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Un viejo papel - Franz Kafka

Parecería como que hubiésemos descuidado la defensa de nuestra patria. Hasta ahora habíamos tenido buen cuidado de ello, pero los últimos acontecimientos nos dan que pensar. Tengo un local para arreglo de zapatos en la plaza del palacio imperial. No bien abro mi local al amanecer, ya se ve gente armada que custodia todas las bocacalles que dan a la plaza. Pero no son nuestros soldados; evidentemente son nómades que proceden del Norte. De una forma para mí incomprensible se abrieron paso hasta la capital, que está bien alejada de las fronteras. De todos modos están ahí. Cada mañana parece que fuesen más. De acuerdo con su manera de ser, acampan al aire libre, ya que abominan de las casas. Se ocupan en afilar sus espadas, en aguzar las flechas y en hacer ejercicios ecuestres. De esta plaza tranquila y cuya limpieza siempre se respetó han hecho una pocilga. Es cierto que a veces hacemos el esfuerzo de salir de nuestros negocios para limpiar por lo menos lo más grueso, pero lo hacemos po...

La cañada del principio - Eraclio Zepeda

  La cañada todavía estaba a obscuras. El sol que empezaba a nacer por los llanos de Tierra Colorada, aún no había podido entrar al fondo de estas peñas, todas quebradas con matorrales y pájaros. En el río, que pasa rebotando entre las piedras de abajo, todavía estaba la noche con sus luciérnagas. Los muchachos que andaban pasando por la última cresta del cerro, se llenaban los ojos con la enorme naranja que hacía el sol brotando de entre las nubes. Estaba amaneciendo; pero esto no se notaba en el fondo de esta cañada que le dicen del Principio. Los árboles enredaban las ramas unos en otros con la hamaca de los bejucos. Las urracas estaban ya volando. El grito plateado de las peas se colgaba de los panales y hacía zumbar los avisperos. El coronel fue distribuyendo los puestos. Los hombres escogían el hueco de una peña, o el tronco derribado de un árbol y algunos llegaban a trepar por una ceiba y acomodarse entre las ramas, con la carabina suspendida a las espaldas. —No vay...

El mudo - Eraclio Zepeda

     Cuando lo llegaron a sacar de la casa que le servía de calabozo, la madrugada estaba apareciendo. De un salto se incorporó del camastro al sentir la llegada de los cuatro soldados y del teniente Cástulo Gonzaga. Allí estaban ya.       La última noche había terminado y era el mero día. Recorrió con la vista a los soldados y hubiera querido que se desaparecieran y que todo quedara como un susto. Pero los cuatro hombres, con sus sombreros de palma, la carrillera chimuela de cartuchos y las recias carabinas seguían allí frente a él, listos para cumplirle lo ofrecido.       La noche anterior le habían dicho que se echara su último sueño porque a las seis de la mañana lo iban a fusilar. Así, pelón y de golpe se lo habían hecho saber.     Las caras de los soldados relumbraban en la penumbra del cuartucho. Parecía como si se hubieran untado manteca en los pómulos y en la barba. Tenían los ojos fijos y cansados, rojos, co...

El joven Zaphod y un trabajo seguro - Douglas Adams

  Una inmensa nave voladora se movía velozmente sobre la superficie de un mar asombrosamente bello. Desde media mañana había estado desplazándose hacia adelante y hacia atrás, describiendo grandes arcos cada vez más anchos, hasta que finalmente atrajo la atención de los isleños locales, gente pacífica y amante de los frutos de mar, que se reunieron en la playa, entre cerrando los ojos ante la cegadora luz solar, para tratar de ver qué pasaba. Cualquier persona de conocimientos sofisticados, que hubiera viajado, que hubiera tenido alguna experiencia, probablemente habría observado cuán parecida era la nave a un archivero, a un enorme y recientemente robado archivero acostado de espaldas, con los cajones al viento y volando. Por su parte, los isleños, cuya experiencia era de otra clase, quedaron impresionados al ver qué poco se parecía a una langosta marina. Charlaban, excitados, acerca de su total ausencia de pinzas, su rígida espalda sin curvas, y sobre el hecho de que parecí...