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Mi dulce Jo - Howard Waldrop

 

Su nombre, de acuerdo con el certificado de nacimiento, era Edward Smith. La «señora Smith» lo había abandonado en el hospital, al partir con destino desconocido. Fue criado en el Hogar Sylacauga, situado en la calle 12 de Birmingham, Alabama.

El niño era precoz; de otro modo, nadie habría reparado en él. Los psicólogos se inclinaban a pensar que tanto su padre como su madre habían tenido un cociente intelectual de genios. Seguramente no había sacado su inteligencia del mostrador de un café de camioneros. No se sabía que era lo que había impulsado a la «señora Smith» a abandonar a su hijo recién nacido en la sala de maternidad de un gran hospital metropolitano.

Baste decir que, a los veintisiete años, Edward NMI Smith fue nombrado director de información pública de la Administración de los Servicios de Ciencias del Espacio. Era el hombre más joven y más brillante que había llegado a ocupar un puesto tan importante en el gobierno. En esa época estaba infelizmente casado y era padre de un niño; un hombre muy solo.

Durante el año en que estuvo al cargo de la dirección, los primeros hombres regresaron de las estrellas. Habían partido hacia Alfa del Centauro veintiséis años atrás, acelerando hasta alcanzar velocidades próximas a la de la luz, durante el tercio intermedio de su travesía. Llegaron en doce años. Una noche, dieciséis años después de la partida de las primeras naves, un mensaje cayó del claro cielo.

Siete de las nueve naves hicieron el viaje. Durante su transcurso, las tripulaciones permanecieron despiertas, como todas las tripulaciones de las naves espaciales. Guiaron a la enorme nave a través de la oscuridad, controlando por medio de monitores a aquellos colonizadores que viajaban congelados, con la esperanza de hallar un nuevo mundo cuya órbita girara alrededor de la estrella más próxima.

Alfa del Centauro IV, llamada Nova Terra (por supuesto), había sido descubierta en primer lugar. Poca gravedad, mucha luz solar, poco oxígeno, mucho nitrógeno. Un buen mundo.

El mensaje provino del nuevo transmisor de Nova Terra. La estación de radio había estado emitiendo durante cuatro años cuando su primer mensaje llegó a la Tierra, y otros cuatro años transcurrirían hasta que supieran si la Tierra había recibido el mensaje. Las distancias inmensas, la negrura profunda, las estrellas brillantes.

Mientras tanto, dos años y medio después de la colonización de Nova Terra, una expedición emprendió el regreso. Debido al tiempo de demora entre emisión y recepción, el mensaje que informaba acerca de su partida de Nova Terra fue recibido dieciocho años y medio después de que las naves abandonaran la Tierra. Alguien llegó rápidamente a la conclusión de que, en ese momento, ya hacía cuatro años que las naves estaban en camino, y que llegarían en otros ocho.

El mensaje decía: «Dos naves regresan a la Tierra. Los métodos desarrollados aquí permiten a las tripulaciones dormir por turnos. Algunos colonizadores de regreso. Hasta dentro de doce años.»

Ocho años más tarde, las naves estaban en órbita alrededor del sol, a unos pocos cientos de kilómetro por encima de la Tierra. De noche, se veían más brillantes que Venus, más brillantes que las estaciones espaciales que giraban cerca de ellas; dos estrellas nuevas en el cenit.

Ed Smith, el nuevo director de información de la Administración del Servicio de Ciencias del Espacio, y su equipo, estaban en la Estación Nº 3 para dar la bienvenida a los primeros hombres y mujeres que regresaban de las estrellas.

- ¡Madre Iglesia! En cualquier momento a partir de ahora - dijo Newton Thornton, mirando el reloj de pared.

- Tranquilo, Newton - dije -. Este es el momento de gloria de la Estación. El primero desde que partieron las naves estelares, hace casi tres décadas. No puedes censurarlos porque demoren la descompresión un poco más de lo debido.

- Ya lo sé, señor Smith - dijo -, pero maldición, bien que se están tomando su tiempo.

- Bien, los tendremos todo lo que queramos - dije.

Las puertas se abrieron y salieron, el director de la estación caminando a grandes trancos a la cabeza, como un león rey de la manada.

Su mano complacida se extendió casi automáticamente.

- Este es el señor Smith, damas y caballeros, el director de información de los Servicios del Espacio. Señor Smith, la tripulación y los colonizadores de Nova Terra.

Hice un pequeño saludo impaciente. Varios miembros de la tripulación me devolvieron el saludo, rígida y formalmente. Dos de las mujeres hicieron una reverencia.

Todos sonreímos.

El comandante Gunderson aspiraba el humo de su cigarro como si fuese aire.

- Le sorprenderá saber - dijo - que el tabaco no crece en las áreas de Nova Terra que hemos colonizado. La mayor parte del suelo es demasiado ácido. Por supuesto, eso era hace... ¿cuánto?... doce años. Ahora puede haber más tabaco que en Carolina del Norte. - Aspiró más humo de su cigarro.

- Así lo espero - dijo Newton -. Carolina ya no tiene tabaco.

- ¿Qué?

- Virginia, las Carolinas, Georgia, perdieron más de las tres cuartas partes de las cosechas, hace once años. Una nueva plaga de hongos. Se expande con rapidez. Las esporas se extienden en una capa tan gruesa, sobre el suelo, que la tierra no podrá ser usada durante años. Todo el tabaco que tenemos ahora se planta en Arizona, Nuevo México y en algunas partes de las llanuras californianas... que, en parte, aún eran desérticas cuando ustedes partieron - dijo Newton.

- Maldito sea - dijo Gunderson. La fatiga ensombreció su rostro -. Nos llevará un tiempo adaptarnos...

Miró con fijeza la brasa de su cigarro.

- Partí como colonizador. Veintiséis años atrás. Eso es mucho tiempo. Decidí que, aún con mi entrenamiento en el Servicio, sería mejor para mí viajar dormido. Por si alguna vez querían regresar y las tripulaciones se negaran a hacer otro viaje de doce años. - Se frotó el cabello cano.

- Los tripulantes... envejecieron. Yo no. Pensé que sería como ellos durante el viaje de regreso. Eso fue antes de que desarrolláramos los rápidos métodos criogénicos, que permiten que la tripulación duerma por turnos. Sólo he estado despierto durante siete meses, desde que partirnos de Nova Terra.

«Sabía que habría gente que querría regresar. No es una aventura estar allá afuera. Es un trabajo duro.»

Apagó la colilla con mucho cuidado.

- Diablos, he envejecido sólo tres años y siete meses desde que partí de la Tierra, veintiséis años atrás. Por supuesto, ya era viejo cuando partí.

Thornton se rió.

El Comandante Gunderson se puso serio.

- Hay gente que sólo envejeció tres años - dijo -. Algunos de los colonizadores partieron dormidos. Han regresado dormidos. Estuvieron despiertos sólo tres años. Lo que encontraron allí no les gustó más que lo que dejaron al partir.

Suspiró y se reclinó en su silla.

- Creo que fue por eso por lo que partí dormido, en lugar de partir como miembro de la tripulación. Sabía que habría gente como ésa, que necesitaría regresar más que había necesitado partir. Creo que fue por eso.

Después de que el Comandante se fue, Newton Thornton me miró.

- ¿Cómo lo harán para lograrlo? - preguntó.

- Como todo el mundo - dije, recordando -. Se las arreglan de uno u otro modo.

 

Los interrogatorios se demoraban. Los informes ocupaban un cuarto pequeño. Nacimientos y muertes, posibilidades de cultivo, deficiencias minerales; todo lo que sirve para decirle a uno qué clase de planeta es, para que uno pueda decidir cómo transformarlo en lo que uno quiere que sea. Aún teníamos que entrevistar a doce de los colonizadores que habían regresado, y al Capitán Welkins. Welkins había partido como miembro de la tripulación y había regresado igual. Despierto todo el tiempo. Los psicólogos lo entrevistaban primero. Nosotros hablaríamos con él más tarde. Los colonizadores y los tripulantes estaban ansiosos por descender al planeta del que habían partido veintiséis años atrás. Nosotros íbamos lo más rápido posible para conseguir la información que necesitábamos. Y estábamos tan cansados como ellos. A todos nos vendría bien un descanso.

A veces, durante aquella segunda semana, llamaba a mi esposa y a mi hijo.

 

Yo: Hola, Angie.

AN: ¿Eres tú, Ed?

YO: Sí. ¿Cómo estás? ¿Cómo está Billy?

AN: Oh, estamos bien. Muy bien.

Yo: Dile que no sé cuándo estaré de regreso. Pero no me demoraré demasiado. Una semana, a lo sumo.

AN: Te echa de menos. Todo el día pregunta por ti.

Yo: Bien, creo que yo os encuentro a faltar a los dos.

AN: ¿Seguro?

Yo: Diablos, ya sabes lo que quiero decir.

AN: Bien, espero que vuelvas pronto.

Yo: Maldición, Angie. Lo que necesito es un descanso. Estoy rendido. Tengo mucho trabajo aquí.

AN: Entonces tal vez puedas llevar a Billy a las montañas dentro de unas semanas.

Yo: No quiero llevar a Billy a ninguna parte. Lo único que quiero es descansar.

AN: Perdóname.

Yo: Mira, Angie. Dile a Billy que lo veré pronto.

AN: ¿Y yo?

Yo: ¿Y tú qué?

AN: ¿Es que ni siquiera puedes tratar de ser amable de vez en cuando?

Yo: Hace mucho que dejé de hacerlo. Te veré pronto.

AN: ¿Estás seguro de que no desperdiciarás tu valioso tiempo si me ves?

Colgué. Maldición. Maldición.

 

Su nombre era Jo Ellen Singletary. Era una de las personas de las que había hablado el comandante Gunderson. Era muy bonita. A veces, mientras hablaba, se le formaban pequeñas arrugas alrededor de la boca. Minúsculas arrugas. Aparentaba veinte o veinticinco años.

Yo tenía listos sus informes parciales. Nunca los miraba hasta que no tenía que escribir los informes completos. Trabajaba con el biograma que Newton hacía de cada persona. Aún no me había entrevistado con Welkins. Los psicólogos se estaban demorando.

- Usted es uno de los casos especiales - dije.

- ¿Especiales? Oh, usted quiere decir que soy una de los que volvieron.

- Sí, de los que volvieron.

- Entonces supongo que soy especial - dijo ella.

- ¿Qué la hizo decidirse a regresar? - le pregunté.

- No... no me gustaba la vida allá. - Cambió de posición en la silla. Newton había ido a buscarnos algunos bocadillos. Ella paseó la mirada por el cuarto.

- Entonces volví. Quiero empezar otra vez aquí, en la Tierra.

- Advertirá que, las cosas han cambiado, en estos veintiséis años - dije.

Por toda respuesta, sus ojos empezaron a humedecerse. No me gustan las mujeres cuando lloran. Empecé a levantarme; luego me arrepentí.

- Lamento haberla alterado - dije -. Sólo era una pregunta.

- No. No, no era. - Su rostro se puso tenso -. Usted quiso decir que la vida aquí no será más fácil ahora que cuando me fui. ¿No es así?

Miré los papeles que estaban encima de mi escritorio.

- No. Ha sido una semana muy dura. Lamento haberla alterado. No tengo excusa.

- Sé que ha tenido una semana muy dura - dijo ella, con la vista clavada en mí. Comenzó a llorar otra vez -. Tampoco yo tengo excusa para llorar.

Ahora ella comenzó a llorar realmente.

Dejé la pluma, caminé alrededor del escritorio y me quedé a su lado como un tonto, mientras ella lloraba. Su pelo olía a almizcle. Usaba un nuevo perfume que debía haber comprado en la estación. Angie tenía el mismo, en casa.

Fue entonces que me di cuenta de la magnitud de lo que ella debía enfrentar. Regresaba a la Tierra con sólo tres años más de los que tenía cuando partió. Volvía a un mundo enteramente distinto. Lo que había visto a través de las ventanas de la estación no era la imagen familiar de la Tierra, sino otro planeta azul donde, por azar, se hablaba la misma lengua. El shock cultural la esperaba con sus fauces listas para atraparla. El shock tecnológico acechaba a la vuelta de cada esquina, en cada nuevo sonido. Y ella aún no había bajado a la Tierra.

Puse una mano en su cabeza.

- Puedo llamar a uno de los médicos para que le dé algo - le dije.

Sacudió la cabeza negativamente. Se recostó sobre mi mano.

- Tengo tanto miedo - dijo.

- Lo sé. Lo sé - dije.

Mentí.

 

Uno nunca se propone que pasen esas cosas.

Pasan, simplemente, a medida que se deteriora el matrimonio, y es algo tan sencillo que uno no lo advierte durante días, horas, hasta que uno no ve lo que ha pasado. Y entonces ya no hay nada que hacer, porque la situación lo tiene asido por el cuello y por el corazón.

No hay repique de campanas, ni cantos de pájaros. Sé que no debí haberla ayudado tanto como lo hice durante los días que siguieron. Pero también sé que no me podría haber sucedido con ninguna otra persona, en ninguna otra parte.

Las entrevistas habían terminado, incluso la de Welkins. Seguiríamos en contacto con Welkins. Algunos de los miembros de la tripulación y todos los colonizadores que habían regresado querían dejar los Servicios del Espacio. Era un embrollo legal regulado por las cortes. Si un hombre había prestado servicio durante treinta años, obtenía su pensión de retiro, más el incremento de la pensión debido a las misiones arriesgadas, aún cuando hubiera pasado doce o más de esos treinta años en un profundo sueño criogénico.

Yo podía dejar esos problemas para los abogados. Se hacían las bromas de siempre acerca de dormir en horas de servicio y de ser promovido durante el sueño, y acerca de todas esas cosas de las que yo podía prescindir.

No fueron solamente las últimas dos semanas y media las que me agotaron. Yo estaba realmente agotado. Agotado de trabajar. Agotado de vivir tal como había vivido durante los últimos cinco años. Ya había llegado hasta donde quería llegar en el Servicio. Podían tratar de promoverme a algún cargo administrativo en los laboratorios, pero yo no quería. Mi vida había sido escribir, trabajar con las palabras. No quería un empleo en el que las únicas palabras que usaría serían las del Informe Anual a la Nación. No quería salir, sino que, simplemente, no quería ascender.

Jo Ellen, el agotamiento, la soledad, el trabajo: todo me llegó al mismo tiempo.

No podía dejar que ella se alejara, que se perdiera en la multitud, con sólo una carta cada tres semanas.

 

Ella había estado en contaduría para buscar su paga de retiro. Con esa última firma de la nómina de salarios, nuestra relación dejaba de ser oficial. El sol brillaba en el azul cielo matinal por encima del edificio de los Servicios del Espacio. No había cohetes reluciendo bajo el sol. No había naves zumbando por encima de nuestras cabezas. Todos los lanzamientos se llevaban acabo fuera, salvo los de las naves que partían desde Florida.

Ella estaba vestida con un conjunto nuevo de pantalón y chaqueta. Estaba bella, su cabello color bronce relucía bajo la luz. El hormigón del paseo había empezado a irradiar olas de calor.

- Bien - dijo ella.

- Sí. Aquí termina todo - dije.

Ella me miró. Yo la miré. Visiones de fatalidad y polvo de estrellas.

- No lo creo - murmuró. Ante Dios y ante todo el mundo.

De la mano, cruzando el paseo.

El PACV que habíamos alquilado se detuvo cuando paré los motores.

Las estrellas, una de ellas la estrella a la que ella había ido y de la que había regresado, resplandecían encima nuestro.

Angie y Billy y los pensamientos de Angie y Billy a miles de kilómetros de distancia. Las ranas de Florida de fondo. Una muchacha de las estrellas a mi lado. Cerveza de Milwaukee en el refrigerador.

Escuchamos las ranas.

- No hay ninguna - dijo ella.

- ¿Qué?

- Ranas.

- ¿Qué?

- No hay ranas allá. En Nova Terra. No hay ranas.

- Oh.

Después, tras un silencio.

- ¿Qué dirá tu mujer? ¿Tienes hijos?

- Uno - dije -. Un varón. Cinco años. Se llama...

- No quiero saberlo - dijo ella -. No quiero.

- Está bien. No te preocupes.

- Ya lo estoy. Tú lo estás.

- Jesús - dije -. Jesús.

Me besó.

- ¿Lo merezco? No puede ser.

- Sí - dije.

 

Una señora vecina llamó al hotel cinco días más tarde. Estaba trastornada. Angie se había enterado de todo y lloraba todo el día. La vecina dijo que lo menos que yo podía hacer era tener la decencia de llamarla. Las copias fotostáticas de los informes de los colonizadores habían llegado a la casa. Lo menos que podía hacer era decirle qué era lo que quería hacer con ellos. Y así seguía y seguía y seguía.

Le pedí que le dijera a Angie que estaría allí al día siguiente.

A la mañana siguiente Jo Ellen hizo mi valija. Lloraba, y trataba de no hacerlo.

No le había dicho nada. Me desperté y observé cómo terminaba de poner mis últimas ropas en la maleta.

- Tienes el baño preparado. Tu traje está colgado junto a la bañera. Te reservé pasaje en el vuelo de las once y cuarenta. Sólo tendrás que apurarte un poco.

- ¿Cómo te enteraste? - le pregunté.

- No lo sé. Esto no es nuevo para mí. Es una de las razones por las que partí la primera vez. Nada mejoró allí.

- Volveré dentro de unos días.

- Lo sé - dijo ella, llorando.

Me afeité, tomé un baño y me acicalé. Cuando salí del baño, ella ya no estaba. No había dejado ninguna nota. El tiempo calmo, el vuelo sin novedad.

 

- ¿No trajiste a Jo Ellen? - me preguntó en cuanto traspuse la puerta.

Esta endemoniada situación duró hasta que me fui. No hubo arreglo, ni esperanzas, ni valió la pena discutir o rogar. Había llevado a Billy a la casa de su madre. Ya había conseguido un abogado. No quería nada más que librarse de mí y quedarse con Billy. Le dije que se quedara con todo. Que dejara los informes donde estaban. Yo haría que la agencia viniera a retirarlos. Y adiós.

Malos modos. Odio. Todo eso.

Hay sólo unos pocos lugares a donde uno puede correr cuando el mundo ha cambiado completamente. La hallé en uno de ellos.

Me acerqué muy silenciosamente y me senté junto a ella, que tomaba sol. Unos minutos después ella volvió la cabeza hacia donde yo me había sentado.

- Hola - le dije.

Ella se incorporó de un salto, luego volvió a apoyar la cabeza sobre la arena.

- No creí que volvieras, Ed. El último no volvió.

- No importa - dije -. Yo sí.

Ella siguió mirando la arena, fijamente, un rato.

Garrapateé algo sobre la resplandeciente arena de la playa.

- Dime - le dije - ¿Cómo es la vida allí?

Ella se rió y lloró y me atrajo hacia ella.

Las olas se movían y susurraban en la playa. Subía la marea.

 

Tres días más tarde reparamos por primera vez en el detective privado. Era un hombrecito gordo que había estado en dos de los lugares a los que nosotros habíamos ido. Jo Ellen lo vio primero.

Con el resurgir de la Madre Iglesia, hay algunas nuevas leyes arcaicas en los libros. Algunas exigen seis meses y un día de ausencia del hogar antes de declarar la deserción. O uno tiene que firmar una declaración de crueldad mental que lo hace aparecer como un verdadero canalla. Sin embargo, hay otro modo de obtener el divorcio en unas pocas semanas.

Traté de matar a ese bastardo antes de que él y su compañero dispararan el flash aquella noche. Aún había gente que se ganaba la vida consiguiendo pruebas para los divorcios. No sé qué pasará cuando el hombre sea lo suficientemente lúcido como para disolver un matrimonio en el momento en que dos personas dejen de llevarse bien.

La lámpara que arrojé se estrelló contra el dintel, al lado del fotógrafo. El grandote, el forzudo, se adelantó hacia mí mientras yo saltaba de la cama. Lo pateé tan fuerte como pude. Atrapó mi pie y me hizo caer sobre mi trasero. Me golpeé la cabeza contra la cama. El dolor me traspasó. Quedé ahí tendido, con la cabeza zumbándome.

- Si te vuelves a levantar, te haré daño - dijo el grandote. El gordito sacó otra instantánea, y le hizo señas al grandote para que saliera.

Jo Ellen lloraba mientras me ayudaba a levantarme. El gordo se fue. Yo también lloraba. Por lo menos todo terminaría pronto.

Cuando se me despejó la cabeza, empecé a redactar mi renuncia.

 

Pensamos que todo habría terminado. Sin embargo, Angie no me dejaba ir. Aquella noche me llamó por teléfono. Quería verme. Quería que volviéramos a intentarlo. Piensa en Billy.

- ¿Después de que tus matones hicieron lo que hicieron?

- Lo siento, cariño. No sabía que lo harían de esa manera. Sabes que necesitaba tener esas fotos.

- Seguro.

- Cariño, regresa conmigo. Olvidaré. Lo olvidaré todo si tú quieres. Romperé esas fotografías. Haremos cuenta de que esto no sucedió jamás. Por favor, cariño, por favor.

- Dale tus fotografías al juez. Y también a los periódicos, si quieres. De todos modos habrá escándalo, así que no importa si es un gran escándalo. Hazlo enseguida.

- No quiero herirte, cariño. Preferiría... No quiero hacerlo.

- Eres una perra. Angie.

- No digas eso. No lo digas.

- Fuera de mi vida. - Colgué el teléfono.

Había presentado mi renuncia la mañana anterior. Estábamos en la cama.

Miré el estómago de Jo Ellen. Minúsculas marcas alargadas subían por su abdomen formando una fina red. Es curioso que uno no repare en ciertas cosas durante algún tiempo.

Ella no era casada. Miré las marcas. No dije nada. Me acarició el cabello.

- ¿Qué vamos a hacer? - preguntó -. Nos seguirán a todas partes.

- No a todas partes. - Me decidí en ese mismo instante.

- ¿A dónde no?

- Allí, fuera - dije.

- Oh, Ed, no. No podría hacerlo. Creo que no podría.

- No hay ningún problema, dijiste. Sólo dormir y despertarse en otro lugar.

- No. No es eso. ¿Y si pasa algo? ¿Y si alguno de los dos... no... no se despierta? ¿O los dos? ¿O si la nave no llega? Dos de las nuestras no llegaron - dijo.

- No podemos quedarnos aquí. No quiero. Demasiados recuerdos y todos malos. Salvo tú -. Besé sus húmedos párpados.

- ¿Cuándo? - preguntó ella.

- El mes próximo. Las doce naves. Podríamos olvidarlo todo, todo lo que pasó. Tus problemas, mis problemas.

- Sí - dijo ella -. Sí.

 

FUNCIONARIO DEL ESPACIO RENUNCIA.

ESPOSA DEL DIRECTOR DEL ESPACIO PIDE DIVORCIO.

HISTORIA DE AMOR DESDE LAS ESTRELLAS.

 

Todo estaba muy tranquilo en la sección de Criogenia. Los periódicos se habían olvidado de nosotros; estábamos a salvo hasta que partieran las naves. Yo aún tenía algunos amigos en el Servicio.

Cuarto de Preparación Nº 3. Los técnicos de batas blancas nos dejaron solos.

- No te pasará nada - dije -. Ya lo has hecho dos veces. Te dormirás inmediatamente. A mí, tendrán que encadenarme.

- No - dijo mi dulce Jo -. Tú también te dormirás enseguida. La próxima cosa que sabrás es que estás en un planeta nuevo, volviendo a empezar.

Ella lloraba. Ella era bella. Ella era mía.

- Ve tú primero. Te amo. Te veré después - dije. La besé. Le había dado una rosa, y ella la tenía como si fuera una mariposa, y lloraba sobre ella.

- Te amo - dijo ella. Me besó. Un técnico se la llevó. Ella era la luz y el aire, y yo la amaba.

Esperé la aguja.

Había alguien en el cuarto. Miré.

Angie había cambiado en un mes. Parecía dos veces mas vieja. Tenía el rostro demacrado, los ojos rojos. Tenía una expresión salvaje en el rostro, un animal oculto bajo la piel. Tuve miedo.

No había nadie con ella.

- ¿No trajiste a los periodistas? - pregunté -. No puedes dejarme ir, ¿no es cierto? ¿Vas a controlarme, para asegurarte de que sigo con esto?

- No - dijo -. Quería que leyeras esto. Me lo acaban de dar los detectives. Sólo quería que supieras lo que estás haciendo. No podía dejar que siguieras adelante.

- ¿Crees que puedes detenemos?

- No. Yo no. Tú solo te detendrás.

Se volvió y se fue. Yo no podía creerlo. Sin ruegos, sin amenazas. Abrí el sobre.

La primera página era un mensaje del director de la agencia de detectives. La siguiente información, etc. Había rastros de lágrimas sobre la página.

La segunda página era el informe sobre Jo Ellen, una de las copias que habían quedado en casa. La leí. Luego volví la página.

 

Angie, no podías dejarme ir, ¿no es cierto?

¿Puedes perdonarme, Jo Ellen? Te amo tanto.

Angie no podía dejarme ir. Tenía que fisgar. Tenía que hacerlo. Seguir los rastros hasta llegar a veintisiete años atrás.

La vida de Angie. Mi vida. Tu vida.

Fría, fría la aguja entrando en la vena. Caliente la droga. Rápido el sueño.

Angie no pensó que yo podría seguir adelante con todo.

Pesados mis párpados, oscura la noche en mi cerebro. Dormir como una piedra.

Jo Ellen, te amo, sin importarme nada. Los años transcurrirán en la rápida oscuridad. Tal vez haya un planeta verde allá.

Un planeta verde y fresco. El sitio perfecto para que un muchacho lleve a su madre a pasar la luna de miel.

Afortunadamente, no será otra Tierra. Porque la Tierra, en verdad, confunde a alguna gente.

 

FIN

 

 

 

Libros Tauro

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La marcha de Afrodita - Clark Ashton Smith

  

Por todas las tierras de Illarión, desde los valles y montañas coronadas con nieves perpetuas, hasta las poderosas colinas cuyo reflejo oscurece un mar tranquilo y tibio, estaban encendidos los antiguos fuegos verdes y amatistas del verano. 

Se aspiraban especias en el viento que azotaba el rostro de los montañeros al escalar los altos glaciares, y el más antiguo bosque de cipreses, que se deslizaba ceñudamente sobre una bahía de límpido cielo, estaba iluminado por las orquídeas de color escarlata... Pero el corazón del poeta Phaniol era una urna de negro jade fraguada por el amor con cenizas apagadas. 

Deseoso de olvidar por algún tiempo la socarronería de las zarzamoras, Phaniol caminaba solitario por el desierto que rodeaba a Illarión; era un lugar ennegrecido tiempo atrás por grandes hogueras, y que nunca había conocido los pinos, las violetas, los cipreses o las zarzamoras. 

Al caer la tarde llegó a un océano virgen, de aguas oscuras y estáticas bajo el sol poniente, exento del murmullo inmemorial propio de otros mares. Phaniol se paró y anduvo distraído por la costa cenicienta, soñando de cuando en cuando con ese mar llamado Oblivion. 

Entonces, bajo el sol yacente cuya cegadora luz iluminaba su frente, apareció una barca que suavemente se deslizó hasta tierra; pero no había viento y los remos colgaban inertes sobre olas sin cresta espumosa. 

Phaniol advirtió que la barca estaba construida con madera de ébano, decorada con extraños anaglifos y lujosamente tallada con imágenes de dioses y bestias, sátiros, diosas y mujeres, siendo la figura principal la de un Eros negro, de serios labios carnosos y llenos, e implacables ojos de zafiro de mirada extraviada, como si estuviesen contemplando intensamente cosas innombrables o desconocidas. 

A bordo venían dos mujeres, una de ellas pálida como la luna polar, y la otra tan negra como una noche ecuatoriana. Ambas llevaban vestidos imperiales, y su talante era el propio de las diosas, o de quienes habitan con ellas. Sin pronunciar una sola palabra y sin un solo gesto, contemplaron a Phaniol, quien a pesar de su asombro preguntó:

—¿Qué buscáis?

Entonces, con una voz que más parecía la voz del jardín de las Hespérides entre las palmeras, durante un anochecer en las islas Afortunadas, respondieron:

—Esperamos a la diosa Afrodita, quien presa de tristeza y desolación abandona Illarión, así como todos los países de este mundo de amores fugaces y mortales efímeros. Vos, puesto que sois poeta y habéis conocido la gran tiranía del amor, contemplaréis su marcha. 

Pero ellos, los cortesanos, mercaderes y sacerdotes no recibirán ningún mensaje, ninguna señal de su partida, y en modo alguno podrán imaginarse que se ha marchado... Ahora, oh Phaniol, están próximos el tiempo, la diosa y la despedida.

Apenas habían terminado de hablar, cuando a través del desierto llegó Afrodita, y su llegada provocó una luz sobre las colinas, y por donde caminaba disminuían las sombras, y las arenas grises producían amapolas granates y el profundo verdor del césped que luciera cuando las reinas eran jóvenes, antes de que pasaran a formar parte de una oscura leyenda y los siglos las convirtieran en momias polvorientas. 

Llegó hasta la orilla y quedó en pie ante Phaniol, mientras la puesta del sol se extendía, llenando el cielo y el mar con un color aterciopelado de capullo recién abierto, y lo más profundo de la concha que en tiempos remotos le fuera consagrada se elevaba para recibirla. 

No llevaba ropajes, ni coronas, ni guirnaldas, arropada y coronada únicamente por el crepúsculo solar, tan hermosa como los sueños de un mortal, pero mucho más hermosa que todos los sueños. 

La diosa aguardaba, sonriente y tranquila, símbolo de la vida y de la muerte, de la desesperación y de la pasión, ensueño de carne y hueso para dioses y poetas y galaxias jamás conocidas. Pero también reflejaba el asombro del amor, de algo mucho más que el amor, y cuyo sentido no podía entender el poeta.

—¡Hasta siempre, oh Phaniol! —exclamó, y su voz recordaba el suspiro de aguas lejanas, el murmullo de aguas de plenilunio, arrullando no sin tristeza una orgullosa isla coronada de altas palmeras—. Me has conocido y adorado durante toda tu vida hasta este momento, pero ha llegado la hora de mi partida; me voy, y cuando me haya marchado me seguirás adorando, pero ya no me conocerás. 

Así es el destino, y estaba dispuesto que ningún hombre, ni ningún mundo, ni ningún dios me poseyera completamente hasta la eternidad. Cuando yo ya no exista regresarán el otoño y la primavera, el primero cuajado de hojas amarillas, y la segunda de violetas igualmente amarillas; los pájaros se refugiarán en las zarzamoras renovadas, y conocerás nuevos y fugaces amores. Jamás volverán a tus ojos o a los de cualquier otro mortal la perfecta imagen y el perfecto cuerpo de la diosa.

Finalizando así su despedida, saltó del muelle ceniciento a la oscura proa de la barca; y de la misma manera en que había llegado, sin necesidad del viento ni de los remos, la barca se hizo a la mar cuajada de los descoloridos pétalos del anochecer. 

Desapareció inmediatamente de la vista, mientras el desierto perdía las antiguas amapolas y el rico verdor que luciera de nuevo por unos instantes. La oscuridad se adueñó de Illarión, siguiendo furtivamente el camino trazado por Afrodita; las sombras retornaron a las colinas, y el corazón del poeta Phaniol seguía siendo una urna de negro jade fraguada por el amor con cenizas apagadas.

La suprema abominación - Clark Ashton Smith

     Mi nombre es Eibon, hijo de Milaab, el hijo de Uori. Nací en la ciudad de Iqqua, en el trigésimo cuarto año del reinado del rey Xactura, monarca al que mi padre sirvió como encargado de los archivos tal como su padre lo había sido antes de él. A su vez, este cargo tendría que haber recaído en mí; pero los hados inescrutables decretaron otra cosa, y la fortuna de nuestra casa decayó; y mi desventurado padre fue conducido al solitario exilio y a una prematura muerte por el maleficio de los fanáticos e inquisitoriales sacerdotes que servían a la diosa Yhoundeh.

La autoridad temporal de esta jerarquía había ido aumentando en Iqqua, debido a que el rey, vuelto decrépito y senil por el paso de los años, había caído bajo la influencia del archipontífice, cuya elocuente oratoria había logrado que el envejecido monarca desatara una persecución contra todos aquellos considerados como heréticos. Mi padre había incurrido en la ira de este sumo sacerdote a causa de sus inocentes investigaciones de anticuario sobre los rituales prohibidos de Tsathoggua, una oscura divinidad cuyo culto había florecido en ciclos anteriores pero que se encontraba entonces extinguido. Los fanáticos que servían a Yhoundeh consideran a este dios como una abominación y habían logrado desde hacía mucho tiempo extirpar todos los rastros de este aborrecido culto dentro de las fronteras de los territorios que se encontraban sujetos a la soberanía del rey Xactura.

Huérfano de este modo en mi tierna juventud, tuve la fortuna de convertirme en aprendiz de un mago de inmenso y fabuloso renombre llamado Zylac, cuya casa pentagonal de gneis negro —que posteriormente pasaría a ser mía por herencia— se levantaba sobre un desolado promontorio que dominaba las playas del mar boreal. Allí me sentía a salvo de toda persecución que los inquisidores de Iqqua pudieran emprender contra el único hijo del herético archivista, porque hasta entonces los sacerdotes no ejercían su dominio sobre los desiertos páramos y los solitarios riscos de Mhu Thulan, de cuyas áridas y apartadas fragosidades mi maestro y yo éramos en ese entonces los únicos habitantes.

Este Zylac el archimago era de estatura alta e imponente, con tendencia a la delgadez. Su carne, de un tinte cetrino oscuro, estaba cubierta de una red de finas arrugas, ya que su vigor había sido prolongado más allá de la normal cantidad de años que es concedido vivir a la mayor parte de la humanidad. Con una barba de patriarca, su rostro sombrío era severo y lleno de sabiduría, y sus refulgentes e intensos ojos, de una rara pigmentación amarilla, eran en extremo penetrantes. Su comportamiento era afable y sereno pero distante; y su bondad hacia mí era poco común, porque a semejanza de la mayor parte de los taumaturgos, se mantenía alejado de la compañía de sus semejantes humanos, y vivía en medio de los desolados desiertos, prefiriendo el contacto con espíritus del otro mundo y con los ultraterrenos habitantes de remotas esferas al contacto con los hombres.

Pero mi padre, en su calidad de archivista supremo, había hecho frecuentes favores al archimago pues le procuró, para su uso, ciertos raros rollos de preciosos volúmenes u oscuros códices del saber antiguo. Por lo cual puede decirse que, al aceptar mi propuesta de convertirme en su aprendiz, el sabio Zylac no había hecho otra cosa que recompensar muchos antiguos favores recibidos.

Ahora bien, las dotes profundas y preternaturales de Zylac le habían atraído la envidia, mezclada con respeto, de sus colegas que practicaban las artes de la magia negra en las regiones más populosas situadas al sur de la suya; por cuyo magisterio superior era considerado como preeminente entre los magos de Hiperbórea. Bajo su paciente tutela estudié muchos amarillentos rollos de pergamino de pterodáctilo, en los cuales los magos prehistóricos del inmemorial Mu habían redactado las más abstrusas de las fórmulas obtenidas de los demonios.

Hasta altas horas de la noche, a la luz amarillenta de altas velas de sebo de cadáver, leía con cuidado placas recobradas de los senderos de los glaciares en avance de la olvidada Thule, de cuyas runas escritas con sangre aprendí el saber terrible y blasfemo que se creía hubiera muerto en el trascurso de las eras. A través de ladrillos jeroglíficos de arcilla roja cocida, traídos de las islas tropicales de Antilla, en las cuales sahamanes bárbaros habían preservado sus rituales antiguos y de otro modo olvidados, llegué a conocer las suprimidas letanías de los Antiguos.

Finalmente, mi mentor me reveló las selladas crónicas de las oscuras y míticas civilizaciones que habían florecido innumerables eras antes de la aparición del hombre. Estremeciéndome, examinaba las antiguas teurgias de los Voormis, casi humanos y cubiertos de piel, que en anteriores ciclos habían celebrado con arcaicas y grotescas ceremonias a ese mismo Tsathoggua por el estudio de cuyas abandonadas liturgias mi desventurado padre había sufrido la fatal ira del hierofante.

Además, estudié cuidadosamente tabletas primordiales de un metal brillante e imperecedero donde había columnas verticales de una extraña escritura cuneiforme grabada con líneas tan bien delineadas que parecían haber sido hechas con hojas de plumas diamantinas mojadas en un corrosivo veneno. Mi maestro me informó gravemente que en ellas el saber oculta de los seres serpientes prehumanos, cuyo olvidado continente había sido partido por un cataclismo volcánico y se había hundido en el abismo un número indeterminado de eras antes que la tierra de Hiperbórea emergiera del fango primordial, se hallaba preservado del deterioro de las eras geológicas.

Mi maestro había realizado sus estudios más profundos sobre las ciencias mágicas de estas especies desaparecidas, en particular; porque era su más firme convicción que los seres serpientes habían alcanzado un conocimiento superior de las fuerzas que componen la matriz de la Plenitud del espacio y del tiempo, y que su dominio de este saber había superado en gran medida los arcanos más rudimentarios de los Voormis semibestiales de los habitantes prehumanos de la última Thule, sumergida por los glaciares.

Durante innumerables años mi mentor había tratado de encontrar inscripciones antiguas que dataran de la antigua edad de la raza serpentina, sus tabletas cuneiformes de metal perdurable, sus horripilantes ídolos ofídicos y sus monolitos cubiertos de glifos. En el curso de su gradual adquisición de la ciencia de éstos, mi maestro tuvo que reconocer varias dificultades insuperables, la más importante de las cuales era la imposibilidad casi completa de subordinar los preconceptos e inclinaciones de una facultad cognoscitiva meramente humana a las filosofías cósmicas y totalmente extrañas de los seres serpientes. Creía que con el trascurso del tiempo llegaría a superar estas barreras al completo dominio de las invocaciones ofídicas.

En lo que a mí respecta, mientras que voluntariamente reprimía mi innata reacción contra el extraño carácter reptil de estos seres, y facilitaba los experimentos de Zylac con todas las capacidades de que disponía, debo reconocer mi profunda e instintiva repugnancia a estos ofidios, cuya conciencia fríamente inhumana despertaba en mi interior una terrorífica aversión. Era propio de sus orígenes que hubiesen sido adeptos a los abominables cultos del Padre Yig, del oscuro Han y de Byatis, la serpiente barbuda, ya que estas espantosas entidades nunca gozaron del culto de seres humanos en este planeta.

No podía racionalizar mi sentido del horror y del asco, sino que algo en su filosofía desapasionada y contraria a la de los mamíferos despertó en mí un prodigioso malestar, junto con una inquietante ansiedad y ciertas premoniciones de inminentes peligros que no podía detallar con certeza. Traté en vano de comunicar estos vagos y ominosos presagios a mi mentor; pero, con el retraimiento y vehemencia propios de alguien llevado por sus investigaciones más allá del límite extremo del conocimiento humano permisible, desestimó mis inconsistentes presentimientos, los atribuyó a las supersticiones de la inmadurez, e imprudentemente continuó con sus estudios cabalísticos.

Como el continente natal de "la raza ofídica había sucumbido ante un cataclismo natural en las más remotas edades del tiempo registrado, el archimago tuvo forzosamente que buscar sus restos y archivos en las enmarañadas profundidades del abandonado continente meridional de Thuria. Allí, donde ciudades-mausoleo de estelas rajadas y templos vencidos por las eras se iban convirtiendo pedazo a pedazo en montones de escombros, encontró algunas de sus ruinas misteriosas y de pérfida reputación, que coexistían en inquietante proximidad con los restos de las más antiguas moradas humanas, que eran las de los brumosos y míticos Valusios, una cultura extinguida que algunos sabios consideran como un remoto ancestro de la nuestra.

En el undécimo año de mi noviciado, el archimago volvió de una de esas solitarias expediciones por las intransitadas profundidades de las junglas de Thuria trayendo consigo un singular artefacto cargado de terribles y espantosos presagios. Este objeto era un repulsivo rollo prehistórico de arcaica grafía, rescatado de la ruinosa necrópolis de una ciudad antediluviana en la cual había reposado durante varias eras geológicas, preservado de la erosión del tiempo dentro de un tabernáculo de bronce.

Desplegó este códice ante mí en un estado de muy intensa excitación, porque creía que el voluminoso tomo, con sus páginas de placas de metal cubiertas de escritura cuneiforme, encuadernado en piel coriácea y curtida del extinguido diplodoco, no era otra cosa que el propio grimorio o testamento mágico del célebre y sagaz Zloigm, un importante mago de la raza serpentina que había sido tan preeminente entre los taumaturgos de su incierta y remota época como lo era mi maestro entre los magos de su propio tiempo, y cuyos legendarios logros en el arte de la nigromancia me había narrado frecuentemente mi maestro.

Dejándome entregado a mis estudios preordenados, Zylac llevó este primitivo manual de hechicería a lo más recóndito de sus aposentos privados, y durante un período de siete días y siete noches no lo vi en absoluto, mientras él estudiaba infatigablemente el códice prehumano, esforzándose por traducir la primera de las tenebrosas ceremonias de invocación de los espíritus malignos que contenía, de la críptica escritura cuneiforme de los hombres ofidios a nuestra propia lengua. Al emerger en su cámara, al fin de la reclusión mi maestro Zylac anunció el buen resultado de sus esfuerzos, ya que había logrado —como entonces supuso una transliteración tentativa pero completa del conjuro inicial preservado en el grimorio de Zloigm.

Sucedió que esta letanía resultó ser nada menos que una invocación al propio genio nacional o demonio tutelar de la raza serpentina. Al finalizar el rito, el practicante podía anticipar la manifestación real de esta entidad espiritual conjurada de este modo en forma humana, desde sus oscuros límites en alguna dimensión superior del espacio, o desde cualquier recóndito y sobrenatural plano de la existencia que habitualmente ocupara. En esta segunda ocasión volví empero a hacer todo lo posible para despertar el latente sentido de la precaución de mi maestro, argumentando que estaban lejos de ser claras todas las implicancias de un hechizo extraño de un uso tan inusitado y desconocido, y de un objeto sumamente incierto.

Sin embargo, su ferviente entusiasmo le hizo nuevamente olvidar toda elemental precaución. Y aquella noche sus cerrados aposentos privados resonaron con las cacofonías de la antigua ceremonia. Con los más funestos presentimientos, traté de cerrar mis oídos a las modulaciones de los vocablos toscos y atroces, producto de un modo de hablar extraño en tal grado, que la lengua humana nunca fue apta para pronunciar su sibilante ulular. Pero la liturgia de Zloigm seguía gimiendo, y tuve que escuchar, involuntariamente sin embargo, las abominaciones verbales.

Al amanecer mi maestro reapareció, temblando de fatiga, con sus penetrantes ojos amarillos febriles de regocijo, con su vigor aparentemente incólume a los rigores de la ordalía nocturna. Me informo que el conjuro había terminado en un fracaso, y la esencia de la raza ofídica había rehusado aceptar una manifestación humana; pero el imprudente e incauto Zylac seguía teniendo confianza en el logro final de la manifestación. Después de un examen más exhaustivo del grimorio, había encontrado finalmente un elemento ausente que consideraba ahora indispensable para la exitosa realización de la invocación, y éste era cierto elixir cuya fórmula había pasado por alto de algún modo durante su anterior lectura del códice.

Parece que los conjuros nigrománticos de los seres serpiente eran horriblemente diferentes en sus formas profundas y elementales de los rituales utilizados por los magos meramente humanos de las civilizaciones más recientes, y que requerían que se tomaran raras y curiosas drogas o pociones, con cuya ingestión podía alcanzarse una especial condición de receptividad provocada por el narcótico. Solo en el estado semejante al trance que suponía resultaría del uso de este pernicioso narcótico, Zylac podía esperar percibir la ansiada visita o descenso del genio astral que percibían los ofidios, y que era demasiado sutil como para ser percibido de otra manera, con los toscos sentidos de la carne.

Otra vez resultaron desatendidas mis advertencias desesperadas y sumamente apremiantes, y el archimago se puso a trabajar entre los atanores, incensarios y retortas, los burbujeantes recipientes y los crisoles hirvientes de su laboratorio de alquimia, preparando una maloliente poción, de cuyos ingredientes los menos repugnantes y peligrosos eran gotas de raíz de mandrágora, bilis de basiliscos, jugo del mortífero antiar, icor de los esquivos catoblepas, habitantes de la montaña, y orina hirviente de los wyverns. Imprudentemente apuró hasta las heces este licor indeciblemente detestable apenas terminó de prepararlo, retirándose luego a sus aposentos para repetir la demoníaca letanía y para esperar la materialización del demonio-serpiente en el estado de narcosis que exigía el grimorio.

Pero cuando los primeros rayos de la aurora tiñeron de sangre la parte más alta de su torre, y se levantó del catafalco de seda que utilizaba como diván, estaba pálido, descolorido y con el ánimo abatido, ya que el ritual había terminado nuevamente en completo fracaso, y ningún personaje sobrenatural había descendido en el círculo del conjuro durante el sueño nocturno, hipnótico y carente de sueños, de Zylac.

En los días que siguieron trabajé junto a mi mentor y nos esforzamos por retraducir juntos, con un grado mayor de exactitud, los arcaicos caracteres que estaban grabados en las placas metálicas del grimorio prehistórico. Nuestro conocimiento de la escritura de los pre-Valusios era impreciso y en ciertos aspectos sumamente conjetural, y a esta imperfección en el conocimiento de la lengua ofídica atribuía mi maestro los resultados negativos de la invocación y del brebaje narcótico. De este modo, nos dedicamos durante cierto tiempo a estudios lingüísticos y gramáticos, tediosos y rigurosos, pero sin llegar, empero, a descubrir ningún elemento fundamental, ni en la realización del ritual ni en la preparación del elixir, por el cual pudiéramos explicar el fracaso del conjuro.

Durante esas tareas diurnas compartidas, no pude dejar de notar en el aspecto de mi maestro ciertas señales de un deterioro físico de rápido avance, que al principio atribuí a los rigores de nuestra ardua e ininterrumpida labor. Su rostro, por lo general delgado y atezado, se volvió extrañamente abotagado, y su tez, de ordinario oscura, fue adquiriendo en forma gradual una rara y glauca palidez; y la textura de su epidermis, normalmente flexible y elástica, se fue tornando de un modo singular e inquietante áspera y escabrosa, mostrando al poco tiempo los estigmas de una inusitada escamosidad, que no podía explicarse por ningún grado de fatiga.

Una reserva natural me impedía hacer notar al propio Zylac estas observaciones demasiado personales sobre su aspecto. Pero la verdosa y nauseosa palidez de su semblante se fue haciendo claramente pronunciada con el tiempo, lo mismo que la rugosa y escamosa condición de su piel.

Pronto noté asimismo que farfullaba y sibilaba curiosamente al hablar, y que tenía tendencia a pronunciar las vocales con un prolongado susurro muy extraño a sus acentos habituales. Sin embargo, estos signos de degeneración física no se extendieron a su manera de estar de pie o de caminar, porque en esos aspectos no observé el menor deterioro de sus facultades. En realidad parecía deslizarse por los apartamentos y cámaras de la torre con una desacostumbrada flexibilidad, y una gracia casi rejuvenecida, y sus propios ademanes se animaron de una curiosa blandura, una fluidez de movimientos tal que parecía no tener huesos, que yo encontraba tan extraña, como repulsiva, para mí.

Durante este intervalo comencé a experimentar una indescriptible aversión al contacto con él. Hasta el más casual apretón de manos u otro contacto familiar despertaban en mi interior un estremecimiento de repugnancia que parecía virtualmente instintivo y que no podía explicar, así como tampoco podía fingir ignorarlo. Encontré pronto que trataba de evitar basta su sola presencia todas las veces que me era posible; y como durante este período aconteció que se produjo una rara conjunción de los planetas Yli-diomph y Cykranosh —nombres con los cuales los astrólogos hiperbóreos denominan a Júpiter y a Saturno encontré una ocasión para evitar completamente su compañía.

Alegué que la extraordinaria significación horoscópica de este infrecuente aspecto planetario requería mi dedicación durante las horas de la noche y que, como tendría en consecuencia que dormir en los períodos diurnos, se imponía mi total ausencia de su lado. Abstraído en sus estudios gramaticales, el archimago me dio distraídamente permiso para ello, y, separado de él de esta manera, evité con gran alivio el malestar que me causaba su proximidad.

Al terminar esta conjunción celeste, no tuve más remedio que volver con el archimago; pero encontré, con indescriptible alivio que, entretanto, éste había decidido encerrarse dentro de sus aposentos y que ya no necesitaba ni, por eso mismo, deseaba, más ayuda de mi parte.

A partir de entonces, durante muchos días no lo vi; pero frecuentemente oía, por encima del incesante bullicio de las olas que venían a estrellarse y cuya agitada espuma hervía alrededor de la base del acantilado sobre el cual estaba edificada nuestra morada, los sordos cánticos de ciertos rituales que resonaban dentro de las puertas cerradas de sus aposentos privados. Y por la noche vislumbraba el resplandor de fuegos de sacrificio o invocatorios que vacilaban dentro de los arcos góticos de sus estrechas ventanas como la fosforescencia de la descomposición dentro de las oscuras cuencas vacías de una calavera. Pronto creí olfatear en el viento del mar el humo acre de inexplicables sahumerios llevado a las ventanas de mi nariz desde sus habitaciones, o sentí el pesado batir de unas extrañas e invisibles alas en torno del piso más alto, donde moraba, que indicaba la llegada de genios potentes y extratelúricos desde astros remotos.

Lo que intrigaba y confundía mi frustrado conocimiento respecto de esos curiosos fenómenos era que ellos diferían por completo de sus rituales mágicos anteriores, los que habían estado dedicados únicamente a la reconstrucción tentativa de la horrible invocación del espíritu elemental de la raza de los sagaces ofidios. No obstante, estos ritos de ahora eran distintos en sus fines y en su naturaleza; y entre el zumbido de sus letanías oídas a medias creí reconocer uno de los más terribles y severos de los famosos exorcismos de Pnom, mientras que los aromas del incienso que llevaban hacia mí los ululantes vientos tenían el olor de varios de los perfumes de potencia antidemoníaca utilizados habitualmente para alejar, u obtener la expulsión, de indeseables visitantes de los planos astrales o etéreos. Parecía como si, por alguna razón que escapaba de mi comprensión, toda la substancia y el fin de los esfuerzos de Zylac hubieran recientemente cambiado, de un intento de invocar a cierta Presencia divina, a un esfuerzo —que pronto se tornó delirante y hasta histérico por su vigor— para hacer salir de allí a alguna entidad innominada y transmundana, no solo considerada como indeseable, sino también evidentemente temida con una violenta repugnancia y terror, cuya desesperada intensidad yo no podía comprender, pero que despertó en mí las más espantosas y horribles premoniciones.

Cuando varios días habían pasado de ese modo, desde que Zylac se había encerrado tan misteriosamente fuera de mi vista dentro de la reclusión de sus aposentos, sin salir de allí ni una vez para alimentarse o distraerse, hice acopio de valor y golpeé la puerta de su cámara, preguntando solícitamente por su estado de salud. A mis oídos solo llegó el silencio de la habitación situada al otro lado; eso, y un singular e inexplicable ruido de frotamiento. Al reiterar mis ansiosas preguntas, logré al fin obtener una respuesta del interior; pero el habla de Zylac había caído en un estado tan farfullante y sibilante durante el período que acababa de trascurrir, que solo haciéndolas repetir logré comprender sus palabras: éstas eran una severa advertencia para que me abstuviera de entrar, y dejara de perturbar sus experimentos de hechicería, ya que no necesitaba nada.

Y otra vez llegó a mis oídos ese ruido horriblemente sugestivo de algo que frotaba o rozaba, como si algún bulto grande, torpe y rugoso se estuviera arrastrando lenta y penosamente sobre el piso de mosaicos de la cámara situada del otro lado de la puerta.

Se me ocurrió pensar entonces que la degeneración corporal cuyas señales había distinguido anteriormente en el aspecto y en el porte del archimago quizá había avanzado durante su prolongado y furtivo evitar de mi presencia y que el proceso degenerativo tal vez había afectado su mente, hasta el punto de trastornar su sano juicio. Por lo cual, sin hacer caso de sus exhortaciones para que me abstuviera de entrar y lo dejara solo como deseaba, exhortaciones que me fueron comunicadas en una imitación tan repugnante del habla humana, con un horripilante silbido que se prolongaba en los sonidos aspirados, que hacía casi irreconocibles las palabras, forcé ambas hojas de la puerta.

Clavé la vista en Aquello que se retorcía y se deslizaba con hórrida y serpentina gracia sobre el piso de mosaicos, y, dando un alarido de increíble horror, huí de la visión de la Cosa: quedó grabada para siempre en mi palpitante cerebro la brevísima y sumamente evanescente imagen de esta suprema abominación. Tomando una garrafa de vidrio llena del Alkahest, que todo lo devora, vacié impulsivamente su corrosivo contenido sobre la innominada anormalidad que se retorcía y se deslizaba sobre su vientre; y ésta desapareció entre los vapores hirvientes y fétidos, con un sobrenatural e infrahumano grito sibilante.

Y supe entonces que ninguna cosa viviente podía resistir, ni por un instante, el bautismo con aquel potente ácido; empero me volví y huí de la alta casa de gneis negro que se elevaba sobre su escarpada elevación por encima de las atronadoras olas del océano septentrional; e, ignorando los peligros implícitos en la potencial venganza de los sacerdotes de Yhouhdeh, me encaminé hacia las más saludables regiones meridionales y los modos habituales de trato humano normal durante una temporada.

Y cuando, con el tiempo, volví para establecer nuevamente mi morada en la torre pentagonal que se alzaba sobre el desolado promontorio de la península extrema de Mhu Thulan, que era ahora mi propia heredad, y para reanudar mis estudios ocultos, lo hice con la inconmovible determinación de evitar para siempre toda práctica o lectura cuidadosa de los aborrecibles y atroces rituales de los conscientes ofidios de la prehumana Valusia ... recordando aquella Cosa verde, escamosa y viscosa que se había desenroscado del otro lado del umbral de la cámara interior, alzando hacia mí, sobre un cuello alargado y ondulante, aquella horrenda cabeza de cobra en forma de cuña y totalmente inhumana ... debajo de cuya frente con deformes arrugas habían clavado una mirada tan lastimosa en mis propios ojos los inconfundibles ojos amarillos del archimago.