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El viaje - Úrsula K. Le Guin

 Mientras tragaba la substancia supo que no debía tragarla, lo supo con seguridad, de la misma manera que un conductor ve venir un camión en línea recta hacia él a 110 km/h. Repentinamente, íntimamente, finalmente. 

La garganta se le cerró, el plexo solar se le anudó como una anémona marina, pero ya era muy tarde. No te puedes permitir tener miedo. El miedo lo enreda todo, y manda a aquellos pocos infelices, un porcentaje muy pequeño, al depósito loco, a agacharse en los rincones sin decir palabra...

No hay nada que temer con excepción del temor.

Sí señor. Sí señor don Roosevelt señor.

Lo que hay que hacer es relajarse. Pensar cosas agradables. Si la violación es inevitable...

Contempló a Rich Harringer mientras abría su pequeño paquete (compuesto con precisión y envuelto higiénicamente por un par de tipos que cursaban la escuela primaria de química gracias al método americano aprobado de la empresa libre; sin duda algo ilegal pero eso no es raro en América donde tan pocas cosas son legales que hasta un niño pequeño puede ser ilegal) y tragaba el pequeño caracol amargo con gozo deliberado y ceremonioso. 

Si la violación es inevitable, relájate y goza. Una vez a la semana.

¿Pero existe algo inevitable aparte de la muerte? ¿Por qué relajarse? ¿Por qué gozar? Lucharía. No haría un mal viaje. Lucharía concienzuda y deliberadamente contra la droga, sin pánico pero con resolución, y vería quién triunfaba. 

En este rincón, LSD/alfa, 100 microgramos, con bata lisa, el Torbellino Tibetano; y en este rincón, damas y salvajes, LSD/B.A., M.A., 62 kgs., el Llorica de Sonoma, usando baúles blancos, maletas rojas y bolsas azules. ¡Dejadme ir, dejadme ir! 

Clang.

Nada sucedió.

Lewis Sidney David, el hombre sin apellido, el judeocelta, arrinconado en su esquina, miró con cautela a su alrededor. Sus tres compañeros parecían normales, aunque fuera de su alcance, estaban en foco. No tenían aura. 

Jim estaba echado en el sofá leyendo Murallas; quizá deseaba un viaje a Vietnam, o a Sacramento. 

Richard estaba adormilado, pero siempre estaba adormilado, aun cuando almorzaba gratis en el parque, y Alex estaba punteando en la guitarra. La satisfacción infinita del acorde. 

La satisfacción infinita de la cuerda. Sursum corda. Si se desplaza con una guitarra a cuestas, ¿por qué no puede sacarle alguna melodía? No. 

La irritabilidad es un síntoma de que se está perdiendo el autocontrol; suprímela. Suprime todo. ¡Censor, censor! ¡Pelea, equipo, pelea!

Lewis se levantó, observando con placer la pronta desenvoltura de sus reflejos y la perfección de su sentido del equilibrio, y llenó un vaso de agua en el vil fregadero. Pelos de barba, esputos de Colgate, manchas de óxido y restos de comida, un fregadero de perversidad. 

Un fregadero pequeño, pero mío. ¿Por qué vivía en este vertedero? ¿Por qué había pedido a Jim y a Rich y a Alex que vinieran a compartir con él sus terrones de azúcar? Ya era suficientemente piojoso como para convertirlo además en un fumadero de opio. 

Pronto estaría lleno de cuerpos inertes, de ojos que saltarían como canicas y rodarían bajo la cama para reunirse con el polvo y las ruinas que acechaban desde allí. 

Lewis llevó el vaso de agua hasta la ventana, bebió la mitad, y empezó a volcar delicadamente el resto sobre las raíces de un olivo en miniatura plantado en una maceta emparchada que valía diez centavos.

–Bebe conmigo –dijo, mirando al árbol desde más cerca; medía doce centímetros pero era muy similar a un olivo, nudoso y perdurable. 

Un bonsai. ¡Banzai! ¿Pero dónde está el satori? ¿Dónde está el significado, la mejoría, todas las figuras y los colores y los significados, la intensificación de la percepción de la realidad? ¿Cuánto tiempo necesita para actuar este maldito menjunje? 

Allí estaba su olivo. Ni menos, ni más. Insignificante, sin haber crecido. Los hombres gritan Paz, Paz, pero la paz no llega. No hay suficientes olivos debido a la explosión demográfica de la especie humana. ¿Era esto una Percepción? No, cualquier cabeza de melón podría percibir esto sin la ayuda de drogas. 

Oh, vamos, veneno, veneno, envenéname. Ven alucinación, ven para que pueda luchar contra ti, repelerte, rehusarte, perder la lucha y volverme loco, en silencio.

Como Isobel.

Por eso era que vivía en este vertedero, y por eso era que había invitado a Jim y Rich y Alex, y por eso era que se había tomado un viaje con ellos, un crucero de placer, una vacación a bordo del pintoresco Old Erewhon. 

Estaba tratando de ponerse a tono con su mujer. Lo más difícil de tener que contemplar cómo va enloqueciendo tu mujer es que no puedes seguirla. Se aleja más y más, sin mirar atrás, en un largo viaje al silencio. 

La lira enmudece y los psiquiatras también mienten. Te encuentras detrás de la pared de vidrio de tu cordura como alguien que ve un accidente desde el aeropuerto. Gritas: ¡Isobel! Ni visto ni oído. El avión se estrella en silencio. Ella no oye su nombre gritado. Tampoco le pudo hablar. 

Las paredes que ahora los separan son de ladrillo, muy sólidas, y él podía estar a su antojo en su propia casa cuerda de cristal. Tirar piedras. Tirar alfas. Tintín, crash.

LSD/alfa no te volvía loco, por supuesto. Ni siquiera te desenreda los cromosomas. Solamente te abre la puerta a las realidades más elevadas. Supuso que la esquizofrenia hacía lo mismo, pero en ella el problema era que no podías hablar, no podías comunicarte, no podías decir nada.

Jim había abandonado sus Murallas. Estaba sentado de una forma notable, inhalando. Se iba a encontrar con la realidad del modo correcto, como un lama, hombre. Era un verdadero creyente y su vida estaba ahora centrada en la experiencia del LSD/a como la de un místico religioso en su disciplina mixta. 

Sin embargo, ¿podías seguir haciéndolo una vez a la semana durante dos años? ¿A los treinta? ¿A los cuarenta y dos? ¿A los sesenta y tres? Encontrarás la vida terriblemente monótona y adversa; necesitarás un monasterio. Maitines, nonas, vísperas, silencio, muros, grandes y sólidas paredes de ladrillo. Para mantener fuera a la grosera realidad.

Vamos, alucinógeno, empieza. Alucínate, alucina. Destroza la pared de cristal. Llévame a un viaje en el que haya estado mi esposa. Persona perdida, 22 años, 1.61 m, peso 42 kg, pelo castaño, género humano, sexo femenino. Nunca fue buena caminadora. Podía alcanzarla saltando a la pata coja... No.

Llegaré hasta allí por mí mismo, dijo Lewis Sidney David. Terminó de volcar el agua en pequeños canales alrededor de las raíces del olivo y levantó la mirada hacia la ventana. 

A través del vidrio grasoso se erguía el monte Hood con sus tres mil metros de altura; un volcán que poseía la simetría serena característica de los volcanes, durmiente pero no oficialmente extinto, lleno de fuegos adormilados y rodeado por su propio clima y atmósfera, tan diferentes de aquellos que reinaban en alturas más bajas: nieve y luz despejada. 

Por eso era que vivía en este vertedero. Porque cuando mirabas a través de la ventana, veías la realidad más alta. Tres mil metros más alta.

–Maldito sea –dijo Lewis en voz alta, sintiendo que estaba a punto de percibir algo verdaderamente importante.

Pero esto lo sentía bastante a menudo y sin ayuda de productos químicos. Entretanto, allí estaba la montaña.

Entre él y la montaña se extendía una cantidad de basura, autopistas y edificios de oficinas disponibles y altos montículos y elefantes de neón que lavaban automóviles de neón con punteadas duchas de neón, y la base del monte y sus laderas inferiores estaban cubiertos por un velo de smog, así que el pico flotaba.

Lewis sintió un fuerte impulso de gritar a todo pulmón el nombre de su esposa. Pero lo reprimió, como lo venía haciendo desde hacía tres meses, cuando la había llevado en mayo al sanatorio después de la época de silencio. 

En enero, antes de que empezase el silencio, había gritado mucho, algunas veces durante todo el día, y a él el miedo le hacía llorar. Primero el llanto, luego el silencio. No sirve para nada. ¡Oh, Dios, sácame de esto! Trató de serenarse, y abandonó la lucha contra su enemigo impalpable. Imploró que todo eso terminase. Le rogó a la droga que corría por su sangre que actuase, que hiciera algo, que le permitiera gritar, o ver colores, o que lo hiciera caer sobre su mecedora... cualquier cosa.

Nada sucedió. 

Dio por terminadas sus faenas de riego y levantó la mirada hacia la habitación: era un vertedero, pero grande, con una buena vista del monte Hood. Y en los días despejados, también de la cresta dentada del monte Adams. Pero aquí nada sucedería. Esta era la antesala. Recogió su abrigo de una silla rota y salió.

Era un buen abrigo, forrado de lana de oveja y con una capucha y esas cosas; su madre y su hermana se lo habían comprado a duras penas como regalo de Navidad, haciéndole sentirse R. R. Raskolnikov. Pero hoy no iba a asesinar a ninguna anciana usurera. Ni siquiera una parodia de algocidio. 

En la escalinata se cruzó con los pintores y estucadores, con sus cubos y escaleras. Eran tres, e iban a pintar su habitación, pacíficos, con el rostro fresco; hombres de cuarenta y cincuenta años. Pobres desgraciados, ¿qué harían con el fregadero? ¿Y con los tres drogados, Rich y Jim y Alex, que con el azúcar habían tomado la leche del Paraíso? 

¿Y con sus apuntes sobre LeNotre, Olmsted y McLaren, con sus cinco kilos de fotografías de la arquitectura doméstica japonesa, y con su pizarra y sus aparejos de pesca, sus Obras completas de Theodore Sturgeon encuadernadas en sensacional cartón, el óleo de dos metros por tres de un desnudo atáxico pintado por un amigo cuya compañía de selfcrédito le había embargado las obras, la guitarra de Alex, el olivo, el polvo, y los ojos de debajo de la cama? 

Eso era asunto de ellos. Bajó las escaleras de la casa de huéspedes que hedía a gato viejo, y oyó cómo retumbaban cordialmente sus botas de excursión. Y sintió que todo esto ya había sucedido alguna vez.

Salir de la ciudad le tomó bastante tiempo. Dado que era obvio que los transportes públicos estaban prohibidos para un hombre en su estado, no pudo subir al autobús de Gresham que le habría ahorrado mucho tiempo, llevándolo a través de los suburbios y bajando en la mitad del trayecto. 

Pero tenía mucho tiempo. Podía contar con que el atardecer veraniego prolongaría la iluminación. Los crepúsculos de las latitudes que se hallan entre el trópico y el polo son dulces y benignos en cuanto a longitud, sin la monotonía ecuatorial, sin los extremos polares, sino con inviernos de largas sombras y veranos de largos atardeceres: degradaciones y ajustes de la claridad, ocios y sutilezas de la luz. 

Por los verdes parques de Portland y por largas calles laterales correteaban niños, jugando todos ellos en la ciudad un solo juego: el juego de la Juventud. Alguna que otra vez se veía un chico solitario, jugando a la Soledad, en busca de más altos riesgos. Niños hay que son tahúres natos. La basura se amontonaba en las canaletas y un viento cálido la movía a ratos. 

Desde la ciudad se oía un sonido lejano, fuerte y triste, similar al que producían leones rugiendo en sus jaulas, caminando y azotando sus flancos dorados con rabos borlados de oro, rugiendo sin parar. El Sol se puso en algún lugar al oeste de los tejados, pero en las lejanas alturas de la montaña ardía aún un fuego blanco. 

A medida que Lewis dejaba las últimas casas de la ciudad y se adentraba en tierras agradables, montañosas y bien labradas, el viento empezó a oler a tierra húmeda, fría, compuesta, como lo hace cuando cae la noche; y pasando Sandy, la obscuridad invadía los bosques que se alzaban en las laderas que atravesaba. 

Tenía mucho tiempo. Arriba se alzaba el pico, blanco, con un leve tono albaricoque bajo la luz del Sol. Mientras escalaba el largo y empinado camino, al salir de los bosques desembocaba una y otra vez en golfos de claridad amarillenta. Prosiguió hasta que pudo ver por encima de los bosques y por encima de la obscuridad, en las cumbres donde sólo había nieve y piedra y aire y la amplia, clara, perdurable luz.

Pero estaba solo.

Eso no estaba bien. Cuando había sucedido aquello no fue estando solo. Se tenía que encontrar con... Había estado con... ¿Dónde?

Ni esquíes ni trineo ni botas para la nieve ni siquiera una cámara de aire. Si hubiese sido el encargado de este paisaje, Dios, habría hecho un sendero por aquí. 

¿Sacrificar la grandeza en aras de la comodidad? Bueno, tan sólo un senderillo. No hará ningún daño, solamente una leve rajadura en la Campana de la Libertad, una pequeña gotera en el dique, una espoleta de la granada, un capricho del cerebro... 

Oh mi muchacha loca, mi amor silencioso, mi esposa, a la que vendí a un manicomio porque no escuchabas mi charla, ¡Isobel, ven a salvarme de ti misma! He trepado a tu zaga todos los senderos y ahora me encuentro aquí, solo. No hay dónde ir.

La luz se extinguió y el blanco de la nieve se ensombreció. En el este, sobre bosques y praderas interminables y obscurecientes y lagos claros enmarcados por colinas, resplandecía Saturno, brillante y saturnino.

Lewis no sabía dónde estaba el refugio; en algún lugar después de los bosques. Pero él tenía los bosques debajo, y no iba a descender. A las alturas. ¡Más alto, más alto! Un joven que llevaba a través del hielo y de la nieve una pancarta con este extraño lema:

AYUDA AYUDA SOY UN PRISIONERO DE LA REALIDAD MÁS ALTA.

Escaló. Desgreñado, escaló crestas que no habían sido escaladas, y mientras escalaba lloraba. Las lágrimas se arrastraban por su rostro y él se arrastraba por el rostro de la montaña.

Al atardecer los lugares muy altos son terribles, solitarios. La luz no lo esperó más. Ya no le quedaba mucho tiempo. Se había quedado sin tiempo. Cuando desviaba la vista de la planicie empinada, las estrellas aparecían y lo miraban a los ojos desde los golfos de obscuridad. 

A cada lado tenía un vacío, en el que brillaban unas pocas estrellas. Pero la nieve mantenía su propia luz fría, y siguió trepando. Recordó el sendero cuando lo vio. 

Dios o el Estado o él mismo había puesto un sendero en la montaña, después de todo. Giró a la derecha y se equivocó. Giró a la izquierda y permaneció quieto. No sabía a dónde ir. Temblando de frío y de miedo gritó a la cumbre blanco muerte y a los lugares negros el nombre de su esposa:

–¡Isobel!

Ella apareció en el sendero, entre las tinieblas.

–Empezabas a preocuparme, Lewis.

–Llegué más lejos de lo que había pensado –dijo Lewis.

–La luz permanece tanto tiempo aquí que piensas que seguirá eternamente...

–Así es. Siento haberte preocupado.

–Oh, no estaba preocupada. Tú sabes. Solitaria. Pensé que quizá tu pierna te había hecho retrasar. Un hermoso paseo, ¿verdad?

–Espectacular.

–Llévame mañana.

–¿No te has divertido esquiando?

Ella sacudió la cabeza.

–No. Al no estar tú, no –murmuró avergonzada.

Giraron a la izquierda, con lentitud. Lewis aún cojeaba ligeramente a causa del tendón desgarrado que le había impedido esquiar los últimos días, y había obscurecido y no tenían ninguna prisa. Iban de la mano. 

Nieve, luz estelar, quietud. Fuego bajo los pies, obscuridad en derredor; delante, la luz del fuego, cerveza, un lecho. Cada cosa en su momento. Algunos, tahúres natos, siempre elegirán vivir junto a un volcán.

–Cuando estaba en el sanatorio –dijo Isobel deteniéndose, y haciendo que él también se detuviera y ya no se oyó siquiera el ruido de sus botas sobre la nieve seca, ningún otro sonido que no fuese el sonido suave de aquella bendita voz–, tenía un sueño como este. Terriblemente parecido a este. Fue... el sueño más importante que he tenido. A pesar de que no puedo recordarlo con claridad. Nunca pude, ni siquiera durante las terapias. Pero era como esto. Este silencio. Este estar en las alturas. El silencio sobre todo... sobre todo. Reinaba un silencio tal que si yo decía algo, tú lo oías. Eso lo sabía, estaba segura. Y creo que durante el sueño dije tu nombre, y tú podías oírme... Me contestabas.

–Di mi nombre –susurró Lewis.

Ella se volvió y lo miró. No se oía sonido alguno en las montañas o entre las estrellas. Lo dijo.

Lewis contestó diciendo el de ella, y luego la abrazó; ambos temblaban.

–Hace frío, hace frío, tenemos que continuar –y prosiguieron, sobre la cuerda floja tendida entre los fuegos externos e internos.

–Mira aquella estrella enorme.

–Planeta. Saturno, el Padre Tiempo.

–Se comió a sus niños, ¿no es así?

–A todos menos a uno –respondió Lewis.

Delante, al pie de un declive, vieron bajo la luz gris de las estrellas la mole de la cabaña alta, las torres del montacargas, borrosas y esfumadas, y la vasta extensión de las pistas.

Tenía las manos frías y por un momento se sacó los guantes para frotarse una con otra, pero esto le resultó difícil a causa del vaso de agua que estaba sosteniendo. Terminó de verter el agua en los pequeños canales alrededor de las raíces del olivo y colocó el vaso al lado del florero emparchado. 

Pero había algo que se le estaba quedando en la mano, plegado dentro de la palma como una anotación para trampear en un examen final de francés, que je fusse, que tu fusses, qu'il fût, pequeña y pegoteada de sudor. 

Abrió la mano y estudió el objeto durante un momento. Un mensaje. ¿De quién y para quién? De la tumba, al vientre. Un pequeño envoltorio cerrado que contenía azúcar empapada en 100 mg de LSD/a.

¿Cerrado?

Recordó, en orden y con exactitud, cómo lo había abierto, cómo había ingerido la substancia, degustado su sabor. También recordó con el mismo orden y exactitud dónde había estado hasta el momento y supo que aún no había estado allí.

Se inclinó sobre Jim, que en ese instante exhalaba la bocanada que había inhalado mientras Lewis comenzaba a regar el olivo. Suave y diestramente guardó el paquete en el bolsillo del abrigo de Jim.

–¿No vienes? –preguntó Jim, sonriendo.

Lewis sacudió la cabeza.

–Gallina –murmuró Jim; sería difícil explicarle que ya había regresado del viaje que no había hecho; además, Jim no le escucharía, estaba allí donde las personas no oyen ni pueden contestar, amurallado.

–Buen viaje –dijo Lewis.

Cogió el impermeable (de popelín sucio, espera... nada de forro de lana), bajó las escaleras y salió a la calle. El verano terminaba, la estación estaba cambiando. Llovía pero aún no había obscurecido, y el viento urbano soplaba fuertes bocanadas frías que traían el olor de la tierra húmeda y de los bosques y de la noche.

El hombre de arena - E. T. A. Hoffmann (parte 7)

Encontró el anillo y, poniéndoselo en el dedo, corrió de nuevo junto a Olimpia. Al subir las escaleras, y cuando se encontraba ya en el vestíbulo, oyó un gran estrépito que parecía venir del estudio de Spalanzani. Pasos, crujidos, golpes contra la puerta, mezclados con maldiciones y juramentos:
—¡Suelta! ¡Suelta de una vez!
—¡Infame!
—¡Miserable!
—¿Para esto he sacrificado mi vida? ¡Este no era el trato!
—¡Yo hice los ojos!
—¡Y yo los engranajes!
—¡Maldito perro relojero!
—¡Largo de aquí, Satanás!
—¡Fuera de aquí, bestia infernal!

Eran las voces de Spalanzani y del horrible Coppelius que se mezclaban y retumbaban juntas. Nataniel, sobrecogido de espanto, se precipitó en la habitación. El profesor sujetaba un cuerpo de mujer por los hombros, y el italiano Coppola tiraba de los pies, luchando con furia para apoderarse de él. 

Nataniel retrocedió horrorizado al reconocer el rostro de Olimpia; lleno de cólera, quiso arrancar a su amada de aquellos salvajes. Pero al instante Coppola, con la fuerza de un gigante, consiguió hacerse con ella descargando al mismo tiempo un tremendo golpe sobre el profesor, que fue a caer sobre una mesa llena de frascos, cilindros y alambiques, que se
rompieron en mil pedazos. 

Coppola se echó el cuerpo a la espalda y bajó rápidamente las escaleras profiriendo una horrible carcajada; los pies de Olimpia golpeaban con un sonido de madera en los escalones. Nataniel permaneció inmóvil. Había visto que el pálido rostro de cera de Olimpia no tenía ojos, y que en su lugar había unas negras cavidades: era una muñeca sin vida.

Spalanzani yacía en el suelo en medio de cristales rotos que lo habían herido en la cabeza, en el pecho y en un brazo, y sangraba abundantemente.

Reuniendo fuerzas dijo:
—¡Corre tras él! ¡Corre! ¿A qué esperas? ¡Coppelius me ha robado mi mejor autómata! ¡Veinte años de trabajo! ¡He sacrificado mi vida! Los engranajes, la voz, el paso, eran míos; los ojos, te he robado los ojos, maldito, ¡corre tras él! ¡Devuélveme a mi Olimpia! ¡Aquí tienes los ojos!

Entonces vio Nataniel en el suelo un par de ojos sangrientos que lo miraban fijamente. Spalanzani los recogió y se los lanzó al pecho. El delirio se apoderó de él y, confundidos sus sentidos y su pensamiento, decía:
—¡Huy… Huy…! ¡Círculo de fuego! ¡Círculo de fuego! ¡Gira, círculo
de fuego! ¡Linda muñequita de madera, gira! ¡Qué divertido…!

Y precipitándose sobre el profesor lo agarró del cuello. Lo hubiera estrangulado, pero el ruido atrajo a algunas personas que derribaron y luego ataron al colérico Nataniel, salvando así al profesor. 

Segismundo, aunque era muy fuerte, apenas podía sujetar a su amigo, que seguía gritando con voz terrible:
—Gira, muñequita de madera —pegando puñetazos a su alrededor.

Finalmente consiguieron dominarlo entre varios. Sus palabras seguían oyéndose como un rugido salvaje, y así, en su delirio, fue conducido al manicomio.

Antes de continuar, ¡oh amable lector!, con la historia del desdichado Nataniel, puedo decirte, ya que te interesarás por el mecánico y fabricante de autómatas Spalanzani, que se restableció completamente de sus heridas.

Se vio obligado a abandonar la universidad porque la historia de Nataniel había producido una gran sensación y en todas partes se consideró intolerable el hecho de haber presentado en los círculos de té —donde había tenido cierto éxito— a una muñeca de madera. 

Los juristas encontraban el engaño tanto más punible cuanto que se había dirigido contra el público y con tanta astucia que nadie (salvo algunos estudiantes muy inteligentes) había sospechado nada, aunque ahora todos decían haber concebido
sospechas al respecto. 

Para algunos, entre ellos un elegante asiduo a las tertulias de té, resultaba sospechoso el que Olimpia estornudase con más frecuencia que bostezaba, lo cual iba contra todas las reglas. Aquello era debido, según el elegante, al mecanismo interior que crujía de una manera distinta, etcétera. 

El profesor de poesía y elocuencia tomó un poco de rapé y dijo alegremente:
—Honorables damas y caballeros, no se dan cuenta de cuál es el quid del asunto. Todo ha sido una alegoría, una metáfora continuada. ¿Comprenden? ¡Sapienti sat!

Pero muchas personas honorables no se contentaron con aquella explicación; la historia del autómata los había impresionado profundamente y se extendió entre ellos una terrible desconfianza hacia las figuras humanas. 

Muchos enamorados, para convencerse de que su amada no era una muñeca de madera, obligaban a esta a bailar y a cantar sin seguir los compases, a tricotar o a coser mientras les escuchaban en la lectura, a jugar con el perrito… etc., y, sobre todo, a no limitarse a escuchar, sino que también debía hablar, de modo que se apreciase su sensibilidad y su pensamiento. En algunos casos, los lazos amorosos se estrecharon más; en otros, esto fue causa de numerosas rupturas.

—Así no podemos seguir, decían todos.
Ahora en los tés se bostezaba de forma increíble y no se estornudaba nunca para evitar sospechas.
Como ya hemos dicho, Spalanzani tuvo que huir para evitar una investigación criminal por haber engañado a la sociedad con un autómata.

Coppola también desapareció. Nataniel se despertó un día como de un sueño penoso y profundo, abrió los ojos, y un sentimiento de infinito bienestar y de calor celestial lo invadió. Se hallaba acostado en su habitación, en la casa paterna. Clara estaba inclinada sobre él y, a su lado, su madre y Lotario.

—¡Por fin, por fin, querido Nataniel! ¡Te has curado de una grave enfermedad! ¡Otra vez eres mío!
Así hablaba Clara, llena de ternura, abrazando a Nataniel que murmuró entre lágrimas:
—¡Clara, mi Clara!
Segismundo, que no había abandonado a su amigo, entró en la habitación. Nataniel le estrechó la mano:
—Hermano, no me has abandonado.

Todo rastro de locura había desaparecido, y muy pronto los cuidados de su madre, de su amada y de los amigos le devolvieron las fuerzas. La felicidad volvió a aquella casa, pues un viejo tío, de quien nadie se acordaba, acababa de morir y había dejado a la madre en herencia una extensa propiedad cerca de la ciudad. 

Toda la familia se proponía ir allí, la madre, Lotario, y Nataniel y Clara, quienes iban a contraer matrimonio. Nataniel estaba más amable que nunca. Había recobrado la ingenuidad de su niñez y apreciaba el alma pura y celestial de Clara. Nadie le recordaba el pasado ni en el más mínimo detalle. Sólo cuando Segismundo fue a despedirse de él le dijo:
—Bien sabe Dios, hermano, que estaba en el mal camino, pero un ángel me ha conducido a tiempo al sendero de la luz. Ese ángel ha sido Clara.

Segismundo no le permitió seguir hablando, temiendo que se hundiera en dolorosos pensamientos. Llegó el momento en que los cuatro, felices, iban a dirigirse hacia su casa de campo. Durante el día hicieron compras en el centro de la ciudad. La alta torre del ayuntamiento proyectaba su sombra gigantesca sobre el mercado.
—¡Vamos a subir a la torre para contemplar las montañas! —dijo Clara.

Dicho y hecho; Nataniel y Clara subieron a la torre, la madre volvió a casa con la criada, y Lotario, que no tenía ganas de subir tantos escalones, prefirió esperar abajo. Enseguida se encontraron los dos enamorados, cogidos del brazo, en la más alta galería de la torre contemplando la espesura de los bosques, detrás de los cuales se elevaba la cordillera azul, como una ciudad de gigantes.

—¿Ves aquellos arbustos que parecen venir hacia nosotros? —preguntó Clara. Nataniel buscó instintivamente en su bolsillo y sacó los prismáticos de Coppola. Al llevárselos a los ojos vio la imagen de Clara ante él. Su pulso empezó a latir con violencia en sus venas; pálido como la muerte, miró fijamente a Clara. 

Sus ojos lanzaban chispas y empezó a rugir como un animal salvaje; luego empezó a dar saltos mientras decía riéndose a carcajadas:
—¡Gira muñequita de madera, gira! —y, cogiendo a Clara, quiso
precipitarla desde la galería; pero, en su desesperación, Clara se agarró a la barandilla. Lotario oyó la risa furiosa del loco y los gritos de espanto de Clara; un terrible presentimiento se apoderó de él y corrió escaleras arriba.

La puerta de la segunda escalera estaba cerrada. Los gritos de Clara aumentaban y, ciego de rabia y de terror, empujó la puerta hasta que cedió.
La voz de Clara se iba debilitando:
—¡Socorro, sálvenme, sálvenme! —su voz moría en el aire.
—¡Ese loco va a matarla! —exclamó Lotario. También la puerta de la galería estaba cerrada. La desesperación le dio fuerzas y la hizo saltar de sus goznes. 

¡Dios del cielo! Nataniel sostenía en el aire a Clara, que aún se
agarraba con una mano a la barandilla. Lotario se apoderó de su hermana con la rapidez de un rayo. Golpeó en el rostro a Nataniel, obligándolo a soltar la presa. Luego bajó la escalera con su hermana desmayada en los brazos. Estaba salvada.

Nataniel corría y saltaba alrededor de la galería gritando:
—¡Círculo de fuego, gira, círculo de fuego!
La multitud acudió al oír los salvajes gritos y entre ellos destacaba por su altura el abogado Coppelius, que acababa de llegar a la ciudad y se encontraba en el mercado. Cuando alguien propuso subir a la torre para dominar al insensato, Coppelius dijo riendo:
—Sólo hay que esperar, ya bajará solo —y siguió mirando hacia arriba como los demás.

Nataniel se detuvo de pronto y miró fijamente hacia abajo, y
distinguiendo a Coppelius gritó con voz estridente: 

—¡Ah, hermosos ojos, hermosos ojos! —y se lanzó al vacío.
Cuando Nataniel quedó tendido y con la cabeza rota sobre las losas de la calle, Coppelius desapareció.

Alguien asegura haber visto años después a Clara, en una región apartada, sentada junto a su dichoso marido ante una linda casa de campo. Junto a ellos jugaban dos niños encantadores. Se podría concluir diciendo que Clara encontró por fin la felicidad tranquila y doméstica que correspondía a su dulce y alegre carácter y que nunca habría disfrutado junto al fogoso y exaltado Nataniel.

La sombra de la guillotina - Washington Irving

Cuando la claridad del día siguió su camino hacia el oeste, dejando al Sol oculto tras oscuros nubarrones, París se sumió en una negra y fría noche de invierno. La lluvia comenzó a caer, como si hubiera estado aguardando la llegada de las tinieblas. Un viento helado, salido tal vez de las entrañas del Polo, ayudó a barrer de almas y cuerpos las calles de la ciudad. Al filo de la medianoche, una sombra se dirigió, calado el hongo hasta las orejas y envuelta en fusca y amplia capa, a la única casa que aún mantenía una tenue luz encendida en la sórdida calle.

El solitario viandante empujó la chirriante puerta de madera que tenía ante sí y penetró en el local. Se trataba de una mugrienta taberna de ennegrecidas e inexpresivas paredes, cuyo único y discordante adorno eran unas raídas y no menos mugrosas escarapelas tricolores de la todavía incipiente Revolución. El recién llegado denotaba un cierto aire de distinción, era alto y flaco, y su mirada parecía la de alguien que ha contemplado los mayores horrores del mundo, pues sus ojos aparecían negros y penetrantes. Atravesó la solitaria estancia, muy decidido y, dirigiéndose al bodeguero, pidió un doble de coñac.

Su momentáneo interlocutor cumplió el encargo. Pero éste, un personaje grueso, bajo, de nariz colorada, mirada bonachona y delantal sucio trató de mantener una conversación, pues seguramente estaba atendiendo al último cliente de la noche:

–Mala hora para andar por estas calles. A no ser que vengáis de algún sitio cercano. Supongo que os habréis puesto perdido de agua.

El desconocido, tras beber un largo trago de licor, contestó:

–Vuelvo del edificio solitario que se encuentra al final de esta calle.

El otro le contempló asombrado.

–Pero, eso es...

–Sí, ¡el manicomio! –añadió el cliente, sonriendo al comprobar el efecto que causaban sus palabras–. No tema. Estoy todavía muy lejos de que se me pueda considerar un huésped de ese lugar. Simplemente, soy un visitante.

Más tranquilo, el tabernero siguió hablando:

–Entonces, señor, a no ser que tengáis un familiar recluido, no veo que os ha llevado a ir allí una noche tan desapacible como ésta.

–¿Qué puede usted saber, amigo mío, de los ocultos motivos que conducen a los hombres a la casa de los locos? Aunque tal vez, si le cuento el horror que he padecido esta tarde en una de sus gavias, es posible que llegue a comprender las razones que tanto le extrañan. Soy médico. De esos que remueven el interior de los cadáveres intentando descubrir de qué modo suplantaron el papel de un vivo. Esta mañana ha fallecido un paciente, un joven. Mientras examinaba sus vísceras, me han contado su historia.

* * *

Se trataba de un estudiante, creo que alemán o austríaco, llamado Gottfried Wolfgang, que llevaba cierto tiempo residiendo en París. Según he sabido, al mismo tiempo que cursaba sus estudios en una universidad germana, la de Notinga, inició el aprendizaje y la práctica de ciertas ciencias esotéricas. Al principio todo parecía indicar que se trataba de una mera distracción. Pero, muy pronto, su carácter impresionable venció a su sentido común y empezó a ver visiones. 

Creía que se hallaba rodeado de espíritus malignos que pretendían apoderarse de su alma para conducirle con ellos a las cámaras de tortura de sus infernales moradas. Como fruto de sus inquietantes alucinaciones, su salud comenzó a decaer peligrosamente. Sin embargo, lejos de rehuir el contacto con tan peligrosas enseñanzas, siguió tratando de ampliar el campo de sus conocimientos. Durante el día, se encerraba en extrañas y ponzoñosas bibliotecas, consultando viejos libros de brujería, y por la noche, aterrorizado, se recluía en su habitación.

Cuando sus padres descubrieron el progresivo desvarío que amenazaba al joven, decidieron enviarle a una ciudad donde reinase la alegría y la diversión. De esta manera, fechas después, Gottfried llegó a París. Pero su presencia coincidió con los albores de la Revolución. El delirio popular sedujo enseguida su espíritu emotivo, y las teorías políticas y filosóficas de la época le entusiasmaron.

Sin embargo, las sangrientas escenas que se desarrollaron a continuación hirieron su sensibilidad, le desilusionaron de la sociedad y del mundo, y le animaron, más que nunca, a hacer una vida de recluso. Se retiró a una habitación solitaria del Barrio Latino, paraíso de los estudiantes. Y allí, en una calle sombría, cerca de los austeros muros de La Sorbona, continuó sus especulaciones favoritas. Pasaba jornadas enteras en las grandes bibliotecas parisinas, esos panteones de autores difuntos, hojeando los viejos mamotretos polvorientos, a fin de satisfacer su morboso apetito. Era como una especie de vampiro literario, que se alimentaba de textos muertos.

A pesar de la soledad y la reclusión, Wolfgang mantenía un ardiente temperamento, cuyo fuego estuvo atizando durante mucho tiempo con la imaginación. Era demasiado tímido e ignorante de las cosas de este mundo para tener éxito entre las mujeres. Pero sentía una gran admiración por la belleza femenina y, muy a menudo, pensaba en las figuras y rostros que había visto en la calle, y su imaginación los revestía de perfecciones y encantos que sobrepasaban a la realidad.

Cuando su espíritu se exaltaba de tal suerte, le dominaba una visión que le producía unos efectos extraordinarios. Se le aparecía un rostro femenino de belleza trascendental, y la impresión que le desencadenaba era tan honda que a duras penas podía rehacerse. Aquel rostro llenaba sus pensamientos de día y sus sueños durante la noche. Y llegó a enamorarse perdidamente de aquella mujer soñada. Su pasión se convirtió en una de esas ideas fijas, que se adueñan de los espíritus melancólicos y que, a veces, se toman por locura.

Así era Gottfried Wolfgang y ese su estado de ánimo en el momento que empieza la historia que me contaron. Regresaba a su casa, en una noche borrascosa, por las sombrías y viejas calles de La Marais, el más antiguo barrio de París. El sordo rugido del trueno hacia temblar las casas y las estrechas callejas. Llegó a la plaza de Gréve, donde se llevaban a cabo las ejecuciones públicas. Los rayos centelleaban sobre las altas torres del viejo Ayuntamiento y su fulgor iluminaba la plaza. 

Al encontrarse tan cerca de la guillotina retrocedió horrorizado. El terror estaba en todo su apogeo y el terrible instrumento de muerte, siempre a punto, relucía con la sangre de los justos y los valientes. Aquel mismo día, el siniestro aparato había trabajado activamente segando cabezas, y allí estaba, en el corazón de la ciudad silenciosa y dormida, esperando nuevas víctimas.

Wolfgang sintió que el corazón se le oprimía y decidió dejarse. Pero, en aquel momento, vio una figura encogida al pie de los escalones que daban acceso al tablado. Unos cuantos relámpagos seguidos le permitieron observarla mejor: era una simple silueta femenina, vestida de negro, sentada en el último de los escalones. Tenía el busto inclinado hacia adelante y la cara escondida entre las rodillas; sus largas trenzas, oscuras y despeinadas, llegaban al suelo, mojadas por la lluvia que caía a torrentes. 

Wolfgang permaneció inmóvil. Había algo terriblemente patético en aquella solitaria imagen de la angustia. La dama daba la sensación de pertenecer a la alta sociedad. En aquellos tiempos difíciles más de una bella cabeza acostumbrada a la blandura del plumón, no tenía donde apoyarse. Sin duda, debía tratarse de una viuda, a la cual la siniestra cuchilla acababa de dejar sola, con el corazón destrozado y que permanecía allí, en el lugar donde le habían arrebatado aquello que le era más querido.

Gottfried se acercó y le dirigió la palabra en un tono que revelaba una profunda simpatía. Ella levantó la cabeza y le miró con gesto extraviado.

¡Cuál no sería el asombro de Wolfgang al contemplar, bajo la luz de los relámpagos, el rostro que llenaba sus sueños: lívido y desesperado y, sin embargo, de una belleza arrebatadora!

Agitado por sentimientos violentos y contradictorios, le dirigió la palabra de nuevo, temblando. Se extrañó de verla sola, en una hora tan avanzada de la noche, bajo la furiosa tormenta, y se ofreció a conducirla a casa de algún amigo. Ella señaló la guillotina con un gesto muy expresivo.

–Ya no me quedan amigos en este mundo –dijo, sin ninguna esperanza.

–¿Y no tiene usted dónde ir?

–Sí... ¡Mi tumba!

Al escucharla, el corazón del estudiante alemán se estremeció de emoción.

–Si un extraño pudiese hacerle un ofrecimiento –propuso Wolfgang, sin quererse rendir–, no corriendo el riesgo de ser mal comprendido, yo me permitiría brindarle mi humilde morada por alojamiento, y a mí mismo como su más devoto amigo. Yo tampoco tengo a nadie, soy un extraño en este país. Pero si mi vida puede servirle de algo, está a su servicio y la sacrificaré gustoso para evitarle daño u ofensa.

Los modales graves y fervientes del joven produjeron su efecto. Incluso su acento extranjero, que demostraba que no tenía nada en común con la chusma parisina, habló en su favor. Además, el verdadero entusiasmo posee una elocuencia incuestionable. La angustia de la señora cedió un tanto bajo la protección del estudiante.

Le ayudó a cruzar el puente Nuevo y la plaza en la que la estatua de Enrique IV yacía tirada en el suelo derribada por el populacho. La tormenta se había calmado, aunque todavía sonaba el rugido de los truenos en la lejanía. París parecía reposar. Aquel gran volcán de las pasiones humanas dormía durante un rato para recuperar las fuerzas necesarias que alimentarían la erupción del día siguiente. 

El estudiante condujo a su protegida a través de las viejas calles del Barrio Latino, rodeó los muros de La Sorbona y llegó al miserable hostal donde tenía su habitación. El portero que le abrió manifestó su sorpresa al ver al melancólico Wolfgang en compañía de una mujer.

Al entrar en su morada, el joven alemán se avergonzó de la pobreza y el desorden de su hospedaje. No tenía más que una habitación: una sala de viejo estilo, adornada con pesadas esculturas y extravagantemente amueblada con restos marchitos de un antiguo esplendor. 

Se trataba, en efecto, de uno de esos hoteles cercanos al Luxemburgo, que antaño habían pertenecido a la nobleza. La habitación estaba llena de libros, papeles y todas esas cosas propias de un estudiante, la cama se hallaba situada en un rincón, en una especie de alcoba.

Cuando hubo encendido una bujía y pudo contemplar la belleza de la desconocida, se sintió más emocionado que nunca. Su rostro era pálido, pero de una blancura radiante, realzada por la aureola de una espesa cabellera negra; sus enormes ojos brillaban con una expresión un tanto esquiva; sus formas, bajo el traje oscuro, eran de una armonía perfecta. 

De toda su persona emanaba un aire de nobleza, a pesar de la sencillez de su atavío. Lo único que tenía cierta coquetería en toda su ropa era un pañuelo de negro terciopelo que llevaba en el cuello prendido con un alfiler de brillantes.

El estudiante se sentía un poco embarazado al pensar en la mejor manera de acomodar de una forma conveniente al pobre ser abandonado que había tomado bajo su protección. Pensaba en cederle su habitación y buscar otra para él. Sin embargo, se notaba tan fascinado, su espíritu y sus sentidos se hallaban tan atraídos, que no podía apartarse de su presencia. 

También la actitud de ella era rara y sorprendente. Ya no pensaba en la guillotina y hasta su dolor parecía calmado. Las atenciones de Wolfgang que, al principio ganaron su confianza, ahora habían conquistado además su corazón. Evidentemente, ella era también muy apasionada, y los seres apasionados se compenetran muy pronto.

Bajo la embriaguez del momento, el estudiante le declaró su amor; le contó la historia de su sueño misterioso, de cómo ella se había adueñado de su corazón mucho antes de conocerla. La dama admitió que se sentía también atraída hacia él por una fuerza inexplicable. La época predisponía a todos los atrevimientos, tanto en las ideas como en las acciones; los prejuicios y viejas supersticiones habían sido barridos. Ahora todo sucedía bajo los auspicios de la «Diosa Razón».

Incluso los espíritus más honorables consideraban el matrimonio como una fórmula en desuso, otra más en el fárrago de contrasentidos del Antiguo Régimen. Se habían puesto de moda los contratos sociales, y Wolfgang era demasiado teórico para no dejarse influir por las doctrinas liberales de la época.

–¿Por qué separarnos? –preguntó–. Nuestros corazones desean estar juntos, a los ojos de la razón y del honor ya estamos unidos. ¿Qué necesidad tienen las almas nobles de fórmulas vulgares?

La dama escuchaba con emoción. Evidentemente compartía las mismas ideas.

–Tú no tienes ni casa ni familia –añadió Wolfgang–. Déjame ser todo eso para ti; o mejor, seámoslo el uno para el otro. Y si la fórmula es necesaria, observémosla. He aquí mi mano. Me uno a ti para siempre.

–¿Para siempre? –inquirió gravemente la desconocida.

–¡Para siempre! –respondió él.

La dama tomó la mano que le tendía.

–Entonces soy tuya –murmuró, y se echó en brazos del joven estudiante.

Se entregaron al contrato de los besos, al reconocimiento de que realmente eran el uno del otro. Lentamente se sumieron en una delirante felicidad, que se prolongó durante todo el resto de la noche. A la mañana siguiente, Gottfried salió muy temprano para buscar alojamiento. Necesitaba algo más espacioso y conforme a su nuevo estado. 

Su esposa continuaba durmiendo y no quiso despertarla. Cuando volvió, la encontró tendida en el lecho con la cabeza echada hacia atrás, bajo el brazo. Le habló, pero no recibió contestación. Se acercó para despertarla y cambiarla de aquella incómoda postura, y la tomó de la mano. Pero ésta se hallaba fría e inerte. Su rostro era una máscara lívida y dura. En una frase escueta: estaba ante un cadáver.

Sobrecogido de espanto, dio la alarma en toda la casa. A continuación se desarrolló una escena de confusión y horror. Acudió la policía y cuando el oficial penetró en la estancia y vio el cadáver, se echó a temblar.

–¡Dioses inmortales! –exclamó–. ¿Cómo ha podido llegar esta mujer hasta aquí?

–¿Luego la conoce? –preguntó Wolfgang, precipitadamente.

–¡Qué si la conozco! –repitió el oficial–. La guillotinaron ayer.

Se acercó; deshizo el nudo del negro pañuelo que llevaba al cuello el cadáver, y la cabeza de éste rodó hasta el suelo.

El estudiante empezó a gemir en un acceso de delirio:

–¡El demonio! ¡Es el demonio que se ha apoderado de mí...! ¡Estoy condenado para siempre...!

Desde aquel instante, Wolfgang perdió totalmente la razón. Sus visiones se repitieron con mayor frecuencia y tuvo que ser internado en el manicomio. Y hoy mismo, presa de una extraña agitación, ha muerto en su celda. Tras finalizar mi examen, yo mismo he firmado el certificado de defunción, y he escrito a sus padres comunicándoles la triste nueva.

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Nada más que el médico terminó de hablar, el bodeguero le miró en silencio durante unos instantes. Luego, tras servirle más licor y escanciar él mismo una copa, afirmó:

–Para mí está muy claro, señor. Se ve que el estudiante alemán era un tímido que no se atrevía a acercarse a las mujeres. Su locura hizo el resto. Una noche, desesperado, robó el cadáver de una mujer del cementerio y lo llevó a su casa. A la mañana siguiente, cuando se le pasó el furor, se dio perfecta cuenta de lo que había hecho y se volvió más loco de lo que estaba. Hoy sus remordimientos habrán sido más fuertes y su corazón no lo ha podido resistir.

El médico le miró seriamente.

–En efecto, eso es lo que pensábamos todos los que estábamos en el manicomio, hasta que abrimos la mano cerrada del cadáver y cayó al suelo este objeto –dijo, sacando de uno de sus bolsillos una cinta de terciopelo negro, cuyo broche era un bonito alfiler de diamantes.