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La Biblia de los Seadown - William Goyen

Conocí a un hombre y una mujer viejos, que vivían en una casa sobre una colina, al otro lado de un pueblo. Eran los Seadown. De chico solía ir a esa casa para hablar con los Seadown, a veces durante horas y horas hasta que mi madre, preocupada, mandaba a uno de mis hermanos a buscarme con una linterna. 

Conocí a mucha gente del pueblo cuando era más joven y vivía allí, pero ahora, en esta ciudad, recuerdo a los Seadown más que a nadie porque siempre me hablaban como si fuera adulto y, sobre todo, porque me leían la Biblia.

En su casa, la Biblia estaba más a mano que cualquier otra cosa. La usaban con la misma frecuencia que una sartén. Cuando llegaba, la tenía siempre uno de los dos, con un dedo metido dentro para no perder la página. Los Seadown leían la Biblia de una forma maravillosa. Yo oía «dejad que los niños vengan a mí» o «aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles…», y era como oír una bella historia que podía herir mis sentimientos. 

Las palabras me tomaban por las muñecas y hormigueaban por mis brazos, apuntaban directamente a la boca de mi estómago y explotaban como una luz de bengala, o temblaban por toda mi columna, arriba y abajo, empezando detrás del cuello, como una araña de juguete en una goma elástica o un mono de juguete que trepaba por una cuerda.

Eso fue hace mucho tiempo.

Después tuve que irme de ese pueblo a otro. Pasaron muchos años sin que oyera hablar de los Seadown. Me sucedieron las cosas usuales y esperables: crecí, gané altura, empecé a afeitarme, encontré una chica que me gustaba y, finalmente, ya mayor de edad, me fui más al norte, a la ciudad, en busca de trabajo.

Pero muchas veces imaginaba a los Seadown en la casa de la colina, en mi pueblo. Pensaba en ellos cuando estaba en lugares extraños, como en una cabina de teléfono y, una vez, sentado en la bañera, después de lavarme, sin ganas de salir del agua agradable y cálida. Recordaba a los Seadown en lugares que no tenían nada que ver con ellos. Después me preguntaba qué estarían haciendo, si aún leerían la Biblia y seguirían siendo los de siempre. 

Algunas noches hasta soñaba con los Seadown. En mis sueños los veía andar por su granja o los veía sentados frente a la chimenea leyendo la Biblia, como pasa con esa gente que olvidaste hace tiempo o dejaste atrás en tu camino hacia otra cosa (quién sabe a cuál) y regresa, de pronto, nuevamente, a tu imaginación, sin importar qué estés haciendo. Regresan súbitamente, como algo que olvidaste hacer y recordaste demasiado tarde.

Eso comenzó a pasar cuando faltaba poco para que le tocara un día libre a nuestra tienda. Cuando el día libre llegó, decidí usarlo para volver a mi pueblo y ver a los Seadown. Me parecía que querían que volviera, quizá para decirme algo (mamá solía decir «anoche tuve un sueño terrible con la pobre, vieja, Chitah; significa que quiere decirme algo, me necesita»).

De manera que ese día libre regresé. Era mi viejo pueblo. Ahora nadie me conocía. El pueblo me sentía como los pueblos sienten a un extraño que en su ir y venir les molesta, los intriga (y por eso quieren expulsarlo o acercarlo para hacerle preguntas). 

Solo me paró una vieja, que me preguntó: «¿No serás Joe Edward Marks, el hijo de Lucy Marks, el que vivía al lado de la iglesia metodista y que se montaba en mi ternera manchada?», y yo dije no, porque no quería recordar nada de eso delante de ella aunque conocía bien a esa ternera manchada que se llamaba Roma.

No sentía nada por ese pueblo. Solo sentí algo cuando vi una jardinera, hecha con un neumático, que contenía algunas achiras. No pude mirarlas de nuevo. Un solo vistazo bastó para ver y sentir toda mi vida en ese pueblo de achiras, sobre todo amarillas con motas rojas.

Caminé hacia la colina de los Seadown, pasando la vieja casa de los Tanner, con el cedro que aún tenía una rama bífida como el hueso de la suerte de un pollo, por la que una vez patiné (y caí) y quedé colgando, como Absalón, hasta que la señora Tanner corrió a salvarme. 

Dejé atrás el aserradero, ahora inmóvil como el fantasma de un aserradero. Dejé atrás el cementerio con las langostas enormes de siempre, todavía posadas sobre las tumbas, y seguí por el camino arenoso por donde iba descalzo a casa, con algunas sartenes o calabazas de verano para la señora Larjens.

Entonces vi la casa de los Seadown. Aún estaba ahí, en la colina, y era la misma, aunque las persianas se habían caído y no las habían sacado de donde habían caído. El carro que usábamos para pasear había perdido una rueda, no lo habían sacado y allí estaba, roto en la parte trasera.

Fui hasta la puerta y llamé. Esperé, pero estaba ansioso porque sabía que los Seadown seguían ahí y que uno de ellos vendría, finalmente, a la puerta, me dejaría pasar y se alegraría de verme cuando le dijera mi nombre y le recordara quién era. Después de un rato largo, un viejo vino a la puerta. 

Era el señor Seadown. Tenía un bastón y no sonreía. Le dije que era Joe Edward Marks, se acordó de mí, posó su brazo sobre mis hombros y sentí que sus brazos temblaban. Pregunté por la señora Seadown y me dijo que estaba muy vieja y débil, que estaba en el piso de arriba, siempre en la cama, porque era demasiado vieja para caminar. 

Subimos las escaleras y hallamos a la señora Seadown recostada en su cama como una alubia reseca, tan vieja que ni siquiera parecía una mujer: solo algo viejo y blanco con un aro de pelo blanco alrededor.

El señor Seadown dijo: «Este es Joe Edward Marks, que solía venir a vernos cuando era un chico», y entonces la señora Seadown sonrió y estiró la mano para alcanzar la mía. Su mano temblaba. Parecía que en casa de los Seadown todo temblaba, estaba viejo y gastado.

Les pedí a los Seadown que me leyeran la Biblia, como antes. El señor Seadown dijo que la señora Seadown ya no tenía voz para leer ninguna línea de la Biblia y que él iba a intentarlo.

Leyó, muy lentamente, con voz débil y temblorosa, algunas líneas que no me había leído nunca, que decían: «Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes de que vengan los días malos y lleguen los años en que digas “No tengo en ellos placer”…». 
 
Yo estaba ahí, sentado, cambiado, mientras él leía; estaba ahí sentado y no era nada de todo lo que hubiera sido o sería. No escuchaba las palabras, solo el sonido de la voz del viejo señor Seadown, que era como el ruido que hace una puerta vieja cuando el viento la abre y la cierra. 

Y luego, de pronto, oí las palabras: «cuando se agote el almendro, se arrastre la langosta y caiga la alcaparra: porque el hombre va a su morada eterna y las plañideras circulan ya por las calles, antes de que se rompa el cordón de plata y se quiebre el globo de oro; antes de que se rompa el cántaro de la fuente y caiga la rueda en la cisterna y vuelva el polvo a la tierra de donde procede y el espíritu vuelva a Dios, que fue quien lo dio».

Esperamos, porque había terminado. Estaba muy cansado, cerró el libro, con su dedo torcido dentro para no perder la página, como si solo estuviera haciendo una pausa y fuese a leer de nuevo. Los dos me miraron amablemente, pero con una especie de desafío y una especie de tristeza en la cara.

Entonces me puse de pie. Quería decir algo que sonara como esas líneas de la Biblia y por eso dije: «He regresado sin haber hecho nada que se parezca a todas las líneas que me han leído de ese libro, señor y señora Seadown. Ahora han envejecido y están cansados y ya no tienen voz para hablar conmigo. Tuve muchos empleos, pero ninguno como el que tengo ahora, de dependiente en una tienda de la ciudad. Hay una mujer, llamada Hazel, que vive conmigo como si fuera mi esposa, pero no lo es porque no amo a Hazel, solo la deseo. Estuve aquí y allá, con esta y la otra. Hice lo que quería con ellas. Me conformé con mi pobre vida y mis cosas insignificantes». Esperamos. Pero ellos no tenían voz para hablarme.

Me puse de pie y les dije que me hicieran el favor de descansar, que tenía que irme pero que regresaría muy pronto para leerles la Biblia porque tenía una voz fuerte. Tomé sus manos temblorosas entre las mías, para saludarlos, dejé la habitación y me fui.

Camino al autobús, pasé de nuevo por el cementerio y me detuve. Miré las tumbas, bajo las combadas langostas gigantes. «Ellos nunca me pidieron nada —pensé—, pero les fallé a los Seadown con mi vida». 

Luego pensé en todas las personas que estaban en las tumbas. Estaban muertas y acabadas y en cambio yo caminaba, erguido. Parecían mejores que yo, aunque yacieran muertas, y allí, junto al cementerio, dejé que la añoranza sincera que sentía por el pueblo volviera a mí.

En el autobús me embargó la vergüenza y esa noche me fui a la cama sintiéndome avergonzado y sintiéndome nada.

Al día siguiente, en la tienda, odié a todos: a los jefes de sección que hablaban de su día libre, a las señoras que perdían el tiempo haciendo compras, con sus vestidos de crepé. Una vez más, estaba convencido de que ese no era lugar para mí, de que estaba destinado a hacer algo en este mundo que sería como lo que decían las líneas de la Biblia cuando el señor Seadown las pronunciaba. Pero necesitaba el dinero y pronto pasaron dos semanas y me acordé de Hattie y de su apartamento oscuro y volví, y me encantó verla.

Cuando quise darme cuenta, habían pasado otros seis meses y había olvidado mis inquietudes y me encontraba silbando cuando volvía a casa desde la tienda, como si allí hubiera hecho algo bueno y lo dejara atrás.

Pero empecé a soñar nuevamente, por la noche, con los Seadown. Nunca sonreían. Había algo malo en sus caras. Eso me preocupaba mucho, era como el acoso de un fantasma. Me emborrachaba para dejar de preocuparme. Después me decía: «ahora los Seadown se han muerto por la edad y los temblores y yo tengo a Hattie y a lo mejor, cuando tenga más dinero, podemos casarnos». A la mañana siguiente me despertaba, sobrio y aliviado, y me encontraba a Hattie durmiendo al lado.

Pasaron muchos años hasta que me acordé otra vez de la vieja casa de la colina en mi pueblo. Sabía que los Seadown habían muerto y ya no estaban, pero de pronto quise regresar.

Fui un sábado. Subí la colina y me alegré al ver que la casa seguía allí. Había gente cerca, niños que corrían y jugaban. Me di cuenta de que todos eran extraños. Pregunté quiénes vivían ahí y el hombre que estaba en la puerta dijo que los Grotons, por supuesto, y me preguntó qué quería. Pregunté dónde estaban los Seadown y dijo que no lo sabía, que ellos vivían en la casa desde hacía muchos años, que era vieja y ventosa y no valía lo que habían tenido que pagar por ella.

Sentí que había perdido algo y que no podía irme si no revisaba el lugar donde eso podía estar, y entonces pedí permiso para entrar y echar un vistazo, en mi calidad de viejo amigo de los Seadown.

Entré, miré un poco y vi, en un rincón oscuro, la mesita de mimbre de los Seadown y encima, vi la Biblia, como si la hubiesen dejado para mí. Me acerqué, la toqué y le pregunté al hombre si podía quedármela. Me dijo que pertenecía a la casa, que ya era tarde y que tenía que salir al campo a trabajar antes de que oscureciera. 

Finalmente le dije: «voy a darle diez dólares por esa Biblia». Me la vendió. Los Seadown ya no estaban y la Biblia era mía. Me la llevaría para leerla de nuevo y quizá iba a leérsela a Hattie, lo que podría hacerle bien.

No abrí la Biblia hasta que llegué a casa. Pero cuando traté de leerla no pude. Cuando lo intenté, sonaba seco y forzado, como muchas palabras de un catálogo o como los números de un calendario. Le pedí a Hattie que me la leyera pero ella era vieja, dura y amarga y las palabras sonaban como cuando un hombre hacía el inventario en la tienda a fin de mes.

Me sentía perdido. No sabía qué hacer. Me sentía en posesión de un tesoro cuya llave de acceso había perdido. Después pensé: «quizá esta no sea la Biblia de los Seadown». Pero en la página principal estaba su nombre, en tinta gastada: Joseph y Sarah Seadown. Me llenó de orgullo tener sus nombres en mis habitaciones.

Al poco tiempo, no pude leer sus nombres. El libro era muy viejo y las habitaciones, muy húmedas y oscuras. Su nombre se esfumó.

Me dieron ganas de buscar a los viejos Seadown por todo el mundo, pero tenía la triste sensación de que aunque los encontrara en algún lugar no tendrían voz para leerme. Entonces me di cuenta de que ya no estaban y de que aquellos días y aquel sentimiento se habían ido con ellos para siempre.

A la mañana siguiente me desperté a un día de oscuridad eterna, esperanza perdida y desolación, y nunca volví a tratar de leer la Biblia.

Recomendación: "El libro de arena", de Jorge Luis Borges, por Sivela Tanit

"El libro de arena" es un cuento cuya base es el infinito, una historia fantástica donde un libro no tiene página de inicio ni final y lo más asombroso es que sus páginas no se repiten y no pueden volver a ser localizadas.

Borges, el autor de este maravilloso relato, describe de manera magistral lo eterno, lo ilimitado. El protagonista, a quien identificamos con el propio Borges al estar narrado en primera persona, queda obsesionado por su tesoro recién adquirido

Esta narración es un guiño a los bibliófilos, que aman tener los libros en sus manos, pero también saben que pueden regresar a ellos una y otra vez, porque sus letras están fijas, esperando a una relectura, pero ¿y si no fuera así? ¿Y si el libro no fuera un refugio y jamás tuviéramos la oportunidad de releer la historia que nos fascinó o nos causó curiosidad?

Te invito a leer esta historia y a preguntarte: "¿qué pasaría si...?", porque vale la pena experimentar aquello de lo que el autor nos hace partícipes

Lo encontrarás en el siguiente enlace. ¡Disfrútalo!

https://sivela.blogspot.com/2010/10/el-libro-de-arena-jorge-luis-borges.html

Absurdos - Fredric Brown

Mr. Weatherwax untaba cuidadosamente de mantequilla su tostada. Su voz era firme:

— Querida, quiero que esto quede bien claro: a partir de ahora no habrá más lecturas embrutecedoras de esas en nuestro apartamento.

— Pero Jasson, yo no lo sabía.

— Comprendido. Pero es de su responsabilidad saber lo que lee tu hijo.

— Lo vigilaré más, Jasson. No le vi traer esta revista. No sabía que estaba ahí.

— Tampoco yo lo sabría si ayer noche no moviera por casualidad un cojín del sofá. La revista estaba disimulada debajo y por supuesto le eché una ojeada.

Las puntas del bigote de Mr. Weatherwax se estremecieron de indignación.

— Nociones ridículas, ideas imposibles. Ciencia ficción. ¡Ah! ¡Qué bonita es su ciencia!

Apuró un trago de café para calmarse.

— ¡Ridículas vanidades! ¡Qué cosas más absurdas! ¡Viajes a otras galaxias gracias a la cuarta dimensión! ¡Máquinas para viajar en el tiempo, teleportación, telekinesia...! ¡Bobadas, nada más que bobadas!

— Querido Jasson —dijo su mujer esta vez con un poco de dureza—, yo te garantizo que a partir de ahora vigilaré las lecturas de Gerard. Tienes toda la razón.

— Gracias, querida —contestó Mr. Weatherwax calmado—. La juventud no debería verse envenenada por esas ideas contaminantes.

Miró su reloj, se levantó con prisa, besó a su mujer y salió.

En la puerta del apartamento se dejó deslizar lentamente por el pozo antigravitación y flotó hacia el bajo de los 200 pisos, hasta la calle donde tuvo la suerte de detener inmediatamente un taxi atómico. 
 
Dio al chofer-robot los datos del astropuerto lunar. Luego descansó y cerró los ojos para captar el boletín telepático. Esperaba oír las noticias de la cuarta guerra marciana, pero no era más que un informe del Centro de Inmortalidad: entonces él sprultó.

Unos asesinatos muy reales - Charlaine Harris

Me desperté con una sonrisa. Me llevó un momento recordar por qué, pero al recordarlo la sonrisa se amplió. Se habían terminado los asesinatos. Durante el sueño me había convencido de que Benjamin había confesado porque lo había hecho y deseaba la atención y la infamia al precio que fuese, por mucho que también las hubiese deseado aunque no lo hubiese hecho. Después de todo, había anunciado su candidatura a la alcaldía y eso debió de haberle dado cuerda para rato. Era viernes, no tenía que ir al trabajo esa tarde, Phillip iba a venir y estaba interesada en dos hombres, aunque lo mejor es que ellos también lo estaban en mí. ¿Qué más podía pedir una bibliotecaria de veintiocho años?

Me acicalé con mucho cuidado, me divertí con la sombra de ojos y me puse la blusa y la falda más alegres que pude encontrar. Era un conjunto indudablemente primaveral, blanco con flores amarillas, y me dejé el pelo suelto con una cinta amarilla que lo mantenía hacia atrás.

Tomé un copioso desayuno, con cereales, tostadas e incluso un plátano, y recorrí el camino hacia el coche canturreando.

—Estás cantarina esta mañana —dijo Bankston, que estaba vestido con un traje muy sobrio, muy adecuado para un banquero. Él también sonreía y recordé que había visto el coche de Melanie salir de su aparcamiento esa mañana muy temprano.

—¡Y tengo buenas razones! Puede que no lo hayas oído todavía, pero alguien ha confesado ser el asesino.

—¿Quién? —preguntó Bankston después de quedarse mirándome un instante.

—Benjamin Greer. —En ese momento me pregunté tardíamente si no estaría traicionando una confidencia. Pero recuperé la seguridad al recordar que Arthur no me había dicho que guardara ningún secreto, y yo tampoco le había dicho que haría tal cosa. Además, ya se lo había dicho a Robin, quien me lo habría sacado de todos modos si, después de colgar a Arthur, me hubiese negado a contarle nada. Un momento; tenía que dejar de decirme cosas tan exageradas.

Bankston estaba pasmado.

—Pero ¡si la semana pasada se pasó por el banco para pedir un préstamo para la campaña de su candidato! Lo siento, no debí mencionarlo. Era una transacción privada, cosas del banco. Pero es que estoy… alucinado.

—A mí me pasó lo mismo —le aseguré.

—Bueno, bueno, tendré que hacer una parada y contárselo a Melanie —dijo tras un instante de meditación—. Será todo un alivio para ella. Lo ha pasado muy mal desde que encontraron el bolso de la señora Wright en su coche.

Claro. Ser declarada mártir en la iglesia y que te hagan una propuesta de matrimonio es muy duro. Pero estaba demasiado contenta como para envidiar a Melanie; había salido un par de veces con Bankston y no lo tenía precisamente en una bandeja de plata, como solía decir mi madre.

Mi madre. Ella también debía ser partícipe de las buenas noticias. La llamaría hoy mismo. Le encantaría que se refiriesen a ella como «lo peor del capitalismo». Un golpe duro que encajar después del trabajo duro y la lucha que había tenido que mantener durante los primeros años del negocio, aunque, por aquel entonces, contaba con la presencia de mi padre para recargar las pilas. Él no se fue hasta que mi madre estuvo bien encarrilada en la senda del éxito. Me sorprendí derivando hacia pensamientos negativos y me forcé a rectificar rápidamente. La alegría era la nota del día.

En el trabajo, todos los bibliotecarios y los voluntarios parecían conocer ya las buenas noticias y yo había vuelto al redil. Lillian había vuelto a ser la maliciosa de siempre, lo que resultaba casi reconfortante. Sam Clerrick emergió de sus tablas, gráficos y presupuestos para darme una palmada en el hombro al pasar junto a mí. Me dediqué a estampar tarjetas vigorosamente, recibía el dinero de los préstamos prolongados con una sonrisa en vez de la típica desaprobación inexpresiva y colocaba los volúmenes con precisión. La mañana no pasó rápidamente, sino que brincó como nunca lo había hecho.

El teléfono sonó un par de veces mientras comía mi almuerzo recalentado en el microondas y hojeaba una enciclopedia de los asesinatos del siglo XX. Tenía la irritante sensación de que alguien, en algún momento, había mencionado algo interesante en lo que me apetecía ahondar, nombres a los que me apetecía dar vueltas, y pensé que zambullirme en un libro me serviría. Pero el teléfono acabó con esa chispa incipiente.

El primero en llamar fue mi padre, que siempre empezaba con un «¿Qué tal está mi muñequita?».

Detestaba llamarme Roe y yo odiaba que me llamase muñequita. No habíamos encontrado un punto de encuentro.

—Estoy bien, papá —dije.

—¿Sigues queriendo que vaya Phillip? —preguntó, ansioso—. Ya sabes, si estás alterada con todo lo que ha pasado en Lawrenceton últimamente, puede quedarse en casa.

De fondo podía oír a Phillip interrumpiendo sin parar:

—¿Puedo ir, papá? ¿Puedo ir?

—Parece que todo ha terminado —le conté, contenta.

—¿Han arrestado a alguien?

—Alguien ha confesado, más bien. Estoy segura de que todo volverá a la normalidad —dije. Quizá no estuviera tan segura. Pero de lo que no albergaba dudas era de que yo sí que iba a volver a la normalidad. Y me apetecía ver a mi hermano pequeño.

—Vale, pues entonces lo llevaré sobre las cinco —indicó mi padre—. Betty Jo te manda un beso. Te estamos muy agradecidos.

No estaba muy segura del beso de Betty Jo, pero sí de que apreciaban poder pasar libres todo un fin de semana con una niñera fiable como yo cuidando de su hijo.

La siguiente llamada fue de mi madre, por supuesto. Aún debía de tener algún tipo de vínculo psíquico con mi padre, porque siempre que él me llamaba, ella no tardaba ni una hora en hacer lo propio. Ella era como Lauren Bacall y él como Humphrey Bogart: un tipo feo con un carisma que le salía por las orejas. Y, bendito sea, no parecía en absoluto consciente de ello. Pero ese carisma seguía emitiendo ondas alfa o algo hacia mi madre.

Sabía que debía de estar ya al tanto de la confesión de Benjamin, y así era. También sabía que Benjamin había dicho que Morrison Pettigrue estaba detrás de los bombones. Tenía sus dudas.

—¿Cómo iba a saber Morrison Pettigrue nada de los bombones Mrs. See’s? —preguntó—. ¿Cómo iba a saber que siempre me como los de crema?

—No tenía por qué saber que solo te comes esos —señalé—. Es imposible meter matarratas en los rellenos de nuez.

—Es verdad —admitió—. Pero me sigue costando creerlo. Apenas nos conocíamos. Coincidí con él en alguna reunión de la Cámara de Comercio, si mal no recuerdo, y hablamos de la necesidad de más aceras en el centro. Fue una conversación cordial y en ese momento no dio la sensación de pensar que yo era una especie de sanguijuela que vive a costa de los demás, o lo que sea.

Pero si Benjamin mentía sobre lo de los bombones, podía estar mintiendo sobre otras cosas también. Solo deseaba que dijera la verdad y nada más que la verdad.

—Será mejor que lo archivemos hasta que conozcamos más detalles —sugerí—. Quizá acabe diciendo algo que dé sentido a todo esto.

—Tu hermano… ¿aún pasará el fin de semana contigo? —me preguntó en uno de sus inesperados giros.

Suspiré en silencio.

—Sí, madre. Papá lo traerá sobre las cinco y se quedará conmigo hasta la noche del domingo. —Evitar a Phillip habría estado por debajo de la dignidad de mi madre, pero después de coincidir un par de veces con él, solía mantenerse apartada el tiempo que pasaba en mi casa.

—Bueno, pues ya hablaremos —dijo. Estaba segura de ello. Le pregunté por el negocio y se puso a hablar de él unos minutos.

—¿Seguís pensando en casaros John y tú? —pregunté.

—Lo estamos hablando. —Había una sonrisa en su voz—. Prometo que serás la primera en saberlo cuando decidamos algo definitivo.

—Así me gusta —dije—. Me alegro mucho por vosotros.

—He oído que tienes un nuevo novio —señaló mi madre, lo cual, bien pensado, me parecía una progresión lógica en la conversación.

—¿De cuál has oído hablar? —pregunté. Era incapaz de resistirme.

En alguien más joven que mi madre, habría considerado el ruido que hizo como una risita de deleite. Colgamos con una recarga de cariño mutuo y volví al trabajo con la indudable sensación de que la vida me volvía a sonreír.

 

 

El «novio» de mi madre, John Queensland, vino a la biblioteca esa tarde mientras me encontraba en el mostrador de préstamos. Me di cuenta entonces de que era todo lo contrario que mi padre: un maduro atractivo que rezumaba la misma reserva y dignidad que mi madre. Hacía tiempo que había enviudado, pero seguía viviendo en la gran casa de dos pisos que había compartido con su esposa y dos hijos, los cuales ya tenían su propia descendencia. Eran de mi quinta, me recordé amargamente.

Mientras él hojeaba dos biografías serias de gente famosa, comentó que alguien había irrumpido en su garaje en las últimas tres semanas.

—Ya no lo uso. Aparco detrás de la casa. El garaje está lleno de los cacharros de los chicos. No consigo que decidan qué hacer con todos esos trastos. —Sonaba más a padre feliz que a queja—. Pero, bueno, fui a buscar mis viejos palos de golf porque había pensado echar unos hoyos con Bankston, ahora que empieza a mejorar el tiempo, pero alguien se ha colado y me los ha robado.

Dado que John formaba parte de Real Murders, estaba segura de que había hallado un significado a ese robo. Le comenté lo de Gifford Doakes y su hachuela (por sorprendente que parezca, no tenía noticia del asunto) y dejé que sacase sus propias conclusiones.

—Sé que Benjamin Greer ha confesado —le dije—, pero es una prueba que la policía podría necesitar. Creo que con una confesión no basta.

—Creo que me pasaré por la comisaría cuando vuelva a la oficina —aseguró John, pensativo—. Será mejor que informe sobre los palos. Se llevaron toda la bolsa, y es un conjunto de los que no pasan desapercibidos. Siempre que mis hijos viajaban a alguna parte le pegaban una pegatina de donde hubiesen estado. Una broma familiar. —Y, sumido en su abstracción, John salió de la biblioteca. Pensé en Arthur y lancé un suspiro. Me preguntaba cómo se tomaría este otro imprevisto.

Palos de golf. Quizá ya los habían utilizado. Quizá los habían usado con Mamie. Jamás se halló el arma de ese crimen, al menos que yo supiera. Puede que Benjamin pudiera contarle a la policía dónde estaban.

Me dejé rondar por la idea hasta llegar a casa y ver el coche de mi padre aguardando frente al apartamento. Mientras saludaba a mi padre y daba un abrazo a mi hermanastro, me conjuré para no pensar en los asesinatos durante un par de días. Me apetecía disfrutar de la compañía de Phillip.

Phillip está en primero y puede ser tan divertido como exasperante. Es capaz de comerse cinco cosas con entusiasmo, cinco cosas nutritivas, quiero decir. (Cualquier alimento sin valor nutritivo es perfectamente válido para él). Afortunadamente para mí, unas de esas cosas son la salsa de espaguetis y la tarta de nueces, aunque tampoco se puede decir que ninguno de los dos sean alimentos precisamente saludables.

—¡Roe! ¿Vamos a cenar espaguetis esta noche? —preguntó, entusiasta.

—Claro —dije con una sonrisa. Me incliné y le di un beso antes de que pudiera añadir: «¡Puaj! ¡No me beses!».

Me devolvió un besito fugaz y se fue corriendo a por su maleta y, lo más importante, una bolsa de basura llena de sus juguetes esenciales.

—Los pondré en mi habitación —le dijo a mi padre, que sonreía con indisimulado orgullo paterno.

—Hijo, me tengo que ir —contestó mi padre—. Mamá está como loca por llegar donde tenemos que ir. Pórtate bien con tu hermana mayor y haz lo que te mande sin causar problemas.

Phillip, que escuchaba a medias, farfulló un «Vale, papá» y fue a colocar sus cosas.

—Bueno, muñequita, eres un cielo por hacer esto —me dijo mi padre cuando desapareció Phillip.

—Él me gusta —confesé honestamente—. Me encanta pasar unos días con él.

—Aquí tienes los números donde podrás localizarnos —advirtió sacándose una hoja de bloc de notas del bolsillo—. Si surge un problema, cualquier cosa, llámanos inmediatamente.

—Vale, vale —lo tranquilicé—. No te preocupes. Pasadlo bien. Nos vemos el domingo por la noche.

—Eso es. Deberíamos llegar alrededor de las cinco o las seis. Si vemos que vamos a tardar, te llamo. No te olvides recordarle sus oraciones. Oh… Si le da fiebre o algo, aquí tienes una caja de aspirina infantil masticable. Debería tomarse tres. Y hay que ponerle un vaso de agua en la mesilla por la noche.

—Me acordaré. —Nos abrazamos y se metió en su coche con una sonrisa asimétrica y un saludo descuidado que difícilmente podría olvidar cualquier mujer. Observé cómo salía del aparcamiento y oí a Phillip que gritaba desde el interior:

—¡Roe! ¿Tienes galletas?

Le hice un par de sándwiches de galleta horribles que decía que eran sus favoritos. Satisfecho, salió con su bolsa de juguetes, dejando los de «interior» en mi cocina comedor.

—Seguro que quieres ponerte a cocinar, así que me salgo a jugar fuera —dijo seriamente.

Pillé la indirecta y me puse manos a la obra con la salsa de espaguetis.

La siguiente vez que miré por la ventana para vigilar, vi a través de mi patio abierto que Phillip ya se había incautado de Bankston para que jugase con él al béisbol en el aparcamiento. Phillip despreciaba abiertamente mi habilidad con ese deporte, pero Bankston gozaba de su aprobación. Este se había desprendido de la chaqueta del traje y la corbata a la primera de cambio, y no parecía en absoluto tan estirado mientras lanzaba la pelota hacia el bate de Phillip. Ya habían jugado durante otras visitas de mi hermanastro, y Bankston nunca lo consideró una imposición.

Cuando Robin llegó a casa, también fue reclutado para el juego, e hizo de cácher para Phillip hasta que llamé desde la ventana de la cocina que daba al patio para anunciar que la cena estaba lista.

—¡Yuju! —gritó Phillip, dejando su bate apoyado contra la pared del patio. Me encogí de hombros hacia sus abandonados compañeros de juego y le susurré a Phillip:

—Da las gracias a Bankston y a Robin por la partida.

—Gracias —dijo Phillip, obediente, antes de sentarse corriendo en mi pequeña mesa de cocina. Atisbé la coronilla de Melanie cuando Bankston entró en casa.

—Luego nos vemos para probar esa tarta de nueces. Me encanta tu hermano pequeño —indicó Robin mientras entraba por la puerta de su patio. Me sentí feliz y orgullosa por tener un hermano tan encantador, aunque también tuvo que ver la sonrisa de Robin, que sin duda iba por un lado más personal.

Durante los siguientes veinte minutos estuve ocupada asegurándome de que Phillip usara la servilleta, pronunciara sus oraciones y comiera al menos un poco de verdura. Contemplé con cariño un cabello marrón claro en eterna rebelión y sus observadores ojos azules, tan diferentes de los míos. Entre bocados de espaguetis y pan de ajo, Phillip me contó una larga e intrincada historia sobre una pelea en el patio del colegio entre un chico que sabía karate y otro que tenía toda la colección de vehículos de los G. I. Joe. Le escuché con una oreja, permitiendo que el resto de mi mente se centrara cada vez más en la molesta sensación de que algo se me escapaba. Me estaba olvidando de algo. ¿O es que había visto algo? Fuese lo que fuese ese «algo», necesitaba recordarlo.

—¡Mi pelota de béisbol! —gritó Phillip de repente.

Había captado toda mi atención. El grito, emanado de su garganta sin previo aviso mientras me contaba las medidas que había tomado el director con los dos contrincantes del patio escolar, me había puesto el corazón en la garganta.

—Pero, Phillip, ya ha oscurecido —protesté cuando salió disparado de su silla hacia la puerta. Traté de recordar si alguna vez lo había visto caminar sin más, y decidí que ocurrió una vez, cuando apenas tenía doce meses—. Toma, al menos llévate la linterna.

Logré encajarla en su mano únicamente porque le encantaban las linternas e hizo la pausa indispensable para que la cogiera de uno de los armarios de la cocina.

—¡Y trata de recordar dónde la viste la última vez! —grité tras él.

Había terminado de cenar mientras Phillip me relataba su interminable historia, así que limpié el plato y lo dejé en el lavavajillas (Robin llegaría en poco tiempo y quería adecentar el lugar). Los platos de postre ya estaban fuera, todo estaba listo, así que, mientras aguardaba el triunfal regreso de Phillip con su pelota, me quedé mirando distraídamente las estanterías, recolocando algunos libros que estaban desordenados. Contemplé los títulos de todos esos volúmenes que trataban sobre personas malas, locas o enloquecidas, hombres y mujeres cuyas vidas habían sobrepasado la delgada línea que separa a los que pueden pero no lo hacen de los que pueden y lo hacen.

Phillip llevaba mucho tiempo fuera; podía oírlo en el aparcamiento.

Sonó el teléfono.

—¿Sí? —dije abruptamente por el auricular.

—Roe, soy Sally Allison.

—Qué…

—¿Has visto a Perry?

—¿Cómo? ¡No!

—¿Te ha… estado siguiendo más?

—No…, al menos no me he dado cuenta si así ha sido.

—Él… —Sally no pudo seguir.

—¡Venga, Sally! ¿Qué ha pasado? —pregunté sin paños calientes. Observé por la ventana de la cocina, deseando ver el destello de la linterna parpadeante a través de las rejillas de la valla del patio. Recordé la noche que había visto a Perry al otro lado de la calle, aguardando en la oscuridad a que Robin me trajera a casa. Estaba aterrada.

—Hoy no se ha tomado la medicación. No ha ido al trabajo. No sé dónde está. Creo que ha tomado más de esas pastillas.

—Entonces llama a la policía. ¡Consigue que se pongan a buscarlo, Sally! ¿Qué pasa si está aquí? ¡Mi hermano pequeño acaba de salir solo en la oscuridad! —Colgué el teléfono con un golpe histérico. Aferré mi enorme llavero con la idea de coger el coche y registrar los alrededores de la manzana y saqué otra linterna que también guardaba.

Era culpa mía. Alguien en la oscuridad se había llevado a mi hermano pequeño, un niño de seis años, y era culpa mía. Oh, Dios bendito, Señor de los cielos, protégelo.

Dejé la puerta de atrás abierta de par en par, la luz del interior atravesando la honda penumbra de fuera. La puerta del patio estaba abierta; Phillip nunca se acordaba de cerrarla. Su bate estaba apoyado a un lado, tal como lo había dejado para venir a cenar.

—¡Phillip! —aullé. Entonces pensé que quizá sería mejor guardar silencio y optar por el sigilo. Presa del frenesí, apunté con la linterna de un lado a otro. A pocos metros, un coche encendió el motor y abandonó su lugar de aparcamiento. A medida que avanzaba, vi que se trataba de Melanie en el coche de Bankston. Ella sonrió y me saludó con la mano. Abrí la boca para decir algo, pero no me salieron las palabras. ¿Cómo era posible que no me oyera gritar?

Pero no podía razonar en ese momento. Seguí avanzando y barriendo el suelo con el haz de luz sin ver nada, nada en absoluto.

—¿Qué te pasa, Roe? ¡Iba de camino a tu casa! —me abordó Robin desde la oscuridad.

—¡Phillip ha desaparecido, alguien se lo ha llevado! ¡Salió a buscar su pelota de béisbol en la oscuridad y no ha vuelto!

—Voy a por una linterna —dijo Robin inmediatamente. Se volvió para dirigirse hacia su teléfono. Sin dejar de moverse, me habló por encima del hombro—: Oye, no será de los que se divierten escondiéndose, ¿no?

—No lo creo —contesté. Me hubiera encantado pensar que Phillip estaba riéndose de nosotros detrás de un arbusto, pero estaba segura de que no era así. No sería capaz de estar escondido durante tanto tiempo en la oscuridad. Habría saltado de su escondite mucho antes para darnos el susto, iluminando su cara con una sonrisa de triunfo—. Escucha, Robin, pregunta a los Crandall si han visto al niño y llama a la policía. La madre de Perry Allison acaba de llamar para decirme que su hijo anda suelto por alguna parte. No creo que ella llame a la policía. Voy a buscar en el jardín delantero.

—Vale —asintió Robin brevemente antes de desaparecer en su casa.

Avancé rápidamente por la oscuridad (que ya era absoluta), únicamente precedida por el haz de luz de la linterna. De vez en cuando me detenía, hacía un barrido con la linterna y seguía avanzando. Pasé por la verja de los Crandall y no encontré nada. Abrí la puerta exterior de Bankston. La luz delató algo en el patio.

La pelota de Phillip.

Oh, Dios, había estado allí todo el tiempo, no era de extrañar que Phillip no la encontrase. Probablemente Bankston la había cogido en el aparcamiento para devolvérsela a Phillip a la mañana siguiente.

Levanté la mano para llamar a la puerta trasera de Bankston y la detuve a medio camino. Pensé en Melanie saliendo del aparcamiento de forma tan extraña. No cabía duda: tenía que haber escuchado el grito.

Y le había dicho a Phillip que pensase dónde había visto la pelota por última vez. Claro, la había visto en la mano de Bankston.

¿Estaba Bankston tumbado y escondido en su coche? ¿Estaba encima de Phillip para no delatar su presencia?

Se había encontrado un largo cabello marrón en casa de los Buckley. Benjamin no tenía el pelo largo y marrón. El suyo era ralo y rubio. Como el de Bankston. Era de mediana altura, como Bankston, y su cara era redonda. Como la de Bankston. Era a Bankston a quien había visto la joven madre del callejón, no a Benjamin Greer.

Melanie tenía el pelo largo y marrón. Juntos. Habían cometido los asesinatos juntos.

Y en ese momento recordé el pensamiento que me había estado importunando todo ese tiempo. Cuando John Queensland había descrito su bolsa de golf, dijo que tenía pegatinas por todas partes. La misma bolsa de palos de golf que llevaba Bankston a su casa el miércoles, tan tarde después de la hora del almuerzo que no esperaba encontrarse conmigo, y mucho menos saliendo por la puerta de los Crandall. Bankston se la había robado a John Queensland.

¿Había estado Phillip en la casa de Bankston? Apunté la linterna hacia la cerradura. «Esto no puede considerarse allanamiento», me dije, histérica. Tenía una llave. Era la casera. La metí en la cerradura, abrí la puerta con mucho sigilo y entré.

No llamé. Dejé la puerta trasera abierta.

La luz de la cocina estaba encendida y el conjunto que formaba con el salón estaba hecho un desastre. En la encimera había un libro de la biblioteca abierto, uno que yo misma tenía en mi colección personal: Beyond Belief, de Emlyn Williams. Me mareé y tuve que inclinarme para leerlo.

En esta ocasión habían decidido seguir el patrón de Myra Hindley y Ian Brady, los «Asesinos del páramo». Iban a matar a un niño. Iban a matar a mi hermano. El monstruo no estaba metido en una celda de la cárcel de Lawrenceton. Los monstruos vivían aquí mismo.

Hindley y Brady torturaban a los niños durante varias horas, así que cabía la posibilidad de que Phillip siguiera con vida. Si estaba en el coche, si lo estaban llevando a casa de Melanie, estuviese donde estuviese (vale, la misma calle donde vivía Jane Engle), quizá hubiera dejado algún rastro.

Dejando de lado el sigilo, subí corriendo las escaleras. No había nadie. En el dormitorio más grande había una cama de matrimonio y un rollo de cuerda al lado. Sobre el tocador habían dejado una cámara.

Hindley y Brady, dos oficinistas de bajo nivel que se conocieron en el trabajo, habían grabado en cinta y fotografiado a sus víctimas.

El otro dormitorio estaba lleno de material para hacer ejercicio, el origen de la mejora muscular de Bankston. Había una caja archivadora con la tapa deslizada hacia atrás y la llave aún puesta en la cerradura. Deseaba ver cualquier cosa que guardase bajo llave. La abrí del todo y las revistas de su interior se derramaron como un chorro de lodo. Miré horrorizada la que estaba abierta. No sabía que se pudieran comprar fotos de mujeres tratadas de ese modo. Cuando supe del movimiento antipornográfico, pensé en mujeres que, al menos aparentemente, estaban dispuestas, cobraban y seguían sanas después de la sesión fotográfica.

Bajé corriendo por las escaleras, eché un vistazo al salón y abrí los armarios. Nada. Abrí la puerta del sótano. La luz estaba apagada, así que la escalera se sumía en la oscuridad en su medio tramo final. Pero había algo blanco en uno de los peldaños inferiores, apenas visible gracias a la poca luz que se colaba desde la cocina.

Bajé los peldaños y me agaché para recogerlo. Era un cromo de béisbol.

Oí un ruido ahogado y tuve tiempo para pensar: «¡Phillip!», pero entonces sentí un punzante dolor por el hombro y el cuello. Caí de frente, los brazos y las piernas enmarañados, dando con la cara en el borde de las escaleras. Lo siguiente que supe era que estaba tumbada en el suelo del sótano, contemplando el rostro de Bankston que se cernía sobre mí, más impasible que nunca bajo la tenue luz, aunque sonriente como una gárgola. Tenía un palo de golf en la mano.

Había otro interruptor al fondo de las escaleras y lo pulsó. Volví a escuchar el sonido ahogado y, con gran dolor, volví la cabeza para ver a Phillip, amordazado y con las manos atadas, sentado en una silla recta junto a la secadora. Su cara estaba empapada de lágrimas y su cuerpecito se había hecho todo el ovillo que le permitía la silla. Sus pies no tocaban el suelo.

Se me partió el corazón.

Toda mi vida había oído decir eso a la gente; que se les había roto el corazón porque su amor les había dejado, porque se les había muerto el gato o porque habían roto el jarrón de la abuela.

Iba a morir y mi hermano también iba a pagarlo con su vida, y se me partió el corazón ante la perspectiva de lo que podría durar hasta que se cansasen de él y lo matasen.

—Te oímos entrar —dijo Bankston, sonriente—. Estábamos aquí esperándote, ¿no es así, Phillip?

Increíble; Bankston, el banquero. Bankston, el de la lavadora y secadora tono almendra a juego. Bankston, el que concede un préstamo para un empresario por la tarde y se dedica a machacar la cabeza de Mamie Wright por la noche. Melanie, la secretaria; la que ocupa su tiempo libre matando a los Buckley con un hacha mientras su jefe está fuera. La pareja perfecta.

Phillip lloraba desconsoladamente.

—Cállate, Phillip —le dijo el mismo hombre que había estado jugando al béisbol con él esa tarde—. Cada vez que llores, pegaré a tu hermana. ¿Verdad que sí, hermanita? —Y Bankston descargó un golpe con el palo de golf que me rompió la clavícula. Mi aullido debió de ahogar los pasos de Melanie, porque de repente vi que estaba allí, mirándome con placer.

—Cuando llegué, el espantapájaros estaba registrando el aparcamiento —le contó a Bankston—. Aquí está la grabadora. ¡No puedo creer que nos la hubiésemos olvidado!

Caramba, vaya pareja de chiflados. Había sonado como la típica ama de casa que se olvida de la ensalada de patatas en la nevera justo cuando la familia está saliendo para un picnic.

Cuando el dolor amainó lo suficiente como para pensar, decidí que el «espantapájaros» al que se refería era Robin. Me esforcé para volver a mirar a Phillip. Intenté desterrar el dolor para infundirle seguridad, pero apenas pude mantener la vista en él sin gritar. Si lo hacía, Bankston me molería a palos.

O puede que pegase a Phillip.

—¿Qué opinas? —le preguntó Bankston a Melanie.

—Será imposible sacarlos de aquí ahora —dijo ella con suma naturalidad—. El otro me ha dicho que ha llamado a la policía. Será mejor que uno de nosotros suba pronto para unirse a la búsqueda. Si no lo hacemos, supongo que la poli querrá registrar la casa y sospechará. No nos podemos permitir eso, ¿verdad? —Y sonrió pícaramente, dándome un golpecito en la pierna con su pie, como si yo fuese una travesura que tuviesen que ocultar por conveniencia. Me pilló mirándola—. Levántate y ponte junto al niño —ordenó antes de darme una patada. Sollocé—. Siempre quise hacer eso —le dijo a Bankston con una sonrisa.

No eran solo los golpes los que me dificultaban el movimiento, sino la conmoción. Me encontraba en ese sótano prosaico a más no poder con esas dos personas, prosaicas a más no poder, monstruos que iban a matarme junto a mi hermano. Durante años había leído y me había maravillado acerca de gente que vivía puerta con puerta con psicópatas sin sospechar nunca nada. Y allí me encontraba yo, intentando arrastrarme desesperadamente sobre el suelo de cemento de un edificio propiedad de mi madre mientras mis amigos buscaban fuera a mi hermano, sencillamente porque pensé que algo así jamás iba a pasarme. Tardé un poco en ponerme junto a Phillip, a pesar de las patadas que me propinó la joven que conocía de toda la vida y con la que había ido a la iglesia más de una vez. Agarré el borde de la silla y me arrastré como pude hasta arrodillarme, rodeando torpemente a mi hermano con el brazo sano. Recé por que Phillip se desmayara. Su expresión era mucho más de lo que podía soportar y no encontraba consuelo para él. Estábamos ante dos demonios, y todas las normas de educación y cortesía con las que nos habíamos criado con tanto esmero Phillip y yo ya no tenían validez alguna. No había recompensa para el buen comportamiento.

—Tengo la grabadora, pero ahora no podemos usarla —se quejaba Melanie—. Creo que empezó a sospechar cuando me vio salir del aparcamiento. No quería ayudarla a buscar, así que tuve que fingir que no la había oído. Creo que esta noche no vamos a tener diversión.

—No lo he planeado lo suficiente —convino Bankston—. Ahora se pasarán toda la noche buscándolos, y encima tendremos que sumarnos a la búsqueda. Al menos, ahora que tenemos sus llaves, no podrán usar el juego maestro para entrar aquí. —Las sostuvo visiblemente. Debí de perderlas mientras caía por las escaleras.

—¿Crees que insistirán en registrar todos los apartamentos? —preguntó Melanie, ansiosa—. No podemos negarnos si lo piden.

Bankston meditó. Aún estaban al pie de las escaleras. No podría alcanzarlas. No podía ver ningún arma, aparte del palo de golf, pero aunque los atacara con el brazo bueno y la poca energía que me quedaba, los dos me reducirían con facilidad y nadie oiría el ruido, a menos que los Crandall hubieran decidido pasar la noche en su sótano.

—Tendremos que improvisar —resolvió finalmente Bankston.

¡La pelota de béisbol! Quizá Robin la viera, como la vi yo.

—¿Hablaste con alguien antes de entrar? —preguntó Bankston.

—Solo lo que te he dicho antes. Robin me preguntó si había visto al crío y le dije que no, pero que me encantaría ayudar en la búsqueda —respondió Melanie sin rastro de ironía—. Roe se dejó la puerta trasera abierta, pero la he cerrado con llave. Y he recogido el bate del niño, que seguía en el patio.

Aquella era nuestra sentencia de muerte, pensé.

Bankston maldijo.

—¿Cómo acabó ahí fuera? Estaba seguro de haberlo metido en casa.

—No te preocupes —dijo Melanie—. Aunque lo hubieran encontrado, podrías haber dicho que se lo estabas guardando, pero que nunca se presentó para reclamarlo.

—Tienes razón —admitió Bankston, convencido—. ¿Y qué hacemos con estos dos? Si los dejamos amordazados aquí mientras subimos a buscar con los demás, podrían soltarse. Si los matamos ya, perdemos la diversión con el chico. —Avanzó hacia nosotros, seguido por Melanie.

—Actuaste impulsivamente cuando lo secuestraste —observó Melanie—. Creo que deberíamos encargarnos de ellos ahora y esconderlos bien. Luego, cuando se calmen los ánimos y dejen de buscar, veremos si podemos meterlos en el coche y tirarlos por ahí. La próxima vez intenta contenerte, haremos lo que hemos planeado sin extras.

—¿Me estás criticando? —se revolvió Bankston. Su tono era bajo y amenazante.

La expresión de Melanie cambió por completo. Jamás había visto nada parecido. Se acobardó, se doblegó y se convirtió en otra persona.

—No, jamás —lloriqueó y se inclinó para lamerle la mano. Vi sus ojos. Estaba interpretando, y eso la excitaba inmensamente.

Se me revolvió el estómago. Ojalá estuviese interponiéndome lo suficiente en la línea visual de Phillip. Me arrimé más a él, a pesar de que el dolor de la clavícula se hacía cada vez más intenso. Phillip estaba temblando y se había orinado encima. Su respiración era cada vez más entrecortada y de vez en cuando afloraban sollozos apagados.

Melanie y Bankston se estaban besando y este se desvió un poco para morderle el hombro. Ella lo abrazó como si ambos estuviesen dispuestos a hacerlo allí mismo, pero en ese momento se separaron y ella dijo:

—Será mejor que acabemos ahora. ¿Por qué correr más riesgos?

—Tienes razón —convino Bankston. Pasó el palo de golf a su compañera y ella lo agitó en el aire ensayando el golpe mientras él rebuscaba en sus bolsillos. Con sus pantalones negros, jersey verde y el pañuelo anudado al cuello, Melanie parecía a punto de ir a pasar unas horas en el club de campo. El palo silbó a pocos centímetros de mí en ese diminuto espacio e iba a protestar cuando me di cuenta de que a Melanie no podía importarle menos. Las viejas asunciones son difíciles de reprimir.

Vi un pie asomando por las escaleras, tras ellos.

—Dame tu pañuelo, Mel —dijo Bankston de repente. Melanie se lo desató al instante—. Así será menos aparatoso, y es la primera vez que lo intento —observó él, feliz. En ningún momento nos miraron a mí o a Phillip, salvo de pasada, y tenía la certeza de que, para ellos, no éramos personas en absoluto.

Al pie se le unió otro igual, y el primero avanzó silenciosamente sobre el siguiente peldaño.

—Quizá debería grabar esto —dijo Melanie alegremente—. No es lo que teníamos planeado, pero seguro que será interesante.

El siguiente paso hizo ruido y yo empecé a chillar:

—¡Ojalá os pudráis en el infierno! ¿Cómo podéis hacerme esto? ¿Cómo podéis hacerle esto a un niño?

Estaban tan asombrados como si la silla se hubiese puesto a hablar. Melanie alzó el palo de repente con ambas manos. Cubrí a Phillip en la silla con mi propio cuerpo, pero el golpe fue tan fuerte que la silla se tambaleó. No me costó aullar tan fuerte como un tren de mercancías. Vi que los pies apuraban las escaleras a toda prisa.

—¡Cállate, zorra! —restalló Melanie, furiosa.

—Cállate tú —le recomendó una voz monótona.

Era el viejo señor Crandall, y llevaba una pistola grande.

El único sonido que se oía en el sótano era el que provenía de mis sollozos, mientras pugnaba por controlarme. Phillip levantó sus muñecas atadas para rodearme la cabeza con los brazos. Deseé más que nunca que se desmayara.

—No vas a disparar —dijo Bankston—, viejo idiota. Rebotará en el suelo de hormigón y les dará a ellos.

—Antes les pegaría un tiro que dejártelos a ti —dijo el señor Crandall llanamente.

—¿A quién de los dos dispararás primero? —inquirió Melanie, presa de la furia. Se estaba alejando poco a poco de Bankston—. No podrás con los dos, viejo.

—Pero yo sí —dijo Robin desde lo alto de las escaleras, y no estaba tan tranquilo como el señor Crandall. Conseguí alzar la mirada. Vi a Robin descendiendo con una escopeta recortada—. No sé tanto de armas como el señor Crandall, pero me ha cargado esta y, si apunto y la disparo, estoy seguro de que a algo le daré.

Si iban a intentar algo a la desesperada, sería ahora. Podía sentir la agitación que rezumaban sus poros. Se miraron mutuamente. Solo podía observar a través de la neblina del dolor y el pañuelo verde que sostenía Bankston en la mano. Debían de ser cada vez más conscientes de que todo había terminado.

De repente la voluntad de lucha se les evaporó. Recuperaron la imagen de lo que solían ser, al menos por un instante: un administrativo de préstamos bancarios y una secretaria que parecían incapaces de recordar dónde estaban y cómo habían llegado allí. Bankston dejó caer el pañuelo. Melanie bajó el palo de golf. Ya no se miraban mutuamente.

Empezó a oírse un tumulto arriba, y Arthur y Lynn Liggett aparecieron bajando por las escaleras para detenerse en seco ante la escena que tenían delante.

El aliento de Phillip surgió de detrás de la mordaza en un profundo suspiro y se desmayó. Me pareció una buenísima idea y seguí su ejemplo.