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Fragmento de un diario - Amparo Dávila

[JULIO Y AGOSTO]

lunes 7 de julio
Mi vecino el señor Rojas pareció sorprendido al encontrarme sentado en la escalera. Seguramente lo que llamó su atención fue la mirada, notoriamente triste. Me di cuenta del vivo interés que de pronto le desperté. Siempre me han gustado las escaleras, con su gente que sube arrastrando el aliento, y la que baja como masa informe que cae sordamente. Tal vez por eso escogí la escalera para ir a sufrir.

jueves 10
Hoy puse gran empeño en terminar pronto mis diarias tareas domésticas: arreglar el departamento, lavar la ropa interior, preparar la comida, limpiar la pipa… Quería disponer de más tiempo para elaborar los programas y escoger los temas para mi ejercicio. Es bastante arduo el aprendizaje del dolor, gradual y sistematizado como una disciplina o como un oficio. Mi vecino estuvo observándome largo rato. Bajo la luz amarillenta del foco, debo parecer transparente y desleído. El diario ejercicio del dolor da la mirada del perro abandonado, y el color de los aparecidos.

sábado 12
De nuevo cayó sobre mí la mirada insistente y surgió la temida pregunta del señor Rojas. Inútil decirle algo. Dejé que siguiera bajando entre la duda. Yo continué con mi ejercicio. Cuando oí pasos que subían, un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Los conocía bien. Las manos y las sienes comenzaron a sudarme. El corazón daba tumbos desesperados y la lengua parecía un pedazo de papel. Si hubiera estado en pie me habría desplomado como un títere. Sonrió al pasar… Yo fingí que no la veía. Y seguí con mi práctica.

jueves 17
Estaba justamente en el 7.º grado de la escala del dolor, cuando fui interrumpido cruelmente por mi constante vecino que subía acompañado por una mujer. Pasaron tan cerca de mí que sus ropas me rozaron. Quedé impregnado del perfume de la mujer, mezcla de almizcle y benjuí, viscoso, oscuro, húmedo, salvaje. Llevaba un vestido rojo muy entallado. La miré hasta que se perdieron tras la puerta del departamento. Hablaban y reían al subir la escalera. Reían con los ojos y con las manos. Eran pasión en movimiento. Cerrados en sí mismos ni siquiera me vieron. Y mi dolor tan puro, tan intelectual, quedó interrumpido y contaminado en su limpia esencia por una sorda comezón. Sensaciones pesadas y sombrías descendieron sobre mí. Aquella dolorosa meditación, producto de una larga y difícil disciplina, quedó frustrada y convertida en miserable vehemencia. ¡Malditos! Golpeé con mis lágrimas las huellas de sus pasos.

domingo 20
Fue un verdadero acierto graduar el dolor, darle categoría y límite. Aun cuando hay quienes aseguran que el dolor es interminable y que nunca se agota, yo opino que después del 10.º grado de mi escala, solo queda la memoria de las cosas, doliendo ya no en acción sino en recuerdo. Al principio de mi aprendizaje creí que era oportuno ir en ascenso, en práctica gradual. Bien pronto comprobé que resultaba muy pobre una experiencia así. El conocimiento y perfección del dolor requiere elasticidad, sabio manejo de sus categorías y matices, y caprichoso ensayo de los grados. Pasar sin dificultad del 3.º al 8.º grado, del 4.º al 1.º, del 2.º al 7.º y, después, recorrerlos por riguroso orden ascendente y descendente… Me apena interrumpir esta interesante explicación, pero hay agua bajo mis pies.

lunes 21
A primera hora llegó el dueño del edificio. Yo aún no acababa de secar el departamento. Gritó, manoteó, dijo cosas tremendas. Acostumbrado como estoy a sufrir injusticias, necedades y mal trato, su actitud fue solo un reflejo de otras muchas. Se necesitaría de un artista auténtico para conmoverme, no de un simple aprendiz de monstruo. No le di la menor importancia. Mientras gritaba, me dediqué a cortarme las uñas con cuidado y sin prisa. Cuando terminé, el hombre lloraba. Tampoco me conmovió. Lloraba como lloran todos cuando tienen que llorar. ¡Si hubiera llorado como yo, cuando llego a aquellas meditaciones del 7.º grado de mi método, que dicen…!

sábado 26
Con toda humildad confesaré que soy un virtuoso del dolor. Esta noche, mientras sufría hecho un nudo en la escalera, salieron a mirarme los gatos de mis vecinos. Estaban asombrados de que el hombre tuviera tal capacidad para el dolor. Apenas noté su presencia. Sus ojos eran como teas que se encendían y se apagaban. Debo haber llegado con toda seguridad al 10.º grado. Perdí la cuenta, porque el paroxismo del dolor, así como el del placer, envuelve y obnubila los sentidos.

miércoles 30
Estoy tan sombrío, tan flaco y macilento, que a veces cuando algún desconocido sube la escalera, enloquece al verme. Yo estoy satisfecho con el aspecto logrado. Es fiel testimonio de mi arte, de su casi perfección.

domingo 3 de agosto
No sé cómo, ni con qué palabras describir lo que hoy pasó. Aún tiemblo al recordarlo. Fue hace unas horas y no salgo de la sorpresa. El remordimiento que tanto practico ahora cobra novedad y me ha convertido en su presa. Es como si lo hubieran creado justamente cuando yo dominaba la escala completa. Cuando era todo un artista. He caído en un error imperdonable, fuera de oficio, inaudito y funesto. Si una sola vez hubiera dejado de practicar las disciplinas que este arte exige, diría que era la consecuencia lógica, pero he sido observante, fiel…

jueves 7
No sé si podré salir de esta funesta prueba. Hoy trabajé tres horas seguidas (lo cual es agotador y excesivo) en el 6.º grado de mi escala, el más indicado para casos como este. Sufrí como nunca, tanto que los vecinos me recogieron desmayado al pie de la escalera. Aquí, bajo los vendajes, está la sangre coagulada. Las carnes abiertas. Tendré que aumentar o incluir como variedad del 5.º grado, este de las heridas reales. No se me había ocurrido antes, quizá fue una inspiración divina esta caída de la escalera. Un abrir los ojos a nuevas disciplinas.
 
martes 12
No he podido olvidar. Quizá sea castigo a mi soberbia, pues empezaba a sentirme seguro, a soñar que manejaba el oficio con maestría. Lo escribí el sábado 26 de julio. ¡Fatal confesión, las palabras traicionan siempre y se vuelven contra uno mismo! ¡Si solo lo hubiera pensado! He tenido que practicar hasta el agotamiento los grados 6.º y 9.º, dos horas cada uno. Después tuve que huir precipitadamente a mi departamento, por temor de que aquello volviera a suceder.

viernes 15
¡Otra vez sucedió! Cuando el último sol de la tarde bañaba los peldaños de la escalera. Siento su mano aún entre mis manos que le huían. Su mano tibia y suave. Dijo algo, yo no la oía. Sus palabras eran como bálsamo sobre mis llagas. No quise saber nada. Me estaba prohibido. Pronunciaba mi nombre. Yo no la escuchaba. Mis esfuerzos, mis propósitos y todo mi arte se estrellarían ante su mirada de ciervo, de animal dócil. El arte es sacrificio, renuncia, la vocación es vital, marca de fuego, sombra que se apodera del cuerpo que la proyecta y lo esclaviza y consume… ¡Ni siquiera una vez volví la cabeza para mirarla!

lunes 18
Me arranqué las vendas y la sangre dejó su huella en la alfombra. También sangro interiormente. Recuerdo la tibieza de sus manos. Esas manos que quizás ahora mismo acarician otro rostro. Por primera vez en mucho tiempo no salí a sentarme en la escalera, temía que llegara en cualquier momento. Temía que dispersara mi dolor con su sola presencia.
 
sábado 23
En la mañana vino el señor Rojas. Pensó que algo me había sucedido al no verme en mi acostumbrado rincón de la escalera. Me trajo unas frutas y un poco de tabaco; sin embargo, sospecho que no es sincero en su preocupación. Hay algo secreto y sombrío en su actitud. Quizás intenta comprar mi silencio, yo he visto a las mujeres que mete en su departamento. Quizás quiere…
 
martes 26
Junto a la puerta cerrada, para sentirme más cerca de la escalera, practiqué el 4.º y el 7.º grados. Oí sus pasos que se detenían varias veces, del otro lado. Sentí el calor de su cuerpo a través de la puerta. Su perfume penetró hasta mi triste habitación. Desde afuera turbaba mi soledad violentando mis defensas. Comprendí entre sollozos que la amaba.
 
viernes 29
La amo, sí, y es mi peor enemiga. La que puede terminar con lo que constituye mi razón de ser. La amo desde que sentí su mano entre mis manos. Si yo fuera un individuo común y corriente, como el señor Rojas o como el dueño del edificio, me acostaría con ella y sería el náufrago de su ternura. Pero yo me debo al dolor. Al dolor que ejercito día tras día hasta lograr su perfección. Al dolor de amarla y verla desde lejos, a través de una cerradura. La amo, sí, porque se desliza suavemente por la escalera como una sombra o como un sueño. Porque no exige que la ame y solo de vez en cuando se asoma a mi soledad.

domingo 31
Si solamente fuera el dolor de renunciar a ella sería terrible, ¡pero magnífico! Esta clase de sufrimiento constituye una rama del 8.º grado. Lo ejercitaría diariamente hasta llegar a dominarlo. Pero no es solo eso, le temo. Son más fuertes que mis propósitos su sonrisa y su voz. Sería tan feliz viéndola ir y venir por mi departamento mientras el sol resbalaba por sus cabellos… ¡Eso sería mi ruina, mi fracaso absoluto! Con ella terminarían mis ilusiones y mi ambición. Si desapareciera… Su dulce recuerdo me roería las entrañas toda la vida… ¡oh inefable tortura, perfección de mi arte…! ¡Sí! Si mañana leyera en los periódicos: «Bella joven muere al caer accidentalmente de una alta escalera…».

Memento Mori - Francisco Ayala

¿Que cómo sigue hoy? Pues ¿qué quieres que te diga?... Igual que ayer, y que anteayer, y que mañana. Ni para atrás ni para adelante. No vamos, ni para atrás, ni tampoco... Esto es ya algo que...

—¡Pobre señor!

—Sí, querida. Pobre él, y pobres todos. Yo te aseguro que, como esto continúe así, va a llevarnos a los demás por delante. A veces te juro que es que ya no puedo más, y —¡Dios me perdone!— pienso: «Pues si la cosa no tiene cura, si no hay remedio, si el final es el que tiene que ser, y mientras ese final llega él está sufriendo, y esto ya no es vida ni para él ni para nadie, ¿por qué, entonces...? ¡Que Dios me perdone!».

—Te comprendo, hija, te comprendo; pero ¿qué se le va a hacer? ¡Paciencia!

—¿Y te parece poca la que estoy teniendo? Yo ya —puedes creerme— es que, sencillamente, no aguanto más. Al comienzo, todo el mundo se interesaba, todo el mundo se compadecía, todo el mundo estaba dispuesto a echar una mano. Por otro lado, alguna esperanza quedaba de que a lo mejor pudiera la cosa no ser mortal. Pero ¿ahora? Y es muy natural, me hago bien cargo: la gente se cansa. Solo yo tengo que ser incansable, por lo visto.

—Vamos, mujer, no llores, no te desesperes.

—Si es que es horrible; te digo que es horrible. A veces llego a sentirme como pudriéndome por dentro, mala entraña, con unas intenciones que más vale no...

—Lo que pasa, querida, es que tienes los nervios rotos. Y se comprende, con la carga que llevas encima. Yo bien quisiera poder venir de vez en cuando a ayudarte un poco, si no fuese porque una tiene también su marido, y sus hijos, que son exigentes, y —ya lo sabes— con ellos no hay sino estar siempre al pie del cañón. Pero ¡cuántas veces no hemos comentado entre nosotros, en casa: «¡Esa pobre Mariana es una verdadera santa, y una mártir! ¡Qué abnegación la suya, tan admirable!»; y te hemos compadecido!

—Admiración, no lo sé; pero en cuanto a compasión, ¡vaya si la merezco! Nadie sabe bien lo que esto es. Nada basta, nada se agradece. El pobre, como que se encuentra perdido, y con esos dolores que no lo dejan descansar más que a ratitos, se pone de penoso como un niño chico, y no es capaz de figurarse lo que su enfermedad supone para los demás. ¡Igual que un niño chico, con los mismos caprichos y todo el egoísmo y toda la desconsideración de los niños! Cuando estaba en el hospital, él, ¡pobrecito mío!, sabía demasiado bien que allí el chinchorreo de nada podía valerle, porque allí no hacen caso a las chinchorrerías de los enfermos: inyecciones, píldoras, temperaturas, análisis, y todo lo que haga falta, muy bien; pero lo que es fastidiar por puras ganas de fastidiar, ¡ah, eso sí que no! Y tienen razón, qué caramba: ¿por qué habían de soportar ellos pejigueras? Los enfermos —si lo sabré yo— se ponen insoportables, enseguida quieren abusar. Tampoco me dejaban a mí que me estuviera allí sino en las horas de visita, pues la gente de la familia en esos casos solo sirve de estorbo; de modo que, quieras que no, yo era para él como una visita, y el infeliz me miraba desde su cama con unos ojos que se me partía el corazón de verlo. Así, cuando por fin lo mandaron para casa yo me alegré, te lo aseguro. Ya se sabía que la cosa no tiene remedio, y me lo dijeron sin ambages: «Señora, su marido lo mismo puede durar quince días que seis meses», me dijeron. Y siendo así, es claro que no podían tenerlo ocupando una cama del hospital hasta tanto que buenamente quisiera Dios acordarse de él. Total, que me lo traje para acá, dispuesta a que, por lo menos, sus últimos días de vida los pasara envuelto en nuestros cuidados. Pero sí, sí: ¡qué quince días, ni qué...! Ya lo estás viendo. Al principio, todos —su hermana, la sobrina, hasta el cuñado—, todos se desvivían por atenderlo tan cariñosamente. (Tú sabes cómo ha sido él siempre para los suyos: ¿quién no lo querrá, a ese pedazo de pan?) Pero, hija, conforme iba pasando el tiempo, cada cual, unos con un pretexto y otros con otro, empezaron a sacar el hombro, que pretextos y aun motivos verdaderos nunca faltan, y aquí me tienes a mí bregando yo solita con la situación... Te digo, querida, que es horrible, que ya es que no puedo más. Porque él, el pobre, no se da cuenta, ni en el estado en que está puede pedírsele que tenga demasiados miramientos, y el hecho es que, es que... ¿Ves? ¿Lo oyes? ¡Ya me está llamando! Enseguida, no falla. ¡Voy! ¡Que ahora mismo voy, hombre! ¿No puedes aguardar un momento?

La cabeza del muñeco - Francisco Zárate Ruiz

 ¡Al fin!, las últimas palabras aletearon en la habitación; toda quedó repleta de silencio, y dejaron al muñeco rodeado de la atmósfera viciada con el humo de los cigarros que con­sumieron aquellos hombres, durante todo el tiempo en que habían permanecido allí encerrados, sosteniendo una charla para ellos amena y para él detestable. No pocas veces pareció que esa charla iba a caer, pero alguien la apuntalaba, como edificio en peligro; alguno lo levantaba, como en los fronto­nes los buenos jugadores lo hacen con la pelota cuando va re­botando muy cerca del suelo, próxima ya a rodar solamente.

Se desesperó porque no podía abrir la ventana y estaba condenado a pasar así, envuelto en la gasa azul del humo, la noche entera.

Y con el pensamiento suspiró largamente, hondamente, ¡qué suplicio!

Tras unos cuantos instantes que pasó encerrado en una caja de cartón, lo desenvolvieron, lo desabrigaron del papel de china que se le enroscaba en el cuerpo, lo desnudaron a la vis­ta de toda la familia.

¡Cómo lo alabaron!

Pasó de mano en mano, ¡qué bonito!

Y cada uno que lo examinaba, al darle vueltas entre los dedos, le hacía temblar la cabeza, aquella cabeza, fuente y re­ceptáculo de sus padeceres.

Temblando, lo dejaron despiadadamente sobre la mesa, con el peso enorme de la sombra sobre sus débiles espaldas.

Desde aquel día sus sufrimientos fueron mayores de los que había experimentado en el escaparate de la mercería.

Casi no tuvo desde esa vez una hora de reposo.

Continuamente tenía en movimiento la cabeza, su cabeza buena y pesada, su cabeza de plomo, cabeza de estúpido, ¡ojalá que de veras lo hubiese sido!

Con esa cabeza, siempre estremeciéndosele, sentía revolo­tearle en el interior el pensamiento, como ave asustadiza que, caída por una ventana dentro de la iglesia, se azota contra las bóvedas, buscando torpemente la salida.

Los primeros días, cuando lo dejaron olvidado sobre algún mueble, aquel niño de cabellera rubia y tez brillante, iguales a las del gran rorro que en la tienda había, y el cual llamaba «papá» y «mamá», si le oprimían un botoncito oculto bajo las ropas, abri­gaba la esperanza de que iba a descansar, de que se le sosegaría la cabeza y podría dormir, dormir con su pesado sueño de plomo.

Pero no, alguien pasaba pisando fuerte, por cerca de él, y se estremecía el mueble, y nuevamente empezaba a temblarle la cabeza, a vibrarle el cerebro.

Otras veces, en medio del silencio de la noche, un carruaje pasaba a toda prisa, y la casa se estremecía, y la cabeza coro­nada con pesadísimo sombrero de través empezaba a colum­piársele de atrás a adelante.

Algunas veces no se explicaba la causa de sus estremeci­mientos; ¿sería que hasta el movimiento de la tierra le hacía daño?, porque él había oído decir un día que la Tierra giraba.

El rorro que en la juguetería había sido su compañero de escaparate, hablaba cuando le introducían aire pero no pen­saba; al igual que el caballo de madera, y el clown de porce­lana, tenía siempre quieta la cabeza.

¡Pero él! ¡Qué injusto había sido su creador! ¿Por qué le ha­bía hecho un cuerpo de muñeco y le había puesto cabeza de hombre, cabeza que pensaba?

Si al menos le hubiese sido dado hablar, habría pedido que se la arrancasen.

El niño de cabellera teñida por el sol y tez brillante como la de porcelana del rorro de la tienda, había roto en su pre­sencia muchos muñecos caros; al llevárselos el papá le había recomendado que los cuidase.

Él había acariciado la esperanza de que también le arrancara al­gún día la cabeza temblorosa, se la separase de aquella varilla del­gada y larga que, como espina, tenía clavada en mitad del cráneo.

Y no; era su favorito, era su juguete querido, el único que con su presencia le estancaba el llanto, en los ojos brillantes y azules, como lagos que retratan el cielo.

Tras las noches sin sueño, largas noches pasadas sintiendo el frío de la soledad, venía el niño inconscientemente cruel, ino­cente de las torturas que con sus manecitas hoyueladas y blan­cas provocaba, y reía, reía hasta enrojecer y fatigarse, ante aquel temblor de la cabeza, esclava de todos y nunca de su dueño.

La tarde en que se vio parado en el barandal del balcón, cuánto deseó que lo dejaran caer; un paso, un paso solamen­te y se habría estrellado contra las losas de la acera, pero i no podía mover los pies!

Por aquel cariño dañoso del chicuelo, rara vez cumplía con sus deberes de pisapapel. Rodaba por todos los muebles de la casa; unas veces en la sala de espera; allí una niña que tenía quince años y los ojos muy negros, lo tomó entre las manos; y repetidas veces, sonriente, le sacudió con fuerza; no supo que grande era el mal que causaba.

Muchas horas había pensado él en aquella niña, y había sentido no verla cerca, no estar sufriendo entre sus manos.

¿Por qué no habría vuelto? Ya que él no podía ir en su bus­ca, ¡si casualmente se le hubiera prendido a los encajes de su vestido y se lo hubiera llevado!

Un día lo habían dejado sobre el piano; cuando el temblor de su pobre cabeza empezó a hacerle pensar, vio en derredor mucha gente; miró muchos ojos hermosos, sintió perfume de mujer, los dedos de la joven sentada ante el mueble, travesea­ba sobre las teclas, y un hombre apoyado en la cubierta, allí en donde «él» estaba de pie, decía acompasadamente frases amorosas y deceptivas.

Cómo gozó y sufrió con las notas que saltaban por debajo de él.

Sintió deseos, unos deseos inmensos de llorar, y las lágri­mas agolpadas ante sus ojos cerrados para el exterior, le roda­ron sólidas y pesadas por dentro de la cabeza y al rebotarle le hicieron aún más daño, le provocaron dolores más grandes. Alguien lo tomó y al volver a colocarlo sobre el mueble, lo volvió de espaldas hacia la ejecutante.

Entonces pudo verse en el espejo. Hasta entonces se cono­ció; con la mirada siempre hacia el frente, no sabía qué cuer­po le sostenía la cabeza, qué cuerpo le sostenía a «él», porque, ¿él no era su cabeza?

Y él mismo, agitando la cabeza se contestaba materialmen­te y con acción sentenciosa que sí, que sí...

Se entristeció, pues, ¿no tenía aspecto estúpido?

El traje multicoloro, de pésimo gusto, con las manos —aparentaba tener manos— «perdidas» en los bolsillos del pantalón, replegaba hacia atrás el largo abrigo que le cubría. Y tenía abdomen redondo y abultado como de hombre satis­fecho, como de burgués rechoncho; él que, si alguna ventaja tenía, era la de no comer, porque no lo necesitaba.

¿Su cara?, una cara amplia y carnosa, cara de hércules can­dido, bueno, bonachón, tonto.

Si hubiera podido hablar, y hubiese dicho qué pensaba, nadie le hubiera creído, sólo por el aspecto de idiota que tenía. Sin embargo, pensaba, y pensaba como hombre bar­budo —aunque ridiculamente barbado—. Además, el sufri­miento le había despertado extraordinariamente la inteli­gencia.

Mucho tiempo estuvo contemplándose en el espejo hasta que, agobiado, desvanecido, triste, se le detuvo el pensamien­to, entró en reposo absoluto su cerebro, con la cesación del movimiento de la cabeza que tanto odiaba; se odiaba a sí mis­mo, con odio destructor, odio mortal.

Sólo unos cuantos días, muy pocos, tres, había sido feliz; no había pensando.

Por la noche, el niño rubio lo dejó acostado en un librero y cuando él mismo fue a sacarlo de allí, llevaba el rostro muy pá­lido, como si lo hubiesen bañado con cera, y los ojos muy hun­didos, como si hubiesen estado a punto de sepultarse en sus propias órbitas.

¡Pobre niño!; él le amaba, a pesar de todo.

¡Ah!, él había sufrido no sólo con sus dolores; estaba sen­tenciado a ser testigo mudo del drama que se desarrollaba, como entre bastidores, en aquella casa. Él había asistido a las aterradoras desesperaciones de aquel hombre, dueño suyo, que, creyéndose solo se mesaba los cabellos y rugía por sollo­zar. Alguna vez ese hombre clavó sus ojos que destilaban lá­grimas en el muñeco de cabeza fuertemente estremecida y quedó pensativo; tal vez sospechó por un momento el supli­cio de aquella cabeza.

Otra vez fue despertado bruscamente; la dueña de la casa tomó entre sus manos un papel que él pisaba y la vio caer sin sentido sobre la alfombra, y contra la mesa hacerse sangre y ¡no pudo auxiliarla!

La cabeza le temblaba inusitadamente; pensaba, pensaba mucho, recorría su pasado y miraba hacia el horizonte de lo porvenir y se miraba desesperante, desgraciado, extraordina­riamente infeliz.

Aquellos hombres se habían estado allí toda la tarde, iban a descansar, iban a ver a sus mujeres, iban a gozar, a vivir, i ¡a dormir!!

Y él no, él no tenía afectos, no tenía comodidades, él ni si­quiera podía hablarles gritando: «Yo también pienso, también siento, yo también amo y odio, también vivo, pero con una vida de muñeco que tiene cabeza de hombre, con una vida sin igual, con la vida de una cabeza que separada de su tron­co, siguiera viviendo muchos días.»

Y la cabeza seguía balanceándose sobre la varilla elástica.

Le dolía por todos lados; parecíale que le enterraban en muchas partes gruesos clavos, y sentía la vibración continuada como debe sentir el estremecimiento el alambre telegráfi­co cuando le pasa la corriente.

El trozo de plomo desprendido de la bóveda craneana le rebotaba dentro de la cabeza; y a veces se le quedaba quieto en alguna sinuosidad como doloroso tumor.

Ese trozo de la misma sustancia que estaba hecha su cabe­za, ¿no sería su pensamiento?

Por la calle pasó despacio un carro cargado con rieles, le­vantando mucho ruido, y haciendo temblar el piso.

El estremecimiento se le acentuó, se hizo más fuerte y con­tinuado el temblequeo, y nuevamente se desesperó.

Sus dolores aumentaron; sintió como si se le derritiera por el interior la cabeza; igual sensación habría experimentado, cuando lo rundieron en el molde, si ya entonces hubiera tenido vida, si hubiera entonces podido sentir ya; pero no; la vida se la había dado fatalmente aquel bamboleo.

Al menos los hombres cuando odian la vida, pueden de­jarla a un lado.

Y bien, ¿no dicen que la cabeza manda y gobierna al cuerpo?

¿Por qué él no podía ni levantar una mano?

Y el esfuerzo del muñeco fue terrible...

En la mañana encontraron la cabeza caída a los pies del muñeco, y las manos, ¡las manos que había sacado de los bolsillos del pantalón!, crispadas y en alto, cerca de la varilla elástica, ya quieta, rígida, y en la cual antes se balanceaba la desgracia del pisapapel.

La Cenicienta - Charles Perrault

Había una vez un gentilhombre que se casó en segundas nupcias con una mujer, la más altanera y orgullosa que jamás se haya visto. Tenía dos hijas por el estilo y que se le parecían en todo.

El marido, por su lado, tenía una hija, pero de una dulzura y bondad sin par; lo había heredado de su madre que era la mejor persona del mundo.

Junto con realizarse la boda, la madrastra dio libre curso a su mal carácter; no pudo soportar las cualidades de la joven, que hacían aparecer todavía más odiables a sus hijas. La obligó a las más viles tareas de la casa: ella era la que fregaba los pisos y la vajilla, la que limpiaba los cuartos de la señora y de las señoritas sus hijas; dormía en lo más alto de la casa, en una buhardilla, sobre una mísera pallasa, mientras sus hermanas ocupaban habitaciones con parquet, donde tenían camas a la última moda y espejos en que podían mirarse de cuerpo entero.

La pobre muchacha aguantaba todo con paciencia, y no se atrevía a quejarse ante su padre, de miedo que le reprendiera pues su mujer lo dominaba por completo. Cuando terminaba sus quehaceres, se instalaba en el rincón de la chimenea, sentándose sobre las cenizas, lo que le había merecido el apodo de Culocenizón. La menor, que no era tan mala como la mayor, la llamaba Cenicienta; sin embargo Cenicienta, con sus míseras ropas, no dejaba de ser cien veces más hermosa que sus hermanas que andaban tan ricamente vestidas.

Sucedió que el hijo del rey dio un baile al que invitó a todas las personas distinguidas; nuestras dos señoritas también fueron invitadas, pues tenían mucho nombre en la comarca. Helas aquí muy satisfechas y preocupadas de elegir los trajes y peinados que mejor les sentaran; nuevo trabajo para Cenicienta pues era ella quien planchaba la ropa de sus hermanas y plisaba los adornos de sus vestidos. No se hablaba más que de la forma en que irían trajeadas.

—Yo, dijo la mayor, me pondré mi vestido de terciopelo rojo y mis adornos de Inglaterra.

—Yo, dijo la menor, iré con mi falda sencilla; pero en cambio, me pondré mi abrigo con flores de oro y mi prendedor de brillantes, que no pasarán desapercibidos.

Manos expertas se encargaron de armar los peinados de dos pisos y se compraron lunares postizos. Llamaron a Cenicienta para pedirle su opinión, pues tenía buen gusto. Cenicienta las aconsejó lo mejor posible, y se ofreció incluso para arreglarles el peinado, lo que aceptaron. Mientras las peinaba, ellas le decían:

— Cenicienta, ¿te gustaría ir al baile?

—Ay, señoritas, os estáis burlando, eso no es cosa para mí.

—Tienes razón, se reirían bastante si vieran a un Culocenizón entrar al baile.

Otra que Cenicienta las habría arreglado mal los cabellos, pero ella era buena y las peinó con toda perfección.

Tan contentas estaban que pasaron cerca de dos días sin comer. Más de doce cordones rompieron a fuerza de apretarlos para que el talle se les viera más fino, y se lo pasaban delante del espejo.

Finalmente, llegó el día feliz; partieron y Cenicienta las siguió con los ojos y cuando las perdió de vista se puso a llorar. Su madrina, que la vio anegada en lágrimas, le preguntó qué le pasaba.

—Me gustaría... me gustaría...

Lloraba tanto que no pudo terminar. Su madrina, que era un hada, le dijo:

—¿Te gustaría ir al baile, no es cierto?

—¡Ay, sí!, dijo Cenicienta suspirando.

—¡Bueno, te portarás bien!, dijo su madrina, yo te haré ir.

La llevó a su cuarto y le dijo:

—Ve al jardín y tráeme un zapallo.

Cenicienta fue en el acto a coger el mejor que encontró y lo llevó a su madrina, sin poder adivinar cómo este zapallo podría hacerla ir al baile. Su madrina lo vació y dejándole solamente la cáscara, lo tocó con su varita mágica e instantáneamente el zapallo se convirtió en un bello carruaje todo dorado.

En seguida miró dentro de la ratonera donde encontró seis ratas vivas. Le dijo a Cenicienta que levantara un poco la puerta de la trampa, y a cada rata que salía le daba un golpe con la varita, y la rata quedaba automáticamente transformada en un brioso caballo; lo que hizo un tiro de seis caballos de un hermoso color gris ratón. Como no encontraba con qué hacer un cochero:

—Voy a ver, dijo Cenicienta, si hay algún ratón en la trampa, para hacer un cochero.

—Tienes razón, dijo su madrina, anda a ver.

Cenicienta le llevó la trampa donde había tres ratones gordos. El hada eligió uno por su imponente barba, y habiéndolo tocado quedó convertido en un cochero gordo con un precioso bigote. En seguida, ella le dijo:

—Baja al jardín, encontrarás seis lagartos detrás de la regadera; tráemelos.

Tan pronto los trajo, la madrina los trocó en seis lacayos que se subieron en seguida a la parte posterior del carruaje, con sus trajes galoneados, sujetándose a él como si en su vida hubieran hecho otra cosa. El hada dijo entonces a Cenicienta:

—Bueno, aquí tienes para ir al baile, ¿no estás bien aperada?

—Es cierto, pero, ¿podré ir así, con estos vestidos tan feos?

Su madrina no hizo más que tocarla con su varita, y al momento sus ropas se cambiaron en magníficos vestidos de paño de oro y plata, todos recamados con pedrerías; luego le dio un par de zapatillas de cristal, las más preciosas del mundo.

Una vez ataviada de este modo, Cenicienta subió al carruaje; pero su madrina le recomendó sobre todo que regresara antes de la medianoche, advirtiéndole que si se quedaba en el baile un minuto más, su carroza volvería a convertirse en zapallo, sus caballos en ratas, sus lacayos en lagartos, y que sus viejos vestidos recuperarían su forma primitiva. Ella prometió a su madrina que saldría del baile antes de la medianoche. Partió, loca de felicidad.

El hijo del rey, a quien le avisaron que acababa de llegar una gran princesa que nadie conocía, corrió a recibirla; le dio la mano al bajar del carruaje y la llevó al salón donde estaban los comensales. Entonces se hizo un gran silencio: el baile cesó y los violines dejaron de tocar, tan absortos estaban todos contemplando la gran belleza de esta desconocida. Sólo se oía un confuso rumor:

—¡Ah, qué hermosa es!

El mismo rey, siendo viejo, no dejaba de mirarla y de decir por lo bajo a la reina que desde hacía mucho tiempo no veía una persona tan bella y graciosa. Todas las damas observaban con atención su peinado y sus vestidos, para tener al día siguiente otros semejantes, siempre que existieran telas igualmente bellas y manos tan diestras para confeccionarlos. El hijo del rey la colocó en el sitio de honor y en seguida la condujo al salón para bailar con ella. Bailó con tanta gracia que fue un motivo más de admiración.

Trajeron exquisitos manjares que el príncipe no probó, ocupado como estaba en observarla. Ella fue a sentarse al lado de sus hermanas y les hizo mil atenciones; compartió con ellas los limones y naranjas que el príncipe le había obsequiado, lo que las sorprendió mucho, pues no la conocían. Charlando así estaban, cuando Cenicienta oyó dar las once tres cuartos; hizo al momento una gran reverenda a los asistentes y se fue a toda prisa.

Apenas hubo llegado, fue a buscar a su madrina y después de darle las gracias, le dijo que desearía mucho ir al baile al día siguiente porque el príncipe se lo había pedido. Cuando le estaba contando a su madrina todo lo que había sucedido en el baile, las dos hermanas golpearon a su puerta; Cenicienta fue a abrir.

—¡Cómo habéis tardado en volver! les dijo bostezando, frotándose los ojos y estirándose como si acabara de despertar; sin embargo no había tenido ganas de dormir desde que se separaron.

—Si hubieras ido al baile, le dijo una de las hermanas, no te habrías aburrido; asistió la más bella princesa, la más bella que jamás se ha visto; nos hizo mil atenciones, nos dio naranjas y limones.

Cenicienta estaba radiante de alegría. Les preguntó el nombre de esta princesa; pero contestaron que nadie la conocía, que el hijo del rey no se conformaba y que daría todo en el mundo por saber quién era. Cenicienta sonrió y les dijo:

—¿Era entonces muy hermosa? Dios mío, felices vosotras, ¿no podría verla yo? Ay, señorita Javotte, prestadme el vestido amarillo que usáis todos los días.

—Verdaderamente, dijo la señorita Javotte, ¡no faltaba más! Prestarle mi vestido a tan feo Culocenizón tendría que estar loca.

Cenicienta esperaba esta negativa, y se alegró, pues se habría sentido bastante confundida si su hermana hubiese querido prestarle el vestido.

Al día siguiente, las dos hermanas fueron al baile, y Cenicienta también, pero aún más ricamente ataviada que la primera vez. El hijo del rey estuvo constantemente a su lado y diciéndole cosas agradables; nada aburrida estaba la joven damisela y olvidó la recomendación de su madrina; de modo que oyó tocar la primera campanada de medianoche cuando creía que no eran ni las once. Se levantó y salió corriendo, ligera como una gacela. El príncipe la siguió, pero no pudo alcanzarla; ella había dejado caer una de sus zapatillas de cristal que el príncipe recogió con todo cuidado.

Cenicienta llegó a casa sofocada, sin carroza, sin lacayos, con sus viejos vestidos, pues no le había quedado de toda su magnificencia sino una de sus zapatillas, igual a la que se le había caído.

Preguntaron a los porteros del palacio si habían visto salir a una princesa; dijeron que no habían visto salir a nadie, salvo una muchacha muy mal vestida que tenía más aspecto de aldeana que de señorita.

Cuando sus dos hermanas regresaron del baile, Cenicienta les preguntó si esta vez también se habían divertido y si había ido la hermosa dama. Dijeron que si, pero que había salido escapada al dar las doce, y tan rápidamente que había dejado caer una de sus zapatillas de cristal, la más bonita del mundo; que el hijo del rey la había recogido dedicándose a contemplarla durante todo el resto del baile, y que sin duda estaba muy enamorado de la bella personita dueña de la zapatilla. Y era verdad, pues a los pocos días el hijo del rey hizo proclamar al son de trompetas que se casaría con la persona cuyo pie se ajustara a la zapatilla.

Empezaron probándola a las princesas, en seguida a las duquesas, y a toda la corte, pero inútilmente. La llevaron donde las dos hermanas, las que hicieron todo lo posible para que su pie cupiera en la zapatilla, pero no pudieron. Cenicienta, que las estaba mirando, y que reconoció su zapatilla, dijo riendo:

—¿Puedo probar si a mí me calza?

Sus hermanas se pusieron a reír y a burlarse de ella. El gentilhombre que probaba la zapatilla, habiendo mirado atentamente a Cenicienta y encontrándola muy linda, dijo que era lo justo, y que él tenía orden de probarla a todas las jóvenes. Hizo sentarse a Cenicienta y acercando la zapatilla a su piececito, vio que encajaba sin esfuerzo y que era hecha a su medida.

Grande fue el asombro de las dos hermanas, pero más grande aún cuando Cenicienta sacó de su bolsillo la otra zapatilla y se la puso. En esto llegó la madrina que, habiendo tocado con su varita los vestidos de Cenicienta, los volvió más deslumbrantes aún que los anteriores.

Entonces las dos hermanas la reconocieron como la persona que habían visto en el baile. Se arrojaron a sus pies para pedirle perdón por todos los malos tratos que le habían infligido. Cenicienta las hizo levantarse y les dijo, abrazándolas, que las perdonaba de todo corazón y les rogó que siempre la quisieran.

Fue conducida ante el joven príncipe, vestida como estaba. Él la encontró más bella que nunca, y pocos días después se casaron. Cenicienta, que era tan buena como hermosa, hizo llevar a sus hermanas a morar en el palacio y las casó en seguida con dos grandes señores de la corte.