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Los crímenes de la calle Morgue - Edgar Allan Poe (Parte 1)

La canción que cantaban las sirenas, o el nombre que adoptó Aquiles cuando se escondió entre las mujeres, son cuestiones enigmáticas, pero que no se hallan más allá de toda conjetura.

Sir Thomas Browne


Las características de la inteligencia que suelen calificarse de analíticas son en sí mismas poco susceptibles de análisis. Solo las apreciamos a través de sus resultados. Entre otras cosas sabemos que, para aquel que las posee en alto grado, son fuente del más vivo goce


Así como el hombre robusto se complace en su destreza física y se deleita con aquellos ejercicios que reclaman la acción de sus músculos, así el analista halla su placer en esa actividad del espíritu consistente en desenredar. Goza incluso con las ocupaciones más triviales, siempre que pongan en juego su talento. Le encantan los enigmas, los acertijos, los jeroglíficos, y al solucionarlos muestra un grado de perspicacia que, para la mente ordinaria, parece sobrenatural. 

Sus resultados, frutos del método en su forma más esencial y profunda, tienen todo el aire de una intuición. La facultad de resolución se ve posiblemente muy vigorizada por el estudio de las matemáticas, y en especial por su rama más alta, que, injustamente y tan solo a causa de sus operaciones retrógradas, se denomina análisis, como si se tratara del análisis par excellence

Calcular, sin embargo, no es en sí mismo analizar. Un jugador de ajedrez, por ejemplo, efectúa lo primero sin esforzarse en lo segundo. De ahí se sigue que el ajedrez, por lo que concierne a sus efectos sobre la naturaleza de la inteligencia, es apreciado erróneamente. 

No he de escribir aquí un tratado, sino que me limito a prologar un relato un tanto singular, con algunas observaciones pasajeras; aprovecharé por eso la oportunidad para afirmar que el máximo grado de la reflexión se ve puesto a prueba por el modesto juego de damas en forma más intensa y beneficiosa que por toda la estudiada frivolidad del ajedrez. 

En este último, donde las piezas tienen movimientos diferentes y singulares, con varios y variables valores, lo que solo resulta complejo es equivocadamente confundido (error nada insólito) con lo profundo. Aquí se trata, sobre todo, de la atención. Si esta cede un solo instante, se comete un descuido que da por resultado una pérdida o la derrota. 

Como los movimientos posibles no solo son múltiples sino intrincados, las posibilidades de descuido se multiplican y, en nueve casos de cada diez, triunfa el jugador concentrado y no el más penetrante. En las damas, por el contrario, donde hay un solo movimiento y las variaciones son mínimas, las probabilidades de inadvertencia disminuyen, lo cual deja un tanto de lado a la atención, y las ventajas obtenidas por cada uno de los adversarios provienen de una perspicacia superior.

Para hablar menos abstractamente, supongamos una partida de damas en la que las piezas se reducen a cuatro y donde, como es natural, no cabe esperar el menor descuido. Obvio resulta que (si los jugadores tienen fuerza pareja) solo puede decidir la victoria algún movimiento sutil, resultado de un penetrante esfuerzo intelectual. 

Desprovisto de los recursos ordinarios, el analista penetra en el espíritu de su oponente, se identifica con él y con frecuencia alcanza a ver de una sola ojeada el único método (a veces absurdamente sencillo) por el cual puede provocar un error o precipitar a un falso cálculo.

Hace mucho que se ha reparado en el whist por su influencia sobre lo que da en llamarse la facultad del cálculo, y hombres del más excelso intelecto se han complacido en él de manera indescriptible, dejando de lado, por frívolo, al ajedrez. Sin duda alguna, nada existe en ese orden que ponga de tal modo a prueba la facultad analítica. 

El mejor ajedrecista de la cristiandad no puede ser otra cosa que el mejor ajedrecista, pero la eficiencia en el whist implica la capacidad para triunfar en todas aquellas empresas más importantes donde la mente se enfrenta con la mente. 

Cuando digo eficiencia, aludo a esa perfección en el juego que incluye la aprehensión de todas las posibilidades mediante las cuales se puede obtener legítima ventaja. Estas últimas no solo son múltiples sino multiformes, y con frecuencia yacen en capas tan profundas del pensar que el entendimiento ordinario es incapaz de alcanzarlas. 

Observar con atención equivale a recordar con claridad; en ese sentido, el ajedrecista concentrado jugará bien al whist, en tanto que las reglas de Hoyle (basadas en el mero mecanismo del juego) son comprensibles de manera general y satisfactoria. Por tanto, el hecho de tener una memoria retentiva y guiarse por «el libro» son las condiciones que por regla general se consideran como la suma del buen jugar. 

Pero la habilidad del analista se manifiesta en cuestiones que exceden los límites de las meras reglas. Silencioso, procede a acumular cantidad de observaciones y deducciones. Quizá sus compañeros hacen lo mismo, y la mayor o menor proporción de informaciones así obtenidas no reside tanto en la validez de la deducción como en la calidad de la observación. 

Lo necesario consiste en saber qué se debe observar. Nuestro jugador no se encierra en sí mismo; ni tampoco, dado que su objetivo es el juego, rechaza deducciones procedentes de elementos externos a este. 

Examina el semblante de su compañero, comparándolo cuidadosamente con el de cada uno de sus oponentes. Considera el modo con que cada uno ordena las cartas en su mano; a menudo cuenta las cartas ganadoras y las adicionales por la manera con que sus tenedores las contemplan. 

Advierte cada variación de fisonomía a medida que avanza el juego, reuniendo un capital de ideas nacidas de las diferencias de expresión correspondientes a la seguridad, la sorpresa, el triunfo o la contrariedad. 

Por la manera de levantar una baza juzga si la persona que la recoge será capaz de repetirla en el mismo palo. Reconoce la jugada fingida por la manera con que se arrojan las cartas sobre el tapete. Una palabra casual o descuidada, la caída o vuelta accidental de una carta, con la consiguiente ansiedad o negligencia en el acto de ocultarla, la cuenta de las bazas, con el orden de su disposición, el embarazo, la vacilación, el apuro o el temor... 

Todo ello proporciona a su percepción, aparentemente intuitiva, indicaciones sobre la realidad del juego. Jugadas dos o tres manos, conoce perfectamente las cartas de cada uno, y desde ese momento utiliza las propias con tanta precisión como si los otros jugadores hubieran dado vuelta a las suyas.

El poder analítico no debe confundirse con el mero ingenio, ya que si el analista es por necesidad ingenioso, con frecuencia el hombre ingenioso se muestra notablemente incapaz de analizar. La facultad constructiva o combinatoria por la cual se manifiesta habitualmente el ingenio, y a la que los frenólogos (erróneamente, a mi juicio) han asignado un órgano aparte, considerándola una facultad primordial, ha sido observada con tanta frecuencia en personas cuyo intelecto lindaba con la idiotez, que ha provocado las observaciones de los estudiosos del carácter. 

Entre el ingenio y la aptitud analítica existe una diferencia mucho mayor que entre la fantasía y la imaginación, pero de naturaleza estrictamente análoga. En efecto, cabe observar que los ingeniosos poseen siempre mucha fantasía mientras que el hombre verdaderamente imaginativo es siempre un analista.

El relato siguiente representará para el lector algo así como un comentario de las afirmaciones que anteceden.

Mientras residía en París, durante la primavera y parte del verano de 18..., me relacioné con un cierto C. Auguste Dupin. Este joven caballero procedía de una familia excelente —y hasta ilustre—, pero una serie de desdichadas circunstancias lo habían reducido a tal pobreza que la energía de su carácter sucumbió ante la desgracia, llevándolo a alejarse del mundo y a no preocuparse por recuperar su fortuna. 

Gracias a la cortesía de sus acreedores le quedó una pequeña parte del patrimonio, y la renta que le producía bastaba, mediante una rigurosa economía, para subvenir a sus necesidades, sin preocuparse de lo superfluo. Los libros constituían su solo lujo, y en París es fácil procurárselos.

Nuestro primer encuentro tuvo lugar en una oscura librería de la rue Montmartre, donde la casualidad de que ambos anduviéramos en busca de un mismo libro —tan raro como notable— sirvió para aproximarnos. Volvimos a encontrarnos una y otra vez. Me sentí profundamente interesado por la menuda historia de familia que Dupin me contaba detalladamente, con todo ese candor a que se abandona un francés cuando se trata de su propia persona. 

Me quedé asombrado, al mismo tiempo, por la extraordinaria amplitud de su cultura; pero, sobre todo, sentí encenderse mi alma ante el exaltado fervor y la vívida frescura de su imaginación. Dado lo que yo buscaba en ese entonces en París, sentí que la compañía de un hombre semejante me resultaría un tesoro inestimable, y no vacilé en decírselo. 

Quedó por fin decidido que viviríamos juntos durante mi permanencia en la ciudad, y, como mi situación financiera era algo menos comprometida que la suya, logré que quedara a mi cargo alquilar y amueblar —en un estilo que armonizaba con la melancolía un tanto fantástica de nuestro carácter— una decrépita y grotesca mansión abandonada a causa de supersticiones sobre las cuales no inquirimos, y que se acercaba a su ruina en una parte aislada y solitaria del Faubourg Saint-Germain.

Si nuestra manera de vivir en esa casa hubiera llegado al conocimiento del mundo, este nos hubiera considerado como locos —aunque probablemente como locos inofensivos—. Nuestro aislamiento era perfecto. No admitíamos visitantes. El lugar de nuestro retiro era un secreto celosamente guardado para mis antiguos amigos; en cuanto a Dupin, hacía muchos años que había dejado de ver gentes o de ser conocido en París. Solo vivíamos para nosotros.

Una rareza de mi amigo (¿qué otro nombre darle?) consistía en amar la noche por la noche misma; a esta bizarrerie, como a todas las otras, me abandoné a mi vez sin esfuerzo, entregándome a sus extraños caprichos con perfecto abandono. 

La negra divinidad no podía permanecer siempre con nosotros, pero nos era dado imitarla. A las primeras luces del alba, cerrábamos las pesadas persianas de nuestra vieja casa y encendíamos un par de bujías que, fuertemente perfumadas, solo lanzaban débiles y mortecinos rayos. Con ayuda de ellas ocupábamos nuestros espíritus en soñar, leyendo, escribiendo o conversando, hasta que el reloj nos advertía la llegada de la verdadera oscuridad. 

Salíamos entonces a la calle tomados del brazo, continuando la conversación del día o vagando al azar hasta muy tarde, mientras buscábamos entre las luces y las sombras de la populosa ciudad esa infinidad de excitantes espirituales que puede proporcionar la observación silenciosa.

En esas oportunidades, no dejaba yo de reparar y admirar (aunque dada su profunda idealidad cabía esperarlo) una peculiar aptitud analítica de Dupin. Parecía complacerse especialmente en ejercitarla —ya que no en exhibirla— y no vacilaba en confesar el placer que le producía. 

Se jactaba, con una risita discreta, de que frente a él la mayoría de los hombres tenían como una ventana por la cual podía verse su corazón y estaba pronto a demostrar sus afirmaciones con pruebas tan directas como sorprendentes del íntimo conocimiento que de mí tenía. 

En aquellos momentos su actitud era fría y abstraída; sus ojos miraban como sin ver, mientras su voz, habitualmente de un rico registro de tenor, subía a un falsete que hubiera parecido petulante de no mediar lo deliberado y lo preciso de sus palabras. Al observarlo en esos casos, me ocurría muchas veces pensar en la antigua filosofía del alma doble, y me divertía con la idea de un doble Dupin: el creador y el analista.

No se suponga, por lo que llevo dicho, que estoy circunstanciando algún misterio o escribiendo una novela. Lo que he referido de mi amigo francés era tan solo el producto de una inteligencia excitada o quizá enferma. Pero el carácter de sus observaciones en el curso de esos períodos se apreciará con más claridad mediante un ejemplo.

Errábamos una noche por una larga y sucia calle, en la vecindad del Palais Royal. Sumergidos en nuestras meditaciones, no habíamos pronunciado una sola sílaba durante un cuarto de hora por lo menos. Bruscamente, Dupin pronunció estas palabras:

—Sí, es un hombrecillo muy pequeño, y estaría mejor en el Théâtre des Variétés.

—No cabe duda —repuse inconscientemente, sin advertir (pues tan absorto había estado en mis reflexiones) la extraordinaria forma en que Dupin coincidía con mis pensamientos. Pero, un instante después, me di cuenta y me sentí profundamente asombrado.

—Dupin —dije gravemente—, esto va más allá de mi comprensión. Le confieso sin rodeos que estoy atónito y que apenas puedo dar crédito a mis sentidos. ¿Cómo es posible que haya sabido que yo estaba pensando en...?

Aquí me detuve, para asegurarme sin lugar a dudas de si realmente sabía en quién estaba yo pensando.

—En Chantilly —dijo Dupin—. ¿Por qué se interrumpe? Estaba usted diciéndose que su pequeña estatura le veda los papeles trágicos.

Tal era, exactamente, el tema de mis reflexiones. Chantilly era un ex remendón de la rue Saint-Denis que, apasionado por el teatro, había encarnado el papel de Jerjes en la tragedia homónima de Crébillon, logrando tan solo que la gente se burlara de él.

—En nombre del cielo —exclamé—, dígame cuál es el método... si es que hay un método... que le ha permitido leer en lo más profundo de mí.

En realidad, me sentía aún más asombrado de lo que estaba dispuesto a reconocer.

—El frutero —replicó mi amigo— fue quien lo llevó a la conclusión de que el remendón de suelas no tenía estatura suficiente para Jerjes et id genus omne.

—¡El frutero! ¡Me asombra usted! No conozco ningún frutero.

—El hombre que tropezó con usted cuando entrábamos en esta calle... hará un cuarto de hora.

Recordé entonces que un frutero, que llevaba sobre la cabeza una gran cesta de manzanas, había estado a punto de derribarme accidentalmente cuando pasábamos de la rue C... a la que recorríamos ahora. Pero me era imposible comprender qué tenía eso que ver con Chantilly.

—Se lo explicaré —me dijo Dupin, en quien no había la menor partícula de charlatanerie— y, para que pueda comprender claramente, remontaremos primero el curso de sus reflexiones desde el momento en que le hablé hasta el de su choque con el frutero en cuestión. Los eslabones principales de la cadena son los siguientes: Chantilly, Orión, el doctor Nichols, Epicuro, la estereotomía, el pavimento, el frutero.

Pocas personas hay que, en algún momento de su vida, no se hayan entretenido en remontar el curso de las ideas mediante las cuales han llegado a alguna conclusión. Con frecuencia, esta tarea está llena de interés, y aquel que la emprende se queda asombrado por la distancia aparentemente ilimitada e inconexa entre el punto de partida y el de llegada.

¡Cuál habrá sido entonces mi asombro al oír las palabras que acababa de pronunciar Dupin y reconocer que correspondían a la verdad!

—Si no me equivoco —continuó él—, habíamos estado hablando de caballos justamente al abandonar la rue C... Este fue nuestro último tema de conversación. Cuando cruzábamos hacia esta calle, un frutero que traía una gran canasta en la cabeza pasó rápidamente a nuestro lado y le empujó a usted contra una pila de adoquines correspondiente a un pedazo de la calle en reparación. 

»
Usted pisó una de las piedras sueltas, resbaló, torciéndose ligeramente el tobillo; mostró enojo o malhumor, murmuró algunas palabras, se volvió para mirar la pila de adoquines y siguió andando en silencio. Yo no estaba especialmente atento a sus actos, pero en los últimos tiempos la observación se ha convertido para mí en una necesidad.

»Mantuvo usted los ojos clavados en el suelo, observando con aire quisquilloso los agujeros y los surcos del pavimento (por lo cual comprendí que seguía pensando en las piedras), hasta que llegamos al pequeño pasaje llamado Lamartine, que con fines experimentales ha sido pavimentado con bloques ensamblados y remachados. 

»Aquí su rostro se animó y, al notar que sus labios se movían, no tuve dudas de que murmuraba la palabra “estereotomía”, término que se ha aplicado pretenciosamente a esta clase de pavimento. Sabía que para usted sería imposible decir “estereotomía” sin verse llevado a pensar en átomos y pasar de ahí a las teorías de Epicuro; ahora bien, cuando discutimos no hace mucho este tema, recuerdo haberle hecho notar de qué curiosa manera —por lo demás desconocida— las vagas conjeturas de aquel noble griego se han visto confirmadas en la reciente cosmogonía de las nebulosas; comprendí, por tanto, que usted no dejaría de alzar los ojos hacia la gran nebulosa de Orión, y estaba seguro de que lo haría. 

»Efectivamente, miró usted hacia lo alto y me sentí seguro de haber seguido correctamente sus pasos hasta ese momento. Pero en la amarga crítica a Chantilly que apareció en el Musée de ayer, el escritor satírico hace algunas penosas alusiones al cambio de nombre del remendón antes de calzar los coturnos, y cita un verso latino sobre el cual hemos hablado muchas veces. Me refiero al verso:

Perdidit antiquum litera prima sonum.


»Le dije a usted que se refería a Orión, que en un tiempo se escribió Urión; y dada cierta acritud que se mezcló en aquella discusión, estaba seguro de que usted no la había olvidado. Era claro, pues, que no dejaría de combinar las dos ideas de Orión y Chantilly. Que así lo hizo, lo supe por la sonrisa que pasó por sus labios. 

»Pensaba usted en la inmolación del pobre zapatero. Hasta ese momento había caminado algo encorvado, pero de pronto le vi erguirse en toda su estatura. Me sentí seguro de que estaba pensando en la diminuta figura de Chantilly. Y en este punto interrumpí sus meditaciones para hacerle notar que, en efecto, el tal Chantilly era muy pequeño y que estaría mejor en el Théâtre des Variétés

 

(CONTINUARÁ...) 

 


La suprema abominación - Clark Ashton Smith

     Mi nombre es Eibon, hijo de Milaab, el hijo de Uori. Nací en la ciudad de Iqqua, en el trigésimo cuarto año del reinado del rey Xactura, monarca al que mi padre sirvió como encargado de los archivos tal como su padre lo había sido antes de él. A su vez, este cargo tendría que haber recaído en mí; pero los hados inescrutables decretaron otra cosa, y la fortuna de nuestra casa decayó; y mi desventurado padre fue conducido al solitario exilio y a una prematura muerte por el maleficio de los fanáticos e inquisitoriales sacerdotes que servían a la diosa Yhoundeh.

La autoridad temporal de esta jerarquía había ido aumentando en Iqqua, debido a que el rey, vuelto decrépito y senil por el paso de los años, había caído bajo la influencia del archipontífice, cuya elocuente oratoria había logrado que el envejecido monarca desatara una persecución contra todos aquellos considerados como heréticos. Mi padre había incurrido en la ira de este sumo sacerdote a causa de sus inocentes investigaciones de anticuario sobre los rituales prohibidos de Tsathoggua, una oscura divinidad cuyo culto había florecido en ciclos anteriores pero que se encontraba entonces extinguido. Los fanáticos que servían a Yhoundeh consideran a este dios como una abominación y habían logrado desde hacía mucho tiempo extirpar todos los rastros de este aborrecido culto dentro de las fronteras de los territorios que se encontraban sujetos a la soberanía del rey Xactura.

Huérfano de este modo en mi tierna juventud, tuve la fortuna de convertirme en aprendiz de un mago de inmenso y fabuloso renombre llamado Zylac, cuya casa pentagonal de gneis negro —que posteriormente pasaría a ser mía por herencia— se levantaba sobre un desolado promontorio que dominaba las playas del mar boreal. Allí me sentía a salvo de toda persecución que los inquisidores de Iqqua pudieran emprender contra el único hijo del herético archivista, porque hasta entonces los sacerdotes no ejercían su dominio sobre los desiertos páramos y los solitarios riscos de Mhu Thulan, de cuyas áridas y apartadas fragosidades mi maestro y yo éramos en ese entonces los únicos habitantes.

Este Zylac el archimago era de estatura alta e imponente, con tendencia a la delgadez. Su carne, de un tinte cetrino oscuro, estaba cubierta de una red de finas arrugas, ya que su vigor había sido prolongado más allá de la normal cantidad de años que es concedido vivir a la mayor parte de la humanidad. Con una barba de patriarca, su rostro sombrío era severo y lleno de sabiduría, y sus refulgentes e intensos ojos, de una rara pigmentación amarilla, eran en extremo penetrantes. Su comportamiento era afable y sereno pero distante; y su bondad hacia mí era poco común, porque a semejanza de la mayor parte de los taumaturgos, se mantenía alejado de la compañía de sus semejantes humanos, y vivía en medio de los desolados desiertos, prefiriendo el contacto con espíritus del otro mundo y con los ultraterrenos habitantes de remotas esferas al contacto con los hombres.

Pero mi padre, en su calidad de archivista supremo, había hecho frecuentes favores al archimago pues le procuró, para su uso, ciertos raros rollos de preciosos volúmenes u oscuros códices del saber antiguo. Por lo cual puede decirse que, al aceptar mi propuesta de convertirme en su aprendiz, el sabio Zylac no había hecho otra cosa que recompensar muchos antiguos favores recibidos.

Ahora bien, las dotes profundas y preternaturales de Zylac le habían atraído la envidia, mezclada con respeto, de sus colegas que practicaban las artes de la magia negra en las regiones más populosas situadas al sur de la suya; por cuyo magisterio superior era considerado como preeminente entre los magos de Hiperbórea. Bajo su paciente tutela estudié muchos amarillentos rollos de pergamino de pterodáctilo, en los cuales los magos prehistóricos del inmemorial Mu habían redactado las más abstrusas de las fórmulas obtenidas de los demonios.

Hasta altas horas de la noche, a la luz amarillenta de altas velas de sebo de cadáver, leía con cuidado placas recobradas de los senderos de los glaciares en avance de la olvidada Thule, de cuyas runas escritas con sangre aprendí el saber terrible y blasfemo que se creía hubiera muerto en el trascurso de las eras. A través de ladrillos jeroglíficos de arcilla roja cocida, traídos de las islas tropicales de Antilla, en las cuales sahamanes bárbaros habían preservado sus rituales antiguos y de otro modo olvidados, llegué a conocer las suprimidas letanías de los Antiguos.

Finalmente, mi mentor me reveló las selladas crónicas de las oscuras y míticas civilizaciones que habían florecido innumerables eras antes de la aparición del hombre. Estremeciéndome, examinaba las antiguas teurgias de los Voormis, casi humanos y cubiertos de piel, que en anteriores ciclos habían celebrado con arcaicas y grotescas ceremonias a ese mismo Tsathoggua por el estudio de cuyas abandonadas liturgias mi desventurado padre había sufrido la fatal ira del hierofante.

Además, estudié cuidadosamente tabletas primordiales de un metal brillante e imperecedero donde había columnas verticales de una extraña escritura cuneiforme grabada con líneas tan bien delineadas que parecían haber sido hechas con hojas de plumas diamantinas mojadas en un corrosivo veneno. Mi maestro me informó gravemente que en ellas el saber oculta de los seres serpientes prehumanos, cuyo olvidado continente había sido partido por un cataclismo volcánico y se había hundido en el abismo un número indeterminado de eras antes que la tierra de Hiperbórea emergiera del fango primordial, se hallaba preservado del deterioro de las eras geológicas.

Mi maestro había realizado sus estudios más profundos sobre las ciencias mágicas de estas especies desaparecidas, en particular; porque era su más firme convicción que los seres serpientes habían alcanzado un conocimiento superior de las fuerzas que componen la matriz de la Plenitud del espacio y del tiempo, y que su dominio de este saber había superado en gran medida los arcanos más rudimentarios de los Voormis semibestiales de los habitantes prehumanos de la última Thule, sumergida por los glaciares.

Durante innumerables años mi mentor había tratado de encontrar inscripciones antiguas que dataran de la antigua edad de la raza serpentina, sus tabletas cuneiformes de metal perdurable, sus horripilantes ídolos ofídicos y sus monolitos cubiertos de glifos. En el curso de su gradual adquisición de la ciencia de éstos, mi maestro tuvo que reconocer varias dificultades insuperables, la más importante de las cuales era la imposibilidad casi completa de subordinar los preconceptos e inclinaciones de una facultad cognoscitiva meramente humana a las filosofías cósmicas y totalmente extrañas de los seres serpientes. Creía que con el trascurso del tiempo llegaría a superar estas barreras al completo dominio de las invocaciones ofídicas.

En lo que a mí respecta, mientras que voluntariamente reprimía mi innata reacción contra el extraño carácter reptil de estos seres, y facilitaba los experimentos de Zylac con todas las capacidades de que disponía, debo reconocer mi profunda e instintiva repugnancia a estos ofidios, cuya conciencia fríamente inhumana despertaba en mi interior una terrorífica aversión. Era propio de sus orígenes que hubiesen sido adeptos a los abominables cultos del Padre Yig, del oscuro Han y de Byatis, la serpiente barbuda, ya que estas espantosas entidades nunca gozaron del culto de seres humanos en este planeta.

No podía racionalizar mi sentido del horror y del asco, sino que algo en su filosofía desapasionada y contraria a la de los mamíferos despertó en mí un prodigioso malestar, junto con una inquietante ansiedad y ciertas premoniciones de inminentes peligros que no podía detallar con certeza. Traté en vano de comunicar estos vagos y ominosos presagios a mi mentor; pero, con el retraimiento y vehemencia propios de alguien llevado por sus investigaciones más allá del límite extremo del conocimiento humano permisible, desestimó mis inconsistentes presentimientos, los atribuyó a las supersticiones de la inmadurez, e imprudentemente continuó con sus estudios cabalísticos.

Como el continente natal de "la raza ofídica había sucumbido ante un cataclismo natural en las más remotas edades del tiempo registrado, el archimago tuvo forzosamente que buscar sus restos y archivos en las enmarañadas profundidades del abandonado continente meridional de Thuria. Allí, donde ciudades-mausoleo de estelas rajadas y templos vencidos por las eras se iban convirtiendo pedazo a pedazo en montones de escombros, encontró algunas de sus ruinas misteriosas y de pérfida reputación, que coexistían en inquietante proximidad con los restos de las más antiguas moradas humanas, que eran las de los brumosos y míticos Valusios, una cultura extinguida que algunos sabios consideran como un remoto ancestro de la nuestra.

En el undécimo año de mi noviciado, el archimago volvió de una de esas solitarias expediciones por las intransitadas profundidades de las junglas de Thuria trayendo consigo un singular artefacto cargado de terribles y espantosos presagios. Este objeto era un repulsivo rollo prehistórico de arcaica grafía, rescatado de la ruinosa necrópolis de una ciudad antediluviana en la cual había reposado durante varias eras geológicas, preservado de la erosión del tiempo dentro de un tabernáculo de bronce.

Desplegó este códice ante mí en un estado de muy intensa excitación, porque creía que el voluminoso tomo, con sus páginas de placas de metal cubiertas de escritura cuneiforme, encuadernado en piel coriácea y curtida del extinguido diplodoco, no era otra cosa que el propio grimorio o testamento mágico del célebre y sagaz Zloigm, un importante mago de la raza serpentina que había sido tan preeminente entre los taumaturgos de su incierta y remota época como lo era mi maestro entre los magos de su propio tiempo, y cuyos legendarios logros en el arte de la nigromancia me había narrado frecuentemente mi maestro.

Dejándome entregado a mis estudios preordenados, Zylac llevó este primitivo manual de hechicería a lo más recóndito de sus aposentos privados, y durante un período de siete días y siete noches no lo vi en absoluto, mientras él estudiaba infatigablemente el códice prehumano, esforzándose por traducir la primera de las tenebrosas ceremonias de invocación de los espíritus malignos que contenía, de la críptica escritura cuneiforme de los hombres ofidios a nuestra propia lengua. Al emerger en su cámara, al fin de la reclusión mi maestro Zylac anunció el buen resultado de sus esfuerzos, ya que había logrado —como entonces supuso una transliteración tentativa pero completa del conjuro inicial preservado en el grimorio de Zloigm.

Sucedió que esta letanía resultó ser nada menos que una invocación al propio genio nacional o demonio tutelar de la raza serpentina. Al finalizar el rito, el practicante podía anticipar la manifestación real de esta entidad espiritual conjurada de este modo en forma humana, desde sus oscuros límites en alguna dimensión superior del espacio, o desde cualquier recóndito y sobrenatural plano de la existencia que habitualmente ocupara. En esta segunda ocasión volví empero a hacer todo lo posible para despertar el latente sentido de la precaución de mi maestro, argumentando que estaban lejos de ser claras todas las implicancias de un hechizo extraño de un uso tan inusitado y desconocido, y de un objeto sumamente incierto.

Sin embargo, su ferviente entusiasmo le hizo nuevamente olvidar toda elemental precaución. Y aquella noche sus cerrados aposentos privados resonaron con las cacofonías de la antigua ceremonia. Con los más funestos presentimientos, traté de cerrar mis oídos a las modulaciones de los vocablos toscos y atroces, producto de un modo de hablar extraño en tal grado, que la lengua humana nunca fue apta para pronunciar su sibilante ulular. Pero la liturgia de Zloigm seguía gimiendo, y tuve que escuchar, involuntariamente sin embargo, las abominaciones verbales.

Al amanecer mi maestro reapareció, temblando de fatiga, con sus penetrantes ojos amarillos febriles de regocijo, con su vigor aparentemente incólume a los rigores de la ordalía nocturna. Me informo que el conjuro había terminado en un fracaso, y la esencia de la raza ofídica había rehusado aceptar una manifestación humana; pero el imprudente e incauto Zylac seguía teniendo confianza en el logro final de la manifestación. Después de un examen más exhaustivo del grimorio, había encontrado finalmente un elemento ausente que consideraba ahora indispensable para la exitosa realización de la invocación, y éste era cierto elixir cuya fórmula había pasado por alto de algún modo durante su anterior lectura del códice.

Parece que los conjuros nigrománticos de los seres serpiente eran horriblemente diferentes en sus formas profundas y elementales de los rituales utilizados por los magos meramente humanos de las civilizaciones más recientes, y que requerían que se tomaran raras y curiosas drogas o pociones, con cuya ingestión podía alcanzarse una especial condición de receptividad provocada por el narcótico. Solo en el estado semejante al trance que suponía resultaría del uso de este pernicioso narcótico, Zylac podía esperar percibir la ansiada visita o descenso del genio astral que percibían los ofidios, y que era demasiado sutil como para ser percibido de otra manera, con los toscos sentidos de la carne.

Otra vez resultaron desatendidas mis advertencias desesperadas y sumamente apremiantes, y el archimago se puso a trabajar entre los atanores, incensarios y retortas, los burbujeantes recipientes y los crisoles hirvientes de su laboratorio de alquimia, preparando una maloliente poción, de cuyos ingredientes los menos repugnantes y peligrosos eran gotas de raíz de mandrágora, bilis de basiliscos, jugo del mortífero antiar, icor de los esquivos catoblepas, habitantes de la montaña, y orina hirviente de los wyverns. Imprudentemente apuró hasta las heces este licor indeciblemente detestable apenas terminó de prepararlo, retirándose luego a sus aposentos para repetir la demoníaca letanía y para esperar la materialización del demonio-serpiente en el estado de narcosis que exigía el grimorio.

Pero cuando los primeros rayos de la aurora tiñeron de sangre la parte más alta de su torre, y se levantó del catafalco de seda que utilizaba como diván, estaba pálido, descolorido y con el ánimo abatido, ya que el ritual había terminado nuevamente en completo fracaso, y ningún personaje sobrenatural había descendido en el círculo del conjuro durante el sueño nocturno, hipnótico y carente de sueños, de Zylac.

En los días que siguieron trabajé junto a mi mentor y nos esforzamos por retraducir juntos, con un grado mayor de exactitud, los arcaicos caracteres que estaban grabados en las placas metálicas del grimorio prehistórico. Nuestro conocimiento de la escritura de los pre-Valusios era impreciso y en ciertos aspectos sumamente conjetural, y a esta imperfección en el conocimiento de la lengua ofídica atribuía mi maestro los resultados negativos de la invocación y del brebaje narcótico. De este modo, nos dedicamos durante cierto tiempo a estudios lingüísticos y gramáticos, tediosos y rigurosos, pero sin llegar, empero, a descubrir ningún elemento fundamental, ni en la realización del ritual ni en la preparación del elixir, por el cual pudiéramos explicar el fracaso del conjuro.

Durante esas tareas diurnas compartidas, no pude dejar de notar en el aspecto de mi maestro ciertas señales de un deterioro físico de rápido avance, que al principio atribuí a los rigores de nuestra ardua e ininterrumpida labor. Su rostro, por lo general delgado y atezado, se volvió extrañamente abotagado, y su tez, de ordinario oscura, fue adquiriendo en forma gradual una rara y glauca palidez; y la textura de su epidermis, normalmente flexible y elástica, se fue tornando de un modo singular e inquietante áspera y escabrosa, mostrando al poco tiempo los estigmas de una inusitada escamosidad, que no podía explicarse por ningún grado de fatiga.

Una reserva natural me impedía hacer notar al propio Zylac estas observaciones demasiado personales sobre su aspecto. Pero la verdosa y nauseosa palidez de su semblante se fue haciendo claramente pronunciada con el tiempo, lo mismo que la rugosa y escamosa condición de su piel.

Pronto noté asimismo que farfullaba y sibilaba curiosamente al hablar, y que tenía tendencia a pronunciar las vocales con un prolongado susurro muy extraño a sus acentos habituales. Sin embargo, estos signos de degeneración física no se extendieron a su manera de estar de pie o de caminar, porque en esos aspectos no observé el menor deterioro de sus facultades. En realidad parecía deslizarse por los apartamentos y cámaras de la torre con una desacostumbrada flexibilidad, y una gracia casi rejuvenecida, y sus propios ademanes se animaron de una curiosa blandura, una fluidez de movimientos tal que parecía no tener huesos, que yo encontraba tan extraña, como repulsiva, para mí.

Durante este intervalo comencé a experimentar una indescriptible aversión al contacto con él. Hasta el más casual apretón de manos u otro contacto familiar despertaban en mi interior un estremecimiento de repugnancia que parecía virtualmente instintivo y que no podía explicar, así como tampoco podía fingir ignorarlo. Encontré pronto que trataba de evitar basta su sola presencia todas las veces que me era posible; y como durante este período aconteció que se produjo una rara conjunción de los planetas Yli-diomph y Cykranosh —nombres con los cuales los astrólogos hiperbóreos denominan a Júpiter y a Saturno encontré una ocasión para evitar completamente su compañía.

Alegué que la extraordinaria significación horoscópica de este infrecuente aspecto planetario requería mi dedicación durante las horas de la noche y que, como tendría en consecuencia que dormir en los períodos diurnos, se imponía mi total ausencia de su lado. Abstraído en sus estudios gramaticales, el archimago me dio distraídamente permiso para ello, y, separado de él de esta manera, evité con gran alivio el malestar que me causaba su proximidad.

Al terminar esta conjunción celeste, no tuve más remedio que volver con el archimago; pero encontré, con indescriptible alivio que, entretanto, éste había decidido encerrarse dentro de sus aposentos y que ya no necesitaba ni, por eso mismo, deseaba, más ayuda de mi parte.

A partir de entonces, durante muchos días no lo vi; pero frecuentemente oía, por encima del incesante bullicio de las olas que venían a estrellarse y cuya agitada espuma hervía alrededor de la base del acantilado sobre el cual estaba edificada nuestra morada, los sordos cánticos de ciertos rituales que resonaban dentro de las puertas cerradas de sus aposentos privados. Y por la noche vislumbraba el resplandor de fuegos de sacrificio o invocatorios que vacilaban dentro de los arcos góticos de sus estrechas ventanas como la fosforescencia de la descomposición dentro de las oscuras cuencas vacías de una calavera. Pronto creí olfatear en el viento del mar el humo acre de inexplicables sahumerios llevado a las ventanas de mi nariz desde sus habitaciones, o sentí el pesado batir de unas extrañas e invisibles alas en torno del piso más alto, donde moraba, que indicaba la llegada de genios potentes y extratelúricos desde astros remotos.

Lo que intrigaba y confundía mi frustrado conocimiento respecto de esos curiosos fenómenos era que ellos diferían por completo de sus rituales mágicos anteriores, los que habían estado dedicados únicamente a la reconstrucción tentativa de la horrible invocación del espíritu elemental de la raza de los sagaces ofidios. No obstante, estos ritos de ahora eran distintos en sus fines y en su naturaleza; y entre el zumbido de sus letanías oídas a medias creí reconocer uno de los más terribles y severos de los famosos exorcismos de Pnom, mientras que los aromas del incienso que llevaban hacia mí los ululantes vientos tenían el olor de varios de los perfumes de potencia antidemoníaca utilizados habitualmente para alejar, u obtener la expulsión, de indeseables visitantes de los planos astrales o etéreos. Parecía como si, por alguna razón que escapaba de mi comprensión, toda la substancia y el fin de los esfuerzos de Zylac hubieran recientemente cambiado, de un intento de invocar a cierta Presencia divina, a un esfuerzo —que pronto se tornó delirante y hasta histérico por su vigor— para hacer salir de allí a alguna entidad innominada y transmundana, no solo considerada como indeseable, sino también evidentemente temida con una violenta repugnancia y terror, cuya desesperada intensidad yo no podía comprender, pero que despertó en mí las más espantosas y horribles premoniciones.

Cuando varios días habían pasado de ese modo, desde que Zylac se había encerrado tan misteriosamente fuera de mi vista dentro de la reclusión de sus aposentos, sin salir de allí ni una vez para alimentarse o distraerse, hice acopio de valor y golpeé la puerta de su cámara, preguntando solícitamente por su estado de salud. A mis oídos solo llegó el silencio de la habitación situada al otro lado; eso, y un singular e inexplicable ruido de frotamiento. Al reiterar mis ansiosas preguntas, logré al fin obtener una respuesta del interior; pero el habla de Zylac había caído en un estado tan farfullante y sibilante durante el período que acababa de trascurrir, que solo haciéndolas repetir logré comprender sus palabras: éstas eran una severa advertencia para que me abstuviera de entrar, y dejara de perturbar sus experimentos de hechicería, ya que no necesitaba nada.

Y otra vez llegó a mis oídos ese ruido horriblemente sugestivo de algo que frotaba o rozaba, como si algún bulto grande, torpe y rugoso se estuviera arrastrando lenta y penosamente sobre el piso de mosaicos de la cámara situada del otro lado de la puerta.

Se me ocurrió pensar entonces que la degeneración corporal cuyas señales había distinguido anteriormente en el aspecto y en el porte del archimago quizá había avanzado durante su prolongado y furtivo evitar de mi presencia y que el proceso degenerativo tal vez había afectado su mente, hasta el punto de trastornar su sano juicio. Por lo cual, sin hacer caso de sus exhortaciones para que me abstuviera de entrar y lo dejara solo como deseaba, exhortaciones que me fueron comunicadas en una imitación tan repugnante del habla humana, con un horripilante silbido que se prolongaba en los sonidos aspirados, que hacía casi irreconocibles las palabras, forcé ambas hojas de la puerta.

Clavé la vista en Aquello que se retorcía y se deslizaba con hórrida y serpentina gracia sobre el piso de mosaicos, y, dando un alarido de increíble horror, huí de la visión de la Cosa: quedó grabada para siempre en mi palpitante cerebro la brevísima y sumamente evanescente imagen de esta suprema abominación. Tomando una garrafa de vidrio llena del Alkahest, que todo lo devora, vacié impulsivamente su corrosivo contenido sobre la innominada anormalidad que se retorcía y se deslizaba sobre su vientre; y ésta desapareció entre los vapores hirvientes y fétidos, con un sobrenatural e infrahumano grito sibilante.

Y supe entonces que ninguna cosa viviente podía resistir, ni por un instante, el bautismo con aquel potente ácido; empero me volví y huí de la alta casa de gneis negro que se elevaba sobre su escarpada elevación por encima de las atronadoras olas del océano septentrional; e, ignorando los peligros implícitos en la potencial venganza de los sacerdotes de Yhouhdeh, me encaminé hacia las más saludables regiones meridionales y los modos habituales de trato humano normal durante una temporada.

Y cuando, con el tiempo, volví para establecer nuevamente mi morada en la torre pentagonal que se alzaba sobre el desolado promontorio de la península extrema de Mhu Thulan, que era ahora mi propia heredad, y para reanudar mis estudios ocultos, lo hice con la inconmovible determinación de evitar para siempre toda práctica o lectura cuidadosa de los aborrecibles y atroces rituales de los conscientes ofidios de la prehumana Valusia ... recordando aquella Cosa verde, escamosa y viscosa que se había desenroscado del otro lado del umbral de la cámara interior, alzando hacia mí, sobre un cuello alargado y ondulante, aquella horrenda cabeza de cobra en forma de cuña y totalmente inhumana ... debajo de cuya frente con deformes arrugas habían clavado una mirada tan lastimosa en mis propios ojos los inconfundibles ojos amarillos del archimago.