Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Fragmento de un diario - Amparo Dávila
Memento Mori - Francisco Ayala
—¡Pobre señor!
—Sí, querida. Pobre él, y pobres todos. Yo te aseguro que, como esto continúe así, va a llevarnos a los demás por delante. A veces te juro que es que ya no puedo más, y —¡Dios me perdone!— pienso: «Pues si la cosa no tiene cura, si no hay remedio, si el final es el que tiene que ser, y mientras ese final llega él está sufriendo, y esto ya no es vida ni para él ni para nadie, ¿por qué, entonces...? ¡Que Dios me perdone!».
—Te comprendo, hija, te comprendo; pero ¿qué se le va a hacer? ¡Paciencia!
—¿Y te parece poca la que estoy teniendo? Yo ya —puedes creerme— es que, sencillamente, no aguanto más. Al comienzo, todo el mundo se interesaba, todo el mundo se compadecía, todo el mundo estaba dispuesto a echar una mano. Por otro lado, alguna esperanza quedaba de que a lo mejor pudiera la cosa no ser mortal. Pero ¿ahora? Y es muy natural, me hago bien cargo: la gente se cansa. Solo yo tengo que ser incansable, por lo visto.
—Vamos, mujer, no llores, no te desesperes.
—Si es que es horrible; te digo que es horrible. A veces llego a sentirme como pudriéndome por dentro, mala entraña, con unas intenciones que más vale no...
—Lo que pasa, querida, es que tienes los nervios rotos. Y se comprende, con la carga que llevas encima. Yo bien quisiera poder venir de vez en cuando a ayudarte un poco, si no fuese porque una tiene también su marido, y sus hijos, que son exigentes, y —ya lo sabes— con ellos no hay sino estar siempre al pie del cañón. Pero ¡cuántas veces no hemos comentado entre nosotros, en casa: «¡Esa pobre Mariana es una verdadera santa, y una mártir! ¡Qué abnegación la suya, tan admirable!»; y te hemos compadecido!
—Admiración, no lo sé; pero en cuanto a compasión, ¡vaya si la merezco! Nadie sabe bien lo que esto es. Nada basta, nada se agradece. El pobre, como que se encuentra perdido, y con esos dolores que no lo dejan descansar más que a ratitos, se pone de penoso como un niño chico, y no es capaz de figurarse lo que su enfermedad supone para los demás. ¡Igual que un niño chico, con los mismos caprichos y todo el egoísmo y toda la desconsideración de los niños! Cuando estaba en el hospital, él, ¡pobrecito mío!, sabía demasiado bien que allí el chinchorreo de nada podía valerle, porque allí no hacen caso a las chinchorrerías de los enfermos: inyecciones, píldoras, temperaturas, análisis, y todo lo que haga falta, muy bien; pero lo que es fastidiar por puras ganas de fastidiar, ¡ah, eso sí que no! Y tienen razón, qué caramba: ¿por qué habían de soportar ellos pejigueras? Los enfermos —si lo sabré yo— se ponen insoportables, enseguida quieren abusar. Tampoco me dejaban a mí que me estuviera allí sino en las horas de visita, pues la gente de la familia en esos casos solo sirve de estorbo; de modo que, quieras que no, yo era para él como una visita, y el infeliz me miraba desde su cama con unos ojos que se me partía el corazón de verlo. Así, cuando por fin lo mandaron para casa yo me alegré, te lo aseguro. Ya se sabía que la cosa no tiene remedio, y me lo dijeron sin ambages: «Señora, su marido lo mismo puede durar quince días que seis meses», me dijeron. Y siendo así, es claro que no podían tenerlo ocupando una cama del hospital hasta tanto que buenamente quisiera Dios acordarse de él. Total, que me lo traje para acá, dispuesta a que, por lo menos, sus últimos días de vida los pasara envuelto en nuestros cuidados. Pero sí, sí: ¡qué quince días, ni qué...! Ya lo estás viendo. Al principio, todos —su hermana, la sobrina, hasta el cuñado—, todos se desvivían por atenderlo tan cariñosamente. (Tú sabes cómo ha sido él siempre para los suyos: ¿quién no lo querrá, a ese pedazo de pan?) Pero, hija, conforme iba pasando el tiempo, cada cual, unos con un pretexto y otros con otro, empezaron a sacar el hombro, que pretextos y aun motivos verdaderos nunca faltan, y aquí me tienes a mí bregando yo solita con la situación... Te digo, querida, que es horrible, que ya es que no puedo más. Porque él, el pobre, no se da cuenta, ni en el estado en que está puede pedírsele que tenga demasiados miramientos, y el hecho es que, es que... ¿Ves? ¿Lo oyes? ¡Ya me está llamando! Enseguida, no falla. ¡Voy! ¡Que ahora mismo voy, hombre! ¿No puedes aguardar un momento?
La cabeza del muñeco - Francisco Zárate Ruiz
¡Al fin!, las últimas palabras aletearon en la habitación; toda quedó repleta de silencio, y dejaron al muñeco rodeado de la atmósfera viciada con el humo de los cigarros que consumieron aquellos hombres, durante todo el tiempo en que habían permanecido allí encerrados, sosteniendo una charla para ellos amena y para él detestable. No pocas veces pareció que esa charla iba a caer, pero alguien la apuntalaba, como edificio en peligro; alguno lo levantaba, como en los frontones los buenos jugadores lo hacen con la pelota cuando va rebotando muy cerca del suelo, próxima ya a rodar solamente.
Se desesperó porque no podía
abrir la ventana y estaba condenado a pasar así, envuelto en la gasa azul del
humo, la noche entera.
Y con el pensamiento suspiró
largamente, hondamente, ¡qué suplicio!
Tras unos cuantos instantes que pasó
encerrado en una caja de cartón, lo desenvolvieron, lo desabrigaron del papel
de china que se le enroscaba en el cuerpo, lo desnudaron a la vista de toda la
familia.
¡Cómo lo alabaron!
Pasó de mano en mano, ¡qué bonito!
Y cada uno que lo examinaba, al darle vueltas entre
los dedos, le hacía temblar la cabeza, aquella cabeza, fuente y receptáculo
de sus padeceres.
Temblando, lo dejaron despiadadamente sobre la mesa,
con el peso enorme de la sombra sobre sus débiles espaldas.
Desde aquel día sus sufrimientos
fueron mayores de los que había experimentado en el escaparate de la mercería.
Casi no tuvo desde esa vez una hora de reposo.
Continuamente tenía en movimiento la
cabeza, su cabeza buena y pesada, su cabeza de plomo, cabeza de estúpido,
¡ojalá que de veras lo hubiese sido!
Con esa cabeza, siempre estremeciéndosele,
sentía revolotearle en el interior el pensamiento, como ave asustadiza que,
caída por una ventana dentro de la iglesia, se azota contra las bóvedas,
buscando torpemente la salida.
Los primeros días, cuando lo dejaron
olvidado sobre algún mueble, aquel niño de cabellera rubia y tez brillante, iguales
a las del gran rorro que en la tienda había, y el cual llamaba «papá» y «mamá»,
si le oprimían un botoncito oculto bajo las ropas, abrigaba la esperanza de
que iba a descansar, de que se le sosegaría la cabeza y podría dormir, dormir
con su pesado sueño de plomo.
Pero no, alguien pasaba pisando fuerte, por cerca de
él,
y se estremecía el mueble, y nuevamente empezaba a temblarle la cabeza, a
vibrarle el cerebro.
Otras veces, en medio del silencio de la noche, un
carruaje pasaba a toda prisa, y la casa se estremecía, y la cabeza coronada
con pesadísimo sombrero de través empezaba a columpiársele de atrás a
adelante.
Algunas veces no se explicaba la causa
de sus estremecimientos; ¿sería que hasta el movimiento de la
tierra le hacía daño?, porque él había oído decir un día que la Tierra giraba.
El rorro que en la juguetería
había sido su compañero de escaparate, hablaba cuando le introducían aire pero
no pensaba; al igual que el caballo de madera, y el clown de porcelana, tenía
siempre quieta la cabeza.
¡Pero él! ¡Qué injusto
había sido su creador! ¿Por qué le había hecho un cuerpo de muñeco y le había
puesto cabeza de hombre, cabeza que pensaba?
Si al menos le hubiese sido dado hablar, habría
pedido que se la arrancasen.
El niño de cabellera teñida por el sol y tez
brillante como la de porcelana del rorro de la tienda, había roto en su presencia
muchos muñecos caros; al llevárselos el papá le había recomendado que los
cuidase.
Él había acariciado la
esperanza de que también le arrancara algún día la cabeza temblorosa, se la
separase de aquella varilla delgada y larga que, como espina, tenía clavada en
mitad del cráneo.
Y no; era su favorito, era su juguete querido, el único
que con su presencia le estancaba el llanto, en los ojos brillantes y azules,
como lagos que retratan el cielo.
Tras las noches sin sueño, largas noches
pasadas sintiendo el frío de la soledad, venía el niño inconscientemente cruel,
inocente de las torturas que con sus manecitas hoyueladas y blancas
provocaba, y reía, reía hasta enrojecer y fatigarse, ante aquel temblor de la
cabeza, esclava de todos y nunca de su dueño.
La tarde en que se vio parado en el barandal del
balcón,
cuánto deseó que lo dejaran caer; un paso, un paso solamente y se habría
estrellado contra las losas de la acera, pero i no podía mover los pies!
Por aquel cariño dañoso del
chicuelo, rara vez cumplía con sus deberes de pisapapel. Rodaba por todos los
muebles de la casa; unas veces en la sala de espera; allí una niña que tenía
quince años y los ojos muy negros, lo tomó entre las manos; y repetidas veces,
sonriente, le sacudió con fuerza; no supo que grande era el mal que causaba.
Muchas horas había pensado él en
aquella niña, y había sentido no verla cerca, no estar sufriendo entre sus
manos.
¿Por
qué no habría vuelto? Ya que él no podía ir en su busca, ¡si casualmente se le
hubiera prendido a los encajes de su vestido y se lo hubiera llevado!
Un día lo habían dejado sobre el piano;
cuando el temblor de su pobre cabeza empezó a hacerle pensar, vio en derredor
mucha gente; miró muchos ojos hermosos, sintió perfume de mujer, los dedos de
la joven sentada ante el mueble, traveseaba sobre las teclas, y un hombre
apoyado en la cubierta, allí en donde «él» estaba de pie, decía acompasadamente
frases amorosas y deceptivas.
Cómo gozó y sufrió con las notas que
saltaban por debajo de él.
Sintió deseos, unos deseos inmensos de
llorar, y las lágrimas agolpadas ante sus ojos cerrados para el exterior, le
rodaron sólidas y pesadas por dentro de la cabeza y al rebotarle le hicieron
aún más daño, le provocaron dolores más grandes. Alguien lo tomó y al volver a
colocarlo sobre el mueble, lo volvió de espaldas hacia la ejecutante.
Entonces pudo verse en el espejo. Hasta entonces se
conoció;
con la mirada siempre hacia el frente, no sabía qué cuerpo le sostenía la
cabeza, qué cuerpo le sostenía a «él», porque, ¿él no era su cabeza?
Y él mismo, agitando la cabeza se
contestaba materialmente y con acción sentenciosa que sí, que sí...
Se entristeció, pues, ¿no tenía
aspecto estúpido?
El traje multicoloro, de pésimo gusto, con las
manos —aparentaba tener manos— «perdidas» en los bolsillos del pantalón,
replegaba hacia atrás el largo abrigo que le cubría. Y tenía abdomen redondo y
abultado como de hombre satisfecho, como de burgués rechoncho; él que, si
alguna ventaja tenía, era la de no comer, porque no lo necesitaba.
¿Su cara?, una cara
amplia y carnosa, cara de hércules candido, bueno, bonachón, tonto.
Si hubiera podido hablar, y hubiese dicho qué
pensaba, nadie le hubiera creído, sólo por el aspecto de idiota que tenía. Sin
embargo, pensaba, y pensaba como hombre barbudo —aunque ridiculamente
barbado—. Además, el sufrimiento le había despertado extraordinariamente la
inteligencia.
Mucho tiempo estuvo contemplándose
en el espejo hasta que, agobiado, desvanecido, triste, se le detuvo el
pensamiento, entró en reposo absoluto su cerebro, con la cesación del movimiento de la cabeza que tanto
odiaba; se odiaba a sí mismo, con odio destructor, odio
mortal.
Sólo unos cuantos días, muy pocos, tres,
había sido feliz; no había pensando.
Por la noche, el niño rubio lo dejó
acostado en un librero y cuando él mismo fue a sacarlo de allí, llevaba el
rostro muy pálido, como si lo hubiesen bañado con cera, y los ojos muy hundidos,
como si hubiesen estado a punto de sepultarse en sus propias órbitas.
¡Pobre niño!; él le
amaba, a pesar de todo.
¡Ah!, él había sufrido
no sólo con sus dolores; estaba sentenciado a ser testigo mudo del drama que
se desarrollaba, como entre bastidores, en aquella casa. Él había asistido a
las aterradoras desesperaciones de aquel hombre, dueño suyo, que, creyéndose
solo se mesaba los cabellos y rugía por sollozar. Alguna vez ese hombre clavó
sus ojos que destilaban lágrimas en el muñeco de cabeza fuertemente
estremecida y quedó pensativo; tal vez sospechó por un momento el suplicio de
aquella cabeza.
Otra vez fue despertado bruscamente; la dueña
de la casa tomó entre sus manos un papel que él pisaba y la vio caer sin
sentido sobre la alfombra, y contra la mesa hacerse sangre y ¡no pudo
auxiliarla!
La cabeza le temblaba inusitadamente; pensaba,
pensaba mucho, recorría su pasado y miraba hacia el horizonte
de lo porvenir y se miraba desesperante, desgraciado, extraordinariamente
infeliz.
Aquellos hombres se habían estado allí toda
la tarde, iban a descansar, iban a ver a sus mujeres, iban a gozar, a vivir, i
¡a dormir!!
Y él no, él no tenía afectos, no tenía
comodidades, él ni siquiera podía hablarles gritando: «Yo también pienso,
también siento, yo también amo y odio, también vivo, pero con una vida de
muñeco que tiene cabeza de hombre, con una vida sin igual, con la vida de una
cabeza que separada de su tronco, siguiera viviendo muchos días.»
Y la cabeza seguía balanceándose sobre
la varilla elástica.
Le dolía por todos lados;
parecíale que le enterraban en muchas partes gruesos clavos, y sentía la
vibración continuada como debe
sentir el estremecimiento el alambre telegráfico cuando le pasa
la corriente.
El trozo de plomo desprendido de la bóveda
craneana le rebotaba dentro de la cabeza; y a veces se le quedaba quieto en
alguna sinuosidad como doloroso tumor.
Ese trozo de la misma sustancia que estaba hecha su
cabeza, ¿no
sería su pensamiento?
Por la calle pasó despacio un carro
cargado con rieles, levantando mucho ruido, y haciendo temblar el piso.
El estremecimiento se le acentuó,
se hizo más fuerte y continuado el temblequeo, y nuevamente se desesperó.
Sus dolores aumentaron; sintió
como si se le derritiera por el interior la cabeza; igual sensación habría
experimentado, cuando lo rundieron en el molde, si ya entonces hubiera tenido
vida, si hubiera entonces podido sentir ya; pero no; la vida se la había dado
fatalmente aquel bamboleo.
Al menos los hombres cuando odian la
vida, pueden dejarla a un lado.
Y bien, ¿no dicen que la
cabeza manda y gobierna al cuerpo?
¿Por
qué él no podía ni levantar una mano?
Y el esfuerzo del muñeco
fue terrible...
En la mañana encontraron la
cabeza caída a los pies del muñeco, y las manos, ¡las manos que había sacado de
los bolsillos del pantalón!, crispadas y en alto, cerca de la varilla elástica,
ya quieta, rígida, y en la cual antes se balanceaba la desgracia del pisapapel.
La Cenicienta - Charles Perrault
Había una vez un gentilhombre que se casó en segundas nupcias con una mujer, la más altanera y orgullosa que jamás se haya visto. Tenía dos hijas por el estilo y que se le parecían en todo.
El marido, por su lado, tenía una hija, pero de una dulzura y bondad sin par; lo había heredado de su madre que era la mejor persona del mundo.
Junto con realizarse la boda, la madrastra dio libre curso a su mal carácter; no pudo soportar las cualidades de la joven, que hacían aparecer todavía más odiables a sus hijas. La obligó a las más viles tareas de la casa: ella era la que fregaba los pisos y la vajilla, la que limpiaba los cuartos de la señora y de las señoritas sus hijas; dormía en lo más alto de la casa, en una buhardilla, sobre una mísera pallasa, mientras sus hermanas ocupaban habitaciones con parquet, donde tenían camas a la última moda y espejos en que podían mirarse de cuerpo entero.
La pobre muchacha aguantaba todo con paciencia, y no se atrevía a quejarse ante su padre, de miedo que le reprendiera pues su mujer lo dominaba por completo. Cuando terminaba sus quehaceres, se instalaba en el rincón de la chimenea, sentándose sobre las cenizas, lo que le había merecido el apodo de Culocenizón. La menor, que no era tan mala como la mayor, la llamaba Cenicienta; sin embargo Cenicienta, con sus míseras ropas, no dejaba de ser cien veces más hermosa que sus hermanas que andaban tan ricamente vestidas.
Sucedió que el hijo del rey dio un baile al que invitó a todas las personas distinguidas; nuestras dos señoritas también fueron invitadas, pues tenían mucho nombre en la comarca. Helas aquí muy satisfechas y preocupadas de elegir los trajes y peinados que mejor les sentaran; nuevo trabajo para Cenicienta pues era ella quien planchaba la ropa de sus hermanas y plisaba los adornos de sus vestidos. No se hablaba más que de la forma en que irían trajeadas.
—Yo, dijo la mayor, me pondré mi vestido de terciopelo rojo y mis adornos de Inglaterra.
—Yo, dijo la menor, iré con mi falda sencilla; pero en cambio, me pondré mi abrigo con flores de oro y mi prendedor de brillantes, que no pasarán desapercibidos.
Manos expertas se encargaron de armar los peinados de dos pisos y se compraron lunares postizos. Llamaron a Cenicienta para pedirle su opinión, pues tenía buen gusto. Cenicienta las aconsejó lo mejor posible, y se ofreció incluso para arreglarles el peinado, lo que aceptaron. Mientras las peinaba, ellas le decían:
— Cenicienta, ¿te gustaría ir al baile?
—Ay, señoritas, os estáis burlando, eso no es cosa para mí.
—Tienes razón, se reirían bastante si vieran a un Culocenizón entrar al baile.
Otra que Cenicienta las habría arreglado mal los cabellos, pero ella era buena y las peinó con toda perfección.
Tan contentas estaban que pasaron cerca de dos días sin comer. Más de doce cordones rompieron a fuerza de apretarlos para que el talle se les viera más fino, y se lo pasaban delante del espejo.
Finalmente, llegó el día feliz; partieron y Cenicienta las siguió con los ojos y cuando las perdió de vista se puso a llorar. Su madrina, que la vio anegada en lágrimas, le preguntó qué le pasaba.
—Me gustaría... me gustaría...
Lloraba tanto que no pudo terminar. Su madrina, que era un hada, le dijo:
—¿Te gustaría ir al baile, no es cierto?
—¡Ay, sí!, dijo Cenicienta suspirando.
—¡Bueno, te portarás bien!, dijo su madrina, yo te haré ir.
La llevó a su cuarto y le dijo:
—Ve al jardín y tráeme un zapallo.
Cenicienta fue en el acto a coger el mejor que encontró y lo llevó a su madrina, sin poder adivinar cómo este zapallo podría hacerla ir al baile. Su madrina lo vació y dejándole solamente la cáscara, lo tocó con su varita mágica e instantáneamente el zapallo se convirtió en un bello carruaje todo dorado.
En seguida miró dentro de la ratonera donde encontró seis ratas vivas. Le dijo a Cenicienta que levantara un poco la puerta de la trampa, y a cada rata que salía le daba un golpe con la varita, y la rata quedaba automáticamente transformada en un brioso caballo; lo que hizo un tiro de seis caballos de un hermoso color gris ratón. Como no encontraba con qué hacer un cochero:
—Voy a ver, dijo Cenicienta, si hay algún ratón en la trampa, para hacer un cochero.
—Tienes razón, dijo su madrina, anda a ver.
Cenicienta le llevó la trampa donde había tres ratones gordos. El hada eligió uno por su imponente barba, y habiéndolo tocado quedó convertido en un cochero gordo con un precioso bigote. En seguida, ella le dijo:
—Baja al jardín, encontrarás seis lagartos detrás de la regadera; tráemelos.
Tan pronto los trajo, la madrina los trocó en seis lacayos que se subieron en seguida a la parte posterior del carruaje, con sus trajes galoneados, sujetándose a él como si en su vida hubieran hecho otra cosa. El hada dijo entonces a Cenicienta:
—Bueno, aquí tienes para ir al baile, ¿no estás bien aperada?
—Es cierto, pero, ¿podré ir así, con estos vestidos tan feos?
Su madrina no hizo más que tocarla con su varita, y al momento sus ropas se cambiaron en magníficos vestidos de paño de oro y plata, todos recamados con pedrerías; luego le dio un par de zapatillas de cristal, las más preciosas del mundo.
Una vez ataviada de este modo, Cenicienta subió al carruaje; pero su madrina le recomendó sobre todo que regresara antes de la medianoche, advirtiéndole que si se quedaba en el baile un minuto más, su carroza volvería a convertirse en zapallo, sus caballos en ratas, sus lacayos en lagartos, y que sus viejos vestidos recuperarían su forma primitiva. Ella prometió a su madrina que saldría del baile antes de la medianoche. Partió, loca de felicidad.
El hijo del rey, a quien le avisaron que acababa de llegar una gran princesa que nadie conocía, corrió a recibirla; le dio la mano al bajar del carruaje y la llevó al salón donde estaban los comensales. Entonces se hizo un gran silencio: el baile cesó y los violines dejaron de tocar, tan absortos estaban todos contemplando la gran belleza de esta desconocida. Sólo se oía un confuso rumor:
—¡Ah, qué hermosa es!
El mismo rey, siendo viejo, no dejaba de mirarla y de decir por lo bajo a la reina que desde hacía mucho tiempo no veía una persona tan bella y graciosa. Todas las damas observaban con atención su peinado y sus vestidos, para tener al día siguiente otros semejantes, siempre que existieran telas igualmente bellas y manos tan diestras para confeccionarlos. El hijo del rey la colocó en el sitio de honor y en seguida la condujo al salón para bailar con ella. Bailó con tanta gracia que fue un motivo más de admiración.
Trajeron exquisitos manjares que el príncipe no probó, ocupado como estaba en observarla. Ella fue a sentarse al lado de sus hermanas y les hizo mil atenciones; compartió con ellas los limones y naranjas que el príncipe le había obsequiado, lo que las sorprendió mucho, pues no la conocían. Charlando así estaban, cuando Cenicienta oyó dar las once tres cuartos; hizo al momento una gran reverenda a los asistentes y se fue a toda prisa.
Apenas hubo llegado, fue a buscar a su madrina y después de darle las gracias, le dijo que desearía mucho ir al baile al día siguiente porque el príncipe se lo había pedido. Cuando le estaba contando a su madrina todo lo que había sucedido en el baile, las dos hermanas golpearon a su puerta; Cenicienta fue a abrir.
—¡Cómo habéis tardado en volver! les dijo bostezando, frotándose los ojos y estirándose como si acabara de despertar; sin embargo no había tenido ganas de dormir desde que se separaron.
—Si hubieras ido al baile, le dijo una de las hermanas, no te habrías aburrido; asistió la más bella princesa, la más bella que jamás se ha visto; nos hizo mil atenciones, nos dio naranjas y limones.
Cenicienta estaba radiante de alegría. Les preguntó el nombre de esta princesa; pero contestaron que nadie la conocía, que el hijo del rey no se conformaba y que daría todo en el mundo por saber quién era. Cenicienta sonrió y les dijo:
—¿Era entonces muy hermosa? Dios mío, felices vosotras, ¿no podría verla yo? Ay, señorita Javotte, prestadme el vestido amarillo que usáis todos los días.
—Verdaderamente, dijo la señorita Javotte, ¡no faltaba más! Prestarle mi vestido a tan feo Culocenizón tendría que estar loca.
Cenicienta esperaba esta negativa, y se alegró, pues se habría sentido bastante confundida si su hermana hubiese querido prestarle el vestido.
Al día siguiente, las dos hermanas fueron al baile, y Cenicienta también, pero aún más ricamente ataviada que la primera vez. El hijo del rey estuvo constantemente a su lado y diciéndole cosas agradables; nada aburrida estaba la joven damisela y olvidó la recomendación de su madrina; de modo que oyó tocar la primera campanada de medianoche cuando creía que no eran ni las once. Se levantó y salió corriendo, ligera como una gacela. El príncipe la siguió, pero no pudo alcanzarla; ella había dejado caer una de sus zapatillas de cristal que el príncipe recogió con todo cuidado.
Cenicienta llegó a casa sofocada, sin carroza, sin lacayos, con sus viejos vestidos, pues no le había quedado de toda su magnificencia sino una de sus zapatillas, igual a la que se le había caído.
Preguntaron a los porteros del palacio si habían visto salir a una princesa; dijeron que no habían visto salir a nadie, salvo una muchacha muy mal vestida que tenía más aspecto de aldeana que de señorita.
Cuando sus dos hermanas regresaron del baile, Cenicienta les preguntó si esta vez también se habían divertido y si había ido la hermosa dama. Dijeron que si, pero que había salido escapada al dar las doce, y tan rápidamente que había dejado caer una de sus zapatillas de cristal, la más bonita del mundo; que el hijo del rey la había recogido dedicándose a contemplarla durante todo el resto del baile, y que sin duda estaba muy enamorado de la bella personita dueña de la zapatilla. Y era verdad, pues a los pocos días el hijo del rey hizo proclamar al son de trompetas que se casaría con la persona cuyo pie se ajustara a la zapatilla.
Empezaron probándola a las princesas, en seguida a las duquesas, y a toda la corte, pero inútilmente. La llevaron donde las dos hermanas, las que hicieron todo lo posible para que su pie cupiera en la zapatilla, pero no pudieron. Cenicienta, que las estaba mirando, y que reconoció su zapatilla, dijo riendo:
—¿Puedo probar si a mí me calza?
Sus hermanas se pusieron a reír y a burlarse de ella. El gentilhombre que probaba la zapatilla, habiendo mirado atentamente a Cenicienta y encontrándola muy linda, dijo que era lo justo, y que él tenía orden de probarla a todas las jóvenes. Hizo sentarse a Cenicienta y acercando la zapatilla a su piececito, vio que encajaba sin esfuerzo y que era hecha a su medida.
Grande fue el asombro de las dos hermanas, pero más grande aún cuando Cenicienta sacó de su bolsillo la otra zapatilla y se la puso. En esto llegó la madrina que, habiendo tocado con su varita los vestidos de Cenicienta, los volvió más deslumbrantes aún que los anteriores.
Entonces las dos hermanas la reconocieron como la persona que habían visto en el baile. Se arrojaron a sus pies para pedirle perdón por todos los malos tratos que le habían infligido. Cenicienta las hizo levantarse y les dijo, abrazándolas, que las perdonaba de todo corazón y les rogó que siempre la quisieran.
Fue conducida ante el joven príncipe, vestida como estaba. Él la encontró más bella que nunca, y pocos días después se casaron. Cenicienta, que era tan buena como hermosa, hizo llevar a sus hermanas a morar en el palacio y las casó en seguida con dos grandes señores de la corte.