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Atajo arriba - Francisco Rojas González

Atardecía. El atajo estrecho serpenteaba entre jarales. Las lajas blancas, pulidas, resbalaban barranca abajo, hasta beber en el hilillo de agua zarca del arroyo.

La cigarra decía la oración de la tarde, y el mugir del toro en brama se estrellaba
en la falda del cerro.

Y el atajo subía. Subía hasta perderse.

La senda blanca allá en la
cumbre se tornaba en roja, teñida por los rayos oblicuos del sol que caía.

Amo y siervo toparon en un recodo del atajo.

El primero jinete en noble bestia
alazana, de finos remos, mirada vivaz y gran alzada.

El segundo tras la yunta de bueyes, que rumiaban el cansancio y azotaban con la cola sus costados calvos por el incansable chuzo.

—¡Buenas tardes le dé Dios al amo…!

—¿Cuántas veces tendré que decirte que desunzas en el potrero y cargues tú sobre el lomo los aperos? ¡Mira cómo andan de estragados los animales!

—Amo, cuando acabo de barbechar quedo tan cansado, que apenas aguanto el peso de la garrocha. ¿Cómo quiere su merced que cargue con cadenas, coyundas y yugos…? ¡Ah, solo el que carga el avío sabe lo que pesa!

—¡Uy, pelado hijo d’iun, como a ti no te cuestan los bueyes, te importa un canijo trabajarlos hasta que revienten!

—Amo, los bueyes tragan zacate y se hartan… Yo como gordas y no me lleno, ni a fuerzas… ¡Es tan pobre la ración!

—¿Conque pobre, no? Pues traga zacate como los bueyes. ¡Así te llenarás y reventarás en buena hora! ¡Magnífica escuela está haciendo el maestro del pueblo, tratando de convencer a ustedes de que son víctimas, de que están mal pagados, de que son los explotados. Ya verás cómo el chivato no hace huesos viejos…! ¡Revoltoso maldito, yo me encargaré de que eche en olvido eso que él llama ideas redentoras… para eso es el dinero, y cuando este falla, para eso son las balas! Y tú, desgraciado, arrodíllate. ¡Voy a enseñarte algo más efectivo que la doctrina de ese apóstol muerto de hambre…! ¡Pero arrodíllate, grandísimo cabestro…!

El patrón echó mano al machete. Su hoja chifló como serpiente y cayó rápida sobre las espaldas musculosas del gañán.

Un ronco grito repercutió en la barranca.

La cigarra cortó su oración.

Los pájaros dejaron sus nidos y volaron con todas las fuerzas de sus ala
s.

Muchas lajas rodaron barranca abajo lanzadas por las pezuñas del caballo, o por los pies
descalzos del «ajusticiado».

Después, solo el chasquido de la hoja al pegar en los costados hercúleos del peón y el piafar del potro enardecido.

El campesino se dejaba azotar.

Sobre él pesaba una tradición de siglos: el respeto al amo. Una doctrina absur
da. La sentencia urdida por los curas: «… y jamás levantes la mano a tu patrono, que es la representación de la divinidad en la tierra».

La tormenta de cintarazos caía sin tregua sobre la espalda sangrante.

Rendido por el dolor levantó la cara quizá en demanda de perdón. Vio cómo el sol enrojecía la cumbre de la montaña. 

Sus rayos hirieron la pupila dilat
ada por el sufrimiento. En su rostro impávido hasta entonces, se dibujó una mueca. La mueca trocóse en gesto enérgico, gesto estatuario; pero imposible de ser plasmado: el gesto del rebelde. Olvidó la vieja tradición. Tomó el machete por la hoja enrojecida con su sangre y derribó de un tirón al jinete.

La hoja se volvió obediente.

Solo que esta vez no de plano, sino de filo cortaba el aire y se hundía en carne blanca. Uno, dos, tres, diez, cincuenta… y muchos más furiosos golpes.

La mano poseída de un frenesí de venganza hirió, hirió, hirió, has
ta dejar sobre el camino una masa informe que escurría tanta sangre, que la tierra blanca del atajo se hizo roja… roja como la cumbre de la montaña que teñía el sol poniente.

Las raíces de las jaras de la ribera bebieron con fruición de sedientos.

Desunció los bueyes
.

Tuvo para ellos un purísimo pensamiento de libertad.

Aspiró a pulmón lleno.

Arado
, yugo, coyundas y cadenas se amontonaron sobre el cuerpo despedazado.

Arrancó un p
uñado de hojas de jara, limpió el sable con ellas y brincó sobre los lomos del potro alazán.

Se fue cuesta arriba.

Los vecinos del rancho, al darse cuenta del crimen, fueron al lugar de los hechos.

Todos vieron que en la montaña, allá en la cumbre, un jinete rojo cruzaba frente al sol…

Y cuando los «pelones» preguntaban furiosos por el vil asesino, los rancheros encogiéndose de hombros contestaban:

—¡Pues quién sabe, amo; se fue atajo arriba!

—¡Y se perdió en el sol! —agregaba el maestro del pueblo.

La alcoba negra - Johann–August Apfel

Tippel llegó a Berlín al anochecer. Era un muchacho grueso y pesado, que había conseguido, después de muchos esfuerzos, un título universitario en Jena, sin excesivo aprovechamiento. No obstante, le habían ofrecido un empleo de preceptor en casa del consejero Wermuth, quien vivía en un enorme y triste caserón de los alrededores de Tempelhof.

Cuando Tippel se hizo anunciar y se presentó con sus referencias y sus recomendaciones, el consejero se mostró sumamente contrariado: su mujer y sus dos hijos se disponían a partir hacia las montañas bávaras para pasar allí la primavera. Incluso él mismo iba a preparar su equipaje, pues le esperaban en Viena. Realmente, se había olvidado por completo de Tippel...

Pero el señor Wermuth era un hombre sensible, y Tippel, a pesar de su extremada gordura, le resultó simpático.
 
–Mi casa será la suya durante mi ausencia –declaró–. En cuanto a sus futuros alumnos... ¡bien!, les concederemos aún un poco de tranquilidad antes de sumergirles en los libros.

Tippel no podía pedir nada mejor. Con manutención y cama aseguradas, y algo de dinero en el bolsillo para adquirir cerveza y tabaco...
 
A este respecto el consejero le tranquilizó totalmente, alineando algunas monedas de oro frente a él.
 
–No creo que sus habitaciones estén preparadas –dijo Wermuth, excusándose–, pero Hammer, mi ayuda de cámara, se ocupará de usted y no permitirá que le falte nada.

Dicho esto, Wermuth tomó su equipaje y llamó al cochero.

Hammer era un hombre anciano, algo sordo y muy conversador. Tardó bastante tiempo en comprender lo que Tippel solicitaba de él; entonces, levantó los brazos al cielo en señal de impotencia.
 
–Pero, si todas las habitaciones están cerradas, señor Tippel –se lamentó–. Y, además, toda la lencería ha sido cuidadosamente ordenada y guardada bajo llave... Por otra parte, tampoco puedo darle a usted una habitación de la servidumbre; sería mi deshonor para toda la vida. Pero, espere... ¡nos queda aún la alcoba negra!

–¿La alcoba negra? –preguntó Tippel.
–A decir verdad, no es negra. Sus paredes tienen un bello matiz anaranjado; pero los muebles están hechos con una magnífica madera extranjera, negra como el azabache. Creo que se llama ébano. ¿Querría usted contentarse con esta solución hasta que regresen los señores?

Tippel inspeccionó la alcoba, y la encontró muy agradable, a pesar de sus excesivas dimensiones, de los extraños muebles y, especialmente, le disgustó lo alejada que se hallaba de los otros aposentos habitados del gran caserón.

Hammer acudió a servirle personalmente en la alcoba negra, excusándose una vez más; parte del personal de servicio partió acompañando a madame Wermuth a Baviera, y el resto había ido a Viena con el consejero. Tan sólo quedaba la cocinera, mujer de carácter autoritario, que se negaba a ocuparse de otra cosa que no fueran sus trabajos culinarios.

La cena era exquisita; pollo, muy en su punto, pastel de anchoas noruegas y un vino excelente.

Hammer ayudó a Tippel a ordenar sus efectos, pero cuando el profesor se disponía a abrir un alto armario de madera negra, para guardar en él su manta de viaje, el viejo criado exclamó vivamente:
–¡Este armario no se abre! ¡No, de ninguna manera, jamás se ha abierto!

Le facilitó un candelabro de plata maciza provisto de tres gruesas velas de cera amarillenta que expandían una suave y conveniente claridad.

Tippel había viajado durante todo el día en un incómodo carruaje de alquiler, comiendo mal y bebiendo aún peor. Se sentía fatigado y el vino y la buena mesa le habían dejado medio adormecido.

Tan pronto como se acostó en la cama, ancha como una calesa, se durmió, no sin antes haber apagado concienzudamente las velas, pues siempre preveía la posibilidad de un incendio.

Pensaba dormir hasta el amanecer, por lo que se sorprendió mucho al darse cuenta de que estaba totalmente despierto mientras, en algún lugar lejano del caserón, un reloj daba las doce...

Su asombro aumentó al observar que la alcoba no permanecía totalmente a oscuras: un débil resplandor azulado parecido a un rayo de luna, la iluminaba suavemente.
 
Intentó en vano descubrir de dónde procedía.
 
Era una luminosidad imprecisa y suave, que parecía flotar en el aire y que permitía distinguir los contornos de todo lo que se hallaba en la alcoba.

Tippel se incorporó y, de pronto, se fijó en el alto armario negro.
 
Entonces, su estupor se convirtió en verdadero pánico; una de las puertas del armario se abría lentamente, giraba sobre sus goznes sin ningún ruido, como si estuvieran recientemente engrasados, y tras unos instantes que a él le parecieron siglos, la puerta quedó totalmente abierta.

Nada había en el interior; la puerta quedó abierta mostrando una oscuridad absoluta.
 
A Tippel no le faltó valor y, afirmando la voz tanto como pudo, preguntó:
–¿Quién está ahí?

No obtuvo respuesta alguna, pero observó cómo el misterioso resplandor azulado convergía hacia el armario y penetraba en sus oscuras profundidades.

Tippel lanzó un alarido de terror o, por lo menos, esto le pareció ser el débil gemido que escapó de su garganta.

Una forma horrible intentaba salir del armario. Ciertamente, tenía una apariencia casi humana, pero, ¡cuán deforme y repugnante era!
 
La cabeza, aplastada por un terrible golpe, no era más que una masa informe de carne machacada y de huesos triturados. Solamente dos ojos enormes y fijos destacaban, rojos como brasas, mientras que la boca bostezaba salvajemente con los labios arrancados.

Dos grandes brazos surgían del cuerpo, haciendo furiosos gestos, como para escapar a una invisible influencia.

Tippel notó los ojos de fuego fijos en él, y comprendió que el monstruo fantasmal intentaba salir del armario con la intención de precipitarse sobre él. Pero, a pesar de sus desesperados esfuerzos, no conseguía avanzar ni un milímetro.

Tippel creyó perder la razón y se dio cuenta de que las fuerzas le abandonaban. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, saltó del lecho y corrió hacia la puerta.

En el mismo instante, con un rugido espantoso, la aparición se libró de sus invisibles ligaduras.
 
Una garra asió el gorro de noche del profesor arrancándoselo violentamente y asiéndose a su cuello; pero ya este corría por los oscuros pasillos del caserón, llamando a gritos a Hammer con voz delirante.

Se desorientó completamente en su loca carrera, y estuvo varias veces a punto de romperse los huesos contra un muro o de saltar al vacío por una escalera.

Por fin, percibió una débil claridad al fondo de un corredor: el viejo criado, con una vela en la mano, venía a su encuentro.
–¡Señor Tippel! –balbució el anciano–. ¿Lo habéis visto...? ¡Dios mío! ¡Responded...! ¿Lo habéis visto?

Pero Tippel se desmayó, perdidas ya sus últimas fuerzas.

Volvió en sí en un sillón, cerca de una gran cocina todavía caliente. Sintió un fuerte gusto de aguardiente en la boca, a la vez que observaba un gran vaso colocado a su lado; comprendió que el criado le había hecho beber.
 
–¿Lo habéis visto? –murmuró Hammer, temblando–. Hace casi cincuenta años que vivo en esta casa, y jamás me he atrevido a entretenerme más de la cuenta en la alcoba negra, ni tan sólo de día.

–Pues entonces, ¿por qué me la habéis dado para pasar en ella esta noche infernal? –gimió el profesor.

–Ya no creía en ello –dijo Hammer en un susurro–. O mejor dicho, esperaba que él ya nos habría abandonado. Hace tantos años que ocurrió aquello...

–¿Qué cosa? –preguntó Tippel.

–Desde que se le mató en esta alcoba... –explicó el anciano–. Era el abuelo de la señora, el conde Graumark von Dietrichstein. Por encargo de él, hicieron estos malditos muebles negros con madera que hizo traer del corazón de África. 
 
Era un hombre terrible, a quien las juergas, la lujuria y la bebida, acabaron por volver loco. Cierto día estranguló con sus propias manos a una joven criada que se opuso a sus innobles deseos. Sus familiares consiguieron librarle del rigor de la justicia pero para ello tuvieron que encerrarle en esa alcoba. 
 
La joven criada tenía un novio, un leñador de Spreewald, quien consiguió introducirse en la casa para cumplir su venganza. Mató al loco a hachazos... y después arrojó los horribles restos en el gran armario negro. Y..., y... murió en pecado mortal, por lo que el eterno reposo le está negado... ¡y vuelve!

–Verdaderamente, fue un acto de justicia –dijo Tippel, quien ya había recuperado su presencia de ánimo gracias al aguardiente que Hammer le iba sirviendo continuamente–. Supongo que no detuvieron al leñador.

–No –respondió el anciano–, jamás se supo quién le había matado.

–¿De verdad? –preguntó Tippel sin ninguna intención.

–Ciertamente... ¿Por qué..., por qué me mira de este modo? –exclamó vivamente el criado.
 
De repente, se levantó y, en actitud defensiva blandió sus descarnados puños.
–Usted lo ha adivinado..., me doy cuenta. Debería desconfiar de las personas cultas como usted. ¡Pues bien! Sí..., yo soy el leñador..., soy yo quien destrocé a este loco miserable. ¡Lo destrocé con mi hacha!

–¡Diablo! –gritó Tippel, alarmado.

–Y puesto que ha vuelto, voy a matarle una vez más –rugió Hammer.
 
Con una velocidad y una agilidad totalmente insospechadas en un anciano tan decrépito, se lanzó hacia las tinieblas del caserón.

–¡Hammer! –gritó Tippel–. ¡Vuelva aquí!
Pero los pasos de Hammer ya se perdían en la lejanía.

Siguió un gran silencio, después, bruscamente gritos y alaridos horribles.
 
Allá arriba, en las estancias lejanas del maldito caserón, se desarrollaba una terrible lucha, de la que Tippel percibía perfectamente los espantosos ecos.

A medio vestir, se lanzó a la calle.
No regresó hasta el alba, acompañado por los gendarmes.

La alcoba negra estaba abierta, y su aspecto era tan espantoso que los gendarmes retrocedieron horrorizados.
Los muebles estaban destrozados, el gran armario no era más que un montón de astillas, y en el mismo estado de ruina estaban las paredes y los cuadros. Además... ¡todo rezumaba sangre!

–¡Mirad...! ¡Mirad aquí! –gritó un gendarme, retrocediendo.
Tippel vio en el suelo, a sus pies, una enorme mano, como una garra de fiera, cortada a la altura de la muñeca, y que llevaba aún un pesado grillete de hierro como los que se ponen a los presidiarios y a los locos furiosos. Un sargento la recogió.

–Parece... –dijo indeciso–, parece seco como un madero para quemar. Diríase que es una mano de... de...

–De momia –suspiró Tippel.

–Justamente, señor. Una mano de momia.

Jamás volvió a encontrarse ni rastro del anciano criado Hammer.

Los cuatro hombres justos - Edgar Wallace

La codicia de Billy Marks

—¡Maldito imbécil! ¡Idiota del infierno! —tronó el detective, asiendo a Billy por el cuello de la camisa y zarandeándolo como a una rata—. ¿Te atreves a decirme que tuviste a uno de los Cuatro Hombres Justos en tus manos y ni siquiera te tomaste la molestia de mirarlo?

—¡Déjeme en paz! —gritó en tono de desafío—. ¿Cómo podía saber que era uno de los Cuatro Hombres Justos, y cómo sabe usted que lo era? —añadió, con un mohín de astucia. Su mente estaba entrando rápidamente en acción. Veía en esta asombrosa declaración del detective una ocasión de hacer fortuna a costa de la situación que minutos antes considerara singularmente desdichada.

—Lo cierto es que los vi de refilón —murmuró—. Ellos…

—¿Los viste? ¿A ellos? —dijo al instante Falmouth—. ¿Cuántos eran?

—Eso no importa —dijo Billy poniendo cara larga. Sentía la fuerza de su posición.

—Billy —le amonestó el detective gravemente—. Hablo en serio. Si sabes algo tendrás que decírnoslo.

—¡Ajajá! —exclamó el prisionero en tono desafiante—. Conque ¿tendré que decirlo, eh? Bien, conozco la ley tan bien como usted… No puede obligar a hablar a un fulano si este no quiere… No puede…

Falmouth hizo señas a los otros policías para que se retirasen, y, cuando ni él ni Billy podían ser escuchados por aquellos, susurró:

—Harry Moss salió la semana pasada.

Billy enrojeció y bajó la mirada.

—No conozco a ningún Harry Moss —musitó cínicamente.

—Harry Moss salió la semana pasada —repitió Falmouth con sequedad—, después de cumplir tres años por robo con escalo…, tres años y diez azotes.

—No sé nada de eso —dijo Billy Marks, siguiendo en sus trece.

—Logró huir y la policía no dio con su pista —prosiguió el superintendente, sin apiadarse de su oyente—, y no hubieran podido echarle el guante a no ser…, a no ser por «una información recibida». Gracias a esto lo sacaron una noche de su cama, en Leman Street.

Billy se pasó la lengua por sus resecos labios, pero no habló.

—A Harry Moss le gustaría mucho saber a quién le debe esos tres años… y los diez latigazos. Los hombres que han probado el gato tienen una gran memoria, Billy.

—¡Esto no es jugar limpio, señor Falmouth! —exclamó el ratero con voz gruesa—. Yo…, yo estaba sin blanca…, y Harry Moss no era comparsa mío…, y la poli quería saber si…

—Y la poli también quiere saber cosas ahora —le cortó Falmouth.

Billy Marks tardó unos momentos en decidirse.

—Le diré todo lo que hay que decir —concedió al fin, y se aclaró la garganta. El superintendente lo detuvo con la mano.

—Aquí no —llamó al sargento de servicio—. Sargento, deje libre a Billy Marks, bajo mi responsabilidad.

El humorismo de la situación no se le escapó a Billy, que desplegó una amplia sonrisa ovejuna, recobrando sus ánimos.

—La primera vez que la poli responde por mí —observó.

El automóvil condujo al superintendente y a Billy a Scotland Yard, y ya en el despacho del primero, el ratero se dispuso a descargarse de culpas.

—Antes de empezar —dijo Falmouth—, quiero advertirte que debes ser lo más conciso posible. Cada minuto es precioso.

Billy contó su historia. A pesar de la advertencia, hubo florilegios, que el superintendente se vio obligado a escuchar pacientemente.

Al fin, el carterista llegó al punto álgido de la narración.

—Eran dos, uno alto y otro menos alto. Oí que uno decía: «Mi querido George…». Esto lo dijo el pequeño, el mismo a quien le quité el «tictac» y la libreta. —De repente preguntó—: ¿Había algo en la libreta?

—Continúa.

—Bien —siguió Billy—, los seguí hasta el final de la calle, y estaban esperando poder cruzar hacia Charing Cross Road cuando me hice con el reloj, ¿comprende?

—¿Qué hora era?

—Las diez y media…, aunque también podían ser las once.

—¿No les viste las caras?

El ladrón negó enfáticamente con la cabeza.

—Que no pueda nunca levantarme de esta silla si miento, señor Falmouth. No les vi la cara.

El superintendente se incorporó suspirando.

—Temo que no me has ayudado mucho, Billy —murmuró pesarosamente—. ¿Notaste si llevaban barba, o si estaban bien afeitados, o si…?

—Podría decirle una mentira fácilmente, señor Falmouth —interrumpió Billy con sinceridad—, y podría fabricar un cuento con el que usted picaría, pero me estoy portando como un caballero con usted.

El detective, reconociendo la sinceridad del otro, asintió.

—Has hecho lo que has podido, Billy —concedió—. Te diré lo que vas a hacer. Tú eres la única persona del mundo que ha visto a alguno de los Cuatro Hombres Justos… y vives para poder contarlo. Ahora bien, aunque no recuerdes su rostro, tal vez si volvieses a ver por la calle a tu víctima la reconocerías. Puede haber algún detalle en su andar, algún modo especial de llevar las manos…, algo, en fin, que no puedes recordar ahora, pero que reconocerías si volvieras a verlo. Por consiguiente, aceptaré la responsabilidad de dejarte en libertad hasta pasado mañana. Quiero que encuentres al hombre a quien robaste. Aquí tiene un soberano. Vete a casa, duerme un poco, sal a la calle cuanto antes y marcha hacia la zona céntrica, con los ojos muy abiertos —el superintendente se aproximó al escritorio y escribió unas palabras en una tarjeta—. Toma esto. Si ves al individuo o a su compañero, síguelos, muestra esta tarjeta al primer policía que veas, señálale el hombre y te acostarás mil libras más rico que cuando te levantaste.

Billy cogió la tarjeta.

—Si en algún momento me necesitas, aquí encontrarás a alguien que sabrá indicarte dónde estoy. Buenas noches —y Billy salió a la calle con la mente como un tiovivo y con una autorización policial escrita en una tarjeta de visita que guardaba en un bolsillo de su chaleco.

La mañana que iba a ser testigo de grandes acontecimientos amaneció clara y brillante sobre Londres. Manfred, que, en contra de su costumbre, había pasado la noche en el taller de Carnaby Street, contemplaba la aurora desde la azotea del edificio.

Yacía boca arriba, sobre una alfombra, con la cabeza recostada en sus manos. La aurora, con su luz blanca y despiadada, ponía al descubierto su enérgico rostro, arrugado y ojeroso. Las hebras blancas de su bien recortada barba quedaban acentuadas por aquella luz. Parecía fatigado y descorazonado, de un modo tan poco usual en él que González, que había subido por la trampilla unos minutos antes de salir el sol, estuvo tan próximo a alarmarse como su carácter flemático le permitía. Le tocó en un brazo y Manfred se sobresaltó.

—¿Qué sucede? —preguntó León suavemente.

La sonrisa y el movimiento de cabeza de Manfred no tranquilizaron a González.

—¿Es por Poiccart y el ladrón?

—Sí —asintió Manfred. Y añadió—: ¿Has sentido en alguno de nuestros casos anteriores la misma sensación que en este?

Hablaban en tono próximo al susurro. González tendió la mirada al frente, pensativamente.

—Sí —admitió—, una vez… En el caso de la mujer de Varsovia. Recuerda cuán fácil parecía todo, y cómo una circunstancia tras otra fue embrollando los hechos…, hasta que comencé a sentir la sensación, al igual que ahora, de que fracasaríamos.

—¡No, no, no! —exclamó Manfred ferozmente—. ¡No hay que hablar de fracaso, León, ni pensar en ello tampoco!

Se arrastró hacia la trampa y descendió al corredor, seguido de León.

—¿Y Terrí? —inquirió.

—Duerme.

Se disponían a entrar en el estudio, y Manfred tenía ya la mano en el pomo de la puerta, cuando sonaron unas pisadas en la planta baja.

—¿Quién hay ahí? —gritó Manfred, y un silbido suave les hizo bajar las escaleras como relámpagos.

—¡Poiccart! —exclamó Manfred.

En efecto, era Poiccart, sin afeitar, sucio y alicaído.

—¡Habla! —le urgió Manfred, con rudeza casi brutal.

—Vamos arriba —dijo Poiccart secamente.

Ascendieron la polvorienta escalera, y no pronunciaron ni una palabra hasta llegar a la salita de estar.

Entonces habló Poiccart.

—Hasta las estrellas en su curso luchan contra nosotros —comenzó, dejándose caer en el único asiento cómodo de la estancia y arrojando el sombrero a un rincón—. El tipo que me robó la libreta ha sido arrestado. Es un delincuente bastante conocido, un descuidero habitual, y por desgracia estaba anoche bajo vigilancia. Hallaron la libreta en su poder, y no hubiese ocurrido nada a no ser por un agente de policía de sagacidad poco acostumbrada, que asoció el contenido con nosotros.

»Cuando me separé de ti —miró a Manfred—, marché a casa, me cambié de ropa y me dirigí a Downing Street. Me mezclé entre los curiosos que se agrupaban ante la entrada de la residencia ministerial. Sabía que Falmouth estaba allí, de modo que tenía la seguridad de que si efectuaba algún descubrimiento lo comunicarían inmediatamente a Downing Street. Por otra parte, estaba prácticamente seguro de que mi ladrón era un carterista vulgar y que si teníamos algo que temer se debería solamente a su arresto. Mientras estaba allí, llegó un coche, del que se apeó un individuo con muestras de gran excitación. Era obviamente un policía. Apenas había tenido yo el tiempo justo para parar un coche de punto, cuando salieron a toda prisa Falmouth y el recién llegado. Los seguí en el coche lo más deprisa posible, aunque sin despertar la curiosidad del conductor. Naturalmente, permití que nos llevaran bastante delantera, pero su destino era tan claro como la luz. Despedí el coche en la esquina de la calle donde está la comisaría, y unos pasos más allá, tal como esperaba, el automóvil de Falmouth estaba aparcado frente a la entrada.

»Conseguí echar un fugaz vistazo a la sala de declaraciones, y a pesar de que temía que llevaran a cabo el interrogatorio en una celda, tuve la gran suerte de que hubieran elegido aquella sala. Vi a Falmouth, al policía y al prisionero. Este es un tipo de rostro depravado, mentón largo y mirada huidiza… No, no, León, no me preguntes por su fisonomía ahora… El vistazo que eché tuvo solamente propósitos fotográficos… Deseaba poder reconocerlo en cualquier otra ocasión.

»En aquella fracción de segundo capté la ira de Falmouth y la expresión retadora del ladrón, y comprendí que no podría reconocernos.

—Ah… —suspiró Manfred, aliviado, lo que marcó una pausa en el discurso de Poiccart.

—De todos modos, quise asegurarme —prosiguió aquel unos instantes después—. Retrocedí sobre mis pasos. De repente, oí a mis espaldas el zumbido del auto, que se adelantó. Distinguí a Falmouth y al ladrón, y supuse que se lo llevaban a Scotland Yard.

»Me pareció conveniente volver a mi vez a Scotland Yard; sentí curiosidad por saber qué intentaba hacer la policía con su nuevo recluta. Me aposté en un lugar desde donde podía divisar la entrada de la calle, y aguardé. Un rato después el ratero salió solo. Su andar era ligero y decidido. Un vistazo que capté de su semblante me reveló una extraña mezcla de perplejidad y júbilo. Torció por el Embankment y lo seguí de cerca.

—Corrías el peligro de que la policía le siguiese a él —observó González.

—En cuanto a eso, me sentía perfectamente tranquilo —replicó Poiccart—. Hice una inspección muy cuidadosa antes de actuar. Al parecer, la policía se contentó con dejarlo vagar libremente. Cuando llegó a la escalinata del Temple, se detuvo y miró con indecisión a derecha e izquierda, como si no estuviese muy seguro de lo que debía hacer. En aquel momento me aproximé, pasé por su lado y seguidamente di media vuelta, hurgándome los bolsillos.

»—¿Sería tan amable de darme fuego? —pedí.

»Fue muy afable. Sacó una caja de cerillas y me la ofreció.

»Saqué una, las rasqué y encendí mi cigarro, sosteniendo la cerilla en tal posición que él pudiera verme el rostro a la luz de la llama.

—Una medida prudente —comentó Manfred con gravedad.

—También yo pude ver su cara, y con el rabillo del ojo observé cómo examinaba mis facciones una a una. Sin embargo, no dio señal alguna de haberme reconocido y empecé a hablar con él. Permanecimos allí unos momentos y luego, como por mutuo acuerdo, echamos a andar en dirección a Blackfriars y atravesamos el puente, charlando de modo intrascendente sobre la pobreza general, el tiempo y las noticias de la prensa. Al otro lado del puente hay un tenderete donde sirven café. Decidí entonces dar mi siguiente paso. Le invité a un café, y cuando nos pusieron delante las tazas, puse un soberano sobre el mostrador. El dueño del negocio sacudió la cabeza y alegó que no tenía cambio.

»—¿No tendrá cambio su amigo? —preguntó.

»Fue entonces cuando la vanidad del ladronzuelo me reveló lo que yo quería saber. Sacó del bolsillo, con aire indiferente…, un soberano.

»—Es todo lo que llevo —dijo con voz cansina.

»Encontré en mis bolsillos unas monedas de cobre y pagué. Necesitaba pensar con rapidez. Aquel individuo había dicho algo a la policía, algo que valía un soberano… ¿Qué era? No podía ser una descripción de nosotros, puesto que me habría reconocido cuando encendí el cigarro, o, al menos, estando allí, bajo la luz de la improvisada cafetería. Y, de repente, un frío temor me asaltó. Quizá me había reconocido y, con su astucia de pícaro, me estaba entreteniendo hasta poder conseguir la ayuda de un agente.

Poiccart hizo una pausa momentánea y sacó del bolsillo una ampolla, que puso con cuidado sobre la mesa.

—Estuvo más cerca de la muerte que en ningún otro momento de su vida —prosiguió calmosamente—, pero en cierto modo mis sospechas se desvanecieron. Durante nuestro paseo habíamos pasado por delante de tres policías, y él no había aprovechado esta oportunidad.

»Se tomó el café y dijo:

»—Debo ir yendo ya para casa.

»—¿Tan pronto? —exclamé sonriendo; luego añadí—: En realidad, también yo debería estar de regreso para casa. Mañana me espera mucho trabajo.

»Me miró de reojo.

»—También a mí —afirmó sonriendo—, aunque no sé si podré hacerlo.

»Habíamos dejado el tenderete y en aquel momento estábamos parados bajo un farol, en la esquina de la calle.

»Sabía que sólo disponía de unos instantes para obtener la información que necesitaba… de manera que obré con osadía, yendo directamente al grano.

»—¿Qué le parecen esos Cuatro Hombres Justos? —le pregunté, en el preciso momento en que se disponía a marcharse. Dio media vuelta inmediatamente.

»—¿Y usted qué opina de ellos? —inquirió a su vez.

»A partir de aquí, poco a poco, fui entrelazando la conversación hasta llegar al tema de la identidad de los Cuatro. Él estaba ansioso por hablar de ellos y por saber lo que yo pensaba, pero lo que más le interesaba era la cuestión de la recompensa. Sí, esto le absorbía, y de repente se inclinó hacia mí, y, dándome unos golpecitos en el pecho con su sucio índice, empezó a establecer hipótesis.

Poiccart se echó a reír…, pero su carcajada terminó con un soñoliento bostezo.

—Ya conocéis esa clase de preguntas —agregó—, y sabéis cuán ingenuos son los iletrados cuando tratan de disimular su identidad por medio de elaboradas hipótesis. Bien, he aquí la historia. Él (se llama Billy Marks) cree que podría llegar a reconocer a uno de nosotros por un azar de la memoria. Para posibilitarle hacer esto lo han dejado en libertad provisional…, y hoy tendrá que explorar Londres, según dijo.

—Pues tendrá un día muy ajetreado —rió Manfred.

—Exacto —asintió Poiccart—, pero oíd el resto. Nos separamos y me encaminé hacia el oeste, completamente tranquilo por lo que a nuestra seguridad respecta. Fui hasta el mercado de Covent Garden, pues ya sabéis que ese es uno de los sitios de Londres donde puede ser uno visto a las cuatro de la mañana sin despertar sospechas.

»Estaba dando una vuelta por el mercado, observando ociosamente el bullicio que reina en él a aquellas horas, cuando, por alguna causa que no sé explicar, giré repentinamente sobre mis talones ¡y me hallé frente a frente con Billy Marks! Sonrió ovejunamente y me saludó con la cabeza. Sin esperar a que le preguntara las razones de su presencia allí, empezó a explicármelas.

»Acepté sus razones sin más, y por segunda vez le invité a café. Al principio vaciló, mas después aceptó. Cuando nos hubieron servido el café, apartó su taza de mí lo más lejos posible, y entonces comprendí que me había equivocado con el señor Marks, que había subestimado su inteligencia, que todo el tiempo que estuvo explayándose conmigo me estuvo reconociendo, y que había hecho todo lo posible para ahuyentar mis sospechas.

—¿Pero por qué…? —empezó Manfred.

—Eso es lo que me pregunté —le interrumpió Poiccart—. ¿Por qué no hizo que me arrestasen? —Se volvió hacia León, que escuchaba en silencio—. Dinos tú, León, ¿por qué?

—La explicación es simple —respondió González pausadamente—. ¿Por qué nos traicionó Terrí?… Codicia, la segunda fuerza más poderosa de la civilización. Duda algo de la recompensa. Tal vez no se fía de la palabra de la policía…, como es frecuente entre delincuentes. Quizá desee tener testigos —León se dirigió a la pared, donde estaba colgado su abrigo. Se lo abrochó pensativamente, se pasó una mano por la suave barbilla, y se metió en un bolsillo la ampolla que estaba sobre la mesa—. Supongo que le habrás dado esquinazo…

Poiccart asintió.

—¿Dónde vive?

—En el 700 de Red Cross Street, en el Borough. Es una pensión barata.

León cogió un lápiz de la mesa y esbozó rápidamente una cara sobre el margen de un periódico.

—¿Se le parece? —preguntó.

—Sí, mucho —asintió, sorprendido—. ¿Lo conoces?

—No —negó León con ligereza—; para tal hombre, tal rostro.

Se detuvo en el umbral.

—Creo que es necesario —en sus palabras había una nota interrogativa, dirigida principalmente a Manfred, que, cruzados los brazos y fruncido el ceño, miraba fijamente el suelo.

Por toda respuesta, Manfred extendió su apretado puño.

León vio el pulgar hacia abajo y salió de la habitación.

Billy Marks se hallaba en un dilema. Por medio del truco más ingenuo del mundo, su presa se le había escurrido de entre los dedos. Cuando Poiccart, deteniéndose ante las pulimentadas puertas del hotel más lujoso de Londres, hasta donde habían llegado, observó casualmente que tardaría sólo un segundo y desapareció por el vestíbulo, Billy se quedó anonadado. No estaba preparado para aquella contingencia. Había seguido al sospechoso desde Blackfriars; estaba casi seguro de que se trataba del individuo al que había desvalijado. Hubiera podido, de haberlo deseado, llamar al primer agente que vio para que arrestase a su presa; pero las sospechas del ladrón, el miedo a tener que compartir la recompensa con el agente que le ayudase, le hicieron contenerse. Y además, podría no tratarse del mismo individuo, decíase Billy para sus adentros, y no obstante…

Poiccart era un químico; un individuo que encontraba su gozo en precipitados malsanos; que mezclaba pestilentes compuestos; que destilaba, filtraba, carbonataba, oxidaba y hacía toda guisa de operaciones en aparatos de cristal, con los productos vegetales, animales y minerales de la Tierra.

Billy había salido de Scotland Yard en busca de un hombre que tenía una mano descolorida. Sí, de haber temido menos la traición de la policía, hubiese puesto en manos de esta una marca de identificación altamente valiosa.

Parece una excusa muy pobre alegar en favor de Billy que fue solo su codicia lo que le frenó cuando se halló frente a frente del hombre que buscaba. Y, sin embargo, así fue. Además, existía una operación de multiplicar muy sencilla. Si un Hombre Justo valía mil libras, ¿cuál era el valor comercial de cuatro? Billy era un ladrón con cabeza para los negocios. En su trabajo diario no producía desperdicios. No era un conservador que se conformase con un solo ramo de su profesión. Lo mismo pescaba un reloj, que limpiaba una caja registradora, o pasaba florines falsos.

Era una mariposa del crimen, revoloteando de una flor ilícita a otra, y no desdeñaba figurar como el «X» de alguna «información recibida».

Por eso, cuando Poiccart desapareció por detrás de las magníficas puertas del Royal Hotel, en Northumberland Avenue, Billy se quedó perplejo. Comprendió en un santiamén que su cautivo había entrado en un lugar adonde él no podía seguirlo sin poner sus cartas boca arriba, y que, si no ponía el remedio, existían muchas probabilidades de que su presa hubiese desaparecido para siempre.

Miró arriba y abajo de la calle. No había ningún policía a la vista. En el vestíbulo, un mozo en mangas de camisa estaba frotando los bronces. Era aún muy temprano; las calles estaban desiertas, y Billy, tras unos momentos de vacilación, dio un paso que jamás hubiese dado a una hora más convencional.

Empujó las puertas de vaivén y pasó al vestíbulo. El mozo lo miró, favoreciéndolo con un suspicaz fruncimiento.

—¿Qué quiere? —preguntó, desaprobando con la mirada el raído abrigo del visitante.

—Escucha, colega… —empezó Billy en su tono más conciliador.

Fue entonces cuando el musculoso brazo derecho del mozo lo asió por el cuello del abrigo, y Billy se vio dando trompicones en la calle.

—Fuera…, largo de aquí —ordenó el mozo con firmeza.

Fue necesario este desaire para engendrar en Billy la energía precisa. Se alisó el encarrujado abrigo, sacó del bolsillo la tarjeta firmada por Falmouth y volvió a la carga con dignidad.

—Soy policía —anunció, adoptando el aire que conocía tan bien—, y ¡mucho cuidado, joven, con interferirse en mi labor!

El mozo cogió la tarjeta y la examinó a conciencia.

—¿Qué desea? —preguntó en tono más cívico. Hubiera añadido «señor» si la palabra no se le hubiese atascado en la garganta. Si el recién llegado era un detective, pensó, el disfraz era perfecto.

—Necesito al caballero que entró antes de mí —dijo Billy.

El mozo se rascó la cabeza.

—¿Cuál es el número de su habitación?

—No importa el número de su habitación —gruñó Billy rápidamente—. ¿Hay alguna salida trasera en este hotel…, alguna salida que pueda utilizar un individuo? Sin contar la entrada principal.

—Una media docena.

Billy dejó oír un gemido ahogado.

—¿Puede mostrarme una?

El mozo le precedió fuera del vestíbulo. Una de las entradas de servicio daba a un callejón, y allí un barrendero dio a Billy la información temida. Cinco minutos antes, un hombre que respondía a la descripción dada por el ratero había salido, doblando hacia el Strand, y, luego de tomar un coche de punto, se había alejado en el mismo.

Chasqueado, y con la añadida amargura de saber que de haber actuado con más osadía se hubiera asegurado, al menos, una participación en las mil libras, caminó hasta el Embankment, maldiciendo el desatino que le había inducido a desaprovechar la fortuna que había estado a su alcance. Con las manos hundidas en los bolsillos, recorrió la agotadora longitud de los muelles del Támesis, repasando una y otra vez los incidentes de la noche, mascullando constantemente una espeluznante maldición de su error. Había transcurrido una hora desde que Poiccart le diera esquinazo, cuando se le ocurrió que todo no estaba perdido. Tenía su descripción, había examinado su cara, rasgo a rasgo, y esto ya era algo. Más aún, pensó que si detenían a aquel individuo gracias a su descripción, todavía podría reclamar la recompensa…, o parte de ella. No se atrevía a presentarse a Falmouth con la historia de que toda la noche había estado en compañía del hombre en cuestión sin haberlo hecho arrestar. Falmouth no se lo creería, y además resultaba excesivamente casual que hubiese llegado a conversar con él.

Esta última idea asaltaba por primera vez la mente de Billy. ¿Por qué extraña casualidad se había encontrado con aquel hombre? ¿Era posible, y este pensamiento aterró a Billy Marks, que el individuo al que había robado le hubiese reconocido a él y que deliberadamente lo hubiese buscado con la intención de matarlo?

Un frío sudor corrió por la estrecha frente del ladrón. Esos tipos eran asesinos, crueles y despiadados asesinos. ¿Y si…?

Abandonó la contemplación de unas posibilidades tan poco gratas para fijarse en un hombre que cruzaba la calzada en dirección hacia él. Lo contempló con expresión titubeante. El que se le acercaba era un individuo de apariencia joven, bien afeitado, con facciones afiladas e implacables ojos azules. Cuando estuvo más cerca, Billy se dio cuenta de que su primera impresión había sido engañosa; aquel hombre no era tan joven como parecía. Le calculó unos cuarenta años. Se le acercó haciéndole una seña para que se detuviese, pues Billy comenzaba a alejarse.

—¿Te llamas Marks? —preguntó el desconocido en tono autoritario.

—Sí, señor —admitió el ladrón.

—¿Has visto al señor Falmouth?

—No, desde anoche —contestó Billy, sorprendido.

—Entonces, tienes que ir a verlo en seguida.

—¿Dónde está?

—En la comisaría de Kensington. Han arrestado a un tipo y quiere que tú lo identifiques.

El corazón de Billy dio un salto.

—¿Me darán alguna recompensa? —quiso saber—. En caso de que lo reconozca, claro.

El otro asintió y Billy recobró sus esperanzas.

—Debes seguirme —añadió el desconocido—, pero a cierta distancia. El señor Falmouth no quiere que nos vean juntos. Saca un billete de primera clase para Kensington y entra en el compartimiento siguiente al mío… Vamos.

Se dio media vuelta y atravesó la calzada en dirección a Charing Cross. Billy lo siguió a distancia.

Encontró al desconocido paseando por el andén, y no dio muestras de reconocerlo. Llegó un tren y el ladrón siguió al otro por entre el enjambre de obreros que estaban apeándose. Su guía entró en un vagón de primera clase, vacío, y él, obedeciendo las instrucciones, penetró en el compartimiento contiguo al elegido por el otro.

Entre Charing Cross y Westminster, Billy tuvo tiempo de estudiar su situación. Entre Westminster y St. James Park, planeó las excusas que le daría al superintendente; entre el Park y Victoria, completó su justificación para reclamar una parte de la recompensa. Después, cuando el tren penetró en el túnel, iniciando el recorrido de cinco minutos hasta Sloane Square, Billy notó una corriente de aire, y al volver la cabeza vio al desconocido asomado a su compartimiento, cuya puerta mantenía semiabierta.

Billy se sobresaltó.

—Levanta el cristal de esa ventanilla —ordenó el hombre, y Billy, hipnotizado por el imperio de aquella voz, obedeció. En aquel instante oyó una rotura de cristales. Se volvió, emitiendo un colérico gruñido.

—¿Qué juego es este? —exigió.

Por toda respuesta, el desconocido giró retrocediendo de un salto y desapareció cerrando suavemente la puerta.

—¿Qué juego es este? —repitió Billy con voz adormilada.

Miró al suelo y vio una ampolla rota a sus pies. Junto a los cristales yacía un reluciente soberano. Lo contempló estúpidamente durante un instante, y después, justamente cuando el tranvía llegaba a la estación de Sloane Square, se agachó para recogerlo…