INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta Clark. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Clark. Mostrar todas las entradas

El Largo Camino de la Venganza - Clark Dalton

 Extracto de la Enciclopedia Universal de Bernard, edición de 2176:

«Ya en el siglo XIX describió el escritor in­glés H. G. Wells una máquina del tiempo. Sin embargo, hasta el año 2145 fracasaron todos los intentos de construir semejante ingenio. Después, el genial físico Karel Dekker desarro­lló un aparato de base hiperenergética que hizo posible el traslado de objetos y seres vivientes al pasado. Lo que por desgracia no se ha logrado todavía es hacer volver a nuestra época presente la materia enviada entonces unos qui­nientos años atrás. Un viaje al futuro se con­sidera imposible, en general, ya que éste no existe todavía.»

 

El juez Jenner estaba plenamente convencido de haber actuado con justicia y según las leyes. Desde el comienzo del proceso compartió la opinión del fiscal, incluso de manera abierta, pese a que no po­día hacer tal cosa. Por ello surgieron diferencias de opinión con el abogado defensor, que tuvo que resignarse a ver perdida la causa de su cliente. No era el cobro de sus honorarios lo que preocu­paba a éste. Aunque el barón Edmond von Klarenbach desapareciera para siempre del círculo de los actualmente vivientes, el abogado obtendría su re­muneración. Von Klarenbach era hombre acaudala­do y debería pagar a su defensor antes de abandonar definitivamente su época.

Porque en eso consistía la condena del juez Jenner.

Hacía tiempo que se había abolido la pena de muerte. Dado que, según Dekker, no podía existir un contrasentido cronométrico (afirmación compro­bada por él a través de experimentos), se había adop­tado el simple método de enviar al pasado, con ayu­da de la máquina inventada por Dekker, a los con­denados a la última pena. Allí desaparecían a perpetuidad y ahorraban dinero y disgustos al mundo actual. Era un sistema humano de sacarse de enci­ma a los elementos indeseables.

En el fondo, el barón Edmond von Klarenbach era inocente. También Jenner lo sabía. No obstante, había pronunciado la sentencia que, en realidad, te­nía ya decidida antes de iniciarse el proceso.

La cosa se remontaba a los tiempos de su padre, antes de la invención de la máquina del tiempo. Propiamente, todo había empezado por una insigni­ficancia fácil de solucionar mediante una discusión sensata, pero tanto el concejal Jenner como el barón Clavius von Klarenbach eran unos testarudos.

El concejal era un apasionado cazador, y un día, persiguiendo a un magnífico venado de doce puntas, se adentró sin querer en los terrenos del barón. Allí tuvo suerte y cobró pronto la pieza, pero el barón Clavius le acusó de caza furtiva. Se llegó a una con­ciliación, como era de esperar. Sin embargo, Jenner ya no pudo prosperar en su carrera política y nunca pudo quitarse del todo el mal sabor que el desagra­able suceso dejara en él. Murió pocos años des­pués, cuando tenía ya próxima la jubilación.

Su único hijo, Richard Jenner, había estudiado Derecho, y a él le confió el viejo su último deseo: que se vengara del barón Clavius von Klarenbach o del descendiente de éste.

Al principio, Richard no se avenía a la idea de hacer daño a un desconocido, por lo que decidió visitar al anciano barón en su propiedad. Encontró al señor del castillo de un pésimo humor y, al darse a conocer, fue echado sin miramientos de la mansión por el joven Edmond von Klarenbach y un lacayo.

Este suceso quedó grabado en la mente de Ri­chard Jenner, que algunos años más tarde fue nom­brado juez. Y llegó el día en que determinó cum­plir la oscura última voluntad de su padre.

La ocasión no había de tardar en presentarse, ya que la reforma agraria descubrió ciertas cosas que no arrojaban una luz nada favorable sobre los manejos del joven barón. 

Edmond von Klarenbach había forzado a varios pequeños terratenientes y campesinos a renunciar a sus derechos con el objeto de conservar íntegra la propiedad que desde hacía siglos había pertenecido a su familia. 

Una historia complicada, como bien sabía el juez Jenner, pero cuando le fue confiado el caso, empezó a buscar y estudiar todo el material de información que fue posible obtener. Y aunque halló algunas incongruencias a lo largo de su minuciosa labor, no dejó que le apartaran de su decisión. 

Su deber consistía en eliminar de una vez para siempre al odiado barón. Poco le importaba, para lograrlo, ayudar a que se hiciera justicia a los acreedores o favorecer a bribones. Lo único que an­siaba era cumplir el deseo de su padre.

En el siglo XXII, y pese a todas las innovaciones sociales y sus correspondientes leyes, el sentido de la tradición había renacido con inusitada fuerza. El hijo seguía los negocios del padre y se ocupaba de terminar lo que la muerte había impedido a éste llevar a cabo.

Entre estas cosas figuraba la venganza.

***** 

Cuando el juez Jenner hubo repasado todo el ma­terial, supo por dónde agarrar al barón Edmond von Klarenbach. Firmó una orden de arresto por extorsión.

No fue difícil para Jenner reunir pruebas. Sacri­ficando buena parte de su propia fortuna, movió a aquellos terratenientes perjudicados por von Kla­renbach a formular su denuncia de manera más dura. La coacción se transformó en exacción, y con ello el aristócrata estuvo perdido.

El juez Jenner le condenó a ser trasladado, me­diante la máquina del tiempo, a una época indeter­minada: más o menos, a quinientos años atrás.

Y eso, aunque no lo fuera, equivalía a una con­dena a muerte.

Durante su última noche en la celda, Edmond von Klarenbach llegó a la conclusión que existía un camino para revisar un día esa sentencia.

Y se juró seguirlo.

***** 

Richard Jenner respiró aliviado cuando al día siguiente, al término de su trabajo, regresó al ho­gar y se sentó dispuesto a repasar la corresponden­cia. Su ama de llaves estaba de vacaciones, y él era soltero.

Comenzó por leer las cosas de poca importancia y dejó para el final el grueso sobre que ya le llama­ra la atención desde el principio. La empinada le­tra resultaba anticuada y un poco pedante, pero no le pareció del todo desconocida.

El sobre no llevaba indicación del remitente.

Jenner lo rasgó y quedó sorprendido al hallar en su interior una serie de páginas escritas a máquina. Iban éstas acompañadas de una carta que presen­taba la misma letra inflexible.

Decía ésta:

 

«17 de abril de 2199.

»Al juez Richard Jenner.

»Ni usted ni yo podremos olvidar esta fecha. Pero si manda analizar la tinta de mi escrito en un laboratorio, le confirmarán que tiene una antigüedad de quinientos años. Y eso es exac­to. Escribo esta carta en el año 1699 y soy el fundador de la estirpe de los von Klarenbach: el barón Edmond von Klarenbach.

»Le envío este documento para que los ex­pertos en grafología puedan comprobar que no es usted víctima de una mixtificación. Cual­quiera le garantizará que se trata de la letra de un hombre al que usted mismo lanzó qui­nientos años atrás mediante la máquina del tiempo..., y que acaba de volver a su época para vengarse.

»¿O esperaba usted escapar sin castigo?

»El manuscrito adjunto contiene la historia de mi vida, de esta segunda vida que le debo a usted. Sólo entonces, cuando lo haya leído todo, se dará cuenta del castigo que le reservo.

»Y comprenderá también el lema de mi es­tirpe, que reza así: “nada en este mundo sucede sin motivo”.

»Barón Edmond von Klarenbach.»

 

Cuando Richard Jenner hubo leído la carta, se recostó contra el respaldo de su sillón con el mis­terioso escrito sobre sus rodillas y los ojos cerrados. Se negaba a aceptar lo que parecía la única explica­ción lógica... Era imposible que un hombre muerto hacía quinientos años volviera de repente a la actua­lidad. El barón Edmond von Klarenbach había de­jado de existir aquella mañana —y, con ello, hacía casi quinientos años— al penetrar en la cámara de la máquina del tiempo.

Nadie había regresado todavía.

¿Por qué iba a hacerlo, entonces, el barón?

El juez abrió los ojos y se cercioró de hallarse aún en su acogedor cuarto de trabajo. Con manos temblorosas dejó la carta encima de la mesa y tomó las hojas mecanografiadas, que eran diez. Los carac­teres de la máquina de escribir eran modernos, sin duda alguna, y procedían de sus días.

Una conclusión que a la vez tranquilizó e intran­quilizó a Jenner.

Por fin, el hombre se animó a empezar la lec­tura...

***** 

«No sentí miedo cuando, por la mañana, los guar­dianes vinieron a buscarme. No me conducirían a la cámara de gas ni a la silla eléctrica, sino a aquel cuarto que albergaba la máquina del tiempo. Desde un principio estuve convencido que ella funcionaría, terminando así mi vida en la época presente. Sin embargo, ello no significaba la muerte absoluta ni el final definitivo.

No, yo no experimentaba temor, pero sí un ren­cor incontenible cuando pensaba en el triunfo del hombre que había realizado de manera tan horrible su mezquina venganza. Por un motivo poco menos que ridículo —yo era entonces todavía un chiquillo— me desterró de mi presente. Con ello me obligó a cavilar durante toda una noche: la noche anterior a mi «ejecución». Y mis reflexiones dieron resultados sorprendentes.

Detrás de mí se cerró la cámara del tiempo, y me vi solo. Ni siquiera pude oír cómo manejaban el ingenio, pero me importó poco. Quinientos años, había calculado Dekker. ¿Por qué debía equivo­carse? Además, en aquella época, medio milenio atrás, se habían producido muchos descubrimientos científicos que fácilmente podían relacionarse con la influencia de hombres preclaros enviados al pasado con ayuda de la máquina de Dekker en el transcurso de los úl­timos veinte o treinta años.

Galileo inventó el telescopio.

Kepler estableció las leyes del movimiento.

Newton presentó luego sus leyes sobre la gravita­ción.

No faltaba mucho para que William Harvey des­cubriera la circulación sanguínea.

Y Pascal tuvo la idea de emplear el barómetro co­mo altímetro.

Fue la época en que los hombres descubrieron su mundo y empezaron a ampliar su horizonte. Compren­dí que eran unos tiempos a mi medida, pero supe también, en seguida, lo cauto que debía ser si no que­ría acabar en un calabozo por hereje o brujo.

En la cámara del tiempo reinaba la oscuridad. De pronto tuve la sensación de flotar en el aire y perder el suelo bajo mis pies. Caí, caí muy abajo, hacia el pa­sado, a través de los siglos, hasta que súbitamente se cortó la corriente. La sacudida de la llegada al nuevo nivel de tiempo fue tan brusca, que me hizo chocar con violencia contra el suelo. No obstante, apenas sentí el dolor, porque mis ojos percibieron luz. Una luz débil, plateada y muy familiar...

Encima de mí lucía el límpido cielo nocturno con sus estrellas y una luna llena, medio cubierta por unas paredes. Cuando me incorporé la pude contemplar entera. No se había transformado.

Permanecí acurrucado y con el oído tenso. Aparte del susurro de las hojas secas y del aullido del viento al pasar por los huecos abiertos en las paredes, no se percibía nada. Mis manos estaban tan frías y húmedas como el suelo sobre el que me hallaba. Dado que no tenía techo sobre mi cabeza, supuse que había ido a parar a unas ruinas. ¿Aterrizarían todos los delincuen­tes en aquel mismo lugar?

Noté que me estaba quedando aterido, pues no llevaba más que el delgado traje que era costumbre en las cárceles del siglo XXII. Con esa vestimenta iba a llamar bonitamente la atención, a finales del siglo XVII, si no procedía con un cuidado tremendo. Y eso era imprescindible para realizar con éxito mi plan.

Un plan de quinientos años.

A pesar del frío me situé en un rincón protegido del viento, y pensé... Según mis cálculos debía ser poco después de la medianoche. La hora de los es­píritus. En cierto aspecto yo también era una espe­cie de espíritu, y como tal tenía que mirarme cual­quier persona que casualmente pasara en aquellos momentos junto a las ruinas y me viese surgir de la nada.

Sí, se trataba de un edificio en ruinas. No tuve duda de ello cuando miré detenidamente a mi alre­dedor. En el mismo lugar donde más tarde se debería alzar el Palacio de Justicia, se derrumbaba hoy, quizá en el año 1699, un viejo castillo.

Si mi plan surtía efecto, mañana no esperaría allí inútilmente...

Pasé la noche lo mejor que pude y, cuando empe­zó a clarear, examiné los aposentos aún intactos de las ruinas, y descubrí, en una cámara escondida, al­gunas ropas desechadas que me prestaron gran ser­vicio. Gracias a ellas pude esconder mi delatora ropa y establecer un primer contacto con la gente.

Al anochecer volví a un escondrijo, en espera del hombre que había de confirmar el acierto de mi ac­tuación. Mi mano empuñaba la espada que también encontrara en la antigua armería de las ruinas.

Pero ahora quiero dar un salto adelante en mi relato, para que se entienda mejor lo ocurrido aque­lla noche.

Cuando supe que mi plan había dado resultado antes que pudiese llevarlo a cabo, abandoné las ruinas y me encaminé a la ciudad más próxima. Me hice pasar por un artesano que viajaba para cono­cer mundo y, como nunca fui precisamente torpe en lo referente a la agricultura, no tardé en encontrar un amo que me convenía. No me resultó nada fácil acostumbrarme a las nuevas circunstancias, pero mi capacidad de adaptación y mi férrea voluntad me ayudaron a ganarme la confianza e incluso la ad­miración de mi patrono. Yo estaba en situación de darle unos consejos que no podía recibir de nadie más, de modo que pronto fui su mano derecha y, por fin, su amigo.

Corrían tiempos inquietos.

Los turcos habían sitiado Viena para ser después derrotados.

Atlasov descubrió la península de Kamchatka.

Los Países Bajos se habían convertido en la pri­mera potencia comercial del mundo y los ingleses se disponían a fundar Calcuta a través de su com­pañía de las Indias Orientales.

El príncipe Eugenio se batía en los Balcanes.

En nuestra tierra reinaban la paz y la tranquilidad. A mí me constaba que llegarían épocas tempes­tuosas, pero nunca había sido un buen alumno en Historia. Pero eso tal vez fue una suerte para mí, ya que de otra forma hubiese intentado intervenir en los sucesos. Acababa de comprender de cuán diminutas casualidades e insignificantes acontecimien­tos dependía el cuadro del futuro.

Murió la mujer de mi amigo y, dos años más tarde, yo me casé con su hija, que de este modo se convirtió en la ascendiente de nuestra estirpe. Ella ignoraba por completo el secreto que yo arrastraba conmigo, y nunca llegó a conocerlo. Al morir su pa­dre diez años después de nuestro matrimonio, yo obtuve el dominio ilimitado sobre todos sus bienes y sabía, además, que en mi familia siempre existiría un hijo que siguiera llevando mi nombre.

Mi primogénito, Jesco, tenía ahora ocho años. A él le confesaría un día el secreto de mi proceden­cia, para que, cuando a su vez fuera padre, lo trans­mitiera a su hijo mayor. Así durante quince o veinte generaciones, quizá, hasta que nuestra estirpe con­tase quinientos años de existencia.

Tampoco para mí se había detenido el tiempo. Si ahora pudiera verme, juez Jenner, quedaría asombrado. Soy un hombre anciano que camina encor­vado y tiene los cabellos blancos. Mi testamento es­tá hecho, por si acaso la muerte me sorprendiera antes de lo que espero.

He aquí mi última voluntad:

En el año 2199, el penúltimo descendiente de nuestra familia será condenado por un juez llama­do Richard Jenner a volver a nuestra época median­te la máquina del tiempo. Su hijo, Robert von Klarenbach, debe visitar al juez Jenner en la noche del 17 al 18 de abril de 2199, después de haberle en­viado mi carta y el manuscrito. Luego le conducirá al Palacio de Justicia para mandarle exactamente quinientos años atrás con ayuda de los técnicos Gremmel y Randolph. Yo le aguardo.

Y ahora, juez Jenner, ¿cómo se siente? ¿No me cree? Siento decepcionarle. Mi hijo Robert, a quien transmito mis instrucciones a través de medio mile­nio, ha cumplido ya su misión. Porque yo mismo le di muerte a usted con una espada herrumbrosa, en las ruinas, en una noche de luna llena del año 1699. Y usted me reconoció.

Prácticamente, usted ya está muerto, juez Jenner. Mis hijos fueron guardando el secreto a lo largo de veinte generaciones, a través de guerras y de si­glos. Todos esperaban este día, juez Jenner, que va a ser el último para usted.

Me imagino que ahora debe estar anocheciendo en su mundo, Jenner. No volverá a ver el sol. Ni si­quiera uno que cuenta quinientos años menos. Por­que yo le espero aquí, en el pasado. No se mueva de su mesa, no... Sería inútil querer avisar a la poli­cía. Tiene que ser inútil, porque de otra forma no hubiera llegado usted ahora mismo adonde estoy yo, para que pueda matarle.

Por cierto que su cadáver es tenido por el de un extranjero venido de lejanas tierras. ¿Cómo, si no, iban a explicarse los sencillos habitantes de la aldea su curiosa indumentaria?

Y ahora, juez Jenner, le dejo solo con sus pensa­mientos.

Cuando oiga llamar a su puerta, abra.

Es mi hijo Robert...»

 

«¡Bah, todo esto no es más que un loco y maldito círculo vicioso! Nada más —se dijo el juez Jenner cuando empezó a comprender lo inevitable—. Pue­do sacar mi revólver del cajón de mi escritorio y pegar dos tiros a Robert von Klarenbach en cuanto pise mi habitación. Me acusarán de homicidio, seré condenado y..., enviado quinientos años atrás. Qui­zá con un átomo menos de energía, y me encontraré con Klarenbach. Y él me matará.»

Jenner dejó cuidadosamente los papeles sobre la mesa y se arrellanó en su sillón. De pronto com­prendió que no tenía salida.

Cuando sonó el zumbador y en la pantalla espía vio el rostro de Robert von Klarenbach, se alzó poco a poco y abrió la puerta.

—Buenas noches —dijo el joven barón, casi cortésmente—. Mi padre desea hablar con usted...

Y señaló hacia la oscuridad de la noche, en la misma dirección en que, aproximadamente, se ha­llaba el Palacio de Justicia.

El juez Jenner obedeció sin decir palabra. 

La marcha de Afrodita - Clark Ashton Smith

  

Por todas las tierras de Illarión, desde los valles y montañas coronadas con nieves perpetuas, hasta las poderosas colinas cuyo reflejo oscurece un mar tranquilo y tibio, estaban encendidos los antiguos fuegos verdes y amatistas del verano. 

Se aspiraban especias en el viento que azotaba el rostro de los montañeros al escalar los altos glaciares, y el más antiguo bosque de cipreses, que se deslizaba ceñudamente sobre una bahía de límpido cielo, estaba iluminado por las orquídeas de color escarlata... Pero el corazón del poeta Phaniol era una urna de negro jade fraguada por el amor con cenizas apagadas. 

Deseoso de olvidar por algún tiempo la socarronería de las zarzamoras, Phaniol caminaba solitario por el desierto que rodeaba a Illarión; era un lugar ennegrecido tiempo atrás por grandes hogueras, y que nunca había conocido los pinos, las violetas, los cipreses o las zarzamoras. 

Al caer la tarde llegó a un océano virgen, de aguas oscuras y estáticas bajo el sol poniente, exento del murmullo inmemorial propio de otros mares. Phaniol se paró y anduvo distraído por la costa cenicienta, soñando de cuando en cuando con ese mar llamado Oblivion. 

Entonces, bajo el sol yacente cuya cegadora luz iluminaba su frente, apareció una barca que suavemente se deslizó hasta tierra; pero no había viento y los remos colgaban inertes sobre olas sin cresta espumosa. 

Phaniol advirtió que la barca estaba construida con madera de ébano, decorada con extraños anaglifos y lujosamente tallada con imágenes de dioses y bestias, sátiros, diosas y mujeres, siendo la figura principal la de un Eros negro, de serios labios carnosos y llenos, e implacables ojos de zafiro de mirada extraviada, como si estuviesen contemplando intensamente cosas innombrables o desconocidas. 

A bordo venían dos mujeres, una de ellas pálida como la luna polar, y la otra tan negra como una noche ecuatoriana. Ambas llevaban vestidos imperiales, y su talante era el propio de las diosas, o de quienes habitan con ellas. Sin pronunciar una sola palabra y sin un solo gesto, contemplaron a Phaniol, quien a pesar de su asombro preguntó:

—¿Qué buscáis?

Entonces, con una voz que más parecía la voz del jardín de las Hespérides entre las palmeras, durante un anochecer en las islas Afortunadas, respondieron:

—Esperamos a la diosa Afrodita, quien presa de tristeza y desolación abandona Illarión, así como todos los países de este mundo de amores fugaces y mortales efímeros. Vos, puesto que sois poeta y habéis conocido la gran tiranía del amor, contemplaréis su marcha. 

Pero ellos, los cortesanos, mercaderes y sacerdotes no recibirán ningún mensaje, ninguna señal de su partida, y en modo alguno podrán imaginarse que se ha marchado... Ahora, oh Phaniol, están próximos el tiempo, la diosa y la despedida.

Apenas habían terminado de hablar, cuando a través del desierto llegó Afrodita, y su llegada provocó una luz sobre las colinas, y por donde caminaba disminuían las sombras, y las arenas grises producían amapolas granates y el profundo verdor del césped que luciera cuando las reinas eran jóvenes, antes de que pasaran a formar parte de una oscura leyenda y los siglos las convirtieran en momias polvorientas. 

Llegó hasta la orilla y quedó en pie ante Phaniol, mientras la puesta del sol se extendía, llenando el cielo y el mar con un color aterciopelado de capullo recién abierto, y lo más profundo de la concha que en tiempos remotos le fuera consagrada se elevaba para recibirla. 

No llevaba ropajes, ni coronas, ni guirnaldas, arropada y coronada únicamente por el crepúsculo solar, tan hermosa como los sueños de un mortal, pero mucho más hermosa que todos los sueños. 

La diosa aguardaba, sonriente y tranquila, símbolo de la vida y de la muerte, de la desesperación y de la pasión, ensueño de carne y hueso para dioses y poetas y galaxias jamás conocidas. Pero también reflejaba el asombro del amor, de algo mucho más que el amor, y cuyo sentido no podía entender el poeta.

—¡Hasta siempre, oh Phaniol! —exclamó, y su voz recordaba el suspiro de aguas lejanas, el murmullo de aguas de plenilunio, arrullando no sin tristeza una orgullosa isla coronada de altas palmeras—. Me has conocido y adorado durante toda tu vida hasta este momento, pero ha llegado la hora de mi partida; me voy, y cuando me haya marchado me seguirás adorando, pero ya no me conocerás. 

Así es el destino, y estaba dispuesto que ningún hombre, ni ningún mundo, ni ningún dios me poseyera completamente hasta la eternidad. Cuando yo ya no exista regresarán el otoño y la primavera, el primero cuajado de hojas amarillas, y la segunda de violetas igualmente amarillas; los pájaros se refugiarán en las zarzamoras renovadas, y conocerás nuevos y fugaces amores. Jamás volverán a tus ojos o a los de cualquier otro mortal la perfecta imagen y el perfecto cuerpo de la diosa.

Finalizando así su despedida, saltó del muelle ceniciento a la oscura proa de la barca; y de la misma manera en que había llegado, sin necesidad del viento ni de los remos, la barca se hizo a la mar cuajada de los descoloridos pétalos del anochecer. 

Desapareció inmediatamente de la vista, mientras el desierto perdía las antiguas amapolas y el rico verdor que luciera de nuevo por unos instantes. La oscuridad se adueñó de Illarión, siguiendo furtivamente el camino trazado por Afrodita; las sombras retornaron a las colinas, y el corazón del poeta Phaniol seguía siendo una urna de negro jade fraguada por el amor con cenizas apagadas.

La suprema abominación - Clark Ashton Smith

     Mi nombre es Eibon, hijo de Milaab, el hijo de Uori. Nací en la ciudad de Iqqua, en el trigésimo cuarto año del reinado del rey Xactura, monarca al que mi padre sirvió como encargado de los archivos tal como su padre lo había sido antes de él. A su vez, este cargo tendría que haber recaído en mí; pero los hados inescrutables decretaron otra cosa, y la fortuna de nuestra casa decayó; y mi desventurado padre fue conducido al solitario exilio y a una prematura muerte por el maleficio de los fanáticos e inquisitoriales sacerdotes que servían a la diosa Yhoundeh.

La autoridad temporal de esta jerarquía había ido aumentando en Iqqua, debido a que el rey, vuelto decrépito y senil por el paso de los años, había caído bajo la influencia del archipontífice, cuya elocuente oratoria había logrado que el envejecido monarca desatara una persecución contra todos aquellos considerados como heréticos. Mi padre había incurrido en la ira de este sumo sacerdote a causa de sus inocentes investigaciones de anticuario sobre los rituales prohibidos de Tsathoggua, una oscura divinidad cuyo culto había florecido en ciclos anteriores pero que se encontraba entonces extinguido. Los fanáticos que servían a Yhoundeh consideran a este dios como una abominación y habían logrado desde hacía mucho tiempo extirpar todos los rastros de este aborrecido culto dentro de las fronteras de los territorios que se encontraban sujetos a la soberanía del rey Xactura.

Huérfano de este modo en mi tierna juventud, tuve la fortuna de convertirme en aprendiz de un mago de inmenso y fabuloso renombre llamado Zylac, cuya casa pentagonal de gneis negro —que posteriormente pasaría a ser mía por herencia— se levantaba sobre un desolado promontorio que dominaba las playas del mar boreal. Allí me sentía a salvo de toda persecución que los inquisidores de Iqqua pudieran emprender contra el único hijo del herético archivista, porque hasta entonces los sacerdotes no ejercían su dominio sobre los desiertos páramos y los solitarios riscos de Mhu Thulan, de cuyas áridas y apartadas fragosidades mi maestro y yo éramos en ese entonces los únicos habitantes.

Este Zylac el archimago era de estatura alta e imponente, con tendencia a la delgadez. Su carne, de un tinte cetrino oscuro, estaba cubierta de una red de finas arrugas, ya que su vigor había sido prolongado más allá de la normal cantidad de años que es concedido vivir a la mayor parte de la humanidad. Con una barba de patriarca, su rostro sombrío era severo y lleno de sabiduría, y sus refulgentes e intensos ojos, de una rara pigmentación amarilla, eran en extremo penetrantes. Su comportamiento era afable y sereno pero distante; y su bondad hacia mí era poco común, porque a semejanza de la mayor parte de los taumaturgos, se mantenía alejado de la compañía de sus semejantes humanos, y vivía en medio de los desolados desiertos, prefiriendo el contacto con espíritus del otro mundo y con los ultraterrenos habitantes de remotas esferas al contacto con los hombres.

Pero mi padre, en su calidad de archivista supremo, había hecho frecuentes favores al archimago pues le procuró, para su uso, ciertos raros rollos de preciosos volúmenes u oscuros códices del saber antiguo. Por lo cual puede decirse que, al aceptar mi propuesta de convertirme en su aprendiz, el sabio Zylac no había hecho otra cosa que recompensar muchos antiguos favores recibidos.

Ahora bien, las dotes profundas y preternaturales de Zylac le habían atraído la envidia, mezclada con respeto, de sus colegas que practicaban las artes de la magia negra en las regiones más populosas situadas al sur de la suya; por cuyo magisterio superior era considerado como preeminente entre los magos de Hiperbórea. Bajo su paciente tutela estudié muchos amarillentos rollos de pergamino de pterodáctilo, en los cuales los magos prehistóricos del inmemorial Mu habían redactado las más abstrusas de las fórmulas obtenidas de los demonios.

Hasta altas horas de la noche, a la luz amarillenta de altas velas de sebo de cadáver, leía con cuidado placas recobradas de los senderos de los glaciares en avance de la olvidada Thule, de cuyas runas escritas con sangre aprendí el saber terrible y blasfemo que se creía hubiera muerto en el trascurso de las eras. A través de ladrillos jeroglíficos de arcilla roja cocida, traídos de las islas tropicales de Antilla, en las cuales sahamanes bárbaros habían preservado sus rituales antiguos y de otro modo olvidados, llegué a conocer las suprimidas letanías de los Antiguos.

Finalmente, mi mentor me reveló las selladas crónicas de las oscuras y míticas civilizaciones que habían florecido innumerables eras antes de la aparición del hombre. Estremeciéndome, examinaba las antiguas teurgias de los Voormis, casi humanos y cubiertos de piel, que en anteriores ciclos habían celebrado con arcaicas y grotescas ceremonias a ese mismo Tsathoggua por el estudio de cuyas abandonadas liturgias mi desventurado padre había sufrido la fatal ira del hierofante.

Además, estudié cuidadosamente tabletas primordiales de un metal brillante e imperecedero donde había columnas verticales de una extraña escritura cuneiforme grabada con líneas tan bien delineadas que parecían haber sido hechas con hojas de plumas diamantinas mojadas en un corrosivo veneno. Mi maestro me informó gravemente que en ellas el saber oculta de los seres serpientes prehumanos, cuyo olvidado continente había sido partido por un cataclismo volcánico y se había hundido en el abismo un número indeterminado de eras antes que la tierra de Hiperbórea emergiera del fango primordial, se hallaba preservado del deterioro de las eras geológicas.

Mi maestro había realizado sus estudios más profundos sobre las ciencias mágicas de estas especies desaparecidas, en particular; porque era su más firme convicción que los seres serpientes habían alcanzado un conocimiento superior de las fuerzas que componen la matriz de la Plenitud del espacio y del tiempo, y que su dominio de este saber había superado en gran medida los arcanos más rudimentarios de los Voormis semibestiales de los habitantes prehumanos de la última Thule, sumergida por los glaciares.

Durante innumerables años mi mentor había tratado de encontrar inscripciones antiguas que dataran de la antigua edad de la raza serpentina, sus tabletas cuneiformes de metal perdurable, sus horripilantes ídolos ofídicos y sus monolitos cubiertos de glifos. En el curso de su gradual adquisición de la ciencia de éstos, mi maestro tuvo que reconocer varias dificultades insuperables, la más importante de las cuales era la imposibilidad casi completa de subordinar los preconceptos e inclinaciones de una facultad cognoscitiva meramente humana a las filosofías cósmicas y totalmente extrañas de los seres serpientes. Creía que con el trascurso del tiempo llegaría a superar estas barreras al completo dominio de las invocaciones ofídicas.

En lo que a mí respecta, mientras que voluntariamente reprimía mi innata reacción contra el extraño carácter reptil de estos seres, y facilitaba los experimentos de Zylac con todas las capacidades de que disponía, debo reconocer mi profunda e instintiva repugnancia a estos ofidios, cuya conciencia fríamente inhumana despertaba en mi interior una terrorífica aversión. Era propio de sus orígenes que hubiesen sido adeptos a los abominables cultos del Padre Yig, del oscuro Han y de Byatis, la serpiente barbuda, ya que estas espantosas entidades nunca gozaron del culto de seres humanos en este planeta.

No podía racionalizar mi sentido del horror y del asco, sino que algo en su filosofía desapasionada y contraria a la de los mamíferos despertó en mí un prodigioso malestar, junto con una inquietante ansiedad y ciertas premoniciones de inminentes peligros que no podía detallar con certeza. Traté en vano de comunicar estos vagos y ominosos presagios a mi mentor; pero, con el retraimiento y vehemencia propios de alguien llevado por sus investigaciones más allá del límite extremo del conocimiento humano permisible, desestimó mis inconsistentes presentimientos, los atribuyó a las supersticiones de la inmadurez, e imprudentemente continuó con sus estudios cabalísticos.

Como el continente natal de "la raza ofídica había sucumbido ante un cataclismo natural en las más remotas edades del tiempo registrado, el archimago tuvo forzosamente que buscar sus restos y archivos en las enmarañadas profundidades del abandonado continente meridional de Thuria. Allí, donde ciudades-mausoleo de estelas rajadas y templos vencidos por las eras se iban convirtiendo pedazo a pedazo en montones de escombros, encontró algunas de sus ruinas misteriosas y de pérfida reputación, que coexistían en inquietante proximidad con los restos de las más antiguas moradas humanas, que eran las de los brumosos y míticos Valusios, una cultura extinguida que algunos sabios consideran como un remoto ancestro de la nuestra.

En el undécimo año de mi noviciado, el archimago volvió de una de esas solitarias expediciones por las intransitadas profundidades de las junglas de Thuria trayendo consigo un singular artefacto cargado de terribles y espantosos presagios. Este objeto era un repulsivo rollo prehistórico de arcaica grafía, rescatado de la ruinosa necrópolis de una ciudad antediluviana en la cual había reposado durante varias eras geológicas, preservado de la erosión del tiempo dentro de un tabernáculo de bronce.

Desplegó este códice ante mí en un estado de muy intensa excitación, porque creía que el voluminoso tomo, con sus páginas de placas de metal cubiertas de escritura cuneiforme, encuadernado en piel coriácea y curtida del extinguido diplodoco, no era otra cosa que el propio grimorio o testamento mágico del célebre y sagaz Zloigm, un importante mago de la raza serpentina que había sido tan preeminente entre los taumaturgos de su incierta y remota época como lo era mi maestro entre los magos de su propio tiempo, y cuyos legendarios logros en el arte de la nigromancia me había narrado frecuentemente mi maestro.

Dejándome entregado a mis estudios preordenados, Zylac llevó este primitivo manual de hechicería a lo más recóndito de sus aposentos privados, y durante un período de siete días y siete noches no lo vi en absoluto, mientras él estudiaba infatigablemente el códice prehumano, esforzándose por traducir la primera de las tenebrosas ceremonias de invocación de los espíritus malignos que contenía, de la críptica escritura cuneiforme de los hombres ofidios a nuestra propia lengua. Al emerger en su cámara, al fin de la reclusión mi maestro Zylac anunció el buen resultado de sus esfuerzos, ya que había logrado —como entonces supuso una transliteración tentativa pero completa del conjuro inicial preservado en el grimorio de Zloigm.

Sucedió que esta letanía resultó ser nada menos que una invocación al propio genio nacional o demonio tutelar de la raza serpentina. Al finalizar el rito, el practicante podía anticipar la manifestación real de esta entidad espiritual conjurada de este modo en forma humana, desde sus oscuros límites en alguna dimensión superior del espacio, o desde cualquier recóndito y sobrenatural plano de la existencia que habitualmente ocupara. En esta segunda ocasión volví empero a hacer todo lo posible para despertar el latente sentido de la precaución de mi maestro, argumentando que estaban lejos de ser claras todas las implicancias de un hechizo extraño de un uso tan inusitado y desconocido, y de un objeto sumamente incierto.

Sin embargo, su ferviente entusiasmo le hizo nuevamente olvidar toda elemental precaución. Y aquella noche sus cerrados aposentos privados resonaron con las cacofonías de la antigua ceremonia. Con los más funestos presentimientos, traté de cerrar mis oídos a las modulaciones de los vocablos toscos y atroces, producto de un modo de hablar extraño en tal grado, que la lengua humana nunca fue apta para pronunciar su sibilante ulular. Pero la liturgia de Zloigm seguía gimiendo, y tuve que escuchar, involuntariamente sin embargo, las abominaciones verbales.

Al amanecer mi maestro reapareció, temblando de fatiga, con sus penetrantes ojos amarillos febriles de regocijo, con su vigor aparentemente incólume a los rigores de la ordalía nocturna. Me informo que el conjuro había terminado en un fracaso, y la esencia de la raza ofídica había rehusado aceptar una manifestación humana; pero el imprudente e incauto Zylac seguía teniendo confianza en el logro final de la manifestación. Después de un examen más exhaustivo del grimorio, había encontrado finalmente un elemento ausente que consideraba ahora indispensable para la exitosa realización de la invocación, y éste era cierto elixir cuya fórmula había pasado por alto de algún modo durante su anterior lectura del códice.

Parece que los conjuros nigrománticos de los seres serpiente eran horriblemente diferentes en sus formas profundas y elementales de los rituales utilizados por los magos meramente humanos de las civilizaciones más recientes, y que requerían que se tomaran raras y curiosas drogas o pociones, con cuya ingestión podía alcanzarse una especial condición de receptividad provocada por el narcótico. Solo en el estado semejante al trance que suponía resultaría del uso de este pernicioso narcótico, Zylac podía esperar percibir la ansiada visita o descenso del genio astral que percibían los ofidios, y que era demasiado sutil como para ser percibido de otra manera, con los toscos sentidos de la carne.

Otra vez resultaron desatendidas mis advertencias desesperadas y sumamente apremiantes, y el archimago se puso a trabajar entre los atanores, incensarios y retortas, los burbujeantes recipientes y los crisoles hirvientes de su laboratorio de alquimia, preparando una maloliente poción, de cuyos ingredientes los menos repugnantes y peligrosos eran gotas de raíz de mandrágora, bilis de basiliscos, jugo del mortífero antiar, icor de los esquivos catoblepas, habitantes de la montaña, y orina hirviente de los wyverns. Imprudentemente apuró hasta las heces este licor indeciblemente detestable apenas terminó de prepararlo, retirándose luego a sus aposentos para repetir la demoníaca letanía y para esperar la materialización del demonio-serpiente en el estado de narcosis que exigía el grimorio.

Pero cuando los primeros rayos de la aurora tiñeron de sangre la parte más alta de su torre, y se levantó del catafalco de seda que utilizaba como diván, estaba pálido, descolorido y con el ánimo abatido, ya que el ritual había terminado nuevamente en completo fracaso, y ningún personaje sobrenatural había descendido en el círculo del conjuro durante el sueño nocturno, hipnótico y carente de sueños, de Zylac.

En los días que siguieron trabajé junto a mi mentor y nos esforzamos por retraducir juntos, con un grado mayor de exactitud, los arcaicos caracteres que estaban grabados en las placas metálicas del grimorio prehistórico. Nuestro conocimiento de la escritura de los pre-Valusios era impreciso y en ciertos aspectos sumamente conjetural, y a esta imperfección en el conocimiento de la lengua ofídica atribuía mi maestro los resultados negativos de la invocación y del brebaje narcótico. De este modo, nos dedicamos durante cierto tiempo a estudios lingüísticos y gramáticos, tediosos y rigurosos, pero sin llegar, empero, a descubrir ningún elemento fundamental, ni en la realización del ritual ni en la preparación del elixir, por el cual pudiéramos explicar el fracaso del conjuro.

Durante esas tareas diurnas compartidas, no pude dejar de notar en el aspecto de mi maestro ciertas señales de un deterioro físico de rápido avance, que al principio atribuí a los rigores de nuestra ardua e ininterrumpida labor. Su rostro, por lo general delgado y atezado, se volvió extrañamente abotagado, y su tez, de ordinario oscura, fue adquiriendo en forma gradual una rara y glauca palidez; y la textura de su epidermis, normalmente flexible y elástica, se fue tornando de un modo singular e inquietante áspera y escabrosa, mostrando al poco tiempo los estigmas de una inusitada escamosidad, que no podía explicarse por ningún grado de fatiga.

Una reserva natural me impedía hacer notar al propio Zylac estas observaciones demasiado personales sobre su aspecto. Pero la verdosa y nauseosa palidez de su semblante se fue haciendo claramente pronunciada con el tiempo, lo mismo que la rugosa y escamosa condición de su piel.

Pronto noté asimismo que farfullaba y sibilaba curiosamente al hablar, y que tenía tendencia a pronunciar las vocales con un prolongado susurro muy extraño a sus acentos habituales. Sin embargo, estos signos de degeneración física no se extendieron a su manera de estar de pie o de caminar, porque en esos aspectos no observé el menor deterioro de sus facultades. En realidad parecía deslizarse por los apartamentos y cámaras de la torre con una desacostumbrada flexibilidad, y una gracia casi rejuvenecida, y sus propios ademanes se animaron de una curiosa blandura, una fluidez de movimientos tal que parecía no tener huesos, que yo encontraba tan extraña, como repulsiva, para mí.

Durante este intervalo comencé a experimentar una indescriptible aversión al contacto con él. Hasta el más casual apretón de manos u otro contacto familiar despertaban en mi interior un estremecimiento de repugnancia que parecía virtualmente instintivo y que no podía explicar, así como tampoco podía fingir ignorarlo. Encontré pronto que trataba de evitar basta su sola presencia todas las veces que me era posible; y como durante este período aconteció que se produjo una rara conjunción de los planetas Yli-diomph y Cykranosh —nombres con los cuales los astrólogos hiperbóreos denominan a Júpiter y a Saturno encontré una ocasión para evitar completamente su compañía.

Alegué que la extraordinaria significación horoscópica de este infrecuente aspecto planetario requería mi dedicación durante las horas de la noche y que, como tendría en consecuencia que dormir en los períodos diurnos, se imponía mi total ausencia de su lado. Abstraído en sus estudios gramaticales, el archimago me dio distraídamente permiso para ello, y, separado de él de esta manera, evité con gran alivio el malestar que me causaba su proximidad.

Al terminar esta conjunción celeste, no tuve más remedio que volver con el archimago; pero encontré, con indescriptible alivio que, entretanto, éste había decidido encerrarse dentro de sus aposentos y que ya no necesitaba ni, por eso mismo, deseaba, más ayuda de mi parte.

A partir de entonces, durante muchos días no lo vi; pero frecuentemente oía, por encima del incesante bullicio de las olas que venían a estrellarse y cuya agitada espuma hervía alrededor de la base del acantilado sobre el cual estaba edificada nuestra morada, los sordos cánticos de ciertos rituales que resonaban dentro de las puertas cerradas de sus aposentos privados. Y por la noche vislumbraba el resplandor de fuegos de sacrificio o invocatorios que vacilaban dentro de los arcos góticos de sus estrechas ventanas como la fosforescencia de la descomposición dentro de las oscuras cuencas vacías de una calavera. Pronto creí olfatear en el viento del mar el humo acre de inexplicables sahumerios llevado a las ventanas de mi nariz desde sus habitaciones, o sentí el pesado batir de unas extrañas e invisibles alas en torno del piso más alto, donde moraba, que indicaba la llegada de genios potentes y extratelúricos desde astros remotos.

Lo que intrigaba y confundía mi frustrado conocimiento respecto de esos curiosos fenómenos era que ellos diferían por completo de sus rituales mágicos anteriores, los que habían estado dedicados únicamente a la reconstrucción tentativa de la horrible invocación del espíritu elemental de la raza de los sagaces ofidios. No obstante, estos ritos de ahora eran distintos en sus fines y en su naturaleza; y entre el zumbido de sus letanías oídas a medias creí reconocer uno de los más terribles y severos de los famosos exorcismos de Pnom, mientras que los aromas del incienso que llevaban hacia mí los ululantes vientos tenían el olor de varios de los perfumes de potencia antidemoníaca utilizados habitualmente para alejar, u obtener la expulsión, de indeseables visitantes de los planos astrales o etéreos. Parecía como si, por alguna razón que escapaba de mi comprensión, toda la substancia y el fin de los esfuerzos de Zylac hubieran recientemente cambiado, de un intento de invocar a cierta Presencia divina, a un esfuerzo —que pronto se tornó delirante y hasta histérico por su vigor— para hacer salir de allí a alguna entidad innominada y transmundana, no solo considerada como indeseable, sino también evidentemente temida con una violenta repugnancia y terror, cuya desesperada intensidad yo no podía comprender, pero que despertó en mí las más espantosas y horribles premoniciones.

Cuando varios días habían pasado de ese modo, desde que Zylac se había encerrado tan misteriosamente fuera de mi vista dentro de la reclusión de sus aposentos, sin salir de allí ni una vez para alimentarse o distraerse, hice acopio de valor y golpeé la puerta de su cámara, preguntando solícitamente por su estado de salud. A mis oídos solo llegó el silencio de la habitación situada al otro lado; eso, y un singular e inexplicable ruido de frotamiento. Al reiterar mis ansiosas preguntas, logré al fin obtener una respuesta del interior; pero el habla de Zylac había caído en un estado tan farfullante y sibilante durante el período que acababa de trascurrir, que solo haciéndolas repetir logré comprender sus palabras: éstas eran una severa advertencia para que me abstuviera de entrar, y dejara de perturbar sus experimentos de hechicería, ya que no necesitaba nada.

Y otra vez llegó a mis oídos ese ruido horriblemente sugestivo de algo que frotaba o rozaba, como si algún bulto grande, torpe y rugoso se estuviera arrastrando lenta y penosamente sobre el piso de mosaicos de la cámara situada del otro lado de la puerta.

Se me ocurrió pensar entonces que la degeneración corporal cuyas señales había distinguido anteriormente en el aspecto y en el porte del archimago quizá había avanzado durante su prolongado y furtivo evitar de mi presencia y que el proceso degenerativo tal vez había afectado su mente, hasta el punto de trastornar su sano juicio. Por lo cual, sin hacer caso de sus exhortaciones para que me abstuviera de entrar y lo dejara solo como deseaba, exhortaciones que me fueron comunicadas en una imitación tan repugnante del habla humana, con un horripilante silbido que se prolongaba en los sonidos aspirados, que hacía casi irreconocibles las palabras, forcé ambas hojas de la puerta.

Clavé la vista en Aquello que se retorcía y se deslizaba con hórrida y serpentina gracia sobre el piso de mosaicos, y, dando un alarido de increíble horror, huí de la visión de la Cosa: quedó grabada para siempre en mi palpitante cerebro la brevísima y sumamente evanescente imagen de esta suprema abominación. Tomando una garrafa de vidrio llena del Alkahest, que todo lo devora, vacié impulsivamente su corrosivo contenido sobre la innominada anormalidad que se retorcía y se deslizaba sobre su vientre; y ésta desapareció entre los vapores hirvientes y fétidos, con un sobrenatural e infrahumano grito sibilante.

Y supe entonces que ninguna cosa viviente podía resistir, ni por un instante, el bautismo con aquel potente ácido; empero me volví y huí de la alta casa de gneis negro que se elevaba sobre su escarpada elevación por encima de las atronadoras olas del océano septentrional; e, ignorando los peligros implícitos en la potencial venganza de los sacerdotes de Yhouhdeh, me encaminé hacia las más saludables regiones meridionales y los modos habituales de trato humano normal durante una temporada.

Y cuando, con el tiempo, volví para establecer nuevamente mi morada en la torre pentagonal que se alzaba sobre el desolado promontorio de la península extrema de Mhu Thulan, que era ahora mi propia heredad, y para reanudar mis estudios ocultos, lo hice con la inconmovible determinación de evitar para siempre toda práctica o lectura cuidadosa de los aborrecibles y atroces rituales de los conscientes ofidios de la prehumana Valusia ... recordando aquella Cosa verde, escamosa y viscosa que se había desenroscado del otro lado del umbral de la cámara interior, alzando hacia mí, sobre un cuello alargado y ondulante, aquella horrenda cabeza de cobra en forma de cuña y totalmente inhumana ... debajo de cuya frente con deformes arrugas habían clavado una mirada tan lastimosa en mis propios ojos los inconfundibles ojos amarillos del archimago.