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La distorción que vino de espacio - Francis Flagg

El meteoro cayó aquella noche detrás de la Montaña del Oso. Jim Blake y yo lo vimos cruzar por el cielo. Era del tamaño de un pequeño globo y tenía una cola incandescente. Supimos que había caído a una distancia de pocos kilómetros de nuestro campamento, y luego vimos el opaco resplandor de un incendio que iluminaba el firmamento. 

En la ladera opuesta de la Montaña del Oso el bosque es ralo, y los pocos árboles que hay son achaparrados y crecen en manchones separados por vastos claros de suelo árido y rocoso. El incendio no se extendió, y se consumió pronto. Sentados junto al fuego de nuestro campamento hablábamos sobre los meteoritos, esos ocasionales visitantes del espacio exterior que por lo general son pequeños y se consumen por el calor al entrar en la atmósfera de la Tierra. 

Jim habló de uno enorme que había caído en el norte de Arizona antes de la llegada del hombre blanco; y de otro más reciente que cayó en Siberia.

—Por fortuna —dijo— los meteoritos causan escasos daños; pero si uno grande llegara a caer en un área densamente poblada, tiemblo al pensar en la destrucción de vidas y bienes que provocaría. Catástrofes de ese tipo pueden haber destruido antiguas ciudades. No creo que éste que acabamos de ver caiga en alguna parte próxima al rancho de Simpson.

—No —dijo—; cayó muy al norte. Si hubiera aterrizado en el valle no habríamos podido ver el reflejo del incendio que inició. Por suerte no cayó más próximo a nosotros.

A la mañana siguiente, llenos de curiosidad, trepamos hasta la cumbre de la montaña, a una distancia de unos tres kilómetros. La Montaña del Oso es en realidad una característica altiplanicie escarpada y de cierta altura, con picos montañosos más altos y más abruptos a su alrededor y más allá. No crecen árboles en la cima, la cual, a excepción de algunas matas de hierba del oso y de yuca, es pedregosa y pelada. 

Al mirar hacia el lado opuesto desde la altura a la que habíamos llegado, vimos que una parte de la ladera había volado, y todavía humeaba. Sin embargo, el meteorito había desaparecido al enterrarse bajo tierra y piedras y había dejado un profundo cráter de algunos metros de diámetro.

A unos cinco kilómetros de distancia, en el pequeño valle situado más abajo, se encontraba el rancho de Henry Simpson, aparentemente indemne. Henry era un guía autorizado, y cuando iba a las montañas en busca de ciervos, hacíamos de su puesto nuestro centro de operaciones. 

Mientras nos acercábamos, no alcanzábamos a ver ni a Henry ni a su esposa, y apresuramos la marcha con cierta inquietud al observar que una parte del techo de la casa —que era de adobe y de dos plantas, y tenía un techo levemente inclinado, hecho con vigas atravesadas cubiertas de chapas de hierro clavadas— se encontraba retorcida y arrancada.

— ¡Cielos! —dijo Jim—; espero que un fragmento de ese meteorito no haya causado allí ningún daño.

Dejando que los burros se las arreglaran solos, entramos precipitadamente en la casa. — ¡Eh Henry! —grité—. ¡Henry! ¡Henry!

Nunca olvidaré la visión de la cara de Henry Simpson cuando bajó tambaleándose por la ancha escalera. Aunque eran exactamente las ocho de la mañana, todavía tenía puesto el pijama. Sus cabellos grises estaban despeinados, y sus ojos muy abiertos.

— ¿Estoy loco, estoy soñando? —gritó roncamente.

Era un hombre corpulento, de por lo menos un metro ochenta de estatura; no era un montañés corriente, y a pesar de que tenía más de sesenta años de edad, disponía de gran fuerza física. Pero en aquel momento sus hombros estaban caídos, y temblaba como si tuviera parálisis.

Por Dios, ¿qué es lo que ocurre? —preguntó Jim—. ¿Dónde está tu mujer?

Henry Simpson se enderezó con esfuerzo. —Denme un trago.

Luego dijo de un extraña manera: —Estoy en mi sano juicio, claro que debo estar en mi sano juicio; pero, ¿cómo puede ser posible eso que está arriba?

—¿Qué cosa? ¿Qué quieres decir?

—No sé. Estaba profundamente dormido cuando la luz brillante me despertó. Eso fue anoche, hace muchas horas. Algo cayó dentro de la casa.

—Un fragmento del meteorito —dijo Jim, mirándome rápidamente.

—¿Meteorito?

—Cayó uno anoche en la Montaña del Oso. Lo vimos caer.

Henry Simpson alzó su rostro ceniciento. —Puede haber sido eso.

—¿Decías que te despertaste?

—Sí, dando un grito de terror. Pensé que en el lugar había caído un rayo. ¡Lydia!, grité pensando en mi mujer. Pero Lydia no me respondió. La luz brillante me había enceguecido. Al principio no podía ver nada. Luego mi vista se aclaró. Sin embargo, no podía ver nada ... a pesar de que la habitación no estaba a oscuras.

— ¡Cómo!

—Nada, les digo. Ni la habitación, ni las paredes, ni los muebles; hacia cualquier dirección en que miraba, solo el vacío. En los primeros instantes después de mi despertar había saltado de la cama, y no la pude volver a encontrar. Les digo que caminé y caminé, y corrí y corrí; pero la cama había desaparecido, la habitación había desaparecido. 

Era como una pesadilla. Traté de despertarme. Estaba arrastrándome sobre mis manos y mis rodillas, cuando alguien gritó mi nombre. Me arrastré hacia el sonido de esa voz, y de pronto estuve en el pasillo de arriba, fuera de la puerta de mi habitación. No me atreví a mirar hacia atrás. Tenía miedo, les digo, miedo. Bajé los escalones.

Se detuvo, vacilante. Lo sostuvimos y depositamos su cuerpo sobre un sofá.

—Por el amor de Dios —murmuró—, vayan a buscar a mi mujer.

Jim dijo con tono consolador:—Tranquilo, tranquilo, que tu esposa está bien—. Me hizo señas imperativamente con la mano: —Ve a nuestra cabaña, Bill, y tráeme mi bolso.

Hice lo que me ordenó. Jim era un médico en ejercicio, y nunca viajaba sin su caja de medicamentos. Disolvió una tableta de morfina, llenó una jeringa hipodérmica, y vació su contenido en el brazo de Simpson. A los pocos minutos, éste exhaló un suspiro, se relajó y cayó en un profundo sopor.

Mira —dijo Jim, señalando.

La planta de los pies de Simpson estaba magullada y sangrante, el pijama estaba hecho jirones en las rodillas, y las rodillas estaban lastimadas.

—No lo soñó —murmuró Jim por fin—. Ha estado caminando y arrastrándose, efectivamente.

Nos miramos uno al otro. —Pero, ¡por Dios! —exclamé.

Lo sé —dijo Jim. Se enderezó—. Aquí hay algo extraño. Voy a ir arriba. ¿Vienes?

Subimos juntos a la planta alta. No sabía qué era lo que esperábamos encontrar. Recuerdo haberme preguntado si Simpson no habría matado a su mujer y estaría fingiéndose demente. Entonces recordé que tanto Jim como yo habíamos observado el techo dañado. Algo había golpeado la casa. Tal vez esa cosa había matado a la señora Simpson. Esta era una mujer enérgica, unos pocos años menor que su esposo, y no precisamente de las que estarían acostadas y tranquilas a esa hora.

Llenos de dudas, llegamos al rellano del primer piso y miramos hacia el corredor. El corredor estaba bien iluminado por medio de una ancha ventana situada al fondo del, mismo. Dos habitaciones daban al corredor, una a cada lado. Las puertas de ambas estaban entornadas.

La primera habitación a la que echamos un vistazo era una especie de escritorio y biblioteca. Ya he dicho que Simpson no era un montañés común y corriente. Era en verdad un hombre que leía mucho y se mantenía al tanto de las mejores publicaciones de la literatura de actualidad.

La segunda habitación era el dormitorio. Su puerta ordinaria, hecha con tablones alisados, se abría hacia afuera.

Oscilaba en nuestra dirección, medio abierta, y en el estrecho corredor tuvimos que abrirla aún más para poder pasar. Entonces ...

¡Dios mío! —dijo Jim.

Los dos miramos, clavados al piso. Nunca olvidaré el total asombro de ese momento. Porque más allá de la puerta, donde tendría que haber estado un dormitorio, había ...

— ¡Oh, es imposible! —murmuré.

Aparté la vista. Efectivamente, estaba en un estrecho corredor, en una casa. Entonces volví a mirar y tuve la sensación de contemplar el vacío del espacio ilimitado. Mis dedos temblorosos aferraron el brazo de Jim. No me asusto fácilmente. La gente de mi profesión —la aviación— debe tener los nervios muy templados. Sin embargo, había algo tan extraño, tan fantástico, en lo que estaba viendo, que confieso haber sentido una oleada de terror. 

El espacio se extendía a la distancia en todas las direcciones más allá de aquella puerta, en la misma forma en que el espacio se extiende ante el que, acostado de espaldas en un día despejado, contempla el cielo. Pero este espacio no estaba brillantemente iluminado por la luz del sol. Era un espacio tenebroso, gris, que infundía miedo; un espacio en el que no se distinguían ni estrellas, ni la luna, ni el sol. Y era un espacio que tenía —aparte de su tenebrosidad— una propiedad de oblicuidad ...

—Jim —murmuré roncamente—. ¿También tú lo ves?

Sí, Bill, sí.

¿Qué es eso?

No sé. Quizás una ilusión óptica. Algo ha trastornado la perspectiva de esa habitación.

¿Trastornado?

Estoy tratando de pensar.

Caviló durante un momento. Aunque ejerce la medicina, Jim se interesa por la física y las matemáticas superiores. Sus artículos sobre la teoría de la relatividad han aparecido en muchas publicaciones científicas.

El espacio —dijo— no tiene una existencia independiente de la materia. Eso lo sabes. Ni tampoco independiente del tiempo.

Hizo rápidos gestos: —Está la noción de Einstein que considera a la materia como una caprichosa torsión del espacio, y al universo como algo a la vez finito e infinito. Es muy abstruso y difícil de entender —sacudió la cabeza—. Pero en el espacio exterior, mucho más allá del alcance de nuestros telescopios más potentes, puede que las cosas no funcionen exactamente como en la Tierra. Las leyes pueden cambiar, y pueden existir fenómenos exactamente contrarios a aquellos que nos son habituales. Dejó de hablar. Yo lo miré, fascinado.

— ¡Y ese meteorito venido de donde solo Dios sabe! —hizo una breve pausa—. Estoy convencido de que este fenómeno que presenciamos está relacionado con él. En ese meteorito ha venido algo que se ha introducido en esta habitación, algo que posee extrañas propiedades, que tiene el poder de distorsionar, torcer ... —su voz se apagó.

Miré con temor por la puerta abierta. —Cielos —dije—, ¿qué puede ser? ¿Qué es lo que tendría el poder de producir semejante ilusión?

—Si es que realmente es una ilusión —murmuró Jim—. Quizá no sea una ilusión en mayor medida que el ambiente en el que trascurre nuestra existencia, y que rara vez cuestionamos. No te olvides que Simpson anduvo perdido en él durante horas. Oh, parece fantástico, imposible, lo sé, y al principio creí que estaba delirando; pero ahora ... ahora ... —Se enderezó bruscamente—. La señora Simpson se encuentra en alguna parte de esa habitación, de ese increíble espacio, quizá vagando, perdida, asustada. Voy a entrar.

Le supliqué que , lo pensara bien. —Si tú vas, yo también iré —dije.

Se soltó de mi mano que lo aferraba. —No, tú debes permanecer junto a la puerta para guiarme con tu voz.

A pesar de mis nuevas protestas, atravesó el vano de la puerta. Al hacerlo, pareció como que iba a caer en la eternidad de la nada.

— ¡Jim! —llamé aterrorizado. Miró hacia atrás, pero no pude saber si había oído mi voz. Después dijo que no la había oído.

Era horripilante verlo caminar: una figura solitaria en medio del infinito. Les aseguro que era la visión más fantástica e increíble que jamás ¿a visto un ojo humano. Debo estar dormido, soñando, pensé, esto no puede ser real.

Tuve que apartar la vista para asegurarme, dando una mirada al corredor, de que estaba en verdad despierto. La habitación tenía como máximo apenas nueve metros desde la puerta hasta la pared; sin embargo Jim seguía y seguía, descendiendo por una eterna perspectiva de gris lejanía, hasta que su figura empezó a encogerse, a disminuir. 

Volví a gritar: — ¡Jim! ¡Jim! ¡Regresa, Jim!—. Pero en el preciso instante en que grité, su figura fluctuó, desapareció, y en toda la vasta y solitaria extensión de aquel tenebroso vacío, en ninguna parte se lo podía ver: ¡en ninguna parte! 

Me pregunto si alguien puede imaginar sólo una parte de las emociones que me asaltaron en aquel momento. Me agaché junto al vano de la puerta de aquella increíble habitación, presa de los más horribles temores y conjeturas. Inmediatamente grité: — ¡Jim! ¡Jim! —pero ninguna voz respondió, ninguna figura familiar se asomó a mi vista. 

El sol estaba alto en el cielo cuando bajé lentamente la escalera y salí al exterior. Simpson todavía estaba durmiendo en el sofá, con el sueño del agotamiento. Recordé que había dicho haber oído nuestras voces que lo llamaban mientras erraba por el espacio gris, y esto me vino a la memoria de un modo ominoso y como un presagio de algo desastroso, ya que, aparentemente, mi voz no había llegado en ningún momento a los oídos de Jim, y ningún sonido había llegado a mis propios oídos desde las fantásticas profundidades.

Tras largas horas de vigilancia en el estrecho corredor, con la vista clavada en el extraño espacio, bendije el día soleado con una inenarrable sensación de alivio, de haber escapado de algo horrible y anormal. Los burros estaban quietos a la sombra de una encina, con las cabezas bajas. Muy metódicamente, les retiré la carga; luego llené mi pipa y la encendí, haciendo todo lentamente, con cuidado, como si me hubiese dado cuenta de la necesidad de tranquilidad y de calma. 

La cordura de un hombre depende a menudo de pequeñeces como ésas. Y durante todo el tiempo miraba la casa, la parte superior de la misma, donde se encontraba la extraordinaria habitación. En sus paredes se veían algunas grietas y, sobre ellas, el techo se encontraba torcido y destrozado. Me pregunté cómo podía aquello ser posible. ¿Cómo era posible que dentro de los estrechos límites de una sola habitación, pudiera existir el fenómeno del espacio infinito? 

Einstein, Eddington, Jeans: yo había leído sus teorías, y Jim podía estar en lo cierto; pero ¡qué extraordinario era todo aquello, qué horrible! Tú estás loco, Bill, —me dije—, loco, ¡loco! Pero estaban los burros, estaba la casa. 

Una tanagra escarlata pasó volando, un gavilán daba vueltas en lo alto, una bandada de codornices de montaña, las del anillo en cuello, echó a correr por entre los matorrales enmarañados. No, yo no estaba loco, no podía estar soñando, y Jim ... ¡Jim estaba en alguna parte de aquella habitación maldita, de esa distorsión venida del espacio, perdido, vagando!

Fue lo más valeroso que hice en mi vida: volver a entrar en aquella casa, subir aquella escalera. Tuve que obligarme a hacerlo, ya que estaba desesperadamente aterrorizado y arrastraba los pies. Pero el rancho de Simpson sé encontraba en un lugar solitario, con la ciudad o el vecino más cercanos a millas de distancia. Ir a buscar socorro llevaría varias horas, y ¿de qué serviría cuando llegase? Además, Jim necesitaba ayuda, ahora mismo, inmediatamente. 

Aunque todos los nervios y fibras de mi cuerpo se rebelaban ante el pensamiento, até el extremo de una cuerda a un clavo fijo en el piso del corredor y atravesé el vano de la puerta. Inmediatamente fui tragado por el interminable espacio. 

Fue una sensación espantosa. Hasta donde llegaba mi vista, mis pies se apoyaban en la nada. Una lejanía interminable se encontraba tanto debajo como encima de mí. Enfermo y aturdido, me detuve y miré hacia atrás, pero el vano de la puerta había desaparecido.

Tan solo la cuerda arrollada en mis manos, y la pesada pistola que llevaba en la cintura, me libraban de caer en el pánico total.

Mientras avanzaba, iba aflojando lentamente la cuerda. Al principio, ésta se extendía por el infinito como una sinuosa serpiente. De pronto, repentinamente, toda ella desapareció a excepción de unos pocos metros. Tiré con temor del extremo que tenía en mis manos. Resistió el tirón. La cuerda aún estaba allí, aunque era invisible a mis ojos, totalmente desenrollada; a pesar de eso, yo no estaba más cerca de los límites de esa habitación. 

Allí quieto, rodeado por el vacío por arriba, alrededor, y debajo de mí, supe el significado de la completa desolación, del miedo y la soledad. Anduve a tientas por uno y otro lado, con el extremo de mi soga. Jim debía estar en alguna parte, buscando y tanteando él también.     — ¡Jim! —grité; y lo milagroso fue que pareció como si en mi propio oído la voz de Jim gritara: — ¡Bill! ¡Bill! ¿Eres tú, Bill?

Sí —casi sollocé—. ¿Dónde estás, Jim?

—No sé. Este lugar me desconcierta. He estado vagando por él durante horas. Escucha, Bill: todo aquí está desenfocado, la materia se tuerce, la luz se curva. ¿Puedes oírme, Bill?

Sí, sí. Yo también estoy aquí, aferrado al extremo de una cuerda que conduce a la puerta. Si pudieras seguir el sonido de mi voz ...

—Estoy tratando de hacerlo. Debemos estar muy cerca uno del otro. Bill... —su voz se debilitó, lejana.

¡Aquí! —grité—. ¡Aquí!

A lo lejos oí su voz que llamaba, mientras se alejaba.

—Por Dios, Jim, ¡por aquí! ¡Por aquí!

Súbitamente el pavoroso espacio pareció moverse, arremolinarse —no puedo describir de otro modo lo que ocurrió— y durante un instante, en la remota lejanía alcancé a ver la figura de Jim. 

Estaba trepando una interminable colina, muy lejos de mí; trepaba y trepaba; un punto negro contra la inmensidad de la nada. De pronto el punto fluctuó, se extinguió, y desapareció. 

Enfermo de un horror de pesadilla, caí de rodillas, e incluso, mientras lo hacía, mi corazón latió de tal modo que pareció que iba a salirse de mi pecho, al darme cuenta de otro desastre. ¡En mi excitación al tratar de llamar la atención de Jim, había dejado caer la cuerda!

El pánico me asaltó, y trató de dominarme, pero logré rechazarlo. Mantén la calma, me dije; no te muevas, no pierdas la cabeza; la cuerda tiene que estar a tus pies. Pero aunque busqué a tientas en todas las direcciones, no pude encontrarla. 

Traté de recordar si me había movido de mi posición originaria. Probablemente me había apartado de ella un paso o dos; pero ¿en qué dirección? Imposible responder a eso. En esa infernal distorsión del espacio y de la materia, no había nada con lo cual se pudiera determinar la dirección. Sin embargo no abandoné, no pude abandonar las esperanzas. La cuerda era lo único que podía guiarme al mundo exterior, al mundo de la vida y de los fenómenos normales.

Busqué por todos lados, desatinada y frenéticamente, pero en vano. Por fin me obligué a permanecer enteramente quieto, con los ojos cerrados para no ver el horripilante vacío. Mi cerebro funcionaba caóticamente. 

En una habitación de nueve metros estábamos perdidos Jim, una mujer, y yo, sin poder encontrarnos uno al otro: era algo imposible, increíble. Con los dedos temblorosos extraje mi pipa, puse tabaco en la tabaquera ennegrecida y acerqué un fósforo. ¡Doy gracias a Dios por la nicotina! 

Mis pensamientos fluyeron con mayor claridad. Por increíble que pareciera, estaba ahí, ni loco ni dormido. Algún capricho de las circunstancias había permitido que Simpson saliera tambaleándose de la trampa de aquella ilusión, pero ese capricho había sido evidentemente uno entre mil. Jim y yo podíamos seguir vagando en las extrañas profundidades hasta morir de hambre y agotamiento.

Abrí los ojos. La claridad grisácea del espacio —una claridad provista de una sutil oblicuidad— todavía me rodeaba. En alguna parte, a pocos metros de donde me encontraba —tal como se calcula la distancia de un mundo tridimensional—, debía estar Jim parado o caminando. Pero este espacio no era tridimensional. 

Era una fantástica dimensión procedente de más allá del sistema solar, y que la mente humana nunca podría tener la esperanza de conocer o entender. Y era terrorífico pensar que dentro de sus profundidades Jim y yo podíamos estar separados por miles de kilómetros, estando sin embargo uno junto al otro.

Seguí caminando. No podía permanecer quieto para siempre. Dios mío, pensé, tiene que haber alguna forma de salir de este horrible lugar, ¡tiene que existir una! Una y otra vez grité el nombre de Jim. Después de un rato eché un vistazo a mi reloj, pero había dejado de andar. 

Me empezaban a doler todos los músculos del cuerpo, y la sed estaba agregando sus torturas a las de la mente. — ¡Jim! —grité roncamente, una y otra vez; pero el silencio me oprimió hasta tal punto que sentí ganas de dar alaridos.

Traten de imaginarlo si pueden. Aunque caminaba sobre una materia lo suficientemente sólida como para soportar mis pies, el espacio se extendía aparentemente tanto por debajo como por arriba. Por momentos tenía la impresión de estar al revés, de caminar cabeza para abajo. 

Experimentaba la fantástica sensación de ser trasladado de un lugar a otro sin necesidad de que mediara ninguna acción. ¡Dios mío!, rogué para mis adentros, ¡Dios mío! Caí de rodillas, apretándome los ojos con las manos. Pero, ¿de qué me servía eso? ¿De qué me servía cualquier cosa? Vacilé sobre mis pies, luchando contra el terror mortal que me corroía el corazón, y me obligué a caminar lentamente, sin prisa, contando los pasos, uno, dos, tres,...

No sabría decir cuándo empecé a advertir la débil irradiación. Era como una irradiación de calor, solo que más sutil, como ondas de calor que salieran de un horno abierto. Me froté los ojos y miré, tenso. Efectivamente, desde alguna fuente invisible se estaban propagando ondas de energía. Las vi vibrar a lo lejos, en las ilimitadas profundidades del espacio; pero pronto advertí que estaba condenado —como un satélite fijo en su órbita— a viajar por un inmenso círculo del cual ellas eran el centro.

¡Y tal vez en aquella dirección se encontraba la puerta!

Lleno de desesperación, volví a caer de, rodillas, y arrodillado pensé tristemente: Este es el fin, no hay forma de salir de aquí, y con más calma de la que había tenido durante horas —existe una calma en la desesperación, un abandono fatalista de la lucha— alcé mi cabeza y miré apáticamente en torno.

Extraño, extraño; fantástico y extraño. ¿Podía esto ser real, lo era yo mismo? ¿Podía encontrarse la inmensidad de la nada en un radio de nueve metros, podía haber sido causada por algo venido del espacio, algo traído por el meteoro, algo que podía distorsionar, torcer?

¡Distorsionar, torcer!

Al ver que comenzaba a comprender, proferí un juramento mientras me ponía de pie y contemplaba la trémula radiación. ¿Por qué no podía acercarme a ella? ¿Qué fuerza extraña e invisible lo impedía? ¿Se debía a que la fuente de ese increíble espacio se encontraba escondida allí? Ah, les aseguro que estaba enloquecido, algo demente; pero, al mismo tiempo, conservaba cierta serenidad y claridad de pensamiento. 

Extraje la pesada pistola de su funda. Una frase dicha por Jim resonaba continuamente en mi cabeza: Vibración, vibración, todas las cosas son modos variables de vibración. Sin embargo tuve un momento de vacilación. Además de mí, en ese increíble espacio se encontraban perdidos otros dos, y ¿qué pasaría si llegaba a herir a alguno de ellos? Me dije que eso era preferible a perecer sin luchar.

Levanté la pistola. La trémula radiación era algo mortífero, hostil; las ondas de energía que se difundían eran repugnantes tentáculos que se estiraban para matar.

Murmuré una maldición, y apreté el gatillo.

De lo que siguió solo conservo un recuerdo caleidoscópico y caótico. El vacío grisáceo pareció contraerse y expandirse. Vi alternativamente el espacio y la habitación, la habitación y el espacio; a través de los intersticios de este desconcertante cambio me miraba algo indescriptiblemente repugnante, algo que acechaba desde el centro de un globo de cristal que mis tiros habían perforado. 

A través de los orificios dejados por las balas, de este cristal fluía lentamente un vapor, y mientras fluía, la criatura que se encontraba adentro del globo se agitaba y se retorcía; y mientras se agitaba yo tenía la sensación de ser levantado y bajado, levantado y bajado; de la habitación, al espacio vacío. 

Entonces, de repente, el globo de cristal se estremeció y se partió; oí cómo se rompió con un tintineo de vidrios rotos; el vapor luminoso escapó en un remolino, el vacío grisáceo desapareció, y me encontré, enfermo y aturdido, encerrado definitivamente entre las paredes de una habitación y a una distancia de un metro de la monstruosidad que se retorcía. 

Mientras yo permanecía con los pies clavados en el piso, demasiado aturdido como para moverme, la monstruosidad se elevó. La pude ver entonces en todo su horror. Era una cosa semejante a una araña, y sin embargo, no era una araña. Se elevó más y más, hasta una altura de dos metros en el aire, mirándome fijamente con sus ojos saltones, extendiendo sus patas peludas. 

Loco de terror, fui envuelto por el abrazo de la repugnante criatura. Entonces sucedió lo que nunca podré olvidar hasta el día de mi muerte, de tan extraño que fue, tan fantástico. La imaginación, ustedes dirán, las ideas fantásticas de una mente transitoriamente perturbada. 

Tal vez, tal vez; pero repentinamente me pareció que sabía —que sabía sin lugar a dudas— que ese visitante semejante a una araña era un ser inteligente y dotado de razón. Aquellos ojos parecían penetrar hasta los más recónditos lugares de mi cerebro; parecían establecer una especie de comunicación entre el ser que se encontraba detrás de ellos y yo.

No era una inteligencia maligna —me di cuenta de eso—; pero comparándolo conmigo era algo lejano, que tenía algo de divino. Y sin embargo, era una inteligencia mortal. Mis balas habían destrozado su envoltura protectora, habían alcanzado su cuerpo vulnerable, y, en lo que a él mismo respecta, se encontraba en la propia agonía de la muerte. 

Todo esto lo percibí, todo esto me lo dijo, no a través del habla, sino a través de algún sutil proceso de trasferencia de imágenes, que no tengo esperanzas de poder explicar. Me pareció ver un lugar fantástico y gris donde se hacían girar delicados diseños geométricos, y donde dibujos de plata rielaban y brillaban: la morada del extraño visitante del espacio exterior. Tal vez las células receptoras de mi cerebro no estaban lo suficientemente desarrolladas como para recibir todas las impresiones que trataba de comunicar.

Nada era claro, preciso, nada era definido. Tuve la penosa conciencia de que gran parte se estaba escapando de mi cerebro, sin haber sido puesto en correlación ni registrado. Pero un meteorito estaba volando por la oscuridad del espacio y lo vi caer a tierra. Vi cómo una parte se desprendía y daba vueltas, atravesaba el techo de la casa de Simpson y se introducía en el dormitorio. Y vi cómo el extraño visitante de más allá de nuestro universo utilizaba el increíble poder que poseía para distorsionar el espacio, alisar las porciones de materia que lo componían y disfrazar su persona con un velo de infinitud mientras estudiaba el ambiente extraño, para él, donde había caído.

Y luego todas sus agonizantes emociones parecieron precipitarse de golpe sobré mí y capté —sentí lo que estaba pensando. Había hecho un viaje desde un sistema estelar a otro, había aterrizado a salvo en la Tierra, a un billón, a un billón de años luz de distancia; pero jamás podría retornar a su remoto mundo para narrar su triunfo ... nunca ... ¡nunca jamás! 

Me pareció comprender todo eso, entenderlo, captar en algo así como una fracción de segundo, su soledad y su dolor, su tremenda nostalgia; entonces sus peludas extremidades aflojaron el abrazo; el horrible cuerpo se dobló sobre sí mismo; y mientras lo contemplaba tendido en el piso, cobré súbitamente conciencia de la señora Simpson, acurrucada, sana y salva, en un rincón de la habitación, y de Jim, que se encontraba de pie junto a mí, y me aferraba el brazo.

Bill —dijo roncamente—, ¿estás herido? Y luego con un susurro: —¿Qué es? ¿Qué es?

No sé —respondí con voz ahogada—. No sé. Pero sea lo que fuere, ya ha muerto ... la Distorsión que vino del Espacio.

Entonces, inexplicablemente, me cubrí el rostro con las manos y comencé a llorar.

Por la Sangre es la Vida - Francis Marion Crawford

Cené en el crepúsculo sobre el tejado de la vieja torre, ya que estaba fresco ahí durante el gran calor del verano. Aparte, la pequeña cocina había sido construída en una esquina de la gran plataforma, lo cual resultaba más conveniente si las fuentes tenían que ser llevadas por la empinada escalinata pétrea, rota en varios lugares y por todos lados agrietada por los años.

La torre era una de aquellas construcciones ordenadas en el sureste de Calabria por el emperador Carlos V, a principios del siglo XVI para vigilar el avance de los piratas bárbaros, cuando los infieles se aliaron a Francisco I contra el emperador y la Iglesia. Estaban hecha ruinas, un par aún permanecían intactas, y la mía era una de las más grandes. Como entró en mi patrimonio diez años atrás, y porque gasté parte de cada año en ella, son materias que no conciernen a este relato. La torre se elevaba en una de los más solitarios puntos de Italia meridional, y en el extremo de un promontorio curvo, que forma un pequeño pero seguro puerto natural en la parte sur del golfo de Policastro, y justo al norte del Cabo Escala, el lugar de nacimiento de Judas Iscariote, según una vieja leyenda local.

La torre se eleva en esta porción del terreno, y no hay otra casa que pueda ser vista en un radio de tres millas de ella. Cuando vine, tomé un par de marinos, uno de ellos un experto cocinero, y cuando estuve lejos lo dejé a cargo de un pequeño hombre que una vez fue un minero y que se amigó conmigo tiempo atrás.

Mi amigo, quien algunas veces me visita en mi soledad estival, es un artista de profesión, de origen escandinavo, y un cosmopólita debido a la fuerza de las circunstancias. Nosotros cenamos al crepúsculo; el brillo del atardecer se había disipado de nuevo, y la tarde púrpura había caído en la vasta cadena de montañas que atravesaban el golfo hacia el este, y se alzaban más alto a medida que se van hacia el sur. Hacía calor, y nos sentamos en una de las esquinas de la plataforma, esperando por el rocío de la noche. El color se hundió desde el aire, hubo un pequeño intervalo de tinieblas, y una lámpara envió una veta amarilla desde la puerta abierta de la cocina donde los hombres estaban preparando la comida.

Entonces la luna surgió súbitamente sobre la cresta del promontorio, inundando la plataforma e iluminando cada pequeño guijarro de roca y mata de hierba bajo nosotros, bajo el filo del agua calma. Mi amigo prendió su pipa y se sentó mirando un punto en las colinas. Supe que estaba mirando, y por un largo tiempo me pregunté si habría visto algo que hubiera acaparado su atención. Había pasado un largo tiempo desde que habló por última vez. Como la mayoría de los pintores, él confiaba en su propia vista, como un león confía en su propia fuerza y un venado en su velocidad, y él siempre se molestaba cuando no podía reconciliar lo que veía con lo que él creía que tenía que ver.

- Es extraño - dijo. -¿Ves aquel pequeño montículo justo en aquel lado?

- Si - repuse, y supuse lo que vendría.

- Parece como una tumba - observó Holger.

- Es verdad. Parece como un sepulcro.

- Si - continuó mi amigo, con sus ojos aún fijos en el punto. - Pero lo extraño de esto es que veo el cuerpo yaciendo sobre la misma, por supuesto, - continuó Holger, volteando su cabeza como lo hacen los artistas - debe ser un efecto de la luz. En primer lugar, no es una tumba. Segundo, si lo fuera, el cuerpo debería estar dentro y no fuera. Entonces, debe ser un efecto de la luz de la luna. ¿Lo puedes ver?

- Perfectamente; siempre lo veo en las noches de luna.

- No parece interesarte mucho - dijo Holger.

- Por el contrario, esto me interesa, pero ya estoy un poco cansado. Tu no estás tan equivocado, sin embargo. El montículo es realmente una tumba.

- No puede ser - gritó Holger, incrédulamente.

- No, -respondí - no puede ser. Lo se, porque he tomado el trabajo de ir allá y verlo.

- ¿Entonces qué era? - preguntó Holger.

- Nada

- ¿Entonces es sólo un efecto de la luz, supongo?

- Quizás lo es. Pero la inexplicable parte del asunto es que no hay diferencia si la luna ha salido o se pone, o si está en creciente o menguante. Si hay alguna luz de luna, desde el este o del oeste, mientras brilla sobre las piedras, uno puede ver el contorno del cuerpo.

Holger removió su pipa con la punta de su cuchillo y usó su dedo como tapón. Cuando el tabaco ardió bien, él se levantó de su silla.

- Si tu no lo piensas - dijo - iré abajo y miraré el montículo.

Me dejó, cruzó la azotea, y desapareció bajo los oscuros escalones. No me moví, pero me senté mirando hasta que lo vi salir de la torre. Lo escuché canturrear una vieja canción danesa mientras cruzaba el espacio abierto bajo el brillo de la luna, dirigiéndose directamente hacia el misterioso montículo. Cuando él estaba a diez pasos de él, Holger se paró, avanzó solo dos pasos y luego retrocedió cuatro y nuevamente se paró. Sabía lo que eso significaba. Él había llegado al punto donde la cosa dejaba de ser visible, donde, como el hubiera dicho, el efecto de la luz cambiaba.

Entonces él regresó al montículo y se paró sobre él. Podía ver aún la cosa, pero ya no estaba tendida sobre la piedra; ahora estaba como arrodillada, rodeando con sus blancos brazos el cuerpo de Holger y mirando en su rostro. Una fría brisa conmovió mi cabello en ese momento, y el viento nocturno comenzó a soplar desde las colinas, pero sentí como si fuera la respiración de otro mundo.

La cosa pareció como que trataba de escalar por sus pies, ayudándose por el cuerpo de Holger, mientras este permanecía erguido, quizás inconsciente de eso, aparentemente mirando hacia la torre, que es muy pintoresca cuando la luz de la luna cae por aquel lado.

- ¡Regresa! -le grité-. ¡No te quedes ahí toda la noche!

Me pareció como que él se movió muy a su pesar, como que bajó del montículo, con dificultad. Eso fue. Los brazos de la cosa aún estaban rodeándolo por la cintura, pero sus pies no podían dejar la tumba. A medida que él lentamente se movía hacia adelante, se iba cubriendo con una especie de corona de bruma, ligera y blanquecina, hasta que vi claramente cuando Holger se sacudió, como cuando alguien se asusta. En el mismo momento un leve gemido de dolor llegó a mis oídos a través del viento. Pudo haber sido una pequeña lechuza que vive sobre las rocas, y la brumosa presencia se replegó suavemente cuando la figura de Holger comenzó a avanzar y dejó el montículo.

De nuevo sentí la fría brisa en mi cabello, y esta vez una helada sensación de horror bajó por mi espina. Recordaba muy bien cuando yo mismo había ido al montículo, bajo la luz de la luna; había estado allí cerca, y no había visto nada; como Holger, fui y me paré encima del montículo; y recordaba como, cuando volví, estaba seguro que no había nada allí, y de pronto tuve la convicción que habría algo si solo miraba detrás mío. Recordaba la fuerte tentación de mirar para atrás, una tentación que resistí como si fuera algo indigno de un hombre de sentido común, hasta que me libré, y me sacudí tal cual como Holger había hecho.

Y ahora sabía que aquellos blancos y neblinosos brazos también me habían rodeado; lo supe en un instante, y me estremecí cuando recordé que esa noche también había escuchado la misma lechuza. Pero no había sido ningún búho o lechuza. Era el aullido de la Cosa.

Recambié el tabaco de mi pipa y me serví una copa de fuerte vino del sur; en menos de un minuto Holger estaba de nuevo sentado a mi lado.

- Por supuesto, no había nada allí -dijo-, pero es escalofriante. ¿Sabías que cuando estaba volviendo estaba tan seguro que había alguien detrás mío que quería voltearme y ver? Hice un gran esfuerzo para no hacerlo.

Se río un poco, sacudió las cenizas de su pipa, y se sirvió una copa. Por un momento ninguno de los dos habló, y la luna siguió alta, y ambos miramos a la Cosa que permanecía sobre el montículo.

- Tu puedes hacer una historia sobre aquello -dijo Holger luego de un largo rato.

- Hay una -le respondí-, si no estás con mucho sueño, te la puedo contar.

- Adelante -dijo Holger, a quien le gustaban las historias.

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El viejo Alario estaba moribundo en el pueblo, detrás de la colina. Tu lo recuerdas, no tengo duda. Ellos decían que él hizo dinero vendiendo joyas falsificadas en Sud América, y que escapó con el dinero luego de haber sido acusado. Como todos estos tipos, si ellos se traen algo consigo mismos, lo invierten para refaccionar sus casas, y como no había albañiles por aquí, él envió dos obreros a Paola. Ellos eran dos corpulentos pillos, un napolitano que había perdido un ojo, y un siciliano que tenía una vieja cicatriz de pulgada y media en su mejilla izquierda. Alguna vez los vi, ya que los domingos acostumbraban bajar por aquí a pescar en las rocas de la costa. Cuando Alario pescó las fiebres que lo llevaron a la tumba, los albañiles aún estaban trabajando. Como ellos acordaron que parte de sus pagas sería el alojamiento y la comida, él los hacía dormir en la casa. Su esposa había muerto, y solo tenía un hijo llamado Ángelo, que era mucho más honesto que él mismo. Ángelo estaba por casarse con la hijo del hombre más rico del pueblo, y extrañamente, a pesar que el matrimonio había sido arreglado por sus padres, los jóvenes novios estaban enamorados el uno del otro.

De esta manera, sucedía que todo el pueblo amaba a Ángelo, y entre el resto había una salvaje y bonita criatura llamada Cristina, que parecía ser una gitana. Ella tenía labios muy rojos y ojos negros, y tenía el cuerpo de un galgo, y la lengua de un demonio. Pero para Ángelo ella no tenía la menor importancia. Él era poco más que un simplón, muy diferente del truhán que era su padre; y bajo las que yo denomino circunstancias normales, realmente creo que él jamás habría mirado a otra mujer excepto a la bonita y pequeña criatura, con la que tuvo que casarse por órdenes de su padre. Pero las cosas se dieron vuelta, tanto por causas normales o no naturales.

Había también un joven y apuesto pastor de las colinas sobre Maratea que estaba enamorado de Cristina, quien parecía vivir muy indiferente de éste joven. Cristina no tenía un medio de vida estable, pero ella era una buena chica y era capaz de hacer cualquier trabajo, en pos de tener un poco de pan o un plato de arvejas, y un techo bajo el cual poder dormir. Ella era muy feliz cuando tenía algún tipo de tarea cerca de la casa del padre de Ángelo. No habían médicos en el pueblo, y cuando los vecinos supieron que el viejo Alario estaba muy enfermo, Cristina fue enviada a Scalea para traer a un doctor. Esto fue casi al anochecer, y si ellos esperaron tanto fue porque el enfermo se negaba a permitir cualquier tipo de extravagancia mientras él fuera capaz de hablar. Pero mientras Cristina estuvo fuera, algunas cosas marcharon muy mal. El abate fue llevado al lecho, y cuando hubo hecho lo que pudo, dio su opinión de que el viejo estaba muerto, lo anunció a los vecinos y dejó la casa.

Tu conoces a esta gente. Tienen un miedo físico a la muerte muy grande. Hasta que el cura habló, el salón estaba lleno de gente. Sus palabras salieron difícilmente de su boca. Cayó la noche. Todos se apuraron en llegar a sus casas, corriendo a través de la calle.

Ángelo, que como habíamos dicho, estaba fuera, Cristina aún no había vuelto, la sirvienta que había cuidado al viejo durante su enfermedad, habíase ido con el resto, y el cadáver quedó solitario bajo la parpadeante luz de la lámpara de aceite.

Cinco minutos después dos hombres miraron con cautela y se movieron sigilosamente por el dormitorio. Eran el albañil napolitano tuerto y su compañero siciliano. Ellos sabían que era lo que querían. En un breve momento habían encontrado debajo de la cama una pequeña pero fuerte cajita de metal, y al siguiente instante habían dejado la casa, al amparo de la oscuridad. Había sido un trabajo sencillo, ya que la casa de Alario era la última antes del desfiladero que desemboca en estas rocas, y los ladrones habían simplemente salido por la puerta trasera, y ya estaban amparados por las rocas, a excepción de la posibilidad de encontrarse con algún campesino retrasado, la cual era casi nula, ya que muy poca gente utilizaba esa ruta. Ellos llevaban una azada y una pala, y siguieron su camino sin ningún accidente.

Te estoy contando esta historia como debió haber ocurrido, ya que, por supuesto, no hay testigos de la parte que ahora viene. Los hombres llevaron la caja a través del desfiladero, intentando enterrarla hasta que fueran capaces de regresar con un bote y tomarla. Así que debían elegir el lugar adecuado para enterrarlo dado la posibilidad que parte del dinero estuviera en títulos o en papeles, así que había que procurar un lugar seco y resguardado. Sabían que el papel se pudriría si ellos se veían obligados a dejarlo por mucho tiempo, así que cavaron su foso aquí abajo, cerca de estos guijarros. Si, justamente donde hoy está el montículo.

Cristina no encontró al médico en Scalea, ya que había sido llamado desde un lugar más allá del valle, a mitad de camino de San Domenico. Si ella le hubiera encontrado, él habría tenido que acudir en mula por el camino superior, que es más uniforme, pero también más largo. Pero Cristina tomó el atajo a través de las rocas, que pasan cerca de cincuenta pies por sobre el montículo. Los hombres estaban cavando cuando ella pasó, y ella los escuchó trabajar. No se habría marchado sin descubrir el origen de estos ruidos, y ya que ella nunca había tenido miedo en su vida, pensó que a lo mejor eran los pescadores quienes algunas veces vienen de noche para conseguir alguna roca que usar de ancla o juntar algunos leños para prender una fogata. La noche estaba oscura y Cristina probablemente se acercó mucho a los dos hombres antes de que pudiera ver que estaban haciendo. Ella los vio, por supuesto, y ellos la vieron también, e instantáneamente comprendieron que la tenían en su poder. Había una sola cosa que hacer para estar seguros, y ellos la hicieron de inmediato. Golpearon a la chica en la cabeza, terminaron de cavar el foso lo más rápido que pudieron, y enterraron el arcón de metal junto a la chica. Ellos comprendieron de inmediato que su única posibilidad de quedar absueltos de toda sospecha era la de regresar de inmediato, y no había pasado media hora que se encontraban chismorreando con el hombre que estaba construyendo el ataúd de Alario. Él era un compadre de ellos, y también había estado trabajando en las reparaciones de la casa del viejo. Hasta donde yo pude ser capaz de elucubrar, las únicas personas que supuestamente sabían donde Alario guardaba su tesoro eran Ángelo y la sirvienta que había mencionado antes. Ángelo estaba ausente; y fue la mujer quien descubrió el robo.

Era fácil suponer que nadie más sabía donde estaba el dinero. El viejo guardaba su caja cerrada con llave, y él mismo guardaba la llave en un bolsillo de su chaqueta, y no permitía que la mujer entrara a limpiar, a no ser que él estuviera presente. El pueblo entero sabía que él tenía mucho dinero en algún sitio, y era probable que los albañiles hubieran descubierto el lugar husmeando a través de la ventana en su ausencia. Si el viejo no hubiera estado delirante hasta que perdió el conocimiento, él se hubiera agonizado aterrorizado de pensar en sus riquezas. La fiel sirvienta había olvidado la existencia del arcón por unos momentos, cuando se marchó asustada junto a los demás. Veinte minutos habían pasado hasta que ella regresó con las dos viejas que siempre eran llamadas cuando alguien moría y que preparaban al muerto para el funeral. Cuando volvió al lecho del viejo, hizo el ademán como si se hubiera caído algo para poder tener oportunidad de agacharse y mirar debajo de la cama. Pero la caja no estaba. Había sido en la tarde que la había visto, así que habría sido robada en el corto intervalo que ella abandonó la habitación.

No había carabineros en el pueblo, no había nada parecido a una oficina municipal, ya que no había municipalidad. Creo que nunca hubo tal cosa en el pueblo. Así fue como la vieja sirvienta que había vivido toda su vida en el pueblo, que jamás necesitó recurrir a la ayuda de ninguna autoridad civil, simplemente salió corriendo a través de la calle, en la oscuridad, gritando que habían robado la casa de su patrón muerto. Mucha gente se levantó a mirar que ocurría, pero al principio nadie pareció inclinado a ayudarla. La mayoría se murmuraban entre ellos que probablemente ella misma habría robado el dinero. El primer hombre en moverse fue el padre de la chica que se había casado con Ángelo; su opinión era que la caja habría sido robada por los dos albañiles que estaban alojados en la casa. Así que organizó una búsqueda por ellos, que comenzó naturalmente en la casa de Alario y finalizó en la carpintería , donde los ladrones fueron encontrados conversando con el carpintero, que estaba terminando el ataúd, a la luz de una lámpara de aceite. La partida de búsqueda los acusó del robo y iba a proceder a encerrarlos hasta tanto se pudieran traer a algunos carabineros desde Scalea. Los dos hombres se miraron entre sí por un momento, y de pronto, sin la más mínima dubitación, arrojaron la lámpara, volcaron el ataúd poniéndolo como barrera, y largaron a correr en la oscuridad. Luego de un breve instante, estaban siendo perseguidos.

Este es el fin de la primera parte de la historia. El tesoro había desaparecido, y no había pistas que suministraran algún dato sobre los ladrones. El viejo fue enterrado, y cuando Ángelo regresó, al final, tuvo que pedir prestado para pagar por el miserable funeral, y aún así tuvo alguna dificultad en hacerlo. No es necesario que cuente que habiendo perdido su herencia, también perdió a su novia. En esta parte del mundo, los matrimonios son hechos sobre estrictos principios de negocios, y si el dinero prometido no estaba al día pactado, la novia o el novio cuyos padres habían fracasado en tenerlo, podían dar marcha atrás y cancelar todo. El pobre Ángelo sabía todo esto muy bien. Su padre no había poseído mucha tierra, y solo tenía el dinero que había traído de Sud América, el cuál ahora ya no estaba. Solo tenía deudas por los materiales de construcción utilizados en la refacción de la casa. Estaba arruinado, y la bonita y pequeña criatura que iba a ser suya, le dio vuelta la cara en la más elegante forma. En tanto Cristina, que habían pasado varios días de su desaparición, ya nadie recordaba que había sido enviada al pueblo a buscar a un médico y jamás había regresado. Ella ya había desaparecido por varios días antes, cuando había conseguido un trabajo en una granja distante. Pero cuando no volvió a ser vista por mucho tiempo, la gente se comenzó a preguntar, hasta que se convencieron de la idea que ella había sido conspiradora junto a los albañiles y había escapado con ellos.

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Hice una pausa y limpié mis anteojos.

- Este tipo de cosas no pasan en ningún otro lado -observó Holger, llenando nuevamente su pipa-. Es maravilloso que un encanto natural tan bello como el que hay por aquí, esté tan cerca del asesinato y la muerte súbita. Acciones que serían simplemente brutales y desagradables en cualquier otro lado, se vuelven dramáticas y misteriosas a causa que estamos en Italia y que estamos viviendo en una genuina torre construída por Carlos V para protegerse de los piratas bárbaros.

- Hay algo de eso -admití. Holger es el hombre más romántico del mundo, pero siempre piensa que es necesario explicar todo.

- Supongo que ellos encontraron el cadáver de la infortunada chica junto con la caja.

- Parece que es de tú interés -respondí-, te lo diré junto con el final de la historia.

La luna estaba en lo más alto; el perfil de la Cosa sobre el montículo era ahora mucho más claro a mis ojos que antes.

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El pueblo, poco a poco, regresó a su vida normal, común y corriente. Nadie extrañó al viejo Alario, quien había estado mucho tiempo ausente por sus viajes a Sud América, y nunca se había convertido en una figura familiar en el lugar. Ángelo continuó viviendo en la casa a medio terminar, y a razón de que no tenía dinero, ya no podía tener a la vieja sirvienta, aunque ella, por cariño, venía de vez en cuando y le lavaba una camisa. Aparte de la casa, él había heredado un pequeño terrero a alguna distancia del pueblo. Él trató de cultivarlo, pero no puso corazón en el trabajo, ya que sabía que jamás podría pagar los impuestos del mismo, o de la casa, la cuál sería confiscada por el Gobierno, o bien embargada por el reclamo de la deuda de los materiales de construcción

Ángelo era muy desgraciado. Mientras su padre vivía y era rico, cada chica en el pueblo había estado enamorada de él; pero todo había cambiado ahora. Él se había sentido admirado y respetado, y era invitado a tomar vino por padres cuyas hijas estaban solteras. Ahora se cocinaba su miserable cena, y se sentía triste, melancólico y taciturno.

Al anochecer, cuando el trabajo diurno hubo terminado, en vez de ir a pasear en espacios abiertos, cerca de la iglesia, con los jóvenes amigos de su misma edad, él comenzaba a errar en lugares solitarios de las afueras del pueblo hasta que caía la oscuridad. Entonces regresaba a su casa y se iba a la cama para ahorrar el gasto de la luz. Pero en aquellas solitarias horas de penumbra empezaba a tener extraños sueños. Ya no estaba siempre solo, cuando se sentaba en el tronco de un árbol, donde el sendero cercano tornaba hacia el desfiladero, él estaba seguro que una mujer caminaba por sobre las rocas sin el menor sonido, como si sus pies estuviesen desnudos; y ella se quedaba bajo un grupo de castaños, solamente a una docena de yardas del sendero, y lo llamaba con señas, sin emitir la mínima palabra. A pesar que ella se mantenía en las sombras, él sabía que sus labios eran rojos, y cuando ella le sonrió, mostró dos pequeñas y claras hileras de dientes. Él la reconoció de inmediato, y supo que era Cristina, y que estaba muerta. Aún no experimentaba miedo; él solo se preguntaba si sería un sueño, ya que pensaba si hubiera estado despierto, seguro hubiera tenido miedo.

Aparte, la mujer muerta tenía labios rojos, y esto solo podía suceder en un sueño. Siempre que él pasaba cerca del desfiladero, al anochecer, ella siempre estaba cerca esperándolo, o faltaba muy poco para que aparezca, y él comenzó a pensar que ella se acercaría un poco cada día. Al principio él solo podía estar seguro de sus labios enrojecidos, pero con cada vez que la veía, estaba distinta, y el rostro pálido se le mostraba con unos ojos profundos y ávidos.

Fue que los ojos se volvieron tenues. Poco a poco él iba dándose cuenta que algún día el sueño no terminaría cuando volviera a su casa, sino que continuaría cuando fuera abajo, hacia el desfiladero, desde donde provenía la visión. Ella estaba cerca ahora cuando le hacía señas. Sus mejillas tenían la lividez de la muerte, y tenían la palidez de la inanición, con la furia y la sed no satisfecha de sus ojos que le devoraban. Ella le había hechizado, y al final estaba demasiado cerca suyo. Él no podía decir si su respiración era ígnea como el fuego o fría como el hielo; tampoco podía decir si sus rojos labios ardían o estaban helados; o si sus cinco dedos de su mano eran brasas o quemaban su piel como la escarcha; no podía distinguir si estaba dormido o despierto, ni tampoco si ella estaba viva o muerta. Pero él sabía que la amaba, ella solitaria de todas las criaturas, de esto o del otro mundo, y su hechizo cayó poderoso sobre él.

Cuando la luna subía a lo alto esa noche, la sombra de esta Cosa no estaba sola sobre el montículo.

Ángelo despertó en la fría mañana, empapado del rocío nocturno y asustado en carne, hueso y sangre propia. Abrió sus ojos hacia la clara luz y vio las estrellas que aún brillaban en el firmamento. Lentamente volvió su cabeza hacia el montículo, pero la otra cara no estaba allí. El miedo lo había paralizado súbitamente, un miedo inenarrable y desconocido; saltó y comenzó a correr hacia arriba para escalar el desfiladero, sin jamás volver a mirar para atrás, hasta tanto hubo alcanzado la puerta de su hogar en las afueras del pueblo. Ese día regresó a su trabajo, y las horas se arrastraron agotadoramente hasta que el sol cayó y se hundió en el mar, y grandes destellos sobre las colinas de Maratea se tornaron púrpuras contra el cielo teñido de gaviotas.

Ángelo cargó en su hombro el pesado azadón y dejó el campo. Se sentía menos cansado ahora que en la mañana cuando comenzó a trabajar, pero se prometió a sí mismo que iría a su casa sin detenerse en el acantilado, y comería la mejor cena que pudiera prepararse, y dormiría toda la noche como cualquier cristiano. No sería tentado de nuevo por la sombra con labios rojos y respiración gélida; no soñaría de nuevo esa pesadilla de terror y placer. Él estaba cerca del pueblo ahora; había pasado media hora desde que el sol se había puesto, y las campanas de la iglesia tronaron con pequeños y discordantes ecos alrededor de las rocas y barrancos para comunicar a toda la buena gente que el día se había cumplido. Ángelo aún permaneció un momento donde la ruta se bifurcaba, donde el izquierdo conducía al pueblo, y el derecho hacia el acantilado, donde un grupo de castaños se levantaba a la vera del sendero. Él se frenó un minuto, acomodando el sombrero sobre su cabeza y mirando fijamente hacia el mar, y sus labios se movieron mientras él silenciosamente recitaba una oración familiar. Sus labios se movían, pero las palabras que siguieron perdían su significado y se convertían en otras, y terminaban en un nombre que él pronunciaba en voz alta: ¡Cristina! Con el nombre, la tensión de su voluntad se relajó súbitamente, la realidad se evaporó y el sueño regresó de nuevo, y como un sonámbulo, bajó, bajó, por el sendero hacia la creciente oscuridad. Y a medida que ella se deslizaba por un lado, susurró extrañas y dulces cosas a su oído, que, si él hubiera estado en vigilia, hubiera sabido que no podría comprenderlas; pero en el estado actual, le parecieron las palabras más maravillosas que había escuchado en toda su vida. Y ella lo besó, pero no sobre su boca. Él sintió sus penetrantes besos bajo su garganta, y sabía que sus labios estaban rojos. Así que el salvaje sueño se aceleró hacia la oscuridad y las penumbras, a través de la pálida luz de luna, y toda la gloria de la noche estival. Pero amanecer se despertó medio muerto, sobre el montículo de allá abajo, recordando y no recordando, falto de sangre, aún extrañamente nostálgico de esos labios rojos. Entonces vino el pavor, el terrorífico pánico innombrable, el horror mortal que guardan los confines del mundo que no vemos, ni que conocemos al igual que las otras cosas, pero que podemos sentir a través de gélidos escalofríos en nuestros huesos y del toque de una fantasmal mano que es capaz de encanecer nuestro cabello. Una vez más Ángelo se levantó del montículo y corrió hacia el desfiladero, bajo las primeras luces del día. Pero sus pasos fueron más inseguros esta vez, y él se detuvo para recuperar el aliento; y cuando se acercó al salto de agua que se yergue a mitad de la colina, se arrodilló y remojó su cara y bebió como el nunca antes había bebido, por que tenía la sed de un hombre herido que había quedado toda la noche desangrándose a la intemperie.

Ella había regresado, y él no podía escapar, pero podría tenerla cada noche al crepúsculo, hasta que ella hubiera drenado la última gota de su sangre. Fue en vano que al final del día él tratara de tomar otro camino y fuera a casa por alguna senda que no lindara con el desfiladero. En vano se prometía cada mañana mientras tenía que trepar por su solitario camino rumbo al hogar. Era en vano, ya que cuando el sol ardiente se hundía en el mar, y el fresco de la noche regresaba, sus pies lo llevaban hacia el viejo camino, y ella le esperaba en las sombras, bajo los castaños; y entonces todo ocurría de nuevo y él volvía a sentir esos besos bajo su garganta mientras ella se movía y revoloteaba a lo largo del camino, enlazando su brazo alrededor suyo. Y a medida que su sangre decrecía, ella estaba más hambrienta y más sedienta cada noche, y cada día cuando él se despertaba en las primeras horas de la mañana, le resultaba más difícil el esfuerzo de trepar las rocas del desfiladero para llegar a su casa; y cuando él llegaba a su trabajo, sus pies y sus brazos se cansaban mucho más rápido del azadón. Él apenas hablaba con los demás, pero la gente decía que ser estaba "autoconsumiendo" por el amor de la chica que iba a desposar y que perdió junto con su herencia; y ellos se reían con tal pensamiento, ya que este no es un país muy romántico. Durante este tiempo, Antonio, el hombre que está aquí para vigilar la torre, regresó de visitar a su gente, cerca de Salerno. Él había estado fuera todo el tiempo, desde antes de la muerte de Alario, y no estaba enterado de todo esto. Él me ha contado que regresó una tarde, casi de noche, y subió a la torre para comer y dormir, ya que estaba muy cansado. Era pasada la medianoche cuando se despertó, y cuando miró que la luna estaba subiendo por la colina, vio hacia el montículo, y observó algo, y no pudo volver a dormir esa noche. Cuando regresó en la mañana, a pleno día, no había nada que ver sobre el montículo, solo piedras y arena. Luego marchó directo por la ruta al pueblo, y fue a la casa del viejo cura.

- He visto una cosa maléfica esta noche -dijo-, he visto como un muerte bebe la sangre de un vivo. Y la sangre es la vida.

- Dime que fue lo que viste -dijo el cura, como réplica.

Antonio le contó todo lo que había visto.

- Usted debe traer su libro y su agua bendita esta noche -añadió-. Estaré ahí antes del atardecer con usted, y si le place cenar conmigo mientras esperamos, estaré listo.

- Iré -respondió el sacerdote-, por lo que he leído en los viejos libros estos extraños seres no están ni vivos ni muertos, descansan en sus tumbas durante el día, y roban la sangre y la vida de los vivos durante la noche.

Antonio no podía leer, pero estuvo feliz de que el cura pudiera comprender todo aquello. Por supuestos estos libros instruían la manera de terminar la existencia de la Cosa no muerta para siempre.

Así que Antonio regresó a su trabajo, que consistía en sentarse en el lado sombrío de la torre, o bien colgarse con una línea de pesca de alguna roca junto al mar. Pero aquel día él marchó dos veces a revisar el montículo, a pleno sol, y estuvo revisando los alrededores, en busca de algún hueco en el que este ser pudiera refugiarse; pero no halló nada. Cuando el sol comenzó a extinguirse y el aire refrescó en las sombras, él fue a llamar al viejo cura, llevando consigo una canasta; en la que pusieron una botella de agua bendita, y todo aquello que el cura pudiera necesitar para su tarea; y ellos bajaron y esperaron en la puerta de la torre, hasta fuera de noche. Pero mientras las últimas luces del día aún se retardaban en desaparecer vieron que algo se movía, justo allá, dos figuras, un hombre que caminaba y una mujer que revoloteaba a su alrededor, mientras su cabeza permanecía sobre los hombros de él, besándole el cuello. El sacerdote, según me contó, también, mientras le castañeteaban los dientes, asió fuertemente del brazo a Antonio. La visión pasaba y desaparecía entre las sombras. Entonces Antonio tomó un envase de licor fuerte, que él guardaba para ocasiones especiales, y se bebió un trago de esos que hacen que un hombre mayor se sienta de nuevo joven, y luego tomó su linterna, y también su pico y pala, y dio al sacerdote su estola y el agua bendita, acto seguido comenzaron a caminar hacia el punto donde habían visto la aparición. Antonio dijo que sus propias rodillas se chocaban entre sí al caminar y el cura se tropezaba en su propio latín. Cuando ellos estaban a un par de yardas del montículo la parpadeante luz de la linterna se movió sobre el rostro pálido de Ángelo, inconsciente, como si estuviera dormido, y sobre su respingado cuello había una muy delgada línea de gotas de sangre que era vertida sobre su cuello; y la luz de la linterna también iluminó sobre otra cara que miraba desde esta fiesta, con dos profundos ojos muertos que veían como a través de la muerte, con labios rojizos como la vida misma, con dos relucientes dientes sobre los que brillaba una gota sonrosada. El cura, viejo buen hombre, cerró sus ojos y exhibió su agua bendita ante él, y su voz rota se tradujo en un grito; y Antonio, quien no se acobardó después de todo, levantó su pico con una mano, teniendo la linterna en la otra, y le saltó encima, sin saber como terminaría; y entonces juró que escuchó el grito de una mujer, y la Cosa se había ido. Ángelo quedó inconsciente sobre el montículo, con la línea roja sobre su cuello, y las gotas de su mortal sudor en su frente. Ellos lo alzaron en brazos, medio muerto como estaba, y lo dejaron cerca de donde estaban; luego Antonio comenzó a trabajar, y el cura ayudó, aunque él era viejo y no podía hacer mucho. Así que cavaron profundo, y a lo último Antonio, estando sobre la tumba, se paró y alumbró con su linterna para mirar lo que podían ver.

Su cabello, que solía ser castaño oscuro, con algunas canas cerca de las sienes, en menos de un mes quedó totalmente gris como un tejón. Él había sido minero cuando joven, y la mayoría de esta gente jamás llegaron a ver algo como lo que él vio esta noche: esta Cosa que permanecería ni sobre ni debajo de la tumba. Antonio había llevado algo con él que el cura no había advertido. Él se había hecho esa misma tarde una afilada estaca tallada de vieja madera de barco, que ahora llevaba con él, además de su pico, cuando bajó a la tumba, alumbrando con su linterna. No puedo imaginar ningún poder sobre la Tierra que pueda traducir en palabras lo que ocurrió entonces, y el viejo cura se asustó al mirar. Él dice que escuchó a Antonio que respiraba como una bestia salvaje, y moviéndose como si estuviera luchando con algo tan fuerte como sí mismo; y también escuchó un maléfico sonido, como si algo hubiera perforado violentamente carne y hueso; el más horroroso sonido de todos, el alarido de una mujer, el sobrenatural aullido de una mujer ni viva ni muerta, pero enterrada en lo profundo durante muchos días. Y él, el pobre viejo cura, pudo únicamente caer y arrodillarse en la arena, vociferando sus oraciones y exorcismos en voz alta para ahogar esos sonidos desgarradores. Entonces, súbitamente, un pequeño arcón de metal cayó cerca de donde estaba arrodillado, siendo iluminado por la luz de la linterna, y al siguiente momento Antonio estaba detrás de él, con su cara tan pálida como sebo, empujando la arena y grava dentro de la tumba, con furia, y mirando por sobre el borde hasta que el foso estuvo medio lleno; y el cura dijo que había mucha más sangre fresca en las manos de Antonio y en sus ropas.

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Aquí es donde termina mi historia. Holger terminó su vino y se reclinó en su silla.

- Entonces Ángelo tuvo lo suyo de nuevo -dijo-, ¿se casó con la chica que estaba prometida?

- No, él quedó aterrorizado, y se fue a Sud América, y no volví a tener noticias desde entonces.

- Y este pobre cadáver está aún allí, supongo -dijo Holger-. ¿Sigue muerto aún?, me pregunto.

Me lo pregunto también, pero si está muerto o vivo, debo tener cuidado de verlo, aún a plena luz del día. Antonio está canoso como un tejón, y él nunca ha sido el mismo desde aquella noche.