INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta dedos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta dedos. Mostrar todas las entradas

Lo que trajo el gato - Patricia Highsmith

Los segundos de pensativo silencio en la partida de Intelect fueron interrumpidos por un crujido del plástico en la trampilla de la gatera: Portland Bill volvía a entrar. Nadie le hizo caso. Michael y Gladys Herbert iban en cabeza, Gladys un poco por delante de su marido. 

Los Herbert jugaban al Intelect a menudo y eran muy hábiles. El coronel Edward Phelps —vecino y buen amigo— avanzaba renqueando y su sobrina americana, Phyllis, de diecinueve años, lo estaba haciendo muy bien, pero había perdido interés en los últimos diez minutos. Pronto sería la hora del té. El coronel estaba amodorrado y se le notaba.

—Mito —dijo el coronel pensativamente, empujándose el bigote a lo Kipling con el dedo índice—. Lástima, estaba pensando en terremoto.

—Tío Eddie, si tienes mito —dijo Phyllis—, ¿cómo ibas a poner terremoto?

El gato hizo un ruido más prolongado en su trampilla y, ya con la negra cola y los cuartos traseros a manchas dentro de la casa, retrocedió tirando de algo hasta que pasó por el óvalo de plástico. Lo que había metido en casa era blancuzco y mediría unos quince centímetros.

—Ha cazado otro pájaro —dijo Michael, impaciente porque pasara el turno de Eddie para poder hacer él una jugada brillante, antes de que alguien se la pisara.

—Parece otra pata de ganso —dijo Gladys, echando una breve ojeada.

El coronel jugó al fin, añadiendo una S a suma. Entonces jugó Michael, despertando la admiración de Phyllis al añadir tico a la palabra can y aprovechar la c para obtener coz.

Portland Bill lanzó su trofeo al aire y este cayó sobre la alfombra con un golpe sordo.

—Está bien muerto ese pichón —comentó el coronel, que era el que estaba más cerca del gato, pero cuya vista dejaba que desear—. Quizás un nabo —le dijo a Phyllis—, un nabo sueco. O una zanahoria con una forma rara —añadió forzando la vista, luego se rió—. He visto zanahorias de las formas más extraordinarias. Una vez vi una...

—Esto es blanco —dijo Phyllis, y se levantó para investigar, puesto que Gladys tenía que jugar antes que ella.

Phyllis, vestida con pantalones y suéter, se inclinó apoyando las manos en las rodillas.

—¡Dios! ¡Oh! ¡Tío Eddie!

Se irguió y se tapó la boca con la mano, como si hubiera dicho algo horrible. Michael Herbert se había levantado a medias de su butaca.

—¿Qué pasa?

—¡Son dedos humanos! —dijo Phyllis—. ¡Mirad!

Todos miraron incrédulos acercándose despacio desde la mesa de juego. El gato miraba, orgulloso, las caras de los cuatro humanos que estaban contemplándolo. Gladys contuvo el aliento.

Los dos dedos estaban muy blancos e hinchados, no había rastro de sangre, ni siquiera en la base de los dedos, que incluía unos cinco centímetros de lo que había sido la mano. Lo que hacía del objeto, innegablemente, los dedos tercero y cuarto de una mano humana eran las uñas, amarillentas y cortas, que parecían pequeñas debido a la hinchazón de la carne.

—¿Qué hacemos, Michael?

Gladys era práctica, pero le gustaba que su marido tomara las decisiones.

—Eso lleva muerto dos semanas por lo menos —murmuró el coronel, que tenía algunas experiencias bélicas.

—¿Podría venir de algún hospital cercano? —preguntó Phyllis.

—¿Un hospital que ampute así? —contestó su tío, con una risita.

—El hospital más próximo está a treinta kilómetros —dijo Gladys.

—Que no lo vea Edna —dijo Michael, mirando su reloj—, desde luego creo que debemos...

—¿Quizá llamar a la policía? —preguntó Gladys.

—Eso estaba pensando. Yo...

La vacilación de Michael fue interrumpida en ese momento por un golpe de Edna —el ama de llaves y cocinera— empujando una puerta en el extremo opuesto del enorme cuarto de estar. La bandeja del té había llegado. Los otros se acercaron discretamente a la mesa baja que había delante de la chimenea, mientras Michael se quedaba de pie fingiendo naturalidad. 

Los dedos estaban justo detrás de sus zapatos. Michael sacó de su bolsillo una pipa y jugueteó con ella, soplando en la boquilla. Le temblaban las manos. Apartó a Portland Bill con el pie.

Finalmente, Edna repartió servilletas y platos y dijo: ¡Que aproveche!

Era una mujer del pueblo, de unos cincuenta y tantos años, buena persona, pero más preocupada por sus propios hijos y nietos que por otra cosa. Gracias a Dios, dadas las circunstancias, pensó Michael. Edna llegaba en su bicicleta a las siete y media de la mañana y se marchaba cuando quería, siempre que dejara algo para la cena. Los Herbert no eran exigentes.

Gladys miraba con ansiedad hacia Michael.

—¡Fuera, Bill!

—Tenemos que hacer algo con esto mientras tanto —murmuró Michael.

Con determinación fue al cesto de los periódicos que estaba al lado de la chimenea, sacó una página de The Times y se volvió a donde estaban los dedos, que Portland Bill estaba a punto de coger. Michael le ganó la vez al gato agarrando los dedos con el periódico. Los demás no se habían sentado. Michael les hizo un gesto para que se sentaran y envolvió los dedos con el periódico, enrollándolo y plegándolo.

—Creo que lo que hay que hacer —dijo Michael— es notificarlo a la policía, porque podría haber gato encerrado.

—O puede haber caído —empezó el coronel, cogiendo su servilleta— de una ambulancia o de algún furgón, ya me entiendes. Puede haber habido un accidente en algún sitio.

—O deberíamos simplemente dejarnos de problemas y desprendernos de ellos —dijo Gladys—. Necesito un té.

Se lo sirvió y se puso a beberlo a sorbos.

Nadie tenía una respuesta a su sugerencia. Era como si los otros tres estuvieran aturdidos o hipnotizados por la presencia de los demás, esperando vagamente de otro una respuesta que no venía.

—Desprendernos de ellos, ¿dónde?, ¿en la basura? —preguntó Phyllis—. Enterrarlos —añadió, como si respondiera a su propia pregunta.

—Pienso que eso no estaría bien —dijo Michael.

—Michael, tómate el té —dijo su esposa.

—Tengo que poner esto en algún sitio hasta mañana —Michael sostenía todavía el paquetito—. A menos que llamemos a la policía ahora. Son ya las cinco y es domingo.

—¿Es que a la policía en Inglaterra le importa que sea domingo o no? —preguntó Phyllis.

Michael se dirigió al armario cercano a la puerta principal con la idea de poner la cosa encima, al lado de un par de sombrereras, pero el gato lo siguió y Michael sabía que el gato en un momento de inspiración podía llegar arriba.

—Creo que ya lo tengo —dijo el coronel, complacido con su idea, pero con aire de tranquilidad por si acaso Edna hacía una segunda aparición—. Ayer mismo compré unas zapatillas en High Street y todavía tengo la caja. Iré a traerla, si me permitís —se fue hacia las escaleras; luego se volvió y dijo en voz baja—: Ataremos la caja con una cuerda. Así lo mantendremos fuera del alcance del gato.

El coronel subió las escaleras.

—¿En qué habitación lo guardaremos? —preguntó Phyllis con una risita nerviosa.

Los Herbert no respondieron. Michael, todavía de pie, sostenía el objeto en la mano derecha. Portland Bill, sentado con las blancas patas delanteras juntas, contemplaba a Michael esperando a ver qué iba a hacer con ello.

El coronel Phelps bajó con la caja de zapatos de cartón blanco. El paquetito entró fácilmente en ella y Michael dejó que el coronel cogiera la caja mientras él iba a lavarse las manos en el aseo junto a la puerta principal. Cuando Michael volvió, Portland Bill todavía esperaba y emitió un esperanzado ¿Miau?

—Vamos a ponerlo dentro del aparador de momento —dijo Michael, y cogió la caja de las manos de Eddie. Pensó que la caja por lo menos estaba comparativamente limpia, la puso al lado de una pila de platos grandes que raramente se usaban y luego cerró la puerta del aparador que tenía llave. Phyllis mordisqueó una galleta y dijo:

—He observado un pliegue en uno de los dedos. Si hay un anillo, podría darnos una pista.

Michael intercambió una mirada con Eddie, que asintió ligeramente con la cabeza. Ellos también habían observado el pliegue. Tácitamente, los dos hombres acordaron ocuparse de eso más tarde.

—¿Más té, querida? —dijo Gladys, y volvió a llenar la taza de Phyllis.

Miau dijo el gato en tono de desilusión. Ahora estaba frente al aparador, mirándolos por encima del lomo. Michael cambió de tema: ¿Qué tal iban las obras en casa del coronel? La pintura de los dormitorios del primer piso era la razón principal por la que el coronel y su sobrina estaban visitando a los Herbert ahora. Pero eso no tenía interés comparado con la pregunta de Phyllis a Michael:

—¿No deberías preguntar si alguien ha desaparecido en el vecindario? Esos dedos pueden corresponder a un asesinato.

Gladys movió la cabeza ligeramente y no dijo nada. ¿Por qué los americanos pensaban siempre en términos tan violentos? Sin embargo, ¿qué podría haber seccionado una mano de esta forma? ¿Una explosión? ¿Un hacha?

Un animado ruido de arañazos hizo levantarse a Michael.

—¡Estate quieto, Bill!

Michael se dirigió al gato y lo echó de allí. Bill había estado intentando abrir la puerta del aparador. Terminaron de tomar el té más rápidamente de lo habitual. Michael se quedó parado al lado del aparador mientras Edna recogía el servicio.

—¿Cuándo vas a investigar lo del anillo, tío Eddie? —preguntó Phyllis.

Ella usaba gafas redondas y era bastante miope.

—No creo que Michael y yo tengamos muy decidido qué hacer, querida —dijo su tío.

—Vamos a la biblioteca, Phyllis —dijo Gladys—. Dijiste que querías ver algunas fotografías.

Phyllis había dicho eso. Había fotografías de la madre de Phyllis y de la casa donde había nacido su madre, en la que ahora vivía el tío Eddie. Eddie era quince años mayor que su madre. Ahora Phyllis deseaba no haber pedido ver las fotos, porque los hombres iban a hacer algo con los dedos y quería verlo. Después de todo ella había diseccionado ranas y peces en el laboratorio de zoología. 

Pero su madre le había aconsejado antes de salir de Nueva York que cuidara sus modales y que no fuera «ordinaria e insensible», adjetivos corrientes de su madre para calificar a los americanos. Phyllis se sentó obedientemente a mirar las fotografías, que tenían quince o veinte años por lo menos.

—Vamos a llevarlos al garaje —dijo Michael a Eddie—. Tengo una mesa de trabajo allí, ya sabes.

Los dos hombres caminaron por el sendero de gravilla hacia el garaje de dos plazas al fondo del cual tenía Michael un taller con sierras y martillos, formones y taladros eléctricos, más una provisión de madera y tablas para el caso de que la casa necesitara una reparación o él se sintiera con ganas de hacer algo. 

Michael era periodista independiente y crítico de libros, pero disfrutaba con los trabajos manuales. En cierto modo, Michael se sintió mejor aquí con la horrible caja. La pondría sobre el robusto banco de trabajo como si fuera un cirujano preparando un cuerpo o un cadáver.

—¿Qué demonios hacemos con esto? —preguntó Michael, que había sacado los dedos tirando de un lado de la hoja de periódico. Los dedos cayeron sobre la superficie de madera muy usada, esta vez con el lado de la palma hacia arriba. La carne blanca estaba mellada por donde había sido cortada y con la intensa iluminación del foco que lucía sobre el banco de trabajo pudieron ver dos trozos de metacarpianos, también mellados, sobresaliendo de la carne. 

Michael dio la vuelta a los dedos con la punta de un destornillador. Hurgó con la punta del destornillador y separó la carne lo suficiente como para ver el reflejo del oro.

—Un anillo de oro —dijo Eddie—. Pero era un trabajador de algún tipo, ¿no crees? Mira estas uñas. Cortas y gruesas. Todavía hay algo de tierra debajo de ellas; por lo menos, están sucias.

—Estoy pensando..., si vamos a informar a la policía, ¿no deberíamos dejarlo como está, sin intentar ver el anillo?

—¿Vas a informar a la policía? —preguntó Eddie con una sonrisa mientras encendía un cigarro—. ¿Sabes en qué lío te meterías?

—¿Lío? Diré que lo trajo el gato. ¿Por qué iba a meterme en un lío? Tengo curiosidad por el anillo. Puede darnos una pista.

El coronel Phelps miró de reojo a la puerta del garaje que Michael había cerrado, pero no con llave. Él también sentía curiosidad por el anillo. Eddie estaba pensando que si hubiera sido la mano de un caballero ya la habrían entregado a la policía.

—¿Habrá muchos labradores por aquí todavía? —caviló el coronel—. Supongo que sí.

Michael se encogió de hombros, nervioso.

—¿Qué hacemos con el anillo?

—Vamos a echarle un vistazo.

El coronel chupó el cigarro serenamente y miró el armario de herramientas de Michael.

—Ya sé lo que necesitamos.

Michael buscó la cuchilla Stanley que usaba normalmente para cortar cartón, sacó la hoja con el pulgar y colocó sus dedos sobre el trozo de palma hinchada. Hizo un corte por encima de donde estaba el anillo y luego por debajo.

Eddie Phelps se inclinó para observar.

—Ni gota de sangre. Desangrado. Igual que en los días de la guerra.

«Solo es una pata de ganso», se decía Michael a sí mismo para no desmayarse. Michael repitió los cortes sobre la superficie del dedo. Le hubiera gustado preguntarle a Eddie si quería terminar el trabajo, pero pensó que eso podía ser una cobardía.

—¡Válgame Dios! —murmuró Eddie.

Michael tuvo que separar algunas tiras de carne y luego tirar fuertemente con las dos manos para sacar el anillo de boda. Era con toda seguridad un anillo de boda de oro corriente, ni muy grueso ni muy ancho, pero adecuado para un hombre. Michael lo limpió en el grifo de agua fría de la pila que tenía a su izquierda. Cuando lo puso cerca de la lámpara, unas iniciales se hicieron legibles: W.R. — M.T. 

Eddie las miró.

—¡Eso sí que es una pista!

Michael oyó al gato arañando la puerta del garaje y luego un maullido. A continuación puso los tres trozos de carne que había cortado dentro de un trapo viejo, lo enrolló y dijo a Eddie que volvería en un minuto. Abrió la puerta del garaje, asustó a Bill con un ¡Fffuuu! y metió el trapo en un cubo de basura que tenía un cierre que el gato no podía abrir. 

Michael había pensado que tenía un plan que proponer a Eddie, pero cuando volvió —Eddie estaba examinando otra vez el anillo— estaba demasiado afectado para hablar. Había querido decir algo acerca de hacer «discretas averiguaciones». En lugar de eso dijo con voz que sonó hueca:

—Vamos a dejarlo..., a menos que se nos ocurra algo brillante esta noche. Dejaremos la caja aquí. El gato no puede cogerla.

Michael no quería la caja ni siquiera en su banco de trabajo. Puso el anillo dentro con los dedos y colocó la caja encima de una pila de bidones de plástico que estaban apoyados contra una pared. Su taller era incluso impenetrable a los ratones. Nada iba a entrar a roer lo de la caja.

Cuando Michael se metió en la cama esa noche, Gladys dijo:

—Si no llamamos a la policía, simplemente tenemos que enterrarlos en algún sitio.

—Sí —dijo Michael vagamente.

De alguna forma parecía un acto criminal, enterrar un par de dedos humanos. Le había contado a Gladys lo del anillo. Las iniciales no le decían nada. El coronel Edward Phelps se fue a dormir muy tranquilamente, después de recordarse a sí mismo que había visto cosas mucho peores en 1941.

Phyllis había intentado durante la cena sonsacar a su tío y a Michael acerca del anillo. Quizá todo se resolviera mañana y resultara ser, de algún modo, algo bastante simple e inocente. De cualquier forma, sería una historia para contar a sus compañeros de universidad. ¡Y a su madre! ¡Así que esa era la tranquila campiña inglesa!

Al día siguiente, que era lunes, con la oficina de correos abierta, Michael decidió hacerle una pregunta a Mary Jeffrey, que hacía doblete como empleada de correos y vendedora de comestibles. Michael compró algunos sellos y entonces le preguntó, como sin darle importancia:

—A propósito, Mary, ¿ha desaparecido alguien últimamente en este vecindario?

Mary, una chica de cara vivaracha y pelo negro rizado, pareció desconcertada.

—¿Cómo desaparecido?

—Desaparecido —dijo Michael con una sonrisa.

Mary meneó la cabeza.

—Que yo sepa, no. ¿Por qué lo pregunta?

Michael había intentado prepararse para esto.

—He leído en algún sitio, en un periódico, que la gente, algunas veces, simplemente desaparece, incluso en pueblos pequeños como este. Se esfuman, cambian de nombre o algo parecido. Nadie se explica a dónde van.

Michael divagaba. No le había salido bien, pero la pregunta estaba hecha.

Anduvo el camino de vuelta a casa deseando haber tenido el valor de preguntarle a Mary si alguien en la zona tenía la mano izquierda vendada o si ella había oído de algún accidente así. Mary tenía amigos que frecuentaban el bar del pueblo. En estos momentos quizá supiese de algún hombre que tuviese la mano vendada, pero Michael no podía decirle a Mary que los dedos desaparecidos estaban en su garaje.

El asunto de qué hacer con los dedos fue pospuesto esa mañana, ya que los Herbert habían planeado ir en coche a Cambridge y después comer en casa de un  catedrático que era amigo de ellos. Era inconcebible cancelar ese plan para complicarse la vida yendo a la policía, así que esa mañana los dedos no se mencionaron en la conversación. Hablaron de otras cosas durante el viaje. 

Michael, Gladys y Eddie habían decidido, antes de salir para Cambridge, que no hablarían más de los dedos delante de Phyllis, si era posible. Eddie y Phyllis tenían que irse el miércoles por la tarde, pasado mañana, y puede que para entonces el asunto estuviese aclarado o en manos de la policía.

Gladys también había advertido amablemente a Phyllis que no mencionara «el incidente del gato» en casa del catedrático, así que Phyllis no lo hizo. Todo salió bien y felizmente y los Herbert, Eddie y Phyllis volvieron a casa alrededor de las cuatro. 

Edna dijo a Gladys que acababa de darse cuenta de que casi no quedaba mantequilla y puesto que estaba vigilando un bizcocho que tenía en el horno... Michael, que estaba en el cuarto de estar con Eddie, lo oyó y se ofreció a ir a la tienda de comestibles.

Compró la mantequilla, un par de paquetes de cigarrillos y una caja de caramelos de café con leche que le apetecieron, y fue atendido por Mary, tan recatada y amable como siempre. Había esperado que ella le diera alguna noticia. Michael había cogido el cambio e iba  hacia la puerta cuando Mary le llamó:

—¡Eh, señor Herbert!

Michael se volvió.

—Precisamente este mediodía supe de alguien que ha desaparecido —dijo Mary, inclinándose hacia Michael por encima del mostrador, sonriéndole—. Bill Reeves. Vive en la finca del señor Dickenson, ya sabe... Tiene una cabaña allí, trabaja la tierra..., o la trabajaba.

Michael no conocía a Bill Reeves, pero sí conocía la finca de Dickenson, que era extensa y estaba al noroeste del pueblo. Las iniciales de Bill Reeves encajaban con las W.R. del anillo.

—¿Sí? ¿Ha desaparecido?

—Hace aproximadamente dos semanas, me dijo el señor Vickers. El señor Vickers tiene una gasolinera cerca de la finca de Dickenson, ya sabe. Vino hoy, así que se me ocurrió preguntarle.

Sonrió de nuevo, como si hubiera resuelto satisfactoriamente la pequeña adivinanza de Michael. Michael conocía la gasolinera y recordaba vagamente el aspecto de Vickers.

—Interesante. ¿Sabe el señor Vickers por qué ha desaparecido?

—No. El señor Vickers dice que es un misterio. La esposa de Bill Reeves también dejó la cabaña hace unos días, pero todo el mundo sabe que fue a Manchester a quedarse allí con su hermana.

Michael asintió con la cabeza.

—Vaya, vaya. Esto demuestra que puede suceder incluso aquí, ¿eh? Que la gente desaparezca.

Sonrió y salió de la tienda.

Lo que hay que hacer es telefonear a Tom Dickenson, pensó Michael, y preguntarle qué sabe. Michael no conocía bien a Tom; se había encontrado con él solo un par de veces en reuniones políticas locales y cosas así. Dickenson tenía aproximadamente treinta años, estaba casado, había heredado y ahora llevaba la vida de un hacendado, pensó Michael. La familia se dedicaba a la industria de la lana, tenía fábricas en el Norte y eran propietarios de sus tierras desde hacía varias generaciones.

Cuando llegó a casa, Michael pidió a Eddie que viniera a su estudio y, a pesar de la curiosidad de Phyllis, no la invitaron a unirse a ellos. Le contó lo que Mary le había dicho acerca de la desaparición de un jornalero llamado Bill Reeves hacía un par de semanas. Eddie estaba de acuerdo en que podían llamar a Dickenson.

—Las iniciales del anillo pueden ser una coincidencia —dijo Eddie—. La finca de Dickenson está a veintidós kilómetros de aquí, según dices.

—Sí, pero aún así creo que lo llamaré.

Michael buscó el número en la guía de teléfonos que tenía en la mesa. Había dos. Marcó el primero. Contestó un criado, o alguien que sonaba como un criado, le preguntó su nombre a Michael y luego dijo que llamaría al señor Dickenson. Michael esperó un minuto largo. Eddie esperaba también.

—Hola, señor Dickenson. Soy uno de sus vecinos, Michael Herbert... Sí, sí, nos hemos visto un par de veces. Verá, tengo una pregunta que hacerle que puede parecerle extraña, pero... creo que tenía usted un trabajador o arrendatario en su finca llamado Bill Reeves.

—¿Síí...? —replicó Tom Dickenson.

—¿Y dónde está ahora? Se lo pregunto porque me dijeron que desapareció hace un par de semanas.

—Sí, es verdad. ¿Por qué lo pregunta?

—¿Sabe usted a dónde fue?

—No tengo ni idea —replicó Dickenson—. ¿Tenía usted negocios con él?

—No. ¿Podría decirme el nombre de su esposa?

—Marjorie.

Eso encajaba con la primera inicial.

—¿Sabe usted el apellido de soltera?

Tom Dickenson rió entre dientes.

—Me temo que no.

Michael miró a Eddie, que estaba observándolo.

—¿Sabe si Bill Reeves llevaba anillo de casado?

—No, nunca presté mucha atención a su persona. ¿Por qué?

«¿Y qué le digo yo ahora?», pensó Michael. Si terminaba la conversación ahí, no habría sacado mucho.

—Porque... he encontrado algo que podría ser una pista en relación con Bill Reeves. Supongo que habrá alguien buscándolo, si nadie sabe su paradero.

—Yo no lo busco —replicó Tom Dickenson con tono despreocupado—. Y dudo que su esposa lo haga tampoco. Ella se mudó hace una semana. ¿Puedo preguntarle qué encontró?

—Preferiría no decírselo por teléfono... Me pregunto si podría ir a verle. O quizá podría usted venir a mi casa.

Después de un momento de silencio, Dickenson dijo:

—Sinceramente, no me interesa Reeves. No creo que haya dejado deudas, que yo sepa, eso tengo que decirlo en su favor. Pero, si quiere que le diga la verdad, no me importa lo que le haya sucedido.

—Ya veo. Lamento haberle molestado, señor Dickenson.

Colgaron.

Michael se volvió hacia Eddie y le dijo:

—Creo que te has enterado de casi todo. Dickenson no está interesado.

—No se puede esperar que a Dickenson le importe la desaparición de un jornalero. ¿Le oí decir que su mujer también se había ido?

—Creí que te lo había dicho. Se fue a Manchester a casa de su hermana, Mary me lo dijo —Michael cogió una pipa del soporte que estaba sobre su mesa de despacho y empezó a llenarla—. El nombre de su esposa es Marjorie. Encaja con la inicial del apellido.

—Cierto —dijo el coronel—, pero hay montones de Marys y Margarets en el mundo.

—Dickenson no sabía su apellido de soltera. Veamos, Eddie, sin la ayuda de Dickenson estoy pensando que debemos llamar a la policía y acabar con este asunto. Estoy seguro de que no puedo decidirme a enterrar esa... cosa. El asunto me obsesionaría. 

Estaría pensando que un perro podría desenterrarlo, incluso si ya son solo huesos o están en peor estado, y la policía tendría que interrogar a más gente además de a mí y seguir una pista no tan fresca.

—¿Todavía piensas que hay gato encerrado? Tengo una idea más sencilla —dijo Eddie con aire tranquilo y lógico—. Gladys dijo que había un hospital a veinticinco kilómetros de aquí, supongo que en Colchester. Podemos preguntar si en las últimas dos semanas o así ha habido algún accidente que implicara la pérdida de los dedos tercero y cuarto de la mano izquierda de un hombre. Tendrán su nombre. Parece un accidente, y del tipo de los que no pasan todos los días.

Michael estaba a punto de expresar su conformidad con esto, por lo menos antes de llamar a la policía, cuando sonó el teléfono. Lo cogió y oyó a Gladys hablando por el teléfono de abajo con un hombre cuya voz sonaba como la de Dickenson.

—Yo contestaré, Gladys.

Tom Dickenson saludó a Michael.

—He ... pensado que si en realidad a usted le gustaría verme...

—Estaría encantado.

—Preferiría hablar con usted a solas, si es posible.

Michael le aseguró que sí y Dickenson dijo que llegaría en unos veinte minutos. Michael colgó el teléfono con una sensación de alivio y le dijo a Eddie:

—Viene ahora y quiere hablar conmigo a solas. Es lo mejor.

—Sí.

Eddie se levantó del sofá de Michael, defraudado.

—Hablará más francamente, si tiene algo que decir. ¿Vas a contarle lo de los dedos?

Miró de soslayo a Michael, levantando sus pobladas cejas.

—Puede que no llegue a eso. Primero veré qué tiene que decir.

—Va a preguntarte qué has encontrado.

Michael lo sabía. Bajaron las escaleras. Michael vio a Phyllis en el jardín trasero, golpeando una pelota de croquet ella sola, y oyó la voz de Gladys en la cocina. Michael informó a Gladys, sin que lo oyera Edna, de la inminente llegada de Tom Dickenson y le explicó por qué: la información de Mary acerca de un tal Bill Reeves que había desaparecido, un jornalero de la finca de Dickenson. Gladys se dio cuenta en seguida de que las iniciales encajaban.

Y llegó el coche de Dickenson, un Triumph descapotable, bastante necesitado de un lavado. Michael salió a recibirlo. «Holas»» y de recuerdo. Cada uno recordaba vagamente al otro. Michael invitó a Dickenson a entrar en la casa antes de que Phyllis acudiera y forzara una presentación.

Tom Dickenson era rubio y más bien alto, llevaba una cazadora de cuero, pantalones de pana y botas verdes de goma que según aseguró a Michael no estaban sucias de barro. Había estado trabajando en su finca y no había tenido tiempo de cambiarse.

—Subamos —dijo Michael indicándole el camino hacia las escaleras.

Michael ofreció a Dickenson un confortable butacón y se sentó en su viejo sofá.

—¿Me dijo usted... que la esposa de Bill Reeves también se fue?

Dickenson sonrió ligeramente y sus ojos gris azulados miraron sosegadamente a Michael.

—Su esposa se marchó, sí. Pero esto sucedió después de que Reeves desapareciera. Marjorie se fue a Manchester, oí decir. Tiene una hermana allí. Los Reeves no se llevaban muy bien. Los dos tienen alrededor de veinticinco años... Reeves era aficionado a la bebida. Me alegraré de sustituir a Reeves, sinceramente. No me será difícil.

Michael esperaba algo más. Pero no llegaba. Se preguntaba por qué Dickenson habría querido venir a verlo para hablar de un jornalero que no le agradaba.

—¿Por qué está usted interesado? —preguntó Dickenson. Luego se echó a reír de una forma que le hacía parecer más joven y alegre—. ¿Es que Reeves le está pidiendo trabajo... con otro nombre?

—Nada de eso —Michael también sonrió—. No tengo sitio para dar alojamiento a un trabajador. No.

—Pero ¿usted dijo que había encontrado algo? —Tom Dickenson frunció las cejas con un cortés gesto de interrogación.

Michael miró al suelo, luego levantó la vista y dijo:

—Encontré dos dedos de la mano izquierda de un hombre, con un anillo de casado en uno de ellos. Las iniciales del anillo podrían corresponder a William Reeves. Las otras iniciales son M.T., que podrían ser Marjorie y un apellido. Esta es la razón por la que pensé que debía telefonearle.

¿Había palidecido Dickenson o eran imaginaciones de Michael? Los labios de Dickenson estaban ligeramente entreabiertos y sus ojos perplejos.

—Dios mío, ¿dónde lo encontró?

—Nuestro gato lo trajo..., lo crea o no. Tuve que decírselo a mi mujer porque el gato lo metió en el cuarto de estar delante de todos nosotros —de alguna manera fue un gran alivio para Michael el haberlo dicho—. Mi viejo amigo Eddie Phelps y su sobrina americana están con nosotros ahora. Ellos también lo vieron.

Michael se levantó. Ahora quería un cigarrillo. Cogió la caja de la mesa del despacho y le ofreció a Dickenson.

Dickenson dijo que había dejado de fumar, pero que le apetecía uno.

—Fue bastante desagradable —continuó Michael—, así que pensé que debía hacer algunas averiguaciones en el vecindario antes de hablar con la policía. pienso que informar a la policía es lo correcto, ¿no cree?

Dickenson no respondió de momento.

—Anoche tuve que cortar parte del dedo para poder sacar el anillo, con la ayuda de Eddie —Dickenson seguía sin decir nada, solo chupaba su cigarrillo, frunciendo el ceño—. Pensé que el anillo podía darnos una pista, y lo hizo, aunque puede que no tenga nada que ver con ese tal Bill Reeves. Usted no parece saber si él llevaba anillo de casado y no sabe el apellido de soltera de Marjorie.

—Oh, esto puede averiguarse —la voz de Dickenson sonaba diferente y más ronca.

—¿Cree que deberíamos hacerlo? ¿O quizás usted sabe dónde viven los padres de Reeves? ¿O los padres de Marjorie? Tal vez Reeves esté ahora con ellos.

—Apostaría a que con sus suegros no —dijo Dickenson con una sonrisa nerviosa—. Ella está harta de él.

—Bien, ¿qué le parece? ¿Llamo a la policía?... ¿Le gustaría ver el anillo?

—No. Le creo.

—Entonces me pondré en contacto con la policía mañana... o esta tarde. Supongo que cuanto antes mejor.

Michael observó que Dickenson echaba ojeadas por la habitación como si fuera a ver los dedos sobre una estantería.

La puerta del despacho se movió y Portland Bill entró. Michael nunca cerraba la puerta y Bill era hábil con las puertas y las abría apoyando las patas delanteras y dándoles un empujón.

Dickenson parpadeó mirando al gato y luego dijo a Michael con voz firme:

—Tomaría un whisky. ¿Puedo?

Michael bajó las escaleras y volvió trayendo la botella y dos vasos en las manos. No había encontrado a nadie en el salón. Michael sirvió el whisky. Luego cerró la puerta de su despacho.

Dickenson tomó una buena parte de su bebida al primer trago.

—Será mejor que le diga ya que yo maté a Reeves.

Un estremecimiento recorrió los hombros de Michael, aunque se dijo a sí mismo que lo había sabido todo el tiempo..., o al menos desde que Dickenson le telefoneó.

—¿Sí? —dijo Michael.

—Reeves había estado... intentando intimar con mi mujer. No le concederé la dignidad de llamarlo una aventura. Le reprocho a mi mujer el haber coqueteado tontamente con Reeves. Simplemente era un patán, por lo menos en lo que a mí concierne. Guapo y estúpido. Su mujer se enteró y lo odiaba por ello —Dickenson chupó el final de su cigarrillo y Michael le ofreció la caja otra vez. Dickenson cogió uno—. Reeves estaba cada vez más seguro de sí mismo. Quise despedirlo y alejarlo, pero no podía a causa del arrendamiento de la cabaña, y no quería airear la situación con mi esposa llevando el asunto a los tribunales... quiero decir, utilizándolo como argumento.

—¿Cuánto tiempo duró eso?

Dickenson tuvo que pensarlo.

—Quizá cerca de un mes.

—¿Y su esposa ahora...?

Tom Dickenson suspiró y se frotó los ojos. Estaba sentado en el sillón encorvado hacia delante.

—Lo superaremos. Apenas llevamos casados un año.

—¿Sabe ella que usted mató a Reeves?

Ahora Dickenson se recostó apoyando una bota en la rodilla y tamborileando con los dedos de una mano sobre el brazo del sillón.

—No lo sé. Puede que crea que simplemente lo despedí. No me hizo ninguna pregunta.

Michael imaginó y también comprendió que Dickenson preferiría que su mujer no lo supiera nunca. Michael se dio cuenta de que tenía que tomar una decisión: entregar a Dickenson a la policía o no. ¿O quizá preferiría Dickenson que le entregara? Estaba escuchando la confesión de un hombre que había tenido un crimen sobre su conciencia durante más de dos semanas, encerrado dentro de sí mismo, o eso era lo que suponía Michael. ¿Y cómo lo había matado Dickenson?

—¿Lo sabe alguien más? —preguntó Michael con cautela.

—Bien, puedo decirle algo sobre eso. Creo que debo hacerlo. Sí.

La voz de Dickenson estaba ronca otra vez y su whisky se había terminado.

Michael se levantó y volvió a llenar el vaso de Dickenson. Este tomó un sorbo y miró fijamente a la pared detrás de Michael.

Portland Bill estaba sentado a poca distancia de Michael, concentrado en Dickenson como si comprendiera cada palabra y estuviera esperando la próxima entrega.

—Le dije a Reeves que dejara de jugar con mi esposa o que abandonara la finca con su mujer, pero él sacó a relucir el arrendamiento... y que por qué no se lo decía a mi esposa. Arrogante, ya sabe, tan ufano por el hecho de que la esposa del amo se hubiera dignado fijarse en él y... —empezó de nuevo—: Los martes y viernes yo voy a Londres a ocuparme de la compañía. Un par de veces Diane dijo que no le apetecía ir a Londres o que tenía algún otro compromiso. Reeves siempre se las arreglaba para encontrar algún trabajillo cerca de la casa esos días, estoy seguro. Y además hubo una segunda víctima, como yo.

—¿Víctima? ¿Qué quiere decir?

—Peter —ahora Dickenson hacía rodar el vaso entre sus manos, con el cigarrillo en los labios, mirando a la pared junto a Michael y hablando como si estuviera narrando lo que veía en una pantalla situada allí—. Estábamos podando setos y cortando estacas para la nueva cerca. Reeves y yo. Hachas y mazos. Peter estaba clavando estacas bastante alejado de nosotros. Peter es otro jornalero como Reeves y ha estado conmigo más tiempo. Yo tenía el presentimiento de que Reeves podía atacarme y decir que había sido un accidente o algo así. Era media tarde y había tomado algunas jarras de cerveza en la comida. Tenía una hachuela. Yo no le daba la espalda a Reeves y mi furia de alguna forma iba creciendo. Tenía una sonrisa en su cara y blandía la hachuela como para alcanzarme en el muslo, aunque no estaba lo bastante cerca de mí. Entonces se puso de espaldas a mí, arrogante, y lo golpeé en la cabeza con el martillo. Lo golpeé una segunda vez cuando estaba cayendo, pero le di en la espalda. Yo no sabía que Peter estaba tan cerca de mí, o no pensé en ello. Peter vino corriendo con su hacha. Dijo: «¡Bien! ¡Maldito hijoputa!»», o algo por el estilo, y... —Dickenson parecía no encontrar palabras y miró al suelo y luego al gato.

—¿Y entonces?... Reeves estaba muerto.

—Sí, todo pasó en segundos. Peter realmente lo remató de un hachazo en la cabeza. Estábamos bastante cerca de un bosque, de mi bosque. Peter dijo: ,«¡Vamos a enterrar a este cerdo! ¡Nos desharemos de él!». Peter tenía la lengua desatada por la ira y yo estaba fuera de mí por una razón diferente, quizá la emoción; Peter dijo que Reeves había estado acostándose también con su esposa, o intentándolo, y que sabía lo de Reeves y Diane. Peter y yo cavamos una fosa en el bosque; trabajamos ambos como locos, cortando raíces de árboles y escarbando la tierra con las manos. Por último, antes de echarlo dentro, Peter cogió la hachuela y dijo algo acerca del anillo de matrimonio y descargó la hachuela un par de veces sobre la mano de Reeves.

Michael no se sentía bien. Se inclinó, principalmente para agachar la cabeza, y acarició el robusto lomo del gato. El gato seguía concentrado en Dickenson.

—Luego... lo enterramos, ambos empapados de sudor para entonces. Peter dijo: «Nadie me sacará ni una palabra, señor. Este cabrón se merecía lo que ha conseguido». Apisonamos la fosa y Peter escupió sobre ella. Peter es todo un hombre, eso tengo que decirlo en su favor.

—Todo un hombre... ¿Y usted?

—No sé —los ojos de Dickenson estaban serios cuando volvió a hablar—. Fue uno de esos días en que Diane tenía una reunión para tomar el té en algún club de mujeres de nuestro pueblo. Esa misma tarde, pensé, ¡Dios mío, los dedos! Quizás estaban allí tirados en el suelo, porque no recordaba si Peter o yo los habíamos echado en la tumba. Así que volví. Los encontré. Pude haber cavado otro agujero, pero no encontré nada con qué hacerlo y tampoco quería... tener nada más de Reeves en mis tierras. Así que me metí en el coche y conduje, sin importarme en qué dirección, sin prestar atención a dónde estaba, y cuando vi un bosque, salí y arrojé aquello lo más lejos posible.

Michael dijo:

—Debió de ser a menos de un kilómetro de esta casa. Portland Bill no se arriesga a ir más lejos, creo. Está capado, el pobre Bill —el gato levantó la vista al oír su nombre—. ¿Confía usted en Peter?

—Sí. Yo conocía a su padre y mi padre también. Y si me preguntaran..., no estoy seguro de si podría decir quién asestó el golpe fatal, si yo o Peter. Pero para ser correcto, yo asumiría la responsabilidad porque yo le asesté dos golpes con el martillo. No puedo alegar defensa propia porque Reeves no me había atacado.

«Correcto, una palabra curiosa», pensó Michael. Pero Dickenson era el tipo de hombre que quería ser correcto.

—¿Qué se propone usted hacer ahora?

—¿Proponer? ¿Yo? —e1 suspiro de Dickenson fue casi un jadeo—. No sé. Yo lo he admitido. De alguna manera está en sus manos o... —hizo un gesto para indicar el piso de abajo—. Preferiría no mezclar a Peter, mantenerlo al margen, si puedo. Usted me entiende, creo. Puedo hablar con usted. Usted es un hombre como yo.

Michael no estaba seguro de eso, pero había estado intentando imaginarse a sí mismo en la situación de Dickenson, intentando verse a sí mismo veinte años más joven en las mismas circunstancias. Reeves había sido un cerdo incluso con su propia mujer, sin escrúpulos, y ¿debía un joven como Dickenson arruinar su vida, o la mejor parte de ella, por un hombre así?

—¿Y qué me dice de la esposa de Reeves?

Dickenson meneó la cabeza y frunció el ceño.

—Me consta que ella lo detestaba. Si él se ha ido sin dejar rastro, yo apostaría a que ella nunca hará el más mínimo esfuerzo por encontrarlo. Se alegrará de haberlo perdido de vista. Estoy seguro.

Se produjo un dilatado silencio. Portland Bill bostezó, arqueó el lomo y se estiró. Dickenson observaba al gato como si fuera a decir algo: después de todo él había descubierto los dedos. Pero el gato no dijo nada. Dickenson rompió el silencio torpemente, pero en un tono cortés:

—A propósito, ¿dónde están los dedos?

—Al fondo del garaje, que está cerrado con llave. Están en una caja de zapatos —Michael se sentía bastante desorientado—. Verá, tengo dos invitados en casa.

Tom Dickenson se incorporó rápidamente.

—Comprendo. Perdone.

—No hay nada que perdonar, pero necesariamente tengo que decirles algo, porque el coronel, mi viejo amigo Eddie, sabe que lo telefoneé a usted por lo de las iniciales del anillo y que venía a vernos..., a verme. Puede que se lo haya comentado a los demás.

—Por supuesto. Lo comprendo.

—¿Puede quedarse aquí unos minutos mientras hablo con ellos abajo? Sírvase el whisky que quiera.

—Gracias —sus ojos no parpadearon.

Michael bajó. Phyllis estaba arrodillada ante el tocadiscos poniendo un disco. Eddie Phelps estaba sentado en una esquina del sofá leyendo el periódico.

—¿Dónde está Gladys? —preguntó Michael.

Gladys estaba cortando rosas marchitas. Michael la llamó. Ella llevaba botas de goma como Dickenson, pero las suyas eran más pequeñas y de un rojo vivo. Michael fue a ver si Edna estaba detrás de la puerta de la cocina. Gladys le dijo que había salido a comprar algo a la tienda de comestibles. Michael contó la historia de Dickenson intentando hacerla breve y clara. Phyllis se quedó con la boca abierta un par de veces.

Eddie Phelps levantaba la barbilla con aire de suficiencia y de vez en cuando decía: «Uhm, uhm».

—Realmente no me gustaría entregarlo, ni siquiera hablar con la policía —aventuró Michael con una voz que era apenas un susurro. Ninguno había dicho nada después del relato y Michael había esperado algunos segundos—. No veo por qué no podemos simplemente dejarlo correr. ¿Qué daño causaría?

—Qué daño causaría, eso —dijo Eddie Phelps, pero para lo que le sirvió a Michael, podía haber sido un simple eco.

—He oído historias como esa... referentes a pueblos primitivos —dijo Phyllis seriamente, como si quisiera decir que encontraba la acción de Dickenson bastante justificable.

Michael había incluido, por supuesto, al jornalero Peter en su relato. ¿Había asestado el martillo de Dickenson el golpe fatal o había sido el hacha de Peter?

—La ética primitiva no es lo que me preocupa —dijo Michael, y al mismo tiempo se sintió confuso. En cuanto a Tom Dickenson, lo que a Michael le preocupaba era justamente lo contrario que a los primitivos.

—¿Y qué otra cosa es? —preguntó Phyllis.

—Sí, sí —dijo el coronel, mirando al techo.

—Verdaderamente, Eddie —dijo Michael—, no estás siendo de mucha ayuda.

—Yo no diría nada. Enterraría esos dedos en algún sitio con el anillo. O quizás el anillo en un sitio distinto, para mayor seguridad. Sí —el coronel hablaba entre dientes, casi murmurando, pero miraba a Michael.

—No estoy segura —dijo Gladys, frunciendo el ceño pensativamente.

—Estoy de acuerdo con tío Eddie —dijo Phyllis, sabiendo que Dickenson estaba arriba esperando su veredicto—. ¡El señor Dickenson fue provocado, gravemente, y el hombre que fue asesinado parece haber sido un ser repulsivo!

—Esta no es la forma en que lo ve la ley —dijo Michael con una sonrisa torcida—. A mucha gente la provocan gravemente. Y una vida humana es una vida humana.

—Nosotros no somos la ley —dijo Phyllis, como si ellos fueran algo superior a la ley en ese momento. Michael había estado pensando lo mismo: no eran la ley, pero estaban actuando como si lo fuesen. Se inclinaba por unirse a Phyllis y Eddie.

—De acuerdo. Preferiría no informar de esto, dadas las circunstancias.

Pero Gladys se resistía. No estaba segura. Michael conocía lo bastante a su esposa para pensar que eso no iba a ser un obstáculo entre ellos, aunque estuvieran en desacuerdo... ahora. Así que Michael dijo:

—Eres una contra tres, Gladys. ¿De verdad quieres destruir la vida de un joven por una cosa como esta?

—Es cierto, debemos votar como si fuéramos un jurado —dijo Eddie.

Gladys comprendió el razonamiento. Accedió. Antes de un minuto, Michael subía las escaleras hacia su despacho, donde el primer borrador de la crítica de un libro estaba colocado en el carro de su máquina de escribir, sin tocar desde hacía dos días. Afortunadamente todavía podría entregarlo a tiempo sin matarse.

—No queremos informar de esto a la policía —dijo Michael.

Dickenson, de pie, asintió con la cabeza solemnemente, como si recibiera un veredicto. Habría asentido de la misma forma si le hubiera dicho lo contrario, pensó Michael.

—Me desharé de los dedos —murmuró Michael, y se inclinó para coger el tabaco de pipa.

—Con toda seguridad eso es responsabilidad mía. Deje que los entierre en algún sitio, con el anillo.

Realmente era responsabilidad de Dickenson y Michael se alegró de verse libre de la tarea.

—De acuerdo. Bien, ¿bajamos? ¿Le gustaría conocer a mi esposa y a mi amigo el coronel...?

—No, gracias. Ahora no —interrumpió Dickenson—. En otra ocasión. ¿Pero podría transmitirles... mi agradecimiento?

Bajaron por otra escalera al fondo del vestíbulo y fueron al garaje, cuya llave tenía Michael en su llavero. Michael pensó por un momento que la caja de zapatos podía haber desaparecido misteriosamente como en una historia de detectives, pero estaba exactamente donde la había dejado, encima de los viejos bidones. Se la dio a Dickenson y este se alejó en su polvoriento Triumph hacia el norte. Michael entró en la casa por la puerta principal.

En ese momento los otros estaban tomando una copa. Michael se sentó aliviado de repente y sonrió.

—Creo que el viejo Portland se merece algo especial de aperitivo, ¿no crees? —dijo Michael, dirigiéndose a Gladys.

Portland Bill estaba mirando sin mucho interés el recipiente de cubitos de hielo. Solo Phyllis dijo «¡Sí!» con entusiasmo.

Michael fue a la cocina y habló con Edna, que estaba espolvoreando harina sobre la mesa.

—¿Quedó algo de salmón ahumado de la comida?

—Una loncha, señor —dijo Edna, como si no valiera la pena servírsela a nadie y ella honestamente no se la hubiera comido, aunque podía haberlo hecho.

—¿Puedo cogerla para el viejo Bill? Le encanta.

Cuando Michael volvió al salón con la loncha rosa en un platito, Phyllis dijo:

—Apuesto a que el señor Dickenson se estrella con su coche camino de casa. Esto es lo que suele pasar —susurró, recordando de pronto sus buenos modales—. Porque se siente culpable.

Portland Bill se tragó el salmón con un fugaz pero intenso placer.

Tom Dickenson no se estrelló.

El hombre con dedos de cobre - Dorothy L. Sayers

El Club de los Ególatras es uno de los sitios más cordiales de Londres. Se trata de un lugar al que uno puede acudir cuando siente necesidad de narrar el extraño sueño que tuvo la noche anterior, o si desea anunciar el magnífico dentista que ha descubierto. Y si uno quiere y tiene el temperamento de una Jane Austen, también puede escribir cartas a ese club, ya que en él no existen salas en las que esté prohibido hablar, y donde parecer ocupado o absorto cuando otro miembro le dirige a uno la palabra, sería una violación de las normas del club. Sin embargo, no pueden hacerse referencias a la pesca ni al golf. Si la moción del honorable Freddy Arbuthnot es aprobada ante la próxima reunión del comité (y hasta ahora, la opinión respecto a ello parece muy favorable), tampoco se podrá hablar de la radio. Como dijo lord Peter Wimsey el otro día, cuando surgió el tema en la sala de fumar, esos son asuntos sobre los que uno puede conversar en cualquier lugar. Por otra parte, el club no es especialmente exclusivo. A nadie se le niega de antemano la entrada, excepto a los hombres graves y silenciosos. A pesar de todo, los candidatos tienen que superar ciertas pruebas cuya naturaleza quedará suficientemente indicada por el hecho de que cierto distinguido explorador vio rechazada su admisión por aceptar, y fumarse, un fuerte cigarro de Trichinopoli como acompañamiento de un oporto del sesenta y tres. Por otro lado, el querido sir Roger Bunt (el vendedor callejero millonario que ganó el premio de veinte mil libras ofrecido por el Sunday Shriek y lo empleó para fundar su inmenso negocio de abastecimientos en el interior del país) fue altamente recomendado y elegido por unanimidad tras declarar francamente que una jarra de cerveza y una pipa eran las únicas cosas que realmente le importaban.

Como lord Peter volvió a decir:

—A nadie le importa la vulgaridad; pero no hay que traspasar los límites de la crueldad.

Aquella tarde en especial, Masterman (el poeta cubista) había llevado con él un invitado, un hombre llamado Varden. Varden había comenzado su vida como atleta profesional, pero un trastorno cardíaco le obligó a dejar una brillante carrera y a emplear su atractivo rostro y su bien formado cuerpo al servicio de la pantalla cinematográfica. Había acudido a Londres, desde Los Angeles, para estimular la publicidad de su nueva gran película "Marathón", y resultó ser una persona muy agradable y nada envanecida, lo cual fue un gran alivio para el club, ya que, con los invitados de Masterman, nunca se podía estar seguro.

Aquella tarde, en la sala marrón no había más que ocho hombres, incluyendo a Varden. Aquella sala, con sus artesonados, sus luces tamizadas y sus gruesas cortinas azules era quizá la más cómoda y agradable de todas las salas de fumar, de las cuales el club poseía media docena o así.

La conversación se había iniciado de forma accidental con el relato hecho por Armstrong de un curioso incidente que había presenciado aquella tarde en la estación del Temple, y Bayes continuó la charla diciendo que aquello no era nada comparado con la cosa verdaderamente extraña que le había ocurrido personalmente una noche de niebla en la carretera de Euston.

Masterman aseguró que en los lugares más solitarios y retirados de Londres había una inmensa cantidad de temas para un escritor, y expuso como ejemplo su propio y extraño encuentro con una llorosa mujer y un mono muerto. Entonces, Judson tomó el mando de la conversación, explicando que cierta vez, a última hora de la noche, en un solitario suburbio, se encontró con el cuerpo de una mujer muerta que yacía sobre el pavimento, con un cuchillo clavado en un costado. Cerca de ella, un policía permanecía inmóvil. El preguntó al agente si podía hacer algo, pero el hombre se limitó a decirle:

—Si yo fuera usted, no intervendría, señor. Esa mujer se merecía lo que le ha pasado.

Judson aseguró que no había podido olvidar el incidente, y luego Pettifer les contó un extraño caso de su experiencia como médico. Ocurrió cuando un hombre totalmente desconocido le condujo a una casa de Bloomsbury donde había una mujer padeciendo los efectos de un envenenamiento por estricnina. Aquel hombre le ayudó de la forma más eficaz durante toda la noche y cuando la paciente estuvo fuera de peligro, el tipo salió de la casa y no volvió a aparecer; lo realmente extraño era que cuando Pettifer preguntó a la mujer, ella le contestó, con gran sorpresa, que nunca había visto a aquel hombre, y que le había tomado por el ayudante de Pettifer.

—Eso me recuerda —comenzó Varden— algo aún más extraño que me ocurrió una vez en Nueva York. Nunca he podido averiguar si se trató de un loco o de una broma, o bien si yo realmente escapé de la muerte por casualidad.

Aquello parecía prometedor, y todos instaron al invitado a que continuase su historia. El actor siguió:

—Bien... En realidad, la cosa comenzó hace mucho tiempo... Siete años o así, poco antes de que Norteamérica entrase en guerra. En aquellos tiempos yo tenía veinticinco años y llevaba poco más de dos dedicado al cine. Había un hombre llamado Eric P. Loder, que por aquella época era bastante bien conocido en Nueva York y que hubiera sido un magnífico escultor si no hubiera tenido más dinero del que le convenía, o al menos eso oí decir a los que se dedican a esas cosas. Hacía muchas exposiciones de sus obras, y a ellas acudían montones de intelectuales... Tengo entendido que hizo varias esculturas en bronce muy buenas. Quizá usted sepa algo de él, Masterman.

—No he visto ninguna de sus esculturas, pero recuerdo algunas fotografías publicadas en El Arte de Mañana — dijo el poeta—. Era un buen artista, pero más bien amanerado. ¿No se adscribió a la tendencia criselefantina ? Supongo que sólo sería para demostrar que podía pagar los materiales.

—Sí, eso parece muy propio de él.

—Desde luego. Además, fue el autor de un grupo muy relamido y muy feo llamado "Lucina", y tuvo la desfachatez de reproducirlo en oro macizo y colocarlo en el recibidor de su casa.

—¡Ah, aquello! Sí, a mí me parecía simplemente horrible. Nunca fui capaz de ver nada artístico en aquella idea. Supongo que ustedes le llaman a eso realismo. Me gustan los cuadros o las estatuas que me hacen sentir bien, si no, ¿para qué están? A pesar de todo, en Loder había algo muy atractivo.

—¿Cómo le conoció usted?

—Bien... Loder me vio en aquella película mía "Apolo en Nueva York". Tal vez ustedes la recuerden. Fue mi primer papel de protagonista. Trataba de una estatua que cobra vida—ya saben, uno de los antiguos dioses—, y de cómo se desenvolvía en una ciudad moderna. La produjo el viejo Reubenssohn. Era un hombre que podía desarrollar cualquier tema con el mayor gusto artístico. En toda la película, de principio a fin, no era posible encontrar un solo átomo de mal gusto, aunque en la primera parte yo no llevaba más vestidura que una especie de capa... tomada de la estatua clásica, ya saben.

—¿El Apolo de Belvedere?

—Me atrevería a decir que sí. Bien, Loder me escribió diciendo que, como escultor, sentía un gran interés por mí, ya que yo me encontraba en muy buena forma y todo eso. Luego me preguntaba si querría hacerle una visita cuando dispusiera de tiempo. Hice averiguaciones respecto al hombre y decidí que aquello sería una buena publicidad. Cuando mi contrato expiró pude disponer de un poco de tiempo, fui a Nueva York y le llamé. Me trató muy amablemente y me pidió que pasase unas cuantas semanas con él.

"Loder poseía una magnífica mansión a unos ocho kilómetros de la ciudad. La casa estaba atestada de cuadros, antigüedades y cosas por el estilo. Mi anfitrión tendría unos treinta y cinco o cuarenta años, era moreno, de aspecto cuidado y de movimientos rápidos y vivaces.

Hablaba muy bien, parecía haber estado en todas partes, haberlo visto todo y no tener buena opinión de nada. Uno podía permanecer escuchándole horas enteras. Conocía anécdotas de todo el mundo, desde el Papa hasta el viejo Phineas E. Groot, del Chicago Ring. Las únicas historias que no me gustaba oír de sus labios eran las picantes. No es que no sepa apreciar un cuento verde, no, señor. No me gustaría que ustedes pensasen que soy un tipo remilgado; pero Loder contaba esas cosas con los ojos fijos en uno, como si sospechara que tú tenías algo que ver con la historia que estaba narrando. He conocido mujeres que obran igual y he visto hombres que también hacen lo mismo con mujeres, provocando en ellas una gran turbación, pero Loder fue el único hombre que me hizo experimentar esa sensación. Sin embargo, aparte de eso, mi anfitrión era el tipo más fascinante que he conocido. Y como digo, su casa era, indudablemente, muy hermosa, y la comida excelente.

"En todo le gustaba tener lo mejor. Tomemos a su amante: María Morano. No creo haber visto nunca nada que se le pueda comparar, y cuando uno trabaja en el cine, tiene buenos patrones para comparar la belleza femenina. Era una de esas mujeres lánguidas, imponentes, de bellos movimientos, expresión plácida y suave y amplia sonrisa. En Estados Unidos no se dan mujeres como ella. María era procedente del Sur. Según Loder, había sido bailarina de cabaret, y ella nunca le contradijo. El hombre estaba muy orgulloso de María, y ella, a su manera, sentía una gran devoción por él. Loder acostumbraba a hacerla posar en el estudio, sin que la chica llevase encima más que una gran hoja de parra o algo por el estilo. Ella permanecía en pie junto a una de las esculturas que mi anfitrión estaba siempre haciéndole. Luego el hombre comparaba, punto por punto, a la mujer y a la estatua. En apariencia, en María sólo había unos cuantos milímetros que no eran del todo perfectos desde el punto de vista escultórico: el segundo dedo de su pie izquierdo era menor que el dedo gordo. Loder, desde luego, corregía esto en las esculturas. María escuchaba tales críticas con sonrisa de buen talante y expresión vagamente sumisa, no sé si me entienden. A pesar de todo, creo que la pobre chica algunas veces se sentía cansada de que Loder se metiera así con ella. En ocasiones se ponía a hablar conmigo y me confesaba que lo que siempre había deseado era tener un restaurante propio, con espectáculo de cabaret, muchos cocineros con mandiles blancos y un montón de relucientes cocinas eléctricas. «Luego me casaría y tendría cuatro niños y una niña», continuaba la chica. Después me citaba los nombres que había elegido para sus hijos. A mí aquello me parecía más bien patético. Al final de una de estas conversaciones entró Loder. El hombre sonreía un poco torcidamente, por lo que me atrevería a decir que, por casualidad, había oído lo que hablábamos. No creo que diera mucha importancia a ello, lo cual demuestra que nunca comprendió de veras a la muchacha. Supongo que al hombre ni siquiera se le ocurrió que una mujer pudiera cansarse de la clase de vida que él daba a María, y si bien Loder era un poco posesivo en su forma de comportarse, al menos nunca la traicionó. A cambio de soportar todas sus charlas y sus desagradables estatuas, María era dueña absoluta de él, y ella lo sabía.

"Permanecí allí un mes completo, disfrutando de una temporada extraordinariamente agradable. En dos ocasiones, Loder tuvo una ráfaga de inspiración artística y se encerró en su estudio durante varios días para trabajar, sin permitir que nadie entrase hasta que hubo concluido. Mi anfitrión era bastante dado a esa clase de cosas, y cuando acababa, celebrábamos una fiesta a la cual acudían todos los amigos y aduladores de Loder para echar un vistazo a la obra de arte. Según creo, por entonces el hombre estaba trabajando en la estatua de una diosa o una ninfa, que debía ser vaciada en plata, y María acostumbraba a acompañarle y posar para él. Excepto en estas ocasiones, Loder me acompañaba a todas partes y vimos cuanto había que ver. Admito que, cuando todo esto concluyó, me sentí muy entristecido. Se declaró la guerra, y yo había decidido alistarme cuando aquello sucediese. Mi trastorno cardíaco me impedía ir al frente, pero contaba con lograr, a fuerza de insistencia, alguna clase de trabajo militar, así que hice las maletas y me largué.

"Nunca hubiera creído que Loder lamentara tan sinceramente decirme adiós. Repitió una y otra vez que volveríamos a reunimos pronto. Sin embargo, yo conseguí un trabajo en los servicios sanitarios y fui mandado a Europa, de donde no regresé hasta 1920, cuando volví a ver a Loder.

"El me había escrito antes, pero en el año 1919 yo tuve que hacer dos películas y no pude aceptar su invitación. Sin embargo, en 1920 me encontré de regreso en Nueva York, haciendo la publicidad de «El Estallido de Pasión». Entonces recibí una nota de Loder en la que me pedía que aceptase su hospitalidad, ya que deseaba que posara para él. Aquello representaba una buena publicidad y, además, gratis, así que acepté. Por entonces me había comprometido con la Mystofilms Ltd. para tomar parte en «Los Bosquímanos», aquella película que se realizó en Australia. Telegrafié a los de la productora que me uniría a ellos en Sydney durante la tercera semana de abril. Luego hice mis maletas y me dirigí a la residencia de Loder.

"El escultor me recibió muy cordialmente, aunque parecía más viejo que la última vez que le vi. Era indudable que se había vuelto más nervioso. Era... —¿cómo podría describirlo?— más intenso, más real, en una palabra. Hizo alarde de su acostumbrado cinismo, como si realmente lo sintiera, y volvió a narrar sus repetidas historias, dando aún más la sensación de que se estaba refiriendo a uno al contarlas. Al principio creí que esta falta de creencia en todo no era más que una especie de pose artística, pero luego empecé a comprender que había sido injusto con él. Pronto advertí que Loder era verdaderamente desgraciado, y en seguida descubrí el motivo. Mientras íbamos en el coche le pregunté por María.

"—Me ha abandonado —replicó él.

"Aquello me sorprendió de veras. Honradamente, no había supuesto que la muchacha tuviera tanta iniciativa.

"Indagué:

"—¿Es que se ha ido a instalar aquel restaurante que tanto deseaba?

"—Le habló de restaurantes, ¿verdad?—dijo Loder—. Supongo que es usted la clase de hombre al que las mujeres hacen confidencias. No. Hizo el idiota. Se fue.

"No supe qué decir. Era evidente que estaba tan herido en su amor propio como en sus sentimientos. Murmuré las palabras que se dicen en tales casos y añadí que aquello debió significar una gran pérdida para su trabajo, así como en otros aspectos. Loder me dio la razón.

"Le pregunté cuándo había ocurrido aquello y si había concluido la ninfa en la que estaba trabajando antes de que yo me fuera. Dijo que sí, que la había acabado y hecho otra..., algo muy original, que a mí me gustaría.

"Llegamos a la casa y cenamos. Mientras lo hacíamos, Loder me anunció que se iba a ir a Europa en breve, pocos días después de que yo mismo me fuera. La ninfa se encontraba en el comedor, en un nicho especial abierto en la pared. Se trataba, realmente, de una escultura maravillosa. No era tan llamativa como la mayor parte de las obras de Loder, y su parecido con María era asombroso. Loder me hizo sentar frente a la estatua, de forma que pudiera verla durante la cena y la verdad es que apenas pude apartar mis ojos de ella. Mi anfitrión parecía muy orgulloso de su obra, y no cesó de decirme lo mucho que le alegraba que a mí me gustase. Me dio la impresión de que Loder había cogido la muletilla de repetirse a sí mismo.

"Después de la cena pasamos a la sala de fumar. La habitación había sido reorganizada, y la primera cosa que saltaba a la vista era un enorme banco que había ante la chimenea. Estaba a cosa de medio metro del suelo y consistía en una base como la de una poltrona romana, con cojines y un alto respaldo, todo ello hecho de roble con incrustaciones de plata. Sobre todo esto, formando el verdadero asiento donde uno se instalaba — si ustedes me siguen —, había una gran figura platea¬da de una mujer desnuda, de tamaño natural, que yacía con la cabeza echada hacia atrás y los brazos extendidos a lo largo de los costados del diván. Unos cuantos cojines sueltos hacían posible utilizar la obra como un verdadero asiento, aunque debo decir que no era, en absoluto, un sitio cómodo donde sentarse. Como objeto ornamental, para dar una idea de disipación, tal obra hubiera sido excelente, pero ver a Loder acomodarse sobre aquello, junto a su chimenea, me produjo una especie de shock. A pesar de todo, él parecía estar muy encariñado con el diván.

"—Le dije que era algo muy original —comentó para mí.

"Entonces miré más de cerca y me di cuenta de que, en realidad, la figura era la de María, aunque el rostro estaba más bien abocetado , no sé si me entienden. Supongo que Loder creyó que un tratamiento un poco tosco estaba más de acuerdo con una pieza de mobiliario.

"Al ver aquel diván, comencé a pensar que mi anfitrión era un poco degenerado. Y en la quincena que siguió fui sintiéndome cada vez más a disgusto con él. Aquel modo de ser suyo cada día se acentuaba más, y a veces, mientras posaba para él, Loder se sentaba en aquel diván y contaba las cosas más brutales, con sus penetrantes ojos fijos en mí, para ver cómo reaccionaba ante tales narraciones. Pueden creer que me hizo un enorme favor, porque comencé a creer que me sentiría más a gusto entre los bosquímanos... Bueno, y ahora viene la cosa verdaderamente extraña.

Todo el mundo se echó hacia adelante en sus asientos y prestó expectante atención.

—Fue la noche antes de que yo partiese hacia Nueva York —continuó Varden—. Me encontraba sentado...

En aquel momento alguien abrió la puerta de la sala y fue recibido por un ademán preventivo de Bayes. El intruso se hundió en un gran sillón y se sirvió él mismo un whisky, con el mayor de los cuidados para no molestar al que estaba hablando.

—Me encontraba sentado en la sala de fumar — siguió Varden—, esperando a que Loder llegase. Estaba solo en la casa, ya que Loder había dado permiso a los criados para que acudieran a no sé qué espectáculo o conferencia, y él mismo estaba arreglando sus asuntos para su viaje a Europa y tenía que acudir a una cita con su representante. Debí de quedarme adormecido porque cuando desperté había caído ya la noche. Entonces vi a un joven que estaba muy cerca de mí.

"El hombre no parecía en absoluto un ladrón, y mucho menos aún un fantasma. Casi podría decir que su aspecto era del todo ordinario. Llevaba un traje gris, un abrigo color beige al brazo y en su mano un sombrero flexible y un bastón. Su cabello era liso y descolorido, y el suyo era uno de esos rostros más bien estúpidos, de larga nariz y con monóculo. Le miré fijamente. Sabía que la puerta de la casa estaba cerrada, pero antes de que pudiera llegar a ninguna conclusión, él me habló. Tenía una voz vacilante y ronca, y un fuerte acento inglés. Me preguntó:

"—¿Es usted el señor Varden?

"—Sabe usted más que yo —contesté.

"El replicó:

"—Perdone que me entrometa; sé que eso parece de mala educación, pero lo mejor que puede usted hacer es irse inmediatamente de esta casa.

"—¿Qué diablos quiere usted decir?

"—No trato de inmiscuirme en asuntos que no me importan; pero debe usted comprender que Loder no le ha perdonado, y mucho me temo que trate que convertirle en un perchero o en el pie de una lámpara eléctrica, o en cualquier cosa por el estilo.

"¡Dios mío! Puedo asegurarles que me sentí asombrado. La voz del hombre era tranquila, y sus modales, perfectos y, sin embargo, sus palabras carecían totalmente de sentido. Recordé que suele decirse que los locos tienen una enorme fortaleza, y me dirigí hacia el timbre... Entonces recordé, con un escalofrío, que me encontraba solo en la casa.

"—¿Cómo ha entrado? —le pregunté, adoptando una expresión decidida.

"—Lamento decir que utilicé una ganzúa —replicó el hombre, de forma tan indiferente como si se estuviese disculpando por no tener una carta de presentación—.

No podía estar seguro de que Loder no hubiera regresado. Pero creo de veras que lo mejor que puede usted hacer es irse lo más rápido posible.

"—Veamos — dije yo —. ¿Quién es usted y dónde diablos quiere ir a parar? ¿Qué significa esto de que Loder no me ha perdonado? ¿Qué tenía que perdonarme?

"—Pues... lo de..., y perdone que me entrometa en su vida privada, lo de María Morano.

"—¿Y qué diablos pasa con ella? —grité—. De todas maneras, ¿qué sabe usted de María? Se fue mientras yo estaba en la guerra. ¿Qué tiene eso que ver conmigo?

"—¡Oh! — exclamó el extraño joven —. Le suplico que me perdone. Tal vez he confiado excesivamente en el juicio de Loder. Será una condenada estupidez, pero nunca se me ocurrió la posibilidad de que él estuviera equivocado. Cree que, cuando estuvo aquí la última vez, usted fue amante de María Morano.

"—¿Amante de María? —repetí—. ¡Eso es ridículo! Ella se largó con su hombre, quienquiera que fuese. Loder debía saber que María no se fue conmigo.

"—María nunca ha abandonado la casa —replicó el joven—. Y si usted no sale de aquí ahora mismo, tampoco respondo de que usted la abandone nunca.

"—¡En nombre de Dios!, ¿qué diablos quiere usted decir? —grité, exasperado.

"El hombre se volvió y retiró los cojines azules que había a los pies del plateado diván.

"—¿Ha examinado usted estos dedos? —me preguntó.

"—No especialmente —respondí, aún más confundido—. ¿Por qué tendría que haberlo hecho?

"—¿Ha visto usted alguna vez que Loder hiciera alguna figura de María con ese dedo segundo del pie izquierdo tan corto? —prosiguió él.

"Eché un vistazo a lo que el hombre indicaba y pude ver que era como él decía: el segundo dedo del pie izquierdo era más corto que el pulgar.

"—Así es — admití —, pero, después de todo, ¿qué importancia tiene?

"—¿Cree usted que ninguna? —preguntó el joven—. ¿No le gustaría conocer el motivo de que, de entre todas las esculturas que Loder hizo de María, ésta sea la única que tenga el mismo pie que la mujer?

"El hombre tomó el atizador.

"—¡Mire! —dijo.

"Con mucha más fuerza de la que yo había esperado de él, el hombre asestó un terrible golpe con el atizador sobre el plateado diván. El enorme batacazo alcanzó a uno de los brazos de la figura a la altura del codo, produciendo una profunda melladura en la plata. El hombre tiró del brazo y lo arrancó. Estaba hueco y, tan cierto como que estoy vivo, en su interior había un seco y largo hueso humano.

Varden hizo una pausa y bebió un largo trago de whisky.

—¿Y bien...? —gritaron varias voces sin aliento.

—Pues... no me avergüenzo de decir que huí de la casa como un conejo que oye acercarse al cazador. Frente al edificio había un coche, y el conductor abrió la puerta. Entré en el vehículo y entonces se me ocurrió que todo aquello podía ser una trampa, así que volví a salir y eché a correr hasta que llegué a la parada de tranvías. Sin embargo, al día siguiente encontré mis maletas en la estación, debidamente registradas con dirección a Vancouver.

"Cuando recobré la serenidad, me pregunté lo que pensaría Loder acerca de mi desaparición, pero estaba tan poco dispuesto a volver a aquella casa como a tomar veneno. A la mañana siguiente salí hacia Vancouver y desde entonces no he vuelto a ver ninguno de aquellos hombres. Sigo sin tener la menor idea de quién era aquel joven ni de lo que pasó con él. De forma indirecta me enteré de que Loder había muerto, en un accidente, según creo.

Se produjo un breve silencio, y luego:

—Esa es una historia condenadamente buena, señor Varden —dijo Armstrong. El hombre sentía afición a distintas clases de trabajos manuales y era, sin duda alguna, el principal responsable de la moción del señor Arbuthnot para prohibir las conversaciones respecto a la radio. Haciendo alarde de sus habilidades, el hombre continuó—: Pero..., ¿sugiere usted que en el interior de ese vaciado en plata había un esqueleto completo? ¿Quiere usted decir que Loder lo puso en el interior del molde cuando se hizo el vaciado? Eso hubiera sido terriblemente difícil y peligroso... el más leve accidente le hubiera puesto a merced de sus trabajadores. Además, esa estatua hubiese debido de ser considerablemente mayor que el tamaño natural para conseguir que el esqueleto resultara bien cubierto.

—Sin darse cuenta, el señor Varden le ha conducido a conclusiones erróneas, Armstrong —dijo, de pronto, una tranquila y ronca voz que surgía de las sombras existentes tras el sillón de Varden —. La figura no era de plata, sino galvanoplastiada sobre una base de cobre depositada directamente sobre el cuerpo. En realidad, a esa dama se le dio un baño de plata, como a algunos cubiertos. Supongo que las partes blandas de su cuerpo fueron digeridas por pepsinas o alguna preparación de esa clase después de que el proceso hubo concluido, pero no tengo la seguridad de que fuera así.

—Hola, Wimsey —dijo Armstrong—. ¿Eras tú el que acaba de entrar? ¿Cuál es el motivo de que hagas una declaración tan tajante?

El efecto que la voz de Wimsey produjo en Varden fue extraordinario. El actor se puso en pie y volvió la lámpara, de forma que iluminase el rostro del que había hablado.

—Buenas noches, señor Varden —dijo lord Peter—. Estoy encantado de volverle a ver y de tener la oportunidad de disculparme por mi poco ceremonioso comportamiento de la última vez que nos encontramos.

Varden aceptó la mano que el otro le tendía, pero fue incapaz de pronunciar palabra.

—¿Quieres decir que eras tú el misterioso desconoci¬do del cuento de Varden? —preguntó Bayes—. ¡Ah, claro! — añadió, bruscamente —. Debimos haberlo supuesto por su vivida descripción.

—Bueno, ya que estás aquí, creo que deberías concluir la historia —invitó Smith-Hartington, el periodista que trabajaba en el Morning Yell.

—¿Se trató sólo de una broma? —preguntó Judson.

—Claro que no —interrumpió Pettifer, antes de que lord Peter tuviera tiempo de replicar—. ¿Por qué iba a serlo? Wimsey ha visto el suficiente número de cosas extrañas como para no tener que inventar ninguna.

—Eso es muy cierto — dijo Bayes —. Se debe a poseer dotes deductivas y todas esas cosas y, además, a andar metiendo siempre las narices en asuntos sobre los que sería mejor no investigar.

—Todo esto está muy bien, Bayes —replicó su señoría—, pero... ¿dónde estaría el señor Varden si yo aquella noche no hubiera intervenido?

—¡Ah, dónde! Eso es exactamente lo que deseamos saber — exigió Smith-Hartington —. Vamos, Wimsey; sin andarse por las ramas. Queremos conocer la historia.

—Y toda la historia — añadió Pettifer.

—Y nada más que la historia —concluyó Armstrong, retirando diestramente la botella de whisky y los cigarros de debajo de las narices de lord Peter—. Anda con ello, hijo. No fumarás una sola bocanada ni beberás un sorbo hasta que hayas concluido.

—¡Bruto! —exclamó su señoría, quejosamente. Luego siguió, con un cambio en su tono—: En realidad, se trata de una historia que no deseo airear. Podría colocarme en una posición muy desagradable: la de que me acusaran de homicidio sin premeditación, e incluso de asesinato.

—¡Caramba! —exclamó Bayes.

—Muy bien — dijo Armstrong —. Nadie dirá nada. Ya sabes que en el club no podríamos soportar tu pérdida. Smith-Hartington tendrá que controlar su pasión por repetir cuanto se le dice, y eso será todo.

Cuando todos hubieron hecho promesas de discreción, Lord Peter volvió a acomodarse y comenzó su narración:

—El curioso caso de Eric P. Loder es una muestra más de las extrañas formas mediante las cuales un poder que está más allá de la débil voluntad humana arregla los asuntos de los hombres. Llamémosle Providencia, llamémosle Destino...

—Podemos no llamarle de ninguna forma —le interrumpió Bayes—. Puedes saltarte esa parte.

Lord Peter lanzó un suspiro de resignación y volvió vio a empezar:

—Bien... La primera cosa que me hizo sentir curiosidad respecto a Loder fue un comentario casual hecho por un hombre en la oficina de Emigración de Nueva York, adonde yo tuve que ir por algo relacionado con aquel estúpido asunto de la señora Bilt. El tipo dijo: "—¿Qué narices se le habrá perdido a Eric Loder en Australia? Yo hubiera dicho que Europa está más en su línea.

"—¿Australia? —pregunté—. Está usted equivocado, buen hombre. El otro día él me dijo que dentro de tres semanas se iba a Italia.

"—De Italia, nada —replicó el hombre—. Hoy ha venido aquí preguntando cómo se podía ir a Sydney, cuáles eran las formalidades necesarias, y cosas por el estilo.

"—¡Ah! —exclamé—. Supongo que piensa ir por la ruta del Pacífico, y en su viaje hará escala en Sydney.

"Sin embargo, seguí preguntándome por qué no me lo había dicho así cuando le encontré el día anterior. Entonces me había explicado que salía en barco para Europa y que, antes de ir a Roma, se detendría en París.

"Me sentí tan intrigado, que dos noches después fui a visitar a Loder.

"El pareció encantado de verme, y no cesó de hablar de su próximo viaje. Volví a preguntarle respecto a su ruta y me respondió que iba vía París.

"Bien, eso era todo y, realmente, no se trataba de nada de mi incumbencia, así que charlamos de otras cosas. Loder me dijo que el señor Varden iba a ir a hospedarse con él antes de que partiese para Europa, y que esperaba conseguir que el actor, antes de irse, posara para una figura que pensaba hacerle. El escultor añadió que nunca había visto un hombre tan perfectamente formado como Varden.

"—Tenía el propósito de lograr que posara para mí desde hace tiempo —añadió—, pero estalló la guerra y se alistó en el Ejército antes de que yo tuviera tiempo de empezar.

"En aquellos momentos se encontraba retrepado en su horrible diván y, en un instante en que no se daba cuenta de que le observaba, capté un brillo tan desagradable en sus ojos, que sufrí un sobresalto. Tenía a la figura agarrada por el cuello y sonreía torcidamente.

"—Espero que no sea ninguno de tus experimentos galvanoplásticos — comenté.

"—Bueno, pensaba hacer una especie de compañero de esta figura. El Atleta Durmiente, o algo por el estilo.

"—Será mucho mejor que lo vacíes —dije—. ¿Por qué recurrir a un procedimiento tan tosco? Eso destruye el detalle.

"Aquello le puso incómodo. Nunca le había gustado que pusieran peros a sus obras de arte.

"—Lo del diván fue sólo un experimento — explicó —. Estoy dispuesto a que la próxima sea una verdadera obra maestra. Ya lo verás.

"Al llegar a este punto apareció el mayordomo para preguntar si debía preparar una cama para mí, ya que la noche era muy mala. No nos habíamos fijado en el tiempo que hacía, aunque, cuando salí de Nueva York, amenazaba lluvia. Miramos afuera y vimos que estaba cayendo un torrencial aguacero. Eso no hubiera importado a no ser porque yo sólo había llevado un coche deportivo abierto, no llevaba abrigo, y, la verdad, la perspectiva de conducir ocho kilómetros bajo tal chaparrón no era nada apetecible. Loder insistió en que me quedase, y yo acepté.

"Me sentía un poco fatigado, así que me fui en seguida a la cama. Loder dijo que antes deseaba trabajar un poco en el estudio, y vi cómo desaparecía por el pasillo.

"Como no me dejáis mencionar la Providencia, sólo diré que fue un hecho muy notable el que me despertase a las dos de la madrugada y me encontrara reposando sobre un enorme charco de agua. El mayordomo había colocado una bolsa de agua caliente entre las sábanas, ya que la cama hacía tiempo que no era empleada. Y resultó que aquel repulsivo objeto había vaciado su contenido mientras yo dormía. Permanecí despierto durante diez minutos en las profundidades de aquella húmeda porquería antes de reunir la fortaleza suficiente para investigar. Al hacerlo, advertí que la situación era desesperada. No había arreglo posible. Todo estaba empapado: las sábanas, las mantas y el colchón. Dirigí una mirada de disgusto hacia el sillón del cuarto y entonces se me ocurrió una brillante idea. Recordé que en el estudio había un enorme y encantador sofá, con una manta de piel y un montón de cojines. ¿Por qué no acabar allí la noche? Tomé la pequeña linterna eléctrica que siempre llevo conmigo y me dirigí hacia allí.

"El estudio estaba vacío, por lo que supuse que Loder había concluido su trabajo y se había ido a dormir. El sofá estaba allí, aislado en parte por un biombo. Sin pensar más me envolví en la manta y me dispuse a descansar.

"Estaba a punto de volverme a dormir cuando oí unas pisadas. Estas no provenían del corredor, sino que, en apariencia, sonaban en el otro lado de la habitación. Me sentí sorprendido, ya que no sabía que por allí hubiera ningún pasillo ni habitación. Permanecí tumbado y alerta y poco después vi aparecer una raya de luz bajo la puerta del armario donde Loder guardaba sus herramientas. La grieta de luz se ensanchó y por allí salió Loder, llevando una linterna eléctrica. Cerró muy suavemente la puerta del armario tras él y cruzó el estudio. Se detuvo ante el caballete y lo descubrió; pude verle a través de un agujero del biombo. Permaneció unos minutos mirando el boceto que había en el caballete, y luego soltó una de las risas más desagradables que he tenido oportunidad de oír. Si yo había tenido la más leve intención de hacerlo, al oír aquello abandoné todo propósito de anunciar mi presencia. Luego Loder volvió a cubrir el caballete y salió por la puerta que yo había empleado para entrar.

"Esperé hasta estar seguro de que se había ido, y entonces me puse silenciosamente en pie. Fui de puntillas hasta el caballete para ver de qué fascinante obra de arte se trataba. En seguida me di cuenta de que era el diseño para la figura del Atleta Durmiente, y, mientras lo miraba, me sentí invadido por una especie de horrible convicción. Era una idea que parecía comenzar en mi estómago y llegar hasta las raíces de mis cabellos.

"Mi familia dice que soy demasiado curioso. Lo único que yo puedo decir es que ni caballos salvajes tirando de mí me hubieran impedido investigar aquel armario. Con la sensación de que podía encontrarme con algo verdaderamente espantoso — me sentía un poco excitado y era una pésima hora de la noche—, puse una heroica mano en el tirador de la puerta.

"Para mi asombro, el armario ni siquiera estaba cerrado. Se abrió en seguida y en el interior pude ver una serie de estanterías, totalmente inofensivas y muy bien ordenadas, ninguna de las cuales era posible que hubiera podido albergar el cuerpo de Loder.

"Para entonces, mi curiosidad ya estaba picada, así que me dediqué a buscar el oculto resorte que estaba convencido de que había. Lo encontré sin demasiadas dificultades. La parte trasera del armario giró silenciosamente hacia adentro, y yo me encontré ante un angosto tramo de escaleras.

"Antes de seguir adelante, tuve el suficiente buen sentido para asegurarme de que la puerta se podía abrir desde el interior. También cogí de una de las estanterías una gruesa maza para utilizarla como arma en caso de accidente. Luego cerré la puerta y, con ligereza digna de un fantasma, comencé a bajar aquellas vetustas escaleras.

"Al final de los escalones había otra puerta, pero no me costó mucho averiguar su secreto. Sintiéndome terriblemente excitado la abrí valientemente, con la maza lista para entrar en acción.

"Sin embargo, el cuarto parecía estar vacío. Mi linterna captó el brillo de algo líquido, y luego encontré el interruptor de la luz. Al hacerlo, me encontré en una gran habitación cuadrangular, que estaba dispuesta como un taller. En la pared de la derecha había un gran cuadro de mandos, con un banco debajo. Del centro del techo colgaba una gran lámpara, que estaba sobre un gran tanque de cristal, que tendría sus buenos dos metros de largo por uno de ancho. Encendí la gran lámpara y miré en el interior del gran depósito. Estaba lleno de un líquido oscuro que reconocí como el compuesto de cianuro y sulfato de cobre que se utiliza normalmente para la galvanoplastia.

"Las varillas colgaban sobre el líquido con todos sus ganchos vacíos, pero en un lado de la habitación había un embalaje medio abierto y, al levantar su tapa, pude ver en su interior un montón de ánodos de cobre —los suficientes para extender una capa de plata de más de medio centímetro sobre una figura de tamaño humano —. También había otra caja más pequeña, aún cerrada, que, por su peso, supuse contenía la plata para el resto del proceso. Buscaba algo más, y lo encontré en seguida: una considerable cantidad de grafito preparado y una gran botella de barniz.

"Desde luego, en realidad no había ni sombra de evidencia de que allí se estuviese fraguando nada malo. No existía ninguna razón por la que Loder, si la cosa le gustaba, no pudiera hacer un vaciado en yeso y someterlo luego a un proceso galvanoplástico. Pero entonces encontré algo que no podía haber llegado hasta allí de forma lógica.

"Sobre el banco había una placa oval de cobre que mediría unos cuatro centímetros de largo. Supuse que aquél era el trabajo realizado por Loder aquella noche. Se trataba de un electrotipo del sello consular norteamericano, eso que taponan sobre la fotografía del pasaporte para evitar que uno la arranque y la cambie por la de su amigo el señor Jiggs, al cual le gustaría mucho salir del país porque es un personaje muy popular entre los de Scotland Yard.

"Me senté en el taburete de Loder y comencé a deducir los detalles de aquel bonito plan. Todas mis suposiciones se basaban en tres hechos: Primero debía averiguar si Varden se proponía viajar dentro de poco a Australia, ya que, si no era así, aquello echaría por tierra todas mis hermosas teorías. En segundo lugar, ayudaría bastante el hecho de que el actor tuviese el cabello oscuro, como el de Loder—cosa que, como ven, sucede—, o, al menos de un tono lo bastante aproximado para estar de acuerdo con la descripción de un pasaporte. Y sólo había visto a Varden en aquella película sobre el Apolo de Belvedere, y allí llevaba una peluca. Sin embargo, tenía la seguridad de verle si me dejaba caer por la casa cuando él fuera a quedarse con Loder. Y, por último, como es lógico, debía descubrir si Loder tenía algún motivo de rencor hacia Varden.

"Después de esto, me pareció que ya había permanecido en aquel cuarto más tiempo del que era saludable. Loder podía regresar en cualquier momento y yo no olvidaba que un tanque de sulfato de cobre y cianuro potásico sería una forma muy práctica de deshacerse de un huésped demasiado curioso. Además, no puedo decir que sintiese unas ansias excesivas de formar parte del mobiliario doméstico de Loder. Siempre he detestado los objetos que adoptaban la forma de otras cosas: volúmenes de Dickens que resultaban ser muebles-bar y artilugios por el estilo; y, aunque nunca he sentido excesivo interés en mi propio funeral, me gustaría que éste fuese de buen gusto. Llegué hasta el extremo de borrar todas las huellas dactilares que pudiera haber dejado. Luego regresé al estudio y volví a arreglar el sofá. No sentía el más mínimo deseo de que Loder supiese que había estado allí.

"Sólo había otra cosa hacia la cual sintiera curiosidad. Crucé el vestíbulo de puntillas y me introduje en el salón de fumar. El plateado diván brilló bajo la luz de la linterna. En esos momentos detesté aquel objeto cincuenta veces más que antes. Sin embargo, reuní ánimos y eché un cuidadoso vistazo a los pies de la figura. Yo también había oído hablar de aquel segundo dedo del pie de María Morano.

"Después de todo esto, pasé la noche en el sillón de mi cuarto.

"Debido al asunto de la señora Bilt y unas y otras cosas, además de las investigaciones que tuve que realizar, tuve que aplazar hasta muy tarde mi intervención en el asunto de Loder. Averigüé que Varden había vivido en casa de Loder pocos meses antes de que la maravillosa María Morano se hubiese evaporado.

"Me temo que respecto a eso fui un poco estúpido, señor Varden. Pensé que quizá había habido algo entre ustedes dos.

—No se disculpe —dijo Varden, sonriente—. Los actores de cine tenemos fama de inmorales.

—¿Por qué machacar en ello? —preguntó Wimsey, con tono levemente herido—. Le pido perdón. De todas formas, por lo que a Loder respecta, la cosa era igual. Después de todo aquello, aún quedaba un pequeño fragmento de evidencia que debía lograr para estar totalmente seguro. La galvanoplastia, especialmente para un trabajo como el que yo tenía en la mente, no era un trabajo que pudiera acabarse en una noche; por otro lado, parecía necesario que el señor Varden fuese visto vivo en Nueva York hasta el día que debía partir. Resultaba también diáfana mente claro que Loder intentaba probar que un señor Varden había abandonado Nueva York en perfectas condiciones y que, realmente, había llegado a Sydney. Según esto, un falso señor Varden debía partir con los documentos y el pasaporte del verdadero Varden, todo ello debidamente legalizado por el sello consular. Luego, en Sydney desaparecería tranquilamente y se transformaría en el señor Eric Loder, que viajaba con un pasaporte perfectamente legal. Bien, en ese caso, era necesario mandar un telegrama a la Mystofilms Ltd., advirtiéndoles que esperasen a Varden en un barco posterior al acordado. Confié esta parte del trabajo a mi ayudante, Bunter, cuya capacidad es muy poco usual. Este estupendo tipo fue la sombra de Loder durante tres semanas, y al fin, el mismísimo día antes de que el señor Varden fuera a partir, el cablegrama fue mandado desde una oficina en la cual, por una feliz providencia (una vez más), los lápices eran extremadamente duros.

—¡Caramba! —gritó Varden—. Ahora recuerdo que, al llegar a Sydney, los de la productora hablaron de cierto telegrama, pero nunca relacioné la cosa con Loder. Creí que sólo se trataba de una estupidez de los de Telégrafos.

—No me extraña. Bien, tan pronto como me enteré de aquello, me dirigí a casa de Loder, llevando una ganzúa en el bolsillo y una pistola automática en el otro. El bueno de Bunter me acompañó y tenía instrucciones de que, si yo no había vuelto a cierta hora, debía llamar a la policía. Como ven, todo estaba muy bien pensado. Bunter era el chófer que le estaba esperando, señor Varden, pero usted entró en sospechas —no le critico por ello en absoluto—, así que todo cuanto pudimos hacer fue mandar sus maletas a la estación.

"Al dirigirnos a la casa nos cruzamos con los criados de Loder, camino de Nueva York. Eso nos demostró que seguíamos la pista acertada, y también que yo iba a enfrentarme a un trabajo muy sencillo.

"Ya han oído ustedes todos los detalles acerca de mi entrevista con el señor Varden y, realmente, no creo poder mejorar en absoluto su narración. Cuando él y sus bártulos hubieron abandonado la casa, me dirigí al estudio. Estaba vacío, así que abrí la puerta secreta y, como esperaba, vi una línea de luz bajo la puerta del taller que había al final del pasadizo.

—¿Así que Loder estuvo allí todo el tiempo?

—Claro que estaba. Empuñé fuertemente mi pistola y abrí la puerta con gran suavidad. Loder se encontraba entre el tanque y el cuadro de mandos, y parecía muy atareado. Tanto, que ni siquiera me oyó entrar. Tenía las manos negras del grafito, buena cantidad del cual estaba extendido sobre una placa que había en el suelo. Loder estaba ocupado con un gran rollo de alambre de cobre que iba hasta la salida del transformador. El gran embalaje estaba abierto y de cada gancho colgaba su correspondiente ánodo.

"¡Loder! —grité.

"Al volverse hacia mí, el rostro del escultor no tenía nada de humano.

"—¡Wimsey! —exclamó—. ¿Qué diablos estás haciendo aquí?

"—He venido a decirte que estoy enterado de todo — dije, mostrándole mi pistola automática.

"Loder lanzó un alarido y se volvió hacia el cuadro de mandos. Apagó la luz, de forma que yo no pudiera apuntarle. Le oí saltar hacia mí y luego, en la oscuridad se oyó un estrépito y un ruido de chapoteo. Después, un alarido como yo nunca había escuchado antes —ni siquiera en cinco años de guerra—, y nunca quisiera volver a escuchar.

"A tientas, me dirigí al cuadro de mandos. Como es lógico, antes de encontrar la luz toqué un montón de interruptores, pero al fin conseguí encender la gran lámpara que colgaba sobre el tanque.

"Loder estaba allí dentro. Su cuerpo aún se mecía suavemente en el interior del líquido. Como saben, el cianuro es uno de los venenos más rápidos y dolorosos. Antes de que yo pudiera hacer nada, comprendí que Loder había muerto por asfixia y por envenenamiento. El rollo de alambre que tenía entre las manos había caído en el tanque con él. Sin pararme a pensar, toqué el líquido y recibí una descarga que me hizo tambalear. Entonces comprendí que, mientras buscaba el interruptor de la luz, debía de haber conectado la corriente. Volví a mirar el interior del depósito. Al caer, las manos de Loder se habían aferrado al alambre. La bobina estaba pegada a sus dedos y la corriente iba depositando metódicamente una película de cobre sobre sus manos, ennegrecidas por grafito.

"Tuve el suficiente sentido común para comprender que Loder estaba muerto y que yo me vería en aprietos si la cosa trascendía ya que era cierto que yo había bajado al taller para amenazar a Loder con una pistola.

"Registré el cuarto hasta encontrar un soldador y un martillo. Luego me dirigí escaleras arriba y llamé a Bunter, el cual había recorrido sus dieciséis kilómetros en un tiempo record. Fuimos al salón de fumar y soldamos lo mejor que pudimos el brazo de aquella maldita figura. Luego volvimos a bajar las herramientas al taller. Limpiamos todas las huellas dactilares y borramos hasta el último indicio de nuestra presencia. Dejamos la luz y el tablero de mandos tal como estaban y volvimos a Nueva York dando un enorme rodeo. Lo único que nos llevamos fue el facsímil del sello consular, que, aquella misma tarde, tiramos al río.

"A la mañana siguiente, el mayordomo encontró el cuerpo de Loder. En los periódicos leímos que el escultor había caído en el tanque mientras realizaba ciertos experimentos galvanoplásticos. Lo que más se comentaba era el horrible hecho de que las manos del cadáver tenían sobre ellas una espesa capa de cobre. Y como era imposible limpiarlas de esa película metálica sin recurrir a una irreverente violencia, Loder fue enterrado tal cual.

"Y eso es todo. ¿Puedo tomarme ahora mi whisky con soda?

—¿Qué ocurrió en el diván? —preguntó Smith Hartington.

—Cuando se hizo la venta de los bienes de Loder, lo compré —explicó Wimsey—. Luego acudí a un viejo sacerdote católico que conocía y le conté toda la historia bajo promesa de estricto secreto. El hombre era muy sensible y comprensivo, así que una noche de luna, Bunter y yo llevamos en coche el objeto hasta la pequeña iglesia del sacerdote, a pocos kilómetros de la ciudad, y le dimos cristiana sepultura en una esquina del cementerio. Era lo mejor que podía hacerse.