El letrero en el
escaparate decía:
Maestra de
Escuela en Venta
Baratísima;
Y en letras más
pequeñas:
Puede
cocinar, coser y sabe desenvolverse
en el hogar
Al verla, Danby
pensó en pupitres, borradores y hojas de otoño; en libros, sueños y risas. El
dueño de aquel pequeño almacén de segunda mano la había ataviado con un vestido
de alegres colores y unas minúsculas sandalias rojas. Permanecía en una caja,
colocada en posición vertical en el escaparate, igual que una muñeca de tamaño
natural, esperando que alguien la volviese a la vida.
Danby intentó
descender de la calle hacia el estacionamiento donde tenía su Baby Buick.
Probablemente, Laura tenía ya una cena automatizada dispuesta en la mesa y se
pondría furiosa si llegaba tarde. Sin embargo, continuó donde se hallaba, alto
y delgado, con su juventud aún cercana, refugiada en sus pardos y ávidos ojos,
mostrándose débilmente en la suavidad de sus mejillas.
Su inercia lo
molestó. Había pasado mil veces junto al almacén en su camino desde el
estacionamiento a la oficina y viceversa, pero aquella era la primera vez que
se detuvo para mirar el escaparate.
Pero..., ¿no
era ésta la primera vez que el escaparate exhibía algo que le interesara?
Danby intentó
afrontar la pregunta. ¿Le interesaba una maestra de escuela? No mucho.
Sin embargo, Laura precisaba de alguien que le ayudase en las faenas
domésticas, mientras no pudieran hacer frente al gasto de una criada automática
y Billy, sin duda, sacaría provecho de algunas lecciones particulares, además
de la televisión, ahora que se aproximaban los exámenes más difíciles...
Su cabello lo
hizo pensar en la luz del sol de septiembre, y su rostro en un día de
septiembre. Una neblina otoñal lo envolvió y, de súbito, su inercia lo abandonó
por completo y empezó a caminar, pero no en la dirección que antes pensó...
—¿Cuánto vale
la maestra de escuela del escaparate? —preguntó.
Antigüedades de
toda clase se hallaban esparcidas por el interior del almacén. El dueño era un
hombre viejo y menudo, con espeso cabello blanco y ojos de color del pan de
jengibre. También tenía aspecto de antigüedad.
—¿Le gusta,
señor? Es muy hermosa —fulguró ante la pregunta de Danby.
Danby se
sonrojó.
—¿Cuánto?
—repitió.
—Cuarenta y
nueve dólares con noventa y cinco centavos, más cinco dólares por la caja.
Danby apenas
podía creerlo. Ante la escasez de maestras, lo lógico sería que el precio
aumentara y no disminuyera. Un año antes, cuando pensó comprar una maestra de
tercer grado reconstruida para que ayudase a Billy en su trabajo teleescolar,
el precio más bajo que pudo encontrar sobrepasó los cien dólares. Sin embargo,
la habría comprado de no haberle disuadido Laura. Su mujer nunca fue a una
verdadera escuela y no lo comprendía.
¡Pero cuarenta
y nueve dólares con noventa y cinco centavos! ¡Y también podía cocinar y coser!
Seguro que Laura no tendría inconveniente...
No lo habría,
desde luego, a menos que él le diese oportunidad.
—¿Está..., está
en buen estado?
El rostro del
dueño se oscureció.
—Ha sido
completamente restaurada, señor. Nuevas baterías, nuevos motores. Sus cintas
magnetofónicas pueden funcionar aún otros diez años y sus memorizadores,
probablemente, durarán para siempre. Pase por aquí. La entraré y se la
mostraré.
La caja estaba
montada sobre ruedas, pero resultaba difícil de manejar. Danby ayudó al viejo a
empujarla fuera del escaparate y dentro del almacén. Permanecieron junto a la
puerta, donde la luz era más clara.
El viejo
retrocedió admirativamente.
—Quizás soy
anticuado —dijo—, pero aún creo que los telemaestros jamás podrán compararse
con los de verdad. Usted fue a una verdadera escuela, ¿no es cierto, señor?
Danby efectuó
un gesto afirmativo.
—Lo pensé. Es
curioso que nunca deje de advertirse.
—Póngala en
funcionamiento, por favor —rogó Danby.
El activador
era un pequeño botón, oculto detrás del lóbulo de la oreja izquierda. El dueño
buscó a tientas durante un momento antes de encontrarlo; luego se escuchó un
pequeño «clic», seguido de un suave y casi inaudible ronroneo. Al punto, el
rubor se insinuó en sus mejillas, el pecho comenzó a elevarse y descender, los
azules ojos se abrieron...
Las uñas de
Danby se clavaron en las palmas de sus manos.
—Hágala decir
algo.
—Puede
responder casi todo, señor —afirmó el viejo—. Palabras, escenas, situaciones...
Si decide tomarla y no queda satisfecho, devuélvala y tendré sumo gusto en
restituirle su dinero. —Se colocó frente a la caja—. ¿Cuál es su nombre?
—preguntó a la maestra.
—Señorita
Jones. —Su voz era una brisa de septiembre.
—¿Su ocupación?
—Soy maestra de
cuarto grado, señor, pero puedo desempeñar además los grados primero, segundo,
tercero, quinto, sexto, séptimo y octavo, y tengo amplia formación humanística.
Soy también hábil en las tareas domésticas, buena cocinera y puedo efectuar trabajos
sencillos, tales como coser botones, zurcir calcetines, remendar descosidos y
rasgaduras en la ropa.
—Pusieron
muchos alicientes a los últimos modelos —explicó el viejo a Danby—. Cuando al
fin comprendieron que la teleeducación se implantaría, empezaron a hacer todo
lo posible para derrotar a las compañías de cereales. Pero no lograron nada...
Salga fuera de su caja, señorita Jones. Muéstrenos lo bien que sabe caminar.
Cruzó la
pardusca habitación, con sus pequeñas sandalias rojas que centelleaban sobre el
polvoriento suelo, con su vestido que era como un alegre chaparrón de colores.
Permaneció en espera junto a la puerta.
A Danby se le
hizo difícil hablar.
—Perfectamente
—dijo por fin—. Póngala de nuevo en su caja; me la llevo.
—¿Algo para mí,
papito? —gritó Billy—. ¿Algo para mí?
—Claro
—confirmó Danby mientras empujaba la caja por el sendero de acceso para
levantarla sobre el diminuto porche de entrada—. Y también para tu madre.
—Esperemos que
valga la pena —cortó Laura, con los brazos cruzados en la puerta—. La cena está
como una piedra.
—Puedes
calentarla —repuso Danby—. ¡Mira, Billy!
Levantó la caja
sobre el umbral, respirando con alguna dificultad, y la hizo entrar por el
corto vestíbulo hasta la sala de estar. Ésta se hallaba invadida por un joven
con chaqueta de color rosa que se había invitado a sí mismo a través de la
pantalla de 120 pulgadas, desde donde se proclamaba ruidosamente la
superioridad del nuevo Lincolnette 2061 convertible.
—¡Ten cuidado
con la alfombra! —advirtió Laura.
—No te
preocupes, no estropearé tu alfombra —aseguró Danby—. ¿Querría alguien, por
favor, apagar la televisión para que tengamos un momento de tranquilidad?
—Yo la apagaré,
papito. —Con sus zancadas de niño de nueve años, Billy cruzó la habitación y
silenció al joven de la chaqueta rosa.
Danby hurgó en
la cubierta de la caja, notando la respiración de Laura sobre la parte
posterior de su cuello.
—¡Una maestra
de escuela! —silbó la mujer con voz entrecortada al descubrir el contenido—.
¡Con todas las cosas que un hombre adulto podría traer al hogar para su esposa
y apareces con esto!
—No es una
maestra de escuela corriente —dijo Danby—. Puede cocinar, coser, puede... Puede
hacerlo exactamente todo. Siempre andas lamentándote que necesitas una criada.
Bien, ahora ya la tienes. Y Billy tiene alguien que lo ayude en sus
telelecciones.
—¿Cuánto?
—Danby se dio cuenta por primera vez de lo afilado que era el rostro de su
esposa.
—¡Cuarenta y
nueve dólares con noventa y cinco centavos!
—¡Cuarenta y
nueve dólares con noventa y cinco centavos! ¿Estás loco? Estuve ahorrando para
cambiar nuestro Baby Buick por un nuevo Cadillette y tú lo
malgastas en una vieja y estropeada maestra de escuela. ¿Qué sabe de
teleeducación? ¡Si está anticuada en cincuenta años!
—¡No quiero que
me ayude en mis telelecciones! —gritó Billy, mirando hoscamente hacia la caja—.
Mi telemaestro dice que esas viejas maestras de forma humana no servían para
nada. ¡Y les pegaban a los niños!
—¡No es verdad!
—repuso Danby—. Sé lo que digo porque fui a una verdadera escuela todo el
tiempo hasta el octavo grado. —Se volvió hacia Laura—. ¡Funciona bien, no está
anticuada y sabe más acerca de la auténtica educación de lo que jamás
sabrán tus telemaestros! Puede coser, puede cocinar...
—¡Entonces dile
que caliente nuestra cena!
—¡Lo haré!
Introdujo la
mano en la caja, bajó el pequeño interruptor del activador y, cuando se
abrieron los ojos azules, dijo:
—Venga conmigo,
señorita Jones —y la condujo al interior de la cocina.
Quedó sumamente
complacido de la forma como ella respondió a sus instrucciones. La cena fue
retirada de la mesa en un santiamén y puesta de nuevo en un abrir y cerrar de
ojos, caliente, humeante y deliciosa.
Se ablandó
Laura.
—Bien...
—¡Claro que
bien! —exclamó Danby—. Dije que podía cocinar, ¿no es cierto? Ahora ya no
tendrás que quejarte de interruptores trabados, de uñas rotas, de...
—Está bien,
George. No insistas.
Su rostro había
vuelto a la normalidad, si bien aún parecía un poco afilado, pero ello
habitualmente formaba parte de su atractivo, al igual que sus oscuros y
cariñosos ojos y su boca de forma tan exquisita. Acababa de hacerse reforzar
los pechos de nuevo y, en verdad, tenía un aspecto formidable con su nuevo negligé
oro y escarlata. Puso un dedo bajo la barbilla de ella y la besó.
—Bueno, comamos
—dijo.
Por alguna
razón se había olvidado de Billy. Desde la mesa, vio a su hijo en el umbral de
la puerta, mirando fija y tristemente a la señorita Jones, ocupada en preparar
el café.
—¡No me pegará!
—afirmó Billy, sosteniendo la mirada de su padre.
Danby rió. Se
sentía mejor, ahora que la mitad de la batalla estaba ganada. La otra mitad
podía ser atendida más tarde.
—Por supuesto
que no va a pegarte —aseguró—. Ahora ven y sírvete la cena como un niño bueno.
—Sí —asintió
Laura—, y date prisa. Dan Romeo y Julieta en «La Hora del Oeste» y no
quiero perdérmela.
Billy cedió.
—Bueno, está
bien —dijo.
Sin embargo,
evitó a la señorita Jones mientras entraba en la cocina y ocupaba su asiento en
la mesa.
Romeo Montesco
lió un cigarrillo con hábiles dedos, lo puso entre sus labios oscurecidos por
el sombrero de ala ancha y lo encendió con un fósforo de cocina. Después
condujo a su lustroso caballo hacia la ladera iluminada por la luna en
dirección al rancho de los Capuletos.
—Me conviene
mostrarme prudente —soliloquió—. Los altivos Capuletos, pastores y enemigos
hereditarios de mi familia, descendiente de nobles ganaderos, me abatirán de un
disparo sin contemplaciones, de presentarse la oportunidad. Pero esa muchacha
que encontré esta noche en el calvero bien merece el riesgo.
Danby frunció
el entrecejo. Nada tenía en contra de las readaptaciones de los clásicos, pero
a su entender, quienes las escribían, se extralimitaban con sus eternos
conflictos entre ganaderos y ovejeros. Con todo, Laura y Billy no parecían
hacer el menor caso. Inclinados hacia adelante en sus sillones especiales,
miraban fija y extasiadamente la pantalla de 120 pulgadas. Tal vez los
especialistas que escribían las obras tenían razón.
Hasta la
señorita Jones parecía interesada..., pero eso resultaba imposible, recordó
Danby. No podía estar interesada. Nada significaba el hecho que sus ojos azules
estuviesen enfocados sobre la pantalla; lo único que hacía realmente era estar
sentada allí, consumiendo sus baterías. Debería haber seguido el consejo de
Laura y desconectarla...
El caso es que
no tuvieron corazón para hacerlo. Era una crueldad privarla de la vida, aun
temporalmente.
Danby
experimentó una sensación de ridículo. Se movió irritado en su sillón al darse
cuenta que había perdido el hilo de la obra. Cuando lo recuperó, Romeo había
escalado el muro del rancho Capuleto y, tras deslizarse a través del huerto, se
hallaba en un florido jardín.
Julieta
Capuleto salió al balcón cruzando un par de antiguas puertas francesas. Llevaba
un traje blanco de vaquera —o de ovejera—, con una falda de la longitud del
muslo, y un sombrero de ala ancha coronaba sus abundantes y descoloridos
cabellos rubios. Se asomó a la baranda del balcón y escrutó el interior del
jardín.
—¿Dónde estás,
Romeo? —dijo, arrastrando las palabras.
—¡Esto es
ridículo! —exclamó bruscamente la señorita Jones—. ¡Las palabras, los trajes,
la acción, el lugar..., todo es incorrecto!
Danby quedó
atónito. Recordó entonces lo que el dueño del baratillo había dicho acerca de
su respuesta a escenas y situaciones tanto como a palabras. En realidad, había
entendido que el viejo se refería a las escenas y situaciones inherentes a sus
obligaciones como maestra, no todas las escenas y situaciones.
Una molesta
prevención cruzó por la mente de Danby. Advirtió que tanto Laura como Billy se
habían apartado de su alimento visual y observaban a la señorita Jones con ojos
incrédulos. El momento era crítico.
Se aclaró la
garganta.
—La obra no es
realmente «incorrecta», señorita Jones —explicó—. Sólo ha sido escrita de
nuevo. ¿No lo comprende? Nadie le prestaría atención en su estado original. Sin
público, sin patrocinadores, ¿cuál sería su sentido?
—¿Pero tenían
que convertirla en un western?
Danby miró con
aprensión a su esposa. La incredulidad había sido reemplazada por un furioso
resentimiento. Con precipitación se volvió hacia la señorita Jones.
—Los westerns
están ahora de moda, señorita Jones —explicó—. Es una especie de renacimiento
de los primeros días de la televisión. Como gustan a la gente, los
patrocinadores los auspician y los escritores buscan nuevo material para ellos.
—¡Pero vestir a
Julieta con traje de vaquera! Está por debajo del nivel de los espectáculos más
ínfimos.
—George, ya
basta —la voz de Laura era glacial—. Te dije que estaba cincuenta años
anticuada. ¡O la desconectas o me voy a dormir!
Danby suspiró y
se puso en pie. Se sintió avergonzado al aproximarse a la señorita Jones y
buscar a tientas el pequeño botón detrás de su oreja izquierda. Ella le observó
con sosiego, con sus manos reposando inmóviles sobre su regazo, su respiración
yendo y viniendo rítmicamente a través de sus sintéticas fosas nasales.
Fue como
cometer un asesinato. Danby se estremeció mientras regresaba a su sillón.
—¡Tú y tus
maestras de escuela! —le reprochó Laura.
—¡Cállate!
—cortó Danby.
Miró la
pantalla e intentó interesarse por la emisión. No lo consiguió. El siguiente
programa presentó una historia policíaca titulada Macbeth. Tampoco le
agradó. Echó una mirada subrepticia a la señorita Jones. Su pecho estaba ahora
inmóvil, sus ojos cerrados. La estancia parecía horriblemente vacía.
Al final no
pudo soportarlo más. Se levantó.
—Voy a dar un
paseo en coche —informó a Laura, y salió.
Hizo salir al Baby
Buick fuera de la pequeña calzada para coches y se dirigió por la calle
suburbana en dirección a la avenida, mientras se preguntaba una y otra vez por
qué una antigua maestra de escuela lo había afectado de esta manera. No se
trataba simplemente de nostalgia, aunque algo también había en sus
sentimientos: nostalgia de septiembre, de la escuela, de la entrada a clases en
las mañanas de septiembre, de ver como la maestra salía del pequeño cuarto
junto a la pizarra al sonar la campana y decía: «Buenos días, niños. ¿No es un
hermoso día para estudiar?»
Pero nunca le
gustó la escuela más que a los otros chicos. Septiembre tenía aún importancia
para él por algo más que los libros y los sueños de otoño. Era algo que perdió
en alguna parte a lo largo de su vida, algo indefinible, intangible, algo que
ahora necesitaba con desesperación...
Danby hizo
girar el Baby Buick avenida abajo, virando entre los fugaces
automóviles. Al dar vuelta para entrar en la calle lateral que conducía a
Friendly Fred’s, vio un nuevo puesto en la esquina con un gran letrero que
rezaba:
¡HOT DOGS
GIGANTES A LAS BRASAS!
¡Pruebe un
auténtico hot dog a la parrilla!
¡Próxima apertura!
Pasó de largo y
entró en el estacionamiento cercano a Friendly Fred’s. Salió del coche hacia la
noche estrellada de primavera y se acercó al local. Pese a hallarse atestado,
se las arregló para encontrar un compartimiento vacío. Introdujo una moneda de
25 centavos en el distribuidor y marcó una cerveza.
La sorbió
pensativamente en su vaso de papel parafinado. El compartimiento estaba mal
ventilado y olía a su último ocupante, un bebedor de vino, supuso Danby. Pensó
en los viejos tiempos, cuando el aislamiento en los bares era desconocido y
había que permanecer mezclado con los restantes clientes con el desagradable
resultado que cada uno sabía lo que los demás bebían y el grado de borrachera
que alcanzaban. Su pensamiento volvió luego a la señorita Jones.
Una pequeña
pantalla de televisión sobre el distribuidor de bebidas anunciaba: ¿Tiene
problemas? Sintonice a Friendly Fred, que escuchará sus penas (sólo 25 centavos
por tres minutos). Danby deslizó una moneda de un cuarto de dólar en la
ranura correspondiente. Se escuchó un chasquido y la moneda repiqueteó en el
recipiente de devoluciones, al mismo tiempo que la voz grabada de Friendly Fred
decía:
—Ocupado en
este momento, compañero. Estaré con usted dentro de un minuto.
Después de un
minuto y otra cerveza, Danby efectuó un nuevo intento. Esta vez, la pantalla se
iluminó y el rostro de Friendly Fred adquirió progresiva nitidez.
—Hola, George.
¿Cómo va?
—No demasiado
mal, Fred. No demasiado mal.
—Podría ser
mejor, ¿eh?
Danby hizo un
gesto afirmativo con la cabeza:
—Lo adivinó,
Fred. Lo adivinó. —Miró al pequeño mostrador con su solitaria cerveza—. Yo...
compré una maestra de escuela —confesó.
—¡Una
maestra de escuela!
—Admito que es
extraño, pero pensé que quizás el niño necesitaría un poco de ayuda en sus
lecciones..., los exámenes más difíciles llegarán pronto y ya sabe como se
sienten los niños cuando no envían las respuestas correctas y no pueden ganar
un premio. Y luego creí..., es una maestra de escuela especial, ¿comprende,
Fred?..., pensé que ayudaría a Laura en las faenas de la casa. Cosas como
ésas...
Su voz se apagó
poco a poco mientras levantaba su vista hacia la pantalla. Friendly Fred movía
su amistoso rostro con solemnidad. Sus carrillos temblaron ligeramente.
—George,
escúcheme. Deshágase de esa maestra. ¿Me oye, George? Deshágase de ella. Esas maestras
androides son tan perjudiciales como las auténticas..., las de carne y hueso,
quiero decir. ¿Sabe por qué, George? No lo creerá, pero yo lo sé. Acostumbraban
pegar a los niños. Es cierto, les pegan... —Se oyó un zumbido y la pantalla se
hizo borrosa—. Ha terminado el tiempo, George. ¿Desea el importe de otro cuarto
de dólar?
—No, gracias
—repuso Danby. Acabó su cerveza y se marchó.
¿Odiaban todos
realmente a las maestras de escuela? Y si era así, ¿por qué no odiaban todos
también a los telemaestros?
Danby consideró
esta paradoja durante todo el día siguiente, en el trabajo. Cincuenta años
atrás pareció que los maestros androides iban a resolver el problema educativo
tan eficazmente como la reducción de tamaño y precio de los automóviles había
resuelto el problema económico. Con el cambio de siglo, no obstante, aunque los
androides remediaron el déficit de maestros, sólo lograron poner en relieve el
otro aspecto del problema, el déficit de escuelas. ¿Para qué servía disponer de
suficientes maestros cuando no existía el número de aulas indispensable para la
enseñanza? ¿Cómo se hallaría el dinero para construir nuevas escuelas, cuando
el país tenía la necesidad constante de más nuevas y mejores autopistas?
Era absurdo
decretar que la construcción de escuelas públicas debería tener prioridad sobre
la de carreteras ya que, de descuidarse éstas, automáticamente disminuía la
tendencia del ciudadano medio a comprar nuevos automóviles, debilitando de este
modo la economía y precipitando una depresión. Esto hacía la construcción de
nuevas escuelas algo más difícil de lo que era antes.
Aceptado esto,
había que descubrirse ante las compañías de cereales. Al introducir los
telemaestros y la teleeducación, habían salvado la situación. Un simple maestro
en una habitación, con una pizarra a un lado y una pantalla de cine al otro,
era capaz de impartir clases a cincuenta millones de alumnos. Si alguno de
ellos se sentía molesto por el sistema de enseñanza, no tenía más que cambiar
de canal para sintonizar otro de los programas teleeducativos patrocinados por
las numerosas compañías de cereales. (Por supuesto, era responsabilidad de los
padres del alumno que éste no se saltase las clases o sintonizara el grado
siguiente antes de aprobar los exámenes correspondientes.)
Pero la mejor
característica de tan ingenioso sistema era el feliz hecho que las compañías de
cereales sufragaban todos los gastos, dispensando de este modo al contribuyente
de una de sus más onerosas obligaciones y dejando sus bolsillos más preparado
para afrontar los impuestos sobre las ventas, impuestos de gasolina, peajes y
pagos de automóvil. Y todo lo que las compañías de cereales pedían, a cambio de
este admirable servicio público, era que los alumnos —y, preferiblemente,
también los padres— consumiesen sus productos.
Por lo tanto,
no existía tal paradoja después de todo. Una maestra de escuela era un anatema,
porque simbolizaba gasto; una telemaestra era una respetable servidora pública,
porque simbolizaba una gran concentración económica. Aunque la diferencia,
Danby la sabía, iba mucho más allá.
El odio hacia
las maestras de escuela era en parte atávico a consecuencia de las campañas de
propaganda que las compañías de cereales lanzaron al poner su idea en práctica.
Eran responsables del mito, ampliamente difundido, que las maestras androides
pegaban a sus alumnos y con frecuencia reactualizado en precisión por si
alguien lo dudase aún.
La cuestión
radicaba en que la mayor parte de los ciudadanos eran teleeducados y, por lo
tanto, no conocían la verdad. Danby era una excepción. Nació en una pequeña
ciudad cuya localización montañosa hizo imposible la recepción de la
televisión; antes que su familia emigrase asistió a una verdadera escuela. Por
eso sabía que las maestras de escuela no pegaban a sus alumnos.
A menos que
Androides Inc. hubiera distribuido por error uno o dos modelos deficientes. Y
eso no era probable. Androides Inc. era una sociedad muy eficiente. Crearon
excelentes mozos de estación de servicio, sin contar la reconocida calidad de
sus taquígrafas, camareras y criadas.
Naturalmente,
no estaban al alcance del negociante medio ni del padre de familia tipo...
Pero, ¿no constituía todo eso una razón de más por la que Laura debería
sentirse satisfecha con una sirvienta eficiente?
Pero no se
sentía satisfecha. Cuando Danby llegó a casa aquella noche y la miró al rostro
supo, sin asomo de dudas, que no se sentía satisfecha.
Jamás había
visto sus mejillas tan contraídas, sus labios tan delgados.
—¿Dónde está la
señorita Jones? —preguntó.
—En su caja
—respondió Laura—. ¡Y mañana por la mañana la devolverás a quien la compraste y
harás que te restituyan nuestros cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco
centavos!
—¡No me pegará
otra vez! —gritó Billy, sentado en cuclillas frente a la pantalla del
televisor.
Danby
palideció.
—¿Le pegó?
—Bueno, no
exactamente —dijo Laura.
—¿Lo hizo o no
lo hizo? —insistió Danby.
—¡Explícale lo
que dijo de mi telemaestra! —gritó Billy.
—Dijo que la
maestra de Billy no estaba capacitada para enseñar ni a caballos.
—¡Y cuéntale lo
que dijo de Héctor y Aquiles!
—Dijo que era
una vergüenza sacar un melodrama de vaqueros e indios de una obra clásica como
la Ilíada y llamarlo educación.
La historia
salió gradualmente. La señorita Jones mostró, al parecer, una gran inquietud
intelectual desde el mismo momento en que Laura la conectó por la mañana. Según
la señorita Jones, todo en la casa de Danby era malo, desde los programas de
teleeducación que Billy miraba en el pequeño televisor rojo de su habitación, y
los programas matutinos y vespertinos que Laura contemplaba en el gran
televisor de la sala de estar, hasta el diseño del papel para las paredes del
vestíbulo (pequeños cadilletes rojos, retozando a lo largo de entrelazadas
cintas de carretera), la ventana en forma de parabrisas de la cocina y la
escasez de libros.
—¿Te das
cuenta? —dijo Laura—. ¡Cree que aún se editan libros!
—Todo lo que
deseo saber —manifestó Danby—, es si le pegó.
—Te lo estoy
explicando...
Alrededor de
las tres, la señorita Jones quitaba el polvo en el cuarto de Billy, que miraba
obedientemente sus lecciones, sentado en su pequeño pupitre, absorto en los
esfuerzos de los vaqueros por conquistar el poblado indio de Troya. De repente,
la señorita Jones cruzó la habitación como una loca, enunció sacrílegos
comentarios acerca de la alteración de la Ilíada, y apagó el aparato
justamente en medio de la clase. Entonces fue cuando Billy comenzó a gritar; al
irrumpir Laura en la habitación, encontró a la señorita Jones asiendo su brazo
con una mano y levantando la otra para dar el golpe.
—Llegué a
tiempo —concluyó Laura—. No sabes lo que pudo haber hecho. ¡Pudo haberlo
matado!
—Lo dudo —cortó
Danby—. ¿Qué sucedió luego?
—Tomé a Billy
para apartarlo de ella y le ordené que se retirase a su caja. Después cerré la
tapa. ¡Y te juro, George Danby, que permanecerá cerrada! ¡Mañana por la mañana
la devolverás, si quieres que Billy y yo continuemos viviendo en esta casa!
Danby se sintió
mal toda la noche. Apenas probó la cena y languideció durante «La Hora del
Oeste», echando vistazos fugaces, cuando Laura no lo miraba, hacia la caja que
permanecía silenciosa junto a la puerta. La heroína de «La Hora del Oeste» era
una bailarina, una rubia que medía 98-60-95, llamada Antígona. Por lo visto,
sus dos hermanos se habían matado el uno al otro en un tiroteo y el sheriff
del lugar, un personaje llamado Creón, sólo permitió a uno de ellos un entierro
decente en Boot Hill, insistiendo de modo ilógico en que el otro fuese
abandonado en el desierto como pasto para buitres. Antígona mantenía otro punto
de vista ante su hermana Ismenia; si un hermano merecía una tumba respetable,
el otro también. Antígona iba a remediar esta situación. ¿Querría Ismenia
ayudarla? Pero Ismenia era cobarde, por lo que Antígona decidió solucionar el
problema por sí misma. Luego, un viejo explorador llamado Tiresias se dirigía
hacia el pueblo y...
Danby se
levantó sin ruido, se deslizó al interior de la cocina, y salió por la puerta
de la cocina. Subió al automóvil y condujo hacia la avenida, con todas las
ventanillas abiertas y el aire cálido golpeando su rostro.
El puesto de
hot dogs de la esquina estaba casi concluido. Le echó una perezosa ojeada
mientras giraba por la calle lateral. Había cierto número de compartimientos
vacíos en Friendly Fred’s y escogió uno al azar. Tomó varias cervezas, de pie
en el pequeño mostrador solitario, y pensó durante largo rato. Seguro que su
esposa e hijo se habían ido a dormir, volvió a su hogar, abrió la caja de la
señorita Jones, y la conectó.
—¿Iba a pegar a
Billy esta tarde? —preguntó.
Los ojos azules
lo miraron con firmeza, mientras las pestañas temblaban a rítmicos intervalos y
las pupilas se ajustaban gradualmente a la lámpara de la sala de estar, que
Laura dejó encendida.
—Soy incapaz de
golpear a un ser humano, señor. Creo que la cláusula está en mi garantía.
—Me temo que su
garantía caducó hace algún tiempo, señorita Jones —repuso Danby. Su voz era
espesa y sus palabras se confundían—. Pero no importa. Le tomó del brazo de
todas formas, ¿no es cierto?
—Tuve que
hacerlo, señor.
Danby frunció
el entrecejo. Volvió a la sala de estar, caminando como si sus piernas fuesen
de goma.
—Venga y
siéntese. Explíquemelo todo, señ... señorita Jones —dijo.
La vio salir
desde su caja y cruzar la habitación. Había algo extraño en su modo de andar.
Su paso ya no era ligero, su cuerpo ya no parecía delicadamente equilibrado.
Con sobresalto, se dio cuenta que cojeaba.
Se sentó en el
canapé y se acomodó junto a ella.
—Le pegó
patadas, ¿verdad? —inquirió.
—Sí, señor.
Tuve que retenerle o hubiera continuado.
Una luz rojiza
llenó la estancia. Luego, sutilmente, ésta se disipó ante la naciente
comprensión que en sus manos se hallaba el arma psicológica con la cual podría
reprimir en lo sucesivo toda objeción a la señorita Jones.
—Lo siento
mucho, señorita Jones. Me temo que Billy es demasiado agresivo.
—Lo extraño
sería lo contrario, señor. Quedé horrorizada hoy cuando supe que esos horribles
programas constituyen todo su alimento educativo. Su telemaestro es poco más
que un viajante encargado de vender la particular marca de copos de maíz de su
compañía. Comprendo ahora por qué sus escritores han de volver a los clásicos
para conseguir ideas. Su facultad creadora fue sofocada por los tópicos, ya
desde su etapa embrionaria.
Danby estaba
encantado. Jamás había oído a nadie hablar de ese modo hasta entonces. No eran
las palabras. Era la manera con que las decía, la convicción que mostraba su
voz, pese a tratarse de un altavoz hábilmente construido, conectado a unas
cintas magnetofónicas, conectadas a su vez a inimaginablemente intrincados
memorizadores.
Sentado allí
junto a ella, viendo moverse sus labios, descender sus pestañas, siempre tan
suavemente sobre aquellos ojos tan azules, era como si septiembre hubiese
entrado a la habitación. De súbito, un sentimiento de paz lo envolvió. Los
dulces y suaves días de septiembre desfilaron otra vez ante su mirada, y
comprendió porqué eran distintos a los demás días. Eran diferentes porque
tenían profundidad, belleza y quietud; porque sus cielos azules contenían
promesas de días más dulces y suaves por venir...
Eran diferentes
porque tenían significado...
Aquel momento
se hacía grato de modo tan intenso que Danby deseó que jamás terminase. El
simple hecho de pensar en ello le torturaba con insoportable agonía e,
instintivamente, efectuó el único gesto físico a su alcance para prolongarlo.
Pasó un brazo
alrededor de los hombros de la señorita Jones.
Ella no se
movió. Seguía allí sosegadamente, con su pecho que se alzaba y descendía a
intervalos regulares, sus largas pestañas que se movían hacia abajo de vez en
cuando como oscuros y apacibles pájaros aleteando sobre azules y límpidas
aguas...
—El programa
que vimos la noche pasada —dijo Danby—. Romeo y Julieta. ¿Por qué no le
gustó?
—Era más bien
horrible, señor. Una parodia barata y despreciable, la belleza de los versos
corrompida y oscurecida...
—¿Conoce usted
los versos?
—Algunos de
ellos.
—Dígalos, por
favor.
—Sí, señor. Al
terminar la escena del balcón, cuando los dos enamorados están despidiéndose,
dice Julieta: ¡Buenas noches, buenas noches! Despedirse es tan dulce
aflicción, que diré buenas noches hasta que sea mañana. Y contesta Romeo: ¡El
sueño more sobre tus ojos, la paz en tu pecho! ¡Quisiera yo fuesen el sueño y
la paz, tan dulces para descansar! ¿Por qué omitieron eso, señor? ¿Por qué?
—Porque estamos
viviendo en un mundo despreciable —dijo Danby, sorprendido ante su súbita
percepción—, y en un mundo despreciable las cosas preciosas son inútiles.
Dig... diga los versos de nuevo, por favor, señorita Jones.
—¡Buenas
noches, buenas noches! Despedirse es tan dulce aflicción, que diré buenas
noches hasta que sea mañana...
—Déjeme
terminar —Danby se concentró—. El sueño more sobre tus ojos, la paz...
—... en tu
pecho...
—Quisiera yo
fuesen el sueño y la paz, tan...
—...
dulces...
—¡... tan
dulces para descansar!
Bruscamente la
señorita Jones se puso en pie.
—Buenas noches,
señora —dijo.
Danby no se
molestó en levantarse. No habría servido de nada. De cualquier modo, podía ver
bastante bien a Laura desde donde se hallaba. Su mujer, que permanecía en el
umbral de la sala de estar con su nuevo pijama «Cadillete» y sus pies desnudos
silenciosos en su subrepticio descenso de la escalera. Los automóviles
bidimensionales que adornaban el pijama eran de un vivo bermellón y parecían
correr sobre su cuerpo yaciente, rampando por encima de sus pechos, su vientre
y sus piernas...
Vio su afilado
rostro y sus fríos y despiadados ojos y supo que serían inútiles las
explicaciones, que no comprendería, no podría comprender. Y descubrió con
súbita y horrible claridad que en el mundo en que vivía, septiembre estuvo
muerto durante décadas, y se vio a sí mismo cargando la caja por la mañana en
el Baby Buick y descendiendo las relucientes calles de la ciudad en
dirección al pequeño almacén de objetos para pedir al dueño que le devolviese
su dinero. Miró a la señorita Jones permaneciendo incongruentemente en la poco
acogedora sala de estar y la oyó decir, una y otra vez, como un disco rayado:
—¿Algo está
mal, señora? ¿Algo está mal?
Transcurrieron
varias semanas antes que Danby se sintiese lo suficientemente bien para volver
a Friendly Fred’s en busca de una cerveza. Para entonces, Laura había empezado
a hablarle otra vez y el mundo, aun cuando no fuera el mismo de antes, recuperó
algunos de sus aspectos anteriores. Hizo salir al Baby Buick de la
pequeña calzada y se introdujo calle abajo en el multicolor tráfico de la
avenida. Era una clara noche de junio y las estrellas aparecían como puntas de
alfileres de cristal sobre el fuego fluorescente de la ciudad. El puesto de hot
dogs de la esquina estaba terminado y abierto al público. Varios clientes junto
al resplandeciente mostrador cromado miraban como una camarera estaba dando
vueltas unos panecillos de Viena sobre una también cromada parrilla. Había algo
familiar en el alegre centelleo de su vestido, el modo en que se movía, la
forma en que el suave nacimiento de su cabello enmarcaba su dulce rostro... El
nuevo propietario se apoyaba sobre el mostrador a cierta distancia, charlando
con un cliente.
Había una
tensión en el pecho de Danby mientras estacionaba el Baby Buick, salía y
se encaminaba a través del batiente de hormigón hacia el mostrador...; una
tensión en su pecho y un constante latido en sus sienes.
Había llegado a
la parte del mostrador donde se hallaba el propietario y, cuando iba a
inclinarse para abofetear su presumido y grueso rostro, vio un pequeño letrero
de cartón apoyado contra un tarro de mostaza, letrero que decía:
Se necesita
mozo...
Un puesto de
hot dogs estaba muy lejos de ser un aula de septiembre, y una maestra
distribuyendo hot dogs jamás se podría comparar con una maestra dispensadora de
sueños. Pero cuando se necesitaba algo con urgencia había que tomarlo sea como
fuese y dar, además, las gracias...
—Podría
trabajar por las noches —dijo Danby al propietario—. Es decir, desde las seis
hasta las doce...
—Sería
estupendo —manifestó el propietario—. Aunque me temo que no podré pagarle mucho
al principio. Comprenda, acabo de empezar y...
—No importa
—replicó Danby—. ¿Cuando empiezo?
—Cuanto antes
mejor.
Danby se acercó
hasta donde una parte del mostrador se levantaba sobre ocultos goznes, entró en
el interior y se quitó la chaqueta. Si a Laura no le gustaba la idea, podía
irse al infierno, pero sabía que no le importaría, porque el dinero adicional
que ganase haría realidad el sueño de su mujer, el Cadillete.
Se puso el
delantal que le entregó el propietario y se unió a la señorita Jones frente a
la parrilla.
—Buenas noches,
señorita Jones —dijo.
Ella volvió la
cabeza y sus ojos azules parecieron iluminarse y su cabello era como el sol
surgiendo en una brumosa mañana de septiembre.
—Buenas noches,
señor —respondió, y un aire de septiembre se levantó en la noche de junio y
sopló a través del puesto y fue como volver a la escuela otra vez, después de
un interminable y vacío verano.