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Los crímenes de la calle Morgue - Edgar Allan Poe (Parte 1)

La canción que cantaban las sirenas, o el nombre que adoptó Aquiles cuando se escondió entre las mujeres, son cuestiones enigmáticas, pero que no se hallan más allá de toda conjetura.

Sir Thomas Browne


Las características de la inteligencia que suelen calificarse de analíticas son en sí mismas poco susceptibles de análisis. Solo las apreciamos a través de sus resultados. Entre otras cosas sabemos que, para aquel que las posee en alto grado, son fuente del más vivo goce


Así como el hombre robusto se complace en su destreza física y se deleita con aquellos ejercicios que reclaman la acción de sus músculos, así el analista halla su placer en esa actividad del espíritu consistente en desenredar. Goza incluso con las ocupaciones más triviales, siempre que pongan en juego su talento. Le encantan los enigmas, los acertijos, los jeroglíficos, y al solucionarlos muestra un grado de perspicacia que, para la mente ordinaria, parece sobrenatural. 

Sus resultados, frutos del método en su forma más esencial y profunda, tienen todo el aire de una intuición. La facultad de resolución se ve posiblemente muy vigorizada por el estudio de las matemáticas, y en especial por su rama más alta, que, injustamente y tan solo a causa de sus operaciones retrógradas, se denomina análisis, como si se tratara del análisis par excellence

Calcular, sin embargo, no es en sí mismo analizar. Un jugador de ajedrez, por ejemplo, efectúa lo primero sin esforzarse en lo segundo. De ahí se sigue que el ajedrez, por lo que concierne a sus efectos sobre la naturaleza de la inteligencia, es apreciado erróneamente. 

No he de escribir aquí un tratado, sino que me limito a prologar un relato un tanto singular, con algunas observaciones pasajeras; aprovecharé por eso la oportunidad para afirmar que el máximo grado de la reflexión se ve puesto a prueba por el modesto juego de damas en forma más intensa y beneficiosa que por toda la estudiada frivolidad del ajedrez. 

En este último, donde las piezas tienen movimientos diferentes y singulares, con varios y variables valores, lo que solo resulta complejo es equivocadamente confundido (error nada insólito) con lo profundo. Aquí se trata, sobre todo, de la atención. Si esta cede un solo instante, se comete un descuido que da por resultado una pérdida o la derrota. 

Como los movimientos posibles no solo son múltiples sino intrincados, las posibilidades de descuido se multiplican y, en nueve casos de cada diez, triunfa el jugador concentrado y no el más penetrante. En las damas, por el contrario, donde hay un solo movimiento y las variaciones son mínimas, las probabilidades de inadvertencia disminuyen, lo cual deja un tanto de lado a la atención, y las ventajas obtenidas por cada uno de los adversarios provienen de una perspicacia superior.

Para hablar menos abstractamente, supongamos una partida de damas en la que las piezas se reducen a cuatro y donde, como es natural, no cabe esperar el menor descuido. Obvio resulta que (si los jugadores tienen fuerza pareja) solo puede decidir la victoria algún movimiento sutil, resultado de un penetrante esfuerzo intelectual. 

Desprovisto de los recursos ordinarios, el analista penetra en el espíritu de su oponente, se identifica con él y con frecuencia alcanza a ver de una sola ojeada el único método (a veces absurdamente sencillo) por el cual puede provocar un error o precipitar a un falso cálculo.

Hace mucho que se ha reparado en el whist por su influencia sobre lo que da en llamarse la facultad del cálculo, y hombres del más excelso intelecto se han complacido en él de manera indescriptible, dejando de lado, por frívolo, al ajedrez. Sin duda alguna, nada existe en ese orden que ponga de tal modo a prueba la facultad analítica. 

El mejor ajedrecista de la cristiandad no puede ser otra cosa que el mejor ajedrecista, pero la eficiencia en el whist implica la capacidad para triunfar en todas aquellas empresas más importantes donde la mente se enfrenta con la mente. 

Cuando digo eficiencia, aludo a esa perfección en el juego que incluye la aprehensión de todas las posibilidades mediante las cuales se puede obtener legítima ventaja. Estas últimas no solo son múltiples sino multiformes, y con frecuencia yacen en capas tan profundas del pensar que el entendimiento ordinario es incapaz de alcanzarlas. 

Observar con atención equivale a recordar con claridad; en ese sentido, el ajedrecista concentrado jugará bien al whist, en tanto que las reglas de Hoyle (basadas en el mero mecanismo del juego) son comprensibles de manera general y satisfactoria. Por tanto, el hecho de tener una memoria retentiva y guiarse por «el libro» son las condiciones que por regla general se consideran como la suma del buen jugar. 

Pero la habilidad del analista se manifiesta en cuestiones que exceden los límites de las meras reglas. Silencioso, procede a acumular cantidad de observaciones y deducciones. Quizá sus compañeros hacen lo mismo, y la mayor o menor proporción de informaciones así obtenidas no reside tanto en la validez de la deducción como en la calidad de la observación. 

Lo necesario consiste en saber qué se debe observar. Nuestro jugador no se encierra en sí mismo; ni tampoco, dado que su objetivo es el juego, rechaza deducciones procedentes de elementos externos a este. 

Examina el semblante de su compañero, comparándolo cuidadosamente con el de cada uno de sus oponentes. Considera el modo con que cada uno ordena las cartas en su mano; a menudo cuenta las cartas ganadoras y las adicionales por la manera con que sus tenedores las contemplan. 

Advierte cada variación de fisonomía a medida que avanza el juego, reuniendo un capital de ideas nacidas de las diferencias de expresión correspondientes a la seguridad, la sorpresa, el triunfo o la contrariedad. 

Por la manera de levantar una baza juzga si la persona que la recoge será capaz de repetirla en el mismo palo. Reconoce la jugada fingida por la manera con que se arrojan las cartas sobre el tapete. Una palabra casual o descuidada, la caída o vuelta accidental de una carta, con la consiguiente ansiedad o negligencia en el acto de ocultarla, la cuenta de las bazas, con el orden de su disposición, el embarazo, la vacilación, el apuro o el temor... 

Todo ello proporciona a su percepción, aparentemente intuitiva, indicaciones sobre la realidad del juego. Jugadas dos o tres manos, conoce perfectamente las cartas de cada uno, y desde ese momento utiliza las propias con tanta precisión como si los otros jugadores hubieran dado vuelta a las suyas.

El poder analítico no debe confundirse con el mero ingenio, ya que si el analista es por necesidad ingenioso, con frecuencia el hombre ingenioso se muestra notablemente incapaz de analizar. La facultad constructiva o combinatoria por la cual se manifiesta habitualmente el ingenio, y a la que los frenólogos (erróneamente, a mi juicio) han asignado un órgano aparte, considerándola una facultad primordial, ha sido observada con tanta frecuencia en personas cuyo intelecto lindaba con la idiotez, que ha provocado las observaciones de los estudiosos del carácter. 

Entre el ingenio y la aptitud analítica existe una diferencia mucho mayor que entre la fantasía y la imaginación, pero de naturaleza estrictamente análoga. En efecto, cabe observar que los ingeniosos poseen siempre mucha fantasía mientras que el hombre verdaderamente imaginativo es siempre un analista.

El relato siguiente representará para el lector algo así como un comentario de las afirmaciones que anteceden.

Mientras residía en París, durante la primavera y parte del verano de 18..., me relacioné con un cierto C. Auguste Dupin. Este joven caballero procedía de una familia excelente —y hasta ilustre—, pero una serie de desdichadas circunstancias lo habían reducido a tal pobreza que la energía de su carácter sucumbió ante la desgracia, llevándolo a alejarse del mundo y a no preocuparse por recuperar su fortuna. 

Gracias a la cortesía de sus acreedores le quedó una pequeña parte del patrimonio, y la renta que le producía bastaba, mediante una rigurosa economía, para subvenir a sus necesidades, sin preocuparse de lo superfluo. Los libros constituían su solo lujo, y en París es fácil procurárselos.

Nuestro primer encuentro tuvo lugar en una oscura librería de la rue Montmartre, donde la casualidad de que ambos anduviéramos en busca de un mismo libro —tan raro como notable— sirvió para aproximarnos. Volvimos a encontrarnos una y otra vez. Me sentí profundamente interesado por la menuda historia de familia que Dupin me contaba detalladamente, con todo ese candor a que se abandona un francés cuando se trata de su propia persona. 

Me quedé asombrado, al mismo tiempo, por la extraordinaria amplitud de su cultura; pero, sobre todo, sentí encenderse mi alma ante el exaltado fervor y la vívida frescura de su imaginación. Dado lo que yo buscaba en ese entonces en París, sentí que la compañía de un hombre semejante me resultaría un tesoro inestimable, y no vacilé en decírselo. 

Quedó por fin decidido que viviríamos juntos durante mi permanencia en la ciudad, y, como mi situación financiera era algo menos comprometida que la suya, logré que quedara a mi cargo alquilar y amueblar —en un estilo que armonizaba con la melancolía un tanto fantástica de nuestro carácter— una decrépita y grotesca mansión abandonada a causa de supersticiones sobre las cuales no inquirimos, y que se acercaba a su ruina en una parte aislada y solitaria del Faubourg Saint-Germain.

Si nuestra manera de vivir en esa casa hubiera llegado al conocimiento del mundo, este nos hubiera considerado como locos —aunque probablemente como locos inofensivos—. Nuestro aislamiento era perfecto. No admitíamos visitantes. El lugar de nuestro retiro era un secreto celosamente guardado para mis antiguos amigos; en cuanto a Dupin, hacía muchos años que había dejado de ver gentes o de ser conocido en París. Solo vivíamos para nosotros.

Una rareza de mi amigo (¿qué otro nombre darle?) consistía en amar la noche por la noche misma; a esta bizarrerie, como a todas las otras, me abandoné a mi vez sin esfuerzo, entregándome a sus extraños caprichos con perfecto abandono. 

La negra divinidad no podía permanecer siempre con nosotros, pero nos era dado imitarla. A las primeras luces del alba, cerrábamos las pesadas persianas de nuestra vieja casa y encendíamos un par de bujías que, fuertemente perfumadas, solo lanzaban débiles y mortecinos rayos. Con ayuda de ellas ocupábamos nuestros espíritus en soñar, leyendo, escribiendo o conversando, hasta que el reloj nos advertía la llegada de la verdadera oscuridad. 

Salíamos entonces a la calle tomados del brazo, continuando la conversación del día o vagando al azar hasta muy tarde, mientras buscábamos entre las luces y las sombras de la populosa ciudad esa infinidad de excitantes espirituales que puede proporcionar la observación silenciosa.

En esas oportunidades, no dejaba yo de reparar y admirar (aunque dada su profunda idealidad cabía esperarlo) una peculiar aptitud analítica de Dupin. Parecía complacerse especialmente en ejercitarla —ya que no en exhibirla— y no vacilaba en confesar el placer que le producía. 

Se jactaba, con una risita discreta, de que frente a él la mayoría de los hombres tenían como una ventana por la cual podía verse su corazón y estaba pronto a demostrar sus afirmaciones con pruebas tan directas como sorprendentes del íntimo conocimiento que de mí tenía. 

En aquellos momentos su actitud era fría y abstraída; sus ojos miraban como sin ver, mientras su voz, habitualmente de un rico registro de tenor, subía a un falsete que hubiera parecido petulante de no mediar lo deliberado y lo preciso de sus palabras. Al observarlo en esos casos, me ocurría muchas veces pensar en la antigua filosofía del alma doble, y me divertía con la idea de un doble Dupin: el creador y el analista.

No se suponga, por lo que llevo dicho, que estoy circunstanciando algún misterio o escribiendo una novela. Lo que he referido de mi amigo francés era tan solo el producto de una inteligencia excitada o quizá enferma. Pero el carácter de sus observaciones en el curso de esos períodos se apreciará con más claridad mediante un ejemplo.

Errábamos una noche por una larga y sucia calle, en la vecindad del Palais Royal. Sumergidos en nuestras meditaciones, no habíamos pronunciado una sola sílaba durante un cuarto de hora por lo menos. Bruscamente, Dupin pronunció estas palabras:

—Sí, es un hombrecillo muy pequeño, y estaría mejor en el Théâtre des Variétés.

—No cabe duda —repuse inconscientemente, sin advertir (pues tan absorto había estado en mis reflexiones) la extraordinaria forma en que Dupin coincidía con mis pensamientos. Pero, un instante después, me di cuenta y me sentí profundamente asombrado.

—Dupin —dije gravemente—, esto va más allá de mi comprensión. Le confieso sin rodeos que estoy atónito y que apenas puedo dar crédito a mis sentidos. ¿Cómo es posible que haya sabido que yo estaba pensando en...?

Aquí me detuve, para asegurarme sin lugar a dudas de si realmente sabía en quién estaba yo pensando.

—En Chantilly —dijo Dupin—. ¿Por qué se interrumpe? Estaba usted diciéndose que su pequeña estatura le veda los papeles trágicos.

Tal era, exactamente, el tema de mis reflexiones. Chantilly era un ex remendón de la rue Saint-Denis que, apasionado por el teatro, había encarnado el papel de Jerjes en la tragedia homónima de Crébillon, logrando tan solo que la gente se burlara de él.

—En nombre del cielo —exclamé—, dígame cuál es el método... si es que hay un método... que le ha permitido leer en lo más profundo de mí.

En realidad, me sentía aún más asombrado de lo que estaba dispuesto a reconocer.

—El frutero —replicó mi amigo— fue quien lo llevó a la conclusión de que el remendón de suelas no tenía estatura suficiente para Jerjes et id genus omne.

—¡El frutero! ¡Me asombra usted! No conozco ningún frutero.

—El hombre que tropezó con usted cuando entrábamos en esta calle... hará un cuarto de hora.

Recordé entonces que un frutero, que llevaba sobre la cabeza una gran cesta de manzanas, había estado a punto de derribarme accidentalmente cuando pasábamos de la rue C... a la que recorríamos ahora. Pero me era imposible comprender qué tenía eso que ver con Chantilly.

—Se lo explicaré —me dijo Dupin, en quien no había la menor partícula de charlatanerie— y, para que pueda comprender claramente, remontaremos primero el curso de sus reflexiones desde el momento en que le hablé hasta el de su choque con el frutero en cuestión. Los eslabones principales de la cadena son los siguientes: Chantilly, Orión, el doctor Nichols, Epicuro, la estereotomía, el pavimento, el frutero.

Pocas personas hay que, en algún momento de su vida, no se hayan entretenido en remontar el curso de las ideas mediante las cuales han llegado a alguna conclusión. Con frecuencia, esta tarea está llena de interés, y aquel que la emprende se queda asombrado por la distancia aparentemente ilimitada e inconexa entre el punto de partida y el de llegada.

¡Cuál habrá sido entonces mi asombro al oír las palabras que acababa de pronunciar Dupin y reconocer que correspondían a la verdad!

—Si no me equivoco —continuó él—, habíamos estado hablando de caballos justamente al abandonar la rue C... Este fue nuestro último tema de conversación. Cuando cruzábamos hacia esta calle, un frutero que traía una gran canasta en la cabeza pasó rápidamente a nuestro lado y le empujó a usted contra una pila de adoquines correspondiente a un pedazo de la calle en reparación. 

»
Usted pisó una de las piedras sueltas, resbaló, torciéndose ligeramente el tobillo; mostró enojo o malhumor, murmuró algunas palabras, se volvió para mirar la pila de adoquines y siguió andando en silencio. Yo no estaba especialmente atento a sus actos, pero en los últimos tiempos la observación se ha convertido para mí en una necesidad.

»Mantuvo usted los ojos clavados en el suelo, observando con aire quisquilloso los agujeros y los surcos del pavimento (por lo cual comprendí que seguía pensando en las piedras), hasta que llegamos al pequeño pasaje llamado Lamartine, que con fines experimentales ha sido pavimentado con bloques ensamblados y remachados. 

»Aquí su rostro se animó y, al notar que sus labios se movían, no tuve dudas de que murmuraba la palabra “estereotomía”, término que se ha aplicado pretenciosamente a esta clase de pavimento. Sabía que para usted sería imposible decir “estereotomía” sin verse llevado a pensar en átomos y pasar de ahí a las teorías de Epicuro; ahora bien, cuando discutimos no hace mucho este tema, recuerdo haberle hecho notar de qué curiosa manera —por lo demás desconocida— las vagas conjeturas de aquel noble griego se han visto confirmadas en la reciente cosmogonía de las nebulosas; comprendí, por tanto, que usted no dejaría de alzar los ojos hacia la gran nebulosa de Orión, y estaba seguro de que lo haría. 

»Efectivamente, miró usted hacia lo alto y me sentí seguro de haber seguido correctamente sus pasos hasta ese momento. Pero en la amarga crítica a Chantilly que apareció en el Musée de ayer, el escritor satírico hace algunas penosas alusiones al cambio de nombre del remendón antes de calzar los coturnos, y cita un verso latino sobre el cual hemos hablado muchas veces. Me refiero al verso:

Perdidit antiquum litera prima sonum.


»Le dije a usted que se refería a Orión, que en un tiempo se escribió Urión; y dada cierta acritud que se mezcló en aquella discusión, estaba seguro de que usted no la había olvidado. Era claro, pues, que no dejaría de combinar las dos ideas de Orión y Chantilly. Que así lo hizo, lo supe por la sonrisa que pasó por sus labios. 

»Pensaba usted en la inmolación del pobre zapatero. Hasta ese momento había caminado algo encorvado, pero de pronto le vi erguirse en toda su estatura. Me sentí seguro de que estaba pensando en la diminuta figura de Chantilly. Y en este punto interrumpí sus meditaciones para hacerle notar que, en efecto, el tal Chantilly era muy pequeño y que estaría mejor en el Théâtre des Variétés

 

(CONTINUARÁ...) 

 


Delfina - Claude Seignolle (Parte 2 y última)

Cuando volví a mirarla de nuevo, me di cuenta hasta qué punto había sufrido por mí. Con las manos adosadas a sus mejillas, Delfina lloraba en su mundo silencioso, como si hubiera estado a punto de perderme para siempre. 

Emocionado, teniendo en mis manos la más tangible de las pruebas de amor, volví precipitadamente hacia ella y me contuve de arrodillarme y besar sus pies, como lo exigía antaño una bárbara costumbre, prueba indefectible de sumisión. Si me lo hubiese pedido, me habría despojado del sol, igual que de la palabra o de mi propia vida, ya que en un instante, Delfina se había convertido en Todo para mí.

Entonces observé algo que creía imposible: vi que Delfina sonreía, y descubrí que hasta entonces yo no había sabido nunca verdaderamente lo que era una sonrisa. Solo creía saberlo. La sonrisa de Delfina era el detalle más precioso que poseía. Aunque hubiera estado triste, aquella sonrisa iluminaría hasta mi último segundo de vida humana.

Pero, al acercarme para admirar mejor aquella sonrisa, la apagué a pesar mío. Comprendiendo la ofensa que ella temía, bajé la cabeza y, para hacerme perdonar, pensé en el vestido que le había comprado. Arranqué el papel que lo envolvía, extendí el vestido y lo dirigí a la luz más cercana. La seda tuvo un brusco reflejo de llama encarnada semimuerta, lo que, quizá, me hizo pasar por el diablo desplegando su potencia astuta y tornasolada.

Delfina no demostró la sorpresa que yo esperaba. Su mirada, ausente de la ropa, me dio a entender que yo era el único regalo que ella deseaba.

Cuando el alba ya se insinuaba, Delfina regresó a la entrada de su calle. Una vez allí, y por primera vez, pareció fijarse en los descarnados edificios. Me lo indicó con tal gesto de resignación que, para consolarla, volví a ofrecerle por segunda vez el vestido, como algo de un valor eterno. Lo observó con inquietud, pero no se quedó con él, no quiso aceptarlo. ¿Acaso observé en aquel gesto que temía aceptarlo? Ya no me acuerdo de ello. ¡Oh, si lo hubiera sabido!

Luego se alejó de mí, apartándose un poco, como a disgusto. La calle desierta me la quitó lentamente. Me fijé en la puerta que la acogía, luego ya no la vi más. Deseando seguir a su lado, me dirigí hacia aquella puerta. Entré, y en la oscuridad, la llamé desesperadamente. ¿Pero cómo iba ella a poder responderme si era muda? Deposité el vestido en algo que parecía un nicho. Cuando salí a la calle, me tambaleé bajo el efecto de un brusco pesar.

Me acosté apesadumbrado por sentimientos confusos y me dormí de inmediato para despertarme por la noche, ya que mi amor por Delfina me había desposado con las tinieblas. No quise moverme, ni siquiera respirar, como si, habiéndome construido pacientemente sobre el cuerpo el vertiginoso castillo de cartas de todas mis esperanzas, temiese que el menor de mis impulsos para consolidarlo aún más no lo destruyese para siempre. Y la angustia, cómplice de coyunturas amenazadoras, sumergió mi espíritu...

Finalmente, después de levantarme me dirigí a la ventana, para observar el río de la noche. Sus aguas me parecieron tan atormentadas, como removidas por un invisible vidueño, que me vestí y me dirigí a toda prisa a la rue Saint-Martin con el fin de eliminar el terrible peligro que según mis presentimientos amenazaba a Delfina.

Apenas apercibí la entrada de la rue Maubée, me paré en seco, dominado por la emoción... Una alta empalizada la bloqueaba, poniendo un muro de madera ante la libertad de Delfina.

Entonces pensé en el otro extremo de la calle. Si Delfina no podía salir por aquí, iría forzosamente al otro lado. Asimismo, temiendo perderla por culpa de mis vacilaciones, eché a correr, le di la vuelta a todo el barrio, y, casi sin aliento, me encontré ante otro obstáculo, tan implacable como el anterior. 

Precipitándome sobre él, me puse a darle fuertes golpes con los hombros, hasta que empecé a sentir un fuerte dolor en todos mis músculos. El obstáculo resistía. Encontré un intersticio. Mis dedos se deslizaron por él, crujieron con rabia. Tiré con todas mis fuerzas y, desplazando unos clavos mohosos, conseguí finalmente arrancar una de las planchas de madera. Me deslicé entonces por el estrecho pasaje, desgarrando mi ropa. 

Con mis gritos llamando a Delfina rompí el silencio de aquella calle prisionera, sin comprender que eran estériles. Mis pies tropezaron con unas herramientas que habían dejado abandonadas en el suelo. Caminé sorteando toda clase de obstáculos, pisoteando trozos de vidrios de botellas rotas, pero, preocupado por la suerte de aquella a la que amaba, no pensé inmediatamente en la destrucción de la rue Maubée.

Al llegar al inmueble de Delfina, entré en él. Las vigas que habían caído del techo llenaban los pasillos, oponiéndose a mi paso. Me puse a gritar, pero inmediatamente el silencio hostil apagó mis gritos. Me puse a llorar y mis lágrimas se trenzaron con mi voz. Entonces esas lágrimas, mojando las plumas de los grandes pájaros que eran mis llamadas, hicieron que estos fuesen incapaces de echar a volar desde mis labios... 

Delfina no podía oírme, y esto hizo que me sintiera derrotado a muerte. Me coloqué delante de aquella puerta de todas mis esperanzas, convertida –lo sentía en lo más profundo de mí– en la de mi desesperanza. El suelo me acogió con dureza. ¿Dónde estaban las dulces huellas dejadas por los pies desnudos de Delfina?

El alba me sorprendió allí, envuelto en un profundo sopor con la cabeza sobre la acera, las mejillas mojadas por las lágrimas, la mirada fija como la de una bestia que ha perdido su amo, pero que permanece fiel a él en su vana espera. Y aquel alba que, cada mañana, yo había asociado a la tristeza de nuestra separación, creyéndola siempre compasiva, me demostró que ella solo era el impasible germen del día anunciando sin piedad el final de mis sueños... 

Entonces me fue desvelada la verdadera realidad de la calle Maubée, ruina naciente ya sangrada en vida. Con los alerones arrancados, los techos yacían en el suelo, torcidos. Los pisos superiores habían sido desmantelados. Se sentía una prisa de acabar cuanto antes, de desarraigarla y de olvidarla para siempre.

¿Delfina? ¿Dónde se habría marchado al verse expulsada...? Me levanté, pero, semejante a un mendigo al que ahora me parecía, no pude hacerlo completamente. Con la espalda pegada al muro, no podía siquiera moverme.

A las ocho, las empalizadas fueron levantadas por unos obreros que, riendo y hablando en voz alta, entraron en la martirizada calle. Eran los obreros que iban a demolerla. Uno de ellos me vio. Inmediatamente se acercó a mí haciendo grandes gestos. Creo que me trató de loco indicándome hacia una gran piedra que había quedado en equilibrio en el reborde de una ventana justamente encima de mí. Luego me gritó que si quería suicidarme solo tenía que quedarme donde estaba.

Miré hacia la piedra y anhelé con fervor su caída.

Los obreros me obligaron a abandonar aquel sitio. No quise ceder. Entonces me insultaron, sin saber que insultaban a un amor martirizado; me cogieron brutalmente, sin saber tampoco que había que cogerme con delicadeza como un cuerpo herido. Opuse resistencia, pero aquellos hombres que estaban acostumbrados a derribar las murallas más rebeldes, supieron manejar sin esforzarse mis débiles fuerzas de adolescente. 

Me arrastraron hasta la rue Saint-Martin donde me abandonaron, tirado entre dos camiones que habían venido a cargar los escombros de la demolida calle. Pronto se formó alrededor de mí un grupo de curiosos y unas rameras se inclinaron sobre mi cuerpo. Al ver aquellos rostros embadurnados de polvo como la mentira, volví a sentirme dominado por las pesadillas. Luego oí a una de ellas: «A esta edad solo puede tratarse de un gamberro...»

Me levanté y me fui. Titubeando de vergüenza tanto como de pesar, comencé a andar como un borracho, aunque estaba embriagado de una especie atroz de borrachera. Para reconfortarme un poco, me dirigí al café de enfrente. Era el café de mis felices esperas, por lo que no me atreví a entrar en él. Volví a marcharme. La gente me siguió, esperando ver una graciosa exhibición de borracho incapaz de aguantar el alcohol ingerido, cuando en realidad era la desesperación lo que yo no podía soportar...

Llegada la noche, regresé a la rue Saint-Martin. Reinaba el silencio, lo preciso para el milagro apetecido. Pero, por superstición, temiendo que implorándola yo la contrariaría, no la deseé. Me limité solamente a apoyar mi frente, luego mis labios, contra la madera de la empalizada. Allí estaba, vencido, deshecho de mí mismo. 

Besé amargamente el obstáculo rugoso como si Delfina se encontrase detrás de él, y como si, de los dos, fuese yo el prisionero, y ella mi visitante provista de toda la inmensa libertad sin límite de la rue Maubée.

Luego, comprendiendo que ningún milagro podía ya producirse, me alejé sin volver la vista atrás y rehice el camino de Delfina hasta el puente de Notre-Dame, rozando las fachadas tal como ella lo hacía, imaginando que la seguía, invisible delante de mí. 

Mucho me habría agradado haberme acordado de otros detalles de ella: aquellos temores que yo quería entonces sentir dentro de mí mismo. Por eso hice un esfuerzo, traté de experimentarlos, pero solo la pena nacía en mí: aquel dolor que la felicidad teme.

Queriendo evadirme de mi pesar, soñé con tanta necesidad que me sorprendió sobre el puente de Notre-Dame otra alba repentina, descubriendo el río que se deslizaba bajo mis pies. Fue entonces cuando el señor Baucaire me vino a la memoria. Solo él podía ayudarme. ¿Acaso no poseía el duplicado de la llave que yo había perdido?

Inmediatamente me dirigí a su casa. Vivía en la rue de Vaugirard, en aquel lejano distrito decimoquinto sin carácter, en el tercer piso de un edificio vulgar y corriente. Toqué el timbre con impaciencia. Primero brevemente, luego sin soltar el pulsador. Como no oía ningún ruido, temí que ya no viviera allí, y que, perdiéndole a él, perdía a Delfina definitivamente. 

Entonces me di cuenta en qué medida aquel hombre a quien yo consideraba equívoco se me había convertido en algo precioso e indispensable. Al fin escuché un ruido de pasos. El pomo de la puerta giró; y al entreabrirse, me dejó ver al señor Baucaire en pijama, y con un aspecto sumamente desconfiado y de un humor desagradable. 

Al reconocerme, no tuvo aquel impulso que yo esperaba cándidamente de él. Por el contrario, creí comprender que, no solo mi visita le sorprendía, sino que incluso le molestaba. Dudó antes de permitirme pasar, pero no me ofreció la acogida de su salón recibidor. ¿Por qué dirigió él la cabeza varias veces en aquella dirección? ¿Por qué miraba yo también hacia allí?

Entonces observé, echadas sobre un sillón, las anticuadas ropas de Delfina. La impresión que recibí fue tal, que, para huir de un insoportable dolor, retrocedí y salí corriendo enloquecido.

Mi confusión no me abandonó hasta que llegué al pasillo de entrada del inmueble donde mis sollozos me detuvieron. Me pegué contra uno de los muros sucios y quedé, brazos abiertos, como para ser crucificado allí en el acto. Y así fue... 

Sintiendo en mi carne aquellos agudos dolores que me daban la sensación de ser clavado vivo, apretando contra el muro mi rostro igualmente perforado por mis lágrimas, la imagen de Delfina, desnuda, sucia, penetraba de esta forma en mi carne. «¿Por qué, Delfina? –suplicaba yo–. ¿Por qué?...»

¡Delfina se había burlado de mí! Delfina despreciable, disponible para el primero que llegase, pero negándose a mí que, en un impulso de cariño, le había ofrecido mi amor joven y puro, y sus frutos, reservados para todos nuestros deseos. 

Sufriendo peor dolor que si se hubiera perdido realmente, volvía incesantemente a ver sus ropas deshechas y, sin cesar también, sentía otro atroz recuerdo: Baucaire apretándola entre sus brazos... ocultándola en su casa, al lado de él, quizá dichosa durante dos noches... dos días, mientras que durante ese mismo tiempo a mí su desaparición me torturaba. 

Bruscamente, para apagar mi sed de odio, bebí de un trago el ácido brebaje de los celos. Todo tenía una explicación: yo no me había equivocado, Baucaire conocía ya a Delfina y yo había hablado demasiado de ella..., había dicho demasiado de aquella vida interior de Delfina que él seguramente ignoraba. Asimismo, como hombre conquistador, había deseado para él aquella mujer maravillosa. 

Ella era su víctima, se había dejado atrapar en su tela de araña... Delfina no podía consentir aquello... el culpable era Baucaire... toda aquella maquinación venía de él... la inocente era Delfina... Baucaire era un parásito que había que destruir... Delfina era Delfina.

Volví a casa de Baucaire, subí las escaleras empujado por la cólera y me puse a golpear repetidamente la puerta. Esta vez Baucaire acudió inmediatamente. Se me presentó ya afeitado y vestido. ¿Cuánto tiempo había yo permanecido desamparado mientras creía que le había despertado hacía unos instantes? Inmediatamente pensé que, considerándose una vez más importunado en su propia casa, iba a echarme a la calle, pero me recibió sin que el tono de su voz denunciase la menor agresividad.

Después de un instante de duda, súbitamente calmado, entré en su casa, emocionado como si hubiera conseguido convencerle para que me dejase ver por última vez a Delfina, solo el tiempo necesario para curar mi locura.

–¿Qué es lo que le ha pasado hace unos instantes? –me preguntó con tal aplomo que deduje que estaba acostumbrado a esa clase de situaciones.

La puerta del salón estaba cerrada. Me fijé en ella con todas mis fuerzas, intensamente, con intención de abrirla.

–Pensé que se había vuelto loco –añadió Baucaire, sin parecer fijarse en la atención que yo dirigía hacia aquella habitación, donde él recelaba la prueba de la presencia de Delfina.

«Sí –pensé para mí–, estoy loco... y voy a demostrárselo inmediatamente.»

Y, no pudiendo esperar más, me dirigí hacia la puerta del salón. De un violento empujón la abrí de par en par. Las ropas de Delfina aún seguían allí.

Me amparé de mi bien de nuevo hallado. Lo apreté posesivamente contra mi pecho. Enterré en él mi rostro y respiré ávidamente Delfina sin preocuparme de Baucaire. Este momento valía por sí mismo todas las horas de alegría de toda mi vida, vivida y por vivir. Era la primera vez que yo abrazaba a Delfina... 

Una vez pasada esta breve exaltación, me fijé cuán fría y seca estaba la tela. Ninguno de los olores que yo esperaba aspirar emanaba de ella. Solamente hallé ese característico olor de moho que los años incrustan en los tejidos abandonados. Asombrado, miré a Baucaire. 

En mi ciega rivalidad creí leer en su expresión una fría amenaza. Entonces, me precipité a la habitación vecina. Estaba vacía. Todas las demás habitaciones me ofrecieron, una por una, la ausencia de Delfina. Cuando volví al salón, Baucaire acababa de doblar las ropas y las ponía cuidadosamente sobre el sillón. Afectó una sorpresa que me pareció sincera.

–Bueno, hijo mío –me dijo con impaciencia–, ¿me quiere explicar lo que le sucede? Fíjese en qué estado se encuentra...

Y entonces, a la fuerza, me hizo situar frente a un espejo. Le dejé que me mostrase a mí mismo, y descubrí hasta qué punto mi enloquecimiento exterior era parecido a aquel que yo sentía interiormente. No me contemplé mucho tiempo en el espejo y le supliqué que me confesara dónde tenía oculta a Delfina.

–¿Delfina? –repitió él con un asombro total.

–Y sobre todo no me diga –le dije, acordándome de su conducta la primera vez que nos encontramos– que no la conoce, pues aquí está su vestido..., su corsé..., su delantal...

Y, como un inspector de policía mostrando las sucesivas pruebas de culpabilidad, se las señalé una por una sin pensar que ella podría haber huido usando el vestido rojo.

–¿Pero es que acaso sabe usted exactamente lo que me está enseñando? –exclamó Baucaire.

A su defensa le faltaba habilidad, y un ligero esbozo de sonrisa acabó por revelarme su culpabilidad. Recibí muy mal aquella actitud y me tuve que sentar en el sillón, apretando contra mi cuerpo los vestidos de Delfina. Viendo esto, Baucaire se enfadó de repente, obligándome a levantarme para coger la ropa con sumo cuidado, lo que testimoniaba una auténtica adoración. 

Me arrancó con tanta delicadeza el único bien que me quedaba de Delfina que no supe disculparme. La dulzura, la ternura diría yo, que puso a continuación en doblar aquellas prendas, acabó por trastornarme del todo. No podía ser más que la actitud de un hombre que gozaba en prolongar los ritos del amor incluso después de la marcha de la mujer.

–Su ciencia –me dijo al fin con ironía– es mucho más sutil que la mía...

Creyendo conocer entonces sus lazos con Delfina, pensé que Baucaire iba a echarme a la calle diciéndome al mismo tiempo una palabra malsonante. Pero no fue aquella su intención...

–...Porque –continuó– usted afirma conocer a la propietaria de estas ropas, mientras que nadie en el mundo, por mucha voluntad que pusiera en ello, podría hacerlo.

Únicamente, a pesar de esta denegación, su mano, acariciando la falda de Delfina, desmentía sus palabras. Asimismo, el hecho de que continuase poseyéndola de esta forma bajo mis propios ojos, hizo que a duras penas pudiese yo contener mis lágrimas. Baucaire se dio cuenta de ello y, compadecido sin duda, se esforzó en consolarme. 

Voluble, muy generoso en los detalles, me explicó que la víspera, cuando unos obreros demolían una habitación de un viejo inmueble de la rue Maubée, habían descubierto una alcoba que se hallaba desde hacía mucho tiempo, quizá un siglo, condenada, emparedada... y habían encontrado aquellas prendas femeninas que yo veía allí, conservadas en perfecto estado gracias al cierre hermético del lugar. 

Baucaire había llegado justo en el momento en que los obreros se disponían a tirar, como si fueran vulgares harapos, aquellos preciosos testimonios del pasado. En una palabra, empleando su habitual talento, quiso hacerme pasar por frías piezas de museo estos humildes testimonios de Delfina. 

Concluyó diciéndome cuán cándido y pretencioso era yo al afirmarle que aquellas ropas pertenecían a una... Delfina. Únicamente un probable ser venido del otro mundo, habiéndose escapado de aquella alcoba cerrada herméticamente, habría podido vestir aquellas ropas. Y como esto, a menos que se soñara, era imposible... luego...

El hecho de que me tratase casi de mentiroso hizo que inmediatamente le afirmara que no solo había visto a Delfina vestida de esta forma, bien viva, sino que además, en varias ocasiones, habíamos paseado juntos, sintiendo cada uno de nosotros una alegría realmente verdadera y compartida. 

Y, para demostrarle mejor aún la existencia de Delfina, le detallé los rasgos de su rostro, los impulsos de su caminar, su fidelidad a un trayecto determinado, lo mismo que las inquietudes que ella siempre demostraba. Pero, pensando que esta revelación podría perjudicarme, no le precisé los lugares donde ella sentía aquellos incomprensibles temores...

Baucaire no trató abiertamente de reírse de mí. Me escuchó, con los párpados entornados, y reconoció que yo ya le había hablado anteriormente de aquella Delfina con cierta convicción. Luego, con una gravedad pontificante, me pidió que le precisara ciertas fases de este extraño fenómeno visual. 

Con toda intención, Baucaire se apoyaba en cada palabra, separándolas, dándoles un sentido que me fue de lo más desagradable. De haber sido médico, habría actuado de la misma forma para establecer su diagnóstico. Dándome cuenta de que estaba en contra de mí, busqué otra defensa mucho más convincente, cuando volví a percibir el olor a moho de aquellas ropas, insidiosamente presentadas por Baucaire, imponiéndose a mi olfato. Me incliné de nuevo sobre las ropas de Delfina y aspiré el polvoriento olor. Pero, en lugar de embriagarme y de reconfortarme, ello trastornó e hizo más confusos mis pensamientos.

Baucaire siguió con sus comentarios. Entonces, como si estuviese bajo los efectos de alguna droga sutil, mi espíritu se dispersó. Me pareció que la voz de Baucaire se alejaba de mí. Pronto se me hizo lejana, pero atrozmente persuasiva. 

Baucaire me decía que volviera a casa, que reposara, que me olvidara de toda aquella historia de Delfina, que yo favorecía demasiado vehemente mis alucinaciones, cuyo efecto a la larga podía ser dañino y llevarme lejos, que muchos cerebros privilegiados, habiéndose arriesgado en aquel juego, habían acabado en la locura total, y oí cómo Baucaire mencionaba el nombre de un poeta que yo veneraba...

Me encontré acostado en mi cama, incapaz del menor movimiento, alma y miembros como apresados por un resistente hilo negro. ¿De qué forma había podido yo regresar a casa? Fui incapaz de acordarme de ello. Me parecía que había cesado momentáneamente de vivir, con mi cuerpo girando durante horas enteras, insensible a una nada vertiginosa.

Entonces me esforcé en acordarme de una mano dulce, la única que podía haberme guiado a través de aquel vacío total. Una débil mano tibia que me hacía falta absolutamente...

Fui aquella clase de enfermo sin mal aparente, postrado en una inquietante languidez cuya causa todos ignoraban. Pero, aunque inmóvil, representaba en crueles pesadillas un papel activo y desesperante que creía realmente vivir.

Llamaba a Delfina, pero ella nunca llegaba a unirse a mí... Trataba de huir de Baucaire, pero él no quería dejarme... Luego los veía a los dos juntos, cogiéndose por el brazo o por el talle, riéndose de la comedia que hacían: ella, ocultándose de mí, y él, pretendiendo que ella no existía...

En ciertos momentos unos obreros entraban en mi habitación ruidosamente. A golpe de maza derribaban las paredes y descubrían secretas alcobas que desconocía. Yo los alentaba, pues sabía que en una de ellas se ocultaba Delfina, momificada por ellos, viva aún para mí. Derribaban alcoba tras alcoba, penetraban tan al fondo de la casa que oía sus ruidos multiplicarse como bajo la bóveda de un túnel infinito. Y aquellos sonidos no eran otra cosa que las sordas palpitaciones de mi corazón...

Me agoté en vano, volvía una y otra vez a caer sobre mi cama, donde me contraía sobre mi cuerpo. Olía su olor muerto. Reagrupé tenazmente mis fuerzas; conseguí levantar mis párpados... Pero siempre era para volver a ver a Baucaire enseñándome sus vestidos vacíos, emanando el aliento mohoso de los años. Baucaire se convertía en esfinge de mármol; incapaz de la menor palabra de aliento, precisamente él que me había irónicamente planteado el enigma de Delfina...

Cuando pensaba que ya no volvería a escucharla, me llegaba el dulce murmullo de unos ligeros pies desnudos caminando. Era ella... Veía revolotear su falda, ligera. Su corsé se hinchaba. Pero no tenía ni brazos ni piernas ni cabeza... Era una Delfina vacía que Baucaire, sarcástico, agitaba delante de mi mirada desencantada... 

Traté rápidamente de taparme los oídos con el fin de que su risa torturante, que yo presentía cercana, no me llegase. Pero ya estaba dentro de mi cabeza y allí explotaba con tanta más fuerza que, para impedir que huyera, cerré la boca para que nadie creyera que era mía.

O bien, Delfina se ponía de pie delante de mí, tendiéndome sus brazos. No era posible cualquier duda, era realmente ella, más bonita que nunca, plena de vida, ardiente, deseable... Me levanté de prisa y, en el momento en que iba a alcanzarla, Baucaire, disfrazado de Arlequín, me rechazaba para demostrarme que solo era un frágil maniquí de cartón pintado, vulnerable al menor choque. 

Y luego me recordaba que estábamos en la época del Carnaval... Que había que festejarlo dignamente porque, sin mascarada, la vida no era posible. Me aplicaba a la fuerza sobre el rostro una máscara tan grotesca que la pobre Delfina de cartón huía inmediatamente, asustada...

Luego yo era aquel dichoso prometido impaciente, esperando a Delfina al pie del altar de la iglesia de Saint-Merri. Como tardaba en llegar, salía a la calle para ver si la divisaba. Entonces veía una multitud de gentes. Me acercaba a ver qué era aquello y sorprendía a Baucaire esforzándose en vender en subasta pública, a mis hilarantes invitados, el vestido de Delfina. 

Yo me indignaba, y mis amigos, enfadados, me abandonaban, dejándome solo con Baucaire, el cual decía al sacerdote que su presencia se debía a que yo había cambiado de opinión y ya no me casaba: ya no quería desposarme con Delfina, ya no la amaba... En tono protector, me consolaba dándome grandes golpes en la espalda. La sangre me subía a la cabeza, y lloraba yo sangre...

Sin cesar, él se marchaba golpeando la puerta. Pero yo sabía que no había abandonado la cabecera de mi cama y que, siempre allí, se reía de mi calvario...

Pasé una semana con esta locura interior que me pareció durar una noche pero que, para mis afligidos parientes, pareció un año entero. Luego todo se calló en mí. Volviendo a la realidad, la hallé peor aún, pues estaba vacía de Delfina...

¡Delfina, tan dulce, tan incapaz de la menor maldad, me había hecho conocer sin quererlo todas las penas humanas!

No pudiendo soportar esta desgarrante soledad, volví a casa de Baucaire y, a pesar del riesgo de nuevas explicaciones capaces de aumentar más aún mi desesperación, me alegré de verlo. Al igual que el insecto sin defensa acude a la llama de la que debería huir pero que le fascina irresistiblemente, los trastornadores propósitos de aquel hombre me cegaban y me atraían al brasero de un vivo tormento.

Me recibió con diligencia y, con una sonrisa, me hizo pasar a su despacho. Una vez allí, me indicó un sillón. Adivinando en él la tenacidad de un verdugo seguro de su papel, tomé asiento dócilmente como si lo hiciera en una silla de tortura. Baucaire se sentó enfrente de mí, detrás de su mesa de trabajo y me dijo con una voz pausada de misterio: «He trabajado para usted...» Pero yo entendí: «...contra usted». 

Y, mostrándome unos papeles amontonados al alcance de su mano, añadió como si estuviera presentándome a alguien: «Delfina...» Su énfasis tenía una seguridad de procurador poseedor de una requisitoria inobjetable. No me había equivocado: Baucaire empezaba ya a cortarme en carne viva. Me fue tan insoportable que, bajando la cabeza como bajo el tormento de un dolor, me creí aún sometido a los efectos de mi anterior pesadilla.

Me dijo que mi caso era mucho más apasionante de lo que había pensado al principio. La sinceridad de mi comportamiento, y los detalles que yo había dado, concordaban con indiscutibles documentos: coincidencias y fechas, todo se compaginaba perfectamente. 

Empecé a parlotear, apoyado en una sólida erudición. Lo escuché, debilitado por un amor lentamente dispersado por dudas nocivas que, avanzando dentro de mí, habían llegado a hacerme dudar entre rechazar o admitir sus afirmaciones. 

Baucaire se sentía tan a gusto en su papel de hombre competente que no pensó ni por un instante que enfrente de él temblaba una esperanza que otras palabras habrían podido, sin grandes concesiones, salvar de una vez por todas... Evocó las extraordinarias posibilidades de la clarividencia. 

Aquellas características insospechadas que activan de repente la extrasensibilidad de la materia y permiten asombrosas percepciones visuales capaces de traspasar murallas y siglos... Y luego me describió el itinerario de Delfina con tal precisión que solo los dones que acababa de evocar podían habérselo dado a conocer a distancia... a menos que la hubiera seguido.

Baucaire me precisó los lugares, me indicó la duración y la importancia de los obstáculos que ella solo veía, deteniéndola primeramente a treinta metros de la rue de Maubée... luego diez metros después... y, sucesivamente, otras tres veces antes de llegar a la rue du Cloître-Saint-Merri... después en el ángulo norte de la iglesia... Después, Delfina se alejaba de las fachadas actuales de la rue Saint-Martin... En ese lugar ella aligeraba el paso... En otro sitio, por el contrario, lo disminuía...

Estupefacto, me creí de repente en presencia de un mago quitándose al fin la máscara.

Continuando sin la menor equivocación, llegó al quai de Gesvres y, con algunas palabras más violentas, me dijo el curso súbito que hacía Delfina hasta llegar al centro del pont Notre-Dame.

–De modo que –afirmó Baucaire– ella se detenía ocho veces antes de alcanzar el Sena... ¿Tengo razón?

Asentí con un apenas perceptible movimiento de cabeza. Aquella cifra era exacta.

–Créame –continuó Baucaire–, le hacía falta cierto valor para alcanzar el centro del puente. La más mínima duda y habría sido fatal para ella... Pero, tranquilícese, usted personalmente no tenía nada que temer...

Al oír aquellas palabras me levanté súbitamente y le supliqué que me dijera qué peligros amenazaban a Delfina en aquel lugar. Se lo imploré, dispuesto a creer cualquier mentira. Cogiendo un espeso papel amarillento, envuelto en tela y enrollado, lo extendió ante mis ojos con verdadero deleite. Era un viejo plano de París.

Entonces leí las fechas: 27, 28 y 29 de julio... Revolución... Vi aquellas calles cortadas por numerosas barricadas: adoquines y carretas obstruyendo las arterias parisienses afectas de una violenta crisis de euforia revolucionaria, generalizada hasta lo increíble... Baucaire deslizó lentamente su dedo sobre la rue Saint-Martin y señaló una por una las ocho barricadas que la obstruían, lo que explicaba la marcha temerosa de Delfina. 

Luego me indicó las cruces rojas, las cuales simbolizaban las algaradas de los ciudadanos armados amenazando la calzada entre estos obstáculos que la fraccionaban en múltiples pequeñas revoluciones locales. Y el dedo llegó al pont Notre-Dame, defendido por un cañón realista que, situado a la entrada de la rue Saint-Martin, en poder de los insurrectos, había lanzado su metralla de muerte y cuyo soplo, sobre el plano, estaba marcado con una larga raya de lápiz púrpura... Triunfador sin modestia, Baucaire marcó un silencio para dejar caminar entre nosotros el galope de aquella mortandad... Por un instante me pareció oír el galopar de la Muerte.

–Esta pieza de artillería –continuó Baucaire– disparaba contra todo lo que se movía, y sus servidores no querían en modo alguno a las jóvenes ciudadanas que lograban distraer su atención y alcanzaban el centro del puente, donde, al abrigo de la inmensa pompa entonces construida y adosada a él, se ocultaban unos ciudadanos que los amenazaban por la retaguardia... En fin, y para nuestro agrado y la lógica de vuestra historia de amor, pongamos que en aquella época su heroína ha sido a menudo olvidada por su destino o, si lo prefiere, abandonada entre la vida y la muerte. Todo es posible dentro de lo imposible y nuestra imaginación está aquí para facilitar la credibilidad de todas las fantasías que podrían venirnos a la mente. Añadamos solamente, puesto que aquí tenemos las pruebas, que esta Delfina ha conseguido siempre pasar desapercibida en todos sus recorridos, salvando la vida gracias a sus vestidos de aspecto sombrío...

Y bruscamente, Baucaire me tendió un grabado de la época.

–Y ahora –me dijo–, puesto que usted es el único que la ha visto, quizá podría decirme si la reconoce...

No pude contener una violenta exclamación. ¡Eran las formas, la silueta de Delfina! Como estaba dibujada de espalda, no pude ver su rostro, pero lo recreé en un instante.

–Hace algunos años –continuó Baucaire, persuasivo– usted vio la reproducción de este grabado en un libro de Historia, lo mismo que la de este plano asombroso. Tanto la una como la otra os impresionaron, y luego se olvidó de ellas. Pero aquellas imágenes permanecieron en su inconsciente. Un cambio de situación y de ambiente las ha reanimado, proyectándolas desde su espíritu a la vida corriente, haciéndole un incauto de sí mismo...

Trastornado, ya no le escuchaba. Veía netamente a Delfina perseguida por los sublevados. Su noche estriada por unas balas ariscas que buscaban su presa. Comprendí al fin sus temores ante aquella despiadada matanza, y comprendí que, de nosotros dos, el solitario era yo... 

Volví a pensar en las palabras de Baucaire: «Ella solo salvó su vida gracias a estos vestidos sombríos...» Entonces, violentamente, carne de mi carne, raíz en mí, sentí a Delfina dentro de mí como jamás la sintiera. Ella continuaba viviendo y aquel Satán de Baucaire había estado a punto de que yo la abandonara justo en el momento en que mi traidor regalo la hacía peligrar haciéndola vulnerable a otros peligros mucho más reales que aquellos que él acababa de sugerirme. Conseguí deshacerme de la nociva hipnosis en la que Baucaire se deleitaba encerrándome y salí corriendo para ir a salvar a la pobre Delfina en peligro.

Yo sabía que no había soñado a Delfina; no se recibe un amor tan grande de la nada... La nada no puede dar más que nada, y, además, la forma aguda que adoptaba repentinamente mi tormento me confirmaba su real existencia. En cuanto al peligro que ella corría, mi angustia me lo sugería cercano y actuante. 

Volví a subir a disgusto, llegando hasta la rue Maubée. La noche se ajustaba a su caos de piedras hundidas. Con el corazón oprimido, recorrí los restos de aquella calle, pero comprendí amargamente que Delfina no volvería nunca más a aquel lugar... que yo debía buscarla en otro sitio.

Me aparté de aquella desolación en que se había convertido la rue Maubée, en otros tiempos abra de Delfina, y descendí por la rue Saint-Martin escrutando al pasar los menores recovecos. La noche se endurecía a medida que yo avanzaba. Me tropezaba con ella sin comprender que ya la impotencia me frenaba de ese modo. 

Tenso, me estremecí sin cesar ante la imprecisa pero tenaz llamada de Delfina, y, al mismo tiempo, me hallaba acribillado hasta en mi alma por las disimuladas amenazas que corrían, paralelas a mi búsqueda, e iban, ellas también, a su encuentro. Busqué en vano el fanal de seda que la dirigía hacia un destino que yo sentía implacable, y yo quería sacrificarme para salvar a Delfina, con el fin de que ella pudiera vivir en este mundo las dulzuras de la inocencia. 

Pero, pensando en la idea de que mi muerte, ofrecida por su vida, la haría para siempre desgraciada, unas lágrimas acudieron a mis ojos que solo calmó el pensamiento de que nosotros podríamos quizá tener la suerte de morir juntos.

Cada vez más angustiado, atravesé varias veces el pont Notre-Dame, vacío. Subí hasta el estrechamiento de la vieja rue Saint-Martin, también vacía. Y, como la ciudad permanecía silenciosa, padecí todas las torturas de la desesperación.

De repente, la apercibí...

...Distinguí allí a Delfina, dirigiéndose hacia el Sena, que acababa yo de abandonar... Ella salía de la oscuridad que servía de fachada a la plaza de Saint-Jacques. Era ella, no tenía la menor duda... La reconocí en primer lugar por aquel color vivo que yo había deseado imprudentemente para ella, y que se había convertido en la única tonalidad que mi mirada era capaz de detectar; y, además, por el grito que surgió de mi boca y que se perdió en la noche hostil.

Me lancé rápidamente hacia ella, pero, a pesar de mi certeza de poder al fin unirme a su persona, mi alegría fue incapaz de centellear y tuve la atroz impresión de no entrever más que lo inaccesible... No me engañaba. Pronto, en lugar de hacerme avanzar, mis esfuerzos me detuvieron. Martirizado, impotente, vi a Delfina acercarse al muelle. Corrió hacia el centro del puente donde por primera vez habíamos dejado agitarse juntas y por ellas mismas las chispas de nuestro amor. 

Aligeré mi paso, pero ella se resistía... Delfina era visible, hasta el extremo que solo se veía a ella, confiada en aquella noche que ya no la protegía más. Forcé mis piernas a detenerse, pero estas se oponían. Allá, Delfina era el blanco de todas las amenazas... Corrí inmediatamente hacia ella sin poder alcanzarla con el fin de poner mi cuerpo ante el suyo y protegerla eficazmente. 

Con todas mis fuerzas, le grité que huyera rápidamente de aquel lugar que yo sabía nefasto para ella. Grité más aún, como si pudiera realmente oírme mejor, y la sentía tan presente, pensando por su parte intensamente en mí, que creía alcanzarla con mis inútiles llamadas, multiplicadas a riesgo de alertar y de provocar la fatalidad. Ni siquiera me di cuenta de que entre nosotros existía su infranqueable silencio.

¿Me oía ella? Deteniéndose a la entrada del puente, se volvió en mi dirección y se inmovilizó, espantosamente vulnerable... En una fría y agresiva pesadilla, me pareció que mis pies y mis piernas penetraban en una capa de barro que, cómplice del destino de Delfina, se espesaba, reteniéndome allí como a designio, lejos de ella... Lloré sobre unas palabras de amor que yo murmuraba con tanto ardor que tuve la sensación de que ella me las cogía tiernamente, una a una, en sus labios...

Fui sacado de mi desesperación por unos repentinos ruidos de motor. No lejos de Delfina dos vehículos se cruzaron. Hubo algo así como unas salvas... Fui alcanzado inmediatamente en pleno pecho, y aquella raíz viva de carne que yo sabía que era la de Delfina, se enganchó más violentamente en mí, como si la forzaran a abandonarme y ella se negase. Luego me fue arrancada... lentamente arrancada... En su lugar se hizo un vacío que se llenó de sombríos dolores. Anonadado, me hundí en el barro que me retenía en aquel sitio. No había ningún barro...

Cuando, algunos instantes después, me levanté, el silencio estaba de nuevo allí, Delfina, aquella mancha en el suelo...

Al verla así, quedé libre del barro. Reemprendí mi camino. Llegado al puente, tropecé con unos hombres ajenos a nuestro drama. Inflexibles, no quisieron dejarme que me acercara a Delfina, inanimada y tan cercana.

Le pegué a uno de ellos. Me sujetaron y, a pesar del desorden en el que se encontraba mi mente, pude enterarme de que una joven transeúnte acababa de ser matada por una bala perdida.

Pusieron sobre unas angarillas aquel débil y joven cuerpo de mujer, envuelto en mi vestido rojo. Con las sacudidas que le daban mientras la transportaban, sus pies desnudos se balanceaban...

Silencio - Clarice Lispector

Es tan vasto el silencio de la noche en la montaña. Y tan despoblado. En vano uno intenta trabajar para no oírlo, pensar rápidamente para disimularlo. O inventar un programa, frágil punto que mal nos une al súbitamente improbable día de mañana. Cómo superar esa paz que nos acecha. 

Silencio tan grande que la desesperación tiene vergüenza. Montañas tan altas que la desesperación tiene vergüenza. Los oídos se afilan, la cabeza se inclina, el cuerpo todo escucha: ningún rumor. Ningún gallo. Cómo estar al alcance de esa profunda meditación del silencio. De ese silencio sin memoria de palabras. Si es muerte, cómo alcanzarla.

Es un silencio que no duerme: es insomne; inmóvil, pero insomne; y sin fantasmas. Es terrible: sin ningún fantasma. Inútil querer probarlo con la posibilidad de una puerta que se abra crujiendo, de una cortina que se abra y diga algo. Está vacío y sin promesas. Si por lo menos se escuchara al viento. El viento es ira, la ira es vida. O nieve. 

La nieve es muda pero deja rastro, lo emblanquece todo, los niños ríen, los pasos resuenan y dejan huella. Hay una continuidad que es la vida. Pero este silencio no deja señales. No se puede hablar del silencio como se habla de la nieve. No se puede decir a nadie como se diría de la nieve: ¿oíste el silencio de esta noche? El que lo escuchó, no lo dice.

La noche desciende con las pequeñas alegrías de quien enciende lámparas, con el cansancio que tanto justifica el día. Los niños de Berna se duermen, se cierran las últimas puertas. Las calles brillan en las piedras del suelo y brillan ya vacías. Y al final se apagan las luces más distantes.

Pero este primer silencio todavía no es el silencio. Que espere, pues las hojas de los árboles todavía se acomodarán mejor, algún paso tardío tal vez se oiga con esperanza por las escaleras.

Pero hay un momento en que del cuerpo descansado se eleva el espíritu atento, y de la tierra, la luna alta. Entonces él, el silencio, aparece.

El corazón late al reconocerlo.

Se puede pensar rápidamente en el día que pasó. O en los amigos que pasaron y para siempre se perdieron. Pero es inútil huir: el silencio está ahí. Aun el sufrimiento peor, el de la amistad perdida, es solo fuga. Pues si al principio el silencio parece aguardar una respuesta —cómo ardemos por ser llamados a responder—, pronto se descubre que de ti nada exige, quizás tan solo tu silencio. 

Cuántas horas se pierden en la oscuridad suponiendo que el silencio te juzga, como esperamos en vano ser juzgados por Dios. Surgen las justificaciones, trágicas justificaciones forzadas, humildes disculpas hasta la indignidad. Tan suave es para el ser humano mostrar al fin su indignidad y ser perdonado con la justificación de que es un ser humano humillado de nacimiento.

Hasta que se descubre que él ni siquiera quiere su indignidad. Él es el silencio.

Puede intentar engañársele, también. Se deja caer como por casualidad el libro de cabecera en el suelo. Pero, horror, el libro cae dentro del silencio y se pierde en la muda y quieta vorágine de este. ¿Y si un pájaro enloquecido cantara? Esperanza inútil. El canto apenas atravesaría como una leve flauta el silencio.

Entonces, si se tiene valor, no se lucha más. Se entra en él, se va con él, nosotros los únicos fantasmas de una noche en Berna. Que entre. Que no espere el resto de la oscuridad delante de él, solo él mismo. Será como si estuviéramos en un navío tan descomunalmente grande que ignoráramos estar en un navío. Y este navegara tan largamente que ignoráramos que nos estamos moviendo. 

Más de eso, nadie puede. Vivir en la orla de la muerte y de las estrellas es una vibración más tensa de lo que las venas pueden soportar. No hay, siquiera, un hijo de astro y de mujer como intermediario piadoso. El corazón tiene que presentarse frente a la nada solito y solito latir alto en las tinieblas. Solo se escucha en los oídos el propio corazón. Cuando este se presenta completamente desnudo, no es comunicación, es sumisión. Además, nosotros no fuimos hechos sino para el pequeño silencio.

Si no se tiene valor, que no se entre. Que se espere el resto de la oscuridad frente al silencio, solo los pies mojados por la espuma de algo que se expande dentro de nosotros. Que se espere. Un insoluble por otro. Uno al lado del otro, dos cosas que no se ven en la oscuridad. Que se espere. No el fin del silencio, sino la ayuda bendita de un tercer elemento, la luz de la aurora.

Después, nunca más se olvida. Es inútil intentar huir a otra ciudad. Porque cuando menos se lo espera, se puede reconocerlo de repente. Al atravesar la calle en medio de las bocinas de los autos. Entre una carcajada fantasmagórica y otra. Después de una palabra dicha. A veces, en el mismo corazón de la palabra. Los oídos se asombran, la mirada se desvanece: helo ahí. Y desde entonces, él es fantasma.

El gran cambiazo - Roald Dahl (Segunda Parte y última)

Hasta aquí nuestros planes básicos. Luego vino lo que en nuestras notas bautizamos con el nombre de «familiarización con el terreno». Primeramente Jerry me instruyó a mí. Me sometió a un entrenamiento de tres horas en su propia casa un domingo por la tarde, aprovechando que su mujer y los niños no estaban. 

Nunca había entrado en el dormitorio de Jerry y Samantha. Sobre la mesita del tocador estaban los perfumes de Samantha, sus cepillos y sus otras cositas. Un par de medias colgaba del respaldo de una silla. Su camisón, que era blanco y azul, colgaba detrás de la puerta que conducía al cuarto de baño.

—De acuerdo —dijo Jerry—. La habitación estará completamente a oscuras cuando entres. Samantha duerme en este lado, de manera que tendrás que dar la vuelta a la cama de puntillas y meterte en ella por el otro lado. Voy a vendarte los ojos para que practiques un poco.

Al principio, con los ojos vendados, vagué por toda la habitación como un borracho. Pero después de casi una hora de trabajo, conseguí hacer el recorrido bastante bien. Pero, antes de que Jerry me diera el visto bueno definitivo, tuve que ir, con los ojos vendados, desde la puerta de la calle hasta la escalera, cruzando el vestíbulo, pasando luego por delante de los cuartos de los niños, entrando en la habitación de Samantha y aterrizando en el lugar exacto. Y tuve que hacerlo en silencio, igual que un ladrón. Todo ello requirió tres horas de duro trabajo, pero al final le cogí la costumbre.

El domingo siguiente por la mañana, mientras Mary y los niños estaban en la iglesia, tuve la oportunidad de dar a Jerry la misma instrucción en mi casa. Aprendió más deprisa que yo y, al cabo de una hora, ya había superado la prueba de los ojos vendados sin meter la pata ni una sola vez.

Fue durante esta operación cuando decidimos desconectar la lamparilla de cabecera de las dos mujeres al entrar en la alcoba. Así que Jerry practicó la operación de encontrar el enchufe y tirar de él sin quitarse la venda de los ojos y el fin de semana siguiente yo hice lo mismo en su casa.

Llegó entonces lo que era con mucho la parte más importante de nuestro entrenamiento. Le dimos el nombre de «tirar de la manta» y fue durante la misma cuando ambos tuvimos que describir con todo lujo de detalles el procedimiento que seguíamos al hacer el amor con nuestras respectivas esposas. 

Acordamos no complicarnos la vida con variaciones exóticas que él o yo pudiéramos poner en práctica ocasionalmente. Nos ocupamos exclusivamente de enseñarnos mutuamente el procedimiento más rutinario, el que utilizáramos con mayor frecuencia y que, por tanto, fuera el menos susceptible de levantar sospechas.

La sesión tuvo lugar en mi oficina a las seis de la tarde de un miércoles, cuando el personal ya se había ido a casa. Al principio los dos nos sentimos algo azorados y ninguno quería ser el primero en empezar. De modo que saqué la botella de whisky y después de tomarnos un par de copas soltamos la lengua y empezó la lección. 

Mientras Jerry hablaba yo tomaba notas y viceversa. Al final de todo, resultó que la única diferencia real entre el procedimiento de Jerry y el mío residía en el tiempo. ¡Pero menuda diferencia era! Él se tomaba las cosas (si hay que creer lo que dijo) con tanta calma y prolongaba los momentos hasta tal punto que me pregunté en silencio si su pareja no se dormiría en pleno acto. Sin embargo, mi misión no consistía en criticar, sino en copiar, así que no dije nada.

Jerry no se mostró tan discreto. Al finalizar mi descripción personal, tuvo la temeridad de decir:

—¿De veras que lo haces así?

—¿Qué quieres decir? —pregunté.

—Que si terminas la cosa tan pronto.

—Mira —dije—, no estamos aquí para darnos lecciones el uno al otro. Estamos aquí para aprender hechos concretos.

—Ya lo sé —dijo—. Pero me voy a sentir un poco tonto si copio tu estilo exactamente. ¡Dios mío! ¡Lo haces con la rapidez de un tren expreso al pasar por una estación pueblerina!

Me quedé mirándole fijamente, boquiabierto.

—No pongas esa cara de sorpresa —dijo—. Tal como me lo has contado, cualquiera creería que...

—¿Que qué? —dije.

—Bueno, olvídalo —dijo.

—Gracias —dije.

Me sentía furioso. Hay dos cosas en este mundo que me consta que hago de modo inmejorable. Una es conducir un automóvil y la otra ya saben ustedes qué es. Así que verle ahí sentado, diciéndome que no sabía cómo comportarme con mi propia esposa, fue una afrenta monstruosa. Era él y no yo quien no sabía hacerlo. ¡Pobre Samantha! ¡Las cosas que habría tenido que soportar a lo largo de los años!

—Siento haber dicho eso —dijo Jerry. Echó más whisky en nuestros vasos—. ¡Brindo por el gran cambiazo! —dijo—. ¿Cuándo será?

—Hoy estamos a miércoles —contesté—. ¿Qué te parece el sábado que viene?

—¡Espléndido! —dijo Jerry.

—Deberíamos hacerlo antes de que se nos olviden las prácticas —dije—. ¡Son tantas las cosas que hay que recordar!

Jerry se acercó a la ventana y miró los coches que pasaban por la calle.

—De acuerdo —dijo, girando en redondo—. ¡Será el sábado próximo!

Después cada cual se fue a casa en su propio coche.

—Jerry y yo hemos pensado que el sábado por la noche podríamos llevaros a ti y a Samantha a cenar fuera de casa —le dije a Mary.

Estábamos en la cocina y ella preparaba unas hamburguesas para los niños. Dio media vuelta y se quedó mirándome, con la sartén en una mano y la cuchara en la otra. Sus ojos azules miraron directamente los míos.

—¡Caramba, Vic! —dijo—. ¡Qué sorpresa más agradable! Pero ¿se puede saber qué vamos a celebrar?

La miré fijamente a los ojos y contesté:

—Me dije que, para variar, sería agradable ver caras nuevas. Siempre vemos a la misma gente en las mismas casas.

Mary dio un paso al frente y me besó la mejilla.

—¡Qué bueno eres! —exclamó—. ¡Cómo te quiero!

—No te olvides de telefonear a la canguro.

—No, la llamaré esta misma noche —dijo.

El jueves y el viernes pasaron muy aprisa y, de repente, llegó el sábado. El día «D». Me levanté presa de una excitación loca. Después de desayunar me sentí incapaz de estarme quieto, así que salí a lavar el coche. Estaba en plena tarea cuando Jerry apareció por el boquete del seto, pipa en boca.

—Hola, chico. Ha llegado el día.

—Ya lo sé —dije.

También yo tenía una pipa en la boca. Hacía un gran esfuerzo por fumármela, pero me costaba mantenerla encendida y el humo me quemaba la lengua.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Jerry.

—De primera —repliqué—. ¿Y tú?

—Algo nervioso —dijo.

—No te pongas nervioso, Jerry.

—Lo que vamos a hacer es una barbaridad —dijo—. Espero que nos salga bien.

Seguí sacándole brillo al parabrisas. Era la primera vez que veía a Jerry asustado por algo. Me preocupó un poco.

—Me alegra saber que no somos los primeros en intentarlo —dijo—. Si nadie lo hubiera hecho anteriormente, no creo que me atreviese.

—Estoy de acuerdo —dije.

—Lo que me impide ponerme demasiado nervioso —prosiguió— es el hecho de que tu amigo lo encontrase tan fantásticamente fácil.

—Mi amigo dijo que es cosa de coser y cantar —dije—. Pero por el amor de Dios, Jerry, ¡no te pongas nervioso ahora que ya falta poco! Sería un desastre.

—No te preocupes —dijo—. ¡Pero es excitante! ¿Verdad?

—Desde luego que lo es —dije.

—Escucha —dijo—. Será mejor que esta noche seamos prudentes con la bebida.

—Buena idea —dije—. Nos veremos a las ocho y media.

A las ocho y media Samantha, Jerry, Mary y yo salimos en el coche de Jerry hacia el restaurante Billy's, cuya especialidad eran los filetes. A pesar de su nombre, el restaurante era caro y de mucha clase, y las chicas se habían vestido de largo para la ocasión. 

Samantha llevaba algo de color verde que no empezaba hasta llegar a la mitad de su seno y yo no recordaba haberla visto jamás tan hermosa como aquella noche. En nuestra mesa había velas. Samantha se sentó enfrente de mí y, cada vez que se inclinaba hacia adelante, acercando el rostro a la luz de las velas, podía ver aquella diminuta cresta de piel en el centro de su labio inferior.

—Vamos a ver —dijo, cogiendo el menú que el camarero le ofrecía—. ¿Qué voy a tomar esta noche?

«¡Jo, jo, jo! —pensé—. ¡He aquí una buena pregunta!». Todo fue como una seda en el restaurante y las chicas se lo pasaron muy bien. Cuando regresamos a casa de Jerry eran las doce menos cuarto. Samantha nos invitó a entrar para tomarnos una última copa.

—Gracias —dije—, pero es un poquitín tarde. Y tengo que llevar a la canguro en coche a su casa.

Así que Mary y yo cruzamos el seto.

«Ahora —me dije al entrar por la puerta principal—. Ahora empieza la cuenta atrás. Tengo que mantener la cabeza despejada y no olvidarme de nada».

Mientras Mary pagaba a la canguro, me dirigí a la nevera y encontré un trozo de queso canadiense. Saqué un cuchillo del cajón y un rollo de esparadrapo del armario. Me envolví con esparadrapo la punta del dedo índice de la mano derecha y esperé a que Mary se volviera hacia mí.

—Me he cortado —dije, levantando el dedo para que lo viese—. No es nada, pero sangra un poquito.

—Creía que ya habías comido suficiente por hoy —fue todo lo que dijo.

Pero el esparadrapo se le grabó en la mente y con ello quedó cumplida la primera parte de mi misión.

Llevé a la canguro a su casa y, cuando volví y entré en el dormitorio, eran casi las doce y Mary ya estaba medio dormida con la luz apagada. Apagué la lámpara de mi mesita de noche y entré en el baño para desnudarme. Me entretuve allí durante unos diez minutos y, al salir, Mary, como esperaba, ya estaba bien dormida. 

Me pareció que no valía la pena meterme en la cama con ella. Así que me limité a apartar un poco la ropa de mi lado para que a Jerry le resultase más fácil acostarse; luego, con las zapatillas puestas, bajé a la cocina y enchufé la cafetera eléctrica. Eran las doce y diecisiete minutos. Faltaban cuarenta y tres minutos.

A las doce treinta y cinco minutos subí a comprobar si Mary y los niños dormían. Todo el mundo dormía a pierna suelta.

A las doce cincuenta y cinco minutos, cinco minutos antes de la hora cero, volví a subir para llevar a cabo una última comprobación. Me acerqué directamente a Mary y susurré su nombre. No contestó. Espléndido.

«¡Llegó la hora! —pensé—. ¡En marcha!».

Me puse un impermeable marrón sobre el pijama y apagué la luz de la cocina para que toda la casa quedara a oscuras. Cerré de golpe la puerta principal. Y luego, sintiendo una gran euforia, salí de la casa y me interné en la noche.

En nuestra calle no había faroles. Tampoco había luna ni se veía una sola estrella. La noche era negra, negrísima, pero el aire era cálido y soplaba un poco de brisa procedente de alguna parte.

Dirigí mis pasos hacia el boquete del seto. Cuando estuve muy cerca conseguí distinguir el seto y encontré el boquete. Me quedé esperando allí. Luego oí los pasos de Jerry acercándose.

—Hola, chico —susurró—. ¿Todo en orden?

—Lo tienes todo preparado —contesté, también susurrando.

Siguió su camino; oí sus pies calzados con zapatillas cruzando el césped en dirección a mi casa. Eché a andar hacia la suya.

Abrí la puerta principal de Jerry. Dentro estaba aún más negro que fuera. Cerré la puerta con cuidado. Me quité el impermeable y lo colgué en el tirador de la puerta. Después me quité las zapatillas y las dejé contra la pared, al lado de la puerta. Me era literalmente imposible ver mis propias manos. Tenía que hacerlo todo a tientas.

Me alegré de que Jerry me hubiese hecho practicar con los ojos vendados durante tantas horas. No eran mis pies sino mis dedos los que me guiaban. Los dedos de una mano o de la otra en ningún momento dejaban de estar en contacto con alguna cosa: una pared, la barandilla, un mueble, la cortina de alguna ventana. 

En todo momento sabía o creía saber exactamente dónde me encontraba. Pero sentía un no sé qué extraño al cruzar de puntillas la casa de otra persona en plena noche. Mientras subía a tientas la escalera me puse a pensar en los ladrones que habían entrado en nuestra casa el invierno pasado y se habían llevado el televisor. Cuando vino la policía al día siguiente les enseñé el enorme excremento que yacía sobre la nieve enfrente del garaje.

—Casi siempre hacen eso —dijo uno de los policías—. No pueden evitarlo. Están asustados.

Llegué a lo alto de las escaleras. Crucé el descansillo sin dejar de palpar la pared con los dedos de la mano derecha. Empecé a caminar por el pasillo, pero me detuve cuando mi mano encontró la puerta de la primera habitación de los niños. 

Estaba ligeramente entreabierta. Agucé el oído. Hasta mí llegó la respiración acompasada de Robert Rainbow, de ocho años de edad. Seguí avanzando. Encontré la puerta del segundo dormitorio de los niños. Este era el de Billy, de seis años, y de Amanda, de tres. Me quedé unos segundos escuchando. Todo iba bien.

El dormitorio principal estaba al final del pasillo, unos cuatro metros más allá. Llegué a la puerta. De acuerdo con los planes, Jerry la había dejado abierta. Entré. Me quedé absolutamente inmóvil a pocos pasos de la puerta, escuchando atentamente por si se oía alguna señal de que Samantha estaba despierta. El silencio era total. Fui palpando la pared hasta que llegué al lado de la cama donde dormía Samantha. 

Inmediatamente me arrodillé y busqué el enchufe de la lámpara de su mesita de noche. Extraje la clavija y la deposité sobre la alfombra. Muy bien. Ahora había menos peligro. Me levanté. No podía ver a Samantha y al principio tampoco podía oír nada. Me incliné sobre la cama. Ah, sí, pude oír su respiración. 

De repente llegó hasta mi nariz una vaharada del fuerte perfume de almizcle que se había puesto aquella noche. Sentí que la sangre bajaba corriendo hacia mis ingles. Rápidamente me dirigí de puntillas hacia el otro lado de la cama, palpando suavemente el borde de esta con dos dedos.

Lo único que me faltaba por hacer era meterme dentro. Así lo hice, pero, al apoyar el peso de mi cuerpo sobre el colchón, el crujido de los muelles del somier sonó como si alguien estuviera disparando un fusil en la alcoba. Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración. 

El corazón me latía como una máquina en la garganta. Samantha estaba de espaldas a mí. No se movió. Tiré de la ropa de la cama hasta cubrirme el pecho y me volví hacia ella. Un calorcillo femenino salía de su cuerpo y me envolvía. ¡Adelante! ¡Ahora!

Alargué una mano y le toqué el cuerpo. Su camisón era cálido y sedoso. Apoyé la mano suavemente en sus muslos. Siguió sin moverse. Esperé uno o dos minutos, luego dejé que la mano apoyada en el muslo avanzara e iniciase las exploraciones. Lentamente, deliberadamente y muy acertadamente mis dedos empezaron el proceso de enardecerla.

Samantha se movió. Dio media vuelta y quedó boca arriba. Luego, con voz soñolienta, murmuró:

—¡Oh, querido!... ¡Oh, queridísimo!... ¡Santo cielo, amor!...

Yo, por supuesto, no dije nada. Me limité a proseguir la tarea.

Pasaron un par de minutos.

Samantha yacía completamente inmóvil.

Pasó otro minuto. Luego otro. Ella no movió ni un músculo.

Empecé a preguntarme cuánto tiempo tardaría en encenderse.

Perseveré.

Pero ¿por qué aquel silencio? ¿Por qué aquella inmovilidad absoluta y total, aquella postura paralizada?

De repente di con la explicación. ¡Me había olvidado por completo de Jerry! ¡Era tal mi excitación que me había olvidado completamente de su procedimiento personal! ¡Lo estaba haciendo a mi manera en vez de a la suya! Su forma de hacerlo era mucho más compleja que la mía. Era ridículamente complicada. Era de todo punto innecesaria. Pero era la rutina a la que Samantha estaba acostumbrada. Y ahora se daba cuenta de la diferencia y trataba de adivinar qué diantres estaba pasando.

Pero ya era demasiado tarde para cambiar de dirección. Tenía que seguir.

Seguí. La mujer que yacía a mi lado era como un muelle enroscado. Noté la tensión debajo de su piel. Empecé a sudar.

De repente profirió un gemido extraño.

Más pensamientos horribles cruzaron por mi cerebro. ¿Estaría enferma? ¿Le estaría dando un ataque al corazón? ¿Debía yo salir pitando de allí?

Samantha volvió a gruñir, esta vez más fuerte. De pronto exclamó: «¡Sí-sí-sí-sí-sí!» y, al igual que una bomba cuya mecha retardada hubiese alcanzado por fin la dinamita, hizo explosión y volvió a la vida. Me apresó entre sus brazos y vino por mí con tan increíble ferocidad que tuve la sensación de ser atacado por un tigre.

¿O sería mejor decir «tigresa»?

Ni en sueños había pensado que una mujer pudiera hacer las cosas que Samantha me hizo a continuación. Era un torbellino, un torbellino deslumbrante y frenético que me arrancó de raíz y me hizo girar y girar elevándome hacia el firmamento, hacia lugares de cuya existencia nada sabía.

Yo no aporté nada. ¿Cómo podía aportar algo? Me veía reducido a la impotencia. Yo era la hoja de palmera girando y girando por los aires, el cordero entre las garras del tigre. Apenas si podía respirar.

A pesar de todo, resultó excitante rendirse ante una mujer violenta y durante los siguientes diez, veinte, treinta minutos —¿cómo iba a saber exactamente cuánto tiempo?— la tormenta siguió rugiendo. Mas no es mi intención obsequiar al lector con detalles escabrosos. No soy partidario de lavar la ropa en público. Lo siento, pero no hay que darle más vueltas. 

Espero, sin embargo, que mi reticencia no cause un anticlímax demasiado fuerte. Desde luego, no hubo ningún «anti» en mi propio clímax y durante el último y abrasador paroxismo proferí un grito que debería haber despertado a todo el vecindario. Luego me derrumbé y quedé como un odre vacío.

Samantha, como si no hubiera hecho más que beberse un vaso de agua, se limitó a volverse de espaldas a mí y dormirse de nuevo.

¡Puf!

Me quedé quieto, recuperándome poco a poco.

Como verán, había acertado en lo que dije acerca de aquella cosita que tenía en el labio inferior, ¿no es verdad?

Ahora que lo pienso, había acertado más o menos en todo lo referente a aquella increíble aventura. ¡Qué triunfo! Me sentía maravillosamente relajado y exhausto.

Me pregunté qué hora sería. Mi reloj no era luminoso. Lo mejor era que me fuese ya. Me levanté de la cama. A tientas, aunque esta vez no tan cautelosamente como antes, di la vuelta a la cama, salí del dormitorio, recorrí el pasillo, bajé las escaleras y entré en el vestíbulo de la casa. 

Encontré mi impermeable y las zapatillas. Me los puse. Llevaba un encendedor en el bolsillo del impermeable. Lo utilicé para ver qué hora era. Faltaban ocho minutos para las dos. Era más tarde de lo que me figuraba. Abrí la puerta principal y salí a la negra noche.

Mis pensamientos comenzaron a concentrarse en Jerry. ¿Estaría bien? ¿Se habría salido con la suya? Avancé en la oscuridad hacia el boquete del seto.

—Hola, chico —susurró una voz a mi lado.

—¡Jerry!

—¿Todo bien? —preguntó Jerry.

—Fantástico —dije—. Asombroso. ¿Y tú... qué?

—Lo mismo —dijo. Vi sus dientes blancos sonriéndome en la oscuridad—. ¡Lo hemos conseguido, Vic! —susurró, tocándome el brazo—. ¡Tenías razón! ¡Ha funcionado! ¡Ha sido sensacional!

—Nos veremos mañana —susurré—. Vete a casa.

Nos separamos. Crucé el seto y entré en mi casa. Al cabo de tres minutos me encontraba de vuelta en mi cama, sano y salvo, con mi propia esposa durmiendo profundamente a mi lado.

El día siguiente era domingo. Me levanté a las ocho y media y bajé en pijama y bata a preparar el desayuno para la familia, como hago todos los domingos. Mary seguía durmiendo arriba. Los dos chicos, Víctor, de nueve años, y Wally, de tres, ya estaban abajo.

—Hola, papá —dijo Wally.

—Voy a preparar algo nuevo para el desayuno —anuncié.

—¿Qué? —dijeron los dos chicos al unísono.

Habían ido al pueblo a buscar el periódico dominical y en aquel momento estaban leyendo las historietas de dibujos.

—Prepararemos unas tostadas, las untaremos con mantequilla y extenderemos mermelada de naranja encima —dije—. Luego colocaremos unas lonjas de tocino sobre la mermelada.

—¡Tocino! —exclamó Víctor—. ¡Con mermelada de naranja!

—Ya lo sé. Pero espera a probarlo. Es delicioso.

Saqué el zumo de pomelo y me bebí dos vasos. Puse otro sobre la mesa para cuando Mary bajase. Enchufé la cafetera eléctrica, metí el pan en la tostadora y empecé a freír el tocino. En eso estaba cuando Mary entró en la cocina. Llevaba una prenda de gasa vaporosa, color melocotón, encima del camisón.

—Buenos días —dije, observándola por encima del hombro mientras manipulaba la sartén.

No contestó. Se dirigió hacia la silla que solía ocupar ante la mesa de la cocina y se sentó. Luego empezó a beberse el zumo de pomelo. No me miró ni miró a los chicos. Seguí friendo el tocino.

—Hola, mami —dijo Wally. Tampoco esta vez contestó.

El olor de la grasa del tocino empezaba a revolverme el estómago.

—Me apetecería un poco de café —dijo Mary, sin apartar los ojos de la mesa. Su voz resultaba muy extraña.

—Marchando —dije.

Aparté la sartén del fuego y rápidamente preparé una taza de café instantáneo sin leche. Luego la coloqué ante ella.

—Muchachos —dijo Mary, dirigiéndose a los niños—. ¿Os importaría ir a leer en otra parte hasta que el desayuno esté preparado?

—¿Nosotros? —dijo Víctor—. ¿Por qué?

—Porque yo lo digo.

—¿Estamos haciendo algo malo? —preguntó Wally.

—No, cariño, no. Simplemente quiero estar a solas con papá un momento.

Sentí que me encogía dentro del pellejo y me entraron ganas de salir corriendo. Quería salir pitando por la puerta principal, correr calle abajo y esconderme en alguna parte.

—Sírvete una taza de café, Vic —dijo Mary— y siéntate.

Su voz era completamente inexpresiva. No había enfado en ella. Simplemente no había nada. Y seguía sin mirarme directamente. Los chicos salieron llevándose consigo la parte del periódico donde estaban las historietas de dibujos.

—Cerrad la puerta —les dijo Mary.

Eché una cucharadita de café en polvo en mi taza y vertí agua hirviendo encima. Después añadí leche y azúcar. El silencio era apabullante. Me acerqué a la mesa y me senté ante Mary. Tuve la sensación de haberme sentado en la silla eléctrica.

—Escúchame, Vic —dijo ella, mirando el interior de su taza de café—. Quiero dejar esto bien sentado antes de que pierda el dominio de mí misma y no pueda decirlo.

—¡Por el amor de Dios! ¿A qué viene tanto drama? —pregunté—. ¿Ha ocurrido algo?

—Sí, Vic, ha ocurrido algo.

—¿Qué?

Estaba pálida, inexpresiva y distante, inconsciente de la cocina a su alrededor.

—Adelante, pues, ¡desembucha! —dije, haciendo acopio de valor.

—Lo que voy a decir no te gustará mucho —dijo, y sus ojos grandes y azules, obsesionados, se posaron unos instantes en mi cara antes de clavarse de nuevo en la taza de café.

—¿Qué es eso que no va a gustarme mucho? —pregunté.

El terror empezaba a revolverme las tripas. Me sentía igual que los ladrones de los que me hablara el policía.

—Ya sabes que detesto hablar de hacer el amor y de esa clase de cosas —dijo—. No te he hablado ni una sola vez de ello en todo el tiempo que llevamos casados.

—Es verdad —dije.

Bebió un sorbo de café, pero sin paladearlo.

—La verdad es —dijo— que nunca me ha gustado. Si de veras quieres saberlo, es algo que siempre he detestado.

—¿Qué es lo que siempre has detestado? —pregunté.

—El sexo —dijo—. Hacerlo.

—¡Santo Dios! —exclamé.

—Nunca me ha proporcionado siquiera un ápice de placer.

La declaración resultaba demoledora de por sí, pero lo peor aún no había llegado. Estaba seguro de ello.

—Lo lamento si te has llevado una sorpresa —añadió.

No se me ocurrió nada que decir, así que permanecí callado.

Sus ojos volvieron a apartarse de la taza y se clavaron en los míos, vigilantes, como si estuviesen calculando algo; luego se posaron de nuevo en la taza.

—No pensaba decírtelo jamás —prosiguió—. Y nunca te lo hubiera dicho de no ser por lo de anoche.

—¿Qué ocurrió anoche? —preguntó despacio.

—Pues anoche —dijo— averigüé la verdad de todo el asunto.

—¿De veras?

Me miró directamente; su cara estaba abierta como una flor.

—Sí —dije—. Tal como te digo. No me moví.

—¡Cariño! —exclamó, levantándose de un salto, abalanzándose sobre mí y dándome un beso enorme—. ¡Muchísimas gracias por lo de anoche! ¡Estuviste maravilloso! ¡Y yo estuve maravillosa! ¡Los dos estuvimos maravillosos! ¡No pongas esa cara tan azorada, cariño mío! ¡Deberías sentirte orgulloso de ti mismo! ¡Estuviste fantástico! ¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Te quiero!

Seguí sentado, sin reaccionar.

Se inclinó ante mí y me rodeó los hombros con un brazo.

—Y ahora —dijo dulcemente—. Ahora que has... no sé muy bien cómo decirlo... ahora que has descubierto qué es lo que necesito... ¡a partir de ahora todo va a ser maravilloso!

Seguí inmovilizado en la silla. Mary regresó lentamente a la suya. Una gruesa lágrima surcaba una de sus mejillas. No acerté a explicarme el porqué.

—He hecho bien en decírtelo, ¿verdad? —dijo, sonriendo a través de sus lágrimas.

—Sí —dije—. Desde luego.

Me levanté y me acerqué a la cocina eléctrica para no tener que mirarla cara a cara. Por la ventana de la cocina vi a Jerry que cruzaba su jardín con el periódico dominical bajo el brazo. Había cierto ritmo alegre en su caminar, una especie de saltito de triunfo en cada paso que daba y, al llegar a los escalones del porche, los subió de dos en dos.