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Delfina - Claude Seignolle (Parte 2 y última)

Cuando volví a mirarla de nuevo, me di cuenta hasta qué punto había sufrido por mí. Con las manos adosadas a sus mejillas, Delfina lloraba en su mundo silencioso, como si hubiera estado a punto de perderme para siempre. 

Emocionado, teniendo en mis manos la más tangible de las pruebas de amor, volví precipitadamente hacia ella y me contuve de arrodillarme y besar sus pies, como lo exigía antaño una bárbara costumbre, prueba indefectible de sumisión. Si me lo hubiese pedido, me habría despojado del sol, igual que de la palabra o de mi propia vida, ya que en un instante, Delfina se había convertido en Todo para mí.

Entonces observé algo que creía imposible: vi que Delfina sonreía, y descubrí que hasta entonces yo no había sabido nunca verdaderamente lo que era una sonrisa. Solo creía saberlo. La sonrisa de Delfina era el detalle más precioso que poseía. Aunque hubiera estado triste, aquella sonrisa iluminaría hasta mi último segundo de vida humana.

Pero, al acercarme para admirar mejor aquella sonrisa, la apagué a pesar mío. Comprendiendo la ofensa que ella temía, bajé la cabeza y, para hacerme perdonar, pensé en el vestido que le había comprado. Arranqué el papel que lo envolvía, extendí el vestido y lo dirigí a la luz más cercana. La seda tuvo un brusco reflejo de llama encarnada semimuerta, lo que, quizá, me hizo pasar por el diablo desplegando su potencia astuta y tornasolada.

Delfina no demostró la sorpresa que yo esperaba. Su mirada, ausente de la ropa, me dio a entender que yo era el único regalo que ella deseaba.

Cuando el alba ya se insinuaba, Delfina regresó a la entrada de su calle. Una vez allí, y por primera vez, pareció fijarse en los descarnados edificios. Me lo indicó con tal gesto de resignación que, para consolarla, volví a ofrecerle por segunda vez el vestido, como algo de un valor eterno. Lo observó con inquietud, pero no se quedó con él, no quiso aceptarlo. ¿Acaso observé en aquel gesto que temía aceptarlo? Ya no me acuerdo de ello. ¡Oh, si lo hubiera sabido!

Luego se alejó de mí, apartándose un poco, como a disgusto. La calle desierta me la quitó lentamente. Me fijé en la puerta que la acogía, luego ya no la vi más. Deseando seguir a su lado, me dirigí hacia aquella puerta. Entré, y en la oscuridad, la llamé desesperadamente. ¿Pero cómo iba ella a poder responderme si era muda? Deposité el vestido en algo que parecía un nicho. Cuando salí a la calle, me tambaleé bajo el efecto de un brusco pesar.

Me acosté apesadumbrado por sentimientos confusos y me dormí de inmediato para despertarme por la noche, ya que mi amor por Delfina me había desposado con las tinieblas. No quise moverme, ni siquiera respirar, como si, habiéndome construido pacientemente sobre el cuerpo el vertiginoso castillo de cartas de todas mis esperanzas, temiese que el menor de mis impulsos para consolidarlo aún más no lo destruyese para siempre. Y la angustia, cómplice de coyunturas amenazadoras, sumergió mi espíritu...

Finalmente, después de levantarme me dirigí a la ventana, para observar el río de la noche. Sus aguas me parecieron tan atormentadas, como removidas por un invisible vidueño, que me vestí y me dirigí a toda prisa a la rue Saint-Martin con el fin de eliminar el terrible peligro que según mis presentimientos amenazaba a Delfina.

Apenas apercibí la entrada de la rue Maubée, me paré en seco, dominado por la emoción... Una alta empalizada la bloqueaba, poniendo un muro de madera ante la libertad de Delfina.

Entonces pensé en el otro extremo de la calle. Si Delfina no podía salir por aquí, iría forzosamente al otro lado. Asimismo, temiendo perderla por culpa de mis vacilaciones, eché a correr, le di la vuelta a todo el barrio, y, casi sin aliento, me encontré ante otro obstáculo, tan implacable como el anterior. 

Precipitándome sobre él, me puse a darle fuertes golpes con los hombros, hasta que empecé a sentir un fuerte dolor en todos mis músculos. El obstáculo resistía. Encontré un intersticio. Mis dedos se deslizaron por él, crujieron con rabia. Tiré con todas mis fuerzas y, desplazando unos clavos mohosos, conseguí finalmente arrancar una de las planchas de madera. Me deslicé entonces por el estrecho pasaje, desgarrando mi ropa. 

Con mis gritos llamando a Delfina rompí el silencio de aquella calle prisionera, sin comprender que eran estériles. Mis pies tropezaron con unas herramientas que habían dejado abandonadas en el suelo. Caminé sorteando toda clase de obstáculos, pisoteando trozos de vidrios de botellas rotas, pero, preocupado por la suerte de aquella a la que amaba, no pensé inmediatamente en la destrucción de la rue Maubée.

Al llegar al inmueble de Delfina, entré en él. Las vigas que habían caído del techo llenaban los pasillos, oponiéndose a mi paso. Me puse a gritar, pero inmediatamente el silencio hostil apagó mis gritos. Me puse a llorar y mis lágrimas se trenzaron con mi voz. Entonces esas lágrimas, mojando las plumas de los grandes pájaros que eran mis llamadas, hicieron que estos fuesen incapaces de echar a volar desde mis labios... 

Delfina no podía oírme, y esto hizo que me sintiera derrotado a muerte. Me coloqué delante de aquella puerta de todas mis esperanzas, convertida –lo sentía en lo más profundo de mí– en la de mi desesperanza. El suelo me acogió con dureza. ¿Dónde estaban las dulces huellas dejadas por los pies desnudos de Delfina?

El alba me sorprendió allí, envuelto en un profundo sopor con la cabeza sobre la acera, las mejillas mojadas por las lágrimas, la mirada fija como la de una bestia que ha perdido su amo, pero que permanece fiel a él en su vana espera. Y aquel alba que, cada mañana, yo había asociado a la tristeza de nuestra separación, creyéndola siempre compasiva, me demostró que ella solo era el impasible germen del día anunciando sin piedad el final de mis sueños... 

Entonces me fue desvelada la verdadera realidad de la calle Maubée, ruina naciente ya sangrada en vida. Con los alerones arrancados, los techos yacían en el suelo, torcidos. Los pisos superiores habían sido desmantelados. Se sentía una prisa de acabar cuanto antes, de desarraigarla y de olvidarla para siempre.

¿Delfina? ¿Dónde se habría marchado al verse expulsada...? Me levanté, pero, semejante a un mendigo al que ahora me parecía, no pude hacerlo completamente. Con la espalda pegada al muro, no podía siquiera moverme.

A las ocho, las empalizadas fueron levantadas por unos obreros que, riendo y hablando en voz alta, entraron en la martirizada calle. Eran los obreros que iban a demolerla. Uno de ellos me vio. Inmediatamente se acercó a mí haciendo grandes gestos. Creo que me trató de loco indicándome hacia una gran piedra que había quedado en equilibrio en el reborde de una ventana justamente encima de mí. Luego me gritó que si quería suicidarme solo tenía que quedarme donde estaba.

Miré hacia la piedra y anhelé con fervor su caída.

Los obreros me obligaron a abandonar aquel sitio. No quise ceder. Entonces me insultaron, sin saber que insultaban a un amor martirizado; me cogieron brutalmente, sin saber tampoco que había que cogerme con delicadeza como un cuerpo herido. Opuse resistencia, pero aquellos hombres que estaban acostumbrados a derribar las murallas más rebeldes, supieron manejar sin esforzarse mis débiles fuerzas de adolescente. 

Me arrastraron hasta la rue Saint-Martin donde me abandonaron, tirado entre dos camiones que habían venido a cargar los escombros de la demolida calle. Pronto se formó alrededor de mí un grupo de curiosos y unas rameras se inclinaron sobre mi cuerpo. Al ver aquellos rostros embadurnados de polvo como la mentira, volví a sentirme dominado por las pesadillas. Luego oí a una de ellas: «A esta edad solo puede tratarse de un gamberro...»

Me levanté y me fui. Titubeando de vergüenza tanto como de pesar, comencé a andar como un borracho, aunque estaba embriagado de una especie atroz de borrachera. Para reconfortarme un poco, me dirigí al café de enfrente. Era el café de mis felices esperas, por lo que no me atreví a entrar en él. Volví a marcharme. La gente me siguió, esperando ver una graciosa exhibición de borracho incapaz de aguantar el alcohol ingerido, cuando en realidad era la desesperación lo que yo no podía soportar...

Llegada la noche, regresé a la rue Saint-Martin. Reinaba el silencio, lo preciso para el milagro apetecido. Pero, por superstición, temiendo que implorándola yo la contrariaría, no la deseé. Me limité solamente a apoyar mi frente, luego mis labios, contra la madera de la empalizada. Allí estaba, vencido, deshecho de mí mismo. 

Besé amargamente el obstáculo rugoso como si Delfina se encontrase detrás de él, y como si, de los dos, fuese yo el prisionero, y ella mi visitante provista de toda la inmensa libertad sin límite de la rue Maubée.

Luego, comprendiendo que ningún milagro podía ya producirse, me alejé sin volver la vista atrás y rehice el camino de Delfina hasta el puente de Notre-Dame, rozando las fachadas tal como ella lo hacía, imaginando que la seguía, invisible delante de mí. 

Mucho me habría agradado haberme acordado de otros detalles de ella: aquellos temores que yo quería entonces sentir dentro de mí mismo. Por eso hice un esfuerzo, traté de experimentarlos, pero solo la pena nacía en mí: aquel dolor que la felicidad teme.

Queriendo evadirme de mi pesar, soñé con tanta necesidad que me sorprendió sobre el puente de Notre-Dame otra alba repentina, descubriendo el río que se deslizaba bajo mis pies. Fue entonces cuando el señor Baucaire me vino a la memoria. Solo él podía ayudarme. ¿Acaso no poseía el duplicado de la llave que yo había perdido?

Inmediatamente me dirigí a su casa. Vivía en la rue de Vaugirard, en aquel lejano distrito decimoquinto sin carácter, en el tercer piso de un edificio vulgar y corriente. Toqué el timbre con impaciencia. Primero brevemente, luego sin soltar el pulsador. Como no oía ningún ruido, temí que ya no viviera allí, y que, perdiéndole a él, perdía a Delfina definitivamente. 

Entonces me di cuenta en qué medida aquel hombre a quien yo consideraba equívoco se me había convertido en algo precioso e indispensable. Al fin escuché un ruido de pasos. El pomo de la puerta giró; y al entreabrirse, me dejó ver al señor Baucaire en pijama, y con un aspecto sumamente desconfiado y de un humor desagradable. 

Al reconocerme, no tuvo aquel impulso que yo esperaba cándidamente de él. Por el contrario, creí comprender que, no solo mi visita le sorprendía, sino que incluso le molestaba. Dudó antes de permitirme pasar, pero no me ofreció la acogida de su salón recibidor. ¿Por qué dirigió él la cabeza varias veces en aquella dirección? ¿Por qué miraba yo también hacia allí?

Entonces observé, echadas sobre un sillón, las anticuadas ropas de Delfina. La impresión que recibí fue tal, que, para huir de un insoportable dolor, retrocedí y salí corriendo enloquecido.

Mi confusión no me abandonó hasta que llegué al pasillo de entrada del inmueble donde mis sollozos me detuvieron. Me pegué contra uno de los muros sucios y quedé, brazos abiertos, como para ser crucificado allí en el acto. Y así fue... 

Sintiendo en mi carne aquellos agudos dolores que me daban la sensación de ser clavado vivo, apretando contra el muro mi rostro igualmente perforado por mis lágrimas, la imagen de Delfina, desnuda, sucia, penetraba de esta forma en mi carne. «¿Por qué, Delfina? –suplicaba yo–. ¿Por qué?...»

¡Delfina se había burlado de mí! Delfina despreciable, disponible para el primero que llegase, pero negándose a mí que, en un impulso de cariño, le había ofrecido mi amor joven y puro, y sus frutos, reservados para todos nuestros deseos. 

Sufriendo peor dolor que si se hubiera perdido realmente, volvía incesantemente a ver sus ropas deshechas y, sin cesar también, sentía otro atroz recuerdo: Baucaire apretándola entre sus brazos... ocultándola en su casa, al lado de él, quizá dichosa durante dos noches... dos días, mientras que durante ese mismo tiempo a mí su desaparición me torturaba. 

Bruscamente, para apagar mi sed de odio, bebí de un trago el ácido brebaje de los celos. Todo tenía una explicación: yo no me había equivocado, Baucaire conocía ya a Delfina y yo había hablado demasiado de ella..., había dicho demasiado de aquella vida interior de Delfina que él seguramente ignoraba. Asimismo, como hombre conquistador, había deseado para él aquella mujer maravillosa. 

Ella era su víctima, se había dejado atrapar en su tela de araña... Delfina no podía consentir aquello... el culpable era Baucaire... toda aquella maquinación venía de él... la inocente era Delfina... Baucaire era un parásito que había que destruir... Delfina era Delfina.

Volví a casa de Baucaire, subí las escaleras empujado por la cólera y me puse a golpear repetidamente la puerta. Esta vez Baucaire acudió inmediatamente. Se me presentó ya afeitado y vestido. ¿Cuánto tiempo había yo permanecido desamparado mientras creía que le había despertado hacía unos instantes? Inmediatamente pensé que, considerándose una vez más importunado en su propia casa, iba a echarme a la calle, pero me recibió sin que el tono de su voz denunciase la menor agresividad.

Después de un instante de duda, súbitamente calmado, entré en su casa, emocionado como si hubiera conseguido convencerle para que me dejase ver por última vez a Delfina, solo el tiempo necesario para curar mi locura.

–¿Qué es lo que le ha pasado hace unos instantes? –me preguntó con tal aplomo que deduje que estaba acostumbrado a esa clase de situaciones.

La puerta del salón estaba cerrada. Me fijé en ella con todas mis fuerzas, intensamente, con intención de abrirla.

–Pensé que se había vuelto loco –añadió Baucaire, sin parecer fijarse en la atención que yo dirigía hacia aquella habitación, donde él recelaba la prueba de la presencia de Delfina.

«Sí –pensé para mí–, estoy loco... y voy a demostrárselo inmediatamente.»

Y, no pudiendo esperar más, me dirigí hacia la puerta del salón. De un violento empujón la abrí de par en par. Las ropas de Delfina aún seguían allí.

Me amparé de mi bien de nuevo hallado. Lo apreté posesivamente contra mi pecho. Enterré en él mi rostro y respiré ávidamente Delfina sin preocuparme de Baucaire. Este momento valía por sí mismo todas las horas de alegría de toda mi vida, vivida y por vivir. Era la primera vez que yo abrazaba a Delfina... 

Una vez pasada esta breve exaltación, me fijé cuán fría y seca estaba la tela. Ninguno de los olores que yo esperaba aspirar emanaba de ella. Solamente hallé ese característico olor de moho que los años incrustan en los tejidos abandonados. Asombrado, miré a Baucaire. 

En mi ciega rivalidad creí leer en su expresión una fría amenaza. Entonces, me precipité a la habitación vecina. Estaba vacía. Todas las demás habitaciones me ofrecieron, una por una, la ausencia de Delfina. Cuando volví al salón, Baucaire acababa de doblar las ropas y las ponía cuidadosamente sobre el sillón. Afectó una sorpresa que me pareció sincera.

–Bueno, hijo mío –me dijo con impaciencia–, ¿me quiere explicar lo que le sucede? Fíjese en qué estado se encuentra...

Y entonces, a la fuerza, me hizo situar frente a un espejo. Le dejé que me mostrase a mí mismo, y descubrí hasta qué punto mi enloquecimiento exterior era parecido a aquel que yo sentía interiormente. No me contemplé mucho tiempo en el espejo y le supliqué que me confesara dónde tenía oculta a Delfina.

–¿Delfina? –repitió él con un asombro total.

–Y sobre todo no me diga –le dije, acordándome de su conducta la primera vez que nos encontramos– que no la conoce, pues aquí está su vestido..., su corsé..., su delantal...

Y, como un inspector de policía mostrando las sucesivas pruebas de culpabilidad, se las señalé una por una sin pensar que ella podría haber huido usando el vestido rojo.

–¿Pero es que acaso sabe usted exactamente lo que me está enseñando? –exclamó Baucaire.

A su defensa le faltaba habilidad, y un ligero esbozo de sonrisa acabó por revelarme su culpabilidad. Recibí muy mal aquella actitud y me tuve que sentar en el sillón, apretando contra mi cuerpo los vestidos de Delfina. Viendo esto, Baucaire se enfadó de repente, obligándome a levantarme para coger la ropa con sumo cuidado, lo que testimoniaba una auténtica adoración. 

Me arrancó con tanta delicadeza el único bien que me quedaba de Delfina que no supe disculparme. La dulzura, la ternura diría yo, que puso a continuación en doblar aquellas prendas, acabó por trastornarme del todo. No podía ser más que la actitud de un hombre que gozaba en prolongar los ritos del amor incluso después de la marcha de la mujer.

–Su ciencia –me dijo al fin con ironía– es mucho más sutil que la mía...

Creyendo conocer entonces sus lazos con Delfina, pensé que Baucaire iba a echarme a la calle diciéndome al mismo tiempo una palabra malsonante. Pero no fue aquella su intención...

–...Porque –continuó– usted afirma conocer a la propietaria de estas ropas, mientras que nadie en el mundo, por mucha voluntad que pusiera en ello, podría hacerlo.

Únicamente, a pesar de esta denegación, su mano, acariciando la falda de Delfina, desmentía sus palabras. Asimismo, el hecho de que continuase poseyéndola de esta forma bajo mis propios ojos, hizo que a duras penas pudiese yo contener mis lágrimas. Baucaire se dio cuenta de ello y, compadecido sin duda, se esforzó en consolarme. 

Voluble, muy generoso en los detalles, me explicó que la víspera, cuando unos obreros demolían una habitación de un viejo inmueble de la rue Maubée, habían descubierto una alcoba que se hallaba desde hacía mucho tiempo, quizá un siglo, condenada, emparedada... y habían encontrado aquellas prendas femeninas que yo veía allí, conservadas en perfecto estado gracias al cierre hermético del lugar. 

Baucaire había llegado justo en el momento en que los obreros se disponían a tirar, como si fueran vulgares harapos, aquellos preciosos testimonios del pasado. En una palabra, empleando su habitual talento, quiso hacerme pasar por frías piezas de museo estos humildes testimonios de Delfina. 

Concluyó diciéndome cuán cándido y pretencioso era yo al afirmarle que aquellas ropas pertenecían a una... Delfina. Únicamente un probable ser venido del otro mundo, habiéndose escapado de aquella alcoba cerrada herméticamente, habría podido vestir aquellas ropas. Y como esto, a menos que se soñara, era imposible... luego...

El hecho de que me tratase casi de mentiroso hizo que inmediatamente le afirmara que no solo había visto a Delfina vestida de esta forma, bien viva, sino que además, en varias ocasiones, habíamos paseado juntos, sintiendo cada uno de nosotros una alegría realmente verdadera y compartida. 

Y, para demostrarle mejor aún la existencia de Delfina, le detallé los rasgos de su rostro, los impulsos de su caminar, su fidelidad a un trayecto determinado, lo mismo que las inquietudes que ella siempre demostraba. Pero, pensando que esta revelación podría perjudicarme, no le precisé los lugares donde ella sentía aquellos incomprensibles temores...

Baucaire no trató abiertamente de reírse de mí. Me escuchó, con los párpados entornados, y reconoció que yo ya le había hablado anteriormente de aquella Delfina con cierta convicción. Luego, con una gravedad pontificante, me pidió que le precisara ciertas fases de este extraño fenómeno visual. 

Con toda intención, Baucaire se apoyaba en cada palabra, separándolas, dándoles un sentido que me fue de lo más desagradable. De haber sido médico, habría actuado de la misma forma para establecer su diagnóstico. Dándome cuenta de que estaba en contra de mí, busqué otra defensa mucho más convincente, cuando volví a percibir el olor a moho de aquellas ropas, insidiosamente presentadas por Baucaire, imponiéndose a mi olfato. Me incliné de nuevo sobre las ropas de Delfina y aspiré el polvoriento olor. Pero, en lugar de embriagarme y de reconfortarme, ello trastornó e hizo más confusos mis pensamientos.

Baucaire siguió con sus comentarios. Entonces, como si estuviese bajo los efectos de alguna droga sutil, mi espíritu se dispersó. Me pareció que la voz de Baucaire se alejaba de mí. Pronto se me hizo lejana, pero atrozmente persuasiva. 

Baucaire me decía que volviera a casa, que reposara, que me olvidara de toda aquella historia de Delfina, que yo favorecía demasiado vehemente mis alucinaciones, cuyo efecto a la larga podía ser dañino y llevarme lejos, que muchos cerebros privilegiados, habiéndose arriesgado en aquel juego, habían acabado en la locura total, y oí cómo Baucaire mencionaba el nombre de un poeta que yo veneraba...

Me encontré acostado en mi cama, incapaz del menor movimiento, alma y miembros como apresados por un resistente hilo negro. ¿De qué forma había podido yo regresar a casa? Fui incapaz de acordarme de ello. Me parecía que había cesado momentáneamente de vivir, con mi cuerpo girando durante horas enteras, insensible a una nada vertiginosa.

Entonces me esforcé en acordarme de una mano dulce, la única que podía haberme guiado a través de aquel vacío total. Una débil mano tibia que me hacía falta absolutamente...

Fui aquella clase de enfermo sin mal aparente, postrado en una inquietante languidez cuya causa todos ignoraban. Pero, aunque inmóvil, representaba en crueles pesadillas un papel activo y desesperante que creía realmente vivir.

Llamaba a Delfina, pero ella nunca llegaba a unirse a mí... Trataba de huir de Baucaire, pero él no quería dejarme... Luego los veía a los dos juntos, cogiéndose por el brazo o por el talle, riéndose de la comedia que hacían: ella, ocultándose de mí, y él, pretendiendo que ella no existía...

En ciertos momentos unos obreros entraban en mi habitación ruidosamente. A golpe de maza derribaban las paredes y descubrían secretas alcobas que desconocía. Yo los alentaba, pues sabía que en una de ellas se ocultaba Delfina, momificada por ellos, viva aún para mí. Derribaban alcoba tras alcoba, penetraban tan al fondo de la casa que oía sus ruidos multiplicarse como bajo la bóveda de un túnel infinito. Y aquellos sonidos no eran otra cosa que las sordas palpitaciones de mi corazón...

Me agoté en vano, volvía una y otra vez a caer sobre mi cama, donde me contraía sobre mi cuerpo. Olía su olor muerto. Reagrupé tenazmente mis fuerzas; conseguí levantar mis párpados... Pero siempre era para volver a ver a Baucaire enseñándome sus vestidos vacíos, emanando el aliento mohoso de los años. Baucaire se convertía en esfinge de mármol; incapaz de la menor palabra de aliento, precisamente él que me había irónicamente planteado el enigma de Delfina...

Cuando pensaba que ya no volvería a escucharla, me llegaba el dulce murmullo de unos ligeros pies desnudos caminando. Era ella... Veía revolotear su falda, ligera. Su corsé se hinchaba. Pero no tenía ni brazos ni piernas ni cabeza... Era una Delfina vacía que Baucaire, sarcástico, agitaba delante de mi mirada desencantada... 

Traté rápidamente de taparme los oídos con el fin de que su risa torturante, que yo presentía cercana, no me llegase. Pero ya estaba dentro de mi cabeza y allí explotaba con tanta más fuerza que, para impedir que huyera, cerré la boca para que nadie creyera que era mía.

O bien, Delfina se ponía de pie delante de mí, tendiéndome sus brazos. No era posible cualquier duda, era realmente ella, más bonita que nunca, plena de vida, ardiente, deseable... Me levanté de prisa y, en el momento en que iba a alcanzarla, Baucaire, disfrazado de Arlequín, me rechazaba para demostrarme que solo era un frágil maniquí de cartón pintado, vulnerable al menor choque. 

Y luego me recordaba que estábamos en la época del Carnaval... Que había que festejarlo dignamente porque, sin mascarada, la vida no era posible. Me aplicaba a la fuerza sobre el rostro una máscara tan grotesca que la pobre Delfina de cartón huía inmediatamente, asustada...

Luego yo era aquel dichoso prometido impaciente, esperando a Delfina al pie del altar de la iglesia de Saint-Merri. Como tardaba en llegar, salía a la calle para ver si la divisaba. Entonces veía una multitud de gentes. Me acercaba a ver qué era aquello y sorprendía a Baucaire esforzándose en vender en subasta pública, a mis hilarantes invitados, el vestido de Delfina. 

Yo me indignaba, y mis amigos, enfadados, me abandonaban, dejándome solo con Baucaire, el cual decía al sacerdote que su presencia se debía a que yo había cambiado de opinión y ya no me casaba: ya no quería desposarme con Delfina, ya no la amaba... En tono protector, me consolaba dándome grandes golpes en la espalda. La sangre me subía a la cabeza, y lloraba yo sangre...

Sin cesar, él se marchaba golpeando la puerta. Pero yo sabía que no había abandonado la cabecera de mi cama y que, siempre allí, se reía de mi calvario...

Pasé una semana con esta locura interior que me pareció durar una noche pero que, para mis afligidos parientes, pareció un año entero. Luego todo se calló en mí. Volviendo a la realidad, la hallé peor aún, pues estaba vacía de Delfina...

¡Delfina, tan dulce, tan incapaz de la menor maldad, me había hecho conocer sin quererlo todas las penas humanas!

No pudiendo soportar esta desgarrante soledad, volví a casa de Baucaire y, a pesar del riesgo de nuevas explicaciones capaces de aumentar más aún mi desesperación, me alegré de verlo. Al igual que el insecto sin defensa acude a la llama de la que debería huir pero que le fascina irresistiblemente, los trastornadores propósitos de aquel hombre me cegaban y me atraían al brasero de un vivo tormento.

Me recibió con diligencia y, con una sonrisa, me hizo pasar a su despacho. Una vez allí, me indicó un sillón. Adivinando en él la tenacidad de un verdugo seguro de su papel, tomé asiento dócilmente como si lo hiciera en una silla de tortura. Baucaire se sentó enfrente de mí, detrás de su mesa de trabajo y me dijo con una voz pausada de misterio: «He trabajado para usted...» Pero yo entendí: «...contra usted». 

Y, mostrándome unos papeles amontonados al alcance de su mano, añadió como si estuviera presentándome a alguien: «Delfina...» Su énfasis tenía una seguridad de procurador poseedor de una requisitoria inobjetable. No me había equivocado: Baucaire empezaba ya a cortarme en carne viva. Me fue tan insoportable que, bajando la cabeza como bajo el tormento de un dolor, me creí aún sometido a los efectos de mi anterior pesadilla.

Me dijo que mi caso era mucho más apasionante de lo que había pensado al principio. La sinceridad de mi comportamiento, y los detalles que yo había dado, concordaban con indiscutibles documentos: coincidencias y fechas, todo se compaginaba perfectamente. 

Empecé a parlotear, apoyado en una sólida erudición. Lo escuché, debilitado por un amor lentamente dispersado por dudas nocivas que, avanzando dentro de mí, habían llegado a hacerme dudar entre rechazar o admitir sus afirmaciones. 

Baucaire se sentía tan a gusto en su papel de hombre competente que no pensó ni por un instante que enfrente de él temblaba una esperanza que otras palabras habrían podido, sin grandes concesiones, salvar de una vez por todas... Evocó las extraordinarias posibilidades de la clarividencia. 

Aquellas características insospechadas que activan de repente la extrasensibilidad de la materia y permiten asombrosas percepciones visuales capaces de traspasar murallas y siglos... Y luego me describió el itinerario de Delfina con tal precisión que solo los dones que acababa de evocar podían habérselo dado a conocer a distancia... a menos que la hubiera seguido.

Baucaire me precisó los lugares, me indicó la duración y la importancia de los obstáculos que ella solo veía, deteniéndola primeramente a treinta metros de la rue de Maubée... luego diez metros después... y, sucesivamente, otras tres veces antes de llegar a la rue du Cloître-Saint-Merri... después en el ángulo norte de la iglesia... Después, Delfina se alejaba de las fachadas actuales de la rue Saint-Martin... En ese lugar ella aligeraba el paso... En otro sitio, por el contrario, lo disminuía...

Estupefacto, me creí de repente en presencia de un mago quitándose al fin la máscara.

Continuando sin la menor equivocación, llegó al quai de Gesvres y, con algunas palabras más violentas, me dijo el curso súbito que hacía Delfina hasta llegar al centro del pont Notre-Dame.

–De modo que –afirmó Baucaire– ella se detenía ocho veces antes de alcanzar el Sena... ¿Tengo razón?

Asentí con un apenas perceptible movimiento de cabeza. Aquella cifra era exacta.

–Créame –continuó Baucaire–, le hacía falta cierto valor para alcanzar el centro del puente. La más mínima duda y habría sido fatal para ella... Pero, tranquilícese, usted personalmente no tenía nada que temer...

Al oír aquellas palabras me levanté súbitamente y le supliqué que me dijera qué peligros amenazaban a Delfina en aquel lugar. Se lo imploré, dispuesto a creer cualquier mentira. Cogiendo un espeso papel amarillento, envuelto en tela y enrollado, lo extendió ante mis ojos con verdadero deleite. Era un viejo plano de París.

Entonces leí las fechas: 27, 28 y 29 de julio... Revolución... Vi aquellas calles cortadas por numerosas barricadas: adoquines y carretas obstruyendo las arterias parisienses afectas de una violenta crisis de euforia revolucionaria, generalizada hasta lo increíble... Baucaire deslizó lentamente su dedo sobre la rue Saint-Martin y señaló una por una las ocho barricadas que la obstruían, lo que explicaba la marcha temerosa de Delfina. 

Luego me indicó las cruces rojas, las cuales simbolizaban las algaradas de los ciudadanos armados amenazando la calzada entre estos obstáculos que la fraccionaban en múltiples pequeñas revoluciones locales. Y el dedo llegó al pont Notre-Dame, defendido por un cañón realista que, situado a la entrada de la rue Saint-Martin, en poder de los insurrectos, había lanzado su metralla de muerte y cuyo soplo, sobre el plano, estaba marcado con una larga raya de lápiz púrpura... Triunfador sin modestia, Baucaire marcó un silencio para dejar caminar entre nosotros el galope de aquella mortandad... Por un instante me pareció oír el galopar de la Muerte.

–Esta pieza de artillería –continuó Baucaire– disparaba contra todo lo que se movía, y sus servidores no querían en modo alguno a las jóvenes ciudadanas que lograban distraer su atención y alcanzaban el centro del puente, donde, al abrigo de la inmensa pompa entonces construida y adosada a él, se ocultaban unos ciudadanos que los amenazaban por la retaguardia... En fin, y para nuestro agrado y la lógica de vuestra historia de amor, pongamos que en aquella época su heroína ha sido a menudo olvidada por su destino o, si lo prefiere, abandonada entre la vida y la muerte. Todo es posible dentro de lo imposible y nuestra imaginación está aquí para facilitar la credibilidad de todas las fantasías que podrían venirnos a la mente. Añadamos solamente, puesto que aquí tenemos las pruebas, que esta Delfina ha conseguido siempre pasar desapercibida en todos sus recorridos, salvando la vida gracias a sus vestidos de aspecto sombrío...

Y bruscamente, Baucaire me tendió un grabado de la época.

–Y ahora –me dijo–, puesto que usted es el único que la ha visto, quizá podría decirme si la reconoce...

No pude contener una violenta exclamación. ¡Eran las formas, la silueta de Delfina! Como estaba dibujada de espalda, no pude ver su rostro, pero lo recreé en un instante.

–Hace algunos años –continuó Baucaire, persuasivo– usted vio la reproducción de este grabado en un libro de Historia, lo mismo que la de este plano asombroso. Tanto la una como la otra os impresionaron, y luego se olvidó de ellas. Pero aquellas imágenes permanecieron en su inconsciente. Un cambio de situación y de ambiente las ha reanimado, proyectándolas desde su espíritu a la vida corriente, haciéndole un incauto de sí mismo...

Trastornado, ya no le escuchaba. Veía netamente a Delfina perseguida por los sublevados. Su noche estriada por unas balas ariscas que buscaban su presa. Comprendí al fin sus temores ante aquella despiadada matanza, y comprendí que, de nosotros dos, el solitario era yo... 

Volví a pensar en las palabras de Baucaire: «Ella solo salvó su vida gracias a estos vestidos sombríos...» Entonces, violentamente, carne de mi carne, raíz en mí, sentí a Delfina dentro de mí como jamás la sintiera. Ella continuaba viviendo y aquel Satán de Baucaire había estado a punto de que yo la abandonara justo en el momento en que mi traidor regalo la hacía peligrar haciéndola vulnerable a otros peligros mucho más reales que aquellos que él acababa de sugerirme. Conseguí deshacerme de la nociva hipnosis en la que Baucaire se deleitaba encerrándome y salí corriendo para ir a salvar a la pobre Delfina en peligro.

Yo sabía que no había soñado a Delfina; no se recibe un amor tan grande de la nada... La nada no puede dar más que nada, y, además, la forma aguda que adoptaba repentinamente mi tormento me confirmaba su real existencia. En cuanto al peligro que ella corría, mi angustia me lo sugería cercano y actuante. 

Volví a subir a disgusto, llegando hasta la rue Maubée. La noche se ajustaba a su caos de piedras hundidas. Con el corazón oprimido, recorrí los restos de aquella calle, pero comprendí amargamente que Delfina no volvería nunca más a aquel lugar... que yo debía buscarla en otro sitio.

Me aparté de aquella desolación en que se había convertido la rue Maubée, en otros tiempos abra de Delfina, y descendí por la rue Saint-Martin escrutando al pasar los menores recovecos. La noche se endurecía a medida que yo avanzaba. Me tropezaba con ella sin comprender que ya la impotencia me frenaba de ese modo. 

Tenso, me estremecí sin cesar ante la imprecisa pero tenaz llamada de Delfina, y, al mismo tiempo, me hallaba acribillado hasta en mi alma por las disimuladas amenazas que corrían, paralelas a mi búsqueda, e iban, ellas también, a su encuentro. Busqué en vano el fanal de seda que la dirigía hacia un destino que yo sentía implacable, y yo quería sacrificarme para salvar a Delfina, con el fin de que ella pudiera vivir en este mundo las dulzuras de la inocencia. 

Pero, pensando en la idea de que mi muerte, ofrecida por su vida, la haría para siempre desgraciada, unas lágrimas acudieron a mis ojos que solo calmó el pensamiento de que nosotros podríamos quizá tener la suerte de morir juntos.

Cada vez más angustiado, atravesé varias veces el pont Notre-Dame, vacío. Subí hasta el estrechamiento de la vieja rue Saint-Martin, también vacía. Y, como la ciudad permanecía silenciosa, padecí todas las torturas de la desesperación.

De repente, la apercibí...

...Distinguí allí a Delfina, dirigiéndose hacia el Sena, que acababa yo de abandonar... Ella salía de la oscuridad que servía de fachada a la plaza de Saint-Jacques. Era ella, no tenía la menor duda... La reconocí en primer lugar por aquel color vivo que yo había deseado imprudentemente para ella, y que se había convertido en la única tonalidad que mi mirada era capaz de detectar; y, además, por el grito que surgió de mi boca y que se perdió en la noche hostil.

Me lancé rápidamente hacia ella, pero, a pesar de mi certeza de poder al fin unirme a su persona, mi alegría fue incapaz de centellear y tuve la atroz impresión de no entrever más que lo inaccesible... No me engañaba. Pronto, en lugar de hacerme avanzar, mis esfuerzos me detuvieron. Martirizado, impotente, vi a Delfina acercarse al muelle. Corrió hacia el centro del puente donde por primera vez habíamos dejado agitarse juntas y por ellas mismas las chispas de nuestro amor. 

Aligeré mi paso, pero ella se resistía... Delfina era visible, hasta el extremo que solo se veía a ella, confiada en aquella noche que ya no la protegía más. Forcé mis piernas a detenerse, pero estas se oponían. Allá, Delfina era el blanco de todas las amenazas... Corrí inmediatamente hacia ella sin poder alcanzarla con el fin de poner mi cuerpo ante el suyo y protegerla eficazmente. 

Con todas mis fuerzas, le grité que huyera rápidamente de aquel lugar que yo sabía nefasto para ella. Grité más aún, como si pudiera realmente oírme mejor, y la sentía tan presente, pensando por su parte intensamente en mí, que creía alcanzarla con mis inútiles llamadas, multiplicadas a riesgo de alertar y de provocar la fatalidad. Ni siquiera me di cuenta de que entre nosotros existía su infranqueable silencio.

¿Me oía ella? Deteniéndose a la entrada del puente, se volvió en mi dirección y se inmovilizó, espantosamente vulnerable... En una fría y agresiva pesadilla, me pareció que mis pies y mis piernas penetraban en una capa de barro que, cómplice del destino de Delfina, se espesaba, reteniéndome allí como a designio, lejos de ella... Lloré sobre unas palabras de amor que yo murmuraba con tanto ardor que tuve la sensación de que ella me las cogía tiernamente, una a una, en sus labios...

Fui sacado de mi desesperación por unos repentinos ruidos de motor. No lejos de Delfina dos vehículos se cruzaron. Hubo algo así como unas salvas... Fui alcanzado inmediatamente en pleno pecho, y aquella raíz viva de carne que yo sabía que era la de Delfina, se enganchó más violentamente en mí, como si la forzaran a abandonarme y ella se negase. Luego me fue arrancada... lentamente arrancada... En su lugar se hizo un vacío que se llenó de sombríos dolores. Anonadado, me hundí en el barro que me retenía en aquel sitio. No había ningún barro...

Cuando, algunos instantes después, me levanté, el silencio estaba de nuevo allí, Delfina, aquella mancha en el suelo...

Al verla así, quedé libre del barro. Reemprendí mi camino. Llegado al puente, tropecé con unos hombres ajenos a nuestro drama. Inflexibles, no quisieron dejarme que me acercara a Delfina, inanimada y tan cercana.

Le pegué a uno de ellos. Me sujetaron y, a pesar del desorden en el que se encontraba mi mente, pude enterarme de que una joven transeúnte acababa de ser matada por una bala perdida.

Pusieron sobre unas angarillas aquel débil y joven cuerpo de mujer, envuelto en mi vestido rojo. Con las sacudidas que le daban mientras la transportaban, sus pies desnudos se balanceaban...

Uno no sabe - Mónica Lavín

Uno no sabe que un día se irá a la cama y, cuando despierte, papá pondrá los cereales en la mesa, nervioso y sin haberse rasurado; las hermanas hablarán en voz baja y nadie dirá que mamá no está. 
Uno se irá a la escuela pensando que la verá al volver, pero será Trini quien abra la puerta del departamento, sirva la sopa de fideo y rezongue porque, de ese día en adelante, le toca disponer como si fuera la señora de la casa.
Uno piensa que alguien lanzará algo —un quejido, una pregunta, un plato— porque una madre no puede irse así. En vez de eso, las hermanas acarician la cabeza de uno, y papá llega por la noche a preguntar sobre la escuela y el fútbol con impostado interés. 
Sentado al borde de la cama, no se fija que uno no se lavó los dientes y parece que va a comenzar a explicar algo, pero los ojos se extravían entre las repisas con coches de juguete y suelta un «buenas noches» apresurado.
Uno no sabe que el silencio será la explicación, que todos andarán como si la voz de la madre ausente fuera humo, como si los domingos siempre hubieran sido cuatro a la mesa, como si vendieran los calcetines con hoyos y fuese normal que Trini lo llevara al doctor en un taxi. 
Y uno irá a la escuela con los ojos como platos, con el asombro pegando las pestañas a los párpados porque nadie se ha atrevido a llorar, a patear las puertas, porque el único cambio visible son las fotos removidas.
Sólo en el buró del padre está una en blanco y negro donde se miran los dos alegres, sentados en una banca. Vestigios de su madre en el cuarto que poco frecuenta uno, porque más vale no naufragar en el tamaño de la cama, en la doble almohada ni tras las puertas del clóset. 
Uno ni siquiera sabe si allí todavía cuelgan sus vestidos porque las hermanas se han encargado de echar llave, y son ellas las que van a los festivales de la escuela, firman las calificaciones, hablan con las maestras. 
El padre, callado, pasea por la casa como telón de fondo; uno supone que es la única forma posible de aceptar que no hubiera un beso de despedida.
Uno crece y se acostumbra a Trini malhumorada, a las hermanas a oscuras con los novios en la sala, a las reuniones con los abuelos, a las leves alusiones a ciertos rasgos de la madre repetidos en los hijos, como el paso de una franela que recoge el polvo de los muebles. 
 
Uno aprende a no visitar a la abuela Nona porque sólo habla de papá y su cerrazón, y porque las hermanas disgustadas no resisten que busque razones para la orfandad de sus nietos. Uno no quiere estar en casas ajenas que le recuerden a una madre de rasgos borrados.
Pasan los años y uno empieza a mirar las piernas de las mujeres, a imaginarse besándolas y acariciándolas; uno da todo por rodear una cintura apretada y aspirar un aliento dulce. Uno las besa y las abraza en la penumbra del cine y se masturba pensando en ellas, y cuando comienza a desear más allá de su cuerpo, su presencia y su ternura, uno se va sin despedida.
Por eso uno se puede ir un día sin dar explicaciones. Ha pescado una conversación furtiva entre el padre y la cuñada: alguien la vio en Nueva York, es mesera en una cafetería de la Segunda Avenida. Uno piensa que un destino así está lleno de grasa de frituras. Y el coraje se atiza. Uno tiene veintiún años y trabaja en el despacho de un tío abogado mientras estudia; ha juntado el dinero para pasar un mes en esa ciudad. Así que le dice a su padre que hará un viaje y no le indica cuándo ni a dónde.
Un día toma el avión y se sube ligero. Cafeterías en esa avenida tan larga hay muchas; descarta los restaurantes chinos, las pizzerías, los bares, pero aún queda un gran número de posibilidades. Alquila un cuarto de hotel de medio pelo en la Treinta y Dos y la Octava. Planea recorrer las dos aceras de la Segunda desde el *Lower East Side* hasta el *Spanish Harlem*. Está seguro de que acertará. Tiene el día entero para hacerlo, el dinero para consumir tés, refrescos y donas, porque no basta mirar desde la calle: hay que sentarse adentro. Debe reconocerla trece años después del recuerdo que tiene de su cara, que ya no será la de la foto del buró de su padre.
Uno anda en tenis y chaqueta gruesa porque a fines de abril puede sorprender la lluvia menuda o la nieve; uno no habla con nadie y no cuesta trabajo. Pasan dos semanas y ha mirado tras el vaho de los ventanales grasosos de las cafeterías donde las meseras lo llaman *dear*, y también entre la vajilla blanca y delicada de las cafeterías de los hoteles. Uno ha entrado por la mañana y por la tarde al mismo lugar porque quién sabe qué turno le toque a una mesera en una ciudad que nunca para. Antes de salir del hotel, marca el croquis y, como quien va al hipódromo, lanza sus apuestas: volver al Ruby’s, recorrer de la Cuarenta a la Sesenta. Navega entre el cálculo y la corazonada.
Por eso a las tres semanas, sin que su esperanza haya flaqueado, sin amasar resentimiento por las noches, cuando entra a la cafetería de la esquina de Madison y la Noventa y ocho —mientras dobla el croquis y lo guarda en el bolsillo— sabe que la ha encontrado. Uno la ha visto colocar los platos en la mesa de junto, inclinar el cuerpo en uniforme beige, y es la manera de recoger los platos lo que la delató. La súbita remisión a la mesa del comedor. Pensó que sería la mirada, o el cuello largo, o tal vez la nariz afilada lo que le permitiría reconocerla, no aquella postura alguna vez doméstica, hoy gaje del oficio. La quiere observar así, a distancia, pero ella advierte que un cliente aguarda. Uno se parapeta mirando la carta. Sabe que pronto escuchará su voz. Espía sus piernas y sus zapatos bajos de suela de hule.
—*Good morning, are you ready to order?* —le pregunta en un inglés extranjero.
Uno la mira porque está desconcertado, porque la quiere contemplar como una foto: el pelo pintado de rubio cenizo, la nariz afilada, una sonrisa a la fuerza. Insiste con otra pregunta: *What are we up to this morning?* Uno no sabe qué hacer cuando su madre le habla en inglés al mismo tiempo que vierte un café recalentado en la taza mustia. Antes de que se aleje dispuesta a atender otra mesa, porque el cliente no ha resuelto, ordena unos *hot cakes* por retenerla. Uno advierte que todos la llaman, que ella sirve y que le dejan monedas sobre la mesa. Uno no sabe qué hacer ante una madre que no despliega ninguna deferencia con ese cliente, pedazo suyo, al que no mira con más ahínco que al obrero de junto o a las señoras de la mesa de más atrás.
Cuando le trae los *hot cakes* humeantes, el *thank you* de él delata su extranjería.
—¿Visitando? —pregunta ella.
—Buscando trabajo —dice uno cortante mientras unta con lajas de mantequilla los *hot cakes*.
Observa cómo el calor las vuelve líquido. Se esmera en cercenar los redondeles hasta conseguir rebanadas homogéneas. Uno no sabe qué sigue. Las mastica y las traga con dificultad, ansioso por salir cuanto antes de aquella cafetería. Hace señas a su madre:
—La cuenta.
La mesera, acostumbrada a las prisas, deja la cuenta junto al plato enmielado.
Uno sale a caminar desorientado. Va a la esquina y retrocede, cruza la acera, echa a andar por cualquier calle. Se topa con el croquis de la ciudad en el bolsillo, lo arruga allí dentro y en el primer basurero lo tira. Uno vuelve por la mañana. ¿Cómo desperdiciar el precioso hallazgo? La noche le ha dado claridad. Pero uno no cuenta con que ese día ella descansa, porque no la ve en el restaurante. Se acerca una mesera negra. Uno pregunta por Olivia. Es su nombre, si no se lo ha cambiado. Le responde que mañana estará allí de nuevo. Un día parece un racimo de años, la suma de todos desde que Trini sirvió los fideos y comieron los tres hermanos solos. La rabia crece mientras el bolsillo mengua. No hay tiempo que perder.
Al día siguiente regresa y la descubre desde los ventanales que dan a la calle. Se detiene un rato para mirar el pelo recogido y la nariz afilada. Se sienta en la misma mesa y Olivia —su nombre está escrito en el gafete plastificado— le pregunta con una sonrisa si quiere otra vez *hot cakes*.
—Te busqué ayer, Olivia.
Para qué andarse con rodeos.
—Descansé. ¿Encontraste trabajo?
—De eso quiero hablar, podrías tomarte una copa conmigo en la noche.
Olivia titubea mientras acomoda el mantel de papel y vierte el café en la taza.
—No me gusta el café —dice uno.
Ella sigue llenando la taza.
—A las cinco, en el Mayfair, dos calles abajo —contesta Olivia.
—¿Cuánto es? —se levanta uno.
—Pero si no has ordenado.
—No importa.
Deja un dólar en la mesa y se va. Desde la caída de la tarde, uno bebe en la barra del Mayfair. Olivia se acerca erguida; con los zapatos de tacón luce más alta. Lleva un saco largo azul marino, el pelo suelto, le cae el fleco en la frente.
—Nunca he tomado una copa con alguien tan joven.
—Ni yo con una mesera en Nueva York —responde uno—. ¿Eres mexicana?
—¿Se nota? ¿Y tú?
—De El Salvador, pero estudié en México —miente.
Les sirven vodka tonics y uno quiere hablar lo menos posible. Evita saber de su vida, pero Olivia le cuenta que se enamoró de un hombre y por él dejó todo en México. Uno no pregunta qué pasó después, aunque percibe que ella desearía contar el desenlace. Pero ella sigue diciendo que dejó todo por nada y él, por ahogarle la voz, le acaricia las piernas. Ella guarda silencio. Uno deja las manos sobre los muslos resguardados por la falda de lana para cerciorarse de que es capaz de estar cerca de la piel de esa mujer.
Ella no habla y lo mira. Uno no resiste los ojos familiares. Aprieta el vaso por no estrellarlo contra el suelo. Pide otra copa para los dos e intuye que ella hace una concesión al aceptar. Salen sin que medie conversación alguna; la lleva deprisa y de la mano por la calle, la siente ligera como una cosa pequeña. Recuerda otros cuerpos cercanos y atolondra el sentimiento.
Apenas entran en la habitación, uno le quita el saco azul y la tumba boca arriba; el pelo se desparrama sobre el blanco percudido de la sábana. Uno se desabotona el pantalón veloz; Olivia se baja las medias y la pantaleta, ansiosa. Uno entra en ella sin dificultad. Observa su cara congestionada, los ojos cerrados que uno agradece. Entonces piensa que ha entrado por el mismo conducto que se distendió para que él naciera. Uno siente una lujuriosa repulsión y olvida las palabras a verter. Se tira exhausto sobre su pecho; Olivia se desliza hacia arriba buscando los cigarros que están en su bolsa sobre el buró. La cabeza de uno ha quedado sobre esos muslos desnudos, muy cerca del pubis. Uno no quiere mirarla, uno no quiere dejar el regazo caliente. Olivia le acaricia la cabeza con una mano mientras se lleva el cigarro a la boca con la otra.
—Espero que sea habitación de fumar —se ríe.
Uno sigue allí con los párpados apretados, con el silencio de la verdad aterido en su garganta, en su sexo vencido.
—Tú también tienes la nariz afilada —dice Olivia con ternura—. ¿Estás bien?
Uno no atina a clavar la puntilla: no dice «Olivia Sansores, soy tu hijo». Esconde la nariz afilada, la aplasta inútilmente contra la pierna de mujer. Uno se queda dormido, abrazándose a sí mismo, y amanece solo. Entonces persigue el olor de su madre sobre la almohada y encuentra la colilla en el cenicero. Uno se baña para volver por *hot cakes*. Localiza una mesa vacía que Olivia atienda. Cuando ella lo descubre, se acerca a servirle café.
—Te dije que no me gusta el café —obstruye la taza con la mano—. ¿Por qué te fuiste?
—No iba a esperar a que en la mañana confirmaras mis cuarenta y nueve años.
Uno come *hot cakes* atropelladamente y deja todo el dinero que le queda sobre la mesa. Esa noche toma el avión de regreso. Desde la ventanilla observa la retícula iluminada de la ciudad que queda atrás; después, el perfil de su nariz reflejado en el vidrio. Uno sólo sabe que es mejor partir sin despedirse.  

Un caballero para Merytha - Roger Zelazny

Al cruzar el paso, Dilvish oyó el chillido de una mujer.

El grito reverberó en los alrededores y se apagó. Luego quedó únicamente el sonido de los cascos de acero en el camino. Dilvish se detuvo y atisbó en el crepúsculo.

—Black, ¿de dónde ha salido ese grito? —preguntó.

—No sé la dirección —replicó el caballo de acero a cuyos lomos cabalgaba Dilvish—. En estas montañas, los ruidos parecen provenir de todas partes.

Dilvish volvió la cabeza y observó la senda que había seguido. Mucho más abajo, en la llanura, el ejército maldito había establecido su campamento. Dilvish, que dormía muy poco, se había adelantado para explorar el camino de las montañas. La última vez que había pasado por allí, en dirección a Rahoring-hast, era de noche y apenas había visto la senda.

Los ojos de Black brillaron tenuemente.

—La oscuridad aumenta —dijo—, y es inútil continuar. El camino apenas puede verse a partir de este punto. Quizá fuera mejor regresar al campamento para escuchar viejos relatos de tus deudos sobre épocas más jóvenes de la tierra.

—Muy bien... —dijo Dilvish; y mientras pronunciaba estas palabras, oyó de nuevo el chillido.

—¡Por ahí! —dijo, señalando hacia la izquierda—. ¡El grito procede de ahí, senda arriba!

—Sí —dijo Black—, estamos muy cerca de las fronteras de Rahoringhast, por lo que una situación como esta es más sospechosa incluso que en condiciones normales. Te aconsejo que no prestes atención a ese grito.

—Una mujer que chilla en la montaña y por la noche... ¿y no responder? ¡Vamos, Black! Eso viola las leyes de mi raza. ¡Adelante!

Black emitió un sonido como el grito de caza de un gran pájaro y se lanzó hacia adelante. Al otro lado del paso salió de la senda y subió una empinada ladera. En lo alto había el parpadeo de una luz.

—Es un castillo —dijo Black—, y hay una mujer en las almenas, vestida de blanco.

Dilvish contempló el lugar. Las nubes se separaron y la luna vertió luz sobre el edificio. Enorme, y en algunos puntos decadente, la construcción casi parecía formar parte de la montaña. Oscura, aparte de la tenue luz que brotaba por la abierta puerta del patio interior. Vieja...

Llegaron a los muros del castillo y Dilvish gritó:

—¡Señora! ¿Habéis gritado vos?

La mujer miró hacia abajo.

—¡Sí! —dijo—. ¡Oh, sí, buen viajero! ¡He sido yo!

—¿Qué os inquieta, señora?

—He gritado porque os oí pasar. Hay un dragón en el patio... y temo por mi vida.

—¿Habéis dicho «dragón»?

—Sí, buen caballero. Bajó del cielo hace cuatro días y ha hecho del patio su nuevo hogar. Estoy prisionera a causa de ello. No puedo pasar por ahí...

—Veré qué puede hacerse al respecto —dijo Dilvish. Sacó la espada invisible.

—Oh, buen caballero...

—¡Cruza la puerta, Black!

—No me gusta esto —murmuró Black mientras entraba ruidosamente en el patio.

Dilvish miró alrededor. Una antorcha llameaba en un rincón del patio. Las sombras danzaban por todas partes. Por lo demás, no había nada.

—No veo dragón alguno —dijo Black.

—Y yo no huelo el almizcle de los reptiles.

—¡Aquí, dragón! —dijo Black—. ¡Aquí, dragón! ¡Sal, dragón!

Dieron la vuelta al patio y observaron las arcadas.

—Ningún dragón —observó Black.

—No. Una pena. Debes despedirte del placer.

Al pasar junto al último arco, la mujer gritó en el interior:

—Al parecer se ha ido, buen caballero.

Dilvish envainó la espada de Selar y desmontó. Black se convirtió en una estatua de acero mientras su jinete se aproximaba resueltamente al corredor. Allí estaba la mujer, y Dilvish sonrió e hizo una reverencia.

—Vuestro dragón parece haber huido —observó. Y luego la miró.

Tenía el cabello negro y suelto, y le caía muy por debajo de los hombros. Era alta, y sus ojos eran del color del humo de leña. Danzaban rubíes en los lóbulos de sus orejas, su barbilla era fina y la mantenía erguida. Su cuello tenía el color de la leche, y Dilvish lo recorrió con la mirada hasta las inclinaciones donde los pechos se adaptaban al apretado corpiño.

—Eso parece —repuso ella—. Me llamo Merytha.

—Y yo Dilvish.

—Sois un valiente, Dilvish... enfrentarse a un dragón con las manos vacías...

—Tal vez —dijo él—. Puesto que el dragón se ha ido ya...

—Volverá para buscarme, me temo —replicó la mujer—, ya que soy la última persona que hay en estos muros.

—¿Sola aquí? ¿En qué situación os halláis?

—Mis parientes regresarán mañana. Han hecho un largo viaje. Os lo ruego, atended a vuestro caballo y cenad en mi compañía, porque estoy sola y tengo miedo —se lamió los labios formando una sonrisa.

—Perfectamente —contestó Dilvish, y volvió al patio. Puso la mano en el cuello de Black y notó que este se movía—. Black, no todo es normal en este lugar —afirmó—, y quiero averiguar más detalles. Cenaré con la dama.

—Cuidado —musitó Black— con lo que comes y bebes. No me gusta este lugar.

—Mi buen Black —dijo Dilvish, y volvió con Merytha al corredor.

Ella había cogido una antorcha encendida en alguna parte y se la dio.

—Mis habitaciones están al principio de las escaleras —dijo.

Dilvish la siguió en la penumbra. Había telarañas en los rincones y polvo en un amplio tapiz que describía una gran batalla. Dilvish creyó oír la precipitada fuga de las ratas en la maleza, y un tenue olor a seca putrefacción llegó a sus ventanas nasales.

Llegaron a un rellano y Merytha abrió de par en par la puerta que estaba ante los dos. La sala estaba iluminada por numerosas velas. Estaba aseada, era cálida, y un aroma de sándalo flotaba en el ambiente. Había oscuras pieles de animal en el suelo y un magnífico tapiz colgado en la pared. Dos rendijas en las ventanas dejaban entrar la brisa nocturna y permitían atisbar las estrellas, y había un estrecho umbral que conducía a la almena en la que Merytha había gritado.

Dilvish entró en la sala, y al hacerlo vio que en el rincón de la izquierda había un nicho con un hogar y dos troncos ardiendo sin llama. La cena estaba dispuesta en una mesa, delante del hogar. La verdura aún humeaba junto a la carne, y el pan tenía una apariencia fresca y blanda. Dilvish vio también una transparente jarra de vino. 

En otro rincón de la habitación había una enorme cama endoselada, con largas colgaduras de trencilla dorada en los pilares, seda color naranja muy tirante en el punto donde estaba vuelto el cubrecama y una hilera de almohadones del mismo color en la cabecera.

—Sentaos y refrescaos, Dilvish —dijo Merytha.

—¿Cenaréis conmigo?

—Ya he cenado.

Dilvish probó un trozo de carne. No tenía objeción alguna. Sorbió vino. Era fuerte y seco.

—Muy bueno —dijo—. ¿Cómo ha podido prepararse esta cena y continuar caliente?

Ella sonrió.

—Yo la preparé, quizá previendo esto. ¿No os quitaréis el cinto de la espada en mi mesa?

—Sí —replicó Dilvish—. Disculpadme.

Y soltó la hebilla y puso el cinto junto a él.

—No lleváis espada en la funda. ¿Por qué?

—La mía se rompió en batalla.

—A pesar de todo debisteis ganar el combate, o de lo contrario no estaríais aquí.

—Vencí —dijo Dilvish.

—Os tengo por un bravo guerrero, señor.

Dilvish sonrió.

—La dama me hará perder la cabeza con esta charla.

Merytha se echó a reír.

—¿Puedo tocar música para vos?

—Eso sería muy agradable.

Merytha cogió un instrumento de cuerda distinto a todos los que había visto Dilvish. Se puso a tocarlo para acompañarse:

Caen algunas gotitas de lluvia

y el viento sopla esta noche, mi amor;

rogué que vinieras a verme,

para aliviar mi dolor.

Ahora deseo que el viento no cese nunca,

ni los relámpagos en el temporal,

porque has venido al anochecer

en carne y sangre terrenal.

Por favor quédate en la amena noche,

verdes botas en tus pies,

oh caballero que no lleva espada,

para con dulces besos cerrar mis ojos después.

Desearé que el viento no cese nunca,

ni los relámpagos en el temporal,

que puedas quedarte tras el anochecer,

en carne y sangre terrenal.

Rogué que vinieras a verme

cuando la luz del día menguaba,

para abrazarme mientras caían gotitas de lluvia

y el viento de la noche soplaba.

Dilvish siguió comiendo y bebiendo vino, observando a la mujer mientras tocaba. Los dedos de ella apenas tocaban las cuerdas y su voz era suave y clara.

—Encantador —dijo Dilvish.

—Gracias, Dilvish. —Y Merytha le cantó otra tonada.

Dilvish terminó de cenar y continuó sorbiendo vino hasta que no hubo más esperándole en la jarra. Merytha dejó de cantar y puso a un lado el instrumento.

—Temo estar sola aquí —dijo— hasta que vuelvan mis parientes. ¿Querréis quedaros conmigo esta noche?

—Solo hay una respuesta que yo soy capaz de dar.

Merytha se levantó y se acercó junto a él, y le tocó la mejilla con las puntas de los dedos. Dilvish sonrió y le tocó la barbilla.

—Sois en parte de la raza elfa —dijo ella.

—Cierto, lo soy.

—Dilvish, Dilvish, Dilvish... —dijo ella—. El nombre me parece familiar... ¡Sí! Tenéis el mismo nombre que el héroe de La balada de Portaroy.

—Cierto.

—Una canción muy bonita. Quizás os la cante —dijo Merytha—. Más tarde.

—No —repuso Dilvish—, no es una de mis favoritas.

Después acercó la cara de la mujer a la suya y la besó en los labios.

—El fuego se está apagando.

—Sí —dijo él.

—La habitación se enfriará.

—Cierto.

—Pues quitaos vuestras botas verdes, porque es agradable verlas pero serán un engorro en la cama.

Dilvish se quitó las botas, se levantó y cogió en brazos a Merytha.

—¿Cómo os hicisteis esos cortes en la mejilla?

—Mi rival me golpeó en la cabeza.

—Tal parecería que tuviera garras.

—Así era.

—¿Un animal?

—No.

—Besaré las heridas —dijo ella— para que no os piquen.

Los labios de Merytha se posaron en su mejilla. Dilvish la estrechó, y ella suspiró.

—Sois fuerte... —dijo.

Y el fuego estaba apagándose. Al cabo de un rato, se apagó.

¿Cuánto tiempo había dormido? Dilvish no lo sabía. Escuchó ruido de madera astillada, y una voz gritó en la noche. Dilvish sacudió la cabeza y contempló los abiertos ojos de Merytha. Sintió un extraño calor en su cuello. Lo tocó y su mano se mojó. Dilvish sacudió de nuevo la cabeza.

—Por favor, no te enojes —dijo Merytha—. Recuerda que te he alimentado, que te he dado placer...

—Vampira... —musitó Dilvish.

—No tomaría tu sangre vital, Dilvish. Solo un sorbo, un sorbo era lo único que necesitaba.

Hubo otro golpe en la puerta, similar al de un ariete. Dilvish se incorporó poco a poco y se agarró la cabeza con ambas manos.

—Vaya sorbo —dijo—. Creo que hay alguien en la puerta.

—Es mi esposo —replicó ella—, lord Morin.

—¿Eh? No creo que hayamos sido presentados...

—Pensé que él dormiría esta noche, como tantas otras noches pasadas. Se alimentó bien hace una semana y quedó saciado. Pero es igual que el tigre de los mares. Tu sangre le llama.

—Mi posición me parece un poco embarazosa, Merytha —observó Dilvish—. Huésped de un caballero vampiro al que acabo de hacer cornudo... No sé qué se dice en estas ocasiones.

—No hay nada que decir —replicó ella—. Le odio. Él me convirtió en lo que soy. Lo único que lamento es que haya despertado. Pretende matarte.

Dilvish se frotó los ojos y buscó sus botas.

—¿Qué harás, Dilvish?

—Disculparme y defenderme.

Tres nuevos golpes aflojaron las bisagras de la puerta.

—¡Déjame entrar, Merytha! —dijo una profunda voz desde fuera.

—Ojalá le mates y te quedes conmigo.

—Vampira —dijo Dilvish.

—Ojalá fueras mi señor —repuso ella—. Sería buena contigo. Lamento que él haya despertado... No quiero que mueras. ¡Oh, mátale por mí! ¡Quédate aquí y ámame! Habrías podido acuchillarlo si no se hubiera despertado... No soy una de esas que quieren tu sangre en los relatos. ¡Es buena, tan buena tu sangre! ¡Y caliente! La saboreo... ¡Oh, mátale! ¡Ámame!

La puerta se derrumbó, y en la penumbra Dilvish vio una silueta en un rincón. Dos ojos amarillos parpadeaban encima de una barba en forma de espada, y el resto de la cara era oscuridad. Morin era tan alto como Dilvish y tenía una espalda enorme. Llevaba un hacha corta en la mano derecha.

Dilvish le lanzó la jarra del vino y una silla. La jarra no alcanzó su objetivo, y el hacha partió la silla. Dilvish desenvainó la espada de Selar y se puso en guardia. Morin se precipitó hacia él y chilló cuando la punta de la invisible espada entró en su hombro.

—¿Qué magia es esta? —gritó, cogiendo el hacha con la mano izquierda.

—Mis excusas, buen caballero —dijo Dilvish— por abusar de la hospitalidad en vuestra casa. Desconocía que la dama estaba casada.

Morin gruñó y blandió el hacha. Dilvish retrocedió y le hizo una herida en el brazo izquierdo.

—Mi sangre no podéis tenerla —afirmó—. Pero repito mis excusas.

—¡Necio! —chilló Morin.

Dilvish paró otro golpe de hacha. Hacia el este, el cielo empezaba a iluminarse. Merytha lloraba en silencio. Morin se abalanzó sobre él y le apretó el brazo al costado. Dilvish lo cogió por la muñeca y ambos lucharon. Morin bajó el hacha y golpeó en la cara a Dilvish. Este cayó de espaldas y se golpeó la cabeza en la pared. Mientras el otro se lanzaba hacia él, Dilvish levantó la punta de la espada.

Morin lanzó un grito y se derrumbó, agarrándose el estómago con las manos. Dilvish arrancó la espada y contempló al hombre que jadeaba.

—No sabéis lo que habéis hecho —dijo Morin.

Merytha corrió hacia su esposo, y este la apartó de un empujón.

—¡Sacádmela de encima! —dijo—. ¡No consintáis que beba mi sangre!

—¿Qué pretendéis decir?

—No sabía quién era ella cuando la desposé —repuso Morin—. Y cuando lo supe, seguí amándola a pesar de todo. Hacerle daño no era propio de mí. Mis siervos me abandonaron y mi castillo se deterioró, pero yo no podía hacer lo que había que hacer. 

En vez de eso, he sido el carcelero de ella. Os perdono, Botas Elfas, porque ella os ha engañado. Yo estaba narcotizado... Parecéis un hombre fuerte, habéis demostrado serlo... Espero que tengáis la fuerza suficiente para hacerlo.

Dilvish apartó los ojos de la escena y miró a Merytha, que estaba con la espalda apoyada en un pilar de la cama.

—Me has mentido —dijo—. ¡Vampira!

—Lo has conseguido —replicó ella—. ¡Le has matado! ¡Mi carcelero ha muerto!

—Sí.

—¿Te quedarás conmigo ahora?

—No —dijo Dilvish.

—Debes hacerlo —contestó ella—. Te deseo.

—Eso —dijo Dilvish— lo creo.

—No, no de esa forma. No, deseo que seas mi señor. Toda mi vida he deseado un hombre con tu fuerza y tus extraños ojos —dijo ella—, «en carne y sangre terrenal». ¿No he sido buena contigo?

—He matado a este hombre por tu culpa. Ojalá no lo hubiera hecho.

Merytha se protegió los ojos.

—¡Por favor, quédate! —exclamó—. Mi vida estaría vacía si tú no... Debo retirarme enseguida a un lugar oscuro y silencioso. ¡Por favor! —Estaba respirando con dificultad—. Por favor, dime que estarás aquí cuando despierte la próxima noche.

Dilvish meneó la cabeza, lentamente. La habitación iba iluminándose. Los claros ojos de Merytha se abrieron mucho bajo su protectora mano.

—¿No pretenderás —dijo—, no pretenderás hacerme daño, verdad?

De nuevo Dilvish meneó la cabeza.

—Ya he hecho bastante daño esta noche. Debo irme, Merytha. Solo existe un remedio para tu estado, y yo no puedo administrártelo. Adiós.

—No te vayas —dijo ella—. Cantaré para ti. Prepararé magníficas comidas. Te amaré. Solo deseo un sorbito, de vez en cuando...

—Vampira —dijo él.

Oyó los pasos de Merytha, que iba detrás de él por la escalera. Un día gris amanecía cuando Dilvish salió al patio y apoyó la mano en el cuello de Black. Escuchó el jadeo de ella al montar.

—No te vayas... —dijo Merytha—. Te amo.

El sol salía cuando Dilvish avanzó hacia las abiertas puertas. Oyó el chillido de ella. No volvió la cabeza.