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Sortilegio de Otoño - Joseph von Eichendorff

El caballero Ubaldo, una tranquila tarde de otoño mientras cazaba, se encontró alejado de los suyos, y cabalgaba por los montes desiertos y boscosos cuando vio venir hacia él a un hombre vestido con ropas extrañas. El desconocido no advirtió la presencia del caballero hasta que estuvo delante de él. Ubaldo vio con estupor que vestía un jubón magnífico y muy adornado pero descolorido y pasado de moda. Su rostro era hermoso, aunque pálido, y estaba cubierto por una barba tupida y descuidada.

Los dos se saludaron sorprendidos y Ubaldo explicó que, por desgracia, se encontraba perdido. El sol se había ocultado detrás de los montes y aquel lugar se encontraba lejos de cualquier sitio habitado. El desconocido ofreció entonces al caballero pasar la noche en su compañía. Al día siguiente, añadió, le indicaría la única manera de salir de aquellos bosques. Ubaldo aceptó y le siguió a través de los desiertos desfiladeros.

Pronto llegaron a un elevado risco a cuyo pie se encontraba una espaciosa cueva, en medio de la cual había una piedra y sobre la piedra un crucifijo de madera. Al fondo estaba situada un lecho de hojas secas. Ubaldo ató su caballo a la entrada y, mientras, el huésped trajo en silencio pan y vino. 
 
Después de haberse sentado, el caballero, a quien no le parecían las ropas del desconocido propias de un ermitaño, no pudo por más que preguntarle quién era y qué le había llevado hasta allí.

—No indagues quién soy —respondió secamente el ermitaño, y su rostro se volvió sombrío y severo. Entonces Ubaldo notó que el ermitaño escuchaba con atención y se sumía en profundas meditaciones cuando empezó a contarle algunos viajes y gestas gloriosas que había realizado en su juventud. Finalmente Ubaldo, cansado, se acostó en el lecho de hojas secas que le había ofrecido su huésped y se durmió pronto, mientras el ermitaño se sentaba en el suelo a la entrada de la cueva.

A la mitad de la noche el caballero, turbado por agitados sueños, se despertó sobresaltado y se incorporó. Afuera, la luna bañaba con su clara luz el silencioso perfil de los montes. Delante de la caverna vio al desconocido paseando intranquilo de aquí para allá bajo los grandes árboles. Cantaba con voz profunda una canción de la que Ubaldo sólo consiguió entender estas palabras:
 
Me arrastra fuera de la cueva el temor. 
Me llaman viejas melodías.
Dulce pecado, déjame
O póstrame en el suelo
Frente al embrujo de esta canción,
Ocultándome en las entrañas de la tierra.
¡Dios! Querría suplicarte con fervor,
Mas las imágenes del mundo siempre
Se interponen entre nosotros,
Y el rumor de los bosques
Me llena de terror el alma.
¡Severo Dios, te temo! 
¡Oh, rompe también mis cadenas! 
Para salvar a todos los hombres 
Sufriste tú una amarga muerte. 
Estoy perdido ante las puertas del infierno. 
¡Qué desamparado estoy! 
¡Jesús, ayúdame en mi angustia!
 
Al terminar su canción se sentó sobre una roca y pareció murmurar una imperceptible oración, semejante a una confusa fórmula mágica. El rumor del riachuelo cercano a las montañas y el leve silbido de los abetos se unieron en una misma melodía, y Ubaldo, vencido por el sueño, cayó de nuevo sobre su lecho.

Apenas brillaron los primeros rayos de la mañana a través de las copas de los árboles, cuando el ermitaño se presentó ante el caballero para mostrarle el camino hacia los desfiladeros. Ubaldo montó alegre su caballo y su extraño guía cabalgó en silencio junto a él. 
 
Pronto alcanzaron la cima del monte, y contemplaron la deslumbrante llanura que aparecía súbitamente a sus pies con sus torrentes, ciudades y fortalezas en la hermosa luz de la mañana. El ermitaño pareció especialmente sorprendido:

—¡Ah, qué hermoso es el mundo! —excluyó turbado, cubrió su rostro con ambas manos y se apresuró a adentrarse de nuevo en los bosques. Ubaldo, moviendo la cabeza, tomó el conocido camino que conducía a su castillo.

La curiosidad le empujó de nuevo a buscar aquellas soledades, y, aunque con esfuerzo, consiguió encontrar la cueva, donde el ermitaño le recibió esta vez sombrío y silencioso.

Ubaldo, por el canto nocturno del ermitaño en el primer encuentro, supo que éste quería sinceramente expiar graves pecados, pero le pareció que su espíritu luchaba en vano contra el enemigo, pues en su conducta no existía la alegre confianza de un alma verdaderamente sumisa a la voluntad de Dios, y, con frecuencia, cuando conversaban sentados uno junto al otro, irrumpía una contenida ansiedad terrenal con una fuerza terrible en los extraviados y llameantes ojos de aquel hombre, transformando su fisonomía y dándole un cierto aire salvaje.

Esto impulsó al piadoso caballero a hacer más frecuentes sus visitas para ayudar con todas sus fuerzas a aquel espíritu vacilante. Sin embargo, el ermitaño calló su nombre y su vida anterior durante todo aquel tiempo, y parecía temeroso de su pasado. Pero, con cada visita se tornaba más apacible y confiado. Así, finalmente consiguió el buen caballero convencerle para que le acompañara a su castillo.

Ya había anochecido cuando llegaron a la fortaleza. El caballero Ubaldo ordenó encender un hermoso fuego en la chimenea e hizo traer el mejor vino de cuantos tenía. Era la primera vez que el ermitaño parecía encontrarse a gusto. Observaba muy atentamente una espada y otras armas que, colgadas en la pared, reflejaban los destellos de la lumbre, y luego contemplaba silenciosamente al caballero.

—Vos sois feliz —dijo—, y veo vuestra firme y gallarda figura con verdadero temor y profundo respeto; vive sin que os conmueva la alegría ni el dolor, y domina con serena tranquilidad la vida, al igual que un navegante que sabe manejar el timón, y no se deja confundir con el maravilloso canto de las sirenas. Junto a usted me he sentido muchas veces como un necio cobarde o como un loco. Hay personas embriagadas de vida. ¡Qué terrible es volver de nuevo a la sobriedad!

Ubaldo, que no quería desaprovechar aquel desacostumbrado comportamiento de su huésped, le insistió con entusiasmo para que le revelara la historia de su vida. El ermitaño se quedó pensativo.

—Si me promete —dijo finalmente— mantener eternamente en secreto lo que voy a contarle y me permite omitir los nombres, lo haré.

El caballero levantó su mano en señal de juramento y llamó a continuación a su mujer, de cuyo silencio respondía, para que participase junto con él de la historia tan ansiosamente esperada.

Ésta apareció con un niño en sus brazos y llevando a otro de la mano. Era alta y de hermosa figura en su floreciente juventud, silenciosa y dulce como el crepúsculo, reflejando en los encantadores niños su propia belleza. 
 
El huésped se sintió profundamente confundido al verla. Abrió bruscamente la ventana y, pensativo, detuvo su mirada unos instantes en el bosque oscurecido. Tranquilizado, volvió junto a ellos, se sentaron alrededor del fuego y empezó a hablar de la siguiente manera:

«El tibio sol del otoño se levantaba sobre la niebla azul que cubría los valles cercanos a mi castillo. La música había callado, la fiesta terminaba y los animados invitados se dispersaban. Era una fiesta de despedida que yo ofrecía a mi más querido amigo, que aquel día, con su hueste, se había armado de la Santa Cruz para unirse al ejército cristiano en la conquista de Tierra Santa. 
 
«Desde nuestra más temprana juventud era esta empresa nuestra única meta, el único deseo y la única esperanza de nuestros sueños de adolescencia. Aún hoy recuerdo con indescriptible nostalgia aquel tiempo tranquilo como la mañana, cuando, sentados bajo los altos tilos de mi castillo, seguíamos con la imaginación las nubes navegantes hacia aquella tierra bendita, donde Godofredo y otros héroes vivían y combatían en el claro esplendor de la gloria. Pero, ¡qué pronto cambió todo en mí!

«Una doncella, flor de toda belleza, que había visto muy poco y de la cual, sin que ella lo supiera, estaba perdidamente enamorado, me retenía en la cárcel silenciosa de estas montañas. Sí, yo era lo bastante fuerte para luchar, pero no tuve el valor de alejarme, y dejé marchar solo al amigo.

«También la doncella había participado en la fiesta y yo había sucumbido al esplendor de su hermosura. Al alba, cuando ella iba a despedirse y yo la ayudaba a montar en su caballo, tuve el valor de confesarle que, si era su voluntad, renunciaría a mi empresa. Ella no dijo nada y me miró fijamente, casi con horror, y salió al galope».

Oyendo estas palabras, Ubaldo y su mujer se miraron sin ocultar su asombro. Pero el huésped no lo advirtió y siguió su relato:

«Todos se habían ido. Los rayos del sol, a través de las altas ventanas ojivales, entraban en los salones vacíos, donde sólo resonaban mis pasos. Permanecí largo tiempo asomado al mirador; del silencioso bosque llegaban los acompasados golpes de las hachas de los leñadores. Tan grande era mi soledad, que, en un momento, se apoderó de mí una indescriptible ansiedad. No pude soportarlo: monté sobre mi caballo y salí de caza para aliviar mi oprimido corazón.

«Erré durante mucho tiempo y, finalmente, me encontré perdido en un paraje desconocido entre las montañas. Cabalgaba pensativo, con mi halcón en la mano a través de un prado maravilloso que acariciaban los oblicuos rayos del sol poniente. Las nubes otoñales se movían ligeras en el aire azul y sobre las montañas se oían los cantos de adiós de los pájaros migratorios.

«De repente llegó a mis oídos el sonido de varios cuernos de caza que parecían responderse unos a otros desde las cimas. Algunas voces los acompañaban con un canto. Hasta entonces, ninguna melodía me había conmovido de tal manera, y, aún hoy, recuerdo algunas de sus estrofas, que llegaban a mí a través del viento:

Por lo alto, en bandadas amarillas y rojas
Se van los pájaros volando.
Los pensamientos vagan sin consuelo
¡Ay de mí, que no encuentran refugio!
Y las oscuras quejas de los cuernos,
Golpean el corazón solitario.
¿Ves el perfil de los azules montes
Que se yergue a lo lejos sobre los bosques,
Y los arroyos que en el valle silencioso,
Se alejan susurrantes?
Nubes, arroyos, pájaros ruidosos:
Todo se junta allá a lo lejos.
Mis rizos de oro ondean
Y florece mi joven cuerpo dulcemente.
Pronto sucumbe la belleza;
Igual que el esplendor se apaga del verano
Debe la juventud inclinar sus flores.
Callan alrededor todos los cuernos.
Esbeltos brazos para abrazar,
Y roja boca para el dulce beso,
El cobijo del blanco seno,
Y el cálido saludo de amor,
Te ofrece el eco de los cuernos de caza.  
Dulce amor, ven, antes de que callen.

«Yo estaba confundido con aquella melodía que había conmovido mi corazón. Mi halcón, tan pronto como oyó las primeras notas, se intranquilizó, para después desaparecer en el aire y no volver más. Yo, sin embargo, incapaz de resistir, seguí oyendo aquella seductora melodía que confusa, unas veces se alejaba y, otras, llevada por el viento, parecía acercarse.
 
«Finalmente salí del bosque y divisé delante de mí, sobre la cumbre de una montaña, un majestuoso castillo. Desde arriba hasta el bosque, sonreía un bellísimo jardín, repleto de todos los colores, que rodeaba al castillo como un anillo mágico. 
 
«Todos los árboles y los setos, encendidos por los tonos violentos del otoño, aparecían purpúreos, amarillos oro y rojos fuego. Altos áster, las últimas estrellas del verano, brillaban allí con múltiples destellos. El sol poniente derramaba sus últimos rayos sobre aquella deliciosa altura, reflejando sus deslumbrantes llamas en las ventanas y en las fuentes.

«Me di cuenta entonces de que el sonido de los cuernos de caza que había escuchado poco antes provenía de este jardín. Vi con espanto, en medio de tanta magnificencia, bajo los emparrados, a la doncella de mis sueños, que paseaba cantando la misma melodía. Al verme calló, pero los cuernos de caza seguían sonando. Hermosos muchachos, vestidos de seda, se acercaron a mí y me ayudaron a desmontar.

«Pasé a través del arco ligero y dorado de la cancela, directo hacia la explanada del jardín, donde se encontraba mi amada y caí a sus pies, vencido por tanta belleza. Llevaba un vestido rojo oscuro; largos velos transparentes cubrían sus rizos dorados, que una diadema de piedras preciosas sujetaba sobre la frente.

«Me ayudó a levantarme amorosamente y, con voz entrecortada por el amor y el dolor, me dijo:

«—¡Cuánto te amo, hermoso e infeliz joven! Desde hace mucho tiempo te amo, y cuando el otoño inicia su fiesta misteriosa despierta mi deseo con nueva e irresistible fuerza. ¡Infeliz! ¿Cómo has llegado a la esfera de mi canción? Déjame y vete.

«Al oír estas palabras fui presa de un gran temblor y le supliqué que me hablara y se explicase. Pero ella no respondió, y recorrimos silenciosos, uno al lado del otro, el jardín.

«Mientras tanto, había oscurecido y el aspecto de la doncella se había tornado grave y majestuoso.

«—Debes saber —dijo— que tu amigo de la infancia, el cual hoy se ha despedido de ti, es un traidor. He sido obligada a ser su prometida. Sólo por celos te ha ocultado su amor. No ha partido hacia Palestina: mañana vendrá para llevarme a un castillo lejano donde estaré eternamente oculta a la mirada de todos. Ahora debo irme. Sólo nos volveremos a ver si él muere.

«Dicho esto, me besó en los labios y desapareció en las oscuras galerías. Una gema de su diadema heló mi vista, y su beso estremeció mis venas con un tembloroso deleite.

«Medité con terror las espantosas palabras que, al despedirse, había vertido como un veneno en mi sangre. Vagué pensativo mucho tiempo por los solitarios senderos. Finalmente, cansado, me eché sobre los escalones de piedra de la puerta del castillo. Los cuernos de caza sonaban todavía, y me dormí combatido por extraños pensamientos.

«Cuando abrí los ojos, ya había amanecido. Las puertas y las ventanas del castillo estaban cerradas, y el jardín, silencioso. En aquella soledad, con los nuevos y hermosos colores de la mañana, se despertaban en mi corazón la imagen de mi amada y todo el sortilegio de la víspera, y yo me sentía feliz sabiéndome amado y correspondido. A veces, al recordar aquellas terribles palabras, quería huir lejos de allí, pero aquel beso ardía aún en mis labios y no podía hacerlo.

«El aire era cálido, casi sofocante, como si el verano quisiera volver sobre sus propios pasos. Recorrí el bosque cercano para distraerme con la caza. De improviso vislumbré en la copa de un árbol un pájaro con un plumaje tan maravilloso como jamás lo había visto. Cuando tensé el arco para lanzar la flecha, voló hacia otro árbol. Lo perseguí ávidamente, pero el pájaro seguía saltando de copa en copa, mientras sus alas doradas reflejaban la luz del sol.

«Así, fui a parar a un estrecho valle, flanqueado por escarpados riscos. Allí no llegaba la fría brisa y todo estaba todavía verde y florido como en el verano. Del centro del valle salía un canto embriagador. Sorprendido, aparté las ramas de los tupidos matorrales y mis ojos se cegaron ante el hechizo que se manifestó delante de mí.

«En medio de las altas rocas había un apacible lago circundado de hiedra y juncos. Muchas doncellas bañaban sus hermosos miembros en las tibias ondas. Entre ellas se encontraba mi hermosísima amada sin velos, que, silenciosa, mientras las otras cantaban, miraba fijamente el agua, que cubría sus tobillos, como encantada y absorta en su propia belleza reflejada en el agua. Permanecí durante un tiempo mirando de lejos, inmóvil y tembloroso. De golpe, el hermoso grupo salió del agua, y me apresuré para no ser descubierto.

«Me refugié en lo más profundo del bosque para apaciguar las llamas que abrasaban mi corazón. Pero cuanto más lejos huía tanto más viva se agitaba delante de mis ojos la visión de aquellos miembros juveniles.

«La noche me alcanzó en el bosque. El cielo se había oscurecido y una tremenda tormenta apareció sobre los montes. "Sólo nos volveremos a ver si él muere", repetía para mí, mientras huía como si me persiguieran fantasmas.

«A veces me parecía oír a mi flanco estrépito de caballos, pero yo huía de toda mirada humana y de todo rumor que pareciera acercarse. Al cabo, cuando llegué a una cima, vi a lo lejos el castillo de mi amada. Los cuernos de caza sonaban como siempre, el esplendor de las luces irradiaba como una tenue luz de luna a través de las ventanas, iluminando alrededor mágicamente los árboles y las flores cercanas, mientras todo el resto del paraje luchaba en la tormenta y la oscuridad.

«Finalmente, incapaz casi de dominar mis facultades, escalé una alta roca, a cuyos pies pasaba un ruidoso torrente. Llegado a la cima divisé una sombra oscura que, sentada sobre una piedra, silenciosa e inmóvil, parecía ella misma también de piedra. Rasgadas nubes huían por el cielo. Una luna color sangre apareció por un instante, reconocí entonces a mi amigo, el prometido de mi amada.

«Apenas me vio, se levantó apresuradamente. Temblé de arriba abajo. Entonces le vi empuñar su espada. Colérico, me lancé contra él y lo agarré. Luchamos unos instantes y luego lo despeñé.

«De repente el silencio se hizo terrible. Sólo el torrente rugió más fuerte como si sepultase eternamente mi pasado en medio del fragor de sus ondas turbulentas.

«Me alejé velozmente de aquel horrible lugar. Entonces me pareció oír a mis espaldas una carcajada aguda y perversa que venía de las copas de los árboles. Al mismo tiempo creí ver en la confusión de mis sentidos, al pájaro que poco antes había perseguido. Me precipité lleno de espanto, a través del bosque, y salté el muro del jardín. Con todas mis fuerzas llamé a las puertas del castillo:

«—¡Abre —gritaba fuera de mí—, ¡abre, he matado al hermano de mi corazón! ¡Ahora eres mía en la tierra y en el infierno!

«La puerta se abrió y la doncella, más hermosa que nunca, se echó contra mi pecho, destrozado por tantas tormentas, y me cubrió de ardientes besos.

«No os hablaré de la magnificencia de las salas, de la fragancia de exóticas y maravillosas flores, entre las cuales cantaban hermosas doncellas, de los torrentes de luz y de música, del placer salvaje e inefable que gusté entre los brazos de la doncella».

En este punto, el ermitaño dejó de hablar. Fuera se oía una extraña canción. Eran pocas notas: ora semejaban una voz humana, ora la voz aguda de un clarinete, cuando el viento soplaba sobre los lejanos montes, encogiendo el corazón.

—Tranquilícense —dijo el caballero—. Estamos acostumbrados a esto desde hace tiempo. Se dice que en los bosques vecinos existe un sortilegio. Muchas veces, en las noches de otoño, esta música llega hasta nuestro castillo. Pero igual que se acerca, se aleja y no nos preocupamos de ello.

Sin embargo, un estremecimiento sobrecogió el corazón de Ubaldo y sólo con esfuerzo consiguió dominarse. Ya no se oía la música. El huésped, sentado, callaba, perdido en profundos pensamientos. Su espíritu vagaba lejos. Después de una larga pausa volvió en sí y retomó su narración, aunque no con la calma de antes:

«Observé que, a veces, la doncella, en medio de todo aquel esplendor, caía en una invencible melancolía cuando veía desde el castillo que el otoño iba a despedirse. Pero bastaba un sueño profundo para que se calmase, y su rostro maravilloso, el jardín y todo el paraje me parecían, a la mañana, frescos y como recién creados.

«Una vez, mientras estaba junto a ella asomado a la ventana, noté que mi amada estaba más triste y silenciosa que de costumbre. Fuera, en el jardín, el viento del invierno jugaba con las hojas caídas. Advertí que mientras miraba el paisaje palidecía y temblaba. Todas sus damas se habían ido, las canciones de los cuernos de caza sonaban aquel día en una lejanía infinita, hasta que, finalmente, callaron. Los ojos de mi amada habían perdido su esplendor, casi hasta apagarse. 
 
«El sol se ocultó detrás de los montes, e iluminó con un último fulgor el jardín y los valles. De repente, la doncella me apretó entre sus brazos y comenzó una extraña canción, que yo no había oído hasta entonces y resonaba en toda la estancia con melancólicos acordes. Yo escuchaba embelesado. Era como si aquella melodía me empujase hacia abajo junto con el ocaso. Mis ojos se cerraron involuntariamente: caí adormecido y soñé.

«Cuando me desperté ya era de noche. Un gran silencio reinaba en todo el castillo y la luna brillaba muy clara. Mi amada dormía a mi lado sobre un lecho de seda. La observé con asombro: estaba pálida, como muerta. Sus rizos caían desordenadamente como enredados por el viento, sobre su rostro y su pecho. Todo lo demás, a mi alrededor, permanecía intacto; igual que cuando me había dormido. Me parecía, sin embargo, como si hubiera pasado mucho tiempo. 
 
«Me acerqué a la ventana abierta. Todo lo de fuera me pareció distinto de lo que siempre había visto. El rumor de los árboles era misterioso. De repente vi junto a la muralla del castillo a dos hombres que murmuraban frases oscuras, y se inclinaban curvándose el uno hacia el otro como si quisieran tejer una tela de araña. No entendí nada de lo que hablaban: sólo oía de vez en cuando pronunciar mi nombre. 
 
«Me volví a mirar la imagen de la doncella que palidecía aún más en la claridad de la luna. Me pareció una estatua de piedra, hermosa, pero fría como la muerte e inmóvil. Sobre su plácido seno brillaba una piedra similar al ojo del basilisco y su boca estaba extrañamente desfigurada.

«Entonces se apoderó de mí un terror como nunca había sentido. Huí de la alcoba y me precipité a través de los desiertos salones, donde todo el esplendor se había apagado. Cuando salí del castillo vi a los dos desconocidos dejar lo que estaban haciendo y quedarse rígidos y silenciosos como estatuas. 
 
«Había al pie del monte un lago solitario, a cuyo alrededor algunas doncellas con túnicas blancas como la nieve cantaban maravillosamente, a la vez que parecían entretenidas en extender sobre el prado extrañas telas de araña a la luz de la luna. Aquella visión y aquel canto aumentaron mi terror. Salté aprisa el muro del jardín. Las nubes pasaban rápidas por el cielo, las hojas de los árboles susurraban a mis espaldas, y corrí sin aliento.

«Poco a poco la noche se fue haciendo más callada y tibia; los ruiseñores cantaban entre los arbustos. Abajo, en el fondo del valle, se oían voces humanas, y viejos y olvidados recuerdos volvieron a amanecer en mi corazón apagado, mientras, ante mí, se levantaba sobre las montañas una hermosa alba de primavera.

«—¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? —exclamé con asombro. No sabía qué me había pasado—. El otoño y el invierno han transcurrido. La primavera ilumina nuevamente el mundo. Dios mío, ¿dónde he permanecido tanto tiempo?

«Finalmente alcancé la cima de la última montaña. Salía un sol espléndido. Un estremecimiento de placer recorrió la tierra; brillaron los torrentes y los castillos; los tranquilos y alegres hombres preparaban sus trabajos cotidianos; incontables alondras volaban jubilosas. Caí de rodillas y lloré amargamente mi vida perdida.

«No comprendí, y aún hoy no lo comprendo, cómo había sucedido todo. Me propuse no bajar más al alegre e inocente mundo con este corazón lleno de pecados y de desenfrenada ansiedad. Decidí sepultarme vivo en un lugar desolado, invocar el perdón del cielo y no volver a ver las casas de los hombres antes de haber lavado con lágrimas de cálido arrepentimiento mis pecados, lo único que en mi pasado era claro para mí.
 
«Así viví todo un año hasta que me encontré con usted. Cada día elevaba ardientes plegarias y a veces me pareció haber superado todo y haber encontrado la gracia de Dios, pero era una falsa ilusión que luego desaparecía. Sólo cuando el otoño extendía de nuevo su maravillosa red de colores sobre el monte y el valle, llegaban de nuevo del bosque cantos muy conocidos. Penetraban en mi soledad, y oscuras voces respondían dentro de mí. 
 
«El sonido de las campanas de la lejana catedral me espanta cuando, en las claras mañanas de domingo, vuela sobre las montañas y llega hasta mí como si buscara en mi pecho el antiguo y callado reino del Dios de la infancia, que ya no existe. 
 
«Sepan que en el corazón de los hombres hay un reino encantado y oscuro, en el cual brillan cristales, rubíes y todas las piedras preciosas de las profundidades con amorosa y estremecedora mirada, y tú no sabes de dónde vienen ni adónde van. La belleza de la vida terrenal se filtra resplandeciendo como en el crepúsculo y las invisibles fuentes, arremolinándose, murmuran melancólicas, todo te arrastra hacia abajo, eternamente hacia abajo».

—¡Pobre Raimundo! —exclamó el caballero Ubaldo, que había escuchado con profunda emoción al ermitaño, absorto e inmerso en su relato.

—¡Por Dios! ¿Quién es que conoce mi nombre? —preguntó el ermitaño levantándose como herido por un rayo.

—Dios mío —respondió el caballero abrazando con afecto al tembloroso ermitaño—. ¿Es que no me reconoces? Yo soy tu viejo y fiel hermano de armas, Ubaldo, y ésta es tu Berta, a la que amabas en secreto y a la que ayudaste a montar a caballo después de la fiesta en el castillo. El tiempo y una vida venturosa han desdibujado nuestro aspecto de entonces. 
 
Te he reconocido sólo cuando comenzaste a relatar tu historia. Jamás he estado en un paraje como el que tú describes y nunca he luchado contigo en el acantilado. Inmediatamente después de aquella fiesta salí para Palestina, donde combatí varios años, y, a mi vuelta, la hermosa Berta se convirtió en mi esposa. 
 
Ella tampoco te ha visto jamás después de aquella fiesta, y todo lo que has contado es una vana fantasía. Un malvado sortilegio, que despierta cada otoño y desaparece después, te ha tenido, mi pobre Raimundo, encadenado con juegos engañosos durante muchos años. Los días han sido meses para ti. Cuando volví de Tierra Santa nadie supo decirme dónde estabas y todos te creíamos perdido.

A causa de su alegría, Ubaldo no se dio cuenta de que su amigo temblaba cada vez más fuertemente a cada una de sus palabras. Raimundo les miraba a él y a su esposa con ojos extraviados. De repente reconoció a su amigo y a la amada de su juventud, iluminados por la crepitante llama de la chimenea.

—¡Perdido, todo perdido! —exclamó trágicamente. Se separó de los brazos de Ubaldo y huyó velozmente en la noche hacia el bosque.

—Sí, todo está perdido, y mi amor y toda mi vida no son más que una larga ilusión —decía para sí mientras corría, hasta que las luces del castillo de Ubaldo desaparecieron a sus espaldas. Involuntariamente, se había dirigido hacia su propio castillo, al que llegó cuando amanecía.

Había amanecido de nuevo un claro día de otoño, como aquel de muchos años antes, cuando se había marchado del castillo. El recuerdo de aquel tiempo y el dolor por el perdido esplendor de la gloria de su juventud se apoderaron de toda su alma. Los altos tilos del jardín susurraban como antaño, pero la desolación reinaba por todos lados y el viento silbaba a través de los arcos en ruinas.

Entró en el jardín. Estaba desierto y destruido. Sólo algunas flores tardías brillaban acá y allá sobre la hierba amarillenta. Sobre una rama un pájaro cantaba una maravillosa canción que llenaba el corazón de una gran nostalgia.

Era la misma melodía que oyera junto a las ventanas del castillo de Ubaldo. Con terror reconoció también al hermoso y dorado pájaro del bosque encantado. Asomado a una ventana del castillo había un hombre alto, pálido y manchado de sangre. Era la imagen de Ubaldo.

Horrorizado, Raimundo alejó la mirada de esa visión y fijó los ojos en la claridad de la mañana. De repente, vio avanzar por el valle a la hermosa doncella a lomos de un brioso corcel. Estaba en la flor de su juventud. Plateados hilos del verano flotaban a sus espaldas; la gema de su diadema arrojaba desde su frente rayos de verde oro sobre la llanura.

Raimundo, enloquecido, salió del jardín y persiguió a la dulce figura, precedido del extraño canto del pájaro.

A medida que avanzaba, la canción se transformaba en la vieja melodía del cuerno de caza, que en otro tiempo le sedujera.

Mis rizos de oro ondean
Y florece mi joven cuerpo dulcemente,

oyó, como si fuera un eco en la lejanía...

Y los arroyos que en el valle silencioso,
Se alejan susurrantes.

Su castillo, las montañas, y el mundo entero, todo se hundió a sus espaldas.

Y el cálido saludo de amor,
Te ofrece el eco de los cuernos de caza.
¡Dulce amor, ven antes de que callen!
resonó una vez más.

Vencido por la locura, el pobre Raimundo siguió tras la melodía por lo profundo del bosque. Desde entonces nadie le ha vuelto a ver.

La renta espectral - Henry James (Parte 2)

Durante varios días, pregunté discretamente a varias personas de confianza si conocían a un tal capitán Diamond. Ninguna de ellas había oído hablar nunca de él. De repente caí en la cuenta de que disponía de una fuente donde podría informarme, quizá, sobre el extraño viejecillo. 

Aquella excelente persona me había obsequiado en su mesa en numerosas ocasiones, y solía dispensar su hospitalidad a los estudiantes, a veces durante toda una semana. Tenía una hermana, tan bondadosa como él, de una conversación tan amena y variada que era un verdadero placer hablar con ella. 

Era conocida como miss Deborah, una vieja criada en el sentido más amplio del término. Tenía el cuerpo deforme y nunca salía de su casa; se pasaba todo el día sentada junto a la ventana, entre una jaula de pájaros y una maceta de flores, haciendo pequeñas labores en tela —unas misteriosas bandas y volantes—. Me constaba que era una virtuosa con la aguja, pues sus trabajos eran pagados a muy alto precio en toda la comarca. 

Por lo demás, era una mujer observadora en extremo, y no se le escapaba ningún detalle de todo lo que pasaba dentro y fuera de su casa. Le gustaba charlar con quienes le eran simpáticos. En efecto, nada le agradaba más que el que una persona —sobre todo si era un estudiante de teología— se sentara a su lado junto a la ventana y conversara con ella durante veinte minutos.

«¿Y qué, amigo mío, cuál es la última monstruosidad en crítica sobre los textos bíblicos?», acostumbraba decir siempre esta buena señora, pues se horrorizaba al comprobar que aquella época se caracterizaba por su extremado racionalismo. Pero, en su fuero interno, aquella excelente dama era un auténtico filósofo, y me constaba que era más racionalista que cualquiera de nosotros. 

Estaba seguro de que, si se lo hubiera propuesto, habría planteado más de una pregunta a problemas a los que, a la mayoría de los estudiantes de teología, nos habría costado trabajo responder. Desde su ventana se dominaba todo el pueblo, o más bien todo el campo. Se enteraba de todo lo que pasaba mientras cosía junto a su soleada ventana, hamacándose en una pequeña mecedora. 

Era la primera en enterarse de cualquier cosa y la última en olvidarla. Conocía todos los chismorreos del pueblo y sabía muchas cosas de gente que nunca había visto siquiera. Cuando en cierta ocasión le pregunté cómo sabía tantas cosas, me contestó: «¡Oh, es que estoy siempre mirando!»

—Solo tiene usted que observar detenidamente todo lo que sucede a su alrededor —me dijo—, y con ello ya tiene bastante, no importa dónde se encuentre. La única cosa que necesita es tener algo con qué comenzar; lo demás ya viene rodando; una cosa conduce a otra, y todo está vinculado. Enciérreme usted en una habitación oscura, y a la media hora podré decirle cuáles son las partes más oscuras de la misma. Y después de esto, soy capaz de indicarle, si me da tiempo, lo que cenará esta noche el presidente de los Estados Unidos de América.

En cierta ocasión, con el fin de halagarla, hice el siguiente comentario:

—Sus observaciones son tan finas como sus agujas, y sus conclusiones tan hermosas como sus bordados.

Inútil decir que miss Deborah conocía la historia del capitán Diamond. Se había hablado mucho de él hacía ya bastantes años, pero el capitán sobrevivió al escándalo en que se vio envuelto su nombre.

—¿Qué escándalo fue ese? —le pregunté.

—Mató a su hija.

—¿Mató a su propia hija? —exclamé horrorizado—. ¿Cómo lo hizo?

—¡Oh, no fue con una pistola, ni con un puñal, ni con una dosis de arsénico! La mató con su lengua. ¡Ya conoce usted lo que es la lengua de un humano! El capitán Diamond la imprecó con algún horrible juramento... y pocos días después, moría su hija.

—¿Qué hizo su hija?

—Recibió en su casa a un joven que la amaba —contestó miss Deborah bajando la voz—, y a quien su padre había prohibido la entrada.

—¿La casa? —murmuré—. ¡Ah, sí! Esa casa que está en las afueras del pueblo, a dos o tres millas de aquí, en el cruce solitario de un camino.

Miss Deborah levantó inmediatamente sus ojos, mientras cortaba el hilo con sus dientes.

—¿Conoce usted esa casa? —preguntó.

—Un poco —repuse—. La he visto. Pero quiero que me cuente más cosas.

Mas al oír mis palabras, miss Deborah adoptó un mutismo muy impropio en ella, una mujer tan charlatana.

—¿Me promete que no me calificará de supersticiosa si le digo una cosa? —dijo miss Deborah.

—¿Supersticiosa usted? Vamos, por Dios, es la persona más sensata que he conocido en toda mi vida.

—Pues bien, cada paño tiene su descosido, y cada aguja su grano de moho. Si he de ser sincera, no me gusta hablar de esa casa; no, no me gusta.

—Hágalo, por favor —respondí—; no puede imaginarse lo mucho que ha excitado mi curiosidad.

—Sí, ya lo veo, no hace falta que me lo diga, pero me pone nerviosa referirme a este tema.

—¿Qué daño puede hacerle el hablar de una cosa como esta? —contesté, animándola a proseguir.

—A una amiga mía le hizo mucho daño —respondió miss Deborah, moviendo la cabeza.

—¿Qué hizo su amiga?

—Me contó el secreto del capitán Diamond, quien le había advertido que no se lo dijera a nadie. El capitán estimaba mucho a esta amiga mía y por ello le hizo aquella confidencia. Le previno que si lo divulgaba, desobedeciendo su advertencia, algo horriblemente espantoso le sucedería.

—¿Y qué le pasó a su amiga?

—Murió.

—Todos somos mortales, mi querida amiga. ¿Acaso le hizo ella alguna promesa?

—Mi amiga no se tomó en serio las palabras del capitán, no creyó en ellas. Me contó toda la historia con pelos y detalles, y tres días después se le inflamaron los pulmones. Un mes después, aquí, junto a esta misma ventana, le cosí la mortaja. Desde entonces, no he vuelto a referirme a esa historia.

—¿Era una historia muy extraña? —pregunté.

—Sí, era muy extraña, muy misteriosa, pero, a la vez, algo ridícula. Sí, se trataba de un relato que hacía reír y estremecerse al mismo tiempo. Pero no pienso decirle nada. Estoy segura de que, si se la contara, me pincharía con la aguja en un dedo y a la semana siguiente moriría de tétanos.

Al oír sus palabras, consideré que no debía insistir más, me despedí de ella y me marché. Pero cada dos o tres días venía a visitarla después de la comida de mediodía, y me sentaba junto a su mecedora. No hice más alusiones al capitán Diamond, limitándome a cortar trocitos de tela con sus tijeras. Hasta que un día, miss Deborah me dijo que tenía mal aspecto y que estaba muy pálido, preguntándome si me encontraba enfermo.

—Sí, lo estoy: me estoy muriendo de curiosidad —repuse, con cierta astucia—. He perdido por completo el apetito, y hoy aún no he comido.

—Pues acuérdese de la esposa de Barba Azul —dijo, con cierta ironía en sus palabras.

Como miss Deborah permanecía callada, me levanté con aire melodramático y me dirigí hacia la salida, dándole las buenas tardes. Pero al abrir la puerta, la señora me llamó e indicó con un gesto la silla que acababa de abandonar.

—Nunca he tenido un corazón duro —dijo—. Vamos, siéntese y le contaré toda la historia. Y de este modo, si hay que morir, lo haremos los dos juntos.

En breves palabras me contó lo que sabía del secreto del capitán Diamond.

—Era un hombre muy duro, y aunque amaba con locura a su hija, su voluntad era ley. Había escogido un marido para ella, comunicándole su elección. Su madre había muerto, y ambos vivían solos en aquella casa, que había aportado como dote su difunta esposa; el capitán no tenía un céntimo. Después de casarse, ambos se vinieron a vivir a esa mansión, y el capitán se dedicó a sus tierras. 

El pobre enamorado de su hija era un joven de Boston, con un bigote de puntas. Una tarde llegó de improviso el capitán y los encontró juntos; con feos modales expulsó al joven de la casa y luego imprecó a la pobre chica con un terrible juramento. Pero el joven se volvió y le gritó al capitán que su hija era su esposa. 

Luego, dirigiéndose a ella, le exigió que corroborara lo que acababa de decir, pero la joven, aterrorizada, dijo que no era cierto. Entonces el capitán, enfurecióse más aún, repitió su maldición, la echó de la casa y la repudió para siempre. Luego el capitán se marchó del lugar.

Cuando regresó unas horas más tarde, encontró su hogar vacío. Sobre la mesa había una nota del joven enamorado, la que le decía que había matado a su hija, repetía una vez más que era su esposa y que se había reservado el derecho de enterrarla él mismo, por lo que se había llevado su cuerpo en un calesín. 

El capitán Diamond escribió una carta diciéndole que no creía que su hija estuviera muerta, pero que de todos modos, para él, sí lo estaba. Una semana más tarde, a eso de la medianoche, el capitán vio el fantasma. Supongo que entonces se convenció de su muerte. El espíritu reapareció varias veces, y, finalmente, frecuentó con regularidad la mansión. Esto amargó la vida del capitán, y la pasión que siempre había sentido por su hija dio paso a una gran pesadumbre y profunda aflicción. 

Al fin decidió abandonar el lugar, tratando de alquilarlo o venderlo, pero como la historia se había hecho del dominio público y algunas personas sostenían que habían visto al fantasma de su hija, y otras historias a cada cual más tétrica, nadie se atrevió a cerrar trato. 

Aquella casa, junto con las tierras, eran los únicos bienes que poseía el capitán, por lo que, si no podía venderlos ni alquilarlos, como tampoco habitar en ellos, no le quedaba otra alternativa que vivir de las limosnas.

Pero el fantasma de su hija no tuvo piedad de su padre, igual que él nunca la tuvo de ella y de su enamorado. Durante seis meses el capitán ocupó aquella casa mortificado por las frecuentes visitas del espectro de su hija, pero al fin ya no pudo soportarlo más. Cogió su vieja capa azul, recogió las cosas más imprescindibles y decidió acabar sus días mendigando su pan. Cuando se disponía a abandonar la casa, el fantasma de su hija cedió y le hizo una proposición. 

«Déjame la casa —dijo—; la he marcado con las tristes huellas de mi desgraciado destino. Márchate y vete a vivir a otro sitio. Mas para que tengas dinero con el cual subsistir, yo seré tu inquilina, dado que nadie se atreve a serlo, y te pagaré una renta por su alquiler». ¡Una renta espectral! Entonces el fantasma fijó una cantidad. El anciano la aprobó, y cada trimestre va a la casa a recogerla.

Me eché a reír al escuchar este relato, mas también debo confesar que me estremecí, ya que aquello corroboraba lo que había observado con mis propios ojos. ¿Acaso no había sido testigo de aquellas visitas trimestrales del capitán Diamond? 

Desde luego, yo no había visto al espectral inquilino contar el dinero y entregárselo a su padre, pero sí había visto cómo el anciano, al salir de la casa, ocultaba una bolsa de dinero en uno de los bolsillos de su raída capa azul. No dije nada de todo esto a miss Deborah, ya que temía que, de hacerlo, se horrorizaría. Así pues, decidí esperar a resolver todo este misterioso asunto, y luego tener el placer personal de relatárselo todo a la anciana señora.

—¿No tenía más bienes el capitán? —pregunté—. Otros medios de subsistencia, quiero decir.

—Nada en absoluto. No contaba con nada, absolutamente nada, excepto la renta que paga el espectro de su hija. ¡Una casa embrujada, habitada por un fantasma, es una propiedad de mucho valor!

—¿Con qué clase de moneda —pregunté sonriéndome— paga el fantasma?

—Con auténticas monedas de oro y plata de los Estados Unidos. Este dinero solo tiene una peculiaridad: está acuñado en una fecha anterior a la muerte de su hija. Como verá —prosiguió miss Deborah—, es una extraña mezcla de materia y espíritu.

—¿Es dadivoso el fantasma? ¿Es muy alta la renta que le paga al capitán?

—No lo sé; debe ser una buena cantidad, ya que el capitán Diamond vive con holgura, tiene una casita al borde del río con un jardín en la parte posterior, fuma todas las pipas que quiere y nunca le faltan unos chelines para tomarse sus buenas jarras de cerveza. En ese lugar está pasando los años que le restan de vida, con una sirvienta negra que hace las faenas hogareñas. 

Hace algunos años acostumbraba visitar con frecuencia el pueblo, donde era una persona conocida por todo el mundo, pese a que la mayoría de la gente conocía su triste leyenda. Pero últimamente se encerró en su casita, como un caracol en su concha, y allí pasa los días, sentado junto a la chimenea, olvidado por todos los habitantes del pueblo. Pero creo que su conducta presente obedece más bien a que ya ha entrado en esa edad de la chochería, a la que todos llegaremos cuando tengamos sus años. 

En lo que respecta a sus facultades físicas, estoy convencida de que aún tiene la suficiente agilidad y fuerza como para caminar hasta su vieja mansión y recoger, cada trimestre, la renta del fantasma. Aunque también es cierto, según creo recordar, que una de las condiciones que el espectro de su hija le impuso, el día que llegaron a aquel acuerdo, era que debía ir personalmente a recoger el dinero.

Aquella confesión por parte de la anciana señora no nos trajo ninguna desgracia. Los días pasaban y miss Deborah continuaba junto a su soleada ventana, cosiendo y chismorreando, sin que le acaeciera ningún maléfico percance. 

A mí tampoco me ocurrió cosa alguna por haber oído aquel secreto, pues seguí con mi vida usual sin que nada misterioso y dañino me sucediera. Volví a visitar el cementerio más de una vez, pero siempre me llevaba la desilusión de no encontrar al viejo capitán Diamond. 

Sin embargo, al final una idea luminosa cruzó por mi mente, fruto de mis observaciones: el anciano acostumbraba ir a recoger su renta al fin de cada trimestre. Y como la vez que le vi fue el 31 de diciembre, estaba seguro de que la próxima sería el último día de marzo. Esa fecha estaba ya cercana.

Cumplido el término, me dirigí a la vieja mansión y me oculté entre los arbustos, esperando verle aparecer de un momento a otro. Había escogido la hora del crepúsculo, ya que aquella fue la oportunidad en que lo vi llegar la primera vez. No me equivoqué en mis suposiciones. 

Llevaba ya cierto tiempo esperando, cuando de repente se presentó de la misma manera que la primera vez que le vi. Avanzó hacia la casa con idénticas precauciones, se detuvo ante la puerta, hizo las reverencias, y luego penetró en el interior. 

Una luz apareció en cada rendija de las persianas, y, una vez más, volví a abrir aquella ventana baja, tal como lo hiciera antes. De nuevo contemplé la gran sombra reflejada en la pared, inmóvil, solemne. Pero no vi nada más. Al fin, el hombre reapareció, hizo las reverencias de siempre, y desapareció en el oscuro camino, mientras yo permanecía escondido.

Un día, pasado ya un mes desde este incidente, volví a encontrarme con el capitán Diamond en el cementerio de Mount Auburn. El aire estaba saturado del característico aroma primaveral; los pájaros habían regresado y piaban en las ramas de los árboles en flor, mientras el suave viento del oeste murmuraba entre las hojas de los arbustos. 

El anciano capitán se hallaba sentado en un banco, de cara al sol, envuelto en su vieja capa azul, y apenas me acerqué a él, me reconoció de inmediato. Me recibió con un gesto de cabeza idéntico al que se da al verdugo para que decapite a un reo, pero, en el fondo, intuí que se alegraba de volver a encontrarme.

—He venido muchas veces por aquí con el fin de poder verle —dije después de saludar cortésmente—. ¿No frecuenta usted este lugar?

—¿Qué desea de mí? —preguntó.

—Gozar del placer de su amena conversación —repuse con dulzura, al darme cuenta del tono de su voz—. Fue tan grato oírle la última vez que nos vimos, que siempre he guardado la esperanza de volver a encontrarle.

—¿Le pareció divertida mi conversación?

—Interesante, muy interesante.

—¿No pensó que era un viejo chiflado?

—¿Chiflado...? Mi querido señor, permítame que proteste por esa idea descabellada que...

—Soy el hombre más cuerdo del mundo —repuso el viejo capitán Diamond—. Ya sé que esto es lo que suelen decir todos los locos, pero, por suerte o por desgracia, no pueden probarlo. ¡Yo, sí puedo!

—Le creo —respondí con aire de persona plenamente convencida de lo que le dicen—. Pero me gustaría saber cómo se demuestra tal cosa.

Permaneció silencioso durante un instante.

—Se lo diré. Una vez cometí, sin intención, un crimen, un gran crimen. Ahora estoy pagando la penitencia a la que he consagrado lo que me resta de vida. Pero no escondo la cara, hago frente a la realidad de las cosas de la vida. No me he desentendido de mi delito, no lo he apartado de mi mente, ni he tratado de huir. La penitencia es terrible, pero la he aceptado tal como es. ¡He sido un verdadero filósofo! 

Si fuese católico, me habría metido a monje y habría pasado el resto de mi vida haciendo penitencia y orando; mas esto no es un castigo, sino una evasión; esto es huir de la dura y cruel realidad. Podía haberme pegado un tiro en la cabeza y hacer pedazos mi cerebro, o torturarme hasta enloquecer. No lo hice, ni lo haré. 

Sé enfrentarme a los hechos y aceptar sus consecuencias. Y estas, en mi caso, son horrorosas. Pero las he aceptado hasta el día de hoy, y las admitiré hasta mi muerte. Esto es lo que debo hacer. Por lo menos así lo considero. Es muy lógico.

—Admirablemente lógico —le respondí—. Pero despierta mi curiosidad y mi compasión.

—Sobre todo su compasión, ¿no es así? —dijo el viejo capitán—. Sí, ya lo veo en su mirada.

—Perdóneme, pero es comprensible mi postura: si supiera con exactitud qué es lo que le hace sufrir a lo mejor ya no le compadecería.

—Se lo agradezco mucho, pero no necesito su piedad; no me serviría de nada. Y ahora le voy a decir una cosa, pero no por mi bien, sino por el suyo. Sí, no ponga usted esa cara, pues le hablo con mucha seriedad.

El anciano hizo una pausa y miró alrededor suyo, como si temiera que alguien estuviera escuchando. Esperé ansiosamente su revelación, pero me desilusionó.

—¿Sigue usted estudiando teología?

—Sí, claro que sí —repuse en un tono de voz que reflejaba mi desencanto—. Es una cosa que no se puede aprender en seis meses.

—Yo pienso lo contrario —respondió—, ya que he observado que solo confía en lo que dicen los libros. Hay un refrán que dice: «Un grano de experiencia vale más que una tonelada de conceptos». ¿Conoce usted este adagio? Yo soy un gran teólogo.

—Ah, veo que ha tenido experiencias en el terreno teológico —contesté con amable sonrisa.

—Usted habrá leído mucho sobre la inmortalidad del alma, y ha estudiado las teorías de Jonathan Edwards y del doctor Hopkins sobre este mismo tema, llegando a la conclusión, después de analizar capítulo por capítulo, de que todo ello es cierto. Pero esto lo sabe usted porque lo ha leído en los libros. ¡Pero yo lo he visto con estos ojos; lo he tocado con estas manos!

Al llegar a este punto de la conversación, el capitán Diamond elevó de repente sus viejos y nudosos puños y los chocó con violencia el uno contra el otro. Luego, más calmado, prosiguió hablándome.

—Esto es mucho mejor que las teorías, mas he pagado un precio muy alto por saberlo. Sí, hace bien en aprenderlo en los libros; evidentemente, es lo mejor. Es usted un chico muy bueno, y estoy seguro, hijo mío, de que nunca tendrá un crimen sobre sus espaldas.

Le contesté, con cierta fatuidad juvenil, que, como todo ser humano, tendría mis pasiones, mis flaquezas, pero que estaba convencido de que nunca llegaría a cometer un crimen, máxime si estudiaba teología.

—Lo creo —me respondió—, pues tiene un carácter muy bueno. Yo también lo tengo ahora. Pero hubo una época de mi vida en que fui un hombre muy brutal; sí, muy brutal. Creo que tengo el deber de decirle que existe mucha maldad en este mundo. ¡Maté a mi propia hija!

—¿Que mató a su propia hija?

—La hundí en la madre tierra de un golpe y allí la dejé morir. Pero no pudieron ahorcarme porque no la golpeé con mi mano. La maté con horribles y condenables palabras. Los jueces no podían ahorcarme por esto. ¡Estas son las leyes maravillosas de nuestra amada patria! Pues bien, mi querido amigo, yo puedo garantizar que el alma es inmortal en lo que respecta a mi hija. Tenemos una cita para encontrarnos cuatro veces al año, aunque el resto del tiempo no la veo.

—¿Nunca le ha perdonado?

—Lo ha hecho de la misma manera en que perdonan los ángeles. Y esto es lo que más me tortura y enloquece. Siempre me mira con ojos tiernos y dulces, como un angelito de los cielos. Preferiría que me clavase un cuchillo en el corazón a soportar esta tortura. Dios mío. Dios mío.

Y al decir estas palabras, el capitán Diamond inclinó la cabeza sobre su bastón, profundamente abatido, apoyando la frente sobre las manos cruzadas.

Aquella escena me impresionó y emocionó, y sentí una imperiosa necesidad de hacer más inquisiciones sobre su triste situación. Antes de que pudiera formular las preguntas que bullían en mi cerebro, el capitán se levantó, y se puso su vieja capa raída. Era evidente que no estaba acostumbrado a desahogarse con nadie, ni a confesar aquellos penosos recuerdos que día y noche mortificaban su alma. Ello me hizo sentir una gran lástima por el pobre anciano.

—Perdóneme —dijo—, pero ahora tengo que marcharme, es decir, arrastrarme con este bastón por ese duro camino de la vida que aún me queda por recorrer.

—¿Puedo confiar —pregunté, inquieto— en que nos volveremos a ver en este lugar?

—Mi joven amigo, tenga en cuenta que soy un anciano decrépito y sin fuerzas. Este sitio está muy lejos de mi residencia. Debo reservar mi energía para ir a otro lugar. A veces me paso semanas enteras sentado junto a la chimenea, fumando mi pipa en un viejo aunque confortable sillón. Pero me gustaría volverle a ver.

Al llegar a este punto el viejecillo enmudeció, me dirigió una mirada fría y bondadosa al mismo tiempo, y añadió, emocionado:

—Algún día, quizá, me encontraré en condiciones de poner mi mano sobre el hombro de un joven honesto y decente como usted... Si un hombre es capaz de tener un amigo, ello significa que ha ganado algo, que ha hecho una gran conquista. ¿Cuál es su nombre?

Tenía yo en mi bolsillo un libro pequeño, los Pensamientos de Pascal, en cuya contraportada estaban escritos mi nombre y mi dirección. Lo saqué y se lo entregué a mi viejo amigo.

—Le ruego que acepte este libro. Es una de las obras que más me han gustado de todas las que he leído. Su lectura le dirá algo sobre mí.

El anciano capitán lo cogió, lo hojeó con lentitud, y luego me miró a los ojos, mientras decía:

—No soy un gran lector, pero no puedo rechazar el primer regalo que he recibido desde que me ocurrió aquella tragedia... Es probable que este sea el último obsequio que reciba en lo que me queda de vida. Gracias, mi joven amigo; no sabe cuánto se lo agradezco.

Y echó a andar con mi pequeño libro en sus manos.

Durante muchos días estuve sin verlo, imaginándolo sentado junto a la chimenea en su viejo sillón, con su pipa en la boca y leyendo mi librito. Al final se presentó la oportunidad de volver a encontrarme con él, ya que era el último día de junio, es decir, el término de otro trimestre, y, con toda seguridad, iría a la vieja mansión a recoger la renta del espectro. 

Durante el mes de junio, el sol tarda mucho en ocultarse, por lo que estaba impaciente. Por fin, hacia la hora del crepúsculo de un hermoso día de verano, me dirigí hacia la casa del capitán Diamond. Todo era verde alrededor de la mansión antigua, excepto el marchito jardín en la parte posterior. Mas aquellas tristeza y soledad en que estaba envuelta cuando la vi por primera vez bajo un cielo gris y frío de diciembre continuaban allí. 

Cuando me acerqué a la casa, comprobé que había fallado en mis propósitos, pues tenía pensado llegar antes que el capitán y rogarle que me dejara entrar con él. Esta vez el anciano se me había adelantado y ya se veía luz a través de las rendijas de las ventanas. Consideré incorrecto molestarle penetrando furtivamente por aquella ventana baja, por lo que decidí esperar a que saliera de la mansión. Al cabo de unos instantes se apagaron todas las luces, se abrió la puerta y apareció el capitán Diamond. 

Aquella tarde no hizo ninguna reverencia al salir de la casa, por la sencilla razón de que, cuando se disponía a hacerlo, vio a su joven amigo plantado ante la puerta de la mansión, en actitud correcta pero firme y decidida. Se detuvo en seco, me miró, y esta vez su rostro de mal cariz estuvo en consonancia con la imprevista situación.

—Sabía que estaba usted aquí —me dijo—. Vine a propósito.

El capitán parecía abatido, desilusionado, y miraba alrededor de la casa como si temiera algo.

—Le pido perdón —dije— si he pecado de atrevimiento, pero fue usted mismo, como recordará, quien me alentó con sus palabras y sus teorías.

—¿Cómo sabía que estaba aquí?

—Pura deducción. Usted me contó una mitad de su historia y yo adiviné la otra. Soy una persona muy observadora, y me di cuenta de las extrañas características de esta casa en cierta ocasión que pasé por aquí. Sí, me pareció una mansión encantada, que encerraba algún misterio, quiero decir. Cuando me dijo que había visto unos espíritus, deduje que solo podría haber sido en este extraño lugar.

—Ya veo que es un joven muy inteligente. ¿Anda qué le trae por aquí?

Debía eludir esta pregunta.

—Pues verá usted. Acostumbro venir muy a menudo por este lugar. Me gusta contemplar la misteriosa y antigua mansión. En una palabra, me fascina.

—Pues yo no veo nada de agradable en esta casa —dijo, mientras se volvía y contemplaba la parte exterior del edificio.

Era evidente que al capitán le era indiferente la apariencia exterior de la morada, a pesar de su aire misterioso. Esta extraña actitud suya, considerando que en aquel momento nos encontrábamos en casi plena oscuridad, hizo que yo sintiera vagos escrúpulos y cierta aprensión.

—Estaba ilusionado con ver el interior de esta casa. Pensé que lo encontraría aquí y que me dejaría entrar. Siempre he conservado la esperanza de poder ver lo mismo que usted.

El anciano pareció alarmarse al oír mis palabras, pero su rostro permaneció rígido, inmutable. Luego me puso una mano en el hombro, diciendo:

—¿Sabe acaso lo que yo veo?

—¿Cómo podría saberlo? La única forma de comprobar las cosas es, como usted ya dijo en cierta ocasión, mediante la experiencia... Deseo tener esa experiencia. Por favor, abra la puerta y déjeme entrar.

Los ojos del capitán Diamond brillaron bajo sus tupidas cejas negras, y después de contener la respiración por unos segundos, intentó disculparse por no poder complacerme. Luego se echó a reír, y su rostro adoptó una forma grotesca, como si se hubiera vuelto loco.

—¿Dejarle que entre en la casa? ¿Conmigo? Mi querido y joven amigo, no entraría en esa casa antes del tiempo que tengo concertado con el espectro de mi hija ni por una suma mil veces mayor a la que ella me da cada trimestre. Yo convine con el espíritu de mi hija que solo vendría a recoger la renta cuatro veces al año, al final de cada trimestre; solo en esas oportunidades.

Acto seguido, el anciano capitán Diamond metió la mano en uno de los bolsillos del raído manto y me enseñó un montoncito de monedas, envuelto en la punta de un viejo pañuelo de seda.

—Es muy pequeña la cantidad de dinero que me entrega, pero no deseo más, si para ello tengo que entrar de nuevo en la casa.

—La primera vez que tuve el honor de hablar con usted —le contesté rápidamente—, me dijo que la cosa no era tan terrible.

—Tampoco lo digo ahora —respondió enfurecido el capitán—; pero es muy desagradable.

La forma en que pronunció este adjetivo me hizo dudar. Mientras meditaba, oí como un murmullo en una de las persianas, acompañado de un tenue movimiento. Levanté la cabeza en el acto, pero no vi nada; todo seguía inmóvil y silencioso. El capitán, mientras tanto, también había estado reflexionando. De repente, se volvió hacia mí, e indicándome la casa dijo:

—Lo he pensado mejor: si desea entrar solo, puede hacerlo.

—¿Me esperará aquí?

—Sí; no creo que tarde mucho en salir.

—Pero es que la casa está completamente a oscuras. Usted llevaba una luz cuando entró.

El capitán Diamond introdujo la mano en uno de los bolsillos de la capa y, después de hurgar durante unos instantes, sacó algunos fósforos y me dijo:

—Tome esto. Cuando entre, encontrará dos candelabros con cirios sobre la mesa del vestíbulo. Enciéndalos, cójalos en la mano y... ¡adelante!

—¿Andó adónde me dirijo?

—A cualquier parte..., a todas partes. Ya se encargará el espectro de encontrarle.

 

 

(CONTINUARÁ...)