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Sortilegio de Otoño - Joseph von Eichendorff

El caballero Ubaldo, una tranquila tarde de otoño mientras cazaba, se encontró alejado de los suyos, y cabalgaba por los montes desiertos y boscosos cuando vio venir hacia él a un hombre vestido con ropas extrañas. El desconocido no advirtió la presencia del caballero hasta que estuvo delante de él. Ubaldo vio con estupor que vestía un jubón magnífico y muy adornado pero descolorido y pasado de moda. Su rostro era hermoso, aunque pálido, y estaba cubierto por una barba tupida y descuidada.

Los dos se saludaron sorprendidos y Ubaldo explicó que, por desgracia, se encontraba perdido. El sol se había ocultado detrás de los montes y aquel lugar se encontraba lejos de cualquier sitio habitado. El desconocido ofreció entonces al caballero pasar la noche en su compañía. Al día siguiente, añadió, le indicaría la única manera de salir de aquellos bosques. Ubaldo aceptó y le siguió a través de los desiertos desfiladeros.

Pronto llegaron a un elevado risco a cuyo pie se encontraba una espaciosa cueva, en medio de la cual había una piedra y sobre la piedra un crucifijo de madera. Al fondo estaba situada un lecho de hojas secas. Ubaldo ató su caballo a la entrada y, mientras, el huésped trajo en silencio pan y vino. 
 
Después de haberse sentado, el caballero, a quien no le parecían las ropas del desconocido propias de un ermitaño, no pudo por más que preguntarle quién era y qué le había llevado hasta allí.

—No indagues quién soy —respondió secamente el ermitaño, y su rostro se volvió sombrío y severo. Entonces Ubaldo notó que el ermitaño escuchaba con atención y se sumía en profundas meditaciones cuando empezó a contarle algunos viajes y gestas gloriosas que había realizado en su juventud. Finalmente Ubaldo, cansado, se acostó en el lecho de hojas secas que le había ofrecido su huésped y se durmió pronto, mientras el ermitaño se sentaba en el suelo a la entrada de la cueva.

A la mitad de la noche el caballero, turbado por agitados sueños, se despertó sobresaltado y se incorporó. Afuera, la luna bañaba con su clara luz el silencioso perfil de los montes. Delante de la caverna vio al desconocido paseando intranquilo de aquí para allá bajo los grandes árboles. Cantaba con voz profunda una canción de la que Ubaldo sólo consiguió entender estas palabras:
 
Me arrastra fuera de la cueva el temor. 
Me llaman viejas melodías.
Dulce pecado, déjame
O póstrame en el suelo
Frente al embrujo de esta canción,
Ocultándome en las entrañas de la tierra.
¡Dios! Querría suplicarte con fervor,
Mas las imágenes del mundo siempre
Se interponen entre nosotros,
Y el rumor de los bosques
Me llena de terror el alma.
¡Severo Dios, te temo! 
¡Oh, rompe también mis cadenas! 
Para salvar a todos los hombres 
Sufriste tú una amarga muerte. 
Estoy perdido ante las puertas del infierno. 
¡Qué desamparado estoy! 
¡Jesús, ayúdame en mi angustia!
 
Al terminar su canción se sentó sobre una roca y pareció murmurar una imperceptible oración, semejante a una confusa fórmula mágica. El rumor del riachuelo cercano a las montañas y el leve silbido de los abetos se unieron en una misma melodía, y Ubaldo, vencido por el sueño, cayó de nuevo sobre su lecho.

Apenas brillaron los primeros rayos de la mañana a través de las copas de los árboles, cuando el ermitaño se presentó ante el caballero para mostrarle el camino hacia los desfiladeros. Ubaldo montó alegre su caballo y su extraño guía cabalgó en silencio junto a él. 
 
Pronto alcanzaron la cima del monte, y contemplaron la deslumbrante llanura que aparecía súbitamente a sus pies con sus torrentes, ciudades y fortalezas en la hermosa luz de la mañana. El ermitaño pareció especialmente sorprendido:

—¡Ah, qué hermoso es el mundo! —excluyó turbado, cubrió su rostro con ambas manos y se apresuró a adentrarse de nuevo en los bosques. Ubaldo, moviendo la cabeza, tomó el conocido camino que conducía a su castillo.

La curiosidad le empujó de nuevo a buscar aquellas soledades, y, aunque con esfuerzo, consiguió encontrar la cueva, donde el ermitaño le recibió esta vez sombrío y silencioso.

Ubaldo, por el canto nocturno del ermitaño en el primer encuentro, supo que éste quería sinceramente expiar graves pecados, pero le pareció que su espíritu luchaba en vano contra el enemigo, pues en su conducta no existía la alegre confianza de un alma verdaderamente sumisa a la voluntad de Dios, y, con frecuencia, cuando conversaban sentados uno junto al otro, irrumpía una contenida ansiedad terrenal con una fuerza terrible en los extraviados y llameantes ojos de aquel hombre, transformando su fisonomía y dándole un cierto aire salvaje.

Esto impulsó al piadoso caballero a hacer más frecuentes sus visitas para ayudar con todas sus fuerzas a aquel espíritu vacilante. Sin embargo, el ermitaño calló su nombre y su vida anterior durante todo aquel tiempo, y parecía temeroso de su pasado. Pero, con cada visita se tornaba más apacible y confiado. Así, finalmente consiguió el buen caballero convencerle para que le acompañara a su castillo.

Ya había anochecido cuando llegaron a la fortaleza. El caballero Ubaldo ordenó encender un hermoso fuego en la chimenea e hizo traer el mejor vino de cuantos tenía. Era la primera vez que el ermitaño parecía encontrarse a gusto. Observaba muy atentamente una espada y otras armas que, colgadas en la pared, reflejaban los destellos de la lumbre, y luego contemplaba silenciosamente al caballero.

—Vos sois feliz —dijo—, y veo vuestra firme y gallarda figura con verdadero temor y profundo respeto; vive sin que os conmueva la alegría ni el dolor, y domina con serena tranquilidad la vida, al igual que un navegante que sabe manejar el timón, y no se deja confundir con el maravilloso canto de las sirenas. Junto a usted me he sentido muchas veces como un necio cobarde o como un loco. Hay personas embriagadas de vida. ¡Qué terrible es volver de nuevo a la sobriedad!

Ubaldo, que no quería desaprovechar aquel desacostumbrado comportamiento de su huésped, le insistió con entusiasmo para que le revelara la historia de su vida. El ermitaño se quedó pensativo.

—Si me promete —dijo finalmente— mantener eternamente en secreto lo que voy a contarle y me permite omitir los nombres, lo haré.

El caballero levantó su mano en señal de juramento y llamó a continuación a su mujer, de cuyo silencio respondía, para que participase junto con él de la historia tan ansiosamente esperada.

Ésta apareció con un niño en sus brazos y llevando a otro de la mano. Era alta y de hermosa figura en su floreciente juventud, silenciosa y dulce como el crepúsculo, reflejando en los encantadores niños su propia belleza. 
 
El huésped se sintió profundamente confundido al verla. Abrió bruscamente la ventana y, pensativo, detuvo su mirada unos instantes en el bosque oscurecido. Tranquilizado, volvió junto a ellos, se sentaron alrededor del fuego y empezó a hablar de la siguiente manera:

«El tibio sol del otoño se levantaba sobre la niebla azul que cubría los valles cercanos a mi castillo. La música había callado, la fiesta terminaba y los animados invitados se dispersaban. Era una fiesta de despedida que yo ofrecía a mi más querido amigo, que aquel día, con su hueste, se había armado de la Santa Cruz para unirse al ejército cristiano en la conquista de Tierra Santa. 
 
«Desde nuestra más temprana juventud era esta empresa nuestra única meta, el único deseo y la única esperanza de nuestros sueños de adolescencia. Aún hoy recuerdo con indescriptible nostalgia aquel tiempo tranquilo como la mañana, cuando, sentados bajo los altos tilos de mi castillo, seguíamos con la imaginación las nubes navegantes hacia aquella tierra bendita, donde Godofredo y otros héroes vivían y combatían en el claro esplendor de la gloria. Pero, ¡qué pronto cambió todo en mí!

«Una doncella, flor de toda belleza, que había visto muy poco y de la cual, sin que ella lo supiera, estaba perdidamente enamorado, me retenía en la cárcel silenciosa de estas montañas. Sí, yo era lo bastante fuerte para luchar, pero no tuve el valor de alejarme, y dejé marchar solo al amigo.

«También la doncella había participado en la fiesta y yo había sucumbido al esplendor de su hermosura. Al alba, cuando ella iba a despedirse y yo la ayudaba a montar en su caballo, tuve el valor de confesarle que, si era su voluntad, renunciaría a mi empresa. Ella no dijo nada y me miró fijamente, casi con horror, y salió al galope».

Oyendo estas palabras, Ubaldo y su mujer se miraron sin ocultar su asombro. Pero el huésped no lo advirtió y siguió su relato:

«Todos se habían ido. Los rayos del sol, a través de las altas ventanas ojivales, entraban en los salones vacíos, donde sólo resonaban mis pasos. Permanecí largo tiempo asomado al mirador; del silencioso bosque llegaban los acompasados golpes de las hachas de los leñadores. Tan grande era mi soledad, que, en un momento, se apoderó de mí una indescriptible ansiedad. No pude soportarlo: monté sobre mi caballo y salí de caza para aliviar mi oprimido corazón.

«Erré durante mucho tiempo y, finalmente, me encontré perdido en un paraje desconocido entre las montañas. Cabalgaba pensativo, con mi halcón en la mano a través de un prado maravilloso que acariciaban los oblicuos rayos del sol poniente. Las nubes otoñales se movían ligeras en el aire azul y sobre las montañas se oían los cantos de adiós de los pájaros migratorios.

«De repente llegó a mis oídos el sonido de varios cuernos de caza que parecían responderse unos a otros desde las cimas. Algunas voces los acompañaban con un canto. Hasta entonces, ninguna melodía me había conmovido de tal manera, y, aún hoy, recuerdo algunas de sus estrofas, que llegaban a mí a través del viento:

Por lo alto, en bandadas amarillas y rojas
Se van los pájaros volando.
Los pensamientos vagan sin consuelo
¡Ay de mí, que no encuentran refugio!
Y las oscuras quejas de los cuernos,
Golpean el corazón solitario.
¿Ves el perfil de los azules montes
Que se yergue a lo lejos sobre los bosques,
Y los arroyos que en el valle silencioso,
Se alejan susurrantes?
Nubes, arroyos, pájaros ruidosos:
Todo se junta allá a lo lejos.
Mis rizos de oro ondean
Y florece mi joven cuerpo dulcemente.
Pronto sucumbe la belleza;
Igual que el esplendor se apaga del verano
Debe la juventud inclinar sus flores.
Callan alrededor todos los cuernos.
Esbeltos brazos para abrazar,
Y roja boca para el dulce beso,
El cobijo del blanco seno,
Y el cálido saludo de amor,
Te ofrece el eco de los cuernos de caza.  
Dulce amor, ven, antes de que callen.

«Yo estaba confundido con aquella melodía que había conmovido mi corazón. Mi halcón, tan pronto como oyó las primeras notas, se intranquilizó, para después desaparecer en el aire y no volver más. Yo, sin embargo, incapaz de resistir, seguí oyendo aquella seductora melodía que confusa, unas veces se alejaba y, otras, llevada por el viento, parecía acercarse.
 
«Finalmente salí del bosque y divisé delante de mí, sobre la cumbre de una montaña, un majestuoso castillo. Desde arriba hasta el bosque, sonreía un bellísimo jardín, repleto de todos los colores, que rodeaba al castillo como un anillo mágico. 
 
«Todos los árboles y los setos, encendidos por los tonos violentos del otoño, aparecían purpúreos, amarillos oro y rojos fuego. Altos áster, las últimas estrellas del verano, brillaban allí con múltiples destellos. El sol poniente derramaba sus últimos rayos sobre aquella deliciosa altura, reflejando sus deslumbrantes llamas en las ventanas y en las fuentes.

«Me di cuenta entonces de que el sonido de los cuernos de caza que había escuchado poco antes provenía de este jardín. Vi con espanto, en medio de tanta magnificencia, bajo los emparrados, a la doncella de mis sueños, que paseaba cantando la misma melodía. Al verme calló, pero los cuernos de caza seguían sonando. Hermosos muchachos, vestidos de seda, se acercaron a mí y me ayudaron a desmontar.

«Pasé a través del arco ligero y dorado de la cancela, directo hacia la explanada del jardín, donde se encontraba mi amada y caí a sus pies, vencido por tanta belleza. Llevaba un vestido rojo oscuro; largos velos transparentes cubrían sus rizos dorados, que una diadema de piedras preciosas sujetaba sobre la frente.

«Me ayudó a levantarme amorosamente y, con voz entrecortada por el amor y el dolor, me dijo:

«—¡Cuánto te amo, hermoso e infeliz joven! Desde hace mucho tiempo te amo, y cuando el otoño inicia su fiesta misteriosa despierta mi deseo con nueva e irresistible fuerza. ¡Infeliz! ¿Cómo has llegado a la esfera de mi canción? Déjame y vete.

«Al oír estas palabras fui presa de un gran temblor y le supliqué que me hablara y se explicase. Pero ella no respondió, y recorrimos silenciosos, uno al lado del otro, el jardín.

«Mientras tanto, había oscurecido y el aspecto de la doncella se había tornado grave y majestuoso.

«—Debes saber —dijo— que tu amigo de la infancia, el cual hoy se ha despedido de ti, es un traidor. He sido obligada a ser su prometida. Sólo por celos te ha ocultado su amor. No ha partido hacia Palestina: mañana vendrá para llevarme a un castillo lejano donde estaré eternamente oculta a la mirada de todos. Ahora debo irme. Sólo nos volveremos a ver si él muere.

«Dicho esto, me besó en los labios y desapareció en las oscuras galerías. Una gema de su diadema heló mi vista, y su beso estremeció mis venas con un tembloroso deleite.

«Medité con terror las espantosas palabras que, al despedirse, había vertido como un veneno en mi sangre. Vagué pensativo mucho tiempo por los solitarios senderos. Finalmente, cansado, me eché sobre los escalones de piedra de la puerta del castillo. Los cuernos de caza sonaban todavía, y me dormí combatido por extraños pensamientos.

«Cuando abrí los ojos, ya había amanecido. Las puertas y las ventanas del castillo estaban cerradas, y el jardín, silencioso. En aquella soledad, con los nuevos y hermosos colores de la mañana, se despertaban en mi corazón la imagen de mi amada y todo el sortilegio de la víspera, y yo me sentía feliz sabiéndome amado y correspondido. A veces, al recordar aquellas terribles palabras, quería huir lejos de allí, pero aquel beso ardía aún en mis labios y no podía hacerlo.

«El aire era cálido, casi sofocante, como si el verano quisiera volver sobre sus propios pasos. Recorrí el bosque cercano para distraerme con la caza. De improviso vislumbré en la copa de un árbol un pájaro con un plumaje tan maravilloso como jamás lo había visto. Cuando tensé el arco para lanzar la flecha, voló hacia otro árbol. Lo perseguí ávidamente, pero el pájaro seguía saltando de copa en copa, mientras sus alas doradas reflejaban la luz del sol.

«Así, fui a parar a un estrecho valle, flanqueado por escarpados riscos. Allí no llegaba la fría brisa y todo estaba todavía verde y florido como en el verano. Del centro del valle salía un canto embriagador. Sorprendido, aparté las ramas de los tupidos matorrales y mis ojos se cegaron ante el hechizo que se manifestó delante de mí.

«En medio de las altas rocas había un apacible lago circundado de hiedra y juncos. Muchas doncellas bañaban sus hermosos miembros en las tibias ondas. Entre ellas se encontraba mi hermosísima amada sin velos, que, silenciosa, mientras las otras cantaban, miraba fijamente el agua, que cubría sus tobillos, como encantada y absorta en su propia belleza reflejada en el agua. Permanecí durante un tiempo mirando de lejos, inmóvil y tembloroso. De golpe, el hermoso grupo salió del agua, y me apresuré para no ser descubierto.

«Me refugié en lo más profundo del bosque para apaciguar las llamas que abrasaban mi corazón. Pero cuanto más lejos huía tanto más viva se agitaba delante de mis ojos la visión de aquellos miembros juveniles.

«La noche me alcanzó en el bosque. El cielo se había oscurecido y una tremenda tormenta apareció sobre los montes. "Sólo nos volveremos a ver si él muere", repetía para mí, mientras huía como si me persiguieran fantasmas.

«A veces me parecía oír a mi flanco estrépito de caballos, pero yo huía de toda mirada humana y de todo rumor que pareciera acercarse. Al cabo, cuando llegué a una cima, vi a lo lejos el castillo de mi amada. Los cuernos de caza sonaban como siempre, el esplendor de las luces irradiaba como una tenue luz de luna a través de las ventanas, iluminando alrededor mágicamente los árboles y las flores cercanas, mientras todo el resto del paraje luchaba en la tormenta y la oscuridad.

«Finalmente, incapaz casi de dominar mis facultades, escalé una alta roca, a cuyos pies pasaba un ruidoso torrente. Llegado a la cima divisé una sombra oscura que, sentada sobre una piedra, silenciosa e inmóvil, parecía ella misma también de piedra. Rasgadas nubes huían por el cielo. Una luna color sangre apareció por un instante, reconocí entonces a mi amigo, el prometido de mi amada.

«Apenas me vio, se levantó apresuradamente. Temblé de arriba abajo. Entonces le vi empuñar su espada. Colérico, me lancé contra él y lo agarré. Luchamos unos instantes y luego lo despeñé.

«De repente el silencio se hizo terrible. Sólo el torrente rugió más fuerte como si sepultase eternamente mi pasado en medio del fragor de sus ondas turbulentas.

«Me alejé velozmente de aquel horrible lugar. Entonces me pareció oír a mis espaldas una carcajada aguda y perversa que venía de las copas de los árboles. Al mismo tiempo creí ver en la confusión de mis sentidos, al pájaro que poco antes había perseguido. Me precipité lleno de espanto, a través del bosque, y salté el muro del jardín. Con todas mis fuerzas llamé a las puertas del castillo:

«—¡Abre —gritaba fuera de mí—, ¡abre, he matado al hermano de mi corazón! ¡Ahora eres mía en la tierra y en el infierno!

«La puerta se abrió y la doncella, más hermosa que nunca, se echó contra mi pecho, destrozado por tantas tormentas, y me cubrió de ardientes besos.

«No os hablaré de la magnificencia de las salas, de la fragancia de exóticas y maravillosas flores, entre las cuales cantaban hermosas doncellas, de los torrentes de luz y de música, del placer salvaje e inefable que gusté entre los brazos de la doncella».

En este punto, el ermitaño dejó de hablar. Fuera se oía una extraña canción. Eran pocas notas: ora semejaban una voz humana, ora la voz aguda de un clarinete, cuando el viento soplaba sobre los lejanos montes, encogiendo el corazón.

—Tranquilícense —dijo el caballero—. Estamos acostumbrados a esto desde hace tiempo. Se dice que en los bosques vecinos existe un sortilegio. Muchas veces, en las noches de otoño, esta música llega hasta nuestro castillo. Pero igual que se acerca, se aleja y no nos preocupamos de ello.

Sin embargo, un estremecimiento sobrecogió el corazón de Ubaldo y sólo con esfuerzo consiguió dominarse. Ya no se oía la música. El huésped, sentado, callaba, perdido en profundos pensamientos. Su espíritu vagaba lejos. Después de una larga pausa volvió en sí y retomó su narración, aunque no con la calma de antes:

«Observé que, a veces, la doncella, en medio de todo aquel esplendor, caía en una invencible melancolía cuando veía desde el castillo que el otoño iba a despedirse. Pero bastaba un sueño profundo para que se calmase, y su rostro maravilloso, el jardín y todo el paraje me parecían, a la mañana, frescos y como recién creados.

«Una vez, mientras estaba junto a ella asomado a la ventana, noté que mi amada estaba más triste y silenciosa que de costumbre. Fuera, en el jardín, el viento del invierno jugaba con las hojas caídas. Advertí que mientras miraba el paisaje palidecía y temblaba. Todas sus damas se habían ido, las canciones de los cuernos de caza sonaban aquel día en una lejanía infinita, hasta que, finalmente, callaron. Los ojos de mi amada habían perdido su esplendor, casi hasta apagarse. 
 
«El sol se ocultó detrás de los montes, e iluminó con un último fulgor el jardín y los valles. De repente, la doncella me apretó entre sus brazos y comenzó una extraña canción, que yo no había oído hasta entonces y resonaba en toda la estancia con melancólicos acordes. Yo escuchaba embelesado. Era como si aquella melodía me empujase hacia abajo junto con el ocaso. Mis ojos se cerraron involuntariamente: caí adormecido y soñé.

«Cuando me desperté ya era de noche. Un gran silencio reinaba en todo el castillo y la luna brillaba muy clara. Mi amada dormía a mi lado sobre un lecho de seda. La observé con asombro: estaba pálida, como muerta. Sus rizos caían desordenadamente como enredados por el viento, sobre su rostro y su pecho. Todo lo demás, a mi alrededor, permanecía intacto; igual que cuando me había dormido. Me parecía, sin embargo, como si hubiera pasado mucho tiempo. 
 
«Me acerqué a la ventana abierta. Todo lo de fuera me pareció distinto de lo que siempre había visto. El rumor de los árboles era misterioso. De repente vi junto a la muralla del castillo a dos hombres que murmuraban frases oscuras, y se inclinaban curvándose el uno hacia el otro como si quisieran tejer una tela de araña. No entendí nada de lo que hablaban: sólo oía de vez en cuando pronunciar mi nombre. 
 
«Me volví a mirar la imagen de la doncella que palidecía aún más en la claridad de la luna. Me pareció una estatua de piedra, hermosa, pero fría como la muerte e inmóvil. Sobre su plácido seno brillaba una piedra similar al ojo del basilisco y su boca estaba extrañamente desfigurada.

«Entonces se apoderó de mí un terror como nunca había sentido. Huí de la alcoba y me precipité a través de los desiertos salones, donde todo el esplendor se había apagado. Cuando salí del castillo vi a los dos desconocidos dejar lo que estaban haciendo y quedarse rígidos y silenciosos como estatuas. 
 
«Había al pie del monte un lago solitario, a cuyo alrededor algunas doncellas con túnicas blancas como la nieve cantaban maravillosamente, a la vez que parecían entretenidas en extender sobre el prado extrañas telas de araña a la luz de la luna. Aquella visión y aquel canto aumentaron mi terror. Salté aprisa el muro del jardín. Las nubes pasaban rápidas por el cielo, las hojas de los árboles susurraban a mis espaldas, y corrí sin aliento.

«Poco a poco la noche se fue haciendo más callada y tibia; los ruiseñores cantaban entre los arbustos. Abajo, en el fondo del valle, se oían voces humanas, y viejos y olvidados recuerdos volvieron a amanecer en mi corazón apagado, mientras, ante mí, se levantaba sobre las montañas una hermosa alba de primavera.

«—¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? —exclamé con asombro. No sabía qué me había pasado—. El otoño y el invierno han transcurrido. La primavera ilumina nuevamente el mundo. Dios mío, ¿dónde he permanecido tanto tiempo?

«Finalmente alcancé la cima de la última montaña. Salía un sol espléndido. Un estremecimiento de placer recorrió la tierra; brillaron los torrentes y los castillos; los tranquilos y alegres hombres preparaban sus trabajos cotidianos; incontables alondras volaban jubilosas. Caí de rodillas y lloré amargamente mi vida perdida.

«No comprendí, y aún hoy no lo comprendo, cómo había sucedido todo. Me propuse no bajar más al alegre e inocente mundo con este corazón lleno de pecados y de desenfrenada ansiedad. Decidí sepultarme vivo en un lugar desolado, invocar el perdón del cielo y no volver a ver las casas de los hombres antes de haber lavado con lágrimas de cálido arrepentimiento mis pecados, lo único que en mi pasado era claro para mí.
 
«Así viví todo un año hasta que me encontré con usted. Cada día elevaba ardientes plegarias y a veces me pareció haber superado todo y haber encontrado la gracia de Dios, pero era una falsa ilusión que luego desaparecía. Sólo cuando el otoño extendía de nuevo su maravillosa red de colores sobre el monte y el valle, llegaban de nuevo del bosque cantos muy conocidos. Penetraban en mi soledad, y oscuras voces respondían dentro de mí. 
 
«El sonido de las campanas de la lejana catedral me espanta cuando, en las claras mañanas de domingo, vuela sobre las montañas y llega hasta mí como si buscara en mi pecho el antiguo y callado reino del Dios de la infancia, que ya no existe. 
 
«Sepan que en el corazón de los hombres hay un reino encantado y oscuro, en el cual brillan cristales, rubíes y todas las piedras preciosas de las profundidades con amorosa y estremecedora mirada, y tú no sabes de dónde vienen ni adónde van. La belleza de la vida terrenal se filtra resplandeciendo como en el crepúsculo y las invisibles fuentes, arremolinándose, murmuran melancólicas, todo te arrastra hacia abajo, eternamente hacia abajo».

—¡Pobre Raimundo! —exclamó el caballero Ubaldo, que había escuchado con profunda emoción al ermitaño, absorto e inmerso en su relato.

—¡Por Dios! ¿Quién es que conoce mi nombre? —preguntó el ermitaño levantándose como herido por un rayo.

—Dios mío —respondió el caballero abrazando con afecto al tembloroso ermitaño—. ¿Es que no me reconoces? Yo soy tu viejo y fiel hermano de armas, Ubaldo, y ésta es tu Berta, a la que amabas en secreto y a la que ayudaste a montar a caballo después de la fiesta en el castillo. El tiempo y una vida venturosa han desdibujado nuestro aspecto de entonces. 
 
Te he reconocido sólo cuando comenzaste a relatar tu historia. Jamás he estado en un paraje como el que tú describes y nunca he luchado contigo en el acantilado. Inmediatamente después de aquella fiesta salí para Palestina, donde combatí varios años, y, a mi vuelta, la hermosa Berta se convirtió en mi esposa. 
 
Ella tampoco te ha visto jamás después de aquella fiesta, y todo lo que has contado es una vana fantasía. Un malvado sortilegio, que despierta cada otoño y desaparece después, te ha tenido, mi pobre Raimundo, encadenado con juegos engañosos durante muchos años. Los días han sido meses para ti. Cuando volví de Tierra Santa nadie supo decirme dónde estabas y todos te creíamos perdido.

A causa de su alegría, Ubaldo no se dio cuenta de que su amigo temblaba cada vez más fuertemente a cada una de sus palabras. Raimundo les miraba a él y a su esposa con ojos extraviados. De repente reconoció a su amigo y a la amada de su juventud, iluminados por la crepitante llama de la chimenea.

—¡Perdido, todo perdido! —exclamó trágicamente. Se separó de los brazos de Ubaldo y huyó velozmente en la noche hacia el bosque.

—Sí, todo está perdido, y mi amor y toda mi vida no son más que una larga ilusión —decía para sí mientras corría, hasta que las luces del castillo de Ubaldo desaparecieron a sus espaldas. Involuntariamente, se había dirigido hacia su propio castillo, al que llegó cuando amanecía.

Había amanecido de nuevo un claro día de otoño, como aquel de muchos años antes, cuando se había marchado del castillo. El recuerdo de aquel tiempo y el dolor por el perdido esplendor de la gloria de su juventud se apoderaron de toda su alma. Los altos tilos del jardín susurraban como antaño, pero la desolación reinaba por todos lados y el viento silbaba a través de los arcos en ruinas.

Entró en el jardín. Estaba desierto y destruido. Sólo algunas flores tardías brillaban acá y allá sobre la hierba amarillenta. Sobre una rama un pájaro cantaba una maravillosa canción que llenaba el corazón de una gran nostalgia.

Era la misma melodía que oyera junto a las ventanas del castillo de Ubaldo. Con terror reconoció también al hermoso y dorado pájaro del bosque encantado. Asomado a una ventana del castillo había un hombre alto, pálido y manchado de sangre. Era la imagen de Ubaldo.

Horrorizado, Raimundo alejó la mirada de esa visión y fijó los ojos en la claridad de la mañana. De repente, vio avanzar por el valle a la hermosa doncella a lomos de un brioso corcel. Estaba en la flor de su juventud. Plateados hilos del verano flotaban a sus espaldas; la gema de su diadema arrojaba desde su frente rayos de verde oro sobre la llanura.

Raimundo, enloquecido, salió del jardín y persiguió a la dulce figura, precedido del extraño canto del pájaro.

A medida que avanzaba, la canción se transformaba en la vieja melodía del cuerno de caza, que en otro tiempo le sedujera.

Mis rizos de oro ondean
Y florece mi joven cuerpo dulcemente,

oyó, como si fuera un eco en la lejanía...

Y los arroyos que en el valle silencioso,
Se alejan susurrantes.

Su castillo, las montañas, y el mundo entero, todo se hundió a sus espaldas.

Y el cálido saludo de amor,
Te ofrece el eco de los cuernos de caza.
¡Dulce amor, ven antes de que callen!
resonó una vez más.

Vencido por la locura, el pobre Raimundo siguió tras la melodía por lo profundo del bosque. Desde entonces nadie le ha vuelto a ver.

El ataúd en el mar - Eddy C. Bertin

A Marc Dolan le agradó Spring Cottage apenas la vio. Aquella casita de campo, recién pintada de blanco, con sus grandes ventanas, parecía estar dibujada en el mismo cielo, ya que estaba edificada sobre una de las dunas más altas. No encontró mucha oposición al regatear con la señora Berens, la propietaria, sobre el alquiler de una de sus mejores habitaciones. 

La temporada turística aún no había empezado, y ella se alegró de haber encontrado un huésped unos meses antes de que comenzara la estación veraniega y llegasen los extranjeros de los países vecinos. 

Marc Dolan sabía que al llegar aquella época, la paz y la tranquilidad se esfumarían: la playa de marfil se vería hollada por millares de sudorosos pies, arrastrándose con dificultad por la ardiente arena como estúpidos cangrejos. 

La playa se cubriría de cuerpos obesos, feos y blancuzcos, el color de las cosas muertas, y el estruendo de los transistores y los chillidos de los niños violarían el silencio que él tanto adoraba. La estación veraniega no había sido hecha para él ya que, como artista, Marc necesitaba desesperadamente descanso y soledad.

Alquiló un taxi para ir a recoger sus maletas, que había dejado en la estación cuando llegó, y luego se instaló en su confortable habitación. Esta se hallaba situada en el primer piso, y su ventana era tan alta y tan ancha como su pared exterior. Un butacón de colosales dimensiones se hallaba frente a dicha ventana, con su alto respaldo vuelto hacia la puerta. 

Durante los primeros instantes, Marc tuvo la impresión de que aquel gigantesco sillón giraría de repente y alguien se levantaría de él diciéndole «hola». La señora Berens le dijo que aquel butacón había estado siempre en el ático, pero que al anterior inquilino le agradaba tanto la espléndida panorámica sobre el mar y la playa, que él mismo trasladó el tosco sillón a su habitación. 

Marc estaba plenamente de acuerdo con el gusto de aquel señor: mirar a través de aquella ventana era como si uno estuviera en las mismas dunas, pisando la blanca arena y la pura espuma de las ondas. Y más allá de aquella espuma abrazándose con el mar, una masa enorme de agua gris, aparentemente sin vida, pero moviéndose con lentitud como bajo la influencia de un laborioso respirar, se veían unos cuantos barquitos de blancas velas triangulares arrastrados hacia el lejano horizonte.

Marc retiró el pesado reloj y los candelabros vacíos que estaban sobre el manto de la chimenea, y colocó en su lugar sus propios libros de pintura. Luego descolgó un grabado del siglo XIX y colgó en aquella pared una copia hecha por él de un cuadro famoso de Turner. Después puso en el armario sus escasas pertenencias. 

Marc no era rico. De vez en cuando, vendía uno o dos de sus cuadros, y había hecho dos exposiciones de su trabajo pictórico, una en Gantes y otra en Bruselas; mas por lo general, la suerte estaba en contra de él. Quizá la culpa la tuviese su propio trabajo, pues sabía que no era lo suficientemente moderno. 

Marc no podía comprender el arte pop, y mucho menos aquella forma de pintar con pies y manos, e incluso con el propio cuerpo, revolcándose primero en pintura fresca y luego sobre el lienzo virgen. A él le agradaba pintar lo que realmente veía, poder mirar después su propia obra y ser capaz de distinguir lo que representaba, y no algo parecido a esas visiones imaginarias propias de una intoxicación de LSD. 

Los resultados de su obstinada búsqueda del estilo antiguo podían condensarse en un baúl lleno de pinturas que no pudo vender. Suaves rostros sombreados, ensoñadoras campiñas en colores de otoño, rugientes tormentas en el mar, lagos de plata a la luz de la luna... Nadie quería nada de eso. Pero él continuaba, con tenacidad de acero, convencido de que algún día reconocerían su talento.

Marc acostumbraba pasar unas semanas junto al mar, en especial durante aquel período comprendido entre el último invierno y la temprana primavera, cuando las costas eran azotadas por vientos tormentosos y los turistas amantes del sol aún continuaban en sus países, temblando de frío junto a sus chimeneas. 

Durante aquel período interestacional, en que el mar era puro y libre y la expectante playa estaba llena de esperanzas, Marc se encontraba en condiciones de captar la pureza que tanto amaba reproducir en sus lienzos.

El primer día no hizo nada en especial. Se limitó a dar un corto paseo por las dunas, con los ojos semicerrados para evitar aquella arena que un viento juguetón levantaba del suelo. Cuando el crepúsculo estrechaba entre sus brazos la hermosa playa, se dirigió al pueblo más cercano y compró algunas bebidas, pero regresó de inmediato a casa, a través de las desiertas calles.

En aquella época del año, casi todas las tiendas aún estaban cerradas, y sólo permanecían abiertos dos o tres cafés. Una vez en su habitación, encendió el fuego en la chimenea, y luego escogió un libro, para leer en la cama, de su autor favorito: Edgar Allan Poe. Al fin se decidió por El cuervo

A la mañana siguiente, cogió sus elementos de trabajo, se sentó en el colosal butacón y se puso a contemplar el mar. Había una atmósfera muy especial de serenidad en aquella masa acuosa y gris, que Marc dejó penetrar hasta el fondo de su alma. Se relajó total y completamente, por primera vez durante tantos meses permitiendo que la paz y la calma entrasen a través de los poros en su piel, como si fuera el primer calorcillo de una temprana mañana de sol, que aún conservara algo de la frialdad de la noche anterior. 

No pintó nada aquel día, y se limitó a descansar, buscando el ambiente adecuado. A la mañana siguiente, fue a dar un paseo por la playa, antes de que saliera el sol, saboreando el escalofrío de la noche sobre sus mejillas y el aguijón de una fría brisa en sus ojos, mientras sus pies iban dejando huellas sobre la arena mojada de la orilla. Después de cenar, volvió a sentarse en el colosal butacón, y dejó que la profunda calma de la noche rodara sobre él en perezosas ondas de silencio.

Llevaba viviendo más de una semana en aquella casita de campo, cuando tuvo una pesadilla por primera vez. Esa noche, no vio nada de excepcional en su sueño. Había comido más bien tarde, y en su soledad había bebido una botella entera de vino barato pero pesado. Por ello no era nada extraño que sintiera deseos de irse a la cama antes de lo acostumbrado. 

Pero le costó mucho dormirse, ya que la cama parecía moverse de un lado a otro, como un barco durante una tormenta. La parte del lecho en que reposaban sus pies se levantaba cada vez más, y entonces, de repente, hacía un movimiento lateral, como si hubiera alcanzado la cresta de una gigantesca ola, para luego descender cada vez más bajo, cada vez con más rapidez. 

Se agarró firmemente con ambas manos a los lados de la pequeña cama, pero la impresión de estar a bordo de un yate pequeño era continua. Un espantoso viento empezó a rugir en sus oídos, con agudo y doloroso silbido, y a continuación sintió la espuma mojándole la cara. Su boca estaba ardiente, y en sus labios sintió el sabor de la sal del mar. Estaba sediento, muy sediento. 

El continuo balanceo, subidas y bajadas del barco le hizo sentirse mal, y su estómago empezó a removerse, pero no podía vomitar. Había una obscuridad absoluta, pero algunas veces tenía la impresión de ver el pequeño centelleo de una estrella lejana, muy por encima de él, antes de que una nueva ola cayese sobre él, dejándolo como un abrigo mojado y viscoso.

Con un movimiento instintivo, extendió sus manos para detener la siguiente ola, pero se topó con algo situado a unos cinco centímetros por encima de él. Una cosa dura y firme. Sus dedos palparon aquella dura superficie a ambos lados, y de repente encontró allí un obstáculo, que no podía mover. 

Trató de levantarse, mas de inmediato se dio un porrazo en la cabeza. Pero, por todos los santos, ¿dónde se encontraba? De repente se dio cuenta de que aquélla no era su cama en la que estaba acostado, y con esta impresión se despertó al fin. 

La habitación estaba a oscuras, y fuera rugía espantosamente un viento huracanado. La cama aún hizo unos movimientos desagradables, y se sintió muy enfermo, pero al final pudo moverse otra vez con libertad. 

El resto de aquella noche estuvo exento de sueños, pero por la mañana, al despertar, sintió un horrible dolor de cabeza que no pudo aliviar, a pesar de haber tomado varias aspirinas. Aquel día fue incapaz de sostener un pincel, pero se hizo la firme resolución de empezar a pintar al día siguiente.

Por la tarde, se acomodó en el sillón, y se puso a contemplar el mar con ojos soñolientos. Qué serena parecía, como una mujer dormida, infinitamente serena y pacífica, y, no obstante, plena de vida oculta. Una gaviota pasó por encima de él, semejante a un pequeño aeroplano blanco, dejando a su paso su solitario grito. 

Allá a lo lejos, en el horizonte, había un barco pequeño, tan pequeño que parecía que podía cogerse entre dos dedos. Qué hermoso sería sentarse allí y dejar que la vida pasara, como una lejana y neblinosa nube de lluvia; ser uno con el reposo y la paz, parte de aquella trinidad de playa, mar y cielo.

Sin darse cuenta, el sueño se apoderó de él, y el mar lo envolvió con sus olas tormentosas, acunándolo en su espantoso movimiento. Pero ante su sorpresa, ahora sabía que aquello no era real, que era parte de una pesadilla. Sabía que estaba soñando, con una certeza absoluta, pero ni siquiera intentó despertarse. 

Se sintió curioso y extrañamente indiferente al mismo tiempo, como si aquello no le afectase. Sin embargo, tenía una impresión de seguridad, sabiendo que todo era irreal, que podía despertarse en cualquier momento que desease. No era más que un mero espectador en todo aquello: ¿por qué, pues, no iba a contemplarlo todo?

Pero Marc no yacía con comodidad; debajo de él sentía frío y una gran humedad, y le dolían los hombros. Trató de frotarlos y moverse luego. Había suficiente espacio a su derecha e izquierda, pero no el suficiente como para girar, ni para llevarse las manos a la cara. Aquel movimiento oscilatorio casi le ponía enfermo, aunque empezó a acostumbrarse a él. ¡Si al menos supiera sobre qué estaba acostado...!

Entonces, de repente, llegó a saberlo. Todas las paredes alrededor suyo eran de madera, ¿acaso no lo eran? Ello explicaba su imposibilidad de moverse más de unos centímetros a su izquierda y derecha. Luego había aquella espantosa obscuridad. 

Estaba en un ataúd. 

Estaba muerto y encerrado en un ataúd, en algún sitio de un barco o flotando en el mar. El espanto y el shock le hicieron abrir los ojos, volviendo de nuevo al sillón donde se había sentado, poniéndose a contemplar aquel mar gris y aquella serena playa que las sombras de la noche iban cubriendo poco a poco.

Aquella tarde, a la luz de la lámpara de su habitación, hizo algunos bosquejos, pero ninguno le agradó, por lo que los tiró a la papelera y, descontento consigo mismo, decidió irse a la cama. De un modo inevitable, la maldita pesadilla acudió a él apenas hubo cerrado los ojos, pero ya se había acostumbrado a ella y no sentía ningún espanto. 

Después de todo, sabía que estaba soñando, y que podía despertarse en cualquier momento que lo deseara. Pero no quería despertarse, aún no. Trató de pensar con lógica. Una situación realmente fantástica, saber que uno se halla en medio de un sueño y tratar de razonar sobre el mismo. 

El ataúd en el que estaba encerrado no podía estar en un barco, ya que no se oía ningún ruido, excepto el ulular del viento. Además, daba espantosos tumbos, cosa que no sucedería si estuviera en un lugar seguro en un barco. De modo que la única solución era que iba a la deriva en el mar. 

No sentía ningún dolor bajo los efectos de aquellos tumbos, aunque su cabeza chocó más de una vez contra las paredes de madera. Pero, después de todo, ¿cómo iba a sentir dolor estando en un sueño? Sentía una impresión serena de seguridad, como si en el ataúd se encontrase igual que en casa, balanceado con suavidad por las ondas del mar.

La vida y la realidad parecían estar desprovistas de todo estorbo, de cualquier molestia, y se hallaba a placer en esta situación. En un momento determinado, pensó: «Ahora debo realmente despertarme», y entonces el sueño se alejaba de él como una neblina, para ser sustituida por la plena luz del día que le bañaba en una hermosa y radiante claridad.

Al fin se decidió a pintar. Necesitó una mañana entera para lograr los colores exactos que buscaba, y a mediados de la tarde empezó a trazar en el lienzo los primeros y confusos trazos. Pero, sin poder evitarlo, su mirada se dirigía furtivamente hacia el exterior, al mar. 

Su enorme masa gris le producía un sentimiento fútil e impotente: ¿por qué estaba tratando de crear algo allí, cuando sólo necesitaba sentarse en aquel gran sillón e intentar comprender lo que en realidad deseaba plasmar en el lienzo? Pero todo era en vano. Marc sabía que nunca lograría pintar lo que en el fondo de su alma ansiaba, y que lo único que podía hacer era intentarlo. Con una tenacidad férrea, continuó pintando, pero su mente se hallaba lejos, muy lejos en el mar, concentrada en aquel mecedor ataúd.

Las fantasías de su pesadilla fueron interrumpidas por unos golpes en su puerta; era la señora Berens, que venía a decirle que el café estaba listo. Entró en la habitación, y cuando vio lo que Marc había pintado, exclamó sorprendida:

—¡Ah!, no me dijo que conocía usted a mister Morgan.

—¿Quién? —respondió Marc, sin comprender lo que la señora decía.

Luego siguió la mirada de la señora Berens hacia su lienzo, y a su mano, que aún sostía el pincel. En el fondo gris brillante del cuadro, ahora había un rostro, trazado de prisa, siguiendo aquellas líneas fuertes que él siempre utilizaba; el rostro de un hombre de mediana edad, con una pequeña barba, ojos fríos y afilados, y un cráneo casi calvo. Era el rostro de una persona completamente extraña para él.

—¿Quién? ¿A quién dice usted que conozco? —volvió a preguntar Marc a la señora Berens.

—Pues a mister Morgan, a Charles Morgan —respondió la señora Berens—. El hombre cuyo rostro ha pintado usted en el lienzo, ahí. Seguramente usted sabrá que fue el ocupante de esta habitación antes que usted. ¿No es así?

—Pero..., pero... bueno, quiero decir..., yo sé que... —balbuceó Marc.

—Sin duda alguna tiene que ser usted un admirador de su obra —continuó la señora Berens su interrumpido monólogo—, al haber venido especialmente aquí, a trabajar donde él lo hizo. Oh, no puede usted negarlo, míster Dolan, pues sé muy bien cuán sensibles son los artistas, y cómo gustan de buscar el adecuado ambiente para su labor pictórica. 

Mister Charles Morgan era también así. Siempre se sentaba aquí, en ese enorme sillón, contemplando el mar. Algunas veces sólo pintaba un cuadro durante varios meses, y siempre era sobre el mar. Solía decir que sólo aquí uno podría sentirse realmente uno con el mar, que esta casita de campo parecía haber sido construida en un foco de mar, y que aquí se sentía realmente libre y en paz.

Mientras tomaba el café, la señora Berens le contó más cosas sobre el anterior huésped de aquella habitación, cuyo rostro Marc había pintado durante el sueño que tuvo en el día, y al que ahora recordaba. Un pintor de aquella época, de cierto renombre, especializado en pinturas marinas, y que había desaparecido de repente para la gente, ya que la pintura moderna tendía al arte pop. La señora Berens le contó que había vivido allí durante varios años, antes de que mister Morgan decidiera emprender un largo viaje.

Marc se fue a la cama con cierta impresión misteriosa. Un ataúd en sus sueños, el rostro de un extraño en su lienzo. ¿Cuál era la causa de todo aquel misterio?..., si es que había uno.

Como siempre, la pesadilla volvió, pero el ambiente había cambiado; había una sensación espantosa de inquietud en él. Parecía como si la paz hubiera absorbido todo, deseando algo a cambio; había algo de famélico alrededor suyo, como si tuviera algo que el sueño apetecía y deseara de él, y se despertó con el rostro bañado del sudor del miedo. Cuando se levantó, sus pies parecían de hielo, y además estaban mojados. 

Su cama también estaba húmeda, como asimismo parte del suelo. Mojó el dedo en aquel líquido y lo paladeó. Era sal. Pero recibió la impresión más grande cuando encendió la luz y contempló sus pinturas. El fondo de las mismas había sido alterado; había algo en aquel color gris que él pintara, una indescriptible sensación de movimiento, de grandes olas encrespadas, y una aureola de amenaza, todo ello conseguido con unos cuantos trazos de hábil pincel. 

Y en aquel monótono gris, había sido dibujada una caja rectangular con fuertes líneas blancas. No había ninguna cruz en aquella caja, ni cerradura alguna en sus lados; sólo el horrible significado de lo que representaba: un ataúd. Marc puso un papel sobre la pintura, de forma que no pudiera verla.

¿Qué cosas tan extrañas eran aquéllas? ¿Qué era lo que allí estaba ocurriendo? Seguramente habría empezado a padecer de sonambulismo; no había otra explicación, aunque él nunca en su vida había tenido esa enfermedad nerviosa. Iría a ver al médico, y le pediría un somnífero lo bastante fuerte como para no volver a padecer la espantosa pesadilla. No tenía más remedio que obrar así, no podía seguir de aquella forma. Pero no iría aquel día a ver al médico, pues no se encontraba en condiciones para ello. Quizá iría mañana.

Fue a dar un corto paseo por la playa, y por la tarde volvió a sentarse en el colosal sillón, incapaz de trabajar. La musa no acudía a su mente, y en un arranque de desesperación tiró sus pinceles y pinturas a un rincón. Una indescriptible sensación de peligro flotaba en el aire; la playa parecía extraña y ajena a él. 

Su pensamiento voló otra vez al ataúd que flotaba en el mar, al rostro extraño que había pintado, el cual, sin duda alguna, había sido hecho por otra persona. ¿Qué era lo que le sucedía? No podía concentrarse en nada, su mente no hacía más que interrogarse constantemente a sí misma. 

Tan pronto como empezó a razonar sobre aquel extraño suceso, una enorme rueda comenzó a girar en algún sitio de su cerebro, desgarrando sus pensamientos y convirtiéndolos en un espantoso caos. Y siempre estaba el mar, delante de sus ojos, gris e infinito, y en cierto modo llamándole, como si el mundo se detuviera para existir sólo allí; nada más que el mar, y la blanca y virgen arena de la playa, donde sólo sus pies habían dejado huellas, enseguida borradas por el poderoso viento. 

El silencio de aquella tarde le ahogaba, y luego dio paso al silencio de la noche; pero a pesar de todo, volvió a sentarse en el colosal sillón, luchando contra el caos existente en su mente. Una tormenta se estaba acercando, el viento se hizo más fuerte, y negras nubes empezaban a obscurecer el cielo de aquella noche. En la lontananza, los relámpagos arrojaban su fuego a través del plomizo cielo.

—...Y ha dibujado el rostro de mister Morgan —le decía la señora Berens a uno de sus pocos amigos, que había venido a hacerle una breve visita y a tomar una taza de café con ella—, ya sabe usted a quién me refiero, aquel pintor que estuvo viviendo aquí hasta el año pasado, aquel del que tanto le hablé a usted, que amaba tanto el mar, y que nunca quería ver a nadie.

—Sí, recuerdo que usted me hablaba mucho de él; nunca le vi, pues jamás quería salir de su habitación, ¿no es así? Era un hombre muy sensible. ¿Qué le ocurrió? ¿Se ahogó?

—No, no exactamente. Adoraba el mar, pero nunca se acercaba a él, sentía cierta aprensión a ello. Siempre decía que el mar quería apoderarse de él, y por ello prefería contemplarlo desde su sillón, a través de la ventana. Ni siquiera fue nunca a dar un paseo por la playa o por las dunas. Tiempo después fue a una gran exposición de pinturas en una famosa galería de arte de Londres, y allí murió de un modo repentino.

—Pero yo creía que...

—Pero nunca fue sepultado. Trajeron su cuerpo a este lugar en un barco pequeño, pero se desató una imprevista tormenta y nunca llegó a nuestro puerto. Estuvieron buscando restos del naufragio, pero ni siquiera encontraron un pedazo de madera de su ataúd...

En aquellos instantes, la lluvia azotaba los cristales de las ventanas y ocultaba todo bajo una espesa cortina de agua. El mar era un animal desencadenado, una gigantesca ameba hambrienta, con largos tentáculos de espuma. Los relámpagos formaban lenguas de fuego en la ardiente obscuridad. 

Se acabó la paz, la tranquilidad, todo; Marc estaba en el infierno, un infierno de gritos y de movimiento, que se balanceaba y subía, cada vez que venía una ola, arriba y abajo, cayendo, deslizándose, sumergiéndose. La habitación, el sillón, la ventana, todo había desaparecido como sombras de las fantasías de un sueño. 

Para Marc, la única realidad era aquella dura madera encima y debajo de él, el estruendo de las olas al chocar contra los lados del ataúd, el crujido de la torturada madera, el ulular del viento en el exterior, el desenfrenado tumulto del mar enloquecido. Y en medio de aquellos horrendos ruidos, había algo más, algo que desgarró sus oídos cual afiladas y sangrientas garras, algo que pronunciaba su nombre, pidiendo algo para sí, clamando algo de él.

Instintivamente, luchó contra aquel algo misterioso, pero su resistencia fue débil. Una vez que la tormenta hubiera pasado, volvería de nuevo la paz y la calma, pensó Marc; pero los gritos seguían, desgarrando su mente con la caótica y férrea rueda de recuerdos fragmentarios de sueños y realidad. «Quiero despertarme —gritó—. ¡Dios mío, debo despertarme. ¡¡¡Debo despertarme!!!»

Pero no se despertó, no podía despertarse; allí estaban las despiadadas paredes del ataúd, y ese algo desconocido y amenazador, que se sobreponía a su mente, arrancándole cuerpo y pensamiento.

Entonces dejó de luchar, y sintió que su mente y su cuerpo fluían, como si sólo fueran protoplasma, sumergiéndose en el mar, y al mismo tiempo que sentía un sabor de sal húmeda en la boca, llegó un prolongado y obscuro reposo, y, por fin, la paz, una paz absoluta...

—¿Qué es ESTO? —gritó la señora Berens. Algo cayó del techo, dejando unas manchas verduscas y húmedas sobre el mantel de su mesa. Había un penetrante olor de mar en la habitación, y cayeron gotas de arriba, a través de las pequeñas grietas del techo—. ¿Pero qué está haciendo ese hombre allá arriba, en su habitación? —exclamó la señora Berens.

Sorprendida y muy enojada, subió de prisa las escaleras, seguida de su amigo. Al llegar a la habitación de su huésped, la señora Berens dudó un poco, pues no se oía el menor ruido dentro de la estancia de Marc, y nadie contestó a sus llamadas. 

Luego abrió la puerta con resolución, y se vio mojada por una ola de aire salino. Sus preciosas paredes pintadas, el suelo, los muebles, incluso el techo, toda la habitación estaba humedecida de agua de mar. Pequeños fragmentos de alga colgaban de las lámparas y de los cuadros en las paredes, y unos cangrejos se escabulleron deslizándose por el suelo. Un pescado solitario agonizaba dando sus últimas convulsiones, con sus rojas agallas cual sangrientas bocas desdentadas. Al pintor no se le veía por ningún lado, pero el alto sillón estaba ligeramente inclinado.

—Pero bueno, ¿es que se ha propuesto usted...? —empezó a decir la señora Berens, mientras se dirigía hacia el sillón.

Mas no pudo acabar la frase, porque entonces vio AQUELLO que estaba sentado en el sillón, contemplando el mar tormentoso con una vaga sonrisa en lo que había quedado de su rostro. No pudo reconocer sus facciones, ya que no quedaba lo suficiente de ellas, pero antes de caer al suelo sin conocimiento, la señora Berens identificó el gran anillo de oro en una de las manos del esqueleto, con las iniciales «C M» grabadas en él.

Charles Morgan había hecho un viaje muy largo, pero al fin había encontrado el camino de regreso a casa.