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La sombra de la guillotina - Washington Irving

Cuando la claridad del día siguió su camino hacia el oeste, dejando al Sol oculto tras oscuros nubarrones, París se sumió en una negra y fría noche de invierno. La lluvia comenzó a caer, como si hubiera estado aguardando la llegada de las tinieblas. Un viento helado, salido tal vez de las entrañas del Polo, ayudó a barrer de almas y cuerpos las calles de la ciudad. 

Al filo de la medianoche, una sombra se dirigió, calado el hongo hasta las orejas y envuelta en fusca y amplia capa, a la única casa que aún mantenía una tenue luz encendida en la sórdida calle.

El solitario viandante empujó la chirriante puerta de madera que tenía ante sí y penetró en el local. Se trataba de una mugrienta taberna de ennegrecidas e inexpresivas paredes, cuyo único y discordante adorno eran unas raídas y no menos mugrosas escarapelas tricolores de la todavía incipiente Revolución. 

El recién llegado denotaba un cierto aire de distinción, era alto y flaco, y su mirada parecía la de alguien que ha contemplado los mayores horrores del mundo, pues sus ojos aparecían negros y penetrantes. Atravesó la solitaria estancia, muy decidido y, dirigiéndose al bodeguero, pidió un doble de coñac.

Su momentáneo interlocutor cumplió el encargo. Pero este, un personaje grueso, bajo, de nariz colorada, mirada bonachona y delantal sucio, trató de mantener una conversación, pues seguramente estaba atendiendo al último cliente de la noche:

—Mala hora para andar por estas calles. A no ser que vengáis de algún sitio cercano. Supongo que os habréis puesto perdido de agua.

El desconocido, tras beber un largo trago de licor, contestó:
—Vuelvo del edificio solitario que se encuentra al final de esta calle.

El otro le contempló asombrado.

—Pero, eso es...

—Sí, ¡el manicomio! —añadió el cliente, sonriendo al comprobar el efecto que causaban sus palabras—. No tema. Estoy todavía muy lejos de que se me pueda considerar un huésped de ese lugar. Simplemente, soy un visitante.

Más tranquilo, el tabernero siguió hablando:

—Entonces, señor, a no ser que tengáis un familiar recluido, no veo qué os ha llevado a ir allí una noche tan desapacible como esta.

—¿Qué puede usted saber, amigo mío, de los ocultos motivos que conducen a los hombres a la casa de los locos? Aunque tal vez, si le cuento el horror que he padecido esta tarde en una de sus gavias, es posible que llegue a comprender las razones que tanto le extrañan. Soy médico. De esos que remueven el interior de los cadáveres intentando descubrir de qué modo suplantaron el papel de un vivo. Esta mañana ha fallecido un paciente, un joven. Mientras examinaba sus vísceras, me han contado su historia.

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Se trataba de un estudiante, creo que alemán o austriaco, llamado Gottfried Wolfgang, que llevaba cierto tiempo residiendo en París. Según he sabido, al mismo tiempo que cursaba sus estudios en una universidad germana, la de Gottinga, inició el aprendizaje y la práctica de ciertas ciencias esotéricas. Al principio todo parecía indicar que se trataba de una mera distracción. Pero, muy pronto, su carácter impresionable venció a su sentido común y empezó a ver visiones. 

Creía que se hallaba rodeado de espíritus malignos que pretendían apoderarse de su alma para conducirle con ellos a las cámaras de tortura de sus infernales moradas. Como fruto de sus inquietantes alucinaciones, su salud comenzó a decaer peligrosamente. 

Sin embargo, lejos de rehuir el contacto con tan peligrosas enseñanzas, siguió tratando de ampliar el campo de sus conocimientos. Durante el día, se encerraba en extrañas y ponzoñosas bibliotecas, consultando viejos libros de brujería, y por la noche, aterrorizado, se recluía en su habitación.

Cuando sus padres descubrieron el progresivo desvarío que amenazaba al joven, decidieron enviarle a una ciudad donde reinase la alegría y la diversión. De esta manera, fechas después, Gottfried llegó a París. Pero su presencia coincidió con los albores de la Revolución. El delirio popular sedujo enseguida su espíritu emotivo, y las teorías políticas y filosóficas de la época le entusiasmaron.

Sin embargo, las sangrientas escenas que se desarrollaron a continuación hirieron su sensibilidad, le desilusionaron de la sociedad y del mundo, y le animaron, más que nunca, a hacer una vida de recluso. Se retiró a una habitación solitaria del Barrio Latino, paraíso de los estudiantes. Y allí, en una calle sombría, cerca de los austeros muros de La Sorbona, continuó sus especulaciones favoritas. 

Pasaba jornadas enteras en las grandes bibliotecas parisinas, esos panteones de autores difuntos, hojeando los viejos mamotretos polvorientos, a fin de satisfacer su morboso apetito. Era como una especie de vampiro literario, que se alimentaba de textos muertos.

A pesar de la soledad y la reclusión, Wolfgang mantenía un ardiente temperamento, cuyo fuego estuvo atizando durante mucho tiempo con la imaginación. Era demasiado tímido e ignorante de las cosas de este mundo para tener éxito entre las mujeres. Pero sentía una gran admiración por la belleza femenina y, muy a menudo, pensaba en las figuras y rostros que había visto en la calle, y su imaginación los revestía de perfecciones y encantos que sobrepasaban a la realidad.

Cuando su espíritu se exaltaba de tal suerte, le dominaba una visión que le producía unos efectos extraordinarios. Se le aparecía un rostro femenino de belleza trascendental, y la impresión que le desencadenaba era tan honda que a duras penas podía rehacerse. 

Aquel rostro llenaba sus pensamientos de día y sus sueños durante la noche. Y llegó a enamorarse perdidamente de aquella mujer soñada. Su pasión se convirtió en una de esas ideas fijas, que se adueñan de los espíritus melancólicos y que, a veces, se toman por locura.

Así era Gottfried Wolfgang y ese su estado de ánimo en el momento que empieza la historia que me contaron. Regresaba a su casa, en una noche borrascosa, por las sombrías y viejas calles de Le Marais, el más antiguo barrio de París. El sordo rugido del trueno hacía temblar las casas y las estrechas callejas. Llegó a la plaza de Grève, donde se llevaban a cabo las ejecuciones públicas. Los rayos centelleaban sobre las altas torres del viejo Ayuntamiento y su fulgor iluminaba la plaza. Al encontrarse tan cerca de la guillotina retrocedió horrorizado. 

El terror estaba en todo su apogeo y el terrible instrumento de muerte, siempre a punto, relucía con la sangre de los justos y los valientes. Aquel mismo día, el siniestro aparato había trabajado activamente segando cabezas, y allí estaba, en el corazón de la ciudad silenciosa y dormida, esperando nuevas víctimas.

Wolfgang sintió que el corazón se le oprimía y decidió alejarse. Pero, en aquel momento, vio una figura encogida al pie de los escalones que daban acceso al tablado. Unos cuantos relámpagos seguidos le permitieron observarla mejor: era una simple silueta femenina, vestida de negro, sentada en el último de los escalones. 

Tenía el busto inclinado hacia adelante y la cara escondida entre las rodillas; sus largas trenzas, oscuras y despeinadas, llegaban al suelo, mojadas por la lluvia que caía a torrentes. Wolfgang permaneció inmóvil. Había algo terriblemente patético en aquella solitaria imagen de la angustia. La dama daba la sensación de pertenecer a la alta sociedad. 

En aquellos tiempos difíciles más de una bella cabeza acostumbrada a la blandura del plumón no tenía dónde apoyarse. Sin duda, debía tratarse de una viuda, a la cual la siniestra cuchilla acababa de dejar sola, con el corazón destrozado y que permanecía allí, en el lugar donde le habían arrebatado aquello que le era más querido.

Gottfried se acercó y le dirigió la palabra en un tono que revelaba una profunda simpatía. Ella levantó la cabeza y le miró con gesto extraviado.

¡Cuál no sería el asombro de Wolfgang al contemplar, bajo la luz de los relámpagos, el rostro que llenaba sus sueños: lívido y desesperado y, sin embargo, ¡de una belleza arrebatadora! Agitado por sentimientos violentos y contradictorios, le dirigió la palabra de nuevo, temblando. Se extrañó de verla sola, en una hora tan avanzada de la noche, bajo la furiosa tormenta, y se ofreció a conducirla a casa de algún amigo. Ella señaló la guillotina con un gesto muy expresivo.

—Ya no me quedan amigos en este mundo —dijo, sin ninguna esperanza.

—¿Y no tiene usted dónde ir?

—Sí... ¡Mi tumba!

Al escucharla, el corazón del estudiante alemán se estremeció de emoción.

—Si un extraño pudiese hacerle un ofrecimiento —propuso Wolfgang, sin quererse rendir—, no corriendo el riesgo de ser mal comprendido, yo me permitiría brindarle mi humilde morada por alojamiento, y a mí mismo como su más devoto amigo. Yo tampoco tengo a nadie, soy un extraño en este país. Pero si mi vida puede servirle de algo, está a su servicio y la sacrificaré gustoso para evitarle daño u ofensa.

Los modales graves y fervientes del joven produjeron su efecto. Incluso su acento extranjero, que demostraba que no tenía nada en común con la chusma parisina, habló en su favor. Además, el verdadero entusiasmo posee una elocuencia incuestionable. La angustia de la señora cedió un tanto bajo la protección del estudiante.

Le ayudó a cruzar el puente Nuevo y la plaza en la que la estatua de Enrique IV yacía tirada en el suelo derribada por el populacho. La tormenta se había calmado, aunque todavía sonaba el rugido de los truenos en la lejanía. París parecía reposar. Aquel gran volcán de las pasiones humanas dormía durante un rato para recuperar las fuerzas necesarias que alimentarían la erupción del día siguiente. 

El estudiante condujo a su protegida a través de las viejas calles del Barrio Latino, rodeó los muros de La Sorbona y llegó al miserable hostal donde tenía su habitación. El portero que le abrió manifestó su sorpresa al ver al melancólico Wolfgang en compañía de una mujer.

Al entrar en su morada, el joven alemán se avergonzó de la pobreza y el desorden de su hospedaje. No tenía más que una habitación: una sala de viejo estilo, adornada con pesadas esculturas y extravagantemente amueblada con restos marchitos de un antiguo esplendor. Se trataba, en efecto, de uno de esos hoteles cercanos al Luxemburgo, que antaño habían pertenecido a la nobleza. 

La habitación estaba llena de libros, papeles y todas esas cosas propias de un estudiante; la cama se hallaba situada en un rincón, en una especie de alcoba.

Cuando hubo encendido una bujía y pudo contemplar la belleza de la desconocida, se sintió más emocionado que nunca. Su rostro era pálido, pero de una blancura radiante, realzada por la aureola de una espesa cabellera negra; sus enormes ojos brillaban con una expresión un tanto esquiva; sus formas, bajo el traje oscuro, eran de una armonía perfecta. 

De toda su persona emanaba un aire de nobleza, a pesar de la sencillez de su atavío. Lo único que tenía cierta coquetería en toda su ropa era un pañuelo de negro terciopelo que llevaba en el cuello prendido con un alfiler de brillantes.

El estudiante se sentía un poco embarazado al pensar en la mejor manera de acomodar de una forma conveniente al pobre ser abandonado que había tomado bajo su protección. Pensaba en cederle su habitación y buscar otra para él. Sin embargo, se notaba tan fascinado, su espíritu y sus sentidos se hallaban tan atraídos, que no podía apartarse de su presencia.

También la actitud de ella era rara y sorprendente. Ya no pensaba en la guillotina y hasta su dolor parecía calmado. Las atenciones de Wolfgang que, al principio, ganaron su confianza, ahora habían conquistado además su corazón. Evidentemente, ella era también muy apasionada, y los seres apasionados se compenetran muy pronto.

Bajo la embriaguez del momento, el estudiante le declaró su amor; le contó la historia de su sueño misterioso, de cómo ella se había adueñado de su corazón mucho antes de conocerla. La dama admitió que se sentía también atraída hacia él por una fuerza inexplicable. La época predisponía a todos los atrevimientos, tanto en las ideas como en las acciones; los prejuicios y viejas supersticiones habían sido barridos. Ahora todo sucedía bajo los auspicios de la «Diosa Razón».

Incluso los espíritus más honorables consideraban el matrimonio como una fórmula en desuso, otra más en el fárrago de contrasentidos del Antiguo Régimen. Se habían puesto de moda los contratos sociales, y Wolfgang era demasiado teórico para no dejarse influir por las doctrinas liberales de la época.

—¿Por qué separarnos? —preguntó—. Nuestros corazones desean estar juntos, a los ojos de la razón y del honor ya estamos unidos. ¿Qué necesidad tienen las almas nobles de fórmulas vulgares?

La dama escuchaba con emoción. Evidentemente compartía las mismas ideas.

—Tú no tienes ni casa ni familia —añadió Wolfgang—. Déjame ser todo eso para ti; o mejor, seámoslo el uno para el otro. Y si la fórmula es necesaria, observémosla. He aquí mi mano. Me uno a ti para siempre.

—¿Para siempre? —inquirió gravemente la desconocida.

—¡Para siempre! —respondió él.

La dama tomó la mano que le tendía.

—Entonces soy tuya —murmuró, y se echó en brazos del joven estudiante.

Se entregaron al contrato de los besos, al reconocimiento de que realmente eran el uno del otro. Lentamente se sumieron en una delirante felicidad, que se prolongó durante todo el resto de la noche. A la mañana siguiente, Gottfried salió muy temprano para buscar alojamiento. Necesitaba algo más espacioso y conforme a su nuevo estado. 

Su esposa continuaba durmiendo y no quiso despertarla. Cuando volvió, la encontró tendida en el lecho con la cabeza echada hacia atrás, bajo el brazo. Le habló, pero no recibió contestación. Se acercó para despertarla y cambiarla de aquella incómoda postura, y la tomó de la mano. Pero esta se hallaba fría e inerte. Su rostro era una máscara lívida y dura. En una frase escueta: estaba ante un cadáver.

Sobrecogido de espanto, dio la alarma en toda la casa. A continuación se desarrolló una escena de confusión y horror. Acudió la policía y cuando el oficial penetró en la estancia y vio el cadáver, se echó a temblar.

—¡Dioses inmortales! —exclamó—. ¿Cómo ha podido llegar esta mujer hasta aquí?

—¿Luego la conoce? —preguntó Wolfgang, precipitadamente.

—¡Que si la conozco! —repitió el oficial—. La guillotinaron ayer.

Se acercó; deshizo el nudo del negro pañuelo que llevaba al cuello el cadáver, y la cabeza de este rodó hasta el suelo.

El estudiante empezó a gemir en un acceso de delirio:

—¡El demonio! ¡Es el demonio que se ha apoderado de mí...! ¡Estoy condenado para siempre...!

Desde aquel instante, Wolfgang perdió totalmente la razón. Sus visiones se repitieron con mayor frecuencia y tuvo que ser internado en el manicomio. Y hoy mismo, presa de una extraña agitación, ha muerto en su celda. Tras finalizar mi examen, yo mismo he firmado el certificado de defunción, y he escrito a sus padres comunicándoles la triste nueva.

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Nada más que el médico terminó de hablar, el bodeguero le miró en silencio durante unos instantes. Luego, tras servirle más licor y escanciar él mismo una copa, afirmó:

—Para mí está muy claro, señor. Se ve que el estudiante alemán era un tímido que no se atrevía a acercarse a las mujeres. Su locura hizo el resto. Una noche, desesperado, robó el cadáver de una mujer del cementerio y lo llevó a su casa. A la mañana siguiente, cuando se le pasó el furor, se dio perfecta cuenta de lo que había hecho y se volvió más loco de lo que estaba. Hoy sus remordimientos habrán sido más fuertes y su corazón no lo ha podido resistir.

El médico le miró seriamente.

—En efecto, eso es lo que pensábamos todos los que estábamos en el manicomio, hasta que abrimos la mano cerrada del cadáver y cayó al suelo este objeto —dijo, sacando de uno de sus bolsillos una cinta de terciopelo negro, cuyo broche era un bonito alfiler de diamantes.

Delfina - Claude Seignolle (Parte 2 y última)

Cuando volví a mirarla de nuevo, me di cuenta hasta qué punto había sufrido por mí. Con las manos adosadas a sus mejillas, Delfina lloraba en su mundo silencioso, como si hubiera estado a punto de perderme para siempre. 

Emocionado, teniendo en mis manos la más tangible de las pruebas de amor, volví precipitadamente hacia ella y me contuve de arrodillarme y besar sus pies, como lo exigía antaño una bárbara costumbre, prueba indefectible de sumisión. Si me lo hubiese pedido, me habría despojado del sol, igual que de la palabra o de mi propia vida, ya que en un instante, Delfina se había convertido en Todo para mí.

Entonces observé algo que creía imposible: vi que Delfina sonreía, y descubrí que hasta entonces yo no había sabido nunca verdaderamente lo que era una sonrisa. Solo creía saberlo. La sonrisa de Delfina era el detalle más precioso que poseía. Aunque hubiera estado triste, aquella sonrisa iluminaría hasta mi último segundo de vida humana.

Pero, al acercarme para admirar mejor aquella sonrisa, la apagué a pesar mío. Comprendiendo la ofensa que ella temía, bajé la cabeza y, para hacerme perdonar, pensé en el vestido que le había comprado. Arranqué el papel que lo envolvía, extendí el vestido y lo dirigí a la luz más cercana. La seda tuvo un brusco reflejo de llama encarnada semimuerta, lo que, quizá, me hizo pasar por el diablo desplegando su potencia astuta y tornasolada.

Delfina no demostró la sorpresa que yo esperaba. Su mirada, ausente de la ropa, me dio a entender que yo era el único regalo que ella deseaba.

Cuando el alba ya se insinuaba, Delfina regresó a la entrada de su calle. Una vez allí, y por primera vez, pareció fijarse en los descarnados edificios. Me lo indicó con tal gesto de resignación que, para consolarla, volví a ofrecerle por segunda vez el vestido, como algo de un valor eterno. Lo observó con inquietud, pero no se quedó con él, no quiso aceptarlo. ¿Acaso observé en aquel gesto que temía aceptarlo? Ya no me acuerdo de ello. ¡Oh, si lo hubiera sabido!

Luego se alejó de mí, apartándose un poco, como a disgusto. La calle desierta me la quitó lentamente. Me fijé en la puerta que la acogía, luego ya no la vi más. Deseando seguir a su lado, me dirigí hacia aquella puerta. Entré, y en la oscuridad, la llamé desesperadamente. ¿Pero cómo iba ella a poder responderme si era muda? Deposité el vestido en algo que parecía un nicho. Cuando salí a la calle, me tambaleé bajo el efecto de un brusco pesar.

Me acosté apesadumbrado por sentimientos confusos y me dormí de inmediato para despertarme por la noche, ya que mi amor por Delfina me había desposado con las tinieblas. No quise moverme, ni siquiera respirar, como si, habiéndome construido pacientemente sobre el cuerpo el vertiginoso castillo de cartas de todas mis esperanzas, temiese que el menor de mis impulsos para consolidarlo aún más no lo destruyese para siempre. Y la angustia, cómplice de coyunturas amenazadoras, sumergió mi espíritu...

Finalmente, después de levantarme me dirigí a la ventana, para observar el río de la noche. Sus aguas me parecieron tan atormentadas, como removidas por un invisible vidueño, que me vestí y me dirigí a toda prisa a la rue Saint-Martin con el fin de eliminar el terrible peligro que según mis presentimientos amenazaba a Delfina.

Apenas apercibí la entrada de la rue Maubée, me paré en seco, dominado por la emoción... Una alta empalizada la bloqueaba, poniendo un muro de madera ante la libertad de Delfina.

Entonces pensé en el otro extremo de la calle. Si Delfina no podía salir por aquí, iría forzosamente al otro lado. Asimismo, temiendo perderla por culpa de mis vacilaciones, eché a correr, le di la vuelta a todo el barrio, y, casi sin aliento, me encontré ante otro obstáculo, tan implacable como el anterior. 

Precipitándome sobre él, me puse a darle fuertes golpes con los hombros, hasta que empecé a sentir un fuerte dolor en todos mis músculos. El obstáculo resistía. Encontré un intersticio. Mis dedos se deslizaron por él, crujieron con rabia. Tiré con todas mis fuerzas y, desplazando unos clavos mohosos, conseguí finalmente arrancar una de las planchas de madera. Me deslicé entonces por el estrecho pasaje, desgarrando mi ropa. 

Con mis gritos llamando a Delfina rompí el silencio de aquella calle prisionera, sin comprender que eran estériles. Mis pies tropezaron con unas herramientas que habían dejado abandonadas en el suelo. Caminé sorteando toda clase de obstáculos, pisoteando trozos de vidrios de botellas rotas, pero, preocupado por la suerte de aquella a la que amaba, no pensé inmediatamente en la destrucción de la rue Maubée.

Al llegar al inmueble de Delfina, entré en él. Las vigas que habían caído del techo llenaban los pasillos, oponiéndose a mi paso. Me puse a gritar, pero inmediatamente el silencio hostil apagó mis gritos. Me puse a llorar y mis lágrimas se trenzaron con mi voz. Entonces esas lágrimas, mojando las plumas de los grandes pájaros que eran mis llamadas, hicieron que estos fuesen incapaces de echar a volar desde mis labios... 

Delfina no podía oírme, y esto hizo que me sintiera derrotado a muerte. Me coloqué delante de aquella puerta de todas mis esperanzas, convertida –lo sentía en lo más profundo de mí– en la de mi desesperanza. El suelo me acogió con dureza. ¿Dónde estaban las dulces huellas dejadas por los pies desnudos de Delfina?

El alba me sorprendió allí, envuelto en un profundo sopor con la cabeza sobre la acera, las mejillas mojadas por las lágrimas, la mirada fija como la de una bestia que ha perdido su amo, pero que permanece fiel a él en su vana espera. Y aquel alba que, cada mañana, yo había asociado a la tristeza de nuestra separación, creyéndola siempre compasiva, me demostró que ella solo era el impasible germen del día anunciando sin piedad el final de mis sueños... 

Entonces me fue desvelada la verdadera realidad de la calle Maubée, ruina naciente ya sangrada en vida. Con los alerones arrancados, los techos yacían en el suelo, torcidos. Los pisos superiores habían sido desmantelados. Se sentía una prisa de acabar cuanto antes, de desarraigarla y de olvidarla para siempre.

¿Delfina? ¿Dónde se habría marchado al verse expulsada...? Me levanté, pero, semejante a un mendigo al que ahora me parecía, no pude hacerlo completamente. Con la espalda pegada al muro, no podía siquiera moverme.

A las ocho, las empalizadas fueron levantadas por unos obreros que, riendo y hablando en voz alta, entraron en la martirizada calle. Eran los obreros que iban a demolerla. Uno de ellos me vio. Inmediatamente se acercó a mí haciendo grandes gestos. Creo que me trató de loco indicándome hacia una gran piedra que había quedado en equilibrio en el reborde de una ventana justamente encima de mí. Luego me gritó que si quería suicidarme solo tenía que quedarme donde estaba.

Miré hacia la piedra y anhelé con fervor su caída.

Los obreros me obligaron a abandonar aquel sitio. No quise ceder. Entonces me insultaron, sin saber que insultaban a un amor martirizado; me cogieron brutalmente, sin saber tampoco que había que cogerme con delicadeza como un cuerpo herido. Opuse resistencia, pero aquellos hombres que estaban acostumbrados a derribar las murallas más rebeldes, supieron manejar sin esforzarse mis débiles fuerzas de adolescente. 

Me arrastraron hasta la rue Saint-Martin donde me abandonaron, tirado entre dos camiones que habían venido a cargar los escombros de la demolida calle. Pronto se formó alrededor de mí un grupo de curiosos y unas rameras se inclinaron sobre mi cuerpo. Al ver aquellos rostros embadurnados de polvo como la mentira, volví a sentirme dominado por las pesadillas. Luego oí a una de ellas: «A esta edad solo puede tratarse de un gamberro...»

Me levanté y me fui. Titubeando de vergüenza tanto como de pesar, comencé a andar como un borracho, aunque estaba embriagado de una especie atroz de borrachera. Para reconfortarme un poco, me dirigí al café de enfrente. Era el café de mis felices esperas, por lo que no me atreví a entrar en él. Volví a marcharme. La gente me siguió, esperando ver una graciosa exhibición de borracho incapaz de aguantar el alcohol ingerido, cuando en realidad era la desesperación lo que yo no podía soportar...

Llegada la noche, regresé a la rue Saint-Martin. Reinaba el silencio, lo preciso para el milagro apetecido. Pero, por superstición, temiendo que implorándola yo la contrariaría, no la deseé. Me limité solamente a apoyar mi frente, luego mis labios, contra la madera de la empalizada. Allí estaba, vencido, deshecho de mí mismo. 

Besé amargamente el obstáculo rugoso como si Delfina se encontrase detrás de él, y como si, de los dos, fuese yo el prisionero, y ella mi visitante provista de toda la inmensa libertad sin límite de la rue Maubée.

Luego, comprendiendo que ningún milagro podía ya producirse, me alejé sin volver la vista atrás y rehice el camino de Delfina hasta el puente de Notre-Dame, rozando las fachadas tal como ella lo hacía, imaginando que la seguía, invisible delante de mí. 

Mucho me habría agradado haberme acordado de otros detalles de ella: aquellos temores que yo quería entonces sentir dentro de mí mismo. Por eso hice un esfuerzo, traté de experimentarlos, pero solo la pena nacía en mí: aquel dolor que la felicidad teme.

Queriendo evadirme de mi pesar, soñé con tanta necesidad que me sorprendió sobre el puente de Notre-Dame otra alba repentina, descubriendo el río que se deslizaba bajo mis pies. Fue entonces cuando el señor Baucaire me vino a la memoria. Solo él podía ayudarme. ¿Acaso no poseía el duplicado de la llave que yo había perdido?

Inmediatamente me dirigí a su casa. Vivía en la rue de Vaugirard, en aquel lejano distrito decimoquinto sin carácter, en el tercer piso de un edificio vulgar y corriente. Toqué el timbre con impaciencia. Primero brevemente, luego sin soltar el pulsador. Como no oía ningún ruido, temí que ya no viviera allí, y que, perdiéndole a él, perdía a Delfina definitivamente. 

Entonces me di cuenta en qué medida aquel hombre a quien yo consideraba equívoco se me había convertido en algo precioso e indispensable. Al fin escuché un ruido de pasos. El pomo de la puerta giró; y al entreabrirse, me dejó ver al señor Baucaire en pijama, y con un aspecto sumamente desconfiado y de un humor desagradable. 

Al reconocerme, no tuvo aquel impulso que yo esperaba cándidamente de él. Por el contrario, creí comprender que, no solo mi visita le sorprendía, sino que incluso le molestaba. Dudó antes de permitirme pasar, pero no me ofreció la acogida de su salón recibidor. ¿Por qué dirigió él la cabeza varias veces en aquella dirección? ¿Por qué miraba yo también hacia allí?

Entonces observé, echadas sobre un sillón, las anticuadas ropas de Delfina. La impresión que recibí fue tal, que, para huir de un insoportable dolor, retrocedí y salí corriendo enloquecido.

Mi confusión no me abandonó hasta que llegué al pasillo de entrada del inmueble donde mis sollozos me detuvieron. Me pegué contra uno de los muros sucios y quedé, brazos abiertos, como para ser crucificado allí en el acto. Y así fue... 

Sintiendo en mi carne aquellos agudos dolores que me daban la sensación de ser clavado vivo, apretando contra el muro mi rostro igualmente perforado por mis lágrimas, la imagen de Delfina, desnuda, sucia, penetraba de esta forma en mi carne. «¿Por qué, Delfina? –suplicaba yo–. ¿Por qué?...»

¡Delfina se había burlado de mí! Delfina despreciable, disponible para el primero que llegase, pero negándose a mí que, en un impulso de cariño, le había ofrecido mi amor joven y puro, y sus frutos, reservados para todos nuestros deseos. 

Sufriendo peor dolor que si se hubiera perdido realmente, volvía incesantemente a ver sus ropas deshechas y, sin cesar también, sentía otro atroz recuerdo: Baucaire apretándola entre sus brazos... ocultándola en su casa, al lado de él, quizá dichosa durante dos noches... dos días, mientras que durante ese mismo tiempo a mí su desaparición me torturaba. 

Bruscamente, para apagar mi sed de odio, bebí de un trago el ácido brebaje de los celos. Todo tenía una explicación: yo no me había equivocado, Baucaire conocía ya a Delfina y yo había hablado demasiado de ella..., había dicho demasiado de aquella vida interior de Delfina que él seguramente ignoraba. Asimismo, como hombre conquistador, había deseado para él aquella mujer maravillosa. 

Ella era su víctima, se había dejado atrapar en su tela de araña... Delfina no podía consentir aquello... el culpable era Baucaire... toda aquella maquinación venía de él... la inocente era Delfina... Baucaire era un parásito que había que destruir... Delfina era Delfina.

Volví a casa de Baucaire, subí las escaleras empujado por la cólera y me puse a golpear repetidamente la puerta. Esta vez Baucaire acudió inmediatamente. Se me presentó ya afeitado y vestido. ¿Cuánto tiempo había yo permanecido desamparado mientras creía que le había despertado hacía unos instantes? Inmediatamente pensé que, considerándose una vez más importunado en su propia casa, iba a echarme a la calle, pero me recibió sin que el tono de su voz denunciase la menor agresividad.

Después de un instante de duda, súbitamente calmado, entré en su casa, emocionado como si hubiera conseguido convencerle para que me dejase ver por última vez a Delfina, solo el tiempo necesario para curar mi locura.

–¿Qué es lo que le ha pasado hace unos instantes? –me preguntó con tal aplomo que deduje que estaba acostumbrado a esa clase de situaciones.

La puerta del salón estaba cerrada. Me fijé en ella con todas mis fuerzas, intensamente, con intención de abrirla.

–Pensé que se había vuelto loco –añadió Baucaire, sin parecer fijarse en la atención que yo dirigía hacia aquella habitación, donde él recelaba la prueba de la presencia de Delfina.

«Sí –pensé para mí–, estoy loco... y voy a demostrárselo inmediatamente.»

Y, no pudiendo esperar más, me dirigí hacia la puerta del salón. De un violento empujón la abrí de par en par. Las ropas de Delfina aún seguían allí.

Me amparé de mi bien de nuevo hallado. Lo apreté posesivamente contra mi pecho. Enterré en él mi rostro y respiré ávidamente Delfina sin preocuparme de Baucaire. Este momento valía por sí mismo todas las horas de alegría de toda mi vida, vivida y por vivir. Era la primera vez que yo abrazaba a Delfina... 

Una vez pasada esta breve exaltación, me fijé cuán fría y seca estaba la tela. Ninguno de los olores que yo esperaba aspirar emanaba de ella. Solamente hallé ese característico olor de moho que los años incrustan en los tejidos abandonados. Asombrado, miré a Baucaire. 

En mi ciega rivalidad creí leer en su expresión una fría amenaza. Entonces, me precipité a la habitación vecina. Estaba vacía. Todas las demás habitaciones me ofrecieron, una por una, la ausencia de Delfina. Cuando volví al salón, Baucaire acababa de doblar las ropas y las ponía cuidadosamente sobre el sillón. Afectó una sorpresa que me pareció sincera.

–Bueno, hijo mío –me dijo con impaciencia–, ¿me quiere explicar lo que le sucede? Fíjese en qué estado se encuentra...

Y entonces, a la fuerza, me hizo situar frente a un espejo. Le dejé que me mostrase a mí mismo, y descubrí hasta qué punto mi enloquecimiento exterior era parecido a aquel que yo sentía interiormente. No me contemplé mucho tiempo en el espejo y le supliqué que me confesara dónde tenía oculta a Delfina.

–¿Delfina? –repitió él con un asombro total.

–Y sobre todo no me diga –le dije, acordándome de su conducta la primera vez que nos encontramos– que no la conoce, pues aquí está su vestido..., su corsé..., su delantal...

Y, como un inspector de policía mostrando las sucesivas pruebas de culpabilidad, se las señalé una por una sin pensar que ella podría haber huido usando el vestido rojo.

–¿Pero es que acaso sabe usted exactamente lo que me está enseñando? –exclamó Baucaire.

A su defensa le faltaba habilidad, y un ligero esbozo de sonrisa acabó por revelarme su culpabilidad. Recibí muy mal aquella actitud y me tuve que sentar en el sillón, apretando contra mi cuerpo los vestidos de Delfina. Viendo esto, Baucaire se enfadó de repente, obligándome a levantarme para coger la ropa con sumo cuidado, lo que testimoniaba una auténtica adoración. 

Me arrancó con tanta delicadeza el único bien que me quedaba de Delfina que no supe disculparme. La dulzura, la ternura diría yo, que puso a continuación en doblar aquellas prendas, acabó por trastornarme del todo. No podía ser más que la actitud de un hombre que gozaba en prolongar los ritos del amor incluso después de la marcha de la mujer.

–Su ciencia –me dijo al fin con ironía– es mucho más sutil que la mía...

Creyendo conocer entonces sus lazos con Delfina, pensé que Baucaire iba a echarme a la calle diciéndome al mismo tiempo una palabra malsonante. Pero no fue aquella su intención...

–...Porque –continuó– usted afirma conocer a la propietaria de estas ropas, mientras que nadie en el mundo, por mucha voluntad que pusiera en ello, podría hacerlo.

Únicamente, a pesar de esta denegación, su mano, acariciando la falda de Delfina, desmentía sus palabras. Asimismo, el hecho de que continuase poseyéndola de esta forma bajo mis propios ojos, hizo que a duras penas pudiese yo contener mis lágrimas. Baucaire se dio cuenta de ello y, compadecido sin duda, se esforzó en consolarme. 

Voluble, muy generoso en los detalles, me explicó que la víspera, cuando unos obreros demolían una habitación de un viejo inmueble de la rue Maubée, habían descubierto una alcoba que se hallaba desde hacía mucho tiempo, quizá un siglo, condenada, emparedada... y habían encontrado aquellas prendas femeninas que yo veía allí, conservadas en perfecto estado gracias al cierre hermético del lugar. 

Baucaire había llegado justo en el momento en que los obreros se disponían a tirar, como si fueran vulgares harapos, aquellos preciosos testimonios del pasado. En una palabra, empleando su habitual talento, quiso hacerme pasar por frías piezas de museo estos humildes testimonios de Delfina. 

Concluyó diciéndome cuán cándido y pretencioso era yo al afirmarle que aquellas ropas pertenecían a una... Delfina. Únicamente un probable ser venido del otro mundo, habiéndose escapado de aquella alcoba cerrada herméticamente, habría podido vestir aquellas ropas. Y como esto, a menos que se soñara, era imposible... luego...

El hecho de que me tratase casi de mentiroso hizo que inmediatamente le afirmara que no solo había visto a Delfina vestida de esta forma, bien viva, sino que además, en varias ocasiones, habíamos paseado juntos, sintiendo cada uno de nosotros una alegría realmente verdadera y compartida. 

Y, para demostrarle mejor aún la existencia de Delfina, le detallé los rasgos de su rostro, los impulsos de su caminar, su fidelidad a un trayecto determinado, lo mismo que las inquietudes que ella siempre demostraba. Pero, pensando que esta revelación podría perjudicarme, no le precisé los lugares donde ella sentía aquellos incomprensibles temores...

Baucaire no trató abiertamente de reírse de mí. Me escuchó, con los párpados entornados, y reconoció que yo ya le había hablado anteriormente de aquella Delfina con cierta convicción. Luego, con una gravedad pontificante, me pidió que le precisara ciertas fases de este extraño fenómeno visual. 

Con toda intención, Baucaire se apoyaba en cada palabra, separándolas, dándoles un sentido que me fue de lo más desagradable. De haber sido médico, habría actuado de la misma forma para establecer su diagnóstico. Dándome cuenta de que estaba en contra de mí, busqué otra defensa mucho más convincente, cuando volví a percibir el olor a moho de aquellas ropas, insidiosamente presentadas por Baucaire, imponiéndose a mi olfato. Me incliné de nuevo sobre las ropas de Delfina y aspiré el polvoriento olor. Pero, en lugar de embriagarme y de reconfortarme, ello trastornó e hizo más confusos mis pensamientos.

Baucaire siguió con sus comentarios. Entonces, como si estuviese bajo los efectos de alguna droga sutil, mi espíritu se dispersó. Me pareció que la voz de Baucaire se alejaba de mí. Pronto se me hizo lejana, pero atrozmente persuasiva. 

Baucaire me decía que volviera a casa, que reposara, que me olvidara de toda aquella historia de Delfina, que yo favorecía demasiado vehemente mis alucinaciones, cuyo efecto a la larga podía ser dañino y llevarme lejos, que muchos cerebros privilegiados, habiéndose arriesgado en aquel juego, habían acabado en la locura total, y oí cómo Baucaire mencionaba el nombre de un poeta que yo veneraba...

Me encontré acostado en mi cama, incapaz del menor movimiento, alma y miembros como apresados por un resistente hilo negro. ¿De qué forma había podido yo regresar a casa? Fui incapaz de acordarme de ello. Me parecía que había cesado momentáneamente de vivir, con mi cuerpo girando durante horas enteras, insensible a una nada vertiginosa.

Entonces me esforcé en acordarme de una mano dulce, la única que podía haberme guiado a través de aquel vacío total. Una débil mano tibia que me hacía falta absolutamente...

Fui aquella clase de enfermo sin mal aparente, postrado en una inquietante languidez cuya causa todos ignoraban. Pero, aunque inmóvil, representaba en crueles pesadillas un papel activo y desesperante que creía realmente vivir.

Llamaba a Delfina, pero ella nunca llegaba a unirse a mí... Trataba de huir de Baucaire, pero él no quería dejarme... Luego los veía a los dos juntos, cogiéndose por el brazo o por el talle, riéndose de la comedia que hacían: ella, ocultándose de mí, y él, pretendiendo que ella no existía...

En ciertos momentos unos obreros entraban en mi habitación ruidosamente. A golpe de maza derribaban las paredes y descubrían secretas alcobas que desconocía. Yo los alentaba, pues sabía que en una de ellas se ocultaba Delfina, momificada por ellos, viva aún para mí. Derribaban alcoba tras alcoba, penetraban tan al fondo de la casa que oía sus ruidos multiplicarse como bajo la bóveda de un túnel infinito. Y aquellos sonidos no eran otra cosa que las sordas palpitaciones de mi corazón...

Me agoté en vano, volvía una y otra vez a caer sobre mi cama, donde me contraía sobre mi cuerpo. Olía su olor muerto. Reagrupé tenazmente mis fuerzas; conseguí levantar mis párpados... Pero siempre era para volver a ver a Baucaire enseñándome sus vestidos vacíos, emanando el aliento mohoso de los años. Baucaire se convertía en esfinge de mármol; incapaz de la menor palabra de aliento, precisamente él que me había irónicamente planteado el enigma de Delfina...

Cuando pensaba que ya no volvería a escucharla, me llegaba el dulce murmullo de unos ligeros pies desnudos caminando. Era ella... Veía revolotear su falda, ligera. Su corsé se hinchaba. Pero no tenía ni brazos ni piernas ni cabeza... Era una Delfina vacía que Baucaire, sarcástico, agitaba delante de mi mirada desencantada... 

Traté rápidamente de taparme los oídos con el fin de que su risa torturante, que yo presentía cercana, no me llegase. Pero ya estaba dentro de mi cabeza y allí explotaba con tanta más fuerza que, para impedir que huyera, cerré la boca para que nadie creyera que era mía.

O bien, Delfina se ponía de pie delante de mí, tendiéndome sus brazos. No era posible cualquier duda, era realmente ella, más bonita que nunca, plena de vida, ardiente, deseable... Me levanté de prisa y, en el momento en que iba a alcanzarla, Baucaire, disfrazado de Arlequín, me rechazaba para demostrarme que solo era un frágil maniquí de cartón pintado, vulnerable al menor choque. 

Y luego me recordaba que estábamos en la época del Carnaval... Que había que festejarlo dignamente porque, sin mascarada, la vida no era posible. Me aplicaba a la fuerza sobre el rostro una máscara tan grotesca que la pobre Delfina de cartón huía inmediatamente, asustada...

Luego yo era aquel dichoso prometido impaciente, esperando a Delfina al pie del altar de la iglesia de Saint-Merri. Como tardaba en llegar, salía a la calle para ver si la divisaba. Entonces veía una multitud de gentes. Me acercaba a ver qué era aquello y sorprendía a Baucaire esforzándose en vender en subasta pública, a mis hilarantes invitados, el vestido de Delfina. 

Yo me indignaba, y mis amigos, enfadados, me abandonaban, dejándome solo con Baucaire, el cual decía al sacerdote que su presencia se debía a que yo había cambiado de opinión y ya no me casaba: ya no quería desposarme con Delfina, ya no la amaba... En tono protector, me consolaba dándome grandes golpes en la espalda. La sangre me subía a la cabeza, y lloraba yo sangre...

Sin cesar, él se marchaba golpeando la puerta. Pero yo sabía que no había abandonado la cabecera de mi cama y que, siempre allí, se reía de mi calvario...

Pasé una semana con esta locura interior que me pareció durar una noche pero que, para mis afligidos parientes, pareció un año entero. Luego todo se calló en mí. Volviendo a la realidad, la hallé peor aún, pues estaba vacía de Delfina...

¡Delfina, tan dulce, tan incapaz de la menor maldad, me había hecho conocer sin quererlo todas las penas humanas!

No pudiendo soportar esta desgarrante soledad, volví a casa de Baucaire y, a pesar del riesgo de nuevas explicaciones capaces de aumentar más aún mi desesperación, me alegré de verlo. Al igual que el insecto sin defensa acude a la llama de la que debería huir pero que le fascina irresistiblemente, los trastornadores propósitos de aquel hombre me cegaban y me atraían al brasero de un vivo tormento.

Me recibió con diligencia y, con una sonrisa, me hizo pasar a su despacho. Una vez allí, me indicó un sillón. Adivinando en él la tenacidad de un verdugo seguro de su papel, tomé asiento dócilmente como si lo hiciera en una silla de tortura. Baucaire se sentó enfrente de mí, detrás de su mesa de trabajo y me dijo con una voz pausada de misterio: «He trabajado para usted...» Pero yo entendí: «...contra usted». 

Y, mostrándome unos papeles amontonados al alcance de su mano, añadió como si estuviera presentándome a alguien: «Delfina...» Su énfasis tenía una seguridad de procurador poseedor de una requisitoria inobjetable. No me había equivocado: Baucaire empezaba ya a cortarme en carne viva. Me fue tan insoportable que, bajando la cabeza como bajo el tormento de un dolor, me creí aún sometido a los efectos de mi anterior pesadilla.

Me dijo que mi caso era mucho más apasionante de lo que había pensado al principio. La sinceridad de mi comportamiento, y los detalles que yo había dado, concordaban con indiscutibles documentos: coincidencias y fechas, todo se compaginaba perfectamente. 

Empecé a parlotear, apoyado en una sólida erudición. Lo escuché, debilitado por un amor lentamente dispersado por dudas nocivas que, avanzando dentro de mí, habían llegado a hacerme dudar entre rechazar o admitir sus afirmaciones. 

Baucaire se sentía tan a gusto en su papel de hombre competente que no pensó ni por un instante que enfrente de él temblaba una esperanza que otras palabras habrían podido, sin grandes concesiones, salvar de una vez por todas... Evocó las extraordinarias posibilidades de la clarividencia. 

Aquellas características insospechadas que activan de repente la extrasensibilidad de la materia y permiten asombrosas percepciones visuales capaces de traspasar murallas y siglos... Y luego me describió el itinerario de Delfina con tal precisión que solo los dones que acababa de evocar podían habérselo dado a conocer a distancia... a menos que la hubiera seguido.

Baucaire me precisó los lugares, me indicó la duración y la importancia de los obstáculos que ella solo veía, deteniéndola primeramente a treinta metros de la rue de Maubée... luego diez metros después... y, sucesivamente, otras tres veces antes de llegar a la rue du Cloître-Saint-Merri... después en el ángulo norte de la iglesia... Después, Delfina se alejaba de las fachadas actuales de la rue Saint-Martin... En ese lugar ella aligeraba el paso... En otro sitio, por el contrario, lo disminuía...

Estupefacto, me creí de repente en presencia de un mago quitándose al fin la máscara.

Continuando sin la menor equivocación, llegó al quai de Gesvres y, con algunas palabras más violentas, me dijo el curso súbito que hacía Delfina hasta llegar al centro del pont Notre-Dame.

–De modo que –afirmó Baucaire– ella se detenía ocho veces antes de alcanzar el Sena... ¿Tengo razón?

Asentí con un apenas perceptible movimiento de cabeza. Aquella cifra era exacta.

–Créame –continuó Baucaire–, le hacía falta cierto valor para alcanzar el centro del puente. La más mínima duda y habría sido fatal para ella... Pero, tranquilícese, usted personalmente no tenía nada que temer...

Al oír aquellas palabras me levanté súbitamente y le supliqué que me dijera qué peligros amenazaban a Delfina en aquel lugar. Se lo imploré, dispuesto a creer cualquier mentira. Cogiendo un espeso papel amarillento, envuelto en tela y enrollado, lo extendió ante mis ojos con verdadero deleite. Era un viejo plano de París.

Entonces leí las fechas: 27, 28 y 29 de julio... Revolución... Vi aquellas calles cortadas por numerosas barricadas: adoquines y carretas obstruyendo las arterias parisienses afectas de una violenta crisis de euforia revolucionaria, generalizada hasta lo increíble... Baucaire deslizó lentamente su dedo sobre la rue Saint-Martin y señaló una por una las ocho barricadas que la obstruían, lo que explicaba la marcha temerosa de Delfina. 

Luego me indicó las cruces rojas, las cuales simbolizaban las algaradas de los ciudadanos armados amenazando la calzada entre estos obstáculos que la fraccionaban en múltiples pequeñas revoluciones locales. Y el dedo llegó al pont Notre-Dame, defendido por un cañón realista que, situado a la entrada de la rue Saint-Martin, en poder de los insurrectos, había lanzado su metralla de muerte y cuyo soplo, sobre el plano, estaba marcado con una larga raya de lápiz púrpura... Triunfador sin modestia, Baucaire marcó un silencio para dejar caminar entre nosotros el galope de aquella mortandad... Por un instante me pareció oír el galopar de la Muerte.

–Esta pieza de artillería –continuó Baucaire– disparaba contra todo lo que se movía, y sus servidores no querían en modo alguno a las jóvenes ciudadanas que lograban distraer su atención y alcanzaban el centro del puente, donde, al abrigo de la inmensa pompa entonces construida y adosada a él, se ocultaban unos ciudadanos que los amenazaban por la retaguardia... En fin, y para nuestro agrado y la lógica de vuestra historia de amor, pongamos que en aquella época su heroína ha sido a menudo olvidada por su destino o, si lo prefiere, abandonada entre la vida y la muerte. Todo es posible dentro de lo imposible y nuestra imaginación está aquí para facilitar la credibilidad de todas las fantasías que podrían venirnos a la mente. Añadamos solamente, puesto que aquí tenemos las pruebas, que esta Delfina ha conseguido siempre pasar desapercibida en todos sus recorridos, salvando la vida gracias a sus vestidos de aspecto sombrío...

Y bruscamente, Baucaire me tendió un grabado de la época.

–Y ahora –me dijo–, puesto que usted es el único que la ha visto, quizá podría decirme si la reconoce...

No pude contener una violenta exclamación. ¡Eran las formas, la silueta de Delfina! Como estaba dibujada de espalda, no pude ver su rostro, pero lo recreé en un instante.

–Hace algunos años –continuó Baucaire, persuasivo– usted vio la reproducción de este grabado en un libro de Historia, lo mismo que la de este plano asombroso. Tanto la una como la otra os impresionaron, y luego se olvidó de ellas. Pero aquellas imágenes permanecieron en su inconsciente. Un cambio de situación y de ambiente las ha reanimado, proyectándolas desde su espíritu a la vida corriente, haciéndole un incauto de sí mismo...

Trastornado, ya no le escuchaba. Veía netamente a Delfina perseguida por los sublevados. Su noche estriada por unas balas ariscas que buscaban su presa. Comprendí al fin sus temores ante aquella despiadada matanza, y comprendí que, de nosotros dos, el solitario era yo... 

Volví a pensar en las palabras de Baucaire: «Ella solo salvó su vida gracias a estos vestidos sombríos...» Entonces, violentamente, carne de mi carne, raíz en mí, sentí a Delfina dentro de mí como jamás la sintiera. Ella continuaba viviendo y aquel Satán de Baucaire había estado a punto de que yo la abandonara justo en el momento en que mi traidor regalo la hacía peligrar haciéndola vulnerable a otros peligros mucho más reales que aquellos que él acababa de sugerirme. Conseguí deshacerme de la nociva hipnosis en la que Baucaire se deleitaba encerrándome y salí corriendo para ir a salvar a la pobre Delfina en peligro.

Yo sabía que no había soñado a Delfina; no se recibe un amor tan grande de la nada... La nada no puede dar más que nada, y, además, la forma aguda que adoptaba repentinamente mi tormento me confirmaba su real existencia. En cuanto al peligro que ella corría, mi angustia me lo sugería cercano y actuante. 

Volví a subir a disgusto, llegando hasta la rue Maubée. La noche se ajustaba a su caos de piedras hundidas. Con el corazón oprimido, recorrí los restos de aquella calle, pero comprendí amargamente que Delfina no volvería nunca más a aquel lugar... que yo debía buscarla en otro sitio.

Me aparté de aquella desolación en que se había convertido la rue Maubée, en otros tiempos abra de Delfina, y descendí por la rue Saint-Martin escrutando al pasar los menores recovecos. La noche se endurecía a medida que yo avanzaba. Me tropezaba con ella sin comprender que ya la impotencia me frenaba de ese modo. 

Tenso, me estremecí sin cesar ante la imprecisa pero tenaz llamada de Delfina, y, al mismo tiempo, me hallaba acribillado hasta en mi alma por las disimuladas amenazas que corrían, paralelas a mi búsqueda, e iban, ellas también, a su encuentro. Busqué en vano el fanal de seda que la dirigía hacia un destino que yo sentía implacable, y yo quería sacrificarme para salvar a Delfina, con el fin de que ella pudiera vivir en este mundo las dulzuras de la inocencia. 

Pero, pensando en la idea de que mi muerte, ofrecida por su vida, la haría para siempre desgraciada, unas lágrimas acudieron a mis ojos que solo calmó el pensamiento de que nosotros podríamos quizá tener la suerte de morir juntos.

Cada vez más angustiado, atravesé varias veces el pont Notre-Dame, vacío. Subí hasta el estrechamiento de la vieja rue Saint-Martin, también vacía. Y, como la ciudad permanecía silenciosa, padecí todas las torturas de la desesperación.

De repente, la apercibí...

...Distinguí allí a Delfina, dirigiéndose hacia el Sena, que acababa yo de abandonar... Ella salía de la oscuridad que servía de fachada a la plaza de Saint-Jacques. Era ella, no tenía la menor duda... La reconocí en primer lugar por aquel color vivo que yo había deseado imprudentemente para ella, y que se había convertido en la única tonalidad que mi mirada era capaz de detectar; y, además, por el grito que surgió de mi boca y que se perdió en la noche hostil.

Me lancé rápidamente hacia ella, pero, a pesar de mi certeza de poder al fin unirme a su persona, mi alegría fue incapaz de centellear y tuve la atroz impresión de no entrever más que lo inaccesible... No me engañaba. Pronto, en lugar de hacerme avanzar, mis esfuerzos me detuvieron. Martirizado, impotente, vi a Delfina acercarse al muelle. Corrió hacia el centro del puente donde por primera vez habíamos dejado agitarse juntas y por ellas mismas las chispas de nuestro amor. 

Aligeré mi paso, pero ella se resistía... Delfina era visible, hasta el extremo que solo se veía a ella, confiada en aquella noche que ya no la protegía más. Forcé mis piernas a detenerse, pero estas se oponían. Allá, Delfina era el blanco de todas las amenazas... Corrí inmediatamente hacia ella sin poder alcanzarla con el fin de poner mi cuerpo ante el suyo y protegerla eficazmente. 

Con todas mis fuerzas, le grité que huyera rápidamente de aquel lugar que yo sabía nefasto para ella. Grité más aún, como si pudiera realmente oírme mejor, y la sentía tan presente, pensando por su parte intensamente en mí, que creía alcanzarla con mis inútiles llamadas, multiplicadas a riesgo de alertar y de provocar la fatalidad. Ni siquiera me di cuenta de que entre nosotros existía su infranqueable silencio.

¿Me oía ella? Deteniéndose a la entrada del puente, se volvió en mi dirección y se inmovilizó, espantosamente vulnerable... En una fría y agresiva pesadilla, me pareció que mis pies y mis piernas penetraban en una capa de barro que, cómplice del destino de Delfina, se espesaba, reteniéndome allí como a designio, lejos de ella... Lloré sobre unas palabras de amor que yo murmuraba con tanto ardor que tuve la sensación de que ella me las cogía tiernamente, una a una, en sus labios...

Fui sacado de mi desesperación por unos repentinos ruidos de motor. No lejos de Delfina dos vehículos se cruzaron. Hubo algo así como unas salvas... Fui alcanzado inmediatamente en pleno pecho, y aquella raíz viva de carne que yo sabía que era la de Delfina, se enganchó más violentamente en mí, como si la forzaran a abandonarme y ella se negase. Luego me fue arrancada... lentamente arrancada... En su lugar se hizo un vacío que se llenó de sombríos dolores. Anonadado, me hundí en el barro que me retenía en aquel sitio. No había ningún barro...

Cuando, algunos instantes después, me levanté, el silencio estaba de nuevo allí, Delfina, aquella mancha en el suelo...

Al verla así, quedé libre del barro. Reemprendí mi camino. Llegado al puente, tropecé con unos hombres ajenos a nuestro drama. Inflexibles, no quisieron dejarme que me acercara a Delfina, inanimada y tan cercana.

Le pegué a uno de ellos. Me sujetaron y, a pesar del desorden en el que se encontraba mi mente, pude enterarme de que una joven transeúnte acababa de ser matada por una bala perdida.

Pusieron sobre unas angarillas aquel débil y joven cuerpo de mujer, envuelto en mi vestido rojo. Con las sacudidas que le daban mientras la transportaban, sus pies desnudos se balanceaban...

El mudo - Eraclio Zepeda

    Cuando lo llegaron a sacar de la casa que le servía de calabozo, la madrugada estaba apareciendo. De un salto se incorporó del camastro al sentir la llegada de los cuatro soldados y del teniente Cástulo Gonzaga. Allí estaban ya. 

    La última noche había terminado y era el mero día. Recorrió con la vista a los soldados y hubiera querido que se desaparecieran y que todo quedara como un susto. Pero los cuatro hombres, con sus sombreros de palma, la carrillera chimuela de cartuchos y las recias carabinas seguían allí frente a él, listos para cumplirle lo ofrecido. 

    La noche anterior le habían dicho que se echara su último sueño porque a las seis de la mañana lo iban a fusilar. Así, pelón y de golpe se lo habían hecho saber.

    Las caras de los soldados relumbraban en la penumbra del cuartucho. Parecía como si se hubieran untado manteca en los pómulos y en la barba. Tenían los ojos fijos y cansados, rojos, como si les hubiera entrado tierra en una polvareda o se hubieran puesto a llorar; tenían los ojos duros y quietos, casi cerrados. —Han de haber estao velando toda la noche; de guardia —pensó.

    — Apuráte Vaquerizo —le dijo el Cástulo Gonzaga, que era también del pueblo pero se había ido a buscar fortuna hacía dos años y ahora venía resultando teniente de la tropa aquella—. Apuráte que nomás por vos nos estamos retrasando. Nomás te cumplimentamos la condena y nos vamos con la música pa otra parte. 

    Vaquerizo se quedó sentado en el camastro. Con las dos manos se limpió los ojos, frotándolos igual que si estuviera echándose agua en la cara, allá en el arroyo. Dirigió la mirada hacia la puerta abierta; entre las siluetas de los soldados pudo ver que ya la mañana estaba comenzando. 

    Sentía que el aire estaba corriendo afuera; que por el lado del cerro las nubes estarían poniéndose coloradas, y que las chachalacas iban a cantar de gusto en todos los árboles de la cañada; pensó que ahorita los venados estaban bajando al río para beber por última vez, antes de ir a buscar un matorral para dormirse. 

    Todo esto se lo estuvo imaginando el Vaquerizo viendo la luz que ya estaba corriendo en el potrero; y le daba rabia que todo esto pasara el día en que lo iban a fusilar, así como si fuera de juguete, y él ya no iba a volver a ver todo lo que se sabía de memoria y que le llenaba las venas de recuerdos.

    —Apuráte Vaquerizo... No lo pensés tanto. Si no es cuestión de pensamiento. Vos no tenés nada que hacer. Tu compromiso acaba en el inter que te pongás onde yo te diga. Ahí te quedás quietecito; el resto es por nuestra cuenta —dijo el Cástulo Gonzaga.

    Vaquerizo no movió la vista de la puerta. Le parecía que toda esta situación era de a mentiras, de puro vacilón. Eso de que le digan a uno que ya mañana no va a hacer nada más que ir a poner el pecho para que lo venadeen sin oportunidad de que se defienda, como si fuera un coyote matrero, era a lo que no podía acostumbrarse el Vaquerizo. 

    Hubiera querido que le entendieran, que le dejaran explicar las cosas, que le creyeran que de veras no podía sacar una palabra, porque parecía que el gañote se le hubiera secado y por más esfuerzos que hacía no lograba hablar. Todo esto hubiera querido hacer el Vaquerizo. ¡Pero ya de intentos estaba bueno! 

    Hasta de querer defender la vida se llega uno a aburrir, a veces, cuando nadie nos quiere dar la mano. Con los pies buscó los zapatos en el suelo, debajo del camastro, hasta que los sintió con el dedo gordo; los pateó para afuera y se agachó a recogerlos.

    —Bueno, muchachos, de aquí a cinco minutos nos pelamos a alcanzar a la tropa de mi general pa incolporarnos. Hay que apuntarle bien a este mi amigo, para que no haya urgencia de echarle otra carguita. Hay que estimar la cartuchada. —comentó Cástulo Gonzaga sin darle mucha importancia a sus palabras, como si estuviera hablando de caballos o coreando el alabado en una iglesia.

    Vaquerizo tomó los zapatos y trató de calzárselos. Estaba tranquilo; casi no tenía miedo; pero las manos las sentía como engarrotadas. No le querían obedecer. Los zapatos no entraban. Por más esfuerzos que hacía no lograba metérselos.

    —Dejá en paz el botín ese. Total: pa lo que vas a caminar. Y ya pa en después no más te van a servir de estorbo. En el otro mundo no hay piedras, ni espinas; ni siquiera los vas a extrañar. Déjalos —volvió a hablar el Cástulo y su grueso bigote se levantó mostrando los dientes en una sonrisa.

    Vaquerizo ni siquiera lo volteó a ver. Logró calzarse el pie derecho, pero ya con el otro no pudo hacerlo. Se levantó poquito a poco y con el zapato en la mano se fue renqueando entre los cuatro soldados. Ni siquiera esperó a que le dijeran algo; ni les miró a la cara, ni le temblaron las piernas, nada. El Cástulo Gonzaga escupió en el piso; con el huarache corrió la saliva, para disimularla, y se puso a caminar detrás de ellos.

    Al Vaquerizo se lo iban a fusilar. De eso ya ni duda, cabía. Y no porque fuera gente de armas, o de peligro, o enemigo de la causa. Por nada de esto. Las cosas eran de otra forma, de muy distinta manera. Venían por otro camino.     

    El Vaquerizo vivía aquí, en este pueblo de la Frailesca, que nombran La Garza. Aquí nació y aquí nació también el Cástulo Gonzaga que ahora vino apareciendo de teniente, con sus dos barras doradas en el sombrero, tan naturales, que parecía que le hubieran salido allí, igual que los primeros cuernos de un venado. 

    De aquí, de La Garza, eran los dos; ahora, en una vuelta del mundo, venían a quedar como fusilador y fusilado, pero de chamacos fueron compañeros, jugaban siempre, y juntos iban a espiarles los pechos a las lavanderas en el arroyo. Hasta que un día, el Cástulo agarró camino, a los catorce años, y no se le volvió a ver nunca, más que antier que regresó a La Garza con mando de tropas y a las órdenes del general Isidro Alcántara. 

    Cuando ocuparon el pueblo, después del combate, ya no había nadie en las calles ni en las casas, así que el Cástulo no pudo saber que de su familia ya no quedaba ni el recuerdo desde aquella maldita semana en que el cólera pegó con ganas allá en La Garza.

    —Ya pa andar de necio en el relajo estuvo bueno, Vaquerizo. Dejá de hacerte guaje y decínos lo que queremos saber. No querés entender que eso de no decir palabra, ni sí, ni no, es de peligro con nosotros. Dejá el vacilón y ponéte a hablar —dijo desde atrás del grupo el Cástulo Gonzaga; pero el Vaquerizo siguió caminando cojo por la falta del zapato y no dio señales de haber oído nada. 

    Sólo sintió que la cabeza le rebotaba del coraje. Después de muerto, quemado, pensó. Ya había perdido toda esperanza de hacerse entender. Jamás le creerían que de pronto se había quedado sin poder hablar, como si le hubieran robado el habla con un maleficio. 

     El Cástulo recordaba que de chamacos, el Vaquerizo era bueno para las bromas. Sabía hacerlas y le gustaban. En las calles se hacía pasar por ciego, y algunos fuereños, que no le conocían las mañas, le creían y hasta la regalaban un centavo o dos, para que se pusiera contento y olvidara su desgracia por un rato. 

    También se acordaba de cuando fueron juntos a Santa Catarina la Grande, y el Vaquerizo decidió hacerse pasar por mudo, nada más porque sí, para divertirse, y bien que les tomaron el pelo a toda la gente de por allá. De esto se acordaba muy bien el Cástulo Gonzaga.

    Las piedritas, sueltas, de la calle principal de La Garza, crujían al paso de los soldados, haciendo un ruido como el que hacen los lombricientos con los dientes cuando están dormidos, o como cuando se raja una rama verde. 

    El Vaquerizo, en medio de los cuatro soldados, iba con la cara levantada y mirando a todos lados como queriendo despedirse de los del pueblo. Pero las casas y las calles estaban desiertas y sólo de vez en cuando un perro ladraba como si hubiera latido a un ánima penando. Algunas puertas estaban rotas, arrancadas, y en las calles se encontraban tirados restos de sillas, mesas, ropa y algunos santos quebrados. Los soldados estuvieron saqueando propiedades todo el día anterior.

    —Todavía podés salvarte, Vaquerizo. Te podés arrepentir. Decí onde anda la gente. ¿Pa qué jijos te empeñas en morir? Lástima.

    Vaquerizo hubiera deseado decirle algo al Cástulo; explicarle, hablarle. En fin, convencerlo de que lo que le estaban haciendo no era derecho, no era justo. Lo intentó nuevamente, pero no pudo soltar palabra; hacía esfuerzos por arrojar algo, lo que fuera, pero su boca seguía muerta, movía los labios como si fuera a escupir, sólo consiguió producir un ruido sordo. Ya ni modo; me tocaba... 

    Cuando pasaron por la casa de la Rosenda, Vaquerizo hubiera querido que ella estuviera allí, detrás del balcón, para que se pusiera triste porque se lo llevaban para el paredón; deseaba que la Rosenda saliera y le dijera adiós, y le hiciera señas con una cruz o que rezara, o ya de malas que cuando menos se pusiera a llorar. 

    La Rosenda siempre se hizo la desentendida cuando el Vaquerizo le habló de sus cosas; nunca decía ni que sí ni que no; tan solo torcía la boca en un gesto de coquetería, pero nada que la comprometiera. A veces, Vaquerizo llegó a odiar a la Rosenda por su falta de decisión. Pero ahora, en el último jalón, le hubiera gustado verla. Pero en la casa de la Rosenda todo estaba quieto y no había nadie; sólo un cerdo cebado estaba durmiendo en la puerta; era lo único. El Cástulo llamó a uno de los soldados:

    —Amarrálo ese cochi y jalátelo. Lo vamos a requisar pa la causa. Hace falta provisión.
    —¿Con qué lo amarramos?
   —Con la faja del Vaquerizo. Al cabo que él ya pa qué la quiere.

    El Vaquerizo no trató de oponerse; al contrario. El solito, se quitó el cinturón y lo entregó al soldado. Se agarró los pantalones con la mano izquierda para que no se le fueran a caer, llevando en la otra mano el zapato que no logró calzarse, y continuó la marcha cojeando.

    —Amarrálo bien... El cerdo empezó a gritar. Chillaba de puro miedo. El soldado, a jalones, lo arrastró. Los chillidos aumentaron.

    Vaquerizo al contrario del Cástulo, nunca salió de La Garza. A él no le gustaban los ruidos; no le llamaba la atención eso de andar rodando tierras. En La Garza se hizo hombre y allá hubiera muerto de viejo si no le hubieran adelantado la hora las tropas del Cástulo Gonzaga, con eso de fusilarlo.

    Cuando empezó la revolución, Vaquerizo nunca pensó en incorporarse a las tropas que pasaban por La Garza, pegando gritos y disparando al aire, rumbo a Santa Catarina la Grande o a Tuxtla. Nunca se decidió a seguirlos. Al contrario, procuraba esconderse para que no se lo fueran a llevar de pasada, en la leva. Deseaba estar tranquilo en su tierra, en su casa, con los ojos puestos en la Rosenda.

    El cerdo chillaba con todas sus fuerzas. Parecía que a él era a quien llevaban al paredón, y que venía pidiendo clemencia, como el Luciano que fue al que fusilaron la vez pasada, porque escondió tres carabinas que se había robado, quién sabe con qué intenciones; cuando se lo llevaron, iba llorando por toda la calle, diciendo a gritos cosas que ni se le entendían por la lloradera. 

    Con tanto escándalo que armó ni siquiera causaba lástima de que se lo quebraran; hasta daba risa verlo suplicar, y tirarse al suelo, y abrazarse a las piernas de los soldados. Igual que el Luciano, venía el cerdo pegando chillidos; a cada jalón que le daba el soldado parecía que lo habían abierto de una cuchillada. 

    Vaquerizo en cambio iba serio, con la boca cerrada, y con los pantalones agarrados y rengueando, pero sin soltar un pujido, ni voltear para ningún lado. Desde que pasaron por la casa de la Rosenda ya no le interesó ver a nadie. De vez en cuando, con la punta del botín que llevaba en la mano izquierda, se rascaba la cabeza. 

    —Arrepentíte, Vaquerizo. Yo soy tu cuate, pero Primero que nada soy soldado. No me puedo hacer guaje. Tengo que cumplimentar con mi obligación que es pegarte de balazos. Ese es mi deber. Pero vos te podés salvar si querés. No querés hablar y te la pasás haciéndote el mudo como en Santa Catarina cuando éramos chamacos. 

    Hablá: decíme onde es que están las armas, del cabildo, y pa dónde agarró camino la gente de La Garza: Vos sos el único que jallamos en el pueblo y lo tenés que saber. Decílo, bruto, que ya vamos llegando al lugar onde vas a quedar.

    El Vaquerizo siguió cojeando como si no hubiera oído nada. Ya para qué le buscaba. Era claro que no le iban a creer. Ya el día anterior había tratado de convencerlos a señas y pujidos. Pero ellos nada mas se reían como si fuera chiste, y después se aburrían y le mentaban la madre y al último le pegaron. No le iban a creer nunca. Eso ya estaba demostrado. 

    Vaquerizo era gente de paz. Tres días antes, cuando sonaron los primeros disparos en la cañada, la gente empezó a correr y a desalojar el pueblo; entre los retumbos de los 30—30 y la quebrazón de la ametralladora que llegaban desde allá, de por aquel rumbo, rebotando de piedra en piedra, el Vaquerizo ensilló su caballo y se decidió a seguir a los que huían. Quiso que la bola no lo fuera a maniatar, que no lo obligaran a irse a los campos de combate. El no era para estas cosas.

    —Vámonos pa la montaña pa que no nos vayan a encontrar—, le dijeron y él a gritos, desde el fondo de su casa, les dijo que sí.

    El pueblo quedó desierto. Los balazos siguieron tronando por la cañada. No cabía duda que era un combate entre las tropas del Gobierno y las del General Isidro Alcántara, aquel que se había levantado en armas hacía más de un año en Tonalá, y que les decía a sus soldados que aunque todavía no habían logrado pelear por una razón precisa, había que defender la causa para que cuando encontraran bandera ya anduvieran matreros y entrenados.

    Vaquerizo detuvo a su caballo sobre la loma que está enfrentito de La Garza. Esperó que pasara el último de los habitantes del pueblo; vio cómo avanzaban todos con paso rápido y nervioso, cogiendo camino para la montaña. Los estuvo observando hasta que se perdieron en la vereda, atrás de unas lomas largas. —Al rato los alcanzo; al cabo que ando montado— se dijo. 

    Los ecos de los disparos aumentaron. Parecía que ya estaban más cerca. De vez en cuando se oían gritos de gusto, como los que se escuchan en las ferias; y la tronadera de la ametralladora no descansaba nunca. Se quedó un rato más sobre la loma; contempló al pueblo, vacío, tirado en el suelo como una gran mancha de humedad. 

    Recordó su vida en aquellas calles de La Garza, antes llenas de alegría y animación y que ahora parecían las piernas y los brazos de un muerto. Así estaban de quietas y silenciosas. Allí se estuvo recordando. Le empezó a llegar una tristeza que le partió la vista. Sentía como si le rompieran los huesos del pecho. El estaba allí, solo, viendo las casas y escuchando los tiros. Sintió que el corazón se le iba a romper de la tristeza encerrada. De plano, el Vaquerizo no era para estos asuntos.
     

    De pronto vio cómo los soldados del Gobierno pasaban huyendo. Estaban en plena desbandada. Los tiros se hicieron más sonoros por la cercanía. Primero pasaron unos cuantos, pero al momento la retirada fue general. Iban corriendo como conejos los federales; algunos habían dejado tirada la carabina para que nada les estorbara la carrera. 

    Cada vez, pasaban más cerca del Vaquerizo, por debajo de la loma en que se encontraba. Los vio clarito; hasta las caras amarillas por el miedo les pudo ver. Los gritos de susto y súplica le llegaban muy bien a las orejas. Vaquerizo quería irse de allí pero algo le tenía sembrado en la loma con todo y su caballo. 

    Al ratito... —se decía— pero nunca le agarraba la decisión para darle el chicotazo al caballo, y encajarle las espuelas para largarse de esa matazón. Los soldados ya ni se preocupaban de contestar el fuego; ponían las espaldas a los balazos con tal de escaparse lo más pronto. 

    Atrás venían los hombres de Isidro Alcántara tirando a matar, cazando a los federales. Uno de ellos, ya medio viejo porque debajo de la gorra le salían unas mechas canosas, pasó muy cerca de Vaquerizo; iba corriendo, dando de tropezones porque las piernas se le trababan del susto, los ojos los tenía redondos y duros y a gritos rezaba a todos los santos que recordaba. 

    Allí, a unas cuantas brazadas lo vio pasar, y luego pegar un respingo y caer sobre unos matorrales; se revolcaba de dolor y se quería sobar la espalda. Después se fue quedando quieto hasta que ya no se movió. 

    Eso estaba viendo el Vaquerizo, cuando de pronto su caballo relinchó, y con las orejas paradas se puso a cabecear y se quiso parar de manos; el pescuezo del animal estaba manchado de sangre, que manaba espesa, como si varios tábanos juntos le hubieran ido a picar en aquel lugar. El caballo siguió encabritándose y el Vaquerizo queriéndolo contener, hasta que ya no pudo sostenerse sobre la silla y cayó de espaldas resbalando por las ancas sudorosas. Su cabeza pegó, en un golpe seco, sobre una piedra.
Allí fue que lo encontraron las tropas de Isidro Alcántara. Estaba como muerto.

    —Hasta aquí nomás —ordenó el Cástulo a los cuatro soldados—. Aquí en esta barda está bueno pa que se aquiete el bruto éste. Aquí le cumplimentamos.

    Vaquerizo, sin que nadie se lo ordenara, fue a colocarse en la barda de piedras. Sintió cómo los bordes de las lajas se le incrustaban en la espalda. Frotó sus lomos sobre una arista para rascarse la comezón de una roncha de garrapata. Con la cara de frente a los soldados esperó.

    —Arrepentíte Vaquerizo. Hablá. Ya no sigás con el vacilón del mudo. Decínos de plano si sabés o no sabés, pero no te quedés callado.

    Vaquerizo siguió como si no hubiera oído nada. Ya pa que, ha de haber pensado. Con la mano derecha se subió los pantalones que se le estaban resbalando más abajo del ombligo por la falta del cinturón; con la otra mano siguió sujetando su botín izquierdo. El pie desnudo estaba manchado de lodo y lo untó sobre la otra pierna para limpiarlo. 

    El sol, ya estaba por encima dela serranía. Los zanates, en ruidosas parvadas, se dejaban caer a la playa del río. Tres palomas levantaron espantadas el vuelo, cuando un toro pasó corriendo detrás de una vaca. El Vaquerizo vio al mundo y se llenó los ojos de tristeza. Sin embargo, no pensó en que pudiera seguir  viviendo. 

    Allí estaba, con el pecho y la cara delante de las cuatro carabinas y de los bigotes del Cástulo, esperando a que éstos se movieran al dar la orden del disparo. No tenía ya esperanzas; tampoco temor; no le temblaron las piernas como dicen que les pasa a los fusilados, ni le dieron ganas de llorar. 

    No era por valentía. Nunca tuvo fama de eso; era por otra cosa. La muerte estaba allí, de cuerpo entero y para qué le daba más vueltas. El llano se abría enfrente de la barda que le servía de paredón; se iba hasta más allá de los sembrados de caña y en el camino había matorrales y piedras donde esconderse. 

    Pero el Vaquerizo no pensó en salir corriendo; en escaparse. Para qué arriesgarle que le fueran a dar la ley fuga y quedar todo lleno de agujeros en la espalda. Mejor que fuera de frente viendo a los soldados; quizás hasta les iba a temblar la mano al apuntar y él se reiría de que estuvieran nerviosos. 

    Sucede que de tanto estar oyendo lo de su fusilada, se había acostumbrado a llevar la muerte dentro de la camisa. Si ya no había remedio para qué moverle. ¡ Hasta a eso se acostumbra uno!
 

     A patadas lo hicieron despertar. Quejándose se levantó con un dolor en la cabeza que le hacía pasarse la mano a cada rato para sobarse el golpe. Los soldados de Isidro Alcántara se lo quedaron viendo y algunos, a las claras tenían ganas de cerrajarle un disparo para que no fuera a dar quehacer. 

    El quiso hablarles pero por más esfuerzos que hizo no pudo lograrlo. Se le llenó la garganta de miedo y quería hablar; la desesperación le  puso la temblorina en todo el cuerpo. Abría y cerraba la boca y movía la lengua, que sentía pesada igual que si estuviera borracho) pero sólo el aire le salía y no podía formar palabras. 

    Estoy mudo, mudo, señor, estoy mudo —quería decir, pero el miedo sólo se le veía en los ojos y en el modo como cerraba las manos y se golpeaba el pecho. Los soldados se lo llevaron ante el general.

    ¡Estoy mudo, santísima virgen, estoy mudo. Ayúdame Señor de Esquipulas! Y quería gritarlo pero las palabras se le quedaban atoradas en la garganta.

    El General Isidro Alcántara, acostado en una hamaca con las botas flojas y llenas de lodo, le preguntó qué era lo que hacia por esos lados:
—Es lugar de combate y sólo el que tira balazos o trai comisión anda por allí. A ver, qué comisión traías tú. . .
—Y con el fuete se acarició los bigotes. 

    Vaquerizo abrió los labios para explicarle, pero no pudo decirle nada. Sólo pujidos salían de su boca cuajada por el miedo. La saliva se le hacía pelotas debajo de la lengua. Quería llorar pero ni eso podía hacer del susto que traía. A señas quiso explicarle pero nadie le entendió. Al General le dio risa.

    Mudo mierda... —y se golpeó contento la bota con el fuete de cuero.

    De pronto uno de los oficiales se levantó del rincón en que estaba sentado a cuclillas, en el suelo. Se le acercó al Vaquerizo y le echó una mirada a los ojos. 

    —Es el Cástulo... —Se dijo el Vaquerizo y los ojos se le llenaron de alegría. 

    —Yo te conozco Vaquerizo. Es tu mera maña andar haciendo guaje a todos con tus vaciladas. Dejáte de hacer el mudo y decínos onde están las carabinas del cabildo. Más te conviene. Te conozco, palomita. Quién sabe qué intención trais quedándote por estos rumbos... no te sigás haciendo porque te damos cuerda —así dijo el Cástulo Gonzaga y el Vaquerizo sintió que el estómago se le sumía y el miedo le bailaba por las piernas. 

    El General de un salto se paró de la hamaca. Los ojitos le bailaban y se le habían puesto colorados de la rabia;
—¡Conque sí'!. .. cogé tu mudo. .. —y el fuete se enredó por la boca del Vaquerizo—. A ver tú, Cástulo, jalátelo a éste, y si no habla mañana tempranito te lo fusilás.—sentenció el General—. Hasta mañana en la mañanita dale para que lo piense bien y se decida. Si no quiere ya sabes. Ni vengás a preguntarme.

    Nadie quiso creerle. Trató de demostrarles que no sabía nada de esas carabinas del cabildo. Que nunca se metió en los argüendes de la bola. Que por el Niño de Atocha les juraba que estaba mudo. Pero nadie le entendió las señas y él no pudo sacar palabras. Y el Cástulo se lo llevó para una casa y  allí lo encerró y le puso centinelas. 

    —Mañana a las cinco te damos chicharrón. Pensálo; no vayás a creer que por que fuimos cuates de chamacos te voy a contemplar. Orden es orden. Buenas noches —le dijo y se fue a dormir. Allí sobre el camastro se quedó tirado el Vaquerizo. Quería llorar de desesperación, pero ni eso podía hacer del miedo que traía. 

    Él, que siempre le sacó el cuerpo a estas andanzas, que quiso quedarse en paz cuando todos jalaron a engrosar las filas de la revuelta; él, que todo lo dejó para quedarse viéndole la cara a la Rosenda; él, que no era de armas, se veía metido en una trampa, y lo iban a fusilar sin haber hecho nada. ¡Y todavía con la maldición de no poder hablar! Parecía que no era a él a quien le estaban pasando todas estas cosas. Las veía fuera de su ropa; como si estuviera viendo a otro desgraciado y hasta pudiera consolarle y llenarse de lástima por su mala suerte. 

     El cerdo chillaba como si le estuvieran arrancando el cuero. El soldado que lo sujetaba, se amarró a la pierna el cinturón con que estaba atado el animal, y se colocó, al lado de los otros tres, enfrente del Vaquerizo. Aguardaron la orden que daría el Cástulo.

    —Por última vez, Vaquerizo: ¿sí o no? El Vaquerizo abrió la boca, pero su lengua se había enroscado como si fuera una culebra; se movía igual que un ratón tierno la lengua del Vaquerizo, pero permanecía en silencio; era una campana sin badajo la palabra del Vaquerizo. 

    Abría los ojos con todas sus fuerzas, como si los quisiera empujar afuera de los párpados para que se le cayeran, y quitarse de una vez la figura de los cuatro cañones de las carabinas, que se le habían metido hasta adentro de los huesos. Pensó que sus huesos tronarían cuando le entraran las balas y le rasgarían el pellejo al saltar de su lugar. 

    Recordó el ruido que hacían los espinazos de los soldados, la tarde anterior, cuando quedaban quebrados por una rociada de la ametralladora. También le vino a los ojos las revolcadas de dolor de aquel soldado del Gobierno que se fue quedando muerto poquito a poco delante de él, el día en que se quedó mudo para su desgracia. El principio de toda esta calamidad fue el haberse quedado sin decir palabra. Y lo peor es que ni siquiera sabía cómo había sido.

    —Bueno hermano. Vos te lo buscaste. Por terco... ¡Preparen! —los soldados hicieron chirriar las palancas de los 30—30, y con un ruido como de piedra de afilar, las armas quedaron con la carga lista.

    El cerdo, al escuchar el ruido quiso salirse de allí. Jaloneó al soldado, y éste le dio un culatazo. El Vaquerizo hubiera querido que el cerdo se callara; le ponía nervioso el constante gemir del animal. Apretó el zapato que llevaba en la mano, y lo presionó contra el muslo como si quisiera enterrárselo. Estaba haciendo fuerza para que no le fueran a faltar los ánimos.

    —¡Apunten! El Vaquerizo vio las bocas de las carabinas, y a través del grano de puntería el ojo bailón de cada soldado. Se abrió la camisa con la mano que tenía sujetándose los pantalones. —Eso de mostrar el pecho es lo que debe de hacerse cuando lo van a fusilar— pensó. Los pantalones se le cayeron hasta la mitad de las piernas, porque el Vaquerizo hundía el estómago, con el esfuerzo que hacía para no gritar.  

    Cerró los ojos hasta sentir que le dolían con la presión de los párpados y ,veía una gran esfera negra; le pareció que eso estaba bueno para irse acostumbrando con la muerte. El cerdo se puso a revolver la tierra con la trompa buscando algo qué comer.

    —¡Fuego! —El Vaquerizo se dobló sin un grito; sin patalear ni revolcarse. Se quedó muerto sin hacer bulla. El cerdo chilló más que nunca; olía la muerte y se jaloneaba y el soldado tuvo que agarrar fuerte el cinturón para que no lo fuera a tirar.
—¿Le doy el de gracia?
—Ya pa qué. Quedó quieto ya...
—Qué fregado el Vaquerizo. No cualquiera ... aguanta la vacilada hasta el paredón. Siempre fue muy ingenioso pa los relajos. Bien que me acuerdo —dijo el teniente Cástulo Gonzaga, viendo al Vaquerizo con su zapato en la mano y el pecho crucificado con cuatro agujeros rojos. Se lo quedó mirando y movía la cabeza de lado a lado. Después ordenó la marcha de regreso. Todavía el cerdo iba chillando cuando volvió a decir:
—Se murió en su línea; en su mero relajo; era macho el Vaquerizo.  

La sombra de la guillotina - Washington Irving

Cuando la claridad del día siguió su camino hacia el oeste, dejando al Sol oculto tras oscuros nubarrones, París se sumió en una negra y fría noche de invierno. La lluvia comenzó a caer, como si hubiera estado aguardando la llegada de las tinieblas. Un viento helado, salido tal vez de las entrañas del Polo, ayudó a barrer de almas y cuerpos las calles de la ciudad. Al filo de la medianoche, una sombra se dirigió, calado el hongo hasta las orejas y envuelta en fusca y amplia capa, a la única casa que aún mantenía una tenue luz encendida en la sórdida calle.

El solitario viandante empujó la chirriante puerta de madera que tenía ante sí y penetró en el local. Se trataba de una mugrienta taberna de ennegrecidas e inexpresivas paredes, cuyo único y discordante adorno eran unas raídas y no menos mugrosas escarapelas tricolores de la todavía incipiente Revolución. El recién llegado denotaba un cierto aire de distinción, era alto y flaco, y su mirada parecía la de alguien que ha contemplado los mayores horrores del mundo, pues sus ojos aparecían negros y penetrantes. Atravesó la solitaria estancia, muy decidido y, dirigiéndose al bodeguero, pidió un doble de coñac.

Su momentáneo interlocutor cumplió el encargo. Pero éste, un personaje grueso, bajo, de nariz colorada, mirada bonachona y delantal sucio trató de mantener una conversación, pues seguramente estaba atendiendo al último cliente de la noche:

–Mala hora para andar por estas calles. A no ser que vengáis de algún sitio cercano. Supongo que os habréis puesto perdido de agua.

El desconocido, tras beber un largo trago de licor, contestó:

–Vuelvo del edificio solitario que se encuentra al final de esta calle.

El otro le contempló asombrado.

–Pero, eso es...

–Sí, ¡el manicomio! –añadió el cliente, sonriendo al comprobar el efecto que causaban sus palabras–. No tema. Estoy todavía muy lejos de que se me pueda considerar un huésped de ese lugar. Simplemente, soy un visitante.

Más tranquilo, el tabernero siguió hablando:

–Entonces, señor, a no ser que tengáis un familiar recluido, no veo que os ha llevado a ir allí una noche tan desapacible como ésta.

–¿Qué puede usted saber, amigo mío, de los ocultos motivos que conducen a los hombres a la casa de los locos? Aunque tal vez, si le cuento el horror que he padecido esta tarde en una de sus gavias, es posible que llegue a comprender las razones que tanto le extrañan. Soy médico. De esos que remueven el interior de los cadáveres intentando descubrir de qué modo suplantaron el papel de un vivo. Esta mañana ha fallecido un paciente, un joven. Mientras examinaba sus vísceras, me han contado su historia.

* * *

Se trataba de un estudiante, creo que alemán o austríaco, llamado Gottfried Wolfgang, que llevaba cierto tiempo residiendo en París. Según he sabido, al mismo tiempo que cursaba sus estudios en una universidad germana, la de Notinga, inició el aprendizaje y la práctica de ciertas ciencias esotéricas. Al principio todo parecía indicar que se trataba de una mera distracción. Pero, muy pronto, su carácter impresionable venció a su sentido común y empezó a ver visiones. 

Creía que se hallaba rodeado de espíritus malignos que pretendían apoderarse de su alma para conducirle con ellos a las cámaras de tortura de sus infernales moradas. Como fruto de sus inquietantes alucinaciones, su salud comenzó a decaer peligrosamente. Sin embargo, lejos de rehuir el contacto con tan peligrosas enseñanzas, siguió tratando de ampliar el campo de sus conocimientos. Durante el día, se encerraba en extrañas y ponzoñosas bibliotecas, consultando viejos libros de brujería, y por la noche, aterrorizado, se recluía en su habitación.

Cuando sus padres descubrieron el progresivo desvarío que amenazaba al joven, decidieron enviarle a una ciudad donde reinase la alegría y la diversión. De esta manera, fechas después, Gottfried llegó a París. Pero su presencia coincidió con los albores de la Revolución. El delirio popular sedujo enseguida su espíritu emotivo, y las teorías políticas y filosóficas de la época le entusiasmaron.

Sin embargo, las sangrientas escenas que se desarrollaron a continuación hirieron su sensibilidad, le desilusionaron de la sociedad y del mundo, y le animaron, más que nunca, a hacer una vida de recluso. Se retiró a una habitación solitaria del Barrio Latino, paraíso de los estudiantes. Y allí, en una calle sombría, cerca de los austeros muros de La Sorbona, continuó sus especulaciones favoritas. Pasaba jornadas enteras en las grandes bibliotecas parisinas, esos panteones de autores difuntos, hojeando los viejos mamotretos polvorientos, a fin de satisfacer su morboso apetito. Era como una especie de vampiro literario, que se alimentaba de textos muertos.

A pesar de la soledad y la reclusión, Wolfgang mantenía un ardiente temperamento, cuyo fuego estuvo atizando durante mucho tiempo con la imaginación. Era demasiado tímido e ignorante de las cosas de este mundo para tener éxito entre las mujeres. Pero sentía una gran admiración por la belleza femenina y, muy a menudo, pensaba en las figuras y rostros que había visto en la calle, y su imaginación los revestía de perfecciones y encantos que sobrepasaban a la realidad.

Cuando su espíritu se exaltaba de tal suerte, le dominaba una visión que le producía unos efectos extraordinarios. Se le aparecía un rostro femenino de belleza trascendental, y la impresión que le desencadenaba era tan honda que a duras penas podía rehacerse. Aquel rostro llenaba sus pensamientos de día y sus sueños durante la noche. Y llegó a enamorarse perdidamente de aquella mujer soñada. Su pasión se convirtió en una de esas ideas fijas, que se adueñan de los espíritus melancólicos y que, a veces, se toman por locura.

Así era Gottfried Wolfgang y ese su estado de ánimo en el momento que empieza la historia que me contaron. Regresaba a su casa, en una noche borrascosa, por las sombrías y viejas calles de La Marais, el más antiguo barrio de París. El sordo rugido del trueno hacia temblar las casas y las estrechas callejas. Llegó a la plaza de Gréve, donde se llevaban a cabo las ejecuciones públicas. Los rayos centelleaban sobre las altas torres del viejo Ayuntamiento y su fulgor iluminaba la plaza. 

Al encontrarse tan cerca de la guillotina retrocedió horrorizado. El terror estaba en todo su apogeo y el terrible instrumento de muerte, siempre a punto, relucía con la sangre de los justos y los valientes. Aquel mismo día, el siniestro aparato había trabajado activamente segando cabezas, y allí estaba, en el corazón de la ciudad silenciosa y dormida, esperando nuevas víctimas.

Wolfgang sintió que el corazón se le oprimía y decidió dejarse. Pero, en aquel momento, vio una figura encogida al pie de los escalones que daban acceso al tablado. Unos cuantos relámpagos seguidos le permitieron observarla mejor: era una simple silueta femenina, vestida de negro, sentada en el último de los escalones. Tenía el busto inclinado hacia adelante y la cara escondida entre las rodillas; sus largas trenzas, oscuras y despeinadas, llegaban al suelo, mojadas por la lluvia que caía a torrentes. 

Wolfgang permaneció inmóvil. Había algo terriblemente patético en aquella solitaria imagen de la angustia. La dama daba la sensación de pertenecer a la alta sociedad. En aquellos tiempos difíciles más de una bella cabeza acostumbrada a la blandura del plumón, no tenía donde apoyarse. Sin duda, debía tratarse de una viuda, a la cual la siniestra cuchilla acababa de dejar sola, con el corazón destrozado y que permanecía allí, en el lugar donde le habían arrebatado aquello que le era más querido.

Gottfried se acercó y le dirigió la palabra en un tono que revelaba una profunda simpatía. Ella levantó la cabeza y le miró con gesto extraviado.

¡Cuál no sería el asombro de Wolfgang al contemplar, bajo la luz de los relámpagos, el rostro que llenaba sus sueños: lívido y desesperado y, sin embargo, de una belleza arrebatadora!

Agitado por sentimientos violentos y contradictorios, le dirigió la palabra de nuevo, temblando. Se extrañó de verla sola, en una hora tan avanzada de la noche, bajo la furiosa tormenta, y se ofreció a conducirla a casa de algún amigo. Ella señaló la guillotina con un gesto muy expresivo.

–Ya no me quedan amigos en este mundo –dijo, sin ninguna esperanza.

–¿Y no tiene usted dónde ir?

–Sí... ¡Mi tumba!

Al escucharla, el corazón del estudiante alemán se estremeció de emoción.

–Si un extraño pudiese hacerle un ofrecimiento –propuso Wolfgang, sin quererse rendir–, no corriendo el riesgo de ser mal comprendido, yo me permitiría brindarle mi humilde morada por alojamiento, y a mí mismo como su más devoto amigo. Yo tampoco tengo a nadie, soy un extraño en este país. Pero si mi vida puede servirle de algo, está a su servicio y la sacrificaré gustoso para evitarle daño u ofensa.

Los modales graves y fervientes del joven produjeron su efecto. Incluso su acento extranjero, que demostraba que no tenía nada en común con la chusma parisina, habló en su favor. Además, el verdadero entusiasmo posee una elocuencia incuestionable. La angustia de la señora cedió un tanto bajo la protección del estudiante.

Le ayudó a cruzar el puente Nuevo y la plaza en la que la estatua de Enrique IV yacía tirada en el suelo derribada por el populacho. La tormenta se había calmado, aunque todavía sonaba el rugido de los truenos en la lejanía. París parecía reposar. Aquel gran volcán de las pasiones humanas dormía durante un rato para recuperar las fuerzas necesarias que alimentarían la erupción del día siguiente. 

El estudiante condujo a su protegida a través de las viejas calles del Barrio Latino, rodeó los muros de La Sorbona y llegó al miserable hostal donde tenía su habitación. El portero que le abrió manifestó su sorpresa al ver al melancólico Wolfgang en compañía de una mujer.

Al entrar en su morada, el joven alemán se avergonzó de la pobreza y el desorden de su hospedaje. No tenía más que una habitación: una sala de viejo estilo, adornada con pesadas esculturas y extravagantemente amueblada con restos marchitos de un antiguo esplendor. 

Se trataba, en efecto, de uno de esos hoteles cercanos al Luxemburgo, que antaño habían pertenecido a la nobleza. La habitación estaba llena de libros, papeles y todas esas cosas propias de un estudiante, la cama se hallaba situada en un rincón, en una especie de alcoba.

Cuando hubo encendido una bujía y pudo contemplar la belleza de la desconocida, se sintió más emocionado que nunca. Su rostro era pálido, pero de una blancura radiante, realzada por la aureola de una espesa cabellera negra; sus enormes ojos brillaban con una expresión un tanto esquiva; sus formas, bajo el traje oscuro, eran de una armonía perfecta. 

De toda su persona emanaba un aire de nobleza, a pesar de la sencillez de su atavío. Lo único que tenía cierta coquetería en toda su ropa era un pañuelo de negro terciopelo que llevaba en el cuello prendido con un alfiler de brillantes.

El estudiante se sentía un poco embarazado al pensar en la mejor manera de acomodar de una forma conveniente al pobre ser abandonado que había tomado bajo su protección. Pensaba en cederle su habitación y buscar otra para él. Sin embargo, se notaba tan fascinado, su espíritu y sus sentidos se hallaban tan atraídos, que no podía apartarse de su presencia. 

También la actitud de ella era rara y sorprendente. Ya no pensaba en la guillotina y hasta su dolor parecía calmado. Las atenciones de Wolfgang que, al principio ganaron su confianza, ahora habían conquistado además su corazón. Evidentemente, ella era también muy apasionada, y los seres apasionados se compenetran muy pronto.

Bajo la embriaguez del momento, el estudiante le declaró su amor; le contó la historia de su sueño misterioso, de cómo ella se había adueñado de su corazón mucho antes de conocerla. La dama admitió que se sentía también atraída hacia él por una fuerza inexplicable. La época predisponía a todos los atrevimientos, tanto en las ideas como en las acciones; los prejuicios y viejas supersticiones habían sido barridos. Ahora todo sucedía bajo los auspicios de la «Diosa Razón».

Incluso los espíritus más honorables consideraban el matrimonio como una fórmula en desuso, otra más en el fárrago de contrasentidos del Antiguo Régimen. Se habían puesto de moda los contratos sociales, y Wolfgang era demasiado teórico para no dejarse influir por las doctrinas liberales de la época.

–¿Por qué separarnos? –preguntó–. Nuestros corazones desean estar juntos, a los ojos de la razón y del honor ya estamos unidos. ¿Qué necesidad tienen las almas nobles de fórmulas vulgares?

La dama escuchaba con emoción. Evidentemente compartía las mismas ideas.

–Tú no tienes ni casa ni familia –añadió Wolfgang–. Déjame ser todo eso para ti; o mejor, seámoslo el uno para el otro. Y si la fórmula es necesaria, observémosla. He aquí mi mano. Me uno a ti para siempre.

–¿Para siempre? –inquirió gravemente la desconocida.

–¡Para siempre! –respondió él.

La dama tomó la mano que le tendía.

–Entonces soy tuya –murmuró, y se echó en brazos del joven estudiante.

Se entregaron al contrato de los besos, al reconocimiento de que realmente eran el uno del otro. Lentamente se sumieron en una delirante felicidad, que se prolongó durante todo el resto de la noche. A la mañana siguiente, Gottfried salió muy temprano para buscar alojamiento. Necesitaba algo más espacioso y conforme a su nuevo estado. 

Su esposa continuaba durmiendo y no quiso despertarla. Cuando volvió, la encontró tendida en el lecho con la cabeza echada hacia atrás, bajo el brazo. Le habló, pero no recibió contestación. Se acercó para despertarla y cambiarla de aquella incómoda postura, y la tomó de la mano. Pero ésta se hallaba fría e inerte. Su rostro era una máscara lívida y dura. En una frase escueta: estaba ante un cadáver.

Sobrecogido de espanto, dio la alarma en toda la casa. A continuación se desarrolló una escena de confusión y horror. Acudió la policía y cuando el oficial penetró en la estancia y vio el cadáver, se echó a temblar.

–¡Dioses inmortales! –exclamó–. ¿Cómo ha podido llegar esta mujer hasta aquí?

–¿Luego la conoce? –preguntó Wolfgang, precipitadamente.

–¡Qué si la conozco! –repitió el oficial–. La guillotinaron ayer.

Se acercó; deshizo el nudo del negro pañuelo que llevaba al cuello el cadáver, y la cabeza de éste rodó hasta el suelo.

El estudiante empezó a gemir en un acceso de delirio:

–¡El demonio! ¡Es el demonio que se ha apoderado de mí...! ¡Estoy condenado para siempre...!

Desde aquel instante, Wolfgang perdió totalmente la razón. Sus visiones se repitieron con mayor frecuencia y tuvo que ser internado en el manicomio. Y hoy mismo, presa de una extraña agitación, ha muerto en su celda. Tras finalizar mi examen, yo mismo he firmado el certificado de defunción, y he escrito a sus padres comunicándoles la triste nueva.

* * *

Nada más que el médico terminó de hablar, el bodeguero le miró en silencio durante unos instantes. Luego, tras servirle más licor y escanciar él mismo una copa, afirmó:

–Para mí está muy claro, señor. Se ve que el estudiante alemán era un tímido que no se atrevía a acercarse a las mujeres. Su locura hizo el resto. Una noche, desesperado, robó el cadáver de una mujer del cementerio y lo llevó a su casa. A la mañana siguiente, cuando se le pasó el furor, se dio perfecta cuenta de lo que había hecho y se volvió más loco de lo que estaba. Hoy sus remordimientos habrán sido más fuertes y su corazón no lo ha podido resistir.

El médico le miró seriamente.

–En efecto, eso es lo que pensábamos todos los que estábamos en el manicomio, hasta que abrimos la mano cerrada del cadáver y cayó al suelo este objeto –dijo, sacando de uno de sus bolsillos una cinta de terciopelo negro, cuyo broche era un bonito alfiler de diamantes.