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Lo que trajo el gato - Patricia Highsmith

Los segundos de pensativo silencio en la partida de Intelect fueron interrumpidos por un crujido del plástico en la trampilla de la gatera: Portland Bill volvía a entrar. Nadie le hizo caso. Michael y Gladys Herbert iban en cabeza, Gladys un poco por delante de su marido.  Los Herbert jugaban al Intelect a menudo y eran muy hábiles. El coronel Edward Phelps —vecino y buen amigo— avanzaba renqueando y su sobrina americana, Phyllis, de diecinueve años, lo estaba haciendo muy bien, pero había perdido interés en los últimos diez minutos. Pronto sería la hora del té. El coronel estaba amodorrado y se le notaba. —Mito —dijo el coronel pensativamente, empujándose el bigote a lo Kipling con el dedo índice—. Lástima, estaba pensando en terremoto. —Tío Eddie, si tienes mito —dijo Phyllis—, ¿cómo ibas a poner terremoto? El gato hizo un ruido más prolongado en su trampilla y, ya con la negra cola y los cuartos traseros a manchas dentro de la casa, retrocedió tirando de algo hasta que pas...

La Llave Dorada - Hermanos Grimm

  Zagal, que era muy pobre, tuvo que salir, tras la gran nevada invernal, en su trineo, a por leña. Y cuando ya la había reunido y la había cargado, como tenía tantísimo frío, en lugar de irse a su casa quiso antes encender un fuego y calentarse un poco. Cavó en la nieve y cuando estaba limpiando el suelo encontró una llave dorada. Enton­ces pensó que donde estaba la llave tenía que estar tam­bién la cerradura correspondiente, y siguió cavando y encontró una cajita de hierro. « ¡Ay, ojalá sirva la llave! », pensó, pues seguro que había cosas maravillosas y muy valiosas dentro. Buscó, pero allí no había ojo de la cerra­dura. Al fin, sin embargo, encontró uno pequeñísimo y probó, y la llave entró perfectamente. Así que le dio una vuelta y ahora tenemos que esperar a que abra del todo y entonces veremos lo que hay dentro.