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El mudo - Eraclio Zepeda

    Cuando lo llegaron a sacar de la casa que le servía de calabozo, la madrugada estaba apareciendo. De un salto se incorporó del camastro al sentir la llegada de los cuatro soldados y del teniente Cástulo Gonzaga. Allí estaban ya. 

    La última noche había terminado y era el mero día. Recorrió con la vista a los soldados y hubiera querido que se desaparecieran y que todo quedara como un susto. Pero los cuatro hombres, con sus sombreros de palma, la carrillera chimuela de cartuchos y las recias carabinas seguían allí frente a él, listos para cumplirle lo ofrecido. 

    La noche anterior le habían dicho que se echara su último sueño porque a las seis de la mañana lo iban a fusilar. Así, pelón y de golpe se lo habían hecho saber.

    Las caras de los soldados relumbraban en la penumbra del cuartucho. Parecía como si se hubieran untado manteca en los pómulos y en la barba. Tenían los ojos fijos y cansados, rojos, como si les hubiera entrado tierra en una polvareda o se hubieran puesto a llorar; tenían los ojos duros y quietos, casi cerrados. —Han de haber estao velando toda la noche; de guardia —pensó.

    — Apuráte Vaquerizo —le dijo el Cástulo Gonzaga, que era también del pueblo pero se había ido a buscar fortuna hacía dos años y ahora venía resultando teniente de la tropa aquella—. Apuráte que nomás por vos nos estamos retrasando. Nomás te cumplimentamos la condena y nos vamos con la música pa otra parte. 

    Vaquerizo se quedó sentado en el camastro. Con las dos manos se limpió los ojos, frotándolos igual que si estuviera echándose agua en la cara, allá en el arroyo. Dirigió la mirada hacia la puerta abierta; entre las siluetas de los soldados pudo ver que ya la mañana estaba comenzando. 

    Sentía que el aire estaba corriendo afuera; que por el lado del cerro las nubes estarían poniéndose coloradas, y que las chachalacas iban a cantar de gusto en todos los árboles de la cañada; pensó que ahorita los venados estaban bajando al río para beber por última vez, antes de ir a buscar un matorral para dormirse. 

    Todo esto se lo estuvo imaginando el Vaquerizo viendo la luz que ya estaba corriendo en el potrero; y le daba rabia que todo esto pasara el día en que lo iban a fusilar, así como si fuera de juguete, y él ya no iba a volver a ver todo lo que se sabía de memoria y que le llenaba las venas de recuerdos.

    —Apuráte Vaquerizo... No lo pensés tanto. Si no es cuestión de pensamiento. Vos no tenés nada que hacer. Tu compromiso acaba en el inter que te pongás onde yo te diga. Ahí te quedás quietecito; el resto es por nuestra cuenta —dijo el Cástulo Gonzaga.

    Vaquerizo no movió la vista de la puerta. Le parecía que toda esta situación era de a mentiras, de puro vacilón. Eso de que le digan a uno que ya mañana no va a hacer nada más que ir a poner el pecho para que lo venadeen sin oportunidad de que se defienda, como si fuera un coyote matrero, era a lo que no podía acostumbrarse el Vaquerizo. 

    Hubiera querido que le entendieran, que le dejaran explicar las cosas, que le creyeran que de veras no podía sacar una palabra, porque parecía que el gañote se le hubiera secado y por más esfuerzos que hacía no lograba hablar. Todo esto hubiera querido hacer el Vaquerizo. ¡Pero ya de intentos estaba bueno! 

    Hasta de querer defender la vida se llega uno a aburrir, a veces, cuando nadie nos quiere dar la mano. Con los pies buscó los zapatos en el suelo, debajo del camastro, hasta que los sintió con el dedo gordo; los pateó para afuera y se agachó a recogerlos.

    —Bueno, muchachos, de aquí a cinco minutos nos pelamos a alcanzar a la tropa de mi general pa incolporarnos. Hay que apuntarle bien a este mi amigo, para que no haya urgencia de echarle otra carguita. Hay que estimar la cartuchada. —comentó Cástulo Gonzaga sin darle mucha importancia a sus palabras, como si estuviera hablando de caballos o coreando el alabado en una iglesia.

    Vaquerizo tomó los zapatos y trató de calzárselos. Estaba tranquilo; casi no tenía miedo; pero las manos las sentía como engarrotadas. No le querían obedecer. Los zapatos no entraban. Por más esfuerzos que hacía no lograba metérselos.

    —Dejá en paz el botín ese. Total: pa lo que vas a caminar. Y ya pa en después no más te van a servir de estorbo. En el otro mundo no hay piedras, ni espinas; ni siquiera los vas a extrañar. Déjalos —volvió a hablar el Cástulo y su grueso bigote se levantó mostrando los dientes en una sonrisa.

    Vaquerizo ni siquiera lo volteó a ver. Logró calzarse el pie derecho, pero ya con el otro no pudo hacerlo. Se levantó poquito a poco y con el zapato en la mano se fue renqueando entre los cuatro soldados. Ni siquiera esperó a que le dijeran algo; ni les miró a la cara, ni le temblaron las piernas, nada. El Cástulo Gonzaga escupió en el piso; con el huarache corrió la saliva, para disimularla, y se puso a caminar detrás de ellos.

    Al Vaquerizo se lo iban a fusilar. De eso ya ni duda, cabía. Y no porque fuera gente de armas, o de peligro, o enemigo de la causa. Por nada de esto. Las cosas eran de otra forma, de muy distinta manera. Venían por otro camino.     

    El Vaquerizo vivía aquí, en este pueblo de la Frailesca, que nombran La Garza. Aquí nació y aquí nació también el Cástulo Gonzaga que ahora vino apareciendo de teniente, con sus dos barras doradas en el sombrero, tan naturales, que parecía que le hubieran salido allí, igual que los primeros cuernos de un venado. 

    De aquí, de La Garza, eran los dos; ahora, en una vuelta del mundo, venían a quedar como fusilador y fusilado, pero de chamacos fueron compañeros, jugaban siempre, y juntos iban a espiarles los pechos a las lavanderas en el arroyo. Hasta que un día, el Cástulo agarró camino, a los catorce años, y no se le volvió a ver nunca, más que antier que regresó a La Garza con mando de tropas y a las órdenes del general Isidro Alcántara. 

    Cuando ocuparon el pueblo, después del combate, ya no había nadie en las calles ni en las casas, así que el Cástulo no pudo saber que de su familia ya no quedaba ni el recuerdo desde aquella maldita semana en que el cólera pegó con ganas allá en La Garza.

    —Ya pa andar de necio en el relajo estuvo bueno, Vaquerizo. Dejá de hacerte guaje y decínos lo que queremos saber. No querés entender que eso de no decir palabra, ni sí, ni no, es de peligro con nosotros. Dejá el vacilón y ponéte a hablar —dijo desde atrás del grupo el Cástulo Gonzaga; pero el Vaquerizo siguió caminando cojo por la falta del zapato y no dio señales de haber oído nada. 

    Sólo sintió que la cabeza le rebotaba del coraje. Después de muerto, quemado, pensó. Ya había perdido toda esperanza de hacerse entender. Jamás le creerían que de pronto se había quedado sin poder hablar, como si le hubieran robado el habla con un maleficio. 

     El Cástulo recordaba que de chamacos, el Vaquerizo era bueno para las bromas. Sabía hacerlas y le gustaban. En las calles se hacía pasar por ciego, y algunos fuereños, que no le conocían las mañas, le creían y hasta la regalaban un centavo o dos, para que se pusiera contento y olvidara su desgracia por un rato. 

    También se acordaba de cuando fueron juntos a Santa Catarina la Grande, y el Vaquerizo decidió hacerse pasar por mudo, nada más porque sí, para divertirse, y bien que les tomaron el pelo a toda la gente de por allá. De esto se acordaba muy bien el Cástulo Gonzaga.

    Las piedritas, sueltas, de la calle principal de La Garza, crujían al paso de los soldados, haciendo un ruido como el que hacen los lombricientos con los dientes cuando están dormidos, o como cuando se raja una rama verde. 

    El Vaquerizo, en medio de los cuatro soldados, iba con la cara levantada y mirando a todos lados como queriendo despedirse de los del pueblo. Pero las casas y las calles estaban desiertas y sólo de vez en cuando un perro ladraba como si hubiera latido a un ánima penando. Algunas puertas estaban rotas, arrancadas, y en las calles se encontraban tirados restos de sillas, mesas, ropa y algunos santos quebrados. Los soldados estuvieron saqueando propiedades todo el día anterior.

    —Todavía podés salvarte, Vaquerizo. Te podés arrepentir. Decí onde anda la gente. ¿Pa qué jijos te empeñas en morir? Lástima.

    Vaquerizo hubiera deseado decirle algo al Cástulo; explicarle, hablarle. En fin, convencerlo de que lo que le estaban haciendo no era derecho, no era justo. Lo intentó nuevamente, pero no pudo soltar palabra; hacía esfuerzos por arrojar algo, lo que fuera, pero su boca seguía muerta, movía los labios como si fuera a escupir, sólo consiguió producir un ruido sordo. Ya ni modo; me tocaba... 

    Cuando pasaron por la casa de la Rosenda, Vaquerizo hubiera querido que ella estuviera allí, detrás del balcón, para que se pusiera triste porque se lo llevaban para el paredón; deseaba que la Rosenda saliera y le dijera adiós, y le hiciera señas con una cruz o que rezara, o ya de malas que cuando menos se pusiera a llorar. 

    La Rosenda siempre se hizo la desentendida cuando el Vaquerizo le habló de sus cosas; nunca decía ni que sí ni que no; tan solo torcía la boca en un gesto de coquetería, pero nada que la comprometiera. A veces, Vaquerizo llegó a odiar a la Rosenda por su falta de decisión. Pero ahora, en el último jalón, le hubiera gustado verla. Pero en la casa de la Rosenda todo estaba quieto y no había nadie; sólo un cerdo cebado estaba durmiendo en la puerta; era lo único. El Cástulo llamó a uno de los soldados:

    —Amarrálo ese cochi y jalátelo. Lo vamos a requisar pa la causa. Hace falta provisión.
    —¿Con qué lo amarramos?
   —Con la faja del Vaquerizo. Al cabo que él ya pa qué la quiere.

    El Vaquerizo no trató de oponerse; al contrario. El solito, se quitó el cinturón y lo entregó al soldado. Se agarró los pantalones con la mano izquierda para que no se le fueran a caer, llevando en la otra mano el zapato que no logró calzarse, y continuó la marcha cojeando.

    —Amarrálo bien... El cerdo empezó a gritar. Chillaba de puro miedo. El soldado, a jalones, lo arrastró. Los chillidos aumentaron.

    Vaquerizo al contrario del Cástulo, nunca salió de La Garza. A él no le gustaban los ruidos; no le llamaba la atención eso de andar rodando tierras. En La Garza se hizo hombre y allá hubiera muerto de viejo si no le hubieran adelantado la hora las tropas del Cástulo Gonzaga, con eso de fusilarlo.

    Cuando empezó la revolución, Vaquerizo nunca pensó en incorporarse a las tropas que pasaban por La Garza, pegando gritos y disparando al aire, rumbo a Santa Catarina la Grande o a Tuxtla. Nunca se decidió a seguirlos. Al contrario, procuraba esconderse para que no se lo fueran a llevar de pasada, en la leva. Deseaba estar tranquilo en su tierra, en su casa, con los ojos puestos en la Rosenda.

    El cerdo chillaba con todas sus fuerzas. Parecía que a él era a quien llevaban al paredón, y que venía pidiendo clemencia, como el Luciano que fue al que fusilaron la vez pasada, porque escondió tres carabinas que se había robado, quién sabe con qué intenciones; cuando se lo llevaron, iba llorando por toda la calle, diciendo a gritos cosas que ni se le entendían por la lloradera. 

    Con tanto escándalo que armó ni siquiera causaba lástima de que se lo quebraran; hasta daba risa verlo suplicar, y tirarse al suelo, y abrazarse a las piernas de los soldados. Igual que el Luciano, venía el cerdo pegando chillidos; a cada jalón que le daba el soldado parecía que lo habían abierto de una cuchillada. 

    Vaquerizo en cambio iba serio, con la boca cerrada, y con los pantalones agarrados y rengueando, pero sin soltar un pujido, ni voltear para ningún lado. Desde que pasaron por la casa de la Rosenda ya no le interesó ver a nadie. De vez en cuando, con la punta del botín que llevaba en la mano izquierda, se rascaba la cabeza. 

    —Arrepentíte, Vaquerizo. Yo soy tu cuate, pero Primero que nada soy soldado. No me puedo hacer guaje. Tengo que cumplimentar con mi obligación que es pegarte de balazos. Ese es mi deber. Pero vos te podés salvar si querés. No querés hablar y te la pasás haciéndote el mudo como en Santa Catarina cuando éramos chamacos. 

    Hablá: decíme onde es que están las armas, del cabildo, y pa dónde agarró camino la gente de La Garza: Vos sos el único que jallamos en el pueblo y lo tenés que saber. Decílo, bruto, que ya vamos llegando al lugar onde vas a quedar.

    El Vaquerizo siguió cojeando como si no hubiera oído nada. Ya para qué le buscaba. Era claro que no le iban a creer. Ya el día anterior había tratado de convencerlos a señas y pujidos. Pero ellos nada mas se reían como si fuera chiste, y después se aburrían y le mentaban la madre y al último le pegaron. No le iban a creer nunca. Eso ya estaba demostrado. 

    Vaquerizo era gente de paz. Tres días antes, cuando sonaron los primeros disparos en la cañada, la gente empezó a correr y a desalojar el pueblo; entre los retumbos de los 30—30 y la quebrazón de la ametralladora que llegaban desde allá, de por aquel rumbo, rebotando de piedra en piedra, el Vaquerizo ensilló su caballo y se decidió a seguir a los que huían. Quiso que la bola no lo fuera a maniatar, que no lo obligaran a irse a los campos de combate. El no era para estas cosas.

    —Vámonos pa la montaña pa que no nos vayan a encontrar—, le dijeron y él a gritos, desde el fondo de su casa, les dijo que sí.

    El pueblo quedó desierto. Los balazos siguieron tronando por la cañada. No cabía duda que era un combate entre las tropas del Gobierno y las del General Isidro Alcántara, aquel que se había levantado en armas hacía más de un año en Tonalá, y que les decía a sus soldados que aunque todavía no habían logrado pelear por una razón precisa, había que defender la causa para que cuando encontraran bandera ya anduvieran matreros y entrenados.

    Vaquerizo detuvo a su caballo sobre la loma que está enfrentito de La Garza. Esperó que pasara el último de los habitantes del pueblo; vio cómo avanzaban todos con paso rápido y nervioso, cogiendo camino para la montaña. Los estuvo observando hasta que se perdieron en la vereda, atrás de unas lomas largas. —Al rato los alcanzo; al cabo que ando montado— se dijo. 

    Los ecos de los disparos aumentaron. Parecía que ya estaban más cerca. De vez en cuando se oían gritos de gusto, como los que se escuchan en las ferias; y la tronadera de la ametralladora no descansaba nunca. Se quedó un rato más sobre la loma; contempló al pueblo, vacío, tirado en el suelo como una gran mancha de humedad. 

    Recordó su vida en aquellas calles de La Garza, antes llenas de alegría y animación y que ahora parecían las piernas y los brazos de un muerto. Así estaban de quietas y silenciosas. Allí se estuvo recordando. Le empezó a llegar una tristeza que le partió la vista. Sentía como si le rompieran los huesos del pecho. El estaba allí, solo, viendo las casas y escuchando los tiros. Sintió que el corazón se le iba a romper de la tristeza encerrada. De plano, el Vaquerizo no era para estos asuntos.
     

    De pronto vio cómo los soldados del Gobierno pasaban huyendo. Estaban en plena desbandada. Los tiros se hicieron más sonoros por la cercanía. Primero pasaron unos cuantos, pero al momento la retirada fue general. Iban corriendo como conejos los federales; algunos habían dejado tirada la carabina para que nada les estorbara la carrera. 

    Cada vez, pasaban más cerca del Vaquerizo, por debajo de la loma en que se encontraba. Los vio clarito; hasta las caras amarillas por el miedo les pudo ver. Los gritos de susto y súplica le llegaban muy bien a las orejas. Vaquerizo quería irse de allí pero algo le tenía sembrado en la loma con todo y su caballo. 

    Al ratito... —se decía— pero nunca le agarraba la decisión para darle el chicotazo al caballo, y encajarle las espuelas para largarse de esa matazón. Los soldados ya ni se preocupaban de contestar el fuego; ponían las espaldas a los balazos con tal de escaparse lo más pronto. 

    Atrás venían los hombres de Isidro Alcántara tirando a matar, cazando a los federales. Uno de ellos, ya medio viejo porque debajo de la gorra le salían unas mechas canosas, pasó muy cerca de Vaquerizo; iba corriendo, dando de tropezones porque las piernas se le trababan del susto, los ojos los tenía redondos y duros y a gritos rezaba a todos los santos que recordaba. 

    Allí, a unas cuantas brazadas lo vio pasar, y luego pegar un respingo y caer sobre unos matorrales; se revolcaba de dolor y se quería sobar la espalda. Después se fue quedando quieto hasta que ya no se movió. 

    Eso estaba viendo el Vaquerizo, cuando de pronto su caballo relinchó, y con las orejas paradas se puso a cabecear y se quiso parar de manos; el pescuezo del animal estaba manchado de sangre, que manaba espesa, como si varios tábanos juntos le hubieran ido a picar en aquel lugar. El caballo siguió encabritándose y el Vaquerizo queriéndolo contener, hasta que ya no pudo sostenerse sobre la silla y cayó de espaldas resbalando por las ancas sudorosas. Su cabeza pegó, en un golpe seco, sobre una piedra.
Allí fue que lo encontraron las tropas de Isidro Alcántara. Estaba como muerto.

    —Hasta aquí nomás —ordenó el Cástulo a los cuatro soldados—. Aquí en esta barda está bueno pa que se aquiete el bruto éste. Aquí le cumplimentamos.

    Vaquerizo, sin que nadie se lo ordenara, fue a colocarse en la barda de piedras. Sintió cómo los bordes de las lajas se le incrustaban en la espalda. Frotó sus lomos sobre una arista para rascarse la comezón de una roncha de garrapata. Con la cara de frente a los soldados esperó.

    —Arrepentíte Vaquerizo. Hablá. Ya no sigás con el vacilón del mudo. Decínos de plano si sabés o no sabés, pero no te quedés callado.

    Vaquerizo siguió como si no hubiera oído nada. Ya pa que, ha de haber pensado. Con la mano derecha se subió los pantalones que se le estaban resbalando más abajo del ombligo por la falta del cinturón; con la otra mano siguió sujetando su botín izquierdo. El pie desnudo estaba manchado de lodo y lo untó sobre la otra pierna para limpiarlo. 

    El sol, ya estaba por encima dela serranía. Los zanates, en ruidosas parvadas, se dejaban caer a la playa del río. Tres palomas levantaron espantadas el vuelo, cuando un toro pasó corriendo detrás de una vaca. El Vaquerizo vio al mundo y se llenó los ojos de tristeza. Sin embargo, no pensó en que pudiera seguir  viviendo. 

    Allí estaba, con el pecho y la cara delante de las cuatro carabinas y de los bigotes del Cástulo, esperando a que éstos se movieran al dar la orden del disparo. No tenía ya esperanzas; tampoco temor; no le temblaron las piernas como dicen que les pasa a los fusilados, ni le dieron ganas de llorar. 

    No era por valentía. Nunca tuvo fama de eso; era por otra cosa. La muerte estaba allí, de cuerpo entero y para qué le daba más vueltas. El llano se abría enfrente de la barda que le servía de paredón; se iba hasta más allá de los sembrados de caña y en el camino había matorrales y piedras donde esconderse. 

    Pero el Vaquerizo no pensó en salir corriendo; en escaparse. Para qué arriesgarle que le fueran a dar la ley fuga y quedar todo lleno de agujeros en la espalda. Mejor que fuera de frente viendo a los soldados; quizás hasta les iba a temblar la mano al apuntar y él se reiría de que estuvieran nerviosos. 

    Sucede que de tanto estar oyendo lo de su fusilada, se había acostumbrado a llevar la muerte dentro de la camisa. Si ya no había remedio para qué moverle. ¡ Hasta a eso se acostumbra uno!
 

     A patadas lo hicieron despertar. Quejándose se levantó con un dolor en la cabeza que le hacía pasarse la mano a cada rato para sobarse el golpe. Los soldados de Isidro Alcántara se lo quedaron viendo y algunos, a las claras tenían ganas de cerrajarle un disparo para que no fuera a dar quehacer. 

    El quiso hablarles pero por más esfuerzos que hizo no pudo lograrlo. Se le llenó la garganta de miedo y quería hablar; la desesperación le  puso la temblorina en todo el cuerpo. Abría y cerraba la boca y movía la lengua, que sentía pesada igual que si estuviera borracho) pero sólo el aire le salía y no podía formar palabras. 

    Estoy mudo, mudo, señor, estoy mudo —quería decir, pero el miedo sólo se le veía en los ojos y en el modo como cerraba las manos y se golpeaba el pecho. Los soldados se lo llevaron ante el general.

    ¡Estoy mudo, santísima virgen, estoy mudo. Ayúdame Señor de Esquipulas! Y quería gritarlo pero las palabras se le quedaban atoradas en la garganta.

    El General Isidro Alcántara, acostado en una hamaca con las botas flojas y llenas de lodo, le preguntó qué era lo que hacia por esos lados:
—Es lugar de combate y sólo el que tira balazos o trai comisión anda por allí. A ver, qué comisión traías tú. . .
—Y con el fuete se acarició los bigotes. 

    Vaquerizo abrió los labios para explicarle, pero no pudo decirle nada. Sólo pujidos salían de su boca cuajada por el miedo. La saliva se le hacía pelotas debajo de la lengua. Quería llorar pero ni eso podía hacer del susto que traía. A señas quiso explicarle pero nadie le entendió. Al General le dio risa.

    Mudo mierda... —y se golpeó contento la bota con el fuete de cuero.

    De pronto uno de los oficiales se levantó del rincón en que estaba sentado a cuclillas, en el suelo. Se le acercó al Vaquerizo y le echó una mirada a los ojos. 

    —Es el Cástulo... —Se dijo el Vaquerizo y los ojos se le llenaron de alegría. 

    —Yo te conozco Vaquerizo. Es tu mera maña andar haciendo guaje a todos con tus vaciladas. Dejáte de hacer el mudo y decínos onde están las carabinas del cabildo. Más te conviene. Te conozco, palomita. Quién sabe qué intención trais quedándote por estos rumbos... no te sigás haciendo porque te damos cuerda —así dijo el Cástulo Gonzaga y el Vaquerizo sintió que el estómago se le sumía y el miedo le bailaba por las piernas. 

    El General de un salto se paró de la hamaca. Los ojitos le bailaban y se le habían puesto colorados de la rabia;
—¡Conque sí'!. .. cogé tu mudo. .. —y el fuete se enredó por la boca del Vaquerizo—. A ver tú, Cástulo, jalátelo a éste, y si no habla mañana tempranito te lo fusilás.—sentenció el General—. Hasta mañana en la mañanita dale para que lo piense bien y se decida. Si no quiere ya sabes. Ni vengás a preguntarme.

    Nadie quiso creerle. Trató de demostrarles que no sabía nada de esas carabinas del cabildo. Que nunca se metió en los argüendes de la bola. Que por el Niño de Atocha les juraba que estaba mudo. Pero nadie le entendió las señas y él no pudo sacar palabras. Y el Cástulo se lo llevó para una casa y  allí lo encerró y le puso centinelas. 

    —Mañana a las cinco te damos chicharrón. Pensálo; no vayás a creer que por que fuimos cuates de chamacos te voy a contemplar. Orden es orden. Buenas noches —le dijo y se fue a dormir. Allí sobre el camastro se quedó tirado el Vaquerizo. Quería llorar de desesperación, pero ni eso podía hacer del miedo que traía. 

    Él, que siempre le sacó el cuerpo a estas andanzas, que quiso quedarse en paz cuando todos jalaron a engrosar las filas de la revuelta; él, que todo lo dejó para quedarse viéndole la cara a la Rosenda; él, que no era de armas, se veía metido en una trampa, y lo iban a fusilar sin haber hecho nada. ¡Y todavía con la maldición de no poder hablar! Parecía que no era a él a quien le estaban pasando todas estas cosas. Las veía fuera de su ropa; como si estuviera viendo a otro desgraciado y hasta pudiera consolarle y llenarse de lástima por su mala suerte. 

     El cerdo chillaba como si le estuvieran arrancando el cuero. El soldado que lo sujetaba, se amarró a la pierna el cinturón con que estaba atado el animal, y se colocó, al lado de los otros tres, enfrente del Vaquerizo. Aguardaron la orden que daría el Cástulo.

    —Por última vez, Vaquerizo: ¿sí o no? El Vaquerizo abrió la boca, pero su lengua se había enroscado como si fuera una culebra; se movía igual que un ratón tierno la lengua del Vaquerizo, pero permanecía en silencio; era una campana sin badajo la palabra del Vaquerizo. 

    Abría los ojos con todas sus fuerzas, como si los quisiera empujar afuera de los párpados para que se le cayeran, y quitarse de una vez la figura de los cuatro cañones de las carabinas, que se le habían metido hasta adentro de los huesos. Pensó que sus huesos tronarían cuando le entraran las balas y le rasgarían el pellejo al saltar de su lugar. 

    Recordó el ruido que hacían los espinazos de los soldados, la tarde anterior, cuando quedaban quebrados por una rociada de la ametralladora. También le vino a los ojos las revolcadas de dolor de aquel soldado del Gobierno que se fue quedando muerto poquito a poco delante de él, el día en que se quedó mudo para su desgracia. El principio de toda esta calamidad fue el haberse quedado sin decir palabra. Y lo peor es que ni siquiera sabía cómo había sido.

    —Bueno hermano. Vos te lo buscaste. Por terco... ¡Preparen! —los soldados hicieron chirriar las palancas de los 30—30, y con un ruido como de piedra de afilar, las armas quedaron con la carga lista.

    El cerdo, al escuchar el ruido quiso salirse de allí. Jaloneó al soldado, y éste le dio un culatazo. El Vaquerizo hubiera querido que el cerdo se callara; le ponía nervioso el constante gemir del animal. Apretó el zapato que llevaba en la mano, y lo presionó contra el muslo como si quisiera enterrárselo. Estaba haciendo fuerza para que no le fueran a faltar los ánimos.

    —¡Apunten! El Vaquerizo vio las bocas de las carabinas, y a través del grano de puntería el ojo bailón de cada soldado. Se abrió la camisa con la mano que tenía sujetándose los pantalones. —Eso de mostrar el pecho es lo que debe de hacerse cuando lo van a fusilar— pensó. Los pantalones se le cayeron hasta la mitad de las piernas, porque el Vaquerizo hundía el estómago, con el esfuerzo que hacía para no gritar.  

    Cerró los ojos hasta sentir que le dolían con la presión de los párpados y ,veía una gran esfera negra; le pareció que eso estaba bueno para irse acostumbrando con la muerte. El cerdo se puso a revolver la tierra con la trompa buscando algo qué comer.

    —¡Fuego! —El Vaquerizo se dobló sin un grito; sin patalear ni revolcarse. Se quedó muerto sin hacer bulla. El cerdo chilló más que nunca; olía la muerte y se jaloneaba y el soldado tuvo que agarrar fuerte el cinturón para que no lo fuera a tirar.
—¿Le doy el de gracia?
—Ya pa qué. Quedó quieto ya...
—Qué fregado el Vaquerizo. No cualquiera ... aguanta la vacilada hasta el paredón. Siempre fue muy ingenioso pa los relajos. Bien que me acuerdo —dijo el teniente Cástulo Gonzaga, viendo al Vaquerizo con su zapato en la mano y el pecho crucificado con cuatro agujeros rojos. Se lo quedó mirando y movía la cabeza de lado a lado. Después ordenó la marcha de regreso. Todavía el cerdo iba chillando cuando volvió a decir:
—Se murió en su línea; en su mero relajo; era macho el Vaquerizo.  

La sombra de la guillotina - Washington Irving

Cuando la claridad del día siguió su camino hacia el oeste, dejando al Sol oculto tras oscuros nubarrones, París se sumió en una negra y fría noche de invierno. La lluvia comenzó a caer, como si hubiera estado aguardando la llegada de las tinieblas. Un viento helado, salido tal vez de las entrañas del Polo, ayudó a barrer de almas y cuerpos las calles de la ciudad. Al filo de la medianoche, una sombra se dirigió, calado el hongo hasta las orejas y envuelta en fusca y amplia capa, a la única casa que aún mantenía una tenue luz encendida en la sórdida calle.

El solitario viandante empujó la chirriante puerta de madera que tenía ante sí y penetró en el local. Se trataba de una mugrienta taberna de ennegrecidas e inexpresivas paredes, cuyo único y discordante adorno eran unas raídas y no menos mugrosas escarapelas tricolores de la todavía incipiente Revolución. El recién llegado denotaba un cierto aire de distinción, era alto y flaco, y su mirada parecía la de alguien que ha contemplado los mayores horrores del mundo, pues sus ojos aparecían negros y penetrantes. Atravesó la solitaria estancia, muy decidido y, dirigiéndose al bodeguero, pidió un doble de coñac.

Su momentáneo interlocutor cumplió el encargo. Pero éste, un personaje grueso, bajo, de nariz colorada, mirada bonachona y delantal sucio trató de mantener una conversación, pues seguramente estaba atendiendo al último cliente de la noche:

–Mala hora para andar por estas calles. A no ser que vengáis de algún sitio cercano. Supongo que os habréis puesto perdido de agua.

El desconocido, tras beber un largo trago de licor, contestó:

–Vuelvo del edificio solitario que se encuentra al final de esta calle.

El otro le contempló asombrado.

–Pero, eso es...

–Sí, ¡el manicomio! –añadió el cliente, sonriendo al comprobar el efecto que causaban sus palabras–. No tema. Estoy todavía muy lejos de que se me pueda considerar un huésped de ese lugar. Simplemente, soy un visitante.

Más tranquilo, el tabernero siguió hablando:

–Entonces, señor, a no ser que tengáis un familiar recluido, no veo que os ha llevado a ir allí una noche tan desapacible como ésta.

–¿Qué puede usted saber, amigo mío, de los ocultos motivos que conducen a los hombres a la casa de los locos? Aunque tal vez, si le cuento el horror que he padecido esta tarde en una de sus gavias, es posible que llegue a comprender las razones que tanto le extrañan. Soy médico. De esos que remueven el interior de los cadáveres intentando descubrir de qué modo suplantaron el papel de un vivo. Esta mañana ha fallecido un paciente, un joven. Mientras examinaba sus vísceras, me han contado su historia.

* * *

Se trataba de un estudiante, creo que alemán o austríaco, llamado Gottfried Wolfgang, que llevaba cierto tiempo residiendo en París. Según he sabido, al mismo tiempo que cursaba sus estudios en una universidad germana, la de Notinga, inició el aprendizaje y la práctica de ciertas ciencias esotéricas. Al principio todo parecía indicar que se trataba de una mera distracción. Pero, muy pronto, su carácter impresionable venció a su sentido común y empezó a ver visiones. 

Creía que se hallaba rodeado de espíritus malignos que pretendían apoderarse de su alma para conducirle con ellos a las cámaras de tortura de sus infernales moradas. Como fruto de sus inquietantes alucinaciones, su salud comenzó a decaer peligrosamente. Sin embargo, lejos de rehuir el contacto con tan peligrosas enseñanzas, siguió tratando de ampliar el campo de sus conocimientos. Durante el día, se encerraba en extrañas y ponzoñosas bibliotecas, consultando viejos libros de brujería, y por la noche, aterrorizado, se recluía en su habitación.

Cuando sus padres descubrieron el progresivo desvarío que amenazaba al joven, decidieron enviarle a una ciudad donde reinase la alegría y la diversión. De esta manera, fechas después, Gottfried llegó a París. Pero su presencia coincidió con los albores de la Revolución. El delirio popular sedujo enseguida su espíritu emotivo, y las teorías políticas y filosóficas de la época le entusiasmaron.

Sin embargo, las sangrientas escenas que se desarrollaron a continuación hirieron su sensibilidad, le desilusionaron de la sociedad y del mundo, y le animaron, más que nunca, a hacer una vida de recluso. Se retiró a una habitación solitaria del Barrio Latino, paraíso de los estudiantes. Y allí, en una calle sombría, cerca de los austeros muros de La Sorbona, continuó sus especulaciones favoritas. Pasaba jornadas enteras en las grandes bibliotecas parisinas, esos panteones de autores difuntos, hojeando los viejos mamotretos polvorientos, a fin de satisfacer su morboso apetito. Era como una especie de vampiro literario, que se alimentaba de textos muertos.

A pesar de la soledad y la reclusión, Wolfgang mantenía un ardiente temperamento, cuyo fuego estuvo atizando durante mucho tiempo con la imaginación. Era demasiado tímido e ignorante de las cosas de este mundo para tener éxito entre las mujeres. Pero sentía una gran admiración por la belleza femenina y, muy a menudo, pensaba en las figuras y rostros que había visto en la calle, y su imaginación los revestía de perfecciones y encantos que sobrepasaban a la realidad.

Cuando su espíritu se exaltaba de tal suerte, le dominaba una visión que le producía unos efectos extraordinarios. Se le aparecía un rostro femenino de belleza trascendental, y la impresión que le desencadenaba era tan honda que a duras penas podía rehacerse. Aquel rostro llenaba sus pensamientos de día y sus sueños durante la noche. Y llegó a enamorarse perdidamente de aquella mujer soñada. Su pasión se convirtió en una de esas ideas fijas, que se adueñan de los espíritus melancólicos y que, a veces, se toman por locura.

Así era Gottfried Wolfgang y ese su estado de ánimo en el momento que empieza la historia que me contaron. Regresaba a su casa, en una noche borrascosa, por las sombrías y viejas calles de La Marais, el más antiguo barrio de París. El sordo rugido del trueno hacia temblar las casas y las estrechas callejas. Llegó a la plaza de Gréve, donde se llevaban a cabo las ejecuciones públicas. Los rayos centelleaban sobre las altas torres del viejo Ayuntamiento y su fulgor iluminaba la plaza. 

Al encontrarse tan cerca de la guillotina retrocedió horrorizado. El terror estaba en todo su apogeo y el terrible instrumento de muerte, siempre a punto, relucía con la sangre de los justos y los valientes. Aquel mismo día, el siniestro aparato había trabajado activamente segando cabezas, y allí estaba, en el corazón de la ciudad silenciosa y dormida, esperando nuevas víctimas.

Wolfgang sintió que el corazón se le oprimía y decidió dejarse. Pero, en aquel momento, vio una figura encogida al pie de los escalones que daban acceso al tablado. Unos cuantos relámpagos seguidos le permitieron observarla mejor: era una simple silueta femenina, vestida de negro, sentada en el último de los escalones. Tenía el busto inclinado hacia adelante y la cara escondida entre las rodillas; sus largas trenzas, oscuras y despeinadas, llegaban al suelo, mojadas por la lluvia que caía a torrentes. 

Wolfgang permaneció inmóvil. Había algo terriblemente patético en aquella solitaria imagen de la angustia. La dama daba la sensación de pertenecer a la alta sociedad. En aquellos tiempos difíciles más de una bella cabeza acostumbrada a la blandura del plumón, no tenía donde apoyarse. Sin duda, debía tratarse de una viuda, a la cual la siniestra cuchilla acababa de dejar sola, con el corazón destrozado y que permanecía allí, en el lugar donde le habían arrebatado aquello que le era más querido.

Gottfried se acercó y le dirigió la palabra en un tono que revelaba una profunda simpatía. Ella levantó la cabeza y le miró con gesto extraviado.

¡Cuál no sería el asombro de Wolfgang al contemplar, bajo la luz de los relámpagos, el rostro que llenaba sus sueños: lívido y desesperado y, sin embargo, de una belleza arrebatadora!

Agitado por sentimientos violentos y contradictorios, le dirigió la palabra de nuevo, temblando. Se extrañó de verla sola, en una hora tan avanzada de la noche, bajo la furiosa tormenta, y se ofreció a conducirla a casa de algún amigo. Ella señaló la guillotina con un gesto muy expresivo.

–Ya no me quedan amigos en este mundo –dijo, sin ninguna esperanza.

–¿Y no tiene usted dónde ir?

–Sí... ¡Mi tumba!

Al escucharla, el corazón del estudiante alemán se estremeció de emoción.

–Si un extraño pudiese hacerle un ofrecimiento –propuso Wolfgang, sin quererse rendir–, no corriendo el riesgo de ser mal comprendido, yo me permitiría brindarle mi humilde morada por alojamiento, y a mí mismo como su más devoto amigo. Yo tampoco tengo a nadie, soy un extraño en este país. Pero si mi vida puede servirle de algo, está a su servicio y la sacrificaré gustoso para evitarle daño u ofensa.

Los modales graves y fervientes del joven produjeron su efecto. Incluso su acento extranjero, que demostraba que no tenía nada en común con la chusma parisina, habló en su favor. Además, el verdadero entusiasmo posee una elocuencia incuestionable. La angustia de la señora cedió un tanto bajo la protección del estudiante.

Le ayudó a cruzar el puente Nuevo y la plaza en la que la estatua de Enrique IV yacía tirada en el suelo derribada por el populacho. La tormenta se había calmado, aunque todavía sonaba el rugido de los truenos en la lejanía. París parecía reposar. Aquel gran volcán de las pasiones humanas dormía durante un rato para recuperar las fuerzas necesarias que alimentarían la erupción del día siguiente. 

El estudiante condujo a su protegida a través de las viejas calles del Barrio Latino, rodeó los muros de La Sorbona y llegó al miserable hostal donde tenía su habitación. El portero que le abrió manifestó su sorpresa al ver al melancólico Wolfgang en compañía de una mujer.

Al entrar en su morada, el joven alemán se avergonzó de la pobreza y el desorden de su hospedaje. No tenía más que una habitación: una sala de viejo estilo, adornada con pesadas esculturas y extravagantemente amueblada con restos marchitos de un antiguo esplendor. 

Se trataba, en efecto, de uno de esos hoteles cercanos al Luxemburgo, que antaño habían pertenecido a la nobleza. La habitación estaba llena de libros, papeles y todas esas cosas propias de un estudiante, la cama se hallaba situada en un rincón, en una especie de alcoba.

Cuando hubo encendido una bujía y pudo contemplar la belleza de la desconocida, se sintió más emocionado que nunca. Su rostro era pálido, pero de una blancura radiante, realzada por la aureola de una espesa cabellera negra; sus enormes ojos brillaban con una expresión un tanto esquiva; sus formas, bajo el traje oscuro, eran de una armonía perfecta. 

De toda su persona emanaba un aire de nobleza, a pesar de la sencillez de su atavío. Lo único que tenía cierta coquetería en toda su ropa era un pañuelo de negro terciopelo que llevaba en el cuello prendido con un alfiler de brillantes.

El estudiante se sentía un poco embarazado al pensar en la mejor manera de acomodar de una forma conveniente al pobre ser abandonado que había tomado bajo su protección. Pensaba en cederle su habitación y buscar otra para él. Sin embargo, se notaba tan fascinado, su espíritu y sus sentidos se hallaban tan atraídos, que no podía apartarse de su presencia. 

También la actitud de ella era rara y sorprendente. Ya no pensaba en la guillotina y hasta su dolor parecía calmado. Las atenciones de Wolfgang que, al principio ganaron su confianza, ahora habían conquistado además su corazón. Evidentemente, ella era también muy apasionada, y los seres apasionados se compenetran muy pronto.

Bajo la embriaguez del momento, el estudiante le declaró su amor; le contó la historia de su sueño misterioso, de cómo ella se había adueñado de su corazón mucho antes de conocerla. La dama admitió que se sentía también atraída hacia él por una fuerza inexplicable. La época predisponía a todos los atrevimientos, tanto en las ideas como en las acciones; los prejuicios y viejas supersticiones habían sido barridos. Ahora todo sucedía bajo los auspicios de la «Diosa Razón».

Incluso los espíritus más honorables consideraban el matrimonio como una fórmula en desuso, otra más en el fárrago de contrasentidos del Antiguo Régimen. Se habían puesto de moda los contratos sociales, y Wolfgang era demasiado teórico para no dejarse influir por las doctrinas liberales de la época.

–¿Por qué separarnos? –preguntó–. Nuestros corazones desean estar juntos, a los ojos de la razón y del honor ya estamos unidos. ¿Qué necesidad tienen las almas nobles de fórmulas vulgares?

La dama escuchaba con emoción. Evidentemente compartía las mismas ideas.

–Tú no tienes ni casa ni familia –añadió Wolfgang–. Déjame ser todo eso para ti; o mejor, seámoslo el uno para el otro. Y si la fórmula es necesaria, observémosla. He aquí mi mano. Me uno a ti para siempre.

–¿Para siempre? –inquirió gravemente la desconocida.

–¡Para siempre! –respondió él.

La dama tomó la mano que le tendía.

–Entonces soy tuya –murmuró, y se echó en brazos del joven estudiante.

Se entregaron al contrato de los besos, al reconocimiento de que realmente eran el uno del otro. Lentamente se sumieron en una delirante felicidad, que se prolongó durante todo el resto de la noche. A la mañana siguiente, Gottfried salió muy temprano para buscar alojamiento. Necesitaba algo más espacioso y conforme a su nuevo estado. 

Su esposa continuaba durmiendo y no quiso despertarla. Cuando volvió, la encontró tendida en el lecho con la cabeza echada hacia atrás, bajo el brazo. Le habló, pero no recibió contestación. Se acercó para despertarla y cambiarla de aquella incómoda postura, y la tomó de la mano. Pero ésta se hallaba fría e inerte. Su rostro era una máscara lívida y dura. En una frase escueta: estaba ante un cadáver.

Sobrecogido de espanto, dio la alarma en toda la casa. A continuación se desarrolló una escena de confusión y horror. Acudió la policía y cuando el oficial penetró en la estancia y vio el cadáver, se echó a temblar.

–¡Dioses inmortales! –exclamó–. ¿Cómo ha podido llegar esta mujer hasta aquí?

–¿Luego la conoce? –preguntó Wolfgang, precipitadamente.

–¡Qué si la conozco! –repitió el oficial–. La guillotinaron ayer.

Se acercó; deshizo el nudo del negro pañuelo que llevaba al cuello el cadáver, y la cabeza de éste rodó hasta el suelo.

El estudiante empezó a gemir en un acceso de delirio:

–¡El demonio! ¡Es el demonio que se ha apoderado de mí...! ¡Estoy condenado para siempre...!

Desde aquel instante, Wolfgang perdió totalmente la razón. Sus visiones se repitieron con mayor frecuencia y tuvo que ser internado en el manicomio. Y hoy mismo, presa de una extraña agitación, ha muerto en su celda. Tras finalizar mi examen, yo mismo he firmado el certificado de defunción, y he escrito a sus padres comunicándoles la triste nueva.

* * *

Nada más que el médico terminó de hablar, el bodeguero le miró en silencio durante unos instantes. Luego, tras servirle más licor y escanciar él mismo una copa, afirmó:

–Para mí está muy claro, señor. Se ve que el estudiante alemán era un tímido que no se atrevía a acercarse a las mujeres. Su locura hizo el resto. Una noche, desesperado, robó el cadáver de una mujer del cementerio y lo llevó a su casa. A la mañana siguiente, cuando se le pasó el furor, se dio perfecta cuenta de lo que había hecho y se volvió más loco de lo que estaba. Hoy sus remordimientos habrán sido más fuertes y su corazón no lo ha podido resistir.

El médico le miró seriamente.

–En efecto, eso es lo que pensábamos todos los que estábamos en el manicomio, hasta que abrimos la mano cerrada del cadáver y cayó al suelo este objeto –dijo, sacando de uno de sus bolsillos una cinta de terciopelo negro, cuyo broche era un bonito alfiler de diamantes.

Pelagia - Mijail Zoshchenko

Pelagia era una analfabeta. No sabía ni escribir su propio nombre. Sin embargo, su marido era un funcionario soviético de cierta categoría, si bien en otra época había sido un simple campesino. Cinco años de vida en la ciudad le habían enseñado mucho. No sólo a escribir su nombre, sino muchísimas otras cosas.

Y se sentía avergonzado de tener una mujer analfabeta.

—Deberías aprender cuando menos a escribir tu nombre, Pelageyushka—solía decirle—. Mi apellido es muy fácil, tan sólo dos sílabas: Kuch-kin, y aun así, no sabes escribirlo. ¡Es terrible!

 Pelagia soslayaba el asunto:

—No veo la necesidad de empezar a aprender ahora, Iván Nikolaievich —contestaba ella—. Estoy envejeciendo y mis dedos se entorpecen. ¿Por qué voy a intentar aprender ahora a escribir todas esas letras? Deja que aprendan los jóvenes. Yo me haré vieja tal y como he vivido siempre.

El marido de Pelagia era un hombre muy atareado y no podía perder el tiempo con su mujer. Movía la cabeza como diciendo: Pelagia, Pelagia... Pero sus labios permanecían cerrados.

Hasta que un día, Iván Nikolaievich llevó a su casa un librito muy especial.

—Aquí tienes, Polya, una cartilla para aprender sola, basada en los métodos pedagógicos más recientes. Yo mismo te enseñaré cómo se hace.

Pelagia sonrió tranquilamente, cogió el libro, lo hojeó y lo metió en el aparador como diciendo:  Dejémosle   ahí por el momento. Quizá nuestros nietos hagan uso de él.

Pero cierto día, Pelagia se sentó a trabajar. Tenía que zurcir una chaqueta de Iván Nikolaievich cuyas mangas estaban desgastadas por los codos.

Se sentó, pues, a la mesa, cogió la aguja, y al meter la mano bajo la chaqueta, oyó algo que crujía.

Quizá tenga dinero en algún bolsillo, pensó Pelagia.

Empezó a buscar y encontró una carta. Una carta preciosa, en un sobre primoroso, con una letra pequeña y clara, que olía a perfume o a colonia. El corazón de Pelagia le dio un vuelco.

¿Será posible que Iván Nikolaievich me engañe?, pensó. ¿Que esté manteniendo correspondencia amorosa con damas bien educadas y mofándose de su pobre y analfabeta mujer?

Pelagia miró el sobre, sacó la carta y la desdobló, pero como era analfabeta no pudo entender ni una sola palabra.

Por primera vez en su vida, Pelagia lamentó no saber leer. Y se decía: Aunque la carta no sea para mí, tengo que saber qué dice. Tal vez cambie mi vida por completo y sería mejor que yo volviese al campo a trabajar de campesina.

Pelagia se echó a llorar pensando que Iván Nikolaievich parecía haber cambiado últimamente; cuidaba más su bigote y se lavaba las manos varías veces al día. Pelagia permanecía sentada mirando la carta y berreando como un cerdo al que fueran a matar. Pero no podía leer la carta, y si se la enseñaba a alguien, podría resultar embarazoso.

Pelagia escondió la carta en el aparador, terminó de coser la chaqueta y esperó que Iván Nikolaievich regresase. Cuando llegó, ella se comportó como si nada hubiera pasado. Al contrario, con naturalidad y muy tranquilamente conversó con su marido, y hasta le insinuó que no le disgustaría estudiar un poco, ya que estaba harta de ser una ignorante campesina analfabeta.

Iván Nikolaievich se sintió lleno de alegría al oírla.

—¡Estupendo! —comentó—. Yo mismo te enseñaré.

—De acuerdo.   Empecemos —contestó  Pelagia.

Y se quedó con la mirada fija en el bigotillo esmeradamente recortado de Iván Nikolaievich.

Durante dos meses enteros, Pelagia no dejó de estudiar un solo día. Con paciencia infinita fue juntando las sílabas hasta formar palabras, aprendió a escribir y a memorizar frases. Y todas las tardes sacaba del aparador la valiosa carta e intentaba descifrar su secreto significado. Pero no era tarea fácil.

Pasaron tres meses antes de que Pelagia dominase la lectura.

Cierta mañana, al marcharse Iván Nikolaievich a su trabajo, Pelagia sacó la carta del aparador y comenzó a leerla.

Le resultaba difícil descifrar la menuda caligrafía, pero el perfume apenas perceptible que emanaba del papel le sirvió de acicate para proseguir. La carta estaba dirigida a Iván Nikolaievich, y Pelagia leyó:

 

Querido camarada Kuchkin:

Te envío la cartilla prometida. Espero que tu mujer pueda dominar tan vasta erudición en dos o tres meses. Prométeme, buen amigo, que harás lo posible para que así sea. Explícale, hazle sentir lo fastidioso que es ser una campesina analfabeta.

Para celebrar el aniversario de la Revolución, estamos tratando de acabar con el analfabetismo en toda la República por todos los medios a nuestro alcance. Pero por alguna razón oculta, a veces nos olvidamos de los más allegados.

No descuides este asunto,  Iván Nikolaievich.

Con saludos comunistas

María Blokhina

 

 

Pelagia leyó la carta dos veces. Después, apretando los labios con desconsuelo y sintiéndose en cierto modo secretamente ultrajada, rompió a llorar amargamente.

 

La noche del indio - Francisco Tario

Aquí, en la llanura solitaria, igual de día que de noche, lo mismo durante las sequías ardientes que durante la época de los chubascos —días festivos y días de labor— mi vida es triste, mala, monótona... Mi abuelo fue campesino, mi padre fue campesino y yo también lo soy. Todos nacimos y vivimos sobre este mismo puñado de tierra; contemplamos los mismos paisajes; comimos de la misma fruta...

Tengo mujer y cinco hijos —el mayor de nueve años— y habito una pequeña choza con las paredes de adobe y la techumbre de paja...

Mi abuelo no supo leer; mi padre no supo leer; ni mi mujer y yo sabemos tampoco. Y puesto que no hay escuelas por estos rumbos, mis hijos no aprenderán nunca. Sin embargo, yo quisiera que aprendieran; quisiera que, de mayores, pudieran ellos enseñar a sus hijos, señalándoles las letras con sus propios dedos. Podrían entonces abandonar el campo e instalarse en la ciudad. Allí hay dinero, casas muy grandes, personas sumamente influyentes y modo de ganarse el pan cómodamente. ¡Pero no aprenderán nunca!

Ararán el campo como yo, como mi padre, como mi abuelo. Sus pies se curtirán como los míos; sus manos encallecerán; y sus ropas —remiendo sobre remiendo— serán el asco o la lástima de cuanto forastero se acerque a ellos. Me enterrarán en el camposanto bendito y ocuparán después mi petate. Comerán sus aumentos en mis mismos platos y beberán agua en mi mismo jarro. ¡No aprenderán a leer en la vida!

Los días de fiesta irán a misa al mismo templo que voy ahora, con sus cargas de fruta fresca o barro y sus sombreros muy anchos. De regreso, vendrán cantando con otros compañeros suyos —iguales a los míos— o en silencio, lo mismo que vengo ahora, durante las tardes de estos domingos tan tristes, a lo largo de las serranías azules, sobre las cuales Dios Nuestro Señor parece asomarse a la Tierra. O se embriagarán como yo lo hago —sin comprender aproximadamente por qué— bebiendo pulque hasta enloquecerse o perder el sentido y servir de irrisión a las personas decentes. ¡No aprenderán a leer nunca!

Serán como fui yo, como fueron mis viejos: melancólicos, borrachos, muy pobres; aborrecidos y humildes cual indefensos gusanos; olvidados ¡ay! de todo el mundo, incluso de los señores buenos.

Por las noches, en cuanto el sol declina y se ensombrecen las cosas, suelo salir de mi choza y, sentado sobre una piedra, me pongo a mirar al pueblo lejano, a la sierra tremenda. Desde allí se vislumbra la carretera, blanca y retorcida como una serpentina, dando vueltas alrededor de la montaña. A veces cruzan los automóviles velozmente, con sus faros encendidos y sus motores calientes, y yo pienso con envidia en sus ricos pasajeros: cómodos, saciados, muy pulcros. Van a la ciudad, a sus casas de piedra, a sus camas mullidas, a sus platos tan llenos. Los adivino arrullados como príncipes en el fondo de sus asientos, cubiertos con suaves mantas de terciopelo, oliendo a jabones caros, y leyendo, leyendo sin tropiezo alguno lo que han escrito otros hombres más listos que ellos.

Esto pienso mientras miro a los automóviles desde mi choza. En cambio, cuando levanto los ojos y miro al firmamento, pienso otra cosa. ¡Es algo extraño lo que me ocurre! Me encanta de pronto la luna blanca, las estrellas que ríen, el agua del bordo, la música de la guitarra y el huisache que duerme. Me considero rico y alegre y me subyuga todo: la lluvia que dejo caer sobre mis espaldas; la ropa que visto; el manto de la Virgen; el calor que da sed; la espiga. Y me pongo a cantar en voz baja, sólo para mí, como hacemos siempre los indios.

De todos modos, concluyo por entristecerme.

—¡Este corazón mío! —suspiro.

Y regreso a mi choza, tumbándome sobre el petate duro donde mi mujer, mi perro y mis hijos duermen.

Rezo, rezo entonces mucho, sin saber a punto fijo qué espero. Es una necesidad urgente que me devora como el hambre. Rezo y miro a la cruz de paja, con los ojos entrecerrados, como se mira desde el fondo de un pozo a la luz clara del día.

"¿Rezarán también las personas ricas?" —me pregunto.

Pienso que no. ¡Ay, ellas no necesitan ayuda de nadie porque pueden valerse por sí mismas, ya que son fuertes y poderosas!

—Con sus brazos alcanzan cuanto desean —me digo.

Nosotros, no. Nosotros, los indios, somos débiles y necesitamos de nuestra cruz de paja; de algo muy importante hacia qué levantar las manos implorando auxilio. Los hombres no nos dan nada. Dios, sí: la lluvia, el calor, el frío. Y de eso comemos. Los hombres blancos van y vienen y no piensan un solo instante en nuestros terribles dolores. Lo hacen así porque son superiores y ricos. ¡Ay, los hombres blancos no son nuestros amigos! Yo sí quisiera serlo de ellos, pero ellos no quieren. ¡Son tan altivos, tan listos! No laboran el campo: juegan con él. No cosechan la fruta: la comen. No sudan, no sufren: ríen y se divierten. No se quitan el dolor con pulque, ni se sientan junto a los charcos fríos, ni reclinan sus cabezas en petates húmedos.

Los hombres blancos nos dicen:

—Trabaja para nosotros, puesto que Dios así lo ha dispuesto.

Es muy cierto. También los asnos trabajan para nosotros. Y habrá sin duda alguna animales "más peores" que trabajen para ellos.

Pero una tarde, una tarde caliente de junio, me tropecé con un hombre que no olvidaré mientras viva. No lo olvidaré, digo, por las palabras que pronunció, por las noches que me dejó sin dormir, por las lágrimas que me ha hecho derramar. No importa que sus promesas sean estériles. Eran tan bellas, que yo las guardo en mi memoria y las repito a mis hijos, como si se tratara de un rezo. Les hago decirlas a ellos por las noches, detrás de mí, cuando llega la hora de acostarse.

Aunque al hombre aquel le vi sólo unos instantes, recuerdo muy bien su figura: era alto, de cabellos grises, enmarañados y largos; gastaba anteojos y una pequeña barba recortada en punta. Parecía un águila. Y mientras hablaba se detenía preocupadamente, mirándome bien a los ojos, cual si olvidara las palabras o cruzara por su cabeza algo tan grave que no pudiera con sus pensamientos.

Jamás olvidaré sus ojos, desde luego.

Me dijo:

—Tú, indio, te levantarás algún día de tu cabaña en ruinas para resplandecer como el sol. El hombre blanco se irá extinguiendo como un ruin cabo de vela que se apaga —consumido por su propia llama— y su sombra se perderá en las sombras. Tú, indio, eres humilde y débil; sin embargo, es preciso ser fuerte y perdurar. Tu importancia se halla oculta sólo para aquel que no quiera ver. Ese blanco que tanto envidias es un hombre como tú: no importa que haya nacido bajo estos o aquellos soles; no importa que sus escuelas y sus templos sean más ricos que los tuyos, ni que sus ropas sean más finas y su aspecto más delicado. Si tú quieres, tus escuelas serán mejores que las suyas; tus templos, más monumentales que los suyos; y tus ropas, por lo menos semejantes a las de ellos. ¡La fuerza está en ti, indio! Y escribirás libros mejores que aquellos que ahora no sabes leer. Y oirás música más bella que aquella que hoy no te permiten escuchar. Y dictarás leyes más humanas que las que te rigen... Por las noches saldrás al aire fresco y cantarás de alegría a la luz de la luna. Torrentes de agua como mares estarán a disposición tuya para hacer fértil la llanura yerma. Tu casa no será de mármol porque el mármol no hace falta al hombre, pero será de piedra y ni el huracán podrá conmoverla. Serás fuerte, ágil, libre. Y un fulgor muy potente irradiará sobre cualquier ámbito tan pronto tu alma despierte. Es preciso hacer la revolución, amigo...

Cuando el hombre de la barbita blanca echó a andar bajo su gorra a cuadros, me sentí más solo que otras veces y quise que no se hubiera apartado de mí nunca. Y yo, que soy indio, rompí a sollozar amargamente, sentado entre las matas del camino.

Volví a casa cantando una canción muy triste:

"Mi tierra es linda porque ha sufrido tanto..."

Aquella misma noche reuní a mis hijos, a mi mujer, y les dije:

—He visto a Cristo.

Y de rodillas, frente a la cruz de paja, repetí una a una las palabras benditas:

—¡La fuerza está en ti, indio!

Está, sí, según creo. Y también el zopilote hediondo sobre aquella loma. Es lo peor.