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La alcoba negra - Johann–August Apfel

Tippel llegó a Berlín al anochecer. Era un muchacho grueso y pesado, que había conseguido, después de muchos esfuerzos, un título universitario en Jena, sin excesivo aprovechamiento. No obstante, le habían ofrecido un empleo de preceptor en casa del consejero Wermuth, quien vivía en un enorme y triste caserón de los alrededores de Tempelhof.

Cuando Tippel se hizo anunciar y se presentó con sus referencias y sus recomendaciones, el consejero se mostró sumamente contrariado: su mujer y sus dos hijos se disponían a partir hacia las montañas bávaras para pasar allí la primavera. Incluso él mismo iba a preparar su equipaje, pues le esperaban en Viena. Realmente, se había olvidado por completo de Tippel...

Pero el señor Wermuth era un hombre sensible, y Tippel, a pesar de su extremada gordura, le resultó simpático.
 
–Mi casa será la suya durante mi ausencia –declaró–. En cuanto a sus futuros alumnos... ¡bien!, les concederemos aún un poco de tranquilidad antes de sumergirles en los libros.

Tippel no podía pedir nada mejor. Con manutención y cama aseguradas, y algo de dinero en el bolsillo para adquirir cerveza y tabaco...
 
A este respecto el consejero le tranquilizó totalmente, alineando algunas monedas de oro frente a él.
 
–No creo que sus habitaciones estén preparadas –dijo Wermuth, excusándose–, pero Hammer, mi ayuda de cámara, se ocupará de usted y no permitirá que le falte nada.

Dicho esto, Wermuth tomó su equipaje y llamó al cochero.

Hammer era un hombre anciano, algo sordo y muy conversador. Tardó bastante tiempo en comprender lo que Tippel solicitaba de él; entonces, levantó los brazos al cielo en señal de impotencia.
 
–Pero, si todas las habitaciones están cerradas, señor Tippel –se lamentó–. Y, además, toda la lencería ha sido cuidadosamente ordenada y guardada bajo llave... Por otra parte, tampoco puedo darle a usted una habitación de la servidumbre; sería mi deshonor para toda la vida. Pero, espere... ¡nos queda aún la alcoba negra!

–¿La alcoba negra? –preguntó Tippel.
–A decir verdad, no es negra. Sus paredes tienen un bello matiz anaranjado; pero los muebles están hechos con una magnífica madera extranjera, negra como el azabache. Creo que se llama ébano. ¿Querría usted contentarse con esta solución hasta que regresen los señores?

Tippel inspeccionó la alcoba, y la encontró muy agradable, a pesar de sus excesivas dimensiones, de los extraños muebles y, especialmente, le disgustó lo alejada que se hallaba de los otros aposentos habitados del gran caserón.

Hammer acudió a servirle personalmente en la alcoba negra, excusándose una vez más; parte del personal de servicio partió acompañando a madame Wermuth a Baviera, y el resto había ido a Viena con el consejero. Tan sólo quedaba la cocinera, mujer de carácter autoritario, que se negaba a ocuparse de otra cosa que no fueran sus trabajos culinarios.

La cena era exquisita; pollo, muy en su punto, pastel de anchoas noruegas y un vino excelente.

Hammer ayudó a Tippel a ordenar sus efectos, pero cuando el profesor se disponía a abrir un alto armario de madera negra, para guardar en él su manta de viaje, el viejo criado exclamó vivamente:
–¡Este armario no se abre! ¡No, de ninguna manera, jamás se ha abierto!

Le facilitó un candelabro de plata maciza provisto de tres gruesas velas de cera amarillenta que expandían una suave y conveniente claridad.

Tippel había viajado durante todo el día en un incómodo carruaje de alquiler, comiendo mal y bebiendo aún peor. Se sentía fatigado y el vino y la buena mesa le habían dejado medio adormecido.

Tan pronto como se acostó en la cama, ancha como una calesa, se durmió, no sin antes haber apagado concienzudamente las velas, pues siempre preveía la posibilidad de un incendio.

Pensaba dormir hasta el amanecer, por lo que se sorprendió mucho al darse cuenta de que estaba totalmente despierto mientras, en algún lugar lejano del caserón, un reloj daba las doce...

Su asombro aumentó al observar que la alcoba no permanecía totalmente a oscuras: un débil resplandor azulado parecido a un rayo de luna, la iluminaba suavemente.
 
Intentó en vano descubrir de dónde procedía.
 
Era una luminosidad imprecisa y suave, que parecía flotar en el aire y que permitía distinguir los contornos de todo lo que se hallaba en la alcoba.

Tippel se incorporó y, de pronto, se fijó en el alto armario negro.
 
Entonces, su estupor se convirtió en verdadero pánico; una de las puertas del armario se abría lentamente, giraba sobre sus goznes sin ningún ruido, como si estuvieran recientemente engrasados, y tras unos instantes que a él le parecieron siglos, la puerta quedó totalmente abierta.

Nada había en el interior; la puerta quedó abierta mostrando una oscuridad absoluta.
 
A Tippel no le faltó valor y, afirmando la voz tanto como pudo, preguntó:
–¿Quién está ahí?

No obtuvo respuesta alguna, pero observó cómo el misterioso resplandor azulado convergía hacia el armario y penetraba en sus oscuras profundidades.

Tippel lanzó un alarido de terror o, por lo menos, esto le pareció ser el débil gemido que escapó de su garganta.

Una forma horrible intentaba salir del armario. Ciertamente, tenía una apariencia casi humana, pero, ¡cuán deforme y repugnante era!
 
La cabeza, aplastada por un terrible golpe, no era más que una masa informe de carne machacada y de huesos triturados. Solamente dos ojos enormes y fijos destacaban, rojos como brasas, mientras que la boca bostezaba salvajemente con los labios arrancados.

Dos grandes brazos surgían del cuerpo, haciendo furiosos gestos, como para escapar a una invisible influencia.

Tippel notó los ojos de fuego fijos en él, y comprendió que el monstruo fantasmal intentaba salir del armario con la intención de precipitarse sobre él. Pero, a pesar de sus desesperados esfuerzos, no conseguía avanzar ni un milímetro.

Tippel creyó perder la razón y se dio cuenta de que las fuerzas le abandonaban. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, saltó del lecho y corrió hacia la puerta.

En el mismo instante, con un rugido espantoso, la aparición se libró de sus invisibles ligaduras.
 
Una garra asió el gorro de noche del profesor arrancándoselo violentamente y asiéndose a su cuello; pero ya este corría por los oscuros pasillos del caserón, llamando a gritos a Hammer con voz delirante.

Se desorientó completamente en su loca carrera, y estuvo varias veces a punto de romperse los huesos contra un muro o de saltar al vacío por una escalera.

Por fin, percibió una débil claridad al fondo de un corredor: el viejo criado, con una vela en la mano, venía a su encuentro.
–¡Señor Tippel! –balbució el anciano–. ¿Lo habéis visto...? ¡Dios mío! ¡Responded...! ¿Lo habéis visto?

Pero Tippel se desmayó, perdidas ya sus últimas fuerzas.

Volvió en sí en un sillón, cerca de una gran cocina todavía caliente. Sintió un fuerte gusto de aguardiente en la boca, a la vez que observaba un gran vaso colocado a su lado; comprendió que el criado le había hecho beber.
 
–¿Lo habéis visto? –murmuró Hammer, temblando–. Hace casi cincuenta años que vivo en esta casa, y jamás me he atrevido a entretenerme más de la cuenta en la alcoba negra, ni tan sólo de día.

–Pues entonces, ¿por qué me la habéis dado para pasar en ella esta noche infernal? –gimió el profesor.

–Ya no creía en ello –dijo Hammer en un susurro–. O mejor dicho, esperaba que él ya nos habría abandonado. Hace tantos años que ocurrió aquello...

–¿Qué cosa? –preguntó Tippel.

–Desde que se le mató en esta alcoba... –explicó el anciano–. Era el abuelo de la señora, el conde Graumark von Dietrichstein. Por encargo de él, hicieron estos malditos muebles negros con madera que hizo traer del corazón de África. 
 
Era un hombre terrible, a quien las juergas, la lujuria y la bebida, acabaron por volver loco. Cierto día estranguló con sus propias manos a una joven criada que se opuso a sus innobles deseos. Sus familiares consiguieron librarle del rigor de la justicia pero para ello tuvieron que encerrarle en esa alcoba. 
 
La joven criada tenía un novio, un leñador de Spreewald, quien consiguió introducirse en la casa para cumplir su venganza. Mató al loco a hachazos... y después arrojó los horribles restos en el gran armario negro. Y..., y... murió en pecado mortal, por lo que el eterno reposo le está negado... ¡y vuelve!

–Verdaderamente, fue un acto de justicia –dijo Tippel, quien ya había recuperado su presencia de ánimo gracias al aguardiente que Hammer le iba sirviendo continuamente–. Supongo que no detuvieron al leñador.

–No –respondió el anciano–, jamás se supo quién le había matado.

–¿De verdad? –preguntó Tippel sin ninguna intención.

–Ciertamente... ¿Por qué..., por qué me mira de este modo? –exclamó vivamente el criado.
 
De repente, se levantó y, en actitud defensiva blandió sus descarnados puños.
–Usted lo ha adivinado..., me doy cuenta. Debería desconfiar de las personas cultas como usted. ¡Pues bien! Sí..., yo soy el leñador..., soy yo quien destrocé a este loco miserable. ¡Lo destrocé con mi hacha!

–¡Diablo! –gritó Tippel, alarmado.

–Y puesto que ha vuelto, voy a matarle una vez más –rugió Hammer.
 
Con una velocidad y una agilidad totalmente insospechadas en un anciano tan decrépito, se lanzó hacia las tinieblas del caserón.

–¡Hammer! –gritó Tippel–. ¡Vuelva aquí!
Pero los pasos de Hammer ya se perdían en la lejanía.

Siguió un gran silencio, después, bruscamente gritos y alaridos horribles.
 
Allá arriba, en las estancias lejanas del maldito caserón, se desarrollaba una terrible lucha, de la que Tippel percibía perfectamente los espantosos ecos.

A medio vestir, se lanzó a la calle.
No regresó hasta el alba, acompañado por los gendarmes.

La alcoba negra estaba abierta, y su aspecto era tan espantoso que los gendarmes retrocedieron horrorizados.
Los muebles estaban destrozados, el gran armario no era más que un montón de astillas, y en el mismo estado de ruina estaban las paredes y los cuadros. Además... ¡todo rezumaba sangre!

–¡Mirad...! ¡Mirad aquí! –gritó un gendarme, retrocediendo.
Tippel vio en el suelo, a sus pies, una enorme mano, como una garra de fiera, cortada a la altura de la muñeca, y que llevaba aún un pesado grillete de hierro como los que se ponen a los presidiarios y a los locos furiosos. Un sargento la recogió.

–Parece... –dijo indeciso–, parece seco como un madero para quemar. Diríase que es una mano de... de...

–De momia –suspiró Tippel.

–Justamente, señor. Una mano de momia.

Jamás volvió a encontrarse ni rastro del anciano criado Hammer.

La noche del traje gris - Francisco Tario

Sonaban en el reloj del hall las once, cuando mi dueño cerró el libro que leía desde la tarde y se encaminó rumbo a su alcoba. Una vez allí dio dos vueltas a la llave, entreabrió un poco la ventana —puesto que es primavera— y comenzó a desnudarse con mayor calma que de costumbre.

Mi dueño es un hombre hercúleo, algo infernal y muy alegre, a quien las mujeres miran siempre pecaminosamente y los hombres con envidia. Se viste a la última moda, no piensa jamás en la muerte, ni por asomos frecuenta la iglesia y a menudo sale de viaje. Cuando esto último ocurre, me lleva indefectiblemente sobre sus espaldas, no sin enviarme de antemano a la planchaduría. También me adorna entonces con una camisa blanca, un pañuelo del mismo color y una corbata de seda, poblada de lunares rojos. En especialísimas circunstancias usa guantes: unos guantes de color vainilla, con los pespuntes negros, y siempre desabrochados, dejando visible el reloj de oro sobre la muñeca velluda y sólida.

Puedo afirmar ante todo que se trata de un hombre riquísimo —tal vez un millonario— porque así lo demuestran mil vanidades distintas: el palacio en que vive, los criados que lo sirven, el perfume con que se peina y el automóvil que tripula. Frecuenta la ópera, los balnearios equívocos, los casinos de juego y los cabarets más inmundos. Durante el día hace deporte —monta a caballo, juega tenis y nada—; almuerza en restaurantes llenos de espejos, acompañado generalmente de bellas pecadoras impúdicas; charla, juega al poker y da un paseo en canoa o en auto. Por la noche se viste de etiqueta y baila, o bien acude a algún concierto sinfónico si se interpreta a Beethoven.

Gran parte de estos pormenores los he observado por mí mismo; otros, en cambio, los aprendí de labios de mis compañeros. ¡Ah!, prisioneros en el armario, cuando todo calla en la residencia, dialogamos los trajes sabrosamente, mas con cautela, cuidando de no ser sorprendidos. Cierta noche, por ejemplo, uno de mis vecinos —un traje beige con unos cuadros tan estupendos que más parece una jaula— no supo contener la risa. Eran aproximadamente las cuatro de la mañana y el amo se despertó. Dio la luz, mirando sobrecogido a todas partes. Atisbo, con la cabeza de lado. Mas no conforme con esto, se levantó rápidamente, se echó encima un batín y empuñó el revólver. Así lo vi salir de la estancia, apuntando con el cañón a los rincones.

A partir de incidente tan bochornoso, nos cuidamos, digo, de provocar escándalo alguno, lo cual, dicho sea de paso, no es tarea fácil, ya que existen trajes dotados de prodigioso humorismo que relatan los episodios más dramáticos del modo más cómico de la tierra.

Preferentemente, como es lógico suponer, nuestras conversaciones versan sobre asuntos de nuestro propio mundillo: solapas, costuras, bolsillos... Los bolsillos son nuestros órganos capitales: el hígado, los pulmones, el corazón, el estómago. Las costuras, nuestras arterias. Nuestras solapas, el rostro. De ahí que cuando deseemos conocer la edad, salud o condición moral de un individuo, fijemos nuestra atención en éstas: las arrugas, la calvicie y el artritismo se reflejan inevitablemente en ellas. Y lo propio sucede con la herejía, la piedad, la avaricia y la mansedumbre. Hablamos, insisto, de nuestras experiencias diarias, de nuestras contingencias, de nuestros reprobables deslices con algún vestido de señora. Quien narra una cita de amor; quien un acto de caridad; quien una vulgar extravagancia o una riña.

—Entre estos brazos que aquí veis —nos reveló en cierta ocasión un compañero bastante malvado— he estrechado delirantemente los tules del vestidito más subyugante y apetecible que hayáis visto jamás...

Otro, evocando un desaguisado, comentó:

—El automóvil del amo —que me odia con un rencor inextinguible— diome artera puñalada. Aconteció frente al casino, durante un crepúsculo de mayo... Me la tiró aquí, sobre el omoplato y era mortal de necesidad. Pero gracias a mi pericia, conseguí verificar una maniobra muy hábil y apenas si alcanzó a herirme en un brazo. ¡Oh, fue una verdadera fortuna!

Hay trajes cristianos y altruistas —mis exclusivos amigos— capaces de la más heroica renuncia; trajes que, por ejemplo, sacrifican gustosamente su excursión casual, con objeto de cedérsela a un camarada enfermo. Sucede así: durante la noche se estrujan, se refriegan, se comprimen como sardinas. A la mañana siguiente, el amo los extrae de su escondrijo y comienza a vomitar improperios. Entonces, requiere al criado; y lo amonesta; y lo zarandea. Al fin, elige otro traje. De ordinario, como era de esperarse, el que más se asemeja al primero.

No obstante, según debe ocurrir también entre los hombres, existen trajes impuros, ofensivos y viles. Trajes que se entretienen, mientras dormimos, en descomponer nuestra figura o en afear nuestros semblantes; trajes canallas y fanfarrones que se mofan de nuestras desventuras, de nuestra morigeración, de nuestros temores religiosos. Trajes libertinos y execrables —verdaderos candidatos al averno— que, aún de viejos, se atildan repugnantemente, con la ilusión grosera de alguna sórdida aventura. Por castigo del cielo suelen ser éstos los negros o aquellos cuyo color no acertaría a descifrar el pintor más ducho en matices. Se les distingue muy fácilmente por la expresión malsana de sus ojos, por la rigidez de sus piernas —víctimas incurables de alguna enfermedad abyecta—, por los ademanes tardíos de sus brazos, por la calvicie prematura.

No es extraño oírles vanagloriarse:

—Hoy violé a una niña...

Y nos refieren con todo lujo de detalles, la pornográfica historieta de cierto uniforme de colegiala sacrificado en la planchaduría durante la noche.

Pues bien. Mi amo esta vez ha procedido a desnudarse con toda calma, ordenando celosamente mis tres piezas sobre una silla, cual si se propusiera utilizarme de nuevo mañana. Ya ha quitado la luz, y lo siento revolverse entre las sábanas. Todo está en sombras, recogido, expectante. Del jardín asciende, a impulsos del aire, el perfume de los claveles, las mimosas y los rosales. Escucho el gotear del agua en la fuente de piedra y el canto de los grillos. También, de tiempo en tiempo, viene hasta mí el rumor del reloj en la planta baja del edificio y, regularmente, sus campanadas siniestras, profundas, alarmantes.

"El tiempo huye" —pienso encomendándome a Dios. Pero acude el diablo.

Y por primera vez en mi existencia piadosa —involuntariamente, lo juro— comienzo a ser víctima de los más atroces pensamientos, de las alucinaciones más tenebrosas. Uno a uno, desfilan ante mis ojos con minuciosidad insufrible los episodios más salientes de mi vida; uno a uno, como espectros, danzan alrededor mío, dilatan sus sombras, exageran su contenido, huyen, vuelven y se dispersan, abrumándome con su espantosa monotonía. Nada, nada hay en ellos de interesante, sensacional o misterioso. Todo es gris, gris, como el color que llevo a cuestas: románticos e infructuosos amores; sacrificios estériles; titubeos irreparables; exaltaciones ridículas; prolongados y horrendos encierros en la obscuridad pavorosa del armario; ensueños...

Oigo, no sé dónde, una voz que me interroga: "¿Qué sentido tiene, pues, tu vida?"

Me santiguo y pienso en Dios, en la Gloria, en el Fuego Eterno. Pretendo balbucir mis rezos. Invoco a los mártires, a las santas. Repito en voz baja los mandamientos. Pero nada ni nadie me auxilia; nada ni nadie acude en mi ayuda. Estoy solo, inexorablemente abandonado, como el más primitivo de los impíos.

Y la voz insiste:

"¡Oh, tu vida es tonta, tonta, inútil! Muy pronto envejecerás y todo habrá concluido. Como un miserable perro, merodearás por los tugurios, por las iglesias, por los basureros públicos. Se extinguirá tu virilidad, se embotará tu cerebro, la corriente en tus venas será cada día menos impetuosa. Y un cúmulo de fracasos, de recuerdos ingratos, de arrepentimientos tardíos te aplastará bajo su peso. ¡Hay que vivir, vivir! —prorrumpe la voz ya a gritos—. ¡Vuestro deber es vivir! ¿Aún nadie lo ha comprendido?"

—¡Yo lo comprendo! —grito también, obsesionado por el péndulo—.Y me arranco una enorme cana: la única. A continuación recuerdo fríamente:

"Hoy he ido al Banco."

En efecto: aquí está la cartera del amo, repleta de billetes de todas clases.

Estiro piernas y brazos; me visto el chaleco; enderezo la espalda; me incorporo, hecho un hombre. Distingo mi sombra en el muro, proyectada por cierto fulgor invisible, y me sobrecojo un poco.

"Es la novedad" —me consuelo.

Avanzo en dirección al amo, inclinándome sobre su cabeza. Pero duerme, duerme el pobrecito como un patriarca o un gato, y estoy a punto de retractarme al considerarlo tan débil.

—¡Fuera prejuicios! —exclamo, sacudiendo un brazo.

Y bebiéndome las lágrimas, me descuelgo por el balcón.

Un vientecillo risueño y fresco mece los árboles. La luna, las estrellas, las pequeñas nubes, de cara al vacío, tiemblan ante las explosiones de la primavera. ¡Cómo huelen los frutos, la tierra, las plantas! ¡Cómo susurran las hojas, el agua, la hiedra...!

Luego de ajustarme brevemente el chaleco y de tirarme en debida forma de la americana, avanzo hasta la reja y me deslizo por entre los barrotes.

—¡Ya soy libre, libre, libre! —prorrumpo en la calle, manoseando la cartera.

Y me lanzo cuesta abajo por una avenida muy amplia que se bifurca graciosamente. Por todas partes crecen los robles, los abedules, las hayas, y en sus ramas duermen los pájaros. Las ramas son muy exuberantes, se entrelazan caprichosamente y adoptan posturas ingenuas: ora es un hombre a horcajadas sobre una serpiente; una bruja anciana junto a un pozo; una joven peinándose; un diablo; un apóstol...

Camino, camino, y el tiempo transcurre irremediablemente. La ciudad está aún lejos. ¿Tan lejos que nunca podré alcanzarla? Por lo pronto, heme aquí en la carretera. De tarde en tarde cruza un automóvil y yo me oculto entre la maleza, temeroso de que el amo haya descubierto mi fuga y se dirija hacia acá con la pistola en la mano. De improviso, observo que a lo lejos un hombre se aproxima. No me inmuto lo más mínimo y prosigo mi marcha: gallardo, triunfante, resuelto, como atañe a un traje gris, rico y libre.

"Debe ser un miserable tahonero aburrido de su familia" —deduzco con sorna.

Pero ocurre que cuando estoy a regular distancia de él, le veo detenerse, titubear, llevarse las manos a los ojos y huir, lanzando gritos angustiosos.

—¡Se espantó! —razono muy satisfecho—. Un traje gris que camina solo, camina, camina... no debe ser grato.

Me desternillo de risa y al punto la sangre se hiela en mis venas.

—¡Pero entonces no podré ir a ninguna parte!

Siento que el corazón me sofoca, que algo áspero y frío me desciende por la espina y que la tierra gira a mis pies como una rueda. Mediante un esfuerzo sobrehumano del que nunca me consideré capaz, sigo adelante, dando pronto con la solución más cómoda.

"Es menester adjudicarse un hombre."

Me pierdo en la enramada y salgo con una estaca en la mano. Ya tiemblan las luces de la ciudad cercana. Comienzan a aparecer las mansiones, señoriales, inmaculadas, la mayor parte en tinieblas. El cielo es ahora rojo, cuadrado y tremendo... Pero no hay un alma viviente a la vista.

Por fortuna, al doblar una esquina descubro a la víctima caminando sobre la misma acera que yo. Veo sus espaldas fornidas, temibles, iluminadas oblicuamente por los farolones de gas. Percibo sus pasos burdos, huecos, igual que los de un policía o un caballo. Me apresuro y llego tan cerca de él que distingo con precisión absoluta la canción que tararea entre dientes. Pienso en mil cosas concretas y alegres. En mí.

"Un traje gris que camina, camina..."

Y cuando susurra:

"Ven a mis brazos, amada..."

Alzo la estaca y lo mato de un solo golpe. Debí fracturarle el cráneo. El hombre enmudece —amadaaa—, se tambalea sobre un pie, me mira ya muerto, lanza una especie de mugido y se desploma contra el asfalto, reblagado y estúpido.

Sin pérdida de tiempo lo desnudo, vistiéndolo a continuación con mis ropas. Los pantalones le son un tanto cortos, pero las demás prendas le sientan a maravilla. No pesa demasiado... Rompo a andar más optimista que nunca, y en aquel preciso momento comienza a aullar un perro. Dobla una campana en lo alto, anunciando la hora: las tres. Ahora sí distingo mis pisadas con estos zapatotes que llevo...

—¿Qué procede hacer? —me pregunto.

¡Oh! Transcurre la noche sin que nada interesante se me ocurra. Cruzo ante cabarets, restaurantes, hoteles, toda suerte de mazmorras. Nada me atrae. Compro, por distraerme, un habano y se lo meto en la boca al muerto. En una taberna le ofrezco una copa de ron; otra; otra. Me parece que va perdiendo el equilibrio. Así es: en una esquina me suplica me detenga y se aprieta el estómago con verdadera furia. Un líquido caliente y agrio, semejante a un chorro de alquitrán, surge bajo sus bigotes embadurnados.

"Ahora voy más ligero" —admito, mirando de reojo al pozo de sangre.

Y el panorama persiste horrible: garitos, hospitales, templos, comercios, hogares en penumbra.

"¡Cuánta ruina en la vida de los hombres! —medito—. ¡Cuánta complicada inmundicia! ¡Ni un simple traje gris como yo alcanza a hallar en todo esto aliciente alguno!"

Penetro en un casino de juego y arriesgo unas monedas a la ruleta. Después, un buen puñado de billetes. La bolita salta y rueda y me produce risa. Cuando me levanto, porto en los bolsillos una monstruosa fortuna.

"Se creen demasiado listos" —pienso, observando a todos aquellos seres asustados y pálidos, de ojos hipócritas.

Aunque convengo allí mismo:

"¿Y de qué me sirven tantos miles?"

Lanzo al espacio los billetes, y los hombres, a su vez, se lanzan en pos de aquéllos, desgarrándose el frac y otras cosas. Derriban sillas y mesas, se acometen bárbaramente, se congestionan de ansiedad, ruedan unos sobre otros como piedras.

Así los dejo y salgo a la intemperie, poseído del aburrimiento más atroz. El mar suena en alguna parte y su murmullo me deprime hasta lo indecible, sugiriéndome ideas nefastas. Ideas que, de ser yo un hombre, me impulsarían irremediablemente a incendiar todos aquellos edificios, con sus criados, sus perros, sus amos y sus caballos. Entreveo las olas negras, coronadas de espuma, lamiendo la costa recia. Distingo el olor saludable y fresco del mar... Llego a la playa y me paseo a obscuras, muy pensativo, con las manos atrás. Totalmente desolado, dejo que el viento rice mis cabellos, que alivie si es posible mi confusión.

—¡Oh, los hombres, los hombres, los hombres!

Los tropiezo a cientos, todos absurdamente iguales; todos me desesperan. Unos son policías y portan amenazadoramente una linterna en la mano. Otros van borrachos y eructan, apestando el aire puro. Otros deben ser millonarios y abordan sus tumbas con ruedas. Otros son músicos, gigolós, reverendos, ministros. ¡No hay diferencia entre ellos! Sin embargo, ellos piensan que sí.

"¿Y para esto se multiplican? —cavilo—. ¿Y para esto defienden con semejante furor sus vidas? ¿Y para esto se mandan a hacer trajes caros, cuando podrían andar perfectamente en cueros?"

Fatigado, con el corazón maltrecho, decepcionado de la noche, de los billetes, de Lucifer y del regocijo humano, me dejo caer sobre el césped húmedo de un parque. Me tumbo, al cabo, cuan largo soy, y pronto advierto por entre los troncos de los árboles a dos mujeres que avanzan perezosamente. Examino con curiosidad sus figuritas flexibles, sus rostros de niñas anémicas, sus ancas repletas de yegua. Visten admirablemente y se adornan con joyas exquisitas. Me pongo en pie, sin titubeos. Las abordo, y ellas pretenden gritar, pidiendo auxilio, mas yo las tranquilizo al punto, como se tranquiliza a cualquier criatura mortal por desdichada que sea. Esto es, mostrándole muchos papeles de Banco. Azoradas, cambian entre sí miradas de pasmo, calculando tal vez con sus cabezas cuadradas que se trata de un bandolero o un lunático. Reaccionan en suma.

—¿Vamos? —las invito, sin ningún preámbulo.

—¡Vamos!

Detengo a un taxi y nos hundimos en su penumbra sucia. Las mujercitas, poco a poco, comienzan a insinuárseme, manoseando la barbilla del muerto o palmoteándole sobre el vientre. El pecho, a ratos, amenaza con escapárseles por el descote. Sus muslos tiemblan prometedora y ansiosamente. Hay no sé qué húmedo, criminal y tristón en sus ojos. Mas nada de esto me interesa.

—Aprovéchate si quieres —aconsejo al cadáver.

Pero él qué ha de aprovecharse. Ahí va quieto, mudo, duro como un garrote.

Transcurridos unos minutos, nos apeamos frente a un hotel de los más célebres por cuyas terrazas en sombra discurren grupos de hombres y mujeres sospechosamente. La playa está cercana y el agua sigue sonando, sonando... A poco, ya estamos los tres instalados en el mejor aposento del edificio. La atmósfera es en extremo tibia, perfumada y propicia. Una gran colcha de damasco cubre el lecho, y los muebles están construidos de maderas claras. La noche, tras los visillos, se muestra ahora más limitada y benigna.

Dan principio los galanteos, las caricias, los besos: toda esa serie de explosiones groseras y cínicas, tan poco saludables, a que se entregan los hombres en cuanto se sienten contentos.

—Desnudaos las dos —ordeno.

Proceden a quitarse las ropas mientras yo las contemplo de cerca. De un golpe, saltan ambas al lecho, cual si en realidad mi presencia las intimidara profundamente. Por el contrario, ríen de un modo histérico, pellizcándose las ancas.

"Se suponen tentadoras" —pienso con burla.

Y me siento con el muerto en una silla. Ahí sigue: tieso, de gris, solemne; las piernas, velludas y azules; el vientre, repleto de intestinos muertos. Quito la luz y las mujeres flirtean.

—¿Por qué nos dejas a obscuras si nuestros cuerpecitos son tan lindos? ¿O es que no te gusta mirarnos?

Por respuesta, tomo al cadáver por los sobacos, me desembarazo de él y se lo arrojo a ellas con todas mis fuerzas. Suenan reír y protestar a un tiempo.

—¡Bruto! —chilla una amigablemente, al recibir sobre su carne desnuda la mole fría y patética del desdichado.

Y sin perder un segundo me apodero de los vestiditos de las mujeres galantes, saliendo a toda prisa de la alcoba. En el pasillo, una dama al verme, se desmaya, exhibiendo sus ligas violeta. Más adelante un botones se estrella, en su pánico, contra el muro.

Cruzo el vestíbulo, como un endemoniado. Salgo a la calle. Me precipito contra un transeúnte que lleva a cuestas un contrabajo y desaparezco en un taxi. Huyo, huyo, ahora sí, con la sangre envenenada de deseo.

Primeramente los vestiditos desconfían, pretenden llorar, suplican piedad en silencio.

—¡No lloréis! —les digo a propósito—: no temáis que sea yo un bandolero o un sádico. No soy ningún delincuente. Por el contrario, soy un millonario de las mejores costumbres que ha salido a divertirse.

Ya ríen ellas, entreabriendo sus boquitas húmedas. Ya me miran complacientemente, agitando sus juveniles miembros.

"Se me entregarán sin lucha" —comprendo.

Y echo mano a la obra, rodeando sus cinturitas traviesas, sus dedos ardientes, sus primorosos velos. Desfalleciente, con una insoportable angustia en las rodillas, ordeno al chofer:

—¡Deténgase!

Bajamos, no lejos de la mansión de mi amo. Por entre la fronda azul asoman sus terrazas fatales, sus paredes inicuas, sus cristales malditos. A lo largo de una vereda, bajo las ramas sollozantes de los sauces, nos dirigimos al lago. Vamos los tres del brazo, lo mismo que tres adolescentes prófugos: locuaces, risueños, excitantes. Yo voy cortando flores para mis amiguitas lindas y ellas las van deshojando entre sus dedos, cubriendo la tierra de pétalos. ¡Cómo nos amamos!

—¿Verdad que nos amamos? —indago.

Pero, de súbito, se ponen tristes, palidecen y no quieren más flores. Están, creo, al borde de echarse a llorar. Yo las invito entonces a pasear en lancha, y pronto el agua nos circunda, una luz diáfana y extraña nos envuelve, y la canción misteriosa de la noche, cálida, sugerente, se difunde a través de mil invisibles gargantas.

—¿Verdad, verdad que nos amamos?

Por respuesta, un hedor inconfundible, enteramente inesperada, salobre, mensual, se me agarra a la garganta. ¡Oh dolor!

En la orilla cabecean los sauces, multiplicados por las ondas. Las ondas son amplias, elásticas, y se despliegan cada vez más cautivantes, formando una inmensa copa frágil. La luna riela, auscultando la tierra...

¡Oh dolor, dolor, dolor!

Y la desesperación hace presa en mí. Reniego de mi mala estrella.

—¡Si tuviera a mano un laúd! —prorrumpo, en el colmo del erotismo frustrado.

Las pupilas de ellas se iluminan.

—¿Eres músico? —inquiere una muy tiernamente.

—¡Soy un desdichado! —grito, escupiendo con asco.

Y agrego a poco, mesándome los cabellos:

—¡Suicidémonos!

—¡Suicidémonos! —responden a dúo.

Casi amanece cuando nos lanzamos al agua. Nos lanzamos los tres de la mano, con suavidad, suspirando amargamente, temblando de pasión y frío, cada cual con una flor en la mano: tristes, tristes, tristes...