parte. Ni insultos ni críticas van a librarla de sus responsabilidades.

—¡Yo tampoco lo pretendo, pero no me da la gana de pasar por una delincuente y que todos esos tíos vayan de respetables! Puede que Edelio sea un diseñador muy importante, pero también es un baboso que cada vez que ha venido por el taller ha intentado tocarme y besuquearme. Así que no retiro lo de cerdo.

Nos quedamos sorprendidos y callados. Por fin mi compañero preguntó quedamente:

—¿Y por qué haría una cosa así?

Incluso disculpé a la hermosa Lena cuando le respondió pletórica de sorna:

—¿Usted qué cree, subinspector?

No digo que nos dejáramos seducir inmediatamente por la posibilidad que Lena apuntaba, pero lo cierto fue que, sin librarla de sospechas, su comentario airado sobre Edelio abrió una puerta frente a nosotros que nos dispusimos a franquear. No sería la primera persona que le daba a ambos sexos. Al fin y al cabo, la opción de Lena como asesina no nos convencía a ninguno de los dos. Le faltaba un móvil adecuado. 

Solo la eventualidad de que Edelio fuera el novio invisible de Luz nos alargaba los dientes de placer. Claro que entonces Pepín Rodríguez debía haber mentido para proporcionarle una coartada, y lo mismo el joven amante de Edelio. Pero, entonces, ¿por qué la mató? —Ella lo amenazó con un escándalo, o quizás incluso estaba siendo víctima de un chantaje. ¿Y qué me dice de la siguiente conjetura?: Lena y Luz, hartas de los acosos de Edelio, se compincharon para ligárselo y después sacarle pasta. El tipo reaccionó mal y se la cargó. Eso explicaría que Lena esté asustada y que no confiese toda la verdad.

Escuché atentamente la teoría de Garzón. Tenía miga. Lo malo era que, para iniciar la averiguación, debíamos estar seguros de la bisexualidad del sujeto. Garzón estuvo investigando en el entorno de Edelio durante un par de días, y lo mismo hice yo en varios bares de ambiente gay que Pepín frecuentaba. 

Pero determinar las preferencias de alguien por vía interpuesta es muy complicado, y si la vía es policial, muchísimo más. El subinspector no encontró a nadie dispuesto a mojarse. «¿Que si Edelio es gay?, quizás. ¿Que si le gustan las mujeres?, ¡y a quién no!». Un montón de frases tan ambiguas como el motivo que las provocaba. Yo no tuve más suerte. Los camareros de los bares de alterne habían perdido la memoria al unísono, todos víctimas de la conocida amnesia protectora del cliente.

—No hay más remedio que echarle cojones, inspectora.

—¡Ay, por favor, Garzón, no utilice esos términos tratándose de temas semejantes!, dígame simplemente qué propone que hagamos.

—Una emboscada a Edelio. Lo convocamos a comisaría, lo acorralamos y le decimos que Lena ha confesado. Juraría que es batalla ganada, ya verá.

—¡Joder, un procedimiento muy poco legal, y encima arriesgado!

—No conozco estrategia sin riesgo.

—¡Deje de expresarse como un general!

—¡Y usted deje de criticar mi manera de hablar y decídase!

Me decidí, y no sé si fue por causa de la autosugestión, pero el caso es que me pareció que Edelio entraba en mi despacho acobardado. A Garzón debió parecerle lo mismo porque en cuanto lo tuvo a tiro aprovechó el momento psicológico y le disparó:

—Hay una confesión contra usted, será mejor que lo sepa desde el principio.

Aunque era mayor y corpulento, el tipo dio un salto en la silla. Se puso blanco al punto y balbuceó:

—¿Una confesión? Disculpe, no sé de qué me habla.

—Sí que lo sabe, sí, Lena ha confesado.

Noté que se desconcertaba.

—¿Y quién es Lena?

—No disimule, es una modelo de la agencia de Pepín Rodríguez.

Volvió la cara hacia mí.

—¿Qué quiere decir con eso?, no logro entender...

Su expresión de sorpresa me dio miedo, quizás no era esa la manera; intenté atajar:

—Esa chica nos ha contado que es usted bisexual, señor Masrovira, espero que comprenda cuál es su postura en estos momentos y decida hacer lo mejor para usted.

Pero su cara no perdía el rictus de extrañeza. Pensé que estábamos metiendo la pata de manera espantosa. Por desgracia, Garzón reiniciaba su ataque ya imparable:

—¡No me joda, Edelio, no finja no entender! Da igual si sabe quién es Lena o no. El caso es que sabemos que a usted también le gustan las tías y que se cargó a Luz.

—Pero ¿quién les ha dicho eso?

—¡Acabo de explicarle que quién es lo de menos! ¡Se le ha caído el pelo y en paz! ¿Qué hacía la chica, lo chantajeaba o solo lo amenazó con armar un jaleo en los periódicos? A lo mejor lo único que hizo fue negarse a follar con usted.

Tenía los ojos abiertos de par en par. Estaba paralizado, enloquecido de terror. Me miró buscando protección, movió la boca sin emitir palabras. Yo le devolví la mirada con total frialdad. Por fin dijo:

—Inspectora... —y de nuevo alargó sus manos hacia mí. Garzón seguía acosándolo sin pausa.

—Inspectora... —repitió de modo entrecortado.

—Lo siento, Edelio, no tiene salida, diga la verdad.

—No fui yo, no fui yo.

Garzón le pegó un grito inhumano:

—¡Suelta la verdad de una puta vez!

Ante mi asombro, Edelio gritó también:

—¡Basta! Inspectora, dígale que se calle, por favor; quiero hablar, lo intento, pero no puedo hacerlo así.

Me acerqué a él y le puse una mano en el brazo. Él me la cogió con vehemencia.

—Inspectora, quiero saber si ha sido Pepín quien les ha contado que yo asesiné a la chica. ¿Ha sido él o Lolo?

Completamente a bulto y al borde del infarto susurré:

—Ha sido él.

Entonces el diseñador apretó los dientes, se retrepó en la silla e intentó recobrar la compostura.

—Inspectora, todo esto es cosa de locos, quiero que me escuche y me crea. Es imprescindible que me crea, voy a decir la verdad.

Le hice un gesto a Garzón para que no se le ocurriera proseguir su acoso. Edelio dio un profundo suspiro dolorido y comenzó su confesión:

—En primer lugar, quiero que sepan que yo no maté a Luz. Lo único que hice fue secundar una coartada que nunca existió. Supongo que eso me convierte en cómplice, pero no en asesino, desde luego. A Luz la mató Pepín, él mismo me lo dijo. Se presentó en mi casa desesperado; había tenido una terrible pelea con ella y perdió los estribos, le disparó.

—¿Una pelea, por qué motivo?

—Cuestión pasional.

—¿Pero Pepín no es gay?

—Pepín sí, pero yo no, tampoco bisexual; puede que sea un solterón, putero incluso, pero solo me gustan las mujeres, lo digo muy en serio.

—¿Y entonces Lolo, su joven amante?

—No es mi amante, sino el de Pepín. Tengo testigos para todo lo que digo. Yo aquella noche me quedé trabajando en mi estudio hasta las dos de la mañana. El guardia de seguridad que cuida los apartamentos se lo confirmará, estuvimos charlando un rato cuando salí.

Garzón se impacientó.

—Un momento, un momento, no entiendo nada. ¿Quiere aclararnos todo ese lío de amantes y sexos?

—Es muy sencillo. Pepín estaba muy enamorado de Lolo; eran amantes desde hace más de un año, aunque lo llevaban con la mayor discreción. Pero un buen día Lolo y Luz se liaron. No me pregunte cómo pudo suceder porque no lo sé. Quizás el chico sí era bisexual, aunque yo me inclino a pensar que estaba con Pepín por interés. No le faltaba de nada con él, ¡hasta yo le daba un trato de favor en mis colecciones por recomendación de mi amigo! Cuando Pepín se enteró de la historia se puso como loco, no podía soportar una traición doble: su protegida y su amor al mismo tiempo. Se demenció, intentó separarlos, los amenazó, pero la chica le plantó cara. Aquella noche, en una discusión violenta, perdió el juicio y la mató. Él me juró que no fue premeditado.

—¿Y el chico?

—Al chico consiguió acojonarlo, le juró que si decía algo lo implicaría, que se vería tirado en la calle haciendo de chapero miserable, que contrataría a alguien para matarlo también. ¡Qué sé yo!, perdió el juicio, y el chico se avino a callar.

—¿Y usted?

—Yo me avine a representar la mascarada de la falsa cena, a hacerme pasar por homosexual delante de ustedes, a cargar con el falso amante... En fin, todo era horrible, pero lo hice por amistad.

—Eso cuénteselo al juez. ¿Y Lena, sabía algo Lena de toda la historia?

—No tengo ni idea.

—Supongo que Luz le contó algo. Por eso estaba asustada hasta el punto de intentar comprar una pistola. ¿Lo entiende, Garzón?

—¡Vaya que si lo entiendo!, hay que joderse, ¿eh?

En efecto, había que joderse: una complicada historia sentimental que fue fácilmente corroborable. Dos segundos después de hacerle la primera pregunta del interrogatorio a Lolo Sánchez, este se echó a llorar. Un desmoronamiento en toda regla. 

Lloró y lloró, y entre lágrima e hipido, vino a decir lo mal que se sentía y hasta tuvo el cuajo de reflexionar sobre el triste papel de los modelos profesionales, siempre en manos de los demás como simples objetos. Al final se maldijo a sí mismo por no haber demostrado siquiera la dignidad de señalar al asesino de la mujer que amaba.

—¿Pero usted cree que la amaba? —me preguntó Garzón cuando el caso estaba ya cerrado y tomábamos una copa en el bar.

—¡Yo qué sé!; en las historias pasionales todo se mezcla: amor, orgullo, miedo, interés...

—Pues el jodido Pepín ni siquiera después de haber confesado parecía arrepentido.

—¡Al menos él actuó, no se dejó manipular como hicieron esos chicos!

—Es verdad, los ve uno tan guapos, tan sofisticados, tan superiores con su metro ochenta, pero luego rascas y...

—Porque todos estamos modelados en barro, Fermín, no hay más.

—¡Ni que lo jure!; claro que prefiero el barro al plástico, no sé qué pensará al respecto.

—¿Y qué me dice de uno de esos nuevos materiales?

—¿Un Adán y una Eva de PVC?

Nos reímos un rato en plan relajado y seguimos charlando sobre materiales de construcción. Era un tema neutro e insólito, quizás un antídoto inconsciente contra tanto barro y tanta carnalidad. 

Un par de escritores - Raymond Chandler

1
 
Por muy borracho que hubiera estado la noche anterior, Hank Bruton siempre se levantaba muy temprano y caminaba descalzo por la casa, esperando que se hiciera el café. Cerraba la puerta de la habitación de Marion, estirando un dedo para frenar el borde cuando este llegaba al marco y soltando el tirador con gran delicadeza para que no hiciera ruido. 

Le parecía muy extraño poder hacer eso, y que las manos se mantuvieran perfectamente firmes, cuando los músculos de las piernas y los muslos no paraban de temblar, y los dientes no dejaban de rechinar, y sentía aquella desagradable sensación en el hueco del estómago. Parecía no afectar en absoluto a sus manos, una idiosincrasia que resultaba curiosa y conveniente, así que, qué demonios.


Mientras se hacía el café y la casa permanecía en silencio, sin que afuera se oyera ningún ruido entre los árboles, con excepción del canto ocasional de algún pájaro lejano y el aún más lejano rumor del río, él salía y se quedaba junto a la puerta de rejilla mirando a Febo, el gatazo pelirrojo, que se sentaba en el porche vigilando la puerta. 

Febo sabía que aún no era hora de comer y que Hank no le dejaría entrar, y probablemente sabía por qué: si entrara empezaría a maullar, y era capaz de maullar como la sirena de un tren, lo cual echaría a perder el sueño matutino de Marion. No es que a Hank Bruton le importara un pimiento su sueño matutino. Lo que le gustaba era disponer de las primeras horas de la mañana para él solo, en silencio, sin voces... en especial sin la voz de Marion.


Bajó la mirada hacia el gato, y Febo bostezó, dejando escapar una nota triste, no demasiado fuerte, solo lo suficiente para dejar claro que a él no le engañaban.

—Cállate —dijo Hank.

Febo se volvió a sentar, levantó una de las patas traseras y se enfrascó en la limpieza de su piel. A mitad de la tarea se interrumpió, con la pata estirada hacia arriba, y miró a Hank de un modo deliberadamente insultante.

—Un truco muy visto —dijo Hank—. Los gatos llevan diez mil años haciéndolo.

Aun así resultaba eficaz. Quizá tengas que ser absolutamente desvergonzado para ser un buen cómico. Era una idea. Quizá debiera anotarla. ¿Y para qué? Si se le había ocurrido a Hank Bruton, algún otro ya lo habría pensado antes. Retiró la cafetera de la rejilla de amianto y esperó a que silbara. 

Luego se sirvió una taza y añadió un poco de agua fría antes de bebérsela. En la siguiente taza añadió crema y azúcar y la sorbió poco a poco. La sensación nerviosa del estómago se alivió, pero los músculos de las piernas aún le seguían atormentando.


Puso al mínimo la llama bajo la rejilla de amianto y volvió a colocar encima la cafetera. Salió de la casa por la puerta delantera y caminó descalzo, bajando del porche de madera y andando de lado por la hierba mojada de rocío. Era una casa vieja, sin distinción, pero tenía mucha hierba alrededor que había que cortar, y un montón de pinos no muy grandes alrededor de la hierba, excepto por el lado que bajaba al río. 

No era gran cosa como casa y estaba condenadamente lejos de cualquier parte, pero por treinta y cinco dólares al mes era una ganga. Más valía que se aferraran a ella. Si alguna vez tenían que quedarse en algún sitio, mejor que fuera aquí.


Por encima de las copas de los pinos se veía el semicírculo de colinas bajas con niebla a mitad de las laderas. El sol se ocuparía de aquello enseguida. El aire era fresco, pero con un frescor suave, no penetrante. Era un sitio bastante bueno para vivir, pensó Hank. Estupendamente bueno para una pareja de pretendidos escritores que, en lo que a talento se refería, eran un par de muertos de hambre. 

Un hombre tenía que ser capaz de vivir allí sin emborracharse cada noche. Probablemente, un hombre sería capaz. Pero probablemente, un hombre no estaría allí, para empezar. Durante la bajada al río intentó recordar algo anormal que había ocurrido la última noche. No pudo acordarse, pero tenía la vaga sensación de que se había producido alguna especie de crisis. 

Probablemente habría dicho algo acerca del segundo acto de Marion, pero no podía recordar qué. No debió ser halagador. Pero ¿de qué servía mostrarse hipócrita respecto a su maldita obra? Andarse por las ramas no la haría mejor. Decirle que era buena cuando no lo era no le ayudaría a avanzar. Los escritores tienen que mirarse directamente a los ojos, y si no ven nada, eso es lo que tienen que decir.


Se detuvo y se frotó el hueco del estómago. Ahora podía ver entre los árboles el agua de color gris acerado, y le gustó verla así. Se estremeció un poco, sabiendo lo fría que iba a estar, y sabiendo también que eso era lo que le gustaba. Era criminal durante unos pocos segundos, pero no te mataba, y luego te sentías de maravilla, aunque no por mucho tiempo.

Llegó a la orilla, dejó en el suelo la toalla y el par de zapatillas que llevaba, y se quitó la camisa. Allí abajo todo era soledad. El leve rumor del agua era el sonido más solitario del mundo. Como siempre, deseó tener un perro que correteara entre sus piernas, ladrando, y que se bañara con él, pero no se podía tener un perro estando Febo, que era demasiado viejo y demasiado duro para tolerar a un perro. 

O bien se libraba del perro, o el perro le cogía desprevenido y le rompía el cuello. En cualquier caso, tendría que ser un perro muy raro el que se metiera en aquel agua helada. Hank tendría que tirarle. Y el perro se asustaría, y tendría problemas con la corriente, y Hank tendría que sacarlo. Había ocasiones en que a él mismo le costaba salir.


Se quitó los pantalones y se metió de golpe en el agua, mirando corriente arriba. La mano de un gigante furioso le agarró el pecho y le hizo soltar todo el aire. Otra mano de gigante tiró de sus piernas hacia donde no debía, y se encontró nadando río abajo en lugar de río arriba, sin aliento y tratando de gritar, pero sin poder emitir ni un sonido. 

Moviéndose con furia, consiguió darse la vuelta y al cabo de un momento se encontraba a la par con la corriente; y luego, poniendo en ello todas sus fuerzas, empezó a ganar un poco de terreno. Llegó a la orilla, aunque no consiguió alcanzar el sitio preciso por donde se había metido. Llevaba un año sin conseguirlo. Debía ser por el whisky. En fin, no parecía un precio demasiado elevado. Y si alguna mañana fracasaba por completo y se dejaba arrastrar bajo el agua y se golpeaba con una piedra y se ahogaba...


—Mira —dijo en voz alta, todavía un poco jadeante—, no empecemos así el día. De ninguna manera.

Caminó con cuidado a lo largo de la accidentada orilla y recogió su toalla; se frotó la piel con violencia hasta que entró en calor y empezó a sentirse relajado. Los gusanos de las piernas habían desaparecido. El plexo solar estaba tan quieto como un flan.

Se vistió, se puso las zapatillas y emprendió el regreso cuesta arriba. A mitad del camino se puso a silbar un fragmento de alguna pieza sinfónica. Luego trató de recordar cuál era y cuando se acordó se puso a pensar en el compositor, la vida que había llevado, las luchas, la miseria, y ahora estaba muerto y podrido, como tantos hombres que Hank Bruton había conocido en el ejército.

Típico de un mal escritor, pensó. En vez de la cosa en sí, la emoción barata que la acompaña.
 
2

Febo seguía en el porche trasero, pero ahora estaba maullando como un poseso, y eso significaba que Marion se había levantado. Estaba en la cocina, vestida de calle y con una bata de color cobrizo encima.

—¿Por qué no has esperado a que yo volviera? —dijo Hank—. Te habría subido el café.

Ella no le respondió directamente ni le miró directamente. Se quedó mirando a un rincón, como si viera allí una telaraña.

—¿Ha estado bien el baño? —preguntó con aire ausente.

—Perfecto. Pero está la mar de frío el riachuelo este.

—Qué bien —dijo Marion—. Maravilloso. Perfecto. Asombrosa recuperación. Aunque al cabo de algún tiempo se hace bastante monótona. ¿Querrías dar de comer al maldito gato?

—¡Caramba, qué oigo! —dijo Hank—. ¿Cómo ha llegado el pobre Febo a ser un maldito gato? Creía que era el amo aquí. Teniendo en cuenta que no se entrompa.

—«Dijo él con una sonrisa triunfal» —se burló Marion.

Hank la miró pensativo. Tenía el cabello negro y corto, muy pegado a la cabeza. Sus ojos eran azules, pero de un azul mucho más oscuro que los de Hank. Tenía una boca pequeña y primorosa, que a Hank le había parecido provocativa antes de llegar a considerarla petulante. Era una muchacha muy bien formada y bien compuesta, tirando a frágil. 

La fragilidad de una cabra de montaña, pensó Hank. «Soy del tipo de Dorothy Parker, pero sin su ingenio», le había dicho ella cuando se conocieron. A él, aquello le había parecido encantador. Ninguno de los dos se daba cuenta de que era verdad.


Hank abrió la puerta de rejilla y Febo entró haciendo trizas la atmósfera con sus aullidos selváticos. Hank abrió una lata de comida de gato, la vació en un plato y lo puso delante del fregadero. Sin decir una palabra, Marion dejó su taza de café, cogió el plato y quitó la mitad de la comida de gato. Abrió la puerta de rejilla y dejó el plato fuera. Febo se lanzó sobre el plato como un futbolista que recibe un pase adelantado. Marion dejó que la puerta se cerrara de golpe.

—Muy bien —dijo Hank—. Lo tendré presente la próxima vez.

—La próxima vez puedes darle de comer como quieras —dijo Marion—. Yo no estaré aquí.

—Ya veo —dijo Hank despacio—. ¿Tan mal estuve?

—No peor que de costumbre —respondió ella—. Y gracias por no decir «otra vez». La última vez que me marché... —se interrumpió con la voz un poco temblona. Hank inició un movimiento hacia ella, pero ella se recuperó al instante—. Puedes prepararte algo de desayuno. Yo tengo que terminar el equipaje. Lo dejé casi todo hecho esta noche.

—Deberíamos hablar sobre esto —dijo Hank con suavidad.

Ella se dio la vuelta en el umbral de la puerta.

—Oh, claro —ahora su voz era tan dura como el tacón de una bota—. Podemos dedicarle al tema diez fascinantes minutos, si te das prisa.

Salió y sus pasos resonaron escaleras arriba.

—«Dijo ella, volviéndose en el umbral de la puerta» —murmuró Hank mirándola marchar.

Se dio la vuelta bruscamente y salió de la casa. Febo estaba husmeando en torno al borde del plato, en busca de la comida que había tirado. Hank se agachó y le ayudó a recoger la comida caída. Rascó la vieja y dura cabeza del gato, y Febo dejó de comer y esperó rígido a que Hank retirara la mano. Hasta que no lo hizo no volvió a la comida.

Hank abrió de golpe las puertas plegables del garaje y revisó los neumáticos del Ford. Estaban gastados, pero aún les quedaba aire. El coche estaba bastante sucio. Soy un escritor, pensó Hank, no tengo tiempo para trabajos serviles. Rodeó la parte delantera del coche para pasar al rincón oscuro donde se guardaba un montón de sacos. 

Debajo de los sacos había una damajuana de whisky de maíz. Hank aflojó el grueso corcho que tapaba el cuello y levantó el pesado recipiente con el antebrazo, al estilo clásico. Lo mantuvo en alto con la pose de un levantador de pesos. Luego bebió un largo trago, bajó la damajuana, le puso el corcho y la colocó de nuevo bajo los sacos.


No lo necesito para nada, se dijo, y casi llegó a creérselo. Pero para ella será una satisfacción notarme el olor. Marion es una chica que necesita tener razón.

Estaba de pie en medio del cuarto de estar cuando ella bajó las escaleras. Tenía un cigarrillo en la boca. Parecía muy tranquila. Parecía incluso competente, pero los muebles del cuarto de estar no se mostraron de acuerdo con este diagnóstico. Se quedaron de pie, mirándose uno al otro, mientras Hank llenaba una pipa y la encendía.

—¿Has tomado un trago de la garrafa? —preguntó Marion con suavidad.

Él asintió y encendió la pipa. Sus ojos volvieron a encontrarse en medio del espacio inmóvil. Marion se sentó despacio en el brazo de un banco de mimbre. El banco crujió un poco. Fuera de la casa se oyó una repentina algarabía de cantos de pájaros, y luego un chirrido indignado que debía ser Febo, dándose una vuelta matutina alrededor de los nidos.

—El coche está bien —dijo Hank—. ¿Quieres coger el de las diez y cinco?

—Diez y once —corrigió Marion—. Sí. Quiero coger ese. Sería tonto decir que lo siento. No lo siento. Cuanto más me aleje de aquí, mejor estaré. Cada milla será una bendición.

Hank la miró con los ojos en blanco.

—No quiero nada de esta porquería —dijo Marion, mirando los muebles anticuados y de segunda mano que a duras penas habían podido pagar—. No quiero nada de esta casa. Excepto mi ropa. Mi ropa y me largo.

Sus ojos se dirigieron a la mesa de trabajo del rincón, un enorme armatoste de madera con patas de dos por cuatro pulgadas y una arpillera clavada sobre las tablas sin curar que formaban el tablero. Miró la vieja Underwood, y los papeles sueltos, y los lápices, y la caja de color crema con letras rojas que contenía el resultado de los esfuerzos de Hank con su novela.

—Y sobre todo, no quiero eso —dijo Marion señalando la mesa—. Estás colgado de eso. Cuando termines el libro, puedes poner una foto de ese elegante ejemplar de Chippendale Neanderthal en la solapa, en lugar de tu foto. Porque para entonces no serás nada fotogénico, a menos que puedan fotografiar tu aliento. Si lo lograran, eso sí que tendría verdadera presencia —se pasó rápidamente la mano por la frente—. Otra vez vuelvo a hablar como un maldito escritor —murmuró, haciendo un gesto que podría haber indicado desesperación si no hubiera sido tan deliberado.

—Podría dejar de beber whisky —dijo Hank muy despacio, a través de una bocanada de humo.

Ella le miró con sonrisa tensa.

—¡Claro! ¿Y después, qué? No eres un hombre. Eres un ejemplar físicamente perfecto de eunuco alcohólico. Eres un zombi en plena forma. Eres un cadáver con la tensión arterial absolutamente normal.

—Deberías escribir eso —dijo Hank.

—No te preocupes, lo escribiré —ahora tenía la mirada dura y brillante. Ya no parecía quedar nada de azul en sus ojos—. Y por amor de Dios, no te preocupes por mí. Conseguiré trabajo. Publicidad, prensa, qué demonios, siempre encontraré un trabajo. Hasta puede que escriba esa obra que creí que podría escribir aquí, en estos hermosos bosques, en un entorno maravillosamente tranquilo, sin nada que te distraiga salvo el suave y constante gorgoteo de una botella de whisky.

—Es una mierda —dijo Hank.

Ella le miró con los ojos en llamas.

—¿El qué?

—El diálogo. Y además es demasiado largo —dijo Hank—. Y los actores ya no hablan al público. Hablan entre ellos.

—Te estoy hablando a ti —dijo Marion.

—En realidad, no —dijo Hank—. En realidad, no.

Ella se encogió de hombros. Hank no estaba muy seguro de que ella entendiera lo que le estaba diciendo, de que entendiera que le estaba diciendo indirectamente, como tantas otras veces, que las parrafadas literarias ya no sirven para el teatro. Al menos, para el teatro que se lleva a escena.

—Nadie podría escribir una obra aquí —dijo Marion—. Ni siquiera Eugene O'Neill. Ni siquiera Tennessee Williams. Ni siquiera Sardou. Nómbrame alguien capaz de escribir una obra aquí. El que sea. Dime el nombre y te demostraré que mientes.

Hank miró su reloj de pulsera.

—No te casaste conmigo para escribir una obra de teatro —dijo con suavidad—. Ni yo me casé contigo para escribir una novela. Y por entonces tú también empinabas el codo de lo lindo, ¿recuerdas? Hubo una noche que perdiste el conocimiento y tuve que desnudarte y meterte en la cama.

—¿Tuviste que hacerlo?

—Está bien —dijo Hank—. Quise hacerlo.

—Entonces me parecías un buen camarada, ¿no es cierto? —el recuerdo romántico, si es que se trataba de eso, no la había impresionado más de lo que una pisada impresiona al suelo—. Tenías ingenio, e imaginación, y una especie de alegría aventurera. Pero entonces no tenía que contemplarte sumiéndote en el estupor ni quedarme despierta toda la noche escuchándote roncar hasta tirar la casa —casi se quedó sin aliento en la voz—. Y lo peor de todo, o casi lo peor...

—Somos escritores, tenemos que calificarlo todo —murmuró Hank para su pipa.

—... es que ni siquiera estás irritable por las mañanas. No te despiertas con los ojos vidriosos y la cabeza como un tambor. Te limitas a sonreír y continúas la tarea donde la habías dejado, lo cual te identifica como el perfecto borracho perenne, nacido para los vapores del alcohol, que vive entre ellos como la salamandra vive en el fuego.

—Quizá deberías escribir tú la novela y yo la obra teatral —dijo Hank.

La voz de ella adquirió tonos de histeria.

—¿Sabes lo que les ocurre a los hombres como tú? Un buen día se caen en pedazos, como si les hubiera acertado un obús. Durante años y años no se advierte prácticamente ninguna señal de degeneración. Se emborrachan todas las noches y por la mañana empiezan otra vez a emborracharse. Se sienten de maravilla. No les afecta. Y de pronto llega ese día en el que ocurre de golpe todo lo que a una persona normal le va ocurriendo poco a poco, a lo largo de meses y años, en pasos razonables y plazos razonables. En un momento dado pareces un hombre saludable, y al minuto siguiente pareces un horror consumido que rezuma whisky. ¿Crees que voy a esperar hasta entonces?

Él se encogió de hombros pero no respondió. Lo que ella le decía no parecía significar nada para él, como si no se lo hubieran dicho a él. Era como un rumor monótono en la oscuridad, al otro lado de los árboles, pronunciado por un desconocido invisible al que nunca llegaría a ver. Volvió a consultar el reloj de pulsera, mientras ella aplastaba su cigarrillo y se ponía en pie.

—Sacaré el coche —dijo Hank, saliendo de la habitación.

Ella ya había dicho su parlamento, que era lo principal. Se había quedado despierta toda la noche inventándolo, poniéndolo en palabras, ensayándolo y probándolo en silencio, y ahora ya lo había pronunciado y la escena había concluido. Le pareció que podría haber quedado un poco mejor si hubiera sido más corto, pero, qué demonios, no eran más que un par de escritores.

3

Le pegó otro viaje a la damajuana antes de sacar el Ford marcha atrás. Cuando lo llevó a la puerta de la casa, Marion se encontraba en una esquina del porche mirando por encima de los árboles. El sol daba en las laderas de las colinas y la niebla había desaparecido. Pero en aquellas alturas todavía hacía un poco de frío. 

Marion llevaba sobre sus oscuros cabellos un sombrerito que le sentaba mal, y sus labios aferraban un cigarrillo como unos alicates sujetando un tornillo. Hank entró en la casa sin dirigirle la palabra. En el piso de arriba estaban las dos maletas, el neceser, la sombrerera y el baulito verde con esquinas redondeadas de latón. Lo bajó todo y lo amontonó en la trasera del coche. Marion ya había ocupado el asiento.


Hank se sentó junto a ella, puso el motor en marcha y descendieron por el camino de grava hasta la sucia carretera que seguía las curvas del río durante seis millas para luego desviarse ladera abajo hasta el pueblecito por el que pasaba el ferrocarril. Marion miró con atención el río y dijo:

—Te gusta pelear con ese río, ¿verdad? ¿Es peligroso?

—No, si tienes el corazón en forma.

—¿Por qué no luchas por algo que valga la pena?

—Oh, Dios mío —dijo Hank.

Marion le miró un momento, y luego se quedó mirando hacia delante, a través del polvoriento parabrisas.

—En un año habré olvidado que existías —dijo—. Es un poco triste. Pero ¿cuánta vida pretenden chuparle a las mujeres los hombres como tú?

Se atragantó. Hank estiró el brazo y le palmeó el hombro.

—Tómatelo con calma —dijo—. Algún día lo pondrás todo en un libro.

—Ni siquiera sé dónde ir —sollozó ella.

Él volvió a palmearle el hombro y esta vez no dijo nada. Ninguno de los dos habló hasta que llegaron a la estación. Hank descargó el equipaje y lo colocó junto a las vías. Quiso facturar el baúl, pero Marion dijo que lo haría ella misma.

—Bueno, me sentaré en el coche hasta que te vayas —dijo Hank.

Le dio un apretón en el brazo y ella dio media vuelta y se alejó de él. Se quedó bastante tiempo sentado en el coche hasta que el tren llegó. Empezó a tener ganas de echar un trago. Pensó que Marion le miraría y, por lo menos, le diría adiós con la mano al subir al tren. Pero no lo hizo. 

No tenía que haber esperado. Podría haber vuelto a casa y cogido la garrafa hacía un buen rato. Era un gesto vacío, eso de esperar. Peor aún, ni siquiera tenía estilo. Contempló sin mover un músculo cómo el tren se perdía de vista. También aquello resultaba inútil y sin estilo.

 
4

Cuando regresó a la casa, el sol ya calentaba y la débil brisa que agitaba la hierba también era cálida. Los árboles susurraban, hablándole a él, diciéndole que era un hermoso día. Entró despacio en la casa y se quedó de pie, esperando que el silencio le abrumara. Pero la casa no parecía más vacía que antes. Una mosca zumbó y un pájaro hizo ruido en un árbol. Miró por la ventana para ver qué clase de pájaro era. Era escritor y tenía que enterarse, pero ni vio al pájaro ni le importó un pepino.

—Si al menos tuviera un perro —dijo en voz alta, aguardando a que resonara el lúgubre eco.

Se acercó a la maciza mesa de trabajo, destapó la caja y leyó la hoja de encima de su manuscrito, sin sacarlo de la caja.

—Pastiche —dijo en tono fúnebre—. Todo lo que escribo suena como algo desechado por un auténtico escritor.

Salió de la casa para meter de nuevo el coche en el garaje, por la única razón de que allí estaba la garrafa de whisky. Llevó la damajuana a la casa y la colocó sobre la mesa de trabajo. Buscó un vaso y lo puso junto a la garrafa. Luego se sentó y se quedó mirando la garrafa. Estaba a su disposición, y quizá por eso no le apetecía en aquel preciso instante. Se sentía vacío, pero no con la clase de vacío que la bebida puede llenar.

Ni siquiera estoy enamorado de ella, pensó. Ni ella de mí. No hay tragedia, ni verdadera pena, solo un vacío plano. El vacío de un escritor al que no se le ocurre nada que escribir, y se trata de un vacío bien doloroso, pero por alguna razón no llega a ser como la tragedia. Jesús, somos la gente más inútil del mundo. 

Y debemos ser un buen montón, todos solitarios, todos vacíos, todos pobres, todos afligidos por pequeñas y mezquinas preocupaciones sin dignidad. Todos esforzándose, como si estuvieran atrapados en arenas movedizas, por alcanzar un terreno firme donde apoyar los pies, y sabiendo en todo momento que no tiene la menor importancia que lo consigamos o no. 

Deberíamos celebrar un congreso en alguna parte, en un sitio como Aspen, Colorado, un sitio donde el aire sea claro, fresco y estimulante, y donde podamos lanzar nuestras desviadas inteligencias contra la dura mollera de los demás. Quizá así nos sentiríamos durante un rato como si de verdad tuviéramos talento. 

Todos los aspirantes a escritores del mundo, los chicos y chicas que poseen educación, voluntad, deseo, esperanza y nada más. Saben todo lo que hay que saber acerca de cómo se hace, pero son incapaces de hacerlo. Han estudiado a fondo e imitado a conciencia a todo aquel que alguna vez dio en el clavo.


Qué encantadora colección de nulidades formaríamos, pensó. Seríamos tan agudos como navajas de afeitar. Resonarían en el aire los chasquidos de nuestros sueños. La pena es que no duraría mucho. Pronto terminaría el congreso y tendríamos que regresar a nuestras casas a sentarnos frente a este maldito trasto metálico que escribe las palabras en el papel. Sí, a sentarnos aquí a esperar... como quien espera en la galería de los condenados a muerte.

Levantó la damajuana y, olvidándose del vaso, bebió directamente con la técnica tradicional del levantapesos. Estaba caliente y agrio, pero esta vez no le sirvió de mucho. Siguió pensando en lo de ser un escritor sin talento. Al cabo de un buen rato, volvió a llevar la damajuana al garaje y la metió bajo el montón de sacos. 

Febo apareció por la esquina con un enorme saltamontes de aspecto asqueroso en la boca. Hacía un ruido muy desagradable. Hank se agachó, obligó al gato a abrir las mandíbulas y dejó libre al saltamontes, con una pata menos pero aún rebosante de espíritu viajero. Febo miró a Hank fijándose hambriento. Así que Hank le dejó entrar en la cocina.


—Siéntate donde quieras —le dijo Hank al gato—. Estás en tu casa.

Le ofreció algo de comida, pero sabía que Febo no la querría, y así fue. De manera que se sentó ante la mesa de trabajo e introdujo un folio en la máquina de escribir. Al cabo de un rato, Febo se subió a la mesa junto a él y se puso a mirar por la ventana.

—Uno no debería trabajar el día en que su mujer le abandona, ¿no crees, Febo? Debería tomarse el día libre.

Febo bostezó. Hank le rascó la cabeza junto a la oreja y Febo ronroneó concienzudamente. Hank pasó los dedos por el lomo del gato, y Febo arqueó su cuerpo hacia la mano con una fuerza sorprendente.

—Eres un viejo gato hijoputa, ¿eh, Febo? Tendría que escribir algo sobre ti.

La tarde transcurrió con lentitud. Por fin fue cediendo paso al crepúsculo, y el vacío aún seguía allí. Febo ya había comido y se había echado a dormir en el banco de mimbre. Hank se sentó en el porche, contemplando a los insectos que bailaban en un tardío rayo de sol. Justo antes de que salieran los mosquitos oyó el coche que se acercaba. Hacía mucho ruido. 

Sonaba como el Chevy del viejo Simpson. Luego lo vio a lo lejos, avanzando por la polvorienta carretera, y supo que era él. Se notaba por el parabrisas roto. Apenas se sorprendió cuando el coche se desvió por el sendero y rodeó torpemente los escalones. El viejo Simpson se quedó inmóvil, con sus nudosas manos sobre el volante y sus ojos acuosos mirando al frente. Sus mandíbulas se movieron para escupir. No dijo nada. Ni siquiera volvió la cabeza cuando Marion salió del Chevy.


—Le he pagado al señor Simpson —dijo Marion.

Hank sacó el equipaje del coche sin que el viejo Simpson hiciera ademán de ayudarle. Cuando todo estuvo fuera, el viejo Simpson metió el embrague y se marchó, sin haber pronunciado una palabra ni haber mirado a ninguno de los dos.

—¿Por qué está molesto? —preguntó Hank.

—No está molesto. Simplemente, no le gustamos. Siento haber malgastado el dinero, Hank —tenía cara de derrotada—. Parece que no te sorprende que haya vuelto.

—No estaba seguro —meneó la cabeza en un gesto ambiguo.

Ella se echó a llorar estrepitosamente y Hank le pasó el brazo por los hombros.

—No se me ocurrió ningún maldito sitio donde ir —balbuceó ella—. Todo parecía tan absurdo —se arrancó el sombrero de la cabeza y se soltó el pelo—. Tan completa y absolutamente sin sentido. Ni puntos altos ni puntos bajos, solo una terrible sensación de cosa rancia.

Hank asintió y la miró mientras ella se secaba los ojos y se esforzaba por dibujar una ligera y avergonzada sonrisa.

—Hemingway habría sabido dónde ir —dijo ella.

—Claro. Habría ido a África a cazar un león.

—O a Pamplona a cazar un toro.

—O a Venecia a tirar al blanco —dijo Hank, y los dos sonrieron.

Hank levantó las dos maletas y empezó a subir los escalones.

—¿Dónde está Febo? —preguntó ella desde abajo.

—En mi mesa de trabajo —respondió Hank—. Está escribiendo un cuento. Una cosa cortita... para pagar el alquiler.

Ella subió corriendo los escalones y le hizo apartar el brazo de la puerta. Hank dejó las maletas con un suspiro y se encaró con ella. Quería ser amable, pero sabía que nada de lo que habían dicho en el pasado o de lo que dijeran ahora o en el futuro significaba nada. No eran más que ecos.

—Hank —dijo ella, desesperada—, me siento fatal. ¿Qué va a ser de nosotros?

—No gran cosa —dijo Hank—. ¿Por qué habría de pasarnos nada? Aún podemos aguantar seis meses.

—No me refiero al dinero. Tu novela... mi obra teatral. ¿Qué va a pasar con ellas, Hank?

Sintió un vuelco en el estómago, porque conocía la respuesta, y Marion también la conocía, y no tenía ningún sentido fingir que se trataba de un problema sin resolver. El problema no consistía en lograr algo que sabes que no está a tu alcance, sino en dejar de comportarse como si lo tuvieras a la vuelta de la esquina, aguardando a que tú dieras con ello, oculto tras un matorral o bajo un montón de hojas secas, pero real y verdadero. No estaba allí y nunca lo estaría. ¿Por qué seguir aparentando que sí que estaba?

—Mi novela es una mierda —dijo muy tranquilo—. Y tu obra, lo mismo.

Ella le pegó en la cara con toda su fuerza y entró corriendo en la casa. Estuvo a punto de caerse al subir las escaleras. Dentro de un instante, si escuchaba con atención, la oiría llorar. No quería oírlo, así que bajó del porche, se dirigió al garaje y sacó la garrafa de debajo de los sacos. Bebió un buen trago, bajó con cuidado la garrafa, la tapó y la metió de nuevo bajo los sacos.

Cerró las puertas del garaje y puso en su sitio la clavija de madera. Estaba anocheciendo, y los huecos entre los árboles se veían negros y profundos.

—Ojalá tuviera un perro —le dijo a la noche—. ¿Por qué sigo deseándolo? Supongo que necesito alguien que me admire.

Una vez en la casa, escuchó pero no pudo oír ningún llanto. Subió hasta la mitad de las escaleras y vio la luz encendida, lo cual indicaba que ella se encontraba bien. Cuando se quedó parado en el umbral de la habitación, ella estaba sacando las cosas del neceser. Mientras lo hacía, silbaba muy bajito entre dientes.

—Ya te has tomado un trago, ¿no? —dijo ella sin levantar la mirada.

—Solo uno. Era un brindis. En homenaje a un Corazón Destrozado.

Ella se enderezó bruscamente y le miró con fijeza por entre los cabellos despeinados.

—Qué agradable —dijo con frialdad—. ¿Tu corazón o el mío?

—Ninguno de los dos —dijo Hank—. Es solo un título que se me ocurrió.

—¿Un título para qué? ¿Para un cuento?

—Para la novela que no voy a escribir —dijo Hank.

—Estás borracho —dijo Marion.

—No he comido nada.

—Lamento haberte abofeteado, Hank.

—No tiene importancia —dijo Hank—. Lo habría hecho yo mismo si se me hubiera ocurrido.

Dio media vuelta y empezó a bajar las escaleras, caminando con delicadeza, paso a paso, sin tocar la barandilla; luego cruzó el vestíbulo y salió por la puerta, dejando que la rejilla se cerrara con suavidad, bajó los escalones uno a uno, con cuidado y con decisión, y luego dio la vuelta a la esquina de la casa, pisando firmemente la grava, en su interminable y predestinado viaje de regreso a la garrafa escondida bajo el montón de sacos.

Mi dulce Jo - Howard Waldrop

 

Su nombre, de acuerdo con el certificado de nacimiento, era Edward Smith. La «señora Smith» lo había abandonado en el hospital, al partir con destino desconocido. Fue criado en el Hogar Sylacauga, situado en la calle 12 de Birmingham, Alabama.

El niño era precoz; de otro modo, nadie habría reparado en él. Los psicólogos se inclinaban a pensar que tanto su padre como su madre habían tenido un cociente intelectual de genios. Seguramente no había sacado su inteligencia del mostrador de un café de camioneros. No se sabía que era lo que había impulsado a la «señora Smith» a abandonar a su hijo recién nacido en la sala de maternidad de un gran hospital metropolitano.

Baste decir que, a los veintisiete años, Edward NMI Smith fue nombrado director de información pública de la Administración de los Servicios de Ciencias del Espacio. Era el hombre más joven y más brillante que había llegado a ocupar un puesto tan importante en el gobierno. En esa época estaba infelizmente casado y era padre de un niño; un hombre muy solo.

Durante el año en que estuvo al cargo de la dirección, los primeros hombres regresaron de las estrellas. Habían partido hacia Alfa del Centauro veintiséis años atrás, acelerando hasta alcanzar velocidades próximas a la de la luz, durante el tercio intermedio de su travesía. Llegaron en doce años. Una noche, dieciséis años después de la partida de las primeras naves, un mensaje cayó del claro cielo.

Siete de las nueve naves hicieron el viaje. Durante su transcurso, las tripulaciones permanecieron despiertas, como todas las tripulaciones de las naves espaciales. Guiaron a la enorme nave a través de la oscuridad, controlando por medio de monitores a aquellos colonizadores que viajaban congelados, con la esperanza de hallar un nuevo mundo cuya órbita girara alrededor de la estrella más próxima.

Alfa del Centauro IV, llamada Nova Terra (por supuesto), había sido descubierta en primer lugar. Poca gravedad, mucha luz solar, poco oxígeno, mucho nitrógeno. Un buen mundo.

El mensaje provino del nuevo transmisor de Nova Terra. La estación de radio había estado emitiendo durante cuatro años cuando su primer mensaje llegó a la Tierra, y otros cuatro años transcurrirían hasta que supieran si la Tierra había recibido el mensaje. Las distancias inmensas, la negrura profunda, las estrellas brillantes.

Mientras tanto, dos años y medio después de la colonización de Nova Terra, una expedición emprendió el regreso. Debido al tiempo de demora entre emisión y recepción, el mensaje que informaba acerca de su partida de Nova Terra fue recibido dieciocho años y medio después de que las naves abandonaran la Tierra. Alguien llegó rápidamente a la conclusión de que, en ese momento, ya hacía cuatro años que las naves estaban en camino, y que llegarían en otros ocho.

El mensaje decía: «Dos naves regresan a la Tierra. Los métodos desarrollados aquí permiten a las tripulaciones dormir por turnos. Algunos colonizadores de regreso. Hasta dentro de doce años.»

Ocho años más tarde, las naves estaban en órbita alrededor del sol, a unos pocos cientos de kilómetro por encima de la Tierra. De noche, se veían más brillantes que Venus, más brillantes que las estaciones espaciales que giraban cerca de ellas; dos estrellas nuevas en el cenit.

Ed Smith, el nuevo director de información de la Administración del Servicio de Ciencias del Espacio, y su equipo, estaban en la Estación Nº 3 para dar la bienvenida a los primeros hombres y mujeres que regresaban de las estrellas.

- ¡Madre Iglesia! En cualquier momento a partir de ahora - dijo Newton Thornton, mirando el reloj de pared.

- Tranquilo, Newton - dije -. Este es el momento de gloria de la Estación. El primero desde que partieron las naves estelares, hace casi tres décadas. No puedes censurarlos porque demoren la descompresión un poco más de lo debido.

- Ya lo sé, señor Smith - dijo -, pero maldición, bien que se están tomando su tiempo.

- Bien, los tendremos todo lo que queramos - dije.

Las puertas se abrieron y salieron, el director de la estación caminando a grandes trancos a la cabeza, como un león rey de la manada.

Su mano complacida se extendió casi automáticamente.

- Este es el señor Smith, damas y caballeros, el director de información de los Servicios del Espacio. Señor Smith, la tripulación y los colonizadores de Nova Terra.

Hice un pequeño saludo impaciente. Varios miembros de la tripulación me devolvieron el saludo, rígida y formalmente. Dos de las mujeres hicieron una reverencia.

Todos sonreímos.

El comandante Gunderson aspiraba el humo de su cigarro como si fuese aire.

- Le sorprenderá saber - dijo - que el tabaco no crece en las áreas de Nova Terra que hemos colonizado. La mayor parte del suelo es demasiado ácido. Por supuesto, eso era hace... ¿cuánto?... doce años. Ahora puede haber más tabaco que en Carolina del Norte. - Aspiró más humo de su cigarro.

- Así lo espero - dijo Newton -. Carolina ya no tiene tabaco.

- ¿Qué?

- Virginia, las Carolinas, Georgia, perdieron más de las tres cuartas partes de las cosechas, hace once años. Una nueva plaga de hongos. Se expande con rapidez. Las esporas se extienden en una capa tan gruesa, sobre el suelo, que la tierra no podrá ser usada durante años. Todo el tabaco que tenemos ahora se planta en Arizona, Nuevo México y en algunas partes de las llanuras californianas... que, en parte, aún eran desérticas cuando ustedes partieron - dijo Newton.

- Maldito sea - dijo Gunderson. La fatiga ensombreció su rostro -. Nos llevará un tiempo adaptarnos...

Miró con fijeza la brasa de su cigarro.

- Partí como colonizador. Veintiséis años atrás. Eso es mucho tiempo. Decidí que, aún con mi entrenamiento en el Servicio, sería mejor para mí viajar dormido. Por si alguna vez querían regresar y las tripulaciones se negaran a hacer otro viaje de doce años. - Se frotó el cabello cano.

- Los tripulantes... envejecieron. Yo no. Pensé que sería como ellos durante el viaje de regreso. Eso fue antes de que desarrolláramos los rápidos métodos criogénicos, que permiten que la tripulación duerma por turnos. Sólo he estado despierto durante siete meses, desde que partirnos de Nova Terra.

«Sabía que habría gente que querría regresar. No es una aventura estar allá afuera. Es un trabajo duro.»

Apagó la colilla con mucho cuidado.

- Diablos, he envejecido sólo tres años y siete meses desde que partí de la Tierra, veintiséis años atrás. Por supuesto, ya era viejo cuando partí.

Thornton se rió.

El Comandante Gunderson se puso serio.

- Hay gente que sólo envejeció tres años - dijo -. Algunos de los colonizadores partieron dormidos. Han regresado dormidos. Estuvieron despiertos sólo tres años. Lo que encontraron allí no les gustó más que lo que dejaron al partir.

Suspiró y se reclinó en su silla.

- Creo que fue por eso por lo que partí dormido, en lugar de partir como miembro de la tripulación. Sabía que habría gente como ésa, que necesitaría regresar más que había necesitado partir. Creo que fue por eso.

Después de que el Comandante se fue, Newton Thornton me miró.

- ¿Cómo lo harán para lograrlo? - preguntó.

- Como todo el mundo - dije, recordando -. Se las arreglan de uno u otro modo.

 

Los interrogatorios se demoraban. Los informes ocupaban un cuarto pequeño. Nacimientos y muertes, posibilidades de cultivo, deficiencias minerales; todo lo que sirve para decirle a uno qué clase de planeta es, para que uno pueda decidir cómo transformarlo en lo que uno quiere que sea. Aún teníamos que entrevistar a doce de los colonizadores que habían regresado, y al Capitán Welkins. Welkins había partido como miembro de la tripulación y había regresado igual. Despierto todo el tiempo. Los psicólogos lo entrevistaban primero. Nosotros hablaríamos con él más tarde. Los colonizadores y los tripulantes estaban ansiosos por descender al planeta del que habían partido veintiséis años atrás. Nosotros íbamos lo más rápido posible para conseguir la información que necesitábamos. Y estábamos tan cansados como ellos. A todos nos vendría bien un descanso.

A veces, durante aquella segunda semana, llamaba a mi esposa y a mi hijo.

 

Yo: Hola, Angie.

AN: ¿Eres tú, Ed?

YO: Sí. ¿Cómo estás? ¿Cómo está Billy?

AN: Oh, estamos bien. Muy bien.

Yo: Dile que no sé cuándo estaré de regreso. Pero no me demoraré demasiado. Una semana, a lo sumo.

AN: Te echa de menos. Todo el día pregunta por ti.

Yo: Bien, creo que yo os encuentro a faltar a los dos.

AN: ¿Seguro?

Yo: Diablos, ya sabes lo que quiero decir.

AN: Bien, espero que vuelvas pronto.

Yo: Maldición, Angie. Lo que necesito es un descanso. Estoy rendido. Tengo mucho trabajo aquí.

AN: Entonces tal vez puedas llevar a Billy a las montañas dentro de unas semanas.

Yo: No quiero llevar a Billy a ninguna parte. Lo único que quiero es descansar.

AN: Perdóname.

Yo: Mira, Angie. Dile a Billy que lo veré pronto.

AN: ¿Y yo?

Yo: ¿Y tú qué?

AN: ¿Es que ni siquiera puedes tratar de ser amable de vez en cuando?

Yo: Hace mucho que dejé de hacerlo. Te veré pronto.

AN: ¿Estás seguro de que no desperdiciarás tu valioso tiempo si me ves?

Colgué. Maldición. Maldición.

 

Su nombre era Jo Ellen Singletary. Era una de las personas de las que había hablado el comandante Gunderson. Era muy bonita. A veces, mientras hablaba, se le formaban pequeñas arrugas alrededor de la boca. Minúsculas arrugas. Aparentaba veinte o veinticinco años.

Yo tenía listos sus informes parciales. Nunca los miraba hasta que no tenía que escribir los informes completos. Trabajaba con el biograma que Newton hacía de cada persona. Aún no me había entrevistado con Welkins. Los psicólogos se estaban demorando.

- Usted es uno de los casos especiales - dije.

- ¿Especiales? Oh, usted quiere decir que soy una de los que volvieron.

- Sí, de los que volvieron.

- Entonces supongo que soy especial - dijo ella.

- ¿Qué la hizo decidirse a regresar? - le pregunté.

- No... no me gustaba la vida allá. - Cambió de posición en la silla. Newton había ido a buscarnos algunos bocadillos. Ella paseó la mirada por el cuarto.

- Entonces volví. Quiero empezar otra vez aquí, en la Tierra.

- Advertirá que, las cosas han cambiado, en estos veintiséis años - dije.

Por toda respuesta, sus ojos empezaron a humedecerse. No me gustan las mujeres cuando lloran. Empecé a levantarme; luego me arrepentí.

- Lamento haberla alterado - dije -. Sólo era una pregunta.

- No. No, no era. - Su rostro se puso tenso -. Usted quiso decir que la vida aquí no será más fácil ahora que cuando me fui. ¿No es así?

Miré los papeles que estaban encima de mi escritorio.

- No. Ha sido una semana muy dura. Lamento haberla alterado. No tengo excusa.

- Sé que ha tenido una semana muy dura - dijo ella, con la vista clavada en mí. Comenzó a llorar otra vez -. Tampoco yo tengo excusa para llorar.

Ahora ella comenzó a llorar realmente.

Dejé la pluma, caminé alrededor del escritorio y me quedé a su lado como un tonto, mientras ella lloraba. Su pelo olía a almizcle. Usaba un nuevo perfume que debía haber comprado en la estación. Angie tenía el mismo, en casa.

Fue entonces que me di cuenta de la magnitud de lo que ella debía enfrentar. Regresaba a la Tierra con sólo tres años más de los que tenía cuando partió. Volvía a un mundo enteramente distinto. Lo que había visto a través de las ventanas de la estación no era la imagen familiar de la Tierra, sino otro planeta azul donde, por azar, se hablaba la misma lengua. El shock cultural la esperaba con sus fauces listas para atraparla. El shock tecnológico acechaba a la vuelta de cada esquina, en cada nuevo sonido. Y ella aún no había bajado a la Tierra.

Puse una mano en su cabeza.

- Puedo llamar a uno de los médicos para que le dé algo - le dije.

Sacudió la cabeza negativamente. Se recostó sobre mi mano.

- Tengo tanto miedo - dijo.

- Lo sé. Lo sé - dije.

Mentí.

 

Uno nunca se propone que pasen esas cosas.

Pasan, simplemente, a medida que se deteriora el matrimonio, y es algo tan sencillo que uno no lo advierte durante días, horas, hasta que uno no ve lo que ha pasado. Y entonces ya no hay nada que hacer, porque la situación lo tiene asido por el cuello y por el corazón.

No hay repique de campanas, ni cantos de pájaros. Sé que no debí haberla ayudado tanto como lo hice durante los días que siguieron. Pero también sé que no me podría haber sucedido con ninguna otra persona, en ninguna otra parte.

Las entrevistas habían terminado, incluso la de Welkins. Seguiríamos en contacto con Welkins. Algunos de los miembros de la tripulación y todos los colonizadores que habían regresado querían dejar los Servicios del Espacio. Era un embrollo legal regulado por las cortes. Si un hombre había prestado servicio durante treinta años, obtenía su pensión de retiro, más el incremento de la pensión debido a las misiones arriesgadas, aún cuando hubiera pasado doce o más de esos treinta años en un profundo sueño criogénico.

Yo podía dejar esos problemas para los abogados. Se hacían las bromas de siempre acerca de dormir en horas de servicio y de ser promovido durante el sueño, y acerca de todas esas cosas de las que yo podía prescindir.

No fueron solamente las últimas dos semanas y media las que me agotaron. Yo estaba realmente agotado. Agotado de trabajar. Agotado de vivir tal como había vivido durante los últimos cinco años. Ya había llegado hasta donde quería llegar en el Servicio. Podían tratar de promoverme a algún cargo administrativo en los laboratorios, pero yo no quería. Mi vida había sido escribir, trabajar con las palabras. No quería un empleo en el que las únicas palabras que usaría serían las del Informe Anual a la Nación. No quería salir, sino que, simplemente, no quería ascender.

Jo Ellen, el agotamiento, la soledad, el trabajo: todo me llegó al mismo tiempo.

No podía dejar que ella se alejara, que se perdiera en la multitud, con sólo una carta cada tres semanas.

 

Ella había estado en contaduría para buscar su paga de retiro. Con esa última firma de la nómina de salarios, nuestra relación dejaba de ser oficial. El sol brillaba en el azul cielo matinal por encima del edificio de los Servicios del Espacio. No había cohetes reluciendo bajo el sol. No había naves zumbando por encima de nuestras cabezas. Todos los lanzamientos se llevaban acabo fuera, salvo los de las naves que partían desde Florida.

Ella estaba vestida con un conjunto nuevo de pantalón y chaqueta. Estaba bella, su cabello color bronce relucía bajo la luz. El hormigón del paseo había empezado a irradiar olas de calor.

- Bien - dijo ella.

- Sí. Aquí termina todo - dije.

Ella me miró. Yo la miré. Visiones de fatalidad y polvo de estrellas.

- No lo creo - murmuró. Ante Dios y ante todo el mundo.

De la mano, cruzando el paseo.

El PACV que habíamos alquilado se detuvo cuando paré los motores.

Las estrellas, una de ellas la estrella a la que ella había ido y de la que había regresado, resplandecían encima nuestro.

Angie y Billy y los pensamientos de Angie y Billy a miles de kilómetros de distancia. Las ranas de Florida de fondo. Una muchacha de las estrellas a mi lado. Cerveza de Milwaukee en el refrigerador.

Escuchamos las ranas.

- No hay ninguna - dijo ella.

- ¿Qué?

- Ranas.

- ¿Qué?

- No hay ranas allá. En Nova Terra. No hay ranas.

- Oh.

Después, tras un silencio.

- ¿Qué dirá tu mujer? ¿Tienes hijos?

- Uno - dije -. Un varón. Cinco años. Se llama...

- No quiero saberlo - dijo ella -. No quiero.

- Está bien. No te preocupes.

- Ya lo estoy. Tú lo estás.

- Jesús - dije -. Jesús.

Me besó.

- ¿Lo merezco? No puede ser.

- Sí - dije.

 

Una señora vecina llamó al hotel cinco días más tarde. Estaba trastornada. Angie se había enterado de todo y lloraba todo el día. La vecina dijo que lo menos que yo podía hacer era tener la decencia de llamarla. Las copias fotostáticas de los informes de los colonizadores habían llegado a la casa. Lo menos que podía hacer era decirle qué era lo que quería hacer con ellos. Y así seguía y seguía y seguía.

Le pedí que le dijera a Angie que estaría allí al día siguiente.

A la mañana siguiente Jo Ellen hizo mi valija. Lloraba, y trataba de no hacerlo.

No le había dicho nada. Me desperté y observé cómo terminaba de poner mis últimas ropas en la maleta.

- Tienes el baño preparado. Tu traje está colgado junto a la bañera. Te reservé pasaje en el vuelo de las once y cuarenta. Sólo tendrás que apurarte un poco.

- ¿Cómo te enteraste? - le pregunté.

- No lo sé. Esto no es nuevo para mí. Es una de las razones por las que partí la primera vez. Nada mejoró allí.

- Volveré dentro de unos días.

- Lo sé - dijo ella, llorando.

Me afeité, tomé un baño y me acicalé. Cuando salí del baño, ella ya no estaba. No había dejado ninguna nota. El tiempo calmo, el vuelo sin novedad.

 

- ¿No trajiste a Jo Ellen? - me preguntó en cuanto traspuse la puerta.

Esta endemoniada situación duró hasta que me fui. No hubo arreglo, ni esperanzas, ni valió la pena discutir o rogar. Había llevado a Billy a la casa de su madre. Ya había conseguido un abogado. No quería nada más que librarse de mí y quedarse con Billy. Le dije que se quedara con todo. Que dejara los informes donde estaban. Yo haría que la agencia viniera a retirarlos. Y adiós.

Malos modos. Odio. Todo eso.

Hay sólo unos pocos lugares a donde uno puede correr cuando el mundo ha cambiado completamente. La hallé en uno de ellos.

Me acerqué muy silenciosamente y me senté junto a ella, que tomaba sol. Unos minutos después ella volvió la cabeza hacia donde yo me había sentado.

- Hola - le dije.

Ella se incorporó de un salto, luego volvió a apoyar la cabeza sobre la arena.

- No creí que volvieras, Ed. El último no volvió.

- No importa - dije -. Yo sí.

Ella siguió mirando la arena, fijamente, un rato.

Garrapateé algo sobre la resplandeciente arena de la playa.

- Dime - le dije - ¿Cómo es la vida allí?

Ella se rió y lloró y me atrajo hacia ella.

Las olas se movían y susurraban en la playa. Subía la marea.

 

Tres días más tarde reparamos por primera vez en el detective privado. Era un hombrecito gordo que había estado en dos de los lugares a los que nosotros habíamos ido. Jo Ellen lo vio primero.

Con el resurgir de la Madre Iglesia, hay algunas nuevas leyes arcaicas en los libros. Algunas exigen seis meses y un día de ausencia del hogar antes de declarar la deserción. O uno tiene que firmar una declaración de crueldad mental que lo hace aparecer como un verdadero canalla. Sin embargo, hay otro modo de obtener el divorcio en unas pocas semanas.

Traté de matar a ese bastardo antes de que él y su compañero dispararan el flash aquella noche. Aún había gente que se ganaba la vida consiguiendo pruebas para los divorcios. No sé qué pasará cuando el hombre sea lo suficientemente lúcido como para disolver un matrimonio en el momento en que dos personas dejen de llevarse bien.

La lámpara que arrojé se estrelló contra el dintel, al lado del fotógrafo. El grandote, el forzudo, se adelantó hacia mí mientras yo saltaba de la cama. Lo pateé tan fuerte como pude. Atrapó mi pie y me hizo caer sobre mi trasero. Me golpeé la cabeza contra la cama. El dolor me traspasó. Quedé ahí tendido, con la cabeza zumbándome.

- Si te vuelves a levantar, te haré daño - dijo el grandote. El gordito sacó otra instantánea, y le hizo señas al grandote para que saliera.

Jo Ellen lloraba mientras me ayudaba a levantarme. El gordo se fue. Yo también lloraba. Por lo menos todo terminaría pronto.

Cuando se me despejó la cabeza, empecé a redactar mi renuncia.

 

Pensamos que todo habría terminado. Sin embargo, Angie no me dejaba ir. Aquella noche me llamó por teléfono. Quería verme. Quería que volviéramos a intentarlo. Piensa en Billy.

- ¿Después de que tus matones hicieron lo que hicieron?

- Lo siento, cariño. No sabía que lo harían de esa manera. Sabes que necesitaba tener esas fotos.

- Seguro.

- Cariño, regresa conmigo. Olvidaré. Lo olvidaré todo si tú quieres. Romperé esas fotografías. Haremos cuenta de que esto no sucedió jamás. Por favor, cariño, por favor.

- Dale tus fotografías al juez. Y también a los periódicos, si quieres. De todos modos habrá escándalo, así que no importa si es un gran escándalo. Hazlo enseguida.

- No quiero herirte, cariño. Preferiría... No quiero hacerlo.

- Eres una perra. Angie.

- No digas eso. No lo digas.

- Fuera de mi vida. - Colgué el teléfono.

Había presentado mi renuncia la mañana anterior. Estábamos en la cama.

Miré el estómago de Jo Ellen. Minúsculas marcas alargadas subían por su abdomen formando una fina red. Es curioso que uno no repare en ciertas cosas durante algún tiempo.

Ella no era casada. Miré las marcas. No dije nada. Me acarició el cabello.

- ¿Qué vamos a hacer? - preguntó -. Nos seguirán a todas partes.

- No a todas partes. - Me decidí en ese mismo instante.

- ¿A dónde no?

- Allí, fuera - dije.

- Oh, Ed, no. No podría hacerlo. Creo que no podría.

- No hay ningún problema, dijiste. Sólo dormir y despertarse en otro lugar.

- No. No es eso. ¿Y si pasa algo? ¿Y si alguno de los dos... no... no se despierta? ¿O los dos? ¿O si la nave no llega? Dos de las nuestras no llegaron - dijo.

- No podemos quedarnos aquí. No quiero. Demasiados recuerdos y todos malos. Salvo tú -. Besé sus húmedos párpados.

- ¿Cuándo? - preguntó ella.

- El mes próximo. Las doce naves. Podríamos olvidarlo todo, todo lo que pasó. Tus problemas, mis problemas.

- Sí - dijo ella -. Sí.

 

FUNCIONARIO DEL ESPACIO RENUNCIA.

ESPOSA DEL DIRECTOR DEL ESPACIO PIDE DIVORCIO.

HISTORIA DE AMOR DESDE LAS ESTRELLAS.

 

Todo estaba muy tranquilo en la sección de Criogenia. Los periódicos se habían olvidado de nosotros; estábamos a salvo hasta que partieran las naves. Yo aún tenía algunos amigos en el Servicio.

Cuarto de Preparación Nº 3. Los técnicos de batas blancas nos dejaron solos.

- No te pasará nada - dije -. Ya lo has hecho dos veces. Te dormirás inmediatamente. A mí, tendrán que encadenarme.

- No - dijo mi dulce Jo -. Tú también te dormirás enseguida. La próxima cosa que sabrás es que estás en un planeta nuevo, volviendo a empezar.

Ella lloraba. Ella era bella. Ella era mía.

- Ve tú primero. Te amo. Te veré después - dije. La besé. Le había dado una rosa, y ella la tenía como si fuera una mariposa, y lloraba sobre ella.

- Te amo - dijo ella. Me besó. Un técnico se la llevó. Ella era la luz y el aire, y yo la amaba.

Esperé la aguja.

Había alguien en el cuarto. Miré.

Angie había cambiado en un mes. Parecía dos veces mas vieja. Tenía el rostro demacrado, los ojos rojos. Tenía una expresión salvaje en el rostro, un animal oculto bajo la piel. Tuve miedo.

No había nadie con ella.

- ¿No trajiste a los periodistas? - pregunté -. No puedes dejarme ir, ¿no es cierto? ¿Vas a controlarme, para asegurarte de que sigo con esto?

- No - dijo -. Quería que leyeras esto. Me lo acaban de dar los detectives. Sólo quería que supieras lo que estás haciendo. No podía dejar que siguieras adelante.

- ¿Crees que puedes detenemos?

- No. Yo no. Tú solo te detendrás.

Se volvió y se fue. Yo no podía creerlo. Sin ruegos, sin amenazas. Abrí el sobre.

La primera página era un mensaje del director de la agencia de detectives. La siguiente información, etc. Había rastros de lágrimas sobre la página.

La segunda página era el informe sobre Jo Ellen, una de las copias que habían quedado en casa. La leí. Luego volví la página.

 

Angie, no podías dejarme ir, ¿no es cierto?

¿Puedes perdonarme, Jo Ellen? Te amo tanto.

Angie no podía dejarme ir. Tenía que fisgar. Tenía que hacerlo. Seguir los rastros hasta llegar a veintisiete años atrás.

La vida de Angie. Mi vida. Tu vida.

Fría, fría la aguja entrando en la vena. Caliente la droga. Rápido el sueño.

Angie no pensó que yo podría seguir adelante con todo.

Pesados mis párpados, oscura la noche en mi cerebro. Dormir como una piedra.

Jo Ellen, te amo, sin importarme nada. Los años transcurrirán en la rápida oscuridad. Tal vez haya un planeta verde allá.

Un planeta verde y fresco. El sitio perfecto para que un muchacho lleve a su madre a pasar la luna de miel.

Afortunadamente, no será otra Tierra. Porque la Tierra, en verdad, confunde a alguna gente.

 

FIN

 

 

 

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