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Pisadas - Harlan Ellison

Para ella, la oscuridad nunca llegaba a la Ciudad de la Luz. Para ella, la noche era el tiempo de la vida, un tiempo lleno de momentos de luz más brillantes que todo el neón barato que mancillaba Champs Elysées.

Como no había llegado nunca a Londres, ni a Bucarest, ni a Estocolmo, ni a ninguna de las quince ciudades que había visitado en sus vacaciones. Su gira de gourmet por las capitales de Europa.

Pero la noche había llegado frecuentemente a Los Ángeles.

Precipitando su huida, obligando a la precaución, produciendo dolor y hambre, una terrible hambre que no podía ser saciada, un dolor que no podía ser arrancado de su cuerpo. Los Ángeles se había vuelto peligrosa. Demasiado peligrosa para uno de los hijos de la noche.

Pero Los Ángeles había quedado atrás, y todos los titulares de los periódicos acerca del carnicero loco, acerca del destripador, acerca de las terribles muertes. Todo quedaba atrás... y también Londres, Bucarest, Estocolmo, y una docena de otros pastos. Quince maravillosos salones de banquete.

Ahora estaba en París por primera vez, y la noche se acercaba, con toda su luz y toda su promesa.

En el Hotel des Saints Peres se bañó meticulosamente, tomándose el tiempo que siempre se tomaba antes de salir a cenar, antes de salir en busca de la pasión.

Se había quedado sorprendida al descubrir que los hoteles en Francia no proporcionaban manoplas de baño. Al principio pensó que la doncella había olvidado dejar la suya en la habitación, pero cuando llamó a la recepción, la chica que respondió al teléfono no pudo comprender de qué le estaba hablando. 

El inglés de la recepcionista no era bueno, y el francés era casi incomprensible para Claire. Claire hablaba muy bien en Los Angeles, pero eso no le servía de nada en París. Era una suerte que el idioma no fuera también una barrera para Claire cuando se trataba de encargar su comida. Para ello no tenía ningún problema en absoluto.

Durante diez minutos estuvieron lanzándose mutuamente sonidos incomprensibles, hasta que la recepcionista comprendió por fin lo que le pedía.

—¡Ah! Oui, mademoiselle —dijo la recepcionista—. ¡Le gant de toilette!

Instantáneamente, Claire supo que había dado en el clavo.

—Sí, eso es.... Oui. Gant..., gant lo que sea... Oui. Una manopla de baño.

Después de otros diez minutos comprendió que los franceses pensaban que la manopla con la que uno se lavaba el cuerpo era algo demasiado personal como para dejarlo en una habitación de hotel, que los franceses llevaban consigo sus propios gants de toilette cuando viajaban.

Se sintió sorprendida. Y ligeramente complacida. Aquello era indicio de una distinta forma de vivir que prometía nuevos sabores, nuevas sensaciones, posiblemente nuevas cimas en el amor. Pensó en transportes de éxtasis. En la noche. A la brillante luz de la oscuridad.

Se entretuvo largo tiempo en el baño, utilizando el teléfono de la ducha para lavar a conciencia su largo cabello rubio. La extremadamente caliente agua del baño por toda la parte inferior de su cuerpo, entre sus muslos, la cascada de agua caliente cayendo a chorro sobre ella, alivió la tensión del vuelo desde Zurich, eliminó los primeros signos de claustrofobia de los aviones que había estado insinuándose en ella desde Londres. Se tendió en la bañera y dejó que el agua fluyera sobre su cuerpo. Renacimiento. Rejuvenecimiento.

Y se sentía ferozmente hambrienta.

Pero París es conocida mundialmente por su cocina.

Se sentó en la terraza de Les Deux Magots, el café del Boulevard St. Germain donde Boris Vían, Sartre y Simone de Beauvoir se sentaban en los años cuarenta y cincuenta para elaborar sus pensamientos y a veces escribir sus palabras de soledad existencialista. Permanecían allí, bebiendo Pastis o Pernod, y se sentían llenos de una sensación de unidad entre la humanidad y el universo. 

Claire se sentó y pensó en su inminente unidad con una parte selecta de la humanidad... Y el universo no le preocupaba. Para los hijos de la noche, la soledad había nacido con la carne, se asentaba en la médula de los huesos, fluía con la sangre. Para ella, la idea de la soledad existencial no era una teoría abstracta, era su forma de vida. Desde su primer momento de consciencia.

Se había vestido para impresionar. Aquella noche con el vestido de seda azul celeste, con un escote muy abierto. Se sentó en la primera fila, de cara a la acera, las piernas cruzadas, un simple vaso de Perrier avec citrón ante ella. No había ordenado pâté o terrine: nunca hay que contaminar el paladar antes de dedicarse a una comida de gourmet. Había evitado picar durante todo el día, manteniéndose firmemente en la temblorosa frontera del hambre.

Y el festín movedizo pasó ante ella.

Tendría unos cuarenta y pocos años, de aspecto grueso, y se mantenía tan erecto como el mariscal Foch en el libro de historia de Francia que había comprado. Aquel hombre llevaba un traje gris, cruzado, de línea pomposa para disimular el hecho de que la calidad no era demasiado buena.

El hombre —en quien Claire pensaba ahora como el mariscal Foch— pasó caminando ante ella, captó un destello de nilón cuando ella cruzó las piernas en su honor, lanzó una mirada de reojo, se encontró con sus ojos verdes y tropezó contra una vieja con un cesto de mimbre lleno de verduras y pan. Durante un momento pareció como si bailaran intentando esquivarse el uno al otro, hasta que la vieja le apartó bruscamente con el codo, murmurando una obscenidad para sí misma.

Claire se echó a reír alegre, cálida y cautivadoramente.

El mariscal Foch pareció turbado.

—Las viejas siempre tienen codos afilados —le dijo al hombre—. En casa se los afilan cada día con piedra pómez.

El se la quedó mirando, y la expresión que pasó por su rostro la convenció de que lo había atrapado.

—¿Habla usted mi idioma?

El se tomó un buen rato para cambiar sus engranajes lingüísticos y dio un paso hacia ella. Asintió.

—Sí, en efecto. Lo hablo.

Su voz era profunda, pero mesurada: la voz de un hombre que miraba la acera cuando caminaba para asegurarse de que no se ensuciaría los zapatos con excrementos de perros.

—Lamento no hablar francés —dijo ella, e inspiró profundamente de modo que el vestido azul celeste se entreabriera sobre su seno.

Asegurándose de que el gesto no había pasado inadvertido al hombre, dejó que una pálida y fina mano se deslizara hacia sus pechos como pidiendo disculpas. Él siguió el movimiento con entrecerrados ojos. Atrapado. Oh, sí, atrapado.

—¿Es usted norteamericana?

—Sí. De Los Ángeles. ¿Ha estado usted allí?

—Sí, por supuesto. He estado varias veces en América. Asuntos de trabajo.

—¿A qué se dedica?

Él permanecía de pie ante la mesa, el maletín colgando de su mano izquierda, el pecho hinchado para ocultar la blanda opulencia que la gravedad y los años habían puesto sobre su estómago.

—¿Puedo sentarme?

—Oh, sí, por supuesto. No faltaría más. Siéntese, por favor.

Él apartó la silla metálica que había junto a ella, colocó el maletín debajo y se sentó. Cruzó sus piernas con mucho cuidado, como si realmente fuera el mariscal Foch, asegurándose de que las rayas de sus pantalones estaban rectas. Metió su estómago y dijo:

—Comercio con obras de arte. Excelentes trabajos de nuevos pintores, artistas gráficos... Viajo mucho por el mundo.

No a pie, pensó Claire. En 747, en el Trans Europ Express, en barcos elegantes que sólo llevan a una docena de gordos pasajeros como carga. No a pie. No tienes ni un centímetro correoso en tu suculento cuerpo, mariscal Foch.

—Eso parece maravilloso —dijo Claire.

Entusiasmo. Vino embriagador. Puertas abriéndose. Invitaciones en recio papel pergamino con elegantes letras en relieve. Y como siempre, desde el amanecer del mundo..., arañas y moscas.

—Oh, sí, creo que sí —dijo él, sonriendo orgullosamente.

No dijo creo, sino que pronunció cgeo.

Ella le miró. Él se hundió y se hundió en las verdes aguas de sus fríos ojos.

La invitó a una copa, ella le dijo que ya estaba tomando algo, él le ofreció otro tipo de copa, algo más fuerte. Pero ella dijo que no, que ya estaba bebiendo, gracias. Así le daba a entender bien claro que no era una prostituta. Siempre ocurría lo mismo, en cualquier gran ciudad. Bebidas fuertes.

Confiaba en que él no oyera los gruñidos de su estómago.

—¿Ha cenado usted ya? —preguntó ella.

Él no respondió inmediatamente.

Ah, tienes una esposa e hijos esperándote, aguardándote para empegar a cenar. Quizá en Neuilly. Eso está bien, sucio hombrecito maduro.

Entonces él dijo:

—Oh, no. Pero tengo que hacer una llamada telefónica para anular una cita de negocios. ¿Le importaría cenar conmigo?

—Me encantaría —dijo ella, mostrándole con un estudiado giro de su cabeza el ángulo preciso que realzaba sus excelentes pómulos.

Antes de acabar su frase, él ya se había levantado de su silla y se dirigía a las cabines téléphoniques.

Ella permaneció sentada, sorbiendo su Perrier y aguardando a que regresara su cena.

Ha sido rápido, pensó al ver que él regresaba apresuradamente. Déjame adivinar lo que has dicho, querido: ha surgido algo importante... Un comprador de la cadena Doubleday en América está interesado en las reproducciones de Kawaierowicz y Meynard... Ya sabes que odio tener que quedarme en la ciudad hasta tan tarde, pero es preciso... Oh, no, Francoise, no seas así... Di a los niños que les traeré una tarta... ¡Basta, basta! Debo quedarme... Vendré tan pronto como sea posible; cenad sin mí. No pienso... discutir contigo... Adiós. Au revoir, salut, à bientôt... Dame una oportunidad, ¿quieres? Deseo sentirme saciada... Quiero oírtelo decir ahora, mi querido mariscal Foch.

Y pensó algo más: Espero que no te guarden la cena caliente.

El le sonrió, pero los rasgos de su rostro estaban tensos. No es fácil para un rostro disimular la tensión. Pero intentó valientemente no mostrar el efecto de la llamada telefónica.

—¿Nos vamos?

Ella se puso lentamente en pie, dejando que las dos partes de su falda se unieran del modo más artístico, y la sonrisa de su rostro se hizo más tentadora. Oh, sí: atrapado.

Empezaron a caminar. Ella ya había dado un paseo por la zona. Prepárate, que suena la marcha de las chicas exploradoras.

Le condujo hacia la Rue St. Benoit, creyendo que allí podría cenar sin atraer a una multitud. Pero aún era demasiado pronto. La vida nocturna de París florece por las calles hasta bastante después de las dos de la madrugada, y cenar al fresco era casi imposible. A Claire nunca le había gustado comer a gran velocidad.

Había dos restaurantes al final de la Rué St. Benoit, y él sugirió cualquiera de los dos. Ella negó encantadoramente con la cabeza y dijo:

—¿Por qué no paseamos un poco más? Me gustaría algo más... romántico.

Él no discutió. Siguieron bajando por la Rue St. Benoit.

A la izquierda, hacia la Rué Jacob. Demasiado concurrida.

A la derecha, hacia la Rue des Saints Pères. También demasiado concurrida. Pero, directamente al frente, el río. El oscuro Sena, al anochecer.

—¿Podemos ir hasta el río?

Él pareció confuso.

—Deseas cenar, ¿verdad?

—Oh, claro. Por supuesto. Pero primero caminemos un poco junto al río. Es tan hermoso, tan encantador por la noche, y ésta es la primera vez que vengo a París. Es tan romántico...

Él no discutió.

A su derecha, la enorme masa de un gran edificio estaba sumida en la oscuridad. Ella lo miró, y más allá, hacia el cielo donde la luna llena brillaba como un mensaje de advertencia.

Cenar bajo la luna llena era siempre delicioso.

—Este edificio es L'École des Beaux-Arts —dijo él—. Muy famosa.

Pronunció fau-mosa. Ella se rió.

Oscuridad. Siempre luz. La dulce luna llena cruzando los cielos. Una cena cálida aguardando. Y allí estaba, un puente cruzando el negro río. Y una escaleras bajando hacia la orilla. Ah.

—Le Pont Royal —dijo el mariscal Foch, señalando el puente—. Muy fau-moso.

Cruzaron, y ella le condujo hacia abajo, por las escaleras. En la orilla, dos metros por encima del lánguido Sena, ella se volvió y miró a derecha e izquierda. Entonces se reclinó contra él, se puso de puntillas y le besó. Él hundió su estómago, pero no era para ocultar su rotundidad. Ella lo tomó de la mano y le condujo hacia el Pont Royal.

—Bajo el puente —dijo.

El sonido de la respiración de él.

El sonido de los tacones altos de ella en las antiguas piedras.

El sonido de la ciudad sobre ellos.

El sonido de la luna llena brillando dorada y haciéndose grande en el cielo.

Y allí, bajo el puente, envueltos en oscuridad, ella se reclinó de nuevo contra él, cogió su gruesa cabeza entre sus finas y pálidas manos, apoyó su boca contra la de él y dejó que su dulce aroma lo impregnara. Lo besó durante un largo rato, mordiéndole los labios con sus dientes, y él lanzó un ahogado sonido, como un pequeño animal al ser estrujado. Pero ella iba por delante de él: su pasión ya se había despertado.

Y Claire se esfumó para ser reemplazada por algo distinto.

Un hijo de la noche.

Hijo de la soledad.

Con la última parpadeante conciencia de su evanescente humanidad, ella percibió el instante de saber que estaba en un abrazo amoroso con alguien distinto, el hijo de la noche.

Fue el instante en que cambió.

Pero ese instante fue demasiado corto para que él pudiera liberarse. Ahora la espina dorsal de ella se había curvado, ahora su boca se había llenado de colmillos, ahora habían crecido las garras, ahora el cuerpo bajo el vestido azul celeste se había llenado de pelaje, ahora le atraía debajo de ella, ahora ella estaba encima de él, ahora las garras desgarraban el traje gris y la carne de él, ahora una renegrida garra abría un tajo en la garganta de él para que no pudiera gritar. Ahora había llegado la hora de la cena.

Tenía que hacerse de manera cuidadosa y rápida.

El estaba en plena erección, su pene hinchado con estática lujuria. Ahora ella le tenía desnudo y ella estaba sobre él, acuclillándose sobre él, y él entró en ella mientras su vida se le escapaba a borbotones. Ella cabalgó, agitándose y sudando, mientras la boca de él trabajaba futilmente y sus ojos se desorbitaban y brillaban a la luz de la luna.

El orgasmo de ella fue acompañado por un aullido que ascendió por encima del Sena y se perdió en el cielo nocturno sobre París, hasta que la dominante luna se lo tragó y brilló un poco más intensamente con la pasión.

Abajo, en la oscuridad, satisfecha su pasión, ella cenó elegantemente.

La comida en Berlín había sido demasiado fibrosa; en Bucarest la sangre era demasiado fluida y no consiguió realzar el sabor; en Estocolmo la cena era demasiado insípida; en Londres demasiado correosa; en Zurich fue tan grasa que la puso enferma. Nada comparable con las excelencias de Los Ángeles.

Nada era comparable con la comida de casa... hasta París.

Los franceses eran justamente famosos por su cuisine.

De modo que salió a cenar cada noche.

Fue una excelente semana su primera semana en París. Un elegante hombre maduro con bigote blanco engominado, que hablaba militarmente, incluso al final. La peluquera de una tienda elegante, que llevaba una especie de mono de color púrpura fluorescente y botas de cowboy, del color rojo de la manzana al caramelo. Un estudiante de Westfield, Nueva York, que estudiaba en la Sorbona y que no paraba de decir que estaba enamorado de ella, hasta el final en que no dijo nada. Y otros. Unos cuantos otros. Empezó a temer que su línea se echara a perder.

Y de nuevo era sábado. Samedi.

Había sentido deseos de bailar. Era una buena bailarina. Todos los ritmos adecuados para el momento adecuado. Uno de sus menús le había indicado que la bôite más interesante en aquel momento era una especie de bar-restaurante combinado con una discoteca: Les Bains-Douches, que podía traducirse como «los baños y duchas», puesto que había sido una casa de baños y duchas desde el siglo XIX.

De modo que se dirigió a la Rué du Bourg l'Abbé y se quedó de pie ante el enorme cristal de la pesada puerta. Un hombre y una mujer estaban detrás del cristal, seleccionando a quienes podían entrar de quienes no podían. En París, cuanto más tiempo se le mantiene a uno fuera del club, más deseos siente de entrar.

El hombre y la mujer la miraron, y ambos alargaron la mano para abrir la puerta. Claire sabía cuál era su aspecto: su atractivo era evidente tanto para los hombres como para las mujeres. En ningún momento se había preocupado por la posibilidad de que no la admitieran. Entró.

Ahora, a su alrededor, la excitación, el color y la carne joven y fuerte de París se movía con majestuosa pasión, como plantas subacuáticas.

Bailó un poco, bebió un poco, y aguardó.

Pero no mucho tiempo.

Llevaba una camiseta muy ajustada, con la inscripción 1977 NCAA Soccer Champions. Pero no era norteamericano ni inglés. Era francés, y sus téjanos, como su camiseta, eran muy ajustados. Llevaba botas de motorista, con pequeñas cadenas cruzando la puntera. Su pelo era largo y oscilaba descuidadamente sobre sus hombros, pero no tenía los ojos oscuros de un punk. Sus ojos eran agudos y azules, demasiado inteligentes para el rostro en el cual estaban insertos. Bajó la vista hacia ella.

Por algunos momentos ella no se dio cuenta de que él estaba allí de pie, mirándola, pese a que se hallaba frente a su mesa. Ella estaba pendiente de una elegante pareja que daba vueltas en el extremo más alejado de la pista de baile, y él se mantuvo allí de pie, inmóvil, observándola sin interferencias.

Pero cuando ella alzó la mirada y él no apartó la suya, cuando los ojos de él no se entrecerraron ni se puso nervioso cuando ella volcó toda la fuerza de su personalidad sobre él, ella supo que aquella noche era probable que gozara de la mejor cena que hubiera disfrutado nunca.

Su nombre era Patrick y era un buen bailarín. Bailaron cómodamente juntos, y él la sujetó contra sí con más fuerza de lo que ningún desconocido había tenido nunca el derecho a hacer. Ella sonrió ante aquel pensamiento, porque no serían desconocidos por mucho rato. Pronto, si la noche se llenaba de luz, serían muy íntimos. Eternamente íntimos.

Y cuando abandonaron el club, él sugirió su apartamento en Le Marais.

Cruzaron el río hasta la parte vieja de la ciudad, ahora muy de moda. Él vivía en un ático, pero no era rico. Se lo dijo claramente. Ella lo encontró encantador.

Allí, él encendió una suave luz azul y otra que estaba alojada en la pared, detrás de una larga jardinera cromada y repleta de carnosas y saludables plantas.

Él se volvió hacia ella y ella adelantó sus brazos para tomar la cabeza de él entre sus manos. Él también alzó sus brazos y detuvo las manos de ella. Sonrió y dijo, en un francés que ella pudo comprender:

—¿Quieres comer algo?

Ella sonrió. Sí, estaba hambrienta.

Él se dirigió a la cocina y regresó con una bandeja de zanahorias, espárragos, remolachas y rábanos.

Se sentaron y hablaron. Habló él la mayor parte del tiempo, en un francés que no presentaba ninguna dificultad para ella. Podía comprenderlo. Él hablaba tan rápido y de una forma tan compleja como cualquier otro francés, pero cuando los otros le hablaban, en el hotel, en la calle, en la discoteca, era un galimatías; en cambio, cuando él hablaba le comprendía perfectamente. Al cabo de un momento dejó de preocuparse por ello y, simplemente, le dejó hablar.

Y cuando se inclinó hacia él, finalmente, para besarle en la boca, él adelantó su brazo, puso la mano bajo su largo cabello rubio, le sujetó la nuca, y atrajo su rostro hacia el suyo.

A través de la ventana, ella podía ver la luna menguante. Sonrió débilmente en pleno beso: no precisaba la luna llena. Nunca la había necesitado. En eso era donde se equivocaban las leyendas. Pero las leyendas eran correctas en cuanto a las balas de plata. La plata en cualquiera de sus formas... Ahí residía la razón por la cual un vampiro no se reflejaba en los espejos. (Excepto que ésa era otra leyenda. No había vampiros. Únicamente hijos de la noche que habían sido mal observados.) 

Debido a que Jesús fue traicionado por Judas por treinta monedas de plata, aquel metal se había convertido en un elemento ligado al mal, y por ello, desde entonces, investido con el poder de alejar el mal: no era el espejo el que no arrojaba el reflejo de los hijos de la noche, sino la capa plateada que llevaba detrás del cristal. Claire podía verse en un espejo de acero pulido o de aluminio, podía bañarse en el rio y ver su reflejo. Pero nunca en un espejo con dorso plateado...

Como el que había sobre la chimenea, justo delante del sofá donde estaba sentada con Patrick.

Un frisson de advertencia la recorrió.

Abrió los ojos. Él estaba mirando más allá de ella.

Al espejo.

Donde él permanecía sentado, abrazando la nada.

Y Claire empezó a levantarse, para ser reemplazada por el hijo de la noche.

Veloz. Se movió a gran velocidad.

El lomo curvándose, el pelaje enmarañándose, los dientes creciendo, los dientes afilándose, las garras surgiendo. Y su mano que ya no era una mano se alzó mientras le empujaba, apartándolo de ella, y rasgaba su garganta con una garra que era como una navaja.

La garganta del hombre se abrió.

Y la savia verde fluyó. Por un momento. Luego la herida se cerró mágicamente, sus labios volvieron a unirse y formaron la línea blanca de una cicatriz, que luego también se desvaneció.

Él la miró mientras ella contemplaba la cicatriz curándose.

Por primera vez en su vida, Claire tuvo miedo.

—¿Te gustaría que pusiera un poco de música? —preguntó él.

Pero no habló. Su boca no se había movido.

Y ella comprendió entonces por qué su francés no había resultado incomprensible para ella. El le hablaba desde el interior de su cabeza, sin sonidos.

No pudo responder.

—Si no quieres música, quizá te apetezca algo de comer —dijo él, y sonrió.

Las manos de ella se movieron de una forma vaga, sin propósito. Miedo y una total confusión la dominaban. Él pareció comprender.

—Este es un mundo muy extenso —dijo—. El espíritu se mueve por muchos caminos, de muchas formas. Tú crees que estás sola, y realmente lo estás. Hay muchos como nosotros, uno de cada uno, el último de nuestra especie quizá, y cada uno está solo. La niebla se aparta y el niño emerge, y al cabo de un tiempo el viejo muere, dejando al último de los niños huérfano de madre y padre.

Ella no tenía ni idea de lo que él estaba diciendo. Siempre había sabido que estaba sola. Así eran las cosas. No el estúpido concepto de soledad de Sartre o de Camus, sino sola, absolutamente sola en un universo que la mataría si supiera de su existencia.

—Sí —dijo él—, y es por eso que tengo que hacer algo contigo. Si eres la última de tu especie, entonces esta vida de riesgos, únicamente para satisfacer tus necesidades, debe terminar.

—¿Vas a matarme? Entonces hazlo rápido. Siempre he sabido que eso podía ocurrir. Sencillamente, hazlo rápido, extraño hijo de puta.

Él había leído sus pensamientos.

—No seas estúpida. Sé que es difícil no volverse paranoide, que toda tu vida has estado programando eso en tu interior. Pero no seas estúpida si puedes. No hay posibilidades de supervivencia en la estupidez, por eso han desaparecido tantos de los últimos de tu especie.

—¿Qué cosa eres tú? —quiso saber ella.

Él sonrió y le ofreció la bandeja de vegetales.

—¡Eres una zanahoria! ¡Una maldita zanahoria! —gritó ella.

—En absoluto —dijo la voz en su cabeza—. Pero soy de una madre y de un padre distintos a los tuyos; de una madre y un padre distintos a cualquiera de los que hay ahí afuera, en las calles de París, esta noche. Y ninguno de nosotros dos morirá.

—¿Por qué deseas protegerme?

—Los últimos salvan a los últimos. Es muy sencillo.

—¿Para qué? ¿Para qué me protegerás?

—Para ti misma... Para mí...

Él empezó a quitarse las ropas. Ahora, a la azulada luz, ella pudo ver que era muy pálido, sin el color que el maquillaje facial había puesto en su rostro; pero tampoco era blanco. Quizá hubiera un ligero tono verde surgiendo débilmente bajo la firme y dura piel.

En todos los demás aspectos era humano, y soberbiamente constituido. Ella sintió que su propio cuerpo respondía a aquella desnudez.

Él avanzó hacia ella, y con cuidado, lentamente —porque ella no se resistió—, le fue quitando las ropas. Ella se dio cuenta de que de nuevo era Claire, no el velludo hijo de la noche. ¿Cuándo había vuelto a cambiar?

Todo estaba ocurriendo sin su control.

Desde hacía muchísimo tiempo, cuando se encontró abandonada a sus propios recursos, siempre lo había controlado todo: su vida, la de aquellos a quienes encontraba, su destino... Pero ahora estaba indefensa, y no le importaba obtener o no el control de él. El miedo había huido de ella, y algo mucho más rápido lo había reemplazado.

Cuando ambos estuvieron desnudos, él la tendió en la moqueta y empezó a hacerle el amor, lenta y cuidadosamente. En la jardinera llena de plantas que había sobre ellos, Claire creyó detectar el movimiento de aquellas nutritivas cosas verdes estremeciéndose ligeramente, inclinándose hacia ellos y hacía la energía que difundían mientras se sumían al unísono en un espasmo ritual y a la vez completamente nuevo, pues la suya era la unión de lo no familiar, aunque fuera tan antigua como la luna.

Y cuando la sombra de la pasión se cerró en tomo a ella, Claire le oyó susurrar:

—Hay muchas cosas para comer...

Por primera vez en su vida, ella no pudo oír el eco de las pisadas siguiéndola.

La sombra de la guillotina - Washington Irving

Cuando la claridad del día siguió su camino hacia el oeste, dejando al Sol oculto tras oscuros nubarrones, París se sumió en una negra y fría noche de invierno. La lluvia comenzó a caer, como si hubiera estado aguardando la llegada de las tinieblas. Un viento helado, salido tal vez de las entrañas del Polo, ayudó a barrer de almas y cuerpos las calles de la ciudad. Al filo de la medianoche, una sombra se dirigió, calado el hongo hasta las orejas y envuelta en fusca y amplia capa, a la única casa que aún mantenía una tenue luz encendida en la sórdida calle.

El solitario viandante empujó la chirriante puerta de madera que tenía ante sí y penetró en el local. Se trataba de una mugrienta taberna de ennegrecidas e inexpresivas paredes, cuyo único y discordante adorno eran unas raídas y no menos mugrosas escarapelas tricolores de la todavía incipiente Revolución. El recién llegado denotaba un cierto aire de distinción, era alto y flaco, y su mirada parecía la de alguien que ha contemplado los mayores horrores del mundo, pues sus ojos aparecían negros y penetrantes. Atravesó la solitaria estancia, muy decidido y, dirigiéndose al bodeguero, pidió un doble de coñac.

Su momentáneo interlocutor cumplió el encargo. Pero éste, un personaje grueso, bajo, de nariz colorada, mirada bonachona y delantal sucio trató de mantener una conversación, pues seguramente estaba atendiendo al último cliente de la noche:

–Mala hora para andar por estas calles. A no ser que vengáis de algún sitio cercano. Supongo que os habréis puesto perdido de agua.

El desconocido, tras beber un largo trago de licor, contestó:

–Vuelvo del edificio solitario que se encuentra al final de esta calle.

El otro le contempló asombrado.

–Pero, eso es...

–Sí, ¡el manicomio! –añadió el cliente, sonriendo al comprobar el efecto que causaban sus palabras–. No tema. Estoy todavía muy lejos de que se me pueda considerar un huésped de ese lugar. Simplemente, soy un visitante.

Más tranquilo, el tabernero siguió hablando:

–Entonces, señor, a no ser que tengáis un familiar recluido, no veo que os ha llevado a ir allí una noche tan desapacible como ésta.

–¿Qué puede usted saber, amigo mío, de los ocultos motivos que conducen a los hombres a la casa de los locos? Aunque tal vez, si le cuento el horror que he padecido esta tarde en una de sus gavias, es posible que llegue a comprender las razones que tanto le extrañan. Soy médico. De esos que remueven el interior de los cadáveres intentando descubrir de qué modo suplantaron el papel de un vivo. Esta mañana ha fallecido un paciente, un joven. Mientras examinaba sus vísceras, me han contado su historia.

* * *

Se trataba de un estudiante, creo que alemán o austríaco, llamado Gottfried Wolfgang, que llevaba cierto tiempo residiendo en París. Según he sabido, al mismo tiempo que cursaba sus estudios en una universidad germana, la de Notinga, inició el aprendizaje y la práctica de ciertas ciencias esotéricas. Al principio todo parecía indicar que se trataba de una mera distracción. Pero, muy pronto, su carácter impresionable venció a su sentido común y empezó a ver visiones. 

Creía que se hallaba rodeado de espíritus malignos que pretendían apoderarse de su alma para conducirle con ellos a las cámaras de tortura de sus infernales moradas. Como fruto de sus inquietantes alucinaciones, su salud comenzó a decaer peligrosamente. Sin embargo, lejos de rehuir el contacto con tan peligrosas enseñanzas, siguió tratando de ampliar el campo de sus conocimientos. Durante el día, se encerraba en extrañas y ponzoñosas bibliotecas, consultando viejos libros de brujería, y por la noche, aterrorizado, se recluía en su habitación.

Cuando sus padres descubrieron el progresivo desvarío que amenazaba al joven, decidieron enviarle a una ciudad donde reinase la alegría y la diversión. De esta manera, fechas después, Gottfried llegó a París. Pero su presencia coincidió con los albores de la Revolución. El delirio popular sedujo enseguida su espíritu emotivo, y las teorías políticas y filosóficas de la época le entusiasmaron.

Sin embargo, las sangrientas escenas que se desarrollaron a continuación hirieron su sensibilidad, le desilusionaron de la sociedad y del mundo, y le animaron, más que nunca, a hacer una vida de recluso. Se retiró a una habitación solitaria del Barrio Latino, paraíso de los estudiantes. Y allí, en una calle sombría, cerca de los austeros muros de La Sorbona, continuó sus especulaciones favoritas. Pasaba jornadas enteras en las grandes bibliotecas parisinas, esos panteones de autores difuntos, hojeando los viejos mamotretos polvorientos, a fin de satisfacer su morboso apetito. Era como una especie de vampiro literario, que se alimentaba de textos muertos.

A pesar de la soledad y la reclusión, Wolfgang mantenía un ardiente temperamento, cuyo fuego estuvo atizando durante mucho tiempo con la imaginación. Era demasiado tímido e ignorante de las cosas de este mundo para tener éxito entre las mujeres. Pero sentía una gran admiración por la belleza femenina y, muy a menudo, pensaba en las figuras y rostros que había visto en la calle, y su imaginación los revestía de perfecciones y encantos que sobrepasaban a la realidad.

Cuando su espíritu se exaltaba de tal suerte, le dominaba una visión que le producía unos efectos extraordinarios. Se le aparecía un rostro femenino de belleza trascendental, y la impresión que le desencadenaba era tan honda que a duras penas podía rehacerse. Aquel rostro llenaba sus pensamientos de día y sus sueños durante la noche. Y llegó a enamorarse perdidamente de aquella mujer soñada. Su pasión se convirtió en una de esas ideas fijas, que se adueñan de los espíritus melancólicos y que, a veces, se toman por locura.

Así era Gottfried Wolfgang y ese su estado de ánimo en el momento que empieza la historia que me contaron. Regresaba a su casa, en una noche borrascosa, por las sombrías y viejas calles de La Marais, el más antiguo barrio de París. El sordo rugido del trueno hacia temblar las casas y las estrechas callejas. Llegó a la plaza de Gréve, donde se llevaban a cabo las ejecuciones públicas. Los rayos centelleaban sobre las altas torres del viejo Ayuntamiento y su fulgor iluminaba la plaza. 

Al encontrarse tan cerca de la guillotina retrocedió horrorizado. El terror estaba en todo su apogeo y el terrible instrumento de muerte, siempre a punto, relucía con la sangre de los justos y los valientes. Aquel mismo día, el siniestro aparato había trabajado activamente segando cabezas, y allí estaba, en el corazón de la ciudad silenciosa y dormida, esperando nuevas víctimas.

Wolfgang sintió que el corazón se le oprimía y decidió dejarse. Pero, en aquel momento, vio una figura encogida al pie de los escalones que daban acceso al tablado. Unos cuantos relámpagos seguidos le permitieron observarla mejor: era una simple silueta femenina, vestida de negro, sentada en el último de los escalones. Tenía el busto inclinado hacia adelante y la cara escondida entre las rodillas; sus largas trenzas, oscuras y despeinadas, llegaban al suelo, mojadas por la lluvia que caía a torrentes. 

Wolfgang permaneció inmóvil. Había algo terriblemente patético en aquella solitaria imagen de la angustia. La dama daba la sensación de pertenecer a la alta sociedad. En aquellos tiempos difíciles más de una bella cabeza acostumbrada a la blandura del plumón, no tenía donde apoyarse. Sin duda, debía tratarse de una viuda, a la cual la siniestra cuchilla acababa de dejar sola, con el corazón destrozado y que permanecía allí, en el lugar donde le habían arrebatado aquello que le era más querido.

Gottfried se acercó y le dirigió la palabra en un tono que revelaba una profunda simpatía. Ella levantó la cabeza y le miró con gesto extraviado.

¡Cuál no sería el asombro de Wolfgang al contemplar, bajo la luz de los relámpagos, el rostro que llenaba sus sueños: lívido y desesperado y, sin embargo, de una belleza arrebatadora!

Agitado por sentimientos violentos y contradictorios, le dirigió la palabra de nuevo, temblando. Se extrañó de verla sola, en una hora tan avanzada de la noche, bajo la furiosa tormenta, y se ofreció a conducirla a casa de algún amigo. Ella señaló la guillotina con un gesto muy expresivo.

–Ya no me quedan amigos en este mundo –dijo, sin ninguna esperanza.

–¿Y no tiene usted dónde ir?

–Sí... ¡Mi tumba!

Al escucharla, el corazón del estudiante alemán se estremeció de emoción.

–Si un extraño pudiese hacerle un ofrecimiento –propuso Wolfgang, sin quererse rendir–, no corriendo el riesgo de ser mal comprendido, yo me permitiría brindarle mi humilde morada por alojamiento, y a mí mismo como su más devoto amigo. Yo tampoco tengo a nadie, soy un extraño en este país. Pero si mi vida puede servirle de algo, está a su servicio y la sacrificaré gustoso para evitarle daño u ofensa.

Los modales graves y fervientes del joven produjeron su efecto. Incluso su acento extranjero, que demostraba que no tenía nada en común con la chusma parisina, habló en su favor. Además, el verdadero entusiasmo posee una elocuencia incuestionable. La angustia de la señora cedió un tanto bajo la protección del estudiante.

Le ayudó a cruzar el puente Nuevo y la plaza en la que la estatua de Enrique IV yacía tirada en el suelo derribada por el populacho. La tormenta se había calmado, aunque todavía sonaba el rugido de los truenos en la lejanía. París parecía reposar. Aquel gran volcán de las pasiones humanas dormía durante un rato para recuperar las fuerzas necesarias que alimentarían la erupción del día siguiente. 

El estudiante condujo a su protegida a través de las viejas calles del Barrio Latino, rodeó los muros de La Sorbona y llegó al miserable hostal donde tenía su habitación. El portero que le abrió manifestó su sorpresa al ver al melancólico Wolfgang en compañía de una mujer.

Al entrar en su morada, el joven alemán se avergonzó de la pobreza y el desorden de su hospedaje. No tenía más que una habitación: una sala de viejo estilo, adornada con pesadas esculturas y extravagantemente amueblada con restos marchitos de un antiguo esplendor. 

Se trataba, en efecto, de uno de esos hoteles cercanos al Luxemburgo, que antaño habían pertenecido a la nobleza. La habitación estaba llena de libros, papeles y todas esas cosas propias de un estudiante, la cama se hallaba situada en un rincón, en una especie de alcoba.

Cuando hubo encendido una bujía y pudo contemplar la belleza de la desconocida, se sintió más emocionado que nunca. Su rostro era pálido, pero de una blancura radiante, realzada por la aureola de una espesa cabellera negra; sus enormes ojos brillaban con una expresión un tanto esquiva; sus formas, bajo el traje oscuro, eran de una armonía perfecta. 

De toda su persona emanaba un aire de nobleza, a pesar de la sencillez de su atavío. Lo único que tenía cierta coquetería en toda su ropa era un pañuelo de negro terciopelo que llevaba en el cuello prendido con un alfiler de brillantes.

El estudiante se sentía un poco embarazado al pensar en la mejor manera de acomodar de una forma conveniente al pobre ser abandonado que había tomado bajo su protección. Pensaba en cederle su habitación y buscar otra para él. Sin embargo, se notaba tan fascinado, su espíritu y sus sentidos se hallaban tan atraídos, que no podía apartarse de su presencia. 

También la actitud de ella era rara y sorprendente. Ya no pensaba en la guillotina y hasta su dolor parecía calmado. Las atenciones de Wolfgang que, al principio ganaron su confianza, ahora habían conquistado además su corazón. Evidentemente, ella era también muy apasionada, y los seres apasionados se compenetran muy pronto.

Bajo la embriaguez del momento, el estudiante le declaró su amor; le contó la historia de su sueño misterioso, de cómo ella se había adueñado de su corazón mucho antes de conocerla. La dama admitió que se sentía también atraída hacia él por una fuerza inexplicable. La época predisponía a todos los atrevimientos, tanto en las ideas como en las acciones; los prejuicios y viejas supersticiones habían sido barridos. Ahora todo sucedía bajo los auspicios de la «Diosa Razón».

Incluso los espíritus más honorables consideraban el matrimonio como una fórmula en desuso, otra más en el fárrago de contrasentidos del Antiguo Régimen. Se habían puesto de moda los contratos sociales, y Wolfgang era demasiado teórico para no dejarse influir por las doctrinas liberales de la época.

–¿Por qué separarnos? –preguntó–. Nuestros corazones desean estar juntos, a los ojos de la razón y del honor ya estamos unidos. ¿Qué necesidad tienen las almas nobles de fórmulas vulgares?

La dama escuchaba con emoción. Evidentemente compartía las mismas ideas.

–Tú no tienes ni casa ni familia –añadió Wolfgang–. Déjame ser todo eso para ti; o mejor, seámoslo el uno para el otro. Y si la fórmula es necesaria, observémosla. He aquí mi mano. Me uno a ti para siempre.

–¿Para siempre? –inquirió gravemente la desconocida.

–¡Para siempre! –respondió él.

La dama tomó la mano que le tendía.

–Entonces soy tuya –murmuró, y se echó en brazos del joven estudiante.

Se entregaron al contrato de los besos, al reconocimiento de que realmente eran el uno del otro. Lentamente se sumieron en una delirante felicidad, que se prolongó durante todo el resto de la noche. A la mañana siguiente, Gottfried salió muy temprano para buscar alojamiento. Necesitaba algo más espacioso y conforme a su nuevo estado. 

Su esposa continuaba durmiendo y no quiso despertarla. Cuando volvió, la encontró tendida en el lecho con la cabeza echada hacia atrás, bajo el brazo. Le habló, pero no recibió contestación. Se acercó para despertarla y cambiarla de aquella incómoda postura, y la tomó de la mano. Pero ésta se hallaba fría e inerte. Su rostro era una máscara lívida y dura. En una frase escueta: estaba ante un cadáver.

Sobrecogido de espanto, dio la alarma en toda la casa. A continuación se desarrolló una escena de confusión y horror. Acudió la policía y cuando el oficial penetró en la estancia y vio el cadáver, se echó a temblar.

–¡Dioses inmortales! –exclamó–. ¿Cómo ha podido llegar esta mujer hasta aquí?

–¿Luego la conoce? –preguntó Wolfgang, precipitadamente.

–¡Qué si la conozco! –repitió el oficial–. La guillotinaron ayer.

Se acercó; deshizo el nudo del negro pañuelo que llevaba al cuello el cadáver, y la cabeza de éste rodó hasta el suelo.

El estudiante empezó a gemir en un acceso de delirio:

–¡El demonio! ¡Es el demonio que se ha apoderado de mí...! ¡Estoy condenado para siempre...!

Desde aquel instante, Wolfgang perdió totalmente la razón. Sus visiones se repitieron con mayor frecuencia y tuvo que ser internado en el manicomio. Y hoy mismo, presa de una extraña agitación, ha muerto en su celda. Tras finalizar mi examen, yo mismo he firmado el certificado de defunción, y he escrito a sus padres comunicándoles la triste nueva.

* * *

Nada más que el médico terminó de hablar, el bodeguero le miró en silencio durante unos instantes. Luego, tras servirle más licor y escanciar él mismo una copa, afirmó:

–Para mí está muy claro, señor. Se ve que el estudiante alemán era un tímido que no se atrevía a acercarse a las mujeres. Su locura hizo el resto. Una noche, desesperado, robó el cadáver de una mujer del cementerio y lo llevó a su casa. A la mañana siguiente, cuando se le pasó el furor, se dio perfecta cuenta de lo que había hecho y se volvió más loco de lo que estaba. Hoy sus remordimientos habrán sido más fuertes y su corazón no lo ha podido resistir.

El médico le miró seriamente.

–En efecto, eso es lo que pensábamos todos los que estábamos en el manicomio, hasta que abrimos la mano cerrada del cadáver y cayó al suelo este objeto –dijo, sacando de uno de sus bolsillos una cinta de terciopelo negro, cuyo broche era un bonito alfiler de diamantes.

Pena de muerte - Georges Simenon

El peligro más grande, en esta clase de asuntos, es llegar a hastiarse. El "plantón", como se dice, duraba ya doce días; el inspector Janvier y el brigadier Lucas se relevaban con una paciencia incansable, pero Maigret había tomado a su cuenta un buen centenar de horas porque él solo, en suma, sabía quizá a dónde quería llegar.

Aquella mañana, Lucas le había telefoneado desde el bulevar de Batignolles: 

—Los pájaros tienen aspecto de querer volar... La mujer del cuarto acaba de decirme que están cerrando sus maletas...

A las ocho, Maigret estaba de guardia en un taxi, no lejos del hotel Beauséjour, con una maleta a sus pies.

Llovía. Era domingo. A las ocho y cuarto, la pareja salía del hotel con tres maletas y llamaba a un taxi. A las ocho y media, éste se detenía ante una cervecería de la estación del Norte, frente al gran reloj. Maigret bajaba también de su coche y, sin esconderse, se sentaba en la terraza, en un velador contiguo al de sus "pájaros".

No sólo llovía, sino que hacía frío. La pareja se había instalado cerca de un brasero. Cuando el hombre distinguió al comisario, a su pesar, hizo un movimiento con la mano hacia su sombrero hongo y, sin embargo, su compañera apretaba más contra ella su abrigo de pieles.

—¡Un ponche, camarero!

Los demás también tomaban ponche y los que pasaban les rozaban. El camarero iba y venía. La vida de un domingo por la mañana alrededor de una gran estación continuaba como si no estuviese en juego la cabeza de un hombre.

La aguja, por su parte, avanzaba a sacudidas por el cuadrante del reloj y, a las nueve, la pareja se levantó, se dirigió hacia una ventanilla.

—Dos segundas "ir" Bruselas...

—Segunda simple a Bruselas —dijo Maigret como un eco.

Luego los andenes atestados, el rápido en el que había que encontrar sitio, un compartimento, en la cabeza, cerca de la máquina, en donde por fin la pareja se acomodó y en donde el comisario colocó su maleta en la red. La gente se abrazaba. El joven del sombrero hongo bajó para comprar periódicos y volvió con un paquete de semanarios y revistas ilustradas.

Era el rápido de Berlín. Había una gran algarabía. Se hablaban todas las lenguas. Una vez el tren en marcha, el joven, sin quitarse los guantes, empezó a leer un periódico mientras que su compañera, que parecía tener frío, ponía con gesto instintivo su mano sobre la de su compañero.

—¿Hay vagón restaurante? —preguntó alguien.

—¡Creo que después de la frontera! —contestó otra persona.

—¿Se para en la aduana?

—No. La inspección tiene lugar en el tren, a partir de Saint—Quentin...

Los arrabales, luego bosques hasta donde alcanzaba la vista; después Compiègne, en donde no se detuvo más que el tiempo de la parada.

El joven, de tanto en tanto, levantaba los ojos de su periódico y su mirada recorría el plácido rostro de Maigret.

Estaba cansado, era cierto. Maigret, que también echaba las mismas ojeadas furtivas, le encontraba más pálido que los demás días, todavía más nervioso, más crispado, y hubiera jurado que sería incapaz de decirle lo que leía desde hacía una hora.

—¿No tienes hambre? —preguntó la joven.

—No...

Se fumaba cigarrillos y pipas. Estaba oscuro. Las aldeas dejaban ver calles mojadas y vacías, iglesias en las que tal vez se decía la misa mayor.

Y Maigret tampoco intentaba volver a sopesar los hechos uno a uno, precisamente por temor al hastío, porque después de dos semanas y media sólo pensaba en aquel asunto.

El joven, frente a él, iba vestido sobriamente, más como un inglés que como un parisino: traje gris hierro, abrigo gris sin botones aparentes, sombrero hongo y, para completar el conjunto, un paraguas que había colocado en la red inferior.

Si se hubiese pronunciado su nombre en el compartimento, todo el mundo hubiese temblado, porque, entre los periódicos diseminados sobre las rodillas, la mitad por lo menos hablaban todavía de él.

Un bonito nombre: Jehan d'Oulmont. Una excelente familia belga, varias veces representada en la Historia. Jehan d'Oulmont era rubio; tenía los rasgos bastante finos, pero la piel, demasiado sensible, enrojecía con facilidad, y los rasgos fácilmente agitados por tics nerviosos.

Por dos veces Maigret le había tenido frente a él, en su despacho de la Policía Judicial y, por dos veces, durante horas, había intentado en vano hacer doblegar al joven.

—¿Admite que desde hace dos años es la desesperación de su familia?

—¡Eso le importa a mi familia!

—Después de haber iniciado sus estudios de Derecho, le han echado de la Universidad de Lovaina por notoria mala conducta.

—Vivía con una mujer...

—¡Perdón! Con una mujer a la que un negociante de Anvers mantenía...

—¡El detalle carece de importancia!

—Maldecido por su familia, vino a París... Se le ha visto sobre todo en las carreras y en los locales nocturnos... Se hacía llamar conde d'Oulmont, título al que no tiene derecho...

—Hay gentes a las que esto les gusta...

Siempre la misma sangre fría, a despecho de una palidez enfermiza.

—Conoció a Sonia Lipchitz y no ignoraba nada de su pasado...

—Yo no me permito juzgar el pasado de una mujer...

—A los veintitrés años, Sonia Lipchitz ya ha tenido numerosos protectores... El último le dejó una cierta fortuna que ella ha dilapidado en menos de dos años...

—Lo que prueba que no soy interesado, porque, en ese caso, habría llegado demasiado tarde...

—No ignora que su tío, el conde Adalbert d'Oulmont —se tiene, en su familia, gusto por los nombres originales—, no ignora, digo, que bajaba cada mes a París por algunos días, en el hotel del Louvre...

—Para vengarse de la vida austera que se cree obligado a llevar en Bruselas...

—¡Sea!... Su tío, antiguo acostumbrado al hotel, reservaba siempre el mismo apartamento, el 318... Cada mañana montaba a caballo, en el Bois, almorzaba a continuación en un cabaret de moda y luego se encerraba en su apartamento hasta las cinco...

—¡Debía necesitar reposo! —replicaba cínicamente el joven— ¡A su edad!...

—A las cinco hacía subir al peluquero y a la manicura y...

—Y frecuentaba a continuación, hasta las dos de la mañana, los lugares en los que se encuentran mujeres hermosas...

—Todavía exacto...

Porque si el conde d'Oulmont, en cierta época de su vida, había sido un diplomático distinguido, era forzoso admitir que con la edad se había identificado poco a poco con el repertorio de viejos verdes y que no le faltaba ni la peluca.

—Siempre se ha dicho...

—Y le ayudó varias veces con sus subsidios...

—Y con sus lecciones de moral... Una cosa compensa la otra...

—Dos días antes del drama, en un bar de los Champs Elysées, usted le presentó a su amante Sonia Lipchitz...

—Como usted le hubiese presentado a su mujer...

—¡Perdón! Tomaron el aperitivo los tres y luego, bajo el pretexto de una cita de negocios, usted les dejó solos... En este momento, usted estaba, usted y Sonia, como se dice, a dos velas. Después de haber vivido largo tiempo en el hotel Berry, cerca de los Champs Elysées, en donde dejó a una ardiente coqueta, cuesta verle ahora yendo a parar a un hotel más que modesto del bulevar Batignolles...

—¿Me lo reprocha?

—Hay que creer que Sonia no le gustó a su tío, que la dejó inmediatamente después de cenar para ir a un pequeño teatro...

—¿Otro reproche?

—Dos días después, el viernes, hacia las tres y media, el conde d'Oulmont era asesinado en su apartamento, en donde, como de costumbre, echaba la siesta... Según el dictamen del forense, fue abatido por un golpe violento propinado por medio de un tubo de plomo o una barra de hierro...

—Ya he sido registrado... —contestó socarronamente el joven.

—¡Lo sé! E incluso tenía una coartada. Me enseñó, al día siguiente, su carnet de apuestas, porque usted es un aficionado a las carreras... La tarde de la muerte, estaba en Longchamp y apostó a dos caballos en cada carrera... Tickets de la Mutua, encontrados en su abrigo, lo han establecido así y camaradas suyos le vieron una o dos veces en el transcurso de la tarde...

—¿Usted ve?

—Lo que no impide que hubiese tenido tiempo, en el curso de la reunión, de subir a un taxi y llegar hasta su tío...

—¿Alguien me vio?

—Conoce lo bastante el hotel del Louvre para saber que no se presta atención a las idas y venidas de los clientes habituales... Sin embargo, un botones cree acordarse...

—¿No le parece que es demasiado vago?

—Una suma de treinta y dos mil francos en billetes franceses le fue robada a su tío.

—¡De tenerlos, hubiera tenido tiempo de pasar la frontera!

—También lo sé. No se encontró nada en su hotel. ¡Mejor! Dos días más tarde, su amante empeñaba sus dos últimos anillos en el Crédito Municipal y usted vive ahora de los cinco mil francos que ella recibió a cambio...

—¡Por lo tanto...!

¡Ése era todo el asunto! Dicho de otra manera, casi el crimen perfecto. La coartada era de las que no se pueden contradecir con éxito. Gente había visto a Jehan en las carreras aquella tarde. Pero, ¿a qué hora?

Había jugado. Pero, en ciertas carreras, su amante había podido jugar por él y no hay mucha distancia entre Longchamp y la calle Rivoli.

¿Un tubo de plomo, una masa de hierro? Todo el mundo puede procurarse uno y desembarazarse de él sin dificultad. Y todo el mundo, con un poco de habilidad, puede introducirse en un gran hotel sin hacerse notar.

¿El golpe de los anillos empeñados a los dos días? ¿El carnet de apuestas de d'Oulmont?

—Usted mismo admite —decía este último— que mi buen tío recibía a veces mujeres en su cuarto. ¿Por qué no busca por ese lado?

Y, lógicamente, no había ni una fisura en su razonamiento. Tenía tan poco que, cuando se presentó en el Quai des Orfevres, tras dos interrogatorios, y había manifestado el deseo de volver a Bélgica, se había visto obligado, a falta de elementos suficientes, a darle la autorización.

He aquí el porqué, desde hacía doce días, Maigret empleaba su vieja táctica: hacer seguir a su hombre paso a paso, minuto a minuto, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana, hacerlo seguir ostensiblemente a fin de que el hastío, si se producía en uno de los dos campos, se produjese a su lado.

He aquí por qué también, aquella mañana, había tomado sitio en el compartimento, frente al joven que, al verle, había esbozado un saludo y que estaba obligado, durante horas, a representar la comedia de la desenvoltura.

¡Crimen vicioso! ¡Crimen sin excusa! ¡Crimen tanto más odioso en cuanto que cometido por un pariente de la víctima, por un muchacho instruido y sin taras aparentes! ¡Crimen a sangre fría también! ¡Crimen casi científico!

Para los jurados, esto se traduce por una cabeza que cae. Y aquella cabeza, un poco pálida, cierto, apenas coloreada en los pómulos, se levantó para la inspección aduanera.

Faltó poco para que hubiese protestas en el compartimiento. Maigret había dado órdenes por teléfono y, para la pareja, el registro fue minucioso, tan minuciosos que se hacia indiscreto.

Resultado: ¡nada! Jehan d'Ouldmont sonreía con su pálida sonrisa. Sonreía a Maigret. Sabía que era su enemigo. Se percataba también de que era una guerra de usura, pero una guerra en la que su cabeza estaba en juego.

Uno lo sabía todo: el asesino. Cuándo, cómo, en qué minuto, en qué circunstancias había sido cometido el crimen.

Pero el otro, Maigret, que fumaba su pipa, a despecho de los gemidos de su vecina, a la que molestaba el tabaco, ¿qué sabía? ¿qué había descubierto?

¡Guerra de agotamiento, sí! Pasada la frontera, Maigret carecía del derecho de intervenir y se acababan de divisar los primeros caseríos de Borinage.

Entonces, ¿por qué estaba allí? ¿Por qué se obstinaba? ¿Por qué en el vagón restaurante, a donde la pareja iba a tomar el aperitivo, se instalaba en la misma mesa, amenazador y silencioso?

¿Por qué en Bruselas, iba al Palace, en donde Jehan d'Oulmont y su amante tomaban un apartamento?

¿Había descubierto Maigret una fisura en la coartada? ¿Había olvidado Jehan d'Oulmont algún detalle que le había traicionado?

¡Claro que no! En ese caso, le hubiese arrestado en Francia, le hubiese entregado a los tribunales franceses, lo que comportaba, sin disputa, la pena de muerte...

Y Maigret, en el Palace, ocupaba la habitación contigua. Maigret dejaba su puerta abierta, bajaba detrás de la pareja al restaurante, paseaba tras ellos a lo largo de los escaparates de la calle Neuve, entraba en la misma cervecería, siempre obstinado y tranquilo en apariencia.

Sonia estaba casi tan febril como su compañero. Al día siguiente no se levantó hasta las dos y la pareja almorzó en su habitación. Y oían el sonido del teléfono, porque Maigret encargaba el almuerzo.

Un día... Dos días... Los cinco mil francos debían acabarse... Maigret seguía allí, con la pipa en la boca, las manos en los bolsillos, sombrío y paciente.

Pero ¿qué sabía? ¿Quién hubiera podido decir lo que sabía?

¡En verdad Maigret no sabía nada! Maigret "sentía". Maigret estaba seguro del caso, hubiera apostado su apellido a que tenía razón. Pero en vano había dado vueltas cien veces al problema en su cabeza, había interrogado a los choferes de París y en particular a los especialistas en carreras.

—¡Ya sabe! Vemos tanto... ¿Tal vez...?

Tanto más cuanto que Jehan d'Oulmont no tenía nada de particular y que las gentes a las que enseñaba su fotografía reconocían inmediatamente a algún otro.

El olfato no bastaba. La convicción tampoco. La justicia exige una prueba y Maigret seguía buscando sin saber quién se cansaría primero. Paseó tras la pareja por el Jardín Botánico. Asistió a veladas de cine. Comió y cenó en excelentes cervecerías, como le gustaba, y se atiborró de cerveza.

A la lluvia la había reemplazado una especie de nieve fundida. El martes, calculaba el comisario, apenas les quedaban trescientos francos belgas a sus víctimas y tal vez, se dijo, tendrían que echar mano del "tesoro escondido".

Era una vida agotadora y, por la noche, tenía que despertarse al menor ruido producido en la vecina habitación. Pero seguía como esos perros que, tumbados en el suelo se dejan aplastar antes que retroceder.

La gente, a su alrededor, continuaba sin darse cuenta de nada. Se servía al pálido Jehan d'Oulmont como a un cliente cualquiera sin percatarse de que su cabeza no estaba muy segura sobre sus hombros. En un dancing, alguien invitó a Sonia; luego desapareció, la volvió a invitar una hora más tarde y jugó tercamente con su bolso. Ese alguien, que parecía un joven de buena familia, hizo de lejos una señal de amistad a d'Oulmont.

Era poca cosa. Transcurría ya el tercer día en Bruselas. Y sin embargo, en aquel minuto, Maigret tuvo por fin la esperanza de triunfar.

Lo que hizo entonces era tan poco corriente en él que la señora Maigret se hubiese quedado de una pieza. Se dirigió hacia la bar de la boîte y se tomó varias copas en compañía de mujeres que le asaltaban; pareció divertirse mas allá de los límites admitidos y acabó, casi vacilante, por invitar a Sonia a bailar.

—¡Si puede tenerse en pie! —dijo secamente.

Dejó su bolso sobre la mesa, dirigió una ojeada a su amante, pero éste a su vez salió a bailar con una de las señoras de la casa.

En aquel momento, mientras las dos parejas estaban mezcladas entre las demás, bajo una luz anaranjada, ¿quién hubiera podido prever lo que iba a pasar?

Maigret, acabado el baile, no estaba solo. Un hombrecillo vestido de negro le acompañaba hasta la mesa de la pareja y era él quien pronunciaba:

—¿Señor Jehan d'Oulmont?... Sin ruido... Sin escándalo... Estoy encargado por la Sûreté belga de detenerle...

El bolso seguía allí, sobre la mesa. Maigret parecía pensar en otra cosa.

—¿Detenerme en virtud de qué?

—De una orden de extradición...

Entonces la mano de d'Oulmont alcanzó el bolso. Luego, de repente, el joven se incorporó, apuntó sobre Maigret un revólver y...

—He ahí uno que no irá al paraíso —farfulló.

Una detonación. Maigret seguía de pie, con las manos en los bolsillos. Jehan, con el revólver en la mano, se asustaba. Los bailarines huían. El habitual maremágnum...

—¿Comprende? —decía Maigret al jefe de la Sûreté de Bruselas—. Yo carecía de pruebas. ¡Sólo tenía indicios! Y le sabía tan inteligente como yo...

"Que había matado a su tío, yo era incapaz de demostrarlo. Y sin duda hubiese escapado al castigo si...

—¿Si...?

—Si no hubiese sido antiguo estudiante de Derecho y si la pena de muerte hubiese existido realmente en Bélgica... Me explico... En Francia, mató a su tío por necesidad de dinero... Sabía que allí su cabeza estaba en juego... Refugiado en Bruselas, está seguro de la extradición si el crimen llega a ser probado... ¡Y yo continúo detrás de él! Dicho de otra forma, tal vez tengo indicios o pruebas... No tiene salvación...

"O más bien sí... Una cosa puede salvarle de la guillotina, una cosa que ya salvó al asesino Danse... El que comete una nueva muerte, antes de efectuarse la extradición, será juzgado por la Justicia belga que no conoce la pena de muerte, pero que le enviará a la cárcel para el resto de sus días...

"Este es el dilema en el que he querido arrinconarle siguiéndole paso a paso. Carecía de arma. El gesto de su amante, esta noche, mientras la pareja estaba en las últimas, me ha hecho ver que habían conseguido, gracias a la complicidad de un antiguo camarada, procurarse una, que se encuentra en el bolso.

"Durante el baile, un agente ha cambiado el revólver cargado de balas por uno cargado con salvas...

"Luego el arresto...

"Jehan d'Oulmont, asustado, que se juega la cabeza, prefiere cadena perpetua en Bélgica y dispara...

"¿Comprende?"

¡Había comprendido, sí! Había comprendido que un segundo crimen salvaba la vida al asesino del anciano conde d'Oulmont.

Por lo demás, la sonrisa sarcástica del joven proclamaba:

—¡Ya ve como no tendrá mi cabeza!

¡Su cabeza, no! ¡Lo que no impide que ya no pueda hacer daño!

¡Y que, por fin, Maigret tenía derecho a pensar en otra cosa!