INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta habitación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta habitación. Mostrar todas las entradas

El ataúd en el mar - Eddy C. Bertin

A Marc Dolan le agradó Spring Cottage apenas la vio. Aquella casita de campo, recién pintada de blanco, con sus grandes ventanas, parecía estar dibujada en el mismo cielo, ya que estaba edificada sobre una de las dunas más altas. No encontró mucha oposición al regatear con la señora Berens, la propietaria, sobre el alquiler de una de sus mejores habitaciones. 

La temporada turística aún no había empezado, y ella se alegró de haber encontrado un huésped unos meses antes de que comenzara la estación veraniega y llegasen los extranjeros de los países vecinos. 

Marc Dolan sabía que al llegar aquella época, la paz y la tranquilidad se esfumarían: la playa de marfil se vería hollada por millares de sudorosos pies, arrastrándose con dificultad por la ardiente arena como estúpidos cangrejos. 

La playa se cubriría de cuerpos obesos, feos y blancuzcos, el color de las cosas muertas, y el estruendo de los transistores y los chillidos de los niños violarían el silencio que él tanto adoraba. La estación veraniega no había sido hecha para él ya que, como artista, Marc necesitaba desesperadamente descanso y soledad.

Alquiló un taxi para ir a recoger sus maletas, que había dejado en la estación cuando llegó, y luego se instaló en su confortable habitación. Esta se hallaba situada en el primer piso, y su ventana era tan alta y tan ancha como su pared exterior. Un butacón de colosales dimensiones se hallaba frente a dicha ventana, con su alto respaldo vuelto hacia la puerta. 

Durante los primeros instantes, Marc tuvo la impresión de que aquel gigantesco sillón giraría de repente y alguien se levantaría de él diciéndole «hola». La señora Berens le dijo que aquel butacón había estado siempre en el ático, pero que al anterior inquilino le agradaba tanto la espléndida panorámica sobre el mar y la playa, que él mismo trasladó el tosco sillón a su habitación. 

Marc estaba plenamente de acuerdo con el gusto de aquel señor: mirar a través de aquella ventana era como si uno estuviera en las mismas dunas, pisando la blanca arena y la pura espuma de las ondas. Y más allá de aquella espuma abrazándose con el mar, una masa enorme de agua gris, aparentemente sin vida, pero moviéndose con lentitud como bajo la influencia de un laborioso respirar, se veían unos cuantos barquitos de blancas velas triangulares arrastrados hacia el lejano horizonte.

Marc retiró el pesado reloj y los candelabros vacíos que estaban sobre el manto de la chimenea, y colocó en su lugar sus propios libros de pintura. Luego descolgó un grabado del siglo XIX y colgó en aquella pared una copia hecha por él de un cuadro famoso de Turner. Después puso en el armario sus escasas pertenencias. 

Marc no era rico. De vez en cuando, vendía uno o dos de sus cuadros, y había hecho dos exposiciones de su trabajo pictórico, una en Gantes y otra en Bruselas; mas por lo general, la suerte estaba en contra de él. Quizá la culpa la tuviese su propio trabajo, pues sabía que no era lo suficientemente moderno. 

Marc no podía comprender el arte pop, y mucho menos aquella forma de pintar con pies y manos, e incluso con el propio cuerpo, revolcándose primero en pintura fresca y luego sobre el lienzo virgen. A él le agradaba pintar lo que realmente veía, poder mirar después su propia obra y ser capaz de distinguir lo que representaba, y no algo parecido a esas visiones imaginarias propias de una intoxicación de LSD. 

Los resultados de su obstinada búsqueda del estilo antiguo podían condensarse en un baúl lleno de pinturas que no pudo vender. Suaves rostros sombreados, ensoñadoras campiñas en colores de otoño, rugientes tormentas en el mar, lagos de plata a la luz de la luna... Nadie quería nada de eso. Pero él continuaba, con tenacidad de acero, convencido de que algún día reconocerían su talento.

Marc acostumbraba pasar unas semanas junto al mar, en especial durante aquel período comprendido entre el último invierno y la temprana primavera, cuando las costas eran azotadas por vientos tormentosos y los turistas amantes del sol aún continuaban en sus países, temblando de frío junto a sus chimeneas. 

Durante aquel período interestacional, en que el mar era puro y libre y la expectante playa estaba llena de esperanzas, Marc se encontraba en condiciones de captar la pureza que tanto amaba reproducir en sus lienzos.

El primer día no hizo nada en especial. Se limitó a dar un corto paseo por las dunas, con los ojos semicerrados para evitar aquella arena que un viento juguetón levantaba del suelo. Cuando el crepúsculo estrechaba entre sus brazos la hermosa playa, se dirigió al pueblo más cercano y compró algunas bebidas, pero regresó de inmediato a casa, a través de las desiertas calles.

En aquella época del año, casi todas las tiendas aún estaban cerradas, y sólo permanecían abiertos dos o tres cafés. Una vez en su habitación, encendió el fuego en la chimenea, y luego escogió un libro, para leer en la cama, de su autor favorito: Edgar Allan Poe. Al fin se decidió por El cuervo

A la mañana siguiente, cogió sus elementos de trabajo, se sentó en el colosal butacón y se puso a contemplar el mar. Había una atmósfera muy especial de serenidad en aquella masa acuosa y gris, que Marc dejó penetrar hasta el fondo de su alma. Se relajó total y completamente, por primera vez durante tantos meses permitiendo que la paz y la calma entrasen a través de los poros en su piel, como si fuera el primer calorcillo de una temprana mañana de sol, que aún conservara algo de la frialdad de la noche anterior. 

No pintó nada aquel día, y se limitó a descansar, buscando el ambiente adecuado. A la mañana siguiente, fue a dar un paseo por la playa, antes de que saliera el sol, saboreando el escalofrío de la noche sobre sus mejillas y el aguijón de una fría brisa en sus ojos, mientras sus pies iban dejando huellas sobre la arena mojada de la orilla. Después de cenar, volvió a sentarse en el colosal butacón, y dejó que la profunda calma de la noche rodara sobre él en perezosas ondas de silencio.

Llevaba viviendo más de una semana en aquella casita de campo, cuando tuvo una pesadilla por primera vez. Esa noche, no vio nada de excepcional en su sueño. Había comido más bien tarde, y en su soledad había bebido una botella entera de vino barato pero pesado. Por ello no era nada extraño que sintiera deseos de irse a la cama antes de lo acostumbrado. 

Pero le costó mucho dormirse, ya que la cama parecía moverse de un lado a otro, como un barco durante una tormenta. La parte del lecho en que reposaban sus pies se levantaba cada vez más, y entonces, de repente, hacía un movimiento lateral, como si hubiera alcanzado la cresta de una gigantesca ola, para luego descender cada vez más bajo, cada vez con más rapidez. 

Se agarró firmemente con ambas manos a los lados de la pequeña cama, pero la impresión de estar a bordo de un yate pequeño era continua. Un espantoso viento empezó a rugir en sus oídos, con agudo y doloroso silbido, y a continuación sintió la espuma mojándole la cara. Su boca estaba ardiente, y en sus labios sintió el sabor de la sal del mar. Estaba sediento, muy sediento. 

El continuo balanceo, subidas y bajadas del barco le hizo sentirse mal, y su estómago empezó a removerse, pero no podía vomitar. Había una obscuridad absoluta, pero algunas veces tenía la impresión de ver el pequeño centelleo de una estrella lejana, muy por encima de él, antes de que una nueva ola cayese sobre él, dejándolo como un abrigo mojado y viscoso.

Con un movimiento instintivo, extendió sus manos para detener la siguiente ola, pero se topó con algo situado a unos cinco centímetros por encima de él. Una cosa dura y firme. Sus dedos palparon aquella dura superficie a ambos lados, y de repente encontró allí un obstáculo, que no podía mover. 

Trató de levantarse, mas de inmediato se dio un porrazo en la cabeza. Pero, por todos los santos, ¿dónde se encontraba? De repente se dio cuenta de que aquélla no era su cama en la que estaba acostado, y con esta impresión se despertó al fin. 

La habitación estaba a oscuras, y fuera rugía espantosamente un viento huracanado. La cama aún hizo unos movimientos desagradables, y se sintió muy enfermo, pero al final pudo moverse otra vez con libertad. 

El resto de aquella noche estuvo exento de sueños, pero por la mañana, al despertar, sintió un horrible dolor de cabeza que no pudo aliviar, a pesar de haber tomado varias aspirinas. Aquel día fue incapaz de sostener un pincel, pero se hizo la firme resolución de empezar a pintar al día siguiente.

Por la tarde, se acomodó en el sillón, y se puso a contemplar el mar con ojos soñolientos. Qué serena parecía, como una mujer dormida, infinitamente serena y pacífica, y, no obstante, plena de vida oculta. Una gaviota pasó por encima de él, semejante a un pequeño aeroplano blanco, dejando a su paso su solitario grito. 

Allá a lo lejos, en el horizonte, había un barco pequeño, tan pequeño que parecía que podía cogerse entre dos dedos. Qué hermoso sería sentarse allí y dejar que la vida pasara, como una lejana y neblinosa nube de lluvia; ser uno con el reposo y la paz, parte de aquella trinidad de playa, mar y cielo.

Sin darse cuenta, el sueño se apoderó de él, y el mar lo envolvió con sus olas tormentosas, acunándolo en su espantoso movimiento. Pero ante su sorpresa, ahora sabía que aquello no era real, que era parte de una pesadilla. Sabía que estaba soñando, con una certeza absoluta, pero ni siquiera intentó despertarse. 

Se sintió curioso y extrañamente indiferente al mismo tiempo, como si aquello no le afectase. Sin embargo, tenía una impresión de seguridad, sabiendo que todo era irreal, que podía despertarse en cualquier momento que desease. No era más que un mero espectador en todo aquello: ¿por qué, pues, no iba a contemplarlo todo?

Pero Marc no yacía con comodidad; debajo de él sentía frío y una gran humedad, y le dolían los hombros. Trató de frotarlos y moverse luego. Había suficiente espacio a su derecha e izquierda, pero no el suficiente como para girar, ni para llevarse las manos a la cara. Aquel movimiento oscilatorio casi le ponía enfermo, aunque empezó a acostumbrarse a él. ¡Si al menos supiera sobre qué estaba acostado...!

Entonces, de repente, llegó a saberlo. Todas las paredes alrededor suyo eran de madera, ¿acaso no lo eran? Ello explicaba su imposibilidad de moverse más de unos centímetros a su izquierda y derecha. Luego había aquella espantosa obscuridad. 

Estaba en un ataúd. 

Estaba muerto y encerrado en un ataúd, en algún sitio de un barco o flotando en el mar. El espanto y el shock le hicieron abrir los ojos, volviendo de nuevo al sillón donde se había sentado, poniéndose a contemplar aquel mar gris y aquella serena playa que las sombras de la noche iban cubriendo poco a poco.

Aquella tarde, a la luz de la lámpara de su habitación, hizo algunos bosquejos, pero ninguno le agradó, por lo que los tiró a la papelera y, descontento consigo mismo, decidió irse a la cama. De un modo inevitable, la maldita pesadilla acudió a él apenas hubo cerrado los ojos, pero ya se había acostumbrado a ella y no sentía ningún espanto. 

Después de todo, sabía que estaba soñando, y que podía despertarse en cualquier momento que lo deseara. Pero no quería despertarse, aún no. Trató de pensar con lógica. Una situación realmente fantástica, saber que uno se halla en medio de un sueño y tratar de razonar sobre el mismo. 

El ataúd en el que estaba encerrado no podía estar en un barco, ya que no se oía ningún ruido, excepto el ulular del viento. Además, daba espantosos tumbos, cosa que no sucedería si estuviera en un lugar seguro en un barco. De modo que la única solución era que iba a la deriva en el mar. 

No sentía ningún dolor bajo los efectos de aquellos tumbos, aunque su cabeza chocó más de una vez contra las paredes de madera. Pero, después de todo, ¿cómo iba a sentir dolor estando en un sueño? Sentía una impresión serena de seguridad, como si en el ataúd se encontrase igual que en casa, balanceado con suavidad por las ondas del mar.

La vida y la realidad parecían estar desprovistas de todo estorbo, de cualquier molestia, y se hallaba a placer en esta situación. En un momento determinado, pensó: «Ahora debo realmente despertarme», y entonces el sueño se alejaba de él como una neblina, para ser sustituida por la plena luz del día que le bañaba en una hermosa y radiante claridad.

Al fin se decidió a pintar. Necesitó una mañana entera para lograr los colores exactos que buscaba, y a mediados de la tarde empezó a trazar en el lienzo los primeros y confusos trazos. Pero, sin poder evitarlo, su mirada se dirigía furtivamente hacia el exterior, al mar. 

Su enorme masa gris le producía un sentimiento fútil e impotente: ¿por qué estaba tratando de crear algo allí, cuando sólo necesitaba sentarse en aquel gran sillón e intentar comprender lo que en realidad deseaba plasmar en el lienzo? Pero todo era en vano. Marc sabía que nunca lograría pintar lo que en el fondo de su alma ansiaba, y que lo único que podía hacer era intentarlo. Con una tenacidad férrea, continuó pintando, pero su mente se hallaba lejos, muy lejos en el mar, concentrada en aquel mecedor ataúd.

Las fantasías de su pesadilla fueron interrumpidas por unos golpes en su puerta; era la señora Berens, que venía a decirle que el café estaba listo. Entró en la habitación, y cuando vio lo que Marc había pintado, exclamó sorprendida:

—¡Ah!, no me dijo que conocía usted a mister Morgan.

—¿Quién? —respondió Marc, sin comprender lo que la señora decía.

Luego siguió la mirada de la señora Berens hacia su lienzo, y a su mano, que aún sostía el pincel. En el fondo gris brillante del cuadro, ahora había un rostro, trazado de prisa, siguiendo aquellas líneas fuertes que él siempre utilizaba; el rostro de un hombre de mediana edad, con una pequeña barba, ojos fríos y afilados, y un cráneo casi calvo. Era el rostro de una persona completamente extraña para él.

—¿Quién? ¿A quién dice usted que conozco? —volvió a preguntar Marc a la señora Berens.

—Pues a mister Morgan, a Charles Morgan —respondió la señora Berens—. El hombre cuyo rostro ha pintado usted en el lienzo, ahí. Seguramente usted sabrá que fue el ocupante de esta habitación antes que usted. ¿No es así?

—Pero..., pero... bueno, quiero decir..., yo sé que... —balbuceó Marc.

—Sin duda alguna tiene que ser usted un admirador de su obra —continuó la señora Berens su interrumpido monólogo—, al haber venido especialmente aquí, a trabajar donde él lo hizo. Oh, no puede usted negarlo, míster Dolan, pues sé muy bien cuán sensibles son los artistas, y cómo gustan de buscar el adecuado ambiente para su labor pictórica. 

Mister Charles Morgan era también así. Siempre se sentaba aquí, en ese enorme sillón, contemplando el mar. Algunas veces sólo pintaba un cuadro durante varios meses, y siempre era sobre el mar. Solía decir que sólo aquí uno podría sentirse realmente uno con el mar, que esta casita de campo parecía haber sido construida en un foco de mar, y que aquí se sentía realmente libre y en paz.

Mientras tomaba el café, la señora Berens le contó más cosas sobre el anterior huésped de aquella habitación, cuyo rostro Marc había pintado durante el sueño que tuvo en el día, y al que ahora recordaba. Un pintor de aquella época, de cierto renombre, especializado en pinturas marinas, y que había desaparecido de repente para la gente, ya que la pintura moderna tendía al arte pop. La señora Berens le contó que había vivido allí durante varios años, antes de que mister Morgan decidiera emprender un largo viaje.

Marc se fue a la cama con cierta impresión misteriosa. Un ataúd en sus sueños, el rostro de un extraño en su lienzo. ¿Cuál era la causa de todo aquel misterio?..., si es que había uno.

Como siempre, la pesadilla volvió, pero el ambiente había cambiado; había una sensación espantosa de inquietud en él. Parecía como si la paz hubiera absorbido todo, deseando algo a cambio; había algo de famélico alrededor suyo, como si tuviera algo que el sueño apetecía y deseara de él, y se despertó con el rostro bañado del sudor del miedo. Cuando se levantó, sus pies parecían de hielo, y además estaban mojados. 

Su cama también estaba húmeda, como asimismo parte del suelo. Mojó el dedo en aquel líquido y lo paladeó. Era sal. Pero recibió la impresión más grande cuando encendió la luz y contempló sus pinturas. El fondo de las mismas había sido alterado; había algo en aquel color gris que él pintara, una indescriptible sensación de movimiento, de grandes olas encrespadas, y una aureola de amenaza, todo ello conseguido con unos cuantos trazos de hábil pincel. 

Y en aquel monótono gris, había sido dibujada una caja rectangular con fuertes líneas blancas. No había ninguna cruz en aquella caja, ni cerradura alguna en sus lados; sólo el horrible significado de lo que representaba: un ataúd. Marc puso un papel sobre la pintura, de forma que no pudiera verla.

¿Qué cosas tan extrañas eran aquéllas? ¿Qué era lo que allí estaba ocurriendo? Seguramente habría empezado a padecer de sonambulismo; no había otra explicación, aunque él nunca en su vida había tenido esa enfermedad nerviosa. Iría a ver al médico, y le pediría un somnífero lo bastante fuerte como para no volver a padecer la espantosa pesadilla. No tenía más remedio que obrar así, no podía seguir de aquella forma. Pero no iría aquel día a ver al médico, pues no se encontraba en condiciones para ello. Quizá iría mañana.

Fue a dar un corto paseo por la playa, y por la tarde volvió a sentarse en el colosal sillón, incapaz de trabajar. La musa no acudía a su mente, y en un arranque de desesperación tiró sus pinceles y pinturas a un rincón. Una indescriptible sensación de peligro flotaba en el aire; la playa parecía extraña y ajena a él. 

Su pensamiento voló otra vez al ataúd que flotaba en el mar, al rostro extraño que había pintado, el cual, sin duda alguna, había sido hecho por otra persona. ¿Qué era lo que le sucedía? No podía concentrarse en nada, su mente no hacía más que interrogarse constantemente a sí misma. 

Tan pronto como empezó a razonar sobre aquel extraño suceso, una enorme rueda comenzó a girar en algún sitio de su cerebro, desgarrando sus pensamientos y convirtiéndolos en un espantoso caos. Y siempre estaba el mar, delante de sus ojos, gris e infinito, y en cierto modo llamándole, como si el mundo se detuviera para existir sólo allí; nada más que el mar, y la blanca y virgen arena de la playa, donde sólo sus pies habían dejado huellas, enseguida borradas por el poderoso viento. 

El silencio de aquella tarde le ahogaba, y luego dio paso al silencio de la noche; pero a pesar de todo, volvió a sentarse en el colosal sillón, luchando contra el caos existente en su mente. Una tormenta se estaba acercando, el viento se hizo más fuerte, y negras nubes empezaban a obscurecer el cielo de aquella noche. En la lontananza, los relámpagos arrojaban su fuego a través del plomizo cielo.

—...Y ha dibujado el rostro de mister Morgan —le decía la señora Berens a uno de sus pocos amigos, que había venido a hacerle una breve visita y a tomar una taza de café con ella—, ya sabe usted a quién me refiero, aquel pintor que estuvo viviendo aquí hasta el año pasado, aquel del que tanto le hablé a usted, que amaba tanto el mar, y que nunca quería ver a nadie.

—Sí, recuerdo que usted me hablaba mucho de él; nunca le vi, pues jamás quería salir de su habitación, ¿no es así? Era un hombre muy sensible. ¿Qué le ocurrió? ¿Se ahogó?

—No, no exactamente. Adoraba el mar, pero nunca se acercaba a él, sentía cierta aprensión a ello. Siempre decía que el mar quería apoderarse de él, y por ello prefería contemplarlo desde su sillón, a través de la ventana. Ni siquiera fue nunca a dar un paseo por la playa o por las dunas. Tiempo después fue a una gran exposición de pinturas en una famosa galería de arte de Londres, y allí murió de un modo repentino.

—Pero yo creía que...

—Pero nunca fue sepultado. Trajeron su cuerpo a este lugar en un barco pequeño, pero se desató una imprevista tormenta y nunca llegó a nuestro puerto. Estuvieron buscando restos del naufragio, pero ni siquiera encontraron un pedazo de madera de su ataúd...

En aquellos instantes, la lluvia azotaba los cristales de las ventanas y ocultaba todo bajo una espesa cortina de agua. El mar era un animal desencadenado, una gigantesca ameba hambrienta, con largos tentáculos de espuma. Los relámpagos formaban lenguas de fuego en la ardiente obscuridad. 

Se acabó la paz, la tranquilidad, todo; Marc estaba en el infierno, un infierno de gritos y de movimiento, que se balanceaba y subía, cada vez que venía una ola, arriba y abajo, cayendo, deslizándose, sumergiéndose. La habitación, el sillón, la ventana, todo había desaparecido como sombras de las fantasías de un sueño. 

Para Marc, la única realidad era aquella dura madera encima y debajo de él, el estruendo de las olas al chocar contra los lados del ataúd, el crujido de la torturada madera, el ulular del viento en el exterior, el desenfrenado tumulto del mar enloquecido. Y en medio de aquellos horrendos ruidos, había algo más, algo que desgarró sus oídos cual afiladas y sangrientas garras, algo que pronunciaba su nombre, pidiendo algo para sí, clamando algo de él.

Instintivamente, luchó contra aquel algo misterioso, pero su resistencia fue débil. Una vez que la tormenta hubiera pasado, volvería de nuevo la paz y la calma, pensó Marc; pero los gritos seguían, desgarrando su mente con la caótica y férrea rueda de recuerdos fragmentarios de sueños y realidad. «Quiero despertarme —gritó—. ¡Dios mío, debo despertarme. ¡¡¡Debo despertarme!!!»

Pero no se despertó, no podía despertarse; allí estaban las despiadadas paredes del ataúd, y ese algo desconocido y amenazador, que se sobreponía a su mente, arrancándole cuerpo y pensamiento.

Entonces dejó de luchar, y sintió que su mente y su cuerpo fluían, como si sólo fueran protoplasma, sumergiéndose en el mar, y al mismo tiempo que sentía un sabor de sal húmeda en la boca, llegó un prolongado y obscuro reposo, y, por fin, la paz, una paz absoluta...

—¿Qué es ESTO? —gritó la señora Berens. Algo cayó del techo, dejando unas manchas verduscas y húmedas sobre el mantel de su mesa. Había un penetrante olor de mar en la habitación, y cayeron gotas de arriba, a través de las pequeñas grietas del techo—. ¿Pero qué está haciendo ese hombre allá arriba, en su habitación? —exclamó la señora Berens.

Sorprendida y muy enojada, subió de prisa las escaleras, seguida de su amigo. Al llegar a la habitación de su huésped, la señora Berens dudó un poco, pues no se oía el menor ruido dentro de la estancia de Marc, y nadie contestó a sus llamadas. 

Luego abrió la puerta con resolución, y se vio mojada por una ola de aire salino. Sus preciosas paredes pintadas, el suelo, los muebles, incluso el techo, toda la habitación estaba humedecida de agua de mar. Pequeños fragmentos de alga colgaban de las lámparas y de los cuadros en las paredes, y unos cangrejos se escabulleron deslizándose por el suelo. Un pescado solitario agonizaba dando sus últimas convulsiones, con sus rojas agallas cual sangrientas bocas desdentadas. Al pintor no se le veía por ningún lado, pero el alto sillón estaba ligeramente inclinado.

—Pero bueno, ¿es que se ha propuesto usted...? —empezó a decir la señora Berens, mientras se dirigía hacia el sillón.

Mas no pudo acabar la frase, porque entonces vio AQUELLO que estaba sentado en el sillón, contemplando el mar tormentoso con una vaga sonrisa en lo que había quedado de su rostro. No pudo reconocer sus facciones, ya que no quedaba lo suficiente de ellas, pero antes de caer al suelo sin conocimiento, la señora Berens identificó el gran anillo de oro en una de las manos del esqueleto, con las iniciales «C M» grabadas en él.

Charles Morgan había hecho un viaje muy largo, pero al fin había encontrado el camino de regreso a casa.

La habitación Número 13 - M. R. James

Entre las ciudades de Jutlandia, Viborg ocupa con toda justicia un lugar des­tacado. Es sede episcopal; tiene una hermosa catedral aunque casi entera­mente nueva, un parque encantador, un lago de gran belleza, y multitud de cigüeñas. 

Cerca se encuentra Hald, una de las cosas más bellas de Dinamarca, y poco más allá Finderup, donde Marsk Stig asesinó al rey Erik Glipping el día de santa Cecilia, en el año 1286. Cincuenta y seis golpes infligidos con una maza de hierro de cabeza cuadrada se contabilizaron en el cráneo de Erik cuando abrieron su tumba en el siglo XVII. Pero no pretendo escribir una guía turística.

Hay buenos hoteles en Viborg: el «Preisler» y el «Fénix» son todo lo buenos que se puede desear. Pero mi primo, al que le ocurrió lo que voy a contaros, se dirigió al "León de Oro" la primera vez que visitó Viborg. No ha vuelto a poner los pies en él desde entonces, y las páginas que siguen explicarán sin duda el motivo.

El «León de Oro» es una de las poquísimas casas de la ciudad que quedaron en pie después del gran incendio de 1726 que prácticamente destruyó la cate­dral, la Sognekirke, la Raadhaus, y tantos otros edificios antiguos e interesantes. Es una construcción de ladrillo rojo... o sea, es de ladrillo la fachada, con has­tiales escalonados y una leyenda encima de la puerta; pero el patio en el que entran los carruajes es de tipo jaula, con el blanco y negro de las vigas y el yeso.

Cuando mi primo llegó a la puerta el sol declinaba en el cielo y daba de lleno en la imponente fachada. Le encantó el aire antiguo del lugar, y se prometió una estancia satisfactoria y entretenida en una posada tan típica de la vieja Jutlandia.

No eran negocios en el sentido corriente del término lo que llevaba al señor Anderson a Viborg. Tenía entre manos cierta investigación sobre la historia de la Iglesia de Dinamarca, y había llegado a su conocimiento que en el Rigsarkiv de Viborg había documentos, salvados del incendio, relacionados con los últimos días del catolicismo romano en el país. 

Así que había decidido dedicar un tiempo -dos o tres semanas tal vez- a examinarlos y copiarlos, y esperaba encontrar en el «León de Oro» una habitación lo bastante amplia como para que le sir­viese de dormitorio y cuarto de trabajo. Explicó su deseo al dueño, y éste, tras pensar unos momentos, dijo que quizá fuera mejor que el señor viese las dos o tres habitaciones más amplias que tenía y eligiese. Parecía buena idea.

Las de la última planta las rechazó de entrada porque suponían tener que subir demasiados escalones después de un día de trabajo. En la segunda no había ninguna lo bastante espaciosa. Pero en la primera podía escoger entre dos o tres que se ajustaban puntualmente a sus deseos.

El hotelero se pronunció vivamente a favor de la número 17, pero el señor Anderson le hizo notar que la única vista que tenía desde sus ventanas era la pared lisa de la casa de al lado y que sería muy oscura por la tarde. Eran mejores la 12 y la 14, ya que las dos daban a la calle, y la luz de la tarde y la hermosa vista le compensarían más que de sobra del ruido del tráfico.

Finalmente eligió la número 12. Igual que las habitaciones contiguas, tenía tres ventanas, todas a un mismo lado. Era de techo alto, y exagerada­mente larga. Por supuesto, no tenía chimenea, pero contaba con una estufa voluminosa y bastante antigua: un armatoste de hierro colado con una repre­sentación de Abraham sacrificando a Isaac en uno de los lados, y sobre ella la inscripción «1 Bog Mose, Cap.22». No había nada más en la habitación digno de destacar; el único cuadro de cierto interés era una vieja lámina en color de la ciudad, de 1820.

Se acercaba la hora de la cena, aunque cuando Anderson bajó, refrescado por las normales abluciones, aún faltaban unos minutos para que sonara la campanilla. Los dedicó a examinar la lista de huéspedes. Como es costumbre en Dinamarca, sus nombres estaban expuestos en una gran pizarra dividida en columnas y renglones, al principio de cada cual figuraba pintado el número de la habitación correspondiente. La lista no tenía nada de particular. 

Había un abogado, o Sagforer, un alemán y unos cuantos viajantes de Copenhague. Lo único que le proporcionó materia de reflexión fue la ausencia del número 13 en la relación de habitaciones; pero incluso éste era un detalle que Anderson había observado media docena de veces en diversos hoteles de Dinamarca. 

No pudo por menos de preguntarse si la prevención a dicho número, tan corriente, era tan firme y general como para que hubiera dificultades en adju­dicar una habitación con ese número, y decidió preguntar al hotelero si él y sus colegas habían tropezado con muchos clientes que se negaran a ocupar la habi­tación decimotercera.

Durante la cena no pasó nada que mi primo juzgara digno de mención (estoy refiriendo el episodio según lo oí de sus labios); en cuanto al resto de la jornada, que dedicó a deshacer el equipaje y ordenar ropas, libros y papeles, no fue más memorable. Hacia las once decidió acostarse. 

Pero como le sucede a mucha gente hoy en día, antes de apagar la luz consideraba casi obligatorio leer unas páginas de letra impresa, y ahora se acordó de que el libro que había venido leyendo en el tren, que era el que le apetecía, lo tenía en el bolsillo del abrigo que había dejado colgado en la percha de la entrada al comedor.

Bajar a cogerlo fue cuestión de un momento; y como los pasillos no estaban totalmente a oscuras, no le fue difícil encontrar su puerta. Eso creyó al menos, porque al intentar hacer girar el pomo, la puerta se negó rotundamente a dejarse abrir; entonces oyó dentro un ruido presuroso de alguien que se acer­caba. Evidentemente se había equivocado de puerta. ¿Dónde quedaba la suya, a la derecha o a la izquierda? Miró el número: era la 13. De modo que su habi­tación quedaba a la izquierda... y así era. 

Y no hacía mucho que se había metido en la cama, había leído sus acostumbradas tres o cuatro páginas, había apagado la vela y se había dado la vuelta para disponerse a dormir, cuando cayó en la cuenta de que, aunque en la pizarra de abajo no figuraba el 13, era evi­dente que el hotel tenía una habitación con ese número. Sintió no haberla escogido. 

Quizá de haberla ocupado le habría hecho un pequeño favor al propietario, porque le habría brindado la posibilidad de decir que todo un caba­llero inglés había dormido en ella tres semanas y se había ido encantadísimo. Pero tal vez la utilizaban como cuarto de servicio o algo parecido. En todo caso, seguro que no era tan cómoda y espaciosa como la suya. 

Y paseó una soñolienta mirada por la habitación, bastante visible gracias a la media luz que entraba del farol de la calle. Es curioso, pensó: normalmente una habitación suele parecer más grande medio a oscuras que cuando está bien iluminada; en cambio ésta parece ahora menos larga, y más alta en proporción. Pero bueno, dormir era más importante que todas estas divagaciones, así que se dispuso a dormir.

Al día siguiente de su llegada, Anderson emprendió el asalto al Rigsarkiv de Viborg. Como era de esperar en Dinamarca, se le acogió con toda amabilidad, y le fue facilitado el acceso, hasta donde era posible a cuanto quiso consultar. El material que le pusieron delante resultó ser mucho más abundante e intere­sante de lo que había esperado. 

Además de documentos oficiales, había un buen mazo de correspondencia relacionada con el obispo Jörgen Friis, el último católico romano que ocupó la sede, de la que sacó infinidad de detalles divertidos -de esos que suelen llamarse «íntimos»- sobre su carácter y su vida privada. 

Había abundantes referencias a una casa que este obispo poseía en la ciudad, aunque no era él quien la ocupaba. Al parecer, su inquilino constituía un escándalo y un escollo para el partido reformista. Decían que era una ver­güenza para la ciudad, que practicaba artes secretas e impías y que había ven­dido su alma al enemigo. El hecho de que el obispo protegiese y amparase a semejante víbora y sanguijuela, a semejante Troldmand, era la prueba de cómo la Iglesia babilónica participaba de la superstición y la corrupción. 

El obispo se defendía con valentía de estas acusaciones: proclamaba su execración de tales prácticas y exhortaba a sus adversarios a que llevasen el asunto ante el tribunal apropiado -el eclesiástico naturalmente- para que se investigase hasta el fondo. Nadie estaba más dispuesto que él a condenar al Mago Nicolas Franc­ken si se le encontraba culpable de alguno de los crímenes que se le atribuían.

Anderson sólo tuvo tiempo de leer por encima la carta siguiente del líder protestante Rasmus Nielsen antes de que cerraran el archivo, aunque captó su tenor general, en el sentido de que los cristianos no estaban ya sometidos a las decisiones de los obispos de Roma, y que el tribunal eclesiástico no era ni podía ser apto ni competente para juzgar una causa tan grave y de tanto peso.

Al abandonar el edificio, lo hizo en compañía del viejo señor que estaba a su cargo; y mientras caminaban, su conversación se encauzó con toda naturali­dad hacia los papeles a los que acabo de aludir.

Herr Scavenius, archivero de Viborg, aunque conocía bien el contenido general de los documentos bajo su custodia, no estaba especializado en los relativos al periodo de la Reforma; así que escuchó con interés lo que Ander­son le contó sobre ellos. Esperaba con gran placer, dijo, ver la publicación en la que el señor Anderson se proponía incluirlos. 

«En cuanto a esa casa del obispo Friis -añadió-, es un enigma para mí dónde pudo estar. He examinado cuida­dosamente la topografía de la antigua Viborg, pero es una pena: del viejo catálogo de propiedades del obispo que se elaboró en 1560, del que la mayor parte se encuentra en nuestro Arkiv, falta precisamente la parte que contenía la lista de propiedades de la ciudad. Pero no importa. Puede que algún día consiga encontrarlo.

Tras un poco de ejercicio -no recuerdo exactamente el cómo y el dónde-, Anderson regresó al "León de Oro", a su cena, a su solitario y a su cama. Camino de la habitación cayó en la cuenta de pronto de que había olvidado preguntarle al dueño sobre la omisión del número 13, y también de que él mismo podía comprobar si efectivamente existía sin necesidad de preguntar a nadie.

No fue una decisión difícil. Allí estaba la puerta con su número bien visible; y era evidente que había alguien dentro, porque al acercarse pudo oír pasos y voces; o al menos una voz. Durante los pocos segundos que se detuvo a mirar el número cesaron los pasos, muy cerca de la puerta al parecer, y se sobresaltó al oír una respiración jadeante, como de una persona presa de gran excitación. 

Siguió andando, se metió en su habitación, y nuevamente le chocó lo mucho más pequeña que parecía ahora que cuando la había elegido. Era un poco decepcio­nante; aunque sólo un poco: si de verdad no la encontraba suficientemente amplia podía cambiarse a otra. A todo esto necesitó algo -creo recordar que un pañuelo de bolsillo- de la maleta que el botones había dejado muy poco a mano, en un caballete o taburete junto a la pared del fondo. 

Aquí pasaba algo extraño: no veía la maleta. La habrían retirado las oficiosas camareras; seguramente habían guardado las cosas en el armario. Pero no, en el armario no había nada de lo que había traído en ella. Empezaba a ser un fastidio. Desechó totalmente la idea de que se la hubiesen robado. Esas cosas suceden rarísima vez en Dina­marca. Pero desde luego habían cometido alguna estupidez (lo que no era tan raro). Hablaría muy seriamente con la stuepige. 

Necesitara lo que necesitase, no era tan imprescindible para su comodidad que no pudiese esperar hasta mañana, así que decidió no tocar la campanilla y molestar al servicio. Fue a la ventana -a la de la derecha- y se asomó a la calle tranquila. Enfrente había un edificio alto, con grandes espacios de fachada sin vanos. No transitaba nadie; era una noche oscura y no se veía nada digno de atención.

Tenía la luz detrás y podía ver su propia sombra claramente recortada en la pared de enfrente. También la sombra de un hombre con barba y en mangas de camisa, de la habitación número 11, a la izquierda, que pasó una o dos veces por delante de su ventana; primero cepillándose el pelo y después en camisón. 

Vio también la sombra del ocupante de la número 13, a la derecha. Quizá éste le despertó más curiosidad: estaba, como él, asomado a la calle, con los codos apoyados en el alféizar. Parecía un hombre alto y delgado; ¿o era una mujer? Desde luego se cubría la cabeza con algo para acostarse; y, pensó, debía de tener una lámpara con pantalla roja cuya llama parpadeaba bastante. En la pared de enfrente se veía claramente fluctuar una luz rojiza y melancólica. Asomó la cabeza para intentar ver algo más de su figura, pero aparte de un pliegue de tela de color claro, quizá blanco, sobre el alféizar, no consiguió ver nada.

Ahora oyó pasos distantes en la calle; se acercaban. Y al parecer esto hizo pensar al del número 13 que se hallaba demasiado visible, porque de repente se retiró de la ventana y apagó la luz. Anderson, que había estado fumando, dejó la colilla en el alféizar y se fue a la cama.

A la mañana siguiente le despertó la stuepige con el agua caliente, etc. Se despabiló; y tras ordenar una frase en correcto danés, dijo lo más claramente que pudo:

-No ha debido cambiar de sitio mi maleta, ¿dónde está?

Como no es infrecuente, la doncella se echó a reír, y se marchó sin darle una respuesta clara.

Anderson, irritado, se incorporó en la cama con intención de hacerla vol­ver; pero se quedó incorporado, mirando directamente ante sí: la maleta estaba allí, sobre el taburete, exactamente donde había visto dejarla al botones a su llegada. Fue un duro golpe para un hombre que presumía de observador. No intentó razonar cómo era posible que no la hubiera visto por la noche; el caso era que ahora estaba allí.

La luz del día reveló algo más que la maleta: le permitió comprobar las ver­daderas dimensiones de la habitación con sus tres ventanas, y le confirmó que no había sido mala su elección. Casi vestido del todo, se acercó a la ventana del centro para ver qué tiempo hacía. 

Le aguardaba otra sorpresa: muy poco obser­vador había estado la noche anterior. Habría podido jurar cien veces que estuvo fumando en la ventana de la derecha antes de acostarse; sin embargo, aquí estaba la colilla, en el alféizar de la ventana del centro.

Salió para bajar a desayunar. Iba con bastante retraso; aunque el de la número 13 iba más retrasado aún: sus botas estaban todavía delante de la puerta... Botas de hombre: así que se trataba de un hombre y no de una mujer. Y justo entonces advirtió el número de encima de la puerta. Era el 14. Pensó que había pasado ante el número 13 sin darse cuenta. Tres equivocaciones estúpidas en doce horas eran demasiadas para un hombre escrupuloso y metódico en todo; de modo que dio la vuelta para cerciorarse. El número contiguo al 14 era el 12, su propia habitación. No había número 13.

Tras dedicar unos minutos a repasar mentalmente qué había comido y bebido en las últimas veinticuatro horas, decidió dejar de darle vueltas al asunto. Si era cosa de la vista o del cerebro, tendría infinidad de ocasiones para compro­barlo; si no, era evidente que estaba ante una interesantísima experiencia. En uno y otro caso valía la pena seguir con atención lo que estaba ocurriendo.

Durante el día siguió revisando la correspondencia episcopal que ya he resumido. Para su decepción, estaba incompleta. Sólo encontró una carta más referente al asunto del mago Nicolas Francken. Era del obispo Jorgen Friise iba dirigida a Rasmus Nielsen. Decía:

«Aunque no nos sentimos en modo alguno inclinados a compartir su opi­nión sobre nuestro tribunal, y estamos dispuestos a enfrentarnos a usted en ese capítulo si es preciso, sin embargo, puesto que nuestro fiel y bienamado mago Nicolas Francken (contra el que se atreve a lanzar falsas y maliciosas acusacio­nes) ha desaparecido súbitamente de entre nosotros, es evidente que la cues­tión queda postergada por esta vez. Pero en lo que afirma más adelante, sobra que el apóstol y evangelista san Juan, en su divino Apocalipsis describe la Santa Iglesia romana con la apariencia y símbolo de la Mujer Escarlata, debe saber que...», etc.

Por mucho que buscó Anderson, no logró encontrar la continuación de esta carta, ni pista alguna sobre la causa o naturaleza de la «desaparición» del casus belli. Sólo se le ocurrió que Francken había muerto de repente; y como sólo mediaban dos días entre la última carta de Nielsen -escrita cuando evidentemente Francken aún estaba con vida- y la del obispo, la muerte tuvo que sobrevenirle de manera totalmente inesperada.

Por la tarde efectuó una breve visita al Hald y tomó el té en Baekkelund. Pero aunque estaba algo nervioso, no notó que le pasara nada en la vista o en el cerebro como sus experiencias de la mañana le habían hecho temer.

En la cena se encontró con que le tocaba sentarse junto al hotelero.

-¿Cuál es la razón -le preguntó tras un poco de conversación intrascen­dente- de que la mayoría de los hoteles que uno visita en este país hayan suprimido el número trece de su lista de habitaciones? He observado que aquí no lo tienen.

El propietario pareció divertido.

-¡Caramba, en lo que se ha ido a fijar! Yo también he pensado en eso más de una vez, si le digo la verdad. Un hombre instruido, como yo digo, no hace caso de esas supersticiones. Yo estudié aquí en la escuela de Viborg, y nuestro profesor fue una persona que combatió siempre todas esas cosas. Hace ya mucho que murió: era un hombre recto, y tan capaz con las manos como con la cabeza. Recuerdo que un día en que estaba nevando...

Aquí se abismó en sus recuerdos.

-Entonces, ¿cree usted que no hay ningún motivo especial para no tener una habitación con el número 13? -dijo Anderson.

-¡Desde luego! Bueno, verá: a mí me inició en el negocio mi padre, que en paz descanse. Al principio, llevaba un hotel en Aarhuus; después, al nacer nosotros, se vino aquí a Viborg, su ciudad natal, donde llevó el "Fénix" hasta que murió. Eso ocurrió en 1876. Entonces empecé yo a trabajar en el ramo en Silkborg, y hace dos años me mudé a esta casa.

Seguidamente se puso a dar detalles sobre el estado del edificio y del nego­cio al principio de hacerse cargo.

-¿Y había una habitación número 13 cuando vino aquí?

-No, no. De eso iba a hablarle. Verá: en una ciudad como ésta, la clase comerciante -los viajantes- es la que nos mantiene por lo general. ¿Acomodar­les a ellos en la número 13? Vamos, preferirían mil veces dormir en la calle. A mí personalmente me importaría un bledo el número que tuviera mi habita­ción y así se lo he dicho a ellos a menudo; pero insisten en que les trae mala suerte. Cuentan infinidad de casos de hombres que después de dormir en la Número 13 no han vuelto a ser los mismos, o han perdido a sus mejores clientes, o... qué sé yo -exclamó después de buscar una expresión más gráfica.

-Entonces ¿qué uso le da a su habitación número 13? -dijo Anderson, a la vez que experimentaba una extraña ansiedad, totalmente desproporcionada para la escasa importancia de la pregunta.

-¿Mi habitación número 13? Pero ¿no le digo que no la hay en esta casa? Creía que se había dado cuenta. Si la hubiera, estaría al lado de la de usted.

-Bueno, sí; sólo que me ha parecido... es decir, anoche me dio la impresión de que había una puerta con el número trece en ese pasillo. Y en realidad, estoy casi seguro de no haberme equivocado, porque anteanoche la vi también.

Como es natural, Herr Kristensen se rió de tal idea como Anderson espe­raba, y recalcó con mucha insistencia que en este hotel no había ninguna Número 13, ni la había habido antes de hacerse cargo él.

Esta vehemencia tranquilizó en cierto modo a Anderson; aunque seguía perplejo, empezó a pensar que la mejor manera de comprobar si había sido víctima de una ilusión o no era invitar al dueño a fumar un cigarro en su habi­tación cuando fuera de noche. Unas cuantas fotografías de ciudades inglesas que se había traído le proporcionaron suficiente pretexto.

Esta invitación halagó a Herr Kristensen, que la aceptó con mucho gusto. Subiría hacia las diez; Anderson tenía que escribir unas cartas, así que se retiró antes para cumplir con esta obligación. Casi se ruborizó al confesarlo, pero no podía por menos de reconocer que la cuestión de la existencia o no de la habi­tación número 13 le estaba alterando los nervios; a tal punto que se dirigió a la suya por el lado de la número 11, para no pasar por delante de esa puerta, o del sitio donde debía estar. 

Echó una ojeada fugaz y recelosa a su habitación al entrar, pero no vio nada que justificase ningún recelo, aparte de la impresión indefinible de que era más pequeña de lo habitual. Esta noche ya no tenía el problema de si estaba o no estaba la maleta: él mismo la había vaciado y la había puesto junto a la cama. Con algún esfuerzo, apartó del pensamiento la Número 13 y se sentó a escribir.

Sus vecinos eran personas bastante tranquilas: si acaso oía abrir una puerta del pasillo y caer un par de botas, o pasar tarareando algún representante; y en la calle, de cuando en cuando el estrépito de un carro sobre el atroz empe­drado, o pasos presurosos en las baldosas.

Anderson terminó sus cartas; pidió que le trajesen un whisky con soda, y se acercó a la ventana. Estudió la pared lisa de enfrente y las sombras proyectadas en ella.

Según recordaba, la habitación número 14 la ocupaba el abogado, un hom­bre serio que hablaba poco en las comidas y se dedicaba por lo general a exami­nar un puñado de papeles que colocaba junto a su plato. Por lo que se veía, no obstante, tenía costumbre de dar rienda suelta a su exuberancia vital cuando estaba solo. ¿Por qué, si no, se ponía a bailar? 

La sombra de la habitación conti­gua revelaba a las claras que estaba bailando. Una y otra vez, su delgada figura cruzaba ante la ventana, extendía los brazos, y levantaba una flaca pierna con sorprendente agilidad. Al parecer andaba descalzo, y el suelo debía de ser bas­tante sólido, porque ningún ruido acompañaba a sus movimientos. 

El sagfórer Herr Anders Jensen bailando a las diez de la noche en un dormitorio de hotel parecía un tema apropiado para un cuadro histórico de gran estilo; y los pensa­mientos de Anderson, como los de Emily en Los Misterios de Udolfo, empeza­ron a «ordenarse en los siguientes versos»:

«Cuando llego a mi portal

A las diez de la noche

Creen los criados que vengo mal.

A mí me importa bien poco:

Saco el calzado a la puerta

Cierro con llave y cerrojo

Y me dedico a bailar.

Y si el vecino protesta,

Sigo haciéndome el sordo

Porque conozco las leyes,

Me río yo de sus quejas

Por mucho que él reniegue».

Si no llega a llamar en ese momento el posadero a la puerta, es probable que el lector tuviera ahora ante sí un poema bastante más largo. A juzgar por la expresión que le afloró a Herr Kristensen cuando estuvo dentro de la habita­ción, debió de notar algún detalle asombroso que no esperaba. Pero no hizo ningún comentario. Se mostró interesado por las fotografías, que le dieron pie a muchos discursos autobiográficos. 

No se sabe cómo habría podido Anderson desviar la conversación hacia el deseado asunto de la número 13 de no haberse puesto a cantar de repente el abogado, y a hacerlo de una manera que no dejaba dudas a nadie de que o estaba completamente borracho, o rematada­mente loco. 

Era una voz débil y aguda, la que oían, y sonaba seca, como a causa de un prolongado desuso. Era imposible distinguir la letra y la melodía. Subía a unos niveles sorprendentes y bajaba hasta convertirse en un lamento desesperado, como de un viento invernal en el hueco de la chimenea, o de un órgano al que le falla el aire de repente. Sonaba verdaderamente horrible, y Anderson pensó que si hubiese estado solo habría salido a buscar refugio y compañía en el cuarto de algún vecino.

El hotelero se quedó boquiabierto.

-No comprendo -dijo por fin, enjugándose la frente-. Es horrible. Ya lo había oído antes, pero estaba convencido de que era un gato.

-¿Estará loco? -dijo Anderson.

-Seguro. ¡Qué lástima! Con lo buen cliente que es, lo bien que le van los negocios según tengo entendido, y con hijos pequeños que criar.

Justo en ese instante sonaron unos golpes impacientes en la puerta, y entró el que llamaba sin esperar a ser invitado. Era el abogado, en bata, con el pelo revuelto y una mirada furibunda.

-Perdone usted -dijo-, pero le estaría muy agradecido si tuviera la amabili­dad de dejar de...

Aquí se detuvo, porque era evidente que ninguna de las personas que tenía delante era la causante del alboroto; tras una pausa momentánea, la voz can­tante volvió a elevarse más desaforadamente que nunca.

-Pero en nombre de Dios, ¿qué significa esto? -estalló el abogado-. ¿Dónde es? ¿Quién es? ¿Es que me estoy volviendo loco?

-Desde luego viene de la habitación contigua a la suya, Herr Jensen. ¿No habrá un gato o lo que sea atrapado en la chimenea?

Fue lo primero que se le ocurrió a Anderson; y en seguida se dio cuenta de que no tenía sentido; pero era preferible decir cualquier cosa, antes que perma­necer callados escuchando aquella horrible voz y observando la cara ancha y pálida del hotelero que, todo tembloroso y cubierto de sudor, se agarraba con fuerza a los brazos del sillón.

-Imposible -dijo el abogado-, imposible. No hay chimenea. He entrado aquí porque creía que el escándalo venía de aquí. Estaba seguro de que prove­nía de la habitación contigua a la mía.

-¿No hay una puerta entre la suya y la mía? -dijo Anderson con ansiedad. -No, señor –dijo Herr Jensen con cierta aspereza-. Al menos, no la había esta mañana.

-¡Ah! -dijo Anderson-. ¿Y esta noche?

-No estoy seguro -dijo el abogado con vacilación.

De repente, la voz que cantaba o gritaba en la habitación contigua se extin­guió, y oyeron que reía para sí con acento canturreante. Después se hizo el silencio.

-Bueno -dijo el abogado-, ¿qué dice de todo esto, Herr Kristensen? ¿Qué significa?

-¡Dios mío! -dijo Kristensen-. ¿Qué puedo decir? Sé tanto como ustedes, señores. Hago votos por que no vuelva a oír eso nunca más.

-Y yo –dijo Herr Jensen; y añadió algo por lo bajo. A Anderson le pareció que eran las últimas palabras del Salterio, omnis spiritus laudet Dominum, pero no estuvo seguro.

-Pero debemos hacer algo -dijo Anderson-; me refiero a los tres. ¿Vamos a inspeccionar la habitación de al lado?

-Pero si es la de Herr Jensen -gimió el posadero-. No tiene sentido: acaba de venir él de allí.

-No estoy tan seguro -dijo Jensen-. Creo que este caballero tiene razón: vayamos a ver.

Las únicas armas defensivas que pudieron reunir en donde estaban fueron un bastón y un paraguas. Salió la expedición al pasillo, no sin recelo. Fuera había un silencio mortal, pero por debajo de la puerta vecina salía luz. Anderson y Jensen se acercaron. Éste último hizo girar el pomo, y empujó con un impulso vigoroso y repentino. Fue inútil; la puerta siguió cerrada.

-Herr Kristensen -dijo Jensen-, ¿podría traer al camarero más robusto que tenga a su servicio? Hay que entrar ahí a averiguar qué pasa.

El dueño asintió y se fue a toda prisa, contento de alejarse del teatro de acción. Jensen y Anderson se quedaron mirando la puerta.

-Como puede comprobar, es la número 13 -dijo este último.

-Sí; y ahí está su puerta, y allí la mía -dijo Jensen.

-Mi habitación tiene tres ventanas durante el día -dijo Anderson, repri­miendo a duras penas una risa nerviosa.

-¡Caramba, la mía también! -dijo el abogado volviéndose a mirar a Anderson. Ahora estaba de espaldas a la puerta. Y en ese instante se abrió y surgió un brazo que se extendió para agarrarle por el hombro; un brazo envuelto en un andrajo amarillento; la piel, donde era visible, estaba cubierta de largos pelos grises.

Anderson tuvo el tiempo justo de apartar a Jensen de un empujón, con un grito de repugnancia y horror, mientras la puerta volvía a cerrarse y sonaba dentro una risa sofocada.

Jensen no había visto nada, pero al explicarle Anderson atropelladamente el peligro que había corrido le acometió una visible agitación, y sugirió abando­nar la empresa y encerrarse ambos en la habitación del uno o del otro.

Sin embargo, mientras deliberaban, llegó el dueño con dos fornidos cama­reros, los tres muy serios y alarmados. Jensen los recibió con un torrente de explicaciones que no les animó precisamente al combate.

Los camareros dejaron las palancas que traían y dijeron claramente que no estaban dispuestos a arriesgar el cuello en esa madriguera del demonio. El dueño estaba angustiadamente nervioso e indeciso, consciente de que si no afrontaba el peligro se arruinaría su hotel, y muy poco dispuesto a ser él quien pusiera el pecho. Por fortuna, Anderson dio con el medio de reanimar a la des­moralizada fuerza.

-¿Es éste -dijo- el valor danés del que tanto he oído hablar? No es un ale­mán lo que hay ahí dentro; y aunque lo fuera, somos cinco contra uno.

Estas palabras picaron el amor propio de los dos camareros y de Jensen, que arremetieron contra la puerta.

-¡Alto! -dijo Anderson-. No hay que perder la cabeza. Usted, señor, qué­dese ahí con la luz. Entretanto, que uno de ustedes rompa la puerta, pero sin entrar cuando se abra.

Los camareros asintieron; se adelantó el más joven, levantó la palanqueta y descargó un golpe tremendo sobre el tablero superior. El resultado no fue ni mucho menos el que esperaban. No sonó ningún crujido ni hubo destrozo de madera: sólo un ruido sordo, como si hubiera golpeado la pared. El camarero soltó la herramienta con un grito, y se puso a frotarse el codo. 

El grito hizo que los demás se volvieran instantáneamente hacia él. A continuación Anderson miró hacia la puerta otra vez. Había desaparecido; ante sí tenía la pared de yeso del pasillo, con una muesca profunda donde había golpeado la palanqueta. La número 13 se había desvanecido.

Durante un breve espacio permanecieron petrificados mirando la pared lisa. Se oyó cantar un gallo madrugador en el patio de abajo; y al volverse Anderson en esa dirección, vio a través de la ventana del fondo del largo pasillo que el cielo estaba palideciendo con la primera claridad.

-¿Quizá -dijo el dueño dubitativo- desearían otra habitación para esta noche... una doble?

Ni a Jensen ni a Anderson les pareció mala idea. Preferían estar juntos des­pués de la reciente experiencia. Creyeron prudente, al entrar cada uno en su habitación a recoger lo necesario para la noche, que el otro le acompañase y sostuviese la vela. Observaron que tanto la número 12 como la número 14 tenía tres ventanas.

A la mañana siguiente volvieron a reunirse los mismos en la número 12. El dueño, evidentemente, quería evitar la intervención de extraños, aunque era indispensable esclarecer el misterio que encerraba esta parte de la casa. Así que convenció a los dos camareros para que hiciesen de carpinteros. Retiraron los muebles, y, a costa de estropear de manera irrecuperable un montón de tablas, levantaron el piso contiguo a la número 14.

Como es natural, habréis supuesto que descubrieron un esqueleto -por ejemplo el del mago Nicolas Francken-. Nada de eso. Lo que encontraron entre las vigas sobre las que iba el entarimado fue una cajita de cobre. En ella había un pergamino cuidadosamente doblado, con unas veinte líneas escritas. Anderson y tensen (que demostró tener conocimientos de paleografía) se excitaron ante tal hallazgo, que prometía proporcionar la clave de estos fenómenos singulares.

Poseo un ejemplar de una obra de astrología que nunca he leído. En ella, a manera de frontispicio, hay una xilografía de Hans Sebald Beham que repre­senta a varios sabios sentados alrededor de una mesa. Quizá este detalle per­mita saber a los entendidos a qué libro me refiero, porque no recuerdo su título, y no lo tengo a mano en este momento. 

Pero las guardas están cubiertas de texto, y en los diez años que hace que lo tengo no he logrado determinar en qué sentido hay que leerlo, y mucho menos en qué lengua está. Algo parecido es lo que les ocurrió a Anderson y a Jensen tras el examen prolongado a que sometieron el documento en cuestión.

Después de estudiarlo dos días, Jensen, que era el más decidido de los dos, aventuró de posibilidad de que estuviera en latín o en danés antiguo.

Anderson prefirió no hacer suposiciones, y entregó de muy buen grado el estuche y el pergamino a la Sociedad de Historia de Viborg para que los incorporase a su museo.

Yo le escuché a él toda la historia unos meses más tarde, estando sentados en un bosque cerca de Uppsala, tras una visita a la biblioteca de esa ciudad, donde nos habíamos reído -o más bien me había reído yo- del contrato por el que Daniel Salthenius (profesor de hebreo de Könisberg durante la última etapa de su vida) vendía su alma a Satanás. La verdad es que Anderson no lo encontró gracioso.

-¡Estúpido muchacho! -dijo, refiriéndose a Salthenius, que era sólo un estudiante cuando cometió esta imprudencia-. ¿Es que no sabía qué clase de compañía se estaba propiciando?

Y al hacer yo las normales reflexiones se limitó a soltar un gruñido. Esa misma tarde me contó lo que acabáis de leer. Pero no quiso sacar ninguna con­clusión ni asentir a las que yo le propuse.