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Una revelación - Mary E. Braddon (Parte 3 y última)

 

III

«Se ofrece recompensa de quinientas libras a cualquier persona que proporcione información precisa acerca del paradero actual de sir Henry Chalvington, baronet de Methwold Park, Norfolk, a su viejo amigo el coronel Desborough, hotel Morley’s, Charing Cross.»

Eso decía el anuncio que se publicaba a diario en The Times y también en el Galignani y otros periódicos extranjeros. Pero el tiempo fue pasando sin que se recibiera respuesta alguna. 

Con la Navidad a la vuelta de la esquina y la climatología empeorando por momentos, el coronel Desborough contemplaba con creciente intranquilidad su marcha al extranjero, viaje que tenía la determinación de hacer, convencido como estaba de que el baronet se hallaba en algún lugar del continente. 

Desde su regreso a Inglaterra, su salud había experimentado una notable mejoría, y en sus pensamientos ganaba fuerza la idea de que había estado sufriendo de delirios mentales; no obstante, seguía pareciéndole una extraña coincidencia que sir Henry continuara ausente, y aunque ya no era víctima de las apariciones que con tanta frecuencia había experimentado en la India, el coronel estaba más ansioso que nunca por desvelar el misterio, no solo por su bien, sino por el de la propia Mary Chalvington.

Por fin un día recibió una carta del extranjero. Estaba manuscrita en papel muy fino y llevaba matasellos de Niza. La misiva se le antojó misteriosa, puesto que todo parecía relacionado con su búsqueda. Decía que, aunque el remitente no podía proporcionar con exactitud el paradero de sir Henry, sí que creía contar con una pista que contribuiría a localizarlo. El coronel debía acudir en persona al Albergo Aggradevole, en Scarena, cerca de Niza, y preguntar por Carlo.

Entusiasmado por la oportunidad que se le brindaba de obtener una información crucial, el coronel abandonó con gusto la fría y húmeda Inglaterra rumbo a un clima más amable. Scarena, según comprobó, era un pueblecito situado en los Alpes Marítimos, a escasas millas de Niza y en la carretera que llevaba a Turín. 

Desborough no se tomó ni una sola jornada de descanso hasta que no hubo llegado a la posada que tenía como destino, y donde se quedó a pasar la noche. Era un hotelito decente que dependía principalmente de los turistas que iban de camino a Sospello para disfrutar de sus majestuosos paisajes.

Vista la solicitud y obsequiosidad con las que le recibieron el albergatore, su esposa y los sirvientes, el coronel supo sin lugar a duda que lo estaban esperando. No obstante, aguardó hasta acabada la cena para preguntar por el tal Carlo, que resultó ser, tal y como él había anticipado, su anfitrión en persona.

—Sí, signor, yo soy Carlo. A su servicio. Rara vez leo el Galignani, pero las cosas del destino son así. Un día cayó en mis manos un ejemplar del periódico mientras me encontraba en Niza y, al regresar a casa, se lo leí a mi esposa; fue entonces cuando topé con su anuncio. «Yo he oído antes ese nombre —le dije—, pero no recuerdo cuándo.

»Un momento —me dijo ella—. Estaba en el cuaderno que se dejó olvidado el caballero inglés, el que estuvo aquí alojado dos días con su esposa, mira.» Entonces María abrió el scrittoriello y sacó el librito, que es este que ahora tengo el placer de entregarle, signor.

Dicho esto, el posadero tendió a Desborough un cuaderno vulgar y corriente. Manuscrito en la guarda con la inconfundible caligrafía de su viejo amigo se podía leer: «Henry Chalvington, Brook Street, Grosvenor Square».

El cuaderno contenía varias anotaciones, tales como horarios de trenes y de paquebotes. Una de ellas incluso arrancó una lágrima al coronel. Era una nota de un par de líneas tan solo, escrita apresuradamente a lápiz: «Hoy mencionaban a Jack Desborough en una noticia en la que hablaban sobre Simla, debo escribirle».

Eso era todo, aunque, dadas las circunstancias, ¡qué conmovedor!

El albergatore lo observaba visiblemente satisfecho.

—Ahora hábleme de la dama y del caballero que se alojaron en su posada. ¿Cuándo estuvieron aquí?

—El pasado abril, signor —contestó su anfitrión, mientras se arrellanaba con comodidad en una silla—. Llegaron en su propio carruaje. El caballero estaba muy pálido y delgado, y caminaba del brazo del intérprete o sirviente, no sabría decir si era una cosa u otra. Parecía enfermo y llevaba puesto un abrigo de piel, a pesar de que no hacía frío. En cuanto a la dama…, no tengo palabras para describir su belleza, ¡era fabulosa! Se quedaron aquí dos días, signor, e iban de camino a La Chiandola para visitar las cascadas; pero por lo que comentó el hombre que estaba a su servicio, deduje que buscaban una casa donde poder alojarse unos meses por el bien de la salud del caballero. En cualquier caso, cuando se marcharon, se olvidaron de este cuaderno. ¿Le es de alguna utilidad, signor? Si en efecto pertenece a su amigo, haré cuanto esté en mi mano para asistirle en su búsqueda. Debemos atravesar las montañas por Scarena, Sospello, La Chiandola, Saorgio, Tenda, Simone, Savigliano y así hasta Turín, preguntando a diestra y siniestra de la carretera —dijo el anfitrión, mientras pronunciaba con orgullo la retahíla de poblaciones, contándolas con los dedos.

El hombre parecía inteligente, y actuaba de buena fe; la pingüe recompensa seguramente constituyese para él una auténtica fortuna.

Al día siguiente se realizaron a toda prisa los preparativos del viaje, y con unos buenos caballos y una calesa ligera, comenzó la búsqueda. Huelga seguir sus pasos por los lugares citados por el albergatore, donde sus pesquisas obtuvieron más o menos éxito. 

Son tantos los turistas que visitan la zona en esa temporada que, de no haber sido porque el caballero vestía un abrigo de piel y la dama era muy hermosa, con unos ojos espléndidos, los Chalvington habrían pasado casi desapercibidos. No obstante, el rastro moría en la villa de Saorgio, en ninguno de cuyos hoteles recordaba nadie a la pareja.

—Debemos dar media vuelta, signor. Sus amigos nunca llegaron tan lejos —dijo el albergatore.

Así pues, en lugar de seguir la vía principal entre Niza y Turín a través de los Alpes Marítimos, esa carretera magníficamente construida y completada en el transcurso de diecisiete años por orden de Víctor Amadeo, rey de Cerdeña, se desviaron hacia el interior y visitaron las aldeas ribereñas de los arroyos que riegan esta zona del Piamonte. Aunque sin éxito.

Descorazonados por los constantes fracasos, regresaron sobre sus pasos y se dirigieron una vez más a la casa de postas de Simone. Allí, la Carrozza di Viaggio, una suerte de coche de viajeros, se encontraba en ese momento relevando la caballería.

De pronto, Carlo Rigo profirió una exclamación y se apeó de un salto de la calesa.

—¡Ahí! ¡Ahí! —gritó el posadero preso de una gran agitación—. ¡El abrigo! ¡El abrigo del caballero! —Y corrió hasta el costado del carruaje, que era la diligencia que cubría el trayecto entre Tenda y Sospello.

El cochero, que llevaba puesto el abrigo en cuestión y sostenía un enorme látigo en la mano, aguardaba sentado en el pescante a que atasen los caballos frescos a las varas. Era inconfundiblemente italiano, y no mostró la menor sorpresa cuando el albergatore exclamó:

—¡Cospetto! ¿De dónde has sacado ese abrigo?

Los dos hombres entablaron una animada charla. Desborough esperó hasta que el posadero regresó radiante de satisfacción.

—Signor —gritó—, asunto solucionado. Nicolo es un hombre muy respetable; lleva conduciendo la carrozza los diez últimos años. Me ha dicho que compró ese abrigo hace un mes para protegerse de los fuertes vientos que nos azotan en estos parajes en primavera y en invierno. Estaba colgado de la puerta de Isacco el Judío, en Sospello.

—Entonces vayamos a ver a ese tal Isacco —dijo el coronel.

De nuevo se adentraron en la pequeña población. Isacco era un anciano de fino rostro aguileño y venerable barba blanca que podría haber pasado perfectamente por uno de los patriarcas. El hombre les proporcionó con gusto la información que buscaban. El abrigo se lo había traído a su tienda, ocho meses atrás, el sirviente del caballero inglés que había adquirido Villa Cipresso. Sus señores se trasladaban a Nápoles, y no iban a necesitar el abrigo.

¿Y dónde estaba Villa Cipresso? A escasas millas de allí, en los castañares, o eso creía.

Una vez averiguada la dirección, avanzar fue sencillísimo. Contrataron a un postillón que conocía la localidad para que condujera al coronel y a su acompañante hasta la casa al día siguiente, pues ya era tarde para hacerlo en ese momento. La villa se encontraba a unas once millas de distancia y tan rodeada de árboles que era imposible de discernir hasta que uno no se topaba con ella. 

El paraje era precioso, pero la casa era una construcción solitaria y descuidada. Las malas hierbas y las zarzas habían invadido los caminos y los arriates de flores; y las ventanas estaban tapiadas con tablones. El ruido del carruaje atrajo a la puerta a una anciana, que se mostró asombrada por su llegada. Alta, morena, surcada de arrugas y vestida con ropas andrajosas, se quedó plantada en el umbral como petrificada, mirando a los visitantes con ojos desorbitados.

—¿Es esto Villa Cipresso? —preguntó Carlo Rigo.

—Sí —contestó la anciana.

—¿Está aquí sir Henry Chalvington? —inquirió el coronel.

El efecto que causó en ella esta pregunta fue del todo inesperado. Levantó los brazos por encima de la cabeza, dejó escapar un gemido y, alejándose a toda prisa por un pasadizo de piedra, se metió en un cuarto y se encerró pasando la llave por dentro.

—Está asustada —dijo Desborough—. ¿Es posible que viva aquí sola? La casa parece vacía.

El posadero fue hasta la puerta, llamó y le habló con suavidad para que se tranquilizase, pero ella no contestó. Solo se oían sus gemidos, como si la mujer sufriese un gran pesar.

El coronel y su acompañante inspeccionaron la casa. No era grande, su mobiliario era muy sencillo y estaba claro que se encontraba deshabitada. No hallaron ni un solo libro ni pedazo de papel que pudiera aportar alguna pista sobre quiénes habían sido los últimos ocupantes de aquellas estancias.

El postillón desató los caballos y los condujo hasta el establo vacío y descuidado; los únicos seres vivos con los que se topó por el camino fueron unas pocas aves de corral famélicas que vagaban por el patio. El coronel Desborough se dio una vuelta por los jardines, que estaban invadidos de enormes chumberas asilvestradas y falsos pimenteros de aspecto desaliñado.

Había fuentes ornamentales resecas, mirtos y otros arbustos plantados en tupidos macizos, y altos cipreses oscuros que daban una apariencia sombría y melancólica al lugar. Bordeaba el jardín un bosque de alcornoques, y más allá de esta pantalla de árboles, bloqueando la vista, se alzaba la majestuosa mole de los Alpes, como diciendo: «No os aventuraréis más allá».

Entre tanto, pareció que la curiosidad de la mujer vencía a su miedo inicial, y tras mantener Carlo Rigo una conversación con ella desde el otro lado de la puerta, la convenció para que saliese y preparase un almuerzo con los refrigerios que habían traído consigo, cosa que hizo con avidez, puesto que estaba hambrienta. Pero a todas sus preguntas respondió negando con la cabeza, resistiéndose a darles cualquier información.

—Pasaremos aquí la noche —dijo el coronel con gravedad—. Tengo que saber más antes de marcharme, y lo haré.

Al caer la tarde, él y el albergatore volvieron a darse un paseo por el jardín. El sol se había puesto detrás de las montañas y todo estaba teñido de una preciosa luz violácea, esa que se conoce como arrebol. ¡Qué soledad! Las sombras del ocaso se intensificaron cuando se adentraron en un claro rodeado de cipreses.

—¡Mire, mire, signor! —gritó Carlo—. ¡Ahí está el caballero inglés!

Al escuchar estas palabras, Desborough alzó la vista ilusionado. Allí delante, a escasos pasos de él, se erguía más nítida que nunca la figura de su amigo; pálido, encanecido, inmóvil, su silueta claramente recortada contra el fondo oscuro de los árboles verdes.

—¿Por qué nos pide que nos acerquemos? ¿Por qué señala al suelo? ¡Oh! ¡Ha desaparecido! —gritó espantado el italiano.

El coronel intentó hablar, pero no daba con las palabras. Buscó apoyo en un árbol y, preso de la agitación, se enjugó la frente.

—Entonces ¿lo ha visto usted también? —le preguntó a Rigo cuando consiguió recuperar el habla—. ¿Con absoluta claridad?

—¿Al caballero inglés? Sí, signor.

—Gracias a Dios —exclamó Desborough retirándose el sombrero en un gesto de reverencia—. ¡No estoy loco!

—No lo entiendo, signor —dijo el desconcertado posadero.

—No —respondió el coronel—, no puede entenderlo; porque ese a quien acabamos de ver no es un habitante de este mundo. Hagámonos con picos y palas… ¡Creo que bajo ese parche de hierba yace enterrado sir Henry Chalvington!

¡Qué extraña revelación! ¡Qué cadena de acontecimientos, aparentemente fortuitos, había guiado al coronel Desborough hasta ese preciso lugar, donde estaba predestinado a resolver un misterio y reparar una gran injusticia! Pues fue allí, bajo la grisácea luz crepuscular, donde exhumaron lo que quedaba de Henry Chalvington. ¿Lo habían asesinado?

—No, no —gritó la anciana, arrodillándose a sus pies—. No lo suponga, ni lo piense siquiera, el inglés falleció de muerte natural. Tras adquirir esta villa, él y su esposa vinieron a ver qué muebles podían necesitar. Habían viajado desde Niza, él parecía enfermo y débil. Tres días después de su llegada, se encontraba sentado a la mesa, cenando, cuando cayó hacia atrás de repente… ¡muerto! Es la verdad, se lo juro. La dama estaba aterrada, al igual que el sirviente que los acompañaba. «Escuche —me dijo—, de sabérseme viuda seré una mujer pobre. ¡Pero mientras se suponga a mi marido con vida seguiré siendo rica! Lo mantendremos en secreto… Podemos enterrarle bajo los cipreses, y yo me encargaré de que no le falte a usted nada. Siga viviendo aquí; dispondrá de dinero siempre y cuando no hable.» Entonces el signor Texere, el sirviente, cavó la tumba y lo depositamos ahí, ¡pobre inglese!

»La señora y su asistente se marcharon. Al principio me enviaban dinero, no mucho, pero el suficiente para cubrir mis necesidades. De un tiempo a esta parte han dejado de hacerlo. Y yo me muero de hambre. ¿Por qué razón voy a seguir manteniendo el secreto? Roto el pacto, puedo contarlo todo. Pero, signor, le juro que no fue asesinato. Yo estaba en el comedor sirviendo la cena cuando él se cayó de la silla, muerto. Fue su corazón. Esa expresión de su cara ya la había visto antes en la de uno de mis hijos cuando falleció de la misma dolencia.

Una vez más la escena se traslada a la residencia de Eastern Terrace, en Brighton. Lady Chalvington, suntuosamente ataviada en un brocado dorado, estaba a punto de salir para el teatro cuando le anunciaron que el coronel Desborough y el señor Bruce deseaban verla. Y eran sin duda estos dos caballeros, acompañados de Blencoe y un agente de policía vestido de paisano, quienes aguardaban en el vestíbulo.

Lady Chalvington entró en la biblioteca, adonde la habían hecho pasar aquellos visitantes tan poco gratos.

—No alcanzo a imaginar cuál puede ser el propósito de su visita, caballeros —exclamó con altivez, al cruzar el umbral—. Los negocios se tratan por las mañanas, señor Bruce.

—Esto es mucho más que una visita de negocios, señora —contestó el coronel—. Venimos a informarla de que los restos de su difunto marido han sido hallados y trasladados a Inglaterra para que reciban cristiana sepultura.

Por un instante, la culpable se quedó paralizada; luego, corrió hasta la puerta y, ya estaba cruzando el vestíbulo, cuando se detuvo en seco, con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada. Blencoe le había cortado el paso.

—¡Deténganla! ¡Detengan a lady Chalvington! —gritó el coronel.

—¡Lady Chalvington! —bramó Blencoe, agarrándola del brazo—. Aquí no hay ninguna lady Chalvington. Confieso con vergüenza y repugnancia que esta mujer es mi esposa, Harriet Lemoine, y que ese hombre —dijo señalando a Texere, que acababa de entrar en escena— es su hermano, un falsificador, jugador y estafador que vivió en mi casa, haciendo de la noche día y del día noche. 

Fue para huir de semejante esposa, y para cortar de raíz con su detestable estirpe por lo que me marché a la India. Esta mujer ni mucho menos estaba casada con sir Henry. Puedo demostrar que su identidad es la de la chica con la que contraje matrimonio en la iglesia de St. Pancras hace ya ocho años.

Seis semanas después de tan repentino desenlace, el coronel Desborough entró en la sala de la residencia de Brook Street con un aspecto más fortalecido y saludable del que había ofrecido durante prácticamente los doce últimos meses, si bien seguía todavía muy afectado por la tensión nerviosa a la que había estado sometido. 

Conjurada la aparición, había experimentado una mejoría en su estado de ánimo y recuperado también su acostumbrada buena salud; aunque, posiblemente, conservara ya para el resto de su vida ese talante mucho más circunspecto y grave que le confería el saber que se había comunicado de algún modo con el mundo de los espíritus; un mundo al que apenas había dedicado un solo pensamiento hasta entonces, pero en el que ahora creía y al que respetaba con veneración, habiendo llegado a la conclusión de que, en determinadas circunstancias, esa clase de revelaciones eran posibles.

Mary Chalvington, vestida de luto, se acercó a recibirle, tan blanca y frágil como una azucena.

—Sí —dijo él—, vengo a despedirme. El Crocodile parte de Southampton mañana mismo.

—¡Oh! —exclamó Mary—. ¿Qué voy a hacer cuando se marche? Es usted mi mejor y único amigo. ¿Qué será de esta huérfana a la que ha rescatado de una servidumbre peor que la muerte? ¿Por qué no quiere quedarse en Inglaterra?

—Porque no hay lazos que me aten a este lugar. Soy un hombre solitario.

—¿Y es eso necesario? —preguntó la joven con delicadeza, en voz baja.

El coronel la miró y a continuación empezó a pasearse por la estancia de forma agitada.

—Si yo creyera… —dijo, y se detuvo—. Si osara… Pero casi te doblo en edad, querida mía; ¿cómo pedirte semejante sacrificio?

—No sería un sacrificio —murmuró Mary—, ¡sería la felicidad!

El coronel Desborough nunca regresó a la India.

Pigmalión - Leopoldo Hurtado


—Veintiocho, treinta y dos, treinta y nueve, cuarenta y siete, cuarenta y siete, cincuenta y tres, cincuenta y cinco, llevo cinco; siete, once, diecinueve... —Seguía sumando una factura cuando oyó los tiros. Sonaron secos, duros, apagados por las alfombras y las paredes.

El señor Dussek levantó la cabeza azorado y miró hacia el lado de los estampidos. Durante un instante quedó inmóvil y luego se lanzó hacia fuera. Tomó por el corredor, atravesó dos salas pequeñas y llegó al salón grande, del frente. A esa hora, con las luces apagadas, con la puerta de calle entornada, todo estaba en la penumbra. Alcanzó a divisar un bulto caído en el suelo y le llegó a las narices el olor de la pólvora. En la sala no había nadie, y la quietud del ambiente hacía el cuadro más impresionante aún.

Con ojos desorbitados, el señor Dussek se acercó al bulto. Era el de un hombre de edad madura, caído de costado. En la alfombra comenzaba a ensancharse una mancha oscura. Abrió la cancela de vidrio, corrió por el corto zaguán que daba hacia la calle, abrió la puerta y se lanzó despavorido por la vereda, en busca de un agente de policía. Algunos transeúntes lo miraron, aunque un hombre corriendo por la calle no les llamó mucho la atención. Con ademanes desordenados y gritos histéricos llamó al vigilante de la esquina.

—Venga, venga —gritaba agitando los brazos—. Han matado a un hombre.

El vigilante se dio vuelta y lo miró; luego se acercó. Echaron a correr por la vereda y llegaron a la casa. Instintivamente, el vigilante echó mano al silbato y tocó la pitada de auxilio; a esa hora, con el bullicio del tránsito, era muy improbable que algún otro agente la oyera. Lo único que consiguió fue que la gente se arremolinara.

Luego entraron. El vigilante se dirigió al bulto que yacía en el suelo, lo dio vuelta y lo examinó rápidamente. El hombre estaba exánime y las manchas rojas de las ropas y del suelo se hacían cada vez más grandes. Luego llamó por teléfono a la comisaría y a la Asistencia Pública. Algunos curiosos se asomaban ya por la cancela. El agente los echó con dureza y se plantó delante de ella. Por el momento, no había más que esperar.

El señor Dussek no sabía qué hacer; se paseaba por el salón, entre los bustos, las cabezas; se detenía delante del muerto —o del herido, vaya uno a saber—; luego volvía a reanudar la marcha, con todo el aspecto de un loco. Hasta el pelo se le había desordenado, ese largo mechón cuidadosamente engominado que daba zigzags por su cabeza tratando, inútilmente, de ocultar la calva. 

El señor Dussek —perdón, Adolfo Dussek, de Hamburgo—, gerente de la Galería Rosenberg, sucursal argentina, era un hombre regordete, bajo, de anteojos dorados, de mejillas sonrosadas y mofletudas. Por lo general plácido y cordial, tenía ahora tal aspecto de susto que hubiera sido muy difícil reconocerle, de primera intención.

Durante unos minutos, lo único que se agitó en el salón fue el señor Dussek. El agente se mantenía junto a la puerta, y las esculturas —ni que decirlo— mantenían su acostumbrada inmovilidad. Las cabezas, los escorzos, surgían aquí y allá, en la penumbra, sin dar muestras de que el suceso los afectara. Hasta la estatua que estaba en el centro del salón —una hermosa figura de muchacha— miraba hacia lo lejos, sin dignarse bajar los ojos hacia el bulto que yacía a sus pies.

Algunos oficiales de policía irrumpieron en el salón. Mandaron al agente que se apostara en la puerta de calle y se dirigieron hacia el bulto; lo examinaron de cerca, sin decir palabra. Casi simultáneamente sonó en la calle la sirena de la Asistencia Pública. Entraron dos hombres con guardapolvos. Uno de ellos dio vuelta al bulto, le levantó la cabeza, le alzó un párpado; luego le tomó el pulso y puso el oído en el pecho.

—Está muerto —dijo—. No hay nada que hacer.

Cubrieron al muerto con una sábana y se pusieron a esperar al juez de instrucción. Los oficiales de policía se llevaron adentro al señor Dussek y empezaron a interrogarlo. Este dijo que, como de costumbre, a eso de las doce y media había apagado las luces del salón y entornado la puerta. A esa hora se cerraba la Galería hasta las quince y media, en que volvía a abrirse. Luego se había puesto a ordenar unas cuentas en su escritorio, cuando oyó los tiros. No había visto a nadie, ni había oído que alguien hubiera entrado o salido. Como él estaba todavía adentro, no había creído necesario cerrar con llave la puerta de calle.

Le dijeron al señor Dussek que estaba detenido; y a decir verdad, por el aspecto despavorido que presentaba, parecía el asesino. Fue palpado de armas y llevado a la comisaría por un agente.

Lo difícil fue poder salir. A esa hora transita por la calle Florida un mundo de gente, y ya toda la cuadra parecía el centro de una manifestación política. A duras penas pudo el señor Dussek ser sacado, y subido a un auto de la policía.

Poco después, por orden del juez de instrucción, el bulto fue levantado y llevado en una camilla hasta la ambulancia. La policía inició un minucioso registro del local. Hasta los bustos y los cuerpos fueron levantados de sus pedestales y examinados por dentro, pero inútilmente se buscó el arma. La pesquisa más cuidadosa no dio resultado alguno. Sólo se hallaron objetos personales del señor Dussek, algunos no muy recomendables; pero, como no hacen al caso, no es menester detallarlos.

Tres artistas exponían sus obras en ese momento en la Galería Rosenberg: en las dos salas interiores, un paisajista y un grabador; en la sala grande del frente, el escultor Bronzini exponía cabezas, algunos estudios, torsos y tres figuras de tamaño natural. Todo esto fue revuelto, como ya dijimos, y puesto patas arriba, pero nada se pudo hallar.

La identificación del muerto se hizo inmediatamente. No sólo llevaba consigo su cédula, sino también tarjetas y cantidad de documentos personales. Resultó ser una persona sumamente conocida en el mundo de los negocios y de las finanzas: el señor Luis Milani, director de la compañía de seguros “La Mutual”.

Pudo también reconstruirse perfectamente el empleo que había hecho el señor Milani del que debía ser el último día de su vida. Estuvo en su despacho toda la mañana, atendiendo los asuntos de rutina de la compañía. A eso de las once y media recibió un llamado telefónico de su amigo Carlos Paglioretti —la telefonista le reconoció la voz— diciéndole que estaba con dos amigos en el “grill” del Plaza, y que se reuniera con ellos para tomar algo y conversar. El director resolvió rápidamente algunas cuestiones y cerró con llave los cajones de su escritorio. Dio órdenes a su secretaria y le dijo que volvería a eso de las tres; después salió.

Momentos después llegaba al Plaza. Buscó a su amigo y lo encontró conversando animadamente con los otros, alrededor de una mesa. Paglioretti los presentó. Milani estuvo cordial con todos. No sólo conocía a aquél de tiempo atrás, sino que en ese momento lo necesitaba como agente de enlace o algo así. No podía decirse que “La Mutual” anduviera mal, o que se encontrara en dificultades; los negocios se mantenían firmes, pero el rubro de los seguros se mostraba cada día más incierto. 

Existía la perspectiva de una crisis o de que el Gobierno, como lo había anunciado varias veces, oficializara las compañías y se hiciera cargo de los seguros en todo el país. El plan que Milani quería llevar a la práctica consistía en derivar hacia la capitalización o la financiación de construcciones colectivas; pero para ello necesitaba nuevos capitales, y aquí entraba a tallar Paglioretti.

Aunque durante la tertulia no se habló para nada de negocios, Milani tuvo la clara impresión de que los otros dos tenían alguna relación oculta con la gestión en que estaba empeñado. Su aspecto no le resultó grato. Uno de ellos —Rívoli o Rígoli, Milani no entendió bien— era un hombre pequeño, vestido con llamativa elegancia, de una insoportable vulgaridad, que denunciaba a la legua al advenedizo, al recién subido. El otro era un chinazo gordo, callado, no acostumbrado todavía a su traje nuevo, a quien Paglioretti dio un nombre ridículo, Crisanto Rodríguez, o algo por el estilo.

Conversaron de bueyes perdidos, y a eso de las doce y media Milani se despidió, después de convenir entrevistarse nuevamente con ellos. Salió del Plaza y tomó por Florida, para ir a almorzar al Jockey. Al pasar frente a la Galería Rosenberg vio en el cartel el nombre de Bronzini y se acordó que tenía interés en ver sus esculturas. (Sobre su escritorio se encontró el último suplemento dominical de “La Prensa”, con la reproducción de las obras del escultor.) 

La puerta estaba entornada; la empujó y entró despacio. Un chico que estaba parado enfrente declaró después que había visto salir un hombre, vestido de gris o de oscuro —no recordaba bien—, que había caminado de prisa por Florida y doblado por Paraguay hacia el río.

Los tres contertulios se quedaron en el “grill”. Después, Paglioretti se despidió; dijo que era el cumpleaños de su mujer y que tenía que ir a almorzar a su casa. Los otros, después de un rato, también salieron y tomaron por Florida. Al acercarse a la Galería Rosenberg advirtieron el gentío y tomaron prudentemente por la vereda de enfrente. De la Galería sacaban una camilla y la metían en una ambulancia. Varios agentes de policía contenían al público.

*  *  *

Lo que desde un principio confundió a la policía no fue tanto la falta de pistas, para dar con el asesino, como la abundancia de éstas. Cada detalle suministró el hilo de una pesquisa, y hubo que hacer innumerables averiguaciones. Pero todas ellas condujeron a una vía muerta.

Quien más indicios procuró fue el propio Milani. Una somera indagación de su vida dio detalles interesantes. Por lo pronto, se supo que tenía dos casas, y en cada una de ellas mujer e hijos, que ninguna relación tenían entre sí. El suceso dio motivo a que se conocieran e intimaran. 

Las dos viudas —llamémoslas así —se unieron en la desgracia y se ofrecieron para coadyuvar en la pesquisa, pero poco es lo que pudieron aportar. Salió también a relucir una liaison anterior con una mujer del ambiente artístico, pero ya había muerto y poco o nada se sacó de ello.

Cuando se revisaron los cajones de su escritorio, la caja de hierro y la del Banco, se reunió un material que hubiera sido muy interesante para un estudio de costumbres —o de malas costumbres—, pero nada que arrojara alguna luz sobre el crimen. 

Los cajones de su escritorio fueron vaciados uno por uno, y revisados por los pesquisas. Durante un momento, cierta fotografía de mujer estuvo peligrosamente cerca de la página en rotograbado de un suplemento dominical, pero los de la policía —por suerte— estuvieron demasiado atareados para constatar el extraordinario parecido de algunas figuras. 

Durante unos segundos, dos reproducciones muy se­mejantes estuvieron una junto a otra, y un hombre corrió inminente peligro de pudrirse toda su vida en la cárcel; pero el empleado hizo un montón de todos los papeles y los apiló a un costado del mue­ble. Cada uno de estos papeles significó una maraña difícil de descifrar, y parecía que a cada momento se estaba sobre la pista del criminal, pero todo, luego, se desvanecía como por encanto. Para colmo, los diarios mantenían pendiente al público acerca de la pesquisa y de las peripecias de la investigación.

El tal Paglioretti también tuvo muy ocupada a la policía durante un tiempo. Para empezar, no pudo dar ninguna explicación satisfactoria de su reciente y cuantiosa fortuna. Por último, hubo de confesar que la debía a negociados, a especulaciones tortuosas y a negocios de agio en la bolsa negra. 

Sus relaciones turbias y nada recomendables con Milani parecieron, por un tiempo, orientar la indagación, pero Paglioretti pudo probar que se había retirado del Plaza después de la hora del crimen y que no tenía nada que ver con él. Por otra parte, aunque Milani mantenía el control de la mayoría de las acciones de “La Mutual” y Paglioretti era su posible sucesor, este interés y esta rivalidad no pasó de ser una presunción en su contra. De allí no se pudo pasar.

Los otros dos compinches tampoco salieron bien parados, aunque sólo desde el punto de vista moral. La justicia les sacó los trapitos al sol, pero ellos lograron escapar de sus garfios. El tal Rígoli resultó un truhán de opereta, aparentemente sospechoso, pero en el fondo un infeliz. No era más que el testaferro de Paglioretti para sus negocios sucios; el otro, Crisanto Rodríguez, resultó no ser más que un provinciano rico, dueño de vastísimos campos por el norte, atraído por el cebo de los negocios suntuosos.

Otros muchos testigos desfilaron: el escultor Bronzini y los otros expositores, quienes poco es lo que pudieron decir acerca de la concurrencia a la exposición; el personal de la oficina —empleados, telefonistas, ascensoristas, porteros, etc.—, el personal de servicio, amigos y conocidos que no hicieron más que complicar las cosas sin aportar nada útil.

Quedaba el pobre señor Dussek, que seguía detenido e incomunicado, en su calidad de casi testigo presencial del crimen. El señor Dussek revivió, poco más o menos, los días de sus pasadas andanzas con la Gestapo, pero nada se le pudo probar que indujera a sospechar la mínima relación con el crimen. 

Después de dos meses de encierro tuvo que ser puesto en libertad y sobreseído. Los diarios dejaron por fin de ocuparse del crimen, y la policía, desorientada, confió en que el azar y el tiempo le trajeran el esclarecimiento deseado.

*  *  *

El señor Dussek estaba en su escritorio arreglando papeles cuando oyó pasos en el corredor. Levantó la vista y se encontró con el escultor Bronzini.

Se dieron cordialmente la mano.

—Venía a felicitarlo —le dijo éste—, por la feliz terminación de sus penurias. Nunca hemos dudado un minuto, ni yo ni todos los que lo conocemos, de que usted fuera inocente.

El señor Dussek sonrió detrás de sus anteojos.

—Yo tampoco he dudado nunca —dijo, e invitó al escultor a sentarse—. Pero han sido largos estos dos meses —añadió, y quedó un rato en silencio—. Hablando de otra cosa, ¿cómo le fue con su exposición?

—Magníficamente. Fue una romería; todo el mundo quería ver la sala, no por los trabajos, claro está, sino por el crimen; y eso que cometieron la tontería de lavar la alfombra

—¿Vendió mucho?

—Prácticamente, todo. Ahora ya tengo la clave del éxito; cada vez que haga mis exposiciones trataré de que se cometa un crimen.

—¿Vendió la “Flora” también?

—La “Flora”, no.

—¿A pesar del ofrecimiento que le hicieron del Museo de Bellas Artes?

—A pesar de ese ofrecimiento.

—Me lo figuraba.

—¿Por qué se lo figuraba?

El señor Dussek no contestó. Después de un instante, dijo:

—Y si yo le ofreciera comprársela, ¿me la vendería?

—Esa figura no la vendo, Dussek, por todo el oro del mundo.

Dussek miró al escultor con sus ojillos risueños.

—Lo comprendo —dijo al cabo—. Es lo mejor que usted ha hecho. Es el trabajo de un maestro, en toda la extensión de la palabra. Pero es curioso que no haya querido cederla al Museo. ¿Quizá tiene para usted algún otro valor que no sea el exclusivamente artístico?

—Quizá...

—Me parece que recuerdo a esa modelo. Creo haberla visto alguna vez por aquí. Además, usted me ha mostrado una serie de dibujos y esbozos preparatorios; debe ser una mujer encantadora. ¿La conoce usted bien, Bronzini?

—La conocía. Ya murió —dijo Bronzini en voz baja.

El señor Dussek siguió hablando como para sí:

—¡Qué magnífica figura! Tengo aquí el recorte del suplemento donde salió reproducida, Y no me canso de contemplarla. La calidad del modelo, la vibración del busto bajo el chal que lo cubre, la perfección de los brazos, la forma en que están equilibradas las líneas, todo, me parece magistral. —Buscó entre unos papeles y quedó mirando una figura...— Con unos años menos, yo también me hubiera animado a cometer cualquier atrocidad por ella...

_¿Qué quiere usted decir?

—Quiero decir, mi querido Bronzini, que yo también me he ocupado de este enigma, Y que tengo mi hipótesis, mi hipótesis particular sobre el criminal.

—¿Cómo así?

Dussek quedó un instante en silencio. Luego dijo en voz baja:

—En estos dos meses de cárcel he meditado mucho sobre este suceso. Un poco por matar horas perdidas, otro poco por instinto de salvación. Era el primer interesado en que el crimen se aclarara cuanto antes.

—¿Y qué ha descubierto?

—Eran largas las horas en la celda —continuó Dussek sin contestar la pregunta—. E infinidad de veces me he preguntado cómo y con qué fin pudo cometerse el crimen. No sabía nada de la víctima, ni tenía noticia de su existencia; pero poco a poco he ido concretando una hipótesis.

Bronzini lo miró interrogativo.

—Sí, como le digo— continuó Dussek—, no sabía si tenía enemigos y si alguien deseaba matarlo. Pero me he leído un montón de diarios, y despacio, despacio, he ido atando cabos hasta hacer me una idea de lo que ocurrió.

—¿Y qué cree usted que ocurrió?

—Para decírselo en pocas palabras, tengo la impresión de que Milani cayó en una trampa... —Hizo un paréntesis, miró de soslayo con sus ojillos a Bronzini, y continuó—: Si alguien deseaba matar a Milani, el salón, a esa hora, se prestaba admirablemente. 

La víctima estaba sola y el asesino pudo ultimarla tranquilamente, y luego huir sin peligro. Pero, para aprovechar esa oportunidad, era menester que el asesino hubiera seguido a la víctima, y no hubo nadie que siguiera a Milani. ¡El asesino estaba aquí adentro, Bronzini! Pudo haber entrado por casualidad, aprovechando la puerta entornada. 

El chico —ese chico que estaba aquí enfrente y que vio entrar a Milani— ha declarado que no vio a nadie detrás de él y que, por el contrario, alguien que no era Milani salió apresuradamente instantes después. ¿Qué hacía ese hombre aquí sino esperar a la víctima, y no a una víctima cualquiera, sino precisamente a él? ¿Cómo podía saber ese hombre que Milani entraría a la casa de exposición? ¿Y cómo pudo esconderse aquí sin que yo, que había apagado las luces y entornado la puerta, lo viera? Ese fue el enigma que me planteé en la cárcel. Y después de mucho pensar, he llegado a una solución...

—¿Cuál es la solución?

—Yo no soy un detective, Bronzini. No soy más que un pobre comerciante, vapuleado por la policía de dos continentes. Pero, quizá por motivos profesionales, me intereso mucho por las cosas del arte. Créame, su exposición ha sido magnífica, pero nada de ella ha sido comparable a esa “Flora”. He repasado una por una las fotografías del catálogo, y cada vez me convenzo más de que fue esa figura la que sirvió de cebo.

—¿De cebo?

—Sí. Se me ocurre que el asesino no conocía al hombre a quien deseaba matar, que tenía algún viejo y tremendo rencor contra alguien a quien deseaba individualizar a toda costa. Milani, al enfrentarse a la “Flora”, debió haber hecho algún gesto, pronunciado una palabra que lo delató. Y entonces el hombre, agazapado en la sombra, no titubeó: tuvo la súbita intuición de que ésa era la persona a quien buscaba y disparó contra ella.

—Todo eso es muy hipotético —dijo Bronzini con aire de duda—. ¿Cómo podía saber el asesino... el hombre, digamos, que Milani visitaría la exposición, y cómo podía saber que era él a quien buscaba?

—Todo eso ya lo he pensado —dijo Dussek—. He tenido muchas horas para pensarlo. En realidad, creo que no necesitaba descubrir a su hombre en ese instante; podía saber muy bien que el objeto de su venganza, o de su rencor, o de su odio —qué sé yo—, era precisamente Milani, y al verlo allí pudo ese odio exacerbarse. 

Y en cuanto a su visita a la exposición, recuerdo que la noticia de la misma se publicó en todos los diarios, y que varias esculturas salieron reproducidas en el suplemento de “La Prensa”. Precisamente tengo aquí el recorte de “Flora”... ¡Qué hermosura! —dijo, contemplándola una vez más—. Sería cuestión de saber —agregó al cabo de un instante—, si Milani tuvo algo que ver, alguna vez, con esta muchacha. Eso le sería muy fácil averiguarlo a la policía. En ese caso, estaríamos casi sobre la pista del criminal.

Bronzini levantó la cabeza.

—¿Piensa usted —preguntó después de un momento— comunicar su hipótesis a la policía?

—Quizá —contestó Dussek sin mirarlo— quizá...

—En ese caso, puede agregar algo más: que Milani fue un perfecto canalla, y que Flora ya está vengada. Ahora lo que venga no me importa.

Dussek se levantó de su sillón y le puso una mano sobre el hombro.

—Mi querido Bronzini —le dijo, saboreando la escena como si fuera espectador de la misma—. Mañana me embarco para Hamburgo. No he tenido suerte en este país, y, por mal que me vaya por allá, no me va a ir peor que aquí. Usted es para mí el primer escultor de la Argentina y tiene toda una vida de triunfos por delante. Sólo quiero pedirle un favor —agregó—. Aquí tiene mi dirección en Hamburgo —y le alcanzó una tarjeta—. Cuando tenga tiempo, sáquele un calco a la cabeza de la “Flora” y mándemelo. Yo también estoy enamorado de esa figura. ¿Fuma usted?

Y le ofreció su cigarrera con gesto amistoso.