Sonaban en el reloj del hall las once,
cuando mi dueño cerró el libro que leía desde la tarde y se encaminó rumbo a su
alcoba. Una vez allí dio dos vueltas a la llave, entreabrió un poco la ventana
—puesto que es primavera— y comenzó a desnudarse con mayor calma que de
costumbre.
Mi dueño es un hombre hercúleo, algo
infernal y muy alegre, a quien las mujeres miran siempre pecaminosamente y los
hombres con envidia. Se viste a la última moda, no piensa jamás en la muerte,
ni por asomos frecuenta la iglesia y a menudo sale de viaje. Cuando esto último
ocurre, me lleva indefectiblemente sobre sus espaldas, no sin enviarme de
antemano a la planchaduría. También me adorna entonces con una camisa blanca,
un pañuelo del mismo color y una corbata de seda, poblada de lunares rojos. En
especialísimas circunstancias usa guantes: unos guantes de color vainilla, con
los pespuntes negros, y siempre desabrochados, dejando visible el reloj de oro
sobre la muñeca velluda y sólida.
Puedo afirmar ante todo que se trata de un
hombre riquísimo —tal vez un millonario— porque así lo demuestran mil vanidades
distintas: el palacio en que vive, los criados que lo sirven, el perfume con
que se peina y el automóvil que tripula. Frecuenta la ópera, los balnearios
equívocos, los casinos de juego y los cabarets más inmundos. Durante el día
hace deporte —monta a caballo, juega tenis y nada—; almuerza en restaurantes
llenos de espejos, acompañado generalmente de bellas pecadoras impúdicas;
charla, juega al poker y da un paseo en canoa o en auto. Por la noche se viste
de etiqueta y baila, o bien acude a algún concierto sinfónico si se interpreta
a Beethoven.
Gran parte de estos pormenores los he
observado por mí mismo; otros, en cambio, los aprendí de labios de mis
compañeros. ¡Ah!, prisioneros en el armario, cuando todo calla en la
residencia, dialogamos los trajes sabrosamente, mas con cautela, cuidando de no
ser sorprendidos. Cierta noche, por ejemplo, uno de mis vecinos —un traje beige
con unos cuadros tan estupendos que más parece una jaula— no supo contener la
risa. Eran aproximadamente las cuatro de la mañana y el amo se despertó. Dio la
luz, mirando sobrecogido a todas partes. Atisbo, con la cabeza de lado. Mas no
conforme con esto, se levantó rápidamente, se echó encima un batín y empuñó el
revólver. Así lo vi salir de la estancia, apuntando con el cañón a los
rincones.
A partir de incidente tan bochornoso, nos
cuidamos, digo, de provocar escándalo alguno, lo cual, dicho sea de paso, no es
tarea fácil, ya que existen trajes dotados de prodigioso humorismo que relatan
los episodios más dramáticos del modo más cómico de la tierra.
Preferentemente, como es lógico suponer,
nuestras conversaciones versan sobre asuntos de nuestro propio mundillo:
solapas, costuras, bolsillos... Los bolsillos son nuestros órganos capitales:
el hígado, los pulmones, el corazón, el estómago. Las costuras, nuestras
arterias. Nuestras solapas, el rostro. De ahí que cuando deseemos conocer la
edad, salud o condición moral de un individuo, fijemos nuestra atención en
éstas: las arrugas, la calvicie y el artritismo se reflejan inevitablemente en
ellas. Y lo propio sucede con la herejía, la piedad, la avaricia y la
mansedumbre. Hablamos, insisto, de nuestras experiencias diarias, de nuestras
contingencias, de nuestros reprobables deslices con algún vestido de señora.
Quien narra una cita de amor; quien un acto de caridad; quien una vulgar
extravagancia o una riña.
—Entre estos brazos que aquí veis —nos reveló
en cierta ocasión un compañero bastante malvado— he estrechado delirantemente
los tules del vestidito más subyugante y apetecible que hayáis visto jamás...
Otro, evocando un desaguisado, comentó:
—El automóvil del amo —que me odia con un
rencor inextinguible— diome artera puñalada. Aconteció frente al casino,
durante un crepúsculo de mayo... Me la tiró aquí, sobre el omoplato y era
mortal de necesidad. Pero gracias a mi pericia, conseguí verificar una maniobra
muy hábil y apenas si alcanzó a herirme en un brazo. ¡Oh, fue una verdadera
fortuna!
Hay trajes cristianos y altruistas —mis
exclusivos amigos— capaces de la más heroica renuncia; trajes que, por ejemplo,
sacrifican gustosamente su excursión casual, con objeto de cedérsela a un
camarada enfermo. Sucede así: durante la noche se estrujan, se refriegan, se
comprimen como sardinas. A la mañana siguiente, el amo los extrae de su
escondrijo y comienza a vomitar improperios. Entonces, requiere al criado; y lo
amonesta; y lo zarandea. Al fin, elige otro traje. De ordinario, como era de
esperarse, el que más se asemeja al primero.
No obstante, según debe ocurrir también
entre los hombres, existen trajes impuros, ofensivos y viles. Trajes que se
entretienen, mientras dormimos, en descomponer nuestra figura o en afear
nuestros semblantes; trajes canallas y fanfarrones que se mofan de nuestras
desventuras, de nuestra morigeración, de nuestros temores religiosos. Trajes
libertinos y execrables —verdaderos candidatos al averno— que, aún de viejos,
se atildan repugnantemente, con la ilusión grosera de alguna sórdida aventura.
Por castigo del cielo suelen ser éstos los negros o aquellos cuyo color no
acertaría a descifrar el pintor más ducho en matices. Se les distingue muy
fácilmente por la expresión malsana de sus ojos, por la rigidez de sus piernas
—víctimas incurables de alguna enfermedad abyecta—, por los ademanes tardíos de
sus brazos, por la calvicie prematura.
No es extraño oírles vanagloriarse:
—Hoy violé a una niña...
Y nos refieren con todo lujo de detalles,
la pornográfica historieta de cierto uniforme de colegiala sacrificado en la planchaduría
durante la noche.
Pues bien. Mi amo esta vez ha procedido a
desnudarse con toda calma, ordenando celosamente mis tres piezas sobre una
silla, cual si se propusiera utilizarme de nuevo mañana. Ya ha quitado la luz,
y lo siento revolverse entre las sábanas. Todo está en sombras, recogido,
expectante. Del jardín asciende, a impulsos del aire, el perfume de los
claveles, las mimosas y los rosales. Escucho el gotear del agua en la fuente de
piedra y el canto de los grillos. También, de tiempo en tiempo, viene hasta mí
el rumor del reloj en la planta baja del edificio y, regularmente, sus
campanadas siniestras, profundas, alarmantes.
"El tiempo huye" —pienso
encomendándome a Dios. Pero acude el diablo.
Y por primera vez en mi existencia piadosa
—involuntariamente, lo juro— comienzo a ser víctima de los más atroces
pensamientos, de las alucinaciones más tenebrosas. Uno a uno, desfilan ante mis
ojos con minuciosidad insufrible los episodios más salientes de mi vida; uno a
uno, como espectros, danzan alrededor mío, dilatan sus sombras, exageran su contenido,
huyen, vuelven y se dispersan, abrumándome con su espantosa monotonía. Nada,
nada hay en ellos de interesante, sensacional o misterioso. Todo es gris, gris,
como el color que llevo a cuestas: románticos e infructuosos amores; sacrificios
estériles; titubeos irreparables; exaltaciones ridículas; prolongados y
horrendos encierros en la obscuridad pavorosa del armario; ensueños...
Oigo, no sé dónde, una voz que me
interroga: "¿Qué sentido tiene, pues, tu vida?"
Me santiguo y pienso en Dios, en la Gloria,
en el Fuego Eterno. Pretendo balbucir mis rezos. Invoco a los mártires, a las
santas. Repito en voz baja los mandamientos. Pero nada ni nadie me auxilia;
nada ni nadie acude en mi ayuda. Estoy solo, inexorablemente abandonado, como
el más primitivo de los impíos.
Y la voz insiste:
"¡Oh, tu vida es tonta, tonta, inútil!
Muy pronto envejecerás y todo habrá concluido. Como un miserable perro,
merodearás por los tugurios, por las iglesias, por los basureros públicos. Se
extinguirá tu virilidad, se embotará tu cerebro, la corriente en tus venas será
cada día menos impetuosa. Y un cúmulo de fracasos, de recuerdos ingratos, de
arrepentimientos tardíos te aplastará bajo su peso. ¡Hay que vivir, vivir!
—prorrumpe la voz ya a gritos—. ¡Vuestro deber es vivir! ¿Aún nadie lo ha
comprendido?"
—¡Yo lo comprendo! —grito también,
obsesionado por el péndulo—.Y me arranco una enorme cana: la única. A
continuación recuerdo fríamente:
"Hoy he ido al Banco."
En efecto: aquí está la cartera del amo,
repleta de billetes de todas clases.
Estiro piernas y brazos; me visto el
chaleco; enderezo la espalda; me incorporo, hecho un hombre. Distingo mi sombra
en el muro, proyectada por cierto fulgor invisible, y me sobrecojo un poco.
"Es la novedad" —me consuelo.
Avanzo en dirección al amo, inclinándome
sobre su cabeza. Pero duerme, duerme el pobrecito como un patriarca o un gato,
y estoy a punto de retractarme al considerarlo tan débil.
—¡Fuera prejuicios! —exclamo, sacudiendo un
brazo.
Y bebiéndome las lágrimas, me descuelgo por
el balcón.
Un vientecillo risueño y fresco mece los
árboles. La luna, las estrellas, las pequeñas nubes, de cara al vacío, tiemblan
ante las explosiones de la primavera. ¡Cómo huelen los frutos, la tierra, las
plantas! ¡Cómo susurran las hojas, el agua, la hiedra...!
Luego de ajustarme brevemente el chaleco y
de tirarme en debida forma de la americana, avanzo hasta la reja y me deslizo
por entre los barrotes.
—¡Ya soy libre, libre, libre! —prorrumpo en
la calle, manoseando la cartera.
Y me lanzo cuesta abajo por una avenida muy
amplia que se bifurca graciosamente. Por todas partes crecen los robles, los
abedules, las hayas, y en sus ramas duermen los pájaros. Las ramas son muy
exuberantes, se entrelazan caprichosamente y adoptan posturas ingenuas: ora es
un hombre a horcajadas sobre una serpiente; una bruja anciana junto a un pozo;
una joven peinándose; un diablo; un apóstol...
Camino, camino, y el tiempo transcurre
irremediablemente. La ciudad está aún lejos. ¿Tan lejos que nunca podré
alcanzarla? Por lo pronto, heme aquí en la carretera. De tarde en tarde cruza
un automóvil y yo me oculto entre la maleza, temeroso de que el amo haya
descubierto mi fuga y se dirija hacia acá con la pistola en la mano. De
improviso, observo que a lo lejos un hombre se aproxima. No me inmuto lo más
mínimo y prosigo mi marcha: gallardo, triunfante, resuelto, como atañe a un
traje gris, rico y libre.
"Debe ser un miserable tahonero
aburrido de su familia" —deduzco con sorna.
Pero ocurre que cuando estoy a regular
distancia de él, le veo detenerse, titubear, llevarse las manos a los ojos y
huir, lanzando gritos angustiosos.
—¡Se espantó! —razono muy satisfecho—. Un
traje gris que camina solo, camina, camina... no debe ser grato.
Me desternillo de risa y al punto la sangre
se hiela en mis venas.
—¡Pero entonces no podré ir a ninguna
parte!
Siento que el corazón me sofoca, que algo
áspero y frío me desciende por la espina y que la tierra gira a mis pies como
una rueda. Mediante un esfuerzo sobrehumano del que nunca me consideré capaz,
sigo adelante, dando pronto con la solución más cómoda.
"Es menester adjudicarse un
hombre."
Me pierdo en la enramada y salgo con una
estaca en la mano. Ya tiemblan las luces de la ciudad cercana. Comienzan a
aparecer las mansiones, señoriales, inmaculadas, la mayor parte en tinieblas.
El cielo es ahora rojo, cuadrado y tremendo... Pero no hay un alma viviente a
la vista.
Por fortuna, al doblar una esquina descubro
a la víctima caminando sobre la misma acera que yo. Veo sus espaldas fornidas,
temibles, iluminadas oblicuamente por los farolones de gas. Percibo sus pasos
burdos, huecos, igual que los de un policía o un caballo. Me apresuro y llego
tan cerca de él que distingo con precisión absoluta la canción que tararea
entre dientes. Pienso en mil cosas concretas y alegres. En mí.
"Un traje gris que camina,
camina..."
Y cuando susurra:
"Ven a mis brazos, amada..."
Alzo la estaca y lo mato de un solo golpe.
Debí fracturarle el cráneo. El hombre enmudece —amadaaa—, se tambalea sobre un
pie, me mira ya muerto, lanza una especie de mugido y se desploma contra el
asfalto, reblagado y estúpido.
Sin pérdida de tiempo lo desnudo,
vistiéndolo a continuación con mis ropas. Los pantalones le son un tanto
cortos, pero las demás prendas le sientan a maravilla. No pesa demasiado...
Rompo a andar más optimista que nunca, y en aquel preciso momento comienza a
aullar un perro. Dobla una campana en lo alto, anunciando la hora: las tres.
Ahora sí distingo mis pisadas con estos zapatotes que llevo...
—¿Qué procede hacer? —me pregunto.
¡Oh! Transcurre la noche sin que nada
interesante se me ocurra. Cruzo ante cabarets, restaurantes, hoteles, toda
suerte de mazmorras. Nada me atrae. Compro, por distraerme, un habano y se lo
meto en la boca al muerto. En una taberna le ofrezco una copa de ron; otra;
otra. Me parece que va perdiendo el equilibrio. Así es: en una esquina me
suplica me detenga y se aprieta el estómago con verdadera furia. Un líquido
caliente y agrio, semejante a un chorro de alquitrán, surge bajo sus bigotes
embadurnados.
"Ahora voy más ligero" —admito,
mirando de reojo al pozo de sangre.
Y el panorama persiste horrible: garitos,
hospitales, templos, comercios, hogares en penumbra.
"¡Cuánta ruina en la vida de los
hombres! —medito—. ¡Cuánta complicada inmundicia! ¡Ni un simple traje gris como
yo alcanza a hallar en todo esto aliciente alguno!"
Penetro en un casino de juego y arriesgo
unas monedas a la ruleta. Después, un buen puñado de billetes. La bolita salta
y rueda y me produce risa. Cuando me levanto, porto en los bolsillos una
monstruosa fortuna.
"Se creen demasiado listos"
—pienso, observando a todos aquellos seres asustados y pálidos, de ojos
hipócritas.
Aunque convengo allí mismo:
"¿Y de qué me sirven tantos
miles?"
Lanzo al espacio los billetes, y los
hombres, a su vez, se lanzan en pos de aquéllos, desgarrándose el frac y otras
cosas. Derriban sillas y mesas, se acometen bárbaramente, se congestionan de
ansiedad, ruedan unos sobre otros como piedras.
Así los dejo y salgo a la intemperie,
poseído del aburrimiento más atroz. El mar suena en alguna parte y su murmullo
me deprime hasta lo indecible, sugiriéndome ideas nefastas. Ideas que, de ser
yo un hombre, me impulsarían irremediablemente a incendiar todos aquellos
edificios, con sus criados, sus perros, sus amos y sus caballos. Entreveo las
olas negras, coronadas de espuma, lamiendo la costa recia. Distingo el olor
saludable y fresco del mar... Llego a la playa y me paseo a obscuras, muy
pensativo, con las manos atrás. Totalmente desolado, dejo que el viento rice
mis cabellos, que alivie si es posible mi confusión.
—¡Oh, los hombres, los hombres, los
hombres!
Los tropiezo a cientos, todos absurdamente
iguales; todos me desesperan. Unos son policías y portan amenazadoramente una
linterna en la mano. Otros van borrachos y eructan, apestando el aire puro.
Otros deben ser millonarios y abordan sus tumbas con ruedas. Otros son músicos,
gigolós, reverendos, ministros. ¡No hay diferencia entre ellos! Sin embargo,
ellos piensan que sí.
"¿Y para esto se multiplican?
—cavilo—. ¿Y para esto defienden con semejante furor sus vidas? ¿Y para esto se
mandan a hacer trajes caros, cuando podrían andar perfectamente en
cueros?"
Fatigado, con el corazón maltrecho,
decepcionado de la noche, de los billetes, de Lucifer y del regocijo humano, me
dejo caer sobre el césped húmedo de un parque. Me tumbo, al cabo, cuan largo
soy, y pronto advierto por entre los troncos de los árboles a dos mujeres que
avanzan perezosamente. Examino con curiosidad sus figuritas flexibles, sus
rostros de niñas anémicas, sus ancas repletas de yegua. Visten admirablemente y
se adornan con joyas exquisitas. Me pongo en pie, sin titubeos. Las abordo, y
ellas pretenden gritar, pidiendo auxilio, mas yo las tranquilizo al punto, como
se tranquiliza a cualquier criatura mortal por desdichada que sea. Esto es,
mostrándole muchos papeles de Banco. Azoradas, cambian entre sí miradas de
pasmo, calculando tal vez con sus cabezas cuadradas que se trata de un
bandolero o un lunático. Reaccionan en suma.
—¿Vamos? —las invito, sin ningún preámbulo.
—¡Vamos!
Detengo a un taxi y nos hundimos en su
penumbra sucia. Las mujercitas, poco a poco, comienzan a insinuárseme,
manoseando la barbilla del muerto o palmoteándole sobre el vientre. El pecho, a
ratos, amenaza con escapárseles por el descote. Sus muslos tiemblan prometedora
y ansiosamente. Hay no sé qué húmedo, criminal y tristón en sus ojos. Mas nada
de esto me interesa.
—Aprovéchate si quieres —aconsejo al
cadáver.
Pero él qué ha de aprovecharse. Ahí va
quieto, mudo, duro como un garrote.
Transcurridos unos minutos, nos apeamos
frente a un hotel de los más célebres por cuyas terrazas en sombra discurren
grupos de hombres y mujeres sospechosamente. La playa está cercana y el agua
sigue sonando, sonando... A poco, ya estamos los tres instalados en el mejor
aposento del edificio. La atmósfera es en extremo tibia, perfumada y propicia.
Una gran colcha de damasco cubre el lecho, y los muebles están construidos de
maderas claras. La noche, tras los visillos, se muestra ahora más limitada y
benigna.
Dan principio los galanteos, las caricias,
los besos: toda esa serie de explosiones groseras y cínicas, tan poco
saludables, a que se entregan los hombres en cuanto se sienten contentos.
—Desnudaos las dos —ordeno.
Proceden a quitarse las ropas mientras yo
las contemplo de cerca. De un golpe, saltan ambas al lecho, cual si en
realidad mi presencia las intimidara profundamente. Por el contrario, ríen de
un modo histérico, pellizcándose las ancas.
"Se suponen tentadoras" —pienso
con burla.
Y me siento con el muerto en una silla. Ahí
sigue: tieso, de gris, solemne; las piernas, velludas y azules; el vientre,
repleto de intestinos muertos. Quito la luz y las mujeres flirtean.
—¿Por qué nos dejas a obscuras si nuestros
cuerpecitos son tan lindos? ¿O es que no te gusta mirarnos?
Por respuesta, tomo al cadáver por los
sobacos, me desembarazo de él y se lo arrojo a ellas con todas mis fuerzas.
Suenan reír y protestar a un tiempo.
—¡Bruto! —chilla una amigablemente, al
recibir sobre su carne desnuda la mole fría y patética del desdichado.
Y sin perder un segundo me apodero de los
vestiditos de las mujeres galantes, saliendo a toda prisa de la alcoba. En el
pasillo, una dama al verme, se desmaya, exhibiendo sus ligas violeta. Más adelante
un botones se estrella, en su pánico, contra el muro.
Cruzo el vestíbulo, como un endemoniado.
Salgo a la calle. Me precipito contra un transeúnte que lleva a cuestas un
contrabajo y desaparezco en un taxi. Huyo, huyo, ahora sí, con la sangre
envenenada de deseo.
Primeramente los vestiditos desconfían, pretenden
llorar, suplican piedad en silencio.
—¡No lloréis! —les digo a propósito—: no
temáis que sea yo un bandolero o un sádico. No soy ningún delincuente. Por el
contrario, soy un millonario de las mejores costumbres que ha salido a
divertirse.
Ya ríen ellas, entreabriendo sus boquitas
húmedas. Ya me miran complacientemente, agitando sus juveniles miembros.
"Se me entregarán sin lucha"
—comprendo.
Y echo mano a la obra, rodeando sus
cinturitas traviesas, sus dedos ardientes, sus primorosos velos. Desfalleciente,
con una insoportable angustia en las rodillas, ordeno al chofer:
—¡Deténgase!
Bajamos, no lejos de la mansión de mi amo.
Por entre la fronda azul asoman sus terrazas fatales, sus paredes inicuas, sus
cristales malditos. A lo largo de una vereda, bajo las ramas sollozantes de los
sauces, nos dirigimos al lago. Vamos los tres del brazo, lo mismo que tres
adolescentes prófugos: locuaces, risueños, excitantes. Yo voy cortando flores
para mis amiguitas lindas y ellas las van deshojando entre sus dedos, cubriendo
la tierra de pétalos. ¡Cómo nos amamos!
—¿Verdad que nos amamos? —indago.
Pero, de súbito, se ponen tristes,
palidecen y no quieren más flores. Están, creo, al borde de echarse a llorar. Yo
las invito entonces a pasear en lancha, y pronto el agua nos circunda, una luz
diáfana y extraña nos envuelve, y la canción misteriosa de la noche, cálida,
sugerente, se difunde a través de mil invisibles gargantas.
—¿Verdad, verdad que nos amamos?
Por respuesta, un hedor inconfundible,
enteramente inesperada, salobre, mensual, se me agarra a la garganta. ¡Oh
dolor!
En la orilla cabecean los sauces,
multiplicados por las ondas. Las ondas son amplias, elásticas, y se despliegan
cada vez más cautivantes, formando una inmensa copa frágil. La luna riela,
auscultando la tierra...
¡Oh dolor, dolor, dolor!
Y la desesperación hace presa en mí.
Reniego de mi mala estrella.
—¡Si tuviera a mano un laúd! —prorrumpo, en
el colmo del erotismo frustrado.
Las pupilas de ellas se iluminan.
—¿Eres músico? —inquiere una muy
tiernamente.
—¡Soy un desdichado! —grito, escupiendo con
asco.
Y agrego a poco, mesándome los cabellos:
—¡Suicidémonos!
—¡Suicidémonos! —responden a dúo.
Casi amanece cuando nos lanzamos al agua.
Nos lanzamos los tres de la mano, con suavidad, suspirando amargamente,
temblando de pasión y frío, cada cual con una flor en la mano: tristes,
tristes, tristes...