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El ataúd en el mar - Eddy C. Bertin

A Marc Dolan le agradó Spring Cottage apenas la vio. Aquella casita de campo, recién pintada de blanco, con sus grandes ventanas, parecía estar dibujada en el mismo cielo, ya que estaba edificada sobre una de las dunas más altas. No encontró mucha oposición al regatear con la señora Berens, la propietaria, sobre el alquiler de una de sus mejores habitaciones. 

La temporada turística aún no había empezado, y ella se alegró de haber encontrado un huésped unos meses antes de que comenzara la estación veraniega y llegasen los extranjeros de los países vecinos. 

Marc Dolan sabía que al llegar aquella época, la paz y la tranquilidad se esfumarían: la playa de marfil se vería hollada por millares de sudorosos pies, arrastrándose con dificultad por la ardiente arena como estúpidos cangrejos. 

La playa se cubriría de cuerpos obesos, feos y blancuzcos, el color de las cosas muertas, y el estruendo de los transistores y los chillidos de los niños violarían el silencio que él tanto adoraba. La estación veraniega no había sido hecha para él ya que, como artista, Marc necesitaba desesperadamente descanso y soledad.

Alquiló un taxi para ir a recoger sus maletas, que había dejado en la estación cuando llegó, y luego se instaló en su confortable habitación. Esta se hallaba situada en el primer piso, y su ventana era tan alta y tan ancha como su pared exterior. Un butacón de colosales dimensiones se hallaba frente a dicha ventana, con su alto respaldo vuelto hacia la puerta. 

Durante los primeros instantes, Marc tuvo la impresión de que aquel gigantesco sillón giraría de repente y alguien se levantaría de él diciéndole «hola». La señora Berens le dijo que aquel butacón había estado siempre en el ático, pero que al anterior inquilino le agradaba tanto la espléndida panorámica sobre el mar y la playa, que él mismo trasladó el tosco sillón a su habitación. 

Marc estaba plenamente de acuerdo con el gusto de aquel señor: mirar a través de aquella ventana era como si uno estuviera en las mismas dunas, pisando la blanca arena y la pura espuma de las ondas. Y más allá de aquella espuma abrazándose con el mar, una masa enorme de agua gris, aparentemente sin vida, pero moviéndose con lentitud como bajo la influencia de un laborioso respirar, se veían unos cuantos barquitos de blancas velas triangulares arrastrados hacia el lejano horizonte.

Marc retiró el pesado reloj y los candelabros vacíos que estaban sobre el manto de la chimenea, y colocó en su lugar sus propios libros de pintura. Luego descolgó un grabado del siglo XIX y colgó en aquella pared una copia hecha por él de un cuadro famoso de Turner. Después puso en el armario sus escasas pertenencias. 

Marc no era rico. De vez en cuando, vendía uno o dos de sus cuadros, y había hecho dos exposiciones de su trabajo pictórico, una en Gantes y otra en Bruselas; mas por lo general, la suerte estaba en contra de él. Quizá la culpa la tuviese su propio trabajo, pues sabía que no era lo suficientemente moderno. 

Marc no podía comprender el arte pop, y mucho menos aquella forma de pintar con pies y manos, e incluso con el propio cuerpo, revolcándose primero en pintura fresca y luego sobre el lienzo virgen. A él le agradaba pintar lo que realmente veía, poder mirar después su propia obra y ser capaz de distinguir lo que representaba, y no algo parecido a esas visiones imaginarias propias de una intoxicación de LSD. 

Los resultados de su obstinada búsqueda del estilo antiguo podían condensarse en un baúl lleno de pinturas que no pudo vender. Suaves rostros sombreados, ensoñadoras campiñas en colores de otoño, rugientes tormentas en el mar, lagos de plata a la luz de la luna... Nadie quería nada de eso. Pero él continuaba, con tenacidad de acero, convencido de que algún día reconocerían su talento.

Marc acostumbraba pasar unas semanas junto al mar, en especial durante aquel período comprendido entre el último invierno y la temprana primavera, cuando las costas eran azotadas por vientos tormentosos y los turistas amantes del sol aún continuaban en sus países, temblando de frío junto a sus chimeneas. 

Durante aquel período interestacional, en que el mar era puro y libre y la expectante playa estaba llena de esperanzas, Marc se encontraba en condiciones de captar la pureza que tanto amaba reproducir en sus lienzos.

El primer día no hizo nada en especial. Se limitó a dar un corto paseo por las dunas, con los ojos semicerrados para evitar aquella arena que un viento juguetón levantaba del suelo. Cuando el crepúsculo estrechaba entre sus brazos la hermosa playa, se dirigió al pueblo más cercano y compró algunas bebidas, pero regresó de inmediato a casa, a través de las desiertas calles.

En aquella época del año, casi todas las tiendas aún estaban cerradas, y sólo permanecían abiertos dos o tres cafés. Una vez en su habitación, encendió el fuego en la chimenea, y luego escogió un libro, para leer en la cama, de su autor favorito: Edgar Allan Poe. Al fin se decidió por El cuervo

A la mañana siguiente, cogió sus elementos de trabajo, se sentó en el colosal butacón y se puso a contemplar el mar. Había una atmósfera muy especial de serenidad en aquella masa acuosa y gris, que Marc dejó penetrar hasta el fondo de su alma. Se relajó total y completamente, por primera vez durante tantos meses permitiendo que la paz y la calma entrasen a través de los poros en su piel, como si fuera el primer calorcillo de una temprana mañana de sol, que aún conservara algo de la frialdad de la noche anterior. 

No pintó nada aquel día, y se limitó a descansar, buscando el ambiente adecuado. A la mañana siguiente, fue a dar un paseo por la playa, antes de que saliera el sol, saboreando el escalofrío de la noche sobre sus mejillas y el aguijón de una fría brisa en sus ojos, mientras sus pies iban dejando huellas sobre la arena mojada de la orilla. Después de cenar, volvió a sentarse en el colosal butacón, y dejó que la profunda calma de la noche rodara sobre él en perezosas ondas de silencio.

Llevaba viviendo más de una semana en aquella casita de campo, cuando tuvo una pesadilla por primera vez. Esa noche, no vio nada de excepcional en su sueño. Había comido más bien tarde, y en su soledad había bebido una botella entera de vino barato pero pesado. Por ello no era nada extraño que sintiera deseos de irse a la cama antes de lo acostumbrado. 

Pero le costó mucho dormirse, ya que la cama parecía moverse de un lado a otro, como un barco durante una tormenta. La parte del lecho en que reposaban sus pies se levantaba cada vez más, y entonces, de repente, hacía un movimiento lateral, como si hubiera alcanzado la cresta de una gigantesca ola, para luego descender cada vez más bajo, cada vez con más rapidez. 

Se agarró firmemente con ambas manos a los lados de la pequeña cama, pero la impresión de estar a bordo de un yate pequeño era continua. Un espantoso viento empezó a rugir en sus oídos, con agudo y doloroso silbido, y a continuación sintió la espuma mojándole la cara. Su boca estaba ardiente, y en sus labios sintió el sabor de la sal del mar. Estaba sediento, muy sediento. 

El continuo balanceo, subidas y bajadas del barco le hizo sentirse mal, y su estómago empezó a removerse, pero no podía vomitar. Había una obscuridad absoluta, pero algunas veces tenía la impresión de ver el pequeño centelleo de una estrella lejana, muy por encima de él, antes de que una nueva ola cayese sobre él, dejándolo como un abrigo mojado y viscoso.

Con un movimiento instintivo, extendió sus manos para detener la siguiente ola, pero se topó con algo situado a unos cinco centímetros por encima de él. Una cosa dura y firme. Sus dedos palparon aquella dura superficie a ambos lados, y de repente encontró allí un obstáculo, que no podía mover. 

Trató de levantarse, mas de inmediato se dio un porrazo en la cabeza. Pero, por todos los santos, ¿dónde se encontraba? De repente se dio cuenta de que aquélla no era su cama en la que estaba acostado, y con esta impresión se despertó al fin. 

La habitación estaba a oscuras, y fuera rugía espantosamente un viento huracanado. La cama aún hizo unos movimientos desagradables, y se sintió muy enfermo, pero al final pudo moverse otra vez con libertad. 

El resto de aquella noche estuvo exento de sueños, pero por la mañana, al despertar, sintió un horrible dolor de cabeza que no pudo aliviar, a pesar de haber tomado varias aspirinas. Aquel día fue incapaz de sostener un pincel, pero se hizo la firme resolución de empezar a pintar al día siguiente.

Por la tarde, se acomodó en el sillón, y se puso a contemplar el mar con ojos soñolientos. Qué serena parecía, como una mujer dormida, infinitamente serena y pacífica, y, no obstante, plena de vida oculta. Una gaviota pasó por encima de él, semejante a un pequeño aeroplano blanco, dejando a su paso su solitario grito. 

Allá a lo lejos, en el horizonte, había un barco pequeño, tan pequeño que parecía que podía cogerse entre dos dedos. Qué hermoso sería sentarse allí y dejar que la vida pasara, como una lejana y neblinosa nube de lluvia; ser uno con el reposo y la paz, parte de aquella trinidad de playa, mar y cielo.

Sin darse cuenta, el sueño se apoderó de él, y el mar lo envolvió con sus olas tormentosas, acunándolo en su espantoso movimiento. Pero ante su sorpresa, ahora sabía que aquello no era real, que era parte de una pesadilla. Sabía que estaba soñando, con una certeza absoluta, pero ni siquiera intentó despertarse. 

Se sintió curioso y extrañamente indiferente al mismo tiempo, como si aquello no le afectase. Sin embargo, tenía una impresión de seguridad, sabiendo que todo era irreal, que podía despertarse en cualquier momento que desease. No era más que un mero espectador en todo aquello: ¿por qué, pues, no iba a contemplarlo todo?

Pero Marc no yacía con comodidad; debajo de él sentía frío y una gran humedad, y le dolían los hombros. Trató de frotarlos y moverse luego. Había suficiente espacio a su derecha e izquierda, pero no el suficiente como para girar, ni para llevarse las manos a la cara. Aquel movimiento oscilatorio casi le ponía enfermo, aunque empezó a acostumbrarse a él. ¡Si al menos supiera sobre qué estaba acostado...!

Entonces, de repente, llegó a saberlo. Todas las paredes alrededor suyo eran de madera, ¿acaso no lo eran? Ello explicaba su imposibilidad de moverse más de unos centímetros a su izquierda y derecha. Luego había aquella espantosa obscuridad. 

Estaba en un ataúd. 

Estaba muerto y encerrado en un ataúd, en algún sitio de un barco o flotando en el mar. El espanto y el shock le hicieron abrir los ojos, volviendo de nuevo al sillón donde se había sentado, poniéndose a contemplar aquel mar gris y aquella serena playa que las sombras de la noche iban cubriendo poco a poco.

Aquella tarde, a la luz de la lámpara de su habitación, hizo algunos bosquejos, pero ninguno le agradó, por lo que los tiró a la papelera y, descontento consigo mismo, decidió irse a la cama. De un modo inevitable, la maldita pesadilla acudió a él apenas hubo cerrado los ojos, pero ya se había acostumbrado a ella y no sentía ningún espanto. 

Después de todo, sabía que estaba soñando, y que podía despertarse en cualquier momento que lo deseara. Pero no quería despertarse, aún no. Trató de pensar con lógica. Una situación realmente fantástica, saber que uno se halla en medio de un sueño y tratar de razonar sobre el mismo. 

El ataúd en el que estaba encerrado no podía estar en un barco, ya que no se oía ningún ruido, excepto el ulular del viento. Además, daba espantosos tumbos, cosa que no sucedería si estuviera en un lugar seguro en un barco. De modo que la única solución era que iba a la deriva en el mar. 

No sentía ningún dolor bajo los efectos de aquellos tumbos, aunque su cabeza chocó más de una vez contra las paredes de madera. Pero, después de todo, ¿cómo iba a sentir dolor estando en un sueño? Sentía una impresión serena de seguridad, como si en el ataúd se encontrase igual que en casa, balanceado con suavidad por las ondas del mar.

La vida y la realidad parecían estar desprovistas de todo estorbo, de cualquier molestia, y se hallaba a placer en esta situación. En un momento determinado, pensó: «Ahora debo realmente despertarme», y entonces el sueño se alejaba de él como una neblina, para ser sustituida por la plena luz del día que le bañaba en una hermosa y radiante claridad.

Al fin se decidió a pintar. Necesitó una mañana entera para lograr los colores exactos que buscaba, y a mediados de la tarde empezó a trazar en el lienzo los primeros y confusos trazos. Pero, sin poder evitarlo, su mirada se dirigía furtivamente hacia el exterior, al mar. 

Su enorme masa gris le producía un sentimiento fútil e impotente: ¿por qué estaba tratando de crear algo allí, cuando sólo necesitaba sentarse en aquel gran sillón e intentar comprender lo que en realidad deseaba plasmar en el lienzo? Pero todo era en vano. Marc sabía que nunca lograría pintar lo que en el fondo de su alma ansiaba, y que lo único que podía hacer era intentarlo. Con una tenacidad férrea, continuó pintando, pero su mente se hallaba lejos, muy lejos en el mar, concentrada en aquel mecedor ataúd.

Las fantasías de su pesadilla fueron interrumpidas por unos golpes en su puerta; era la señora Berens, que venía a decirle que el café estaba listo. Entró en la habitación, y cuando vio lo que Marc había pintado, exclamó sorprendida:

—¡Ah!, no me dijo que conocía usted a mister Morgan.

—¿Quién? —respondió Marc, sin comprender lo que la señora decía.

Luego siguió la mirada de la señora Berens hacia su lienzo, y a su mano, que aún sostía el pincel. En el fondo gris brillante del cuadro, ahora había un rostro, trazado de prisa, siguiendo aquellas líneas fuertes que él siempre utilizaba; el rostro de un hombre de mediana edad, con una pequeña barba, ojos fríos y afilados, y un cráneo casi calvo. Era el rostro de una persona completamente extraña para él.

—¿Quién? ¿A quién dice usted que conozco? —volvió a preguntar Marc a la señora Berens.

—Pues a mister Morgan, a Charles Morgan —respondió la señora Berens—. El hombre cuyo rostro ha pintado usted en el lienzo, ahí. Seguramente usted sabrá que fue el ocupante de esta habitación antes que usted. ¿No es así?

—Pero..., pero... bueno, quiero decir..., yo sé que... —balbuceó Marc.

—Sin duda alguna tiene que ser usted un admirador de su obra —continuó la señora Berens su interrumpido monólogo—, al haber venido especialmente aquí, a trabajar donde él lo hizo. Oh, no puede usted negarlo, míster Dolan, pues sé muy bien cuán sensibles son los artistas, y cómo gustan de buscar el adecuado ambiente para su labor pictórica. 

Mister Charles Morgan era también así. Siempre se sentaba aquí, en ese enorme sillón, contemplando el mar. Algunas veces sólo pintaba un cuadro durante varios meses, y siempre era sobre el mar. Solía decir que sólo aquí uno podría sentirse realmente uno con el mar, que esta casita de campo parecía haber sido construida en un foco de mar, y que aquí se sentía realmente libre y en paz.

Mientras tomaba el café, la señora Berens le contó más cosas sobre el anterior huésped de aquella habitación, cuyo rostro Marc había pintado durante el sueño que tuvo en el día, y al que ahora recordaba. Un pintor de aquella época, de cierto renombre, especializado en pinturas marinas, y que había desaparecido de repente para la gente, ya que la pintura moderna tendía al arte pop. La señora Berens le contó que había vivido allí durante varios años, antes de que mister Morgan decidiera emprender un largo viaje.

Marc se fue a la cama con cierta impresión misteriosa. Un ataúd en sus sueños, el rostro de un extraño en su lienzo. ¿Cuál era la causa de todo aquel misterio?..., si es que había uno.

Como siempre, la pesadilla volvió, pero el ambiente había cambiado; había una sensación espantosa de inquietud en él. Parecía como si la paz hubiera absorbido todo, deseando algo a cambio; había algo de famélico alrededor suyo, como si tuviera algo que el sueño apetecía y deseara de él, y se despertó con el rostro bañado del sudor del miedo. Cuando se levantó, sus pies parecían de hielo, y además estaban mojados. 

Su cama también estaba húmeda, como asimismo parte del suelo. Mojó el dedo en aquel líquido y lo paladeó. Era sal. Pero recibió la impresión más grande cuando encendió la luz y contempló sus pinturas. El fondo de las mismas había sido alterado; había algo en aquel color gris que él pintara, una indescriptible sensación de movimiento, de grandes olas encrespadas, y una aureola de amenaza, todo ello conseguido con unos cuantos trazos de hábil pincel. 

Y en aquel monótono gris, había sido dibujada una caja rectangular con fuertes líneas blancas. No había ninguna cruz en aquella caja, ni cerradura alguna en sus lados; sólo el horrible significado de lo que representaba: un ataúd. Marc puso un papel sobre la pintura, de forma que no pudiera verla.

¿Qué cosas tan extrañas eran aquéllas? ¿Qué era lo que allí estaba ocurriendo? Seguramente habría empezado a padecer de sonambulismo; no había otra explicación, aunque él nunca en su vida había tenido esa enfermedad nerviosa. Iría a ver al médico, y le pediría un somnífero lo bastante fuerte como para no volver a padecer la espantosa pesadilla. No tenía más remedio que obrar así, no podía seguir de aquella forma. Pero no iría aquel día a ver al médico, pues no se encontraba en condiciones para ello. Quizá iría mañana.

Fue a dar un corto paseo por la playa, y por la tarde volvió a sentarse en el colosal sillón, incapaz de trabajar. La musa no acudía a su mente, y en un arranque de desesperación tiró sus pinceles y pinturas a un rincón. Una indescriptible sensación de peligro flotaba en el aire; la playa parecía extraña y ajena a él. 

Su pensamiento voló otra vez al ataúd que flotaba en el mar, al rostro extraño que había pintado, el cual, sin duda alguna, había sido hecho por otra persona. ¿Qué era lo que le sucedía? No podía concentrarse en nada, su mente no hacía más que interrogarse constantemente a sí misma. 

Tan pronto como empezó a razonar sobre aquel extraño suceso, una enorme rueda comenzó a girar en algún sitio de su cerebro, desgarrando sus pensamientos y convirtiéndolos en un espantoso caos. Y siempre estaba el mar, delante de sus ojos, gris e infinito, y en cierto modo llamándole, como si el mundo se detuviera para existir sólo allí; nada más que el mar, y la blanca y virgen arena de la playa, donde sólo sus pies habían dejado huellas, enseguida borradas por el poderoso viento. 

El silencio de aquella tarde le ahogaba, y luego dio paso al silencio de la noche; pero a pesar de todo, volvió a sentarse en el colosal sillón, luchando contra el caos existente en su mente. Una tormenta se estaba acercando, el viento se hizo más fuerte, y negras nubes empezaban a obscurecer el cielo de aquella noche. En la lontananza, los relámpagos arrojaban su fuego a través del plomizo cielo.

—...Y ha dibujado el rostro de mister Morgan —le decía la señora Berens a uno de sus pocos amigos, que había venido a hacerle una breve visita y a tomar una taza de café con ella—, ya sabe usted a quién me refiero, aquel pintor que estuvo viviendo aquí hasta el año pasado, aquel del que tanto le hablé a usted, que amaba tanto el mar, y que nunca quería ver a nadie.

—Sí, recuerdo que usted me hablaba mucho de él; nunca le vi, pues jamás quería salir de su habitación, ¿no es así? Era un hombre muy sensible. ¿Qué le ocurrió? ¿Se ahogó?

—No, no exactamente. Adoraba el mar, pero nunca se acercaba a él, sentía cierta aprensión a ello. Siempre decía que el mar quería apoderarse de él, y por ello prefería contemplarlo desde su sillón, a través de la ventana. Ni siquiera fue nunca a dar un paseo por la playa o por las dunas. Tiempo después fue a una gran exposición de pinturas en una famosa galería de arte de Londres, y allí murió de un modo repentino.

—Pero yo creía que...

—Pero nunca fue sepultado. Trajeron su cuerpo a este lugar en un barco pequeño, pero se desató una imprevista tormenta y nunca llegó a nuestro puerto. Estuvieron buscando restos del naufragio, pero ni siquiera encontraron un pedazo de madera de su ataúd...

En aquellos instantes, la lluvia azotaba los cristales de las ventanas y ocultaba todo bajo una espesa cortina de agua. El mar era un animal desencadenado, una gigantesca ameba hambrienta, con largos tentáculos de espuma. Los relámpagos formaban lenguas de fuego en la ardiente obscuridad. 

Se acabó la paz, la tranquilidad, todo; Marc estaba en el infierno, un infierno de gritos y de movimiento, que se balanceaba y subía, cada vez que venía una ola, arriba y abajo, cayendo, deslizándose, sumergiéndose. La habitación, el sillón, la ventana, todo había desaparecido como sombras de las fantasías de un sueño. 

Para Marc, la única realidad era aquella dura madera encima y debajo de él, el estruendo de las olas al chocar contra los lados del ataúd, el crujido de la torturada madera, el ulular del viento en el exterior, el desenfrenado tumulto del mar enloquecido. Y en medio de aquellos horrendos ruidos, había algo más, algo que desgarró sus oídos cual afiladas y sangrientas garras, algo que pronunciaba su nombre, pidiendo algo para sí, clamando algo de él.

Instintivamente, luchó contra aquel algo misterioso, pero su resistencia fue débil. Una vez que la tormenta hubiera pasado, volvería de nuevo la paz y la calma, pensó Marc; pero los gritos seguían, desgarrando su mente con la caótica y férrea rueda de recuerdos fragmentarios de sueños y realidad. «Quiero despertarme —gritó—. ¡Dios mío, debo despertarme. ¡¡¡Debo despertarme!!!»

Pero no se despertó, no podía despertarse; allí estaban las despiadadas paredes del ataúd, y ese algo desconocido y amenazador, que se sobreponía a su mente, arrancándole cuerpo y pensamiento.

Entonces dejó de luchar, y sintió que su mente y su cuerpo fluían, como si sólo fueran protoplasma, sumergiéndose en el mar, y al mismo tiempo que sentía un sabor de sal húmeda en la boca, llegó un prolongado y obscuro reposo, y, por fin, la paz, una paz absoluta...

—¿Qué es ESTO? —gritó la señora Berens. Algo cayó del techo, dejando unas manchas verduscas y húmedas sobre el mantel de su mesa. Había un penetrante olor de mar en la habitación, y cayeron gotas de arriba, a través de las pequeñas grietas del techo—. ¿Pero qué está haciendo ese hombre allá arriba, en su habitación? —exclamó la señora Berens.

Sorprendida y muy enojada, subió de prisa las escaleras, seguida de su amigo. Al llegar a la habitación de su huésped, la señora Berens dudó un poco, pues no se oía el menor ruido dentro de la estancia de Marc, y nadie contestó a sus llamadas. 

Luego abrió la puerta con resolución, y se vio mojada por una ola de aire salino. Sus preciosas paredes pintadas, el suelo, los muebles, incluso el techo, toda la habitación estaba humedecida de agua de mar. Pequeños fragmentos de alga colgaban de las lámparas y de los cuadros en las paredes, y unos cangrejos se escabulleron deslizándose por el suelo. Un pescado solitario agonizaba dando sus últimas convulsiones, con sus rojas agallas cual sangrientas bocas desdentadas. Al pintor no se le veía por ningún lado, pero el alto sillón estaba ligeramente inclinado.

—Pero bueno, ¿es que se ha propuesto usted...? —empezó a decir la señora Berens, mientras se dirigía hacia el sillón.

Mas no pudo acabar la frase, porque entonces vio AQUELLO que estaba sentado en el sillón, contemplando el mar tormentoso con una vaga sonrisa en lo que había quedado de su rostro. No pudo reconocer sus facciones, ya que no quedaba lo suficiente de ellas, pero antes de caer al suelo sin conocimiento, la señora Berens identificó el gran anillo de oro en una de las manos del esqueleto, con las iniciales «C M» grabadas en él.

Charles Morgan había hecho un viaje muy largo, pero al fin había encontrado el camino de regreso a casa.

El montón de arena - John Keefauver

Los primeros que llegaron a la playa vieron el montón de arena e imaginaron que lo había hecho alguien al amanecer. Alguien que, quizá, lo había abandonado para irse a desayunar y que regresaría más tarde, durante el transcurso de la mañana, para terminar la escultura y poder participar así en el concurso de castillos de arena de aquel día. 

Aquello parecía una buena explicación (al menos así se pensó más tarde) sobre la existencia del gigantesco montón de arena de por lo menos siete metros de altura, quizá ocho y pico, con una base proporcionada, situado en la playa, no muy lejos del agua, y que ya estaba allí a las nueve de la mañana, sin nadie a su alrededor.

Parecía haber sido hecho con extraordinaria rapidez o, de todos modos, sin ningún diseño, como si se tratara del primer paso para construir una gigantesca escultura cuya arena habría salido de aquel enorme montón. No hubo extrañeza al principio; eso apareció más tarde, cuando toda la ciudad estaba hablando ya de la pequeña colina de arena.

Al principio, nadie prestó mucha atención al montón (solo algunos se preguntaron quién podría haber pensado en crear una escultura tan gigantesca; alguien que tendría que haberla empezado a construir al amanecer), porque todo el mundo estaba más preocupado por construir su propia escultura para participar en el concurso.

Pero a medida que fue avanzando la mañana y nadie apareció para continuar el trabajo en la montaña de arena, empezó a hablarse más sobre el extraño montón, sobre todo después de que llegaran los jueces alrededor del mediodía y empezaran a preguntar a unos y a otros si alguien sabía a quién pertenecía la colina de arena.

—¿Era una inscripción en el concurso? —Naturalmente, nadie sabía más de lo que pudieran saber los jueces.

Así es que aquella cosa quedó allí, sin que nadie la atendiera ni la trabajara, mientras las horas pasaban y los padres les decían a sus hijos que no subieran sobre ella, ni que la tocaran siquiera, porque podría tratarse del comienzo de una escultura. Aquella resultaba una orden muy difícil de cumplir para los chicos, porque la gran montaña de arena era el lugar más tentador donde poder jugar. 

De hecho, uno de los chicos subió a la colina para terminar bajando, con lágrimas en los ojos, cuando su padre le amenazó gritándole. Entonces, el padre trató de alisar las pisadas de su hijo, refunfuñando todo el tiempo contra el loco —más bien locos, por el tamaño de la montaña— que hizo aquello y luego se marchó, dejándolo sin vigilancia.

A las dos de la tarde, los jueces empezaron a recorrer el largo centenar de creaciones de arena, arriba y abajo de la playa en una extensión aproximada de quinientos metros: había castillos, desde luego, de todos los tamaños; animales (cocodrilos, tortugas y ballenas); creaciones excéntricas como el VW, la hamburguesa y el trozo de tarta («Almuerzo»), una bañera con una mujer dentro, un ratón aproximándose a una ratonera con un trozo de queso en ella, las pirámides y esculturas relacionadas con el programa espacial. Y el montón de arena.

A las tres y media, los jueces ya habían comparado sus notas y concedido el primer premio a «Apolo 12». El segundo premio fue para el VW, y el ratón, la ratonera y el queso consiguieron el tercero. Los jueces ignoraron el montón de arena; lo consideraron como tarea de unos muchachos que habían terminado por cansarse.

Tradicionalmente, después de haber concedido los premios y cuando ya la gente empezaba a marcharse a casa, se permitía a los niños destruir las esculturas. De todos modos, la marea las cubriría y se podía conceder aquel placer a los chicos. Los niños se lanzaron salvajemente contra las creaciones, gritando de placer, mientras los padres les observaban casi con el mismo gusto. 

Ocasionalmente, algún adulto se unía a su hijo en la tarea de destrozar una de las esculturas de arena. Pero los pequeños no podían hacer mucho para destruir la montaña de arena. Corrieron arriba y abajo de ella, dándole patadas, pero habrían necesitado una pala mecánica para haberla destrozado por completo. O eso, o haber trabajado durante horas para aplanarla. Los adultos ignoraron el montón de arena.

Cuando empezó a caer la neblina de la tarde y el tiempo se hizo más frío, se produjo un rápido abandono de la playa, que tenía ahora el aspecto de haberse producido allí una verdadera batalla campal. Únicamente el gran montón de arena permaneció intacto. Sin embargo, la marea alta de la noche se encargaría de ella. ¿Qué locos podrían haber realizado todo aquel trabajo para no volver a aparecer y terminar su tarea? ¿Qué tontos podrían haber sido?

Al oscurecer, la marea lamía ya la base de la montaña de arena. Poco después del amanecer, un madrugador que vivía frente a la playa se dio cuenta de la presencia de un coche de la policía aparcado frente a su casa. Cuando salió para investigar, vio a uno de los policías en la playa, observando el montón de arena. Cuando el policía regresó a su coche, le dijo al residente que se había acercado a él:

—Esa maldita colina de arena aún sigue ahí. Parece como si la marea no le hubiera quitado ni un solo centímetro.

Y cuando el residente se dirigió a la playa, él mismo pudo comprobar que la marea alta había aplanado y alisado todos los restos de las esculturas de arena del día anterior durante la noche y la madrugada, dejando únicamente el gigantesco montón de arena que, en cualquier caso, parecía ser aún más grande que el día anterior. La base de la montaña aparecía plana allí donde la marea la había rodeado, pero, extrañamente, la marea parecía no haber aplanado ni derribado ninguna parte de la base.

A media mañana, una buena cantidad de niños estaban jugando sobre el enorme montón, pero este era de tal tamaño que el único daño que le hicieron fue el de dejar una gran cantidad de pisadas sobre él. Los adultos miraban la montaña con curiosidad, pero entonces ninguno de ellos trató de mantener a sus hijos alejados de ella.

Mientras el mismo residente almorzaba en la terraza de su casa frente a la playa, vio un coche de la prensa aparcado en la calle de enfrente. Un fotógrafo se acercó a la playa y sacó algunas fotografías de la colina de arena, y en el periódico local de aquella tarde apareció una fotografía de la «Misteriosa montaña de arena que desafía al mar». La historia contada bajo la fotografía estaba redactada con bastante atrevimiento.

Aquella misma tarde, y según pudo estimar el residente, unas cien personas se encontraban alrededor de la montaña de arena esperando que subiera la marea. Los niños jugaban sobre ella y, en esta ocasión, estaban acompañados por algunos muchachos mayores. Sin embargo, un hombre le gritó a su hijo diciéndole que bajara de la montaña:

—¿Por qué? —quiso saber el niño.

—No discutas conmigo. ¡Baja de ahí!

Cuando la marea rodeó poco a poco el gran montón, todos los padres hicieron bajar a sus hijos de la montaña, sobre la que solo quedaron los jóvenes de mayor edad, aquellos que habían acudido allí sin sus padres. 

Gritaban y reían a medida que la marea rodeaba el montón por completo, hasta que uno de ellos, algo más joven, se quedó en silencio y finalmente saltó desde el montón de arena al agua y echó a correr hacia la parte seca de la playa. 

Después, los otros le siguieron, uno tras otro, hasta que la montaña de arena, llena de pisadas, se quedó aislada en medio del agua, que fue subiendo milímetro a milímetro, centímetro a centímetro a medida que avanzó la noche.

Algunos mirones habían traído linternas, pero, a medida que se iban viendo forzados a apartarse de la montaña, sus luces fueron perdiendo efectividad gradualmente. Sin embargo, cuando un coche patrulla que había en la calle contigua a la playa encendió sus luces y las enfocó sobre el montón de arena, todos pudieron ver que la montaña seguía incólume, como si una ola fuera quitándole arena y otras aportándole más.

Al día siguiente, una multitud más numerosa rodeaba el montón de arena. El propio residente que vivía frente a la playa pudo ver en las primeras informaciones locales de la televisión un informe sobre la «montaña de arena» que «sobrevivió a la noche». 

Las imágenes demostraban claramente que la montaña seguía siendo tan grande aquella mañana como lo había sido el día anterior. Y aquella tarde apareció en el periódico local otra fotografía y otro comentario sobre la montaña de arena, aunque en esta ocasión se publicó en la portada.

La historia seguía contándose con ligereza y un oceanólogo dijo que la montaña permanecía como consecuencia de la «presión ejercida por la mole de arena». Más adelante, se incluía el comentario de un geólogo: «La arena del mar se amontona de diversas formas..., especialmente con la ayuda de algunos bromistas locales dotados de muchas palas y un verdadero aguante».

Durante aquella noche, la gente era mucho más numerosa que la noche anterior, aunque hubo más padres que mantuvieron a sus hijos alejados del montón. Se habló de excavar la montaña para aplanarla o, al menos, para ver qué demonios había en su interior. Pero ninguna de aquellas conversaciones era seria. Sería realizar una gran cantidad de trabajo para nada. Sería algo tonto. Que el agua se encargara de deshacerse de ella.

A medida que la marea fue rodeando la montaña de arena, las conversaciones disminuyeron cuando pareció evidente que, una vez más, la montaña iba a resistir la marea alta de aquella noche. Los mirones, incluyendo a algunos que permanecían en la calle, se quedaron en silencio. Las luces de un coche patrulla iluminaron, también esta vez, la montaña de arena a medida que iba subiendo el nivel del agua, como si la montaña fuera un monumento. 

Muchos espectadores permanecieron allí incluso hasta que la marea alcanzó su punto más alto y, justo poco antes del amanecer, cuando la marea volvió a subir un poco, dos ancianos permanecieron junto al coche patrulla que había vuelto al lugar, deteniéndose y volviendo a dirigir sus faros hacia la playa. La montaña de arena continuaba allí. Según dijo uno de los hombres, era como si se tratara de la única escultura real que hubiera habido allí jamás.

Al cuarto día de existencia de la montaña de arena, solo unos pocos padres permitieron a sus hijos jugar sobre ella. Desde luego, hubo chicos de mayor edad que acudieron a la playa solos, sin sus padres, y que subieron y bajaron de la montaña. 

Pero al quinto día solo siete chicos ascendieron a la montaña, aunque fue un día hermoso y soleado y la playa se vio abarrotada de gente. Un hombre se había traído una pala e iba de un lado a otro de la playa preguntando a la gente si había algún otro voluntario con palas. No hubo nadie. 

Así es que el hombre se dirigió solo hacia la montaña de arena y, divertidamente, empezó a introducir su pala en la arena; pero se tuvo que detener cuando uno de los jóvenes que estaban sobre el montón empezó a gritar para terminar bajando a la playa, seguido de los demás, como si cada uno de ellos tuviera miedo de quedarse solo sobre la montaña.

—¿Qué ocurre? —se le preguntó al niño que lloraba.

Pero todo lo que hizo el muchacho fue balbucear que se había «asustado». Y el hombre de la pala regresó a donde estaba su familia, en la misma playa, y le dio la espalda al montón de arena.

Al séptimo día de la montaña de arena, un sábado, tres coches cargados de hombres que llevaban varias cajas de cerveza acamparon cerca de la colina de arena a primeras horas del atardecer. Cada uno de ellos llevaba una pala. Inmediatamente, una multitud se congregó a su alrededor para preguntar si iban a aplanar la montaña de arena y que, si era así, se dieran prisa.

—¡Claro que lo vamos a hacer! —dijo uno de los hombres que, al parecer, era su jefe; un hombre de unos treinta años, corpulento y peludo—. En cuanto nos tomemos unas cuantas cervezas.

La multitud esperó con impaciencia mientras los hombres, gastándose bromas entre ellos, recostándose sobre las espaldas, mirando hacia la montaña de arena, bebían lentamente sus cervezas. Ante los gritos de «¿Qué estáis esperando?», «¡Vamos!» y «¡No se puede hacer nada ahí tumbados!», los hombres se echaron a reír y miraron a su jefe, que dijo:

—No hay prisa, muchachos. Ese montón de arena no se va a marchar a ningún lado. Y si hay algo dentro, tampoco va a desaparecer.

Después, al ver que una media docena de hombres que no pertenecían a su grupo se habían marchado para regresar provistos de sus propias palas, se levantó y dijo:

—Vamos. Ahí está nuestro trabajo.

Pero después, viendo que los seis hombres provistos de palas tampoco tenían prisa por empezar a excavar la montaña, se volvió a tumbar y abrió otra lata de cerveza. Los otros hicieron lo mismo. A medida que cada uno de ellos terminaba su lata de cerveza, la colocaba cuidadosamente en un montón que, toscamente y en miniatura, se parecía a la montaña de arena. Ninguno de los hombres ofreció una cerveza a nadie que no formara parte de su grupo, y ninguno de ellos llevaba puesto el bañador.

A primeras horas de la noche, cuando ya se habían bebido casi toda la cerveza y la marea empezaba a lamer la montaña de arena, el jefe se levantó y, deliberada y dramáticamente, mirando primero a su alrededor para comprobar que estaba siendo observado, destruyó el montón de latas de cerveza de un fuerte puntapié.

—¡Está bien! —gritó—. ¡Vayamos a por ese maldito montón de arena!

Y animados por algunos —aunque la mayor parte de los mirones permanecían silenciosos—, los hombres hundieron sus palas en la montaña de arena. Empezaron a excavar furiosamente, arrojando la arena tan lejos como podían. Eran unos doce, que rodearon el montón de arena a varios niveles y, dirigidos por su jefe, cantaron mientras trabajaban:

—Montaña, montaña, excávala. Montaña, montaña, remuévela. Montaña, montaña, alcanzad su corazón. Montaña, montaña...

Los mirones se acercaron al montón de arena tanto como pudieron, hasta el punto adonde iba a parar la arena arrojada por las palas, mientras que, tras ellos, al ver la gente cómo se atacaba a la montaña, acudía hacia ella desde todas las partes de la playa y desde la calle que corría paralela al mar. Los coches se detenían y sus ocupantes bajaban para observar.

—... remuévela —los mirones se sumaban ahora al canto—, alcanzad su corazón.

Al cabo de unos momentos, algunos de los espectadores provistos de palas preguntaron a los bebedores de cerveza si podían ayudar y, una vez obtenido el permiso, subieron también a la montaña y empezaron a excavar.

—... remuévela.

Los hombres que no tenían palas subieron a la colina para ir quitando arena con las manos, cantando al mismo tiempo. Después, subieron las mujeres, y los jóvenes, y los niños.

—... remuévela.

Finalmente, el montón de arena quedó cubierto de gente que cantaba, excavaba furiosamente, apartaba arena con las manos, sin reírse, apretándose cada vez más a medida que los bebedores de cerveza trabajaban en la base y mientras la parte superior de la montaña iba siendo aplanada.

—... alcanzad su corazón.

Ahora, el nivel del agua estaba aumentando alrededor de la montaña decapitada, humedeciendo la arena arrojada desde la altura del montón que quedaba, aplanándola, volviendo a llevársela hacia el océano. Aumentando milímetro a milímetro, centímetro a centímetro a medida que el sol descendía más y más, el agua fue invadiendo la zona hasta que algunos hombres y mujeres recogieron a sus hijos más pequeños y vadearon desde la base de la montaña hasta la playa seca. 

Una de las mujeres se cayó y su hija gritó de terror cuando, alcanzada por detrás por una poderosa palada de arena, cayó al agua. Un policía los sacó rápidamente de allí. Su coche patrulla estaba listo para iluminar la escena en el caso de que se hiciera completamente de noche antes de que hubiera podido ser destruida la montaña. Sus luces ya estaban encendidas y dirigidas hacia el montón de arena.

Poco a poco, el nivel de arena de la montaña fue descendiendo, hasta que solo siguieron excavando los primeros hombres, ahora más lentamente y cantando menos, aunque los mirones seguían cantando con fuerza, casi con furia. 

Después, cuando el océano empezó a lamer la parte superior de lo que quedaba del montón de arena, los trabajadores fueron abandonando el agua, hasta que solo quedó en ella su jefe, sudando, trabajando duro y limitando su canto a un «¡excava, remueve, corazón!».

Se apartó del agua en el momento en que el océano cubrió finalmente la montaña, sintiéndose desilusionado y farfullando:

—¡Demonios! No había una maldita cosa en ese montón de arena.

El residente que vivía frente a la playa se levantó al amanecer. Cuando miró hacia la playa desde la ventana de su sala de estar, no supo si sentirse desilusionado o aliviado al ver que la montaña había desaparecido. Supuso que sintió un poco de ambas cosas, pero sobre todo se sintió aliviado.

Desde la distancia no pudo ver cómo comenzaba a formarse una nueva montaña de arena, no muy lejos de la que había sido destruida. Sin embargo, ya avanzado el día, tanto él como otros pudieron verla a medida que la marea de la mañana apilaba más y más arena. 

Y también pudo ver la segunda pequeña montaña, cerca de la primera, mientras ambas crecían a una velocidad similar. A las nueve de la mañana siguiente, las dos eran más grandes que la antigua montaña de arena.

Las aguas del mar - Clarice Lispector

Ahí está él, el mar, la más ininteligible de las existencias no humanas. Y aquí está la mujer, de pie en la playa, el más ininteligible de los seres vivos. Como el ser humano hizo un día una pregunta sobre sí mismo, volviéndose el más ininteligible de los seres vivos. Ella y el mar.

Sólo podría haber un encuentro de sus misterios si uno se entregara al otro: la entrega de dos mundos incognoscibles hecha con la confianza con que se entregan dos comprensiones. 

Ella mira el mar, es lo que puede hacer. Y su mirada está limitada por la línea del horizonte, es decir, por su incapacidad humana de ver la curvatura de la Tierra.

Son las seis de la mañana. Sólo un perro suelto vaga por la playa, un perro negro. ¿Por qué un perro resulta tan libre? Porque él es el misterio vivo que no se indaga. La mujer vacila porque va a entrar.

Su cuerpo se consuela con su propia exigüidad en relación con la vastedad del mar porque es la exigüidad del cuerpo lo que le permite mantenerse caliente y es esa exigüidad que la vuelve pobre y libre, con su parte de libertad de perro en las arenas. 

Ese cuerpo entrará en el ilimitado frío que sin rabia ruge en el silencio de las seis. La mujer no lo sabe, pero está realizando una hazaña. Con la playa vacía a esa hora de la mañana, ella no tiene el ejemplo de otros seres humanos que transforman la entrada en el mar en simple juego liviano de vivir. Ella está sola. El mar salado no está solo porque es salado y grande, y eso es una realización. A esa hora ella se conoce menos todavía de lo que conoce el mar. Su hazaña es, sin conocerse, entretanto, proseguir. Es fatal no conocerse, y no conocerse exige valor.

Va entrando. El agua salada está tan fría que le eriza en ritual las piernas. Pero una alegría fatal -y la alegría es una fatalidad- ya la posee, aunque todavía no se le ocurra sonreír. 

Por el contrario, está muy seria. El olor es de una marejada atontadora que la despierta de sus más adormecidos sueños seculares. Y ahora ella está alerta, aun sin pensar. 

La mujer es ahora compacta y leve y aguda; se abre camino en la gelidez que, líquida, se opone a ella, mientras la deja entrar, como en el amor, en que la oposición puede ser una petición.

El camino lento aumenta su valor secreto. Y de repente ella se deja cubrir por la primera ola. La sal, el yodo, todo líquido, la dejan por un instante ciega, escurriéndose (espantada, de pie, fertilizada).

Ahora el frío se convierte en hielo. Avanzando, ella abre el mar por el medio. Ya no precisa valor, ahora ya es antigua en el ritual. Baja la cabeza dentro del brillo del mar, y retira una cabellera que sale escurriéndose sobre los ojos salados que arden. 

Brinca con la mano en el agua, pausada, los cabellos al sol, casi inmediatamente endurecidos por la sal. Con la concha de las manos hace lo que siempre hace en el mar, y con la altivez de los que nunca dan explicaciones ni a ellos mismos: con la concha de las manos llenas de agua, bebe en grandes sorbos, buenos.

Era eso lo que le faltaba: el mar por dentro como el líquido espeso de un hombre. Ahora ella está toda igual a sí misma. La garganta alimentada se contrae por la sal, los ojos enrojecen por el sol, las olas suaves la golpean y retroceden, pues ella es una muralla compacta.

Se sumerge de nuevo, de nuevo bebe, más agua, ahora sin ansiedad, pues no precisa más. Ella es la amante que sabe que lo tendrá todo, otra vez. El sol se abre más y la eriza, al secarla, ella se sumerge de nuevo; está cada vez menos ansiosa y menos aguda. Ahora sabe lo que quiere. Quiere quedar de pie, parada en el mar. Así queda, pues. Como contra los costados de un navío, el agua bate, vuelve, bate. La mujer no recibe transmisiones. No precisa comunicación.

Después camina dentro del agua, de regreso a la playa. No está caminando sobre las aguas -ah, nunca haría eso después de que hace miles de años ya alguien caminara sobre las aguas-, pero nadie le puede quitar eso: caminar dentro de las aguas. A veces el mar le opone resistencia, empujándola con fuerza hacia atrás, pero entonces la proa de la mujer avanza un poco más dura y áspera.

Y ahora pisa en la arena. Sabe que está brillante de agua, y de sal, y de sol. Aunque lo olvide dentro de unos minutos, nunca podrá perder todo eso. Y sabe de algún modo oscuro que sus cabellos escurridos son de náufrago. Porque sabe que ha corrido un riesgo. Un riesgo tan antiguo como el ser humano. 

El pecho desnudo - Italo Calvino

El señor Palomar camina por una playa solitaria. Encuentra unos pocos bañistas. Una joven tendida en la arena toma el sol con el pecho descubierto. Palomar, hombre discreto, vuelve la mirada hacia el horizonte marino. Sabe que en circunstancias análogas, al acercarse un desconocido, las mujeres se apresuran a cubrirse, y eso no le parece bien: porque es molesto para la bañista que tomaba el sol tranquila; porque el hombre que pasa se siente inoportuno; porque el tabú de la desnudez queda implícitamente confirmado; porque las convenciones respetadas a medias propagan la inseguridad e incoherencia en el comportamiento, en vez de libertad y franqueza. Por eso, apenas ve perfilarse desde lejos la nube rosa-bronceado de un torso desnudo de mujer, se apresura a orientar la cabeza de modo que la trayectoria de la mirada quede suspendida en el vacío y garantice su cortés respeto por la frontera invisible que circunda las personas. Pero -piensa mientras
sigue andando y, apenas el horizonte se despeja, recuperando el libre movimiento del globo ocular- yo, al proceder así, manifiesto una negativa a ver, es decir, termino también por reforzar la convención que considera ilícita la vista de los senos, o sea, instituyo una especie de corpiño mental suspendido entre mis ojos y ese pecho que, por el vislumbre que de él me ha llegado desde los límites de mi campo visual, me parece fresco y agradable de ver. En una palabra, mi no mirar presupone que estoy pensando en esa desnudez que me preocupa; ésta sigue siendo en el fondo una actitud indiscreta y retrógrada.

De regreso, Palomar vuelve a pasar delante de la bañista, y esta vez mantiene la mirada fija adelante, de modo de rozar con ecuánime uniformidad la espuma de las olas que se retraen, los cascos de las barcas varadas, la toalla extendida en la arena, la henchida luna de piel más clara con el halo moreno del pezón, el perfil de la costa en la calina, gris contra el cielo. Sí -reflexiona, satisfecho de sí mismo, prosiguiendo el camino-, he conseguido que los senos quedaran absorbidos completamente por el paisaje, y que mi mirada no pesara más que la mirada de una gaviota o de una merluza. ¿Pero será justo proceder así? -sigue reflexionando-. ¿No es aplastar la persona humana al nivel de las cosas, considerarla un objeto, y lo que es peor, considerar objeto aquello que en la persona es específico del sexo femenino? ¿No estoy, quizá, perpetuando la vieja costumbre de la supremacía masculina, encallecida con los años en insolencia rutinaria?
Gira y vuelve sobre sus pasos. Ahora, desliza su mirada por la playa con objetividad imparcial, hace de modo que, apenas el pecho de la mujer entra en su campo visual, se note una discontinuidad, una desviación, casi un brinco. La mirada avanza hasta rozar la piel tensa, se retrae, como apreciando con un leve sobresalto la diversa consistencia de la visión y el valor especial que adquiere, y por un momento se mantiene en mitad del aire, describiendo una curva que acompaña el relieve de los senos desde cierta distancia, elusiva, pero también protectora, para reanudar después su curso como si no hubiera pasado nada. Creo que así mi posición resulta bastante clara -piensa Palomar-, sin malentendidos posibles. ¿Pero este sobrevolar de la mirada no podría al fin de cuentas entenderse como una actitud de superioridad, una depreciación de lo que los senos son y significan, un ponerlos en cierto modo aparte, al margen o entre paréntesis? Resulta que ahora vuelvo a relegar los senos a la penumbra donde los han mantenido siglos de pudibundez sexomaníaca y de concupiscencia como pecado...
Tal interpretación va contra las mejores intenciones de Palomar que, pese a pertenecer a la generación madura para la cual la desnudez del pecho femenino iba asociada a la idea de intimidad amorosa, acoge sin embargo favorablemente este cambio en las costumbres, sea por lo que ello significa como reflejo de una mentalidad más abierta de la sociedad, sea porque esa visión en particular le resulta agradable. Este estímulo desinteresado es lo que desearía llegar a expresar con su mirada. Da media vuelta. Con paso resuelto avanza una vez más hacia la mujer tendida al sol. Ahora su mirada, rozando volublemente el paisaje, se detendrá en los senos con cuidado especial, pero se apresurará a integrarlos en un impulso de benevolencia y de gratitud por todo, por el sol y el cielo, por los pinos encorvados y la duna y la arena y los escollos y las nubes y las algas, por el cosmos que gira en torno a esas cúspides nimbadas. Esto tendría que bastar para tranquilizar definitivamente a la bañista solitaria y para despejar el terreno de inferencias desviantes. Pero apenas vuelve a acercarse, ella se incorpora de golpe, se cubre, resopla, se aleja encogiéndose de hombros con fastidio como si huyese de la insistencia molesta de un sátiro. El peso muerto de una tradición de prejuicios impide apreciar en su justo mérito las intenciones más esclarecidas, concluye amargamente Palomar.