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El Velo Negro - Charles Dickens ya corregido

En un atardecer de invierno de finales del año 1800, un joven médico, recientemente establecido, estaba sentado junto a un alegre fuego, en su pequeña antesala, escuchando el viento que arrojaba la lluvia contra la ventana en resonantes gotas y aullaba lúgubremente en la chimenea. La noche era húmeda y fría. 
 
El hombre había estado chapoteando en barro y agua durante todo el día, y a la sazón descansaba, cómodamente envuelto en su bata y con las zapatillas puestas. Medio dormido, su imaginación errabunda barajaba un asunto tras otro. 

Primero pensó en la fuerza con que soplaba el viento y hasta qué punto la lluvia aguda y helada le estaría golpeando la cara si no se hallase cómodamente instalado en su hogar. Luego, su mente enfocó el tema de la visita que anualmente realizaba, en Navidad, a su ciudad natal y a sus amigos más allegados; consideró cuánto les hubiera gustado a todos verlo y cuán feliz habría sido Rosa si le hubiese podido decir que al fin había encontrado un cliente y que esperaba tener otros, y, además, que regresaría al cabo de poco tiempo para casarse con ella y llevarla a casa, donde le alegraría sus solitarias veladas junto al fuego y le estimularía para realizar nuevos esfuerzos. 

Empezó a reflexionar sobre cuándo aparecería su primer cliente o si estaba destinado, por especial voluntad de la Providencia, a no tener ninguno; después volvió a pensar en Rosa y se quedó dormido. En sueños oyó su voz dulce y alegre y sintió que una mano suave y menuda se posaba sobre su hombro…
 
Había una mano sobre su hombro, pero no era suave ni menuda, sino que pertenecía a un muchacho robusto y de cabeza redonda que, por un chelín semanal y la comida, se ocupaba en llevar medicinas y recados dentro del radio de la parroquia. Cuando no había pedidos de medicinas ni mensajes que llevar, invertía sus horas libres —que eran unas catorce diarias, por término medio— en masticar pastillas de menta, comer un poco de carne e irse a dormir.

—¡Una dama, señor! ¡Una dama! —murmuró el muchacho despertando a su amo con una sacudida.

—¿Una dama? —gritó nuestro amigo, despabilándose, dudando de que su sueño fuese irreal y con la secreta esperanza de que la mujer aludida resultase Rosa en persona—. ¿Qué dama? ¿Dónde está?

—Ahí, señor —contestó el muchacho, señalando hacia la puerta de cristales que conducía al consultorio.

El médico miró hacia la puerta y, por un instante, se detuvo a examinar el aspecto de la visitante. Su rostro tenía aquella expresión de sobresalto que lógicamente suscita lo inesperado.

Era una mujer excepcionalmente alta, vestida de riguroso luto, y se hallaba tan pegada a la puerta que su cara casi rozaba el vidrio. La parte superior de su figura estaba cuidadosamente envuelta por un chal negro, como si desease no ser reconocida, y su cara hallábase cubierta por un espeso velo, también negro. Permanecía completamente erguida; su figura se alzaba cuan alta era, y aunque el médico sintió que los ojos de detrás del velo estaban fijos en él, ella seguía inmóvil como si no hubiese advertido que él había entrado.

—¿Desea usted consultarme? —preguntó con cierta vacilación, manteniendo entornada la puerta. Esta se abría de forma que no alteraba la posición de la figura, que continuaba inmóvil en su sitio.

La mujer inclinó ligeramente la cabeza, en señal de afirmación.

—Sírvase pasar —dijo el médico.

La figura avanzó un paso, y luego, volviendo la cabeza en dirección al muchacho —con infinito terror de este—, pareció vacilar.
 
—Sal de la habitación, Tom —dijo el joven médico, dirigiéndose al muchacho, cuyos grandes ojos redondos se habían dilatado hasta el máximo durante este breve diálogo—. Echa la cortina y cierra la puerta.
 
El muchacho corrió una cortina verde sobre la puerta vidriera, se retiró al consultorio, cerró la puerta tras de sí y, desde el otro lado, aplicó uno de sus grandes ojos al agujero de la cerradura.
 
El médico acercó su silla a la chimenea e invitó a sentarse a su visita. La misteriosa figura se movió lentamente hacia el asiento. Cuando el resplandor del fuego iluminó el traje negro, el médico observó que la orilla del vestido estaba empapada de barro y de lluvia.
 
—Veo que está usted empapada —dijo.

—Así es —contestó la recién llegada con voz baja y profunda.

—¿Se siente usted enferma? —preguntó el médico compasivamente, juzgando por el tono de su interlocutora que se trataba de una persona desgraciada.

—Estoy muy enferma —contestó la mujer—, pero no física, sino mentalmente. No es por mí, o en beneficio propio, por lo que he venido a verle. Si hubiese tenido alguna dolencia física no estaría aquí, sola, a esta hora, en una noche semejante; y si enfermara en las próximas veinticuatro horas, bien sabe Dios con qué gusto me acostaría y llamaría a la muerte. Solicito su ayuda para otra persona, señor. Es posible que produzca la impresión de estar loca —creo que lo estoy—, pero noche tras noche, en el curso de largas y sombrías horas de vigilia y de llanto, un mismo pensamiento no ha dejado de rondar por mi espíritu, y aunque conozco la inutilidad de cualquier ayuda humana que pueda prestárseme, el simple pensamiento de depositarlo en su tumba sin intentar un supremo esfuerzo me hiela la sangre en las venas.

El bien aprendido arte del médico no hubiera podido producir un estremecimiento semejante al que recorrió todo el cuerpo de la que hablaba.

Había tal ansiedad desesperada en los gestos de la mujer, que el joven médico se sintió conmovido. Hacía poco tiempo que ejercía su profesión e ignoraba las miserias que diariamente se presentan a los ojos de los médicos y los endurecen ante el sufrimiento humano.

—Si la persona a quien usted se refiere —dijo, rápidamente— se halla en una situación tan desesperada como usted afirma, creo que no hay momento que perder. Tenemos que partir inmediatamente. ¿Por qué no acudió a los médicos antes?

—Porque antes hubiera sido inútil, como lo es también ahora —replicó la mujer, juntando las manos con desesperación.

El médico trató inútilmente de descubrir las facciones que se ocultaban tras el espeso velo.

—Usted está enferma —dijo suavemente—. Usted está enferma, aunque crea lo contrario. La fiebre que le ha permitido soportar, sin sentirla, la fatiga que evidentemente ha sufrido y que está ardiendo dentro de usted. Beba esto —continuó, sirviéndole un vaso de agua—, descanse durante unos minutos y luego dígame, lo más tranquilamente que pueda, cuál es la enfermedad de su paciente y cuánto tiempo ha estado enfermo. Cuando sepa todo lo necesario para que mi visita pueda servir de algo, estaré dispuesto a acompañarla.

La visitante se llevó el vaso de agua a la boca, sin alzar el velo, lo depositó de nuevo sin probarla y se echó a llorar.

—Creerá usted —dijo sollozando— que deliro. Me lo han dicho antes, y menos cariñosamente que usted ahora. Yo no soy joven. Dícese que a medida que la vida se desliza hacia su término definitivo, lo último que nos queda, por desprovisto de valor que parezca a aquellos que nos rodean, es más caro a su poseedor que todos los años que se han ido antes, pues está vinculado a los recuerdos de los amigos muertos desde hace tiempo, de los jóvenes, niños tal vez, que han renegado tan completamente de nosotros que diríase que también están muertos.

Tras una corta pausa, la mujer prosiguió:

—Mi vida no puede prolongarse muchos años, y estos deberían ser preciosos, preciosos para mí; pero yo los entregaría sin un suspiro, con gozo, con júbilo, a cambio de que lo que estoy diciendo fuese falso o imaginario. Mañana por la mañana, ese de quien le hablo estará, lo sé, aunque finja creer lo contrario, más allá del alcance de cualquier ayuda humana; y, sin embargo, esta noche, aunque se halle en peligro mortal, usted no debe verlo, ni podría socorrerle.
 
—No quiero aumentar su congoja —dijo el médico, después de una corta pausa— haciendo un comentario sobre lo que usted acaba de decir, o mostrándome deseoso de investigar un caso que usted trata de encubrir de una manera tan anhelante. Pero en su declaración hay algo incongruente, hay algo que escapa a lo verosímil. Esa persona está en trance de morir esta noche y yo no puedo verla aun cuando mi asistencia podría tal vez salvarla; usted me dice que mi ayuda será inútil mañana y, sin embargo, ¡usted desea que la visite entonces! Si es verdad que la vida de esa persona resulta tan querida para usted como lo demuestran sus palabras y sus gestos, ¿por qué no trata de salvarla ahora, antes que el retraso y el progreso de su enfermedad hagan impracticable la intervención médica?

—¡Que Dios me ayude! —exclamó la mujer llorando amargamente—. ¡Cómo es posible que los extraños crean en lo que hasta a mí me parece increíble! Entonces, ¿se niega usted a verlo, señor?
 
—No he dicho tal cosa —replicó el médico—, pero le advierto que si insiste en este inaudito aplazamiento y la persona muere, una terrible responsabilidad recaerá sobre usted.
 
—La responsabilidad pesará en alguna parte —replicó la extraña mujer, amargamente—. Cualquier responsabilidad que recaiga sobre mí la sobrellevaré con gusto y estoy dispuesta a dar cuenta de ella.
 
—Como no hay nada contrario a la ley —continuó el médico— en el hecho de acceder a su petición, puedo decirle que visitaré a la persona enferma mañana siempre que me dé su dirección. ¿A qué hora desea usted que vaya?

—A las nueve —replicó la visitante.

—Perdone usted si mi pregunta es indiscreta, pero ¿está a su cargo el paciente?

—No lo está —fue la respuesta.

—De manera que si yo le diese instrucciones para su tratamiento durante la noche, ¿usted no podría asistirlo?

—Yo no podría hacer tal cosa —contestó la mujer llorando amargamente.

Considerando que no podía obtener mayor información con prolongar la entrevista, y ansioso de ahorrar sufrimientos a la mujer, quien, refrenada al principio, gracias a un violento esfuerzo, estaba a la sazón demudada y temblorosa, el médico reiteró su promesa de realizar la visita a la hora señalada. 

Su visitante, después de haberle dado la dirección de un oscuro lugar de Walworth, abandonó la casa de la misma manera misteriosa que había entrado.

Fácilmente se comprenderá que tan extraordinaria visita produjo una gran impresión en el ánimo del joven médico y que este reflexionó mucho sobre las posibles circunstancias del caso. En su trato con la gente había tenido ocasión de enterarse de hechos singulares en que se había cumplido un anterior presentimiento de muerte en un día y hora determinados.
 
Por un momento, se sintió tentado a creer que tal vez era el caso presente; pero luego se le ocurrió que todas las historias de esa índole de que había oído hablar siempre correspondieron a las personas perturbadas por un presagio de su propia muerte. 

Esa muj
er, en cambio, hablaba de otra persona —un hombre— y era imposible suponer que una simple quimera o espejismo de la fantasía pudiera inducirla a hablar de la inminente desaparición de aquel con una certidumbre tan terrible. ¿No sería que el hombre corría el peligro de ser asesinado a la mañana siguiente, y que la mujer, cómplice al principio y obligada a guardar secreto bajo juramento, hubiese cedido y, aunque incapaz de evitar la perpetración de algún ultraje a la víctima, hubiese resuelto evitar su muerte, si es que ello era posible, mediante la oportuna intervención del auxilio médico? 

La idea de que tales cosas sucediese
n a menos de dos millas de la metrópoli se le presentó como descabellada y absurda, y la desechó al instante. Luego volvió a su primera idea, es decir, que la mente de aquella mujer estaba desequilibrada, y como este era el único modo de explicar el caso con cierto grado de satisfacción, encaminó su ánimo a creer que estaba loca. 

Ciertas dudas sobre este punto, sin embargo, acudieron de improviso a su pensamiento, una y otra ve
z, en el largo y sombrío curso de una noche de insomnio, durante la cual, a pesar de todos sus esfuerzos, le fue imposible borrar aquel velo negro de su agitada imaginación.
 
Como los suburbios de Walworth se encuentran bastante alejados de la ciudad, son aún hoy día un lugar bastante desamparado y miserable. Pero hace treinta y cinco años eran una especie de muladar habitado por unos cuantos individuos de dudosa condición, cuya pobreza les impedía vivir en mejor vecindad o cuyas ocupaciones y modos de vida hacían deseable su aislamiento. 

Muchas de las casas que han surgido desde entonces en sus aceras fueron edificadas algunos años después, y la gran mayoría, aun aquellas que se desparramaron por los alrededores, eran feas y miserables.
 
El aspecto del lugar por el cual caminó aquella mañana no era a propósito para levantar el espíritu del joven médico o dispersar la ansiedad y angustia que despertó en él la singular visita que iba a realizar. Apartándose del camino real, su ruta lo condujo a lo largo de un terreno bajo y pantanoso, por sendas desniveladas, con alguna casucha ruinosa aquí y allá, que se desmoronaba rápidamente por vetustez y abandono. 

Un árbol achaparrado, un pozo de agua estancada, ligeramente agitada por la lluvia de la noche anterior, bordeaban ocasionalmente el sendero; y de vez en cuando un miserable jardín, con unas cuantas tablas viejas reunidas para formar una glorieta y una vieja barda mal remendada, con estacas robadas a los cercos vecinos, daban inmediato testimonio de la pobreza de los habitantes y de los pocos escrúpulos que experimentaban ante la propiedad ajena. 

De vez en cuando, una mujer de aspecto miserable hacía su aparición en la puerta de una casa sucia, para vaciar el contenido de alguna olla en el arroyo de la acera de enfrente o para increpar a una muchacha calzada con chancletas que se tambaleaba a unos cuantos metros de la puerta, bajo el peso de un pálido infante casi tan grande como ella. 

Pero poca cosa se agitaba en torno, y la perspectiva, en lo que de ella podía verse débilmente a través de la fría y húmeda niebla que caía pesadamente sobre el lugar, infundía una impresión de soledad y lobreguez que armonizaba completamente con los objetos que hemos descrito.

Después de haber chapoteado fatigosamente por el agua y el cieno, de haber hecho muchas preguntas sobre la dirección que le habían dado, después de haber recibido otras tantas contestaciones contradictorias y poco convincentes, el joven médico llegó frente a la casa que se le había señalado como meta. 

Era una construcción pequeña y baja, de un solo piso, con un exterior aún más desolado y poco prometedor que los que acababa de dejar atrás. Una vieja cortina amarilla cubría enteramente la ventana del piso alto y los postigos de la antesala estaban cerrados, pero sin cerrojo. La casa se hallaba alejada de todas las demás, y como se alzaba en la esquina de una callejuela, no había otra vivienda a la vista.

Si decimos que el médico dudó, que anduvo unos cuantos pasos más allá de la casa antes de decidirse a levantar el llamador, sabemos que nuestras palabras no harán aparecer la sonrisa en el rostro de ningún lector, por audaz que este sea. La policía de Londres en aquella época era un cuerpo muy diferente del que es ahora. 

La situación aislada de los suburbios, cuando la fiebre de la edificación y el afán de mejoramiento aún no habían empezado
a unirlos con el cuerpo principal de la ciudad y sus alrededores, hacía que muchos de ellos (y este en particular) fuesen el refugio de los peores y más perversos sujetos. 

A la sazón, hasta las calles más alegres de Londres estaban mal alumbradas, y lugares como este quedaban completamente a merced de la luna y de las estrellas. Las probabilidades de descubrir sujetos peligrosos, o de rastrearlos hasta sus guaridas, quedaban reducidas, así, a un corto número, y naturalmente sus atentados aumentaron en audacia a medida que la experiencia diaria afianzaba en ellos la conciencia de una impunidad relativamente grande. 

Además, debe recordarse que el joven había pas
ado algún tiempo en los hospitales públicos de la ciudad; y aunque ni Burke ni Bishop habían adquirido todavía su horrible notoriedad, la propia observación de los hechos les indicó seguramente con cuánta facilidad pudieron cometerse las atrocidades que, desde entonces, llevaron el nombre del primero. 

Fuese por esto o bien por la reflexión, el caso es que él vaciló. Pero siendo, como era, un hombre animoso y de gran valor personal, su vacilación sólo duró unos instantes. Volviendo con rapidez sobre sus pasos, llamó suavemente a la puerta. Oyose un bisbiseo apagado, como si alguien, al final del pasillo, estuviese conversando cautelosamente con otra persona en el rellano de arriba. 

Acercose luego el ruido de un par de pesadas botas sobre el piso, la cadena de la puerta fue apartada suavemente, abrióse esta y un hombre alto, de mala catadura, pelo negro y un rostro, como declaró después el médico, tan pálido y desencajado como el de cualquiera de los muertos que había visto, apareció en el umbral.
 
—Entre, señor —dijo en voz baja.
 
El médico obedeció, y el hombre, después de haber asegurado nuevamente la puerta con la cadena, le condujo a una pequeña salita de recibo que se hallaba en el extremo del pasillo.
 
—¿Llego a tiempo?
 
—Demasiado pronto —contestó el hombre.
 
El médico volvióse rápidamente, con un gesto de asombro y de alarma que no pudo reprimir.

—Si quiere usted pasar por aquí, señor… —dijo el hombre, que evidentemente había advertido el gesto—. Pase por aquí; no tardaré ni cinco minutos, se lo aseguro.

El médico entró en el cuarto, sin vacilar. El hombre cerró la puerta y lo dejó solo.

Era un pequeño y frío cuarto que no tenía más muebles que dos sillas de pino y una mesa de la misma madera. Un poco de fuego ardía en la chimenea del hogar, sin la menor pantalla de protección; y aunque era poco lo que calentaba, al menos disolvía la humedad de la estancia, por cuyas paredes se escurría una insalubre acuosidad, como el rastro de enormes babosas… 

La ventana, que estaba rota y emparchada en muchas partes, parecía una pequeña parcela de terreno casi cubierta enteramente por el agua. En la casa reinaba un completo silencio. El joven médico se sentó junto a la chimenea, y esperó el resultado de su primera visita profesional.

Algunos minutos después, oyó el ruido de un coche que se aproximaba. Se puso en pie; la puerta de la calle se abrió; oyó una conversación en voz baja y un ruido de pasos cautelosos en el corredor y en la escalera, como si dos o tres hombres estuviesen ocupados en llevar algún cuerpo pesado a la habitación del piso alto. 

El crujido de los peldaños, pocos segundos después, anunció que los recién llegados, habiendo terminado la tarea que fuese, salían de la casa. La puerta volvió a cerrarse y reinó de nuevo el más absoluto silencio.
 
Pasados cinco minutos, cuando el médico se decidía a explorar la casa en busca de alguien que pudiese decirle en qué consistía su cometido, abrióse la puerta del cuarto y su visitante de la noche anterior, vestida exactamente de la misma manera y cubierto el rostro por el mismo velo, le indicó que pasara adelante. 
 
La singular altura de su cuerpo, añadida a la circunstancia de que no hablaba, hizo que, por un instante, cruzase por la mente del joven la idea de que bien podría ser un hombre disfrazado de mujer. Los sollozos histéricos que surgían a través del velo y la convulsa actitud de pesadumbre de aquella figura, denunciaron al punto lo absurdo de la suposición. El médico la siguió con presteza.

La mujer le guio, escaleras arriba, hasta el cuarto de la parte delantera de la casa y se detuvo en la puerta para dejar que él entrase. El cuarto estaba escasamente amueblado. Sólo había en él una vieja arca de pino, algunas sillas y un catre sin colgaduras ni travesaños, cubierto por una manta remendada. 

La escasa luz, que penetrababa a través de la cortina que él había visto desde la calle, hacía que fuese más vago el contorno de la habitación y comunicaba a todos ellos tan informe tonalidad, que el joven no se dio cuenta de la verdadera naturaleza de lo que tenía ante sus ojos hasta que la mujer, frenéticamente, se le adelantó y se arrodilló junto al lecho.

Tendida en la cama, rígida e inmóvil, prietamente envuelta con un lienzo y cubierta con sábanas, yacía una forma humana. La cabeza y la cara, que eran las de un hombre, estaban descubiertas, salvo un vendaje que le envolvía la cabeza y el cuello. El brazo izquierdo se atravesaba pesadamente en la cama y la mujer sostenía la mano inerte.

Con dulzura, el médico hizo a un lado a la mujer y tomó aquella mano.

—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Este hombre está muerto!

La mujer se puso en pie y juntó las manos.

—¡Oh, no diga eso, señor! —exclamó la mujer en un arranque de pasión que llegaba casi al frenesí—. ¡Oh, no diga eso! ¡No puedo soportarlo! Hubo hombres que resucitaron a pesar de que la gente ignorante les dio por muertos, y otros que se hubieran salvado si se hubiese acudido a tiempo… ¡No le deje tendido aquí, señor, sin hacer un esfuerzo para salvarlo! Tal vez está muriendo en este instante. ¡Inténtelo, señor! ¡Hágalo por amor de Dios!

Mientras hablaba, la mujer tocó primero la frente y luego el pecho de la figura inmóvil. Después golpeó frenéticamente las manos frías, que cuando las soltó, cayeron de nuevo, mecánica y pesadamente, sobre la manta.

—No hay remedio, mi buena señora —dijo el médico en tono tranquilo, retirando su mano del pecho del hombre—. ¡Sosiéguese! Descorra la cortina.

—¿Qué dice usted? —preguntó la mujer, sorprendida.

—¡Descorra la cortina! —repitió el médico, sobresaltado.

—Yo oscurecí el cuarto a propósito —dijo la mujer, interponiéndose, cuando él se levantó para descorrerla—. ¡Oh, señor, tenga piedad de mí! Si no hay remedio, si él está verdaderamente muerto, no le exponga a otros ojos que no sean los míos.

—Este hombre no murió de muerte natural —dijo el médico—. ¡Tengo que ver el cuerpo!
 
Y con vivo ademán, tanto que la mujer apenas pudo notar que el médico se había deslizado a su vera, este descorrió la cortina y volvió junto al lecho.

—Aquí ha habido violencia —dijo señalando el cuerpo y mirando fijamente a la cara, cuyo velo había sido levantado por primera vez.

En la excitación ocurrida un minuto antes, la mujer se había quitado la toca y el velo y a la sazón hallábase erguida, con los ojos fijos en él. Sus facciones eran las de una mujer de cincuenta años, que en otros tiempos había sido bella. 

El dolor y
el llanto habían dejado sus huellas en aquel rostro mortalmente pálido, pero no lo habían marchitado del todo. Su boca estaba contraída nerviosamente y el intenso fulgor que brillaba en sus ojos indicaba muy a las claras que sus fuerzas físicas y mentales estaban casi desmoronándose bajo el peso de los sufrimientos.

—Ha habido violencia aquí —dijo el médico, disimulando su mirada escrutadora.

—Sí, tiene usted razón —replicó la mujer.

—¡Este hombre ha sido asesinado!

—¡Pongo a Dios por testigo de que lo ha sido! —dijo la mujer apasionadamente.

—¿Por quién? —preguntó el médico, tomando a la mujer por el brazo.

—Mire las señales del asesino, y luego pregúntemelo —contestó.

El médico volvió el rostro hacia la cama y se inclinó sobre el cuerpo, que ahora yacía bajo la luz que entraba por la ventana. De pronto, comprendió la verdad.

—Este es uno de los hombres que han sido ahorcados esta mañana —dijo, apartándose tembloroso.

—Sí —contestó la mujer con una mirada fría, sin expresión.

—¿Quién es? —preguntó él.

—Mi hijo —dijo la mujer, y cayó al suelo desvanecida.

Era verdad. Un compañero suyo, tan culpable como él, había sido puesto en libertad, pero ese hombre había pagado con la muerte, había sido ejecutado. Contar las circunstancias del hecho, ahora distante, resultaría innecesario y podría apenar a personas que todavía viven. 

La madre era una viuda sin amigos ni dinero que se había privado de lo más necesario para dárselo a su hijo enfermo. Y este muchacho, sin tener en cuenta los ruegos maternos e indiferente a los sufrimientos que ella había soportado por él —incesante ansiedad del espíritu y voluntaria extenuación del cuerpo—, se había precipitado a una existencia de disipación y de crimen. Y el resultado había sido este: su muerte a manos del verdugo y la vergüenza e incurable locura de su madre.

Durante muchos años después de este suceso, cuando requerimientos provechosos y complicados hubieran hecho olvidar en otros hombres a tan desvalido ser, se vio al joven médico visitar diariamente a la inofensiva loca, cuidarla cariñosamente, aliviar el rigor de su condición con donaciones de dinero, otorgadas con mano pródiga, para subvenir a su comodidad y mantenimiento. 

A la luz del recuerdo y conciencia que
precedió a la muerte de esta criatura, pobre y sin amigos, surgió de sus labios una oración para el bienestar y protección de su médico, tan férvida como la que el mejor de los mortales pudiera haber elevado.

La oración voló al cielo y fue oída. La bendición influyó para que se le reconociese en una proporción de mil por uno todo lo que había hecho. Pero entre todos los honores de rango y posición que desde entonces se han acumulado sobre su persona, y que tan bien se ha ganado, este hombre no guarda en su corazón un recuerdo más fortalecedor que el que está vinculado al Velo Negro.

La sombra de la guillotina - Washington Irving

Cuando la claridad del día siguió su camino hacia el oeste, dejando al Sol oculto tras oscuros nubarrones, París se sumió en una negra y fría noche de invierno. La lluvia comenzó a caer, como si hubiera estado aguardando la llegada de las tinieblas. Un viento helado, salido tal vez de las entrañas del Polo, ayudó a barrer de almas y cuerpos las calles de la ciudad. 

Al filo de la medianoche, una sombra se dirigió, calado el hongo hasta las orejas y envuelta en fusca y amplia capa, a la única casa que aún mantenía una tenue luz encendida en la sórdida calle.

El solitario viandante empujó la chirriante puerta de madera que tenía ante sí y penetró en el local. Se trataba de una mugrienta taberna de ennegrecidas e inexpresivas paredes, cuyo único y discordante adorno eran unas raídas y no menos mugrosas escarapelas tricolores de la todavía incipiente Revolución. 

El recién llegado denotaba un cierto aire de distinción, era alto y flaco, y su mirada parecía la de alguien que ha contemplado los mayores horrores del mundo, pues sus ojos aparecían negros y penetrantes. Atravesó la solitaria estancia, muy decidido y, dirigiéndose al bodeguero, pidió un doble de coñac.

Su momentáneo interlocutor cumplió el encargo. Pero este, un personaje grueso, bajo, de nariz colorada, mirada bonachona y delantal sucio, trató de mantener una conversación, pues seguramente estaba atendiendo al último cliente de la noche:

—Mala hora para andar por estas calles. A no ser que vengáis de algún sitio cercano. Supongo que os habréis puesto perdido de agua.

El desconocido, tras beber un largo trago de licor, contestó:
—Vuelvo del edificio solitario que se encuentra al final de esta calle.

El otro le contempló asombrado.

—Pero, eso es...

—Sí, ¡el manicomio! —añadió el cliente, sonriendo al comprobar el efecto que causaban sus palabras—. No tema. Estoy todavía muy lejos de que se me pueda considerar un huésped de ese lugar. Simplemente, soy un visitante.

Más tranquilo, el tabernero siguió hablando:

—Entonces, señor, a no ser que tengáis un familiar recluido, no veo qué os ha llevado a ir allí una noche tan desapacible como esta.

—¿Qué puede usted saber, amigo mío, de los ocultos motivos que conducen a los hombres a la casa de los locos? Aunque tal vez, si le cuento el horror que he padecido esta tarde en una de sus gavias, es posible que llegue a comprender las razones que tanto le extrañan. Soy médico. De esos que remueven el interior de los cadáveres intentando descubrir de qué modo suplantaron el papel de un vivo. Esta mañana ha fallecido un paciente, un joven. Mientras examinaba sus vísceras, me han contado su historia.

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Se trataba de un estudiante, creo que alemán o austriaco, llamado Gottfried Wolfgang, que llevaba cierto tiempo residiendo en París. Según he sabido, al mismo tiempo que cursaba sus estudios en una universidad germana, la de Gottinga, inició el aprendizaje y la práctica de ciertas ciencias esotéricas. Al principio todo parecía indicar que se trataba de una mera distracción. Pero, muy pronto, su carácter impresionable venció a su sentido común y empezó a ver visiones. 

Creía que se hallaba rodeado de espíritus malignos que pretendían apoderarse de su alma para conducirle con ellos a las cámaras de tortura de sus infernales moradas. Como fruto de sus inquietantes alucinaciones, su salud comenzó a decaer peligrosamente. 

Sin embargo, lejos de rehuir el contacto con tan peligrosas enseñanzas, siguió tratando de ampliar el campo de sus conocimientos. Durante el día, se encerraba en extrañas y ponzoñosas bibliotecas, consultando viejos libros de brujería, y por la noche, aterrorizado, se recluía en su habitación.

Cuando sus padres descubrieron el progresivo desvarío que amenazaba al joven, decidieron enviarle a una ciudad donde reinase la alegría y la diversión. De esta manera, fechas después, Gottfried llegó a París. Pero su presencia coincidió con los albores de la Revolución. El delirio popular sedujo enseguida su espíritu emotivo, y las teorías políticas y filosóficas de la época le entusiasmaron.

Sin embargo, las sangrientas escenas que se desarrollaron a continuación hirieron su sensibilidad, le desilusionaron de la sociedad y del mundo, y le animaron, más que nunca, a hacer una vida de recluso. Se retiró a una habitación solitaria del Barrio Latino, paraíso de los estudiantes. Y allí, en una calle sombría, cerca de los austeros muros de La Sorbona, continuó sus especulaciones favoritas. 

Pasaba jornadas enteras en las grandes bibliotecas parisinas, esos panteones de autores difuntos, hojeando los viejos mamotretos polvorientos, a fin de satisfacer su morboso apetito. Era como una especie de vampiro literario, que se alimentaba de textos muertos.

A pesar de la soledad y la reclusión, Wolfgang mantenía un ardiente temperamento, cuyo fuego estuvo atizando durante mucho tiempo con la imaginación. Era demasiado tímido e ignorante de las cosas de este mundo para tener éxito entre las mujeres. Pero sentía una gran admiración por la belleza femenina y, muy a menudo, pensaba en las figuras y rostros que había visto en la calle, y su imaginación los revestía de perfecciones y encantos que sobrepasaban a la realidad.

Cuando su espíritu se exaltaba de tal suerte, le dominaba una visión que le producía unos efectos extraordinarios. Se le aparecía un rostro femenino de belleza trascendental, y la impresión que le desencadenaba era tan honda que a duras penas podía rehacerse. 

Aquel rostro llenaba sus pensamientos de día y sus sueños durante la noche. Y llegó a enamorarse perdidamente de aquella mujer soñada. Su pasión se convirtió en una de esas ideas fijas, que se adueñan de los espíritus melancólicos y que, a veces, se toman por locura.

Así era Gottfried Wolfgang y ese su estado de ánimo en el momento que empieza la historia que me contaron. Regresaba a su casa, en una noche borrascosa, por las sombrías y viejas calles de Le Marais, el más antiguo barrio de París. El sordo rugido del trueno hacía temblar las casas y las estrechas callejas. Llegó a la plaza de Grève, donde se llevaban a cabo las ejecuciones públicas. Los rayos centelleaban sobre las altas torres del viejo Ayuntamiento y su fulgor iluminaba la plaza. Al encontrarse tan cerca de la guillotina retrocedió horrorizado. 

El terror estaba en todo su apogeo y el terrible instrumento de muerte, siempre a punto, relucía con la sangre de los justos y los valientes. Aquel mismo día, el siniestro aparato había trabajado activamente segando cabezas, y allí estaba, en el corazón de la ciudad silenciosa y dormida, esperando nuevas víctimas.

Wolfgang sintió que el corazón se le oprimía y decidió alejarse. Pero, en aquel momento, vio una figura encogida al pie de los escalones que daban acceso al tablado. Unos cuantos relámpagos seguidos le permitieron observarla mejor: era una simple silueta femenina, vestida de negro, sentada en el último de los escalones. 

Tenía el busto inclinado hacia adelante y la cara escondida entre las rodillas; sus largas trenzas, oscuras y despeinadas, llegaban al suelo, mojadas por la lluvia que caía a torrentes. Wolfgang permaneció inmóvil. Había algo terriblemente patético en aquella solitaria imagen de la angustia. La dama daba la sensación de pertenecer a la alta sociedad. 

En aquellos tiempos difíciles más de una bella cabeza acostumbrada a la blandura del plumón no tenía dónde apoyarse. Sin duda, debía tratarse de una viuda, a la cual la siniestra cuchilla acababa de dejar sola, con el corazón destrozado y que permanecía allí, en el lugar donde le habían arrebatado aquello que le era más querido.

Gottfried se acercó y le dirigió la palabra en un tono que revelaba una profunda simpatía. Ella levantó la cabeza y le miró con gesto extraviado.

¡Cuál no sería el asombro de Wolfgang al contemplar, bajo la luz de los relámpagos, el rostro que llenaba sus sueños: lívido y desesperado y, sin embargo, ¡de una belleza arrebatadora! Agitado por sentimientos violentos y contradictorios, le dirigió la palabra de nuevo, temblando. Se extrañó de verla sola, en una hora tan avanzada de la noche, bajo la furiosa tormenta, y se ofreció a conducirla a casa de algún amigo. Ella señaló la guillotina con un gesto muy expresivo.

—Ya no me quedan amigos en este mundo —dijo, sin ninguna esperanza.

—¿Y no tiene usted dónde ir?

—Sí... ¡Mi tumba!

Al escucharla, el corazón del estudiante alemán se estremeció de emoción.

—Si un extraño pudiese hacerle un ofrecimiento —propuso Wolfgang, sin quererse rendir—, no corriendo el riesgo de ser mal comprendido, yo me permitiría brindarle mi humilde morada por alojamiento, y a mí mismo como su más devoto amigo. Yo tampoco tengo a nadie, soy un extraño en este país. Pero si mi vida puede servirle de algo, está a su servicio y la sacrificaré gustoso para evitarle daño u ofensa.

Los modales graves y fervientes del joven produjeron su efecto. Incluso su acento extranjero, que demostraba que no tenía nada en común con la chusma parisina, habló en su favor. Además, el verdadero entusiasmo posee una elocuencia incuestionable. La angustia de la señora cedió un tanto bajo la protección del estudiante.

Le ayudó a cruzar el puente Nuevo y la plaza en la que la estatua de Enrique IV yacía tirada en el suelo derribada por el populacho. La tormenta se había calmado, aunque todavía sonaba el rugido de los truenos en la lejanía. París parecía reposar. Aquel gran volcán de las pasiones humanas dormía durante un rato para recuperar las fuerzas necesarias que alimentarían la erupción del día siguiente. 

El estudiante condujo a su protegida a través de las viejas calles del Barrio Latino, rodeó los muros de La Sorbona y llegó al miserable hostal donde tenía su habitación. El portero que le abrió manifestó su sorpresa al ver al melancólico Wolfgang en compañía de una mujer.

Al entrar en su morada, el joven alemán se avergonzó de la pobreza y el desorden de su hospedaje. No tenía más que una habitación: una sala de viejo estilo, adornada con pesadas esculturas y extravagantemente amueblada con restos marchitos de un antiguo esplendor. Se trataba, en efecto, de uno de esos hoteles cercanos al Luxemburgo, que antaño habían pertenecido a la nobleza. 

La habitación estaba llena de libros, papeles y todas esas cosas propias de un estudiante; la cama se hallaba situada en un rincón, en una especie de alcoba.

Cuando hubo encendido una bujía y pudo contemplar la belleza de la desconocida, se sintió más emocionado que nunca. Su rostro era pálido, pero de una blancura radiante, realzada por la aureola de una espesa cabellera negra; sus enormes ojos brillaban con una expresión un tanto esquiva; sus formas, bajo el traje oscuro, eran de una armonía perfecta. 

De toda su persona emanaba un aire de nobleza, a pesar de la sencillez de su atavío. Lo único que tenía cierta coquetería en toda su ropa era un pañuelo de negro terciopelo que llevaba en el cuello prendido con un alfiler de brillantes.

El estudiante se sentía un poco embarazado al pensar en la mejor manera de acomodar de una forma conveniente al pobre ser abandonado que había tomado bajo su protección. Pensaba en cederle su habitación y buscar otra para él. Sin embargo, se notaba tan fascinado, su espíritu y sus sentidos se hallaban tan atraídos, que no podía apartarse de su presencia.

También la actitud de ella era rara y sorprendente. Ya no pensaba en la guillotina y hasta su dolor parecía calmado. Las atenciones de Wolfgang que, al principio, ganaron su confianza, ahora habían conquistado además su corazón. Evidentemente, ella era también muy apasionada, y los seres apasionados se compenetran muy pronto.

Bajo la embriaguez del momento, el estudiante le declaró su amor; le contó la historia de su sueño misterioso, de cómo ella se había adueñado de su corazón mucho antes de conocerla. La dama admitió que se sentía también atraída hacia él por una fuerza inexplicable. La época predisponía a todos los atrevimientos, tanto en las ideas como en las acciones; los prejuicios y viejas supersticiones habían sido barridos. Ahora todo sucedía bajo los auspicios de la «Diosa Razón».

Incluso los espíritus más honorables consideraban el matrimonio como una fórmula en desuso, otra más en el fárrago de contrasentidos del Antiguo Régimen. Se habían puesto de moda los contratos sociales, y Wolfgang era demasiado teórico para no dejarse influir por las doctrinas liberales de la época.

—¿Por qué separarnos? —preguntó—. Nuestros corazones desean estar juntos, a los ojos de la razón y del honor ya estamos unidos. ¿Qué necesidad tienen las almas nobles de fórmulas vulgares?

La dama escuchaba con emoción. Evidentemente compartía las mismas ideas.

—Tú no tienes ni casa ni familia —añadió Wolfgang—. Déjame ser todo eso para ti; o mejor, seámoslo el uno para el otro. Y si la fórmula es necesaria, observémosla. He aquí mi mano. Me uno a ti para siempre.

—¿Para siempre? —inquirió gravemente la desconocida.

—¡Para siempre! —respondió él.

La dama tomó la mano que le tendía.

—Entonces soy tuya —murmuró, y se echó en brazos del joven estudiante.

Se entregaron al contrato de los besos, al reconocimiento de que realmente eran el uno del otro. Lentamente se sumieron en una delirante felicidad, que se prolongó durante todo el resto de la noche. A la mañana siguiente, Gottfried salió muy temprano para buscar alojamiento. Necesitaba algo más espacioso y conforme a su nuevo estado. 

Su esposa continuaba durmiendo y no quiso despertarla. Cuando volvió, la encontró tendida en el lecho con la cabeza echada hacia atrás, bajo el brazo. Le habló, pero no recibió contestación. Se acercó para despertarla y cambiarla de aquella incómoda postura, y la tomó de la mano. Pero esta se hallaba fría e inerte. Su rostro era una máscara lívida y dura. En una frase escueta: estaba ante un cadáver.

Sobrecogido de espanto, dio la alarma en toda la casa. A continuación se desarrolló una escena de confusión y horror. Acudió la policía y cuando el oficial penetró en la estancia y vio el cadáver, se echó a temblar.

—¡Dioses inmortales! —exclamó—. ¿Cómo ha podido llegar esta mujer hasta aquí?

—¿Luego la conoce? —preguntó Wolfgang, precipitadamente.

—¡Que si la conozco! —repitió el oficial—. La guillotinaron ayer.

Se acercó; deshizo el nudo del negro pañuelo que llevaba al cuello el cadáver, y la cabeza de este rodó hasta el suelo.

El estudiante empezó a gemir en un acceso de delirio:

—¡El demonio! ¡Es el demonio que se ha apoderado de mí...! ¡Estoy condenado para siempre...!

Desde aquel instante, Wolfgang perdió totalmente la razón. Sus visiones se repitieron con mayor frecuencia y tuvo que ser internado en el manicomio. Y hoy mismo, presa de una extraña agitación, ha muerto en su celda. Tras finalizar mi examen, yo mismo he firmado el certificado de defunción, y he escrito a sus padres comunicándoles la triste nueva.

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Nada más que el médico terminó de hablar, el bodeguero le miró en silencio durante unos instantes. Luego, tras servirle más licor y escanciar él mismo una copa, afirmó:

—Para mí está muy claro, señor. Se ve que el estudiante alemán era un tímido que no se atrevía a acercarse a las mujeres. Su locura hizo el resto. Una noche, desesperado, robó el cadáver de una mujer del cementerio y lo llevó a su casa. A la mañana siguiente, cuando se le pasó el furor, se dio perfecta cuenta de lo que había hecho y se volvió más loco de lo que estaba. Hoy sus remordimientos habrán sido más fuertes y su corazón no lo ha podido resistir.

El médico le miró seriamente.

—En efecto, eso es lo que pensábamos todos los que estábamos en el manicomio, hasta que abrimos la mano cerrada del cadáver y cayó al suelo este objeto —dijo, sacando de uno de sus bolsillos una cinta de terciopelo negro, cuyo broche era un bonito alfiler de diamantes.

El duende de Aldgate - Catherine Crowe

Durante el crudísimo invierno de 1799, fue visto un lobo en Aldgate, Leadenhall y Cornhill, en pleno centro de Londres. Al principio se creyó que se trataba de un enorme perro vagabundo, extrañamente peligroso; pero numerosos testigos comprobaron que se trataba de un lobo y además, ¡de notables dimensiones!

Sobre todo atacaba a las mujeres que llegaban tarde a sus hogares y también a los hombres que no iban armados, pues el animal parecía intuir desde lejos si llevaban o no un arma peligrosa.

En la noche de San Ambrosio, hacía un tiempo infernal y las calles estaban desiertas, cuando el oficial de sanidad Br... cruzó Fenchurch en su pequeño coche.

Cuando llegó a la altura de la plaza principal, el lobo surgió de un callejón sin salida y se abalanzó sobre la cabeza del caballo.

Pero el lobo recibió lo suyo, pues el caballo, un animal joven y robusto, se apartó y lanzó una violenta coz.

El lobo, alcanzado en la mandíbula, profirió un siniestro alarido e intentó huir.

Pero el médico no se conformó con esto, siguió al lobo hacia el callejón sin salida en el que se refugiaba y, desde lejos, le disparó un tiro.

El monstruo cayó, se incorporó y desapareció por el corredor de una casa, cuya puerta se cerró inmediatamente tras de sí.

El Dr. Br... llamó inútilmente a la puerta, nadie acudió a abrirle.

A la mañana siguiente dio parte al oficial de policía del barrio que, acompañado de dos hombres armados, se dirigió a la casa indicada.

La vivienda estaba ocupada por un pequeño rentista llamado Smigger, un hombre temido y detestado por toda la vecindad debido a su mal carácter y a su brutalidad.

Al no responder a los requerimientos del oficial de policía, hundieron la puerta y, desde la entrada, en un ángulo del corredor, vieron a Smigger en el suelo, muerto, en un mar de sangre.

Tenía destrozada la parte inferior de la cara y una bala de pistola en los riñones.

No se encontró la piel de lobo, pero en todas partes de la casa había huellas de enormes patas con garras, así como una gran provisión de carne cruda e incluso una cabeza humana completamente despedazada.

El Dr. Br... tuvo la curiosidad de examinar, asistido de varios expertos, los enormes excrementos que se encontraron por todas partes en la siniestra vivienda, y tuvieron que concluir con pavor que se encontraban ante las deyecciones de un lobo.

Smigger jamás había abandonado Londres y fue imposible explicar este caso de licantropía.


El extraño amigo del Capitán - Joseph Sheridan Le Fanu (Parte 3)

 

El militar se levantó precipitadamente y corrió hacia la ventana, a través de la que vio a un individuo que le pareció reconocer como el que le habían descrito. 

El hombre en cuestión gesticulaba de una manera repugnante. Montague cogió su sombrero y su bastón y salió en tromba; deseaba acabar rápidamente con el que llamaba «el farsante». 

Una vez en la calle, fue inútil mirar en todas direcciones: ni rastro del hombre. Ya he dicho que era algo limitado, como todos los oficiales superiores o casi todos, y se empeñó; bajo la mirada divertida de los viandantes, corrió de una calle a otra sin encontrar al que buscaba. 

No obstante, acabó por darse cuenta de que la persecución carecía de sentido y que el individuo pudo perfectamente haber entrado en cualquiera de las casas. Se detuvo, se arregló y volvió a casa del capitán. Este temblaba de pies a cabeza y preguntó:

—¿Y bien?

—¿Y bien? Lo he visto, al fin he visto a este tipo... En cuanto a saber si es el vuestro... No obstante, corre como una liebre o posee un escondite cerca de aquí: no he podido cogerlo y no deseaba más que esto, ¡diablos! De todas formas, no tiene mucha importancia, otro día le cogeré y entonces, palabra de honor, le romperé mi bastón en sus costillas.

A pesar de las fanfarronadas del valiente general Montague y de sus promesas de ayuda, el capitán continuó sufriendo los mismos tormentos. 

La criatura que le perseguía no le daba un instante de reposo; tanto de día como de noche el pobre Barton estaba expuesto a sus persecuciones. A medida que pasaba el tiempo de esta espantosa manera, la salud del capitán, debilitada por tantas angustias, declinaba. 

Muy pronto su estado era tan alarmante que lady L... y su hermano, el general, lograron persuadir a Barton de que un breve viaje le sería muy conveniente. 

Los efectos de un cambio de aires le serían saludables y el más escéptico de sus amigos, enterado del asunto por Montague, llegaba a insinuar que, cambiando el medio de vida, no tendría ocasión de ocuparse de lo que denominaban con desprecio «las ilusiones nerviosas del loco de Barton».

En lo que le concernía, Montague sabía perfectamente que no eran ilusiones y que existía un personaje muy real inmensamente malévolo, y quizá con intenciones criminales hacia el pobre capitán. 

Esta hipótesis no era nada divertida, pero el general creía que un cambio de costumbres, suprimiendo la causa de los terrores de Barton, le demostraría que el ser que le perseguía no tenía nada de sobrenatural.

Entonces recuperaría la salud, se reiría de sus alarmas y, a su regreso, no tendría más que ocuparse en garantizar su seguridad económica.

El capitán se embarcó en compañía de su futuro suegro, primero hacia Inglaterra y luego a Calais. El general esperaba mucho de este viaje; en efecto, después de su partida, Barton parecía completamente normal, no sentía ninguno de los tormentos que le habían llevado a la desesperación y su alegría era absoluta. 

Debe considerarse que el excelente capitán había llegado a considerar sus sufrimientos como parte integrante de su vida y que el hecho de verlos esfumarse representaba un segundo nacimiento. 

Ahora se atrevía a hacer proyectos para el futuro y hablaba al general de lo que sería su nueva vida, una vez casado.

El día de su llegada a Calais hacía buen tiempo y mucha gente se había reunido para ver atracar al navío. Los dos hombres bajaron. Montague iba delante; alguien le tocó el brazo y le dijo:

—No corráis tanto, señor, si no vuestro compañero no os podrá seguir, pues parece muy enfermo el pobre.

El general dio media vuelta y se acercó a Barton que, en efecto, parecía encontrarse muy mal. Le interrogó con inquietud:

—¿Qué pasa, amigo?

—Era él, él..., lo he reconocido...

—¿Quién? Oh, queréis decir...

—Sí, él.

—¿El infame? ¿Por dónde ha pasado? ¿Por dónde ha huido?

—Sí, lo he visto, pero ha desaparecido.

—Ya lo he oído, por Júpiter, pero ¿por dónde se ha ido?

Barton hablaba como en sueños y sólo comprendía a medias las pesadas preguntas de su amigo:

—Estaba aquí, ha desaparecido...

El general se estaba poniendo nervioso:

—Ya lo he oído, ya lo he oído, pero decidme cómo iba vestido y por dónde huyó...

Blandía su bastón con unos movimientos agresivos; habría querido atrapar al malvado desconocido. Barton balbuceó:

—Le habéis visto, os ha dicho algo señalándome con el dedo... Que Dios me ayude...

Pero ya Montague se había lanzado en medio del gentío para intentar atrapar al individuo. 

No obstante, y a pesar del aspecto característico del que buscaba y de la benévola ayuda de una docena de personas que creían que el general perseguía a un ladrón, no encontró ni el rastro del hombrecillo y, sofocado, volvió al lado de su futuro yerno. 

Este murmuró, como si estuviera mortalmente herido:

—Todo esto no sirve para nada, más vale abandonar. Jamás escaparé de su persecución, me encontrará siempre y donde sea... ¡Oh, ya no puedo más!

El general se encogió de hombros; estaba más irritado que alarmado y encontraba muy poco viril la resignación de Barton:

—No digáis tonterías, amigo. No es más que un hombre, os la tiene jurada... De acuerdo, pero de una forma u otra lo atraparemos.

Estas viriles palabras fueron impotentes para tranquilizar al capitán, que desde entonces se hundió todavía más en un lúgubre abandono. Su salud no resistió este nuevo golpe; no deseaba más que una cosa: volver a su casa y morir cuanto antes.

El viaje de retorno a Irlanda fue tranquilo y Montague lo aprovechó para animar a su compañero a que tomara gusto por la vida. Todo fue inútil. 

De todos modos, aunque hubiera conseguido algo, no habría servido de nada, pues apenas llegó a Dublín, Barton vio a su perseguidor. 

Desde aquel momento, el capitán había perdido toda su energía y voluntad. Sus amigos se ocupaban de los más mínimos detalles de su vida y, pasivamente, él les dejaba hacer.

Lady L... y el general Montague decidieron arrancarle de la soledad de su casa y le instalaron en una propiedad de la vieja dama. 

Como el médico del capitán insistía en ver en su paciente un trastorno nervioso, se siguieron sus consejos y encerraron a Barton en unas habitaciones que daban a un patio cerrado por altos muros. 

De este modo creían preservarlo de la vista de cualquier extraño que su febril imaginación podría tomar, aunque se le pareciera levemente, por el perseguidor que había visto o había imaginado ver al principio. 

El general y lady L... admitieron el aparente acierto del punto de vista del médico y creían, como él, que la reclusión, si se prolongaba un mes o más, tendría como principal y feliz efecto suprimir las ilusiones de Barton, devolverle el sentido común que no hacía mucho poseía e impedirle asociar tormentos imaginados a la vista de un personaje real y a lo mejor completamente inofensivo.

El médico recomendó rodear al enfermo de afecto y alegría, no dejarle solo ni un instante y concluyó diciendo que esta terapéutica debía ser radical. 

Barton aceptó con indiferencia su nueva situación, aunque esperaba la disminución de sus torturas, ya que las precauciones que he explicado resultaban eficaces. 

En consecuencia mejoró; su salud física empezó a restablecerse, lentamente, es cierto, y de una manera que no permitía pensar que pudiera volver a ser el que había sido. 

No obstante, sus amigos estuvieron muy agradecidos al médico por este ligero principio de recuperación y, en especial, la joven miss Montague, que había sufrido mucho por la enfermedad de quien le ataba la tierna relación que ya conocemos.

Los días pasaban en calma. Pronto haría un mes que se había iniciado el tratamiento y no se había producido incidente alguno. Podía pensarse que la obsesión del capitán había desaparecido y ya podía constatarse en él un nuevo interés por el mundo exterior y por su propia persona. 

Pero ocurriría un nuevo acontecimiento que haría replantear de nuevo toda la situación: un día, lady L..., que se daba inyecciones como muchos viejos que tienen ciertos conocimientos médicos, envió a una de sus sirvientas a recoger un cierto número de plantas que crecían en el huerto. 

Quería hacer una tisana con ellas para combatir los reumatismos de su hermano. Pero fue imposible, pues la sirvienta volvió sin cumplir con su cometido y parecía muy asustada. Explicó a lady L... que apenas había llegado al huerto cuando una risa sardónica la había apartado de sus ocupaciones. 

Había levantado la cabeza y había visto a través del seto a un individuo de aspecto muy sospechoso. La miraba con unos ojos que la aterrorizaron; luego se puso a hablar. 

Ella le escuchaba sin poder desprenderse de una penosa sensación de miedo y asco. Le había encomendado transmitir un mensaje al capitán Barton: era necesario que este empezara a salir, a ver gente, a llevar una existencia normal; de lo contrario, recibiría una visita en su habitación que no le gustaría lo más mínimo. 

Y el individuo demostró, empezando a escalar la valla, que no le serían necesarios muchos esfuerzos para cumplir con su amenaza.

La pobre muchacha había huido, trastornada, y ahora acababa de contar la aventura a su dueña, que le ordenó, bajo la amenaza de despido, guardar silencio sobre este asunto. 

Enseguida, lady L... ordenó hacer una batida alrededor de su propiedad. No sirvió para nada, naturalmente, y la vieja dama se confesó a su hermano. El general la escuchó gravemente, movió la cabeza con aire comprensivo y dijo:

—Entiendo.

De hecho, no comprendía nada, pero tomó conciencia del peligro y dobló la vigilancia a la que Barton estaba sometido. Era gracias a rápidas decisiones de este tipo que Montague debía su escalada, que ni su fortuna (inexistente) ni su inteligencia (casi inexistente) habrían conseguido.

Durante este tiempo, el capitán, que se encontraba mejor y que se creía en perfecta seguridad, se paseaba a veces por el patio rodeado de altos muros del que ya he hablado. 

Respirar aire puro devolvía poco a poco los colores de la salud a las mejillas de Barton. Puede lógicamente decirse que sin la estupidez de un sirviente, el capitán habría gozado de paz por lo menos durante cierto tiempo; desgraciadamente, ocurrió que uno de los sirvientes encargados del cuidado de Barton dejó entreabierta la puerta del patio. 

Esta puerta, de madera maciza, estaba protegida por una reja de hierro y, en principio, debía estar siempre cerrada. No obstante, ese día no lo estaba y Barton, acercándose a la puerta para ver a qué calle daba, tuvo la desagradabilísima sorpresa de ver a su perseguidor, que le miraba terriblemente entre los barrotes de la reja, felizmente cerrada. 

El capitán se quedó helado; su respiración se hizo ronca y entrecortada, sus ojos se pusieron en blanco y cayó al suelo como una masa inerte.

Le encontraron algunos instantes más tarde, lo llevaron a su habitación, lo desnudaron y lo acostaron. Desde entonces, se dieron cuenta de que había cambiado mucho y muy de prisa: ya no estaba ni triste ni inquieto, sino que, por el contrario, manifestaba una calma inhumana; se diría que ya estaba muerto. 

El general, que ya no entendía nada (si es que alguna vez comprendió algo), pero que no por ello dejaba de ser una buena persona muy dada a los demás, pasaba la mayor parte de su tiempo en la cabecera de Barton, que un día le dijo en un tono de dulce resignación:

—Esto se acaba, mi querido general, y empiezo a recibir algún consuelo de este orden espiritual de cosas de donde proviene mi desgracia. Se acerca el fin de mis penas y al final conoceré la paz.

Montague le miró extrañado:

—¿Qué queréis decir?

—Que ya he sufrido bastante y que mi castigo se acaba. Es posible, no lo sé, que tenga que soportar el peso de mis remordimientos durante toda la eternidad, pero en muy poco tiempo dejarán de torturarme. Tengo la prueba, ¿cómo explicarlo?, revelada... si queréis y si esta palabra no os choca. Debo sufrir todavía, es cierto, pero lo haré con humildad y serenidad...

—¡Ah!, qué contento estoy, os curaréis —dijo Montague con una voz jovial que disimulaba muy mal la sincera emoción de este viejo soldado de tierno corazón—; os curaréis y podréis reemprender vuestra antigua vida.

Pero Barton le desengañó:

—No me entendéis; ya no tengo fuerzas para sobrellevar una vida que me pesa, voy a morir. Sí, voy a morir. Le veré otra vez todavía, una sola vez y luego...

Se encogió de hombros. El general preguntó:

—¿Cómo podéis afirmar una cosa así? ¿Es él, vuestro perseguidor, el que os lo ha dicho?

—No..., no ha sido él. Un ser de su especie no podría darme tan buenas noticias... No puedo explicaros con exactitud de qué manera esto me ha sido revelado: esto me obligaría a evocar a personas muertas desde hace ya mucho y no serviría para nada; incluso sería indecente...

Calladas lágrimas caían por sus mejillas. Montague creyó que su amigo lloraba lamentándose de su destino, como hacen a veces los niños o los viejos. 

Entonó su mejor voz de mando (en el ejército le habían puesto el sobrenombre de Stentor irlandés; en realidad debo decir que el autor de esta fina broma, un lugarteniente galo, murió poco tiempo después de haberla formulado. ¡Una meningitis se lo llevó!) y gritó:

—Nada de tonterías, Barton, no echéis la soga tras el caldero, no os dejéis llevar, sed un hombre. Dios mío...

—No blasfeméis, Montague.

—Esta sí que es buena; sois vos, un ateo, un filósofo, quien me prohíbe blasfemar. Sí, bueno, en fin... intentad razonar, amigo: sois víctima de alucinaciones o el juguete de un bribón que se burla de vos y os llevará donde le plazca debido a la influencia que ejerce sobre vuestro sistema nervioso. Si es así, este tipo es un cobarde y, si tiene algo contra vos, sería más noble dar la cara que...

—Sí, esto es, tiene algo contra mí. La expresión es exacta... Sólo que la Justicia del Cielo se ha mezclado en el asunto; ha permitido al demonio que empleara para atormentarme a la misma persona que podía haberse quejado de mí... Es el Infierno..., pero Dios se ha apiadado de mí, su misericordia es infinita. Y me sentiría muy feliz de morir si pudiera evitar por última vez la espantosa cara del diablo que me ha atormentado durante tantos meses. Pero sé que nos encontraremos cara a cara antes del fin; sólo de pensarlo me siento aterrorizado, una repugnancia, un miedo innombrable que una buena persona como vos no puede ni imaginar...

Y el capitán perdía poco a poco su calma, grandes gotas de sudor caían por su pálida frente, sus descarnadas manos se contraían espasmódicamente sobre las sábanas y, un poco asustado, Montague cambió de conversación para llevarla a un terreno menos crítico:

—Y el sueño del que me hablabais...

—No era realmente un sueño... Más bien la impresión de encontrarme fuera y de sentir de una manera distinta. No obstante, todo era tan real, tan tangible como lo que nos rodea en estos momentos. ¿Cómo podría haceros comprender que se trataba auténticamente de una realidad? Otra realidad distinta de la que nosotros conocemos, pero igualmente real...

Siempre dispuesto a concretar, el general preguntó:

—Explicadme qué han visto vuestros ojos, lo que vuestras orejas han oído.

Barton se mordió los labios, miró largo rato hacia un punto imaginario sobre su cama y luego habló:

—La visión de quien vos sabéis me hizo perder el sentido y muy lentamente volví en sí. Cuando emergía de la nebulosa de mi desmayo me encontré tendido en el suelo, a la orilla de un lago rodeado por una cadena de montañas. Una extraña luminosidad rosada iluminaba todas las cosas. El espectáculo de este país desconocido me llenaba de una dolorosa y triste felicidad. De repente me di cuenta de que mi cabeza se apoyaba en las rodillas de una muchacha que cantaba una extraña canción que me hacía pensar en mi vida, en la pasada y en la futura. Me acordé entonces de amores pasados y que creía completamente olvidados; lloraba, sí, lloraba al escuchar esta voz que conocía perfectamente. Estaba tan hechizado por su canto que no pude mirar el rostro de la muchacha. Quería hacerlo, pero me sentía impotente para arriesgar un solo movimiento. Y luego, poco a poco, la voz maravillosa calló, al mismo tiempo que desaparecía el paisaje. Os vi a vos y a vuestra hermana que os acercabais sobre mí y me sonreíais... Pero una inmensa paz se había amparado de mí porque sabía que al fin sería perdonado.

Barton lloraba, pero su rostro parecía rebosante de una felicidad inefable, aunque marcada de melancolía. Los días siguientes permaneció calmo y sereno la mayor parte del tiempo; los únicos momentos en que se excitaba era cuando pensaba en la última visita que debía recibir antes de encontrar la paz definitiva. 

En estos momentos se sumergía en unos ataques de tan espantoso terror que todos los habitantes de la casa sufrían las influencias, salvo Montague, cuyo espíritu estaba resueltamente cerrado ante todo lo que no entendía... 

E incluso los que se tenían por caracteres fuertes estaban poseídos por extraños presentimientos que, por otro lado, no hubieran confesado bajo ningún motivo.

Desde entonces, Barton permanecía herméticamente encerrado en su habitación con los postigos cerrados y las cortinas siempre corridas. Además, exigió que su criado durmiera en la misma habitación. 

Naturalmente habían accedido a todas sus peticiones y el sirviente había instalado su cama a los pies de la de su dueño. El criado era, dentro de su condición, una persona muy respetable y sentía gran estima por su dueño. 

Puede juzgarse por estos detalles con qué cuidado cumplía con sus obligaciones, y en particular con la de velar por la aplicación de las precauciones por medio de las cuales el capitán esperaba impedir la visita del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS. Así pues, el sirviente permanecía constantemente al lado de Barton, que cada día temía más la soledad.

Imagino superfluo decir que, dado el carácter particularísimo de la situación, no se hizo nada para adelantar la boda de miss Montague con el desgraciado capitán. Por otra parte, debo aclarar que la chica no estaba preocupada por el atraso sine die de sus proyectos matrimoniales. 

En realidad jamás había sentido por Barton más que una sincera amistad y su inclinación de prometida no tenía nada en común con una pasión loca y romántica. 

No obstante, pasaba la mayor parte de sus días cerca del capitán y se esforzaba en distraerlo de su hipocondría. Le leía novelas, le contaba los últimos chismes, pero nada de todo ello le importaba lo más mínimo.

Es sabido que a las jóvenes así como a las mujeres viejas les gusta rodearse de animales favoritos sobre los que vuelcan parte de la ternura que la sociedad no les permite dispensar a sus semejantes. Para algunas son ratoncillos blancos o tortugas; para otras, gatos o monos. 

Miss Montague se había encaprichado con una especie de viejo búho que un jardinero le había traído. Este rasgo pone en evidencia la extravagancia que preside estos afectos antinaturales si se considera que el pájaro preferido de la muchacha era de una raza universalmente detestada por ser un símbolo de desgracia, de miseria y de muerte. 

Esta historia del búho puede parecer fuera de mi relato pero, como se verá, está siniestramente atada al final del mismo. Barton, y esto prueba que no estaba tan loco como algunos insinuaban, empezó a odiar al detestable animal de una manera tan arrebatada que habría podido parecer cómica...

Hacia las dos de la mañana, en una noche de invierno, el sirviente de Barton fue despertado por su dueño que le dijo:

—No se ve muy claro aquí...

Una vela permanecía siempre encendida en la habitación.

—No se ve muy claro..., pero tengo la impresión de que este condenado búho se ha escapado de su dueña y se esconde en algún rincón. Buscadlo y sacadlo de aquí, por favor...

El criado obedeció y encendió otra vela. De repente, el grito del pájaro nocturno rompió el silencio. Esto hacía pensar que, efectivamente, el búho no estaba lejos; quizá no estaba en la habitación, pero seguramente en el corredor sobre el que daba. 

Smith, el sirviente, abrió la puerta que, como por los efectos de una corriente de aire, se cerró a su paso. No se inquietó por ello y continuó buscando. En este punto debo precisar que la pared de la habitación estaba agujereada por una especie de ventana que daba al corredor: Smith se podía dirigir por la luz que provenía de este tragaluz.

—Smith, Smith, por favor, ¿querríais poner la vela encima de la mesita de noche?

La voz del capitán salía de detrás del cortinaje que rodeaba su cama y Smith se disponía a entrar en la habitación para ejecutar lo que su dueño le había ordenado cuando la sorpresa y el miedo lo paralizaron en su sitio: una voz contestaba a Barton al mismo tiempo que la luz se desplazaba como si alguien cambiara la vela de lugar. 

Smith veía esto por el tragaluz que he mencionado. El pobre hombre dudaba entre la curiosidad y el miedo; no obstante, iba a empujar la puerta cuando oyó unos ruidos confusos, gemidos, y la voz de su dueño que balbucía:

—¡Señor..., oh..., Señor...!

Hubo un silencio. Smith temblaba de pies a cabeza; luego un grito horrible, un aullido demente que era como la expresión de un terror incoercible ante lo abyecto, ante lo innombrable... 

El criado, empujado por un terror que es fácil de adivinar, corrió hacia la puerta. No podía abrirla... O no giraba bien el pomo o estaba cerrada por el interior, es lo que nunca se supo; el hecho es que fue inútil forcejear, no pudo llegar a Barton. 

Completamente loco de terror, Smith se lanzó por el corredor y encontró al general que, despertado por el ruido, corría. El silencio se hizo de golpe más siniestro que los ruidos que lo habían precedido.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está el capitán? —gritó Montague.

—No lo sé, no sé nada. ¡Dios se apiade de nosotros! ¡Estoy seguro de que mi señor ha muerto, sí, sí, estoy seguro!

El general no le hizo más preguntas. De todas formas, el desgraciado sirviente era incapaz de dar la más mínima explicación y Montague corrió hacia la puerta, que se abrió sin dificultad; con un enorme ruido de alas, el búho salió de detrás de las cortinas del lecho y desapareció por el tragaluz abierto.

—¡Pájaro de la desgracia! —farfulló Montague, visiblemente emocionado.

—Alguien ha cambiado la vela de lugar, señor, ahora está cerca de la cama... —balbució Smith.

—Sí, pero no os quedéis ahí parado, imbécil, abrid las cortinas.

El sirviente no se movió. Furioso, Montague le puso la vela entre las manos y se acercó a la cama. La débil luz de la vela que se consumía sobre la mesita de noche permitió ver a los dos hombres atemorizados un cuerpo replegado sobre sí mismo; se diría que Barton había retrocedido al máximo ante..., ¿ante qué, de hecho?

—Barton, amigo, ¿qué os pasa? —gritó el general.

Un silencio irónico fue su respuesta. Acercó entonces la vela para iluminar el rostro de su amigo: en verdad era un espectáculo innoble. Los rasgos espantosamente crispados, el color demasiado pálido y los ojos en blanco del desgraciado Barton no permitían la menor duda sobre su estado.

—Está muerto —dijo Montague, y no hizo ningún otro comentario.

Los dos hombres permanecieron unos momentos en silencio; luego el general dijo:

—Ya está frío...

El sirviente de repente se sobresaltó, pareció salir de su estupor y dijo:

—Dios poderoso, mirad, señor, ¿veis lo que yo veo?

Con un dedo señalaba la cama en desorden: se veía la huella de un cuerpo muy pesado. Oyeron acercarse unos pasos; rápidamente Montague se esforzó en dar una apariencia normal de lecho mortuorio; luego los dos hombres salieron para acoger al resto de la familia y comunicarles la horrible noticia.

Naturalmente, jamás se llegó a poner en claro el enigma que rodeaba la muerte del capitán. No se supo más que esto que, a fin de cuentas, quizá no tenía ninguna relación con lo ocurrido: algunos años antes de retirarse, Barton se había enamorado de una joven de Plymouth que era la hija de uno de los marineros de su barco. 

La había hecho su amante; y el padre de la pequeña, cuando se enteró de su conducta, la castigó duramente. El capitán, loco de rabia, se había vengado utilizando al máximo los medios de coerción que su posición le permitía ejercer con un marino. El individuo, un tal Sylvestre Yolland, logró escapar. Murió poco después en un hospital de Nápoles...

Evidentemente, no osaré afirmar que estos hechos sean el origen de la persecución que costó la vida de Barton. Sé que él lo creía así, pues fue la única mala acción que jamás cometió. Sea lo que fuere, es de temer que esta historia jamás quede explicada satisfactoriamente.