La sala de consulta del doctor Orion Hood, el
eminente criminólogo y especialista en ciertos trastornos morales, estaba
frente al mar, en Scarborough, y tenía una serie de puertas-ventana, amplias y
luminosas, por las que se veía el mar del Norte como una infinita muralla
exterior de mármol azul verdoso.
En esa zona, el mar tenía algo de la monotonía
de un friso de ese color. Y la propia sala estaba organizada según un orden
inflexible, semejante, en cierto modo, al orden inflexible del mar. No debe
deducirse de ello que excluyera del lugar el lujo o incluso la poesía. Ambos
estaban presentes, en el sitio que les correspondía. Pero uno sentía que nunca
se les permitía dejar su lugar.
El lujo estaba presente: en una mesa especial
había ocho o diez cajas de cigarros de la mejor calidad, pero colocados con
deliberación, de manera que los más fuertes estaban siempre más próximos a la
pared y los más suaves más cerca de la ventana. Tres frascos con tres clases
diferentes de licor, todos ellos excelentes, permanecían siempre en esa mesa
representativa del lujo. Pero las personas imaginativas sostienen que el
whisky, el coñac y el ron parecían estar siempre a la misma altura.
La poesía
estaba presente: el rincón izquierdo de la habitación estaba cubierto con estantes
en los que se alojaba una colección tan completa de los clásicos ingleses como
la que, en el rincón derecho de la habitación, representaba a los fisiólogos
ingleses y extranjeros. Pero si uno sacaba de su fila, un volumen de Chaucer o
de Shelley, su ausencia producía un efecto irritante, como una mella en los
incisivos de una persona. Uno no podría decir que los libros no se leían nunca;
probablemente sí se leían, pero daban la sensación de estar encadenados a sus
lugares, como las Biblias en las viejas iglesias.
El doctor Hood trataba su
biblioteca privada como si fuera una biblioteca pública. Y si esta estricta
rigidez científica alcanzaba incluso a los estantes cargados de poemas y de
baladas y a las mesas colmadas de bebida y tabaco, no hace falta decir que esa
santidad pagana protegía aún más los otros estantes que contenían la biblioteca
del especialista y las otras mesas que sostenían los frágiles e incluso
etéreos instrumentos químicos o mecánicos.
El doctor Orion Hood paseaba
arriba y abajo por su consulta, limitado -como dicen las geografías escolares-
al este por el mar del Norte y al oeste por las apretadas hileras de su
biblioteca sociológica y criminológica. Iba vestido de terciopelo, como un artista,
pero sin nada del descuido propio de los artistas. Tenía muchas canas, pero su
pelo era espeso y saludable: su rostro, aunque delgado, era de expresión
optimista y alerta.
Todo lo que se refería a él
y a su habitación indicaba algo a la vez rígido e inquieto, como ese gran mar
nórdico junto al cual (por puras razones higiénicas) había construido su
hogar.
El destino, que estaba de
ánimo jocoso, empujó la puerta e introdujo en ese largo y estricto aposento,
flanqueado por el mar, a alguien que era quizá lo más violentamente opuesto a
él y a su dueño.
En respuesta a una invitación breve pero educada, la puerta
se abrió hacia dentro y apareció, con torpe caminar, una figurita informe, que
parecía encontrar su propio sombrero y su propio paraguas tan inmanejables
como una enorme cantidad de equipaje.
El paraguas era un bulto negro, vulgar y
en pésimo estado; el sombrero era de ala ancha y curva, clerical, pero de un
tipo poco frecuente en Inglaterra. El hombre, era la encarnación misma de la
humildad y el desvalimiento.
El médico contempló al recién llegado con sorpresa contenida,
parecida a la que habría mostrado si algún animal marino de gran tamaño, pero
inofensivo, se hubiera arrastrado hasta su habitación. El recién llegado
contempló al médico con esa expresión sonriente, pero jadeante, que caracteriza
a una corpulenta mujer de la limpieza que acaba de lograr meterse en un ómnibus.
Es una espléndida combinación de satisfacción social propia y de apariencia
física desordenada. Se le cayó el sombrero a la alfombra y el pesado paraguas
se le escurrió entre las rodillas, con un golpe sordo. El hombrecillo se lanzó
a recoger el primero y se agachó para recuperar el segundo, mientras con una
sonrisa inocente en su redonda faz decía lo siguiente:
-Me llamo Brown. Le ruego
que me disculpe. He venido por el asunto de los MacNab. Me he enterado de que
usted ayuda a menudo a gente con problemas semejantes. Discúlpeme si me
equivoco.
Para entonces, ya había
recuperado desmañadamente el sombrero e hizo una breve inclinación de cabeza
sobre él, a modo de saludo, como si así todo quedara perfectamente en orden.
-Creo que no le comprendo
-replicó el científico, con frialdad-. Me temo que se ha equivocado usted de
despacho. Yo soy el doctor Hood y mi trabajo es casi enteramente literario y
educativo. Es cierto que algunas veces la policía me ha consultado en casos de
especial dificultad e importancia, pero...
-Oh, esto es algo de la
mayor importancia -interrumpió el hombrecito llamado Brown-. Imagínese, su
madre no deja que se prometan en matrimonio. -Y se echó hacia atrás en la
butaca con la más radiante expresión de racionalidad.
Las cejas del doctor Hood
estaban fruncidas sombríamente, pero, bajo ellas, los ojos brillaban con un
fulgor que podía ser fruto de la ira o de la diversión.
-Pues sigo sin entender del
todo -dijo.
-Mire usted: quieren casarse
-aclaró el hombre del sombrero clerical-. Maggie MacNab y el joven Todhunter
quieren casarse. ¿Y qué puede haber más importante que eso?
Los triunfos científicos del
gran Orion Hood lo habían privado de muchas cosas, unos decían que de la salud,
otros que de Dios; pero no le habían despojado totalmente del sentido del
absurdo. Y ante la última apelación del ingenuo cura, se le escapó una risa
ahogada y se dejó caer en una silla, adoptando una actitud irónica, de médico
llamado a consulta.
-Señor Brown -dijo
gravemente-: hace catorce años y medio que se me pidió que atendiera
personalmente un problema particular. Y entonces el caso era un intento de
envenenar al presidente francés en un banquete ofrecido por un alcalde.
Entiendo que ahora se trata de si una amiga de usted, llamada Maggie, es la
prometida adecuada para un amigo de ella llamado Todhunter. Pues bien, señor
Brown, soy un deportista. Me haré cargo del caso. Daré a la familia MacNab el
mejor consejo que pueda, tan bueno como el que di a la República francesa y al
Rey de Inglaterra; no, mejor: catorce años mejor. No tengo nada más que hacer
esta tarde. Cuénteme su historia.
El curita llamado Brown le
dio las gracias calurosamente, pero con la misma y peculiar sencillez. Era más
bien como si diera las gracias a un desconocido, en un salón para fumadores,
por haberse tomado la molestia de pasarle las cerillas en vez de estar dando
las gracias (y a los efectos, así era) al conservador de los Kew Gardens por
acompañarle a un prado a encontrar un trébol de cuatro hojas. Sin apenas una
pausa tras su cálido agradecimiento, el hombreciIlo empezó su relato:
-Le dije que mi nombre era Brown y así es, en efecto. Soy el
cura de la Iglesia católica que me imagino habrá usted visto al otro lado de
esas calles dispersas que hay a las afueras de la ciudad, hacia el norte.
En la
última y más apartada de esas calles que corre paralela al mar como un muelle,
hay un miembro de mi parroquia, una viuda llamada MacNab, una mujer muy
honrada pero de genio bastante vivo. Tiene una hija y alquila habitaciones, y
entre ella y los huéspedes bueno, me
imagino que habría mucho que decir de ambas partes.
En estos momentos tiene
sólo un huésped, el joven llamado Todhunter. Pero ha dado bastante más que
hacer que todos los anteriores, porque quiere casarse con la hija.
-Y la hija -preguntó el
doctor Hood, enormemente divertido, aunque lo ocultara-, ¿qué es lo que
quiere?
-¡Pues casarse con él!
-exclamó el padre Brown, enderezándose en el asiento, con vehemencia-. Esa es
la horrible complicación.
-Es, en verdad, un enigma
espantoso -dijo el doctor Hood.
-El joven James Todhunter
-continuó el clérigo- es un muchacho muy serio, por lo que yo sé. Pero el caso
es que nadie conoce mucho de él. Es un tipo bajito, de tez oscura, alegre,
ágil como un mono, completamente afeitado como un actor y servicial como un
cortesano fiel. Parece tener una buena cantidad de dinero, pero nadie sabe en
qué trabaja.
Por lo tanto, la señora MacNab, que es dada al pesimismo, está
completamente segura de que se trata de algo horrible y probablemente
relacionado con la dinamita. La dinamita debe ser de no muy buena clase y no
ruidosa, porque el pobre muchacho se limita a encerrarse varias horas al día y
estudiar algo, tras la puerta cerrada con llave.
El afirma que su encierro es
temporal y está justificado y promete explicarlo todo antes de la boda. Eso es
todo lo que se sabe con certeza, pero la señora MacNab le contará muchas cosas
de las que ella está segura. Ya sabe usted cómo surgen las historias cuando
sólo hay ignorancia.
Hay historias de dos voces a las que se oye hablar en la
habitación, aunque, cuando se abre la puerta, Todhunter está siempre solo. Hay
historias de un misterioso hombre alto con sombrero de copa, que una vez salió
de entre la bruma marina procedente, al parecer, del propio mar, caminando sin
ruido a través de la arena, y que atravesó el pequeño jardín trasero, al
crepúsculo, hasta que se le oyó hablando con el huésped, por la ventana
abierta. La conversación parece que terminó en pelea. Todhunter cerró violentamente
la ventana, y el hombre del sombrero de copa desapareció de nuevo entre la bruma
del mar. La familia cuenta esta historia con la mayor de las perplejidades.
Pero yo creo, en realidad, que la señora MacNab prefiere su propia versión
original: que el Otro Hombre (o lo que sea) sale todas las noches del arcón de
la esquina, que siempre está cerrado con llave; por lo tanto, ya ve usted cómo
esta puerta cerrada de Todhunter se convierte en la puerta de todas las fantasías
y monstruosidades de "Las mil y una noches".
Y, sin embargo, ahí
está el muchacho, con su respetable chaqueta negra, tan exacto e inocente como
un reloj de salón. Paga su renta con puntualidad y es prácticamente abstemio.
No se cansa nunca de entretener a los niños durante horas y horas, del modo más
amable. Además, y eso es lo más importante de todo, goza de todas las
simpatías de la hija mayor, que está dispuesta a casarse con él mañana mismo.
El hombre que se ocupa de
teorías de largo alcance siente siempre un placer especial en aplicarlas a
cualquier asunto trivial. El gran especialista, una vez que hubo decidido
mostrarse bondadoso con la simplicidad del sacerdote, lo hizo de la manera
más generosa. Se acomodó en su sillón y empezó a hablar con el tono de un
profesor algo distraído:
-Incluso en un asunto mínimo, lo mejor es buscar las
principales tendencias de la Naturaleza. Una flor concreta puede no estar
muerta al principio del invierno, pero las flores mueren en general en esas
fechas; un guijarro concreto puede no mojarse con la marea, pero la marea sube.
Para el ojo científico, toda la historia humana es una serie de movimientos
colectivos, destrucciones o migraciones, como la matanza de moscas en invierno
o el regreso de los pájaros en la primavera.
Ahora bien, el hecho básico de
toda la historia es la Raza. La Raza produce la religión, la Raza genera guerras
legales y éticas. No hay ejemplo más fuerte que el del absurdo e ingenuo
linaje, en camino de desaparición, al que comúnmente llamamos linaje celta, al
cual pertenecen sus amigos los MacNab.
Pequeños, morenos, soñadores e
inestables, aceptan fácilmente las explicaciones supersticiosas de cualquier
hecho, igual que todavía aceptan (discúlpeme por decirlo), la supersticiosa
explicación de todos los incidentes que usted y su iglesia representan. No es
nada extraordinario que esa gente, con el mar lamentándose detrás de ellos y
la Iglesia (perdóneme de nuevo) zumbando delante, den rasgos fantásticos a los
que probablemente no son más que hechos normales.
Usted, con sus pequeñas
responsabilidades parroquiales, sólo ve a esta señora MacNab en concreto,
aterrada con la historia de las dos voces y el hombre alto que viene del mar.
Pero el hombre dotado de imaginación científica ve, por así decir, los clanes
enteros de los MacNab, esparcidos por todo el mundo, tan iguales en su
manifestación última como una bandada de pájaros. Ve miles de señoras MacNab
en miles de casas, dejando caer su gotita de morbosidad en las tazas de té de
sus amigas; ve...
Antes de que el científico
pudiera terminar su frase, se oyó llamar fuera de nuevo, más impacientemente
que la primera vez. Alguien con faldas crujientes caminaba con precipitación
por el pasillo y la puerta se abrió dejando ver a una joven, decorosamente
vestida pero con aspecto nervioso y el rostro rojo por la prisa. Tenía el pelo
rubio, alborotado por el viento marino, y habría sido realmente hermosa si
sus pómulos, como es típico de los escoceses, no hubieran sido un poquito
demasiado altos y sonrosados. Su disculpa fue casi tan brusca como una orden.
-Lamento interrumpirle
-dijo-, pero tenía que seguir al padre Brown, sin falta; se trata de un asunto
de vida o muerte.
El padre Brown empezó a
ponerse en pie con cierta agitación.
-Pero ¿qué ha ocurrido,
Maggie? -dijo.
-Han asesinado a James, por
lo que puedo deducir -respondió la joven, respirando todavía agitadamente tras la
carrera-. Ese individuo, Glass, ha estado otra vez con él. Los oí hablando a
través de la puerta, con toda claridad. Dos voces distintas, porque James habla
bajo, con un tono gutural y la otra voz era aguda y temblorosa.
-¿Ese individuo Glass?
-repitió perplejo el cura.
-Sé que se llama Glass
-respondió la joven con tono muy impaciente-, lo oí a través de la puerta.
Estaban peleándose, por cuestiones de dinero, creo, porque oí a James decir
una y otra vez: "Muy bien, señor Glass" o "No, señor Glass"
y luego "Dos o tres, señor Glass". Pero estamos hablando demasiado.
Debe usted venir inmediatamente y quizá lleguemos a tiempo.
-Pero ¿a tiempo para qué?
-preguntó el doctor Hood, que había estado observando a la joven con gran
interés-. ¿Qué pasa con ese señor Glass y sus problemas monetarios que
impulsan a tal urgencia?
-Traté de echar la puerta
abajo y no pude -respondió bruscamente la joven-. Entonces corrí al patio
trasero y logré subir al alféizar de la ventana de la habitación. Estaba
bastante oscuro y parecía no haber nadie, pero juro que vi a James tirado en un
rincón, como si estuviera drogado o lo hubieran estrangulado.
-Esto es algo muy serio
-dijo el padre Brown, recogiendo sus escurridizos paraguas y sombrero y
poniéndose en pie-. De hecho yo estaba exponiendo sus problemas a este
caballero y su opinión...
-Ha sufrido un cambio
considerable - dijo con preocupación el científico-. No creo que esta joven sea
tan céltica como había supuesto. Como no tengo otra cosa que hacer, me pondré
el sombrero y los acompañaré.
Unos minutos después, los
tres se acercaban al final de la triste calle de los MacNab, la joven con
paso firme y sin aliento como un montañero, el criminólogo con pasos largos y
elegantes que recordaban la agilidad de un leopardo y el cura con un trote
enérgico, totalmente carente de elegancia.
El aspecto de esta zona de las
afueras de la ciudad no dejaba de justificar las alusiones del médico a
actitudes y ambientes desolados. Las casas dispersas estaban cada vez más
alejadas unas de otras, en una línea interrumpida a lo largo de la costa; la
tarde iba cayendo con una penumbra prematura y parcialmente lívida; el mar era
de un púrpura turbio y producía un murmullo amenazador.
En el descuidado
jardín trasero de los MacNab, que bajaba hacia la arena, había dos árboles
negros con aspecto de no brotar nunca, que parecían manos de demonios levantadas
con expresión de asombro. Al correr calle abajo para recibirlos con las delgadas
manos en alto, en un gesto similar, y su rostro impetuoso en la sombra, la
señora MacNab se parecía también un poco a un demonio.
El médico y el sacerdote
apenas replicaron a su estridente reiteración del relato de la joven, con
detalles más perturbadores de su propia cosecha, a las promesas de venganza
alternativamente dirigidas contra el señor Glass por asesinato y contra el
señor Todhunter por haber sido asesinado, o contra este último por haberse
atrevido a querer casarse con su hija y no haber vivido para hacerlo.
Atravesaron el estrecho pasillo de la parte delantera de la casa hasta llegar a
la puerta del huésped en la parte trasera y allí, el doctor Hood, con la
habilidad de un viejo detective, dio un golpe seco y logró abrir la puerta.
Se encontraron con una
catástrofe silenciosa. Nadie que la viera, aunque sólo fuese un segundo,
podría dudar de que la habitación había sido el escenario de alguna impactante
pelea entre dos personas o quizá más. Había naipes dispersos sobre la mesa o
desparramados por el suelo, como si se hubiera interrumpido una partida. Copas
de vino en una mesita auxiliar y una tercera, hecha trizas, como una estrella
de cristal, sobre la alfombra.
A pocos pies de ella había lo que parecía un
cuchillo largo o una espada corta, recta, pero con un puño muy adornado y
pintado. Su hoja apagada recibía un brillo grisáceo de la deprimente ventana
que había detrás, por la que se veían los negros árboles contra la plomiza
línea del mar. Un sombrero de copa había rodado hacia el extremo opuesto de la
habitación, como si alguien se lo acabara justo de quitar, tanto que uno tenía
casi la impresión de que seguía rodando.
Y detrás de él, en la esquina, tirado
como una bolsa de patatas, pero atado como un baúl facturado, yacía el señor
James Todhunter, con una bufanda tapándole la boca y seis o siete cuerdas
anudadas en torno a los codos y los tobillos. Sus ojos castaños estaban
llenos de vida y se volvieron hacia ellos con expresión alerta.
El doctor Orion Hood se
detuvo un instante sobre el felpudo y se empapó de toda la escena de
silenciosa violencia. Luego atravesó con rapidez la alfombra, recogió el
sombrero de copa y lo puso gravemente sobre la cabeza del todavía cautivo
Todhunter. Era demasiado ancho para él, tanto, que casi se deslizó hasta los
hombros.
-El sombrero del señor Glass -dijo el médico, volviendo con
él y observando el interior con una lupa de
bolsillo.
¿Cómo explicar la ausencia
del señor Glass y la presencia del sombrero del señor Glass? Porque el señor
Glass no es una persona descuidada con su ropa. Este sombrero tiene estilo y
ha sido cepillado y lustrado sistemáticamente, aunque no es muy nuevo. Un
viejo dandy, diría yo.
-Pero ¡por Dios! -exclamó la
señorita MacNab-. ¿Por qué no lo desata usted antes que nada?
-Digo "viejo" con
intención, aunque no con certeza -continuó el comentarista-. Es posible que mi
razón para usar esa palabra pueda parecer algo atrevida. El pelo de los seres
humanos empieza a caer en diversos grados, pero casi siempre cae en pequeña
cantidad y con la lupa debería ver los pocos pelos que se depositan en un
sombrero que se ha usado recientemente.
Este sombrero no tiene ningún pelo, lo
que me hace pensar que el señor Glass es calvo. Ahora bien, cuando este dato se
une a la voz aguda y temblorosa que la señorita MacNab describió tan
atinadamente (paciencia, señorita, paciencia), cuando unimos la cabeza sin
pelo al tono de voz común en situaciones de ira senil, pienso que podemos
deducir que se trata de alguien entrado en años.
Sin embargo, era probablemente
vigoroso y, casi con toda seguridad, de elevada estatura. Podría fiarme hasta
cierto punto de la historia de su aparición anterior ante la ventana, en la que
se le describía como un hombre alto con sombrero de copa, pero creo que tenemos
indicios más certeros. Esta copa de vino ha saltado en pedazos por toda la
habitación, pero uno de los trozos está en la repisa superior de la chimenea.
No podría encontrarse allí si la copa se le hubiera caído a alguien relativamente
bajo como el señor Todhunter.
-A propósito -dijo el padre
Brown-, ¿no convendría que desatáramos al señor Todhunter?
-Lo que nos enseñan las
copas no termina aquí -continuó el especialista-. Puedo decir inmediatamente
que es posible que el individuo llamado Glass fuera calvo o nervioso, más a
causa de su carácter disipado que por la edad.
El señor Todhunter, como ya se
ha dicho, es un caballero tranquilo y austero, prácticamente abstemio. Estos
naipes y estas copas de vino no forman parte de sus hábitos normales; han sido
sacados para un invitado especial. Pero, además, podemos ir aún más lejos. El
señor Todhunter puede tener o no tener un juego de copas de vino, si bien no
parece poseer vino alguno. ¿Qué era, entonces, lo que debían contener estos
recipientes? Yo sugeriría inmediatamente un coñac o whisky, quizá de clase
extra, procedente de un frasco de bolsillo del señor Glass.
Así tenemos el
retrato del individuo o por lo menos, del tipo al que pertenece: alto, entrado
en años, a la moda, pero algo ajado, ciertamente aficionado al juego y a los
licores fuertes y quizá demasiado aficionado a ellos. El señor Glass es un
caballero conocido en los grupos sociales marginales.
-Escúcheme -exclamó la
joven-, si no me deja usted pasar para desatarlo, saldré corriendo y llamaré a
gritos a la policía.
-No le aconsejaría a usted, señorita MacNab -dijo gravemente
el doctor Hood-, que tenga tanta prisa en hacer venir a la policía. Padre
Brown, le ruego fervorosamente que controle usted a su rebaño, tanto por el
bien del mismo como por el mío. Bien, ya hemos visto algo del aspecto y la
condición del señor Glass.
¿Cuáles son las cosas principales que se saben del
señor Todhunter? Son sustancialmente tres: que es ahorrativo, que es más o
menos rico y que tiene un secreto. Ahora bien, es evidente que aquí nos
encontramos con los tres rasgos básicos del hombre bueno, objeto de un
chantaje. Y sin duda alguna es igual de
evidente que la desgastada elegancia, las costumbres disipadas y la estridente
irritación del señor Glass son los rasgos inconfundibles del tipo de hombre
que lo somete a chantaje.
Aquí tenemos las dos figuras típicas de una tragedia
de dinero oculto: por un lado, un hombre respetable con un secreto; por el
otro, el buitre de los barrios de moda con olfato para descubrir un secreto.
Estos dos hombres se han reunido hoy aquí y se han peleado, a golpes y con un
arma desnuda.
-¿Le va a quitar usted las
cuerdas? - insistió tercamente la joven.
El doctor Hood volvió a
colocar cuidadosamente el sombrero de copa sobre la mesa auxiliar y se acercó
al cautivo. Lo estudió atentamente, incluso moviéndolo un poco y volviéndolo a
medias por los hombros, pero se limitó a responder:
-No. Creo que estas cuerdas
están muy bien hasta que sus amigos policías traigan las esposas.
El padre Brown, que había
estado mirando aburridamente la alfombra, levantó su redonda cara y preguntó:
-¿Qué quiere usted decir?
El científico había tomado
una extraña daga de la alfombra y la examinó con suma atención al tiempo que
respondía:
-Dado que hemos encontrado
al señor Todhunter atado, ustedes llegan a la conclusión de que el señor Glass
lo ha atado y luego, me imagino, ha huido. Hay cuatro objeciones a esta
tesis: la primera, ¿por qué un caballero tan presumido como nuestro amigo
Glass olvidaría su sombrero, si se fue por propia voluntad? Segunda -continuó,
dirigiéndose hacia la ventana-, esta es la única salida y está cerrada por
dentro. Tercera, esta hoja tiene una diminuta mancha de sangre en la punta,
pero el señor Todhunter no presenta ninguna herida.
El señor Glass se fue
herido, vivo o muerto. Agreguemos a todo ello esta probabilidad fundamental: es
mucho más probable que la persona chantajeada trate de matar a su víctima y no
que el chantajista trate de matar la gallina de los huevos de oro. Esta es,
creo yo, una relación bastante compleja del caso.
-Pero ¿y las cuerdas? -preguntó el cura,
cuyos ojos muy abiertos expresaban una admiración bastante vacua.
-Ah, las cuerdas -dijo el
experto con un tono curioso-. La señorita MacNab insistía en saber por qué no
liberé al señor Todhunter de sus ataduras. Pues bien, se lo diré. No lo hice
porque el señor Todhunter puede librarse de ellas en el momento en que quiera
hacerlo.
-¿Qué? -exclamó su auditorio
con diferentes tonos de asombro.
-He observado los nudos del
señor Todhunter -reiteró con calma Hood-. Da la casualidad de que entiendo algo
de nudos; son toda una rama de la ciencia criminal. Cada uno de esos nudos lo
ha hecho él mismo y podría deshacerlos; ninguno de ellos podría haber sido
hecho por un enemigo que de verdad quisiera inmovilizarlo.
Todo este asunto de
las cuerdas es una astuta maniobra para hacernos creer que es víctima de una
pelea, en vez del desdichado Glass, cuyo cadáver bien puede estar oculto en el
jardín o escondido en la chimenea.
Se produjo un silencio más bien deprimente; la habitación
iba oscureciéndose, las ramas de los árboles del jardín, castigadas por el
mar, parecían más delgadas y más oscuras que nunca; sin embargo, semejaban
estar más cerca de la ventana.
Uno podía casi imaginar que esos monstruos
marinos como los kraken o las saepias, pólipos serpenteantes que se habían
arrastrado fuera del mar para ver el fin de esta tragedia, del mismo modo que él, el
malvado y la víctima de ella -el terrible hombre del sombrero de copa- se había
arrastrado un día desde el mar. Todo el aire estaba cargado de un clima de
chantaje, que es la cosa humana más morbosa, porque es un delito que encubre
otro delito. Un esparadrapo negro sobre una herida negra.
El rostro del curita
católico que, generalmente, tenía una expresión agradable e incluso cómica, se
había fruncido de pronto, en forma curiosa. No era la curiosidad inexpresiva
de su primer candor. Era más bien la curiosidad creadora que acomete a un
hombre que empieza a descubrir algo.
-Repítalo, por favor -dijo
con tono sencillo y preocupado- ¿quiere usted decir que Todhunter puede atarse
y desatarse él solo?
-Eso es lo que quiero decir
-dijo el médico.
-¡Dios mío! -exclamó Brown
de repente-. ¿Podría tratarse de eso?
Cruzó la habitación como un
conejo y miró con nuevo interés la cara parcialmente cubierta del cautivo.
Luego volvió su propio rostro, bastante tonto, hacia los otros y exclamó con
cierta excitación:
-¡Pues sí, es eso! ¿No lo
ven ustedes en su cara? ¡Pero mírenle los ojos!
Tanto el profesor como la
joven siguieron la dirección de su mirada. Y aunque la amplia bufanda negra
cubría completamente la mitad inferior del rostro de Todhunter, sí se dieron
cuenta de que había algo inquieto e intenso en la parte superior.
-La verdad es que los ojos
tienen algo raro -exclamó la joven, muy conmovida. ¡Son ustedes unos brutos!
¡Estoy convencida de que le duele algo!
-Eso no lo creo -dijo el
doctor Hood-. Los ojos tienen ciertamente una expresión singular. Pero yo
interpretaría esas arrugas de la frente más bien como la manifestación de una
ligera anormalidad psicológica del tipo...
-¡Oh, que tontería! -exclamó
el padre Brown-. ¿No ven ustedes que se está riendo?
-¿Riendo? -repitió
sobresaltado el médico-, pero ¿de qué diablos puede reírse?
-Bueno -replicó el reverendo
Brown en tono de disculpa-, para no andarme con rodeos, yo creo que se ríe de
usted. Y la verdad es que yo también me siento inclinado a reírme un poco de mí
mismo, ahora que ya sé de qué se trata.
-¿Ahora que sabe usted qué?
-preguntó Hood, algo molesto.
-Ahora que sé la profesión
del señor Todhunter -replicó el cura.
El padre Brown iba de un
lado para otro por la habitación, mirando los distintos objetos, con lo que
parecía una mirada vacua, y luego invariablemente rompía a reír con una risa
igualmente vacua, proceso muy áspero para los que tenían que contemplarlo.
Se
rió mucho ante el sombrero, aun más ante la copa rota, pero la sangre en la
punta de la espada le produjo convulsiones incontrolables de hilaridad. Luego
se volvió hacia el médico, que protestaba.
-Doctor Hood -exclamó con
entusiasmo-, ¡es usted un gran poeta! Ha creado de la nada, un ser
inexistente. ¡Cuánto más propio de un dios es eso que si hubiera usted
descubierto los hechos puros y simples! En verdad, los hechos puros y simples son
bastante vulgares y cómicos comparados con su explicación.
-No tengo la menor idea de a
qué se refiere usted -dijo con bastante altivez el doctor Hood-. Mis hechos son
todos inevitables, aunque necesariamente incompletos. Quizá se puede dejar un
lugar a la intuición (o a la poesía si prefiere usted ese término), pero sólo
porque los detalles correspondientes no pueden comprobarse de momento. En
ausencia del señor Glass...
-Eso es, eso es -dijo el
curita, asintiendo con entusiasmo-. Esa es la primera idea que hay que
retener: la ausencia del señor Glass. ¡Ese señor está extremadamente ausente!
Me imagino -añadió con aire reflexivo- que nunca hubo nadie más ausente que el
señor Glass.
-¿Quiere usted decir que
está ausente de la ciudad? -preguntó el médico.
-Quiero decir que está
ausente de todas partes -respondió el padre Brown-. Está ausente de la
naturaleza de las cosas, por así decir.
-¿Quiere usted decir de
verdad -preguntó el especialista, con una sonrisa- que no existe tal persona?
El cura hizo un gesto de
asentimiento. -La verdad es que es una lástima -dijo.
Orion Hood se echó a reír
con tono despreciativo.
-Bien -dijo-, antes de pasar
a las ciento una pruebas restantes, tomemos la primera que encontramos; el
primer hecho con el que nos topamos cuando entramos en esta habitación. Si no
hay ningún señor Glass, ¿de quién es este sombrero?
-Es del señor Todhunter
-replicó el padre Brown.
-Pero no es de su talla
-exclamó impaciente Hood-. No podría usarlo.
El padre Brown sacudió la
cabeza con inefable suavidad y respondió:
-Yo nunca dije que pudiera
usarlo. Dije que era su sombrero. O, si usted insiste en el matiz, que es un
sombrero de su propiedad.
-¿Y cuál es el matiz?
-preguntó con ligero desprecio el criminólogo.
-Señor mío -exclamó el
paciente hombrecito, con la primera manifestación de algo parecido a la
impaciencia-, si va usted a la sombrerería más próxima verá que, en la lengua
común, hay una diferencia entre el sombrero de un hombre y los sombreros que
son de su propiedad.
-Pero un sombrerero
-protestó Hood- puede sacar dinero de sus existencias de sombreros nuevos. ¿Qué
podría sacar Todhunter de este único sombrero viejo?
-Conejos -replicó
inmediatamente el padre Brown.
-¿Qué? -exclamó el doctor
Hood.
-Conejos, cintas, caramelos,
peces de colores, serpentinas -dijo el reverendo señor, con rapidez-. ¿No se
dio usted cuenta de todo cuando vio las cuerdas falsas? Igual ocurre con la
espada. El señor Todhunter no tiene ni un rasguño sobre él, como usted dice;
pero tiene un rasguño dentro de él, si no me explico mal.
-¿Quiere usted decir dentro
de la ropa? -preguntó severamente la señora MacNab.
-No quiero decir dentro de
la ropa del señor Todhunter -respondió el padre Brown-. Quiero decir dentro del
señor Todhunter.
-Pero ¿qué demonios quiere
usted decir?
-El señor Todhunter explicó plácidamente el padre Brown-
está aprendiendo a ser un mago profesional, así como un prestidigitador, un
ventrílocuo y un experto en los trucos con cuerdas. Lo de la magia explica el
sombrero. No tiene rastros de pelo, no porque haya sido usado por el prematuramente
calvo señor Glass sino porque nunca ha sido usado.
La prestidigitación explica
las tres copas, que Todhunter estaba aprendiendo a tirar al aire y recogerlas
en rotación. Pero, como aún no es un experto, estrelló una de ellas contra el
techo.
Y la prestidigitación explica también la espada, que el señor Todhunter,
por deber profesional, debía tragar. Pero nuevamente, mientras practicaba, se
arañó ligeramente la garganta por dentro, con el arma. De ahí que tenga una
herida dentro de él, aunque estoy seguro (por su expresión) de que no es grave.
Estaba ensayando también el truco de soltarse de las cuerdas,
como los hermanos Davenport, y estaba justo a punto de liberarse cuando todos
irrumpimos en la habitación. Los naipes, por supuesto, son para juegos
malabares también, y están dispersos por el suelo porque acababa de practicar
uno de esos trucos que consiste en lanzarlos por los aires.
Se limitaba a
guardar en secreto su oficio porque tenía que encubrir sus trucos, como
cualquier otro mago. Pero el mero hecho de que algún paseante ocioso con
sombrero de copa hubiera observado una vez por la ventana y hubiera sido
alejado con gran indignación bastó para ponernos a todos sobre una falsa pista
de fantasía y hacernos pensar que toda su vida estaba dominada por el fantasma
del señor Glass, con su sombrero de copa.
-Pero ¿y lo de las dos
voces? -preguntó sorprendida Maggie.
-¿No ha oído usted nunca a
un ventrílocuo? -preguntó el padre Brown-. ¿No sabe usted que primero hablan
con su voz natural y luego se contestan a sí mismos con esa voz estridente,
temblorosa y artificial que oyó usted?
Hubo un largo silencio y el
doctor Hood contempló al hombrecito que había hablado, con una sonrisa cínica
y atenta.
-Es usted ciertamente muy
ingenioso -dijo-. No podía haberse hecho mejor en un libro. Pero hay una parte
del señor Glass que no ha logrado usted explicar y es su nombre. La señorita MacNab
oyó claramente cómo lo llamaba así el señor Todhunter.
El reverendo padre Brown se
echó a reír puerilmente.
-¡Ah, bueno! -dijo-. Eso es
lo más tonto de esta historia absurda. Cuando nuestro amigo malabarista tiraba
tres copas a un tiempo, las contaba a medida que las recogía y también
comentaba en voz alta si no lograba asirlas. Lo que en realidad decía es: "Uno,
dos y tres, fallé; uno, dos: fallé". Y así sucesivamente.
Hubo un segundo de
inmovilidad en la habitación y luego, todos a una, se echaron a reír, mientras
la figura que yacía en el rincón se desataba alegremente de las cuerdas y las
dejaba caer con elegancia.
Luego, avanzando hasta el centro de la habitación, con
una reverencia sacó del bolsillo un gran cartel impreso en azul y rojo, que
anunciaba que Zaladin, el Mejor Mago, Contorsionista, Ventrílocuo y Canguro Humano
del Mundo presentaría una serie completamente nueva de Números en el Pabellón
Imperial, Scarborough, el lunes próximo, a las ocho en punto.