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La catacumba - Peter Shilston

 

Estoy relatando esta historia tal como me fue contada. Imaginen si pueden un autocar efectuando la visita de la isla de Sicilia a mediados de agosto, transportando un par de docenas de turistas ingleses de vacaciones, ansiosos de inspeccionar los lugares habituales de interés... 

Palermo en dos días, Agrigento en otros dos, Siracusa mereciendo sólo uno, un viaje en telesilla hasta la cima del Etna, y luego de vuelta a casa. El tipo de gente que uno encuentra en tales viajes es invariablemente el mismo: cierto número de maestros de escuela, serias parejas de jubilados, padres que han traído equivocadamente a sus hijos y están empezando a preguntarse por qué no se han ahorrado problemas yendo simplemente a la playa, y un puñado de personas solas sin ningún lazo aparente. 

Además, su comportamiento es siempre el mismo: algunos pasan todo el tiempo gruñendo sobre la calidad de los hoteles y la comida, los jóvenes se preguntan por qué no hay chicas jóvenes y atractivas disponibles en el viaje, los niños se aburren, y los maestros de escuela cargan por todos lados con sus mapas y sus guías y toman muchas fotos. Otros no parecen mostrar el menor interés por los lugares históricos y pasan todo su tiempo sentados en el café más próximo o comprando los recuerdos más horribles y variados.

Ese autocar en particular era uno de los típicos, creo. Entre sus miembros había un tal señor Pearsall, un tranquilo y solitario hombre de mediana edad de apariencia vagamente erudita. Había gozado del viaje turístico y se había mostrado convenientemente impresionado por los templos griegos de Agrigento y los mosaicos de la gran catedral de Monreale, pero no había conseguido hacer amistad con ninguno de los demás pasajeros, y como las vacaciones estaban a un par de días de su término empezaba a considerar el regreso a casa. 

En consecuencia, se mostró ligeramente irritado cuando la vieja señora Tavistock, en la parte de atrás del autocar, empezó a quejarse de dolores en el estómago. No había dejado de quejarse en todo el viaje, pero ahora parecía realmente enferma, lo que dio como resultado que Giuliano, el guía, pidiera al conductor que se detuviera en el primer pueblo a fin de buscar un doctor.

El primer pueblo resultó ser un conjunto de casas que ni siquiera estaba señalizado en los mapas, apiñadas debajo de un enorme farallón, sin ningún rasgo característico que permitiera distinguirlo de cualquiera de los otros cincuenta pequeños pueblos por los que habían cruzado a lo largo de su camino. 

Allí Giuliano fue en busca de un médico, dejando a sus turistas medio adormilados, leyendo ociosamente sus libros o charlando de cosas inconcretas. Era la media tarde, y el sol caía con fuerza. Todos los sicilianos sensatos estaban dentro de sus casas durmiendo la siesta. Todos los postigos de las ventanas estaban cerrados, y no se veía ni un alma en la calle.

Al cabo de un rato regresó Giuliano, lamentando informarles que iban a tener que esperar al menos una hora antes de que la señora Tavistock pudiera recibir atención y ellos pudieran continuar. Mientras tanto, podían salir y estirar las piernas, aunque era difícil que hallaran algo abierto. El autocar haría sonar el claxon para llamarles de vuelta cuando llegara el momento. 

En este punto se enzarzó en una animada conversación en italiano con Umberto, el conductor, que hizo varios gestos enfáticos, resultado de los cuales fue una información no demasiado alentadora. La gente del lugar, dijo Giuliano, no era muy sociable precisamente, de modo que los turistas no iban a encontrar muchas facilidades. Los autocares normalmente no se paraban nunca allí, y no tenía el menor objeto visitar el pueblo; realmente, no tema nada que ofrecer. 

Expresó de nuevo su consternación y habló unas cuantas palabras más con Umberto. El conocimiento del italiano del señor Pearsall no era demasiado grande, pero creyó captar que «no es probable que surjan complicaciones si van todos juntos».

Sin embargo, el señor Pearsall no tenía la menor intención de permanecer con los demás mientras se quedaban parados sin saber qué hacer. Había vislumbrado una iglesia en la parte de debajo de una calle lateral cuando penetraban en el pueblo, le pareció antigua y sorprendentemente grande para un lugar tan insignificante, y pensó que quizá valdría la pena efectuar una visita de exploración. 

Las «complicaciones» que Giuliano había mencionado (suponiendo que lo hubiera comprendido bien) podían interpretarse como ladrones. Les había advertido que tuvieran cuidado con los tirones de bolsos en las grandes ciudades, pero era muy poco probable que bandas de asaltantes se molestaran en patrullar un pueblo donde los turistas no se paraban nunca. Las calles aparecían absolutamente desiertas. 

Además, el señor Pearsall aún estaba en buena forma, e imaginaba que podía defender sus pertenencias contra cualquier tipo de ratero; o, en el peor de los casos, echar a correr lo suficientemente rápido como para librarse de él. Así pues, agarrando su cámara, comunicó su pretendido destino a otro pasajero (que no demostró ni la más pequeña inclinación a acompañarle) y partió decidido.

Las calles laterales del pueblo eran muy estrechas y ascendían en pronunciada pendiente la colina hacia el imponente farallón que lo dominaba desde arriba. Algunas de ellas tenían gradas. El señor Pearsall se preguntó si no sería claustrofóbico y también especuló acerca de si el pueblo no habría sufrido nunca daños por la caída de rocas. 

Tras un par de vueltas por calles sin salida, desembocó en una pequeña placita pavimentada con guijarros, y tan desprovista de gente como el resto del pueblo, que daba paso a la iglesia. Una mirada al sol le indicó que estaba acercándose a ella por su lado oeste: la esquina meridional casi tocaba la base del farallón. 

Debido a que tenía exactamente el mismo color y textura que aquella imponente masa, la iglesia daba la inquietante impresión de haber sido tallada, por la mano de un gigante, de un solo bloque de la enorme roca.

Su primera sensación, nos dijo el señor Pearsall, fue de gran vejez y ruina general. La iglesia parecía mucho más vieja que los templos dóricos de Agrigento que habían admirado aquella misma semana, aunque su intelecto le decía que aquél no podía ser el caso. Supuso que debía tratarse de un edificio normando, aunque posiblemente erigido sobre unos cimientos aún más viejos: árabes o incluso romanos. 

El estilo era, sin embargo, lo suficientemente típico, aunque más bien fuera de proporciones. Dos achaparradas y pesadas torres, con muy pocas ventanas (y además muy pequeñas), flanqueaban un pórtico de tres amplios arcos puntiagudos. La escasa decoración que pudo existir en algún momento allí, apenas era ahora discernible. Parecía como si en su época hubiese habido frescos en el interior del pórtico, pero ahora el enlucido estaba terriblemente cuarteado, y en algunos lugares había caído por completo. 

Sólo unas pocas e imprecisas siluetas de figuras humanas —presumiblemente santos— podían descubrirse aún. Había una gran puerta de madera, deteriorada y carcomida, con paneles tallados en lo que en su tiempo habían sido recargados esquemas abstractos. Influencia morisca, se dijo a sí mismo el señor Pearsall, y empujó la puerta. Estaba cerrada.

Aquello era predecible bajo cualquier circunstancia, pero aun así irritante. El señor Pearsall retrocedió hasta la plaza para tomar una foto, y luego miró su reloj. Apenas habían pasado quince minutos desde que abandonara el autocar y aún quedaba mucho tiempo que matar. El día era más caluroso que nunca, y si había algunas tiendas en aquella plaza olvidada de Dios, todas estaban resueltamente cerradas. 

Decidió dar la vuelta a la iglesia, a falta de otra cosa que hacer. Además, durante parte del recorrido estaría en la sombra, donde haría más fresco. Sin gran entusiasmo, inició el camino. Era un hombre de temperamento tranquilo, pero si había algo que le irritaba era encontrarse de pronto sin nada que hacer cuando había confiado en estar ocupado.

A lo largo del lado sur, las cerradas casas estaban situadas tan cerca de la iglesia que la calle más bien parecía un túnel. No había avanzado gran cosa cuando observó una pequeña puerta lateral. No debe sorprendemos que intentara abrirla. Para su gran alegría, descubrió que no estaba cerrada con llave. Sorprendido ante su buena suerte, y felicitándose por su persistencia, penetró en el interior.

Al principio no vio nada, tan oscuro estaba después del fuerte resplandor del sol de la tarde allá afuera. Muy pronto, los ojos del señor Pearsall se acostumbraron a la penumbra y fue capaz de mirar a su alrededor. Inmediatamente supo que su paseo había sido provechoso. Con su metódica costumbre, empezó a clasificar cuanto podía ver. 

Una larga y alta nave, con pequeñas naves laterales a ambos lados. Claramente, otra iglesia normanda, con los puntiagudos arcos aprendidos de los árabes. Pero, a diferencia de algunas de las otras que había visto en sus visitas, aquella no había sido reformada durante el período barroco. No se veía ninguna pilastra corintia. Los capiteles de las columnas parecían una masa de grotesca talla, aunque estaban tan sucios de un espeso tizne que no podían distinguirse claramente. 

Por supuesto, todo el interior estaba muy sucio; los bancos llenos de polvo y las velas tan descoloridas que parecía como si no hubieran sido encendidas en años. Sin lugar a dudas, no esperaban visitantes, puesto que no había guía alguno para la visita ni postales visibles por ningún lado.

Entonces el señor Pearsall vio los mosaicos. Había sido iniciado ya en las maravillas que los normandos habían legado a Sicilia al respecto, con muestras tan asombrosas como las de la catedral de Monreale y la Capilla Palatina en Palermo, pero, pese a ello, los ejemplos de aquel arte desplegados en aquel lugar apartado le hicieron perder el aliento. 

Allí, algún anónimo artesano del siglo XII había tomado el estilo bizantino y lo había interpretado con un vigor y un álito propios. Una verdadera biblia popular de sorprendente fuerza cubría las paredes. El señor Pearsall olvidó por completo el paso del tiempo mientras seguía aquellos tesoros. 

Allí estaba la creación del mundo en una secuencia de siete cuadros, y allí estaban Adán y Eva tentados por la serpiente y expulsados del Paraíso. Seguían más escenas: Caín asesinando a Abel, la construcción del Arca, la embriaguez de Noé, la Torre de Babel, Abraham y la destrucción de las Ciudades de la Llanura, el sacrificio de Isaac; y así muchas más, cada una más sorprendente que la anterior.

Resultaba extraño, pensó el señor Pearsall mientras avanzaba de escena en escena lleno de maravilla y admiración, que los habitantes de aquel pueblo desanimaran a los turistas. Allí tenían algunos de los mosaicos más excelentes de la isla, si no de toda Italia, y sin embargo dejaban que fueran deteriorándose lejos de la vista, en una sucia iglesia cerrada. 

Solamente con un poco de iniciativa y energía por parte de las autoridades del pueblo, era seguro que los visitantes acudirían en tromba para ver tales maravillas. ¿Qué tenían en contra de los turistas? Seguro que en el lugar había suficientes propietarios de cafés en perspectiva y vendedores de recuerdos como para insistir en que se hiciera algo. ¿Por qué la iglesia no se mencionaba en ninguna de las guías turísticas que tan asiduamente había leído antes de iniciar el viaje? Tales eran los pensamientos que cruzaron la mente del señor Pearsall, pero al cabo de un rato empezó a sufrir otras dudas.

Se le hizo evidente que, aunque el artista poseía un gran vigor natural, era la plasmación del mal lo que más atraía lo mejor de su arte. La serpiente en el Jardín del Edén, por ejemplo, poseía un rostro humano que exhibía una siniestra y seductora mirada de soslayo. 

En la historia de Caín y Abel, no había la menor duda de que era Caín quien representaba al héroe: Abel, mientras yacía impotente en el suelo, era un simple y desventurado bobalicón, mientras que su asesino, de pie sobre él con una espada alzada para hendirle el cráneo, estaba lleno de potencia salvaje. 

En Babel, los soldados del rey Nimrod parecían meros autómatas sin voluntad. Por su parte, el cuadro de Saúl y la bruja de Endor estaba situado en el extremo más oscuro de la iglesia, quizá deliberadamente, cubierto de telarañas. Tras examinarlo de cerca, el señor Pearsall casi se alegró de ello, porque dentro de la cueva de la bruja había algunas desagradables formas no humanas que quizá hubiera sido mejor no exponerlas a la vista.

«Quizás el artista era un maniqueo —se dijo el señor Pearsall—, un cátaro o un albigense. (¿O son todos lo mismo? ¿He tomado bien las fechas?), más convencido de la existencia del mal que de la del bien. Quizá sus mosaicos fueron condenados por heréticos. Pero, en ese caso, ¿por qué no fueron destruidos, en vez de mantener cerrada la iglesia? Me pregunto qué habrá hecho con el Nuevo Testamento...»

Aquellos mosaicos aún le resultaron más turbadores. El señor Pearsall no pudo descubrir una Anunciación, ni siquiera una Natividad, pero había una horriblemente realista Matanza de los Inocentes, en la cual se representaba un amplio número de ingeniosos y repugnantes medios para asesinar niños, mientras el rey Herodes permanecía sentado en su trono, contemplando la carnicería y riendo. 

El retrato de Judas recibiendo sus treinta monedas de plata por parte de Caifas hubiera sido considerado una obra maestra de todos los tiempos, de no haber sido tan absolutamente desagradable. Y así seguía... a través de varios detestables retratos de gente poseída por los demonios, a través de las historias de Simón Mago y Ananías, los cuales eran de nuevo la más viva caracterización de sus respectivas escenas, hasta el aterrador cuadro de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis.

En ese momento, el señor Pearsall no sólo estaba claramente trastornado por los mosaicos, sino que empezaba a sentirse francamente mal. Al principio la iglesia estaba en completo silencio, pero ahora parecía llena de pequeños ruidos incapaces de localizar. Sus pasos resonaban una y otra vez en un largo decrescendo, pero parecía como si les respondiesen extraños roces y crujidos. 

Sin duda eran los sonidos normales de la vida roedora, o de una madera envejecida al inicio de su penosa muerte, pero cuando, como el señor Pearsall, uno se encuentra solo en una antigua iglesia en medio de un pueblo extraño, donde ni siquiera un solo habitante ha mostrado aún su rostro y donde además uno está rodeado por las más inquietantes ilustraciones del mal bíblico, tales explicaciones racionales pierden inevitablemente fuerza. 

Una o dos veces contuvo el aliento y permaneció completamente inmóvil para ver si los ruidos continuaban. No sólo por eso, sino que además tenía la creciente sensación de que estaba siendo observado. Probablemente sólo eran los rostros de los mosaicos los que le provocaban aquello, pero en más de una ocasión pensó que había visto un movimiento exactamente en su ángulo de visión. Alarmado, dio media vuelta sólo para descubrir que no había nada.

Finalmente llegó ante una Virgen María que no sólo estaba desprovista de la habitual serenidad, sino que además poseía la voluptuosidad de un vampiro. Tan sorprendente era su expresión, que por un momento pensó que debía tratarse de una representación de la Prostituta Escarlata de Babilonia, pero no, tenía la postura y las ropas habituales de la Virgen. 

Además, en sus brazos estaba el niño Jesús, un horrible pequeño con una untuosa y mojigata sonrisa que hizo pensar al señor Pearsall en el saciado apetito hacia algo perverso. Se estremeció y sintió una sensación de tan agudo desagrado que por un momento olvidó completamente los ruidos.

Durante todo aquel tiempo había evitado mirar hacia el lado este, procurando reservar para el final la visión de lo que siempre era la gloria de las iglesias sicilianas: la gran figura de Cristo en el ábside encima del altar. Incapaz de contenerse por más tiempo, volvió su mirada en aquella dirección.

Por supuesto, era una obra maestra, pese a la suciedad y a las telarañas que lo envolvían. Como es costumbre, la imagen representaba la cabeza y los hombros de Cristo, vestido de rojo y azul, el brazo derecho levantado para dar la bendición, el izquierdo sosteniendo un libro abierto escrito en griego. El tratamiento dado por el desconocido artista era maravilloso, pero la expresión en el rostro de Cristo únicamente podía calificarse de horrible: una maligna sonrisa de desprecio, la mirada muy penetrante. 

El señor Pearsall no sabía griego, pero sospechó que las palabras escritas en la página abierta del libro no eran ningún texto normal de las escrituras. Y la mano derecha... ¿Era el gesto habitual de bendición? ¿O el primero y último dedos estaban erguidos con... el conocido gesto de los cuernos del diablo?

«Ésta es una iglesia blasfema —se dijo el señor Pearsall a sí mismo—. Los mosaicos pueden ser excelentes, pero también son terribles. Algún obispo, quizá incluso el Papa, los condenó e hizo que la iglesia fuera cerrada. Ni siquiera la gente del pueblo querrá hablar de ellos porque sigue siendo gente muy religiosa, ni dejará que los turistas entren en ella. En realidad, esos cuadros son capaces de provocar pesadillas a cualquiera. Bien, me alegro de haberlos visto, pero éste no es un lugar agradable para visitar solo.»

Miró a su reloj, y casi se sintió aliviado al descubrir que su hora había prácticamente expirado. Eso le dio una excusa para marcharse sin explorar el resto de la iglesia. Con paso rápido, que cualquier observador imparcial hubiera dicho que estaba peligrosamente cerca de una carrera motivada por el pánico, volvió a la puerta del lado sur por donde había entrado.

Estaba cerrada.

Durante un rato, el señor Pearsall luchó con la puerta de forma más bien fútil, sacudiéndola, girando a un lado y a otro la manija metálica, intentando averiguar si se había quedado trabada con algo, pero enteramente incapaz de conseguir algún resultado. 

Golpeó la puerta con la palma de las manos y le dio patadas, con lo que un gran estruendo resonó formando múltiples ecos por toda la iglesia, parecidos a una salva de cañonazos, y hasta el día de hoy jura que desde algún lugar le llegó como respuesta una especie de siniestra risita.

Con un considerable esfuerzo, logró tranquilizarse.

«Eso es estúpido —se dijo a sí mismo—. Probablemente se trata de algún vigilante que olvidó cerrar la iglesia antes de la siesta, y sólo se dio cuenta de su error cuando despertó. Debe de ser un hombre muy estúpido o descuidado, de lo contrario hubiese mirado para comprobar si había alguien dentro.»

De todos modos, no deseaba volver a golpear de nuevo la puerta y obtener aquel horrible eco, así que decidió buscar otra puerta que pudiera estar abierta. La lógica le sugería que debía haber una en el lado norte, quizá abriéndose a un claustro o algo parecido. Cruzó la nave con una cierta ansiedad nerviosa (y evitando cuidadosamente mirar la blasfema figura del Cristo, aunque podía sentir la cruel mirada clavada en él con una fuerza casi tangible) y fue en su busca.

Por supuesto, existía una puerta en el ángulo de la nave lateral norte, y no estaba cerrada, aunque daba la sensación de que hacía mucho tiempo que no había sido abierta. Necesitó desarrollar una gran fuerza para hacerla girar. Chirrió horriblemente mientras se abría hacia dentro, dejando escapar una lluvia de polvo, y un peculiar olor a moho se expandió por el aire. El señor Pearsall se encontró ante un tramo de gastados peldaños de piedra que descendían hacia la oscuridad.

Aquello no parecía en absoluto una salida. De hecho, el olor sugería que la cámara inferior, fuera lo que fuese, estaba completamente aislada del aire exterior, y así había estado durante mucho tiempo. Era un camino nada prometedor para alguien que deseaba abandonar el edificio, e incluso hoy el señor Pearsall no ha sido nunca capaz de proporcionar una explicación satisfactoria del porqué decidió descender aquellos peldaños. 

Ya era tarde, y después del turbador efecto de los mosaicos, la mayor parte de su celo explorador se había evaporado. Sin embargo, no conseguía resistir la atracción de aquel umbral. Más tarde se preguntó si realmente había poseído un completo control de sus movimientos. Todo aquel lugar tenía un aire claramente siniestro; pese a todo, empujó la puerta hasta abrirla por completo y dio sus primeros pasos tentativos hacia la descendente oscuridad.

La escalera era larga y curiosamente húmeda pese a la sequedad del clima. Muy pronto, todo rastro de luz procedente del cuerpo principal de la iglesia (que le había parecido tan tenebrosa cuando entró) desapareció, viéndose obligado a sacar el encendedor de su bolsillo y avanzar a la luz de la oscilante llama. Giró un recodo bajo un amenazante arco de piedra sin desbastar, descendió una rampa, y se quedó con la boca abierta ante la visión.

Era una catacumba. Un largo corredor se abría ante él, con pasadizos laterales a ambos lados. Quizá cubría toda el área bajo la nave. Y estaba habitada. Una larga hilera doble de formas humanas se alineaba en cada pasadizo. Todas las clases y edades tenían sus representantes allí: hombres, mujeres y niños, monjes y guerreros, eruditos y damas encopetadas. Todos vestidos con ropas que en su tiempo debieron de ser las mejores; pieles, sedas y trajes recamados, ahora lamentablemente rotos y deteriorados, pero conservando aún un destello de su pasada gloria. 

Y todos tenían rostro, puesto que evidentemente se había gastado mucho ingenio para conservar los cuerpos, aunque con distintos grados de éxito. Había una muchachita cuyas ropas parecían tener al menos doscientos años de antigüedad, pero que por su piel y su pelo cualquiera hubiera dicho que estaba dormida. 

Sin embargo, más allá, un hombre con ropas de clérigo había perdido su nariz y sus mejillas, y sus ojos se habían degradado hasta convertirse en unos glóbulos lechosos. Y algo más apartado, un soldado con coraza de acero repujado, que quizá fuera un mercenario del período del Renacimiento, había perdido enteramente su carne, sonriendo impávido desde su calavera desnuda.

¡Pobre señor Pearsall! El efecto habría sido ya bastante desagradable bajo una potente luz eléctrica y rodeado por sus compañeros de viaje, pero allí, completamente solo, encerrado, y tras la alarma y el trastorno de aquellos horribles mosaicos, y sólo con una tenue llama para protegerle de la oscuridad, la impresión fue abrumadora. 

Jamás ha conseguido explicar por qué no dio media vuelta y salió huyendo. Se refugia diciendo que «sintió como una llamada» que le atraía hacia allí. Realmente es irrefutable que caminó adentrándose en aquel pasillo, por entre aquellas espeluznantes hileras de muertos, el horror apoderándose de él, entrando en él, pero totalmente incapaz de retroceder.

Todos aquellos cuerpos llevaban allí mucho tiempo. El conocimiento que el señor Pearsall tenía de la historia de la indumentaria no era muy grande, pero estaba completamente seguro de que ninguno de aquellos deteriorados atuendos se había colocado más allá de mediado el siglo XVIII, y sin embargo la mayoría parecían medievales. 

Lo que le quedaba de su mente racional le dijo que catacumbas similares eran algo común en todas partes, pero tal pieza de información parecía extraordinariamente inútil. A medida que penetraba en la catacumba, le parecía retroceder en el tiempo hasta los inicios de la Edad Media. Muy pocos de los rostros conservaban carne ya en ellos; algunos casi estaban desnudos, con las ropas reducidas a pobres andrajos, y otras simplemente caídas en el suelo. Pero siguió adelante, hasta llegar al final.

Por entonces ya había perdido todo sentido de la orientación, pero sospechaba que estaba avanzando bajo el altar, bajo el Cristo de los cuernos del diablo bendiciendo y su malevolente mirada. Y allí estaba el centro de aquel laberinto de muerte: un gran trono de madera dorada, en buena parte podrida, donde había un cuerpo sentado, con las espléndidas ropas y la mitra de un obispo. 

Todo esto, el señor Pearsall lo vio a distancia, pero a medida que se iba acercando no miraba directamente a la figura. Intentó forzar la vista para mirar solamente las zapatillas, pues estaba convencido de que perdería la razón si miraba más arriba. Pero fue incapaz de luchar cuando una fuerza más fuerte que su propia mente le hizo levantar gradualmente la cabeza más y más arriba: la capa consistorial bordada en oro, las esqueléticas manos con el anillo episcopal rodeando holgadamente el hueso de un dedo, el báculo sujeto verticalmente en la otra mano, los huesos del rostro desnudos de toda carne, los risueños dientes amarillos, los ojos... ¡Los ojos! ¡No habían desaparecido! ¡Seguían vivos, penetrantes, mirando fijamente! ¡Dios mío! ¡Los mismos ojos del Cristo en el mosaico!

El encendedor cayó de la inerte mano del señor Pearsall, que se vio sumido en la oscuridad. Era un encendedor de forma cilíndrica, y pudo oír cómo rodaba fuera de su alcance. Por unos breves segundos tanteó inútilmente el suelo en su busca, luego se dio cuenta de que la búsqueda era inútil. 

Tendría que encontrar su camino de salida en una total oscuridad. ¿Cuan lejos estaba? ¿Cuántas vueltas había dado? Agitó sus brazos hacia delante y a ambos lados, caminó unos pocos pasos, tocó piedra, se volvió, anduvo un poco más hasta que encontró otro obstáculo, giró de nuevo... Fue en ese instante cuando empezó de nuevo a oír ruidos, un roce seco, horrible, que hubiese querido pensar que se trataba de una rata. Iba detrás de él. 

Avanzó más de prisa y chocó con uno de los cuerpos. Su rostro se enterró en la podrida tela y sintió cómo los brazos sin vida rodeaban sus hombros. Perdiendo completamente los nervios, gritó: un sonido ahogado que se extinguió rápidamente. Corrió a la ventura, golpeó contra otro cuerpo, volvió a correr y chocó de nuevo. 

Los cadáveres se estaban derrumbando a todo su alrededor, y sin embargo aún se oía un roce como si se arrastraran y un seco y sepulcral crujido detrás de él, también moviéndose. No rápidamente, pero pronto le alcanzaría si no conseguía hallar las escaleras. Cayó, se cortó en las manos y gritó de nuevo, pero no de dolor. 

Perdió la cuenta de cuántas veces tropezó con obstáculos, hasta que, lleno de arañazos y sangrante, no pudo ir más allá y se cubrió las espaldas apoyándolas contra el muro de piedra. El sonido susurrante estaba muy cerca ahora. Luz. ¡Necesitaba luz! Había perdido su encendedor y no tenía cerillas. Frenéticamente, sus manos rebuscaron en sus bolsillos esperando un milagro. ¡Por supuesto! ¡Los cubos de flash para su cámara! Con dedos temblorosos, extrajo uno y tanteó durante lo que le pareció una eternidad hasta conseguir encajarlo en su lugar. 

Pulsó el disparador y nada. ¡Un fracaso! Le dio un cuarto de vuelta y probó otra vez. Nada tampoco. El sonido susurrante estaba ahora tan sólo a unos pocos centímetros. ¡Piensa hombre, piensa! ¡Claro! Había olvidado correr la película, así que el flash no podía funcionar. Haz pasar la película a inténtalo de nuevo... justo a tiempo...

En el cegador instante pudo verle a no más de un metro de su rostro: las ropas doradas, la mitra, el cráneo, y los ojos, los terribles ojos...

Debió de perder el conocimiento. Cuando despertó, estaba rodeado por la brillante luz del día, tendido en el asiento trasero del autocar, y Giuliano se inclinaba sobre él. El otro turista le había dicho dónde se había dirigido el señor Pearsall, y cuando vieron que no regresaba a tiempo, Giuliano y Umberto se habían dirigido a la iglesia en su busca. Al entrar por la puerta sur (negaron categóricamente que estuviese cerrada) oyeron sus gritos desde la cripta y vieron el flash. Lo encontraron sin dificultad: estaba a pocos metros de las escaleras.

Giuliano se sentía más aliviado que irritado, pero reprendió al señor Pearsall por desordenar los cuerpos de la catacumba. Chocar contra ellos en la oscuridad podía considerarse una falta de cuidado y poco respeto, pero arrastrar deliberadamente un cuerpo desde su lugar de reposo... y además el cuerpo de un obispo...

El señor Pearsall no tuvo fuerzas para discutir.

El perro - Yelinna Pulliti Carrasco

La aguja del medidor cayó y el auto se detuvo.

Angello se apeó y le arreó una patada. Acababa de quedarse sin gasolina, hacía un frío endemoniado y, para colmo, estaba a cien kilómetros del área poblada más cercana.

—¡Por la grandísima...!

Intentó mantener la calma, pero ya le era bastante difícil. Estaba varado junto a un camino solitario en el que, con suerte, vería pasar a alguien después de varios días. No le gustaba la idea de estar en un lugar desconocido sin agua ni comida, rodeado apenas por la hierba seca y un aire capaz de helarle los pulmones, y todo por haberse desviado de la carretera para acortar el trayecto unas pocas horas.

—¿Por qué tenía que pasarme esto justo ahora?

Se juró nunca más aceptar entregar encomiendas en lugares remotos, sin importar cuánto dinero le ofrecieran. Según sus cálculos, debía estar de regreso en la capital en la madrugada.
Unas horas de retraso y eran capaces de acusarlo de robo.

Le dio otra patada al auto. Abrió la puerta y se recostó en el asiento de atrás intentando pensar en qué debía hacer.

Nunca debió sobreestimar el volumen de su tanque de gasolina y menos en una zona completamente despoblada. Se había pasado la mitad del camino seguro que podría llegar a la ciudad sin recargar el tanque, y la otra mitad rogando por llegar a cualquier parte donde poder adquirir gasolina y comida antes de agotar el combustible del todo.

Pasaron algunas horas después de las cuales dejó de considerar que quedarse en su auto fuera una buena idea. Se trepó sobre el techo esperando ver algo, pero todo estaba quieto y tan silencioso que empezó a sentir una extraña presión en los oídos. Ni siquiera se veían pájaros. Volvió a bajar, buscó sus mapas en la maletera y se puso a examinarlos hasta que se le cansó la vista. 

Era inútil, ninguno mencionaba el camino por el que se había desviado, no tenía ni la menor idea de dónde se encontraba. Recordaba estar al sudeste de la carretera tal antes de llegar al puente tanto, eso era todo.

Se sentó junto al volante e intentó pensar.

Si se quedaba, lo más seguro es que moriría de deshidratación antes de que alguien lo hallara. Eso lo hizo temblar, la única agua que poseía era la del radiador.

—Cómo pude ser tan estúpido…

Dejó caer los mapas que tenía en la mano y movió la cabeza.

—Si permanezco aquí, me moriré antes de que alguien me encuentre... o encuentre lo que haya quedado de mí. ¿Cuánto puede vivir una persona sin absolutamente nada de agua ni alimento?

Volvió a contemplar el horizonte.

—¿Cuatro días?, ¿acaso cinco?

Una ráfaga de viento helado le dio de lleno.

—¿Debo dejar que la suerte decida si debo caer muerto en este maldito desierto?
Salió del auto y permaneció observando el horizonte durante varios minutos.

—¿Cuánto seré capaz de esperar antes de que sea demasiado tarde?

Parecía no tener opción.

Se abrochó la casaca, cerró su auto y se alejó.

La tarde avanzaba con rapidez y Angello estaba cada vez más preocupado. Según su reloj ya llevaba casi seis horas caminando sin ver absolutamente a nadie. Por momentos, tenía la sensación de que toda la extensión del Espacio se desplegaba, plana y vacía, frente a él. Le dolía todo el cuerpo y sentía un hambre feroz. Ya la noche estaba cayendo y no tenía ninguna luz, ni linterna, ni siquiera un encendedor.

—¡Demonios!

Antes de que se diera cuenta, la oscuridad fue tal que apenas pudo ver unos metros delante. El corazón empezó a acelerársele. Se olvidó del cansancio y del hambre, solo quería escapar de esa tremenda sensación de soledad. Empezó a hablar en voz alta, a silbar y a cantar hasta que el aire frío lo dejó ronco. Por momentos se detenía, esperando oír algo, pero el silencio era completo. El cielo no tenía ni una estrella y se veía tan denso y profundo que llegó a creer que se encontraba a miles de metros por debajo del mar.  

—Tranquilízate o te dará un infarto —se decía.

A pesar de que las piernas le temblaban, se juró no detenerse. Temía que si se dejaba caer a tierra no sería capaz de volver a levantarse. Sin darse cuenta empezó a alucinar: creía ver movimiento más allá de su estrecho radio de visión e incluso, por momentos, tenía la clara sensación de que lo observaban. Más de una vez gritó, pero no recibió respuesta.

Le parecía escuchar a alguien cerca antes de darse cuenta de que era el sonido de sus propios pasos. La atmósfera tenía una presencia casi humana, aplastante. Llegó a pensar que podría coger puñados de aire.

El paisaje era tan monótono que se preguntó si no estaría caminando en círculos. En medio de su delirio, se creyó víctima de una cruel confabulación perpetrada por todos los elementos de los que dispone el Universo para hacer el mal; entonces se sentía vulnerable, como si del cielo pudiera caer un rayo y aniquilarlo, como si en cualquier instante pudiera simplemente desaparecer sin dejar rastro alguno de haber existido.

Al no poder ver su reloj, perdió la noción del tiempo y estuvo seguro de haber caminado durante siglos enteros en medio de un mar helado, a años luz de cualquier otra cosa que pudiera existir y que fuera algo más que vacío.

El alba lo sorprendió al borde de un ataque de nervios, mareado de cansancio y medio muerto de hambre y frío. Apenas notó que el cielo empezaba a clarear, las lágrimas se asomaron a sus ojos. De un golpe, la luz borró sus alucinaciones. Maravillado por el hecho de que aún hubiera un sol en el firmamento, empezó a llorar.

Pasaron varios minutos antes de que estuviera en condiciones de seguir caminando. Se pasó las manos por el rostro y su vista fue atraída por una alta colina. Se dirigió a ella y trepó esperando tener un mejor punto de observación.

Ya era de día cuando llegó a la cima. Desde allí, contempló el horizonte.

A lo lejos se distinguía una casa pequeña e insignificante en medio de la llanura. De lo que parecía una chimenea, se extendía un hilo de humo.

Angello sintió que de alguna forma era nuevamente arrojado al mundo, descendió de la colina a saltos y corrió con todas sus fuerzas hacia la casa. Ya estaba a escasos metros cuando notó que, de un costado, un enorme perro de pelaje oscuro le daba el encuentro ladrando con fuerza.

Angello se detuvo, el perro seguía ladrando y mostrándole los colmillos. Definitivamente, ese animal no permitiría que se acercara a la casa.

—Diablos…

Angello dio un paso adelante y el perro le gruñó de tal forma que solo daba a entender que lo haría pedazos si se atrevía a acercarse más. Pero Angello no podía simplemente alejarse y buscar otro sitio donde pedir ayuda, el siguiente podía estar a varios días de distancia. 

Además, estaba tan agotado que pensó que no sería capaz de huir si el perro corría a morderlo.

Intentaba pensar en alguna manera de espantarlo cuando escuchó que alguien llamaba:

—¡Tadeo! ¡Tadeo!

Angello vio a un hombre que rondaba seguramente los setenta años en el umbral de la puerta haciendo señas para atraer al perro.

Este corrió hacia su amo moviendo la cola.

El desconocido observó a Angello como si se asegurara de que no fuera peligroso.

—¡Buenos días! —dijo acercándose—. Espero que comprendas a Tadeo, no suele pasar mucha gente por aquí, suele ladrarle a todo lo que se mueve. Angello pensó que era algo muy lógico tratándose de un lugar como ese. El perro lo observaba con la cabeza baja, desconfiado. Angello deseaba desesperadamente pedirle ayuda al extraño, pero no quería arriesgarse a ser atacado por un animal capaz de derribarlo.

—Mi nombre es Oskar —se presentó el viejo—. Tadeo se encarga de cuidar mi propiedad y avisarme si alguien se acerca.

Miró a Angello de arriba a abajo:

—Parece que necesitas ayuda.

Este asintió.

—Quedé varado a un lado del camino ayer —dijo en tono de súplica—. He pasado una noche espantosa y apenas me tengo en pie... si usted pudiera…

Oskar sonrió benevolente y le ordenó a su perro hacerse a un lado. 

Mientras devoraba lo que le diera Oskar, Angello le contó el porqué se encontraba en un lugar tan apartado y del sitio aproximado donde había abandonado su auto. Se cuidó de
omitir todo lo referente a sus padecimientos durante su caminata nocturna, especialmente porque él también quería olvidarlos.

Oskar, a su vez, le contó que vivía solo en esa casa desde hacía más de veinte años, la mitad de los cuales, Tadeo le había hecho compañía.

—Además de esta casa, tengo una huerta y algunas gallinas —dijo—. Suelo vender y comprar las cosas que necesito en el pueblo que está a un día de camino en mi camioneta.

—¿A un día en camioneta? —preguntó Angello.

—Sé lo que estás pensando —le respondió Oskar, observándolo—. Podría usarla para remolcar tu auto hasta el pueblo donde podrías comprar gasolina. Pero la tengo estropeada desde hace días, tendrás que esperar hasta que la repare.

—¿Cuánto podría tardar eso? Yo apenas tengo dinero para…

—No tienes que pagarme la estadía —lo interrumpió—. A cambio de la habitación y la comida que te dé, quiero que te dediques a limpiar un poco este lugar y hacer lo que te ordene.

—¿Qué?

—Ya me escuchaste.

—Pero yo lo único que quisiera es…

—Tú eliges: es eso o llegar hasta el pueblo por tus propios medios y, por lo que veo —señaló a Angello con la cabeza—, no creo que puedas durar lo suficiente para completar el trayecto.
Angello no respondió, temía que Oskar tuviera razón. En el fondo, habría preferido pagar por el cuarto y el alimento, o por lo menos disponer de un teléfono. Ya se imaginaba el revuelo que habría en la fábrica debido a su retraso; cuando regresara, su supervisor iba a arrancarle las orejas.

—No puedo perder más tiempo —dijo.

—Solo serán dos o tres días —insistió Oskar—, entonces podremos ir por tu auto. Además —se inclinó hacia él—, con la cara que tienes se te nota que realmente necesitas descansar un par de días.

Angello se pasó la mano por el rostro. Hasta ese momento había ignorado el aspecto que debía tener después de pasar toda una noche huyendo de ni él sabía qué. Más Oskar estaba
en lo correcto, necesitaba urgentemente reposo.

—Te prometo no demorar más que eso —le dijo, casi con lástima— y, si sucede, de todos modos intentaremos pensar en qué se puede hacer al respecto.

Angello inclinó la cabeza en gesto de resignación.

Oskar le permitió dormir en la habitación vacía del segundo piso. Cuando despertó, ya era avanzada la tarde. Sabiendo que no podría volver a conciliar el sueño, se levantó.

La casa más se asemejaba a una cueva. Las paredes parecían hechas de tierra, la habitación era oscura y no había electricidad. Angello no dejaba de sentirse incómodo, todo allí exhalaba un aura de frío abandono.

—Ideal para una persona solitaria —pensó.

Dio algunas vueltas por el cuarto sin pensar en nada en concreto, hasta que percibió que alguien estaba bajo su ventana, fue a abrirla esperando encontrar a Oskar.

Pero en su lugar estaba Tadeo, apenas este lo vio empezó a gruñir amenazante.

Al notar cómo se le erizaba el pelo, Angello empezó a inquietarse. Se preguntó, en el caso de que tuviera la oportunidad, si Tadeo podría alcanzarle el cuello de un salto y si tendría la intención de hacerlo. Lentamente retrocedió y cerró la ventana. Se oyeron varios gruñidos más y luego el rumor de patas que corrían, alejándose.

—Maldito perro —murmuró.

Trató de no pensar en él, ya bastante tenía con recordar lo que le esperaba en la fábrica después de retrasarse tanto tiempo. No era solo por el hecho de que lo despidieran, el malnacido de su supervisor no desaprovecharía la oportunidad de hacer públicas todas sus faltas.

—¡Angello!

La voz de Oskar lo regresó a la realidad. Pudo escuchar sus pasos subir las escaleras.

—¡Angello!

No quiso admitir que tenía miedo de abrirle. Por las pisadas, intentó averiguar si venía con su perro.

Oskar entró al cuarto sin avisar:

—Te he estado llamando —le dijo de mal humor.

—Ya lo sé.

—Supongo que ya habrás dormido lo suficiente.

—Sí, desperté hace un rato.

—¿Entonces por qué no bajabas?

—Tadeo me vio por la ventana y empezó a gruñir.

—¿Y qué con eso?

—Ese perro parece querer atacarme.

Oskar soltó tal carcajada que hizo que Angello se sobresaltara.

—¿De qué se ríe tanto? —le preguntó colérico.

—No seas tonto —le recriminó el viejo—, Tadeo jamás ha atacado a nadie.

—Siempre hay una primera vez.

—Mira, no quiero oír más de eso. Si Tadeo estuvo husmeando es porque no te conoce y punto.

—Gruñe de tal forma que…

—Te he dicho que no quiero oír más de ese asunto.

—Pero…

—¡Silencio! Llevo diez años viviendo con Tadeo, lo conozco mejor que a mí mismo y cuando digo que jamás atacaría a nadie es porque es cierto. Angello prefirió no seguir discutiendo. Quería creer lo que Oskar le decía, que tal vez su perro solo sabía asustar a los extraños, pero en su interior lo corroía la duda.

Esa tarde Oskar lo puso a barrer el suelo mientras él trabajaba en su camioneta. Angello se alegró que se llevara a Tadeo consigo, pues el animal no dejaba de mirarlo con ojos feroces. Mientras barría, su preocupación iba en aumento, no confiaba en Oskar. 

La razón por la que su perro no había atacado a nadie anteriormente podía deberse a que no había ninguna persona a quién atacar; y ahora que él estaba en la casa, fácilmente Tadeo podría percibir que su territorio estaba siendo invadido y defenderlo hasta las últimas consecuencias. Considerando todo esto, llegó a pensar en robarle comida a Oskar, coger algo de ropa y huir, pero al recordar que el pueblo más cercano estaba a un día en camioneta, le pareció una locura, no tenía medios para recorrer a pie una distancia tan grande. Además, ya estaba anocheciendo.

Creyó más prudente esperar.

Al día siguiente ambos se pusieron a arreglar los corrales de las gallinas. Trabajaban en silencio, Oskar aparentemente feliz de tener a un ayudante y Angello impaciente porque este volviera a ocuparse de la camioneta.

—Terminado —dijo Oskar secándose el sudor de la frente—. Voy a preparar la comida. Recoge algunos huevos y entra por la puerta de atrás. No te demores, te estaré esperando.

Entró a la casa mientras Angello lo fulminaba con la mirada:

—Un «por favor» no le habría costado nada.

De rodillas, revisaba los nidos cuando sintió que alguien lo observaba, intentó ignorarlo, pero la sensación se hizo tan fuerte que se vio obligado a mirar sobre sus hombros.

Frente a él, los profundos ojos amarillos de Tadeo aparecieron muy cerca de los suyos.

Se incorporó de un salto.

Antes de que el perro hiciera algún movimiento, Angello caminó hacia la casa intentando mantener una distancia prudencial, mas Tadeo corrió y se plantó frente a la puerta impidiéndole el paso.

Empezó a ladrar.

—¡Quítate! —le gritó.

Solo consiguió hacerlo ladrar más fuerte.

—¡Quítate, demonios!

Tadeo empezó a avanzar y Angello a retroceder, si se atrevía a atacarlo le patearía el hocico, estaba decidido, aunque después Oskar lo echara de la casa a palos.

—¡Lárgate!

Angello trató de ignorar el acelerado golpetear de su corazón, bastaba que Tadeo hiciera un mínimo movimiento para que la adrenalina inundara su sangre. Temía que el perro llegara a adivinar la superioridad que poseía ante él.

—¡Cállate!

Tadeo hizo ademán de querer atacar.

—Tendré suerte si solo me muerde un brazo —pensó.

Inconscientemente, Angello se preparó para una embestida.

Tadeo arqueó la espalda aparentemente preparándose para saltar, cuando de pronto la puerta se abrió y apareció Oskar.

—¡Tadeo! —gritó—, ¡deja de estar fastidiando! ¡Ve y métete a tu caja!

Este movió las orejas y obedeció en el acto.
Angello lo vio alejarse y respiró sintiendo cómo desaparecía la tensión de su cuerpo, iba a agradecerle a Oskar, pero este empezó a decir:

—No era necesario que gritaras de esa forma. Tadeo no obedece a la gente desconocida.

—¿Entonces qué otra cosa podía hacer?

—No hacerle caso, simplemente.

—No creo que pueda mientras me está ladrando de esa forma.

—La culpa es tuya. No debiste levantar la voz.

—¡Ese animal parecía querer lanzarse encima de mí! ¡Yo no quería gritarle, él me obligó!

—Ya te he dicho que Tadeo jamás ha atacado a nadie. Tú debes haberlo provocado de
alguna forma.

—¡Yo no lo provoqué!

Oskar lo miró enojado, era evidente que no le creía una palabra, después de arrebatarle la canasta de huevos, entró en la casa.

Desde el exterior, Angello pudo escuchar su risa. Se sintió tan humillado que, en lugar de enfurecerse, se le formó un nudo en la garganta.

—¿Por qué Tadeo, cada vez que me ve, se pone a gruñir como si quisiera cogerme del cuello? —le preguntó Angello a Oskar durante el almuerzo.

—No debes preocuparte por él, solo ataca a lo que considera su presa.

—¿Presa? ¿Es un perro cazador?

—Suele perseguir y matar a los animales que se aproximan demasiado. Aunque no lo parezca, en esta zona hay ratas.

—Es decir que... ya ha probado la sangre.

—Sí, pero ha sido sangre de animales.

—Pero aun así…

—¿No me digas que crees tener sangre de rata en las venas? —empezó a reírse—. No me sorprendería.

—No le permito que se burle, yo lo único que…

—Y yo no te permito que hables mal de mi perro y además andes imaginando cosas. ¿Me escuchaste?

—En ningún momento he hablado mal de su perro.

—Y más te vale que no lo hagas. Recuerda que estás en mi casa y por eso deberás acatar mis reglas. Si Tadeo se muestra agresivo es solo por instinto. Te lo repito: él solo mata a animales de presa, nada más.

—Pero si está defendiendo la casa de los intrusos, entonces…

—Si sigues insistiendo con este asunto te echaré de aquí y ya verás cómo te las arreglas.

—Lo que pasa es que…

—Haz el favor de cerrar la boca.

Angello prefirió obedecer a pesar de que no quedó más tranquilo después de oír lo que le dijera Oskar. Tenso como estaba, llegó a pensar que Tadeo lo había escogido como su presa, dispuesto a atacarlo en cualquier momento.

—Tal vez está escogiendo el momento adecuado, sabe que soy un animal grande, tal vez quiere atacarme por la espalda, tal vez…

Empezó a temblar. Miró a Oskar y su expresión de indiferente despreocupación le hizo entender que no podía esperar ayuda de él.

Ya era de casi de noche cuando Oskar lo mandó traer verduras de la huerta. Apenas Tadeo lo distinguió en la semioscuridad, fue tras él. Angello no notó su presencia hasta que lo tuvo a un metro de sus piernas.

—Maldita sea. ¿Qué has venido a hacer aquí?

Tadeo empezó a gruñir y Angello a ponerse nervioso. La noche caía con rapidez y las formas se hacían más confusas. Los ojos de Tadeo brillaban fantasmales.

—Lárgate —le dijo con un hilo de voz.

Los gruñidos empezaron a hacerse más salvajes. Angello trataba vanamente de no sucumbir al pánico. Si el perro lo deseaba, podía asesinarlo de una mordida bien asestada y nadie lo sabría jamás a menos que Oskar lo confesara.

—Cuando te huela el miedo estarás muerto —pensó.

Apenas podía ver a Tadeo, pero sabía que este podía verlo perfectamente a él. Si Angello se movía, Tadeo mostraba sus colmillos. Angello a duras penas se obligaba a permanecer allí
y no salir corriendo.

A su mente volvieron las sensaciones de su caminata en la noche y tuvo ganas de gritar.

—... estarás muerto... —se repitió.

Tadeo se fundió en la oscuridad y solo se veían sus ojos amarillos. Estos empezaron a aproximarse, lentamente.

—No, maldición.

Los ojos parecían suspendidos en el aire. Por alguna razón, Angello no podía moverse, ignoraba si era debido al miedo o a la poderosa atracción que esos ojos ejercían en él. Eran casi hipnóticos, Angello se veía caer a través de ellos hacia la nada. Interiormente supo que estaba a merced de ese animal, a merced de lo que deseara hacer con él.

Rogó por dentro si es que Tadeo iba a matarlo, que no lo hiciera sufrir demasiado.

—¡¡Angello!!

La voz de Oskar la sintió como un latigazo en la espalda. Había roto el hechizo.

Este se acercaba con una lámpara de gas.

—¿Por qué demoras tanto?
Angello intentó responder, mas su garganta estaba seca.

—Entra a la casa. Ya veo que eres incapaz de hacer algo tan sencillo como arrancar unas cuantas plantas.

Angello, ignorando el despectivo comentario, se apresuró a obedecer. Por dentro sentía que le debía la vida a Oskar.

Esa noche permaneció contemplando la negra llanura desde su ventana, incapaz de conciliar el sueño. Para entonces habría vendido su alma al mismísimo infierno a cambio de estar en cualquier otro lugar, incluso hubiera preferido encontrarse en la fábrica recibiendo los insultos de su supervisor, cualquier cosa era preferible a permanecer en medio de un desierto a merced de un idiota y su perro.

—¿Cómo fui a meterme en esto?

Estaba considerando volver a la cama cuando, de entre las sombras, hizo su aparición Tadeo, posando su mirada sobre él. Sus ojos eran brillantes y Angello se sintió perderse en la pesada intensidad de su mirada, como si no fuera un perro el que lo observara, sino algo más grande, más demoníaco, algo que se ocultaba detrás de esos ojos encendiéndolos con un furor homicida.

Angello lanzó un gemido, Tadeo lo observaba inmóvil bajo su ventana, respirando fuertemente con el hocico entreabierto, incluso podía ver el vapor que exhalaba de sus fauces.

—Es cierto —murmuró aterrorizado—, va a cazarme, soy su presa.

Angello retrocedió alejándose de la ventana, jadeando como si lo hubieran herido de gravedad.

—¿Es que está esperando el momento adecuado para despedazarme? Entonces Tadeo se le presentó a su mente como la encarnación de todo el odio que pudiera pesar sobre él; se habían encontrado, se habían visto y se habían reconocido, y ahora uno de ellos destruiría al otro

No pudiendo soportarlo más, fue a refugiarse entre las mantas, lejos de la ventana. Desde allí podía escuchar el rumor que Tadeo producía al moverse. Se cubrió la cabeza con la almohada. Aun cuando le daba la espalda a la ventana, podía sentir sobre sí la poderosa mirada del animal, con los ojos fijos sobre él.

Apenas estaba amaneciendo cuando Angello se despertó. Ya no oía a Tadeo, pero no por eso estuvo más tranquilo. En sueños, estuvo seguro de haber sentido sus dientes alrededor de su cuello.

—Esto no puede continuar así.

Quiso comprobar que Oskar hubiera hecho algún avance en su camioneta. Procurando no hacer ruido, bajó al primer piso.

Para llegar hasta la puerta que daba a donde estaba la camioneta, primero debía atravesar el comedor y luego la cocina.

Para su mala suerte, allí se encontraba Tadeo.

Bastó que lo oliera para ponerlo en alerta. Nuevamente empezó a ladrarle.

—¡Cállate! —le gritó.

No hizo caso.

—¡¡Cállate!!

Pero mientras más fuerte gritaba Angello, más fuerte ladraba Tadeo. Apenas podían oírse, especialmente porque Angello necesitaba gritar, lanzar su miedo fuera de sí a gritos.

—¡Ya me cansaste, estúpido animal del diablo!

Alcanzó una jarra de metal dispuesto a golpearlo, mas Tadeo no se inmutó, lanzó unos ladridos tan potentes que le lastimaron los oídos a Angello.

Este sintió escalofríos, Tadeo ya estaba caminando hacia él, despacio, con la mirada encendida de odio.

Tadeo avanzaba un paso y Angello retrocedía otro, rodearon la mesa hasta llegar al umbral de la puerta de la cocina. Antes de darle más tiempo, Angello se la tiró en las narices al perro.

Este rasqueteó la puerta durante un largo rato antes de alejarse.

—Maldito animal —murmuró Angello, recostándose en la pared.
De pronto, oyó a Oskar riéndose a sus espaldas.

—¿¿Qué le parece tan divertido, eh?? —le preguntó furioso.

—No sé cómo puedes tenerle tanto miedo a Tadeo, ¡si no te ha hecho nada!

—¿¿¿Nada???

Oskar seguía riéndose, eso lo enfureció más. Si hubiera sido treinta años más joven lo habría molido a golpes.

—Su perro es una fiera —le dijo, casi gritando—. Lo único que sabe hacer es ladrar como un demonio y usted ni siquiera es capaz de reprenderlo.

— No tengo por qué reprenderlo. Ya bastante hago por ti permitiendo que te quedes, y si me veo obligado a escoger entre tu pellejo y Tadeo, creo que ya sabes cuál será mi elección.

—¿Y por qué tendría que verse obligado a hacer esa elección?

—No permitiré que lastimes a mi perro, óyelo muy bien.

Entonces Angello se dio cuenta de que aún tenía la jarra de metal en la mano. Era notorio que Oskar tomaba aquello como una declaración de guerra.

Ante enemigos tan poderosos, Angello se sintió completamente indefenso. Si permanecía con vida aún era porque inspiraba lástima, no podía haber otro motivo.

—Te lo repito —le advirtió Oskar al pasar a su costado, hacia el comedor—: si lastimas a mi perro no te lo perdonaré.

Salió.

La forma en que Oskar le había hecho esa última advertencia lo paralizó de miedo. Creyó posible que, en ese mismo momento, le estuviera enseñando a Tadeo la manera más efectiva de matar a una persona, y con solo imaginarlo, se sintió enfermo.

Desde el comedor, le llegó la risa de Oskar y creyó enloquecer.

—Mañana mismo me largo —pensó—. No sé cómo, ¡pero mañana mismo abandonaré este miserable lugar!

Aquella noche Tadeo no dejó de aullar helándole la sangre. Él ya no sabía a quién odiaba más: a Oskar o a Tadeo, pero lo que sí sabía era que no podía pasar otro día cerca de alguno
de los dos.

Por los aullidos sabía que el perro estaba bajo su ventana, incansable.

Angello se tapó los oídos intentando no escucharlo.

—Cállate —murmuró—, cállate, por Dios, cállate.

Los aullidos le eran insoportables, deseó desesperadamente que todo no fuera sino una horrenda pesadilla, que cuando despertara se hallara en su casa, para poder olvidarlo todo.

—Un sueño, una pesadilla, eso es todo —pensó al borde de la histeria—. Solo en las pesadillas suceden estas cosas.

Se preguntaba cuánto tiempo podía aullar un perro antes de cansarse. Sabiendo que no podría dormir, se levantó y buscó a tientas cualquier objeto que pudiera arrojarle a la cabeza. Oskar no le había proporcionado nada que sirviera para alumbrarse y eso lo inquietaba más. Tanteó entre los viejos muebles y de repente, tropezó con una silla cayendo pesadamente al suelo.

El golpe le sacudió los nervios. Comenzó a llorar de forma incontrolable rogándole en su mente a Tadeo que se callara.

—Tiene que ser una pesadilla, tiene que ser una pesadilla —se repetía.

Golpeó su cabeza contra el suelo varias veces, pensando que era mejor estar muerto antes de seguir oyendo los infernales aullidos de ese perro. Quiso levantarse y seguir buscando qué arrojarle, incluso llegó a pensar en arrojarse él mismo por la ventana, pero por algún motivo, su cuerpo no le respondía.

—Cállate, por favor —suplicó en voz baja.

Angello se arrastró como pudo al otro extremo de la habitación, lejos de la ventana. Tenía los miembros tan rígidos que agotó todas sus fuerzas al punto de saber que le sería imposible regresar a la cama.

Los aullidos eran tan potentes que Angello creyó tener al perro a su lado.


¡Por favor!

Llegó a convencerse de que la misma oscuridad no era más que una extensión de su cuerpo, de su poder. De que si Angello no tenía forma de levantarse y huir era porque Tadeo así lo quería, el que permaneciera en el suelo era demostración de su dominio sobre él.

—Te lo ruego, ten piedad.

Entonces un gruñido de fiera desgarró la noche, Angello dejó escapar un lamento y perdió el sentido.

Cuando abrió los ojos ya era de madrugada. El silencio era absoluto. Tenía el cuerpo entumecido y le dolía la espalda. Tardó unos segundos en recordar lo que había sucedido y qué hacía tirado en el suelo.

Se pasó las manos por la cara y estiró sus miembros. Nuevamente dueño de su cuerpo, se puso de pie. No quiso perder tiempo, si Oskar y Tadeo dormían aún, era el momento
indicado para marcharse.

Angello se deslizó hasta la cocina y llenó una bolsa con comida. Quiso apoderarse también de un cuchillo, pero Oskar los guardaba bajo llave. También se apropió de una botella, la
que llenó de agua del depósito. Abrió la puerta que daba al exterior y descolgó un poco de ropa del tendedero. Pensó que esos serían los últimos segundos que estaría cerca de Oskar o Tadeo, y respiró sintiéndose libre.

Se puso la bolsa a la espalda y caminó alejándose.

Ya estaba a unos veinte metros de la casa cuando volteó a mirarla por última vez. Entonces vio a Tadeo aparecer desde un costado, igual que la primera vez, lanzar un gruñido bestial y correr a toda velocidad hacia él.

—Dios mío, ¡no!

Miró hacia la casa, Oskar debió oírlo rebuscar en la cocina, pues los observaba desde el umbral de la puerta con los brazos cruzados.

—¡Oskar! —gritó—, ¡¡llame a su perro!!

Pero parecía no escuchar.

—¡¡Llámelo!! —insistió, suplicando—, ¡¡¡llámelo!!!
No obtuvo resultado.

Tadeo ya estaba muy cerca, sin perder más tiempo Angello echó a correr.

—¡Oskar! —imploró—, ¡¡llame a su perro!!

—¡Tadeo! —oyó que gritaba.

Angello dejó caer la bolsa, corría con toda su alma intentando huir del rumor de patas que lo perseguían, del jadeo de animal enfurecido detrás de él.

—No me dejará ir. Soy su presa ¡no me dejará escapar!

Empezó a sentir que le faltaba el aliento, mas no se detuvo. Tenía el claro presentimiento de que detenerse significaría su muerte.

—¡Esperó hasta el último momento para venir a despedazarme!

Tadeo regresó con Oskar y empezó a lamerle la mano. Este le acarició la cabeza.

Ambos observaban a Angello, quien en loca carrera, se perdía en la inmensidad de la llanura.

—Me pregunto de qué estará huyendo —se dijo.

Y Angello lo sabía, sabía que Tadeo había regresado con su amo, sabía que ambos lo observaban desde la casa.

También sabía que su perseguidor corría detrás de él, haciendo sonar sus pisadas en la tierra y su respiración en el aire.

Pues sabía que lo había estado esperando desde siempre, escondido detrás de los ojos de un perro, oculto en la voz de un anciano, aterrorizándolo y acosándolo para luego darle caza.

Lo perseguiría hasta el fin del mundo, hasta el borde mismo del horizonte, hasta que le faltara totalmente el aliento y ya no pudiera seguir escapando.

Entonces le asestaría la certera mordida, haciéndole el peor daño que se le puede hacer a un ser vivo: un daño más allá de la materia.

Angello sabía y esa era su condena, aunque no pudiera ver a su perseguidor pero sí percibirlo, más allá de la razón, más allá de toda lógica, en el centro mismo de sus pesadillas.

Garden Party - Amparo Dávila

El taxi se detuvo frente a una residencia muy iluminada de donde salían música, carcajadas e infinidad de voces.

—Son 36.50 —dijo el chofer.

—¿Quée di-ce? —preguntó el pasajero con tal extrañeza como si lo sacaran de un profundo sueño.

-Que son 36.50

—¿Tre-inn-ta yse-iss cin-cu-enta? ¿De qués-ta-uss-ted ha-blan-do? Yono sé aqué se re-fi-ere.

—Mire usted —replicó en tono airado el chofer, viendo cara a cara al hombre—, o me paga los 36.50 de la dejada, o me obligará a usar de éstos: —y le mostró los puños.

— ¡Ah...! Sí... lade-ja-da, sí, us-tedd meha-tra-ído   (hip) hass-taquí, ess-ci-erto.

El pasajero comenzó entonces a buscar en los bolsillos del saco y después en los de los pantalones, hasta encontrar un billete arrugado que le entregó al chofer. Abrió la portezuela del automóvil y tropezó al poner los pies en el suelo. Con un gran esfuerzo consiguió recuperar el equilibrio y se dirigió a través del jardín hacia la entrada de la mansión.

—¡Oiga amigo, aquí está su cambio! —gritaba el chofer. Pero aquel hombre alto, flaco y desgarbado, se alejaba  balanceándose de un lado hacia otro como un títere con la cuerda demasiado floja.

—Su invitación, caballero, si me hace usted el favor — solicitó un mozo que recogía las invitaciones en la puerta.

—¿In-vita-ción? ¿Invi (hip)ta-ción? ¿Min-vita-ción di-ceus-tedd? Yonun-cahe ten (hip)ido invi-ta-ci-ones, nisi-qui-era tarje-tass, sa-beuss-tedd, yoso-lo he-ten-ido losbol-sillos va-cí-os ya-hora esstin-menso (hip)do-lor, essta-pena que...

—Tenga la bondad de darme su invitación, caballero —rogó el mozo. Pero el hombre flaco ya había entrado al salón dejando al mozo hablando solo.

El salón se encontraba demasiado iluminado y pletórico. Mujeres elegantísimas muy escotadas o con las espaldas desnudas y cubiertas de joyas desde la cabeza hasta los pies; hombres con frac o smoking, de riguroso puro y opulenta humanidad la mayoría.

El hombre flaco y descuidadamente vestido se sintió bastante incómodo por el exceso de luz y de humo que le hacía arder los ojos de manera insoportable. Sacó un pañuelo sucio y se lo pasó repetidas veces por la cara. Después lo guardó hecho bola y gritó a voz en cuello:

Go-oodd mor-niingg eve-ry body!

Los que se encontraban cerca de él se dieron vuelta y lo miraron ridículo e inaceptable. Un don nadie. No faltó quien comentara que "si ya le había amanecido tan pronto al caballero".

El hombre lanzó entonces una estruendosa carcajada que nunca antes había sido capaz de proferir en sus 48 años.

—Noti-ene impor-tan (hip)cia, esono-tie-nenin-gu-na impor (hip)tancia, dí-ass ono-ches dalo miss-mo loim-por-tann-tes (hip) quese-an bue-nos, lodi-go (hip)yo por-quelo-sé, síse-ñorr, yolo-sé...

En ese momento un hombre de mediana edad, correctamente vestido, se abrió paso y llegó hasta el borracho interrumpiendo su alegato.

—Creí que nunca llegarías ¡pero, hombre! — exclamó en voz baja para que nadie más lo oyera—, te advertí claramente que se trataba de algo muy especial y que vinieras bien vestido. ¡Y mira cómo estás, hecho una verdadera facha! Tú sabías muy bien, Rogelio, que ésta era la oportunidad, tal vez la única oportunidad para que yo te presentara a don Ramón y a don César Rubio. 

Que conseguirte una invitación fue un triunfo. O ¿es que quieres terminar tus días en ese miserable puesto, con un sueldo infeliz que no te alcanza para nada? Después de la faena que he tenido que hacer por ti... De lo que he ponderado tus capacidades administrativas, tu honradez, tu intachable comportamiento... Ahora lo echas todo a perder presentándote como un vagabundo y, como si esto fuera poco, borracho.

Rogelio escuchaba la reconvención como si estuviera dirigida a otra persona, sin que le atañese en lo más mínimo. De pronto logró entender algo de todo aquello que su amigo le decía y sacudió la cabeza como tratando de despejarse.

—Fue don-dePe-rico lle-gué ato-marme un tra-(hip)gui-to, untra-gui-toan-tes dirá cambi-arme de (hip) ropa, sí, derro-pa (hip) pa-rave-nir, un tragui-(hip)to no-máss telo ju-ro porr mi san-tama-dre, unosó-lo (hip) pa-radar-mevalorr ypa-raver sial-guien mede-cía don...

—Por lo que se ve, no fue sólo un traguito, te has de haber bebido hasta al mismo Perico, pero, quitémonos de aquí, no quiero que se hagan más burlas a costa tuya.

—¿Adón-de melle-vas Ós-car?

—Al jardín. Allí hay mesas y, tal vez, con una poca de suerte, podamos encontrar alguna, apartada y discreta, donde pasemos inadvertidos.

—¿Aljar-dín? ¿Essta-rá allí Ce-li-na?

—Podría ser.

—Pero... haydos pu-ertas (hip) ysisa-limos poruna, alome-jor Cel (hip)ina en-tra por (hip)…

—Anda, ven.

—Ós-car, ¿quedi-rec-ción esla-deaquí? —preguntó Rogelio, presa de una gran angustia.

Óscar caminaba por delante y la música y el barullo general no le dejaron escuchar a su amigo. La pregunta de Rogelio quedó sin contestación.

—Que medi-gass ladi-rec (hip)ción, porrfa-vor —pidió en el colmo de la desesperación—, si no me la dan no te la puedo decir Celina... —Y volvió a suplicar tímidamente:

—Porfa-vor di-me ladi-rec (hip)ción... no sé la dirección Celina no sé dónde estoy ni dónde estás tú ahora he perdido a los dos a ti y a mi y Óscar cruel y despiadado no me dice en dónde estoy ni en dónde estás tú ¿en dónde estamos Celina?...

El jardín estaba a media luz con faroles de colores colocados entre las ramas de los árboles y reflectores velados que creaban una atmósfera irreal. También había árboles revestidos de serpentinas y otros totalmente dorados o plateados, en los cuales las luces de los faroles producían efectos sugerentes. 

Algunas mesas se hallaban distribuidas alrededor de la piscina que, premeditadamente, no tenía luz alguna. Desde una plataforma la orquesta ejecutaba, estrepitosamente, los ritmos más populares del momento. Óscar iba y venía arrastrando a Rogelio y buscando afanosamente la mesa más apropiada, hasta que una le pareció conveniente. 

Se sentaron cuidando Óscar que Rogelio quedara de espaldas al escenario y sólo tuviera ante sí la vista de aquel inmenso jardín. Cuando ya estaban instalados, Óscar notó sorprendido que había lágrimas en los ojos de su amigo.

—¡Pero, hombre!, a tu edad... anda, sécate los ojos.

Para ese tiempo y con gran desconsuelo de Óscar, todo el mundo había invadido el jardín ocupando las mesas o disponiéndose a hacerlo.

—Creo que tendremos variedad acuática —comentó con otro, un joven que estaba ahí cerca.

—Y, por supuesto, también el show de las mulatas platinadas.

—Dicen que don Ramón le anda echando los perros a la Suly...

—Ese viejo siempre trae unos forros de primera...

—No se puede negar que tiene buen gusto, y como además es muy espléndido, consigue lo que quiere.

—¿Sabeuss-tedd dón-des-tá Ce-li-na?

—Caballero, yo sólo sé dónde están los whiskys y las princesas, ¿quiere usted uno o una?

—Yoqui-ero queme (hip) diga dón-des-tá Cel-ina, Cel-ina, miCe-lina.

—¡Vamos, hombre! Bébase este high ball a la salud de Celina —y puso su propio vaso en la mano temblorosa del borracho.

Rogelio se quedó un momento como sin entender y sin ver siquiera la copa de whisky, luego, súbitamente, se la bebió sin dejar ni gota. yo no debo beber porque a ti no te gusta Celina que yo beba tú siempre me decías... Pero yo no bebo Celina sólo una copa o dos y no me pasa nada esto de la lengua que siempre me crece no tiene importancia... Celina aquella noche yo pensé que volverías temprano...

— ¡Lo felicito, mi amigo, por su juego de garganta! Otro whisky más y Celina se va al fondo del olvido... —y el joven elegante se fue a saludar a unas muchachas que lo llamaban desde otra mesa.

Óscar le ofreció un cigarrillo a Rogelio, quien lo tomó como autómata.

—A-quí nohay(hip) nada quebe-berr —gritó enfurecido—, queme-den algo, algo (hip) debe-ber, sí, yoqui-ero be-berr, be-berr...

— ¡Cállate! —le ordenó Óscar—, que ya va a empezar el espectáculo.

todo está igual Celina como tú lo dejaste igual nada ha cambiado tus pantuflas verdes que te regalé en Navidad debajo de la cama el cuarto y toda la casa llena de ti de tu perfume estás en todos lados pero no estás Celina Celina dónde estás... —Ten-gola gargan (hip)ta seca, seca, yanopu-edo niha-blar, sí, yano. . . ¿quécla-se delu-gar ess (hip) éste donde-no (hip) ledan auno nada, nadade be-berr?

—Rogelio, contrólate, por favor, te lo suplico, piensa en el ridículo que haríamos si vienen a sacarnos.

—¿Qué desean beber los señores?

Óscar tomó un whisky y Rogelio otro, pero al momento aclaró: —Yono qui-e-ro be-ber, quie-ro queme trai-ga (hip) a Celina, Ce-li-na, por-queCe-lina sefuee... —Y al decir esto, le cambió el tono de la voz hasta llegar a ser casi sollozo—, Celi-nase fue ¿us (hip)tedd sa-be?, Ce-lina sefue, mi (hip)Ce-li-na...

En ese momento Rogelio casi se cayó con todo y silla sobre una dama opulenta y cargada de joyas a más no poder.

—¿Uss-ted vacan (hip)tar, algu-na (hip) a-ria?

—¡Me ha quemado el vestido! —gritó fuera de sí la mujer, al darse cuenta de que Rogelio le había apagado el cigarrillo en la falda de terciopelo.

—¿Ela-ria dela lo(hip)cura?, ¡per-fec (hip)to!, ¡ess-tá uss-tedd enn plan delaPe-ral (hip)ta!

— ¡El colmo, el colmo! Me ha arruinado para siempre mi traje, ¡y un vestido como éste!, no es posible, no es posible...

Las señoras que compartían su mesa y otras sentadas cerca de ella, la rodearon haciendo mil comentarios en voz alta y cuchicheos entre sí, mientras la orquesta ejecutaba una melodía con un ritmo tan desenfrenado y el baterista se despeinaba a tal punto que, al cubrirle los cabellos por completo la cara, podría decirse con justa razón que tocaba a ciegas. — ¡Mi vestido, mi vestido!

— ¡Pero qué desastre, Chata, tu vestido tan lindo...!

— ¡Y tan costoso! Tú sabes, querida, que es nada menos que un Balenciaga, me lo trajo Ramón, de París, cuando fue a la convención.

—Yo nunca pensé que fuera un Balenciaga, ¡claro que se ve a leguas que es un traje fino, pero aquí en México hay cosas muy bonitas, que no le piden nada a Chapareli, o como se diga!

—Los Balenciaga son costosos, costosísimos, Ramón lo mandó hacer expresamente para mí. Fue diseñado de acuerdo con el color de mis ojos y de mi pelo... —Y se echó a llorar.

— ¡Qué falta de consideración hacer estas cosas, es un crimen, un verdadero crimen...!

— Como dañar un Rafael o un Leonardo...

— ¿Dequéha-bla esa (hip) gor-da —preguntó Rogelio a su amigo, sin percatarse de que Óscar había enrojecido totalmente.

— ¡Sí, queridas mías, como se los digo, es un verdadero crimen...!

—Hay que llamar a la policía...

—Pe-ro ¿porr-qué gri-ta esamu-jer, porr-qué (hip) su-fre? Celina yo sé que tú me amas verdad Celina que me amas yo lo sé si lo sé cuando te enojabas conmigo porque no teníamos dinero siempre el maldito dinero yo te decía... bajaste con el vestido gris que tanto me gustaba "después me cuentas eso" yo te iba a platicar que...  qué bella estabas Celina aquella tarde sábado en la tarde no se me olvida olías tan bien tú siempre estás bella eres muy bella "no tardaré después hablamos" yo no quería que salieras esa tarde yo sólo quería pero tú... yo te quería decir "ahora vuelvo" y apenas dizque un beso en la mejilla no me dejaste ni que te besara en la boca "me vas a arrugar el vestido déjame no me despintes chao" sólo hiciste una señal de despedida con la mano yo te he estado esperando esperando Celina dónde estás Celina dónde...

—Siempre, en todos lados del mundo hay seres así de ordinarios, gente que uno ni siquiera conoce ni sabe de dónde sale, que uno jamás invitaría...

—Pe-ro... ¡sies a-ún lamis-ma, lamismí-sima (hip) mu-jer! Di-me Ós-car ¿qui-én es esaes-canda-losa y fe-a y gor-damu-jer? Sí, (hip) ¿essa gor-datan-fea...?

Y Óscar, que no sabía dónde meterse y le pedía a Dios que se lo tragara la tierra, le contestó:

—Es la esposa de don Ramón, es nuestra anfitriona. ¡Buena la has hecho! ¿Por qué, Dios mío, por qué tendré siempre esta infame y perra suerte?

—Yono laco-nozco niqui-ero cono-cerla. ¿Sa-bes Ós (hip)car?, nome guss-tan, ninun-ca, nun-ca, en-mi desgra (hip) ciada vi-da mehan gus-tado e-sass mu-jeres tan (hip) gor-das, estemal-dito hipo y gri-tonass … también Fifí te está esperando está muy triste si vieras qué triste está y qué solo se siente sin ti pasó días y días sin comer muchos días come Fifí Celina mañana vierte yo trataba y trataba de consolarlo pero el pobre perrito tan chiquito tan chiquitito tú lo mimabas mucho sí mucho más que a mí ¿verdad? no lo puedes negar el pobre Fifí tan mal acostumbrado me miraba con unos ojos tan tristes me sigue mirando Celina mirando con unos ojos tan tristes tan tristes que yo...

La variedad de las negras había comenzado. Y los dos jóvenes que estaban junto a la mesa de Óscar y Rogelio solicitaron permiso para sentarse allí. Óscar accedió, cortés: —Encantados, sírvanse sentarse. —Pero mientras se hacían las mutuas presentaciones, él pensaba, presa de la desesperación, que ahora sí había transpuesto las puertas mismas del infierno.

— ¿Cono-ceus-tedd (hip) aCe-lina?

—No tengo el gusto.

—Celi-naes muy be-lla (hip) tie-ne loso-jos azules (hip) yel pe-lo sí elpe-lo ne-gro ne (hip)gro ysus di-en-tes sonmuy blan-cos ti-ene loso-jos azules comun-lis-tón a-zul (hip) sí, a-zul dea-ma-necer comodi-ce  elma (hip)estro La-ra ¿ver-dadd? yti-eneun cu-erpo me-jor sise-ñor me-jor (hip) lodi-go yo porr-que yolo co-noz-co sinna-da  sintapa (hip)-rrabos co-molos desas —y señaló a las mulatas platinadas—, des-nudo sinna-da porrques mí-o ¿sa-beus-tedd?, tie-neel ca-bello ne-gro, ne (hip)gro yasí hass-ta-bajo délos hom-bros yon-du-lado... —y con la mano ejecutó el oleaje del cabello de Celina— ylo-so-jos  (hip) a-zules tana-zules comu-na tra-la la lala lala lalaaa...

—Ya está bien Rogelio, mejor mira la variedad.

—¿Desean  beber algo los señores? ¿Un  whisky, un coñac, un gin and tonic?

—Yobe-bo loque sea pe-roCe-lina seno-ja con (hip) mi-go, di-ce queyo... oigauss-tedd —y jaló de la manga del saco al joven que tenía a su lado—, Ce (hip)lina ess máslin-da quesa mu (hip)jer vestida deblan (hip)co, essano valena-da cerr-cade Celina, Ce-lina (hip) ti-ene elca-be-llo máss ne-gro y loso-jos máss azu-les sí pe-roCe-lina sefue, se fu-e... ¿sa-beus-tedd?

—Sí, claro, ya lo sé desde hace un buen rato.

—Peroe-ra miCe-lina. —Y volvió a jalar al joven, ahora de la solapa.

—Hay muchas Celinas donde quiera. Si le interesa le doy después algunas direcciones...

Celina Celina dónde estás días y noches esperándote semanas enteras sin dormir sin comer dónde estás Celina dímelo por favor sabes Celina yo voy a tener un buen sueldo te compraré muchas cosas muchas aquellos zapatos de charol que tanto te gustaban voy a ser rico Celina sabes muy rico muy rico deveras tendrás todos los vestidos que tú quieras de noche oigo tus pasos subiendo la escalera y tu risa te compraré cientos de perfumes miles de perfumes camino horas y horas buscándote ya no tengo zapatos ni pies te busco por todas partes en los parques a la salida de los cines pero yo sé que te encontraré Celina Fifi se va a morir si tú no vuelves y yo también ya no sé quién tiene la cara más triste si Fifí o yo haré lo que tú quieras todo lo que tú quieras lavaré los trastes que tanto odias iremos a fiestas te compraré una casa como ésta con muchos árboles y flores y piscina te llevaré al cine los domingos y los jueves y a diario si quieres porque yo seré muy rico tendré dinero a montones un automóvil para ti siempre a todas horas oigo tu voz apapachando a Fifí te voy a regalar un vestido rojo como aquel que llevabas cuando nos conocimos cuántos aplausos cuánto ruido quién hace tanto ruido Celina yo quiero estar solo contigo qué mujeres tan horribles se van a romper en pedazos en muchos pedazos tendrán que recogerlos con escoba ya no tengo escoba barro la casa todos los días para que la encuentres limpia te estoy viendo caminar moviendo las caderas déjame verte caminar siempre y reír reír a carcajadas como tú sabes enseñando los dientes no quiero verte enojada ni triste el agua tiene un color muy oscuro no se parece a tus ojos me paso las horas contemplando el cielo allí hay muchos ojos tuyos nuestra casa me da miedo me da mucho miedo estar solo pero cuánto ruido por qué tanto ruido y tanta gente dónde estoy Celina dónde estás tú...

—Qui-ero be-berr, be-berr, tengola gar-ganta (hip) seca quequi-ero u-na copa queme den u-naco-paporrr que...

—Ya viene el mesero, cálmate...

—Queyo qui-ero be-berr ¿me oyen? be-berr be-berrr...

Y sin esperar más se levantó y se fue tambaleando antes de que Óscar pudiera detenerlo. Rogelio sorteaba las mesas con gran dificultad, tanta, que Óscar no dudó de que se cayera de bruces sobre alguna. Sin embargo, no intentó ya seguirlo y decidió dejarlo a su suerte. Además, pensaba que al encontrar la copa regresaría. ¿A dónde más podría ir en ese estado?

Rogelio se fue tropezando a cada paso, hasta el extremo opuesto del jardín. Se quedó un buen rato apoyándose en el grueso tronco de un árbol, mirando fijamente la piscina en cuyas aguas oscilaban las luces de los faroles colgados en los árboles, produciendo dentro del agua formas indefinibles.

allí has de estar escondiéndote de mi si allá abajo viéndome sufrir y sufrir hasta ya no poder más ocultando tus ojos azules en la oscuridad del agua riéndote riéndote de que no he sido ni soy capaz de encontrarte pero ya sé si ahora lo sé que estás allí en el fondo acostada y desnuda esperando y riéndote desparramados tus negros cabellos en el agua y los peces entrando y saliendo recorriendo todo tu cuerpo descansando sobre tus senos sobre tu vientre jugando en ese cuerpo que es sólo mío sólo mío pero óyelo no serás de los peces ni del agua que te rodea y te esconde agua maldita que te cubre que me aparta de ti de tu cuerpo mío sólo mío oyes ni de los peces ni del agua mío solamente mío mío...

Y entre aquel frenesí, entre gritos y aplausos, unas burbujas y una ondulación en el agua no fueron vistas por nadie.