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Delfina - Claude Seignolle (Parte 2 y última)

Cuando volví a mirarla de nuevo, me di cuenta hasta qué punto había sufrido por mí. Con las manos adosadas a sus mejillas, Delfina lloraba en su mundo silencioso, como si hubiera estado a punto de perderme para siempre. 

Emocionado, teniendo en mis manos la más tangible de las pruebas de amor, volví precipitadamente hacia ella y me contuve de arrodillarme y besar sus pies, como lo exigía antaño una bárbara costumbre, prueba indefectible de sumisión. Si me lo hubiese pedido, me habría despojado del sol, igual que de la palabra o de mi propia vida, ya que en un instante, Delfina se había convertido en Todo para mí.

Entonces observé algo que creía imposible: vi que Delfina sonreía, y descubrí que hasta entonces yo no había sabido nunca verdaderamente lo que era una sonrisa. Solo creía saberlo. La sonrisa de Delfina era el detalle más precioso que poseía. Aunque hubiera estado triste, aquella sonrisa iluminaría hasta mi último segundo de vida humana.

Pero, al acercarme para admirar mejor aquella sonrisa, la apagué a pesar mío. Comprendiendo la ofensa que ella temía, bajé la cabeza y, para hacerme perdonar, pensé en el vestido que le había comprado. Arranqué el papel que lo envolvía, extendí el vestido y lo dirigí a la luz más cercana. La seda tuvo un brusco reflejo de llama encarnada semimuerta, lo que, quizá, me hizo pasar por el diablo desplegando su potencia astuta y tornasolada.

Delfina no demostró la sorpresa que yo esperaba. Su mirada, ausente de la ropa, me dio a entender que yo era el único regalo que ella deseaba.

Cuando el alba ya se insinuaba, Delfina regresó a la entrada de su calle. Una vez allí, y por primera vez, pareció fijarse en los descarnados edificios. Me lo indicó con tal gesto de resignación que, para consolarla, volví a ofrecerle por segunda vez el vestido, como algo de un valor eterno. Lo observó con inquietud, pero no se quedó con él, no quiso aceptarlo. ¿Acaso observé en aquel gesto que temía aceptarlo? Ya no me acuerdo de ello. ¡Oh, si lo hubiera sabido!

Luego se alejó de mí, apartándose un poco, como a disgusto. La calle desierta me la quitó lentamente. Me fijé en la puerta que la acogía, luego ya no la vi más. Deseando seguir a su lado, me dirigí hacia aquella puerta. Entré, y en la oscuridad, la llamé desesperadamente. ¿Pero cómo iba ella a poder responderme si era muda? Deposité el vestido en algo que parecía un nicho. Cuando salí a la calle, me tambaleé bajo el efecto de un brusco pesar.

Me acosté apesadumbrado por sentimientos confusos y me dormí de inmediato para despertarme por la noche, ya que mi amor por Delfina me había desposado con las tinieblas. No quise moverme, ni siquiera respirar, como si, habiéndome construido pacientemente sobre el cuerpo el vertiginoso castillo de cartas de todas mis esperanzas, temiese que el menor de mis impulsos para consolidarlo aún más no lo destruyese para siempre. Y la angustia, cómplice de coyunturas amenazadoras, sumergió mi espíritu...

Finalmente, después de levantarme me dirigí a la ventana, para observar el río de la noche. Sus aguas me parecieron tan atormentadas, como removidas por un invisible vidueño, que me vestí y me dirigí a toda prisa a la rue Saint-Martin con el fin de eliminar el terrible peligro que según mis presentimientos amenazaba a Delfina.

Apenas apercibí la entrada de la rue Maubée, me paré en seco, dominado por la emoción... Una alta empalizada la bloqueaba, poniendo un muro de madera ante la libertad de Delfina.

Entonces pensé en el otro extremo de la calle. Si Delfina no podía salir por aquí, iría forzosamente al otro lado. Asimismo, temiendo perderla por culpa de mis vacilaciones, eché a correr, le di la vuelta a todo el barrio, y, casi sin aliento, me encontré ante otro obstáculo, tan implacable como el anterior. 

Precipitándome sobre él, me puse a darle fuertes golpes con los hombros, hasta que empecé a sentir un fuerte dolor en todos mis músculos. El obstáculo resistía. Encontré un intersticio. Mis dedos se deslizaron por él, crujieron con rabia. Tiré con todas mis fuerzas y, desplazando unos clavos mohosos, conseguí finalmente arrancar una de las planchas de madera. Me deslicé entonces por el estrecho pasaje, desgarrando mi ropa. 

Con mis gritos llamando a Delfina rompí el silencio de aquella calle prisionera, sin comprender que eran estériles. Mis pies tropezaron con unas herramientas que habían dejado abandonadas en el suelo. Caminé sorteando toda clase de obstáculos, pisoteando trozos de vidrios de botellas rotas, pero, preocupado por la suerte de aquella a la que amaba, no pensé inmediatamente en la destrucción de la rue Maubée.

Al llegar al inmueble de Delfina, entré en él. Las vigas que habían caído del techo llenaban los pasillos, oponiéndose a mi paso. Me puse a gritar, pero inmediatamente el silencio hostil apagó mis gritos. Me puse a llorar y mis lágrimas se trenzaron con mi voz. Entonces esas lágrimas, mojando las plumas de los grandes pájaros que eran mis llamadas, hicieron que estos fuesen incapaces de echar a volar desde mis labios... 

Delfina no podía oírme, y esto hizo que me sintiera derrotado a muerte. Me coloqué delante de aquella puerta de todas mis esperanzas, convertida –lo sentía en lo más profundo de mí– en la de mi desesperanza. El suelo me acogió con dureza. ¿Dónde estaban las dulces huellas dejadas por los pies desnudos de Delfina?

El alba me sorprendió allí, envuelto en un profundo sopor con la cabeza sobre la acera, las mejillas mojadas por las lágrimas, la mirada fija como la de una bestia que ha perdido su amo, pero que permanece fiel a él en su vana espera. Y aquel alba que, cada mañana, yo había asociado a la tristeza de nuestra separación, creyéndola siempre compasiva, me demostró que ella solo era el impasible germen del día anunciando sin piedad el final de mis sueños... 

Entonces me fue desvelada la verdadera realidad de la calle Maubée, ruina naciente ya sangrada en vida. Con los alerones arrancados, los techos yacían en el suelo, torcidos. Los pisos superiores habían sido desmantelados. Se sentía una prisa de acabar cuanto antes, de desarraigarla y de olvidarla para siempre.

¿Delfina? ¿Dónde se habría marchado al verse expulsada...? Me levanté, pero, semejante a un mendigo al que ahora me parecía, no pude hacerlo completamente. Con la espalda pegada al muro, no podía siquiera moverme.

A las ocho, las empalizadas fueron levantadas por unos obreros que, riendo y hablando en voz alta, entraron en la martirizada calle. Eran los obreros que iban a demolerla. Uno de ellos me vio. Inmediatamente se acercó a mí haciendo grandes gestos. Creo que me trató de loco indicándome hacia una gran piedra que había quedado en equilibrio en el reborde de una ventana justamente encima de mí. Luego me gritó que si quería suicidarme solo tenía que quedarme donde estaba.

Miré hacia la piedra y anhelé con fervor su caída.

Los obreros me obligaron a abandonar aquel sitio. No quise ceder. Entonces me insultaron, sin saber que insultaban a un amor martirizado; me cogieron brutalmente, sin saber tampoco que había que cogerme con delicadeza como un cuerpo herido. Opuse resistencia, pero aquellos hombres que estaban acostumbrados a derribar las murallas más rebeldes, supieron manejar sin esforzarse mis débiles fuerzas de adolescente. 

Me arrastraron hasta la rue Saint-Martin donde me abandonaron, tirado entre dos camiones que habían venido a cargar los escombros de la demolida calle. Pronto se formó alrededor de mí un grupo de curiosos y unas rameras se inclinaron sobre mi cuerpo. Al ver aquellos rostros embadurnados de polvo como la mentira, volví a sentirme dominado por las pesadillas. Luego oí a una de ellas: «A esta edad solo puede tratarse de un gamberro...»

Me levanté y me fui. Titubeando de vergüenza tanto como de pesar, comencé a andar como un borracho, aunque estaba embriagado de una especie atroz de borrachera. Para reconfortarme un poco, me dirigí al café de enfrente. Era el café de mis felices esperas, por lo que no me atreví a entrar en él. Volví a marcharme. La gente me siguió, esperando ver una graciosa exhibición de borracho incapaz de aguantar el alcohol ingerido, cuando en realidad era la desesperación lo que yo no podía soportar...

Llegada la noche, regresé a la rue Saint-Martin. Reinaba el silencio, lo preciso para el milagro apetecido. Pero, por superstición, temiendo que implorándola yo la contrariaría, no la deseé. Me limité solamente a apoyar mi frente, luego mis labios, contra la madera de la empalizada. Allí estaba, vencido, deshecho de mí mismo. 

Besé amargamente el obstáculo rugoso como si Delfina se encontrase detrás de él, y como si, de los dos, fuese yo el prisionero, y ella mi visitante provista de toda la inmensa libertad sin límite de la rue Maubée.

Luego, comprendiendo que ningún milagro podía ya producirse, me alejé sin volver la vista atrás y rehice el camino de Delfina hasta el puente de Notre-Dame, rozando las fachadas tal como ella lo hacía, imaginando que la seguía, invisible delante de mí. 

Mucho me habría agradado haberme acordado de otros detalles de ella: aquellos temores que yo quería entonces sentir dentro de mí mismo. Por eso hice un esfuerzo, traté de experimentarlos, pero solo la pena nacía en mí: aquel dolor que la felicidad teme.

Queriendo evadirme de mi pesar, soñé con tanta necesidad que me sorprendió sobre el puente de Notre-Dame otra alba repentina, descubriendo el río que se deslizaba bajo mis pies. Fue entonces cuando el señor Baucaire me vino a la memoria. Solo él podía ayudarme. ¿Acaso no poseía el duplicado de la llave que yo había perdido?

Inmediatamente me dirigí a su casa. Vivía en la rue de Vaugirard, en aquel lejano distrito decimoquinto sin carácter, en el tercer piso de un edificio vulgar y corriente. Toqué el timbre con impaciencia. Primero brevemente, luego sin soltar el pulsador. Como no oía ningún ruido, temí que ya no viviera allí, y que, perdiéndole a él, perdía a Delfina definitivamente. 

Entonces me di cuenta en qué medida aquel hombre a quien yo consideraba equívoco se me había convertido en algo precioso e indispensable. Al fin escuché un ruido de pasos. El pomo de la puerta giró; y al entreabrirse, me dejó ver al señor Baucaire en pijama, y con un aspecto sumamente desconfiado y de un humor desagradable. 

Al reconocerme, no tuvo aquel impulso que yo esperaba cándidamente de él. Por el contrario, creí comprender que, no solo mi visita le sorprendía, sino que incluso le molestaba. Dudó antes de permitirme pasar, pero no me ofreció la acogida de su salón recibidor. ¿Por qué dirigió él la cabeza varias veces en aquella dirección? ¿Por qué miraba yo también hacia allí?

Entonces observé, echadas sobre un sillón, las anticuadas ropas de Delfina. La impresión que recibí fue tal, que, para huir de un insoportable dolor, retrocedí y salí corriendo enloquecido.

Mi confusión no me abandonó hasta que llegué al pasillo de entrada del inmueble donde mis sollozos me detuvieron. Me pegué contra uno de los muros sucios y quedé, brazos abiertos, como para ser crucificado allí en el acto. Y así fue... 

Sintiendo en mi carne aquellos agudos dolores que me daban la sensación de ser clavado vivo, apretando contra el muro mi rostro igualmente perforado por mis lágrimas, la imagen de Delfina, desnuda, sucia, penetraba de esta forma en mi carne. «¿Por qué, Delfina? –suplicaba yo–. ¿Por qué?...»

¡Delfina se había burlado de mí! Delfina despreciable, disponible para el primero que llegase, pero negándose a mí que, en un impulso de cariño, le había ofrecido mi amor joven y puro, y sus frutos, reservados para todos nuestros deseos. 

Sufriendo peor dolor que si se hubiera perdido realmente, volvía incesantemente a ver sus ropas deshechas y, sin cesar también, sentía otro atroz recuerdo: Baucaire apretándola entre sus brazos... ocultándola en su casa, al lado de él, quizá dichosa durante dos noches... dos días, mientras que durante ese mismo tiempo a mí su desaparición me torturaba. 

Bruscamente, para apagar mi sed de odio, bebí de un trago el ácido brebaje de los celos. Todo tenía una explicación: yo no me había equivocado, Baucaire conocía ya a Delfina y yo había hablado demasiado de ella..., había dicho demasiado de aquella vida interior de Delfina que él seguramente ignoraba. Asimismo, como hombre conquistador, había deseado para él aquella mujer maravillosa. 

Ella era su víctima, se había dejado atrapar en su tela de araña... Delfina no podía consentir aquello... el culpable era Baucaire... toda aquella maquinación venía de él... la inocente era Delfina... Baucaire era un parásito que había que destruir... Delfina era Delfina.

Volví a casa de Baucaire, subí las escaleras empujado por la cólera y me puse a golpear repetidamente la puerta. Esta vez Baucaire acudió inmediatamente. Se me presentó ya afeitado y vestido. ¿Cuánto tiempo había yo permanecido desamparado mientras creía que le había despertado hacía unos instantes? Inmediatamente pensé que, considerándose una vez más importunado en su propia casa, iba a echarme a la calle, pero me recibió sin que el tono de su voz denunciase la menor agresividad.

Después de un instante de duda, súbitamente calmado, entré en su casa, emocionado como si hubiera conseguido convencerle para que me dejase ver por última vez a Delfina, solo el tiempo necesario para curar mi locura.

–¿Qué es lo que le ha pasado hace unos instantes? –me preguntó con tal aplomo que deduje que estaba acostumbrado a esa clase de situaciones.

La puerta del salón estaba cerrada. Me fijé en ella con todas mis fuerzas, intensamente, con intención de abrirla.

–Pensé que se había vuelto loco –añadió Baucaire, sin parecer fijarse en la atención que yo dirigía hacia aquella habitación, donde él recelaba la prueba de la presencia de Delfina.

«Sí –pensé para mí–, estoy loco... y voy a demostrárselo inmediatamente.»

Y, no pudiendo esperar más, me dirigí hacia la puerta del salón. De un violento empujón la abrí de par en par. Las ropas de Delfina aún seguían allí.

Me amparé de mi bien de nuevo hallado. Lo apreté posesivamente contra mi pecho. Enterré en él mi rostro y respiré ávidamente Delfina sin preocuparme de Baucaire. Este momento valía por sí mismo todas las horas de alegría de toda mi vida, vivida y por vivir. Era la primera vez que yo abrazaba a Delfina... 

Una vez pasada esta breve exaltación, me fijé cuán fría y seca estaba la tela. Ninguno de los olores que yo esperaba aspirar emanaba de ella. Solamente hallé ese característico olor de moho que los años incrustan en los tejidos abandonados. Asombrado, miré a Baucaire. 

En mi ciega rivalidad creí leer en su expresión una fría amenaza. Entonces, me precipité a la habitación vecina. Estaba vacía. Todas las demás habitaciones me ofrecieron, una por una, la ausencia de Delfina. Cuando volví al salón, Baucaire acababa de doblar las ropas y las ponía cuidadosamente sobre el sillón. Afectó una sorpresa que me pareció sincera.

–Bueno, hijo mío –me dijo con impaciencia–, ¿me quiere explicar lo que le sucede? Fíjese en qué estado se encuentra...

Y entonces, a la fuerza, me hizo situar frente a un espejo. Le dejé que me mostrase a mí mismo, y descubrí hasta qué punto mi enloquecimiento exterior era parecido a aquel que yo sentía interiormente. No me contemplé mucho tiempo en el espejo y le supliqué que me confesara dónde tenía oculta a Delfina.

–¿Delfina? –repitió él con un asombro total.

–Y sobre todo no me diga –le dije, acordándome de su conducta la primera vez que nos encontramos– que no la conoce, pues aquí está su vestido..., su corsé..., su delantal...

Y, como un inspector de policía mostrando las sucesivas pruebas de culpabilidad, se las señalé una por una sin pensar que ella podría haber huido usando el vestido rojo.

–¿Pero es que acaso sabe usted exactamente lo que me está enseñando? –exclamó Baucaire.

A su defensa le faltaba habilidad, y un ligero esbozo de sonrisa acabó por revelarme su culpabilidad. Recibí muy mal aquella actitud y me tuve que sentar en el sillón, apretando contra mi cuerpo los vestidos de Delfina. Viendo esto, Baucaire se enfadó de repente, obligándome a levantarme para coger la ropa con sumo cuidado, lo que testimoniaba una auténtica adoración. 

Me arrancó con tanta delicadeza el único bien que me quedaba de Delfina que no supe disculparme. La dulzura, la ternura diría yo, que puso a continuación en doblar aquellas prendas, acabó por trastornarme del todo. No podía ser más que la actitud de un hombre que gozaba en prolongar los ritos del amor incluso después de la marcha de la mujer.

–Su ciencia –me dijo al fin con ironía– es mucho más sutil que la mía...

Creyendo conocer entonces sus lazos con Delfina, pensé que Baucaire iba a echarme a la calle diciéndome al mismo tiempo una palabra malsonante. Pero no fue aquella su intención...

–...Porque –continuó– usted afirma conocer a la propietaria de estas ropas, mientras que nadie en el mundo, por mucha voluntad que pusiera en ello, podría hacerlo.

Únicamente, a pesar de esta denegación, su mano, acariciando la falda de Delfina, desmentía sus palabras. Asimismo, el hecho de que continuase poseyéndola de esta forma bajo mis propios ojos, hizo que a duras penas pudiese yo contener mis lágrimas. Baucaire se dio cuenta de ello y, compadecido sin duda, se esforzó en consolarme. 

Voluble, muy generoso en los detalles, me explicó que la víspera, cuando unos obreros demolían una habitación de un viejo inmueble de la rue Maubée, habían descubierto una alcoba que se hallaba desde hacía mucho tiempo, quizá un siglo, condenada, emparedada... y habían encontrado aquellas prendas femeninas que yo veía allí, conservadas en perfecto estado gracias al cierre hermético del lugar. 

Baucaire había llegado justo en el momento en que los obreros se disponían a tirar, como si fueran vulgares harapos, aquellos preciosos testimonios del pasado. En una palabra, empleando su habitual talento, quiso hacerme pasar por frías piezas de museo estos humildes testimonios de Delfina. 

Concluyó diciéndome cuán cándido y pretencioso era yo al afirmarle que aquellas ropas pertenecían a una... Delfina. Únicamente un probable ser venido del otro mundo, habiéndose escapado de aquella alcoba cerrada herméticamente, habría podido vestir aquellas ropas. Y como esto, a menos que se soñara, era imposible... luego...

El hecho de que me tratase casi de mentiroso hizo que inmediatamente le afirmara que no solo había visto a Delfina vestida de esta forma, bien viva, sino que además, en varias ocasiones, habíamos paseado juntos, sintiendo cada uno de nosotros una alegría realmente verdadera y compartida. 

Y, para demostrarle mejor aún la existencia de Delfina, le detallé los rasgos de su rostro, los impulsos de su caminar, su fidelidad a un trayecto determinado, lo mismo que las inquietudes que ella siempre demostraba. Pero, pensando que esta revelación podría perjudicarme, no le precisé los lugares donde ella sentía aquellos incomprensibles temores...

Baucaire no trató abiertamente de reírse de mí. Me escuchó, con los párpados entornados, y reconoció que yo ya le había hablado anteriormente de aquella Delfina con cierta convicción. Luego, con una gravedad pontificante, me pidió que le precisara ciertas fases de este extraño fenómeno visual. 

Con toda intención, Baucaire se apoyaba en cada palabra, separándolas, dándoles un sentido que me fue de lo más desagradable. De haber sido médico, habría actuado de la misma forma para establecer su diagnóstico. Dándome cuenta de que estaba en contra de mí, busqué otra defensa mucho más convincente, cuando volví a percibir el olor a moho de aquellas ropas, insidiosamente presentadas por Baucaire, imponiéndose a mi olfato. Me incliné de nuevo sobre las ropas de Delfina y aspiré el polvoriento olor. Pero, en lugar de embriagarme y de reconfortarme, ello trastornó e hizo más confusos mis pensamientos.

Baucaire siguió con sus comentarios. Entonces, como si estuviese bajo los efectos de alguna droga sutil, mi espíritu se dispersó. Me pareció que la voz de Baucaire se alejaba de mí. Pronto se me hizo lejana, pero atrozmente persuasiva. 

Baucaire me decía que volviera a casa, que reposara, que me olvidara de toda aquella historia de Delfina, que yo favorecía demasiado vehemente mis alucinaciones, cuyo efecto a la larga podía ser dañino y llevarme lejos, que muchos cerebros privilegiados, habiéndose arriesgado en aquel juego, habían acabado en la locura total, y oí cómo Baucaire mencionaba el nombre de un poeta que yo veneraba...

Me encontré acostado en mi cama, incapaz del menor movimiento, alma y miembros como apresados por un resistente hilo negro. ¿De qué forma había podido yo regresar a casa? Fui incapaz de acordarme de ello. Me parecía que había cesado momentáneamente de vivir, con mi cuerpo girando durante horas enteras, insensible a una nada vertiginosa.

Entonces me esforcé en acordarme de una mano dulce, la única que podía haberme guiado a través de aquel vacío total. Una débil mano tibia que me hacía falta absolutamente...

Fui aquella clase de enfermo sin mal aparente, postrado en una inquietante languidez cuya causa todos ignoraban. Pero, aunque inmóvil, representaba en crueles pesadillas un papel activo y desesperante que creía realmente vivir.

Llamaba a Delfina, pero ella nunca llegaba a unirse a mí... Trataba de huir de Baucaire, pero él no quería dejarme... Luego los veía a los dos juntos, cogiéndose por el brazo o por el talle, riéndose de la comedia que hacían: ella, ocultándose de mí, y él, pretendiendo que ella no existía...

En ciertos momentos unos obreros entraban en mi habitación ruidosamente. A golpe de maza derribaban las paredes y descubrían secretas alcobas que desconocía. Yo los alentaba, pues sabía que en una de ellas se ocultaba Delfina, momificada por ellos, viva aún para mí. Derribaban alcoba tras alcoba, penetraban tan al fondo de la casa que oía sus ruidos multiplicarse como bajo la bóveda de un túnel infinito. Y aquellos sonidos no eran otra cosa que las sordas palpitaciones de mi corazón...

Me agoté en vano, volvía una y otra vez a caer sobre mi cama, donde me contraía sobre mi cuerpo. Olía su olor muerto. Reagrupé tenazmente mis fuerzas; conseguí levantar mis párpados... Pero siempre era para volver a ver a Baucaire enseñándome sus vestidos vacíos, emanando el aliento mohoso de los años. Baucaire se convertía en esfinge de mármol; incapaz de la menor palabra de aliento, precisamente él que me había irónicamente planteado el enigma de Delfina...

Cuando pensaba que ya no volvería a escucharla, me llegaba el dulce murmullo de unos ligeros pies desnudos caminando. Era ella... Veía revolotear su falda, ligera. Su corsé se hinchaba. Pero no tenía ni brazos ni piernas ni cabeza... Era una Delfina vacía que Baucaire, sarcástico, agitaba delante de mi mirada desencantada... 

Traté rápidamente de taparme los oídos con el fin de que su risa torturante, que yo presentía cercana, no me llegase. Pero ya estaba dentro de mi cabeza y allí explotaba con tanta más fuerza que, para impedir que huyera, cerré la boca para que nadie creyera que era mía.

O bien, Delfina se ponía de pie delante de mí, tendiéndome sus brazos. No era posible cualquier duda, era realmente ella, más bonita que nunca, plena de vida, ardiente, deseable... Me levanté de prisa y, en el momento en que iba a alcanzarla, Baucaire, disfrazado de Arlequín, me rechazaba para demostrarme que solo era un frágil maniquí de cartón pintado, vulnerable al menor choque. 

Y luego me recordaba que estábamos en la época del Carnaval... Que había que festejarlo dignamente porque, sin mascarada, la vida no era posible. Me aplicaba a la fuerza sobre el rostro una máscara tan grotesca que la pobre Delfina de cartón huía inmediatamente, asustada...

Luego yo era aquel dichoso prometido impaciente, esperando a Delfina al pie del altar de la iglesia de Saint-Merri. Como tardaba en llegar, salía a la calle para ver si la divisaba. Entonces veía una multitud de gentes. Me acercaba a ver qué era aquello y sorprendía a Baucaire esforzándose en vender en subasta pública, a mis hilarantes invitados, el vestido de Delfina. 

Yo me indignaba, y mis amigos, enfadados, me abandonaban, dejándome solo con Baucaire, el cual decía al sacerdote que su presencia se debía a que yo había cambiado de opinión y ya no me casaba: ya no quería desposarme con Delfina, ya no la amaba... En tono protector, me consolaba dándome grandes golpes en la espalda. La sangre me subía a la cabeza, y lloraba yo sangre...

Sin cesar, él se marchaba golpeando la puerta. Pero yo sabía que no había abandonado la cabecera de mi cama y que, siempre allí, se reía de mi calvario...

Pasé una semana con esta locura interior que me pareció durar una noche pero que, para mis afligidos parientes, pareció un año entero. Luego todo se calló en mí. Volviendo a la realidad, la hallé peor aún, pues estaba vacía de Delfina...

¡Delfina, tan dulce, tan incapaz de la menor maldad, me había hecho conocer sin quererlo todas las penas humanas!

No pudiendo soportar esta desgarrante soledad, volví a casa de Baucaire y, a pesar del riesgo de nuevas explicaciones capaces de aumentar más aún mi desesperación, me alegré de verlo. Al igual que el insecto sin defensa acude a la llama de la que debería huir pero que le fascina irresistiblemente, los trastornadores propósitos de aquel hombre me cegaban y me atraían al brasero de un vivo tormento.

Me recibió con diligencia y, con una sonrisa, me hizo pasar a su despacho. Una vez allí, me indicó un sillón. Adivinando en él la tenacidad de un verdugo seguro de su papel, tomé asiento dócilmente como si lo hiciera en una silla de tortura. Baucaire se sentó enfrente de mí, detrás de su mesa de trabajo y me dijo con una voz pausada de misterio: «He trabajado para usted...» Pero yo entendí: «...contra usted». 

Y, mostrándome unos papeles amontonados al alcance de su mano, añadió como si estuviera presentándome a alguien: «Delfina...» Su énfasis tenía una seguridad de procurador poseedor de una requisitoria inobjetable. No me había equivocado: Baucaire empezaba ya a cortarme en carne viva. Me fue tan insoportable que, bajando la cabeza como bajo el tormento de un dolor, me creí aún sometido a los efectos de mi anterior pesadilla.

Me dijo que mi caso era mucho más apasionante de lo que había pensado al principio. La sinceridad de mi comportamiento, y los detalles que yo había dado, concordaban con indiscutibles documentos: coincidencias y fechas, todo se compaginaba perfectamente. 

Empecé a parlotear, apoyado en una sólida erudición. Lo escuché, debilitado por un amor lentamente dispersado por dudas nocivas que, avanzando dentro de mí, habían llegado a hacerme dudar entre rechazar o admitir sus afirmaciones. 

Baucaire se sentía tan a gusto en su papel de hombre competente que no pensó ni por un instante que enfrente de él temblaba una esperanza que otras palabras habrían podido, sin grandes concesiones, salvar de una vez por todas... Evocó las extraordinarias posibilidades de la clarividencia. 

Aquellas características insospechadas que activan de repente la extrasensibilidad de la materia y permiten asombrosas percepciones visuales capaces de traspasar murallas y siglos... Y luego me describió el itinerario de Delfina con tal precisión que solo los dones que acababa de evocar podían habérselo dado a conocer a distancia... a menos que la hubiera seguido.

Baucaire me precisó los lugares, me indicó la duración y la importancia de los obstáculos que ella solo veía, deteniéndola primeramente a treinta metros de la rue de Maubée... luego diez metros después... y, sucesivamente, otras tres veces antes de llegar a la rue du Cloître-Saint-Merri... después en el ángulo norte de la iglesia... Después, Delfina se alejaba de las fachadas actuales de la rue Saint-Martin... En ese lugar ella aligeraba el paso... En otro sitio, por el contrario, lo disminuía...

Estupefacto, me creí de repente en presencia de un mago quitándose al fin la máscara.

Continuando sin la menor equivocación, llegó al quai de Gesvres y, con algunas palabras más violentas, me dijo el curso súbito que hacía Delfina hasta llegar al centro del pont Notre-Dame.

–De modo que –afirmó Baucaire– ella se detenía ocho veces antes de alcanzar el Sena... ¿Tengo razón?

Asentí con un apenas perceptible movimiento de cabeza. Aquella cifra era exacta.

–Créame –continuó Baucaire–, le hacía falta cierto valor para alcanzar el centro del puente. La más mínima duda y habría sido fatal para ella... Pero, tranquilícese, usted personalmente no tenía nada que temer...

Al oír aquellas palabras me levanté súbitamente y le supliqué que me dijera qué peligros amenazaban a Delfina en aquel lugar. Se lo imploré, dispuesto a creer cualquier mentira. Cogiendo un espeso papel amarillento, envuelto en tela y enrollado, lo extendió ante mis ojos con verdadero deleite. Era un viejo plano de París.

Entonces leí las fechas: 27, 28 y 29 de julio... Revolución... Vi aquellas calles cortadas por numerosas barricadas: adoquines y carretas obstruyendo las arterias parisienses afectas de una violenta crisis de euforia revolucionaria, generalizada hasta lo increíble... Baucaire deslizó lentamente su dedo sobre la rue Saint-Martin y señaló una por una las ocho barricadas que la obstruían, lo que explicaba la marcha temerosa de Delfina. 

Luego me indicó las cruces rojas, las cuales simbolizaban las algaradas de los ciudadanos armados amenazando la calzada entre estos obstáculos que la fraccionaban en múltiples pequeñas revoluciones locales. Y el dedo llegó al pont Notre-Dame, defendido por un cañón realista que, situado a la entrada de la rue Saint-Martin, en poder de los insurrectos, había lanzado su metralla de muerte y cuyo soplo, sobre el plano, estaba marcado con una larga raya de lápiz púrpura... Triunfador sin modestia, Baucaire marcó un silencio para dejar caminar entre nosotros el galope de aquella mortandad... Por un instante me pareció oír el galopar de la Muerte.

–Esta pieza de artillería –continuó Baucaire– disparaba contra todo lo que se movía, y sus servidores no querían en modo alguno a las jóvenes ciudadanas que lograban distraer su atención y alcanzaban el centro del puente, donde, al abrigo de la inmensa pompa entonces construida y adosada a él, se ocultaban unos ciudadanos que los amenazaban por la retaguardia... En fin, y para nuestro agrado y la lógica de vuestra historia de amor, pongamos que en aquella época su heroína ha sido a menudo olvidada por su destino o, si lo prefiere, abandonada entre la vida y la muerte. Todo es posible dentro de lo imposible y nuestra imaginación está aquí para facilitar la credibilidad de todas las fantasías que podrían venirnos a la mente. Añadamos solamente, puesto que aquí tenemos las pruebas, que esta Delfina ha conseguido siempre pasar desapercibida en todos sus recorridos, salvando la vida gracias a sus vestidos de aspecto sombrío...

Y bruscamente, Baucaire me tendió un grabado de la época.

–Y ahora –me dijo–, puesto que usted es el único que la ha visto, quizá podría decirme si la reconoce...

No pude contener una violenta exclamación. ¡Eran las formas, la silueta de Delfina! Como estaba dibujada de espalda, no pude ver su rostro, pero lo recreé en un instante.

–Hace algunos años –continuó Baucaire, persuasivo– usted vio la reproducción de este grabado en un libro de Historia, lo mismo que la de este plano asombroso. Tanto la una como la otra os impresionaron, y luego se olvidó de ellas. Pero aquellas imágenes permanecieron en su inconsciente. Un cambio de situación y de ambiente las ha reanimado, proyectándolas desde su espíritu a la vida corriente, haciéndole un incauto de sí mismo...

Trastornado, ya no le escuchaba. Veía netamente a Delfina perseguida por los sublevados. Su noche estriada por unas balas ariscas que buscaban su presa. Comprendí al fin sus temores ante aquella despiadada matanza, y comprendí que, de nosotros dos, el solitario era yo... 

Volví a pensar en las palabras de Baucaire: «Ella solo salvó su vida gracias a estos vestidos sombríos...» Entonces, violentamente, carne de mi carne, raíz en mí, sentí a Delfina dentro de mí como jamás la sintiera. Ella continuaba viviendo y aquel Satán de Baucaire había estado a punto de que yo la abandonara justo en el momento en que mi traidor regalo la hacía peligrar haciéndola vulnerable a otros peligros mucho más reales que aquellos que él acababa de sugerirme. Conseguí deshacerme de la nociva hipnosis en la que Baucaire se deleitaba encerrándome y salí corriendo para ir a salvar a la pobre Delfina en peligro.

Yo sabía que no había soñado a Delfina; no se recibe un amor tan grande de la nada... La nada no puede dar más que nada, y, además, la forma aguda que adoptaba repentinamente mi tormento me confirmaba su real existencia. En cuanto al peligro que ella corría, mi angustia me lo sugería cercano y actuante. 

Volví a subir a disgusto, llegando hasta la rue Maubée. La noche se ajustaba a su caos de piedras hundidas. Con el corazón oprimido, recorrí los restos de aquella calle, pero comprendí amargamente que Delfina no volvería nunca más a aquel lugar... que yo debía buscarla en otro sitio.

Me aparté de aquella desolación en que se había convertido la rue Maubée, en otros tiempos abra de Delfina, y descendí por la rue Saint-Martin escrutando al pasar los menores recovecos. La noche se endurecía a medida que yo avanzaba. Me tropezaba con ella sin comprender que ya la impotencia me frenaba de ese modo. 

Tenso, me estremecí sin cesar ante la imprecisa pero tenaz llamada de Delfina, y, al mismo tiempo, me hallaba acribillado hasta en mi alma por las disimuladas amenazas que corrían, paralelas a mi búsqueda, e iban, ellas también, a su encuentro. Busqué en vano el fanal de seda que la dirigía hacia un destino que yo sentía implacable, y yo quería sacrificarme para salvar a Delfina, con el fin de que ella pudiera vivir en este mundo las dulzuras de la inocencia. 

Pero, pensando en la idea de que mi muerte, ofrecida por su vida, la haría para siempre desgraciada, unas lágrimas acudieron a mis ojos que solo calmó el pensamiento de que nosotros podríamos quizá tener la suerte de morir juntos.

Cada vez más angustiado, atravesé varias veces el pont Notre-Dame, vacío. Subí hasta el estrechamiento de la vieja rue Saint-Martin, también vacía. Y, como la ciudad permanecía silenciosa, padecí todas las torturas de la desesperación.

De repente, la apercibí...

...Distinguí allí a Delfina, dirigiéndose hacia el Sena, que acababa yo de abandonar... Ella salía de la oscuridad que servía de fachada a la plaza de Saint-Jacques. Era ella, no tenía la menor duda... La reconocí en primer lugar por aquel color vivo que yo había deseado imprudentemente para ella, y que se había convertido en la única tonalidad que mi mirada era capaz de detectar; y, además, por el grito que surgió de mi boca y que se perdió en la noche hostil.

Me lancé rápidamente hacia ella, pero, a pesar de mi certeza de poder al fin unirme a su persona, mi alegría fue incapaz de centellear y tuve la atroz impresión de no entrever más que lo inaccesible... No me engañaba. Pronto, en lugar de hacerme avanzar, mis esfuerzos me detuvieron. Martirizado, impotente, vi a Delfina acercarse al muelle. Corrió hacia el centro del puente donde por primera vez habíamos dejado agitarse juntas y por ellas mismas las chispas de nuestro amor. 

Aligeré mi paso, pero ella se resistía... Delfina era visible, hasta el extremo que solo se veía a ella, confiada en aquella noche que ya no la protegía más. Forcé mis piernas a detenerse, pero estas se oponían. Allá, Delfina era el blanco de todas las amenazas... Corrí inmediatamente hacia ella sin poder alcanzarla con el fin de poner mi cuerpo ante el suyo y protegerla eficazmente. 

Con todas mis fuerzas, le grité que huyera rápidamente de aquel lugar que yo sabía nefasto para ella. Grité más aún, como si pudiera realmente oírme mejor, y la sentía tan presente, pensando por su parte intensamente en mí, que creía alcanzarla con mis inútiles llamadas, multiplicadas a riesgo de alertar y de provocar la fatalidad. Ni siquiera me di cuenta de que entre nosotros existía su infranqueable silencio.

¿Me oía ella? Deteniéndose a la entrada del puente, se volvió en mi dirección y se inmovilizó, espantosamente vulnerable... En una fría y agresiva pesadilla, me pareció que mis pies y mis piernas penetraban en una capa de barro que, cómplice del destino de Delfina, se espesaba, reteniéndome allí como a designio, lejos de ella... Lloré sobre unas palabras de amor que yo murmuraba con tanto ardor que tuve la sensación de que ella me las cogía tiernamente, una a una, en sus labios...

Fui sacado de mi desesperación por unos repentinos ruidos de motor. No lejos de Delfina dos vehículos se cruzaron. Hubo algo así como unas salvas... Fui alcanzado inmediatamente en pleno pecho, y aquella raíz viva de carne que yo sabía que era la de Delfina, se enganchó más violentamente en mí, como si la forzaran a abandonarme y ella se negase. Luego me fue arrancada... lentamente arrancada... En su lugar se hizo un vacío que se llenó de sombríos dolores. Anonadado, me hundí en el barro que me retenía en aquel sitio. No había ningún barro...

Cuando, algunos instantes después, me levanté, el silencio estaba de nuevo allí, Delfina, aquella mancha en el suelo...

Al verla así, quedé libre del barro. Reemprendí mi camino. Llegado al puente, tropecé con unos hombres ajenos a nuestro drama. Inflexibles, no quisieron dejarme que me acercara a Delfina, inanimada y tan cercana.

Le pegué a uno de ellos. Me sujetaron y, a pesar del desorden en el que se encontraba mi mente, pude enterarme de que una joven transeúnte acababa de ser matada por una bala perdida.

Pusieron sobre unas angarillas aquel débil y joven cuerpo de mujer, envuelto en mi vestido rojo. Con las sacudidas que le daban mientras la transportaban, sus pies desnudos se balanceaban...

William Wilson - Edgar Allan Poe

 

Permitidme que, por el momento, me llame a mí mismo William Wilson. Esta blanca página no debe ser manchada con mi verdadero nombre. Demasiado ha sido ya objeto del escarnio, del horror, del odio de mi estirpe. Los vientos, indignados, ¿no han esparcido en las regiones más lejanas del globo su incomparable infamia? ¡Oh proscrito, oh tú, el más abandonado de los proscritos! ¿No estás muerto para la tierra? ¿No estás muerto para sus honras, sus flores, sus doradas ambiciones? Entre tus esperanzas y el cielo, ¿no aparece suspendida para siempre una densa, lúgubre, ilimitada nube?

No quisiera, aunque me fuese posible, registrar hoy la crónica de estos últimos años de inexpresable desdicha e imperdonable crimen. Esa época —estos años recientes— ha llegado bruscamente al colmo de la depravación, pero ahora sólo me interesa señalar el origen de esta última. 

Por lo regular, los hombres van cayendo gradualmente en la bajeza. En mi caso, la virtud se desprendió bruscamente de mí como si fuera un manto. De una perversidad relativamente trivial, pasé con pasos de gigante a enormidades más grandes que las de un Heliogábalo. 

Permitidme que os relate la ocasión, el acontecimiento que hizo posible esto. La muerte se acerca, y la sombra que la precede proyecta un influjo calmante sobre mi espíritu. Mientras atravieso el oscuro valle, anhelo la simpatía —casi iba a escribir la piedad— de mis semejantes. 

Me gustaría que creyeran que, en cierta medida, fui esclavo de circunstancias que excedían el dominio humano. Me gustaría que buscaran a favor mío, en los detalles que voy a dar, un pequeño oasis de fatalidad en ese desierto del error. Me gustaría que reconocieran —como no han de dejar de hacerlo— que si alguna vez existieron tentaciones parecidas, jamás un hombre fue tentado así, y jamás cayó así. ¿Será por eso que nunca ha sufrido en esta forma? Verdaderamente, ¿no habré vivido en un sueño? ¿No muero víctima del horror y el misterio de la más extraña de las visiones sublunares?

Desciendo de una raza cuyo temperamento imaginativo y fácilmente excitable la destacó en todo tiempo; desde la más tierna infancia di pruebas de haber heredado plenamente el carácter de la familia. A medida que avanzaba en años, esa modalidad se desarrolló aún más, llegando a ser por muchas razones causa de grave ansiedad para mis amigos y de perjuicios para mí. 

Crecí gobernándome por mi cuenta, entregado a los caprichos más extravagantes y víctima de las pasiones más incontrolables. Débiles, asaltados por defectos constitucionales análogos a los míos, poco pudieron hacer mis padres para contener las malas tendencias que me distinguían. 

Algunos menguados esfuerzos de su parte, mal dirigidos, terminaron en rotundos fracasos y, naturalmente, fueron triunfos para mí. Desde entonces mi voz fue ley en nuestra casa; a una edad en la que pocos niños han abandonado los andadores, quedé dueño de mi voluntad y me convertí de hecho en el amo de todas mis acciones.

Mis primeros recuerdos de la vida escolar se remontan a una vasta casa isabelina llena de recovecos, en un neblinoso pueblo de Inglaterra, donde se alzaban innumerables árboles gigantescos y nudosos, y donde todas las casas eran antiquísimas. Aquel venerable pueblo era como un lugar de ensueño, propio para la paz del espíritu. 

Ahora mismo, en mi fantasía, siento la refrescante atmósfera de sus avenidas en sombra, aspiro la fragancia de sus mil arbustos, y me estremezco nuevamente, con indefinible delicia, al oír la profunda y hueca voz de la campana de la iglesia quebrando hora tras hora con su hosco y repentino tañido el silencio de la fusca atmósfera, en la que el calado campanario gótico se sumía y reposaba.

Demorarme en los menudos recuerdos de la escuela y sus episodios me proporciona quizá el mayor placer que me es dado alcanzar en estos días. Anegado como estoy por la desgracia —¡ay, demasiado real!—, se me perdonará que busque alivio, aunque sea tan leve como efímero, en la complacencia de unos pocos detalles divagantes. 

Triviales y hasta ridículos, esos detalles asumen en mi imaginación una relativa importancia, pues se vinculan a un período y a un lugar en los cuales reconozco la presencia de los primeros ambiguos avisos del destino que más tarde habría de envolverme en sus sombras. Dejadme, entonces, recordar.

Como he dicho, la casa era antigua y de trazado irregular. Alzábase en un vasto terreno, y un elevado y sólido muro de ladrillos, coronado por una capa de mortero y vidrios rotos, circundaba la propiedad. Esta muralla, semejante a la de una prisión, constituía el límite de nuestro dominio; más allá de él nuestras miradas sólo pasaban tres veces por semana: la primera, los sábados por la tarde, cuando se nos permitía realizar breves paseos en grupo, acompañados por dos preceptores, a través de los campos vecinos; y las otras dos los domingos, cuando concurríamos en la misma forma a los oficios matinales y vespertinos de la única iglesia del pueblo. 

El director de la escuela era también el pastor. ¡Con qué asombro y perplejidad lo contemplaba yo desde nuestros alejados bancos, cuando ascendía al pulpito con lento y solemne paso! Este hombre reverente, de rostro sereno y benigno, de vestiduras satinadas que ondulaban clericalmente, de peluca cuidadosamente empolvada, tan rígida y enorme... ¿podía ser el mismo que, poco antes, agrio el rostro, manchadas de rapé las ropas, administraba férula en mano las draconianas leyes de la escuela? ¡Oh inmensa paradoja, demasiado monstruosa para tener solución!

En un ángulo de la espesa pared rechinaba una puerta aún más espesa. Estaba remachada y asegurada con pasadores de hierro, y coronada de picas de hierro. ¡Qué sensaciones de profundo temor inspiraba! Jamás se abría, salvo para las tres salidas y retornos mencionados; por eso, en cada crujido de sus fortísimos goznes, encontrábamos la plenitud del misterio... un mundo de cosas para hacer solemnes observaciones, o para meditar profundamente.

El dilatado muro tenía una forma irregular, con muchos espaciosos recesos. Tres o cuatro de los más grandes constituían el campo de juegos. Su piso estaba nivelado y cubierto de fina grava. Me acuerdo de que no tenía árboles, ni bancos, ni nada parecido. Quedaba, claro está, en la parte posterior de la casa. 

En el frente había un pequeño cantero, donde crecían el boj y otros arbustos; pero a través de esta sagrada división sólo pasábamos en raras ocasiones, tales como el día del ingreso a la escuela o el de la partida, o quizá cuando nuestros padres o un amigo venían a buscarnos y partíamos alegremente a casa para pasar las vacaciones de Navidad o de verano.

¡Aquella casa! ¡Qué extraño era aquel viejo edificio! ¡Y para mí, qué palacio de encantamiento! Sus vueltas y revueltas no tenían fin, ni tampoco sus incomprensibles subdivisiones. En un momento dado era difícil saber con certeza en cuál de los dos pisos se estaba. Entre un cuarto y otro había siempre tres o cuatro escalones que subían o bajaban.

Las alas laterales, además, eran innumerables —inconcebibles—, y volvían sobre sí mismas de tal manera que nuestras ideas más precisas con respecto a aquella casa no diferían mucho de las que abrigábamos sobre el infinito. Durante mis cinco años de residencia jamás pude establecer con precisión en qué remoto lugar hallábanse situados los pequeños dormitorios que correspondían a los dieciocho o veinte colegiales que seguíamos los cursos.

El aula era la habitación más grande de la casa y —no puedo dejar de pensarlo— del mundo entero. Era muy larga, angosta y lúgubremente baja, con ventanas de arco gótico y techo de roble. En un ángulo remoto, que nos inspiraba espanto, había una división cuadrada de unos ocho o diez pies, donde se hallaba el sanctum destinado a las oraciones de nuestro director, el reverendo doctor Bransby. 

Era una sólida estructura, de maciza puerta; antes de abrirla en ausencia del «dómine» hubiéramos preferido perecer voluntariamente por la peine forte et dure. En otros ángulos había dos recintos similares mucho menos reverenciados por cierto, pero que no dejaban de inspirarnos temor. Uno de ellos contenía la cátedra del preceptor «clásico», y el otro la correspondiente a «inglés y matemáticas». 

Dispersos en el salón, cruzándose y recruzándose en interminable irregularidad, veíanse innumerables bancos y pupitres, negros y viejos, carcomidos por el tiempo, cubiertos de libros harto hojeados, y tan llenos de cicatrices de iniciales, nombres completos, figuras grotescas y otros múltiples esfuerzos del cortaplumas, que habían llegado a perder lo poco que podía quedarles de su forma original en lejanos días. Un gran balde de agua aparecía en un extremo del salón, y en el otro había un reloj de formidables dimensiones.

Encerrado por las macizas paredes de tan venerable academia, pasé sin tedio ni disgusto los años del tercer lustro de mi vida. El fecundo cerebro de un niño no necesita de los sucesos del mundo exterior para ocuparlo o divertirlo; y la monotonía aparentemente lúgubre de la escuela estaba llena de excitaciones más intensas que las que mi juventud extrajo de la lujuria, o mi virilidad del crimen. 

Sin embargo debo creer que el comienzo de mi desarrollo mental salió ya de lo común y tuvo incluso mucho de exagerado. En general, los hombres de edad madura no guardan un recuerdo definido de los acontecimientos de la infancia. Todo es como una sombra gris, una remembranza débil e irregular, una evocación indistinta de pequeños placeres y fantasmagóricos dolores. Pero en mi caso no ocurre así. En la infancia debo de haber sentido con todas las energías de un hombre lo que ahora hallo estampado en mi memoria con imágenes tan vívidas, tan profundas y tan duraderas como los exergos de las medallas cartaginesas.

Y sin embargo, desde un punto de vista mundano, ¡qué poco había allí para recordar! Despertarse por la mañana, volver a la cama por la noche; los estudios, las recitaciones, las vacaciones periódicas, los paseos; el campo de juegos, con sus querellas, sus pasatiempos, sus intrigas... Todo eso, por obra de un hechizo mental totalmente olvidado más tarde, llegaba a contener un mundo de sensaciones, de apasionantes incidentes, un universo de variada emoción, lleno de las más apasionadas e incitantes excitaciones. Oh, le bon temps, que ce siècle defer!

El ardor, el entusiasmo y lo imperioso de mi naturaleza no tardaron en destacarme entre mis condiscípulos, y por una suave pero natural gradación fui ganando ascendencia sobre todos los que no me superaban demasiado en edad; sobre todos..., con una sola excepción. Se trataba de un alumno que, sin ser pariente mío, tenía mi mismo nombre y apellido; circunstancia poco notable, ya que, a pesar de mi ascendencia noble, mi apellido era uno de esos que, desde tiempos inmemoriales, parecen ser propiedad común de la multitud. 

En este relato me he designado a mí mismo como William Wilson —nombre ficticio, pero no muy distinto del verdadero—. Sólo mi tocayo, entre los que formaban, según la fraseología escolar, «nuestro grupo», osaba competir conmigo en los estudios, en los deportes y querellas del recreo, rehusando creer ciegamente mis afirmaciones y someterse a mi voluntad; en una palabra, pretendía oponerse a mi arbitrario dominio en todos los sentidos. Y si existe en la tierra un supremo e ilimitado despotismo, ése es el que ejerce un muchacho extraordinario sobre los espíritus de sus compañeros menos dotados.

La rebelión de Wilson constituía para mí una fuente de continuo embarazo; máxime cuando, a pesar de las bravatas que lanzaba en público acerca de él y de sus pretensiones, sentía que en el fondo le tenía miedo, y no podía dejar de pensar en la igualdad que tan fácilmente mantenía con respecto a mí, y que era prueba de su verdadera superioridad, ya que no ser superado me costaba una lucha perpetua. 

Empero, esta superioridad —incluso esta igualdad— sólo yo la reconocía; nuestros camaradas, por una inexplicable ceguera, no parecían sospecharla siquiera. La verdad es que su competencia, su oposición y, sobre todo, su impertinente y obstinada interferencia en mis propósitos eran tan hirientes como poco visibles. 

Wilson parecía tan exento de la ambición que espolea como de la apasionada energía que me permitía brillar. Se hubiera dicho que en su rivalidad había sólo el caprichoso deseo de contradecirme, asombrarme y mortificarme; aunque a veces yo no dejaba de observar —con una mezcla de asombro, humillación y resentimiento— que mi rival mezclaba en sus ofensas, sus insultos o sus oposiciones cierta inapropiada e intempestiva afectuosidad. Sólo alcanzaba a explicarme semejante conducta como el producto de una consumada suficiencia, que adoptaba el tono vulgar del patronazgo y la protección.

Quizá fuera este último rasgo en la conducta de Wilson, conjuntamente con la identidad de nuestros nombres y la mera coincidencia de haber ingresado en la escuela el mismo día, lo que dio origen a la convicción de que éramos hermanos, cosa que creían todos los alumnos de las clases superiores. 

Estos últimos no suelen informarse en detalle de las cuestiones concernientes a los alumnos menores. Ya he dicho, o debí decir, que Wilson no estaba emparentado ni en el grado más remoto con mi familia. Pero la verdad es que, de haber sido hermanos, hubiésemos sido gemelos, ya que después de salir de la academia del doctor Bransby supe por casualidad que mi tocayo había nacido el 19 de enero de 1813, y la coincidencia es bien notable, pues se trata precisamente del día de mi nacimiento.

Podrá parecer extraño que, a pesar de la continua inquietud que me ocasionaba la rivalidad de Wilson, y su intolerable espíritu de contradicción, me resultara imposible odiarlo. Es cierto que casi diariamente teníamos una querella, al fin de la cual, mientras me cedía públicamente la palma de la victoria, Wilson se las arreglaba de alguna manera para darme a entender que era él quien la había merecido; pero, no obstante eso, mi orgullo y una gran dignidad de su parte nos mantenía en lo que se da en llamar «buenas relaciones», a la vez que diversas coincidencias en nuestros caracteres actuaban para despertar en mí un sentimiento que quizá sólo nuestra posición impedía convertir en amistad. 

Me es muy difícil definir, e incluso describir, mis verdaderos sentimientos hacia Wilson. Constituían una mezcla heterogénea y abigarrada: algo de petulante animosidad que no llegaba al odio, algo de estima, aún más de respeto, mucho miedo y un mundo de inquieta curiosidad. Casi resulta superfluo agregar, para el moralista, que Wilson y yo éramos compañeros inseparables.

No hay duda que lo anómalo de esta relación encaminaba todos mis ataques (que eran muchos, francos o encubiertos) por las vías de la burla o de la broma pesada —que lastiman bajo la apariencia de una diversión— en vez de convertirlos en franca y abierta hostilidad. 

Pero mis esfuerzos en ese sentido no siempre resultaban fructuosos, por más hábilmente que maquinara mis planes, ya que mi tocayo tenía en su carácter mucho de esa modesta y tranquila austeridad que, mientras goza de lo afilado de sus propias bromas, no ofrece ningún talón de Aquiles y rechaza toda tentativa de que alguien ría a costa suya. 

Sólo pude encontrarle un punto vulnerable que, proveniente de una peculiaridad de su persona y originado acaso en una enfermedad constitucional, hubiera sido relegado por cualquier otro antagonista menos exasperado que yo. Mi rival tenía un defecto en los órganos vocales que le impedía alzar la voz más allá de un susurro apenas perceptible. Y yo no dejaba de aprovechar las míseras ventajas que aquel defecto me acordaba.

Las represalias de Wilson eran muy variadas, pero una de las formas de su malicia me perturbaba más allá de lo natural. Jamás podré saber cómo su sagacidad llegó a descubrir que una cosa tan insignificante me ofendía; el hecho es que, una vez descubierta, no dejo de insistir en ella. 

Siempre había yo experimentado aversión hacia mi poco elegante apellido y mi nombre tan común, que era casi plebeyo. Aquellos nombres eran veneno en mi oído, y cuando, el día de mi llegada, un segundo William Wilson ingresó en la academia, lo detesté por llevar ese nombre, y me sentí doblemente disgustado por el hecho de ostentarlo un desconocido que sería causa de una constante repetición, que estaría todo el tiempo en mi presencia y cuyas actividades en la vida ordinaria de la escuela serían con frecuencia confundidas con las mías, por culpa de aquella odiosa coincidencia.

Este sentimiento de ultraje así engendrado se fue acentuando con cada circunstancia que revelaba una semejanza, moral o física, entre mi rival y yo. En aquel tiempo no había descubierto el curioso hecho de que éramos de la misma edad, pero comprobé que teníamos la misma estatura, y que incluso nos parecíamos mucho en las facciones y el aspecto físico. 

También me amargaba que los alumnos de los cursos superiores estuvieran convencidos de que existía un parentesco entre ambos. En una palabra, nada podía perturbarme más (aunque lo disimulaba cuidadosamente) que cualquier alusión a una semejanza intelectual, personal o familiar entre Wilson y yo. 

Por cierto, nada me permitía suponer (salvo en lo referente a un parentesco) que estas similaridades fueran comentadas o tan sólo observadas por nuestros condiscípulos. Que él las observaba en todos sus aspectos, y con tanta claridad como yo, me resultaba evidente; pero sólo a su extraordinaria penetración cabía atribuir el descubrimiento de que esas circunstancias le brindaran un campo tan vasto de ataque.

Su réplica, que consistía en perfeccionar una imitación de mi persona, se cumplía tanto en palabras como en acciones, y Wilson desempeñaba admirablemente su papel. Copiar mi modo de vestir no le era difícil; mis actitudes y mi modo de moverme pasaron a ser suyos sin esfuerzo, y a pesar de su defecto constitucional, ni siquiera mi voz escapó a su imitación. Nunca trataba, claro está, de imitar mis acentos más fuertes, pero la tonalidad general de mi voz se repetía exactamente en la suya, y su extraño susurro llegó a convertirse en el eco mismo de la mía.

No me aventuraré a describir hasta qué punto este minucioso retrato (pues no cabía considerarlo una caricatura) llegó a exasperarme. Me quedaba el consuelo de ser el único que reparaba en esa imitación y no tener que soportar más que las sonrisas de complicidad y de misterioso sarcasmo de mi tocayo. 

Satisfecho de haber provocado en mí el penoso efecto que buscaba, parecía divertirse en secreto del aguijón que me había clavado, desdeñando sistemáticamente el aplauso general que sus astutas maniobras hubieran obtenido fácilmente. 

Durante muchos meses constituyó un enigma indescifrable para mí el que mis compañeros no advirtieran sus intenciones, comprobaran su cumplimiento y participaran de su mofa. Quizá la gradación de su copia no la hizo tan perceptible; o quizá debía mi seguridad a la maestría de aquel copista que, desdeñando lo literal (que es todo lo que los pobres de entendimiento ven en una pintura) sólo ofrecía el espíritu del original para que yo pudiera contemplarlo y atormentarme.

He aludido más de una vez al desagradable aire protector que asumía Wilson conmigo, y de sus frecuentes interferencias en los caminos de mi voluntad. Esta interferencia solía adoptar la desagradable forma de un consejo, antes insinuado que ofrecido abiertamente. 

Yo lo recibía con una repugnancia que los años fueron acentuando. Y, sin embargo, en este día ya tan lejano de aquéllos, séame dado declarar con toda justicia que no recuerdo ocasión alguna en que las sugestiones de mi rival me incitaran a los errores tan frecuentes en esa edad inexperta e inmadura; por lo menos su sentido moral, si no su talento y su sensatez, era mucho más agudo que el mío; y yo habría llegado a ser un hombre mejor y más feliz si hubiera rechazado con menos frecuencia aquellos consejos encerrados en susurros, y que en aquel entonces odiaba y despreciaba amargamente.

Así las cosas, acabé por impacientarme al máximo frente a esa desagradable vigilancia, y lo que consideraba intolerable arrogancia de su parte me fue ofendiendo más y más. He dicho ya que en los primeros años de nuestra vinculación de condiscípulos mis sentimientos hacia Wilson podrían haber derivado fácilmente a la amistad; pero en los últimos meses de mi residencia en la academia, si bien la impertinencia de su comportamiento había disminuido mucho, mis sentimientos se inclinaron, en proporción análoga, al más profundo odio. En cierta ocasión creo que Wilson lo advirtió, y desde entonces me evitó o fingió evitarme.

En esa misma época, si recuerdo bien, tuvimos un violento altercado, durante el cual Wilson perdió la calma en mayor medida que otras veces, actuando y hablando con una franqueza bastante insólita en su carácter. Descubrí en ese momento (o me pareció descubrir) en su acento, en su aire y en su apariencia general algo que empezó por sorprenderme, para llegar a interesarme luego profundamente, ya que traía a mi recuerdo borrosas visiones de la primera infancia; vehementes, confusos y tumultuosos recuerdos de un tiempo en el que la memoria aún no había nacido. 

Sólo puedo describir la sensación que me oprimía diciendo que me costó rechazar la certidumbre de que había estado vinculado con aquel ser en una época muy lejana, en un momento de un pasado infinitamente remoto. La ilusión, sin embargo, desvanecióse con la misma rapidez con que había surgido, y si la menciono es para precisar el día en que hablé por última vez en el colegio con mi extraño tocayo.

La enorme y vieja casa, con sus incontables subdivisiones, tenía varias grandes habitaciones contiguas, donde dormía la mayor parte de los estudiantes. Como era natural en un edificio tan torpemente concebido, había además cantidad de recintos menores que constituían las sobras de la estructura y que el ingenio económico del doctor Bransby había habilitado como dormitorios, aunque dado su tamaño sólo podían contener a un ocupante. Wilson poseía uno de esos pequeños cuartos.

Una noche, hacia el final de mi quinto año de estudios en la escuela, e inmediatamente después del altercado a que he aludido, me levanté cuando todos se hubieron dormido y, tomando una lámpara, me aventuré por infinitos pasadizos angostos en dirección al dormitorio de mi rival. 

Durante largo tiempo había estado planeando una de esas perversas bromas pesadas con las cuales fracasara hasta entonces. Me sentía dispuesto a llevarla de inmediato a la práctica, para que mi rival pudiera darse buena cuenta de toda mi malicia. Cuando llegué ante su dormitorio, dejé la lámpara en el suelo, cubriéndola con una pantalla, y entré silenciosamente. Luego de avanzar unos pasos, oí su sereno respirar. 

Seguro de que estaba durmiendo, volví a tomar la lámpara y me aproximé al lecho. Estaba éste rodeado de espesas cortinas, que en cumplimiento de mi plan aparté lenta y silenciosamente, hasta que los brillantes rayos cayeron sobre el durmiente, mientras mis ojos se fijaban en el mismo instante en su rostro. 

Lo miré, y sentí que mi cuerpo se helaba, que un embotamiento me envolvía. Palpitaba mi corazón, temblábanme las rodillas, mientras mi espíritu se sentía presa de un horror sin sentido pero intolerable. Jadeando, bajé la lámpara hasta aproximarla aún más a aquella cara. ¿Eran ésos... ésos, los rasgos de William Wilson? Bien veía que eran los suyos, pero me estremecía como víctima de la calentura al imaginar que no lo eran. Pero, entonces, ¿qué había en ellos para confundirme de esa manera? 

Lo miré, mientras mi cerebro giraba en multitud de incoherentes pensamientos. No era ése su aspecto... no, así no era él en las activas horas de vigilia. ¡El mismo nombre! ¡La misma figura! ¡El mismo día de ingreso a la academia! ¡Y su obstinada e incomprensible imitación de mi actitud, de mi voz, de mis costumbres, de mi aspecto! ¿Entraba verdaderamente dentro de los límites de la posibilidad humana que esto que ahora veía fuese meramente el resultado de su continua imitación sarcástica? Espantado y temblando cada vez más, apagué la lámpara, salí en silencio del dormitorio y escapé sin perder un momento de la vieja academia, a la que no habría de volver jamás.

Luego de un lapso de algunos meses que pasé en casa sumido en una total holgazanería, entré en el colegio de Eton. El breve intervalo había bastado para apagar mi recuerdo de los acontecimientos en la escuela del doctor Bransby, o por lo menos para cambiar la naturaleza de los sentimientos que aquellos sucesos me inspiraban. La verdad y la tragedia de aquel drama no existían ya. 

Ahora me era posible dudar del testimonio de mis sentidos; cada vez que recordaba el episodio me asombraba de los extremos a que puede llegar la credulidad humana, y sonreía al pensar en la extraordinaria imaginación que hereditariamente poseía. Este escepticismo estaba lejos de disminuir con el género de vida que empecé a llevar en Eton. 

El vórtice de irreflexiva locura en que inmediata y temerariamente me sumergí barrió con todo y no dejó más que la espuma de mis pasadas horas, devorando las impresiones sólidas o serias y dejando en el recuerdo tan sólo las trivialidades de mi existencia anterior.

No quiero, sin embargo, trazar aquí el derrotero de mi miserable libertinaje, que desafiaba las leyes y eludía la vigilancia del colegio. Tres años de locura se sucedieron sin ningún beneficio, arraigando en mí los vicios y aumentando, de un modo insólito, mi desarrollo corporal. 

Un día, después de una semana de estúpida disipación, invité a algunos de los estudiantes más disolutos a una orgía secreta en mis habitaciones. Nos reunimos estando ya la noche avanzada, pues nuestro libertinaje habría de prolongarse hasta la mañana. Corría libremente el vino y no faltaban otras seducciones todavía más peligrosas, al punto que la gris alborada apuntaba ya en el oriente cuando nuestras deliberantes extravagancias llegaban a su ápice. 

Excitado hasta la locura por las cartas y la embriaguez me disponía a proponer un brindis especialmente blasfematorio, cuando la puerta de mi aposento se entreabrió con violencia, a tiempo que resonaba ansiosamente la voz de uno de los criados. Insistía en que una persona me reclamaba con toda urgencia en el vestíbulo.

Profundamente excitado por el vino, la inesperada interrupción me alegró en vez de sorprenderme. Salí tambaleándome y en pocos pasos llegué al vestíbulo. No había luz en aquel estrecho lugar, y sólo la pálida claridad del alba alcanzaba a abrirse paso por la ventana semicircular. Al poner el pie en el umbral distinguí la figura de un joven de mi edad, vestido con una bata de casimir blanco, cortada conforme a la nueva moda e igual a la que llevaba yo puesta. La débil luz me permitió distinguir todo eso, pero no las facciones del visitante. Al verme, vino precipitadamente a mi encuentro y, tomándome del brazo con un gesto de petulante impaciencia, murmuró en mi oído estas palabras:

—¡William Wilson!

Mi embriaguez se disipó instantáneamente.

Había algo en los modales del desconocido y en el temblor nervioso de su dedo levantado, suspenso entre la luz y mis ojos, que me colmó de indescriptible asombro; pero no fue esto lo que me conmovió con más violencia, sino la solemne admonición que contenían aquellas sibilantes palabras dichas en voz baja, y, por sobre todo, el carácter, el sonido, el tono de esas pocas, sencillas y familiares sílabas que había susurrado, y que me llegaban con mil turbulentos recuerdos de días pasados, golpeando mi alma con el choque de una batería galvánica. Antes de que pudiera recobrar el uso de mis sentidos, el visitante había desaparecido.

Aunque este episodio no dejó de afectar vivamente mi desordenada imaginación, bien pronto se disipó su efecto. Durante algunas semanas me ocupé en hacer toda clase de averiguaciones, o me envolví en una nube de morbosas conjeturas. No intenté negarme a mí mismo la identidad del singular personaje que se inmiscuía de tal manera en mis asuntos o me exacerbaba con sus insinuados consejos. 

¿Quién era, qué era ese Wilson? ¿De dónde venía? ¿Qué propósitos abrigaba? Me fue imposible hallar respuesta a estas preguntas; sólo alcancé a averiguar que un súbito accidente acontecido en su familia lo había llevado a marcharse de la academia del doctor Bransby la misma tarde del día en que emprendí la fuga. 

Pero bastó poco tiempo para que dejara de pensar en todo esto, ya que mi atención estaba completamente absorbida por los proyectos de mi ingreso en Oxford. No tardé en trasladarme allá, y la irreflexiva vanidad de mis padres me proporcionó una pensión anual que me permitiría abandonarme al lujo que tanto ansiaba mi corazón y rivalizar en despilfarro con los más altivos herederos de los más ricos condados de Gran Bretaña.

Estimulado por estas posibilidades de fomentar mis vicios, mi temperamento se manifestó con redoblado ardor, y mancillé las más elementales reglas de decencia con la loca embriaguez de mis licencias. Sería absurdo detenerme en el detalle de mis extravagancias. Baste decir que excedí todos los límites y que, dando nombre a multitud de nuevas locuras, agregué un copioso apéndice al largo catálogo de vicios usuales en aquella Universidad, la más disoluta de Europa.

Apenas podrá creerse, sin embargo, que por más que hubiera mancillado mi condición de gentilhombre, habría de llegar a familiarizarme con las innobles artes del jugador profesional, y que, convertido en adepto de tan despreciable ciencia, la practicaría como un medio para aumentar todavía más mis enormes rentas a expensas de mis camaradas de carácter más débil. No obstante, ésa es la verdad. 

Lo monstruoso de esta transgresión de todos los sentimientos caballerescos y honorables resultaba la principal, ya que no la única razón de la impunidad con que podía practicarla. ¿Quién, entre mis más depravados camaradas, no hubiera dudado del testimonio de sus sentidos antes de sospechar culpable de semejantes actos al alegre, al franco, al generoso William Wilson, el más noble y liberal compañero de Oxford, cuyas locuras, al decir de sus parásitos, no eran más que locuras de la juventud y la fantasía, cuyos errores sólo eran caprichos inimitables, cuyos vicios más negros no pasaban de ligeras y atrevidas extravagancias?

Llevaba ya dos años entregado con todo éxito a estas actividades cuando llegó a la Universidad un joven noble, un parvenu llamado Glendinning, a quien los rumores daban por más rico que Herodes Ático, sin que sus riquezas le hubieran costado más que a éste. 

Pronto me di cuenta de que era un simple, y, naturalmente, lo consideré sujeto adecuado para ejercer sobre él mis habilidades. Logré hacerlo jugar conmigo varias veces y, procediendo como todos los tahúres, le permití ganar considerables sumas a fin de envolverlo más efectivamente en mis redes. Por fin, maduros mis planes, me encontré con él (decidido a que esta partida fuera decisiva) en las habitaciones de un camarada llamado Preston, que nos conocía íntimamente a ambos, aunque no abrigaba la más remota sospecha de mis intenciones. 

Para dar a todo esto un mejor color, me había arreglado para que fuéramos ocho o diez invitados, y me ingenié cuidadosamente a fin de que la invitación a jugar surgiera como por casualidad y que la misma víctima la propusiera. 

Para abreviar tema tan vil, no omití ninguna de las bajas finezas propias de estos lances, que se repiten de tal manera en todas las ocasiones similares que cabe maravillarse de que todavía existan personas tan tontas como para caer en la trampa.

Era ya muy entrada la noche cuando efectué por fin la maniobra que me dejó frente a Glendinning como único antagonista. El juego era mi favorito, el écarté. Interesados por el desarrollo de la partida, los invitados habían abandonado las cartas y se congregaban a nuestro alrededor. 

El parvenu, a quien había inducido con anterioridad a beber abundantemente, cortaba las cartas, barajaba o jugaba con una nerviosidad que su embriaguez sólo podía explicar en parte. Muy pronto se convirtió en deudor de una importante suma, y entonces, luego de beber un gran trago de oporto, hizo lo que yo esperaba fríamente: me propuso doblar las apuestas, que eran ya extravagantemente elevadas. 

Fingí resistirme, y sólo después que mis reiteradas negativas hubieron provocado en él algunas réplicas coléricas, que dieron a mi aquiescencia un carácter destemplado, acepté la propuesta. Como es natural, el resultado demostró hasta qué punto la presa había caído en mis redes; en menos de una hora su deuda se había cuadruplicado.

Desde hacía un momento, el rostro de Glendinning perdía la rubicundez que el vino le había prestado y me asombró advertir que se cubría de una palidez casi mortal. Si digo que me asombró se debe a que mis averiguaciones anteriores presentaban a mi adversario como inmensamente rico, y, aunque las sumas perdidas eran muy grandes, no podían preocuparlo seriamente y mucho menos perturbarlo en la forma en que lo estaba viendo. 

La primera idea que se me ocurrió fue que se trataba de los efectos de la bebida; buscando mantener mi reputación a ojos de los testigos presentes —y no por razones altruistas— me disponía a exigir perentoriamente la suspensión de la partida, cuando algunas frases que escuché a mi alrededor, así como una exclamación desesperada que profirió Glendinning, me dieron a entender que acababa de arruinarlo por completo, en circunstancias que lo llevaban a merecer la piedad de todos, y que deberían haberlo protegido hasta de las tentativas de un demonio.

Difícil es decir ahora cuál hubiera sido mi conducta en ese momento. La lamentable condición de mi adversario creaba una atmósfera de penoso embarazo. Hubo un profundo silencio, durante el cual sentí que me ardían las mejillas bajo las miradas de desprecio o de reproche que me lanzaban los menos pervertidos. 

Confieso incluso que, al producirse una súbita y extraordinaria interrupción, mi pecho se alivió por un breve instante de la intolerable ansiedad que lo oprimía. Las grandes y pesadas puertas de la estancia se abrieron de golpe y de par en par, con un ímpetu tan vigoroso y arrollador que bastó para apagar todas las bujías. 

La muriente luz nos permitió, sin embargo, ver entrar a un desconocido, un hombre de mi talla, completamente embozado en una capa. La oscuridad era ahora total, y solamente podíamos sentir que aquel hombre estaba entre nosotros. Antes de que nadie pudiera recobrarse del profundo asombro que semejante conducta le había producido, oímos la voz del intruso.

—Señores —dijo, con una voz tan baja como clara, con un inolvidable susurro que me estremeció hasta la médula de los huesos—. Señores, no me excusaré por mi conducta, ya que al obrar así no hago más que cumplir con un deber. Sin duda ignoran ustedes quién es la persona que acaba de ganar una gran suma de dinero a Lord Glendinning. 

He de proponerles, por tanto, una manera tan expeditiva como concluyente de cerciorarse al respecto: bastará con que examinen el forro de su puño izquierdo y los pequeños paquetes que encontrarán en los bolsillos de su bata bordada.

Mientras hablaba, el silencio era tan profundo que se hubiera oído caer una aguja en el suelo. Dichas esas palabras, partió tan bruscamente como había entrado. ¿Puedo describir... describiré mis sensaciones? ¿Debo decir que sentí todos los horrores del condenado? Poco tiempo me quedó para reflexionar. 

Varias manos me sujetaron rudamente, mientras se traían nuevas luces. Inmediatamente me registraron. En el forro de mi manga encontraron todas las figuras esenciales en el écarté y, en los bolsillos de mi bata, varios mazos de barajas idénticos a los que empleábamos en nuestras partidas, salvo que las mías eran lo que técnicamente se denomina arrondées; vale decir que las cartas ganadoras tienen las extremidades ligeramente convexas, mientras las cartas de menor valor son levemente convexas a los lados. 

En esa forma, el incauto que corta, como es normal, a lo largo del mazo, proporcionará invariablemente una carta ganadora a su antagonista, mientras el tahúr, que cortará también tomando el mazo por sus lados mayores, descubrirá una carta inferior.

Todo estallido de indignación ante semejante descubrimiento me hubiera afectado menos que el silencioso desprecio y la sarcástica compostura con que fue recibido.

—Señor Wilson —dijo nuestro anfitrión, inclinándose para levantar del suelo una lujosa capa de preciosas pieles—, esto es de su pertenencia. (Hacía frío y, al salir de mis habitaciones, me había echado la capa sobre mi bata, retirándola luego al llegar a la sala de juego.) Supongo que no vale la pena buscar aquí —agregó, mientras observaba los pliegues del abrigo con amarga sonrisa— otras pruebas de su habilidad. Ya hemos tenido bastantes. Descuento que reconocerá la necesidad de abandonar Oxford, y, de todas maneras, de salir inmediatamente de mi habitación.

Humillado, envilecido hasta el máximo como lo estaba en ese momento, es probable que hubiera respondido a tan amargo lenguaje con un arrebato de violencia, de no hallarse mi atención completamente concentrada en un hecho por completo extraordinario. La capa que me había puesto para acudir a la reunión era de pieles sumamente raras, a un punto tal que no hablaré de su precio. 

Su corte, además, nacía de mi invención personal, pues en cuestiones tan frívolas era de un refinamiento absurdo. Por eso, cuando Preston me alcanzó la que acababa de levantar del suelo cerca de la puerta del aposento, vi con asombro lindante en el terror que yo tenía mi propia capa colgada del brazo —donde la había dejado inconscientemente—, y que la que me ofrecía era absolutamente igual en todos y cada uno de sus detalles. 

El extraño personaje que me había desenmascarado estaba envuelto en una capa al entrar, y aparte de mí ningún otro invitado llevaba capa esa noche. Con lo que me quedaba de presencia de ánimo, tomé la que me ofrecía Preston y la puse sobre la mía sin que nadie se diera cuenta. Salí así de las habitaciones, desafiante el rostro, y a la mañana siguiente, antes del alba, empecé un presuroso viaje al continente, perdido en un abismo de espanto y de vergüenza.

Huía en vano. Mi aciago destino me persiguió, exultante, mostrándome que su misterioso dominio no había hecho más que empezar. Apenas hube llegado a París, tuve nuevas pruebas del odioso interés que Wilson mostraba en mis asuntos. Corrieron los años, sin que pudiera hallar alivio. ¡El miserable...! ¡Con qué inoportuna, con qué espectral solicitud se interpuso en Roma entre mí y mis ambiciones! También en Viena... en Berlín... en Moscú. 

A decir verdad, ¿dónde no tenía yo amargas razones para maldecirlo de todo corazón? Huí, al fin, de aquella inescrutable tiranía, aterrado como si se tratara de la peste; huí hasta los confines mismos de la tierra. Y en vano.

Una y otra vez, en la más secreta intimidad de mi espíritu, me formulé las preguntas: «¿Quién es? ¿De dónde viene? ¿Qué quiere?» Pero las respuestas no llegaban. Minuciosamente estudié las formas, los métodos, los rasgos dominantes de aquella impertinente vigilancia, pero incluso ahí encontré muy poco para fundar una conjetura cualquiera. 

Cabía advertir, sin embargo, que en las múltiples instancias en que se había cruzado en mi camino en los últimos tiempos, sólo lo había hecho para frustrar planes o malograr actos que, de cumplirse, hubieran culminado en una gran maldad. ¡Pobre justificación, sin embargo, para una autoridad asumida tan imperiosamente! ¡Pobre compensación para los derechos de un libre albedrío tan insultantemente estorbado!

Me había visto obligado a notar asimismo que, en ese largo período (durante el cual continuó con su capricho de mostrarse vestido exactamente como yo, lográndolo con milagrosa habilidad), mi atormentador consiguió que no pudiera ver jamás su rostro las muchas veces que se interpuso en el camino de mi voluntad. 

Cualquiera que fuese Wilson, esto, por lo menos, era el colmo de la afectación y la insensatez. ¿Cómo podía haber supuesto por un instante que en mi amonestador de Eton, en el desenmascarador de Oxford, en aquel que malogró mi ambición en Roma, mi venganza en París, mi apasionado amor en Nápoles, o lo que falsamente llamaba mi avaricia en Egipto, que en él, mi archienemigo y genio maligno, dejaría yo de reconocer al William Wilson de mis días escolares, al tocayo, al compañero, al rival, al odiado y temido rival de la escuela del doctor Bransby? ¡Imposible! Pero apresurémonos a llegar a la última escena del drama.

Hasta aquel momento yo me había sometido por completo a su imperiosa dominación. El sentimiento de reverencia con que habitualmente contemplaba el elevado carácter, el majestuoso saber y la ubicuidad y omnipotencia aparentes de Wilson, sumado al terror que ciertos rasgos de su naturaleza y su arrogancia me inspiraban, habían llegado a convencerme de mi total debilidad y desamparo, sugiriéndome una implícita, aunque amargamente resistida sumisión a su arbitraria voluntad. 

Pero en los últimos tiempos acabé entregándome por completo a la bebida, y su terrible influencia sobre mi temperamento hereditario me hizo impacientarme más y más frente a aquella vigilancia. Empecé a murmurar, a vacilar, a resistir. ¿Y era sólo la imaginación la que me inducía a creer que a medida que mi firmeza aumentaba, la de mi atormentador sufría una disminución proporcional? Sea como fuere, una ardiente esperanza empezó a aguijonearme y fomentó en mis más secretos pensamientos la firme y desesperada resolución de no tolerar por más tiempo aquella esclavitud.

Era en Roma, durante el carnaval del 18..., en un baile de máscaras que ofrecía en su palazzo el duque napolitano Di Broglio. Me había dejado arrastrar más que de costumbre por los excesos de la bebida, y la sofocante atmósfera de los atestados salones me irritaba sobremanera. 

Luchaba además por abrirme paso entre los invitados, cada vez más malhumorado, pues deseaba ansiosamente encontrar (no diré por qué indigna razón) a la alegre y bellísima esposa del anciano y caduco Di Broglio. Con una confianza por completo desprovista de escrúpulos, me había hecho saber ella cuál sería su disfraz de aquella noche y, al percibirla a la distancia, me esforzaba por llegar a su lado. Pero en ese momento sentí que una mano se posaba ligeramente en mi hombro, y otra vez escuché al oído aquel profundo, inolvidable, maldito susurro.

Arrebatado por un incontenible frenesí de rabia, me volví violentamente hacia el que acababa de interrumpirme y lo aferré por el cuello. Tal como lo había imaginado, su disfraz era exactamente igual al mío: capa española de terciopelo azul y cinturón rojo, del cual pendía una espada. Una máscara de seda negra ocultaba por completo su rostro.

—¡Miserable! —grité con voz enronquecida por la rabia, mientras cada sílaba que pronunciaba parecía atizar mi furia—. ¡Miserable impostor! ¡Maldito villano! ¡No me perseguirás... no, no me perseguirás hasta la muerte! ¡Sígueme, o te atravieso de lado a lado aquí mismo!

Y me lancé fuera de la sala de baile, en dirección a una pequeña antecámara contigua, arrastrándolo conmigo.

Cuando estuvimos allí, lo rechacé con violencia. Trastrabilló, mientras yo cerraba la puerta con un juramento y le ordenaba ponerse en guardia. Vaciló apenas un instante; luego, con un ligero suspiro, desenvainó la espada sin decir palabra y se aprestó a defenderse.

El duelo fue breve. Yo me hallaba en un frenesí de excitación y sentía en mi brazo la energía y la fuerza de toda una multitud. En pocos segundos lo fui llevando arrolladoramente hasta acorralarlo contra una pared, y allí, teniéndolo a mi merced, le hundí varias veces la espada en el pecho con brutal ferocidad.

En aquel momento alguien movió el pestillo de la puerta. Me apresuré a evitar una intrusión, volviendo inmediatamente hacia mi moribundo antagonista. ¿Pero qué lenguaje humano puede pintar esa estupefacción, ese horror que se posesionaron de mí frente al espectáculo que me esperaba? 

El breve instante en que había apartado mis ojos parecía haber bastado para producir un cambio material en la disposición de aquel ángulo del aposento. Donde antes no había nada, alzábase ahora un gran espejo (o por lo menos me pareció así en mi confusión). Y cuando avanzaba hacia él, en el colmo del espanto, mi propia imagen, pero cubierta de sangre y pálido el rostro, vino a mi encuentro tambaleándose.

Tal me había parecido, lo repito, pero me equivocaba. Era mi antagonista, era Wilson, quien se erguía ante mí agonizante. Su máscara y su capa yacían en el suelo, donde las había arrojado. No había una sola hebra en sus ropas, ni una línea en las definidas y singulares facciones de su rostro, que no fueran las mías, que no coincidieran en la más absoluta identidad.

Era Wilson. Pero ya no hablaba con un susurro, y hubiera podido creer que era yo mismo el que hablaba cuando dijo:

—Has vencido, y me entrego. Pero también tú estás muerto desde ahora... muerto para el mundo, para el cielo y para la esperanza. ¡En mí existías... y al matarme, ve en esta imagen, que es la tuya, cómo te has asesinado a ti mismo!