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El gran cambiazo - Roald Dahl (Segunda Parte y última)

Hasta aquí nuestros planes básicos. Luego vino lo que en nuestras notas bautizamos con el nombre de «familiarización con el terreno». Primeramente Jerry me instruyó a mí. Me sometió a un entrenamiento de tres horas en su propia casa un domingo por la tarde, aprovechando que su mujer y los niños no estaban. 

Nunca había entrado en el dormitorio de Jerry y Samantha. Sobre la mesita del tocador estaban los perfumes de Samantha, sus cepillos y sus otras cositas. Un par de medias colgaba del respaldo de una silla. Su camisón, que era blanco y azul, colgaba detrás de la puerta que conducía al cuarto de baño.

—De acuerdo —dijo Jerry—. La habitación estará completamente a oscuras cuando entres. Samantha duerme en este lado, de manera que tendrás que dar la vuelta a la cama de puntillas y meterte en ella por el otro lado. Voy a vendarte los ojos para que practiques un poco.

Al principio, con los ojos vendados, vagué por toda la habitación como un borracho. Pero después de casi una hora de trabajo, conseguí hacer el recorrido bastante bien. Pero, antes de que Jerry me diera el visto bueno definitivo, tuve que ir, con los ojos vendados, desde la puerta de la calle hasta la escalera, cruzando el vestíbulo, pasando luego por delante de los cuartos de los niños, entrando en la habitación de Samantha y aterrizando en el lugar exacto. Y tuve que hacerlo en silencio, igual que un ladrón. Todo ello requirió tres horas de duro trabajo, pero al final le cogí la costumbre.

El domingo siguiente por la mañana, mientras Mary y los niños estaban en la iglesia, tuve la oportunidad de dar a Jerry la misma instrucción en mi casa. Aprendió más deprisa que yo y, al cabo de una hora, ya había superado la prueba de los ojos vendados sin meter la pata ni una sola vez.

Fue durante esta operación cuando decidimos desconectar la lamparilla de cabecera de las dos mujeres al entrar en la alcoba. Así que Jerry practicó la operación de encontrar el enchufe y tirar de él sin quitarse la venda de los ojos y el fin de semana siguiente yo hice lo mismo en su casa.

Llegó entonces lo que era con mucho la parte más importante de nuestro entrenamiento. Le dimos el nombre de «tirar de la manta» y fue durante la misma cuando ambos tuvimos que describir con todo lujo de detalles el procedimiento que seguíamos al hacer el amor con nuestras respectivas esposas. 

Acordamos no complicarnos la vida con variaciones exóticas que él o yo pudiéramos poner en práctica ocasionalmente. Nos ocupamos exclusivamente de enseñarnos mutuamente el procedimiento más rutinario, el que utilizáramos con mayor frecuencia y que, por tanto, fuera el menos susceptible de levantar sospechas.

La sesión tuvo lugar en mi oficina a las seis de la tarde de un miércoles, cuando el personal ya se había ido a casa. Al principio los dos nos sentimos algo azorados y ninguno quería ser el primero en empezar. De modo que saqué la botella de whisky y después de tomarnos un par de copas soltamos la lengua y empezó la lección. 

Mientras Jerry hablaba yo tomaba notas y viceversa. Al final de todo, resultó que la única diferencia real entre el procedimiento de Jerry y el mío residía en el tiempo. ¡Pero menuda diferencia era! Él se tomaba las cosas (si hay que creer lo que dijo) con tanta calma y prolongaba los momentos hasta tal punto que me pregunté en silencio si su pareja no se dormiría en pleno acto. Sin embargo, mi misión no consistía en criticar, sino en copiar, así que no dije nada.

Jerry no se mostró tan discreto. Al finalizar mi descripción personal, tuvo la temeridad de decir:

—¿De veras que lo haces así?

—¿Qué quieres decir? —pregunté.

—Que si terminas la cosa tan pronto.

—Mira —dije—, no estamos aquí para darnos lecciones el uno al otro. Estamos aquí para aprender hechos concretos.

—Ya lo sé —dijo—. Pero me voy a sentir un poco tonto si copio tu estilo exactamente. ¡Dios mío! ¡Lo haces con la rapidez de un tren expreso al pasar por una estación pueblerina!

Me quedé mirándole fijamente, boquiabierto.

—No pongas esa cara de sorpresa —dijo—. Tal como me lo has contado, cualquiera creería que...

—¿Que qué? —dije.

—Bueno, olvídalo —dijo.

—Gracias —dije.

Me sentía furioso. Hay dos cosas en este mundo que me consta que hago de modo inmejorable. Una es conducir un automóvil y la otra ya saben ustedes qué es. Así que verle ahí sentado, diciéndome que no sabía cómo comportarme con mi propia esposa, fue una afrenta monstruosa. Era él y no yo quien no sabía hacerlo. ¡Pobre Samantha! ¡Las cosas que habría tenido que soportar a lo largo de los años!

—Siento haber dicho eso —dijo Jerry. Echó más whisky en nuestros vasos—. ¡Brindo por el gran cambiazo! —dijo—. ¿Cuándo será?

—Hoy estamos a miércoles —contesté—. ¿Qué te parece el sábado que viene?

—¡Espléndido! —dijo Jerry.

—Deberíamos hacerlo antes de que se nos olviden las prácticas —dije—. ¡Son tantas las cosas que hay que recordar!

Jerry se acercó a la ventana y miró los coches que pasaban por la calle.

—De acuerdo —dijo, girando en redondo—. ¡Será el sábado próximo!

Después cada cual se fue a casa en su propio coche.

—Jerry y yo hemos pensado que el sábado por la noche podríamos llevaros a ti y a Samantha a cenar fuera de casa —le dije a Mary.

Estábamos en la cocina y ella preparaba unas hamburguesas para los niños. Dio media vuelta y se quedó mirándome, con la sartén en una mano y la cuchara en la otra. Sus ojos azules miraron directamente los míos.

—¡Caramba, Vic! —dijo—. ¡Qué sorpresa más agradable! Pero ¿se puede saber qué vamos a celebrar?

La miré fijamente a los ojos y contesté:

—Me dije que, para variar, sería agradable ver caras nuevas. Siempre vemos a la misma gente en las mismas casas.

Mary dio un paso al frente y me besó la mejilla.

—¡Qué bueno eres! —exclamó—. ¡Cómo te quiero!

—No te olvides de telefonear a la canguro.

—No, la llamaré esta misma noche —dijo.

El jueves y el viernes pasaron muy aprisa y, de repente, llegó el sábado. El día «D». Me levanté presa de una excitación loca. Después de desayunar me sentí incapaz de estarme quieto, así que salí a lavar el coche. Estaba en plena tarea cuando Jerry apareció por el boquete del seto, pipa en boca.

—Hola, chico. Ha llegado el día.

—Ya lo sé —dije.

También yo tenía una pipa en la boca. Hacía un gran esfuerzo por fumármela, pero me costaba mantenerla encendida y el humo me quemaba la lengua.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Jerry.

—De primera —repliqué—. ¿Y tú?

—Algo nervioso —dijo.

—No te pongas nervioso, Jerry.

—Lo que vamos a hacer es una barbaridad —dijo—. Espero que nos salga bien.

Seguí sacándole brillo al parabrisas. Era la primera vez que veía a Jerry asustado por algo. Me preocupó un poco.

—Me alegra saber que no somos los primeros en intentarlo —dijo—. Si nadie lo hubiera hecho anteriormente, no creo que me atreviese.

—Estoy de acuerdo —dije.

—Lo que me impide ponerme demasiado nervioso —prosiguió— es el hecho de que tu amigo lo encontrase tan fantásticamente fácil.

—Mi amigo dijo que es cosa de coser y cantar —dije—. Pero por el amor de Dios, Jerry, ¡no te pongas nervioso ahora que ya falta poco! Sería un desastre.

—No te preocupes —dijo—. ¡Pero es excitante! ¿Verdad?

—Desde luego que lo es —dije.

—Escucha —dijo—. Será mejor que esta noche seamos prudentes con la bebida.

—Buena idea —dije—. Nos veremos a las ocho y media.

A las ocho y media Samantha, Jerry, Mary y yo salimos en el coche de Jerry hacia el restaurante Billy's, cuya especialidad eran los filetes. A pesar de su nombre, el restaurante era caro y de mucha clase, y las chicas se habían vestido de largo para la ocasión. 

Samantha llevaba algo de color verde que no empezaba hasta llegar a la mitad de su seno y yo no recordaba haberla visto jamás tan hermosa como aquella noche. En nuestra mesa había velas. Samantha se sentó enfrente de mí y, cada vez que se inclinaba hacia adelante, acercando el rostro a la luz de las velas, podía ver aquella diminuta cresta de piel en el centro de su labio inferior.

—Vamos a ver —dijo, cogiendo el menú que el camarero le ofrecía—. ¿Qué voy a tomar esta noche?

«¡Jo, jo, jo! —pensé—. ¡He aquí una buena pregunta!». Todo fue como una seda en el restaurante y las chicas se lo pasaron muy bien. Cuando regresamos a casa de Jerry eran las doce menos cuarto. Samantha nos invitó a entrar para tomarnos una última copa.

—Gracias —dije—, pero es un poquitín tarde. Y tengo que llevar a la canguro en coche a su casa.

Así que Mary y yo cruzamos el seto.

«Ahora —me dije al entrar por la puerta principal—. Ahora empieza la cuenta atrás. Tengo que mantener la cabeza despejada y no olvidarme de nada».

Mientras Mary pagaba a la canguro, me dirigí a la nevera y encontré un trozo de queso canadiense. Saqué un cuchillo del cajón y un rollo de esparadrapo del armario. Me envolví con esparadrapo la punta del dedo índice de la mano derecha y esperé a que Mary se volviera hacia mí.

—Me he cortado —dije, levantando el dedo para que lo viese—. No es nada, pero sangra un poquito.

—Creía que ya habías comido suficiente por hoy —fue todo lo que dijo.

Pero el esparadrapo se le grabó en la mente y con ello quedó cumplida la primera parte de mi misión.

Llevé a la canguro a su casa y, cuando volví y entré en el dormitorio, eran casi las doce y Mary ya estaba medio dormida con la luz apagada. Apagué la lámpara de mi mesita de noche y entré en el baño para desnudarme. Me entretuve allí durante unos diez minutos y, al salir, Mary, como esperaba, ya estaba bien dormida. 

Me pareció que no valía la pena meterme en la cama con ella. Así que me limité a apartar un poco la ropa de mi lado para que a Jerry le resultase más fácil acostarse; luego, con las zapatillas puestas, bajé a la cocina y enchufé la cafetera eléctrica. Eran las doce y diecisiete minutos. Faltaban cuarenta y tres minutos.

A las doce treinta y cinco minutos subí a comprobar si Mary y los niños dormían. Todo el mundo dormía a pierna suelta.

A las doce cincuenta y cinco minutos, cinco minutos antes de la hora cero, volví a subir para llevar a cabo una última comprobación. Me acerqué directamente a Mary y susurré su nombre. No contestó. Espléndido.

«¡Llegó la hora! —pensé—. ¡En marcha!».

Me puse un impermeable marrón sobre el pijama y apagué la luz de la cocina para que toda la casa quedara a oscuras. Cerré de golpe la puerta principal. Y luego, sintiendo una gran euforia, salí de la casa y me interné en la noche.

En nuestra calle no había faroles. Tampoco había luna ni se veía una sola estrella. La noche era negra, negrísima, pero el aire era cálido y soplaba un poco de brisa procedente de alguna parte.

Dirigí mis pasos hacia el boquete del seto. Cuando estuve muy cerca conseguí distinguir el seto y encontré el boquete. Me quedé esperando allí. Luego oí los pasos de Jerry acercándose.

—Hola, chico —susurró—. ¿Todo en orden?

—Lo tienes todo preparado —contesté, también susurrando.

Siguió su camino; oí sus pies calzados con zapatillas cruzando el césped en dirección a mi casa. Eché a andar hacia la suya.

Abrí la puerta principal de Jerry. Dentro estaba aún más negro que fuera. Cerré la puerta con cuidado. Me quité el impermeable y lo colgué en el tirador de la puerta. Después me quité las zapatillas y las dejé contra la pared, al lado de la puerta. Me era literalmente imposible ver mis propias manos. Tenía que hacerlo todo a tientas.

Me alegré de que Jerry me hubiese hecho practicar con los ojos vendados durante tantas horas. No eran mis pies sino mis dedos los que me guiaban. Los dedos de una mano o de la otra en ningún momento dejaban de estar en contacto con alguna cosa: una pared, la barandilla, un mueble, la cortina de alguna ventana. 

En todo momento sabía o creía saber exactamente dónde me encontraba. Pero sentía un no sé qué extraño al cruzar de puntillas la casa de otra persona en plena noche. Mientras subía a tientas la escalera me puse a pensar en los ladrones que habían entrado en nuestra casa el invierno pasado y se habían llevado el televisor. Cuando vino la policía al día siguiente les enseñé el enorme excremento que yacía sobre la nieve enfrente del garaje.

—Casi siempre hacen eso —dijo uno de los policías—. No pueden evitarlo. Están asustados.

Llegué a lo alto de las escaleras. Crucé el descansillo sin dejar de palpar la pared con los dedos de la mano derecha. Empecé a caminar por el pasillo, pero me detuve cuando mi mano encontró la puerta de la primera habitación de los niños. 

Estaba ligeramente entreabierta. Agucé el oído. Hasta mí llegó la respiración acompasada de Robert Rainbow, de ocho años de edad. Seguí avanzando. Encontré la puerta del segundo dormitorio de los niños. Este era el de Billy, de seis años, y de Amanda, de tres. Me quedé unos segundos escuchando. Todo iba bien.

El dormitorio principal estaba al final del pasillo, unos cuatro metros más allá. Llegué a la puerta. De acuerdo con los planes, Jerry la había dejado abierta. Entré. Me quedé absolutamente inmóvil a pocos pasos de la puerta, escuchando atentamente por si se oía alguna señal de que Samantha estaba despierta. El silencio era total. Fui palpando la pared hasta que llegué al lado de la cama donde dormía Samantha. 

Inmediatamente me arrodillé y busqué el enchufe de la lámpara de su mesita de noche. Extraje la clavija y la deposité sobre la alfombra. Muy bien. Ahora había menos peligro. Me levanté. No podía ver a Samantha y al principio tampoco podía oír nada. Me incliné sobre la cama. Ah, sí, pude oír su respiración. 

De repente llegó hasta mi nariz una vaharada del fuerte perfume de almizcle que se había puesto aquella noche. Sentí que la sangre bajaba corriendo hacia mis ingles. Rápidamente me dirigí de puntillas hacia el otro lado de la cama, palpando suavemente el borde de esta con dos dedos.

Lo único que me faltaba por hacer era meterme dentro. Así lo hice, pero, al apoyar el peso de mi cuerpo sobre el colchón, el crujido de los muelles del somier sonó como si alguien estuviera disparando un fusil en la alcoba. Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración. 

El corazón me latía como una máquina en la garganta. Samantha estaba de espaldas a mí. No se movió. Tiré de la ropa de la cama hasta cubrirme el pecho y me volví hacia ella. Un calorcillo femenino salía de su cuerpo y me envolvía. ¡Adelante! ¡Ahora!

Alargué una mano y le toqué el cuerpo. Su camisón era cálido y sedoso. Apoyé la mano suavemente en sus muslos. Siguió sin moverse. Esperé uno o dos minutos, luego dejé que la mano apoyada en el muslo avanzara e iniciase las exploraciones. Lentamente, deliberadamente y muy acertadamente mis dedos empezaron el proceso de enardecerla.

Samantha se movió. Dio media vuelta y quedó boca arriba. Luego, con voz soñolienta, murmuró:

—¡Oh, querido!... ¡Oh, queridísimo!... ¡Santo cielo, amor!...

Yo, por supuesto, no dije nada. Me limité a proseguir la tarea.

Pasaron un par de minutos.

Samantha yacía completamente inmóvil.

Pasó otro minuto. Luego otro. Ella no movió ni un músculo.

Empecé a preguntarme cuánto tiempo tardaría en encenderse.

Perseveré.

Pero ¿por qué aquel silencio? ¿Por qué aquella inmovilidad absoluta y total, aquella postura paralizada?

De repente di con la explicación. ¡Me había olvidado por completo de Jerry! ¡Era tal mi excitación que me había olvidado completamente de su procedimiento personal! ¡Lo estaba haciendo a mi manera en vez de a la suya! Su forma de hacerlo era mucho más compleja que la mía. Era ridículamente complicada. Era de todo punto innecesaria. Pero era la rutina a la que Samantha estaba acostumbrada. Y ahora se daba cuenta de la diferencia y trataba de adivinar qué diantres estaba pasando.

Pero ya era demasiado tarde para cambiar de dirección. Tenía que seguir.

Seguí. La mujer que yacía a mi lado era como un muelle enroscado. Noté la tensión debajo de su piel. Empecé a sudar.

De repente profirió un gemido extraño.

Más pensamientos horribles cruzaron por mi cerebro. ¿Estaría enferma? ¿Le estaría dando un ataque al corazón? ¿Debía yo salir pitando de allí?

Samantha volvió a gruñir, esta vez más fuerte. De pronto exclamó: «¡Sí-sí-sí-sí-sí!» y, al igual que una bomba cuya mecha retardada hubiese alcanzado por fin la dinamita, hizo explosión y volvió a la vida. Me apresó entre sus brazos y vino por mí con tan increíble ferocidad que tuve la sensación de ser atacado por un tigre.

¿O sería mejor decir «tigresa»?

Ni en sueños había pensado que una mujer pudiera hacer las cosas que Samantha me hizo a continuación. Era un torbellino, un torbellino deslumbrante y frenético que me arrancó de raíz y me hizo girar y girar elevándome hacia el firmamento, hacia lugares de cuya existencia nada sabía.

Yo no aporté nada. ¿Cómo podía aportar algo? Me veía reducido a la impotencia. Yo era la hoja de palmera girando y girando por los aires, el cordero entre las garras del tigre. Apenas si podía respirar.

A pesar de todo, resultó excitante rendirse ante una mujer violenta y durante los siguientes diez, veinte, treinta minutos —¿cómo iba a saber exactamente cuánto tiempo?— la tormenta siguió rugiendo. Mas no es mi intención obsequiar al lector con detalles escabrosos. No soy partidario de lavar la ropa en público. Lo siento, pero no hay que darle más vueltas. 

Espero, sin embargo, que mi reticencia no cause un anticlímax demasiado fuerte. Desde luego, no hubo ningún «anti» en mi propio clímax y durante el último y abrasador paroxismo proferí un grito que debería haber despertado a todo el vecindario. Luego me derrumbé y quedé como un odre vacío.

Samantha, como si no hubiera hecho más que beberse un vaso de agua, se limitó a volverse de espaldas a mí y dormirse de nuevo.

¡Puf!

Me quedé quieto, recuperándome poco a poco.

Como verán, había acertado en lo que dije acerca de aquella cosita que tenía en el labio inferior, ¿no es verdad?

Ahora que lo pienso, había acertado más o menos en todo lo referente a aquella increíble aventura. ¡Qué triunfo! Me sentía maravillosamente relajado y exhausto.

Me pregunté qué hora sería. Mi reloj no era luminoso. Lo mejor era que me fuese ya. Me levanté de la cama. A tientas, aunque esta vez no tan cautelosamente como antes, di la vuelta a la cama, salí del dormitorio, recorrí el pasillo, bajé las escaleras y entré en el vestíbulo de la casa. 

Encontré mi impermeable y las zapatillas. Me los puse. Llevaba un encendedor en el bolsillo del impermeable. Lo utilicé para ver qué hora era. Faltaban ocho minutos para las dos. Era más tarde de lo que me figuraba. Abrí la puerta principal y salí a la negra noche.

Mis pensamientos comenzaron a concentrarse en Jerry. ¿Estaría bien? ¿Se habría salido con la suya? Avancé en la oscuridad hacia el boquete del seto.

—Hola, chico —susurró una voz a mi lado.

—¡Jerry!

—¿Todo bien? —preguntó Jerry.

—Fantástico —dije—. Asombroso. ¿Y tú... qué?

—Lo mismo —dijo. Vi sus dientes blancos sonriéndome en la oscuridad—. ¡Lo hemos conseguido, Vic! —susurró, tocándome el brazo—. ¡Tenías razón! ¡Ha funcionado! ¡Ha sido sensacional!

—Nos veremos mañana —susurré—. Vete a casa.

Nos separamos. Crucé el seto y entré en mi casa. Al cabo de tres minutos me encontraba de vuelta en mi cama, sano y salvo, con mi propia esposa durmiendo profundamente a mi lado.

El día siguiente era domingo. Me levanté a las ocho y media y bajé en pijama y bata a preparar el desayuno para la familia, como hago todos los domingos. Mary seguía durmiendo arriba. Los dos chicos, Víctor, de nueve años, y Wally, de tres, ya estaban abajo.

—Hola, papá —dijo Wally.

—Voy a preparar algo nuevo para el desayuno —anuncié.

—¿Qué? —dijeron los dos chicos al unísono.

Habían ido al pueblo a buscar el periódico dominical y en aquel momento estaban leyendo las historietas de dibujos.

—Prepararemos unas tostadas, las untaremos con mantequilla y extenderemos mermelada de naranja encima —dije—. Luego colocaremos unas lonjas de tocino sobre la mermelada.

—¡Tocino! —exclamó Víctor—. ¡Con mermelada de naranja!

—Ya lo sé. Pero espera a probarlo. Es delicioso.

Saqué el zumo de pomelo y me bebí dos vasos. Puse otro sobre la mesa para cuando Mary bajase. Enchufé la cafetera eléctrica, metí el pan en la tostadora y empecé a freír el tocino. En eso estaba cuando Mary entró en la cocina. Llevaba una prenda de gasa vaporosa, color melocotón, encima del camisón.

—Buenos días —dije, observándola por encima del hombro mientras manipulaba la sartén.

No contestó. Se dirigió hacia la silla que solía ocupar ante la mesa de la cocina y se sentó. Luego empezó a beberse el zumo de pomelo. No me miró ni miró a los chicos. Seguí friendo el tocino.

—Hola, mami —dijo Wally. Tampoco esta vez contestó.

El olor de la grasa del tocino empezaba a revolverme el estómago.

—Me apetecería un poco de café —dijo Mary, sin apartar los ojos de la mesa. Su voz resultaba muy extraña.

—Marchando —dije.

Aparté la sartén del fuego y rápidamente preparé una taza de café instantáneo sin leche. Luego la coloqué ante ella.

—Muchachos —dijo Mary, dirigiéndose a los niños—. ¿Os importaría ir a leer en otra parte hasta que el desayuno esté preparado?

—¿Nosotros? —dijo Víctor—. ¿Por qué?

—Porque yo lo digo.

—¿Estamos haciendo algo malo? —preguntó Wally.

—No, cariño, no. Simplemente quiero estar a solas con papá un momento.

Sentí que me encogía dentro del pellejo y me entraron ganas de salir corriendo. Quería salir pitando por la puerta principal, correr calle abajo y esconderme en alguna parte.

—Sírvete una taza de café, Vic —dijo Mary— y siéntate.

Su voz era completamente inexpresiva. No había enfado en ella. Simplemente no había nada. Y seguía sin mirarme directamente. Los chicos salieron llevándose consigo la parte del periódico donde estaban las historietas de dibujos.

—Cerrad la puerta —les dijo Mary.

Eché una cucharadita de café en polvo en mi taza y vertí agua hirviendo encima. Después añadí leche y azúcar. El silencio era apabullante. Me acerqué a la mesa y me senté ante Mary. Tuve la sensación de haberme sentado en la silla eléctrica.

—Escúchame, Vic —dijo ella, mirando el interior de su taza de café—. Quiero dejar esto bien sentado antes de que pierda el dominio de mí misma y no pueda decirlo.

—¡Por el amor de Dios! ¿A qué viene tanto drama? —pregunté—. ¿Ha ocurrido algo?

—Sí, Vic, ha ocurrido algo.

—¿Qué?

Estaba pálida, inexpresiva y distante, inconsciente de la cocina a su alrededor.

—Adelante, pues, ¡desembucha! —dije, haciendo acopio de valor.

—Lo que voy a decir no te gustará mucho —dijo, y sus ojos grandes y azules, obsesionados, se posaron unos instantes en mi cara antes de clavarse de nuevo en la taza de café.

—¿Qué es eso que no va a gustarme mucho? —pregunté.

El terror empezaba a revolverme las tripas. Me sentía igual que los ladrones de los que me hablara el policía.

—Ya sabes que detesto hablar de hacer el amor y de esa clase de cosas —dijo—. No te he hablado ni una sola vez de ello en todo el tiempo que llevamos casados.

—Es verdad —dije.

Bebió un sorbo de café, pero sin paladearlo.

—La verdad es —dijo— que nunca me ha gustado. Si de veras quieres saberlo, es algo que siempre he detestado.

—¿Qué es lo que siempre has detestado? —pregunté.

—El sexo —dijo—. Hacerlo.

—¡Santo Dios! —exclamé.

—Nunca me ha proporcionado siquiera un ápice de placer.

La declaración resultaba demoledora de por sí, pero lo peor aún no había llegado. Estaba seguro de ello.

—Lo lamento si te has llevado una sorpresa —añadió.

No se me ocurrió nada que decir, así que permanecí callado.

Sus ojos volvieron a apartarse de la taza y se clavaron en los míos, vigilantes, como si estuviesen calculando algo; luego se posaron de nuevo en la taza.

—No pensaba decírtelo jamás —prosiguió—. Y nunca te lo hubiera dicho de no ser por lo de anoche.

—¿Qué ocurrió anoche? —preguntó despacio.

—Pues anoche —dijo— averigüé la verdad de todo el asunto.

—¿De veras?

Me miró directamente; su cara estaba abierta como una flor.

—Sí —dije—. Tal como te digo. No me moví.

—¡Cariño! —exclamó, levantándose de un salto, abalanzándose sobre mí y dándome un beso enorme—. ¡Muchísimas gracias por lo de anoche! ¡Estuviste maravilloso! ¡Y yo estuve maravillosa! ¡Los dos estuvimos maravillosos! ¡No pongas esa cara tan azorada, cariño mío! ¡Deberías sentirte orgulloso de ti mismo! ¡Estuviste fantástico! ¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Te quiero!

Seguí sentado, sin reaccionar.

Se inclinó ante mí y me rodeó los hombros con un brazo.

—Y ahora —dijo dulcemente—. Ahora que has... no sé muy bien cómo decirlo... ahora que has descubierto qué es lo que necesito... ¡a partir de ahora todo va a ser maravilloso!

Seguí inmovilizado en la silla. Mary regresó lentamente a la suya. Una gruesa lágrima surcaba una de sus mejillas. No acerté a explicarme el porqué.

—He hecho bien en decírtelo, ¿verdad? —dijo, sonriendo a través de sus lágrimas.

—Sí —dije—. Desde luego.

Me levanté y me acerqué a la cocina eléctrica para no tener que mirarla cara a cara. Por la ventana de la cocina vi a Jerry que cruzaba su jardín con el periódico dominical bajo el brazo. Había cierto ritmo alegre en su caminar, una especie de saltito de triunfo en cada paso que daba y, al llegar a los escalones del porche, los subió de dos en dos.

Luitpold Von Iss - Coraly Pirmez


El prior del convento de S... en Austria volvía a su celda después del oficio de la noche. Cansado de la dura jornada, se sentó antes de echarse a dormir.
Era a mediados de las vacaciones de septiembre.
El religioso había asistido por la mañana a los funerales de un alumno del colegio, que había muerto a los quince años de edad.
Los padres del difunto quisieron que, desde el púlpito, el prior pronunciara una oración fúnebre, según se acostumbraba cuando fallecía un miembro de su casa condal.
El superior no se había negado a ello; pero, se acordaba como si fuera ahora, la preparación del pequeño discurso no le había resultado fácil, pues, por nada en el mundo, el santo varón habría consentido en deformar la verdad.
¿Y qué se podía decir del adolescente? ¿Qué virtudes había practicado?
De una poderosa familia, futuro heredero de altos títulos, poseedor de un mayorazgo, este hijo único había sido adorado por sus padres y adulado por sus numerosos vasallos, sirvientes y criados, siempre a sus órdenes.
El muchacho poseía atractivas cualidades físicas: era guapo, gentil, de modales distinguidos; pero, desgraciadamente, era orgulloso, egoísta, muy ignorante y nada sumiso. Fue precisamente la desobediencia lo que le acarreó, tan joven, la muerte.
Comunicaron al prior que, de vuelta de una expedición de pesca, Luitpold se había resfriado.
Los más célebres doctores de Viena, llamados con toda urgencia, habían tranquilizado a los padres sobre la curación de la enfermedad, pero, no obstante, recomendaron al joven conde no tomar, por unos días, el aire de la noche.
A pesar de los consejos de la docta facultad, el estudiante se escapó a la mañana siguiente, a medianoche, para pasear por el bosque, pues un guarda de caza le había asegurado que el urogallo de las montañas dejaría oír su misterioso canto.
Y realmente el gran urogallo había aparecido, cosa inaudita en septiembre. Luitpold había oído el grito fantástico y vio brillar a la luz de la luna el suntuoso plumaje; pero Luitpold había vuelto temblando al castillo y, ocho días más tarde, se marchaba de este mundo. La crónica de la aldea señorial lo narraba de este modo.
–¡Pobre nuestro joven conde! –gemían los villanos mientras agonizaba–; en su delirio sólo habla de gallos salvajes, corzos, ciervos y ortegas. ¡Oh, destino!, ¡no será él quien vea estos bosques, no será su fusil el que derribará al gran urogallo, el pájaro de la desgracia...!
Antes de pronunciar la oración fúnebre, el prior preguntó por los últimos momentos del difunto.
–¿Había recibido los santos sacramentos?
–¡Ciertamente, reverendo! –había contestado el bailío, administrador de los bienes de la noble casa–. La señora condesa no quiso descuidar este punto de las buenas costumbres.
Pero el ayuda de cámara confesó, muy bajo, que el capellán había sido llamado a la cabecera del moribundo un cuarto de hora antes de su muerte y, si el joven señor recibió la comunión, continuó más bajo todavía, la recibiría durante los últimos minutos que preceden a la eternidad.
–¿Y el muchacho –preguntó el prior– supo al menos que iba a morir?
–No, reverendo padre, la señora condesa no permitió que se lo dijeran. Ella misma dijo al capellán del pueblo, enviado en el último momento, que el señor Luitpold, alumno de la abadía de S..., era muy pío: «bastaría con insinuarle con delicadeza –añadió– que para lograr una pronta recuperación, haría bien en confesarse y comulgar, pues la madre deseaba que tomara parte, pasado mañana, en una cacería a caballo por los llanos del condado». Sobre todo, había insistido varias veces la señora condesa: «¡no os olvidéis de hablarle tal como os he indicado, no fuera que el chico se asustara!».
–¡Vaya, vaya! –suspiró el religioso que escuchaba con atención.
–Para los villanos y el guarda de caza –prosiguió el ayuda de cámara–, la muerte del joven señor es una pérdida.
–¿Y esto por qué? –preguntó el prior, ávido de encontrar un tema para su discurso.
–Pues bien, reverendo, el difunto era muy generoso en sus excursiones de placer: el conde regalaba varios florines para recompensar al guarda que le indicaba un nido de currucas o una nidada de perdigones, y no se olvidaba de gratificar al que le traía o mariposas para su colección, o edelweiss para su herbario, o un ruiseñor para su pajarera. ¡Siempre mi señor remuneraba los pequeños servicios!
El prior aprovechó estas explicaciones obtenidas de una fuente tan verídica.
Durante la oración fúnebre, se extendió ampliamente sobre el pesar de los padres, habló de los magnánimos instintos de la flor de generosidad encerrada en el corazón del hijo que lloraban; esta flor que, bien cultivada, se habría transformado más adelante en bellas obras de caridad.
El superior de la abadía acababa de entrar, como decíamos, en su celda y pensaba en la magnificencia de los funerales del joven conde y también, en menor grado, en la oración fúnebre pronunciada.
«Realmente no ha estado del todo mal –pensó con secreta complacencia–, lo he conseguido. Y no obstante era difícil, con tan pocos argumentos...»; pero, al darse cuenta de estos efluvios de vanidad, el religioso se apresuró a retractarse y suspiró profundamente.
Una vaga tristeza invadía su corazón. Ya la había sentido durante el servicio divino y ahora volvía a apoderarse de él.
De repente, hostigaron su espíritu terribles pensamientos sobre el destino eterno de Luitpold.
«¡Dónde estará su alma! –se preguntaba con angustia el prior–. ¡Oh, Señor, tened piedad, tened piedad de ella!»
Y el abad, abatido por el peso de una inquietud indefinible, olvidándose de su descanso que le era tan necesario, se arrodilla y empieza a rezar el rosario.
En ese momento, llaman a la puerta de su celda. Un golpe seco, rudo.
«¿Quién puede llamar a estas horas? –se dijo–. Es medianoche, ya hace tiempo que acompañé a los monjes a sus celdas.
»¡Pero no!, es una ilusión, no han llamado, porque habría oído el benedicamus domine que nuestra regla ordena decir cuando se llama a la puerta del prior».
Y continúa rezando el rosario. Pero vuelven a llamar.
El religioso se levanta. Antes de que llegue a su pequeña puerta, se abre sola y entran dos personajes.
Silenciosamente, se colocan a ambos lados de la puerta y hacen un signo imperativo al abad.
El religioso comprende. Esta señal indica: ¡En marcha, nosotros te seguimos!
Más tarde se dio cuenta: si el prior se hubiera negado a cumplir esta orden, habría sido inútil.
Salió de la celda.
Los fantasmas, inclinándose ante el abad, se colocaron uno a su derecha y otro a su izquierda.
Ante ellos, las puertas de los claustros se abrieron y cerraron como por encanto.
Aunque la noche era lluviosa, sin luna ni estrellas centelleantes, el camino estaba iluminado por un extraño resplandor que surgía de sus acompañantes.
El de la derecha llevaba un pequeño cáliz o, mejor, una custodia de oro; el de la izquierda, una espada luminosa que brillaba en la sombría noche.
Los fantasmas tenían alas de una blancura radiante. Blancura parecida a la de sus vestidos, que recordaban a la nieve cuando brilla bajo el sol.
«¡Son ángeles! –se dijo el viejo admirado–. Qué pueden desear de mí, pobre pecador, estos enviados celestiales».
–¡Seguidnos! –dijeron, como si respondieran al pensamiento del religioso.
Y los siguió, mientras intentaba comparar las voces de los fantasmas con las melodiosas notas del órgano de la catedral de Viena.
Después de andar bastante tiempo, llegaron al cementerio. El perfume del romero y de los cipreses impregnaba el aire. La verja de hierro macizo se abrió ante ellos, como se habían abierto sin ruido las puertas del monasterio.
Se encaminaron hacia las tumbas pertenecientes a las familias de patricios.
Pronto llegaron ante una capilla sepulcral, cuyos revestimientos eran de mármol jaspeado.
El ángel de la espada luminosa tocó la puerta de bronce repujada de escudos de armas. Se abrió.
«¡Es el sepulcro de los condes de Iss...! –pensó el prior, emocionado–. Esta mañana ha recibido al último vástago de este ilustre nombre».
Los ángeles entrarón.
El religioso los seguía. Vio, a la luz de una lamparilla que temblaba en un pequeño nicho, una larga hilera de tumbas: varias de mármol negro representaban a un caballero completamente armado; otras, a una joven en actitud de orar; otras aún, una columna rota; algunas sostenían la mitra y el báculo. Pero todas tenían un punto en común: el escudo de la casa de Iss... esculpido en el frontispicio «oro en la faja de las gules».
Esta casa tenía alianzas hasta con el trono.
Los ángeles se detuvieron ante la última tumba. Era un mausoleo de mármol de Carrara. Llevaba inscrito un único nombre:
LUITPOLD
el último de nuestra raza
En este momento un enorme ruido, parecido al bramido del trueno, agitó el recinto sepulcral: la espada del ángel había partido el mausoleo y la parte superior de la tumba se abrió estrepitosamente.
–Acercaos y contemplad –dijo el ángel al religioso.
¿Qué vio? ¡Ah, es espantoso decirlo...! Vio lo que fue Luitpold, conde von Iss...
Está allí, muerto... el sudario roto deja el cadáver al descubierto. Un reptil, especie de serpiente marina, roe el corazón y las entrañas. La cabeza está intacta... la boca abierta... De esta boca pende un objeto brillante, diáfano, como el diamante, reluciente como el sol.
El segundo ángel deposita entre las manos del religioso el cáliz de oro e indica, con un gesto respetuoso, el objeto brillante que se encuentra entre los dientes y el paladar sin rozar con ninguno de ellos.
El religioso se inclina y toma, con la patena, la hostia consagrada, el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor Jesucristo.
Y los ángeles se arrodilan y exclaman: ¡Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dominus Deus exercituum!
El religioso ha comprendido.
Poniendo de nuevo la santa hostia en el cáliz, el prior se arrodilla y adora.
Es la hostia que Luitpold recibió momentos antes de partir hacia la eternidad, sin que la condesa, ciega por el cariño, permitiera que se advirtiese a su desgraciado hijo que moriría y que debía prepararse para la muerte.
Esta narración que precede puede leerse en los Recuerdos históricos, manuscrito del reverendo padre Von Bartel, prior de la abadía de S..., en Austria, muerto en olor de santidad el 17 de septiembre de 1785. Fue escrito hace cien años. El documento del prior acaba de este modo: «Me desperté de rodillas por la mañana en la capilla de nuestro convento.
»Pensé que había tenido un triste sueño, ¡realmente triste!
»Sin duda –me dije a mí mismo–, me habré quedado solo, según la costumbre, después de rezar las completas y me habrá sorprendido el sueño...
»Mientras, recopilando mis recuerdos, me acordé perfectamente de que la víspera había subido la gran escalera hacia las nueve de la noche, para acompañar a nuestros religiosos a sus celdas...
»Estaba en este punto de mis pensamientos cuando entró el hermano sacristán. Venía a adornar el altar para la primera misa que se celebra a las cuatro.
»El hermano, mirándome, parecía sorprendido».
–¿Cómo, reverendo padre prior, habéis dado un paseo tan de mañana con este tiempo lluvioso?
»–¿Por qué me lo preguntáis, hermano Adalberto?
»–¡Pero, padre prior, los zapatos os traicionan: habéis andado por caminos enfangados... y no hablemos de la sotana!, también os acusa... está empapada de lluvia».
»Sus palabras me trastornaron y, sin contestar al querido hermano, que me miraba con curiosidad, incluso boquiabierto, encendí los cirios del altar y quise coger la llave del tabernáculo.
»No estaba en su escondite.
»Maquinalmente, metí la mano en el bolsillo de mi sotana: ¡la pequeña llave dorada, con borlas de oro, estaba allí!
»¡Incomprensible, inexplicable!
»Últimamente, no había distribuido la santa comunión al pueblo..., ¿cómo era posible que la llave del tabernáculo estuviese en mi bolsillo?
»Temblando abrí la puertecilla de cobre cincelado...
»¡Dios mío!, todavía tiemblo al escribirlo...
»La abrí... y vi... ¡el cáliz de oro! ¡Este cáliz escondido en la abadía, pero que yo..., ¡yo!, había visto en las manos del ángel y que yo mismo había sostenido para tomar... de la boca de un cadáver el cuerpo de Dios vivo!
»¡Y en este cáliz, ayer desconocido, una hostia!
»Cerré llorando la puerta del tabernáculo y prometí al Señor que nadie sabría, antes de mi muerte, lo que había ocurrido aquella noche de septiembre del año 1784.
»Mientras, preparándome para ofrecer el santo sacrificio, intentaba tranquilizarme.
»"Dios –me dije– ha permitido este milagro porque Luitpold recibió demasiado cerca de su muerte la santa hostia, y las especies no pudieron ser consumidas..., sufriendo una profanación en la boca de un cadáver...
»No, no, lo que he visto no es de ningún modo un indicio de la reprobación de esta alma...".
»Y me puse a rezar por ella.
»Pero, durante la celebración de la misa, soporté el peso de una angustia mortal.
»Hacia las ocho y media, el guarda de las tumbas vino al convento, donde está su hijo entre nuestros hermanos conversos.
»Lo encontré cuando me dirigía al coro para salmear la sexta y la nona. Se me acercó y me pidió permiso para decirme algo sorprendente, extraordinario, ¡inalaudito!
»–Bien, ¿qué tienes que decirme?
»–Esta mañana, reverendo padre prior, cuando iba a poner aceite en la lámpara mortuoria del mausoleo Von Iss..., ¡encontré la tumba del conde Luitpold partida en dos y las letras de su nombre rotas!
»Después de las vísperas me dirigí hacia el mausoleo.
»¡Sí, la piedra estaba rota de arriba abajo; no obstante, los pedazos de Carrara habían sido reunidos y leí, grabado en letras de fuego, esta palabra que hará temblar a los sacrílegos: ¡Condenado!».

Pisadas - Harlan Ellison

Para ella, la oscuridad nunca llegaba a la Ciudad de la Luz. Para ella, la noche era el tiempo de la vida, un tiempo lleno de momentos de luz más brillantes que todo el neón barato que mancillaba Champs Elysées.

Como no había llegado nunca a Londres, ni a Bucarest, ni a Estocolmo, ni a ninguna de las quince ciudades que había visitado en sus vacaciones. Su gira de gourmet por las capitales de Europa.

Pero la noche había llegado frecuentemente a Los Ángeles.

Precipitando su huida, obligando a la precaución, produciendo dolor y hambre, una terrible hambre que no podía ser saciada, un dolor que no podía ser arrancado de su cuerpo. Los Ángeles se había vuelto peligrosa. Demasiado peligrosa para uno de los hijos de la noche.

Pero Los Ángeles había quedado atrás, y todos los titulares de los periódicos acerca del carnicero loco, acerca del destripador, acerca de las terribles muertes. Todo quedaba atrás... y también Londres, Bucarest, Estocolmo, y una docena de otros pastos. Quince maravillosos salones de banquete.

Ahora estaba en París por primera vez, y la noche se acercaba, con toda su luz y toda su promesa.

En el Hotel des Saints Peres se bañó meticulosamente, tomándose el tiempo que siempre se tomaba antes de salir a cenar, antes de salir en busca de la pasión.

Se había quedado sorprendida al descubrir que los hoteles en Francia no proporcionaban manoplas de baño. Al principio pensó que la doncella había olvidado dejar la suya en la habitación, pero cuando llamó a la recepción, la chica que respondió al teléfono no pudo comprender de qué le estaba hablando. 

El inglés de la recepcionista no era bueno, y el francés era casi incomprensible para Claire. Claire hablaba muy bien en Los Angeles, pero eso no le servía de nada en París. Era una suerte que el idioma no fuera también una barrera para Claire cuando se trataba de encargar su comida. Para ello no tenía ningún problema en absoluto.

Durante diez minutos estuvieron lanzándose mutuamente sonidos incomprensibles, hasta que la recepcionista comprendió por fin lo que le pedía.

—¡Ah! Oui, mademoiselle —dijo la recepcionista—. ¡Le gant de toilette!

Instantáneamente, Claire supo que había dado en el clavo.

—Sí, eso es.... Oui. Gant..., gant lo que sea... Oui. Una manopla de baño.

Después de otros diez minutos comprendió que los franceses pensaban que la manopla con la que uno se lavaba el cuerpo era algo demasiado personal como para dejarlo en una habitación de hotel, que los franceses llevaban consigo sus propios gants de toilette cuando viajaban.

Se sintió sorprendida. Y ligeramente complacida. Aquello era indicio de una distinta forma de vivir que prometía nuevos sabores, nuevas sensaciones, posiblemente nuevas cimas en el amor. Pensó en transportes de éxtasis. En la noche. A la brillante luz de la oscuridad.

Se entretuvo largo tiempo en el baño, utilizando el teléfono de la ducha para lavar a conciencia su largo cabello rubio. La extremadamente caliente agua del baño por toda la parte inferior de su cuerpo, entre sus muslos, la cascada de agua caliente cayendo a chorro sobre ella, alivió la tensión del vuelo desde Zurich, eliminó los primeros signos de claustrofobia de los aviones que había estado insinuándose en ella desde Londres. Se tendió en la bañera y dejó que el agua fluyera sobre su cuerpo. Renacimiento. Rejuvenecimiento.

Y se sentía ferozmente hambrienta.

Pero París es conocida mundialmente por su cocina.

Se sentó en la terraza de Les Deux Magots, el café del Boulevard St. Germain donde Boris Vían, Sartre y Simone de Beauvoir se sentaban en los años cuarenta y cincuenta para elaborar sus pensamientos y a veces escribir sus palabras de soledad existencialista. Permanecían allí, bebiendo Pastis o Pernod, y se sentían llenos de una sensación de unidad entre la humanidad y el universo. 

Claire se sentó y pensó en su inminente unidad con una parte selecta de la humanidad... Y el universo no le preocupaba. Para los hijos de la noche, la soledad había nacido con la carne, se asentaba en la médula de los huesos, fluía con la sangre. Para ella, la idea de la soledad existencial no era una teoría abstracta, era su forma de vida. Desde su primer momento de consciencia.

Se había vestido para impresionar. Aquella noche con el vestido de seda azul celeste, con un escote muy abierto. Se sentó en la primera fila, de cara a la acera, las piernas cruzadas, un simple vaso de Perrier avec citrón ante ella. No había ordenado pâté o terrine: nunca hay que contaminar el paladar antes de dedicarse a una comida de gourmet. Había evitado picar durante todo el día, manteniéndose firmemente en la temblorosa frontera del hambre.

Y el festín movedizo pasó ante ella.

Tendría unos cuarenta y pocos años, de aspecto grueso, y se mantenía tan erecto como el mariscal Foch en el libro de historia de Francia que había comprado. Aquel hombre llevaba un traje gris, cruzado, de línea pomposa para disimular el hecho de que la calidad no era demasiado buena.

El hombre —en quien Claire pensaba ahora como el mariscal Foch— pasó caminando ante ella, captó un destello de nilón cuando ella cruzó las piernas en su honor, lanzó una mirada de reojo, se encontró con sus ojos verdes y tropezó contra una vieja con un cesto de mimbre lleno de verduras y pan. Durante un momento pareció como si bailaran intentando esquivarse el uno al otro, hasta que la vieja le apartó bruscamente con el codo, murmurando una obscenidad para sí misma.

Claire se echó a reír alegre, cálida y cautivadoramente.

El mariscal Foch pareció turbado.

—Las viejas siempre tienen codos afilados —le dijo al hombre—. En casa se los afilan cada día con piedra pómez.

El se la quedó mirando, y la expresión que pasó por su rostro la convenció de que lo había atrapado.

—¿Habla usted mi idioma?

El se tomó un buen rato para cambiar sus engranajes lingüísticos y dio un paso hacia ella. Asintió.

—Sí, en efecto. Lo hablo.

Su voz era profunda, pero mesurada: la voz de un hombre que miraba la acera cuando caminaba para asegurarse de que no se ensuciaría los zapatos con excrementos de perros.

—Lamento no hablar francés —dijo ella, e inspiró profundamente de modo que el vestido azul celeste se entreabriera sobre su seno.

Asegurándose de que el gesto no había pasado inadvertido al hombre, dejó que una pálida y fina mano se deslizara hacia sus pechos como pidiendo disculpas. Él siguió el movimiento con entrecerrados ojos. Atrapado. Oh, sí, atrapado.

—¿Es usted norteamericana?

—Sí. De Los Ángeles. ¿Ha estado usted allí?

—Sí, por supuesto. He estado varias veces en América. Asuntos de trabajo.

—¿A qué se dedica?

Él permanecía de pie ante la mesa, el maletín colgando de su mano izquierda, el pecho hinchado para ocultar la blanda opulencia que la gravedad y los años habían puesto sobre su estómago.

—¿Puedo sentarme?

—Oh, sí, por supuesto. No faltaría más. Siéntese, por favor.

Él apartó la silla metálica que había junto a ella, colocó el maletín debajo y se sentó. Cruzó sus piernas con mucho cuidado, como si realmente fuera el mariscal Foch, asegurándose de que las rayas de sus pantalones estaban rectas. Metió su estómago y dijo:

—Comercio con obras de arte. Excelentes trabajos de nuevos pintores, artistas gráficos... Viajo mucho por el mundo.

No a pie, pensó Claire. En 747, en el Trans Europ Express, en barcos elegantes que sólo llevan a una docena de gordos pasajeros como carga. No a pie. No tienes ni un centímetro correoso en tu suculento cuerpo, mariscal Foch.

—Eso parece maravilloso —dijo Claire.

Entusiasmo. Vino embriagador. Puertas abriéndose. Invitaciones en recio papel pergamino con elegantes letras en relieve. Y como siempre, desde el amanecer del mundo..., arañas y moscas.

—Oh, sí, creo que sí —dijo él, sonriendo orgullosamente.

No dijo creo, sino que pronunció cgeo.

Ella le miró. Él se hundió y se hundió en las verdes aguas de sus fríos ojos.

La invitó a una copa, ella le dijo que ya estaba tomando algo, él le ofreció otro tipo de copa, algo más fuerte. Pero ella dijo que no, que ya estaba bebiendo, gracias. Así le daba a entender bien claro que no era una prostituta. Siempre ocurría lo mismo, en cualquier gran ciudad. Bebidas fuertes.

Confiaba en que él no oyera los gruñidos de su estómago.

—¿Ha cenado usted ya? —preguntó ella.

Él no respondió inmediatamente.

Ah, tienes una esposa e hijos esperándote, aguardándote para empegar a cenar. Quizá en Neuilly. Eso está bien, sucio hombrecito maduro.

Entonces él dijo:

—Oh, no. Pero tengo que hacer una llamada telefónica para anular una cita de negocios. ¿Le importaría cenar conmigo?

—Me encantaría —dijo ella, mostrándole con un estudiado giro de su cabeza el ángulo preciso que realzaba sus excelentes pómulos.

Antes de acabar su frase, él ya se había levantado de su silla y se dirigía a las cabines téléphoniques.

Ella permaneció sentada, sorbiendo su Perrier y aguardando a que regresara su cena.

Ha sido rápido, pensó al ver que él regresaba apresuradamente. Déjame adivinar lo que has dicho, querido: ha surgido algo importante... Un comprador de la cadena Doubleday en América está interesado en las reproducciones de Kawaierowicz y Meynard... Ya sabes que odio tener que quedarme en la ciudad hasta tan tarde, pero es preciso... Oh, no, Francoise, no seas así... Di a los niños que les traeré una tarta... ¡Basta, basta! Debo quedarme... Vendré tan pronto como sea posible; cenad sin mí. No pienso... discutir contigo... Adiós. Au revoir, salut, à bientôt... Dame una oportunidad, ¿quieres? Deseo sentirme saciada... Quiero oírtelo decir ahora, mi querido mariscal Foch.

Y pensó algo más: Espero que no te guarden la cena caliente.

El le sonrió, pero los rasgos de su rostro estaban tensos. No es fácil para un rostro disimular la tensión. Pero intentó valientemente no mostrar el efecto de la llamada telefónica.

—¿Nos vamos?

Ella se puso lentamente en pie, dejando que las dos partes de su falda se unieran del modo más artístico, y la sonrisa de su rostro se hizo más tentadora. Oh, sí: atrapado.

Empezaron a caminar. Ella ya había dado un paseo por la zona. Prepárate, que suena la marcha de las chicas exploradoras.

Le condujo hacia la Rue St. Benoit, creyendo que allí podría cenar sin atraer a una multitud. Pero aún era demasiado pronto. La vida nocturna de París florece por las calles hasta bastante después de las dos de la madrugada, y cenar al fresco era casi imposible. A Claire nunca le había gustado comer a gran velocidad.

Había dos restaurantes al final de la Rué St. Benoit, y él sugirió cualquiera de los dos. Ella negó encantadoramente con la cabeza y dijo:

—¿Por qué no paseamos un poco más? Me gustaría algo más... romántico.

Él no discutió. Siguieron bajando por la Rue St. Benoit.

A la izquierda, hacia la Rué Jacob. Demasiado concurrida.

A la derecha, hacia la Rue des Saints Pères. También demasiado concurrida. Pero, directamente al frente, el río. El oscuro Sena, al anochecer.

—¿Podemos ir hasta el río?

Él pareció confuso.

—Deseas cenar, ¿verdad?

—Oh, claro. Por supuesto. Pero primero caminemos un poco junto al río. Es tan hermoso, tan encantador por la noche, y ésta es la primera vez que vengo a París. Es tan romántico...

Él no discutió.

A su derecha, la enorme masa de un gran edificio estaba sumida en la oscuridad. Ella lo miró, y más allá, hacia el cielo donde la luna llena brillaba como un mensaje de advertencia.

Cenar bajo la luna llena era siempre delicioso.

—Este edificio es L'École des Beaux-Arts —dijo él—. Muy famosa.

Pronunció fau-mosa. Ella se rió.

Oscuridad. Siempre luz. La dulce luna llena cruzando los cielos. Una cena cálida aguardando. Y allí estaba, un puente cruzando el negro río. Y una escaleras bajando hacia la orilla. Ah.

—Le Pont Royal —dijo el mariscal Foch, señalando el puente—. Muy fau-moso.

Cruzaron, y ella le condujo hacia abajo, por las escaleras. En la orilla, dos metros por encima del lánguido Sena, ella se volvió y miró a derecha e izquierda. Entonces se reclinó contra él, se puso de puntillas y le besó. Él hundió su estómago, pero no era para ocultar su rotundidad. Ella lo tomó de la mano y le condujo hacia el Pont Royal.

—Bajo el puente —dijo.

El sonido de la respiración de él.

El sonido de los tacones altos de ella en las antiguas piedras.

El sonido de la ciudad sobre ellos.

El sonido de la luna llena brillando dorada y haciéndose grande en el cielo.

Y allí, bajo el puente, envueltos en oscuridad, ella se reclinó de nuevo contra él, cogió su gruesa cabeza entre sus finas y pálidas manos, apoyó su boca contra la de él y dejó que su dulce aroma lo impregnara. Lo besó durante un largo rato, mordiéndole los labios con sus dientes, y él lanzó un ahogado sonido, como un pequeño animal al ser estrujado. Pero ella iba por delante de él: su pasión ya se había despertado.

Y Claire se esfumó para ser reemplazada por algo distinto.

Un hijo de la noche.

Hijo de la soledad.

Con la última parpadeante conciencia de su evanescente humanidad, ella percibió el instante de saber que estaba en un abrazo amoroso con alguien distinto, el hijo de la noche.

Fue el instante en que cambió.

Pero ese instante fue demasiado corto para que él pudiera liberarse. Ahora la espina dorsal de ella se había curvado, ahora su boca se había llenado de colmillos, ahora habían crecido las garras, ahora el cuerpo bajo el vestido azul celeste se había llenado de pelaje, ahora le atraía debajo de ella, ahora ella estaba encima de él, ahora las garras desgarraban el traje gris y la carne de él, ahora una renegrida garra abría un tajo en la garganta de él para que no pudiera gritar. Ahora había llegado la hora de la cena.

Tenía que hacerse de manera cuidadosa y rápida.

El estaba en plena erección, su pene hinchado con estática lujuria. Ahora ella le tenía desnudo y ella estaba sobre él, acuclillándose sobre él, y él entró en ella mientras su vida se le escapaba a borbotones. Ella cabalgó, agitándose y sudando, mientras la boca de él trabajaba futilmente y sus ojos se desorbitaban y brillaban a la luz de la luna.

El orgasmo de ella fue acompañado por un aullido que ascendió por encima del Sena y se perdió en el cielo nocturno sobre París, hasta que la dominante luna se lo tragó y brilló un poco más intensamente con la pasión.

Abajo, en la oscuridad, satisfecha su pasión, ella cenó elegantemente.

La comida en Berlín había sido demasiado fibrosa; en Bucarest la sangre era demasiado fluida y no consiguió realzar el sabor; en Estocolmo la cena era demasiado insípida; en Londres demasiado correosa; en Zurich fue tan grasa que la puso enferma. Nada comparable con las excelencias de Los Ángeles.

Nada era comparable con la comida de casa... hasta París.

Los franceses eran justamente famosos por su cuisine.

De modo que salió a cenar cada noche.

Fue una excelente semana su primera semana en París. Un elegante hombre maduro con bigote blanco engominado, que hablaba militarmente, incluso al final. La peluquera de una tienda elegante, que llevaba una especie de mono de color púrpura fluorescente y botas de cowboy, del color rojo de la manzana al caramelo. Un estudiante de Westfield, Nueva York, que estudiaba en la Sorbona y que no paraba de decir que estaba enamorado de ella, hasta el final en que no dijo nada. Y otros. Unos cuantos otros. Empezó a temer que su línea se echara a perder.

Y de nuevo era sábado. Samedi.

Había sentido deseos de bailar. Era una buena bailarina. Todos los ritmos adecuados para el momento adecuado. Uno de sus menús le había indicado que la bôite más interesante en aquel momento era una especie de bar-restaurante combinado con una discoteca: Les Bains-Douches, que podía traducirse como «los baños y duchas», puesto que había sido una casa de baños y duchas desde el siglo XIX.

De modo que se dirigió a la Rué du Bourg l'Abbé y se quedó de pie ante el enorme cristal de la pesada puerta. Un hombre y una mujer estaban detrás del cristal, seleccionando a quienes podían entrar de quienes no podían. En París, cuanto más tiempo se le mantiene a uno fuera del club, más deseos siente de entrar.

El hombre y la mujer la miraron, y ambos alargaron la mano para abrir la puerta. Claire sabía cuál era su aspecto: su atractivo era evidente tanto para los hombres como para las mujeres. En ningún momento se había preocupado por la posibilidad de que no la admitieran. Entró.

Ahora, a su alrededor, la excitación, el color y la carne joven y fuerte de París se movía con majestuosa pasión, como plantas subacuáticas.

Bailó un poco, bebió un poco, y aguardó.

Pero no mucho tiempo.

Llevaba una camiseta muy ajustada, con la inscripción 1977 NCAA Soccer Champions. Pero no era norteamericano ni inglés. Era francés, y sus téjanos, como su camiseta, eran muy ajustados. Llevaba botas de motorista, con pequeñas cadenas cruzando la puntera. Su pelo era largo y oscilaba descuidadamente sobre sus hombros, pero no tenía los ojos oscuros de un punk. Sus ojos eran agudos y azules, demasiado inteligentes para el rostro en el cual estaban insertos. Bajó la vista hacia ella.

Por algunos momentos ella no se dio cuenta de que él estaba allí de pie, mirándola, pese a que se hallaba frente a su mesa. Ella estaba pendiente de una elegante pareja que daba vueltas en el extremo más alejado de la pista de baile, y él se mantuvo allí de pie, inmóvil, observándola sin interferencias.

Pero cuando ella alzó la mirada y él no apartó la suya, cuando los ojos de él no se entrecerraron ni se puso nervioso cuando ella volcó toda la fuerza de su personalidad sobre él, ella supo que aquella noche era probable que gozara de la mejor cena que hubiera disfrutado nunca.

Su nombre era Patrick y era un buen bailarín. Bailaron cómodamente juntos, y él la sujetó contra sí con más fuerza de lo que ningún desconocido había tenido nunca el derecho a hacer. Ella sonrió ante aquel pensamiento, porque no serían desconocidos por mucho rato. Pronto, si la noche se llenaba de luz, serían muy íntimos. Eternamente íntimos.

Y cuando abandonaron el club, él sugirió su apartamento en Le Marais.

Cruzaron el río hasta la parte vieja de la ciudad, ahora muy de moda. Él vivía en un ático, pero no era rico. Se lo dijo claramente. Ella lo encontró encantador.

Allí, él encendió una suave luz azul y otra que estaba alojada en la pared, detrás de una larga jardinera cromada y repleta de carnosas y saludables plantas.

Él se volvió hacia ella y ella adelantó sus brazos para tomar la cabeza de él entre sus manos. Él también alzó sus brazos y detuvo las manos de ella. Sonrió y dijo, en un francés que ella pudo comprender:

—¿Quieres comer algo?

Ella sonrió. Sí, estaba hambrienta.

Él se dirigió a la cocina y regresó con una bandeja de zanahorias, espárragos, remolachas y rábanos.

Se sentaron y hablaron. Habló él la mayor parte del tiempo, en un francés que no presentaba ninguna dificultad para ella. Podía comprenderlo. Él hablaba tan rápido y de una forma tan compleja como cualquier otro francés, pero cuando los otros le hablaban, en el hotel, en la calle, en la discoteca, era un galimatías; en cambio, cuando él hablaba le comprendía perfectamente. Al cabo de un momento dejó de preocuparse por ello y, simplemente, le dejó hablar.

Y cuando se inclinó hacia él, finalmente, para besarle en la boca, él adelantó su brazo, puso la mano bajo su largo cabello rubio, le sujetó la nuca, y atrajo su rostro hacia el suyo.

A través de la ventana, ella podía ver la luna menguante. Sonrió débilmente en pleno beso: no precisaba la luna llena. Nunca la había necesitado. En eso era donde se equivocaban las leyendas. Pero las leyendas eran correctas en cuanto a las balas de plata. La plata en cualquiera de sus formas... Ahí residía la razón por la cual un vampiro no se reflejaba en los espejos. (Excepto que ésa era otra leyenda. No había vampiros. Únicamente hijos de la noche que habían sido mal observados.) 

Debido a que Jesús fue traicionado por Judas por treinta monedas de plata, aquel metal se había convertido en un elemento ligado al mal, y por ello, desde entonces, investido con el poder de alejar el mal: no era el espejo el que no arrojaba el reflejo de los hijos de la noche, sino la capa plateada que llevaba detrás del cristal. Claire podía verse en un espejo de acero pulido o de aluminio, podía bañarse en el rio y ver su reflejo. Pero nunca en un espejo con dorso plateado...

Como el que había sobre la chimenea, justo delante del sofá donde estaba sentada con Patrick.

Un frisson de advertencia la recorrió.

Abrió los ojos. Él estaba mirando más allá de ella.

Al espejo.

Donde él permanecía sentado, abrazando la nada.

Y Claire empezó a levantarse, para ser reemplazada por el hijo de la noche.

Veloz. Se movió a gran velocidad.

El lomo curvándose, el pelaje enmarañándose, los dientes creciendo, los dientes afilándose, las garras surgiendo. Y su mano que ya no era una mano se alzó mientras le empujaba, apartándolo de ella, y rasgaba su garganta con una garra que era como una navaja.

La garganta del hombre se abrió.

Y la savia verde fluyó. Por un momento. Luego la herida se cerró mágicamente, sus labios volvieron a unirse y formaron la línea blanca de una cicatriz, que luego también se desvaneció.

Él la miró mientras ella contemplaba la cicatriz curándose.

Por primera vez en su vida, Claire tuvo miedo.

—¿Te gustaría que pusiera un poco de música? —preguntó él.

Pero no habló. Su boca no se había movido.

Y ella comprendió entonces por qué su francés no había resultado incomprensible para ella. El le hablaba desde el interior de su cabeza, sin sonidos.

No pudo responder.

—Si no quieres música, quizá te apetezca algo de comer —dijo él, y sonrió.

Las manos de ella se movieron de una forma vaga, sin propósito. Miedo y una total confusión la dominaban. Él pareció comprender.

—Este es un mundo muy extenso —dijo—. El espíritu se mueve por muchos caminos, de muchas formas. Tú crees que estás sola, y realmente lo estás. Hay muchos como nosotros, uno de cada uno, el último de nuestra especie quizá, y cada uno está solo. La niebla se aparta y el niño emerge, y al cabo de un tiempo el viejo muere, dejando al último de los niños huérfano de madre y padre.

Ella no tenía ni idea de lo que él estaba diciendo. Siempre había sabido que estaba sola. Así eran las cosas. No el estúpido concepto de soledad de Sartre o de Camus, sino sola, absolutamente sola en un universo que la mataría si supiera de su existencia.

—Sí —dijo él—, y es por eso que tengo que hacer algo contigo. Si eres la última de tu especie, entonces esta vida de riesgos, únicamente para satisfacer tus necesidades, debe terminar.

—¿Vas a matarme? Entonces hazlo rápido. Siempre he sabido que eso podía ocurrir. Sencillamente, hazlo rápido, extraño hijo de puta.

Él había leído sus pensamientos.

—No seas estúpida. Sé que es difícil no volverse paranoide, que toda tu vida has estado programando eso en tu interior. Pero no seas estúpida si puedes. No hay posibilidades de supervivencia en la estupidez, por eso han desaparecido tantos de los últimos de tu especie.

—¿Qué cosa eres tú? —quiso saber ella.

Él sonrió y le ofreció la bandeja de vegetales.

—¡Eres una zanahoria! ¡Una maldita zanahoria! —gritó ella.

—En absoluto —dijo la voz en su cabeza—. Pero soy de una madre y de un padre distintos a los tuyos; de una madre y un padre distintos a cualquiera de los que hay ahí afuera, en las calles de París, esta noche. Y ninguno de nosotros dos morirá.

—¿Por qué deseas protegerme?

—Los últimos salvan a los últimos. Es muy sencillo.

—¿Para qué? ¿Para qué me protegerás?

—Para ti misma... Para mí...

Él empezó a quitarse las ropas. Ahora, a la azulada luz, ella pudo ver que era muy pálido, sin el color que el maquillaje facial había puesto en su rostro; pero tampoco era blanco. Quizá hubiera un ligero tono verde surgiendo débilmente bajo la firme y dura piel.

En todos los demás aspectos era humano, y soberbiamente constituido. Ella sintió que su propio cuerpo respondía a aquella desnudez.

Él avanzó hacia ella, y con cuidado, lentamente —porque ella no se resistió—, le fue quitando las ropas. Ella se dio cuenta de que de nuevo era Claire, no el velludo hijo de la noche. ¿Cuándo había vuelto a cambiar?

Todo estaba ocurriendo sin su control.

Desde hacía muchísimo tiempo, cuando se encontró abandonada a sus propios recursos, siempre lo había controlado todo: su vida, la de aquellos a quienes encontraba, su destino... Pero ahora estaba indefensa, y no le importaba obtener o no el control de él. El miedo había huido de ella, y algo mucho más rápido lo había reemplazado.

Cuando ambos estuvieron desnudos, él la tendió en la moqueta y empezó a hacerle el amor, lenta y cuidadosamente. En la jardinera llena de plantas que había sobre ellos, Claire creyó detectar el movimiento de aquellas nutritivas cosas verdes estremeciéndose ligeramente, inclinándose hacia ellos y hacía la energía que difundían mientras se sumían al unísono en un espasmo ritual y a la vez completamente nuevo, pues la suya era la unión de lo no familiar, aunque fuera tan antigua como la luna.

Y cuando la sombra de la pasión se cerró en tomo a ella, Claire le oyó susurrar:

—Hay muchas cosas para comer...

Por primera vez en su vida, ella no pudo oír el eco de las pisadas siguiéndola.