El poeta chilló:
—¡Fruto del demonio! ¡Garabatos de lagarto! ¡Canguro maníaco! —Su angulosa figura cruzó el umbral de un salto; pero luego quedó como paralizado—: ¡Espíritu malvado! —exclamó con un nudo en la garganta.
El ser objeto de este insulto proferido con rostro de color jaspeado permanecía sentado, ajeno a todo lo demás, en un banco de nieve de papeles poéticos reducidos a trocitos pequeños. Unos originales nacidos de una sudorosa gestación y tecleados con temblorosa angustia.
—¡Pulpo lunático y espumarajeante! ¡Mico con manos de azada! —Los ojos bordados de venas de sangre de Ruthlen Beauson formaban unas bolsas como gibas detrás de las gafas con montura de cuerno. Sobre los costados sin caderas, los dedos temblaban como leprosas vainas de habichuelas agitadas por un temporal. El hombre sufría los tormentos de unas úlceras dentro de otras úlceras.
—¡Huno! —gritaba con renovado furor—. ¡Godo! ¡Apache! ¡Nihilista loco!
Con la saliva descendiendo de la boca, que empezaba a sacar dientes, el pequeño Gardner Beauson dedicaba una sonrisa de diente único a su paralizado progenitor. La destrozada poesía rezumaba a través de sus rollizos puños mientras el semiesferoide de sus posaderas descansaba húmedamente sobre cada lacerado anfibraco con variaciones yámbicas.
Ruthlen Beauson emitió un gemido salido de un alma destrozada.
—Confusión —lamentóse con voz temblorosa—. Fárrago sin freno ni medida.
Luego, de súbito, los ojos se le repujaron en unas órbitas metálicas, los dedos se le petrificaron en la actitud del estrangulador.
—Acabaré con él —balbució débilmente—. Le quebraré el hioides con la argolla de mis pulgares.
En esta coyuntura, Athene Beauson, con la bata salpicada, las manos goteando arcilla jabonosa, irrumpió en la habitación como un espectro de venganza resucitado del barro.
—¿Qué hay ahora? —preguntó con acento agrio a través de unos dientes que rechinaban.
—¡Mira! ¡Mira! —Como era de rigor, el índice de Ruthlen Beauson avanzaba como una puñalada certera señalando al risueño pequeñajo—. ¡Ha destruido mis Cantos de Baluarte! —Sus salidos ojos adquirían el brillo de la locura—. Le voy a descuartizar —susurró en un gorjeo asesino—, ¡voy a descuartizar a esa víbora enroscada!
—¡Ah..., pues, mira! —ordenó Athene, echando para atrás al carnicero por vocación que se estaba volviendo su esposo, y arrastrando al hijo después de levantarlo , cogiéndolo por la camiseta empapada de saliva.
Suspendido sobre montones de rajadas musas, el pequeño miraba a su madre con aire socarrón.
—¡Cachorro! —le espetó ella, y le soltó un manotazo en las bulbosas posaderas.
Gardner Beauson chilló estridentemente en inflamatoria protesta, y cuando le señalaron la puerta, salió, mientras su cerebrito se amartillaba ya para nuevas hazañas. Con un resto de arcilla sobre las braguitas, se introdujo anadeando y con unos ojos como naranjas, en el cuerno de la abundancia de cosas quebradizas que constituía la sala de estar, mientras Athene se volvía y contemplaba al marido de rodillas y horrorizado, sobre las ruinas de dos lustros de trabajo.
—Me suicidaré —murmuraba el poeta con los hombros caídos—. Me inyectaré líquidos letales en las venas.
—Levántate, levántate —dijo Athene vivamente, con una máscara de acerbidad por cara.
Ruthlen se puso en pie bamboleándose.
—Le mataré, sí; eliminaré definitivamente a esa fiera arrugada —dijo con el corazón hueco todavía por el pasmo.
—Eso no solucionaría nada —dijo la esposa—. Aun cuando... —Y los ojos se le dulcificaron un momento ante la idea de empujar a Gardner adentro de un depósito lleno de caimanes. Sus carnosos labios se estremecieron en el inicio de una sonrisa trémula.
Luego los ojos se le endurecieron como el pedernal.
—Eso no solucionaría nada —repitió—, y ya es hora de que resolvamos este maldito problema.
Ruthlen miraba con ojo atontado las ruinas de su composición poética.
—Le mataré —les prometió a los esparcidos trozos—. Yo le...
—Ruthlen, escúchame —dijo la mujer, cerrando en puños los dedos, recubiertos de arcilla.
El hombre levantó por un momento la inerte mirada.
—Gardner necesita un compañero de juego —declaró la mujer—. Lo he leído en un libro. Necesita un compañero de juego.
—Le mataré —murmuraba Ruthlen.
—¿Quieres escucharme?
—Mátale.
—¡Te digo que Gardner ha de tener un compañero de juego! No me importa si podemos permitírnoslo o no, ¡pero lo necesita!
—Matar —silbaba el poeta entre dientes—. Matar.
—¡Si no tenemos ni un centavo, no me importa! ¡Tú necesitas tiempo para la poesía, y yo lo necesito para esculpir!
—Mis Canciones de Baluarte...
—¡Ruthlen Beauson! —chillaba Athene un momento antes de que se oyera el estrépito ensordecedor de un jarrón hecho añicos.
—¡Buen Dios! ¿Qué será ahora? —exclamó Athene.
Le encontraron montado en el manto de la chimenea, maullando en demanda de socorro y de un cambio inmediato de braguitas...
¡LA MUÑECA QUE LO HACE TODO!
Athene estaba plantada delante del vidrio cilindrado del escaparate, haciendo pucheritos con los labios y sumido el pensamiento en profunda deliberación. Por su mente subían y bajaban los platillos de un terrible sopesar: por una parte, la tremenda necesidad; por otra, unos ingresos nulos, inexistentes. Dinero no tenían, esto estaba clarísimo. No se podía pensar en una escuela maternal, y menos todavía en una niñera particular. Y, sin embargo, había de haber una solución; tenía que haberla.
Athene se revistió de valor y entró en la tienda.
El dueño levantó los ojos; una cariñosa sonrisa marcó unos hoyuelos en sus mejillas de manzana, dando la bienvenida a la cliente.
—Esa muñeca —inquirió Athene—. ¿Hace de verdad todo lo que dice el cartel anunciador?
—Esa muñeca —respondió el vendedor con una sonrisa de dos palmos— no tiene comparación; es el juguete sin par. Anda, habla, come y bebe, hace sus necesidades, ronca cuando duerme, baila una giga, monta en un columpio y canta las letras de siete canciones infantiles famosas —el hombre se interrumpió para recobrar aliento—. Para nombrar unas cuantas —dijo—, canta Molly Andrews...
—¿Cuánto vale?
—Nada estilo crawl un trecho de quince metros, lee un libro, toca trece estudios sencillos en el piano, siega el césped, se cambia las braguitas por sí misma, trepa a un árbol y eructa.
—¿Y cuál es el precio de...?
—Y crece —añadió el vendedor.
—¿Eh...?
—Crece —reiteró el hombre, poniendo los ojos como dos rendijas—. Dentro de su cuerpo de plástico, tiene todas las células y los protoplasmas necesarios para un ciclo de maduración que alcanzará hasta los veinte años.
Athene estaba boquiabierta.
—A ciento siete con cincuenta es, indudablemente, una ganga —concluyó el tendero—. ¿Quiere que se la envuelva, o prefiere que la muñeca la acompañe a casa andando?
Dentro de la cabeza de Athene Beauson zumbaba un enjambre de avispas furiosas —sendos pensamientos—. Era el compañero de juego perfecto para el pequeño Gardner. Pero ¡ciento siete con cincuenta! El alarido de Ruthlen dejaría las ventanas sin cristales, cuando viera la etiqueta.
—No puede equivocarse —le decía el vendedor.
¡Y él necesita un compañero de juego!
—Para la cuestión del pago, podemos solucionarlo a base de cómodos plazos —el vendedor se había dado cuenta del problema de la parroquiana y le disparaba su coup de grâce.
Todos los pensamientos desaparecieron como fichas barridas de una mesa de juego. Los ojos de Athene se iluminaron; una sonrisa repentina levantó los ángulos de sus labios.
—Un muñeco —pidió vivamente—. Un niño de un año.
El vendedor corrió hacia los estantes...
Las ventanas no se quedaron sin cristales; pero a la buena de Athene los oídos le zumbaron durante media hora.
—¿Estás loca? —El grito del marido era una serie de cuchillas estridentes que se le hundían en el cerebro—. ¡Ciento siete con cincuenta!
—Podemos pagar a plazos.
—¿Con qué? —chillaba el marido—. ¡Con trozos de papel desechados y arcilla!
—¿Qué prefieres? —disparaba a su vez Athene—, ¿que tu hijo deambule por la casa desgarrando, rompiendo, rasgando, aplastándolo todo?
Ruthlen hacía una mueca ante cada una de estas palabras, como si fueran otros tantos golpes que le dieran a la cabeza con porras claveteadas. Y acabó cerrando los ojos detrás del medio centímetro y pico de grosor de los lentes—. Y se estremeció como era de rigor.
—Basta —murmuró, levantando la pálida mano en señal de rendición—. Basta, basta.
—Llevémosle el muñeco a Gardner —dijo Athene, muy excitada,
Ambos corrieron al cuartito del hijo, a quien sorprendieron echando abajo las cortinas. Un Ruthlen sibilante y con la cara tensa le arrancó del antepecho de la ventana y le dio con los nudillos en la cabeza. Gardner parpadeó una sola vez sobre los enrojecidos ojos.
—Bájalo al suelo —se apresuró a recomendar Athene—. Deja que lo vea.
Gardner miraba fijamente, entreabierta la boca, con su diente único, al muñequito sentado, tan calladito, delante de él. El muñeco tenía sus mismas dimensiones, aproximadamente, cabello negro, ojos azules, carne rosada y llevaba braguitas, exactamente igual que un niño de verdad.
Gardner parpadeaba furiosamente.
—Activa el mecanismo —murmuró Ruthlen. Y Athene se inclinó y pulsó el botoncito.
Gardner se echó atrás en babeante consternación al ver que el muñeco le sonreía.
—¡Bah–bih–bah–bah! —gritaba histéricamente Gardner.
—Bah–bih–bah–bah —repitió el muñeco a su vez. Gardner se escabulló hacia atrás, desencajados los ojos, y, acurrucado en actitud recelosa, observó cómo el muñeco avanzaba hacia él. Como la pared le impidió seguir retrocediendo, se agachó aturdido, nervioso y atónito, hasta que el muñeco se detuvo, con un chasquido metálico, delante de él.
—Bah–bih–bah–bah —el muñeco sonrió de nuevo, luego eructó una sola vez y se puso a bailar una giga sobre el linóleo.
Los turgentes labios de Gardner se extendieron, bruscamente, en una sonrisa idiota. Gardner se puso a gorjear gozosamente. Los ojos de sus padres se cerraron al mismo tiempo que unas sonrisas beatíficas arrugaban sus agradecidos rostros, mientras todo pensamiento o cavilación de tipo monetario quedaban absolutamente borrados.
—¡Oh! —murmuró Athene, admirada.
—No puedo creer que sea cierto —dijo su marido, con la voz hueca de espantada admiración...
Durante semanas, Gardner y su amigo, el muñeco mecánico, fueron inseparables. Se sentaban juntos, dirigiéndose miradas tiernas, de soslayo, riendo movidos por íntimas complacencias y, en general, saboreando plenamente sus babeantes intercambios de opiniones. Todo lo que Gardner hiciera, el muñeco lo hacía también.
En cuanto a Ruthlen y Athene, se recreaban con el advenimiento de aquella paz casi olvidada. Ya no se oían, como martillazos sobre el yunque, aquellos alaridos que retorcían los nervios, y el aire no vibraba con el ruido de objetos rotos. Ruthlen hacía poesías, y Athene esculpía, ambos en la bendición del sosiego y la soledad de una fiesta del sabbath.
—¿Ves? —decía la esposa una noche, mientras cenaban—. Era lo único que necesitaba: un compañero. —Y Ruthlen movía la cabeza solemnemente, rindiendo tributo a la perspicacia de la mujer.
—Cierto; es cierto —susurraba feliz.
Una semana; un mes. Luego, paulatinamente, la metamorfosis.
Ruthlen, enfangado una mañana en un pegajoso pentámetro, levantó los ojos, alarmado.
—Oye —murmuró. Era el sonido del desmembramiento de un juguete.
Ruthlen corrió al cuarto de los niños y encontró a su hijo único sacando las entrañas de algodón de un muñeco que hasta entonces había respetado y querido.
El poeta permanecía delante de la habitación, sombría la mirada y los latidos del corazón debilitándosele hasta el sordo martilleo enfermizo de otros tiempos, mientras, en el cuarto de los niños, Gardner iba sacando tripa y el muñeco permanecía sentado en el suelo, observando.
—No —murmuró el poeta, percibiendo que era «sí». Y se alejó, consiguiendo convencerse, con mucho esfuerzo, de que se trataba de una casualidad.
No obstante, la tarde siguiente, a la hora de la comida, los dedos de Ruthlen y los de su esposa apretaron los bocadillos con tal fuerza que los pedazos de tomate salieron disparados por el aire y fueron a caer dentro del café.
—¿Qué es eso? —preguntó Athene, horrorizada.
A Gardner y a su muñeco los encontraron acomodados en los pedazos de lo que en otro tiempo (en tiempos más felices) fue un tiesto de flores.
El muñeco observaba con un interés vitreo mientras Gardner levantaba puñados de tierra negruzca que caía en terroncitos sucios sobre la alfombra.
—No —dijo el poeta, con las úlceras abiertas de nuevo.
—No —cayó el eco de los labios de Athene, que palidecían.
Al hijo le dieron una paliza y le acostaron; al muñeco lo encerraron en el armario. Mientras escuchaban unos maullidos doloridos, marido y mujer despacharon la comida, y unos ácidos engendraban otros ácidos peores en sus espasmódicos estómagos.
Un solo comentario se pronunció cuando cada uno de ambos se dirigía con paso inseguro a su trabajo, y fue Athene la que lo hizo.
—Ha sido una casualidad.
Pero la semana siguiente tuvieron que dejar su trabajo exactamente ochenta y siete veces.
Una vez se trataba de que Gardner estaba destrozando unos cortinajes de la sala de estar qué había echado abajo. Otra vez se trataba de que Gardner tocaba el piano con un martillo para estar a tono con el muñeco, que interpretaba una gavota de Bach. Todavía otra vez, y en multitud de veces repetidas, se trataba de una epidemia de objetos derribados, desde jarros de compota hasta sillas. En conjunto, treinta objetos quebradizos quedaron rotos, el gato desapareció, y, en cambio, el suelo se veía a través de la alfombra en aquellos lugares en donde Gardner había manifestado su pericia con las tijeras.
Al cabo de dos días, los Beauson hacían poesía y esculpían con los ojos salidos y los labios blancos y apretados sobre unos dientes que no cesaban de rechinar. Al final del cuarto, sus cuerpos sufrían un proceso de petrificación y el cerebro empezaba a osificárseles. Al final de la semana, después de muchos vuelcos y revuelcos de sus visceras, permanecían sentados o de pie en petrificado silencio, aguardando nuevos atropellos y soñando en un infanticidio violento.
El final llegó.
Una noche, mientras tomaban, para toda cena, un jarrón de calmante para el dolor de estómago, Athene y su marido permanecían sentados en las respectivas sillas, como espantapájaros afectados de rigor mortis, y los ojos convertidos en cuatro esferas de estupor rayado de venas de sangre.
—¿Qué debemos hacer? —murmuró Ruthlen con el ánimo destrozado.
La cabeza de Athene se movía de un lado para otro en sacudidas negativas.
—Yo pensaba que el muñeco... —empezó; pero luego dejó que la voz se extraviase por el aire.
—El muñeco no ha servido de nada —se lamentó Ruthlen—. Volvemos a estar en el punto de partida. Y además, hundidos en una deuda de ciento y pico, pues, según dices, no volverían a quedarse el muñeco.
—No, no se lo quedarían —asintió Athene—. Es... El ruido le cortó la frase.
Era un sonido de choques húmedos, como si alguien arrojara pellas de barro contra una pared. Barro o...
—No —Athene levantó unos ojos heridos por los latigazos del alma—. ¡Oh, no!
El repentino y espástico choque de sus sandalias con el suelo formaban un ritmo sincopado con el loco martilleo de la sangre en su corazón. El marido la siguió montado en las cañas que tenía por piernas, convertidos los labios en un tembloroso círculo de malas intenciones.
—¡Mi estatua! —gritó Athene, plantada como un mármol erigido en el umbral del estudio y contemplando con un rostro color ceniza la espantosa visión.
Gardner y el muñeco estaban interpretando Dale a las rosas del empapelado, utilizando como munición grandes puñados de arcilla arrancados de la inacabada estatua de Athene.
Athene y Ruthlen permanecían mudos de terror, contemplando al muñeco, que en la cúpula metálica del cráneo había formado nuevos enlaces sinápticos y a las facultades de danzar, trepar y eructar había añadido la de tirar arcilla.
Y de pronto, la cosa quedó perfectamente clara... La planta caída, los vasos y jarrones rotos en altos estantes... ¡Gardner había necesitado ayuda para llevar a cabo aquellas hazañas!
Ruthlen Beauson preveía un futuro fatídico; es decir, un futuro que era el pasado multiplicado por dos; todos los tormentos de marionetas de vivir con Gardner, pero multiplicados por la presencia del muñeco.
—Saca fuera de mi casa a ese monstruo de metal —murmuró Ruthlen a su esposa, por entre unos labios de hormigón armado.
—¡Pero no los cambian! —gritó ella, histérica.
—¡Entonces, voy yo a por el abrelatas! —bramó el poeta, retrocediendo sobre unas piernas firmes como peñas.
—¡La culpa no la tiene el muñeco! —gritó Athene—. ¿De qué te servirá destrozar el muñeco? La tiene Gardner. ¡La tiene el ser horrible que fabricamos entre los dos!
Los ojos del poeta produjeron un chasquido agudo dentro de las órbitas al saltar del muñeco al hijo, y otra vez al muñeco, y comprender la horrible verdad de aquella afirmación. La causa estaba en el hijo. El muñeco no hacía otra cosa que imitar; el muñeco haría todo lo que...
...le hicieran hacer.
Entonces, en aquel preciso segundo, fue cuando le vino la idea. Y con ella vino la paz a la casa de los Beauson.
A partir del día siguiente, su Gardner fue un modelo de buena conducta, y la casa se convirtió en un santuario de bienaventurada creación.
Todo era una perfecta delicia.
Fue solamente veinte años después, cuando Gardner Beauson asistía al Instituto y se topó con un estudiante de segundo año un tanto peleón y resultó con trece juntas rotas y el generador que lo movía destrozado cuando se hizo pública la fea verdad, que dejó horrorizado a todo el mundo.
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
La muñeca que lo hace todo - Richard Matheson
El Cascanueces y el rey de los ratones - E. T. A. Hoffmann (parte 1)
La Nochebuena
El día 24 de diciembre, los niños del consejero de Sanidad, Stahlbaum, no pudieron entrar en todo el día en el hall, y mucho menos en el salón contiguo. Refugiados en una habitación interior estaban Federico y María; la noche se venía encima y les fastidiaba mucho que —cosa corriente en días como aquel— no se ocuparan de ponerles luz. Federico descubrió, diciéndoselo muy callandito a su hermana menor —apenas tenía siete años—, que desde por la mañana muy temprano había sentido ruido de pasos y unos golpecitos en la habitación prohibida. Hacía poco también que se deslizó por el vestíbulo un hombrecillo con una gran caja debajo del brazo, que no era otro sino el padrino Drosselmeier. María palmoteo alegremente, exclamando:
—¿Qué nos habrá preparado el padrino Drosselmeier?
El magistrado Drosselmeier no era precisamente un hombre guapo; bajito y delgado, tenía muchas arrugas en el rostro; en el lugar del ojo derecho llevaba un gran parche negro, y disfrutaba de una enorme calva, por lo cual llevaba una hermosa peluca, que era de cristal y una verdadera obra maestra.
Además, el padrino era muy habilidoso; entendía mucho de relojes y hasta sabía hacerlos. Cuando uno de los hermosos relojes de casa de Stahlbaum se descomponía y no daba la hora ni marchaba, se presentaba el padrino Drosselmeier, se quitaba la peluca y el gabán amarillo, se anudaba un delantal azul y comenzaba a pinchar el reloj con instrumentos puntiagudos que a la pequeña María le solían producir dolor pero que no se lo hacían al reloj, sino que le daban vida, y al poco comenzaba a marchar y a sonar, con gran alegría de todos.
Siempre que iba llevaba en el bolsillo cosas bonitas para los niños: un hombrecito que movía los ojos y hacía reverencias muy cómicas, una cajita de la que salía un pajarito, u otra cosa. Pero en Navidad siempre preparaba algo artístico, que le había costado mucho trabajo, por lo cual, en cuanto lo veían los niños, lo guardaban cuidadosamente los padres.
—¿Qué nos habrá hecho el padrino Drosselmeier? —repitió María.
Federico opinaba que no debía de ser otra cosa que una fortaleza, en la cual pudiesen marchar y maniobrar muchos soldados, y luego vendrían otros que querrían entrar en la fortaleza, y los de dentro los rechazarían con los cañones, armando mucho estrépito.
—No, no —interrumpía María a su hermano—: el padrino me ha hablado de un hermoso jardín con un gran lago en el que nadaban blancos cisnes con cintas doradas en el cuello, y que cantaban las más lindas canciones. Y luego venía una niñita, que al llegar al estanque llamaba la atención de los cisnes, y les daba mazapán.
—Los cisnes no comen mazapán —repitió Federico, un poco grosero—, y tampoco puede el padrino hacer un jardín grande. La verdad es que tenemos muy pocos juguetes suyos; en seguida nos los quitan; por eso prefiero los que papá y mamá nos regalan, pues esos nos los dejan para que hagamos con ellos lo que queramos.
Los niños comentaban lo que aquella vez podría ser el regalo. María pensaba que la señorita Trudi —su muñeca grande— estaba muy cambiada, porque, poco hábil como siempre, se caía al suelo a cada paso, sacaba de las caídas bastantes señales en la cara y así era imposible que estuviera limpia. No servían de nada los regaños, por fuertes que fuesen. También se había reído mamá cuando vio que le gustaba tanto la sombrilla nueva de Margarita.
Federico pretendía que su cuadra carecía de un alazán y que sus tropas estaban escasas de caballería, y eso su padre lo sabía muy bien. Los niños sabían de sobra que sus papás les habrían comprado toda clase de bonitos regalos, que se ocupaban en colocar; también estaban seguros de que, junto a ellos, el Niño Jesús los miraría con ojos bondadosos, y que los regalos de Navidad esparcían un ambiente de bendición, como si los hubiese tocado la mano divina.
A propósito recordaban los niños, que sólo hablaban de esperados regalos, que su hermana mayor, Elisa, les decía que era el Niño Jesús el que les enviaba, por mano de los padres, lo que más les pudiera agradar. Él sabía mucho mejor que ellos lo que les proporcionaría placer, y los niños no debían desear nada, sino esperar tranquila y pacientemente lo que les dieran. La pequeña María se quedó muy pensativa; pero Federico se decía en voz baja:
—Me gustaría mucho un alazán y unos cuantos húsares.
Había oscurecido por completo. Federico y María, muy juntos, no se atrevían a hablar una palabra; les parecía que en derredor suyo unas alas revoloteaban muy suavemente y que a lo lejos se oía una música deliciosa. En la pared se reflejó una gran claridad, lo que hizo suponer a los niños que Jesús ya se había presentado a otros niños felices. En el mismo momento sonó un tañido argentino: «Tilín, tilín». Las puertas se abrieron de par en par y del salón grande salió tal claridad, que los chiquillos exclamaron a gritos: «¡Ah!... ¡Ah!...» y permanecieron como extasiados, sin moverse. El padre y la madre aparecieron en la puerta; tomaron a los niños de la mano y les dijeron: —Venid, venid, queridos, y veréis lo que el Niño Dios os ha regalado.
A ti me dirijo, amable lector u oyente, Federico..., Teodoro..., Ernesto, o como te llames, rogándote que te imagines el último árbol de Navidad, adornado de regalos preciosos; de ese modo, podrás darte exacta cuenta de cómo estaban los niños; quietos, mudos de entusiasmo, con los ojos muy abiertos; y sólo después de transcurrido un buen rato la pequeña María articuló, dando un suspiro:
—¡Qué bonito!... ¡Qué bonito!
Y Federico intentó dar algunos saltos, que le salieron muy bien. Para conseguir aquel momento los niños habían tenido que ser buenos durante todo el año, pues en ninguna ocasión les regalaban cosas tan bonitas como en esta.
El gran árbol, que estaba en el centro de la habitación, tenía muchas manzanas, doradas y plateadas, y figuraban capullos y flores, almendras garapiñadas y bombones envueltos en papeles de colores, y toda clase de golosinas, que colgaban de las ramas.
Lo más hermoso del árbol admirable era que en la espesura de sus hojas oscuras ardía una infinidad de lucecitas, que brillaban como estrellas; y mirando hacia él, los niños suponían que los invitaba a tomar sus flores y sus frutos. Junto al árbol, todo brillaba y resplandecía, siendo imposible de explicar la cantidad de cosas maravillosas que se veían.
María descubrió una hermosa muñeca, toda clase de utensilios monísimos y, lo que más bonito le pareció, un vestidito de seda adornado con cintas de colores, que estaba colgado de manera que se le veía desde todas partes, haciéndole repetir:
—¡Qué vestido tan bonito!... ¡Qué precioso!... Y de seguro que me permitirán que me lo ponga.
Entretanto, Federico ya había dado dos o tres veces la vuelta alrededor de la mesa para probar el nuevo alazán que encontrara en ella. Al apearse nuevamente, pretendía que era un animal salvaje, pero que no le importaba y que en él haría la guerra con los escuadrones de húsares, que aparecían muy nuevecitos, con sus trajes dorados y amarillos, sus armas plateadas y montados en sus caballos blancos, que parecían asimismo de plata pura.
Los niños, algo más tranquilos, se dedicaron a mirar los libros de estampas que, abiertos, exponían ante su vista una colección de dibujos de flores, de figuras humanas y de animales, tan bien hechos que parecía iban a hablar; con ellos pensaban seguir entretenidos, cuando volvió a sonar la campanilla.
Aún quedaba por ver el regalo del padrino Drosselmeier, y apresuradamente se dirigieron los chiquillos a una mesa que estaba junto a la pared. En seguida desapareció el gran paraguas bajo el cual se ocultaba hacía tanto tiempo, y ante la curiosidad de los niños apareció una maravilla.
En una pradera, adornada con lindas flores se alzaba un castillo, con ventanas de espejo y torres doradas. Se oyó una música de campanas, y las puertas y las ventanas se abrieron, dejando ver una multitud de damas y caballeros, chiquitos pero bien proporcionados, con sombreros de plumas y trajes de cola, que se paseaban por los salones.
En el central, que parecía estar ardiendo —tal era la iluminación de las lucecillas de las arañas doradas—, bailaban unos cuantos niños, con camisitas cortas y enagüitas, siguiendo los acordes de la música de las campanas. Un caballero, envuelto en una capa esmeralda, se asomaba de vez en cuando a una ventana, miraba hacia fuera y volvía a desaparecer, en tanto que el mismo padrino Drosselmeier, aunque de tamaño como el dedo pulgar de papá, estaba a la puerta del castillo y penetraba en él.
Federico, con los brazos apoyados en la mesa, contempló largo rato el castillo y las figuritas, que bailaban y se movían de un lado para otro; luego dijo:
—Padrino Drosselmeier, déjame entrar en el castillo.
El magistrado le convenció de que aquello no podía ser. Tenía razón, y parecía mentira que a Federico se le ocurriera la tontería de querer entrar en un castillo que, contando con las torres y todo, no era tan alto como él. En seguida se convenció.
Después de un rato, como las damas y los caballeros seguían paseando siempre de la misma manera, los niños bailando de igual modo, el hombrecillo de la capa esmeralda asomándose a la misma ventana a mirar y el padrino Drosselmeier entrando por aquella puerta, Federico, impaciente, dijo:
—Padrino, sal por la otra puerta que está más arriba.
—No puede ser, querido Federico —respondió el padrino.
—Entonces —repuso Federico— que el hombrecillo verde se pasee con el otro.
—Tampoco puede ser —respondió de nuevo el magistrado.
—Pues que bajen los niños; quiero verlos más de cerca —exclamó Federico.
—Vaya, tampoco puede ser —dijo el magistrado, un poco molesto—; el mecanismo tiene que quedarse como está.
—¿Lo mismo?... —preguntó Federico en tono de aburrimiento—. ¿Sin poder hacer otra cosa? Mira, padrino, si tus almibarados personajes del castillo no pueden hacer más que la misma cosa siempre, no sirven para mucho y no vale la pena asombrarse. No; prefiero mis húsares, que maniobran hacia adelante y hacia atrás, según mi deseo, y no están encerrados.
Y saltó en dirección de la otra mesa, haciendo que sus escuadrones trotasen y diesen la vuelta y cargaran y dispararan a su gusto. También María se deslizó en silencio fuera de allí, pues, lo mismo que a su hermano, le cansaba el ir y venir sin interrupción de las muñequitas del castillo; pero como era más prudente que Federico, no lo dejó ver tan a las claras. El magistrado Drosselmeier, un poco ofendido, dijo a los padres:
—Estas obras artísticas no son para niños ignorantes; voy a volver a guardar mi castillo.
La madre le pidió que le enseñara la parte interna del mecanismo que hacía moverse de un modo tan perfecto a todas aquellas muñequitas. El padrino lo desarmó todo y lo volvió a armar. Con aquel trabajo recobró su buen humor, y regaló a los niños unos cuantos hombres y mujeres pardos, con los rostros, los brazos y las piernas dorados. Eran de Thorn y tenían el olor agradable y dulce del alajú, de lo cual Federico y María se alegraron mucho.
Luisa, la hermana mayor, se había puesto, por mandato de su madre, el traje nuevo que le regalaran, y María, cuando se tuvo que poner el suyo también, quiso contemplarlo un rato más, cosa que se le permitió de buen grado.
(CONTINUARA...)