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Cerdo - Roald Dahl

I

Érase una vez un hermoso niño que vino al mundo en la ciudad de Nueva York y a quien sus padres, llenos de alegría, pusieron por nombre Lexington.

En cuanto la madre regresó del hospital, con él en brazos, le dijo a su marido:
—Cariño, tienes que llevarme a cenar a un restaurante maravilloso para celebrar la llegada de nuestro hijo y heredero.

Su marido la besó con ternura y le dijo que una mujer capaz de tener un niño tan hermoso como Lexington se merecía ir a donde quisiera; pero ¿se encontraba ya con fuerzas suficientes para empezar a ir de un lado a otro por la ciudad y trasnochar?, añadió.

«No», respondió ella, pero daba igual.

Así que aquella noche los dos se pusieron ropa de gala y se fueron al restaurante mejor y más caro de la ciudad, tras haber dejado al pequeño Lexington al cuidado de una niñera especializada, escocesa por más señas, y que les costaba veinte dólares al día. 

Cada uno se comió una langosta gigantesca, y se bebieron una botella de champán, y después fueron a un club nocturno, donde bebieron otra botella y estuvieron sentados durante varias horas, con las manos entrelazadas, mientras recordaban y discutían, admirados, cada uno de los rasgos físicos de su encantador hijo recién nacido.

Volvieron a su casa, situada en el East Side de Manhattan, hacia las dos de la madrugada; el marido pagó al taxista y se palpó los bolsillos para buscar la llave. Al rato anunció que la debía haber dejado en el bolsillo del otro traje y propuso que tocasen el timbre para que bajase la niñera y les abriese. Una niñera que cobra veinte dólares diarios tiene que estar dispuesta a que la saquen de la cama en mitad de la noche, dijo el marido.

Así que tocó el timbre. Esperaron. No pasó nada. Llamó de nuevo, un timbrazo largo y ruidoso. Esperaron otro minuto. Retrocedieron unos pasos por la acera y gritaron el nombre de la niñera (McPottle) hacia las ventanas del cuarto del niño, que estaba en el tercer piso, pero tampoco obtuvieron respuesta. La casa estaba oscura y silenciosa. 

La mujer empezó a sentir miedo: su hijo estaba prisionero en esa casa, se dijo, a solas con McPottle. ¿Y quién era McPottle? Solo hacía dos días que la conocían, y tenía unos labios finos, ojillos acusadores, la pechera almidonada y, como se estaba demostrando, una costumbre de dormir demasiado profundamente, que no la hacía persona de fiar. Si no oía el timbre de la puerta, ¿cómo demonios iba a oír el llanto de un niño? En aquel preciso instante el pobrecillo podía estar tragándose la lengua o ahogándose con la almohada.

—No usa almohada —dijo el marido—, así que no te preocupes. Pero, si te empeñas, entraremos.

Con tanto champán se sentía muy valiente; se agachó, deshizo la lazada de uno de sus zapatos de charol negro y se lo quitó. Después, cogiéndolo por la punta, lo lanzó con fuerza hacia la ventana del comedor, que estaba en el piso bajo.

—Ya está —dijo sonriendo—. Lo descontaremos de la paga de McPottle.

Avanzó unos pasos y, con mucho cuidado, pasó una mano por el agujero que había en el cristal y abrió el pestillo. Después levantó la ventana.

—Primero te subiré a ti, madrecita —dijo, y tomó a su mujer por la cintura y la alzó del suelo.

Con este movimiento, la gran boca roja de ella quedó a la altura suya, muy cerca, y empezó a besarla. Sabía por experiencia que a las mujeres les gusta mucho que las besen en esta posición, los cuerpos apretados con fuerza y las piernas balanceándose en el aire, de manera que siguió haciéndolo un buen rato, mientras ella agitaba los pies y hacía ruidos guturales, como si estuviera tragando algo. 

Por fin, el marido le dio la vuelta y comenzó a introducir a la mujer con delicadeza en el comedor por la ventana abierta. En ese momento un coche patrulla de la policía se dirigía silenciosamente hacia ellos. Se detuvo a unos treinta metros de distancia y tres polis de origen irlandés saltaron del coche y echaron a correr hacia el marido y la mujer, revólver en mano.

—¡Manos arriba! —gritaban los policías—. ¡Manos arriba!

Pero al marido le era imposible cumplir la orden sin soltar a su mujer, y si lo hubiera hecho ella se hubiera caído al suelo o bien se hubiera quedado colgando, con la mitad del cuerpo dentro de la casa y la otra fuera, postura terriblemente incómoda para una mujer; de modo que siguió empujándola galantemente para que entrara. 

Los polis, que habían recibido medallas por matar ladrones, abrieron fuego de inmediato, y a pesar de que todavía estaban corriendo y de que, sobre todo la señora, les ofrecía un blanco verdaderamente pequeño, lograron encajar varios tiros directos a los dos cuerpos, suficientes para que en ambos casos resultaran fatales.

Y así es como quedó huérfano el pequeño Lexington cuando apenas contaba doce días de edad.

II

Los familiares se enteraron de la muerte de la pareja por los periódicos, y los tres policías recibieron una medalla. A la mañana siguiente los parientes más cercanos, así como dos empleados de la funeraria, tres abogados y un cura se dirigieron a la casa de la ventana rota en sendos taxis. 

Se reunieron en el salón todos ellos y se sentaron en círculo en sillones y sofás, fumando cigarrillos y bebiendo jerez mientras discutían qué hacer con el niño de la habitación de arriba, Lexington el huérfano.

En seguida se puso de manifiesto que ninguno estaba dispuesto a asumir la responsabilidad del niño, y la discusión se prolongó durante todo el día. Todos afirmaron tener un deseo enorme, casi irresistible, de hacerse cargo de él, y lo hubiesen hecho con sumo gusto a no ser porque su casa era demasiado pequeña, o porque ya tenían un niño y no podían mantener otro, o porque no sabrían qué hacer con el nene cuando se fueran al extranjero en verano, o porque empezaban a cargarse de años y cuando el niño se hiciese mayor no se encontraría a gusto, y así sucesivamente. Naturalmente, todos sabían que el padre tenía grandes deudas, que la casa estaba hipotecada y que, en consecuencia, al acoger al niño no percibirían ni un céntimo.

A las seis de la tarde seguían discutiendo como locos; de pronto llegó de Virginia una vieja tía del fallecido padre (cuyo apellido era Glosspan), y sin quitarse siquiera los guantes ni el sombrero ni darse un respiro para sentarse, ajena a los que le ofrecían martini, whisky o jerez, anunció muy decidida a los familiares allí reunidos su intención de hacerse cargo de la criatura a partir de ese mismo momento. 

Y aún más, añadió, asumiría todas las responsabilidades financieras, incluyendo la educación, y todos los demás podían volverse a sus respectivas casas con la conciencia tranquila. Dicho lo cual trotó escaleras arriba, entró en el cuarto del niño, arrancó a Lexington de su cuna y salió apresuradamente de la casa con la criatura fuertemente apretada entre sus brazos, mientras los familiares seguían allí sentados y sonreían con alivio. 

McPottle, la niñera, contemplaba la escena en lo alto de la escalera, rígida y acusadora, con los labios apretados y los brazos cruzados sobre la pechera almidonada.

Y así fue como Lexington, a los trece días de edad, abandonó la ciudad de Nueva York y se dirigió hacia el sur para vivir con su tía abuela Glosspan en el estado de Virginia.

III

La tía Glosspan tenía casi setenta años cuando pasó a ser tutora de Lexington, pero nadie lo hubiera dicho al verla. Era tan vivaz como una mujer de la mitad de años; tenía un rostro pequeño y arrugado, pero todavía bastante hermoso, y unos encantadores ojos pardos que despedían chispitas al mirar. 

Era soltera, aunque nadie hubiera imaginado esto tampoco, porque la tía Glosspan no tenía ningún aspecto de solterona. Nunca estaba amargada ni malhumorada o irritable; no tenía bigote ni sentía la menor envidia de los demás, cosa que raramente puede decirse de una solterona o de una señora virgen, aunque, por supuesto, no se sabe a ciencia cierta si la tía Glosspan era ambas cosas.

Pero era una vieja excéntrica, de eso no cabe duda. Durante los últimos treinta años había vivido sola y aislada en una casita en la ladera de las montañas Blue Ridge, a varios kilómetros del pueblo más cercano. Tenía dos hectáreas de tierras de pasto, un huerto, un jardín, tres vacas, una docena de gallinas y un buen gallo.

Y ahora también tenía al pequeño Lexington.

Era una vegetariana rigurosa y consideraba el consumo de carne no solo algo insano y repugnante, sino terriblemente cruel. Consumía alimentos limpios, como leche, mantequilla, huevos, queso, verdura, nueces, hierbas y frutas, y le gustaba pensar que ningún animal sería sacrificado por ella, ni siquiera una gamba. Una vez, cuando una gallina marrón murió en la flor de la vida al poner huevos, la tía Glosspan se quedó tan triste que también estuvo a punto de dejar de comer estos productos.

No tenía ni la más elemental noción sobre niños pequeños, pero no le preocupaba lo más mínimo. En la estación de ferrocarril de Nueva York, mientras esperaba el tren que les llevaría a Virginia a ella y a Lexington, compró seis biberones, dos docenas de pañales, una caja de imperdibles, un cartón de leche para el viaje y un librito en rústica titulado El cuidado de los niños. ¿Qué más podía desear? Y cuando el tren se puso en marcha le dio un poco de leche al niño, le cambió los pañales a su manera y lo puso a dormir en el asiento. Después leyó El cuidado de los niños de cabo a rabo.

—Esto no tiene nada de particular —dijo, tirando el libro por la ventana—. Absolutamente nada de particular.

Y, curiosamente, no lo tenía. Una vez en casa, todo fue estupendamente. El pequeño Lexington bebía su leche y eructaba, chillaba y dormía exactamente como debía hacerlo un buen niño, y la tía Glosspan resplandecía de alegría cada vez que lo miraba, y lo cubría de besos todo el día.

IV

Cuando cumplió seis años Lexington era un niño guapísimo, de pelo largo y dorado y ojos de un azul oscuro como el aciano. Era listo y alegre, y aprendía a ayudar a su vieja tía en la finca: recogía los huevos del gallinero, daba vueltas a la manivela de la batidora de mantequilla, sacaba patatas del huerto y buscaba hierbas silvestres en la ladera de la montaña. Pronto tendría que empezar a pensar en su educación, se dijo la tía Glosspan.

Pero no podía soportar la idea de mandarlo lejos, al colegio. Lo quería tanto que le partiría el corazón separarse de él, aunque fuese por poco tiempo. Claro que en el pueblo había un colegio, pero tenía un aspecto espantoso, y si lo mandaba allí estaba segura de que lo obligarían a comer carne desde el primer día.

—¿Sabes una cosa, cielo? —le dijo en una ocasión, mientras el niño la miraba hacer queso, sentado en un taburete de la cocina—. La verdad es que no veo ningún motivo para no darte clases yo misma.

El niño se la quedó mirando con sus grandes ojos azules y le dirigió una encantadora sonrisa de confianza:
—Sería fantástico —dijo.

—Y lo primero que haría sería enseñarte a cocinar.
—Me encantaría, tía Glosspan.

—Te guste o no, tendrás que aprender algún día —dijo ella—. Los vegetarianos no podemos elegir entre tantas comidas como la gente corriente, y por eso tenemos que emplear lo que está a nuestro alcance con el doble de habilidad.

—Tía Glosspan —dijo el chico—, ¿qué comen las personas normales que no comamos nosotros?
—Animales —contestó ella, meneando la cabeza con desagrado.

—¿Quieres decir animales vivos?
—No —respondió la anciana—. Muertos.

El chico reflexionó un momento.
—¿Quieres decir que cuando se mueren se los comen en vez de enterrarlos?
—No esperan a que se mueren, bonito. Los matan.

—¿Y cómo los matan, tía Glosspan?
—Normalmente, les cortan el cuello con un cuchillo.

—¿Pero qué clase de animales?
—Vacas y cerdos sobre todo, y también ovejas.

—¡Vacas! —exclamó el niño—. ¿Como Daisy, o Snowdrop, o Lily?
—Eso es, bonito mío.

—¿Pero cómo se los comen, tía Glosspan?
—Los cortan en trozos y los guisan. Como más les gusta la carne es cuando está roja y sangrante y pegada al hueso. Les encanta comer pedazos de carne de vaca rezumando sangre.

—¿También se comen los cerdos?
—Les chiflan.

—Pedazos de carne de cerdo sangrienta —dijo el chico—. ¿Te imaginas? ¿Y qué más comen, tía Glosspan?
—Pollos.

—¿Pollos?
—A millones.

—¿Con plumas y todo?
—No, las plumas no. Anda, corre fuera y trae a la tía Glosspan un manojo de cebollinos, ¿quieres, mi vida?

Poco después empezaron las clases. Cubrían cinco áreas: lectura, escritura, geografía, aritmética y cocina, y esta última era la más apreciada por ambos, maestra y alumno. El joven Lexington demostró en seguida un talento verdaderamente extraordinario en esta materia. 

Era un cocinero nato, habilidoso y rápido. Manejaba las sartenes como un malabarista y era capaz de cortar una patata en veinte rodajas delgadas como papel de fumar en menos tiempo del que tardaba su tía en pelarla. Tenía un paladar de una sensibilidad exquisita y en un tazón de sopa de cebolla era capaz de descubrir la existencia de una hojita de salvia. 

A la tía Glosspan todo esto le resultaba un poco sorprendente en un muchacho tan joven, y la verdad es que no sabía qué hacer. Pero no podía sentirse más orgullosa y predecía un futuro brillante para el chico.

—Es una auténtica bendición contar con un jovencito como tú para que me cuide cuando empiece a chochear —decía.

Al cabo de dos años abandonó por completo la cocina, dejando a Lexington la responsabilidad de guisar él solo para toda la casa. El chico tenía entonces diez años, y la tía Glosspan, casi ochenta.

Con la cocina a su disposición, Lexington empezó a experimentar inmediatamente con platos de su invención. Ya no le interesaban sus comidas favoritas de toda la vida. Sentía una necesidad imperiosa de crear. Tenía cientos de ideas nuevas.

—Empezaré por un soufflé de castañas —dijo.

Lo hizo y lo sirvió para cenar aquella misma noche. Fue un éxito clamoroso.

—¡Eres un genio! —exclamó la tía Glosspan, saltando de su silla para besarle en ambas mejillas—. ¡Pasarás a la historia!

De ahí en adelante raro era el día en que no presentaba en la mesa una nueva y suculenta creación: sopa de castañas de Brasil, chuletas de maíz americano, ragoût vegetal, tortilla de diente de león, buñuelos de crema de queso, sorpresas rellenas de col, chalotas à la bonne femmemousse picante de remolacha, ciruelas Stroganoff, pan con queso tostado a la holandesa, rábanos a caballo, tartas flambeadas de agujas de pícea y muchas otras delicias. 

La tía Glosspan aseguraba que jamás había probado platos tan ricos, y por la mañana, mucho antes de la hora de comer, salía al porche y se sentaba en su mecedora a pensar sobre la próxima comida, relamiéndose y aspirando los aromas que salían por la ventana de la cocina.

—¿Qué vas a hacer hoy, chico? —gritaba.
—A ver si lo adivinas, tía Glosspan.

—A mí me huele un poco a buñuelos de salsifí —decía, aspirando con fuerza.

Y entonces salía aquel niño de diez años con una sonrisa triunfal y una cacerola grande y humeante de un estofado delicioso hecho enteramente con chirivías e hierbas.

—¿Sabes lo que deberías hacer? —le dijo su tía mientras devoraba el estofado—. Coger papel y lápiz y escribir un libro de cocina.

El niño la miró desde el otro extremo de la mesa masticando lentamente chirivías.

—¿Por qué no? —exclamó la anciana—. Te he enseñado a escribir y a guisar, y lo único que tienes que hacer es juntar las dos cosas. Escribe un libro de cocina y te harás famoso en el mundo entero.

—Muy bien —dijo el niño—. Lo haré.

Y aquel mismo día Lexington empezó a escribir la primera página de una obra monumental que habría de ocuparle el resto de su vida. Lo tituló Comer bien y sanamente.

Siete años más tarde, cuando tenía diecisiete, había recogido unas nueve mil recetas, todas originales, todas deliciosas.

Pero su tarea quedó interrumpida bruscamente por la trágica muerte de la tía Glosspan. Una noche sufrió un fuerte ataque y Lexington, que se había precipitado a su dormitorio para ver por qué hacía tanto ruido, se la encontró en la cama aullando y maldiciendo, el cuerpo encogido, formando complicados nudos. 

Era una visión espantosa, y el agitado joven saltaba de un lado a otro en pijama, retorciéndose las manos sin saber qué hacer. Finalmente fue a la charca del prado de las vacas a sacar un cubo de agua y se lo echó por la cabeza con la idea de calmarla, pero solo sirvió para intensificar la excitación de la anciana, que expiró en menos de una hora.

—Esto es terrible —se dijo el pobre chico, tras pellizcarla varias veces para asegurarse de que estaba muerta—. ¡Y ha sido tan rápido, y así, de repente! Si hace solo unas horas parecía estar estupendamente y hasta se sirvió tres buenos platos de mi último invento, hamburguesas de setas a la diabla, y me dijo que estaba riquísimo...

Después de sollozar con amargura durante varios minutos, pues quería mucho a su tía, se rehízo, la sacó de la casa y la enterró detrás del establo.

Al día siguiente, mientras arreglaba las cosas de la anciana, se topó con un sobre dirigido a él con la caligrafía de la tía Glosspan. Lo abrió y sacó dos billetes de cincuenta dólares y una carta:

«Querido muchacho —decía la carta—: sé que no has bajado de la montaña desde que tenías trece días de edad; pero en cuanto yo muera tienes que ponerte un par de zapatos, una camisa limpia, bajar al pueblo e ir a ver al médico. Pídele un certificado de defunción que demuestre que he muerto y llévaselo a mi abogado, un hombre llamado Samuel Zuckermann, que vive en Nueva York y tiene una copia de mi testamento. El señor Zuckermann lo solucionará todo. El dinero de este sobre es para pagar al médico por el certificado y para el viaje a Nueva York. El señor Zuckermann te dará más dinero cuando llegues allí, y es mi deseo que lo uses para ampliar tus investigaciones sobre temas culinarios y vegetarianos, y que sigas trabajando en ese gran libro hasta que esté acabado en todos los aspectos y te sientas satisfecho de él. Tu tía, que te quiere, Glosspan.»

Lexington, que siempre había hecho lo que le ordenaba su tía, se guardó el dinero, se puso unos zapatos y una camisa limpia y bajó al pueblo, donde vivía el médico.

—¿La vieja Glosspan? —dijo el médico—. ¡Dios mío! ¿Ha muerto?
—Sí, ha muerto —replicó el joven—. Si viene usted a casa conmigo, la desenterraré y podrá comprobarlo usted mismo.

—¿A qué profundidad la has enterrado? —preguntó el médico.
—Yo diría que a un metro y medio o dos.

—¿Cuánto tiempo hace de eso?
—Unas ocho horas.

—Entonces, está muerta —declaró el médico—. Aquí tienes el certificado.


VI

Tenemos a nuestro héroe camino de Nueva York para ver a Samuel Zuckermann. Viajó a pie y durmió junto a los setos, alimentándose de moras y hierbas silvestres, y tardó dieciséis días en llegar a la gran ciudad.

—¡Qué sitio tan fantástico! —exclamó, mirando a su alrededor en la esquina de la calle Cincuenta y siete con la Quinta Avenida—. No hay gallinas ni vacas por ningún lado, y las mujeres no se parecen en lo más mínimo a tía Glosspan.

En cuanto a don Samuel Zuckermann, no se parecía a ninguna persona que Lexington hubiera visto hasta entonces. Era un hombre pequeño y engreído, de mejillas lívidas y una gran nariz de color magenta, y cuando sonreía, en ciertos puntos del interior de su boca lanzaban destellos unos trocitos de oro de una forma prodigiosa. En su lujoso despacho estrechó cálidamente la mano de Lexington y le felicitó por la muerte de su tía.

—Supongo que sabrá usted que su querida tutora era una mujer con una fortuna considerable.
—¿Se refiere a las vacas y las gallinas?

—Me refiero a medio millón de billetes.
—¿Cuánto?

—Medio millón de dólares, muchacho, y se lo ha dejado todo a usted.

El señor Zuckermann se echó hacia atrás en su silla y cruzó las manos sobre su amplia barriga. Al mismo tiempo introdujo a escondidas el dedo índice de la mano derecha entre el chaleco y la camisa para rascarse la piel en torno a la circunferencia del ombligo: su ejercicio favorito, que le producía un extraño placer.

—Naturalmente, tendré que descontar el cincuenta por ciento por mis servicios —añadió—; pero aun así le quedan a usted doscientos cincuenta billetes de mil.

—¡Soy rico! —exclamó Lexington—. ¡Es fantástico! ¿Cuándo puedo recoger el dinero?

—Bueno —dijo el señor Zuckermann—, tiene usted la suerte de que mantengo unas relaciones bastante cordiales con los recaudadores de impuestos de por aquí, y confío en que podré convencerlos de que renuncien a todos los impuestos atrasados y derechos mortuorios.

—Es usted muy amable —murmuró Lexington.
—Naturalmente, tendré que darle a algunas personas un pequeño honorario.

—Lo que usted diga, señor Zuckermann.
—Pienso que con cien mil será suficiente.

—Por Dios, ¿no le parece un poco excesivo?
—Jamás se debe dar una propina pequeña a un inspector de impuestos ni a un policía —dijo el señor Zuckermann—. Recuérdelo.

—Pero, entonces, ¿cuánto me queda a mí? —preguntó el joven con timidez.
—Ciento cincuenta mil. Pero de eso tiene que restar los gastos del funeral.

—¿Gastos del funeral?
—Tiene usted que pagar a la funeraria, ¿o es que no lo sabía?

—Pero, señor Zuckermann, si la enterré yo mismo detrás del establo.
—No lo pongo en duda —replicó el abogado—. ¿Y qué?

—Pues que no ha intervenido ninguna funeraria.
—Escuche —dijo el señor Zuckermann pacientemente—. Puede que usted lo ignore, pero en este Estado hay una ley que dice que el beneficiario de un testamento no recibirá un solo céntimo de su herencia hasta que haya pagado a la funeraria.

—¿Quiere decir que eso es una ley?
—Claro que sí, y además muy buena. Una de nuestras grandes instituciones nacionales es la funeraria, y hay que protegerla a toda costa.

El señor Zuckermann, junto con un grupo de médicos de gran conciencia cívica, era propietario de una empresa que poseía una cadena de nueve lujosas funerarias en la ciudad, por no mencionar una fábrica de ataúdes en Brooklyn y una escuela de embalsamadores para posgraduados en Washington Heights. Por tanto, la celebración de la muerte era, a sus ojos, un asunto profundamente religioso. La verdad es que le conmovía tremendamente; podría decirse que casi tanto como la Navidad conmueve a los tenderos.

—No tenía usted derecho a enterrar a su tía así —dijo—. Ningún derecho.
—Lo siento, señor Zuckermann.

—Es algo completamente subversivo.
—Haré lo que usted diga, señor Zuckermann. Lo único que quiero saber es cuánto me darán al final, cuando haya pagado todo.

Se hizo el silencio. El señor Zuckermann suspiró, frunció el ceño y continuó sobándose con el dedo el borde del ombligo a escondidas.

—¿Digamos quince mil? —sugirió, haciendo relampaguear una gran sonrisa de oro—. Es una bonita cifra, en números redondos.

—¿Puedo llevármelo esta misma tarde?
—No veo por qué no.

El señor Zuckermann llamó al cajero jefe y le dijo que le diera a Lexington quince mil dólares del fondo dedicado a gastos menores y que este a su vez firmase un recibo. El joven, encantado de recibir por fin algo, cogió el dinero agradecido y lo metió en su mochila. Después estrechó calurosamente la mano del señor Zuckermann, le dio las gracias por su ayuda y salió del despacho.

—¡El mundo es mío! —exclamó nuestro héroe al llegar a la calle—. Tengo quince mil dólares para vivir hasta que se publique mi libro, y después tendré mucho más.

Se quedó allí parado, sin saber muy bien hacia dónde ir. Torció a la izquierda y empezó a pasear despacio calle abajo, contemplando la ciudad.

—Qué olor tan asqueroso —se dijo, olfateando el aire—. Es insoportable.

Sus delicados nervios olfativos, adiestrados para percibir únicamente los deliciosos aromas culinarios, se sentían torturados por el hedor de los gases de gasolina que despedían los autobuses.

—Tengo que marcharme de aquí antes de que se me destroce la nariz —se dijo—. Pero antes habrá que comer algo. Estoy desfallecido.

El pobre chico no había tomado más que hierbas y bayas silvestres durante las dos últimas semanas, y su estómago clamaba por una comida sólida. Me apetecería una chuleta de maíz, se dijo, o unos buñuelos de salsifí bien jugosos.

Cruzó la calle y entró en un pequeño restaurante. Hacía calorcito y estaba oscuro y silencioso. Aparte de él, el único cliente era un hombre con un sombrero marrón que estaba absorto, inclinado sobre su comida y no levantó la mirada cuando entró Lexington.

Nuestro héroe se acomodó en la mesa del rincón y colgó la mochila detrás de la silla. Esto va a ser muy interesante, se dijo. En mis diecisiete años de vida solo he probado los guisos de dos personas: los de tía Glosspan y los míos, a menos que cuente a McPottle, la niñera, que debió calentarme el biberón unas cuantas veces cuando era pequeñito. Ahora estoy a punto de probar el arte de un cocinero nuevo, y con un poco de suerte recogeré alguna idea útil para mi libro.

Un camarero salió de las sombras, se acercó a Lexington y se detuvo junto a su mesa.

—¿Cómo está usted? —preguntó Lexington—. Quisiera una chuleta de maíz grande, por favor. Pásela veinticinco segundos por cada lado, en una cazuela muy caliente con crema agria, y espolvoree unas hierbas aromáticas antes de servirla, a no ser que el cocinero jefe conozca un método más original, en cuyo caso lo probaré con mucho gusto.

El camarero ladeó la cabeza y miró detenidamente a su cliente.

—¿Quiere usted puerco asado con col? Es lo único que nos queda. 

—¿Asado de qué?

El camarero sacó del bolsillo de su pantalón un pañuelo bastante repugnante, lo desplegó con brusco molinete, como si restallase un látigo, y se sonó la nariz, produciendo un fuerte ruido de líquido.

—¿Lo quiere o no? —volvió a preguntar, secándose las narices.

—No tengo ni la más remota idea de lo que es —contestó Lexington—, pero me encantaría probarlo. Es que estoy escribiendo un libro de cocina, sabe usted, y yo...

—¡Una de puerco con col! —gritó el camarero, y desde la trastienda del restaurante, allá lejos en la oscuridad, le respondió una voz.

El camarero desapareció. Lexington cogió de la mochila su tenedor y su cuchillo, regalo de la tía Glosspan cuando tenía seis años. Eran de plata maciza, y desde que se los regaló no había usado otros instrumentos para comer. Mientras esperaba a que llegase la comida se dedicó a abrillantarlos cariñosamente con un trozo de muselina.

El camarero volvió al poco tiempo con un plato en el que se veía una gruesa tajada blanco-grisácea de una sustancia caliente. Lexington se inclinó hacia adelante, ansioso por olfatearlo en cuanto se lo sirvieran. Se le habían dilatado las aletas de la nariz para recibir el aroma, y le temblaban.

—¡Pero esto es una auténtica maravilla! —exclamó—. ¡Qué aroma! ¡Es fantástico!

El camarero retrocedió un paso, observando con curiosidad a su cliente.

—¡En mi vida había olido una cosa tan deliciosa! —exclamó nuestro héroe al tiempo que empuñaba el cuchillo y el tenedor—. ¿De qué está hecho?

El hombre del sombrero marrón se le quedó mirando y después volvió a concentrarse en su comida. El camarero se retiraba hacia la cocina.

Lexington cortó un trocito de carne, la empaló en el tenedor de plata y se lo acercó a la nariz para olfatearlo una vez más. A continuación se lo metió en la boca y empezó a masticarlo despacio, los ojos entrecerrados y el cuerpo en tensión.

—¡Es fantástico! —exclamó—. ¡Es un sabor completamente nuevo! ¡Ay, Glosspan, mi querida tía, cuánto me gustaría que estuvieses aquí conmigo para probar este plato tan extraordinario! ¡Camarero, venga inmediatamente! ¡Tengo que hablar con usted!

El asombrado camarero le observaba desde el otro extremo del comedor y no parecía muy dispuesto a aproximarse.

—Si viene a hablar conmigo, le haré un regalo —dijo Lexington, agitando un billete de cien dólares—. Venga usted, por favor.

El camarero volvió a la mesa con precaución, agarró el dinero y se lo acercó a la cara, mirándolo desde todos los ángulos. Después lo deslizó rápidamente en su bolsillo.

—¿Qué puedo hacer por usted, amigo mío? —preguntó.

—Verá —dijo Lexington—, si usted me dice con qué está hecho este delicioso plato y cómo está preparado exactamente, le daré otros cien.

—Ya se lo he dicho —replicó el hombre—. Es puerco.
—¿Y qué es eso exactamente?

—¿Nunca ha comido puerco asado? —le preguntó el camarero mirándolo fijamente.
—Por lo que más quiera, buen hombre, dígame lo que es y déjese de misterios.

—Pues cerdo —contestó el camarero—. Se mete en el horno y ya está.
—¡Cerdo!

—El puerco es cerdo. ¿Es que no lo sabía?
—¿Quiere decir que esto es carne de cerdo?

—Se lo garantizo.
—Pero..., pero... es imposible —tartamudeó el joven—. La tía Glosspan, que sabía de comida más que nadie, decía que la carne de cualquier clase es asquerosa, repugnante, horrible, nauseabunda y sucia. Y, sin embargo, este trozo que tengo en el plato es lo más exquisito que he probado nunca. ¿Cómo explica usted eso? Estoy seguro de que tía Glosspan no me hubiera dicho que era repugnante si no lo fuera.

—A lo mejor su tía no sabía cocinarlo —dijo el camarero.
—¿Usted cree?

—Es posible. Sobre todo con el cerdo: o se hace muy bien o no hay quien se lo coma.

—¡Eureka! —exclamó Lexington—. ¡Apuesto a que es eso lo que le pasaba, que lo hacía mal! —le ofreció al camarero otro billete de cien dólares—. Lléveme a la cocina —dijo—. Presénteme al genio que ha preparado esta carne.

El camarero llevó a Lexington a la cocina inmediatamente, y allí el joven conoció al cocinero, que era un hombre mayor con una erupción en el cuello.

—Esto le costará otros cien —dijo el camarero. Lexington lo complació de buena gana, pero en esta ocasión dio el dinero al cocinero.

—Mire, he de admitir que me ha dejado muy confundido lo que acaba de decirme el camarero —dijo—. ¿Está usted completamente seguro de que ese plato tan exquisito que he comido estaba preparado con carne de cerdo?

El cocinero alzó la mano derecha y se puso a rascarse la erupción del cuello.

—Bueno —respondió mirando al camarero y haciéndole un astuto guiño—, lo único que puedo decirle es que creo que era carne de cerdo.

—¿Quiere decir que no está seguro?
—Nunca se puede estar seguro.

—Pero ¿qué otra cosa podría ser?
—Pues... —empezó a decir el cocinero muy despacio, mirando aún al camarero— existe la posibilidad de que fuera un pedazo de carne humana.

—¿Quiere decir de hombre?
—Sí.

—¡Dios mío!
—O de mujer. Cualquiera de las dos cosas, porque saben igual.

—Me deja usted sorprendido —replicó el joven.
—Nunca te acostarás sin saber una cosa más.

—Desde luego.
—De hecho, últimamente el carnicero nos manda mucha carne de esta en lugar de cerdo —añadió el cocinero.

—¿En serio?
—El problema es que casi no se puede distinguir una de la otra. Son las dos muy buenas.

—El trozo que acabo de comer era sencillamente extraordinario.
—Me alegro de que le haya gustado —dijo el cocinero—, pero si quiere que le sea sincero, creo que era cerdo. Vamos, estoy casi seguro.

—¿Completamente seguro?
—Pues sí.

—En ese caso habrá que pensar que tiene usted razón —dijo Lexington—. Así que, por favor, dígame —y aquí tiene otros cien dólares por la molestia—, explíqueme cómo lo ha preparado exactamente.

El cocinero, tras guardarse el dinero, inició una descripción colorista de cómo usar una tajada de cerdo, mientras el joven, que no deseaba perderse una sola palabra de tan gran receta, se sentó a la mesa de la cocina y apuntó todos los detalles en su cuaderno.

Cuando el hombre terminó, le preguntó:
—¿Eso es todo?

—Efectivamente.
—Tiene que haber algo más.

—Para empezar, hay que contar con una buena pieza de carne —añadió el cocinero—. En eso consiste la mitad del secreto. Tiene que ser un buen cerdo, y tiene que estar bien despiezado, porque si no queda asqueroso por muy bien que se cocine.

—Enséñeme a hacerlo —dijo Lexington—. Despiéceme uno ahora para que aprenda.

—En la cocina no matamos cerdos —dijo el cocinero—. Lo que usted acaba de comer nos ha llegado de un matadero del Bronx.

—¡Pues deme la dirección!

El cocinero le dio la dirección, y nuestro héroe, tras deshacerse en agradecimientos por su amabilidad, se precipitó a la calle, cogió un taxi y se dirigió al Bronx.

VII

El matadero era un edificio grande de ladrillo, de cuatro pisos, y a su alrededor había un olor dulzón y fuerte, como de almizcle. En la verja se veía un gran cartel que decía: SE ADMITE LA ENTRADA DE VISITANTES A CUALQUIER HORA. Animado por él, Lexington atravesó la verja y entró en el patio empedrado que rodeaba el edificio.

Siguió una serie de señales (LAS VISITAS CON GUÍA POR AQUÍ) y finalmente llegó a un cobertizo de hierro ondulado que se encontraba muy lejos del edificio principal (SALA DE ESPERA PARA VISITANTES). Entró tras llamar educadamente a la puerta.

En la sala de espera había seis personas delante de él. Había una señora gorda con sus dos hijos, de unos nueve y once años, una pareja joven de ojos brillantes que parecían estar en plena luna de miel y una mujer pálida con largos guantes blancos sentada muy erguida y que miraba al frente, con las manos cruzadas en el regazo. Nadie hablaba. 

Lexington pensó si estarían todos escribiendo libros de cocina, como él, pero cuando se lo preguntó no le contestó nadie. Los adultos se limitaron a sonreír misteriosa y disimuladamente y negaron con la cabeza, y los dos niños se le quedaron mirando como si se tratara de un loco.


Pronto se abrió la puerta y un hombre de cara sonrosada y alegre asomó la cabeza y dijo:
—El siguiente, por favor.

La madre y los dos chicos se levantaron y salieron. Al cabo de unos diez minutos volvió el mismo hombre y repitió: «El siguiente, por favor», y la pareja en luna de miel se puso de pie de un salto y lo siguió afuera.

Entraron dos nuevos visitantes y se sentaron. Eran un hombre de mediana edad y su mujer, también de mediana edad, que llevaba una cesta de mimbre con comida.

—El siguiente, por favor —dijo el guía, y la mujer de los largos guantes blancos se levantó y se fue.

Entraron algunas personas más y tomaron asiento en las sillas de madera de respaldo recto.

El guía regresó por tercera vez al cabo de poco tiempo, y en esta ocasión era el turno de Lexington.

—Sígame, por favor —le dijo el guía, cruzando el patio delante del joven para dirigirse al edificio principal.

—¡Qué interesante es esto! —exclamó Lexington, saltando sobre un pie y luego sobre el otro—. Ojalá estuviese conmigo mi querida tía Glosspan y viese lo que voy a ver yo.

—Yo solo explico los preliminares —dijo el guía—. Después le pondré en manos de otra persona.

—Lo que usted quiera —replicó el joven, fascinado.

En primer lugar visitaron una zona amplia rodeada por una valla en la puerta trasera del edificio, donde holgazaneaban varios cientos de cerdos.

—Aquí es donde empiezan —explicó el guía—, y por allí entran.
—¿Dónde?

—Por allí —el guía señaló un cobertizo alargado de madera que se alzaba junto al muro exterior de la fábrica—. Lo llamamos el corral de encadenado. Por aquí, por favor.

Tres hombres con altas botas de caucho conducían una docena de cerdos al corral de encadenado en el momento en que se acercaban Lexington y el guía, así que entraron todos juntos.

—Mire cómo los amarran —dijo el guía.

Por dentro, el cobertizo era simplemente una habitación desnuda de madera sin techo, pero había un cable de acero con ganchos que se movía lentamente por una pared, paralelo al suelo, a menos de un metro de altura. Cuando llegaba al extremo del cobertizo el cable cambiaba bruscamente de dirección y trepaba verticalmente, atravesando el techo abierto, hacia el piso superior del edificio principal.

Los doce cerdos estaban amontonados en el extremo del cobertizo, sin moverse, con expresión de miedo. Uno de los hombres con botas de caucho bajó una cadena de metal de la pared y avanzó hacia el animal más cercano, por detrás. Se agachó y colocó con rapidez un extremo de la cadena en torno a una de las patas traseras del animal. Ató el otro extremo a un gancho del cable móvil cuando lo tuvo al alcance de la mano. 

El cable siguió moviéndose y la cadena se tensó. La pata del cerdo recibió un tirón hacia atrás y hacia arriba y luego el animal empezó a retroceder, arrastrándose, pero no se cayó. Era un cerdo bastante ágil y logró mantener el equilibrio sobre tres patas, saltando con una sola y luchando contra la cadena que tiraba de él, pero fue retrocediendo más y más hasta que al llegar al final del cobertizo, donde el cable cambiaba de dirección y subía, la pobre bestia perdió pie bruscamente y quedó colgando. El aire se llenó de chillidos de protesta.


—Es un proceso realmente fascinante —dijo Lexington—, pero ¿qué era ese ruido raro, ese chasquido que se oyó en el momento en que subía el cerdo?

—Probablemente, la pata —contestó el guía—. O la pelvis.
—¿Y eso no importa?

—¿Por qué iba a importar? —replicó el guía—. Los huesos no se comen.

Los hombres con botas de caucho no paraban de encadenar cerdos; los colgaban uno tras otro y los hacían pasar por el techo entre fuertes gruñidos de protesta.

—Esta receta no consiste solamente en recoger hierbas sin más —dijo Lexington—. La tía Glosspan jamás hubiera hecho una cosa así.

En ese momento, mientras Lexington miraba el último cerdo que subía hacia el techo, un hombre con botas de caucho se le acercó con precaución por detrás y ató un extremo de la cadena en torno al tobillo del muchacho, colgando el otro extremo del cinturón móvil. 

Al momento siguiente, sin que le diera tiempo a darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, nuestro héroe perdió el equilibrio y se vio arrastrado hacia atrás por el piso de cemento del corral de encadenado.


—¡Paren! —gritó—. ¡Deténganlo todo! ¡Se me ha enganchado una pierna!

Pero al parecer no le oyó nadie, y cinco segundos más tarde el infeliz joven fue arrancado del suelo y arrastrado hacia arriba. Pasó por el tejado abierto del corral, colgando cabeza abajo, agarrado por un tobillo y culebreando como un pez.

—¡Socorro! —gritó—. ¡Socorro! ¡Ha habido una terrible equivocación! ¡Paren las máquinas! ¡Déjenme bajar!

El guía se quitó el puro de la boca y miró serenamente hacia arriba, al joven que ascendía rápidamente, pero no dijo nada. Los hombres de las botas de caucho ya habían salido a recoger el siguiente grupo de cerdos.

—¡Sálveme! —chilló nuestro héroe—. ¡Déjeme bajar! ¡Por favor, déjeme bajar!

Pero ya se acercaba al piso superior del edificio, y allí el cinturón móvil se retorció como una serpiente y entró por un gran agujero de la pared, una especie de portal sin puerta; y en el umbral, esperando para recibirlo, cubierto con un delantal de caucho amarillo con manchas oscuras y contemplando el mundo como San Pedro a las puertas del cielo, estaba el matarife.

Lexington le vio del revés y solo breves segundos, pero aun así observó inmediatamente la expresión de paz y benevolencia en el rostro de aquel hombre, el alegre brillo de sus ojos, la sonrisilla melancólica, los hoyuelos de las mejillas... y todo aquello le hizo concebir esperanzas.

—¿Qué tal? —le preguntó el matarife sonriendo.
—¡Rápido! ¡Sálveme! —gritó nuestro héroe.

—Con mucho gusto —replicó el matarife y, cogiendo delicadamente a Lexington por una oreja con la mano izquierda, alzó la derecha y con suma habilidad le abrió la yugular con un cuchillo.

El cinturón continuó moviéndose y Lexington con él. Todo seguía del revés, y la sangre que le salía del cuello se le metía en los ojos, pero aun veía un poco y tuvo la borrosa impresión de encontrarse en una habitación enorme y alargada, en cuyo extremo había una gran caldera de agua humeante y a su alrededor unas oscuras siluetas, medio ocultas por el vapor, que bailaban blandiendo largas varas. 

Le pareció que la cinta transportadora pasaba justo por encima del caldero y que los cerdos caían uno tras otro al agua hirviendo, y que uno de ellos llevaba unos largos guantes blancos en las patas delanteras.


De repente nuestro héroe empezó a sentir mucho sueño, pero hasta que su fuerte corazón no hubo bombeado la última gota de sangre no pasó de este mundo, el mejor de todos los mundos posibles, al otro.

Corazones Perdidos - M. R. James

Fue, hasta donde puedo averiguar, en septiembre del año 1811 cuando una silla de postas se detuvo ante la puerta de Aswarby Hall, en el corazón de Lincolnshire. El niño que era el único pasajero en la silla, y que saltó tan pronto como se detuvo, miró a su alrededor con la más viva curiosidad durante el corto intervalo que transcurrió entre el toque de la campanilla y la apertura de la puerta principal. 

Vio una casa alta, cuadrada, de ladrillo rojo, construida en el reinado de la reina Ana; se había añadido un pórtico de pilares de piedra en el estilo clásico más puro de 1790; las ventanas de la casa eran muchas, altas y estrechas, con cristales pequeños y carpintería blanca y gruesa. Un frontón, perforado por una ventana redonda, coronaba la fachada. 

Había alas a derecha e izquierda, conectadas por curiosas galerías acristaladas, sostenidas por columnatas, con el bloque central. Estas alas contenían claramente los establos y las dependencias de la casa. Cada una estaba rematada por una cúpula ornamental con una veleta dorada.

Una luz vespertina brillaba sobre el edificio, haciendo que los cristales de las ventanas resplandecieran como otros tantos fuegos. Frente a la mansión se extendía un parque llano, salpicado de robles y bordeado de abetos, que se recortaban contra el cielo. El reloj del campanario de la iglesia, oculto entre los árboles al borde del parque, del que solo su veleta dorada captaba la luz, daba las seis, y el sonido llegaba suavemente, arrastrado por el viento. 

Fue, en conjunto, una impresión agradable, aunque teñida con la especie de melancolía propia de una tarde de principios de otoño, la que se transmitió a la mente del niño que estaba de pie en el porche, esperando que la puerta se abriera para él.

La silla de postas lo había traído desde Warwickshire, donde, unos seis meses antes, había quedado huérfano. Ahora, gracias a la generosa oferta de su anciano primo, el señor Abney, había venido a vivir a Aswarby. La oferta fue inesperada, porque todos los que sabían algo del señor Abney lo consideraban un recluso algo austero, en cuyo hogar de costumbres tranquilas la llegada de un niño pequeño importaría un elemento nuevo y, al parecer, incongruente. 

La verdad es que se sabía muy poco de las ocupaciones o del temperamento del señor Abney. Se había oído decir al profesor de griego de Cambridge que nadie sabía más de las creencias religiosas de los últimos paganos que el dueño de Aswarby. Ciertamente, su biblioteca contenía todos los libros entonces disponibles sobre los Misterios, los poemas órficos, el culto a Mitra y los neoplatónicos. 

En el vestíbulo de mármol se erguía un magnífico grupo de Mitra matando a un toro, que había sido importado del Levante con gran costo por el propietario. Había contribuido con una descripción del mismo al Gentleman's Magazine, y había escrito una notable serie de artículos en el Critical Museum sobre las supersticiones de los romanos del Bajo Imperio. 

Era considerado, en fin, como un hombre absorto en sus libros, y fue motivo de gran sorpresa entre sus vecinos que se hubiera enterado de la existencia de su primo huérfano, Stephen Elliott, y mucho más que se hubiera ofrecido a hacerlo un residente de Aswarby Hall.

Independientemente de lo que esperaran sus vecinos, es cierto que el señor Abney —el alto, el delgado, el austero— parecía dispuesto a dar a su joven primo una amable bienvenida. En el momento en que se abrió la puerta principal, salió disparado de su estudio, frotándose las manos con deleite.

—¿Cómo estás, muchacho? ¿Cómo estás? ¿Qué edad tienes? —dijo él—. Es decir, espero que no estés demasiado cansado del viaje para cenar.

—No, gracias, señor —dijo el joven Elliott—; me encuentro bastante bien.

—Así me gusta —dijo el señor Abney—. ¿Y qué edad tienes, mi niño?

Parecía un poco extraño que hubiera hecho la pregunta dos veces en los dos primeros minutos de conocerse.

—Cumplo doce años en mi próximo cumpleaños, señor —dijo Stephen.

—¿Y y cuándo es tu cumpleaños, mi querido niño? ¿El once de septiembre, eh? Eso está bien, eso está muy bien. Dentro de casi un año, ¿no es así? Me gusta… ¡ja, ja!… me gusta anotar estas cosas en mi libro. ¿Seguro que son doce? ¿Absolutamente seguro?

—Sí, completamente seguro, señor.

—¡Bien, bien! Llévelo a la habitación de la señora Bunch, Parkes, y que tome su té… su cena… lo que sea.

—Sí, señor —respondió el formal señor Parkes; y condujo a Stephen a las dependencias inferiores.

La señora Bunch fue la persona más reconfortante y humana que Stephen había conocido hasta entonces en Aswarby. Lo hizo sentirse completamente como en casa; se hicieron grandes amigos en un cuarto de hora, y grandes amigos siguieron siendo. 

La señora Bunch había nacido en los alrededores unos cincuenta y cinco años antes de la llegada de Stephen, y su residencia en la mansión era de veinte años. En consecuencia, si alguien conocía los entresijos de la casa y el distrito, la señora Bunch los conocía; y no era en absoluto reacia a comunicar su información.

Ciertamente, había muchas cosas sobre la mansión y sus jardines que Stephen, que era de natural aventurero e inquisitivo, estaba ansioso por que le explicaran. «¿Quién construyó el templete al final del paseo de los laureles? ¿Quién era el anciano cuyo retrato colgaba en la escalera, sentado a una mesa, con una calavera bajo la mano?». Estos y muchos otros puntos similares fueron aclarados por los recursos del poderoso intelecto de la señora Bunch. Había otros, sin embargo, de los cuales las explicaciones proporcionadas eran menos satisfactorias.

Una tarde de noviembre, Stephen estaba sentado junto al fuego en la habitación del ama de llaves, reflexionando sobre su entorno.

—¿Es el señor Abney un buen hombre, e irá al cielo? —preguntó de repente, con la peculiar confianza que los niños poseen en la capacidad de sus mayores para resolver estas cuestiones, cuya decisión se cree reservada para otros tribunales.

—¿Buen hombre? ¡Dios bendiga al niño! —dijo la señora Bunch—. ¡El señor es el alma más bondadosa que he visto en mi vida! ¿No te conté nunca lo del niño que recogió de la calle, como quien dice, hace ya siete años? ¿Y lo de la niña, dos años después de que yo llegara aquí?

—No. ¡Cuéntemelo todo, señora Bunch, ahora mismo!

—Bueno —dijo la señora Bunch—, de la niña no parece que me acuerde mucho. Sé que el señor la trajo consigo de su paseo un día, y le dio órdenes a la señora Ellis, que era el ama de llaves entonces, de que la cuidaran con todo esmero. Y la pobrecilla no tenía a nadie que le perteneciera, me lo dijo ella misma, y aquí vivió con nosotros cosa de tres semanas, puede ser; y luego, fuera que tuviera algo de gitana en la sangre o qué sé yo, pero una mañana se levantó de la cama antes de que ninguno de nosotros hubiera pegado ojo, y ni rastro ni huella de ella he vuelto a ver desde entonces. El señor se disgustó muchísimo e hizo dragar todos los estanques; pero yo creo que se la llevaron los gitanos, porque hubo cantos alrededor de la casa durante casi una hora la noche que se fue, y Parkes, él declara que los oyó llamar en los bosques toda esa tarde. ¡Ay, ay! Una niña extraña era, tan silenciosa en sus maneras y todo, pero yo le había cogido un cariño enorme, tan casera que era… sorprendente.

—¿Y qué hay del niño? —dijo Stephen.

—¡Ah, ese pobrecito! —suspiró la señora Bunch—. Era extranjero, Jevanny se hacía llamar, y vino a tocar su organillo por los alrededores del camino de entrada un día de invierno, y el señor lo hizo entrar en el acto, y le preguntó de dónde venía, y qué edad tenía, y cómo se ganaba la vida, y dónde estaban sus parientes, y todo tan amable como se pueda desear. Pero con él pasó lo mismo. Son una gente revoltosa, supongo, esas naciones extranjeras, y una buena mañana se marchó, igual que la niña. Por qué se fue y qué hizo fue nuestra pregunta durante casi un año después; porque nunca se llevó su organillo, y ahí está, en el estante.

El resto de la tarde lo pasó Stephen en un interrogatorio misceláneo a la señora Bunch y en esfuerzos por extraer una melodía del organillo.

Esa noche tuvo un sueño curioso. Al final del pasillo en el piso de arriba de la casa, donde estaba su dormitorio, había un viejo cuarto de baño en desuso. Se mantenía cerrado con llave, pero la mitad superior de la puerta era de cristal y, como las cortinas de muselina que solían colgar allí habían desaparecido hacía tiempo, se podía mirar adentro y ver la bañera revestida de plomo, adosada a la pared de la derecha, con la cabecera hacia la ventana.

La noche de la que hablo, Stephen Elliott se encontró, según le pareció, mirando a través de la puerta acristalada. La luna brillaba a través de la ventana, y él contemplaba una figura que yacía en la bañera.

Su descripción de lo que vio me recuerda a lo que una vez contemplé yo mismo en las famosas criptas de la iglesia de San Michan en Dublín, que poseen la horrible propiedad de preservar los cadáveres de la descomposición durante siglos. 

Una figura inexpresablemente delgada y patética, de un color plomizo y polvoriento, envuelta en una vestidura similar a un sudario, los delgados labios torcidos en una sonrisa débil y espantosa, las manos apretadas fuertemente sobre la región del corazón.

Mientras la miraba, un gemido distante, casi inaudible, pareció brotar de sus labios, y los brazos comenzaron a moverse. El terror de la visión hizo retroceder a Stephen, y despertó al hecho de que, en efecto, estaba de pie en el frío suelo de tablas del pasillo, bajo la plena luz de la luna. Con un coraje que no creo que sea común entre los niños de su edad, fue a la puerta del cuarto de baño para asegurarse de si la figura de su sueño estaba realmente allí. No lo estaba, y volvió a la cama.

La señora Bunch quedó muy impresionada a la mañana siguiente por su historia, y llegó al extremo de volver a colocar la cortina de muselina sobre la puerta acristalada del cuarto de baño. El señor Abney, además, a quien confió sus experiencias en el desayuno, se mostró muy interesado e hizo anotaciones sobre el asunto en lo que él llamaba «su libro».

Se acercaba el equinoccio de primavera, como el señor Abney recordaba con frecuencia a su primo, añadiendo que los antiguos siempre lo habían considerado un momento crítico para los jóvenes; que Stephen haría bien en cuidarse y cerrar la ventana de su dormitorio por la noche; y que Censorino tenía algunas observaciones valiosas sobre el tema. Dos incidentes que ocurrieron por esa época dejaron una impresión en la mente de Stephen.

El primero fue después de una noche inusualmente inquieta y opresiva que había pasado, aunque no podía recordar ningún sueño en particular que hubiera tenido.

La tarde siguiente, la señora Bunch se ocupaba de remendar su camisón.

—¡Santo cielo, señorito Stephen! —exclamó con cierta irritación—. ¿Cómo se las arregla para hacer trizas su camisón de esta manera? ¡Mire aquí, señor, qué molestias les da a los pobres sirvientes que tienen que zurcir y remendar lo que usted estropea!

Había, en efecto, una serie de cortes o rasguños de lo más destructivos y aparentemente deliberados en la prenda, que sin duda requerirían una aguja hábil para repararlos. Se limitaban al lado izquierdo del pecho: cortes largos y paralelos, de unas seis pulgadas de longitud, algunos de los cuales no llegaban a perforar la tela del lino. Stephen solo pudo expresar su total ignorancia sobre su origen; estaba seguro de que no estaban allí la noche anterior.

—Pero —dijo—, señora Bunch, son exactamente iguales que los arañazos en el exterior de la puerta de mi dormitorio; y estoy seguro de que no tuve nada que ver en hacerlos.

La señora Bunch lo miró con la boca abierta, luego cogió una vela, salió apresuradamente de la habitación y se la oyó subir las escaleras. En pocos minutos bajó.

—Bueno —dijo—, señorito Stephen, me resulta muy curioso cómo han podido aparecer esas marcas y arañazos; demasiado altos para que los haya hecho un gato o un perro, y mucho menos una rata; parecen, por todo el mundo, las uñas de un chino, como nos contaba mi tío del comercio del té cuando éramos niñas. Yo no le diría nada al señor, si fuera usted, mi querido señorito Stephen; y eche la llave a la puerta cuando se vaya a la cama.

—Siempre lo hago, señora Bunch, en cuanto termino mis oraciones.

—Ah, ese es un buen niño: reza siempre tus oraciones, y entonces nadie podrá hacerte daño.

Con esto, la señora Bunch se dedicó a remendar el camisón dañado, con intervalos de meditación, hasta la hora de acostarse. Esto fue un viernes por la noche de marzo de 1812.

La tarde siguiente, el dúo habitual de Stephen y la señora Bunch se vio aumentado por la repentina llegada del señor Parkes, el mayordomo, quien por lo general se mantenía bastante apartado en su propia despensa. No vio que Stephen estuviera allí; además, estaba alterado y hablaba con menos lentitud de lo habitual.

—El señor puede subir su propio vino por la noche, si le place —fue su primer comentario—. O lo hago durante el día o no lo hago en absoluto, señora Bunch. No sé qué pueda ser; muy probablemente sean las ratas, o el viento que se ha metido en las bodegas; pero ya no soy tan joven como antes, y no puedo seguir con esto como lo he hecho.

—Bueno, señor Parkes, ya sabe que la mansión es un lugar sorprendente para las ratas.

—No lo niego, señora Bunch; y, desde luego, muchas veces he oído la historia de los hombres en los astilleros sobre la rata que podía hablar. Nunca antes le di crédito a eso; pero esta noche, si me hubiera rebajado a pegar el oído a la puerta del último nicho, casi podría haber oído lo que estaban diciendo.

—¡Oh, vamos, señor Parkes, no tengo paciencia con sus fantasías! ¡Ratas hablando en la bodega, vaya cosa!

—Bueno, señora Bunch, no tengo ningún deseo de discutir con usted; todo lo que digo es que, si decide ir al último nicho y pegar el oído a la puerta, puede comprobar mis palabras en este mismo instante.

—¡Qué tonterías dice, señor Parkes, no son aptas para que las escuchen los niños! ¡Va a asustar al señorito Stephen y a dejarlo sin aliento!

—¡Cómo! ¿El señorito Stephen? —dijo Parkes, dándose cuenta de la presencia del niño—. El señorito Stephen sabe de sobra cuándo estoy bromeando con usted, señora Bunch.

De hecho, el señorito Stephen sabía demasiado bien que el señor Parkes no había tenido la intención de bromear en un principio. Estaba interesado, aunque no del todo gratamente, en la situación; pero todas sus preguntas fueron infructuosas para inducir al mayordomo a dar un relato más detallado de sus experiencias en la bodega.

Hemos llegado ahora al 24 de marzo de 1812. Fue un día de experiencias curiosas para Stephen: un día ventoso y ruidoso, que llenó la casa y los jardines con una impresión de inquietud. 

Mientras Stephen estaba de pie junto a la valla de los terrenos y miraba hacia el parque, sentía como si una procesión interminable de gente invisible pasara barriendo junto a él con el viento, arrastrada irresistible e inútilmente, esforzándose en vano por detenerse, por agarrarse a algo que pudiera detener su vuelo y devolverlos al contacto con el mundo de los vivos del que habían formado parte. Después del almuerzo de ese día, el señor Abney dijo:

—Stephen, muchacho, ¿crees que podrías venir a mi estudio esta noche, tan tarde como a las once? Estaré ocupado hasta esa hora, y deseo mostrarte algo relacionado con tu vida futura que es de suma importancia que conozcas. No debes mencionar este asunto a la señora Bunch ni a nadie más en la casa; y será mejor que te vayas a tu habitación a la hora de siempre.

He aquí una nueva emoción añadida a la vida: Stephen aprovechó con avidez la oportunidad de quedarse despierto hasta las once. Echó un vistazo a la puerta de la biblioteca de camino a su habitación esa noche, y vio un brasero, que a menudo había notado en un rincón de la estancia, sacado frente al fuego; una vieja copa de plata dorada estaba sobre la mesa, llena de vino tinto, y algunas hojas de papel escritas yacían cerca. El señor Abney estaba esparciendo incienso en el brasero desde una caja de plata redonda mientras Stephen pasaba, pero no pareció notar sus pasos.

El viento había amainado, y había una noche tranquila y una luna llena. Hacia las diez, Stephen estaba de pie en la ventana abierta de su dormitorio, mirando el campo. A pesar de la quietud de la noche, la misteriosa población de los lejanos bosques iluminados por la luna aún no se había adormecido. 

De vez en cuando, extraños gritos como de vagabundos perdidos y desesperados sonaban desde el otro lado del lago. Podían ser los cantos de búhos o aves acuáticas, pero no se parecían del todo a ninguno de los dos sonidos. ¿No se estaban acercando? Ahora sonaban desde el lado más cercano del agua, y en pocos momentos parecieron flotar entre los arbustos. 

Luego cesaron; pero justo cuando Stephen pensaba en cerrar la ventana y reanudar su lectura de Robinson Crusoe, divisó dos figuras de pie en la terraza de grava que corría a lo largo del lado del jardín de la mansión: las figuras de un niño y una niña, al parecer; estaban uno al lado del otro, mirando hacia las ventanas. Algo en la forma de la niña le recordó irresistiblemente su sueño de la figura en la bañera. El niño le inspiró un miedo más agudo.

Mientras la niña permanecía quieta, medio sonriendo, con las manos entrelazadas sobre el corazón, el niño, una figura delgada, de pelo negro y ropas raídas, alzaba los brazos al aire con un ademán de amenaza y de un hambre y anhelo insaciables. 

La luna brillaba sobre sus manos casi transparentes, y Stephen vio que las uñas eran terriblemente largas y que la luz las atravesaba. Mientras estaba de pie con los brazos así levantados, reveló un espectáculo aterrador. En el lado izquierdo de su pecho se abría una herida negra y abierta; y cayó sobre el cerebro de Stephen, más que sobre su oído, la impresión de uno de esos gritos hambrientos y desolados que había oído resonar sobre los bosques de Aswarby toda esa tarde. En otro instante, esta espantosa pareja se había movido rápida y silenciosamente sobre la grava seca, y no los vio más.

Inexpresablemente asustado como estaba, decidió tomar su vela y bajar al estudio del señor Abney, pues la hora señalada para su encuentro estaba cerca. El estudio o biblioteca se abría desde el vestíbulo principal por un lado, y Stephen, acuciado por sus terrores, no tardó mucho en llegar. Entrar no fue tan fácil. No estaba cerrada con llave, estaba seguro, pues la llave estaba en el exterior de la puerta como de costumbre. 

Sus repetidos golpes no produjeron respuesta. El señor Abney estaba ocupado: estaba hablando. ¡Qué! ¿Por qué intentaba gritar? ¿Y por qué el grito se ahogaba en su garganta? ¿Había visto él también a los misteriosos niños? Pero ahora todo estaba en silencio, y la puerta cedió al empuje aterrorizado y frenético de Stephen.

Sobre la mesa del estudio del señor Abney se encontraron ciertos papeles que explicaron la situación a Stephen Elliott cuando tuvo edad para entenderlos. Las frases más importantes eran las siguientes:

«Era una creencia muy fuerte y generalmente sostenida por los antiguos —de cuya sabiduría en estos asuntos he tenido tal experiencia que me induce a confiar en sus afirmaciones— que, al realizar ciertos procesos, que para nosotros los modernos tienen algo de bárbaro, se puede alcanzar una iluminación muy notable de las facultades espirituales del hombre: que, por ejemplo, al absorber las personalidades de un cierto número de sus semejantes, un individuo puede obtener un completo dominio sobre aquellos órdenes de seres espirituales que controlan las fuerzas elementales de nuestro universo.

»Se cuenta de Simón el Mago que era capaz de volar por el aire, de volverse invisible o de asumir cualquier forma que quisiera, por la acción del alma de un niño a quien, para usar la frase difamatoria empleada por el autor de las Reconocimientos Clementinos, había “asesinado”».

«Encuentro además consignado, con considerable detalle en los escritos de Hermes Trismegisto, que resultados felices similares pueden producirse por la absorción de los corazones de no menos de tres seres humanos menores de veintiún años. A la prueba de la veracidad de esta receta he dedicado la mayor parte de los últimos veinte años, seleccionando como los corpora vilia de mi experimento a personas que pudieran ser convenientemente eliminadas sin ocasionar un vacío sensible en la sociedad. El primer paso lo efectué con la eliminación de una tal Phoebe Stanley, una muchacha de origen gitano, el 24 de marzo de 1792. El segundo, con la eliminación de un muchacho italiano errante, llamado Giovanni Paoli, la noche del 23 de marzo de 1805. La “víctima” final —para emplear una palabra repugnante en el más alto grado a mis sentimientos— debe ser mi primo, Stephen Elliott. Su día debe ser este 24 de marzo de 1812.

»El mejor medio para efectuar la absorción requerida es extraer el corazón del sujeto vivo, reducirlo a cenizas y mezclarlas con aproximadamente una pinta de algún vino tinto, preferiblemente de Oporto. Los restos de los dos primeros sujetos, al menos, será bueno ocultarlos: un cuarto de baño en desuso o una bodega resultarán convenientes para tal propósito. Puede experimentarse alguna molestia por parte de la porción psíquica de los sujetos, que el lenguaje popular dignifica con el nombre de fantasmas.»

»Pero el hombre de temperamento filosófico —a quien únicamente es apropiado el experimento— será poco propenso a dar importancia a los débiles esfuerzos de estos seres por descargar su venganza sobre él. Contemplo con la más viva satisfacción la existencia ampliada y emancipada que el experimento, si tiene éxito, me conferirá; no solo poniéndome fuera del alcance de la justicia humana (así llamada), sino eliminando en gran medida la perspectiva de la muerte misma».

El señor Abney fue encontrado en su silla, con la cabeza echada hacia atrás, el rostro marcado por una expresión de rabia, espanto y dolor mortal. En su costado izquierdo tenía una terrible herida lacerada, que exponía el corazón. No había sangre en sus manos, y un largo cuchillo que yacía sobre la mesa estaba perfectamente limpio. 

Un gato montés salvaje podría haber infligido las heridas. La ventana del estudio estaba abierta, y la opinión del forense fue que el señor Abney había encontrado la muerte por la acción de alguna criatura salvaje. Pero el estudio de Stephen Elliott de los papeles que he citado lo llevó a una conclusión muy diferente.