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Sortilegio de Otoño - Joseph von Eichendorff

El caballero Ubaldo, una tranquila tarde de otoño mientras cazaba, se encontró alejado de los suyos, y cabalgaba por los montes desiertos y boscosos cuando vio venir hacia él a un hombre vestido con ropas extrañas. El desconocido no advirtió la presencia del caballero hasta que estuvo delante de él. Ubaldo vio con estupor que vestía un jubón magnífico y muy adornado pero descolorido y pasado de moda. Su rostro era hermoso, aunque pálido, y estaba cubierto por una barba tupida y descuidada.

Los dos se saludaron sorprendidos y Ubaldo explicó que, por desgracia, se encontraba perdido. El sol se había ocultado detrás de los montes y aquel lugar se encontraba lejos de cualquier sitio habitado. El desconocido ofreció entonces al caballero pasar la noche en su compañía. Al día siguiente, añadió, le indicaría la única manera de salir de aquellos bosques. Ubaldo aceptó y le siguió a través de los desiertos desfiladeros.

Pronto llegaron a un elevado risco a cuyo pie se encontraba una espaciosa cueva, en medio de la cual había una piedra y sobre la piedra un crucifijo de madera. Al fondo estaba situada un lecho de hojas secas. Ubaldo ató su caballo a la entrada y, mientras, el huésped trajo en silencio pan y vino. 
 
Después de haberse sentado, el caballero, a quien no le parecían las ropas del desconocido propias de un ermitaño, no pudo por más que preguntarle quién era y qué le había llevado hasta allí.

—No indagues quién soy —respondió secamente el ermitaño, y su rostro se volvió sombrío y severo. Entonces Ubaldo notó que el ermitaño escuchaba con atención y se sumía en profundas meditaciones cuando empezó a contarle algunos viajes y gestas gloriosas que había realizado en su juventud. Finalmente Ubaldo, cansado, se acostó en el lecho de hojas secas que le había ofrecido su huésped y se durmió pronto, mientras el ermitaño se sentaba en el suelo a la entrada de la cueva.

A la mitad de la noche el caballero, turbado por agitados sueños, se despertó sobresaltado y se incorporó. Afuera, la luna bañaba con su clara luz el silencioso perfil de los montes. Delante de la caverna vio al desconocido paseando intranquilo de aquí para allá bajo los grandes árboles. Cantaba con voz profunda una canción de la que Ubaldo sólo consiguió entender estas palabras:
 
Me arrastra fuera de la cueva el temor. 
Me llaman viejas melodías.
Dulce pecado, déjame
O póstrame en el suelo
Frente al embrujo de esta canción,
Ocultándome en las entrañas de la tierra.
¡Dios! Querría suplicarte con fervor,
Mas las imágenes del mundo siempre
Se interponen entre nosotros,
Y el rumor de los bosques
Me llena de terror el alma.
¡Severo Dios, te temo! 
¡Oh, rompe también mis cadenas! 
Para salvar a todos los hombres 
Sufriste tú una amarga muerte. 
Estoy perdido ante las puertas del infierno. 
¡Qué desamparado estoy! 
¡Jesús, ayúdame en mi angustia!
 
Al terminar su canción se sentó sobre una roca y pareció murmurar una imperceptible oración, semejante a una confusa fórmula mágica. El rumor del riachuelo cercano a las montañas y el leve silbido de los abetos se unieron en una misma melodía, y Ubaldo, vencido por el sueño, cayó de nuevo sobre su lecho.

Apenas brillaron los primeros rayos de la mañana a través de las copas de los árboles, cuando el ermitaño se presentó ante el caballero para mostrarle el camino hacia los desfiladeros. Ubaldo montó alegre su caballo y su extraño guía cabalgó en silencio junto a él. 
 
Pronto alcanzaron la cima del monte, y contemplaron la deslumbrante llanura que aparecía súbitamente a sus pies con sus torrentes, ciudades y fortalezas en la hermosa luz de la mañana. El ermitaño pareció especialmente sorprendido:

—¡Ah, qué hermoso es el mundo! —excluyó turbado, cubrió su rostro con ambas manos y se apresuró a adentrarse de nuevo en los bosques. Ubaldo, moviendo la cabeza, tomó el conocido camino que conducía a su castillo.

La curiosidad le empujó de nuevo a buscar aquellas soledades, y, aunque con esfuerzo, consiguió encontrar la cueva, donde el ermitaño le recibió esta vez sombrío y silencioso.

Ubaldo, por el canto nocturno del ermitaño en el primer encuentro, supo que éste quería sinceramente expiar graves pecados, pero le pareció que su espíritu luchaba en vano contra el enemigo, pues en su conducta no existía la alegre confianza de un alma verdaderamente sumisa a la voluntad de Dios, y, con frecuencia, cuando conversaban sentados uno junto al otro, irrumpía una contenida ansiedad terrenal con una fuerza terrible en los extraviados y llameantes ojos de aquel hombre, transformando su fisonomía y dándole un cierto aire salvaje.

Esto impulsó al piadoso caballero a hacer más frecuentes sus visitas para ayudar con todas sus fuerzas a aquel espíritu vacilante. Sin embargo, el ermitaño calló su nombre y su vida anterior durante todo aquel tiempo, y parecía temeroso de su pasado. Pero, con cada visita se tornaba más apacible y confiado. Así, finalmente consiguió el buen caballero convencerle para que le acompañara a su castillo.

Ya había anochecido cuando llegaron a la fortaleza. El caballero Ubaldo ordenó encender un hermoso fuego en la chimenea e hizo traer el mejor vino de cuantos tenía. Era la primera vez que el ermitaño parecía encontrarse a gusto. Observaba muy atentamente una espada y otras armas que, colgadas en la pared, reflejaban los destellos de la lumbre, y luego contemplaba silenciosamente al caballero.

—Vos sois feliz —dijo—, y veo vuestra firme y gallarda figura con verdadero temor y profundo respeto; vive sin que os conmueva la alegría ni el dolor, y domina con serena tranquilidad la vida, al igual que un navegante que sabe manejar el timón, y no se deja confundir con el maravilloso canto de las sirenas. Junto a usted me he sentido muchas veces como un necio cobarde o como un loco. Hay personas embriagadas de vida. ¡Qué terrible es volver de nuevo a la sobriedad!

Ubaldo, que no quería desaprovechar aquel desacostumbrado comportamiento de su huésped, le insistió con entusiasmo para que le revelara la historia de su vida. El ermitaño se quedó pensativo.

—Si me promete —dijo finalmente— mantener eternamente en secreto lo que voy a contarle y me permite omitir los nombres, lo haré.

El caballero levantó su mano en señal de juramento y llamó a continuación a su mujer, de cuyo silencio respondía, para que participase junto con él de la historia tan ansiosamente esperada.

Ésta apareció con un niño en sus brazos y llevando a otro de la mano. Era alta y de hermosa figura en su floreciente juventud, silenciosa y dulce como el crepúsculo, reflejando en los encantadores niños su propia belleza. 
 
El huésped se sintió profundamente confundido al verla. Abrió bruscamente la ventana y, pensativo, detuvo su mirada unos instantes en el bosque oscurecido. Tranquilizado, volvió junto a ellos, se sentaron alrededor del fuego y empezó a hablar de la siguiente manera:

«El tibio sol del otoño se levantaba sobre la niebla azul que cubría los valles cercanos a mi castillo. La música había callado, la fiesta terminaba y los animados invitados se dispersaban. Era una fiesta de despedida que yo ofrecía a mi más querido amigo, que aquel día, con su hueste, se había armado de la Santa Cruz para unirse al ejército cristiano en la conquista de Tierra Santa. 
 
«Desde nuestra más temprana juventud era esta empresa nuestra única meta, el único deseo y la única esperanza de nuestros sueños de adolescencia. Aún hoy recuerdo con indescriptible nostalgia aquel tiempo tranquilo como la mañana, cuando, sentados bajo los altos tilos de mi castillo, seguíamos con la imaginación las nubes navegantes hacia aquella tierra bendita, donde Godofredo y otros héroes vivían y combatían en el claro esplendor de la gloria. Pero, ¡qué pronto cambió todo en mí!

«Una doncella, flor de toda belleza, que había visto muy poco y de la cual, sin que ella lo supiera, estaba perdidamente enamorado, me retenía en la cárcel silenciosa de estas montañas. Sí, yo era lo bastante fuerte para luchar, pero no tuve el valor de alejarme, y dejé marchar solo al amigo.

«También la doncella había participado en la fiesta y yo había sucumbido al esplendor de su hermosura. Al alba, cuando ella iba a despedirse y yo la ayudaba a montar en su caballo, tuve el valor de confesarle que, si era su voluntad, renunciaría a mi empresa. Ella no dijo nada y me miró fijamente, casi con horror, y salió al galope».

Oyendo estas palabras, Ubaldo y su mujer se miraron sin ocultar su asombro. Pero el huésped no lo advirtió y siguió su relato:

«Todos se habían ido. Los rayos del sol, a través de las altas ventanas ojivales, entraban en los salones vacíos, donde sólo resonaban mis pasos. Permanecí largo tiempo asomado al mirador; del silencioso bosque llegaban los acompasados golpes de las hachas de los leñadores. Tan grande era mi soledad, que, en un momento, se apoderó de mí una indescriptible ansiedad. No pude soportarlo: monté sobre mi caballo y salí de caza para aliviar mi oprimido corazón.

«Erré durante mucho tiempo y, finalmente, me encontré perdido en un paraje desconocido entre las montañas. Cabalgaba pensativo, con mi halcón en la mano a través de un prado maravilloso que acariciaban los oblicuos rayos del sol poniente. Las nubes otoñales se movían ligeras en el aire azul y sobre las montañas se oían los cantos de adiós de los pájaros migratorios.

«De repente llegó a mis oídos el sonido de varios cuernos de caza que parecían responderse unos a otros desde las cimas. Algunas voces los acompañaban con un canto. Hasta entonces, ninguna melodía me había conmovido de tal manera, y, aún hoy, recuerdo algunas de sus estrofas, que llegaban a mí a través del viento:

Por lo alto, en bandadas amarillas y rojas
Se van los pájaros volando.
Los pensamientos vagan sin consuelo
¡Ay de mí, que no encuentran refugio!
Y las oscuras quejas de los cuernos,
Golpean el corazón solitario.
¿Ves el perfil de los azules montes
Que se yergue a lo lejos sobre los bosques,
Y los arroyos que en el valle silencioso,
Se alejan susurrantes?
Nubes, arroyos, pájaros ruidosos:
Todo se junta allá a lo lejos.
Mis rizos de oro ondean
Y florece mi joven cuerpo dulcemente.
Pronto sucumbe la belleza;
Igual que el esplendor se apaga del verano
Debe la juventud inclinar sus flores.
Callan alrededor todos los cuernos.
Esbeltos brazos para abrazar,
Y roja boca para el dulce beso,
El cobijo del blanco seno,
Y el cálido saludo de amor,
Te ofrece el eco de los cuernos de caza.  
Dulce amor, ven, antes de que callen.

«Yo estaba confundido con aquella melodía que había conmovido mi corazón. Mi halcón, tan pronto como oyó las primeras notas, se intranquilizó, para después desaparecer en el aire y no volver más. Yo, sin embargo, incapaz de resistir, seguí oyendo aquella seductora melodía que confusa, unas veces se alejaba y, otras, llevada por el viento, parecía acercarse.
 
«Finalmente salí del bosque y divisé delante de mí, sobre la cumbre de una montaña, un majestuoso castillo. Desde arriba hasta el bosque, sonreía un bellísimo jardín, repleto de todos los colores, que rodeaba al castillo como un anillo mágico. 
 
«Todos los árboles y los setos, encendidos por los tonos violentos del otoño, aparecían purpúreos, amarillos oro y rojos fuego. Altos áster, las últimas estrellas del verano, brillaban allí con múltiples destellos. El sol poniente derramaba sus últimos rayos sobre aquella deliciosa altura, reflejando sus deslumbrantes llamas en las ventanas y en las fuentes.

«Me di cuenta entonces de que el sonido de los cuernos de caza que había escuchado poco antes provenía de este jardín. Vi con espanto, en medio de tanta magnificencia, bajo los emparrados, a la doncella de mis sueños, que paseaba cantando la misma melodía. Al verme calló, pero los cuernos de caza seguían sonando. Hermosos muchachos, vestidos de seda, se acercaron a mí y me ayudaron a desmontar.

«Pasé a través del arco ligero y dorado de la cancela, directo hacia la explanada del jardín, donde se encontraba mi amada y caí a sus pies, vencido por tanta belleza. Llevaba un vestido rojo oscuro; largos velos transparentes cubrían sus rizos dorados, que una diadema de piedras preciosas sujetaba sobre la frente.

«Me ayudó a levantarme amorosamente y, con voz entrecortada por el amor y el dolor, me dijo:

«—¡Cuánto te amo, hermoso e infeliz joven! Desde hace mucho tiempo te amo, y cuando el otoño inicia su fiesta misteriosa despierta mi deseo con nueva e irresistible fuerza. ¡Infeliz! ¿Cómo has llegado a la esfera de mi canción? Déjame y vete.

«Al oír estas palabras fui presa de un gran temblor y le supliqué que me hablara y se explicase. Pero ella no respondió, y recorrimos silenciosos, uno al lado del otro, el jardín.

«Mientras tanto, había oscurecido y el aspecto de la doncella se había tornado grave y majestuoso.

«—Debes saber —dijo— que tu amigo de la infancia, el cual hoy se ha despedido de ti, es un traidor. He sido obligada a ser su prometida. Sólo por celos te ha ocultado su amor. No ha partido hacia Palestina: mañana vendrá para llevarme a un castillo lejano donde estaré eternamente oculta a la mirada de todos. Ahora debo irme. Sólo nos volveremos a ver si él muere.

«Dicho esto, me besó en los labios y desapareció en las oscuras galerías. Una gema de su diadema heló mi vista, y su beso estremeció mis venas con un tembloroso deleite.

«Medité con terror las espantosas palabras que, al despedirse, había vertido como un veneno en mi sangre. Vagué pensativo mucho tiempo por los solitarios senderos. Finalmente, cansado, me eché sobre los escalones de piedra de la puerta del castillo. Los cuernos de caza sonaban todavía, y me dormí combatido por extraños pensamientos.

«Cuando abrí los ojos, ya había amanecido. Las puertas y las ventanas del castillo estaban cerradas, y el jardín, silencioso. En aquella soledad, con los nuevos y hermosos colores de la mañana, se despertaban en mi corazón la imagen de mi amada y todo el sortilegio de la víspera, y yo me sentía feliz sabiéndome amado y correspondido. A veces, al recordar aquellas terribles palabras, quería huir lejos de allí, pero aquel beso ardía aún en mis labios y no podía hacerlo.

«El aire era cálido, casi sofocante, como si el verano quisiera volver sobre sus propios pasos. Recorrí el bosque cercano para distraerme con la caza. De improviso vislumbré en la copa de un árbol un pájaro con un plumaje tan maravilloso como jamás lo había visto. Cuando tensé el arco para lanzar la flecha, voló hacia otro árbol. Lo perseguí ávidamente, pero el pájaro seguía saltando de copa en copa, mientras sus alas doradas reflejaban la luz del sol.

«Así, fui a parar a un estrecho valle, flanqueado por escarpados riscos. Allí no llegaba la fría brisa y todo estaba todavía verde y florido como en el verano. Del centro del valle salía un canto embriagador. Sorprendido, aparté las ramas de los tupidos matorrales y mis ojos se cegaron ante el hechizo que se manifestó delante de mí.

«En medio de las altas rocas había un apacible lago circundado de hiedra y juncos. Muchas doncellas bañaban sus hermosos miembros en las tibias ondas. Entre ellas se encontraba mi hermosísima amada sin velos, que, silenciosa, mientras las otras cantaban, miraba fijamente el agua, que cubría sus tobillos, como encantada y absorta en su propia belleza reflejada en el agua. Permanecí durante un tiempo mirando de lejos, inmóvil y tembloroso. De golpe, el hermoso grupo salió del agua, y me apresuré para no ser descubierto.

«Me refugié en lo más profundo del bosque para apaciguar las llamas que abrasaban mi corazón. Pero cuanto más lejos huía tanto más viva se agitaba delante de mis ojos la visión de aquellos miembros juveniles.

«La noche me alcanzó en el bosque. El cielo se había oscurecido y una tremenda tormenta apareció sobre los montes. "Sólo nos volveremos a ver si él muere", repetía para mí, mientras huía como si me persiguieran fantasmas.

«A veces me parecía oír a mi flanco estrépito de caballos, pero yo huía de toda mirada humana y de todo rumor que pareciera acercarse. Al cabo, cuando llegué a una cima, vi a lo lejos el castillo de mi amada. Los cuernos de caza sonaban como siempre, el esplendor de las luces irradiaba como una tenue luz de luna a través de las ventanas, iluminando alrededor mágicamente los árboles y las flores cercanas, mientras todo el resto del paraje luchaba en la tormenta y la oscuridad.

«Finalmente, incapaz casi de dominar mis facultades, escalé una alta roca, a cuyos pies pasaba un ruidoso torrente. Llegado a la cima divisé una sombra oscura que, sentada sobre una piedra, silenciosa e inmóvil, parecía ella misma también de piedra. Rasgadas nubes huían por el cielo. Una luna color sangre apareció por un instante, reconocí entonces a mi amigo, el prometido de mi amada.

«Apenas me vio, se levantó apresuradamente. Temblé de arriba abajo. Entonces le vi empuñar su espada. Colérico, me lancé contra él y lo agarré. Luchamos unos instantes y luego lo despeñé.

«De repente el silencio se hizo terrible. Sólo el torrente rugió más fuerte como si sepultase eternamente mi pasado en medio del fragor de sus ondas turbulentas.

«Me alejé velozmente de aquel horrible lugar. Entonces me pareció oír a mis espaldas una carcajada aguda y perversa que venía de las copas de los árboles. Al mismo tiempo creí ver en la confusión de mis sentidos, al pájaro que poco antes había perseguido. Me precipité lleno de espanto, a través del bosque, y salté el muro del jardín. Con todas mis fuerzas llamé a las puertas del castillo:

«—¡Abre —gritaba fuera de mí—, ¡abre, he matado al hermano de mi corazón! ¡Ahora eres mía en la tierra y en el infierno!

«La puerta se abrió y la doncella, más hermosa que nunca, se echó contra mi pecho, destrozado por tantas tormentas, y me cubrió de ardientes besos.

«No os hablaré de la magnificencia de las salas, de la fragancia de exóticas y maravillosas flores, entre las cuales cantaban hermosas doncellas, de los torrentes de luz y de música, del placer salvaje e inefable que gusté entre los brazos de la doncella».

En este punto, el ermitaño dejó de hablar. Fuera se oía una extraña canción. Eran pocas notas: ora semejaban una voz humana, ora la voz aguda de un clarinete, cuando el viento soplaba sobre los lejanos montes, encogiendo el corazón.

—Tranquilícense —dijo el caballero—. Estamos acostumbrados a esto desde hace tiempo. Se dice que en los bosques vecinos existe un sortilegio. Muchas veces, en las noches de otoño, esta música llega hasta nuestro castillo. Pero igual que se acerca, se aleja y no nos preocupamos de ello.

Sin embargo, un estremecimiento sobrecogió el corazón de Ubaldo y sólo con esfuerzo consiguió dominarse. Ya no se oía la música. El huésped, sentado, callaba, perdido en profundos pensamientos. Su espíritu vagaba lejos. Después de una larga pausa volvió en sí y retomó su narración, aunque no con la calma de antes:

«Observé que, a veces, la doncella, en medio de todo aquel esplendor, caía en una invencible melancolía cuando veía desde el castillo que el otoño iba a despedirse. Pero bastaba un sueño profundo para que se calmase, y su rostro maravilloso, el jardín y todo el paraje me parecían, a la mañana, frescos y como recién creados.

«Una vez, mientras estaba junto a ella asomado a la ventana, noté que mi amada estaba más triste y silenciosa que de costumbre. Fuera, en el jardín, el viento del invierno jugaba con las hojas caídas. Advertí que mientras miraba el paisaje palidecía y temblaba. Todas sus damas se habían ido, las canciones de los cuernos de caza sonaban aquel día en una lejanía infinita, hasta que, finalmente, callaron. Los ojos de mi amada habían perdido su esplendor, casi hasta apagarse. 
 
«El sol se ocultó detrás de los montes, e iluminó con un último fulgor el jardín y los valles. De repente, la doncella me apretó entre sus brazos y comenzó una extraña canción, que yo no había oído hasta entonces y resonaba en toda la estancia con melancólicos acordes. Yo escuchaba embelesado. Era como si aquella melodía me empujase hacia abajo junto con el ocaso. Mis ojos se cerraron involuntariamente: caí adormecido y soñé.

«Cuando me desperté ya era de noche. Un gran silencio reinaba en todo el castillo y la luna brillaba muy clara. Mi amada dormía a mi lado sobre un lecho de seda. La observé con asombro: estaba pálida, como muerta. Sus rizos caían desordenadamente como enredados por el viento, sobre su rostro y su pecho. Todo lo demás, a mi alrededor, permanecía intacto; igual que cuando me había dormido. Me parecía, sin embargo, como si hubiera pasado mucho tiempo. 
 
«Me acerqué a la ventana abierta. Todo lo de fuera me pareció distinto de lo que siempre había visto. El rumor de los árboles era misterioso. De repente vi junto a la muralla del castillo a dos hombres que murmuraban frases oscuras, y se inclinaban curvándose el uno hacia el otro como si quisieran tejer una tela de araña. No entendí nada de lo que hablaban: sólo oía de vez en cuando pronunciar mi nombre. 
 
«Me volví a mirar la imagen de la doncella que palidecía aún más en la claridad de la luna. Me pareció una estatua de piedra, hermosa, pero fría como la muerte e inmóvil. Sobre su plácido seno brillaba una piedra similar al ojo del basilisco y su boca estaba extrañamente desfigurada.

«Entonces se apoderó de mí un terror como nunca había sentido. Huí de la alcoba y me precipité a través de los desiertos salones, donde todo el esplendor se había apagado. Cuando salí del castillo vi a los dos desconocidos dejar lo que estaban haciendo y quedarse rígidos y silenciosos como estatuas. 
 
«Había al pie del monte un lago solitario, a cuyo alrededor algunas doncellas con túnicas blancas como la nieve cantaban maravillosamente, a la vez que parecían entretenidas en extender sobre el prado extrañas telas de araña a la luz de la luna. Aquella visión y aquel canto aumentaron mi terror. Salté aprisa el muro del jardín. Las nubes pasaban rápidas por el cielo, las hojas de los árboles susurraban a mis espaldas, y corrí sin aliento.

«Poco a poco la noche se fue haciendo más callada y tibia; los ruiseñores cantaban entre los arbustos. Abajo, en el fondo del valle, se oían voces humanas, y viejos y olvidados recuerdos volvieron a amanecer en mi corazón apagado, mientras, ante mí, se levantaba sobre las montañas una hermosa alba de primavera.

«—¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? —exclamé con asombro. No sabía qué me había pasado—. El otoño y el invierno han transcurrido. La primavera ilumina nuevamente el mundo. Dios mío, ¿dónde he permanecido tanto tiempo?

«Finalmente alcancé la cima de la última montaña. Salía un sol espléndido. Un estremecimiento de placer recorrió la tierra; brillaron los torrentes y los castillos; los tranquilos y alegres hombres preparaban sus trabajos cotidianos; incontables alondras volaban jubilosas. Caí de rodillas y lloré amargamente mi vida perdida.

«No comprendí, y aún hoy no lo comprendo, cómo había sucedido todo. Me propuse no bajar más al alegre e inocente mundo con este corazón lleno de pecados y de desenfrenada ansiedad. Decidí sepultarme vivo en un lugar desolado, invocar el perdón del cielo y no volver a ver las casas de los hombres antes de haber lavado con lágrimas de cálido arrepentimiento mis pecados, lo único que en mi pasado era claro para mí.
 
«Así viví todo un año hasta que me encontré con usted. Cada día elevaba ardientes plegarias y a veces me pareció haber superado todo y haber encontrado la gracia de Dios, pero era una falsa ilusión que luego desaparecía. Sólo cuando el otoño extendía de nuevo su maravillosa red de colores sobre el monte y el valle, llegaban de nuevo del bosque cantos muy conocidos. Penetraban en mi soledad, y oscuras voces respondían dentro de mí. 
 
«El sonido de las campanas de la lejana catedral me espanta cuando, en las claras mañanas de domingo, vuela sobre las montañas y llega hasta mí como si buscara en mi pecho el antiguo y callado reino del Dios de la infancia, que ya no existe. 
 
«Sepan que en el corazón de los hombres hay un reino encantado y oscuro, en el cual brillan cristales, rubíes y todas las piedras preciosas de las profundidades con amorosa y estremecedora mirada, y tú no sabes de dónde vienen ni adónde van. La belleza de la vida terrenal se filtra resplandeciendo como en el crepúsculo y las invisibles fuentes, arremolinándose, murmuran melancólicas, todo te arrastra hacia abajo, eternamente hacia abajo».

—¡Pobre Raimundo! —exclamó el caballero Ubaldo, que había escuchado con profunda emoción al ermitaño, absorto e inmerso en su relato.

—¡Por Dios! ¿Quién es que conoce mi nombre? —preguntó el ermitaño levantándose como herido por un rayo.

—Dios mío —respondió el caballero abrazando con afecto al tembloroso ermitaño—. ¿Es que no me reconoces? Yo soy tu viejo y fiel hermano de armas, Ubaldo, y ésta es tu Berta, a la que amabas en secreto y a la que ayudaste a montar a caballo después de la fiesta en el castillo. El tiempo y una vida venturosa han desdibujado nuestro aspecto de entonces. 
 
Te he reconocido sólo cuando comenzaste a relatar tu historia. Jamás he estado en un paraje como el que tú describes y nunca he luchado contigo en el acantilado. Inmediatamente después de aquella fiesta salí para Palestina, donde combatí varios años, y, a mi vuelta, la hermosa Berta se convirtió en mi esposa. 
 
Ella tampoco te ha visto jamás después de aquella fiesta, y todo lo que has contado es una vana fantasía. Un malvado sortilegio, que despierta cada otoño y desaparece después, te ha tenido, mi pobre Raimundo, encadenado con juegos engañosos durante muchos años. Los días han sido meses para ti. Cuando volví de Tierra Santa nadie supo decirme dónde estabas y todos te creíamos perdido.

A causa de su alegría, Ubaldo no se dio cuenta de que su amigo temblaba cada vez más fuertemente a cada una de sus palabras. Raimundo les miraba a él y a su esposa con ojos extraviados. De repente reconoció a su amigo y a la amada de su juventud, iluminados por la crepitante llama de la chimenea.

—¡Perdido, todo perdido! —exclamó trágicamente. Se separó de los brazos de Ubaldo y huyó velozmente en la noche hacia el bosque.

—Sí, todo está perdido, y mi amor y toda mi vida no son más que una larga ilusión —decía para sí mientras corría, hasta que las luces del castillo de Ubaldo desaparecieron a sus espaldas. Involuntariamente, se había dirigido hacia su propio castillo, al que llegó cuando amanecía.

Había amanecido de nuevo un claro día de otoño, como aquel de muchos años antes, cuando se había marchado del castillo. El recuerdo de aquel tiempo y el dolor por el perdido esplendor de la gloria de su juventud se apoderaron de toda su alma. Los altos tilos del jardín susurraban como antaño, pero la desolación reinaba por todos lados y el viento silbaba a través de los arcos en ruinas.

Entró en el jardín. Estaba desierto y destruido. Sólo algunas flores tardías brillaban acá y allá sobre la hierba amarillenta. Sobre una rama un pájaro cantaba una maravillosa canción que llenaba el corazón de una gran nostalgia.

Era la misma melodía que oyera junto a las ventanas del castillo de Ubaldo. Con terror reconoció también al hermoso y dorado pájaro del bosque encantado. Asomado a una ventana del castillo había un hombre alto, pálido y manchado de sangre. Era la imagen de Ubaldo.

Horrorizado, Raimundo alejó la mirada de esa visión y fijó los ojos en la claridad de la mañana. De repente, vio avanzar por el valle a la hermosa doncella a lomos de un brioso corcel. Estaba en la flor de su juventud. Plateados hilos del verano flotaban a sus espaldas; la gema de su diadema arrojaba desde su frente rayos de verde oro sobre la llanura.

Raimundo, enloquecido, salió del jardín y persiguió a la dulce figura, precedido del extraño canto del pájaro.

A medida que avanzaba, la canción se transformaba en la vieja melodía del cuerno de caza, que en otro tiempo le sedujera.

Mis rizos de oro ondean
Y florece mi joven cuerpo dulcemente,

oyó, como si fuera un eco en la lejanía...

Y los arroyos que en el valle silencioso,
Se alejan susurrantes.

Su castillo, las montañas, y el mundo entero, todo se hundió a sus espaldas.

Y el cálido saludo de amor,
Te ofrece el eco de los cuernos de caza.
¡Dulce amor, ven antes de que callen!
resonó una vez más.

Vencido por la locura, el pobre Raimundo siguió tras la melodía por lo profundo del bosque. Desde entonces nadie le ha vuelto a ver.

La pequeña doncella de Salem - Pauline Bradford Mackie

 El día que comienza nuestra historia, el devoto clérigo Cotton Mather estaba en Salem asistiendo al juicio de una anciana cuyo espectro se les había aparecido a varias personas y las había aterrorizado con amenazas horribles. Además, el pertiguero había declarado que la había visto «con forma de muerta» merodeando por el mismísimo púlpito de la parroquia. Cotton Mather escuchó con insólito placer su condena de muerte, pues consideraba aquel crimen en particular una traición deliberada al Señor.

En cuanto salió del tribunal caluroso y polvoriento al aire fresco de la calle, donde lucía un sol radiante y un regusto salado anunciaba la proximidad del mar, sintió cómo un torrente de alegría inundaba su corazón, y rezó para sus adentros una oración pidiendo que Dios le ayudase a acabar con aquella feria, aquella nueva tierra de brujas, y así contemplar la iglesia de sus padres firmemente establecida.

Dejó su caballo de momento donde estaba, atado a un poste en la puerta del centro de reuniones, y caminó lentamente por la calle del pueblo hacia la posada, donde pensaba comer antes de partir hacia Boston.

Los árboles frutales que crecían a ambos lados de la calle estaban verdes y proyectaban pequeñas manchas de sombra en el pavimento de adoquines. Pensó en la cosecha del otoño dorado —inclinado como se sentía al recuerdo del deber cumplido—, cuando los severos puritanos celebraban un banquete en acción de gracias al Señor.

Toda la ternura apasionada del poeta despertó en él al ver estos arbolitos simbólicos.

—Hay hermosos árboles frutales —murmuró—, y también árboles de vacuidad.

A veces saludaba con una inclinación a las chismosas que tejían al sol en la puerta de una casa, otras se agachaba para levantar a un niño pequeño que se había caído. En el astillero ahuyentó con severidad a un grupo de muchachos que estaban haciéndoles cosquillas en los pies a prisioneros que se retorcían en el suelo.

Y de este modo, en uno de los pocos momentos de serenidad de su atribulada vida, fue paseando sin prisas.

Pero solo su exaltado estado de ánimo, envolviéndolo como una vestidura invisible e impenetrable, le permitía sentirse sereno en aquel momento.

Todos los demás llevaban un peso de terror como si fuera un manto. El mismo aire que respiraban parecía cargado con una horrible superstición. ¡Qué poco natural aquel cielo azul! ¡Qué alivio habría supuesto para sus alterados nervios otra fuerte tormenta! Eso les habría permitido liberar con un grito el terror que se había adueñado de ellos; pero ahora los vecinos hablaban susurrando, así de imponente era el silencio de aquel mediodía radiante. Y muchos, aun sabiendo que los espíritus malignos solían salir por la noche, deseaban que llegase la oscuridad y los envolviera. Nadie se atrevía a mirar a los ojos de su vecino. De una casita llegó el llanto de un bebé todavía en pañales, abandonado por su aterrorizada madre, quien creía que lo había poseído un espíritu maligno.

Pese a todo, los vecinos continuaban con sus tareas diarias mecánicamente.

En la taberna, Cotton Mather vio al juez Samuel Sewall y al maestro —que hacía también de actuario en el tribunal— conversando por encima de sus tazas de vino blanco español. Contento de haber encontrado tan buena compañía, acercó un taburete a su mesa.

—¡Ay, mi querido amigo —dijo el buen juez—, este asunto de la brujería está pesando mucho en mi alma! No veo el final, y no sé quién será el próximo condenado. Es un espectáculo lamentable, lo sé, pero me parece que, con el tiempo, en este angustiado municipio solo quedará el verdugo. Hasta mi estómago se vuelve contra mis platos favoritos.

El rostro sereno, casi majestuoso, del joven se humanizó con un leve brillo burlón.

—En ese caso, el Señor habría utilizado este asunto de la brujería con un propósito loable, al menos, si logra que abandones los placeres de la carne, Samuel. —En su mirada se advertía una extraña dulzura, fruto de la serenidad de su alma y de la amistad que los unía.

—No, no —respondió el buen juez con aspereza—, es una mezcla de remordimiento de conciencia y estómago desdeñoso. No tengo en gran estima al hombre que le da la espalda a su comida. ¡Ay, y que ese hombre tenga que ser yo y yo tenga que ser ese hombre! —se quejó—. La cara de esa niña a la que condenamos el otro día me atormenta por las noches.

Cotton Mather frunció el ceño en gesto amenazante, y el amigo jovial se transformó en el sacerdote protestante, imperioso en sus decisiones. Descargó un fuerte golpe en la mesa con la mano.

—¿Tenemos entonces que dejarnos cautivar por las mejillas redondeadas y la ternura de la infancia, y no atrevernos a cumplir el mandato del Señor? El mal casi siempre adopta la forma de muchachas como esa, y son más temibles que todas las viejas arpías de la cristiandad juntas.

—Ay —intervino el maestro—, ¡el mal casi siempre adopta la forma de muchachas como esa! Circulan extraños rumores sobre ella. Se dice que, por la tranquilidad de la comunidad, no se la puede ahorcar demasiado pronto. Además, la mujer de Ipswich que fue ahorcada hace dos semanas rogó que la joven bruja se salvara. Como todo el mundo sabe, es asombroso que una bruja le desee el bien a otra.

Cotton Mather dirigió una mirada terrible al gran juez.

—¡Idiota! —gritó—. ¿Es que no ves la mano del Diablo en todo esto? La mujer de Ipswich quería que se salvase la joven bruja para así ocupar con su negro espíritu el cuerpo de la hermosa muchacha y, de esta forma, con poder redoblado, al trabajar las dos en un mismo cuerpo, sembrar el caos en el mundo.

—No, no —protestó el juez—, mi carne es más débil que mi espíritu voluntarioso, y me temo que se ha dejado impresionar por una cara bonita y la vanidad de la apariencia. Pero tenemos que volver al tribunal, mi querido amigo —añadió, dirigiéndose al maestro de escuela.

Así pues, los dos se levantaron, se pusieron sus sombreros de copa alta, empuñaron sus bastones y, cogidos del brazo, se fueron caminando sin prisa por en medio de la calle.

Mientras comía, Cotton Mather fue enfrascándose en pensamientos cada vez más agitados. Se fue convenciendo de que era su deber investigar a fondo y personalmente los rumores sobre la doncella bruja. Además, intentaría convencerla para que confesara por la salvación de su alma, y, de camino, tal vez aprendiese cosas sobre la conducta malvada de las brujas y pudiese, con algo de ingenio, volver sus métodos contra ellas mismas y así honrar al Señor.

Lleno de impaciente determinación, ni siquiera se acabó la comida, sino que salió de la taberna y se encaminó a la cárcel.

Allí le indicó al carcelero que abriese la puerta de la celda muy despacio, por ver si, con un poco de suerte, sorprendía a la prisionera haciendo alguna maldad.

El viejo carcelero abrió la puerta muy poco a poco.

Cotton Mather vio a una pequeña doncella sentada en un camastro de paja, tejiendo. Llevaba enganchadas algunas briznas de paja en el pelo, así como en la enagua de lino y lana. El aro de hierro se había deslizado por su blanca muñeca, donde había dejado una marca roja.

El rostro de Deliverance palideció cuando alzó la vista y advirtió la presencia de su visitante. Ante su mirada severa, se echó a temblar, agachó la cabeza y dejó de tejer. El ovillo cayó rodando de su regazo y fue a parar a los pies del joven sacerdote.

Ella esperó a que él hablase. Pasaron los segundos y él no decía nada, y tan penosa le resultó la tortura de su silencio que por fin levantó la cabeza y lo miró a los ojos, pero la pena le impedía hablar.

—¿Qué quiere de mí, señor?

—He venido a rezar contigo, y a exhortarte a confesar.

—No, señor —protestó Deliverance—, no soy una bruja.

El viejo carcelero entró con un taburete para el señor Mather y, en cuanto lo hubo dejado, se marchó.

Antes de que ninguno de los dos pudiera decir nada, llamaron la puerta.

En respuesta a la invitación a entrar del joven sacerdote, apareció la figura de sir Jonathan Jamieson.

Deliverance lo miró con indiferencia, pues sentía que él le había hecho ya todo el daño que podía hacerle, y que ya nunca más podría perjudicarla.

El joven sacerdote, que le tenía un gran respeto a sir Jonathan, se levantó y le rogó que se sentara. Pero sir Jonathan, queriendo ser igual de cortés, se negó a privar al señor Mather del taburete. Y así podrían haber estado un buen rato, discutiendo y haciéndose reverencias, de no haber aparecido el carcelero con otro taburete.

—No he podido evitar verle entrar, pues ha dado la casualidad de que en ese momento salía yo de la taberna que hay aquí al lado —dijo sir Jonathan, poniéndose cómodo en el taburete, con la espalda apoyada en la pared—; y, dado que es mi intención escribir un libro sobre las malas artes de la brujería, le he seguido, convencido de que venía usted a exhortar a la prisionera al arrepentimiento. Por eso, le ruego que me conceda el privilegio de escuchar en caso de que confiese, pues de ese modo tal vez consiga algunas notas valiosas.

Mientras hablaba, le lanzó a la muchacha una mirada fugaz y amenazadora que ella no supo interpretar. ¿Tenía miedo de que confesase, o lo que pretendía en realidad era forzarla a hacerlo?

Cotton Mather, con el rostro iluminado por un fervor sincero y apasionado, se volvió hacia él.

—Faltaría más —respondió, con calurosa simpatía—; es una vocación noble y provechosa. A menudo encuentro más compañía en los muertos a través de sus libros que en la sociedad de los vivos, y una de las cosas que más le he agradecido siempre al Señor es que me haya bendecido con una pluma siempre a mano. Pero ya hablaremos de esto en otro momento. Ahora arrodillémonos y oremos.

Los dos se arrodillaron.

Pero Deliverance siguió sentada.

—Puede que sea malvada y obstinada —dijo—, pero sir Jonathan me impide rezar. No puedo arrodillarme con él aquí.

Ya no tenía ningún miedo a decir lo que pensaba.

Al oír esto, Cotton Mather miró a sir Jonathan y vio cómo se le encendía el rostro. Esto despertó de inmediato sus sospechas; olvidó todo el respeto que sentía por la gran riqueza y la posición elevada de sir Jonathan, y habló con severidad, convertido de nuevo en sacerdote, sin consideración alguna por la menor o mayor categoría de su profesión.

—¿Ejerce usted un hechizo malicioso que impide a esta joven bruja rezar cuando se ablanda y se siente inclinada a la devoción?

—No —respondió sir Jonathan—, es la maldad de su espectro malvado e invisible, que le susurra al oído para que me eche la culpa a mí.

—Le ruego que salga, no obstante, y espere en el pasillo, y así veremos si la joven bruja, libre de su presencia, reza conmigo —le dijo Cotton Mather.

En su fuero interno, sir Jonathan se indignó con esta orden. Sin embargo, se levantó con el mejor talante que fue capaz de fingir y salió al pasillo. Pero un miedo indefinible había brotado en su corazón. Pues bastaba una mirada, una palabra, una acusación, para que lo tacharan a uno de brujo.

Deliverance, aunque le tenía miedo al joven sacerdote, sabía que no era solo un gran hombre, sino también una buena persona que quería lo mejor para su alma. Así pues, se arrodilló de buen grado delante de él.

Rezaron durante mucho rato y con gran fervor. Mientras tanto, sir Jonathan daba vueltas por el pasillo, balanceando despreocupadamente su bastón de madera de endrino y tarareando su canción del viejo mundo.

Cada vez que pasaba por delante de la puerta abierta, le lanzaba a Deliverance una mirada terrible por encima de la figura arrodillada del sacerdote, y ella se estremecía, sintiéndose atrapada entre el poder de la oscuridad por un lado, y un ángel de luz por el otro.

Cotton Mather no podía ver esas miradas terribles, pero, incluso mientras rezaba, era consciente del tarareo despreocupado de sir Jonathan y de sus pasos relajados, lo cual demostraba cierta falta de respeto, así que, cuando le dijo que volviera a entrar, lo hizo con desagrado.

—Soy incapaz de entender, sir Jonathan —observó, levantándose y volviendo a su taburete—, por qué un hombre devoto como usted ejercería un hechizo para impedirle rezar a esta joven bruja.

Sir Jonathan se encogió de hombros.

—Tiene un espectro que pretende hacerme daño. Es un plan del Diablo para cubrirme de oprobio porque me he negado a seguir sus órdenes. —Una expresión de retorcida astucia asomó a su mirada—. ¿No ha experimentado nunca algo similar, señor Mather? Tengo entendido que los torturadores de una muchacha afligida consiguieron que la imagen de usted se apareciera ante ella.

—Sí —replicó el señor Mather con cierto acaloramiento—, los demonios se adueñaron de su lengua, y cuando sufría ataques se quejaba de que yo le infligía tormentos sobrenaturales. Sin embargo, sus únicas protestas cuando recuperaba el conocimiento eran contra mis pobres oraciones. Finalmente, mis exhortaciones se impusieron, y tanto ella como mi buen nombre quedaron libres de la maldad de Satanás.

Sir Jonathan se agachó para limpiarse el polvo de sus zapatos de hebilla con su pañuelo.

—Uno nunca sabe en quién puede recaer la acusación de brujería. Ni siquiera el más piadoso está libre de sufrir alguna calumnia. —Al agacharse, a Deliverance le había parecido que esbozaba una sonrisa, pero, cuando volvió a levantar la cabeza, su expresión era de profunda gravedad, e hizo frente con serenidad a la mirada suspicaz e incómoda del joven sacerdote—. Lo que más me convence de la culpabilidad de la presa —prosiguió con tranquilidad—, más aún que el sufrimiento que me ha causado, es el testimonio del viejo terrateniente que la vio conversando en el bosque con Satanás. Si pudiéramos llegar a la raíz del asunto, tal vez lográsemos desentrañar todo el misterio. Pero sugiero humildemente que ella me lo cuente al oído, a solas, por si el relato resulta de una naturaleza demasiado terrible y escandalosa para unos oídos tan piadosos como los suyos. Después yo se lo repetiría a usted con el debido tacto.

—No —respondió Cotton Mather—, un estómago delicado no me impedirá investigar nada que pueda llevar a un mejor establecimiento del Señor en este distrito.

Deliverance empezó a pensar que le iban a arrancar alguna historia en contra de su voluntad. ¡Ay! ¿Qué medios le quedaban para defenderse? Sus dedos se cerraron convulsivamente sobre las medias sin terminar en su regazo. Se despertó en ella el instinto femenino de buscar alivio de un pensamiento doloroso en alguna ocupación sencilla como coser o tejer. Decidió continuar con su labor, contando cada punto para sus adentros, sin permitir nunca que su atención se apartase de la tarea, independientemente de las palabras que le dirigieran.

Y así, con gran sencillez, y ajena a todos los convencionalismos mundanos, buscó refugio en su labor.

Fue una acción tan inaudita, evocadora de una domesticidad relajada y una forma de ocuparse propia de mujeres honradas, que tanto el sacerdote como el seglar se quedaron desconcertados y no supieron cómo actuar.

Sir Jonathan rompió a reír de pronto con aspereza.

—La bruja participa de la obstinación de su Maestro —exclamó—. Creo que sería aconsejable, en vista de que sus oraciones y exhortaciones resultan inútiles con ella, probar con métodos menos delicados y recurrir a amenazas.

Su artera inteligencia comprendió que por muy extraña (aunque, se temía él, conocida) que fuera la historia que contase la pequeña doncella, podría tomarse erróneamente por la maldad de quien se ha entregado a Satanás.

—Quizá sea lo mejor —asintió Cotton Mather, sumamente perplejo.

Sir Jonathan agitó el dedo índice en dirección a Deliverance.

—Escucha, señorita —dijo, y le clavó una mirada amenazadora.

Deliverance, que estaba contando sus puntos, no le prestó atención.

¡Qué pálida estaba su carita! ¡A qué velocidad se movían y rozaban las agujas! Y, mientras contaba puntos, un trasfondo de pensamientos, las palabras de su sueño: una pequeña vida vivida con dulzura.

—Escucha bien lo que te digo —continuó sir Jonathan—. ¿Has oído que han sentenciado a muerte al viejo Giles Corey?

Las agujas temblaron en sus pequeñas manos. En ese momento se le fue un punto, y de seguido otro.

—Y, como no dice ni que sea culpable ni que no lo sea, se rumorea que va a ser aplastado hasta morir bajo unas piedras.

Un suspiro de terror siguió a sus palabras. El sonido involuntario provenía de Cotton Mather, cuyo organismo imaginativo y excitable respondía a la menor impresión. Tenía los ojos fijos en la pequeña doncella. Vio cómo le temblaban las manos al extremo de que no era capaz de guiar las agujas. ¡Qué manos tan pequeñas, muestra de la inocente apariencia de la infancia! ¡Oh, que el Diablo tuviera que ponerse semejante disfraz!

—Por lo tanto, si no confiesas —continuó sir Jonathan, con voz gélida y amenazadora—, ni siquiera se te concederá la merced de ser ahorcada, sino que te atarán de pies y manos y te tumbarán en el suelo. Y los vecinos del pueblo irán a tirarte piedras, y aquel a quien hayas hecho sufrir las contará conforme vayan cayendo. Yo estaré allí para ver cómo te golpea la primera…

Un grito desgarrador de la muchacha torturada lo interrumpió. Ella se lanzó a los pies de él con los brazos extendidos.

—Y ¡cuando me golpee la primera piedra —gritó—, Dios me llevará con Él! ¡Podrá contar usted las piedras que me lanzan los demás, pero nunca sabré lo rápido que caen!

Cotton Mather se conmovió.

—Pongamos el celo necesario para deshacernos de todos estos malvados hechiceros y de sus fascinaciones, sir Jonathan, pero actuemos con misericordia cuando no esté reñido con la justicia, no vaya a resultar que torturar a cualquier ser vivo sea un reflejo de nuestra hombría. —A continuación se dirigió con ternura a Deliverance, que se había derrumbado en su camastro y se cubría la cara con las manos—. Explícanos por qué la mujer de Ipswich que fue ahorcada deseaba tu salvación.

Deliverance no respondió. Y él no encontró ninguna otra forma de convencerla para que hablase. Así pues, al cabo de un rato agotador rezando y exhortándola, sir Jonathan y él se pusieron en pie y se marcharon. En el umbral, Cotton Mather le echó una mirada por encima del hombro a la pequeña doncella, que no dejaba de llorar.

—Este caso me da mala espina —observó, apoyando la mano con fuerza en el hombro de su acompañante mientras recorrían el pasillo—; el corazón me ha dado un vuelco, y sus gritos han despertado sentimientos extraños dentro de mí.

La tarde estaba ya muy avanzada. El joven sacerdote no podría llegar a Boston hasta pasada la medianoche, por lo que decidió posponer su viaje hasta el día siguiente. Además, suponía una excusa magnífica para acercarse al juzgado por la mañana, pues disfrutaba mucho de aquellos juicios de brujas.

Pero esa noche a Cotton Mather le costó conciliar el sueño, pues no dejaba de pensar en la doncella y en si sería o no culpable de los cargos que se le imputaban…

[Nota del editor: después de una serie de interrogatorios, la joven bruja es declarada inocente de todos los cargos, y el hombre al que más agradecida ha de estarle por librarla de la horca es, curiosamente, ¡el señor Mather! Es sorprendente esta resolución en un momento en que la mayoría de los lectores seguían viendo a los personajes de los juicios famosos —en especial a los abogados de la acusación— en tonos muy definidos de blanco y negro].