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Carne de cañón - Sergio Gaut Vel Hartman

Lo convocaron mediante un telegrama muy formal, pero él se sintió como si lo hubieran arrancado de la cama, desnudo y sin la dentadura postiza.

Lo concentraron, junto con un centenar de hombres como él, en una barraca maloliente; les dieron ropa adecuada, fusiles láser, algunas granadas y paquetes de tabletas alimenticias. «Al monte, no me importan sus achaques», les gritó el sargento; «esto es una guerra».

Una guerra en serio, se dijo; pero, ¿contra quién?

Le enseñaron a usar el arma. El fusil láser no era un arma especialmente sofisticada. No tenía nada que ver con las miniatómicas, las Beluga o la bomba de pánico. Era una forma desarrollada de las armas convencionales que pueden verse en el Museo de los Horrores. Pero de todos modos estaba preparado para matar.

Le dijeron que se había inventado una nueva clase de guerra porque sostener una guerra nuclear era impensable. «No somos imbéciles como los gobernantes del pasado», decían los carteles pegados en las paredes de las ciudades; firmado: El Gobierno. Finalmente lo habían comprendido. 

Una vez que
la espiral queda fuera de control y los conflictos regionales se transforman en globales... La cuarta realmente se pelearía con garrotes. Así que los bandos decidieron, de común acuerdo, como corresponde a la gente civilizada, usar los garrotes en la tercera. Nada de misiles, ojivas nucleares, submarinos y portaaviones atómicos, cazas supersónicos y bombarderos de gran autonomía de vuelo.

Lo entrenaron como infante. Fusil láser y bayoneta calada.

Una guerra no resulta creíble ni estimulante sin muertos, heridos y mutilados.

—¿Ésos son los soldados que se van a la guerra, mami?

—Sí, hijo. Enseguida va a pasar el abuelo. Vas a ver qué lindo le queda el uniforme.

Las tropas desfilan delante del palco de honor. El joven rey preside la solemne marcha del ejército que se dirige al frente. Los soldados tratan de conservar el paso bajo la lluvia de pétalos que arrojan las muchachas, pero a la mayoría le pesan más los años que la mochila.

—No está mal —dice el rey inclinándose hacia la ministra de guerra.

—Especialmente si se tiene en cuenta que los preparamos en una semana.

—Se los ve animosos —dice el canciller—. Hasta parecen haber superado los achaques propios de la edad.

—Será por la dosis masiva de provectal que les circula por las venas —dice el ideólogo del Orden Nuevo.

Termina de pasar el Cuerpo de Gerontes y le llega el turno a la Milicia de No Videntes. Los Zapadores Tullidos se impacientan en un rincón de la plaza, ansiosos por hacer correr las nuevas sillas blindadas.

Guerra de trincheras. Un fósil desenterrado de archivos de las cinematecas y cuidadosamente secado al sol explosivo del mediodía.

Ratas. Barro ácido, gomoso. Horas flacas y el uniforme pegado al cuerpo, como si todo formara parte de una tortura inventada por esos mocosos pacifistas.

Arriba, adelante, los fuegos artificiales estallando como en una fiesta municipal químicamente pura.

Lo empujaron a una trinchera sin darle explicaciones y lo pusieron bajo el mando de un sargento tan reumático como él mismo. Lo obligaron a convivir con un montón de viejos sucios y mezquinos; los que se han quedado solos para no tener que mantener a una mujer y ahora necesitan cortejar a la bruja desdentada para durar un día más.

Entabla una relación cordial, casi empática, con un ciego que ha perdido a su pelotón. El ciego es más sucio que una letrina, y malo y resentido, pero la guerra es la guerra y la soledad es peor.

—Tenemos que llegar a la colina antes del anochecer, carajo.

—Me da lo mismo. Estoy reventado. Ahora o dentro de un rato. Cuestión de tiempo, ¿no?

—No hables al pedo. La vida es hermosa. Lo digo yo, que me limito a manosearla desde hace medio siglo.

La metralla del enemigo los obliga a hundir la cara en el barro.

—¡Mierda y mierda! Si por lo menos dejara de caer esta jalea por un rato...

—No se va a secar. De todos modos no se va a secar. Te vas a morir vos, me voy a morir yo, y todavía no se va a secar.

Una explosión, hacia el este. Un grito largo, casi un aullido licantrópico que corta el campo al sesgo. Una voz de mando, quebrada, vacilante, demandando silencio sobre una herida abierta; una herida de bordes irregulares.

—¡Hijos de puta! ¡No aguanto más!

—«¡Mueran con honor ya que no pueden vivir con dignidad!» —diría nuestro amado rey.

—Esto es solo un ensayo. Cuando empiece la joda en serio ni siquiera te van a dejar morir. Una dosis de estopa, una costura de emergencia, una descarga eléctrica y otra vez al frente. Ellos encontraron la forma de no ensuciarse las uñas. Muy apropiado, justo lo que necesitábamos. Una guerra a los veinte, otra a los cien.

Un infierno de colores y sonidos se derrama sobre el campo de batalla. Un latido epileptoide recorre los sistemas nerviosos como si estuvieran interconectados. Orden de saltar fuera de las trincheras. Orden de matar a contrafuego enemigo. La tierra parece erizada de flores: calvos y canosos. Son como cardos y hongos avanzando a desgano por el tórrido paisaje, eludiendo los trazos blancos que escupen los fusiles láser del enemigo. 

Y
ellos, a su vez, replican arrancando jirones de carne podrida, brazos sarmentosos y vísceras gastadas. Están obnubilados por una idea lejana, ajena, y avanzan y avanzan y disparan y avanzan y mueren y siguen avanzando, abúlicos, reticentes. Están apagados, son absolutamente viejos.

Antes de caer la noche, casi sin notarlo, han ganado la colina y un collar de pozos y trincheras. Ahora tienen dónde arrojar los cuerpos que sienten como prestados para ahogarlos en barro y mugre.

—¿Hay muchos muertos? Me gustaría verlos.

—No te perdés nada. Son como quince. La puta que las parió a estas granadas: me parece que hay más cabezas que brazos.

—No se puede creer. Otro día sin que me toque el turno.

—Los pendejos del Gobierno, ¿sabrán las reglas de esta guerra? Yo no.

—¡Qué gusto de escarbar en la mierda, viejo! ¿Acaso no estamos ganando?

—Sí, a lo mejor estamos ganando. Parece que a ellos se les están terminando los viejos.

—¡Nos mandan a casa!

—No sé. Todos estos muertos son mogólicos y oligofrénicos.

John Uskglass y el Carbonero Cumbrio - Susanna Clarke

Hace muchos veranos, en el claro de un bosque de la región de Cumbria, vivía un carbonero. Era muy, muy pobre. Tenía la ropa hecha harapos, por lo general manchada de hollín, sucia. No tenía esposa ni hijos, y su única compañía era un cerdo pequeño llamado Blakeman. 
 
La mayor parte del tiempo lo pasaba en el claro, donde había dos cosas: una pila de ardiente carbón cubierta de tierra y una choza construida con palos y restos de turba. Pero a pesar de todo poseía un alma alegre, pues alegre había sido siempre, a menos que se obcecase por alguna razón.

Una espléndida mañana de verano un ciervo irrumpió a la carrera en el claro. Tras el ciervo llegó una gran manada de perros de caza, y detrás de los perros el tropel de jinetes armados con arcos y flechas. Por unos instantes nada pudo verse más allá de la confusión a la que dio pie la barahúnda de los perros, los cuernos de caza y el estruendo de los cascos de las monturas. Después, tan pronto como había llegado, la partida de caza desapareció entre los árboles que se alzaban en el extremo opuesto del claro. Todos a excepción de un hombre.

El carbonero miró a su alrededor. La hierba había quedado cubierta de fango y no sobrevivía en pie un solo palo de la choza. La pulcra pila de carbón estaba medio deshecha, y los restos provocaban pequeños incendios aquí y allá. Empujado por un arranque de ira se volvió hacia el único cazador que había permanecido allí, sobre quien vertió hasta el último insulto que había oído en su vida.

Pero el cazador tenía sus propios problemas. El motivo de que no se hubiese alejado a caballo con los demás era que Blakeman corría, de un lado a otro, bajo los cascos de su caballo, chillando como el cerdo que era. Por mucho que lo intentara, el jinete no podía librarse de él. 
 
El cazador vestía con elegancia de negro, calzaba botas de negro cuero blando, y el arnés estaba enjoyado. Era, de hecho, John Uskglass (también conocido como el Rey Cuervo), rey de Inglaterra del Norte y de parte de Tierra de Duendes, así como el mayor mago que había existido jamás. Cosa que el carbonero (cuyo conocimiento de los sucesos que acontecían más allá de aquel claro era, cuando menos, imperfecto) ni siquiera sospechaba. Solo sabía que el hombre no respondía a sus insultos, lo cual no hizo sino enervarlo más.

—¡Pero diga algo! —protestó.

Un arroyuelo discurría a través del claro. John Uskglass lo miró, luego volvió la vista hacia Blakeman, que seguía correteando entre los cascos del caballo. Hizo un gesto con la mano y Blakeman se convirtió en un salmón. El salmón dio un brinco a través del aire hasta caer en el agua con un chapoteo y alejarse a nado. Después John Uskglass se fue al trote.

El carbonero se lo quedó mirando mientras se alejaba.

—Bueno, ¿y ahora qué voy a hacer? —se preguntó en voz alta.

Apagó los fuegos que se habían producido en el claro, y recompuso la pila de carbón tan bien como pudo. Pero una pila de carbón que ha sido pisoteada por lebreles y caballos no puede tener el mismo aspecto que una que no ha sido objeto de tales desmanes, por mucho empeño que se ponga en reconstruirla, y al carbonero le bastaba con verla así de maltrecha para que le dolieran los ojos.

Se acercó a Furness Abbey para pedir a los monjes que le dieran algo de cenar, porque su propia cena también había acabado pisoteada. Cuando llegó a la abadía, se dirigió al limosnero, cuya tarea consistía en distribuir a los pobres alimentos y ropa. El limosnero lo saludó con afabilidad y le dio un espléndido queso redondo y una gruesa manta, mientras le preguntaba a qué venía esa cara tan larga y triste.

Así que el carbonero se lo contó. Pero éste no tenía mucha práctica en el arte de relatar con claridad sucesos complejos. Por ejemplo, habló largo y tendido acerca del cazador que se había rezagado, pero no hizo mención alguna a la ropa elegante del jinete, ni a los anillos con joyas engarzadas que le adornaban los dedos, así que el limosnero ni siquiera sospechó que podía tratarse del Rey. De hecho, el carbonero lo llamó «un hombre negro», así que el limosnero supuso que se refería a un hombre sucio, es decir, a otro carbonero, por poner un ejemplo. El limosnero era todo simpatía.

—Así que Blakeman se ha convertido en un salmón, ¿eh? —comentó—. Yo en su lugar, tendría unas palabras con san Mungo. Estoy seguro de que podrá ayudarle. No hay nada que no sepa acerca de los salmones.

—San Mungo, ¿dice usted? ¿Y dónde podría yo encontrar a alguien tan útil? —preguntó el carbonero, realmente interesado.

—Tiene una iglesia en Grizedale. Debería usted tomar el camino que discurre por allí.

Y así fue como el carbonero se dirigió andando a Grizedale, y cuando llegó a la iglesia, entró y golpeó las paredes y aulló el nombre de san Mungo, hasta que el propio santo agachó la vista desde el cielo y preguntó qué se le ofrecía al carbonero.

De inmediato el hombre emprendió una larga e indignada diatriba en la que describía las injurias que había sufrido, en particular las relativas al solitario cazador.

—Bueno —dijo san Mungo, alegre—. Déjame ver qué puede hacerse. Los santos como yo siempre tendríamos que prestar oídos a las súplicas de la gente pobre, sucia y zarrapastrosa como tú. Por ofensivo que sea el modo en que se dirigen a nosotros. Sois nuestra preocupación especial.

—¿Y ya está? —preguntó el carbonero, que se sintió halagado al oír eso.

Entonces san Mungo extendió el brazo desde el cielo, llevó la mano a la fuente de la iglesia y sacó de ella un salmón. Le bastó con sacudirlo un poco para que en un abrir y cerrar de ojos este se convirtiera en Blakeman, tan sucio y vivaz como siempre.

El carbonero rió entre aplausos. Quiso abrazar al cerdo, pero Blakeman se fue a correr, chillando como el cerdo que era, con la energía que lo caracterizaba.

—Ahí lo tienes —dijo san Mungo, contemplando la agradable escena con cierto goce—. Me alegro de haber podido responder a tu plegaria.

—Bueno, ¡en realidad no lo ha hecho! —le acusó el carbonero—. ¡Tiene que castigar a mi malvado enemigo!

Entonces san Mungo arrugó un poco el entrecejo y le explicó que se suponía que uno debía perdonar a sus enemigos. Pero el carbonero nunca había puesto en práctica el perdón de los cristianos, y no estaba de humor para empezar a hacerlo en ese momento.

—¡Que Blencathra caiga sobre su cabeza! —gritó con fuego en los ojos, los puños en alto. (Blencathra es una colina elevada que se alza a unas millas al norte de Grizedale.)

—Bueno, verás —dijo, muy diplomático, san Mungo—. En realidad no puedo hacer eso. Pero ¿creo haberte oído decir que ese hombre era cazador? Quizá haber perdido a su presa le enseñe a tratar con mayor respeto a sus vecinos.

En cuanto san Mungo pronunció estas palabras, John Uskglass (que seguía de caza) cayó de su caballo y fue a parar a una grieta que había entre las rocas. Quiso salir de la grieta, pero descubrió que un misterioso poder se lo impedía. Quiso practicar magia para contrarrestarlo, pero la magia no sirvió. Las rocas y la tierra de Inglaterra amaban a John Uskglass. Siempre le habían ayudado, pero aquel poder, fuera lo que fuese, era algo que aún respetaban más.

Pasó todo el día con su noche en la grieta rocosa, hasta que lo cubrió el rocío y se sintió muy desdichado. Al alba el poder desconocido le liberó de pronto, a saber el porqué. Salió de la grieta, encontró su caballo y cabalgó de vuelta a su castillo en Carlisle.

—¿Dónde habéis estado? —preguntó William de Lanchester—. Os esperábamos ayer.

Pero John Uskglass no quería que nadie supiera que existía en Inglaterra un mago más poderoso que él. Así que consideró la respuesta un instante.

—En Francia —dijo.

—¡En Francia! —William de Lanchester se mostró sorprendido—. ¿Y habéis visto al Rey? ¿Qué os ha dicho? ¿Planean nuevas guerras?

John Uskglass dio una respuesta vaga, de naturaleza mística y mágica. Luego fue a sus habitaciones y se sentó en el suelo, junto a su cuenco de plata lleno de agua. Entonces se dirigió a las Personas de Gran Importancia (tales como el Viento de Poniente o las Estrellas) y les pidió que le revelaran quién había provocado su caída en la grieta rocosa. En el plato se formó la imagen del carbonero.

John Uskglass pidió a voces que le prepararan el caballo y los perros, y cabalgó hacia el claro del bosque.

Entretanto, el carbonero probaba el queso que le había obsequiado el limosnero. Luego fue a visitar a Blakeman, porque había pocas cosas en el mundo que a Blakeman le gustasen más que una tostada con queso fundido.

Mientras estuvo fuera llegó John Uskglass con sus perros. Miró en derredor del claro, en busca de alguna pista acerca de lo sucedido. Se preguntó por qué razón un mago poderoso y peligroso escogería vivir en un bosque y ganarse el jornal trabajando de carbonero. Entonces reparó en el queso fundido.

Resulta que el queso fundido supone una tentación que pocos hombres son capaces de resistir, sean carboneros o reyes. John Uskglass llevó a cabo el siguiente razonamiento: toda Cumbria le pertenecía, por tanto el bosque también, por tanto aquellas tostadas con queso fundido también eran suyas. Así que se sentó a comer, y al terminar dejó que sus perros le lamieran los dedos.

Ese fue el momento que escogió el carbonero para volver al claro. Miró a John Uskglass y las verdes hojas vacías donde había dejado las tostadas con queso fundido.

—¡Usted! —exclamó—. ¡Usted otra vez! ¡Acaba de comerse mi plato! —Aferró a John Uskglass y lo sacudió con fuerza—. ¿Por qué? ¿Por qué hace estas cosas?

John Uskglass no pronunció una palabra. (En ese momento no supo qué decir que pudiera ponerle en una situación ventajosa.) Se libró de las manos del carbonero, montó en su caballo y se alejó al trote del claro.

El carbonero acudió de nuevo a Furness Abbey.

—¡Ese hombre malvado ha vuelto y se ha comido mi queso fundido! —se quejó al limosnero.

El limosnero negó con la cabeza, entristecido por aquella demostración de que vivía en un mundo lleno de pecadores.

—Tenga un poco más de queso —le ofreció—. ¿Qué le parece si le doy un poco de pan para acompañarlo?

—¿Qué santo se encarga de cuidar de los quesos? —preguntó el carbonero, con tono exigente.

El limosnero meditó unos instantes la respuesta.

—Santa Brígida —dijo.

—¿Y dónde puedo encontrar a su señoría? —preguntó el carbonero, ansioso.

—Tiene una iglesia en Beckermet —respondió el limosnero, que señaló el camino que debía tomar el carbonero.

Y así fue como el carbonero anduvo hasta Beckermet. Cuando llegó a la iglesia, golpeó las bandejas del altar, rugió y armó una barahúnda tremenda hasta que santa Brígida agachó inquieta la mirada desde el cielo y preguntó si había algo que pudiera hacer por él.

El carbonero hizo una exhaustiva descripción de los atropellos que había sufrido a manos de su mudo enemigo.

Santa Brígida dijo que lamentaba oír aquello.

—Pero no creo que sea la persona más apropiada para ayudarte. Yo cuido de lecheras y lecheros. Animo a la mantequilla a cuajar y vigilo la maduración de los quesos. No es de mi incumbencia que la persona equivocada se haya comido una tostada con queso. San Nicolás se ocupa de los ladrones y de la propiedad robada. Tal vez san Alejandro de Comana sienta amor por los carboneros —añadió, esperanzada—, y sean ellos a quienes deberías elevar una plegaria.

El carbonero se negó a interesarse lo más mínimo por las personas que ella acababa de mencionar.

—¡La gente pobre, sucia y zarrapastrosa como yo somos su preocupación especial! —protestó—. ¡Obre un milagro!

—Aunque también pienso que es posible que ese hombre no pretenda ofenderte con su silencio —conjeturó santa Brígida—. ¿Has considerado la posibilidad de que sea mudo?

—¡Ay, no! Le vi hablar a sus perros. Movieron la cola, encantados de oír su voz. ¡Haga algo, santa! ¡Que Blencathra le caiga en la cabeza!

Santa Brígida suspiró.

—No, no, no podemos hacer nada parecido, aunque es verdad que obró mal al robarte el almuerzo. Quizá convendría darle una lección. Una leccioncilla.

En ese momento, John Uskglass y su corte se disponían a salir de caza. Una vaca vagabundeó hacia el patio que había frente al establo, hasta alcanzar el lugar donde John Uskglass se hallaba montado en su caballo, para pronunciar a continuación un sermón en latín acerca del pecado de robar. Después el caballo volvió la cabeza y le dijo, muy solemne, que estaba de acuerdo con las palabras de la vaca y que debía prestar atención a lo que decía el rumiante.

Todos los cortesanos y sirvientes que había en el patio guardaron silencio, atentos al desarrollo de la escena. Nunca había sucedido algo parecido.

—¡Esto es cosa de magia! —aseguró William de Lanchester—. Pero, ¿quién osa...?

—Ha sido cosa mía —se apresuró a decir John Uskglass.

—¿De veras? —preguntó William—. Pero ¿por qué?

Hubo una pausa.

—Para ayudarme a considerar mis errores y pecados —dijo finalmente John Uskglass—, tal como todo cristiano tendría que hacer de vez en cuando.

—¡Pero robar no es un pecado que hayáis cometido! Entonces, ¿por qué...?

—¡Santo Dios, William! —protestó John Uskglass—. ¿A qué viene tanta pregunta? ¡Hoy no saldré de caza!

Se alejó a paso vivo hacia el jardín de las rosas, para dejar atrás al caballo y la vaca. Pero las rosas volvieron hacia él sus rostros rojos y blancos y hablaron al cabo acerca de las responsabilidades que el Rey tenía con los pobres; y algunas de las flores más maliciosas sisearon: «¡Ladrón! ¡Ladrón!» 
 
John Uskglass cerró los ojos y se llevó las manos a las orejas, pero acudieron los perros, le encontraron y, acercando los hocicos a su rostro, le dijeron lo decepcionados, lo terriblemente decepcionados que se sentían. Así que fue a esconderse en un cuarto minúsculo y vacío, situado en lo alto del castillo. Pero durante todo ese día las piedras de las paredes debatieron en voz alta varios pasajes de la Biblia que condenaban el robo.

Esa vez, John Uskglass no tuvo necesidad de preguntar quién había sido el responsable de aquello (la vaca, el caballo, los perros, las piedras y las rosas habían mencionado, todos sin excepción, las tostadas con queso), y estaba decidido a descubrir quién era aquel mago estrafalario y cuáles eran sus intenciones. Decidió recurrir a la más mágica de todas las criaturas: el cuervo. 
 
Al cabo de una hora, envió aproximadamente un millar de cuervos que dieron forma a una bandada tan densa que fue como si una montaña negra surcara el cielo veraniego. Cuando llegaron al claro del carbonero, lo llenaron hasta el último rincón con el negro tumulto de su batir de alas. Los árboles perdieron sus hojas, y el carbonero y Blakeman cayeron al suelo, incapaces de levantarse. 
 
Los cuervos ahondaron en los recuerdos y los sueños del carbonero en busca de pruebas de sus prácticas mágicas. Y para asegurarse, también profundizaron en los recuerdos y los sueños de Blakeman. Los cuervos comprobaron qué pensamientos habían concebido hombre y cerdo estando aún en el vientre de sus madres; y luego indagaron qué harían ambos cuando, al cabo, llegasen al cielo. No encontraron ni un resquicio de magia por ninguna parte.

Cuando se marcharon, John Uskglass accedió al claro con los brazos doblados a la altura del pecho. Caminaba ceñudo. El fracaso de los cuervos le había supuesto una profunda decepción.

El carbonero se levantó lentamente del suelo y miró a su alrededor, asombrado. Si un incendio hubiera barrido el bosque, la destrucción que habría dejado a su paso no podría haber sido más exhaustiva. Los árboles habían perdido las ramas, y todo lo alfombraba una capa gruesa, negra, de plumas de cuervo. Una especie de éxtasis de la indignación le empujó a exclamar:

—¡Dígame por qué me persigue!

Pero John Uskglass no dijo una palabra.

—¡No cejaré hasta que Blencathra le caiga en la cabeza! ¡No lo haré! ¡Sepa que no lo haré! —Y hundió el mugriento dedo en la cara de John Uskglass—. ¡Usted... sabe... de... qué... soy... capaz!

Al día siguiente, el carbonero se acercó a Furness Abbey antes de que asomara el sol. Encontró al limosnero, que iba de camino a prima.

—Ha regresado para destrozarme el bosque —le contó—. ¡Lo ha convertido en un lugar negro y sucio!

—¡Qué hombre tan terrible! —exclamó el limosnero, que simpatizaba con el carbonero.

—¿Qué santo mira por los cuervos? —preguntó el carbonero.

—¿Los cuervos? —preguntó el limosnero—. Ninguno que yo sepa. —Meditó el asunto unos instantes—. San Osvaldo tuvo un cuervo por mascota al que apreciaba mucho.

—¿Y dónde puedo encontrar a su santidad?

—Tiene una nueva iglesia en Grasmere.

Y así el carbonero anduvo hasta Grasmere, y cuando llegó allí gritó y golpeó las paredes, armado con uno de los candelabros del altar.

—¿Tienes que gritar tanto? —protestó san Osvaldo tras sacar la cabeza del cielo—. ¡Que no soy sordo! ¿Qué quieres? ¡Y deja en su sitio ese candelabro, que vale una fortuna! —Durante sus santas y benditas vidas, san Mungo y santa Brígida habían sido respectivamente monje y monja, y poseían toda la santa paciencia y la templanza del mundo. Pero san Osvaldo había sido rey y soldado, y pertenecía a una clase de personas muy distinta.

—El limosnero de Furness Abbey afirma que a usted le gustan los cuervos —explicó el carbonero.

—Decir que me gustan es un poco exagerado —dijo san Osvaldo—. Hubo un pájaro en el siglo siete que solía posarse en mi hombro. Me picoteaba las orejas y me hacía sangrar.

El carbonero le relató el ahínco con que le acosaba el hombre silencioso.

—No sé, ¿tal vez tenga un motivo para comportarse así? —aventuró san Osvaldo, sarcástico—. ¿Cabe la posibilidad, por decir algo, que hayas mellado de algún modo sus candelabros?

El carbonero negó, indignado, haber causado perjuicio alguno al hombre silencioso.

—Hum. —San Osvaldo meditó el asunto—. Solo los reyes dan caza a los ciervos, como sabrás.

A juzgar por su expresión, el carbonero no había atado cabos.

—Veamos —continuó san Osvaldo—. Un hombre que viste de negro, capaz de obrar magia poderosa, que manda a los cuervos y posee los derechos de caza de un rey. ¿De veras todo esto no te sugiere nada? No, por lo visto no. Bueno, resulta que creo conocer la identidad de la persona a la que te refieres. En verdad es muy arrogante y tal vez haya llegado el momento de darle una lección de humildad. Si entiendo bien lo que me dices, ¿estás enfadado porque no te dirige la palabra?

—Sí.

—Muy bien, pues. Creo que debería aflojarle un poco la lengua.

—¿Qué clase de castigo es ese? —preguntó el carbonero—. ¡Quiero que haga que Blencathra le caiga en la cabeza!

San Osvaldo protestó, irritado.

—¿Qué sabrás tú? —dijo—. Créeme, ¡sé mejor que tú cómo perjudicar a ese hombre!

Y mientras san Osvaldo hablaba, John Uskglass empezó a hablar de manera rápida y nerviosa. Aquello era inusual, pero al principio no se le antojó siniestro. Todos sus cortesanos y sirvientes atendieron con educación a sus palabras. Pero transcurridos unos minutos, y luego unas horas, se preguntaron por qué no había dejado de hablar en todo aquel rato. 
 
Habló durante la cena; habló durante la celebración de la misa; habló durante la noche. Pronunció profecías, recitó pasajes de la Biblia, contó historias de varios reyes de Tierra de Duendes, dio recetas de repostería. 
 
También reveló secretos políticos, secretos mágicos, secretos infernales, secretos divinos y secretos escandalosos, de resultas de lo cual el reino de Inglaterra del Norte se vio abocado a una plétora de crisis políticas y teológicas. Thomas de Dundale y William de Lanchester rogaron y amenazaron y suplicaron, pero nada de lo que dijeron bastó para que el Rey dejase de hablar. 
 
Al cabo de un tiempo se vieron obligados a encerrarlo en un cuarto vacío que había en lo alto del castillo, para que nadie pudiera oírlo. Entonces, puesto que era inconcebible que un rey hablase sin alguien que lo escuchara, se vieron forzados a hacerle compañía, día a día. Al cabo de tres días exactos por fin se calló.

Dos días después se acercó a lomos de su caballo al claro del carbonero. Estaba tan pálido y ojeroso que el carbonero albergó de pronto la esperanza de que san Osvaldo pudiera haberle arrojado Blencathra sobre la cabeza.

—¿Qué es lo que quieres de mí? —preguntó John Uskglass, cauteloso.

—¡Ajá! —exclamó el carbonero con expresión triunfal—. ¡Que me pida perdón por transformar a Blakeman en salmón!

Hubo un largo silencio.

Entonces, los dientes prietos, John Uskglass pidió perdón al carbonero.

—¿Se te ofrece alguna otra cosa? —preguntó.

—¡Que repare todos los perjuicios que me ha causado!

De inmediato reaparecieron la choza y la pila de carbón del carbonero, tal como siempre habían sido; los árboles volvieron a llenarse de hojas, verdes, espléndidas, que cubrieron sus ramas, y una alfombra de hierba suave se extendió por el claro.

—¿Algo más?

El carbonero cerró los ojos e hizo el esfuerzo de imaginar algo que supusiera una riqueza sin igual.

—¡Quiero otro cerdo! —pidió.

John Uskglass empezaba a sospechar que había un punto en que había cometido un error de cálculo, pero por su alma que no supo decir dónde. No obstante eso, sintió el aplomo necesario para decir:

—Te daré el cerdo, si me prometes no revelar a nadie quién te lo dio ni el porqué.

—¿Cómo iba a hacer tal cosa? —protestó el carbonero—. No sé ni quién es usted. ¿Por qué? —preguntó entonces, entornando los ojos—. ¿Quién es usted?

—Nadie —dijo apresuradamente John Uskglass.

Apareció otro cerdo, idéntico, gemelo de Blakeman, y mientras el carbonero se felicitaba por su buena fortuna, John Uskglass subió a lomos de su caballo y se alejó al trote sumido en la estupefacción más absoluta que quepa imaginarse.

Poco después regresó a su capital en Newcastle. A lo largo de los siguientes cincuenta o sesenta años, a menudo sus sirvientes y lores le recordaron las excelentes jornadas de caza que habían disfrutado en Cumbria, pero él se cuidó mucho de volver hasta haberse asegurado de que el carbonero había muerto.

La ternera, la cabra y la oveja, en compañía del león - Jean de la Fontaine

       La Ternera, la Cabra y la Oveja, hicieron compañía, en tiempos de antaño, con un fiero León, señor de aquella comarca, poniendo en común pérdidas y ganancias.

 

    Cayó un ciervo en los lazos de la Cabra, y al punto envió la res a sus socios. Presentáronse éstos, y el León le sacó las cuentas. “Somos cuatro para el reparto,” dijo, despedazando a cuartos el ciervo, y hechas partes, tomó la primera, como rey y señor. “No hay duda, dijo, en que debe ser para mí, porque me llamo León. La segunda me corresponde también de derecho: ya sabéis cual derecho, el del más fuerte. Por ser más valeroso, exijo la tercera. Y si alguno de vosotros toca la cuarta, en mis garras morirá”

El Cascanueces y el rey de los ratones - E. T. A. Hoffmann (parte 5)

Tío y sobrino

Si alguno de mis lectores u oyentes se ha cortado con un cristal, sabrá por experiencia lo malo que es y lo que tarda en curarse. María tuvo que pasarse una semana en la cama, porque en cuanto trataba de levantarse se sentía muy mal. Al fin, sin embargo, se puso buena, y pudo, como antes, andar de un lado para otro. 

En el armario de cristales todo estaba muy bonito, pues había árboles y flores y casas nuevas y también preciosas muñecas. Pero lo que más le agradó a María fue encontrarse con su querido Cascanueces, que le sonreía desde la segunda tabla, enseñando sus dientecillos nuevos. Conforme estaba mirando a su preferido, recordó con tristeza todo lo que el padrino les había contado de la historia de Cascanueces y de sus disensiones con la señora Ratona y su hijo. 

Ella sabía que su muñequito no podía ser otro que el joven Drosselmeier de Nuremberg, el sobrino querido de su padrino, embrujado por la señora Ratona. Y tampoco le cabía a la niña la menor duda de que el relojero de la Corte del padre de Pirlipat no era otro que el magistrado Drosselmeier.

Pero ¿por qué razón no acude en tu ayuda tu tío? ¿Por qué? exclamaba tristemente al recordar, cada vez con más viveza, que en la batalla que presenció se jugaron la corona y el reino de Cascanueces. ¿No eran súbditos suyos todos los demás muñecos, y no era cierto que la profecía del astrónomo de cámara se había cumplido y que el joven Drosselmeier era rey de los muñecos?

Mientras la inteligente María daba vueltas en su cabecita a estas ideas, le pareció que Cascanueces y sus vasallos, en el mismo momento en que ella los consideraba como seres vivos, adquirían vida de verdad y se movían. Pero no era así: en el armario todo permanecía tranquilo y quieto y María se vio obligada a renunciar a su convencimiento íntimo, aunque desde luego siguió creyendo en la brujería de la señora Ratona y de su hijo, el de las siete cabezas. Y dirigiéndose al Cascanueces le dijo:

Aunque no se pueda usted mover ni decirme una palabra, querido señor Drosselmeier, sé de sobra que usted me comprende y sabe lo bien que le quiero; cuente con mi apoyo para todo lo que usted necesite. Por lo pronto, voy a pedir al padrino que, con su habilidad, le ayude en lo que sea preciso.

Cascanueces permaneció quieto y callado; pero a María le pareció que en el armario se oía un suspiro suavísimo, apenas perceptible, que al chocar con los cristales producía tonos melodiosos, como de campanitas, y creyó escuchar las palabras siguientes: «María, angelito de mi guarda..., he de ser tuyo y tú mía».

María sintió un bienestar dulcísimo en medio de un estremecimiento que recorrió todo su ser.

Anocheció. El consejero de Sanidad entró con el padrino Drosselmeier y, a poco Luisa preparó el té, toda la familia se reunió alrededor de la mesa, hablando alegremente. María fue a buscar su silloncito en silencio y se colocó a los pies del padrino Drosselmeier. Cuando todo el mundo se calló, María miró con sus grandes ojos azules muy abiertos al padrino y le dijo:

—Ya sé, querido padrino, que mi Cascanueces es tu sobrino, el joven Drosselmeier de Nuremberg. Ha llegado a príncipe, mejor dicho a rey, cumpliéndose la profecía de tu amigo, el astrónomo; pero, como tú sabes perfectamente, está en lucha abierta con el hijo de la señora Ratona, con el horrible rey de los ratones. ¿Por qué no lo ayudas?

María le volvió a referir toda la batalla que ella presenciara, viéndose interrumpida varias veces por las carcajadas de su madre y de Luisa. Solamente Federico y Drosselmeier permanecían serios.

—¿De dónde se ha sacado todas esas tonterías esta chiquilla? dijo el consejero de Sanidad.

Es que tiene una imaginación volcánica repuso la madre. Todo ello no son más que sueños producidos por la fiebre.

Nada de eso es cierto exclamó Federico; mis húsares no son tan cobardes. ¡Por el bajá Manelka! ¿Cómo iba yo a consentir semejante cosa?

Sonriendo de un modo especial, tomó Drosselmeier en brazos a la pequeña María y le dijo, con más dulzura que nunca:

Hija mía: tú posees más que ninguno de nosotros; tú has nacido princesa, como Pirlipat, y reinas en un reino hermoso y brillante. Pero tienes que sufrir mucho si quieres proteger al pobre y desfigurado Cascanueces, pues el rey de los ratones lo ha de perseguir de todos modos y por todas partes. Y no soy yo quien puede ayudarle, sino tú; tú sola puedes salvarle; sé fuerte y fiel.

Ni María ni ninguno de los demás supo lo que quería decir Drosselmeier con aquellas palabras. Al consejero de Sanidad le chocaron tanto que, tomando el pulso al magistrado, le dijo:

Querido amigo, usted padece de congestión cerebral; voy a recetarle algo.

La madre de María movió la cabeza, pensativa, y dijo:

Yo me figuro lo que el magistrado quiere decir, pero no lo puedo expresar con palabras corrientes.

La victoria

No había transcurrido mucho tiempo cuando María se despertó, una noche de luna, por un ruido extraño que parecía salir de un rincón de su cuarto. Era como si tiraran y rodasen piedrecillas y como si al tiempo sonasen unos chillidos agudos.

—¡Los ratones, los ratones! exclamó María, asustada.

Y pensó en despertar a su madre; pero cesó el ruido y no se atrevió a moverse.

Por fin, vio cómo el rey de los ratones trataba de pasar a través de una rendija y cómo lograba penetrar en el cuarto, con sus siete coronas y sus ojillos chispeantes, y de un salto se colocaba en una mesita junto a la cama de María. «Hi..., hi..., hi!...; dame tus confites..., dame tu mazapán, linda niña...; si no, morderé a tu Cascanueces.» 

 Así decía el rey de los ratones en sus chillidos, rechinando al mismo tiempo los dientes de un modo espantoso y desapareciendo a los pocos momentos por el agujero. María se angustió tanto con aquella aparición que al día siguiente estaba pálida y ojerosa y, muy conmovida, apenas se atrevía a pronunciar palabra. Cien veces pensó quejarse a su madre, a Luisa o, por lo menos, a Federico de lo que le había ocurrido; pero pensó:

No me van a creer y además se van a reír de mí.

Comprendía claramente que para salvar a Cascanueces tenía que dar confites y mazapán, y a la noche siguiente colocó cuanto poseía en el borde del armario.

Por la mañana, la consejera de Sanidad dijo:

Yo no sé por dónde entran los ratones en la casa; pero mira, María, lo que han hecho con tus confites: se los han comido todos.

Así era en efecto. El mazapán relleno no había sido del gusto del glotón rey de los ratones, de suerte que sólo lo había roído con sus dientes afilados y, por tanto, no había más remedio que tirarlo. María no se preocupó para nada de sus golosinas; al contrario, estaba muy contenta porque creía haber salvado así a su Cascanueces. 

Pero cuál no sería su susto cuando a la noche siguiente volvió a oír chillar junto a sus oídos. El rey de los ratones estaba otra vez allí, y sus ojos brillaban más asquerosos aún que la noche anterior, y rechinaba los dientes con más fuerza, diciendo: «Me tienes que dar azúcar... y tus muñecas de goma, niñita, pues si no morderé a tu Cascanueces». Y en cuanto hubo pronunciado tales palabras, desapareció por el agujero.

María quedó afligidísima. A la mañana siguiente fue al armario y contempló a sus muñecos de azúcar y de goma. Su dolor era muy explicable, porque no te puedes imaginar, querida lectora, las figuritas tan monas de azúcar y de goma que tenía María Stahlbaum. 

Además de un pastorcillo muy bonito, con su pastorcita, y un rebaño completo de ovejitas blancas como la leche, que pastaba acompañado de un perro saltarín y alegre, había dos carteros con cartas en la mano y cuatro parejas de jovenzuelos y muchachitas vestidos de colorines, que se balanceaban en un columpio ruso. 

Detrás de unos bailarines asomaba el granjero Tomillo con la Doncella de Orleáns, los cuales no eran muy del agrado de María; pero en el rinconcito estaba un niño de mejillas coloradas: su predilecto. Las lágrimas asomaron a los ojos de la pobre María.

—¡Ay! exclamó dirigiéndose al Cascanueces. Querido señor Drosselmeier, ¿qué no haría yo por salvarlo? Pero, la verdad, esto es demasiado duro.

Cascanueces tenía un aspecto tan triste, que María, que creía ver al repugnante rey de los ratones con sus siete bocas abiertas lanzándose sobre el desgraciado joven, decidió sacrificarlo todo.

Aquella noche colocó todos sus muñecos de azúcar en el borde del armario, como hiciera la noche anterior con los confites. Besó al pastor, a la pastora, a los borreguitos y, por último, cogió a su predilecto, el muñequito de goma de los carrillos colorados, colocándolo detrás de todos. El granjero Tomillo y la Doncella de Orleáns ocuparon la primera línea.

Esto es demasiado dijo la consejera de Sanidad a la mañana siguiente. Debe de haber anidado en el armario algún ratón grande y hambriento, pues todos los muñecos de azúcar de la pobre María están roídos y deshechos.

María no lograba contener las lágrimas, pero al fin consiguió sonreír, pues pensó: «Con esto, seguramente, estará salvado Cascanueces».

Cuando por la noche la señora contaba al magistrado la fechoría y manifestaba su creencia de que en el armario debía de esconderse un ratón, dijo su marido:

Es terrible que no podamos acabar con el asqueroso ratón que se oculta en el armario y se come todas las golosinas de María.

—Mira —exclamó Federico muy satisfecho—: el panadero de abajo tiene un magnífico consejero de legación gris; voy a subirlo; él pondrá las cosas en orden y se comerá al ratón, aunque sea la misma señora Ratona o su hijo, el rey de las siete cabezas.

Sí repuso la madre riendo, y se subirá encima de las sillas y de las mesas, y tirará los vasos y las tazas, y hará mil fechorías por todas partes.

De ninguna manera replicó Federico. El gato del panadero es muy hábil; ya quisiera yo saber andar con tanta suavidad como él por los tejados.

No traigáis un gato por la noche exclamó Luisa, que no podía soportar a tales animalitos.

Realmente dijo el padre, Federico tiene razón; pero también podemos colocar una ratonera. ¿No tenemos alguna?

Nos la puede hacer el padrino, que es quien las inventó dijo Federico.

Todos rieron la ocurrencia; y ante la afirmación de la madre de que en la casa no había ninguna ratonera, declaró el magistrado que él tenía varias, y se fue en seguida a su casa a buscar una de las mejores.

Federico y María recordaban el cuento de la nuez dura. Y cuando la cocinera preparaba el tocino, María comenzó a temblar y a estremecerse, y dijo:

Señora reina, tenga cuidado con la señora Ratona y su familia.

Y Federico, desenvainando su sable, exclamó:

Que vengan, si quieren, que yo los espantaré.

Todo permaneció tranquilo debajo del fogón. Cuando el magistrado hubo concluido de poner el tocino en el hilo y colocó la ratonera en el armario, le dijo Federico:

Ten cuidado, padrino relojero, no vaya a ser que el rey de los ratones te juegue una mala pasada.

¡Qué mal lo pasó María a la noche siguiente! Una cosa fría como el hielo le tocaba el brazo, posándose asquerosa en sus mejillas y chillando a su oído. El repugnante rey de los ratones estaba sobre su hombro, y soltaba una baba de color rojo sanguinolento por sus siete bocas abiertas, y castañeteando y rechinando sus dientecillos murmuraba al oído de María: «¡Ssss..., sss!; no iré a la casa..., no iré a comer..., no caeré en la trampa...; ¡sss!... dame tu libro de estampas... y además tu vestidito nuevo, y si no, no te dejaré en paz. Has de saber que si no me haces caso morderé a Cascanueces. ¡Hi..., hi..., hi!...».

María se quedó muy triste y apesadumbrada, y por la mañana estaba palidísima cuando su madre le comunicó:

El pícaro ratón no ha caído.

Y suponiendo la buena señora que la causa de la tristeza de María era la pérdida de sus golosinas, añadió:

Pero, pierde cuidado, querida mía, que ya lo cogeremos. Si no valen ratoneras, acudiremos al gato gris de Federico.

En cuanto María se vio sola en la habitación, se acercó al armario de cristales y, suspirando, dijo al Cascanueces:

Querido señor Drosselmeier: ¿qué puede hacer por usted esta desgraciada niña? Si le doy al asqueroso rey de los ratones mis libros de estampas y el vestidito que me trajo el Niño Jesús, me seguirá pidiendo cosas hasta que no tenga ya nada que darle, y me muerda a mí en vez de morderle a usted. ¡Pobre de mí! ¿Qué haré..., qué haré?

Llorando y lamentándose, la pequeña María notó que de la famosa noche le quedaba al Cascanueces una mancha de sangre en el cuello. Desde el momento en que María supo que el Cascanueces era el joven Drosselmeier, el sobrino del magistrado, no lo llevaba en brazos ni lo besaba ni acariciaba; es más: por una especie de respeto, ni se atrevía a tocarlo. 

Este día, sin embargo, lo tomó con mucho cuidado de la tabla en que estaba y comenzó a frotarle la mancha con su pañuelo. Qué emoción la suya cuando observó que Cascanueces adquiría calor en sus manos y empezaba a moverse. Muy de prisa volvió a ponerlo en el armario, y entonces oyó que decía muy bajito:

Querida señorita de Stahlbaum, respetada amiga mía, ¡cómo le agradezco todo!... No, no sacrifique usted sus libros de estampas ni su vestido nuevo...; proporcióneme una espada..., una espada; lo demás corre de mi cuenta...

Aquí perdió Cascanueces el habla; y sus ojos, que adquirieran cierta expresión de melancolía, volvieron a quedarse fijos y sin vida.

María no sintió el menor miedo; antes al contrario, tuvo una gran alegría al saber un medio para salvar al Cascanueces sin mayores sacrificios. Pero, ¿de dónde podría sacar una espada para el pobre pequeño? Decidió tomar consejo de Federico; y por la noche, después de haberse retirado los padres y sentados los dos junto al armario, le contó todo lo que le había ocurrido con el Cascanueces y con el rey de los ratones y la manera como creía poder salvar al primero. 

Nada preocupó tanto a Federico como el saber lo mal que los húsares se portaron en la batalla. Preguntó de nuevo a su hermana si estaba segura de lo que afirmaba, y cuando María le dio su palabra de que cuanto decía era la verdad, se acercó Federico al armario de cristales, dirigió a sus húsares un discurso patético y, para castigarlos por su cobardía y su egoísmo, les quitó del quepis la divisa y les prohibió tocar la marcha de los húsares de la Guardia durante un año. Después que hubo ordenado el castigo, se volvió a María y le dijo:

En cuanto a lo del sable, yo puedo ayudar a Cascanueces. Ayer precisamente he retirado a un coronel de Coraceros, concediéndole una pensión, y, por tanto, ya no necesita su espada.

El susodicho coronel disfrutaba su retiro en el más oculto rincón de la tabla superior; allí fueron a buscarlo. Le quitaron el sable, con incrustaciones de plata, y se lo colgaron a Cascanueces.

María no pudo dormir aquella noche de puro miedo. A eso de las doce le pareció oír en el gabinete ruidos extraños. De pronto oyó un chillido.

—¡El rey de los ratones! ¡El rey de los ratones! exclamó María; y saltó de la cama horrorizada.

Todo estaba en silencio; pero al rato llamaron suavemente a la puerta y se escuchó una vocecilla tímida:

Respetada señorita de Stahlbaum, abra sin miedo... Le traigo buenas noticias.

María reconoció la voz del joven Drosselmeier; se puso el vestido y abrió la puerta. Cascanueces estaba delante de ella, con la espada ensangrentada en la mano derecha y una bujía en la izquierda. En cuanto vio a María, puso la rodilla en tierra y dijo:

Vos, señora, habéis sido la que me habéis animado y armado mi brazo para vencer al insolente que se había permitido insultaros. Vencido y revolcándose en su sangre yace el traidor rey de los ratones. Permitid, señora, que os ofrezca el trofeo de la victoria y dignaos aceptarlo de manos de vuestro rendido caballero.

Y al decir estas palabras, dejó ver las siete coronas de oro del rey de los ratones, que llevaba en el brazo izquierdo, entregándoselas a la niña, que las tomó llena de alegría.

Cascanueces se puso de pie y continuó:

Respetada señorita de Stahlbaum: ahora que mi enemigo está vencido, tendría sumo gusto en mostrarle una porción de cosas bellas, si tiene la bondad de seguirme unos pasos. Hágalo, hágalo, querida señorita.

(CONTINUARA...)