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Sortilegio de Otoño - Joseph von Eichendorff

El caballero Ubaldo, una tranquila tarde de otoño mientras cazaba, se encontró alejado de los suyos, y cabalgaba por los montes desiertos y boscosos cuando vio venir hacia él a un hombre vestido con ropas extrañas. El desconocido no advirtió la presencia del caballero hasta que estuvo delante de él. Ubaldo vio con estupor que vestía un jubón magnífico y muy adornado pero descolorido y pasado de moda. Su rostro era hermoso, aunque pálido, y estaba cubierto por una barba tupida y descuidada.

Los dos se saludaron sorprendidos y Ubaldo explicó que, por desgracia, se encontraba perdido. El sol se había ocultado detrás de los montes y aquel lugar se encontraba lejos de cualquier sitio habitado. El desconocido ofreció entonces al caballero pasar la noche en su compañía. Al día siguiente, añadió, le indicaría la única manera de salir de aquellos bosques. Ubaldo aceptó y le siguió a través de los desiertos desfiladeros.

Pronto llegaron a un elevado risco a cuyo pie se encontraba una espaciosa cueva, en medio de la cual había una piedra y sobre la piedra un crucifijo de madera. Al fondo estaba situada un lecho de hojas secas. Ubaldo ató su caballo a la entrada y, mientras, el huésped trajo en silencio pan y vino. 
 
Después de haberse sentado, el caballero, a quien no le parecían las ropas del desconocido propias de un ermitaño, no pudo por más que preguntarle quién era y qué le había llevado hasta allí.

—No indagues quién soy —respondió secamente el ermitaño, y su rostro se volvió sombrío y severo. Entonces Ubaldo notó que el ermitaño escuchaba con atención y se sumía en profundas meditaciones cuando empezó a contarle algunos viajes y gestas gloriosas que había realizado en su juventud. Finalmente Ubaldo, cansado, se acostó en el lecho de hojas secas que le había ofrecido su huésped y se durmió pronto, mientras el ermitaño se sentaba en el suelo a la entrada de la cueva.

A la mitad de la noche el caballero, turbado por agitados sueños, se despertó sobresaltado y se incorporó. Afuera, la luna bañaba con su clara luz el silencioso perfil de los montes. Delante de la caverna vio al desconocido paseando intranquilo de aquí para allá bajo los grandes árboles. Cantaba con voz profunda una canción de la que Ubaldo sólo consiguió entender estas palabras:
 
Me arrastra fuera de la cueva el temor. 
Me llaman viejas melodías.
Dulce pecado, déjame
O póstrame en el suelo
Frente al embrujo de esta canción,
Ocultándome en las entrañas de la tierra.
¡Dios! Querría suplicarte con fervor,
Mas las imágenes del mundo siempre
Se interponen entre nosotros,
Y el rumor de los bosques
Me llena de terror el alma.
¡Severo Dios, te temo! 
¡Oh, rompe también mis cadenas! 
Para salvar a todos los hombres 
Sufriste tú una amarga muerte. 
Estoy perdido ante las puertas del infierno. 
¡Qué desamparado estoy! 
¡Jesús, ayúdame en mi angustia!
 
Al terminar su canción se sentó sobre una roca y pareció murmurar una imperceptible oración, semejante a una confusa fórmula mágica. El rumor del riachuelo cercano a las montañas y el leve silbido de los abetos se unieron en una misma melodía, y Ubaldo, vencido por el sueño, cayó de nuevo sobre su lecho.

Apenas brillaron los primeros rayos de la mañana a través de las copas de los árboles, cuando el ermitaño se presentó ante el caballero para mostrarle el camino hacia los desfiladeros. Ubaldo montó alegre su caballo y su extraño guía cabalgó en silencio junto a él. 
 
Pronto alcanzaron la cima del monte, y contemplaron la deslumbrante llanura que aparecía súbitamente a sus pies con sus torrentes, ciudades y fortalezas en la hermosa luz de la mañana. El ermitaño pareció especialmente sorprendido:

—¡Ah, qué hermoso es el mundo! —excluyó turbado, cubrió su rostro con ambas manos y se apresuró a adentrarse de nuevo en los bosques. Ubaldo, moviendo la cabeza, tomó el conocido camino que conducía a su castillo.

La curiosidad le empujó de nuevo a buscar aquellas soledades, y, aunque con esfuerzo, consiguió encontrar la cueva, donde el ermitaño le recibió esta vez sombrío y silencioso.

Ubaldo, por el canto nocturno del ermitaño en el primer encuentro, supo que éste quería sinceramente expiar graves pecados, pero le pareció que su espíritu luchaba en vano contra el enemigo, pues en su conducta no existía la alegre confianza de un alma verdaderamente sumisa a la voluntad de Dios, y, con frecuencia, cuando conversaban sentados uno junto al otro, irrumpía una contenida ansiedad terrenal con una fuerza terrible en los extraviados y llameantes ojos de aquel hombre, transformando su fisonomía y dándole un cierto aire salvaje.

Esto impulsó al piadoso caballero a hacer más frecuentes sus visitas para ayudar con todas sus fuerzas a aquel espíritu vacilante. Sin embargo, el ermitaño calló su nombre y su vida anterior durante todo aquel tiempo, y parecía temeroso de su pasado. Pero, con cada visita se tornaba más apacible y confiado. Así, finalmente consiguió el buen caballero convencerle para que le acompañara a su castillo.

Ya había anochecido cuando llegaron a la fortaleza. El caballero Ubaldo ordenó encender un hermoso fuego en la chimenea e hizo traer el mejor vino de cuantos tenía. Era la primera vez que el ermitaño parecía encontrarse a gusto. Observaba muy atentamente una espada y otras armas que, colgadas en la pared, reflejaban los destellos de la lumbre, y luego contemplaba silenciosamente al caballero.

—Vos sois feliz —dijo—, y veo vuestra firme y gallarda figura con verdadero temor y profundo respeto; vive sin que os conmueva la alegría ni el dolor, y domina con serena tranquilidad la vida, al igual que un navegante que sabe manejar el timón, y no se deja confundir con el maravilloso canto de las sirenas. Junto a usted me he sentido muchas veces como un necio cobarde o como un loco. Hay personas embriagadas de vida. ¡Qué terrible es volver de nuevo a la sobriedad!

Ubaldo, que no quería desaprovechar aquel desacostumbrado comportamiento de su huésped, le insistió con entusiasmo para que le revelara la historia de su vida. El ermitaño se quedó pensativo.

—Si me promete —dijo finalmente— mantener eternamente en secreto lo que voy a contarle y me permite omitir los nombres, lo haré.

El caballero levantó su mano en señal de juramento y llamó a continuación a su mujer, de cuyo silencio respondía, para que participase junto con él de la historia tan ansiosamente esperada.

Ésta apareció con un niño en sus brazos y llevando a otro de la mano. Era alta y de hermosa figura en su floreciente juventud, silenciosa y dulce como el crepúsculo, reflejando en los encantadores niños su propia belleza. 
 
El huésped se sintió profundamente confundido al verla. Abrió bruscamente la ventana y, pensativo, detuvo su mirada unos instantes en el bosque oscurecido. Tranquilizado, volvió junto a ellos, se sentaron alrededor del fuego y empezó a hablar de la siguiente manera:

«El tibio sol del otoño se levantaba sobre la niebla azul que cubría los valles cercanos a mi castillo. La música había callado, la fiesta terminaba y los animados invitados se dispersaban. Era una fiesta de despedida que yo ofrecía a mi más querido amigo, que aquel día, con su hueste, se había armado de la Santa Cruz para unirse al ejército cristiano en la conquista de Tierra Santa. 
 
«Desde nuestra más temprana juventud era esta empresa nuestra única meta, el único deseo y la única esperanza de nuestros sueños de adolescencia. Aún hoy recuerdo con indescriptible nostalgia aquel tiempo tranquilo como la mañana, cuando, sentados bajo los altos tilos de mi castillo, seguíamos con la imaginación las nubes navegantes hacia aquella tierra bendita, donde Godofredo y otros héroes vivían y combatían en el claro esplendor de la gloria. Pero, ¡qué pronto cambió todo en mí!

«Una doncella, flor de toda belleza, que había visto muy poco y de la cual, sin que ella lo supiera, estaba perdidamente enamorado, me retenía en la cárcel silenciosa de estas montañas. Sí, yo era lo bastante fuerte para luchar, pero no tuve el valor de alejarme, y dejé marchar solo al amigo.

«También la doncella había participado en la fiesta y yo había sucumbido al esplendor de su hermosura. Al alba, cuando ella iba a despedirse y yo la ayudaba a montar en su caballo, tuve el valor de confesarle que, si era su voluntad, renunciaría a mi empresa. Ella no dijo nada y me miró fijamente, casi con horror, y salió al galope».

Oyendo estas palabras, Ubaldo y su mujer se miraron sin ocultar su asombro. Pero el huésped no lo advirtió y siguió su relato:

«Todos se habían ido. Los rayos del sol, a través de las altas ventanas ojivales, entraban en los salones vacíos, donde sólo resonaban mis pasos. Permanecí largo tiempo asomado al mirador; del silencioso bosque llegaban los acompasados golpes de las hachas de los leñadores. Tan grande era mi soledad, que, en un momento, se apoderó de mí una indescriptible ansiedad. No pude soportarlo: monté sobre mi caballo y salí de caza para aliviar mi oprimido corazón.

«Erré durante mucho tiempo y, finalmente, me encontré perdido en un paraje desconocido entre las montañas. Cabalgaba pensativo, con mi halcón en la mano a través de un prado maravilloso que acariciaban los oblicuos rayos del sol poniente. Las nubes otoñales se movían ligeras en el aire azul y sobre las montañas se oían los cantos de adiós de los pájaros migratorios.

«De repente llegó a mis oídos el sonido de varios cuernos de caza que parecían responderse unos a otros desde las cimas. Algunas voces los acompañaban con un canto. Hasta entonces, ninguna melodía me había conmovido de tal manera, y, aún hoy, recuerdo algunas de sus estrofas, que llegaban a mí a través del viento:

Por lo alto, en bandadas amarillas y rojas
Se van los pájaros volando.
Los pensamientos vagan sin consuelo
¡Ay de mí, que no encuentran refugio!
Y las oscuras quejas de los cuernos,
Golpean el corazón solitario.
¿Ves el perfil de los azules montes
Que se yergue a lo lejos sobre los bosques,
Y los arroyos que en el valle silencioso,
Se alejan susurrantes?
Nubes, arroyos, pájaros ruidosos:
Todo se junta allá a lo lejos.
Mis rizos de oro ondean
Y florece mi joven cuerpo dulcemente.
Pronto sucumbe la belleza;
Igual que el esplendor se apaga del verano
Debe la juventud inclinar sus flores.
Callan alrededor todos los cuernos.
Esbeltos brazos para abrazar,
Y roja boca para el dulce beso,
El cobijo del blanco seno,
Y el cálido saludo de amor,
Te ofrece el eco de los cuernos de caza.  
Dulce amor, ven, antes de que callen.

«Yo estaba confundido con aquella melodía que había conmovido mi corazón. Mi halcón, tan pronto como oyó las primeras notas, se intranquilizó, para después desaparecer en el aire y no volver más. Yo, sin embargo, incapaz de resistir, seguí oyendo aquella seductora melodía que confusa, unas veces se alejaba y, otras, llevada por el viento, parecía acercarse.
 
«Finalmente salí del bosque y divisé delante de mí, sobre la cumbre de una montaña, un majestuoso castillo. Desde arriba hasta el bosque, sonreía un bellísimo jardín, repleto de todos los colores, que rodeaba al castillo como un anillo mágico. 
 
«Todos los árboles y los setos, encendidos por los tonos violentos del otoño, aparecían purpúreos, amarillos oro y rojos fuego. Altos áster, las últimas estrellas del verano, brillaban allí con múltiples destellos. El sol poniente derramaba sus últimos rayos sobre aquella deliciosa altura, reflejando sus deslumbrantes llamas en las ventanas y en las fuentes.

«Me di cuenta entonces de que el sonido de los cuernos de caza que había escuchado poco antes provenía de este jardín. Vi con espanto, en medio de tanta magnificencia, bajo los emparrados, a la doncella de mis sueños, que paseaba cantando la misma melodía. Al verme calló, pero los cuernos de caza seguían sonando. Hermosos muchachos, vestidos de seda, se acercaron a mí y me ayudaron a desmontar.

«Pasé a través del arco ligero y dorado de la cancela, directo hacia la explanada del jardín, donde se encontraba mi amada y caí a sus pies, vencido por tanta belleza. Llevaba un vestido rojo oscuro; largos velos transparentes cubrían sus rizos dorados, que una diadema de piedras preciosas sujetaba sobre la frente.

«Me ayudó a levantarme amorosamente y, con voz entrecortada por el amor y el dolor, me dijo:

«—¡Cuánto te amo, hermoso e infeliz joven! Desde hace mucho tiempo te amo, y cuando el otoño inicia su fiesta misteriosa despierta mi deseo con nueva e irresistible fuerza. ¡Infeliz! ¿Cómo has llegado a la esfera de mi canción? Déjame y vete.

«Al oír estas palabras fui presa de un gran temblor y le supliqué que me hablara y se explicase. Pero ella no respondió, y recorrimos silenciosos, uno al lado del otro, el jardín.

«Mientras tanto, había oscurecido y el aspecto de la doncella se había tornado grave y majestuoso.

«—Debes saber —dijo— que tu amigo de la infancia, el cual hoy se ha despedido de ti, es un traidor. He sido obligada a ser su prometida. Sólo por celos te ha ocultado su amor. No ha partido hacia Palestina: mañana vendrá para llevarme a un castillo lejano donde estaré eternamente oculta a la mirada de todos. Ahora debo irme. Sólo nos volveremos a ver si él muere.

«Dicho esto, me besó en los labios y desapareció en las oscuras galerías. Una gema de su diadema heló mi vista, y su beso estremeció mis venas con un tembloroso deleite.

«Medité con terror las espantosas palabras que, al despedirse, había vertido como un veneno en mi sangre. Vagué pensativo mucho tiempo por los solitarios senderos. Finalmente, cansado, me eché sobre los escalones de piedra de la puerta del castillo. Los cuernos de caza sonaban todavía, y me dormí combatido por extraños pensamientos.

«Cuando abrí los ojos, ya había amanecido. Las puertas y las ventanas del castillo estaban cerradas, y el jardín, silencioso. En aquella soledad, con los nuevos y hermosos colores de la mañana, se despertaban en mi corazón la imagen de mi amada y todo el sortilegio de la víspera, y yo me sentía feliz sabiéndome amado y correspondido. A veces, al recordar aquellas terribles palabras, quería huir lejos de allí, pero aquel beso ardía aún en mis labios y no podía hacerlo.

«El aire era cálido, casi sofocante, como si el verano quisiera volver sobre sus propios pasos. Recorrí el bosque cercano para distraerme con la caza. De improviso vislumbré en la copa de un árbol un pájaro con un plumaje tan maravilloso como jamás lo había visto. Cuando tensé el arco para lanzar la flecha, voló hacia otro árbol. Lo perseguí ávidamente, pero el pájaro seguía saltando de copa en copa, mientras sus alas doradas reflejaban la luz del sol.

«Así, fui a parar a un estrecho valle, flanqueado por escarpados riscos. Allí no llegaba la fría brisa y todo estaba todavía verde y florido como en el verano. Del centro del valle salía un canto embriagador. Sorprendido, aparté las ramas de los tupidos matorrales y mis ojos se cegaron ante el hechizo que se manifestó delante de mí.

«En medio de las altas rocas había un apacible lago circundado de hiedra y juncos. Muchas doncellas bañaban sus hermosos miembros en las tibias ondas. Entre ellas se encontraba mi hermosísima amada sin velos, que, silenciosa, mientras las otras cantaban, miraba fijamente el agua, que cubría sus tobillos, como encantada y absorta en su propia belleza reflejada en el agua. Permanecí durante un tiempo mirando de lejos, inmóvil y tembloroso. De golpe, el hermoso grupo salió del agua, y me apresuré para no ser descubierto.

«Me refugié en lo más profundo del bosque para apaciguar las llamas que abrasaban mi corazón. Pero cuanto más lejos huía tanto más viva se agitaba delante de mis ojos la visión de aquellos miembros juveniles.

«La noche me alcanzó en el bosque. El cielo se había oscurecido y una tremenda tormenta apareció sobre los montes. "Sólo nos volveremos a ver si él muere", repetía para mí, mientras huía como si me persiguieran fantasmas.

«A veces me parecía oír a mi flanco estrépito de caballos, pero yo huía de toda mirada humana y de todo rumor que pareciera acercarse. Al cabo, cuando llegué a una cima, vi a lo lejos el castillo de mi amada. Los cuernos de caza sonaban como siempre, el esplendor de las luces irradiaba como una tenue luz de luna a través de las ventanas, iluminando alrededor mágicamente los árboles y las flores cercanas, mientras todo el resto del paraje luchaba en la tormenta y la oscuridad.

«Finalmente, incapaz casi de dominar mis facultades, escalé una alta roca, a cuyos pies pasaba un ruidoso torrente. Llegado a la cima divisé una sombra oscura que, sentada sobre una piedra, silenciosa e inmóvil, parecía ella misma también de piedra. Rasgadas nubes huían por el cielo. Una luna color sangre apareció por un instante, reconocí entonces a mi amigo, el prometido de mi amada.

«Apenas me vio, se levantó apresuradamente. Temblé de arriba abajo. Entonces le vi empuñar su espada. Colérico, me lancé contra él y lo agarré. Luchamos unos instantes y luego lo despeñé.

«De repente el silencio se hizo terrible. Sólo el torrente rugió más fuerte como si sepultase eternamente mi pasado en medio del fragor de sus ondas turbulentas.

«Me alejé velozmente de aquel horrible lugar. Entonces me pareció oír a mis espaldas una carcajada aguda y perversa que venía de las copas de los árboles. Al mismo tiempo creí ver en la confusión de mis sentidos, al pájaro que poco antes había perseguido. Me precipité lleno de espanto, a través del bosque, y salté el muro del jardín. Con todas mis fuerzas llamé a las puertas del castillo:

«—¡Abre —gritaba fuera de mí—, ¡abre, he matado al hermano de mi corazón! ¡Ahora eres mía en la tierra y en el infierno!

«La puerta se abrió y la doncella, más hermosa que nunca, se echó contra mi pecho, destrozado por tantas tormentas, y me cubrió de ardientes besos.

«No os hablaré de la magnificencia de las salas, de la fragancia de exóticas y maravillosas flores, entre las cuales cantaban hermosas doncellas, de los torrentes de luz y de música, del placer salvaje e inefable que gusté entre los brazos de la doncella».

En este punto, el ermitaño dejó de hablar. Fuera se oía una extraña canción. Eran pocas notas: ora semejaban una voz humana, ora la voz aguda de un clarinete, cuando el viento soplaba sobre los lejanos montes, encogiendo el corazón.

—Tranquilícense —dijo el caballero—. Estamos acostumbrados a esto desde hace tiempo. Se dice que en los bosques vecinos existe un sortilegio. Muchas veces, en las noches de otoño, esta música llega hasta nuestro castillo. Pero igual que se acerca, se aleja y no nos preocupamos de ello.

Sin embargo, un estremecimiento sobrecogió el corazón de Ubaldo y sólo con esfuerzo consiguió dominarse. Ya no se oía la música. El huésped, sentado, callaba, perdido en profundos pensamientos. Su espíritu vagaba lejos. Después de una larga pausa volvió en sí y retomó su narración, aunque no con la calma de antes:

«Observé que, a veces, la doncella, en medio de todo aquel esplendor, caía en una invencible melancolía cuando veía desde el castillo que el otoño iba a despedirse. Pero bastaba un sueño profundo para que se calmase, y su rostro maravilloso, el jardín y todo el paraje me parecían, a la mañana, frescos y como recién creados.

«Una vez, mientras estaba junto a ella asomado a la ventana, noté que mi amada estaba más triste y silenciosa que de costumbre. Fuera, en el jardín, el viento del invierno jugaba con las hojas caídas. Advertí que mientras miraba el paisaje palidecía y temblaba. Todas sus damas se habían ido, las canciones de los cuernos de caza sonaban aquel día en una lejanía infinita, hasta que, finalmente, callaron. Los ojos de mi amada habían perdido su esplendor, casi hasta apagarse. 
 
«El sol se ocultó detrás de los montes, e iluminó con un último fulgor el jardín y los valles. De repente, la doncella me apretó entre sus brazos y comenzó una extraña canción, que yo no había oído hasta entonces y resonaba en toda la estancia con melancólicos acordes. Yo escuchaba embelesado. Era como si aquella melodía me empujase hacia abajo junto con el ocaso. Mis ojos se cerraron involuntariamente: caí adormecido y soñé.

«Cuando me desperté ya era de noche. Un gran silencio reinaba en todo el castillo y la luna brillaba muy clara. Mi amada dormía a mi lado sobre un lecho de seda. La observé con asombro: estaba pálida, como muerta. Sus rizos caían desordenadamente como enredados por el viento, sobre su rostro y su pecho. Todo lo demás, a mi alrededor, permanecía intacto; igual que cuando me había dormido. Me parecía, sin embargo, como si hubiera pasado mucho tiempo. 
 
«Me acerqué a la ventana abierta. Todo lo de fuera me pareció distinto de lo que siempre había visto. El rumor de los árboles era misterioso. De repente vi junto a la muralla del castillo a dos hombres que murmuraban frases oscuras, y se inclinaban curvándose el uno hacia el otro como si quisieran tejer una tela de araña. No entendí nada de lo que hablaban: sólo oía de vez en cuando pronunciar mi nombre. 
 
«Me volví a mirar la imagen de la doncella que palidecía aún más en la claridad de la luna. Me pareció una estatua de piedra, hermosa, pero fría como la muerte e inmóvil. Sobre su plácido seno brillaba una piedra similar al ojo del basilisco y su boca estaba extrañamente desfigurada.

«Entonces se apoderó de mí un terror como nunca había sentido. Huí de la alcoba y me precipité a través de los desiertos salones, donde todo el esplendor se había apagado. Cuando salí del castillo vi a los dos desconocidos dejar lo que estaban haciendo y quedarse rígidos y silenciosos como estatuas. 
 
«Había al pie del monte un lago solitario, a cuyo alrededor algunas doncellas con túnicas blancas como la nieve cantaban maravillosamente, a la vez que parecían entretenidas en extender sobre el prado extrañas telas de araña a la luz de la luna. Aquella visión y aquel canto aumentaron mi terror. Salté aprisa el muro del jardín. Las nubes pasaban rápidas por el cielo, las hojas de los árboles susurraban a mis espaldas, y corrí sin aliento.

«Poco a poco la noche se fue haciendo más callada y tibia; los ruiseñores cantaban entre los arbustos. Abajo, en el fondo del valle, se oían voces humanas, y viejos y olvidados recuerdos volvieron a amanecer en mi corazón apagado, mientras, ante mí, se levantaba sobre las montañas una hermosa alba de primavera.

«—¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? —exclamé con asombro. No sabía qué me había pasado—. El otoño y el invierno han transcurrido. La primavera ilumina nuevamente el mundo. Dios mío, ¿dónde he permanecido tanto tiempo?

«Finalmente alcancé la cima de la última montaña. Salía un sol espléndido. Un estremecimiento de placer recorrió la tierra; brillaron los torrentes y los castillos; los tranquilos y alegres hombres preparaban sus trabajos cotidianos; incontables alondras volaban jubilosas. Caí de rodillas y lloré amargamente mi vida perdida.

«No comprendí, y aún hoy no lo comprendo, cómo había sucedido todo. Me propuse no bajar más al alegre e inocente mundo con este corazón lleno de pecados y de desenfrenada ansiedad. Decidí sepultarme vivo en un lugar desolado, invocar el perdón del cielo y no volver a ver las casas de los hombres antes de haber lavado con lágrimas de cálido arrepentimiento mis pecados, lo único que en mi pasado era claro para mí.
 
«Así viví todo un año hasta que me encontré con usted. Cada día elevaba ardientes plegarias y a veces me pareció haber superado todo y haber encontrado la gracia de Dios, pero era una falsa ilusión que luego desaparecía. Sólo cuando el otoño extendía de nuevo su maravillosa red de colores sobre el monte y el valle, llegaban de nuevo del bosque cantos muy conocidos. Penetraban en mi soledad, y oscuras voces respondían dentro de mí. 
 
«El sonido de las campanas de la lejana catedral me espanta cuando, en las claras mañanas de domingo, vuela sobre las montañas y llega hasta mí como si buscara en mi pecho el antiguo y callado reino del Dios de la infancia, que ya no existe. 
 
«Sepan que en el corazón de los hombres hay un reino encantado y oscuro, en el cual brillan cristales, rubíes y todas las piedras preciosas de las profundidades con amorosa y estremecedora mirada, y tú no sabes de dónde vienen ni adónde van. La belleza de la vida terrenal se filtra resplandeciendo como en el crepúsculo y las invisibles fuentes, arremolinándose, murmuran melancólicas, todo te arrastra hacia abajo, eternamente hacia abajo».

—¡Pobre Raimundo! —exclamó el caballero Ubaldo, que había escuchado con profunda emoción al ermitaño, absorto e inmerso en su relato.

—¡Por Dios! ¿Quién es que conoce mi nombre? —preguntó el ermitaño levantándose como herido por un rayo.

—Dios mío —respondió el caballero abrazando con afecto al tembloroso ermitaño—. ¿Es que no me reconoces? Yo soy tu viejo y fiel hermano de armas, Ubaldo, y ésta es tu Berta, a la que amabas en secreto y a la que ayudaste a montar a caballo después de la fiesta en el castillo. El tiempo y una vida venturosa han desdibujado nuestro aspecto de entonces. 
 
Te he reconocido sólo cuando comenzaste a relatar tu historia. Jamás he estado en un paraje como el que tú describes y nunca he luchado contigo en el acantilado. Inmediatamente después de aquella fiesta salí para Palestina, donde combatí varios años, y, a mi vuelta, la hermosa Berta se convirtió en mi esposa. 
 
Ella tampoco te ha visto jamás después de aquella fiesta, y todo lo que has contado es una vana fantasía. Un malvado sortilegio, que despierta cada otoño y desaparece después, te ha tenido, mi pobre Raimundo, encadenado con juegos engañosos durante muchos años. Los días han sido meses para ti. Cuando volví de Tierra Santa nadie supo decirme dónde estabas y todos te creíamos perdido.

A causa de su alegría, Ubaldo no se dio cuenta de que su amigo temblaba cada vez más fuertemente a cada una de sus palabras. Raimundo les miraba a él y a su esposa con ojos extraviados. De repente reconoció a su amigo y a la amada de su juventud, iluminados por la crepitante llama de la chimenea.

—¡Perdido, todo perdido! —exclamó trágicamente. Se separó de los brazos de Ubaldo y huyó velozmente en la noche hacia el bosque.

—Sí, todo está perdido, y mi amor y toda mi vida no son más que una larga ilusión —decía para sí mientras corría, hasta que las luces del castillo de Ubaldo desaparecieron a sus espaldas. Involuntariamente, se había dirigido hacia su propio castillo, al que llegó cuando amanecía.

Había amanecido de nuevo un claro día de otoño, como aquel de muchos años antes, cuando se había marchado del castillo. El recuerdo de aquel tiempo y el dolor por el perdido esplendor de la gloria de su juventud se apoderaron de toda su alma. Los altos tilos del jardín susurraban como antaño, pero la desolación reinaba por todos lados y el viento silbaba a través de los arcos en ruinas.

Entró en el jardín. Estaba desierto y destruido. Sólo algunas flores tardías brillaban acá y allá sobre la hierba amarillenta. Sobre una rama un pájaro cantaba una maravillosa canción que llenaba el corazón de una gran nostalgia.

Era la misma melodía que oyera junto a las ventanas del castillo de Ubaldo. Con terror reconoció también al hermoso y dorado pájaro del bosque encantado. Asomado a una ventana del castillo había un hombre alto, pálido y manchado de sangre. Era la imagen de Ubaldo.

Horrorizado, Raimundo alejó la mirada de esa visión y fijó los ojos en la claridad de la mañana. De repente, vio avanzar por el valle a la hermosa doncella a lomos de un brioso corcel. Estaba en la flor de su juventud. Plateados hilos del verano flotaban a sus espaldas; la gema de su diadema arrojaba desde su frente rayos de verde oro sobre la llanura.

Raimundo, enloquecido, salió del jardín y persiguió a la dulce figura, precedido del extraño canto del pájaro.

A medida que avanzaba, la canción se transformaba en la vieja melodía del cuerno de caza, que en otro tiempo le sedujera.

Mis rizos de oro ondean
Y florece mi joven cuerpo dulcemente,

oyó, como si fuera un eco en la lejanía...

Y los arroyos que en el valle silencioso,
Se alejan susurrantes.

Su castillo, las montañas, y el mundo entero, todo se hundió a sus espaldas.

Y el cálido saludo de amor,
Te ofrece el eco de los cuernos de caza.
¡Dulce amor, ven antes de que callen!
resonó una vez más.

Vencido por la locura, el pobre Raimundo siguió tras la melodía por lo profundo del bosque. Desde entonces nadie le ha vuelto a ver.

Corazones Perdidos - M. R. James

Fue, hasta donde puedo averiguar, en septiembre del año 1811 cuando una silla de postas se detuvo ante la puerta de Aswarby Hall, en el corazón de Lincolnshire. El niño que era el único pasajero en la silla, y que saltó tan pronto como se detuvo, miró a su alrededor con la más viva curiosidad durante el corto intervalo que transcurrió entre el toque de la campanilla y la apertura de la puerta principal. 

Vio una casa alta, cuadrada, de ladrillo rojo, construida en el reinado de la reina Ana; se había añadido un pórtico de pilares de piedra en el estilo clásico más puro de 1790; las ventanas de la casa eran muchas, altas y estrechas, con cristales pequeños y carpintería blanca y gruesa. Un frontón, perforado por una ventana redonda, coronaba la fachada. 

Había alas a derecha e izquierda, conectadas por curiosas galerías acristaladas, sostenidas por columnatas, con el bloque central. Estas alas contenían claramente los establos y las dependencias de la casa. Cada una estaba rematada por una cúpula ornamental con una veleta dorada.

Una luz vespertina brillaba sobre el edificio, haciendo que los cristales de las ventanas resplandecieran como otros tantos fuegos. Frente a la mansión se extendía un parque llano, salpicado de robles y bordeado de abetos, que se recortaban contra el cielo. El reloj del campanario de la iglesia, oculto entre los árboles al borde del parque, del que solo su veleta dorada captaba la luz, daba las seis, y el sonido llegaba suavemente, arrastrado por el viento. 

Fue, en conjunto, una impresión agradable, aunque teñida con la especie de melancolía propia de una tarde de principios de otoño, la que se transmitió a la mente del niño que estaba de pie en el porche, esperando que la puerta se abriera para él.

La silla de postas lo había traído desde Warwickshire, donde, unos seis meses antes, había quedado huérfano. Ahora, gracias a la generosa oferta de su anciano primo, el señor Abney, había venido a vivir a Aswarby. La oferta fue inesperada, porque todos los que sabían algo del señor Abney lo consideraban un recluso algo austero, en cuyo hogar de costumbres tranquilas la llegada de un niño pequeño importaría un elemento nuevo y, al parecer, incongruente. 

La verdad es que se sabía muy poco de las ocupaciones o del temperamento del señor Abney. Se había oído decir al profesor de griego de Cambridge que nadie sabía más de las creencias religiosas de los últimos paganos que el dueño de Aswarby. Ciertamente, su biblioteca contenía todos los libros entonces disponibles sobre los Misterios, los poemas órficos, el culto a Mitra y los neoplatónicos. 

En el vestíbulo de mármol se erguía un magnífico grupo de Mitra matando a un toro, que había sido importado del Levante con gran costo por el propietario. Había contribuido con una descripción del mismo al Gentleman's Magazine, y había escrito una notable serie de artículos en el Critical Museum sobre las supersticiones de los romanos del Bajo Imperio. 

Era considerado, en fin, como un hombre absorto en sus libros, y fue motivo de gran sorpresa entre sus vecinos que se hubiera enterado de la existencia de su primo huérfano, Stephen Elliott, y mucho más que se hubiera ofrecido a hacerlo un residente de Aswarby Hall.

Independientemente de lo que esperaran sus vecinos, es cierto que el señor Abney —el alto, el delgado, el austero— parecía dispuesto a dar a su joven primo una amable bienvenida. En el momento en que se abrió la puerta principal, salió disparado de su estudio, frotándose las manos con deleite.

—¿Cómo estás, muchacho? ¿Cómo estás? ¿Qué edad tienes? —dijo él—. Es decir, espero que no estés demasiado cansado del viaje para cenar.

—No, gracias, señor —dijo el joven Elliott—; me encuentro bastante bien.

—Así me gusta —dijo el señor Abney—. ¿Y qué edad tienes, mi niño?

Parecía un poco extraño que hubiera hecho la pregunta dos veces en los dos primeros minutos de conocerse.

—Cumplo doce años en mi próximo cumpleaños, señor —dijo Stephen.

—¿Y y cuándo es tu cumpleaños, mi querido niño? ¿El once de septiembre, eh? Eso está bien, eso está muy bien. Dentro de casi un año, ¿no es así? Me gusta… ¡ja, ja!… me gusta anotar estas cosas en mi libro. ¿Seguro que son doce? ¿Absolutamente seguro?

—Sí, completamente seguro, señor.

—¡Bien, bien! Llévelo a la habitación de la señora Bunch, Parkes, y que tome su té… su cena… lo que sea.

—Sí, señor —respondió el formal señor Parkes; y condujo a Stephen a las dependencias inferiores.

La señora Bunch fue la persona más reconfortante y humana que Stephen había conocido hasta entonces en Aswarby. Lo hizo sentirse completamente como en casa; se hicieron grandes amigos en un cuarto de hora, y grandes amigos siguieron siendo. 

La señora Bunch había nacido en los alrededores unos cincuenta y cinco años antes de la llegada de Stephen, y su residencia en la mansión era de veinte años. En consecuencia, si alguien conocía los entresijos de la casa y el distrito, la señora Bunch los conocía; y no era en absoluto reacia a comunicar su información.

Ciertamente, había muchas cosas sobre la mansión y sus jardines que Stephen, que era de natural aventurero e inquisitivo, estaba ansioso por que le explicaran. «¿Quién construyó el templete al final del paseo de los laureles? ¿Quién era el anciano cuyo retrato colgaba en la escalera, sentado a una mesa, con una calavera bajo la mano?». Estos y muchos otros puntos similares fueron aclarados por los recursos del poderoso intelecto de la señora Bunch. Había otros, sin embargo, de los cuales las explicaciones proporcionadas eran menos satisfactorias.

Una tarde de noviembre, Stephen estaba sentado junto al fuego en la habitación del ama de llaves, reflexionando sobre su entorno.

—¿Es el señor Abney un buen hombre, e irá al cielo? —preguntó de repente, con la peculiar confianza que los niños poseen en la capacidad de sus mayores para resolver estas cuestiones, cuya decisión se cree reservada para otros tribunales.

—¿Buen hombre? ¡Dios bendiga al niño! —dijo la señora Bunch—. ¡El señor es el alma más bondadosa que he visto en mi vida! ¿No te conté nunca lo del niño que recogió de la calle, como quien dice, hace ya siete años? ¿Y lo de la niña, dos años después de que yo llegara aquí?

—No. ¡Cuéntemelo todo, señora Bunch, ahora mismo!

—Bueno —dijo la señora Bunch—, de la niña no parece que me acuerde mucho. Sé que el señor la trajo consigo de su paseo un día, y le dio órdenes a la señora Ellis, que era el ama de llaves entonces, de que la cuidaran con todo esmero. Y la pobrecilla no tenía a nadie que le perteneciera, me lo dijo ella misma, y aquí vivió con nosotros cosa de tres semanas, puede ser; y luego, fuera que tuviera algo de gitana en la sangre o qué sé yo, pero una mañana se levantó de la cama antes de que ninguno de nosotros hubiera pegado ojo, y ni rastro ni huella de ella he vuelto a ver desde entonces. El señor se disgustó muchísimo e hizo dragar todos los estanques; pero yo creo que se la llevaron los gitanos, porque hubo cantos alrededor de la casa durante casi una hora la noche que se fue, y Parkes, él declara que los oyó llamar en los bosques toda esa tarde. ¡Ay, ay! Una niña extraña era, tan silenciosa en sus maneras y todo, pero yo le había cogido un cariño enorme, tan casera que era… sorprendente.

—¿Y qué hay del niño? —dijo Stephen.

—¡Ah, ese pobrecito! —suspiró la señora Bunch—. Era extranjero, Jevanny se hacía llamar, y vino a tocar su organillo por los alrededores del camino de entrada un día de invierno, y el señor lo hizo entrar en el acto, y le preguntó de dónde venía, y qué edad tenía, y cómo se ganaba la vida, y dónde estaban sus parientes, y todo tan amable como se pueda desear. Pero con él pasó lo mismo. Son una gente revoltosa, supongo, esas naciones extranjeras, y una buena mañana se marchó, igual que la niña. Por qué se fue y qué hizo fue nuestra pregunta durante casi un año después; porque nunca se llevó su organillo, y ahí está, en el estante.

El resto de la tarde lo pasó Stephen en un interrogatorio misceláneo a la señora Bunch y en esfuerzos por extraer una melodía del organillo.

Esa noche tuvo un sueño curioso. Al final del pasillo en el piso de arriba de la casa, donde estaba su dormitorio, había un viejo cuarto de baño en desuso. Se mantenía cerrado con llave, pero la mitad superior de la puerta era de cristal y, como las cortinas de muselina que solían colgar allí habían desaparecido hacía tiempo, se podía mirar adentro y ver la bañera revestida de plomo, adosada a la pared de la derecha, con la cabecera hacia la ventana.

La noche de la que hablo, Stephen Elliott se encontró, según le pareció, mirando a través de la puerta acristalada. La luna brillaba a través de la ventana, y él contemplaba una figura que yacía en la bañera.

Su descripción de lo que vio me recuerda a lo que una vez contemplé yo mismo en las famosas criptas de la iglesia de San Michan en Dublín, que poseen la horrible propiedad de preservar los cadáveres de la descomposición durante siglos. 

Una figura inexpresablemente delgada y patética, de un color plomizo y polvoriento, envuelta en una vestidura similar a un sudario, los delgados labios torcidos en una sonrisa débil y espantosa, las manos apretadas fuertemente sobre la región del corazón.

Mientras la miraba, un gemido distante, casi inaudible, pareció brotar de sus labios, y los brazos comenzaron a moverse. El terror de la visión hizo retroceder a Stephen, y despertó al hecho de que, en efecto, estaba de pie en el frío suelo de tablas del pasillo, bajo la plena luz de la luna. Con un coraje que no creo que sea común entre los niños de su edad, fue a la puerta del cuarto de baño para asegurarse de si la figura de su sueño estaba realmente allí. No lo estaba, y volvió a la cama.

La señora Bunch quedó muy impresionada a la mañana siguiente por su historia, y llegó al extremo de volver a colocar la cortina de muselina sobre la puerta acristalada del cuarto de baño. El señor Abney, además, a quien confió sus experiencias en el desayuno, se mostró muy interesado e hizo anotaciones sobre el asunto en lo que él llamaba «su libro».

Se acercaba el equinoccio de primavera, como el señor Abney recordaba con frecuencia a su primo, añadiendo que los antiguos siempre lo habían considerado un momento crítico para los jóvenes; que Stephen haría bien en cuidarse y cerrar la ventana de su dormitorio por la noche; y que Censorino tenía algunas observaciones valiosas sobre el tema. Dos incidentes que ocurrieron por esa época dejaron una impresión en la mente de Stephen.

El primero fue después de una noche inusualmente inquieta y opresiva que había pasado, aunque no podía recordar ningún sueño en particular que hubiera tenido.

La tarde siguiente, la señora Bunch se ocupaba de remendar su camisón.

—¡Santo cielo, señorito Stephen! —exclamó con cierta irritación—. ¿Cómo se las arregla para hacer trizas su camisón de esta manera? ¡Mire aquí, señor, qué molestias les da a los pobres sirvientes que tienen que zurcir y remendar lo que usted estropea!

Había, en efecto, una serie de cortes o rasguños de lo más destructivos y aparentemente deliberados en la prenda, que sin duda requerirían una aguja hábil para repararlos. Se limitaban al lado izquierdo del pecho: cortes largos y paralelos, de unas seis pulgadas de longitud, algunos de los cuales no llegaban a perforar la tela del lino. Stephen solo pudo expresar su total ignorancia sobre su origen; estaba seguro de que no estaban allí la noche anterior.

—Pero —dijo—, señora Bunch, son exactamente iguales que los arañazos en el exterior de la puerta de mi dormitorio; y estoy seguro de que no tuve nada que ver en hacerlos.

La señora Bunch lo miró con la boca abierta, luego cogió una vela, salió apresuradamente de la habitación y se la oyó subir las escaleras. En pocos minutos bajó.

—Bueno —dijo—, señorito Stephen, me resulta muy curioso cómo han podido aparecer esas marcas y arañazos; demasiado altos para que los haya hecho un gato o un perro, y mucho menos una rata; parecen, por todo el mundo, las uñas de un chino, como nos contaba mi tío del comercio del té cuando éramos niñas. Yo no le diría nada al señor, si fuera usted, mi querido señorito Stephen; y eche la llave a la puerta cuando se vaya a la cama.

—Siempre lo hago, señora Bunch, en cuanto termino mis oraciones.

—Ah, ese es un buen niño: reza siempre tus oraciones, y entonces nadie podrá hacerte daño.

Con esto, la señora Bunch se dedicó a remendar el camisón dañado, con intervalos de meditación, hasta la hora de acostarse. Esto fue un viernes por la noche de marzo de 1812.

La tarde siguiente, el dúo habitual de Stephen y la señora Bunch se vio aumentado por la repentina llegada del señor Parkes, el mayordomo, quien por lo general se mantenía bastante apartado en su propia despensa. No vio que Stephen estuviera allí; además, estaba alterado y hablaba con menos lentitud de lo habitual.

—El señor puede subir su propio vino por la noche, si le place —fue su primer comentario—. O lo hago durante el día o no lo hago en absoluto, señora Bunch. No sé qué pueda ser; muy probablemente sean las ratas, o el viento que se ha metido en las bodegas; pero ya no soy tan joven como antes, y no puedo seguir con esto como lo he hecho.

—Bueno, señor Parkes, ya sabe que la mansión es un lugar sorprendente para las ratas.

—No lo niego, señora Bunch; y, desde luego, muchas veces he oído la historia de los hombres en los astilleros sobre la rata que podía hablar. Nunca antes le di crédito a eso; pero esta noche, si me hubiera rebajado a pegar el oído a la puerta del último nicho, casi podría haber oído lo que estaban diciendo.

—¡Oh, vamos, señor Parkes, no tengo paciencia con sus fantasías! ¡Ratas hablando en la bodega, vaya cosa!

—Bueno, señora Bunch, no tengo ningún deseo de discutir con usted; todo lo que digo es que, si decide ir al último nicho y pegar el oído a la puerta, puede comprobar mis palabras en este mismo instante.

—¡Qué tonterías dice, señor Parkes, no son aptas para que las escuchen los niños! ¡Va a asustar al señorito Stephen y a dejarlo sin aliento!

—¡Cómo! ¿El señorito Stephen? —dijo Parkes, dándose cuenta de la presencia del niño—. El señorito Stephen sabe de sobra cuándo estoy bromeando con usted, señora Bunch.

De hecho, el señorito Stephen sabía demasiado bien que el señor Parkes no había tenido la intención de bromear en un principio. Estaba interesado, aunque no del todo gratamente, en la situación; pero todas sus preguntas fueron infructuosas para inducir al mayordomo a dar un relato más detallado de sus experiencias en la bodega.

Hemos llegado ahora al 24 de marzo de 1812. Fue un día de experiencias curiosas para Stephen: un día ventoso y ruidoso, que llenó la casa y los jardines con una impresión de inquietud. 

Mientras Stephen estaba de pie junto a la valla de los terrenos y miraba hacia el parque, sentía como si una procesión interminable de gente invisible pasara barriendo junto a él con el viento, arrastrada irresistible e inútilmente, esforzándose en vano por detenerse, por agarrarse a algo que pudiera detener su vuelo y devolverlos al contacto con el mundo de los vivos del que habían formado parte. Después del almuerzo de ese día, el señor Abney dijo:

—Stephen, muchacho, ¿crees que podrías venir a mi estudio esta noche, tan tarde como a las once? Estaré ocupado hasta esa hora, y deseo mostrarte algo relacionado con tu vida futura que es de suma importancia que conozcas. No debes mencionar este asunto a la señora Bunch ni a nadie más en la casa; y será mejor que te vayas a tu habitación a la hora de siempre.

He aquí una nueva emoción añadida a la vida: Stephen aprovechó con avidez la oportunidad de quedarse despierto hasta las once. Echó un vistazo a la puerta de la biblioteca de camino a su habitación esa noche, y vio un brasero, que a menudo había notado en un rincón de la estancia, sacado frente al fuego; una vieja copa de plata dorada estaba sobre la mesa, llena de vino tinto, y algunas hojas de papel escritas yacían cerca. El señor Abney estaba esparciendo incienso en el brasero desde una caja de plata redonda mientras Stephen pasaba, pero no pareció notar sus pasos.

El viento había amainado, y había una noche tranquila y una luna llena. Hacia las diez, Stephen estaba de pie en la ventana abierta de su dormitorio, mirando el campo. A pesar de la quietud de la noche, la misteriosa población de los lejanos bosques iluminados por la luna aún no se había adormecido. 

De vez en cuando, extraños gritos como de vagabundos perdidos y desesperados sonaban desde el otro lado del lago. Podían ser los cantos de búhos o aves acuáticas, pero no se parecían del todo a ninguno de los dos sonidos. ¿No se estaban acercando? Ahora sonaban desde el lado más cercano del agua, y en pocos momentos parecieron flotar entre los arbustos. 

Luego cesaron; pero justo cuando Stephen pensaba en cerrar la ventana y reanudar su lectura de Robinson Crusoe, divisó dos figuras de pie en la terraza de grava que corría a lo largo del lado del jardín de la mansión: las figuras de un niño y una niña, al parecer; estaban uno al lado del otro, mirando hacia las ventanas. Algo en la forma de la niña le recordó irresistiblemente su sueño de la figura en la bañera. El niño le inspiró un miedo más agudo.

Mientras la niña permanecía quieta, medio sonriendo, con las manos entrelazadas sobre el corazón, el niño, una figura delgada, de pelo negro y ropas raídas, alzaba los brazos al aire con un ademán de amenaza y de un hambre y anhelo insaciables. 

La luna brillaba sobre sus manos casi transparentes, y Stephen vio que las uñas eran terriblemente largas y que la luz las atravesaba. Mientras estaba de pie con los brazos así levantados, reveló un espectáculo aterrador. En el lado izquierdo de su pecho se abría una herida negra y abierta; y cayó sobre el cerebro de Stephen, más que sobre su oído, la impresión de uno de esos gritos hambrientos y desolados que había oído resonar sobre los bosques de Aswarby toda esa tarde. En otro instante, esta espantosa pareja se había movido rápida y silenciosamente sobre la grava seca, y no los vio más.

Inexpresablemente asustado como estaba, decidió tomar su vela y bajar al estudio del señor Abney, pues la hora señalada para su encuentro estaba cerca. El estudio o biblioteca se abría desde el vestíbulo principal por un lado, y Stephen, acuciado por sus terrores, no tardó mucho en llegar. Entrar no fue tan fácil. No estaba cerrada con llave, estaba seguro, pues la llave estaba en el exterior de la puerta como de costumbre. 

Sus repetidos golpes no produjeron respuesta. El señor Abney estaba ocupado: estaba hablando. ¡Qué! ¿Por qué intentaba gritar? ¿Y por qué el grito se ahogaba en su garganta? ¿Había visto él también a los misteriosos niños? Pero ahora todo estaba en silencio, y la puerta cedió al empuje aterrorizado y frenético de Stephen.

Sobre la mesa del estudio del señor Abney se encontraron ciertos papeles que explicaron la situación a Stephen Elliott cuando tuvo edad para entenderlos. Las frases más importantes eran las siguientes:

«Era una creencia muy fuerte y generalmente sostenida por los antiguos —de cuya sabiduría en estos asuntos he tenido tal experiencia que me induce a confiar en sus afirmaciones— que, al realizar ciertos procesos, que para nosotros los modernos tienen algo de bárbaro, se puede alcanzar una iluminación muy notable de las facultades espirituales del hombre: que, por ejemplo, al absorber las personalidades de un cierto número de sus semejantes, un individuo puede obtener un completo dominio sobre aquellos órdenes de seres espirituales que controlan las fuerzas elementales de nuestro universo.

»Se cuenta de Simón el Mago que era capaz de volar por el aire, de volverse invisible o de asumir cualquier forma que quisiera, por la acción del alma de un niño a quien, para usar la frase difamatoria empleada por el autor de las Reconocimientos Clementinos, había “asesinado”».

«Encuentro además consignado, con considerable detalle en los escritos de Hermes Trismegisto, que resultados felices similares pueden producirse por la absorción de los corazones de no menos de tres seres humanos menores de veintiún años. A la prueba de la veracidad de esta receta he dedicado la mayor parte de los últimos veinte años, seleccionando como los corpora vilia de mi experimento a personas que pudieran ser convenientemente eliminadas sin ocasionar un vacío sensible en la sociedad. El primer paso lo efectué con la eliminación de una tal Phoebe Stanley, una muchacha de origen gitano, el 24 de marzo de 1792. El segundo, con la eliminación de un muchacho italiano errante, llamado Giovanni Paoli, la noche del 23 de marzo de 1805. La “víctima” final —para emplear una palabra repugnante en el más alto grado a mis sentimientos— debe ser mi primo, Stephen Elliott. Su día debe ser este 24 de marzo de 1812.

»El mejor medio para efectuar la absorción requerida es extraer el corazón del sujeto vivo, reducirlo a cenizas y mezclarlas con aproximadamente una pinta de algún vino tinto, preferiblemente de Oporto. Los restos de los dos primeros sujetos, al menos, será bueno ocultarlos: un cuarto de baño en desuso o una bodega resultarán convenientes para tal propósito. Puede experimentarse alguna molestia por parte de la porción psíquica de los sujetos, que el lenguaje popular dignifica con el nombre de fantasmas.»

»Pero el hombre de temperamento filosófico —a quien únicamente es apropiado el experimento— será poco propenso a dar importancia a los débiles esfuerzos de estos seres por descargar su venganza sobre él. Contemplo con la más viva satisfacción la existencia ampliada y emancipada que el experimento, si tiene éxito, me conferirá; no solo poniéndome fuera del alcance de la justicia humana (así llamada), sino eliminando en gran medida la perspectiva de la muerte misma».

El señor Abney fue encontrado en su silla, con la cabeza echada hacia atrás, el rostro marcado por una expresión de rabia, espanto y dolor mortal. En su costado izquierdo tenía una terrible herida lacerada, que exponía el corazón. No había sangre en sus manos, y un largo cuchillo que yacía sobre la mesa estaba perfectamente limpio. 

Un gato montés salvaje podría haber infligido las heridas. La ventana del estudio estaba abierta, y la opinión del forense fue que el señor Abney había encontrado la muerte por la acción de alguna criatura salvaje. Pero el estudio de Stephen Elliott de los papeles que he citado lo llevó a una conclusión muy diferente.