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El perro - Yelinna Pulliti Carrasco

La aguja del medidor cayó y el auto se detuvo.

Angello se apeó y le arreó una patada. Acababa de quedarse sin gasolina, hacía un frío endemoniado y, para colmo, estaba a cien kilómetros del área poblada más cercana.

—¡Por la grandísima...!

Intentó mantener la calma, pero ya le era bastante difícil. Estaba varado junto a un camino solitario en el que, con suerte, vería pasar a alguien después de varios días. No le gustaba la idea de estar en un lugar desconocido sin agua ni comida, rodeado apenas por la hierba seca y un aire capaz de helarle los pulmones, y todo por haberse desviado de la carretera para acortar el trayecto unas pocas horas.

—¿Por qué tenía que pasarme esto justo ahora?

Se juró nunca más aceptar entregar encomiendas en lugares remotos, sin importar cuánto dinero le ofrecieran. Según sus cálculos, debía estar de regreso en la capital en la madrugada.
Unas horas de retraso y eran capaces de acusarlo de robo.

Le dio otra patada al auto. Abrió la puerta y se recostó en el asiento de atrás intentando pensar en qué debía hacer.

Nunca debió sobreestimar el volumen de su tanque de gasolina y menos en una zona completamente despoblada. Se había pasado la mitad del camino seguro que podría llegar a la ciudad sin recargar el tanque, y la otra mitad rogando por llegar a cualquier parte donde poder adquirir gasolina y comida antes de agotar el combustible del todo.

Pasaron algunas horas después de las cuales dejó de considerar que quedarse en su auto fuera una buena idea. Se trepó sobre el techo esperando ver algo, pero todo estaba quieto y tan silencioso que empezó a sentir una extraña presión en los oídos. Ni siquiera se veían pájaros. Volvió a bajar, buscó sus mapas en la maletera y se puso a examinarlos hasta que se le cansó la vista. 

Era inútil, ninguno mencionaba el camino por el que se había desviado, no tenía ni la menor idea de dónde se encontraba. Recordaba estar al sudeste de la carretera tal antes de llegar al puente tanto, eso era todo.

Se sentó junto al volante e intentó pensar.

Si se quedaba, lo más seguro es que moriría de deshidratación antes de que alguien lo hallara. Eso lo hizo temblar, la única agua que poseía era la del radiador.

—Cómo pude ser tan estúpido…

Dejó caer los mapas que tenía en la mano y movió la cabeza.

—Si permanezco aquí, me moriré antes de que alguien me encuentre... o encuentre lo que haya quedado de mí. ¿Cuánto puede vivir una persona sin absolutamente nada de agua ni alimento?

Volvió a contemplar el horizonte.

—¿Cuatro días?, ¿acaso cinco?

Una ráfaga de viento helado le dio de lleno.

—¿Debo dejar que la suerte decida si debo caer muerto en este maldito desierto?
Salió del auto y permaneció observando el horizonte durante varios minutos.

—¿Cuánto seré capaz de esperar antes de que sea demasiado tarde?

Parecía no tener opción.

Se abrochó la casaca, cerró su auto y se alejó.

La tarde avanzaba con rapidez y Angello estaba cada vez más preocupado. Según su reloj ya llevaba casi seis horas caminando sin ver absolutamente a nadie. Por momentos, tenía la sensación de que toda la extensión del Espacio se desplegaba, plana y vacía, frente a él. Le dolía todo el cuerpo y sentía un hambre feroz. Ya la noche estaba cayendo y no tenía ninguna luz, ni linterna, ni siquiera un encendedor.

—¡Demonios!

Antes de que se diera cuenta, la oscuridad fue tal que apenas pudo ver unos metros delante. El corazón empezó a acelerársele. Se olvidó del cansancio y del hambre, solo quería escapar de esa tremenda sensación de soledad. Empezó a hablar en voz alta, a silbar y a cantar hasta que el aire frío lo dejó ronco. Por momentos se detenía, esperando oír algo, pero el silencio era completo. El cielo no tenía ni una estrella y se veía tan denso y profundo que llegó a creer que se encontraba a miles de metros por debajo del mar.  

—Tranquilízate o te dará un infarto —se decía.

A pesar de que las piernas le temblaban, se juró no detenerse. Temía que si se dejaba caer a tierra no sería capaz de volver a levantarse. Sin darse cuenta empezó a alucinar: creía ver movimiento más allá de su estrecho radio de visión e incluso, por momentos, tenía la clara sensación de que lo observaban. Más de una vez gritó, pero no recibió respuesta.

Le parecía escuchar a alguien cerca antes de darse cuenta de que era el sonido de sus propios pasos. La atmósfera tenía una presencia casi humana, aplastante. Llegó a pensar que podría coger puñados de aire.

El paisaje era tan monótono que se preguntó si no estaría caminando en círculos. En medio de su delirio, se creyó víctima de una cruel confabulación perpetrada por todos los elementos de los que dispone el Universo para hacer el mal; entonces se sentía vulnerable, como si del cielo pudiera caer un rayo y aniquilarlo, como si en cualquier instante pudiera simplemente desaparecer sin dejar rastro alguno de haber existido.

Al no poder ver su reloj, perdió la noción del tiempo y estuvo seguro de haber caminado durante siglos enteros en medio de un mar helado, a años luz de cualquier otra cosa que pudiera existir y que fuera algo más que vacío.

El alba lo sorprendió al borde de un ataque de nervios, mareado de cansancio y medio muerto de hambre y frío. Apenas notó que el cielo empezaba a clarear, las lágrimas se asomaron a sus ojos. De un golpe, la luz borró sus alucinaciones. Maravillado por el hecho de que aún hubiera un sol en el firmamento, empezó a llorar.

Pasaron varios minutos antes de que estuviera en condiciones de seguir caminando. Se pasó las manos por el rostro y su vista fue atraída por una alta colina. Se dirigió a ella y trepó esperando tener un mejor punto de observación.

Ya era de día cuando llegó a la cima. Desde allí, contempló el horizonte.

A lo lejos se distinguía una casa pequeña e insignificante en medio de la llanura. De lo que parecía una chimenea, se extendía un hilo de humo.

Angello sintió que de alguna forma era nuevamente arrojado al mundo, descendió de la colina a saltos y corrió con todas sus fuerzas hacia la casa. Ya estaba a escasos metros cuando notó que, de un costado, un enorme perro de pelaje oscuro le daba el encuentro ladrando con fuerza.

Angello se detuvo, el perro seguía ladrando y mostrándole los colmillos. Definitivamente, ese animal no permitiría que se acercara a la casa.

—Diablos…

Angello dio un paso adelante y el perro le gruñó de tal forma que solo daba a entender que lo haría pedazos si se atrevía a acercarse más. Pero Angello no podía simplemente alejarse y buscar otro sitio donde pedir ayuda, el siguiente podía estar a varios días de distancia. 

Además, estaba tan agotado que pensó que no sería capaz de huir si el perro corría a morderlo.

Intentaba pensar en alguna manera de espantarlo cuando escuchó que alguien llamaba:

—¡Tadeo! ¡Tadeo!

Angello vio a un hombre que rondaba seguramente los setenta años en el umbral de la puerta haciendo señas para atraer al perro.

Este corrió hacia su amo moviendo la cola.

El desconocido observó a Angello como si se asegurara de que no fuera peligroso.

—¡Buenos días! —dijo acercándose—. Espero que comprendas a Tadeo, no suele pasar mucha gente por aquí, suele ladrarle a todo lo que se mueve. Angello pensó que era algo muy lógico tratándose de un lugar como ese. El perro lo observaba con la cabeza baja, desconfiado. Angello deseaba desesperadamente pedirle ayuda al extraño, pero no quería arriesgarse a ser atacado por un animal capaz de derribarlo.

—Mi nombre es Oskar —se presentó el viejo—. Tadeo se encarga de cuidar mi propiedad y avisarme si alguien se acerca.

Miró a Angello de arriba a abajo:

—Parece que necesitas ayuda.

Este asintió.

—Quedé varado a un lado del camino ayer —dijo en tono de súplica—. He pasado una noche espantosa y apenas me tengo en pie... si usted pudiera…

Oskar sonrió benevolente y le ordenó a su perro hacerse a un lado. 

Mientras devoraba lo que le diera Oskar, Angello le contó el porqué se encontraba en un lugar tan apartado y del sitio aproximado donde había abandonado su auto. Se cuidó de
omitir todo lo referente a sus padecimientos durante su caminata nocturna, especialmente porque él también quería olvidarlos.

Oskar, a su vez, le contó que vivía solo en esa casa desde hacía más de veinte años, la mitad de los cuales, Tadeo le había hecho compañía.

—Además de esta casa, tengo una huerta y algunas gallinas —dijo—. Suelo vender y comprar las cosas que necesito en el pueblo que está a un día de camino en mi camioneta.

—¿A un día en camioneta? —preguntó Angello.

—Sé lo que estás pensando —le respondió Oskar, observándolo—. Podría usarla para remolcar tu auto hasta el pueblo donde podrías comprar gasolina. Pero la tengo estropeada desde hace días, tendrás que esperar hasta que la repare.

—¿Cuánto podría tardar eso? Yo apenas tengo dinero para…

—No tienes que pagarme la estadía —lo interrumpió—. A cambio de la habitación y la comida que te dé, quiero que te dediques a limpiar un poco este lugar y hacer lo que te ordene.

—¿Qué?

—Ya me escuchaste.

—Pero yo lo único que quisiera es…

—Tú eliges: es eso o llegar hasta el pueblo por tus propios medios y, por lo que veo —señaló a Angello con la cabeza—, no creo que puedas durar lo suficiente para completar el trayecto.
Angello no respondió, temía que Oskar tuviera razón. En el fondo, habría preferido pagar por el cuarto y el alimento, o por lo menos disponer de un teléfono. Ya se imaginaba el revuelo que habría en la fábrica debido a su retraso; cuando regresara, su supervisor iba a arrancarle las orejas.

—No puedo perder más tiempo —dijo.

—Solo serán dos o tres días —insistió Oskar—, entonces podremos ir por tu auto. Además —se inclinó hacia él—, con la cara que tienes se te nota que realmente necesitas descansar un par de días.

Angello se pasó la mano por el rostro. Hasta ese momento había ignorado el aspecto que debía tener después de pasar toda una noche huyendo de ni él sabía qué. Más Oskar estaba
en lo correcto, necesitaba urgentemente reposo.

—Te prometo no demorar más que eso —le dijo, casi con lástima— y, si sucede, de todos modos intentaremos pensar en qué se puede hacer al respecto.

Angello inclinó la cabeza en gesto de resignación.

Oskar le permitió dormir en la habitación vacía del segundo piso. Cuando despertó, ya era avanzada la tarde. Sabiendo que no podría volver a conciliar el sueño, se levantó.

La casa más se asemejaba a una cueva. Las paredes parecían hechas de tierra, la habitación era oscura y no había electricidad. Angello no dejaba de sentirse incómodo, todo allí exhalaba un aura de frío abandono.

—Ideal para una persona solitaria —pensó.

Dio algunas vueltas por el cuarto sin pensar en nada en concreto, hasta que percibió que alguien estaba bajo su ventana, fue a abrirla esperando encontrar a Oskar.

Pero en su lugar estaba Tadeo, apenas este lo vio empezó a gruñir amenazante.

Al notar cómo se le erizaba el pelo, Angello empezó a inquietarse. Se preguntó, en el caso de que tuviera la oportunidad, si Tadeo podría alcanzarle el cuello de un salto y si tendría la intención de hacerlo. Lentamente retrocedió y cerró la ventana. Se oyeron varios gruñidos más y luego el rumor de patas que corrían, alejándose.

—Maldito perro —murmuró.

Trató de no pensar en él, ya bastante tenía con recordar lo que le esperaba en la fábrica después de retrasarse tanto tiempo. No era solo por el hecho de que lo despidieran, el malnacido de su supervisor no desaprovecharía la oportunidad de hacer públicas todas sus faltas.

—¡Angello!

La voz de Oskar lo regresó a la realidad. Pudo escuchar sus pasos subir las escaleras.

—¡Angello!

No quiso admitir que tenía miedo de abrirle. Por las pisadas, intentó averiguar si venía con su perro.

Oskar entró al cuarto sin avisar:

—Te he estado llamando —le dijo de mal humor.

—Ya lo sé.

—Supongo que ya habrás dormido lo suficiente.

—Sí, desperté hace un rato.

—¿Entonces por qué no bajabas?

—Tadeo me vio por la ventana y empezó a gruñir.

—¿Y qué con eso?

—Ese perro parece querer atacarme.

Oskar soltó tal carcajada que hizo que Angello se sobresaltara.

—¿De qué se ríe tanto? —le preguntó colérico.

—No seas tonto —le recriminó el viejo—, Tadeo jamás ha atacado a nadie.

—Siempre hay una primera vez.

—Mira, no quiero oír más de eso. Si Tadeo estuvo husmeando es porque no te conoce y punto.

—Gruñe de tal forma que…

—Te he dicho que no quiero oír más de ese asunto.

—Pero…

—¡Silencio! Llevo diez años viviendo con Tadeo, lo conozco mejor que a mí mismo y cuando digo que jamás atacaría a nadie es porque es cierto. Angello prefirió no seguir discutiendo. Quería creer lo que Oskar le decía, que tal vez su perro solo sabía asustar a los extraños, pero en su interior lo corroía la duda.

Esa tarde Oskar lo puso a barrer el suelo mientras él trabajaba en su camioneta. Angello se alegró que se llevara a Tadeo consigo, pues el animal no dejaba de mirarlo con ojos feroces. Mientras barría, su preocupación iba en aumento, no confiaba en Oskar. 

La razón por la que su perro no había atacado a nadie anteriormente podía deberse a que no había ninguna persona a quién atacar; y ahora que él estaba en la casa, fácilmente Tadeo podría percibir que su territorio estaba siendo invadido y defenderlo hasta las últimas consecuencias. Considerando todo esto, llegó a pensar en robarle comida a Oskar, coger algo de ropa y huir, pero al recordar que el pueblo más cercano estaba a un día en camioneta, le pareció una locura, no tenía medios para recorrer a pie una distancia tan grande. Además, ya estaba anocheciendo.

Creyó más prudente esperar.

Al día siguiente ambos se pusieron a arreglar los corrales de las gallinas. Trabajaban en silencio, Oskar aparentemente feliz de tener a un ayudante y Angello impaciente porque este volviera a ocuparse de la camioneta.

—Terminado —dijo Oskar secándose el sudor de la frente—. Voy a preparar la comida. Recoge algunos huevos y entra por la puerta de atrás. No te demores, te estaré esperando.

Entró a la casa mientras Angello lo fulminaba con la mirada:

—Un «por favor» no le habría costado nada.

De rodillas, revisaba los nidos cuando sintió que alguien lo observaba, intentó ignorarlo, pero la sensación se hizo tan fuerte que se vio obligado a mirar sobre sus hombros.

Frente a él, los profundos ojos amarillos de Tadeo aparecieron muy cerca de los suyos.

Se incorporó de un salto.

Antes de que el perro hiciera algún movimiento, Angello caminó hacia la casa intentando mantener una distancia prudencial, mas Tadeo corrió y se plantó frente a la puerta impidiéndole el paso.

Empezó a ladrar.

—¡Quítate! —le gritó.

Solo consiguió hacerlo ladrar más fuerte.

—¡Quítate, demonios!

Tadeo empezó a avanzar y Angello a retroceder, si se atrevía a atacarlo le patearía el hocico, estaba decidido, aunque después Oskar lo echara de la casa a palos.

—¡Lárgate!

Angello trató de ignorar el acelerado golpetear de su corazón, bastaba que Tadeo hiciera un mínimo movimiento para que la adrenalina inundara su sangre. Temía que el perro llegara a adivinar la superioridad que poseía ante él.

—¡Cállate!

Tadeo hizo ademán de querer atacar.

—Tendré suerte si solo me muerde un brazo —pensó.

Inconscientemente, Angello se preparó para una embestida.

Tadeo arqueó la espalda aparentemente preparándose para saltar, cuando de pronto la puerta se abrió y apareció Oskar.

—¡Tadeo! —gritó—, ¡deja de estar fastidiando! ¡Ve y métete a tu caja!

Este movió las orejas y obedeció en el acto.
Angello lo vio alejarse y respiró sintiendo cómo desaparecía la tensión de su cuerpo, iba a agradecerle a Oskar, pero este empezó a decir:

—No era necesario que gritaras de esa forma. Tadeo no obedece a la gente desconocida.

—¿Entonces qué otra cosa podía hacer?

—No hacerle caso, simplemente.

—No creo que pueda mientras me está ladrando de esa forma.

—La culpa es tuya. No debiste levantar la voz.

—¡Ese animal parecía querer lanzarse encima de mí! ¡Yo no quería gritarle, él me obligó!

—Ya te he dicho que Tadeo jamás ha atacado a nadie. Tú debes haberlo provocado de
alguna forma.

—¡Yo no lo provoqué!

Oskar lo miró enojado, era evidente que no le creía una palabra, después de arrebatarle la canasta de huevos, entró en la casa.

Desde el exterior, Angello pudo escuchar su risa. Se sintió tan humillado que, en lugar de enfurecerse, se le formó un nudo en la garganta.

—¿Por qué Tadeo, cada vez que me ve, se pone a gruñir como si quisiera cogerme del cuello? —le preguntó Angello a Oskar durante el almuerzo.

—No debes preocuparte por él, solo ataca a lo que considera su presa.

—¿Presa? ¿Es un perro cazador?

—Suele perseguir y matar a los animales que se aproximan demasiado. Aunque no lo parezca, en esta zona hay ratas.

—Es decir que... ya ha probado la sangre.

—Sí, pero ha sido sangre de animales.

—Pero aun así…

—¿No me digas que crees tener sangre de rata en las venas? —empezó a reírse—. No me sorprendería.

—No le permito que se burle, yo lo único que…

—Y yo no te permito que hables mal de mi perro y además andes imaginando cosas. ¿Me escuchaste?

—En ningún momento he hablado mal de su perro.

—Y más te vale que no lo hagas. Recuerda que estás en mi casa y por eso deberás acatar mis reglas. Si Tadeo se muestra agresivo es solo por instinto. Te lo repito: él solo mata a animales de presa, nada más.

—Pero si está defendiendo la casa de los intrusos, entonces…

—Si sigues insistiendo con este asunto te echaré de aquí y ya verás cómo te las arreglas.

—Lo que pasa es que…

—Haz el favor de cerrar la boca.

Angello prefirió obedecer a pesar de que no quedó más tranquilo después de oír lo que le dijera Oskar. Tenso como estaba, llegó a pensar que Tadeo lo había escogido como su presa, dispuesto a atacarlo en cualquier momento.

—Tal vez está escogiendo el momento adecuado, sabe que soy un animal grande, tal vez quiere atacarme por la espalda, tal vez…

Empezó a temblar. Miró a Oskar y su expresión de indiferente despreocupación le hizo entender que no podía esperar ayuda de él.

Ya era de casi de noche cuando Oskar lo mandó traer verduras de la huerta. Apenas Tadeo lo distinguió en la semioscuridad, fue tras él. Angello no notó su presencia hasta que lo tuvo a un metro de sus piernas.

—Maldita sea. ¿Qué has venido a hacer aquí?

Tadeo empezó a gruñir y Angello a ponerse nervioso. La noche caía con rapidez y las formas se hacían más confusas. Los ojos de Tadeo brillaban fantasmales.

—Lárgate —le dijo con un hilo de voz.

Los gruñidos empezaron a hacerse más salvajes. Angello trataba vanamente de no sucumbir al pánico. Si el perro lo deseaba, podía asesinarlo de una mordida bien asestada y nadie lo sabría jamás a menos que Oskar lo confesara.

—Cuando te huela el miedo estarás muerto —pensó.

Apenas podía ver a Tadeo, pero sabía que este podía verlo perfectamente a él. Si Angello se movía, Tadeo mostraba sus colmillos. Angello a duras penas se obligaba a permanecer allí
y no salir corriendo.

A su mente volvieron las sensaciones de su caminata en la noche y tuvo ganas de gritar.

—... estarás muerto... —se repitió.

Tadeo se fundió en la oscuridad y solo se veían sus ojos amarillos. Estos empezaron a aproximarse, lentamente.

—No, maldición.

Los ojos parecían suspendidos en el aire. Por alguna razón, Angello no podía moverse, ignoraba si era debido al miedo o a la poderosa atracción que esos ojos ejercían en él. Eran casi hipnóticos, Angello se veía caer a través de ellos hacia la nada. Interiormente supo que estaba a merced de ese animal, a merced de lo que deseara hacer con él.

Rogó por dentro si es que Tadeo iba a matarlo, que no lo hiciera sufrir demasiado.

—¡¡Angello!!

La voz de Oskar la sintió como un latigazo en la espalda. Había roto el hechizo.

Este se acercaba con una lámpara de gas.

—¿Por qué demoras tanto?
Angello intentó responder, mas su garganta estaba seca.

—Entra a la casa. Ya veo que eres incapaz de hacer algo tan sencillo como arrancar unas cuantas plantas.

Angello, ignorando el despectivo comentario, se apresuró a obedecer. Por dentro sentía que le debía la vida a Oskar.

Esa noche permaneció contemplando la negra llanura desde su ventana, incapaz de conciliar el sueño. Para entonces habría vendido su alma al mismísimo infierno a cambio de estar en cualquier otro lugar, incluso hubiera preferido encontrarse en la fábrica recibiendo los insultos de su supervisor, cualquier cosa era preferible a permanecer en medio de un desierto a merced de un idiota y su perro.

—¿Cómo fui a meterme en esto?

Estaba considerando volver a la cama cuando, de entre las sombras, hizo su aparición Tadeo, posando su mirada sobre él. Sus ojos eran brillantes y Angello se sintió perderse en la pesada intensidad de su mirada, como si no fuera un perro el que lo observara, sino algo más grande, más demoníaco, algo que se ocultaba detrás de esos ojos encendiéndolos con un furor homicida.

Angello lanzó un gemido, Tadeo lo observaba inmóvil bajo su ventana, respirando fuertemente con el hocico entreabierto, incluso podía ver el vapor que exhalaba de sus fauces.

—Es cierto —murmuró aterrorizado—, va a cazarme, soy su presa.

Angello retrocedió alejándose de la ventana, jadeando como si lo hubieran herido de gravedad.

—¿Es que está esperando el momento adecuado para despedazarme? Entonces Tadeo se le presentó a su mente como la encarnación de todo el odio que pudiera pesar sobre él; se habían encontrado, se habían visto y se habían reconocido, y ahora uno de ellos destruiría al otro

No pudiendo soportarlo más, fue a refugiarse entre las mantas, lejos de la ventana. Desde allí podía escuchar el rumor que Tadeo producía al moverse. Se cubrió la cabeza con la almohada. Aun cuando le daba la espalda a la ventana, podía sentir sobre sí la poderosa mirada del animal, con los ojos fijos sobre él.

Apenas estaba amaneciendo cuando Angello se despertó. Ya no oía a Tadeo, pero no por eso estuvo más tranquilo. En sueños, estuvo seguro de haber sentido sus dientes alrededor de su cuello.

—Esto no puede continuar así.

Quiso comprobar que Oskar hubiera hecho algún avance en su camioneta. Procurando no hacer ruido, bajó al primer piso.

Para llegar hasta la puerta que daba a donde estaba la camioneta, primero debía atravesar el comedor y luego la cocina.

Para su mala suerte, allí se encontraba Tadeo.

Bastó que lo oliera para ponerlo en alerta. Nuevamente empezó a ladrarle.

—¡Cállate! —le gritó.

No hizo caso.

—¡¡Cállate!!

Pero mientras más fuerte gritaba Angello, más fuerte ladraba Tadeo. Apenas podían oírse, especialmente porque Angello necesitaba gritar, lanzar su miedo fuera de sí a gritos.

—¡Ya me cansaste, estúpido animal del diablo!

Alcanzó una jarra de metal dispuesto a golpearlo, mas Tadeo no se inmutó, lanzó unos ladridos tan potentes que le lastimaron los oídos a Angello.

Este sintió escalofríos, Tadeo ya estaba caminando hacia él, despacio, con la mirada encendida de odio.

Tadeo avanzaba un paso y Angello retrocedía otro, rodearon la mesa hasta llegar al umbral de la puerta de la cocina. Antes de darle más tiempo, Angello se la tiró en las narices al perro.

Este rasqueteó la puerta durante un largo rato antes de alejarse.

—Maldito animal —murmuró Angello, recostándose en la pared.
De pronto, oyó a Oskar riéndose a sus espaldas.

—¿¿Qué le parece tan divertido, eh?? —le preguntó furioso.

—No sé cómo puedes tenerle tanto miedo a Tadeo, ¡si no te ha hecho nada!

—¿¿¿Nada???

Oskar seguía riéndose, eso lo enfureció más. Si hubiera sido treinta años más joven lo habría molido a golpes.

—Su perro es una fiera —le dijo, casi gritando—. Lo único que sabe hacer es ladrar como un demonio y usted ni siquiera es capaz de reprenderlo.

— No tengo por qué reprenderlo. Ya bastante hago por ti permitiendo que te quedes, y si me veo obligado a escoger entre tu pellejo y Tadeo, creo que ya sabes cuál será mi elección.

—¿Y por qué tendría que verse obligado a hacer esa elección?

—No permitiré que lastimes a mi perro, óyelo muy bien.

Entonces Angello se dio cuenta de que aún tenía la jarra de metal en la mano. Era notorio que Oskar tomaba aquello como una declaración de guerra.

Ante enemigos tan poderosos, Angello se sintió completamente indefenso. Si permanecía con vida aún era porque inspiraba lástima, no podía haber otro motivo.

—Te lo repito —le advirtió Oskar al pasar a su costado, hacia el comedor—: si lastimas a mi perro no te lo perdonaré.

Salió.

La forma en que Oskar le había hecho esa última advertencia lo paralizó de miedo. Creyó posible que, en ese mismo momento, le estuviera enseñando a Tadeo la manera más efectiva de matar a una persona, y con solo imaginarlo, se sintió enfermo.

Desde el comedor, le llegó la risa de Oskar y creyó enloquecer.

—Mañana mismo me largo —pensó—. No sé cómo, ¡pero mañana mismo abandonaré este miserable lugar!

Aquella noche Tadeo no dejó de aullar helándole la sangre. Él ya no sabía a quién odiaba más: a Oskar o a Tadeo, pero lo que sí sabía era que no podía pasar otro día cerca de alguno
de los dos.

Por los aullidos sabía que el perro estaba bajo su ventana, incansable.

Angello se tapó los oídos intentando no escucharlo.

—Cállate —murmuró—, cállate, por Dios, cállate.

Los aullidos le eran insoportables, deseó desesperadamente que todo no fuera sino una horrenda pesadilla, que cuando despertara se hallara en su casa, para poder olvidarlo todo.

—Un sueño, una pesadilla, eso es todo —pensó al borde de la histeria—. Solo en las pesadillas suceden estas cosas.

Se preguntaba cuánto tiempo podía aullar un perro antes de cansarse. Sabiendo que no podría dormir, se levantó y buscó a tientas cualquier objeto que pudiera arrojarle a la cabeza. Oskar no le había proporcionado nada que sirviera para alumbrarse y eso lo inquietaba más. Tanteó entre los viejos muebles y de repente, tropezó con una silla cayendo pesadamente al suelo.

El golpe le sacudió los nervios. Comenzó a llorar de forma incontrolable rogándole en su mente a Tadeo que se callara.

—Tiene que ser una pesadilla, tiene que ser una pesadilla —se repetía.

Golpeó su cabeza contra el suelo varias veces, pensando que era mejor estar muerto antes de seguir oyendo los infernales aullidos de ese perro. Quiso levantarse y seguir buscando qué arrojarle, incluso llegó a pensar en arrojarse él mismo por la ventana, pero por algún motivo, su cuerpo no le respondía.

—Cállate, por favor —suplicó en voz baja.

Angello se arrastró como pudo al otro extremo de la habitación, lejos de la ventana. Tenía los miembros tan rígidos que agotó todas sus fuerzas al punto de saber que le sería imposible regresar a la cama.

Los aullidos eran tan potentes que Angello creyó tener al perro a su lado.


¡Por favor!

Llegó a convencerse de que la misma oscuridad no era más que una extensión de su cuerpo, de su poder. De que si Angello no tenía forma de levantarse y huir era porque Tadeo así lo quería, el que permaneciera en el suelo era demostración de su dominio sobre él.

—Te lo ruego, ten piedad.

Entonces un gruñido de fiera desgarró la noche, Angello dejó escapar un lamento y perdió el sentido.

Cuando abrió los ojos ya era de madrugada. El silencio era absoluto. Tenía el cuerpo entumecido y le dolía la espalda. Tardó unos segundos en recordar lo que había sucedido y qué hacía tirado en el suelo.

Se pasó las manos por la cara y estiró sus miembros. Nuevamente dueño de su cuerpo, se puso de pie. No quiso perder tiempo, si Oskar y Tadeo dormían aún, era el momento
indicado para marcharse.

Angello se deslizó hasta la cocina y llenó una bolsa con comida. Quiso apoderarse también de un cuchillo, pero Oskar los guardaba bajo llave. También se apropió de una botella, la
que llenó de agua del depósito. Abrió la puerta que daba al exterior y descolgó un poco de ropa del tendedero. Pensó que esos serían los últimos segundos que estaría cerca de Oskar o Tadeo, y respiró sintiéndose libre.

Se puso la bolsa a la espalda y caminó alejándose.

Ya estaba a unos veinte metros de la casa cuando volteó a mirarla por última vez. Entonces vio a Tadeo aparecer desde un costado, igual que la primera vez, lanzar un gruñido bestial y correr a toda velocidad hacia él.

—Dios mío, ¡no!

Miró hacia la casa, Oskar debió oírlo rebuscar en la cocina, pues los observaba desde el umbral de la puerta con los brazos cruzados.

—¡Oskar! —gritó—, ¡¡llame a su perro!!

Pero parecía no escuchar.

—¡¡Llámelo!! —insistió, suplicando—, ¡¡¡llámelo!!!
No obtuvo resultado.

Tadeo ya estaba muy cerca, sin perder más tiempo Angello echó a correr.

—¡Oskar! —imploró—, ¡¡llame a su perro!!

—¡Tadeo! —oyó que gritaba.

Angello dejó caer la bolsa, corría con toda su alma intentando huir del rumor de patas que lo perseguían, del jadeo de animal enfurecido detrás de él.

—No me dejará ir. Soy su presa ¡no me dejará escapar!

Empezó a sentir que le faltaba el aliento, mas no se detuvo. Tenía el claro presentimiento de que detenerse significaría su muerte.

—¡Esperó hasta el último momento para venir a despedazarme!

Tadeo regresó con Oskar y empezó a lamerle la mano. Este le acarició la cabeza.

Ambos observaban a Angello, quien en loca carrera, se perdía en la inmensidad de la llanura.

—Me pregunto de qué estará huyendo —se dijo.

Y Angello lo sabía, sabía que Tadeo había regresado con su amo, sabía que ambos lo observaban desde la casa.

También sabía que su perseguidor corría detrás de él, haciendo sonar sus pisadas en la tierra y su respiración en el aire.

Pues sabía que lo había estado esperando desde siempre, escondido detrás de los ojos de un perro, oculto en la voz de un anciano, aterrorizándolo y acosándolo para luego darle caza.

Lo perseguiría hasta el fin del mundo, hasta el borde mismo del horizonte, hasta que le faltara totalmente el aliento y ya no pudiera seguir escapando.

Entonces le asestaría la certera mordida, haciéndole el peor daño que se le puede hacer a un ser vivo: un daño más allá de la materia.

Angello sabía y esa era su condena, aunque no pudiera ver a su perseguidor pero sí percibirlo, más allá de la razón, más allá de toda lógica, en el centro mismo de sus pesadillas.

Mi dulce Jo - Howard Waldrop

 

Su nombre, de acuerdo con el certificado de nacimiento, era Edward Smith. La «señora Smith» lo había abandonado en el hospital, al partir con destino desconocido. Fue criado en el Hogar Sylacauga, situado en la calle 12 de Birmingham, Alabama.

El niño era precoz; de otro modo, nadie habría reparado en él. Los psicólogos se inclinaban a pensar que tanto su padre como su madre habían tenido un cociente intelectual de genios. Seguramente no había sacado su inteligencia del mostrador de un café de camioneros. No se sabía que era lo que había impulsado a la «señora Smith» a abandonar a su hijo recién nacido en la sala de maternidad de un gran hospital metropolitano.

Baste decir que, a los veintisiete años, Edward NMI Smith fue nombrado director de información pública de la Administración de los Servicios de Ciencias del Espacio. Era el hombre más joven y más brillante que había llegado a ocupar un puesto tan importante en el gobierno. En esa época estaba infelizmente casado y era padre de un niño; un hombre muy solo.

Durante el año en que estuvo al cargo de la dirección, los primeros hombres regresaron de las estrellas. Habían partido hacia Alfa del Centauro veintiséis años atrás, acelerando hasta alcanzar velocidades próximas a la de la luz, durante el tercio intermedio de su travesía. Llegaron en doce años. Una noche, dieciséis años después de la partida de las primeras naves, un mensaje cayó del claro cielo.

Siete de las nueve naves hicieron el viaje. Durante su transcurso, las tripulaciones permanecieron despiertas, como todas las tripulaciones de las naves espaciales. Guiaron a la enorme nave a través de la oscuridad, controlando por medio de monitores a aquellos colonizadores que viajaban congelados, con la esperanza de hallar un nuevo mundo cuya órbita girara alrededor de la estrella más próxima.

Alfa del Centauro IV, llamada Nova Terra (por supuesto), había sido descubierta en primer lugar. Poca gravedad, mucha luz solar, poco oxígeno, mucho nitrógeno. Un buen mundo.

El mensaje provino del nuevo transmisor de Nova Terra. La estación de radio había estado emitiendo durante cuatro años cuando su primer mensaje llegó a la Tierra, y otros cuatro años transcurrirían hasta que supieran si la Tierra había recibido el mensaje. Las distancias inmensas, la negrura profunda, las estrellas brillantes.

Mientras tanto, dos años y medio después de la colonización de Nova Terra, una expedición emprendió el regreso. Debido al tiempo de demora entre emisión y recepción, el mensaje que informaba acerca de su partida de Nova Terra fue recibido dieciocho años y medio después de que las naves abandonaran la Tierra. Alguien llegó rápidamente a la conclusión de que, en ese momento, ya hacía cuatro años que las naves estaban en camino, y que llegarían en otros ocho.

El mensaje decía: «Dos naves regresan a la Tierra. Los métodos desarrollados aquí permiten a las tripulaciones dormir por turnos. Algunos colonizadores de regreso. Hasta dentro de doce años.»

Ocho años más tarde, las naves estaban en órbita alrededor del sol, a unos pocos cientos de kilómetro por encima de la Tierra. De noche, se veían más brillantes que Venus, más brillantes que las estaciones espaciales que giraban cerca de ellas; dos estrellas nuevas en el cenit.

Ed Smith, el nuevo director de información de la Administración del Servicio de Ciencias del Espacio, y su equipo, estaban en la Estación Nº 3 para dar la bienvenida a los primeros hombres y mujeres que regresaban de las estrellas.

- ¡Madre Iglesia! En cualquier momento a partir de ahora - dijo Newton Thornton, mirando el reloj de pared.

- Tranquilo, Newton - dije -. Este es el momento de gloria de la Estación. El primero desde que partieron las naves estelares, hace casi tres décadas. No puedes censurarlos porque demoren la descompresión un poco más de lo debido.

- Ya lo sé, señor Smith - dijo -, pero maldición, bien que se están tomando su tiempo.

- Bien, los tendremos todo lo que queramos - dije.

Las puertas se abrieron y salieron, el director de la estación caminando a grandes trancos a la cabeza, como un león rey de la manada.

Su mano complacida se extendió casi automáticamente.

- Este es el señor Smith, damas y caballeros, el director de información de los Servicios del Espacio. Señor Smith, la tripulación y los colonizadores de Nova Terra.

Hice un pequeño saludo impaciente. Varios miembros de la tripulación me devolvieron el saludo, rígida y formalmente. Dos de las mujeres hicieron una reverencia.

Todos sonreímos.

El comandante Gunderson aspiraba el humo de su cigarro como si fuese aire.

- Le sorprenderá saber - dijo - que el tabaco no crece en las áreas de Nova Terra que hemos colonizado. La mayor parte del suelo es demasiado ácido. Por supuesto, eso era hace... ¿cuánto?... doce años. Ahora puede haber más tabaco que en Carolina del Norte. - Aspiró más humo de su cigarro.

- Así lo espero - dijo Newton -. Carolina ya no tiene tabaco.

- ¿Qué?

- Virginia, las Carolinas, Georgia, perdieron más de las tres cuartas partes de las cosechas, hace once años. Una nueva plaga de hongos. Se expande con rapidez. Las esporas se extienden en una capa tan gruesa, sobre el suelo, que la tierra no podrá ser usada durante años. Todo el tabaco que tenemos ahora se planta en Arizona, Nuevo México y en algunas partes de las llanuras californianas... que, en parte, aún eran desérticas cuando ustedes partieron - dijo Newton.

- Maldito sea - dijo Gunderson. La fatiga ensombreció su rostro -. Nos llevará un tiempo adaptarnos...

Miró con fijeza la brasa de su cigarro.

- Partí como colonizador. Veintiséis años atrás. Eso es mucho tiempo. Decidí que, aún con mi entrenamiento en el Servicio, sería mejor para mí viajar dormido. Por si alguna vez querían regresar y las tripulaciones se negaran a hacer otro viaje de doce años. - Se frotó el cabello cano.

- Los tripulantes... envejecieron. Yo no. Pensé que sería como ellos durante el viaje de regreso. Eso fue antes de que desarrolláramos los rápidos métodos criogénicos, que permiten que la tripulación duerma por turnos. Sólo he estado despierto durante siete meses, desde que partirnos de Nova Terra.

«Sabía que habría gente que querría regresar. No es una aventura estar allá afuera. Es un trabajo duro.»

Apagó la colilla con mucho cuidado.

- Diablos, he envejecido sólo tres años y siete meses desde que partí de la Tierra, veintiséis años atrás. Por supuesto, ya era viejo cuando partí.

Thornton se rió.

El Comandante Gunderson se puso serio.

- Hay gente que sólo envejeció tres años - dijo -. Algunos de los colonizadores partieron dormidos. Han regresado dormidos. Estuvieron despiertos sólo tres años. Lo que encontraron allí no les gustó más que lo que dejaron al partir.

Suspiró y se reclinó en su silla.

- Creo que fue por eso por lo que partí dormido, en lugar de partir como miembro de la tripulación. Sabía que habría gente como ésa, que necesitaría regresar más que había necesitado partir. Creo que fue por eso.

Después de que el Comandante se fue, Newton Thornton me miró.

- ¿Cómo lo harán para lograrlo? - preguntó.

- Como todo el mundo - dije, recordando -. Se las arreglan de uno u otro modo.

 

Los interrogatorios se demoraban. Los informes ocupaban un cuarto pequeño. Nacimientos y muertes, posibilidades de cultivo, deficiencias minerales; todo lo que sirve para decirle a uno qué clase de planeta es, para que uno pueda decidir cómo transformarlo en lo que uno quiere que sea. Aún teníamos que entrevistar a doce de los colonizadores que habían regresado, y al Capitán Welkins. Welkins había partido como miembro de la tripulación y había regresado igual. Despierto todo el tiempo. Los psicólogos lo entrevistaban primero. Nosotros hablaríamos con él más tarde. Los colonizadores y los tripulantes estaban ansiosos por descender al planeta del que habían partido veintiséis años atrás. Nosotros íbamos lo más rápido posible para conseguir la información que necesitábamos. Y estábamos tan cansados como ellos. A todos nos vendría bien un descanso.

A veces, durante aquella segunda semana, llamaba a mi esposa y a mi hijo.

 

Yo: Hola, Angie.

AN: ¿Eres tú, Ed?

YO: Sí. ¿Cómo estás? ¿Cómo está Billy?

AN: Oh, estamos bien. Muy bien.

Yo: Dile que no sé cuándo estaré de regreso. Pero no me demoraré demasiado. Una semana, a lo sumo.

AN: Te echa de menos. Todo el día pregunta por ti.

Yo: Bien, creo que yo os encuentro a faltar a los dos.

AN: ¿Seguro?

Yo: Diablos, ya sabes lo que quiero decir.

AN: Bien, espero que vuelvas pronto.

Yo: Maldición, Angie. Lo que necesito es un descanso. Estoy rendido. Tengo mucho trabajo aquí.

AN: Entonces tal vez puedas llevar a Billy a las montañas dentro de unas semanas.

Yo: No quiero llevar a Billy a ninguna parte. Lo único que quiero es descansar.

AN: Perdóname.

Yo: Mira, Angie. Dile a Billy que lo veré pronto.

AN: ¿Y yo?

Yo: ¿Y tú qué?

AN: ¿Es que ni siquiera puedes tratar de ser amable de vez en cuando?

Yo: Hace mucho que dejé de hacerlo. Te veré pronto.

AN: ¿Estás seguro de que no desperdiciarás tu valioso tiempo si me ves?

Colgué. Maldición. Maldición.

 

Su nombre era Jo Ellen Singletary. Era una de las personas de las que había hablado el comandante Gunderson. Era muy bonita. A veces, mientras hablaba, se le formaban pequeñas arrugas alrededor de la boca. Minúsculas arrugas. Aparentaba veinte o veinticinco años.

Yo tenía listos sus informes parciales. Nunca los miraba hasta que no tenía que escribir los informes completos. Trabajaba con el biograma que Newton hacía de cada persona. Aún no me había entrevistado con Welkins. Los psicólogos se estaban demorando.

- Usted es uno de los casos especiales - dije.

- ¿Especiales? Oh, usted quiere decir que soy una de los que volvieron.

- Sí, de los que volvieron.

- Entonces supongo que soy especial - dijo ella.

- ¿Qué la hizo decidirse a regresar? - le pregunté.

- No... no me gustaba la vida allá. - Cambió de posición en la silla. Newton había ido a buscarnos algunos bocadillos. Ella paseó la mirada por el cuarto.

- Entonces volví. Quiero empezar otra vez aquí, en la Tierra.

- Advertirá que, las cosas han cambiado, en estos veintiséis años - dije.

Por toda respuesta, sus ojos empezaron a humedecerse. No me gustan las mujeres cuando lloran. Empecé a levantarme; luego me arrepentí.

- Lamento haberla alterado - dije -. Sólo era una pregunta.

- No. No, no era. - Su rostro se puso tenso -. Usted quiso decir que la vida aquí no será más fácil ahora que cuando me fui. ¿No es así?

Miré los papeles que estaban encima de mi escritorio.

- No. Ha sido una semana muy dura. Lamento haberla alterado. No tengo excusa.

- Sé que ha tenido una semana muy dura - dijo ella, con la vista clavada en mí. Comenzó a llorar otra vez -. Tampoco yo tengo excusa para llorar.

Ahora ella comenzó a llorar realmente.

Dejé la pluma, caminé alrededor del escritorio y me quedé a su lado como un tonto, mientras ella lloraba. Su pelo olía a almizcle. Usaba un nuevo perfume que debía haber comprado en la estación. Angie tenía el mismo, en casa.

Fue entonces que me di cuenta de la magnitud de lo que ella debía enfrentar. Regresaba a la Tierra con sólo tres años más de los que tenía cuando partió. Volvía a un mundo enteramente distinto. Lo que había visto a través de las ventanas de la estación no era la imagen familiar de la Tierra, sino otro planeta azul donde, por azar, se hablaba la misma lengua. El shock cultural la esperaba con sus fauces listas para atraparla. El shock tecnológico acechaba a la vuelta de cada esquina, en cada nuevo sonido. Y ella aún no había bajado a la Tierra.

Puse una mano en su cabeza.

- Puedo llamar a uno de los médicos para que le dé algo - le dije.

Sacudió la cabeza negativamente. Se recostó sobre mi mano.

- Tengo tanto miedo - dijo.

- Lo sé. Lo sé - dije.

Mentí.

 

Uno nunca se propone que pasen esas cosas.

Pasan, simplemente, a medida que se deteriora el matrimonio, y es algo tan sencillo que uno no lo advierte durante días, horas, hasta que uno no ve lo que ha pasado. Y entonces ya no hay nada que hacer, porque la situación lo tiene asido por el cuello y por el corazón.

No hay repique de campanas, ni cantos de pájaros. Sé que no debí haberla ayudado tanto como lo hice durante los días que siguieron. Pero también sé que no me podría haber sucedido con ninguna otra persona, en ninguna otra parte.

Las entrevistas habían terminado, incluso la de Welkins. Seguiríamos en contacto con Welkins. Algunos de los miembros de la tripulación y todos los colonizadores que habían regresado querían dejar los Servicios del Espacio. Era un embrollo legal regulado por las cortes. Si un hombre había prestado servicio durante treinta años, obtenía su pensión de retiro, más el incremento de la pensión debido a las misiones arriesgadas, aún cuando hubiera pasado doce o más de esos treinta años en un profundo sueño criogénico.

Yo podía dejar esos problemas para los abogados. Se hacían las bromas de siempre acerca de dormir en horas de servicio y de ser promovido durante el sueño, y acerca de todas esas cosas de las que yo podía prescindir.

No fueron solamente las últimas dos semanas y media las que me agotaron. Yo estaba realmente agotado. Agotado de trabajar. Agotado de vivir tal como había vivido durante los últimos cinco años. Ya había llegado hasta donde quería llegar en el Servicio. Podían tratar de promoverme a algún cargo administrativo en los laboratorios, pero yo no quería. Mi vida había sido escribir, trabajar con las palabras. No quería un empleo en el que las únicas palabras que usaría serían las del Informe Anual a la Nación. No quería salir, sino que, simplemente, no quería ascender.

Jo Ellen, el agotamiento, la soledad, el trabajo: todo me llegó al mismo tiempo.

No podía dejar que ella se alejara, que se perdiera en la multitud, con sólo una carta cada tres semanas.

 

Ella había estado en contaduría para buscar su paga de retiro. Con esa última firma de la nómina de salarios, nuestra relación dejaba de ser oficial. El sol brillaba en el azul cielo matinal por encima del edificio de los Servicios del Espacio. No había cohetes reluciendo bajo el sol. No había naves zumbando por encima de nuestras cabezas. Todos los lanzamientos se llevaban acabo fuera, salvo los de las naves que partían desde Florida.

Ella estaba vestida con un conjunto nuevo de pantalón y chaqueta. Estaba bella, su cabello color bronce relucía bajo la luz. El hormigón del paseo había empezado a irradiar olas de calor.

- Bien - dijo ella.

- Sí. Aquí termina todo - dije.

Ella me miró. Yo la miré. Visiones de fatalidad y polvo de estrellas.

- No lo creo - murmuró. Ante Dios y ante todo el mundo.

De la mano, cruzando el paseo.

El PACV que habíamos alquilado se detuvo cuando paré los motores.

Las estrellas, una de ellas la estrella a la que ella había ido y de la que había regresado, resplandecían encima nuestro.

Angie y Billy y los pensamientos de Angie y Billy a miles de kilómetros de distancia. Las ranas de Florida de fondo. Una muchacha de las estrellas a mi lado. Cerveza de Milwaukee en el refrigerador.

Escuchamos las ranas.

- No hay ninguna - dijo ella.

- ¿Qué?

- Ranas.

- ¿Qué?

- No hay ranas allá. En Nova Terra. No hay ranas.

- Oh.

Después, tras un silencio.

- ¿Qué dirá tu mujer? ¿Tienes hijos?

- Uno - dije -. Un varón. Cinco años. Se llama...

- No quiero saberlo - dijo ella -. No quiero.

- Está bien. No te preocupes.

- Ya lo estoy. Tú lo estás.

- Jesús - dije -. Jesús.

Me besó.

- ¿Lo merezco? No puede ser.

- Sí - dije.

 

Una señora vecina llamó al hotel cinco días más tarde. Estaba trastornada. Angie se había enterado de todo y lloraba todo el día. La vecina dijo que lo menos que yo podía hacer era tener la decencia de llamarla. Las copias fotostáticas de los informes de los colonizadores habían llegado a la casa. Lo menos que podía hacer era decirle qué era lo que quería hacer con ellos. Y así seguía y seguía y seguía.

Le pedí que le dijera a Angie que estaría allí al día siguiente.

A la mañana siguiente Jo Ellen hizo mi valija. Lloraba, y trataba de no hacerlo.

No le había dicho nada. Me desperté y observé cómo terminaba de poner mis últimas ropas en la maleta.

- Tienes el baño preparado. Tu traje está colgado junto a la bañera. Te reservé pasaje en el vuelo de las once y cuarenta. Sólo tendrás que apurarte un poco.

- ¿Cómo te enteraste? - le pregunté.

- No lo sé. Esto no es nuevo para mí. Es una de las razones por las que partí la primera vez. Nada mejoró allí.

- Volveré dentro de unos días.

- Lo sé - dijo ella, llorando.

Me afeité, tomé un baño y me acicalé. Cuando salí del baño, ella ya no estaba. No había dejado ninguna nota. El tiempo calmo, el vuelo sin novedad.

 

- ¿No trajiste a Jo Ellen? - me preguntó en cuanto traspuse la puerta.

Esta endemoniada situación duró hasta que me fui. No hubo arreglo, ni esperanzas, ni valió la pena discutir o rogar. Había llevado a Billy a la casa de su madre. Ya había conseguido un abogado. No quería nada más que librarse de mí y quedarse con Billy. Le dije que se quedara con todo. Que dejara los informes donde estaban. Yo haría que la agencia viniera a retirarlos. Y adiós.

Malos modos. Odio. Todo eso.

Hay sólo unos pocos lugares a donde uno puede correr cuando el mundo ha cambiado completamente. La hallé en uno de ellos.

Me acerqué muy silenciosamente y me senté junto a ella, que tomaba sol. Unos minutos después ella volvió la cabeza hacia donde yo me había sentado.

- Hola - le dije.

Ella se incorporó de un salto, luego volvió a apoyar la cabeza sobre la arena.

- No creí que volvieras, Ed. El último no volvió.

- No importa - dije -. Yo sí.

Ella siguió mirando la arena, fijamente, un rato.

Garrapateé algo sobre la resplandeciente arena de la playa.

- Dime - le dije - ¿Cómo es la vida allí?

Ella se rió y lloró y me atrajo hacia ella.

Las olas se movían y susurraban en la playa. Subía la marea.

 

Tres días más tarde reparamos por primera vez en el detective privado. Era un hombrecito gordo que había estado en dos de los lugares a los que nosotros habíamos ido. Jo Ellen lo vio primero.

Con el resurgir de la Madre Iglesia, hay algunas nuevas leyes arcaicas en los libros. Algunas exigen seis meses y un día de ausencia del hogar antes de declarar la deserción. O uno tiene que firmar una declaración de crueldad mental que lo hace aparecer como un verdadero canalla. Sin embargo, hay otro modo de obtener el divorcio en unas pocas semanas.

Traté de matar a ese bastardo antes de que él y su compañero dispararan el flash aquella noche. Aún había gente que se ganaba la vida consiguiendo pruebas para los divorcios. No sé qué pasará cuando el hombre sea lo suficientemente lúcido como para disolver un matrimonio en el momento en que dos personas dejen de llevarse bien.

La lámpara que arrojé se estrelló contra el dintel, al lado del fotógrafo. El grandote, el forzudo, se adelantó hacia mí mientras yo saltaba de la cama. Lo pateé tan fuerte como pude. Atrapó mi pie y me hizo caer sobre mi trasero. Me golpeé la cabeza contra la cama. El dolor me traspasó. Quedé ahí tendido, con la cabeza zumbándome.

- Si te vuelves a levantar, te haré daño - dijo el grandote. El gordito sacó otra instantánea, y le hizo señas al grandote para que saliera.

Jo Ellen lloraba mientras me ayudaba a levantarme. El gordo se fue. Yo también lloraba. Por lo menos todo terminaría pronto.

Cuando se me despejó la cabeza, empecé a redactar mi renuncia.

 

Pensamos que todo habría terminado. Sin embargo, Angie no me dejaba ir. Aquella noche me llamó por teléfono. Quería verme. Quería que volviéramos a intentarlo. Piensa en Billy.

- ¿Después de que tus matones hicieron lo que hicieron?

- Lo siento, cariño. No sabía que lo harían de esa manera. Sabes que necesitaba tener esas fotos.

- Seguro.

- Cariño, regresa conmigo. Olvidaré. Lo olvidaré todo si tú quieres. Romperé esas fotografías. Haremos cuenta de que esto no sucedió jamás. Por favor, cariño, por favor.

- Dale tus fotografías al juez. Y también a los periódicos, si quieres. De todos modos habrá escándalo, así que no importa si es un gran escándalo. Hazlo enseguida.

- No quiero herirte, cariño. Preferiría... No quiero hacerlo.

- Eres una perra. Angie.

- No digas eso. No lo digas.

- Fuera de mi vida. - Colgué el teléfono.

Había presentado mi renuncia la mañana anterior. Estábamos en la cama.

Miré el estómago de Jo Ellen. Minúsculas marcas alargadas subían por su abdomen formando una fina red. Es curioso que uno no repare en ciertas cosas durante algún tiempo.

Ella no era casada. Miré las marcas. No dije nada. Me acarició el cabello.

- ¿Qué vamos a hacer? - preguntó -. Nos seguirán a todas partes.

- No a todas partes. - Me decidí en ese mismo instante.

- ¿A dónde no?

- Allí, fuera - dije.

- Oh, Ed, no. No podría hacerlo. Creo que no podría.

- No hay ningún problema, dijiste. Sólo dormir y despertarse en otro lugar.

- No. No es eso. ¿Y si pasa algo? ¿Y si alguno de los dos... no... no se despierta? ¿O los dos? ¿O si la nave no llega? Dos de las nuestras no llegaron - dijo.

- No podemos quedarnos aquí. No quiero. Demasiados recuerdos y todos malos. Salvo tú -. Besé sus húmedos párpados.

- ¿Cuándo? - preguntó ella.

- El mes próximo. Las doce naves. Podríamos olvidarlo todo, todo lo que pasó. Tus problemas, mis problemas.

- Sí - dijo ella -. Sí.

 

FUNCIONARIO DEL ESPACIO RENUNCIA.

ESPOSA DEL DIRECTOR DEL ESPACIO PIDE DIVORCIO.

HISTORIA DE AMOR DESDE LAS ESTRELLAS.

 

Todo estaba muy tranquilo en la sección de Criogenia. Los periódicos se habían olvidado de nosotros; estábamos a salvo hasta que partieran las naves. Yo aún tenía algunos amigos en el Servicio.

Cuarto de Preparación Nº 3. Los técnicos de batas blancas nos dejaron solos.

- No te pasará nada - dije -. Ya lo has hecho dos veces. Te dormirás inmediatamente. A mí, tendrán que encadenarme.

- No - dijo mi dulce Jo -. Tú también te dormirás enseguida. La próxima cosa que sabrás es que estás en un planeta nuevo, volviendo a empezar.

Ella lloraba. Ella era bella. Ella era mía.

- Ve tú primero. Te amo. Te veré después - dije. La besé. Le había dado una rosa, y ella la tenía como si fuera una mariposa, y lloraba sobre ella.

- Te amo - dijo ella. Me besó. Un técnico se la llevó. Ella era la luz y el aire, y yo la amaba.

Esperé la aguja.

Había alguien en el cuarto. Miré.

Angie había cambiado en un mes. Parecía dos veces mas vieja. Tenía el rostro demacrado, los ojos rojos. Tenía una expresión salvaje en el rostro, un animal oculto bajo la piel. Tuve miedo.

No había nadie con ella.

- ¿No trajiste a los periodistas? - pregunté -. No puedes dejarme ir, ¿no es cierto? ¿Vas a controlarme, para asegurarte de que sigo con esto?

- No - dijo -. Quería que leyeras esto. Me lo acaban de dar los detectives. Sólo quería que supieras lo que estás haciendo. No podía dejar que siguieras adelante.

- ¿Crees que puedes detenemos?

- No. Yo no. Tú solo te detendrás.

Se volvió y se fue. Yo no podía creerlo. Sin ruegos, sin amenazas. Abrí el sobre.

La primera página era un mensaje del director de la agencia de detectives. La siguiente información, etc. Había rastros de lágrimas sobre la página.

La segunda página era el informe sobre Jo Ellen, una de las copias que habían quedado en casa. La leí. Luego volví la página.

 

Angie, no podías dejarme ir, ¿no es cierto?

¿Puedes perdonarme, Jo Ellen? Te amo tanto.

Angie no podía dejarme ir. Tenía que fisgar. Tenía que hacerlo. Seguir los rastros hasta llegar a veintisiete años atrás.

La vida de Angie. Mi vida. Tu vida.

Fría, fría la aguja entrando en la vena. Caliente la droga. Rápido el sueño.

Angie no pensó que yo podría seguir adelante con todo.

Pesados mis párpados, oscura la noche en mi cerebro. Dormir como una piedra.

Jo Ellen, te amo, sin importarme nada. Los años transcurrirán en la rápida oscuridad. Tal vez haya un planeta verde allá.

Un planeta verde y fresco. El sitio perfecto para que un muchacho lleve a su madre a pasar la luna de miel.

Afortunadamente, no será otra Tierra. Porque la Tierra, en verdad, confunde a alguna gente.

 

FIN

 

 

 

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