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El secreto de la estrella Azul - Marion Zimmer Bradley

Una noche en Santuario, cuando las calles exhiben el falso glamour de la luz plateada de la luna llena de modo que las ruinas parecen torres encantadas y las calles y plazas oscuras islas de misterio, el mago mercenario Lythande sale en busca de aventuras.

Lythande acababa de llegar —si es que las enigmáticas idas y venidas de un mago pueden describirse con estas palabras prosaicas— de escoltar una caravana en su viaje por los Páramos Grises hasta Twand. 

En cierto lugar de los Páramos, una manada de ratas del desierto —ratas de dos patas con dientes de acero envenenado— habían asaltado la caravana, sin saber que gozaba de la protección de la magia, y los roedores habían acabado luchando contra unos esqueletos escurridizos que escupían llamas por los ojos, desplegados alrededor de un mago de gran estatura que exhibía una estrella azul entre sus ojos centelleantes, una estrella que arrojaba rayos de un fuego gélido y paralizante. 

De tal modo que las ratas del desierto habían acabado huyendo a todo correr, y ya no pararon hasta que llegaron a Aurvesh, y los relatos que contaron allí no causaron a Lythande daño alguno salvo en los oídos de los piadosos.

Por lo tanto ahora había oro en los bolsillos de la túnica larga y oscura del mago, o tal vez oculto en cualquier otra morada que albergara a Lythande. Pues, a fin de cuentas, al jefe de la caravana casi le inspiraban más temor los poderes de Lythande que los bandidos, una circunstancia que había incrementado la generosidad con la que había recompensado al mago. 

Como tenía por costumbre, Lythande no sonreía ni fruncía el ceño, pero unos días después comentó a Myrtis, la propietaria de la Casa Afrodisia, en la calle de las Linternas Rojas, que, si bien la brujería era una habilidad útil y llena de delicias estéticas para la contemplación del filósofo, por sí misma no ponía las habichuelas en la mesa.

Un comentario curioso al que Myrtis estuvo dando vueltas en la cabeza mientras guardaba la onza de oro que Lythande le había entregado en consideración por un secreto que compartían desde hacía muchos años. Le parecía curioso que Lythande hablara de habichuelas en la mesa cuando nadie, salvo ella misma, había visto jamás que un bocado de comida o una gota de bebida cruzaran los labios del mago desde que la estrella azul adornaba su frente alta y estrecha. 

Tampoco mujer alguna del barrio había sido capaz de alardear de que el extraordinario mago le había pagado por sus favores, ni de imaginarse cómo debía de comportarse un mago como él en una situación así, cuando reducidos a carne y huesos todos los hombres eran iguales.

Tal vez Myrtis podría explicarlo si quisiera; eso pensaban algunas chicas cuando, como ocurría a veces, Lythande entraba en la Casa Afrodisia y se encerraba con la propietaria durante un largo rato, o incluso, aunque en raras ocasiones, durante toda la noche. 

Se decía, a propósito de Lythande, que la misma Casa Afrodisia había sido un obsequio que Myrtis había recibido de manos del mago después de una célebre aventura sobre la que todavía se cuchicheaba en el bazar y en la que estaban involucrados un mago malvado, dos comerciantes de caballos, un jefe de caravana y un puñado variopinto de matones que se vanagloriaban de no haber pagado una moneda de oro por una mujer en su vida y que consideraban divertido estafar a una honrada mujer trabajadora. 

A ninguno de ellos se le volvió a ver el pelo —o lo que quedara de ellos— por Santuario, y Myrtis empezó a presumir de que nunca más habría de derramar una gota de sudor para ganarse la vida, ni complacer a un hombre, y reclamó el privilegio de una madame de disponer de una cama para ella sola.

Y entonces también, pensaban las chicas, un mago de la talla de Lythande podría haber reclamado a las mujeres más hermosas desde Santuario hasta las montañas que se levantaban más allá de Ilsig; no solo las cortesanas, sino también las princesas, las damas y sacerdotisas se habrían entregado a Lythande. 

No había duda de que Myrtis había sido hermosa en su juventud; de hecho alardeaba con frecuencia de los príncipes, magos y viajeros que habían pagado grandes sumas de dinero por su amor. 

Todavía era hermosa (y por supuesto había quienes decían que Lythande no pagaba por ella, que al contrario, que era Myrtis quien pagaba al mago grandes sumas para que por obra de su poderosa magia su belleza resistiera el paso de los años), pero su cabello había encanecido y ella no se molestaba en teñírselo con henna ni con tinte de oro procedente de Tyrisis-más-allá-del-mar.

Pero si Myrtis no era la mujer que sabía cómo se comportaba Lythande en la más elemental de las situaciones, en ese caso no había otra mujer en Santuario que pudiera decirlo. También se rumoreaba que Lythande invocaba demonios femeninos de los Páramos Grises para copular lascivamente con ellos, y desde luego no era el primer mago ni sería el último sobre el que se hiciera tal afirmación.

Esa noche, sin embargo, Lythande no buscaba comida, bebida ni las delicias de los juegos amorosos. A pesar de que el mago frecuentaba las tabernas, ningún hombre había visto jamás que una gota de cerveza, aguamiel o aguardiente traspasara la barrera de sus labios. 

Lythande enfiló por el margen más alejado del bazar, bordeando la vetusta fachada del Palacio del Gobernador, manteniéndose en las sombras casi como lanzando un desafío a los asaltantes y atracadores. Su amor por las sombras provocaba las habladurías de la gente de la ciudad sobre su capacidad para aparecer y desaparecer en el aire.

Alto y delgado —de una estatura superior a la de un hombre alto y de una delgadez extrema—, Lythande exhibía el tatuaje con la forma de una estrella azul de maestro en magia encima de las cejas finas y arqueadas, e iba vestido con una túnica larga y con capucha que se fundía con las sombras. 

En cuanto a su rostro recién afeitado, o imberbe, nadie —que se recuerde— se había acercado lo suficiente a él como para poder afirmar que se trataba del capricho de un afeminado o de la ausencia absoluta de barba de un bicho raro.

El cabello oculto bajo la capucha era largo y abundante como el de una mujer, aunque canoso como ninguna fémina de aquella ciudad de rameras se habría permitido lucirlo.

Lythande continuó con rápidas zancadas en paralelo a una pared tomada por las sombras y entró por una puerta abierta sobre la que se había clavado la sandalia de Thufir, dios de los peregrinos, como reclamo de la buena suerte. 

Sin embargo, sus pasos eran tan ligeros y su túnica con capucha hasta tal punto se fundía con las sombras que cualquier testigo ocular de su entrada habría jurado después, totalmente convencido, que lo había visto aparecer del aire, protegido por conjuros, o de una capa que concedía la invisibilidad.

Un grupo de hombres en torno a la chimenea entrechocaban estruendosamente sus jarras al ritmo de una escandalosa canción de taberna que alguien acompañaba con un maltrecho laúd metálico, del que Lythande sabía que pertenecía al dueño de la taberna y que cualquier cliente podía tomar prestado. 

El músico resultó ser un joven vestido con las galas de un petimetre hechas harapos, destrozadas y rajadas por las contingencias de los caminos, que permanecía sentado perezosamente con las piernas cruzadas; y cuando la escandalosa canción llegó a su fin, la empalmó con otra, esta vez una lenta canción de amor perteneciente a otro tiempo y a otro lugar. 

Lythande conocía la canción; la había oído hacía más años de los que podía recordar, cuando el mago Lythande respondía a otro nombre y apenas si había tenido contacto con la brujería. Cuando la canción acabó, Lythande salió de las sombras y la estrella azul en el centro de su frente alta brilló a imagen y semejanza del fuego de la chimenea.

Brotaron unos leves murmullos en la taberna a pesar de que la clientela no estaba desacostumbrada a las idas y venidas inadvertidas de Lythande. El joven del laúd alzó unos ojos prodigiosamente azules debajo del ensortijado cabello negro que le caía sobre la frente. 

Era un muchacho delgado y ágil, y Lythande se fijó en el estoque que llevaba en un costado y que parecía cuidado con mimo, y en el amuleto, con la forma de una serpiente enroscada, que le colgaba del cuello.

—¿Quién eres tú, que tienes la costumbre de aparecer y desaparecer en el aire de esta manera?

—Alguien que te felicita por tus buenas aptitudes musicales. —Lythande arrojó una moneda al tabernero—. ¿Quieres tomar un trago?

—Un juglar nunca rechaza una invitación como esa. Cantar es un trabajo que lo deja a uno seco. —Pero cuando le sirvieron la bebida, preguntó—: ¿No vas a beber conmigo?

—Nadie ha visto comer o beber a Lythande jamás —masculló uno de los hombres que los rodeaban.

—Bueno, pues yo me tomo eso como un feo —protestó el joven juglar—. Compartir un trago con los camaradas es una cosa, ¡pero no soy un sirviente que cante por dinero o para beber a menos que obedezca a una muestra de amistad!

Lythande se encogió de hombros y la estrella azul de su frente alta empezó a brillar con una luz azul. Los clientes de la taberna retrocedieron, pues cuando un mago con una estrella azul se enfadaba, los que estaban cerca de él hacían bien apartándose de su camino. El juglar dejó el laúd para que no lo estorbara en el caso de que tuviera que levantarse de un brinco. 

Lythande supo, por la lentitud y la prudencia de los movimientos del juglar, que este ya había compartido una buena cantidad de tragos con sus camaradas ocasionales. La mano del juglar, no obstante, no se dirigió a la empuñadura de su espada, sino que se cerró alrededor del amuleto en forma de serpiente.

—Nunca he conocido hombre alguno como tú —señaló el juglar en un tono comedido.

Lythande notó en su interior el cosquilleo nervioso que advertía a un mago de que estaba asistiendo a un encantamiento, y rápidamente se aventuró a conjeturar que aquel amuleto era de esos que no protegían a su portador a menos que este enunciara una serie de afirmaciones ciertas —normalmente tres o cuatro— sobre su agresor o enemigo. A pesar de la desconfianza que le despertó la situación, a Lythande también le hizo gracia.

—Cierto. Y nunca conocerás a hombre alguno como yo en todos los años que deseo que vivas, juglar.

El juglar reparó, más allá del resplandor furioso de la estrella, en la mueca de burla cómplice en la boca ligeramente fruncida de Lythande.

—Y yo no te deseo ningún mal —dijo el juglar soltándose el amuleto—. Y tú tampoco a mí. Y también estas son afirmaciones ciertas, ¿verdad, mago? Con lo que ponemos el punto final a este asunto. Tal vez no exista otro hombre como tú, pero no eres el único mago que he conocido en Santuario con una estrella tatuada en la frente.

La estrella azul refulgió con intensidad, pero esta vez no se debió al juglar. Tanto él como Lythande lo sabían. La multitud que los rodeaba había recordado misteriosamente que tenía asuntos pendientes en otro sitio. El juglar recorrió con la mirada los bancos vacíos.

—Al parecer tendré que ir a otro lugar para ganarme la cena con mis canciones.

—No pretendía ofenderte cuando rechacé tu invitación de tomar un trago juntos —señaló Lythande—. El voto de un mago no se puede dejar a un lado como un laúd. Sin embargo me gustaría invitarte a una cena abundante y bien regada sin que te sientas herido en tu dignidad, a cambio de tu servicio como amigo.

—Tal es la costumbre en mi país. Cappen Varra te lo agradece, mago.

—¡Tabernero! ¡Sírvele lo mejor de tu cocina y todo lo que pueda beber esta noche a mi invitado!

—Después de una invitación tan generosa, no discutiré los pormenores de mi servicio —dijo Cappen Varra, y se lanzó a dar buena cuenta de los platos humeantes que le pusieron delante.

Mientras el juglar comía, Lythande sacó de los pliegues de su túnica una pequeña bolsa que contenía unas hierbas que despedían una fragancia dulce, las envolvió con una hoja azul y encendió el cigarrillo con un toquecito con el dedo anular. Lanzó una bocanada de humo dulce y grisáceo.

—En cuanto al servicio que te pido a cambio, no es gran cosa. Cuéntame todo lo que sepas de ese otro mago con la estrella azul. No conozco a ningún miembro de mi orden al sur de Azehur, y me gustaría asegurarme de que no fue a mí a quien viste, ni a mi espectro.

Cappen Varra sorbió el tuétano de un hueso y se limpió con esmero los dedos en el mantelito debajo de los platos. Y antes de responder dio un bocado a un fruto de jengibre.

—No fue a ti, mago, ni a tu estela ni a tu doble espectral, a quien vi. El que yo vi era mucho más ancho de espaldas y no llevaba espada, sino dos dagas ceñidas a las caderas. Tenía la barba negra y a su mano izquierda le faltaban tres dedos.

—¡Por Iles el de los Mil Ojos! ¡Rabben el Mediamano, aquí, en Santuario! ¿Dónde lo viste, juglar?

—Lo vi deambulando por el bazar, pero no compró nada que yo viera. Y luego lo volví a ver en la calle de las Linternas Rojas, hablando con una mujer. ¿Qué servicio requieres de mí, mago?

—Ya lo has cumplido.

Lythande pagó al tabernero con plata —tanta que el hosco propietario de la taberna temió que la capa de Shalpa lo cubriera en cuanto se fuera— y dejó otra moneda, esta de oro, junto al laúd de la taberna.

—Recupera tu arpa. Esto no hace justicia a tu voz.

Pero cuando el juglar levantó la cabeza para darle las gracias, el mago ya había desaparecido en las sombras; se guardó el oro en el bolsillo y preguntó:

—¿Cómo lo ha sabido? ¿Y por dónde ha salido?

—Solo Shalpa el rápido lo sabe —respondió el tabernero—. ¡Para mí que ha salido volando por el conducto de la chimenea! Ese ya tiene su capa y no necesita la de Shalpa. Ha pagado todo lo que quieras beber, muy señor mío, así que dime, ¿qué te pongo?

Y Cappen Varra procedió a emborracharse, ya que eso era lo más sensato que podía hacerse cuando uno se enredaba sin saberlo en los asuntos privados de un mago.

Ya en la calle, Lythande se tomó un momento para reflexionar. En Rabben el Mediamano no tenía un amigo; sin embargo no había razón alguna para que su presencia en Santuario tuviera algo que ver con Lythande o con una venganza personal. 

Si estuviera allí por un asunto relacionado con la orden de la Estrella Azul, si Lythande hubiera de ayudarlo en algún tema, o si el Mediamano hubiera sido enviado con la misión de convocar a todos los miembros de la orden, la estrella que ambos llevaban tatuada los habría avisado.

No obstante no pasaba nada por asegurarse. El mago caminó raudo hasta la hilera de viejas caballerizas que quedaba detrás del Palacio del Gobernador. Lo silencioso y lo recóndito del lugar resultaban propicios para la magia. 

Lythande se deslizó por uno de los minúsculos callejones laterales y levantó su capa de mago hasta que la oscuridad fue absoluta, y fue retirándose lentamente en el silencio hasta que el vacío conquistó el mundo... un vacío absoluto excepto por la estrella azul que brillaba en su frente. Lythande recordó cómo había adquirido la estrella y a qué coste: el precio que un maestro debía pagar a cambio del poder.

El resplandor azul ganó intensidad y explotó en haces multicolor palpitantes y brillantes, hasta que Lythande quedó bañado por su luz. Y allí, en el Lugar Que No Existe, sentado en un trono que parecía tallado en zafiro, se encontraba el Señor de la Estrella.

—Bienvenido, estrella hermana, hijo de las estrellas, shyryu. —El término afectuoso podía significar «camarada», «hermano», «hermana», «querido», «par», «peregrino»; su traducción literal es «el que comparte la luz de las estrellas»—. ¿Qué te trae al Palacio de los Peregrinos desde tan lejos esta noche?

—La necesidad de conocimiento, hermano de estrella. ¿Han enviado a alguien a buscarme en Santuario?

—La respuesta es no, shyryu. Todo está bien en el Templo de los Hermanos de estrella. Todavía no has sido convocado; el momento no ha llegado aún.

Todos los maestros de la Estrella Azul lo sabían; era uno de los precios que se pagaban por el poder. Cuando llegara el final del mundo, cuando todas las actividades de la humanidad y de los mortales hubieran sucumbido, el último reducto contra el ataque del Caos sería el Templo de la Estrella; y entonces el Señor de la Estrella convocaría en el Lugar Que No Es a los Maestros Peregrinos desperdigados por los rincones más remotos del mundo para que combatieran el Caos con toda la fuerza de su magia. Pero hasta que ese día llegara, gozaban de una libertad absoluta para fortalecer sus poderes.

—Todavía no ha llegado el momento —repitió en un tono tranquilizador el Señor de la Estrella—. Eres libre de moverte a tu antojo por el mundo.

El resplandor azul se atenuó y Lythande permaneció donde estaba, temblando. Por lo tanto, Rabben no había sido enviado para convocarlos para la reunión final. Sin embargo, tal vez el final y el Caos llegarían para Lythande antes del momento señalado si Rabben el Mediamano obtenía lo que se proponía.

«Se trató de una buena prueba de fuerza, ordenada por nuestros señores. Rabben, no deberías estar resentido conmigo...».

La presencia de Rabben en Santuario no tenía por qué tener algo que ver con Lythande. Podría encontrarse en la ciudad por motivos legítimos... si es que se podía calificar de legítimo algo relacionado con él. 

Solo el último día antes del fin del mundo habían jurado todos los Maestros Peregrinos luchar en el bando de la Ley contra el Caos. Y Rabben había optado por no practicarlo antes de que llegara ese momento.

Había que tomar precauciones. Lythande sabía que Rabben estaba cerca...

Al sureste del Palacio del Gobernador hay un pequeño parque triangular, al otro lado de la avenida de los Templos. Durante el día, los caminos cubiertos de grava y los recodos con arbustos están tomados por predicadores y sacerdotes que consideran insuficientes la adoración y las ofrendas; y por la noche el lugar se convierte en el reino de mujeres que no veneran a ninguna deidad salvo a La de la bolsa llena y el vientre vacío. Por ambos motivos el lugar es conocido, irónicamente, con el nombre de la Promesa del Cielo. En Santuario, como en cualquier otro lugar, es bien sabido que aquellos que prometen no siempre cumplen.

Lythande, que no tenía por costumbre frecuentar mujeres ni sacerdotes, no solía pisar el parque, que ahora parecía desierto. Los vientos molestos habían empezado a soplar, y azotaban arbustos y matorrales dotándolos de sorprendentes formas bestiales que ejecutaban actos poco naturales. 

Y gimiendo de una manera extraña alrededor de los muros y los aleros de los tejados de los templos al otro lado de la calle, el viento del que se afirmaba en Santuario que era el gemido de Azyuna en la cama de Vashanka. Lythande avanzó rápidamente, bordeando la penumbra de los caminos. Y entonces sonó el grito desgarrador de una mujer.

Desde las sombras, Lythande vislumbró la forma de una muchacha con el vestido raído y hecho jirones; iba descalza y le sangraba la oreja de cuyo lóbulo le habían arrancado un valioso pendiente. Estaba forcejeando para zafarse de los brazos de hierro de un hombre musculoso y corpulento de barba negra, y lo primero que vio Lythande fue la mano que aferraba la muñeca delgada y huesuda de la muchacha: le faltaban dos dedos completos y tenía otro seccionado a la altura del primer cartílago. Solo entonces —cuando ya era absolutamente innecesario— vio Lythande la estrella azul entre las pobladas cejas negras ¡y los felinos ojos amarillos de Rabben el Mediamano!

Lythande lo conocía desde hacía mucho tiempo, del Templo de la Estrella. Incluso entonces, Rabben ya era un depravado de una lascivia bien conocida. ¿Por qué, se preguntó Lythande, sus señores no le pedían que renunciara a su lascivia a cambio de sus poderes? Lythande apretó los labios con amargura; tan célebre era la lascivia de Rabben que si renunciaba a ella todo el mundo conocería el secreto de su poder.

Los poderes de un maestro de la Estrella Azul dependían de un secreto. Del mismo modo que en la antigua leyenda del gigante que guardaba su corazón en un lugar secreto fuera de su cuerpo y, junto con él, su inmortalidad, los maestros de la Estrella Azul depositaban toda su fuerza psíquica en un único secreto, y quien descubría ese secreto absorbía los poderes del maestro. De modo que el secreto de Rabben debía de ser otro... Lythande no se entretuvo especulando sobre ello.

La chica gritaba con desesperación mientras Rabben la tiraba de la muñeca. Cuando la estrella del mago empezó a brillar, la muchacha se tapó los ojos con la mano libre para protegérselos del resplandor. Lythande emergió de las sombras aún no plenamente convencido de intervenir.

—¡Por Shipri la Madre de Todo, suelta a esa mujer! —espetó Lythande con el chorro de voz que en el patio de la Estrella Azul había llevado a los aprendices de mago a llamarlo «juglar» en vez de «mago».

Rabben giró en redondo.

—¡Por el noningentésimo nonagésimo noveno ojo de Iles! ¡Lythande!

—¿Es que no hay suficientes mujeres en la calle de las Linternas Rojas como para que tengas que maltratar a una niña en la calle de los Templos?

Lythande había visto lo joven que era la chica, sus bracitos delgados, sus piernas y sus tobillos infantiles y los pechos todavía incipientes debajo de la túnica sucia y raída.

Rabben miró a Lythande y soltó un gruñido.

—Siempre has sido un remilgado, shyryu. Ninguna mujer viene aquí a menos que se venda. ¿Acaso la quieres para ti? ¿Ya te has hartado de tu madame gorda de la Casa Afrodisia?

—¡Ni se te ocurra mencionar su nombre, shyryu!

—¿Tanto te importa el honor de una ramera?

—Suelta a la chica —replicó ignorando el comentario de Rabben—, o tendrás que vértelas conmigo.

La estrella de Rabben empezó a lanzar rayos; el mago arrojó a un lado a la chica, que cayó como un peso muerto al pavimento, donde permaneció tendida inmóvil.

—Esperará ahí hasta que tú y yo hayamos acabado. ¿Pensaste que podría huir mientras nosotros luchábamos? Ahora que pienso, nunca te he visto con una mujer, Lythande... ¿Es ese tu secreto, Lythande? ¿No puedes satisfacer a las mujeres?

Lythande se mantuvo imperturbable. Sin embargo, independientemente del precio que hubiera de pagar, no podía permitir que Rabben continuara por ese camino.

—Tal vez a ti te guste copular como un animal en las calles de Santuario, Rabben, pero yo no soy tú. ¿Vas a dejar que la chica se marche o prefieres luchar?

—Tal vez debería dejártela a ti. Lo nunca visto. ¡Lythande involucrado en una pelea callejera por una mujer! ¡Ya ves! ¡Conozco perfectamente tus hábitos, Lythande!

«¡Por la maldición de Vashanka! ¡Ahora no me queda otra que luchar para salvar a la chica!».

El estoque de Lythande salió con un chasquido de la funda y atacó a Rabben como por propia voluntad.

—¡Ja! ¿Crees que Rabben resuelve sus reyertas callejeras con la espada como un vulgar mercenario?

La punta de la espada de Lythande explotó en el resplandor azul de la estrella y se transfiguró en una serpiente brillante, que se torció hacia atrás y rebasó la empuñadura vertiendo veneno por los colmillos mientras trataba de enroscarse alrededor del puño de Lythande. 

También la estrella de Lythande empezó a refulgir, y la espada se transformó de nuevo en acero, aunque quedó retorcida e inservible, con la forma de la serpiente enroscada hacia la funda. Encolerizado, Lythande soltó el trozo inútil de acero y arrojó una lluvia de fuego que salió chisporroteando en dirección a Rabben. 

El corpulento maestro se envolvió rápidamente en una nube de niebla y el chorro de fuego se extinguió. Lythande advirtió mediante un sentido que escapaba a la conciencia que empezaba a congregarse una multitud en torno a ellos; no ocurría dos veces en la vida que dos maestros de la Estrella Azul libraran una batalla de conjuros en las calles de Santuario. El resplandor de las estrellas que refulgían en las frentes de los magos echaba chispas en todas las direcciones.

Arrastradas por un viento aullante aparecieron unas pequeñas antorchas voraces cuyas llamas titilantes azotaron a Lythande y desaparecieron en cuanto tocaron la figura alta del mago. Entonces un violento torbellino agitó los árboles, arrancó las hojas de las ramas y fustigó a Rabben hasta derribarlo sobre las rodillas. Lythande empezaba a aburrirse; había que acabar de una vez. 

Ni uno solo de los espectadores que presenciaban la lucha con los ojos como platos supo decir después qué había ocurrido, pero Rabben se fue encorvando muy lentamente, centímetro a centímetro, hasta que hincó las rodillas en el suelo, se puso luego a cuatro patas y a continuación, tendido bocabajo, con la cara pegada al suelo, cada vez más apretada contra él y moviendo adelante y atrás la cabeza fuertemente estrujada contra la tierra.

Lythande acudió junto a la chica y la levantó. Ella miró con incredulidad al fornido hechicero que estaba estrujando su barba negra contra la tierra.

—¿Qué ha...?

—No te preocupes... Vámonos de aquí. El conjuro no lo entretendrá demasiado, y cuando se levante estará furioso —dijo Lythande con un leve tono de burla en la voz.

La chica no necesitaba una explicación viendo a Rabben con la barba y la estrella azul cubiertos de tierra y de polvo...

La muchacha salió disparada siguiendo la estela de la túnica del mago. Cuando estuvieron bien lejos de la Promesa del Cielo, Lythande se detuvo con tanta brusquedad que la muchacha se estampó contra él.

—Dime, ¿quién eres?

—Me llamo Bercy. ¿Y usted?

—Un mago no dice su nombre a la ligera. En Santuario me llaman Lythande.

El mago examinó a la muchacha y se dio cuenta, con una punzada, de que debajo de la tierra y del cabello desgreñado se escondía una chica muy guapa y muy joven.

—Puedes irte, Bercy. No volverá a ponerte la mano encima. Le he vencido limpiamente en el duelo.

La chica se arrojó a la espalda de Lythande y se aferró a él.

—¡No me dejes sola! —suplicó la muchacha, agarrándose al mago, con los ojos rebosantes de adoración.

Lythande la miró con el ceño fruncido.

Predecible, por supuesto. Bercy creía —¿y quién en Santuario no lo habría hecho?— que la chica era el premio para quien ganara el duelo, de modo que ella estaba preparada para entregarse al vencedor. Lythande hizo un gesto de protesta.—No...

La muchacha entornó los ojos en un gesto de compasión.

—¿Entonces es cierto lo que Rabben dijo...? ¿Que su secreto es que está privado de virilidad?

Sin embargo, detrás de la compasión se advertía un leve matiz de entusiasmo. ¡Menudo chisme! ¡Vaya cotilleo sabroso para chismorrear en las calles de las Mujeres!

—Baja la voz. —La mirada que le lanzó Lythande no admitía discusión—. Ven conmigo.

La chica siguió al mago por las calles sinuosas que conducían a la calle de las Linternas Rojas. Lythande caminaba con pasos firmes y seguros. Pasaron por delante de la Casa de las Sirenas, donde —según se decía— podían encontrarse delicias tan exóticas como la que prometía su nombre; y de la Casa de los Látigos, evitada por todo el mundo excepto por aquellos que se negaban a ir a otro lado; y, finalmente, bajo el rostro de la Dama Verde, como era venerada en los lugares más remotos y al otro lado del Ranke, la Casa Afrodisia.

Bercy contempló con los ojos como platos el vestíbulo con columnas, el resplandor de un centenar de faroles, las mujeres vestidas exquisitamente que aguardaban a que las llamaran apoltronadas sobre cojines. 

Todas ellas lucían elegantes vestidos y joyas —Myrtis conocía su negocio y la mejor manera de presentar su producto—, y a Lythande no se le escapó que la mirada de la harapienta Bercy era de envidia; probablemente la muchacha había estado vendiéndose en el bazar por un puñado de monedas de cobre o por una hogaza de pan desde que había tenido la edad para hacerlo. 

Sin embargo, de algún modo, como las flores que cubren un estercolero, conservaba una belleza exquisita y lozana, toda dorada y blanca, como una flor. A pesar de la ropa raída y el cuerpo esquelético, la muchacha había llegado al corazón de Lythande.

—Bercy, ¿has comido hoy?

—No, mi señor.

Lythande llamó al eunuco gigantón Jiro, quien se encargaba de acompañar a los clientes que gozaban de favoritismo a las cámaras de las mujeres que habían escogido y de echar a la calle a los borrachos y a los groseros. 

El eunuco apareció con su enorme panza, desnudo salvo por un escueto taparrabos y con una docena de aros prendidos de una oreja. Una vez había tenido una amante que se dedicaba a la venta de anillos y lo había utilizado para exhibir el género.

—¿En qué podemos servir al mago Lythande?

Las mujeres repantigadas en los sofás y en los cojines cuchicheaban entre sí sorprendidas y consternadas, y Lythande casi podía oír sus pensamientos:

«Ninguna de nosotras ha sido capaz de atraer o de seducir al gran mago, ¿y ahora se ha encaprichado de esta muchacha de la calle harapienta?».

—¿Puedo ver a madame Myrtis, Jiro?

—Está durmiendo, oh, gran mago, pero ha dejado la orden de que la despertáramos a cualquier hora si era usted quien preguntaba por ella. ¿Esto de aquí... —ningún ser vivo puede alcanzar las cotas de desdén del jefe de los eunucos de un burdel de moda—... es suyo, señor Lythande? ¿O es un regalo para la madame?

—Ambas cosas, quizá. Dale algo de comer y búscale un lugar para pasar la noche.

—¿Y un baño, mago? ¡Lleva encima pulgas suficientes para infestar todos los cojines de una habitación!

—Sí, claro, también un baño femenino con esencias y aceites —dijo Lythande—, y algo que semeje un vestido completo.

—Yo me encargo —afirmó Jiro con satisfacción.

Bercy miró a Lythande con ojos asustados, pero obedeció al mago cuando este le indicó que acompañara a Jiro. Cuando el eunuco se la llevó, Lythande vio a Myrtis parada en la puerta. Era una mujer entrada en carnes, ya no joven, aunque poseía la belleza gélida de un hechizo. Envueltos por unas facciones perfectamente conjuradas, sus ojos expresaron calidez y afecto cuando sonrió a Lythande.

—Amor, no esperaba verte aquí. ¿Es tuya? —Sacudió la cabeza hacia la puerta que acababa de atravesar Jiro con la atemorizada Bercy—. Seguramente se escapará cuando le quites los ojos de encima, ya lo sabes, ¿no?

—Ojalá, Myrtis. Pero me temo que no tendré esa suerte.

—Será mejor que me cuentes toda la historia —dijo Myrtis.

Lythande le relató de una manera breve y sucinta todo el episodio.

—¡Y como te rías, Myrtis, retiraré mi conjuro y volverás a tener el pelo gris y la cara llena de arrugas para mofa de Santuario!

Myrtis, sin embargo, hacía demasiado tiempo que conocía a Lythande como para tomarse en serio su amenaza.

—¡De modo que la doncella que has rescatado arde en deseos por el amor de Lythande! —Rió entre dientes—. ¡Suena exactamente igual que una vieja balada!

—¿Qué voy a hacer, Myrtis? ¡Por los pezones de Shipri la Madre de Todo, me enfrento a un dilema!

—Confía en ella y explícale por qué es imposible el amor entre ustedes —respondió Myrtis.

Lythande frunció el ceño.

—Tú conoces mi secreto porque no tuve otra opción; me conociste antes de que adquiriera mis poderes o llevara la estrella azul...

—Y antes de que yo me hiciera ramera —aseveró Myrtis.

—Pero si provoco que esta chica se sienta estúpida por quererme, me odiará en la misma medida que me ama. Y no puedo compartir mi secreto con alguien a quien no pueda confiar mi vida y mis poderes. Todo lo que tengo es tuyo, Myrtis, por el pasado que compartimos. Incluidos mis poderes si alguna vez los necesitaras. Pero no puedo confiar todo eso a esa muchacha.

—Aun así está en deuda contigo por haberla rescatado de las garras de Rabben.

—Pensaré en ello —dijo Lythande—. Y ahora, apresúrate y tráeme algo de comer. Tengo un hambre y una sed que me muero.

Lythande se aisló en una habitación privada y comió y bebió servido personalmente por Myrtis.

—Yo nunca podría haber hecho tu voto... comer y beber sin ser visto por hombre alguno —dijo la madame.

—Si desearas tener el poder de un mago serías capaz de mantener tu promesa —respondió Lythande—. Ya rara vez siento la tentación de romperla. Solo temo quebrantarla sin darme cuenta. No puedo beber en las tabernas por si acaso entre las mujeres hubiera alguno de esos hombres extraños que hallan divertido vestirse con ropas femeninas. Por esa misma razón tampoco como ni bebo aquí en presencia de tus mujeres. Todo el poder depende de los votos y del secreto.

—En ese caso no puedo ayudarte —dijo Myrtis—. Ya que no quieres contarle la verdad a la chica, dile que juraste vivir sin mujeres.

—Tal vez lo haga —repuso Lythande, que acabó de comer con el rostro fruncido.

Pasado un rato, Bercy fue conducida a la habitación. Llegó con los ojos como platos, embelesada con el elegante vestido que le habían dado y el cabello recién lavado, que se le rizaba ligeramente alrededor de la cara sonrosada. De todo su cuerpo emanaba la fragancia dulce de los aceites de baño y los perfumes.

—En este sitio las chicas llevan una ropa tan bonita, ¡y una de ellas me ha dicho que podían comer dos veces al día si querían! ¿No le parece que soy lo suficientemente bonita como para que madame Myrtis deje que me quede?

—Si así lo deseas. Eres la más bonita de todas.

—Preferiría ser suya, mago —dijo Bercy con deseo, y volvió a arrojarse sobre Lythande. Se aferró al rostro demacrado del mago y tiró de él para acercárselo al suyo.

Lythande, quien rara vez tocaba algo con vida, la sujetó con suavidad, haciendo un esfuerzo para no revelar su consternación.

—Bercy, pequeña, solo es un capricho. Se te pasará.

—No —respondió sollozando la muchacha—. ¡Le amo! ¡Solo le quiero a usted!

Y entonces, de un modo inconfundible, Lythande notó ese ligero hormigueo de advertencia en su sistema nervioso, ese aviso en forma de estremecimiento que lo alertaba: «Hay un conjuro en marcha». El objetivo del encantamiento no era Lythande —en este caso podría haberlo contrarrestado—, sino otro espacio de la habitación.

«¿Aquí, en la Casa Afrodisia?». Lythande sabía que podía confiar a Myrtis su vida, su reputación, su fortuna, incluso sus poderes mágicos de la Estrella Azul. Ya lo había demostrado anteriormente. Además, en el caso de que la madame hubiera cambiado hasta el punto de ser capaz de traicionarlo, Lythande lo habría advertido en su aura cuando estaban juntos.

Eso solo dejaba a la muchacha, que continuaba asida a él y gimoteando.

—¡Moriré si no me ama! ¡Moriré! ¡Dígame que no es cierto, Lythande, que es usted incapaz de amar! ¡Dígame que es una burda mentira que los magos están castrados, que son incapaces de amar a las mujeres...!

—Sin duda es una burda mentira —afirmó Lythande con el gesto serio—. Te aseguro solemnemente que nunca me han castrado.

Sin embargo, Lythande notó un cosquilleo en los nervios mientras hablaba. Un mago podía mentir, y la mayoría de ellos lo hacía. Lythande siempre estaba dispuesto a mentir como cualquier otro, siempre por una buena causa, pero la ley de la Estrella Azul establecía lo siguiente: cuando se le realizara una pregunta directa relacionada con el secreto, el maestro no podía responder con una mentira directa. Y Bercy, en su inconsciencia, estaba a una sola pregunta de la cuestión fatídica sobre su secreto.

Con un esfuerzo descomunal, la magia de Lythande arrancó las costuras del mismísimo Tiempo. La chica se quedó petrificada, ajena al discurrir de los segundos, y Lythande se apartó de ella la distancia necesaria para estudiar su aura. Y en efecto, entre las trazas de su campo vibratorio se vislumbraba la sombra de una Estrella Azul, la de Rabben, dominando la voluntad de la chica.

Rabben. Rabben el Mediamano. Él había depositado su voluntad en la chica; él había ideado y organizado toda la trama, incluida la escena en la que la muchacha necesitaba ayuda; encantar a la muchacha para atraer a Lythande y hechizarlo.

La ley de la Estrella Azul prohibía a un maestro de la Estrella matar a otro, ya que todos serían necesarios para luchar hombro con hombro contra el Caos el día del fin del mundo. Sin embargo, si un maestro podía arrancarle el secreto de su poder a otro... entonces el mago que había perdido sus poderes ya no era necesario para el combate contra el Caos y podía ser asesinado.

¿Qué podía hacer ahora? ¿Matar a la chica? Rabben también tomaría eso como una respuesta. El encantamiento que dominaba a Bercy la volvía irresistible para cualquier hombre. Si Lythande la dejaba marchar intacta, Rabben sabría que el secreto de Lythande descansaba en esa área y no cejaría en sus intentos por descubrirlo. 

En el caso de que Lythande no sucumbiera a los efectos de este conjuro sexual que hacía irresistible a Bercy, significaría que era un eunuco, o un homosexual o... Lythande empezó a sudar y no se atrevió a seguir tirando de ese hilo. Su secreto solo estaría a salvo mientras no le preguntaran. Su aura nunca lo delataría; pero una sola pregunta y todo habría acabado.

«Debería matarla —pensó Lythande—. Ya no estoy luchando solo por conservar mis poderes, también por mi secreto y mi vida. Sin duda, una vez que perdiera mi magia, Rabben no perdería un segundo en acabar conmigo como venganza por la pérdida de la mitad de la mano».

La muchacha seguía inmóvil, en trance. ¡Qué fácil sería matarla! Pero entonces Lythande recordó un antiguo cuento de hadas que tal vez podría utilizar para salvaguardar el secreto de la Estrella.

La luz parpadeó mientras el Tiempo regresaba a la cámara. Bercy seguía aferrada a él y gimoteando, ajena al lapso de tiempo detenido; Lythande ya había decidido lo que haría, y la muchacha notó que el mago la envolvía con sus brazos y la besaba en la boca anhelante.

—¡Tiene que amarme! ¡Moriré si no! —exclamó sollozando Bercy.

—Te haré mía —afirmó Lythande en un tono suavemente neutro y muy dulce—, pero incluso un mago es vulnerable en el amor, así que debo tomar algunas precauciones. Hay que preparar un lugar sin más luz ni sonido que los que yo aporte con mi magia; y tú has de jurar que no intentarás verme ni tocarme excepto por medio de esa luz mágica. ¿Lo juras por la Madre de Todo, Bercy? Si lo juras te amaré como nunca ninguna mujer ha sido amada jamás.

—Lo juro —respondió temblando la muchacha.

Lythande sintió una compasión infinita por Bercy, a quien Rabben había utilizado de un modo tan despiadado. Tanto, que ahora ella ardía viva en su amor —insatisfecho y provocado por el conjuro— por el mago y era prisionera de su pasión por Lythande. «Si me hubiera amado sin que mediara un conjuro, yo también podría haberla amado», pensó Lythande con amargura.

«¡Entonces podría haberle confiado mi secreto! Pero Bercy solo es un instrumento de Rabben; su amor por mí es obra suya, y en él no hay nada de su voluntad... ni de realidad...». De modo que todo lo que pasara entre ellos a partir de ese momento solo sería una pantomima representada para Rabben.

—Lo prepararé todo con mi magia.

Lythande salió de la cámara y pidió a Myrtis todo lo que necesitaba. La mujer se echó a reír, pero un mero vistazo al semblante sombrío de Lythande le cortó la risa de cuajo. Conocía al mago desde mucho antes de que le colocaran la Estrella Azul entre los ojos y guardaba el secreto de Lythande por el amor que le profesaba, así que le rompía el corazón verlo presa de tanto sufrimiento.

—Lo tendrás todo listo —dijo la madame—. Le echaré una droga en el vino para debilitar su voluntad, así te será más sencillo hechizarla.

—Rabben ya lo hizo por nosotros cuando utilizó el conjuro para que se enamorara de mí —dijo Lythande con un horrible poso de amargura en la voz.

—¿Habrías preferido que fuera de otro modo? —preguntó Myrtis, vacilante.

—¡Todos los dioses de Santuario están riéndose de mí! ¡Madre de Todo, ayúdame! Preferiría que fuera de otro modo. Podría amarla si no fuera un instrumento de Rabben.

Cuando todo estuvo listo, Lythande entró en la habitación oscura. No había más luz que la luz de la Estrella Azul. La muchacha estaba tumbada en la cama y levantó los brazos hacia el mago con un aire de abandono exaltado.

—¡Ven conmigo! ¡Ven conmigo, amor mío!

—Enseguida —respondió Lythande, sentándose a su lado. Le acarició el cabello con una ternura que ni siquiera Myrtis habría sospechado que poseía—. Te cantaré una canción de amor de mi lejana patria.

Ella se estremeció de placer.

—¡Todo lo que venga de ti está bien, amor mío, mago mío!

Lythande sintió el vacío provocado por la desesperación absoluta. La muchacha era hermosa y estaba enamorada. Yacía tendida sobre la cama preparada para ambos, y sin embargo los separaba la vastedad del mundo. No se veía capaz de soportarlo.

Lythande cantó con su voz profunda y hermosa, una voz más encantadora que cualquier conjuro:

Ya se ha consumido la mitad de la noche; y la corona de la luna

Se desvanece, y ahora la corona de las estrellas palidece;

El cielo acepta a regañadientes la llegada de la mañana;

Yo sigo tendido solo.

Te amaré como ninguna mujer ha sido amada nunca.

Lythande reparó en las lágrimas en las mejillas de Bercy.

Entre la muchacha acostada en la cama y la figura inmóvil del mago, y mientras la túnica de Lythande caía pesadamente al suelo, empezó a cobrar forma un espectro; un espectro que en un primer momento pareció el doble de Lythande, alto y enjuto, con los ojos brillantes, con una estrella entre las cejas y un cuerpo pálido y sin cicatrices. 

Tenía la forma del mago, pero el espectro poseía una virilidad imponente, y avanzó hacia la mujer que lo esperaba inmóvil. La muchacha estaba cegada por su libido, atrapada, poseída, hechizada. Lythande le permitió ver la imagen fugazmente; ella no podía ver al verdadero Lythande que estaba detrás. Entonces, cuando Bercy cerró los ojos extasiada al notar el contacto del mago, este le acarició delicadamente los párpados con los dedos.

—¡Verás... lo que te pida que veas!

—¡Oirás... lo que te pida que oigas!

—¡Sentirás... solo lo que te pida que sientas, Bercy!

Y a partir de ese momento, Bercy quedó sometida al conjuro del espectro. Con indiferencia, sin inmutarse, Lythande observó cómo se cerraban los labios de la muchacha apretados contra el vacío y besaban unos labios invisibles; Lythande sabía en todo momento qué estaba tocándole y acariciándole. 

Cautivada y embelesada por la ilusión, que la llevó una y otra vez hasta las cimas del éxtasis, la muchacha soltó finalmente un grito de liberación. Solo para Lythande aquel grito sonó amargo, pues no iba dirigido a él, sino al espectro que la poseía.

Bercy quedó tendida en la cama, casi inconsciente, saciada, y Lythande la observó con dolor. Cuando la chica volvió a abrir los ojos, el mago estaba contemplándola con el gesto apesadumbrado.

Bercy tendió lánguidamente hacia él sus brazos.

—Es cierto, amor, me has amado como ninguna mujer había sido amada jamás.

Por primera y última vez, Lythande se inclinó hacia ella y apretó sus labios contra los de la muchacha en un beso largo y de una inmensa ternura.

—Duerme, querida.

Y cuando ella se sumió en un sueño extático y exhausto, Lythande rompió a llorar.

Mucho antes de que la chica se despertara, Lythande se levantó y se preparó en la pequeña cámara de Myrtis para emprender un viaje.

—El conjuro se mantendrá. Irá corriendo a Rabben con la historia... la historia de Lythande, ¡el amante sin parangón! Lythande, ¡el de la virilidad inagotable! ¡Capaz de amar a una doncella hasta agotarle las energías! —La amargura teñía de aspereza la voz profunda de Lythande.

—Y mucho antes de que regreses a Santuario, cuando los efectos del conjuro hayan desaparecido, ya te habrá olvidado en los brazos de muchos otros amantes —afirmó Myrtis—. Sería mejor y más seguro que así fuera.

—Cierto —dijo Lythande, aunque añadió con la voz quebrada—: Cuida de ella, Myrtis. Trátala con cariño.

—Lo haré. Te lo prometo, Lythande.

—Ojalá hubiera podido amarme sin más...

El mago se derrumbó y volvió a llorar brevemente. Myrtis apartó la mirada, desagarrada por el dolor. No sabía cómo consolar a Lythande.

—¡Ojalá hubiera podido amarme por lo que soy, sin el conjuro de Rabben de por medio! ¡Amarme sin fingimientos! Pero temía no poder dominar el conjuro obrado en ella por Rabben... ni confiar en que no me traicionara cuando supiera que...

Myrtis rodeó tiernamente a Lythande con sus brazos rellenitos.

—¿Te arrepientes?

La pregunta era ambigua. Podría haber significado «¿Te arrepientes de no haber matado a la chica?», o «¿Te arrepientes de la promesa y del secreto que habrán de acompañarte hasta el día del fin del mundo?». Lythande prefirió responder a la segunda interpretación:

—¿Si mi arrepiento? Llegará un día en que tendré que luchar contra el Caos junto al resto de mi orden. Al lado de Rabben incluso, si no lo matan antes. Y solo eso debe justificar mi existencia y mi secreto. Sin embargo, ahora tengo que marcharme de Santuario, y quién sabe cuándo los avatares de la vida me traerán de nuevo a esta dirección. Dame un beso de despedida, hermana.

Myrtis se puso de puntillas y sus labios se fundieron con los de Lythande.

—Hasta que volvamos a vernos, Lythande —se despidió la madame—. Que Ella te asista y cuide de ti eternamente. Adiós, mi querida hermana.

La maga Lythande se ciñó entonces la espada y abandonó la ciudad de Santuario sin ser vista ni oída cuando empezaba a despuntar el alba. Y en su frente, el brillo de la Estrella Azul empezó a atenuarse por la aparición del sol. Ni una sola vez volvió la vista atrás.

Por la Sangre es la Vida - Francis Marion Crawford

Cené en el crepúsculo sobre el tejado de la vieja torre, ya que estaba fresco ahí durante el gran calor del verano. Aparte, la pequeña cocina había sido construída en una esquina de la gran plataforma, lo cual resultaba más conveniente si las fuentes tenían que ser llevadas por la empinada escalinata pétrea, rota en varios lugares y por todos lados agrietada por los años.

La torre era una de aquellas construcciones ordenadas en el sureste de Calabria por el emperador Carlos V, a principios del siglo XVI para vigilar el avance de los piratas bárbaros, cuando los infieles se aliaron a Francisco I contra el emperador y la Iglesia. Estaban hecha ruinas, un par aún permanecían intactas, y la mía era una de las más grandes. Como entró en mi patrimonio diez años atrás, y porque gasté parte de cada año en ella, son materias que no conciernen a este relato. La torre se elevaba en una de los más solitarios puntos de Italia meridional, y en el extremo de un promontorio curvo, que forma un pequeño pero seguro puerto natural en la parte sur del golfo de Policastro, y justo al norte del Cabo Escala, el lugar de nacimiento de Judas Iscariote, según una vieja leyenda local.

La torre se eleva en esta porción del terreno, y no hay otra casa que pueda ser vista en un radio de tres millas de ella. Cuando vine, tomé un par de marinos, uno de ellos un experto cocinero, y cuando estuve lejos lo dejé a cargo de un pequeño hombre que una vez fue un minero y que se amigó conmigo tiempo atrás.

Mi amigo, quien algunas veces me visita en mi soledad estival, es un artista de profesión, de origen escandinavo, y un cosmopólita debido a la fuerza de las circunstancias. Nosotros cenamos al crepúsculo; el brillo del atardecer se había disipado de nuevo, y la tarde púrpura había caído en la vasta cadena de montañas que atravesaban el golfo hacia el este, y se alzaban más alto a medida que se van hacia el sur. Hacía calor, y nos sentamos en una de las esquinas de la plataforma, esperando por el rocío de la noche. El color se hundió desde el aire, hubo un pequeño intervalo de tinieblas, y una lámpara envió una veta amarilla desde la puerta abierta de la cocina donde los hombres estaban preparando la comida.

Entonces la luna surgió súbitamente sobre la cresta del promontorio, inundando la plataforma e iluminando cada pequeño guijarro de roca y mata de hierba bajo nosotros, bajo el filo del agua calma. Mi amigo prendió su pipa y se sentó mirando un punto en las colinas. Supe que estaba mirando, y por un largo tiempo me pregunté si habría visto algo que hubiera acaparado su atención. Había pasado un largo tiempo desde que habló por última vez. Como la mayoría de los pintores, él confiaba en su propia vista, como un león confía en su propia fuerza y un venado en su velocidad, y él siempre se molestaba cuando no podía reconciliar lo que veía con lo que él creía que tenía que ver.

- Es extraño - dijo. -¿Ves aquel pequeño montículo justo en aquel lado?

- Si - repuse, y supuse lo que vendría.

- Parece como una tumba - observó Holger.

- Es verdad. Parece como un sepulcro.

- Si - continuó mi amigo, con sus ojos aún fijos en el punto. - Pero lo extraño de esto es que veo el cuerpo yaciendo sobre la misma, por supuesto, - continuó Holger, volteando su cabeza como lo hacen los artistas - debe ser un efecto de la luz. En primer lugar, no es una tumba. Segundo, si lo fuera, el cuerpo debería estar dentro y no fuera. Entonces, debe ser un efecto de la luz de la luna. ¿Lo puedes ver?

- Perfectamente; siempre lo veo en las noches de luna.

- No parece interesarte mucho - dijo Holger.

- Por el contrario, esto me interesa, pero ya estoy un poco cansado. Tu no estás tan equivocado, sin embargo. El montículo es realmente una tumba.

- No puede ser - gritó Holger, incrédulamente.

- No, -respondí - no puede ser. Lo se, porque he tomado el trabajo de ir allá y verlo.

- ¿Entonces qué era? - preguntó Holger.

- Nada

- ¿Entonces es sólo un efecto de la luz, supongo?

- Quizás lo es. Pero la inexplicable parte del asunto es que no hay diferencia si la luna ha salido o se pone, o si está en creciente o menguante. Si hay alguna luz de luna, desde el este o del oeste, mientras brilla sobre las piedras, uno puede ver el contorno del cuerpo.

Holger removió su pipa con la punta de su cuchillo y usó su dedo como tapón. Cuando el tabaco ardió bien, él se levantó de su silla.

- Si tu no lo piensas - dijo - iré abajo y miraré el montículo.

Me dejó, cruzó la azotea, y desapareció bajo los oscuros escalones. No me moví, pero me senté mirando hasta que lo vi salir de la torre. Lo escuché canturrear una vieja canción danesa mientras cruzaba el espacio abierto bajo el brillo de la luna, dirigiéndose directamente hacia el misterioso montículo. Cuando él estaba a diez pasos de él, Holger se paró, avanzó solo dos pasos y luego retrocedió cuatro y nuevamente se paró. Sabía lo que eso significaba. Él había llegado al punto donde la cosa dejaba de ser visible, donde, como el hubiera dicho, el efecto de la luz cambiaba.

Entonces él regresó al montículo y se paró sobre él. Podía ver aún la cosa, pero ya no estaba tendida sobre la piedra; ahora estaba como arrodillada, rodeando con sus blancos brazos el cuerpo de Holger y mirando en su rostro. Una fría brisa conmovió mi cabello en ese momento, y el viento nocturno comenzó a soplar desde las colinas, pero sentí como si fuera la respiración de otro mundo.

La cosa pareció como que trataba de escalar por sus pies, ayudándose por el cuerpo de Holger, mientras este permanecía erguido, quizás inconsciente de eso, aparentemente mirando hacia la torre, que es muy pintoresca cuando la luz de la luna cae por aquel lado.

- ¡Regresa! -le grité-. ¡No te quedes ahí toda la noche!

Me pareció como que él se movió muy a su pesar, como que bajó del montículo, con dificultad. Eso fue. Los brazos de la cosa aún estaban rodeándolo por la cintura, pero sus pies no podían dejar la tumba. A medida que él lentamente se movía hacia adelante, se iba cubriendo con una especie de corona de bruma, ligera y blanquecina, hasta que vi claramente cuando Holger se sacudió, como cuando alguien se asusta. En el mismo momento un leve gemido de dolor llegó a mis oídos a través del viento. Pudo haber sido una pequeña lechuza que vive sobre las rocas, y la brumosa presencia se replegó suavemente cuando la figura de Holger comenzó a avanzar y dejó el montículo.

De nuevo sentí la fría brisa en mi cabello, y esta vez una helada sensación de horror bajó por mi espina. Recordaba muy bien cuando yo mismo había ido al montículo, bajo la luz de la luna; había estado allí cerca, y no había visto nada; como Holger, fui y me paré encima del montículo; y recordaba como, cuando volví, estaba seguro que no había nada allí, y de pronto tuve la convicción que habría algo si solo miraba detrás mío. Recordaba la fuerte tentación de mirar para atrás, una tentación que resistí como si fuera algo indigno de un hombre de sentido común, hasta que me libré, y me sacudí tal cual como Holger había hecho.

Y ahora sabía que aquellos blancos y neblinosos brazos también me habían rodeado; lo supe en un instante, y me estremecí cuando recordé que esa noche también había escuchado la misma lechuza. Pero no había sido ningún búho o lechuza. Era el aullido de la Cosa.

Recambié el tabaco de mi pipa y me serví una copa de fuerte vino del sur; en menos de un minuto Holger estaba de nuevo sentado a mi lado.

- Por supuesto, no había nada allí -dijo-, pero es escalofriante. ¿Sabías que cuando estaba volviendo estaba tan seguro que había alguien detrás mío que quería voltearme y ver? Hice un gran esfuerzo para no hacerlo.

Se río un poco, sacudió las cenizas de su pipa, y se sirvió una copa. Por un momento ninguno de los dos habló, y la luna siguió alta, y ambos miramos a la Cosa que permanecía sobre el montículo.

- Tu puedes hacer una historia sobre aquello -dijo Holger luego de un largo rato.

- Hay una -le respondí-, si no estás con mucho sueño, te la puedo contar.

- Adelante -dijo Holger, a quien le gustaban las historias.

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El viejo Alario estaba moribundo en el pueblo, detrás de la colina. Tu lo recuerdas, no tengo duda. Ellos decían que él hizo dinero vendiendo joyas falsificadas en Sud América, y que escapó con el dinero luego de haber sido acusado. Como todos estos tipos, si ellos se traen algo consigo mismos, lo invierten para refaccionar sus casas, y como no había albañiles por aquí, él envió dos obreros a Paola. Ellos eran dos corpulentos pillos, un napolitano que había perdido un ojo, y un siciliano que tenía una vieja cicatriz de pulgada y media en su mejilla izquierda. Alguna vez los vi, ya que los domingos acostumbraban bajar por aquí a pescar en las rocas de la costa. Cuando Alario pescó las fiebres que lo llevaron a la tumba, los albañiles aún estaban trabajando. Como ellos acordaron que parte de sus pagas sería el alojamiento y la comida, él los hacía dormir en la casa. Su esposa había muerto, y solo tenía un hijo llamado Ángelo, que era mucho más honesto que él mismo. Ángelo estaba por casarse con la hijo del hombre más rico del pueblo, y extrañamente, a pesar que el matrimonio había sido arreglado por sus padres, los jóvenes novios estaban enamorados el uno del otro.

De esta manera, sucedía que todo el pueblo amaba a Ángelo, y entre el resto había una salvaje y bonita criatura llamada Cristina, que parecía ser una gitana. Ella tenía labios muy rojos y ojos negros, y tenía el cuerpo de un galgo, y la lengua de un demonio. Pero para Ángelo ella no tenía la menor importancia. Él era poco más que un simplón, muy diferente del truhán que era su padre; y bajo las que yo denomino circunstancias normales, realmente creo que él jamás habría mirado a otra mujer excepto a la bonita y pequeña criatura, con la que tuvo que casarse por órdenes de su padre. Pero las cosas se dieron vuelta, tanto por causas normales o no naturales.

Había también un joven y apuesto pastor de las colinas sobre Maratea que estaba enamorado de Cristina, quien parecía vivir muy indiferente de éste joven. Cristina no tenía un medio de vida estable, pero ella era una buena chica y era capaz de hacer cualquier trabajo, en pos de tener un poco de pan o un plato de arvejas, y un techo bajo el cual poder dormir. Ella era muy feliz cuando tenía algún tipo de tarea cerca de la casa del padre de Ángelo. No habían médicos en el pueblo, y cuando los vecinos supieron que el viejo Alario estaba muy enfermo, Cristina fue enviada a Scalea para traer a un doctor. Esto fue casi al anochecer, y si ellos esperaron tanto fue porque el enfermo se negaba a permitir cualquier tipo de extravagancia mientras él fuera capaz de hablar. Pero mientras Cristina estuvo fuera, algunas cosas marcharon muy mal. El abate fue llevado al lecho, y cuando hubo hecho lo que pudo, dio su opinión de que el viejo estaba muerto, lo anunció a los vecinos y dejó la casa.

Tu conoces a esta gente. Tienen un miedo físico a la muerte muy grande. Hasta que el cura habló, el salón estaba lleno de gente. Sus palabras salieron difícilmente de su boca. Cayó la noche. Todos se apuraron en llegar a sus casas, corriendo a través de la calle.

Ángelo, que como habíamos dicho, estaba fuera, Cristina aún no había vuelto, la sirvienta que había cuidado al viejo durante su enfermedad, habíase ido con el resto, y el cadáver quedó solitario bajo la parpadeante luz de la lámpara de aceite.

Cinco minutos después dos hombres miraron con cautela y se movieron sigilosamente por el dormitorio. Eran el albañil napolitano tuerto y su compañero siciliano. Ellos sabían que era lo que querían. En un breve momento habían encontrado debajo de la cama una pequeña pero fuerte cajita de metal, y al siguiente instante habían dejado la casa, al amparo de la oscuridad. Había sido un trabajo sencillo, ya que la casa de Alario era la última antes del desfiladero que desemboca en estas rocas, y los ladrones habían simplemente salido por la puerta trasera, y ya estaban amparados por las rocas, a excepción de la posibilidad de encontrarse con algún campesino retrasado, la cual era casi nula, ya que muy poca gente utilizaba esa ruta. Ellos llevaban una azada y una pala, y siguieron su camino sin ningún accidente.

Te estoy contando esta historia como debió haber ocurrido, ya que, por supuesto, no hay testigos de la parte que ahora viene. Los hombres llevaron la caja a través del desfiladero, intentando enterrarla hasta que fueran capaces de regresar con un bote y tomarla. Así que debían elegir el lugar adecuado para enterrarlo dado la posibilidad que parte del dinero estuviera en títulos o en papeles, así que había que procurar un lugar seco y resguardado. Sabían que el papel se pudriría si ellos se veían obligados a dejarlo por mucho tiempo, así que cavaron su foso aquí abajo, cerca de estos guijarros. Si, justamente donde hoy está el montículo.

Cristina no encontró al médico en Scalea, ya que había sido llamado desde un lugar más allá del valle, a mitad de camino de San Domenico. Si ella le hubiera encontrado, él habría tenido que acudir en mula por el camino superior, que es más uniforme, pero también más largo. Pero Cristina tomó el atajo a través de las rocas, que pasan cerca de cincuenta pies por sobre el montículo. Los hombres estaban cavando cuando ella pasó, y ella los escuchó trabajar. No se habría marchado sin descubrir el origen de estos ruidos, y ya que ella nunca había tenido miedo en su vida, pensó que a lo mejor eran los pescadores quienes algunas veces vienen de noche para conseguir alguna roca que usar de ancla o juntar algunos leños para prender una fogata. La noche estaba oscura y Cristina probablemente se acercó mucho a los dos hombres antes de que pudiera ver que estaban haciendo. Ella los vio, por supuesto, y ellos la vieron también, e instantáneamente comprendieron que la tenían en su poder. Había una sola cosa que hacer para estar seguros, y ellos la hicieron de inmediato. Golpearon a la chica en la cabeza, terminaron de cavar el foso lo más rápido que pudieron, y enterraron el arcón de metal junto a la chica. Ellos comprendieron de inmediato que su única posibilidad de quedar absueltos de toda sospecha era la de regresar de inmediato, y no había pasado media hora que se encontraban chismorreando con el hombre que estaba construyendo el ataúd de Alario. Él era un compadre de ellos, y también había estado trabajando en las reparaciones de la casa del viejo. Hasta donde yo pude ser capaz de elucubrar, las únicas personas que supuestamente sabían donde Alario guardaba su tesoro eran Ángelo y la sirvienta que había mencionado antes. Ángelo estaba ausente; y fue la mujer quien descubrió el robo.

Era fácil suponer que nadie más sabía donde estaba el dinero. El viejo guardaba su caja cerrada con llave, y él mismo guardaba la llave en un bolsillo de su chaqueta, y no permitía que la mujer entrara a limpiar, a no ser que él estuviera presente. El pueblo entero sabía que él tenía mucho dinero en algún sitio, y era probable que los albañiles hubieran descubierto el lugar husmeando a través de la ventana en su ausencia. Si el viejo no hubiera estado delirante hasta que perdió el conocimiento, él se hubiera agonizado aterrorizado de pensar en sus riquezas. La fiel sirvienta había olvidado la existencia del arcón por unos momentos, cuando se marchó asustada junto a los demás. Veinte minutos habían pasado hasta que ella regresó con las dos viejas que siempre eran llamadas cuando alguien moría y que preparaban al muerto para el funeral. Cuando volvió al lecho del viejo, hizo el ademán como si se hubiera caído algo para poder tener oportunidad de agacharse y mirar debajo de la cama. Pero la caja no estaba. Había sido en la tarde que la había visto, así que habría sido robada en el corto intervalo que ella abandonó la habitación.

No había carabineros en el pueblo, no había nada parecido a una oficina municipal, ya que no había municipalidad. Creo que nunca hubo tal cosa en el pueblo. Así fue como la vieja sirvienta que había vivido toda su vida en el pueblo, que jamás necesitó recurrir a la ayuda de ninguna autoridad civil, simplemente salió corriendo a través de la calle, en la oscuridad, gritando que habían robado la casa de su patrón muerto. Mucha gente se levantó a mirar que ocurría, pero al principio nadie pareció inclinado a ayudarla. La mayoría se murmuraban entre ellos que probablemente ella misma habría robado el dinero. El primer hombre en moverse fue el padre de la chica que se había casado con Ángelo; su opinión era que la caja habría sido robada por los dos albañiles que estaban alojados en la casa. Así que organizó una búsqueda por ellos, que comenzó naturalmente en la casa de Alario y finalizó en la carpintería , donde los ladrones fueron encontrados conversando con el carpintero, que estaba terminando el ataúd, a la luz de una lámpara de aceite. La partida de búsqueda los acusó del robo y iba a proceder a encerrarlos hasta tanto se pudieran traer a algunos carabineros desde Scalea. Los dos hombres se miraron entre sí por un momento, y de pronto, sin la más mínima dubitación, arrojaron la lámpara, volcaron el ataúd poniéndolo como barrera, y largaron a correr en la oscuridad. Luego de un breve instante, estaban siendo perseguidos.

Este es el fin de la primera parte de la historia. El tesoro había desaparecido, y no había pistas que suministraran algún dato sobre los ladrones. El viejo fue enterrado, y cuando Ángelo regresó, al final, tuvo que pedir prestado para pagar por el miserable funeral, y aún así tuvo alguna dificultad en hacerlo. No es necesario que cuente que habiendo perdido su herencia, también perdió a su novia. En esta parte del mundo, los matrimonios son hechos sobre estrictos principios de negocios, y si el dinero prometido no estaba al día pactado, la novia o el novio cuyos padres habían fracasado en tenerlo, podían dar marcha atrás y cancelar todo. El pobre Ángelo sabía todo esto muy bien. Su padre no había poseído mucha tierra, y solo tenía el dinero que había traído de Sud América, el cuál ahora ya no estaba. Solo tenía deudas por los materiales de construcción utilizados en la refacción de la casa. Estaba arruinado, y la bonita y pequeña criatura que iba a ser suya, le dio vuelta la cara en la más elegante forma. En tanto Cristina, que habían pasado varios días de su desaparición, ya nadie recordaba que había sido enviada al pueblo a buscar a un médico y jamás había regresado. Ella ya había desaparecido por varios días antes, cuando había conseguido un trabajo en una granja distante. Pero cuando no volvió a ser vista por mucho tiempo, la gente se comenzó a preguntar, hasta que se convencieron de la idea que ella había sido conspiradora junto a los albañiles y había escapado con ellos.

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Hice una pausa y limpié mis anteojos.

- Este tipo de cosas no pasan en ningún otro lado -observó Holger, llenando nuevamente su pipa-. Es maravilloso que un encanto natural tan bello como el que hay por aquí, esté tan cerca del asesinato y la muerte súbita. Acciones que serían simplemente brutales y desagradables en cualquier otro lado, se vuelven dramáticas y misteriosas a causa que estamos en Italia y que estamos viviendo en una genuina torre construída por Carlos V para protegerse de los piratas bárbaros.

- Hay algo de eso -admití. Holger es el hombre más romántico del mundo, pero siempre piensa que es necesario explicar todo.

- Supongo que ellos encontraron el cadáver de la infortunada chica junto con la caja.

- Parece que es de tú interés -respondí-, te lo diré junto con el final de la historia.

La luna estaba en lo más alto; el perfil de la Cosa sobre el montículo era ahora mucho más claro a mis ojos que antes.

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El pueblo, poco a poco, regresó a su vida normal, común y corriente. Nadie extrañó al viejo Alario, quien había estado mucho tiempo ausente por sus viajes a Sud América, y nunca se había convertido en una figura familiar en el lugar. Ángelo continuó viviendo en la casa a medio terminar, y a razón de que no tenía dinero, ya no podía tener a la vieja sirvienta, aunque ella, por cariño, venía de vez en cuando y le lavaba una camisa. Aparte de la casa, él había heredado un pequeño terrero a alguna distancia del pueblo. Él trató de cultivarlo, pero no puso corazón en el trabajo, ya que sabía que jamás podría pagar los impuestos del mismo, o de la casa, la cuál sería confiscada por el Gobierno, o bien embargada por el reclamo de la deuda de los materiales de construcción

Ángelo era muy desgraciado. Mientras su padre vivía y era rico, cada chica en el pueblo había estado enamorada de él; pero todo había cambiado ahora. Él se había sentido admirado y respetado, y era invitado a tomar vino por padres cuyas hijas estaban solteras. Ahora se cocinaba su miserable cena, y se sentía triste, melancólico y taciturno.

Al anochecer, cuando el trabajo diurno hubo terminado, en vez de ir a pasear en espacios abiertos, cerca de la iglesia, con los jóvenes amigos de su misma edad, él comenzaba a errar en lugares solitarios de las afueras del pueblo hasta que caía la oscuridad. Entonces regresaba a su casa y se iba a la cama para ahorrar el gasto de la luz. Pero en aquellas solitarias horas de penumbra empezaba a tener extraños sueños. Ya no estaba siempre solo, cuando se sentaba en el tronco de un árbol, donde el sendero cercano tornaba hacia el desfiladero, él estaba seguro que una mujer caminaba por sobre las rocas sin el menor sonido, como si sus pies estuviesen desnudos; y ella se quedaba bajo un grupo de castaños, solamente a una docena de yardas del sendero, y lo llamaba con señas, sin emitir la mínima palabra. A pesar que ella se mantenía en las sombras, él sabía que sus labios eran rojos, y cuando ella le sonrió, mostró dos pequeñas y claras hileras de dientes. Él la reconoció de inmediato, y supo que era Cristina, y que estaba muerta. Aún no experimentaba miedo; él solo se preguntaba si sería un sueño, ya que pensaba si hubiera estado despierto, seguro hubiera tenido miedo.

Aparte, la mujer muerta tenía labios rojos, y esto solo podía suceder en un sueño. Siempre que él pasaba cerca del desfiladero, al anochecer, ella siempre estaba cerca esperándolo, o faltaba muy poco para que aparezca, y él comenzó a pensar que ella se acercaría un poco cada día. Al principio él solo podía estar seguro de sus labios enrojecidos, pero con cada vez que la veía, estaba distinta, y el rostro pálido se le mostraba con unos ojos profundos y ávidos.

Fue que los ojos se volvieron tenues. Poco a poco él iba dándose cuenta que algún día el sueño no terminaría cuando volviera a su casa, sino que continuaría cuando fuera abajo, hacia el desfiladero, desde donde provenía la visión. Ella estaba cerca ahora cuando le hacía señas. Sus mejillas tenían la lividez de la muerte, y tenían la palidez de la inanición, con la furia y la sed no satisfecha de sus ojos que le devoraban. Ella le había hechizado, y al final estaba demasiado cerca suyo. Él no podía decir si su respiración era ígnea como el fuego o fría como el hielo; tampoco podía decir si sus rojos labios ardían o estaban helados; o si sus cinco dedos de su mano eran brasas o quemaban su piel como la escarcha; no podía distinguir si estaba dormido o despierto, ni tampoco si ella estaba viva o muerta. Pero él sabía que la amaba, ella solitaria de todas las criaturas, de esto o del otro mundo, y su hechizo cayó poderoso sobre él.

Cuando la luna subía a lo alto esa noche, la sombra de esta Cosa no estaba sola sobre el montículo.

Ángelo despertó en la fría mañana, empapado del rocío nocturno y asustado en carne, hueso y sangre propia. Abrió sus ojos hacia la clara luz y vio las estrellas que aún brillaban en el firmamento. Lentamente volvió su cabeza hacia el montículo, pero la otra cara no estaba allí. El miedo lo había paralizado súbitamente, un miedo inenarrable y desconocido; saltó y comenzó a correr hacia arriba para escalar el desfiladero, sin jamás volver a mirar para atrás, hasta tanto hubo alcanzado la puerta de su hogar en las afueras del pueblo. Ese día regresó a su trabajo, y las horas se arrastraron agotadoramente hasta que el sol cayó y se hundió en el mar, y grandes destellos sobre las colinas de Maratea se tornaron púrpuras contra el cielo teñido de gaviotas.

Ángelo cargó en su hombro el pesado azadón y dejó el campo. Se sentía menos cansado ahora que en la mañana cuando comenzó a trabajar, pero se prometió a sí mismo que iría a su casa sin detenerse en el acantilado, y comería la mejor cena que pudiera prepararse, y dormiría toda la noche como cualquier cristiano. No sería tentado de nuevo por la sombra con labios rojos y respiración gélida; no soñaría de nuevo esa pesadilla de terror y placer. Él estaba cerca del pueblo ahora; había pasado media hora desde que el sol se había puesto, y las campanas de la iglesia tronaron con pequeños y discordantes ecos alrededor de las rocas y barrancos para comunicar a toda la buena gente que el día se había cumplido. Ángelo aún permaneció un momento donde la ruta se bifurcaba, donde el izquierdo conducía al pueblo, y el derecho hacia el acantilado, donde un grupo de castaños se levantaba a la vera del sendero. Él se frenó un minuto, acomodando el sombrero sobre su cabeza y mirando fijamente hacia el mar, y sus labios se movieron mientras él silenciosamente recitaba una oración familiar. Sus labios se movían, pero las palabras que siguieron perdían su significado y se convertían en otras, y terminaban en un nombre que él pronunciaba en voz alta: ¡Cristina! Con el nombre, la tensión de su voluntad se relajó súbitamente, la realidad se evaporó y el sueño regresó de nuevo, y como un sonámbulo, bajó, bajó, por el sendero hacia la creciente oscuridad. Y a medida que ella se deslizaba por un lado, susurró extrañas y dulces cosas a su oído, que, si él hubiera estado en vigilia, hubiera sabido que no podría comprenderlas; pero en el estado actual, le parecieron las palabras más maravillosas que había escuchado en toda su vida. Y ella lo besó, pero no sobre su boca. Él sintió sus penetrantes besos bajo su garganta, y sabía que sus labios estaban rojos. Así que el salvaje sueño se aceleró hacia la oscuridad y las penumbras, a través de la pálida luz de luna, y toda la gloria de la noche estival. Pero amanecer se despertó medio muerto, sobre el montículo de allá abajo, recordando y no recordando, falto de sangre, aún extrañamente nostálgico de esos labios rojos. Entonces vino el pavor, el terrorífico pánico innombrable, el horror mortal que guardan los confines del mundo que no vemos, ni que conocemos al igual que las otras cosas, pero que podemos sentir a través de gélidos escalofríos en nuestros huesos y del toque de una fantasmal mano que es capaz de encanecer nuestro cabello. Una vez más Ángelo se levantó del montículo y corrió hacia el desfiladero, bajo las primeras luces del día. Pero sus pasos fueron más inseguros esta vez, y él se detuvo para recuperar el aliento; y cuando se acercó al salto de agua que se yergue a mitad de la colina, se arrodilló y remojó su cara y bebió como el nunca antes había bebido, por que tenía la sed de un hombre herido que había quedado toda la noche desangrándose a la intemperie.

Ella había regresado, y él no podía escapar, pero podría tenerla cada noche al crepúsculo, hasta que ella hubiera drenado la última gota de su sangre. Fue en vano que al final del día él tratara de tomar otro camino y fuera a casa por alguna senda que no lindara con el desfiladero. En vano se prometía cada mañana mientras tenía que trepar por su solitario camino rumbo al hogar. Era en vano, ya que cuando el sol ardiente se hundía en el mar, y el fresco de la noche regresaba, sus pies lo llevaban hacia el viejo camino, y ella le esperaba en las sombras, bajo los castaños; y entonces todo ocurría de nuevo y él volvía a sentir esos besos bajo su garganta mientras ella se movía y revoloteaba a lo largo del camino, enlazando su brazo alrededor suyo. Y a medida que su sangre decrecía, ella estaba más hambrienta y más sedienta cada noche, y cada día cuando él se despertaba en las primeras horas de la mañana, le resultaba más difícil el esfuerzo de trepar las rocas del desfiladero para llegar a su casa; y cuando él llegaba a su trabajo, sus pies y sus brazos se cansaban mucho más rápido del azadón. Él apenas hablaba con los demás, pero la gente decía que ser estaba "autoconsumiendo" por el amor de la chica que iba a desposar y que perdió junto con su herencia; y ellos se reían con tal pensamiento, ya que este no es un país muy romántico. Durante este tiempo, Antonio, el hombre que está aquí para vigilar la torre, regresó de visitar a su gente, cerca de Salerno. Él había estado fuera todo el tiempo, desde antes de la muerte de Alario, y no estaba enterado de todo esto. Él me ha contado que regresó una tarde, casi de noche, y subió a la torre para comer y dormir, ya que estaba muy cansado. Era pasada la medianoche cuando se despertó, y cuando miró que la luna estaba subiendo por la colina, vio hacia el montículo, y observó algo, y no pudo volver a dormir esa noche. Cuando regresó en la mañana, a pleno día, no había nada que ver sobre el montículo, solo piedras y arena. Luego marchó directo por la ruta al pueblo, y fue a la casa del viejo cura.

- He visto una cosa maléfica esta noche -dijo-, he visto como un muerte bebe la sangre de un vivo. Y la sangre es la vida.

- Dime que fue lo que viste -dijo el cura, como réplica.

Antonio le contó todo lo que había visto.

- Usted debe traer su libro y su agua bendita esta noche -añadió-. Estaré ahí antes del atardecer con usted, y si le place cenar conmigo mientras esperamos, estaré listo.

- Iré -respondió el sacerdote-, por lo que he leído en los viejos libros estos extraños seres no están ni vivos ni muertos, descansan en sus tumbas durante el día, y roban la sangre y la vida de los vivos durante la noche.

Antonio no podía leer, pero estuvo feliz de que el cura pudiera comprender todo aquello. Por supuestos estos libros instruían la manera de terminar la existencia de la Cosa no muerta para siempre.

Así que Antonio regresó a su trabajo, que consistía en sentarse en el lado sombrío de la torre, o bien colgarse con una línea de pesca de alguna roca junto al mar. Pero aquel día él marchó dos veces a revisar el montículo, a pleno sol, y estuvo revisando los alrededores, en busca de algún hueco en el que este ser pudiera refugiarse; pero no halló nada. Cuando el sol comenzó a extinguirse y el aire refrescó en las sombras, él fue a llamar al viejo cura, llevando consigo una canasta; en la que pusieron una botella de agua bendita, y todo aquello que el cura pudiera necesitar para su tarea; y ellos bajaron y esperaron en la puerta de la torre, hasta fuera de noche. Pero mientras las últimas luces del día aún se retardaban en desaparecer vieron que algo se movía, justo allá, dos figuras, un hombre que caminaba y una mujer que revoloteaba a su alrededor, mientras su cabeza permanecía sobre los hombros de él, besándole el cuello. El sacerdote, según me contó, también, mientras le castañeteaban los dientes, asió fuertemente del brazo a Antonio. La visión pasaba y desaparecía entre las sombras. Entonces Antonio tomó un envase de licor fuerte, que él guardaba para ocasiones especiales, y se bebió un trago de esos que hacen que un hombre mayor se sienta de nuevo joven, y luego tomó su linterna, y también su pico y pala, y dio al sacerdote su estola y el agua bendita, acto seguido comenzaron a caminar hacia el punto donde habían visto la aparición. Antonio dijo que sus propias rodillas se chocaban entre sí al caminar y el cura se tropezaba en su propio latín. Cuando ellos estaban a un par de yardas del montículo la parpadeante luz de la linterna se movió sobre el rostro pálido de Ángelo, inconsciente, como si estuviera dormido, y sobre su respingado cuello había una muy delgada línea de gotas de sangre que era vertida sobre su cuello; y la luz de la linterna también iluminó sobre otra cara que miraba desde esta fiesta, con dos profundos ojos muertos que veían como a través de la muerte, con labios rojizos como la vida misma, con dos relucientes dientes sobre los que brillaba una gota sonrosada. El cura, viejo buen hombre, cerró sus ojos y exhibió su agua bendita ante él, y su voz rota se tradujo en un grito; y Antonio, quien no se acobardó después de todo, levantó su pico con una mano, teniendo la linterna en la otra, y le saltó encima, sin saber como terminaría; y entonces juró que escuchó el grito de una mujer, y la Cosa se había ido. Ángelo quedó inconsciente sobre el montículo, con la línea roja sobre su cuello, y las gotas de su mortal sudor en su frente. Ellos lo alzaron en brazos, medio muerto como estaba, y lo dejaron cerca de donde estaban; luego Antonio comenzó a trabajar, y el cura ayudó, aunque él era viejo y no podía hacer mucho. Así que cavaron profundo, y a lo último Antonio, estando sobre la tumba, se paró y alumbró con su linterna para mirar lo que podían ver.

Su cabello, que solía ser castaño oscuro, con algunas canas cerca de las sienes, en menos de un mes quedó totalmente gris como un tejón. Él había sido minero cuando joven, y la mayoría de esta gente jamás llegaron a ver algo como lo que él vio esta noche: esta Cosa que permanecería ni sobre ni debajo de la tumba. Antonio había llevado algo con él que el cura no había advertido. Él se había hecho esa misma tarde una afilada estaca tallada de vieja madera de barco, que ahora llevaba con él, además de su pico, cuando bajó a la tumba, alumbrando con su linterna. No puedo imaginar ningún poder sobre la Tierra que pueda traducir en palabras lo que ocurrió entonces, y el viejo cura se asustó al mirar. Él dice que escuchó a Antonio que respiraba como una bestia salvaje, y moviéndose como si estuviera luchando con algo tan fuerte como sí mismo; y también escuchó un maléfico sonido, como si algo hubiera perforado violentamente carne y hueso; el más horroroso sonido de todos, el alarido de una mujer, el sobrenatural aullido de una mujer ni viva ni muerta, pero enterrada en lo profundo durante muchos días. Y él, el pobre viejo cura, pudo únicamente caer y arrodillarse en la arena, vociferando sus oraciones y exorcismos en voz alta para ahogar esos sonidos desgarradores. Entonces, súbitamente, un pequeño arcón de metal cayó cerca de donde estaba arrodillado, siendo iluminado por la luz de la linterna, y al siguiente momento Antonio estaba detrás de él, con su cara tan pálida como sebo, empujando la arena y grava dentro de la tumba, con furia, y mirando por sobre el borde hasta que el foso estuvo medio lleno; y el cura dijo que había mucha más sangre fresca en las manos de Antonio y en sus ropas.

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Aquí es donde termina mi historia. Holger terminó su vino y se reclinó en su silla.

- Entonces Ángelo tuvo lo suyo de nuevo -dijo-, ¿se casó con la chica que estaba prometida?

- No, él quedó aterrorizado, y se fue a Sud América, y no volví a tener noticias desde entonces.

- Y este pobre cadáver está aún allí, supongo -dijo Holger-. ¿Sigue muerto aún?, me pregunto.

Me lo pregunto también, pero si está muerto o vivo, debo tener cuidado de verlo, aún a plena luz del día. Antonio está canoso como un tejón, y él nunca ha sido el mismo desde aquella noche.