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La satanista - Mary Crawford Fraser

 El mensaje que Léonie recibió de Yolanda no era muy explícito, pero algo en el tono le produjo un escalofrío mientras se dirigía apresuradamente a casa de su amiga. Nada más entrar, esta la llevó de inmediato a la sala de estar, cerró la puerta y la sentó de un empujón en el sofá.

—No me tomes por loca, Léonie —empezó a decir Yolanda con gran energía—, pero ha llegado el momento de que responda a toda la confianza que me has brindado con tu sincera amistad. Y voy a hacerlo ahora mismo. Ahora mismo… —repitió, dándose la vuelta y acercándose a una alta lámpara de pie—. ¿Puedes venir aquí, por favor? Quiero que me desabroches el corpiño. No te asustes, pero haz lo que te pido.

Léonie se levantó y la siguió, como sumida en un trance, con esa pasividad impuesta por la extraña ineluctabilidad de la acción y petición de su amiga.

—Yolanda, querida, ¿es absolutamente necesario? —fue lo único que preguntó—. En ese caso, lo haré.

Solo una vez, cuando la blusa de seda se abrió y mostró un poco de ropa interior blanca, titubeó Léonie, presa de una terrible desazón que le obligó a apartar la mirada.

—Yolanda, ¿estás segura? —le preguntó en tono de súplica—. Puede haber cosas que… que tal vez lamentes después.

—No… —respondió su amiga, con tan firme determinación que a Léonie no le quedó más remedio que ceder. La nuca de la muchacha, curvada con indómita docilidad, como si esperase un golpe mortal, así como sus dos manos, con las que se sujetaba la falda por ambos lados con furiosa resolución, expresaban una orden que no podía ser desobedecida—. Vamos, Léonie. No lo hagas más difícil de lo que ya es.

Léonie obedeció. Aflojó los bordes del cambray bordado y los separó, dejando al descubierto la piel blanca como la leche de debajo de los omóplatos; y entonces, sobrecogida por otra cosa que había revelado el movimiento de sus dedos, se inclinó hacia delante bajo la luz de la lámpara y soltó un grito de horror.

—Ah, ¿ya lo has visto? —dijo Yolanda con un suspiro, relajando su cuerpo—. Entonces vuelve a taparlo, por favor. Ahora ya puedo contarte lo que espero no tener que contarle nunca a nadie más; excepto a un sacerdote, algún día, cuando haya disfrutado de mi ración de felicidad en este mundo y esté cansada del amor… suponiendo que eso pueda llegar a suceder. Vamos, Léonie, dime, ¿todavía te extraña que sea tan celosa de mi feminidad que prefiera reservarle mi vida al amor y la confianza de un hombre antes que perderla, quizá, y su amor con ella, para conseguir mi salvación?

Léonie, demasiado repugnada y perpleja por lo que había visto para elaborar siquiera una frase completa, solo acertó a decir unas pocas palabras inconexas con las que quiso expresarle una tierna compasión, mientras volvía a abrochar las delicadas prendas para ocultar lo que había herido tan hondamente su imaginación.

—Oh, mi pobre niña, ¡mi pobre niña! —tartamudeó, mientras las lágrimas la cegaban de tal modo que apenas veía nada—. Mi pobre Yolanda, ¿quién te ha podido hacer una maldad así?

Cuando acabó de abrochársela de nuevo, besó la blusa, movida por un acceso de ternura, como si quisiera restañar así la herida que ocultaba.

Yolanda se dio la vuelta entonces, soltó la cola de su vestido, que se había enrollado en las muñecas, y alzó la vista con una deslumbrante sonrisa, como un alma que se hubiera librado de los grilletes de la fatiga y el dolor físico.

—No sufras, mi dulce Léonie; el dolor ha desaparecido ya —dijo—. Nunca volverá a torturarme ni a avergonzarme. Volvamos al sofá y te contaré lo que no te he contado nunca: cómo he llegado a ser lo que soy. No creo que me lleve mucho tiempo.

Con la barbilla apoyada en las manos, y los codos descansando en sus rodillas cruzadas, Yolanda miraba fijamente el fuego en busca de fragmentos esparcidos de su memoria para unirlos de nuevo antes de dar comienzo a su historia. Al cabo de un momento, sin cambiar de posición, dijo:

—Ahora que lo pienso, Léonie, esta es la primera vez que te hablo de mi vida antes de conocerte. De eso hace cinco años. ¿Por qué nunca me has preguntado nada sobre mí?

—Y ¿qué derecho tenía, Yolanda? Tú estuviste dispuesta a aceptarme sin condiciones, ¿cómo podía yo hacer otra cosa? Me sentí atraída por ti desde el principio; la noche en que fuimos las dos únicas personas en abandonar la reunión de la logia romana antes de… antes de la inconcebible parte del ceremonial. Supe al instante que estabas allí por lo mismo que yo, por miedo a ellos, y lo lamenté por ti. Ni siquiera sabía tu nombre, ¿te acuerdas?, y yo te dije el mío cuando salíamos de allí juntas. Nunca me preguntaste por qué me había unido a ellos, y a mí nunca se me ocurrió preguntártelo a ti. Las dos sufríamos porque nos despreciábamos y nos avergonzábamos de nosotras mismas, y con eso me bastaba.

Yolanda le puso una mano en la rodilla como si tocase algo sagrado, con suavidad, prolongando la caricia unos segundos.

—Gracias por todo lo que has significado para mí desde entonces —continuó—. Y gracias por no preguntarme nunca por qué estaba donde me encontraste la primera vez, Léonie. Pero ahora, como te decía, ha llegado el momento de contártelo. Si es posible, me gustaría que pensaras en mí con un poco de compasión, aun cuando parezca que solo merezco repulsa. ¡Bien sabe Dios que daría cualquier cosa por reconciliarme con Él!…

»Pues bien, todo comenzó el día que nací —prosiguió—. Se esperaba que fuera un niño, ya sabes, pero no era más que una niña. Así que lo tuve todo en contra desde el principio. Y el hecho de no tener ni hermanos ni hermanas no mejoró en absoluto las cosas.

»A veces pienso que, en ciertos casos, si los niños pudieran ser apartados por completo de sus padres y educados por otras personas que no esperasen obtener provecho alguno de ellos, hasta que fueran lo suficientemente mayores para disponer de su propia armadura moral, sería mejor para todas las partes, tanto para los padres como para los hijos.

»No llegaste a conocer a mi madre, porque yo no quise. Me daba miedo que pudiera enseñarte incluso a ti, en aquellos últimos años de su vida, a mirarme como si yo fuera algo que no conviniera tocar sin guantes.

—¡Yolanda! ¿Tu propia madre? Pero…

—Intenta no interrumpirme si puedes evitarlo, Léonie… aunque lo que vas a escuchar bastará para obligarte a guardar silencio. Quiero ser lo más justa posible al hablar de mi madre. Le causé una herida, y no estaba en su naturaleza perdonar heridas. Era una mujer desgraciada, además, en muchos sentidos. No practicaba religión alguna, y la sola mención de otra vida bastaba para que montase en cólera, porque implicaba la idea de la muerte y… y de la claudicación ante una providencia con la que nunca estuvo dispuesta a reconciliarse, en venganza por la crueldad con que, a su modo de ver, la había tratado. Nunca he conocido a nadie a quien la idea de morir le suscitase tanto odio y tan horrible amargura; era una monomanía, una obsesión.

»He hablado de una herida que le había causado. Es fácil de entender. En primer lugar, como te he dicho, que yo fuera una niña en vez de un niño le supuso una amarga decepción, porque ya se había hecho a la idea de tener un hijo que cosechase los beneficios de la carrera política de mi padre; y, en segundo lugar, a raíz de mi nacimiento perdió la salud y la belleza. Hasta entonces había sido una de las mujeres más hermosas de su época; cuando su fortaleza y su belleza la abandonaron, no le quedó nada, tal y como lo veía ella, por lo que vivir. Me atrevo a decir que, de tanto mortificarse dándole vueltas a esta pérdida, con el paso del tiempo su cabeza acabó profundamente afectada. En cualquier caso, así prefiero pensarlo ahora, en favor del recuerdo que guardo de ella. Se sentía demasiado infeliz, humillada y amargada para conservar la cordura.

»Ojalá hubiera sido capaz de juzgarla con tanta benevolencia cuando aún estaba viva.

»Jamás me hablaba con amabilidad si podía evitarlo. Tenía que guardar las apariencias en público, por supuesto, pero no me besó ni una sola vez, ni entró nunca en mi dormitorio, cuando aún era una niña pequeña, para darme las buenas noches. Pero si alguna vez tengo la oportunidad de darle las buenas noches a un hijo mío…

Hizo una pausa antes de continuar.

—Cuando yo tenía unos doce años, y ella se dio cuenta de que iba a ser una joven atractiva, las cosas se volvieron tan monstruosas que la gente empezó a percatarse, hasta que finalmente mi padre me mandó un par de años a un colegio de monjas en el sur, en Milán. Creo que tenía miedo de que ella me hiciese algo y se armase un escándalo. En cualquier caso, me tuvo alejada de casa todo el tiempo que le permitió la decencia. Ni siquiera me dejó volver a pasar las vacaciones hasta que pensó, supongo, que había tenido tiempo de superar su desagrado por mí; si bien es cierto que hacía el esfuerzo de viajar él solo a Milán dos veces al año para llevarme a pasar un mes o seis semanas a Candenabia o Mentone. Siempre fue amable conmigo. Cuando yo ya me había convertido en una muchacha atractiva, presumía de hija delante de cualquier amigo que se encontraba en los hoteles. Ellos me hacían los cumplidos más tontos para complacerle (no todos de buen gusto, por cierto), pero yo los agradecía igual.

»Antes de ir al colegio, la religión no había significado para mí, en ningún sentido, lo que significa para la mayoría de los niños: una especie de guardería o cuarto de juegos espiritual. No era más que media hora en la iglesia una vez a la semana (papá siempre insistía en que fuera, a pesar de que a él no lo veían por allí ni en pintura) y cuatro o cinco minutos arrodillada a solas todas las mañanas, rezándole a no sabía muy bien qué. No tenía a nadie que me estimulase, como a otros niños, para mirar las cosas desde una perspectiva religiosa; nadie que me escuchase rezar mis oraciones y me hablase de Dios y del ángel de la guarda.

»Las monjas de Milán hicieron cuanto estaba en su mano para interesarme por las cosas que significaban tanto para ellas. Pero era demasiado tarde para influirme con sus métodos; no encontraron cimientos sobre los que levantar nada, aunque, insisto, hicieron lo que pudieron. Me confirmaron y se encargaron de que recibiese mi primera comunión como es debido; después, no pudieron más que tratarme como a las otras niñas, protegiéndome de cualquier daño mientras estuviese a su cuidado. Lo único que me aportó mi estancia allí, aparte de una educación muy esmerada, fue la acendrada convicción de que Dios intervenía en los asuntos cotidianos. No se trataba ni mucho menos de amor a Dios, pues en mí no había sitio para el amor (en todo caso para la admiración); era solo eso: una convicción inquietante y pertinaz, más rebelde que dócil. Seguro que entiendes que yo pensara que las monjas se lo tomaban todo demasiado en serio, mientras que oía a papá hablar con sus amigos sobre lo que él llamaba “la lamentable estrechez de miras y la falta de generosidad del actual sistema de la Iglesia”. Yo veía que era un gran hombre, un personaje importante, y que ellas, en cambio, eran solo mujeres sin su conocimiento del mundo ni su energía ni su inteligencia.

»Después de volver con él a casa, lo cierto es que las cosas fueron al principio un poco mejor de como habían sido antes. Tenía la impresión, y yo por entonces era lo suficientemente perspicaz para darme cuenta de esas cosas, de que mi madre me tenía bastante miedo (aunque me equivocaba en una cosa: a quien le tenía miedo era a papá), y no me pasaba desapercibido que se esforzaba mucho, cuando estábamos los tres juntos, por hacerle creer que sus sentimientos por mí habían cambiado. Pero yo ponía buen cuidado en no quedarme a solas con ella. No me cabía la menor duda de que su desagrado era muy superior a sus fuerzas, y de que, si se presentaba la oportunidad, se adueñaría de ella. Fue entonces cuando empecé a odiarla de veras: a odiar su maldad, la fealdad subyacente en todo lo que me decía y me hacía siempre que papá tenía un ojo puesto en nosotras dos.

»Durante esas primeras semanas, observé mis deberes religiosos de forma un tanto mecánica, pero me molestaba que interfirieran de modo intolerable con mi odio a mi madre. Recuerdo que una noche, cuando llegué a lo de “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos…”, etc., sencillamente no fui capaz de decirlo. No pude continuar. Tuve que ponerme de pie y quedarme allí plantada, enfurecida por la injusticia de aquella petición. “No tienes derecho a pedirme eso; yo no soy quien la ha ofendido. ¿Por qué tengo que mentir? No lo haré, ¡no lo haré! ¿Por qué Te pones de su parte? ¿Qué daño os he hecho nunca a Ti o a ella?”.

La nota de resentimiento que se apreciaba en su tono, incluso ahora, mientras revivía de nuevo aquel espantoso momento a través de sus nítidos recuerdos, era más de lo que Léonie podía soportar sin conmoverse.

—¡Yolanda, no! —gritó—. Fue hace mucho tiempo… Y ¡tú no eras más que una niña! No desentierres el pasado. ¡Piensa en lo que tienes que decirme y continúa!

—Tienes razón, Léonie —replicó la voz mágica—. El pasado descansará relativamente en paz en su tumba a partir de esta noche. Pero por esta vez debes permitirte mirarlo. Desde ese día hasta hace cuatro años, cuando nos dejó mi madre, no recé ni una sola vez. Como he dicho, no era capaz. Desde entonces, he rezado, por ella y por mí; no muy a menudo, me temo, ni de la forma más ortodoxa, pero he rezado pese a todo. Y sabes que nunca he sido capaz de perder mi fe.

»Después de aquella noche, fue como si mis palabras hubieran desatado los poderes oscuros en la casa. No pasaba ni un solo día, ni una sola hora, sin que tuviera la impresión de que el espíritu del odio estaba a punto de escapar al control de mi madre; incluso el aire, denso y viciado, parecía anunciarlo, y por las noches nunca me acostaba sin pasar el pestillo de mi habitación. Supe así lo que era el miedo. Pero ese miedo solo sirvió para fortalecer mi obstinación contra la sumisión y el perdón; contra pedir perdón y misericordia para conseguir la victoria sobre mí misma. Fue entonces cuando empecé (de forma inconsciente, pues ni siquiera había oído hablar de esas cosas) a deambular por la frontera del territorio que ellos tienen bajo su dominio.

»He de decirte que fue por aquellos días cuando a una doncella, Rosina Delré, se le encargó la tarea de cuidar de mí y de mi ropa.

—¡Esa criatura! —estalló Léonie.

—Bueno, ahora ya está muerta, así que intentemos no pensar en ella con demasiada severidad; además, estaba sinceramente arrepentida al final. Hasta entonces yo apenas la había visto unas pocas veces. Era muy rápida y discreta haciendo lo que tenía que hacer; pero la sorprendí una o dos veces mirándome como si quisiera decirme algo pero no estuviera segura de cómo me lo tomaría. Tenía la impresión de que sentía pena por mí, y estuve tentada de tomarla como confidente y aliada (la soledad empezaba a hacérseme insoportable), pero no me decidía, y tuve la boca cerrada hasta que, por fin, las circunstancias me empujaron a contárselo todo.

Hizo otra pausa, con el fin de cerciorarse de su propio valor antes de continuar.

—Una mañana, hacia el final de aquel verano, yo estaba en el jardín con papá cuando llegó un telegrama para él en el que se le informaba de que debía marcharse de inmediato a Monza.

»Se habían producido allí grandes inundaciones, y se requería su ayuda para coordinar las medidas de socorro. Los ríos se habían desbordado por las lluvias torrenciales, a pesar de que en casa llevábamos semanas sin ver una gota de lluvia y el calor era asfixiante.

»Cogió el primer tren después del mediodía, y yo me quedé sola con mi madre y los criados; ¡puedes hacerte una idea de cómo me sentía ante semejante perspectiva!

»Cómo mi madre y yo fuimos capaces de sobrevivir a la comida es algo que no puedo explicarte. Fue como comer con un gato grande y artero; sus ojos, aunque nunca me miraban directamente, tampoco llegaban a perderme de vista. Parecía que estaba continuamente midiendo su fuerza y la mía. Sin embargo, solo habló una vez, para decirle al mayordomo que esa tarde no estaría disponible para nadie.

»Cuando estábamos terminando de comer, la ira y la expectación que sentía eran tales que habría sido capaz de pegarle. Recuerdo perfectamente lo mucho que deseaba que ella hiciera o dijera algo que me provocase y me hiciera perder el control. Pero se limitaba a seguir comiendo y bebiendo del mismo modo deliberado y cruel; apenas comía, pero bebía sin parar… hasta que algo que apenas parecía humano me miró a través de sus ojos.

»Supe que el momento que tanto había temido aquellas tres semanas, pero que para entonces esperaba ya con impaciencia, estaba muy cerca.

»Después de comer, mi madre salió del comedor y fue al estudio, al otro lado del vestíbulo; mi intención era dejarla allí sola y subir a mi habitación, pero se dio la vuelta y me detuvo.

»“¿Dónde vas?”, me preguntó. Nos habíamos quedado solas, y la puerta del comedor estaba cerrada. “A mi cuarto”, le dije. Me percaté de que me temblaba la voz por la ira y los nervios, y vi que ella también se había dado cuenta, y que había estado esperando algo así, porque tragó saliva un par de veces y rompió a reír con una especie de regocijo ante mi aire indefenso.

»Al verla reír, todo empezó a darme vueltas en medio de una neblina rojiza. No pude hacer otra cosa que agarrarme a la barandilla de la escalera hasta que me recuperé del mareo, y me di cuenta de que me estaba ordenando que hiciera algo.

»“¿Me has oído?”, preguntó, con una voz que era apenas un susurro, y, cuando negué con la cabeza, me cogió por los hombros y me condujo hasta la puerta del estudio. Estaba tan aturdida, tan poco preparada para aquel odio terrible que se me había echado encima, que la dejé hacer lo que quiso; apenas podía tenerme en pie, cuánto menos reunir valor para plantarle cara.

»Abrió de golpe la puerta del estudio y se separó de mí de forma tan repentina que, al intentar recuperarme, tropecé y caí hacia delante contra el gran escritorio de papá, que ocupaba el centro de la estancia. Me di con la cabeza en la esquina de la mesa, y el golpe me dejó un poco atontada… O eso creo, al menos, pues solo guardo un recuerdo muy vago de lo que ocurrió a continuación.

»Debí de pasarme varios minutos tirada en el suelo, hasta que empecé a preguntarme tontamente qué hacía tumbada ni más ni menos que en la moqueta del estudio, con la blusa subida hasta las muñecas a plena luz del día. Al principio pensé que debía de tratarse de una pesadilla y decidí despertarme, así que intenté ponerme de pie, pero me vi empujada de nuevo contra el suelo y oí la voz de mi madre repitiendo una y otra vez: “¡Vas a gritar! ¡Vas a gritar!”. Fue entonces cuando me acordé de todo, y (Léonie, intenta ponerte en mi lugar) me mordí la mano para evitar satisfacerla. Empezaba a recobrar los sentidos… pero no voy a hablar de eso. Lo has visto con tus propios ojos. Sigo sin saber con certeza lo que utilizó. Sospecho que fue algo de metal; hasta entonces ella había llevado siempre una chateleine con una larga cadena, que no he vuelto a ver desde entonces. Al fin conseguí levantarme, pero ella estaba demasiado agotada para hacer otra cosa que no fuera derrumbarse en la silla más cercana, riéndose y cantando como una loca.

»La dejé allí; y yo, tal como iba, salí al vestíbulo y subí a mi dormitorio. Dio la casualidad de que no me encontré con ningún criado, pero no creo que me hubiera preocupado si así hubiera sido. En mi cabeza solo había sitio para una idea, la de que, en adelante, me atrevería a pensar sin la sensación de que iba a perder la cabeza si lo hacía. Ten en cuenta que acababa de cumplir catorce años; no era más que una niña por edad, pero mi corazón y mi determinación eran de mujer, y no precisamente de una bondadosa.

»Cuando entré en mi habitación, vi a alguien inclinado sobre la cómoda, guardando ropa de cama. Era Rosina. Sin pensarlo un segundo, me arrojé a sus brazos y me aferré a ella, hundiendo mi cara en su hombro, para que no pudiera ver que estaba a punto de ceder al dolor y estallar en llanto. No dijo nada; se limitó a dejar que la abrazase, sin intentar inmiscuirse en mis esfuerzos por respirar (pues algo parecía estar asfixiándome) hasta que, cuando empecé a decirle lo que había ocurrido, me hizo sentarme en la cama y cerró la puerta con pestillo.

»Aun sabiendo lo malvada que ha sido, Léonie, nunca olvidaré lo que hizo por mí; si hubiera sido su propia hija, no podría haberme tratado con más ternura; durante todo el tiempo que estuvo bañándome y vistiéndome, no dejó de intentar consolarme, cubriéndome de apelativos cariñosos y de lágrimas.

»No tardé en contarle toda la desgraciada historia. Cuando llegué a los sucesos de las últimas tres semanas, y a cómo me había resultado imposible rezar mis oraciones, Rosina pareció de pronto embargada por el entusiasmo, por así decirlo (no sé de qué otra forma llamarlo), y empezó a besarme como si sintiera un gran alivio.

»—Sé lo que sientes —dijo—. Pero no estás sola. ¿Crees que eres la única que ha comprendido la injusticia y la crueldad de la vida? Ya lo creo que no; hay miles como nosotros, un ejército. Te unirás a nosotros y te consolaremos. Como a todos los demás, también a ti te han atiborrado de mentiras, las viejas mentiras de los sacerdotes, que no soportan que alguien se libere de ellos y de su Dios, su Jehová. ¿Te gustaría ser feliz, ser libre, libre para amar y para odiar? ¿Ser capaz de reírte de la tiranía de eso que llaman religión, para ser lo que la naturaleza quería que fueras, fiel únicamente a sus leyes y a ti misma?

»Tuve la impresión de que decía aquello como si lo hubiera memorizado de un libro, lo que otorgaba a sus palabras un peso y una autoridad de las que habrían carecido si hubieran salido simplemente de una campesina inculta como ella. Como bien sabes, acerté de pleno.

»—Sí —dije, tan entusiasmada como ella—. Eso es lo que quiero: libertad para ser yo misma y hacer lo que me plazca. Pero ¿cómo se consigue eso? No soy más que una chiquilla, y tengo que hacer lo que me dicen; ir a la iglesia y fingir que me gusta.

»Como es lógico, me resulta imposible acordarme, palabra por palabra, de lo que pasó exactamente entre nosotras. Pero intentaré reconstruirlo lo mejor que pueda.

»—Es verdad —respondió—, tienes que fingir, pero, al fin y al cabo, es lo que hacemos la mayoría. Es inevitable. Debes aceptarlo como parte de tu venganza contra todo lo que te ha engañado y hecho daño: los sacerdotes y su Dios, quienes te han obligado, intentando obtener de ti, por medio de la fuerza y el engaño, una adoración contra la que se subleva todo tu ser. Pero, si prometes guardar el secreto, te enseñaré a derrotarlos.

»Le prometí hacer todo lo que me dijera, y continuó:

»—En primer lugar, ¿crees en Lucifer, el arcángel que prefirió renunciar al Cielo que a su orgullo?

»—Sí —dije—, supongo que sí.

»Entonces me expuso el plan muy hábilmente, siempre con artera elocuencia, como si repitiese una lección aprendida; el plan elaborado por ellos y su credo del triunfo final de Lucifer sobre Dios, así como su explicación de por qué Lucifer era todopoderoso y estaba siempre dispuesto a recompensar a sus servidores, no con las promesas de placeres indeterminados del Cielo cristiano, sino con bienes tangibles de este mundo.

»—Los propios sacerdotes —dijo— lo reconocen en su Biblia, donde cuentan cómo Lucifer cogió a su Cristo “y lo condujo a la cima de una alta montaña, y le mostró todos los reinos del mundo en un instante; y le dijo: Te daré el poder y la gloria de todos ellos; pues a mí me han sido entregados, y a quien yo quiera se los daré. Así pues, si te postras ante mí, todo será tuyo”.

—Ah, ¡cuántas veces he oído hablar de ellos! —exclamó Léonie—. ¡La vieja historia… sin el contexto!

—Sí, ahora sabemos cómo hay que leerlo en verdad; pero entonces era distinto. Me quedé atónita ante aquel mar de posibilidades que desplegó ante mí. No obstante, algo en mi interior pareció resistirse durante un tiempo a aprovecharlas y disfrutar de ellas; pero, finalmente, la resistencia fue quebrándose poco a poco. Cuando Rosina me vio titubear, se marchó un segundo y volvió con un libro, una copia de los poemas de Carducci. Lo abrió y me mostró aquel himno espantoso; supongo que lo conoces:

Salute, O Satana, O Ribellione,

O Forza vindice della Ragione,

Sacri à te salgano gl’incensi e i voti,

Hai vinto il Geova de i Sacerdoti!

—Sí, lo conozco —dijo Léonie—. ¡Pobrecilla Yolanda! ¿Cómo no ibas a caer?

—Yo había conocido a Carducci cuando estaba con papá, y le había oído hablar de la «humanidad» y del «progreso» y de la «hermandad universal del hombre». Había oído a papá mostrarse de acuerdo con él, y aquel recuerdo puso en cierto modo un sello de autoridad en los versos abominables de Carducci, dotándolos de un poder que no habrían tenido de otra forma.

»Los leí una y otra vez. Aunque no podía evitar sentirme horrorizada por su blasfemia, me daba cuenta de que mis únicas opciones eran suscribirla o recoger otra vez mi carga de donde la había dejado; mi carga de lealtad al cristianismo. Como seguía dudando, Rosina fingió enfadarse conmigo y me arrebató el libro de las manos.

»—Si tienes miedo de los sacerdotes, vuelve con ellos —dijo—. Si eres tan cobarde como para dejarte castigar como un animal, no es asunto mío. ¡Siento haberte ofrecido ayuda!

»Y así, se marchó y me dejó a solas con mis pensamientos.

»Pasaron las horas, y nadie vino a verme. No se oía nada, excepto algún que otro trueno a través de las ventanas abiertas de la habitación (la misma que sigo utilizando en casa, y que da a los jardines). Conforme pasaba el tiempo, fue oscureciendo hasta que apenas pude distinguir el tocador entre las ventanas. Te doy estos detalles para que entiendas lo que estaba pasando allí sola; la penumbra y la soledad que me rodeaban eran exactamente las mismas que llevaba dentro de mí.

»Cuanto más oscurecía a mi alrededor, más oscuros eran mis pensamientos, hasta que el último atisbo de luz pareció abandonarlos. Mientras esto ocurría, y yo me decía que nada me privaría de mi odio, y que preferiría perder mi alma que perdonar a mi madre por lo que me había hecho, la habitación se iluminó de pronto por una luz que bailaba y se movía entre la cama y la ventana, para a continuación desaparecer, dejándolo todo más oscuro que antes.

»No eran más que relámpagos, por supuesto, pero para mí fue como si mi elección se hubiera anotado y registrado sin posibilidad de vuelta atrás. Pero, aunque estaba convencida, la idea no tuvo efecto en mí, si no fue para endurecer mi determinación de no permitir que nada me privase de mi odio. Estaba demasiado orgullosa de él incluso para levantarme y cerrar la ventana contra la tormenta que empezaba a colarse rugiendo en mi interior. Además, no había día que no me despertase con la impresión de que mi cuerpo estaba ardiendo.

»No pasó mucho tiempo antes de oír cómo se abría la puerta de nuevo. Rosina había vuelto, y me traía algo de comida.

»—Aquí tienes, para que comas algo —dijo—. Debes de tener hambre. Cerraré las ventanas y encenderé las velas. ¿Quieres que hablemos mientras cenas? Tu madre no nos molestará; ya me he encargado de eso. Tiene demasiado miedo a que tu padre llegue a enterarse para hacer nada más.

»Pero lo único que yo quería era beber, pues me ardía la garganta. Rosina se percató enseguida de que tenía fiebre y se aprovechó. Me dio un poco de vino y agua y me dijo que me lo bebiera poco a poco. Entonces me preguntó si seguía teniendo miedo de ser libre.

»A partir de ese momento, no me quedó ni un ápice de voluntad, y Rosina parecía hacer lo que quería conmigo.

»No desaprovechaba ninguna oportunidad para sermonearme; cuando pienso en la extraordinaria astucia con que lo orquestó todo, no deja de asombrarme; cualquier circunstancia era buena para afianzar su argumento y convertirme en su esclava.

»Empezó por alabar mi belleza. Habló de amor (me niego a incluso a pensar en cómo hablaba de él) y dijo que los sacerdotes y la Iglesia eran sus enemigos, y que, como yo era cristiana, me lo prohibirían. Después, dedicó un buen rato a trabajar mi odio contra mi madre por su crueldad conmigo, y en atizar todo mi resentimiento contra Dios, hasta que por fin vio que estaba lista para cualquier cosa y que nada, por muy antinatural o repulsivo que fuera, me parecería excesivo. Me obligó a repetir con ella el himno de Carducci (para entonces me resultaba muy fácil) y a continuación me pidió que dijera que yo pertenecía a Lucifer. Por algún motivo, yo no quería hacerlo, pero me obligó.

»—Dilo. Dilo: “Ahora pertenezco a Lucifer, no a los sacerdotes”. Quiero oír cómo lo dices.

»Cuando lo hice, me dijo que tendría que demostrarlo prestándole un pequeño servicio a mi nuevo amo.

»—¿De qué se trata? —pregunté.

»—Nada difícil o peligroso —respondió—. Está relacionado simplemente con la hostia que los sacerdotes te dan al “tomar la comunión”, como lo llaman ellos. En vez de tragártela, como tienes costumbre de hacer, debes guardártela la próxima vez y dármela.

»Mientras decía esto, se inclinó sobre mí y acercó tanto sus ojos a los míos que no pude siquiera cerrarlos, solo mirar los suyos. Había perdido todo deseo de pensar por mí misma. Solo quería lo que ella quería, y dije: “De acuerdo”, porque no era capaz de pensar en otra cosa que decir.

Yolanda hizo una pausa para mirar el pequeño reloj en la repisa de la chimenea. Se estaba haciendo tarde, por lo que se dio prisa en terminar su relato.

—Unos diez días después, cuando me hube recuperado lo suficiente para ir a comulgar otra vez —prosiguió—, fui a la catedral con Rosina, que no se separó de mi lado, ni siquiera en el comulgatorio. Después de la misa, volvimos a casa juntas y subimos a mi habitación, donde cogí lo que ella quería de mi pañuelo y se lo di, sin mirarlo siquiera; eso seguía resultándome imposible.

»Sin embargo, pasó casi un mes hasta que logré convencerla de que me presentara a esos otros (ellos) de los que me había hablado tanto. Durante todo ese tiempo, siempre que tenía oportunidad de estar conmigo a solas, me hablaba de la felicidad de los satanistas, y de su espléndida libertad para divertirse a su gusto. Me dio también algunos libros (unos libros horribles con ilustraciones) que me obligaba a guardar bajo llave en mi habitación. Al principio no me atrevía más que a mirarlos; ¡con solo tocarlos sentía la necesidad de lavarme las manos! Durante días me dio vergüenza mirarme en los espejos.

»Pero, poco a poco, me acostumbré a la idea de querer leerlos (solo tenía catorce años, Léonie, que no se te olvide), y mi curiosidad me ganó la batalla, así que los leí. Desde entonces he tenido que pelear contra el efecto que tuvieron en mi cerebro.

»Lo que me parece asombroso es que no sea peor de lo que soy, y que aquellos libros no liquidasen mi alma del todo. Pero sí consiguieron algo que Rosina iba buscando al dármelos: labraron mi imaginación y la prepararon para recibir la realidad de ellos y de sus bárbaras atrocidades (la misa negra y todo lo demás) de un modo que ella sabía muy bien que no habría logrado por medio de las palabras. ¡Ese fue mi noviciado!

»Por fin, cuando pensó que me había curtido lo suficiente para soportarlo, me llevó con ella, un viernes por la noche, a aquella casa horrible que tú y yo conocemos tan bien… ¡por desgracia!

»Imagina mi sorpresa cuando, después de que Rosina diera la contraseña y nos dejaran entrar, me encontré delante de Botti, ¡el hombre que había conocido toda mi vida como nuestro viejo médico! Parecía sentirse a sus anchas, y nos guio hasta el piso de arriba, ya sabes, donde hablaron un buen rato de lo que me sucedería si alguna vez los traicionaba, y también a mi padre. Después tuve que hacer un juramento y firmar con mi nombre, y a continuación volvimos a bajar al vestíbulo, donde abrieron la puerta que daba a la capilla: la puerta al infierno.

»No hace falta que intente describirte lo que siguió, Léonie. La primera bocanada ponzoñosa de los braseros; el hedor a hierbajos quemados; la abominable caricatura del crucifijo; la grotesca monstruosidad de Botti con su birrete y los cuernos rojos de búfalo, y su vestimenta con el repugnante bordado en la espalda; el tremendo golpe que aquella primera misa negra asesta a la inteligencia.

»Cuando llegó la parte en la que Botti consagraba la Sagrada Hostia y se la tiraba a los miserables que andaban a la rebatiña por conseguirla, me puse enferma (literalmente), y Rosina tuvo que sacarme de allí.

»Creo que estaba preocupada, incluso entonces, porque no fuese capaz de callarme y buscase consuelo en mi padre o en un sacerdote, y me repitió las amenazas de Botti hasta que volvió a confiar en mí, y a asegurarse de que le tenía mucho más miedo a él que a ninguna otra cosa.

»Pero nunca he sido capaz de asistir a una misa negra sin tener que cerrar los ojos cuando llegaba el momento de la horrible consagración. Y, una vez acabada, jamás he permitido, gracias a Dios, que me retuvieran allí más de un segundo; si alguien lo hubiera intentado, lo habría matado antes que soportarlo. Desde que soy adulta, nunca he entrado en esa casa sin un arma; me crees, ¿verdad, Léonie?

Léonie alzó la vista rápidamente.

—Nunca he creído otra cosa, Yolanda.

Los ojos de Léonie se posaron en la cara pálida de su amiga y recorrieron después su bien proporcionada figura, que temblaba con la energía de su atractivo. Entonces los bajó de nuevo y se quedó callada.

—Además —continuó Yolanda—, hay algo que no te he contado. He encontrado una solución.

¿Una solución?

—Un término medio, para no tener que pecar como antes. Durante los últimos meses he estado…

—Ya, claro, ¿qué has estado haciendo, Yolanda? ¿Has evitado el pecado principal? Es decir, ¿acaso no has estado haciendo tratos con ellos todo este tiempo?

—No sé qué dirás cuando te lo cuente —respondió la joven—. Se trata de lo siguiente: ni una sola hostia de las que le he dado a Botti últimamente había sido consagrada. ¿No te das cuenta? He robado las que no habían sido consagradas todavía, por la noche, de donde las tienen guardadas en la sacristía de la catedral…

—¿Qué quieres que te diga, Yolanda? ¡Es todo espantoso…, odioso!

—Pero no veo qué otra cosa puedo hacer. Al menos no es tan feo como robar las hostias consagradas en la comunión o del tabernáculo.

Para sorpresa de Yolanda, sin embargo, Léonie no hizo el menor esfuerzo por discutir con ella, sino que volvió a guardar silencio durante un rato, como si estuviera en íntima comunión consigo misma y pensando en otro asunto.

—Yolanda, querida —dijo por fin—, quiero que sepas que, en todo lo que pueda ayudarte, lo haré encantada. Pero nos enfrentamos a las fuerzas del mal, y nuestra tarea no será fácil. Tiemblo al pensar en el futuro.

Dicho esto, Léonie cayó de rodillas y comenzó a rezar para que les fueran concedidas la sabiduría y la fortaleza necesarias para salir indemnes de lo que se encontrasen en el camino, y vencer a lo que las acechaba en la oscuridad de la noche…

Por la Sangre es la Vida - Francis Marion Crawford

Cené en el crepúsculo sobre el tejado de la vieja torre, ya que estaba fresco ahí durante el gran calor del verano. Aparte, la pequeña cocina había sido construída en una esquina de la gran plataforma, lo cual resultaba más conveniente si las fuentes tenían que ser llevadas por la empinada escalinata pétrea, rota en varios lugares y por todos lados agrietada por los años.

La torre era una de aquellas construcciones ordenadas en el sureste de Calabria por el emperador Carlos V, a principios del siglo XVI para vigilar el avance de los piratas bárbaros, cuando los infieles se aliaron a Francisco I contra el emperador y la Iglesia. Estaban hecha ruinas, un par aún permanecían intactas, y la mía era una de las más grandes. Como entró en mi patrimonio diez años atrás, y porque gasté parte de cada año en ella, son materias que no conciernen a este relato. La torre se elevaba en una de los más solitarios puntos de Italia meridional, y en el extremo de un promontorio curvo, que forma un pequeño pero seguro puerto natural en la parte sur del golfo de Policastro, y justo al norte del Cabo Escala, el lugar de nacimiento de Judas Iscariote, según una vieja leyenda local.

La torre se eleva en esta porción del terreno, y no hay otra casa que pueda ser vista en un radio de tres millas de ella. Cuando vine, tomé un par de marinos, uno de ellos un experto cocinero, y cuando estuve lejos lo dejé a cargo de un pequeño hombre que una vez fue un minero y que se amigó conmigo tiempo atrás.

Mi amigo, quien algunas veces me visita en mi soledad estival, es un artista de profesión, de origen escandinavo, y un cosmopólita debido a la fuerza de las circunstancias. Nosotros cenamos al crepúsculo; el brillo del atardecer se había disipado de nuevo, y la tarde púrpura había caído en la vasta cadena de montañas que atravesaban el golfo hacia el este, y se alzaban más alto a medida que se van hacia el sur. Hacía calor, y nos sentamos en una de las esquinas de la plataforma, esperando por el rocío de la noche. El color se hundió desde el aire, hubo un pequeño intervalo de tinieblas, y una lámpara envió una veta amarilla desde la puerta abierta de la cocina donde los hombres estaban preparando la comida.

Entonces la luna surgió súbitamente sobre la cresta del promontorio, inundando la plataforma e iluminando cada pequeño guijarro de roca y mata de hierba bajo nosotros, bajo el filo del agua calma. Mi amigo prendió su pipa y se sentó mirando un punto en las colinas. Supe que estaba mirando, y por un largo tiempo me pregunté si habría visto algo que hubiera acaparado su atención. Había pasado un largo tiempo desde que habló por última vez. Como la mayoría de los pintores, él confiaba en su propia vista, como un león confía en su propia fuerza y un venado en su velocidad, y él siempre se molestaba cuando no podía reconciliar lo que veía con lo que él creía que tenía que ver.

- Es extraño - dijo. -¿Ves aquel pequeño montículo justo en aquel lado?

- Si - repuse, y supuse lo que vendría.

- Parece como una tumba - observó Holger.

- Es verdad. Parece como un sepulcro.

- Si - continuó mi amigo, con sus ojos aún fijos en el punto. - Pero lo extraño de esto es que veo el cuerpo yaciendo sobre la misma, por supuesto, - continuó Holger, volteando su cabeza como lo hacen los artistas - debe ser un efecto de la luz. En primer lugar, no es una tumba. Segundo, si lo fuera, el cuerpo debería estar dentro y no fuera. Entonces, debe ser un efecto de la luz de la luna. ¿Lo puedes ver?

- Perfectamente; siempre lo veo en las noches de luna.

- No parece interesarte mucho - dijo Holger.

- Por el contrario, esto me interesa, pero ya estoy un poco cansado. Tu no estás tan equivocado, sin embargo. El montículo es realmente una tumba.

- No puede ser - gritó Holger, incrédulamente.

- No, -respondí - no puede ser. Lo se, porque he tomado el trabajo de ir allá y verlo.

- ¿Entonces qué era? - preguntó Holger.

- Nada

- ¿Entonces es sólo un efecto de la luz, supongo?

- Quizás lo es. Pero la inexplicable parte del asunto es que no hay diferencia si la luna ha salido o se pone, o si está en creciente o menguante. Si hay alguna luz de luna, desde el este o del oeste, mientras brilla sobre las piedras, uno puede ver el contorno del cuerpo.

Holger removió su pipa con la punta de su cuchillo y usó su dedo como tapón. Cuando el tabaco ardió bien, él se levantó de su silla.

- Si tu no lo piensas - dijo - iré abajo y miraré el montículo.

Me dejó, cruzó la azotea, y desapareció bajo los oscuros escalones. No me moví, pero me senté mirando hasta que lo vi salir de la torre. Lo escuché canturrear una vieja canción danesa mientras cruzaba el espacio abierto bajo el brillo de la luna, dirigiéndose directamente hacia el misterioso montículo. Cuando él estaba a diez pasos de él, Holger se paró, avanzó solo dos pasos y luego retrocedió cuatro y nuevamente se paró. Sabía lo que eso significaba. Él había llegado al punto donde la cosa dejaba de ser visible, donde, como el hubiera dicho, el efecto de la luz cambiaba.

Entonces él regresó al montículo y se paró sobre él. Podía ver aún la cosa, pero ya no estaba tendida sobre la piedra; ahora estaba como arrodillada, rodeando con sus blancos brazos el cuerpo de Holger y mirando en su rostro. Una fría brisa conmovió mi cabello en ese momento, y el viento nocturno comenzó a soplar desde las colinas, pero sentí como si fuera la respiración de otro mundo.

La cosa pareció como que trataba de escalar por sus pies, ayudándose por el cuerpo de Holger, mientras este permanecía erguido, quizás inconsciente de eso, aparentemente mirando hacia la torre, que es muy pintoresca cuando la luz de la luna cae por aquel lado.

- ¡Regresa! -le grité-. ¡No te quedes ahí toda la noche!

Me pareció como que él se movió muy a su pesar, como que bajó del montículo, con dificultad. Eso fue. Los brazos de la cosa aún estaban rodeándolo por la cintura, pero sus pies no podían dejar la tumba. A medida que él lentamente se movía hacia adelante, se iba cubriendo con una especie de corona de bruma, ligera y blanquecina, hasta que vi claramente cuando Holger se sacudió, como cuando alguien se asusta. En el mismo momento un leve gemido de dolor llegó a mis oídos a través del viento. Pudo haber sido una pequeña lechuza que vive sobre las rocas, y la brumosa presencia se replegó suavemente cuando la figura de Holger comenzó a avanzar y dejó el montículo.

De nuevo sentí la fría brisa en mi cabello, y esta vez una helada sensación de horror bajó por mi espina. Recordaba muy bien cuando yo mismo había ido al montículo, bajo la luz de la luna; había estado allí cerca, y no había visto nada; como Holger, fui y me paré encima del montículo; y recordaba como, cuando volví, estaba seguro que no había nada allí, y de pronto tuve la convicción que habría algo si solo miraba detrás mío. Recordaba la fuerte tentación de mirar para atrás, una tentación que resistí como si fuera algo indigno de un hombre de sentido común, hasta que me libré, y me sacudí tal cual como Holger había hecho.

Y ahora sabía que aquellos blancos y neblinosos brazos también me habían rodeado; lo supe en un instante, y me estremecí cuando recordé que esa noche también había escuchado la misma lechuza. Pero no había sido ningún búho o lechuza. Era el aullido de la Cosa.

Recambié el tabaco de mi pipa y me serví una copa de fuerte vino del sur; en menos de un minuto Holger estaba de nuevo sentado a mi lado.

- Por supuesto, no había nada allí -dijo-, pero es escalofriante. ¿Sabías que cuando estaba volviendo estaba tan seguro que había alguien detrás mío que quería voltearme y ver? Hice un gran esfuerzo para no hacerlo.

Se río un poco, sacudió las cenizas de su pipa, y se sirvió una copa. Por un momento ninguno de los dos habló, y la luna siguió alta, y ambos miramos a la Cosa que permanecía sobre el montículo.

- Tu puedes hacer una historia sobre aquello -dijo Holger luego de un largo rato.

- Hay una -le respondí-, si no estás con mucho sueño, te la puedo contar.

- Adelante -dijo Holger, a quien le gustaban las historias.

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El viejo Alario estaba moribundo en el pueblo, detrás de la colina. Tu lo recuerdas, no tengo duda. Ellos decían que él hizo dinero vendiendo joyas falsificadas en Sud América, y que escapó con el dinero luego de haber sido acusado. Como todos estos tipos, si ellos se traen algo consigo mismos, lo invierten para refaccionar sus casas, y como no había albañiles por aquí, él envió dos obreros a Paola. Ellos eran dos corpulentos pillos, un napolitano que había perdido un ojo, y un siciliano que tenía una vieja cicatriz de pulgada y media en su mejilla izquierda. Alguna vez los vi, ya que los domingos acostumbraban bajar por aquí a pescar en las rocas de la costa. Cuando Alario pescó las fiebres que lo llevaron a la tumba, los albañiles aún estaban trabajando. Como ellos acordaron que parte de sus pagas sería el alojamiento y la comida, él los hacía dormir en la casa. Su esposa había muerto, y solo tenía un hijo llamado Ángelo, que era mucho más honesto que él mismo. Ángelo estaba por casarse con la hijo del hombre más rico del pueblo, y extrañamente, a pesar que el matrimonio había sido arreglado por sus padres, los jóvenes novios estaban enamorados el uno del otro.

De esta manera, sucedía que todo el pueblo amaba a Ángelo, y entre el resto había una salvaje y bonita criatura llamada Cristina, que parecía ser una gitana. Ella tenía labios muy rojos y ojos negros, y tenía el cuerpo de un galgo, y la lengua de un demonio. Pero para Ángelo ella no tenía la menor importancia. Él era poco más que un simplón, muy diferente del truhán que era su padre; y bajo las que yo denomino circunstancias normales, realmente creo que él jamás habría mirado a otra mujer excepto a la bonita y pequeña criatura, con la que tuvo que casarse por órdenes de su padre. Pero las cosas se dieron vuelta, tanto por causas normales o no naturales.

Había también un joven y apuesto pastor de las colinas sobre Maratea que estaba enamorado de Cristina, quien parecía vivir muy indiferente de éste joven. Cristina no tenía un medio de vida estable, pero ella era una buena chica y era capaz de hacer cualquier trabajo, en pos de tener un poco de pan o un plato de arvejas, y un techo bajo el cual poder dormir. Ella era muy feliz cuando tenía algún tipo de tarea cerca de la casa del padre de Ángelo. No habían médicos en el pueblo, y cuando los vecinos supieron que el viejo Alario estaba muy enfermo, Cristina fue enviada a Scalea para traer a un doctor. Esto fue casi al anochecer, y si ellos esperaron tanto fue porque el enfermo se negaba a permitir cualquier tipo de extravagancia mientras él fuera capaz de hablar. Pero mientras Cristina estuvo fuera, algunas cosas marcharon muy mal. El abate fue llevado al lecho, y cuando hubo hecho lo que pudo, dio su opinión de que el viejo estaba muerto, lo anunció a los vecinos y dejó la casa.

Tu conoces a esta gente. Tienen un miedo físico a la muerte muy grande. Hasta que el cura habló, el salón estaba lleno de gente. Sus palabras salieron difícilmente de su boca. Cayó la noche. Todos se apuraron en llegar a sus casas, corriendo a través de la calle.

Ángelo, que como habíamos dicho, estaba fuera, Cristina aún no había vuelto, la sirvienta que había cuidado al viejo durante su enfermedad, habíase ido con el resto, y el cadáver quedó solitario bajo la parpadeante luz de la lámpara de aceite.

Cinco minutos después dos hombres miraron con cautela y se movieron sigilosamente por el dormitorio. Eran el albañil napolitano tuerto y su compañero siciliano. Ellos sabían que era lo que querían. En un breve momento habían encontrado debajo de la cama una pequeña pero fuerte cajita de metal, y al siguiente instante habían dejado la casa, al amparo de la oscuridad. Había sido un trabajo sencillo, ya que la casa de Alario era la última antes del desfiladero que desemboca en estas rocas, y los ladrones habían simplemente salido por la puerta trasera, y ya estaban amparados por las rocas, a excepción de la posibilidad de encontrarse con algún campesino retrasado, la cual era casi nula, ya que muy poca gente utilizaba esa ruta. Ellos llevaban una azada y una pala, y siguieron su camino sin ningún accidente.

Te estoy contando esta historia como debió haber ocurrido, ya que, por supuesto, no hay testigos de la parte que ahora viene. Los hombres llevaron la caja a través del desfiladero, intentando enterrarla hasta que fueran capaces de regresar con un bote y tomarla. Así que debían elegir el lugar adecuado para enterrarlo dado la posibilidad que parte del dinero estuviera en títulos o en papeles, así que había que procurar un lugar seco y resguardado. Sabían que el papel se pudriría si ellos se veían obligados a dejarlo por mucho tiempo, así que cavaron su foso aquí abajo, cerca de estos guijarros. Si, justamente donde hoy está el montículo.

Cristina no encontró al médico en Scalea, ya que había sido llamado desde un lugar más allá del valle, a mitad de camino de San Domenico. Si ella le hubiera encontrado, él habría tenido que acudir en mula por el camino superior, que es más uniforme, pero también más largo. Pero Cristina tomó el atajo a través de las rocas, que pasan cerca de cincuenta pies por sobre el montículo. Los hombres estaban cavando cuando ella pasó, y ella los escuchó trabajar. No se habría marchado sin descubrir el origen de estos ruidos, y ya que ella nunca había tenido miedo en su vida, pensó que a lo mejor eran los pescadores quienes algunas veces vienen de noche para conseguir alguna roca que usar de ancla o juntar algunos leños para prender una fogata. La noche estaba oscura y Cristina probablemente se acercó mucho a los dos hombres antes de que pudiera ver que estaban haciendo. Ella los vio, por supuesto, y ellos la vieron también, e instantáneamente comprendieron que la tenían en su poder. Había una sola cosa que hacer para estar seguros, y ellos la hicieron de inmediato. Golpearon a la chica en la cabeza, terminaron de cavar el foso lo más rápido que pudieron, y enterraron el arcón de metal junto a la chica. Ellos comprendieron de inmediato que su única posibilidad de quedar absueltos de toda sospecha era la de regresar de inmediato, y no había pasado media hora que se encontraban chismorreando con el hombre que estaba construyendo el ataúd de Alario. Él era un compadre de ellos, y también había estado trabajando en las reparaciones de la casa del viejo. Hasta donde yo pude ser capaz de elucubrar, las únicas personas que supuestamente sabían donde Alario guardaba su tesoro eran Ángelo y la sirvienta que había mencionado antes. Ángelo estaba ausente; y fue la mujer quien descubrió el robo.

Era fácil suponer que nadie más sabía donde estaba el dinero. El viejo guardaba su caja cerrada con llave, y él mismo guardaba la llave en un bolsillo de su chaqueta, y no permitía que la mujer entrara a limpiar, a no ser que él estuviera presente. El pueblo entero sabía que él tenía mucho dinero en algún sitio, y era probable que los albañiles hubieran descubierto el lugar husmeando a través de la ventana en su ausencia. Si el viejo no hubiera estado delirante hasta que perdió el conocimiento, él se hubiera agonizado aterrorizado de pensar en sus riquezas. La fiel sirvienta había olvidado la existencia del arcón por unos momentos, cuando se marchó asustada junto a los demás. Veinte minutos habían pasado hasta que ella regresó con las dos viejas que siempre eran llamadas cuando alguien moría y que preparaban al muerto para el funeral. Cuando volvió al lecho del viejo, hizo el ademán como si se hubiera caído algo para poder tener oportunidad de agacharse y mirar debajo de la cama. Pero la caja no estaba. Había sido en la tarde que la había visto, así que habría sido robada en el corto intervalo que ella abandonó la habitación.

No había carabineros en el pueblo, no había nada parecido a una oficina municipal, ya que no había municipalidad. Creo que nunca hubo tal cosa en el pueblo. Así fue como la vieja sirvienta que había vivido toda su vida en el pueblo, que jamás necesitó recurrir a la ayuda de ninguna autoridad civil, simplemente salió corriendo a través de la calle, en la oscuridad, gritando que habían robado la casa de su patrón muerto. Mucha gente se levantó a mirar que ocurría, pero al principio nadie pareció inclinado a ayudarla. La mayoría se murmuraban entre ellos que probablemente ella misma habría robado el dinero. El primer hombre en moverse fue el padre de la chica que se había casado con Ángelo; su opinión era que la caja habría sido robada por los dos albañiles que estaban alojados en la casa. Así que organizó una búsqueda por ellos, que comenzó naturalmente en la casa de Alario y finalizó en la carpintería , donde los ladrones fueron encontrados conversando con el carpintero, que estaba terminando el ataúd, a la luz de una lámpara de aceite. La partida de búsqueda los acusó del robo y iba a proceder a encerrarlos hasta tanto se pudieran traer a algunos carabineros desde Scalea. Los dos hombres se miraron entre sí por un momento, y de pronto, sin la más mínima dubitación, arrojaron la lámpara, volcaron el ataúd poniéndolo como barrera, y largaron a correr en la oscuridad. Luego de un breve instante, estaban siendo perseguidos.

Este es el fin de la primera parte de la historia. El tesoro había desaparecido, y no había pistas que suministraran algún dato sobre los ladrones. El viejo fue enterrado, y cuando Ángelo regresó, al final, tuvo que pedir prestado para pagar por el miserable funeral, y aún así tuvo alguna dificultad en hacerlo. No es necesario que cuente que habiendo perdido su herencia, también perdió a su novia. En esta parte del mundo, los matrimonios son hechos sobre estrictos principios de negocios, y si el dinero prometido no estaba al día pactado, la novia o el novio cuyos padres habían fracasado en tenerlo, podían dar marcha atrás y cancelar todo. El pobre Ángelo sabía todo esto muy bien. Su padre no había poseído mucha tierra, y solo tenía el dinero que había traído de Sud América, el cuál ahora ya no estaba. Solo tenía deudas por los materiales de construcción utilizados en la refacción de la casa. Estaba arruinado, y la bonita y pequeña criatura que iba a ser suya, le dio vuelta la cara en la más elegante forma. En tanto Cristina, que habían pasado varios días de su desaparición, ya nadie recordaba que había sido enviada al pueblo a buscar a un médico y jamás había regresado. Ella ya había desaparecido por varios días antes, cuando había conseguido un trabajo en una granja distante. Pero cuando no volvió a ser vista por mucho tiempo, la gente se comenzó a preguntar, hasta que se convencieron de la idea que ella había sido conspiradora junto a los albañiles y había escapado con ellos.

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Hice una pausa y limpié mis anteojos.

- Este tipo de cosas no pasan en ningún otro lado -observó Holger, llenando nuevamente su pipa-. Es maravilloso que un encanto natural tan bello como el que hay por aquí, esté tan cerca del asesinato y la muerte súbita. Acciones que serían simplemente brutales y desagradables en cualquier otro lado, se vuelven dramáticas y misteriosas a causa que estamos en Italia y que estamos viviendo en una genuina torre construída por Carlos V para protegerse de los piratas bárbaros.

- Hay algo de eso -admití. Holger es el hombre más romántico del mundo, pero siempre piensa que es necesario explicar todo.

- Supongo que ellos encontraron el cadáver de la infortunada chica junto con la caja.

- Parece que es de tú interés -respondí-, te lo diré junto con el final de la historia.

La luna estaba en lo más alto; el perfil de la Cosa sobre el montículo era ahora mucho más claro a mis ojos que antes.

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El pueblo, poco a poco, regresó a su vida normal, común y corriente. Nadie extrañó al viejo Alario, quien había estado mucho tiempo ausente por sus viajes a Sud América, y nunca se había convertido en una figura familiar en el lugar. Ángelo continuó viviendo en la casa a medio terminar, y a razón de que no tenía dinero, ya no podía tener a la vieja sirvienta, aunque ella, por cariño, venía de vez en cuando y le lavaba una camisa. Aparte de la casa, él había heredado un pequeño terrero a alguna distancia del pueblo. Él trató de cultivarlo, pero no puso corazón en el trabajo, ya que sabía que jamás podría pagar los impuestos del mismo, o de la casa, la cuál sería confiscada por el Gobierno, o bien embargada por el reclamo de la deuda de los materiales de construcción

Ángelo era muy desgraciado. Mientras su padre vivía y era rico, cada chica en el pueblo había estado enamorada de él; pero todo había cambiado ahora. Él se había sentido admirado y respetado, y era invitado a tomar vino por padres cuyas hijas estaban solteras. Ahora se cocinaba su miserable cena, y se sentía triste, melancólico y taciturno.

Al anochecer, cuando el trabajo diurno hubo terminado, en vez de ir a pasear en espacios abiertos, cerca de la iglesia, con los jóvenes amigos de su misma edad, él comenzaba a errar en lugares solitarios de las afueras del pueblo hasta que caía la oscuridad. Entonces regresaba a su casa y se iba a la cama para ahorrar el gasto de la luz. Pero en aquellas solitarias horas de penumbra empezaba a tener extraños sueños. Ya no estaba siempre solo, cuando se sentaba en el tronco de un árbol, donde el sendero cercano tornaba hacia el desfiladero, él estaba seguro que una mujer caminaba por sobre las rocas sin el menor sonido, como si sus pies estuviesen desnudos; y ella se quedaba bajo un grupo de castaños, solamente a una docena de yardas del sendero, y lo llamaba con señas, sin emitir la mínima palabra. A pesar que ella se mantenía en las sombras, él sabía que sus labios eran rojos, y cuando ella le sonrió, mostró dos pequeñas y claras hileras de dientes. Él la reconoció de inmediato, y supo que era Cristina, y que estaba muerta. Aún no experimentaba miedo; él solo se preguntaba si sería un sueño, ya que pensaba si hubiera estado despierto, seguro hubiera tenido miedo.

Aparte, la mujer muerta tenía labios rojos, y esto solo podía suceder en un sueño. Siempre que él pasaba cerca del desfiladero, al anochecer, ella siempre estaba cerca esperándolo, o faltaba muy poco para que aparezca, y él comenzó a pensar que ella se acercaría un poco cada día. Al principio él solo podía estar seguro de sus labios enrojecidos, pero con cada vez que la veía, estaba distinta, y el rostro pálido se le mostraba con unos ojos profundos y ávidos.

Fue que los ojos se volvieron tenues. Poco a poco él iba dándose cuenta que algún día el sueño no terminaría cuando volviera a su casa, sino que continuaría cuando fuera abajo, hacia el desfiladero, desde donde provenía la visión. Ella estaba cerca ahora cuando le hacía señas. Sus mejillas tenían la lividez de la muerte, y tenían la palidez de la inanición, con la furia y la sed no satisfecha de sus ojos que le devoraban. Ella le había hechizado, y al final estaba demasiado cerca suyo. Él no podía decir si su respiración era ígnea como el fuego o fría como el hielo; tampoco podía decir si sus rojos labios ardían o estaban helados; o si sus cinco dedos de su mano eran brasas o quemaban su piel como la escarcha; no podía distinguir si estaba dormido o despierto, ni tampoco si ella estaba viva o muerta. Pero él sabía que la amaba, ella solitaria de todas las criaturas, de esto o del otro mundo, y su hechizo cayó poderoso sobre él.

Cuando la luna subía a lo alto esa noche, la sombra de esta Cosa no estaba sola sobre el montículo.

Ángelo despertó en la fría mañana, empapado del rocío nocturno y asustado en carne, hueso y sangre propia. Abrió sus ojos hacia la clara luz y vio las estrellas que aún brillaban en el firmamento. Lentamente volvió su cabeza hacia el montículo, pero la otra cara no estaba allí. El miedo lo había paralizado súbitamente, un miedo inenarrable y desconocido; saltó y comenzó a correr hacia arriba para escalar el desfiladero, sin jamás volver a mirar para atrás, hasta tanto hubo alcanzado la puerta de su hogar en las afueras del pueblo. Ese día regresó a su trabajo, y las horas se arrastraron agotadoramente hasta que el sol cayó y se hundió en el mar, y grandes destellos sobre las colinas de Maratea se tornaron púrpuras contra el cielo teñido de gaviotas.

Ángelo cargó en su hombro el pesado azadón y dejó el campo. Se sentía menos cansado ahora que en la mañana cuando comenzó a trabajar, pero se prometió a sí mismo que iría a su casa sin detenerse en el acantilado, y comería la mejor cena que pudiera prepararse, y dormiría toda la noche como cualquier cristiano. No sería tentado de nuevo por la sombra con labios rojos y respiración gélida; no soñaría de nuevo esa pesadilla de terror y placer. Él estaba cerca del pueblo ahora; había pasado media hora desde que el sol se había puesto, y las campanas de la iglesia tronaron con pequeños y discordantes ecos alrededor de las rocas y barrancos para comunicar a toda la buena gente que el día se había cumplido. Ángelo aún permaneció un momento donde la ruta se bifurcaba, donde el izquierdo conducía al pueblo, y el derecho hacia el acantilado, donde un grupo de castaños se levantaba a la vera del sendero. Él se frenó un minuto, acomodando el sombrero sobre su cabeza y mirando fijamente hacia el mar, y sus labios se movieron mientras él silenciosamente recitaba una oración familiar. Sus labios se movían, pero las palabras que siguieron perdían su significado y se convertían en otras, y terminaban en un nombre que él pronunciaba en voz alta: ¡Cristina! Con el nombre, la tensión de su voluntad se relajó súbitamente, la realidad se evaporó y el sueño regresó de nuevo, y como un sonámbulo, bajó, bajó, por el sendero hacia la creciente oscuridad. Y a medida que ella se deslizaba por un lado, susurró extrañas y dulces cosas a su oído, que, si él hubiera estado en vigilia, hubiera sabido que no podría comprenderlas; pero en el estado actual, le parecieron las palabras más maravillosas que había escuchado en toda su vida. Y ella lo besó, pero no sobre su boca. Él sintió sus penetrantes besos bajo su garganta, y sabía que sus labios estaban rojos. Así que el salvaje sueño se aceleró hacia la oscuridad y las penumbras, a través de la pálida luz de luna, y toda la gloria de la noche estival. Pero amanecer se despertó medio muerto, sobre el montículo de allá abajo, recordando y no recordando, falto de sangre, aún extrañamente nostálgico de esos labios rojos. Entonces vino el pavor, el terrorífico pánico innombrable, el horror mortal que guardan los confines del mundo que no vemos, ni que conocemos al igual que las otras cosas, pero que podemos sentir a través de gélidos escalofríos en nuestros huesos y del toque de una fantasmal mano que es capaz de encanecer nuestro cabello. Una vez más Ángelo se levantó del montículo y corrió hacia el desfiladero, bajo las primeras luces del día. Pero sus pasos fueron más inseguros esta vez, y él se detuvo para recuperar el aliento; y cuando se acercó al salto de agua que se yergue a mitad de la colina, se arrodilló y remojó su cara y bebió como el nunca antes había bebido, por que tenía la sed de un hombre herido que había quedado toda la noche desangrándose a la intemperie.

Ella había regresado, y él no podía escapar, pero podría tenerla cada noche al crepúsculo, hasta que ella hubiera drenado la última gota de su sangre. Fue en vano que al final del día él tratara de tomar otro camino y fuera a casa por alguna senda que no lindara con el desfiladero. En vano se prometía cada mañana mientras tenía que trepar por su solitario camino rumbo al hogar. Era en vano, ya que cuando el sol ardiente se hundía en el mar, y el fresco de la noche regresaba, sus pies lo llevaban hacia el viejo camino, y ella le esperaba en las sombras, bajo los castaños; y entonces todo ocurría de nuevo y él volvía a sentir esos besos bajo su garganta mientras ella se movía y revoloteaba a lo largo del camino, enlazando su brazo alrededor suyo. Y a medida que su sangre decrecía, ella estaba más hambrienta y más sedienta cada noche, y cada día cuando él se despertaba en las primeras horas de la mañana, le resultaba más difícil el esfuerzo de trepar las rocas del desfiladero para llegar a su casa; y cuando él llegaba a su trabajo, sus pies y sus brazos se cansaban mucho más rápido del azadón. Él apenas hablaba con los demás, pero la gente decía que ser estaba "autoconsumiendo" por el amor de la chica que iba a desposar y que perdió junto con su herencia; y ellos se reían con tal pensamiento, ya que este no es un país muy romántico. Durante este tiempo, Antonio, el hombre que está aquí para vigilar la torre, regresó de visitar a su gente, cerca de Salerno. Él había estado fuera todo el tiempo, desde antes de la muerte de Alario, y no estaba enterado de todo esto. Él me ha contado que regresó una tarde, casi de noche, y subió a la torre para comer y dormir, ya que estaba muy cansado. Era pasada la medianoche cuando se despertó, y cuando miró que la luna estaba subiendo por la colina, vio hacia el montículo, y observó algo, y no pudo volver a dormir esa noche. Cuando regresó en la mañana, a pleno día, no había nada que ver sobre el montículo, solo piedras y arena. Luego marchó directo por la ruta al pueblo, y fue a la casa del viejo cura.

- He visto una cosa maléfica esta noche -dijo-, he visto como un muerte bebe la sangre de un vivo. Y la sangre es la vida.

- Dime que fue lo que viste -dijo el cura, como réplica.

Antonio le contó todo lo que había visto.

- Usted debe traer su libro y su agua bendita esta noche -añadió-. Estaré ahí antes del atardecer con usted, y si le place cenar conmigo mientras esperamos, estaré listo.

- Iré -respondió el sacerdote-, por lo que he leído en los viejos libros estos extraños seres no están ni vivos ni muertos, descansan en sus tumbas durante el día, y roban la sangre y la vida de los vivos durante la noche.

Antonio no podía leer, pero estuvo feliz de que el cura pudiera comprender todo aquello. Por supuestos estos libros instruían la manera de terminar la existencia de la Cosa no muerta para siempre.

Así que Antonio regresó a su trabajo, que consistía en sentarse en el lado sombrío de la torre, o bien colgarse con una línea de pesca de alguna roca junto al mar. Pero aquel día él marchó dos veces a revisar el montículo, a pleno sol, y estuvo revisando los alrededores, en busca de algún hueco en el que este ser pudiera refugiarse; pero no halló nada. Cuando el sol comenzó a extinguirse y el aire refrescó en las sombras, él fue a llamar al viejo cura, llevando consigo una canasta; en la que pusieron una botella de agua bendita, y todo aquello que el cura pudiera necesitar para su tarea; y ellos bajaron y esperaron en la puerta de la torre, hasta fuera de noche. Pero mientras las últimas luces del día aún se retardaban en desaparecer vieron que algo se movía, justo allá, dos figuras, un hombre que caminaba y una mujer que revoloteaba a su alrededor, mientras su cabeza permanecía sobre los hombros de él, besándole el cuello. El sacerdote, según me contó, también, mientras le castañeteaban los dientes, asió fuertemente del brazo a Antonio. La visión pasaba y desaparecía entre las sombras. Entonces Antonio tomó un envase de licor fuerte, que él guardaba para ocasiones especiales, y se bebió un trago de esos que hacen que un hombre mayor se sienta de nuevo joven, y luego tomó su linterna, y también su pico y pala, y dio al sacerdote su estola y el agua bendita, acto seguido comenzaron a caminar hacia el punto donde habían visto la aparición. Antonio dijo que sus propias rodillas se chocaban entre sí al caminar y el cura se tropezaba en su propio latín. Cuando ellos estaban a un par de yardas del montículo la parpadeante luz de la linterna se movió sobre el rostro pálido de Ángelo, inconsciente, como si estuviera dormido, y sobre su respingado cuello había una muy delgada línea de gotas de sangre que era vertida sobre su cuello; y la luz de la linterna también iluminó sobre otra cara que miraba desde esta fiesta, con dos profundos ojos muertos que veían como a través de la muerte, con labios rojizos como la vida misma, con dos relucientes dientes sobre los que brillaba una gota sonrosada. El cura, viejo buen hombre, cerró sus ojos y exhibió su agua bendita ante él, y su voz rota se tradujo en un grito; y Antonio, quien no se acobardó después de todo, levantó su pico con una mano, teniendo la linterna en la otra, y le saltó encima, sin saber como terminaría; y entonces juró que escuchó el grito de una mujer, y la Cosa se había ido. Ángelo quedó inconsciente sobre el montículo, con la línea roja sobre su cuello, y las gotas de su mortal sudor en su frente. Ellos lo alzaron en brazos, medio muerto como estaba, y lo dejaron cerca de donde estaban; luego Antonio comenzó a trabajar, y el cura ayudó, aunque él era viejo y no podía hacer mucho. Así que cavaron profundo, y a lo último Antonio, estando sobre la tumba, se paró y alumbró con su linterna para mirar lo que podían ver.

Su cabello, que solía ser castaño oscuro, con algunas canas cerca de las sienes, en menos de un mes quedó totalmente gris como un tejón. Él había sido minero cuando joven, y la mayoría de esta gente jamás llegaron a ver algo como lo que él vio esta noche: esta Cosa que permanecería ni sobre ni debajo de la tumba. Antonio había llevado algo con él que el cura no había advertido. Él se había hecho esa misma tarde una afilada estaca tallada de vieja madera de barco, que ahora llevaba con él, además de su pico, cuando bajó a la tumba, alumbrando con su linterna. No puedo imaginar ningún poder sobre la Tierra que pueda traducir en palabras lo que ocurrió entonces, y el viejo cura se asustó al mirar. Él dice que escuchó a Antonio que respiraba como una bestia salvaje, y moviéndose como si estuviera luchando con algo tan fuerte como sí mismo; y también escuchó un maléfico sonido, como si algo hubiera perforado violentamente carne y hueso; el más horroroso sonido de todos, el alarido de una mujer, el sobrenatural aullido de una mujer ni viva ni muerta, pero enterrada en lo profundo durante muchos días. Y él, el pobre viejo cura, pudo únicamente caer y arrodillarse en la arena, vociferando sus oraciones y exorcismos en voz alta para ahogar esos sonidos desgarradores. Entonces, súbitamente, un pequeño arcón de metal cayó cerca de donde estaba arrodillado, siendo iluminado por la luz de la linterna, y al siguiente momento Antonio estaba detrás de él, con su cara tan pálida como sebo, empujando la arena y grava dentro de la tumba, con furia, y mirando por sobre el borde hasta que el foso estuvo medio lleno; y el cura dijo que había mucha más sangre fresca en las manos de Antonio y en sus ropas.

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Aquí es donde termina mi historia. Holger terminó su vino y se reclinó en su silla.

- Entonces Ángelo tuvo lo suyo de nuevo -dijo-, ¿se casó con la chica que estaba prometida?

- No, él quedó aterrorizado, y se fue a Sud América, y no volví a tener noticias desde entonces.

- Y este pobre cadáver está aún allí, supongo -dijo Holger-. ¿Sigue muerto aún?, me pregunto.

Me lo pregunto también, pero si está muerto o vivo, debo tener cuidado de verlo, aún a plena luz del día. Antonio está canoso como un tejón, y él nunca ha sido el mismo desde aquella noche.