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La Casa B... en Camden-Hill - Catherine Crowe

La casa que habitaba el matrimonio B... en Camden-Hill no tenía nada de particular, salvo su gran número de habitaciones, todas ellas igualmente confortables.

El señor y la señora B... la habían alquilado por un precio razonable a un hombre de negocios de Temple, con la intención de convertirla en una pensión, donde pudieran alojarse modestos funcionarios o empleados de la vecindad.

Al principio, gracias a sus económicas tarifas, el negocio prosperó, pero un buen día un joven empleado llamado Rose se marchó bruscamente alegando que su habitación estaba embrujada.

Los esposos B... jamás habían ocupado aquella habitación, una sala espaciosa que daba al jardín. De este modo, antes de volverla a alquilar, decidieron comprobar por sí mismos lo que ocurría en ella.

Desde la primera noche, debieron reconocer que Rose no había mentido.

Entre la una y las dos de la madrugada, la señora B... fue despertada por un extraño ruido, «como el de un enorme gato haciéndose la manicura sobre el parqué».

Casi al mismo tiempo, su marido también se despertó y los dos escucharon en silencio cómo el extraño ruido aumentaba, y luego disminuía en intensidad, como si su misterioso autor se acercara y alejara alternativamente de la cama.

Al fin, el señor B... no pudo más y gritó:

–¿Quién sois y qué hacéis aquí?

El ruido cesó, pero un segundo después, fueron arrancados violentamente los cubrecamas y las sábanas.

La señora B... encendió el mechero y alumbró una vela que guardaba cerca de sí. En la habitación no había nada insólito, sin embargo, no hubo manera de encontrar las sábanas y los cubrecamas.

Se levantaron, cerraron la habitación con llave y se fueron a pasar el resto de la noche en su alcoba.

A la mañana siguiente, volvieron a la habitación de Rose y encontraron las sábanas y los cubrecamas hechos un ovillo encima de la cama; los cubrecamas, de gruesa lana, estaban intactos, pero las sábanas estaban completamente desgarradas.

La señora B... se negó a repetir la experiencia, pero su esposo se obstinó en ello y a la noche siguiente volvió a instalarse en la habitación embrujada.

Esta vez, mantuvo una linterna encendida en la cabecera de la cama.

Tardó mucho en dormirse, pero cuando empezaba a vencerlo el sueño, fue sobresaltado por el mismo ruido de la noche anterior.

El señor B... se incorporó y vio a la luz de la lamparilla, un viejecito de aspecto miserable, escasamente vestido, de pie en el centro de la habitación. Llevaba un curioso casquete de piel de gato y contemplaba al durmiente con manifiesta desconfianza.

Pese a estar bastante asustado, el señor B... preguntó al misterioso intruso cuáles eran sus intenciones. Por toda respuesta, éste empezó a resoplar como un gato encolerizado e intentó agarrar las sábanas.

Entonces el señor B... se dio cuenta de que sus manos descarnadas eran extraordinariamente largas y que terminaban en desmesuradas uñas.

Por casualidad, el señor B... había puesto a su alcance una caña de junco, la cogió y con ella intentó pegarle al visitante nocturno.

No encontró resistencia alguna y el junco atravesó el cuerpo del viejecito como si fuera de humo.

Entonces el fantasma retrocedió, profiriendo gestos de amenaza y, hundiéndose en la muralla, desapareció. La noche terminó tranquilamente.

Los esposos B... sacaron los muebles de la habitación y la cerraron. El fantasma no truncó la paz de ninguna de las otras habitaciones.

Pero, aproximadamente dos años más tarde, el matrimonio B... habló del extraño acontecimiento a uno de sus primos, un marino de Kingston, que había venido a visitarles.

El marinero era un hombre robusto y de un sólido sentido común; por cortesía, no quiso poner en duda las afirmaciones de sus primos, pero decidió pasar la noche en la habitación embrujada.

Con este fin, la amueblaron con una pequeña cama de campo, una mesita de noche y una silla, y colocaron una lamparilla encendida en la consola de la chimenea.

El marinero tardó muy poco en dormirse, pues no creía en historias de fantasmas.

Había cerrado su habitación con llave e incluso había asegurado la puerta con un sólido cerrojo provisional.

Entre la una y las dos de la madrugada, fue despertado por una fuerte sacudida en su cama y vio al viejecito del casquete de piel de gato que le observaba encolerizado.

Cuando el marino se disponía a levantarse, el fantasma retrocedió, resoplando como un gato furioso y desapareció. Luego se oyeron muchos golpes de gran violencia contra o dentro de los muros y un enorme trozo de yeso se desprendió del techo. Pero el espectro no volvió a reaparecer.

Poco después, los esposos B... se marcharon de Londres para establecerse en Kingston y no se supo más de la casa de Camden-Hill.

La patrona - Roald Dahl

Billy Weaver viajó desde Londres en el tren correo, hizo un cambio en Reading y cuando llegó a Bath eran casi las nueve de la noche y la luna estaba saliendo en un cielo lleno de estrellas sobre las casas situadas frente a la entrada de la estación. Pero el aire era terriblemente frío y el viento parecía una hoja de hielo sobre sus mejillas.

—Perdóneme —dijo—, ¿existe por aquí algún hotel barato que no esté muy lejos?

—Intente en La Campana y el Dragón —contestó el mozo de estación—. Puede que le acepten. Sólo está a unos cientos de metros siguiendo esa calle, al otro lado.

Billy dio las gracias, cogió su maleta y se dispuso a andar los cientos de metros que le separaban de La Campana y el Dragón. Nunca había estado antes en Bath. No conocía a nadie allí. Pero míster Greenslade, de la oficina central en Londres, le había dicho que se trataba de una ciudad espléndida.

—Encuentra tu propio alojamiento —le había dicho—. Después, en cuanto te hayas instalado, te presentas al director de la sucursal.

Billy tenía diecisiete años. Llevaba un abrigo de color azul marino, un sombrero nuevo, flexible y marrón, y un traje nuevo, también de color marrón. Se sentía muy bien. Echó a andar con energía por la calle. Durante aquellos días estaba tratando de hacerlo todo con energía.

Había llegado a la conclusión de que la energía era la única característica común de todos los hombres de negocios con éxito. Los grandes jefes de la oficina central eran absoluta y fantásticamente enérgicos en todo momento. Eran personas asombrosas.

No había tiendas en esta amplia calle que ahora estaba recorriendo. Sólo una línea de casas altas a cada lado, todas ellas idénticas. Tenían porches y columnas y cuatro o cinco escalones que conducían a sus puertas de entrada; era evidente que, en algún otro tiempo, habían sido residencias ostentosas.

Pero ahora, incluso en la oscuridad, podía ver que la pintura de la madera de las puertas y ventanas estaba toda desconchada, y que las elegantes fachadas blancas estaban resquebrajadas y llenas de manchas, como consecuencia del descuido.

De pronto, en una ventana baja brillantemente iluminada por un farón, no más lejos de cinco metros, Billy vio un cartel impreso pegado contra el cristal de uno de los paneles superiores. Decía CAMA Y DESAYUNO. Justo debajo de la nota había un florero alto y bonito, lleno de crisantemos amarillos.

Se detuvo. Se acercó un poco más. En el interior, y a ambas partes de la ventana, colgaban unas cortinas verdes de algún tipo de tela aterciopelada. Los crisantemos tenían un aspecto maravilloso a su lado. Se dirigió directamente hacia la ventana y, a través del cristal, echó un vistazo al interior de la habitación; lo primero que vio fue un gran fuego encendido en la chimenea. Sobre la alfombra que había frente al fuego vio un pequeño y bonito perro tejonero, acurrucado y dormido, con la nariz escondida en el cuerpo.

Por lo que podía ver en la semioscuridad, la habitación estaba llena de agradables muebles. Había un piano, un gran sofá y algunos pesados sillones; en una de las esquinas, alcanzó a ver un gran papagayo, metido en una jaula. Billy se dijo a sí mismo que, en un lugar como este, los animales eran un buen signo. Después de todo, aquello tenía aspecto de ser una casa agradable y decente en la que poder quedarse. Sin duda alguna, sería mucho más cómoda que La Campana y el Dragón.

Por otra parte, una casa de huéspedes sería mucho más agradable que una pensión. Habría cerveza y juegos por las noches, una buena cantidad de gente con la que poder conversar y, probablemente, también resultaría más barata. En cierta ocasión, había pasado un par de días en una casa de huéspedes y le agradó.

Nunca había estado viviendo en una pensión y, en el fondo, sentía un ligero temor hacia ellas. El mismo nombre conjuraba en su mente imágenes de coles aguadas, patronas rapaces y un poderoso olor de arenques ahumados en la sala de estar.

Después de vacilar y pensar en todo esto durante dos o tres minutos, expuesto al frío de la noche, Billy decidió seguir andando, y dar un vistazo a La Campana y el Dragón antes de tomar una decisión. Así pues, se volvió dispuesto a marcharse.

Entonces, le sucedió algo extraño. Estaba a punto de darse la vuelta y apartarse de la ventana cuando, de repente, su vista se fijó, sintiéndose atraído de un modo muy peculiar, por la pequeña nota pegada a la ventana. CAMA Y DESAYUNO, decía. CAMA Y DESAYUNO, CAMA Y DESAYUNO, CAMA Y DESAYUNO.

Cada una de las palabras era como un gran ojo negro que le observaba a través del cristal, reteniéndole, imponiéndose a él, forzándole a permanecer donde estaba y a no separarse de aquella casa. Después, sólo se dio cuenta de que se estaba moviendo, apartándose de la ventana, para dirigirse hacia la puerta de entrada de la casa, subiendo los escalones que conducían a ella y extendiendo su mano hacia el timbre.

Apretó el timbre. Algo alejado, en una habitación trasera, escuchó su sonido, y entonces inmediatamente —debió haber sido inmediatamente porque ni siquiera le dio tiempo a apartar el dedo del timbre— se abrió la puerta y una mujer apareció en ella.

Normalmente, uno toca el timbre y suele tener que esperar medio minuto antes de que se abra la puerta. Pero esta dama era como un resorte. Apretó el botón... ¡y allí apareció ella! Aquello le dio un buen susto.

Era una mujer de cuarenta y cinco o cincuenta años, y en cuanto le vio le ofreció una cálida sonrisa de bienvenida.

—Entre, por favor —le dijo, agradablemente.

Ella se apartó un poco hacia atrás, manteniendo muy abierta la puerta de entrada, y Billy se encontró avanzando hacia el interior de la vivienda. El impulso, o más bien el deseo de seguirla hacia el interior de la casa, resultó ser extraordinariamente fuerte.

—Vi el anuncio en la ventana —dijo, deteniéndose.

—Sí, lo sé.

—Me estaba preguntando si podría alquilar una habitación.

—Todo está preparado para usted, querido —dijo la mujer.

Tenía un rostro rosado y rechoncho y unos ojos azules de mirada apacible.

—Me dirigía hacia La Campana y el Dragón —le dijo Billy—. Pero acerté a descubrir el anuncio de su ventana.

—Querido joven —dijo ella—, ¿por qué no entra? Hace mucho frío.

—¿Cuánto cobra usted?

—Cinco chelines y seis peniques por noche, incluido el desayuno.

Resultaba fantásticamente barato. Era menos de la mitad de lo que había estado dispuesto a pagar.

—Si eso resulta demasiado —añadió ella—, quizá pueda reducirlo un poco, aunque no mucho. ¿Quiere tomar un huevo en el desayuno? Los huevos resultan caros en estos momentos. Si no toma un huevo, serían seis peniques menos.

—Cinco chelines y seis peniques está bien —contestó—. Me gustaría mucho quedarme aquí.

—Sabía que le gustaría. Entre.

La mujer parecía terriblemente amable. Tenía exactamente el aspecto de la madre del mejor estudiante de la escuela que está dando la bienvenida a alguien que va a pasar allí las fiestas de Navidad. Billy se quitó el sombrero y cruzó el umbral.

—Cuélguelo ahí —dijo la mujer—, y permítame que le ayude a quitarse el abrigo.

En el vestíbulo no había ningún otro abrigo, ni sombrero. Tampoco había paraguas, ni bastones... nada.

—Lo tenemos todo para nosotros —dijo ella, sonriendo por encima de su hombro mientras le mostraba el camino hacia arriba—. Como verá, no me sucede a menudo tener el placer de recibir a un visitante en mi pequeño nido.

Billy se dijo a sí mismo que aquella mujer parecía estar ligeramente chiflada. Pero ¿quién se puede quejar por una habitación que sólo cuesta cinco chelines y seis peniques?

—Había pensado que estaba abrumada de solicitudes —dijo con amabilidad.

—¡Oh! Lo estoy, querido; lo estoy, desde luego. El problema es que suelo ser un poquitín particular y prefiero elegir a mis huéspedes... Supongo que comprende lo que quiero decir.

—¡Oh, sí, claro!

—Pero siempre estoy preparada. En esta casa, todo está siempre preparado, día y noche, para el caso de que aparezca un joven caballero aceptable. Y resulta un placer muy agradable, querido, muy agradable, cuando, de tanto en tanto, abro la puerta y me encuentro con alguien que es exactamente la persona correcta —estaba a mitad de la escalera y se detuvo, manteniendo una mano en la barandilla, volviendo su cabeza hacia él y sonriéndole con unos labios pálidos—, como usted —añadió, y sus ojos azules recorrieron lentamente todo el cuerpo de Billy, desde la cabeza a los pies, y después a la inversa.

En el rellano del segundo piso, le dijo:

—Este piso es mío.

Subieron al piso superior.

—Y este es todo de usted —dijo—. Aquí está su habitación. Espero que le guste.

Le introdujo en una habitación pequeña pero encantadora, encendiendo antes la luz.

—El sol de la mañana penetra justo por esa ventana, míster Perkins. Porque es usted míster Perkins, ¿verdad?

—No —contestó—, mi apellido es Weaver.

—Míster Weaver. ¡Qué bonito! He puesto una botella de agua caliente entre las sábanas, míster Weaver. ¡Resulta tan agradable tener una botella de agua caliente en una cama extraña entre las sábanas limpias! ¿No le parece? Además, puede encender la calefacción a gas cada vez que sienta frío.

—Gracias —dijo Billy—, muchas gracias.

Se dio cuenta de que el cobertor había sido retirado de la cama, y de que las sábanas habían sido dobladas hacia un lado, como si todo estuviera preparado para que alguien se acostara inmediatamente.

—Me siento muy contenta de que haya aparecido usted —dijo ella, mirándole muy seriamente a la cara—. Ya estaba empezando a preocuparme.

—Está bien —dijo Billy con prontitud—. No debe preocuparse por mí.

Colocó la maleta sobre la silla y comenzó a abrirla.

—¿Qué le parece una buena cena, querido? ¿Se las ha arreglado para comer algo antes de venir aquí?

—No tengo apetito, gracias —contestó—. Creo que me meteré en la cama lo antes posible porque mañana me tengo que levantar bastante pronto para presentarme en la oficina.

—Está bien. Le dejaré ahora para que pueda deshacer la maleta. Pero antes de que se acueste, ¿le importaría bajar por la sala de estar, en la planta baja, para firmar el libro? Todo el mundo tiene que hacerlo, porque así es la ley del país, y no vamos a violar ninguna ley en estos momentos, ¿verdad?

Ella hizo un ligero gesto con la mano y salió rápidamente de la habitación, cerrando la puerta.

El hecho de que aquella patrona pareciera estar un poco fuera de sus cabales no preocupó a Billy en lo más mínimo. Después de todo, no sólo era inofensiva —no tenía ninguna duda sobre ello—, sino que evidentemente era una persona amable y generosa. Supuso que probablemente habría perdido a algún hijo en la guerra, o algo similar, y nunca había podido superarlo del todo.

Así pues, unos minutos más tarde, tras haber deshecho la maleta y haberse lavado las manos, bajó a la planta baja y entró en la sala de estar. Su patrona no estaba allí, pero el fuego seguía ardiendo en la chimenea y el pequeño perro tejonero seguía durmiendo tranquilamente frente a él. La sala tenía una atmósfera maravillosamente cálida y agradable. «Soy un tipo con suerte —pensó, frotándose las manos—. Esto está pero que muy bien.»

Encontró el libro de clientes, abierto sobre el piano, así es que cogió su pluma y escribió en él su nombre y dirección. En la página únicamente había otras dos inscripciones, y, como se suele hacer siempre con los libros de clientes cuando se tiene una oportunidad, comenzó a leerlas. Una de ellas correspondía a un tal Christopher Mullholland, de Cardiff. La otra era de Gregory W. Temple, de Bristol.

«Esto sí que resulta divertido», pensó de repente. Christopher Mullholland. Le sonaba de algo.

¿Dónde diablos había escuchado antes aquel nombre tan poco usual?

¿Se trataba de un compañero de escuela? ¿Era uno de los muchos admiradores de su hermana? ¿O un amigo de su padre? No, no era nadie de ellos. Volvió a echar un vistazo al libro.

Christopher Mullholland 231 Cathedral Road, Cardiff

Gregory W. Temple 27 Sycamore Drive, Bristol.

De hecho, y ahora que lo pensaba más detenidamente, no acababa de estar seguro de que el segundo nombre no le resultara tan familiar como el primero.

—¿Gregory Temple? —se preguntó en voz alta, buscando en su memoria—. ¿Christopher Mullholland?

—Unos muchachos muy encantadores —le contestó una voz detrás de él.

Se volvió y vio a la patrona entrando en la sala, llevando en las manos una gran bandeja de plata para el té. La mantenía algo apartada de sí, frente a ella y a bastante altura, como si la bandeja fuera un par de riendas pertenecientes a un caballo retozón.

—De algún modo, esos nombres me son familiares —dijo.

—¿De verdad? Eso es muy interesante.

—Estoy casi convencido de que he escuchado esos nombres antes, en alguna parte. ¿No es algo curioso? Quizá los haya visto impresos en los periódicos. No se trataba de personas famosas en ningún sentido, ¿no cree? ¿No serían jugadores de críquet, o de fútbol, o algo así?

—Famosos —dijo ella, colocando la bandeja de té sobre una mesa baja situada frente al sofá—. ¡Oh, no! No creo que fueran famosos. Pero ambos eran increíblemente elegantes y apuestos, eso se lo puedo asegurar. Eran jóvenes, altos y apuestos, querido, exactamente como usted.

Una vez más, Billy echó un vistazo al libro.

—Mire aquí —dijo, dándose cuenta de las fechas—. Esta última entrada se hizo hace más de dos años.

—¿De verdad?

—Sí, claro. Y Christopher Mullholland, que se inscribió con anterioridad, lo hizo un año antes..., o sea hace más de tres años.

—Querido —dijo la mujer, sacudiendo la cabeza y dando un delicado y pequeño suspiro—, nunca lo habría pensado. ¡Cómo pasa el tiempo para todos nosotros! ¿Verdad, míster Wilkins?

—Mi apellido es Weaver —dijo Billy—. W-e-a-v-e-r.

—¡Oh, claro, desde luego! —exclamó ella, sentándose en el sofá—. ¡Qué tonta soy! Le pido disculpas. Me entra por un oído y me sale por el otro. Así soy yo, míster Weaver.

—¿Sabe usted algo? —dijo Billy—. Algo que resulta bastante extraordinario en todo esto.

—No, querido, no lo sé.

—Bueno, resulta que estos dos nombres —Mullholland y Temple— no sólo parezco recordarlos por separado, sino que de algún modo y de una forma muy peculiar, parece como si estuvieran relacionados en mi memoria. Como si los dos se hubieran hecho famosos por lo mismo, si es que comprende usted lo que quiero decir... como... bueno... como Dempsey y Tunney, por ejemplo, o como Churchill y Roosevelt.

—¡Qué divertido! —exclamó ella—. Pero venga ahora aquí, querido, y siéntese a mi lado, en el sofá. Le serviré una buena taza de té y un pastel de jengibre antes de que se vaya a la cama.

—No debería usted molestarse —dijo Billy—. No pretendía que hiciera nada de eso.

Se quedó de pie, junto al piano, observándola mientras ella trajinaba con las tazas y los platos. Se dio cuenta de que tenía unas manos pequeñas, blancas, que se movían con rapidez, y cuyas uñas estaban pintadas de rojo.

—Estoy casi convencido de que vi sus nombres en los periódicos —dijo Billy—. Me acordará en un momento. Estoy seguro de acordarme.

No hay nada más desesperante que algo permanezca justo en los límites exteriores de nuestra memoria, sin acabar de penetrar en ella. No obstante, al joven le disgustaba tener que abandonar el esfuerzo.

—Un minuto —dijo—, espere un minuto. Mullholland... Christopher Mullholland..., ¿no se trata del estudiante de Eton que estaba realizando un viaje por West Country y que de repente...?

—¿Leche? —preguntó ella—. ¿Quiere también azúcar?

—Sí, por favor. Y que de repente...

—¿Estudiante de Eton? —preguntó ella—. ¡Oh, no, querido! Eso no puede ser cierto porque mi míster Mullholland no era ningún estudiante de Eton cuando vino aquí. Era un graduado de Cambridge. Venga aquí ahora y siéntese a mi lado, y caliéntese un poco frente a este fuego tan estupendo. Vamos. Su té ya está preparado.

Dio unos ligeros golpes en el asiento vacío que había junto a ella, sobre el sofá, y se acomodó allí, sonriéndole a Billy y esperando que él se sentara a su lado.

Billy cruzó la habitación lentamente y se sentó en el borde del sofá. Ella colocó la taza de té frente a él, sobre la mesa.

—Aquí estamos —dijo la mujer—. ¿No le parece bonito y agradable?

Billy empezó a remover el azúcar del té. Ella hizo lo mismo. Durante medio minuto, ninguno de ellos dijo una sola palabra. Pero Billy sabía que ella le estaba mirando. Su cuerpo estaba medio doblado hacia el de él y podía sentir sus ojos, descansando sobre su rostro, observándole sobre el borde de la taza de té. De vez en cuando captaba un olorcillo peculiar que parecía emanar directamente de la mujer. No era un olor desagradable y le hizo recordar... bueno, no estaba completamente seguro de lo que aquel olor le recordaba. ¿Nueces en escabeche? ¿Cuero nuevo? ¿O se trataba más bien del olor habitual en los pasillos de un hospital?

—Míster Mullholland era un gran bebedor de té —dijo ella al cabo de un rato—. Nunca en mi vida he conocido a nadie que bebiera tanto té como el querido y dulce míster Mullholland.

—Supongo que se marchó de aquí hace poco tiempo —dijo Billy.

Su mente todavía estaba preguntándose de qué conocía aquellos dos nombres. Ahora estaba seguro de que los había visto publicados en los periódicos... en los titulares.

—¿Marcharse? —preguntó ella elevando las cejas—. Pero, querido, él nunca se marchó. Todavía está aquí. Míster Temple también está aquí. Están en el cuarto piso, los dos juntos.

Billy dejó lentamente su taza de té sobre la mesa y miró fijamente a su patrona. Ella le sonrió y entonces puso una de sus manos blancas sobre la rodilla del joven, dándole unas amistosas palmaditas.

—¿Cuántos años tiene usted, querido? —preguntó.

—Diecisiete.

—¡Diecisiete! —exclamó—. ¡Oh, es la edad perfecta! Míster Mullholland también tenía diecisiete años. Pero creo que era un poco más bajo que usted; en realidad, estoy segura de que lo era y sus dientes no eran tan blancos como los suyos. Tiene usted los dientes más bonitos que he visto, míster Weaver, ¿lo sabía?

—No son tan buenos como aparentan —dijo Billy—. Han sido simplemente reforzados por la parte de atrás.

—Míster Temple, desde luego, tenía unos cuantos años más —dijo ella, ignorando su observación—. Tenía veintiocho años. Y sin embargo, nunca lo hubiera supuesto si él mismo no me lo hubiera dicho. Nunca lo habría imaginado. No había un solo defecto en todo su cuerpo.

—¿Un qué? —preguntó Billy.

—Su piel era exactamente como la de un niño pequeño.

Hubo un momento de silencio. Billy cogió su taza de té y bebió otro sorbo; después, volvió a dejarla sobre el plato. Esperó a que ella dijera algo más, pero la mujer parecía haber caído en otro de sus largos silencios. Se quedó allí, sentado, mirando frente a él, hacia la esquina más alejada de la habitación, mordiéndose el labio inferior.

—Ese papagayo —dijo él por fin—, ¿sabe usted algo? Me dejó completamente perplejo la primera vez que le vi a través de la ventana. Podría haber jurado que estaba vivo.

—No, ya no lo está.

—Resulta terriblemente inteligente la forma como se ha hecho —dijo—. No parece estar muerto. ¿Quién lo hizo?

—Yo misma.

—¿Usted?

—Desde luego —contestó ella—. ¿Ha visto también a mi pequeño «Basil»?

Indicó con la mirada hacia el pequeño perro tejonero acurrucado cómodamente frente al fuego. Billy lo miró. Y, de repente, se dio cuenta de que el animal se había mantenido durante todo el tiempo tan silencioso y tan inmóvil como el papagayo. Extendió una mano y le tocó suavemente en el lomo. Estaba duro y frío y cuando apartó el pelo con sus dedos, pudo ver la piel debajo, de un color grisáceo, seca, y perfectamente conservada.

—¡Dios mío! —exclamó—. Es absolutamente fascinante.

Apartó la mirada del perro y se quedó mirando con una profunda admiración a la mujer sentada junto a él en el sofá.

—Debe ser terriblemente difícil hacer una cosa así.

—En absoluto —dijo ella—. Diseco a todos mis animales domésticos cuando les llega el momento. ¿Quiere usted tomar otra taza de té?

—No, gracias —contestó Billy.

El té tenía un ligero gusto a almendras amargas y no sentía el menor interés de seguir bebiéndolo.

—Firmó usted en el libro, ¿verdad?

—¡Oh, sí!

—Eso está bien, porque más adelante, si me olvido de cómo se llama usted, siempre puedo comprobarlo en el libro. Eso es lo que hago casi todos los días con míster Mullholland y con míster..., míster...

—Temple —dijo Billy—, Gregory Temple. Permítame una pregunta: ¿no ha tenido ningún otro cliente durante los dos o tres últimos años?

Levantando mucho su taza de té con una mano, e inclinando ligeramente su cabeza hacia la izquierda, ella le miró desde las esquinas de sus ojos y le ofreció otra suave y amable sonrisa.

—No, querido —contestó—. Sólo usted.

El ataúd en el mar - Eddy C. Bertin

A Marc Dolan le agradó Spring Cottage apenas la vio. Aquella casita de campo, recién pintada de blanco, con sus grandes ventanas, parecía estar dibujada en el mismo cielo, ya que estaba edificada sobre una de las dunas más altas. No encontró mucha oposición al regatear con la señora Berens, la propietaria, sobre el alquiler de una de sus mejores habitaciones. 

La temporada turística aún no había empezado, y ella se alegró de haber encontrado un huésped unos meses antes de que comenzara la estación veraniega y llegasen los extranjeros de los países vecinos. 

Marc Dolan sabía que al llegar aquella época, la paz y la tranquilidad se esfumarían: la playa de marfil se vería hollada por millares de sudorosos pies, arrastrándose con dificultad por la ardiente arena como estúpidos cangrejos. 

La playa se cubriría de cuerpos obesos, feos y blancuzcos, el color de las cosas muertas, y el estruendo de los transistores y los chillidos de los niños violarían el silencio que él tanto adoraba. La estación veraniega no había sido hecha para él ya que, como artista, Marc necesitaba desesperadamente descanso y soledad.

Alquiló un taxi para ir a recoger sus maletas, que había dejado en la estación cuando llegó, y luego se instaló en su confortable habitación. Esta se hallaba situada en el primer piso, y su ventana era tan alta y tan ancha como su pared exterior. Un butacón de colosales dimensiones se hallaba frente a dicha ventana, con su alto respaldo vuelto hacia la puerta. 

Durante los primeros instantes, Marc tuvo la impresión de que aquel gigantesco sillón giraría de repente y alguien se levantaría de él diciéndole «hola». La señora Berens le dijo que aquel butacón había estado siempre en el ático, pero que al anterior inquilino le agradaba tanto la espléndida panorámica sobre el mar y la playa, que él mismo trasladó el tosco sillón a su habitación. 

Marc estaba plenamente de acuerdo con el gusto de aquel señor: mirar a través de aquella ventana era como si uno estuviera en las mismas dunas, pisando la blanca arena y la pura espuma de las ondas. Y más allá de aquella espuma abrazándose con el mar, una masa enorme de agua gris, aparentemente sin vida, pero moviéndose con lentitud como bajo la influencia de un laborioso respirar, se veían unos cuantos barquitos de blancas velas triangulares arrastrados hacia el lejano horizonte.

Marc retiró el pesado reloj y los candelabros vacíos que estaban sobre el manto de la chimenea, y colocó en su lugar sus propios libros de pintura. Luego descolgó un grabado del siglo XIX y colgó en aquella pared una copia hecha por él de un cuadro famoso de Turner. Después puso en el armario sus escasas pertenencias. 

Marc no era rico. De vez en cuando, vendía uno o dos de sus cuadros, y había hecho dos exposiciones de su trabajo pictórico, una en Gantes y otra en Bruselas; mas por lo general, la suerte estaba en contra de él. Quizá la culpa la tuviese su propio trabajo, pues sabía que no era lo suficientemente moderno. 

Marc no podía comprender el arte pop, y mucho menos aquella forma de pintar con pies y manos, e incluso con el propio cuerpo, revolcándose primero en pintura fresca y luego sobre el lienzo virgen. A él le agradaba pintar lo que realmente veía, poder mirar después su propia obra y ser capaz de distinguir lo que representaba, y no algo parecido a esas visiones imaginarias propias de una intoxicación de LSD. 

Los resultados de su obstinada búsqueda del estilo antiguo podían condensarse en un baúl lleno de pinturas que no pudo vender. Suaves rostros sombreados, ensoñadoras campiñas en colores de otoño, rugientes tormentas en el mar, lagos de plata a la luz de la luna... Nadie quería nada de eso. Pero él continuaba, con tenacidad de acero, convencido de que algún día reconocerían su talento.

Marc acostumbraba pasar unas semanas junto al mar, en especial durante aquel período comprendido entre el último invierno y la temprana primavera, cuando las costas eran azotadas por vientos tormentosos y los turistas amantes del sol aún continuaban en sus países, temblando de frío junto a sus chimeneas. 

Durante aquel período interestacional, en que el mar era puro y libre y la expectante playa estaba llena de esperanzas, Marc se encontraba en condiciones de captar la pureza que tanto amaba reproducir en sus lienzos.

El primer día no hizo nada en especial. Se limitó a dar un corto paseo por las dunas, con los ojos semicerrados para evitar aquella arena que un viento juguetón levantaba del suelo. Cuando el crepúsculo estrechaba entre sus brazos la hermosa playa, se dirigió al pueblo más cercano y compró algunas bebidas, pero regresó de inmediato a casa, a través de las desiertas calles.

En aquella época del año, casi todas las tiendas aún estaban cerradas, y sólo permanecían abiertos dos o tres cafés. Una vez en su habitación, encendió el fuego en la chimenea, y luego escogió un libro, para leer en la cama, de su autor favorito: Edgar Allan Poe. Al fin se decidió por El cuervo

A la mañana siguiente, cogió sus elementos de trabajo, se sentó en el colosal butacón y se puso a contemplar el mar. Había una atmósfera muy especial de serenidad en aquella masa acuosa y gris, que Marc dejó penetrar hasta el fondo de su alma. Se relajó total y completamente, por primera vez durante tantos meses permitiendo que la paz y la calma entrasen a través de los poros en su piel, como si fuera el primer calorcillo de una temprana mañana de sol, que aún conservara algo de la frialdad de la noche anterior. 

No pintó nada aquel día, y se limitó a descansar, buscando el ambiente adecuado. A la mañana siguiente, fue a dar un paseo por la playa, antes de que saliera el sol, saboreando el escalofrío de la noche sobre sus mejillas y el aguijón de una fría brisa en sus ojos, mientras sus pies iban dejando huellas sobre la arena mojada de la orilla. Después de cenar, volvió a sentarse en el colosal butacón, y dejó que la profunda calma de la noche rodara sobre él en perezosas ondas de silencio.

Llevaba viviendo más de una semana en aquella casita de campo, cuando tuvo una pesadilla por primera vez. Esa noche, no vio nada de excepcional en su sueño. Había comido más bien tarde, y en su soledad había bebido una botella entera de vino barato pero pesado. Por ello no era nada extraño que sintiera deseos de irse a la cama antes de lo acostumbrado. 

Pero le costó mucho dormirse, ya que la cama parecía moverse de un lado a otro, como un barco durante una tormenta. La parte del lecho en que reposaban sus pies se levantaba cada vez más, y entonces, de repente, hacía un movimiento lateral, como si hubiera alcanzado la cresta de una gigantesca ola, para luego descender cada vez más bajo, cada vez con más rapidez. 

Se agarró firmemente con ambas manos a los lados de la pequeña cama, pero la impresión de estar a bordo de un yate pequeño era continua. Un espantoso viento empezó a rugir en sus oídos, con agudo y doloroso silbido, y a continuación sintió la espuma mojándole la cara. Su boca estaba ardiente, y en sus labios sintió el sabor de la sal del mar. Estaba sediento, muy sediento. 

El continuo balanceo, subidas y bajadas del barco le hizo sentirse mal, y su estómago empezó a removerse, pero no podía vomitar. Había una obscuridad absoluta, pero algunas veces tenía la impresión de ver el pequeño centelleo de una estrella lejana, muy por encima de él, antes de que una nueva ola cayese sobre él, dejándolo como un abrigo mojado y viscoso.

Con un movimiento instintivo, extendió sus manos para detener la siguiente ola, pero se topó con algo situado a unos cinco centímetros por encima de él. Una cosa dura y firme. Sus dedos palparon aquella dura superficie a ambos lados, y de repente encontró allí un obstáculo, que no podía mover. 

Trató de levantarse, mas de inmediato se dio un porrazo en la cabeza. Pero, por todos los santos, ¿dónde se encontraba? De repente se dio cuenta de que aquélla no era su cama en la que estaba acostado, y con esta impresión se despertó al fin. 

La habitación estaba a oscuras, y fuera rugía espantosamente un viento huracanado. La cama aún hizo unos movimientos desagradables, y se sintió muy enfermo, pero al final pudo moverse otra vez con libertad. 

El resto de aquella noche estuvo exento de sueños, pero por la mañana, al despertar, sintió un horrible dolor de cabeza que no pudo aliviar, a pesar de haber tomado varias aspirinas. Aquel día fue incapaz de sostener un pincel, pero se hizo la firme resolución de empezar a pintar al día siguiente.

Por la tarde, se acomodó en el sillón, y se puso a contemplar el mar con ojos soñolientos. Qué serena parecía, como una mujer dormida, infinitamente serena y pacífica, y, no obstante, plena de vida oculta. Una gaviota pasó por encima de él, semejante a un pequeño aeroplano blanco, dejando a su paso su solitario grito. 

Allá a lo lejos, en el horizonte, había un barco pequeño, tan pequeño que parecía que podía cogerse entre dos dedos. Qué hermoso sería sentarse allí y dejar que la vida pasara, como una lejana y neblinosa nube de lluvia; ser uno con el reposo y la paz, parte de aquella trinidad de playa, mar y cielo.

Sin darse cuenta, el sueño se apoderó de él, y el mar lo envolvió con sus olas tormentosas, acunándolo en su espantoso movimiento. Pero ante su sorpresa, ahora sabía que aquello no era real, que era parte de una pesadilla. Sabía que estaba soñando, con una certeza absoluta, pero ni siquiera intentó despertarse. 

Se sintió curioso y extrañamente indiferente al mismo tiempo, como si aquello no le afectase. Sin embargo, tenía una impresión de seguridad, sabiendo que todo era irreal, que podía despertarse en cualquier momento que desease. No era más que un mero espectador en todo aquello: ¿por qué, pues, no iba a contemplarlo todo?

Pero Marc no yacía con comodidad; debajo de él sentía frío y una gran humedad, y le dolían los hombros. Trató de frotarlos y moverse luego. Había suficiente espacio a su derecha e izquierda, pero no el suficiente como para girar, ni para llevarse las manos a la cara. Aquel movimiento oscilatorio casi le ponía enfermo, aunque empezó a acostumbrarse a él. ¡Si al menos supiera sobre qué estaba acostado...!

Entonces, de repente, llegó a saberlo. Todas las paredes alrededor suyo eran de madera, ¿acaso no lo eran? Ello explicaba su imposibilidad de moverse más de unos centímetros a su izquierda y derecha. Luego había aquella espantosa obscuridad. 

Estaba en un ataúd. 

Estaba muerto y encerrado en un ataúd, en algún sitio de un barco o flotando en el mar. El espanto y el shock le hicieron abrir los ojos, volviendo de nuevo al sillón donde se había sentado, poniéndose a contemplar aquel mar gris y aquella serena playa que las sombras de la noche iban cubriendo poco a poco.

Aquella tarde, a la luz de la lámpara de su habitación, hizo algunos bosquejos, pero ninguno le agradó, por lo que los tiró a la papelera y, descontento consigo mismo, decidió irse a la cama. De un modo inevitable, la maldita pesadilla acudió a él apenas hubo cerrado los ojos, pero ya se había acostumbrado a ella y no sentía ningún espanto. 

Después de todo, sabía que estaba soñando, y que podía despertarse en cualquier momento que lo deseara. Pero no quería despertarse, aún no. Trató de pensar con lógica. Una situación realmente fantástica, saber que uno se halla en medio de un sueño y tratar de razonar sobre el mismo. 

El ataúd en el que estaba encerrado no podía estar en un barco, ya que no se oía ningún ruido, excepto el ulular del viento. Además, daba espantosos tumbos, cosa que no sucedería si estuviera en un lugar seguro en un barco. De modo que la única solución era que iba a la deriva en el mar. 

No sentía ningún dolor bajo los efectos de aquellos tumbos, aunque su cabeza chocó más de una vez contra las paredes de madera. Pero, después de todo, ¿cómo iba a sentir dolor estando en un sueño? Sentía una impresión serena de seguridad, como si en el ataúd se encontrase igual que en casa, balanceado con suavidad por las ondas del mar.

La vida y la realidad parecían estar desprovistas de todo estorbo, de cualquier molestia, y se hallaba a placer en esta situación. En un momento determinado, pensó: «Ahora debo realmente despertarme», y entonces el sueño se alejaba de él como una neblina, para ser sustituida por la plena luz del día que le bañaba en una hermosa y radiante claridad.

Al fin se decidió a pintar. Necesitó una mañana entera para lograr los colores exactos que buscaba, y a mediados de la tarde empezó a trazar en el lienzo los primeros y confusos trazos. Pero, sin poder evitarlo, su mirada se dirigía furtivamente hacia el exterior, al mar. 

Su enorme masa gris le producía un sentimiento fútil e impotente: ¿por qué estaba tratando de crear algo allí, cuando sólo necesitaba sentarse en aquel gran sillón e intentar comprender lo que en realidad deseaba plasmar en el lienzo? Pero todo era en vano. Marc sabía que nunca lograría pintar lo que en el fondo de su alma ansiaba, y que lo único que podía hacer era intentarlo. Con una tenacidad férrea, continuó pintando, pero su mente se hallaba lejos, muy lejos en el mar, concentrada en aquel mecedor ataúd.

Las fantasías de su pesadilla fueron interrumpidas por unos golpes en su puerta; era la señora Berens, que venía a decirle que el café estaba listo. Entró en la habitación, y cuando vio lo que Marc había pintado, exclamó sorprendida:

—¡Ah!, no me dijo que conocía usted a mister Morgan.

—¿Quién? —respondió Marc, sin comprender lo que la señora decía.

Luego siguió la mirada de la señora Berens hacia su lienzo, y a su mano, que aún sostía el pincel. En el fondo gris brillante del cuadro, ahora había un rostro, trazado de prisa, siguiendo aquellas líneas fuertes que él siempre utilizaba; el rostro de un hombre de mediana edad, con una pequeña barba, ojos fríos y afilados, y un cráneo casi calvo. Era el rostro de una persona completamente extraña para él.

—¿Quién? ¿A quién dice usted que conozco? —volvió a preguntar Marc a la señora Berens.

—Pues a mister Morgan, a Charles Morgan —respondió la señora Berens—. El hombre cuyo rostro ha pintado usted en el lienzo, ahí. Seguramente usted sabrá que fue el ocupante de esta habitación antes que usted. ¿No es así?

—Pero..., pero... bueno, quiero decir..., yo sé que... —balbuceó Marc.

—Sin duda alguna tiene que ser usted un admirador de su obra —continuó la señora Berens su interrumpido monólogo—, al haber venido especialmente aquí, a trabajar donde él lo hizo. Oh, no puede usted negarlo, míster Dolan, pues sé muy bien cuán sensibles son los artistas, y cómo gustan de buscar el adecuado ambiente para su labor pictórica. 

Mister Charles Morgan era también así. Siempre se sentaba aquí, en ese enorme sillón, contemplando el mar. Algunas veces sólo pintaba un cuadro durante varios meses, y siempre era sobre el mar. Solía decir que sólo aquí uno podría sentirse realmente uno con el mar, que esta casita de campo parecía haber sido construida en un foco de mar, y que aquí se sentía realmente libre y en paz.

Mientras tomaba el café, la señora Berens le contó más cosas sobre el anterior huésped de aquella habitación, cuyo rostro Marc había pintado durante el sueño que tuvo en el día, y al que ahora recordaba. Un pintor de aquella época, de cierto renombre, especializado en pinturas marinas, y que había desaparecido de repente para la gente, ya que la pintura moderna tendía al arte pop. La señora Berens le contó que había vivido allí durante varios años, antes de que mister Morgan decidiera emprender un largo viaje.

Marc se fue a la cama con cierta impresión misteriosa. Un ataúd en sus sueños, el rostro de un extraño en su lienzo. ¿Cuál era la causa de todo aquel misterio?..., si es que había uno.

Como siempre, la pesadilla volvió, pero el ambiente había cambiado; había una sensación espantosa de inquietud en él. Parecía como si la paz hubiera absorbido todo, deseando algo a cambio; había algo de famélico alrededor suyo, como si tuviera algo que el sueño apetecía y deseara de él, y se despertó con el rostro bañado del sudor del miedo. Cuando se levantó, sus pies parecían de hielo, y además estaban mojados. 

Su cama también estaba húmeda, como asimismo parte del suelo. Mojó el dedo en aquel líquido y lo paladeó. Era sal. Pero recibió la impresión más grande cuando encendió la luz y contempló sus pinturas. El fondo de las mismas había sido alterado; había algo en aquel color gris que él pintara, una indescriptible sensación de movimiento, de grandes olas encrespadas, y una aureola de amenaza, todo ello conseguido con unos cuantos trazos de hábil pincel. 

Y en aquel monótono gris, había sido dibujada una caja rectangular con fuertes líneas blancas. No había ninguna cruz en aquella caja, ni cerradura alguna en sus lados; sólo el horrible significado de lo que representaba: un ataúd. Marc puso un papel sobre la pintura, de forma que no pudiera verla.

¿Qué cosas tan extrañas eran aquéllas? ¿Qué era lo que allí estaba ocurriendo? Seguramente habría empezado a padecer de sonambulismo; no había otra explicación, aunque él nunca en su vida había tenido esa enfermedad nerviosa. Iría a ver al médico, y le pediría un somnífero lo bastante fuerte como para no volver a padecer la espantosa pesadilla. No tenía más remedio que obrar así, no podía seguir de aquella forma. Pero no iría aquel día a ver al médico, pues no se encontraba en condiciones para ello. Quizá iría mañana.

Fue a dar un corto paseo por la playa, y por la tarde volvió a sentarse en el colosal sillón, incapaz de trabajar. La musa no acudía a su mente, y en un arranque de desesperación tiró sus pinceles y pinturas a un rincón. Una indescriptible sensación de peligro flotaba en el aire; la playa parecía extraña y ajena a él. 

Su pensamiento voló otra vez al ataúd que flotaba en el mar, al rostro extraño que había pintado, el cual, sin duda alguna, había sido hecho por otra persona. ¿Qué era lo que le sucedía? No podía concentrarse en nada, su mente no hacía más que interrogarse constantemente a sí misma. 

Tan pronto como empezó a razonar sobre aquel extraño suceso, una enorme rueda comenzó a girar en algún sitio de su cerebro, desgarrando sus pensamientos y convirtiéndolos en un espantoso caos. Y siempre estaba el mar, delante de sus ojos, gris e infinito, y en cierto modo llamándole, como si el mundo se detuviera para existir sólo allí; nada más que el mar, y la blanca y virgen arena de la playa, donde sólo sus pies habían dejado huellas, enseguida borradas por el poderoso viento. 

El silencio de aquella tarde le ahogaba, y luego dio paso al silencio de la noche; pero a pesar de todo, volvió a sentarse en el colosal sillón, luchando contra el caos existente en su mente. Una tormenta se estaba acercando, el viento se hizo más fuerte, y negras nubes empezaban a obscurecer el cielo de aquella noche. En la lontananza, los relámpagos arrojaban su fuego a través del plomizo cielo.

—...Y ha dibujado el rostro de mister Morgan —le decía la señora Berens a uno de sus pocos amigos, que había venido a hacerle una breve visita y a tomar una taza de café con ella—, ya sabe usted a quién me refiero, aquel pintor que estuvo viviendo aquí hasta el año pasado, aquel del que tanto le hablé a usted, que amaba tanto el mar, y que nunca quería ver a nadie.

—Sí, recuerdo que usted me hablaba mucho de él; nunca le vi, pues jamás quería salir de su habitación, ¿no es así? Era un hombre muy sensible. ¿Qué le ocurrió? ¿Se ahogó?

—No, no exactamente. Adoraba el mar, pero nunca se acercaba a él, sentía cierta aprensión a ello. Siempre decía que el mar quería apoderarse de él, y por ello prefería contemplarlo desde su sillón, a través de la ventana. Ni siquiera fue nunca a dar un paseo por la playa o por las dunas. Tiempo después fue a una gran exposición de pinturas en una famosa galería de arte de Londres, y allí murió de un modo repentino.

—Pero yo creía que...

—Pero nunca fue sepultado. Trajeron su cuerpo a este lugar en un barco pequeño, pero se desató una imprevista tormenta y nunca llegó a nuestro puerto. Estuvieron buscando restos del naufragio, pero ni siquiera encontraron un pedazo de madera de su ataúd...

En aquellos instantes, la lluvia azotaba los cristales de las ventanas y ocultaba todo bajo una espesa cortina de agua. El mar era un animal desencadenado, una gigantesca ameba hambrienta, con largos tentáculos de espuma. Los relámpagos formaban lenguas de fuego en la ardiente obscuridad. 

Se acabó la paz, la tranquilidad, todo; Marc estaba en el infierno, un infierno de gritos y de movimiento, que se balanceaba y subía, cada vez que venía una ola, arriba y abajo, cayendo, deslizándose, sumergiéndose. La habitación, el sillón, la ventana, todo había desaparecido como sombras de las fantasías de un sueño. 

Para Marc, la única realidad era aquella dura madera encima y debajo de él, el estruendo de las olas al chocar contra los lados del ataúd, el crujido de la torturada madera, el ulular del viento en el exterior, el desenfrenado tumulto del mar enloquecido. Y en medio de aquellos horrendos ruidos, había algo más, algo que desgarró sus oídos cual afiladas y sangrientas garras, algo que pronunciaba su nombre, pidiendo algo para sí, clamando algo de él.

Instintivamente, luchó contra aquel algo misterioso, pero su resistencia fue débil. Una vez que la tormenta hubiera pasado, volvería de nuevo la paz y la calma, pensó Marc; pero los gritos seguían, desgarrando su mente con la caótica y férrea rueda de recuerdos fragmentarios de sueños y realidad. «Quiero despertarme —gritó—. ¡Dios mío, debo despertarme. ¡¡¡Debo despertarme!!!»

Pero no se despertó, no podía despertarse; allí estaban las despiadadas paredes del ataúd, y ese algo desconocido y amenazador, que se sobreponía a su mente, arrancándole cuerpo y pensamiento.

Entonces dejó de luchar, y sintió que su mente y su cuerpo fluían, como si sólo fueran protoplasma, sumergiéndose en el mar, y al mismo tiempo que sentía un sabor de sal húmeda en la boca, llegó un prolongado y obscuro reposo, y, por fin, la paz, una paz absoluta...

—¿Qué es ESTO? —gritó la señora Berens. Algo cayó del techo, dejando unas manchas verduscas y húmedas sobre el mantel de su mesa. Había un penetrante olor de mar en la habitación, y cayeron gotas de arriba, a través de las pequeñas grietas del techo—. ¿Pero qué está haciendo ese hombre allá arriba, en su habitación? —exclamó la señora Berens.

Sorprendida y muy enojada, subió de prisa las escaleras, seguida de su amigo. Al llegar a la habitación de su huésped, la señora Berens dudó un poco, pues no se oía el menor ruido dentro de la estancia de Marc, y nadie contestó a sus llamadas. 

Luego abrió la puerta con resolución, y se vio mojada por una ola de aire salino. Sus preciosas paredes pintadas, el suelo, los muebles, incluso el techo, toda la habitación estaba humedecida de agua de mar. Pequeños fragmentos de alga colgaban de las lámparas y de los cuadros en las paredes, y unos cangrejos se escabulleron deslizándose por el suelo. Un pescado solitario agonizaba dando sus últimas convulsiones, con sus rojas agallas cual sangrientas bocas desdentadas. Al pintor no se le veía por ningún lado, pero el alto sillón estaba ligeramente inclinado.

—Pero bueno, ¿es que se ha propuesto usted...? —empezó a decir la señora Berens, mientras se dirigía hacia el sillón.

Mas no pudo acabar la frase, porque entonces vio AQUELLO que estaba sentado en el sillón, contemplando el mar tormentoso con una vaga sonrisa en lo que había quedado de su rostro. No pudo reconocer sus facciones, ya que no quedaba lo suficiente de ellas, pero antes de caer al suelo sin conocimiento, la señora Berens identificó el gran anillo de oro en una de las manos del esqueleto, con las iniciales «C M» grabadas en él.

Charles Morgan había hecho un viaje muy largo, pero al fin había encontrado el camino de regreso a casa.