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La Reunión - Historia de la Montaña de Guerrero

Fue una noche calurosa, la luna se posaba a ras del cerro.

Dicen que en aquel momento había un profundo silencio, el viento no soplaba y los grillos cesaron. Nada de ese día auguraba buenas nuevas.

Inició todo con un aullido largo y pausado, seguido de un ulular. Uno a uno se acumularon los sonidos. Eran al menos seis animales diferentes: un lobo, un búho, un murciélago, una rana, un zorro y una coneja. Se trataba de una reunión. 

Últimamente en la zona la gente se ha
bía estado volviendo más feroz con la caza y los nahuales, preocupados, concretaron una tregua para encontrar solución al problema que les acechaba.

Se sabe que en el pueblo habitan dos tipos de nahuales: los herbívoros, que llegan a ejercer como sanadores en la comunidad, ayudando a los necesitados, y los nahuales que comen carne o espíritu. 

No importa mucho la especie a la que pertenezcan, tiene que ver más con el tipo de persona a la cual esté vinculada la bestia; una pequeña rana podría pertenecer al grupo de los que comen carne, así como un lobo podría ser un herbívoro que cura a las personas de brujería.

Comenzó la junta, el Lobo inició diciendo:

—Amigos, sé que no hay nada más raro que nosotros aquí reunidos, cada uno tiene sus ocupaciones, pero lo que hoy nos concita aquí nos pone en riesgo a todos y tenemos que llegar a un acuerdo 
 
La Rana interrumpe.

—En esta situación en que te sientes amenazado vienes corriendo a hablarnos suave y tranquilo, no es más que un engaño de tu parte para salvar tu pellejo; te haces el bueno curando, pero bien que cobras caro todo lo que haces, siempre nos complicas los trabajos y casi nos dejas morir de hambre por conseguir curar a todas las personas, entiende que no todos están destinados a ser sanados.

El Lobo gruñe mientras le
dirige una mirada penetrante y responde:

—No me vengas con eso, yo solo he querido el bien de la gente.

—Ya, ya, ¡silencio! —exclamó el Búho—. Rana, debes comprender la situación, todos tenemos cola que nos pisen, pero también lo que ha dicho el lobo es verdadero, no podemos seguir perdiendo tiempo; todos aquí sabemos que tú te has liado con el Murciélago y el Zorro, ya no podemos seguir ocultando sus negocios, cada vez nos tienen menos respeto y nos cazan sin medida, todo porque se han cansado de perder a sus familias. ¿Qué pueden decir en su defensa? Ustedes son el motivo principal por el que estamos aquí, hace poco un pariente de la señora Coneja falleció, su humano era un chamaquito de menos de 10 años y la última vez yo desde lo alto lo miré con el Zorro.

El Zorro, exaltado, se proclamó:

—A mí no me metas en tus delirios, viejo búho, que tú no eres nadie para venir a sermonear; yo bien recuerdo que hace no mucho, para salvar la vida de un muchacho, terminaste robando la fertilidad de su madre y sin avisarle cambiaste el destino del hijo que tenía en su vientre por el de su hermano enfermo, todo para poder cobrar tu pago.

—Eso no es verdad, solo hice lo que debía hacerse, el muchacho ya estaba aquí entre los vivos, la criatura en su vientre no estaba ni prevista, la madre jamás se enteró y vive feliz viendo a su niño grande y fuerte —muy agitado explicó el Búho.

—Señor Búho, no se deje provocar, el Zorro solo busca alterarlo, tomemos esto de manera más seria, por favor —dijo la Coneja con una voz calmada.

—Tiene usted razón, señora Coneja, perdone mi comportamiento —respondió el Búho.

La coneja continúa:

—Muy bien, señora Rana y señor Zorro, el asunto aquí no es quién hace más o menos daño, lo que nos compete en este lugar es encontrar solución a todo este lío; es verdad lo que dijo el señor Búho, también me consta que han estado haciendo movimientos muy atrevidos con los humanos, ellos no son tan tontos como ustedes creen y ya se están cansando de la situación; aunque nuestros humanos intentan ocultar nuestro rastro, es evidente cuán diferentes somos. Si los citamos a ustedes es porque tienen mayor edad y experiencia dentro de sus miembros.

La Rana interrumpe sin reparo a la Coneja.

—Mire, señora Coneja, la madre naturaleza decide el rumbo de cada uno, hay humanos que nacieron para ser solo nuestra comida, hay un balance y aunque usted crea que nos estamos excediendo solo estamos tomando lo que nos corresponde, la gente enferma y en consiguiente muere, es el ciclo de la vida; nuestros ancestros han venido haciendo esto mismo desde tiempos inmemoriales, la gente normal piensa que nuestro papel es atroz y somos seres malvados, pero no hacemos otra cosa que seguir el curso.

De pronto, después de tanto silencio, se proclama el Murciélago con eco en su voz:

—Somos los enviados a cosechar la carne y lleva
rla al polvo, pues del polvo venimos y al polvo vamos.

La luna terminó de ocultarse y mientras dormían, un silencio penetrante heló los huesos de las personas del pueblo; los perros comenzaron a ladrar, una pelea de gatos se soltó de golpe, el sitio donde había sucedido aquella reunión quedó desierto, en penumbras.

Nada se resolvió aquel día, un par de verdades se lanzaron, pero todo quedó en el aire, la tregua había desaparecido y cada uno debía cuidar sus espaldas.

Drummer-Hinger - John Flanders

Era un milagro el que Harvey Simenson no estuviese borracho al contar su aventura. No era este el caso cuando la vivió. Desde luego, él mismo admitía que estaba ebrio como un cosaco cuando vivió aquella espantosa experiencia.

Hacía ya mucho tiempo que el Ptarmigan había zarpado del puerto de Altona cuando llegué al muelle. Me dolía mucho la cabeza y aún me duraban los vértigos que me produjera la borrachera de la noche anterior. Aún podía ver el humo que salía por la chimenea de mi barco. ¡Los muy canallas! No habían tenido siquiera la delicadeza de esperar unos minutos y recoger a un compañero de tripulación, que sólo había cometido el pequeño pecado de pasar una buena noche en tierra después de haber navegado durante tantos días.

Lo primero que se me ocurrió fue matar al capitán, al piloto y al timonel apenas se me presentase la ocasión. Luego me fui a ver al cónsul, quien no sólo me echó a la calle como a un perro sino que, además, me aseguró que, si volvía a molestarlo, no sólo haría que me dieran una buena paliza, sino que avisaría a la policía para que me encerrasen una buena temporada a la sombra.

«Otro miserable más de los muchos que hay en este cochino mundo», me dije a mí mismo mientras lanzaba un escupitajo sobre el umbral de la puerta de entrada al Consulado. No me quedaba ni un triste centavo. Me había gastado todo el dinero emborrachándome en Hamburgo. ¿Conocen ustedes Sankt-Pauli? Pues allí estuve a punto de estirar la pata, con la turca que pesqué vaciando botellas y más botellas.

Imagínense, mis queridos amigos, un flamante coche de nueve caballos. A lo mejor eran caballos de madera, pero esto no tiene ninguna importancia, ni viene al caso. Pues bien, fue en un chisme como ese donde me harté de beber Sekt y Berenfang hasta llenar esta bodega que tengo por estómago.

¿Saben lo que es el Berenfang? Una maravillosa bebida hecha con excelente miel y alcohol. ¡Tan buena que no me importaría que me llevasen al mismo infierno, a cambio de un buen barril de ella! Y tan suculenta que, después de cada sorbo, uno tiene la impresión de que va a caerse de la silla tieso como un muerto.

—Limítate a los hechos, charlatán —exclamaron todos los que le estaban escuchando.

—¡Era la introducción! —respondió Simenson—. Después de todo, en todos los librejos hay unos preliminares como estos. Y mi historia vale tanto como un librejo.

Cuando no se tiene un céntimo en el bolsillo y el barco en que uno va enrolado se ha largado, dejándole a uno en tierra, mientras en la mente las ideas se vuelven cada vez más lúcidas, decidme, amigos, ¿adónde se dirige entonces un hombre? Yo os lo diré: de diez probabilidades hay nueve de que se dirija a una estación de ferrocarril. ¿No están de acuerdo conmigo, eh, compañeros?

Se sube uno al primer vagón que encuentra, escoge el compartimento con más cojines por todas partes y nos dejamos adormecer de un modo placentero por el movimiento monótono del tren en marcha. Y así continuamos, hasta que de pronto aparece un revisor y nos expulsa del vagón al llegar a la próxima estación, acompañando su gesto con una sarta de frases nada agradables. 

Pero, por fortuna, en mi caso, la estación en la que el revisor me echó del tren era realmente magnífica. Estaba iluminada como una piedra preciosa en el escaparate de una joyería, pero muy abandonada, sin un alma viviente, pues era de noche.


Entonces me hice el borracho, con el fin de no contestar a las posibles preguntas que pudieran hacerme dos empleados de la estación. Me fijé en que uno de ellos le dijo en voz baja a su compañero:

—Este ya está maduro para Drummer-Hinger.

—¡Cállate! Estas cosas no se pueden decir —le contestó el otro, que tenía una especie de quepis dorado sobre su orondo cráneo.

Luego se acercaron unos cuantos tipos bien rellenos de grasa, me cogieron como si fuera un baúl, y me metieron sobre el entarimado de un miserable tabuco.

—Aquí te quedas, amigote, y a ver si revientas de una vez —dijeron bromeando, mientras se alejaban dejándome solo en aquel inmundo lugar.

Fue entonces cuando el destino vino en mi ayuda. Me estaba muriendo de sed. A mi mente acudieron las deliciosas bebidas que había paladeado durante la víspera, es decir, el Sekt, el Berenfang y otros exquisitos licores. De repente oí el típico ruido de botellas al chocar unas con otras y la boca se me hizo agua.

Seguramente será café, o té o algunas de esas repugnantes bebidas, me dije a mí mismo, mientras me apoderaba de una de esas botellas. Pero cuando la tuve en mi mano, quedé pasmado: ¡era Schnaps! Y de una calidad tan excelente, que me bebí toda la botella.

«Si alguno de aquellos tipos se da cuenta de que me he bebido su exquisito licor, estoy listo», pensé. Por fortuna, aún me quedaban las suficientes fuerzas como para huir del tabuco y salir corriendo, amparado por la obscuridad de la noche, a lo largo de las vías de ferrocarriles.

Había recorrido una buena milla cuando tropecé con uno de los maderos; caí al suelo como un saco de plomo, y sentí un inmenso dolor en todos los huesos de mi esqueleto. Mi caída tuvo que producir ruido forzosamente. Además, creo que grité y lancé un juramento.

Sí, debían haberme oído. Instantes después, alguien me enfocaba a los ojos con una potente linterna.

—Por favor, apague la linterna —dije—. Tengo la costumbre de dormir sin lámpara, ni vela.

—¿Qué es lo que estás haciendo aquí? —me graznó una voz seca y desagradable.

—Aquí no estoy haciendo nada, y por eso ahora mismo me voy; sí, debo irme.

—¿Y adónde debe ir el caballero?

No sé exactamente cómo, pero en aquel instante me vino a la mente el nombre de Drummer-Hinger, y se lo dije en voz alta, casi gritando.

Entonces observé que la linterna se movió un poco, como si la mano que la sostenía temblase.

—No hable tan alto, compañero —respondió el individuo con voz repentinamente dulcificada—. Le ruego que no hable, caballero. Pronto vendré a buscarle. El tren que sale para... en fin, usted ya sabe hacia dónde, no llega hasta aquí. Suele detenerse cerca de la señal roja que ve usted allí.

La luz de la linterna desapareció en la obscuridad de la noche, y otra voz, llena de compasión, me dijo:

—Comprendo muy bien que un hombre tan borracho...

«¿Pero qué es lo que aquí sucede? —me dije—. Debe ser un sueño.»

Me dirigí hacia los abetos, me senté en un lugar cómodo y, poco a poco, me quedé adormecido.

—¡Vamos...! Llegó el momento.

Me pusieron de pie, pues apenas tenía fuerzas en mis piernas. Me sentía tan débil como una jovencita. Luego aquellos individuos me arrastraron.

—Por mi parte, me podéis arrastrar así hasta el día de mi muerte, pues apenas tengo fuerzas para andar por mis propios pies —les dije.

—Ya tendrás tiempo para dormir cuando estés dentro del tren.

—¡Ah..., sí! Es verdad. Voy a ver a Drum...

—Cierra la boca. ¿Cómo es posible que puedas hablar con tanta ligereza de una cosa tan importante? ¡Cualquiera diría que estás contento con el viaje!

Aquella voz era despectiva, pero no severa. Incluso llegué a percibir cierto deje de compasión en ella. La señal roja brillaba en la obscuridad. Delante de mí había un tren negro muy largo. Sin fuego, ni luces, esperando que llegasen los viajeros.

De repente oí que se abría la puerta de un vagón. Instantes después me depositaban, con delicadeza verdaderamente maternal, sobre un montón de cómodos cojines.

—¡Gracias! ¡Gracias! —dije; pero ya no había nadie que pudiera escucharme.

La locomotora se puso en marcha con lentitud. Luego, se abrió la puerta de nuevo y una forma vaga y confusa se precipitó dentro de mi compartimento.

El tren empezó a aumentar su velocidad con una especie de chirrido quejumbroso, y pronto quedé sumido en un profundo sueño.

Cuando desperté, me sorprendí al comprobar la débil luz que reinaba en el compartimento. Un viejecito de pequeña estatura y mirada bondadosa, vestido como un burgués, se hallaba sentado frente a mí y me hacía señales de aprobación con su cabeza.

—Buenos días —le dije—. ¿También va usted a... cómo era... a Drummer-Hinger?

—¿Cómo dice usted? —respondió, extrañado.

—Drummer-Hinger —volví a insistir.

—Se trata de un nombre muy extraño —respondió el anciano, moviendo dulcemente la cabeza—. No creo haberlo oído mencionar nunca en mi vida.

—¡Esto es el colmo! ¡Ya no hay quién pueda soportarlo! Que yo no lo sepa es muy lógico, pues cuando me metieron en este tren estaba más borracho que un cosaco.

—¿Estaba usted borracho? Pues bien, me alegro de haberle despertado. Y ahora, quisiera hacerle algunas preguntas sobre este extraño viaje.

—Pues está usted listo, ya que yo sé tanto como usted, es decir, no sé nada. Puede que...

—Verá usted; yo tenía que hacer este viaje, cosa que ya de por sí es ridícula y a la que no estoy acostumbrado, pues nunca he viajado en toda mi vida. Soy profesor, y no tengo esposa ni hijos que me impidan hacer lo que me plazca. Lo único que amo en este mundo son los libros, y dentro de estos, aquellos relacionados con la antigüedad. Precisamente tenía que leer un magnífico libro de Encke. ¿Conoce usted a Encke?

—¿Encke? ¡Cómo no! Es el segundo oficial del Frauenlob. Un auténtico marrano. Aún no me ha pagado un dinero que le presté en cierta ocasión.

—Está usted equivocado, caballero —respondió el anciano—. Encke es un célebre historiador de la antigüedad. Pero, en fin, todo esto no tiene nada que ver con el asunto. Lo que yo me pregunto es cómo he podido emprender un viaje en el momento preciso en que me disponía a leer una obra tan famosa. ¿Yo, viajando? No tiene sentido, no lo comprendo.

—Bueno, no es para tanto. Yo siempre estoy viajando de una punta del mundo a la otra y, sin embargo, no veo nada extraño en ello.

—¿Es verdad? —dijo el anciano, con un tono algo despreciativo.— Espere un poco; tengo que acordarme. Me dirigía a la clase a dar un curso sobre historia universal, cuando he aquí que recibí un fuerte golpe. Fue un autobús...

El anciano se calló de repente, adoptando una postura como si estuviera soñando despierto.

—Sí, fue una cosa muy extraña —suspiró al fin—, pues justo después de aquel accidente me entraron unas ganas locas de salir de viaje. Partí de inmediato. ¿Pero adónde me dirijo en este momento? Recuerdo que pedí un billete en la estación de ferrocarril, pero nada más, no me acuerdo de nada más. ¡Ay, Dios mío, no sé lo que me ocurre, ni lo que estoy haciendo en este tren! Por favor, ¿señor...?

—Harvey Simenson —le respondí, presentándome—. Cuando alguien quiere halagarme me llama capitán Simenson; pero se lo confieso con sinceridad, no soy capitán.

—Capitán Simenson, ¿sería tan amable de pronunciar una vez más ese nombre de extrañas sonoridades?

—Drummer-Hinger.

Entonces, de repente, se produjo un misterioso cambio en las facciones del anciano. Sus labios temblaron y en sus ojos se reflejó una angustia indescriptible. Pero, momentos después, en su rostro sólo podía verse una profunda resignación.

—Creo que ahora lo comprendo todo —murmuró entre dientes—. Sí, ahora lo sé todo; ya no me queda la menor duda. Estoy completamente convencido de que todos los que van en este tren... están muertos.

—Eso son tonterías —le respondí.

El anciano se encogió de hombros, y añadió:

—Además, en este momento nos dirigimos hacia el Gran Destino, nuestro último destino...

Aquellas palabras me parecieron tan solemnes, tan sombrías y tétricas, que tuve la impresión de que una ola de agua helada acababa de caerme encima. Pero al mismo tiempo, dentro de mi alma sentía que había dicho la verdad.

Después de un prolongado silencio, me dirigí al viejecito y le dije, algo nervioso:

—La locomotora ya no hace ningún ruido. Las ruedas no chirrían. ¿Verdad que no se oyen las bielas? ¡No, no se oyen! Da la impresión de que el tren está bogando, ¿no le parece, caballero?

—Es muy posible —repuso con indiferencia—. Por el momento, estimado capitán, la única cosa que podemos hacer, lo único que nos está permitido, es pensar, sólo pensar. Claro que si pensamos con detenimiento, quizá tengamos una última oportunidad para... bueno, no vale la pena desperdiciar nuestro precioso tiempo y nuestras palabras. Capitán Simenson, si no tiene ningún inconveniente, preferiría estar callado.

A través de las pequeñas ventanas del vagón se percibía un claro día. El tren rodaba a través de una nube color lila que nos impedía ver el paisaje. De vez en cuando, a través de unos claros en aquella bruma, tuve la impresión de ver unas tierras sombrías, tenebrosas. De repente el tren disminuyó su marcha, y, sin poder contenerme, exclamé:

—¡Maldito sea el demonio! ¡Fíjese, caballero...! ¡Trenes! ¡No hay más que trenes! ¡Muchísimos trenes!

Mi compañero de viaje pareció no haberme oído. Sus ojos estaban fijos en mí, como si se extrañase de lo que acababa de decirle.

—No me mire de ese modo. Tiene usted el aspecto... no, no quiero decirlo, pero de todas formas, no me agrada que me mire de esa forma. Si tiene ganas de ver algo, contemple todos los trenes que están ahí fuera.

No me contestó nada. Su rostro estaba dominado por el terror.

—Los trenes, los trenes —repetía yo; pero el anciano seguía con los ojos fijos en mí, sin responderme.

De vez en cuando, y a través de aquellos claros en las nubes, se veían los trenes. Dirigí mi mirada hacia los cristales de las ventanas de esos vagones y quedé estupefacto y horrorizado al contemplar numerosos rostros apoyados en ellos; unos rostros deformados por el terror y la angustia.

—¡Muertos, todos están muertos! ¿Pero adónde los conducen? ¿Por qué están en esos trenes?

Ya no me atrevía a mirar al profesor. Su mirada se había hecho más horrible.

—Señor Simenson —me dijo de repente—, escúcheme...

—Es lo que estoy haciendo.

—Tengo la impresión —me respondió el profesor—, mejor dicho, el temor, de que ya me queda muy poco tiempo para conversar con usted. Es más, incluso pienso que, a partir de este instante, ya ni siquiera tengo el derecho de hablar con usted. Sin lugar a dudas, aún me queda una brizna de libertad antes de llegar al Gran Destino. Escúcheme, pues. Estoy convencido de que usted, sólo usted, no está muerto.

—¿Qué? ¿Cómo dice?

—¡Tiene que salir de inmediato de aquí! ¡Regrese cuanto antes a ese mundo al que usted aún pertenece! ¡Salte del tren!

—¿Pero por qué?

—¿Es que no comprendes nada, imbécil? ¿Es que no te das cuenta, ignorante criatura?

Si aquellas palabras me las hubiera dicho antes cualquier persona, se habría acordado de mí durante toda su vida; pero en aquel preciso instante, incluso un niño de pantalones cortos habría podido apalearme.

—De modo que no me comprende, ¿no es así? Pues bien, se lo diré de una forma más clara: los muertos odian a los vivos, y yo le odio. Huya, desaparezca, pues ya no puedo contenerme más. ¡Le odio, le detesto! Huya de inmediato o... ¡Voy a morderle!

Aquel viejecito, que hasta entonces me había parecido una persona simpática, empezaba a transformarse ante mis ojos en una horrible y amenazadora criatura, temblando de odio y de rabia de la cabeza a los pies.

—¡Voy..., voy a... debo morderle!

De un salto, se lanzó sobre mí. Lo rechacé con todas mis fuerzas e intenté abrir la puerta del compartimento. Unos instantes después, me hundía en las nubes, y al fin caí sobre una tierra húmeda que apestaba a algo mohoso y putrefacto.

En la lontananza, vi que el tren desaparecía poco a poco en la bruma.

Estoy convencido de que estuve errando allí por lo menos ocho días, envuelto en aquella bruma helada, caminando sobre una tierra húmeda y pegajosa, fría como un témpano de hielo. De vez en cuando, observaba unas sombras furtivas que parecían buscar alguna cosa con avidez. Y hubo un momento en que algo o alguien me atrapó en sus garras, y pude ver, a través de una espesa bruma, una especie de boca gris con dientes demasiado blancos, que crujían mientras se acercaban a mi garganta.

Hice un esfuerzo y me liberé de ser atrapado por aquellas horribles fauces, y entonces oí gemidos y lloriqueos.

De repente oí una campana, en medio de la espesa bruma. Sonaba con una claridad bastante extraña; los sonidos metálicos se sucedían unos a otros, con rapidez. Me dirigí de inmediato en dirección a los mismos. A causa de la espesa bruma, estuve a punto de romperme la nariz, al chocar contra un muro de piedras. Al final de aquel muro había una torre, en la que una campana sonaba con estrépito.

Un hombre de elevada estatura, vestido con un hábito de monje, tiraba sin parar de la cuerda de una campana, cuando aparecí ante él. Sus brillantes ojos reflejaron un rayo de alegría cuando me vio.

—¡Un hombre! —exclamó—. Estaba seguro de que alguien se había extraviado una vez más y por eso me puse a batir la campana, para orientarlo hacia aquí.

—¡Por el amor de Dios, ayúdeme! —le supliqué, mientras observaba que todo su cuerpo temblaba como la hoja de un árbol.

—Bueno... sí, sí..., ¡pero no puedo pronunciar una palabra!

—¿Es que... usted también... es un muerto? —dije temblando.

—¡No! —exclamó, dando un grito salvaje—. ¡Y nunca lo seré! ¡Soy Isaac Laquedem! ¡El Judío Errante! ¡Huya! —me dijo, mientras se retorcía las manos—. Aquí se encuentra usted en la misma frontera. Los muertos no pueden franquearla, pero Él, sí. ¡Huya, quizá no sea aún demasiado tarde!

Bruscamente, extendió su brazo, como queriendo indicar algo en la lontananza, donde no había bruma ni nubes. En el lugar que el monje me indicó estaba el mar; un mar tenebroso y sin fin, a cuyas orillas se alzaban altos acantilados. En medio de aquellas aguas, un barco negro se deslizaba.

—El Holandés Volante. Ese tampoco morirá nunca —me dijo con tono quejumbroso, como aquel mar silencioso—. ¡Huya! Haga un esfuerzo, si aún puede, y trate de...

Eché a correr como un loco. A medida que avanzaba, el suelo era más firme. Lancé un suspiro de alivio. Detrás de mí, los tañidos de la campana atravesaban la bruma, y se oían con más agudeza que nunca. Entonces me volví. ¡Nunca debí haberlo hecho! Nunca olvidaré la horrible visión que se presentó ante mis ojos, por muchos años que me queden de vida.

A unos pasos del muro de piedra, donde Isaac Laquedem tiraba de la cuerda de la campana, se agitaba una masa infinita, un mar humano de siniestros personajes apretujándose los unos contra los otros. Millones de ojos en llamas me contemplaban con insistencia, de un modo siniestro, con rabia y furor.

Millones y millones de miradas plenas de ese odio de los muertos al ver que un vivo había podido escapar de sus macabras garras. Sin embargo, por encima de aquel ejército de personajes siniestros, algo gigantesco estaba mirando. Algo de lo que nunca podré dar una descripción exacta. Era noche, fuego, tempestad, dolor. No, no creo que existan palabras que puedan describir lo que yo vi y sentí. El mismo pensamiento incluso no podría traducir una visión.

Aquella entidad —tengo que emplear esta palabra pues no encuentro otra más apropiada—, que no tenía ojos ni cuerpo, parecía, a pesar de todo, estar fijándose detenidamente en algo.

Como una bestia salvaje perseguida durante una cacería, seguí corriendo, corriendo, corriendo, hasta que perdí el conocimiento. Dos pescadores del Báltico me encontraron en medio de un montón de desechos de pescados. Tuve que haber estado allí mucho tiempo, ya que las ratas de las cloacas ya me habían mordido profundamente en las manos y orejas.

Harvey Simenson nos contó esta historia en una taberna de Rotterdam.

—Ahora ya sé qué es la Muerte, la misma Muerte, la que me ha olvidado, como me dio a entender Isaac Laquedem.

Estas fueron sus últimas palabras, o casi...

—Ya sé que me tomarán por un idiota por haberles contado todo eso —añadió, con cierta tristeza en la voz.

Después de estas palabras, abandonó la taberna, dejándonos a todos nosotros a la puerta de la misma, en aquel bulevar húmedo y frío, donde el viento de otoño hacía revolotear las hojas y las gotas de agua. Pronto desapareció en la bruma.

Nos quedamos largo tiempo contemplando el lugar por donde Simenson había desaparecido, y, de repente, un frío indescriptible se apoderó de todos nosotros.

Una sombra larga, muy larga, sin fin, apareció de pronto, como si hubiese surgido de alguna de aquellas callejuelas adyacentes, y se puso a seguir al marino.

Nadie volvió a ver jamás a Harvey Simenson.

La distante - Alberto Chimal

    Cuando el Este del mundo no sabía del Oeste, hubo, en el borde del Gran Desierto, una ciudad. Se llamaba Kadur, la de Altas Paredes, por los muros enormes, de piedra y acero, que la protegían de todo ataque. Estos muros se juntaban en cuatro esquinas, que señalaban los puntos cardinales. En cada esquina se elevaba una torre. En lo más alto de cada torre había centinelas, y uno de ellos se llamaba Manek.

    No pasaba de los dieciséis. Era alto, desgarbado y tan flaco, decían, como en sus años de infancia, y en esto, como en que era retraído, torpe de trato, inseguro de su cuerpo y su alma que crecían, no era distinto de otros muchachos. Pero tenía, como un don, la mirada más larga: los ojos más agudos y poderosos que jamás hayan sido.

    No miento. Podía distinguir las gotas de lluvia en una tormenta a leguas de distancia, o reconocer la cara un hombre a más de mil trancos; si miraba al suelo, podía ver las sombras cambiantes, minúsculas de los granos de polvo, que nunca forman dos veces la misma figura; si volvía la vista a Kadur, podía encontrar en las calles a su madre, a su padre, a cualquiera de sus hermanos, y podía seguirlo desde lo alto con tal escrúpulo que era capaz de decir, más tarde, cuántos pasos había dado de un lugar a otro, por ejemplo, o cuál había sido su ánimo durante el recorrido...

    Estaba siempre en el turno de la noche y en la torre del oeste, la más cercana a las arenas. Más de una vez había dado la alerta contra los bárbaros varraky, que entonces vivían en el Desierto y anhelaban la tierra verde; más de una vez, antes que los centinelas de otras torres, había visto la llegada de las caravanas que venían del este, por entre las montañas de Urga Kan, con alimentos y mercancías para la ciudad. 

    Todos aseguraban que llegaría lejos: podría subir cuanto quisiera, decían, en la guardia de las torres, llegar a capitán, pasar incluso al ejército del rey. Pero Manek no pensaba mucho en su porvenir, y en verdad no le hubiera molestado ser siempre un vigía, porque nada le gustaba más que subir cada día a las torres. Porque el mundo, desde la altura, se ofrecía pleno a sus ojos milagrosos.

    Una noche, a poco de la puesta del sol, Manek hacía guardia en la torre con Ankar, un muchacho tan joven como él. Los dos conversaban, aunque Manek no ponía toda el alma en ello, embelesado como estaba por las estrellas: cada una marcaba un ritmo distinto con su parpadeo, y las más cercanas al horizonte, las que rozaban el Desierto, eran cubiertas y descubiertas por la arena que el aire impulsaba. 

    En ese aparecer y desaparecer, como bien sabía Manek, podía leerse la velocidad y la dirección del viento, y aun pronosticar tormentas con mucha más exactitud que con otros métodos...

    Entonces la vio, pequeña, muy lejana, alumbrada apenas por las luces de la noche.

    Era una joven, allí, en medio del Desierto.

    Estaba inmóvil, de pie, con los brazos extendidos hacia él. Se veía y no, escondida a veces por la arena, como las estrellas, pero estaba en el suelo. Su piel era morena, como la de la gente de Kadur, y se cubría con una túnica blanca.

    Por primera vez en su vida, Manek se restregó los ojos, incapaz de creer en ellos.

    Y, también por primera vez, pidió a su amigo:

    --Mira allá.

    Ankar miró, dijo:

    --No veo nada --y Manek se dio cuenta de lo tonto que había sido, porque nadie sino él podría haberla visto, así de lejos estaba.

    Pero de todos modos, cuando él mismo volvió a mirar, la joven se había ido.

    --¿Qué tengo que ver? --pidió Ankar.

    --Ya se fue --le respondió Manek--. Era una muchacha --volvió a restregarse los ojos--. Nunca había visto a nadie tan lejos...

    Ankar sólo dijo: --Si la viste, es que estaba allí --y dio la alerta: un toque de cuerno que avisaba de alguien perdido en el Desierto. De inmediato subió un capitán, para saber a dónde tenía que partir con su destacamento, y les preguntó:

    --¿Cómo es?

    --Es una mujer --respondió Manek--. Está sola, en aquella dirección, a tantas leguas como el horizonte. Su traza es de oriental. Viste de blanco, así que la luna ayudará a verla.

    El capitán permaneció callado un momento, y luego, desde lo alto, ordenó romper filas a su tropa, que esperaba abajo.

    --¿No van a ir por ella, capitán? --preguntó Ankar, indignado.

    --No es varraky --dijo Manek.

    --Tampoco es alguien a quien pueda asistir --respondió el capitán--, y les voy a decir por qué, aunque me asombra que no lo sepan ya. ¿No se cuenta aquí arriba la leyenda de la Distante, de Akundi la Maldita?

    Así les dijo, y ustedes, como Ankar y Manek, de seguro tampoco saben de esa historia, como que fue de las primeras leyendas del mundo, mucho antes del tiempo de las magas y los hechiceros, y ya en ese tiempo antiguo se estaba olvidando.

    --Hace mucho tiempo --dijo el capitán--, vivió en Kadur una joven llamada Akundi. Era muy hermosa y muy vana: despreciaba a todos y no dejaba que se le acercaran. Humillaba a quien lo intentara y se burlaba de él. Y porque su belleza era grande, muchos no querían rendirse y volvían a buscarla, una y otra vez, para ser despedidos con risas y palabras hirientes. Pero un día, un dios, un poder del mundo, llegó hasta Akundi y la alabó como ninguno, con las más hermosas palabras, con la sinceridad más grande y más clara. 

    Y Akundi sólo pensó en el goce de humillarlo, de burlar su porfía, y lo insultó como nunca había insultado a nadie. Lo llamó escoria, malnacido, lastre y viento, y le dijo que no había nacido quien pudiera pretenderla; que no sería, ciertamente, alguien como él, y que ni el mundo ni el tiempo ni el destino la harían acercarse, entretanto, a ningún otro.

    »Y él, o ella, o aquello, pues la condición de los dioses no es la de los hombres, enfureció, y en su ira la maldijo.

    »Ella vivía en la calle de Siboki. Una mañana salió, dio un paso, y fue como si hubiese dado cinco. En un instante estuvo en el mercado; al siguiente, en las alcabalas. Tuvo miedo y quiso regresar, pero cada paso, por más firme que fuera su intención, la apartaba más. Y entonces descubrió que no podía detenerse: sus pies no la obedecían, y ella daba voces pidiendo ayuda, pero nadie se atrevió a acercarse. Erró por las calles, cada vez más cerca de las murallas, como arrebatada por un espíritu. Salió de la ciudad en un grito y se internó en el desierto, sin que los varraky consiguieran alcanzarla, cada vez más rápido y más lejos, y aún está allí. Está condenada a estar lejos de todo, para siempre. Nadie puede acercársele.

    »Entiendan: quien la ve, la ve siempre en el sitio más remoto, tan lejos como alcance su mirada. Y el que no quiera respetar la maldición, el que a pesar de todo quiera buscarla, será maldito también, y no volverá jamás al lugar del que parta. Como ella, que a donde avance nunca progresa, y parece siempre en ese lugar en el que acaban las distancias, y no muere porque así lo decreta su sentencia: para que no deje de ver y sufrir la lejanía.

    El capitán refirió también la última parte de la maldición: que quien alcanzara a Akundi podría salvarla, y dar un gran don al mundo.

    --Pero esos son cuentos --sentenció--. ¿Cómo la va a alcanzar, si no puede acercársele? --y sin más se despidió y bajó de la torre.

    Ankar se puso a parlotear, como antes, lleno de maravilla por aquellas cosas que hasta entonces había ignorado, pero Manek se quedó en silencio, mirando al horizonte. Y a partir de ese día, aunque no lo admitiera ni para sí mismo, comenzó a esforzarse por ver más y más lejos. 

    Olvidó las proezas que acostumbraba hacer con cosas pequeñas o cercanas, y se concentró en contar los carros y la gente de las caravanas en cuanto las veía; en avistar a los halcones maihau, que desde su nacimiento hasta la muerte no tocan el suelo; en leer los signos de tormentas que jamás llegaban a la linde del desierto, y azotaban sólo las arenas profundas.

    Además, si hasta entonces había ignorado buena parte de la vida de sus compañeros, y nunca seguía a Ankar ni a otros en sus correrías por la ciudad, pronto comenzó a incitarlos a que lo dejaran montar guardia solo. Así, mientras ellos se divertían abajo, él se quedaba mirando, mirando siempre...

    Hasta que un día volvió a verla, tan lejos como antes, con los brazos extendidos y el rostro diminuto, casi invisible, torcido en una mueca de dolor.

    Entonces Manek supo que era verdad: que estaba viendo a Akundi la Distante, la que jamás volvería a las ciudades de los hombres, y sintió mucho miedo.

    Pero Akundi lo miró a los ojos, y levantó la mano en un saludo, y la pena en su cara desapareció, y Manek supo que ella también podía verlo. Que su mirada, por obra de la maldición, para hacer más dura su pena, era tan potente como la de él.

    Y en vez de asustarse más, de mirar hacia otro lado o marcharse corriendo como habríamos hecho casi todos, la saludó también, y allí se perdió para Kadur, para la guardia de las torres y el ejército del rey, pues a partir de entonces no dejaron de verse, todos los días sin falta, al caer la noche.

    Manek se limitó, primero, a hacerle ver que estaba allí a una hora fija: que no subía a la torre a burlarse de su desventura. Luego le sonrió y observó las sonrisas de ella. Más tarde, y tras muchas vacilaciones, comenzaron a hablar. No podían oírse, porque sus oídos no eran tan milagrosos como sus ojos, pero los dos hablaban la Lengua del Este, de la que provienen tantas de nuestros tiempos, y pronto descubrieron que podían leerse los labios si pronunciaban las palabras con cuidado. 

    Así, en silencio, sostuvieron muchas conversaciones. Hablaban de cosas sencillas: las que podían decirse dos muchachos que apenas habían vivido, pero los dos atendían con asombro a las palabras del otro. Pues a Manek lo sorprendían las historias de ella, que eran del pasado remoto y legendario, y a Akundi le parecía que él era un enviado del futuro, de un tiempo de portentos y grandes hazañas.

    --Se habla en la ciudad --decía Manek, sin que saliera sonido alguno de su boca-- de los sabios del Este. Se dice que tienen aparatos, canutos de madera, vidrios con formas extrañas, que les permiten ver tanto como yo y más aún.

    --Espero --contestaba Akundi-- que ninguna de esas cosas llegue a tus manos. Con uno de esos vidrios, tu visión me empujaría más allá del horizonte...

    --Podrías llegar a las tierras del Oeste --sugería Manek.

    --Oh, sí, al Oeste --replicaba Akundi.

    Y los dos reían, porque en ese tiempo nadie creía que hubiese algo más allá del Gran Desierto.

    --Pero cuéntame de ti --decía ella--. ¿Alguna muchacha te despide al pie de la torre?

    Y Manek respondía que no, tímidamente, y ella decía que él era aún muy joven; y él le contaba de su infancia en Kadur, y luego hablaban de los notables de la ciudad, que siempre hacían y decían las mismas cosas; de la forma cambiante de las calles, de las canciones y los cuentos en boga; de la belleza que los dos, y nadie más en el mundo, podía percibir. Y así hasta que el sol brillaba a espaldas de Manek, y lo forzaba a despedirse y bajar de la torre.

    Aquel tiempo fue de contento para él, es decir, estuvo lleno de días semejantes, de horas que se mezclaban y eran una sola. Pues no había nadie como Akundi, según pensaba, y tenía razón, pero Manek lo creía como otros lo creen de otras muchachas, aun de las más ordinarias en Kadur y en todo el Este y en el mundo.

    Y por eso, aunque al principio le pesaban las advertencias del capitán y temía ser descubierto, pronto olvidó todo cuidado. Sus ojos empujaban a Akundi y la hacían invisible para cualquier otro. Nadie sino él podía ver sus labios y sus palabras.

    Y además, se decía, no me incita al mal. Ya no es soberbia. Nunca me dice que falte a mis deberes, ni que me consagre a ella...

    Esto duró hasta una noche, muy negra, en la que Manek le vio el rostro grave y triste.

    --¿Qué sucede? --preguntó él.

    --Tengo miedo --dijo ella-- de que pase algo terrible. ¿Es propio que siempre haya dos guardias en las otras torres y sólo tú en la del oeste?

    Sorprendido, Manek la vio decir que le tenía un gran afecto, que sus conversaciones la alegraban, pero que no debían verse más. Que nadie, jamás, debía ir hacia ella. Manek repuso que nunca había salido de la ciudad y que no lo haría.

    --Temo --dijo Akundi-- que lo haya hecho tu pensamiento.

    Y Manek tuvo ese miedo, el que llega con el fin de la dicha, y dijo que no, que no deseaba sino hablar con ella, que nunca había pensado en más. Y lo dijo tantas veces, con tal calor, de modo tan terminante, que al fin él mismo se dio cuenta.

    Sí, estaba mintiendo.

    Pero tanto se afanó él en convencerla, tanto protestó su mera simpatía, tanto quiso descifrar los matices de su rostro, sus emociones como eran reveladas por los párpados, las cejas, las comisuras de la boca, que no vio a los guerreros que, mucho más cerca, ocultos por la arena y la oscuridad, se aproximaban. 

    Eran varraky, sí, y eran miles, y al principio avanzaban con cautela, en grupos pequeños, ocultándose tras las dunas por miedo a los vigías. Pero al no ser descubiertos se envalentonaron. Y comenzaron a agruparse, y llegaron hasta los muros y los tocaron. Entonces dieron su grito de guerra...

    Pero ni eso oyó Manek. Seguía pidiendo, rogando, y tuvo que sobresaltarlo el grito de un centinela de la torre del este; Manek, aturdido, sólo pudo verlo pelear contra tres varraky mientras su compañero hacía sonar el cuerno. Luego, ante el muchacho, que vio cada herida y cada gota de sangre, los dos fueron muertos por los invasores y arrojados de la torre. 

    Y de pronto hubo dos guerreros más junto al propio Manek y él mismo tuvo que pelear, y apenas pudo porque era joven, e inexperto, y porque no podía creer lo que estaba pasando. Otros centinelas llegaron hasta él, sí, y pelearon también, y arrojaron a los varraky de la torre, pero luego pasaron la noche, que fue larga como muchos días, como una pesadilla, disparando flechas, dando tajos y mandobles, gritando alertas y órdenes a los soldados que peleaban abajo, a la luz de antorchas y de incendios.

    Muchos murieron en la batalla, muchos más fueron heridos o mutilados. Buena parte de la ciudad fue destruida. Los varraky fueron rechazados, justo un día después del primer ataque, pero en los años siguientes, crecidos por la facilidad con la que habían entrado en Kadur, tratarían de invadir la ciudad muchas otras veces. A pesar de todo se proclamó la victoria. Sin embargo, la gente no tardó en preguntarse cómo había ocurrido; cómo habían logrado llegar tantos, y tan cerca, sin que nadie diera la alerta; quiénes estaban de guardia en la torre del oeste...

    En el juicio, Manek dijo la verdad, defendió a sus amigos y se echó toda la culpa. Pero el cuerpo de guardias fue condenado a prisión y azotes, en castigo a su negligencia, y Manek a la horca: por los horrores que se habían visto en la ciudad, por la muerte y la devastación, y por el espanto, más grande todavía, de que la Distante hubiese aparecido nuevamente.

    Sólo algunos sabios y legistas, después de una junta apresurada, convencieron al rey de que Manek debía vivir.

    --Por su comercio --le dijeron-- con la Distante. Mientras más tiempo esté entre nosotros, mientras más estemos con él, más dolor y pena traerá a la ciudad. Ya está maldito también.

    Así, a la noche, Manek no estuvo en su puesto, sino ante la gran puerta de la ciudad, que miraba al este. Llevaba un atado con ropa y alimentos, que sus padres le habían dado a pesar de consejos y amenazas, y nada más. Nadie lo vio partir, y las puertas fueron cerradas de prisa tras él.

    Al escucharlas, Manek entendió que en verdad no iba a volver nunca al interior de la muralla, y levantó la vista. Ante él estaban las montañas de Urga Kan, que nunca había visto desde tan poca altura, y también Akundi: delante suyo, tan lejos como el horizonte, entre las montañas. Tenía la cabeza gacha y lágrimas en los ojos.

    Pero Manek lloraba también, y echó a andar, y se alejó de Kadur con la vista fija en el camino, los dientes apretados, la espalda muy tiesa para que nadie viera su dolor.

    En los años que siguieron, Manek erró por todo el Este, pues sólo quería encontrar la paz, el olvido entre gentes que no lo conocieran. Pero a donde llegaba era visto con recelo: algo en él desagradaba a quien lo viera, lo llevaba a pensar las peores cosas... No pocas veces, Manek fue confundido con asesinos y bandoleros, y si lograba quedarse en algún sitio, vencer la desconfianza, lo perdía su fama, que siempre terminaba por alcanzarlo y era vista como un mal augurio. 

    Y si aun entonces no se marchaba de donde estuviera, si a pesar de todo era aceptado o tolerado, las madres comenzaban a abortar, o los niños a morir, o las cosechas se perdían por plagas o heladas, o los hombres guerreaban...

    Sí, la maldición existía. El día en el que Manek llegó a Calint, un gran incendio quemó bosques y gente; a su paso por Jumakhilna el Mar de Lodo se secó; cuando lo vio la sibila de Borbandes, pues él llegó hasta ella para pedirle consejo, ayuda, siquiera consuelo, cuando se vieron a los ojos la sibila dio un grito horrible, y se desmayó, y al despertar perdió por un año todos sus poderes. 

    La llegada de Manek a un lugar terminó por ser anunciada, y temida, como una invasión; las puertas de todas partes se le cerraban, y algunos hasta lo perseguían, como a una bestia, por creer que su desgracia, y el peligro para el mundo, cesarían sólo con su muerte.

    Y como llevaba su vergüenza, como quería vivir pero no hacer más daño, Manek viajó desde Sintago en el norte hasta la tierra de los iondre; fue cazado por igual en Genidor y en los páramos de Rhunga; se refugió en las Ciudades Muertas de los janr y en la estepa de Daka; durmió en las Montañas de Humo, que ya en ese tiempo ennegrecían el cielo y anticipaban la Guerra Numerosa; robó frutos en Amor, la isla prohibida del Mar del Centro; tomó agua de los pozos de Mitrish, durmió en los basureros de Yedresamma...

    A donde fuera, Akundi iba con él. Siempre estaba allí, en el horizonte, tan lejos que nadie sino Manek podía verla. Aparecía en las cimas, en la otra orilla de los lagos y los ríos caudalosos, sobre el agua de los mares; en donde el aire y el sol borraban los caminos. Y aunque no hablaba su rostro era triste, más triste aún que el día en el que Manek la había visto por primera vez.

    Y he aquí que Manek, primero, agradeció su compañía, y sintió que aliviaba su pena, pero luego la vio como un espejo: un recordatorio de su propia locura y su desgracia. Y su mirada comenzó a desviarse de ella a las ciudades, los pueblos del mundo, a los que ya no se aventuraba. Así perdió la esperanza de poder detenerse en algún sitio, y se llenó de pesadumbre.

    Y una noche en la que Akundi apareció bajo la luna, ante las aguas de un lago tan remoto que parecía la pupila de un ojo, Manek supo, no con el pensamiento sino con su alma entera, con su vientre y su pecho y su cabeza, que era verdad: que no iba a tener paz ni reposo, que avanzaría por siempre, cada vez más lejos de todo, siempre aborrecido. 

    Entonces la pesadumbre se convirtió en rabia, y Manek gritó, y le dijo a Akundi que la odiaba, que la aborrecía, que lamentaba haber nacido si en su destino estaba conocerla. Porque él también se perdería para el mundo, dijo; porque había sido maldito, sin remisión, sin esperanza, y todo por ella...

    Akundi lo miró hablar durante horas, durante la noche entera, en verdad hasta que Manek perdió la voz, por tanto hablar y gritar sin pausa, y cerró la boca.

    Entonces él la vio decir: --Manek, yo soy culpable de mi falta, pero no de la tuya.

    Manek le reprochó, él también en silencio ahora, que lo hubiese distraído.

    --¿Te distraje? --le preguntó Akundi-- Eras tú el que no callaba, el que insistía.

    Manek pensó que debía decir algo, no dejarle a ella la última palabra, y le preguntó, con saña, con toda la malicia de que era capaz, por qué había tardado tanto. Por qué para despedirse había elegido, de entre todas, aquella noche. Y Akundi calló otra vez.

    Pero al cabo le dijo por qué, y Manek deseó, como nunca antes, como nunca después lo desearía, apartarse de todo: cerrar los ojos, dormir, olvidar el mundo y su marcha. Pues Akundi murmuró, sus labios apenas se movieron, y dijo:

    --Porque mi propio pensamiento ya estaba contigo.

    Así supo Manek, como sabía de su perdición, que su propio amor lo había condenado, y que todo aquello, tal vez, era parte de su propio destino, inapelable y fijo desde siempre.

    Entonces se levantó y corrió, corrió hacia ella, con la vista fija en su cara, sin atender al camino que seguía..., loco, sí, lleno de dolor, ciego a las súplicas de Akundi que le rogaba detenerse, aceptar su suerte, no agregar a su ruina la de otros. 

    Así Manek recorrió el Este por segunda vez, sin objeto ni plan en su locura, y la muerte y el dolor lo seguían, llenando a todos de miedo.

    Pero de esto nada más puede decirse, porque aún hoy se recuerda el paso del Maldito en algunos lugares, aparejado a las leyendas más terribles y antiguas, pero Manek no lo supo nunca. Una mañana, despertó y se encontró en las montañas de Urga Kan. Ante sus ojos estaban las murallas de Kadur, más lejos estaba el Gran Desierto, y más lejos aún, entre la arena, su amada, como el primer día. La arena la cubría y la descubría, allá en el horizonte.

    Entonces Manek recobró la razón, o tal vez comprendió que su vida, si estaba en el destino, tenía una forma.

    --Akundi --murmuró.

    Ella alzó la vista y le sonrió, a pesar de todo, porque ya no estaba loco. Él dijo que la amaba, que no deseaba sino estar con ella, y que la maldición se lo impedía.

    --Así que voy a seguir caminando --dijo también.

    --¿Hacia el Desierto? --preguntó ella.

    Manek asintió, y echó a andar otra vez, y pasó cerca de Kadur, sin detenerse, ante la mirada de los vigías de las altas paredes. Nadie lo reconoció porque se había hecho un hombre, alto y delgado, enjuto como un peregrino, de rostro ceñudo y largo andar. 

    Y su alma, si alguien hubiera podido verla, si en verdad el alma tiene aspecto de cosa visible para algunos elegidos, como se dice ahora, su alma, digo, era brillante, ligera, como una llama viva: atemperada por las cenizas del pesar, pero no por la angustia.

    Y llegó al borde de la arena, lo dejó atrás, y avanzó, y siguió avanzando, y otra vez, como antes en la dicha o la congoja, los días se acumularon y se confundieron, porque Manek no se detuvo y fue, fue, fue cada vez más lejos, y empujaba a Akundi con su vista, porque ella siempre estaba allá, lejos, junto con las estrellas y las tormentas. 

    Alguna vez Manek pensó que ella tampoco volvería nunca, ni sería vista más, porque nadie habría después de él con la vista prodigiosa que haría falta para verla allá, tan lejos. Pero ella no decía nada, y Manek siguió adelante, y llegó más allá que nadie antes que él.

    Lo supo una mañana: sus piernas se negaron a sostenerlo, cayó de rodillas, y mientras reposaba, pensando que no debía faltarle mucho, se atrevió a mirar atrás. Y vio que, desde aquel lugar no se veían las tierras del Este. No se veía Kadur. Aun ante sus ojos portentosos sólo había arena y cielo. Estaba en el centro mismo del Desierto, o tal vez, así lo pensó, porque el cansancio y el calor le abrasaban el cuerpo y la cabeza, en un mundo que era todo Desierto, sin señales ni caminos ni fin. Un lugar en el que cualquier punto era igualmente cercano, igualmente lejano de todos los otros, porque en él la distancia no tenía sentido.

    Entonces volvió a mirar hacia adelante, a Akundi, y la vio.

    Y ya no estaba sobre la línea del horizonte.

    Caminaba. Sí, caminaba, hacia él, se acercaba, su figura crecía, y también el espanto de ella, y el de él, porque cada vez estaba más cerca, porque sus pasos hacían más pequeña la distancia.

    Él, como pudo, se levantó. Dio unos pasos, tropezó, volvió a levantarse.

    Y lo ayudaron unas manos suaves, morenas, que lo aferraban como si no creyeran que estuviese allí. Manek levantó su propia mano, áspera, basta, y tocó un rostro.

    Akundi puso una mano sobre la de él.

    Y su voz se oyó áspera, desmañada, porque no la había usado en mucho tiempo.

    --La maldición... --comenzó.

    Y Manek quiso decir algo, preguntar qué había pasado, qué broma o burla horrible del Desierto era aquello, o decir que no lo creía, que no podía ser, que ya estaba muerto.

    Pero poco a poco, mientras sentía en su mano la mano de ella, mientras olía el aroma de su piel, mientras procuraba dominar el estupor y la debilidad, entendió.

    Sólo quien la alcanzara podría salvarla, decía la maldición, y él la había alcanzado. Ahora, como ella, él estaba lejos de todo, para siempre.

    Sintió la arena en su boca, el sabor de la sed, y supo que no podrían salir del Desierto. Miró hacia el sol, como había hecho tantas veces al amanecer, en la torre del oeste, y como siempre tuvo que apartar la vista. Pero al hacerlo vio, ante sí, la cara de Akundi que le sonreía, y Manek pensó que había hecho bien.

    Y supo, plenamente, como antes su amor y su condena, otra verdad: que allí, ante la certeza de la muerte, conocía la paz.

    Para los que recuerden la última parte de la leyenda de Akundi, la que Manek supo de un capitán en una noche de Kadur, diré que muchos, muchos años después, el gran Ganuga, el Valiente, el Esforzado, iba por el Gran Desierto. 

    Ya conocen su misión: hallar el Oeste, que nadie había visto, en el que nadie creía, para cumplir con el designio de Ombara, la primera maga, única hija fiel de Amma, la Madre Primigenia; para encontrar la Piedra de la Noche, la perdida desde la creación del mundo, cuya falta ponía en peligro la unidad de todo lo viviente. Han oído las leyendas y los cantos.

    Pero he aquí algo que ignoran de esa gesta: que Ganuga partió como jefe de una gran expedición, bien armada y pertrechada, y sólo a la mitad del camino se quedó solo: cuando todos sus compañeros hubieron muerto o desertado de vuelta al Este. 

    Entonces Ganuga, sediento, sin comida, erró por el Desierto y estuvo a punto de morir. Pero cuando iba a dejarse caer, cuando iba a rendirse al cansancio y la oscuridad, vio lejos, tan lejos como podía ver, casi en el borde del horizonte, una luz, una luz sobre la arena, el fulgor de una estrella. Pensó que sería agua, siquiera un charco, porque no raleaba ni guiñaba como los espejismos, y reunió fuerzas de donde pudo y avanzó.

    Y al llegar a donde estaba la luz, vio que era el reflejo del sol en dos esqueletos, blanqueados por el viento y los años, abrazados.

    Primero se llenó de ira, porque le pareció un juego cruel de los dioses, o del destino, que así se burlaban de él y de su empeño. Pero luego se sintió intrigado. Los que habían sido aquellos huesos habían llegado a morir allí. Uno había sido mujer, el otro hombre, y estaban abrazados, según le pareció a Ganuga, con ternura. No con miedo, no con rabia. Se habían amado.

    Esto lo hizo pensar. Éste no es el lugar de mi muerte, se dijo, y también: Aunque yazga sólo un poco más lejos, no debo hacerlo aquí, con ellos.

    Y luego: Tengo que continuar.

    Así que levantó la cabeza, y al hacerlo vio otro reflejo, más cercano, tras una duna, y ahora sí: ahora sí era el reflejo del agua.

    Una laguna, una poza oscura y fresca rodeada de palmeras. Un oasis que acababa de aparecer, que no había estado allí un momento antes.

    Y como todos saben el origen de ese milagro, saben también, ahora, cuál el don que Manek y Akundi dieron al mundo, pues gracias a ellos Ganuga no se rindió, y no aceptó la muerte, y así pudo llegar al oasis, descansar, continuar su viaje hacia el Oeste, hacia las aventuras y fatigas que lo esperaban.

    Por eso la historia de la Distante está casi olvidada, como parte diminuta que es de la gran gesta de Ganuga. Y por eso es justo que aquel lugar: el Oasis de Mankune, en el centro mismo del Gran Desierto, se llame así, pues el nombre quiere decir Estrella de la Arena. Como Akundi, la amada de Manek, cuando él la observaba desde su torre en la ciudad de Kadur.