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Dilvish, El Maldito - Roger Zelazny (Parte 2 y última)

Estaban cabalgando con el ocaso y la luz del sol poniente servía para enturbiar en parte, aunque no todas, las agitadas visiones que flotaban alrededor: los amenazadores árboles de apariencia consciente cuyas ramas oscilaban como huesudos dedos, con un tacto frío, flojo y molesto; las criaturas grisáceas que daban vueltas y que de vez en cuando se lanzaban hacia Dilvish y se apartaban de los tajos de su espada; los seres tentaculares que se deslizaban detrás de Black, con las extremidades extendidas pero incapaces de seguir el paso del animal metálico, y el viento helado que parecía más que viento, lleno de veloces escamas y franjas negras, con olor a sepultura... En cuanto a los ocasionales ruidos de animales que oía, Dilvish no supo de qué versión de la realidad procedían.

Conforme el sol descendía por el oeste y las sombras se alargaban, el otro mundo y su constante luz plateada iba predominando en el duelo por dominar los sentidos de Dilvish. Si acaso, el mundo fantasma parecía más brillante, aunque sus nieblas eran proporcionalmente más densas. 

Dilvish se sintió agobiado por la posibilidad de que los objetos de aquel plano pudieran cobrar densidad con respecto a él mientras el día decaía en su mundo.

Algo de elefantinas proporciones se aproximaba por la izquierda de forma amenazadora. Avanzaba con rapidez para su tamaño, pero no podía igualar el paso de Black y pronto quedó atrás y se perdió de vista. Dilvish suspiró y miró al frente. Zarcillos, sólo en parte palpables, fustigaron sus calzones y mangas.

Cuando Black aflojó el paso para doblar un recodo del camino, Dilvish notó un peso repentino en la espalda y garras que se clavaban en sus hombros.

Tras revolverse y extender las manos, agarró un cuello bajo una grotesca cabeza con pico que se proyectaba hacia la suya. La fuerza del impacto y los movimientos le forzaron a soltarse de la silla. 

Al caer del lomo de Black, el mundo fantasma se desvaneció. La criatura, similar a un ave y del tamaño de un perrillo, dejó escapar un grito agudo y gorjeante, agitó sus membranosas alas al tocar el suelo, pero Dilvish la agarró con fuerza y se revolvió para caer encima de ella.

El extraño animal dio la vuelta debajo de Dilvish nada más caer, trató de alejarse dando tirones y agitó las alas contra la cabeza del hombre. Tras liberar su cuello de otro tirón, dio un salto atrás y miró alocadamente en todas direcciones. A continuación se lanzó al aire y planeó hacia la derecha de la senda hasta desaparecer entre los árboles.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Dilvish, acercándose a Black.

—Has logrado transportar a esa criatura del plano fantasma al nuestro —replicó Black—. La habías cogido cuando perdiste el contacto con el circuito del cinto, y la has tirado al suelo contigo. Felicidades. Tengo la impresión de que eso no ocurre muy a menudo.

—Vámonos de aquí antes de que vuelva —dijo Dilvish mientras montaba—. La sensación de éxito está bastante embarullada. ¿Qué hará ese animal en nuestro mundo, de todas formas?

—Probablemente seguirte para intentarlo otra vez —respondió Black—. Pero apuesto a que no durará demasiado. No sabe mucho de nuestro mundo y los predadores olerán la diferencia perfectamente. Algo acabará liquidándolo. —Black prosiguió la marcha—. Aunque será muy interesante —añadió en tono meditativo— si se topa con algún pollo.

—¿Por qué? —inquirió Dilvish.

—Conozco a ese animal por mis viajes en el otro plano, hace mucho tiempo —dijo Black—. Si uno de ellos llega aquí y encuentra gallinas, al poco tiempo hay nidadas de basiliscos. Les gusta comprobar con gallinas, y ese es el resultado normal. —El camino era recto y Black apretó de nuevo el paso—. Por fortuna, los basiliscos tampoco duran mucho en este plano.

—Es agradable saberlo —dijo Dilvish, agachándose bajo una rama fantasma, mientras su visión se adaptaba al otro plano.

La luz diurna huyó del mundo normal, y las formas de este se volvieron sombrías e inmateriales. El otro plano cobró mayor brillantez, más apariencia sólida. Para comprobarlo, Dilvish extendió la mano y arrancó una alargada hoja, aserrada y oscura, de un árbol que se agitó con el paso de Black. 

De inmediato la hoja se enrolló en la mano y sus puntas horadaron la piel con la sensación de una infinidad de picaduras de insecto. Dilvish maldijo mientras se la arrancaba y la tiraba.

—Curiosidad otra vez —observó Black—. No atormentes a las plantas. Son muy sensibles.

Dilvish replicó con una obscenidad y se frotó la mano.

Siguieron cabalgando varias horas, a velocidad mayor que la que cualquier caballo puede mantener. Dejaron atrás grandes y amenazadoras criaturas; otras más pequeñas y más rápidas las eludieron o se enzarzaron brevemente con ellas. Dilvish sufrió picaduras en el muslo izquierdo y en el brazo derecho.

—Eres muy afortunado, no se hallan entre los ejemplares venenosos —había comentado Black.

—¿Por qué no me siento afortunado? —había replicado Dilvish.

Finalmente llegaron a una elevación del terreno en el otro mundo, aunque el camino continuaba recto y llano. Hasta entonces habían encontrado declives y descensos en su plano, creando la impresión de cabalgar por el aire sobre el brillante paisaje, pero en ese momento Dilvish pensó por primera vez que iba a meterse en la ladera de la colina.

—¡Despacio, Black! ¡Despacio! —gritó Dilvish, en el mismo instante que una silueta humana salía de la grieta de una roca situada a la derecha para tomar posición en la senda ante ellos—. ¿Qué...?

—Lo veo —dijo Black—. He estado haciendo comprobaciones. Puedo mencionar que el paraje no es famoso por su habitación humana.

La figura, la de un viejo con una oscura capa, hizo un gesto con el bastón como si les rogara que se detuvieran.

—Paremos y veamos qué desea —dijo Dilvish.

Black se detuvo. El anciano sonrió.

—¿Qué desea? —preguntó Dilvish.

El viejo levantó una mano. Respiraba con dificultad.

—Un momento —dijo—. Debo recuperar el aliento. He estado proyectándome por todas partes, tratando de localizarlos. Duro trabajo.

—El cinto —dijo Dilvish.

El otro asintió.

—El cinto —convino—. Estás llevándolo en mala dirección.

—¿Sí?

—Sí. Por esto no recibirás nada de los kallusanos, ni siquiera las gracias. Son un pueblo bárbaro.

—Entiendo —dijo Dilvish—. Apuesto a que sois sacerdote de Salbacus, en Sulvar.

—¿Cómo podría negarlo? —preguntó el hombre—. Por desgracia, no poseo el poder de transportar un objeto como el cinto de un plano a otro ni de un lugar a otro. Por tanto, es precisa vuestra cooperación. Quiero asegurarles que serán bien recompensado por ello.

—¿Qué desea, exactamente, que haga yo?

—Desde este plano, observamos el hurto del cinto —respondió el anciano—. Previendo el robo, nuestro ejército ya estaba movilizado. Nuestros oficiales empezaban a trasladarlo en esta dirección cuando Fly se apoderó del cinto. Nuestro ejército prosigue su marcha, pero los kallusanos lo saben y se han movilizado. También los elfos vienen hacia aquí, desde el oeste.

—¿Pretende decir que estoy entre dos ejércitos movilizados?

—Exactamente. Bien, también tenemos destacadas fuerzas de ataque y grupos de exploración. Hay uno a menos de media hora en este camino. Lleva la estatua del templo de Salbacus. Sería más sencillo que diera media vuelta y fuera a su encuentro. Devolviera el cinto y el oficial del grupo le daría un salvoconducto para ir a Sulvar. Sería un héroe allí, y le pagarían bien. Por otra parte, también hay gente nuestra que pretende acabar con usted...

—Espere  un momento —dijo Dilvish—. Ser un héroe y recibir buen pago siempre es agradable, pero ¿qué me dice de este plano y de las bestias que veo ahora mismo y que se acercan de nuevo?

El sacerdote se echó a reír.

—El primer sacerdote de Salbacus que tenga ese cinto en sus manos anulará la maldición, no tema. ¿De acuerdo?

Dilvish no replicó.

—¿Qué opinas, Black? —musitó.

—Parece menos costoso matarte que recompensarte —respondió Black—. Por otro lado, los kallusanos se alegrarán de recuperar lo que les pertenece, y saben que tú no fuiste el primero en cogerlo porque conocen al ladrón.

—Cierto —dijo Dilvish.

—¿De acuerdo? —repitió el sacerdote.

—Creo que no —replicó Dilvish—. El cinturón es de los otros.

El sacerdote meneó la cabeza.

—No creo que alguien que cabalga por la campiña haga cosas como esta simplemente porque piensa que es correcto —dijo—. Es perversidad, eso es. Ese cinto ha sido robado y recuperado tantas veces que hemos perdido el rastro del principio de las cosas. No defienda espectrales nociones de honor, dando vueltas como un molino de viento y sin llegar a ninguna parte. Sea razonable.

—Lo lamento —dijo Dilvish—. Pero así va a ser.

—En ese caso —dijo el otro—, las tropas lo recogerán de sus restos.

Bajó su bastón de tal modo que la punta quedó extendida, como una lanza, hacia Dilvish. Al instante, Black se encabritó y el fuego danzó en sus ojos y el humo ondeó en su hocico.

En ese momento, un hombre bajito y regordete que vestía una capa marrón y también llevaba un bastón, salió de la grieta de la roca.

—Un momento, Izim —dijo, volviendo el bastón hacia el otro.

—¡Maldita sea! ¡Precisamente cuando acababa mi turno! —observó el sacerdote de Salbacus.

—Forastero, sigue cabalgando —dijo el recién llegado—. Soy sacerdote de Cabolus. Una fuerza de Kallusan se dirige hacia aquí, llevando la estatua de Cabolus. En cuanto el cinto ciña su cintura, las cosas se resolverán satisfactoriamente.

El sacerdote de Salbacus atacó con el bastón al segundo hombre, que paró el golpe, respondió y saltó a un lado. De inmediato, apuntó la punta de su bastón hacia el otro hombre y brotó una oleosa llama. El sacerdote llamado Izim bajó su báculo y de la punta salieron chorros de vapor que mojaron la llama del otro. Atacó de nuevo con el bastón y el otro paró el golpe.

—¡Se me ha ocurrido una duda! —gritó Dilvish— ¡Con respecto a la identificación! Con tantas tropas y dioses avanzando por la campiña, ¿cómo se distingue la estatua de Cabolus de la de Salbacus?

—¡Cabolus tiene la mano derecha levantada! —gritó el sacerdote bajito mientras golpeaba en el hombro al otro.

—¡Si cambia de opinión —exclamó Izim mientras hacía tropezar al otro—, Salbacus tiene la mano izquierda levantada!

El sacerdote de inferior estatura rodó en el suelo, se levantó y golpeó al otro en el estómago.

—Sigamos cabalgando —dijo Dilvish, y Black se adentró en la ladera y se hizo la oscuridad.

Dilvish perdió la noción del tiempo con la claustrofobia que siguió. Luego, vagamente, su mundo apareció como si lo viera a través de una nube de humo. Miró hacia atrás por encima del hombro y vio que había salido la luna.

—Espero que al menos hayas aprendido a no entablar conversación con personas que tratan de robarte —dijo Black.

—Bien, debes admitir que ese hombre tenía un relato interesante.

—Estoy seguro de que Jelerak dispone de fascinantes relatos, si de eso se trata.

Dilvish no respondió. Miró fijamente el lugar donde una lucecita había aparecido entre los árboles.

—¿Fuego de campamento? —dijo por fin.

—Yo diría que sí —replicó Black.

—Kallusanos o sulváreos, me pregunto...

—No creo que hayan puesto un letrero.

—Afloja el paso. Yo diría que se impone la clandestinidad.

Black obedeció y sus movimientos se hicieron silenciosos. Dilvish continuaba experimentando la sensación de estar bajo tierra, de que su mundo normal era un paraje en sombras alrededor de él mientras se desplazaban a un lado del camino, dejaban este y se adentran en el bosque. Black siguió hacia la izquierda y hacia adelante, describiendo una trayectoria circular en dirección al fuego. Dilvish esperaba no salir pronto de la colina fantasma, para no confundirse con imágenes dobles.

El bosque que recorrían parecía espectral; todos los sonidos se confundían y árboles y piedras tenían un rasgo apagado, como en un sueño. Las ráfagas de un apenas perceptible viento ponían en movimiento las ramas de los árboles que, como gestos en lo alto, se percibían a ambos lados. Dilvish creyó oír un aleteo detrás de él en un momento dado, se detuvo, aguardó, observó y no vio nada más. Nada surgió para desafiarle. Prosiguieron después por el oscurecido paisaje, hasta que Dilvish olió la hoguera y escuchó tenues sonidos de voces masculinas.

—Será mejor que continúe a pie —dijo Dilvish—. Las botas elfas son magníficas para acechar.

Black se detuvo.

—Me tomaré tiempo y te seguiré en silencio —dijo—. Si me necesitas de repente, estaré allí en seguida.

Dilvish desmontó. Al separarse de Black y del cinto de la alforja, la noche perdió en parte su característica espectral, como si el mundo se destapara poco a poco. El olor a moho y tierra mojada se hizo más intenso. El volumen de los sonidos nocturnos aumentó. Las voces del campamento también parecían más fuertes, el fuego más brillante.

Dilvish avanzó agachado entre los árboles protectores, y caminó a gatas e hizo más lentos todos sus movimientos al acercarse al borde del campamento. Finalmente se detuvo y observó. Al cabo de un rato Black llegó muy despacio junto a él y se quedó totalmente inmóvil.

Había allí una decena de hombres, recostados o yendo de un lado a otro del campamento, todos ellos portando armas y ataviados como para la guerra. Diversos caballos estaban atados contra el viento. La tierra estaba muy pisada y en algunos puntos parecía removida. 

Había ramas diseminadas por todas partes, tal vez para alimentar la hoguera. Más allá de esta y hacia la izquierda había una litera de plataforma. Asegurado y atado encima de ella había algo similar a una estatua, por lo que Dilvish pudo ver. Su visión estaba obstruida en parte por los dos hombres que se encontraban conversando ante la estatua.

—¡Muévanse, maldita sea! —dijo en voz baja Dilvish.

Pero transcurrieron varios minutos antes de que ello sucediera. Cuando los hombres se apartaron por fin, empero, Dilvish suspiró.

—Muy bien —musitó a Black—. El brazo derecho está levantado. Puedo devolver el cinto a la banda de Cabolus y quedar fuera del juego.

Se levantó, retrocedió, abrió la alforja y sacó el cinto.

—Aguardaré aquí —dijo Black—, preparado.

—Perfectamente —dijo Dilvish, y avanzó.

Se abrió paso por una pantalla de ramas y se quedó inmóvil. Jamás era buena práctica entrar corriendo sin previo aviso en un campamento militar, decidió. Un instante después el hombre, al que había considerado oficial, se volvió hacia él. Varios soldados próximos a la hoguera repararon también en su presencia y se levantaron con las manos extendidas hacia sus armas. Dilvish alzó su vacía mano derecha.

—¿Han recibido un mensaje —preguntó— relacionado con el cinto?

El hombre que había supuesto estaba al mando del grupo permaneció inmóvil un instante y luego asintió. Avanzó.

—Sí —dijo—. ¿Lo tiene?

Dilvish levantó la mano izquierda y dejó que el cinto se desenrollara como una impetuosa cascada.

—Lo cogí al hombre que lo robó —afirmó—. Él murió.

Avanzó, extendiendo el cinto.

—Tómenlo —dijo—. Lo aguardábamos desde la última visita de nuestro sacerdote. Nosotros...

Dilvish se detuvo; había notado debajo del pie algo blanco de un matorral de altas hierbas. Se agachó de pronto, cogió un objeto y lo levantó.

Lo que sostenía era una mano de hombre.

—¿Qué es esto? —exclamó mientras la soltaba.

Saltó hacia un lado y sacó la espada. Hundió la punta del arma en un lugar donde la tierra estaba removida. Era una tumba poco profunda. Un movimiento de barrido dejó al descubierto un fragmento enterrado de pierna.

El oficial se abalanzó hacia él con el rostro contorsionado, pero Dilvish agitó la espada en posición de guardia. El otro se detuvo al instante y levantó una mano para detener a sus hombres, que avanzaban hacia ellos.

—Una patrulla de sulváreos nos atacó aquí antes —explicó—. Los superamos y les ofreció un entierro decente... más de lo que ellos habrían hecho por nosotros, estoy convencido.

—Y luego actuaron para eliminar cualquier indicio del conflicto...

—¿A quién le gustarían semejantes recuerdos siniestros alrededor del campamento?

—En tal caso, ¿por qué taparlos donde cayeron, estorbando? ¿Por qué no trasladarlos a cierta distancia? Hay algo extraño aquí...

—Estábamos cansados —dijo el oficial— después de marchar durante un día entero. Déjalo así, forastero. Entrégueme el cinto ahora y se librará de su carga.

Extendió una mano y dio un paso al frente.

—A menos que...

El soldado dio otro paso y el arma de Dilvish se agitó hacia él.

—Un momento —dijo Dilvish—. Se me acaba de ocurrir otra explicación.

—¿Qué sería...? —preguntó el oficial, deteniéndose de nuevo.

—Supongamos que son los sulváreos. Supongamos que hubieran caído sobre este destacamento de kallusanos, que los hubieran matado a todos... y luego, tras haber recibido el mensaje de que yo venía hacia aquí, se apresuraron a limpiar todo esto y esperaron para reclamar el cinto...

—Eso es mucho suponer —dijo el oficial—, y al igual que muchas historias descabelladas, no sé ninguna forma de refutarla.

—Bien, tal como yo lo entiendo, el bando del dios que luce el cinto es el que tiende a ganar estos conflictos. —Dilvish dio un paso hacia la izquierda, se puso de lado, sin dejar de mantenerse en guardia y retrocedió hacia la estatua—. Por tanto, voy a devolver el cinto a Cabolus y seguiré mi camino.

—¡Alto! —exclamó el oficial mientras desenvainaba su espada—. ¡Sería sacrílego que sus manos no sagradas realizaran ese acto! 

—Lo he llevado encima muchas horas —dijo—, y por lo tanto el daño ya debe estar hecho... y aquí no veo a nadie que tenga un aspecto particularmente sacerdotal... Correré el riesgo.

—¡No!

El oficial se lanzó hacia él, con la espada en alto. Dilvish paró el golpe y contraatacó. Oyó ruido de cascos, y una silueta negra con apariencia de caballo salió del bosque y cayó sobre los otros hombres que corrían hacia Dilvish.

Black aplastó a varios soldados con su ímpetu inicial. Después dio media vuelta, se empinó y atacó con los cascos... y Dilvish supo que el fuego estaba ardiendo en su montura.

Dilvish se deshizo de su rival con un tajo en el cuello y continuó retrocediendo ante el ataque de otros tres hombres.

Dilvish cayó apoyado en una rodilla y acometió con la espada una maniobra que el soldado más cercano no había previsto. Pero los otros dos se separaron y trataron de cercarle.

Al otro lado del claro, brotaron las llamas de Black, y Dilvish oyó los gritos de los que caían ante ellas.

Dilvish esquivó al soldado que estaba a su derecha y se abalanzó sobre el otro, y trabó combate con él. En cuanto las espadas chocaron, no obstante, comprendió que había cometido un error. 

El hombre era rápido, en cuanto a destreza, por encima de la media. No parecía haber forma de acabar con él rápidamente o hacerlo retroceder para enfrentarse con el otro, que en ese mismo momento debía estar preparándose a saltar sobre Dilvish. 

Este, casi frenéticamente, empezó a dar vueltas, con la esperanza de colocar a su adversario entre él y el segundo soldado. Sin embargo, su rival se opuso a la maniobra, haciendo más lento su retroceso en diagonal. Y por el rabillo del ojo Dilvish vio que Black estaba demasiado lejos para acudir a tiempo en su ayuda.

Escuchó de nuevo el silbido, y el batir de alas. Reconoció a su némesis del plano fantasma, que volaba hacia él entre los árboles.

Dilvish paró el golpe de su adversario, saltó hacia atrás y se lanzó agachado ante el segundo soldado, con la espada en alto, en posición de guardia.

La deslizante sombra había virado hacia él mientras saltaba. Ya muy cerca, la criatura abrió las alas pero no logró detenerse a tiempo. Chocó con la espalda del segundo soldado, que cayó entre Dilvish y el otro. El caído se revolvió y atacó a la bestia con su espada. El animal saltó por debajo de la hoja, le hirió en el hombro y le buscó la cara con las garras.

Todavía agachado, Dilvish atacó la corva del otro hombre, que chilló ante el impacto. Tras levantarse, vio la oportunidad de asestar un golpe definitivo y lo ejecutó.

Al volverse, Dilvish vio que el ave fantasma acababa de perforar con su pico el cuello del hombre caído y estaba apartándose de la roja fuente que allí brotaba, con sus oscuros ojos fijos en él. Batió con fuerza las alas y saltó hacia Dilvish.

La espada centelleó y la cabeza de la criatura voló hacia la derecha mientras el cuerpo continuaba avanzando, despidiendo un fluido azul claro por el muñón del cuello. Dilvish se apartó y el cuerpo pasó junto a él y siguió corriendo sin rumbo después de tocar el suelo.

Dilvish comprobó que no había atacantes lanzándose hacia él; Black continuaba pateando cuerpos. Envainó la espada y desandó el camino de la lucha en busca del cinto, que había caído durante la pelea. Se agachó por fin y lo recogió cerca del cadáver del primer atacante. Lo limpió de tierra y se volvió hacia la estatua.

—Aquí está, Cabolus —anunció mientras avanzaba—. Voy a devolverte el cinto. Apreciaría mucho que despidieras a las bestias del plano fantasma y anularas mi visión del lugar. Lamento que mis manos no estén limpias, pero han tenido que pasar por ahí.

Se arrodilló y colocó el cinto alrededor de la cintura de la estatua. De inmediato notó que se suavizaba la luz en las proximidades, y las facciones toscamente talladas que tenía ante él le parecieron más naturales aunque menos humanas. Retrocedió acto seguido mientras brotaba luz de las cuencas oculares y en la mano alzada.

—¡Muy bien! ¡Oh, muy bien! —sonó una voz detrás.

Dilvish dio media vuelta y se encontró ante la figura poco menos que sólida del grueso sacerdote que había conocido con anterioridad. El ojo izquierdo del recién llegado estaba cerrado por la hinchazón y en la frente tenía una herida. Se apoyaba con fuerza en su bastón.

—Los combates astrales parecen tan duros como los normales —observó Dilvish.

—Tendría  que ver al otro sacerdote —dijo el visitante—. Ha hecho un buen trabajo, forastero —y en ese instante el sacerdote señaló el campamento—, con un excelente sacrificio de sangre para calentar el corazón del viejo Cabolus.

—La razón ha sido un poco más temporal que espiritual —observó Dilvish.

—No importa, no importa... —musitó el sacerdote—. Se ha granjeado la buena voluntad de Cabolus. Puesto que el equilibrio ha vuelto a romperse, pronto celebraremos un festín en Sulvar, y habrá ejecuciones, incendios y excelente botín. Será recompensado por vuestra colaboración.

—Ya que habéis recuperado el cinto, ¿por qué no limitarse a dar por concluido el asunto y volver al hogar?

El sacerdote enarcó una ceja.

—Está  bromeando —dijo—. Ellos empezaron. Necesitaban una lección. De todos modos es nuestro turno. Ellos han hecho lo mismo con nosotros en vida mía. Y además, las tropas ya están en marcha. Imposible hacerlas regresar en este momento sin alguna acción, habría problemas. No, esa es la esencia del asunto. En realidad, algunos soldados llegarán aquí dentro de poco. Puede unirse a nuestro bando. Será un honor combatir por Cabolus... y tendrá una parte del botín.

Mientras tanto, Black se había acercado en silencio y estaba escuchando.

—Me pregunto —dijo por fin la negra montura— si habrá encontrado alguna gallina mientras estaba por aquí... —Estaba contemplando la cabeza caída del ave fantasma.

—Gracias por vuestra amable oferta —dijo Dilvish a la imagen del sacerdote—. Pero me espera un largo viaje y no deseo demorarme. Renuncio a mi parte del botín. —Montó a Black—. Buenas noches, sacerdote.

—En tal caso, el templo reclamará vuestra parte —dijo el sacerdote, sonriente—. Buenas noches pues, y que la bendición de Cabolus lo acompañe.

Dilvish se estremeció antes de saludar con una inclinación de cabeza.

—Pongamos pies en polvorosa —dijo Black—, y evitemos cualquier campo de batalla.

Black se volvió hacia el sur y se adentró en el bosque, dejando en el claro manchado de sangre la reluciente estatua del brazo levantado y al nebuloso sacerdote del ojo hinchado. La descabezada ave fantasma fue dando tumbos por el claro una vez más, y cayó después, agitando las alas y derramando fluido, cerca de un cadáver y de la hoguera. 

En lontananza sonaban las vibraciones de una tropa de caballería en pleno avance. La luna flotaba más alta, pero las sombras eran claras y vacuas. Black bajó la cabeza y todo desapareció dando vueltas.

La tarde siguiente, en otro camino que serpenteaba hacia el sur a través del bosque, una mujer joven salió corriendo de los árboles y se acercó a los viajeros.

—¡Buen caballero! —gritó a Dilvish—. ¡Mi amado yace herido en lo alto de esta colina! ¡Unos salteadores nos atacaron hace poco! ¡Por favor, vengan y ayúdenlo!

—Alto, Black —dijo Dilvish.

—Claro —dijo Black en un siseo casi inaudible—. Es uno de los juegos más viejos del libro. Tú la sigues y un par de hombres armados te tienden una emboscada. Los derrotas y la mujer te dará una cuchillada en la espalda. Incluso hay baladas con este tema. ¿No aprendiste nada ayer?

Dilvish contempló los hinchados ojos de la joven, observó cómo retorcía sus manos.

—Ella podría estar diciendo la verdad, compréndelo —dijo en voz baja.

—¡Por favor, caballero! ¡Por favor! ¡Venga en seguida! —gritó la mujer.

—Aquel primer sacerdote tenía bastante razón, diría yo —observó Black.

Dilvish le dio una palmada en el cuello y hubo un tenue sonido metálico.

—Maldito si lo dices, maldito si no lo dices —comentó Dilvish mientras desmontaba.

Sortilegio de Otoño - Joseph von Eichendorff

El caballero Ubaldo, una tranquila tarde de otoño mientras cazaba, se encontró alejado de los suyos, y cabalgaba por los montes desiertos y boscosos cuando vio venir hacia él a un hombre vestido con ropas extrañas. El desconocido no advirtió la presencia del caballero hasta que estuvo delante de él. Ubaldo vio con estupor que vestía un jubón magnífico y muy adornado pero descolorido y pasado de moda. Su rostro era hermoso, aunque pálido, y estaba cubierto por una barba tupida y descuidada.

Los dos se saludaron sorprendidos y Ubaldo explicó que, por desgracia, se encontraba perdido. El sol se había ocultado detrás de los montes y aquel lugar se encontraba lejos de cualquier sitio habitado. El desconocido ofreció entonces al caballero pasar la noche en su compañía. Al día siguiente, añadió, le indicaría la única manera de salir de aquellos bosques. Ubaldo aceptó y le siguió a través de los desiertos desfiladeros.

Pronto llegaron a un elevado risco a cuyo pie se encontraba una espaciosa cueva, en medio de la cual había una piedra y sobre la piedra un crucifijo de madera. Al fondo estaba situada un lecho de hojas secas. Ubaldo ató su caballo a la entrada y, mientras, el huésped trajo en silencio pan y vino. 
 
Después de haberse sentado, el caballero, a quien no le parecían las ropas del desconocido propias de un ermitaño, no pudo por más que preguntarle quién era y qué le había llevado hasta allí.

—No indagues quién soy —respondió secamente el ermitaño, y su rostro se volvió sombrío y severo. Entonces Ubaldo notó que el ermitaño escuchaba con atención y se sumía en profundas meditaciones cuando empezó a contarle algunos viajes y gestas gloriosas que había realizado en su juventud. Finalmente Ubaldo, cansado, se acostó en el lecho de hojas secas que le había ofrecido su huésped y se durmió pronto, mientras el ermitaño se sentaba en el suelo a la entrada de la cueva.

A la mitad de la noche el caballero, turbado por agitados sueños, se despertó sobresaltado y se incorporó. Afuera, la luna bañaba con su clara luz el silencioso perfil de los montes. Delante de la caverna vio al desconocido paseando intranquilo de aquí para allá bajo los grandes árboles. Cantaba con voz profunda una canción de la que Ubaldo sólo consiguió entender estas palabras:
 
Me arrastra fuera de la cueva el temor. 
Me llaman viejas melodías.
Dulce pecado, déjame
O póstrame en el suelo
Frente al embrujo de esta canción,
Ocultándome en las entrañas de la tierra.
¡Dios! Querría suplicarte con fervor,
Mas las imágenes del mundo siempre
Se interponen entre nosotros,
Y el rumor de los bosques
Me llena de terror el alma.
¡Severo Dios, te temo! 
¡Oh, rompe también mis cadenas! 
Para salvar a todos los hombres 
Sufriste tú una amarga muerte. 
Estoy perdido ante las puertas del infierno. 
¡Qué desamparado estoy! 
¡Jesús, ayúdame en mi angustia!
 
Al terminar su canción se sentó sobre una roca y pareció murmurar una imperceptible oración, semejante a una confusa fórmula mágica. El rumor del riachuelo cercano a las montañas y el leve silbido de los abetos se unieron en una misma melodía, y Ubaldo, vencido por el sueño, cayó de nuevo sobre su lecho.

Apenas brillaron los primeros rayos de la mañana a través de las copas de los árboles, cuando el ermitaño se presentó ante el caballero para mostrarle el camino hacia los desfiladeros. Ubaldo montó alegre su caballo y su extraño guía cabalgó en silencio junto a él. 
 
Pronto alcanzaron la cima del monte, y contemplaron la deslumbrante llanura que aparecía súbitamente a sus pies con sus torrentes, ciudades y fortalezas en la hermosa luz de la mañana. El ermitaño pareció especialmente sorprendido:

—¡Ah, qué hermoso es el mundo! —excluyó turbado, cubrió su rostro con ambas manos y se apresuró a adentrarse de nuevo en los bosques. Ubaldo, moviendo la cabeza, tomó el conocido camino que conducía a su castillo.

La curiosidad le empujó de nuevo a buscar aquellas soledades, y, aunque con esfuerzo, consiguió encontrar la cueva, donde el ermitaño le recibió esta vez sombrío y silencioso.

Ubaldo, por el canto nocturno del ermitaño en el primer encuentro, supo que éste quería sinceramente expiar graves pecados, pero le pareció que su espíritu luchaba en vano contra el enemigo, pues en su conducta no existía la alegre confianza de un alma verdaderamente sumisa a la voluntad de Dios, y, con frecuencia, cuando conversaban sentados uno junto al otro, irrumpía una contenida ansiedad terrenal con una fuerza terrible en los extraviados y llameantes ojos de aquel hombre, transformando su fisonomía y dándole un cierto aire salvaje.

Esto impulsó al piadoso caballero a hacer más frecuentes sus visitas para ayudar con todas sus fuerzas a aquel espíritu vacilante. Sin embargo, el ermitaño calló su nombre y su vida anterior durante todo aquel tiempo, y parecía temeroso de su pasado. Pero, con cada visita se tornaba más apacible y confiado. Así, finalmente consiguió el buen caballero convencerle para que le acompañara a su castillo.

Ya había anochecido cuando llegaron a la fortaleza. El caballero Ubaldo ordenó encender un hermoso fuego en la chimenea e hizo traer el mejor vino de cuantos tenía. Era la primera vez que el ermitaño parecía encontrarse a gusto. Observaba muy atentamente una espada y otras armas que, colgadas en la pared, reflejaban los destellos de la lumbre, y luego contemplaba silenciosamente al caballero.

—Vos sois feliz —dijo—, y veo vuestra firme y gallarda figura con verdadero temor y profundo respeto; vive sin que os conmueva la alegría ni el dolor, y domina con serena tranquilidad la vida, al igual que un navegante que sabe manejar el timón, y no se deja confundir con el maravilloso canto de las sirenas. Junto a usted me he sentido muchas veces como un necio cobarde o como un loco. Hay personas embriagadas de vida. ¡Qué terrible es volver de nuevo a la sobriedad!

Ubaldo, que no quería desaprovechar aquel desacostumbrado comportamiento de su huésped, le insistió con entusiasmo para que le revelara la historia de su vida. El ermitaño se quedó pensativo.

—Si me promete —dijo finalmente— mantener eternamente en secreto lo que voy a contarle y me permite omitir los nombres, lo haré.

El caballero levantó su mano en señal de juramento y llamó a continuación a su mujer, de cuyo silencio respondía, para que participase junto con él de la historia tan ansiosamente esperada.

Ésta apareció con un niño en sus brazos y llevando a otro de la mano. Era alta y de hermosa figura en su floreciente juventud, silenciosa y dulce como el crepúsculo, reflejando en los encantadores niños su propia belleza. 
 
El huésped se sintió profundamente confundido al verla. Abrió bruscamente la ventana y, pensativo, detuvo su mirada unos instantes en el bosque oscurecido. Tranquilizado, volvió junto a ellos, se sentaron alrededor del fuego y empezó a hablar de la siguiente manera:

«El tibio sol del otoño se levantaba sobre la niebla azul que cubría los valles cercanos a mi castillo. La música había callado, la fiesta terminaba y los animados invitados se dispersaban. Era una fiesta de despedida que yo ofrecía a mi más querido amigo, que aquel día, con su hueste, se había armado de la Santa Cruz para unirse al ejército cristiano en la conquista de Tierra Santa. 
 
«Desde nuestra más temprana juventud era esta empresa nuestra única meta, el único deseo y la única esperanza de nuestros sueños de adolescencia. Aún hoy recuerdo con indescriptible nostalgia aquel tiempo tranquilo como la mañana, cuando, sentados bajo los altos tilos de mi castillo, seguíamos con la imaginación las nubes navegantes hacia aquella tierra bendita, donde Godofredo y otros héroes vivían y combatían en el claro esplendor de la gloria. Pero, ¡qué pronto cambió todo en mí!

«Una doncella, flor de toda belleza, que había visto muy poco y de la cual, sin que ella lo supiera, estaba perdidamente enamorado, me retenía en la cárcel silenciosa de estas montañas. Sí, yo era lo bastante fuerte para luchar, pero no tuve el valor de alejarme, y dejé marchar solo al amigo.

«También la doncella había participado en la fiesta y yo había sucumbido al esplendor de su hermosura. Al alba, cuando ella iba a despedirse y yo la ayudaba a montar en su caballo, tuve el valor de confesarle que, si era su voluntad, renunciaría a mi empresa. Ella no dijo nada y me miró fijamente, casi con horror, y salió al galope».

Oyendo estas palabras, Ubaldo y su mujer se miraron sin ocultar su asombro. Pero el huésped no lo advirtió y siguió su relato:

«Todos se habían ido. Los rayos del sol, a través de las altas ventanas ojivales, entraban en los salones vacíos, donde sólo resonaban mis pasos. Permanecí largo tiempo asomado al mirador; del silencioso bosque llegaban los acompasados golpes de las hachas de los leñadores. Tan grande era mi soledad, que, en un momento, se apoderó de mí una indescriptible ansiedad. No pude soportarlo: monté sobre mi caballo y salí de caza para aliviar mi oprimido corazón.

«Erré durante mucho tiempo y, finalmente, me encontré perdido en un paraje desconocido entre las montañas. Cabalgaba pensativo, con mi halcón en la mano a través de un prado maravilloso que acariciaban los oblicuos rayos del sol poniente. Las nubes otoñales se movían ligeras en el aire azul y sobre las montañas se oían los cantos de adiós de los pájaros migratorios.

«De repente llegó a mis oídos el sonido de varios cuernos de caza que parecían responderse unos a otros desde las cimas. Algunas voces los acompañaban con un canto. Hasta entonces, ninguna melodía me había conmovido de tal manera, y, aún hoy, recuerdo algunas de sus estrofas, que llegaban a mí a través del viento:

Por lo alto, en bandadas amarillas y rojas
Se van los pájaros volando.
Los pensamientos vagan sin consuelo
¡Ay de mí, que no encuentran refugio!
Y las oscuras quejas de los cuernos,
Golpean el corazón solitario.
¿Ves el perfil de los azules montes
Que se yergue a lo lejos sobre los bosques,
Y los arroyos que en el valle silencioso,
Se alejan susurrantes?
Nubes, arroyos, pájaros ruidosos:
Todo se junta allá a lo lejos.
Mis rizos de oro ondean
Y florece mi joven cuerpo dulcemente.
Pronto sucumbe la belleza;
Igual que el esplendor se apaga del verano
Debe la juventud inclinar sus flores.
Callan alrededor todos los cuernos.
Esbeltos brazos para abrazar,
Y roja boca para el dulce beso,
El cobijo del blanco seno,
Y el cálido saludo de amor,
Te ofrece el eco de los cuernos de caza.  
Dulce amor, ven, antes de que callen.

«Yo estaba confundido con aquella melodía que había conmovido mi corazón. Mi halcón, tan pronto como oyó las primeras notas, se intranquilizó, para después desaparecer en el aire y no volver más. Yo, sin embargo, incapaz de resistir, seguí oyendo aquella seductora melodía que confusa, unas veces se alejaba y, otras, llevada por el viento, parecía acercarse.
 
«Finalmente salí del bosque y divisé delante de mí, sobre la cumbre de una montaña, un majestuoso castillo. Desde arriba hasta el bosque, sonreía un bellísimo jardín, repleto de todos los colores, que rodeaba al castillo como un anillo mágico. 
 
«Todos los árboles y los setos, encendidos por los tonos violentos del otoño, aparecían purpúreos, amarillos oro y rojos fuego. Altos áster, las últimas estrellas del verano, brillaban allí con múltiples destellos. El sol poniente derramaba sus últimos rayos sobre aquella deliciosa altura, reflejando sus deslumbrantes llamas en las ventanas y en las fuentes.

«Me di cuenta entonces de que el sonido de los cuernos de caza que había escuchado poco antes provenía de este jardín. Vi con espanto, en medio de tanta magnificencia, bajo los emparrados, a la doncella de mis sueños, que paseaba cantando la misma melodía. Al verme calló, pero los cuernos de caza seguían sonando. Hermosos muchachos, vestidos de seda, se acercaron a mí y me ayudaron a desmontar.

«Pasé a través del arco ligero y dorado de la cancela, directo hacia la explanada del jardín, donde se encontraba mi amada y caí a sus pies, vencido por tanta belleza. Llevaba un vestido rojo oscuro; largos velos transparentes cubrían sus rizos dorados, que una diadema de piedras preciosas sujetaba sobre la frente.

«Me ayudó a levantarme amorosamente y, con voz entrecortada por el amor y el dolor, me dijo:

«—¡Cuánto te amo, hermoso e infeliz joven! Desde hace mucho tiempo te amo, y cuando el otoño inicia su fiesta misteriosa despierta mi deseo con nueva e irresistible fuerza. ¡Infeliz! ¿Cómo has llegado a la esfera de mi canción? Déjame y vete.

«Al oír estas palabras fui presa de un gran temblor y le supliqué que me hablara y se explicase. Pero ella no respondió, y recorrimos silenciosos, uno al lado del otro, el jardín.

«Mientras tanto, había oscurecido y el aspecto de la doncella se había tornado grave y majestuoso.

«—Debes saber —dijo— que tu amigo de la infancia, el cual hoy se ha despedido de ti, es un traidor. He sido obligada a ser su prometida. Sólo por celos te ha ocultado su amor. No ha partido hacia Palestina: mañana vendrá para llevarme a un castillo lejano donde estaré eternamente oculta a la mirada de todos. Ahora debo irme. Sólo nos volveremos a ver si él muere.

«Dicho esto, me besó en los labios y desapareció en las oscuras galerías. Una gema de su diadema heló mi vista, y su beso estremeció mis venas con un tembloroso deleite.

«Medité con terror las espantosas palabras que, al despedirse, había vertido como un veneno en mi sangre. Vagué pensativo mucho tiempo por los solitarios senderos. Finalmente, cansado, me eché sobre los escalones de piedra de la puerta del castillo. Los cuernos de caza sonaban todavía, y me dormí combatido por extraños pensamientos.

«Cuando abrí los ojos, ya había amanecido. Las puertas y las ventanas del castillo estaban cerradas, y el jardín, silencioso. En aquella soledad, con los nuevos y hermosos colores de la mañana, se despertaban en mi corazón la imagen de mi amada y todo el sortilegio de la víspera, y yo me sentía feliz sabiéndome amado y correspondido. A veces, al recordar aquellas terribles palabras, quería huir lejos de allí, pero aquel beso ardía aún en mis labios y no podía hacerlo.

«El aire era cálido, casi sofocante, como si el verano quisiera volver sobre sus propios pasos. Recorrí el bosque cercano para distraerme con la caza. De improviso vislumbré en la copa de un árbol un pájaro con un plumaje tan maravilloso como jamás lo había visto. Cuando tensé el arco para lanzar la flecha, voló hacia otro árbol. Lo perseguí ávidamente, pero el pájaro seguía saltando de copa en copa, mientras sus alas doradas reflejaban la luz del sol.

«Así, fui a parar a un estrecho valle, flanqueado por escarpados riscos. Allí no llegaba la fría brisa y todo estaba todavía verde y florido como en el verano. Del centro del valle salía un canto embriagador. Sorprendido, aparté las ramas de los tupidos matorrales y mis ojos se cegaron ante el hechizo que se manifestó delante de mí.

«En medio de las altas rocas había un apacible lago circundado de hiedra y juncos. Muchas doncellas bañaban sus hermosos miembros en las tibias ondas. Entre ellas se encontraba mi hermosísima amada sin velos, que, silenciosa, mientras las otras cantaban, miraba fijamente el agua, que cubría sus tobillos, como encantada y absorta en su propia belleza reflejada en el agua. Permanecí durante un tiempo mirando de lejos, inmóvil y tembloroso. De golpe, el hermoso grupo salió del agua, y me apresuré para no ser descubierto.

«Me refugié en lo más profundo del bosque para apaciguar las llamas que abrasaban mi corazón. Pero cuanto más lejos huía tanto más viva se agitaba delante de mis ojos la visión de aquellos miembros juveniles.

«La noche me alcanzó en el bosque. El cielo se había oscurecido y una tremenda tormenta apareció sobre los montes. "Sólo nos volveremos a ver si él muere", repetía para mí, mientras huía como si me persiguieran fantasmas.

«A veces me parecía oír a mi flanco estrépito de caballos, pero yo huía de toda mirada humana y de todo rumor que pareciera acercarse. Al cabo, cuando llegué a una cima, vi a lo lejos el castillo de mi amada. Los cuernos de caza sonaban como siempre, el esplendor de las luces irradiaba como una tenue luz de luna a través de las ventanas, iluminando alrededor mágicamente los árboles y las flores cercanas, mientras todo el resto del paraje luchaba en la tormenta y la oscuridad.

«Finalmente, incapaz casi de dominar mis facultades, escalé una alta roca, a cuyos pies pasaba un ruidoso torrente. Llegado a la cima divisé una sombra oscura que, sentada sobre una piedra, silenciosa e inmóvil, parecía ella misma también de piedra. Rasgadas nubes huían por el cielo. Una luna color sangre apareció por un instante, reconocí entonces a mi amigo, el prometido de mi amada.

«Apenas me vio, se levantó apresuradamente. Temblé de arriba abajo. Entonces le vi empuñar su espada. Colérico, me lancé contra él y lo agarré. Luchamos unos instantes y luego lo despeñé.

«De repente el silencio se hizo terrible. Sólo el torrente rugió más fuerte como si sepultase eternamente mi pasado en medio del fragor de sus ondas turbulentas.

«Me alejé velozmente de aquel horrible lugar. Entonces me pareció oír a mis espaldas una carcajada aguda y perversa que venía de las copas de los árboles. Al mismo tiempo creí ver en la confusión de mis sentidos, al pájaro que poco antes había perseguido. Me precipité lleno de espanto, a través del bosque, y salté el muro del jardín. Con todas mis fuerzas llamé a las puertas del castillo:

«—¡Abre —gritaba fuera de mí—, ¡abre, he matado al hermano de mi corazón! ¡Ahora eres mía en la tierra y en el infierno!

«La puerta se abrió y la doncella, más hermosa que nunca, se echó contra mi pecho, destrozado por tantas tormentas, y me cubrió de ardientes besos.

«No os hablaré de la magnificencia de las salas, de la fragancia de exóticas y maravillosas flores, entre las cuales cantaban hermosas doncellas, de los torrentes de luz y de música, del placer salvaje e inefable que gusté entre los brazos de la doncella».

En este punto, el ermitaño dejó de hablar. Fuera se oía una extraña canción. Eran pocas notas: ora semejaban una voz humana, ora la voz aguda de un clarinete, cuando el viento soplaba sobre los lejanos montes, encogiendo el corazón.

—Tranquilícense —dijo el caballero—. Estamos acostumbrados a esto desde hace tiempo. Se dice que en los bosques vecinos existe un sortilegio. Muchas veces, en las noches de otoño, esta música llega hasta nuestro castillo. Pero igual que se acerca, se aleja y no nos preocupamos de ello.

Sin embargo, un estremecimiento sobrecogió el corazón de Ubaldo y sólo con esfuerzo consiguió dominarse. Ya no se oía la música. El huésped, sentado, callaba, perdido en profundos pensamientos. Su espíritu vagaba lejos. Después de una larga pausa volvió en sí y retomó su narración, aunque no con la calma de antes:

«Observé que, a veces, la doncella, en medio de todo aquel esplendor, caía en una invencible melancolía cuando veía desde el castillo que el otoño iba a despedirse. Pero bastaba un sueño profundo para que se calmase, y su rostro maravilloso, el jardín y todo el paraje me parecían, a la mañana, frescos y como recién creados.

«Una vez, mientras estaba junto a ella asomado a la ventana, noté que mi amada estaba más triste y silenciosa que de costumbre. Fuera, en el jardín, el viento del invierno jugaba con las hojas caídas. Advertí que mientras miraba el paisaje palidecía y temblaba. Todas sus damas se habían ido, las canciones de los cuernos de caza sonaban aquel día en una lejanía infinita, hasta que, finalmente, callaron. Los ojos de mi amada habían perdido su esplendor, casi hasta apagarse. 
 
«El sol se ocultó detrás de los montes, e iluminó con un último fulgor el jardín y los valles. De repente, la doncella me apretó entre sus brazos y comenzó una extraña canción, que yo no había oído hasta entonces y resonaba en toda la estancia con melancólicos acordes. Yo escuchaba embelesado. Era como si aquella melodía me empujase hacia abajo junto con el ocaso. Mis ojos se cerraron involuntariamente: caí adormecido y soñé.

«Cuando me desperté ya era de noche. Un gran silencio reinaba en todo el castillo y la luna brillaba muy clara. Mi amada dormía a mi lado sobre un lecho de seda. La observé con asombro: estaba pálida, como muerta. Sus rizos caían desordenadamente como enredados por el viento, sobre su rostro y su pecho. Todo lo demás, a mi alrededor, permanecía intacto; igual que cuando me había dormido. Me parecía, sin embargo, como si hubiera pasado mucho tiempo. 
 
«Me acerqué a la ventana abierta. Todo lo de fuera me pareció distinto de lo que siempre había visto. El rumor de los árboles era misterioso. De repente vi junto a la muralla del castillo a dos hombres que murmuraban frases oscuras, y se inclinaban curvándose el uno hacia el otro como si quisieran tejer una tela de araña. No entendí nada de lo que hablaban: sólo oía de vez en cuando pronunciar mi nombre. 
 
«Me volví a mirar la imagen de la doncella que palidecía aún más en la claridad de la luna. Me pareció una estatua de piedra, hermosa, pero fría como la muerte e inmóvil. Sobre su plácido seno brillaba una piedra similar al ojo del basilisco y su boca estaba extrañamente desfigurada.

«Entonces se apoderó de mí un terror como nunca había sentido. Huí de la alcoba y me precipité a través de los desiertos salones, donde todo el esplendor se había apagado. Cuando salí del castillo vi a los dos desconocidos dejar lo que estaban haciendo y quedarse rígidos y silenciosos como estatuas. 
 
«Había al pie del monte un lago solitario, a cuyo alrededor algunas doncellas con túnicas blancas como la nieve cantaban maravillosamente, a la vez que parecían entretenidas en extender sobre el prado extrañas telas de araña a la luz de la luna. Aquella visión y aquel canto aumentaron mi terror. Salté aprisa el muro del jardín. Las nubes pasaban rápidas por el cielo, las hojas de los árboles susurraban a mis espaldas, y corrí sin aliento.

«Poco a poco la noche se fue haciendo más callada y tibia; los ruiseñores cantaban entre los arbustos. Abajo, en el fondo del valle, se oían voces humanas, y viejos y olvidados recuerdos volvieron a amanecer en mi corazón apagado, mientras, ante mí, se levantaba sobre las montañas una hermosa alba de primavera.

«—¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? —exclamé con asombro. No sabía qué me había pasado—. El otoño y el invierno han transcurrido. La primavera ilumina nuevamente el mundo. Dios mío, ¿dónde he permanecido tanto tiempo?

«Finalmente alcancé la cima de la última montaña. Salía un sol espléndido. Un estremecimiento de placer recorrió la tierra; brillaron los torrentes y los castillos; los tranquilos y alegres hombres preparaban sus trabajos cotidianos; incontables alondras volaban jubilosas. Caí de rodillas y lloré amargamente mi vida perdida.

«No comprendí, y aún hoy no lo comprendo, cómo había sucedido todo. Me propuse no bajar más al alegre e inocente mundo con este corazón lleno de pecados y de desenfrenada ansiedad. Decidí sepultarme vivo en un lugar desolado, invocar el perdón del cielo y no volver a ver las casas de los hombres antes de haber lavado con lágrimas de cálido arrepentimiento mis pecados, lo único que en mi pasado era claro para mí.
 
«Así viví todo un año hasta que me encontré con usted. Cada día elevaba ardientes plegarias y a veces me pareció haber superado todo y haber encontrado la gracia de Dios, pero era una falsa ilusión que luego desaparecía. Sólo cuando el otoño extendía de nuevo su maravillosa red de colores sobre el monte y el valle, llegaban de nuevo del bosque cantos muy conocidos. Penetraban en mi soledad, y oscuras voces respondían dentro de mí. 
 
«El sonido de las campanas de la lejana catedral me espanta cuando, en las claras mañanas de domingo, vuela sobre las montañas y llega hasta mí como si buscara en mi pecho el antiguo y callado reino del Dios de la infancia, que ya no existe. 
 
«Sepan que en el corazón de los hombres hay un reino encantado y oscuro, en el cual brillan cristales, rubíes y todas las piedras preciosas de las profundidades con amorosa y estremecedora mirada, y tú no sabes de dónde vienen ni adónde van. La belleza de la vida terrenal se filtra resplandeciendo como en el crepúsculo y las invisibles fuentes, arremolinándose, murmuran melancólicas, todo te arrastra hacia abajo, eternamente hacia abajo».

—¡Pobre Raimundo! —exclamó el caballero Ubaldo, que había escuchado con profunda emoción al ermitaño, absorto e inmerso en su relato.

—¡Por Dios! ¿Quién es que conoce mi nombre? —preguntó el ermitaño levantándose como herido por un rayo.

—Dios mío —respondió el caballero abrazando con afecto al tembloroso ermitaño—. ¿Es que no me reconoces? Yo soy tu viejo y fiel hermano de armas, Ubaldo, y ésta es tu Berta, a la que amabas en secreto y a la que ayudaste a montar a caballo después de la fiesta en el castillo. El tiempo y una vida venturosa han desdibujado nuestro aspecto de entonces. 
 
Te he reconocido sólo cuando comenzaste a relatar tu historia. Jamás he estado en un paraje como el que tú describes y nunca he luchado contigo en el acantilado. Inmediatamente después de aquella fiesta salí para Palestina, donde combatí varios años, y, a mi vuelta, la hermosa Berta se convirtió en mi esposa. 
 
Ella tampoco te ha visto jamás después de aquella fiesta, y todo lo que has contado es una vana fantasía. Un malvado sortilegio, que despierta cada otoño y desaparece después, te ha tenido, mi pobre Raimundo, encadenado con juegos engañosos durante muchos años. Los días han sido meses para ti. Cuando volví de Tierra Santa nadie supo decirme dónde estabas y todos te creíamos perdido.

A causa de su alegría, Ubaldo no se dio cuenta de que su amigo temblaba cada vez más fuertemente a cada una de sus palabras. Raimundo les miraba a él y a su esposa con ojos extraviados. De repente reconoció a su amigo y a la amada de su juventud, iluminados por la crepitante llama de la chimenea.

—¡Perdido, todo perdido! —exclamó trágicamente. Se separó de los brazos de Ubaldo y huyó velozmente en la noche hacia el bosque.

—Sí, todo está perdido, y mi amor y toda mi vida no son más que una larga ilusión —decía para sí mientras corría, hasta que las luces del castillo de Ubaldo desaparecieron a sus espaldas. Involuntariamente, se había dirigido hacia su propio castillo, al que llegó cuando amanecía.

Había amanecido de nuevo un claro día de otoño, como aquel de muchos años antes, cuando se había marchado del castillo. El recuerdo de aquel tiempo y el dolor por el perdido esplendor de la gloria de su juventud se apoderaron de toda su alma. Los altos tilos del jardín susurraban como antaño, pero la desolación reinaba por todos lados y el viento silbaba a través de los arcos en ruinas.

Entró en el jardín. Estaba desierto y destruido. Sólo algunas flores tardías brillaban acá y allá sobre la hierba amarillenta. Sobre una rama un pájaro cantaba una maravillosa canción que llenaba el corazón de una gran nostalgia.

Era la misma melodía que oyera junto a las ventanas del castillo de Ubaldo. Con terror reconoció también al hermoso y dorado pájaro del bosque encantado. Asomado a una ventana del castillo había un hombre alto, pálido y manchado de sangre. Era la imagen de Ubaldo.

Horrorizado, Raimundo alejó la mirada de esa visión y fijó los ojos en la claridad de la mañana. De repente, vio avanzar por el valle a la hermosa doncella a lomos de un brioso corcel. Estaba en la flor de su juventud. Plateados hilos del verano flotaban a sus espaldas; la gema de su diadema arrojaba desde su frente rayos de verde oro sobre la llanura.

Raimundo, enloquecido, salió del jardín y persiguió a la dulce figura, precedido del extraño canto del pájaro.

A medida que avanzaba, la canción se transformaba en la vieja melodía del cuerno de caza, que en otro tiempo le sedujera.

Mis rizos de oro ondean
Y florece mi joven cuerpo dulcemente,

oyó, como si fuera un eco en la lejanía...

Y los arroyos que en el valle silencioso,
Se alejan susurrantes.

Su castillo, las montañas, y el mundo entero, todo se hundió a sus espaldas.

Y el cálido saludo de amor,
Te ofrece el eco de los cuernos de caza.
¡Dulce amor, ven antes de que callen!
resonó una vez más.

Vencido por la locura, el pobre Raimundo siguió tras la melodía por lo profundo del bosque. Desde entonces nadie le ha vuelto a ver.