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Colisión - Gerd Maximovic

 A primera vista parecía que todo estuviera en orden. Allí permanecía el hombre inmóvil en el si­llón cuyo respaldo se había volcado hacia atrás. Mi­raba fijamente al techo y tenía los ojos muy abier­tos. En línea diagonal a él, delante de la pantalla que emitía un leve zumbido, había un pupitre sumido en luz verdosa, y en él se apoyaba un segundo hom­bre algo inclinado hacia un lado y con los brazos caídos.

A primera vista parecía que todo estuviera en orden. Pero una observación más penetrante reve­laba que los dos individuos no se habían petrificado en pleno movimiento, sino que su actividad prose­guía. Porque, propiamente, el hombre del pupitre no se apoyaba en el mueble. Algo le había hecho caer de espaldas sobre él, y ahora resbalaba poco a poco, y la segunda mirada, la de comprobación, demostra­ba que sus pies tocaban el suelo y que el movimiento se cristalizaba en las puntas de los dedos.

Quizá ni siquiera esto hubiera resultado inquie­tante.

Lo inquietante era el hilillo de sangre que bro­taba de la comisura derecha de la boca para resba­lar por la barbilla y el cuello, y que no indicaba nada bueno. Era una situación extraña. Uno de los hombres, llamado Hal, yacía inmóvil en su sillón con los ojos clavados en el techo, y llamaba la aten­ción el hecho que el respaldo tenía que haberse volcado hacia atrás de manera violenta, ya que la penúltima ranura aparecía astillada y la butaca pre­sentaba un profundo arañazo que se extendía hasta la estría siguiente. 

Para explicarlo mejor: el hom­bre no estudiaba el techo ni seguía con la mirada el reflejo verde opaco que procedía de la pantalla. Sus ojos tampoco pretendían perforar el techo. El hombre producía la impresión, más bien, de hallar­se simplemente concentrado, y que en su cabeza se daban caza febriles pensamientos.

El otro, Art, se apoyaba en el pupitre con un bra­zo ya no flojo. Este segundo hombre movió la ca­beza como si deseara sacudir sus ideas para luego darles una forma más clara. A continuación se en­derezó su cuerpo, como lógica consecuencia, y Art captó la situación de una sola mirada, al menos en lo que a Hal se refería.

Con una agilidad pasmosa se deslizó por la estan­cia hasta inclinarse al fin sobre el sillón de su com­pañero. Al hacerlo se agarró a los dos brazos, para conseguir una sujeción firme.

—¡Hal! —gritó conteniendo la voz, pues en se­guida se dio cuenta que éste no estaba herido ni inconsciente.

—¡Hal!

El cosmonauta sentado acabó por arrugar la frente.

—Art... —repuso.

Art examinó su rostro.

Hal tenía el cabello oscuro, aunque no del todo, con evidente tendencia a ensortijarse. Pero él se lo había arreglado de manera que dejara visibles las entradas. Como siempre, iba muy bien peinado, aun­que usaba una loción capilar repugnante, que olía a alcohol de quemar o a esencia de amoníaco o a una mezcla de ambas cosas. 

Hal tenía un pálido color de cara que hubiera desconcertado a cualquiera de esas personas que creían que los astronautas debían ser todos unos tipos atezados. Lo que tales personas no podían saber, era que Hal había estado largo tiempo enfermo antes de ese viaje.

Los ojos de Hal eran grises con reflejos de agua en ellos, lo que acentuaba aún más el rictus burlón de sus labios. Quien no se fijara en ese rasgo, vería sólo la expresión vigilante de sus ojos, acostumbra­dos sin duda a una penetrante observación.

Art se apartó del sillón.

—¿Qué opinas tú? —preguntó, a la vez que daba media vuelta y avanzaba hacia la pantalla.

—Lo que es seguro —dijo Hal con voz acompa­sada—, es que fue una colisión.

—Yo también lo creo —asintió Art—. Pero..., ¿con qué chocamos, para que continuemos vivos?

—El aire de la nave se mantuvo —indicó Hal.

—Sí, claro. De no ser así, difícilmente podríamos hacer ahora esta comprobación.

—Todo viene a confirmar que la nave sigue in­tacta, en conjunto —agregó Hal.

Art se detuvo delante del pupitre con el que tan desagradables experiencias había tenido y dio vuelta a las ruedas situadas en el centro de la superficie gris. El tenue resplandor verde de la inactiva pan­talla se fue desvaneciendo para dar paso a una im­penetrable y aterciopelada negrura sólo animada por unos diminutos puntos del grueso de una aguja que despedían un brillo duro.

Las estrellas no se movían.

—No creo que la nave esté tan intacta como di­ces —señaló Art—. El buscador, al menos, se ha ido al infierno.

Art conectó la memoria y de ella salió de inme­diato una larga tira de papel que el joven leyó mien­tras el vibrante aparato escupía nuevas tiras. Inte­rrumpiendo el funcionamiento de la memoria, las serpientes de papel no leídas cayeron al suelo. Art conservó la primera tira durante unos momentos en la mano. Luego la dejó caer también.

—Muy interesante —dijo con desengaño—. Nues­tra nave parece haber chocado con algo, en efecto, si podemos creer lo que nos cuenta la memoria. Pero eso es todo. El aparato no se compromete —aña­dió con un movimiento de cabeza—. Yo no acierto a imaginarme qué pudo habernos detenido, de no ser un cuerpo celeste de ínfima categoría.

—¿La memoria registra únicamente que nuestra velocidad relativa descendió de pronto a cero? —pre­guntó Hal.

—Eso mismo.

—¿Y nada indica la existencia de un cuerpo só­lido o algo por el estilo?

—Nada.

Hal se enderezó y pasó las piernas por encima del tapizado borde del sillón.

—Eso tiene cierto sentido... —murmuró.

—¿Qué?

Hal esbozó una vaga sonrisa.

—¡Un momento! —exclamó Art, a la vez que le­vantaba la cabeza con gesto reflexivo.

Hal le estudiaba ahora de modo distinto: diver­tido y con aire de autosuficiencia. Sus cejas forma­ron un arco.

—Propiamente, la memoria debe haber indicado el rumbo axial que tenía la nave en relación con las estrellas poco antes de la colisión —dijo entonces Art—. Comparado con el rumbo actual...

—¿Qué pretendes con eso?

Art gruñó algo, y las tiras de papel crujieron en­tre sus dedos.

—¡Lo que pensaba! —gritó de súbito, casi asom­brado de sí mismo—. El rumbo axial que llevábamos antes del choque, es el mismo de ahora.

—¿Y eso qué demuestra?

—De momento, nada —admitió Art—, pero pue­de llegar a significar algo.

—¡Bah, pura casualidad!

—¿Ah, sí?

—¿Por qué no?

—Las coordenadas coinciden perfectamente —de­claró Art en voz muy alta—. ¿Y tú pretendes que sea casualidad? ¡Qué idiotez!

—O sea que lo crees intencionado —dijo Hal, recalcando cada palabra.

—Hum...

—¿Piensas, entonces, que nos quieren bien esas personas que nos detienen de manera tan violenta para que nos rompamos las cabezas?

—No, eso no —reconoció Art, y sus ojos se abrieron desmesuradamente—. ¿Adónde quieres ir a pa­rar?

—¿No te parece que a alguien le interesaba nues­tra desaparición? —indicó Hal con voz suave.

Art se volvió hacia la pantalla.

—¿Opinas que...?

Dio otros tres largos pasos y se dejó caer en el asiento del piloto. Intentó poner en marcha los apa­ratos, y el retumbar que de pronto inundó la cabina le proporcionó una agradable sensación de seguri­dad. Pero ésta se desvaneció cuando, al manejar los instrumentos, la nave no se movió. Al menos, éstos nada marcaban. Una vez ahogado el ruido de los motores, Art desconectó la pantalla, las estrellas se borraron y la luz verdosa iluminó su rostro en medio del silencio que siguió.

—Esto —explicó Hal en un tono de condescen­dencia— te lo hubiese podido predecir... ¿No lo sa­bes hacer rimar? ¿No te sale la cuenta con los cin­co dedos? ¡Porque no creerás que la cosa puede aclararse así como así! Los motores se ponen en marcha, nos mandan a mil parsecs de dis­tancia, si no más, y luego, desde lugar bien seguro, mueven la cabeza fingiendo preocupación, y ya está el problema solucionado. Eso resultaría muy có­modo, pero no resuelve el conflicto, y yo estoy se­guro que no saldremos de aquí mientras no le pongamos remedio...

»Sí, ya sé que es peligroso permanecer aquí, pe­ro tú mismo has visto que no nos dejan avanzar... ¿No nos dejan? Tampoco lo sé, en realidad. Puede que nadie tenga la culpa, y que de veras sea cosa casual. Pura casualidad. Imagínate que accidental­mente chocamos con algo, la nave da una vuelta entera y vuelve a la misma posición que tenía antes de entrar en colisión. Bien. El aire no puede esca­parse porque no se ha formado ninguna fuga, dado que hemos chocado con algo. Probable, ¿no?

»Tú conectas los motores, que funcionan como de costumbre, y pones en movimiento la nave, que también funciona como siempre... ¿Me entiendes?

—No entiendo ni una palabra —contestó Art.

Hal le miró con los ojos muy abiertos.

—¿No?

—¿Acaso lo comprendes tú?

De pronto, Art sintió frío y se frotó las manos.

—Creo que sí —dijo Hal con voz súbitamente insegura.

—¡Sí, sí...! —repuso Art.

Veintisiete grados.

¿De qué le servía fortalecer el convencimiento de Hal? ¡Que éste siguiera en su certeza! Era el único modo en que él se beneficiaría.

¡Maldito frío!

Hal habló despacio:

—Hay momentos en los que todo resulta claro, en los que no existe la duda. Yo viví uno de esos ins­tantes cuando tú recobraste el conocimiento. Ha­bía seguido una cadena de reflexiones y llegué a la conclusión indiscutible, a la solución de nuestro problema.

—¡De tu problema! —le corrigió Art, aunque en el acto hubiese querido tragarse las palabras.

No tenía por qué haberlas dicho. Estaba confun­dido.

Su frase tuvo el efecto de una chispa.

—¡Diantre! —gritó Hal—. ¡Yo nunca tuve la me­nor duda! —Y más sereno agregó—: Ni siquiera en los momentos de la mayor vacilación se duda real­mente, ya que uno está profundamente convencido del acierto de sus propias ideas.

—¿Y me revelarás esa solución?

Hal movió la cabeza en sentido negativo.

—Debes hallarla tú mismo. Será la confirma­ción definitiva.

Lo dijo con voz firme, imperturbable.

El traje espacial era poco manejable, y Art tar­dó un rato en ponérselo. Luego saludó con la mano a Hal y avanzó pesadamente hacia la com­puerta. Desde el interior de su escafandra, el ruido producido por sus botas se percibía sólo como un leve sonido. Pronto no oyó nada más, porque la puerta se abrió con un potente silbido. Art penetró en la esclusa. Cuando las luces brillaron con la má­xima intensidad, la puerta interior quedó hermé­ticamente cerrada. Se abrió entonces la puerta ex­terior y la luz se apagó. Las estrellas esparcían, serenas, su vivo y agudo resplandor, que hería los ojos.

Art introdujo un filtro bajo la placa visora.

La puerta de la esclusa llevaba unos simples ganchos de los que pendían rollos de cable de ace­ro. Art sujetó el extremo libre de uno de los cabos a su traje espacial y se lanzó al vacío. Las estrellas daban vueltas a su alrededor, cuando él se hubo soltado de la nave. Esta se contrajo hasta que, de un tirón, el cable se tensó.

Art se vio girar lentamente en la inmensa cue­va que formaba el espacio. Disparó una, dos veces, y la rotación terminó.

En el momento justo.

La mirada quedó fija, y su cabeza se movió po­co a poco hacia la izquierda. El hombre era presa de la máxima curiosidad.

La otra nave describía una amplia curva y se deslizaba en silencio bajo las estrellas. Tenía la misma forma que éstas. Era una bola de superficie reluciente y, al menos desde lejos, no se veía su sistema de impulsión ni que llevara armas.

Los dedos de Art temblaron cuando conectó el teléfono. Se maldijo a sí mismo por no haberlo hecho antes. Sintió que le invadía una sensación de infinito alivio cuando, por fin, escuchó el zumbido y los crujidos de la línea.

—¡La solución —gritó aplicando la boca a la membrana— es una nave espacial!

—¡Imbécil! —contestó Hal, con desprecio—. La verdad casi nunca es agradable —añadió en tono docente—, y sólo pocas personas la soportan. Por lo tanto, pocas son las que la llegan a conocer. Pero no quiero discursos...

Se produjo una pausa.

La plateada nave permaneció inmóvil.

—No hubo choque —continuó Hal— ni existe otra nave por aquí. Tales cosas viven únicamente en mi mente, en mi imaginación. Yo las ideé. Igual que a ti.

—Una solución muy asombrosa —dijo Art entre dientes—. Esa sí que no se me hubiera ocurrido.

—¿Verdad que no? —repuso Hal, satisfecho.

Art pensó que debía impedir a toda costa que su nave cayera en poder de los desconocidos.

—No creo que tal solución sea acertada de todos modos —indico, conciliador—. Tú mismo dudas de ella.

—¡No, no, ya no! —repuso Hal—. Tú me has sa­cado de dudas. Y no es un milagro, ya que eres parte de mí mismo.

—En ese caso, yo...

«Cuidado —se dijo Art de pronto—. Una cosa tras otra.» Y continuó:

—Entonces, ¿por qué me permitiste buscar la solución, en lugar de descubrírmela inmediatamen­te? ¿Hubiera tenido alguna posibilidad de encontrar­la solo?

—No, ninguna posibilidad —confirmó Hal desde la nave—. Pero quería ver cómo reaccionabas. De cualquier forma, me has decepcionado. Te faltó la fantasía. Además no te esforzaste. No vales absolu­tamente nada.

—¿Y semejante calamidad es tu creación? —ex­clamó Art con amargura.

—Revelaba mi propia valía.

Art ansió febrilmente hallar un argumento con el que derribar todo el castillo de pensamientos de Hal. Pero su mente parecía negarse a obedecerle.

—Bonito cortocircuito —declaró Hal—. Tú, in­ventado por mí, te resistes a aceptar que eres mi obra —y rió divertido—. Pero eso tiene fácil arre­glo.

Art desapareció como si jamás hubiera existido.

(Nunca había existido.)

—¿Y ahora qué? —preguntó cuando reapareció al cabo de un rato.

—Hum, la cosa es más complicada de lo que supuse en un principio —murmuró Hal—. Mira: yo afirmo haber inventado también la existencia de esa nave plateada. Poco me costaría, entonces, hacer que se desvaneciera.

—Si tú la imaginaste, no sería difícil.

—Bien. Si la nave desaparece, quedará demos­trado que yo me la inventé. ¿De acuerdo?

—De a-cuer-do...

Art miró hacia el lugar donde la otra nave se deslizaba majestuosamente. Miró, mejor dicho, hacia donde se había deslizado segundos antes. Porque la nave había desaparecido.

El traje espacial le impidió frotarse los ojos. Se dijo que, si el ingenio acababa de desvanecerse, an­tes tenía que haber estado allí, y se preguntó cómo lo habría hecho Hal. ¿Con el traje espacial puesto? Eso ya le había parecido extraño desde un principio. ¿Sería cosa del filtro?

—Buen truco —dijo Art—, aunque no lo suficien­temente bueno.

Y su voz sonó firme.

—Te equivocas, amigo. No fue un truco. Podría demostrarlo haciéndote desaparecer, pero tú no te darías mucha cuenta.

—Dado que ya no distingo ninguna otra nave, voy a regresar a la nuestra —anunció Art.

Y Hal repuso:

—Ya he perdido bastante tiempo contigo. Sin embargo, aún no pienso disolverte. Quiero que aguan­tes unas cuantas cosas más. Será mejor que sigas fuera. Tu provisión de aire durará media hora, poco más o menos. Me llena de curiosidad ver qué sen­sación se experimenta manteniendo con el pensa­miento un hombre muerto. Muerto de manera na­tural.

Hal rió.

Eso era lo que Art había temido. El demente se ponía serio. Si uno no existe en realidad, ¿por qué debe contar con una probabilidad?

Art comprendió que necesitaba penetrar en la nave y eliminar a Hal. Pero, ¿cómo?

Pregunta: ¿Cómo podría impedírselo Hal?

La nave tenía forma de gota. Era relativamente corta y su máximo diámetro contaba de ocho a nue­ve metros. Resultaba, entonces, panzuda y poco esbelta. Art estaba del lado de la esclusa. Junto a ésta aso­maban dos piezas de artillería cuyos rayos puntea­dos, dirigidos por la memoria, no errarían el blanco.

Art...

Hal se haría la ilusión de imaginarse quién sabe qué obstáculos para que él, Art, no pudiera volver a entrar en la nave, cuando en realidad bastaba con pulsar un botón. Esa presión iría acoplada a la «in­vención».

Tampoco tenía sentido dar la vuelta a la nave y acercarse a ella por el otro lado, ya que todo el vehículo estaba erizado de armas.

Art levantó el brazo izquierdo y echó una mirada al aparato que medía el oxígeno. Le quedaban vein­te minutos para regresar a la nave.

Si disparaba los cohetes de dirección para acer­carse a la nave, Hal lo notaría. Los instrumentos de a bordo eran lo suficientemente sensibles para transmitir la información a la memoria.

¿Qué sucedería si trataba de volver agarrándose a la cuerda?

Cuando Art abandonó la nave, Hal yacía pensa­tivo en su sillón.

¿Controlaría la pantalla?

Bueno, ¿y qué?

Art tuvo la sensación de un velo que se retiraba de sus ojos. El buscador estaba estropeado y, ade­más, Art intentó recordar... En efecto, la pantalla mostraba otra parte del espacio. La empresa era expuesta y, para llevarla a cabo, necesitaba distraer a Hal.

La aguja que marcaba la existencia de oxígeno indicaba que sólo le quedaban quince minutos.

Art se arrastró hacia delante aferrado al cable. Lentamente flotó hacia el vehículo. Luego volvió a soltarse, porque la velocidad marcada al principio seguía siendo la misma, igual que la dirección, y ésta conducía a la nave.

Art dijo:

—Cuando un autor escribe una novela, una obra de teatro o lo que sea, siempre pone en los perso­najes por él creados algo de sí mismo. No puede hacerlo de otra forma, ya que sólo tiene conocimien­to exacto de su propio ser y forzosamente debe partir de sus experiencias personales. En consecuen­cia, cada pieza delata la auténtica naturaleza de un poeta, y cada novela la esencia de su autor. Basta con saber leer. Aun así, a veces resulta difícil re­conocer al escritor detrás de sus figuras, pero eso sucede raramente. Sin embargo, ocurre en ocasio­nes, y el motivo es que tanto el dramaturgo como el novelista no logran trabajar con la suficiente exac­titud, es decir, que incluso el más inteligente tro­pieza con problemas de expresión.

»Distinto es cuando alguien tiene la posibilidad de inventarse un personaje. Cuando no se ve obli­gado a dar vida sobre el papel, en penoso y pro­longado esfuerzo, a una figura con todos sus rasgos, sino que ésta surge de repente, de un segundo al otro.

—Vas empezando a tener conocimiento de ti mismo —le alabó Hal.

—Entonces estamos de acuerdo —replicó Art—. También en que poseo tus rasgos y pienso como tú.

—¡Naturalmente, viejo amigo! Pero no debes ol­vidar que tu situación es distinta de la mía. Como bien has dicho, eres parte de mi persona. La parte a la que destino el espanto.

Art respondió impasible:

—¿Quieres decir que, como parte de tu ser, pue­do llegar a sentir espanto? ¿Acaso no debo pensar y sentir lo mismo que tú? ¿No tendría que conocer yo todos los argumentos? ¿Acaso nuestra conversa­ción es algo más que un simple monólogo?

—Propiamente sí —señaló Hal—. Mi yo superior conversa con mi yo asustado. Un «monólogo interno» muy plástico y lleno de colorido, sobrecargado de conmoción. Me proporcionas... Mejor dicho, yo mismo me proporciono una magnífica idea.

«¡Paciencia! —pensó Art, furioso—. Debo tener paciencia. El monólogo no tardará en convertirse en diálogo...»

Y exclamó:

—¡Eso no puede ser de ningún modo! Sé de so­bras que mis pensamientos me pertenecen a mí solo. ¿Te enteras?

—Tu argumento no vale gran cosa —objetó Hal—. Además, tus pensamientos me pertenecen.

—Supongamos que tienes razón —expuso Art, pensativo—. Supongamos que tú me inventaste o creaste, como prefieras llamarlo... En tal caso, mis pensamientos te pertenecen y forman una unidad con los tuyos... Pero entonces, yo puedo afirmar, con el mismo derecho, que tus pensamientos me pertenecen a mí, y que yo te creé.

—A esto puedo responderte —dijo Hal con toda tranquilidad— que fui yo quien se dio cuenta de haberte imaginado, y no al revés.

Art alzó su brazo izquierdo y volvió a consultar el aparato que medía el oxígeno.

Sólo cinco minutos más.

La nave espacial en forma de gota flotaba muy cerca de su cuerpo. El brillante cable formaba am­plios lazos y curvas a su espalda.

Art se fijó en la compuerta. Si mantenía la direc­ción, iría a parar junto al borde superior.

Cuando sus botas chocaron contra la pared metá­lica del vehículo —cosa que él, naturalmente, no oyó—, comprobó que se había equivocado, aterri­zando todavía más «arriba». Aguzó el oído para sa­ber sí Hal había notado algo, pero no percibió nin­gún ruido sospechoso.

Poco a poco avanzó hacia la entrada, sujeto a la superficie de la nave con sus botas magnéticas. Le aguardaba lo más complicado.

—¿Cómo empezó todo? —inquirió Art—. ¿Por qué me inventaste?

—Fue a causa de la soledad en el espacio —con­fesó Hal.

Art sabía que encima de la compuerta interior, visible desde la cámara de control, se encendía una luz roja mientras la esclusa estaba sin aire. Cuando, una vez dentro, se pudiera desprender del traje es­pacial, la luz se apagaría. Ésta no esparcía un res­plandor muy intenso, por lo que, si uno no estaba muy atento, fácilmente le podía pasar inadvertido tal detalle.

—¿En el espacio? —repitió Art.

Si Hal seguía en su sillón, en la misma postura de antes, sólo podía vigilar la compuerta dando me­dia vuelta. ¿Y para qué iba a volverse?

—Sí, en el espacio —afirmó Hal de nuevo, sin burla en la voz.

Art abrió la compuerta exterior, entró y la cerró de nuevo. En cuanto el contacto quedó encajado, se encendieron las luces e iluminaron la cara su­dorosa del joven.

Entonces dijo Hal:

—En circunstancias normales no suele suceder que el hombre sufra un shock tan fuerte que cam­bie todo su modo de ser. Tú ya conoces la historia del individuo que cayó prisionero en Fomalhaut y luego fue salvado por Ley. Sus cabellos se habían vuelto totalmente blancos, le temblaban las manos y no resistía oír la palabra Fomalhaut ni nada re­lacionado con ella.

»Existen otros ejemplos de hombres que paga­ron sus experiencias con la pérdida de su persona­lidad. Siempre hubo casos semejantes. No hay su­cesos, por horribles que te parezcan, que el ser hu­mano ha conocido.

El oxígeno penetró con intenso silbido en la es­clusa. Al mismo tiempo comenzó a calentarse aquel lugar, a luchar contra el frío mortal del espacio, que parecía adherido a las paredes. Art se quitó el filtro e inmediatamente el cristal se empañó y grue­sas perlas de agua resbalaron por su parte exterior.

—Sin embargo, se suele pasar por alto el más duro trauma que, evidentemente, sufre el hombre. Es el trance por el que pasa al nacer. De tener en esos momentos plena conciencia, perdería la razón. Pero hay un segundo trance espantoso del que no se libra nadie: la muerte. Ahora bien, en esa transformación no pierde la razón porque pierde algo aún más importante, que es la vida.

La luz verde indicó que Art podía desprenderse del traje espacial sin peligro. Ansioso se arrancó el casco y tiró del plateado género hasta ver libre su cuerpo, lo que no logró sin considerable esfuerzo. Cuando por fin pudo moverse sin impedimentos, se agachó nervioso y desenganchó del traje espacial su pistola a chorro. El arma era pesada, y la frialdad del metal penetró en su piel.

Una extraordinaria serenidad le invadió enton­ces.

Con la mano libre rodeó el pomo de la puerta para abrir la compuerta interior, pero un súbito instinto le detuvo. Levantó la manga izquierda del traje espacial y miró el aparato que medía el oxí­geno. La aguja se había parado en la marca de los dos minutos.

Art se hizo cargo, en seguida, de la situación en la sala de mandos. Todo estaba como se había ima­ginado. Hal seguía en su sillón y hablaba a través del micrófono colgado de su pecho. El altavoz si­tuado en la pared produjo un leve crujido.

«Menos mal que no desconecté el micro de mi traje espacial», pensó Art.

—La navegación interplanetaria proporcionó a los hombres una nueva conmoción —continuó Hal desde su asiento—. Y aunque ésta todavía no ha sido re­conocida como tal, es sumamente eficaz: la adapta­ción al espacio. Es algo que requiere tiempo, ya que cuesta familiarizarse con los misterios de la inmensidad. Para algunos deben pasar meses; para otros, años. Durante este tiempo se produce una transformación, un enorme trauma retardado. Tam­bién el efecto es distinto al de las demás experien­cias de horror. Ello se debe a la particularidad del espacio. A la tremenda soledad en que el espacio en­vuelve a los hombres, que los aísla y los encierra en la cárcel de sus propias meditaciones. No quiero generalizar, pero los espíritus sensibles reaccionan antes y, cuanto más tiempo pasa un hombre en el espacio, más destacados y reales se hacen sus pen­samientos...

»No sé de qué depende. Ignoro si es el espacio el que da a los hombres la fuerza para confiar en esos pensamientos. Después de examinar a los astro­nautas víctimas de alucinaciones, los médicos afir­man que el espacio hace enfermar al ser humano. Pero yo opino, más bien, que le da una salud nueva.

Art permanecía inmóvil, observando a Hal. Con amargura se dijo que era una lástima tener que llegar tan lejos.

Luego su cuerpo se tensó y su mano se alzó tran­quila.

El arma encañonaba a Hal.

Art vaciló un instante.

«La verdad es que nos parecemos de manera asombrosa —pensó—. Él quería matarme. Ahora, el que le mata soy yo.»

Y apretó el gatillo.

Un estremecimiento, y Hal cayó hacia atrás.

El arma rodó por el suelo con duro ruido.

Inexplicable, lo que la había sostenido en el aire.

Los ojos de Hal estaban desmesuradamente abier­tos.

De la sabiduría de los humildes - Rodolfo Modern

Wai Te, un ebanista simple de corazón y muy hábil, fabricaba en madera de oscura caoba un arcón complicado, lleno de herrajes, molduras y divisiones, destinado a guardar las ricas túnicas del emperador, hechas de seda, oro y brocados.
Mientras tanto, veía jugar en la calle a un grupo de niños desarrapados y hambrientos. Cuando el emperador recibió el mueble y fue a abrirlo, encontró en el fondo del arcón, y sobre una almohadilla de terciopelo, un trapo desgarrado y muy zurcido con una inscripción que decía: "Traje de ceremonia de los niños de la calle donde vive Wai Te, el ebanista".

La noche del traje gris - Francisco Tario

Sonaban en el reloj del hall las once, cuando mi dueño cerró el libro que leía desde la tarde y se encaminó rumbo a su alcoba. Una vez allí dio dos vueltas a la llave, entreabrió un poco la ventana —puesto que es primavera— y comenzó a desnudarse con mayor calma que de costumbre.

Mi dueño es un hombre hercúleo, algo infernal y muy alegre, a quien las mujeres miran siempre pecaminosamente y los hombres con envidia. Se viste a la última moda, no piensa jamás en la muerte, ni por asomos frecuenta la iglesia y a menudo sale de viaje. Cuando esto último ocurre, me lleva indefectiblemente sobre sus espaldas, no sin enviarme de antemano a la planchaduría. También me adorna entonces con una camisa blanca, un pañuelo del mismo color y una corbata de seda, poblada de lunares rojos. En especialísimas circunstancias usa guantes: unos guantes de color vainilla, con los pespuntes negros, y siempre desabrochados, dejando visible el reloj de oro sobre la muñeca velluda y sólida.

Puedo afirmar ante todo que se trata de un hombre riquísimo —tal vez un millonario— porque así lo demuestran mil vanidades distintas: el palacio en que vive, los criados que lo sirven, el perfume con que se peina y el automóvil que tripula. Frecuenta la ópera, los balnearios equívocos, los casinos de juego y los cabarets más inmundos. Durante el día hace deporte —monta a caballo, juega tenis y nada—; almuerza en restaurantes llenos de espejos, acompañado generalmente de bellas pecadoras impúdicas; charla, juega al poker y da un paseo en canoa o en auto. Por la noche se viste de etiqueta y baila, o bien acude a algún concierto sinfónico si se interpreta a Beethoven.

Gran parte de estos pormenores los he observado por mí mismo; otros, en cambio, los aprendí de labios de mis compañeros. ¡Ah!, prisioneros en el armario, cuando todo calla en la residencia, dialogamos los trajes sabrosamente, mas con cautela, cuidando de no ser sorprendidos. Cierta noche, por ejemplo, uno de mis vecinos —un traje beige con unos cuadros tan estupendos que más parece una jaula— no supo contener la risa. Eran aproximadamente las cuatro de la mañana y el amo se despertó. Dio la luz, mirando sobrecogido a todas partes. Atisbo, con la cabeza de lado. Mas no conforme con esto, se levantó rápidamente, se echó encima un batín y empuñó el revólver. Así lo vi salir de la estancia, apuntando con el cañón a los rincones.

A partir de incidente tan bochornoso, nos cuidamos, digo, de provocar escándalo alguno, lo cual, dicho sea de paso, no es tarea fácil, ya que existen trajes dotados de prodigioso humorismo que relatan los episodios más dramáticos del modo más cómico de la tierra.

Preferentemente, como es lógico suponer, nuestras conversaciones versan sobre asuntos de nuestro propio mundillo: solapas, costuras, bolsillos... Los bolsillos son nuestros órganos capitales: el hígado, los pulmones, el corazón, el estómago. Las costuras, nuestras arterias. Nuestras solapas, el rostro. De ahí que cuando deseemos conocer la edad, salud o condición moral de un individuo, fijemos nuestra atención en éstas: las arrugas, la calvicie y el artritismo se reflejan inevitablemente en ellas. Y lo propio sucede con la herejía, la piedad, la avaricia y la mansedumbre. Hablamos, insisto, de nuestras experiencias diarias, de nuestras contingencias, de nuestros reprobables deslices con algún vestido de señora. Quien narra una cita de amor; quien un acto de caridad; quien una vulgar extravagancia o una riña.

—Entre estos brazos que aquí veis —nos reveló en cierta ocasión un compañero bastante malvado— he estrechado delirantemente los tules del vestidito más subyugante y apetecible que hayáis visto jamás...

Otro, evocando un desaguisado, comentó:

—El automóvil del amo —que me odia con un rencor inextinguible— diome artera puñalada. Aconteció frente al casino, durante un crepúsculo de mayo... Me la tiró aquí, sobre el omoplato y era mortal de necesidad. Pero gracias a mi pericia, conseguí verificar una maniobra muy hábil y apenas si alcanzó a herirme en un brazo. ¡Oh, fue una verdadera fortuna!

Hay trajes cristianos y altruistas —mis exclusivos amigos— capaces de la más heroica renuncia; trajes que, por ejemplo, sacrifican gustosamente su excursión casual, con objeto de cedérsela a un camarada enfermo. Sucede así: durante la noche se estrujan, se refriegan, se comprimen como sardinas. A la mañana siguiente, el amo los extrae de su escondrijo y comienza a vomitar improperios. Entonces, requiere al criado; y lo amonesta; y lo zarandea. Al fin, elige otro traje. De ordinario, como era de esperarse, el que más se asemeja al primero.

No obstante, según debe ocurrir también entre los hombres, existen trajes impuros, ofensivos y viles. Trajes que se entretienen, mientras dormimos, en descomponer nuestra figura o en afear nuestros semblantes; trajes canallas y fanfarrones que se mofan de nuestras desventuras, de nuestra morigeración, de nuestros temores religiosos. Trajes libertinos y execrables —verdaderos candidatos al averno— que, aún de viejos, se atildan repugnantemente, con la ilusión grosera de alguna sórdida aventura. Por castigo del cielo suelen ser éstos los negros o aquellos cuyo color no acertaría a descifrar el pintor más ducho en matices. Se les distingue muy fácilmente por la expresión malsana de sus ojos, por la rigidez de sus piernas —víctimas incurables de alguna enfermedad abyecta—, por los ademanes tardíos de sus brazos, por la calvicie prematura.

No es extraño oírles vanagloriarse:

—Hoy violé a una niña...

Y nos refieren con todo lujo de detalles, la pornográfica historieta de cierto uniforme de colegiala sacrificado en la planchaduría durante la noche.

Pues bien. Mi amo esta vez ha procedido a desnudarse con toda calma, ordenando celosamente mis tres piezas sobre una silla, cual si se propusiera utilizarme de nuevo mañana. Ya ha quitado la luz, y lo siento revolverse entre las sábanas. Todo está en sombras, recogido, expectante. Del jardín asciende, a impulsos del aire, el perfume de los claveles, las mimosas y los rosales. Escucho el gotear del agua en la fuente de piedra y el canto de los grillos. También, de tiempo en tiempo, viene hasta mí el rumor del reloj en la planta baja del edificio y, regularmente, sus campanadas siniestras, profundas, alarmantes.

"El tiempo huye" —pienso encomendándome a Dios. Pero acude el diablo.

Y por primera vez en mi existencia piadosa —involuntariamente, lo juro— comienzo a ser víctima de los más atroces pensamientos, de las alucinaciones más tenebrosas. Uno a uno, desfilan ante mis ojos con minuciosidad insufrible los episodios más salientes de mi vida; uno a uno, como espectros, danzan alrededor mío, dilatan sus sombras, exageran su contenido, huyen, vuelven y se dispersan, abrumándome con su espantosa monotonía. Nada, nada hay en ellos de interesante, sensacional o misterioso. Todo es gris, gris, como el color que llevo a cuestas: románticos e infructuosos amores; sacrificios estériles; titubeos irreparables; exaltaciones ridículas; prolongados y horrendos encierros en la obscuridad pavorosa del armario; ensueños...

Oigo, no sé dónde, una voz que me interroga: "¿Qué sentido tiene, pues, tu vida?"

Me santiguo y pienso en Dios, en la Gloria, en el Fuego Eterno. Pretendo balbucir mis rezos. Invoco a los mártires, a las santas. Repito en voz baja los mandamientos. Pero nada ni nadie me auxilia; nada ni nadie acude en mi ayuda. Estoy solo, inexorablemente abandonado, como el más primitivo de los impíos.

Y la voz insiste:

"¡Oh, tu vida es tonta, tonta, inútil! Muy pronto envejecerás y todo habrá concluido. Como un miserable perro, merodearás por los tugurios, por las iglesias, por los basureros públicos. Se extinguirá tu virilidad, se embotará tu cerebro, la corriente en tus venas será cada día menos impetuosa. Y un cúmulo de fracasos, de recuerdos ingratos, de arrepentimientos tardíos te aplastará bajo su peso. ¡Hay que vivir, vivir! —prorrumpe la voz ya a gritos—. ¡Vuestro deber es vivir! ¿Aún nadie lo ha comprendido?"

—¡Yo lo comprendo! —grito también, obsesionado por el péndulo—.Y me arranco una enorme cana: la única. A continuación recuerdo fríamente:

"Hoy he ido al Banco."

En efecto: aquí está la cartera del amo, repleta de billetes de todas clases.

Estiro piernas y brazos; me visto el chaleco; enderezo la espalda; me incorporo, hecho un hombre. Distingo mi sombra en el muro, proyectada por cierto fulgor invisible, y me sobrecojo un poco.

"Es la novedad" —me consuelo.

Avanzo en dirección al amo, inclinándome sobre su cabeza. Pero duerme, duerme el pobrecito como un patriarca o un gato, y estoy a punto de retractarme al considerarlo tan débil.

—¡Fuera prejuicios! —exclamo, sacudiendo un brazo.

Y bebiéndome las lágrimas, me descuelgo por el balcón.

Un vientecillo risueño y fresco mece los árboles. La luna, las estrellas, las pequeñas nubes, de cara al vacío, tiemblan ante las explosiones de la primavera. ¡Cómo huelen los frutos, la tierra, las plantas! ¡Cómo susurran las hojas, el agua, la hiedra...!

Luego de ajustarme brevemente el chaleco y de tirarme en debida forma de la americana, avanzo hasta la reja y me deslizo por entre los barrotes.

—¡Ya soy libre, libre, libre! —prorrumpo en la calle, manoseando la cartera.

Y me lanzo cuesta abajo por una avenida muy amplia que se bifurca graciosamente. Por todas partes crecen los robles, los abedules, las hayas, y en sus ramas duermen los pájaros. Las ramas son muy exuberantes, se entrelazan caprichosamente y adoptan posturas ingenuas: ora es un hombre a horcajadas sobre una serpiente; una bruja anciana junto a un pozo; una joven peinándose; un diablo; un apóstol...

Camino, camino, y el tiempo transcurre irremediablemente. La ciudad está aún lejos. ¿Tan lejos que nunca podré alcanzarla? Por lo pronto, heme aquí en la carretera. De tarde en tarde cruza un automóvil y yo me oculto entre la maleza, temeroso de que el amo haya descubierto mi fuga y se dirija hacia acá con la pistola en la mano. De improviso, observo que a lo lejos un hombre se aproxima. No me inmuto lo más mínimo y prosigo mi marcha: gallardo, triunfante, resuelto, como atañe a un traje gris, rico y libre.

"Debe ser un miserable tahonero aburrido de su familia" —deduzco con sorna.

Pero ocurre que cuando estoy a regular distancia de él, le veo detenerse, titubear, llevarse las manos a los ojos y huir, lanzando gritos angustiosos.

—¡Se espantó! —razono muy satisfecho—. Un traje gris que camina solo, camina, camina... no debe ser grato.

Me desternillo de risa y al punto la sangre se hiela en mis venas.

—¡Pero entonces no podré ir a ninguna parte!

Siento que el corazón me sofoca, que algo áspero y frío me desciende por la espina y que la tierra gira a mis pies como una rueda. Mediante un esfuerzo sobrehumano del que nunca me consideré capaz, sigo adelante, dando pronto con la solución más cómoda.

"Es menester adjudicarse un hombre."

Me pierdo en la enramada y salgo con una estaca en la mano. Ya tiemblan las luces de la ciudad cercana. Comienzan a aparecer las mansiones, señoriales, inmaculadas, la mayor parte en tinieblas. El cielo es ahora rojo, cuadrado y tremendo... Pero no hay un alma viviente a la vista.

Por fortuna, al doblar una esquina descubro a la víctima caminando sobre la misma acera que yo. Veo sus espaldas fornidas, temibles, iluminadas oblicuamente por los farolones de gas. Percibo sus pasos burdos, huecos, igual que los de un policía o un caballo. Me apresuro y llego tan cerca de él que distingo con precisión absoluta la canción que tararea entre dientes. Pienso en mil cosas concretas y alegres. En mí.

"Un traje gris que camina, camina..."

Y cuando susurra:

"Ven a mis brazos, amada..."

Alzo la estaca y lo mato de un solo golpe. Debí fracturarle el cráneo. El hombre enmudece —amadaaa—, se tambalea sobre un pie, me mira ya muerto, lanza una especie de mugido y se desploma contra el asfalto, reblagado y estúpido.

Sin pérdida de tiempo lo desnudo, vistiéndolo a continuación con mis ropas. Los pantalones le son un tanto cortos, pero las demás prendas le sientan a maravilla. No pesa demasiado... Rompo a andar más optimista que nunca, y en aquel preciso momento comienza a aullar un perro. Dobla una campana en lo alto, anunciando la hora: las tres. Ahora sí distingo mis pisadas con estos zapatotes que llevo...

—¿Qué procede hacer? —me pregunto.

¡Oh! Transcurre la noche sin que nada interesante se me ocurra. Cruzo ante cabarets, restaurantes, hoteles, toda suerte de mazmorras. Nada me atrae. Compro, por distraerme, un habano y se lo meto en la boca al muerto. En una taberna le ofrezco una copa de ron; otra; otra. Me parece que va perdiendo el equilibrio. Así es: en una esquina me suplica me detenga y se aprieta el estómago con verdadera furia. Un líquido caliente y agrio, semejante a un chorro de alquitrán, surge bajo sus bigotes embadurnados.

"Ahora voy más ligero" —admito, mirando de reojo al pozo de sangre.

Y el panorama persiste horrible: garitos, hospitales, templos, comercios, hogares en penumbra.

"¡Cuánta ruina en la vida de los hombres! —medito—. ¡Cuánta complicada inmundicia! ¡Ni un simple traje gris como yo alcanza a hallar en todo esto aliciente alguno!"

Penetro en un casino de juego y arriesgo unas monedas a la ruleta. Después, un buen puñado de billetes. La bolita salta y rueda y me produce risa. Cuando me levanto, porto en los bolsillos una monstruosa fortuna.

"Se creen demasiado listos" —pienso, observando a todos aquellos seres asustados y pálidos, de ojos hipócritas.

Aunque convengo allí mismo:

"¿Y de qué me sirven tantos miles?"

Lanzo al espacio los billetes, y los hombres, a su vez, se lanzan en pos de aquéllos, desgarrándose el frac y otras cosas. Derriban sillas y mesas, se acometen bárbaramente, se congestionan de ansiedad, ruedan unos sobre otros como piedras.

Así los dejo y salgo a la intemperie, poseído del aburrimiento más atroz. El mar suena en alguna parte y su murmullo me deprime hasta lo indecible, sugiriéndome ideas nefastas. Ideas que, de ser yo un hombre, me impulsarían irremediablemente a incendiar todos aquellos edificios, con sus criados, sus perros, sus amos y sus caballos. Entreveo las olas negras, coronadas de espuma, lamiendo la costa recia. Distingo el olor saludable y fresco del mar... Llego a la playa y me paseo a obscuras, muy pensativo, con las manos atrás. Totalmente desolado, dejo que el viento rice mis cabellos, que alivie si es posible mi confusión.

—¡Oh, los hombres, los hombres, los hombres!

Los tropiezo a cientos, todos absurdamente iguales; todos me desesperan. Unos son policías y portan amenazadoramente una linterna en la mano. Otros van borrachos y eructan, apestando el aire puro. Otros deben ser millonarios y abordan sus tumbas con ruedas. Otros son músicos, gigolós, reverendos, ministros. ¡No hay diferencia entre ellos! Sin embargo, ellos piensan que sí.

"¿Y para esto se multiplican? —cavilo—. ¿Y para esto defienden con semejante furor sus vidas? ¿Y para esto se mandan a hacer trajes caros, cuando podrían andar perfectamente en cueros?"

Fatigado, con el corazón maltrecho, decepcionado de la noche, de los billetes, de Lucifer y del regocijo humano, me dejo caer sobre el césped húmedo de un parque. Me tumbo, al cabo, cuan largo soy, y pronto advierto por entre los troncos de los árboles a dos mujeres que avanzan perezosamente. Examino con curiosidad sus figuritas flexibles, sus rostros de niñas anémicas, sus ancas repletas de yegua. Visten admirablemente y se adornan con joyas exquisitas. Me pongo en pie, sin titubeos. Las abordo, y ellas pretenden gritar, pidiendo auxilio, mas yo las tranquilizo al punto, como se tranquiliza a cualquier criatura mortal por desdichada que sea. Esto es, mostrándole muchos papeles de Banco. Azoradas, cambian entre sí miradas de pasmo, calculando tal vez con sus cabezas cuadradas que se trata de un bandolero o un lunático. Reaccionan en suma.

—¿Vamos? —las invito, sin ningún preámbulo.

—¡Vamos!

Detengo a un taxi y nos hundimos en su penumbra sucia. Las mujercitas, poco a poco, comienzan a insinuárseme, manoseando la barbilla del muerto o palmoteándole sobre el vientre. El pecho, a ratos, amenaza con escapárseles por el descote. Sus muslos tiemblan prometedora y ansiosamente. Hay no sé qué húmedo, criminal y tristón en sus ojos. Mas nada de esto me interesa.

—Aprovéchate si quieres —aconsejo al cadáver.

Pero él qué ha de aprovecharse. Ahí va quieto, mudo, duro como un garrote.

Transcurridos unos minutos, nos apeamos frente a un hotel de los más célebres por cuyas terrazas en sombra discurren grupos de hombres y mujeres sospechosamente. La playa está cercana y el agua sigue sonando, sonando... A poco, ya estamos los tres instalados en el mejor aposento del edificio. La atmósfera es en extremo tibia, perfumada y propicia. Una gran colcha de damasco cubre el lecho, y los muebles están construidos de maderas claras. La noche, tras los visillos, se muestra ahora más limitada y benigna.

Dan principio los galanteos, las caricias, los besos: toda esa serie de explosiones groseras y cínicas, tan poco saludables, a que se entregan los hombres en cuanto se sienten contentos.

—Desnudaos las dos —ordeno.

Proceden a quitarse las ropas mientras yo las contemplo de cerca. De un golpe, saltan ambas al lecho, cual si en realidad mi presencia las intimidara profundamente. Por el contrario, ríen de un modo histérico, pellizcándose las ancas.

"Se suponen tentadoras" —pienso con burla.

Y me siento con el muerto en una silla. Ahí sigue: tieso, de gris, solemne; las piernas, velludas y azules; el vientre, repleto de intestinos muertos. Quito la luz y las mujeres flirtean.

—¿Por qué nos dejas a obscuras si nuestros cuerpecitos son tan lindos? ¿O es que no te gusta mirarnos?

Por respuesta, tomo al cadáver por los sobacos, me desembarazo de él y se lo arrojo a ellas con todas mis fuerzas. Suenan reír y protestar a un tiempo.

—¡Bruto! —chilla una amigablemente, al recibir sobre su carne desnuda la mole fría y patética del desdichado.

Y sin perder un segundo me apodero de los vestiditos de las mujeres galantes, saliendo a toda prisa de la alcoba. En el pasillo, una dama al verme, se desmaya, exhibiendo sus ligas violeta. Más adelante un botones se estrella, en su pánico, contra el muro.

Cruzo el vestíbulo, como un endemoniado. Salgo a la calle. Me precipito contra un transeúnte que lleva a cuestas un contrabajo y desaparezco en un taxi. Huyo, huyo, ahora sí, con la sangre envenenada de deseo.

Primeramente los vestiditos desconfían, pretenden llorar, suplican piedad en silencio.

—¡No lloréis! —les digo a propósito—: no temáis que sea yo un bandolero o un sádico. No soy ningún delincuente. Por el contrario, soy un millonario de las mejores costumbres que ha salido a divertirse.

Ya ríen ellas, entreabriendo sus boquitas húmedas. Ya me miran complacientemente, agitando sus juveniles miembros.

"Se me entregarán sin lucha" —comprendo.

Y echo mano a la obra, rodeando sus cinturitas traviesas, sus dedos ardientes, sus primorosos velos. Desfalleciente, con una insoportable angustia en las rodillas, ordeno al chofer:

—¡Deténgase!

Bajamos, no lejos de la mansión de mi amo. Por entre la fronda azul asoman sus terrazas fatales, sus paredes inicuas, sus cristales malditos. A lo largo de una vereda, bajo las ramas sollozantes de los sauces, nos dirigimos al lago. Vamos los tres del brazo, lo mismo que tres adolescentes prófugos: locuaces, risueños, excitantes. Yo voy cortando flores para mis amiguitas lindas y ellas las van deshojando entre sus dedos, cubriendo la tierra de pétalos. ¡Cómo nos amamos!

—¿Verdad que nos amamos? —indago.

Pero, de súbito, se ponen tristes, palidecen y no quieren más flores. Están, creo, al borde de echarse a llorar. Yo las invito entonces a pasear en lancha, y pronto el agua nos circunda, una luz diáfana y extraña nos envuelve, y la canción misteriosa de la noche, cálida, sugerente, se difunde a través de mil invisibles gargantas.

—¿Verdad, verdad que nos amamos?

Por respuesta, un hedor inconfundible, enteramente inesperada, salobre, mensual, se me agarra a la garganta. ¡Oh dolor!

En la orilla cabecean los sauces, multiplicados por las ondas. Las ondas son amplias, elásticas, y se despliegan cada vez más cautivantes, formando una inmensa copa frágil. La luna riela, auscultando la tierra...

¡Oh dolor, dolor, dolor!

Y la desesperación hace presa en mí. Reniego de mi mala estrella.

—¡Si tuviera a mano un laúd! —prorrumpo, en el colmo del erotismo frustrado.

Las pupilas de ellas se iluminan.

—¿Eres músico? —inquiere una muy tiernamente.

—¡Soy un desdichado! —grito, escupiendo con asco.

Y agrego a poco, mesándome los cabellos:

—¡Suicidémonos!

—¡Suicidémonos! —responden a dúo.

Casi amanece cuando nos lanzamos al agua. Nos lanzamos los tres de la mano, con suavidad, suspirando amargamente, temblando de pasión y frío, cada cual con una flor en la mano: tristes, tristes, tristes...