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La Biblia de los Seadown - William Goyen

Conocí a un hombre y una mujer viejos, que vivían en una casa sobre una colina, al otro lado de un pueblo. Eran los Seadown. De chico solía ir a esa casa para hablar con los Seadown, a veces durante horas y horas hasta que mi madre, preocupada, mandaba a uno de mis hermanos a buscarme con una linterna. 

Conocí a mucha gente del pueblo cuando era más joven y vivía allí, pero ahora, en esta ciudad, recuerdo a los Seadown más que a nadie porque siempre me hablaban como si fuera adulto y, sobre todo, porque me leían la Biblia.

En su casa, la Biblia estaba más a mano que cualquier otra cosa. La usaban con la misma frecuencia que una sartén. Cuando llegaba, la tenía siempre uno de los dos, con un dedo metido dentro para no perder la página. Los Seadown leían la Biblia de una forma maravillosa. Yo oía «dejad que los niños vengan a mí» o «aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles…», y era como oír una bella historia que podía herir mis sentimientos. 

Las palabras me tomaban por las muñecas y hormigueaban por mis brazos, apuntaban directamente a la boca de mi estómago y explotaban como una luz de bengala, o temblaban por toda mi columna, arriba y abajo, empezando detrás del cuello, como una araña de juguete en una goma elástica o un mono de juguete que trepaba por una cuerda.

Eso fue hace mucho tiempo.

Después tuve que irme de ese pueblo a otro. Pasaron muchos años sin que oyera hablar de los Seadown. Me sucedieron las cosas usuales y esperables: crecí, gané altura, empecé a afeitarme, encontré una chica que me gustaba y, finalmente, ya mayor de edad, me fui más al norte, a la ciudad, en busca de trabajo.

Pero muchas veces imaginaba a los Seadown en la casa de la colina, en mi pueblo. Pensaba en ellos cuando estaba en lugares extraños, como en una cabina de teléfono y, una vez, sentado en la bañera, después de lavarme, sin ganas de salir del agua agradable y cálida. Recordaba a los Seadown en lugares que no tenían nada que ver con ellos. Después me preguntaba qué estarían haciendo, si aún leerían la Biblia y seguirían siendo los de siempre. 

Algunas noches hasta soñaba con los Seadown. En mis sueños los veía andar por su granja o los veía sentados frente a la chimenea leyendo la Biblia, como pasa con esa gente que olvidaste hace tiempo o dejaste atrás en tu camino hacia otra cosa (quién sabe a cuál) y regresa, de pronto, nuevamente, a tu imaginación, sin importar qué estés haciendo. Regresan súbitamente, como algo que olvidaste hacer y recordaste demasiado tarde.

Eso comenzó a pasar cuando faltaba poco para que le tocara un día libre a nuestra tienda. Cuando el día libre llegó, decidí usarlo para volver a mi pueblo y ver a los Seadown. Me parecía que querían que volviera, quizá para decirme algo (mamá solía decir «anoche tuve un sueño terrible con la pobre, vieja, Chitah; significa que quiere decirme algo, me necesita»).

De manera que ese día libre regresé. Era mi viejo pueblo. Ahora nadie me conocía. El pueblo me sentía como los pueblos sienten a un extraño que en su ir y venir les molesta, los intriga (y por eso quieren expulsarlo o acercarlo para hacerle preguntas). 

Solo me paró una vieja, que me preguntó: «¿No serás Joe Edward Marks, el hijo de Lucy Marks, el que vivía al lado de la iglesia metodista y que se montaba en mi ternera manchada?», y yo dije no, porque no quería recordar nada de eso delante de ella aunque conocía bien a esa ternera manchada que se llamaba Roma.

No sentía nada por ese pueblo. Solo sentí algo cuando vi una jardinera, hecha con un neumático, que contenía algunas achiras. No pude mirarlas de nuevo. Un solo vistazo bastó para ver y sentir toda mi vida en ese pueblo de achiras, sobre todo amarillas con motas rojas.

Caminé hacia la colina de los Seadown, pasando la vieja casa de los Tanner, con el cedro que aún tenía una rama bífida como el hueso de la suerte de un pollo, por la que una vez patiné (y caí) y quedé colgando, como Absalón, hasta que la señora Tanner corrió a salvarme. 

Dejé atrás el aserradero, ahora inmóvil como el fantasma de un aserradero. Dejé atrás el cementerio con las langostas enormes de siempre, todavía posadas sobre las tumbas, y seguí por el camino arenoso por donde iba descalzo a casa, con algunas sartenes o calabazas de verano para la señora Larjens.

Entonces vi la casa de los Seadown. Aún estaba ahí, en la colina, y era la misma, aunque las persianas se habían caído y no las habían sacado de donde habían caído. El carro que usábamos para pasear había perdido una rueda, no lo habían sacado y allí estaba, roto en la parte trasera.

Fui hasta la puerta y llamé. Esperé, pero estaba ansioso porque sabía que los Seadown seguían ahí y que uno de ellos vendría, finalmente, a la puerta, me dejaría pasar y se alegraría de verme cuando le dijera mi nombre y le recordara quién era. Después de un rato largo, un viejo vino a la puerta. 

Era el señor Seadown. Tenía un bastón y no sonreía. Le dije que era Joe Edward Marks, se acordó de mí, posó su brazo sobre mis hombros y sentí que sus brazos temblaban. Pregunté por la señora Seadown y me dijo que estaba muy vieja y débil, que estaba en el piso de arriba, siempre en la cama, porque era demasiado vieja para caminar. 

Subimos las escaleras y hallamos a la señora Seadown recostada en su cama como una alubia reseca, tan vieja que ni siquiera parecía una mujer: solo algo viejo y blanco con un aro de pelo blanco alrededor.

El señor Seadown dijo: «Este es Joe Edward Marks, que solía venir a vernos cuando era un chico», y entonces la señora Seadown sonrió y estiró la mano para alcanzar la mía. Su mano temblaba. Parecía que en casa de los Seadown todo temblaba, estaba viejo y gastado.

Les pedí a los Seadown que me leyeran la Biblia, como antes. El señor Seadown dijo que la señora Seadown ya no tenía voz para leer ninguna línea de la Biblia y que él iba a intentarlo.

Leyó, muy lentamente, con voz débil y temblorosa, algunas líneas que no me había leído nunca, que decían: «Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes de que vengan los días malos y lleguen los años en que digas “No tengo en ellos placer”…». 
 
Yo estaba ahí, sentado, cambiado, mientras él leía; estaba ahí sentado y no era nada de todo lo que hubiera sido o sería. No escuchaba las palabras, solo el sonido de la voz del viejo señor Seadown, que era como el ruido que hace una puerta vieja cuando el viento la abre y la cierra. 

Y luego, de pronto, oí las palabras: «cuando se agote el almendro, se arrastre la langosta y caiga la alcaparra: porque el hombre va a su morada eterna y las plañideras circulan ya por las calles, antes de que se rompa el cordón de plata y se quiebre el globo de oro; antes de que se rompa el cántaro de la fuente y caiga la rueda en la cisterna y vuelva el polvo a la tierra de donde procede y el espíritu vuelva a Dios, que fue quien lo dio».

Esperamos, porque había terminado. Estaba muy cansado, cerró el libro, con su dedo torcido dentro para no perder la página, como si solo estuviera haciendo una pausa y fuese a leer de nuevo. Los dos me miraron amablemente, pero con una especie de desafío y una especie de tristeza en la cara.

Entonces me puse de pie. Quería decir algo que sonara como esas líneas de la Biblia y por eso dije: «He regresado sin haber hecho nada que se parezca a todas las líneas que me han leído de ese libro, señor y señora Seadown. Ahora han envejecido y están cansados y ya no tienen voz para hablar conmigo. Tuve muchos empleos, pero ninguno como el que tengo ahora, de dependiente en una tienda de la ciudad. Hay una mujer, llamada Hazel, que vive conmigo como si fuera mi esposa, pero no lo es porque no amo a Hazel, solo la deseo. Estuve aquí y allá, con esta y la otra. Hice lo que quería con ellas. Me conformé con mi pobre vida y mis cosas insignificantes». Esperamos. Pero ellos no tenían voz para hablarme.

Me puse de pie y les dije que me hicieran el favor de descansar, que tenía que irme pero que regresaría muy pronto para leerles la Biblia porque tenía una voz fuerte. Tomé sus manos temblorosas entre las mías, para saludarlos, dejé la habitación y me fui.

Camino al autobús, pasé de nuevo por el cementerio y me detuve. Miré las tumbas, bajo las combadas langostas gigantes. «Ellos nunca me pidieron nada —pensé—, pero les fallé a los Seadown con mi vida». 

Luego pensé en todas las personas que estaban en las tumbas. Estaban muertas y acabadas y en cambio yo caminaba, erguido. Parecían mejores que yo, aunque yacieran muertas, y allí, junto al cementerio, dejé que la añoranza sincera que sentía por el pueblo volviera a mí.

En el autobús me embargó la vergüenza y esa noche me fui a la cama sintiéndome avergonzado y sintiéndome nada.

Al día siguiente, en la tienda, odié a todos: a los jefes de sección que hablaban de su día libre, a las señoras que perdían el tiempo haciendo compras, con sus vestidos de crepé. Una vez más, estaba convencido de que ese no era lugar para mí, de que estaba destinado a hacer algo en este mundo que sería como lo que decían las líneas de la Biblia cuando el señor Seadown las pronunciaba. Pero necesitaba el dinero y pronto pasaron dos semanas y me acordé de Hattie y de su apartamento oscuro y volví, y me encantó verla.

Cuando quise darme cuenta, habían pasado otros seis meses y había olvidado mis inquietudes y me encontraba silbando cuando volvía a casa desde la tienda, como si allí hubiera hecho algo bueno y lo dejara atrás.

Pero empecé a soñar nuevamente, por la noche, con los Seadown. Nunca sonreían. Había algo malo en sus caras. Eso me preocupaba mucho, era como el acoso de un fantasma. Me emborrachaba para dejar de preocuparme. Después me decía: «ahora los Seadown se han muerto por la edad y los temblores y yo tengo a Hattie y a lo mejor, cuando tenga más dinero, podemos casarnos». A la mañana siguiente me despertaba, sobrio y aliviado, y me encontraba a Hattie durmiendo al lado.

Pasaron muchos años hasta que me acordé otra vez de la vieja casa de la colina en mi pueblo. Sabía que los Seadown habían muerto y ya no estaban, pero de pronto quise regresar.

Fui un sábado. Subí la colina y me alegré al ver que la casa seguía allí. Había gente cerca, niños que corrían y jugaban. Me di cuenta de que todos eran extraños. Pregunté quiénes vivían ahí y el hombre que estaba en la puerta dijo que los Grotons, por supuesto, y me preguntó qué quería. Pregunté dónde estaban los Seadown y dijo que no lo sabía, que ellos vivían en la casa desde hacía muchos años, que era vieja y ventosa y no valía lo que habían tenido que pagar por ella.

Sentí que había perdido algo y que no podía irme si no revisaba el lugar donde eso podía estar, y entonces pedí permiso para entrar y echar un vistazo, en mi calidad de viejo amigo de los Seadown.

Entré, miré un poco y vi, en un rincón oscuro, la mesita de mimbre de los Seadown y encima, vi la Biblia, como si la hubiesen dejado para mí. Me acerqué, la toqué y le pregunté al hombre si podía quedármela. Me dijo que pertenecía a la casa, que ya era tarde y que tenía que salir al campo a trabajar antes de que oscureciera. 

Finalmente le dije: «voy a darle diez dólares por esa Biblia». Me la vendió. Los Seadown ya no estaban y la Biblia era mía. Me la llevaría para leerla de nuevo y quizá iba a leérsela a Hattie, lo que podría hacerle bien.

No abrí la Biblia hasta que llegué a casa. Pero cuando traté de leerla no pude. Cuando lo intenté, sonaba seco y forzado, como muchas palabras de un catálogo o como los números de un calendario. Le pedí a Hattie que me la leyera pero ella era vieja, dura y amarga y las palabras sonaban como cuando un hombre hacía el inventario en la tienda a fin de mes.

Me sentía perdido. No sabía qué hacer. Me sentía en posesión de un tesoro cuya llave de acceso había perdido. Después pensé: «quizá esta no sea la Biblia de los Seadown». Pero en la página principal estaba su nombre, en tinta gastada: Joseph y Sarah Seadown. Me llenó de orgullo tener sus nombres en mis habitaciones.

Al poco tiempo, no pude leer sus nombres. El libro era muy viejo y las habitaciones, muy húmedas y oscuras. Su nombre se esfumó.

Me dieron ganas de buscar a los viejos Seadown por todo el mundo, pero tenía la triste sensación de que aunque los encontrara en algún lugar no tendrían voz para leerme. Entonces me di cuenta de que ya no estaban y de que aquellos días y aquel sentimiento se habían ido con ellos para siempre.

A la mañana siguiente me desperté a un día de oscuridad eterna, esperanza perdida y desolación, y nunca volví a tratar de leer la Biblia.