Cuando
volví a mirarla de nuevo, me di cuenta hasta qué punto había sufrido
por mí. Con las manos adosadas a sus mejillas, Delfina lloraba en su
mundo silencioso, como si hubiera estado a punto de perderme para
siempre.
Emocionado, teniendo en mis manos la más tangible de las
pruebas de amor, volví precipitadamente hacia ella y me contuve de
arrodillarme y besar sus pies, como lo exigía antaño una bárbara
costumbre, prueba indefectible de sumisión. Si me lo hubiese pedido, me
habría despojado del sol, igual que de la palabra o de mi propia vida,
ya que en un instante, Delfina se había convertido en Todo para mí.
Entonces
observé algo que creía imposible: vi que Delfina sonreía, y descubrí
que hasta entonces yo no había sabido nunca verdaderamente lo que era
una sonrisa. Solo creía saberlo. La sonrisa de Delfina era el detalle
más precioso que poseía. Aunque hubiera estado triste, aquella sonrisa
iluminaría hasta mi último segundo de vida humana.
Pero, al
acercarme para admirar mejor aquella sonrisa, la apagué a pesar mío.
Comprendiendo la ofensa que ella temía, bajé la cabeza y, para hacerme
perdonar, pensé en el vestido que le había comprado. Arranqué el papel
que lo envolvía, extendí el vestido y lo dirigí a la luz más cercana. La
seda tuvo un brusco reflejo de llama encarnada semimuerta, lo que,
quizá, me hizo pasar por el diablo desplegando su potencia astuta y
tornasolada.
Delfina no demostró la sorpresa que yo esperaba. Su
mirada, ausente de la ropa, me dio a entender que yo era el único regalo
que ella deseaba.
Cuando el alba ya se insinuaba, Delfina
regresó a la entrada de su calle. Una vez allí, y por primera vez,
pareció fijarse en los descarnados edificios. Me lo indicó con tal gesto
de resignación que, para consolarla, volví a ofrecerle por segunda vez
el vestido, como algo de un valor eterno. Lo observó con inquietud, pero
no se quedó con él, no quiso aceptarlo. ¿Acaso observé en aquel gesto
que temía aceptarlo? Ya no me acuerdo de ello. ¡Oh, si lo hubiera
sabido!
Luego se alejó de mí, apartándose un poco, como a
disgusto. La calle desierta me la quitó lentamente. Me fijé en la puerta
que la acogía, luego ya no la vi más. Deseando seguir a su lado, me
dirigí hacia aquella puerta. Entré, y en la oscuridad, la llamé
desesperadamente. ¿Pero cómo iba ella a poder responderme si era muda?
Deposité el vestido en algo que parecía un nicho. Cuando salí a la
calle, me tambaleé bajo el efecto de un brusco pesar.
Me acosté
apesadumbrado por sentimientos confusos y me dormí de inmediato para
despertarme por la noche, ya que mi amor por Delfina me había desposado
con las tinieblas. No quise moverme, ni siquiera respirar, como si,
habiéndome construido pacientemente sobre el cuerpo el vertiginoso
castillo de cartas de todas mis esperanzas, temiese que el menor de mis
impulsos para consolidarlo aún más no lo destruyese para siempre. Y la
angustia, cómplice de coyunturas amenazadoras, sumergió mi espíritu...
Finalmente,
después de levantarme me dirigí a la ventana, para observar el río de
la noche. Sus aguas me parecieron tan atormentadas, como removidas por
un invisible vidueño, que me vestí y me dirigí a toda prisa a la rue
Saint-Martin con el fin de eliminar el terrible peligro que según mis
presentimientos amenazaba a Delfina.
Apenas apercibí la entrada
de la rue Maubée, me paré en seco, dominado por la emoción... Una alta
empalizada la bloqueaba, poniendo un muro de madera ante la libertad de
Delfina.
Entonces pensé en el otro extremo de la calle. Si
Delfina no podía salir por aquí, iría forzosamente al otro lado.
Asimismo, temiendo perderla por culpa de mis vacilaciones, eché a
correr, le di la vuelta a todo el barrio, y, casi sin aliento, me
encontré ante otro obstáculo, tan implacable como el anterior.
Precipitándome sobre él, me puse a darle fuertes golpes con los hombros,
hasta que empecé a sentir un fuerte dolor en todos mis músculos. El
obstáculo resistía. Encontré un intersticio. Mis dedos se deslizaron por
él, crujieron con rabia. Tiré con todas mis fuerzas y, desplazando unos
clavos mohosos, conseguí finalmente arrancar una de las planchas de
madera. Me deslicé entonces por el estrecho pasaje, desgarrando mi ropa.
Con mis gritos llamando a Delfina rompí el silencio de aquella calle
prisionera, sin comprender que eran estériles. Mis pies tropezaron con
unas herramientas que habían dejado abandonadas en el suelo. Caminé
sorteando toda clase de obstáculos, pisoteando trozos de vidrios de
botellas rotas, pero, preocupado por la suerte de aquella a la que
amaba, no pensé inmediatamente en la destrucción de la rue Maubée.
Al
llegar al inmueble de Delfina, entré en él. Las vigas que habían caído
del techo llenaban los pasillos, oponiéndose a mi paso. Me puse a
gritar, pero inmediatamente el silencio hostil apagó mis gritos. Me puse
a llorar y mis lágrimas se trenzaron con mi voz. Entonces esas
lágrimas, mojando las plumas de los grandes pájaros que eran mis
llamadas, hicieron que estos fuesen incapaces de echar a volar desde mis
labios...
Delfina no podía oírme, y esto hizo que me sintiera derrotado
a muerte. Me coloqué delante de aquella puerta de todas mis esperanzas,
convertida –lo sentía en lo más profundo de mí– en la de mi
desesperanza. El suelo me acogió con dureza. ¿Dónde estaban las dulces
huellas dejadas por los pies desnudos de Delfina?
El alba me
sorprendió allí, envuelto en un profundo sopor con la cabeza sobre la
acera, las mejillas mojadas por las lágrimas, la mirada fija como la de
una bestia que ha perdido su amo, pero que permanece fiel a él en su
vana espera. Y aquel alba que, cada mañana, yo había asociado a la
tristeza de nuestra separación, creyéndola siempre compasiva, me
demostró que ella solo era el impasible germen del día anunciando sin
piedad el final de mis sueños...
Entonces me fue desvelada la verdadera
realidad de la calle Maubée, ruina naciente ya sangrada en vida. Con los
alerones arrancados, los techos yacían en el suelo, torcidos. Los pisos
superiores habían sido desmantelados. Se sentía una prisa de acabar
cuanto antes, de desarraigarla y de olvidarla para siempre.
¿Delfina?
¿Dónde se habría marchado al verse expulsada...? Me levanté, pero,
semejante a un mendigo al que ahora me parecía, no pude hacerlo
completamente. Con la espalda pegada al muro, no podía siquiera moverme.
A
las ocho, las empalizadas fueron levantadas por unos obreros que,
riendo y hablando en voz alta, entraron en la martirizada calle. Eran
los obreros que iban a demolerla. Uno de ellos me vio. Inmediatamente se
acercó a mí haciendo grandes gestos. Creo que me trató de loco
indicándome hacia una gran piedra que había quedado en equilibrio en el
reborde de una ventana justamente encima de mí. Luego me gritó que si
quería suicidarme solo tenía que quedarme donde estaba.
Miré hacia la piedra y anhelé con fervor su caída.
Los
obreros me obligaron a abandonar aquel sitio. No quise ceder. Entonces
me insultaron, sin saber que insultaban a un amor martirizado; me
cogieron brutalmente, sin saber tampoco que había que cogerme con
delicadeza como un cuerpo herido. Opuse resistencia, pero aquellos
hombres que estaban acostumbrados a derribar las murallas más rebeldes,
supieron manejar sin esforzarse mis débiles fuerzas de adolescente.
Me
arrastraron hasta la rue Saint-Martin donde me abandonaron, tirado entre
dos camiones que habían venido a cargar los escombros de la demolida
calle. Pronto se formó alrededor de mí un grupo de curiosos y unas
rameras se inclinaron sobre mi cuerpo. Al ver aquellos rostros
embadurnados de polvo como la mentira, volví a sentirme dominado por las
pesadillas. Luego oí a una de ellas: «A esta edad solo puede tratarse
de un gamberro...»
Me levanté y me fui. Titubeando de vergüenza
tanto como de pesar, comencé a andar como un borracho, aunque estaba
embriagado de una especie atroz de borrachera. Para reconfortarme un
poco, me dirigí al café de enfrente. Era el café de mis felices esperas,
por lo que no me atreví a entrar en él. Volví a marcharme. La gente me
siguió, esperando ver una graciosa exhibición de borracho incapaz de
aguantar el alcohol ingerido, cuando en realidad era la desesperación lo
que yo no podía soportar...
Llegada la noche, regresé a la rue
Saint-Martin. Reinaba el silencio, lo preciso para el milagro apetecido.
Pero, por superstición, temiendo que implorándola yo la contrariaría,
no la deseé. Me limité solamente a apoyar mi frente, luego mis labios,
contra la madera de la empalizada. Allí estaba, vencido, deshecho de mí
mismo.
Besé amargamente el obstáculo rugoso como si Delfina se
encontrase detrás de él, y como si, de los dos, fuese yo el prisionero, y
ella mi visitante provista de toda la inmensa libertad sin límite de la
rue Maubée.
Luego, comprendiendo que ningún milagro podía ya
producirse, me alejé sin volver la vista atrás y rehice el camino de
Delfina hasta el puente de Notre-Dame, rozando las fachadas tal como
ella lo hacía, imaginando que la seguía, invisible delante de mí.
Mucho
me habría agradado haberme acordado de otros detalles de ella: aquellos
temores que yo quería entonces sentir dentro de mí mismo. Por eso hice
un esfuerzo, traté de experimentarlos, pero solo la pena nacía en mí:
aquel dolor que la felicidad teme.
Queriendo evadirme de mi
pesar, soñé con tanta necesidad que me sorprendió sobre el puente de
Notre-Dame otra alba repentina, descubriendo el río que se deslizaba
bajo mis pies. Fue entonces cuando el señor Baucaire me vino a la
memoria. Solo él podía ayudarme. ¿Acaso no poseía el duplicado de la
llave que yo había perdido?
Inmediatamente me dirigí a su casa.
Vivía en la rue de Vaugirard, en aquel lejano distrito decimoquinto sin
carácter, en el tercer piso de un edificio vulgar y corriente. Toqué el
timbre con impaciencia. Primero brevemente, luego sin soltar el
pulsador. Como no oía ningún ruido, temí que ya no viviera allí, y que,
perdiéndole a él, perdía a Delfina definitivamente.
Entonces me di
cuenta en qué medida aquel hombre a quien yo consideraba equívoco se me
había convertido en algo precioso e indispensable. Al fin escuché un
ruido de pasos. El pomo de la puerta giró; y al entreabrirse, me dejó
ver al señor Baucaire en pijama, y con un aspecto sumamente desconfiado y
de un humor desagradable.
Al reconocerme, no tuvo aquel impulso que yo
esperaba cándidamente de él. Por el contrario, creí comprender que, no
solo mi visita le sorprendía, sino que incluso le molestaba. Dudó antes
de permitirme pasar, pero no me ofreció la acogida de su salón
recibidor. ¿Por qué dirigió él la cabeza varias veces en aquella
dirección? ¿Por qué miraba yo también hacia allí?
Entonces
observé, echadas sobre un sillón, las anticuadas ropas de Delfina. La
impresión que recibí fue tal, que, para huir de un insoportable dolor,
retrocedí y salí corriendo enloquecido.
Mi confusión no me
abandonó hasta que llegué al pasillo de entrada del inmueble donde mis
sollozos me detuvieron. Me pegué contra uno de los muros sucios y quedé,
brazos abiertos, como para ser crucificado allí en el acto. Y así
fue...
Sintiendo en mi carne aquellos agudos dolores que me daban la
sensación de ser clavado vivo, apretando contra el muro mi rostro
igualmente perforado por mis lágrimas, la imagen de Delfina, desnuda,
sucia, penetraba de esta forma en mi carne. «¿Por qué, Delfina?
–suplicaba yo–. ¿Por qué?...»
¡Delfina se había burlado de mí!
Delfina despreciable, disponible para el primero que llegase, pero
negándose a mí que, en un impulso de cariño, le había ofrecido mi amor
joven y puro, y sus frutos, reservados para todos nuestros deseos.
Sufriendo peor dolor que si se hubiera perdido realmente, volvía
incesantemente a ver sus ropas deshechas y, sin cesar también, sentía
otro atroz recuerdo: Baucaire apretándola entre sus brazos...
ocultándola en su casa, al lado de él, quizá dichosa durante dos
noches... dos días, mientras que durante ese mismo tiempo a mí su
desaparición me torturaba.
Bruscamente, para apagar mi sed de odio, bebí
de un trago el ácido brebaje de los celos. Todo tenía una explicación:
yo no me había equivocado, Baucaire conocía ya a Delfina y yo había
hablado demasiado de ella..., había dicho demasiado de aquella vida
interior de Delfina que él seguramente ignoraba. Asimismo, como hombre
conquistador, había deseado para él aquella mujer maravillosa.
Ella era
su víctima, se había dejado atrapar en su tela de araña... Delfina no
podía consentir aquello... el culpable era Baucaire... toda aquella
maquinación venía de él... la inocente era Delfina... Baucaire era un
parásito que había que destruir... Delfina era Delfina.
Volví a
casa de Baucaire, subí las escaleras empujado por la cólera y me puse a
golpear repetidamente la puerta. Esta vez Baucaire acudió
inmediatamente. Se me presentó ya afeitado y vestido. ¿Cuánto tiempo
había yo permanecido desamparado mientras creía que le había despertado
hacía unos instantes? Inmediatamente pensé que, considerándose una vez
más importunado en su propia casa, iba a echarme a la calle, pero me
recibió sin que el tono de su voz denunciase la menor agresividad.
Después
de un instante de duda, súbitamente calmado, entré en su casa,
emocionado como si hubiera conseguido convencerle para que me dejase ver
por última vez a Delfina, solo el tiempo necesario para curar mi
locura.
–¿Qué es lo que le ha pasado hace unos instantes? –me
preguntó con tal aplomo que deduje que estaba acostumbrado a esa clase
de situaciones.
La puerta del salón estaba cerrada. Me fijé en ella con todas mis fuerzas, intensamente, con intención de abrirla.
–Pensé
que se había vuelto loco –añadió Baucaire, sin parecer fijarse en la
atención que yo dirigía hacia aquella habitación, donde él recelaba la
prueba de la presencia de Delfina.
«Sí –pensé para mí–, estoy loco... y voy a demostrárselo inmediatamente.»
Y,
no pudiendo esperar más, me dirigí hacia la puerta del salón. De un
violento empujón la abrí de par en par. Las ropas de Delfina aún seguían
allí.
Me amparé de mi bien de nuevo hallado. Lo apreté
posesivamente contra mi pecho. Enterré en él mi rostro y respiré
ávidamente Delfina sin preocuparme de Baucaire. Este momento valía por
sí mismo todas las horas de alegría de toda mi vida, vivida y por vivir.
Era la primera vez que yo abrazaba a Delfina...
Una vez pasada esta
breve exaltación, me fijé cuán fría y seca estaba la tela. Ninguno de
los olores que yo esperaba aspirar emanaba de ella. Solamente hallé ese
característico olor de moho que los años incrustan en los tejidos
abandonados. Asombrado, miré a Baucaire.
En mi ciega rivalidad creí leer
en su expresión una fría amenaza. Entonces, me precipité a la
habitación vecina. Estaba vacía. Todas las demás habitaciones me
ofrecieron, una por una, la ausencia de Delfina. Cuando volví al salón,
Baucaire acababa de doblar las ropas y las ponía cuidadosamente sobre el
sillón. Afectó una sorpresa que me pareció sincera.
–Bueno, hijo mío –me dijo con impaciencia–, ¿me quiere explicar lo que le sucede? Fíjese en qué estado se encuentra...
Y
entonces, a la fuerza, me hizo situar frente a un espejo. Le dejé que
me mostrase a mí mismo, y descubrí hasta qué punto mi enloquecimiento
exterior era parecido a aquel que yo sentía interiormente. No me
contemplé mucho tiempo en el espejo y le supliqué que me confesara dónde
tenía oculta a Delfina.
–¿Delfina? –repitió él con un asombro total.
–Y
sobre todo no me diga –le dije, acordándome de su conducta la primera
vez que nos encontramos– que no la conoce, pues aquí está su vestido...,
su corsé..., su delantal...
Y, como un inspector de policía
mostrando las sucesivas pruebas de culpabilidad, se las señalé una por
una sin pensar que ella podría haber huido usando el vestido rojo.
–¿Pero es que acaso sabe usted exactamente lo que me está enseñando? –exclamó Baucaire.
A
su defensa le faltaba habilidad, y un ligero esbozo de sonrisa acabó
por revelarme su culpabilidad. Recibí muy mal aquella actitud y me tuve
que sentar en el sillón, apretando contra mi cuerpo los vestidos de
Delfina. Viendo esto, Baucaire se enfadó de repente, obligándome a
levantarme para coger la ropa con sumo cuidado, lo que testimoniaba una
auténtica adoración.
Me arrancó con tanta delicadeza el único bien que
me quedaba de Delfina que no supe disculparme. La dulzura, la ternura
diría yo, que puso a continuación en doblar aquellas prendas, acabó por
trastornarme del todo. No podía ser más que la actitud de un hombre que
gozaba en prolongar los ritos del amor incluso después de la marcha de
la mujer.
–Su ciencia –me dijo al fin con ironía– es mucho más sutil que la mía...
Creyendo
conocer entonces sus lazos con Delfina, pensé que Baucaire iba a
echarme a la calle diciéndome al mismo tiempo una palabra malsonante.
Pero no fue aquella su intención...
–...Porque –continuó– usted
afirma conocer a la propietaria de estas ropas, mientras que nadie en el
mundo, por mucha voluntad que pusiera en ello, podría hacerlo.
Únicamente,
a pesar de esta denegación, su mano, acariciando la falda de Delfina,
desmentía sus palabras. Asimismo, el hecho de que continuase poseyéndola
de esta forma bajo mis propios ojos, hizo que a duras penas pudiese yo
contener mis lágrimas. Baucaire se dio cuenta de ello y, compadecido sin
duda, se esforzó en consolarme.
Voluble, muy generoso en los detalles,
me explicó que la víspera, cuando unos obreros demolían una habitación
de un viejo inmueble de la rue Maubée, habían descubierto una alcoba que
se hallaba desde hacía mucho tiempo, quizá un siglo, condenada,
emparedada... y habían encontrado aquellas prendas femeninas que yo veía
allí, conservadas en perfecto estado gracias al cierre hermético del
lugar.
Baucaire había llegado justo en el momento en que los obreros se
disponían a tirar, como si fueran vulgares harapos, aquellos preciosos
testimonios del pasado. En una palabra, empleando su habitual talento,
quiso hacerme pasar por frías piezas de museo estos humildes testimonios
de Delfina.
Concluyó diciéndome cuán cándido y pretencioso era yo al
afirmarle que aquellas ropas pertenecían a una... Delfina. Únicamente un
probable ser venido del otro mundo, habiéndose escapado de aquella
alcoba cerrada herméticamente, habría podido vestir aquellas ropas. Y
como esto, a menos que se soñara, era imposible... luego...
El
hecho de que me tratase casi de mentiroso hizo que inmediatamente le
afirmara que no solo había visto a Delfina vestida de esta forma, bien
viva, sino que además, en varias ocasiones, habíamos paseado juntos,
sintiendo cada uno de nosotros una alegría realmente verdadera y
compartida.
Y, para demostrarle mejor aún la existencia de Delfina, le
detallé los rasgos de su rostro, los impulsos de su caminar, su
fidelidad a un trayecto determinado, lo mismo que las inquietudes que
ella siempre demostraba. Pero, pensando que esta revelación podría
perjudicarme, no le precisé los lugares donde ella sentía aquellos
incomprensibles temores...
Baucaire no trató abiertamente de
reírse de mí. Me escuchó, con los párpados entornados, y reconoció que
yo ya le había hablado anteriormente de aquella Delfina con cierta
convicción. Luego, con una gravedad pontificante, me pidió que le
precisara ciertas fases de este extraño fenómeno visual.
Con toda
intención, Baucaire se apoyaba en cada palabra, separándolas, dándoles
un sentido que me fue de lo más desagradable. De haber sido médico,
habría actuado de la misma forma para establecer su diagnóstico. Dándome
cuenta de que estaba en contra de mí, busqué otra defensa mucho más
convincente, cuando volví a percibir el olor a moho de aquellas ropas,
insidiosamente presentadas por Baucaire, imponiéndose a mi olfato. Me
incliné de nuevo sobre las ropas de Delfina y aspiré el polvoriento
olor. Pero, en lugar de embriagarme y de reconfortarme, ello trastornó e
hizo más confusos mis pensamientos.
Baucaire siguió con sus
comentarios. Entonces, como si estuviese bajo los efectos de alguna
droga sutil, mi espíritu se dispersó. Me pareció que la voz de Baucaire
se alejaba de mí. Pronto se me hizo lejana, pero atrozmente persuasiva.
Baucaire me decía que volviera a casa, que reposara, que me olvidara de
toda aquella historia de Delfina, que yo favorecía demasiado vehemente
mis alucinaciones, cuyo efecto a la larga podía ser dañino y llevarme
lejos, que muchos cerebros privilegiados, habiéndose arriesgado en aquel
juego, habían acabado en la locura total, y oí cómo Baucaire mencionaba
el nombre de un poeta que yo veneraba...
Me encontré acostado en
mi cama, incapaz del menor movimiento, alma y miembros como apresados
por un resistente hilo negro. ¿De qué forma había podido yo regresar a
casa? Fui incapaz de acordarme de ello. Me parecía que había cesado
momentáneamente de vivir, con mi cuerpo girando durante horas enteras,
insensible a una nada vertiginosa.
Entonces me esforcé en
acordarme de una mano dulce, la única que podía haberme guiado a través
de aquel vacío total. Una débil mano tibia que me hacía falta
absolutamente...
Fui aquella clase de enfermo sin mal aparente,
postrado en una inquietante languidez cuya causa todos ignoraban. Pero,
aunque inmóvil, representaba en crueles pesadillas un papel activo y
desesperante que creía realmente vivir.
Llamaba a Delfina, pero
ella nunca llegaba a unirse a mí... Trataba de huir de Baucaire, pero él
no quería dejarme... Luego los veía a los dos juntos, cogiéndose por el
brazo o por el talle, riéndose de la comedia que hacían: ella,
ocultándose de mí, y él, pretendiendo que ella no existía...
En
ciertos momentos unos obreros entraban en mi habitación ruidosamente. A
golpe de maza derribaban las paredes y descubrían secretas alcobas que
desconocía. Yo los alentaba, pues sabía que en una de ellas se ocultaba
Delfina, momificada por ellos, viva aún para mí. Derribaban alcoba tras
alcoba, penetraban tan al fondo de la casa que oía sus ruidos
multiplicarse como bajo la bóveda de un túnel infinito. Y aquellos
sonidos no eran otra cosa que las sordas palpitaciones de mi corazón...
Me
agoté en vano, volvía una y otra vez a caer sobre mi cama, donde me
contraía sobre mi cuerpo. Olía su olor muerto. Reagrupé tenazmente mis
fuerzas; conseguí levantar mis párpados... Pero siempre era para volver a
ver a Baucaire enseñándome sus vestidos vacíos, emanando el aliento
mohoso de los años. Baucaire se convertía en esfinge de mármol; incapaz
de la menor palabra de aliento, precisamente él que me había
irónicamente planteado el enigma de Delfina...
Cuando pensaba que
ya no volvería a escucharla, me llegaba el dulce murmullo de unos
ligeros pies desnudos caminando. Era ella... Veía revolotear su falda,
ligera. Su corsé se hinchaba. Pero no tenía ni brazos ni piernas ni
cabeza... Era una Delfina vacía que Baucaire, sarcástico, agitaba
delante de mi mirada desencantada...
Traté rápidamente de taparme los
oídos con el fin de que su risa torturante, que yo presentía cercana, no
me llegase. Pero ya estaba dentro de mi cabeza y allí explotaba con
tanta más fuerza que, para impedir que huyera, cerré la boca para que
nadie creyera que era mía.
O bien, Delfina se ponía de pie
delante de mí, tendiéndome sus brazos. No era posible cualquier duda,
era realmente ella, más bonita que nunca, plena de vida, ardiente,
deseable... Me levanté de prisa y, en el momento en que iba a
alcanzarla, Baucaire, disfrazado de Arlequín, me rechazaba para
demostrarme que solo era un frágil maniquí de cartón pintado, vulnerable
al menor choque.
Y luego me recordaba que estábamos en la época del
Carnaval... Que había que festejarlo dignamente porque, sin mascarada,
la vida no era posible. Me aplicaba a la fuerza sobre el rostro una
máscara tan grotesca que la pobre Delfina de cartón huía inmediatamente,
asustada...
Luego yo era aquel dichoso prometido impaciente,
esperando a Delfina al pie del altar de la iglesia de Saint-Merri. Como
tardaba en llegar, salía a la calle para ver si la divisaba. Entonces
veía una multitud de gentes. Me acercaba a ver qué era aquello y
sorprendía a Baucaire esforzándose en vender en subasta pública, a mis
hilarantes invitados, el vestido de Delfina.
Yo me indignaba, y mis
amigos, enfadados, me abandonaban, dejándome solo con Baucaire, el cual
decía al sacerdote que su presencia se debía a que yo había cambiado de
opinión y ya no me casaba: ya no quería desposarme con Delfina, ya no la
amaba... En tono protector, me consolaba dándome grandes golpes en la
espalda. La sangre me subía a la cabeza, y lloraba yo sangre...
Sin
cesar, él se marchaba golpeando la puerta. Pero yo sabía que no había
abandonado la cabecera de mi cama y que, siempre allí, se reía de mi
calvario...
Pasé una semana con esta locura interior que me
pareció durar una noche pero que, para mis afligidos parientes, pareció
un año entero. Luego todo se calló en mí. Volviendo a la realidad, la
hallé peor aún, pues estaba vacía de Delfina...
¡Delfina, tan dulce, tan incapaz de la menor maldad, me había hecho conocer sin quererlo todas las penas humanas!
No
pudiendo soportar esta desgarrante soledad, volví a casa de Baucaire y,
a pesar del riesgo de nuevas explicaciones capaces de aumentar más aún
mi desesperación, me alegré de verlo. Al igual que el insecto sin
defensa acude a la llama de la que debería huir pero que le fascina
irresistiblemente, los trastornadores propósitos de aquel hombre me
cegaban y me atraían al brasero de un vivo tormento.
Me recibió
con diligencia y, con una sonrisa, me hizo pasar a su despacho. Una vez
allí, me indicó un sillón. Adivinando en él la tenacidad de un verdugo
seguro de su papel, tomé asiento dócilmente como si lo hiciera en una
silla de tortura. Baucaire se sentó enfrente de mí, detrás de su mesa de
trabajo y me dijo con una voz pausada de misterio: «He trabajado para
usted...» Pero yo entendí: «...contra usted».
Y, mostrándome unos
papeles amontonados al alcance de su mano, añadió como si estuviera
presentándome a alguien: «Delfina...» Su énfasis tenía una seguridad de
procurador poseedor de una requisitoria inobjetable. No me había
equivocado: Baucaire empezaba ya a cortarme en carne viva. Me fue tan
insoportable que, bajando la cabeza como bajo el tormento de un dolor,
me creí aún sometido a los efectos de mi anterior pesadilla.
Me
dijo que mi caso era mucho más apasionante de lo que había pensado al
principio. La sinceridad de mi comportamiento, y los detalles que yo
había dado, concordaban con indiscutibles documentos: coincidencias y
fechas, todo se compaginaba perfectamente.
Empecé a parlotear, apoyado
en una sólida erudición. Lo escuché, debilitado por un amor lentamente
dispersado por dudas nocivas que, avanzando dentro de mí, habían llegado
a hacerme dudar entre rechazar o admitir sus afirmaciones.
Baucaire se
sentía tan a gusto en su papel de hombre competente que no pensó ni por
un instante que enfrente de él temblaba una esperanza que otras palabras
habrían podido, sin grandes concesiones, salvar de una vez por todas...
Evocó las extraordinarias posibilidades de la clarividencia.
Aquellas
características insospechadas que activan de repente la
extrasensibilidad de la materia y permiten asombrosas percepciones
visuales capaces de traspasar murallas y siglos... Y luego me describió
el itinerario de Delfina con tal precisión que solo los dones que
acababa de evocar podían habérselo dado a conocer a distancia... a menos
que la hubiera seguido.
Baucaire me precisó los lugares, me
indicó la duración y la importancia de los obstáculos que ella solo
veía, deteniéndola primeramente a treinta metros de la rue de Maubée...
luego diez metros después... y, sucesivamente, otras tres veces antes de
llegar a la rue du Cloître-Saint-Merri... después en el ángulo norte de
la iglesia... Después, Delfina se alejaba de las fachadas actuales de
la rue Saint-Martin... En ese lugar ella aligeraba el paso... En otro
sitio, por el contrario, lo disminuía...
Estupefacto, me creí de repente en presencia de un mago quitándose al fin la máscara.
Continuando
sin la menor equivocación, llegó al quai de Gesvres y, con algunas
palabras más violentas, me dijo el curso súbito que hacía Delfina hasta
llegar al centro del pont Notre-Dame.
–De modo que –afirmó Baucaire– ella se detenía ocho veces antes de alcanzar el Sena... ¿Tengo razón?
Asentí con un apenas perceptible movimiento de cabeza. Aquella cifra era exacta.
–Créame
–continuó Baucaire–, le hacía falta cierto valor para alcanzar el
centro del puente. La más mínima duda y habría sido fatal para ella...
Pero, tranquilícese, usted personalmente no tenía nada que temer...
Al
oír aquellas palabras me levanté súbitamente y le supliqué que me
dijera qué peligros amenazaban a Delfina en aquel lugar. Se lo imploré,
dispuesto a creer cualquier mentira. Cogiendo un espeso papel
amarillento, envuelto en tela y enrollado, lo extendió ante mis ojos con
verdadero deleite. Era un viejo plano de París.
Entonces leí las
fechas: 27, 28 y 29 de julio... Revolución... Vi aquellas calles
cortadas por numerosas barricadas: adoquines y carretas obstruyendo las
arterias parisienses afectas de una violenta crisis de euforia
revolucionaria, generalizada hasta lo increíble... Baucaire deslizó
lentamente su dedo sobre la rue Saint-Martin y señaló una por una las
ocho barricadas que la obstruían, lo que explicaba la marcha temerosa de
Delfina.
Luego me indicó las cruces rojas, las cuales simbolizaban las
algaradas de los ciudadanos armados amenazando la calzada entre estos
obstáculos que la fraccionaban en múltiples pequeñas revoluciones
locales. Y el dedo llegó al pont Notre-Dame, defendido por un cañón
realista que, situado a la entrada de la rue Saint-Martin, en poder de
los insurrectos, había lanzado su metralla de muerte y cuyo soplo, sobre
el plano, estaba marcado con una larga raya de lápiz púrpura...
Triunfador sin modestia, Baucaire marcó un silencio para dejar caminar
entre nosotros el galope de aquella mortandad... Por un instante me
pareció oír el galopar de la Muerte.
–Esta pieza de artillería
–continuó Baucaire– disparaba contra todo lo que se movía, y sus
servidores no querían en modo alguno a las jóvenes ciudadanas que
lograban distraer su atención y alcanzaban el centro del puente, donde,
al abrigo de la inmensa pompa entonces construida y adosada a él, se
ocultaban unos ciudadanos que los amenazaban por la retaguardia... En
fin, y para nuestro agrado y la lógica de vuestra historia de amor,
pongamos que en aquella época su heroína ha sido a menudo olvidada por
su destino o, si lo prefiere, abandonada entre la vida y la muerte. Todo
es posible dentro de lo imposible y nuestra imaginación está aquí para
facilitar la credibilidad de todas las fantasías que podrían venirnos a
la mente. Añadamos solamente, puesto que aquí tenemos las pruebas, que
esta Delfina ha conseguido siempre pasar desapercibida en todos sus
recorridos, salvando la vida gracias a sus vestidos de aspecto
sombrío...
Y bruscamente, Baucaire me tendió un grabado de la época.
–Y ahora –me dijo–, puesto que usted es el único que la ha visto, quizá podría decirme si la reconoce...
No
pude contener una violenta exclamación. ¡Eran las formas, la silueta de
Delfina! Como estaba dibujada de espalda, no pude ver su rostro, pero
lo recreé en un instante.
–Hace algunos años –continuó Baucaire,
persuasivo– usted vio la reproducción de este grabado en un libro de
Historia, lo mismo que la de este plano asombroso. Tanto la una como la
otra os impresionaron, y luego se olvidó de ellas. Pero aquellas
imágenes permanecieron en su inconsciente. Un cambio de situación y de
ambiente las ha reanimado, proyectándolas desde su espíritu a la vida
corriente, haciéndole un incauto de sí mismo...
Trastornado, ya
no le escuchaba. Veía netamente a Delfina perseguida por los sublevados.
Su noche estriada por unas balas ariscas que buscaban su presa.
Comprendí al fin sus temores ante aquella despiadada matanza, y
comprendí que, de nosotros dos, el solitario era yo...
Volví a pensar en
las palabras de Baucaire: «Ella solo salvó su vida gracias a estos
vestidos sombríos...» Entonces, violentamente, carne de mi carne, raíz
en mí, sentí a Delfina dentro de mí como jamás la sintiera. Ella
continuaba viviendo y aquel Satán de Baucaire había estado a punto de
que yo la abandonara justo en el momento en que mi traidor regalo la
hacía peligrar haciéndola vulnerable a otros peligros mucho más reales
que aquellos que él acababa de sugerirme. Conseguí deshacerme de la
nociva hipnosis en la que Baucaire se deleitaba encerrándome y salí
corriendo para ir a salvar a la pobre Delfina en peligro.
Yo
sabía que no había soñado a Delfina; no se recibe un amor tan grande de
la nada... La nada no puede dar más que nada, y, además, la forma aguda
que adoptaba repentinamente mi tormento me confirmaba su real
existencia. En cuanto al peligro que ella corría, mi angustia me lo
sugería cercano y actuante.
Volví a subir a disgusto, llegando hasta la
rue Maubée. La noche se ajustaba a su caos de piedras hundidas. Con el
corazón oprimido, recorrí los restos de aquella calle, pero comprendí
amargamente que Delfina no volvería nunca más a aquel lugar... que yo
debía buscarla en otro sitio.
Me aparté de aquella desolación en
que se había convertido la rue Maubée, en otros tiempos abra de Delfina,
y descendí por la rue Saint-Martin escrutando al pasar los menores
recovecos. La noche se endurecía a medida que yo avanzaba. Me tropezaba
con ella sin comprender que ya la impotencia me frenaba de ese modo.
Tenso, me estremecí sin cesar ante la imprecisa pero tenaz llamada de
Delfina, y, al mismo tiempo, me hallaba acribillado hasta en mi alma por
las disimuladas amenazas que corrían, paralelas a mi búsqueda, e iban,
ellas también, a su encuentro. Busqué en vano el fanal de seda que la
dirigía hacia un destino que yo sentía implacable, y yo quería
sacrificarme para salvar a Delfina, con el fin de que ella pudiera vivir
en este mundo las dulzuras de la inocencia.
Pero, pensando en la idea
de que mi muerte, ofrecida por su vida, la haría para siempre
desgraciada, unas lágrimas acudieron a mis ojos que solo calmó el
pensamiento de que nosotros podríamos quizá tener la suerte de morir
juntos.
Cada vez más angustiado, atravesé varias veces el pont
Notre-Dame, vacío. Subí hasta el estrechamiento de la vieja rue
Saint-Martin, también vacía. Y, como la ciudad permanecía silenciosa,
padecí todas las torturas de la desesperación.
De repente, la apercibí...
...Distinguí
allí a Delfina, dirigiéndose hacia el Sena, que acababa yo de
abandonar... Ella salía de la oscuridad que servía de fachada a la plaza
de Saint-Jacques. Era ella, no tenía la menor duda... La reconocí en
primer lugar por aquel color vivo que yo había deseado imprudentemente
para ella, y que se había convertido en la única tonalidad que mi mirada
era capaz de detectar; y, además, por el grito que surgió de mi boca y
que se perdió en la noche hostil.
Me lancé rápidamente hacia
ella, pero, a pesar de mi certeza de poder al fin unirme a su persona,
mi alegría fue incapaz de centellear y tuve la atroz impresión de no
entrever más que lo inaccesible... No me engañaba. Pronto, en lugar de
hacerme avanzar, mis esfuerzos me detuvieron. Martirizado, impotente, vi
a Delfina acercarse al muelle. Corrió hacia el centro del puente donde
por primera vez habíamos dejado agitarse juntas y por ellas mismas las
chispas de nuestro amor.
Aligeré mi paso, pero ella se resistía...
Delfina era visible, hasta el extremo que solo se veía a ella, confiada
en aquella noche que ya no la protegía más. Forcé mis piernas a
detenerse, pero estas se oponían. Allá, Delfina era el blanco de todas
las amenazas... Corrí inmediatamente hacia ella sin poder alcanzarla con
el fin de poner mi cuerpo ante el suyo y protegerla eficazmente.
Con
todas mis fuerzas, le grité que huyera rápidamente de aquel lugar que yo
sabía nefasto para ella. Grité más aún, como si pudiera realmente oírme
mejor, y la sentía tan presente, pensando por su parte intensamente en
mí, que creía alcanzarla con mis inútiles llamadas, multiplicadas a
riesgo de alertar y de provocar la fatalidad. Ni siquiera me di cuenta
de que entre nosotros existía su infranqueable silencio.
¿Me oía
ella? Deteniéndose a la entrada del puente, se volvió en mi dirección y
se inmovilizó, espantosamente vulnerable... En una fría y agresiva
pesadilla, me pareció que mis pies y mis piernas penetraban en una capa
de barro que, cómplice del destino de Delfina, se espesaba, reteniéndome
allí como a designio, lejos de ella... Lloré sobre unas palabras de
amor que yo murmuraba con tanto ardor que tuve la sensación de que ella
me las cogía tiernamente, una a una, en sus labios...
Fui sacado
de mi desesperación por unos repentinos ruidos de motor. No lejos de
Delfina dos vehículos se cruzaron. Hubo algo así como unas salvas... Fui
alcanzado inmediatamente en pleno pecho, y aquella raíz viva de carne
que yo sabía que era la de Delfina, se enganchó más violentamente en mí,
como si la forzaran a abandonarme y ella se negase. Luego me fue
arrancada... lentamente arrancada... En su lugar se hizo un vacío que se
llenó de sombríos dolores. Anonadado, me hundí en el barro que me
retenía en aquel sitio. No había ningún barro...
Cuando, algunos instantes después, me levanté, el silencio estaba de nuevo allí, Delfina, aquella mancha en el suelo...
Al
verla así, quedé libre del barro. Reemprendí mi camino. Llegado al
puente, tropecé con unos hombres ajenos a nuestro drama. Inflexibles, no
quisieron dejarme que me acercara a Delfina, inanimada y tan cercana.
Le
pegué a uno de ellos. Me sujetaron y, a pesar del desorden en el que se
encontraba mi mente, pude enterarme de que una joven transeúnte acababa
de ser matada por una bala perdida.
Pusieron sobre unas
angarillas aquel débil y joven cuerpo de mujer, envuelto en mi vestido
rojo. Con las sacudidas que le daban mientras la transportaban, sus pies
desnudos se balanceaban...
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