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Ratas espaciales del CCC - Harry Harrison

Eso es, compadre, acerca un taburete, sí, ese mismo. Echa a Phrnnx en el suelo para que la duerma, hasta que se le pase. Ya sabes que los Krddls no aguantan la bebida, y mucho menos si beben flnnx, y encima fuman esa endemoniada hierba krmml. Bueno, deja que te sirva un trago de flnnx. Ay, siento haberte mojado la manga. Cuando se seque puedes rascarlo con un cuchillo. A tu salud y por que tus propulsores no te fallen cuando las hordas kpnnz te persigan.

No, lo siento, pero nunca había oído tu nombre hasta ahora. Demasiados hombres buenos vienen y se van, y los mejores son los que mueren antes, por desgracia. ¿Yo? No, nunca has oído hablar de mí, tampoco. Llámame sencillamente Viejo Sarge, es un nombre tan bueno como otro cualquiera. 

Hay hombres buenos, como te digo, y el mejor de todos ellos era... bueno, le llamaremos el Caballero Jax. También tenía otro nombre, pero hay una jovencita esperando en un planeta que podría nombrar, una jovencita que espera y contempla las estelas hirvientes de las astronaves, cuando llegan, porque está esperando a un hombre. 

Así que en honor a ella le llamaremos el Caballero Jax; a él también le gustaría este nombre, estoy seguro. Aunque la jovencita debe de estar ya canosa, o tal vez calva y medio artrítica de tanto esperar, allí sentada; pero esto es otra historia y no me corresponde a mí contarla. Por Orión que no me corresponde contarla. Bueno, sírvete tú mismo. Un buen trago, anda. Ya sé que es normal que los buenos flnnx exhalen humo verde, pero será mejor que cierres los ojos cuando bebas, si no quieres quedarte ciego en una semana, ja, ja, por el sagrado nombre del profeta Mrddll

Claro que sé lo que estás pensando. Lo que estás pensando es qué demonios hace una vieja rata como yo en un agujero como éste, aquí, al final de la galaxia, donde las estrellas marginales parpadean descoloridas y los fotones cansados viajan lentamente. Pues voy a decírtelo. Lo que estoy haciendo es emborracharme más, si cabe, que un planizzian pfrdffl, eso es lo que hago. Se dice que bebiendo se olvidan las cosas y por el Cisne que yo tengo un montón de cosas de las que no quiero acordarme. 

Estás mirando las cicatrices que tengo en las manos. Pues cada una de estas cicatrices es una historia completa, compadre, lo mismo que las que tengo en la espalda y en... bueno, ésa es una historia diferente. Voy a contarte algo; algo que es totalmente cierto, por el nombre sagrado de Mrddl, aunque tal vez cambie un nombre o dos, ya sabes, a causa de esa jovencita que espera.

¿Has oído alguna vez hablar del CCC? Ya veo, por como abres los ojos y por como palidece el bronceado espacial de tu piel, que sí que has oído hablar de ello. Pues para que lo sepas, tu seguro servidor aquí presente, el Viejo Sarge, fue una de las primeras ratas espaciales del CCC, y mi compadre entonces era el hombre al que llaman el Caballero Jax. Que el Gran Kramddl maldiga su nombre y borre la memoria de aquel primer día negro en que le vieron mis ojos...

 

- ¡Atención! ¡Firmes!

La voz del sargento restalló como un latigazo en los oídos expectantes de los cadetes matemáticamente alineados en filas sucesivas. Bajo el impacto de aquel latigazo acústico, clarín de la fatalidad, ciento tres pares de botas relucientes chocaron los talones con un solo golpe seco y los ochenta y siete cadetes quedaron en posición de firmes, tan rígidos como si fuesen de acero. (Habría que explicar ahora que algunos de ellos procedían de otros mundos y por eso tenían un número diferente de piernas y otras cosas.) 

No se oía respirar a nadie, ni se podía percibir el menor parpadeo mientras el coronel Von Thorax echó a andar por delante de las filas, examinándolos de arriba abajo, clavando en ellos su ojo de cristal desde detrás de su monóculo. Llevaba su pelo gris, duro como el alambre, cortado a cepillo, un uniforme negro, impecable, de tejido suave, y los dedos de acero de su brazo izquierdo ortopédico sostenían un cigarrillo de hierba krmml. 

La mano derecha, ortopédica como el brazo que la sostenía, se levantaba rítmicamente en rígido saludo hasta el borde de su gorra de visera con un movimiento perfecto, mientras de sus pulmones artificiales, que ronroneaban tenuemente, brotaba la energía necesaria para modular la voz estentóreo con que daba sus órdenes.

- ¡Descanso! Ahora escuchadme bien. Vosotros sois el grupo de hombres, y de cosas, naturalmente, que han sido escogidas entre los mundos civilizados de la galaxia. Para el primer año de entrenamiento fueron admitidos seis millones cuarenta y tres cadetes, la mayor parte de los cuales han ido causando baja de una forma u otra. Muy pocos alcanzaban el nivel exigido. Algunos fueron fusilados por maleantes, después que tuvimos que expulsarlos. Otros creían en toda esa demagogia liberaloide con que el comunismo se disfraza de tintes rosados para proclamar que la guerra y la matanza no son necesarios, y también hubo que expulsarlos y fusilarlos. 

A lo largo de los años se fue eliminando a todos los blandos y sólo quedó lo más duro del Cuerpo: ¡Vosotros! ¡Los militantes de la primera promoción de graduados del CCC! Listos y a punto para llevar los beneficios de la civilización a las estrellas. ¡Preparados para descubrir al fin lo que representan y defienden las iniciales CCC!

Un enorme clamor ascendió desde la masa de gargantas; un grito ronco de entusiasmo viril que retumbó en ecos sonoros contra las paredes del estadio. A una señal dada por Von Thorax se conectó un interruptor y una gran plancha de imperviomita se deslizó a modo de techumbre sobre el espacio abierto y lo dejó completamente sellado, protegido de toda mirada curiosa y de todo posible rayo de espionaje. 

El rauco clamor ascendió de tono con entusiasmo alucinante, y más de un tímpano se rompió aquel día. Sin embargo, a una señal del coronel, al levantar su mano, se hizo un silencio instantáneo.

- Vosotros, militantes del CCC, no estaréis solos cuando partáis para extender las fronteras de la civilización hacia las estrellas bárbaras. ¡Oh, no! Cada uno de vosotros llevará un compañero fiel a su lado. ¡El primer hombre de la primera fila, que dé un paso al frente para encontrar a su fiel compañero!

El hombre que había sido designado dio un paso rápido hacia delante y se detuvo con un fuerte taconazo que fue respondido por el «clang» metálico de una puerta al abrirse y, sin poder evitarlo, sin premeditación, todos los ojos se volvieron simultáneamente hacia aquel punto, hacia aquella oscura entrada de la que salió...

¿Cómo describirlo? ¿Cómo describir el torbellino que os envuelve, la tormenta que os azota, el vacío que os asfixia? Aquello que salió de allí era tan indescriptible como una fuerza natural desencadenada.

Era una criatura monstruosa que mediría unos tres metros hasta la cruz de los hombros y unos cuatro hasta la enorme y fea cabezota, cuya boca babeaba entrechocando los dientes. Semejante a un ciclón avanzó la bestia sobre sus cuatro patas como pistones, con grandes pezuñas anguladas que desgarraban a su paso la dura superficie del suelo del estadio, hecho de impervitio. Un verdadero monstruo nacido de una pesadilla, que se encabritó sobre sus patas traseras al negar frente a los militantes y dejó escapar un horrísono bramido que congelaba el alma.

- ¡Aquí lo tenéis! - tronó a su vez el coronel con voz estentóreo, echando saliva salpicada de sangre por entre sus labios -. Este es vuestro fiel compañero, el mutacamel, una mutación extraordinaria conseguida a partir de la noble bestia de la Antigua Tierra. 

El mutacamel, símbolo y orgullo del CCC. O lo que es lo mismo, del Cuerpo de Camellos de Combate. ¡Soldados, os presento a vuestro camello!

El militante que había sido seleccionado antes dio un paso al frente y levantó la mano para saludar a la noble bestia, que rápidamente le cortó el brazo de un mordisco. Su grito de dolor se mezcló al jadeo de sus otros compañeros, que observaban la escena sin demasiado interés, mientras los guardianes del camello, protegidos por vestimenta de cuero con hebiIlas metálicas, hacían retroceder a la bestia a golpes de porra y la conducían de nuevo a su chiquero.

Un médico le puso al hombre un torniquete en su muñón ensangrentado y se lo llevó a rastras, desvanecido.

- Esta es vuestra primera lección en camellos de combate - gritó el coronel con voz hosca -. Nunca le levantéis la mano. Vuestro compañero, con su nuevo brazo ortopédico, estoy seguro, ja, ja, de que no olvidará esta lección. ¡El siguiente, y su siguiente compañero!

De nuevo el remolino de la tempestad desencadenada y aquel horrible bramido espumeante del camello de combate al iniciar su carga, a toda carrera. Esta vez el soldado no levantó el brazo. Entonces lo que hizo el camello fue cortarle la cabeza de un bocado.

- No creo que se puedan poner cabezas ortopédicas - dijo el coronel mirando maliciosamente a su formación -. Guardemos un minuto de silencio por nuestro compañero que se ha ido al gran cohete de reposo en el cielo. Bien, ya basta. 

¡Atención! Luego vendréis al campo de entrenamiento de los camellos para aprender cómo tenéis que manejar a vuestros fieles compañeros. Sin olvidar nunca que todos ellos tienen una dentadura completa hecha de imperviumita, y uñas de la misma sustancia, tan afiladas corno cuchillas de afeitar. ¡Rompan filas!

Los cuarteles de los cadetes del CCC eran famosos por su carencia absoluta de coquetería, o más bien por su decorado glacial Y su falta de comodidades. Las camas eran unas simples losas de impervitium -nada de colchones blandos que pudieran reblandecer las vértebras- y las sábanas, de tejido de saco muy fino. Desde luego no había mantas; ¿qué falta hacían, con una sana temperatura constantemente mantenida a cuatro grados centígrados? 

El resto de la instalación correspondía al mismo criterio, de modo que fue una enorme sorpresa para los graduados encontrarse, al volver de la ceremonia y los entrenamientos, con algunas innovaciones inesperadas. Había una pantalla en cada una de las bombillas, antes desnudas, colocadas junto a las camas para leer. Y un buen almohadón suave de dos centímetros de grosor, además. Estaban recogiendo ahora los beneficios de todos aquellos años de trabajo.

Entre todos los alumnos el mejor era, con gran ventaja sobre el resto, uno llamado M. Hay ciertos secretos que no se pueden revelar, algunos nombres que son importantes para sus seres queridos y sus vecinos. Por lo tanto voy a dejar la capa del anónimo sobre la verdadera identidad de este hombre llamado M. 

Bastará con que le llamemos «Acero», puesto que ése era el sobrenombre que le puso alguien que le conocía muy bien. Acero tenía por aquel entonces un compañero de cuarto llamado L. Más tarde, mucho más tarde, sería conocido por algunos como «el Caballero Jax», de modo que así le nombraremos nosotros para el propósito de esta narración: Caballero Jax, o simplemente Jax.

Jax venía inmediatamente después de Acero en lo que se refiere a marcas escolares y deportivas, y los dos eran muy buenos amigos. Habían sido compañeros de cuarto durante todo el último año de instrucción y ahora estaban los dos allí, con los pies en alto, saboreando el inesperado confort del nuevo mobiliario, tomando a sorbos un tazón de café descafeinado, que se llamaba Kofe, y dando hondas chupadas a los cigarrillos desnicotinizados que fabricaba la misma escuela, y que se llamaban Denikcig, de acuerdo con el nombre que les había dado el fabricante. Los estudiantes del CCC, sin embargo, les llamaban «jadeadores» o «revientapulmones».

- Échame un reventador, ¿quieres, Jax? - dijo Acero, desde su cama, donde estaba tumbado con los brazos por detrás de la cabeza, soñando despierto en lo que le esperaba, ahora que ya tendría su propio camello muy pronto -. ¡Ouh! - exclamó al sentir que el paquete de cigarrillos arrojado por su amigo le daba en un ojo. 

Sacó uno de aquellos cilindros blancos y delgados, lo encendió, después de darle unos ligeros golpecitos contra la pared, y luego aspiró una profunda bocanada de humo refrescante - Aún no puedo creerlo - dijo echando humo mezclado con palabras.

- Pues es cierto, por Mrddl - dijo Jax sonriente -. Somos graduados. Ahora devuélveme el paquete de jadeadores para que yo también pueda echar unas bocanadas.

Acero le arrojó el paquete, pero lo hizo con tanto entusiasmo que fue a dar contra la pared e inmediatamente se encendieron todos los cigarrillos y el paquete estalló en llamas. Un vaso de agua acabó con la conflagración, pero, mientras aún humeaba, se iluminó la pantalla de comunicación con un tenue parpadeo rojo.

- Mensaje de alta prioridad - masculló Acero, mientras apretaba el botón de conexión. Los dos jóvenes saltaron de la cama y se quedaron en rígida posición de firmes al mismo tiempo que el rostro de hierro del coronel Von Thorax cubría la superficie entera de la pantalla.

- M, L, a mi despacho a toda velocidad - las palabras caían de sus labios como si fuesen goterones de plomo fundido.

¿Qué podía significar aquello?

- ¿Qué crees que pasa? - preguntó Jax mientras los dos amigos se dejaban caer por el conducto de descenso casi con rapidez de la gravedad.

- En seguida vamos a saberlo - contestó Acero mientras se dirigían a la puerta del «viejo» y pulsaban el botón anunciador.

Activada por algún mecanismo oculto, la puerta se abrió de par en par y ambos entraron en la estancia, no sin cierta inquietud. Pero... ¿qué era aquello? No era posible. El coronel los miraba sonriendo. Sonriendo. Una expresión que nunca hasta entonces habían visto en aquel rostro de granito.

- Poneos cómodos, muchachos - dijo, indicando con un gesto de la mano dos sillas muy confortables que brotaron del suelo al apretar él un botón -. Encontraréis cigarrillos en los brazos de esas servosillas, y también vino de Valumian o cerveza Snaggian.

- ¿No Kofe? - preguntó Jax con la boca abierta, y todos se echaron a reír.

- No creo que realmente queráis tomar Kofe - susurró el coronel a través de su laringe artificial -. Bebed, muchachos, ahora sois Ratas Espaciales del CCC. Vuestra juventud queda ya atrás. Y ahora, mirad esto.

Esto era una imagen tridimensional que se materializó en el aire delante de ellos cuando el coronel apretó un botón, la imagen de una nave espacial como nunca habían visto. Era tan esbelta como un pez espada, tan fina de alas como un pájaro, tan sólida como una ballena y tan armada como un caimán.

- ¡Kolon benditos! - exclamó Acero con la boca abierta de admiración -. ¡Eso es lo que yo llamo un pedazo de cohete!

- Algunos de nosotros preferimos llamarle el Invencible - dijo el coronel, no sin un cierto toque de humor.

- ¿Esto es la nave? Algo habíamos oído...

- Muy poco podéis haber oído, porque hemos tenido envuelto y bien envuelto este bebé desde sus comienzos. Tiene los motores más poderosos que se han fabricado hasta ahora, nuevos MacPherson perfeccionados, del último modelo, manipuladores de conducción Kelly perfeccionados también hasta tal punto que no los reconoceríais y también unos propulsores Fitzroy de doble fuerza que hacen que los antiguos parezcan juguetes para niños. Y aún me reservo lo mejor para el final...

- Nada puede ser mejor que lo que ya nos ha contado - interrumpió Acero.

- ¡Eso es lo que tú crees! - exclamó el coronel, echándose a reír, no sin cierta cordialidad, pero con un tono de voz como el de una lámina de acero al rasgarse -. La mejor noticia de todas es que tú, M, vas a ser el capitán de esta nueva superastronave, con el afortunado L como jefe de máquinas. - El afortunado L se sentiría mucho más feliz de ir como capitán, en lugar de como rey de las calderas - murmuró Jax, y los otros dos se echaron a reír ante lo que consideraban un buen chiste.

- Todo está completamente automatizado - prosiguió diciendo el coronel -, de modo que basta con una tripulación de dos. Pero debo advertimos que lleva una buena cantidad de aparatos a prueba, que hay que experimentar, de manera que los que vuelen con ella tienen que ser voluntarios...

- ¡Yo me presento voluntario! - gritó Acero.

- Yo tengo que ir a los lavabos un momento - dijo Jax levantándose de su asiento. Pero volvió a sentarse en el acto al ver cómo el desintegrador saltaba automáticamente de su funda a la mano del coronel -. ¡Ja, ja! Era sólo una broma. Claro que me presento voluntario.

- Ya sabía que podía contar con vosotros, muchachos. El CCC produce hombres. Camellos también, naturalmente. De modo que esto es lo que vais a hacer. Mañana, a las 0304 horas saldréis disparados por el éter con rumbo al Cisne. En dirección a un cierto planeta.

- Déjeme que intente adivinarlo - dijo Acero hoscamente y con los dientes apretados -. No estará pensando en enviarnos al mundo lleno de larshniks de Biru-2, ¿verdad?

- Pues sí. Esa es la primera base larshnik, el centro operacional de todo tráfico de drogas y de juego, el sitio donde descargan a los esclavos blancos, la sede de las destilerías de flnnx y el refugio de las hordas piratas.

- ¡El ideal para quien le guste la acción! - dijo Acero, con una mueca.

- No creas que es una broma eso que dices - convino el coronel -. Si yo fuese más joven y tuviese unas pocas piezas menos de repuesto en mi organismo, es la clase de oportunidad que me encantaría.

- Puede ir como jefe de máquinas - sugirió Jax.

- Silencio - dijo el coronel -. Caballeros, buena suerte, porque con vosotros va el honor del CCC.

- ¿Pero no los camellos? - preguntó Acero.

- Quizá la próxima vez. Existen, bueno... algunos problemas de ajuste. Hemos perdido cuatro graduados más mientras estamos sentados aquí. Es posible incluso que tengamos que cambiar de animales. Convertir el Cuerpo en el CPC.

- ¿Con perros de combate? - preguntó Jax.

- Perros o asnos. O tal vez recentales. Pero ése es mi problema, no el vuestro. Lo que os toca a vosotros es poneros en ruta y abrir en canal a Biru-2. Estoy seguro de que podéis hacerlo.

Si los aludidos no estaban tan seguros como el coronel se lo guardaron para sí, porque de este modo es como se hacen las cosas en el Cuerpo.

Así que, cumpliendo con su deber, a la mañana siguiente se metieron en el Invencible y a las 0304 horas precisas se lanzaron al espacio. Los trepidantes motores MacPherson transmitieron quintillones de ergios de energía a los reactores de propulsión, hasta que se encontraron al fin fuera del campo de gravedad de la madre Tierra.

Jax trabajaba en los motores, echando transvestita en la boca abierta del horno hambriento, hasta que Acero le indicó desde el puente que había llegado el momento del «cambio». A partir de entonces activaron los propulsores Kelly, devoradores de espacio. Acero apretó el botón que los ponía en marcha y la enorme aeronave dio un gran salto hacia las estrellas a siete veces la velocidad de la luz.

Como los propulsores eran totalmente automáticos, Jax fue a refrescarse un poco en el aseo, mientras su ropa era lavada automáticamente en la lavadora. Luego subió al puente.

- Bueno - exclamó Acero, levantando las cejas - no sabía que tuvieras esos gustos. Vaya con tus calzoncillos a lunares...

- Es lo único que tenía limpio. La lavadora ha disuelto el resto de mi ropa.

- No te preocupes. ¡Son los larshniks de Biru-2 los que tienen que preocuparse! Entraremos en su atmósfera justo dentro de diecisiete minutos, y he estado pensando todo el tiempo en lo que vamos a hacer a partir de ese momento.

- Bien, me alegro de que alguien haya estado pensando. Yo no he tenido tiempo de respirar siquiera, y menos aún de pensar.

- No te preocupes, amigo; estamos metidos en esto juntos. Tal como yo veo la cosa, tenemos dos opciones. Irrumpir directamente con los cañones disparando, o deslizarnos con sigilo.

- Ah, ¿realmente has estado pensando?

- No te lo tomaré en cuenta porque estás cansado. Nosotros vamos bien armados, pero creo que sus baterías de tierra son aún más potentes. De modo que sugiero la segunda solución: entrar con sigilo, sin que nos descubran.

- ¿No resulta eso un poco difícil yendo como vamos en esta nave de treinta millones de toneladas?

- Normalmente, sí. Pero ¿ves este botón que dice Invisibilidad? Mientras estabas cargando el combustible me explicaron cómo funciona. Es un nuevo invento, que no se ha utilizado hasta ahora, y que nos hará invisibles e indetectables por cualquiera de sus instrumentos.

- Así ya lo veo un poco más claro. Sólo nos quedan quince minutos. Debemos de estar ya bastante cerca. Conectemos el dispositivo de invisibilidad.

- ¡No hagas eso!

- Ya está hecho. ¿Qué es lo que pasa ahora?

- No mucho. Excepto que este aparato experimental de invisibilidad no dura más que trece minutos antes de consumirse por completo.

Y por desgracia, así fue. A una altura de cien kilómetros por encima de la yerma y agrietada superficie de Biru-2, el Invencible se materializó de nuevo.

En la mínima fracción de un milisegundo el poderoso sonar espacial y el superradar del planeta se habían cerrado en torno a la aeronave invasora y las subluces enviaban sus señales secretas, en espera de una respuesta correcta para asegurarse de que el intruso era uno de los suyos.

- Enviaré una señal, para entretenerlos un poco. Estos larshniks no son excesivamente inteligentes - dijo Acero, sonriendo. Apretó el botón del micrófono y lo conectó a la frecuencia de emergencia interestelar. Luego habló con voz sorda, carraspeante -: Agente X-9 a la primera base. 

Hemos cruzado fuego con la patrulla, me han quemado mis libros de código, pero me cargué a todos esos hijos de perra, ja, ja. Regreso a casa con un cargamento de ochocientas mil toneladas largas de la demoníaca hierba krmml.

La respuesta larshnik fue instantánea. Las bocas abiertas de miles de cañones desintegradores vomitaron rayos abrasadores de energía que desgarraban hasta la textura del espacio. Aquellos rayos corrosivos explotaron contra las pantallas defensivas de la nave espacial, penetraron a través de la coraza del viejo Invencible, que no estaba destinado a hacerse mucho más viejo, e incendiaron las planchas de su casco. 

La pura materia de que estaba hecho no era capaz de resistir la fuerza destructiva, consumidora, que nacía de las mismas entrañas del planeta y era vomitada por sus cañones contra el invasor. Así que las paredes impenetrables de la nave, hechas de imperialita, se vaporizaron instantáneamente y se convirtieron en gas muy fino, que a su vez se descompuso en los meros electrones y protones (y neutrones también) de que estaba compuesto.

La carne y la sangre no podían resistir tampoco tales fuerzas. Pero en los pocos segundos que tardó la nave en volatilizarse los dos valientes astronautas se habían lanzado ya al espacio dentro de sus corazas especiales. ¡Bien a tiempo! Los restos de lo que momentos antes había sido la poderosa astronave chocaron contra la atmósfera y segundos más tarde contra el suelo venenoso de Biru-2. 

Para un observador casual aquello era el fin. La poderosa astronave no volaría ya más, puesto que no quedaba de ella sino un montón confuso de restos humeantes, doscientas toneladas de chatarra retorcida, sin el menor signo de vida para los reptadores de superficie que salieron de una escotilla cercana, disimulada en la roca, y se arrastraron hasta los restos ardientes, detectando en todas direcciones con sus sensores activados al máximo.

«¡Informen!», transmitió la emisora de radio. «Sin señal de vida hasta quince decimales», respondió el maldiciente operador de los rastreadores, antes de indicarles que regresaran a su base. Sus patitas metálicas resonaron chirrientes contra la superficie desnuda del suelo y luego desaparecieron. Lo único que quedó allí fueron los restos aún humeantes de la astronave, siscando bajo la lluvia venenosa que caía como llanto sobre el metal caliente.

¿Habían muerto los dos amigos? Pensé que no ibas a preguntármelo nunca. Pues no, no habían muerto. Una milésima de segundo antes de que se estrellase la nave, dos armaduras espaciales casi indestructibles habían sido proyectadas en el vacío por el eyector con muelles de estilita, que los envió volando hacia el lejano horizonte, donde descendieron, sin ser detectados por los técnicos larshnik, tras un espolón de roca. 

Por pura casualidad este espolón de roca era el que disimulaba la escotilla por la que habían salido los rastreadores con sus aparatos de detección para su inútil búsqueda, y a la que habían vuelto siguiendo las órdenes de su maldiciente operador de radio, el cual, entontecido con la demoníaca hierba krmml, no percibió la ligerísima vibración de la aguja del detector cuando los rastreadores volvieron a su refugio bajo tierra, trayendo con ellos un nuevo cargamento que no llevaban cuando salieron.

 - ¡Lo hemos conseguidos! ¡Estamos dentro de sus defensas! - se regocijó Acero -. Y no gracias a ti precisamente, pulsando aquel maldito botón de invisibilidad...

- ¿Cómo iba yo a saber...? - protestó Jax -. De todas formas, ya no podemos contar con la astronave, pero podemos contar con el elemento sorpresa. Ellos no saben que nosotros estamos aquí, pero nosotros sí sabemos que están ellos.

- Muy bien pensado. Sssh... - dijo Acero -. No te muevas. Estamos llegando a algo.

Los rastreadores habían entrado en una inmensa cámara, tallada en la roca, y que estaba llena de poderosas máquinas de guerra.

Lo único humano allí, si es que podía llamársele humano, era el operador de radio, cuyos dedos sucios intentaron apretar el control de los cañones tan pronto como percibió la presencia de los intrusos. Pero no tuvo tiempo. Los rayos de dos desintegradores hicieron diana en su cuerpo, y en una milésima de segundo no era más que un montón de carne carbonizada sobre su asiento. La justicia del Cuerpo estaba por fin llegando a la guarida larshnik.

Justicia era, impersonal y abstracta, imparcial y destructora, porque en aquella guarida no había «inocentes». Los rayos implacables de la venganza civilizada iban barriendo todo lo que se les ponía por delante, mientras los dos compañeros avanzaban por los corredores de la infamia disparando sus mortíferos cañones.

- Este es el Número Uno - dijo Acero, con una mueca, cuando llegaron frente a una inmensa puerta de impervialita contrachapado de oro ante la que se apiñaba una escuadra suicida, que realmente cometió suicidio bajo el fuego implacable de los dos amigos. 

La última resistencia débil, que no fue mucha, quedó pronto aniquilada y reducida a humo entre el estruendo de aquella lluvia de fuego. Los dos hombres penetraron triunfantes en el último reducto, el reducto central, manejado ahora por una sola figura de pie ante el panel de controles. La figura de Superlátigo en persona, cabeza secreta de todo el imperio del delito interestelar.

- Ha llegado tu hora - dijo, torva, la voz de Acero, al tiempo que encajonaba con su arma aquella figura vestida con su túnica negra y su opaco casco espacial -. Quítate el casco o mueres en un segundo.

La única respuesta fue un rugido acongojado de rabia impotente, y durante unos instantes las manos de la figura temblaron sobre los mandos de los cañones. Luego alzó los brazos lentamente, llevó las manos al casco y empezó a darle vueltas para quitárselo, levantándolo despacio...

- ¡Por el sagrado nombre del profeta Mrddl! clamaron los dos amigos al unísono, sin poder contenerse al ver lo que estaban viendo.

- Sí, ahora ya lo sabéis - dijo Superlátigo entre sus dientes apretados -. Pero, ja, ja, estoy seguro de que nunca lo sospechasteis siquiera.

- ¡Usted! - exclamó Acero, rompiendo por fin el helado silencio que les había dejado mudos un instante -. ¡Usted! ¡Usted! ¡USTED!

- Sí, yo mismo, el coronel Von Thorax, comandante del CCC. Nunca sospechasteis de mí, y yo, ¡cómo me reía de vosotros mientras tanto!

- Pero... - exclamó Jax -. ¿Por qué?

- ¿Por qué? La respuesta es obvia para cualquiera que no sea un puerco democrático interestelar, como lo sois vosotros. Lo único que los larshniks podían temer era algo del tipo del CCC, una fuerza que no se inclinase nunca ante ningún soborno exterior ni ante ninguna sedición interna, una fuerza ennoblecida por su fe en la causa del deber. 

Tipos como vosotros podíais habernos dado muchos problemas. Por eso, precisamente, nosotros fundamos el CCC y durante largo tiempo yo he sido el jefe de ambas organizaciones. Nuestros reclutas nos aportan lo mejor que los planetas civilizados pueden ofrecer, y ya me ocupo yo de que sean brutalizados, moralmente destruidos, agotados físicamente y sus espíritus aplastados para que de allí en adelante no representen ningún peligro. 

Naturalmente, algunos llegan hasta el fin, a pesar de que yo me esfuerce en hacerlo repugnante. Cada generación tiene su porcentaje inevitable de supermasoquistas. Pero ya me ocupo yo de que sean eliminados rápidamente, por un sistema o por otro.

- ¿Como la de enviarles en misiones suicidas, por ejemplo? - preguntó Acero con ironía.

- Es una buena manera.

- Una misión como ésta a la que nos envió usted. ¡Pero no dio resultado! ¡Ahora ya puedes ir diciendo tus oraciones, cochino larshnik, porque estás a punto de ir a encontrarte con tu creador!

- Mi creador? ¿Oraciones? ¿Habéis perdido la cabeza? Todos los larshniks somos ateos hasta el fin...

Y así llegó el fin, entre una ardiente nube de vapor. La muerte con aquellas palabras heréticas todavía en sus labios. No merecía otra cosa.

- Y ahora, ¿qué? - preguntó Acero.

- Ahora, esto - respondió Jax, disparando el arma que llevaba al brazo y dejándole inmovilizado bajo los efectos del rayo paralizador -. Ya no va a ser el segundo puesto para mí, contigo en el puente y yo en la cámara de calderas. De ahora en adelante soy yo quien lleva la batuta.

- ¡Estás loco! - susurró apenas Acero.

- Al contrario, estoy muy cuerdo, por primera vez en mi vida. El Superlátigo ha muerto. Viva el nuevo Superlátigo. Es mía, la galaxia entera es mía.

- ¿Y qué ocurre conmigo?

- Debería matarte, pero sería demasiado fácil. Y además, compartiste tus barras de chocolate conmigo. Será a ti a quien culpen de toda esta catástrofe. De la muerte del coronel Von Thorax y de todo lo demás que ha ocurrido aquí en la primera base. Todos se volverán contra ti, y te verás convertido en un paría que tiene que escapar, para salvar la vida, a las más remotas avanzadillas de la galaxia, donde vivirás por siempre en el terror.

- ¡Acuérdate de las barras de chocolate!

- Ya me acuerdo. Las únicas que me tocaron eran las que estaban rancias. Ahora... ¡Vete!

¿Aún quieres saber mi nombre? El que te di, de Viejo Sarge, es suficiente. ¿Mi historia? Sería demasiado para tus tiernos oídos, muchachito. Llena los vasos otra vez, así, y brinda conmigo. Es lo menos que puedes hacer por un pobre viejo que ha visto ya mucho en su vida. Un brindis de mala suerte, que sería mejor decir: el Gran aniquilamiento,

Krammdl maldiga para siempre al hombre que algunos conocieron como el Caballero Jax. ¿Qué si tengo hambre? Yo no... ¡no! ¡Una barra de chocolate, no!

Ante la ley - Franz Kafka

    Hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita  que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

—Tal vez —dice el centinela— pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

—Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene mas esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

—Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para si. 

Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. 

Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. 

El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

—¿Qué quieres saber ahora?-pregunta el guardián-. Eres insaciable.

—Todos se esfuerzan por llegar a la Ley —dice el hombre—; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

—Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

Cráneos en las estrellas - Robert E. Howard

 I

Dos son los caminos que llevan a Torkertown. El uno, que es la ruta más corta y directa, atraviesa un páramo alto y baldío, y el otro, que es mucho más largo, serpentea entre los cerros y cenagales de los pantanos, bordeando las bajas colinas rumbo al este. Esta última era una carretera peligrosa y aburrida y, por eso, Solomon Kane se quedó asombrado cuando un muchacho del pueblo que acababa de abandonar le dio alcance y, sin aliento, le imploró que, por el amor de Dios, cogiese el camino de los pantanos.

—¡El camino de los pantanos! —Kane se quedó contemplando al chico.

Un hombre alto y enjuto, ése era Solomon Kane, de rostro pálido y sepulcral, y ojos meditabundos que resultaban aún más sombríos merced a su austero atuendo de puritano.

—Sí, señor; es, de lejos, el más seguro —fue la respuesta que el muchachuelo dio a su sorprendida exclamación.

—Entonces, el mismísimo Satanás debe de acechar en el camino del páramo, porque tus paisanos me instaron a no atravesar el otro.

—Se trata de los cenagales, señor, que son invisibles en la oscuridad. Haríais mejor en volver al pueblo y seguir viaje por la mañana, señor.

—¿Por el camino del pantano?

—Sí, señor.

Kane se encogió de hombros y meneó la cabeza.

—La luna saldrá al poco del crepúsculo. Gracias a su luz puedo llegar a Torkertown, cruzando el páramo.

—No debierais hacerlo, señor. Nadie viaja por ese camino. No hay ni una sola casa en todo el páramo, mientras que en el pantano está la choza del viejo Ezra, que vive allí completamente solo desde que su sobrino Gideon, que estaba mal de la cabeza, se extravió y murió en los cenagales, sin que su cuerpo apareciera jamás… y, aunque el viejo Ezra es un avaro, no podrá negaros su hospitalidad si decidís deteneros allí a esperar el alba. Si tenéis que marcharos, lo mejor sería que tomaseis el camino del pantano.

Kane observó inquisitivamente al muchacho. Éste se sonrojó y removió los pies.

—Si el camino del páramo es tan peligroso para los viajeros —inquirió el puritano—, ¿por qué la gente del pueblo no me lo dijo, en vez de andar hablando sin ton ni son?

—A los hombres no les gusta hablar de ello, señor. Confiábamos en que tomaseis el camino del pantano, según os indicaron los hombres; pero, cuando vimos que no tomabais la bifurcación, me enviaron a buscaros para rogaros que reconsideréis vuestra decisión.

—¡Por Satanás! —exclamó con dureza Kane, mostrando con ese juramento poco habitual en él su irritación—. El camino del pantano y el camino del páramo… ¿Qué es lo que me puede amenazar allí y por qué tengo que apartarme kilómetros de mi camino y arrostrar ciénagas y fangales?

—Señor —musitó el chico, bajando la voz y acercándose a él—, no somos más que sencillos aldeanos a los que no les gusta hablar de ciertas cosas, no sea que la mala suerte caiga sobre nosotros; pero el camino del páramo es una ruta maldita y nadie de la región lo ha atravesado desde hace un año o más. Cruzar esos páramos de noche significa la muerte, como han podido constatar en carne propia una veintena de desdichados. Algún tipo de horror furioso ronda ese camino y hace de los hombres sus víctimas.

—¿Ah, sí? ¿Y qué es ese ser?

—Nadie lo sabe. Nadie le ha visto y vivido para contarlo; pero los viajeros rezagados han escuchado terribles risotadas a lo lejos, en los yermos, y los hay que han oído los terribles gritos de sus víctimas. Señor, en el nombre de Dios, volved al pueblo, pasad allí la noche y tomad mañana el camino del pantano que lleva a Torkertown.

Muy profundo, en los ojos melancólicos de Kane, había comenzado a resplandecer una luz ardiente, como una antorcha embrujada que llamease bajo metros de congelado hielo gris. El pulso se le aceleró. ¡Aventura! ¡El cebo de la vida en riesgo y el peligro! Y, sin embargo, Kane no consideraba que sus sentimientos fueran ésos. Y creía expresar lo que de verdad sentía al anunciar:

—Cosas así tienen que ser producidas por algún poder maligno. Los señores de la oscuridad han lanzado una maldición sobre esta tierra. Se necesita a un hombre fuerte, capaz de combatir a Satanás y a su poder. Por tanto iré yo; yo, que tantas veces le he desafiado.

—Señor… —comenzó el chico, pero acto seguido cerró la boca, al comprender la futilidad de sus argumentos. Tan sólo añadió—: Los cadáveres de las víctimas estaban golpeados y desgarrados, señor.

Y se quedó allí plantado, en la encrucijada, suspirando con pesar mientras contemplaba cómo la alta y fornida figura proseguía por el camino que llevaba a los páramos.

El sol se estaba poniendo cuando Kane cruzó las cimas de las bajas colinas que rodeaban aquel plano erial. Inmenso y ensangrentado, se hundía tras el tenebroso horizonte de los páramos, pareciendo incendiar los abundantes pastizales; y, por un instante, el observador creyó estar contemplando un mar de sangre. Luego las sombras llegaron deslizándose desde el este, el resplandor occidental se desvaneció y Kane se internó con audacia en la creciente oscuridad.

El camino casi había desaparecido por falta de uso, pero aún se distinguía con claridad. Kane caminaba audaz, aunque alerta, pistola y espada en mano. Las estrellas titilaban y la brisa nocturna susurraba entre los herbazales como espectros gimoteantes. La luna comenzaba a salir, carcomida y macilenta, como un cráneo entre las estrellas.

Entonces, con brusquedad, Kane se detuvo en seco. En alguna parte delante de él resonaba un eco extraño y fantasmal… o algo que se parecía a un eco. Otra vez, y en esta ocasión más alto. Kane retomó la marcha. ¿Le estaban engañando sus sentidos? ¡No!

A lo lejos, repicó un susurro de risa espantosa. Y otra vez, esta vez más cerca. Ningún ser humano podría reír de esa forma; no había alegría en ella, y sí odio y horror y un terror capaz de aniquilar el alma. Kane se detuvo. No sentía miedo pero, por un instante, casi perdió los nervios. Y entonces, alzándose a través de esa risa espantosa, le llegó el sonido de un grito indudablemente humano. Kane se lanzó adelante, forzando el paso. Maldijo las luces engañosas y las sombras fluctuantes que entrevelaban el páramo bajo la luna naciente, y que hacían imposible ver con claridad. Las risotadas proseguían, cada vez más altas, así como los chillidos. Entonces se escuchó, débilmente, el tamborileo de unos frenéticos pies humanos. Kane echó a correr.

Algún ser humano estaba siendo perseguido a muerte por el yermo, y sólo Dios sabía en qué horrible forma exactamente. El sonido de los pasos fugitivos cesó de golpe y el chillido resonó de forma insoportable, entremezclado con otros sonidos indescriptibles y horrorosos. Era evidente que el hombre había sido capturado y Kane, con la piel de gallina, llegó a entrever a un espantoso demonio de la oscuridad inclinado sobre la espalda de su víctima… inclinado y desgarrando.

Se escuchó claramente, en aquel abismal silencio nocturno, el ruido de una pelea breve y terrible, y luego volvieron a sonar las pisadas, ahora titubeantes y disparejas. El griterío seguía resonando, aunque ahora entremezclado con un estertor gorgoteante. Un sudor frío cubrió la frente y el cuerpo de Kane. El horror se sumaba al horror de una forma insoportable.

¡Dios, qué no daría por un instante de claridad! Un espantoso drama tenía lugar a muy corta distancia, a juzgar por los sonidos que le llegaban. Pero esas infernales medias luces lo entrevelaban todo con sombras tornadizas, para convertir los pantanos en una bruma de espejismos turbios, en los que los árboles enanos y los matorrales parecían gigantes.

Kane comenzó a gritar, esforzándose por ganar velocidad. Los chillidos del desconocido se convirtieron en un agudo alarido; de nuevo se escucharon sonidos de lucha y, desde las sombras de las altas pasturas, algo llegó tambaleándose… algo que había sido un hombre; un ser cubierto de sangre y espantoso de ver, que cayó a los pies de Kane y se retorció, se arrastró y alzó su rostro terrible hacia la luna naciente; algo que farfulló y aulló, y se derrumbó de nuevo para morir bañado en su propia sangre.

La luna se había elevado y había más luz. Kane se inclinó sobre el cuerpo, que yacía inmóvil, víctima de indescriptibles mutilaciones, y sintió un estremecimiento; algo raro en él, que había visto lo que eran capaces de hacer la Inquisición Española y los cazadores de brujas.

Supuso que se trataba de algún viajero. Y entonces fue como si una mano helada le rozase la espalda, ya que notó que no estaba solo. Levantó la mirada, escrutando con ojos fríos las sombras de las que había surgido tambaleándose el muerto. No vio nada, pero supo, sintió, que otros ojos le devolvían la mirada; ojos terribles y ultraterrenos. Se enderezó y, empuñando una pistola, esperó acontecimientos. La luz lunar se derramaba como un lago de sangre pálida sobre el páramo, y los árboles y los herbazales recuperaron su verdadero tamaño.

Las sombras se desvanecieron, ¡y Kane vio! Al principio creyó que se trataba tan sólo de un retazo de bruma, un remolino de niebla del páramo que se ondulaba sobre la hierba, delante de él. Observó con mayor detenimiento. Otro espejismo, supuso. Pero entonces aquello comenzó a perfilarse de forma vaga e indistinta. Dos ojos espantosos llameaban delante de él —ojos que contenían la esencia de ese horror que ha sido patrimonio del hombre desde las terribles eras del alba—; ojos terribles y enloquecidos, llenos de una locura que trascendía la demencia humana. La forma de aquel ser era vaga y brumosa; una parodia enloquecedora de la figura humana, semejante a ésta pero al tiempo distinta de una forma horrible. La hierba y los matorrales se distinguían con claridad a través de la misma.

Kane sintió latir la sangre en sus sienes, pero se mantuvo frío como el hielo. No podía comprender cómo un ser tan etéreo como el que fluctuaba ante sus ojos podía dañar a un hombre en el plano físico, pero el rojo horror que yacía a sus pies era mudo testigo de que el demonio podía causar terribles efectos materiales.

De una cosa estaba Kane seguro: no le cazarían a través de los lúgubres pantanos, ni gritaría ni huiría para ser derribado una y otra vez. Si había de morir, sería a su manera: recibiendo los golpes de frente.

Una boca informe y horripilante se abrió, y aquella risotada demoníaca resonó de nuevo, esta vez haciendo estremecer el espíritu con su proximidad. Y, enfrentado a ese peligro de muerte, Kane apuntó su pistolón y abrió fuego. Un maníaco aullido de rabia y burla respondió al disparo, y el ser se abalanzó sobre él como un retazo volante de humo, con largos y fantasmales brazos que se tendían para abatirle.

Kane, con la relampagueante rapidez de un lobo famélico, disparó la segunda pistola con nulos resultado, desenvainó la larga espada y se lanzó contra el centro de su brumoso atacante. La hoja zumbó al pasarlo de lado a lado, sin encontrar resistencia sólida, y Kane sintió cómo dedos helados le aferraban los miembros, y garras bestiales le desgarraban ropas y piel.

Hizo a un lado su espada inservible y trató de luchar contra su enemigo. Era como pelear contra un banco de brumas, contra una sombra flotante armada con zarpas afiladas como dagas. Sus golpes furiosos se perdían en el aire, y sus brazos musculosos, en cuyo abrazo habían perecido hombres fuertes, golpeaban la nada y aferraban el vacío. Nada era sólido o real, a excepción de los lacerantes y simiescos dedos de garras curvas, y esos ojos enloquecidos que quemaban en las estremecidas profundidades de su alma.

Kane comprendió que estaba en una situación verdaderamente desesperada. Sus ropas colgaban en jirones y sangraba por una docena de profundas heridas. Pero en ningún momento se amilanó, ni la idea de escapar se le pasó por la cabeza. Nunca había huido de enemigo alguno y la simple idea, en caso de habérsele ocurrido, le hubiera hecho sonrojar de vergüenza.

No veía otro final que el de yacer junto a los restos de esa otra víctima, pero tal pensamiento no le causaba ningún temor. Su único deseo era dar lo máximo de sí antes de caer y, caso de ser posible, infligir algún daño a su ultraterreno enemigo.

El hombre combaría al demonio bajo la pálida luz de la luna levante, sobre el cuerpo despedazado del muerto, con todas las ventajas de parte del demonio, excepto una. Y esa una era capaz de superar al resto. Porque, si el odio abstracto podía materializarse en la forma de un ser fantasmal, ¿por qué el coraje, igualmente abstracto, no podía ser un arma concreta para combatir a ese fantasma?

Kane luchó con brazos, pies y manos, y al fin pudo ver cómo el espectro retrocedía ante él, y cómo aquella risa espantosa se trocaba en gritos de furia desconcertada. Porque la única arma del hombre es ese coraje que no retrocede ni ante las mismísimas puertas del Infierno y ante el cual nada pueden ni siquiera las legiones infernales.

Pero nada de eso sabía Kane; sólo era consciente de que las zarpas que le desgarraban y laceraban parecían flaquear y titubear, al tiempo que una luz salvaje lucía cada vez con más fuerza en aquellos ojos horribles. Tambaleándose y resollando, se abalanzó sobre el ser, logró al fin abrazarle y le derribó; y, mientras daban tumbos por el páramo, y el ser retorcía y agitaba sus miembros como una serpiente de humo, la carne se le puso de gallina y los pelos se le erizaron, puesto que comenzaba a entender lo que el ser balbuceaba.

No le escuchó ni comprendió como un hombre escucha y comprende lo que le dice otro, pero los espantosos secretos que el ser le trasmitió, en forma de susurros, aullidos y silencios que eran como gritos, le clavaron dedos de hielo en el corazón, y Kane supo.

II

 

La choza del viejo Ezra, el avaro, se levantaba junto al camino, en mitad de los pantanos, medio oculta por los sombríos árboles que crecían a su alrededor. Las cercas estaban podridas, el tejado hundido, y unas monstruosas fungosidades, pálidas y verdosas, se asían al mismo para retorcerse sobre puertas y ventanas, como tratando de atisbar en su interior. Los árboles se inclinaban sobre la casa y sus ramas grises se entrelazaban de tal forma que ésta se agazapaba en la semioscuridad como un enano monstruoso, por encima de cuyas espaldas acechasen ogros.

El camino que atravesaba ese pantano, entre tocones podridos, cerros llenos de maleza, estanques y ciénagas putrefactas e infectadas de serpientes, serpenteaba junto a la choza. En aquella época, muchos hombres cruzaban la senda, aunque pocos conocían del viejo Ezra otra cosa que no fuera un rostro amarillento, entrevisto mientras les espiaba a través de las ventanas cubiertas de hongos, el rostro mismo semejante a un hongo feo.

El viejo Ezra, el usurero, compartía muchas de las cualidades del pantano, ya que era nudoso, encorvado y sombrío; sus dedos eran como sarmientos de plantas parásitas y los mechones de cabello le colgaban como musgo mustio sobre unos ojos acostumbrados a la penumbra de los cenagales. Esos ojos eran como los de un muerto, e insinuaban profundidades tan abismales y espantosas como los lagos muertos de los pantanos.

Esos ojos escudriñaban ahora al hombre que se había detenido delante de su cabaña. Este último era alto, enjuto y oscuro, su rostro se veía ojeroso y arañado, y tenía los brazos y las piernas vendadas. Al lado de ese hombre había un grupo de aldeanos.

—¿Eres tú Ezra, del camino del pantano?

—Así es. ¿Y tú qué quieres de mí?

—¿Dónde está tu sobrino Gideon, el joven perturbado que vivía contigo?

—¿Gideon?

—Sí.

—Se metió en el pantano y nunca volvió. Sin duda se extravió y se lo comieron los lobos, o se hundió en un tremedal, o le picó una víbora.

—¿Cuánto hace de eso?

—Algo así como un año.

—Sí. Escucha, Ezra el avaro. Poco después de la desaparición de tu sobrino, un lugareño que volvía a casa cruzando los páramos fue atacado por un demonio desconocido y despedazado, y, desde entonces, cruzar esos páramos ha significado la muerte. Primero aquel lugareño, luego forasteros que recorrían el yermo, todos cayeron bajo las garras de ese ser. Muchos hombres han muerto desde aquel primer ataque.

»La noche pasada crucé los páramos, y escuché cómo otra víctima huía y era perseguida; un forastero que nada sabía sobre el diablo de los páramos. Fue algo espantoso, Ezra el avaro, ya que aquel desdichado se zafó malherido por dos veces de su agresor, y ambas veces el demonio le atrapó y le derribó de nuevo. Al final, cayó muerto precisamente a mis pies; muerto de una forma que haría estremecer a la estatua de un santo.

Los aldeanos se agitaron inquietos y murmuraron espantados entre ellos, y los ojos del viejo Ezra les escrutaron furtivamente. Pero la sombría expresión de Solomon Kane no se alteró lo más mínimo, y su mirada de cóndor parecía atravesar al avaro.

—¡Sí, sí! —musitó apresuradamente el viejo Ezra—. ¡Un mal asunto, un mal asunto! ¿Pero por qué me cuentas todo esto a mí?

—Sí, sí que es un triste asunto. Escucha algo más, Ezra. El demonio surgió de las sombras y luché con él, sobre el cuerpo de su víctima. Lo cierto es que no sé cómo le vencí, pero la lucha fue larga y reñida; sin embargo, los poderes del bien y de la luz estaban de mi lado, y son más fuertes que los poderes del Infierno.

»Al final yo fui el más fuerte, y él se zafó de mí y huyó, y yo le perseguí en vano. Pero, antes de escapar, me susurró una monstruosa verdad.

El viejo Ezra se sobresaltó, mirándole con ojos enloquecidos, y pareció encogerse.

—¿Por qué me cuentas todo esto? —musitó.

—Volví al pueblo y conté lo que me había ocurrido —repuso Kane—, ya que sabía que tenía en mi mano el librar a los páramos para siempre de su maldición. ¡Ezra, ven con nosotros!

—¿Adónde? —boqueó el avaro.

—Al roble podrido de los páramos.

 

Ezra se tambaleó como si hubiera recibido un golpe; gritó de forma incoherente y trató de huir.

Al instante, a una acerada orden de Kane, dos fornidos aldeanos se abalanzaron sobre el avaro y lo apresaron. Arrancaron la daga de su débil mano y le inmovilizaron los brazos, estremeciéndose al hundir los dedos en la carne pegajosa.

Kane les indicó con un gesto que le siguiesen y se volvió para encabezar la marcha, seguido por los aldeanos, que hubieron de emplear toda su fuerza para llevar a su prisionero con ellos. Fueron serpenteando a lo largo del pantano, por una senda poco usada que llevaba, cruzando los cerros, hasta los páramos.

Caía el sol y el viejo Ezra lo miraba con ojos desorbitados; lo miraba como si no lo hubiera visto lo suficiente. A lo lejos, en los yermos, se alzaba el gran roble, como un patíbulo, convertido ahora en una carcasa marchita. Solomon Kane se detuvo allí.

El viejo Ezra se debatió en garras de sus captores, y prorrumpió en sonidos inarticulados.

—Hace más de un año que tú —le dijo Solomon Kane—, temeroso de que tu retrasado sobrino Gideon pudiera contar las crueldades que habías cometido con él, le trajiste desde el pantano, por el mismo camino que acabamos de seguir, y le mataste aquí mismo, al amparo de la noche.

El viejo Ezra se encogió y resopló.

—¡No puedes probar esa mentira!

Kane cambió unas pocas palabras con un ágil aldeano. El mozo se encaramó al podrido tronco de árbol y, de una grieta situada en lo alto, sacó algo que cayó resonante a los pies del avaro. Ezra se derrumbó con un terrible alarido.

El objeto era un esqueleto humano con el cráneo roto.

—¿Cómo sabes todo esto? ¡Eres el mismísimo Satanás! —balbució el viejo Ezra.

Kane se cruzó de brazos.

—El ser con el que combatí anoche me lo contó mientras luchábamos, y le perseguí hasta este árbol. ¡Porque ese demonio es el espectro de Gideon!

Ezra volvió a vociferar y se debatió con furia.

—Tú lo sabías —dijo sombrío Kane—, conocías lo que tales actos acarrean. Temías al fantasma del perturbado y por eso optaste por abandonar su cuerpo en los eriales, en vez de ocultarlo en el pantano. Porque sabías que el fantasma iba a merodear por el lugar de su muerto. Estaba perturbado en vida y, una vez muerto, no sabe cómo encontrar a su asesino; de otro modo, ya hubiera ido a buscarte a tu cabaña. No odia a ningún hombre, excepto a ti; pero su espíritu confuso no sabe distinguir a un hombre de otro, y los mata a todos, para no dejar escapar a su asesino. Sin embargo, te reconocerá y luego podrá descansar en paz por toda la eternidad. El odio convirtió a ese fantasma en un ser sólido capaz de desgarrar y matar y, aunque te temía de forma atroz en vida, en la muerte ya no tiene miedo de ti.

Kane se detuvo. Miró en dirección al sol.

—Todo eso lo supe gracias al espectro de Gideon, entre aullidos, y susurros y silencios que eran como gritos. Nada excepto tu muerte puede dar el descanso a ese espectro.

Ezra escuchó en un silencio desalentado y Kane pronunció las palabras que significaban su sentencia.

—Resulta muy duro —dijo Kane sombríamente— condenar a un hombre a muerte a sangre fría y en la forma que tengo en la cabeza, pero debes morir para que otros vivan… y Dios es testigo de que mereces la muerte.

»No morirás por soga, bala o espada, sino bajo las garras de aquel a quien asesinaste, ya que sólo eso le aplacará.

Al oír tales palabras, Ezra perdió la cabeza, las piernas le flaquearon y se arrastró pidiendo a gritos la muerte, ser quemado en la hoguera, desollado vivo. El rostro de Kane era duro como la muerte y los aldeanos, con la crueldad despertada por el miedo, ataron a aquel infeliz que gritaba al roble, y uno de ellos le instó a ponerse en paz con Dios. Pero Ezra no dio respuesta alguna, sino que lanzó un aullido con una voz alta y estridente de insoportable monotono. El aldeano quiso abofetear al avaro, pero Kane le contuvo.

—Déjale ponerse en paz con Satanás, con quien sin duda va a reunirse —dijo con hosquedad el puritano—. El sol está a punto de ponerse. Aflojad las cuerdas para que pueda liberarse en la oscuridad, ya que es mejor que afronte la muerte libre y desatado que amarrado como en un sacrificio.

Mientras se volvían para dejarle a solas, el viejo Ezra gimoteaba y farfullaba sonidos inhumanos, y por último guardó silencio, mirando al sol con terrible intensidad.

Anduvieron a través del erial, y Kane lanzó una última mirada a la grotesca forma atada al árbol que se parecía, bajo aquella luz difusa, a un gran hongo crecido en el tronco. Y de repente el avaro lanzó un grito horrible:

—¡Muerte! ¡Muerte! ¡Hay cráneos en las estrellas!

—La vida ha sido buena con él, aunque fue torcido, grosero y malvado —suspiró Kane—. Puede que Dios tenga un sitio para esa alma, donde las llamas y el sacrificio puedan purificarlas de sus imperfecciones, de la misma forma que el fuego limpia el bosque de hongos. Sin embargo, el corazón me pesa en el pecho.

—No, señor —le dijo uno de los aldeanos—. Tan sólo habéis hecho la voluntad de Dios y nada más que bien saldrá de lo que ha ocurrido esta noche.

—No —dijo apenado Kane—. No sé, no sé.

El sol se había puesto y la noche caía con sorprendente rapidez, como si grandes sombras llegasen desde desconocidas simas para cubrir el mundo con acelerada oscuridad. A través de la noche cerrada les llegó un eco espantoso, y los hombres se detuvieron a mirar hacia el camino que habían dejado a las espaldas.

No pudieron ver nada. El páramo era un océano de sombras y las altas hierbas de la vecindad oscilaban en largas olas, empujadas por la brisa, rompiendo la mortal quietud con jadeantes susurros.

Entonces, lejos, el disco rojo de la luna se levantó sobre el erial y, durante un momento, una silueta deforme se perfiló en negro contra la misma. Una figura pasó corriendo por delante del rostro de la luna; un ser monstruoso y grotesco cuyos pies parecían tocar apenas el suelo y, muy cerca de ella, llegaba un ser como una sombra voladora… un horror indescriptible y sin forma.

Por un momento, los dos corredores se recortaron con nitidez contra la luna; luego se fundieron en una masa indefinible y amorfa, y desaparecieron entre las sombras.

Allá lejos, en el erial, estalló un solo alarido de risa terrible.