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La alcoba negra - Johann–August Apfel

Tippel llegó a Berlín al anochecer. Era un muchacho grueso y pesado, que había conseguido, después de muchos esfuerzos, un título universitario en Jena, sin excesivo aprovechamiento. No obstante, le habían ofrecido un empleo de preceptor en casa del consejero Wermuth, quien vivía en un enorme y triste caserón de los alrededores de Tempelhof.

Cuando Tippel se hizo anunciar y se presentó con sus referencias y sus recomendaciones, el consejero se mostró sumamente contrariado: su mujer y sus dos hijos se disponían a partir hacia las montañas bávaras para pasar allí la primavera. Incluso él mismo iba a preparar su equipaje, pues le esperaban en Viena. Realmente, se había olvidado por completo de Tippel...

Pero el señor Wermuth era un hombre sensible, y Tippel, a pesar de su extremada gordura, le resultó simpático.
 
–Mi casa será la suya durante mi ausencia –declaró–. En cuanto a sus futuros alumnos... ¡bien!, les concederemos aún un poco de tranquilidad antes de sumergirles en los libros.

Tippel no podía pedir nada mejor. Con manutención y cama aseguradas, y algo de dinero en el bolsillo para adquirir cerveza y tabaco...
 
A este respecto el consejero le tranquilizó totalmente, alineando algunas monedas de oro frente a él.
 
–No creo que sus habitaciones estén preparadas –dijo Wermuth, excusándose–, pero Hammer, mi ayuda de cámara, se ocupará de usted y no permitirá que le falte nada.

Dicho esto, Wermuth tomó su equipaje y llamó al cochero.

Hammer era un hombre anciano, algo sordo y muy conversador. Tardó bastante tiempo en comprender lo que Tippel solicitaba de él; entonces, levantó los brazos al cielo en señal de impotencia.
 
–Pero, si todas las habitaciones están cerradas, señor Tippel –se lamentó–. Y, además, toda la lencería ha sido cuidadosamente ordenada y guardada bajo llave... Por otra parte, tampoco puedo darle a usted una habitación de la servidumbre; sería mi deshonor para toda la vida. Pero, espere... ¡nos queda aún la alcoba negra!

–¿La alcoba negra? –preguntó Tippel.
–A decir verdad, no es negra. Sus paredes tienen un bello matiz anaranjado; pero los muebles están hechos con una magnífica madera extranjera, negra como el azabache. Creo que se llama ébano. ¿Querría usted contentarse con esta solución hasta que regresen los señores?

Tippel inspeccionó la alcoba, y la encontró muy agradable, a pesar de sus excesivas dimensiones, de los extraños muebles y, especialmente, le disgustó lo alejada que se hallaba de los otros aposentos habitados del gran caserón.

Hammer acudió a servirle personalmente en la alcoba negra, excusándose una vez más; parte del personal de servicio partió acompañando a madame Wermuth a Baviera, y el resto había ido a Viena con el consejero. Tan sólo quedaba la cocinera, mujer de carácter autoritario, que se negaba a ocuparse de otra cosa que no fueran sus trabajos culinarios.

La cena era exquisita; pollo, muy en su punto, pastel de anchoas noruegas y un vino excelente.

Hammer ayudó a Tippel a ordenar sus efectos, pero cuando el profesor se disponía a abrir un alto armario de madera negra, para guardar en él su manta de viaje, el viejo criado exclamó vivamente:
–¡Este armario no se abre! ¡No, de ninguna manera, jamás se ha abierto!

Le facilitó un candelabro de plata maciza provisto de tres gruesas velas de cera amarillenta que expandían una suave y conveniente claridad.

Tippel había viajado durante todo el día en un incómodo carruaje de alquiler, comiendo mal y bebiendo aún peor. Se sentía fatigado y el vino y la buena mesa le habían dejado medio adormecido.

Tan pronto como se acostó en la cama, ancha como una calesa, se durmió, no sin antes haber apagado concienzudamente las velas, pues siempre preveía la posibilidad de un incendio.

Pensaba dormir hasta el amanecer, por lo que se sorprendió mucho al darse cuenta de que estaba totalmente despierto mientras, en algún lugar lejano del caserón, un reloj daba las doce...

Su asombro aumentó al observar que la alcoba no permanecía totalmente a oscuras: un débil resplandor azulado parecido a un rayo de luna, la iluminaba suavemente.
 
Intentó en vano descubrir de dónde procedía.
 
Era una luminosidad imprecisa y suave, que parecía flotar en el aire y que permitía distinguir los contornos de todo lo que se hallaba en la alcoba.

Tippel se incorporó y, de pronto, se fijó en el alto armario negro.
 
Entonces, su estupor se convirtió en verdadero pánico; una de las puertas del armario se abría lentamente, giraba sobre sus goznes sin ningún ruido, como si estuvieran recientemente engrasados, y tras unos instantes que a él le parecieron siglos, la puerta quedó totalmente abierta.

Nada había en el interior; la puerta quedó abierta mostrando una oscuridad absoluta.
 
A Tippel no le faltó valor y, afirmando la voz tanto como pudo, preguntó:
–¿Quién está ahí?

No obtuvo respuesta alguna, pero observó cómo el misterioso resplandor azulado convergía hacia el armario y penetraba en sus oscuras profundidades.

Tippel lanzó un alarido de terror o, por lo menos, esto le pareció ser el débil gemido que escapó de su garganta.

Una forma horrible intentaba salir del armario. Ciertamente, tenía una apariencia casi humana, pero, ¡cuán deforme y repugnante era!
 
La cabeza, aplastada por un terrible golpe, no era más que una masa informe de carne machacada y de huesos triturados. Solamente dos ojos enormes y fijos destacaban, rojos como brasas, mientras que la boca bostezaba salvajemente con los labios arrancados.

Dos grandes brazos surgían del cuerpo, haciendo furiosos gestos, como para escapar a una invisible influencia.

Tippel notó los ojos de fuego fijos en él, y comprendió que el monstruo fantasmal intentaba salir del armario con la intención de precipitarse sobre él. Pero, a pesar de sus desesperados esfuerzos, no conseguía avanzar ni un milímetro.

Tippel creyó perder la razón y se dio cuenta de que las fuerzas le abandonaban. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, saltó del lecho y corrió hacia la puerta.

En el mismo instante, con un rugido espantoso, la aparición se libró de sus invisibles ligaduras.
 
Una garra asió el gorro de noche del profesor arrancándoselo violentamente y asiéndose a su cuello; pero ya este corría por los oscuros pasillos del caserón, llamando a gritos a Hammer con voz delirante.

Se desorientó completamente en su loca carrera, y estuvo varias veces a punto de romperse los huesos contra un muro o de saltar al vacío por una escalera.

Por fin, percibió una débil claridad al fondo de un corredor: el viejo criado, con una vela en la mano, venía a su encuentro.
–¡Señor Tippel! –balbució el anciano–. ¿Lo habéis visto...? ¡Dios mío! ¡Responded...! ¿Lo habéis visto?

Pero Tippel se desmayó, perdidas ya sus últimas fuerzas.

Volvió en sí en un sillón, cerca de una gran cocina todavía caliente. Sintió un fuerte gusto de aguardiente en la boca, a la vez que observaba un gran vaso colocado a su lado; comprendió que el criado le había hecho beber.
 
–¿Lo habéis visto? –murmuró Hammer, temblando–. Hace casi cincuenta años que vivo en esta casa, y jamás me he atrevido a entretenerme más de la cuenta en la alcoba negra, ni tan sólo de día.

–Pues entonces, ¿por qué me la habéis dado para pasar en ella esta noche infernal? –gimió el profesor.

–Ya no creía en ello –dijo Hammer en un susurro–. O mejor dicho, esperaba que él ya nos habría abandonado. Hace tantos años que ocurrió aquello...

–¿Qué cosa? –preguntó Tippel.

–Desde que se le mató en esta alcoba... –explicó el anciano–. Era el abuelo de la señora, el conde Graumark von Dietrichstein. Por encargo de él, hicieron estos malditos muebles negros con madera que hizo traer del corazón de África. 
 
Era un hombre terrible, a quien las juergas, la lujuria y la bebida, acabaron por volver loco. Cierto día estranguló con sus propias manos a una joven criada que se opuso a sus innobles deseos. Sus familiares consiguieron librarle del rigor de la justicia pero para ello tuvieron que encerrarle en esa alcoba. 
 
La joven criada tenía un novio, un leñador de Spreewald, quien consiguió introducirse en la casa para cumplir su venganza. Mató al loco a hachazos... y después arrojó los horribles restos en el gran armario negro. Y..., y... murió en pecado mortal, por lo que el eterno reposo le está negado... ¡y vuelve!

–Verdaderamente, fue un acto de justicia –dijo Tippel, quien ya había recuperado su presencia de ánimo gracias al aguardiente que Hammer le iba sirviendo continuamente–. Supongo que no detuvieron al leñador.

–No –respondió el anciano–, jamás se supo quién le había matado.

–¿De verdad? –preguntó Tippel sin ninguna intención.

–Ciertamente... ¿Por qué..., por qué me mira de este modo? –exclamó vivamente el criado.
 
De repente, se levantó y, en actitud defensiva blandió sus descarnados puños.
–Usted lo ha adivinado..., me doy cuenta. Debería desconfiar de las personas cultas como usted. ¡Pues bien! Sí..., yo soy el leñador..., soy yo quien destrocé a este loco miserable. ¡Lo destrocé con mi hacha!

–¡Diablo! –gritó Tippel, alarmado.

–Y puesto que ha vuelto, voy a matarle una vez más –rugió Hammer.
 
Con una velocidad y una agilidad totalmente insospechadas en un anciano tan decrépito, se lanzó hacia las tinieblas del caserón.

–¡Hammer! –gritó Tippel–. ¡Vuelva aquí!
Pero los pasos de Hammer ya se perdían en la lejanía.

Siguió un gran silencio, después, bruscamente gritos y alaridos horribles.
 
Allá arriba, en las estancias lejanas del maldito caserón, se desarrollaba una terrible lucha, de la que Tippel percibía perfectamente los espantosos ecos.

A medio vestir, se lanzó a la calle.
No regresó hasta el alba, acompañado por los gendarmes.

La alcoba negra estaba abierta, y su aspecto era tan espantoso que los gendarmes retrocedieron horrorizados.
Los muebles estaban destrozados, el gran armario no era más que un montón de astillas, y en el mismo estado de ruina estaban las paredes y los cuadros. Además... ¡todo rezumaba sangre!

–¡Mirad...! ¡Mirad aquí! –gritó un gendarme, retrocediendo.
Tippel vio en el suelo, a sus pies, una enorme mano, como una garra de fiera, cortada a la altura de la muñeca, y que llevaba aún un pesado grillete de hierro como los que se ponen a los presidiarios y a los locos furiosos. Un sargento la recogió.

–Parece... –dijo indeciso–, parece seco como un madero para quemar. Diríase que es una mano de... de...

–De momia –suspiró Tippel.

–Justamente, señor. Una mano de momia.

Jamás volvió a encontrarse ni rastro del anciano criado Hammer.

El hombre de arena - E. T. A. Hoffmann (parte 1)

 Nataniel a Lotario

Sin duda estaréis inquietos porque hace mucho tiempo que no os escribo. Mamá estará enfadada y Clara pensará que vivo en tal torbellino de alegría que he olvidado por completo la dulce imagen angelical tan profundamente grabada en mi corazón y en mi alma. Pero no es así; cada día, cada hora, pienso en ustedes y el rostro encantador de Clara vuelve una
y otra vez en mis sueños; sus ojos transparentes me miran con dulzura, y su boca me sonríe como antaño, cuando volvía junto a vosotros. 

¡Ay de mí! ¿Cómo podría haberos escrito con la violencia que anidaba en mi espíritu y que hasta ahora ha turbado todos mis pensamientos? ¡Algo espantoso se ha introducido en mi vida! Sombríos presentimientos de un destino cruel y amenazador se ciernen sobre mí, como nubes negras, impenetrables a los alegres rayos del sol. Debo decirte lo que me ha sucedido. Debo hacerlo, es preciso, pero sólo con pensarlo oigo a mi alrededor risas burlonas. 

¡Ay, querido Lotario, cómo hacer para intentar solamente que comprendas que lo que me sucedió hace unos días ha podido turbar mi vida de una forma terrible! Si estuvieras aquí podrías ver con tus propios ojos; pero ciertamente piensas ahora en mí como en un visionario absurdo. 

En pocas palabras, la horrible visión que tuve, y cuya mortal influencia intento evitar, consiste simplemente en que, hace unos días, concretamente el 30 de octubre a mediodía, un vendedor de barómetros entró en mi casa y me ofreció su mercancía. No compré nada y lo amenacé con precipitarlo escaleras abajo, pero se marchó al instante.

Sospechas sin duda que circunstancias concretas que han marcado profundamente mi vida conceden relevancia a este insignificante acontecimiento, y así es en efecto. Reúno todas mis fuerzas para contarte con tranquilidad y paciencia algunas cosas de mi infancia que aportarán luz y claridad a tu espíritu. En el momento de comenzar te veo reír y oigo a Clara que dice: «¡son auténticas chiquilladas!». ¡Ríanse! ¡Ríanse de todo corazón, se lo suplico! Pero ¡Dios del cielo!, mis cabellos se erizan y me parece que los conjuro a burlarse de mí en el delirio de la desesperación, como Franz Moor conjuraba a Daniel. Vamos al hecho en cuestión.

Salvo en las horas de las comidas, mis hermanos y yo veíamos a mi padre bastante poco. Estaba muy ocupado en su trabajo. Después de la cena, que, conforme a las antiguas costumbres, se servía a las siete, íbamos todos, nuestra madre con nosotros, al despacho de nuestro padre, y nos sentábamos a una mesa redonda. 

Mi padre fumaba su pipa y bebía un gran vaso de cerveza. Con frecuencia nos contaba historias maravillosas, y sus relatos lo apasionaban tanto que dejaba que su pipa se apagase; yo estaba encargado de encendérsela de nuevo con una astilla prendida, lo cual me producía un indescriptible placer. También a menudo nos daba libros con láminas; y permanecía silencioso e inmóvil en su sillón apartando espesas
nubes de humo que nos envolvían a todos como la niebla. 

En este tipo de veladas, mi madre estaba muy triste, y apenas oía sonar las nueve, exclamaba: «Vamos niños, a la cama… ¡el Hombre de Arena está al llegar…!, ¡ya lo oigo!». Y, en efecto, se oía entonces retumbar en la escalera graves pasos; debía ser el Hombre de Arena. En cierta ocasión, aquel ruido me produjo más escalofríos que de costumbre y pregunté a mi madre mientras nos acompañaba:
—¡Oye mamá! ¿Quién es ese malvado Hombre de Arena que nos aleja siempre del lado de papá? ¿Qué aspecto tiene?
—No existe tal Hombre de Arena, cariño —me respondió mi madre—.

Cuando digo «viene el Hombre de Arena» quiero decir que tienen que ir a la cama y que sus párpados se cierran involuntariamente como si alguien les hubiera tirado arena a los ojos.

La respuesta de mi madre no me satisfizo y mi infantil imaginación adivinaba que mi madre había negado la existencia del Hombre de Arena para no asustarnos. Pero yo lo oía siempre subir las escaleras.

Lleno de curiosidad, impaciente por asegurarme de la existencia de este hombre, pregunté a una vieja criada que cuidaba de la más pequeña de mis hermanas, quién era aquel personaje. 

—¡Ah mi pequeño Nataniel! —me contestó—, ¿no lo sabes? Es un hombre malo que viene a buscar a los niños cuando no quieren irse a la cama y les arroja un puñado de arena a los ojos haciéndolos llorar sangre.
Luego los mete en un saco y se los lleva a la luna creciente para divertir a sus hijos, que esperan en el nido y tienen picos encorvados como las lechuzas para comerles los ojos a picotazos.

Desde entonces, la imagen del Hombre de Arena se grabó en mi espíritu de forma terrible; y, por la noche, en el instante en que las escaleras retumbaban con el ruido de sus pasos, temblaba de ansiedad y de horror; mi madre sólo podía entonces arrancarme estas palabras ahogadas por mis lágrimas: «¡El Hombre de Arena! ¡El Hombre de Arena!». Corría al dormitorio y aquella terrible aparición me atormentaba durante toda la noche.

Yo tenía ya la edad suficiente como para pensar que la historia del Hombre de Arena y sus hijos en el nido de la luna creciente, según la contaba la vieja criada, no era del todo exacta; sin embargo, el Hombre de Arena siguió siendo para mí un espectro amenazador. 

El terror se apoderaba de mí cuando lo oía subir al despacho de mi padre. Algunas veces duraba su ausencia largo tiempo; luego, sus visitas volvían a ser frecuentes; aquello duró varios años. No podía acostumbrarme a tan extraña aparición, y la sombría figura de aquel desconocido no palidecía en mi pensamiento. 

Su relación con mi padre ocupaba cada vez más mi imaginación, la idea de preguntarle a él me sumía en un insuperable temor, y el deseo de indagar el misterio, de ver al legendario Hombre de Arena, aumentaba en mí con los años. 

El Hombre de Arena me había deslizado en el mundo de lo fantástico, donde el espíritu infantil se introduce tan fácilmente. Nada me complacía tanto como leer o escuchar horribles historias de genios, brujas y duendes; pero, por encima de todas las escalofriantes apariciones, prefería la del Hombre de Arena que dibujaba con tiza y carbón en las mesas, en los armarios y en las paredes bajo las formas más espantosas. Cuando cumplí diez años, mi madre me asignó una habitación para mí solo, en el corredor, no lejos de la de mi padre. 

Como siempre, al sonar las nueve el desconocido se hacía oír, y había que retirarse. Desde mi habitación lo oía entrar en el despacho de mi padre, y poco después me parecía que un imperceptible vapor se extendía por toda la casa. La curiosidad por ver al Hombre de Arena de la forma que fuese crecía en mí cada vez más. Alguna vez abrí mi puerta, cuando mi padre ya se había ido, y me deslicé en el corredor; pero no pude oír nada, pues siempre habían cerrado ya la puerta cuando alcanzaba la posición adecuada para poder verle. 

Finalmente, empujado por un deseo irresistible, decidí esconderme en el gabinete de mi padre, y esperar allí mismo al Hombre de Arena. Por el semblante taciturno de mi padre y por la tristeza de mi madre supe una noche que vendría el Hombre de Arena. Pretexté un enorme cansancio y abandonando la sala antes de las nueve fui a esconderme detrás de la puerta. 

La puerta de la calle crujió en sus goznes y lentos pasos, tardos y amenazadores, retumbaron desde el vestíbulo hasta las escaleras. Mi madre y los niños pasaron apresuradamente ante mí. Abrí despacio, muy despacio, la puerta del gabinete de mi padre. Estaba sentado como de costumbre, en silencio y de espaldas a la puerta. No me vio, y corrí a esconderme detrás de una cortina que tapaba un armario en el que estaban colgados sus trajes. 

Después los pasos se oyeron cada vez más cerca, alguien tosía, resoplaba y murmuraba de forma singular. El corazón me latía de miedo y expectación. Muy cerca de la puerta, un paso sonoro, un golpe violento en el picaporte, los goznes giran ruidosamente. Adelanto a mi pesar la cabeza con precaución, el Hombre de Arena está en medio de la habitación ¡el resplandor de las velas ilumina su rostro! ¡El Hombre de Arena, el terrible Hombre de Arena, es el viejo abogado Coppelius que a veces se sienta a nuestra mesa! 

Pero el más horrible de los rostros no me hubiera causado más espanto que el de aquel Coppelius. Imagínate un hombre de anchos hombros con una enorme cabeza deforme, una tez mate, cejas grises y espesas bajo las que brillan dos ojos verdes como los de los gatos y una nariz gigantesca que desciende bruscamente sobre sus gruesos labios. Su boca torcida se encorva aún más con su burlona sonrisa; en sus mejillas dos manchas rojas y unos acentos a la vez sordos y silbantes se escapan de entre sus dientes irregulares. 

Coppelius aparecía siempre con un traje color ceniza, de una hechura pasada de moda, chaqueta y pantalones del mismo color, medias negras y zapatos con hebillas de strass. Su corta peluca, que apenas cubría su cuello, terminaba en dos bucles pegados que soportaban sus grandes orejas, de un rojo vivo, e iba a perderse en un amplio tafetán negro que se desplegaba aquí y allá en su espalda y dejaba ver el broche de plata que sujetaba su lazo. 

Aquella cara ofrecía un aspecto horrible y repugnante, pero lo que más nos chocaba a nosotros, niños, eran aquellas grandes manos velludas y huesudas; cuando él las dirigía hacia algún objeto, nos guardábamos de tocarlo. Él se había dado cuenta de esto y se complacía en tocar los pasteles o las frutas confitadas que nuestra madre había puesto sigilosamente en nuestros platos; entonces él gozaba viendo nuestros ojos llenos de lágrimas al no poder ya saborear por asco y repulsión las golosinas que él había rozado. 

Lo mismo hacía los días de fiesta, cuando nuestro padre nos servía un vasito de vino dulce. Entonces se apresuraba a coger el vaso y lo acercaba a sus labios azulados, y reía diabólicamente viendo cómo sólo podíamos exteriorizar nuestra rabia con leves sollozos. Acostumbraba a llamarnos los animalitos; en presencia suya no nos estaba permitido decir una sola palabra y maldecíamos con toda nuestra alma a aquel personaje odioso, a aquel enemigo que envenenaba deliberadamente nuestra más pequeña alegría. 

Mi madre parecía odiar tanto como nosotros al repugnante Coppelius, pues, desde el instante en que aparecía, su dulce alegría y su despreocupada forma de ser se tornaban en una triste y sombría gravedad. Nuestro padre se comportaba con Coppelius como si este perteneciera a un rango superior y hubiera que soportar sus desaires con buen ánimo. Nunca dejaba de ofrecerle sus platos favoritos y descorchaba en su honor vinos de reserva.

Al ver entonces a Coppelius me di cuenta de que ningún otro podía haber sido el Hombre de Arena; pero el Hombre de Arena ya no era para mí aquel ogro del cuento de la niñera que se lleva a los niños a la luna, al nido de sus hijos con pico de lechuza. No. Era una odiosa y fantasmagórica criatura que dondequiera que se presentase traía tormento y necesidad, causando un mal durable, eterno.

Yo estaba como embrujado, con la cabeza entre las cortinas, a riesgo de ser descubierto y cruelmente castigado. Mi padre recibió alegremente a Coppelius.
—¡Vamos! ¡Al trabajo! —exclamó el otro con voz sorda quitándose la levita.

 Mi padre, con aire sombrío, se quitó la bata y los dos se pusieron unas túnicas negras. Mi padre abrió la puerta de un armario empotrado que ocultaba un profundo nicho donde había un horno. Coppelius se acercó, y del hogar se elevó una llama azul. Una gran cantidad de extrañas herramientas se iluminaron con aquella claridad. Pero ¡Dios mío, qué extraña metamorfosis se había operado en los rasgos de mi anciano padre!

Un dolor violento y terrible parecía haber cambiado la expresión honesta y leal de su fisonomía, que se había contraído de forma satánica. ¡Se parecía a Coppelius! Este manejaba unas pinzas incandescentes y atizaba los carbones ardientes del hogar. Creí ver a su alrededor figuras humanas, pero sin ojos. En su lugar había cavidades negras, profundas, horribles.

—¡Ojos, ojos! —gritaba Coppelius con voz sorda, amenazadora.
Grité y caí al suelo, violentamente abatido por el miedo. Entonces Coppelius me cogió.
—¡Pequeña bestia! ¡Pequeña bestia! —dijo haciendo crujir los dientes de un modo espantoso. Diciendo esto me arrojó al horno, cuya llama prendía ya mis cabellos.
—Ahora —exclamó— ya tenemos ojos, ¡ojos!, ¡un hermoso par de ojos de niño! —Y con sus manos cogió del hogar un puñado de carbones ardientes que se disponía a arrojar a mis ojos, cuando mi padre, con las manos juntas, le imploró:
—¡Maestro! ¡Maestro! ¡Deja los ojos a mi Nataniel! ¡Déjaselos! Coppelius se echó a reír de forma estrepitosa.
—Que el niño conserve sus ojos para que estos realicen su trabajo en el mundo; pero, puesto que está aquí, observemos atentamente el mecanismo de sus pies y de sus manos.

Sus dedos apretaron todas las articulaciones de mis miembros, que crujieron, y me retorció las manos y los pies de una forma y de otra.
—¡Esto no está del todo bien! ¡Tan bien como estaba! ¡El viejo lo ha entendido perfectamente!
Coppelius murmuraba esto mientras me retorcía; pero pronto todo se volvió oscuro y confuso a mi alrededor; un dolor nervioso agitó todo mi ser; no sentí nada más. Un vapor dulce y cálido se derramó sobre mi rostro; desperté como del sueño de la muerte. Mi madre estaba inclinada sobre mí.

—¿Está aquí el Hombre de Arena? —balbucí.
—No, mi niño, está muy lejos; se fue hace mucho, no te hará daño.
Así decía mi madre, y me besaba estrechando contra su corazón al niño querido que le era devuelto.
¿Para qué cansarte por más tiempo con estas historias, querido Lotario?
Fui descubierto y cruelmente maltratado por Coppelius. La ansiedad y el miedo me causaron una ardiente fiebre que padecí durante algunas semanas; «¿Está aún aquí el Hombre de Arena?». Estas fueron las primeras palabras de mi salvación y el primer signo de mi curación. 

Sólo me queda contarte el instante más horrible de mi infancia; después te habrás convencido de que no hay que acusar a mis ojos de que todo me parezca sin color en la vida; pues un sombrío destino ha levantado una densa nube ante todos los objetos, y sólo mi muerte podrá disiparla.

Coppelius no volvió a aparecer, se dijo que había abandonado la ciudad.
Había transcurrido un año, y cierta noche, según la antigua e invariable costumbre, estábamos sentados en la mesa redonda. Nuestro padre estaba muy alegre y nos contaba historias divertidas que le habían sucedido en los viajes de su juventud. En el momento en que el reloj daba las nueve oímos sonar los goznes de la puerta de la casa, y unos graves pasos retumbaron desde el vestíbulo hasta las escaleras.

—¡Es Coppelius! —dijo mi madre palideciendo.
—Sí, es Coppelius —repitió mi padre con voz entrecortada.
Las lágrimas asomaron a los ojos de mi madre:
—¡Padre!, ¿es preciso?
—Por última vez —respondió—. Viene por última vez, te lo juro. Ve con los niños. Buenas noches.
Yo estaba petrificado, me faltaba el aire. Mi madre, viéndome inmóvil, me cogió del brazo.
—Ven, Nataniel —me dijo. Me dejé llevar a mi habitación—. Estate tranquilo y acuéstate. ¡Duerme! —me dijo al irse.

Pero un terror invencible me agitaba y no pude cerrar los ojos. El horrible, el odioso Coppelius estaba ante mí, con sus ojos destellantes, sonriéndome hipócrita, e intentaba alejar su imagen. Era cerca de media noche cuando se oyó un golpe violento, como la detonación de un arma de fuego. La casa entera se tambaleó, alguien pasó corriendo por delante de mi cuarto y la puerta de la calle se cerró estrepitosamente de un portazo.

—¡Es Coppelius! —grité fuera de mí, y salté de la cama. Oí gemidos; corrí a la habitación de mi padre, la puerta estaba abierta, se respiraba un humo asfixiante, y una criada gritaba:
—¡El señor! ¡El señor!
Delante del horno encendido, en el suelo, yacía mi padre muerto, con la cara destrozada. Mis hermanas, de rodillas a su alrededor, clamaban y gemían. Mi madre había caído inmóvil junto a su marido.
—¡Coppelius, monstruo infame! ¡Has asesinado a mi padre! —grité. Y caí sin sentido.

Dos días más tarde, cuando colocaron su cuerpo en el ataúd, sus rasgos habían vuelto a ser serenos y dulces como lo fueron durante toda su vida. Aquella imagen mitigó mi dolor; pensé que su alianza con el infernal Coppelius no lo había llevado a la condenación eterna.

La explosión había despertado a los vecinos, el suceso causó sensación, y las autoridades, que tuvieron conocimiento del mismo, requirieron la presencia de Coppelius. Pero había desaparecido de la ciudad sin dejar rastro.

Si te dijera, querido amigo, que el vendedor de barómetros no era otro sino el miserable Coppelius, comprenderías el horror que me produjo tan desgraciada y enemiga aparición. Llevaba otro traje, pero los rasgos de Coppelius están demasiado profundamente marcados en mi alma como para poder equivocarme. Además, Coppelius ni siquiera ha cambiado de nombre. Se hace pasar aquí —según tengo oído—, por un mecánico piamontés llamado Giuseppe Coppola.

Estoy decidido a vengar la muerte de mi padre, pase lo que pase. No digas nada a mi madre de este encuentro cruel. Saluda a la encantadora Clara; le escribiré con una mayor presencia de ánimo. 

Queda con Dios, etcétera.