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Un caballero para Merytha - Roger Zelazny

Al cruzar el paso, Dilvish oyó el chillido de una mujer.

El grito reverberó en los alrededores y se apagó. Luego quedó únicamente el sonido de los cascos de acero en el camino. Dilvish se detuvo y atisbó en el crepúsculo.

—Black, ¿de dónde ha salido ese grito? —preguntó.

—No sé la dirección —replicó el caballo de acero a cuyos lomos cabalgaba Dilvish—. En estas montañas, los ruidos parecen provenir de todas partes.

Dilvish volvió la cabeza y observó la senda que había seguido. Mucho más abajo, en la llanura, el ejército maldito había establecido su campamento. Dilvish, que dormía muy poco, se había adelantado para explorar el camino de las montañas. La última vez que había pasado por allí, en dirección a Rahoring-hast, era de noche y apenas había visto la senda.

Los ojos de Black brillaron tenuemente.

—La oscuridad aumenta —dijo—, y es inútil continuar. El camino apenas puede verse a partir de este punto. Quizá fuera mejor regresar al campamento para escuchar viejos relatos de tus deudos sobre épocas más jóvenes de la tierra.

—Muy bien... —dijo Dilvish; y mientras pronunciaba estas palabras, oyó de nuevo el chillido.

—¡Por ahí! —dijo, señalando hacia la izquierda—. ¡El grito procede de ahí, senda arriba!

—Sí —dijo Black—, estamos muy cerca de las fronteras de Rahoringhast, por lo que una situación como esta es más sospechosa incluso que en condiciones normales. Te aconsejo que no prestes atención a ese grito.

—Una mujer que chilla en la montaña y por la noche... ¿y no responder? ¡Vamos, Black! Eso viola las leyes de mi raza. ¡Adelante!

Black emitió un sonido como el grito de caza de un gran pájaro y se lanzó hacia adelante. Al otro lado del paso salió de la senda y subió una empinada ladera. En lo alto había el parpadeo de una luz.

—Es un castillo —dijo Black—, y hay una mujer en las almenas, vestida de blanco.

Dilvish contempló el lugar. Las nubes se separaron y la luna vertió luz sobre el edificio. Enorme, y en algunos puntos decadente, la construcción casi parecía formar parte de la montaña. Oscura, aparte de la tenue luz que brotaba por la abierta puerta del patio interior. Vieja...

Llegaron a los muros del castillo y Dilvish gritó:

—¡Señora! ¿Habéis gritado vos?

La mujer miró hacia abajo.

—¡Sí! —dijo—. ¡Oh, sí, buen viajero! ¡He sido yo!

—¿Qué os inquieta, señora?

—He gritado porque os oí pasar. Hay un dragón en el patio... y temo por mi vida.

—¿Habéis dicho «dragón»?

—Sí, buen caballero. Bajó del cielo hace cuatro días y ha hecho del patio su nuevo hogar. Estoy prisionera a causa de ello. No puedo pasar por ahí...

—Veré qué puede hacerse al respecto —dijo Dilvish. Sacó la espada invisible.

—Oh, buen caballero...

—¡Cruza la puerta, Black!

—No me gusta esto —murmuró Black mientras entraba ruidosamente en el patio.

Dilvish miró alrededor. Una antorcha llameaba en un rincón del patio. Las sombras danzaban por todas partes. Por lo demás, no había nada.

—No veo dragón alguno —dijo Black.

—Y yo no huelo el almizcle de los reptiles.

—¡Aquí, dragón! —dijo Black—. ¡Aquí, dragón! ¡Sal, dragón!

Dieron la vuelta al patio y observaron las arcadas.

—Ningún dragón —observó Black.

—No. Una pena. Debes despedirte del placer.

Al pasar junto al último arco, la mujer gritó en el interior:

—Al parecer se ha ido, buen caballero.

Dilvish envainó la espada de Selar y desmontó. Black se convirtió en una estatua de acero mientras su jinete se aproximaba resueltamente al corredor. Allí estaba la mujer, y Dilvish sonrió e hizo una reverencia.

—Vuestro dragón parece haber huido —observó. Y luego la miró.

Tenía el cabello negro y suelto, y le caía muy por debajo de los hombros. Era alta, y sus ojos eran del color del humo de leña. Danzaban rubíes en los lóbulos de sus orejas, su barbilla era fina y la mantenía erguida. Su cuello tenía el color de la leche, y Dilvish lo recorrió con la mirada hasta las inclinaciones donde los pechos se adaptaban al apretado corpiño.

—Eso parece —repuso ella—. Me llamo Merytha.

—Y yo Dilvish.

—Sois un valiente, Dilvish... enfrentarse a un dragón con las manos vacías...

—Tal vez —dijo él—. Puesto que el dragón se ha ido ya...

—Volverá para buscarme, me temo —replicó la mujer—, ya que soy la última persona que hay en estos muros.

—¿Sola aquí? ¿En qué situación os halláis?

—Mis parientes regresarán mañana. Han hecho un largo viaje. Os lo ruego, atended a vuestro caballo y cenad en mi compañía, porque estoy sola y tengo miedo —se lamió los labios formando una sonrisa.

—Perfectamente —contestó Dilvish, y volvió al patio. Puso la mano en el cuello de Black y notó que este se movía—. Black, no todo es normal en este lugar —afirmó—, y quiero averiguar más detalles. Cenaré con la dama.

—Cuidado —musitó Black— con lo que comes y bebes. No me gusta este lugar.

—Mi buen Black —dijo Dilvish, y volvió con Merytha al corredor.

Ella había cogido una antorcha encendida en alguna parte y se la dio.

—Mis habitaciones están al principio de las escaleras —dijo.

Dilvish la siguió en la penumbra. Había telarañas en los rincones y polvo en un amplio tapiz que describía una gran batalla. Dilvish creyó oír la precipitada fuga de las ratas en la maleza, y un tenue olor a seca putrefacción llegó a sus ventanas nasales.

Llegaron a un rellano y Merytha abrió de par en par la puerta que estaba ante los dos. La sala estaba iluminada por numerosas velas. Estaba aseada, era cálida, y un aroma de sándalo flotaba en el ambiente. Había oscuras pieles de animal en el suelo y un magnífico tapiz colgado en la pared. Dos rendijas en las ventanas dejaban entrar la brisa nocturna y permitían atisbar las estrellas, y había un estrecho umbral que conducía a la almena en la que Merytha había gritado.

Dilvish entró en la sala, y al hacerlo vio que en el rincón de la izquierda había un nicho con un hogar y dos troncos ardiendo sin llama. La cena estaba dispuesta en una mesa, delante del hogar. La verdura aún humeaba junto a la carne, y el pan tenía una apariencia fresca y blanda. Dilvish vio también una transparente jarra de vino. 

En otro rincón de la habitación había una enorme cama endoselada, con largas colgaduras de trencilla dorada en los pilares, seda color naranja muy tirante en el punto donde estaba vuelto el cubrecama y una hilera de almohadones del mismo color en la cabecera.

—Sentaos y refrescaos, Dilvish —dijo Merytha.

—¿Cenaréis conmigo?

—Ya he cenado.

Dilvish probó un trozo de carne. No tenía objeción alguna. Sorbió vino. Era fuerte y seco.

—Muy bueno —dijo—. ¿Cómo ha podido prepararse esta cena y continuar caliente?

Ella sonrió.

—Yo la preparé, quizá previendo esto. ¿No os quitaréis el cinto de la espada en mi mesa?

—Sí —replicó Dilvish—. Disculpadme.

Y soltó la hebilla y puso el cinto junto a él.

—No lleváis espada en la funda. ¿Por qué?

—La mía se rompió en batalla.

—A pesar de todo debisteis ganar el combate, o de lo contrario no estaríais aquí.

—Vencí —dijo Dilvish.

—Os tengo por un bravo guerrero, señor.

Dilvish sonrió.

—La dama me hará perder la cabeza con esta charla.

Merytha se echó a reír.

—¿Puedo tocar música para vos?

—Eso sería muy agradable.

Merytha cogió un instrumento de cuerda distinto a todos los que había visto Dilvish. Se puso a tocarlo para acompañarse:

Caen algunas gotitas de lluvia

y el viento sopla esta noche, mi amor;

rogué que vinieras a verme,

para aliviar mi dolor.

Ahora deseo que el viento no cese nunca,

ni los relámpagos en el temporal,

porque has venido al anochecer

en carne y sangre terrenal.

Por favor quédate en la amena noche,

verdes botas en tus pies,

oh caballero que no lleva espada,

para con dulces besos cerrar mis ojos después.

Desearé que el viento no cese nunca,

ni los relámpagos en el temporal,

que puedas quedarte tras el anochecer,

en carne y sangre terrenal.

Rogué que vinieras a verme

cuando la luz del día menguaba,

para abrazarme mientras caían gotitas de lluvia

y el viento de la noche soplaba.

Dilvish siguió comiendo y bebiendo vino, observando a la mujer mientras tocaba. Los dedos de ella apenas tocaban las cuerdas y su voz era suave y clara.

—Encantador —dijo Dilvish.

—Gracias, Dilvish. —Y Merytha le cantó otra tonada.

Dilvish terminó de cenar y continuó sorbiendo vino hasta que no hubo más esperándole en la jarra. Merytha dejó de cantar y puso a un lado el instrumento.

—Temo estar sola aquí —dijo— hasta que vuelvan mis parientes. ¿Querréis quedaros conmigo esta noche?

—Solo hay una respuesta que yo soy capaz de dar.

Merytha se levantó y se acercó junto a él, y le tocó la mejilla con las puntas de los dedos. Dilvish sonrió y le tocó la barbilla.

—Sois en parte de la raza elfa —dijo ella.

—Cierto, lo soy.

—Dilvish, Dilvish, Dilvish... —dijo ella—. El nombre me parece familiar... ¡Sí! Tenéis el mismo nombre que el héroe de La balada de Portaroy.

—Cierto.

—Una canción muy bonita. Quizás os la cante —dijo Merytha—. Más tarde.

—No —repuso Dilvish—, no es una de mis favoritas.

Después acercó la cara de la mujer a la suya y la besó en los labios.

—El fuego se está apagando.

—Sí —dijo él.

—La habitación se enfriará.

—Cierto.

—Pues quitaos vuestras botas verdes, porque es agradable verlas pero serán un engorro en la cama.

Dilvish se quitó las botas, se levantó y cogió en brazos a Merytha.

—¿Cómo os hicisteis esos cortes en la mejilla?

—Mi rival me golpeó en la cabeza.

—Tal parecería que tuviera garras.

—Así era.

—¿Un animal?

—No.

—Besaré las heridas —dijo ella— para que no os piquen.

Los labios de Merytha se posaron en su mejilla. Dilvish la estrechó, y ella suspiró.

—Sois fuerte... —dijo.

Y el fuego estaba apagándose. Al cabo de un rato, se apagó.

¿Cuánto tiempo había dormido? Dilvish no lo sabía. Escuchó ruido de madera astillada, y una voz gritó en la noche. Dilvish sacudió la cabeza y contempló los abiertos ojos de Merytha. Sintió un extraño calor en su cuello. Lo tocó y su mano se mojó. Dilvish sacudió de nuevo la cabeza.

—Por favor, no te enojes —dijo Merytha—. Recuerda que te he alimentado, que te he dado placer...

—Vampira... —musitó Dilvish.

—No tomaría tu sangre vital, Dilvish. Solo un sorbo, un sorbo era lo único que necesitaba.

Hubo otro golpe en la puerta, similar al de un ariete. Dilvish se incorporó poco a poco y se agarró la cabeza con ambas manos.

—Vaya sorbo —dijo—. Creo que hay alguien en la puerta.

—Es mi esposo —replicó ella—, lord Morin.

—¿Eh? No creo que hayamos sido presentados...

—Pensé que él dormiría esta noche, como tantas otras noches pasadas. Se alimentó bien hace una semana y quedó saciado. Pero es igual que el tigre de los mares. Tu sangre le llama.

—Mi posición me parece un poco embarazosa, Merytha —observó Dilvish—. Huésped de un caballero vampiro al que acabo de hacer cornudo... No sé qué se dice en estas ocasiones.

—No hay nada que decir —replicó ella—. Le odio. Él me convirtió en lo que soy. Lo único que lamento es que haya despertado. Pretende matarte.

Dilvish se frotó los ojos y buscó sus botas.

—¿Qué harás, Dilvish?

—Disculparme y defenderme.

Tres nuevos golpes aflojaron las bisagras de la puerta.

—¡Déjame entrar, Merytha! —dijo una profunda voz desde fuera.

—Ojalá le mates y te quedes conmigo.

—Vampira —dijo Dilvish.

—Ojalá fueras mi señor —repuso ella—. Sería buena contigo. Lamento que él haya despertado... No quiero que mueras. ¡Oh, mátale por mí! ¡Quédate aquí y ámame! Habrías podido acuchillarlo si no se hubiera despertado... No soy una de esas que quieren tu sangre en los relatos. ¡Es buena, tan buena tu sangre! ¡Y caliente! La saboreo... ¡Oh, mátale! ¡Ámame!

La puerta se derrumbó, y en la penumbra Dilvish vio una silueta en un rincón. Dos ojos amarillos parpadeaban encima de una barba en forma de espada, y el resto de la cara era oscuridad. Morin era tan alto como Dilvish y tenía una espalda enorme. Llevaba un hacha corta en la mano derecha.

Dilvish le lanzó la jarra del vino y una silla. La jarra no alcanzó su objetivo, y el hacha partió la silla. Dilvish desenvainó la espada de Selar y se puso en guardia. Morin se precipitó hacia él y chilló cuando la punta de la invisible espada entró en su hombro.

—¿Qué magia es esta? —gritó, cogiendo el hacha con la mano izquierda.

—Mis excusas, buen caballero —dijo Dilvish— por abusar de la hospitalidad en vuestra casa. Desconocía que la dama estaba casada.

Morin gruñó y blandió el hacha. Dilvish retrocedió y le hizo una herida en el brazo izquierdo.

—Mi sangre no podéis tenerla —afirmó—. Pero repito mis excusas.

—¡Necio! —chilló Morin.

Dilvish paró otro golpe de hacha. Hacia el este, el cielo empezaba a iluminarse. Merytha lloraba en silencio. Morin se abalanzó sobre él y le apretó el brazo al costado. Dilvish lo cogió por la muñeca y ambos lucharon. Morin bajó el hacha y golpeó en la cara a Dilvish. Este cayó de espaldas y se golpeó la cabeza en la pared. Mientras el otro se lanzaba hacia él, Dilvish levantó la punta de la espada.

Morin lanzó un grito y se derrumbó, agarrándose el estómago con las manos. Dilvish arrancó la espada y contempló al hombre que jadeaba.

—No sabéis lo que habéis hecho —dijo Morin.

Merytha corrió hacia su esposo, y este la apartó de un empujón.

—¡Sacádmela de encima! —dijo—. ¡No consintáis que beba mi sangre!

—¿Qué pretendéis decir?

—No sabía quién era ella cuando la desposé —repuso Morin—. Y cuando lo supe, seguí amándola a pesar de todo. Hacerle daño no era propio de mí. Mis siervos me abandonaron y mi castillo se deterioró, pero yo no podía hacer lo que había que hacer. 

En vez de eso, he sido el carcelero de ella. Os perdono, Botas Elfas, porque ella os ha engañado. Yo estaba narcotizado... Parecéis un hombre fuerte, habéis demostrado serlo... Espero que tengáis la fuerza suficiente para hacerlo.

Dilvish apartó los ojos de la escena y miró a Merytha, que estaba con la espalda apoyada en un pilar de la cama.

—Me has mentido —dijo—. ¡Vampira!

—Lo has conseguido —replicó ella—. ¡Le has matado! ¡Mi carcelero ha muerto!

—Sí.

—¿Te quedarás conmigo ahora?

—No —dijo Dilvish.

—Debes hacerlo —contestó ella—. Te deseo.

—Eso —dijo Dilvish— lo creo.

—No, no de esa forma. No, deseo que seas mi señor. Toda mi vida he deseado un hombre con tu fuerza y tus extraños ojos —dijo ella—, «en carne y sangre terrenal». ¿No he sido buena contigo?

—He matado a este hombre por tu culpa. Ojalá no lo hubiera hecho.

Merytha se protegió los ojos.

—¡Por favor, quédate! —exclamó—. Mi vida estaría vacía si tú no... Debo retirarme enseguida a un lugar oscuro y silencioso. ¡Por favor! —Estaba respirando con dificultad—. Por favor, dime que estarás aquí cuando despierte la próxima noche.

Dilvish meneó la cabeza, lentamente. La habitación iba iluminándose. Los claros ojos de Merytha se abrieron mucho bajo su protectora mano.

—¿No pretenderás —dijo—, no pretenderás hacerme daño, verdad?

De nuevo Dilvish meneó la cabeza.

—Ya he hecho bastante daño esta noche. Debo irme, Merytha. Solo existe un remedio para tu estado, y yo no puedo administrártelo. Adiós.

—No te vayas —dijo ella—. Cantaré para ti. Prepararé magníficas comidas. Te amaré. Solo deseo un sorbito, de vez en cuando...

—Vampira —dijo él.

Oyó los pasos de Merytha, que iba detrás de él por la escalera. Un día gris amanecía cuando Dilvish salió al patio y apoyó la mano en el cuello de Black. Escuchó el jadeo de ella al montar.

—No te vayas... —dijo Merytha—. Te amo.

El sol salía cuando Dilvish avanzó hacia las abiertas puertas. Oyó el chillido de ella. No volvió la cabeza.

El Cascanueces y el rey de los ratones - E. T. A. Hoffmann (parte 4)

El cuento de la nuez dura

—La madre de Pirlipat era esposa de un rey, y, por tanto, una reina, y Pirlipat fue princesa desde el momento de nacer. El rey no cabía en sí de gozo con aquella hijita tan linda que dormía en la cuna; mostraba su alegría exteriormente cantando y bailando y dando saltos en un pie y gritando sin cesar: «¡Viva!... ¡Viva! ¿Ha visto nadie una cosa más linda que mi Pirlipatita?». 

Y los ministros, los generales, los presidentes, los oficiales de Estado Mayor, saltaban como el señor, en un pie, y decían: «No, nunca». Y hay que reconocer que en aquella ocasión no mentían, pues desde que el mundo es mundo no había nacido una criatura más hermosa que la princesa Pirlipat. 

Su rostro parecía amasado con pétalos de rosa y de azucena y copos de seda rosada; los ojitos semejaban azur vivo, y tenía unos bellísimos bucles, iguales que hilos de oro. Además, la princesita Pirlipat había traído al mundo dos filas de dientecillos perlinos, con los que, a las dos horas de nacer, mordió en un dedo al canciller del reino, que quiso comprobar si eran iguales, obligándole a gritar: «¡Oh! ¡Gemelos!», aunque algunos pretendían que lo que dijo fue: «¡Ay, ay!», sin que hasta ahora se hayan puesto de acuerdo unos y otros. 

En una palabra: la princesita Pirlipat mordió, efectivamente, al canciller en el dedo, y todo el encantado país tuvo pruebas de que el cuerpecillo de la princesa daba albergue al talento, al espíritu y al valor. Como ya hemos dicho, todo el mundo estaba contento menos la reina, que, sin que nadie supiese la causa, se mostraba recelosa e intranquila. 

Lo más chocante era que hacía vigilar con especial cuidado la cuna de la princesa. Aparte de que las puertas estaban guardadas por alabarderos, a las dos niñeras destinadas al servicio constante de la princesa, agregábanse otras seis que, noche tras noche, habían de permanecer en la habitación. 

Y lo que todos consideraban una locura, cuyo sentido nadie acertaba a explicarse, era que cada una de estas seis niñeras debía tener en el regazo un gato y pasarse la noche rascándole para que no se durmiese. Es imposible, hijos míos, que averigüéis por qué la madre de Pirlipat hacía estas cosas; pero yo lo sé y os lo voy a decir.

Una vez, se reunieron en la Corte del padre de Pirlipat una delegación de reyes y príncipes poderosos, y con tal motivo se celebraron torneos, comedias y bailes de gala. Queriendo el rey demostrar a sus huéspedes que no carecía de oro y plata, trató de hacer una incursión en el tesoro de la corona, preparando algo extraordinario. 

Advertido en secreto por el jefe de cocina de que el astrónomo de cámara había anunciado ya la época de la matanza, ordenó un banquete, se metió en su coche y se fue a invitar a reyes y príncipes, diciéndoles que deseaba fuesen a tomar una cucharada de sopa con él, con objeto de disfrutar de la sorpresa que habían de causarles los platos exquisitos. 

Luego dijo a su mujer: «Ya sabes lo que me gusta la matanza». La reina sabía perfectamente lo que aquello significaba, y que no era otra cosa sino que ella misma, como hiciera otras veces, se dedicase al arte de salchichera. 

El tesorero mayor mandó en seguida trasladar a la cocina la gran caldera de oro de cocer morcillas y las cacerolas de plata, haciendo preparar un gran fuego de leña de sándalo; la reina se puso su delantal de damasco y al poco tiempo salía humeante de la caldera el rico olor de la sopa de morcilla, que llegó hasta la sala del Consejo donde se encontraba el rey. 

Este, entusiasmado, no pudo contenerse y dijo a los ministros: «Con vuestro permiso, señores míos», y se fue a la cocina; abrazando a la reina, movió la sopa con el cetro y se volvió tranquilamente al salón.

Había llegado el momento preciso en que el tocino, cortado en cuadraditos y colocado en parrillas de plata, había de tostarse. Las damas de la Corte se marcharon, pues este menester quería hacerlo sólo la reina por amor y consideración a su augusto esposo. 

Cuando empezaba a tostarse el tocino, se oyó una vocecilla suave que decía: «Dame un poco de tocino, hermana; yo también quiero probarlo; también soy reina; dame un poquito». La reina sabía muy bien que quien así hablaba era la señora Ratona, que tenía su residencia en el palacio real de muchos años atrás. Pretendía estar emparentada con la real familia y ser reina de la línea de Mausoleo, y por eso tenía una gran corte debajo del fogón. 

La reina era bondadosa y caritativa; no reconocía a la señora Ratona como reina y hermana suya, pero le permitía de buena gana que participase de los festines; así es que dijo: «Venga, señora Ratona; ya sabe usted que siempre puede probar mi tocino». En efecto, la señora Ratona se acercó, y con sus patitas menudas fue tomando trozo por trozo los que le presentaba la reina. 

Pero luego salieron todos los compadres y las tías de la señora Ratona, y también sus siete hijos, todos muy traviesos, que se echaron sobre el tocino, sin que pudiera apartarlos del fogón la asustada reina. Por fortuna, se presentó la camarera mayor, que espantó a los importunos huéspedes, logrando así que quedase algo de tocino, el cual se repartió concienzudamente en presencia del matemático de cámara, tocando un pedacito a cada uno de los embutidos.

Sonaron trompetas y tambores; todos los potentados y príncipes se presentaron vestidos de gala; unos en blancos palafrenes, otros en coches de cristales, para tomar parte en el banquete. El rey los recibió con mucho agrado, y, como señor del país, se sentó en la cabecera de la mesa, con cetro y corona. 

Cuando se sirvieron las salchichas de hígado, se vio que el rey palidecía y levantaba los ojos al cielo, lanzando suspiros entrecortados, como si le acometiera un dolor profundo. Al probar las morcillas se echó hacia atrás en el sillón, se tapó la cara con las manos y comenzó a quejarse y a gemir sordamente. 

Todo el mundo se levantó de la mesa; el médico de cámara trató en vano de tomar el pulso al desgraciado rey, que lanzaba lamentos conmovedores. Al fin, después de muchas discusiones y de emplear remedios eficaces, tales como plumas de ave quemadas y otras cosas por el estilo, empezó el rey a dar señales de recobrarse un poco, y, casi ininteligibles, salieron de sus labios estas palabras: «¡Muy poco tocino!». 

La reina, desconsolada, se echó a sus pies, exclamando entre sollozos: «¡Oh, augusto y desgraciado esposo mío! ¡Qué dolor tan grande debe de ser el tuyo! ¡A tus pies tienes a la culpable!... ¡Castígala, castígala con dureza! ¡Ay!... La señora Ratona, con sus siete hijos y sus compadres y sus tías, se han comido el tocino y...». La reina se desmayó sin decir más. 

El rey se levantó de su asiento, lleno de ira, y dijo a gritos: «Camarera mayor, ¿cómo ha ocurrido eso?». La camarera mayor contó lo que sabía, y el rey decidió vengarse de la señora Ratona y de su familia, que le habían comido el tocino de sus embutidos.

Llamaron al consejero de Estado y se convino en formar proceso a la señora Ratona y encerrarla en sus dominios; pero como el rey pensaba que aun así seguirían comiéndosele el tocino, puso el asunto en manos del relojero y adivino de la Corte. 

Este personaje, que precisamente se llamaba igual que yo, Cristian Elías Drosselmeier, prometió al rey ahuyentar para siempre del palacio a la señora Ratona y a su familia valiéndose de un plan ingenioso. Inventó unas maquinitas al extremo de las cuales se ataba un pedazo de tocino asado, y Drosselmeier las colocó en los alrededores de la vivienda de la golosa. 

La señora Ratona era demasiado lista para no comprender la intención de Drosselmeier; pero de nada le valieron las advertencias y las reflexiones: atraídos por el agradable olor del tocino, los siete hijos de la señora Ratona y muchos parientes y compadres acudieron a las máquinas de Drosselmeier, y en el momento en que querían apoderarse del tocino quedaban presos en una jaula y eran transportados a la cocina, donde se los juzgaba ignominiosamente. 

La señora Ratona abandonó, con los pocos que quedaron de su familia, el lugar de la tragedia. La pena, la desesperación, la idea de venganza inundaban su alma. La Corte se alegró mucho; pero la reina se preocupaba, pues conocía a la señora Ratona y sabía que no dejaría impune la muerte de sus hijos y demás parientes. 

En efecto, un día que la reina preparaba un plato de bofes, que su augusto marido apreciaba mucho, apareció ante ella la señora Ratona y le dijo: «Mis hijos, mis tías..., toda mi parentela han sido asesinados; ten cuidado, señora, de que la reina de los ratones no muerda a tu princesita... Ten cuidado»

Y, sin decir otra palabra, desapareció y no se dejó ver más. La reina se llevó tal susto que dejó caer a la lumbre el plato de bofes, y, por segunda vez, la señora Ratona fue causa de que se estropease uno de los manjares favoritos del rey, por cuya razón se enfadó mucho. Pero basta por esta noche; otro día os contaré lo que queda.

A pesar de que María, que estaba pendiente del cuento, rogó al padrino Drosselmeier que lo terminase, no se dejó convencer, sino que, levantándose, dijo:

Demasiado de una vez no es sano; mañana os contaré el final.

Cuando el magistrado se disponía a salir, le preguntó Federico:

Padrino Drosselmeier, ¿es verdad que tú inventaste las ratoneras?

—¡Qué pregunta más estúpida! exclamó la madre.

Pero el magistrado sonrió de un modo extraño y respondió en voz baja:

—¿No soy un relojero hábil y no es natural que pueda haber inventado ratoneras?

 

Continuación del cuento de la nuez dura

Ya sabéis, hijos míos continuó el magistrado Drosselmeier a la noche siguiente, la razón por la que la reina hacía vigilar con tanto cuidado a la princesa Pirlipat. ¿No era de temer que la señora Ratona cumpliese su amenaza y matase de un mordisco a la princesita? 

Las máquinas de Drosselmeier no valían de nada para la astuta señora Ratona, y el astrónomo de cámara, que al tiempo era astrólogo, trató de averiguar si la familia del Morrongo estaba en condiciones de alejar de la cuna a la señora Ratona. 

Por ello, cada una de las niñeras recibió un individuo de dicha familia, que estaban destinados en la Corte como consejeros de Legación, obligándolas a tenerlos en el regazo y, mediante caricias apropiadas, hacerles más agradable su difícil servicio.

Una noche, a eso de las doce, una de las dos niñeras particulares, que permanecían junto a la cuna, cayó en un profundo sueño. Todo estaba como dormido; no se oía el menor ruido... Todo yacía en silencio de muerte, en el que se oía el roer del gusano de la madera. 

Figuraos cómo se quedaría la jefa de las niñeras cuando vio junto a sí un enorme y feísimo ratón que, sentado en las patas traseras, tenía la odiosa cabeza al lado de la de la princesa. Con un grito de espanto se levantó de un salto... Todos despertaron; pero en el mismo momento, la señora Ratona era ella la que estaba en la cuna de Pirlipat huyó rápidamente al rincón del cuarto. 

Los consejeros de Legación echaron a correr detrás de ella, pero... demasiado tarde. A través de una rendija del suelo desapareció. Pirlipat despertó con el susto, llorando lastimeramente. «¡Gracias a Dios! exclamaron las guardianas. ¡Vive!» Pero grande fue su terror cuando la miraron y vieron lo que había sido de la preciosa niña. 

En lugar de la cabecita angelical, de bucles dorados y mejillas blancas y sonrosadas, aparecía una cabezota informe, que coronaba un cuerpo encogido y pequeño; los ojos azules se habían convertido en verdes, saltones y mortecinos, y la boca le llegaba de oreja a oreja. La reina por poco se muere de desesperación, y hubo que almohadillar el despacho del rey porque se pasaba el día dándose con la cabeza en la pared y gritando con voz quejumbrosa: «¡Pobre de mí, rey desgraciado!»

Hubiera debido convencerse de que habría sido mejor comerse los embutidos sin tocino y dejar a la señora Ratona en paz con su familia debajo del fogón; pero esto no se le ocurría al padre de Pirlipat, sino que echó toda la culpa al relojero de cámara y adivino, Cristian Elías Drosselmeier de Nuremberg. 

En consecuencia, dictó una orden diciendo que concedía cuatro semanas a Drosselmeier para devolver a la princesa su primitivo estado, o por lo menos indicar un medio eficaz para conseguirlo, y en caso de no hacerlo así, al cabo de ese tiempo, sufriría la muerte más vergonzosa a manos del verdugo.

Drosselmeier se asustó mucho, a pesar de que confiaba en su arte y en su suerte, y procedió desde luego a obrar con arreglo a lo que creyó oportuno. Desarticuló por completo a la princesita Pirlipat, inspeccionó las manos y los pies y se fijó en la estructura interna, resultando de sus investigaciones que la princesa sería más monstruosa cuanto más creciera y sin hallar remedio para evitarlo. Volvió a articular a la princesa y se quedó preocupado junto a su cuna, de la que la pobre niña no habría de salir nunca. 

Llegó la cuarta semana; era ya miércoles, y el rey, que miraba irritadísimo al relojero, le dijo amenazador: «Cristian Elías Drosselmeier, si no curas a la princesa, morirás». Drosselmeier comenzó a llorar amargamente, mientras la princesa Pirlipat partía nueces muy satisfecha. Por primera vez, pensó el sabio en la extraordinaria afición de Pirlipat a las nueces y en las circunstancias de que hubiera nacido con dientes. 

Después de la transformación, la princesita gritó de un modo lamentable, hasta que, por casualidad, le dieron una nuez, que partió en seguida, comiéndose la pulpa y quedándose tranquila. Desde aquel momento las niñeras no hacían otra cosa que darle nueces. «¡Oh divino instinto de la Naturaleza, impenetrable simpatía de todos los seres! exclamó Cristian Elías Drosselmeier. Tú me indicas el camino para descubrir el secreto.» 

Pidió permiso para tener una conversación con el astrónomo de cámara y le condujeron a su presencia, custodiado por varios guardias. Ambos sabios se abrazaron con lágrimas en los ojos, pues eran grandes amigos; se retiraron luego a un gabinete apartado, y registraron muchos libros que trataban del instinto y de las simpatías y antipatías y de otras cosas ocultas. 

Se hizo de noche; el astrónomo de cámara miró a las estrellas y estableció el horóscopo de la princesa Pirlipat, con ayuda de Drosselmeier, que también entendía mucho de esto. Fue un trabajo muy rudo, pues las líneas se retorcían más y más; por fin..., ¡oh alegría!..., vieron claro que para desencantar a la princesa, haciéndole recobrar su primitiva hermosura, no tenían más que hacerle comer la nuez Kracatuk.

Esta nuez tenía una cáscara tan dura que podía gravitar sobre ella un cañón de cuarenta y ocho libras sin romperla. Debía partirla, en presencia de la princesa, un hombre que nunca se hubiese afeitado ni puesto botas, y con los ojos cerrados darle a comer la pulpa. Sólo después de haber andado siete pasos hacia atrás sin tropezar, podía el joven abrir los ojos. 

Tres días y tres noches trabajaron el astrónomo y Drosselmeier sin interrupción; estaba el rey sentado a la mesa al mediodía del sábado, cuando Drosselmeier, que debía ser decapitado el domingo muy de mañana, se presentó de repente lleno de alegría, anunciando el modo de devolver a la princesa Pirlipat la perdida hermosura. 

El rey lo abrazó entusiasmado, y le prometió una espada de diamantes, varias cruces y dos trajes de gala. «En cuanto acabe de comer dijo nos pondremos manos a la obra; cuide, señor sabio, de que el joven sin afeitar y sin zapatos esté a mano con la nuez Kracatuk, y procure que no beba vino, para que no tropiece al dar los siete pasos hacia atrás como un cangrejo; después puede emborracharse si quiere.» 

Drosselmeier quedó perplejo ante las palabras del rey, y temblando y vacilante, balbuceó que desde luego se había dado con el medio de desencantar a la princesa, que consistía en la nuez susodicha y en el mozo que la partiese, pero que aún quedaba el trabajo de buscarlos, pues había alguna duda de si se encontrarían la nuez y el partidor. 

Irritadísimo el rey, agitó en el aire el cetro y gritó con voz fiera: «En ello te va la cabeza». La suerte para el apurado Drosselmeier fue que el rey había comido muy a gusto y estaba de buen humor para escuchar las disculpas que la reina, compadecida de Drosselmeier, le expuso. Drosselmeier recobró un poco el ánimo y concluyó por decir que había cumplido su misión descubriendo el medio con que podía ser curada la princesa, y con ello creía haber salvado la cabeza. 

El rey repuso que eso era charlar sin sentido; pero al fin decidió, después de tomar un vasito de licor, que tanto el relojero como el astrónomo se pusiesen en camino, y no volviesen sin traer la nuez. El hombre capaz de partirla podía hallarse insertando un anuncio repetidas veces en los periódicos del reino y extranjeros y en las hojas anunciadoras. El magistrado suspendió el relato, prometiendo contar el resto al día siguiente.

Fin del cuento de la nuez dura

A la noche siguiente, en cuanto encendieron las luces, se presentó el padrino Drosselmeier y siguió contando:

Drosselmeier y el astrónomo estuvieron quince años de viaje sin dar con las huellas de la nuez Kracatuk. Podría estar contándoos cuatro semanas seguidas los sitios que recorrieron y las cosas raras que vieron; pero no lo haré ahora, y sólo os diré que Drosselmeier comenzó a sentir nostalgia de su ciudad natal, Nuremberg. 

Y tal nostalgia fue mayor que nunca, un día que, hallándose con su amigo en medio de un bosque en Asia, fumaba una pipa de tabaco. «¡Oh hermosa ciudad! quien no te haya visto nunca, aunque haya viajado mucho, aunque haya visitado Londres, París y San Petersburgo, no le ha saltado nunca el corazón y sentirá la nostalgia de ti, ¡oh Nuremberg, hermosa ciudad, que tiene tantas casas y ventanas bellas!» 

Cuando oyó lamentarse tanto a Drosselmeier, el astrónomo sintió gran compasión y comenzó a su vez a lanzar tales gemidos que se podían oír en toda Asia. Logró, sin embargo, rehacerse, se secó las lágrimas y preguntó a su compañero: «Querido colega, ¿por qué nos hemos sentado aquí a llorar? ¿Por qué no nos vamos a Nuremberg? Después de todo, lo mismo nos da buscar la fatal nuez en un sitio que en otro». «Es verdad», respondió Drosselmeier, consolado.

Los dos se pusieron en pie; sacudieron las pipas y se fueron derechos, desde el bosque del centro de Asia, a Nuremberg.

En cuanto llegaron allá, Drosselmeier fue a casa de su primo, el fabricante de muñecas, dorador y barnizador Cristóbal Zacarías Drosselmeier, a quien no veía hacía muchísimos años. Le contó toda la historia de la princesa Pirlipat, la señora Ratona y la nuez Kracatuk, lo cual le obligó a juntar las manos repetidas veces, en medio del mayor asombro, y decir al cabo: «¡Ay, primo, qué cosas tan extraordinarias me cuentas!»

Drosselmeier continuó relatando las peripecias de su largo viaje, de cómo había pasado dos años con el rey de las Palmeras, de cómo le despreció el príncipe de los Almendros, de cómo pidió inútilmente ayuda para sus investigaciones a las encinas; en una palabra, de cómo por todas partes fue encontrando dificultades, sin lograr dar con la menor huella de la nuez Kracatuk. 

Mientras duró el relato, Cristóbal Zacarías chasqueó los dedos varias veces, se levantó sobre un solo pie y murmuró: «Hum..., hum..., ¡ah!..., ¡ah! ¡Eso sería cosa del diablo!». Al fin, lanzó al aire la montera y la peluca, abrazó a su primo con entusiasmo y exclamó: «¡Primo, primo! Estás salvado; te digo que estás salvado; si no me engaño, tengo en mi poder la nuez Kracatuk». Y sacó una cajita, en la que guardaba una nuez dorada de tamaño mediano.

«Mira dijo enseñando la nuez a su primo, mira. La historia de esta nuez es la siguiente: Hace muchos años, en Navidad, vino un forastero con un saco lleno de nueces, que vendía baratas. Justamente delante de mi puerta empezó a reñir con el vendedor de nueces del pueblo, que le atacaba, molesto porque el otro vendiera su mercancía, y para defenderse mejor dejó el saco en el suelo. 

En el mismo momento, un carro muy cargado pasó por encima del saco, partiendo todas las nueces menos una, que el forastero, riendo de un modo extraño, me dijo que me vendía por una moneda de plata del año 1720. Sorprendente me pareció encontrar en mi bolsillo una moneda precisamente de aquel año; compré la nuez y la doré, sin saber a punto fijo por qué había pagado tan caro una simple nuez, y por qué la guardé luego con tanto cuidado.»

Las dudas que pudieran quedarles sobre la autenticidad de la nuez desaparecieron cuando el astrónomo miró detenidamente la cáscara y descubrió que en la costura estaba grabada en caracteres chinos la palabra Kracatuk. 

La alegría de los viajeros fue inmensa, y el primo se consideró el hombre más feliz de la tierra, pues Drosselmeier le aseguró que había hecho su suerte y que, además de una pensión fija, podría tener cuanto oro quisiese para dorar. El relojero y el astrónomo se pusieron los gorros de dormir y se iban a la cama, cuando el último, es decir, el astrónomo, dijo:  

«Apreciable colega: una alegría no viene nunca sola; yo creo que hemos encontrado, juntamente con la nuez Kracatuk, el joven que debe partirla para que la princesa recobre su hermosura. Me refiero al hijo de su primo de usted. No quiero dormir continuó—, sino que voy a leer el horóscopo del joven». Se quitó el gorro de dormir y se puso a hacer observaciones.

El hijo del primo era un muchacho fornido y simpático, que no se había afeitado todavía y nunca había usado botas. Siendo más joven, fue durante un par de Navidades un muñeco de guiñol, cosa que ya no se le notaba merced a los solícitos cuidados de su padre. 

En los días de Navidad usaba un traje rojo con muchos dorados, una espada, el sombrero debajo del brazo y una peluca muy rizada con redecilla. Así se lucía en la tienda de su padre, y por galantería partía nueces para las muchachas, por lo cual le llamaban el lindo Cascanueces.

A la mañana siguiente cogió el astrónomo al sabio por los cabezones y le dijo: «Es él..., ya lo tenemos..., lo hemos hallado. Sólo nos quedan dos cosas que prever: la primera es que yo creo se debe colocar al joven una trenza de madera unida a la mandíbula inferior, con objeto de sujetarla bien; y la segunda, que cuando lleguemos a la Corte debemos ocultar con sumo cuidado que llevamos con nosotros al joven que ha de partir la nuez Kracatuk. 

He leído en su horóscopo que cuando el rey vea que algunos se rompen los dientes tratando de partirla sin resultado, ofrecerá al que lo consiga, y con ello devolver la perdida hermosura a su hija, la mano de esta y los derechos de sucesión al trono»

El primo fabricante de muñecas se quedó encantado ante la perspectiva de que su hijo pudiese ser príncipe y heredero de un trono, y se confió en absoluto a los embajadores. La trenza que Drosselmeier colocó a su sobrino resultó muy bien; tanto, que mediante aquel refuerzo podía partir hasta los durísimos huesos de los melocotones.

En el momento en que Drosselmeier y el astrónomo anunciaron a la Corte el hallazgo de la nuez, se hicieron todos los preparativos necesarios, y en cuanto llegaron con el remedio para la perdida belleza, encontraron reunidos a una porción de jóvenes, entre los cuales figuraban bastantes príncipes que, confiando en sus fuertes dientes, trataban de desencantar a la princesa. 

Los embajadores se asustaron mucho cuando volvieron a ver a Pirlipat. El cuerpecillo, con sus manos y sus pies casi invisibles, apenas si podía sostener la enorme cabeza. La fealdad del rostro se veía aumentada aún más por una especie de barba de algodón que le habían puesto alrededor de la barbilla y de la boca. Todo ocurrió como estaba predicho en el horóscopo. 

Un barbilampiño tras otro, calzados con zapatos, fueron estropeándose los dientes y las mandíbulas con la nuez Kracatuk, sin conseguir nada práctico; y cuando eran retirados, casi sin sentido, por el dentista nombrado al efecto, decían suspirando: «¡Qué nuez tan dura!»

En el momento en que el rey, dolorido y triste, prometió al que desencantara a su hija la mano de la princesa y su reino, apareció el joven Drosselmeier de Nuremberg, que pidió le fuera permitido hacer la prueba. Ninguno como él había agradado a la princesa Pirlipat; así es que se colocó las manos sobre el corazón y suspirando profundamente dijo: «¡Ah, si fuera este el que partiera la nuez y se convirtiera en mi marido!».

Después que el joven Drosselmeier hubo saludado cortésmente al rey, a la reina y a la princesa Pirlipat, tomó de manos del maestro de ceremonias la nuez Kracatuk, se la metió sin más entre los dientes, apretó y..., ¡crac!, la cáscara se partió en cuatro. Limpió la pulpa de los fragmentos de cáscara que quedaban adheridos y, con una humilde reverencia, se la entregó a la princesa, cerrando inmediatamente los ojos y comenzando a andar hacia atrás. 

La princesa se comió en seguida la nuez y, ¡oh maravilla!, en el momento desapareció la horrible figura, dejando en su lugar la de una joven angelical, cuyo rostro parecía hecho de azucenas y rosas mezcladas con capullos de seda; los ojos, de un brillante azul; los cabellos, de oro puro. Las trompetas y los tambores mezclaron sus sonidos a los gritos de júbilo del pueblo. 

El rey y toda su Corte bailaron sobre un pie, como el día del nacimiento de Pirlipat, y la reina hubo de ser socorrida con agua de Colonia, porque perdió el sentido a causa de la alegría y la emoción. El gran barullo desconcertó un poco al joven Drosselmeier, que aún no había terminado sus siete pasos; logró dominarse, y echó el pie derecho para dar el paso séptimo; en el mismo instante, salió chillando la señora Ratona de una rendija del suelo, de modo que al dejar caer el pie el joven Drosselmeier la pisó, tropezando de tal manera que por poco se cae. 

¡Qué torpeza! Apenas puso el pie en el suelo, quedó tan deformado como antes lo estuviera la princesa Pirlipat. El cuerpo se le quedó encogido y apenas si podía sostener la enorme cabeza con ojos saltones y la boca monstruosa y abierta. En vez de la trenza, le colgaba a la espalda una capita que estaba unida a la mandíbula inferior. 

El relojero y el astrónomo estaban fuera de sí de miedo y de rabia, viendo con gusto que la señora Ratona yacía en el suelo cubierta de sangre. Su maldad no quedaría sin castigo, pues el joven Drosselmeier le dio en la cabeza con el tacón de su zapato, hiriéndola de muerte. 

Agonizando ya, se quejaba de un modo lastimero, diciendo: «¡Oh Kracatuk, nuez dura, causa de mi muerte! ¡Hi, hi, hi! Hermoso Cascanueces, también a ti te alcanzará la muerte. Mi hijito, el de las siete coronas, dará su merecido a Cascanueces y vengará en ti a su madre. Vive tan contento y tan colorado; me despido de ti en las ansias de la muerte». Y acabado de decir esto, murió la señora Ratona y fue sacada de la estufa real.

Nadie se había ocupado del pobre Drosselmeier; la princesa recordó al rey su promesa de darle por esposa al vencedor, y entonces se mandó llamar al joven héroe. Cuando se presentó el desgraciado en su nuevo aspecto, la princesa se cubrió el rostro con las manos, exclamando: «¡Fuera, fuera el asqueroso Cascanueces!»

El mayordomo mayor le cogió por los hombros y le echó fuera del salón. El rey se enfureció mucho al pensar que le habían querido dar por yerno a un Cascanueces; echó toda la culpa de lo ocurrido al relojero y al astrónomo, y los mandó desterrar del reino. Esta parte no figuraba en el horóscopo que el astrónomo leyera en Nuremberg; no por eso se abstuvo de observar las estrellas y le pareció leer en ellas que el joven Drosselmeier se portaría tan bien en su nueva situación que, a pesar de su grotesca figura, llegaría a ser príncipe y rey. 

Su deformidad no desaparecería hasta que cayese en su poder el hijo de la señora Ratona, que después de la muerte de los otros siete había nacido con siete cabezas y ahora era rey, y cuando una dama lo amase a pesar de su figura. Seguramente habrá podido verse al pobre Drosselmeier en Nuremberg, en Navidad, en la tienda de su padre, como cascanueces al mismo tiempo que como príncipe. Este es, queridos niños, el cuento de la nuez dura, y de aquí viene el que la gente, cuando encuentra difícil una cosa, suela decir: «¡Qué nuez tan dura!», y también el que los cascanueces sean tan feos.

Así terminó el magistrado su relato.

María sacó en consecuencia que la princesa Pirlipat era una niña muy cruel y desagradecida. Federico, por el contrario, era de la opinión de que si Cascanueces quería volver a ser un guapo mozo no debía andarse con contemplaciones respecto al rey de los ratones y así no tardaría en recobrar su primitiva figura.

(CONTINUARA...)