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La sombra de la guillotina - Washington Irving

Cuando la claridad del día siguió su camino hacia el oeste, dejando al Sol oculto tras oscuros nubarrones, París se sumió en una negra y fría noche de invierno. La lluvia comenzó a caer, como si hubiera estado aguardando la llegada de las tinieblas. Un viento helado, salido tal vez de las entrañas del Polo, ayudó a barrer de almas y cuerpos las calles de la ciudad. 

Al filo de la medianoche, una sombra se dirigió, calado el hongo hasta las orejas y envuelta en fusca y amplia capa, a la única casa que aún mantenía una tenue luz encendida en la sórdida calle.

El solitario viandante empujó la chirriante puerta de madera que tenía ante sí y penetró en el local. Se trataba de una mugrienta taberna de ennegrecidas e inexpresivas paredes, cuyo único y discordante adorno eran unas raídas y no menos mugrosas escarapelas tricolores de la todavía incipiente Revolución. 

El recién llegado denotaba un cierto aire de distinción, era alto y flaco, y su mirada parecía la de alguien que ha contemplado los mayores horrores del mundo, pues sus ojos aparecían negros y penetrantes. Atravesó la solitaria estancia, muy decidido y, dirigiéndose al bodeguero, pidió un doble de coñac.

Su momentáneo interlocutor cumplió el encargo. Pero este, un personaje grueso, bajo, de nariz colorada, mirada bonachona y delantal sucio, trató de mantener una conversación, pues seguramente estaba atendiendo al último cliente de la noche:

—Mala hora para andar por estas calles. A no ser que vengáis de algún sitio cercano. Supongo que os habréis puesto perdido de agua.

El desconocido, tras beber un largo trago de licor, contestó:
—Vuelvo del edificio solitario que se encuentra al final de esta calle.

El otro le contempló asombrado.

—Pero, eso es...

—Sí, ¡el manicomio! —añadió el cliente, sonriendo al comprobar el efecto que causaban sus palabras—. No tema. Estoy todavía muy lejos de que se me pueda considerar un huésped de ese lugar. Simplemente, soy un visitante.

Más tranquilo, el tabernero siguió hablando:

—Entonces, señor, a no ser que tengáis un familiar recluido, no veo qué os ha llevado a ir allí una noche tan desapacible como esta.

—¿Qué puede usted saber, amigo mío, de los ocultos motivos que conducen a los hombres a la casa de los locos? Aunque tal vez, si le cuento el horror que he padecido esta tarde en una de sus gavias, es posible que llegue a comprender las razones que tanto le extrañan. Soy médico. De esos que remueven el interior de los cadáveres intentando descubrir de qué modo suplantaron el papel de un vivo. Esta mañana ha fallecido un paciente, un joven. Mientras examinaba sus vísceras, me han contado su historia.

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Se trataba de un estudiante, creo que alemán o austriaco, llamado Gottfried Wolfgang, que llevaba cierto tiempo residiendo en París. Según he sabido, al mismo tiempo que cursaba sus estudios en una universidad germana, la de Gottinga, inició el aprendizaje y la práctica de ciertas ciencias esotéricas. Al principio todo parecía indicar que se trataba de una mera distracción. Pero, muy pronto, su carácter impresionable venció a su sentido común y empezó a ver visiones. 

Creía que se hallaba rodeado de espíritus malignos que pretendían apoderarse de su alma para conducirle con ellos a las cámaras de tortura de sus infernales moradas. Como fruto de sus inquietantes alucinaciones, su salud comenzó a decaer peligrosamente. 

Sin embargo, lejos de rehuir el contacto con tan peligrosas enseñanzas, siguió tratando de ampliar el campo de sus conocimientos. Durante el día, se encerraba en extrañas y ponzoñosas bibliotecas, consultando viejos libros de brujería, y por la noche, aterrorizado, se recluía en su habitación.

Cuando sus padres descubrieron el progresivo desvarío que amenazaba al joven, decidieron enviarle a una ciudad donde reinase la alegría y la diversión. De esta manera, fechas después, Gottfried llegó a París. Pero su presencia coincidió con los albores de la Revolución. El delirio popular sedujo enseguida su espíritu emotivo, y las teorías políticas y filosóficas de la época le entusiasmaron.

Sin embargo, las sangrientas escenas que se desarrollaron a continuación hirieron su sensibilidad, le desilusionaron de la sociedad y del mundo, y le animaron, más que nunca, a hacer una vida de recluso. Se retiró a una habitación solitaria del Barrio Latino, paraíso de los estudiantes. Y allí, en una calle sombría, cerca de los austeros muros de La Sorbona, continuó sus especulaciones favoritas. 

Pasaba jornadas enteras en las grandes bibliotecas parisinas, esos panteones de autores difuntos, hojeando los viejos mamotretos polvorientos, a fin de satisfacer su morboso apetito. Era como una especie de vampiro literario, que se alimentaba de textos muertos.

A pesar de la soledad y la reclusión, Wolfgang mantenía un ardiente temperamento, cuyo fuego estuvo atizando durante mucho tiempo con la imaginación. Era demasiado tímido e ignorante de las cosas de este mundo para tener éxito entre las mujeres. Pero sentía una gran admiración por la belleza femenina y, muy a menudo, pensaba en las figuras y rostros que había visto en la calle, y su imaginación los revestía de perfecciones y encantos que sobrepasaban a la realidad.

Cuando su espíritu se exaltaba de tal suerte, le dominaba una visión que le producía unos efectos extraordinarios. Se le aparecía un rostro femenino de belleza trascendental, y la impresión que le desencadenaba era tan honda que a duras penas podía rehacerse. 

Aquel rostro llenaba sus pensamientos de día y sus sueños durante la noche. Y llegó a enamorarse perdidamente de aquella mujer soñada. Su pasión se convirtió en una de esas ideas fijas, que se adueñan de los espíritus melancólicos y que, a veces, se toman por locura.

Así era Gottfried Wolfgang y ese su estado de ánimo en el momento que empieza la historia que me contaron. Regresaba a su casa, en una noche borrascosa, por las sombrías y viejas calles de Le Marais, el más antiguo barrio de París. El sordo rugido del trueno hacía temblar las casas y las estrechas callejas. Llegó a la plaza de Grève, donde se llevaban a cabo las ejecuciones públicas. Los rayos centelleaban sobre las altas torres del viejo Ayuntamiento y su fulgor iluminaba la plaza. Al encontrarse tan cerca de la guillotina retrocedió horrorizado. 

El terror estaba en todo su apogeo y el terrible instrumento de muerte, siempre a punto, relucía con la sangre de los justos y los valientes. Aquel mismo día, el siniestro aparato había trabajado activamente segando cabezas, y allí estaba, en el corazón de la ciudad silenciosa y dormida, esperando nuevas víctimas.

Wolfgang sintió que el corazón se le oprimía y decidió alejarse. Pero, en aquel momento, vio una figura encogida al pie de los escalones que daban acceso al tablado. Unos cuantos relámpagos seguidos le permitieron observarla mejor: era una simple silueta femenina, vestida de negro, sentada en el último de los escalones. 

Tenía el busto inclinado hacia adelante y la cara escondida entre las rodillas; sus largas trenzas, oscuras y despeinadas, llegaban al suelo, mojadas por la lluvia que caía a torrentes. Wolfgang permaneció inmóvil. Había algo terriblemente patético en aquella solitaria imagen de la angustia. La dama daba la sensación de pertenecer a la alta sociedad. 

En aquellos tiempos difíciles más de una bella cabeza acostumbrada a la blandura del plumón no tenía dónde apoyarse. Sin duda, debía tratarse de una viuda, a la cual la siniestra cuchilla acababa de dejar sola, con el corazón destrozado y que permanecía allí, en el lugar donde le habían arrebatado aquello que le era más querido.

Gottfried se acercó y le dirigió la palabra en un tono que revelaba una profunda simpatía. Ella levantó la cabeza y le miró con gesto extraviado.

¡Cuál no sería el asombro de Wolfgang al contemplar, bajo la luz de los relámpagos, el rostro que llenaba sus sueños: lívido y desesperado y, sin embargo, ¡de una belleza arrebatadora! Agitado por sentimientos violentos y contradictorios, le dirigió la palabra de nuevo, temblando. Se extrañó de verla sola, en una hora tan avanzada de la noche, bajo la furiosa tormenta, y se ofreció a conducirla a casa de algún amigo. Ella señaló la guillotina con un gesto muy expresivo.

—Ya no me quedan amigos en este mundo —dijo, sin ninguna esperanza.

—¿Y no tiene usted dónde ir?

—Sí... ¡Mi tumba!

Al escucharla, el corazón del estudiante alemán se estremeció de emoción.

—Si un extraño pudiese hacerle un ofrecimiento —propuso Wolfgang, sin quererse rendir—, no corriendo el riesgo de ser mal comprendido, yo me permitiría brindarle mi humilde morada por alojamiento, y a mí mismo como su más devoto amigo. Yo tampoco tengo a nadie, soy un extraño en este país. Pero si mi vida puede servirle de algo, está a su servicio y la sacrificaré gustoso para evitarle daño u ofensa.

Los modales graves y fervientes del joven produjeron su efecto. Incluso su acento extranjero, que demostraba que no tenía nada en común con la chusma parisina, habló en su favor. Además, el verdadero entusiasmo posee una elocuencia incuestionable. La angustia de la señora cedió un tanto bajo la protección del estudiante.

Le ayudó a cruzar el puente Nuevo y la plaza en la que la estatua de Enrique IV yacía tirada en el suelo derribada por el populacho. La tormenta se había calmado, aunque todavía sonaba el rugido de los truenos en la lejanía. París parecía reposar. Aquel gran volcán de las pasiones humanas dormía durante un rato para recuperar las fuerzas necesarias que alimentarían la erupción del día siguiente. 

El estudiante condujo a su protegida a través de las viejas calles del Barrio Latino, rodeó los muros de La Sorbona y llegó al miserable hostal donde tenía su habitación. El portero que le abrió manifestó su sorpresa al ver al melancólico Wolfgang en compañía de una mujer.

Al entrar en su morada, el joven alemán se avergonzó de la pobreza y el desorden de su hospedaje. No tenía más que una habitación: una sala de viejo estilo, adornada con pesadas esculturas y extravagantemente amueblada con restos marchitos de un antiguo esplendor. Se trataba, en efecto, de uno de esos hoteles cercanos al Luxemburgo, que antaño habían pertenecido a la nobleza. 

La habitación estaba llena de libros, papeles y todas esas cosas propias de un estudiante; la cama se hallaba situada en un rincón, en una especie de alcoba.

Cuando hubo encendido una bujía y pudo contemplar la belleza de la desconocida, se sintió más emocionado que nunca. Su rostro era pálido, pero de una blancura radiante, realzada por la aureola de una espesa cabellera negra; sus enormes ojos brillaban con una expresión un tanto esquiva; sus formas, bajo el traje oscuro, eran de una armonía perfecta. 

De toda su persona emanaba un aire de nobleza, a pesar de la sencillez de su atavío. Lo único que tenía cierta coquetería en toda su ropa era un pañuelo de negro terciopelo que llevaba en el cuello prendido con un alfiler de brillantes.

El estudiante se sentía un poco embarazado al pensar en la mejor manera de acomodar de una forma conveniente al pobre ser abandonado que había tomado bajo su protección. Pensaba en cederle su habitación y buscar otra para él. Sin embargo, se notaba tan fascinado, su espíritu y sus sentidos se hallaban tan atraídos, que no podía apartarse de su presencia.

También la actitud de ella era rara y sorprendente. Ya no pensaba en la guillotina y hasta su dolor parecía calmado. Las atenciones de Wolfgang que, al principio, ganaron su confianza, ahora habían conquistado además su corazón. Evidentemente, ella era también muy apasionada, y los seres apasionados se compenetran muy pronto.

Bajo la embriaguez del momento, el estudiante le declaró su amor; le contó la historia de su sueño misterioso, de cómo ella se había adueñado de su corazón mucho antes de conocerla. La dama admitió que se sentía también atraída hacia él por una fuerza inexplicable. La época predisponía a todos los atrevimientos, tanto en las ideas como en las acciones; los prejuicios y viejas supersticiones habían sido barridos. Ahora todo sucedía bajo los auspicios de la «Diosa Razón».

Incluso los espíritus más honorables consideraban el matrimonio como una fórmula en desuso, otra más en el fárrago de contrasentidos del Antiguo Régimen. Se habían puesto de moda los contratos sociales, y Wolfgang era demasiado teórico para no dejarse influir por las doctrinas liberales de la época.

—¿Por qué separarnos? —preguntó—. Nuestros corazones desean estar juntos, a los ojos de la razón y del honor ya estamos unidos. ¿Qué necesidad tienen las almas nobles de fórmulas vulgares?

La dama escuchaba con emoción. Evidentemente compartía las mismas ideas.

—Tú no tienes ni casa ni familia —añadió Wolfgang—. Déjame ser todo eso para ti; o mejor, seámoslo el uno para el otro. Y si la fórmula es necesaria, observémosla. He aquí mi mano. Me uno a ti para siempre.

—¿Para siempre? —inquirió gravemente la desconocida.

—¡Para siempre! —respondió él.

La dama tomó la mano que le tendía.

—Entonces soy tuya —murmuró, y se echó en brazos del joven estudiante.

Se entregaron al contrato de los besos, al reconocimiento de que realmente eran el uno del otro. Lentamente se sumieron en una delirante felicidad, que se prolongó durante todo el resto de la noche. A la mañana siguiente, Gottfried salió muy temprano para buscar alojamiento. Necesitaba algo más espacioso y conforme a su nuevo estado. 

Su esposa continuaba durmiendo y no quiso despertarla. Cuando volvió, la encontró tendida en el lecho con la cabeza echada hacia atrás, bajo el brazo. Le habló, pero no recibió contestación. Se acercó para despertarla y cambiarla de aquella incómoda postura, y la tomó de la mano. Pero esta se hallaba fría e inerte. Su rostro era una máscara lívida y dura. En una frase escueta: estaba ante un cadáver.

Sobrecogido de espanto, dio la alarma en toda la casa. A continuación se desarrolló una escena de confusión y horror. Acudió la policía y cuando el oficial penetró en la estancia y vio el cadáver, se echó a temblar.

—¡Dioses inmortales! —exclamó—. ¿Cómo ha podido llegar esta mujer hasta aquí?

—¿Luego la conoce? —preguntó Wolfgang, precipitadamente.

—¡Que si la conozco! —repitió el oficial—. La guillotinaron ayer.

Se acercó; deshizo el nudo del negro pañuelo que llevaba al cuello el cadáver, y la cabeza de este rodó hasta el suelo.

El estudiante empezó a gemir en un acceso de delirio:

—¡El demonio! ¡Es el demonio que se ha apoderado de mí...! ¡Estoy condenado para siempre...!

Desde aquel instante, Wolfgang perdió totalmente la razón. Sus visiones se repitieron con mayor frecuencia y tuvo que ser internado en el manicomio. Y hoy mismo, presa de una extraña agitación, ha muerto en su celda. Tras finalizar mi examen, yo mismo he firmado el certificado de defunción, y he escrito a sus padres comunicándoles la triste nueva.

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Nada más que el médico terminó de hablar, el bodeguero le miró en silencio durante unos instantes. Luego, tras servirle más licor y escanciar él mismo una copa, afirmó:

—Para mí está muy claro, señor. Se ve que el estudiante alemán era un tímido que no se atrevía a acercarse a las mujeres. Su locura hizo el resto. Una noche, desesperado, robó el cadáver de una mujer del cementerio y lo llevó a su casa. A la mañana siguiente, cuando se le pasó el furor, se dio perfecta cuenta de lo que había hecho y se volvió más loco de lo que estaba. Hoy sus remordimientos habrán sido más fuertes y su corazón no lo ha podido resistir.

El médico le miró seriamente.

—En efecto, eso es lo que pensábamos todos los que estábamos en el manicomio, hasta que abrimos la mano cerrada del cadáver y cayó al suelo este objeto —dijo, sacando de uno de sus bolsillos una cinta de terciopelo negro, cuyo broche era un bonito alfiler de diamantes.

El sarcófago sellado - R. Lionel Fanthorpe

El profesor Clive Duncan se limpió la frente con un enorme pañuelo de lunares rojos de proporciones verdaderamente nada académicas. Volvió a ajustarse el casco y sonrió con bondad en dirección a su hija Maureen, quien se hallaba en la proa de un bote de quilla plana que los conducía a los tres –Duncan, su hija Maureen y Abdul, el factótum– desde Ombos a Syene, hacia la primera catarata existente. El profesor consultó su mapa.

–Dentro de poco –murmuró para sí–, la isla de Elefantina estará a la vista.

Quizá la alcanzarían si remaban de firme durante un día.

Maureen miró por sobre su hombro a través de las hendiduras del toldo de papiro; la brisa parecía hacer poco o nada para suavizar aquel calor bochornoso y sofocante. Se preguntó qué estaba haciendo allí, en Egipto, y llegó a la conclusión de que la respuesta podía condensarse en una sola palabra: curiosidad.

Quería conocer el pasado de Egipto, de Siria, de Babilonia tal como fuera en los días de mayor esplendor de su historia. «Estremecimiento» quizá fuese una palabra demasiado fuerte, pensó para sí; no buscaba una emoción intensa, sino que sentía un inmenso deseo de hallar algo nuevo, algo que nadie pudiera pensar que existiese. 

La arqueología era una de esas ciencias en las que uno siempre puede estar a punto de descubrir algo realmente maravilloso e insospechado. La tragedia de la arqueología parecía ser que la especialización había aplastado los intentos de los más brillantes exponentes para absorber y abarcar este vasto campo de la investigación científico-arqueológica.

El calor y el movimiento cadencioso del toldo de papiro acabó por adormecerla, lo que habría sido un gran alivio de no ser por las moscas pegajosas y molestas. Maureen se vio obligada a sacar aquel curioso abanico de papel comprado en cierta ocasión a un artesano de Tebas y darse aire con él. 

Gracias a ello, pudo espantar las dichosas moscas y refrescar su rostro con aquella brisa artificial. Se puso a pensar otra vez en su inmenso deseo de descubrir algo nuevo, desconocido, en el maravilloso campo de la arqueología, y se adormeció. Mientras Maureen dormía, los remeros egipcios hacían avanzar el bote, Nilo arriba, en dirección a Ombos y a los misterios y secretos que detrás de él se escondían.

El profesor Duncan volvió a secarse la frente. Luego se quitó el casco y alisó sus cabellos, aquellos cabellos de indeterminado color, quemados por el sol de muchos años de estancia en el Oriente Medio. Dejó el mapa que había estado examinando y cogió un antiguo papiro. Este trataba de la historia de las religiones de las dinastías antiguas. Se puso a estudiarlo lenta y cuidadosamente. Los símbolos jeroglíficos eran tan fáciles de leer para él como lo sería un alfabeto corriente para la mayoría de los hombres.

Aquel histórico documento se refería a las principales divinidades egipcias. Hablaba de Nun, en cierta época conocido bajo el nombre de Nu, una especie de mar en el que habían sido sembradas antes de la Creación las semillas de todas las cosas existentes en este mundo. El antiguo papiro que el profesor Duncan estaba estudiando aludía a Nun como Padre de los dioses. El profesor lo estudiaba desde un punto de vista estrictamente intelectual, pues según sus conocimientos en esta materia, Nun no tenía ni templos ni adoradores. 

Luego estaba Atum, a quien se le consagró el toro. Fue una especie de cosa preexistente, algo así como un Logos creativo, pues fue lo primero que nació y el creador de todos los dioses. Más adelante, en manuscritos posteriores, su nombre se transformó en Atum-Ra. Este dios fue adorado en la mayoría de los templos sagrados durante las últimas dinastías.

El sol parecía calentar más aún, y el profesor Duncan se quedó dormido mientras el papiro caía de sus manos al suelo de la embarcación. Al tambalearse su cabeza, Abdul, que estaba situado detrás de él, se apresuró en coger una almohada y colocó sobre ella la cabeza del profesor. Sonrió inescrutablemente, cogió el papiro del suelo y lo enrolló con cuidado. 

A continuación miró a través de las hendiduras del toldo, y se puso a escuchar, con esos oídos que solo tienen aquellos hombres privilegiados que pueden percibir los sonidos maravillosos de la madre Naturaleza, descubriendo el suave murmullo de las aguas del Nilo y el dulce chocar de las ondas contra los costados de la embarcación. 

Poco a poco, el calor bochornoso y sofocante empezó a disminuir, y aunque tanto el profesor como su hija dormían, sus mentes no estaban lejos de la Leyenda de la Tumba Perdida de Ombos que los había traído a aquellas tórridas orillas altas del Nilo.

Pronto se divisó el embarcadero. La barca enfiló suave y lentamente hacia él. Los remeros dejaron de bogar, y el bote, obediente a la mano del timonel, atracó al embarcadero. Los hombres de tierra lanzaron unos cabos, y la embarcación quedó sujeta y firme. Entonces, Abdul tocó con suavidad el hombro del profesor Duncan para avisarle de que ya habían llegado. Este abrió los ojos y le miró.

–Ya hemos llegado, profesor –dijo el árabe, con voz profunda y potente, tan enigmática como el gran desierto libio que se extendía más allá.

Maureen se desperezó y abrió los ojos. El profesor Clive Duncan la ayudó a desembarcar. Abdul cogió los paquetes sin hacer ningún esfuerzo, pues se trataba de un árabe de poderosa musculatura. No había fardo, por pesado que fuese, que se le resistiera.

Las pensiones de Ombos no eran tan excelentes como para ser inscritas en una guía internacional de hostelería, pero Abdul se encargó de hallar un lugar en el pueblo donde se podía dormir y comer más o menos bien.

Al llegar a la puerta de esta «pensión», por así llamarla, se encontraron con un joven de boca sonriente y ojos tan negros como las noches en el desierto, aunque daban la impresión de mirar a todas partes, pues no permanecían fijos un solo segundo.

Había algo en aquel muchacho árabe que hizo recordar al profesor Clive Duncan la luz del sol sobre las aguas del Nilo: siempre en constante movimiento, nunca inmóvil, limitándose a moverse continuamente, con una cadencia que parecía aumentar aún más el calor. 

Al día siguiente por la mañana alquilaron tres camellos y se dirigieron a la orilla oriental del Nilo, penetrando en el desierto arábigo. Delante de ellos, a cien millas de distancia, las aguas del mar Rojo les esperaban, igual que esperaron a los israelitas unos milenios antes.

Habían recorrido unas diez o doce millas cuando Duncan volvió a consultar su mapa.

–Profesor –dijo Abdul, rompiendo aquel silencio pegajoso y sofocante que emanaba de las ardientes arenas–, ¿qué piensa de esas rocas de arena petrificada? ¿No están en el mapa secreto?

–¿Crees que pueden ser las mismas? ¿Piensas que por pura casualidad hemos acertado donde los demás, antes que nosotros, han fracasado? ¿Consideras que un descubrimiento de esta categoría e importancia puede llevarse a cabo en tan poco tiempo?

Abdul se encogió de hombros, algo decepcionado por la respuesta del profesor, y contestó:

–Solo trataba de exponerle una idea, profesor. Es usted quien decide.

–Bueno, vamos a echarles un vistazo –aprobó Duncan.

Desmontaron de los camellos y se cobijaron bajo la sombra de un gran montículo de arena. Entonces el profesor se puso a estudiar aquel mapa misterioso que había llegado a sus manos por medios asimismo extraños pocos meses antes.

–Sí, puede ser –dijo Duncan–. Examinemos ese camellón más de cerca.

Con una extraña sensación no exenta de misterio, el profesor, su hija Maureen y Abdul se dirigieron hacia la roca arenisca. Esta daba la impresión de haber sido esculpida por las manos de dioses celosos de que profanasen aquel lugar. Había grabados en ella unos signos que prohibían acercarse. Abdul rodeó la roca y luego se aproximó a Duncan y estudió nuevamente el mapa misterioso.

–Profesor, si me permite que suba –dijo Abdul–, quizá pueda ver el otro lado de las dos cumbreras y comprobar si también están grabadas.

–¿Serías capaz de ello?

Abdul se limitó a sonreír.

–Profesor, puedo subir igual que un mono a la palmera más alta de un oasis.

Maureen y su padre vieron cómo Abdul, compañero suyo en esta y muchas otras expediciones, subía con una agilidad atlética por aquella roca arenisca de cortantes filos y peligrosa inclinación. Trepó a lo alto de la misma con igual facilidad con que Duncan y Maureen hubiesen podido subirse a una silla. Para ello antes había asegurado el extremo de una cuerda en uno de los picos de la roca arenisca, mediante un lazo corredizo.

Abdul permaneció de pie al llegar a la cima como un personaje de las historias de Kipling dispuesto a tocar la trompeta y avisar al resto de la columna de caballería de que le habían tendido una emboscada, aun a riesgo de su propia vida.

La excitación que demostraba mientras movía rápidamente los brazos y hacía extraños gestos demostraba que había descubierto algo importante. Bajó de la roca y se acercó a ellos, falto de respiración, jadeante, nervioso, con los ojos brillantes como las estrellas del desierto. Luego dijo, con voz dominada por el entusiasmo:

–Profesor, las dos cumbreras del lado norte pueden ser las que indica el mapa.

Para otro hombre que no fuese Duncan, las palabras de Abdul hubieran debido ser comprobadas, pero el profesor siempre había confiado plenamente en su excelente guía y compañero de tantas expediciones arqueológicas. El profesor no era uno de esos pedantes que juzgan el nivel cultural de una persona por el color de su piel o la raza a la que pertenece. 

Clive Duncan era ya muy viejo y había viajado mucho; sabía que era auténtico aquel adagio que aseguraba que en todas las razas hay hombres buenos, malos, inteligentes e ignorantes. Abdul, para el profesor Clive Duncan, era una joya preciosa en sus investigaciones arqueológicas. Reunía dos cualidades esenciales en esta clase de expediciones: la astucia del ánade migratorio y la rapidez y la perspicacia del águila dorada.

–Sería importante y necesario que usted tratase de encontrar la entrada de esta roca arenisca, pues forzosamente debe haber una –dijo Abdul.

Duncan asintió con la cabeza.

–Resulta extraño –dijo el profesor– que el muerto haya conservado su secreto, y que ahora, después de haber investigado tantos meses en otro lado, nos encontremos frente a la solución del problema. Bueno, digamos que todo ha sido pura coincidencia.

Acto seguido se puso a meditar en silencio. Maureen se echó a reír; pero su risa era más bien un sonido raro, nada jocoso ni divertido.

–Papá –dijo Maureen–, tengo la impresión de que llevamos tantos años efectuando expediciones arqueológicas que al final has acabado por creer en todos los misterios de las religiones egipcias y ahora todos aceptamos las fuerzas y poderes sobrenaturales.

–Pues yo opino simplemente –respondió el profesor– que este es el lugar indicado en el mapa, que debemos considerarnos afortunados y que todo esto no constituye ningún misterio de fuerzas o poderes sobrenaturales, sino solo suerte, pura suerte.

–Admito –respondió su hija Maureen– que algunos de los más grandes descubrimientos han sido llevados a cabo por pura suerte y nada más que por suerte, como ocurrió con los papiros del mar Muerto.

–Exactamente –respondió su padre–. Los papiros del mar Muerto son una prueba de ello. Muchos de los grandes descubrimientos se deben al azar. Pero dime, hija mía, ¿quién podría asegurar la diferencia existente entre la suerte y «otra cosa»?

–¿Acaso quieres insinuar, querido papá, que esos descubrimientos no se deben realmente a la «suerte»? ¿Crees que existen poderes sobrenaturales que empujan y conducen a los hombres a descubrir cosas, y que luego parece que todo ha sido pura suerte?

Duncan sonrió. El profesor parecía muy viejo y sabio cuando sonreía. Su rostro se llenaba de líneas risueñas. Si su barba hubiera sido un poquito más larga, se le habría tomado fácilmente por un Papá Noel oriental, o quizá por un San Nicolás árabe.

–Bueno, dejemos de filosofar y vayamos a ver qué hay de realidad en todo esto.

Maureen y Abdul le siguieron hasta la cara norte de la cumbrera de roca arenisca.

–Estoy pensando –intervino Abdul– que los hombres que construyeron una tumba en este sitio no subieron a la cumbrera para luego descender por la hondonada. Me parece algo imposible.

–Pues pudieron hacerlo, querido Abdul –respondió el profesor Clive Duncan–, si la obra que pensaban llevar a cabo era de suma importancia. Y tú sabes perfectamente que este es nuestro caso.

Al llegar a este punto, el profesor adoptó la postura de un sabio catedrático de arqueología enseñando en un aula universitaria algo que resultaría misterioso para sus alumnos. Luego, prosiguió:

–Existían tres métodos para evitar que el contenido de una tumba sagrada fuese profanado por los ladrones del desierto. El método más corriente consistía en sellar las puertas mediante grandes masas de arena contenidas por gigantescas y pesadas rocas. Este era un método excelente, pero siempre contando con que los ladrones dispusieran de poco tiempo, ya que las tumbas importantes eran inspeccionadas con frecuencia por funcionarios faraónicos, y los ladrones corrían un gran riesgo. Luego existía el método de los laberintos, mediante el cual se construían pasajes interiores combinados de tal forma que era difícil tanto encontrar la cámara mortuoria como salir de ella una vez dentro.

–¿Y cuál era el tercer método? –preguntó Maureen, con una sonrisa en los labios, pues ella lo sabía, y su padre estaba al corriente de ello.

El profesor Duncan sonrió y repuso:

–El tercer método consistía en la defensa mecánica o física: la trampa, a simple vista inofensiva, en la cual quedaba aprisionado el profanador de la tumba. Generalmente se combinaban los tres métodos, pero el más eficaz, al menos desde el punto de vista arqueológico, era el simple encubrimiento. En efecto, un laberinto puede solucionarse tarde o temprano; recuerden ustedes a Ariadna y su ovillo de lana; las trampas pueden ser evitadas o desconectadas. Además, dicha trampa solo funcionaba una sola vez, por lo que, cuando había atrapado a su primera víctima, los demás podían entrar con impunidad en la tumba. Mas siempre existía el temor de que, una vez atrapada la primera víctima, pudiese volver a funcionar, y como los ladrones de tumbas son, por lo general, vulgares truhanes, tenían miedo, a pesar de todo. Pero el método del encubrimiento era el más seguro. Consistía en lo siguiente: se escogía un lugar apartado y solitario, y una vez que los trabajadores habían terminado de construir la tumba sagrada, se les cortaba la lengua cruelmente o, lo más corriente, se les asesinaba. Luego se borraban todos los vestigios y huellas y se tapaba y encubría la entrada. ¿Qué mejor defensa podía existir? Solo la suerte o la casualidad podían desbaratar este astuto encubrimiento; o ese poder extraño, del que antes hablábamos, sobrenatural y misterioso, que conduce a la persona afortunada directamente hasta el lugar donde se encuentra la tumba.

El profesor Duncan calló unos instantes, miró a sus compañeros, y prosiguió:

–Pero a pesar de que este último método es perfecto, siempre existía la posibilidad de que a alguien se le escapase una palabra, un simple detalle, que llegara a oídos extraños. Entonces se rompía la cadena de eslabones de estos misterios, y todas aquellas precauciones resultaban estériles. El plan de construcción de una tumba sagrada requería un plano, un mapa, trazado por la mano de un arquitecto que luego sería asesinado. Dicho mapa era escondido en un lugar inaccesible durante años, siglos o milenios. Pero un día podía llegar a las manos de algún científico, ya sea un arqueólogo, un egiptólogo, un lingüista o un historiador. Pues bien, tenemos el mapa; por eso estamos aquí. Prescindamos ahora de los medios misteriosos gracias a los cuales llegó a nuestras manos.

–Excelente conjetura –dijo Maureen.

–La conjetura es la mano derecha del científico y del investigador; la conjetura es la base, los cimientos sobre los cuales elabora su plan de trabajo, y sin la cual no se conseguiría nada en ese largo camino que conduce al progreso tecnológico e histórico.

–Ya veo que te encuentras muy filósofo en estos momentos, papá –dijo Maureen–. ¿No te queda ningún otro aforismo para nosotros?

–Ya veo que mis perlas no han sido apreciadas en su justo valor –dijo el profesor Clive Duncan, sonriendo, mientras ponía la mano sobre el hombro de su hija.

–Profesor, ¿qué es esto? –inquirió Abdul.

El guía árabe indicaba en ese instante un agujero tan pequeño como el de la guarida de una rata del desierto.

–¿Podría ser la parte superior de una gruta bloqueada con arena? –preguntó Abdul.

–Puede ser, mi querido Abdul, puede ser –respondió el profesor Duncan.

A continuación se puso a apartar la arena que cubría aquella especie de hendidura. Al cabo de unos instantes se dirigió al árabe y dijo:

–Es algo muy diferente a la entrada de la madriguera de un zorro del desierto.

–Cogeré una pala y apartaré toda esta arena, y así veremos lo que hay realmente debajo.

Abdul comenzó a sacar arena con la pala arqueológica, llevado por una especie de furia rítmica, arrojándola al aire que la arrastraba en torbellino. Continuó excavando durante más de veinte minutos. Solo había espacio suficiente en aquel boquete para un hombre, pero al cabo de cierto tiempo ya cabían dos, por lo que el profesor cogió otra pala, se introdujo en el pozo y se puso también a excavar. 

Era obvio que ambos estaban convencidos de que estaban limpiando de arena la entrada de una caverna o algo parecido. A la mente de Duncan acudió la idea de los papiros del mar Muerto, mientras trabajaba con la pala. Mas no eran pergaminos, ni ninguna otra clase de papeles o documentos lo que el profesor esperaba encontrar debajo de la tierra arenisca.

Media hora más tarde ya había sitio suficiente para que Maureen también bajara a excavar. Como ya eran tres los que trabajaban, la arena salía con más rapidez, y dos horas antes del crepúsculo, el hoyo tenía una profundidad de unos diez pies. Con inagotable energía, Abdul hundió la pala en la arena y se oyó un ruido metálico.

Abdul se sorprendió y, suponiendo que había logrado dar con la entrada de la caverna, prosiguió hincando la pala con más fuerza y entusiasmo que nunca. De inmediato el profesor y Maureen se unieron a él, y formaron una «cadena» de excavadores. Mientras Abdul sacaba la arena, el profesor la retiraba hacia atrás, y Maureen la expulsaba fuera del hondón. Minutos después quedaba al descubierto la entrada de la caverna.

Maureen se acordó entonces de las defensas establecidas por Robinson Crusoe, tan gráficamente descritas por la pluma inmortal de Daniel Defoe.

La luz era muy tenue dentro de la caverna, pues se habían distanciado algo de la entrada. Los rayos crepusculares del sol iluminaban el lado opuesto de la cumbrera. El profesor ordenó a su hija que se acercara a los camellos y buscase las lámparas eléctricas que llevaban en su carga. 

A la muchacha le costó trabajo alcanzar el lomo de la bestia, pero al fin pudo lograrlo, y regresó al lado de su padre y Abdul con dos poderosas linternas. El profesor encendió una de ellas y la sostuvo por encima de su cabeza. 

En principio, la pala de Abdul había puesto al descubierto lo que parecía ser el fondo de una caverna de roca arenisca; pero los ojos observadores de Duncan descubrieron algo más. Quizá solo fuese una mera coincidencia, pero detrás del hombro izquierdo de Abdul había unas marcas grabadas en la pared de la gruta.

–Un momento, amigos míos –dijo el profesor–; aquí hay algo muy interesante.

Se acercó a la pared de la caverna y examinó aquellas marcas. Luego se volvió hacia Abdul con una sonrisa en los labios.

–No creo que mi razonamiento deductivo sea tan grande como el de Sherlock Holmes –dijo Duncan–, pero dada la posición en que te encontrabas, y la dirección de tu paleta al remover la tierra, no creo que estas marcas en el muro las hayas hecho tú.

–No, no lo creo –respondió Abdul–. No recuerdo haber golpeado algo detrás de mí.

–Exactamente –dijo Duncan–, esa marca fue hecha por un pico primitivo egipcio. Creo que el último hombre fue enterrado en esta caverna hace unos cuatro milenios.

–Mucho tiempo, profesor –comentó Abdul–. Es mucho tiempo ese, en verdad...

Maureen se acercó sosteniendo una lámpara eléctrica. Entonces ella y su padre se aproximaron al muro y examinaron las marcas.

–Aquí hay otra –dijo Maureen–; aquí, un poco más abajo.

–Maravilloso –respondió su padre–. Esto corrobora que Abdul no las hizo.

–¿Cree usted, profesor, que esta roca es un bloque para ocultar la entrada? –preguntó Abdul.

–Lo creo –respondió Duncan.

–Entonces tendremos que removerla.

–Hay un pico en el camello –dijo Maureen.

–Excelente idea –contestó su padre.

Se trataba de un pico de acero bien templado, y en las manos musculosas e infatigables de Abdul empezó a horadar la pétrea pared. Diez minutos después se pudo remover un gran trozo de piedra, y quedó al descubierto el espacio suficiente para dejar pasar el tórax de un hombre. Abdul apartó la piedra. Maureen y su padre se subieron a ella y con sus linternas eléctricas observaron a través de aquel boquete.

–¡Una puerta! –exclamó el profesor.

Penetró por el boquete y se puso a examinar una puerta finamente esculpida según los métodos utilizados en la antigüedad en Egipto. La decoración era soberbia, tan fresca como el primer día en que el pintor la dibujara aplicando sus pigmentos a las aristas y cavidades de la roca.

–¿Puede usted interpretar lo que quieren decir estos dibujos, profesor? –preguntó Abdul.

–Algunos de ellos, sí; otros, no –respondió Duncan–. Maureen, acércate con la linterna eléctrica, y tú también, Abdul.

Ambos obedecieron.

–¿Qué significan estos dibujos? –insistió el guía árabe, que no podía contener su curiosidad.

–Está en dos escritos –respondió el profesor con calma–. El primero de ellos está en jeroglífico egipcio antiguo, y creo que es el más reciente de los dos. El segundo escrito es al parecer una traducción de otro jeroglífico de una lengua mucho más antigua.

–Nunca hasta ahora había visto unos símbolos como estos –dijo Maureen–, y sin embargo, la longitud de los dos escritos y el parecido entre ambos parece indicar una simple traducción el uno del otro.

–¿Quiere usted decir –preguntó Abdul– que esta tumba fue construida en parte por unos egipcios antiguos y... alguien más..., otra raza, otra tribu?

–Sí, y por muy raro que parezca, me estoy preguntando si este no es un escrito antiguo perteneciente a alguna tribu perdida, que pudo haber vivido en el desierto del Sáhara en los días del período neolítico. –Al llegar a este extremo, el profesor sonrió y añadió–: Ya saben ustedes que mis teorías son poco ortodoxas en este punto.

–Pero ¿qué quieren decir estos jeroglíficos? –volvió a insistir Abdul, no pudiendo reprimir más su curiosidad.

–Me temo –respondió Duncan– que se trata de la clásica advertencia que nos previene de algún peligro. Literalmente, reza lo siguiente: «Muerte para todos aquellos que profanen y violen esta tumba».

Abdul sonrió, pero su rostro ya no reflejaba la osadía de que siempre había hecho gala.

–He visto en muchas ocasiones ese tipo de advertencias –respondió Abdul–, y aunque parece una tontería, es peligroso seguir adelante.

El profesor Clive Duncan asintió con la cabeza, pero luego, ante el asombro de sus dos acompañantes, dijo:

–Sin embargo, yo intentaré entrar.

El profesor Duncan estudió las ilustraciones de la puerta con ojos de un experto en arte y de un historiador.

–Este parece ser el dios Geb –dijo suavemente, mientras deslizaba sus dedos por un dibujo indeterminado que representaba una figura semihumana–. Y esta de aquí solo puede ser la diosa Nut. El que la sostiene debe ser Shu; pero estas otras son mucho más difíciles de interpretar, pues son muy complejas.

–Pues yo he visto ilustraciones muy parecidas a estas antes –dijo Abdul.

–Sí, lo que tú has visto son unas pinturas iguales a estas en una tumba de Butehamon, existente en el museo de Turín –dijo el profesor Duncan.

Mientras tanto, Maureen observaba otros grabados y jeroglíficos.

–Este debe ser Atum –dijo ella–, sosteniendo a Pschent.

–Sí, es extraño, muy extraño –comentó su padre–. La manufactura casi parece de diferente época. Atum, en ese tipo de representación, es simbólico del Nuevo Reino, que abarca desde el año 1580 hasta aproximadamente el año 1090 antes de Jesucristo.

–¿Está usted seguro, profesor, de que no es una pintura de Khepri? –preguntó Abdul.

–Tienes muchísima razón, Abdul. Y esto complica más aún las cosas.

–Parecen ser pinturas en relieve –dijo el árabe indicando algo a la izquierda, al pie de la puerta.

–Es una copia de la cama de Osiris –informó el profesor con un tono de voz en el que se reflejaba una gran excitación–. Ustedes ya conocen el original, que fue hallado en Abidos. Muchos expertos la consideran como la verdadera tumba del dios. Nadie ha sido capaz de fijar la fecha con exactitud.

–Pues cualquier escultor que haya hecho esto conocía el original –intervino Maureen.

Su padre la miró.

–También puede que sea al revés, Maureen –respondió Duncan–, es decir, que el artista que esculpió la antigua estatua en Abidos haya visto antes esta.

–¿Quieres decir, papá, que este lugar puede servir para establecer que fue anterior a Abidos?

–No puedo asegurarlo con absoluta certeza, pero tampoco es imposible –contestó su padre–. De ser así, ello revolucionaría nuestros conceptos sobre la cronología egipcia. A decir verdad, existe una auténtica confusión de fechas entre todos estos grabados.

–¿Entramos? –preguntó Abdul.

–Sí, no veo razón para no hacerlo.

–Pero, papá, incluso en el exterior ya está oscuro, casi de noche.

–Supongo, mi querida pequeña, que no te dará miedo la oscuridad. Ya hace mucho tiempo que me acompañas en mis expediciones arqueológicas, y no creo que a estas alturas temas entrar en una cueva oscura.

–No, pero preferiría esperar la luz del día para entrar ahí –respondió su hija.

Abdul miró al uno y a la otra. Permaneció impasible. Sus labios árabes permanecieron sellados, como esperando que padre e hija llegaran a un acuerdo. Aunque también parecía hacer gala de esa astucia tan típica entre los de su raza, considerando que si se callaba y luego las cosas no salían tal como se esperaban, no se le podría culpar de nada.

–Pues yo digo que entraremos –respondió el profesor a su hija, con tono autoritario.

Duncan se mostraba a veces irascible e irritable, y en esos instantes nada ni nadie podía impedirle hacer lo que se proponía. Algunas reminiscencias de la edad escolar permanecían en la mente madura de su padre, pensó Maureen para sí.

Maureen y Abdul vieron cómo el profesor pasaba sus afilados dedos por la línea que marcaba la unión de las dos hojas de la puerta. Se oyó el clásico ruido de piedra y madera, materiales de los que estaba construida.

–Creo que estoy a punto de encontrar el mecanismo que abre la puerta –dijo el profesor, excitado–. Veo que es mucho más sencillo que el de las tumbas de Tebas; aquellas que investigamos no hace mucho tiempo, ¿no se acuerdan ya de aquella expedición arqueológica?

Clive Duncan hablaba por encima de su hombro, como si fuera consigo mismo, no esperando ninguna respuesta de sus dos acompañantes.

–Creo que aquí tenemos un pequeño problema, pero estoy seguro de que al final lo resolveré –prosiguió esta vez, sin duda alguna hablando consigo mismo–. Vamos, condenada puerta, ábrete ya de una vez. –En ese instante, la puerta pareció moverse casi una pulgada hacia dentro, pero fueron estériles los esfuerzos de Duncan para abrirla del todo.

–Déjeme intentarlo, profesor –dijo Abdul.

Solo había espacio suficiente para una sola persona, por lo que el profesor se retiró hacia atrás, dejando su sitio a Abdul.

–Ten mucho cuidado, Abdul –dijo Duncan–. Acuérdate de lo que nos ocurrió en Tebas.

–¿Es que el peso puede matar? Pero no se preocupe, tendré mucho cuidado.

La fuerza hercúlea de Abdul hizo mover la puerta, poco a poco. Cuando estuvo abierta del todo, el árabe, con suma cautela, exploró la oscuridad que se presentó ante sus ojos, al igual que uno de esos soldados del cuerpo de zapadores que avanza por un campo de minas con el detector en la mano, para localizar los posibles mortíferos aparatos antes de que la infantería avance.

Instantes después se oyó un ruido espantoso: el de una piedra al caer al suelo.

–Tenía yo razón –dijo el profesor–. Es la misma trampa que la de Tebas.

–Pues yo pensé que esta trampa sería más antigua, no tan perfeccionada como aquella.

–Lo es –respondió riendo Clive Duncan–; este sería el modelo en el que se inspiró el constructor de la tumba de Tebas. No creo que la Oficina de Registro de Patentes fuese muy exigente en aquella época.

–Pues yo creía que la originalidad era la clave para resolver los problemas que presentan los mecanismos de defensa de las tumbas –dijo Maureen.

Tras la puerta no se veía casi nada del interior. Una nube de polvo se había levantado, cual un genio hambriento, al caer la enorme piedra.

Esperaron durante unos instantes con el fin de que el aire exterior pudiera entrar y purificar el hediondo, seco y extraño olor de la tumba escondida. Cuando la atmósfera quedó lo suficientemente respirable, Abdul penetró llevando una lámpara eléctrica en la mano. El polvo se había sedimentado, pero a medida que Abdul avanzaba sus sandalias volvían a levantarlo.

Maureen y su padre se hallaban a unos pasos detrás de Abdul, uno a cada lado. Más allá de la puerta, la cámara mortuoria se alargaba en un estrecho pasadizo. Nada en sus paredes indicaba que este pasillo conducía a una cámara mortuoria. Solo unas pequeñas e insignificantes señales estaban grabadas en los muros, y, en un nicho a su izquierda, respecto a la posición en que se hallaban, había una esfinge pequeña, de mirada inescrutable.

–Parece ser una representación de Harmakhis –dijo Maureen, mientras aproximaba su lámpara a una de las figuras grabadas frente a la esfinge.

–En efecto, lo es –respondió su padre–; y esto contribuye a complicar más el enigma. Harmakhis está asociado por lo general, como ustedes ya saben, con Tutmosis IV, y el grabado se parece a la estela del sueño.

–¿A qué período corresponde eso, profesor? –preguntó intrigado el guía árabe.

–Alrededor del año 1500 antes de Jesucristo.

–Siento una sensación muy extraña –dijo Abdul–. Algo así como si ya hubiera estado aquí en otra ocasión.

–Me parece que vamos a tener mucho trabajo para solucionar este embrollo –dijo el profesor, como si no hubiese oído el comentario de Abdul.

De repente se oyó un extraño ruido detrás de ellos.

Maureen se volvió con rapidez, y enfocó su lámpara hacia allí.

–¡Papá, la puerta! ¡Rápido, la puerta!

Los tres echaron a correr hacia el lugar por donde habían entrado, el cual distaba unas veinte yardas del sitio en que se encontraban en aquel momento.

–¿Quién la cerró?

–Desde dentro no la podremos abrir –dijo el profesor–. A menos que empleemos una buena carga de dinamita, o tratemos de buscar otra salida.

Maureen se echó a reír, presa de un ataque de histeria.

–La dinamita está en los camellos, la dinamita está en los camellos –repitió como loca, con voz cada vez más nerviosa y trémula.

–Vamos, hija mía, tranquilízate, ya conseguiremos abrir de nuevo esta puerta –trató de calmarla su padre.

–No podemos salir para recoger los explosivos –insistió enloquecida, sin darse cuenta de la incongruencia de sus palabras.

El profesor le dio unas bofetadas para que volviera a recuperar el control de sus nervios.

–¡Basta, Maureen! –le gritó su padre.

Luego la abrazó y le dijo en tono cariñoso:

–Vamos, hija, tranquilízate, ya encontraremos otra salida.

–Profesor –dijo Abdul–, ¿desea usted que haga presión contra la puerta? 

–Sí, inténtalo –respondió Duncan–; a lo mejor tenemos la misma suerte que la primera vez. Aunque, bien pensado, lo lógico sería que empujáramos todos al mismo tiempo.

–Tiene razón, profesor, pero no lo veo normal; prefiero intentarlo yo solo.

–Espera un momento –le interrumpió Duncan–. Antes de gastar todas nuestras energías empujando esa pesada puerta de piedra, deberíamos tratar de localizar algún mecanismo que pueda abrirla.

–¿Cómo cree que se ha cerrado?

–Oh, no hay nada de sobrenatural en todo ello, si es eso lo que estás pensando –respondió Clive Duncan–. El mecanismo de cierre funciona a base de arena y pesas en equilibrio. Probablemente, el mero hecho de haber forzado la puerta lo ha puesto en funcionamiento.

–Entonces somos los primeros en haber sido atrapados en esta tumba –dijo Maureen.

–Ya veo lo que quieres darme a entender. No..., no creo que la tumba haya sido violada, ya que el mecanismo de cierre estaba intacto.

–¿No puede haber sido a causa de la caída de una roca?

–Oh, lo dudo mucho –respondió el profesor–. Pensar eso sería confiar demasiado en la casualidad, ¿no te parece, hija?

–Sí, probablemente es así –dijo Maureen, mientras fijaba la vista en la puerta que se había cerrado tras ellos. Solo pudo contener la terrorífica claustrofobia que se desarrolló en ella gracias al tremendo esfuerzo de voluntad que hizo.

–Debemos avanzar con sumo cuidado –dijo Duncan.

–Sí, señor –respondió obedientemente Abdul.

–Estoy pensando –dijo el profesor– que el artífice que llevó a cabo este mecanismo de cierre tan perfecto se preocupó de ello con suma astucia. Deduzco que los peligros que se nos presentarán al intentar penetrar en la cámara mortuoria serán mucho más catastróficos, por no decir mortales. Es probable que ese astuto artífice haya colocado unos mecanismos mucho más perfeccionados y efectivos, para evitar que la profanen y violen.

–Pues creo –dijo Abdul– que estamos muy cerca de ella.

La luz de las lámparas eléctricas reveló que habían llegado al final del pasadizo. A partir de aquí, el camino les conducía a una alta y embovedada cámara, a través de un pasaje cuyas paredes eran de piedras pesadas y macizas, recubiertas de extraños jeroglíficos y pinturas.

Abdul trató de penetrar en la cámara mortuoria. Apenas dio un paso y su pie se apoyó en la primera baldosa, el suelo cedió y el árabe se hundió, desapareciendo, mientras daba un horrible y escalofriante grito.

Delante del profesor y de su hija había ahora un boquete, cual si fuera la boca de una piedra carnívora.

–Abdul, Abdul –gritó el profesor–, ¿dónde estás?

No hubo ninguna respuesta. Clive Duncan sujetó a su hija para que no se moviera lo más mínimo. Luego se acercó al borde de aquel negro pozo y alumbró su interior con la linterna. Tuvo que cerrar los ojos al ver el espantoso cuadro que se ofreció a sus ojos, al comprobar el estado en que había quedado su amigo y sirviente Abdul.

–¿Qué ha sucedido? –preguntó Maureen, con la voz dominada por el espanto.

–Abdul ha muerto –dijo su padre.

Las lágrimas cubrieron el rostro de la muchacha.

–¿Cómo ha muerto?

–Prefiero no decírtelo.

–¿Me dejas que me asome y...?

–No –dijo bruscamente su padre, interrumpiéndola–. No quiero que mirada ahí abajo, hija mía. Lo hago por tu bien.

El profesor se sentó en el suelo, la espalda apoyada contra el muro y sosteniendo la cabeza entre las manos, como si tratara de borrar de su mente la espantosa escena que acababa de ver. Luego se levantó y, bordeando con sumo cuidado el pozo mortal, penetró en la primera cámara mortuoria. El suelo era sólido y firme. Después cogió la mano de su hija y la condujo hacia donde él estaba. 

Observó los jeroglíficos que cubrían las paredes de la cámara, mientras su hija permanecía junto a él. Su mente se pobló de negras sombras de desesperación al pensar que estaban encima del cuerpo muerto de Abdul y que la puerta por donde habían entrado estaba cerrada. Habría dado la mitad de su vida por verse al aire libre, bajo las estrellas del desierto. Hizo un esfuerzo tremendo y, al final, pudo controlar sus nervios y su creciente espanto.

–Este lugar está lleno de siniestras advertencias –dijo Duncan–. Nunca había visto nada semejante en toda mi vida de arqueólogo.

El profesor parecía oprimido bajo el peso del denso aire mortuorio de la tumba. En efecto, aquel lugar olía a muerte. Duncan empezó a rodear la cámara, pegado a la pared, tanteando el suelo antes de dar un paso, llevando de la mano a su hija. Llegaron al final de la primera cámara. Empujaron otra puerta y penetraron en la segunda.

–No, no se trata de la cámara mortuoria principal, sino de su antesala –dijo Duncan–. Fíjate, hija, en el mobiliario. No, no es la cámara principal.

Cuando el profesor intentó dar un paso más, se oyó algo así como el sonido de la cuerda de una lira al ser pulsada por su base; un dardo negro y ligero como una pluma agitó el aire y fue a clavarse en la espalda del profesor. Aquel dardo tenía un aspecto repugnante. 

Las rodillas de Duncan empezaron a doblarse, y Maureen tuvo que sostenerle para evitar que cayera desmayado sobre el pétreo suelo. Durante unos instantes el profesor permaneció callado, sin poder articular una sola palabra, inmóvil.

–Maureen, hija mía –dijo al fin, con la mirada extraviada en el vacío–, perdóname, lo siento mucho, la culpa ha sido mía. Perdóname.

Maureen se agachó y depositó el cuerpo de su padre sobre el suelo de la cámara mortuoria. Durante unos minutos, un terror espantoso se apoderó de ella. Luego trató de serenarse y se puso a buscar por las paredes el lugar donde podía estar escondido el mecanismo que había disparado el dardo ponzoñoso que había provocado la muerte de su padre. Al fin lo encontró, localizado en una pequeña abertura frente a ella. 

Era un mecanismo primitivo y poco ingenioso, pero horrible y mortífero dentro de su sencillez. Golpeó furiosamente con la pala aquel maldito artefacto, mientras sus gritos de desesperación y angustia resonaban como el eco contra las paredes de la antecámara. Pero, acto seguido por una extraña reacción psicológica, su desesperación, furia y angustia se transformaron en valor y coraje, en un deseo ardiente de lograr lo que ni su padre ni Abdul habían podido llevar a cabo. 

Sí, debía hacerlo como represalia: ella sola descubriría la cámara mortuoria. Sí, ella sola lo haría, para vengarse de este modo de la muerte de su padre y la del fiel sirviente Abdul. 

Lentamente, pero con decisión, avanzó por la antecámara en dirección a la cámara mortuoria. Tenía la impresión de que era empujada hacia allí por unas manos invisibles; fuerzas puramente psíquicas o fruto de su mente. Se detuvo un momento y se puso a escuchar, pero no se oía absolutamente nada. 

Otra puerta se le presentó en su camino, pero esta vez Maureen comprendió que era la última barrera, el último obstáculo entre ella y la cámara mortuoria. Respiró profundamente y contempló las pinturas de los muros. Barcos reales y tronos, dioses con cabeza de animal, y otras muchas escenas mitológicas llenaban las paredes del recinto que acababa de atravesar.

Se había despertado algo de intrepidez en ella; se había enfrentado al miedo y lo había vencido. A partir de ese momento el temor ya no parecía ejercer ninguna influencia sobre ella. La desesperación había dado paso a una firme y tenaz decisión de seguir adelante al precio que fuera, costara lo que costara; una nueva sangre parecía haber llenado su cerebro y sus venas, transformándola en otra mujer. 

Se asemejaba a ese oro que los artífices depuran una y otra vez hasta conseguir una pureza tan extraordinaria que parece ya otro metal. Sí, a partir de ahora nada podía asustarla, no tenía miedo de nada ni de nadie. 

Decididamente se dirigió hacia la puerta de entrada a la cámara mortuoria, empujó, oyó un extraño ruido producido por el moho acumulado durante siglos en los mecanismos metálicos, e instantes después estaba dentro. 

Había un olor a especias y a carne putrefacta, y en la atmósfera parecía flotar la muerte. En el centro de una gran mesa de mármol negro, decorada con piedras preciosas y objetos de arte en oro labrado, se hallaba un sarcófago sellado. Había tanta delicadeza y finura en los grabados del mismo, que, instintivamente, Maureen pensó que contenía el cuerpo de una mujer. 

Se dirigió con paso lento hacia él, mientras contemplaba, a la luz de su linterna, los jeroglíficos de las paredes. Entonces, de repente, todo el valor, todo el coraje que hasta entonces la había ayudado a penetrar con resolución en la cámara mortuoria la abandonó; mejor dicho, se transformó, igual que una muñeca al rompérsele los muelles y resortes, igual que una marioneta al cambiar la posición de las manos que mueven los hilos. 

Dirigió su mirada hacia otro sarcófago, mucho más grande que el anterior, el mayor que había visto en toda su carrera de arqueóloga investigando tumbas egipcias. Era muy ancho, pero tenía un aire de sencillez muy patente; tan simple que se parecía a aquellas cajas mortuorias pertenecientes a los jefes de las tribus preegipcias. 

Este sarcófago sellado se hallaba inclinado verticalmente contra una de las paredes de la cámara, como si fuera el guardián eterno y celoso del otro sarcófago existente en el centro y que contenía el cuerpo de una mujer –probablemente su esposa–. En efecto, a la altura de la cara, el sarcófago tenía una hendidura por la que los ojos del faraón embalsamado podían «ver» que nadie hiciera ningún daño al cuerpo de su bienamada. 

Aquella misma fuerza psíquica que había impulsado a Maureen a penetrar en la cámara mortuoria principal, también la ayudó a acercarse al sarcófago sellado. Puso la lámpara eléctrica en el suelo de forma que iluminara el sarcófago, y estudió los caracteres grabados en la madera. 

Primero observó el clásico círculo, símbolo de la eternidad; debajo del mismo se hallaba grabado un león de terroríficas mandíbulas, en un estilo escultórico que pertenecía al arte asirio-babilónico o egipcio.

No había ninguna dificultad en interpretar aquellos símbolos: «Aquí yace el eterno guardián; cuidado, gran peligro». Pero Maureen, haciendo caso omiso de esta terrible advertencia, arrancó de un golpe la tapa del sarcófago. Inmediatamente dio unos pasos hacia atrás, como impulsada por una inercia psíquica que se había sobrepuesto a su acto volitivo. 

Mas a continuación volvió a acercarse al ya descubierto sarcófago para observar el cuerpo embalsamado y cubierto de vendas desde los pies a la cabeza. Solo los ojos eran visibles. Unos ojos que brillaban con maléfico y terrorífico fuego.

¡Estaba vivo!

Algo, alguna cosa, las artes secretas del antiguo Egipto, la magia, los encantos y los poderes sobrenaturales inherentes a los mismos habían hecho que permaneciese con vida un cuerpo muerto hacía ya muchos milenios. 

De repente, sus brazos empezaron a moverse con lentitud, poco a poco, hasta llegar a la altura de sus hombros. Pero aquellos ojos de mirada ardiente y terrorífica no dejaban de mirarla ni un solo instante, mientras tanto. Súbitamente, con un gesto brusco, la momia sacó fuera uno de sus vendados brazos. 

Maureen dio un grito espantoso y echó a correr. Corrió como nunca lo había hecho en toda su vida, sin preocuparse de que podía pisar una trampa mortal. Atravesó pasadizos y más pasadizos, derribando en su loca carrera todos los objetos sagrados que encontraba a su paso. Quería huir; a cualquier sitio, adonde fuera. Todo antes que permanecer en aquella cámara mortuoria ante una momia viviente.

Pero lo verdaderamente espantoso era que, mientras ella corría enloquecida por aquellos pasajes secretos, oía a sus espaldas el caminar de unos pasos, de unos pies vendados, de alguien que la perseguía lenta pero inexorablemente. La momia, el guardián eterno, quería vengarse de aquella mujer que había violado y profanado su cámara mortuoria. 

Cuando ya creía haberse librado de su persecución, pues ya no oía aquellos pasos, se encontró ante un muro de piedra; aquel pasadizo no tenía salida, estaba atrapada, no se salvaría de la momia viviente. Esta caminaba con lentitud por el único pasaje por donde Maureen hubiera podido escapar. 

La momia parecía haberse dado cuenta de la espantosa situación de su perseguida, y no se apresuraba: avanzaba paso a paso, cada vez más cerca. La hija del profesor Duncan comprobó que había logrado arrancar las vendas que envolvían sus manos. Entonces, enloquecida, se arrojó contra la momia y empezó a golpearla con todas sus fuerzas, pero esta parecía ser tan dura como la roca arenisca de que estaba construida la tumba sagrada.

–Déjeme marchar, déjeme marchar –sollozó Maureen, pero aparentemente, sus súplicas no produjeron ningún efecto en la momia viviente. Esta la cogió en sus brazos como si fuera una pluma y se dirigió hacia la cámara mortuoria. Una vez dentro, cerró la puerta tras de sí, asegurándola con un pesado y gigantesco cerrojo. Pero ahora Maureen tenía la impresión de que en los ojos de la momia ya no se reflejaba aquella maldad y fiereza que antes viera, al arrancar la tapa de su sarcófago.

La cogió por las muñecas con aquellos dedos que parecían de madera, y la condujo solemne y pomposamente hacia el sarcófago sellado situado en el centro de la cámara mortuoria, sobre aquella mesa de mármol negro. Luego, con reverencia, al igual que un sacerdote ante el altar de una diosa, levantó la tapa del sarcófago, después de haber roto con un brusco movimiento los sellos. 

El interior de dicho sarcófago estaba adornado con bellos dibujos, y la decoración de la tapa era de esmerada calidad artística. Pero las figuras, observó Maureen, no habían sido pintadas de acuerdo con el arte tradicional utilizado en el antiguo Egipto. Daban la impresión de haber sido copiadas de la cubierta de una revista moderna de arte. Había una belleza viva en ellas. 

De repente, la momia viviente empezó a golpear aquellos dibujos, y la ira desapareció de sus ojos, dando paso a una mirada triste y decaída. Apoyó su cabeza sobre el sarcófago y empezó a emitir una especie de sonidos que parecían auténticos sollozos humanos.

Maureen se hallaba presa de una intensa emoción; no sabía qué hacer ni qué decir. Comprendió lo que eran aquellos sonidos: la momia viviente lloraba desesperadamente. Eran los sollozos de un corazón enamorado, destrozado por la muerte de su bienamada... 

Se volvió hacia Maureen y la contempló unos instantes, para luego volver a mirar el rostro dibujado en la parte interior del sarcófago. De repente, Maureen se dio cuenta de dónde había visto anteriormente aquellas facciones: las había visto reflejadas en un espejo.

La momia había dejado de sujetarla por las muñecas. Se dirigió a una mesita de madera de sándalo que seguramente había pertenecido, hacía ya muchos siglos, a su bienamada, sobre la cual había un espejo de cobre pulido. 

Maureen lo cogió, lo contempló, se miró en él y luego volvió a depositarlo cuidadosa y reverentemente, con una sensación de infinita tristeza. ¿Acaso su imaginación le estaba jugando una mala pasada, o realmente aquel espejo lo había visto antes, le era familiar?

Maureen cogió otra vez el espejo y, a la luz de la linterna eléctrica, volvió a contemplarse en él. Al estudiar con cuidado su reflejo, ya no le quedó la menor duda sobre su parecido. Empezó a sentir algo extraño dentro de sí misma. Presa de asombro, vio cómo sus cabellos cambiaban de color, dándole a su joven rostro el aspecto de una dama de la época de Cleopatra; incluso vio reflejado en su semblante el maquillaje que se utilizaba en aquella remota época. 

Entonces lo comprendió todo: su rostro, reflejado en aquel espejo de cobre, era exactamente igual al de la momia femenina encerrada en el sarcófago sellado. Sonrió, y el rostro de la muerta también lo hizo en el espejo. Luego este se empañó, Maureen ya no pudo ver nada. Lo volvió a colocar sobre la mesita de sándalo, y cuando se miró otra vez en él, unos instantes después, solo vio reflejado su rostro. 

Maureen se acercó al sarcófago y miró dentro del mismo, contemplando la momia que allí había. Después dirigió su vista hacia la momia viviente, que lloraba apoyada sobre el borde. Esta se incorporó, cogió a Maureen con sus fibrosas y fuertes manos, y la contempló con una mirada en la que se reflejaba la más profunda tristeza. 

Luego condujo a Maureen fuera de la cámara mortuoria, la hizo pasar por la antecámara donde yacía el cuerpo inerte de su padre envenenado por el dardo ponzoñoso, y, finalmente, al lugar donde estaba la trampa donde Abdul se había hundido, pereciendo en aquella horrible y negra profundidad. La condujo hacia la puerta de piedra por la que había entrado con su padre y Abdul, la que abrió de un golpe con su musculoso brazo vendado.

El sol mañanero acababa de salir, y bañaba con sus rayos la planicie del desierto oriental. Uno de estos rayos, cual una flecha de oro, iluminó la entrada de la cueva de roca arenisca. El aire puro y fresco llegó hasta ellos, y entonces, articulando un terrible grito, el guardián eterno de la tumba se desintegró en la luz de la mañana. Un montón de polvo y pingajos se estremeció al ser azotado por la brisa temprana.

Maureen pasó a través del agujero en aquella roca arenisca que servía de barrera ante la tumba sagrada. Salió huyendo de aquella espantosa caverna. A corta distancia de allí, tres camellos atados esperaban.

Las avispas - Walter Beckers

En una tranquila mañana de verano, me paseaba al azar, tenía la convicción de que buscaba algo. Era una mañana de agosto, pura y soleada. Un viernes, según creo recordar, tal como intentaban sugerirme los ondulantes brezos. 
 
Caminaba por un sendero de hojas muertas, en dirección al cementerio del pueblo. Sorbía con indolencia el ambiente, contemplando la lejana cima de los árboles y la cúpula que formaban en un abrazo impuesto por el viento. Una naturaleza viva. 

Por un segundo, una naturaleza revoltosa y cómplice de un romanticismo indomable; poco después, una ternura alegre procedente de un misterio de cambiantes luminosidades. Alegría de vivir, que hace vivir. Fantasma en busca de reposo. Ir y venir. El ensueño de una mujer sensual.


Vacilé un momento a la entrada del cementerio. Salía un anciano conduciendo su bicicleta con la mano derecha mientras que, en la otra mano, llevaba fuertemente asida una pala. Cambiamos un saludo con la cabeza. Con rostro melancólico, pasó ante mí.

Entré en el cementerio. Ahora me encontraba solo en medio de toda clase de multitudes. Multitud de muertos. Multitud de huesos. Multitud de recuerdos. Multitud de presencias. Multitud de almas...

El silencio se me adhería a la piel. Algunos pájaros temerarios revoloteaban entre los pinos infinitos y los cipreses perdidos. Estilizadas ramas de árbol eran agitadas por el viento apático. Respiraba el olor a tierra mojada, con su humedad aún no perdida del alba. Vivía conscientemente esta paz.

Súbitamente, me hizo volver a la realidad el rodar de un automóvil sobre la grava. El ruido del motor y el escape de gases malolientes diluyó mi descanso.

Corto intermedio. El automóvil pronto desapareció y disfruté, de nuevo, intensamente de la soledad, de la luz y del silencio que me tomaba por confidente.

Una avispa se posó en mi mano, después en mi cabeza. Otra avispa revoloteaba a mi alrededor. ¿Acaso esperaba el permiso para aterrizar? Las cacé a ambas.

Una de las tumbas atrajo de un modo especial mi atención. Se trataba de una losa de piedra totalmente recubierta por una hiedra dominante, insistente. No había en esta losa fúnebre nada más que una mano tallada con indiferencia quién sabe cuándo. Las verdes garras se habían apoderado de este rincón en el que dormía un muerto desconocido. ¿Una mujer? ¿Un niño? ¿Un anciano, quizá?

Una tumba anónima. La exuberante vegetación que la rodeaba por completo ya se extendía hacia la tumba contigua, una pequeña tumba de granito gris. Todavía era legible su inscripción:

J. M. – MUERTO POR LA PATRIA

Otra tumba contigua ofrecía una inscripción parecida:

L. P. – MUERTO POR LA PATRIA

También ésta se hallaba abandonada, olvidada. Pero en ella, no obstante, no había hiedra. Tan sólo malas hierbas.

Observé nuevamente la tumba anónima. Mi mente se torturaba. ¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Por qué no? ¿Desde cuánto tiempo?

Vi cómo la hiedra, hinchada de mágica savia, crecía desafiando al cielo. Los tallos más altos ya no tenían soporte. De todos modos no parecían necesitarlo: se encaramaban desafiando todas las leyes naturales, hasta llegar a proteger totalmente las tumbas. Un cielo verde. ¿Qué había ocurrido?

El silencio me tomó por confidente. Un soplo. Un soplo celestial esparcido por el viento.

10 de mayo de 1940. Llamado a filas, como tantos otros belgas. Había cumplido los veinte años el 4 de abril. Jamás llegué a ver el campo de batalla. Tampoco mis dos compañeros lo habían visto. Ninguno de los tres tuvimos ocasión de disparar un fusil. 

Una tonta historia, en una mañana de mayo del 40, en el patio interior del cuartel. Los alemanes habían invadido nuestro país. Se comentaba el acontecimiento mientras esperábamos la orden de marcha. Y entonces aparecieron aviones en el cielo. Volaban alrededor del cuartel. Primero creímos que eran belgas pero, súbitamente, se precipitaron contra nosotros como avispas. Ruido seco e implacable de ametralladoras. Los tres fallecimos en el patio interior.


Bruscamente, las palabras del silencio, demasiado ligeras, levantaron el vuelo sin que yo llegara a comprenderlas. Algunos segundos después regresó la voz:

¿POR QUÉ DURA TODAVÍA ESTA GUERRA? Nuevamente, el viento se impuso al silencio.

Esperé algunos segundos a que la voz volviera a hablarme. En vano. Me incliné hacia la tumba anónima.

Una vez más tuve que cazar algunas avispas. Terrible. Se diría que intentaban distraer mi meditación. ¿O quizá tenían intención de cazarme ellas a mí? Tuve dificultad en mantenerlas alejadas.

Entonces, y sólo entonces, percibí un grueso tronco de árbol en medio de la tumba. ¿Cómo era posible que no lo hubiera observado antes? No tuve tiempo de concentrarme sobre este problema. El campanario del pueblo dio las once. Once sonoros y agudos golpes. Cuando el último ya agonizaba, me sentí súbitamente arrancado de mi contemplación.

Allí donde, instantes antes, acababa de ver un tronco de árbol, había una masa negra, zumbando sonoramente. El zumbido que me sacara de mi ensimismamiento torturaba ahora mis sienes. Por encima, alrededor de la tumba, volaban algunos centenares de pequeños insectos negros y amarillos. Obedeciendo alguna orden imperceptible, se precipitaron como una escuadrilla perfectamente formada. El avispero se había elevado en su totalidad.

Respiré profundamente y miré a mi alrededor. Estaba solo en el cementerio. Con los nervios alterados, encendí un cigarrillo. Pasó todo tan rápidamente que no tuve ocasión de sentir temor alguno. Ahora la reacción me paralizaba. Y después, a continuación, la respuesta.

Esta ya se encontraba en la última frase que me había traído el indiscreto cierzo. Esta planta. Esta guerra que persistía, sin tener fin. Ahora ya lo sabía. Supe que incluso las cosas inanimadas tienen una segunda existencia, una metempsicosis insospechada. Sin este postulado, no podía explicarme nada: ¿acaso estas avispas fueron «Stukas», años atrás? Todavía ahora volvían a atacar a sus víctimas en medio de su reposo.

Pensé de nuevo en el tronco de árbol. Por más que fijaba mi atención, no lograba percibir nada que se pareciese, ni aun remotamente, a un tronco de árbol sobre la tumba desconocida. De paso, observé una vez más las otras dos tumbas: «J. M. y L. P., muertos por la Patria». Me parecieron inmutables.

Incluso en condiciones normales, las avispas me ponen enfermo. Era imposible, por lo tanto, pedir ahora a mi mente que razonara los hechos. Abandoné el cementerio.

El anciano volvía a mi encuentro, llevando su bicicleta con una mano y sosteniendo la pala con la otra. Detuve el paso. Él se paró cerca de la entrada y me observó nuevamente con atención. Y su mirada parecía contener toda la angustia de aquellas losas. Nos saludamos al igual que cómplices que mantienen un espantoso secreto.

Percibí que aún estaba allí, mirándome. Ya no me dejé llevar por el ensueño de los árboles y por su poesía. Ya no pensaba más que en esta mirada que me buscaba. Tras recorrer una distancia de veinte metros, encendí un cigarrillo y aproveché mis movimientos para volverme, del modo más natural posible, hacia el misterioso anciano.

Ya no estaba allí.

No obstante, percibía aún su mirada fija en mi espalda. Me fui de prisa, más solo que nunca.

El burgomaestre embotellado - Emite Erckmann

Siempre profesé una gran estima e incluso una cierta veneración por el noble vino del Rhin; es espumoso como el champaña, entona como el borgoña, endulza la garganta como el Burdeos, posibilita la imaginación como los licores de España, nos vuelve sentimentales como el Lacryma Christi; en fin, por encima de todo, hace soñar, extiende ante nuestros ojos el amplio campo de la fantasía.

En 1846, hacia el fin del otoño, decidí ir en peregrinación a Johannisberg. Montado en un pobre rocín de hundidos costados, había colocado dos botijos de hojalata en sus amplias cavidades intercostales y viajaba por pequeñas etapas.

¡Qué espectáculo tan fantástico es la vendimia! Uno de mis botijos estaba siempre vacío, el otro siempre lleno; cuando dejaba un viñedo, siempre había otro en perspectiva. Mi única pena era no poder compartir este placer con un verdadero entendido.

Un atardecer, cuando el sol ya había desaparecido, aunque todavía lanzaba algunos rayos perdidos por entre las anchas hojas de vid, oí el trotar de un caballo tras de mí. Me aparté ligeramente a la izquierda para dejarle paso y ¡cuál no sería mi sorpresa al reconocer a mi amigo Hippel, que al verme, me saludó alegremente!

Ya conocéis a Hippel: su nariz carnosa, su boca especial para la degustación, su vientre de tres pisos. Parecía el buen Sileno persiguiendo al dios Baco. Nos abrazamos con entusiasmo.

Hippel viajaba con el mismo objetivo que yo: distinguido catador, quería determinar su opinión sobre el matiz de ciertos viñedos, que siempre le habían dejado algunas dudas. Proseguimos juntos el viaje.

Hippel estaba eufórico; planificó nuestro itinerario por los viñedos de Rheingau. De vez en cuando nos deteníamos para abrazar a nuestros botijos y para escuchar el silencio reinante.

Ya había caído la noche cuando llegamos a un pequeño albergue situado en la vertiente de la colina. Desmontamos. Hippel dio un vistazo por una ventanilla que estaba casi al nivel del suelo: sobre una mesa brillaba una lámpara, al lado de la lámpara dormía una vieja.

—¡Abrid! —gritó mi compañero—, ¡abrid, abuela!

La vieja se estremeció, se levantó y, cuando llegó a la ventana, apoyó su arrugado rostro contra uno de los cristales. Parecía una de esas antiguas vidrieras flamencas en las que el ocre y el bistre se disputan la presencia.

Cuando la vieja sibila nos distinguió, esbozó una sonrisa y nos abrió la puerta.

—Entrad, señores —dijo con una voz trémula—; voy a despertar a mi hijo, sed bienvenidos.

—Celemín para nuestros caballos y una buena cena para nosotros —gritó Hippel.

—Bien, bien —dijo la vieja, apresurándose.

Salió dando pequeños pasitos y la oímos subir una escalera más carcomida que la escalera de Jacob.

Permanecimos unos minutos en una sala baja, cuya atmósfera estaba viciada. Hippel corrió a la cocina y volvió para comunicarme que había constatado la existencia de varios cuartos de tocino en la chimenea.

—Cenaremos —dijo frotándose el abdomen—. Sí, cenaremos.

Las tablas rechinaron por encima de nuestras cabezas y, casi al mismo tiempo, un vigoroso joven, vestido con un simple pantalón, desnudo de tórax, los cabellos desmelenados, abrió la puerta, dio cuatro pasos y salió sin dirigirnos la palabra.

La vieja encendió fuego y la manteca empezó a freírse en la paella.

La cena fue servida. Pusieron sobre la mesa un jamón escoltado por dos botellas: una de vino tinto y otra de vino blanco.

—¿Cuál de las dos prefieren? —preguntó la posadera.

—Hay que verlo —contestó Hippel, ofreciendo su vaso a la vieja, que le sirvió vino tinto.

También llenó mi vaso. Lo saboreamos: era un vino áspero y fuerte. Tenía un gusto muy especial, ¡como un perfume de verbena, de ciprés! Bebí algunas copas y una profunda tristeza se apoderó de mí. Por el contrario, Hippel chasqueó la lengua con expresión satisfecha.

—¡Extraordinario! —dijo—. ¡Extraordinario! ¿De dónde lo sacáis, abuela?

—De un viñedo vecino —dijo la vieja, con una extraña sonrisa.

—Extraordinario viñedo —prosiguió Hippel, y se llenó la copa de nuevo.

Me pareció que bebía sangre.

—¿Pero qué cara pones, Ludwig? —me dijo—. ¿Te ocurre algo?

—No —contesté—, pero no me gusta el vino tinto.

—Sobre gustos no hay disputas —observó Hippel; luego vació la botella y comenzó a golpear la mesa—. ¡Del mismo —gritó—, siempre del mismo, y, sobre todo, nada de mezclas, guapa posadera! ¡Yo sé lo que hago! ¡Mil diablos!, este vino me reanima, es un vino generoso.

Hippel se apoyó en el respaldo de su silla. Me pareció que su cara se descomponía. De un trago vacié la botella de vino blanco y la alegría volvió a mi ser. La preferencia de mi amigo por el vino tinto me pareció ridícula, pero excusable.

Continuamos bebiendo hasta la una de la madrugada; él, tinto, y yo, blanco.

¡La una de la madrugada! Es la hora en que da audiencia la señora Fantasía. Los caprichos de la imaginación extienden sus diáfanas vestiduras bordadas con cristal y azur, como las de la mosca, las del escarabajo y las de la damita de las aguas durmientes.

¡La una! Es el momento en que la música celestial acaricia el oído del soñador, sopla en su interior la armonía de las esferas invisibles. Entonces trota el ratoncillo, la lechuza extiende sus alas de plumón y pasa silenciosa por encima de nuestras cabezas.

—La una —le dije a mi compañero—, hay que acostarse si queremos marcharnos mañana.

Hippel se levantó tambaleándose.

La vieja nos condujo a una habitación con dos camas y nos deseó un feliz sueño.

Nos desnudamos; yo fui el último en acostarme para apagar la luz. Apenas me había acostado, Hippel ya dormía profundamente; su respiración parecía el soplo de la tempestad. No pude dormir: mil sombras extrañas daban vueltas a mi alrededor; los gnomos, los diablillos, las brujas de Walpurgis ejecutaban en el techo sus danzas cabalísticas. ¡Curiosos efectos del vino blanco!

Me levanté, encendí la lámpara y, atraído por una invencible curiosidad, me acerqué a la cama de Hippel. Su cara estaba roja, su boca abierta, la sangre agitaba sus tímpanos, sus labios se movían como si quisiera hablar. Mucho rato permanecí inmóvil cerca de él; habría querido escrutar con la mirada al fondo de su alma; pero el sueño es un misterio impenetrable que, como la muerte, guarda sus secretos.

Tan pronto la cara de Hippel expresaba terror, como tristeza o melancolía; a veces se contraía, como si fuera a llorar. Esta bondadosa cara, hecha para reír a carcajadas, tenía un extraño aspecto bajo la impresión del dolor.

¿Qué ocurría al fondo de este abismo? Veía claramente algunas olas subir a la superficie, pero ¿de dónde provenían estas profundas conmociones? De repente, el durmiente se levantó, sus párpados se abrieron y vi que sus ojos estaban en blanco. Todos los músculos de su cara temblaron, su boca pareció querer proferir un grito de horror; luego volvió a caer y oí un lamento.

—¡Hippel! ¡Hippel! —comencé a gritar, y le lancé un jarro de agua por la cara.

Se despertó.

—¡Ah! —dijo—. ¡Loado sea el Señor, era un sueño! Mi querido Ludwig, te agradezco que me hayas despertado.

—Está muy bien, pero ahora me contarás lo que estabas soñando.

—Sí..., mañana... Déjame dormir..., tengo sueño.

—Hippel, eres un ingrato; mañana lo habrás olvidado por completo.

—¡Pardiez! —repitió—. Tengo sueño..., no puedo más... Déjame... ¡Déjame!

No pensaba dejarlo dormir.

—Hippel, volverás a soñar lo mismo y esta vez te abandonaré sin misericordia.

Estas palabras produjeron un efecto instantáneo.

—¡Volver a soñar lo mismo! —gritó, saltando de la cama—. ¡Rápido, mis ropas, mi caballo, me voy! ¡Esta casa está embrujada! Tienes razón, Ludwig; el diablo vive entre esas paredes. ¡Marchémonos!

Se vistió precipitadamente. Cuando acabó, le detuve.

—Hippel —le dije—, ¿por qué huimos? Son las tres de la mañana, nos conviene dormir.

Abrí la ventana y el aire fresco que penetró en la habitación disipó todos los temores. Apoyado al borde de la ventana, me explicó lo que sigue:

—Ayer hablamos de los más famosos viñedos de Rheingau —me dijo—. Aunque jamás haya recorrido esta región, mi espíritu pensaba en ello, y el fuerte vino que bebimos dio un sombrío color a mis ideas. Lo más sorprendente es que en mi sueño yo creía ser el burgomaestre de Welche (pueblo vecino) y me identificaba hasta tal punto con este personaje, que podría describirlo como si se tratara de mí mismo. Este burgomaestre era un hombre de altura media y casi tan corpulento como yo; llevaba un vestido con grandes faldones que tenía botones de cobre; a lo largo de sus piernas había otra hilera de botones de forma piramidal. Un tricornio cubría su calva cabeza; en fin, era un hombre de una gravedad estúpida, que sólo bebía agua, apreciaba únicamente el dinero y no pensaba más que en aumentar sus propiedades.

»Al ponerme el vestido del burgomaestre, también había tomado su carácter. Me hubiera despreciado a mí mismo, Ludwig, si me hubiera reconocido. ¡El cretino burgomaestre que era! ¿No es mejor vivir alegremente y burlarse del futuro, que amontonar escudo sobre escudo y destilar bilis? Pero es igual... Heme aquí, burgomaestre.

»Me levanto de la cama y la primera cosa que me inquieta es saber si los obreros trabajan en mi viña. Para desayunar como un mendrugo de pan. ¡Un mendrugo de pan! ¡Hay que ser roñoso, avaro! Yo que me zampo mi costilla y me bebo una botella todas las mañanas. En fin, es igual; tomo, es decir, el burgomaestre coge un mendrugo de pan y se lo mete en el bolsillo. Recomienda a su vieja sirvienta fregar la habitación y preparar la comida para las once; carne de cocido y patatas, creo. ¡Una comida bien pobre! No importa... Sale.

»Podría descubrirte el camino, la montaña —me dijo Hippel—. Los veo con toda claridad. ¿Es posible que un hombre en sus sueños pueda imaginarse un paisaje de este modo? Veía campos, jardines, prados, viñedos. Pensaba: "Esta es de Pedro; esta otra de Jaime, esta de Enrique"; y me detenía ante algunas de estas parcelas y me decía: "¡Diantre, los tréboles de Jacobo están soberbios!". Y más lejos: "¡Diantre! Esta fanega de viña me iría de perlas". Pero ya entonces empecé a notar una especie de adormecimiento, un dolor de cabeza indefinible. 
 
»Apuré el paso. De pronto, salió el sol y el calor se hizo excesivo. Yo seguía un sendero que trepaba a través de las viñas, por la vertiente de la colina. Este sendero concluía en los escombros de un viejo castillo y detrás veía mis cuatro fanegas. Me daba prisa en llegar. Estaba muy acalorado al penetrar en las ruinas y me detuve para tomar aliento: la sangre se agolpaba en mis oídos y el corazón saltaba en mi pecho, como el martillo golpea al yunque. El sol era de fuego. Quise reemprender mi camino; pero de repente fui alcanzado como por un golpe de maza y caí detrás de un trozo de muralla y me di cuenta de que había sufrido un ataque de apoplejía.

»Entonces la desesperación se apoderó de mí. "Estoy muerto —me dije—, el dinero que guardé con tantos esfuerzos, los árboles que cultivé con tanto cuidado, la casa que construí, todo perdido, todo pasa a mis herederos. Estos miserables, a los que no les hubiera dado ni un kreutzer, se enriquecerán a expensas mías. ¡Oh, traidores, estaréis contentos con mi desgracia..., cogeréis las llaves de mi bolsillo, os repartiréis mis bienes, gastaréis mi oro... Y yo... yo... asistiré a este saqueo! ¡Qué espantoso suplicio!".

»Noté cómo mi alma salía del cadáver, pero permaneció de pie a su lado. Esta alma de burgomaestre vio que su cadáver tenía la cara azul y las manos amarillas. Como hacía mucho calor y un sudor de muerto le surcaba la frente, grandes moscas se posaron en el rostro; una entró en la nariz..., ¡el cadáver no se movió! ¡Muy pronto toda la cara estuvo llena de ellas y el alma desolada no pudo espantarlas!

»Estaba allí..., allí..., durante minutos que contaba como siglos: empezaba su infierno.

»Pasó una hora y el calor aumentaba: ¡ni un soplo de aire, ni una nube! Al fondo de las ruinas apareció una cabra; pastaba en la tierra las hierbas salvajes que crecían en medio de los escombros. Al pasar cerca de mi pobre cuerpo, dio un brinco de lado; luego volvió, abrió sus grandes ojos con inquietud, olió los alrededores y prosiguió su caprichoso camino por la cornisa de un torreón. Un joven pastor que la descubrió corrió para llevársela, pero al ver el cadáver lanzó un grito y huyó a toda velocidad en dirección al pueblo.

»Pasó otra hora, lenta como la eternidad. Al fin se oyó un ruido de pasos detrás del recinto y mi alma vio trepar lentamente..., lentamente... al juez de paz, seguido de su secretario y de muchas otras personas. Les reconocí a todos. Al verme, exclamaron:

»—¡Es nuestro burgomaestre!

»El médico se acercó a mi cuerpo y espantó las moscas, que volaron dando vueltas como un enjambre. Miró, levantó un brazo ya tieso y dijo con indiferencia:

»—Nuestro burgomaestre ha muerto de un ataque de apoplejía; debe estar aquí desde la mañana. Nos lo llevaremos de aquí, y es mejor enterrarlo cuanto antes, pues este calor precipita la descomposición.

»—Entre nosotros —dijo el secretario—, la comunidad no pierde gran cosa. Era un avaro, un imbécil; no entendía nada de nada.

»—Sí —añadió el juez, y parecía criticarlo todo—. No es de extrañar, los necios se creen siempre listos.

»—Será necesario avisar a los porteadores —prosiguió el médico—; su carga será pesada, este hombre tenía más tripa que cerebro.

»—Voy a redactar el acta de defunción. ¿A qué hora fijamos su muerte? —preguntó el secretario.

»—Pon descaradamente que ha muerto a las cuatro.

»—El avaro —dijo un campesino— iba a espiar a sus obreros para tener el pretexto de requisarles algún dinero al final de la semana. —Luego, cruzando los brazos sobre el pecho y mirando al cadáver, dijo—: Y bien, burgomaestre, ¿de qué te sirve ahora haber exprimido al pobre mundo? La muerte te ha llevado igualmente.

»—¿Qué es lo que lleva en su bolsillo? —preguntó otro.

»Sacó mi mendrugo de pan.

»—Eso era su desayuno.

»Todos estallaron en risas.

»Hablando de esta manera, la comitiva se dirigió hacia la salida de las ruinas. Mi pobre alma todavía pudo oírles unos minutos; el ruido cesó poco a poco. Me quedé con la soledad y el silencio.

»Las moscas volvieron a miles.

»No sabría decir cuánto tiempo pasó —prosiguió Hippel—, pues en mi sueño los minutos no tenían fin. Al cabo de un rato llegaron los porteadores, maldijeron al burgomaestre al levantar su cadáver. El alma del pobre hombre les siguió, sumida en un inexpresable dolor. Bajé de nuevo el camino por el que había venido, pero esta vez veía mi cuerpo transportado ante mí en una camilla. Cuando llegamos a mi casa, encontré a mucha gente que me esperaba; ¡reconocí a mis primos y a mis primas hasta la cuarta generación! Dejaron la camilla en el suelo y todos se acercaron para observarme.

»—Es él, sin duda —decía uno.

»—Está bien muerto —decía otro.

»Mi sirvienta también se acercó y, juntando las manos con un aire patético, exclamó:

»—¿Quién podía prever esta desgracia? Un hombre gordo y vigoroso, de buen aspecto. ¡No somos nada!

»Fue una verdadera oración fúnebre. Me trasladaron a una habitación y me colocaron sobre un lecho de paja. Cuando uno de mis primos sacó las llaves de mi bolsillo, quise gritar de rabia. Desgraciadamente, las almas no tienen voz; en fin, mi querido Ludwig, vi cómo abrían mi escritorio, cómo contaban mi dinero, valoraban mis pagarés, sellaban documentos; vi cómo mi sirviente sacaba de un escondite mis mejores vestidos; y, aunque la muerte me libraba de todas las necesidades, no pude evitar sentir hasta los ochavos que me quitaban.  
 
»Me desnudaron, me vistieron con una camisa larga, me metieron entre cuatro tablas y asistí a mis propios funerales. Cuando me bajaron a la fosa, me invadió la desesperación: ¡todo estaba perdido! Fue entonces cuando me despertaste, Ludwig; todavía me parece oír la tierra encima de mi ataúd.

Hippel se calló y vi cómo se estremecía.

Permanecimos mucho tiempo meditabundos, sin intercambiar una palabra; el canto del gallo nos advirtió que la noche se acababa, las estrellas parecieron borrarse ante la proximidad del día. Otros gallos lanzaban al espacio sus penetrantes gritos y se contestaron de una granja a otra. Un perro guardián salió de su caseta para hacer su ronda matinal; luego una alondra, todavía soñolienta, gorjeó algunas notas de su alegre cantar.

—Hippel —dije a mi compañero—, ya es hora de marcharse si queremos aprovechar el fresco.

—Es cierto —me dijo—, pero, ante todo, hay que comer algo.

Bajamos; el posadero estaba vistiéndose. Cuando se hubo puesto la camisa, nos sirvió los restos de nuestra comida; llenó uno de mis botijos de vino blanco y el otro de vino tinto, herró las dos monturas y nos deseó un buen viaje.

Todavía no estábamos a media legua del albergue cuando mi amigo Hippel, siempre sediento, tomó un trago de vino tinto.

—¡Brrr! —hizo como si tuviera vértigo—. ¡Mi sueño, mi sueño de la noche!

Lanzó su caballo al trote para escapar de esta visión, que se manifestaba por extrañas expresiones en su rostro; lo seguí de lejos, mi pobre rocinante reclamaba mejores modales.

Salió el sol, una tintura pálida y rosada invadió el azul sombrío del cielo; las estrellas se perdieron en medio de esta luz deslumbrante como una grava de perlas en las profundidades del mar.

A los primeros rayos de la mañana, Hippel detuvo su caballo y me esperó.

—No sé —me dijo— qué siniestras ideas me vienen a la mente. Este vino tinto debe tener alguna extraña virtud: agrada a mi garganta, pero ataca a mi cerebro.

—Hippel —le contesté—, no hay que disimular que algunos licores encierran los principios de la fantasía e incluso de la fantasmagoría. He visto entristecer a personas alegres, idiotizar a gente inteligente y viceversa, después de algunas copas de vino en el estómago. Es un profundo misterio; ¿qué ser insensato se atrevería a poner en duda este poder mágico del alcohol? ¿No es el cetro de una fuerza superior, incomprensible, ante la cual debemos inclinar la cabeza, ya que todos sufrimos a veces su influencia divina o infernal?

Hippel reconoció la fuerza de mis argumentos y permaneció en silencio, como perdido en inmensos pensamientos.

Andábamos por un estrecho sendero que serpentea por los bordes del Queich. Los pájaros dejaban oír su gorgojeo, la perdiz lanzaba su grito gutural, escondiéndose bajo las anchas hojas de la vid. El paisaje era magnífico; el riachuelo murmuraba huyendo a través de pequeñas torrenteras. A derecha e izquierda se extendían colinas cargadas de soberbias cosechas.

Nuestro camino formaba un recodo en la vertiente de la colina. De repente, mi amigo Hippel se quedó inmóvil, la boca abierta, las manos abiertas en actitud de estupor; luego, raudo como una flecha, se volvió para huir, pero yo agarré su caballo por la rienda.

—¡Hippel! ¿Qué te sucede? —le grité—. ¿Es que Satán te ha tendido una emboscada? ¿O es que el ángel de Balaam ha hecho brillar su espada ante tus ojos?

—¡Déjame! —decía debatiéndose—. ¡Mi sueño! ¡Es mi sueño!

—Vamos, cálmate, Hippel; el vino tinto encierra, sin duda, propiedades perjudiciales; toma un trago de este otro, es un jugo generoso que aparta los siniestros pensamientos del cerebro humano.

Bebió ávidamente; este licor bienhechor restableció el equilibrio entre sus facultades.

Arrojamos al camino este vino rojo que se había vuelto negro como la tinta; formó grandes burbujas al penetrar en la tierra y me pareció oír como unos sordos mugidos, voces confusas, suspiros, pero tan débiles que parecía que saliesen de una lejana comarca y que nuestros oídos no las podían percibir, sólo las fibras más íntimas del corazón. Era el último suspiro de Abel, cuando su hermano lo derribó sobre la hierba y la tierra se abrevó con su sangre.

Hippel estaba demasiado emocionado para darse cuenta de este fenómeno, pero a mí me afectó profundamente. Al mismo tiempo vi a un pájaro negro que salía de un matorral y se escapó profiriendo un chillido de terror.

—Siento —dijo entonces Hippel— que dos principios contradictorios luchan en mi ser: el negro y el blanco, el principio del mal y el principio del bien. ¡Sigamos!

Proseguimos el camino.

—Ludwig —continuó muy pronto mi amigo—, en este mundo ocurren cosas tan extrañas, que el espíritu debe humillarse temblando. Tú sabes que jamás he recorrido esta región. Bien: ayer sueño y hoy veo con mis propios ojos la fantasía del sueño erigirse ante mí; mira este paisaje, es el mismo que vi durante mi sueño. Aquí están las ruinas del viejo castillo donde tuve el ataque de apoplejía. 
 
Aquí está el sendero que recorrí y ahí abajo se encuentran mis cuatro fanegas de viña. No hay un árbol, un arroyo, un matorral que no reconozca como si los hubiese visto mil veces. Cuando demos la vuelta a este recodo del camino veremos al fondo del valle el pueblo de Welche: la segunda casa a la derecha es la del burgomaestre; posee cinco ventanas en la parte alta de la fachada, cuatro abajo y la puerta. 
 
A la izquierda de mi casa, es decir, de la casa del burgomaestre, verás un hórreo, una caballeriza. Es allí donde guardaba mis animales. Detrás, en un pequeño patio, bajo un amplio tenducho, se encuentra un lagar con dos caballos. En fin, mi querido Ludwig, tal como soy, ahí me tienes resucitado. 
 
El pobre burgomaestre te mira con mis ojos, te habla por mi boca y, si no me acordara de que antes de ser burgomaestre, roñoso, avaro, rico propietario, fui Hippel, el vividor, dudaría en decir quién soy yo, pues lo que veo me recuerda otra existencia, otras costumbres, otras ideas.

Todo ocurrió como Hippel me lo había predicho; vimos el pueblo desde lejos, al fondo de un soberbio valle, entre dos ricos viñedos, las casas diseminadas por los bordes del río; la segunda a la derecha era la del burgomaestre.

A todos los individuos que nos encontramos, Hippel tuvo el vago recuerdo de haberles conocido; algunos le parecieron incluso tan familiares, que estuvo a punto de llamarlos por su propio nombre; pero la palabra se le quedaba en la boca, no la podía apartar de otros recuerdos. Por otra parte, al ver la indiferencia con que nos recibían, Hippel se dio cuenta de que era un desconocido y de que su cara enmascaraba por completo la difunta alma del burgomaestre.

Nos detuvimos en un albergue que mi amigo me indicó como el mejor del pueblo, pues lo conocía de muchos años. Nueva surprise: la patrona del albergue era una gruesa comadre, viuda desde hacía mucho tiempo, y a la que el burgomaestre había deseado para segundas nupcias.

Hippel sintió un incontenible deseo de estar a su lado, pues todas sus viejas simpatías afloraron a la vez. No obstante, logró dominarse: el verdadero Hippel combatía las tendencias matrimoniales del burgomaestre. Se limitó a pedirle solamente, con la mayor amabilidad que pudo, una buena comida y el mejor vino de la comarca.

Cuando estuvimos en la mesa, una natural curiosidad llevó a Hippel a informarse de lo que había ocurrido en el pueblo después de su muerte.

—Señora —dijo a nuestra patrona con una aduladora sonrisa—, ¿debisteis conocer sin duda al antiguo burgomaestre de Welche?

—¿Es el que murió hace tres años de un ataque de apoplejía? —preguntó.

—Precisamente —contestó mi amigo, mirando con curiosidad a la señora.

—¡Sí, le conocí! —exclamó la comadre—, era un viejo roñoso que quería casarse conmigo. Si hubiera sabido que moriría tan pronto hubiese aceptado. Me propuso una donación mutua al último superviviente.

Esta respuesta desconcertó un poco a mi querido Hippel; el amor propio del burgomaestre había sido terriblemente ofendido. No obstante, se contuvo:

—Es decir, que no lo amabais, señora.

—¡Cómo es posible amar a un hombre tan feo, sucio, asqueroso, roñoso y avaro!

Hippel se levantó para mirarse en el espejo. Al ver sus carrillos llenos y rollizos, se sonrió a sí mismo y volvió a colocarse ante un pollito, que se puso a despedazar.

—De hecho —dijo—, el burgomaestre podía ser feo, asqueroso; esto no prueba nada en mi contra.

—¿Son ustedes parientes suyos? —preguntó, muy sorprendida, la patrona.

—¡No, no le conocí jamás! Sólo digo que algunos son feos y otros guapos; porque tenga la nariz situada en la mitad de la cara como vuestro burgomaestre, esto no prueba que uno se le parezca.

—¡Oh, no! —dijo la comadre—. No poseéis ningún rasgo de su familia.

—Por otra parte —prosiguió mi amigo—, yo no soy avaro, lo que demuestra que no soy vuestro burgomaestre. Traed dos botellas del mejor vino que tengáis.

La dama salió y aproveché esta ocasión para advertir a Hippel de que no se metiera en estas conversaciones que podrían traicionar su incógnito.

—¿Por quién me tomas, Ludwig? —exclamó, furioso—. Debes saber que yo soy tan burgomaestre como tú y la prueba es que mis papeles están en regla.

Sacó su pasaporte. La patrona volvía.

—Señora —dijo—, ¿es que vuestro burgomaestre se parecía a esta descripción? —Leyó—: "Frente mediana, gruesa nariz, labios espesos, ojos grises, estatura alta, cabellos castaños".

—Más o menos —dijo la patrona—, salvo que era calvo.

Hippel se pasó la mano por sus cabellos, exclamando:

—¡El burgomaestre era calvo y nadie osará afirmar que yo soy calvo!

La patrona creyó que mi amigo estaba loco, pero como se levantó después de pagar la cuenta, no dijo nada. Cuando llegó a la entrada, Hippel se volvió hacia mí y dijo con brusquedad:

—¡Marchémonos!

—Un instante, querido amigo —le contesté—. Primero me conducirás al cementerio donde está enterrado el burgomaestre.

—¡No! —exclamó—. ¡No, jamás! ¿Quieres arrojarme a las garras de Satán? Yo, ¿¡de pie sobre mi propia tumba!? Sería contrario a todas las leyes de la naturaleza. ¿No te das cuenta, Ludwig?

—Cálmate, Hippel —le dije—. En este momento estás bajo el poder de potencias invencibles. Han extendido sobre ti sus finísimas redes, tan transparentes que nadie es capaz de verlas. Hay que hacer un esfuerzo para destruirlas, hay que restituir el alma del burgomaestre, y esto sólo es posible en la tumba. ¿Querrías ser tú el ladrón de esta pobre alma? Sería un robo manifiesto; conozco demasiado bien tu delicadeza para suponerte capaz de una infamia tal.

Estos irrevocables argumentos le decidieron.

—Bueno —dijo—, tendré el valor de hollar estos restos de los que llevo la mitad más pesada. Dios no quiera que me sea imputado un robo tal. Sígueme, Ludwig, te conduciré allí.

Andaba a pasos rápidos, precipitados, con su sombrero en la mano, los cabellos al viento, agitando los brazos, arrugando las piernas, como un desgraciado que cumple su último acto de desesperación y él mismo se anima para no desfallecer.

Primero cruzamos muchas callejuelas, luego el puente de un molino, cuya pesada rueda rompía la blanca capa de espuma; luego seguimos un sendero que recorría una pradera y llegamos, al fin, detrás del pueblo, cerca de un muro bastante alto, cubierto de musgo y clemátides. Era el cementerio.

En uno de los ángulos se levantaba el osario; en el otro, una casita rodeada de un pequeño jardín.

Hippel se lanzó hacia la casita. Allí estaba el sepulturero; a lo largo de los muros había coronas de siemprevivas. El sepulturero estaba esculpiendo una cruz; su trabajo le absorbía hasta tal punto, que se levantó muy sobresaltado cuando entró Hippel. Mi compañero le miró de una manera que le debió asustar, pues durante unos minutos permaneció sobrecogido.

—Buen hombre —le dije—, condúzcanos a la tumba del burgomaestre.

—Es inútil —dijo Hippel—. Sé dónde está.

Y sin esperar la respuesta, abrió la puerta que daba al cementerio y empezó a correr como un loco, saltando por encima de las tumbas y gritando:

—¡Es aquí... aquí... ya hemos llegado!

Evidentemente estaba poseído por el espíritu del mal, pues derribó a su paso una cruz blanca. ¡La cruz de una criatura! El sepulturero y yo le seguíamos de lejos.

El cementerio era bastante grande. Hierbas espesas, de un verde sombrío, se elevaban a tres pies del suelo. Los cipreses arrastraban por el suelo sus largas cabelleras; pero lo primero que me sorprendió fue un enrejado adosado al muro cubierto de una magnífica parra tan cargada de uvas, que los racimos caían unos sobre otros.

Andando, le dije al sepulturero:

—Aquí tenéis una viña que debe daros mucho dinero.

—¡Oh, señor! —dijo en un tono dolorido—, esta viña no me da gran cosa. Nadie quiere mi uva; lo que viene de la muerte vuelve a la muerte.

Miré a ese hombre. Tenía la mirada falsa, una sonrisa diabólica contraía sus labios y sus mejillas. No creí lo que decía.

Llegamos ante la tumba del burgomaestre; estaba cerca del muro. Ante ella había un enorme cepo de viña, lleno de jugo y que parecía saciado como una boa. Sus raíces debían penetrar hasta el fondo de los ataúdes, disputando su presa a los gusanos. Además, sus racimos eran de un rojo violeta, mientras que los de los otros eran de un blanco ligeramente rojizo.

Hippel, apoyado en la vid, parecía más calmado.

—Usted no come de esta uva —le dije al sepulturero—, pero la vende.

Palideció negando con la cabeza.

—La vende al pueblo de Welche, y hasta puedo nombrarle el albergue donde se bebe vuestro vino —exclamé—. Es el albergue de la Flor de lis.

El sepulturero se estremeció. Hippel quería lanzarse al cuello de este miserable; fue necesaria mi intervención para evitar que lo descuartizara.

—Malvado —le dijo—, me has hecho beber el alma del burgomaestre. ¡He perdido mi personalidad!

Pero, de repente, una idea luminosa acudió a su mente, se volvió hacia el muro y se puso en la célebre postura del Manneken Pis brabanzón.

—¡Loado sea el Señor! —dijo, volviéndose hacia mí—. He devuelto a la tierra la quintaesencia del burgomaestre. Me he librado de un peso enorme.

Una hora más tarde proseguíamos nuestro camino y mi amigo Hippel había recobrado su alegría natural.