Parecería
como que hubiésemos descuidado la defensa de nuestra patria. Hasta ahora
habíamos tenido buen cuidado de ello, pero los últimos acontecimientos nos dan
que pensar.
Tengo un local para arreglo de zapatos en la plaza del palacio imperial. No
bien abro mi local al amanecer, ya se ve gente armada que custodia todas las
bocacalles que dan a la plaza. Pero no son nuestros soldados; evidentemente son
nómades que proceden del Norte. De una forma para mí incomprensible se abrieron
paso hasta la capital, que está bien alejada de las fronteras. De todos modos
están ahí. Cada mañana parece que fuesen más.
De acuerdo con su manera de ser, acampan al aire libre, ya que abominan de las
casas. Se ocupan en afilar sus espadas, en aguzar las flechas y en hacer
ejercicios ecuestres. De esta plaza tranquila y cuya limpieza siempre se
respetó han hecho una pocilga. Es cierto que a veces hacemos el esfuerzo de
salir de nuestros negocios para limpiar por lo menos lo más grueso, pero lo
hacemos pocas veces porque el esfuerzo es inútil y, además, corremos el riesgo
de que uno de esos caballos salvajes nos atropelle o que nos den un par de
latigazos.
Con los nómades no se puede hablar; no conocen nuestro idioma y casi no tienen
uno propio. Entre ellos se entienden a la manera de los grajos; siempre se les
oye como graznar.
Nuestra forma de vida, nuestras instituciones les resultan incomprensibles y no
se interesan por ellas; en consecuencia rechazan también toda forma de lenguaje
por señas. Uno puede dislocarse la mandíbula y las muñecas y ellos continúan
sin entender. Frecuentemente hacen muecas; entonces ponen los ojos en blanco y
arrojan espumarajos por la boca, pero con eso no quieren decir nada ni tampoco
asustar a nadie. Lo hacen porque ésa es su manera. Lo que les hace falta lo
toman. No puede decirse que emplean la violencia. Ante su intervención uno se
hace a un lado y los deja hacer. De mi negocio se han llevado ya varias cosas
de valor; pero no me puedo quejar por eso si lo comparo, por ejemplo, con lo
que le ocurre al carnicero de enfrente; no bien le traen la mercancía, los
nómades se la arrebatan y la devoran; también sus caballos comen carne. Más de
una vez se ha visto a un jinete compartir con su caballo el mismo pedazo de
carne, cada uno mordiendo por una punta. El carnicero es tímido y no se anima a
cortar el aprovisionamiento; pero nosotros comprendemos su situación; hacemos
colectas y lo ayudamos. Si los nómades se quedasen sin carne ¿quién sabe lo que
se les ocurriría hacer? ¿Pero quién sabe lo que se les ocurrirá hacer aun
comiendo carne todos los días? Últimamente al carnicero se le ocurrió evitarse
por lo menos el trabajo de carnear, y por la mañana se trajo un buey vivo.
Sería mejor que no lo vuelva a hacer: me pasé toda una hora en el fondo de mi
local, tirado en el suelo, y me eché encima todas las ropas, mantas y
almohadones que pude encontrar para no oír los mugidos del buey, sobre el cual
se abalanzaron de todos lados los nómades para sacarle a dentelladas su carne
caliente. Hacía ya mucho que todo esto estaba tranquilo antes de que me animase
a salir. Cansados, estaban tendidos alrededor de los restos del buey como
borrachos en torno de un barril de vino. Justamente en esa oportunidad me
pareció haber visto al mismísimo emperador asomado a una ventana del palacio;
si no nunca se llega hasta las habitaciones exteriores; se pasa todo el tiempo
en los jardines interiores; pero esa vez -por lo menos así me pareció- estaba
cabizbajo mirando lo que ocurría ante su palacio. "¿Qué va a
ocurrir?", nos preguntamos todos. "¿Hasta cuándo soportaremos esta
carga y este tormento? El palacio imperial ha atraído a los nómades, pero no
sabe cómo rechazarlos. El portón permanece cerrado; la guardia, que antes
entraba y salía marcando el paso solemnemente, se mantiene ahora tras las
ventanas enrejadas. La salvación de la patria ha quedado librada a nosotros,
artesanos y comerciantes; pero nosotros no nos sentimos a la altura de
semejante misión; tampoco nunca nos ufanamos de estarlo. Esto es un
malentendido, y por eso nos perderemos."
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Un viejo papel - Franz Kafka
La cañada del principio - Eraclio Zepeda
La cañada todavía estaba a obscuras. El sol que empezaba a nacer por los llanos de Tierra Colorada, aún no había podido entrar al fondo de estas peñas, todas quebradas con matorrales y pájaros. En el río, que pasa rebotando entre las piedras de abajo, todavía estaba la noche con sus luciérnagas. Los muchachos que andaban pasando por la última cresta del cerro, se llenaban los ojos con la enorme naranja que hacía el sol brotando de entre las nubes. Estaba amaneciendo; pero esto no se notaba en el fondo de esta cañada que le dicen del Principio.
Los árboles enredaban las ramas unos en otros con la hamaca de los bejucos. Las urracas estaban ya volando. El grito plateado de las peas se colgaba de los panales y hacía zumbar los avisperos.
El coronel fue distribuyendo los puestos. Los hombres escogían el hueco de una peña, o el tronco derribado de un árbol y algunos llegaban a trepar por una ceiba y acomodarse entre las ramas, con la carabina suspendida a las espaldas.
—No vayan a hacer ruido nomás; a lo mejor hay avanzadas –recomendaba el coronel al señalar los apostaderos.
Los hombres preparaban las armas y se aseguraban de que los cartuchos quedaran a mano. Algunos untaban saliva en la muesca de puntería, y trazaban con los dedos cruces sobre la boca del cañón.
La ametralladora, que habían conseguido en el asalto a Mojarras, fue emplazada en la boca de la cueva. Los tres hombres encargados de ella prepararon lo necesario.
La cañada se fue llenando de ruidos. Las chachalacas volaron a la punta del cerro y allí se quedaron desparramando su canto ronco y acezante. Seis pavas pasaron cerca, con el vuelo pesado y torpe, y descendieron a las ramas de un árbol de mulato que se levantaba al fondo, muy cerca del río.
Las dos paredes pedregosas de la cañada fueron ocupadas por los hombres. Todos los puestos fueron cubiertos. Se hacían señas de saludo de un acantilado al otro. Los últimos hombres fueron destinados a sus colocaciones. El coronel recorrió toda la línea de tiradores. Estaba satisfecho.
—De esta no se pelan ¿verdad?
—Ni queriendo —contestó el asistente que con la carabina colgada del hombro, caminaba a su lado.
—Andá a decirles que no vayan a hablar en voz alta. Si fuman que tapen el humo y la lumbre con el sombrero, para que no nos vaya a delatar. Si no cae la tropa en esta trampa podemos salir fregados. La señal de disparo la va a dar la ametralladora.
—Voy señor.
Neófito se acurrucó en una hondonada. Reclinó la espalda sobre la roca y revisó su carabina. El día anterior se la habían entregado. Apenas si tuvo tiempo de aprender su funcionamiento. Disparó unas cuantas veces sobre un papel que alguien colocó en una barda de adobe. Después dieron la orden de iniciar la marcha y ya no hubo oportunidad de seguir practicando.
Ahora, a las seis de la mañana, sentado en este agujero de la peña, con la dotación de cartuchos pesándole sobre la cintura, hacía funcionar el mecanismo de la carabina, reluciente de aceite. Le gustaba sentir en sus manos la suave presión que ofrecía el cerrojo al cerrarse. Sacó de la carrillera cinco cartuchos y los fue colocando en su arma cuidadosamente. Con un movimiento seguro preparó el fusil y lo apostó sobre la roca. Luego se frotó las manos sobre los pantalones y encendió un cigarro.
—Hey, chamaco... —oyó que le llamaban. Levantó la vista y encontró la cara morena y angulosa, con arrugas incipientes, de uno de los hombres. Sintió que los ojos negros de aquel viejo le miraban con reproche.
—Que hubo.. — contestó, entrecerrando los párpados para no encandilarse con la luz que empezaba a iluminar la cañada.
— Tené cuidado con el humo. Te puede delatar. Si los soldados llegan a mirarlo no entran a la cañada. Y si se pelan por tu culpa, capaz te cuelga el viejo. . .
—¿Cuál viejo? . .
—El viejo... Don Pedro Pineda, el coronel. ¡Ah! Vos, como andás de pichón sólo por el grado es que lo conocés; pero yo, que dende que se pronunció en armas ando trotando tras su caballo, no muy me acostumbro a nombrarlo ansina.
—¿A qué horas vendrán? —preguntó Neófito apagando el cigarro.
—¿Los soldados?... sepa la bola. A lo mejor de aquí una hora; capaz que horita. Total: es la misma cuenta.
—¿Los acabaremos?
— Yo calculo. Es difícil que se pelen de una paliza de éstas —el viejo se sonrió—. ¿Qué, andas ciscado?
—No, miedo no. Sólo que quién sabe a la hora de la hora.
—Si te empieza a llegar el pálpito, nomás agarras una ramita cuando asomen y la mordés con gana. Eso da la juerza. Y ya en después, cuando empiece la retumbadera, ya ni te vas a acordar de nada. Sólo andás buscando en dónde colocar la bala.
—Ojalá vengan pronto.
—¿Es el bautizo?
—¿Cuál. . .? .
—¿La primera vez que echás bala sobre un cristiano?
—Sí. Ayer me incorporé en Tuxtla.
—¡Ah!. .. No te pongás nerviudo. Es cosa de escoger a uno y soltarle plomo; y aluego a otro; y ansina ansina hasta que tocan el cuerno pa que termine el agarrón.
Neófito se sonrió. Le costó trabajo hacerlo, pero sus dientes aparecieron cuando extendió sus labios en la mueca. Luego se pasó la mano por la boca para disimular el compromiso. El viejo le miró atentamente. Aún no tenía bigote. Una sombra le ponía la pelusa que el joven cuidaba celosamente.
—Sos chamaco todavía. ¿Cuántos años tenés?
—Acabo de entrar a dieciséis.
—Podés ser hasta mi nieto. ¿Cómo te llamás?
—Neófito Guerra, servidor.
—¿Guerra? .. Qué casualidá, sos lo contrario de mi gracia.
—¿Por qué?
—A yo me nombro Augurio Paz. Y el hombre se rió con una risita sorda.
—Oí Neófito; ¿Y por qué andás en estos trotes?, en esto de la bola. . .
—Mataron a mi papá estos hijos de su madre.
El viejo se rascó la cabeza. Echó una mirada al fondo de la cañada. Luego siguió, con la vista, el camino que ladeaba el río, por donde tenían que pasar a fuerza los soldados. Reconoció el terreno palmo a palmo.
—No nos vayan a agarrar pujando —pensó.
Neófito quedó con su última frase repiqueteándole la boca.
—Mataron a mi papá estos hijos de su madre. .. mataron a mi papá estos hijos de su madre. .. mataron a mi...
"Nos estábamos diciendo adiós con tu tata por cá María, cuando sonaron los cascos de la caballada y aluego la retumbadera de los balazos. La gente venía a tropel por las calles y se les echaba de ver el susto salpicándoles la cara. Atrás de ellos vimos llegar a la pelonada. Venían como doscientos jijos federales disparando a lo loco, en veces al aire y en veces sobre el gentío. Tu tata me agarró de la espalda y me dió un empujón. —Pélate, me dijo.
El pobre había llegado en la mañanita del rancho ontá trabajando, nomás pa venirte a echar una miradita. Yo, en ese inter que me empujó, que lo volteo a ver y lo vide que ya estaba trastabillando, y aluego me quedó viendo con los ojos como de agua y me aventaba los brazos como queriendo pedir ayuda; pero aluego hizo como que se iba a reír, pero le bulló la sangre por la boca; de entre los dientes le asomaba como si estuviera comiendo una tuna.
Yo lo quise ir a ver a tu tata, pero me ganó la muerte; se lo llevó antes de que yo llegara. Fueron los federales, Neófito, ellos fueron los que mataron a tu tata". Así se enteró Neófito Guerra de la muerte de su padre. El estaba trabajando en Tuxtla, de aprendiz de zapatero, y allí, a su taller, se lo vino a contar una vieja amiga de su padre.
Neófito sintió que le bailaba el paisaje, como si lo viera a través de un vaso de agua. Se limpió rápido los ojos con el dorso de la mano, y acarició de nuevo su carabina.
—Oí chamaco. .. vos, Neófito —le llamó el viejo Augurio.
—Dígame.. .
—¿Le cargás odio a los pelones?
—Imagínese...
—¿Vas a echar bala? ¿No te va a temblar el pulso? Como es la primera. . .
Neófito vio largamente la cara del viejo. Su rostro tostado, su gran bigote cano, sus pómulos fuertes. Bajó la vista y sopló el cañón de su carabina.
—No te ofusqués. Te lo estoy diciendo porque entuavía me acuerdo de cuando yo empecé... entre una brincadera de huesos y con ganas de quedarme escondido y no soltar ni un trancazo; por eso es que te lo digo.
—¿Sabe? la verdad es que sí tengo miedo.
—Te lo estoy diciendo. Pero cálmate. Es cuestión de costumbre.
—No. No es eso. Es que la cosa de matar a un hombre...
—No digás sonseras. No sea que ahora te cunda el escrúpulo. Esa gente es una partida de jijos de la sombrilla. Qué ¿no mataron a tu tata no más por gusto?
—No, sí. Y por eso es que estoy aquí.
—¿Pos entonces?
—Es que, la verdá, no sé si a la hora de la hora me entre la tembladera y...
—¡Ah, no! Allí va tu cuero por delante: O tiras o te tiran.
—Sí don Augurio, pero...
—Nada chamaco, nada. ¿Por qué creés que andamos alzados? Creés que es por gusto que andamos correteando por la serranilla toreando los balazos? No chamaco, es por que queremos que haiga tranquilidá pa en después. Que haiga paz pa que cunda la alegría. —el viejo apretaba su fusil y los ojos se le ponían más negros cuando hablaba—. Hay que finiquitar a todos esos que ahora andan con los caballos bailando. Hay que bajarlos de la montura pa que circulen. Los hombres son como el agua: hay que moverlos pa que no se empocen y resulten jediendo a podrido.
Neófito observaba cómo el viejo se iba transformando. Le hubiera gustado extender la mano y acariciarle los brazos; sentirlo más, que aquella seguridad del viejo le entrara por los dedos.
—Qué. .. ¿entuavía no te convences?
—Sí don Augurio.
—Vas a pensar que si no fuera ansina, y porque tengo la seguridá que sólo a balazos podemos dejar algo pa los que van a nacer, pa que crezcan juertes y contentos, con cariño a la tierra y sin miedo a los caporales, si no juera porque estoy en eso iba andar correteando federales? No chamaco; mejor me hubiera quedado muriendo de hambre, pero seguro, con la vieja y los hijos, allá en San Bartolomé de los Llanos.
—¿Y si no caen en esta trampa, y nos corretean y nos hacen salir de pelada?
—Pos ni modo; ya pa la otra será. Nomás te cuidás la espalda y aluego te reunís pa rehacer las juerzas como dice el viejo Pineda.
—Pero ¿y si nos toca?
—Qué ¿un trancazo? Pos algunos han de morir; eso que ni qué. En estas danzas no queda otra.
Neófito arregló la correa de su carabina. Sopló unas briznas de polvo que habían caído sobre el cañón. Después vio, a lo lejos, que alguien orinaba oculto en el tronco de un espino. Hizo todos estos movimientos para no seguir sintiendo los ojos negros del viejo y porque su pecho repiqueteaba con todo lo que aquél había dicho y ya no quería seguir oyéndolo.
Pensó en su trabajo en Tuxtla. El pequeño taller de zapatería al que había ingresado como aprendiz. La tranquilidad del cuarto en donde dormía se le vino a retacar en la cabeza y él la comparó a esta peña, tras de la que se ocultaba ahora con un rifle preparado y aguardando él unos hombres a los que odiaba, sin haberles visto nunca de persona a persona, pero que había que matarlos o tantear a la muerte que podía venir de esos mismos hombres.
Volvió a palpar el recuerdo de la muerte de su padre, y un brillo le recrudeció el odio. Golpeó con la mano la culata de la carabina; echó saliva en la muesca de puntería y marcó una cruz en la boca del cañón, como había visto hacer a los otros. El viejo lo observó y asomó sus dientes en una ancha sonrisa. Se arriscó las alas del sombrero y untándose los dedos con saliva también marcó una cruz en la carabina y se rió satisfecho.
El sol ya había caído hasta el fondo de la barranca. Un suave calorcito subía de las peñas de abajo. Una pequeña neblina se empezaba a romper contra las peñas. Las urracas, las peas y las chachalacas se alejaron. Sólo se oía el largo chirriar de las chicharras que parecían hacer brillar las hojas de las enredaderas. Los hombres estaban impacientes. El coronel, con unos prismáticos anticuados, revisaba cada uno de los puestos. Luego sacó de la bolsa trasera del pantalón un paliacate y se enjugó el sudor que brincaba de su frente.
De pronto, una bandera roja se agitó en lo alto del cerro.
—Ahí vienen! —fue un grito apenas contenido, que saltó de la boca de todos los hombres. Era la señal convenida.
Hubo un acomodarse de cuerpos. Casi todos sentían la necesidad de ocultarse más aún. El coronel corrió al puesto por él escogido. Revisaron las armas por última vez. El enemigo no tardaría en llegar a esta Cañada del Principio. Todos sabían qué era lo que les tocaba hacer.
El viejo Augurio se escupió las manos y se peinó el bigote. Estaba alegre. Le hubiera encantado pegar un grito para avisar que allí estaba él, Augurio Paz, para balacear a los federales.
—Ora sí chamaco; ya Ilegaron los jijos.
—Sí —sopló Neófito. Sintió la boca seca y dura la lengua.
—¿Entuavía dudas?
Neófito negó con la cabeza.
—En la madre hay que darles, chamaco. El viejo se acomodó en su parapeto. Tosió muy quedo y volvió a poner saliva en la carabina.
Ya se escuchaba el metálico sonido de la marcha de los soldados sobre las piedras del camino que corre al fondo de la cañada.
Neófito hubiera querido persignarse, pero desechó la idea pensando que un hombre no debe hacer esas cosas. Es por miedo que lo hacen...
Ninguno de los hombres del coronel Pineda estaba tranquilo. Aguardaban, con las narices dilatadas por una respiración fatigosa, a que los soldados cayeran en la trampa.
Al lado de una gran piedra blanca, partida a la mitad, aparecieron dos figuras verdes. Era la avanzada de la tropa. Venían con paso seguro pero desconfiado. Pasaban los ojos por todas las peñas esperando descubrir algo. Una cañada es un mal paso en época de revueltas; y eso lo sabían los dos soldados que ahora vigilaban las paredes.
Los hombres de Pineda se ocultaron más, queriendo enterrarse entre las piedras. Nadie hubiera podido descubrirlos. Los soldados describieron un amplio ademán con los brazos y continuaron el avance. Atrás de ellos el ruido de las pisadas aumentó.
Neófito apretó la carabina. No quiso poner el dedo sobre el gatillo por temor a que le fueran a ganar los nervios y se le escapara un disparo.
El grueso de la tropa hizo su aparición al fondo del barranco. Al frente venían cuatro oficiales a caballo. Platicaban entre sí y señalaban las peñas.
—Que no nos vean... que no nos vean —musitó Neófito.
Los soldados, instintivamente, al ir entrando a la trampa, se separaban y descolgaban del hombro los fusiles. Se veían sudorosos los rostros debajo de las gorras verdes. Ellos, en contraste con los oficiales no hablaban.
Neófito se mordió los labios. Sintió que un dolor le punzaba los riñones. Los músculos del brazo se contraían. Abrió y cerró la boca varias veces para frotar su mentón sobre la piedra en que descansaba la cabeza. Los dedos le dolían como si hubiera estado trabajando, durante mucho tiempo, con la lezna allá en el pequeño taller de zapatería. Sintió que el miedo se le estaba reuniendo en el estómago. Cortó una ramita y la mordió desesperadamente. Recordó al viejo y volteó la cara.
Augurio le guiñó un ojo y le sonrió.
—A darles en la madre chamaco —susurró. Neófito quisto repetir la mueca pero no consiguió dibujarla.
La avanzada estaba ya a la mitad del barranco.
Sudaba de las manos. Quiso irse y que todo esto de la carabina, los hombres, la tropa y la muerte, quedara sólo como un mal recuerdo. Aspiró fuerte para destaparse las narices; iba a escupir sonoramente, pero se abstuvo, por temor de indicar su presencia al enemigo.
La tropa federal estaba íntegra en la trampa. La retaguardia. compuesta por tres soldados, entró a la cañada. El ruido de la marcha era grande. Había rodar de piedras bajo las botas del ejército. Los oficiales se habían separado. Sus caballos resaltaban, aquí y allá, rodeados de la marcha trabajosa de los soldados. Todos indagaban con inquietud a las peñas y a los árboles.
Neófito apuntó a uno de los oficiales; lo vio moverse en el centro de su muesca de puntería. Comprendió que la vida de aquel hombre estaba en sus manos; con sólo jalar el gatillo y todo se habría terminado para aquel oficial del Gobierno. Veía todos sus ademanes. Lo fue siguiendo con el cañón por una larga parte del camino. Escogió la parte del cuerpo a la que dirigiría la bala. El plomo le romperá la mitad del pecho. De pronto, las manos volvieron a temblarle; ladeó la carabina. Cerró los ojos y el cuerpo le bailó con varias temblorinas.
—No puedo. No voy a poder. No puedo –hubiera querido que el viejo lo animara. Que le volviera a decir lo de antes. Deseaba sentir aquellas palabras que le habían dado los ánimos necesarios. Volteó la cabeza al apostadero de Augurio; no pudo descubrirlo. Con seguridad que el viejo estaría oculto, estudiando los movimientos del enemigo. El combate se abriría en unos cuantos momentos; decididamente el viejo no podía. hablarle.
Se dio cuenta de que estaba solo. El mismo tendría que escoger entre ponerse a llorar y revolcarse de miedo y luego huir de su puesto en medio de pujidos de angustia, o quedarse ahí y apretar fuerte la rama que tenía mordida para calmarse y poder colocar la muerte en los cuerpos verdes de los soldados, para vengar al padre, y para lograr todas aquellas cosas de que el viejo le había hablado.
De pronto la ametralladora inició el quebradero de federales y las carabinas corearon los disparos. Al fondo, los soldados se movían en desorden como un camino de hormigas. Algunos quedaban doblados sobre una piedra. Otros a rastras, buscaban un refugio.
El viejo estaba en su sitio, vociferando, mentándoles la madre a los soldados, y efectuando, certero, uno tras otro los disparos.
Neófito se fue encogiendo. Plegó las piernas al vientre y metió los brazos entre las rodillas. El ojo derecho le parpadeaba sin que él pudiera evitarlo. Empezó a llorar.
Los federales contestaron el fuego. Sus balas rebotaban en las piedras y zumbaban al igual que una caña que se agita con el viento. Una rama recibió un impacto y crujiendo, cayó cerca del viejo. La piedra que protegía a Neófito palpitó varias veces y le aparecieron puntos blancos. El muchacho se cubrió; volvió a morder la varita hasta hacerla pedazos. Restregaba los pies sobre la tierra y con las manos se cubría el cuello y la cabeza. No podía pensar en nada. Su carabina yacía a su lado, quieta, callada, ajena al tiroteo.
Un crujir de huesos y el pujido de un herido cercano le causaron sobresalto. Oyó el desprenderse de algo. Un sombrero pasó rodando. Neófito arrojó la carabina y se incorporó para iniciar la fuga. Que se vaya al carajo todo... A grandes saltos escaló las peñas rumbo a la cresta del cerro. Los gritos roncos del viejo le llegaron a la espalda.
—¡Hey, chamaco!... No te peles. Eso es de viejas... Ya mero ganamos... ¡Heya, chamaco!
Neófito no se detuvo. Llevaba las manos sangrando de arañar las peñas. Ya mero, ya mero, se decía midiendo los últimos peñascos.
El viejo volvió a gritar. El muchacho se arrancó la carrillera y la lanzó a lo lejos.
Augurio Paz lo encañonó con la carabina. Apuntó e hizo un disparo. Después volvió a dirigir los tiros hacia los soldados.
El mudo - Eraclio Zepeda
Cuando lo llegaron a sacar de la casa que le servía de calabozo, la madrugada estaba apareciendo. De un salto se incorporó del camastro al sentir la llegada de los cuatro soldados y del teniente Cástulo Gonzaga. Allí estaban ya.
La última noche había terminado y era el mero día. Recorrió con la vista a los soldados y hubiera querido que se desaparecieran y que todo quedara como un susto. Pero los cuatro hombres, con sus sombreros de palma, la carrillera chimuela de cartuchos y las recias carabinas seguían allí frente a él, listos para cumplirle lo ofrecido.
La noche anterior le habían dicho que se echara su último sueño porque a las seis de la mañana lo iban a fusilar. Así, pelón y de golpe se lo habían hecho saber.
Las caras de los soldados relumbraban en la penumbra del cuartucho. Parecía como si se hubieran untado manteca en los pómulos y en la barba. Tenían los ojos fijos y cansados, rojos, como si les hubiera entrado tierra en una polvareda o se hubieran puesto a llorar; tenían los ojos duros y quietos, casi cerrados. —Han de haber estao velando toda la noche; de guardia —pensó.
— Apuráte Vaquerizo —le dijo el Cástulo Gonzaga, que era también del pueblo pero se había ido a buscar fortuna hacía dos años y ahora venía resultando teniente de la tropa aquella—. Apuráte que nomás por vos nos estamos retrasando. Nomás te cumplimentamos la condena y nos vamos con la música pa otra parte.
Vaquerizo se quedó sentado en el camastro. Con las dos manos se limpió los ojos, frotándolos igual que si estuviera echándose agua en la cara, allá en el arroyo. Dirigió la mirada hacia la puerta abierta; entre las siluetas de los soldados pudo ver que ya la mañana estaba comenzando.
Sentía que el aire estaba corriendo afuera; que por el lado del cerro las nubes estarían poniéndose coloradas, y que las chachalacas iban a cantar de gusto en todos los árboles de la cañada; pensó que ahorita los venados estaban bajando al río para beber por última vez, antes de ir a buscar un matorral para dormirse.
Todo esto se lo estuvo imaginando el Vaquerizo viendo la luz que ya estaba corriendo en el potrero; y le daba rabia que todo esto pasara el día en que lo iban a fusilar, así como si fuera de juguete, y él ya no iba a volver a ver todo lo que se sabía de memoria y que le llenaba las venas de recuerdos.
—Apuráte Vaquerizo... No lo pensés tanto. Si no es cuestión de pensamiento. Vos no tenés nada que hacer. Tu compromiso acaba en el inter que te pongás onde yo te diga. Ahí te quedás quietecito; el resto es por nuestra cuenta —dijo el Cástulo Gonzaga.
Vaquerizo no movió la vista de la puerta. Le parecía que toda esta situación era de a mentiras, de puro vacilón. Eso de que le digan a uno que ya mañana no va a hacer nada más que ir a poner el pecho para que lo venadeen sin oportunidad de que se defienda, como si fuera un coyote matrero, era a lo que no podía acostumbrarse el Vaquerizo.
Hubiera querido que le entendieran, que le dejaran explicar las cosas, que le creyeran que de veras no podía sacar una palabra, porque parecía que el gañote se le hubiera secado y por más esfuerzos que hacía no lograba hablar. Todo esto hubiera querido hacer el Vaquerizo. ¡Pero ya de intentos estaba bueno!
Hasta de querer defender la vida se llega uno a aburrir, a veces, cuando nadie nos quiere dar la mano. Con los pies buscó los zapatos en el suelo, debajo del camastro, hasta que los sintió con el dedo gordo; los pateó para afuera y se agachó a recogerlos.
—Bueno, muchachos, de aquí a cinco minutos nos pelamos a alcanzar a la tropa de mi general pa incolporarnos. Hay que apuntarle bien a este mi amigo, para que no haya urgencia de echarle otra carguita. Hay que estimar la cartuchada. —comentó Cástulo Gonzaga sin darle mucha importancia a sus palabras, como si estuviera hablando de caballos o coreando el alabado en una iglesia.
Vaquerizo tomó los zapatos y trató de calzárselos. Estaba tranquilo; casi no tenía miedo; pero las manos las sentía como engarrotadas. No le querían obedecer. Los zapatos no entraban. Por más esfuerzos que hacía no lograba metérselos.
—Dejá en paz el botín ese. Total: pa lo que vas a caminar. Y ya pa en después no más te van a servir de estorbo. En el otro mundo no hay piedras, ni espinas; ni siquiera los vas a extrañar. Déjalos —volvió a hablar el Cástulo y su grueso bigote se levantó mostrando los dientes en una sonrisa.
Vaquerizo ni siquiera lo volteó a ver. Logró calzarse el pie derecho, pero ya con el otro no pudo hacerlo. Se levantó poquito a poco y con el zapato en la mano se fue renqueando entre los cuatro soldados. Ni siquiera esperó a que le dijeran algo; ni les miró a la cara, ni le temblaron las piernas, nada. El Cástulo Gonzaga escupió en el piso; con el huarache corrió la saliva, para disimularla, y se puso a caminar detrás de ellos.
Al Vaquerizo se lo iban a fusilar. De eso ya ni duda, cabía. Y no porque fuera gente de armas, o de peligro, o enemigo de la causa. Por nada de esto. Las cosas eran de otra forma, de muy distinta manera. Venían por otro camino.
El Vaquerizo vivía aquí, en este pueblo de la Frailesca, que nombran La Garza. Aquí nació y aquí nació también el Cástulo Gonzaga que ahora vino apareciendo de teniente, con sus dos barras doradas en el sombrero, tan naturales, que parecía que le hubieran salido allí, igual que los primeros cuernos de un venado.
De aquí, de La Garza, eran los dos; ahora, en una vuelta del mundo, venían a quedar como fusilador y fusilado, pero de chamacos fueron compañeros, jugaban siempre, y juntos iban a espiarles los pechos a las lavanderas en el arroyo. Hasta que un día, el Cástulo agarró camino, a los catorce años, y no se le volvió a ver nunca, más que antier que regresó a La Garza con mando de tropas y a las órdenes del general Isidro Alcántara.
Cuando ocuparon el pueblo, después del combate, ya no había nadie en las calles ni en las casas, así que el Cástulo no pudo saber que de su familia ya no quedaba ni el recuerdo desde aquella maldita semana en que el cólera pegó con ganas allá en La Garza.
—Ya pa andar de necio en el relajo estuvo bueno, Vaquerizo. Dejá de hacerte guaje y decínos lo que queremos saber. No querés entender que eso de no decir palabra, ni sí, ni no, es de peligro con nosotros. Dejá el vacilón y ponéte a hablar —dijo desde atrás del grupo el Cástulo Gonzaga; pero el Vaquerizo siguió caminando cojo por la falta del zapato y no dio señales de haber oído nada.
Sólo sintió que la cabeza le rebotaba del coraje. Después de muerto, quemado, pensó. Ya había perdido toda esperanza de hacerse entender. Jamás le creerían que de pronto se había quedado sin poder hablar, como si le hubieran robado el habla con un maleficio.
El Cástulo recordaba que de chamacos, el Vaquerizo era bueno para las bromas. Sabía hacerlas y le gustaban. En las calles se hacía pasar por ciego, y algunos fuereños, que no le conocían las mañas, le creían y hasta la regalaban un centavo o dos, para que se pusiera contento y olvidara su desgracia por un rato.
También se acordaba de cuando fueron juntos a Santa Catarina la Grande, y el Vaquerizo decidió hacerse pasar por mudo, nada más porque sí, para divertirse, y bien que les tomaron el pelo a toda la gente de por allá. De esto se acordaba muy bien el Cástulo Gonzaga.
Las piedritas, sueltas, de la calle principal de La Garza, crujían al paso de los soldados, haciendo un ruido como el que hacen los lombricientos con los dientes cuando están dormidos, o como cuando se raja una rama verde.
El Vaquerizo, en medio de los cuatro soldados, iba con la cara levantada y mirando a todos lados como queriendo despedirse de los del pueblo. Pero las casas y las calles estaban desiertas y sólo de vez en cuando un perro ladraba como si hubiera latido a un ánima penando. Algunas puertas estaban rotas, arrancadas, y en las calles se encontraban tirados restos de sillas, mesas, ropa y algunos santos quebrados. Los soldados estuvieron saqueando propiedades todo el día anterior.
—Todavía podés salvarte, Vaquerizo. Te podés arrepentir. Decí onde anda la gente. ¿Pa qué jijos te empeñas en morir? Lástima.
Vaquerizo hubiera deseado decirle algo al Cástulo; explicarle, hablarle. En fin, convencerlo de que lo que le estaban haciendo no era derecho, no era justo. Lo intentó nuevamente, pero no pudo soltar palabra; hacía esfuerzos por arrojar algo, lo que fuera, pero su boca seguía muerta, movía los labios como si fuera a escupir, sólo consiguió producir un ruido sordo. Ya ni modo; me tocaba...
Cuando pasaron por la casa de la Rosenda, Vaquerizo hubiera querido que ella estuviera allí, detrás del balcón, para que se pusiera triste porque se lo llevaban para el paredón; deseaba que la Rosenda saliera y le dijera adiós, y le hiciera señas con una cruz o que rezara, o ya de malas que cuando menos se pusiera a llorar.
La Rosenda siempre se hizo la desentendida cuando el Vaquerizo le habló de sus cosas; nunca decía ni que sí ni que no; tan solo torcía la boca en un gesto de coquetería, pero nada que la comprometiera. A veces, Vaquerizo llegó a odiar a la Rosenda por su falta de decisión. Pero ahora, en el último jalón, le hubiera gustado verla. Pero en la casa de la Rosenda todo estaba quieto y no había nadie; sólo un cerdo cebado estaba durmiendo en la puerta; era lo único. El Cástulo llamó a uno de los soldados:
—Amarrálo ese cochi y jalátelo. Lo vamos a requisar pa la causa. Hace falta provisión.
—¿Con qué lo amarramos?
—Con la faja del Vaquerizo. Al cabo que él ya pa qué la quiere.
El Vaquerizo no trató de oponerse; al contrario. El solito, se quitó el cinturón y lo entregó al soldado. Se agarró los pantalones con la mano izquierda para que no se le fueran a caer, llevando en la otra mano el zapato que no logró calzarse, y continuó la marcha cojeando.
—Amarrálo bien... El cerdo empezó a gritar. Chillaba de puro miedo. El soldado, a jalones, lo arrastró. Los chillidos aumentaron.
Vaquerizo al contrario del Cástulo, nunca salió de La Garza. A él no le gustaban los ruidos; no le llamaba la atención eso de andar rodando tierras. En La Garza se hizo hombre y allá hubiera muerto de viejo si no le hubieran adelantado la hora las tropas del Cástulo Gonzaga, con eso de fusilarlo.
Cuando empezó la revolución, Vaquerizo nunca pensó en incorporarse a las tropas que pasaban por La Garza, pegando gritos y disparando al aire, rumbo a Santa Catarina la Grande o a Tuxtla. Nunca se decidió a seguirlos. Al contrario, procuraba esconderse para que no se lo fueran a llevar de pasada, en la leva. Deseaba estar tranquilo en su tierra, en su casa, con los ojos puestos en la Rosenda.
El cerdo chillaba con todas sus fuerzas. Parecía que a él era a quien llevaban al paredón, y que venía pidiendo clemencia, como el Luciano que fue al que fusilaron la vez pasada, porque escondió tres carabinas que se había robado, quién sabe con qué intenciones; cuando se lo llevaron, iba llorando por toda la calle, diciendo a gritos cosas que ni se le entendían por la lloradera.
Con tanto escándalo que armó ni siquiera causaba lástima de que se lo quebraran; hasta daba risa verlo suplicar, y tirarse al suelo, y abrazarse a las piernas de los soldados. Igual que el Luciano, venía el cerdo pegando chillidos; a cada jalón que le daba el soldado parecía que lo habían abierto de una cuchillada.
Vaquerizo en cambio iba serio, con la boca cerrada, y con los pantalones agarrados y rengueando, pero sin soltar un pujido, ni voltear para ningún lado. Desde que pasaron por la casa de la Rosenda ya no le interesó ver a nadie. De vez en cuando, con la punta del botín que llevaba en la mano izquierda, se rascaba la cabeza.
—Arrepentíte, Vaquerizo. Yo soy tu cuate, pero Primero que nada soy soldado. No me puedo hacer guaje. Tengo que cumplimentar con mi obligación que es pegarte de balazos. Ese es mi deber. Pero vos te podés salvar si querés. No querés hablar y te la pasás haciéndote el mudo como en Santa Catarina cuando éramos chamacos.
Hablá: decíme onde es que están las armas, del cabildo, y pa dónde agarró camino la gente de La Garza: Vos sos el único que jallamos en el pueblo y lo tenés que saber. Decílo, bruto, que ya vamos llegando al lugar onde vas a quedar.
El Vaquerizo siguió cojeando como si no hubiera oído nada. Ya para qué le buscaba. Era claro que no le iban a creer. Ya el día anterior había tratado de convencerlos a señas y pujidos. Pero ellos nada mas se reían como si fuera chiste, y después se aburrían y le mentaban la madre y al último le pegaron. No le iban a creer nunca. Eso ya estaba demostrado.
Vaquerizo era gente de paz. Tres días antes, cuando sonaron los primeros disparos en la cañada, la gente empezó a correr y a desalojar el pueblo; entre los retumbos de los 30—30 y la quebrazón de la ametralladora que llegaban desde allá, de por aquel rumbo, rebotando de piedra en piedra, el Vaquerizo ensilló su caballo y se decidió a seguir a los que huían. Quiso que la bola no lo fuera a maniatar, que no lo obligaran a irse a los campos de combate. El no era para estas cosas.
—Vámonos pa la montaña pa que no nos vayan a encontrar—, le dijeron y él a gritos, desde el fondo de su casa, les dijo que sí.
El pueblo quedó desierto. Los balazos siguieron tronando por la cañada. No cabía duda que era un combate entre las tropas del Gobierno y las del General Isidro Alcántara, aquel que se había levantado en armas hacía más de un año en Tonalá, y que les decía a sus soldados que aunque todavía no habían logrado pelear por una razón precisa, había que defender la causa para que cuando encontraran bandera ya anduvieran matreros y entrenados.
Vaquerizo detuvo a su caballo sobre la loma que está enfrentito de La Garza. Esperó que pasara el último de los habitantes del pueblo; vio cómo avanzaban todos con paso rápido y nervioso, cogiendo camino para la montaña. Los estuvo observando hasta que se perdieron en la vereda, atrás de unas lomas largas. —Al rato los alcanzo; al cabo que ando montado— se dijo.
Los ecos de los disparos aumentaron. Parecía que ya estaban más cerca. De vez en cuando se oían gritos de gusto, como los que se escuchan en las ferias; y la tronadera de la ametralladora no descansaba nunca. Se quedó un rato más sobre la loma; contempló al pueblo, vacío, tirado en el suelo como una gran mancha de humedad.
Recordó su vida en aquellas calles de La Garza, antes llenas de alegría y animación y que ahora parecían las piernas y los brazos de un muerto. Así estaban de quietas y silenciosas. Allí se estuvo recordando. Le empezó a llegar una tristeza que le partió la vista. Sentía como si le rompieran los huesos del pecho. El estaba allí, solo, viendo las casas y escuchando los tiros. Sintió que el corazón se le iba a romper de la tristeza encerrada. De plano, el Vaquerizo no era para estos asuntos.
De pronto vio cómo los soldados del Gobierno pasaban huyendo. Estaban en plena desbandada. Los tiros se hicieron más sonoros por la cercanía. Primero pasaron unos cuantos, pero al momento la retirada fue general. Iban corriendo como conejos los federales; algunos habían dejado tirada la carabina para que nada les estorbara la carrera.
Cada vez, pasaban más cerca del Vaquerizo, por debajo de la loma en que se encontraba. Los vio clarito; hasta las caras amarillas por el miedo les pudo ver. Los gritos de susto y súplica le llegaban muy bien a las orejas. Vaquerizo quería irse de allí pero algo le tenía sembrado en la loma con todo y su caballo.
Al ratito... —se decía— pero nunca le agarraba la decisión para darle el chicotazo al caballo, y encajarle las espuelas para largarse de esa matazón. Los soldados ya ni se preocupaban de contestar el fuego; ponían las espaldas a los balazos con tal de escaparse lo más pronto.
Atrás venían los hombres de Isidro Alcántara tirando a matar, cazando a los federales. Uno de ellos, ya medio viejo porque debajo de la gorra le salían unas mechas canosas, pasó muy cerca de Vaquerizo; iba corriendo, dando de tropezones porque las piernas se le trababan del susto, los ojos los tenía redondos y duros y a gritos rezaba a todos los santos que recordaba.
Allí, a unas cuantas brazadas lo vio pasar, y luego pegar un respingo y caer sobre unos matorrales; se revolcaba de dolor y se quería sobar la espalda. Después se fue quedando quieto hasta que ya no se movió.
Eso estaba viendo el Vaquerizo, cuando de pronto su caballo relinchó, y con las orejas paradas se puso a cabecear y se quiso parar de manos; el pescuezo del animal estaba manchado de sangre, que manaba espesa, como si varios tábanos juntos le hubieran ido a picar en aquel lugar. El caballo siguió encabritándose y el Vaquerizo queriéndolo contener, hasta que ya no pudo sostenerse sobre la silla y cayó de espaldas resbalando por las ancas sudorosas. Su cabeza pegó, en un golpe seco, sobre una piedra.
Allí fue que lo encontraron las tropas de Isidro Alcántara. Estaba como muerto.
—Hasta aquí nomás —ordenó el Cástulo a los cuatro soldados—. Aquí en esta barda está bueno pa que se aquiete el bruto éste. Aquí le cumplimentamos.
Vaquerizo, sin que nadie se lo ordenara, fue a colocarse en la barda de piedras. Sintió cómo los bordes de las lajas se le incrustaban en la espalda. Frotó sus lomos sobre una arista para rascarse la comezón de una roncha de garrapata. Con la cara de frente a los soldados esperó.
—Arrepentíte Vaquerizo. Hablá. Ya no sigás con el vacilón del mudo. Decínos de plano si sabés o no sabés, pero no te quedés callado.
Vaquerizo siguió como si no hubiera oído nada. Ya pa que, ha de haber pensado. Con la mano derecha se subió los pantalones que se le estaban resbalando más abajo del ombligo por la falta del cinturón; con la otra mano siguió sujetando su botín izquierdo. El pie desnudo estaba manchado de lodo y lo untó sobre la otra pierna para limpiarlo.
El sol, ya estaba por encima dela serranía. Los zanates, en ruidosas parvadas, se dejaban caer a la playa del río. Tres palomas levantaron espantadas el vuelo, cuando un toro pasó corriendo detrás de una vaca. El Vaquerizo vio al mundo y se llenó los ojos de tristeza. Sin embargo, no pensó en que pudiera seguir viviendo.
Allí estaba, con el pecho y la cara delante de las cuatro carabinas y de los bigotes del Cástulo, esperando a que éstos se movieran al dar la orden del disparo. No tenía ya esperanzas; tampoco temor; no le temblaron las piernas como dicen que les pasa a los fusilados, ni le dieron ganas de llorar.
No era por valentía. Nunca tuvo fama de eso; era por otra cosa. La muerte estaba allí, de cuerpo entero y para qué le daba más vueltas. El llano se abría enfrente de la barda que le servía de paredón; se iba hasta más allá de los sembrados de caña y en el camino había matorrales y piedras donde esconderse.
Pero el Vaquerizo no pensó en salir corriendo; en escaparse. Para qué arriesgarle que le fueran a dar la ley fuga y quedar todo lleno de agujeros en la espalda. Mejor que fuera de frente viendo a los soldados; quizás hasta les iba a temblar la mano al apuntar y él se reiría de que estuvieran nerviosos.
Sucede que de tanto estar oyendo lo de su fusilada, se había acostumbrado a llevar la muerte dentro de la camisa. Si ya no había remedio para qué moverle. ¡ Hasta a eso se acostumbra uno!
A patadas lo hicieron despertar. Quejándose se levantó con un dolor en la cabeza que le hacía pasarse la mano a cada rato para sobarse el golpe. Los soldados de Isidro Alcántara se lo quedaron viendo y algunos, a las claras tenían ganas de cerrajarle un disparo para que no fuera a dar quehacer.
El quiso hablarles pero por más esfuerzos que hizo no pudo lograrlo. Se le llenó la garganta de miedo y quería hablar; la desesperación le puso la temblorina en todo el cuerpo. Abría y cerraba la boca y movía la lengua, que sentía pesada igual que si estuviera borracho) pero sólo el aire le salía y no podía formar palabras.
Estoy mudo, mudo, señor, estoy mudo —quería decir, pero el miedo sólo se le veía en los ojos y en el modo como cerraba las manos y se golpeaba el pecho. Los soldados se lo llevaron ante el general.
¡Estoy mudo, santísima virgen, estoy mudo. Ayúdame Señor de Esquipulas! Y quería gritarlo pero las palabras se le quedaban atoradas en la garganta.
El General Isidro Alcántara, acostado en una hamaca con las botas flojas y llenas de lodo, le preguntó qué era lo que hacia por esos lados:
—Es lugar de combate y sólo el que tira balazos o trai comisión anda por allí. A ver, qué comisión traías tú. . .
—Y con el fuete se acarició los bigotes.
Vaquerizo abrió los labios para explicarle, pero no pudo decirle nada. Sólo pujidos salían de su boca cuajada por el miedo. La saliva se le hacía pelotas debajo de la lengua. Quería llorar pero ni eso podía hacer del susto que traía. A señas quiso explicarle pero nadie le entendió. Al General le dio risa.
Mudo mierda... —y se golpeó contento la bota con el fuete de cuero.
De pronto uno de los oficiales se levantó del rincón en que estaba sentado a cuclillas, en el suelo. Se le acercó al Vaquerizo y le echó una mirada a los ojos.
—Es el Cástulo... —Se dijo el Vaquerizo y los ojos se le llenaron de alegría.
—Yo te conozco Vaquerizo. Es tu mera maña andar haciendo guaje a todos con tus vaciladas. Dejáte de hacer el mudo y decínos onde están las carabinas del cabildo. Más te conviene. Te conozco, palomita. Quién sabe qué intención trais quedándote por estos rumbos... no te sigás haciendo porque te damos cuerda —así dijo el Cástulo Gonzaga y el Vaquerizo sintió que el estómago se le sumía y el miedo le bailaba por las piernas.
El General de un salto se paró de la hamaca. Los ojitos le bailaban y se le habían puesto colorados de la rabia;
—¡Conque sí'!. .. cogé tu mudo. .. —y el fuete se enredó por la boca del Vaquerizo—. A ver tú, Cástulo, jalátelo a éste, y si no habla mañana tempranito te lo fusilás.—sentenció el General—. Hasta mañana en la mañanita dale para que lo piense bien y se decida. Si no quiere ya sabes. Ni vengás a preguntarme.
Nadie quiso creerle. Trató de demostrarles que no sabía nada de esas carabinas del cabildo. Que nunca se metió en los argüendes de la bola. Que por el Niño de Atocha les juraba que estaba mudo. Pero nadie le entendió las señas y él no pudo sacar palabras. Y el Cástulo se lo llevó para una casa y allí lo encerró y le puso centinelas.
—Mañana a las cinco te damos chicharrón. Pensálo; no vayás a creer que por que fuimos cuates de chamacos te voy a contemplar. Orden es orden. Buenas noches —le dijo y se fue a dormir. Allí sobre el camastro se quedó tirado el Vaquerizo. Quería llorar de desesperación, pero ni eso podía hacer del miedo que traía.
Él, que siempre le sacó el cuerpo a estas andanzas, que quiso quedarse en paz cuando todos jalaron a engrosar las filas de la revuelta; él, que todo lo dejó para quedarse viéndole la cara a la Rosenda; él, que no era de armas, se veía metido en una trampa, y lo iban a fusilar sin haber hecho nada. ¡Y todavía con la maldición de no poder hablar! Parecía que no era a él a quien le estaban pasando todas estas cosas. Las veía fuera de su ropa; como si estuviera viendo a otro desgraciado y hasta pudiera consolarle y llenarse de lástima por su mala suerte.
El cerdo chillaba como si le estuvieran arrancando el cuero. El soldado que lo sujetaba, se amarró a la pierna el cinturón con que estaba atado el animal, y se colocó, al lado de los otros tres, enfrente del Vaquerizo. Aguardaron la orden que daría el Cástulo.
—Por última vez, Vaquerizo: ¿sí o no? El Vaquerizo abrió la boca, pero su lengua se había enroscado como si fuera una culebra; se movía igual que un ratón tierno la lengua del Vaquerizo, pero permanecía en silencio; era una campana sin badajo la palabra del Vaquerizo.
Abría los ojos con todas sus fuerzas, como si los quisiera empujar afuera de los párpados para que se le cayeran, y quitarse de una vez la figura de los cuatro cañones de las carabinas, que se le habían metido hasta adentro de los huesos. Pensó que sus huesos tronarían cuando le entraran las balas y le rasgarían el pellejo al saltar de su lugar.
Recordó el ruido que hacían los espinazos de los soldados, la tarde anterior, cuando quedaban quebrados por una rociada de la ametralladora. También le vino a los ojos las revolcadas de dolor de aquel soldado del Gobierno que se fue quedando muerto poquito a poco delante de él, el día en que se quedó mudo para su desgracia. El principio de toda esta calamidad fue el haberse quedado sin decir palabra. Y lo peor es que ni siquiera sabía cómo había sido.
—Bueno hermano. Vos te lo buscaste. Por terco... ¡Preparen! —los soldados hicieron chirriar las palancas de los 30—30, y con un ruido como de piedra de afilar, las armas quedaron con la carga lista.
El cerdo, al escuchar el ruido quiso salirse de allí. Jaloneó al soldado, y éste le dio un culatazo. El Vaquerizo hubiera querido que el cerdo se callara; le ponía nervioso el constante gemir del animal. Apretó el zapato que llevaba en la mano, y lo presionó contra el muslo como si quisiera enterrárselo. Estaba haciendo fuerza para que no le fueran a faltar los ánimos.
—¡Apunten! El Vaquerizo vio las bocas de las carabinas, y a través del grano de puntería el ojo bailón de cada soldado. Se abrió la camisa con la mano que tenía sujetándose los pantalones. —Eso de mostrar el pecho es lo que debe de hacerse cuando lo van a fusilar— pensó. Los pantalones se le cayeron hasta la mitad de las piernas, porque el Vaquerizo hundía el estómago, con el esfuerzo que hacía para no gritar.
Cerró los ojos hasta sentir que le dolían con la presión de los párpados y ,veía una gran esfera negra; le pareció que eso estaba bueno para irse acostumbrando con la muerte. El cerdo se puso a revolver la tierra con la trompa buscando algo qué comer.
—¡Fuego! —El Vaquerizo se dobló sin un grito; sin patalear ni revolcarse. Se quedó muerto sin hacer bulla. El cerdo chilló más que nunca; olía la muerte y se jaloneaba y el soldado tuvo que agarrar fuerte el cinturón para que no lo fuera a tirar.
—¿Le doy el de gracia?
—Ya pa qué. Quedó quieto ya...
—Qué fregado el Vaquerizo. No cualquiera ... aguanta la vacilada hasta el paredón. Siempre fue muy ingenioso pa los relajos. Bien que me acuerdo —dijo el teniente Cástulo Gonzaga, viendo al Vaquerizo con su zapato en la mano y el pecho crucificado con cuatro agujeros rojos. Se lo quedó mirando y movía la cabeza de lado a lado. Después ordenó la marcha de regreso. Todavía el cerdo iba chillando cuando volvió a decir:
—Se murió en su línea; en su mero relajo; era macho el Vaquerizo.
El joven Zaphod y un trabajo seguro - Douglas Adams
Una inmensa nave voladora se movía velozmente sobre la superficie de un mar asombrosamente bello. Desde media mañana había estado desplazándose hacia adelante y hacia atrás, describiendo grandes arcos cada vez más anchos, hasta que finalmente atrajo la atención de los isleños locales, gente pacífica y amante de los frutos de mar, que se reunieron en la playa, entre cerrando los ojos ante la cegadora luz solar, para tratar de ver qué pasaba.
Cualquier persona de conocimientos sofisticados, que hubiera viajado, que hubiera tenido alguna experiencia, probablemente habría observado cuán parecida era la nave a un archivero, a un enorme y recientemente robado archivero acostado de espaldas, con los cajones al viento y volando.
Por su parte, los isleños, cuya experiencia era de otra clase, quedaron impresionados al ver qué poco se parecía a una langosta marina.
Charlaban, excitados, acerca de su total ausencia de pinzas, su rígida espalda sin curvas, y sobre el hecho de que parecía tener grandísimas dificultades para mantenerse en el suelo. Esta última característica les parecía especialmente jocosa. Se pusieron a dar muchos saltos para demostrarle a esa estúpida cosa que ellos creían que permanecer en el suelo era lo más fácil del mundo.
Pero este entretenimiento pronto comenzó a perder la gracia. Después de todo, dado que tenían perfectamente en claro que la cosa no era una langosta, y dado que su mundo tenía la bendición de poseer en abundancia cosas que sí eran langostas (una buena media docena de las cuales se encontraba en este momento en suculenta marcha por la playa hacia ellos), no vieron más razones para seguir perdiendo el tiempo con la cosa y en su lugar decidieron organizar de inmediato un almuerzo tardío consistente en langostas.
En ese preciso momento, la nave se detuvo repentinamente en el aire, se puso vertical y se zambulló de cabeza en el océano, con un gran estrépito de espuma que obligó a los isleños a huir gritando hasta los árboles.
Cuando resurgieron, nerviosos, unos minutos después, lo único que pudieron ver fue un círculo de agua suavemente delineado y algunas burbujas gorgoteantes.
Qué raro, se dijeron el uno al otro entre bocado y bocado de la mejor langosta que se pueda comer en cualquier parte de la Galaxia Occidental, ya es la segunda vez que sucede lo mismo en un año.
La nave que no era una langosta buceó directamente hasta una profundidad de sesenta metros, y se detuvo allí, en el espeso azul, al tiempo que inmensas masas de agua ondulaban a su alrededor. Mucho más alto, donde el agua era mágicamente clara, una brillante formación de peces se alejó con un destello. Más abajo, donde a la luz le resultaba difícil llegar, el color del agua se perdía en un azul oscuro y salvaje.
Aquí, a sesenta metros, el sol alumbraba débilmente. Un enorme mamífero marino de piel satinada pasó perezosamente, inspeccionando la nave con una especie de interés a medias, como si hubiese estado esperando encontrarse con algo así, y luego se deslizó hacia arriba, alejándose rumbo a la luz rizada.
La nave esperó un minuto o dos, tomando lecturas, y luego descendió otros treinta metros. A esta profundidad, el panorama se estaba poniendo seriamente oscuro. Pasado un momento, las luces internas de la nave se apagaron, y en el segundo o dos que pasaron hasta que de repente se encendieron los reflectores exteriores, la única luz visible provino de un pequeño cartel rosado, vagamente iluminado, que decía Corporación Beeblebrox de Salvataje y Asuntos Realmente Disparatados.
Los enormes reflectores se movieron hacia abajo, iluminando un vasto cardumen de peces plateados, los cuales viraron y se alejaron en silencioso pánico.
En la tenebrosa sala de control, que se extendía describiendo un amplio arco en la proa sin punta de la nave, cuatro cabezas estaban reunidas alrededor de una pantalla de computadora que estaba analizando las debilísimas e intermitentes señales que emanaban de lo profundo del lecho marino.
- Ahí está - dijo finalmente el dueño de una de las cabezas.
- ¿Podemos estar totalmente seguros? - dijo el dueño de otra de las cabezas.
- Ciento por ciento seguros - replicó el dueño de la primera cabeza.
- ¿Están un ciento por ciento seguros de que la nave que se estrelló contra el fondo de este océano es la nave de la que ustedes dijeron estar un ciento por ciento seguros que con una seguridad del ciento por ciento nunca podría estrellarse? - dijo el dueño de las dos cabezas que quedaban -. Eh - dijo levantando dos de sus manos -. Sólo preguntaba.
Los dos funcionarios de la Administración de Seguridad y Reaseguro Civil respondieron a esto con una mirada muy fría, pero el hombre con el número de cabezas sin par, o más bien dicho par, no lo advirtió. Se recostó en el asiento del piloto, abrió dos cervezas -una para él y la otra también- , apoyó los pies sobre la consola y le dijo "Hola, nene" a un pez que pasaba del otro lado del ultracristal.
- Sr. Beeblebrox - comenzó el más bajo y menos tranquilizador de los dos funcionarios, en voz baja.
- ¿Sí? - dijo Zaphod, golpeteando una lata repentinamente vacía contra algunos de los instrumentos más sensibles ¿Listos para el chapuzón? Vamos.
- Sr. Beeblebrox, dejemos una cosa perfectamente en claro...
- Sí, hagámoslo - dijo Zaphod -. Qué tal esto para empezar: ¿por qué no me dicen lo que hay realmente en esa nave?
- Se lo hemos dicho - dijo el funcionario -. Subproductos.
Zaphod intercambió consigo mismo una cansada mirada.
- Subproductos - dijo - ¿Subproductos de qué?
- De procesos - dijo el funcionario.
- ¿Qué procesos?
- Procesos que son perfectamente seguros.
- ¡Santa Zarquana Voostra! - exclamaron a coro ambas cabezas de Zaphod -. ¡Tan seguros que tuvieron que construir una nave que es una maldita fortaleza para llevar esos subproductos hasta el agujero negro más cercano y arrojarlos allí! Sólo que no pudo llegar porque el piloto tomó un desvío... ¿estoy en lo correcto?... para recoger algunas ¿langostas...? Está bien, el tipo era muy simpático, pero... quiero decir, bastante peculiar, esto parece un chiste, esto es un almuerzo de proporciones exageradas, esto es un inodoro aproximándose a la masa crítica, esto es... esto es... ¡un fracaso total del vocabulario!
- ¡Cállate! - gritó su cabeza derecha a su cabeza izquierda -. ¡Estamos desvariando!
Para calmarse, aferró firmemente la lata de cerveza que quedaba.
- Oigan, muchachos - prosiguió, después de un momento de paz y contemplación. Los dos funcionarios no dijeron nada.
Conversar a este nivel era algo a lo que sentían que no podían aspirar
- Sólo quiero saber - insistió Zaphod - en qué me están metiendo.
Marcó con un dedo las lecturas intermitentes que discurrían en la pantalla de la computadora. No las entendía, pero no le gustaba para nada su aspecto.
Eran todas confusas, con montones de números largos y cosas así.
- Se está rompiendo ¿verdad? - gritó -. La bodega está llena de barras aoristas radiantes epsilónicas o algo por el estilo, que freirán todo este sector del espacio durante trillones de años, y se está rompiendo. ¿Es así la historia? ¿Es eso lo que vamos a bajar a buscar? ¿Voy a salir de esa ruina con más cabezas todavía?
- No hay posibilidad de que sea una ruina, Sr. Beeblebrox - insistió el funcionario -. Le garantizo que la nave es perfectamente segura. No es posible que se rompa.
- ¿Entonces por qué están tan interesados en ir a verla?
- Nos gusta ir a ver cosas que son perfectamente seguras.
- ¡Maldiiiciooooón!
- Sr. Beeblebrox - dijo el funcionario, con paciencia -, ¿me permite recordarle que tiene usted un trabajo que hacer?
- Sí, bueno, tal vez se me fueron de repente las ganas de hacerlo. ¿Qué creen que soy, uno de esos tipos que no tienen ninguna clase de no-sé-qué morales... cómo se dice... esas cosas morales...
- ¿Escrúpulos?
- ...escrúpulos, gracias, o lo que sea ¿Y bien?
Los dos funcionarios aguardaron con calma. Tosieron suavemente para ayudarse a pasar el tiempo.
Zaphod suspiró algo así como "adónde va a llegar el mundo" para autoabsolverse de toda la culpa y se hamacó en el asiento.
- ¿Nave? - llamó.
- ¿Eh? - dijo la nave.
- Haz lo que yo hago.
La nave lo pensó durante unos milisegundos y luego, después de verificar por partida doble todos los sellos de sus escotillas reforzadas, comenzó, lenta e inexorablemente, bajo el débil resplandor de sus propias luces, a hundirse en las más hondas profundidades.
Ciento cincuenta metros.
Trescientos.
Seiscientos.
Aquí, a una presión de casi setenta atmósferas, en las heladas profundidades donde no alcanza la luz, la naturaleza guarda su imaginería más extravagante. Dos pesadillas de treinta centímetros de largo relucieron desenfrenadamente bajo la blanca luz, bostezaron, y volvieron a esfumarse en la negrura.
Setecientos cincuenta metros.
Junto a los sombríos límites de los haces de luz de la nave, cosas secretas y culpables pasaban rápidamente con sus ojos al acecho.
Gradualmente, la topografía del distante lecho oceánico que se aproximaba se iba resolviendo con cada vez más claridad en las pantallas de las computadoras, hasta que por fin pudo adivinarse una forma separada que se distinguía de lo que la rodeaba.
Era como una enorme fortaleza cilíndrica torcida, que a partir de la mitad de su longitud se ensanchaba notablemente a fin de alojar el pesado ultrablindaje con el que estaban revestidas las cruciales bodegas de carga, cuyos constructores habían supuesto que convertían a esta nave en la más segura e inexpugnable jamás construida. Antes del lanzamiento, el material estructural de ese sector había sido apaleado, golpeado, barrenado y sujeto a todos los ataques que sus constructores sabían que podía soportar, con el objeto de demostrar que podía soportarlos.
En tenso silencio de la cabina de mando se agudizó de modo perceptible cuando quedó claro que era ese sector el que se había partido bastante prolijamente en dos.
- En realidad es perfectamente segura - dijo uno de los funcionarios -, está construida de modo tal que si la nave se rompe, no hay ninguna posibilidad de que las bodegas de carga se fisuren.
Mil ciento sesenta y cinco metros.
Cuatro Trajes Inteligentes Alta-Pres-A salieron lentamente por la escotilla abierta de la nave de salvataje y nadaron a través la cortina de luces hacia la monstruosa figura que se destacaba oscuramente contra la noche marina. Se movían con una especie de gracia torpe casi cercana a la ingravidez, aunque oprimidos por un mundo de agua. Con la cabeza de la derecha, Zaphod escudriñó las negras inmensidades que tenía encima y, por un momento, su mente emitió un silencioso rugido de horror.
Echó un vistazo a su izquierda y se alivió al ver que su otra cabeza estaba entretenida observando sin interés en el video del casco los pronósticos meteorológicos brockianos de UltraCricket. Algo detrás de él, hacia la izquierda, iban los dos funcionarios de la Administración de Seguridad y reaseguro Civil; algo delante de él, hacia la derecha, iba el traje vacío, llevando sus implementos y controlando el camino.
Pasaron por la enorme hendedura de la rota espalda de la Nave Bunker Billón de Años e iluminaron el interior con sus linternas. Maquinaria mutilada, entre escotillas de sesenta centímetros de espesor destrozadas y retorcidas. Ahora vivía allí una familia de grandes y transparentes anguilas que parecían gustar del sitio.
El traje vacío los precedió a o largo del lóbrego y gigantesco casco de la nave, probando las compuertas estancas. La tercera que revisó se abrió con dificultad. Se apiñaron en el interior y esperaron durante largos minutos mientras los mecanismos de bombeo se encargaban de la espantosa presión ejercida por el océano y la reemplazaban lentamente con una presión igualmente espantosa de aire y gases inertes.
Finalmente, la puerta interior se abrió y tuvieron acceso a un oscuro sector de bodegas exteriores de la Nave Bunker Billón de Años. Tuvieron que pasar varias puertas Titan-O-Hold de alta seguridad más, las cuales fueron abiertas una a una por los funcionarios, con una variedad de llaves quark.
Muy pronto estuvieron tan metidos dentro de los poderosos campos de seguridad que la recepción de los pronósticos de Ultra-Cricket comenzó a debilitarse y Zaphod tuvo que cambiar a una de las videoestaciones de rock, ya que no existía sitio al que éstas no pudieran llegar.
Se abrió la puerta final y emergieron en un gran espacio sepulcral. Zaphod apuntó la linterna hacia la pared opuesta e iluminó de lleno un rostro de ojos enloquecidos que gritaba.
El propio Zaphod lanzó un grito en quinta disminuida, se le cayó la linterna y se sentó pesadamente en el piso, o más bien en un cuerpo, que había estado allí tirado por unos seis meses sin ser perturbado y que reaccionó al hecho de que se le sentaran encima explotando con gran violencia. Zaphod se preguntó qué hacer al respecto, y luego de un breve pero turbulento debate decidió que lo más indicado sería desmayarse.
Reaccionó unos minutos después y fingió no saber quién era, dónde estaba o cómo había llegado allí, pero no pudo convencer a nadie. Después fingió que su memoria volvía de golpe y que la impresión causada le provocaba otro desmayo pero, muy a su pesar, el traje -por el que estaba comenzando a sentir un serio rechazo- lo ayudó a ponerse de pie, forzándolo a hacerse cargo del entorno.
El entorno estaba iluminado con luz leve y enfermiza, y era desagradable en varios aspectos, el más obvio de los cuales era la colorida distribución de partes del fallecido y lamentado Oficial de navegación de la nave en los pisos, paredes y techo, y muy especialmente en la mitad inferior de su traje, el de Zaphod.
El efecto era tan pasmosamente asqueroso que no volveremos a referirnos a él en ninguna parte de esta narración... salvo para dejar sentado que obligó a Zaphod a vomitar dentro del traje, el cual, consecuentemente, se quitó e intercambió, luego de realizar las modificaciones correspondientes en el alojamiento de la cabeza, con el traje vacío.
Por desgracia, el hedor del aire fétido de la nave, seguido por el panorama de su propio traje, que caminaba por ahí envuelto en intestinos en putrefacción, fue suficiente para hacerlo vomitar también en el otro traje, problema con el cual él y el traje tendrían que aprender a convivir.
Listo. Eso es todo. No hay más asquerosidades.
Por lo menos, no hay más de esa asquerosidad en particular.
El dueño del rostro que gritaba ahora se había calmado ligeramente y estaba balbuceando incoherencias dentro de un tanque con líquido amarillo: un tanque de suspensión de emergencia.
- Fue una locura - balbuceaba - , ¡una locura! Le dije que podíamos probar la langosta al volver, pero él estaba enloquecido. ¡Obsesionado! ¿Ustedes alguna vez se ponen así por las langostas? Porque yo no. Me parecen demasiado gomosas y resbaladizas para comer, y su sabor no es gran cosa, es decir, ¿tienen sabor? Prefiero infinitamente las ostras, y así se lo dije. ¡Oh, Zarquon, se lo dije!
Zaphod contemplaba esta extraordinaria aparición que se agitaba en su tanque. El sujeto tenía adosados toda clase de tubos de supervivencia y su voz salía por unos parlantes que provocaban ecos demenciales en toda la nave, retornando, fantasmales, desde profundos y distantes corredores.
- Ahí fue donde estuve mal - gritó el loco -. Dije realmente que prefería las ostras y él dijo que era porque nunca había probado una langosta en serio, como las que comían en el sitio de donde venían sus antepasados, que era aquí, y que me lo demostraría. Dijo que no había problema, dijo que por la langosta de aquí valía la pena todo el viaje, y ni qué hablar del pequeño desvío que tomaríamos para llegar aquí, y juró que podía controlar la nave en la atmósfera, pero fue una locura,
- ¡Una locura! - gritó, e hizo una pausa, moviendo los ojos de un lado a otro, como si la palabra hubiera despertado algo en su mente -. ¡La nave quedó fuera de control! Yo no podía creer lo que estábamos haciendo, nada más que para demostrar una afirmación sobre la langosta, que realmente es un alimento tan sobrestimado. Lamento mencionar tanto a la langosta. Trataré de evitarlo por un minuto, pero he estado tanto tiempo solo con mis pensamientos estos meses en el tanque... ¿pueden imaginarse lo que es encontrarse encerrado en una nave con los mismos tipos durante meses, comiendo basura mientras un sujeto habla todo el tiempo solamente de langostas, y luego pasarse seis meses flotando en un tanque, pensando en ello? Prometo que trataré de no hablar de langostas, en serio.
- Langostas, langostas, langostas... ¡basta! Creo que soy el único sobreviviente. Soy el único que logró llegar a un tanque de emergencia antes de caer. Envié una señal de auxilio y luego nos estrellamos. Es un desastre, ¿verdad? Un desastre total, y todo porque al tipo le gustaban las langostas. ¿Tiene sentido lo que estoy diciendo? Me resulta difícil darme cuenta.
Los miró, suplicante, y su mente pareció bajar lentamente a tierra firme como una hoja que cae. Pestañeó y los miró con expresión rara, como un mono estudiando un pez extraño. Toqueteó con curiosidad el cristal del tanque con sus dedos arrugados.
Unas pequeñas y espesas burbujas amarillas se escaparon por su nariz y su boca, quedaron brevemente atrapadas en el estropajo de sus cabellos y luego continuaron su errática marcha hacia arriba.
- Oh Zarquon, oh cielos - murmuró patéticamente para sí -. Me han encontrado. Me han rescatado...
- Bueno - dijo uno de los funcionarios rápidamente -, lo han encontrado, por lo menos.- Se dirigió hacia la computadora central que estaba en el medio de la cámara y comenzó a revisar rápidamente los circuitos de monitoreo principales de la nave buscando informes de averías -. Las bodegas de las barras aoristas están intactas - dijo.
- Santo cubil del dingo - gruñó Zaphod -, ¡hay barras aoristas a bordo...!
Las barras aoristas eran dispositivos empleados en una forma de producción de energía que ahora había sido felizmente abandonada. Cuando la búsqueda de nuevas fuentes de energía había llegado a un punto especialmente frenético, un brillante joven de pronto había localizado el único lugar que jamás había agotado sus disponibilidades energéticas: el pasado.
Y esa misma noche, con el repentino golpe de sangre a la cabeza que tienden a inducir tales ideas repentinas, había inventado un método de explotación, y en el lapso de un año enormes trechos del pasado ya estaban siendo drenados de toda su energía, sencillamente agotándose. Los que declamaron que había que dejar al pasado intacto fueron acusados de incurrir en una forma de sentimentalismo extremadamente onerosa.
El pasado proporcionaba una fuente de energía muy barata, abundante y limpia; siempre se podían montar algunas Reservas Naturales del Pasado, si alguien quería pagar por mantenerlas; en cuanto al reclamo de que drenar el pasado empobrecía el presente, bueno, tal vez así era, pero los efectos eran imposibles de medir y uno tenía que mantener el sentido de las proporciones.
Recién cuando se advirtió que el presente realmente estaba empobreciéndose y que la razón de esto era que los bastardos del futuro -holgazanes ladrones y egoístas- estaban haciendo exactamente lo mismo, todo el mundo se dio cuenta de que todas y cada una de las barras aoristas, y el terrible secreto de cómo se construían, debían ser completamente destruidas para siempre. Todos adujeron que era por el bien de sus abuelos y nietos, pero, desde luego, era por el bien de los nietos de sus abuelos y de los abuelos de sus nietos.
El funcionario de la Administración de Seguridad y Reaseguro Civil se encogió de hombros des preocupadamente.
- Son perfectamente seguras - dijo. Miró a Zaphod y de pronto dijo, con una franqueza poco característica -: Hay cosas peores que esas a bordo. O por lo menos - agregó, golpeteando una de las pantallas de la computadora -, espero que estén a bordo.
El otro funcionario lo atacó duramente.
- ¿Qué diablos piensas que estás diciendo? - le espetó.
El primero volvió a alzar los hombros. Dijo: - No importa. Que diga lo que quiera. Nadie le creería. Esa es la razón por la que escogimos usarlo a él en vez de hacer algo oficial, ¿verdad?
Cuanto más descabellada sea la historia que cuente, más parecerá que él es sólo un bohemio aventurero que está inventándola. Hasta puede contar que nosotros dijimos esto, y quedará como un paranoico. - Sonrió amablemente a Zaphod, que estaba hirviendo en su asqueroso traje -. Puede acompañarnos - le dijo - si lo desea.
- ¿Lo ve? - dijo el funcionario, examinando los sellos exteriores de ultra-titanio de la bodega de las barras aoristas -. Perfectamente a salvo, perfectamente seguro.
Dijo lo mismo al pasar por las bodegas que contenían armas químicas tan poderosas que una cucharadita podía infectar fatalmente todo un planeta.
Dijo lo mismo al pasar por las bodegas que contenían compuestos zeda- activos tan poderosos que una cucharadita podía volar todo un planeta.
Dijo lo mismo al pasar por las bodegas que contenían compuestos theta- activos tan poderosos que una cucharadita podía irradiar a todo un planeta.
- Me alegro de no ser un planeta - masculló Zaphod.
- No tiene nada que temer - aseguró el funcionario de la Administración de Seguridad y Reaseguro Civil -, los planetas son muy seguros. Siempre y cuando... - agregó, y luego hizo una pausa. Estaban aproximándose a la bodega más cercana al punto en que la espalda de la Nave Bunker Billón de Años estaba quebrada. Aquí el corredor estaba retorcido y deformado, y el piso tenía parches húmedos y pegajosos -. Ajá - dijo -. Ajá y doble ajá.
- ¿Qué hay en esta bodega? - exigió Zaphod.
- Subproductos - dijo el funcionario, cerrándose otra vez.
- ¿Subproductos... - insistió Zaphod con calma - de qué?
Ninguno de los funcionarios le contestó. En lugar de ello, examinaron la puerta de la bodega con mucho cuidado y vieron que sus sellos habían sido retorcidos y arrancados por la misma fuerza que había deformado todo el corredor. Uno de ellos tocó ligeramente la puerta. Se abrió de par en par con el contacto. Adentro estaba oscuro, con apenas un par de débiles luces amarillas al fondo.
- ¿De qué? - siseó Zaphod.
El funcionario líder miró al otro.
- Hay una cápsula de escape - dijo - que la tripulación debía usar para abandonar la nave antes de echarla en el agujero negro - dijo -. Creo que sería bueno saber que todavía está allí. - El otro funcionario asintió y se alejó sin decir palabra.
Con un ademán, el primer oficial indicó a Zaphod que entrara. Las grandes y débiles luces amarillas fosforecían a unos seis metros de distancia.
- El motivo - dijo, en voz baja - por el cual todas las cosas que hay en esta nave son, sigo manteniéndolo, seguras, es que realmente nadie está lo bastante loco para usarlas. Nadie. Al menos, nadie que estuviera así de loco podría jamás tener acceso a ellas. Cualquiera que sea tan loco o tan peligroso hace sonar alarmas muy profundas. La gente puede ser estúpida, pero no es tan estúpida.
- Subproductos - volvió a sisear Zaphod, y tenía que sisear para que no se oyera el temblor de su voz- de qué.
- Eh... Gente Diseñada.
"Se le otorgó a la Corporación Cibernética Sirio un enorme fondo de investigaciones para diseñar y producir personalidades sintéticas por encargo. Los resultados fueron uniformemente desastrosos. Toda la "gente" y las "personalidades" resultaron ser amalgamas de ciertas características que sencillamente no podían coexistir en formas de vida de ocurrencia natural. La mayoría eran unos pobres y patéticos inadaptados, pero algunos eran profundísimamente peligrosos. Peligrosos porque no hacían sonar la alarma en las demás personas. Podían atravesar situaciones igual que los fantasmas atraviesan paredes, porque nadie detectaba el peligro.
"Los más peligrosos de todos eran tres idénticos... los pusieron en esta bodega, para ser lanzados, junto con la nave, fuera de este universo. No son malvados, en realidad son bastante sencillos y encantadores.
Pero son las criaturas más peligrosas que alguna vez hayan vivido, porque no hay nada que no hagan si se les permite, ni nada que no pueda permitírseles hacer...
Zaphod miró las débiles luces, las dos débiles luces amarillas. Cuando sus ojos se fueron acostumbrando a la iluminación, vio que las dos luces enmarcaban un tercer espacio donde había algo roto. Unas manchas húmedas y pegajosas relucían opacamente en el suelo.
Zaphod y el funcionario caminaron con cautela hacia las luces. En ese momento, estallaron cuatro palabras del otro funcionario en sus comunicadores del casco.
- La cápsula no está - dijo sucintamente.
- Rastréala - respondió de inmediato el compañero de Zaphod -. Averigua con exactitud dónde ha ido. ¡Debemos saber dónde ha ido!
Zaphod abrió una enorme puerta deslizante de vidrio esmerilado. Detrás de ésta había un tanque lleno de líquido amarillo, y flotando dentro había un hombre, un hombre de apariencia amable, con muchas marcas de sonrisa en la cara. Parecía estar flotando con bastante resignación y sonriendo para sus adentros.
Otro sucinto mensaje llegó de pronto por el comunicador del casco. El planeta hacia el cual se había encaminado la cápsula de escape ya había sido identificado. Estaba en el Sector Galáctico ZZ9 Plural Z Alfa.
El hombre de apariencia amable del tanque parecía estar murmurando suavemente para sí, igual que lo había hecho el copiloto del otro tanque. Unas burbujitas amarillas adornaron como abalorios los labios del hombre. Zaphod encontró un pequeño parlante junto al tanque y lo encendió. Oyó que el hombre balbuceaba suavemente acerca de una brillante ciudad sobre una colina.
También oyó que el funcionario de la Administración de Seguridad y Reaseguro Civil impartía instrucciones para que el planeta ZZ9 Plural Z Alfa fuera puesto en condiciones "perfectamente seguras"