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La sombra de la guillotina - Washington Irving

Cuando la claridad del día siguió su camino hacia el oeste, dejando al Sol oculto tras oscuros nubarrones, París se sumió en una negra y fría noche de invierno. La lluvia comenzó a caer, como si hubiera estado aguardando la llegada de las tinieblas. Un viento helado, salido tal vez de las entrañas del Polo, ayudó a barrer de almas y cuerpos las calles de la ciudad. 

Al filo de la medianoche, una sombra se dirigió, calado el hongo hasta las orejas y envuelta en fusca y amplia capa, a la única casa que aún mantenía una tenue luz encendida en la sórdida calle.

El solitario viandante empujó la chirriante puerta de madera que tenía ante sí y penetró en el local. Se trataba de una mugrienta taberna de ennegrecidas e inexpresivas paredes, cuyo único y discordante adorno eran unas raídas y no menos mugrosas escarapelas tricolores de la todavía incipiente Revolución. 

El recién llegado denotaba un cierto aire de distinción, era alto y flaco, y su mirada parecía la de alguien que ha contemplado los mayores horrores del mundo, pues sus ojos aparecían negros y penetrantes. Atravesó la solitaria estancia, muy decidido y, dirigiéndose al bodeguero, pidió un doble de coñac.

Su momentáneo interlocutor cumplió el encargo. Pero este, un personaje grueso, bajo, de nariz colorada, mirada bonachona y delantal sucio, trató de mantener una conversación, pues seguramente estaba atendiendo al último cliente de la noche:

—Mala hora para andar por estas calles. A no ser que vengáis de algún sitio cercano. Supongo que os habréis puesto perdido de agua.

El desconocido, tras beber un largo trago de licor, contestó:
—Vuelvo del edificio solitario que se encuentra al final de esta calle.

El otro le contempló asombrado.

—Pero, eso es...

—Sí, ¡el manicomio! —añadió el cliente, sonriendo al comprobar el efecto que causaban sus palabras—. No tema. Estoy todavía muy lejos de que se me pueda considerar un huésped de ese lugar. Simplemente, soy un visitante.

Más tranquilo, el tabernero siguió hablando:

—Entonces, señor, a no ser que tengáis un familiar recluido, no veo qué os ha llevado a ir allí una noche tan desapacible como esta.

—¿Qué puede usted saber, amigo mío, de los ocultos motivos que conducen a los hombres a la casa de los locos? Aunque tal vez, si le cuento el horror que he padecido esta tarde en una de sus gavias, es posible que llegue a comprender las razones que tanto le extrañan. Soy médico. De esos que remueven el interior de los cadáveres intentando descubrir de qué modo suplantaron el papel de un vivo. Esta mañana ha fallecido un paciente, un joven. Mientras examinaba sus vísceras, me han contado su historia.

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Se trataba de un estudiante, creo que alemán o austriaco, llamado Gottfried Wolfgang, que llevaba cierto tiempo residiendo en París. Según he sabido, al mismo tiempo que cursaba sus estudios en una universidad germana, la de Gottinga, inició el aprendizaje y la práctica de ciertas ciencias esotéricas. Al principio todo parecía indicar que se trataba de una mera distracción. Pero, muy pronto, su carácter impresionable venció a su sentido común y empezó a ver visiones. 

Creía que se hallaba rodeado de espíritus malignos que pretendían apoderarse de su alma para conducirle con ellos a las cámaras de tortura de sus infernales moradas. Como fruto de sus inquietantes alucinaciones, su salud comenzó a decaer peligrosamente. 

Sin embargo, lejos de rehuir el contacto con tan peligrosas enseñanzas, siguió tratando de ampliar el campo de sus conocimientos. Durante el día, se encerraba en extrañas y ponzoñosas bibliotecas, consultando viejos libros de brujería, y por la noche, aterrorizado, se recluía en su habitación.

Cuando sus padres descubrieron el progresivo desvarío que amenazaba al joven, decidieron enviarle a una ciudad donde reinase la alegría y la diversión. De esta manera, fechas después, Gottfried llegó a París. Pero su presencia coincidió con los albores de la Revolución. El delirio popular sedujo enseguida su espíritu emotivo, y las teorías políticas y filosóficas de la época le entusiasmaron.

Sin embargo, las sangrientas escenas que se desarrollaron a continuación hirieron su sensibilidad, le desilusionaron de la sociedad y del mundo, y le animaron, más que nunca, a hacer una vida de recluso. Se retiró a una habitación solitaria del Barrio Latino, paraíso de los estudiantes. Y allí, en una calle sombría, cerca de los austeros muros de La Sorbona, continuó sus especulaciones favoritas. 

Pasaba jornadas enteras en las grandes bibliotecas parisinas, esos panteones de autores difuntos, hojeando los viejos mamotretos polvorientos, a fin de satisfacer su morboso apetito. Era como una especie de vampiro literario, que se alimentaba de textos muertos.

A pesar de la soledad y la reclusión, Wolfgang mantenía un ardiente temperamento, cuyo fuego estuvo atizando durante mucho tiempo con la imaginación. Era demasiado tímido e ignorante de las cosas de este mundo para tener éxito entre las mujeres. Pero sentía una gran admiración por la belleza femenina y, muy a menudo, pensaba en las figuras y rostros que había visto en la calle, y su imaginación los revestía de perfecciones y encantos que sobrepasaban a la realidad.

Cuando su espíritu se exaltaba de tal suerte, le dominaba una visión que le producía unos efectos extraordinarios. Se le aparecía un rostro femenino de belleza trascendental, y la impresión que le desencadenaba era tan honda que a duras penas podía rehacerse. 

Aquel rostro llenaba sus pensamientos de día y sus sueños durante la noche. Y llegó a enamorarse perdidamente de aquella mujer soñada. Su pasión se convirtió en una de esas ideas fijas, que se adueñan de los espíritus melancólicos y que, a veces, se toman por locura.

Así era Gottfried Wolfgang y ese su estado de ánimo en el momento que empieza la historia que me contaron. Regresaba a su casa, en una noche borrascosa, por las sombrías y viejas calles de Le Marais, el más antiguo barrio de París. El sordo rugido del trueno hacía temblar las casas y las estrechas callejas. Llegó a la plaza de Grève, donde se llevaban a cabo las ejecuciones públicas. Los rayos centelleaban sobre las altas torres del viejo Ayuntamiento y su fulgor iluminaba la plaza. Al encontrarse tan cerca de la guillotina retrocedió horrorizado. 

El terror estaba en todo su apogeo y el terrible instrumento de muerte, siempre a punto, relucía con la sangre de los justos y los valientes. Aquel mismo día, el siniestro aparato había trabajado activamente segando cabezas, y allí estaba, en el corazón de la ciudad silenciosa y dormida, esperando nuevas víctimas.

Wolfgang sintió que el corazón se le oprimía y decidió alejarse. Pero, en aquel momento, vio una figura encogida al pie de los escalones que daban acceso al tablado. Unos cuantos relámpagos seguidos le permitieron observarla mejor: era una simple silueta femenina, vestida de negro, sentada en el último de los escalones. 

Tenía el busto inclinado hacia adelante y la cara escondida entre las rodillas; sus largas trenzas, oscuras y despeinadas, llegaban al suelo, mojadas por la lluvia que caía a torrentes. Wolfgang permaneció inmóvil. Había algo terriblemente patético en aquella solitaria imagen de la angustia. La dama daba la sensación de pertenecer a la alta sociedad. 

En aquellos tiempos difíciles más de una bella cabeza acostumbrada a la blandura del plumón no tenía dónde apoyarse. Sin duda, debía tratarse de una viuda, a la cual la siniestra cuchilla acababa de dejar sola, con el corazón destrozado y que permanecía allí, en el lugar donde le habían arrebatado aquello que le era más querido.

Gottfried se acercó y le dirigió la palabra en un tono que revelaba una profunda simpatía. Ella levantó la cabeza y le miró con gesto extraviado.

¡Cuál no sería el asombro de Wolfgang al contemplar, bajo la luz de los relámpagos, el rostro que llenaba sus sueños: lívido y desesperado y, sin embargo, ¡de una belleza arrebatadora! Agitado por sentimientos violentos y contradictorios, le dirigió la palabra de nuevo, temblando. Se extrañó de verla sola, en una hora tan avanzada de la noche, bajo la furiosa tormenta, y se ofreció a conducirla a casa de algún amigo. Ella señaló la guillotina con un gesto muy expresivo.

—Ya no me quedan amigos en este mundo —dijo, sin ninguna esperanza.

—¿Y no tiene usted dónde ir?

—Sí... ¡Mi tumba!

Al escucharla, el corazón del estudiante alemán se estremeció de emoción.

—Si un extraño pudiese hacerle un ofrecimiento —propuso Wolfgang, sin quererse rendir—, no corriendo el riesgo de ser mal comprendido, yo me permitiría brindarle mi humilde morada por alojamiento, y a mí mismo como su más devoto amigo. Yo tampoco tengo a nadie, soy un extraño en este país. Pero si mi vida puede servirle de algo, está a su servicio y la sacrificaré gustoso para evitarle daño u ofensa.

Los modales graves y fervientes del joven produjeron su efecto. Incluso su acento extranjero, que demostraba que no tenía nada en común con la chusma parisina, habló en su favor. Además, el verdadero entusiasmo posee una elocuencia incuestionable. La angustia de la señora cedió un tanto bajo la protección del estudiante.

Le ayudó a cruzar el puente Nuevo y la plaza en la que la estatua de Enrique IV yacía tirada en el suelo derribada por el populacho. La tormenta se había calmado, aunque todavía sonaba el rugido de los truenos en la lejanía. París parecía reposar. Aquel gran volcán de las pasiones humanas dormía durante un rato para recuperar las fuerzas necesarias que alimentarían la erupción del día siguiente. 

El estudiante condujo a su protegida a través de las viejas calles del Barrio Latino, rodeó los muros de La Sorbona y llegó al miserable hostal donde tenía su habitación. El portero que le abrió manifestó su sorpresa al ver al melancólico Wolfgang en compañía de una mujer.

Al entrar en su morada, el joven alemán se avergonzó de la pobreza y el desorden de su hospedaje. No tenía más que una habitación: una sala de viejo estilo, adornada con pesadas esculturas y extravagantemente amueblada con restos marchitos de un antiguo esplendor. Se trataba, en efecto, de uno de esos hoteles cercanos al Luxemburgo, que antaño habían pertenecido a la nobleza. 

La habitación estaba llena de libros, papeles y todas esas cosas propias de un estudiante; la cama se hallaba situada en un rincón, en una especie de alcoba.

Cuando hubo encendido una bujía y pudo contemplar la belleza de la desconocida, se sintió más emocionado que nunca. Su rostro era pálido, pero de una blancura radiante, realzada por la aureola de una espesa cabellera negra; sus enormes ojos brillaban con una expresión un tanto esquiva; sus formas, bajo el traje oscuro, eran de una armonía perfecta. 

De toda su persona emanaba un aire de nobleza, a pesar de la sencillez de su atavío. Lo único que tenía cierta coquetería en toda su ropa era un pañuelo de negro terciopelo que llevaba en el cuello prendido con un alfiler de brillantes.

El estudiante se sentía un poco embarazado al pensar en la mejor manera de acomodar de una forma conveniente al pobre ser abandonado que había tomado bajo su protección. Pensaba en cederle su habitación y buscar otra para él. Sin embargo, se notaba tan fascinado, su espíritu y sus sentidos se hallaban tan atraídos, que no podía apartarse de su presencia.

También la actitud de ella era rara y sorprendente. Ya no pensaba en la guillotina y hasta su dolor parecía calmado. Las atenciones de Wolfgang que, al principio, ganaron su confianza, ahora habían conquistado además su corazón. Evidentemente, ella era también muy apasionada, y los seres apasionados se compenetran muy pronto.

Bajo la embriaguez del momento, el estudiante le declaró su amor; le contó la historia de su sueño misterioso, de cómo ella se había adueñado de su corazón mucho antes de conocerla. La dama admitió que se sentía también atraída hacia él por una fuerza inexplicable. La época predisponía a todos los atrevimientos, tanto en las ideas como en las acciones; los prejuicios y viejas supersticiones habían sido barridos. Ahora todo sucedía bajo los auspicios de la «Diosa Razón».

Incluso los espíritus más honorables consideraban el matrimonio como una fórmula en desuso, otra más en el fárrago de contrasentidos del Antiguo Régimen. Se habían puesto de moda los contratos sociales, y Wolfgang era demasiado teórico para no dejarse influir por las doctrinas liberales de la época.

—¿Por qué separarnos? —preguntó—. Nuestros corazones desean estar juntos, a los ojos de la razón y del honor ya estamos unidos. ¿Qué necesidad tienen las almas nobles de fórmulas vulgares?

La dama escuchaba con emoción. Evidentemente compartía las mismas ideas.

—Tú no tienes ni casa ni familia —añadió Wolfgang—. Déjame ser todo eso para ti; o mejor, seámoslo el uno para el otro. Y si la fórmula es necesaria, observémosla. He aquí mi mano. Me uno a ti para siempre.

—¿Para siempre? —inquirió gravemente la desconocida.

—¡Para siempre! —respondió él.

La dama tomó la mano que le tendía.

—Entonces soy tuya —murmuró, y se echó en brazos del joven estudiante.

Se entregaron al contrato de los besos, al reconocimiento de que realmente eran el uno del otro. Lentamente se sumieron en una delirante felicidad, que se prolongó durante todo el resto de la noche. A la mañana siguiente, Gottfried salió muy temprano para buscar alojamiento. Necesitaba algo más espacioso y conforme a su nuevo estado. 

Su esposa continuaba durmiendo y no quiso despertarla. Cuando volvió, la encontró tendida en el lecho con la cabeza echada hacia atrás, bajo el brazo. Le habló, pero no recibió contestación. Se acercó para despertarla y cambiarla de aquella incómoda postura, y la tomó de la mano. Pero esta se hallaba fría e inerte. Su rostro era una máscara lívida y dura. En una frase escueta: estaba ante un cadáver.

Sobrecogido de espanto, dio la alarma en toda la casa. A continuación se desarrolló una escena de confusión y horror. Acudió la policía y cuando el oficial penetró en la estancia y vio el cadáver, se echó a temblar.

—¡Dioses inmortales! —exclamó—. ¿Cómo ha podido llegar esta mujer hasta aquí?

—¿Luego la conoce? —preguntó Wolfgang, precipitadamente.

—¡Que si la conozco! —repitió el oficial—. La guillotinaron ayer.

Se acercó; deshizo el nudo del negro pañuelo que llevaba al cuello el cadáver, y la cabeza de este rodó hasta el suelo.

El estudiante empezó a gemir en un acceso de delirio:

—¡El demonio! ¡Es el demonio que se ha apoderado de mí...! ¡Estoy condenado para siempre...!

Desde aquel instante, Wolfgang perdió totalmente la razón. Sus visiones se repitieron con mayor frecuencia y tuvo que ser internado en el manicomio. Y hoy mismo, presa de una extraña agitación, ha muerto en su celda. Tras finalizar mi examen, yo mismo he firmado el certificado de defunción, y he escrito a sus padres comunicándoles la triste nueva.

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Nada más que el médico terminó de hablar, el bodeguero le miró en silencio durante unos instantes. Luego, tras servirle más licor y escanciar él mismo una copa, afirmó:

—Para mí está muy claro, señor. Se ve que el estudiante alemán era un tímido que no se atrevía a acercarse a las mujeres. Su locura hizo el resto. Una noche, desesperado, robó el cadáver de una mujer del cementerio y lo llevó a su casa. A la mañana siguiente, cuando se le pasó el furor, se dio perfecta cuenta de lo que había hecho y se volvió más loco de lo que estaba. Hoy sus remordimientos habrán sido más fuertes y su corazón no lo ha podido resistir.

El médico le miró seriamente.

—En efecto, eso es lo que pensábamos todos los que estábamos en el manicomio, hasta que abrimos la mano cerrada del cadáver y cayó al suelo este objeto —dijo, sacando de uno de sus bolsillos una cinta de terciopelo negro, cuyo broche era un bonito alfiler de diamantes.

El duende de Aldgate - Catherine Crowe

Durante el crudísimo invierno de 1799, fue visto un lobo en Aldgate, Leadenhall y Cornhill, en pleno centro de Londres. Al principio se creyó que se trataba de un enorme perro vagabundo, extrañamente peligroso; pero numerosos testigos comprobaron que se trataba de un lobo y además, ¡de notables dimensiones!

Sobre todo atacaba a las mujeres que llegaban tarde a sus hogares y también a los hombres que no iban armados, pues el animal parecía intuir desde lejos si llevaban o no un arma peligrosa.

En la noche de San Ambrosio, hacía un tiempo infernal y las calles estaban desiertas, cuando el oficial de sanidad Br... cruzó Fenchurch en su pequeño coche.

Cuando llegó a la altura de la plaza principal, el lobo surgió de un callejón sin salida y se abalanzó sobre la cabeza del caballo.

Pero el lobo recibió lo suyo, pues el caballo, un animal joven y robusto, se apartó y lanzó una violenta coz.

El lobo, alcanzado en la mandíbula, profirió un siniestro alarido e intentó huir.

Pero el médico no se conformó con esto, siguió al lobo hacia el callejón sin salida en el que se refugiaba y, desde lejos, le disparó un tiro.

El monstruo cayó, se incorporó y desapareció por el corredor de una casa, cuya puerta se cerró inmediatamente tras de sí.

El Dr. Br... llamó inútilmente a la puerta, nadie acudió a abrirle.

A la mañana siguiente dio parte al oficial de policía del barrio que, acompañado de dos hombres armados, se dirigió a la casa indicada.

La vivienda estaba ocupada por un pequeño rentista llamado Smigger, un hombre temido y detestado por toda la vecindad debido a su mal carácter y a su brutalidad.

Al no responder a los requerimientos del oficial de policía, hundieron la puerta y, desde la entrada, en un ángulo del corredor, vieron a Smigger en el suelo, muerto, en un mar de sangre.

Tenía destrozada la parte inferior de la cara y una bala de pistola en los riñones.

No se encontró la piel de lobo, pero en todas partes de la casa había huellas de enormes patas con garras, así como una gran provisión de carne cruda e incluso una cabeza humana completamente despedazada.

El Dr. Br... tuvo la curiosidad de examinar, asistido de varios expertos, los enormes excrementos que se encontraron por todas partes en la siniestra vivienda, y tuvieron que concluir con pavor que se encontraban ante las deyecciones de un lobo.

Smigger jamás había abandonado Londres y fue imposible explicar este caso de licantropía.


El extraño amigo del Capitán - Joseph Sheridan Le Fanu (Parte 3)

 

El militar se levantó precipitadamente y corrió hacia la ventana, a través de la que vio a un individuo que le pareció reconocer como el que le habían descrito. 

El hombre en cuestión gesticulaba de una manera repugnante. Montague cogió su sombrero y su bastón y salió en tromba; deseaba acabar rápidamente con el que llamaba «el farsante». 

Una vez en la calle, fue inútil mirar en todas direcciones: ni rastro del hombre. Ya he dicho que era algo limitado, como todos los oficiales superiores o casi todos, y se empeñó; bajo la mirada divertida de los viandantes, corrió de una calle a otra sin encontrar al que buscaba. 

No obstante, acabó por darse cuenta de que la persecución carecía de sentido y que el individuo pudo perfectamente haber entrado en cualquiera de las casas. Se detuvo, se arregló y volvió a casa del capitán. Este temblaba de pies a cabeza y preguntó:

—¿Y bien?

—¿Y bien? Lo he visto, al fin he visto a este tipo... En cuanto a saber si es el vuestro... No obstante, corre como una liebre o posee un escondite cerca de aquí: no he podido cogerlo y no deseaba más que esto, ¡diablos! De todas formas, no tiene mucha importancia, otro día le cogeré y entonces, palabra de honor, le romperé mi bastón en sus costillas.

A pesar de las fanfarronadas del valiente general Montague y de sus promesas de ayuda, el capitán continuó sufriendo los mismos tormentos. 

La criatura que le perseguía no le daba un instante de reposo; tanto de día como de noche el pobre Barton estaba expuesto a sus persecuciones. A medida que pasaba el tiempo de esta espantosa manera, la salud del capitán, debilitada por tantas angustias, declinaba. 

Muy pronto su estado era tan alarmante que lady L... y su hermano, el general, lograron persuadir a Barton de que un breve viaje le sería muy conveniente. 

Los efectos de un cambio de aires le serían saludables y el más escéptico de sus amigos, enterado del asunto por Montague, llegaba a insinuar que, cambiando el medio de vida, no tendría ocasión de ocuparse de lo que denominaban con desprecio «las ilusiones nerviosas del loco de Barton».

En lo que le concernía, Montague sabía perfectamente que no eran ilusiones y que existía un personaje muy real inmensamente malévolo, y quizá con intenciones criminales hacia el pobre capitán. 

Esta hipótesis no era nada divertida, pero el general creía que un cambio de costumbres, suprimiendo la causa de los terrores de Barton, le demostraría que el ser que le perseguía no tenía nada de sobrenatural.

Entonces recuperaría la salud, se reiría de sus alarmas y, a su regreso, no tendría más que ocuparse en garantizar su seguridad económica.

El capitán se embarcó en compañía de su futuro suegro, primero hacia Inglaterra y luego a Calais. El general esperaba mucho de este viaje; en efecto, después de su partida, Barton parecía completamente normal, no sentía ninguno de los tormentos que le habían llevado a la desesperación y su alegría era absoluta. 

Debe considerarse que el excelente capitán había llegado a considerar sus sufrimientos como parte integrante de su vida y que el hecho de verlos esfumarse representaba un segundo nacimiento. 

Ahora se atrevía a hacer proyectos para el futuro y hablaba al general de lo que sería su nueva vida, una vez casado.

El día de su llegada a Calais hacía buen tiempo y mucha gente se había reunido para ver atracar al navío. Los dos hombres bajaron. Montague iba delante; alguien le tocó el brazo y le dijo:

—No corráis tanto, señor, si no vuestro compañero no os podrá seguir, pues parece muy enfermo el pobre.

El general dio media vuelta y se acercó a Barton que, en efecto, parecía encontrarse muy mal. Le interrogó con inquietud:

—¿Qué pasa, amigo?

—Era él, él..., lo he reconocido...

—¿Quién? Oh, queréis decir...

—Sí, él.

—¿El infame? ¿Por dónde ha pasado? ¿Por dónde ha huido?

—Sí, lo he visto, pero ha desaparecido.

—Ya lo he oído, por Júpiter, pero ¿por dónde se ha ido?

Barton hablaba como en sueños y sólo comprendía a medias las pesadas preguntas de su amigo:

—Estaba aquí, ha desaparecido...

El general se estaba poniendo nervioso:

—Ya lo he oído, ya lo he oído, pero decidme cómo iba vestido y por dónde huyó...

Blandía su bastón con unos movimientos agresivos; habría querido atrapar al malvado desconocido. Barton balbuceó:

—Le habéis visto, os ha dicho algo señalándome con el dedo... Que Dios me ayude...

Pero ya Montague se había lanzado en medio del gentío para intentar atrapar al individuo. 

No obstante, y a pesar del aspecto característico del que buscaba y de la benévola ayuda de una docena de personas que creían que el general perseguía a un ladrón, no encontró ni el rastro del hombrecillo y, sofocado, volvió al lado de su futuro yerno. 

Este murmuró, como si estuviera mortalmente herido:

—Todo esto no sirve para nada, más vale abandonar. Jamás escaparé de su persecución, me encontrará siempre y donde sea... ¡Oh, ya no puedo más!

El general se encogió de hombros; estaba más irritado que alarmado y encontraba muy poco viril la resignación de Barton:

—No digáis tonterías, amigo. No es más que un hombre, os la tiene jurada... De acuerdo, pero de una forma u otra lo atraparemos.

Estas viriles palabras fueron impotentes para tranquilizar al capitán, que desde entonces se hundió todavía más en un lúgubre abandono. Su salud no resistió este nuevo golpe; no deseaba más que una cosa: volver a su casa y morir cuanto antes.

El viaje de retorno a Irlanda fue tranquilo y Montague lo aprovechó para animar a su compañero a que tomara gusto por la vida. Todo fue inútil. 

De todos modos, aunque hubiera conseguido algo, no habría servido de nada, pues apenas llegó a Dublín, Barton vio a su perseguidor. 

Desde aquel momento, el capitán había perdido toda su energía y voluntad. Sus amigos se ocupaban de los más mínimos detalles de su vida y, pasivamente, él les dejaba hacer.

Lady L... y el general Montague decidieron arrancarle de la soledad de su casa y le instalaron en una propiedad de la vieja dama. 

Como el médico del capitán insistía en ver en su paciente un trastorno nervioso, se siguieron sus consejos y encerraron a Barton en unas habitaciones que daban a un patio cerrado por altos muros. 

De este modo creían preservarlo de la vista de cualquier extraño que su febril imaginación podría tomar, aunque se le pareciera levemente, por el perseguidor que había visto o había imaginado ver al principio. 

El general y lady L... admitieron el aparente acierto del punto de vista del médico y creían, como él, que la reclusión, si se prolongaba un mes o más, tendría como principal y feliz efecto suprimir las ilusiones de Barton, devolverle el sentido común que no hacía mucho poseía e impedirle asociar tormentos imaginados a la vista de un personaje real y a lo mejor completamente inofensivo.

El médico recomendó rodear al enfermo de afecto y alegría, no dejarle solo ni un instante y concluyó diciendo que esta terapéutica debía ser radical. 

Barton aceptó con indiferencia su nueva situación, aunque esperaba la disminución de sus torturas, ya que las precauciones que he explicado resultaban eficaces. 

En consecuencia mejoró; su salud física empezó a restablecerse, lentamente, es cierto, y de una manera que no permitía pensar que pudiera volver a ser el que había sido. 

No obstante, sus amigos estuvieron muy agradecidos al médico por este ligero principio de recuperación y, en especial, la joven miss Montague, que había sufrido mucho por la enfermedad de quien le ataba la tierna relación que ya conocemos.

Los días pasaban en calma. Pronto haría un mes que se había iniciado el tratamiento y no se había producido incidente alguno. Podía pensarse que la obsesión del capitán había desaparecido y ya podía constatarse en él un nuevo interés por el mundo exterior y por su propia persona. 

Pero ocurriría un nuevo acontecimiento que haría replantear de nuevo toda la situación: un día, lady L..., que se daba inyecciones como muchos viejos que tienen ciertos conocimientos médicos, envió a una de sus sirvientas a recoger un cierto número de plantas que crecían en el huerto. 

Quería hacer una tisana con ellas para combatir los reumatismos de su hermano. Pero fue imposible, pues la sirvienta volvió sin cumplir con su cometido y parecía muy asustada. Explicó a lady L... que apenas había llegado al huerto cuando una risa sardónica la había apartado de sus ocupaciones. 

Había levantado la cabeza y había visto a través del seto a un individuo de aspecto muy sospechoso. La miraba con unos ojos que la aterrorizaron; luego se puso a hablar. 

Ella le escuchaba sin poder desprenderse de una penosa sensación de miedo y asco. Le había encomendado transmitir un mensaje al capitán Barton: era necesario que este empezara a salir, a ver gente, a llevar una existencia normal; de lo contrario, recibiría una visita en su habitación que no le gustaría lo más mínimo. 

Y el individuo demostró, empezando a escalar la valla, que no le serían necesarios muchos esfuerzos para cumplir con su amenaza.

La pobre muchacha había huido, trastornada, y ahora acababa de contar la aventura a su dueña, que le ordenó, bajo la amenaza de despido, guardar silencio sobre este asunto. 

Enseguida, lady L... ordenó hacer una batida alrededor de su propiedad. No sirvió para nada, naturalmente, y la vieja dama se confesó a su hermano. El general la escuchó gravemente, movió la cabeza con aire comprensivo y dijo:

—Entiendo.

De hecho, no comprendía nada, pero tomó conciencia del peligro y dobló la vigilancia a la que Barton estaba sometido. Era gracias a rápidas decisiones de este tipo que Montague debía su escalada, que ni su fortuna (inexistente) ni su inteligencia (casi inexistente) habrían conseguido.

Durante este tiempo, el capitán, que se encontraba mejor y que se creía en perfecta seguridad, se paseaba a veces por el patio rodeado de altos muros del que ya he hablado. 

Respirar aire puro devolvía poco a poco los colores de la salud a las mejillas de Barton. Puede lógicamente decirse que sin la estupidez de un sirviente, el capitán habría gozado de paz por lo menos durante cierto tiempo; desgraciadamente, ocurrió que uno de los sirvientes encargados del cuidado de Barton dejó entreabierta la puerta del patio. 

Esta puerta, de madera maciza, estaba protegida por una reja de hierro y, en principio, debía estar siempre cerrada. No obstante, ese día no lo estaba y Barton, acercándose a la puerta para ver a qué calle daba, tuvo la desagradabilísima sorpresa de ver a su perseguidor, que le miraba terriblemente entre los barrotes de la reja, felizmente cerrada. 

El capitán se quedó helado; su respiración se hizo ronca y entrecortada, sus ojos se pusieron en blanco y cayó al suelo como una masa inerte.

Le encontraron algunos instantes más tarde, lo llevaron a su habitación, lo desnudaron y lo acostaron. Desde entonces, se dieron cuenta de que había cambiado mucho y muy de prisa: ya no estaba ni triste ni inquieto, sino que, por el contrario, manifestaba una calma inhumana; se diría que ya estaba muerto. 

El general, que ya no entendía nada (si es que alguna vez comprendió algo), pero que no por ello dejaba de ser una buena persona muy dada a los demás, pasaba la mayor parte de su tiempo en la cabecera de Barton, que un día le dijo en un tono de dulce resignación:

—Esto se acaba, mi querido general, y empiezo a recibir algún consuelo de este orden espiritual de cosas de donde proviene mi desgracia. Se acerca el fin de mis penas y al final conoceré la paz.

Montague le miró extrañado:

—¿Qué queréis decir?

—Que ya he sufrido bastante y que mi castigo se acaba. Es posible, no lo sé, que tenga que soportar el peso de mis remordimientos durante toda la eternidad, pero en muy poco tiempo dejarán de torturarme. Tengo la prueba, ¿cómo explicarlo?, revelada... si queréis y si esta palabra no os choca. Debo sufrir todavía, es cierto, pero lo haré con humildad y serenidad...

—¡Ah!, qué contento estoy, os curaréis —dijo Montague con una voz jovial que disimulaba muy mal la sincera emoción de este viejo soldado de tierno corazón—; os curaréis y podréis reemprender vuestra antigua vida.

Pero Barton le desengañó:

—No me entendéis; ya no tengo fuerzas para sobrellevar una vida que me pesa, voy a morir. Sí, voy a morir. Le veré otra vez todavía, una sola vez y luego...

Se encogió de hombros. El general preguntó:

—¿Cómo podéis afirmar una cosa así? ¿Es él, vuestro perseguidor, el que os lo ha dicho?

—No..., no ha sido él. Un ser de su especie no podría darme tan buenas noticias... No puedo explicaros con exactitud de qué manera esto me ha sido revelado: esto me obligaría a evocar a personas muertas desde hace ya mucho y no serviría para nada; incluso sería indecente...

Calladas lágrimas caían por sus mejillas. Montague creyó que su amigo lloraba lamentándose de su destino, como hacen a veces los niños o los viejos. 

Entonó su mejor voz de mando (en el ejército le habían puesto el sobrenombre de Stentor irlandés; en realidad debo decir que el autor de esta fina broma, un lugarteniente galo, murió poco tiempo después de haberla formulado. ¡Una meningitis se lo llevó!) y gritó:

—Nada de tonterías, Barton, no echéis la soga tras el caldero, no os dejéis llevar, sed un hombre. Dios mío...

—No blasfeméis, Montague.

—Esta sí que es buena; sois vos, un ateo, un filósofo, quien me prohíbe blasfemar. Sí, bueno, en fin... intentad razonar, amigo: sois víctima de alucinaciones o el juguete de un bribón que se burla de vos y os llevará donde le plazca debido a la influencia que ejerce sobre vuestro sistema nervioso. Si es así, este tipo es un cobarde y, si tiene algo contra vos, sería más noble dar la cara que...

—Sí, esto es, tiene algo contra mí. La expresión es exacta... Sólo que la Justicia del Cielo se ha mezclado en el asunto; ha permitido al demonio que empleara para atormentarme a la misma persona que podía haberse quejado de mí... Es el Infierno..., pero Dios se ha apiadado de mí, su misericordia es infinita. Y me sentiría muy feliz de morir si pudiera evitar por última vez la espantosa cara del diablo que me ha atormentado durante tantos meses. Pero sé que nos encontraremos cara a cara antes del fin; sólo de pensarlo me siento aterrorizado, una repugnancia, un miedo innombrable que una buena persona como vos no puede ni imaginar...

Y el capitán perdía poco a poco su calma, grandes gotas de sudor caían por su pálida frente, sus descarnadas manos se contraían espasmódicamente sobre las sábanas y, un poco asustado, Montague cambió de conversación para llevarla a un terreno menos crítico:

—Y el sueño del que me hablabais...

—No era realmente un sueño... Más bien la impresión de encontrarme fuera y de sentir de una manera distinta. No obstante, todo era tan real, tan tangible como lo que nos rodea en estos momentos. ¿Cómo podría haceros comprender que se trataba auténticamente de una realidad? Otra realidad distinta de la que nosotros conocemos, pero igualmente real...

Siempre dispuesto a concretar, el general preguntó:

—Explicadme qué han visto vuestros ojos, lo que vuestras orejas han oído.

Barton se mordió los labios, miró largo rato hacia un punto imaginario sobre su cama y luego habló:

—La visión de quien vos sabéis me hizo perder el sentido y muy lentamente volví en sí. Cuando emergía de la nebulosa de mi desmayo me encontré tendido en el suelo, a la orilla de un lago rodeado por una cadena de montañas. Una extraña luminosidad rosada iluminaba todas las cosas. El espectáculo de este país desconocido me llenaba de una dolorosa y triste felicidad. De repente me di cuenta de que mi cabeza se apoyaba en las rodillas de una muchacha que cantaba una extraña canción que me hacía pensar en mi vida, en la pasada y en la futura. Me acordé entonces de amores pasados y que creía completamente olvidados; lloraba, sí, lloraba al escuchar esta voz que conocía perfectamente. Estaba tan hechizado por su canto que no pude mirar el rostro de la muchacha. Quería hacerlo, pero me sentía impotente para arriesgar un solo movimiento. Y luego, poco a poco, la voz maravillosa calló, al mismo tiempo que desaparecía el paisaje. Os vi a vos y a vuestra hermana que os acercabais sobre mí y me sonreíais... Pero una inmensa paz se había amparado de mí porque sabía que al fin sería perdonado.

Barton lloraba, pero su rostro parecía rebosante de una felicidad inefable, aunque marcada de melancolía. Los días siguientes permaneció calmo y sereno la mayor parte del tiempo; los únicos momentos en que se excitaba era cuando pensaba en la última visita que debía recibir antes de encontrar la paz definitiva. 

En estos momentos se sumergía en unos ataques de tan espantoso terror que todos los habitantes de la casa sufrían las influencias, salvo Montague, cuyo espíritu estaba resueltamente cerrado ante todo lo que no entendía... 

E incluso los que se tenían por caracteres fuertes estaban poseídos por extraños presentimientos que, por otro lado, no hubieran confesado bajo ningún motivo.

Desde entonces, Barton permanecía herméticamente encerrado en su habitación con los postigos cerrados y las cortinas siempre corridas. Además, exigió que su criado durmiera en la misma habitación. 

Naturalmente habían accedido a todas sus peticiones y el sirviente había instalado su cama a los pies de la de su dueño. El criado era, dentro de su condición, una persona muy respetable y sentía gran estima por su dueño. 

Puede juzgarse por estos detalles con qué cuidado cumplía con sus obligaciones, y en particular con la de velar por la aplicación de las precauciones por medio de las cuales el capitán esperaba impedir la visita del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS. Así pues, el sirviente permanecía constantemente al lado de Barton, que cada día temía más la soledad.

Imagino superfluo decir que, dado el carácter particularísimo de la situación, no se hizo nada para adelantar la boda de miss Montague con el desgraciado capitán. Por otra parte, debo aclarar que la chica no estaba preocupada por el atraso sine die de sus proyectos matrimoniales. 

En realidad jamás había sentido por Barton más que una sincera amistad y su inclinación de prometida no tenía nada en común con una pasión loca y romántica. 

No obstante, pasaba la mayor parte de sus días cerca del capitán y se esforzaba en distraerlo de su hipocondría. Le leía novelas, le contaba los últimos chismes, pero nada de todo ello le importaba lo más mínimo.

Es sabido que a las jóvenes así como a las mujeres viejas les gusta rodearse de animales favoritos sobre los que vuelcan parte de la ternura que la sociedad no les permite dispensar a sus semejantes. Para algunas son ratoncillos blancos o tortugas; para otras, gatos o monos. 

Miss Montague se había encaprichado con una especie de viejo búho que un jardinero le había traído. Este rasgo pone en evidencia la extravagancia que preside estos afectos antinaturales si se considera que el pájaro preferido de la muchacha era de una raza universalmente detestada por ser un símbolo de desgracia, de miseria y de muerte. 

Esta historia del búho puede parecer fuera de mi relato pero, como se verá, está siniestramente atada al final del mismo. Barton, y esto prueba que no estaba tan loco como algunos insinuaban, empezó a odiar al detestable animal de una manera tan arrebatada que habría podido parecer cómica...

Hacia las dos de la mañana, en una noche de invierno, el sirviente de Barton fue despertado por su dueño que le dijo:

—No se ve muy claro aquí...

Una vela permanecía siempre encendida en la habitación.

—No se ve muy claro..., pero tengo la impresión de que este condenado búho se ha escapado de su dueña y se esconde en algún rincón. Buscadlo y sacadlo de aquí, por favor...

El criado obedeció y encendió otra vela. De repente, el grito del pájaro nocturno rompió el silencio. Esto hacía pensar que, efectivamente, el búho no estaba lejos; quizá no estaba en la habitación, pero seguramente en el corredor sobre el que daba. 

Smith, el sirviente, abrió la puerta que, como por los efectos de una corriente de aire, se cerró a su paso. No se inquietó por ello y continuó buscando. En este punto debo precisar que la pared de la habitación estaba agujereada por una especie de ventana que daba al corredor: Smith se podía dirigir por la luz que provenía de este tragaluz.

—Smith, Smith, por favor, ¿querríais poner la vela encima de la mesita de noche?

La voz del capitán salía de detrás del cortinaje que rodeaba su cama y Smith se disponía a entrar en la habitación para ejecutar lo que su dueño le había ordenado cuando la sorpresa y el miedo lo paralizaron en su sitio: una voz contestaba a Barton al mismo tiempo que la luz se desplazaba como si alguien cambiara la vela de lugar. 

Smith veía esto por el tragaluz que he mencionado. El pobre hombre dudaba entre la curiosidad y el miedo; no obstante, iba a empujar la puerta cuando oyó unos ruidos confusos, gemidos, y la voz de su dueño que balbucía:

—¡Señor..., oh..., Señor...!

Hubo un silencio. Smith temblaba de pies a cabeza; luego un grito horrible, un aullido demente que era como la expresión de un terror incoercible ante lo abyecto, ante lo innombrable... 

El criado, empujado por un terror que es fácil de adivinar, corrió hacia la puerta. No podía abrirla... O no giraba bien el pomo o estaba cerrada por el interior, es lo que nunca se supo; el hecho es que fue inútil forcejear, no pudo llegar a Barton. 

Completamente loco de terror, Smith se lanzó por el corredor y encontró al general que, despertado por el ruido, corría. El silencio se hizo de golpe más siniestro que los ruidos que lo habían precedido.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está el capitán? —gritó Montague.

—No lo sé, no sé nada. ¡Dios se apiade de nosotros! ¡Estoy seguro de que mi señor ha muerto, sí, sí, estoy seguro!

El general no le hizo más preguntas. De todas formas, el desgraciado sirviente era incapaz de dar la más mínima explicación y Montague corrió hacia la puerta, que se abrió sin dificultad; con un enorme ruido de alas, el búho salió de detrás de las cortinas del lecho y desapareció por el tragaluz abierto.

—¡Pájaro de la desgracia! —farfulló Montague, visiblemente emocionado.

—Alguien ha cambiado la vela de lugar, señor, ahora está cerca de la cama... —balbució Smith.

—Sí, pero no os quedéis ahí parado, imbécil, abrid las cortinas.

El sirviente no se movió. Furioso, Montague le puso la vela entre las manos y se acercó a la cama. La débil luz de la vela que se consumía sobre la mesita de noche permitió ver a los dos hombres atemorizados un cuerpo replegado sobre sí mismo; se diría que Barton había retrocedido al máximo ante..., ¿ante qué, de hecho?

—Barton, amigo, ¿qué os pasa? —gritó el general.

Un silencio irónico fue su respuesta. Acercó entonces la vela para iluminar el rostro de su amigo: en verdad era un espectáculo innoble. Los rasgos espantosamente crispados, el color demasiado pálido y los ojos en blanco del desgraciado Barton no permitían la menor duda sobre su estado.

—Está muerto —dijo Montague, y no hizo ningún otro comentario.

Los dos hombres permanecieron unos momentos en silencio; luego el general dijo:

—Ya está frío...

El sirviente de repente se sobresaltó, pareció salir de su estupor y dijo:

—Dios poderoso, mirad, señor, ¿veis lo que yo veo?

Con un dedo señalaba la cama en desorden: se veía la huella de un cuerpo muy pesado. Oyeron acercarse unos pasos; rápidamente Montague se esforzó en dar una apariencia normal de lecho mortuorio; luego los dos hombres salieron para acoger al resto de la familia y comunicarles la horrible noticia.

Naturalmente, jamás se llegó a poner en claro el enigma que rodeaba la muerte del capitán. No se supo más que esto que, a fin de cuentas, quizá no tenía ninguna relación con lo ocurrido: algunos años antes de retirarse, Barton se había enamorado de una joven de Plymouth que era la hija de uno de los marineros de su barco. 

La había hecho su amante; y el padre de la pequeña, cuando se enteró de su conducta, la castigó duramente. El capitán, loco de rabia, se había vengado utilizando al máximo los medios de coerción que su posición le permitía ejercer con un marino. El individuo, un tal Sylvestre Yolland, logró escapar. Murió poco después en un hospital de Nápoles...

Evidentemente, no osaré afirmar que estos hechos sean el origen de la persecución que costó la vida de Barton. Sé que él lo creía así, pues fue la única mala acción que jamás cometió. Sea lo que fuere, es de temer que esta historia jamás quede explicada satisfactoriamente.

El extraño amigo del Capitán - Joseph Sheridan Le Fanu (Parte 2)


Al principio, Barton indicaría los síntomas de su mal de un modo tan desenvuelto que podría pensarse que le interesaba muy poco su salud y que había problemas mucho más graves que le preocupaban. Particularmente, habría dicho que sufría trastornos cardíacos y dolores de cabeza, pero lo habría dicho de una manera como si él no tuviera nada que ver con el enfermo.

Entonces el médico le preguntó, según se cree, si no tenía razones para inquietarse por alguna cosa, si había algo que le preocupaba de una manera especial. Barton, parece, que habría respondido como forzado, que todos sus asuntos marchaban bien, gracias, y que no había nada en concreto que lo preocupara. Se pretende que el doctor habría diagnosticado trastornos estomacales, que habría prescrito remedios anodinos y que, en el momento de marcharse, el capitán le habría dicho:

—Doctor, me olvidaba de lo que quería preguntaros; se trata de algo relacionado con vuestra profesión. Os parecerá ridículo, me imagino, pero como se trata de una apuesta, os estaré muy agradecido si me queréis contestar.

El médico aceptó; en este momento parece que Barton se sintió incómodo y que al final se decidió como aquel que se lanza al agua:

—En primer lugar, querría haceros algunas preguntas sobre el tétanos. Esto os parecerá idiota, ya os lo he dicho, pero como se trata de una apuesta... Veréis: un hombre atacado por el tétanos parece morir, un médico competente constata su muerte y, no obstante, el enfermo se cura. ¿Es esto posible?

—En absoluto, y pretender lo contrario sería un contrasentido científico.

—De acuerdo, pero si el médico es un impostor, es posible que se equivoque y que confunda la muerte con uno de los estadios de la enfermedad.

—Fantasías, mi querido señor, no hay nada más muerto que un muerto de tétanos y nadie se equivocaría sobre esto.

—Veamos la otra pregunta. Es posible que en el extranjero, Nápoles, por ejemplo, los registros de un hospital estén mal llevados y que pueda inscribirse una defunción que no ha existido. Un error material, en fin...

—Esto no lo sé. En todo caso, en nuestro país jamás oí nada parecido.

—No os voy a entretener más, apreciado doctor, sólo un último problema que someto a vuestra sagacidad. No os riáis demasiado a expensas mías si mi pregunta os parece demasiado estúpida, y decidme simplemente si existe una enfermedad cuyos efectos principales serían la reducción de las dimensiones del paciente, la contracción de su cuerpo, pero respetando las proporciones. Aunque existan muy pocos casos de ella, incluso si se trata de una rarísima enfermedad, decídmelo.

—No conozco la existencia de una enfermedad tal, jamás existió y sin duda alguna no creo que exista jamás.

Barton acogería esta última información con un aire alucinado y habría preguntado entonces al doctor Rowlands si era posible pedir que arrestaran a un loco que amenaza a una persona honesta. El médico debió responder que creía que era posible, pero que para estos asuntos era mejor consultar a un abogado. Luego se habría marchado. El sirviente del capitán explicó más tarde que, al llegar al vestíbulo, el doctor exclamó, golpeándose la frente:

—Olvidé mi bastón en la habitación, voy a buscarlo.

Se dice —pero qué es lo que no dice la gente— que al entrar en la habitación en la que se encontraba Barton, el médico habría visto cómo su receta se quemaba en la chimenea. También se fijaría en que su cliente parecía huraño y muy desgraciado. Deduciría entonces que el capitán sufría del espíritu, no del cuerpo.

Explico todo esto como simples comentarios sin pruebas, puesto que naturalmente el doctor Rowlands se negó siempre a dar el más mínimo detalle sobre esta entrevista, refugiándose en el secreto profesional. No obstante, lo que puedo asegurar es que, una semana más tarde, los periódicos de la ciudad publicaron un anuncio que decía así:

«M. Sylvestre Yolland, antiguo marinero a bordo del Dolphin, o a falta de él, su pariente más próximo, tenga la bondad de presentarse urgentemente a la oficina del señor Hubert Smith, abogado, Dame Street, para enterarse de ciertos hechos susceptibles de su mayor interés. Discreción absoluta. Las puertas del estudio permanecerán abiertas hasta la medianoche».

Más arriba he dicho que Barton había sido comandante del Dolphin y fue este detalle el que hizo pensar a la gente que quizá él estaba detrás de este anuncio. Todavía esto no es más que una hipótesis, puesto que Smith, el abogado, se negó a decir el nombre de su cliente. Tampoco se supo si el anuncio había dado algún resultado.

Poco a poco pareció que el capitán Barton volvía a reemprender sus costumbres; ya era hora, pues se empezaba a murmurar a sus espaldas que se volvía misántropo y que su mujer sería muy desgraciada al lado de un hombre así. 

Naturalmente, el rumor público exageraba, como siempre, e incluso en los peores problemas Barton había demostrado tener un equilibrio de carácter ejemplar. Como máximo se le notaba un aire desconfiado e inquieto que no desapareció de su persona hasta pasadas unas semanas. 

Una noche, la del gran banquete de la logia filosófica a la que pertenecía, se mostró muy alegre, bebió más de lo que tenía por costumbre, quizá para evadirse de sus problemas; estuvo hablador, incluso excitado. Sus comensales apenas le reconocían.

Se marchó de la reunión hacia las diez y media, todavía bajo los efectos de su ficticia alegría, y determinó acabar la noche en casa de lady L... para charlar agradablemente en compañía de su prometida. Con esta intención se dirigió a casa de estas damas. Ya he dicho que este excelente personaje había bebido; que se me entienda bien, Barton no estaba borracho, ni siquiera achispado, simplemente algo alegre. No obstante, era dueño de sí mismo y su cortesía era la de siempre.

El único efecto importante de sus libaciones era una especie de profundo desprecio por sus antiguos terrores, una altiva indiferencia ante todo lo que, algunas horas antes, le parecía inquietante. No obstante, en la medida en que pasaba el tiempo y los efectos del vino se disipaban, el capitán notó cómo sus angustias volvían a apoderarse de él tanto más fuertes cuanto más débiles las había creído.

Cuando dejó a las damas estaba preso de no sabía qué extraño presentimiento; se daba cuenta de que podía temerlo todo del camino de vuelta a su casa. Pero a Barton le gustaba dominarse, no quería verse despreciado ante sus propios ojos, se negaba a dar importancia a lo que, razonaba, no tenía la más mínima. Y lo que le ocurrió aquella noche fue sin duda alguna la consecuencia directa del miedo que experimentaba a tener miedo por nada.

Estaba cansado y con gusto habría mandado llamar un coche para volver a su casa, pero no quiso hacerlo: pensaba que su fatiga no era más que una excusa para sus terrores, que calificaba de supersticiosos. Por ello determinó volver a pie. Podía escoger entre dos calles, pero con una obstinación incomprensible, decidió tomar aquella en la que le acechaba el peligro misterioso del que le habían amenazado. Andando hacia la calle nueva, se decía que esta vez tendría la conciencia limpia y que descubriría si los temores eran absurdos o estaban fundamentados.

Barton era valiente, ya lo he dicho, pero esa noche, mientras sus pasos se acercaban al punto crítico, tenía que recurrir a todas las fuerzas de su voluntad para no volver atrás. Sabía demasiado bien, a pesar de su escepticismo, que un ser malévolo lo acechaba escondido en las sombras, y, con el corazón oprimido por el angustioso dilema, penetró en la calle en construcción.

Andaba rápido. Temblaba de miedo, pero se tranquilizó poco a poco: ningún ruido de pasos tras de sí. Cuando había recorrido dos tercios de la calle estaba casi a punto de reírse de sus temores, pero lo que aconteció en aquel momento acabó con su seguridad: oyó la detonación de un arma de fuego al mismo tiempo que una bala le pasó rozando las orejas. 

La tentativa de asesinato de que acababa de ser víctima provocó en el capitán el deseo de lanzarse a la persecución del tirador, pero muy pronto renunció a este proyecto; primero por la oscuridad reinante y luego porque las construcciones existentes a lo largo de toda la calle ofrecían demasiados escondites. Por otro lado, todo estaba en calma y ningún ruido podía orientar a Barton en su búsqueda. Reemprendió su camino.

Algunos segundos después surgió el espantoso hombrecillo que había encontrado anteriormente. Pasó muy de prisa por delante de Barton, que le oyó murmurar con furia:

—¿Todavía vivo? ¿No ha muerto aún? ¡Ah, esto ya...!

Desde entonces, los tormentos del capitán empezaron a reflejarse en sus conversaciones y en su rostro; los que le conocían notaron que parecía sufrir una cruel enfermedad. No había denunciado la tentativa de asesinato e incluso no dijo nada sobre ello durante varias semanas. 

No obstante, el pobre hombre, que no podía justificar el enfriamiento de su relación con miss Montague, tuvo que hacer un considerable esfuerzo para intentar presentar a su novia un aspecto alegre y despreocupado. 

Dada la discreción que conservaba sobre las persecuciones de que era víctima, se podía suponer que sabía qué pensar acerca de la identidad de su verdugo. Pero no es posible mantener impunemente una larga tensión nerviosa, y por ello el capitán se hacía cada día más impresionable y menos capaz de soportar las furtivas apariciones de su enemigo.

Un día decidió confesar lo que le atormentaba a un célebre capellán, el reverendo Zorling, que le había conocido en otra ocasión. Es muy fácil de adivinar cuánto costaba al orgullo racionalista del capitán semejante determinación. El pastor estaba en su habitación de trabajo y se dedicaba a su ocupación favorita, el estudio de la teología, cuando Barton fue a verle. Zorling consideró por unos instantes la confusión de su visitante, la palidez de su rostro, el desorden en sus vestidos y se preguntó qué cosa debía preocupar al capitán para dejarlo en aquel estado.

Después de las banalidades acostumbradas, Barton empezó a hablar:

—Debéis considerar muy extraña mi visita; en realidad, la naturaleza de nuestras relaciones no me autorizaba propiamente hablando a ella; de hecho sólo la justifican las extraordinarias circunstancias que la han provocado. Me atrevo a pensar que perdonaréis mi intrusión cuando conozcáis exactamente el motivo.

El reverendo Zorling le aseguró que no le molestaba lo más mínimo, que era bien recibido, que podía confiar en él y que esperaba justificar la confianza de la que era merecedor. Barton continuó; hablaba con una voz entrecortada, sus ojos miraban al vacío:

—Quiero pediros consejo, reverendo, y solicito... vuestra bondad..., vuestra paciencia, más que otra cosa. Sufro hasta tal punto...

El pastor dijo, dulcemente:

—Amigo mío, haré todo lo que esté a mi alcance, pero temo que...

Barton le interrumpió:

—Sé lo que me vais a decir, que como la ayuda que me podéis brindar es de tipo espiritual, no me será provechosa porque... no soy creyente. Pero, reverendo, no estéis tan seguro de mi falta de fe. De momento, puedo adelantaros que desde hace bastante tiempo los problemas de religión retienen todo mi interés. He llegado a pensar de este modo después de ciertas circunstancias de una naturaleza extremadamente particular.

El fuego brillaba alegremente en la chimenea; Zorling acercó sus viejas manos deformadas por la artritis a las llamas y murmuró:

—Supongo que os preguntáis acerca de las pruebas de la existencia de Dios.

Barton pareció algo confuso, se mordió los labios, abrió la boca, la cerró y al fin se decidió:

—No, realmente, esto no... No me he preguntado a este respecto y no he llegado todavía a discutir estos asuntos... Sólo...

Balbuceaba, murmuraba entre dientes, y el pastor le rogó que hablara con mayor claridad. El capitán se echó hacia atrás sobre su silla, pareció tomar una enérgica resolución y empezó:

—Sabréis, todo el mundo sabe hasta qué punto desconfío de lo que se denomina la revelación, pero hay una cosa de la que estoy convencido y es que existe más allá de nosotros un mundo sobrenatural del que no tenemos normalmente conciencia, felizmente sin duda... Sea como fuere, sé que existe y que un Dios terrible es su dueño. También sé que castiga nuestras faltas de una manera indirecta, pero espantosa. Lo sé, reverendo, porque yo soy la víctima de la cólera de este Dios, porque sufro, en vida, los horrores del infierno y un demonio se ha empeñado en mi perdición.

A medida que Barton hablaba, el ritmo de su discurso se aceleraba, parecía estar al borde de la crisis nerviosa y el reverendo Zorling estaba muy preocupado por esta actitud tan distinta de la acostumbrada calma del capitán. Se recogió unos minutos, y luego dijo:

—Me doy cuenta de que sufrís enormemente, querido capitán, pero ante todo querría sugeriros que los trastornos a los que atribuís un origen celestial puedan deberse a males estrictamente fisiológicos, aunque esto pueda pareceros muy banal. Podría ser que un cambio de aires y algunos tonificantes os devuelvan la alegría de vivir. La gente se ha burlado de Hipócrates y de su teoría de los humores según la cual los trastornos del espíritu provenían la mayoría de las veces de la afección de alguno de nuestros órganos. Me parece que encierra mucha más sabiduría que la mayor parte de las teorías actuales. Sea como fuere, estoy convencido de que un régimen adecuado, un cambio de aires, es decir, mucho ejercicio, serán el remedio más seguro para vuestros males.

El capitán se encogió de hombros con una especie de furor desesperado:

—No estoy en condiciones de engañarme con falsas esperanzas, reverendo, y la única oportunidad que tengo es combatir al ser sobrenatural que me persigue por medio de otro, más poderoso y que esté completamente a mi favor.

—¡Oh! ¡Oh, capitán, no caigáis en el maniqueísmo! ¿Cómo podéis determinar la naturaleza de lo que os atormenta? Otras personas han sufrido tanto o más que vos sin por ello...

Barton le interrumpió; parecía estar a punto de estallar:

—No, no, yo no soy supersticioso, muy al contrario, e incluso quizá fui demasiado tiempo escéptico. De todas formas, no hago más que fiarme del testimonio constante y repetido de mis sentidos, no puedo rechazar hechos materialmente verídicos que otras personas han podido constatar en mi compañía. Lo que no tengo más remedio que admitir es que no puedo ponerlo en duda porque tengo cantidad de pruebas materiales de ello, y es que estoy perseguido por un DIABLO.

El rostro del capitán estaba dominado por un indescriptible terror, y Zorling se estremeció:

—¡Que Dios os ampare! ¡Que Dios os ampare! —exclamó.

—¿Lo hará? ¿Creéis que lo hará?

—Si le rezáis...

—No puedo, lo he probado, mi fe en Él es insuficiente y no puedo pronunciar palabras sin creer.

—Perseverad y obtendréis lo que buscáis.

—Imposible, cada vez que he intentado rezar, una angustia insondable y misteriosa se ampara de mi ser. Yo no puedo soportar la idea de la eternidad y de un creador. Mi espíritu se niega a ello, es así, no puedo hacer nada más y si tengo algún modo de salvarme, no será precisamente con plegarias.

El reverendo Zorling dijo:

—Entonces, no veo la manera de ayudaros, mi pobre amigo; decidme lo que esperáis de mí.

Barton se esforzaba en mantenerse tranquilo.

—Os lo voy a explicar todo, todo lo que me ha ocurrido y que todavía me ocurre, todo lo que me hace odiar la muerte y detestar la vida.

Entonces narró detalladamente todo lo que el lector ya conoce, y concluyó:

—Esto es todo. Ahora estas persecuciones son constantes y sólo estoy en calma algunos momentos. ¡Oh! Naturalmente, no siempre veo a mi torturador, pero oigo cosas muy extrañas, risas sardónicas, llamadas innombrables. Cuando camino por las calles, me siguen. Voces me gritan a los oídos que mis crímenes son imperdonables, que claman venganza y que seré condenado.

De pronto, palideció:

—Escuchad, escuchad, esto vuelve a empezar. ¿Os dais cuenta de que no estoy loco?

El viento se había calmado bruscamente y en medio de su susurro le pareció o imaginó oír plañidos, gritos de rabia y risas demoníacas.

—¿Qué pensáis de esto? —gritó Barton, que parecía sobreexcitado.

El pastor, superando poco a poco el terror que se había amparado de sí, murmuró:

—No era más que el viento. ¿Qué veis de extraordinario en ello?

No estaba muy convencido de lo que acababa de decir, pero quería calmar a su visitante. Su falsa tranquilidad no logró el resultado que había previsto, pues Barton gemía:

—Era el diablo, reverendo, el Maligno, Satán, todo lo que queráis menos el viento; no, ¡el viento seguro que no!

Zorling estaba mucho menos convencido de lo que quería dar a entender, y el capitán se daba cuenta de ello. Dijo:

—Sé lo que me vais a decir, pero... ¿cómo resistir lo irresistible? ¿Qué debo hacer, qué puedo hacer?

—Poner freno a vuestra imaginación y dejar de atormentaros.

Barton se levantó y se puso a dar vueltas alrededor de la mesa a grandes zancadas:

—Yo no me imagino nada. ¿He imaginado lo que vos mismo habéis oído, he imaginado la criatura maldita que dos de mis amigos han visto tan bien como yo mismo?

El reverendo Zorling estaba confundido; no sabía exactamente qué decir y acabó por aconsejar al capitán:

—Según lo que comentáis, habéis visto a menudo a la... persona que os persigue. ¿Por qué no intentáis hablar claramente con ella? Sabéis que, reflexionando bien, todo puede explicarse, absolutamente todo, sin por ello tener que utilizar la intervención de factores sobrenaturales.

—¡Sí, claro que sí! —dijo pensativamente Barton—. Lo que pasa es que yo sé, debido a ciertos hechos que me parece inútil contaros, sé que esta aparición procede del diablo. Si quisierais os podría dar mil pruebas irrefutables de ello. Me aconsejáis hablar con él... él..., en fin, esta persona, pero no puedo, es más fuerte que yo. Cuando estoy en su presencia, sufro todos los tormentos del infierno, pierdo el uso de todas mis facultades; querría no morir jamás —sé demasiado bien lo que me espera cuando esto ocurra— sino fundirme en una nada absoluta. Cómo queréis que hable en semejantes condiciones... ¡Oh! Sufro demasiado, Dios mío, sed misericordioso, no me atormentéis más.

El capitán, después de pronunciar estas palabras, se había desplomado sobre una silla y parecía poseído por horribles sufrimientos. Al cabo de unos minutos, prosiguió:

—Sé que haréis lo imposible por mí, puesto que ahora sabéis la naturaleza y la causa de mis sufrimientos. Creo que habéis comprendido la impotencia en ayudarme a mí mismo y os ruego que recéis por mí. Quizá vuestra acción tenga cierta influencia, no sé... En todo caso, reverendo, dejadme ilusionar con que interpondréis vuestros rezos entre mí y mi perseguidor, dejad que crea que Dios os escuchará... Desearía tanto lograr un poco de tranquilidad...

El pastor aseguró a su visitante que rogaría por él y lo condujo hasta su coche. Una vez solo, Zorling meditó mucho tiempo sobre la extraña confesión que le había hecho el capitán Barton.

En lo sucesivo, los tormentos del capitán fueron tan visibles que el rumor público se amparó de ellos y les atribuyó mil causas distintas: se hablaba de dificultades económicas o de pesares por haber decidido casarse tan pronto. 

Algunos sugerían, al fin, que en última instancia el excelente Barton podía sufrir una enfermedad mental. En verdad debo decir que esta hipótesis parecía la más digna de crédito y se daba por verdadera en los salones de la ciudad.

La joven miss Montague se había dado cuenta muy pronto de cómo se había modificado el carácter de su prometido, pero a pesar de su intuición femenina, no pudo adivinar la razón que empujaba a Barton a no verla más que en raras ocasiones. 

Su tía, lady L..., extrañada primero, inquieta luego, alarmada al fin, resolvió preguntar a Barton qué es lo que le ocurría. El capitán se resignó a hablar y si la certidumbre de que no era nada que las afectara tranquilizó primero a las damas, se alarmaron enseguida por las consecuencias fatales que parecían tener sobre su salud e incluso la razón del desgraciado hombre.

Poco tiempo después, el general Montague llegaba de las Indias. Conocía a su futuro yerno desde hacía muchos años, no ignoraba nada de su situación financiera ni de sus relaciones y lo consideró como un partido más que honorable para su hija. El general fue puesto al corriente de las «visiones» del capitán, lo que hizo mucha gracia al excelente militar que corrió a casa de Barton:

—Querido amigo —le dijo—, mi hermana lady L... me ha explicado que sois presa de Dios sabe qué diablos de una clase nueva. ¿Qué es esta fantasía?

El capitán suspiró; parecía abrumado. Montague continuó:

—¡No os entiendo, amigo! Tenéis una cara de muerto cuando estáis a punto de contraer matrimonio.

—Por favor, cambiemos de tema, general.

—¡Oh, no! —dijo el otro, con esa obstinación testaruda y esa falta de tacto que forman el patrimonio exclusivo de los militares de carrera cuando han llegado a un alto grado—. ¡Oh, no! Por el contrario, hablemos de ello. Quiero comunicaros lo que pienso de este absurdo problema: un bromista de mal gusto os ha puesto en ridículo, de muy mal gusto, en esto estoy de acuerdo, pero no vale la pena preocuparse. Para hablar claro, lo que me han contado me ha afligido; en fin, querido amigo, basta con hacer una pequeña investigación para esclarecer este supuesto misterio. Necesitaríamos una semana...

Barton suspiró, tristemente:

—General, ignoráis...

—Pero no, santo Dios, sé que es un asqueroso hombrecillo, casi un enano, el que os atormenta. Lleva un gorro y una levita y un chaleco rojo. Tiene una espantosa cabeza y os sigue por todas partes, burlándose de vos y buscando cualquier ocasión para asustaros. Pues bien, palabra de Montague, que lo atraparé a este farsante y le quitaré las ganas de continuar. Lo haré azotar en la plaza pública, le...

—Es lo que os decía, no sabéis nada. Si tuvieseis las mismas pruebas que yo, mi general, comprenderíais que es imposible hacer lo que decís...

—Esto lo veremos cuando os traiga, debidamente atado, al responsable de vuestros temores. ¿Os apostáis algo?

De repente se interrumpió. Barton acababa de saltar lejos de la ventana por donde hacía unos instantes estaba mirando. Estaba pálido y balbuceaba señalando la calle:

—¡¡Lo he visto, está... está... allí!!

 

(CONTINUARÁ...)